Prólogo

Florencia,

9 de abril de 1492

Lorenzo de Médicis ha muerto.

No era este el único pensamiento que pasaba por la cabeza de Giorgio. Por su cabeza circulaba un torrente de ellos. Unas veces, corrían rápidos y fluidos como las nubes por el cielo; otras, se arremolinaban como los mendigos en la puerta de una iglesia. Pero lo que sí era cierto es que todos sus pensamientos empezaban y acababan en el mismo lugar: Lorenzo de Médicis ha muerto. Su cadáver aún estaba caliente. Su viuda, sus hijos y sus amigos aún le lloraban. Florencia entera aún estaba conmocionada.

Sin embargo, Giorgio no se sentía angustiado por Lorenzo de Médicis, su familia o Florencia, sino por él mismo y por su propio destino. Había permanecido toda la noche y todo el día encerrado en su taller; primero, paralizado por la impresión de la noticia; después, tratando de resolver su situación.

Sólo cuando el sol empezaba a ocultarse tras las colinas de la campiña toscana, decidió que lo mejor era regresar a Venecia, donde todo aquel asunto había empezado. Y se convenció de que debía hacerlo cuanto antes, aprovechando las sombras de la noche que se avecinaba. Con la precipitación de quien todo lo improvisa, se puso a recoger sus cosas, especialmente sus aparejos de pintura, pues apenas tenía otros bienes personales que empaquetar y, además, sus herramientas de trabajo —pinceles, paletas, lienzos, bastidores y decenas de compuestos que utilizaba para fabricar los óleos— eran sus enseres más preciados.

Al caer la noche, el taller ya estaba prácticamente vacío. Tan sólo quedaba, en una esquina bajo la ventana, allí donde mejor recibía la luz natural, un lienzo cubierto con un trapo sobre un caballete.

Giorgio se acercó hasta él todavía pensando en cómo lo transportaría. Lo descubrió lentamente y volvió a contemplarlo aunque de sobra sabía lo que iba a ver, es más, podía incluso vislumbrar lo que otros no verían: el resultado final de la obra tal y como la había imaginado. Aquel lienzo que tan sólo era un boceto, unas pocas pinceladas de color, era el objeto de su inquietud.

Se sorprendió con la vista clavada en el lienzo... Las imágenes del pasado parecían sucederse sobre él. Tal vez fuera la ansiedad lo que le hacía ver cosas extrañas. Tan sólo eran recuerdos, los recuerdos de un joven e insignificante pintor veneciano que había acabado por meterse en un asunto oscuro.

«Tienes ante ti un futuro lleno de oportunidades y bienaventuranzas, Giorgio. Confío en que sepas sacar provecho de tus dones y tu buena fortuna, siendo en toda ocasión fiel al honor y a la virtud. Que Dios esté siempre contigo, hijo mío», le había dicho su padre antes de partir, mientras le ponía en la mano una bolsa con unas pocas monedas y una carta de recomendación para la casera que habría de alojarle en Venecia. De eso hacía ya un lustro... Giorgio se recordaba nervioso, acababa de cumplir diez años y era sólo un niño, un muchacho de Castelfranco, el pequeño pueblecito a las afueras de Venecia donde Dios había tenido a bien soltarle en este mundo, no sin antes bendecirlo con un talento especial. Y es que Giorgio, desde bien pequeño, dibujaba como los ángeles. Su padre lo había notado aquel día en que el chico, distraído, había sacado del fuego una astilla tiznada y se había puesto a garabatear sobre las losas de la estancia: la soltura, los trazos, el movimiento... Aquel granujilla tenía un don. Por eso había movido todos los hilos al alcance de su mano hasta conseguir que ingresara de aprendiz en el taller del maestro Bellini en Venecia. Allí, Giorgio había tenido que limpiar muchos pinceles y barrer muchos suelos, había tenido que abrillantar los morteros y fijar los lienzos a los bastidores, incluso había aprendido a mezclar las especias del rosoli que el maestro se bebía todas las tardes antes que a mezclar los pigmentos de los óleos. Pero, entre tanta tarea ingrata, Giorgio observaba con los ojos muy abiertos todo cuanto ocurría a su alrededor: cómo el maestro preparaba la imprimación del lienzo con cola de pergamino de cordero y gesso, cómo recuperaba la ceniza de huesos calcinados, cómo raspaba el óxido de un pedazo de cobre, cómo pulverizaba la malaquita o el lapislázuli... Se fijaba en la cantidad de aceite de linaza que empleaba en las mezclas y en cómo las rebajaba con trementina. Contemplaba extasiado cada vez que el maestro mojaba la punta del pincel de pelo de marta o de cerda en la pasta aceitosa y la deslizaba sobre el lienzo con suaves caricias. Le escuchaba embelesado hablar de la luz y de las formas, de las proporciones y del color... De esa manera aprendía sin querer, respirando las enseñanzas del maestro junto con el olor de la pintura.

Pero Giorgio también había encontrado una escuela fuera del taller de Bellini. En aquella ciudad bulliciosa de gentes y cultura, ciudad de nobles y mercaderes que era Venecia, Giorgio tomó contacto con un mundo por descubrir y atrapar con sus pinceles. En busca de la inspiración para sus cuadros, le gustaba pasear por Venecia, visitar los palacios, las iglesias y los monasterios, recorrer sus callejuelas estrechas que olían a agua estancada y pescado y perder la vista en la laguna, en cuyas aguas riela el crepúsculo y el mar mece las barcas mientras sus contornos se desvanecen hasta convertirse en sombras.

Muchas veces Giorgio se escapaba a la isla de Murano, al monasterio de San Michele, porque allí la luz tenía un espectro muy particular: según la época del año, tornaba vivos los colores o los apagaba hasta casi matarlos; en ocasiones, se fundía con la bruma de la laguna y cubría como de tiza todas las siluetas, o bien, en los días claros y despejados, parecía recortar las figuras con la precisión de una hoja muy afilada. A Giorgio le hubiera encantado poder hacer lo mismo con sus pinceles: captar la luz que se colaba por las arcadas del claustro y creaba ambientes diferentes en el mismo escenario o aplicar la bruma en los colores para matizarlos; ser capaz de dibujar con la mano de la naturaleza. El joven pensaba que si se recreaba en todos esos detalles, tarde o temprano lo lograría. Por eso pasaba las horas tratando de capturar la esencia de lo que le rodeaba para plasmarla en sus pinturas.

Una tarde de verano en la que la ciudad parecía hervir dentro del agua de los canales, Giorgio se había sentado a la sombra del claustro de San Michele y, protegido por el fresco de su jardín de naranjos, contemplaba, como de costumbre, los juegos de la luz. Absorto como estaba, apenas había oído unos pasos arrastrados y cansinos, los pasos de un hombre viejo, encaminándose hacia él.

—¿Qué guarda este cenobio de interés para un joven como tú, que tantas horas pasas entre sus muros?

Un poco antes se había percatado de la presencia del fraile por su característico olor. Supo que se había sentado a su lado al sentir en la nariz el golpe de aquella pestilencia indefinida, mezcla de efluvios de sopa de cebolla —que parecía el único alimento de aquellos monjes desdentados—, de hábito exudado y de azufre.

Pese a lo repelente de aquel primer encuentro, fra Ambrosius se fue convirtiendo poco a poco en uno de los mejores amigos del joven Giorgio, y tiempo después en guía, consejero y maestro. Guía en cuanto a lo espiritual, consejero respecto a lo material y maestro indiscutible ya que fra Ambrosius era uno de los hombres más sabios que había conocido nunca. Fra Ambrosius lo inició en el conocimiento de los saberes clásicos: la herencia de los padres griegos y latinos. Le llevó a través de la filosofía de Sócrates, Platón y Aristóteles; de Séneca y Epícteto; de san Agustín y san Justino; de Maimónides y Averroes. Le descompuso el cosmos, el hombre y la naturaleza. Y le introdujo en los saberes ocultos: los que atesoraban magos y alquimistas desde hacía cientos de años. Porque fra Ambrosius era, en secreto, estudioso y practicante de la alquimia, el saber que agrupa todos los conocimientos a los que ha accedido el hombre por sí mismo o por revelación divina. Fra Ambrosius había peregrinado por infinidad de monasterios de toda Europa, donde había recibido al legado de los grandes alquimistas como Nicolás Flamel y Roger Bacon. Pero no sólo eso, también había sido discípulo de Basilio Valentini, el famoso alquimista benedictino del monasterio de Erfurt. Y es que aunque la alquimia estaba prohibida para los hombres de la Iglesia, seguía siendo practicada en los monasterios.

Además, el fraile tenía tal conocimiento de los compuestos y materias de la naturaleza que Giorgio había encontrado en él una fuente inagotable de saber a la hora de fabricar sus pinturas, para las que empleaba fórmulas novedosas, más versátiles y duraderas que las comúnmente utilizadas hasta entonces.

De este modo, Giorgio se había aficionado a escaparse a la isla de Murano y a pasar largos ratos en compañía del anciano monje, desgranando juntos los misterios de la humanidad en la biblioteca del monasterio o en la celda de fra Ambrosius. Y mientras el fraile se manchaba el hábito claro con fórmulas y brebajes, Giorgio simplemente le contemplaba con la atención de un alumno aplicado o, en ocasiones, tocaba el laúd para él, instrumento que había llegado a dominar.

Uno de esos días en los que el maestro Bellini le había dado permiso para salir antes del taller, Giorgio cruzó la laguna en dirección a San Michele. Nada más entrar en el claustro, fra Ambrosius le abordó.

—¡Zorzi! —exclamó, llamándole por el apodo con el que sólo los más allegados se dirigían a él. El semblante del monje reflejaba tanta ansiedad como las palabras que al poco le dirigió—: Esperaba impaciente tu llegada, joven Zorzi. Tengo algo muy interesante que mostrarte. Apresúrate, muchacho, vayamos a mi celda.

Pequeña, oscura y fría, la celda de fra Ambrosius olía tan mal como el propio monje. Desprovista prácticamente de todo, a excepción de un camastro y un crucifijo, hubiera sido una celda como las demás de no ser por la mesa abarrotada de frascos, morteros y alambiques que el fraile había conseguido amontonar en un rincón. Contaba incluso con un horno, o atanor, según los cánones de la alquimia, aunque rudimentario, y un recipiente especial de vidrio para llevar a cabo las mezclas, al que el anciano llamaba huevo filosofal.

El monje echó la llave a la puerta con premura y agitación manifiestas en la torpeza de sus manos y en las palabras incoherentes que no dejaba de musitar con su boca desdentada. Probablemente rumiaría alguna oración, como si la invocación de Dios Nuestro Señor contribuyese a calmar sus nervios.

—¡Acércate! ¡Acércate! —urgió al muchacho, levantando con dificultad el colchón de paja de su camastro.

La luz que entraba por el ventanuco, apenas una rendija en el grueso muro del cenobio, resultaba escasa, por lo que Giorgio decidió encender una vela antes de atender el requerimiento impaciente del anciano.

—¡Por la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, muchacho! Deja la luz para después y ayúdame con el jergón, estos sarmientos que tengo por dedos apenas pueden sostenerlo.

Giorgio levantó el jergón sin dificultad y al anciano metió la mano para rebuscar en el hueco.

—¡Aquí está! No creí haberlo empujado tan lejos, válgame el cielo. Tira tú de este rollo de pergamino, Zorzi.

Fra Ambrosius se retiró para dejar hacer a su pupilo mientras lo contemplaba sin parar de estrujarse las manos bajo las mangas anchas del hábito.

—¡Eso, eso! Déjalo aquí, sobre la mesa —le indicó a la vez que de un manotazo despejaba la tabla, agolpando con un chasquido de vidrios todos sus utensilios—. Veamos... Era por aquí. Apenas se nota que está dentro, es como si con el paso de los años el pergamino se lo hubiera tragado y lo hubiera mantenido, de esa forma, a salvo de las miradas curiosas.

—¿Qué pergamino es este, frater?

—Ah, el pergamino es lo de menos... Es una crónica sobre las guerras de los Diádocos. Bastante mediocre, por cierto. Pero la copia es buena: la caligrafía de calidad y las ilustraciones muy bellas. Supongo que eso le dio valor a la hora del empeño...

Giorgio permaneció en silencio a pesar de no comprender muy bien las intenciones de fra Ambrosius ni el motivo de su excitación. El joven sabía que si se mostraba paciente, tarde o temprano recibiría explicaciones; el religioso era de ese tipo de personas que hablan mucho cuando los demás callan y que callan cuando los demás hablan.

—Debe de llevar en la biblioteca tan sólo unos meses porque nunca antes lo había visto; y yo sé muy bien qué hay en la biblioteca, no como otros. Dice el hermano bibliotecario que entró con un lote de manuscritos donado por un prestamista. Los usureros a veces lo hacen: cuando sienten que se acerca la hora de rendir cuentas, quieren redimirse y ponerse a bien con el Justo entre los justos. Me aventuraría a asegurar que viene desde Constantinopla. Quizá del saqueo de los ejércitos de Dios en la cruzada contra los infieles allá por el año 1204, o puede que sea más reciente, de cuando el hermano Aurispa desembarcó aquí, en Venecia, una enorme colección de manuscritos griegos de Oriente y tuvo que empeñar buena parte de ellos para pagar su transporte...

Mientras hablaba, fra Ambrosius desenrollaba con sumo cuidado el pergamino y la piel curtida crujía temerosamente como si fuera a romperse, incapaz de soportar el paso de los años.

—¡Helo aquí, mi joven amigo! —exclamó, alzando triunfal un pequeño objeto que Giorgio no alcanzó a distinguir hasta que lo tuvo entre las manos.

Se trataba de un cilindro de unos cinco centímetros de largo y dos de diámetro, elaborado en piedra translúcida de color rojo anaranjado, por lo que dedujo que probablemente sería cornalina. Pero lo más llamativo consistía en que estaba grabado de arriba abajo.

—Un cilindro de cornalina —confirmó fra Ambrosius—. El texto parece griego antiguo, koiné. Sólo Dios sabe cuánto tiempo lleva dentro de este pergamino.

Al comprobar que su silencioso aprendiz miraba y remiraba el cilindro sin hacer ningún comentario, fra Ambrosius se lo arrebató impaciente y lo depositó sobre la mesa bajo la luz de la vela.

—La cornalina es una piedra mágica, ahuyenta la debilidad y da valor. Tiene grandes propiedades curativas: es buena para la circulación, las encías y otros tejidos blandos del cuerpo. Para los egipcios tenía un gran valor simbólico. Es la piedra de Virgo. La piedra de Hermes...

El monje se ayudó de la inflexión de la voz para añadir misterio a sus palabras. La ese de Hermes se convirtió en un siseo que prologaba algo importante.

—¿Hermes?

—Muchacho, a fe mía que Dios te dio poca sangre en las venas. ¡Sí, Hermes! ¡Hermes Trimegisto! ¡El tres veces grande! ¡El sabio más sabio de todos los tiempos! ¡El padre de la alquimia y la hermética!

—Lo sé, frater. Tú me has enseñado todo sobre Hermes Trimegisto. Mas no entiendo qué relación puede tener el gran sabio con esta piedra.

El monje arrugó aún más su rostro arrugado, hasta que sus ojos diminutos desaparecieron entre los pliegues de la carne.

—Yo tampoco lo sé bien, hijo mío. Pero estoy convencido de que existe alguna relación... —admitió para sorpresa de Giorgio.

—¿Qué dice el texto?

—Confieso que no he sido capaz de interpretarlo. Está muy desgastado por el paso de los años y mis viejos ojos no lo ven del todo bien. Las pocas frases que he podido traducir no tienen sentido. Como si la anterior no tuviera relación con la siguiente. Sin embargo entre sus palabras aparece un nombre... ¡Un nombre muy importante! Magno Makedonío. El gran macedonio. ¡El mismo Alejandro Magno! Se trata de indicios, ¡pistas que me llevan a sospechar que nos encontramos ante un gran descubrimiento! —exclamó el monje con gran excitación. Una excitación que se desvaneció al instante—. O tal vez no... Tal vez sólo sea un cilindro cualquiera. En tiempos antiguos se fabricaron miles parecidos; ya en Mesopotamia eran objetos bastante comunes que se empleaban como sellos o amuletos; luego en Persia, Asiria, Egipto... El mundo está lleno de cilindros, ¿por qué habría de ser este el de Alejandro?

Fra Ambrosius iba musitando conocimientos y divagaciones al ritmo lento de sus pasos hasta que se dejó caer sobre el jergón, quedando en el aire un crujido de paja y una nube de polvo. La vitalidad del fraile respondía a ráfagas, una breve concesión de la ancianidad. Y del mismo modo que venía, se iba, dejándole exhausto.

La estancia quedó en silencio, un silencio sobrecogedor que Giorgio sólo percibía en los lugares sagrados. Con aquel cilindro en la palma de la mano se le ocurrían cientos de preguntas que no acertaba a verbalizar.

—Yo ya soy un miserable anciano inútil, una mente viva encarcelada en un saco de huesos moribundo. Otras veces he necesitado de tus ojos y tus oídos, de tus manos firmes y tus brazos fuertes, joven Zorzi. Ahora, más que nunca, vuelvo a necesitar que seas tú el sustituto de mi cuerpo inválido.

Giorgio escuchaba a fra Ambrosius sin comprender con exactitud el alcance de sus palabras.

—Debes llevar el cilindro a Florencia, a la Academia Neoplatónica. Allí te entrevistarás con el padre Ficino, Marsilio Ficino, un viejo amigo mío. Sólo él puede ayudarnos a descubrir los secretos que encierra este objeto, si es que encierra alguno.

—Pero ¿a qué secretos te refieres, frater?

El fraile agitó la mano con desdén. Giorgio pensó que en ocasiones aquel hombre parecía verdaderamente privado de razón, un pobre viejo loco.

—¡Bah! Suposiciones, suposiciones... ¡Sólo son suposiciones! —Fra Ambrosius se encaró con él; de su boca desdentada y arrugada como una breva madura se escapó un tufo pestilente a cebolla—. ¡No te lo diré, Zorzi!... Son secretos oscuros, tal vez un mal augurio... El mundo está podrido por el pecado. —El fraile se santiguó—. Sí..., que esta clase de secretos vean la luz sólo puede ser un mal presagio. Haz lo que te digo y no ansíes saber más. No cargues tus hombros con un peso que jamás podrían soportar...

Tal y como le había indicado el viejo monje alquimista, Giorgio da Castelfranco había partido una mañana de primavera hacia Florencia, llevando consigo un cilindro de cornalina y una carta para el pater Marsilio Ficino. Fra Ambrosius le había contado que Marsilio Ficino era uno de los más grandes filósofos del momento. Bajo la protección de los Médicis, ya desde la época de Cosme el Viejo, había sido uno de los fundadores de la Academia Neoplatónica, en la que eruditos próximos a la corte de la insigne familia florentina se reunían a discutir sobre filosofía y literatura, en especial la de Platón. No en vano Ficino había traducido del griego al latín sus Diálogos y se tenía por un defensor acérrimo de las corrientes platónicas. Pero en su relato, fra Ambrosius había insistido en la relación de Ficino con el hermetismo. «Cosme el Viejo era un hombre muy aficionado a las rarezas —le había dicho—. Solía enviar a agentes por todo el mundo en busca de manuscritos y otros tesoros de la Antigüedad. Hace ya unos años, siendo el pater Ficino aún muy joven, un monje le llevó a Cosme unos manuscritos en griego, procedentes de Macedonia, el llamado Corpus Hermeticum, la compilación de textos más importantes del conocimiento clásico y la base de la alquimia moderna. El patriarca de los Médicis ordenó a Marsilio interrumpir la traducción de los textos de Platón y concentrarse en el Corpus, con el ardiente deseo de poder ver concluido el trabajo antes de su muerte. Tal era la importancia que Cosme daba a la sabiduría de Hermes en el momento cercano a morir.»

Nada más llegar a Florencia, Giorgio se desplazó hasta la Villa Careggi, la sede de la Academia Neoplatónica, donde habría de entrevistarse con el pater Ficino.

El sacerdote le esperaba en la sala de recepciones; había leído la carta de fra Ambrosius y sentía curiosidad por saber qué se traería entre manos aquel viejo, tan sabio como chiflado.

—Demos un paseo mientras hablamos —sugirió el pater Ficino—. Así podremos disfrutar de este hermoso regalo de Dios que es el sol sobre Villa Careggi.

Giorgio tuvo la impresión de haber atravesado las puertas del paraíso mientras paseaba por la imponente villa: un jardín que abrazaba un palacio con aires de fortaleza y vigía de las llanuras toscanas. Le pareció que nunca antes había visto la luz hasta aquel momento, ni siquiera en el claustro de San Michele. Se convenció de que la luz nacía en la misma Villa Careggi y desde allí se propagaba al resto del mundo. Aquella mañana de primavera, la luz daba vida a las siluetas del jardín; hacía brillar los colores de todo cuanto tocaba; emitía reflejos dorados sobre las alas de los insectos; se descomponía a través de las gotas de agua que salpicaban las fuentes; jugaba al claroscuro como los niños al escondite; entraba y salía a chorros de la casa por las arcadas de las loggias; se posaba con fuerza sobre la tierra y con dulzura sobre la hierba emergía desde todos los ángulos posibles. ¡Estaba viva! Giorgio se sentía abrumado ante la belleza del espectáculo; incapaz de captar a un tiempo todos los matices. Le hubiera gustado tener ojos de libélula para abarcar con la vista semejante explosión.

Además, en la Villa Careggi habitaba el arte. Allí donde el joven posaba la vista surgía el arte en todo su esplendor, se manifestaba de forma escandalosa. Por allí habían pasado Donatello, Leonardo da Vinci y Botticelli, porque siempre había algún joven artista bajo la protección de Lorenzo de Médicis. En cada rincón por el que se paseaban, descubría a alguien afortunado deslizar los pinceles sobre un lienzo a la luz de la Villa Careggi, y al propio Giorgio le hormigueaban las manos, como si pidieran sacar su paleta y comenzar a mezclar colores, asir los pinceles y atrapar todo cuanto le envolvía. Pero lo que atrajo poderosamente su atención fue una escena que se desarrollaba a la entrada de un cobertizo: la lucha de un hombre contra la piedra, blandiendo el cincel con tal maestría que la roca se rendía sin condiciones bajo sus manos, a sus golpes y sus acometidas, y más que esculpirla parecía domarla, moldearla como si fuera barro. Ficino se había dirigido a aquel joven llamándolo Michelangelo.

Todas aquellas maravillas, todos aquellos estímulos, que a Giorgio le parecieron semejantes a un paseo por el cielo, le habían impedido prestar toda su atención a la entrevista que entretanto mantenía con Marsilio Ficino. Le habían impedido captar la ansiedad en los ojos del sacerdote cuando éste tuvo entre las manos el cilindro de cornalina, o el entusiasmo contenido en la inflexión de su voz en el momento en que le había citado para un posterior encuentro con el mismo príncipe de Florencia, Lorenzo de Médicis. Esos detalles le habían pasado inadvertidos porque estaba cegado por la luz de la Villa Careggi.

Regresó al día siguiente, tan excitado como asustado ante la idea de presentarse al gran Lorenzo de Médicis.

El príncipe no sólo era un mecenas de las artes y las ciencias, era en sí mismo un erudito, un esteta, un hombre aficionado a la filosofía, la poesía, la música y a cualquier manifestación artística e intelectual. Prácticamente se había criado y educado en la Villa Careggi, rodeado de los mayores sabios de la época, y con ellos debatía en un plano de igualdad intelectual, no sólo en calidad de patrón.

En una de las salas de la villa, junto al busto de Platón que presidía todas las reuniones de sus prosélitos, a la luz de los candiles, pues era de noche, Giorgio había conocido a Lorenzo de Médicis sentado en un sillón con forma de tijera a modo de trono y con las piernas en alto para mitigar los dolores que le producía la gota. Corpulento, vestido con jubón y casaca de brocado, prendas que le daban esa apariencia aún más voluminosa, se tocaba con el mazzochio, una tela que se enrollaba en la cabeza a modo de turbante y cuyo extremo caía por un lado. Su aspecto era imponente, o al menos así se lo pareció a Giorgio desde sus apenas dieciséis años y su escasa experiencia. El rostro duro de expresión ceñuda reflejaba una gran personalidad y una enorme determinación. Definitivamente, Lorenzo de Médicis le hacía sentirse pequeño e insignificante, e incluso le causaba temor reverencial.

Además lo flanqueaban dos de sus mejores amigos y colaboradores: Marsilio Ficino y el conde Giovanni Pico della Mirandola. El primero vestía ropajes encarnados de clérigo, y las arrugas del rostro delataban que era el hombre de más edad. Por lo demás, no había otro rasgo destacable en el aspecto físico de aquel gran sabio. En cambio, su discípulo, Giovanni Pico, atrajo desde el primer momento la atención del chico. El conde della Mirandola era joven y atractivo —la belleza era una cualidad que la mirada de artista de Giorgio no solía pasar por alto—, quizá ligeramente afeminado, lo que no se correspondía con la fama de audaz e impetuoso que le precedía. Sólo llevaba dos días en Florencia y, sin embargo, había oído hablar del conde en varias ocasiones. A pesar de su juventud, Giovanni Pico ya había estado un par de veces en prisión. Una, por raptar a la esposa de un primo de los Médicis y protagonizar así un escándalo de faldas que casi le cuesta la vida y del que sólo Lorenzo pudo rescatarle, y la otra, por hereje, tras desafiar a la Iglesia con unas tesis filosóficas suficientemente comprometedoras. De nuevo tuvo el príncipe que acudir en su auxilio. No obstante, el conde della Mirandola era uno de los estudiosos del pensamiento clásico más reputados: experto en Aristóteles y Platón, conocedor de la cábala y el hermetismo, astrólogo...

—Muéstrame, Giorgio da Castelfranco, lo que has traído desde Venecia.

La orden de Lorenzo de Médicis, formulada con la voz potente y el tono autoritario de los grandes gobernantes, lo sacó repentinamente de sus cavilaciones y le causó un temblor de piernas vergonzante. Tratando de controlarse, se acercó al príncipe de Florencia y le tendió el cilindro que encerraba su palma sudorosa. Por un momento, debido al malestar que aquella reunión le estaba produciendo, Giorgio maldijo la hora en la que fra Ambrosius lo había engatusado con semejante viaje.

Lorenzo observó el cilindro con el ceño aún más fruncido de lo habitual; no era síntoma de contrariedad, sino de verdadero interés. Después, sin mediar palabra, se metió la mano entre los pliegues de la camisa y extrajo un objeto que le colgaba del cuello; a Giorgio le dio la sensación de que se parecía considerablemente a su cilindro. Con un fuerte tirón, rompió el fino cordón del colgante y colocó ambos cilindros en la palma de su mano. Marsilio Ficino y Pico della Mirandola se asomaron por encima de los hombros de su patrón para comprobar lo que estaba contemplando.

Madonna mia... —concluyó Ficino.

—¿Dónde dices, muchacho, que has encontrado esto? —quiso asegurarse el príncipe.

—Lo cierto es, mi señor, que lo encontró mi mentor, el monje Ambrosius, en la biblioteca del monasterio de San Michele de Murano. Lo halló dentro de un viejo rollo de pergamino que formaba parte de un lote de manuscritos donado al monasterio por un prestamista.

—¿Un viejo rollo de pergamino? ¿Qué clase de pergamino?

—Una crónica en griego sobre las guerras de los Diádocos, mi señor. Fra Ambrosius cree que puede proceder de Constantinopla.

—A estas alturas, Lorenzo, es casi imposible averiguar de forma fiable su procedencia. Lo verdaderamente inquietante es la similitud entre ellos —opinó Ficino.

—Acércate, Giorgio, y mira esto —ordenó Lorenzo, mostrándole los objetos de la palma de su mano.

El muchacho quedó maravillado. Ambos cilindros parecían calcados, uno copia del otro. Del mismo tamaño y confeccionados con el mismo material, la cornalina. Y aunque desconocía el griego, concluyó que los símbolos grabados pertenecían a la misma lengua. Giorgio no sabía qué decir sin parecer un necio, así que prefirió callar.

—Este cilindro, que es mi amuleto, perteneció a mi abuelo Cosme. Hace cuarenta años un mercenario procedente del norte de África se lo vendió. El mercenario contaba que se lo había arrebatado a un beduino después de cortarle el pescuezo. Antes de morir, el beduino se había jactado de habérselo robado a un monje copto durante un saqueo al monasterio de San Pablo en el Mar Rojo, y aseguraba que era una reliquia egipcia de gran valor, pues el monje la había protegido hasta la muerte. Sin embargo, no se ha podido descifrar su mensaje, nada de lo que hay en él escrito parece tener sentido. Por sí solo este cilindro no es más que una hermosa reliquia, un bello amuleto... Pero ya no es único, ahora hay dos cilindros, y la leyenda toma forma.

—¿Has observado la inscripción de que te hablé?

—En efecto, Marsilio —contestó Lorenzo—. Magno Makedonío. Tal vez el secreto de Alejandro Magno no se fuera con él a la tumba...

Las últimas palabras de Lorenzo de Médicis se quedaron flotando sobre las cabezas de los reunidos, susurrando antes de desvanecerse en el aire lo que para ellos parecía evidente concluir y lo que para Giorgio era un misterio.

—¿Has considerado que podría tratarse de una falsificación? —intervino por primera vez el conde della Mirandola.

Lorenzo se revolvió en su asiento y recolocó sus pies hinchados. No se podría precisar qué era lo que le había incomodado más, si las molestias de la gota o las palabras del conde.

—Ambos podrían serlo. Pero ¿voy por eso a desdeñarlos sin más?, ¿voy acaso a desperdiciar la oportunidad de comprobar por mí mismo la verdad de estos cilindros y su leyenda? Sería un necio. Muchas veces me has oído decir, querido Pico, que la verdadera sabiduría consiste en esperar y aprovechar la ocasión. Cuarenta años lleva esperando este cilindro bajo la camisa de un Médicis; la ocasión se presenta ahora. Aunque tan sólo exista una mínima posibilidad de que estos cilindros guarden el gran secreto, por remota que sea, me veo obligado a contemplarla, pues, de ser cierta, nos hallaremos ante el mayor descubrimiento de todos los tiempos. Y si la Divina Providencia ha querido que estos cilindros acaben reunidos en la palma de la mano de un Médicis, será también un Médicis quien desentrañe sus misterios. Para eso, amigos míos, me gustaría contar con vuestra ayuda.

—Bien sabes, Lorenzo, que con ella cuentas —aseveró Marsilio Ficino, a lo que Pico della Mirandola asintió con total convencimiento.

Por la comisura de los labios de Lorenzo de Médicis asomó una ligera sonrisa de complacencia. Ciertamente estaba seguro de la lealtad de sus amigos.

—Deberéis trabajar en descifrar el mensaje de los cilindros. Una vez descifrado, si comprobamos que podrían ser los de Alejandro Magno, los destruiremos.

—¿Destruirlos? —quiso asegurarse el conde della Mirandola de que había oído bien.

—Destruirlos. Al estar juntos, el secreto ya no está seguro.

—Pero si los destruimos, el mensaje se habrá perdido para siempre. ¿Qué derecho nos asiste para eliminar un legado que pertenece a la humanidad? —objetó el joven conde.

—No seas obstinado, Giovanni. Una vez más te dejas dominar por el ímpetu y la irreflexión. Yo no he hablado de destruir el mensaje, he hablado de destruir los cilindros. En cuanto al mensaje, hemos de pensar en cómo volver a codificarlo de una forma tanto o más segura como la que en su día ideó Alejandro.

Después de que Lorenzo hablara, se hizo un silencio incómodo, el que sucede al planteamiento de un problema para el que no hay prevista una solución.

Hasta entonces, Giorgio había observado sin comprender el debatir de aquellos personajes como un espectador ajeno a la obra que representaban: hablaban en lenguaje críptico de secretos y leyendas que parecían conocer sobradamente y que a él se le escapaban. Sin embargo, si aquellos cilindros habían alterado el ánimo del mismo Lorenzo de Médicis, estaba claro que no se trataba de una locura ni de una fantasía del viejo Ambrosius, y Giorgio se moría de curiosidad por conocer el gran secreto. De modo que decidió armarse de valor para romper la barrera de discreción tras la que se había parapetado y saltar a la palestra:

—Disculpad, mi señor...

Los tres hombres clavaron en él sus ojos como si hubieran olvidado que otra persona más les acompañaba. Giorgio notó que le volvían a temblar las piernas.

—Descuida, Giorgio da Castelfranco, no me he olvidado de ti. El fraile Ambrosius y tú recibiréis un precio justo por el cilindro y por vuestra confianza...

—No, mi señor, no me malinterpretéis. No iba a hablaros de eso...

Lorenzo alzó una ceja para mirarlo.

—Si me lo permitís, mi señor, aunque desconozco la naturaleza y el contenido del secreto al que os referís, creo que sé de una forma en la que podría ocultarse ese mensaje.

—Habla, muchacho —invitó el príncipe—. ¿Qué forma es esa?

Y Giorgio comenzó a explicar, creyendo, como creía Lorenzo, que las palabras pronunciadas en esa sala, allí mismo se quedaban. Ninguno se detuvo a pensar entonces que las palabras a veces se escapan por las rendijas más insospechadas. Y vuelan.

De aquel encuentro hacía casi un año. Un año durante el que Giorgio se había instalado en la Villa Careggi y había trabajado junto con Marsilio Ficino y Pico della Mirandola en la traducción del mensaje de los cilindros y en su recodificación.

Los recuerdos del joven dejaron de fluir y frente a él volvió a materializarse el cuadro inacabado. Lo bajó del caballete, liberó el lienzo del bastidor, lo enrolló cuidadosamente y lo guardó en un estuche de cuero para preservarlo durante el viaje. Sintió entonces, por primera vez, la tristeza que le producía abandonar aquel lugar. Pero al tiempo se reafirmó en que lo más sensato era regresar a Venecia. Sólo al pater Ficino y al conde Pico les dejaría noticia de su paradero y cuando su trabajo estuviera terminado volvería a reunirse con ellos.

Tal vez el secreto de los cilindros le había costado la vida a Lorenzo de Médicis... Quizá todos los que como él conocían el secreto estaban amenazados... «No cargues tus hombros con un peso que jamás podrían soportar.» Tenía que haber escuchado las sabias palabras de fra Ambrosius; ahora, ya era demasiado tarde para él. Ahora, no le quedaba otra opción que colgarse el lienzo en sus hombros débiles y arrastrar esa carga por un camino de sombras, arrastrarla hasta el final de sus días.

Bosque de Ketrzyn, Prusia del Este,

23 de agosto de 1941

Adolf Hitler cerró la puerta detrás de la última persona con la que había despachado aquella tarde, se pasó la mano por el flequillo más por manía que por adecentarlo y apagó la lámpara del techo. El cubículo espartano y funcional que hacía las veces de despacho quedó iluminado tenuemente por las luces indirectas y al Führer se le hizo incluso acogedor. Se encaminó al asiento de detrás de la mesa y notó entonces un molesto zumbido en los oídos; de un manotazo, aplastó un mosquito que volaba junto a su cara. Si no fuera por aquellos bichos asquerosos, Wolfsschanze, la Guarida del Lobo, sería un lugar casi encantador. Pero como el refugio se ocultaba en un bosque tupido y oscuro, con el atardecer de los días calurosos los mosquitos surgían en manada y acechaban al Führer sin que ninguna de las excepcionales e inquebrantables medidas de seguridad que le protegían pudiera hacer nada por evitar que lo devorasen. Hitler no les tenía tanto respeto a los aviones de la RAF como a aquellos chupasangres insaciables.

El Führer se había trasladado a Wolfsschanze hacía apenas unas semanas, coincidiendo con el inicio de la invasión de la Unión Soviética, a la que habían denominado Operación Barbarrosa. Wolfsschanze resultaba extremadamente seguro, por la propia orografía del emplazamiento en el que se hallaba y por estar fortificado; además, se encontraba muy cerca de la frontera con la Unión Soviética, lo que lo convertía en el centro de mando ideal para dirigir aquella operación que pondría definitivamente a los comunistas bajo las botas del Tercer Reich. Una vez exterminados los judíos, los masones y los bolcheviques, una vez acallados y sometidos los gobiernos capitalistas del oeste, Adolf Hitler regiría los destinos de un mundo a su medida... Y si el informe que le había llegado aquella mañana de Berlín contenía lo que él esperaba, tal vez su suerte se materializase antes de lo previsto.

Cuando ya nada le zumbaba alrededor, Hitler detuvo la mirada en la única carpeta del día que le quedaba por despachar, la que había dejado para el final como una copa de buen coñac que culmina una gran comida. Se acomodó en su asiento, apoyó los pies sobre la mesa, se aflojó la corbata y abrió el archivo remitido desde las oficinas centrales del Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg en Berlín. No se trataba de un archivo demasiado extenso, sólo contenía tres páginas: un informe del experto que había realizado la investigación y una carta.

Decidió comenzar por la misiva. Los investigadores del Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg la habían encontrado en Creta en la biblioteca privada de una familia judía, escondida entre las páginas de un viejo diario. El original, escrito en latín, venía acompañado de una copia traducida al alemán. Se trataba de un valioso documento histórico del siglo XV cuya autoría correspondía al conde Giovanni Pico della Mirandola, quien se dirigía a su maestro y amigo, el filósofo judío Elijah Delmédigo, en respuesta a otra misiva que éste le había enviado con anterioridad. Hitler comenzó a leer: «Villa Careggi, Florencia, 15 de noviembre de 1492».

Una sonrisa cruzó el semblante del Führer a medida que avanzaba en la lectura de la carta, una mueca casi inconsciente, muestra de una satisfacción difícil de contener. Una vez que hubo terminado de leerla, no titubeó al levantar el auricular del teléfono y pedir una conferencia con Berlín: era necesario convocar al camarada Heinrich Himmler a Wolfsschanze para mantener una reunión de alto secreto lo antes posible.

La carta de un nazi

La carta de un nazi

Mientras Konrad se concentraba en la pantalla del iPhone para responder un e-mail, me incorporé sobre la mesa para admirar con auténtico deleite la obra de arte que acababan de exponerme frente a los ojos: el manejo de los colores y la texturas, los volúmenes, la proporción que reinaba en todo el conjunto y la forma en que la luz se reflejaba en cada una de las superficies en un juego aparentemente casual de mates y brillos.

Pero sobre todo, el olor... Mmm, ese increíble aroma a chocolate de la mejor calidad. Un olor que activaba la parte más sensual de mi cerebro. Yo soy de letras y ni remotamente sabría el nombre exacto de esa parte de la anatomía, sólo sé que la fragancia del chocolate me excita de una forma realmente poderosa. Fondant de cacao de Java al setenta por ciento y helado de cardamomo... Nada, absolutamente nada en el mundo podría igualarse a aquel postre. No importaba que Rafa, el chef, se esmerase por variar cada temporada la carta de Aroma, el restaurante gastronómico más in de Madrid, yo siempre pedía el mismo postre.

—¿Es que no piensas probarlo?

Sin levantar la vista del plato, contesté:

—Ya estoy haciéndolo. No cuestiones mi ritual. El disfrute de este postre comienza con los estímulos visuales y olfativos. Tú nunca podrías entenderlo —concluí con arrogancia.

Efectivamente, Konrad era víctima de una maldición. La de poder prescindir del postre. De hecho, acostumbraba a terminar las comidas con vino tinto. Se bebía pausadamente una copa de gran reserva mientras yo me manchaba las comisuras de los labios con cualquier cosa que fuera dulce.

—Pues sería deseable que hoy abreviases tu ritual. Quiero que veas algo y no me gustaría que lo manchases de chocolate, meine Süße.

Süße, dulzura, así me llamaba Konrad y no era difícil adivinar por qué.

Era cierto que me había avisado a primera hora de que aquella sería una cena de negocios. Habíamos hablado por teléfono muy temprano mientras él esperaba en Múnich a subir al avión que le traería a Madrid. Y, como todos los viernes, habíamos quedado para cenar; Konrad había llamado a Alberto, el jefe de sala del Aroma, para que le reservase su mesa, esa que estaba en la esquina más apartada e íntima del restaurante. Nada fuera de lo habitual, salvo por lo de la cena «de negocios». Por supuesto, pensé que bromeaba: era alemán y tenía un sentido del humor muy particular.

No tardé mucho en dar buena cuenta del postre y, cuando aún saboreaba su recuerdo en el fondo del paladar, trajeron el café y la bandeja de petits fours.

—¿Qué haces, Ana?

—Guardo unos pocos para Teo. Ya sabes que se muere por los petit fours de aquí.

—Pero, meine Süße, ¡no hace falta que te los guardes en el bolso como si los estuvieras robando! Le pediré a Alberto que te prepare unos pocos para llevar. Anda, deja eso. Para ya de comer y límpiate bien las manos.

Hice lo que Konrad me ordenaba aunque me sentaba fatal que en ocasiones me tratase como a una niña pequeña. Era cierto que me sacaba casi veinte años, pero eso no justificaba su paternalismo: si era lo suficientemente adulta para ser su pareja, también lo era para todo lo demás. O, al menos, eso creía yo.

—Échale un vistazo a esto —me pidió mientras rebuscaba en el bolsillo interior de la chaqueta.

Konrad me alargó un pliego de papel. Enseguida me di cuenta de que era viejo: estaba amarillento y desgastado por los bordes y había sido plegado y desplegado tantas veces que corría el riesgo de rasgarse por los pliegues, como un mapa muy usado. Pasé los ojos por encima y comprobé que era una carta manuscrita.

—Konrad, cariño, está en alemán.

—Bueno, tú lees algo de alemán.

—No después de un cóctel y media botella de vino. ¡Oh, por el amor de Dios!, dime lo que pone y abreviamos.

—Vamos, no seas perezosa. Yo la leo contigo.

Accedí a regañadientes, entre otras cosas porque sabía que resultaba agotador e inútil discutir con él. Dejé la carta cuidadosamente sobre la mesa, justo en medio de los dos. Sobre el mantel blanquísimo parecía aún más vieja y amarillenta.

Wewelsburg,
2 de diciembre de 1941

Querida Elsie:

Espero que cuando recibas esta carta tanto tú como la pequeña Astrid os encontréis bien.

Lamentablemente no podré volver a casa después de mi viaje a Italia, como te había prometido. Los acontecimientos se han precipitado en los últimos días y las exigencias de la nueva misión no me lo van a permitir. Aunque espero tomarme unos días de permiso durante las fiestas de Navidad y estar junto a ti para cuando nuestro bebé venga al mundo.

Tras mis investigaciones en Italia sobre El Astrólogo de Giorgione, el Reichsführer Himmler ha insistido en que me incorpore cuanto antes a mi nuevo destino en las oficinas del Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg en París. Previamente, deberé viajar a Berlín para mantener una entrevista con Hitler, pues desea que le informe personalmente sobre el desarrollo de la misión. Una vez más, espero no defraudar la confianza que nuestro Führer ha depositado en mí.

Mañana por la mañana recibiré oficialmente el despacho de Sturmbannführer de manos de Himmler. Me haría muy feliz que estuvieras aquí durante el acto de entrega y la recepción que se celebrará después, pero entiendo que en tu estado no debes viajar. Te aseguro que en todo momento estarás en mis pensamientos, querida Elsie, como de costumbre, especialmente en los momentos más importantes de mi vida.

En cuanto me haya instalado en París, trataré de telefonearte para escuchar tu dulce voz. Entretanto, recuerda que te quiero y que te echo de menos. También a la pequeña Astrid. Dale muchos besos y abrazos de mi parte y dile que es mi niña preciosa. Cuidaos mucho las dos y cuida también al bebé, añoro poner mi mano sobre tu vientre y sentir sus patadas.

Con todo mi amor,

GEORG

P.S.: Por favor, prepara una maleta con algo de ropa y los uniformes que dejé en casa. Pasarán a recogerla para hacérmela llegar a mi nuevo destino.

Aunque había finalizado la lectura, me quedé contemplando la carta durante un instante. Me sentía incómoda, como si hubiera usurpado un momento de la intimidad de dos personas, como si me hubiera colado en el dormitorio de un matrimonio y hubiera escuchado a escondidas sus confesiones.

—¿Y bien? —Konrad me devolvió al presente.

—¿De dónde la has sacado?

Konrad sonrió con picardía.

—Bueno, tengo mis fuentes. Algunas personas que rebuscan en mercadillos, desvanes y anticuarios o que pujan por mí en las subastas de cosas raras. Ya sabes que soy un coleccionista compulsivo.

Sí, lo sabía. Konrad era un auténtico maníaco del arte y las antigüedades que, además, podía permitirse el vicio, extremadamente costoso, de coleccionarlas. De hecho, poseía una de las mejores colecciones de arte de Europa, especialmente de pintura. Por no hablar de que el arte era, probablemente, lo que nos había unido.

Mi vista regresó a la misiva: la carta de un nazi; el papel que un día habían tocado sus manos y las palabras de tinta escritas bajo el mandato de su mente de nazi. Me resultaba espeluznante.

—Es la carta de un nazi —fue mi primer veredicto, aunque sabía que no era el que Konrad esperaba.

—Sí que lo es.

—¿Qué significa Sturmbannführer?

—Mayor. Sería el equivalente a comandante según el rango del ejército español. Comandante de las SS.

—¡Vaya! Nazi y además SS. ¡Menuda joya!

—Sé a lo que te refieres y sí, es probable que fuera un fanático, un criminal y un asesino de judíos. La mayoría lo era y la idea que la imaginería moderna nos transmite es que lo eran todos: el cine, la televisión, la literatura... los han demonizado. Pero las SS eran una organización mucho más compleja que todo eso.

—¿Estás tratando de justificarlos?

—No tendría argumentos. Sólo quiero hacerte ver que el hecho de que fuera miembro de las SS no le convierte automáticamente en un criminal. Por ejemplo, las Waffen-SS eran la organización militar: un ejército, soldados, con todas las virtudes y todos los defectos que el término acarrea. Hubo soldados brutales y criminales y los hubo que simplemente defendieron su país con honor; como en cualquier ejército. Durante los juicios de Núremberg la mayoría de los oficiales de las tropas regulares de las Waffen-SS fueron exculpados de cualquier cargo criminal gracias al testimonio de los que habían sido sus enemigos en el campo de batalla.

Semejante defensa me llevó a recordar que, después de todo, Konrad era alemán y que sus dos abuelos habían luchado en la Segunda Guerra Mundial. Su postura podía ser discutible, pero sin duda resultaba comprensible.

—¿Y qué sería nuestro amigo Georg? ¿Un nazi bueno o un nazi malo? A la vista de esta carta, parece tener sentimientos humanos...

Konrad se reclinó en su asiento y suspiró profundamente.

—¡Oh, vamos, Ana! ¿Cuándo vas a reconocer que lo que más te ha llamado la atención es la mención al cuadro de Giorgione?

—Puede ser. —Me divertía seguir chinchándole.

—De acuerdo. En vista de que a ti se te ha subido el fondant de chocolate a la cabeza, seré yo el que me ponga serio.

Y si algo sabía hacer bien Konrad, era ponerse serio. Así que empecé a pensar que aquella invitación a cenar no era la misma de todos los viernes, sino efectivamente una cena de negocios.

—Tú eres la experta en Giorgione y sabes mejor que yo que no existe catálogo en el mundo que mencione un cuadro de Giorgione que se llame El Astrólogo.

Tenía razón en que era una experta en Giorgione. La tesis doctoral de mi carrera de Historia del Arte llevaba por título: «Giorgio da Castelfranco, el pintor oscuro del Renacimiento».

—Sí, pero también sé que el catálogo de Giorgione es probablemente uno de los que más varían de todo el panorama pictórico. Lo que ayer no era un Giorgione porque se lo tenía por un Tiziano o porque simplemente no pertenecía a ningún pintor de renombre, hoy es un Giorgione. Todo a causa de su manía por no firmar prácticamente ninguna de sus obras. No se podía imaginar la de trabajo que iba a darnos a las generaciones futuras.

—Entonces nos hallaríamos ante el posible descubrimiento de un nuevo Giorgione para el mundo del arte, ¿te das cuenta de lo que eso significa?

Permanecí un tanto escéptica ante el entusiasmo de Konrad. La práctica profesional me había enseñado que en un principio se debe desconfiar de cualquier documento que prometa un gran hallazgo para la humanidad.

—Quizá se trate de un cuadro de Giorgione ya catalogado al que nuestro amigo Georg da otro nombre. Sucede con frecuencia: Los tres filósofos o Los Reyes Magos, La Venus dormida o La Venus de Dresde... Casi ningún cuadro tiene un solo nombre. Es más —me asaltó un recuerdo repentino—, si hago memoria, existe un cuadro llamado El reloj de arena, conocido también como El Astrólogo, que durante un tiempo se atribuyó a Giorgione pero que hoy en día la mayoría de los expertos cree que no le pertenece.

Konrad se quedó observándome durante unos segundos. Parecía estar meditando sobre las razones por las cuales se había equivocado, y por qué aquella carta, que pensó que me entusiasmaría, me había dejado indiferente.

—Dime que estás haciendo de abogado del diablo —concluyó.

Para mi sorpresa, y a pesar de que Konrad era la antítesis de cualquier cosa que inspirara la más mínima pena, me mereció compasión por un breve instante. Se mostraba verdaderamente desilusionado.

—Lo siento, cielo —me disculpé, acariciándole la mejilla—. Lo cierto es que el mundo del arte está repleto de blufs, de grandes descubrimientos que se quedan en nada. Estoy harta de verlo cada día.

Entonces aprisionó con su mano la mía en su mejilla.

—Y aun así... ¿no crees que merece la pena intentarlo?

Miré la carta otra vez.

—Pero esta información es insuficiente, Konrad. Lo único que sabemos de este hombre es que se llamaba Georg. ¡Habría miles de nazis llamados Georg!

Como si estuviese preparado de antemano para mi objeción, contraatacó mostrándome un sobre y su remite.

—Se llamaba Georg von Bergheim, SS-Sturmbannführer Georg von Bergheim. Ya tienes a alguien con nombre y apellidos.

Me di por vencida con un suspiro.

—Piénsalo bien, meine Süße, ¿por qué iba a poner Hitler tanto interés en un cuadro en concreto cuando tenía a toda una organización expoliando las mayores obras de arte de toda Europa?

Una chica corriente

Una chica corriente

En tan sólo cuatro años mi vida había dado un giro de ciento ochenta grados. Se podía decir que de Cenicienta había pasado a princesa o, siendo menos poética, que de nave industrial me había reconvertido en local de moda. El culpable de semejante transformación en mí no era otro que Konrad.

Konrad Köller era probablemente uno de los hombres más ricos de Europa. La prensa lo definía como empresario alemán, una forma muy vaga de catalogar a alguien que en realidad no se sabe muy bien a qué se dedica porque se dedica prácticamente a todo: telecomunicaciones, transporte, construcción, turismo, banca, farmacia... Otro tipo de prensa menos seria solía definirlo más bien por lo que tenía que por lo que era: los coches que conducía, de esos que uno vuelve la cabeza para mirar cuando pasan; las casas maravillosas, allí donde todo el mundo querría tener una parecida; el avión privado, el yate, las colecciones de arte y, cómo no, las mujeres. En sus más de cincuenta años de vida, Konrad había mantenido relaciones con una larga lista de mujeres que, hasta el momento, cerraba yo. Y, a sus más de cincuenta años de vida, rompía la mayoría de los tópicos que correspondían a su edad: soltero, atlético, atractivo e incansable como un veinteañero, incluso más que muchos veinteañeros que yo había conocido. Y todo ello tenía que agradecérselo a una genética privilegiada, pero también a un entrenador personal y un asesor de imagen que cuidaban de que su dieta fuera sana, su ejercicio adecuado y su vestuario impecable.

Teniendo en cuenta las circunstancias, que yo fuera la pareja de Konrad desde hacía cuatro años era para mí un misterio, y, para la mayoría, casi un suceso paranormal. Porque lo cierto es que yo era una chica corriente.

Empezando por mi nombre: Ana García. Al menos, hasta que mi madre, francesa y con un millón de pájaros en la cabeza, decidiera que sus hijas juntaran sus dos apellidos en uno compuesto, porque García-Brest resultaba mucho más chic y charmant.

Mi aspecto también era corriente: ni muy alta ni muy baja, ni muy gorda ni muy delgada, ni muy guapa ni muy fea. Hasta que Konrad entró en mi vida, yo era de esas mujeres que no tienen ningún problema en salir a la calle sin maquillar, que no se preocupan por el aspecto de su pelo —lo ataba en una coleta y asunto arreglado—, que no tienen especial interés por la moda —me ponía cualquier cosa sin arriesgar demasiado para no ir disfrazada— y que kilo arriba, kilo abajo tampoco les quita el sueño porque el placer de la comida es irrenunciable. Hasta que Konrad entró en mi vida... A partir de entonces, no volví a salir a la calle con la cara lavada porque eso a él le parecía descuidado; llevaba un corte de pelo a capas con mucho estilo y unas mechas en tres tonos que cada dos meses retocaba el peluquero que él había escogido; me vestía de firma en cualquiera de las boutiques de la Milla de Oro de Madrid, siempre asesorada por su exquisito gusto, y cuidaba mi peso para no tener que escucharle decir: «Meine Süße, tienes un tipo precioso. No lo estropees por comerte un bombón de más».

Mi inteligencia, formación y profesión también eran corrientes. Estudié Historia del Arte porque mi familia paterna siempre ha estado vinculada al mundillo: mi abuelo era pintor y mi padre es marchante y galerista. Después, como no tenía muy claro a qué dedicarme, hice el doctorado. Una vez acabado, de lo único que estaba segura era de que lo que mejor sabía hacer era estudiar, así que preparé la oposición al Cuerpo Facultativo de Conservadores de Museos Estatales. La saqué a los cuatro años y empecé a trabajar en el Museo Nacional de Cerámica y Artes Suntuarias Gonzalo Martí de Valencia, a la espera de una plaza en Madrid. Eso, hasta que Konrad entró en mi vida... Desde entonces, trabajaba en el departamento de comunicación del Museo Nacional del Prado. Ya no estaba todo el día rodeada de cerámica y arte suntuaria que custodiar y conservar, sino de japoneses, americanos, chinos, o cualesquiera otras nacionalidades a los que tenía que sonreír mucho y dorar la píldora. Ya no iba vestida con vaqueros rotos, camisetas anchas y zapatillas, sino con trajes de chaqueta impecables y altísimos zapatos de tacón.

Incluso mi coche era corriente. Un Renault Clio granate que había sido de mi madre y que mi padre me regaló cuando terminé la carrera. Hasta que Konrad entró en mi vida... y por mi cumpleaños me regaló un descapotable, un Mercedes SLK.

Konrad había cambiado muchas cosas en mí. Me había sacado brillo, como a una vieja cuchara de plata olvidada al fondo del cajón. Había colocado mi nombre sobre papel cuché y en la punta de muchas lenguas envidiosas. Me había convencido de que yo tenía algo especial que no podía desperdiciar en los sótanos de un viejo museo ni esconder bajo capas de ropa ancha y trasnochada. Me había dado un empujoncito hacia el lado luminoso de la vida y por allí me llevaba de la mano mientras acariciaba mis oídos con cientos de palabras bonitas. Y yo le quería, le quería como nunca había querido a nadie, como una obra admirada por todos debería adorar a su artista, a aquel que le ha dado forma con suaves caricias e incluso, a veces, a golpes de cincel.

Lo único que Konrad no había cambiado era mi casa. Tampoco era gran cosa, pero me había resistido a abandonarla con determinación numantina y, hasta entonces, lo había conseguido, incluso a pesar de que él había insistido hasta hartarse durante los dos primeros años de nuestra relación para que me mudase a su exclusivo ático de doscientos metros con piscina privada en la calle Velázquez. Konrad no podía comprender que yo prefiriese mi buhardilla minúscula, con una terraza que más que terraza parecía una maceta grande, a la que se accedía en condiciones verdaderamente penosas tras una épica escalada por unas escaleras de madera desgastada y quejosa de un edificio antiguo y sin ascensor de la muy castiza plaza de Chamberí. Pero es que mi buhardilla significaba mucho más que eso. Era un símbolo de mí misma, lo poco que quedaba de mi auténtica esencia; se veía desaliñada y bohemia como mi espíritu; en definitiva, era el lugar donde, una vez cerrada la puerta, podía volver a ser yo. Además de las muchas connotaciones sentimentales que tenía para mí, pues había sido el estudio de mi abuelo, el pintor, y él me lo había dejado al morir. Por eso, alguna tarde de las que me quedaba leyendo junto a la ventana, el simple hecho de mirar el suelo me recordaba la cantidad de veces que sobre esa misma tarima color miel había emborronado de niña cientos de cuartillas y había terminado por mancharme los dedos de pintura bajo la mirada tierna de mi abuelo; que en la mesa de la cocina habíamos merendado juntos chocolate con churros, y que en la terraza habíamos dibujado las constelaciones sobre el cielo las noches de verano y luna nueva.

Aquella noche también era de verano, de finales de verano, y luna nueva. Y como muchas otras noches estaba cenando en casa de Teo y Antonio, mis vecinos. Era raro el día que no acababa recalando allí, principalmente por dos motivos: su terraza era más grande y su cena muchísimo más buena que la mía, porque Antonio, que era de Getxo, cocinaba como los ángeles —como los ángeles vascos, que estoy segura de que para la cocina pertenecen a una categoría aparte—. Ensalada de brotes con pato, chipirones en su tinta y suflé de manzana era lo que Teo y Antonio servían para cenar cualquier día sin necesidad de estar celebrando nada.

Teo era además uno de mis mejores amigos, quizá el mejor. Lo éramos desde la facultad y gracias a mí había conocido a Antonio, cuando éste compró la casa que lindaba puerta con puerta con la mía. Lo suyo había sido un flechazo. «Mira, cari, el flechazo es algo muy maricón —me había ilustrado Teo—. Aunque hacemos mucho ruido, somos pocos y no podemos andarnos con remilgos: lo ves y te lo tiras, punto.» Desde luego que con Teo no podía haber remilgos; era el prototipo de homosexual que las mujeres lamentamos como una pérdida terrible para el género. Resumiendo, era una sensibilidad femenina empaquetada en el cuerpo de Hugh Jackman. «Mi vida sería mucho más sencilla si tú no fueras gay y te hubieras casado conmigo», solía llorar yo sobre el hombro de mi amigo.

El caso de Antonio era diferente. «Yo soy un pedazo de maricona, pero Toni es de esos gays que no te ves venir», en palabras de Teo. Además de ser de Getxo, Antonio tenía un empleo muy hetero de ingeniero jefe de obras públicas, y con su barriga, su casco amarillo y su barba nadie hubiera dicho que le iban los hombres para algo más que para ver el fútbol, tomar cervezas y decir guarradas a las tías desde el andamio. De hecho, Teo y Antonio juntos hacían una pareja pintoresca: simbolizaban el dicho de «la suerte de la fea la guapa la desea», en versión gay.

El caso es que los tres habíamos hecho del sexto piso una especie de comuna: un lugar de puertas abiertas, zonas compartidas y cocina única, la de Antonio.

—Yo me voy a la cama, estoy muerto —anunció Antonio bostezando, poco después de que hubiéramos terminado la cena.

—Eres un sieso, Toni. ¡Es sábado! Quédate un poco más. Con otro limoncello te espabilas fijo —le animó Teo.

Haciendo caso omiso, Toni se puso en pie, le dio un pico en los labios a Teo y a mí un beso en la mejilla.

—Buenas noches, querida.

—La cena estaba deliciosa, Toni, como siempre.

—Gracias. Mañana más. No olvidéis meter las copas en el lavavajillas y ponerlo en marcha que si no, no cabe lo del desayuno. —Nos dejó instrucciones precisas al tiempo que abandonaba la terraza.

—Tienes costumbres de burgués —le picó Teo cuando se alejaba—. ¡Y te diré que te estás poniendo gordito! —Luego me susurró—: Eso le molesta mucho.

—Soy burgués y ya estoy gordo —le gritó el otro desde dentro—. Buenas noches, cariño.

—Pues no parece muy molesto.

—Se hace el duro. Ahora mismo está sobre la báscula y mañana se desayuna mis Special-K, te lo digo yo.

Le sonreí y me recliné en la tumbona. Aquella noche también se hubieran podido dibujar las constelaciones. Era una noche preciosa, fresca y tranquila. Apenas se oía el rumor lejano del tráfico nocturno y toda la terraza se veía envuelta en el aroma a tierra mojada de las jardineras recién regadas y el perfume de las hierbas que Antonio tenía plantadas en una esquina: albahaca, romero, menta...

Teo me tiró una manta finita.

—Toma, cari, que ahora con la humedad se nota un repelete...

Me envolví un poco las piernas y de nuevo me mojé los labios con la copita de limoncello.

—¿Cuándo vuelve Konrad? —me preguntó.

—Hasta el viernes que viene, nada. Cuando va a Hong-Kong se queda varios días para aprovechar el viaje.

—¿Y ya has pensado lo que vas a hacer?

—No estoy segura. Por un lado, me pica la curiosidad, por otro, me parece una pérdida de tiempo. Pretender encontrar un cuadro, que además la historia dice que no existe, partiendo de una carta de hace setenta años es como buscar una aguja en un pajar.

—A mí me parece divertido. Como una búsqueda del tesoro o algo así, ¿no?

—La realidad nunca es tan romántica, Teo. Los grandes descubrimientos ocurren después de tirarse años encerrado en un archivo polvoriento y desordenado, de perder las amistades y de sufrir intolerancia a la luz del sol como los vampiros de Crepúsculo. Así, o por casualidad.

—Bueno, tal vez la casualidad llame a tu puerta: una carta misteriosa ha caído en tus manos... —anunció Teo sobreactuando.

—Por conformar a Konrad he empezado a mirar un poco en internet. Es tan escasa la información que da la carta que casi no sé ni qué meter en Google: Himmler, más de un millón de resultados; El Astrólogo de Giorgione, ninguno porque no existe; comandante de las SS Georg von Bergheim, así, todo junto, nada... Sólo puedo partir del Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg.

—¿Lo qué de qué?

—Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg o Instituto Rosenberg, una forma muy anodina de denominar la organización que se dedicó a expoliar el arte de los territorios ocupados por la Alemania nazi. Rosenberg era el nombre del gerifalte nazi que la había puesto en marcha y de quien dependía formalmente, aunque en la práctica, al menos en los territorios del oeste, dependía de Göring.

—Ése era el gordo, ¿a que sí? Siempre me acuerdo porque Göring-gordo, go-go..., ¡pegan!

Me reí de la ocurrencia de Teo y sus reglas mnemotécnicas.

—Sí, era el gordo. Y uno de los nazis más obsesionados por el arte. Quería erigir un gran museo en su mansión de Carinhall, donde llegó a reunir más de mil trescientos cuadros, además de esculturas, tapices, muebles, alfombras... Todo confiscado de colecciones privadas en los territorios ocupados.

—Entonces sería Göring quien se llevaría el cuadro ese. ¡Es sencillo, tía! —concluyó Teo simplificando.

—No. Suponiendo que el cuadro exista, por lo que se deduce de la carta, podría ser el propio Hitler quien hubiera ordenado a través de Himmler, otro de sus secuaces, que se buscase.

Teo se llevó una mano muy estilizada, como de bailarina balinesa, a la frente y me miró con ojos de vaca.

—Ahora sí que me he perdido, cari: ¿qué pinta Himmler en todo esto? Pero ¿ése no era el gafitas cabronazo de las SS que se cargó a todos los judíos y los gays?

—Básicamente, sí. Era el comandante en jefe de las SS.

—¿Y qué tiene que ver eso con lo tuyo?

—Pues no tengo ni idea. Ahí está el quid de la cuestión: todo lo que me ha pasado mi querido Konrad es una carta de un comandante nazi a su mujer con tres pistas mal dadas, y de ahí quiere que yo le haga el descubrimiento del siglo. Conclusión: que me he puesto a mirar en internet y que me lo sé todo sobre los nazis como para quedar de maravilla en una partida de Trivial, pero nada más. De algún modo tendría que hacerme con otros datos sobre ese comandante Von Bergheim.

—Pues, cari, ya te veo en el archivo guarro y asqueroso.

—Yo sólo he dicho polvoriento y desordenado, pero paso.

Quiero que vengas conmigo a París

Quiero que vengas conmigo a París

Instantes después de colgar una llamada de Konrad, busqué en la agenda de la BlackBerry el teléfono de Teo y pulsé la tecla verde. Apenas habría dejado sonar los primeros tonos de la canción de Kylie Minogue que tenía como melodía del móvil cuando descolgó.

—¿Dónde estás? —le pregunté antes de dejarle hablar.

—Pues créeme si te digo que no querrías saber qué parte del cuerpo me estoy depilando ahora mismo...

—No, no quiero saberlo. Escucha: quiero que vengas a París conmigo. No admito un no por respuesta.

—¿A París? Pero ¡tú estás lo...! —se oyó un grito al otro lado del teléfono—. ¡Co-ño! Ten cuidado, chato, que te estás acercando al cofre del tesoro... ¿Ana? Ana, cari... Mira, luego te llamo.

Y cortó la llamada sin que yo pudiera protestar.

Esa misma tarde me escapé un poco antes del museo porque estaba cansada y malhumorada. Encontré la casa vacía: ni Teo ni Toni habían llegado, y aquello empeoró aún más mi humor. Odiaba estar sola, es más, temía estar sola, la simple idea me asustaba, hacía que me sintiera vulnerable. Únicamente toleraba la soledad como un estado transitorio, una estación para cambiar de tren.

Me quité los zapatos y decidí saquear la nevera de mis vecinos: una botella de vino blanco que había quedado abierta de la cena anterior y una tarrina inmensa de helado Häagen-Dazs de vainilla con cookies. Estaba dispuesta a coger varios kilos de más con la intención, bastante pueril, de fastidiar a Konrad.

Puse un CD de jazz y salí a la terraza. Se notaba que el verano tocaba a su fin, ya no por las temperaturas, que seguían siendo altas para la época del año, pero sí por la luz: los días se acortaban. A las siete y media de la tarde la terraza se envolvía de una semipenumbra. Sin embargo, todavía se oía la algarabía de los críos jugando en el parque de abajo; aún no habían empezado las clases y apuraban sus últimos días de vacaciones.

Un ruido de llaves y cerradura me avisó de que Teo llegaba a casa tras su sesión de depilación. Sentí un alivio repentino. Oí que entraba en la terraza, pero no me volví para saludarle.

—Llegas tarde —espeté lacónicamente.

—He aprovechado para hacerme una limpieza de cutis y, luego, de cháchara con la de recepción, que me ha colocado tres cremas así como el que no quiere la cosa. Bueno, hola. —Me dio un beso que yo acepté de mala gana—. ¿A qué vienen esos morros, reina?

—No estoy de morros, estoy cansada...

Teo me miró con el ceño fruncido.

—¡Pues, tía, relájate! A ver, ¿qué es esto? —señaló la botella de vino y el helado.

—Vino.

—Lo sé, pero ¿cómo piensas bebértelo?

—A morro.

—No me seas vulgar, cari, que no te pega nada. Y ese helado... Dime que no era para acompañar el vino. ¡Qué guarrada!

Se llevó el Häagen-Dazs dentro de casa y volvió al rato con dos copas. Sirvió una generosa cantidad de vino blanco en cada una, encendió unas velitas aromáticas y me ordenó que me tumbara. Después se sentó a mi lado y colocó mis pies sobre sus rodillas.

—Lo que a ti te pasa, cielo, es que no sabes relajarte. Menos mal que estoy yo aquí para solucionar eso —declaró mientras me masajeaba los pies duramente maltratados por los zapatos de tacón.

Di un sorbo de vino blanco fresco y con sabor a fruta y al poco me descubrí gimiendo de gusto. La algarabía infantil del parque iba remitiendo y cediendo protagonismo a la música de Diana Krall, en tanto que la velita aromática empezaba a envolvernos con su fragancia de té verde.

—¿Me vas a contar a qué se debe el berrinche...? Ya luego hablaremos de lo de París —farfulló Teo según presionaba con fuerza mi arco plantar.

Yo volví a gemir por toda respuesta. Perezosa y mimosa como una gata en celo.

—Mmm... No quiero...

—Me da igual. Que te has creído que este masaje te va a salir gratis, guapa.

De mala gana, pero convencida de que no había otra salida, claudiqué:

—He discutido con Konrad...

Silencio y presión plantar.

—¡Es que no soporto cuando se pone alemán cabeza buque conmigo...! Pero sobre todo no soporto que se ponga condescendiente y me dé la razón como a los locos.

Más silencio y más presión plantar.

—Ya desde la comida de ayer en casa de mis padres lo noté tenso. Tú sabes lo nerviosos que acabamos todos después de esas comidas...

Teo asintió. Conocía de sobra el historial de tensiones que se generaban en esas circunstancias. Y Konrad no era el culpable, pero sí la causa.

En primer lugar, papá no toleraba que estuviéramos juntos. Konrad era su mejor cliente —de hecho, mi padre había sido nuestro nexo de unión—. Gracias a él, Konrad había descubierto a un pintor joven con sobrado talento a quien ayudaba como mecenas, por lo que valoraba mucho su punto de vista a la hora de adquirir pintura. Pero una cosa es que fuera su cliente y otra bien distinta que pudiera llegar a ser su yerno, o serlo en efecto. La diferencia de edad, de posición económica, su vida disoluta... Aquellos eran sólo algunos de los argumentos que manejaba en su contra.

Luego estaba mi madre, situada en el polo opuesto a mi padre en lo que a Konrad se refería. Ella lo adoraba. Para ella, representaba el culmen de todos los desvelos de una madre por conseguir lo mejor para sus hijas: años de esfuerzo cultivando las mejores amistades, escogiendo los ambientes más selectos y sacando lo mejor de nuestras habilidades femeninas y sociales habían conseguido su recompensa; una recompensa que en mí, que tenía toda la pinta de haberle salido rana, la había sorprendido de forma inesperada y gratificante. El problema era que mi madre —obviando el hecho de que Konrad pertenecía ya no a otra escala social, sino a otra dimensión— se desvivía por estar siempre a su altura, lo cual le generaba altas dosis de estrés y continuas frustraciones.

Capítulo aparte eran mi hermana, mi cuñado y mis sobrinos. Mi hermana respondía al prototipo de la Susanita de Mafalda: se había casado y había tenido hijitos, tres, para ser exactos, a cuyo cuidado dedicaba la mayor parte del tiempo. Además, tenía una ocupación que satisfacía sus pretensiones de mujer moderna y profesional según exigen los cánones a las nuevas generaciones. Al contrario que yo, había heredado el don de mi familia para la plástica y se dedicaba a pintar recordatorios para bodas, comuniones, bautizos, cuadritos para niños, invitaciones... Es decir, cualquier objeto susceptible de ser pintado y vendido por internet. En definitiva, mi hermana llevaba ese tipo de vida de madre abnegada y profesional liberal de la que todas las mujeres renegamos a los veinte, pero que añoramos a los cuarenta, cuando nos entran las prisas por tener un marido, hijos y un negocio en internet.

Mi cuñado era un tipo bastante gris: asesor financiero, ornitólogo aficionado, coleccionista de sellos y experto jugador de backgammon. Un plomo de hombre con una extraordinaria capacidad para generar apatía y aburrimiento a su alrededor.

No creo que Konrad tuviera nada que objetar contra ellos si los consideraba individualmente, pero como grupo familiar le resultaban exasperantes. Mi hermana solía apabullarle con su ajetreada vida de pediatras, actividades extraescolares y pedidos por internet. Mi cuñado le aburría como aburría a todo el mundo. Y mis sobrinos le pateaban la ropa de marca, le mordisqueaban el pan y le aturdían con cientos de canciones infantiles en un inglés horrible.

Con este panorama, las comidas del domingo en casa de mis padres resultaban un suplicio y me generaban un nudo en el estómago que tardaba días en deshacerse. Si Konrad y yo teníamos que pelearnos, seguro que lo haríamos en esos días.

Ni siquiera el ambiente de relajación casi zen que había conseguido crear Teo en la terraza fue suficiente para evitar que me crispara con sólo recordarlo.

—Está bien, cari, dale otro lingotazo al vino y empieza desde el principio —me sugirió.

Le hice caso y proseguí.

—Todo ha venido a cuento de la dichosa carta esa, que maldita la hora... Me ha preguntado si había hecho algo y le he dicho la verdad: que si no hay por dónde cogerla, que ni siquiera sé qué demonios he de investigar, que si internet, que si el Einsatzstab y que si la madre de Tarzán. Entonces surge su vena de empresario con soluciones para todo y me suelta que por qué no me entero de quién está al cargo de los archivos del Einsatzstab en París, que seguro que tiene que existir un encargado, que le envíe un e-mail y le pregunte. «De acuerdo, Konrad», le respondo, «yo le mando un e-mail y le pregunto, pero qué demonios le pregunto, porque como no quieres que nadie sepa que estamos buscando ese dichoso cuadro...»

—¿Y por qué no quiere que nadie lo sepa, mira tú?

—No me preguntes: paranoias de Konrad. Está convencido de que nos hallamos ante el descubrimiento del siglo y no quiere que nadie se lo pise. Total, que me dice que me invente cualquier excusa para acceder al archivo. Yo le respondo que si es tan sencillo, que por qué no lo hace él mismo o una de sus múltiples secretarias. Y ahí es cuando se pone condescendiente y me dice que vale, que tengo razón, que debe de ser una cosa complicadísima. Discusión zanjada y morros para tres semanas, que me lo conozco.

—Ya.

—«Lo que yo no entiendo es por qué tienes tanto empeño en que me encargue yo de esto», le digo. «Te ha entrado una fijación con la cartita...» Y me responde que lo que él no entiende es por qué tengo tanto apego a la rutina ni por qué me da miedo arriesgar, hacer locuras y no sé qué otras chorradas más. ¡Hay que joderse! ¡Si desde que le conozco mi vida es un puto caos! ¡Qué rutina ni qué cojones!

—Tranqui, cielo, que te voy a tener que dar un Valium y con el vino te vas a quedar KO. Bebe otra vez y límpiate esa lengua, ¡malhablada!

—Ay, Teo, que me voy a coger una...

En ese momento, sonó la puerta de la calle y al rato apareció Antonio en la terraza.

—Hola, pareja.

—Hola, cariño, llegas tarde...

—Es que me he pasado por el mercado y he comprado una merlucita para la cena...

—Pues dame un beso, merluzo. Y otro a la niña, que está mustia.

Volví a adoptar la pose de gatita mimosa y dejé que Toni me besara en la frente.

—Ha discutido con el kartoffel —habló mi representante.

—Ohhh, ¿una pelea de enamorados? ¡Qué tierno!

—No tiene gracia, Toni —le increpé.

—Anda, cielo, sácate una copita y así me ayudas a consolarla y a bebernos el vino antes de que se nos moñe.

—No, me voy a preparar la cena. Ya verás con qué platillos tan ricos te quito yo las penas, querida. Luego me lo contáis todo.

Así fue. Al rato, disfrutábamos de una merluza a la bilbaína verdaderamente exquisita que consiguió templar un poco mi contrariedad.

—Entonces, le colgaste toda desairada y ¿qué hiciste luego? —me preguntó Teo al hilo de nuestra conversación, sin levantar la vista de la cuidadosa circunferencia que trazaba con un trozo de pan en la balsa de aceite, ajo y perejil que había sobre la fuente de la merluza.

—Pues te llamé, dispuesta a irme a París mañana mismo...

—Vamos, que los simples mortales nos mandamos a hacer puñetas, pero como tu novio es muchimillonario te manda a París. ¡Eso es nivel, cari!

Toni dedicó una risilla a la ocurrencia de su pareja.

—Calla —le corté—. Estaba tan cabreada que me iba a largar a cualquier sitio con tal de demostrarle que para chula, yo. Pero, en fin, como tú me colgaste el teléfono, no me quedó más remedio que parame a pensar. Volví a internet y localicé a la persona de contacto de los archivos del Einsatzstab en Francia: un tal doctor Arnoux, quien es a su vez director del Departamento de Investigación de la delegación en Francia de la EFLA...

—Qué mal suena eso de EFLA, hija.

—European Foundation for Looted Art. ¿Te suena mejor así? El caso es que le he escrito un e-mail contándole que me interesaría consultar los archivos y que si podría hacerlo telemáticamente. No esperaba que me respondiese tan pronto, concretamente a los diez minutos, diciéndome que lamentaba mucho que todavía no fuera posible el acceso telemático pero que, en cualquier caso, estaría encantado de facilitarme personalmente toda la ayuda que pudiera necesitar en relación con mi consulta. Et voilà!

—Que sí, que muy majo el tío. Pero entonces, ¿te vas a París o no?

Suspiré, me tomé mi último bocado de merluza y medité un ratito mi respuesta para crear expectación.

—Pues no lo sé. En este momento no sé qué es lo que más le podría fastidiar a Konrad...

—A ver que yo me entere —intervino Toni, hasta ahora silencioso y concentrado en la comida—, ¿tú todo esto lo haces por fastidiar a Konrad o por complacerle? Es que debo de haberme perdido en algún momento del razonamiento...

En aquel instante se oyó el brip-brip de mi móvil. Sonó varias veces sin que yo le hiciese caso mientras Teo y Toni me miraban.

—Es Konrad. No pienso cogerlo si es lo que estáis esperando.

—¡Churri, ¿estás loca?! ¡Es rico! No se ignoran las llamadas de los ricos. ¡Trae p’acá!

Teo se abalanzó sobre el móvil y me lo arrebató antes de que tuviera tiempo de impedírselo.

—¡Teo! ¡No...!

Y descolgó.

—¿Hola...? ¿Konrad...? Sí, sí está aquí...

—¡Teo! —renegaba yo entre dientes mientras intentaba en vano recuperar el teléfono sorteando la barrera de su alta y ancha espalda.

—Te la paso. Sí... Pero escucha: está muy, muy dolida... No son formas...

—¡Teo, ya está bien!

Por fin se lo quité. Le di un empujón y le fulminé con la mirada antes de desaparecer en el interior de la casa.

Al otro lado de la línea, Konrad vociferaba intentando recuperar la conversación. Antes de contestarle, me senté en el suelo del salón, en una esquina oscura, con las rodillas apretadas contra el pecho y el teléfono muy pegado a la mejilla.

—¿Teo...? ¿Ana...? ¿Sigue alguien ahí...?

—Konrad...

Süße... Meine Süße, lo siento mucho... No he debido hablarte así. A veces me olvido de que tú no eres uno más de mis negocios... Te quiero, ¿lo sabes?

Pasados unos minutos regresaba a la terraza, abrazada al teléfono y con las mejillas sonrosadas.

—¿Qué? —Teo pidió una explicación.

—Que dentro de un rato voy a matarte por entrometido, pero ahora no...

—Te mueres de amor... ¡Ja! ¡Lo sé! ¡Se te nota en la cara que te mueres de amor!

No me molesté en contradecirle. Volví a mi silla con el teléfono aún junto al pecho. Toni comenzó a recoger los platos en silencio. Por lo general su presencia era amable y silenciosa; suplía palabras con sonrisas, suspiros, muecas... y las frases de Teo.

—Y ahora, dime, ¿a qué vas a invitarme por haberte ayudado a recuperar el amor y la alegría de vivir?

—A París.

Toni dejó momentáneamente de recoger y Teo perdió su elocuencia.

—No jodas. ¿Vuelves a quedarte conmigo?

—No, señor. Ahora hablo totalmente en serio. He acordado con Konrad que le dedicaría un par de días a este asunto: los que tarde en averiguar en París si la investigación tiene algún sentido. Después, ya veríamos. Así que viajo a París la semana que viene... y quiero que vengas conmigo —rogué con el tono de voz de una niña caprichosa.

—Bueeeeeno, me sacrificaré por ti y haré malabarismos con mi apretada agenda. Creo que tengo un par de reportajes, pero voy a ver si los cambio. ¿Tú qué dices, cariño? —Miró a Toni—. ¿Me dejas ir a París con la niña?

Toni se encogió de hombros, cargó una pila de platos y, antes de ir hacia la cocina, sonrió.

—Si luego vuelves...

Soy el doctor Alain Arnoux

Soy el doctor Alain Arnoux

Konrad era accionista mayoritario de KonKöl Properties, una inmobiliaria con una filosofía muy específica: rehabilitar edificios singulares en el centro de las grandes ciudades, convertirlos en complejos de apartamentos de alto standing y ofrecerlos para alquilar por semanas a un precio exorbitante. Por lo general era él mismo quien escogía esos edificios singulares y participaba activamente en el proyecto de rehabilitación y decoración, destinando buena parte de las obras de arte de su colección privada a adornar los interiores de los apartamentos. El edificio de París se llamaba L’École y había sido una escuela militar en tiempos de Napoleón Bonaparte. Con su elegante arquitectura neoclásica y su decoración minimalista para dar realce a las obras de nuevos talentos del arte, L’École era un lugar de referencia en el París más chic.

Teo y yo salimos del apartamento después de haber desayunado tranquilamente y, como la Universidad de la Sorbona no quedaba lejos, fuimos dando un paseo hasta allí, donde había concertado una cita con el doctor Arnoux a las once.

Yo había estado en París al menos una docena de veces y en muy diferentes ocasiones: con mis padres, de viaje de fin de curso, un verano como parada de Interrail... Incluso había vivido allí tres meses en una buhardilla del Barrio Latino, con un novio que tuve que era activista antisistema y que pretendía recrear una experiencia próxima al mayo del 68... Todo lo que hicimos fue ir a gritar con unas pancartas frente a la sede donde tenía lugar una cumbre de la Comunidad Económica Europea, el resto del tiempo llevábamos una vida bastante convencional y hasta burguesa.

Lo cierto es que no importa cuántas veces haya estado en París, es una ciudad que nunca deja de sorprenderme, pues en mis paseos siempre encuentro un rincón inexplorado, un lugar recóndito y lleno de encanto fuera de las rutas turísticas, un espacio en el que pararse a contemplar la belleza. De este modo, Teo y yo paseamos cogidos del brazo por París, deleitándonos con el aroma a chocolate al pasar delante de las bombonerías, escandalizándonos con los precios de algunos escaparates, emocionándonos con la simple visión de una fuente en un jardín oculto, o asombrándonos ante la belleza de la luz del sol a través de las vidrieras de una iglesia desconocida.

Llegamos cinco minutos antes a nuestra cita y tuvimos que esperar en la antesala de una serie de despachos del Departamento de Historia, en la planta F del edificio principal de la Sorbona.

Teo, con pose de diseñador de moda, las piernas cruzadas y un pie meneándose al vuelo, se dedicó a analizar mi atuendo:

—Americana azul marino, camisa blanca, vaqueros, mocasines Tod’s y ese llamativo pañuelo de seda de Hermès... Ni muy formal, ni muy poco: lo justo. Creo que vas perfecta para impresionar a un respetable catedrático. Remángate que se te vea la pulsera de Cartier...

—Es sólo un profesor. Pero puede que tengas razón, me he pasado demasiados años en la universidad como para perder la costumbre de querer impresionar al claustro. Por lo demás, prácticamente todo lo que llevo puesto es regalo de Konrad y ahora tú, con esa enumeración asquerosamente elitista de marcas que acabas de hacer, has conseguido que me sienta estúpida.

En aquel momento se abrió la puerta de uno de los despachos.

—¿Doctora García-Brest?

En cuanto vi lo que aparecía por la puerta no pude evitar pensar que el doctor Arnoux había escurrido el bulto y me había mandado a uno de sus becarios. Aquel hombre, sin ser un chaval, era bastante más joven de lo que yo esperaba. Vestía camisa azul claro de algodón sin cuello que estaba pidiendo a gritos un buen planchado, unos vaqueros desgastados y unas zapatillas Converse bastante usadas; en conjunto un atuendo que no encajaba con la larga lista de títulos académicos y profesionales que precedían a su nombre.

—Soy el doctor Alain Arnoux —anunció, tendiéndome la mano—. Encantado de conocerla. Usted es...

—Teo Díaz —se presentó el interpelado con un apretón de manos.

Entretanto, yo aproveché para deslizar disimuladamente el pañuelo de Hermès desde mi cuello al interior de mi bolso.

—Colabora conmigo en la investigación —añadí, porque tenía la sensación de que el doctor Arnoux se estaba preguntando «qué pinta éste aquí».

—Bien. Si quieren pasar a mi despacho, por favor.

El despacho del doctor Arnoux era un cubículo bastante impersonal o, al menos, más impersonal de lo que yo esperaba de un despacho situado en el precioso edificio de la Sorbona. Muchos libros, papeles y carpetas, un archivador, un mapamundi enmarcado y un par de carteles grapados a la pared que promocionaban eventos de la universidad. Sobre su mesa había un ordenador portátil, un bote de lápices, una rana de peluche y una planta moribunda. Ese era el despacho del doctor Arnoux, director del Departamento de Historia del Arte Contemporáneo de la Universidad de la Sorbona, director del Departamento de Investigación de la European Foundation for Looted Art en Francia y responsable del fondo documental del Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg del Ministerio de Asuntos Exteriores francés.

Aunque ya lo había hecho por e-mail, le volví a explicar el objeto de mi investigación y cómo creía que él podía ayudarme. Mientras, Teo permaneció callado, casi un milagro, pero sólo porque no se manejaba lo suficientemente bien con el francés.

—Como ya le adelanté en mi correo, doctor Arnoux, estoy escribiendo la biografía del SS-Sturmbannführer Georg von Bergheim, por encargo de un particular. —Efectivamente, ya le había mentido por escrito y volví a hacerlo en persona—. Sé que desde noviembre de 1941 este hombre estuvo destinado en el Einsatzstab Rosenberg en París, y me gustaría conocer más datos sobre su trabajo aquí.

En realidad, lo que quería era comprobar cuanto antes que, aun después de consultar los famosos archivos, toda aquella historia de El Astrólogo desembocaba en un callejón sin salida, y de esa forma poder volver a Madrid y recuperar mi rutina.

Me quedé más tranquila cuando observé que el doctor Arnoux sonreía, se mostraba amable y no parecía sospechar del cuento que acababa de contarle.

—Me suena ese nombre: Von Bergheim... Desde luego, si ha trabajado en el ERR —supe que se refería al Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg—, he tenido que encontrármelo en alguna ocasión. ¿Sabe qué tipo de trabajo realizaba: catalogación, inventario, administrativo, de seguridad...?

—Lo cierto es que no. Acabo de empezar la investigación y cuento con muy poca información sobre él.

—Verá, doctora García-Brest, el problema es que toda la documentación relativa al ERR está bastante dispersa entre diferentes archivos de Francia. Los principales fondos documentales se distribuyen entre los Archivos Nacionales y, sobre todo, el Centro de Documentación Judía Contemporánea del Memorial del Holocausto y la Dirección de Archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores. Yo sólo soy responsable de este último fondo, que tiene algún inconveniente para los investigadores. En primer lugar, la base de datos no es de acceso público. Además, en cumplimiento de las leyes que limitan el acceso a documentos relativos a la propiedad privada, la mayoría de ellos tampoco lo son...

—Entiendo. Pero no pretendo hacer una consulta indiscriminada de documentos. Lo único que necesito es acotar el período que Von Bergheim trabajó para el ERR y saber qué tipo de funciones desempeñaba. He pensado que quizá entre los archivos que se conservan exista un registro de personal en el que sea fácil encontrar ese tipo de información. Ahora bien, no sé si de existir ese registro, pertenece al fondo de su competencia o no... O si es un listado de acceso restringido.

—Sí, sí que hay un listado de personal del ERR en Francia. Aunque no es el más completo, porque no es el propio del ERR, que los alemanes se llevaron a Berlín cuando dejaron la ciudad, sino el que se elaboró después de la guerra para el Tribunal Militar Permanente de París en el curso de la instrucción de las causas contra los responsables del expolio nazi.

—Bueno, aunque sólo sea como una primera aproximación, le agradecería mucho que me autorizase la consulta.

Finalmente, el doctor Arnoux accedió a concederme una autorización limitada para consultar los documentos relativos al ERR procedentes del Tribunal Militar Permanente de París. Me facilitó, el nombre de la archivera que me proporcionaría los documentos, y la dirección física de los archivos en La Courneuve, una localidad a ocho kilómetros del centro de París. Después de agradecerle debidamente su colaboración, Teo y yo nos despedimos de él y abandonamos su despacho.

Teo no pudo contenerse más que lo justo, es decir, el tiempo que tardamos en doblar la esquina y pararnos frente al ascensor, para hacer el comentario que me estaba viendo venir:

—Pero ¿tú has visto qué doctor Jones?

—Será doctor Arnoux.

—Que no, tonta. Me refiero a que menudo Indiana Jones versión Tarifa surfer. Es como el de la peli pero en desgreñao.

La verdad es que a mí también me había sorprendido el doctor Alain Arnoux desde el momento en que lo vi y hasta lo había confundido con un becario. Al igual que Teo, yo esperaba un maduro y respetable profesor universitario. Durante mis años de universidad, había visto más o menos de todo entre el personal docente, pero lo cierto es que la mayoría respondían a un cliché en cuanto a edad y aspecto físico, aún más cuando ascendían en la escala del profesorado, como en este caso.

Pues bien, el doctor Arnoux no respondía en absoluto al cliché en el que le había encasillado antes de conocerle. El calificativo de desgreñao con el que le había definido Teo se debía sin duda a su pelo largo casi hasta los hombros y a su barba de bastante más de tres días. Y lo de Tarifa surfer venía al caso seguramente porque era más fácil imaginárselo en la playa con bañador hawaiano y tabla de surf bajo el brazo que en un despacho de la Sorbona.

En definitiva, estaba de acuerdo con Teo sobre su aspecto, pero no me apetecía darle cancha al marujeo.

—Pues si tú lo dices... A mí lo que me importa es que me ha dado lo que quería: la autorización para consultar el archivo, comprobar que no encuentro nada y volver a casa.

El ascensor se detuvo por fin en nuestra planta.

—Ahora vamos a comer algo, que tengo un hambre de lobo —le dije mientras se cerraban las puertas.

En materia de negocios, Konrad no se andaba con tonterías; como suele decirse, afeitaba un huevo. Supongo que ese era uno de los ingredientes del secreto de su éxito. Por eso, el hecho de que Teo me acompañase a París con todos los gastos pagados era algo que Konrad iba a cobrarse de una manera u otra. Mi amigo era fotógrafo profesional, trabajaba como free lance para un importante grupo editorial de revistas. De manera que Konrad no dudó en aprovechar la ocasión para encargarle un reportaje con el que quería ilustrar la campaña publicitaria de uno de sus servicios de telecomunicaciones.

Aquella misma tarde, Teo se fue a La Défense para hacer las primeras fotos y yo me dirigí a los archivos del ERR, poco entusiasmada con la idea de pasarme horas revisando documentación. Tras un exhaustivo control de seguridad que requirió que yo misma pasara varias veces por detectores de metales, y mis objetos personales por rayos X, conseguí un pase al archivo. Contacté con la archivera de la que me había hablado el doctor Arnoux: una mujer muy seca que al cabo de un buen rato de espera me puso delante dos gruesas carpetas llenas de documentos. Con aquel buen montón de papeles y la música de Keane sonando en mi iPod, me senté en una esquina a trabajar.

La documentación era bastante heterogénea y dispersa. Allí había de todo: interrogatorios al personal de la embajada alemana, resguardos de adquisiciones de obras de arte en Suiza, declaraciones de tratantes de arte franceses, un documento de transporte de 180 pinturas y grabados de la colección Walestein con destino a Alemania, cartas y documentos incautados en las oficinas del ERR... Mucha papelería y ni rastro de Von Bergheim. Sin embargo, el tiempo que dediqué a esos expedientes no fue empleado en balde pues sirvió para darme una idea de cuán organizado había estado desde un principio todo el proceso de expolio de obras de arte en los territorios ocupados, en concreto en Francia. Nada se había dejado a la improvisación, nada había sido casual.

El proceso era sencillo pero eficaz: con ayuda de la Gestapo, responsables del ERR accedían a viviendas abandonadas (bien voluntariamente, bien forzosamente) y se llevaban todo lo que consideraban que poseía algún valor artístico: pintura, escultura, libros, antigüedades, muebles, cerámicas, joyas... Los propietarios solían ser judíos, emigrados o deportados, y otras categorías de los considerados enemigos del Reich. Así, las grandes colecciones de arte de las familias judías más importantes de Francia fueron confiscadas por los nazis, entre ellas, las de los Rothschild, David Weil, Seligmann, Veil-Picard y otras muchas hasta completar un total de más de 22.000 piezas robadas. En algunos casos, también sustrajeron obras de colecciones públicas, especialmente de artistas alemanes, basándose en el principio de que el arte debía regresar a su país de origen.

Todos los bienes eran almacenados en el Jeu de Paume, un pabellón situado en las Tullerías, y en algunas salas del Louvre especialmente habilitadas para ello, dado que durante los años de la Ocupación sólo una mínima parte del museo permaneció abierta al público. Allí los inventariaban, fotografiaban, catalogaban e incluso restauraban si era necesario. Después se empaquetaban para su transporte en ferrocarriles especiales con destino a Alemania. Además, regularmente, los técnicos del ERR preparaban exposiciones para que el mariscal Göring, en sus muchas visitas a París, escogiese aquellas obras que más le gustaban para su colección particular. Las que no interesaban a ninguno de los altos cargos del gobierno nazi eran vendidas o subastadas. Otras obras corrían peor suerte, las pertenecientes al Entartete Kunst o el considerado por la ideología nazi Arte Degenerado; muchos cuadros de pintores como Chagall, Kandinsky o Munch acabaron relegados a almacenes olvidados o, en algunos casos, en la hoguera.

Con tanta información por asimilar, llegó la hora del cierre de los archivos y ni siquiera me había dado tiempo a revisar el listado de personal; lo único que había conseguido era terminar con la discografía de Keane. De modo que tuve que posponer la tarea hasta el día siguiente.

Un borroncillo de tinta

Un borroncillo de tinta

A las diez de la mañana ya había dejado a Teo de camino a la Gare de l’Est —pues su segunda sesión fotográfica tendría lugar en estaciones de ferrocarril—, y me dirigía en tren a La Courneuve para volver a adentrarme en el maravilloso mundo de la investigación documental.

Como había dicho el doctor Arnoux, el listado de personal de su archivo no era del todo exhaustivo: básicamente contenía nombre, cometido e información sobre el paradero del sujeto en cuestión en el momento de la instrucción judicial. Tampoco se trataba estrictamente de un listado de personal pues incluía a cualquiera que hubiera mantenido contacto directo o indirecto con el ERR: marchantes, intermediarios, políticos, militares, compradores particulares, casas de subastas, empresas de transporte... Además, el personal alemán aparecía mezclado con el personal francés, el militar, con el civil, y el listado no daba la impresión de estar organizado en base a ningún criterio lógico. La tarea de revisar aquello resultó tediosa a más no poder: un nombre detrás de otro, un cometido detrás de otro, un lugar detrás de otro... Parecía Dustin Hoffman en Rain Man memorizando la guía de teléfonos.

No sé cuántas horas llevaba trabajando, pero para cuando me hallaba a mayor profundidad en aquella particular inmersión, alguien me sacó de golpe a flote con unos toquecitos en el hombro. Di tal respingo que resultó casi cómico.

—Lo siento. No era mi intención asustarla.

—¡Doctor Arnoux! No le he visto llegar...

—Ya me he dado cuenta —sonrió—. Sólo quería saludarla. Pasaba por aquí y... —titubeó hasta que decidió cambiar de tercio—. ¿Cómo va su trabajo?

No pude contener una mueca bastante expresiva.

—Mal, la verdad. Georg von Bergheim parece un fantasma: de momento no lo encuentro por ningún lado.

—Ya le dije que no era un listado muy completo. Quizá debería probar a consultar el archivo de la Shoah...

—¿La Shoah?

—El Memorial del Holocausto. Ellos tienen copia de la mayoría de los documentos del ERR que se trasladaron a Berlín. Puede que también cuenten con reproducciones de los registros internos de personal.

—Creo que primero terminaré con esto —anuncié mirando el tocho de papel polvoriento sobre la mesa—. Si Von Bergheim sigue sin aparecer, tal vez lo intente.

—Estaré aquí hasta la hora de comer. Si considera que puedo ayudarla en algo, no dude en decírmelo: tercera planta, despacho E.

—Muchas gracias, así lo haré.

Aunque me mostraba cortés, me divertía la idea de que al marcharse me haría el saludo surfero con la mano o me desearía paz y buen rollito. Obviamente, no hizo nada por el estilo: se limitó a dar media vuelta y se alejó con el andar ágil de quien tiene las piernas largas. Sonriendo con lo absurdo de mi ocurrencia, volví a mi lista.

Un poco antes de que decidiera tomar un descanso para comer, se encendió la lucecita roja de mi BlackBerry avisándome de que tenía un e-mail. ¿Del doctor Arnoux?, lo miré extrañada.

«Ahora mismo, estoy justo detrás de usted. Por cierto, está cantando en voz alta J.»

Me giré automáticamente y le vi plantado frente a mí, sonriendo como un niño travieso. Me quité los cascos del iPod.

—No quería volver a asustarla y no sabía cómo evitarlo.

—¿En serio estaba cantando muy alto?

Asintió.

—¡Dios mío, qué vergüenza!

El doctor Arnoux sonrió y miró por encima de mi hombro.

—Veo que sigue con el listado —observó antes de sentarse a mi lado.

Yo suspiré y asentí al tiempo.

—Se me ha ocurrido algo que quizá pueda serle de utilidad...

—¿De verdad? Sería estupendo. Esto empieza a cansarme, sobre todo porque no estoy convencida de estar siguiendo el camino correcto.

—Voy a tomar algo por aquí cerca. Si le apetece venir conmigo, se lo cuento mientras comemos.

—De acuerdo. Pero con dos condiciones...

El doctor Arnoux pareció un poco sorprendido de que fuera a poner condiciones a lo que él ofrecía por cortesía.

—Que nos acompañe Teo Díaz, la persona que...

—¡Ah, sí! Quien le ayuda en la investigación. —Asentí... sin gran convencimiento. De hecho, no tardaría demasiado en confesarle cuál era la verdadera naturaleza de nuestra relación; lo haría durante la comida—. Es que ya había quedado con él.

—Claro, no hay problema. ¿Cuál es la segunda?

—Que dejemos de tratarnos de usted. Le aseguro que me está costando horrores hacerlo con alguien que debe de tener mi edad, por muy doctores que ambos seamos. Si tuviera que usar este trato formal durante toda la comida, se me haría muy cuesta arriba.

El doctor Arnoux sonrió. Supuse que con esa pinta de Tarifa surfer desaliñao que llevaba, mi propuesta habría sido acogida con alivio.

—Pues adelante, Ana. Recoge tus cosas y vamos a comer.

Durante la comida, Alain, nos contó que cuando los alemanes ocuparon París en junio de 1940 se encontraron con el problema de ubicar a todo el contingente humano que desplazaban: personal civil, administrativo, ejército, SS. Para la tropa se construyeron barracones a las afueras de la ciudad, organizados en campamentos militares, o bien se habilitaron grandes instalaciones como escuelas, almacenes y naves industriales. En ocasiones, en virtud de una ordenanza del nuevo gobierno, las familias parisinas se veían obligadas a alojar en sus casas al ocupante, a cambio de una pequeña compensación económica para sobrellevar los gastos extra del nuevo inquilino. Para el resto, sobre todo los altos cargos militares y civiles, se emplearon los principales hoteles del centro, en especial los establecimientos de mayor lujo; contaban con las habitaciones necesarias, el servicio requerido y las instalaciones adecuadas para ello. Hoteles como el Lutetia, el Crillon, el Meurice y el George V, entre otros, fueron el hogar dorado de muchos alemanes destinados en el París ocupado. La Militärbefehlshaber in Frankreich, la Comandancia Militar en Francia, llevaba un control de todo el personal alojado en París. Si Von Bergheim estuvo en la ciudad, tendría que figurar en esos registros. En concreto, parecía posible que Georg von Bergheim, como comandante de las SS asignado al Einsatzstab Rosenberg, se hubiera alojado en el Hotel Commodore, que fue el alojamiento asignado al personal alemán de alto rango del ERR durante los primeros años de la Ocupación.

En cuanto regresamos al archivo, Alain se hizo con los registros. Abrimos la carpeta que comprendía el período entre noviembre de 1940 y noviembre de 1942, buscamos el mes de diciembre de 1941, fecha de la carta de Von Bergheim, y...

Voilà! —exclamó Alain, marcando la anotación con un dedo sobre el papel.

—¡Coño! —saltó Teo.

—Dios mío... —murmuré yo, despertando del escepticismo.

Von Bergheim estaba allí, apenas teníamos su nombre y una fecha en tinta borrosa sobre un papel amarillento, pero parecía haber cobrado vida de pronto, como cuando en La rosa púrpura de El Cairo, el protagonista de la película sale de la pantalla y se convierte en un hombre de carne y hueso. Von Bergheim ya no era sólo un capricho de Konrad, era real.

—Un momento —advirtió Alain—. Mirad: está registrado el 4 de diciembre en la habitación 202, pero la fecha de salida es del 5 de diciembre.

—¿Sólo estuvo una noche? —quise confirmar extrañada.

Alain pasó la vista por las siguientes páginas del registro; las volvía con el cuidado de quien conoce el valor de los documentos históricos, pero las miraba con la pericia de quien está muy acostumbrado a manejarlos.

—¡Aquí está otra vez! 23 de abril de 1942; de nuevo, habitación 202.

—¿Por qué estaría sólo una noche en París para volver cuatro meses más tarde?

—Sabía que regresaría —apuntó Alain—. Puede que esa única noche fuera para instalarse en la ciudad, acomodar sus cosas. Por eso mantenía la misma habitación, la suya, en la que ya estaba instalado.

—¿Y qué haría entretanto?

—Pues, cari, buscar el cuadrito famoso. Ese era su trabajo, ¿no? —me contestó Teo en español, pues aunque había entendido mi pregunta en francés no era capaz de responderla en el mismo idioma.

Lo fulminé con la mirada. Se suponía que eso era un asunto reservado.

Por suerte, el español con acento cheli afeminado de Teo era incomprensible para Alain, que, ajeno al comentario, volvió al primer registro de Von Bergheim. Los tres nos quedamos mirándolo como esperando que nos hablase.

—¡Ja! ¡Qué guarretes! Hicieron un borroncillo de tinta... —observó mi amigo.

Alain le miró confuso y yo le traduje. Entonces, acercó más la vista al papel y pasó el dedo por el supuesto borrón.

—No es una mancha —concluyó—. Es un asterisco, una llamada...

Según pronunciaba estas palabras deslizó su dedo hacia el final de la página. Allí remarcó una línea escrita al margen de la cuadrícula donde se registraban los alojados en el hotel.

—Rhein Palast, 2, Reichsplatz, Straßburg. Palacio del Rin, plaza del Reich, 2, Estrasburgo. Es la dirección de la Kommandantur nazi, cuando Estrasburgo era parte del Tercer Reich. Ya sabemos dónde estuvo tu esquivo comandante.

Abril, 1942

Abril, 1942

París. Desde el 13 de junio de 1940 el ejército alemán ocupa la ciudad. Las banderas del Tercer Reich ondean en cada edificio oficial. Tras la derrota frente a Alemania, Francia firma un armisticio en virtud del cual el país queda dividido en dos zonas: la zona ocupada, al norte, y la zona libre, al sur, bajo la autoridad de un gobierno colaboracionista presidido por el mariscal Pétain, con sede en Vichy.

Un automóvil negro identificado con el banderín de la cruz gamada se detuvo frente a la suntuosa entrada del Hotel Commodore.

Cuando el chófer abrió la puerta, Georg von Bergheim se apeó de la parte trasera. Aunque no podía correr con agilidad, trató de llegar lo más rápido que pudo bajo la marquesina de la entrada para resguardarse de la densa lluvia. Entró en el hall. Comparado con las calles lluviosas, solitarias y oscuras de París, la recepción se le antojaba un lugar cálido y vivo, testigo de idas y venidas pausadas y de conversaciones distendidas en su lengua natal. Se registró en el mostrador y cogió la llave de su habitación, la 202. Tomó el ascensor y subió a su planta. Metió la llave en la cerradura, la giró y empujó la puerta. Allí, en cambio, el recibimiento volvió a ser tan frío como las calles parisinas: una habitación en penumbra, pulcra, ordenada y que olía a desinfectante; congelada como una fotografía, vacía de vida. Aunque estaba anocheciendo, no se molestó en encender las luces. Apartó el escaso equipaje que traía consigo, apenas un maletín, hacia un rincón. Se quitó el gabán y la gorra, se desabrochó la guerrera y el cierre de la cinta que sujetaba la Cruz de Hierro a su cuello. Lo único que deseaba era estirarse cuan largo era sobre la cama, y cuando lo hizo, se sintió un poco mejor. Exhaló un suspiro profundo y prolongado... Cerró los ojos. Le dolía la rodilla, seguramente por culpa de aquel maldito clima húmedo. En el silencio mortuorio de la habitación, el repiqueteo de la lluvia al otro lado del cristal ahogaba el resto de los sonidos, incluso el de su propia respiración.

Tan sólo llevaba unos meses asignado a su nueva misión y se sentía considerablemente más cansado que después de un año y medio de combate en primera línea de fuego. Los políticos y la política le absorbían la energía, le dejaban apagado e inútil como un arma sin munición. Acababa de llegar de Berlín, aquel nido de burócratas alejados de la realidad. Había ido a reportar a Himmler: no había señal de ningún cuadro llamado El Astrólogo y su búsqueda absurda había costado ya más vidas de las que se merecía. No tuvo miedo de ser sincero, de emplear las palabras adecuadas y no las políticamente correctas. El Reichsführer Himmler le miró por encima de sus lentes redondas con una mueca de desagrado en la boca, pero no se dignó contestar a sus observaciones, parecía estar dándole una oportunidad casi clemente de que reconsiderase sus palabras. Atreverse a cuestionar los deseos del Führer podía salir muy caro, fue lo que Georg tradujo del silencio de Himmler. No obstante, contra todo pronóstico, el Reichsführer fue benevolente. «No me consta que su búsqueda haya costado ninguna vida, Sturmbannführer Von Bergheim», escupió con desprecio e indiferencia. Georg estuvo a punto de replicar, sin embargo, intuyó que hacerlo sólo empeoraría las cosas.

«Sea como sea —continuó Himmler—, el Führer está convencido de la existencia de ese cuadro y lo está, precisamente, en base a los informes que usted mismo nos ha facilitado. Para mayor abundamiento, es el firme deseo de nuestro Führer Adolf Hitler que El Astrólogo se encuentre lo antes posible en poder del Reich. Le aconsejo, Sturmbannführer Von Bergheim, que repase bien sus propios informes. No sé si es consciente de la importancia de su misión para el desenlace de la guerra y la mayor gloria de nuestro Führer y de Alemania. Resultaría lamentable que una persona de su valía fracasase estrepitosamente en este asunto, lamentable para nosotros y todavía más para usted.» El Reichsführer Himmler sabía amenazar, era evidente. Y también cumplir sus amenazas. Georg no tenía nada que añadir; únicamente tragarse su orgullo y lamentar haberse convertido en el instrumento de una obsesión del Führer absolutamente vacía de fundamento. No importaba cuántas veces leyese aquel maldito informe, la realidad se mostraba terca: el cuadro no aparecía por ninguna parte porque probablemente no existía, y, aunque existiese, era de locos basar el desenlace de la guerra y la gloria de Alemania en una superchería.

Georg alzó el brazo derecho, dio un taconazo, gritó «Heil Hitler!», y abandonó el despacho de Himmler. Ahora bien, en cuanto hubo escapado del influjo de la sombra del Reichsführer, negra y asfixiante, venció al desaliento. Había recibido una orden e iba a cumplirla, porque eso era lo que mejor hacía. Georg von Bergheim poseía no en vano dos cruces de hierro por hacer de las órdenes imposibles hazañas dignas de encomio.

Sin embargo, a pesar de su determinación, Georg tenía la sensación de que aquella reunión había terminado por envejecerlo. O tal vez se debiera a un poco de todo lo que había visto durante los meses anteriores. Ni siquiera los días de permiso que se había tomado para asistir al nacimiento de su hijo habían insuflado algo de vida a su espíritu. Ver nacer al bebé había sido una experiencia muy gratificante, le había proporcionado una alegría indescriptible y había resucitado en su corazón una ternura que creía muerta. La pequeña Astrid, con su inocencia y su dulzura al llamarle papá, con su generosidad y su cariño al besarle y abrazarle, también le había proporcionado una cura de humanidad. Pero nada de aquello fue suficiente para que Georg volviera a sentirse en paz consigo mismo. Algo había cambiado. Tal vez la guerra, tal vez todo lo que la rodeaba... Lo cierto era que se había transformado. Y quizá porque él había cambiado, Elsie también. Le había resultado extraño volver a estar juntos: ella se mostraba distante como él; ella parecía irascible y él también; ella ya no le besaba en la nuca para cogerle por sorpresa, él tampoco la besaba a ella.

«¿Desde cuándo he envejecido?», pensó Georg. No era la guerra, esa guerra de todos, la que le había cambiado. Georg estaba seguro de estar librando una batalla particular, una contienda consigo mismo que le estaba consumiendo; una confrontación que no era la de trincheras, ni la de carros blindados, ni la de enemigos sin rostro, ni la guerra por el honor y la patria. No, la suya parecía mucho más sucia. Pero ¿cuándo?, ¿cuándo había empezado?

Estrasburgo. Esa era la palabra. Ese era el lugar. El momento. Nada había sido igual después de Estrasburgo, ni siquiera él mismo. Nunca antes había puesto rostro, nombre y apellidos a sus víctimas. Nunca antes había agredido sin sentirse agredido. Nunca, antes de Estrasburgo.

Al principio todo había salido bien: las visitas a la casa, las entrevistas con el propietario, las charlas sobre arte con aquella chica... Pero, de un día para otro, todo se trastornó. Así, de repente, como quien da un resbalón, cae por el precipicio y se deja llevar por una avalancha de tierra, rocas y confusión. Sin nada a lo que agarrarse, sin saber cómo parar.

Los recuerdos de Georg se detuvieron en aquella caída al vacío... El sueño iba anulando lentamente su capacidad de pensar y recordar. Pero, antes de dejarse vencer por él, creyó haberse jurado que jamás volvería a permitir que la Gestapo interviniese en sus asuntos. Jamás volvería a permitirlo... Jamás... Jamás... Jamás...

El ruido de la lluvia en la ventana lo espabiló. No estaba seguro de haber dormido, pero sí de haber dejado de pensar con claridad. Encendió la luz de la mesilla y consultó el reloj de pulsera entre parpadeos de arenilla: las ocho. Perezosamente, ignorando la punzada de dolor en la rodilla, abandonó la cama. Se metió en el baño y frente al espejo se volvió a colgar la Cruz de Hierro y a abrochar la guerrera. Bajaría a tomar algo al bar.

El ambiente del hall era animado. La gente pululaba de acá para allá, conversaba, reía y bebía. Se oía música, y el entrechocar de unas bolas de marfil delataba la presencia de una mesa de billar.

Se sentó a la barra, pidió un whisky con hielo y encendió un cigarrillo. No había comido nada desde el desayuno, pero tampoco sentía hambre. Eso sí, se dio cuenta de que tenía el estómago vacío cuando le pareció que el primer trago de whisky le abría una úlcera al bajar.

—¡Sturmbannführer Von Bergheim! Veo que ya ha regresado a París...

Georg se volvió: se trataba de Bruno Lohse, una de las pocas personas con las que había conversado la única noche que estuvo en la capital.

—Así es, Doktor Lohse. Me alegro de volver a verle. Le hacía en uno de sus muchos viajes en pos del arte.

—De hecho, acabo de llegar de Amsterdam hoy mismo. Pero tengo previsto quedarme una temporada por aquí. ¿Y usted? ¿Qué le trae de nuevo a París?

Georg terminó de pasar su último trago de whisky y, sin pensarlo mucho, contestó:

—Una mujer.

Bruno Lohse alzó una ceja e insinuó una sonrisa.

—No es lo que está pensando —aclaró Georg—. Se trata de una mujer que me debe conducir hasta un cuadro.

—Ah, cuadros y mujeres: lo más hermoso de este mundo. Es toda una suerte que nosotros estemos rodeados de ambas cosas.

Lohse tomó asiento a su lado.

—¿Me permite acompañarle?

—Por supuesto. ¿Qué beberá?

—Lo mismo que usted.

Georg pidió al camarero otros dos whiskies. Sacó de su pitillera un cigarrillo para él y otro para Lohse.

—Gracias. —Lohse se llevó el pitillo a la boca y lo acercó a la llama del mechero que Georg extendía. Tras una profunda calada, añadió—: ¿Sigue trabajando para Himmler?

Asintió. Oficialmente, gozaba dentro del ERR del estatus de Sonderauftrag Himmler, misión especial Himmler.

—Imagino que usted sigue trabajando para Göring.

—Así es.

Del mismo modo, Lohse poseía desde hacía un año su propio estatus independiente de Sonderauftrag Göring, aunque también estaba asignado al ERR organizativamente.

—Nos consideran los niños mimados —continuó Lohse—. Le advierto que su Sonderauftrag le acarreará no pocos problemas dentro de la organización. A la gente le fastidia que haya otros con privilegios. De lo que no se dan cuenta es de que los privilegios suelen ir acompañados de responsabilidades. Pero eso es otra historia de la que hablaremos largo y tendido en otro momento.

Georg podía entender a lo que se refería Lohse. En teoría, se consideraba envidiable depender directamente de un alto cargo del gobierno. En la práctica, se traducía en una presión adicional por parte de un superior. Y, probablemente, Lohse estuviese en las mismas.

Desde un primer momento le pareció curioso el paralelismo entre Bruno Lohse y él. Ambos tenían la misma edad, eran doctores en Historia del Arte, habían desempeñado funciones militares y después habían sido apartados del servicio. Y, aunque formalmente eran parte del ERR, ambos estaban asignados a misiones especiales y gozaban de total independencia en el desempeño de su trabajo, lo cual levantaba ampollas entre muchos de sus colegas. Además Lohse, por su parte, era un personaje ya de por sí bastante polémico: en lugar de uniforme, vestía siempre ropas civiles; viajaba en su propio automóvil, rehusando usar el oficial; tenía su propio apartamento en París; aunque pertenecía a las SS, había rechazado ostentar un rango dentro de la organización; y, por último, aunque no menos importante, se acostaba con la mitad de las secretarias del ERR. Parecía lógico que Bruno Lohse contara con más de un enemigo.

Por lo demás, era un gran experto en arte, especialmente en el holandés del siglo XVII. Conocía el mercado como la palma de su mano, los marchantes le respetaban y le proponían siempre buenos tratos. Y negociando era un tipo muy hábil.

—Dígame, Lohse, ¿ha oído hablar de un cuadro de Giorgione llamado El Astrólogo?

Lohse no se lo pensó un segundo antes de mover la cabeza y responder con un categórico «no».

—Pero estaré al tanto. ¿Es ese el cuadro que fue a buscar a Estrasburgo y el que le ha traído de nuevo a París?

—Entre otras cosas.

—Por cierto, tuve ocasión de ver la colección Bauer en Berlín: no muy grande pero con piezas realmente interesantes. La llevó usted, ¿no es así?

Ante la mención de los Bauer, Georg notó que se crispaba. Tratando de ocultarlo, bajó la vista al suelo y retorció la colilla contra el cenicero con fuerza desmedida.

—No exactamente. —Según notaba que recuperaba el dominio de sí mismo, se permitió ser un poco más explícito—: La colección Bauer fue el típico caso de expolio sin escrúpulos. La Gestapo se excedió en sus funciones y requisó unos cuadros que no se hallaban en situación de abandono.

Alguien le había explicado que las funciones que desempeñaba el ERR en cuanto a la custodia de las obras de arte eran plenamente legales en virtud de los acuerdos firmados en el marco del armisticio con el gobierno de Francia. El ERR se limitaba a proteger y salvaguardar el patrimonio artístico abandonado por sus propietarios. Sin embargo, en Estrasburgo... Lo de Estrasburgo había sido un robo sin paliativos. Un robo del que se sentía cómplice. «Estrasburgo ya no es Francia, Sturmbannführer. Aquí no son aplicables los acuerdos del armisticio y las cosas se hacen de otra manera —le había contestado a sus objeciones el Kriminalrat de la Gestapo de Estrasburgo—. Si a lo que usted ha venido es a inventariar la colección Bauer, limítese a hacer su trabajo y déjenos a nosotros hacer el nuestro.» Georg no había ido a eso, pero firmó el inventario; ¿qué otra cosa podía haber hecho entonces, cuando la colección se encontraba ya en situación de abandono? Y todo por culpa suya...

Por un momento, Lohse le dirigió una mirada que Georg creyó de compasión.

—Mi querido Von Bergheim, se nota que ha estado usted poco tiempo en París —observó finalmente—. Si hubiera trabajado a las órdenes de Von Behr, no se sorprendería de que ocurran cosas semejantes. Pero no lo olvide, Sturmbannführer: Alemania no expolia, Alemania protege el patrimonio cultural de los territorios ocupados de la pérdida y la destrucción —concluyó Lohse no sin cierta sorna en el tono de voz.

El barón Kurt von Behr era el director del ERR para los territorios ocupados del oeste. Por entonces, Georg todavía no estaba al tanto de los métodos confiscatorios propios de gánsteres de Von Behr, de su absoluto desconocimiento del mundo del arte y de su desprecio por el valor intrínseco de cada obra, de su arrogancia, de su petulancia y de su ambición. Pero no tardaría mucho en darse cuenta de que, aunque Estrasburgo ya no pertenecía a Francia, en Francia las cosas no parecían muy diferentes.

—Escucha, Georg... Puedo llamarte Georg, ¿verdad? Después de todo somos colegas...

—Claro.

—Mañana voy a visitar a unos cuantos marchantes con los que trabajo habitualmente para ver qué se cuece por ahí. Si quieres, puedes venir conmigo. Tal vez encuentres algo interesante para tu jefe.

A Georg le pareció una buena idea. En tanto daba con alguna pista sobre el paradero de El Astrólogo, debía contentar a Himmler con cualquier pieza con la que el Reichsführer pudiera ampliar su colección de Wewelsburg. Que Lohse fuera su guía en el complejo mercado del arte de París era un lujo que no podía desaprovechar.

Tengo algo que puede interesarte

Tengo algo que puede interesarte

Tuve que reconocer que no tenía muy claro por qué me había alegrado tanto encontrar a Georg von Bergheim. Una vez que me detuve a reflexionar sobre ello, me di cuenta de que el hallazgo sólo iba a complicarme las cosas. Había viajado a París con la absoluta convicción de que no descubriría nada que sustentase la investigación sobre el supuesto cuadro de Giorgione. Mi idea era regresar a Madrid enseguida, explicárselo a Konrad y continuar con mi vida. Pero entonces resultó que Georg von Bergheim existía... ¡Menuda contrariedad!

Konrad se mostró entusiasmado cuando se lo conté por teléfono y, aunque se abstuvo hábilmente de soltar el clásico «ya te lo dije» que tanto me molestaba, me conminó con mucho tacto a continuar con la investigación.

—Puedes cogerte una excedencia por el tiempo que necesites —me apuntó desde el otro lado de la línea.

—¡Qué excedencia ni qué leches, Konrad! Te recuerdo que tú me enchufaste en mi actual puesto de trabajo. La excedencia ya la pedí para el puesto de conservadora. Esto sería la excedencia de la excedencia —repliqué con ironía.

—Pues mejor me lo pones, meine Süße. Yo...

En aquel momento llamaron a la puerta del apartamento. Como estaba convencida de que sería Teo, dejé que Konrad me siguiera engatusando al otro lado del teléfono mientras iba a abrir.

—... puedo llamar ahora mismo a... ¿cómo se llama?... El que es tu jefe, ya sabes. Y le explico la situación...

—No necesito que hagas de mi padre, Konrad. Yo misma...

Pensaba abrir la puerta y darme media vuelta para seguir hablando mientras Teo entraba. Pero al abrirla, ni me di la vuelta ni continué con la conversación.

—¿Ana?

—Luego te llamo, Konrad. —Y colgué.

—¿Usas gafas? —fue lo primero que me soltó el doctor Arnoux, plantado en mitad del quicio de la puerta de mi habitación.

Rápidamente, como si me hubieran sorprendido haciendo algo censurable, me quité las gafas. Casi al tiempo, me pregunté por qué demonios me las había quitado.

—Sólo cuando no llevo las lentillas —le contesté.

—Entonces, deberías ponértelas otra vez.

Tratando de no pensar en lo ridícula que resultaba mi forma de comportarme, le obedecí. Fue un alivio volver a tener una imagen nítida de su cara.

—Lamento haber interrumpido tu llamada...

—Ah, no te preocupes, no era nada importante, sólo mi... amigo, un amigo.

—Bueno, iba a llamarte antes, pero pasaba por aquí de regreso de la universidad y... Tal vez no sea un buen momento.

Las gafas, el pantalón de chándal, la camiseta, el pelo mal cogido con una pinza y descalza... Sabía exactamente lo que Teo iba a decirme: «Por favor, cari, prométeme que no te ha visto con esa pinta... Te dije que no debías haberle dejado tu dirección». No, definitivamente no era un buen momento.

—Sí, sí, pasa, por favor.

Entró en el apartamento y me siguió hasta el salón. Yo iba recogiendo todo a mi paso: una chaqueta, el iPod, un libro, las zapatillas, una lima de uñas...

—Perdona el desorden —se me ocurrió decir, dejando aún más en evidencia el estado de la casa. Las situaciones incómodas alientan la estupidez.

—No te preocupes, está bien. Es un apartamento muy bonito. Y el edificio es increíble; la colección de óleos de Larousse del portal es alucinante.

Larousse era uno de los jóvenes pintores franceses más cotizados desde que a Konrad le había caído en gracia.

—Sí, ¿verdad...? Bueno, siéntate, por favor.

El doctor Arnoux se sentó, aunque no se acomodó, en uno de los sofás blancos de aquel salón moderno y minimalista que tanto destacaba sobre la tarima de roble, los techos altos con molduras de escayola y los grandes balcones característicos de un edificio del siglo XIX. Yo hice lo propio, no sin cierta rigidez muscular como de sala de espera del dentista.

—No te molestaré mucho, sólo será un momento. Ayer, cuando nos despedimos en el archivo, me quedé dándole vueltas a tu investigación...

Mis músculos se crisparon aún más. ¿Podría ser que hubiera descubierto la enorme trola que le había contado y estuviera allí para sacarme los colores? Tenía que haber pensado que no se tragaría lo de la biografía de un simple comandante de las SS.

—Estaba seguro de que no era la primera vez que oía el nombre de Von Bergheim —seguía hablando mientras yo pensaba atropelladamente en una excusa para salir airosa de la situación que estaba segura se me avecinaba—. Por fin, anoche, lo recordé, y esta mañana he estado repasando las notas de mis últimos trabajos para confirmarlo. En resumen, tengo algo que puede interesarte.

Aquello me dejó completamente desubicada. Yo había empezado a prepararme para un ataque y, en realidad, el doctor Arnoux quería hacerme una ofrenda.

—¿Interesarme? —repetí confusa, con lo que conseguí que se sintiera confuso también él.

—Sí... Bueno, eso creo... Tal vez esté metiéndome donde no me llaman...

—¡No, no! ¡En absoluto! Disculpa, estaba distraída. ¿Decías que has encontrado algo sobre Von Bergheim?

—Sí. No es gran cosa, pero tal vez te ayude con tu investigación. —Sacó un papel del bolsillo del pantalón—. Te he traído una copia de una de las páginas de un informe sobre la actividad del Eisantzstab Reichsleiter Rosenberg en Francia que elaboró después de la guerra la ALIU, Art Looting Intelligence Unit, una unidad especial del ejército americano que investigó el expolio nazi. El informe está basado en documentos alemanes oficiales y en los interrogatorios a los que sometieron durante más de un mes a determinados miembros del personal del ERR como Walter Andreas Hofer, que fue el tratante de arte de Göring, Robert Scholz, que asesoraba a Rosenberg en materia de arte, o Bruno Lohse, que fue director técnico del ERR en París los meses previos a la Liberación, aunque había trabajado para ellos desde el principio. —El doctor Arnoux me tendió el papel—. Perdona que esté un poco arrugado, es que he venido en moto y no tenía dónde guardarlo...

—No te preocupes... Gracias.

Miré la fotocopia: un informe en inglés con una letra minúscula y apretada entre la que era imposible distinguir nada sin una lectura atenta. Sin embargo, el doctor Arnoux había subrayado con rotulador fluorescente el nombre de Georg von Bergheim.

—¿Citan a Georg von Bergheim en este informe?

Estaba segura de que él ya lo habría leído y podría hacerme un resumen que me evitara tener que detenerme en aquel texto tan poco agradable a la vista. Lo cierto era que el doctor Arnoux estaba deseando hacerme ese resumen.

—Así es. En esta parte del informe, se habla de los conflictos que se producían en el seno del ERR. En un momento dado, Bruno Lohse, quien también era el delegado de Göring en Francia en materia de arte, habla de las envidias que entre el resto del personal suscita el hecho de que él cuente con el estatus de Sonderauftrag...

¿Sonderauftrag?

—Sí, es algo así como una misión especial encomendada por una persona especial. Normalmente, quien poseía un Sonderauftrag contaba con unas credenciales mediante las cuales cualquier unidad civil o militar debía facilitar su misión. Era como una carta blanca para actuar libremente en el desempeño de cualquier cometido sin someterse a más autoridad que la de quien había emitido el Sonderauftrag, que en el caso de Lohse era Göring. La cuestión es que Lohse menciona que sólo había dos personas en todo el ERR de París con ese estatus: una era él mismo y otra...

—Georg von Bergheim —concluí.

—Efectivamente. Salvo que el de Von Bergheim era un Sonderauftrag Himmler, es decir, dependía directamente de Himmler. Lohse también dice que, aunque oficialmente Von Bergheim no ostentaba ningún cargo dentro del ERR, colaboraba con regularidad en las tareas de inventario y catalogación de las colecciones, como experto en Historia del Arte, y que estuvo en el Arbeitsgruppe Louvre hasta marzo de 1943, fecha en la que regresó a Alemania reclamado por su superior. Esto explica por qué no encontraste su nombre en los listados de personal: estos sólo recogen al personal activo en 1944.

—¿Qué es el Arbeitsgruppe Louvre?

—Era una unidad del ERR integrada por historiadores del arte, restauradores, fotógrafos y personal auxiliar, que inventariaban y catalogaban las obras de arte confiscadas y preparaban su envío a Alemania.

Me quedé pensativa. A pesar de que ya sabía que Von Bergheim trabajaba para Himmler, sin embargo, aquel documento representaba la confirmación oficial de lo que se decía en la carta.

—¿Podría ver una copia del informe completo?

—Sí, claro. Si pasas mañana por la tarde por mi despacho, te la preparo.

—Creo que puede ser interesante saber más sobre la organización en la que trabajaba Von Bergheim —me justifiqué.

—Te confieso que cuando me contaste que estabas investigando para preparar la biografía de un comandante de las SS, pensé que era, como poco..., curioso.

Lo miré con tanta seriedad como expectación.

—Las biografías sobre personajes anónimos sólo suelen hacerlas sus familiares, casi como un hobby, como una forma de honrar la memoria del abuelo, y no como un trabajo serio de investigación. Sin embargo, está claro que si este señor contaba con un Sonderauftrag Himmler, no era un tipo cualquiera.

Por un momento, tuve la sensación de que Alain trataba de tirarme de la lengua. Intenté evadir el cerco como pude.

—Bueno, aún no sé quién era exactamente Georg von Bergheim... Eso es precisamente lo que trato de averiguar. Pero sí tienes razón en una cosa: la biografía es el encargo de un particular caprichoso, con poco tiempo y mucho dinero. En cualquier caso, te agradezco mucho tu colaboración desinteresada.

—No me lo agradezcas. Lo mío es deformación profesional: no puedo permanecer impasible ante una investigación, sea cual sea. Y si te digo la verdad, este informe lo he recordado por casualidad, y por casualidad me he encontrado a Von Bergheim, porque no lo buscaba allí. Lo que me ha tenido toda la noche dando vueltas a su nombre ha sido otra cosa...

Hizo una pausa como para comprobar que había conseguido despertar mi interés. Supongo que cuando me vio incorporada hacia delante y sin parpadear debió de constatarlo. Entonces, continuó:

—El año pasado, desde la European Foundation for Looted Art, estuve llevando el caso de una colección que había desaparecido a principios de 1942 en Estrasburgo. Pertenecía a un industrial judío, Alfred Bauer, y aunque no es una colección muy grande, sí que cuenta con obras de mucha calidad, sobre todo de la escuela flamenca del siglo XVI. Hoy he repasado la ficha: toda la colección está catalogada e inventariada en febrero de 1942... ¿Adivinas quién es el especialista en arte que firma el inventario?

—El SS-Sturmbannführer Georg von Bergheim.

—El mismo.

Apenas tardé un segundo en procesar la información: dado que Von Bergheim estaba buscando El Astrólogo y nada más llegar a París se trasladó a Estrasburgo, donde lo que hizo fue requisar la colección Bauer, ¿se podría concluir que el cuadro formaba parte de esa colección? No me resistí a hacerle una pregunta a medias:

—Sólo por curiosidad, ¿había algún cuadro de Giorgione en la colección Bauer?

El doctor Arnoux frunció el ceño. Quizá había cometido una imprudencia al hacerle aquella pregunta, para él fuera de lugar.

—No. No que yo recuerde, pero puedo repasar el inventario...

—Se trata sobre todo de curiosidad personal. Tengo que confesar que soy especialista en Giorgione y que también tengo algo de deformación profesional en ese sentido.

En vista de que empezaba a adentrarme en aguas turbulentas que no conducían a ninguna parte, opté por desviar la conversación.

—¿Qué sucedió con la colección Bauer?

Alain se encogió de hombros.

—La mayor parte se ha perdido y será difícil de recuperar por la propia naturaleza de la colección: un sesenta por ciento de las obras engrosaban la categoría de lo que los ideólogos nazis consideraban Arte Degenerado. En la colección Bauer había muchos representantes del impresionismo y especialmente del cubismo. Incluía un Van Gogh y un Matisse, además de un Marcoussis y un Mondrian por decirte algunos de los más significativos. El problema de las colecciones compuestas por obras que los nazis despreciaban es que corrieron un riesgo mayor de perderse porque, o bien al caer en sus manos las destruían, o bien las intercambiaban en el mercado por otras más acordes con su gusto, las vendían o las subastaban. Es más complicado seguirles la pista. No ocurre así en el caso de las obras de sus artistas favoritos; éstas las atesoraban en depósitos especiales para el gran museo que Hitler había proyectado en Linz o pasaban a engrosar las colecciones particulares de los gerifaltes del partido nazi. Cuando Alemania perdió la guerra, fue más fácil hacerse con ellas o, al menos, tenerlas localizadas. En el caso Bauer, sólo conseguí dar con algunos cuadros menores de artistas flamencos del XVI, por los que sí que se pirraban los nazis, y un Van Eyck...

Alain permaneció unos segundos en silencio. Parecía reflexionar mientras se frotaba repetidamente la barba rala. Finalmente, suspiró.

—Después, lo dejé —confesó con la mirada perdida.

—¿Lo dejaste? ¿Por qué?

Me di cuenta de que su postura y su actitud parecían tensas: cruzaba y descruzaba las piernas, se pasaba las manos por el pelo y por la barba, resoplaba.

—Lo dejé porque... No sé, es difícil de explicar. En realidad nadie había solicitado que se restituyese la colección a sus legítimos propietarios. No había herederos localizados ni nadie que la reclamase para sí...

—¿No quedó nadie de la familia Bauer?

—Bueno, no estoy seguro... En principio, ninguno de ellos sobrevivió a la guerra. En todo caso, una de las hijas, Sarah... Sarah Bauer. No llegué a encontrar información sobre su paradero, nada que me hiciera pensar que estuviera viva o que había muerto. Como te decía, dejé la investigación a medias.

Cuando el doctor Arnoux se marchó y me quité la careta con la sonrisa, me asaltó una sensación incómoda. Como si al cerrar la puerta, el apartamento hubiera dejado de ser el escenario en el que ambos representábamos un papel. Yo le estaba mintiendo o, al menos, ocultándole el verdadero propósito de mi investigación, pero algo me decía que él también mentía. Tanta colaboración desinteresada y tanta deformación profesional me escamaban... Estaba segura de que había algo escondido detrás de su ayuda gratuita, pero por más vueltas que le daba no era capaz de adivinar de qué se trataba.

Mayo, 1942

Mayo, 1942

Desde octubre de 1941, fecha en la que se promulgó el Statut des Juifs por el gobierno de Vichy, los judíos ven restringidos sus derechos y libertades: no pueden ejercer la mayoría de las profesiones liberales, tienen prohibido el acceso a muchos lugares públicos, sólo pueden comprar en horarios determinados y reducidos, y deben viajar únicamente en el último vagón del metro, entre otras limitaciones. Tales medidas culminan en mayo de 1942 cuando las autoridades alemanas emiten un decreto por el que se les obliga a identificarse mediante una estrella de David amarilla cosida a la pechera izquierda de la ropa.

Sarah se sentía confusa y aturdida. No entendía nada. No podía hacer nada salvo observar con impotencia cómo sucedía todo. Si quería gritar, no le salía la voz, y si quería moverse, sus músculos no respondían. Sarah encerraba la angustia, la rabia, el dolor y el desconcierto en una olla a presión, y notaba que crecían y crecían sin que existiera forma alguna de dejarlos salir, de poder aliviar sus sentidos. Era como estar allí pero sin estar del todo.

Las cosas sucedían muy rápido y ella se dejaba llevar. Su padre le daba el abrigo y la empujaba por la trampilla del suelo. Su madre quería besarla pero no alcanzaba a hacerlo. Su hermano pequeño se abrazaba a su hermana mayor y ambos la miraban. La trampilla se cerraba y ella se sentía inmersa en la oscuridad del sótano. En el techo retumbaban las pisadas del primer piso y el polvo que levantaban se colaba por las rendijas de la madera y se metía en sus ojos cuando alzaba la vista en busca de la luz como las polillas. Oía voces y gritos, golpes y taconazos. Su padre gritaba, su madre, sus hermanos y aquellos hombres también. Pero Sarah no podía hacerlo. Todo en Sarah era mudo: las lágrimas que resbalaban por sus mejillas, el sudor que empapaba sus sienes, hasta los latidos desbocados de su corazón eran golpes sordos en el pecho.

Pero lo peor llegaba con aquella horrible secuencia de sonidos. Primero el estallido de una bofetada, después el llanto histérico de su madre y por último la voz aterradora de aquel policía. Sarah apretaba con fuerza los párpados y se tapaba los oídos, pero todo era en balde, escuchaba esa misma secuencia una y otra vez. No podía quitársela de encima porque estaba dentro de su cabeza. Y podía llegar a repetirse un incontable número de veces hasta que creía que se volvería loca.

Sólo una cosa detenía aquel tormento...

Es reicht!

Un «¡Basta ya!» en la voz potente de aquel oficial alemán despertaba a Sarah de su sueño. Cada noche, desde que había llegado a París, Sarah tenía la misma pesadilla. Después, ya no podía volver a dormirse. Se levantaba, se preparaba un brebaje de achicoria a modo de café e iniciaba la rutina diaria. Se lavaba, se vestía y bajaba con Hélène a los ultramarinos de la esquina. La cola frente a la tienda siempre era larga; a veces, duraba horas. Horas de espera que terminaban en un mostrador ya desabastecido. «Esta cola es odiosa —se lamentaba Hélène—. Si mi padre estuviera aquí, seguro que haría como las personas ricas: pagaría a alguien que hiciera la cola por nosotras.» La espera se sobrellevaba pegando la hebra con los vecinos. Aquellos días de conmoción e incertidumbre propiciaban las habladurías, y éstas eran la única información que no pasaba por la censura alemana: «On dit», «se dice». «Se dice que para finales de año ya no se podrá encontrar mantequilla ni en el mercado negro. Se dice que hacen el pan con serrín porque la harina se la llevan los alemanes. Se dice que las patatas van a doblar su precio. Se dice que van a bajar la ración diaria de carne a 120 gramos por persona...». Comida, comida, comida... Los franceses no sabían hablar de otra cosa que no fuera comida. A Sarah no dejaba de sorprenderle que con Francia sometida y humillada y el resto del mundo en guerra, todo lo que le preocupara a los franceses se centrara en su estómago.

Después de entregar los cupones de las cartillas a cambio de las raciones que les correspondían, ambas primas subían de nuevo al piso y preparaban el desayuno. Sarah echaba de comer a los conejos que habían empezado a criar en el balcón para contar con una ración suplementaria de carne, se marchaba al trabajo en la librería, regresaba a casa, cenaba algo y, antes de acostarse, escribía una carta para su familia.

Ninguna de esas cartas había recibido respuesta.

Aquel día era domingo y Sarah no trabajaba. Casi todos los domingos por la tarde quedaba con Jacob para ir al cine a ver una película alemana o francesa; las americanas estaban prohibidas, lo cual a Sarah le parecía lamentable. ¡Con lo que había disfrutado ella con las películas de Hollywood!, ¡con lo que le gustaba ver a Cary Grant y Errol Flynn en la gran pantalla!, y la de veces que se había mirado al espejo intentando parecerse a Rita Hayworth. Pero lo peor era no saber si alguna vez podría volver a ver a sus actores favoritos...

Sarah y Jacob habían quedado en la boca de metro de la plaza de la Ópera. Irían al Paramount, que estaba proyectando L’homme du Niger.

—Tenemos que darnos prisa si queremos llegar a la sesión de las tres.

Jacob se estiró y se rascó la cabeza bajo la gorra; no parecía compartir la prisa de Sarah.

—Hoy no me apetece ir al cine. Hace una tarde de primavera estupenda, no quiero encerrarme en una sala oscura.

Sarah frunció el ceño. Los últimos dos meses siempre habían ido al cine los domingos. ¿A qué venía ahora ese cambio de planes?

—¿Y qué es lo que quieres hacer?

—Podemos ir al parque de Luxemburgo. No sé, dar un paseo, que nos dé un poco el sol y el aire.

Sarah se encogió de hombros. No es que le hiciera mucha gracia pasear junto a Jacob como si fueran una pareja. Su prima Hélène siempre se metía con ella y le decía que ese chico era su novio. Pero no era así. En realidad era a Hélène a quien le hubiera gustado ser novia de Jacob. Sarah no podía entenderlo. Tal vez Jacob, con su tupido cabello oscuro y sus grandes ojos negros, fuera el tipo de chico que gusta a las chicas, fuerte y muy masculino. Pero, aparte de eso, era un muchacho bastante rudo y fanfarrón, apenas se podía hablar con él de nada que fuera medio serio. Claro que tenía que reconocer que Jacob era su único amigo en París y, además, le había salvado la vida.

—Está bien. Si eso es lo que quieres...

Comenzaron a bajar por la rue de la Paix en dirección a la rue de Rivoli. Les esperaba una larga caminata hasta el parque de Luxemburgo, pero era cierto que hacía una tarde preciosa. Y, además, todo el mundo caminaba en París en aquellos días. Los recortes de petróleo y gasolina habían reducido el tráfico motorizado a los vehículos del gobierno de la Ocupación. Los parisinos tenían que gastar suela o pedalear, si tenían suerte. Habían vuelto a proliferar los coches tirados por caballos junto con estrambóticos vehículos de aparición más reciente debido a las restricciones: la bici-taxi, los autobuses propulsados por gas, los automóviles con motor de carbón... Y había bicicletas; miles de bicicletas por todas partes.

Mientras caminaba, Sarah pensaba que en los distritos del centro de la ciudad era donde más se apreciaban las huellas del ocupante. Y no sólo por las ostentosas banderas de la esvástica ondeando en la mayoría de las fachadas de los edificios públicos; o por la cantidad de hombres y mujeres uniformados que se integraban con normalidad en la vida cotidiana, que se sentaban en los cafés, compraban en los mercados callejeros, se fotografiaban frente a la torre Eiffel, leían la prensa en una esquina o admiraban las pinturas de la Rive Gauche. No sólo eran los enormes carteles de propaganda: «Ven a trabajar a Alemania», «Únete a la Legión de Voluntarios Franceses», «Trabajo, familia y patria». Ni los rótulos en caligrafía gótica sobre los edificios ocupados y reconvertidos: SoldatenKaffee, General der Luftwaffe, Militärbefehlshaber... Tampoco eran los vehículos militares y oficiales aparcados frente a la Kommandantur. Después de todo, tan sólo eran los signos externos de la Ocupación.

Lo más angustioso de todo ello no aparecía a simple vista: la tensión contenida, la falsa apariencia de normalidad, el recelo permanente, la sensación de no saber si se estaba cometiendo un crimen por cualquier tontería: no llevar los papeles, leer el periódico equivocado o ser judío.

La vida en el París ocupado era un debate continuo entre el todo sigue igual y el nada es como antes. Como una montaña rusa de momentos de rutina, situaciones de incertidumbre, imágenes de penuria, instantes de alegría y de ocio... y miedo, mucho miedo. Resultaba tan desasosegante como saber que un soldado alemán cortés, extremadamente educado y respetuoso podía ser el mismo que ejecutaba despiadadamente a un ciudadano francés en el paredón unas horas más tarde. En una ocasión, Sarah había empujado sin pretenderlo a un oficial alemán; aterrorizada, había agachado la cabeza y encogido el cuerpo; sin embargo, el oficial la había ayudado a recoger sus cosas del suelo y se había deshecho en disculpas hacia ella. Cuando Sarah se paraba a pensar que ese mismo oficial podía haber sido el que sacó a su tío Henri de casa a la fuerza, se le revolvía el estómago de angustia e incertidumbre.

Así pasaban los días de la Ocupación: en un constante vaivén. Unas veces, la situación se hacía insostenible; otras, Sarah pensaba que podría llegar a acostumbrarse.

Como aquella tarde de domingo llena de sol y pereza en la que al atravesar las puertas del parque de Luxemburgo le pareció haber entrado en un oasis de libertad y sosiego. La gente paseaba en lugar de huir, conversaba plácidamente en lugar de a escondidas, compartía la ración de pan y mantequilla bajo un árbol en lugar de pelearse por ella. Unos viejos jugaban a las cartas, otros dormitaban al calor del sol. Unos niños deslizaban sus barquitos de madera sobre las aguas del estanque, otros contemplaban embelesados el espectáculo de guiñol, y reían. Si no fuera por los pequeños huertos de cebollas, rábanos, tomates y otros vegetales que se habían improvisado en lo que antes eran parterres de flores, nada parecía fuera de lo normal.

—Tengo una sorpresa —anunció Jacob una vez que se hubieron acomodado sobre la hierba, a la sombra rota de un castaño que comenzaba a brotar.

—¿Qué...?

Sarah se mostraba escéptica. No creía que Jacob pudiera sorprenderla con nada y siguió jugando despreocupadamente con una brizna de hierba entre los dedos.

Jacob rebuscó en el bolsillo de su chaqueta de lana, remendada y llena de bolitas. A Sarah le pareció oír el crujir de un papel: era Jacob llamando su atención.

—¡Chocolate! Pero Jacob, ¿dónde lo has conseguido? —exclamó mientras cogía la tableta de chocolate Menier que el joven le ofrecía.

—¿Dónde va a ser? En el mercado negro.

—Te habrá costado una fortuna...

Eso era precisamente lo que Jacob quería oír. Se encogió de hombros, como si la hazaña —para él lo era— no tuviese ninguna importancia.

—Bueno, un fridolin me ha soltado una buena propina.

Sarah sonrió. Le hacía gracia ver cómo Jacob se había hecho con el argot parisino. Resultaba curioso que él, que como alsaciano era tan alemán como francés, se refiriese a los alemanes con los términos despectivos que usaban los parisinos. Frizt o boche eran algunos de ellos. Lo de fridolin era nuevo.

—Casi me tengo que zurrar con un tipo para llevármelo. Sólo quedaba una tableta y el muy ladrón quería quitármela. Pero no importa, un día es un día... Y hoy es mi cumpleaños —anunció Jacob sin grandes alharacas.

—Pero Jacob, ¿cómo no me lo has dicho antes! Te hubiera hecho un bonito regalo o una tarta. Tía Martha tiene reservado un bote de mermelada... Bueno, te deseo un feliz cumpleaños, Jacob.

Sarah no sabía si debía besarle en las mejillas. Finalmente, prefirió no hacerlo.

Era curioso lo poco que sabía de él, a pesar de lo mucho por lo que habían pasado juntos. Lo cierto era que Jacob existía para ella desde hacía sólo unos meses, desde que la había ayudado a escapar de casa de sus padres. Sólo sabía que no tenía familia y que lo había acogido el rabino de Illkirch, por cuya recomendación trabajaba para el padre de Sarah como mozo de cuadra. Jacob la había sacado de la casa antes de que los alemanes la encontrasen, paralizada y muerta de miedo en el sótano. Le había mostrado un camino por la parte de atrás que conducía a un bosque espeso, a salvo de la vigilancia de la Gestapo. Después, habían viajado juntos hasta París, unas veces a pie, evitando las carreteras principales, repletas de alemanes; otras, ocultos en los vagones de los trenes de mercancías o en el carro de algún granjero que se apiadaba de ellos. El joven había pescado para ella, cazado para ella y robado fruta de los huertos que cruzaban para ella. Hasta que finalmente, tras semanas de peripecias, habían llegado a la capital, donde vivían los tíos de Sarah. Entonces, tanto uno como otra pensaron que sus calamidades habían terminado, cuando, en realidad, no habían hecho más que empezar.

—¿No vas a comértelo?

—¡Sí, claro! —Sarah rasgó el papel y cortó un pedazo para cada uno—. ¡Por tu cumpleaños!

Ambos alzaron sus trozos a modo de brindis.

Sarah se tumbó sobre la hierba todo lo larga que era mientras saboreaba el chocolate muy despacito y con auténtico deleite. Cerró los ojos. El sol le acariciaba los párpados; la brisa, las mejillas. Se oía la algarabía de los niños jugando y la música de acordeón. Podía haber sido una tarde perfecta, pero...

—Hoy he vuelto a soñar con mis padres —murmuró con los ojos aún cerrados—. El mismo sueño de todas las noches...

Jacob miraba a Sarah —le gustaba observarla—, pero no sabía qué decir. No se le daba muy bien eso de las palabras. Sarah lo sabía, por eso no le exigía respuesta o comentario alguno. Sarah sólo necesitaba que la escuchasen y para eso Jacob era el mejor. Siempre prestaba atención a todo lo que ella decía.

El chocolate ya se había derretido en su boca. Por completo. Hasta el último pedacito. De pronto, no quedaba nada dulce dentro de Sarah.

—El sueño es muy confuso... Tanto como mis recuerdos.

Sarah abrió los ojos de repente y comprobó que Jacob estaba mirándolo. Se incorporó y el pelo suelto cubrió su rostro inclinado.

—No han respondido a mis cartas. A ni una sola desde que me marché de casa. Estoy preocupada.

—Estarán bien, seguro. Ya sabes lo que dicen: ausencia de noticias son buenas noticias.

Sarah no estaba en absoluto convencida de aquello y menos con todo lo que estaba pasando. Se estaban llevando a mucha gente: a la salida de la sinagoga o directamente de sus casas, así sin más. Entraban, les llamaban por sus nombres y se los llevaban: apenas tenían tiempo de recoger sus cosas, se marchaban prácticamente con lo puesto. Y nadie sabía muy bien adónde se dirigían, sólo circulaban rumores y más rumores. Algunos decían que los reubicaban en otras viviendas, en guetos; otros, que a los hombres los dedicaban a trabajos forzados, los que los nazis no querían hacer, y a las mujeres las mandaban a las fábricas; los más agoreros, hablaban de un destino peor... Sarah no sabía muy bien qué pensar. En general, prefería no detenerse mucho en ello y, si acaso, escoger la opción más optimista, ella era de naturaleza optimista.

—Tal vez debería volver a Illkirch...

—Ni se te ocurra —atajó Jacob—. Tu padre dijo que te quedaras con tus tíos y no te movieras de París hasta que él te avisara, ¿recuerdas?

—Sí, lo sé. Pero...

—No debes preocuparte, Sarah. Estoy convencido de que todo va bien. Si hasta ahora no te han dicho nada, es para no ponerte en peligro. Debes tener paciencia.

Sarah suspiró y se recogió el pelo detrás de la oreja. Tal vez Jacob tuviera razón. Eso quería creer ella.

Le hubiera gustado volver a tumbarse sobre la hierba... toda la tarde, todos los días; no tener que abandonar aquella isla a salvo de la tormenta; no tener que enfrentarse al día a día. Porque allí, tumbada, oyendo a la gente reír y sintiendo la naturaleza seguir su curso al margen de la locura de los hombres, le parecía que nada malo podía suceder, que nada malo estaba pasando. Sin embargo, Sarah sabía perfectamente que eso no era posible, que aquella tarde en el parque no era más que un sueño del que tarde o temprano tendría que despertar.

—Volvamos a casa, Jacob. Volvamos caminando despacio como si nada nos persiguiera.

Antes de las ocho de la tarde, la hora a la que comenzaba el toque de queda para los judíos, Sarah y Jacob llegarían a casa de los Metz, en la rue Desaix, una de las zonas nobles de París. Jacob cenaría con la familia, como casi todos los domingos; comerían patatas y colinabos y quizá algo de carne. Y puede que la tía Martha sacara del fondo de la alacena ese bote de mermelada que guardaba bajo llave, pues celebrar el cumpleaños de Jacob era una ocasión que lo merecía.

El padre de Sarah le había repetido obsesivamente que debía visitar a la condesa de Vandermonde en cuanto llegara a París. Ella le había preguntado por qué debía hacerlo y quién era aquella condesa, pero no hubo tiempo para explicaciones, sólo los segundos justos para que su padre le deslizara un papel con una dirección en el bolsillo del abrigo. «Vete a verla, Sarah. No dejes de hacerlo, hija. Ella te ayudará.»

La condesa de Vandermonde vivía en un hôtel particulier situado detrás de la plaza de los Vosgos. Nada más divisar la casa, a Sarah le pareció que aquel era un lugar sombrío, incluso siniestro. El jardín estaba descuidado, invadido por la maleza; la fachada del palacete, ennegrecida por el tiempo y la humedad; todo parecía abandonado. Se alegró de que Jacob hubiera insistido en acompañarla; con él a su lado, se mitigaban sus temores y sus recelos. Aun así, poco le faltó para dar media vuelta y largarse de allí. Más tarde se arrepintió de no haberlo hecho.

La puerta de la verja que circundaba la propiedad de la condesa estaba entreabierta. Jacob la empujó y, al hacerlo, chirrió como si fuera a desintegrarse en una nube de óxido. Cruzaron aquel jardín que había conocido tiempos mejores y llamaron a la puerta principal. El timbre sonó hueco en lo que parecía una casa vacía. Sarah creyó que aquello era una buena excusa para marcharse, pero Jacob la detuvo. A los pocos segundos, la puerta se abrió con pereza.

Ambos se quedaron pasmados. Nunca habían visto a un hombre como aquel. Se habían topado con cosas extrañas, sí, en el circo de Illkirch y en las películas de terror, pero nunca nadie tan extraño como aquel personaje que les miraba desde el umbral sin pronunciar palabra. Su piel era del color del talco y parecía tener la misma textura polvorienta. Un pelo lacio y completamente blanco le caía por la frente. Sin embargo, lo más llamativo eran sus ojos: rasgados como los de un oriental pero con el iris completamente rojo, lo que daba a su mirada un aspecto feroz y monstruoso. Era muy alto, demasiado, vestía una antigua levita negra que le hacía parecer más largo aún, dándole aspecto de sepulturero victoriano.

—¿Vi... vive aquí la condesa de Vandermonde? —tartamudeó Sarah tras los hombros de Jacob.

Aquel espectro no se pronunció. Se ocultó dentro de la casa e hizo ademán de cerrar la puerta.

Jacob se lo impidió, empujando con la mano.

—¡Venimos de parte de Alfred Bauer!

Como un «ábrete sésamo», aquel anuncio detuvo el forcejeo. La puerta volvió a abrirse y el hombre insólito les cedió el paso. Le siguieron a través de un pasillo oscuro, con varios codos, que se asemejaba a un laberinto sin salida a ninguna parte. A medida que se adentraban en la casa, el aire se volvía cada vez más enrarecido, pesado como el de un sótano sin ventilación. Por fin, llegaron a un salón que, aunque grande, parecía echárseles encima: estaba entelado del suelo al techo con un damasco deslucido por los años; un velo de polvo cubría los muebles; las cortinas permanecían cerradas a pleno día, había miles de objetos por todas partes: porcelanas, cajitas, espejos, marcos, jarrones, ceniceros, un sinfín de adornos y cacharros allí olvidados, como en una sórdida chamarilería; era difícil moverse sin toparse con nada. Sarah tuvo la desagradable sensación de que nadie antes que ellos había estado en aquel lugar desde hacía mucho tiempo; era escalofriante.

Casi al tiempo que el peculiar criado de la condesa se marchaba en tétrico silencio, por el salón empezó a flotar un aroma intenso como de ámbar y almizcle, como de bazar oriental. Aquel perfume que parecía no provenir de ningún lugar resultaba sobrecogedor.

—¿Qué es lo que queréis de mí, par de pilluelos? Aquí no se da trabajo a nadie, tampoco limosnas.

Una voz resquebrajada les sorprendió a su espalda; provenía del vano oscuro de una puerta por el que no tardó en salir a la moribunda luz del salón una figura diminuta que se encorvaba sobre un bastón: una anciana vestida de púrpura y tocada con un turbante que le daba aspecto de pitonisa de feria.

Sarah dio un tímido paso al frente.

—¿Es usted la condesa de Vandermonde? —balbució—. Me envía Alfred Bauer...

La anciana se encaminó al centro del salón y se expuso al delgado haz de luz que se colaba por una de las rendijas de las cortinas. Su rostro parecía una máscara grotesca de maquillaje que se acumulaba en sus arrugas, de cejas depiladas y trazadas con kohl, y de barra de labios roja sobrepasando los límites de la boca.

—Así que Alfred Bauer me manda a unos judíos...

A Sarah le escoció en la solapa la estrella amarilla que la etiquetaba como a un objeto o a un animal. Tenía que haberle hecho caso a Jacob y no habérsela puesto, pero su tía había insistido.

—Después de años sin dar señales de vida, Alfred Bauer tiene la poca vergüenza de mandarme a unos judíos. ¡Ahora! ¡Ja! Ahora que a los judíos les ha abandonado su Dios, él acude a mí. ¡Qué desfachatez! ¡Creerá que voy a ayudarle después de lo que me ha hecho pasar! —declamó la condesa con tono de invocación.

Jacob bufó. Por el rabillo del ojo, Sarah vio que empezaba a hervir de ira contenida. Al contrario que ella, siempre prudente y timorata, el chico no tenía pelos en la lengua. No tardaría en responder a aquellos ataques gratuitos. Sarah intentó apaciguar los ánimos antes de que la situación se tornase aún más violenta.

—Escuche, por favor...

—Y si Alfred Bauer quiere algo de mí, ¿por qué no ha venido él a pedírmelo? —la interrumpió desconsideradamente la condesa—. ¿Tanto le desagrada volver a verme?

Sarah no estaba segura de si la condesa tendría algún interés en escucharla, pese a ello, le respondió:

—La Gestapo ha detenido a mi padre...

Al contrario de lo que Sarah preveía, la condesa se quedó por primera vez sin palabras. Su arrogancia y su desprecio se desvanecieron y dieron paso a otras sombras en su rostro. Al cabo de unos segundos de rumiar sus hierbas amargas, se apoyó en el bastón e intentó erguirse para mirar a Sarah con los ojos entornados por la curiosidad más retorcida.

—Así que tú eres la hija de Alfred... ¡Ponte derecha, muchacha!

Sarah obedeció instintivamente. Aquello colmó la escasa paciencia de Jacob.

—¡Oiga, señora!

—¡Silencio, bribón! ¿Quién eres tú?

—Eso a usted no le importa —masculló Jacob.

Sarah le insinuó por gestos que cerrara la boca.

—¡Menuda legacía vulgar y grosera que manda tu padre!

Antes de que Jacob volviera a saltar, Sarah le detuvo sujetándole por el brazo. La condesa tuvo la oportunidad de volver a explayarse:

—Ahora lo entiendo... Ya no es divertido ser judío, ¿verdad? ¡Se lo avisé! Le dije que los judíos sólo traen desgracias, son un pueblo marcado por la fatalidad, una mala sombra... ¡Bendito aquel que tiene el coraje de extirparlos de nuestro seno!

La tensión crispaba el rostro de Jacob. Tomó a Sarah de la mano y tiró de ella hacia la puerta.

—¡Vámonos de aquí! ¡No consentiré que te siga hablando así!

—Márchate tú, tunante. Ella se queda —gruñó la condesa con un golpe de bastón.

Por fin Sarah despertó de su cándida estupidez. Se soltó de la mano de Jacob y se enfrentó a aquella bruja revestida de aristocracia.

—No, yo también me voy. No tengo nada más que hablar con usted.

Se dio media vuelta y abandonó el salón por delante de Jacob. Los improperios de la condesa les sucedieron.

—¡Detente, descarada! ¡Vuelve aquí inmediatamente! ¡Muchacha atolondrada! ¡Eres tan impetuosa y testaruda como tu padre! ¡Pero ya volverás a mí!

Aquellos gritos les acompañaron hasta que la puerta principal se cerró de un golpe y los dejó entre los muros de la decrépita mansión.

Un detalle que llama la atención

Un detalle que llama la atención

No disponía de muchas piezas del rompecabezas: Georg von Bergheim había viajado de París a Estrasburgo, allí había requisado la colección Bauer y luego había regresado a la capital, donde había permanecido hasta marzo de 1943. Pero al tratar de unirlas, aparecían las primeras preguntas: ¿buscaba Von Bergheim El Astrólogo en la colección Bauer?, ¿lo encontró?, ¿por qué regresó a París? Según el doctor Arnoux, el inventario de la colección Bauer no incluía ningún cuadro de Giorgione. Aquello podría deberse bien a que efectivamente los Bauer nunca tuvieron dicho cuadro, a que lo tuvieron pero como había sido reclamado directamente por Hitler, Von Bergheim no lo incluyó en el inventario o, si echaba a volar la imaginación, tal vez los Bauer pusieran el cuadro a buen recaudo antes de que los nazis les confiscaran la colección. Hipótesis aparte, lo único que tenía claro es que debía averiguar algo más sobre los Bauer y su colección.

Aprovechando que volvería a ver al doctor Arnoux para que me diese la copia del informe sobre el ERR, intenté sacar partido de sus conocimientos una vez más.

—He pensado que si la hija de Alfred Bauer sigue viva, tal vez pueda darme información sobre la visita de Von Bergheim a Estrasburgo. Siempre y cuando en 1942 no fuera una niña demasiado pequeña como para acordarse de nada... —insinué frente a la máquina de vending mientras hacía malabarismos con los dedos para sujetar un café demasiado caliente.

Me había ofrecido a invitarlo a tomar algo en agradecimiento por su colaboración, pero como tenía que dar una clase en veinte minutos, la invitación se redujo a un cutre café de máquina de vending del Departamento de Historia de la Sorbona. Es imposible sentirse generoso metiendo unos céntimos por una ranura y ofreciendo un vasito de plástico al agasajado; así, es imposible tener la conciencia tranquila.

—No recuerdo exactamente su fecha de nacimiento —admitió él, después de quemarse los labios con su café—. Pero tendría unos veinte años por entonces... Con mucha suerte, puede que siga viva... Lo único que llegué a averiguar es que no figura en las listas de deportados, mientras que el resto de la familia sí.

—¿Crees que escaparía o eso sólo ocurre en las películas?

El doctor Arnoux sonrió.

—Quizá pudo haber escapado, ¿por qué no? Pero no lo sé... —Se encogió de hombros y suspiró—. Siento no ser de mucha ayuda. No cuento con demasiada información, la verdad. En realidad, di con la colección Bauer por casualidad, cuando estaba investigando otra, la de Heinrich Metz, un judío austríaco afincado en París. La familia Metz fue deportada y la colección confiscada en 1942. Hace un par de años, una sobrina de Heinrich Metz, hija de su hermano, acudió a la fundación para que lleváramos su caso. Me topé con la colección Bauer porque las mujeres de Heinrich Metz y Alfred Bauer eran hermanas. Averigüé que ni una sola de las obras de Bauer había sido reclamada hasta la fecha... Eso no es habitual.

—Entonces, lo más probable es que la hija de los Bauer haya muerto porque, de lo contrario, la habría reclamado. Ella o algún descendiente.

—Sí, eso es lo más lógico. Pero te sorprenderías. En el caso de los propietarios, la mayoría de los que sobrevivieron reclamó lo suyo en su momento. Sin embargo los herederos... Muchos no saben ni que lo son, ni siquiera de qué. Buena parte de los judíos que vivían en Francia durante la guerra huyeron a Estados Unidos. No es extraño que se dé el siguiente caso: un buen día un descendiente viaja a Europa, ve un cuadro en la galería Belvedere de Viena y dice: ¡Anda!, ¡si es como el de la foto de la casa del abuelo! Y resulta que es el mismo de la casa del abuelo, ilegítimamente sustraído por los nazis y vendido o cedido a cualquier museo después. —El doctor Arnoux apuró el café, arrugó el vasito y lo tiró a la papelera—. No sé si seguir la pista de Sarah Bauer te servirá de mucho, la verdad. Aunque no la mataran los nazis, el tiempo ya no juega a tu favor: noventa años son muchos años para esperar que siga viva. Lo que sí te puedo decir es que hay un detalle en todo este asunto que llama la atención...

—¿Cuál? —pregunté con verdadero interés.

—Tu comandante Von Begheim, una vez más. Es muy extraño que él firmara el inventario Bauer.

—Bueno, Bruno Lohse decía que colaboraba en el inventario y catalogación de obras.

—Sí, pero esa no es la cuestión. La cuestión es que el Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg fue un organismo constituido para actuar en los territorios ocupados. Un miembro del ERR no debería actuar en Estrasburgo porque, entre 1940 y 1944, la ciudad no era territorio ocupado, sino anexionado al Tercer Reich: formaba parte de Alemania. En el territorio alemán el proceso de apropiación de bienes artísticos seguía otros caminos, no se canalizaba a través del ERR. No tiene sentido que mandaran a Von Bergheim a requisar e inventariar la colección Bauer porque estaba fuera de su competencia... Al menos, en teoría.

No, no estaba fuera de su competencia si Von Bergheim creía que los Bauer tenían El Astrólogo. La verdad, me hubiera gustado compartir aquella idea con el doctor Arnoux. En cualquier caso, todo parecía apuntar a que Von Bergheim, los Bauer y El Astrólogo estaban de algún modo relacionados.

Julio, 1942

Julio, 1942

El 16 de julio de 1942, la policía francesa, a instancias del gobierno alemán, llevó a cabo una redada en París en el curso de la cual más de trece mil judíos fueron arrestados. La mayoría fue trasladada al Vélodrome d’Hiver, un pabellón de deportes en el centro de la ciudad, donde permanecieron cinco días en penosas condiciones sin apenas comida ni agua. Tras pasar por diferentes campos de tránsito, los detenidos fueron deportados a Auschwitz.

Antes de la guerra, los Metz eran una familia acomodada de la alta burguesía de París. Ocupaban dos plantas de un edificio señorial en el distrito V, a pocos pasos de la torre Eiffel, poseían un automóvil con chófer, frecuentaban las carreras en el hipódromo de Longchamp, veraneaban en Deauville, alquilaban un palco en el teatro de la Ópera Garnier para la temporada lírica y asistían regularmente a todas las citas sociales más relevantes de la capital. Heinrich Metz también era conocido por acudir a menudo a las galerías y salas de subastas en busca de pintura romántica, sólo romántica, pues Heinrich Metz no era coleccionista de arte, era coleccionista de pintura del Romanticismo y estaba muy orgulloso de poseer un Delacroix, un Ingres y un Turner en su modesta colección.

Sin embargo, desde que Sarah había llegado al hogar de los Metz había sido testigo del declive progresivo de la familia. Poco tiempo antes, al tío Heinrich le habían prohibido ejercer su profesión de abogado y le habían confiscado el automóvil, además de la primera planta de su casa, donde tenía el despacho. Después, había sido condenado a arresto domiciliario hasta que, finalmente, la policía francesa, bajo supervisión de un miembro de la Gestapo alemana, se lo había llevado detenido; todo porque era un judío extranjero. Desde entonces, ni la tía Martha ni la prima Hélène, que se habían librado de la detención por ser ciudadanas francesas, habían vuelto a saber de él. Sarah había presenciado cómo su tía, para reducir gastos, despedía al servicio y empeñaba las joyas; más tarde, también alguno de los valiosísimos cuadros de su esposo. Los últimos meses, habían decidido clausurar la mayor parte de la casa y reducir la vivienda a sólo dos habitaciones, el salón, la cocina y un baño. Para conseguir algún dinero, su tía y su prima lavaban en casa la ropa de cama de un hospital cercano.

Ante esta situación, a Sarah le angustiaba la idea de convertirse en una carga más, pero lo cierto era que no tenía otra familia a la que acudir en París que a la hermana de su madre. Por eso, lo primero que hizo al llegar a la capital fue buscarse un empleo con el que contribuir al sostenimiento del hogar. Ella nunca antes había trabajado ni tampoco había pensado en hacerlo algún día. Estudiaba Historia del Arte porque, como a su padre, le apasionaba; su trabajo en un futuro consistiría en conseguir que la colección de la familia prosperase, si es que a eso se le podía llamar trabajo. Pero nunca se imaginó con un empleo como los demás, con jefe, sueldo y horario.

El día que se propuso recorrer las calles de París en busca de trabajo deambuló sin rumbo fijo. No sabía adónde ir, no se le ocurría qué podía hacer una muchacha como ella ni cómo solicitar un empleo... Se sintió tremendamente perdida y sola en aquellas calles atestadas de gente desconocida y hostil; echó aún más de menos —si eso era posible— a su familia, su casa y su vida en Estrasburgo; notó en las cuerdas vocales la tensión del llanto, y en los ojos, el ardor de las lágrimas, y tuvo que luchar para no llorar a causa de la compasión que por ella misma sentía. Llorar por eso era tan vergonzoso e indigno... Anduvo horas y horas hasta alcanzar el Barrio Latino, donde reunió el valor suficiente para entrar en una cafetería y preguntar por el empleo de camarera que se anunciaba en un cartel. Un año antes no habría sido capaz de hacerlo. Notó que las mejillas le ardían y la traicionó el temblor de su propia voz mientras hablaba con el encargado. Creyó que se moriría de vergüenza cuando éste la rechazó, sin duda por su falta de decisión y aplomo. Lo mismo le ocurrió en la zapatería, la droguería y la tienda de sombreros. Llegó a la casa de la rue Desaix poco antes del toque de queda: los pies doloridos de tanto caminar y el orgullo deshecho de tanto mendigar.

Humillada y desalentada, le contó a Jacob su terrible andadura. En cierto modo, el chico representaba para ella el referente que se había dejado en Estrasburgo: la experiencia y la autoridad. Jacob sabía arreglárselas bien solo. En apenas dos días, se las había ingeniado para encontrar alojamiento en una pensión, compartiendo habitación con otro chico; y este mismo le había recomendado para un trabajo en una vaquería, una tarea ideal para él, que había sido el mozo de cuadra en casa de los Bauer. Incluso, no había pasado ni siquiera un mes cuando el muchacho encontró otro trabajo en turno de tarde como mozo de equipajes de la Gare de l’Est. En cambio, Sarah, con toda su educación, sus idiomas, su saber estar y su presencia elegante, había fracasado estrepitosamente. Una vez más, Jacob fue su salvavidas: en menos de una semana había encontrado para ella un trabajo en una librería cerca de la Sorbona. Los dueños, un matrimonio belga sin hijos, no eran judíos, pero horrorizados ante los acontecimientos deseaban actuar de alguna manera y pensaron que contratar a Sarah era una forma de ayudar a aquellos ciudadanos oprimidos por los nazis.

De modo que Sarah trabajaba de lunes a sábado, de diez a seis, ordenando pedidos, manteniendo el inventario, etiquetando precios y despachando clientes en la librería, sobre todo estudiantes y profesores de la cercana universidad. Pero lo más grato para ella, además de estar todo el día rodeada de libros, era el cariño con el que monsieur y madame Matheus la trataban. Sarah no tardó en darse cuenta de que su pequeña familia en París se había ampliado.

Una tarde como otras muchas, Sarah regresaba después del trabajo a casa caminando desde la estación de metro de Dupleix. Andaba rápido, sin fijarse demasiado en los detalles de un recorrido que por hacer casi a diario conocía de memoria, con la vista perdida en el pavimento y la atención en sus propios pensamientos. Tan ensimismada iba que no vio a madame Benoît echarse sobre ella.

—¡Mademoiselle Sarah! ¡Por todos los santos del cielo! ¡Menos mal que doy con usted!

Sarah se quedó estupefacta ante las exclamaciones incoherentes de Sylvie. No comprendía muy bien lo que decía ni por qué la agarraba de aquella manera, presionando con fuerza sus brazos e impidiéndola andar.

—Pero Sylvie, ¿qué...?

Sylvie Benoît era la portera de la finca donde vivían sus tíos. Normalmente no derrochaba palabras, y hasta el momento se había limitado a musitar un buenos días apenas inteligible cada vez que Sarah se cruzaba con ella, casi siempre cuando Sylvie barría la escalera con su mandilón de flores y sus zapatillas de felpa. De hecho, a Sarah no dejó de sorprenderle que conociera su nombre.

—¡He venido a avisarla, mademoiselle! ¡No debe usted seguir, no debe ir a la casa! Me lo dijo mi Rémy: ¡anda y corre, Sylvie, y dile a mademoiselle Sarah que no se le ocurra venir por aquí!

Sarah había conseguido desasirse de los brazos de la portera y pretendía llevársela a un rincón apartado y alejarse de en medio de la acera. La gente comenzaba a volverse para mirarlas y, en aquellos días, no era aconsejable llamar la atención.

—Cálmese, Sylvie. ¿Qué es lo que ocurre?

La mujer tragó saliva y, entre jadeo y jadeo, producto de la excitación, comenzó a relatar con incongruencia:

—Ellos vinieron, mademoiselle. Esta mañana. Entraron en el portal sin preguntar nada y apartando de un empujón a mi pobre Rémy. Sabían adónde iban, eso está claro. Como cuando lo de su tío. Eran tres policías franceses y un hombre alemán sin uniforme. Uno de ellos se quedó abajo. Al rato salieron con ellas... ¡Por la Virgen Santísima que está en el cielo! ¡Ay, ay, ay! ¡La pobre madame! ¡Ella que es una señora y se la llevaron como a una vulgar delincuente! ¿Adónde vamos a ir a parar?

Para cuando Sylvie había comenzado a sollozar, Sarah ya había comprendido. Cuando Sylvie terminó de verborrear, Sarah, apoyada en la pared porque le flaqueaban las piernas, empezaba a asimilarlo.

—No debe usted ir por allí, mademoiselle Sarah —sollozaba Sylvie—. Mi Rémy dice que tienen la casa vigilada y podrían cogerla a usted también. ¡Esto es una desgracia! No vaya, mademoiselle, por el amor de Dios.

Sarah apenas reaccionaba a sus exhortaciones. Como le había sucedido con anterioridad, volvía a verse paralizada por el terror: la vista fija, la respiración acelerada y las manos húmedas de sudor. El panorama, los ruidos, todos los estímulos, todo aquello que venía del exterior se había ido apagando para dejar a Sarah librar su propia batalla: la batalla contra el miedo y la indecisión.

Fräulein Volks observó atónita cómo su jefe entraba caminado a grandes zancadas renqueantes y, entre resoplidos de furia, pasaba a su lado sin ni siquiera mirarla y se metía en su despacho con tal ímpetu que la secretaria tuvo la sensación de que arrancaría la puerta. Antes de que fräulein Volks se hubiera recuperado de la impresión, la puerta por la que su jefe había desaparecido se entreabrió.

—Localice al doctor Lohse y dígale que quiero hablar con él.

Tal cual se había asomado, su jefe volvió a desaparecer dentro del despacho y la paz regresó al lugar de trabajo de fräulein Volks. La joven meneó la cabeza, cruzó las piernas dejando a la vista buena parte de su muslo izquierdo, se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y descolgó el teléfono para llamar por la línea interior a la secretaria del doctor Lohse.

Georg se dejó caer sobre la silla y enterró la cara entre las manos, apretando los dedos contra ella. Aún resoplaba como si su nariz fuera una válvula por la que dejar escapar toda la ira acumulada. No se explicaba muy bien por qué, pero esos cabrones de la Gestapo siempre conseguían sacarle de sus casillas. No había manera de razonar con ellos, no había forma de apartarles de sus jodidos procedimientos ni de evitar que asomasen su sucia nariz por todo lo que oliera a judío. Y él había tenido la mala suerte de toparse constantemente con judíos desde que empezó esta operación.

Se frotó los ojos y se recostó en la silla, todavía con el rostro congestionado. Cada vez que pensaba en el desafortunado encuentro que había tenido con el Kriminalkommissar Hauser se lo llevaban los demonios. Y es que los suyos habían vuelto a joderla, pero bien. Eran unos especialistas en querer matar moscas a cañonazos y conseguir que la mosca se fuese volando.

Estaba totalmente atascado en la investigación sobre el paradero de El Astrólogo. Contar como único punto de partida con el nombre de una mujer era prácticamente como no tener nada. Se había planteado incluso la posibilidad de acudir a la policía francesa para tratar de localizarla. A instancias de la Kommandantur, los franceses elaboraban desde 1940 un registro de todos los judíos residentes en París, por lo que era probable que su nombre figurara en dicho registro, si es que, como sospechaba, la muchacha había viajado hasta la capital. Sin embargo, había estado dándose largas a sí mismo para no tener que acudir a la policía francesa; sabía que de un modo u otro la Gestapo estaba al tanto de todo lo que pasaba por las prefecturas parisinas...

Georg arrugó el papel con el nombre de Sarah y lo arrojó violentamente a la papelera. Estaba tan indignado... Haber tomado tantas precauciones para nada resultaba indignante. Aunque, en realidad, fue un ingenuo al pensar que podría hacer su trabajo sin contar con la policía. Y el caso es que si la policía no hubiera metido las narices, hubiera sido mucho más sencillo y eficaz. Sobre todo cuando hacía tan sólo un par de días había obtenido por un casual una información extremadamente útil. Sucedió mientras acompañaba a Lohse a una de sus habituales rondas por las casas de arte y antigüedades de París; buscaba un par de objetos para Himmler: algún manuscrito tibetano o, con suerte, un amuleto egipcio. El Reichsführer se entusiasmaba tanto con esas cosas que dejaba de atosigarle con el verdadero propósito de su misión. Hablando con el propietario de una casa de subastas sobre su estancia en Estrasburgo y el desafortunado incidente con los Bauer, éste le comentó que en alguna ocasión había hecho negocios con un tal Bauer de Illkirch, Estrasburgo, a través de Heinrich Metz, uno de sus mejores clientes. Metz era un abogado aficionado al arte del siglo XIX, que poseía una pequeña pero selecta colección monográfica de pintura romántica, residía en París y era cuñado de Bauer. «¡Eureka!», se dijo Georg mentalmente. Si aquella muchacha estaba en París, la encontraría sin duda en casa de los Metz.

Durante todo un día estuvo dándole vueltas a cómo abordaría a la chica y cómo manejaría la situación para que no volviera a escapársele de las manos. Finalmente, se decidió a hacer una visita a casa de los Metz. Cuando llegó al número 5 de la rue Desaix, donde el tipo de las subastas le había dicho que vivía Heinrich Metz, se encontró, primero, con un conserje asustado y huidizo y, después, con un policía francés haciendo guardia en la puerta que se cuadró nada más verle.

—No encontrará aquí a los Metz, herr Sturmbannführer. Monsieur Metz fue arrestado hará cosa de seis meses, y a su esposa y su hija las arrestamos ayer mismo —le explicó el joven policía.

—¿Con qué cargos? —le preguntó absurdamente Georg, pues de sobra los conocía.

El gendarme se encogió de hombros.

—¿Sólo se llevaron a dos mujeres?

—Sí, señor. De todos modos, le aconsejo que se dirija usted a la prefectura. Allí le proporcionarán toda la información que necesite.

Haciendo uso de su rango y de su autoridad, Georg consiguió que el policía le dejara acceder a la vivienda. En el interior, la estampa le resultó amargamente familiar: una casa relativamente pulcra y ordenada; en las habitaciones, los armarios y los cajones habían quedado abiertos, apenas habrían tenido tiempo de llevarse algunas cosas, ni mucho menos de hacer un equipaje; pero lo más llamativo era que en toda la casa no había un solo mueble, un solo cuadro, un solo libro o un solo objeto que tuviera el más mínimo valor, sólo quedaban las marcas en los lugares que antes habían ocupado. Otra de las cosas de las que Georg se percató fue de que allí vivían más de dos personas: en una época en la que los parisinos sobrevivían con lo justo, que hubiera tres cepillos de dientes, tres pares de zapatillas y tres barras de labios era todo un indicio.

Georg abandonó la casa de la rue Desaix presa de la indignación. Y siendo tan temperamental como era, no esperó ni un minuto para actuar. No iría a la prefectura, no. Iría directamente a las oficinas de la Gestapo en la rue des Saussaies a gritar a la cara de algún inepto. Una vez allí, le condujeron a la sección IV de asuntos judíos y al Kriminalkommissar SS-Hauptsturmführer, Gunther Hauser, el tipo más arrogante, estúpido y repulsivo con el que se había cruzado últimamente.

—Ah, sí, sí... El caso Metz, sí. Fue ayer mismo. De hecho tengo aquí el informe del Oberscharführer Lodz, el agente que acompañó a la policía francesa.

Georg permanecía de pie frente a la mesa de Hauser, observando con gesto severo la parsimonia con la que el kommissar hojeaba el informe.

—Martha y Hélène Metz, ¿no es así?

—Ni lo sé ni me importa, capitán —se dirigió a Hauser por su rango en las SS para reforzar su autoridad—. Lo único que quiero saber es por qué la Gestapo ha intervenido en una colección de arte cuya custodia y protección es competencia del ERR.

Georg era consciente de que tenía pocos argumentos para cuestionar la actuación de la Gestapo. Si querían llevarse a dos mujeres judías, se las llevaban y punto. Pero para averiguar por qué precisamente habían sido las Metz, tenía que apelar a un conflicto con los intereses del ERR, era lo único que le legitimaba para pedir explicaciones.

Hauser lo miró por encima de las gafas con una expresión de cinismo en sus ojos saltones.

—Con todos los respetos, comandante Von Bergheim, ha sido el ERR quien se ha encargado de confiscar la colección Metz. La Gestapo se ha limitado a poner bajo arresto a dos elementos contrarios a los intereses del Reich a instancias, precisamente, del ERR. Para su información, aquí tiene la orden que nos fue remitida antes de ayer desde el Hotel Commodore. La firma el director del ERR, barón Kurt von Behr.

Hauser le deslizó el papel por encima de la mesa y Georg se incorporó sobre él para leerlo. Atónito, contempló la firma de Von Behr mientras hacía grandes esfuerzos por tragarse toda la bilis que tenía acumulada y trataba de buscar una salida airosa al ridículo en el que se había puesto.

Hauser, con cierto aire condescendiente, parecía estar divirtiéndose horrores con la situación.

—En cualquier caso, Hauptsturmführer Hauser, me creo en la obligación de advertirle de que se da la circunstancia de que la colección Metz es del interés personal del Reichsführer Himmler y que confío en que con la detención precipitada de la familia Metz no se hayan puesto en peligro dichos intereses. Resultaría tremendamente desafortunado que sus superiores tuvieran que recibir una comunicación del Reichsführer Himmler al respecto.

Hauser sonrió con una beatitud y un aplomo exasperantes mientras juntaba los dedos largos y huesudos frente a la cara.

—Dudo mucho que eso pueda suceder, siempre y cuando los miembros del ERR actúen de forma coordinada antes de solicitar nuestra colaboración. La cual, por supuesto, prestamos de buen grado.

Definitivamente, no tuvo más remedio que salir de las oficinas de la rue des Saussaies con el rabo entre las piernas, maldiciendo su genio, su impulsividad y su irreflexión temeraria.

Todavía recordaba el episodio con tal rabia que partió con las manos uno de los lápices de su mesa.

—¡Pase! —ordenó cuando escuchó unos golpes en la puerta.

La cara sonriente de Bruno Lohse asomó por el quicio.

—Ah, Lohse, eres tú. Adelante, por favor.

Lohse se adentró con cautela en el despacho y cerró la puerta lentamente.

—Tu secretaria me ha sugerido que me ande con cuidado, que estás de un humor de perros.

Sin mediar palabra, Georg pulsó el botón del interfono.

—Helga, tráigame, una aspirina. Y, en lo sucesivo, absténgase de hacer comentarios sobre mi humor a las visitas.

Lohse, que se había sentado frente a la mesa en actitud relajada, había cruzado las piernas y había encendido un cigarrillo, sonrió mientras exhalaba el humo de la primera calada. En el despacho de Von Bergheim se sentía a gusto. En parte porque era como el suyo, espartano —una mesa, las sillas, el cuadro de Hitler— pero con unas vistas tan hermosas sobre el jardín de las Tullerías y los edificios colindantes que la ventana parecía un cuadro del realismo romántico que todo lo decoraba. Aunque también se sentía a gusto en esa oficina porque Von Bergheim era uno de los pocos amigos que tenía en el Arbeitsgruppe Louvre.

—¿Has oído hablar de un tal Kriminalkommissar Gunther Hauser? —le preguntó Georg, sacándole de sus divagaciones.

—¿De la Sipo? —Lohse se refería a la Sicherheistpolizei, la policía del Reich.

—Gestapo. Sección IVB4, para ser exactos.

—¿Asuntos judíos? Son todos unos tarados. Pero no, no sé quién es el tal Hauser. Sólo he coincidido un par de veces con Lischka, un nazi eficaz de esos que tanto gustan a los de arriba.

Que no conociera a Hauser era señal de que ese tipejo sólo era uno más entre muchos, porque Lohse solía confraternizar únicamente a partir de cierto rango, ya fuera militar, político o social.

—Pues espero que sea un don nadie porque hoy me he puesto en ridículo delante de ese cabrón engreído.

Lohse comenzó a escuchar atentamente el relato de los infortunios de Von Bergheim, hasta que fue interrumpido por fräulein Volks que traía la aspirina para su jefe. Mientras la joven y voluptuosa secretaria abandonaba el despacho al ritmo de un taconeo sensual, Lohse se volvió para mirarle el trasero. Después, esperó a que su colega se tomase el analgésico y, por último, recuperó con interés el hilo de la historia. Una historia entre muchas, hasta que Von Bergheim mencionó la colección Metz. Entonces, todos sus sentidos se pusieron alerta. Apagó el cigarrillo, se incorporó en el asiento y pretendió seguir mostrando ecuanimidad. Pero se sabía inquieto y, más que escuchar a Georg, lo que hacía era pensar en cómo salvaría la cara ante su amigo. Y es que Lohse era perfectamente consciente de que no gozaba de grandes simpatías entre sus colegas debido a cuestiones como éstas. Más de una vez había metido la pata por andarse con subterfugios y enredos.

Von Bergheim parecía verdaderamente enfadado. Gesticulaba exageradamente, golpeaba la mesa y, en ocasiones, gritaba. Lohse temía su reacción si le contaba la verdad. Sin embargo, se sorprendió a sí mismo descubriendo que estimaba la amistad de Georg más de lo que él creía y decidió que, aunque fuera por una vez en la vida, entonaría el mea culpa.

—Lo que no logro comprender es cómo coño Von Behr se ha podido enterar de lo de la colección Metz.

Aparentemente, Georg había concluido su discurso. El comandante se aflojó el cuello de la camisa y dio un sorbo del vaso de agua que le había traído fräulein Volks. El silencio que siguió apretaba el pescuezo de Lohse impidiéndole hablar; él también se aflojó la corbata como para dar paso a una confesión que no estaba muy seguro de querer dejar escapar.

—Yo se lo dije —reconoció finalmente, sin atreverse a mirarlo a la cara—. Y no sólo eso: le pedí que autorizara la confiscación.

La ira de Georg pareció volatilizarse de repente como un gas en combustión. El silencio tomó su despacho, y el estupor, su rostro.

—Joder, Lohse... Pero ¿por qué?

—Escuché lo que te contaba Dequoy sobre la colección Metz. —Dequoy era el propietario de la casa de subastas—. El mariscal Göring se vuelve loco por la pintura romántica y pensé que era una oportunidad de oro para ofrecerle material de primera calidad. Está al caer una de sus visitas a París y tengo poca cosa para él... Si hubiera sabido que tenías interés en ella, no hubiera intervenido, te lo aseguro.

—Pero ¡la colección Metz no estaba en situación de abandono! ¡El ERR no puede intervenir! ¡Eso es un robo en toda regla!

—¡Oh, vamos, Von Bergheim! ¿A estas alturas todavía no te has dado cuenta de qué es lo que hacemos aquí? ¿Qué hiciste tú, si no lo mismo, con la colección Bauer?

Lohse había metido el dedo en la herida. Georg aplacó sus iras y, abatido, confesó:

—Ese fue un error de novato que cometí una vez y que juré no volver a cometer. ¿Qué estamos haciendo si arrestamos a las personas para apropiarnos de sus obras de arte? ¡Esto es una jodida perversión, por Dios!

—No son personas, son judíos.

Al comprobar cómo la mirada severa de Georg caía sobre él, Loshe se excusó:

—No lo digo yo. ¿O es que a ti no te obligaron a aprenderte el Mein Kampf en Bad Tölz? Los de la Leibstandarte no tenéis precisamente fama de buenos chicos...

«La Leibstandarte es una unidad militar de élite», se había repetido Georg cientos de veces. Una unidad entrenada para combatir en primera línea, y la realidad del combate es cruel y despiadada. Sin embargo, no podía evitar recordar aquella vez que sorprendió a uno de sus cabos apuntando con la pistola a la nuca de un prisionero inglés arrodillado sobre el fango. La irá le dominó y de una patada le arrebató la pistola, mientras le amenazaba con desterrarle de por vida a un calabozo si volvía a ver algo semejante. Y no se trataba de un caso aislado... La Leibstandarte tenía fama de no hacer prisioneros, así lo exigía su comandante, el general Josef Dietrich, un hombre conocido por su rudeza. No estaba de acuerdo con cómo Dietrich comandaba la unidad, por lo que había llegado a plantearse solicitar un traslado a la unidad del general Paul Hausser.

—El Mein Kampf es sólo un ideario. Y la guerra... A menudo es el escenario de bajas pasiones fuera de control —intentó defenderse—. Pero entrar en una casa con el uniforme bien planchado y las botas brillantes, con las manos limpias y las uñas cuidadas y llevarse a hombres, mujeres y niños indefensos... Eso es... Eso no puede tener justificación de ningún tipo.

A Lohse le sorprendía la extraña sensibilidad de Von Bergheim con respecto a aquel tema. Von Bergheim era un SS, y las SS se enorgullecían de ese tipo de limpiezas. Para la mayor parte de la gente era algo a lo que se hacía oídos sordos y ojos ciegos. Él mismo tendía a no planteárselo mucho. Aun así, sintió la necesidad de justificarse ante su amigo, como si la postura noble de Georg envileciera la suya, pese a que, hasta ahora, sólo se había manchado las manos de pintura.

—¿Y crees que tú o yo podríamos evitarlo? Yo podría haber dejado estar a los Metz y sus cuadros, y tú a los Bauer y los suyos, pero al mes siguiente los hubieran arrestado por cualquier otro motivo... Te puede gustar más o menos, pero así funcionan las cosas. —Lohse estaba convencido de cuál era la receta para sobrevivir en aquella jungla sin meterse en problemas, y estaba dispuesto a compartirla con su amigo—. Mira, Von Bergheim, si quieres un consejo, ve a lo tuyo, haz tu trabajo lo mejor que sepas y no mires a los lados, porque la mierda siempre se acumula en las esquinas por más que tú mantengas limpio tu camino.

Volver a Illkirch había sido una locura que podía haberle costado a Sarah tener que vérselas con la policía; no sólo en el camino, donde en cualquier momento aparecían agentes que revisaban la documentación en trenes, autobuses y en controles improvisados en la carretera, sino, sobre todo, en el destino. Desde el armisticio, la Alsacia había sido anexionada al Tercer Reich, pertenecía al territorio alemán, por lo que tenía que atravesar una frontera fuertemente vigilada para poder llegar a Estrasburgo. De hecho, las personas que habían huido o las que habían sido evacuadas durante la guerra, tenían prohibido regresar a sus hogares. Por eso, Sarah no tuvo más remedio que atravesar la frontera de forma clandestina, utilizando el mismo paso por el que había escapado hacia París con Jacob: un paso montañoso al sur de la cordillera de los Vosgos.

Nada más llegar a Illkirch, se dirigió a la casa de sus padres, su casa. Cuando la encontró cerrada y abandonada, se sentó frente a la puerta de la entrada, que había sido sellada con una cadena gruesa y un gran candado. Por un momento, su capacidad de pensar se vio anulada; sabía que se dijera lo que se dijese, cualquier pensamiento la conduciría a una realidad que no estaba dispuesta a afrontar. Sólo al ver a una pareja de policías haciendo su ronda calle abajo, sus sentidos se despabilaron y salió corriendo como un animal que huye por instinto. Sarah dirigió sus zancadas hasta la casa del rabino Cohen.

El rabino Ben Cohen, de la sinagoga de Illkirch, abrazó a Sarah en cuanto la vio de pie frente a la puerta de su casa, la estrechó repitiendo su nombre para asegurarse de que no era un fantasma. Desde que la joven había desaparecido aquel horrible día en que la tragedia se cernió sobre la casa de los Bauer, el rabino se había temido lo peor. Volver a tenerla delante era un regalo de Yahvé el Misericordioso. El rabino la hizo entrar y, tomándole las manos con ternura, la obligó a sentarse; no se le había pasado por alto el miedo que demudaba su rostro y que la hacía parecer un ser enajenado.

El rabino Cohen la había visto nacer, como también a sus dos hermanos; la había visto crecer y pasar de ser una niña adorable a una jovencita inteligente, alegre y preciosa.

—He estado en mi casa... ¿Dónde están todos, rabbi? ¿Y mi familia?

Sarah era una buena muchacha judía, amable y caritativa, que no merecía el sufrimiento que la aguardaba; ninguna criatura de Yahvé lo merecía.

—Se los llevaron, querida niña. A tu madre y a tus hermanos. Fue a las pocas semanas de haberse llevado a tu padre.

El rabino consiguió darle la noticia tras reunir un valor que, estaba convencido, sólo podía venir del Cielo. Y quizá también de la fortaleza que había ido forjando en los últimos meses muy a su pesar; unos meses en los que había tenido que presenciar y tratar de aliviar el horror y la desgracia de las familias de la comunidad judía de Illkirch-Graffenstaden. Primero, los alemanes se habían llevado a todos los varones judíos jóvenes, después, a los ancianos y las mujeres y, por último, a los niños... También se habían llevado a los niños. Él mismo era consciente de que tarde o temprano le llegaría su hora, pero estaba preparado para afrontarla si esa era la voluntad de Yahvé.

—Pero ¿adónde, rabbi? ¿Adónde se los han llevado y por qué? —preguntó Sarah angustiada.

¿Por qué...? Nadie lo sabía. Nadie podía explicarse por qué se llevaban a sus familiares y amigos, ni por qué los separaban de los suyos y los recluían en campos que parecían prisiones. Nadie entendía por qué después los metían en trenes de carga y los trasladaban a Alemania. Pero circulaban rumores, rumores horribles que el rabino se negaba a creer, y con los que de ninguna manera pensaba envenenar a aquella pobre chiquilla inocente.

—¿Y mi padre? ¿Salió de la cárcel?

El rabino Cohen bajó los ojos. No fue capaz de mirarla a la cara mientras le confesaba que su padre había muerto en las celdas de la Gestapo.

El llanto tiene una suerte de efecto sedante. Después de llorar, Sarah se sintió cansada, muy cansada, y se recostó en el respaldo del sofá. Estaba en Illkirch y, en aquel momento, el saloncito del rabino Ben, con el reloj de cuco y los botes de cerámica alsaciana, el Menorá sobre el aparador y la Mezuzá sobre la jamba de la puerta, se le antojaba lo más parecido a un hogar. El viaje había sido largo, duro y peligroso: había pasado miedo y hambre, se había arañado las piernas con la maleza y quemado el rostro al caminar bajo el sol. Había llegado a Illkirch... donde ya no quedaba nada, sólo el saloncito del rabino Ben, un pequeño pedacito de hogar para la muchacha, un rincón en el que poder cerrar los ojos y dormir.

El rabino cubrió a Sarah con una manta y se fue a preparar un poco de sopa para cuando despertase.

Con el corazón encogido, Sarah empujó la puerta de su casa. El interior estaba en penumbras, la escasa luz que se colaba por las contraventanas apenas era suficiente para un claroscuro. Por un momento, Sarah se quedó paralizada en el umbral, temiendo dar un paso hacia un lugar extrañamente familiar e inquietante a la vez. Le resultaban familiares el espacio y los objetos que, más que ver, recordaba, cada uno en su lugar. También el olor, el olor inconfundible del hogar, el que no es de nadie y es de todos los que habitan en la casa. Pero eran inquietantes el silencio, la oscuridad y el frío, porque jamás habían salido a recibirla cuando, en otros tiempos, entraba por la puerta.

Por fin se decidió a traspasar el umbral, cada uno de sus pasos retumbaban en la quietud del espacio como los tambores de una ejecución. Abrió una de las contraventanas y la luz del exterior se derramó como pintura blanca por el salón. Aunque al frío no supo cómo combatirlo, y era tan intenso que Sarah no podía dejar de temblar, por mucho que se cerrara la chaqueta. Plantada en medio de la sala, tiritaba al tiempo que contemplaba el sillón junto a la ventana donde su madre solía bordar, y que ahora estaba vacío; el piano en el que su hermano aprendía a tocar, ahora mudo; el bote de tabaco del que su padre rellenaba la pipa, abandonado; la mesa sobre la que con su hermana jugaba al ajedrez, desnuda, y la cesta en la que dormía la gata junto a la chimenea...

Cuando le pareció que la luz ya no era blanca ni las sombras negras, sino que un brillo cálido y dorado bañaba la habitación, cuando creyó escuchar risas, conversaciones y la música de un piano, Sarah abandonó el salón con los ojos apretados y la boca contraída, abrazada a sí misma, agarrándose los brazos con tanta fuerza que comenzó a sentir dolor, el mismo que le producía el agujero por el que empezaba a resbalar su corazón. Subió las escaleras tal y como antaño lo hacía, las mismas que llevaban a su habitación y a las del resto de la familia, a los lugares que atesoraban objetos y secretos, muchos sueños y alguna pesadilla.

Su dormitorio seguía cerrado e intacto: los demás estaban abiertos. Asomaba ropa de los cajones, de mamá, de Ruth y de Peter, las prendas que hubieran querido llevarse pero que allí se habían quedado: el suéter favorito de mamá, ese que tanto la abrigaba; la blusa que a Ruth le sentaba tan bien; y el pequeño pijama de cuadros de Peter. Junto a la cama del niño, abandonado en el suelo, vio el osito de peluche, uno viejo, con las orejas desgastadas y la nariz descolorida. Desde que era un bebé, Peter lo llevaba a todas partes y dormía con la mejilla apoyada en su mullida barriga. Muy despacito, notando que de tanto temblar apenas podía flexionar las rodillas, Sarah se agachó a recogerlo y, con muchísimo cuidado, quiso dejarlo sobre la cama de su hermano pequeño; así, cuando Peter regresase, su osito le estaría esperando para dormir... Pero al tenerlo entre las manos y recordarlo en las del niño, Sarah rompió a llorar y se aferró al peluche como si se aferrara a su propio hermanito. Doblada sobre sí misma, atrapándolo en el regazo como un tesoro, Sarah lloró y lloró sin consuelo por todo lo que había quedado vacío, abandonado, desnudo, intacto y mudo en aquella casa antes tan llena de vida. Lloró por el perfume de su madre, aún en el aire; por la fotografía de la familia durante aquella excursión al campo, cubierta de polvo en el aparador; por la colección de papeles de caramelos de Ruth, sin terminar; por el libro que estaba leyendo su padre, cerrado sobre la mesilla de noche, y por el osito de peluche de Peter, olvidado junto a la cama...

—Sarah...

Su nombre pronunciado por aquella voz suave apaciguó el llanto. Lentamente alzó la cabeza y, entre lágrimas, adivinó el rostro de Jacob. Le miró apenas un segundo y de nuevo sus labios volvieron a temblar, pues no había ya remedio para la congoja.

El joven se agachó junto a ella y tímidamente posó las manos sobre sus hombros. Sarah se abrazó desconsolada a él porque abrazar al osito de Peter sólo le causaba más y más dolor.

Sentada en las escaleras del porche de su casa, Sarah contemplaba el jardín: la brisa mecía las flores y las hojas de los sauces. Los gorriones habían anidado en el borde del tejado y el piar hambriento de sus crías amenizaba la tarde. El sol empezaba a ocultarse tras los árboles y unos rayos suaves de atardecer le cerraban los ojos con una caricia; todavía le dolían de tanto llorar.

El abrazo de Jacob y el aire fresco habían logrado serenarla. Apoyada la cabeza en el hombro del muchacho, acariciaba lentamente el peluche ajado del osito y podía decirse que no había vuelto a derramar ni una lágrima desde hacía un buen rato.

Su mente había recuperado, ahora que se hallaba en el punto de partida, los últimos meses de su vida: una montaña rusa de emociones llevadas al límite que desembocaba en sosiego, de tempestades que precedían a la calma. Ya se atrevía a ver con claridad la pesadilla, a reconstruir con coherencia los retazos que todas las noches la acosaban.

Sucedió por la tarde y cuando regresaba de la universidad, como otras muchas tardes. Era viernes, víspera del Sabbat, y toda la casa olía a adafina, el guiso que se cocía a fuego lento para el día siguiente. Parecía un viernes como otro cualquiera... hasta que se oyeron unos golpes desabridos en la puerta. Estaban todos reunidos en el salón y su padre se levantó nervioso. Cuando la doncella abrió, se escuchó claramente una voz grave: «Policía. Queremos ver a herr Bauer».

Como si su padre supiera lo que ocurriría a continuación, como si lo tuviera ya todo preparado, corrió al armario y sacó un abrigo. Para sorpresa y mayor confusión de Sarah, se dirigió hacia ella.

—Toma esto, Sarah, hija. No hay tiempo que perder —la apremió mientras corría el sofá bajo el que se hallaba una trampilla.

Sarah miró a su madre que parecía consciente de todo lo que estaba sucediendo.

—Vamos, hija, baja. Desde aquí abajo encontrarás un túnel que te conducirá fuera de los límites de la casa. Tienes que escapar, Sarah. Escúchame bien. Tienes que llegar a París, a casa de tus tíos.

—Pero, padre... ¿Madre?

—Haz lo que te dice tu padre, hija mía.

Los ojos de su madre empezaban a llenarse de lágrimas y apenas pudo rozarle la mano mientras su padre la empujaba por el hueco que se abría en el suelo.

—El abrigo, Sarah, protégelo con tu vida si hace falta. Cuando estés en París, vete a ver a la condesa de Vandermonde. Ve a verla, Sarah. No dejes de hacerlo, hija. Ella te ayudará... Aquí tienes las señas.

Los ojos de Sarah se abrieron de par en par. Hubiera querido decirle mil cosas a su padre, pero las emociones no le dejaban pronunciar palabra. Desconcertada y asustada, miró cómo su padre deslizaba un papel en el bolsillo del abrigo.

Luego la besó en la frente. Un beso que prolongó todo lo que pudo hasta que se vio obligado a cerrar la trampilla. La imagen de su familia en el marco de aquel agujero fue lo último que Sarah vio. Sus rostros de angustia y desconcierto fue el recuerdo que de ellos se llevó. Después, oscuridad y miedo.

Sobre su cabeza empezaron a golpear las primeras pisadas marciales.

—¿Herr Alfred Bauer? Policía del Reich. Tiene usted que venir con nosotros.

—No sin antes saber de qué se me acusa.

—No es momento de hacer preguntas.

—¡Exijo una explicación! ¡No tienen derecho a esposarme...! ¿Qué significa esto?

—¡Suéltenlo, por el amor de Dios! ¿Adónde se lo llevan? ¡Alfred!

—¡Padre! ¡Padre!

—¡Silencio! ¡Sargento, sáquelos de aquí!

—¡No se atreva a poner las manos en nadie de mi familia!

Entonces, Sarah oyó el ruido inconfundible de una bofetada. Después, a su madre, que gritaba y sollozaba histérica.

—¡Alfred! ¡Alfred!

Es reicht!

Sarah no podía saber lo que estaba sucediendo, apenas si podía intuirlo porque desde su escondite no podía ver, sólo oír. Y no había reconocido ninguna de las voces de aquellos hombres... hasta entonces. Aquel «Es reicht! ¡Basta ya!», con el que siempre despertaba de su pesadilla, no lo había pronunciado un desconocido. En cuanto volvió a hablar, Sarah lo identificó sin dudar.

—¡Creí haber dejado muy claro, teniente, que no era necesario emplear la violencia! ¡Quítele ahora mismo las esposas a este hombre! —ordenó Georg von Bergheim.

Nada más. Aquellas palabras y aquella voz fueron lo último que Sarah escuchó antes de que Jacob apareciera y se la llevara por el túnel, lejos de la casa.

—¿Por qué haría Von Bergheim una cosa así? —pronunció Sarah en voz alta una pregunta que no era para nadie.

Había regresado de sus recuerdos a la realidad del atardecer en el jardín.

—Porque es un nazi hijo de puta —contestó Jacob—. Todos lo son.

Sí, tal vez todos lo fueran, convino Sarah. Pero Georg von Bergheim le había parecido diferente desde el principio. Había llegado a casa de los Bauer una mañana de diciembre para entrevistarse con su padre. A partir de entonces, sus visitas habían sido asiduas. En alguna ocasión, Sarah lo había visto atravesar el vestíbulo o se había cruzado con él en el pasillo cuando el comandante se dirigía al despacho a reunirse con su padre. Un día, al pasar frente a la puerta de la biblioteca, lo descubrió admirando algunos de los cuadros de la colección de la familia que colgaban de sus paredes. Estaba de pie frente a una de las pinturas favoritas de Sarah. Sin pensárselo dos veces, entró en la biblioteca y se puso a su lado.

La conversión de María Magdalena, de Artemisia Gentileschi —apuntó Sarah mientras simulaba observar el cuadro como él.

Georg von Bergheim se volvió, sorprendido en un momento de absorta contemplación.

En aquel instante, Sarah, tímida y reservada como era, se arrepintió de aquel arranque de espontaneidad tan poco habitual en ella. Sin saber muy bien qué decir, noto cómo, muy a su pesar, el calor y el color tomaban su rostro por momentos.

Quizá Von Bergheim se había percatado del apuro de la muchacha y con toda naturalidad se limitó a sonreírle y volver a la contemplación del cuadro.

—Es una pintura verdaderamente singular —comentó entonces, sin mirar a Sarah—. En pocas ocasiones he visto a una mujer retratada de tal modo. Transmite arrepentimiento y devoción, pero también una fuerza que no se manifiesta en nada concreto pero que inunda todo el lienzo: en su rostro, en su postura, en toda ella.

Sarah seguía sin atreverse a hablar, pero al mismo tiempo le parecía muy estúpido permanecer callada. Carraspeó para sacudirse la timidez de las cuerdas vocales.

—La mayoría de las mujeres de Artemisia son así. Y la mayoría de sus cuadros son retratos de mujeres —indicó la chica en un hilo de voz.

Von Bergheim la miró por el rabillo del ojo, parecía divertirle la timidez de la chica.

—Una vez me enseñaron que Artemisia Gentileschi fue una pintora del Barroco italiano muy apreciada en su época y que, sin embargo, cayó en el olvido tras su muerte —recordó Georg—. Pero reconozco que no sé mucho más de ella.

—Fue una mujer extraordinaria y una pintora de gran calidad, en absoluto merecedora del olvido al que fue relegada. La fuerza de sus mujeres no es sino reflejo de su propia fuerza, la fuerza de una mujer que al ser deshonrada y engañada por su maestro, tuvo que enfrentarse a una sociedad dominada por hombres para defender su honor —expuso Sarah como contagiada de la fuerza de Artemisia.

Von Bergheim deslizó nuevamente sus ojos desde la Magdalena hacia ella, contemplándola con una curiosidad que a Sarah le resultó tan incómoda como halagadora.

Desde entonces, siempre que Georg von Bergheim acudía a casa de los Bauer, terminaban buscándose de un modo u otro. Los encuentros se habían ido convirtiendo en charlas, y las charlas, en paseos por el jardín helado. Y Sarah había llegado a disfrutar enormemente de aquellas conversaciones sobre arte y de aquellos paseos con el alemán; un nazi hijo de puta...

—Sarah, debemos volver a París —anunció Jacob sacándola de sus recuerdos.

—Tengo que encontrar a mi familia, Jacob. A lo que queda de ella...

—¿Y qué piensas hacer? ¿Presentarte a la policía y preguntar por ellos? Te detendrían a ti también —argumentó el muchacho con su rudeza habitual.

—Tal vez entonces averiguaría dónde están —respondió Sarah, sintiendo que podría volver a llorar.

Jacob estrechó el abrazo para reconfortarla.

—Sé que no hablas en serio. Mira, yo te ayudaré, entre los dos los buscaremos. Pero hay que volver a París. No es seguro quedarse aquí.

Sarah suspiró.

—Y dime, Jacob, ¿es que hay algún lugar seguro en el mundo? ¿Hay algún lugar seguro en este maldito tiempo que nos ha tocado vivir?

No estoy capacitada para esto

No estoy capacitada para esto

Le insinué a Konrad que a la vista del cariz que estaba tomando la investigación yo no estaba capacitada para llevarla a cabo. Puede que fuera una experta en Giorgione y en pintura del Renacimiento, pero aquello no me servía de nada. Lo que él necesitaba era a algún estudioso sobre expolio nazi, alguien que manejara con soltura los archivos de la época, que conociera los entresijos del mercado del arte en aquel momento, que supiera las fuentes a las que acudir. Konrad necesitaba a alguien como el doctor Arnoux. Sin embargo, no quería ni oír hablar de eso.

—Ni lo menciones. Ya sé quiénes son esos de la European Foundation for Looted Art: unos oportunistas. Se están dedicando a desmontar la mayoría de las colecciones privadas y los museos de media Europa porque un tipo de Wisconsin, descendiente colateral en cuarto grado de un judío polaco, llega un día con una foto del tío abuelo y dice que los nazis le robaron su cuadro. ¡No me fastidies! ¡Son hechos que ocurrieron hace setenta años! ¡Y la gente ha pagado por esos cuadros! Todo lo que quieren es un titular en la prensa. Pero a mi costa no lo van a conseguir, te lo aseguro. Este descubrimiento es mío... Además —anunció después de una pausa dramática—, no me gusta nada la forma en la que ese doctor Arnoux está metiendo las narices en nuestra investigación. No me creo que te ayude por simple amor al arte...

—Sí, a mí también me ha llamado la atención su interés... —reconocí—. De todos modos —cambié rápidamente de tercio, pues no era eso lo que más me preocupaba— no me veo capacitada para esto, Konrad.

—Claro que sí, meine Süße. Tú estás capacitada para lo que te propongas, pero te empeñas en subestimarte. Tienes que tener un poco más de confianza en ti misma.

Tal vez tuviera razón. Quizá, si no fuera por él, no sería más que una conservadora de un pequeño museo local, que llevaría una existencia anodina. Sin embargo, gracias a Konrad había progresado, había mejorado y mi existencia estaba plena de lujos y emociones. Aunque a veces me sintiera como una marioneta, sujeta por unos hilos invisibles a un bastidor que manejaba a su antojo un hombre seguro de sí mismo.

«Muy bien, bonita, y si te sientes manejada por tu alemán, ¿por qué te dejas?», me preguntó un día Teo. «Porque le quiero y me gusta que me maneje», reconocí. Es patético, lo sé, pero vivir a la sombra de Konrad me evitaba tener que tomar las riendas de mi propia vida y darme cuenta de que no tenía ni idea de hacia dónde dirigir los caballos.

Tras su insistencia, me quedé en París, intentando reforzar mi autoconfianza y comprender que si no me sentía capaz de avanzar con la investigación, era porque no me lo había propuesto... Al menos, eso opinaba Konrad.

Entretanto, Teo amenazó con volver a España, alegando que ya había terminado su trabajo y que a mí me veía perder el tiempo de forma lamentable. Aterrorizada ante la idea de quedarme sola, lo convencí para que se quedara un par de días más, sobornándole con unos pases a los desfiles de la colección primavera-verano de Christian Lacroix que me había conseguido mi alemán.

Una tarde, nos fuimos a dar un paseo por el Museo Rodin. Para mí, el Museo Rodin es el sitio perfecto para pasear entre arte con naturalidad y no con la actitud alerta y el ademán escolar que exige por definición la visita a un museo: esa tensión permanente por memorizar artistas, estilos, obras, técnicas e interpretaciones como si nos fuera la vida en ello. Yo, desde luego, soy mucho más feliz desde que paseo por los museos disfrutando del arte como expresión de belleza y no torturándome con el afán académico de sabérmelo todo. Además, el Museo Rodin está rodeado por unos jardines que hacen el paseo más largo y placentero.

Me detuve ante El beso porque es de las pocas obras de arte popularizadas —y, por tanto, en muchas ocasiones, sobreexplotadas, ultrajadas y mancilladas— que todavía consiguen producirme escalofríos.

—Este tema está empezando a superarme —le solté de pronto a Teo, sin dejar de contemplar la escultura.

—A mí no me supera, reina, me pone, y mucho. Da igual que sea un beso hetero, el chavalote tiene un cuerpazo...

No pude evitar sonreír aunque le contesté con un codazo.

—No me refiero a la escultura, melón.

—Tía, es que me sueltas las cosas sin venir a cuento...

—Te hablo de la investigación —le aclaré, reanudando el paseo por las salas pero con la intención de buscar la salida al jardín.

—¡Menuda novedad! Cari, la investigación te ha superado desde el principio. Lo tuyo desafía las leyes de la física: eres capaz de avanzar contracorriente simplemente dejándote llevar.

—Lo digo en serio, Teo. No hago más que darle vueltas, pero he llegado a un punto en el que, vaya hacia donde vaya, acabo en un terreno que desconozco por completo. No sé nada de las SS, ni de Himmler, ni de Hitler, ni de nazis, ni de sus miles y complejísimas organizaciones. ¡Y no sé dónde buscar!

—Pídele ayuda a tu amigo el doctor surfer. ¿Sabes?, el otro día me preguntaba cómo es posible que esté bronceado el jodío en octubre. ¿Serán UVAS? Desde luego, son unos UVAS muy buenos...

—Vale, Teo —le corté sus divagaciones antes de que nos perdiésemos en ellas—. No es mi amigo y, además, no sé... no me fío de él, y Konrad tampoco. Tantas ganas de ayudar son extrañas...

—Creo que los dos estáis paranoicos, cari. Konrad lleva el signo del dólar en las pupilas y no concibe que nadie mueva un dedo sin esperar nada a cambio. Y a ti, querida, te está empezando a pasar lo mismo. Ya se sabe: dos que duermen en el mismo colchón... —Teo dejó el refrán en el aire y una mancha en mi conciencia.

Nos sentamos en la escalinata que daba acceso al jardín. Era una preciosa tarde de principios de otoño, todavía cálida y luminosa, y como era martes, no había demasiados turistas y el jardín estaba tranquilo.

—Además, y a ti qué sus intenciones. Tú sigue sacándole información con malas artes, como has estado haciendo hasta ahora.

—Eso no está bien, Teo. No puedo seguir mintiéndole. Tarde o temprano, me pillará.

—Bueno, hasta que te pille, eso que te has llevado puesto. No seas tonta, cari. ¿Qué tienes que perder?

—La dignidad —respondí medio en broma medio en serio.

—No, perdona, bonita, la dignidad ya la perdiste el día que te vio en chándal, gafas y pelos de punta.

Aquel comentario le valió otro codazo.

—Además, Konrad no quiere, ya te lo he dicho.

—Pues mira, querida. O eso, o le dices a tu alemán que se busque el cuadro él solito, no te queda otra. Además, te digo una cosa, que se la puedes largar de mi parte a tu novio el sabelotodo: el que triunfa no es necesariamente el mejor, sino el que sabe rodearse de los mejores. Así que si quiere triunfar, más le vale dejarte pedir ayuda.

Miré a mi amigo con los ojos y la boca abiertos de par en par.

—¡Teo! Esa frase es demasiado profunda para ti, no es digna de tu frivolidad.

—Calla, que me preocupo. Forever frivolous! —exclamó, poniéndose las gafas de sol con muchísimo estilo y alzando la cara al cielo en busca de un bronceado instantáneo.

En un arrebato de amor hacia mi frívolo amigo, pasé los brazos alrededor de su bíceps, tan marcado como el de la escultura que acabábamos de contemplar. Me acurruqué junto a él y apoyé la cabeza en su hombro.

—Le diré tu frase a Konrad, aunque no sé si querrá escucharme... —Suspiré escandalosamente, como si con el suspiro quisiera aliviar todo el peso que llevaba encima—. ¡Cómo odio esto, Teo! No me gusta nada esta investigación, no quiero seguir con ella.

—Entonces, déjala. No entiendo por qué no lo haces, la verdad.

—Porque no quiero defraudar a Konrad. Él hace tanto por mí... Me lo da todo... Para una vez que me pide algo no quiero negárselo, no me parece bien.

Un hombre tremendamente atractivo y misterioso

Un hombre tremendamente atractivo y misterioso

Esa misma tarde, me llamó el doctor Arnoux: sin que yo se lo pidiera, había vuelto a encontrar algo interesante para mí. Como me había sugerido Teo, hice lo posible por acallar mis recelos y decidí sacar provecho de su insólito interés olvidándome de sus intenciones, aparentemente dudosas. Hasta que no encontrase la forma de hacer avanzar la investigación por mí misma, me pareció lo más inteligente.

Quedamos para vernos en un pub irlandés del Barrio Latino porque, según el doctor Arnoux, su despacho era un sitio demasiado feo y desordenado como para tener una charla agradable. Y, la verdad, no le faltaba razón.

The Four-Leaf Clover era el típico pub irlandés que a modo de franquicia proliferaba en todas las ciudades del mundo con una estética tan marcada como la de un McDonald’s. Lo mejor era que estaba muy cerca de mi apartamento, en una calle peatonal estrecha que me llamó la atención porque todavía conservaba el pavimento empedrado de aspecto medieval. Eran las siete de la tarde y el local comenzaba a llenarse de gente que acudía a tomar una copa después del trabajo. Una pantalla gigantesca, de esas de un montón de pulgadas, ofrecía las imágenes en diferido de un partido de rugby, Gales contra Francia, y entre el ruido de las conversaciones se escuchaba «Where the streets have no name» de U2. Al final de la barra, bajo un cartel de Guinness, localicé al doctor Arnoux.

—Siento el retraso. Me he confundido de calle...

—No te preocupes. Sólo llevo aquí cinco minutos. ¿Qué vas a tomar?

Me acomodé en uno de los taburetes altos de madera y eché un vistazo a su bebida: cerveza. No me apetecía mucho una cerveza así que opté por lo que uno toma cuando en realidad no quiere nada en concreto.

—Una Coca-Cola, por favor.

Mientras el doctor Arnoux se la pedía al camarero, coloqué el bolso en mi regazo, lo abrí, busqué el móvil, comprobé que no me había llamado nadie en los últimos diez minutos y lo volví a guardar... Estaba nerviosa; el silencio me inquietaba, me parecía que nos dejaba a ambos al descubierto, y empezar hablando del tiempo se me antojaba patético. Entretanto, Alain cogió la chaqueta que había dejado en el asiento de al lado y empezó a rebuscar en uno de sus bolsillos.

—Para ti —anunció, tendiéndome un sobre.

Lo abrí. Me encontré con una fotografía en blanco y negro de cuatro hombres en lo que parecía un despacho, que examinaban en torno a una mesa un gran libro. Enseguida reconocí a uno de ellos.

—¿Hermann Göring? —quise confirmar. Mi tono de voz no estuvo exento de sorpresa: ¿por qué podría a mí interesarme una fotografía de Göring?

El doctor Arnoux asintió después de beber un trago de cerveza y empezó a señalar con el dedo sobre la foto.

—Hermann Göring, Kurt von Behr, Bruno Lohse y... tu amigo Georg von Bergheim.

Aquella revelación me cogió por sorpresa.

—¿En serio?

Por un momento aparté los ojos de la fotografía para mirarle a él y mostrarle lo emocionante que me resultaba aquello. Después, como el lugar no era muy luminoso, me acodé sobre la barra para acercar la fotografía a la luz de uno de los focos, teniendo cuidado de no mancharla con los rodales pegajosos de los vasos.

—La semana pasada me llamó una periodista que está preparando un artículo sobre Bruno Lohse para pedirme fotos suyas. En el archivo del ministerio hay un fondo de fotografías del Arbeitsgruppe Louvre, así que ayer estuve rebuscando y mira tú por dónde aparece esto. Fue tomada en el Jeu de Paume, en agosto de 1942, durante una de las visitas de Göring a París. Aquí está el Reichsmarschall examinando un catálogo y todos los demás haciéndole la pelota.

—¡Qué pasada! —no fui muy académica al expresarme, pero me salió espontáneamente.

Enfoqué la mirada sólo en Von Bergheim. Por desgracia, no se le veía muy bien. Era una figura pequeña, semioculta entre Lohse y Von Behr, que en lugar de mirar a la cámara parecía concentrado en el catálogo, con lo que apenas se distinguía su rostro.

—No es muy buena, lo sé. —El doctor Arnoux parecía haberme leído el pensamiento—. Por eso te he traído esto otro...

¿Otro sobre? Le miré con el ceño fruncido: ¿en qué consistía aquel juego de sobres?

Lo tomé, lo abrí y, de nuevo, descubrí otra fotografía. Pero inmediatamente me di cuenta de que aquélla era bien distinta a la anterior.

—Ahora sí: aquí tienes a Georg von Bergheim —me anunció con orgullo.

El impacto de la imagen me había dejado conmocionada.

Se trataba de una típica fotografía antigua, de las de granulado gordo y grandes contrastes de luces y sombras en blanco y negro. El hombre del retrato, tomado en un primer plano, era joven, más de lo que yo esperaba de un comandante de las SS, vestía uniforme militar y, nada más verlo, su imagen me recordó a la de las estrellas de Hollywood de los años cuarenta. No sé si se debía al uniforme o a la expresión solemne de su rostro, pero todo él transmitía fortaleza y decisión. Sin embargo, lo que más me impresionó fue mirar a Georg von Bergheim a los ojos: incluso a través del tiempo y del papel, su mirada me dijo muchas cosas. Aunque su semblante era serio, la mirada de Von Bergheim resultaba afable, y a pesar de que tenía unos ojos grandes y luminosos, algo en ellos, tal vez las finas arrugas de los extremos o la forma en que caían sus párpados, le daba un aire de tristeza, quizá de cansancio.

Aquellos segundos que contemplé a Von Bergheim a los ojos fueron... inexplicables. El tiempo y el espacio dejaron de tener sentido: como si no hubieran transcurrido setenta años y un abismo de historia entre nosotros, experimenté una conexión familiar y cercana con aquel hombre, en realidad extraño, de la fotografía.

—Bueno, ¿qué te parece?

La voz del doctor Arnoux me sobresaltó, me sacó del trance casi hipnótico en el que había entrado al calor de la mirada de Von Bergheim. De nuevo volví a escuchar la música de U2 y las conversaciones en francés a mi alrededor.

—Es increíble —murmuré aún extasiada—. ¿Dónde la has conseguido?

—Cuando encontré la otra fotografía, la del Jeu de Paume, caí en la cuenta de que si en el archivo de la Shoah tenían una copia del registro de personal del ERR completo que hay en Berlín, seguramente tuvieran también una copia de las fotografías adjuntas a las fichas de personal. La chica que lleva el archivo es amiga mía, por lo que la llamé y me confirmó que así era. No sólo me ha permitido consultarlo, además, me ha dejado sacar una copia de la foto, así te la puedes quedar.

—Muchas gracias. —Le sonreí y mi sonrisa fue aún más explícita que mis palabras.

—No hay de qué. Lo mejor es la cantidad de cosas que te puede decir esta fotografía...

De eso estaba segura, aunque las cosas que ya me había dicho no eran las mismas a las que se refería el doctor Arnoux.

—¿Qué uniforme lleva puesto?

El doctor Arnoux se acercó para contemplar el retrato más de cerca.

—Es el uniforme de las SS; Waffen-SS. El ala militar —alzó la voz para hacerse oír entre una muchedumbre cada vez más numerosa y ruidosa, y una música que poco a poco sonaba más alto para no ser anulada por el gentío.

En aquel momento, un chico, que entre apretujones luchaba por sentarse en el taburete de mi lado, le dio un codazo sin querer a la Coca-Cola y, al derramarse, casi moja la fotografía.

—Mejor nos vamos de aquí —anunció el doctor Arnoux mientras sacaba un billete de veinte euros para pagar—. ¿Te gusta la comida japonesa? —Asentí—. No muy lejos de aquí hay un restaurante que sirve el mejor sushi de París.

La comida japonesa era una de mis preferidas, de hecho, podría alimentarme de sushi sin llegar a cansarme nunca. Y el doctor Arnoux tenía razón: en Okaido, que así se llamaba el restaurante, probé uno de los mejores sushi de atún que había tomado nunca y un roll en tempura insuperable.

—Durante la Ocupación, en este mismo local estuvo el Margaret, un Wehrmacht Spieselokale, un restaurante de la Wehrmacht, el ejército alemán —me instruyó a modo de anécdota.

Cuanto más le conocía, más me daba cuenta de que era un experto en la Alemania nazi y de que era la persona que necesitaba en la investigación, lo cual me generaba una ansiedad que iba en aumento.

Ya en la tranquilidad zen y minimalista del restaurante y su música de acordes orientales, volví a sacar la fotografía de Von Bergheim.

—¿Cómo puedes saber que el uniforme es de las SS? —le pregunté por curiosidad.

—Primero por la gorra: sólo las de las SS llevaban arriba el águila y abajo el Totenkopf, la calavera. Después, por los parches del cuello. Especialmente el de la derecha, con las dos runas sig: las dos eses que parecen rayos y que son tan características de las SS. A partir del parche de la izquierda, con cuatro rombos, y las hombreras trenzadas en hilo de plata, se sabe su rango: Sturmbannführer, comandante.

—Pero yo pensé que las SS llevaban esos uniformes negros tan bonitos, con la banda roja de la esvástica en el brazo —objeté—. Una vez leí en una revista de chicas que los había diseñado Hugo Boss.

El doctor Arnoux, que ya durante la cena había vuelto a ser Alain para mí, sonrió.

—Y es cierto: Hugo Boss los diseñó. Tú y la mayor parte de los que hemos visto las películas de la Segunda Guerra Mundial tenemos esa imagen de los nazis. Es la que ha creado Hollywood porque hay que reconocer que el uniforme negro es mucho más teatral. Pero la realidad es que sólo se usó hasta el año 1939. Una vez que empezó la guerra, por razones prácticas, fueron adoptando el uniforme verdigris, más parecido al que llevaba la Wehrmacht.

Cuando nombró a la Wehrmacht, me di cuenta de que estaba hecha un lío.

—Lo que no entiendo muy bien es si Von Bergheim es militar o no. Porque si tú dices que la Wehrmacht es el ejército, pero él es SS... ¿Es lo mismo?

—No, no es lo mismo. Efectivamente, la Wehrmacht es el ejército alemán. SS es el acrónimo de Schutzstaffel, que literalmente significa escuadrón de defensa porque en su origen era la guardia personal de Hitler, pero posteriormente evolucionó hasta convertirse en una organización paramilitar muy compleja y con un enorme poder. Las SS se dividían en una rama política, Algemeine-SS, y una rama militar, Waffen-SS, que se integraron con la Wehrmacht para combatir en el frente, aunque operativamente dependían de mandos separados. Por lo tanto, Von Bergheim sí es en cierto modo un militar: recibió formación castrense y luchó en la guerra. Además, fue un héroe. ¿Ves? —Indicó con el dedo una cruz que pendía de su cuello—. Es la Cruz de Hierro, en concreto la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro, que fue una condecoración instituida por Hitler para premiar hazañas de valor extremo frente al enemigo. Se concedieron muy pocas durante toda la guerra, algo más de siete mil.

—Qué bonita es... —murmuré pasando el dedo por encima de la foto.

—El centro es de hierro y el borde de plata. El relieve es la esvástica y la fecha, 1939, es la de la institución de la condecoración. La cinta que la sujeta al cuello es negra, blanca y roja, los colores del Tercer Reich —se explayó Alain ante mi interés—. Además, Von Bergheim perteneció a un cuerpo de élite de las Waffen-SS, la Leibstandarten-SS Adolf Hitler.

No pude evitar reírme: parecía de guasa que sacase tanta información de una simple foto.

—¡Por Dios! ¿Cómo sabes eso?

—Por este parche de la manga con una cabeza de águila y las iniciales de Hitler. Era el del regimiento.

Seguí contemplando la foto en silencio mientras Alain hacía una pausa a su erudición y atrapaba entre los palillos un nigiri de atún.

—¿Por qué apartarían lejos del frente a un militar de élite y héroe de guerra? —pensé en alto.

Alain dio un sorbo de sake para terminar de tragar el nigiri y me sonrió: él sabía algo que yo no sabía.

—Tal vez el propio Von Bergheim nos dé una pista...

—¿Qué quieres decir?

—Cuando vi la foto por primera vez, me llamó la atención una de las insignias que lleva en el uniforme y que pasa desapercibida entre las muchas de Leibstandarten, Panzerdivision y demás. —Alain se limpió las manos con la servilleta y volvió a señalar en la fotografía—. Esta...

Se trataba de un pequeño broche con un símbolo parecido a una Y con un tercer brazo en el centro.

—Es la runa leben que, junto con el Irminsul, o el árbol de la vida de la tradición sajona, fueron los símbolos usados por la Ahnenerbe.

El nombre me resultaba familiar.

—Sí, recuerdo haber visto algo sobre la Ahnenerbe en internet...

—Fue un instituto de estudios científicos e históricos que Himmler constituyó en 1935, primeramente como sociedad privada, pero a partir de 1942 quedó integrado en las SS. Aunque en su origen investigaban las raíces germánicas y arias, acabó teniendo más de cuarenta departamentos especializados que abarcaban desde musicología, filosofía o arqueología hasta experimentos científicos con seres humanos en campos de concentración.

—¡Qué horror! —Me estremecí con la idea y recordé lo poco que sabía sobre las atrocidades pseudomédicas de nazis como Josef Mengele o Albert Heim, el llamado Doctor Muerte.

Queriendo ahuyentar los malos pensamientos, me concentré en la parte más novelesca del tema:

—Como a la mayoría, a mí la Ahnenerbe me suena por haber organizado las expediciones al Tíbet, a la Antártida..., o por buscar el Santo Grial y el Arca de la Alianza —sonreí un tanto avergonzada de mi cultura de Hollywood.

Pero Alain fue indulgente y, sin recrearse en ello, continuó con sus explicaciones.

—La Ahnenerbe investigó sobre muchos otros objetos mágicos, así llamados porque tanto Himmler como Hitler, en última instancia, creían que aquellas reliquias arqueológicas estaban dotadas de poderes sobrenaturales que les ayudarían a ganar la guerra y fundar un Estado ario en Europa cuyo centro espiritual sería el castillo de Wewelsburg...

—¿Wewelsburg? —interrumpí a Alain—. La carta de Von Bergheim está fechada en Wewelsburg...

Estaba tan absorta en lo que escuchaba, que hablé de más sin darme cuenta. Inmediatamente me arrepentí de mi impulsividad y me llamé idiota por haberme ido de la lengua con una información que no sabía cómo Alain podría utilizar.

Con ademán escénico, su mirada se volvió enigmática. Y yo volví a llamarme idiota.

—Esto se pone interesante... Wewelsburg era y sigue siendo un lugar misterioso; el santuario particular de Himmler. Allí sólo acudían los elegidos, aquellos que gozaban del favor de Reichsführer. Para empezar, no es habitual portar la runa leben, no todos los miembros de la Ahnenerbe la llevaban porque no solían identificarse con ninguna insignia en particular.

—Crees que... —empecé tímidamente, sin atreverme a aventurar hipótesis que de buenas a primeras parecían tan peliculeras como mi cultura nazi y que, en realidad, no quería compartir con alguien en quien no terminaba de confiar.

—¡Ánimo!, no tengas miedo de especular. No hay ciencia sin hipótesis.

—No... no importa —reculé y me tomé un sushi de un bocado, lo que me dejaba sin opción de pronunciar palabra.

—Ya sé que quizá suena descabellado —continuó Alain por mí—, pero si sumamos uno más uno, o Von Bergheim más la Ahnenerbe... Algo muy importante le había traído a París. Algo tan importante como para apartar a un militar de élite del frente. Algo mágico, tal vez...

El tono de Alain era jocoso, pero a mí casi se me atraganta el sushi. ¿Qué demonios estaba buscando Georg von Bergheim? ¿Qué demonios era en realidad El Astrólogo de Giorgione?

—Ya te lo dije el otro día —añadió—. Tu Sturmbannführer Von Bergheim no era un nazi cualquiera. Él mismo te lo está diciendo...

Volví a mirar a la cara al hombre de la fotografía. Aquel nazi se había convertido de pronto en mi aliado. La idea debía disgustarme, pero lo cierto era que me sentía morbosamente fascinada por él, porque además de ser un nazi, vil por definición, era un hombre tremendamente atractivo y misterioso.

Guardé la foto de Von Bergheim en la cartera, como si tuviera un novio en la mili, y también la escaneé por si la perdía, y hasta la puse de fondo de escritorio en el portátil; cada vez que lo encendía, Von Bergheim me saludaba y nos poníamos a trabajar.

De un día para otro, la investigación había adquirido una nueva dimensión para mí, había encontrado la motivación y la decisión que me faltaban para llevarla a cabo. Y siendo sincera conmigo misma, debía reconocer que lo que me tenía absolutamente intrigada no era la existencia —improbable— y el paradero —difícilmente accesible— de El Astrólogo, sino el propio Von Bergheim. Aquel hombre había saltado setenta años en el tiempo para susurrarme al oído enigmas sobre él mismo que estaba deseando desvelar, me había hechizado desde la pose fría e inmóvil de una fotografía, con su halo de héroe y con la sensibilidad que se intuía entre las líneas de su carta, la cual volví a releer una y otra vez con la misma devoción que si hubiera sido yo misma la destinataria.

Descubrir quién era en realidad Georg von Bergheim me obsesionaba y me tenía pegada a la pantalla del portátil de la mañana a la noche. Incluso Teo me hizo una observación un día:

—Cari, estás obsesiva compulsiva perdida. No paras ni para comer. Parece que estás enamorada del tío antiguo este.

—Es que lo estoy, Teo.

Respondí aquello sin meditarlo. Pero, sí, tal vez estuviera enamorada de Georg von Bergheim. Enamorada de lo poco que de él sabía y de lo mucho que me ocultaba. Me había enamorado como quien se enamora de una persona con la que se cruza una vez por la calle, o de un actor de cine al que se contempla a través de los personajes de sus películas, o del protagonista de una novela al que se conoce a través de las palabras de su escritor. Enamorada de un desconocido. Y, de pronto, comprendí que el motor de la investigación se había puesto en marcha a través de mi amor platónico por un oficial de las SS.