Durante cinco años me senté a su lado en clase. Era muy callada, nunca participaba ni asistía a las fiestas del instituto. Nunca se reía, y sonreía poco. Pero luego, una vez, alguien le provocó y reaccionó con mucha fiereza. Y entonces fue cuando me di cuenta: si le buscas las cosquillas a esta gatita, más te vale llevar guantes.
CORNELIUS MOL, sobre su compañera de instituto Hannie Schaft[1]
Siento mucho respeto por los pacifistas. No me refiero a las personas que simplemente dicen amar la paz. Me refiero a las que dan la cara por sus creencias, porque el mundo hoy en día está ebrio de guerra.
HANNIE SCHAFT, extracto de su redacción para el instituto «Personas a las que admiro»[2]
Íbamos a crear una especie de ejército secreto […] y nosotras éramos las únicas chicas.
FREDDIE OVERSTEEGEN, sobre su incorporación a la Resistencia Neerlandesa a los catorce años junto con su hermana Truus [3]
La Alemania nazi invadió los neutrales Países Bajos el 10 de mayo de 1940, destruyó gran parte de la ciudad histórica de Róterdam en un ataque relámpago y tomó el poder cinco días después. Arthur Seyss-Inquart, un fanático antisemita austriaco que había sido cómplice de Adolf Hitler en el Anschluss y la Noche de los Cristales Rotos de 1938, fue nombrado Reichskommissar (comisionado del Reich) para los Países Bajos, lo que dio inicio al terror que estaba por llegar.
Ana Frank es la víctima más famosa del Holocausto neerlandés. Su historia —de resistencia, ocultación, traición y asesinato— no fue un suceso aislado. En los Países Bajos se asesinó a más judíos que en cualquier otro país europeo ocupado por los nazis: se calcula que un 75 por ciento de ellos (alrededor de 102.000 personas) no sobrevivieron a la guerra. Para explicar estas cifras, supervivientes e historiadores sostienen que la geografía llana y densamente poblada de la nación hacía difícil esconderse en ella; no había extensos bosques o sierras en los que desaparecer. Otro factor dentro de la experiencia neerlandesa podría haber sido la relativa lentitud con la que los nazis implantaron allí las medidas antijudías, lo que retrasó el desarrollo de un movimiento de Resistencia.
Aun así, los Países Bajos también fueron el lugar donde se produjo la extraordinaria huelga de febrero de 1941, la primera y única protesta masiva llevada a cabo por no judíos contra las políticas antisemitas nazis en Europa. Bajo la organización del Partido Comunista Neerlandés, unos trescientos mil ciudadanos de los Países Bajos declararon una enorme huelga general nacional y se manifestaron durante tres días, hasta que los ocupantes nazis la reprimieron con violencia y mataron a docenas de los organizadores del movimiento.
A medida que la guerra se prolongaba, los ciudadanos neerlandeses empezaron a practicar variedades de resistencia pasiva, como exhibir el color nacional, el naranja, leer periódicos clandestinos de la Resistencia y escuchar Radio Oranje, la emisora con sede en Londres del Gobierno neerlandés en el exilio. Entre la población general de los Países Bajos, se estima que un 5 por ciento colaboró de forma abierta con los nazis. Se calcula que otro 5 por ciento participó en la resistencia activa, acogiendo a judíos, espiando a los alemanes para los aliados o alzándose en armas en confrontación directa contra los ocupantes nazis. De esos resistentes armados, solo un puñado fueron mujeres.
1945
Prisión de Amstelveenseweg, Ámsterdam
Puedes pasar caminando toda la vida por delante de tu destino y no verlo, pero las cárceles están hechas para que la gente no se fije en ellas. La prisión de Amstelveenseweg ocupa una manzana entera y está labrada en bloques de rugosa piedra gris, como si la hubieran levantado para un faraón. Debo de haber visto el edificio mil veces de camino a la universidad, y aun así nada de esto me suena.
Cuando me acompañan hasta el atrio central, el aire se enfría y la acústica se vuelve más nítida. El eco de los susurros más quedos resuena en las altas vigas de acero. Si aquí dentro hay presos varones, yo no los veo. Lo que sí hay es mujeres de todas las edades, desde adolescentes desgarbadas hasta ancianas encorvadas, agrupadas por parejas y tríos en sus celdas, hablando o rezando, intentando dormir.
Muchas alzan la cabeza de golpe al oírme pasar, y siento sus miradas en mi nuca. Entonces es cuando empiezan los murmullos. Los guardias que me acompañan, uno a cada lado, me agarran con más fuerza con sus dedos ávidos engarfiados en torno a la parte superior de mis brazos.
—Mach —dice un guardia. «Camina».
Eso hacemos, pero los susurros nos envuelven como si fueran una niebla que se hubiera levantado para entrar en los centenares de celdas minúsculas y frías que se amontonan en las cuatro plantas del edificio. Con cada paso que doy, el ruido se vuelve más fuerte, más denso, más intenso.
El arrastrarse de pies de las mujeres que se acercan a los barrotes de la celda para mirar; el golpeteo de una puerta zarandeada, metal contra metal; algo se está cociendo. En algún punto, muy por encima de mí, oigo aplausos…
—Ruhe! —ordena un guardia desde una planta superior. «Silencio».
Y se hace el silencio, por un momento. Después, al otro lado del atrio y a otra altura, dos almas inspiradas emiten un discreto grito de ánimo. La niebla se extiende por todas partes y se arremolina en torno a nosotros en un tumulto quedísimo, una calima flotante y creciente de justa indignación. El sonido de la esperanza. Incluso aquí, en este sitio.
Para cuando llego al final del corredor, las mujeres me aclaman por mi nombre.
Hannie, Hannie. Het meisje met het rode haar. Hannie Schaft.
«La joven del pelo rojo. Hannie».
No me doy por aludida.
Cuando paso por delante de la última celda, me detengo para mirar adentro. Una anciana, con los ojos hundidos y el cabello largo y despeinado, yace en un camastro, con un hombro nudoso apoyado en la fría pared de la celda. Tiene la piel cenicienta y, con los ojos cerrados, parece muerta. Los abre poco a poco.
Me ve. La veo. De algún modo, ese cadáver levanta la garra temblorosa que tiene por mano. No he coincidido nunca con ella, pero la conozco.
Demasiado débil para levantarse, alza un puño huesudo a modo de saludo.
—Verzet! —susurra.
«Resiste».
Eso pretendo.
Otoño de 1940
No siempre fui hija única.
Posado en el descascarillado lavabo, el pajarillo de plata espera, paralizado en pleno vuelo, una silueta como un bombardero con las dos alas extendidas y la cola curvada en una coqueta espiral. Un gorrión. Me lo puse la última vez que fui a un concierto; hace meses.
Era el broche de Annie, por supuesto. Mi padre se lo regaló después de que el gorrión de verdad se escapara. Yo era pequeña, tendría unos cuatro años entonces, de manera que Annie tenía nueve. Fue pasada la medianoche, y yo estaba dormida cuando Annie me clavó el dedo en el brazo.
—Johanna, mira. —Con una vela en la mano, señaló con la otra hacia el suelo, junto a la cama que compartíamos. Había un pajarito marrón y gris que nos miraba con la cabeza ladeada como si escuchara las palabras de Annie. Pio. Emití un grito ahogado y Annie estiró la mano hacia mí—. Chis.
—Deja que salga volando por la ventana —le pedí.
—Ya lo he probado. Pero ha vuelto a entrar enseguida.
No la creí. Miré por encima del hombro de mi hermana y vi cabecear y pavonearse a aquella bola de pelusa, cuyas garritas susurraban sobre los tablones del suelo. Al final, voló hasta la ventana abierta y salió al exterior.
—¿Lo ves? —dije—. Se ha ido.
Pero al cabo de medio segundo el pájaro volvía a estar en la ventana, aleteando contra el cristal en un zigzag de pánico hasta colarse dentro, posarse y avanzar dando saltitos hasta su lugar favorito junto a nuestra cama. Volvió a piarnos.
—¿Qué hacemos con él? —pregunté.
—Nos lo quedamos —respondió Annie, que siempre conocía la respuesta.
Y nos lo quedamos, durante un tiempo. Cuando al final se marchó de verdad, mi padre regaló a Annie el broche del pájaro de plata, una herencia de nuestra oma. Yo estaba celosa, pero tenía sentido: Annie recordaba a un gorrión por su energía, su chispa, su curiosidad. Contaban que Oma también había sido así. Unos meses más tarde, mi padre me regaló mi propio broche: un pequeño zorro de plata. Era nuevo.
—Mijn kleine vos —dijo—, para ti. —«Mi pequeño zorro».
—Pero yo no encontré ningún zorro —señalé, confundida—. Annie encontró un pájaro.
Él se rio.
—Es por tu pelo rojo, tontina. —Me cogió en brazos y hundió la cara en mis rizos.
Fue la primera vez que comprendí que había una diferencia entre quien yo sabía que era, por dentro, y quien los demás creían que era.
«No le des tantas vueltas y póntelo ya». Con un gesto brusco agarré el gorrión que estaba en el borde del lavabo y atravesé con su alfiler la solapa de lana de hilo doble de mi abrigo, con lo que me pinché al instante el pulgar que tenía al otro lado.
—Joder.
—Por eso advierten a las jóvenes inocentes sobre los peligros de la gran ciudad —comentó Nellie—. Ya suelta palabrotas como un pirata. —Ella y Eva se revolcaron por el suelo de la buhardilla que compartíamos, desternillándose.
—Joder, joder. —Había intentado quitarme el broche con el pulgar ensangrentado y había manchado la lana beige. La metí bajo el grifo.
—Dame, déjame a mí —dijo Eva, la madre de nuestro grupo. Las tres habíamos estudiado juntas en Haarlem, aunque entonces no éramos amigas. Me habían escogido porque me conocían: la chica tímida que hacía todas las tareas opcionales que la profesora le encomendaba; la que llevaba dos suéteres en primavera porque su madre estaba segura de que moriría de un resfriado común. No era de las que causan problemas.
—Vaya, vaya, ¿de dónde ha salido esto? —Nellie levantó el broche, que centelleó bajo la tenue luz—. Es bonito.
—De mi hermana —contesté mientras se lo quitaba de las manos—. Gracias, me tengo que ir, llego tarde.
—Perdona —dijo Nellie.
—No pasa nada, es solo que llego tarde —aseguré, ya desde el rellano, camino de las estrechas escaleras. Tenía las mejillas encendidas y las pestañas húmedas. Annie ya llevaba trece años muerta. Estúpido gorrión.
Era experta en no ser nadie; llevaba años practicando. De modo que aquella noche ocupé mi puesto en el majestuoso salón de baile de la universidad en el punto en el que siempre me había sentido más segura: el fondo de la sala. Me aseguré de aceptar una copa de agua de Seltz cuando me la ofrecieron, para tener algo que hacer con las manos, y le fui dando sorbos mientras el salón se llenaba de estudiantes y me envolvía el murmullo de sus conversaciones. Las chicas del comité de fiestas de la AVSV, la Asociación de Estudiantes Femeninas de Ámsterdam, se agrupaban en bandada junto a la puerta, con sus vestidos brillantes y sus voces melodiosas. Daban la bienvenida a los recién llegados, sobre todo a los chicos, cuyos brazos y hombros tocaban al hablarles. A veces hasta les abrazaban y les daban besos en las mejillas. ¿Qué se sentiría al poder mostrarse tan relajada con los chicos? ¿O debería llamarlos hombres? Parecían tan juveniles.
—Perdona —dijo uno en ese momento, un alumno que topó de espaldas contra mí mientras buscaba a sus compañeros.
—Perdonado —repliqué. «Estos jóvenes son como bebés gigantes, pisoteando el mundo allá adonde van».
—¿Tienes fuego?
Di un respingo, sobresaltada, pero la que había hablado era una joven de más o menos mi edad.
—No pretendía asustarte —me dijo.
Me sacaba varios centímetros de altura, por lo que debía de medir un metro setenta, pero tenía tanta presencia que parecía más alta incluso. Una melena castaña oscura le caía ondulante hasta los hombros desnudos, y la medianoche del cabello contrastaba con el firmamento celeste de su vestido de fiesta de crinolina. Tenía los ojos ambarinos, con las pestañas largas y curvadas y una mirada de sorprendente inocencia. Llevaba los labios pintados de un tropical rosa coralino. Parecía una estrella de cine. Con mi falda beige y mi sencilla blusa blanca, me sorprendía que hubiese reparado siquiera en mí. Siguió sonriendo y parpadeó.
—Lo siento —contesté—. No llevo.
Lo sentía de verdad porque no quería que se fuese todavía. Había intentado fumar, pero me daba tos. Sin embargo, en ese momento decidí que volvería a probarlo. Quizá eso hiciera más llevaderos estos trances.
—¿El qué, mechero? —preguntó ella—. ¿O tabaco?
—Las dos cosas —repuse, y luego me corregí—: Ninguna de las dos cosas.
Soltó una risilla melodiosa que expresaba simpatía, y no crueldad.
—¡Philine! Ven aquí. —Hizo señas a otra chica morena que se acercaba a través del gentío. La nueva, Philine, era un poco más alta que yo y algo menos espectacular que su amiga. Era guapa, pero con una belleza más próxima. Castaña, de ojos marrones y sonrisa relajada. Su vestido daba la impresión de que le habían metido y sacado el dobladillo unas cuantas veces, según marcara la moda. Con el mío pasaba lo mismo. Al igual que su amiga, Philine desprendía una confianza natural. Me las podía imaginar a las dos en una pantalla de cine. Yo, en cambio, quizá pudiera aspirar al papel de amiga inteligente pero feúcha de la heroína. La sensata.
—¿Qué haces aquí escondida en el fondo, Sonja? —preguntó Philine a su amiga—. ¿Intentas escapar de tus pretendientes?
—Algo así —contestó Sonja—. Pensaba que las de la AVSV nos cuidábamos unas a otras, pero esta no quiere darme fuego. —Me guiñó un ojo y me puse colorada de vergüenza. Tenía veinte años; a esas alturas ya tendría que haber aprendido a fumar.
La recién llegada me sonrió.
—Me llamo Philine. ¿Tú quién eres?
—Hannie —respondí, para mi propio asombro. Todo el mundo me llamaba desde siempre Johanna o Jo, pero me había planteado adoptar una nueva identidad al empezar en la Universidad de Ámsterdam, un año antes. Al final, no lo había intentado hasta ese momento; el nombre me parecía pretencioso, demasiado atrevido. Además, no estaba segura de haberme ganado el derecho a verme como otra persona.
—Hannie —repitió ella, aceptando el nombre sin pestañear. Como haría cualquiera; mi madre siempre decía que pensaba demasiado.
Philine me estrechó la mano.
—Y ya has conocido a la princesa Sonja. —Abrí mucho los ojos—. No es una princesa de verdad —aclaró Philine, sonriendo y sin soltarme la mano.
—Bueno, estoy emparentada con los Habsburgo por parte de madre —dijo Sonja con un deje de orgullo.
—Cuando te cases con un príncipe, ya hablaremos —replicó Philine—. ¿Y qué hay de ti? ¿Eres una princesa? ¿O una aburrida estudiante de Derecho normal y corriente como nosotras?
Las miré pletórica. Eran tan elegantes, guapas y garbosas que estaba desesperada por seguir hablando con ellas. Había llegado a la universidad con la esperanza de hacer más amigas que en el instituto, pero estaba cometiendo los mismos errores una y otra vez, como rechazar invitaciones para tomar un café aduciendo que tenía demasiados deberes. No es que tuviera más que cualquier otra estudiante, pero la idea de relacionarme con desconocidos hacía que me sudaran las palmas de las manos; de hecho, ya las sentía húmedas. Si estaba en aquella fiesta era solo porque unos días antes había hecho voto de que iría y me quedaría al menos treinta minutos. Aún me faltaban ocho.
—Una aburrida estudiante de Derecho —contesté, sintiéndome algo más relajada ante la presencia radiante de aquel par, lo que era toda una novedad—. Soy de Haarlem.
—Precioso —comentó Philine.
—No he estado nunca —observó Sonja.
—¡Sonja! —exclamó Philine.
—¿Qué?
—¿Has estado en París y Roma, pero nunca en Haarlem? Si está a quince kilómetros.
—Bueno, París tiene el Louvre y Roma el Coliseo. ¿Qué tiene Haarlem?
—¡Sonja! —Philine le dio un palmetazo en la mano.
—Perdón, perdón —dijo Sonja volviéndose hacia mí—. Estoy segura de que es precioso. Iré este fin de semana.
—No, no irás. —Philine también se puso de cara a mí—. Ya habrás visto por qué la llamamos la princesa.
—¿Princesa? —Una voz grave irrumpió en nuestro círculo cuando se nos acercó un joven rubio y alto vestido con un traje azul marino almidonado—. ¿Sonja? Aquí estás. Te andaba buscando.
Con su pelo alisado e impecable y su sonrisa confiada, tenía la clase de apostura que me ponía nerviosa. Demasiado guapo. Demasiado seguro. Evitaba a los hombres como él porque ¿cómo iba a hablarles alguna vez? Por fortuna, en presencia de Sonja, Philine y yo parecíamos invisibles.
—¡Piet! —exclamó Sonja a la vez que lo envolvía en el elegante abrazo, informal pero coqueto, que las chicas del comité de fiestas habían perfeccionado. Qué natural le salía—. ¿Cómo estás?
Piet relajó la mandíbula cuadrada para esbozar una amplia sonrisa, satisfecho como un niño que ve llegar su tarta de cumpleaños.
—Ayer te estuve esperando en la biblioteca —dijo.
—¿De verdad? —Sonja le susurró algo al oído y a él se le iluminaron las facciones. Intenté imaginar qué podría decirse para obtener tal efecto, pero no se me ocurrió nada. Sonja se desprendió de sus brazos y nos presentó—. Piet, a Philine ya la conoces.
El chico asintió, asió la mano de la aludida y la besó con exagerada formalidad. Ella le hizo una breve reverencia, por seguirle el juego.
—Y esta es nuestra amiga Hannah.
—Hannie —la corrigió Philine.
—Hannie. —Piet fue a cogerme la mano y yo la retiré de golpe, por miedo a que también me la besara. Pareció abochornado.
—Lo siento —dijo, echando un vistazo a Sonja para ver si la había ofendido.
—No, yo lo siento —balbucí, avergonzada y enfadada conmigo misma.
—¿Qué le has hecho a la pobre chica? —preguntó Sonja para chincharlo. Yo sabía que era una broma, pero aun así sentí un brote de satisfacción al verla defenderme—. ¿Sabes qué, Piet? Estábamos a punto de irnos —prosiguió Sonja—, pero me alegro mucho de haberte visto justo antes. —Le dio un beso en la mejilla que le dejó un capullo de rosa perfecto y luego nos agarró de la mano a Philine y a mí—. Tenemos que acompañar a Hannie a casa —dijo mientras tiraba de nosotras hacia la salida—. Mañana le espera un gran día; la reina le ha organizado un homenaje.
La confianza de Piet se vino abajo.
—Pero si el baile acaba de empezar —protestó.
—Lo sé, sin embargo… —Sonja apretó el paso, como si la gravedad la atrajera hacia la puerta contra su voluntad—. Es la reina. —Le lanzó un beso y nos arrastró por delante de las chicas de la AVSV que cercaban el umbral y que se la quedaron mirando mientras salía, no muy apenadas de ver partir a aquella estrella.
—¡Los abrigos! —exclamó Philine, que giró sobre sus talones y tiró de nosotras con un efecto de látigo. Sonja chilló y yo me deslicé por el suelo embaldosado hasta el guardarropa. Salimos al trote hasta el patio, donde por fin paramos y nos reímos de nuestra boba aventura.
—¿Quién era ese? —preguntó Philine.
Sonja puso los ojos en blanco.
—Pieter Hauer. Llevo semanas evitándolo.
—Parece simpático —observó Philine—. Y guapo.
Sonja me miró.
—¿Tú qué crees?
Intenté dar con un comentario ingenioso sobre su pretendiente, pero no lo logré. Era más sencillo decir la verdad, sin más.
—No me ha hecho mucha gracia.
—¡Ja! —Sonja me abrazó—. Sabía que eras de las buenas —dijo—. Aunque no quieras darme fuego.
—¿Qué es eso? —preguntó Philine al verme recolocándome el abrigo. Me había puesto el broche de Annie—. Qué bonito, ¿es un estornino?
—Un gorrión —aclaré.
—Igual que tú —comentó Sonja con una sonrisa generosa—, dulce y echado para adelante. ¿Lo ves?, es lo que te decía el otro día —añadió mirando a Philine—. Me aburren estos bailes de sociedad; tenemos que ampliar nuestro círculo. ¡Es justo lo que decía! Y entonces va y aparece Hannie. Como un gorrioncillo.
Estaba entre las dos, muda de incredulidad pero animada. Sonja me tocó un mechón de pelo y lo acarició.
—Mataría por tener el pelo así.
—¿Esto? —Me llevé la mano a la cabeza y estiré un mechón de pelo hasta dejarlo recto. Al soltarlo retrocedió como un resorte y volvió a formar un tirabuzón. El kleine vos de mi padre… y mi maldición, como sabría cualquiera que preguntara a los niños que se burlaban de mí por el color.
—¿Recuerdas cuando te pusiste agua oxigenada? —preguntó Philine a Sonja con una mueca.
—Puaj, marrón cucaracha. Pero esto —dijo Sonja mientras me recolocaba un tirabuzón para que me cayera sobre un ojo— hay que tenerlo de nacimiento. Es tu gloria.
Había recibido más cumplidos en aquellos diez minutos que en los veinte años anteriores de mi vida, o por lo menos esa era la impresión que me daba. Siempre me había ruborizado con facilidad, y se me puso la cara rosa de vergüenza. Y felicidad.
—Vamos a tu casa a ponernos unos discos —dijo Philine a Sonja.
—No le hagas caso —me indicó esta bajando la voz hasta reducirla a un susurro cómplice—. Vamos a mi casa a poner Radio Oranje y beber vino.
¿Ir con ellas, yo, con aquellas muchachas glamurosas y urbanitas que escuchaban la radio de la Resistencia que emitía desde Londres? Pensaba que Nellie y yo éramos las únicas estudiantes que la sintonizábamos para enterarnos de las últimas nuevas sobre nuestra reina exiliada. ¿Y encima beber?
No estaba muy segura de cómo había pasado, pero aquellas chicas estaban interesadas en mí. No sabían que era un pequeño zorro tímido que pasaba las noches en soledad, pensando y soñando. Creían que era un gorrión, atrevido y «echado para adelante». Aún mejor, para ellas era simplemente Hannie.
Y, gracias a Sonja y Philine, todas esas cosas se convirtieron en realidad.
Invierno de 1941
Quizá nunca me habría unido a la Resistencia si no me hubiese bajado la regla aquel martes por la mañana. Al despertarme, vi un rastro de sangre color óxido en las sábanas.
Tenía un rincón para mí sola en nuestra minúscula buhardilla, que era una única habitación distribuida de forma ingeniosa, con techos inclinados como los de mi dormitorio de la infancia en Haarlem. Las camas de Nellie y Eva ocupaban las dos esquinas del fondo, mientras que la mía estaba encajonada en un hueco cercano a la chimenea. Todo lo que a Holanda le faltaba en montañas, lo compensábamos con edificios altos y estrechos. Éramos maestros en sacar dos o tres habitaciones de donde solo había una, encontrando espacios libres allá donde, técnicamente, no existían. Como país, nos enorgullecíamos de nuestras soluciones prácticas, de ser una nación chiquita pero matona de gente sensata que sabía que el éxito de un reino minúsculo y populoso dependía de la buena educación y el respeto a las reglas.
—Buenos días —dijo Nellie estirándose por encima del lavabo de agua fría para mirarse en el espejo. Rubia y de ojos azules, una belleza neerlandesa clásica, igual que Eva. Del tipo que siempre me habría gustado ser.
—Puaj —exclamé—, está birria de cinturón higiénico. —Di unos tirones a la cinturilla para sujetarla de nuevo con alfileres. Como la mayoría de las chicas que conocía, usaba un cinturón que me había hecho mi madre y que empezaba a descomponerse sin su presencia para remendarlo. Me había negado a aprender a coser, una expresión de rebeldía poco propia de mí, pero no quería verme obligada a pasar mis horas libres zurciendo, como hacía ella.
—Es probable que puedas conseguir uno mejor en el sitio donde trabaja de voluntaria mi tía —observó Nellie—. Tienen lo mejorcito. Cinturones elásticos, Kotex, todo lo más moderno.
—¿En serio? —Me levanté y contemplé mis sábanas. Como el escenario de un asesinato—. ¿Y te lo dan sin más?
—Eso creo —dijo ella—. Tienen montañas de cosas. —Recogió su abrigo y su bolso, dispuesta a marcharse.
Noté mi raído cinturón higiénico escurrirse por mis caderas, bajo mi camisón ya echado a perder.
—¿Me das la dirección?
Aunque seguía estudiando en la facultad de Derecho, nada de cuanto me enseñaban sobre la justicia parecía aplicable al mundo exterior, que estaba cambiando muy deprisa. Yo había nacido en 1920, dos años después de «la guerra que acabaría con todas las guerras». Nadie se imaginaba que fuese a haber una segunda. Y, cuando Alemania nos invadió, quise luchar o por lo menos ayudar en algo. Pero ¿qué podía hacer? Las minúsculas fuerzas armadas neerlandesas se habían disuelto tras la invasión, y en cualquier caso no había mujeres soldado. ¿Huir del país? No quería abandonar mi casa. Quería quedarme y hacer… algo. Había caminado hasta la oficina de la alianza de refugiados en busca de un cinturón higiénico mejor… y había acabado acudiendo como voluntaria dos veces por semana.
El personal de la alianza lo formaban un puñado de mujeres políticamente activas que rondaban la edad de mi madre, bajo la batuta de nuestra formidable supervisora, la enfermera Dekker, que proporcionaba acceso a los suministros médicos de los hospitales. Esas mujeres llevaban trabajando como voluntarias en pro de los refugiados —en su mayor parte judíos polacos y alemanes huidos de los nazis— desde los primeros compases de la guerra civil española. No era nada espectacular, doblar sábanas y envolver paquetes de emergencia para las familias necesitadas, pero servía de algo. Era algo que valía la pena hacer.
Además, era otra manera de ayudar a mis nuevas amigas Sonja y Philine. A las pocas semanas de conocerlas, todo el alumnado, personal de servicios y profesorado judío fue expulsado de los centros de enseñanza públicos, incluida la Universidad de Ámsterdam. Yo intentaba ser de utilidad asistiendo a las clases por la mañana y repitiendo las lecciones a Sonja y Philine por la tarde. Aparecí en una de nuestras sesiones de estudio con una caja llena a rebosar de lo último en artículos de higiene femenina, con reservas para Sonja y Philine, y ya fue el broche ideal. Nada cimenta la amistad femenina como la solidaridad en torno a las manchas de sangre.
—La enfermera Dekker dice que ahora vamos a necesitar el doble de paquetes de socorro —comenté mientras paseábamos una tarde por el barrio de Sonja. Habían transcurrido ocho meses desde la invasión alemana y dos desde que había conocido a las chicas.
—No se quejarán del rendimiento que te están sacando —repuso Sonja. En mis primeros días de voluntaria, el trabajo me había parecido casi un entretenimiento: sentarme ante una larga mesa de madera para envolver productos de higiene personal, juegos de afeitado y carne enlatada en pulcros paquetes. La clase de actividad que había hecho de pequeña con mi madre para algún proyecto de la iglesia. Sin embargo, en las últimas semanas cundía cierta sensación de urgencia, y el ritmo de trabajo aumentaba de un día para otro.
—¿Adónde mandan todos esos paquetes de socorro? —preguntó Philine mientras nos abríamos paso por la acera entre la gente que había salido de compras por la tarde.
—A Westerbork, sobre todo —respondí. Se trataba de un campamento de barracones, con una parada de tren, que se hallaba unos ciento cincuenta kilómetros al nordeste de Ámsterdam, construido antes de la guerra para albergar a los refugiados judíos que ya empezaban a huir de Alemania. Había oído rumores de que los nazis iban a transformarlo en un emplazamiento para encarcelar a los judíos neerlandeses, pero me parecían exagerados. Circulaban entre susurros toda clase de teorías sobre lo que podría sucederles a los judíos, los gitanos o cualquiera que les prestase ayuda, pero estábamos en los Países Bajos, hogar de Erasmo, Spinoza y siglos de tolerancia religiosa. Intenté quitarme de la cabeza las preocupaciones…, tal y como había descartado la posibilidad de una segunda guerra mundial.
—¿Por qué están tan llenas todas las mesas? —preguntó Sonja. Nuestro plan era parar a tomar un café, pero Sonja tenía razón: todas las cafeterías por las que pasábamos estaban abarrotadas de gente. Ya nos habíamos acostumbrado a ver las calles invadidas de soldados alemanes. Los jóvenes, con sus gorras de plato y sus guerreras cortas, eran los que se mostraban más simpáticos, sin duda encantados de haber conseguido un destino en la bella e indefensa Ámsterdam.
—Qué asco —comentó Philine en voz baja cuando vimos a una ristra de soldados al otro lado de la calle. Les lanzaban caramelos alemanes, envueltos en papeles de colores brillantes, a un grupo de colegiales. Los niños chillaban, emocionados y temerosos, mientras se abalanzaban sobre aquellos inusuales tesoros.
—Qué majos, con sus uniformes espantosos —dijo Sonja.
—Feldgrau. —Escupí la palabra como si dejara mal sabor de boca; y así era. «Gris de campaña». El color básico de la mayoría de los soldados alemanes, un gris verdoso nauseabundo que silenciosamente se había integrado en el paisaje de Ámsterdam, cubriendo sus cuerpos, sus camiones y sus controles militares.
—Casi no puede ni llamarse color —terció Philine—. Como la suela de un zapato.
—La parte de debajo de un sofá —añadió Sonja.
—O el linóleo que usan en los manicomios —zanjé yo.
—¡Eso! —exclamó Sonja con una carcajada.
—Hallo! —gritó un alemán haciendo señas a Sonja.
—No le hagas caso —advirtió Philine.
—Vamos a buscar un sitio para sentarnos —dijo Sonja, que tenía mucha práctica en evadir atenciones masculinas indeseadas. Doblamos la esquina, con la esperanza de cobijarnos en alguna de las cafeterías de la plaza, y nos quedamos de piedra. La plazoleta estaba tomada por un quiosco de música recién montado, un escenario elevado con un techo de lona bajo el que unas dos docenas de músicos esperaban frente a sus atriles vacíos, todos de uniforme y con el instrumento en la mano. El director, también uniformado, dio unos golpecitos de batuta para llamar la atención de la banda. Una pancarta tendida de lado a lado por encima del escenario anunciaba: Musikkorps der Ordnungspolizei.
—¿La Orpo tiene banda?
—¿Dónde aprendes todo esto? —preguntó Philine, que todavía intentaba descifrar las letras del cartel.
—En la alianza para los refugiados —respondí. Mis compañeras de allí lo sabían todo.
Nos quedamos en la periferia de la plaza, mirando cómo se preparaban los músicos. La banda estaba apretada en el pequeño escenario, pero el resto de la plaza estaba bastante despejada, con un grupo de soldados y oficiales alemanes de vistoso uniforme cerca del centro y unos pocos corrillos dispersos de ciudadanos neerlandeses, en su mayoría adolescentes y niños, algo más alejados. Habían retirado las terrazas de las numerosas cafeterías de la plaza.
De modo que por eso las travesías estaban tan llenas. El espectáculo me ofendía hasta la médula: pensar que los alemanes podían dedicar tiempo y recursos a algo tan inútil como esa orquesta policial, para la que habían enviado en tren, desde Berlín, todos aquellos instrumentos, atriles y hasta partituras, con el fin de hacernos tragar su ponzoñosa cultura a la vez que nos robaban el país en la cara. Por lo menos podrían haber mandado algo de comida; los estantes de las tiendas ya estaban casi vacíos.
—Al menos van de un color más bonito —señaló Sonja. Los agentes de la Orpo llevaban uniformes de un gris verdoso que, sin dejar de resultar institucional, era más claro.
—No te engañes —dije—. Siguen siendo las SS. —Habían bastado unas semanas tras la invasión inicial para aprenderse las abreviaciones de los absurdamente complicados regimientos alemanes. La Ordnungspolizei era la Orpo, los policías corrientes; las temidas Schutzstaffel eran las SS, que cubrían un papel entre policía urbana y matones de callejón; mientras que el Sicherheitsdienst des Reichsführers-SS era el SD, el servicio de inteligencia de las SS, los espías. Me había ayudado el haber estudiado alemán en la escuela. Mientras yo hablaba, el director pronunció unas palabras en esa lengua y los músicos se pusieron a tocar. La fanfarria metálica de una marcha militar llenó la plaza de un ritmo desafiantemente machacón.
—Puaj —exclamó Sonja, que prefería el jazz en el fonógrafo de su casa.
—¿Qué más has oído sobre Westerbork? —preguntó Philine en voz más baja, acercándoseme para que la oyera por encima de la música.
—Dekker dice que lo están dirigiendo todo allí. Los alemanes se plantaron en su hospital y confiscaron todos los historiales de los pacientes y los ficheros de los médicos, del personal, de todo el mundo. Según ellos los necesitan para reorganizar las campañas de socorro.
—¿Los ficheros? —preguntó Philine—. ¿Qué ficheros?
—Simples formularios de identificación, creo. Nombre, dirección, lugar de trabajo, etcétera. Como si los alemanes necesitaran su propio sistema para sustituir al nuestro. —Nadie superaba a los neerlandeses en lo tocante al funcionamiento ordenado y eficaz de la administración pública; en los Países Bajos, el funcionariado era más poderoso que el Ejército—. Es una invasión flagrante de la privacidad —añadí, todavía susurrando, confiada en mi análisis jurídico—, que estoy segura de que es ilegal de acuerdo con las Convenciones de Ginebra de 1929.
—Están identificando a los judíos —dijo Philine con voz queda y la vista fija en los adoquines. Apenas la oía.
—¿Qué? —pregunté—. No, querían todos los ficheros. No solo los de los judíos.
Sonja y Philine me miraron con expresión de incredulidad. Hizo falta un segundo, pero luego noté por primera vez la brecha que nuestras diferentes circunstancias abría entre nosotras. Lo veía en sus caras: si los alemanes decidían segregar al personal y los pacientes del hospital por motivos de religión o de etnia, los ficheros les facilitarían el trabajo. Así habían empezado en Alemania, antes incluso de que estallara la guerra. Yo lo sabía. Me avergonzaba tanto de mi estupidez que me costaba mirar a Philine y Sonja a la cara.
—Ah —contesté.
En el escenario, la música subió en un crescendo y, con ella, el ánimo de los oficiales alemanes del público. Nos quedamos calladas las tres, contemplando inexpresivas a la banda, que siguió tocando.
Cuando había conocido a Sonja y Philine unos meses antes, me habían parecido unas chicas neerlandesas típicas, como yo misma. Y lo eran. Cuando me enteré de que eran judías, fue como descubrir que eran católicas: no me importó. Mi madre era la devota hija de un pastor protestante mientras que mi padre era socialista y laico; nunca les supuso un problema como pareja. No conocía a nadie que fuera especialmente religioso, más allá de ir a la iglesia en las fiestas de guardar. Que yo supiera no había conocido a muchos judíos de pequeña en mi barrio de clase media de Haarlem, aunque seguro que los había. Sin duda debían de ser casos muy parecidos a los de Philine y Sonja, que se habían criado en hogares teóricamente judíos, pero no demasiado practicantes. Las familias de mis amigas llevaban siglos en los Países Bajos, que era lo habitual para la mayoría de los judíos neerlandeses. El motivo mismo por el que nuestro país atraía a los refugiados del fascismo era que se nos conocía tanto por nuestra tolerancia religiosa como por los molinos y los zuecos.
Cuando los nazis nos invadieron, se cansaron de proclamar lo mucho que nos amaban ellos también: sus hermanos pequeños neerlandeses en el Tausendjähriges Reich, la visión del milenio de dominación nazi prometido por Adolf Hitler. Los alemanes no querían destruir los Países Bajos, insistían; querían salvarlos, abrazarnos. Era pura propaganda. Sin embargo, aparte del bombardeo que había reducido Róterdam a escombros en el ataque relámpago del primer día de la invasión, en general habían dejado tranquilo al pueblo neerlandés, incluidos los judíos. Los alemanes estaban presentes, pero no construían guetos ni bombardeaban el campo. Parecía que en nuestro país las cosas pudieran seguir otro rumbo que en Alemania y Austria. Aun así, con cada día que pasaba, el regusto amargo del nazismo se iba extendiendo hasta todos los rincones de la vida cotidiana. No éramos los hermanitos de los nazis, y no tenían ninguna intención de dejarnos en paz.
Durante la última década había presenciado innumerables discusiones en casa, escuchando a mis padres agobiarse por el auge de Mussolini, Franco y Hitler. A Annie, que era mayor y más valiente, le gustaba participar en esas conversaciones de adultos. Yo me quedaba callada y escuchaba. Ya con diez años, a menudo deseé que cambiaran de tema y hablaran de lo que imaginaba que charlaban las familias normales: el tiempo y cosas así. Años más tarde agradecí aquellos debates nocturnos; por lo menos tenía cierta idea de lo que cabía esperar. Mis padres hablaban de plantar cara y de los valerosos sacrificios de los partisanos en Italia y España. Todos sabíamos cómo habían acabado aquellos conflictos. Mussolini y Franco seguían en el poder, ahora unidos en el Eje hitleriano. Yo era menos inocente que algunas de mis compañeras veinteañeras, aquellas cuyas familias hablaban del tiempo. Sin embargo, al mirar de reojo a aquellas chicas que tan deprisa se habían convertido en mis mejores amigas, las primeras que tenía desde la muerte de Annie, supe que me quedaba mucho por aprender. Juntas en la esquina de la plaza más alejada de la banda, escuchamos cómo la música se resolvía con una fanfarria final y un golpe de tuba. Sonja se encogió. Por espantosa que fuera para mí la ocupación, para Sonja y Philine era mil veces peor. Ellas temían cosas que a mí ni se me habían pasado por la cabeza.
Los alemanes de la primera fila aplaudieron y gritaron. El resto del público guardó silencio. Sonja contempló la escena.
—La situación está empeorando —susurró. No supe distinguir si había sido su intención decirlo en voz alta.
—Vámonos —dijo Philine mientras le asía la mano.
Cruzamos la plaza por la parte de atrás y nos metimos por una calle más estrecha, que también había absorbido el tráfico de transeúntes comunes que en otras circunstancias habrían ocupado la plaza.
—Estoy intentando convencer a mi padre de que nos vayamos, pero es un cabezón —comentó Philine mientras caminábamos—. Me dice: «Mientras respetemos la ley, no nos meteremos en líos». Y como no ha quebrantado una ley en su vida… —Frunció el ceño.
—Hace diez años, mi padre convenció a mis tíos alemanes para que vinieran a Ámsterdam, porque estarían más seguros —dijo Sonja, sacudiendo la cabeza—. Ahora no saben qué hacer. Mis padres y sus amigos hablan del tema, pero de momento solo han llegado a marcharse los Baum. Mi madre dice que son unos exagerados.
Philine y Sonja rara vez hablaban con tanta franqueza delante de mí, aunque debían de darle vueltas a esa cuestión a todas horas. Se me subieron los colores de la vergüenza. Quería que se vieran capaces de hacerme confidencias. De repente, su confianza me parecía lo más importante del mundo.
—¿Adónde se fueron? —pregunté—. Los Baum, digo.
—A Estados Unidos —respondió Sonja—. Al parecer tienen unos primos en… ¿Detroit? Dondequiera que esté eso.
El tono de nuestra conversación cambió. Tuve la sensación de que ya no íbamos a parar en ninguna cafetería.
—Gira por aquí —indicó Philine. Doblamos por una calle más tranquila y la música se fue apagando a nuestra espalda, a excepción del latido sordo de un bombo—. Detroit es donde Henry Ford fabrica los coches —dijo. Por supuesto, Philine lo sabía. Daba gracias a Dios por no haber tenido que competir con ella en el instituto, donde había disfrutado sin demasiado esfuerzo de mi condición de primera de la clase.
—¿Cómo salieron? —le pregunté a Sonja. Los alemanes, nada más tomar el control, habían prohibido a los judíos abandonar el país.
—Como dice mi padre: «Con dinero, todo es posible» —respondió Philine. Luego miró a Sonja—. Me refiero a que…
—No, es cierto —la atajó Sonja con un encogimiento de hombros—. Los Baum eran ricos. Vendieron todo lo que pudieron, hicieron las maletas con todo lo que se veían capaces de llevar y sacaron del banco el dinero; bueno, el que les permitieron. Mi madre dice que no les dejaron sacarlo todo. Según ella, la señora Baum salió del país con al menos un anillo en cada dedo de las manos y de los pies, pulgares incluidos. —Cimbreó los dedos, de uñas bellamente esmaltadas, para ilustrar sus palabras.
—Aunque nosotros tuviéramos dinero suficiente para marcharnos —comentó Philine—, mi padre se negaría. «Soy profesor de francés», dice. «¿Qué voy a hacer en Estados Unidos? ¿Limpiar botas?». —Puso los ojos en blanco—. Todo el mundo sabe que hay trabajo de sobra en América.
Sí, eso opinaba la gente. La gente también contaba que, el día de la invasión alemana, docenas de judíos neerlandeses se habían suicidado, convencidos de que llegaba la muerte. Sin embargo, después no había sucedido gran cosa, y daba la impresión —por lo menos a mí— de que se habían precipitado de la manera más horrible. Ahora empezaba a tener dudas. ¿Qué pasaba con el resto de ideas que había dado por sentadas, como que esa guerra duraría solo cuatro años, igual que la anterior? Tal vez se eternizara. Nadie lo sabía.
—¿De verdad te irías? —pregunté a Philine.
—Si fuera necesario —contestó. Estábamos delante de su edificio—. Subid conmigo —nos propuso a las dos. Me alivió que todavía me incluyera.
—Yo me voy —dijo Sonja.
—Anda, sube —replicó Philine.
—No —aclaró Sonja—, me refiero a Estados Unidos. Ya lo he decidido.
—¿A Estados Unidos? —pregunté—. ¿Cuándo?
—En algún momento —respondió mientras me seguía escaleras arriba—. Todavía no, pero en algún momento. Me iré con o sin mis padres, pero no pienso quedarme aquí de brazos cruzados esperando a que… —Hizo una pausa y bajó la voz en el estrecho rellano—. Si no están listos cuando lo esté yo, me marcharé sola. —Lo remató con un asentimiento rápido de cabeza, como si quisiera sellar una promesa hecha a sí misma.
—No, Sonja —dijo Philine, volviendo el torso hacia atrás y con los nudillos blancos de preocupación sobre el pasamanos—, no es seguro, no puedes marcharte sola.
Sonja puso los ojos en blanco y se echó a reír.
—¡Estáis las dos para veros, cloqueando como gallinas! Podéis relajaros, chicas. Todavía no he reservado camarote.
Guardé silencio, porque en cierto modo me sentía fuera de lugar. Philine suspiró.
—Ay, Sonja —dijo.
—¿Ay qué? —le espetó ella, hastiada de aquella aburrida conversación—. ¿Vamos a entrar?
—Nada —repuso Philine—. Nada.
—Ah, ma chérie.
Philine acababa de abrir la puerta de su apartamento y la voz suave de su padre llegó flotando por el pasillo como un fantasma francés.
—Bonjour, papa —respondió ella. Al volverse hacia él, su expresión preocupada recuperó la habitual dulzura y serenidad—. Vengo con Sonja y Hannie.
Yo ya conocía al señor Polak. Pasamos al salón y allí estaba, como siempre, con una manta sobre las rodillas y un libro en las manos. Tenía cuarenta y pocos años, pero su apariencia era la de alguien que no hubiera sido nunca joven, con el pelo plateado y los ojos estrábicos. Su expresión era amable, igual que la de su hija. El bonachón padre de Philine, el profesor de francés. Saltaba a la vista lo estrecha que era su relación y que él la amaba con ternura. Me recordaba a mi relación con mi padre, también profesor, aunque mi padre no afrontaba el mismo peligro que el señor Polak. Se me formó un nudo en la garganta. ¿Qué tenía de malo, bien pensado, limpiar botas?
—Me temo que debo irme —dije.
—Pero si todavía no hemos estudiado —objetó Philine.
La sirvienta de los Polak de toda la vida, Marie, entró con una taza humeante de té y la posó junto al padre. Era una refugiada alemana de más de sesenta años. No judía, sino una simple ciudadana alemana empobrecida que había dejado su patria durante la depresión de la década de 1920 y había acudido a Ámsterdam en busca de trabajo. Llevaba veinte años con la familia Polak y era como una madre para Philine, que había perdido a la suya de una fiebre cuando era solo un bebé. Aunque técnicamente seguía siendo empleada de los Polak, Marie empezaba a actuar como la representante de la familia, pues se ocupaba de todas las compras y del trato con desconocidos, ya que era la única no judía de la casa. Podía comprar en las tiendas buenas, donde los judíos cada vez eran menos bienvenidos. Con su pelo blanco recogido en un moño y su espalda doblada por una vida de trabajo doméstico, podría haber pasado por madre del señor Polak. Aunque tener un progenitor gentil tampoco hubiese ayudado en nada al padre de Philine: de acuerdo con los nazis, se consideraba a una persona Mischling —de sangre judía mezclada— aunque tuviera siquiera un abuelo judío.
Técnicamente, ya no era legal que un gentil trabajase para judíos, pero Marie siguió como siempre, invisible como solo pueden serlo las mujeres mayores. «¿Tú crees que se irá algún día?», le pregunté una vez a Philine, que me miró horrorizada. «Por supuesto que no —respondió, y luego hizo una pausa, en busca de su razonamiento—. Nos quiere —explicó—. Y no tiene otro sitio al que ir».
—Merci, Marie —dijo el señor Polak.
Marie asintió y desapareció en la cocina.
—Hannie —prosiguió nuestro anfitrión—, la petite dernière. —«La pequeña última». Era el apodo que me había dado, como si nadase rezagada tras los dos cisnes. Una sonrisa comprensiva—. ¿Adónde te vas a ir en una noche fría como esta? A casa, espero. —Siempre le había preocupado que viviera lejos de mi familia y cenara sopa de alubias casi todas las noches.
—Un recado rápido y luego me voy a casa, lo prometo.
—Ve con cuidado por dónde pisas ahí fuera.
Tiró de los bajos de la cortina que tenía al lado y echó un vistazo a la calle, donde empezaba a oscurecer. El sol se ponía temprano en esa época del año, y su calor desaparecía con la luz. Desde que la Luftwaffe había empezado a cruzar el canal de la Mancha para bombardear Gran Bretaña meses atrás, habían retirado o roto a tiros las farolas. Todos estábamos aprendiendo a orientarnos en la penumbra.
—Eso haré —aseguré.
—Oye —dijo él mientras dejaba caer de nuevo la cortina—, por lo menos no tenemos que preocuparnos de que los alemanes nos bombardeen, n’est-ce pas? —Soltó una risilla—. Quizá sea el único beneficio de tenerlos de vecinos.
—Supongo —repliqué, desconcertada por su empeño en encontrar algún motivo de esperanza en la situación. Así debían de sentirse Philine y Sonja cuando hablaban conmigo.
—Tenemos suerte de no estar en Londres —prosiguió él señalando el periódico que había a su lado en una mesa—. Ahora bombardean iglesias, ¿os lo podéis imaginar? —Adoptó una expresión cavilosa—. El Rebe de Hond dice: «La sinagoga es nuestro refugio y las filacterias son nuestros cañones antiaéreos», ¿eh? —Esbozó una media sonrisa y suspiró—. En fin, es espantoso lo que están sufriendo los británicos.
No sabía cómo responder. Las filacterias eran pequeñas cajas negras que contenían pergaminos de la Torá… y nadie de la familia Polak iba siquiera a la sinagoga, que yo supiera. Aquel hombre buscaba motivos para la esperanza y le daba igual dónde surgieran. No podía culparle; yo lo hacía a todas horas.
—Temo por nuestra reina —continuó el señor Polak a la vez que daba una palmadita al ajado clavel blanco que llevaba metido en el ojal de su solapa. Como era la flor favorita del príncipe Bernardo, llevarlo se había convertido en una expresión de lealtad a la familia real neerlandesa. La reina Guillermina, el príncipe Bernardo y el resto de la familia habían huido a Londres al principio de la guerra, donde actuaban en esos momentos como gobierno en el exilio. Todos escuchábamos sus discursos patrióticos emitidos por Radio Oranje, aunque lo habían prohibido—. No puede estar a salvo, en medio de todo esto.
—Hummm —musité. Visualicé la banda de la Orpo a la que acabábamos de oír en la plaza y el modo en que las tropas alemanas campaban por nuestra ciudad, como si la reclamaran. Todavía recordaba la cara de Philine y Sonja mientras mirábamos a la banda. La aprensión, la repugnancia—. Seguro que la reina también está preocupada por nosotros —dije.
—Pues claro —coincidió él—. Pero tiene fe en nosotros. En su intervención de anoche alabó «el valor de nuestra resistencia y la fuerza de nuestro carácter nacional». —El señor Polak sonrió, tranquilizado por la presencia espectral de la reina.
Eso a mí no me pasaba. Era algo que podría decírsele a un niño, aunque sabía que la reina tenía buenas intenciones. Me interesó, con todo, su mención explícita de la resistencia. Se había hablado mucho de eso en los primeros compases de la guerra, pero la palabra misma había desaparecido enseguida de las conversaciones públicas y solo la pronunciaban en voz alta las personas como la reina, que era libre de decir lo que le placiera desde Londres. Aun así, en cierta manera, la desaparición de la palabra parecía el presagio de algo poderoso. Todo aquello que pudiera marcar una diferencia en aquella guerra iba apartándose de nuestra vista, desde el lenguaje hasta herramientas tales como las armas de fuego o las imprentas. Sin embargo, cuando los alemanes prohibieron los aparatos de radio caseros, los resistentes se adaptaron. Desmontaron los aparatos hasta reducirlos a montones de cables y metal y escondieron las piezas sueltas bajo los tablones, para luego ensamblarlas solo para escuchar el boletín de la reina de todas las noches con un vigía apostado a la puerta y luego esconderlas de nuevo. La Resistencia no había desaparecido; únicamente se mantenía a la espera, como las radios.
—Me alegro de oírlo —dije.
El señor Polak puso de nuevo su voz de reina para citarla una vez más.
—«Quienes quieren el bien no se verán impedidos de conseguirlo» —recitó. Se recostó en el sillón, satisfecho.
¿Acaso no había leído el resto del periódico? ¿No había visto las fotos que todos conocíamos, donde millares de soldados alemanes desfilaban a través del Arc de Triomphe con sus rígidos cascos y sus relucientes águilas imperiales? ¿Las nauseabundas instantáneas de Adolf Hitler haciendo turismo en la torre Eiffel? París estaba a tan solo quinientos kilómetros de distancia. Los periódicos controlados por los nazis que últimamente habían inundado la ciudad seguían el día a día de los continuos éxitos de la Wehrmacht también en Europa oriental. ¿Acaso no veía aquel hombre que quienes querían el bien se veían, en efecto, impedidos de conseguirlo casi en todas partes? Me tragué las emociones con una mueca. Cada uno librábamos la guerra a nuestra manera.
—Buenas noches, señor Polak —dije—, me he alegrado mucho de verle.
—Eres una buena chica, Hannie —contestó él, como si quisiera convencerse a sí mismo—. À bientôt, mademoiselle.
Mientras yo salía de la habitación, empezó a recolocar el mustio clavel que adornaba su solapa. Seguro que comprendía que empezaba a ser peligroso llevarlos en público. Confié en que Marie se lo advirtiese.
—¿Nos vemos mañana? —Sonja me dio un beso en la mejilla ante la puerta, con Philine sonriendo a su lado.
—Mi padre te adora —dijo esta.
Sonreí.
—Me suele pasar con los padres y las madres. —Nos abrazamos, y bajé corriendo por la escalera para luego salir a la calle, donde ya anochecía. Cuántas cosas habían cambiado, pensé, desde que había conocido a Sonja y Philine. Me sentía mucho más conectada con la ciudad y las personas que me rodeaban. Después de aquella noche en el baile, había albergado la esperanza de coincidir con ellas de nuevo en el campus, pero jamás había contado con que me incluyeran en su amistad. Y, aun así, lo habían hecho; les caía bien. Sospechaba que mi presencia también había retirado un escollo que se interponía entre ellas. La mayor parte del tiempo, tenerme delante impedía que repitieran el mismo diálogo siniestro semana tras semana de ocupación. En vez de agobiarse la una a la otra con lo mal que estaba todo, podían centrarse en explicarme cosas a mí: la gran ciudad de Ámsterdam, cómo mostrar confianza cuando se hablaba con chicos, qué color de suéter quedaba mejor a las pelirrojas. Cosas sobre las que yo no sabía nada. Temas que nos impedían recrearnos en lo obvio.
Sin embargo, de pronto ese día todo parecía diferente. Cosas que para ellas siempre habían sido obvias por fin empezaban a serlo también para mí.
El tren de cercanías se detuvo con una sacudida en la parte oeste de Ámsterdam. Al otro lado mismo de las vías se alzaban los picos enladrillados de la fábrica de Westergas y sus gigantescos tanques cilíndricos de acero, que se reflejaban en el canal que atravesaba los barrios de clase obrera de aquel sector de la ciudad. Bajé al andén casi vacío y me envolvió el aire gélido y negro de la penumbra crepuscular.
La enfermera Dekker me había pedido que entregara un sobre en un albergue para refugiados de las afueras de la ciudad, donde me encontraba.
—Pareces una chica sensata —me había dicho esa misma mañana—. ¿Puedes hacerme un favor? —Me dio un sobre y luego un trozo de papel aparte con unas señas—. Solo tienes que entregar este sobre en esta dirección, ¿vale? Pero no se la digas a nadie.
Asentí. Siempre hacía todo lo que me pedía. Su expeditiva brusquedad me recordaba a mi madre, la fuerza de gravedad discreta pero poderosa que había mantenido unido el hogar de mi infancia. Y como sucedía con mi madre, rara vez replicaba o hacía preguntas siquiera, cosa que la enfermera Dekker apreciaba.
Después de recorrer con paso vacilante unas cuantas manzanas desconocidas de edificios destartalados, encontré el número en cuestión y llamé a la puerta, convencida de que estaba en el lugar equivocado. Aquella fortaleza de cinco plantas de gélido ladrillo rojo parecía tan silenciosa y desolada como la acera. El apartamento 6 no tenía tarjetita de identificación; se diría que alguien la había sacado con la uña. Sin embargo, a su lado había un agrietado timbre, de manera que pulsé el botón.
—Ja? —dijo desde arriba una voz ronca. Alcé la vista—. Ja? —repitió la voz. Un anciano arrugado con gorra de marino se asomó a la ventana dos plantas por encima de mí.
—¿La alianza? —pregunté mientras sostenía en alto el sobre. Había dado por sentado que mi tarea consistía en entregar papeles a otro grupo de ayuda a los refugiados, pero ya no estaba tan segura. Él hizo un gesto hacia la puerta y la empujé para entrar. El interior del edificio estaba más oscuro si cabe que la calle, donde la única luz eran las estrellas, porque las bombillas del vestíbulo estaban fundidas o desaparecidas. Avancé arrastrando los pies hasta la escalera y seguí el rectángulo inclinado de luz que arrojaba una puerta entreabierta.
—¿Quién la manda? —inquirió el hombre, mirando por la rendija de la entrada.
—La enfermera Dekker.
Parpadeó.
—¿Es usted la chica nueva?
—No lo sé —respondí—. Supongo que sí. —Eché un vistazo por encima de su hombro—. ¿Esta es la alianza?
Se encogió de hombros.
—Supongo que sí.
Tendió la mano para que le diera el sobre. Se lo entregué a través del resquicio abierto. Soltó una risilla que me dejó ver que le faltaban tres dientes. Luego abrió un poco más la puerta. Del interior del piso salieron calor y luz, pero también una vaharada de hacinamiento, cargada de olor a comida, fuego de leña y humanidad. Tras él entreví a dos adultos y tres niños acurrucados bajo una colcha casera sobre un irregular colchón tendido en el suelo. Aquello no era la alianza para los refugiados; eran los refugiados.
—Dele las gracias a la enfermera Dekker de mi parte —dijo el hombre—. Y gracias a usted también, señorita. —Justo antes de que la puerta se cerrase, me guiñó el ojo—. Oranje zal overwinnen —dijo, y la puerta se cerró con un chasquido antes de que acertara a responder.
«El naranja vencerá».
Me quedé quieta a oscuras unos instantes. Oí unos susurros al otro lado de la puerta, nada que pudiera captarse desde la calle. Toda aquella gente en una habitación tan pequeña. Refugiados. ¿De Alemania, de Polonia? ¿De dónde? El edificio entero hedía a tristeza. Y aunque yo no era judía, ni refugiada, conocía el terror de ver desaparecer a la familia.
Annie.
Caminé de vuelta a la estación al amparo de la sombra de los edificios. Adoraba a Annie; yo y todo el mundo. Pero murió de difteria a los doce años, cuando yo tenía solo siete. Con su desaparición de nuestras vidas mis padres se vinieron abajo, y cada uno de nosotros se exilió a su propia isla de existencia. El refugio de mi padre era el Sindicato de Profesores; el de mi madre era preocuparse; el mío, el trabajo. Ya era una chica aplicada antes de la muerte de Annie, pero después me volqué por completo. La vida se convirtió en un pase de diapositivas de mí leyendo, escribiendo, estudiando y haciendo exámenes. Seguía adelante con la cabeza gacha, esperando a que cambiara algo.
No ser Annie había definido mi vida hasta el momento en que conocí a Sonja y Philine. De pronto me descubrí siendo la clase de chica que se encontraba a las afueras de la ciudad en plena noche, llamando a la puerta de extraños y cruzando consignas secretas como una especie de aguerrida espía: Oranje zal overwinnen. Para Philine, Sonja e incluso la enfermera Dekker, era Hannie.
—¡Ja! —Me reí de mí misma en voz alta por ser tan obtusa. Annie… Hannie. No había caído en la cuenta hasta entonces. Annie seguía conmigo; dentro de mí, en realidad. Y aún tenía mucho que aprender de ella.
A través del frío aire de noviembre crucé al trote la estación, que estaba vacía a excepción de un par de soldados alemanes que fumaban y charlaban apoyados en una columna. En el mástil de la entrada principal ondeaba una esvástica cuando me subí a mi bicicleta y pedaleé hasta casa con todas mis fuerzas, en parte para entrar en calor, pero sobre todo para distraerme de mis pensamientos. Dejé la bici en el callejón entre mi edificio y el contiguo y, al hacerlo, reparé en que habían pegado unos cuantos carteles desde mi partida de casa aquella mañana.
Había una hilera de seis, todos con la misma imagen. A los alemanes les gustaba colocarlos así, repitiendo el mensaje cual melodía que odias pero aun así se te pega. En el cartel se veía un mapa de Europa hacia el que avanzaba una ola de sangre carmesí procedente de la Unión Soviética, contenida por dos banderas: la esvástica del Tercer Reich y el doble rayo de las despreciables SS.
Storm tegen het Bolsjewisme!
«Tormenta contra el bolchevismo». Los nazis odiaban a los comunistas, por supuesto; pero aquello era un mensaje en clave. Lo sabía porque Philine me lo había explicado unos días antes, después de ver otro cartel con un mensaje parecido. Cuando los nazis decían «bolcheviques», solía ser un código para referirse a los judíos. La vergüenza, confusión y tristeza de la jornada empezaron a revolverse hasta condensarse en una roca dura y caliente en la boca de mi estómago. Se me aceleró la respiración mientras contemplaba la sangrienta marea que pretendía intimidarme para que odiara a Sonja, Philine y el afable señor Polak. Eché un vistazo a un lado y a otro de mi tranquila calle y, como si me viera a mí misma desde fuera del mundo físico, agarré el borde del cartel y lo rasgué por la mitad. Lancé las tiras al suelo mientras pasaba al siguiente, y luego al otro y al otro, pisoteando los jirones de papel rojinegro con mis gastados zapatos.
Después subí corriendo las escaleras de mi casa con el corazón en un puño y una sonrisa en la cara por primera vez aquel día. Quizá el señor Polak y la reina Guillermina tuvieran razón, a fin de cuentas: quienes quieren el bien no se verán impedidos de conseguirlo.