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Premonición

Sentía un dolor profundo y agudo dentro de él. Como si le hubieran cortado el aliento con el filo de una espada. Miró al cielo, una placa azul que se tornaba índigo. Pronto se volvería de color gris. Se estaba levantando viento y las columnas de cipreses se doblaban bajo su soplo frío, casi despiadado. El trigo del campo parecía azotado por un látigo invisible y el oro de su color se corrompía con el avance de la sombra que iba apagando la luz del verano.

Muy pronto estallaría la tormenta. Se percibía su olor en el aire, esa esencia del agua de lluvia que borraría cualquier otro perfume.

En ese cambio repentino advirtió una oscura premonición, un amargo auspicio de muerte, como si una criatura demoniaca estuviera estirando sus brillantes garras para lacerar la realidad y sumergir al mundo en un despeñadero de sangre y dolor.

Sabía que Corso Donati anhelaba la guerra. Y junto con él toda Florencia. Arezzo se había vuelto demasiado osada. Arezzo, la prostituta del emperador, gibelina, había provocado a Florencia en todos los sentidos. Los güelfos habían esperado tan solo una excusa, un capricho intrascendente para salir al campo de batalla y aniquilar a sus eternos enemigos. Sabía que, al contemplar ese cielo ahora ya plomizo, los sieneses estaban a punto de retirarse después de haber sitiado Arezzo. Junto con los florentinos incluso habían organizado un torneo bajo los muros de la ciudad, para burlarse del enemigo.

Siena la soberbia, pensó. Siena, que creía que podía someter a hierro a los lobos del emperador.

Sintió una sensación de fatalidad en esa arrogancia. Los gibelinos de Arezzo se habían encerrado dentro de los muros de su propia ciudad. Y, ahora, lo más probable es que estuvieran urdiendo una atroz venganza. No eran hombres dispuestos a aceptar una afrenta como aquella. Muchas veces se habían dado por vencidos para luego revelarse como feroces adversarios.

Menos de treinta años antes, Manfredi había aniquilado a los güelfos en Montaperti, convirtiéndose en señor de Florencia. El León de Suabia había masacrado a sus enemigos como corderos, exterminando a los contrarios. Solo seis años después, los Anjou habían logrado vencerlo. E incluso entonces, ese príncipe orgulloso e invencible había luchado hasta la muerte, había caído luchando, con las armas en la mano, en Benevento. Tanto había sido su valor que los mismos franceses habían recogido las piedras para enterrarlo y honrarlo en el campo de batalla.

Y ahora Florencia y Siena habían despertado a la bestia gibelina y la bestia olía la sangre. Dante no albergaba dudas al respecto; por ello, en aquel momento un sudor frío le helaba la piel.

Pensó en Beatriz: en su sonrisa, en esos ojos de luz y tormento, en su mirada capaz de apoderarse de su corazón. Suspiró. ¡Cómo hubiera querido gritar su amor! Pero no podía. Nunca podría. Solo se le permitía confiarlo a las palabras. En su mente vio esas pequeñas marcas negras, grabadas en tinta, parecidas a gotas de sangre oscura, destinadas a llenar las páginas amarillas de papel de pergamino. Fórmulas secretas de un amor secreto.

Se sentía prisionero. Era un hombre encadenado, incapaz de vivir plenamente sus sentimientos. Y aquella impotencia lo consumía. Mientras esperaba su final, sentía que su amor por Beatriz se hacía cada día más fuerte, más violento, incluso intolerable. E incluso cuando el matrimonio había reducido aquella catedral de la pasión a un mero montón de fragmentos desgarrados, había mecido el fuego humeante entre sus brazos. No tenía ninguna duda, puesto que ese sentimiento era su única razón para vivir.

Se puso en pie y se aproximó a su magnífica yegua. Tenía un pelaje brillante y marrón como canela en polvo y una estrella blanca entre los ojos. Dante le tomó el hocico entre las manos, acariciándoselo. Sintió la lengua áspera de la yegua lamiendo la palma de su mano. Sonrió. Dejó que su mano derecha se deslizara por el poderoso cuello del animal; la gran vena yugular latía, palpitante de vida. A través de sus dedos notó ese flujo cálido e hirviente bajo la piel reluciente. Se quedaba admirado por la nobleza de esa potra: dócil y formidable a la vez, esperaba pacientemente a que su amo decidiera montarse en la silla.

Dante le despeinó la espesa crin. Le encantaba Némesis.

Aguardó un rato más.

Esperó a escuchar el primer trueno y luego sus ojos contemplaron cómo un rayo atravesaba el cielo, que ahora era de color carbón.

Cayeron las primeras gotas y le mojaron el rostro.

Subió a la silla.

Espoleó a su montura.

2. Pieve al Toppo

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Pieve al Toppo

Buonconte sabía que pasarían por allí. Embriagados por su éxito, con la guardia baja debido al vino y al torneo a los que se entregaron bajo los muros de Arezzo, los sieneses habían emprendido el camino de regreso al Val di Chiana. Desfilaban meticulosamente: la infantería en el centro y los jinetes a los lados, en una formación ordenada pero ciertamente no amenazadora. Procedían con rapidez ya que sabían que los perseguía Guillermo de Pazzi de Valdarno —conocido como el Loco por su carácter encolerizado y sanguinario— con su contingente. Sentían su aliento en el pescuezo desde que salieron de Arezzo.

Buonconte, en cambio, había tomado el camino de Battifolle hasta Mugliano. Obligando a sus hombres a desfilar a marchas forzadas, día y noche, había logrado llegar a la altura de Pieve al Toppo con su propia tropa, al único vado del pantano y de las marismas del Val di Chiana, que se habían vuelto más insidiosos aún por la lluvia de los dos últimos días.

Si el Loco hubiera cumplido su palabra, sobreviniendo con sus hombres, habrían podido tender una encerrona a los hombres de Ranuccio Farnesio en un movimiento de pinza.

Buonconte había hecho alinearse a sus soldados en un lado del vado, escondidos entre troncos y arbustos.

Habían colocado los dardos en las ballestas y sostenían los pasadores. Estaban dispuestos a arrojarlos sobre la columna sienesa para asediarlos por un flanco y hacerlos pedazos con una sarta de proyectiles de hierro.

Aquel día el calor era insoportable. El sol había salido por detrás de las nubes y ahora incendiaba el aire. Sus hombres iban ligeramente armados para ser más rápidos y ágiles en sus movimientos y también para aliviar el calor. Después de haber lanzado dardos y pasadores se retirarían ordenadamente, dejándole a él y a sus feditori, los valerosos soldados de la primera línea del frente, la tarea de aniquilar lo que quedaba del enemigo, confiando en que el Loco, que andaba pisando los talones a los sieneses, podría liderar la masacre de la mejor manera posible.

Grandes gotas de sudor le cubrían la frente, adhiriendo su largo cabello castaño a la piel. Oculto detrás de la vegetación, con una armadura ligera, Buonconte esperaba. Vestía los colores a bandas doradas y azules de su estirpe.

Finalmente vio llegar la columna sienesa.

Ranuccio avanzaba a la cabeza de sus hombres. La retaguardia lo había informado de que el Loco no se rendía y los gibelinos los perseguirían hasta Siena, de ser necesario. La trampa bélica que él y los florentinos habían montado bajo los muros de Arezzo los había vuelto rabiosos. Por dentro se maldijo a sí mismo por tan estúpida arrogancia. Sabía que no tendría respiro, aunque ese día, con el sol en su apogeo y la humedad de las marismas que parecían asfixiarlos, detenerse hubiera sido lo primero que debería haber hecho.

Pero no había ninguna posibilidad.

Habían llegado a la altura de Pieve al Toppo, habían dejado atrás el pueblo y avanzaban por los cenagales. El barro y las aguas fangosas los habían obligado a reducir la velocidad. Ahora habían llegado a un pequeño pantano. Hizo que comprobaran que se pudiera vadear fácilmente. El agua estancada estaba apenas a una braza de altura. Poco más que una charca, en definitiva, pero lo suficientemente grande como para quitar las ganas de rodearla. Al menos, pensaba mientras la cruzaban, se podrían refrescar la cabeza con el agua.

Dio la orden de vadearla mientras los suyos lo seguían.

Sin desmontar del caballo, se había quitado el casco y estaba justamente inclinándose hacia un lado para recoger el agua verde cuando de repente escuchó un ruido que reconoció de inmediato: el silbido de dardos que quebraban el aire.

Apenas tuvo tiempo de volver a sentarse en la silla cuando vio que una hilera de flechas segaba a sus guerreros como mazorcas de maíz.

Un dardo le pasó a menos de un palmo para después ir a dar en el ojo de uno de los soldados de infantería que avanzaba. El hombre dejó escapar un grito desesperado y aterrizó hacia delante en el agua del pantano. Simultáneamente, otros gritos se elevaron al cielo.

—¡Rápido! —gritó Ranuccio a sus hombres—. ¡Vayamos a la orilla! —Y dicho esto, clavó las espuelas en los flancos de su caballo, que, de un brinco, aceleró el paso hasta llegar al otro lado.

Pero en cuanto alcanzó tierra firme, Ranuccio se dio cuenta de que una lluvia de flechas trazaba una red de líneas en el aire húmedo, hasta que las puntas de hierro se clavaban en la carne o, en algunos casos, chocaban contra la armadura. La mayor parte, sin embargo, daban en el blanco, abriendo vacíos aterradores en las filas de caballería e infantería. La matanza fue sangrienta e impactante porque muchos de los soldados se habían quitado los cascos, por culpa del calor, y porque los ballesteros no eran capaces de responder a esa tormenta de hierro que los abatía, habiendo colgado sus instrumentos de muerte en las monturas de las mulas.

Ranuccio vio a un caballero llevarse las manos al cuello mientras dos flechas le cortaban la yugular por diferentes partes. Entonces, el hombre se deslizó de la silla. Su caballo, herido en una pata, comenzó a galopar, arrastrándolo primero al agua y luego al barro de la orilla. Un soldado de infantería levantó los brazos al cielo y cayó en el último tramo de agua del pantano con dos dardos clavados en el costado.

Ranuccio volvió a gritar en dirección a sus hombres, con la remota esperanza de que pudieran arrastrarse hasta la orilla, y, de hecho, los primeros jinetes se acercaron con dificultad a ella. Pero ya en la otra orilla veía aproximarse las insignias de Guillermo el Loco, los estandartes con llamas amarillas y rojas. El capitán gibelino estaba a punto de entablar batalla con la última parte de su columna, la que aún tenía que enfrentarse al vado.

Mientras tanto, un formidable rugido se elevó al cielo y, por primera vez desde que lograra ponerse a salvo, Ranuccio se dio cuenta de que haber atravesado el pequeño pantano no lo había protegido en absoluto de nada, ya que, detrás de una hilera de árboles, ondeaban las bandas doradas y azules de Buonconte da Montefeltro.

—¡Cuidado! —gritó a los suyos que habían logrado llegar a la orilla saliendo del infierno de dardos y pasadores—. ¡Nos están esperando!

Sin poder añadir nada más, Ranuccio vio que de esa fila salía la caballería de Arezzo, ligeramente armada. Al menos doscientos feditori se lanzaban contra ellos, veloces como un rayo.

Se les acercaron con toda la ira de la venganza largamente esperada. No se detendrían por nada del mundo.

—¡Dios mío! —exclamó Ranuccio—. ¡Ten piedad de nosotros!

—¡Aniquilémoslos! —gritó Buonconte. Apretó los dientes, luego sacó su espada y lanzó su corcel al galope.

Detrás de él cabalgaba el mismísimo infierno.

Fue una maniobra perfecta, una carga de caballería hábilmente preparada y guiada en el instante exacto en que los hombres de Ranuccio estaban a su completa merced. De hecho, un puñado de sieneses habían logrado ganar la orilla, pero no estaban en absoluto preparados para soportar tal asalto.

El impacto fue devastador. Buonconte y sus hombres se deslizaron como una cuña de hierro en las desordenadas y concentradas filas de Ranuccio, haciéndolos trizas.

El capitán gibelino levantó su espada, luego asestó un terrible golpe y cortó un brazo. Un solo trueno de muerte explotó a su alrededor. Los aceros mutilaban extremidades. Hacían molinetes en el aire y luego se abatían como guadañas, segando vidas. Los caballeros sieneses acabaron en el barro, se desplomaron los corceles, cayó la infantería, empapando la tierra de sangre.

Buonconte se movía en medio de ese infierno con la gracia despiadada de un ángel exterminador. Propinaba golpes perfectos, aniquilando a cualquiera que se le pusiera por delante. Finalmente llegó frente a Ranuccio y, sin demora, cruzó su espada con la de él. Las hojas, al rozarse entre sí, lanzaban chispas azuladas, pero tal era la fogosidad de Buonconte que el capitán de los sieneses tuvo que apelar a toda su voluntad para repeler aquellos ataques que parecían ser realizados por una mano divina.

Buonconte sintió que aquel era el momento de la verdad. Había preparado el ataque con todos los ardides y precauciones necesarios. Cuando su espada golpeó el escudo del Farnese, vio que el Loco derribaba a sus adversarios como árboles maltrechos.

Así que dio un golpe tan determinante que Ranuccio perdió por completo el equilibrio. Fue entonces cuando lo atacó en el hombro con su escudo, luego trazó un arco en el aire con el filo y finalmente lo alcanzó por el costado. Ese último golpe volcó al enemigo de la silla y lo estrelló contra el suelo, en el barro de la orilla.

Ranuccio se arrastró desesperado, apoyándose en su espada para volver a ponerse de pie. Se movía con pasos inseguros por culpa del cieno que lo envolvía como melaza. Finalmente, exasperado, se despojó del casco y lo tiró, haciéndolo rodar lejos.

Buonconte desmontó y se liberó a su vez del casco de hierro. No se aprovecharía del golpe infligido al oponente, pero tampoco le iba a dar tregua. Estaba decidido a ponerle fin para siempre en ese pantano maldito. Sintió que le hervía la sangre por la vergüenza que sufría en Arezzo y ahora bramaba por la muerte de su adversario.

Ranuccio parecía asustado.

—Señor —dijo finalmente—, me someto a vuestra misericordia.

Pero esas palabras suyas estaban destinadas a caer en saco roto.

—Demasiado tarde, amigo mío, averiguáis el significado de esa palabra —respondió Buonconte con una pizca de sarcasmo—. ¡Vos, que con vuestros hombres os habéis burlado de Arezzo y los gibelinos! Manteneos en guardia y veamos quién de nosotros triunfará.

Y, sin perder más tiempo, asestó un gran golpe que Ranuccio apenas pudo contener. Siguieron otro y otro más, hasta que el capitán de los sieneses terminó con una rodilla en el suelo, la espada en alto, por encima de su cabeza, con los brazos extendidos para soportar el impacto del último golpe de Buonconte.

A aquellas alturas el duelo había llegado a su fin.

Las manos de Ranuccio cedieron. Su espada terminó hundida en el barro.

Con un último ataque formidable, Buonconte lo decapitó y la cabeza del capitán de los sieneses acabó rodando por el fango. Buonconte la agarró del pelo, mostrándola como un macabro trofeo a los guerreros en el campo de batalla.

—¡Así terminan los que desafían al imperio! —gritó con todo el aliento de su cuerpo. En respuesta recibió el rugido de su pueblo, que alzó los estandartes de oro y azul. Luego, con ojos de lobo, buscó al Loco en la refriega.

—¡Guillermo! —gritó Buonconte—. ¡Guillermo! —reiteró con entusiasmo.

Y como a la llamada de su amo, el gigante se deshizo de un oponente y encadenó su mirada a la del Montefeltro.

—¡Sin piedad, amigo mío! —gritó Buonconte—. ¡Perseguid a vuestros adversarios como si fueran perros sarnosos! Sacadlos de donde sea que se escondan, cazadlos como cazan los sabuesos a las liebres, exhalad vuestro aliento demoniaco y hacedlos pedazos. ¡Nadie tiene que sobrevivir! Quiero sus cabezas clavadas en las picas.

El Loco contestó levantando su espada, y sus hombres gritaron como posesos.

Empezó a llover. Grandes gotas comenzaron a caer, diluyendo la sangre que cubría la tierra más allá de la orilla.

Luego, mientras los últimos enemigos terminaban empalados en las lanzas, Buonconte volvió a montar a caballo.

Sabía que había desencadenado una guerra.

Era lo que buscaba.

3. En casa

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En casa

San Pier Maggiore era únicamente una maraña de callejones oscuros y cuartuchos, de torres almenadas, severas y terribles, una erupción de casas de piedra y madera construidas unas encima de otras, dominadas por las familias de Corso Donati y Vieri de Cerchi.

Mientras regresaba a casa, llevando a su potranca al establo, Dante creyó haber visto a alguien en la oscuridad. Duró solo un instante. Luego se dio cuenta de que debía de haber soñado despierto. Se sentía extraño desde que se había ido, con las primeras gotas de lluvia, para volver a Florencia, dejando atrás el campo. Esa sensación de tragedia inminente parecía acompañarlo hasta la puerta de su casa.

Al entrar vio el resplandor rojizo de la chimenea. La luz, como de sangre, oxidaba el aire y la habitación de techumbre baja y abarrotada de muebles y las mil excentricidades usadas por Gemma, que apenas parecía capaz de ofrecer suficiente refugio y espacio a una pareja. Por no mencionar que, hasta hacía poco, su madrastra Lapa también había vivido bajo ese techo. Ahora residía allí solo cuando no estaba en la finca de los Alighieri, en las cercanías de Fiesole.

Lamida por las llamas, una olla. Un olor a estofado le recordó que tenía hambre. Gemma estaba sentada en su asiento. La mesa estaba lista. La mujer sabía que él llegaría tarde a casa, pero ese hecho no parecía brindarle ningún consuelo. Se puso en pie y se acercó a la chimenea. Con un trapo agarró la tapa y la levantó, como para echar un último vistazo al guiso. Finalmente tomó la olla y la puso sobre la mesa.

Había una jarra de vino frente a una copa de madera achaparrada. Gemma llenó un cuenco de carne y salsa humeante. Sirvió el vino. Luego miró a su marido.

—¿Dónde habéis estado? —preguntó en un tono que revelaba impaciencia y preocupación al mismo tiempo.

—Fui a ver a Lapa y a controlar la finca.

Gemma suspiró. Dante sintió la frustración que había acumulado su esposa durante todos esos años.

—Lo decís como si tuviéramos quién sabe qué tierras...

—¡Nada de eso! —exclamó. Su voz salió más áspera de lo que hubiera querido. Estaba tan cansado de tener que enfrentarse por enésima vez al mismo tema...—. Y, sin embargo, al menos eso todavía lo tenemos. Y además veo que hay carne en el plato.

—Es un regalo de vuestra hermana.

Dante guardó silencio. No quería iniciar una discusión. No aquella noche.

—Si como mínimo os decidierais a trabajar... —lo instó Gemma.

—¿Ya estamos con la historia de siempre? Pensé que ya lo habíamos hablado.

Ella tomó su mano entre las suyas.

—Perdonadme, esposo mío. Conozco vuestras ambiciones. La pretensión, justa y que respeto, de vivir como un noble. Con todo, no lo somos. O al menos no lo suficiente. También sé lo poco que os importa la vida política, pero tratad de entender cómo puedo sentirme yo, una Donati, en estos días de incertidumbre, mientras vos salís con vuestros amigos, afrontáis desafíos poéticos, escribís y estudiáis, dejándome sola en un mundo que os negáis a frecuentar porque seguís queriendo encerraros en una imaginaria torre de papel y tinta...

—¡Ya es suficiente! —la interrumpió—. Estoy cansado de estas quejas. ¿No tenéis ni un poco de fe en mi talento?

Gemma negó con la cabeza.

—¡Tengo incluso demasiada! Pero tampoco puedo negar la confusión que llena mi corazón. ¿De qué van a vivir nuestros hijos, algún día, cuando los tengamos? ¿De las escasas cosechas de esa finca? ¿De los premios garantizados por la fortuna literaria? ¿Queréis de verdad confiar a tan frágil navío nuestro porvenir?

Ahora aquel estofado le parecía el más amargo que jamás hubiera comido. Todavía con esas dudas, todavía con esas acusaciones.

—Algo terrible está a punto de suceder —dijo Gemma.

—Sí —replicó él—. Al menos en esto estamos de acuerdo.

—Mi primo Corso ha estado hoy aquí.

Dante frunció el ceño.

—¿Y qué es lo que ha dicho?

—Que ha ocurrido algo tremendo en los pantanos de Pieve al Toppo, y antes de que me pidáis detalles adicionales, ya os anticipo que no sé más. Sin embargo, me ha advertido que mañana por la mañana tenéis que pasar por su casa.

—¿Cómo es que no vino Vieri?

—Porque los Cerchi deben quedarse en su puesto. Mientras vos estáis pensando en versos, esos codiciosos usureros han comprado el palacio de los condes de Guidi y planean hacerse con todo el distrito de Porta San Piero. En cualquier caso, no hay nada más que añadir —concluyó Gemma.

Dante la miró: era hermosa y altiva. Ahora ya cansada por la larga jornada, se había desatado su largo cabello castaño. Sus ojos color avellana parecían brillar en la penumbra. Era alta y delgada, pero tenía caderas fuertes, perfectas para tener hijos. Y también había en ella una mirada arrogante que nunca se rendía a los ojos de los demás. Atractiva, por supuesto. Sin embargo, dispuesta además a exigir respeto. En Gemma había una arrogancia congénita, hija de su linaje, que a menudo lo hacía sentirse culpable. Y él no era capaz de perdonarle tal acusación tácita.

—¿Os vais a quedar aquí? —lo instó ella.

Él asintió.

—No os esperaré.

—Podéis descansar —concluyó Dante—. Yo me quedaré un rato.

—Como os parezca.

Y, sin añadir nada más, Gemma subió al piso de arriba. Cuando se quedó solo, Dante se sirvió un poco de vino. Había perdido por completo el apetito. La noche era fría. Apretó la copa entre las manos, preguntándose cuán graves podían haber sido los hechos acaecidos en Pieve al Toppo.

Quizá el presagio de aquella tarde se estaba haciendo realidad.

El odio se arrastraba por las calles de Florencia.

Y ese día parecía que había llegado también a su puerta.

4. Llamas y sangre

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Llamas y sangre

No sabía cómo había llegado hasta allí, pero caminaba por el borde de un pozo. Al principio tuvo vértigo. Luego, resbalando, se cayó al infinito, en el negro más profundo, hasta que, una vez perdido el sentido del tiempo, le pareció como si estuviera rodando colina abajo. Cuando se puso de pie, dolorido y magullado, se encontró en un bosque oscuro, impenetrable, lleno de plantas, zarzas y árboles. El entramado de ramas, agujas y brotes hacía difícil no solo orientarse sino incluso avanzar.

Palos y espinas dejaron dolorosos rasguños en su rostro, desgarrándole la piel, despellejándole las manos y los pies. El sol se ahogó en la sangre del atardecer. Escuchó el amargo graznido de los cuervos mientras un zumbido de alas parecía llenar el bosque. En los rombos formados por las ramas vislumbró más adelante un claro. Se percató de ello porque una cruz en llamas ardía en su centro, difundiendo una luz lo suficientemente intensa como para iluminar el camino.

Ayudándose con las manos, trató de abrirse camino a través de la espesa maleza. Se sentía espiado por decenas, cientos de ojos rojos, pero tan pronto como se daba la vuelta, intentando capturar al menos una de esas miradas brillantes, aquella desaparecía en la oscuridad.

El susurro de sus propios pasos, amortiguado por la tierra y el musgo, era el único ruido que podía percibir. Poco a poco se acercaba al claro, las llamas ardientes esparcían su aliento tembloroso.

Cuando finalmente llegó a la explanada, la vista de la cruz lo impresionó, pero su sorpresa aumentó al notar que una chispa se desprendía de ella, y luego otra, y otra más... en lo que se convirtió en una especie de lluvia de luciérnagas.

Cada partícula de fuego se añadía a la anterior y pronto se formó una serpiente luminosa y ondeante al pie de la cruz. Comenzó a propagarse lentamente hasta que superó el límite circular del claro, como si alguien hubiera dejado un rastro de resina o brea entre los arbustos. Allí, de repente, otra llama se levantó majestuosamente. En su base, Dante vio lo que le pareció un montículo. Un poco después sucedió lo mismo en otro lugar del claro, hasta que los incendios se convirtieron en cuatro y luego en cinco, finalmente en seis, en ocho y en diez.

Retrocedió, sin conseguirlo. Era como si las ramas de los árboles hubieran creado una maraña impenetrable, aprovechando su distracción. Embelesado por lo que veía, no se había dado cuenta de cuánto iba avanzando el bosque. No era posible, por supuesto, sin embargo, contra toda lógica o ley, había sucedido. Y ahora aquel bosque maldito lo empujaba hacia delante.

Continuó, pasando más allá de la explanada, siguiendo las llamas que entonces iluminaron un pantano frente a él y, más lejos, los altos muros de una ciudad. Por la luz roja del fuego y el negro de la noche, aquella barrera de piedra se le aparecía del mismo color que el óxido.

También la ciudad estaba, asombrosamente, en medio de un incendio. Las altas torres parecían piras contra el cielo.

Fue entonces cuando los vio. Aparecieron por encima de los muros.

Avanzaban entre el fuego, haciendo caso omiso de las llamas y del humo. Finalmente las reconoció: bellísimas y terribles, guerreras invencibles en ese teatro de horror y destrucción, las tres Furias lo miraron con ojos convertidos en hogueras.

Estaban cubiertas de sangre, rodeadas de hidras verdes mientras su cabello de serpiente se elevaba por el aire teñido de rojo.

Una de ellas cantaba y su voz salía desafinada, rota, en un sonido que dañaba los oídos hasta el punto de hacerlos sangrar. La segunda se deshacía en un llanto interminable y la tercera avanzaba hacia el centro.

Entonces esta última también comenzó a gritar. Las tres se llevaban las manos al pecho, rasgándose las túnicas grises y raídas como tela de arpillera. Las uñas largas y afiladas, similares a garras de águila, se introducían por la piel hasta alcanzar la carne viva.

Alzaron los brazos aullando una plegaria.

Ahora, sepulcros ardientes quemaban contra las murallas de la ciudad y un humo negro ascendía en impalpables columnas hacia el cielo, un olor de podredumbre y metástasis se extendía, haciendo que el aire fuera irrespirable. De aquellos globos palpitantes, corazones rojos y negros plantados en el vientre de la ciudad fortificada, surgieron fuertes gritos, como si multitudes de condenados salieran de las tumbas, gritando y maldiciendo a la humanidad y a la Iglesia, y por último a Dios, el juez despiadado que los había acusado de ser culpables de herejía.

Dante se cubrió la cara, respirando en el hueco de su brazo.

Se preguntaba cuánto tiempo podría aguantar esos gritos, como si los sonidos se convirtieran en cristales y así consiguieran herirlo físicamente.

Cuando por fin se volvió a mirar atrás, una de las tres Furias lo observó con ojos llameantes e inyectados en sangre. Entonces, llena de indignación y conmiseración, le gritó amenazadoramente:

—Tú, pequeño hombre que se atreve a llegar a las puertas de Dite, que venga ahora Medusa a convertirte en piedra.

Dante cayó de rodillas. La visión casi lo cegaba. Sentía que su cuerpo temblaba de puro terror. Sin embargo, en esos rostros terribles, iluminados por la ira, percibía una fuerza tan invencible que no era capaz de dejar de mirarlos.

Finalmente, haciendo acopio de todas sus fuerzas, volvió la mirada.

El mundo en llamas y sangre que lo rodeaba parecía colapsarse.

Se despertó de repente. Estaba empapado en sudor. Vio el rostro de Gemma, los labios entrecerrados, la respiración liviana, sosegada por el sueño.

Se pasó la mano por el pelo mojado.

La pesadilla lo había dejado sin aliento. ¿Qué significaba lo que había visto? ¿Qué presagio escondía? ¿Qué apocalipsis estaba por abatirse sobre Florencia?

Respiró hondo.

Al final se levantó. Tenía que ir al encuentro de Corso. Gemma le había dicho que su primo, y jefe de la familia Donati, quería informarlo sobre los terribles hechos ocurridos en Pieve al Toppo. Probablemente comunicaría una decisión importante a los hombres de su bando.

Por un instante volvió a ver a las Furias sobre los muros de Dite en llamas. Sintió que perdía el sentido. ¿Qué era lo que lo atormentaba tan profundamente que lo llevaba a una pesadilla como aquella?

5. Corso Donati

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Corso Donati

Una vez que el guardia lo dejó pasar, Dante dejó tras de sí la austera fachada de piedra gris, que se asemejaba en todo a la de una fortaleza, pasó de largo el portón de madera reforzado con hierro y se encontró en el patio. Reinaba allí un bullicio de bodegueros, mozos de cuadra, encargados de las provisiones, trabajadores de los almacenes, vinateros, armeros: todos esperaban las órdenes del día, hacían recuentos, inventariaban víveres y mercaderías. Entraban y salían de los establos y de los almacenes como un enjambre enloquecido: algunos montando a caballo, otros llevando una carga de madera en un carro, y otros, finalmente, parcheando una armadura abollada.

En el centro del patio, Dante vio el gran pozo que proporcionaba agua a toda la comunidad de la familia de Corso Donati. En dos de las cuatro esquinas, Dante contempló las grandes torres que se elevaban a casi cincuenta brazas de altura cada una. Dominaban el espacio desde arriba: altas e intimidantes, parecían querer recordar hasta qué punto aquella era la casa más inexpugnable de Florencia.

Dante llegó casi extenuado a la gran escalera de piedra que conducía al primer piso. Una vez más, después de un control menos estricto por parte de un escudero, le fue permitido entrar. Un sirviente lo condujo a la gran sala donde se encontraría con el dueño de la casa. Cuando lo vio, Corso se le acercó y lo abrazó con sincero afecto. Luego, mientras este último saludaba a otros invitados, Dante se acercó a la gran chimenea, observando al jefe de los güelfos florentinos.

Corso era un hombre formidable. Su rostro, con rasgos marcados, hacía que de inmediato se lo percibiera como un guerrero, incluso antes de que pudiera demostrar su valía: no lo necesitaba. Su reputación de hombre feroz y codicioso hacía el resto. Todo en él era energía y fuerza: los músculos de granito esculpían un cuerpo grande bajo la elegante tela del vestido, los ojos de forma alargada se parecían a los de un lobo y eran tan claros como el hielo y capaces de despertar miedo a primera vista. La boca delgada y fría lucía unos labios lívidos.

Para esta figura marcial suya el marco ideal lo completaban sus formas fanfarronas, su manera de hablar insultante en el momento exacto en que abría la boca. Se trataba de una conducta bastante natural en él, como si su pertenencia al linaje más vistoso de Florencia, el de los Donati, lo autorizara a ser el basilisco que era.

La túnica roja y el vestido plateado reproducían los colores de la insignia de los Donati. En contra de cualquier convención, Corso no llevaba ni cofia ni chaperón. Tenía el cabello castaño, bastante largo, como para remarcar de nuevo su actitud agresiva, ya que de esa manera su determinación resultaba aún más evidente.

Estaba de pie en el centro de la sala. Parecía incapaz de sentarse, tal era su impaciencia por hablarles a los que pertenecían a su facción.

Después de calentarse las manos frías ante la chimenea y haber mirado los cristales de las ventanas y la mesa puesta, Dante se había sentado en un rincón, esperando escuchar en la voz de Corso los hechos de los que se quería dar cuenta.

Mientras tanto, los otros líderes del partido habían ido llegando. En primer lugar, Vieri de Cerchi, quien, aunque sospechoso de arrogancia e infidelidad, seguía siendo el segundo exponente más importante de la facción de los güelfos. Carbone de Cerchi, su primo, había llegado con él, con su cabello y barba negros, gran guerrero. Y luego estaba Bicci Novello, el hermano de Corso, que era más delgado y elegante, pero no menos traicionero que él. Y además Rosso della Tosa y sus otros acólitos, y también Giacchinotto y Pazzino de Pazzi. Sin olvidar a los Adimari: Filippo y Boccaccio en particular. En resumen, los líderes estaban allí, y con ellos un nutrido grupo de partidarios, y todo sugería que ese exaltado de Corso no tardaría demasiado en declarar la guerra. No importaba a quién, pero a alguien con toda seguridad, ya que no era capaz de hacer nada más.

Su reciente cargo en Padua como alcalde parecía, entre otras cosas, haber inflamado todavía más su sed de sangre.

Fue así como, mientras algunos de sus invitados se atiborraban de pan, carne y vino, él empezó a relatar lo que tenía intención de decir.

—Bueno, me alegro de veros, tan numerosos y tan bien dispuestos —comenzó con brío—. Listos para satisfacer vuestros apetitos, haciendo honor a mi mesa —subrayó, dirigiendo una mirada a cuantos se servían abundante comida y bebida—. Sin embargo, es de muchos otros alimentos que os pido que tengáis sed y hambre a partir de ahora. —Tras hablar así se detuvo, como si quisiera subrayar con el silencio la gravedad de lo que estaba a punto de añadir—. Sí, porque en estos días, cuando todos creíamos que finalmente habíamos aniquilado a los gibelinos, cuando bajo los muros de Arezzo se celebraban espectáculos y torneos, humillando a nuestros enemigos... pues bien, se estaba preparando el exterminio de los nuestros. Vos, Vieri, que hoy os atiborráis en mi mesa y que compráis los edificios de los condes de Guidi en San Pier Maggiore, para subrayar una vez más vuestra codicia y vuestra liquidez, ¿sabéis que ayer a la hora novena, cerca de Pieve al Toppo, Buonconte, del linaje maldito de los Montefeltro, junto con Guillermo de Pazzi de Valdarno, tendieron una emboscada a los tres mil hombres de Ranuccio Farnesio y los trituraron? ¿Sabéis que los perros del emperador persiguieron a nuestros aliados güelfos por los meandros de las marismas y les rebanaron el cuello? ¿Que el propio Ranuccio fue asesinado y que han degollado a más de trescientos jinetes?

Al escuchar aquellas palabras se hizo un gran silencio. Vieri de Cerchi, que departía con algunos de los suyos y que se había puesto rojo de cólera cuando Corso se dirigió a él de aquel modo, ahora parecía que no encontraba las palabras. Dante se quedó petrificado. Entonces ¿ese era el significado de su pesadilla? ¿Ahí residía la razón del negro presagio que percibió claramente el día anterior, cuando cabalgaba bajo la lluvia desde el campo hasta su casa?

Inspiró profundamente.

Corso, al parecer, no había terminado aún.

—¿Os dais cuenta de lo que esto significa? Arezzo está en manos del obispo Guglielmino degli Ubertini, de quien el Loco que antes mencioné es pariente. Los Montefeltro son, sin duda, la casa de mayor solidez y prestigio de Urbino y son nuestros fieros adversarios. Pisa, actualmente gobernada por el conde Ugolino della Gherardesca, nuestro aliado, corre el riesgo de caer en las fauces del imperio.

—¿Pisa? —preguntó Vieri con incredulidad—. ¿Y desde cuándo? ¿No se había quedado ya tranquila después de la lección que le ha dado Génova? —dijo mirando a Carbone de Cerchi y luego a sus secuaces y partidarios, que le devolvieron gruñidos y señales de asentimiento.

—¡Qué ingenuo sois, amigo mío! Lo que os acabo de decir lo escuché de los propios labios del conde Della Gherardesca. El arzobispo Ruggieri degli Ubaldini conspira contra él. Es inútil deciros de qué lado está. Y, a todo esto, yo me pregunto: ¿dónde estamos nosotros? ¿Tal vez queremos dejar que Buonconte da Montefeltro crea que puede hacer lo que le venga en gana en nuestras campiñas? ¿Tenemos la intención de darle libertad de acción después de que haya aniquilado a los hombres de Ranuccio Farnesio? ¿Tenemos la intención de entregar nuestras fincas primero y nuestra ciudad después a quien más que nadie en el mundo representa al imperio y nuestra mayor facción adversaria? —Nadie se atrevió a responder a esa tormenta de preguntas—. ¡Pues ya os digo yo que no! ¡No lo permitiremos! ¿Y sabéis por qué? Porque si demostramos ser débiles, ineptos, inertes, ¡los siervos del imperio tomarán no solo la campiña y Florencia, sino incluso nuestras casas y nuestras mujeres, matarán a nuestros hijos, degollarán a los animales que nos pertenecen! ¡Así que lo que quiero es una guerra! ¡Aquí y ahora, sin más demora!

—¿Y los priores? —preguntó alguien.

—¿Los priores? —dijo Corso con desdén—. Me importan poco si corro el riesgo de perderlo todo. —Luego levantó el puño, como para amenazar a un enemigo invisible—. ¡No serán ellos los que nos liberen de esta escoria! Por lo tanto, bastará con sobornarlos. Están a la venta, como siempre, ya que el poder obtenido ha sido a fuerza de dinero, que es el idioma que entienden. Por eso os digo que os preparéis. Afilad las hojas de las espadas y sacad los cuchillos. Probad el filo de las hachas y tened listos a vuestros palafreneros, ya que como que hay Dios quiero llevar la muerte a Arezzo, antes de que se hagan con Florencia.

Y mientras los partidarios de los güelfos miraban a su líder con ojos perplejos, y Vieri de Cerchi palidecía por haber sido humillado al ignorar lo que había ocurrido tan solo un día antes, Dante entendió, más que nunca, que algo se agitaba en su mente y le había advertido de lo que estaba a punto de suceder.

¿Acaso se había vuelto loco?

6. Ugolino

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Ugolino

Ugolino se estremeció de rabia. Alto como una espingarda, se puso de pie en la cima de la torre de su castillo di Settimo. Dominaba el Valdarno y con ojos de buitre escudriñaba el desfiladero de más abajo. A lo lejos se veían los bosques de carpe y encina, y los verdes prados cubiertos de salpicaduras rosadas y blancas. Las casas se arremolinaban en racimos marrones y destacaban en la distancia. Miró hacia arriba y vio el cielo azul y el disco amarillo del sol. Se pasó una mano por la frente. Hacía calor y las gotas de sudor le mojaban la espalda. Suspiró, pensando en las noticias que sus hombres le habían traído de la ciudad. Sabía que no le quedaba otra opción. Lo que le habían contado no admitía vacilaciones. Su sobrino Nino Visconti había sido expulsado de Pisa. Ruggieri degli Ubaldini había aprovechado su ausencia para tomar la ciudad, arrebatándosela a él, que había sido su señor. Aquella serpiente finalmente manifestaba su verdadera naturaleza. Y de nada le serviría ostentar el título de arzobispo, ya que de misericordioso y piadoso no tenía ni una pizca. Muy al contrario, estaba dotado de un feroz oportunismo y de esa ambigua naturaleza que le había permitido convertirse en el nuevo caudillo de la facción gibelina.

Escuchó unos pasos tras él.

—Bienvenido, Lancia, viejo amigo —dijo el conde.

El hombre que estaba a sus espaldas era de mediana estatura, pero de complexión robusta, que la armadura de cuero hacía aún más imponente. Una mata de pelo castaño y el bigote enroscado hacia arriba le daban un aire belicoso que ciertamente no se molestaba en esconder; más bien todo lo contrario: casi se jactaba de ello. Era Gherardo Upezzinghi, de noble linaje pisano, fiel consejero del conde Ugolino della Gherardesca, quien lo llamaba «Lancia» por su habilidad con el arma.

—Bueno, pues en esas estamos, mi señor —dijo este último. Tenía una voz áspera y desagradable, como su apariencia—. Ruggieri degli Ubaldini finalmente ha declarado de qué lado tiene la intención de quedarse.

—No del mío —dictaminó Ugolino. Un soplo de brisa despeinó su cabello largo y ralo.

—Debemos volver a Pisa, mi señor —dijo lacónicamente Lancia.

El conde de Donoratico respiró hondo porque sabía que volver a la ciudad en ese momento no era asunto menor.

—Estáis en lo correcto, por supuesto. Ya había advertido a Corso Donati de la división interna de mi ciudad. Con mucho esfuerzo logré crear un puesto güelfo, pero ¿por cuánto tiempo? ¡Nino fue mi perdición!

—Vuestro sobrino es un joven hábil y obstinado, aunque, si me lo permitís, más codicioso de lo que nunca hubiera creído —corroboró Lancia con amargura.

—Eso es. Para deshacerme de él consentí al arzobispo maldito que encendiera la mecha de la rebelión y lo expulsara del palacio Municipal, y yo me he retirado aquí solo para no despertar sospechas —dijo Ugolino, incapaz de ocultar su propia exasperación—. Esperaba contar con el apoyo de Florencia. El resto lo he pagado abundantemente, enviando a Corso veinticuatro frascos de vino Vernaccia llenos de florines de oro. Pero ahora la situación se ha precipitado.

Lancia negó con la cabeza, confirmando las peores predicciones del conde.

—Hay que responder a la afrenta sufrida. Ruggieri ha esperado pacientemente a que os retirarais al campo para poner en marcha su propio plan de usurpación y faltar a su palabra.

—Debí haberlo previsto —lamentó Ugolino—. Ese hombre no aceptó nunca la ejecución de su sobrino Farinata, que yo mismo decreté el año pasado. Y, a pesar de las bonitas palabras y de alentarnos a estar tranquilos, desde ese día el arzobispo anhela venganza.

—Mi señor, volveremos a Pisa y veremos cuáles son las intenciones del arzobispo. Lo conozco, al menos un poco, y sospecho que intentará negociar —dijo Lancia.

—Yo también lo creo —confirmó Ugolino—, pero si no alcanzamos un acuerdo satisfactorio, debemos estar preparados para iniciar una guerra.

—Si es necesario, así será —concluyó Lancia con fatalismo.

—Está bien —dijo el conde—. Entonces vamos.

—Los hombres os están esperando.

Luego, sin perder más tiempo, Ugolino tomó las escaleras de la torre y bajó los escalones.

Un momento después, Lancia lo siguió.

Capuana lo recibió mientras bajaba. Su rostro estaba inflamado por un enrojecimiento difuso. Llevaba suelto el largo cabello castaño rojizo. Le brillaban los ojos, azules como el lapislázuli. Bajo las prendas ligeras de lino se le marcaba un pecho potente.

—Os lo ruego, mi señor —dijo—. No vayáis. No os fieis del arzobispo. Es mi tío y lo conozco mejor que nadie, y podéis creerme si os digo que jamás ha mantenido su palabra.

Ugolino despidió a Lancia haciendo una seña con la cabeza.

—Esperadme abajo —ordenó.

Cuando se quedó a solas con su esposa, tomó sus manos entre las suyas.

—Capuana —suspiró—, creedme, no querría nunca dejar a una mujer tan hermosa. Es más, si pudiera pasaría con vos todos los días de mi vida, pero eso no es posible. Pisa está en manos de los gibelinos y puesto que en los últimos tiempos he hecho todo cuanto estaba en mi poder para que fuera segura adhiriéndome a los güelfos y ganando la alianza de Florencia, no puedo eludir mi obligación de arreglar las cosas. —Le acarició la cara. Luego la miró a los ojos, devorándolos con los suyos—. Tenéis razón. El arzobispo Ruggieri ha demostrado repetidamente su naturaleza traicionera. Y por esto iré a Pisa con un contingente de soldados.

—Si regresáis a la ciudad, ni todos los soldados del mundo podrán protegeros de las oscuras tramas de mi tío. Por favor, quedaos.

—No puedo, mi señora, ni aunque quisiera. El honor me exige ir a Pisa.

—¡El honor! —dijo Capuana con amargura—. Está demasiado sobrevalorado. Los hombres lo usan para justificar las acciones más descabelladas y crueles, sin pensar en el mal que infligen a los demás...

—¡No digáis eso! —le rogó Ugolino, abrazándola y besándola apasionadamente. Entonces la envolvió en un abrazo y la levantó como si se tratara de un pájaro, llevándola a su altura, él, que parecía un olmo por su cuerpo alto y fuerte. La miró con dulce determinación—. No tenéis que preocuparos. —Finalmente le dijo—: Volveré y siempre estaremos juntos.

Capuana quiso creerle.

—No podemos esperar más —tronó Ugolino. Montaba un gran rucio castrado. Se encaramó en su grupa—. Tenemos que regresar a Pisa y emprender las negociaciones con ese gusano de Ruggieri. Preferiría que me cortaran el brazo solo para no tener que hacerlo, pero ha sido más astuto y ahora pago el precio de mi generosidad.

Los hombres de armas asintieron. Destellos de sol brillaban en las cotas de malla y los cascos. El hierro pulido atrapaba la luz, reflejándola en gemas luminosas.

—Si es necesario, os quiero listos para el combate. Por supuesto primero probaremos el camino de la sabiduría, pero vosotros conocéis a ese hombre. No es de fiar, y estoy seguro de que en un día Pisa se convertirá en un mar de sangre. Mi sobrino el Brigada ya tiene instrucciones de dejar entrar en la ciudad, si fuera preciso, a Lottieri da Bientina con varios hombres armados. Entonces seremos unos cuantos los que estaremos dispuestos a hacer pasar un mal rato a nuestro adversario.

Los hombres que tenía delante lo vitorearon. Sus gritos se unieron en un solo rugido de guerra. La insignia del conde ondeaba: medias águilas del imperio, sobre un campo de oro tronchado de rojo y plata, que chillaban amenazadoramente.

El conde Ugolino buscó con la mirada a su fiel Lancia.

Este asintió con la cabeza. Finalmente dio la orden.

—¡Hombres! ¡En marcha!

Las compuertas del castillo ya se habían abierto. El conde marchaba al paso. Detrás de él, caballeros y soldados de infantería.

Pocos instantes después, Ugolino se plantó en el puente levadizo y puso rumbo al camino que conducía de Settimo a Pisa.

Sabía que al día siguiente podía tocarle cita con la muerte, pero no había otra manera de recuperar su amada ciudad.

Daría toda su sangre para que fuera suya de nuevo.