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Prólogo

KAMI

Aún recuerdo ese día como si fuese hoy. Me había levantado a las doce en punto, tal y como habíamos acordado, y solo eso ya era algo por lo que sentirse nerviosa. Nunca me habían dejado estar despierta hasta tan tarde: a las diez ya tenía que estar contando ovejas..., pero no esa noche, no aquel día. Saqué mi linterna rosa, de la que estaba totalmente orgullosa sin importarme que Taylor se metiera con ella, y la metí en mi mochila. Ya estaba vestida y solo tuve que hacerme las trenzas. Con diez años eso era la última moda. Me asomé por la ventana y sonreí al ver cómo a lo lejos una linterna se apagaba y se encendía en una ventana del piso superior de la casa de mis vecinos. Era la señal.

Con un cosquilleo en el estómago saqué la cuerda con nudos de debajo de mi cama y, tal y como Taylor me había enseñado, la até a la pata de la mesa. Cuando vi que estaba bien asegurada, saqué la cuerda por la ventana y respiré hondo para armarme de valor. Aquella noche iba ser lo más: íbamos a colarnos en la casa del señor Robin y a robarle todo el chocolate que escondía en el sótano. El señor Robin era un viejo cascarrabias, dueño de la chocolatería del pueblo, y la persona más tacaña que había llegado a conocer. Siempre nos enseñaba los dulces que traían a su casa, pero nunca nos daba más que una piruleta, el muy cretino, y era evidente que nos odiaba, a mí y a los hermanos Di Bianco: Taylor y Thiago.

Taylor tenía mi misma edad y era mi compañero en todas mis aventuras, y Thiago... Bueno, lo había sido, pero desde que había cumplido los trece había decidido que pasaba, cito textualmente, «de tonterías de críos». Pero no esa noche, esa noche había decidido acompañarnos y yo sabía que, aunque se hiciese el estirado y nos echase en cara que ya era un adolescente, estaba tan emocionado como nosotros.

Salí por la ventana y, justo cuando estaba por la mitad de la cuerda escuché que llegaban mis amigos y me susurraban desde abajo.

—¡Vamos, Kami, que nos van a pillar! —me gritó en silencio Taylor y eso solo hizo que me pusiese más nerviosa.

—¡Ya voy, ya voy! —contesté apresurándome, teniendo cuidado con no matarme en el proceso. Mi casa era muy grande y mi habitación estaba en el segundo piso, así que era un largo trecho, tanto que habíamos tenido que unir tres cuerdas para poder crear aquella escalera improvisada.

—¡Kam, date prisa! —dijo una voz distinta. Thiago, el único capaz de hacerme llorar y rabiar, el único que me llamaba Kam.

Una parte de mí siempre había querido demostrarle que era tan valiente como ellos dos, que no era una niña tonta y remilgada, a pesar de mis trenzas y los vestidos que mi madre me ponía, pero daba igual todo lo que hiciese. No importaba cuántos bichos cogiera, cuántos escupitajos tirara, cuántas aventuras viviese con ellos, Thiago siempre se reía de mí y me hacía sentir pequeña. Por ese mismo motivo odié cuando me cogió por la cintura y me bajó, impaciente, cuando ya apenas quedaba medio metro para llegar al suelo.

—No irás a echarte atrás ¿verdad, princesa? —me dijo, con aquella mirada traviesa que su hermano también había heredado. La diferencia es que cuando Taylor me miraba, me hacía sentir tranquila y capaz de todo; y si era Thiago el que clavaba aquellos ojos verdes en mí, los nervios para impresionar al hermano mayor se apoderaban de mí.

—No me llames así, sabes que siempre he odiado que lo hagas —le contesté apartándome. Él estiró una mano y tiró de una de mis trenzas.

—Entonces ¿por qué siempre vas con estos trastos? —dijo arrancándome uno de los lazos. Por suerte la gomilla se quedó en su sitio.

—¡Devuélvemelo! —le dije enfadándome.

Él se rio de mí y se metió el lazo en el bolsillo.

—Déjala, T, que la vas a hacer llorar —dijo Taylor, cogiendo mi mano y tirando de mí. Se la apreté con fuerza, odiando aquellas lágrimas que amenazaban con desbordarse. Seguí a Taylor y empezamos a correr. Thiago se puso serio y adoptó su papel de hermano mayor cuando llegamos al pequeño riachuelo que separaba nuestras casas y la de nuestro tacaño vecino. Era muy angosto y el día anterior habíamos puesto una tabla que nos sirviera como puente para así poder cruzar. A Taylor no le gustaba nada el agua desde que una vez estuvo a punto de ahogarse, por eso fue Thiago quien cruzó primero para poder ayudarnos. Cuando rechacé la mano con la que intentó ayudarme, juro que vi un deje de orgullo en sus ojos verdes.

Poco después estábamos junto a la casa del señor Robin. Todo era tan emocionante... Para una cría de diez años aquello era el acto de valentía más grande que se pudiese hacer.

Thiago se agachó junto a la pequeña ventana rota que había en la parte baja de la casa. Aquel cristal lo habíamos roto nosotros jugando a la pelota y el señor Robin nunca lo había arreglado. Mirando dentro habíamos podido descubrir que allí se guardaban todas las golosinas y chocolates habidos y por haber... Aquello era mejor que cualquier tesoro que jugábamos a encontrar, aquello era de verdad.

—¿Quién baja primero? —preguntó Thiago, mirándome a mí e intentando ocultar su sonrisa.

—Tú eres el mayor, así que tú. —Lo miré con seriedad e intentando parecer mayor de lo que era.

—De acuerdo —dijo este sonriéndole a Taylor y después mirándome a mí—, pero no hace falta que bajemos los tres, con dos bastará. El otro se queda vigilando y le pasamos la mercancía.

La mercancía, a Thiago le encantaba utilizar palabras que a mí ni se me hubiesen pasado por la cabeza. ¿Qué mercancía? ¡Eran chuches!

Taylor y yo nos miramos, indecisos y temerosos de seguir adelante. Yo estaba muerta de miedo, todo estaba oscuro y el viento hacía que los árboles se moviesen de forma extraña. Aunque no lo hubiese admitido jamás, le tenía un miedo atroz al señor Robin, así que prefería bajar y estar con Thiago que quedarme allí sola en medio del jardín donde cualquier cosa podía ocurrirme.

—Yo iré contigo —dije, antes de que Taylor dijese lo mismo.

—Muy bien. Entonces, T, tú te quedas aquí fuera —le dijo Thiago, imitando la forma en la que Taylor le llamaba a él. Al principio fue muy confuso, pero con el tiempo me terminé acostumbrando. Era una cosa de hermanos, y de padre, puesto que todos llevaban un nombre que empezaba por T.

Thiago metió la mano por el agujero y quitó la trabilla de la ventana. Esta hizo un poco de ruido, que con tanto silencio pareció resonar por toda la casa.

—¡Chis! —le dije, abriendo los ojos y sintiendo un nudo en el estómago. Si nos pillaban...

La ventana se abrió y Thiago se asomó para ver el interior.

—Estamos muy arriba. Me apoyo en la mesa y te ayudo a bajar.

Asentí mirándolo nerviosa cuando introdujo las piernas por la ventana y saltó de forma limpia sobre la mesa que había allí.

—No tardéis mucho —me dijo Taylor con sus ojos azules, relucientes y asustados.

Entonces me tocó a mí. Introduje mis piernas por el hueco y supe que ni muerta habría podido bajar allí sola si no hubiese sido por Thiago que, al contrario que Taylor y yo, había crecido de forma asombrosa ese verano, sacándonos casi una cabeza a ambos.

Cuando Thiago me soltó sentí algo asombroso al vernos allí metidos y juntos, una conexión increíble que solo se consigue cuando estás haciendo algo peligroso. Nos sonreímos mutuamente cuando vimos las estanterías llenas de chocolates, golosinas y pasteles.

—Vamos, Kam —me dijo, ayudándome a bajar de la mesa. Nos apresuramos a coger todas las chuches que pudiésemos y a meterlas en nuestras respectivas mochilas. Aquello era el paraíso de cualquier niño: tantas golosinas y todas al alcance de nuestras manos. Cuando ya teníamos las mochilas a rebosar, escuchamos un ruido.

Me giré automáticamente hacia Thiago, con los ojos abiertos del miedo y la excitación.

—Se ha despertado —dijo Thiago mirándome alarmado.

Otro ruido.

Ambos dejamos lo que estábamos cogiendo, cerramos las mochilas y nos acercamos a la ventana. Thiago le pasó las mochilas a Taylor lo más deprisa que pudo.

—¡Ve yendo, ahora te alcanzamos! —le dijo en un susurro alarmado. Taylor asintió asustado y salió corriendo con las dos mochilas a cuestas. Miré a Thiago, que tenía que ayudarme a subir para poder salir de la ventana.

—¡Ayúdame! —le dije cuando vi que se giraba hacia mí con una sonrisa en la cara.

—Antes quiero algo a cambio —me dijo el niño del demonio.

—Ya te daré mi chocolate, pero ¡tenemos que salir de aquí! —dije con miedo de que el señor Robin nos pillase.

—No quiero tu chocolate, quiero un beso... tuyo —contestó dejándome totalmente descolocada.

—¡Qué asco, ni muerta! —le contesté por instinto.

Él se giró y colocó las manos para impulsarse hacia arriba.

—Pues aquí te quedas —me soltó preparado para saltar.

—¡Espera! —le dije cogiéndole de la camiseta y tirando para que no me dejara. De repente, sin saber por qué, pensar en un beso de Thiago me dio algo más que asco..., me despertó curiosidad.

—¿Vas a dármelo? —me preguntó mirándome fijamente.

Por mi mente de niña de diez años se cruzaron mil pensamientos incoherentes, pero no pude evitar sentir una sensación de vértigo en el estómago cuando lo acerqué hacia mí.

Y entonces juntó sus labios con los míos. Fue muy raro y cálido y asqueroso, pero nunca llegué a olvidar ese momento y mucho menos el brillo en la mirada de Thiago cuando se separó de mí y, con una sonrisa radiante, me ayudó a salir de aquel infierno lleno de chuches. Corrimos como locos cogidos de la mano hasta alcanzar a Taylor. Aún recuerdo la emoción y la alegría cuando finalmente pudimos ver nuestro botín.

Esa noche fue mi primer beso... y nuestra última aventura.

1

KAMI

Siete años después...

Nada más abrir los ojos aquella mañana de 1 de septiembre, noté un cosquilleo extraño en el estómago, una sensación que quería hacerme creer que las cosas, a lo mejor, podían llegar a ser diferentes ese año. No es que tuviese especiales ganas de empezar mi último curso en el instituto, pero sí deseaba volver a la rutina. Haberme pasado el último mes de veraneo con mis padres y mi hermano pequeño había terminado por agotar mi paciencia. ¿Por qué nuestros padres insistían en querer compartir un mes de playa cuando apenas se soportaban?

Estaba segurísima de que no era mi madre la que seguía insistiendo en compartir las vacaciones. Sabía casi al cien por cien que era cosa de mi padre, Roger Hamilton, quien todavía insistía en creer que nuestra familia no estaba rota por completo.

Y yo no iba a pincharle la burbuja... No de nuevo, al menos.

Aquel pensamiento me hizo bajar la mirada hacia mi muñeca casi de forma automática. Mis ojos, como acostumbraban a hacer más de una vez al día desde hacía años, se centraron en aquella cicatriz que adornaba mi piel: un triángulo perfecto se distinguía de un color más claro al resto de mi piel, ligeramente bronceada por el sol. Aún podía recordar lo mucho que me había dolido hacerlo y, a pesar de los años transcurridos, cada vez que la miraba un pinchazo de dolor me atravesaba el pecho, un dolor que no era solo físico. ¿Cómo podía cambiar todo de repente? ¿Cómo podíamos pasar de ser simples niños inocentes a niños cuya infancia se ve marcada para siempre?

Borré de mi mente la imagen que se materializó frente a mis ojos y me ordené a mí misma no volver a deprimirme por algo que había pasado hacía ya tanto tiempo.

Me bajé de la cama y me metí en el cuarto de baño que había en mi habitación. Todo estaba impecable, nada estaba fuera de lugar. A veces me molestaba tanto regresar a casa y ver que nada estaba donde yo lo había dejado que las ganas de gritar y mandarlo todo a la mierda casi podían con mi personalidad callada, sumisa y perfecta que siempre le dejaba ver a todo el mundo. Si alguien supiese cómo era yo en realidad...

Me lavé la cara y los dientes y me cepillé el pelo con lentitud, observando mi rostro y los rasgos que me definían. No me disgustaba mi aspecto, pero me hubiese gustado no parecerme tanto a mi madre. Había heredado el mismo pelo rubio, un poco ondulado en mi caso, y los mismos hoyuelos en las mejillas. Mis ojos, al menos, no eran como los de ella, de un celeste impecable, sino que eran marrones como los de mi padre, con espesas y largas pestañas. Había tenido la suerte de solo tener que llevar bráquets durante un año, por lo que mis dientes estaban perfectamente alineados desde que había entrado en secundaria. Aunque, claro, tenía complejos igual que todos, complejos que además mi madre no se cortaba un pelo en hacerme notar. Por ejemplo, al cumplir los quince empecé a tener acné... Era lo normal en chicas de esa edad, incluso amigas mías a día de hoy siguen enfrentándose a ello en su cotidianidad. Obviamente había odiado esos puntos rojos que sin sentido habían parecido acoplarse a mi barbilla o a mi frente, pero mi madre había hecho de ello un mundo. Me hizo acudir a cinco dermatólogos, cambiar mi dieta casi por completo y someterme a un tratamiento que le costó una fortuna.

Dos años después tenía la piel como un melocotón... y aun así, seguía maquillándome para ir al instituto, no fuese a enseñarle al mundo mis ojeras o algunas de mis pecas. Kamila Hamilton siempre tenía que estar perfecta, al igual que su madre, que era la reina de hielo, alta, rubia, extremadamente delgada y elegante, obsesionada por su aspecto. Siempre manteniendo la calma delante de las personas. Nunca la había visto perder la compostura... Bueno, solo aquella vez, aquella maldita vez en la que la curiosidad que tenía de pequeña lo cambió todo.

Junto al tocador que estaba al lado de mi armario había un maniquí con un vestido suelto de color azul marino. Me encantaba, era sencillo y demasiado caro, como todas las prendas que invadían mi armario. Me hubiese gustado estrenarlo para ir a cenar o acudir a una fiesta, no para el primer día de instituto. Pero así era mi madre: las cosas que me compraba ella venían acompañadas de alguna cláusula externa, como por ejemplo ser ella quien decidía cuándo debía ponérmelo. No había nada que yo pudiese hacer para cambiarla: tenía que mantener las apariencias por encima de todo y yo simplemente estaba demasiado cansada para luchar contra mi madre.

Me maquillé y me vestí. El vestido era corto, pues hacía como unos cuarenta grados allí afuera, e iba acompañado de unas bonitas sandalias blancas, color que favorecía a mi piel ligeramente bronceada.

Me gustó el reflejo que vi en el espejo, aunque no la persona que me devolvía la mirada. ¿Por qué estaba tan triste? ¿Por Dani?

Con él las cosas no habían terminado bien el verano anterior... Aún recordaba aquella noche como una de las peores noches de mi vida. ¿Por qué demonios lo había hecho? ¿Por qué demonios había cedido ante algo que no estaba preparada para hacer?

Dani y yo habíamos empezado a salir el día de mi decimoquinto cumpleaños. Desde Thiago no había vuelto a besarme con nadie y Dani fue el único con el que decidí volver a hacerlo. Desde ese día nos volvimos inseparables, aunque lo que comenzó como una relación normal de instituto terminó convirtiéndose en un compromiso ridículo en donde nuestras familias empezaron a planificar nuestras vidas y a decirnos qué debíamos hacer en cada momento. Dani era el hijo del alcalde del pueblo y mi padre era el abogado y gestor que le llevaba su fortuna. Mi padre había estudiado en las mejores universidades, se graduó summa cum laude en Yale y se doctoró en Gestión e Inversiones en Bolsa por la Universidad de Nueva York. Gestionaba la fortuna de muchos empresarios, incluidas las de los pocos que habitaban en nuestro pequeño pueblo de Carsville. Viajaba mucho y lo veíamos poco, pero era el hombre que más quería en este mundo.

Para mi madre, reina de las apariencias, que su hija saliera con el hijo del alcalde era como estar en Disneyland. Al principio me había encantado poder contentarla con algo por fin, pero con el paso del tiempo la relación con Dani terminó convirtiéndose en una jaula donde yo no tenía ni voz ni voto. Aunque Dani pasaba bastante de sus padres, también sufría la presión de las apariencias, como yo. Lo que una vez fue un chico dulce, muy guapo, al que había querido con locura, terminó convirtiéndose en alguien malhumorado, a veces de carácter muy fuerte que solo pensaba y vivía por y para el sexo. Lo quería, mucho, pero ya no estaba enamorada de él... Y menos desde lo que sucedió la última vez que nos vimos.

Cerré los ojos intentando borrar ese recuerdo e ignoré la vocecita de mi conciencia que no dejaba de recordarme que iba a tener que hablar con él antes o después. El verano había sido la excusa perfecta para obtener la distancia que necesitaba, pero muchas cosas se habían quedado sin decir y... perder la virginidad con él para después dejarlo no era plato de buen gusto para nadie.

«¿Qué te pasa?», me había preguntado nada más acabar.

Lo habíamos hecho en su habitación. Sus padres se habían marchado el fin de semana y las expectativas después de dos años de relación sin sexo habían sido enormes.

Pero, aunque todo era aparentemente perfecto, cuando las lágrimas empezaron a inundar mis mejillas, ya no hubo quien las detuviera... No podía dejar de llorar y no había sido por dolor.

Lloraba porque, a pesar de haberlo hecho con Dani, que me quería y me respetaba, no había podido quitarme de la cabeza a quien, en mis deseos más profundos, seguía siendo el chico del que estaba enamorada.

Dejé de darle vueltas a aquel asunto cuando Cameron, mi hermano, entró por la puerta.

—Mamá me ha dicho que me llevarás tú al cole —me dijo y me giré hacia él con el ceño fruncido. Mi hermano acudía al mismo centro que yo, aunque estábamos en edificios diferentes. El ala de primaria quedaba comunicada con el instituto por un largo pasillo utilizado para hacer exposiciones. Yo entraba una hora antes que él y por eso era mi madre la que normalmente lo llevaba, así el enano podía dormir un poco más.

Iba tan cargado como si fuese a ir de acampada en vez de al colegio. Llevaba una mochila más grande que él sobre su espalda, su iguana Juana estaba bien sujeta por uno de sus brazos y en su cinturón había atado una cantimplora, una linterna y no sé cuántos chismes más.

—Cameron, no puedes llevar todo eso al colegio —le dije con paciencia.

—¿Por qué no? —me preguntó indignado, frunciendo sus cejas rubias y sujetando con más fuerza a su iguana. Ese bicho era asqueroso y demasiado grande, pero mi hermano adoraba a su iguana, así que indirectamente yo también la quería.

—Porque no te dejarán pasar ni de la puerta del patio —le dije dándole un beso en la cabeza y cogiendo mi bolso, junto con las llaves del coche—. ¿Has desayunado? —le pregunté saliendo de la habitación seguida por él. Mi hermano tenía solo seis años, bueno, casi siete, pero para mí era como si aún tuviese cuatro, seguía siendo igual de mono e igual de insoportable.

—Sí, hace por lo menos una hora. Has tardado mucho en despertarte... Mamá va a enfadarse —me dijo casi tropezándose con uno de los chismes que arrastraba.

—A ver, dame eso —le dije cogiendo el palo para pescar ranas—. ¿En serio, Cameron? —le dije mirando el palo con incredulidad—. Ya puedes ir dejando todo esto en tu habitación.

—Vaaale —dijo arrastrando la letra a longitudes inimaginables. Mi hermano desapareció por la puerta de su cuarto y yo empecé a bajar aquellas inmensas escaleras. Cuando era pequeña me encantaban, siempre me colgaba de la barandilla y me deslizaba hacia abajo, y por un instante de locura me imaginé a mí misma haciendo eso mismo justo en ese instante.

—¿Qué haces, Kamila? —me preguntó una voz dulce y fría a la vez. Miré hacia abajo y vi a mi madre esperándome al final de las escaleras. Suspiré y seguí bajando. Anne Hamilton, como he dicho antes, era una belleza, una belleza que desafiaba las leyes del tiempo. Cada día parecía más joven que el anterior gracias a los miles de dólares que se gastaba en permanecer como si solo tuviese veinte años en vez de cuarenta.

—Buenos días, mamá —le dije pasando por su lado y dirigiéndome a la cocina.

—Qué bien te queda el vestido, ¿no? Te dije que era una buenísima idea que lo estrenaras para el primer día de instituto —me dijo siguiéndome a la cocina—. Qué lástima que no hayas sacado mi altura, aunque aún estás en edad de crecimiento...

Activé el interruptor de no escucharla cuando empezó con su diatriba de siempre. No me hacía falta seguir escuchando. El resumen de sus palabras me lo sabía de memoria: «no eres suficientemente perfecta, no para mí».

La cocina era tan grande como todas las habitaciones de la casa. El ventanal que había en una de las paredes laterales dejaba entrar todo el sol de fuera y nos dejaba una panorámica exquisita de los campos que colindaban con la propiedad. Allí estaba Prudence, la cocinera que llevaba trabajando allí desde que yo tenía uso de razón. Era tan agradable que solo con verla se me escapaba una sonrisa.

—Hola, Prue —le dije observando lo que estaba preparando: huevos revueltos con beicon. Mmm, se me hizo la boca agua.

—Buenos días, señorita —me dijo muy formal porque estaba mi madre delante—. ¿Lo de siempre? —me preguntó refiriéndose al desayuno.

—Qué remedio —contesté yo colocando una mano bajo mi barbilla y observando cómo Prue cortaba un pomelo por la mitad y me lo ofrecía junto con una taza de café. Qué daría yo por comerme esos huevos...

—Kamila, necesito que lleves a Cameron al colegio y que a la vuelta te pases por el club para que me ayudes a preparar el té con las madres del AMPA —me dijo mi madre ignorando mi resoplido.

—Muy bien —dije pensando en todo menos en eso.

Justo entonces entró mi padre. Era alto, con la barriga prominente y el pelo oscuro ya canoso, pero con una sonrisa que me llegaba hasta el alma. Lo primero que hizo fue darme un beso en lo alto de la cabeza.

—Hola, preciosa —me dijo sentándose a mi lado.

Mi padre era lo opuesto a mi madre. Viéndolos podías pensar que era verdad eso de que los polos opuestos se atraen. Algo debieron de ver el uno en el otro para casarse y tener dos hijos, pero estaba segura de que ese tipo de relaciones tenía fecha de caducidad y para confirmarlo solo había que fijarse en ese matrimonio. Lo que les mantenía unidos era que mi padre era demasiado bueno para enfrentarse a la mujer que tenía al lado y por ello todos quedábamos sometidos bajo su influencia fría y distante.

Yo quería mucho a mi padre, de cierta forma él había sido todo lo buen padre que se puede llegar a ser teniendo en cuenta las circunstancias, aunque una parte de mí sabía que él me culpaba por haberle confesado lo que mis ojos inocentes habían presenciado esa noche inolvidable. El dicho «ojos que no ven, corazón que no siente» definía como anillo al dedo la filosofía del hombre que se sentaba a mi lado y se tragaba los huevos revueltos como si no tuviese ya suficiente colesterol en las venas.

Cuando mi hermano apareció por la puerta, me levanté deseosa de salir ya de esa cocina llena de tensión y reproches no pronunciados.

Mi hermano había dejado todos sus juguetes en su habitación y gracias al cielo se había vestido con la ropa que mi madre le había preparado. Iba con unos vaqueros y un polo de marca que regresaría en estado catatónico. Nunca entendería qué fin tenía gastarse una millonada en ropa de Ralph Lauren para un crío que solo iba a revolcarse en el patio.

Mientras acortábamos el camino que nos llevaba hasta mi coche, un descapotable blanco que había sido de mi madre pero que ella lo había sustituido por un Audi rojo reluciente, mis ojos se desviaron hacia el camión de mudanzas que había aparcado en la casa de al lado.

Mi corazón literalmente dejó de latir por unos instantes y entonces reanudó una carrera sin pausa.

—¿Vamos a tener vecinos? —preguntó mi hermano ilusionado.

Hacía siete años que nadie vivía en aquella casa, ni tampoco en la del señor Robin, que había muerto cuatro años atrás. Mi hermano siempre se quejaba de que no tenía con quien jugar y la emoción en su voz me hizo comprender que aquel camión significaba para él todo lo contrario de lo que significaba para mí.

Me bajé las gafas de sol que tenía sobre la cabeza para poder ver mejor y, con el corazón en un puño, vi cómo una moto aparcaba frente al camión y alguien se apeaba de ella y se dirigía hacia la casa.

Desde aquella distancia era imposible ver de quién se trataba, pero el cosquilleo que me recorrió todo el cuerpo solo podía significar una cosa.

—Vas a llegar tarde —dijo mi hermano detrás de mí. Me había quedado tan petrificada intentando divisar de quién se trataba que había olvidado dónde íbamos.

—Sube al coche —le dije abriendo la puerta del copiloto.

—¿Podemos ir con la capota bajada? —me pidió pegando saltitos en el asiento. Le di al botón para que esta se abriera y así el aire nos diera de lleno en la cara. Lo hice todo con movimientos automáticos, ya que todos mis pensamientos estaban centrados en la persona que se acababa de bajar de aquella moto.

Arranqué el coche y salí dando marcha atrás hasta la calle. Íbamos a pasar justo delante de la moto e iba a tener ocasión de poder ver quiénes eran los que a partir de entonces ocuparían aquella casa que tantos recuerdos encerraba.

Solo me bastó un segundo para comprobar que lo que todas las células de mi cuerpo me decían era cierto. Sus ojos se clavaron en los míos, ocultos tras las gafas de sol, y todo mi cuerpo se tensó. Los hermanos Di Bianco habían regresado, o al menos uno de ellos.

Dejé a mi hermano en el colegio mientras escuchaba todas sus teorías sobre quiénes eran nuestros nuevos vecinos. No quise explicarle que yo sabía quiénes eran y que estaba segurísima de que no traían a ningún niño de su edad con ellos. Lo dejé fantasear y me despedí de él con un beso rápido, aunque ya apenas dejaba que lo abrazara y besara como antes, al menos en público.

Me fui directa hacia el aparcamiento del instituto. Gracias al cielo la idea de mis padres de mandarme a un colegio privado quedó en una mera discusión que no llegó a ninguna parte. Como mi madre había ido a ese instituto, finalmente creyeron que el hecho de juntarme con «todo tipo de gente» fortalecería mi personalidad... No sé exactamente a qué se referían con ese comentario, aunque estaba segura de que estaba relacionado con las cuentas bancarias de mis compañeros.

Ese iba a ser mi último año y me había jurado que las cosas iban a cambiar, sobre todo con respecto al modo en que la gente me miraba. Estaba cansada de llevar a todos lados aquella máscara de perfección que no reflejaba para nada lo que sucedía en mi interior. Aquel año todo tenía que ser mejor... Y mejor no definía ni de coña encontrarme con Thiago Di Bianco enfrente de mi casa.

La imagen que tenía de hacía media hora poco podía asociarse al niño desgarbado de pelo castaño casi rubio y ojos verdes. Thiago había cambiado. Al menos había crecido tanto como su padre, detalle que no me sorprendió puesto que ya de pequeño siempre había sido más alto que el resto, incluso que los de su misma edad.

¿Por qué había vuelto?

Cuando me bajé del coche en el aparcamiento del instituto muchas personas se giraron para mirarme. Todos esperaban ver a la chica popular en la que me había convertido sin ningún esfuerzo por mi parte. Sabía lo que todos harían: se fijarían en mi ropa, en cómo estaba peinada, en cómo iba maquillada y, si algo estaba fuera de lugar o era ligeramente menos glamuroso de a lo que los tenía acostumbrados, los comentarios hirientes empezarían a rular por todo el instituto... Todo esto a mis espaldas, claro está.

Una melena de rizos claros apareció frente a mí bloqueándome la vista de los alumnos nada discretos y un segundo después me vi envuelta en un abrazo cálido y amistoso.

—¡Hola, lady Kamila! —me dijo mi mejor amiga Ellie. Éramos amigas desde el primer año de instituto: ella había llegado nueva y, a diferencia de los demás, no me miraba como si fuese una especie de celebridad.

—Por favor, no me llames así, sabes que lo odio —le dije devolviéndole el abrazo—. ¿O quieres que yo te llame elfa?

Me sacó la lengua, pues odiaba que la llamase así. En realidad, no se llamaba Ellie: sus padres le pusieron Galadriel, como la elfa de El Señor de los Anillos. Y lo peor de todo era que, para disgusto de su padre, ella detestaba las películas, los libros y todo lo que tuviese que ver con ese rollo friki, incluyendo su propio nombre... Aunque a mí me gustaba porque así podía chincharla siempre que quisiera.

Un segundo después todas mis amigas se me acercaron para ponernos al día sobre el verano. Siempre querían saber adónde había viajado y las cosas que me había comprado. Carsville era un pueblo bastante pequeño y cualquier novedad alimentaba el aburrimiento del día a día..., sobre todo para mis compañeras, quienes se pasaban el verano en la piscina pública. Los viajes de mi familia les sonaban como una película, sin saber que en realidad tenían entre poco y nada que envidiarme.

Cuando entramos en el instituto todos me saludaron y me miraron sonrientes. A la mitad los conocía de toda la vida y la otra mitad me sonaban de vista. Me detuve en mi taquilla para coger un cuaderno y un boli, ya que el primer día no solíamos hacer casi nada. Chloe no dejaba de hablar con Kate y Marissa sobre el baile de fin de curso y sobre la graduación. Ni siquiera habíamos empezado y ya estaban pensando en el final.

Iba a tener que estudiar muchísimo si quería entrar en Yale como mi padre. Mi objetivo era largarme fuera, ya vería cómo haría para volver y visitar a mi hermano.

Mientras mis amigas charlaban a mi lado, alguien se me acercó por mi derecha y me atrajo hacia sí tirando de mis caderas hacia atrás. No me hizo falta mirar para saber quién era, reconocería ese perfume en cualquier parte.

—Hola, corazón —me susurró la voz de Dani en la oreja izquierda. Me estremecí al sentirlo tan cerca, aunque no en el buen sentido.

Me giré con la excusa de poder mirarlo a la cara.

—¡Hola! —Casi grité en un saludo demasiado forzado incluso para mí.

Dani era un chico guapo, alto, fuerte, capitán del equipo de baloncesto, pelo marrón oscuro, ojos azules... Podría seguir definiéndolo y la imagen perfecta que se os formaría en la cabeza no le haría justicia... Todas matarían para que fuese su novio, pero yo ya no.

—Estás guapísima —dijo otra vez, atrayéndome hacia él y posando sus labios sobre los míos.

Justo en ese instante alguien pasó por nuestro lado y siguió hasta una taquilla que quedaba un metro más allá.

El estómago me dio un vuelco.

—Discúlpame un momento —le dije como en trance apartándome de él y sabiendo que todos me seguían con la mirada mientras recorría la fila de taquillas.

Supe que se había percatado de mi presencia al ver cómo su cuerpo se tensaba y por cómo respiró hondo antes de cerrar su taquilla y girarse hacia mí.

Él también había cambiado. Estaba mayor y casi tan alto como su hermano. Sus ojos azules seguían igual, aunque no me miraban con aquel brillo infantil que ambos habíamos compartido cuando hacíamos travesuras o nos metíamos en líos. Esa complicidad que había sentido con él, esa seguridad y esa camaradería habían desaparecido. Su pelo ya no era rubio como el de su hermano, sino marrón claro, y me fijé en que tenía un tatuaje en el cuello, una especie de signo celta.

—Hola, Taylor —le dije en un susurro casi inaudible. Eran tantos los recuerdos que se acumulaban y pasaban por mi mente, tantos los momentos compartidos, tantos juegos y risas...

Sus ojos me recorrieron rápidamente y vi en ellos un deje de sorpresa, como si no fuese la misma persona que él recordaba.

—Hola, Kami —me dijo, frío y distante.

Su manera de mirarme, tan diferente a cómo solía hacerlo, me encogió por dentro.

—Habéis vuelto —afirmé, pero sonó como una pregunta.

—Sí —dijo él, colocándose la mochila, incómodo de repente.

Había tantas cosas que quería decirle, tantas cosas que quería compartir con él... Todo había cambiado demasiado desde la última vez que nos habíamos visto. Mi vida había dejado de ser feliz, mis días habían dejado de ser risas y aventuras para convertirse en una rutina de perfección y aburrimiento. Él era mi confidente, mi protector... Él y su hermano lo habían significado todo para mí y ni siquiera habíamos podido despedirnos. Y siete años después, habían aparecido como de la nada y ¿eso era todo lo que quería decirme?

Sí, mi madre había arruinado su familia, pero también la mía, no podía comprender su frialdad... Yo solo quería abrazarlo, que juntos volviésemos a sentirnos tan bien como lo hicimos en el pasado.

—Me hace muy feliz volver a verte —le dije, armándome de valor—, te he echado de menos, a ti y a tu...

—Tengo que irme —me interrumpió de repente, dejándome con todas las palabras en la boca.

En ese instante sonó el timbre. Pegué un salto, sobresaltándome, y entonces Taylor me rodeó y se alejó de mí. Esa no era la forma en la que había imaginado nuestro reencuentro. Miles de veces me había dormido pensando en cómo sería volver a verlos, a él y a Thiago, pero nunca imaginé que todo iba a ser tan extraño y doloroso como entonces.

Supe que me estaba viniendo abajo, y lo supe por cómo la gente a mi alrededor me estaba observando. Me coloqué la máscara que siempre llevaba por aquellos pasillos y contuve las lágrimas que amenazaban con delatarme.

—¿Qué estáis mirando? —dije a nadie en concreto. Me giré sobre mis talones y fui directamente hasta mi clase. Mis amigas me siguieron y agradecí que ninguna dijese nada, por lo menos durante la primera hora.

Mis sentimientos amenazaban con derrumbarme y la princesa de hielo, al igual que mi madre, no podía permitírselo.

2

THIAGO

No llevaba aquí ni medio día y su imagen ya me perseguía. Kam... Mierda. ¿Por qué demonios me había afectado tanto verla? Ni siquiera se parecía a la persona que yo había conocido y adorado de pequeño. Aquella chica distante y pija no tenía nada que ver con la niña con trenzas de la que yo me había reído tiempo atrás. Solo la había visto un segundo, pero su imagen estaba grabada en mi retina. Había crecido, y obviamente se había convertido en una chica muy guapa. Siempre lo había sido, pero lo que no me esperaba era sentir aquel anhelo al verla. Kamila Hamilton ya no era mi amiga, ya no era la primera chica a la que había besado y de la que creía haber estado enamorado cuando era un simple crío. Esa chica era la hija de la mujer que había arruinado nuestras vidas, la causante de que mi madre ya no sonriera como antaño, la razón por la que mi padre nos había abandonado. Odiaba a esa familia con todas mis fuerzas y a Kamila más que a nadie. Si esa cría me hubiese hecho caso, si hubiese mantenido la maldita boca cerrada, nada de lo que ocurrió entonces habría pasado. Mi madre no habría caído en una depresión, no se habría convertido en lo que era entonces, no se habría enrollado con un tipo gilipollas que la había maltratado y yo no tendría que estar cumpliendo con las seiscientas horas de trabajos a la comunidad por haberle partido la cara a ese cabrón... Si Kamila no hubiese abierto la boca, si ella no...

Verla tan feliz, tan radiante en su descapotable, rodeada de riquezas y sin ningún tipo de problema, hacía que me hirviera la sangre.

Ella no había sufrido como mi hermano y yo. Su familia se había mantenido unida. Seguían juntos, vivían sin ningún tipo de problema económico y no tenían que trabajar en una mierda de construcción para así mantener la familia a flote. A ella no la habían echado de la universidad ni iba a tener que regresar al instituto para poder pagarle al Estado los daños que había provocado.

Era consciente de que mi padre era tan culpable como los demás implicados. Pero mi padre era un cabrón, siempre lo había sido. Había engañado a mi madre en muchísimas ocasiones, yo ya lo sabía, siempre lo supe. Mi padre no era muy cuidadoso cuando se llevaba a sus amigas a casa. Nunca le importó que sus hijos estuviesen en la planta de abajo, jugando con la niñera. La única que parecía no darse cuenta era mi madre, que vivía en su burbuja de ignorancia. Vivía en una mentira, pero al menos vivía feliz.

Por eso le había pedido a Kam que no dijese nada, que mantuviera la boca cerrada... Pero de nada sirvió. La niña tonta había cantado como un canario, rompiendo todo cuanto había en nuestra vida.

Habíamos vuelto. Hacía siete años que mis padres se habían divorciado, siete años desde que mi padre poco a poco había dejado incluso de visitarnos. Solo recibíamos de él el talón que mandaba todos los meses, el dinero justo que había dictado el juez, y ahí se acababa toda nuestra relación.

El muy cabrón nos había abandonado, a sus dos únicos hijos y a la mujer que se lo había dado todo. Había dicho que no podía superarlo, que no podía hacerlo si seguía viviendo con nosotros, que todo se lo recordaba... Y aun así, mi madre aún le lloraba, a escondidas, destrozada.

Mi hermano Taylor fue el que mejor lo sobrellevó. Yo me encargué de ello. Mi madre nunca acudió a él cuando estaba mal, nunca lloró delante de él... En cambio, yo había sido su salvavidas. Con solo trece años había tenido que presenciar todas las discusiones entre ella y mi padre, e incluso había tenido que declarar en el juicio diciendo que había estado al tanto de las aventuras amorosas de mi padre a lo largo de los años. Casi mato a mi madre con aquellas declaraciones, pero no pensaba dejar que el muy cabrón se fuera de rositas. Gracias a esa declaración nos habíamos podido quedar con la casa, aunque de poco había servido. Mi madre había renunciado a vivir junto a los Hamilton, era superior a ella y también se había negado a alquilarla. Habíamos llegado a estar bastante ahogados con el dinero, pagando nuestro alquiler en Brooklyn más lo que costaba mantener una casa como esa. Me había peleado muchas veces por ese tema, pero mi madre nunca cedió: la casa se quedaba cerrada y no había nada más que hablar.

Pero habíamos tenido que volver... por mí.

Con los años habíamos aprendido a superarlo, cada uno a su manera. Yo me había encargado de que mi hermano tuviese la mejor infancia que podíamos ofrecerle y el precio había sido perderme a mí en el proceso. Mi infancia terminó de golpe y me vi envuelto en problemas de adultos aún siendo un crío.

La rabia que guardaba dentro hizo que me juntase con la gente equivocada, empecé a sacar malas notas, me expulsaron por meterme en peleas... y todo eso culminó el verano pasado, cuando pillé al cabrón del novio de mi madre dándole patadas y dejándola casi inconsciente en el suelo. Toda la rabia acumulada que tenía guardada en mi interior se canalizó en los golpes que le di a aquel mal nacido. El susodicho había sido ni más ni menos que el jefe de pediatría del hospital de Nueva York, por lo que después de la paliza que le di, usó todos sus contactos para intentar meterme en la cárcel. Por ese mismo motivo estaba con la condicional. Cualquier metedura de pata y acabaría entre rejas. Y eso era algo que no estaba dispuesto a permitir.

Por eso estábamos allí, en Carsville, donde nací y donde viví una infancia feliz hasta que todo se derrumbó... Pero, a pesar de todo, ese era el único sitio en que estaban dispuestos a darme una oportunidad para librarme de la cárcel. Una parte de mí había esperado que la familia Hamilton ya no estuviese viviendo allí, pero ya había comprobado que todo seguía igual, solo que ahora todos éramos mucho más altos y estábamos de mierda hasta el cuello. Por lo menos en mi caso.

Mi hermano Taylor ya se había marchado al instituto. Los de la mudanza ya habían dejado las cajas de cualquier manera en la entrada y en parte del salón de nuestra casa. Yo había tenido que dejar a mi madre sola, arreglándolo todo puesto que debía estar allí a segunda hora, donde empezaría mi trabajo no remunerado como ayudante del entrenador de baloncesto. También echaría una mano en secretaría y debía quedarme por las tardes con los alumnos que estuviesen castigados... Fantástico, lo sé.

Dejé a mi madre, que no empezaba como enfermera del hospital de Carsville hasta la mañana siguiente, a cargo de la mudanza, y me subí a mi moto para ir al instituto al que solo había acudido el primer año. Regresar al instituto es la pesadilla de cualquier chico de veinte años, y más para mí, que no hacía mucho que me había graduado.

Al llegar, el aparcamiento estaba lleno de coches, pero sin ningún alumno a la vista, todos estaban en clase. Dejé mi moto aparcada en un lugar seguro y con el casco en un brazo y las gafas de sol puestas me encaminé hacia recepción.

Al entrar, una mujer no mucho más mayor que yo me recibió con una sonrisa reluciente y cansada. El primer día de instituto era agotador, había que elaborar todos los horarios de cada alumno, además de las reuniones que hacían los profesores para organizar sus clases.

Al verme, sus ojos me observaron con curiosidad.

—¿Puedo ayudarte en algo? —me preguntó tuteándome. Aunque tuviese veinte años, podría haber sido perfectamente un alumno del último curso.

—Soy Thiago Di Bianco, vengo para...

—Cumplir con las horas a la comunidad, lo sé —dijo con amabilidad y sin juzgarme. Tenía el pelo rubio y los ojos azules. Era muy guapa, seguramente muchos de los alumnos estaban enamorados secretamente de ella. Aunque a mí no me interesaba.

—Pues sí. Si me das los horarios, no tendrás que volver a verme —le dije sentándome frente a su mesa. Ella parpadeó varias veces cuando me subí las gafas y clavé mi mirada en la suya.

—El director Harrison quiere verte, para dejarte claras las normas y todo eso —dijo ella soltando una risita que no sé si me molestó o me agradó.

—Muy bien —dije cogiendo la hoja que ella me tendía y poniéndome de pie.

—Su despacho es ese de ahí —me dijo señalando una puerta con una placa que rezaba Director, en letras negritas—. Por cierto, soy Sarah —añadió tendiéndome su mano. Se la estreché y sentí su apretón suave y cálido a la vez.

—Encantado, Sarah —le dije un tanto seco girándome hacia el despacho del director. Era muy extraño estar en ese ambiente y no sentirme como un crío de diecisiete años.

El director Harrison era el mismo director que yo había conocido durante el único año que había estado allí. Me pidió que me sentara y yo lo hice sin decir una palabra. Ambos nos estudiamos con la mirada unos instantes. Él parecía estar decepcionado con lo que veía, una reacción totalmente diferente a la de la secretaria.

Sonreí divertido.

—Señor Di Bianco, es un placer tenerle de vuelta —me dijo con una sonrisa que no le llegó a los ojos—. Me hubiese gustado que fuese en otras circunstancias, pero no voy a quejarme.

—Gracias, señor. Lo mismo digo —dije sonriendo.

—Iré al grano —dijo entonces el director colocando sus antebrazos en la mesa e inclinándose hacia mí—. Tienes veinte años. Estás aquí porque el estado de Virginia quiere que cumplas con tus horas a la comunidad. Le estoy haciendo un favor a tu madre al no ponerte a limpiar platos en la cafetería, así que quiero dejar bien claro cuáles son tus obligaciones: ayudarás al entrenador Clab con los entrenamientos. Sé que se te da bien el baloncesto y también sé que estabas en el equipo de la universidad. Es una lástima que te echaran, pero tus conocimientos vendrán bien para el equipo del instituto. También estarás disponible siempre que algún profesor caiga enfermo. No es mi intención que des clases a nadie, pero sí que estés disponible para cuando haya que ocupar una baja. Estarás aquí todas las tardes en el aula de estudio para vigilar a los alumnos castigados y también queremos que seas uno de los monitores que vaya al campamento anual con los alumnos del último curso.

Vale, eso no estaba incluido en el acuerdo.

—¿Quiere que vigile a una panda de adolescentes en un campamento? —le pregunté sabiendo que yo era la peor persona para aquel trabajo. Todos sabíamos lo que se hacía en un campamento y yo no pensaba ponerme en plan Gestapo para que los críos no se acostasen los unos con los otros. Menuda gilipollez.

—Exactamente, eso es lo que quiero —dijo mirándome con frialdad—. Por eso quiero que cumplas a rajatabla con las siguientes tres reglas de oro. La primera: no quiero ni drogas ni bebida, ambos sabemos que eso te mandaría derechito a la cárcel. La segunda, señor Di Bianco, es que tampoco tendrá ningún tipo de relación más que la de alumno-profesor con los alumnos, incluido su hermano Taylor. Y tercera: si me entero que ha participado, ayudado o tenido algo que ver con algún tipo de infracción dentro de estas instalaciones, yo mismo me encargaré de que todas las horas que cumpla en este recinto queden inmediatamente anuladas. ¿Le ha quedado claro?

Lo miré fijamente.

—Clarísimo, señor —le dije levantándome de mi asiento.

—Thiago —me llamó haciéndome girar—, ambos sabemos que tu presencia aquí va a causar mucho revuelo, sobre todo en el sector femenino... —Una sonrisa apareció en mi rostro—. Ten mucho cuidado con lo que haces, dentro de poco cumplirás veintiún años y tú, y solo tú, serás responsable de tus actos, ¿lo has entendido?

—Por supuesto, señor.

Salí por la puerta con la sonrisa borrada de mi rostro. Debía tener muchísimo cuidado si no quería que todo aquello terminase más mal que bien por mi tendencia a saltarme las normas.

La hora de entrenamiento fue mucho más divertida de lo que esperaba. Taylor estaba en el equipo y pronto todos se enteraron de que éramos hermanos. No se pudo evitar que surgiera cierta camaradería entre todos los chicos y yo. Era joven, casi de su misma edad, y al final terminé jugando con ellos un partido rápido. El entrenador Clab me felicitó por mi habilidad y estuvimos hablando un rato sobre baloncesto, mientras los demás se duchaban en los vestuarios. Todo iba genial hasta que entré en el pasillo para regresar a la sala de profesores, donde debía esperar hasta la siguiente clase, y me choqué de lleno con la última persona que quería ver allí: Kam.

La sujeté por los hombros para que no se cayera y un cosquilleo recorrió mis manos, que la soltaron casi al instante. Nos miramos durante lo que sentí que fueron horas, aunque estoy seguro de que fueron tan solo unos instantes. Fue como si el tiempo se detuviera y nos dejase asimilar los cambios que habían sufrido nuestros cuerpos. Mis ojos captaron los detalles nuevos de su rostro... Un rostro que, a pesar de haber madurado, seguía manteniendo los rasgos que creía haber conocido de memoria... Con los años habían cambiado hasta convertirse en lo que eran entonces: los rasgos de una chica muy guapa y extremadamente parecida a la persona que más odiaba de mi vida.

Sus pestañas eran largas y oscuras. Sus labios carnosos pintados tenían un brillo que incitaban a hacer locuras... Sus hoyuelos en las mejillas, que a pesar de no estar sonriendo se marcaban ligeramente sobre su piel, unas mejillas ligeramente sonrosadas y no por el maquillaje, a ella no le hacía falta colorete ni mierdas: siempre se había puesto roja en contra de su voluntad... Y su cuerpo... Detuve el recorrido que mis ojos deseaban realizar. Solo una cosa no había cambiado... Yo seguía sacándole casi dos cabezas.

—Thiago —dijo ella sorprendida. Escuchar mi nombre salir de entre sus labios me afectó más de lo que hubiese esperado.

Su voz tuvo un efecto inmediato en mi entrepierna.

Joder.

Apreté la mandíbula con fuerza, no quería saber nada de ella.

—Disculpa —dije con la intención de rodearla, pero ella se apresuró a cogerme del brazo, evitando así que me marchara.

—Dejad de hacer eso —dijo ella y vi que un atisbo de enfado surcaba sus ojos—. Solo quiero hablar —añadió mirándome como lo hacía de pequeña, como una niña perdida, pero con muchas ganas de dar guerra.

Clavé mis ojos en sus dedos, que aún seguían en torno a mi brazo.

—Suéltame —dije entre dientes.

Necesitaba poner distancia entre los dos. Nada bueno podía salir de aquello. Había miles de cosas que deseaba echarle en cara, miles de insultos se me venían a la cabeza. Si dejaba que mi rabia me dominara, iba a perder todo lo que me importaba, y ya había perdido suficiente por esa chica.

Ella pareció asustarse o sorprenderse por mi tono y me soltó como si la hubiese quemado.

Le di la espalda y empecé a alejarme de ella.

—Lo siento, Thiago —me dijo. Supe sin mirarla que estaba llorando.

—Tus disculpas no me sirven de nada —repliqué ignorando a las personas que se nos habían quedado mirando.

Aquello iba a ser un infierno.

3

KAMI

Aquel día no podía ser peor. Nunca pensé que volver a ver a Taylor y Thiago pudiese afectarme tanto, pero lo había hecho. Cuando salí del instituto horas más tarde todo el mundo hablaba de lo mismo: de lo guapo que era Taylor, de lo sexy que era Thiago y de lo tremendamente excitante que era tener a los hermanos Di Bianco caminando por los pasillos del instituto de nuevo.

Ni siquiera me enteré de lo de Thiago hasta que no choqué con él en el pasillo. Al verle de cerca me había quedado sin palabras. No me extrañaba que todas las chicas estuviesen como locas..., estaba guapísimo. Los años lo habían bendecido con un cuerpo espectacular y un rostro que muchos matarían por tener; aquel sentimiento que había empezado a surgir cuando aún era pequeña se avivó como un fuego abrasador cuando lo tuve delante. Su mirada, fría como el hielo, me dejaba claro que no querían verme ni en pintura, ni él ni su hermano, porque, aunque Taylor había coincidido en dos clases conmigo, había pasado olímpicamente de mí. Se había mostrado simpático con todo el mundo e incluso había vuelto a encontrarse con viejos amigos del colegio, que lo acogieron con los brazos abiertos, pero a mí ni siquiera me había sonreído, ni una sola vez. Eso dolía.

Durante la hora del almuerzo tuve que soportar cómo hablaba con todos y con todas y cómo a mí apenas me miraba. Los chicos del equipo de baloncesto eran nuestros amigos, solían sentarse en la mesa que había junto a la nuestra y, aunque las chicas solíamos ponernos en una esquina y ellos en la otra, aquel día todos hablaban con todos y Taylor era el centro de atención.

—¿Sabéis por qué han decidido volver? —preguntó Kate sin quitarle los ojos de encima a Thiago, que estaba sentado en la mesa de profesores con los cascos puestos y sin intercambiar ni una palabra con nadie. Taylor, por el contrario, seguía siendo el chico divertido y sociable que recordaba. Con todos menos conmigo, claro.

—¿Kami? —me preguntó dándome un codazo—. Eran vecinos tuyos, ¿no?

—Y lo vuelven a ser —contesté apartando la bandeja que había frente a mí sin ser capaz de pegar ni un solo bocado.

—¡Joder, pues tienes que contárnoslo todo!

—¿Contar el qué? —contesté fastidiosa. Aquel día no me salía ser simpática. Quería irme a casa y no pensar en nada más.

—Pues no sé, sé buena vecina y acércate a su puerta con una tarta de esas que te salen tan ricas.

Por un instante me imaginé haciendo eso mismo. Pasaría la tarde haciendo mezclas, mediciones, creando el color perfecto de glaseado para hacer la mejor tarta que me hubiese salido jamás. Iría a su casa y todo quedaría en el pasado. Comeríamos tarta, ellos me alabarían porque, no es porque la haga yo, pero mi tarta de zanahoria es la mejor del condado, y volveríamos a ser tan amigos como antes de que se marcharan.

Me dio tanta tristeza pensar que eso nunca iba a llegar a pasar que me levanté sin darme cuenta.

—¿Adónde vas? Aún queda media hora antes de ir a clase.

—Tengo que entregar unos papeles en secretaría... Os veo en mates.

Me marché de allí casi corriendo y me quedé el resto del recreo escondida bajo las gradas, dibujando.

Por suerte Taylor no estaba en matemáticas conmigo, él iba a la clase avanzada con el resto de los cerebritos que querían estudiar carreras como ingeniería o medicina. A mí por el contrario me iban más el arte, las películas, la música...

Por suerte, las últimas dos clases pasaron rápido y, como los entrenamientos de animadora no empezaban hasta el día siguiente, podía marcharme temprano a casa. Pero mientras me acercaba a mi coche, recordé que debía pasarme por el club para ayudar a mi madre con no sé qué estupidez. Saqué mi móvil del bolso y vi que me había mandado un mensaje.

«Cambio de planes, quédate en casa y vigila a tu hermano, después hablamos.»

Suspiré aliviada y puse el coche en marcha. Cuando iba de vuelta a casa, vi que una moto se acercaba por detrás a toda prisa. Supe de quién se trataba nada más fijar mis ojos en el retrovisor. Thiago hizo una maniobra de vértigo y se coló entre mi coche y el que estaba a mi lado, todo esto sin frenar y provocándome un susto de muerte.

Tuve que pegar un frenazo y el coche que estaba junto a mí empezó a llamarme de todo menos bonita.

Ignoré a aquel idiota y seguí adelante. Justo cuando aparqué el coche en mi plaza de aparcamiento, Thiago entró en su casa como si nada hubiese pasado.

En mi casa solo estábamos mi hermano, la cocinera y yo. Me fijé en que Cameron estaba jugando en el jardín, así que me fui derecha a mi habitación. Solo quería quitarme ese vestido y estar cómoda. Mi madre no llegaría hasta tarde, siempre lo hacía cuando me cancelaba los planes así de repente, por lo que saqué unos pantalones cortos de chándal, me puse una camiseta cómoda y me recogí el cabello en una cola alta. Aquel día había sido agotador.

No me di cuenta de que me había dormido hasta que el sonido del timbre me despertó de un sobresalto. Al abrir los ojos vi que fuera ya había oscurecido. Mierda, Prue se iba a las siete, ¿con quién se había quedado Cameron?

Pegué un salto y bajé los escalones casi a la carrera. No oía nada de jaleo en el piso superior, ni de videojuegos ni tampoco de la televisión, y mi padre también solía llegar muy tarde.

Abrí la puerta sin mirar y me quedé paralizada cuando vi a Thiago de la mano de mi hermano.

—¡Kami, él es nuestro nuevo vecino! —gritó Cameron emocionado—. ¡Y juega al baloncesto!

Me había quedado sin palabras. Thiago me observaba fijamente, pero no como lo había hecho Taylor, sino como si quisiese ver a través de mí. Sus ojos recorrieron todo mi cuerpo de arriba abajo, hasta que se clavaron en los míos.

Me sentí intimidada ante su fija mirada y la desvié hacia mi hermano. De repente me sentía cabreada. Ambos, su hermano y él, habían pasado de mí en el instituto. Me habían mirado mal y habían ignorado mis inútiles intentos de poder hablar con ellos. ¿Y ellos eran las personas que yo tanto había echado de menos? ¿Ellos eran los que habían sido mis únicos amigos de verdad?

—Cameron, ¿qué te he dicho de salir de casa tú solo? —le dije enfadadísima.

Este abrió los ojos con sorpresa.

—Solo quería ver a los nuevos vecin...

—Sube a tu habitación —le dije sabiendo que estaba pagando con el niño lo que en realidad debía pagar con el hombre que estaba a su lado.

Mi hermano pasó corriendo como una bala a mi lado, no sin antes despedirse de su nuevo amigo.

—¡Tenemos que repetirlo, tío! —le dijo y yo lo fulminé con la mirada, con lo que el niño siguió subiendo las escaleras hasta llegar arriba.

La sonrisa que apareció en el rostro de Thiago me molestó aún más.

—¿De qué demonios te ríes? —le dije dando un paso adelante y cerrando la puerta para que mi hermano no pudiese oír lo que iba a decirle.

—De ti —me respondió él centrando todo el poder de esos ojos en los míos—. No sabía que tenías un hermano.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí —repuse casi sin dejarle terminar de hablar. Mi madre había tenido a Cameron casi un año después de que ellos se marcharan, no era de extrañar que no supiesen de su existencia.

Me hubiese gustado que nuestra primera conversación después de tantos años no hubiese sido de esa forma. En un mundo paralelo, yo habría sido todo simpatía y él se habría mostrado encantador. Por desgracia, la vida nunca hacía lo que yo le pedía.

—Sé lo suficiente como para no querer volver a tener nada que ver contigo ni con tu familia —me soltó enfadado. Fue mi comentario lo que había causado una reacción en él.

—Entonces ¿qué demonios estáis haciendo aquí?

Thiago desvió su mirada hacia su casa y ambos vimos que Taylor nos observaba desde el porche.

—Estamos aquí porque este es nuestro hogar, y tu familia y tú no nos vais a mantener alejados por más tiempo.

—Hablas como si yo hubiese tenido algo que ver —le solté. Mi espalda chocaba con la puerta y Thiago se mantenía apenas apartado de mí.

Sus ojos se clavaron en los míos echando llamaradas.

—Te dije que mantuvieses la boca cerrada —me dijo entre dientes.

Sentí un pinchazo de culpabilidad en el corazón, pero mi enfado consiguió dejarlo bien escondido en su lugar de origen, el mismo lugar que había creado para ese sentimiento siete años atrás.

—Tenía diez años y mi padre tenía derecho a saberlo —le dije, aunque en el fondo me arrepentí de no haberle hecho caso a Thiago. A lo mejor, si todo hubiese quedado en secreto, nuestras vidas no habrían cambiado tanto, los tres aún seguiríamos siendo amigos y ellos no hubiesen...

Frené el pensamiento en cuanto un dolor profundo me apretó el corazón.

Entonces, el golpe de la mano de Thiago junto a la madera que había junto a mi cabeza me sobresaltó.

—¡Tu estupidez arruinó mi vida y la de mi familia mientras que la tuya sigue siendo un puto cuento de hadas! —me gritó a la cara. Había mucho rencor acumulado en su mirada, un odio que se había ido formando a lo largo de los años, pero ambos sabíamos que se equivocaba.

Tardé unos segundos de más en recuperarme del susto y de la impresión al verlo hablarme de esa forma.

—Lárgate —le dije, sabiendo que me echaría a llorar de un momento a otro.

Ese era el motivo por el que, desde que ellos se fueron, no me había vuelto a entregar totalmente a la amistad. No quería volver a sentirme mal cuando volviese a perder a alguien. No quería otorgar el poder de dañarme a ninguna otra persona. Pero Thiago y Taylor tenían ese poder e iban a utilizarlo. No solo habían vuelto allí para regresar a su hogar, sino que habían vuelto para vengarse, para calmar sus almas heridas, y yo iba a ser la que iba a tener que pagar los platos rotos.

—Déjala en paz, Thiago —dijo una voz diferente, separando a Thiago de mí. Este dio un paso hacia atrás y vi que me observa un momento aturdido. Volvió a girarse hacia mí.

Taylor había decidido intervenir y lo agradecí. Me recordó a cuando Thiago se metía conmigo de pequeña y él siempre hacía de mediador, solo que aquella pelea no era una simple riña de niños... Allí había heridas abiertas que aún sangraban, recuerdos que aún dolían.

—Mantente alejada de nosotros y nosotros haremos lo mismo —dijo entonces Thiago, lanzándome una última mirada—. Y cuida mejor a tu hermano.

Dicho esto, bajó las escaleras del porche y empezó a dar zancadas hacia su casa.

Taylor me observó unos instantes.

—No hemos venido a hacerte la vida imposible —me dijo mirándome con calidez.

—Díselo a tu hermano —le contesté aún sintiéndome sobrecogida por lo que acababa de ocurrir. Taylor dio un paso hacia atrás.

—Hay cicatrices que nunca desaparecen —dijo levantando el brazo derecho, donde pude ver la misma cicatriz que yo tenía en mi muñeca.

Entendía perfectamente lo que quería decir.

Los demás días de aquella semana transcurrieron sin incidentes. Taylor seguía ignorándome deliberadamente y a Thiago solo lo veía de lejos mientras entrenaba con el equipo de las animadoras. Me dolía aquella situación, pero no había nada que yo pudiese hacer. Aunque todo no estaba dicho, no podía arriesgarme a que todo saliese a la luz.

Mi familia era un ejemplo a seguir en aquel pueblo. Todos tenían puestos los ojos en nosotros y, como se descubriera que Anne Hamilton había engañado a su marido con el padre de los hermanos Di Bianco, no sabía lo que podía llegar a ocurrir. Así como la gente nos admiraba y envidiaba, muchos otros nos odiaban y querían vernos caer. No era raro que alguien me dejara alguna nota en mi taquilla insultándome o metiéndose conmigo, una vez incluso me amenazaron de muerte. Todas esas palabras eran infundadas, la gente simplemente tenía envidia de la vida que llevaba, sin saber que era una vida vacía...

Aquella noche era el primer partido de la temporada y después iríamos todos a una fiesta en la casa del novio de Marissa, Aron Martin. Era como una especie de ritual, lo hacíamos todos los años y era muy divertido. Además, también sería la primera aparición de las animadoras aquel curso y todos lo estaban esperando.

Yo estaba nerviosa porque Dani me había pedido que fuera con él. Aun no habíamos podido quedar a solas y hablar de lo nuestro, siempre me había escaqueado diciéndole que tenía que cuidar a Cam, pero de esta noche no pasaba: íbamos a tener la conversación.

Me puse mi uniforme de animadora que, como todos los años, consistía en una falda ajustada roja y blanca y un top del mismo color. Mi barriga y mis brazos quedaban al descubierto ya que aún estábamos en verano, aunque los uniformes de invierno llegarían pronto. Me peiné con todo el pelo hacia atrás con una diadema del mismo color del uniforme, me pinté con purpurina y dibujé en mi mejilla la L mayúscula de nuestro equipo: los Leones de Carsville.

Había empezado a ser animadora porque mi madre me había obligado desde pequeña. Al principio no me gustaba nada, pero ya me había acostumbrado. De todos modos, aunque quisiera, no habría podido dejarlo: formaba parte de mi papel de chica perfecta, a pesar de que a veces me gustaría quemar los pompones delante de las narices de mi madre. Seguro que le daría un infarto.

Cuando bajé las escaleras ya lista para marcharme y con un pequeño bolso lleno de ropa para cambiarme luego, me topé con mi madre, que hablaba con alguien en la puerta: Dani.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le pregunté cuando lo vi. Habíamos quedado en que nos veríamos en el instituto.

—Estás muy guapa —me dijo acercándose y dándome un beso en la mejilla. Me hubiese gustado apartarme, pero no podía hacerlo estando delante mi madre.

—Lo he llamado yo, como habías dicho que ibas sola... —explicó mi madre observándonos como quien mira a Papá Noel en Navidad.

—Exacto, mamá, iba a ir sola —le dije notando el enfado en mi voz. Los ojos de mi madre se clavaron en los míos de forma escalofriante. Una sonrisa helada apareció en su rostro.

—Pues ahora ya no —dijo advirtiéndome con su mirada. Suspiré conteniendo mis sentimientos. Odiaba que metiera sus narices en absolutamente todo lo que yo hacía, incluyendo mi relación con mi novio.

—¿Nos vamos? —preguntó Dani a mi lado.

Asentí, pero justo antes de que saliera, mi madre me apartó un momento para decirme algo al oído.

—Mantente alejada de los hermanos Di Bianco, ¿me has oído? —me advirtió apretujándome el brazo con fuerza—. Ya ha habido dos personas que me han dicho que te han visto con ellos. ¿Es que te has vuelto loca?

Me solté de un tirón.

—Ya nos hemos dicho todo lo que nos teníamos que decir, mamá. Ahora, si no te importa, me están esperando —le dije dejándola con la palabra en la boca.

Delante de Dani no iba a montar una escena y este me esperaba junto al coche. Odiaba no poder irme con el mío, iba a tener que estar pendiente de él toda la noche si quería llegar a casa sana y salva. Dani no era un chico precisamente light teniendo en cuenta que bebía más que comía.

En el camino de ida, Dani intentó mantener una conversación, pero yo no estaba por la labor. El enfrentamiento con mi madre me había puesto de mal humor.

Cuando llegamos colocó su mano en mi muslo y se giró hacia mí.

—Estás muy guapa esta noche —repitió mirándome con admiración. Sabía lo que quería y no pensaba dárselo. No porque no lo quisiera, sino porque era un error.

Dani y yo debíamos seguir como amigos. No quería una relación, no quería un compromiso con nadie. Si apenas podía quererme a mí misma, ¿cómo iba a amar a otra persona?

Algo iba mal en mí y no quería arrastrarlo conmigo.

—Desde que te fuiste de vacaciones, no he podido dejar de pensar en ti... En todas las cosas que quiero enseñarte, Kami... —Su boca trepó por mi cuello y cerré los ojos un instante.

Su mano se colocó en mi rodilla y empezó a subir por mi muslo.

Se la retuve ayudándome de mi mano derecha y abrí los ojos para encararlo.

—Lo que pasó en verano fue un error, Dani —dije muy seria.

Él parpadeó confuso unos segundos antes de volver a abrir la boca.

—La primera vez siempre es horrible para las chicas, corazón, pero eso cambia con el tiempo, con la práctica... —me dijo intentando volver a besarme.

—No quiero volver a hacerlo, Dani —dije muy seria—. No estaba preparada entonces y sigo sin estarlo.

Dani se apartó unos centímetros.

—Dentro de poco vas a cumplir dieciocho años...

—La edad no tiene nada que ver...

—Esperé dos años por ti, Kamila —dijo cambiando el tono y dejándose caer contra el asiento del coche—. ¿Sabes lo duro que es eso cuando se es chico?

¿Cuando se es chico? ¿Qué demonios tenía eso que ver con nada? No pensaba pedirle perdón por no querer acostarme con él durante nuestros dos años de relación. Habíamos hecho de todo y, finalmente, había cedido a perder mi virginidad porque ya no soportaba que siguiera pidiéndomelo.

Ahí fue donde cometí el error.

—No queremos lo mismo... Lo siento, Dani, pero creo que prefiero estar sola... Quiero centrarme en estudiar, en el ingreso a la universidad...

—¿Estás dejándome? —dijo echándose hacia atrás y mirándome perplejo.

—Lo siento, yo...

—¿Estás puto rompiendo conmigo?

Metí las manos debajo de los muslos y conté hasta tres antes de contestarle.

—Sí.

Dani me miró sin dar crédito y luego se giró hacia delante.

—Esto tiene que ser una puta broma... —empezó a decir subiendo el tono a medida que hablaba—. Este verano has pasado olímpicamente de mí. Te escribí todas las putas noches para recibir respuestas escuetas por tu parte y ¿me decías que era la puta cobertura cuando en realidad estabas pensando en dejarme?

Joder...

—Yo... me tomé estos meses para pensar...

—¿En romper? —me interrumpió—. Dime que estás quedándote conmigo...

Negué con la cabeza en silencio. No había sido mi intención dejarlo justo en ese momento, pero después de sentir cómo me tocaba no había podido esperar más para dejar una relación que me había traído más dolores de cabeza que buenos momentos. Si el amor era así, entonces no quería estar enamorada.

—¡Tienes idea de la cantidad de tías que he rechazado por ti! —me gritó entonces sobresaltándome.

Cuando se giró para mirarme parpadeé al ver una parte de él que nunca me había enseñado... o casi nunca.

—Tienes razón... Deberíamos haber acabado con esta relación hace mucho tiempo.

Le pegó un puñetazo al volante del coche y yo simplemente contuve la respiración.

—Eres una maldita mojigata de mierda, ¿lo sabías?

Parpadeé sin dar crédito a lo que acababa de salir de su boca.

—Me has calentado la polla desde que te conocí, con tus estúpidos vestiditos, tus miradas seductoras y tus malditas caricias que nunca terminaban en nada y ¿ahora dices que deberíamos haber cortado hace tiempo?

—No pienso seguir hablando contigo. —Me giré para bajarme del coche, pero me encontré el seguro echado. Aún estábamos lejos de las puertas del instituto y el camino que nos llevaba hasta allí estaba lleno de coches aparcados de cualquier manera. Si quería, Dani podía retenerme allí el tiempo que le diera la gana. Nadie iba a vernos.

—Abre la puerta, Daniel.

Soltó una carcajada sin un ápice de alegría y un miedo irracional pasó a adueñarse de todo mi ser.

No... No pienses así...

—Abre la maldita puerta.

Volvió sus ojos hacia los míos y comprendí entonces que las personas tienen muchas facetas, que nos enseñan la que les conviene y se guardan las peores para, en el momento indicado, dejarte sin palabras.

—¿O qué? —dijo más serio que en toda su vida.

Mientras pensaba qué demonios contestar a eso, un golpe en la ventanilla nos hizo pegar un salto a ambos. Detrás del cristal del Range Rover de Dani estaba Taylor Di Bianco.

Dani forzó una sonrisa falsa en su rostro y bajó la ventanilla.

—¿Listo para patearles el culo? —preguntó Taylor observándome un segundo de más.

¿Era capaz de ver lo tensa que estaba? ¿Podía verlo a pesar de la sonrisa que había forzado a aparecer en mi rostro?

—En unos minutos —dijo Dani con la voz en calma—, antes tenemos que solucionar un temita de pareja, ¿no, Kami?

Sopesé mi respuesta.

—Lo cierto es que tengo que calentar —dije empujando la manija del coche y comprobando que seguía bloqueada. Me giré hacia Dani—. ¿Me abres, por favor?

La mandíbula de mi exnovio se apretó con fuerza, pero hizo lo que le pedí.

Se habían acabado las peleas y los malos ratos. Lo había querido, era cierto, pero no me había querido a mí misma, y eso él lo sabía de sobra.

Me bajé del coche y empecé a caminar hacia el gimnasio. Taylor se quedó charlando con Dani y yo me obligué a borrar cualquier atisbo de expresión en mi rostro.

Me fui directamente hacia donde estaban mis amigas, en un lateral de la puerta de entrada. Estaba tan enfadada que no me hubiese importado golpear a alguien, pero con mis puños, no con aquellos estúpidos pompones.

—¿Qué te pasa? —me dijo Ellie riéndose de mí.

—Nada —le contesté intentando mantener la calma. El sol ya se estaba poniendo por el horizonte y el ambiente estaba apenas iluminado. Casi todos los estudiantes se encontraban en el aparcamiento reunidos frente a los coches y también había muchos padres que venían a ver el partido, además de los estudiantes del instituto rival que venían a apoyar a su propio equipo. Todas mis amigas que formaban el equipo de animadoras estaban hablando entusiasmadas. Yo intenté integrarme en la conversación hasta que sentí una mirada clavada en mi nuca. Al girarme, vi cómo Thiago se bajaba de su moto y caminaba directo hasta la entrada del gimnasio.

Pasó por mi lado, pero si me vio, hizo como si no existiera.

Intenté no darle importancia y me centré en calentar con mis compañeras. En el momento de salir a bailar procuré con todas mis fuerzas no pensar en nada más, pero los hermanos Di Bianco se habían apoderado de mi mente.

No se me daba nada mal agitar los pompones y moverme con la música, pero aquella noche mi mente estaba en otra parte y me di cuenta tarde de que me había equivocado de paso. Ellie me lanzó una mirada de advertencia y me obligué a centrarme en lo que hacía. Era el momento en el que me levantaban en el aire para hacer una pirueta y caer en los brazos de mis compañeras. Cualquier despiste podía costarme una contusión... o la vida.

Por suerte, años de práctica me sirvieron para vencer a mi mente. El salto salió perfecto y los aplausos y vítores desde las gradas nos dejaron a todas con un buen sabor de boca. A pesar de los dos meses de veraneo sin apenas entrenar, seguíamos siendo buenas.

Cuando terminamos nos alejamos hacia las gradas para ver empezar el partido. No pude evitar mirar a Thiago cuando tuve que ir justo hacia donde él estaba hablando con el entrenador.

Qué guapo era..., a pesar de que no siempre me lo había parecido. Lo había visto crecer, lo había visto sin paletas, lo había visto vestido con los peores modelitos que os podáis imaginar... Pero siempre me había parecido que tenía algo especial. Los dos, tanto Taylor como Thiago, se habían convertido en unos tíos guapos y atractivos... y ambos habían superado las expectativas con creces.

¿Qué sentiría si Thiago volviese a posar sus labios sobre los míos...? Borré ese pensamiento de mi cabeza y me centré en la conversación de mis amigas, que charlaban sobre la fiesta de después del partido. Me acerqué hacia la neverita portátil que había junto a los balones para coger una botella de agua y Thiago me lanzó una mirada indescifrable.

Cuando estaba bebiendo, intentando ignorar a Thiago, Victor Di Viani, el base del equipo, se me acercó y cruzó su brazo por mi cintura, atrayéndome hacia él.

—¿Qué haces? —le dije apartándolo y llevándome la botella a la boca otra vez.

Victor me sonrió de lado y me recorrió el cuerpo con lascivia.

—Nada, solo darte la bienvenida al mundo de los adultos.

Entornó los ojos y lo miré sin paciencia.

—¿Te incluyes en el mundo de los adultos? ¿Tú? —le contesté lanzándole una mirada despectiva.

Mi máscara de hielo estaba bien colocada y nadie iba a quitármela esa noche.

—No te enfades, chica... Ya eres toda una mujer, eso hay que celebrarlo.

Un escalofrío me recorrió la espalda dejando un reguero de sudor por mi piel.

—¿Quién...? ¿Qué...? —Me quedé sin palabras.

—Lo cierto es que yo fui de los que apostó a que llegarías a la universidad siendo virgen. Pero oye, enhorabuena, lady Kamila. Ahora que ya todos sabemos que esa entrada está más que abierta... —dijo insinuándose y vi cómo algunos miembros del banquillo empezaron a reír.

Sentí un nudo en el estómago y me entraron ganas de vomitar.

Muchas cosas se me pasaron por la cabeza: unas violentas, otras de niña pequeña. Pero no me dio tiempo a hacer ni a decir nada. Antes de que me diera cuenta, Thiago se había acercado y disimulando le había pasado el brazo por la cabeza a Victor con fuerza y le susurraba al oído algo que solo él y yo pudimos oír:

—Vuelve a decir algo así y le diré al entrenador que te suspenda toda la temporada... Aparte de partirte la cara, ¿me has oído?

Victor asintió en silencio.

—Ahora desaparece de mi vista —añadió dándole dos fuertes palmadas en la espalda y volviéndose hacia el partido. Muchas de las personas que había a nuestro alrededor habían desviado su atención del partido para centrarse en nosotros. Victor miró a Thiago sorprendido y luego a mí..., pero su miedo hacia mi vecino pudo con todo lo demás. Se apartó y se marchó del gimnasio sin rechistar. Sus amigos cerraron la boca y desviaron la mirada a los jugadores, que por suerte iban ganando.

Thiago me lanzó una mirada de soslayo antes de regresar a su posición de entrenador. ¿Había sido decepción lo que habían visto mis ojos?

4

THIAGO

Aquella semana había sido un maldito infierno. Fuera donde fuera, allí estaba ella. No solo me la había cruzado como mil veces en el instituto, sino que siempre que miraba por la ventana de mi habitación podía verla detrás de la suya. Cuando yo tenía diez años y ella siete, habíamos creado una especie de código morse; era lo único que había compartido con ella y en lo que mi hermano no había podido participar, ya que la ventana de su habitación daba a la otra parte de la casa.

Siempre había sentido una envidia sana al ver la relación que ellos tenían. Era normal ya que ambos tenían la misma edad y se comprendían mejor, pero vernos desde la ventana y compartir aquel código nos había acercado de una manera que Taylor no podía imaginar. Cuando cumplí trece años, mis sentimientos empezaron a cambiar y mis ojos la vieron de una forma distinta a la que estaban acostumbrados. En esa época ya me había empezado a fijar en chicas y por Kam sentía una necesidad irrefrenable de hacerla rabiar. Ella había sido la primera chica a la que había besado, un beso torpe y rápido, pero que aún permanecía en mis recuerdos.

Dado que ya no era una niña, ese sentimiento que siempre me había hecho sentirme atraído hacia ella había aumentado, solo que el deseo se mezclaba con la rabia. No podía evitar odiarla, pues una parte de mí la culpaba injustamente por lo que había ocurrido, pero la otra solo quería volver a besarla. Pero besarla de verdad. Saborear su boca y sentir su cuerpo pegado al mío.

Durante aquellos días había podido observarla desde la distancia. Era como la abeja reina de aquel instituto: todos hablaban de ella y todos se movían a su alrededor como si fuese el puto sol del universo. Su vida era perfecta. Todos lo decían, todos la envidiaban y eso solo aumentaba mi odio hacia esa familia. ¿Por qué su vida sí podía ser así y la mía había terminado hecha pedazos?

Pero no solo había oído buenos comentarios sobre ella. Muchas personas le tenían mucho odio. Es más, la gente hablaba de ella como si de un objeto se tratara. Algunos incluso la llamaban la princesa de hielo y eso sabía que era en referencia a su madre, la reina de hielo. En eso sí que tenían razón: Anne Hamilton era un puto iceberg. Aún seguía sin entender cómo mi padre había podido engañar a mi madre con aquella mujer. Era guapa, sí, pero era un cuerpo sin vida, un bloque vacío... ¿Sería Kam, en el fondo, igual que ella?

Lo que más me había trastocado esos días, lo que realmente me había tocado la fibra, habían sido los comentarios de los jugadores en los vestuarios. La última semana había podido oír de todo, desde lo buena que estaba hasta las cosas que le harían. Los comentarios se enmudecían cuando el capitán del equipo, Dani Walker, estaba presente. El supuesto novio de Kam era un pijo estirado con los humos subidos, hijo del alcalde y capitán del equipo. ¿Era bueno? Sí, lo era, pero también era un gilipollas de cuidado.

Le había dado el beneficio de la duda cuando pude comprobar que de él no salía ni una palabra en referencia a Kam, al revés. Si alguien se pasaba de la raya o soltaba algún comentario fuera de lugar, lanzaba miradas intimidatorias y amenazantes que tenían el efecto deseado entre sus compañeros: cerraban la boca, al menos cuando estaba él presente.

Pero algo había cambiado hacía unas horas y lo que había llegado a mis oídos me había afectado a niveles que nunca creí posibles. Solo imaginarme al imbécil de Dani dentro de ella...

Las palabras de Victor Di Viani a Kam me habían enfurecido, pero no podía permitirme una pelea delante de todo el gimnasio. Me centré en el partido, pero en el segundo tiempo tuve que volver a presenciar cómo las animadoras, entre ellas Kam, bailaban delante de todos mostrándonos los cuerpos esculturales de piernas largas y barrigas planas. Kam estaba increíble. Era la estrella de ese equipo y cada vez que la lanzaban al aire y se abría de piernas medio estadio se empalmaba, estaba seguro.

Sus malditos vestidos y la ropa con la que venía a clase habían sido una tortura para mí y para cualquier ser vivo masculino que estuviese en los pasillos de aquel instituto. Ya había pillado en más de una vez al entrenador Clab mirándola de reojo y babeando como todos los demás, y es que los modelitos con los que iba a clase eran más dignos de una pasarela de moda que de un instituto de Virginia.

Sin embargo, lo que más sentía cuando la miraba era rencor hacia ella y su familia. No importaba que Kam hubiese formado parte de mi infancia ni que hubiese sido la primera chica de la que me había enamorado... Nada de eso importaba, porque al final del día los Hamilton habían destrozado mi infancia y la vida de mi madre y nunca sería capaz de perdonarlos. Y mucho menos a esa arpía que Kam tenía por madre.

Al finalizar el partido dejé todos mis sentimientos a un lado y disfruté de la victoria con mi hermano y sus nuevos compañeros de equipo. Estaba contento por él. Taylor se estaba integrando de una forma increíble en la que había sido nuestra antigua vida, aunque él siempre había sido capaz de verle el lado bueno a todas las cosas, no como yo. Sus amigos me respetaban, pero también me trataban como a uno de los suyos. Era imposible pretender que aquellos chavales de diecisiete años me viesen como a un viejo profesor más y la verdad era que lo agradecía. En aquel pueblo no es que me sobrasen los amigos y me agradaba el trato amistoso que había surgido con el equipo de baloncesto. Por suerte, el entrenador Clab hacía oídos sordos cuando los chicos se dirigían a mí más como a su compañero o colega que como a su entrenador.

Por ese mismo motivo no me sorprendió cuando mi hermano Taylor se acercó junto a Harry Lionel, el pívot del equipo, que medía más de dos metros. Me invitaron a asistir a la fiesta que tendría lugar después en la casa de Aron Martín, el mejor ala-pívot que el equipo había tenido en mucho tiempo.

Me reí al mismo tiempo que me llevaba la botella de agua a la boca.

—Paso de fiestas de críos —les dije para picarlos. Mi hermano puso los ojos en blanco y Harry se puso serio.

—Venga, hombre. Eres nuestro entrenador, pero todos quieren que vengas, tío —dijo quitándome la botella y echándose lo que quedaba de agua sobre la cabeza.

—Ya veré si me paso —dije pensándomelo mejor. Lo cierto es que no tenía nada mejor que hacer. Además, mi madre estaría de guardia toda la noche, por lo que no tenía que preocuparme por que estuviese sola.

Mi hermano se marchó a los vestuarios con su nuevo amigo y yo me quedé recogiendo los balones, las botellas de agua y todo lo que habían dejado los jugadores. Eso era la peor parte del trabajo, aunque no pensaba quejarme si con eso cumplía algunas de las horas del servicio a la comunidad.

Media hora después, la mayoría de la gente se había marchado del gimnasio y aproveché para tirar algunas canastas. Ese deporte me fascinaba, me encantaba. Echaba de menos jugar en el equipo de la universidad, pero echando la vista atrás, no me arrepentía de haberle partido la cara a ese desgraciado, aun habiéndome costado la expulsión y con ella el fin de mi carrera.

Los vestuarios de los chicos estaban fuera del gimnasio y por ese mismo motivo no me di cuenta de que me había quedado completamente solo hasta que escuché el ruido de la puerta al abrirse. Me giré justo en el instante que marcaba un tiro triple. La pelota se coló por la red y salió disparada hacia el otro extremo del gimnasio. Al seguirla con la mirada, me fijé en que unas manos demasiado pequeñas la cogían del suelo. Allí estaba ella: Kam.

Se había cambiado. Ya no llevaba el uniforme de animadora, aunque seguía estando demasiado atractiva para mi salud mental. Se había puesto una falda, un top blanco que dejaba parte de su piel bronceada de su estómago al descubierto y unas botas militares que la hacían parecer más alta de lo que era.

—Pensaba que ya no habría nadie —dijo como excusándose. Me fijé en que su cuerpo se había puesto tenso. Había notado que mi presencia la afectaba, aunque no sabía por qué.

—¿Me devuelves la pelota? —le dije intentando ignorar todos los sentimientos que me recorrían cada vez que la veía.

Clavando sus ojos en los míos y con una mirada fría, me lanzó el balón con fuerza y decisión. Lo cogí sin problemas y me giré para marcar otro punto, aunque con el rabillo del ojo seguí observando qué es lo que hacía. Se había acercado al banco donde habían estado colocadas las botellas de agua y los bolsos de las animadoras. Entonces supe por qué había regresado al gimnasio.

Me metí la mano en el bolsillo y saqué el aparatito.

—¿Buscas esto? —le pregunté, sin poder evitar divertirme con la situación. Le enseñé el teléfono móvil que había encontrado debajo del banco y que pensaba dar a la recepcionista del colegio el lunes por la mañana. El teléfono estaba bloqueado y no había podido hacer nada para averiguar de quién era... hasta entonces.

Kam se giró hacia mí con el alivio reflejado en sus bonitos ojos marrones.

—Pensé que lo había perdido —me dijo acercándose hacía mí, aunque con paso vacilante.

Sin dejar de reírme por dentro, me metí el teléfono en el bolsillo otra vez. Ella observó mi movimiento con la mirada y se detuvo frente a mí.

—¿Qué estás haciendo? —me preguntó con el ceño fruncido.

Me volví otra vez y tiré de nuevo la pelota. Supe que sus ojos habían seguido su trayectoria y me gustó que el tiro hubiese sido impresionante, teniendo en cuenta que estaba al doble de distancia de donde se tira un triple.

—He decidido que no tengo ganas de devolvértelo —le dije sin más, recogiendo la pelota y encarándola de frente.

Se había quedado totalmente sorprendida. Me miraba como si estuviese hablando en chino o como si no se creyese las palabras que salían de mi boca.

—Devuélvemelo —me dijo con aquel tono de voz serio y frío que utilizaba con casi todo el mundo.

—¿O si no qué, princesa? —le dije acercándome a ella. No sabía qué me ocurría, pero deseaba tanto hacerla rabiar... Me sentía igual que cuando éramos pequeños y le tiraba de las trenzas. Deseaba obtener de ella cualquier tipo de reacción hacia mí, aunque también deseaba oler aquel perfume que desprendía y que hacía que mis sentidos estuviesen completamente alerta.

Ella dio un paso hacia atrás para así mantener la distancia entre nosotros. Esa era otra de las cosas en las que me había fijado. Kam parecía mantener las distancias con todo el mundo, por lo menos en público, y en ese instante deseé fastidiarle aquella pose de chica inalcanzable que parecía desprender por todos los poros de su piel. Me fijé en las pequeñas pecas oscuras que tenía sobre la nariz y que no habían existido cuando éramos pequeños. Repasé la forma en que sus labios sobresalían de su rostro. Sus pestañas inmensamente largas y rizadas ensombrecían sus mejillas repentinamente sonrosadas...

—No sé qué es lo que pretendes, pero devuélveme el teléfono, Thiago —me dijo mirándome fijamente. Yo me recreé en el sonido de mi nombre saliendo de entre sus labios. Justo cuando iba a hacer una locura, la mayor locura que alguien podría cometer, la puerta del gimnasio volvió a abrirse.

—¿Kami, vienes o no? —dijo la chica de pelo rizado que siempre iba pegada a ella a todas partes.

La chica cuyo nombre no sabía se quedó un momento observándonos a los dos. Estaba claro que no esperaba encontrarse conmigo y menos tan cerca de su amiga. Kam se giró hacia ella y le sonrió de una forma tan falsa que no entendí cómo no se dio cuenta.

—Salgo en un segundo, ahora te alcanzo —le dijo. En cuanto la puerta volvió a cerrarse, se volvió para encararme—. Dámelo —me ordenó dando un paso hacia delante y alargando la mano hacia mi bolsillo. Atajé sus dedos entre los míos sin apenas esfuerzo.

Tiré de ella hacia mí y acerqué mis labios a su oreja al mismo tiempo que le susurraba:

—Lo tendrás cuando a mí me dé la gana, Kamila.

Dicho esto, la rodeé y me marché sin importarme que hubiese cruzado una línea que me había jurado no cruzar. Porque el móvil iba a tener que devolvérselo y, cuando lo hiciera, iba a volver a tener que estar con ella... Eso era lo único en lo que mi cerebro podía pensar.

5

KAMI

Solo podía pensar en la sensación de sus labios en mi oreja y el calor de su cuerpo mezclándose con el mío. Habían sido unos simples segundos, pero habían trastocado mi mundo. Nunca había sentido con tan poco, aunque supiera que me odiaba, aunque supiera que en el fondo todo lo hacía para provocarme... Desde que Thiago había vuelto, esa parte de mí que tan escondida tenía, que tan difícilmente mantenía bajo control, pugnaba por salir a la luz y destrozar todo cuanto había a su alcance.

Maldito fuera por tener aquel control sobre mí. Siempre lo había tenido. Ya desde niños yo tenía que andarme con cuidado cuando él estaba cerca, me sentía como un animal pequeño e indefenso siendo cazado por uno mucho más grande y más fuerte. Thiago lo eclipsaba todo cuando aparecía y su simple presencia hacía que saltara por los aires la pose perfecta que tanto me había costado construir.

Maldije entre dientes al pensar en mi teléfono. No sabía qué era lo que pretendía, pero no pensaba entrar en su juego. Iba a devolverme el móvil, aunque tuviese que entrar en su casa y quitárselo yo misma.

Salí del gimnasio de muy mal humor.

Ellie me esperaba apoyada contra su coche mientras se terminaba uno de los muchos cigarrillos que se fumaba al día. Yo lo había dejado hacía tiempo, odiaba el olor que el tabaco dejaba en mi ropa, pelo y boca.

—¿Estabas tonteando con el nuevo entrenador de baloncesto? —me preguntó Ellie con cara de querer cometer el mismo pecado que yo.

—Para nada —dije subiéndome al coche y mirándome en el espejo para así poder conseguir dar un poco de autocontrol a mi cuerpo ya exaltado.

—Está buenísimo —dijo Ellie poniendo el coche en marcha y saliendo hacia la casa de Aron—. Pero ahora en serio, ¿qué hacías hablando con Thiago Di Bianco?

—Es mi vecino, quería saber si necesitaba que alguien me llevara a casa —mentí, sabiendo que eso era lo último que Thiago haría por mí.

—Me han dicho las chicas que ya os conocíais desde pequeños —agregó mientras doblaba en una esquina y se paraba en uno de los muchos semáforos que había en esa ciudad.

—Su hermano, Taylor, era mi compañero de juegos —le dije quitándole hierro al asunto—. Thiago solo era el vecino de al lado.

—¿Sooolo el vecino de al lado? —preguntó mirándome a la cara, desviando la atención de la carretera, cosa que siempre hacía y me ponía muy nerviosa, y alargando la o hasta el infinito. La sonrisita con la que me miraba no albergaba nada bueno.

—Solo el vecino, Ellie. De hecho, siempre nos hemos odiado. —Bueno, eso no era del todo cierto. Thiago había pasado a odiarme debido a lo que había hecho, pero antes éramos muy amigos. Sobre todo el último año, antes de que él se fuera...

—Los que se odian se enamoran —dijo riéndose.

—En realidad es «los que se pelean se desean», pero como tú veas...

—Veo que estás de muy buen humor esta noche —dijo volviendo a girar y entrando en la urbanización de Aron. Era una de las mejores del pueblo, con casas muy grandes y bonitas.

—Lo cierto es que creo que Dani se ha ido de la lengua con los chicos en el vestuario... —dije recordando otro de los motivos por los cuales notaba las palmas de las manos sudorosas—. Al parecer les ha contado a sus amigos que ya no soy virgen.

Ellie frenó en seco y me miró con la boca abierta.

—¡Qué dices!

Asentí en silencio. Ya me parecía rastrero que los chicos hablasen de las cosas que hacían con las chicas en las fiestas o en el instituto, pero que Dani, mi novio desde hacía dos años, hubiese contado algo tan íntimo de los dos... Él también había perdido la virginidad conmigo.

—Victor me abordó durante el partido y soltó algo como que yo era ya una mujer y que ahora formaba parte del club o no sé qué chorrada...

—Victor es imbécil —dijo Ellie retomando los mandos del coche—. Estoy segura de que Dani debió contárselo a Aron y a este se le escaparía en los vestuarios. No me creo que Dani hable de vuestras cosas así como así...

—Dani puede ser muy cruel cuando se lo propone —dije recordando nuestras peleas, recordando lo que me había dicho hacía un par de horas en su coche...

—¿Y qué vas a hacer? —me preguntó.

—Dejarlo —dije mirando por la ventana—. Ya lo he hecho.

—¡¿Cómo?! —exclamó atónita mi amiga.

—Lo dejé antes del partido... Debí haber terminado con él antes de irme de vacaciones, pero creí que si pasábamos un tiempo separados... No sé, nos echaríamos de menos y las cosas volverían a ser como antes...

—¿Lo has echado de menos?

Negué con la cabeza lentamente y me giré para mirarla.

—Quiero mucho a Dani... de verdad, pero ya no estoy enamorada de él —admití por primera vez en voz alta.

Ellie asintió y siguió conduciendo.

—Tu soltería será la comidilla del insti, ¿estás preparada?

Lo que el instituto hablase de mí era lo último que me importaba en aquel instante.

—Para lo que estoy preparada es para emborracharme y olvidarme de lo horrible que ha sido esta semana.

Ellie aplaudió soltando el volante y me incliné a cogerlo antes de que chocáramos contra una farola.

—¡Ellie!

—¡Hoy nos emborrachamos! —siguió gritando emocionada a la vez que recuperaba el control del coche.

Solté una carcajada y negué con la cabeza. Mi amiga era incorregible, pero la quería con locura.

La casa de Aron era lo bastante grande como para que todo el último curso del instituto y algunos de cursos inferiores cupieran con sorprendente facilidad. Estaba apartada, por lo que era perfecta si se quería hacer una buena fiesta, así la música no molestaba a nadie y la policía nos dejaba en paz. Eso también significaba que, en esa casa, sin exagerar, había tanta cerveza como para tumbar a un elefante.

Ellie y yo nos bajamos del coche y caminamos juntas hasta llegar a la puerta de la casa.

Allí, fumándose un porro y con un vaso en la otra mano, estaba Dani. Su expresión al verme fue indescifrable. Muchos de los allí presentes me miraron como acusándome de algo. No tenía idea de cómo iban a tomarse nuestra ruptura, pero de una cosa estaba segura: la gente elegiría bandos y no tenía muy claro quién iba a salir ganando y quién iba a salir perdiendo.

Ellie me tiró del brazo para que ignorara los dardos que me llegaban de todas las direcciones y entramos en la casa dejando atrás los malos rollos.

Dentro, la gente estaba bailando, fumando o besuqueándose por las esquinas. Vamos, lo típico de una fiesta como esa. Divisé a Kate unos cinco minutos después. Estaba apoyada contra la encimera de la cocina y junto a ella, aparte de Marissa y su novio Aron, había un chico que yo no conocía. Al vernos aparecer, Kate se acercó para darnos un abrazo.

—Chicas, os presento a mi hermano Julian —nos dijo señalando al chico moreno y bastante alto que estaba de pie junto a ella. Tenía los mismos ojos oscuros que Kate y una sonrisa amable—. Julian, estas son dos de mis mejores amigas, Kamila Hamilton y Ellie Webber —dijo sonriéndonos a los tres.

Le tendí la mano con una mirada amable. Kate ya me había informado de que su hermano iba a mudarse a vivir con ella. En realidad, no eran hermanos hermanos, ya que solo compartían padre, y tampoco es que tuviesen una relación muy estrecha. Julian era un año mayor que Kate y cuando él era pequeño sus padres se habían separado. A su padre no le había costado mucho encontrar a otra mujer y, nueve meses después, allí estaba Kate. Mi amiga me había contado que su padre al principio apenas había tenido relación con Julian. Pero la habían retomado hacía tres años y este verano Julian se había mudado a vivir con ellos porque su madre se había trasladado a vivir a Florida.

La cosa es que Julian había repetido un año y este curso empezaría a estudiar en nuestro instituto. A Kate no es que le hiciese mucha gracia, pero por lo menos iba a tener la oportunidad de conocer mejor a su único hermano.

Julian me sonrió con afectuosidad.

—Solo llevo aquí dos días y ya me han hablado de vosotras más personas de las que puedo contar con los dedos —nos dijo sonriendo.

—No creas todo lo que han podido contarte —dije medio en broma, aunque estaba claro que en realidad lo decía en serio. Kate se marchó a servirse una copa y yo me quedé con Julian. Era muy guapo, aunque no era el tipo de chico por el cual yo podía sentirme atraída. En ese momento, la imagen de Thiago me vino de inmediato a la cabeza y me deshice de ella con rapidez.

La fiesta estaba en su apogeo, y la música y la cerveza comenzaron a ponerme de mejor humor. Julian se había quedado charlando conmigo y Kate parecía supercontenta de que su hermano y yo nos hubiésemos caído tan bien en tan poco tiempo. Cuando me excusé un momento para ir al servicio, me encontré con Taylor, que estaba jugando una partida de billar en una de las habitaciones contiguas. Me apoyé contra la pared y lo observé esperando que no se diera cuenta de mi presencia. Llevaba puestos unos vaqueros desgastados, una camiseta de los Rolling Stones y una gorra de los Knicks hacia atrás para poder ver bien.

Observé cómo se mordía la mejilla izquierda antes de inclinarse concentrado y dar un golpe certero con el taco. Siempre hacía eso cuando estaba concentrado. Fui dándome cuenta poco a poco de que había más chicas por allí de las que solía haber cuando los chicos jugaban al billar. Rara vez nos dejaban a nosotras participar, aunque he de decir que lo hacían por una buena razón: casi todas eran malísimas jugando. Por eso me resultó raro ver a los grupitos de dos y de tres chicas, aunque unos minutos después comprendí que estaban allí para comerse a Taylor con los ojos.

La verdad es que estaba muy guapo... y sexy.

Fue como si me hubiese escuchado. Levantó la cabeza y me miró. Al principio pareció sorprendido de verme allí, como si aún no se acostumbrara del todo a que volviésemos a estar en el mismo pueblo. Pareció dudar un segundo y después me dedicó una sonrisa totalmente sincera... o eso me pareció.

—Eh, Hamilton —me llamó—. Ven aquí y demuéstrales a estos tíos cómo se juega de verdad. —La primera sonrisa auténtica de la semana acudió a mis labios al oír las palabras que salían de la boca de mi antiguo mejor amigo.

Muchos recuerdos acudieron a mi mente y todos tenían que ver con las muchas tardes que pasé jugando al billar con Taylor. Él había sido quien me había enseñado a jugar y había tardado lo suyo, porque cuando era pequeña el taco era casi tan grande como yo.

Tampoco se me escapó el detalle de que parecía llevar varias cervezas encima. ¿Me hubiese hablado de no haber estado medio borracho?

Aparté de mi mente esos pensamientos negativos y me acerqué a él. Taylor estaba rodeado por tres chicos que acudían a mi clase de matemáticas.

—¿Estás seguro de que quieres jugar conmigo, Taylor? —le pregunté deteniéndome frente a él. Sus ojos me miraron divertidos y sonrientes. Supe que en ese instante estaba teniendo lugar un momento muy importante entre los dos—. Porque ya no soy la niña inexperta de antes... puedo machacarte —le dije quitándole el taco de las manos. A nuestro alrededor la gente empezó a abuchear y Taylor soltó una carcajada al mismo tiempo que se giraba a los espectadores.

—Diez pavos a que te gano con los ojos cerrados —me dijo clavando sus bonitos ojos azules en los míos. Cuando Taylor me miraba solo sentía calidez y añoranza, nada que ver con los ojos verdes de su hermano cuando me miraban.

—Subo la apuesta —dije divirtiéndome—. Quien gane puede pedirle lo que quiera al otro —dije mirándolo divertida, pero a la vez ansiosa. Yo sabía perfectamente lo que pediría si ganaba y esperaba ganar con todas mis fuerzas.

Taylor me miró con el ceño fruncido mientras las personas que nos rodeaban empezaban a gritar insinuaciones de todo tipo.

—¡Cualquier cosa, Taylor! —gritó un chico, no sé quién, a mis espaldas.

Taylor frunció el ceño un momento, pero luego una gran sonrisa apareció en su rostro al mismo tiempo que me tendía su mano.

—Trato hecho —dijo cuando ambos nos estrechamos la mano.

Me coloqué junto a la mesa mientras Taylor recogía las quince bolas y las colocaba en el triángulo.

—Las damas primero —dijo haciendo un ademán con su mano hacia mí. Cogí la tiza y la pasé varias veces por la punta de mi taco. Me coloqué estratégicamente sobre la mesa y con un golpe fuerte y certero les di a las bolas, que salieron disparadas por toda la mesa.

El primer golpe era decisivo: dos bolas lisas chocaron entre sí y fueron a meterse directamente en las troneras del fondo de la mesa, una a la de la derecha y otra a la de la izquierda; una rayada se metió en la tronera central y las demás se dispersaron de manera desordenada por toda la mesa.

—Elijo las lisas —dije con una sonrisita mientras Taylor examinaba la mesa con el entrecejo fruncido.

Otros chicos de la fiesta se habían acercado. Nadie me había visto jugar antes y, para ser sincera, solo lo había hecho en mi casa y con mi padre. Mi madre siempre había desaprobado que jugara al billar, decía que era un juego estúpido para hombres, y por esa razón nunca me había ofrecido para participar en ninguna de las muchas partidas que se jugaban en las fiestas. Además, como las chicas no sabían jugar, no era plan hacerlo yo sola contra los chicos. Pero con Taylor no me importaba: él había sido quien me había iniciado en este juego y volver a jugar juntos hacía que me sintiera maravillosamente feliz.

Sabía que la falda que llevaba y el top blanco que me había puesto no eran lo más apropiado para reclinarme sobre una mesa, pero intenté no pensar mucho en ello mientras volvía a colocarme en posición para poder meter la bola lisa de color amarillo que estaba muy cerca de la tronera del fondo. Mi golpe fue certero y esta entró haciendo mucho ruido al caer.

—¡Muy bien, Kami! —gritó Ellie, que se había acercado junto a Kate, su hermano y mis amigas para darme apoyo moral. Le sonreí al mismo tiempo que me concentraba en mi siguiente jugada. La cosa ya se complicaba y supe que no iba a ser capaz de meter ninguna más sin perder mi turno. Giré junto a la mesa hasta colocar el taco entre dos bolas rayadas, con cuidado de no rozar ninguna y golpeé la bola blanca, que chocó contra la pared lateral y a su vez golpeó una bola rayada que me estorbaba para poder meter otra en la tronera central.

—Mi turno, guapa —dijo Taylor rodeándome y posicionándose en una jugada que seguramente tenía ya más que ensayada. En efecto, metió dos bolas rayadas de un solo movimiento.

Maldije entre dientes, ya que tenía otra bola literalmente a punto de caerse, solo debía golpear una de las mías para que la suya se metiera en el agujero.

Observé a Taylor mientras este se inclinaba sobre la mesa. Ya no quedaba nada del chico desgarbado y bajito de antaño, se había convertido en un hombre alto y apuesto, con los ojos azules muy relucientes y un pelo marrón muy atractivo. Además, había heredado la misma contextura física que Thiago, aunque este era más alto y un poco más corpulento. Claro que Thiago también era tres años mayor y eso se notaba.

Taylor metió dos bolas más, lo que me dejaba a mí en desventaja, hasta que falló en su cuarta jugada. Estuvimos jugando veinte minutos más hasta que quedamos empatados. Había una larga hilera de chupitos apoyada en un lado de la mesa de billar; algunos eran míos, pero la mayoría de Taylor o de nuestros compañeros de clase. El tequila se me había subido un poco a la cabeza, pero estaba completamente segura de que era capaz de ganar la partida. La música seguía sonando y, más allá del salón donde nos hallábamos, la gente seguía bailando y bebiendo, pero yo me encontraba completamente aislada en aquella burbuja que habíamos formado Taylor y yo.

—Vas a perder, Kami. No te esfuerces tanto —me dijo al ver que volvía a cambiar de posición en la mesa. Si conseguía meter la bola negra, ganaba. Fin. Pero el problema era que, para conseguirlo, la bola blanca debía chocar primero con la esquina lateral de la mesa, luego dar en la pared contraría y, si conseguía darle el ángulo que deseaba y con la fuerza necesaria, la bola caería por la tronera.

Ignoré el comentario de Taylor y me decidí en mi posición. Tenía que inclinarme tanto sobre la mesa que casi estaba completamente tumbada sobre ella, pero también sabía que, si mi jugada salía como planeaba, dejaría a todos completamente alucinados, incluido a Taylor.

—Ellie, ven un momento —llamé a mi amiga. Ellie, que estaba achispada pero aún sobria, se me acercó de inmediato—. Colócate detrás de mí, por favor.

—¿Quieres que te ayude? —me preguntó extrañada. Me hizo reír. Ellie no tenía ni la menor idea sobre cómo se juagaba al billar. No, solo la necesitaba para que nadie pudiese verme las bragas cuando me inclinase sobre la mesa.

—Tú simplemente quédate detrás —le dije cogiendo el taco y colocándome como planeaba.

Sentí cómo Ellie se acercaba tras mi espalda.

—Vale, ya lo he pillado —dijo soltando una risita—. No quieres que nadie vea ese culito tuyo.

Ignoré su comentario y los silbidos que provinieron de los chicos. Taylor me observaba asombrado y muy callado. Sabía lo que estaba haciendo. Al igual que yo, estaba viendo la jugada que me proponía en la cabeza y, justo cuando me incliné y solté la fuerza necesaria para dar el golpe, vi cómo una mueca aparecía en su rostro.

Todos los que estaban allí vieron casi en cámara lenta cómo la jugada que había planeado se llevaba a cabo a la perfección y, con un fuerte crac final, la bola negra se metió en la tronera, repiqueteando con las muchas bolas que había debajo. La gente a mi alrededor gritó y aplaudió emocionada, yo incluida, y no pude disfrutar más al ver la cara de cabreo de Taylor. Ambos sabíamos de dónde había sacado esa jugada: era la misma con la que Thiago le había ganado a él en una apuesta que hicieron cuando éramos pequeños. Aún recuerdo la cara de Taylor cuando perdió y tuvo que darle todos los cromos de fútbol de su colección.

Con una enorme sonrisa en la cara, me acerqué hasta él ignorando su mirada, que me traspasaba.

—Eso ha sido un golpe bajo —dijo, obviamente recordando lo mismo que yo.

—¿Te molesta que la alumna haya superado al maestro?

—Me molesta más esa cara de suficiencia que tienes ahora mismo, sobre todo si se te acaba subiendo a la cabeza —me contestó, cambiando su expresión y mirándome otra vez con diversión.

—Puedo ganarte, cuando quieras y donde quieras, Tay —le contesté fijándome en cómo sus ojos se arrugaban ligeramente al sonreír, igual que lo habían hecho siempre.

Mi relación con Taylor había sido de las que se recuerdan toda la vida, esas amistades que llegan al corazón y se quedan allí para siempre. Él era el amigo con el que siempre había podido contar. Pasara lo que pasase, siempre había estado allí para ayudarme y para perdonarme... y eso era justo lo que necesitaba en ese momento.

—Quiero que me perdones, Taylor —le pedí y vi cómo su expresión cambiaba y me observaba, primero con sorpresa, después con frialdad—. Siento mucho lo que ocurrió hace siete años. Siento que todo terminase como acabó. Pero lo que más siento es haberte perdido a ti en el proceso... Te quiero de vuelta en mi vida, Taylor. Por favor, dime que me perdonas.

Sabía que no estaría diciendo esas cosas de no haberme tomado varios chupitos y varias cervezas. Es más, creo que aquella noche había bebido más que en toda mi vida, pero también sabía que todo lo que estaba diciéndole era cierto. Todas las palabras que salían de mi boca eran sentidas de verdad y no había nada que me importase más que recuperar mi amistad con él... O al menos eso creí en aquel momento.

Taylor me miró y después se relajó.

—Tú no tienes la culpa, Kami. La tienen nuestros padres... Nunca te he guardado rencor por lo que pasó... —dijo acercándose hacia mí—. Te he echado mucho de menos.

Taylor me atrajo hacia él y me envolvió en un abrazo que me transmitió todas aquellas cosas que había perdido cuando él y su hermano se marcharon: calidez, seguridad, protección, amor... Le devolví el abrazo y no me importó que estuviésemos rodeados de gente. No me importó que aquello pudiese dar pie a numerosos rumores, sobre todo entre mis amigos. No me importó nada ni nadie más... hasta que vi a Thiago al fondo de la habitación.

6

THIAGO

Llevaba un rato observándola. Ni ella ni Taylor se habían percatado aún de mi presencia. Una parte de mí hubiese deseado ser Taylor en ese mismo momento para poder abrazarla, para poder sentir su cuerpo junto al mío. La otra parte, mucho más fuerte y que se llevaba consigo cualquier tipo de pensamiento alentador, solo quería seguir odiándola. Odiándola como llevaba haciendo ya siete largos años.

Entonces ella me vio y supe, por cómo cambiaba su expresión, que no le gustaba la idea de tenerme allí, que se sentía violenta al estar abrazando a mi hermano sabiendo lo mucho que nos había hecho a los dos. ¿Acaso mi hermano había olvidado todo lo que ella y su familia habían causado a la nuestra? ¿Acaso no recordaba aquellos dos largos años en los que nuestra madre apenas podía levantarse de la cama? ¿Acaso había olvidado lo que habíamos perdido?

Volví a sentir aquel odio que llevaba años gestándose en mi interior y tuve que marcharme de aquella habitación para no perder los papeles allí mismo. Me fui directamente a la cocina para buscar algo que me calmase. Para ser chicos de instituto no se lo habían montado nada mal y agradecí que la cerveza fuera de la buena y no de garrafón. Mientras me bebía una apoyándome contra la encimera de la cocina, vi cómo varias chicas posaban sus ojos en mí. Una de ellas podría haber tenido perfectamente mi edad. Era alta y esbelta, y su pelo era tan rubio que parecía incluso blanco. Creía haberla visto antes. Si no me equivocaba, era una de las animadoras del equipo de baloncesto, lo que a la larga significaba que era amiga de Kam, lo que significaba que no quería tenerla cerca. Aunque no importó mucho lo que yo quisiese, porque se acercó en cuanto mi mirada se posó en su rostro.

—Hola —dijo simplemente cuando la tuve delante. Sí, sin lugar a dudas era una de las animadoras—. Eres Thiago Di Bianco, ¿verdad? —me preguntó al ver que no le contestaba de inmediato.

—El mismo —le dije llevándome la botella de cerveza a la boca y dando un trago. No pareció importarle mi tono cortante, ya que siguió hablando como si nada.

—Soy la hija de Logan Church —me dijo. Eso sí que captó mi atención, puesto que Logan era nada más y nada menos que el dueño de la constructora donde empezaría a trabajar al día siguiente.

La evalué un momento intentando descifrar sus intenciones.

—Mi padre me ha dicho que empiezas la semana que viene y, bueno... He pensado que, ya que vas a pasar mucho tiempo con él, a lo mejor te interesa que te cuente las cosas que él valora en un trabajador —dijo con una sonrisa amigable. Tenía los dientes blancos, pero uno de sus colmillos estaba ligeramente torcido hacia atrás.

Me hubiese gustado pasar de ella, pero eso no iba a beneficiarme en ningún sentido, así que hice lo que habría hecho con cualquier chica que me tirase los tejos tan abiertamente.

Me acerqué hacia ella y la observé desde mi altura. Eso siempre ponía nerviosas a las chicas y también les gustaba, tal y como pude comprobar al ver que se humedecía los labios descaradamente.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté dejando la cerveza en la encimera que había justo detrás de ella.

—Amanda —dijo en un susurro bajo.

Una sonrisa de suficiencia se dibujó en mis labios... La tenía tal y como quería: completamente embobada.

Entonces, justo cuando iba a inclinarme para besarla, una mano se posó en mi hombro echándome hacia atrás. Mis reflejos fueron tan rápidos que un segundo después tenía mi mano en torno al cuello de un chico... Un chico no mucho más bajo que yo y cuyos ojos no tenían nada que ver con los míos: Taylor.

—¿Qué demonios estás haciendo? —me preguntó en un susurro apartándome de su cuello la mano, que ya se había aflojado.

Por un momento me había quedado en blanco... ¿Qué demonios me estaba preguntando mi hermano? ¿Cómo que qué estaba haciendo? ¿Acaso no era obvio?

—No puedes, Thiago —me dijo en voz baja. Sabía que algunas personas nos observaban y, a pesar de que no las oía por el ruido de la música, caí en la cuenta de lo que había estado a punto de hacer—. Es una alumna, si se enteran...

Me separé de mi hermano y me maldije a mí mismo por ser tan estúpido. Amanda estaba observándome, esperando algún tipo de explicación y mirando con reproche a Taylor.

—Ya nos veremos por ahí, Amanda —le dije dándole la espalda con la intensión de largarme de aquella fiesta. Había sido una completa estupidez haber ido. Daba igual que solo tuviese un par de años más que ellos, yo ya no podía codearme con nadie del instituto de Carsville. Era mucho lo que me jugaba y si alguien decidía informar de mi presencia allí y de mi acercamiento a alguna chica...

Me encaminé hacia la puerta dejando la cerveza en la mesa de la cocina y, sin comerlo ni beberlo, apareció la última persona que quería ver allí.

—Quiero mi teléfono —me dijo y sus ojos refulgieron con gran intensidad y enfado.

La observé unos segundos. Estaba cabreada de verdad y eso me puso enseguida de mejor humor.

—Cómprate uno —le dije apoyando mi hombro contra el marco de la puerta y disfrutando del espectáculo. De repente, ya no quería marcharme.

—Thiago, no seas capullo. Devuélvemelo —me dijo, ignorando que mis ojos la recorrían de arriba abajo. Daba igual lo mucho que la odiara, esa chica le alegraba la vista a cualquiera.

—Doña Perfecta diciendo palabrotas. Ten cuidado no vayan a oírte —le dije para picarla.

Ella soltó todo el aire que estaba conteniendo y dio un paso hacia adelante.

—Estoy cansada de tus insultos, Thiago, y estoy cansada de que me trates como si fuese la peste. Dame mi teléfono y tengamos la fiesta en paz —me dijo bajando la voz para que solo yo pudiese oírla.

¿Como si fuese la peste? Kamila Hamilton era lo opuesto a la peste. Incluso con todas las personas que había allí, el ruido de la música y el olor a cerveza y sudor de la gente que nos rodeaba, pude sentir la dulce fragancia que salía de su cabello y de su piel.

Al ver que no le contestaba, decidió actuar por su cuenta. Su mano se movió tan deprisa que solo me percaté de lo que hacía cuando noté sus dedos en el bolsillo de mis vaqueros. Sentí un escalofrío en todo mi cuerpo y atajé sus dedos entre los míos tan rápido como actuaron mis reflejos. Sus dedos finos, largos y pequeños se perdieron entre mi mano callosa y exageradamente grande en comparación con la suya.

Tiré de ella cuando intentó soltarse y quedamos a medio palmo de distancia.

—No te recomiendo que me toques, Kamila —le dije bajando el tono de voz.

Sus ojos marrones subieron hasta los míos y me miraron ofendidos.

—¿Desde cuándo me llamas así? —me preguntó. Parecía que le había fastidiado más que la llamase por su nombre completo que el hecho de que le hubiese robado el teléfono.

—¿Por tu nombre? —le dije tomándole el pelo otra vez, aunque curioso por su reacción.

Ella miró hacia otro lado un momento y, cuando sus ojos volvieron a mi rostro, esa máscara que siempre llevaba y que de vez en cuando dejaba caer había vuelto a su lugar.

—Si no me das el teléfono, no voy a poder llamar a mi padre para que venga a recogerme —me confesó mirándome desafiante.

Fruncí el ceño ante lo que acababa de decir.

—¿No tienes un chófer que te lleve, princesa? —le dije observando su reacción.

—Pues no —me contestó simplemente.

—¿Y tu coche?

Ella soltó un resoplido, exasperada.

—¡Thiago, suéltame! —me dijo. Entonces caí en que mi mano aún estaba apretando la suya. Aflojé los dedos y me aparté para pensar con claridad. Kam me afectaba. Cuando la tenía cerca solo quería tenerla aún más cerca y me cabreaba sentirme así puesto que en realidad solo quería mantenerla alejada de mí.

Entonces apareció una tercera persona.

—¿Estás bien, Kami? —preguntó un chico moreno que no creía haber visto en el instituto, pero que sí me sonaba de algo.

—Está perfectamente —le contesté dando un paso adelante y sin ni siquiera saber lo que estaba haciendo, tapándola con mi cuerpo.

«¿Reacción exagerada? Totalmente. ¿Qué demonios te pasa, Thiago?», me pregunté a mí mismo.

—No te lo estaba preguntando a ti —me dijo el chico y vi por el rabillo del ojo que Kam se movía hacia un lado para poder contestarle.

—Estoy bien, Julian, gracias —dijo ella con una sonrisa amistosa—. Thiago se acababa de ofrecer para llevarme a casa —agregó dejándome confuso y aún más irritado.

Julian nos observó unos segundos, primero a ella y después a mí con el ceño fruncido.

«Julian, Julian... me suena ese nombre», pensé.

—Yo puedo llevarte si no tienes cómo volver —se ofreció y vi cómo la miraba. Sabía qué le estaba pasando por ese cerebro, porque era justamente lo mismo que pasaba por el mío cada vez que posaba mis ojos en Kam. Me sorprendió lo mucho que me molestó.

Kam dio un paso hacia él.

—Si no te impo...

—Yo te llevo —dije tajante, tirando de Kam hacia atrás. Los ojos de Julian siguieron mi movimiento y vi que algo cruzaba su mirada, algo que no me gustó.

Julian clavó sus ojos en los míos.

—¿Nos hemos visto antes? —le pregunté mirándolo fijamente.

Él me observó con el ceño fruncido.

—No —dijo simplemente.

—Julian empieza este lunes en el instituto —dijo la voz de Kam a mi lado.

Giré mi vista hacia ella y vi que, por algún motivo inexplicable, ya no parecía estar enfadada ni cabreada.

—Me alegro —dije—. Ahora vámonos.

Kam no opuso resistencia cuando tiré de ella hacia la puerta. No sabía por qué, pero quería apartarla de ese tipo.

Salimos de la casa y, en cuanto estuvimos fuera de la vista de la gente, le solté el brazo.

—Ahora dame mi teléfono —me dijo ella mirándome con recelo.

—Que te lleve a casa, que te dé tu teléfono... ¿Desde cuándo crees que puedes pedirme algo? —le dije de mal humor.

—Desde que te comportas como un crío —contestó esperando a que se lo diera—. Ya no tenemos diez y trece años, Thiago... Ya no puedes hacerme rabiar como antes. He madurado —dijo muy segura de sí misma.

—¿Ah, sí? —contesté sin poder evitar divertirme a su costa—. Joder, podrías habérmelo dicho antes. Si hubiese sabido que siete años después habías madurado, no te habría quitado el teléfono móvil.

—Idiota —me respondió volviéndose a acercar y estirando el brazo para coger el teléfono que había puesto muy lejos de su alcance.

Se acercó demasiado y por un instante conseguí olvidarme de todo el odio que sentía por ella... Su olor llenó mis sentidos y sentí calidez allí donde solo había escarcha.

—¡Dámelo, joder!

Alguien apareció por detrás de mí y, al segundo, el teléfono había desaparecido de mi mano. Ambos nos giramos hacia el que acababa de llegar para fastidiarme la diversión.

—Déjala ya, Thiago —dijo Taylor tendiéndole el teléfono.

Kam le sonrió con ganas y por un instante volví a sentir que sobraba. Igual que cuando éramos críos.

—Mira, princesa, ya ha llegado tu caballero andante para salvarte —dije con calma sacando un cigarrillo del bolsillo trasero de mis vaqueros y encendiéndolo con tranquilidad.

—¿Desde cuándo fumas? —preguntó Kam con curiosidad.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí —contesté repitiendo las mismas palabras que ella me había dicho hacía unos días.

—Dame uno —dijo entonces Taylor cogiendo uno de mi paquete.

—¿Tú también? —preguntó mirando a mi hermano decepcionada. A mí me había lanzado una mirada de «tampoco me sorprende». Pero claro, Taylor siempre hacía todo bien.

—¿Podemos intentar volver a llevarnos todos bien? —preguntó Taylor mirándome directamente a mí.

La rabia que parecía haber desaparecido durante la última media hora resurgió en cuanto mi hermano soltó aquella simple frase, como si lo que había ocurrido entre nosotros hubiese sido una simple riña de niños que nunca había llegado a solucionarse por la distancia.

—¿Cómo puede una persona llevarse bien con alguien a quien odia, eh, hermanito? —Le lancé una mirada desafiante que obtuvo la respuesta deseada.

Mi hermano miró hacia el suelo durante un momento y después se giró hacia Kam.

—¿Quieres que te lleve a casa? —le preguntó.

Kam nos miró a uno y a otro y la culpabilidad por mis palabras intentó hacer borrar siete largos años de dolor.

Pero no fue suficiente.

—Sé que tuve parte de culpa —dijo entonces, mirándome con un sentimiento demasiado complejo como para poder definirse en una palabra—, pero me cargas con una responsabilidad que no merezco. Tenía diez años.

Tiré el cigarrillo al suelo y lo pisé con la suela con fuerza.

—La responsabilidad la tuvo toda tu familia. Y por eso cada uno de vosotros tendrá siempre mi más sincero odio —dije con fingida calma—. Buenas noches.

Me marché de allí sin ni siquiera mirar a mi hermano.

Se acabó el fastidiar a Kam. Se acabó el ceder ante mis ganas de tenerla cerca.

No pensaba traicionar a la persona que más quería en este mundo. Ella se merecía mucho más.

7

KAMI

Aunque una parte de mí sabía que llevaba razón, la otra no podía evitar querer hacerle cambiar de opinión. ¿Para qué? Pues porque lo quería... Los quería a los dos y deseaba con tantas fuerzas poder volver a tener esa camaradería que había sido tan característica nuestra...

—Vamos, Kami —me dijo Taylor señalando dónde estaba su coche.

No iba a hacer ningún comentario sobre lo que su hermano acababa de decir ni sobre lo que acababa de insinuar...

Sabía que se debía a que una parte de Taylor también pensaba como él.

Cuando me subí a su coche, solo me bastó inspirar hondo para saber que ambos hermanos lo compartían. Se podía aspirar la dulce fragancia masculina mezclada con el humo del tabaco. No había sabido que fumaban... A Thiago le pegaba tanto que verlo con un cigarrillo había sido como ver un miembro adherido a su mano, pero Taylor...

Mi mano reposaba sobre mi regazo y la cicatriz en forma de triángulo me trajo aquel recuerdo que atesoraba en un lugar muy especial. Los tres mosqueteros nos habíamos llamado desde pequeños, siempre listos para cualquier aventura...

Aún recordaba el día en que Thiago había llegado a nosotros con aquella idea demencial.

—¡Tenemos que hacerlo! —había dicho tan seguro de sí mismo que ni Taylor ni yo habíamos podido hacerle cambiar de opinión—. Lo vi en una película y significa verdadera amistad. Tú eres nuestra mejor amiga ¿no, Kam?

Yo había asentido muerta de miedo.

—Pues entonces ya está... —dijo cogiendo el triangulito de hierro que él mismo había fabricado y lo acercó con cuidado al pequeño fuego que habíamos encendido junto al lago.

—Pero va a doler... —dije con miedo.

—Tú tranquila, Kami... Si no quieres hacerlo, no pasa nada...

—¡Deja de decirle eso, Taylor! —había exclamado Thiago enfadado—. Si no lo hace, entonces es que no es nuestra verdadera amiga.

—¡Soy amiga vuestra! —había exclamado yo, indignada.

—Pues entonces demuéstralo... —dijo Thiago sacando el triangulito del fuego y pidiéndome la mano—. Te prometo que si haces esto nunca nada nos podrá separar.

Y yo lo creí...

Mi dedo gordo acarició la cicatriz que ocho años más tarde apenas era una marca blanca sobre mi piel bronceada... Un «tatuaje de amistad» lo habíamos llamado y los tres lo llevábamos en la piel de por vida.

—No te preocupes por Thiago... Entrará en razón, solo hay que darle tiempo. Regresar a casa después de tanto tiempo no ha sido fácil para ninguno...

—No hace falta que lo excuses, Tay —dije, fijándome en su manera de conducir y observando detenidamente su perfil. Al igual que Thiago, Taylor tenía esa magnitud y esa chispa que atraía de manera irremediable a cualquiera que posara sus ojos en ellos. Sus manos, grandes, se movían con destreza manipulando las marchas del coche; su pelo, un poco más largo que el de su hermano —que lo tenía corto y peinado de cualquier manera—, le caía sobre la frente consiguiendo que el contraste de su color castaño resaltase aún más sus ojos azules.

Qué guapo estaba... y qué feliz me hacía que volviera a hablarme.

—¿Por qué me miras así? —dijo sonriendo y girándose un segundo hacia mí.

Me encogí de hombros.

—Estás guapo —dije simplemente.

—Tú sí que estás guapa —contestó casi de forma automática—. Nunca creí que vería curvas en ese cuerpo larguirucho y flaco que tenías de pequeña y mírate ahora...

Le pegué un puñetazo en el hombro y él se rio.

—Esto que ves aquí se consigue simplemente con un buen sujetador —dije sabiendo de sobra que mis curvas eran muy discretas, sobre todo mis pechos.

—Ojalá te vieras como te vemos los demás... Dejarías de decir tantas sandeces —dijo con calma.

—Lo que tú digas —dije mirando hacia delante con una sonrisa.

Cuando entramos en nuestra urbanización, le pedí que no aparcara directamente en mi casa.

—¿No quieres que te vean conmigo? —me preguntó enarcando las cejas.

¿Le molestaba o entendía perfectamente el porqué?

—Aparte de que no quiero tener que dar explicaciones innecesarias a mi madre, me gustaría charlar un poco contigo... Quiero saber cosas de ti... ¿Qué tal la vida en Nueva York?

Taylor sonrió. Detuvo el coche en la esquina que había antes de girar para nuestras casas y apagó el motor.

—La vida en Nueva York es bastante frenética... Echaba de menos la tranquilidad de Carsville.

—Pero si es un pueblo superaburrido...

—Por favor... No insultes la memoria de nuestro querido pueblo. Qué haríamos sin su día de la tarta de fresa o el día del bingo o las fogatas...

—O el día de la comida internacional... —agregué con una risita.

—¡Ese es nuevo! —exclamó riéndose también—. ¿Comida internacional en un pueblo donde el noventa y nueve por ciento de los habitantes hemos nacido en el estado de Virginia?

Me encogí de hombros riéndome.

—Quieren que el pueblo parezca más cosmopolita.

Taylor negó con la cabeza riéndose y se giró hacia mí para verme mejor.

—Aunque todos estén medio locos y sigan teniendo pensamientos del siglo pasado, sienta bien volver a casa.

Asentí. Quería decirle tantas cosas...

—Será mejor que entres ya —dijo entonces cortando mis pensamientos, pero haciéndolo de una manera amable.

—Tienes razón —dije deseando en realidad quedarme más tiempo con él. Quería saber tantas cosas...—. Gracias por traerme.

Taylor me sonrió y esperó a que entrara en casa. Me fijé en que no aparcaba delante de la suya, sino que giraba para ¿volver a la fiesta?

Subí a mi habitación sin hacer ruido. Todos dormían y, antes de meterme en mi cuarto, me asomé para poder ver a mi hermano. Cameron estaba acurrucado bajo su colcha azul con animales. La lamparita con forma de dragón estaba encendida y mi hermanito dormía plácidamente. Me fui a mi habitación, que estaba junto a la suya, separada gracias a Dios de la de nuestros padres, y cerré la puerta para poder apoyarme contra ella un segundo después. Respiré hondo varias veces y una sonrisa apareció en mis labios. Había hecho las paces con Taylor, mi amigo de toda la vida ya no me odiaba o, por lo menos, ya no evitaba hablarme o mirarme y, aunque eso era sin lugar a dudas lo que debería haberme tenido tan contenta, mi cerebro solo podía rememorar cada una de las palabras que había intercambiado con Thiago. Daba igual que no hubiese sido amable conmigo, o que prácticamente nos hubiésemos estado peleando todo el rato, no me importaba. En realidad, estaba acostumbrada... Mi relación con él siempre había sido así, exceptuando los momentos que yo atesoraba en el fondo de mi alma.

Uno de esos momentos había sido justo antes de que todo se desmoronara y había tenido lugar después de que él me besara en la casa del viejo señor Robin. Después de dos días sin vernos, porque los tres habíamos caído enfermos de todas las chuches que nos habíamos metido en el cuerpo, por fin me habían dejado salir a jugar. Taylor aún se encontraba mal, por lo que fue Thiago quien salió conmigo aquella tarde. Era la primera vez que estábamos los dos completamente solos y aún recuerdo lo nerviosa que me había puesto.

—Vamos, quiero enseñarte algo —me había dicho cogiéndome de la mano y tirando de mí. Yo lo seguí sin dudarlo. Recorrimos la parte trasera de nuestras casas, que era una gran extensión de césped, hasta meternos en el bosquecillo que había detrás. Allí siempre jugábamos a escalar los árboles o al escondite. Thiago siguió andando, atravesando los árboles que, a medida que avanzábamos, se volvían más grandes y espesos. Entonces, cuando ya pensaba que si seguíamos íbamos a perdernos, se detuvo frente a un árbol que era mucho más grande que los demás. Tenía muchísimas ramas para poder escalarlo y estas eran tan grandes que era imposible que se pudiesen romper si te sentabas en ellas. Thiago se había quedado justo frente a una parte del tronco donde estaban grabados, con bastante torpeza nuestros nombres, incluido el de Taylor.

—Lo encontré hace un mes —me dijo emocionado—. Mira hacia arriba.

Lo hice y mis ojos se agrandaron por la sorpresa y la emoción. Allí arriba había una plataforma de madera colocada con torpeza, pero que se parecía a lo que habíamos querido tener desde hacía muchísimo tiempo.

—¡Una casa en el árbol! —grité emocionada, dando saltitos.

Thiago me miró con una sonrisa radiante.

—Aún no está terminada, solo está el suelo, pero creo que juntos podremos acabar de construirla. Será divertido y aquí podremos guardar todas nuestras cosas y vuestros juguetes.

No se me escapó el detalle de que había dicho «vuestros juguetes» y no «nuestros juguetes». Thiago decía que ya no jugaba porque era mayor, pero yo sabía que estaba tan emocionado por aquella casa en el árbol como yo, o incluso más.

—¿Quieres subir? —me preguntó y vi que se me quedaba mirando con un poco de nerviosismo. Creo que aquella era la primera vez que hablábamos tanto sin pelearnos. A lo mejor lo único que necesitaba Thiago para controlar su genio era que él y yo nos besáramos de vez en cuando. Con una sonrisa me acerqué a él y lo besé en la mejilla. Él me miró sorprendido un momento y después se hinchó con orgullo.

—Vamos, princesa —dijo, aunque aquella vez no lo dijo metiéndose conmigo—. Déjeme que le muestre su castillo.

Me reí y juntos subimos hasta llegar a la plataforma. Había grandes huecos en medio de las tablas y estaban colocadas de forma desigual, pero para mí era la mejor fortaleza del mundo.

Después de estar un rato jugando y subiendo por aquellas enormes ramas, ambos nos sentamos con las piernas colgando y observamos cómo las ardillas saltaban de un árbol a otro.

—¿Sabes, Kam? —me dijo él después de habernos comido una manzana que habíamos cogido del árbol contiguo—. Aunque nos peleemos y yo me meta contigo..., eres mi chica preferida.

Sonreí contenta cuando me dijo aquello.

—¿No decías que era una repipi y una niña pequeña? —le pregunté balanceando los pies, divertida por la situación.

Él frunció el ceño.

—Bueno, eres un poco repipi —dijo y yo lo miré enfadada—. Pero no eres tan remilgada como creía y eres valiente... —agregó sin poder disimular su sonrisa—. Ninguna chica de mi clase se habría atrevido a subir aquí, por ejemplo. Además, estuviste increíble cuando nos metimos en casa del señor Robin... Yo pensaba que ibas a ponerte a llorar, la verdad.

—Pues ya lo sabes, a partir de ahora tienes que dejar de meterte conmigo —le dije mirándolo fijamente.

—Lo haré si haces una cosa —me propuso con una sonrisa divertida.

Puse cara de pocos amigos.

—No pienso volver a besarte, Thiago Di Bianco, así que ya puedes olvidarlo.

Él refunfuñó y se recostó hacia atrás mirando el cielo.

—Y todo esto para nada —dijo decepcionado.

Oculté la sonrisa que apareció en mis labios.

A la mañana siguiente, después de vestirme con la ropa de deporte y bajar a desayunar, vi que mi padre estaba enfrascado en una conversación telefónica y que mi hermano jugaba más que comía con los cereales de su cuenco. Mi madre no estaba por ninguna parte y lo agradecí. No tenía ganas de aguantar su constante interrogatorio sobre cómo me había ido, a qué hora había llegado, quién había estado en la fiesta... A veces sentía que volvía a su adolescencia a través de mí.

—¿A qué hora llegaste anoche, Kamila? —me preguntó entonces apareciendo por mi espalda.

No pude evitar poner los ojos en blanco.

—A las doce o así, no estoy segura —le respondí mientras cogía fresas y leche de la nevera.

—Le he dicho que eso es imposible. La compra de ese edificio se hizo hace ya más de tres meses, puede comprobarlo con mi secretaria en cualquier momento —estaba diciendo mi padre en aquel instante. Su expresión, normalmente tranquila, estaba alterada y su mano apretaba el móvil con fuerza contra su oreja—. ¡Pues claro que lo haré! —gritó entonces haciendo que los tres, mi madre, mi hermano y yo, nos sobresaltásemos.

Mi madre puso mala cara y volvió a fijar su mirada en mí.

—¿Quién te trajo de vuelta? —preguntó. Aproveché que estaba cogiendo la batidora de debajo del fregadero para hacer tiempo e intentar pensar en algo convincente que decir. No podía decirle que me había traído Taylor, me mataría si lo supiese.

—El hermano de Ellie se ofreció a traerme —le mentí, aunque no era del todo una mentira ya que había sido cierto que Julian se había ofrecido a traerme a casa.

Mi hermano encendió entonces el televisor que había en una esquina y el ruido de los dibujos animados se apoderó de la habitación.

—¿Quién es el hermano de Ellie? No será ese chico del que su padre ha renegado todos estos años, ¿verdad? —dijo mi madre acercándome la batidora con un ruido seco y mirándome de malas maneras.

—Es su hermano, mamá, y va a estudiar este año conmigo, así que ve acostumbrándote a que pase tiempo con él. No conoce a nadie aquí. —Para no tener que escucharla, le di al botón de la batidora que ya tenía las fresas y la leche dentro. Dejé que el ruido de la fruta machacándose se comiera las advertencias de mi madre.

Antes de que mi madre pudiese decir nada más, mi padre regresó a la cocina. Se había marchado mientras le gritaba al que estuviese al otro lado de la línea.

—Tendré que irme este fin de semana, hay un problema en la empresa —anunció y su mirada se clavó en mí por algún motivo inexplicable.

—¿Va todo bien, papá? —le pregunté mientras me servía mi batido en un vaso de cristal.

Una sonrisa un tanto falsa apareció en su rostro.

—Todo bien. No te preocupes, Kami —dijo acercándose a mi hermano—. Eh, Cameron, dejamos para otro día lo de ir al parque, ¿de acuerdo?

Mi hermano, que ya estaba acostumbrado a que nuestro padre cancelara los planes de improviso, asintió con el rostro serio y siguió comiendo los cereales, esta vez sin jugar con ellos.

—Dile a Prudence que me prepare la maleta, dos trajes y dos camisas bastarán... Que meta también mi ropa de golf. La recogeré dentro de un rato si consigo escaparme de la oficina —le dijo a mi madre, que asintió de manera despreocupada.

—Adiós, papá —le dije dándole un abrazo. Mi madre se acercó a él y le dio un beso en la mejilla.

—Tened cuidado. Volveré el martes por la tarde. —Entonces salió de la cocina y se marchó.

—¿Qué ocurre en la empresa, mamá? —le pregunté girándome hacia ella.

—Sabes que no me gusta inmiscuirme en el trabajo de tu padre, y menos si hay algún tipo de problema... Me da dolor de cabeza —contestó sacando un espejo de su bolso y una barra de labios de color carmín.

—¿Vas a alguna parte? —le pregunté molesta. Cameron no podía quedarse solo y yo tenía planes. Después de correr, había quedado con Ellie para ir al centro comercial, necesitábamos comprar cuadernos y material escolar.

—He quedado para ir al nuevo spa que han abierto, está más o menos a una hora de aquí, así que llegaré por la noche —dijo y antes de que pudiera replicar, añadió—: Por cierto, Cameron se queda contigo.

Mi hermano levantó la cabeza y me miró.

—¿Podemos ir al parque, Kami? —me dijo emocionado.

No iba a depreciar a mi hermano delante de mi madre y menos después de que mi padre lo hubiese dejado tirado. El día que se comportara como una madre de verdad sería un milagro.

—Claro, pero ahora voy a ir a correr —le dije a Cameron—. ¿A qué hora va a venir Prue?

—Prudence no vendrá hasta por la tarde, Kamila —me dijo mi madre soltando un resoplido.

—Entonces hablaré con Ellie para quedar con ella por la tarde.

Salí de la cocina antes de que mi madre pudiese alcanzarme. En el porche, me coloqué mis cascos y saqué mi iPod del bolsillo. Mientras estiraba las piernas y giraba las caderas, mis ojos se desviaron sin permiso hacia la casa de los hermanos Di Bianco. Thiago estaba cortando el césped y..., madre mía, iba sin camisa. A Taylor no se le veía por ninguna parte, pero me quedé sin respiración cuando vi a la señora Di Bianco salir por la puerta.

Katia Di Bianco era la madre de Thiago y Taylor. Siempre había sido increíblemente guapa, pero al ser morena y de ojos verdosos, no destacaba tanto al lado de una mujer como mi madre, por ejemplo. Al pensar en eso, automáticamente me giré hacia mi casa. Si mi madre y Katia se encontraban, no quería estar delante. Sería tan bochornoso e incómodo como peligroso.

Para evitar ese momento, dejé de calentar y empecé a correr. Aunque debía pasar frente a su puerta, mantuve la mirada fija al frente. Sabía que Thiago tenía los ojos clavados en mi nuca, pero seguí corriendo, sin saludar y sin decir ni una palabra. Mi madre estaría orgullosa, siempre y cuando fuese una maleducada con esos vecinos en particular, claro.

Correr me sirvió para descargar la tensión de aquellos días y todas mis frustraciones. Aunque cuando llegué a casa, después de haber corrido una hora, lo último que me esperaba era encontrar a mi hermano otra vez en casa de los vecinos. Cameron estaba con su iguana en un brazo y hablaba animado con Thiago y Taylor. Estaban los dos y no se veía a su madre por ninguna parte. Me fijé, al mirar hacia mi casa, que el coche de mi madre ya no estaba y que la muy irresponsable había dejado a mi hermano solo sin importar que yo aún no hubiese llegado.

Mi hermano me vio entonces y no tuve más remedio que acercarme. Me quité los cascos y, aunque sabía que estaba toda sudada y hecha un desastre, intenté parecer amigable. Habría preferido que solo hubiese estado Taylor, porque la mirada de Thiago volvió a hacer que se me acelerase el pulso. Agradecí que se hubiese puesto una camiseta, ya que de lo contrario mi capacidad para articular palabra habría sido nula.

—¡Kami, ven! ¡Voy a presentarte a los vecinos! —dijo mi hermano con una gran sonrisa. No le habían dicho que nos conocíamos. Madre mía, si mi madre se enteraba de que Cameron estaba cogiendo por costumbre meterse en la casa de los Di Bianco, ardería Troya...

Me coloqué detrás de Cam y miré a ambos hermanos con la duda reflejada en mi semblante. Taylor estaba, sin duda, encantado de que me hubiese acercado y Thiago... Bueno, Thiago no tanto.

—¿Poniéndote en forma, vecina? —me preguntó Tay con su sonrisa característica e ignorando a Thiago, que se había quedado mirándome con frialdad.

—Sí, bueno... —respondí dudosa, girándome hacia Cameron—. ¿Qué haces aquí, Cam? —le pregunté intentando no pensar que aquella situación era muy incómoda.

—Me han dicho que puedo ayudarlos con el jardín. En casa nunca puedo hacer nada porque mamá dice que solo pueden tocarlo los jardineros. Pero Thiago, que es él, por cierto —dijo señalando a quien lo miraba con seriedad—, me ha dicho que puedo ayudarlo con la sierra. ¡Con la sierra! Imagínate, Kami, voy a poder cortar cosas. ¡Mis amigos van a FLIPAR!

Flipar, que en ese momento era la palabra preferida de mi hermano, no me pareció una definición precisa de aquella situación.

—¿Queréis venir conmigo al súper de aquí al lado? —nos preguntó Taylor de muy buen humor—. Tenemos que quitar todas las malas hierbas de la parte de atrás y voy a necesitar un montón de cosas de jardinería.

—¡IREMOS! —gritó mi hermano emocionado y casi se le cae la iguana cuando empezó a dar saltos.

—No, Cameron, otro día. Tengo que darme una ducha y hacerte la comida... —Vi la decepción en la cara de Taylor.

—¡No, Kami! Venga, vamos. ¡Estoy muy aburrido! —empezó mi hermano y me miró con esos ojos azules que te dejaban sin aliento.

Vi que Thiago se apartaba y se agachaba para recoger lo que había estado cortando con las tijeras de podar. Nos dio la espalda y siguió trabajando en el jardín.

—No me importa llevarlo conmigo si tú no puedes —dijo Taylor mirando a mi hermano, que no dejaba de insistirme—. Está aquí al lado y no tardaremos mucho.

Sabía que Cameron iba a estar en buenas manos, pero no quería cargar a Taylor con el marrón de cuidarlo, ese era mi trabajo.

—No te preocupes, otro día vamos los tres —le dije y mi hermano empezó a despotricar.

Una sonrisa apareció en el rostro de Taylor.

—No me importa, Kami —insistió y supe que lo decía en serio.

No podía dejar que fuera. Si mi madre se enteraba, me mataría.

—Lo siento, pero prefiero que se quede aquí conmigo. —Hasta yo supe lo borde que había sonado.

Mi hermano se puso hecho una fiera.

—¡Eres una aburrida, Kamila! —me gritó y se fue corriendo hacia casa. Cuando me llamaba por mi nombre completo era mala señal, sobre todo porque se lo oía decir a mi madre cuando ella se enfadaba conmigo.

Estaba avergonzada, pero no podía dejar que mi hermano tuviese relación con ellos. Simplemente no era apropiado ni tampoco algo que pudiese dejarle hacer. Lo teníamos terminantemente prohibido. Mi hermano jamás lo entendería, pero yo sí.

—Ya nos veremos —me despedí.