El primer día, Win bajó al vestíbulo de La Réserve para recibir personalmente a Leo. Él estaba sentado sobre la maleta, con una mano en el bolsillo. Llevaba camiseta blanca, vaqueros y zapatos marrones de piel. Parecía tranquilo.
—Hola —dijo Win.
Leo sonrió y levantó las cejas de esa forma tan característica y familiar. Se había rapado el pelo desde la última vez que lo había visto. Se levantó y se acercó a ella.
—Aquí no hay cámaras, tranquilo.
Él levantó las manos en un gesto de rendición, retrocedió y sonrió.
—Estás muy guapa.
En el vestíbulo reinaba la tranquilidad. La luz verdosa y dorada los envolvía y el aroma del salitre y de las flores silvestres flotaba en el aire de la plácida tarde, mientras el personal iba de aquí para allá con diligencia, fingiendo no haberlos visto. Win había olvidado lo que se sentía al hallarse bajo la intensa mirada de Leo. Estaba acostumbrada a ser el centro de atención, pero de una forma caótica y exaltada, entre flashes, gritos y una efusión de emociones. La atención de Leo era constante y deliberada, como una mano tranquilizadora sobre el hombro.
Ella todavía estaba agitada y alterada a causa del jet lag y del vuelo en sí. Habían tenido turbulencias sobre el Atlántico y, aunque se trataba de un vuelo nocturno, nadie había pegado ojo. Win había pasado la mayor parte del tiempo tratando de concentrarse en los guiones y evitando hablar con su publicista. Los teléfonos de los pasajeros se iluminaban constantemente en la penumbra que la rodeaba. Ella había fingido ignorar que todos los mensajes hablaban de ella.
Cuando por fin aterrizaron y llegaron a Saint-Tropez a primera hora de la mañana, todavía estaba demasiado inquieta como para dormir, así que había pasado la mayor parte del día en la cama con el ordenador portátil, leyendo correos electrónicos y haciendo todo lo posible para seguir desconectada. Había mirado por la ventana para ver el paisaje una sola vez; algunos fanes habían colgado una pancarta enorme orientada hacia su suite, una sábana en la que habían escrito con pintura rosa de purpurina: ON T'ADORE WHITMAN. Le habían enviado varios ramos de flores frescas a la habitación con mensajes solidarios de espectadores y conocidos de la industria. Por la tarde había llegado el equipo de maquilladores y habían empezado las llamadas, la recepción de vestidos de alta costura enviados por diseñadores esperanzados y el bullicio de la prensa al otro lado de la ventana, mientras Leo viajaba discretamente desde Berlín al hotel que el equipo de Win había elegido. Este se hallaba en lo alto de los acantilados, era lujoso, privado y estaban encantados de recibirlos en él.
—Siento haberte avisado con tan poca antelación —se excusó Win—. Te has cortado el pelo —añadió.
Él se acarició la cabeza rapada. Casi impresionaba ver a Leo sin la mata de pelo que suavizaba su aspecto. Así sus facciones parecían mucho más marcadas.
La publicista de Win, Marie, había comentado una vez que Leo tenía una cara «bien hecha»: estructura ósea sobria, labios carnosos, ojos oscuros y penetrantes. Era alto, esbelto y caminaba como si se dispusiera a protestar por algo, pero no tuviera prisa por llegar.
—Se me ocurrió que podría aportar algo a la historia —explicó él.
Se miraron de arriba abajo. Entre el ajetreo de los medios de comunicación y el control de daños, Win había olvidado prepararse para volver a ver a Leo por primera vez en dieciocho meses, como mínimo. Estaba tan guapo como siempre; quizás parecía un poco mayor sin el pelo.
—Puedes tocarlo, si quieres —le dijo él.
Win extendió la mano y le acarició el cráneo con el pulgar, desde la sien hasta detrás de la oreja. Comprobó sorprendida que su tacto era sedoso, suave como el pelaje de un animal. Volvió a acariciarlo a contrapelo.
Su asistente, Emil, se acercó a ellos apresuradamente desde el mostrador de recepción, le puso una tarjeta magnética a Leo en la mano y miró hacia atrás, como si lo estuvieran persiguiendo.
—Deberíamos irnos. Han visto llegar a Leo.
Win apartó la vista de este y su mirada dejó atrás al personal y a los guardias de seguridad, que corrían de aquí para allá para posarse sobre las puertas acristaladas del vestíbulo. No podía ver nada desde ese ángulo y seguramente el hotel habría intentado mantener alejados a los paparazis de sus terrenos, pero pudo oírlo: un rumor sordo de excitación y voces que rivalizaban con el sonido del océano. Estaba a punto de ponerse el sol. Iban a llegar tarde.
Win se volvió hacia Leo.
—¿Estás listo?
—Sí, he estado practicando en el coche. —Leo se aclaró la garganta—. «Sin comentarios. Sin comentarios. Sí, el sexo es increíble» —dijo con voz grave, frunciendo el ceño solemnemente.
Win se rio.
—Necesitas trabajar el tono.
El coche tenía los cristales tintados y cerraron los seguros de las puertas antes de que el todoterreno saliera a toda velocidad por la puerta del hotel. Se armó un revuelo entre la multitud de fotógrafos que los estaban esperando para obtener el mejor encuadre. El truco estaba en dejar que vieran un poco a Leo, sin revelar demasiado. No convenía ponérselo en bandeja tan pronto; al menos tenía que haber una cita secreta antes, como si estuvieran intentando ser discretos. Las habladurías tenían que comenzar como un susurro, antes de que se desencadenara la tormenta.
El todoterreno en el que salieron llamaba bastante la atención y se cruzaron con una larga hilera de paparazis. Algunos empezaron a seguirlos en coche y otros en moto, intentando ponerse al lado del automóvil mientras un hombre conducía y el otro empuñaba la cámara. Emil iba sentado en el asiento del copiloto, discutiendo en francés con el conductor cuál sería la mejor ruta; llevaba un brazo extendido a modo de estoque, como si quisiera agarrar el volante. Leo iba detrás, repantingado al lado de Win, con una de sus grandes manos extendida sobre la zona del asiento que los separaba, riéndose entre dientes cada vez que el coche daba un bandazo para evitar a alguna moto que se acercaba demasiado.
Win lo miró, sonriendo sin proponérselo.
—¿Estás bien?
—Sí —repuso Leo—. Había olvidado cómo era tu vida.
—También están aquí por ti.
—De eso nada —replicó Leo, aunque parecía complacido y emocionado. A Win no le preocupaba en absoluto que perdiera la calma. Leo también estaba acostumbrado a ser el centro de atención.
Win volvió a comprobar sus correos electrónicos. Seguía sin recibir noticias de Patrick. Hasta hacía dos días, su agente había estado poniéndose en contacto con ella casi cada hora para mantenerla al corriente de una sarta interminable de novedades y negociaciones con Paramount. Hacía menos de una semana le había enviado un mensaje: «Esto podría ser un bombazo, Whitman». Desde la hecatombe pública de Nathan Spencer no había obtenido más que vagas palabras tranquilizadoras, tópicos que estaban lejos de resultar reconfortantes.
Marie le había enviado la agenda de la falsa aventura veraniega con Leo. Toda la Riviera se estaba preparando para recibirlos; ya estaban poniendo los manteles blancos sobre las mesas, rastrillando los caminos entre los viñedos y podando las rosas y las adelfas marchitas de todos los enrejados. El hotel había encargado una caja del Sancerre favorito de Win y del whisky caro que creían que le gustaba a Leo. El fin de semana asistirían a la fiesta de Zacharias Chavanne y fingirían estar felizmente enamorados todo el tiempo para dejar claro que Win no tenía el corazón roto, hasta que acabara el verano y la gente no recordara en absoluto que había salido con Nathan Spencer y mucho menos su catastrófica ruptura. Con Leo a su lado, resultaría obvio que Nathan no había sido más que un breve tropiezo, una distracción efímera, nada comparado con el tumultuoso romance intermitente de Whitman Tagore y Leo Milanowski.
No era demasiado digno fingir una relación y mucho menos con Leo, en cierto modo. Estaba demasiado familiarizado con la industria; le gustaba demasiado burlarse de la gente; había conocido a Win en su vertiginosa veintena y cada vez que la miraba era como si la estuviera recordando. Pero no había tiempo para la vergüenza. A Win había dejado de sorprenderle que la gente se preocupara por lo que hacía fuera de la pantalla y con quién lo hacía. No podía limitarse a dejar que su trabajo hablara por sí mismo. Tenía que demostrar que era un valor seguro, alguien que al público le entusiasmaba ver. Como solía decir Marie, que fuera real o falso era lo de menos. La gente solo quería pasárselo bien.
Así que resultaba agradable disponer de un plan, tener a todos los jugadores en sus puestos. El coche volvió a dar otro bandazo cuando un todoterreno que los estaba adelantando se acercó demasiado a ellos, mientras el conductor intentaba hacerles una foto a través del parabrisas al pasar. Leo soltó una brusca carcajada.
—Salir contigo es un deporte de riesgo —comentó—. Deberías vender entradas.
—No siempre es así de caótico.
Leo le dirigió una mirada que ella tenía grabada en lo más profundo de su ser.
—Mentirosa.
Cuando llegaron al punto de la costa previsto, ya solo los acompañaban cuatro coches. Así sería más fácil fingir que estaban solos, dando un paseo nocturno por la playa y aparentemente ajenos a los fotógrafos que se alineaban en los acantilados. Leo la agarró de la mano con expresión solemne y tierna mientras iban hacia las rocas, como si Win fuera un pájaro herido que acabara de rescatar. Cuando sus manos se encontraron, se oyó el sonido de los obturadores de las cámaras.
En esa época del año, la Costa Azul estaba cubierta por un precioso manto de tonos joya: el profundo azul grisáceo de horizonte marítimo, el océano que se extendía como una alfombra brillante, el panal de acantilados y casitas pintadas de colores pastel que asomaban entre la espesura. La arena era pálida y plateada, y Win percibió su calidez al quitarse los tacones, aunque el crepúsculo incendiaba el agua y el sol ya estaba empezando a ponerse. El paisaje era abrumador.
—Ya habíamos venido antes a Saint-Tropez, ¿verdad? —le preguntó Leo.
Win tardó un momento en recordarlo: hacía cinco años. Una rival le había arrebatado un papel y había desatado una marea de rumores sobre el supuesto enfado de Win, fruto de los celos; Win había sentido la necesidad de demostrar que tenía la cabeza en otras cosas. Leo y ella habían pasado la mayor parte del viaje en un yate anclado varias bahías más allá. Levantó la mano sin pensarlo y rozó los hombros de Leo, sintiendo su calor a través de la camisa almidonada.
—Te has quemado un montón con el sol.
Notaba cómo se movían sus escápulas al caminar. A veces Leo tenía un aire gatuno, esbelto y fibroso como un gran felino. Una vez, él le había contado que su madrastra, Thea, de niño lo llamaba «Leo el León».
—Pagaría lo que fuera por saber lo que estás pensando —dijo Leo.
—Últimamente mi caché es muy alto —bromeó Win. Leo sonrió y miró hacia el mar, metiendo las manos en los bolsillos. Cuando llevaban un tiempo sin verse, siempre les resultaba más difícil renegociar los límites del contacto. A Leo le costaba más tiempo adaptarse, recordar que podía acercarse más a ella, si quería. Ella se apoyó en su hombro y él captó la indirecta y la atrajo hacia él, rodeándole la cintura con un brazo.
—Cuéntame qué tal te va la vida. Aparte de lo del capullo de tu exnovio.
Win se estremeció.
—Leo…
—He dicho que aparte de él.
Ella apretó los dientes. No quería pensar en Nathan. Se había pasado los dos últimos días intentando centrarse en cualquier otra cosa: Leo, Saint-Tropez, su próxima rueda de prensa, el acuerdo con Paramount. De vez en cuando, le venían a la mente las palabras de Nathan: «Estar con la mujer más famosa del mundo no es tan divertido como parece. Es como follar con una dominatrix, pero sin el sexo. Mucho azote y poco orgasmo».
—Whitman —dijo Leo. Ella respiró hondo.
—Vale —accedió—. El trabajo me va bien. Estoy bastante ocupada, no creo que tenga vacaciones este año, pero…
—¿Esto no cuenta como vacaciones?
Win señaló con la cabeza los acantilados, donde las lentes brillaban bajo la luz del sol. Los fotógrafos solo conseguirían fotos robadas, hechas a distancia con zoom y en su mayoría borrosas u ocultas por algún afloramiento rocoso o por la vegetación, pero eso bastaría para sembrar el escándalo y Marie ya había planeado la segunda fase para el día siguiente. Un flash se disparó mientras ambos miraban, como una señal procedente de una isla lejana: «Hola».
—No los mires —le advirtió Win.
Leo se giró hacia ella.
—Entendido.
—Gracias por haber venido tan rápido. Ni siquiera sabía si estarías en Europa.
—Estaba en Berlín —repuso Leo.
Tuvieron que escalar por unas rocas desprendidas que bloqueaban parcialmente un tramo de la playa. Él se bajó de un salto con agilidad y extendió la mano hacia atrás para dársela a Win y guiarla por aquel terreno inestable. «Clic, clic, clic».
—¿De fiesta? —preguntó Win.
—Reuniéndome con algunos galeristas —le explicó él—. Lo cual allí es básicamente lo mismo —admitió, acto seguido.
—¿Por fin estás empezando con lo del estudio? Creía que querías montarlo en Nueva York.
—Bah, no sé —dijo él, apretando dos nudillos contra una de sus cejas—. Había pensado en Nueva York, pero también podría ser en algún sitio de la Costa Oeste… Mi padre me ha pedido que eche un vistazo a los proyectos de diseño de un nuevo hotel boutique que está construyendo en Austin. Quiere que le envíe las típicas obras con carácter para el vestíbulo; ya sabes, algo que le haga parecer vanguardista.
Seis años antes, Win había pasado una tarde con Leo recorriendo una serie de galerías en Miami, mientras este elegía cuadros que, según él, ayudarían a actualizar uno de los complejos hoteleros de su padre. Leo había mostrado una determinación poco habitual en él. Había elaborado una lista muy extensa, con propuestas de maridajes, paletas de colores y formas de hacer destacar a los artistas. Cuatro días después, Leo le había enseñado el correo electrónico que había recibido en respuesta, el agradecimiento de una asistente del equipo de diseño de su padre en el que esta había olvidado borrar el resto del hilo antes de reenviárselo a Leo. Su padre había escrito: «Elige un par de los más sofisticados y dale las gracias a Leonard».
—Pero aquí estoy —dijo Leo, mientras se detenían en la arena cogidos de la mano y mirándose a los ojos. Tenía cara de satisfacción, como si él mismo hubiera diseñado ese momento tan romántico. Win pensó que en realidad sí que había colaborado—. Me has salvado. Esta es nuestra parada —añadió, señalando con la cabeza la «X» de tiza que Marie había marcado en una roca enorme. Bajaron juntos, riendo y enredándose el uno en las extremidades del otro, por si alguien estaba grabando un vídeo, que seguro que sí, antes de acabar sentándose muy juntos para contemplar la luz rosada del sol sobre la bahía.
—Hacía mucho que no tenía noticias tuyas —comentó Leo.
—Ya, lo siento —se excusó Win. Solo le había enviado un puñado de mensajes rápidos durante el último año, como si fuera un amigo con el que se estaba cruzando en la calle y no tuviera tiempo para pararse a hablar, limitándose a asentir sin perder el paso. Normalmente no estaban tanto tiempo sin verse, pero a Win el último año se le había pasado volando. Había enlazado un proyecto con otro y, entremedias, se había dedicado a discutir con Nathan para tratar de apaciguar a un hombre que cada vez estaba más resentido con ella. El viento le revolvió el pelo y Leo se lo sujetó detrás de la oreja. Ella le sonrió.
—Y yo, ¿qué me he perdido?
—Bah, lo de siempre. —Leo miró hacia un lado, frotándose la nariz con un nudillo cuadrado—. Galas benéficas, inauguraciones de galerías. Mi desmayo en una cabaña de sudar[1]. Tuve visiones de un arcángel que venía a rescatarme, pero era una chica india. Aunque tenía un acento londinense muy marcado. Pero estaba buenísima…
Win levantó la mano para darle una palmada en el brazo, riéndose, y él lo pilló y la atrajo hacia él.
—La verdad es que esto me ha venido muy bien. Gum empezaba a amenazar con subirse a un avión para pasar un fin de semana de chicos y me estaba quedando sin excusas. —Jugueteó con los dedos de ella como si los estuviera recordando, acariciando con sus yemas ásperas sus uñas cuidadas.
Geoffrey Milanowski era el hermano mayor de Leo, que siempre llevaba traje y fumaba como un carretero. Había tomado el testigo empresarial con más ganas que este y se había estrellado varias veces en el proceso. Gum, como Leo insistía en llamarlo, pasaba la mayor parte del tiempo en Nueva York, durmiendo con la ropa puesta y mirando con los ojos entornados montones de papeles ininteligibles para él. Tenía una retahíla de pleitos profesionales unilaterales, un máster en Administración y Dirección de Empresas eternamente inacabado y muy pocos amigos. El nombre de Gum no era tan famoso como el de Leo, pero sí lo suficiente como para que, si un policía lo paraba en la Ruta 101 y daba positivo en un control de alcoholemia, el mundo entero se enterara. Y así había sido.
—Lo adoro, pero mi padre me acusará de volver a darle coba. Siempre sé cuándo tiene ganas de juerga. «Hace seis meses que no te veo, mon frère; es hora de desahogarse un poco».
—¿Seis meses? ¿En serio?
—Se preocupa mucho por mí. Si no respondo a un mensaje, empieza con ese rollo de «¡Leonard, te has vuelto en un ermitaño!».
Leo puso acento de Manhattan para imitar a su hermano. Él, sin embargo, tenía una entonación imposible de identificar porque había vivido a caballo entre varios países casi toda la vida y nunca se le había pegado ningún acento estándar. Parecía a la vez londinense, de Brooklyn y un príncipe francés cosmopolita; en parte, esa era la razón por la que tenía tantos seguidores en Europa como en Estados Unidos. Por eso y por sus pómulos.
Win agarró a Leo de la mano. Oía detrás de ellos los gritos débiles y lejanos de un paparazi que los llamaba por su nombre.
—¿Me dejas tu chaqueta?
Leo se quitó la maltrecha cazadora de cuero y se la puso a Win sobre los hombros. Olía a su colonia, a aviones y un poco a café. Cuando levantó la vista, él también la estaba mirando. El aire seguía siendo cálido gracias al sol abrasador que había hecho durante el día, pero ya casi había anochecido y ella sentía la presencia de Leo a su lado, en todos los puntos en los que su piel casi rozaba la suya. La chaqueta también estaba caliente y Win tuvo la sensación de estar entrando en el calor de su cuerpo.
—No haremos lo del beso hasta mañana —dijo ella.
Leo no se rio, como Win suponía que haría. En lugar de ello, levantó la mano y le acarició la mejilla, deslizando los largos dedos por la línea de su mandíbula. Ella no dijo nada. Las fotos serían mejores si no lo hacía. Él posó dos dedos sobre sus labios.
—Entendido —repuso.
Observaron cómo las últimas gaviotas de la tarde surcaban el cielo. Marie le envió un mensaje a Win cuando estuvo segura de que habían hecho suficientes fotos y los dos volvieron a subir a los coches que los estaban esperando.
—¿Se sabe algo de Paramount? —le preguntó Win a Emil, ya a salvo tras los cristales tintados.
Él negó con la cabeza, mientras sus dedos volaban sobre la pantalla del teléfono; se estaba coordinando con el equipo de Chanel, con el que Win acababa de firmar un contrato para ser la imagen de su próxima campaña. Win no insistió más. A Emil siempre le molestaba ser portador de malas noticias.
Puede que nunca más volvieran a oír hablar del papel. La película por la que ella y Patrick habían estado batallando era una nueva adaptación de Fiesta[2]. Win tenía posibilidades de interpretar a la protagonista femenina. Se trataba de un proyecto serio y prestigioso, con un guion sensacional y un director de renombre, y la trama se centraba en la historia de su personaje. Los diálogos tenían un gran calado y Win había deseado el papel de inmediato. Pero la película también era carne de Oscar y los productores eran conocidos por su recelo. Ya les ponía nerviosos la idea de elegir a una mujer británica de origen indio como protagonista y la amenaza adicional de un escándalo les haría huir de ella lo más rápido posible, ahora que Nathan había puesto a Win en el número uno de las rupturas veraniegas más desagradables de los famosos.
Se recordó a sí misma que todavía no sabía nada del tema. Aún no le habían dado la patada y si Patrick no le había dicho nada era porque todavía seguía trabajando en ello. Por su parte, Win estaba decidida a hacer todo lo posible para mitigar los daños causados por Nathan. Con Leo del brazo, era bastante fácil llamar la atención. Nadie podía resistirse al glamour de un romance. Su viaje a Saint-Tropez demostraría a los productores y al mundo entero que los dramas de Nathan eran cosa suya y que hacía tiempo que Win había pasado página.
Win y Leo compartieron un cigarrillo mientras regresaban a La Réserve con una hilera serpenteante de todoterrenos negros a la zaga. Emil seguía ocupado y fingía, de forma poco convincente, no notar el humo.
—No se lo digas a Marie —le pidió Win.
—Seguro que sus informadores ya la habrán puesto al corriente —dijo Leo.
—Me duele que digas eso, Leo —replicó Emil—. Yo no he visto nada.
Emil le había contado una vez a Win que había querido ser actor y que en su día había interpretado el papel de repartidor de periódicos en el montaje de su universidad de Un tranvía llamado deseo. Pero se había pasado la primera parte de la función clasificando alegremente el atrezo, consolando a su Stanley, que estaba al borde de la desesperación porque un coprotagonista lo había llamado «Marlon Brando con eccema», y haciendo frente a una resuelta notificación del decano para que eliminaran los desnudos, y se había dado cuenta de que era mucho más feliz entre bambalinas. Así que le había dado su papel a su novio y no había vuelto a mirar atrás.
A los profesionales que se encontraban fuera de La Réserve se les habían unido algunos adolescentes franceses impresionados por las estrellas, que gritaban el nombre de Leo y levantaban los teléfonos con manos temblorosas. Win y Leo se pusieron a tontear fingiendo estar un poco achispados, como si hubieran estado bebiendo champán en el coche, y Leo saludó a un par de fanes rodeando con el brazo los hombros de Win para volver a estrecharla contra él. Ella se acercó para entrelazar los dedos con los suyos. Todo aquello le resultaba de lo más familiar. Sus manos enormes, los llamativos anillos de sus dedos y Marie esperándolos cuando entraron en la suite del ático de Win.
—Hola —dijo Win—. Creo que ha ido bastante bien.
Marie asintió.
—Tenemos algunas fotos muy buenas. Eres tendencia en la mayoría de las redes sociales —la informó—. Veo que has estado fumando —añadió, acercándose a ella y suspirando.
—No ha tragado el humo —la excusó Leo. Marie se volvió hacia él y observó su cabeza rapada con los labios fruncidos.
—Leo —dijo esta.
—Marie.
—He confirmado la reserva del yate para mañana a las once —le comunicó Marie a Win—. He avisado a algunos paparazis, estarán preparados para seguirlo. Esperaremos a estar lejos de la costa para lo del beso; quiero que parezca que estáis solos.
—¿Vas a marcar el punto con otra cruz? —le preguntó Leo, en tono burlón.
—Sí —dijo Marie, mirándolo con frialdad. Leo y Marie nunca habían llegado a pelearse, aunque a menudo parecían a punto de hacerlo. Él le había causado muchos problemas a Marie en el pasado (ella seguía hablando del incidente de la Gala del Met con un siseo gutural) y, a su vez, Marie había obligado a Leo a participar en un montón de artimañas publicitarias en contra de su voluntad. Su hostilidad estaba justificada, aun sin entrar en sus desacuerdos sobre lo que consideraban positivo para la imagen de Win.
—Hoy voy a acostarme temprano —dijo Win—. Siento que no hayamos tenido tiempo para cenar.
Últimamente no comía demasiado, entre la agitación de los últimos días y las náuseas de ansiedad que sentía en el estómago, que le hacían desviarse de su dieta. Ya desayunaría al día siguiente, tal vez con Leo, en la terraza. Tenía la vista cansada y le pesaban los hombros. Lo primero era dormir, ya comería luego.
Leo le soltó la mano; había olvidado que todavía la estaba agarrando. Se acercó a ella y Win inclinó la cabeza hacia arriba instintivamente. Entonces se detuvo.
Estaban recluidos en su suite y el hotel era lo suficientemente discreto y caro como para que el personal no filtrara ninguna noticia a la prensa. No era necesario darse un beso de buenas noches.
—Que pases una buena noche —dijo ella.
—¿Algún otro consejo?
Win se encogió de hombros.
—Lo de siempre. No ligues con nadie en el bar. Aunque me da que tú también te vas a ir pronto a la cama. —Leo tenía unas ojeras incipientes y llevaba viajando todo el día. Además, se había pasado una semana de juerga en Berlín. Win estaba convencida de que se iría a dormir antes de medianoche y así se lo hizo saber.
Leo extendió la mano y le tiró de un mechón de pelo, como si estuviera comprobando su elasticidad.
—Crees que me tienes calado.
—Hace ya siete años que te conozco. Ve olvidándote de tus secretos, Milanowski.
Leo abrió la boca, pero volvió a cerrarla rápidamente, renunciando a lo que fuera que pensara decir.
—Que duermas bien —dijo antes de dar media vuelta con las manos metidas en los bolsillos, lo que hizo que sus hombros destacaran.
Cuando se quedó a solas, Win se quitó los tacones y sacó el teléfono. Emil le había cambiado la tarjeta SIM hacía dos días y había reducido sus contactos a menos de diez. Había un mensaje de voz incoherente de Shift, su mejor amiga, que Win escuchó mientras se quitaba las joyas. Shift no decía nada sobre Nathan, solo hablaba de la lluvia en Montreal y de que su novio Charlie no le había abierto al mensajero que iba a entregarle su nueva mesa de mezclas porque estaba en el jardín trasero enseñándole al perro del vecino a contar hasta cinco y que ni siquiera se había disculpado.
No era nada que requiriera una respuesta inmediata. Win apagó el teléfono y cruzó la puerta para arrastrarse hasta la enorme cama que la esperaba con sus sábanas de seda. Las puertas francesas del balcón estaban abiertas y el aire del mar revoloteaba entre las cortinas de gasa. Se desplomó sobre la cama con el portátil y ojeó perezosamente las redes sociales, viendo cómo asomaban los primeros brotes de histeria. Cuando por fin logró conciliar el sueño, durmió de un tirón.
Desde que tenía veinte años, Win había sido dos personas diferentes que vivían dos vidas distintas.
La primera persona era la Win que, exceptuando algún momento de angustia adolescente, siempre había existido. Win había crecido corriendo desbocada con su mejor amiga por el nordeste de Londres y luego, decidida a hacerse famosa, se había vuelto bastante menos salvaje. Trabajaba jornadas de catorce horas bajo la lluvia o en la oscuridad. Tenía un don mordaz para las imitaciones, una relación complicada con su madre y bastante mal carácter. Esa era la Win que asistía a las reuniones nocturnas de crisis con Marie y que se pasaba horas a solas con un guion intentando meterse en el personaje. De adolescente, esa Win deseaba dos cosas con todas sus fuerzas: que su padre se curara y que le dieran la oportunidad de ser actriz. Una de ellas la consiguió.
La segunda persona, la segunda vida que Win vivía era como Whitman Tagore, estrella de cine internacional, la mujer más joven en ganar un BAFTA como actriz principal y venerada tanto en Londres como en Hollywood. Win y Marie habían pasado los últimos siete años perfeccionando a Whitman Tagore, analizando sus ángulos, puliendo sus lustrosas aristas, trabajando y retrabajando sus defectos. A esas alturas, ya la habían convertido en una obra maestra.
Whitman Tagore nunca se cansaba. Whitman Tagore nunca se enfadaba. Whitman Tagore nunca se hartaba. Trabajaba duro, pero no hacía vulgaridades como sudar el maquillaje, matarse de hambre para un papel o tomar pastillas para mantenerse despierta. Sobre todo, Whitman Tagore era una persona serena. No parpadeaba cuando los flashes de las cámaras le rebotaban en la cara. No respondía cuando los presentadores de los programas de entrevistas especulaban sobre su vida sexual. Podía ponerse emotiva, pero solo cuando le correspondía; podía llorar con elegancia al aceptar un premio, pero no sollozar en el asiento de atrás de un taxi. Podía admitir que había experimentado el racismo y el sexismo a manos de la industria del cine, pero nunca podría acusar a un hombre concreto de acosarla. Bajo esa fachada serena, ningún movimiento era improvisado, ninguna expresión facial espontánea. Marie le había escrito el mantra: «Mantén la calma. No te dejes llevar por el pánico. Cíñete al guion».
No siempre había habido dos Whitmans. Durante un tiempo, había alimentado la esperanza de que Win fuera lo suficientemente buena para el mundo. Pero la ruptura entre su verdadero yo, que mantenía a buen recaudo, y el que presentaba al público no había sido gradual. Había ocurrido de golpe, hacía siete años. Un domingo. El día que Josip envió la grabación al Daily Mail.
Win había estado en Estados Unidos, alternando entre papeles secundarios en comedias corales y papeles de amiga de la protagonista en dramas románticos. Todavía no se había hecho un nombre, pero se iba introduciendo poco a poco en la conciencia del público como la actriz india novata de humor socarrón y capacidad para eclipsar a cualquiera en una escena, aunque fuera el personaje con menos texto.
Le chirriaba que la describieran como una actriz «india». Win siempre había distinguido entre los británicos de origen asiático, como ella, y los verdaderos indios de la India, como sus padres y su extensa familia. Para hacerse conocida en Estados Unidos, debía permitir que esa frontera desapareciera. «No, no queremos que te encasillen», había asegurado su agente, Patrick, «pero tampoco que confundas a la gente». «Británica de ascendencia india» era demasiado largo y aparatoso, y los estadounidenses no utilizaban la etiqueta «británica de origen asiático». Si decían simplemente que era británica, la gente tendría la sensación de que la estaban engañando, como si ella estuviera tratando de ocultar algo. Patrick le había aconsejado que lo dejara correr. «Te has criado en Inglaterra y tienes un nombre de pila occidental, así que tampoco eres tan india. Que te etiqueten como quieran, siempre que te incluyan en los castings. Eso sí, que no te obliguen a poner acento».
En ese momento estaba en Nueva York para asistir a varias reuniones con Patrick y una directora a la que habían estado persiguiendo. Gigi Waits acababa de recibir su primer Oscar de dirección, había sido la segunda mujer en conseguirlo y era conocida por descubrir nuevos talentos y transformarlos en estrellas de la noche a la mañana. Sus expectativas como directora eran bien conocidas: su elenco debía ser disciplinado. Debían estar dispuestos a repetir la misma escena cuarenta veces seguidas. Debían estar preparados para pasarse horas simulando estar fuera de sí. Debían estar dispuestos a aprender idiomas, formas de pelear, a tocar instrumentos…, y todo muy rápidamente. Win estaba desesperada por trabajar con Gigi, que la presionaría, la pondría al límite y le proporcionaría el reconocimiento y el éxito que necesitaba para convertir unos cuantos logros incipientes en una carrera profesional.
Ese domingo habían invitado a Win y a Patrick a un brunch en el loft que tenía Gigi en East Village y, cuando ya iban en un taxi, el teléfono de Patrick había empezado a sonar. Win nunca había llegado a saber quién estaba al otro lado de la línea (un asistente, tal vez, o una rival regodeándose). Fuera quien fuera, Patrick se puso tan serio como si alguien acabara de morir. Miró a Win con incredulidad. Esta debió de poner cara de desconcierto, aunque en el fondo, de algún modo, sabía que Josip había hecho algo terrible.
El mensaje de voz que su exnovio había enviado al Hollywood Reporter, a cambio de una cantidad de dinero desconocida y un impulso a las ventas del nuevo álbum de su banda, había sido grabado tres semanas antes, cuando Win aún estaba en el Reino Unido. Cuando Patrick se lo puso en el asiento trasero del taxi, ella apenas se reconoció. No recordaba haber dicho esas cosas. Solo recordaba haber llamado a Josip a altas horas de la madrugada desde su apartamento, con la única compañía de una farola parpadeante y un vaso de tubo vacío.
¿Qué se supone que debes hacer cuando tu novio, con el que llevas un año, se va a una discoteca con otra chica, la manosea, se ríe, la besa y la mano de ella desaparece dentro de sus vaqueros? ¿Fingir que no te lo crees? ¿Y cuando intentas hablar con él y no te contesta durante cuatro días? ¿Captar la indirecta y dejar que desaparezca de tu vida? ¿Y si no has dormido nada debido a tu horario de rodaje y estás a dieta sin azúcares ni lácteos, por lo que tu único capricho es el vodka con soda? ¿Y si buscas a la chica en internet y tiene pinta de ser todo lo que tú no eres: despreocupada, divertida y sin complejos? ¿No tiene sentido coger el teléfono y esperar el inevitable pitido?
Pero nadie se enteró de eso. Solo oyeron el gruñido sordo y despiadado de Win en el buzón de voz, la crueldad de sus palabras cuando juró que odiaría a Josip durante el resto de su vida, la mofa semidespectiva sobre su terrible música, el comentario de que pronto acabaría siendo un don nadie, de que ella no lo necesitaba y nunca lo había necesitado.
La grabación había estado dos días colgada en la portada de todas las páginas sensacionalistas del Reino Unido y en la mitad de las estadounidenses, como mínimo. Josip era el cantante de un grupo de rock mediocre de Illinois con unos cuantos singles accidentales, pero era guapo y sabía llamar la atención. Era lo primero que a Win le había atraído de él; ahora él atraía a un puñado de programas de entrevistas nocturnos que estaban encantados de reírse de la típica exnovia loca y, de paso, de dar a conocer su disco. Win había dejado de ser la chica nueva e interesante para convertirse en el hazmerreír de medio mundo.
Escuchó el mensaje de voz cientos de veces durante los meses siguientes. Los presentadores le hablaban de él en las entrevistas. Los anfitriones de los programas nocturnos se lo ponían a sus invitados, que se reían alegremente. Durante un tiempo, circuló un meme en el que la gente la imitaba poniendo voz de diva llorona, con falsas lágrimas de rímel en la cara, y el «oye, capullo, solo te llamo para decirte que te vayas a la mierda» se convirtió en la entradilla habitual de todos los tuits irónicos y lastimeros. Ella se obligaba a reproducirlo de madrugada, cuando quería recordarse por qué no podía permitir que eso volviera a suceder nunca más.
—Tranquila —le dijo Patrick en el taxi, evitando el contacto visual—. Solo es un mensaje de voz. Tampoco es que hayas hecho nada ilegal. —Era la primera vez que le mentía.
Gigi ni siquiera les permitió entrar en el edificio.
«Mis actores deben tener autocontrol. No me interesa trabajar con divas», declaró días después. No volvió a hablar con Win y le dio su papel a otra actriz, sin contemplaciones. También dejaron de tenerla en cuenta para otros papeles que había estado tratando de conseguir. Patrick y ella pasaron de tener diez reuniones diarias a apenas tres en una semana. Les retiraron varias invitaciones a fiestas. Dejaron de devolverles las llamadas. Los únicos que querían hablar con ella eran los periodistas de la prensa del corazón, que la llamaban sin cesar y le dejaban tímidos mensajes explicándole que solo querían conocer su versión de los hechos. Un enjambre de fotógrafos apareció delante del hotel con la esperanza de ver a Whitman Tagore sorteando los restos en llamas de su meteórica carrera. Por eso Marie fue a visitarla allí cuando se conocieron. Se reunieron en la suite de Win para evitar que esta tuviera que salir.
Lo primero que le preguntó Marie fue si había hablado con otros publicistas. De pronto, a Win le dio vergüenza reconocer la verdad: no, no lo había hecho. Antes de esa semana nunca había creído necesitar uno. Los publicistas eran para las estrellas de programas de telerrealidad que querían conseguir «likes» y visitas, o para influencers que buscaban un atajo al duro ascenso hacia la fama. Win era actriz. Era una profesional. Había estado a punto de negarse cuando Patrick le había entregado la tarjeta de visita de Marie. Pero entonces un fotógrafo la había llamado «zorra trastornada» mientras se subía a un taxi y Win había decidido que había ciertos principios por los que no merecía la pena morir.
—Me he informado sobre un par de ellos —le mintió a Marie—. Pero tú eres la única con la que me he reunido en persona.
Ella asintió.
—Has hecho bien. Mejor hablar con la menor cantidad de gente posible durante un período de crisis.
Unas semanas antes, Win habría descartado la idea de considerar eso una «crisis». Parecía tan insignificante. Una relación tumultuosa, una infidelidad, un arrebato visceral. Ahora, Win solo necesitaba sintonizar un canal de entretenimiento en la televisión para confirmar la valoración de Marie.
—Lo que necesitamos es volver a ponerte en circulación. Ahora mismo, los estadounidenses solo te conocen por ese mensaje de voz. Para ellos, no eres más que una chica británica loca, salida de la nada. Tenemos que mostrarle a la gente otra cara de ti. Y esa cara debe ser mucho más interesante —declaró Marie.
La idea de Marie era enviar a Win a una suntuosa fiesta, en la que derrocharía glamour y serenidad. Iría vestida en tonos pastel y llevaría el pelo suelto. Tenía que transmitir juventud, inocencia y despreocupación, como si fuera una de esas chicas que solo levantaban la voz para gritar de alegría. Sonreiría con un suspiro autocrítico cuando le preguntaran por el mensaje de voz, pero no entraría en detalles. Iría con un acompañante.
—Puedo pedir un favor y conseguir a ese nuevo modelo francés de Balmain —le propuso Marie, como si estuviera sugiriendo un coche de alquiler. Comprobó algo en el móvil—. Vaya, es más bajo que tú. Mejor no. Tienes que parecer la débil de la relación.
Ni siquiera en esos primeros días Marie mostró reparos a la hora de gestionar de forma estratégica a otras personas. No le suponía ningún problema explicarle su punto de vista a Win, por muy incómoda que fuera la verdad. Una vez, varios años después de aquello, Marie estaba echando un vistazo a un artículo sobre el hijo de una actriz y había comentado, sin cortarse un pelo: «Este niño hace más difícil que ella le guste a la gente».
—¿Qué tal esto? El Grupo Horizons inaugura un nuevo hotel en Brooklyn esta noche —dijo Marie—. Va a ser un evento muy público, con muchos famosos de Nueva York y un montón de prensa.
—Suena bien —repuso Win, que llevaba una semana siendo acosada por la prensa y despreciada por los famosos de Nueva York.
—Todavía no te he contado la mejor parte —dijo Marie—. El Grupo Horizons es propiedad de Bernard Milanowski, que siempre hace que alguno de sus hijos asista a las inauguraciones. Esta vez le toca al hijo menor, Leo.
Win ya había oído hablar de Leo Milanowski. El hijo mujeriego de un magnate millonario del sector hotelero y una exsupermodelo solitaria. Rara vez se le veía sin un grupo de miembros de la alta sociedad a su alrededor. Vivía entre Estados Unidos y el Reino Unido, y era famoso por ser famoso en ambos países.
—Tengo un contacto en la oficina de Bernard que me ha dicho que todavía están buscando una acompañante para él. Bernard quiere a alguien que cause sensación, que atraiga más atención hacia el hotel, ya sabes. —Marie miró a Win. A veces esta se preguntaba si Marie tenía pequeñas dianas dibujadas en el fondo de los ojos—. Quieren a alguien a quien la gente se muera por ver.
Mientras Win se vestía para la fiesta de esa noche, vio aparecer a Whitman Tagore en el espejo: espesa melena oscura, pómulos prominentes, figura sinuosa y hombros de amazona. Ensayó para interpretar su propio papel, manteniendo oculto su verdadero yo. Practicó la sonrisa.
—No parezcas tan segura de ti misma —le aconsejó Marie y ella cambió su expresión por los ojos como platos y la mirada ansiosa de las chicas pijas de Londres de las que Shift y ella solían reírse. Ella era Whitman Tagore y no había nada que deseara más que asistir a una fiesta con un niño bien. Mientras se calzaba los tacones y se ponía una capa de seda pálida, Marie la arengó como si fuera un soldado a punto de salir al campo de batalla.
—Habrá una hilera de periodistas al entrar en el edificio. Serán implacables contigo. Puede que los otros invitados también. A Milanowski no se le ocurrirá sacar el tema en la fiesta de su propio padre, pero tampoco te defenderá si la cosa se pone fea. No pasa nada. Tú mantén la calma y sigue sonriendo. Cíñete al guion.
Win conoció a Leo en el asiento trasero de un sedán negro. Fue menos ceremonioso de lo que esperaba, sin saludos elaborados, ni presentaciones rebuscadas por parte de Marie ni de ningún miembro del séquito de Leo.
—Pídele al grupo de música que empiece más tarde —estaba diciendo él, cuando ella entró en el coche. La saludó con la mano y le señaló el teléfono, como si Win no hubiera visto el móvil que tenía pegado a la oreja.
Leo Milanowski tenía unos rasgos marcados y agradables, una mandíbula cuadrada salpicada por una barba incipiente que parecía diseñada para enmarcar su boca y unas pestañas seductoramente largas. Llevaba puesto con indolente naturalidad un traje que Win suponía que sería carísimo y su expresión era aburrida y un poco somnolienta, como si estuviera yendo a trabajar en metro, como si no hubiera reparado en el suntuoso interior de cuero que lo rodeaba o en la actriz que iba sentada a su lado.
—No, no me quedaré mucho tiempo —dijo Leo, pasando los dedos distraídamente por el pelo que se arremolinaba sobre su frente—. Solo tengo que estrechar unas cuantas manos. —Se rio de algo que había dicho la otra persona.
Siguió al teléfono durante todo el trayecto, mientras Win veía pasar Manhattan en silencio, no sabía si molesta o agradecida por la paz. Se resistía a revisar el teléfono demasiado a menudo; últimamente solo le daba malas noticias. Miró por la ventana e intentó relajarse.
Cuando salieron a la calle, les sobrevino un aluvión de flashes de cámaras. Al ver a Win y a Leo, la maraña de paparazis se abalanzó sobre ellos. El cordón de seguridad que habían organizado apenas lograba contenerlos. Todos gritaban el nombre de Win.
Leo se acercó a ella, casi hasta rozarle la oreja con la boca.
—Hola, ¿la mano en la espalda o cogidos del brazo? —le preguntó.
—¿Perdona?
—Personalmente yo soy más de mano en la espalda, pero tú decides.
Se hablaron entre dientes, mientras los miembros de seguridad esperaban a su alrededor. Win recordó lo que había comentado Marie por la tarde. Tenía que parecer vulnerable y lastimera. La más débil de los dos.
—¿Por qué no te acercas más? —le propuso ella.
Leo la miró fugazmente, como si la estuviera evaluando, y luego le pasó el brazo por los hombros para atraerla hacia su costado. Ella giró la cara hacia su pecho. Resultaba muy cálido, tan de cerca, y cuando él le acarició dulcemente el cabello que le caía sobre la nuca, no tuvo que fingir el escalofrío.
Entraron en la fiesta así, abrazados y alejándose de los flashes de las cámaras. Cuando ella levantó la vista hacia él, comprobó que la expresión de Leo era tranquila y serena, casi sobreprotectora. Se dio cuenta de que él también era un buen actor.
Una vez en el vestíbulo, él dejó de rodearle los hombros con el brazo.
—No te ofendas, pero si yo fuera tú, seguramente me habría quedado en casa.
Win se alisó el vestido y se atusó el pelo para asegurarse de que seguía en su sitio.
—Por desgracia, quedarse en casa no era una opción.
—Dímelo a mí —replicó Leo.
Se analizaron mutuamente, en un extraño momento de quietud en medio de la fiesta. No fue la típica mirada de arriba abajo que Win estaba acostumbrada a recibir de sus potenciales pretendientes; fue más calculadora que eso, más reflexiva. Win se preguntó cuál era la posibilidad de que Leo vendiera su historia con Whitman Tagore a la prensa. No tenía muy claro lo que Leo estaba pensando.
Las paredes del vestíbulo estaban decoradas con grafitis (los grafiteros, según Leo le contó a Win más tarde, habían volado desde París y Río de Janeiro, y sus diseños habían sido aprobados por un equipo de seis ejecutivos antes de que se les permitiera empezar a pintar). Bajo las lámparas de araña, cuyas bombillas parpadeaban para crear un efecto sórdido y urbano, los invitados se relacionaban entre sí y los camareros con bandejas de champán circulaban entre la multitud. El mostrador dorado de recepción estaba abollado y artísticamente deslustrado para dar una sensación de decadencia.
—Qué atrevido —dijo Win, examinándolo.
—Eeeese es papaíto —dijo Leo.
La gente ya había empezado a fijarse en ellos. Por aquel entonces, la fama de Leo era mucho mayor que la de Win, por lo que él era el receptor de la mayoría de las miradas curiosas y los saludos esperanzados, pero también había una onda propagándose entre la multitud, que bajaba la voz con sarcasmo mirando hacia otro lado mientras entornaba los ojos, de la que Win sabía que era la protagonista.
—Podrías fingir que te desmayas —sugirió Leo en voz baja para que solo ella pudiera oírlo—. Eso nos sacaría a los dos de esto.
—No —dijo Win—. No pasa nada. Me lo estoy pasando bien.
La comisura de los labios de Leo se crispó, pero este no la contradijo. Le ofreció la mano y Win la tomó y entrelazó los dedos con los suyos. Se apoyó en el costado de Leo, como si se sintiera abrumada y necesitara que él la protegiera. Era raro actuar en la vida real; Win sentía la necesidad de disculparse con él, pero Leo parecía estar disfrutando.
—Vamos a por unas copas —propuso él.
—Bien cargadas.
No se separaron el uno del otro. Leo se declaró «indiferente» ante el resto de invitados y Win estuvo tensa todo el rato, concentrada en su determinación de mostrarse lo más Whitman Tagore posible: abierta, inofensiva y tranquila. Tras una semana en medio de la tormenta mediática, estaba constantemente esperando que la atacaran y solo la mano de Leo en la parte baja de su espalda le impedía seguir su instinto de salir corriendo. Este pareció darse cuenta. Cuando un inquisitivo columnista neoyorquino empezó a coger demasiada confianza, haciéndola sentir incómoda, él se acercó a ella y le dijo al oído: «Cariño, ¿puedes venir un momento?».
Win no pudo agradecérselo como era debido con tanta gente alrededor, pero sí pudo devolverle el favor cuando lo acorraló un fideicomisario acaparador. Ella lo agarró del brazo con estudiado apremio: «Cariño, tu padre te necesita».
Se encontraron con Bernard Milanowski en la sala de fumadores. Este tenía la misma mirada perspicaz de Leo, la misma barbilla protuberante y demandante, solo que Bernard esperaba obediencia, no atención. Analizó exhaustivamente a Win con rudeza y saludó con la cabeza a Leo. Win se tensó y se enderezó sin pensarlo. Un segundo después, se dio cuenta de que Leo había hecho lo mismo. Este dejó que Win respondiera monosilábicamente a las prosaicas preguntas de Bernard sobre qué les parecía la fiesta mientras miraba al infinito por encima de la cabeza de su padre.
Win sabía que Bernard solo la había invitado como cebo para la prensa. Tenía la impresión de que su presencia era una necesidad desagradable, como tener que dar propina a un metre para conseguir la mejor mesa. Cuando este se marchó, Win y Leo exhalaron sendos suspiros de alivio.
—No soy ningún cliché, por cierto —dijo Leo, mientras huían a la terraza—. No odio a mi padre. Simplemente no me cae bien.
—Eres de lo más complejo —bromeó Win. Entonces algo le llamó la atención y la hizo girarse. Había un camarero a unos metros de distancia con una bandeja vacía debajo del brazo. Estaba apoyado en la barandilla con una mano caída ociosamente a un costado y el teléfono orientado hacia ellos como por casualidad. Win no sabía si estaba haciendo fotos o grabando. Le dio un codazo discreto a Leo y señaló con la cabeza al camarero. Leo miró hacia atrás, como si no pasara nada.
—Podrían despedirlo por eso —comentó Win.
—Bueno, pues hagamos que le salga a cuenta —dijo Leo, volviéndose hacia ella.
Win aguantó la respiración mientras Leo esperaba el tiempo suficiente para que tuviera la oportunidad de decirle que no, antes de abalanzarse sobre ella para darle un beso inesperado y cadencioso. Su boca era cálida. Podía sentir su pecho contra el suyo, la presión de sus músculos sobre la seda. Win levantó una mano para acariciarle la mejilla, que estaba perfectamente afeitada pero aun así ligeramente áspera, y notó cómo él le estrechaba la cintura. La gente los estaría mirando.
Leo se apartó y ella deslizó la mano por su cuello.
—¿Me he pasado? —murmuró él.
Win estuvo a punto de echarse a reír; casi le resultaba divertido. Había levantado un pie mientras él la besaba, no a propósito sino instintivamente, y lo estaba bajando en ese momento. Se imaginó al director en una esquina gritando: «¡Corten!».
—Lo hemos clavado —dijo Win.
Leo la observó y tomó alguna decisión que ella no fue capaz de rastrear ni de discernir.
—Whitman Tagore, ¿te apetece compartir un porro conmigo? —le preguntó.
Ni siquiera seis meses después, cuando Win era ya una alumna aventajada de la que Leo llamaba la Casa de la Vergüenza de Marie, podía creer que se hubiera arriesgado a hacer aquello. Entonces no conocía a Leo y, si él hubiera querido, podría haberla destruido con una fotografía oportuna que la pillara in fraganti. Win sabía que no debía confiar en desconocidos guapos. Pero esa noche contempló el rostro sonriente y reservado de Leo y se dio cuenta de que una velada que debería haber sido un calvario estaba resultando ser la más divertida que había vivido en semanas.
La azotea no estaba del todo terminada, el césped artificial se encontraba a medio colocar y todavía había carretillas y herramientas tiradas por todas partes. Leo y Win se alejaron de la puerta abierta para que no los vieran y se acercaron al borde. No se oía nada, ni rastro de la fiesta. La marihuana de Leo era fuerte pero amable e hizo que a Win se le relajaran aún más los hombros.
—¿A cuántas de estas sueles ir? —le preguntó ella. Leo se lo pensó, mientras daba otra calada.
—A un par de ellas al año. Mis hermanos y yo nos turnamos —explicó—. Solíamos ir todos, pero una vez mi hermano trajo una mierda de ácido y mi hermana y yo casi nos ahogamos en la fuente de champán. Gum perdió los papeles y trató de hacerle la reanimación a una estatua. Papá dijo que éramos una mala influencia unos para otros, así que ahora solo va un hijo por inauguración. —Win soltó una carcajada y hundió la nariz en el hombro de Leo. Siempre se ponía sensible cuando se colocaba, pero a él no pareció importarle y se encorvó solícitamente para ponérselo más fácil—. Luego, durante un tiempo, llevé a mis propias acompañantes —continuó Leo—, pero cuando tenía dieciocho años salía con una estrella del pop alemana…
—Yo tuve un novio alemán cuando tenía diecisiete años —dijo Win, recordándolo con cariño—. Los alemanes le dan duro.
—Los alemanes le dan duro —coincidió Leo—. Y bueno, nos escabullimos para montárnoslo en el ascensor y pulsamos el botón de parada de emergencia para que nadie se enterara, pero no nos dimos cuenta de que lo arreglaron rápido y las puertas se abrieron en medio de la fiesta… A papá no le hizo ninguna gracia. Así que ahora no suelo elegir yo mismo a mis acompañantes.
—¿Cómo no he visto fotos de eso?
—Mi padre tiene cinco bufetes de abogados a su servicio para mierdas como esa. La fase de la moto de mi hermana, cuando mezclé estimulantes con poppers y aquella vez en la cena de corresponsales de la Casa Blanca donde, por alguna razón, decidieron que sería una buena idea dar una fiesta paralela para los menores de edad. Los hijos de los políticos están como putas cabras, había dos hijas de un par de senadores que se turnaban para darse el lote conmigo…
—Qué vida más dura —comentó Win, sin poder parar de reír. Se miraron fugazmente, encantados, para examinarse el uno al otro, y les gustó lo que vieron.
—Bueno, tú has tenido una infancia normal —señaló él—. No conozco a mucha gente así. Resulta intrigante.
—Superintrigante —dijo Win y le habló de las fiestas a las que iba con Shift y de la ventana de la casa de sus padres por la que trepaba al volver, hasta que su madre le dijo tranquilamente que era mejor que usara la puerta principal. Leo había vivido en Londres de forma intermitente durante años, pero no conocía las casas de curry de Aldgate a las que Win y su padre solían ir después del colegio, ni las fiestas en viviendas de Brixton desde cuyas ventanas Win había vomitado hacía apenas unos años. Lo más gracioso fue que él dijo que era posible que hubiera visto a Shift tocar en una de sus primeras actuaciones en clubes nocturnos de Dalston, hacía ya un par de años.
—¡Es mi mejor amiga! —exclamó Win, dándole una palmada en el hombro, entusiasmada.
—Puede que los dos coincidiéramos allí —dijo Leo, ofreciéndole galantemente la última calada.
Volvieron muy animados a la fiesta. Win agarraba con suavidad la mano de Leo, mientras esquivaban a las modelos y a los peces gordos. La gente seguía mirándolos, pero ahora todo aquello les parecía ridículo, una panda de esnobs del Upper East Side de visita en los barrios bajos de Brooklyn, fingiendo tener lo justo para vivir, mientras se mofaban de la infame Whitman Tagore. Eso hizo reír a Win y Leo también se rio, sin preguntar cuál era el chiste. Ella estaba colocada y contenta, se sentía capaz de superar la vorágine y el ruido para crear la fiesta que deseaba, mientras todo el peligro de la noche quedaba neutralizado como una serpiente domesticada.
A la mañana siguiente, lo que más le impresionó fue la cantidad ingente de fotografías que salieron. Habían inmortalizado en película cada momento de la fiesta: Win y Leo mirándose por encima del hombro de otro invitado; Win y Leo riéndose a carcajadas de algún chiste que quedaría entre ellos para siempre; Leo apoyando la barbilla sobre el hombro de Win mientras la salvaba de un debate con uno de los inversores de Horizons; Win y Leo escondidos en rincones secretos, con aspecto de estar susurrándose cosas demasiado íntimas como para repetirlas. Y, por supuesto, el beso. Las manos de él en el pelo de ella, ella levantando el talón al inclinarse hacia él. Después, Win se había mordido el labio y había sonreído, algo que el camarero también había captado.
Win echó un vistazo al cuarto artículo sensacionalista sobre ellos, y al séptimo, y al décimo… Hacían una pareja increíble. De repente pensó que era de lo más egoísta por parte de Leo no haberse hecho actor de verdad. Los directores soñaban con ese tipo de química. No dejó de hacer «clic» hasta que sonó el teléfono.
—Marie —dijo Win—, necesito hablar con…
—Lo tengo en la otra línea —la interrumpió Marie—. ¿Has visto el Post? Te estoy enviando un enlace a la primera plana ahora mismo.
Bajo un titular excesivamente entusiasta, la fotografía de la portada mostraba a Win y a Leo esperando el coche. Había caído un pequeño aguacero y el equipo de seguridad estaba demasiado preocupado por los fotógrafos como para acercarles un paraguas. A falta de otra cosa, Win había sostenido en alto la capa de seda y los dos se habían acurrucado bajo ella, mientras Leo la agarraba por la cintura con los ojos brillantes, entre los flashes de las cámaras. El pie de foto rezaba: «Whitman Tagore y Leo Milanowski saliendo de la fiesta. No sabemos exactamente cuándo empezó este romance de ensueño, pero, a juzgar por las fotos, estos dos se conocen… digamos que bastante bien. Parece que la bruja ha saltado de la escoba a la cama».
Debajo del artículo, los comentarios se sucedían en un flujo interminable.
Madre mía, Whitman Tagore y Leo Milanowski!! No sé por qué, pero me encanta!
Guau, ese vestido es lo más
Cuánto llevan juntos?
Nos está vacilando?
Qué putada, Josip lol
La pareja del año
—Esto es un filón —declaró Marie—. Si lo manejamos bien, podría eclipsar totalmente a lo del buzón de voz. Es más, podría hacer que la gente te quisiera. Lo único que tenemos que hacer es darles más.
Win se rio. No había creído que fuera tan fácil. Solo había que buscar a otro chico, hacer que le gustara y el resto era pan comido.
—Hola —dijo Leo, cuando Marie se lo pasó—. Tu asistente es bastante intensa.
—No es mi asistente.
Leo emitió un bufido de desinterés; a Win le resultaba más difícil saber lo que pensaba por teléfono, sin la ayuda del lenguaje corporal y de su entradilla.
—¿Qué puedo hacer por ti, Whitman Tagore?
Ella fingió estar nerviosa, por si eso le resultaba atractivo.
—Solo quería… darte las gracias.
—De nada —respondió él—. Aunque creo que deberías especificar qué es lo que me agradeces, exactamente: ¿lo del Post o lo de BuzzFeed?
—Has visto las fotos —dijo Win.
—Es difícil no verlas.
—Pues eso, gracias por todo. Me lo he pasado muy bien contigo.
—Igualmente.
Se hizo el silencio. Aunque no tuviera delante a Leo, sabía que él se estaba divirtiendo. Estaba disfrutando de la postergación, esperando a ver qué diría ella a continuación.
—Leo —Win hizo que su voz sonara entrecortada, como si estuviera conteniendo la emoción en lugar de la determinación—, no sé qué me pasa contigo. Me encantaría volver a verte.
Él se rio.
—¿Esa es tu mejor frase? ¿Te la ha escrito tu asistente?
—No es mi asistente —repitió Win, irritada.
—Inténtalo de nuevo —dijo Leo—. Quiero algo mejor.
—Vale, no sé qué pasa con nosotros, pero a la gente le gusta. Creo que tenemos…
—¿Química? —sugirió Leo.
—Yo iba a decir «presencia escénica».
Él volvió a reírse.
—¿Qué me estás pidiendo exactamente?
Win se quedó callada. Había empezado a actuar porque se le daba bien, porque era lo que mejor le hacía sentirse del mundo, encarnar a un personaje y hacerlo real. A su padre le encantaba. Le decía que tenía un don y que no debía desaprovecharlo. Aunque seguramente eso (invertir en sí misma como marca, hacer que la gente se preocupara por su vida personal y no por su trabajo) no era a lo que él se refería.
Pero cada vez estaba más claro que su trabajo no era suficiente. Y si no quería desaprovechar su don, si quería ser fiel a su ambición y a la confianza que su padre había depositado en ella, tendría que esforzarse por conseguir las oportunidades que necesitaba. Para ello, tendrían que quererla. Y con Leo la adorarían.
Win respiró hondo para tranquilizarse.
—Quiero que finjamos que estamos juntos. Quiero que me vean contigo y quiero que parezca que nos va bien.
Leo guardó silencio unos instantes. Si estaba impresionado por su honestidad, no lo admitió.
—¿Y qué ganaría yo con eso? —preguntó por fin.
—Tienes pinta de estar aburrido —dijo ella. Recordó a Leo observando con pereza la fiesta y la forma en la que había centrado en ella su atención. Parecía que le gustaba jugar. Puede que la aceptara como compañera de equipo—. He pensado que te vendría bien tener un proyecto.
Leo volvió a reírse, esa vez con una breve carcajada de placer, como si lo hubiera pillado desprevenido.
—Vuelvo a Londres la semana que viene para la inauguración de la galería de un amigo. Podría ser tuyo durante ocho días. ¿Qué te parece?
—Creo que me servirá —respondió Win, arrellanándose en la silla. Estaba sonriendo—. Siempre y cuando ofrezcas un buen espectáculo.
—Tú haz que me divierta y el resto del mundo también se divertirá. Te lo prometo —dijo Leo y Win advirtió que sonreía a través del teléfono.
Por desgracia, ella sabía que eso era cierto.