Los ojos de Ann St. Quentin estaban cada vez más abiertos y, sin embargo, sentía que era incapaz de comprender lo que leía. A medida que su mirada avanzaba por el libro de contabilidad, empezó a notar un temblor en las manos. También temblaban las hojas que iba pasando entre sus dedos. No estaba preparada para asumir lo que reflejaban aquellas páginas y, al principio, trató de negarlo. Pensó que era un error y que a lo mejor había cogido uno de los libros antiguos. No podía ser que su marido hubiera actuado de forma tan irresponsable. Se cercioró de la fecha y un escalofrío le atravesó la espalda. Se dejó caer sobre la silla antigua y, cuando parecía que iba a rendirse, volvió a observar el libro de cuentas, pero esta vez de otra manera. Procuró calcular cómo salir de ese embrollo de deuda y salvar su negocio. Su carácter le impedía hundirse sin luchar y su mente se puso en marcha, aunque aún iba perdida con idas y venidas ante posibles soluciones.
Fue más de una hora después cuando llamó a madame Latournelle, la hermana de la antigua directora del internado de señoritas ubicado en los dos edificios que habían sobrevivido a la desintegración de los monasterios que formaban la abadía de Reading. Sarah Hackett, el verdadero nombre de madame Latournelle, había llegado allí como maestra. Pero siempre mostró más destreza en las labores de ama de llaves que en las relacionadas con la enseñanza. Para disimular su mal francés de cara a las familias que tuvieran interés en llevar a sus hijas al internado, adoptó un nuevo apellido antecedido por la marca de mujer casada, aunque en realidad siempre había permanecido soltera. Madame Latournelle venía del mundo del teatro, lo amaba, y hasta aquel momento había sido siempre la encargada de las representaciones que las alumnas llevaban a cabo y que tanto gustaban a los padres, que observaban orgullosos los avances de sus hijas.
—Voy a despedir a esa criada tan impertinente… —le dijo la señora St. Quentin en cuanto la mujer entrada en carnes y de pasos rotos llegó hasta ella—. Y también a la pecosa.
—¡Oh! Lo de la pecosa el otro día fue una torpeza, pero no volverá a suceder… —comentó alarmada por la determinación en la voz de la señora St. Quentin—. ¿Y por qué quiere despedirlas? ¿Qué han hecho las pobres muchachas?
—Debemos ahorrar. Nos arreglaremos con las otras dos y es posible que usted y yo tengamos que arremangarnos en algún momento, espero que no le importe.
Madame Latournelle intuyó que la única que tendría que arremangarse sería ella y observó a la esposa del director a la espera de una explicación que no parecía estar dispuesta a dar.
—¿Y debo comunicárselo yo a las muchachas? —preguntó al fin, ante el silencio que le devolvía la señora St. Quentin.
—No es necesario. Le diré a mi marido que escriba unas cartas de recomendación, aunque me temo que tendrán que marcharse sin propina. Como le he dicho, las cuentas no nos son favorables. Tal vez también me decida por despedir al profesor de dibujo… Sí, debería hacerlo. Desde que cierto marqués compra sus cuadros se cree con derecho a una subida de sueldo y, además, bien lo creo capaz de dejarnos en la estacada si consigue vender a otros nobles. ¿Se imagina que se marchara a mitad de curso? ¿Qué haríamos entonces?
—¿Y quién dará las clases de dibujo? —preguntó alarmada la falsa francesa, temiendo que esa tarea le fuera atribuida a ella. Nunca se le había dado bien dibujar y no tenía ni idea de pintura.
—Acabo de leer en el periódico el anuncio de una tal Louise Gibbons. Es una joven de buena familia venida a menos. Se ofrece como institutriz, pero he decidido escribirle para ofrecerle el puesto a cambio de comida y alojamiento.
—¿Sin un sueldo?
—Esperemos que esté desesperada —respondió la señora St. Quentin al tiempo que cruzaba los dedos—. No nos podemos permitir pagar ningún tipo de sueldo.
—Pues igual debería ofrecérselo para que, además de enseñar la asignatura, ayude también a las criadas. Sigo pensando que ellas solas no podrán con tanto trabajo.
—Usted las ayudará, no nos queda otra. —Por fin lo dijo. Ya no eran ambas las que se tenían que arremangar, a madame Latournelle le quedó claro que dejaba toda la tarea para ella—. Tendrá que renunciar a las funciones teatrales y dedicar esas horas a trabajos menos gratificantes.
—¡La Abadía no puede renunciar al teatro, es nuestra carta de presentación! —protestó.
—No he dicho que vayamos a renunciar.
Esa afirmación le dolió aún más. ¿Acaso quería ahorrar en criadas y pagar a alguien para que la sustituyera? ¿Acaso pensaba sustituirla ella, que no sabía nada de teatro?
—¿Y quién las dirigirá?
—He estado pensando en ello y creo que sería buena idea que lo hicieran antiguas alumnas. De aquí han salido muchachas brillantes que, además de hacernos el favor de dirigir las obras, son un gran ejemplo de los logros del internado. Eso, sin duda, ha de ser un reclamo para las familias.
—¿Niñas? —preguntó desconcertada el ama de llaves—. ¿Está pensando en niñas para dirigir las obras?
—Más bien en jóvenes que ya no son niñas. Seguro que algunas aún permanecen solteras. Voy a repasar los expedientes y a hacer un listado de aquellas que demostraron afición por la lectura —pensó en voz alta—. Ahora mismo, sólo se me ocurre la señorita Turner, pero tiene que haber muchas más.
—Creo recordar que la señorita Turner se casó. Puedo estar equivocada, pero aseguraría que así fue. Y lo más probable es que se hayan casado muchas más de las que no tenemos noticia. No me parece buena idea que utilice a niñas para una tarea tan delicada —objetó.
—Tiene razón, tal vez deba pensar en alumnas que aún sean menores de dieciocho años, hay más posibilidades de que acepten pasar un mes en la Abadía. Yo misma escribiré las invitaciones, soy consciente de que, en casos así, en el que no hay mayor atractivo que su vanidad, conviene adularlas. ¿Cómo se llamaba aquella niña que llegó aquí con su hermana hará unos seis años? ¿Aquella que apenas hablaba y se pasaba todo el día en la biblioteca?
—¿Cuál de ellas? Ha habido muchas que han amado la lectura…
—Vinieron también con una prima que se apellidaba Cooper. ¡Ah, sí! Austen, se apellidaba Austen, la pequeña Jane Austen.
No hay invitada que asista a una boda y no la protagonice a la vez. Al menos, en su imaginación.
Y la imaginación, puesta en marcha, no encuentra obstáculos para seguir creciendo si, además, la invitada está soltera. Eso era lo que había sucedido en la rectoría de Steventon. Los dos enlaces recientes en la familia Austen generaron ciertos aleteos en los corazones de las muchachas que habitaban allí. El diciembre pasado, Edward Knight, el tercero de los hermanos Austen, se había casado con Elizabeth Bridges y, hacía una semana, el primogénito, James, había sellado su unión con Anne Mathew. Por tanto, no era de extrañar que las jóvenes se encontraran en ese punto en el que es fácil dejarse llevar por la fantasía. Las dos hermanas Austen, Cassandra y Jane, tenían diecinueve y dieciséis años respectivamente, y su prima, Jane Cooper, a la que todos llamaban Jenny, ya había cumplido los veintiuno. A raíz de estas bodas, Cassandra y Jenny no hacían otra cosa que fantasear con las suyas, y el hecho de que ninguna tuviera pretendientes ni tampoco la obviedad de que no estuvieran enamoradas les parecían importantes. Quizá por la edad, aunque el carácter también tenía algo que decir, sentían mayor urgencia que la joven Jane y, si alguna vez se olvidaban de lo que exigía la tradición y de aquello a lo que habían destinado su educación, algunas vecinas se encargaban de recordárselo. Jane, en cambio, se burlaba de los suspiros de su hermana y de su prima, y no cesaba de admirarse ante la facilidad con la que pasaban de la imaginación a una planificación real de los acontecimientos.
—Ríete, aún eres joven —le decía Jenny—, pero ya caerás tú también en las redes del amor.
Jane no hacía caso del aviso y continuaba con su verbo tan mordaz como agudo.
—¿Amor? ¿Las listas en las que apuntáis mi hermana y tú las ventajas y las desventajas de los solteros conocidos es lo que llamas amor? —Ya antes les había llamado la atención por malgastar cuartillas en esa actividad—. Porque, de ser así, ¡qué tema tan nimio ha escogido la mayor parte de la literatura! ¡Y yo pensando que se trataba de una pasión arrebatadora que no permite que nada la condicione! Doy por bien dado, pues, el no conocerlo. Si el amor no ha de volverme loca, prefiero la cordura sin compañía —bromeó.
—No hagas caso a mi hermana, Jenny —la previno Cassandra—. Ya has leído sus relatos: el amor es el hilo conductor en todos ellos, pero sólo para despertar la risa del lector. Y tiene tal deformación que ya habla con la misma hilaridad con la que escribe.
—¡Ojalá el señor Chute organice un baile en The Vyne y nos invite! —deseó Jenny.
—¿Acaso te interesa el señor Chute? Pero si mueve el trasero como si fuera un pavo…
—Con las chaquetas largas apenas se le nota.
—¡Oh! Seguro que eso no lo habéis apuntado en vuestra lista y, si lo hicierais, tal vez vuestra parcialidad os llevaría a colocarlo en la columna de ventajas. Lo cierto es que para mí lo sería. ¡Reírme de los movimientos de cadera de mi primo o hermano, qué delicia! ¡Oh, el señor Chute! —exclamó Jane de forma exagerada, acompañando sus palabras de un suspiro. Fue un suspiro sonoro, en el que retuvo y exhaló el aire con gran vehemencia. Luego estiró los brazos del mismo modo en que los abriría sobre su cabeza una bailarina de ballet y, como si le fallaran las piernas, su cuerpo se desplomó sobre la cama. Ninguna de las presentes se alarmó ante tal suceso y Jane tardó tres segundos en volver a abrir los ojos. Cuando lo hizo, se mostró enérgica, se incorporó y de inmediato reprendió tanto a su prima como a su hermana—. ¡Oh, vamos! ¿Mencionáis al señor Chute y os limitáis a un suspiro apenas audible? ¿Dónde han quedado aquellas damiselas que se desmayaban ante un partido como él? Deberíais haber alertado ya a los alumnos de padre.
El señor Austen no sólo ampliaba sus ingresos impartiendo clases a unos muchachos, sino que además éstos compartían casa con ellos. Se les servía el desayuno y la cena en un comedor aparte y la familia procuraba tener sus espacios de intimidad, pero, a pesar de los muchos dormitorios, los hermanos Austen se habían visto obligados a compartir los suyos, y ése era el caso de Cassandra y Jane, a las que se les había sumado Jenny desde hacía unos meses. Mientras hablaban, decidieron bajar al despacho en busca de su padre para averiguar si habría en breve algún acontecimiento social, pero el señor Austen se hallaba ausente en aquellos momentos.
—Daría una guinea por verte enamorada, Jane —comentó Jenny en cuanto entraron en el despacho.
—Nunca he huido de enamorarme —respondió la joven sonriente—, pero no creo que hacer listas conduzca a ello.
Se acercó a uno de los registros parroquiales que su padre ya no usaba, lo abrió y escribió: «Amonestaciones de matrimonio entre Henry Frederick Howard Fitzwilliam de Londres y Jane Austen de Steventon». Y, abajo, añadió: «Un matrimonio con Edmund Arthur William Mortimer Esquire de Liverpool». Luego les mostró a las otras muchachas lo que había apuntado y dijo:
—Aquí tenéis mi lista. El caballero con el que me case ha de tener uno de estos dos nombres y proceder de una de estas dos ciudades. No podría aceptar a alguien que sólo se llamara Sam o que fuera natural de Andover.
—Con un nombre así, cuando hayas acabado de llamarlo ya se te habrá olvidado lo que querías decirle —apuntó Cassandra entre risas.
Los parpeos y graznidos se abrían paso a través de la ventana, al igual que los cantos de algunos pájaros que celebraban la primavera. Al día siguiente, Jane mantenía las mismas ganas de bromear, aunque ahora se hallara sola y estuviera centrada en otra labor muy distinta frente a unas cuartillas. Sonreía al escribir la carta que firmaría Charlotte Lutterell. Se trataba de la respuesta a otra misiva que había recibido su personaje, en la cual se exponían unos graves conflictos familiares de la remitente, Margaret Lesley. Charlotte Lutterell, poco conmovida ante ellos, prefería lamentarse de su propio infortunio. Le había sucedido que, tras pasarse días cocinando para el festín de una boda, el novio cometió la desconsideración de accidentarse mientras montaba a caballo. Si se hubiera tratado de una caída en la que se hubiese dislocado un hombro o roto una pierna, podría haberlo perdonado, pero el caballero en cuestión agonizaba en su lecho de muerte y el enlace para el que ella tanto se había esforzado en las cocinas jamás se produciría, del mismo modo que tan irrespetuoso varón no volvería a hacer nada más que gemir y expirar. Jane disfrutaba poniéndose en la cabeza de Charlotte Lutterell, un personaje que, sin lugar a dudas, haría reír a toda su familia. Sobre todo a Henry, y aquello le hizo pensar que sería buena idea dedicárselo a su hermano favorito.
Las palabras que le llegaron de Cassandra y Jenny, que hablaban sobre las diferencias entre la muselina europea y la india, hicieron que dejara la pluma y, una vez ordenadas sus cuartillas y el tintero, saliera de su pequeño refugio para saludarlas.
—¿Tenéis interés en el comercio de telas o estáis pensando en vestidos para algún baile que nunca se celebrará?
—Las Bigg van a ir de compras a Basingstoke y la tía Cassy nos ha dado permiso para acompañarlas —le comentó Jenny—. Yo quiero mirar telas y creo, Jane, que a ti te convendría un sombrero nuevo y… diferente.
—¿Qué tienen de malo mis sombreros?
También Eliza, su otra prima, que era ejemplo de estilo y elegancia, le aconsejaba siempre que no llevara el tipo de gorro al que era aficionada, pero ella se negaba a cambiarlo.
Jane no quiso acompañarlas. No tenía intención de comprar nada y, por mucho que le gustara pasear y disfrutar de la compañía de las Bigg, en aquellos momentos se sentía más tentada a continuar con su escritura, pues se la tomaba como una actividad la mar de divertida. Su padre le había leído un párrafo de la Biblia que no olvidaría jamás: «Un corazón alegre es como una buena medicina, pero un espíritu deprimido seca los huesos». El hombre era el único animal capaz de reír, lo que demostraba que la risa sólo podía provenir de Dios. Sus últimos textos habían hecho desternillarse a su familia. Tanto «Evelyn» como «Las tres hermanas» gustaron mucho, pero ninguno de ellos podía competir con su peculiar «Historia de Inglaterra», de la que tanto se vanagloriaba. Ella misma había confesado en la introducción que estaba escrita «por una historiadora parcial, prejuiciosa e ignorante» y, aunque aprobaba los dos primeros puntos, el tercero respondía a una falsa modestia. Con la intención de mejorarse a sí misma, durante los siguientes días intentó terminar la hilarante correspondencia entre Charlotte Lutterell y Margaret Lesley para poder mostrársela a Henry cuando regresara.
Antes de que pudiera ponerle punto y final, llegaron tres cartas a la rectoría de Steventon que cambiarían el destino de cada una de las muchachas. La primera la recibió Jenny, y la enviaba su hermano Edward. En ella hablaba de una invitación a la isla de Wight durante el mes de junio, para el que faltaban apenas unas semanas.
—¿No es estupendo hacer un poco de vida social? Al final podré estrenar el nuevo vestido —dijo la joven Cooper cuando se lo comentó a la familia Austen.
Jane se alegró tanto como su prima, y dedujo de la noticia que su primo no las visitaría en Steventon. Jane no simpatizaba con Edward, lo consideraba arrogante, de afabilidad fingida y conversación cargante, todo lo contrario de lo que era su hermana, de carácter sencillo y natural.
A esta carta siguió otra, que llegó un día después. Entusiasmó a Jane, pues la escribía Martha Lloyd y, aparte de contarles que todas estaban bien y alguna que otra anécdota de su nueva localidad, les recordaba que ella y su hermana estaban invitadas a Ibthorpe y les preguntaba cuándo tenían previsto visitarlas. Como en verano se esperaba el regreso de Henry a Steventon y también la llegada de Eliza, decidieron que el mejor mes para concretar esa invitación era el de octubre, lo que suavizó el goce de Jane al ver que aún tendría que esperar unos meses para que se produjera el reencuentro que tanto deseaba.
Pero la gran sorpresa llegó con la tercera misiva. Si bien las otras dos eran previsibles, nunca habría adivinado que recibiría alguna vez esta última. La firmaba la señora St. Quentin, a la que Jane conocía aún como señorita Pitts, ya que hacía cinco años que no sabía nada de ella. Ann Pitts era profesora en la Abadía, el internado de señoritas de Reading que, pese a que no era tan prestigioso como el de Eton en Londres, al menos no había dejado mal sabor de boca en los señores Austen.
—¿La señorita Pitts? —preguntó Cassandra, después de que Jane hubiera empezado a leer.
—Sí y, adivina, ¡ahora es la directora! Exactamente, directora consorte, puesto que se casó con el señor St. Quentin, que se convirtió en el nuevo director. Según cuenta, al señor St. Quentin lo contrató el doctor Valpy, así que es posible que las clases de francés hayan mejorado —bromeó. El doctor Valpy dirigía el internado de muchachos que se encontraba a poca distancia del de señoritas, y del cual también era socio—. ¿Te acuerdas de la pronunciación de madame Latournelle?
Al decirlo, imitó alguna de sus frases más memorables y ambas rieron, al igual que lo hacían cuando se las oían decir a ella. Jane recordaba a madame Latournelle enfundada en muselina blanca y con muchos detalles confeccionados con esa misma tela, como delantales, puños, volantes y bufandas… Sobre la toca y el pecho, siempre lucía grandes lazos aplanados. Solía sentarse en una sala con paredes revestidas de madera, de espaldas a unos dibujos de tumbas y sauces llorones y una fila de miniaturas. Pero si algo destacaba en ella era su leve cojera, dado que una de sus piernas era de corcho, o tal vez sólo el pie, no estaban seguras, ya que las niñas nunca llegaron a verla sin faldas por mucho que lo intentaron. Aunque lo más probable era que la mutilación se debiera a un accidente o a una cangrena, entre las internas corría el rumor de que le habían guillotinado la pierna.
—¿Y cuál es el motivo de que te escriba la señorita Pitts?
—El motivo es de lo más sorprendente, Cassy. Me invita a pasar un mes en el internado para que coordine una obra de teatro.
—¿Y cuándo has de ir? —preguntó Cassandra.
—En principio, ella propone junio, pero también me ofrece la posibilidad de ir en octubre si ahora lo considero precipitado.
—Pues qué mes más aburrido será para mí junio si no estáis ni Jenny ni tú aquí…
—No, no iré en junio. Ni tampoco en octubre —resolvió—, recuerda que las Lloyd nos han invitado a Ibthorpe, por nada del mundo cambiaría ver a Martha por volver a la Abadía.
A pesar de la negativa, Jane sonreía, orgullosa de que hubieran pensado en ella. Guardaba un grato recuerdo del internado por distintos motivos. Fue en la Abadía donde se inició en el baile, aunque era cierto que si en aquellos momentos podía bailar cualquier pieza, incluido un minueto, se debía más a lo que había aprendido gracias a las hermanas Lloyd que a las clases recibidas en Reading. Allí sólo bailaban cuadrillas y excepcionalmente alguna contradanza. Del mismo modo que si Cassandra y ella hablaban un perfecto francés, era más por las lecciones de su prima Eliza que por los conocimientos que les habían transmitido en el internado. También tenían clases de costura, lectura, algo de italiano y música, lo justo para convertirse en un adorno poco molesto de cara a un futuro marido. Nada había encontrado allí que desarrollara su intelecto ni su formación moral, y si Jane sabía algo de historia y política, era por su padre, del mismo modo que sus dotes como administradora se las debía a su madre. La educación que se destinaba a las mujeres distaba de aquélla a la que tenían acceso los varones, a quienes sí se les ofrecía una cualificación para ascender socialmente. Jane, por mucho que detestara esta diferencia de oportunidades, sonreía al recordar aquellos tiempos. Les guardaba cariño no sólo por el teatro y el baile, sino, sobre todo, por la gran biblioteca de la que pudo disfrutar gracias a que les permitían mucho tiempo libre. Además, cerca del mercado de la ciudad, que estaba a unas calles del internado, se ubicaba la biblioteca itinerante de Carnan y Smart, los editores del Reading Mercury, que siempre tenían las novedades que faltaban en la biblioteca escolar. Sí, sobre todas las cosas, recordaba feliz la estancia en el internado porque la había introducido en el apasionante mundo de la lectura.
—¿Recordáis cuando hubo obras?
La pregunta la formuló Jenny a modo retórico, aquello era algo que nunca olvidarían. La escuela ocupaba la vieja casa del guarda de la histórica abadía de Reading, que contaba con un anexo de dos pisos, y el jardín privado se hallaba rodeado de ruinas y torrecillas que habían pertenecido al solemne edificio medieval. Se decía que el cuerpo de Enrique I se hallaba enterrado allí, y se sabía que le habían quitado los ojos ya cadáver. Eso, junto con los recovecos, pasadizos, rincones y otros detalles arquitectónicos del internado, propiciaba que las internas más jóvenes temieran que el fantasma del monarca vagara por los muros de aquel edificio, y madame Latournelle usaba esa historia para evitar que algunas se adentraran en lugares no convenientes. Justo cuando las Austen y su prima estuvieron allí, se produjeron unas reparaciones y, motivado por esas obras, apareció intacta, aunque muy oscurecida, la mano izquierda del apóstol Santiago, una de las reliquias que se guardaban en el monasterio. La emperatriz Matilde la había robado durante el siglo XII de la capilla imperial alemana y la donó a Reading, de la cual era benefactora. Ese descubrimiento provocó una gran agitación, no sólo en el internado, sino también en todo el condado e incluso en el país. Vinieron visitantes y curiosos de otros lugares, pues la colección de reliquias de la abadía era tan exagerada que en sus mejores momentos había incluido un zapato de Jesucristo, sangre de su costado, pan procedente de la última comida de los Cinco Mil y de la Última Cena, el velo y la mortaja de la Verónica, los cabellos, la cama y el cinturón de nuestra Señora, el cráneo de san Felipe —que era un trozo de hueso incrustado en un cráneo de oro—, y así hasta sobrepasar con creces las doscientas reliquias. Y, pese a que no encontraron nada más, la mano del apóstol Santiago sirvió para que las muchachas que ya soñaban con el fantasma de Enrique I fueran estranguladas durante sus pesadillas por un ser invisible y vengativo. Madame Latournelle tuvo que esforzarse para que la normalidad regresara al internado, puesto que algunos padres, alarmados por las cartas de sus hijas, fueron hasta allí para asegurarse de que las niñas se encontraban bien. A partir de ese momento, madame Latournelle decidió que no saldría ni entraría correspondencia en la Abadía sin que ella la supervisara previamente.
La carta de la señora St. Quentin sirvió para que las tres jóvenes rememoraran parte de su infancia, para que se preguntaran qué habría sido de las muchachas, ya que no mantenían correspondencia con ninguna de sus antiguas compañeras, y para que contaran anécdotas que permanecían enterradas en su memoria. También mencionaron a algunos de los muchachos del internado del señor Valpy, pues desde las ventanas podían verlos pasear por el Forbury, un parque que se hallaba enfrente y, durante alguna función o recital, se les permitía estar juntos a jóvenes y muchachas, al igual que dos o tres veces al año podían participar en común de los bailes. Si bien a aquellas edades ni a Jane ni a Cassandra les llamaba la atención el otro sexo, y mucho menos teniendo tantos hermanos y niños en casa, Jenny, por el contrario, recordaba a uno en especial, pero por mucho que lo intentó no consiguió que su nombre apareciera en su memoria. Lo cierto es que, con estas conversaciones, la nostalgia se apoderó de ellas y, desde su juventud, cinco años se veían tan lejanos que podían permitirse el lujo de idealizar y embellecer momentos que tal vez no habían resultado tan maravillosos.
El matrimonio Austen sopesaba la conveniencia de permitir a su hija aceptar la invitación cuando Jane entró en el salón y los sorprendió en plena conversación.
—¿Hablan de mí? —les preguntó la joven, que entendió enseguida de qué charlaban—. Pues no es necesario que lo hagan porque pienso declinar la invitación. Ejercer de profesora es de las cosas que menos puede tentarme, así que mañana mismo escribiré a la señorita… a la señora St. Quentin y le agradeceré que haya pensado en mí, pero le diré que no me es posible aceptar.
Aprovechó los últimos días antes de que Jenny iniciara su viaje para pasar más tiempo con ella y, cuando su prima se fue, volvió a dedicarse al escrito que aún no había terminado. Más tarde decidió incorporar a la señora Marlowe en la correspondencia entre Charlotte Lutterell y Margaret Lesley, y acabó, más que cerró, su historia dejando al señor Lesley y a la que fuera su primera esposa felices y amigos en Nápoles, aunque cada uno hubiera contraído nuevas nupcias. Jane puso punto final a su relato epistolar y quedó convencida de que Henry la felicitaría. Esperaba que Eliza, siempre más crítica, también diera su aprobación. Dobló las cuartillas y, cuando salió de su refugio dispuesta a guardarlas, se encontró con su hermana, que se hallaba leyendo una carta.
—¿Es de Jenny? —le preguntó—. ¡Qué rápido ha escrito, sólo hace seis días que se marchó!
Cassandra asintió y enseguida se la pasó para que la leyera.
—¿Crees que debemos preocuparnos por Thomas Williams? —preguntó Jane, que a medida que la leía había notado que su prima mencionaba mucho ese nombre.
—¿Preocuparnos? ¿No te parece apropiado alguien con futuro en la Marina para Jenny? —se extrañó Cassandra.
—No hay muchas probabilidades de que un marino resida en Steventon, a no ser que llueva todo el año como el noviembre pasado —objetó Jane—. Espero que no se enamore de él o acabaremos perdiéndola.
—Eso es muy egoísta por tu parte, Jane, como lo fue desear que algo impidiera la boda entre James y Anne para que Martha Lloyd no tuviera que abandonar Deane —le recordó, puesto que así había sido. La rectoría de Deane, que hasta aquel momento ostentaba el señor Lloyd, fue ocupada por el mayor de los Austen tras su matrimonio y eso obligó a que la familia Lloyd tuviera que trasladarse más lejos en busca de una nueva parroquia—. Además, ¿no sería peor que se enamorara de un británico de la India o incluso de un francés, como Eliza, en estos tiempos turbulentos?
—Sí, admito que sería peor, pero esperemos que tampoco el señor Williams le resulte tentador. Acaba de conocerlo y dedica casi media carta a contar que, antes de cumplir los veinte años, ya había participado en las batallas de la isla de Sullivan, en la de Santa Lucía, en la de Granada y en no sé cuántas más, y que incluso capturó un convoy español procedente de Caracas. ¿No crees que son datos que no nos despiertan ningún interés?
—Jenny siempre es generosa en su escritura, es posible que no tenga nada más que decir.
A la hora de la cena, Jane ya se había olvidado de los peligros que corría su prima y, contenta porque por fin había acabado su relato, lo leyó a la familia, procurando dar el tono adecuado a cada voz.
—Extraordinario, Jane —dijo su padre cuando terminó—. No tiene ni pies ni cabeza, pero es extraordinario.
—Bueno, ha heredado la vena sarcástica de los Leigh, así que no tiene nada de extraordinario —comentó su madre, más orgullosa de sí misma que de su hija—. Admito que me ha divertido, pero siempre recomiendo a Jane que debería ser más breve. El papel no es barato y el aforismo es más resultón. Ahora os leeré mi último poema, que sólo tiene ocho versos.
La señora Austen, que nunca había sido guapa y mucho menos desde que le faltaban dos dientes, siempre elogiaba la belleza de Cassandra y su feminidad, en cambio a la segunda de sus hijas únicamente le decía que no se sacaba partido. Jane, a quien eso no le importaba porque no tenía ninguna intención de destacar como beldad, habría deseado que tuviera mayor aprecio por su ingenio, pero ella nunca lo consideraba lo suficiente bueno para alabarlo. Jane nunca recibía halagos entusiastas por parte de su madre, lo que le hacía pensar que, de algún modo, la veía como a una rival. Ella no sentía la misma competitividad y alabó los dobles sentidos del poema de su madre sin ninguna contrariedad, pues consideró que merecían su aplauso. Por suerte, excepto James, el resto de su familia sí la valoraba como la mejor escritora de la casa, e incluso Henry bromeaba con la idea de que en el futuro sería una autora reconocida, comentario que hacía reír a su madre y que ella tampoco se tomaba en serio.
Al cabo de unos días volvieron a recibir carta de Jenny y lo que en principio había sido una sospecha se convirtió en una realidad. Jenny se había comprometido con Tom Williams y, por el tono de sus palabras, no podía ser más feliz.
A pesar de que Jane había bromeado con la idea de perder a su prima, se alegraba por ella. Jenny era lo que la sociedad esperaba de una mujer: bella, educada, de buen carácter y con ese punto de ingenuidad que poseen las personas extremadamente bondadosas. Thomas Williams habría sido un tonto muy tonto si no se hubiera percatado de todas esas virtudes. Sin duda, Jenny resultaría una esposa excelente. Si la vieran la señora St. Quentin y madame Latournelle, del internado de la Abadía, se sentirían orgullosas de ella, dado que eso era todo a lo que encaminaban a las internas.
Por fin llegó el día en que la joven Cooper regresó de su viaje y, desde que bajó del carruaje, no hizo otra cosa que hablar de su felicidad y halagar a su futuro marido. Si en las cartas era guapo, ahora era guapísimo, y si había demostrado una gran valentía en su trayectoria en la Marina, ahora era el más valiente de los hombres.
—Nos casaremos aquí el próximo diciembre. Quiero que mi tío sea quien bendiga nuestra unión —comentó mirando al señor Austen.
—Y para mí será un placer hacerlo —respondió el aludido, orgulloso de la preferencia de su sobrina.
—Haremos una buena fiesta —comentó la señora Austen—. Al fin y al cabo no importará que gastemos en buenos manjares, puesto que luego ya no te habremos de mantener.
Aún era la futura boda el tema principal en la rectoría cuando llegó Henry, el amadísimo hermano de Jane, que felicitó a su prima en cuanto supo la noticia de su compromiso. Con Henry, aumentaron el sentido del humor, las bromas, las propuestas divertidas y el optimismo ante cualquier contrariedad. El joven, que en esos momentos tenía veinte años, estudiaba en Oxford, al igual que había hecho James, y, como su hermano mayor, la familia esperaba que al terminar los estudios se dedicara a la carrera eclesiástica.
—El ejército se está preparando, o eso es lo que hace pensar el hecho de que cada vez estén buscando más hombres que quieran alistarse —admitió Henry cuando su padre le preguntó por los rumores que habían llegado hasta Steventon—. No creo que entremos en guerra del modo en que lo han hecho Austria o Prusia, sin embargo, si los revolucionarios se atrevieran a atacar al rey…
Todos pensaban en Francis y en Charles, que formaban parte de la Marina, y temían por su futuro. Por suerte, Henry acabó bromeando para distender esa preocupación. Jane agradecía su carácter inglés y su tendencia a cierto sentido del humor en los malos momentos y así se lo hizo saber.
—¡Bendito sea el humor inglés! —rio Jane—. Si bien es cierto que la pedagogía y ciertos preceptos ilustrados han tenido éxito entre algunos de nuestros compatriotas, otros, en cambio, se han dedicado a parodiarlos. Richardson escribió Pamela y Fielding respondió con Shamela y la novela picaresca es uno de los géneros más cultivados del siglo actual en Inglaterra.
Aquel verano Jane comenzó un nuevo relato. Se trataba de un homenaje a la amistad que las Austen mantenían con las hermanas Bigg y, para ello, uno de los espacios en el que se moverían sus personajes sería un cenador como el que había en Manydown House, la residencia de sus amigas. Aunque tenía intención de continuarlo los días siguientes, no pudo hacerlo, ya que su hermano pronto se dedicó a organizar partidas de croquet, excursiones por la campiña y otros entretenimientos que le robaron tiempo. Debía confesar, sin embargo, que se lo dejaba robar a gusto. Cassandra y Jenny también disfrutaban de la presencia de Henry; con él, los días eran más luminosos y las noches, más cálidas. Él opinaba que Jane debía haber aceptado la invitación de la Abadía de Reading, con lo que le gustaba el teatro a su hermana, pero Jane ya había rechazado la oferta y no la tentaba echarse atrás. La representación de obras de teatro era una de las actividades con las que la familia se entretenía en verano, y en ocasiones emulaban las que sabían que se habían estrenado en el Drury Lane. Tal afición al principio se desarrollaba en el comedor de la rectoría, pero como el número de invitados había ido creciendo cada vez que representaban una obra, tuvieron que acomodar el granero para poder recibirlos. Henry se ofreció a dirigir una y preguntó cuál era la preferida de las damas, pero todas decidieron que era mejor esperar a que llegara Eliza, que tenía previsto visitarlos a finales de agosto. Como si la hubieran invocado, sólo tardaron un día en recibir carta de «madame la Comtesse», que era como la llamaban cuando bromeaban con ella, en la que anunciaba que anticipaba su viaje a Steventon. La noticia de su llegada inminente fue muy celebrada.
Unas semanas después, en cuanto el carruaje que conducía a Eliza y a su hijo se paró en el patio cubierto de la rectoría, Henry se apresuró a mostrar su rostro más servicial. Ayudó a bajar al pequeño Hastings primero y luego tendió la mano a la madre del niño, que descendió con un elegante vestido, pero con un miriñaque de menor tamaño al que los tenía acostumbrados. La sonrisa que les dedicó era franca y la emoción del reencuentro se destilaba en su mirada. Después de que Henry aprovechara la ocasión para besar su mano, se repartieron abrazos entre el resto de la familia. Le repitieron las condolencias por la muerte de su madre, aunque ya se las habían trasmitido por carta hacía unos meses. La mujer había fallecido tras una larga enfermedad el pasado febrero. Fueron breves en este punto, pues sabían que a Eliza le disgustaba ser compadecida. Tal vez, ése era el único aspecto en el que no le gustaba ser el centro de atención. Evitaba dar pena y Jane no recordaba haberla oído quejarse en ninguna de las ocasiones en las que habían coincidido. El buen humor de ambas era una de las cosas que las unía y, si tenía algo que decir, lo hacía con ironía y acento bromista, como cuando se quejó de la ausencia de su tío.
—¿Y el señor Austen? ¿No sale a recibirme? En agosto no tiene la excusa de los alumnos —dijo sin ningún atisbo de enfado ni de decepción—. ¡Ay, qué bien sabe que es mi tío favorito y que lo perdonaré haga lo que haga!
Henry subió a Hastings sobre sus hombros y lo llevó hasta el jardín trasero para enseñarle el columpio que había fabricado expresamente para él.
—El señor Austen tenía asuntos que atender —respondió la señora Austen—, vendrá en cuanto pueda. Esos mismos asuntos son los que le impidieron desplazarse para despedirse de su hermana, pero lo ha lamentado mucho.
—Si la hubiera visto los últimos días, no se lamentaría. Me consuela saber que ahora no sufre…
—¿Has tenido noticias de tu marido? —le preguntó nuevamente su tía.
—Sigo sin saber nada. Le advertí de que no fuera a Francia, pero él insistió en que debía proteger sus propiedades. Temo que lo tengan retenido, puesto que su título lo condena… Si me lo permite, tía Cassy, preferiría que habláramos de cosas más agradables: ¿algún baile a la vista?
—El otro día improvisamos uno en casa de la señora Lefroy —respondió la mayor de las hermanas Austen casi en voz baja. Aunque conocía el sentido del humor de Eliza, continuaba escandalizándose ante bromas como ésa, pues bien sabía que el luto por su madre no le permitía asistir a bailes.
Mientras el servicio se encargaba del equipaje, Jane fue a la cocina a por las tortas de albaricoque que la cocinera había preparado para la ocasión y puso a calentar agua para el té.
—Has hecho bien en venir a Steventon —decía la señora Austen cuando su hija regresó con la bandeja—. ¿Has oído, Jane? Dice Eliza que las calles en Londres ya no son seguras.
—Eso es lo que ha hecho que adelantara mi llegada —admitió—. El otro día me topé con una manifestación de liberales y, cuando llegó el ejército, empezó a cargar contra ellos y contra todos los que por casualidad nos hallábamos allí, sin diferenciar si había en nosotros intención de paz o violencia. Tuve suerte de poder refugiarme en una tienda de especias, pero tardé en sentir ánimos para volver a salir. Por suerte, me atendió una señora muy amable que cerró las puertas de su negocio y me invitó a un té. Es del todo decepcionante que en un lugar como Londres el hecho de pasear por la calle se haya convertido en una actividad peligrosa, y no por causa de los maleantes, sino de aquellos que supuestamente nos deben protección.
—La parte feliz de esa noticia es que te ha hecho llegar antes y es posible que te quedes más tiempo con nosotros —opinó Jane después de escucharla.
—Jane es capaz de encontrar algo feliz en cualquier adversidad —comentó su madre.
—Y por esa maravillosa habilidad es por la que adoro a mi prima —sonrió Eliza.
La aprobación de la recién llegada hizo feliz a Jane, que valoraba en mucho su opinión. La primera vez que la escuchó hablar fue cuando contó aquella anécdota sobre los tigres de la India que habían aprendido a nadar para cazar a los pescadores que iban en barca. Quedó impresionada, claro que en esos momentos la joven Austen sólo tenía doce años y Eliza, por entonces, ya había cumplido los veintisiete y tenía un niño de dos. Su prima hablaba de nababs, mohúres de oro y palanquines del mismo modo que ella mencionaba a granjeros o calcetines de estambre. Del mismo modo que su prima traía a Steventon la sofisticación, a pesar de la ausencia de oropeles y lujos, y se sentía a gusto en un ambiente rural y familiar. Por eso, cuando empezó a llover, Jane pensó que la meteorología estaba siendo injusta con su prima: Eliza exigía luz.
—Así que la señorita Cooper va a pasar a ser la señora Williams… —se alegró cuando le contaron la buena nueva—. ¿Y puede saberse cómo conquistó nuestra Jenny a su Tom?
Mientras hablaban, Jane pudo observar que Hastings no daba muestras de haber mejorado. El hijo de Eliza había nacido con problemas que le impedían hablar y a menudo sufría convulsiones. Su rostro ya reflejaba que no era un niño normal y su actitud lo ratificaba. En un momento en que su madre estaba más pendiente de sonreír a Henry que de su hijo, el niño colocó las dos manos sobre la bandeja en la que estaban las tortas de albaricoque y la inclinó, consiguiendo que cayeran la mitad. Luego, mientras la criada las recogía, él gateó para agarrar alguna y, tal como la mordía, la volvía a dejar.
—Los viajes no le sientan bien —lo justificó Eliza mientras lo obligaba a soltar un trozo de albaricoque que había quedado a los pies de una silla—, pero ha hecho grandes avances desde la última vez que lo visteis.
La señora Austen y la madre de Eliza tenían un hermano así, el tío Thomas, al que había acogido la familia Cullum en Monk Sherbone, y a él se añadió después George, el segundo de los hermanos Austen, ya que el matrimonio pensaba que el niño sería más feliz en una granja, en contacto con la naturaleza, que haciendo el ridículo en sociedad. Eliza, en cambio, nunca quiso separarse de su hijo. Esta actitud le demostraba a Jane que la frivolidad de su prima sólo era una coraza y que podía ser una persona abnegada cuando se trataba de amor.
—¿Y tú, Jane? —le preguntó Eliza—. ¿No hay ningún joven que despierte tu interés, que veo que sigues burlándote del amor?
Henry, que oyó esta pregunta, se adelantó a su respuesta:
—Yo sé del hombre del que mi hermana habría de enamorarse si lo conociera: es todo lo que ella busca y aún posee más virtudes.
—Ah, ¿sí? —se interesó Eliza—. ¿Y quién es ese caballero capaz de despertar la sensibilidad de mi prima?
—Su nombre es Jack Smith. Inolvidable, como puedes ver.
Jane hizo una mueca a su hermano y le sacó la lengua para demostrar su escaso interés.
—¿Y cuándo podremos conocer al afortunado? —preguntó nuevamente Eliza.
—Eso debemos dejárselo al destino. Se trata de un antiguo alumno de Oxford que el año pasado regresó a Reading, su localidad natal.
Jane, que no quería que continuaran con ese tema, subió a buscar sus últimos escritos y se los entregó a su prima para que le diera su opinión. Cuando Eliza se los devolvió al cabo de dos días, no añadió ningún comentario, por lo que Jane se apresuró a preguntar:
—¿Cuento con tu aprobación?
—Por supuesto. Sin duda, eres la más talentosa de tu familia, dominas el ingenio como ningún otro Austen, pero mi felicitación no va más allá.
Eliza, que era la mejor actriz con todo el mundo, siempre se mostraba sincera con ella y Jane no se sintió en absoluto satisfecha con esa respuesta.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó—. ¿Tan poca cosa te han parecido? —Y, a pesar de que procuró reírse de sí misma, se sintió decepcionada por la falta de reconocimiento.
—Eres ingeniosa y tienes una habilidad increíble para provocar la risa… A veces pienso que sería maravilloso que también la tuvieras para la sonrisa. Estoy convencida de que, con empeño, serías capaz de ello. La risa es efímera, acaba cuando termina la anécdota, pero la sonrisa de la felicidad permanece. Creo que podrías dar un giro y escribir otro tipo de obras, en las que no te bases en la anécdota, sino en el personaje.
—¿No te parecen originales mis personajes? —preguntó, desilusionada también de que Eliza no hubiera apreciado su singularidad.
—Son personajes válidos para una parodia, responden a tipos, exagerados, claro. Algo que no sirve para una obra más seria. Carecen de profundidad y, por tanto, de justificación.
—Informo de su estatura y de su renta —bromeó Jane, tratando de quitarle importancia a su crítica. Pero no era ingenua, sabía que a los personajes los describían sus acciones y que aprendían de su experiencia y no era ése el caso de los suyos. El desatino y la incoherencia con el mundo que los rodeaba eran fuente de humor, y ésa era su única pretensión al escribir—. ¿Me estás diciendo que mis sensibles damiselas ya no podrán desmayarse?
Jane acompañó su pregunta fingiendo un desmayo y su prima sonrió.
—Aún no conoces el amor, así que doy por válidos tus pastiches —añadió Eliza, tratando de suavizar la crítica, ya que había percibido que a su prima le habían dolido sus palabras—. Tienes mi aprobación. Siempre la tendrás, pues eres joven.
La excusa se caía por sí misma, dado que Jane no siempre sería joven. Cuando quiso volver a preguntarle, Eliza ya había cambiado de tema y de conversador, por lo que no pudo profundizar más. Al principio, el pensamiento de la muchacha no dio paso a la autocrítica, sino que creyó que su prima había hablado motivada por el dolor que le producían la delicada condición de su hijo y las preocupaciones por el destino de su esposo. Sin embargo, sí se preguntó sobre esa diferencia entre la risa y la sonrisa de la felicidad a la que había aludido y reflexionó sobre ello de cara a su nuevo relato. ¿Y si lo convirtiera en novela para buscar, precisamente, esa profundidad? Ya había probado tanto en «Evelyn» como en «El castillo de Lesley» a crear algo más extenso de lo habitual, pero de ninguno de esos relatos podría decirse siquiera que fueran una novela corta.
Sintió que la habían retado, cogió una cuartilla y se refugió en su lugar favorito para escribir. Tras varios intentos de abordar el nuevo texto con una intención distinta a la habitual, acabó abandonando la idea de que esta vez la historia se desarrollara de modo epistolar y se decidió por un narrador en tercera persona. No obstante, como estaba acostumbrada a que los personajes confesaran sus pensamientos, enseguida supo que el narrador tenía que penetrar en su conciencia para que el lector los conociera mejor. Su nueva protagonista ya no sería una caricatura, sino una heroína, y para eso debía dotarla de una mayor complejidad de la que había logrado hasta el momento. Como las tenía recientes, se le ocurrió que, para ello, incluiría algunas de las reflexiones sobre política que había mantenido con Henry. Comenzó la reescritura con un nuevo entusiasmo, pero, cuando releyó las dos primeras cuartillas, no logró sentirse satisfecha con el resultado. Como decía Eliza, era cierto que no conocía el amor, así que de pronto tuvo otra idea. Cogió un papel limpio y escribió a la señora St. Quentin, con el fin de preguntarle si la invitación para dirigir una obra podría postergarse hasta noviembre. Cuando se lo contó a su familia, los Austen se sorprendieron del cambio de opinión, excepto Eliza, que sonrió.
—¿Y eso? —le preguntó su padre—. ¿No preferirías dirigir una obra en tu propia casa y usurparle ese papel a Henry?
—No he encontrado motivos para decir que no —se limitó a responder, evitando la mirada de Eliza, que intuía qué era lo que la había llevado a reconducir su primera decisión.
Cuando fue a dejar la carta al despacho de su padre para que el administrador la adjuntara con el resto de correspondencia que debía despachar, vio el registro en el que meses atrás había anotado el nombre de dos hipotéticos candidatos a ganar su corazón. Se acercó a él, lo abrió por la misma página y, con la pluma de su padre, añadió: y «Un matrimonio entre Jack Smith y Jane Smith, Austen de soltera».