Prólogo
No se lo digas a nadie

Es difícil quitarse de encima el cuerpo de un muerto.

Lo descubrí a los doce años, con la nariz y la boca ensangrentadas y las bragas enredadas en un tobillo.

Los guijarros del margen del Lambro se me clavaban en la nuca y en el trasero desnudo, duros como uñas, la espalda hundida en el barro. El cuerpo de él, anguloso y todavía caliente, me pesaba. Tenía los ojos brillantes y vacíos, la barbilla manchada de saliva blanca y la boca abierta, que despedía mal olor. Antes de desplomarse me había mirado, con la cara contraída por el miedo, una mano metida en los calzoncillos y las pupilas dilatadas y negras que parecían disolverse hasta derramarse sobre sus mejillas.

Se había caído hacia delante, aún sentía en los muslos la presión de sus rodillas, con las que me había abierto las piernas. Ya no se movía.

—Solo quería que parara —dijo Maddalena. Se tocaba la cabeza en el punto donde la sangre y el barro se habían espesado formando un grumo de pelo enmarañado—. No he tenido más remedio que hacerlo.

Se acercó, el vestido de tela ligera se le había pegado a la piel mojada y dibujaba con nitidez el contorno de su cuerpo, enjuto y nervudo.

—Ya voy —dijo—. No te muevas.

Ni queriendo habría podido: mi cuerpo se había convertido en algo olvidado y lejano, como un diente caído. Solo sentía, entre los labios y en la lengua, el sabor de la sangre, y me costaba respirar.

Maddalena se dejó caer a cuatro patas; los guijarros crujieron bajo sus piernas desnudas. Tenía los calcetines empapados y le faltaba un zapato. Se puso a empujar con los dos brazos contra el torso de él, usó los codos, luego la frente, sin dejar de hacer fuerza, pero no logró moverlo.

Muertas las cosas pesan más, como aquel gato en el patio de Noè, lleno de tierra, con las tripas viscosas y un enjambre de moscas comiéndole la nariz y los ojos. Lo habíamos enterrado juntos detrás del corral de las ocas.

—No puedo sola —dijo Maddalena. El pelo pegado a la cara goteaba sobre las piedras—. Tienes que ayudarme.

Su voz batió dentro de mi cabeza, cada vez más fuerte. Como pude, saqué un brazo de debajo del cuerpo, luego el otro. Apoyé las palmas sobre su pecho y empujé. El arco del puente y un retazo de cielo turbio sobre nosotras; debajo, los guijarros mojados y resbaladizos, y alrededor el rumor del río.

—Tienes que dar un solo empujón.

Hice lo que me dijo. Cuando cogía aire percibía el olor marchito y dulzón del agua de colonia de aquel hombre.

Maddalena me miró.

—Ahora —dijo.

Empujamos a la vez, yo solté un grito, me arqueé y él se desprendió de golpe. Cayó de espaldas, a mi lado, con los ojos y la boca muy abiertos, los pantalones bajados. La hebilla del cinturón tintineó contra las piedras.

En cuanto me liberé de su peso me giré sobre un costado, escupí saliva roja en los guijarros y me restregué los labios y la nariz para desprenderme de su olor. Por un instante me faltó el aire, luego encogí las piernas y traté de respirar. Las bragas tenían la goma rota y estaban desgarradas. Pateé con rabia para quitármelas y me tapé con la falda, que se me había subido por encima del ombligo. Tenía el vientre frío y me dolía todo.

Maddalena se puso de pie, se restregó las manos en los muslos para limpiarse el barro.

—¿Te encuentras bien? —preguntó.

Me lamí el labio y asentí. Mi garganta era un dique a punto de romperse. Pero no lloraba. Ella me lo había enseñado. Llorar era de tontos.

Maddalena se apartó el pelo que se le había pegado a la frente. Tenía los ojos pequeños y duros. Señaló el cuerpo y dijo:

—No conseguiremos moverlo. —Se lamió la sangre coagulada debajo de la nariz—. Hay que esconderlo aquí.

Me levanté para acercarme a ella. No me aguantaba de pie, el cuero de las suelas de los zapatos resbalaba sobre el barro. Me agarré a ella, le apreté la muñeca. El olor del río lo invadía todo. Maddalena temblaba, pero no de miedo. Ella no le tenía miedo a nada; ni al perro del señor Tresoldi, un perro que echaba espuma por la boca y tenía las encías hinchadas, ni a la pierna del diablo que baja por el camino en la historia que contaban los mayores. Tampoco a la sangre o a la guerra.

Temblaba porque se había quedado empapada cuando él la agarró por el pelo y la arrastró dentro del río mientras ella pateaba y gritaba. Le había metido la cabeza debajo del agua para que se callara, y durante todo ese rato él había estado cantando, con una voz ruda como la de la radio, «Parlami d’amore, Mariú. Tutta la mia vita sei tu».[1]

—Hay que buscar ramas, ramas gruesas —dijo Maddalena sin apartar la vista de aquella figura inmóvil, hecha de salientes y cavidades, que poco antes me había inmovilizado las muñecas para meterme la lengua en la boca; tenía la sensación de sentirla todavía, y sus manos y su respiración sobre mí. Yo solo quería dormir. Allí mismo, entre las piedras y el rumor del agua, pero Maddalena me tocó un hombro y dijo:

—Más vale que nos demos prisa.

Hicimos rodar el cuerpo orilla abajo, lo arrastramos hasta uno de los pilares del puente y lo dejamos hecho un ovillo contra la pared, que rezumaba humedad. Tenía los codos girados, los dedos rígidos y la boca abierta. Nada en su cara recordaba al chico descarado y elegante que fue, con pantalón largo de raya bien planchada y el pasador con el haz de lictores y la bandera italiana, que se alisaba el pelo con un peine de carey y repetía entre risas: «Vosotras no sois nadie».

Recogimos las ramas que el río depositaba en el arenal cuando se desbordaba, entre nidos de pato y drenajes, y las dispusimos sobre aquel cuerpo medio hundido en el agua. Amontonamos piedras y raíces para que ni siquiera la riada pudiera llevárselo.

—Hay que cerrarle los ojos —dijo Maddalena dejando caer la última piedra, del tamaño de un puño—. Es lo que se hace con los muertos. Lo he visto hacer.

—Yo no quiero tocarlo.

—Bueno. Lo haré yo. —Apoyó la palma de la mano sobre la cara exangüe y con el pulgar y el corazón le bajó los párpados.

Con los ojos cerrados, la boca abierta y cubierto de ramas y piedras parecía alguien a quien un mal sueño pilla por sorpresa de noche, pero no logra despertarse.

Escurrimos las faldas y los calcetines. Maddalena se quitó el zapato que le quedaba y se lo metió en el bolsillo. Yo hice lo mismo con las bragas: un trapo embarrado que recogí del suelo.

—Ahora tengo que irme —dijo.

—¿Cuándo nos veremos?

—Pronto.

Mientras caminaba de vuelta a casa, con los calcetines chapoteando en los zapatos, pensaba en el tiempo en que nada había empezado aún. Ni siquiera había pasado un año desde que me asomé con la falda seca y sin arrugas por la balaustrada del puente de los Leones para mirar de lejos a Maddalena, cuando lo único que sabía de ella era que traía mala suerte. Aún no sabía que bastaba una palabra suya para salvarte o morir, volver a casa con los calcetines empapados o dormir para siempre con la cara hundida en el río.

cap-2

PRIMERA PARTE

Donde empieza y acaba el mundo

cap-3

1

La llamaban la Malnacida y no le gustaba a nadie.

Pronunciar su nombre traía mala suerte. Era una bruja, de esas que le pegaban a una el aliento de la muerte. Tenía el demonio dentro y yo no debía hablar con ella.

La miraba de lejos, los domingos, cuando mi madre me ponía los zapatos que hacían que me salieran ampollas, los leotardos y el mejor vestido que no tenía que manchar. El sudor me resbalaba por la nuca y la lana me provocaba rozaduras en los muslos.

La Malnacida estaba abajo, en el Lambro, con dos chicos a los que yo solo conocía de oídas: Filippo Colombo, que tenía los brazos y las piernas como huesitos de pollo, y Matteo Fossati, de pecho y hombros robustos como los cuartos de buey relucientes de grasa del mercado de via San Francesco. Los dos llevaban pantalón corto y tenían las rodillas desolladas, y por ella, que además de ser más pequeña era una chica, estaban dispuestos a morir de un balazo en el estómago, como soldados en la guerra, y afirmar luego ante nuestro Señor: «He muerto feliz».

Descalza y bien plantada sobre las piedras calentadas por el sol, se sujetaba el dobladillo enrollado de la falda, descolorida por el sol y la roña, con un cinturón de hombre que le ceñía el talle, dejando al aire lo que una chica nunca debería mostrar: las piernas. Las suyas, de las pantorrillas a los muslos, estaban llenas de churretes de barro y de costras que parecían llagas de perro sin curar.

Reía sujetando un pez que le coleteaba entre los dedos. Los chicos aplaudían y chapoteaban en el río salpicando agua oscura alrededor. Yo los observaba desde arriba, de camino a misa de once, que según mi madre era la de los señorones.

Mi padre iba delante y no nos prestaba atención. Caminaba con el sombrero que le dejaba la nuca un poco al descubierto, el paso rápido, las manos a la espalda sujetándose con una la muñeca de la otra.

Mi madre tiraba de mí y me decía:

—Vamos a llegar tarde. —Señalaba por encima de la balaustrada del puente y añadía—: Gamberros.

Mi padre, en cambio, no abría la boca. Detestaba las reprimendas, pero yo sabía muy bien, y mi madre para qué decirlo, que si no permanecíamos a poca distancia de él y que si por nuestra culpa llegábamos a misa con retraso, nos aguardaba un domingo de silencios, de portazos y de dientes rechinando en la boquilla de la pipa, oculta tras La Domenica del Corriere.

Tenía que esforzarme para alejar la vista del río, de los niños que no eran como yo y a los que siempre había observado.

Pero aquel domingo, por primera vez, los ojos de la Malnacida, negros y brillantes, se fijaron en mí, y me sonrió.

Se me cortó la respiración, apreté los párpados y subí a la carrera la cuesta de la catedral en dirección a mi padre. Lo alcancé y me puse a su lado, pero él ni siquiera se dio cuenta. Los pocos coches que pasaban nos obligaban a arrimarnos a los escaparates de la mercería y la pastelería, de la que emanaba un cálido aroma a vainilla. El rótulo rezaba: BANDEJA DE PASTELES A CINCO LIRAS.

En aquel momento pasó el Balilla negro de Roberto Colombo, que trabajaba en el ayuntamiento y, como decía mi padre con el tono que adquiría cuando hablaba de cosas serias, «conocía a gente muy importante». El señor Colombo tenía dos hijos varones, a los que la señora Colombo hacía peinar con la raya en medio, y llevaba botas de caña alta negras. Se rumoreaba que, cuando las beatas le contaron que su hijo pequeño se pasaba el día con los pies metidos en el agua del río en compañía de la Malnacida, lo obligó a tragarse una botella de aceite de ricino y le molió el trasero a palos.

Durante algunos domingos había espiado desde el puente a Matteo y a la Malnacida solos: Filippo estaba en la iglesia, en el mismo banco que su padre, al alcance de su mano, con la camisa abotonada hasta el cuello y los mocasines limpios. Me alegré en secreto. Pero un día Filippo volvió al río a mancharse de barro y sus padres, junto con el hermano mayor de Filippo, empezaron a sentarse a más distancia en el banco para que su ausencia pasara inadvertida.

El señor Colombo conducía su coche, siempre reluciente, cuyo parachoques parecía el morro de un tiburón con los colmillos muy afilados. Lo aparcaba en la plaza de la catedral, delante de la iglesia, como si las suelas de los zapatos fueran a gastársele por andar cuatro pasos.

Mi padre frunció los labios como cuando se le metían hebras de tabaco entre los dientes.

—Nuestra perdición. Esos horribles artefactos serán nuestra perdición. —No había nada que odiara más que los coches—. La gente quiere ir deprisa —decía—, por eso nadie lleva ya sombrero.

Pero cuando se cruzaba con el señor Colombo lo saludaba con amabilidad llevándose una mano a su fedora de fieltro gris.

Al entrar en la iglesia, despareció el calor sofocante que ese año había llegado dos semanas antes del verano. En el aire solo flotaba el hedor a incienso, que invadía el cerebro y descendía hasta las plantas de los pies; era una sensación parecida al miedo a la oscuridad. Mi madre me llevaba de la mano y yo caminaba sobre las losas de mármol blanco porque el Jesús de bronce y oro del altar me miraba fijamente y si por error pisaba las negras me iría al infierno.

En la nave central retumbaban los susurros de las oraciones y los chasquidos húmedos de la saliva de las viejas, que rezaban encorvadas, con la cabeza cubierta por un velo que ocultaba las orejas. Como siempre nos sentábamos en las primeras filas, había que estar callado todo el rato, excepto para responder a los salmos, decir «Amén» y «Mea culpa, mea maxima culpa». El sacerdote hablaba de los pecados que nos arrastran al infierno y yo pensaba en los peces plateados, en los chicos descalzos del Lambro y en la mirada de la Malnacida.

Mi madre rezaba el padrenuestro con la cara entre las manos, las yemas de los dedos sobre los párpados. Yo observaba un clavo que sobresalía de la madera del reclinatorio. Cuando el cura alzó el Cuerpo de Cristo, me dejé caer de rodillas, como las viejas.

Busqué el clavo con una pierna y apoyé sobre él todo mi peso. Entrelacé los dedos y los aplasté contra la boca empujando los nudillos entre los dientes; froté la rodilla con fuerza mientras rezaba el gloria.

La restregué con ímpetu hasta que el dolor me hurgó en la nuca como una cosa candente y pulida.

Yo también quería tener las rodillas desolladas como los chicos del Lambro. Yo también quería sentir las aguas del río entre los dedos de los pies y mostrar las piernas manchadas de barro. Quería que chapotearan en el agua por mí.

cap-4

2

La Malnacida caminaba por las calles del centro arrastrando las sandalias gastadas por los guijarros, con la barbilla altiva, flanqueada por dos chicos mayores que ella. Mientras pasaba, las mujeres gruñían un «diosnoslibre» y se santiguaban con fervor; los hombres, en cambio, escupían. Ella se reía con fuerza, sacaba la lengua y hacía una reverencia, como si les agradeciera los insultos.

Con el pelo azabache a trasquilones, como si se lo hubieran cortado con una escudilla y un cuchillo sin afilar, y los ojos brillantes y oscuros de un gato, como de gato eran las ágiles y delgadas piernas, me parecía la criatura más hermosa que había visto nunca.

La primera vez que me habló fue cuatro días después del domingo en que nuestras miradas se habían hundido la una en la otra en lo alto del puente.

Era el 6 de junio de 1935, la fiesta de San Gerardo. La plaza de la iglesia, el patio porticado y los balcones estaban bien adornados con colgaduras y guirnaldas, tan abarrotados de gente como el día de Pascua de Resurrección. Las personas acudían en procesión a visitar la teca con el cuerpo del santo —un esqueleto vestido de oro—, ante la cual se santiguaban, y que tocaban después de haberse besado los dedos; luego salían a la luz de la plaza a respirar.

Las campanas gimoteaban y las nubes rebosaban calor. Bajo los pórticos y en el claustro, a la sombra de las moreras, los vendedores ambulantes ofrecían caramelos y juguetes de hojalata junto a los puestos de tiro al blanco. El señor Tresoldi, el verdulero, esperaba a los clientes con los brazos cruzados en su tenderete de cerezas. Tenía cara de malo y olía a toallas húmedas. Gritaba: «¡Cerezas, cerezas a tres liras la bolsa!» y apoyaba las recias manos en el mostrador. Su hijo Noè, que llevaba en la cara las marcas de los ataques de ira de su padre, apilaba cajas de madera contra las columnas. Noè iba con la camisa remangada como un hombre hecho y derecho, y aunque solo tenía tres años más que yo, su padre no le permitía asistir a la escuela. Se rumoreaba que el verdulero siempre había odiado a su hijo. Solo había que fijarse en el nombre que le había puesto. Noè llegó con la crecida del Lambro, en noviembre, cuando el río se desbordó, los puentes se hundieron y los sótanos se inundaron. Al nacer desangró a su madre y se pudo salvar, igual que Noé, que en su arca solo metió animales sin pensar en los seres humanos que el Señor había abandonado bajo el diluvio.

El día de San Gerardo apretaba el calor insolente del mediodía, ese calor que en los días de fiesta separaba a las mujeres en dos grupos que se cuidaban mucho de mezclarse: las que podían permitirse guantes blancos y vestido de lunares, de seda ligera, con la falda justo por debajo de la rodilla, y las que solo tenían una prenda otoñal para las bodas y las comuniones, sea cual fuere la estación en que se celebraran. También estaban las criadas de uniforme, con una cesta colgada del brazo y la lista de la compra en la mano, pero estas caminaban con paso rápido por el otro lado de la calle y miraban furtivamente los puestos.

Mi madre, que me llevaba de la mano, lucía un sombrerito de paja rígido, laqueado de rosa, con un lazo que le rebotaba en la mejilla. Había comprado en la mercería racimos de cerezas de papel maché, que había prendido en la paja con alambre. Trataba de suscitar la envidia de las demás mujeres, sobre todo de las que deambulaban con la cabeza descubierta y se contentaban con mirar porque la bolsa de cerezas era demasiado cara para ellas.

Pero no le bastaba con que las mujeres de los obreros giraran la cabeza, sino que también les sonreía a sus maridos. Mi padre, con la chaqueta echada sobre los hombros, estaba en el tiro al blanco. A su lado, el señor Colombo, al que todo el mundo saludaba alzando el brazo con los dedos extendidos, apuntaba a las figuras de metal con un fusil de hojalata. Mi padre se había quitado el sombrero y lo estrujaba entre las manos; el señor Colombo se hallaba tan concentrado en disparar que parecía estar librando una guerra de verdad en vez de disparando balas de corcho con un fusil de mentira; llevaba una camisa negra llena de medallas a la altura del corazón, y de vez en cuando acariciaba con el pulgar la insignia con los colores de la bandera y las iniciales del Partido Nacional Fascista, como si quisiera asegurarse de que estaba bien colocada.

A poca distancia, frente al puesto de dulces, que esparcía aroma a miel y a buñuelos, el señor Fossati, con los pulgares metidos en el cinturón y una vieja camiseta que amarilleaba en los sobacos, reía y señalaba el tiro al blanco rodeado de hombres con las mejillas ya encendidas por el vino. Solía decir que Colombo había rebuscado en los joyeros de los muertos para hacerse con todas aquellas medallas que fingía haber ganado en vete tú a saber qué batallas, pero que como mucho eran premios de feria o antiguallas de sus abuelos. Cosas de tres al cuarto. También decía que no era más que un niño impaciente por jugar a la guerra y que no había visto en su vida un fusil de verdad. En cambio, el señor Colombo afirmaba que a Fossati la paz solo le servía para bebérsela con el lambrusco en la taberna de San Gerardo y vomitarla luego detrás de los molinos. Todo el mundo estaba al corriente, incluso nosotros, los niños, porque los asuntos de los demás eran el tema preferido de las comidas del domingo, cuando se invitaba a los amigos y cuando levantarse de la mesa era «de mala educación».

—¿Me compras unas cerezas? —Tiré de la mano de mi madre y señalé el puesto del señor Tresoldi.

—Sabes muy bien qué ha dicho tu padre.

Tu padre. Si alguien hacía algo que la incomodaba o disgustaba, siempre era cosa de los demás. «Tu padre dice que este año no iremos de veraneo» o «Tu padre ha decidido que solo tendremos una criada». También valía para mí, que me convertía en tu hija cuando había que castigarme, como un regalo no deseado que se abandona en el fondo del armario y se olvida.

—¿Al menos puedo ir a mirar?

—¿Las cerezas? Sí, ve. —Mi madre me soltó la mano—. Pórtate bien. No toques nada.

Se atusó el pelo, bien arreglado y lleno de horquillas bajo el sombrerito, y se dirigió al tiro al blanco. Se unió a mi padre y al señor Colombo, que levantó el fusil de mentira y dijo:

—¿Quiere que gane algo para usted, señora Strada?

Encogí los dedos de los pies dentro de los zapatos estrechos y apreté los puños. Mi madre rio cubriéndose la boca con la mano. El señor Colombo le rozó el costado, como quien no quiere la cosa, y le acarició el codo; luego se volvió a mirarme. Fruncía el ceño como Mussolini en el retrato que colgaba de la pared de la clase. Y sonreía. Cuando sentí sus ojos sobre mí, todo mi cuerpo se tensó. Me alejé corriendo tragándome la vergüenza.

Me detuve a pocos metros del puesto del señor Tresoldi; me atraían aquellas bolsitas llenas de cerezas oscuras y brillantes, pero no me acerqué porque le tenía miedo. Me quedé a la sombra del tejado de la iglesia, con las manos a la espalda y la advertencia de mi madre retumbando en mi cabeza: «No toques nada».

—¿Qué haces? ¿Estás mirando las cerezas? —A mi espalda oí una especie de graznido de cuervo, que me sacó del ensimismamiento.

La Malnacida estaba detrás de mí, apoyada contra la pared con el fresco desconchado de San Gerardo, los bolsillos del vestido desgarrados, rebosantes de guijarros, observándome.

Se me cortó la respiración y la tierra perdió de repente firmeza. Nunca habíamos estado tan cerca.

Olía a río. Una cicatriz blanca le bajaba por el surco entre la nariz y los labios y una mancha rojiza y brillante le cruzaba una mejilla de la sien al mentón.

—¿Qué? —Me sentí incómoda cuando caí en la cuenta de que había balbucido, como cuando de pequeña tenía que repetir el abecedario de memoria y las monjas me corregían a palmetazos.

—Las cerezas —dijo—. ¿Quieres?

—No, no tengo dinero.

—No es verdad —replicó escrutándome con aire de suficiencia, a pesar de que yo le sacaba un palmo—. Vas vestida como una rica. Hasta los zapatos relucen. —Me señaló los pies, riendo. Tenía una risa chabacana y no se preocupaba de ocultarlo.

—¿Y qué? —repliqué tratando de mantener la barbilla alta.

—Pues que tienes dinero para comprarlas.

—Yo no —repuse—. Quien lo tiene es mi padre. Pero no quiere que las compre.

—¿Por qué?

Me miré los zapatos.

—No quiere y punto.

—¿Por qué?

—¿Y a ti qué te importa?

—Pues cógelas —dijo con brusquedad.

—¿Cómo? Te he dicho que no tengo dinero.

—Cógelas y punto.

En casa teníamos un crucifijo. Uno de esos grandes y oscuros que había perdido el olor a madera y solo olía a cera. Estaba en la habitación de mis padres, encima de la cama, al lado de las benditeras de plata y las fotos de su boda.

La mirada del Jesús de madera llegaba a mi habitación, y cuando mis padres dejaban la puerta abierta yo no podía dormir.

«Jesús te mira siempre», decía mi madre tras haber enumerado una vez más las cosas que hace una señorita y las que no. Cuando me asaltaban los que ella llamaba «malos pensamientos» —como coger chocolatinas del cuenco sin decirlo y esconder los envoltorios dorados en el jarrón de la mesilla de noche, remolonear a la hora de acostarme o tocarme entre las piernas, cuando una tiembla, antes de dormir—, me imaginaba los ojos tristes del Jesús de madera y desistía paralizada por el miedo y el remordimiento, que reptaba hasta la planta de los pies. Me sentía sucia y mala porque el Jesús de madera podía leer mis pensamientos y conocía mis pecados, incluso los más secretos.

El día en que la Malnacida me dirigió la palabra por primera vez y me dijo que cogiera las cerezas, respondí: «No se puede».

El mundo estaba hecho de reglas que no había que saltarse. Estaba hecho de cosas adultas, enormes y peligrosas, de errores irreparables que podían matarla a una o enviarla a la cárcel. Era un lugar terrible, lleno de cosas prohibidas, por donde había que caminar despacio y de puntillas, poniendo atención en no tocar nada. Sobre todo las chicas.

Aquella chiquilla toda huesos tensó la mandíbula y dijo:

—Mírame. Mira lo que hago.

Y yo, a pesar de que sentía un apremio que me hacía un nudo en el estómago, hice lo que me dijo. Mirarla como siempre. Pero en aquel momento fue diferente porque ella me lo había pedido.

La Malnacida me dio la espalda y avanzó hasta salir de la sombra de la iglesia. La melena, negrísima, le brilló al sol. Levantó la mano, como cuando una sabe la respuesta en clase, y, en cuanto la bajó, de detrás de una columna aparecieron Filippo Colombo, con su pelo liso y rubio, y Matteo Fossati, moreno y fornido, con una camiseta de bordes amarillentos, igual que la de su padre: los chicos que chapoteaban en el agua por ella. Se acercaron al puesto del señor Tresoldi y merodearon alrededor hablando animadamente y haciéndose notar. El verdulero estaba riñendo a su hijo Noè:

—Animal —decía a voz en cuello—, ¡es que te duermes hasta de pie!

Él lo soportaba en silencio y apilaba cajas vacías.

Cuando Filippo y Matteo se detuvieron al lado del puesto de cerezas, el señor Tresoldi dejó de imprecar y los miró con una luz amenazadora en los ojos: dos huesos con un resto de pulpa pegada.

Matteo extendió una mano hacia una de las bolsas, cogió una cereza por el rabillo y se la acercó a los labios con un gesto lento. Filippo titubeaba, Matteo le dio un codazo en la espalda y él se dobló como un huesecito partido, luego cogió una cereza y se la llevó a la boca deprisa, temeroso.

—¡Granujas! —gritó el señor Tresoldi. Metió una mano debajo del mostrador, sacó un bastón largo, de esos que se usan para cerrar las cortinas, y lo arrojó contra una columna. El ruido sobresaltó a Noè, que dio un respingo e hizo caer la pila de cajas que estaba amontonando.

Los chiquillos echaron a correr entre las faldas de las mujeres y las guirnaldas, riendo. El señor Tresoldi salió de detrás del puesto y, ciego de ira, se puso a perseguirlos. Cojeaba apoyándose en el bastón y lo blandía cuando se paraba junto a una columna para sostenerse. El invierno anterior le habían cortado los dedos de un pie porque se había quedado dormido en medio de la nieve con una botella en la mano.

Nada me daba más miedo que los dedos podridos y negros que le habían amputado al señor Tresoldi. Se rumoreaba que se los había echado a las ocas y que desde entonces a estas les encantaban.

El señor Tresoldi cedía entre la multitud y Noè recogía las cajas caídas. La Malnacida se deslizó hasta el tenderete, cogió una bolsa de cerezas y se alejó sin correr, dejando atrás los pórticos, con la inocencia de una santa.

Mientras la observaba desaparecer entre la gente, descubrí casi con rencor que no me había muerto.

Ninguna teja se había desprendido del tejado para romperme la cabeza, mis pulmones seguían llenándose de aire y mi corazón continuaba latiendo. Había hablado con la Malnacida, la había mirado a los ojos y el demonio no me había sacado el alma a la fuerza.

Cuando el verdulero volvió, con la frente empapada en sudor, notó el hueco dejado por la bolsa robada por la Malnacida y maldijo. Miró alrededor y buscó incluso en el aire, como si se la hubieran llevado los ángeles. Golpeó el suelo con el pie sano, agarró a Noè por el cuello de la camisa y maldijo de nuevo, como si quisiera cubrir con sus gritos el retumbo de las bofetadas que le propinaba.

—¿Se puede saber dónde estabas? —aulló. Noè se protegía la cara con los brazos, que su padre no cesaba de golpear—. Había una más y has dejado que se escapara, ¡desgraciado!

Me armé de valor y me acerqué al puesto de cerezas.

—Lo he visto todo —dije. Tuve que repetirlo para que el señor Tresoldi se girara hacia mí, con la cara como una focaccia abandonada al sol.

—Tú eres la hija de los Strada. —Soltó la camisa de Noè, que perdió el equilibrio y cayó—. Dime, ¿por dónde se ha ido?

Señalé la parte de atrás de la iglesia, hacia el claustro.

—Por allí —dije.

No añadí nada porque cuando mentía me costaba hablar y tartamudeaba.

El señor Tresoldi salió cojeando en dirección al claustro y lo miré hasta que desapareció en la sombra del ábside y sus pasos dejaron de oírse.

Yo resollaba a la espera del castigo por la mentira: que la plaza se abriera y me tragara, o que algo invisible, como una mano enorme agujereada por un clavo ensangrentado, bajara del cielo para hacerme papilla.

No pasó nada. Quizá el Jesús de madera estuviera distraído o no me prestara atención cuando mentí. O quizá no fuera pecado. Y si la tierra no se había abierto bajo los pies de la Malnacida, tal vez tampoco lo fuera robarle cerezas al señor Tresoldi; si yo seguía con vida a pesar de haber hablado con la Malnacida y no haber dicho la verdad, eran los adultos quienes me habían contado un montón de patrañas.

Noè, que se había levantado, estaba restregándose las mejillas con la manga de la camisa y me miraba con un extraño fulgor en los ojos.

Retrocedí con lentitud, como si jugara al escondite y tuviera que moverme sin ser vista; luego, de repente, eché a correr más allá de los pórticos y la fiesta, donde la multitud iba dispersándose poco a poco a lo largo de la calle que desembocaba en la orilla del Lambro.

Los vi a lo lejos: tres figuras que se recortaban contra el azul del cielo sentadas en la balaustrada del puente de San Gerardino, frente a la plaza de la iglesia pintada de blanco, que conducía a la calle de las tabernas.

Me acerqué. La Malnacida tenía las piernas colgando en el vacío, sobre el agua oscura, y señalaba la estatua de san Gerardo, que flotaba en medio del río sobre una balsa pequeña. El santo, de madera, con una bolsa de cerezas apoyada a su lado, iba vestido como un fraile y estaba arrodillado sobre un manto de agujas de pino. Mi padre me había contado la leyenda de su milagro: había usado su manto a modo de balsa para llevar alimentos a los enfermos durante la crecida el año en que el puente se había derrumbado. Por eso ponían la estatua en el río el día de su fiesta. Las cerezas, en cambio, aludían a otro milagro: la ocasión en que las había hecho aparecer en invierno, cuando nieva y los frutos no crecen.

La bolsa con las cerezas robadas estaba sobre la balaustrada de piedra; ya se habían comido más de la mitad.

A la derecha y a la izquierda de la Malnacida, como en los retablos de los altares, estaban sentados los dos chicos.

Ella masticaba como los hombres, haciendo ruido y abriendo la boca. Luego echaba atrás los hombros y la espalda y escupía el hueso lejos, en medio del agua oscura; apuntaba con el dedo hacia la estatua del santo o la pequeña cascada, al fondo, con la rueda del molino cubierta con una costra de ramas y barro, y se reía. Ellos la coreaban y competían para ver quién escupía más lejos balanceando las piernas sobre la balaustrada.

—Yo también quiero una —dije. Todos se giraron a la vez—. Al menos tenéis que darme una.

Matteo y Filippo me escrutaron como si fuera un piojo y luego la miraron.

—¿Y eso por qué? —preguntó la Malnacida.

—Porque te he ayudado.

—No es verdad.

—Sí que lo es.

—Las cerezas las hemos cogido nosotros, tú solo has mirado —replicó.

—Eso no es verdad —repetí—. Cuando el señor Tresoldi ha vuelto atrás le he dicho una mentira, de lo contrario os habría encontrado.

—Entonces las señoritingas bien vestidas también saben mentir.

Me estrujé la tela de la falda.

—¿Qué le has dicho?

—Que se había ido por otro lado. Por el claustro.

—¿Quién?

—El ladrón.

—¿Me consideras una ladrona? —dijo. Me hurgaba dentro con la mirada.

—Te has llevado las cerezas —le dije. Pero aquella pregunta, en apariencia fácil, se parecía a esos problemas que no se resuelven de una sola vez y cuya solución nunca llega—. No las has pagado —proseguí con cautela mirándole los labios manchados de jugo—. Y eso es robar.

Ella le dio vueltas al hueso en la boca y lo escupió en la mano.

—¿Sabes lo que había antes en la tienda del señor Tresoldi? —preguntó.

Negué con la cabeza. Matteo y Filippo seguían comiendo cerezas y escupiendo los huesos en el río.

La verdulería estaba en la esquina de via Vittorio Emanuele, enfrente del estanco. Las señoras del barrio iban a comprar cuando acababan de rezar el rosario. El señor Tresoldi vivía en la trastienda, donde había un patio en el que tenía encadenado a un perro medio pelado con las encías inflamadas, y jaulas con ocas y gallinas.

La Malnacida jugueteó con el rabillo de una cereza.

—Había una carnicería. Con ganchos para colgar carne, una cortafiambres y todo eso. Pero echaron al dueño para que el verdulero pudiera abrir su tienda.

Matteo se ensombreció y se giró a mirar el agua negra.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque si te descuidas los fascistas te dejan con una mano delante y otra detrás —respondió Matteo.

Al oír aquello, Filippo dio un respingo, se llevó el puño a la boca y se puso a morderse los nudillos, como si por su culpa le hubieran robado la tienda al carnicero.

La Malnacida asintió solemne, cogió un puñado de cerezas y las masticó deprisa. Escupió todos los huesos a la vez: hicieron el mismo ruido que el granizo contra las piedras.

—¿Sabes hacerlo?

—No lo sé.

—Prueba —me desafió haciéndome un hueco a su lado en la balaustrada.

Puse las palmas encima y traté de subir dándome impulso, pero estaba demasiado alto y me caía una y otra vez.

Filippo, que balanceaba el rabillo de una cereza en el espacio que tenía entre las paletas, se echó a reír.

—No puede —dijo.

Pero ella lo acalló con una mirada y me ayudó a subir tirándome de los sobacos.

Se colocó la bolsa de cerezas entre los muslos.

—Coge una y escupe el hueso todo lo que puedas.

Obedecí. La cereza era blanda y sabía a tierra.

—Si te lo tragas, podrías morir.

—Lo sé —dije masticando con cuidado para buscar el hueso con los dientes—. Yo no me lo trago.

—Y ahora mírame y aprende.

La observé con atención. Arqueó la espalda y succionó, preparándose para escupir lejos. Traté de imitarla, pero mientras su hueso y los de Matteo y Filippo iban a parar al agua, cerca de la estatua de san Gerardo, e incluso golpeaban la madera, los míos caían a los lados de las columnas del puente.

—No puedo.

—Tienes que practicar. Es fácil —me animó—. Prueba otra vez.

Mastiqué a conciencia, di vueltas al hueso en la boca hasta que con la lengua le quité la capa gelatinosa que lo envolvía y lo sentí liso en el paladar.

—¡Eh, vosotros! —gritaron desde el final del puente. El señor Tresoldi tenía las mejillas congestionadas de ira; las mangas remangadas dejaban al descubierto unos brazos gruesos y llenos de pelos oscuros—. ¿Sois los que me habéis birlado las cerezas, sinvergüenzas?

A pesar del sobresalto, la Malnacida dio con rapidez un manotazo a la bolsa de cerezas, que fue a parar al Lambro, y se limpió los labios con el dorso de la mano.

El señor Tresoldi estaba tan cerca que yo percibía el hedor de su aliento; entonces caí en la cuenta de que era la única que aún tenía el hueso entre la lengua y los dientes.

—Habéis sido vosotros, ¿no? Lo sé, granujas. Siempre los mismos. Fingir no os servirá de nada. —El verdulero, imponente como un ogro de cuento, estaba frente a nosotros—. Abrid la boca ahora mismo —dijo.

La Malnacida obedeció y sacó la lengua. Filippo y Matteo hicieron lo mismo.

Yo sentía el hueso duro contra el paladar y ni siquiera me atrevía a respirar.

A medida que el señor Tresoldi inspeccionaba las bocas limpias de la Malnacida y de Matteo, que debían de haberse pasado la lengua por los dientes para quitarse el color del jugo, iba poniéndose cada vez más rojo y bravucón. Al hijo del señor Colombo, en cambio, ni siquiera lo tomaba en consideración, como si temiera que sospechar de él equivaliese a faltarle al respeto a un apellido ilustre. Luego se volvió hacia mí.

—¿Y tú? Si no me dices quién ha sido, se lo contaré a tu madre. Y si no abres la boca ahora mismo, te las verás conmigo.

La Malnacida y los chicos me observaban. Ellos con una expresión entre divertida y asombrada, pero se notaba que el miedo les cortaba la respiración; ella con los ojos como guijarros de río y la cara seria.

Yo no quería que creyera que tenía miedo y que nunca podría ir con ellos a pescar en el Lambro.

Apreté la lengua contra los dientes de abajo para recoger saliva y me tragué el hueso.

Quizá me moriría, hinchada y morada sin poder respirar. Y quizá me lo merecía. Pero solo sentí un suave arañazo en la garganta y un débil dolor en el pecho. Tenía la boca seca y vacía, y el verdulero me gritaba:

—Vamos, ¿a qué esperas?

Entonces la abrí y saqué la lengua, igual que había hecho la Malnacida.

Nos escrutó uno a uno, muy despacio, y se giró hacia la plaza como si buscara algún testigo que pudiera acusarnos. Estaba convencida de que, si no hubiera sido un día de fiesta, con tanta gente en la calle, nos habría despellejado como si fuéramos alcachofas.

Aún rabioso, volvió a mirarme.

—No te fíes —dijo señalando a la Malnacida y poniendo cara de malo—. Y no te mezcles con ella, o tú también acabarás con la cabeza partida.