Filiaciones

CLAN DEL TRUENO

Líder

ESTRELLA DE FUEGO: gato de un intenso color rojizo.

Lugarteniente

ZARZOSO: gato atigrado marrón oscuro de ojos ámbar.

Curandero

GLAYO: gato ciego y atigrado de color gris y ojos azules.

Guerreros

(gatos y gatas sin crías)

LÁTIGO GRIS: gato gris de pelo largo.

MANTO POLVOROSO: gato atigrado marrón oscuro.

TORMENTA DE ARENA: gata de color melado claro y ojos verdes.

FRONDE DORADO: gato atigrado marrón dorado.

ACEDERA: gata parda y blanca de ojos ámbar.

NIMBO BLANCO: gato blanco de pelo largo y ojos azules.

CENTELLA: gata blanca con manchas canela.

MILI: gata atigrada de color gris.

ESPINARDO: gato atigrado marrón dorado.

ESQUIRUELA: gata de color rojizo oscuro y de ojos verdes.

HOJARASCA ACUÁTICA: gata atigrada de color marrón claro y de ojos ámbar.

ZANCUDO: gato negro de patas largas, con la barriga marrón y los ojos ámbar.

BETULÓN: gato atigrado marrón claro.

CANDEAL: gata blanca de ojos verdes.

BAYO: gato de color tostado.

PINTA: pequeña gata gris y blanca.

RATONERO: gato gris y blanco.

CARBONERA: gata atigrada de color gris.

Aprendiza: ZARPA ESPINELA

LEONADO: gato atigrado de color dorado y ojos ámbar.

Aprendiza: ZARPA DE TÓRTOLA

RAPOSO: gato atigrado rojizo.

NUBE ALBINA: gata blanca.

TORDO: gato blanco y negro.

ROSADA: gata de color tostado oscuro.

GABARDA: gata de color marrón oscuro.

FLORESTA: gata parda y blanca.

ABEJORRO NEGRO: gato de color gris muy claro con rayas negras.

Aprendices

(de más de seis lunas de edad, se entrenan para convertirse en guerreros)

ZARPA DE TÓRTOLA: gata de color gris claro y ojos verdes.

ZARPA ESPINELA: gata atigrada de color plateado y blanco y ojos azul oscuro.

Reinas

(gatas embarazadas o al cuidado de crías pequeñas)

FRONDA: gata gris claro con motas más oscuras, de ojos verde claro.

DALIA: gata de pelo largo color tostado, procedente del cercado de los caballos.

ROSELLA: gata parda, madre de dos cachorritos hijos de Bayo: Grosellita (gatita de color rojizo) y Jerbillo (gatito marrón y tostado).

Veteranos

(antiguos guerreros y reinas, ya retirados)

MUSARAÑA: pequeña gata marrón oscuro.

PUMA: gato viejo, rechoncho y de hocico gris. En otro tiempo, un solitario.

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CLAN DE LA SOMBRA

Líder

ESTRELLA NEGRA: gran gato blanco con enormes patas negras como el azabache.

Lugarteniente

SERBAL: gato rojizo.

Curandero

CIRRO: gato atigrado muy pequeño.

Aprendiz: ROSERO (gato rojizo)

Guerreros

ROBLEDO: pequeño gato marrón.

Aprendiz: ZARPA DE HURÓN (gato tostado y gris)

CHAMUSCADO: gato negro.

SAPERO: gato marrón oscuro.

POMA: gata moteada de color marrón.

GRAJO: gato negro y blanco.

LOMO RAJADO: gato marrón con una larga cicatriz en el lomo.

Aprendiza: PINOSA (gata negra)

AGUZANIEVES: gata de un lanco inmaculado.

TRIGUEÑA: gata parda de ojos verdes.

Aprendiz: CHIRLERO (gato rojizo)

OLIVA: gata parda.

RAPAZ: gato atigrado de color marrón claro.

TOPERA: gata gris de zarpas negras.

CARBÓN: gato gris oscuro.

MANTO RUANO: gato moteado de color marrón y rojizo.

CORAZÓN DE TIGRE: gato atigrado marrón oscuro.

CANELA: gata de color marrón claro.

Reinas

PELOSA: gata atigrada de pelo largo que apunta en todas direcciones, madre de Borrina, Gorrioncillo y Gotita.

YEDRA: gata blanca, negra y parda.

Veteranos

CEDRO: gato gris oscuro.

AMAPOLA: gata atigrada marrón claro de patas muy largas.

CRÓTALO: gato marrón oscuro de cola rayada.

ESPUMOSA: gata blanca de pelo largo, ciega de un ojo.

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CLAN DEL VIENTO

Líder

ESTRELLA DE BIGOTES: gato atigrado de color marrón.

Lugarteniente

PERLADA: gata gris.

Curandero

AZOR: gato moteado gris.

Guerreros

CORVINO PLUMOSO: gato gris oscuro.

CÁRABO: gato atigrado de color marrón claro.

Aprendiz: PARDINO (gato de color marrón claro)

COLA BLANCA: pequeña gata blanca.

NUBE NEGRA: gata negra.

GENISTA: gata de color blanco y gris muy claro, de ojos azules.

TURÓN: gato rojizo de patas blancas.

LEBRÓN: gato marrón y blanco.

HOJOSO: gato atigrado oscuro de ojos ámbar.

HORMIGUERO: gato marrón con una oreja negra.

RESCOLDO: gato gris con dos patas oscuras.

COLA BRECINA: gata atigrada de color marrón claro y ojos azules.

Aprendiza: ZARPA DE RETAMA (gata blanca y gris)

VENTOLERO: gato negro de ojos ámbar.

Aprendiz: PLOMIZO (gato grande de color gris claro)

CAÑAMERA: gata atigrada de color marrón claro.

FOSCA: gata de color gris oscuro.

CARA SOLEADA: gata parda con una gran mancha blanca en la frente.

Veteranos

MANTO TRENZADO: gato atigrado de color gris oscuro.

OREJA PARTIDA: gato atigrado.

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CLAN DEL RÍO

Líder

ESTRELLA VAHARINA: gata gris de ojos azules.

Lugarteniente

JUNCAL: gato negro.

Aprendiz: LOBEZNO (gato atigrado de color marrón oscuro)

Curandera

ALA DE MARIPOSA: gata atigrada de color dorado y ojos ámbar.

Aprendiza: BLIMA (gata atigrada de color gris)

Guerreros

BOIRA: gata atigrada gris claro.

Aprendiza: NEBLINA (gata atigrada gris claro)

AJENJO: gato atigrado de color gris claro.

NÍVEA: gata blanca de ojos azules.

PALOMERA: gata de color gris oscuro.

Aprendiza: ZARPA PICAZA (gata blanca y marrón)

GUIJO: gato moteado gris.

Aprendiz: CARRICERO (gato atigrado marrón claro)

MALVOSO: gato atigrado marrón claro.

PARDAL: gato pardo y blanco.

BICHERO: gato atigrado marrón y blanco.

PÉTALO: gata blanca y gris.

MATOJO: gato de color marrón claro.

Reinas

VESPERTINA: gata atigrada marrón.

MUSGOSA: gata parda de ojos azules.

Veteranos

ROANA: gata gris moteada.

SALTÓN: gato blanco y canela.

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GATOS DESVINCULADOS DE LOS CLANES

HUMAZO: gato musculoso de color blanco y gris que vive en un granero junto al cercado de los caballos.

PELUSA: pequeña gata blanca y gris que vive en el cercado de los caballos.

OTROS ANIMALES

MEDIANOCHE: tejona observadora de las estrellas que vive junto al mar.

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Prólogo

Unas nubes deshilachadas pasaban velozmente ante las estrellas. Las ramas rozaban el negro cielo nocturno y lanzaban hojas sobre el claro en penumbra, y el viento azotaba la hondonada rodeada de arbustos, que se agitaban y susurraban como si los lobos se pasearan entre ellos.

En el centro del claro, una vieja gata se encorvaba para protegerse del viento, que rugía. La luz de las estrellas centelleaba en su enmarañado pelaje gris. La anciana pegó las orejas a la cabeza cuando dos figuras felinas descendieron por la ladera para reunirse con ella.

—Fauces Amarillas. —La primera en hablar fue una gata blanca—. Te estábamos buscando.

—Corazón de León me lo ha comentado. —Fauces Amarillas alzó la cabeza y la lluvia le salpicó el hocico cuando saludó con un guiño a su antigua mentora—. ¿Qué ocurre, Nacarada?

—Hemos estado hablando —respondió Nacarada con cierta aspereza.

—De hecho, el Clan Estelar al completo ha estado hablando —intervino la gata parda que la acompañaba—. Todos creen que deberías haber impedido la batalla.

—¿Entre el Clan del Trueno y el Clan de la Sombra? —Fauces Amarillas sacudió la cola—. ¿Acaso crees que tengo tanto poder como para hacer algo así, Salvinia?

Nacarada se inclinó hacia delante.

—Podrías haber avisado al Clan del Trueno.

—Si lo hubieras hecho, quizá Bermeja no habría muerto... —añadió Salvinia, enfadada, acercándose un poco más a Fauces Amarillas—. Supongo que recuerdas que yo la entrené.

—No lo he olvidado —respondió Fauces Amarillas con la voz quebrada.

Salvinia entornó los ojos.

—Y soy yo quien va a tener que ir a recogerla.

Fauces Amarillas volvió a encorvarse.

—Ya era una gata vieja —murmuró—. Quizá se alegre de unirse a nosotros...

—¡Ningún guerrero desea morir! —maulló Nacarada sacudiendo su blanca cola—. Y mucho menos en una batalla que no debería haberse producido.

Salvinia dio otro paso adelante y frunció el hocico.

—Tú sabías lo que estaban haciendo los gatos del Bosque Oscuro, Fauces Amarillas. No había ninguna necesidad de que Estrella de Fuego desafiara a Estrella Negra por esa pequeña extensión de hierba que no vale para nada. ¿Es que querías que murieran gatos?

El viento formó un remolino en la hondonada, tirando de las colas y las orejas de las gatas, y la voz de Estrella Azul sonó desde lo alto de la cuesta:

—¡Ya basta!

La antigua líder del Clan del Trueno descendió por la ladera y saludó a Nacarada y Salvinia.

—Ha sido una batalla desafortunada, pero teníamos que aprender una lección.

Nacarada la miró fijamente.

—¿Una lección sobre qué?

Estrella Azul se detuvo entre la ondulante hierba.

—Ahora ya sabemos a lo que nos enfrentamos. Los gatos del Bosque Oscuro pueden cambiar el destino de los clanes. De no ser por ellos, esta batalla no se habría producido.

Fauces Amarillas se estremeció.

—Debería haber imaginado que los clanes sufrirían en cuanto vi a Estrella Rota en el Bosque Oscuro.

Nacarada se volvió hacia su antigua aprendiza.

—¿Y quién tiene la culpa de que él esté allí? ¿O incluso de que naciera? —Sus ojos brillaron—. Quebrantaste el código guerrero al convertirte en madre. ¿Qué esperabas?

Fauces Amarillas se encogió un poco más, y Estrella Azul se acercó a ella y pasó la cola por su enredado pelaje.

—Culparnos los unos a los otros no servirá de nada —maulló—. Todos hemos cometido errores.

Salvinia agitó los bigotes, indignada.

—¡No todos quebrantamos el código guerrero!

Estrella Azul ni se inmutó.

—De los errores es de lo que más aprendemos —maulló con calma—. Y también aprenderemos de esta batalla. Debemos dejar a un lado las viejas rencillas. Los clanes deben unir sus fuerzas.

—Estrella Rota ya me ha castigado más de lo que merecía —masculló Fauces Amarillas—. Y ahora está tratando de castigarme de nuevo destruyendo a los dos clanes que una vez llamé míos.

—¡Esto no va sólo de ti! —le espetó Nacarada—. Lo que suceda en el Bosque Oscuro nos afecta a todos. ¡Tenemos que ocuparnos de esos gatos antes de que le hagan más daño al Clan de la Sombra!

Estrella Azul contuvo un gruñido.

—¡No sólo afecta al Clan de la Sombra! ¡Estrella de Fuego también ha perdido una vida!

Un relámpago restalló en el cielo y las gatas se encogieron. Miraron hacia arriba y erizaron el pelo. Cuando el trueno resonó en la distancia, empezaron a llegar más gatos al claro.

—¡Corazón de León! —exclamó Estrella Azul, aliviada al ver a su viejo amigo descendiendo por la ladera, seguido de Arcilloso y Corazón de Roble.

—¿Qué ocurre? —El guerrero se detuvo junto a la gata de color gris azulado.

—Sabemos que el Bosque Oscuro está detrás de la batalla entre el Clan del Trueno y el Clan de la Sombra —le explicó Estrella Azul.

—¡Empezó el Clan del Trueno! —gruñó Salvinia.

—¡Comenzaron los gatos del Bosque Oscuro! —le recordó Estrella Azul, mirando de reojo a Fauces Amarillas—. Y no sólo fue Estrella Rota. Alcotán y Estrella de Tigre también tienen su parte de responsabilidad.

Corazón de Roble entornó los ojos.

—¿Sabemos a qué gatos están entrenando?

Su lustroso pelaje de miembro del Clan del Río estaba perlado de gotas de lluvia.

Fauces Amarillas le enseñó los dientes, agrietados y manchados.

—Estrella Rota reclamará cualquier alma a la que pueda alcanzar.

—¿Y si consiguen reclutar a un líder de clan? —gruñó Salvinia.

Arcilloso, el viejo curandero del Clan del Río, negó con la cabeza.

—Ya no podemos confiar en ningún gato.

—Y tampoco en ningún clan —añadió Salvinia, sombría.

De pronto, Arcilloso se puso tenso y saboreó el aire, plantando las orejas.

—¿Quién está ahí...? Ah, eres tú, Enlodado... No esperábamos verte por aquí.

Todos se volvieron hacia la ladera, por la que el guerrero del Clan del Viento descendía a grandes zancadas.

—He venido en cuanto me he enterado. ¿Cuál es el plan? ¿Cómo vamos a lidiar con los gatos del Bosque Oscuro?

Estrella Azul desenvainó las garras, cortando la hierba bajo las zarpas.

—Debemos convencer a los clanes para que unan sus fuerzas y luchen contra esta amenaza.

Nacarada agachó las orejas.

—¿Y cómo sabrán contra quién luchar?

—Si tienen tantas ganas de pelea, ¿por qué los guerreros del Bosque Oscuro no se enfrentan directamente a nosotros? —gruñó Salvinia.

Corazón de León miró por encima de la agitada hierba.

—Porque eso sería demasiado fácil —respondió—. Saben que nos harán muchísimo más daño si atacan a los clanes que hemos dejado atrás.

—¿No hay otra manera de derrotarlos? —maulló Corazón de Roble, mirando a Estrella Azul.

La esbelta gata gris del Clan del Trueno parpadeó y se quedó quieta un instante, reflexionando.

—Lo único que ha entendido siempre Estrella de Tigre es la violencia...

Corazón de Roble desvió la mirada.

—Eso es lo único que entienden los gatos del Bosque Oscuro —insistió la antigua líder—. Si intentamos razonar con ellos, lo verán como una debilidad.

Nacarada soltó un bufido.

—Mientras nadie culpe al Clan de la Sombra por Estrella Rota... —masculló, mirando de soslayo a Fauces Amarillas.

—Por lo que yo veo, el Clan de la Sombra es el que más ha sufrido esta vez —afirmó Salvinia.

Por encima de sus cabezas retumbó un trueno.

Nacarada empujó delicadamente a Salvinia con el hocico.

—Será mejor que vayas a recoger a Bermeja.

En ese mismo instante, el cielo se abrió de par en par. Empezó a llover intensamente sobre el claro, y los gatos se dispersaron, corriendo a buscar refugio entre los árboles.

—¡Salvinia! —exclamó Fauces Amarillas.

La guerrera parda frenó en seco para mirar atrás.

—¿Qué quieres?

La lluvia empañaba los ojos de Fauces Amarillas.

—Que tengas un buen viaje... —susurró con la voz quebrada—. Y dile a Bermeja que lo lamento.

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1

A través del fragor de la batalla se abrió paso un alarido, más cargado de pesar que de rabia.

Zarpa de Tórtola se agachó para esquivar a Sapero y se giró en redondo.

«¡Estrella de Fuego!»

El claro estaba lleno de guerreros enzarzados en combate, y Betulón y Zancudo intentaban sacar a rastras al líder del Clan del Trueno, que iba dejando un rastro de sangre tras él. Al final, Betulón agarró del pescuezo a Estrella de Fuego, lo izó sobre el lomo de su compañero y luego ayudó a éste a llevarlo hacia los árboles.

Zarpa de Tórtola observaba la escena horrorizada. A su alrededor, la batalla iba perdiendo intensidad a medida que los gatos envainaban las garras y se miraban con los ojos desorbitados. Zarzoso, con sus anchos hombros manchados de sangre, se acercó a Estrella Negra. El líder del Clan de la Sombra ni siquiera se volvió; su mirada siguió posada en el pelaje rojizo oscuro de la gata que yacía ante él.

Zarzoso inclinó la cabeza.

—La batalla ha terminado —gruñó—. El claro es nuestro. ¿Lo aceptáis, o tendremos que luchar por él de nuevo?

Estrella Negra le lanzó una mirada de odio abrasador por encima del hombro.

—Podéis quedaros con él —bufó—. Nunca ha valido la sangre que hoy se ha derramado aquí.

Cuando Zarzoso retrocedió, Zarpa de Tórtola reconoció el pelaje rojizo.

«¡Bermeja! ¿Está... muerta?»

La lugarteniente del Clan de la Sombra estaba tendida en el suelo, inmóvil, y un hilo de sangre resbalaba por su hocico. Sus compañeros de clan comenzaron a avanzar con cuidado entre los gatos del Clan del Trueno para dirigirse hacia los pinos. Carbón, Corazón de Tigre y Serbal se detuvieron junto a su líder. Mientras Carbón empujaba con delicadeza a Estrella Negra para que se incorporara y lo guiaba hacia los árboles, Corazón de Tigre agarró a Bermeja del pescuezo y, lenta y cuidadosamente, la colocó sobre el lomo de Serbal. Luego, en silencio, siguieron a sus vapuleados compañeros de clan entre los árboles envueltos en la niebla.

Zarpa de Tórtola se quedó mirándolos, notando cómo se le iba toda la energía al ver a Corazón de Tigre arrastrando la cola entre las sombras. Luego buscó a Zarpa Espinela y vio que su hermana estaba ayudando a Floresta a regresar al bosque. La joven guerrera cojeaba.

—Vamos, Floresta —susurró Zarpa Espinela—. Glayo te curará —añadió, sin rastro en su voz de las peleas que habían tenido las dos últimamente.

Esquiruela estaba examinando las heridas de Hojarasca Acuática. La antigua curandera del clan inspeccionaba el claro con los ojos dilatados de preocupación.

—Leonado está bien —maulló la guerrera, intentando tranquilizar a su hermana.

Centella se había dejado caer sobre la hierba, resollando, y su único ojo bueno estaba tan desorbitado que se le veía un círculo blanco alrededor del azul.

Nimbo Blanco la empujó afectuosamente con el hocico.

—Vamos, te sentirás mejor en cuanto empieces a moverte.

La guerrera soltó un gemido y se levantó con dificultad.

Abejorro Negro, con una oreja desgarrada, paseó la vista por la hierba aplastada.

—Creo que les hemos enseñado lo que es bueno —declaró.

Pinta lo miró con desdén mientras se acercaba a Ratonero y empezaba a lamerle el pelaje alborotado y ensangrentado.

—¿Y qué es lo que les hemos enseñado exactamente? —masculló entre lametones—. ¿La de sangre que puede derramarse en una batalla sin sentido?

Sólo Leonado parecía ileso. Tenía un manchurrón de sangre en el costado, pero Zarpa de Tórtola sabía que no era suya. La aprendiza frunció el ceño, y las dudas se arremolinaron en su mente como estorninos. Igual que ella, Leonado formaba parte de la profecía, y el don que le había sido concedido consistía en poder luchar contra cualquier gato o cualquier criatura sin resultar herido.

«¿Por qué no ha salvado a Estrella de Fuego? ¿De qué le sirve tener todo ese poder si no ha sido capaz de ayudar a su líder?»

Delante de ella, Zarzoso cruzó la hierba teñida de rojo sobre la que había estado Bermeja y tocó a Leonado con la punta de la cola.

—Bermeja era demasiado vieja para esta batalla —murmuró el lugarteniente—. No ha sido culpa tuya.

Leonado estaba cabizbajo.

A Zarpa de Tórtola se le encogió el estómago. «¡Por el Clan Estelar! ¿Leonado ha matado a Bermeja?»

Su mentor parecía destrozado y tenía los ojos apagados. La joven corrió junto a él y se restregó contra su costado, sintiéndose del todo impotente. Ella tenía el don de oír y ver cosas que estaban sucediendo muy lejos, mucho más lejos de lo que los demás gatos podían percibir… Debería haber sabido lo que estaba tramando el Clan de la Sombra... Y, sin embargo, no había sido ella, sino su hermana, Zarpa Espinela, quien le había contado a Estrella de Fuego que Estrella Negra estaba planeando invadir el territorio del Clan del Trueno para arrebatarles más terrenos de caza. ¿Acaso el Clan Estelar le había enviado un sueño a su hermana porque ella se había negado a utilizar su poder para espiar a los demás clanes? Quizá si hubiese estado alerta, escuchando y observando, como Leonado le había pedido, habría sabido lo que iba a hacer el Clan de la Sombra. Podría haber avisado a Estrella de Fuego antes de que no quedara otra opción que pelear.

«¿Podría yo haber evitado todo esto?»

Notó el aliento cálido de Leonado, que le tocó la cabeza con el hocico.

—Venga —murmuró el guerrero, agotado—. Vámonos a casa.

Zarpa de Tórtola se pegó a él mientras avanzaban con pesadez entre los susurrantes árboles.

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2

Glayo introdujo una zarpa en el rincón más alejado de su almacén de hierbas curativas. Captaba el olor rancio de la caléndula debajo de la roca, pero eran sus últimas provisiones de esa planta y era tan vieja que no estaba seguro de que le sirviera para evitar que la herida de Acedera se infectara. Aun así, la sacó y la mezcló con corteza de roble seca.

—A lo mejor te escuece —la avisó.

Acedera había estado esperando pacientemente junto al lecho de Gabarda.

—Está bien —la tranquilizó Glayo—, aunque su respiración suene un poco ronca.

Gabarda se había quedado dormida antes de la puesta de sol, a pesar del constante ir y venir de guerreros y aprendices heridos. Ya sólo quedaba Acedera, que había insistido en esperar hasta que Glayo atendiese a los demás, aunque el corte de su bíceps era profundo y aún sangraba un poco.

El curandero le aplicó la cataplasma y le cubrió la herida con telarañas.

—Gabarda tiene infección de pecho —le explicó a la guerrera parda mientras enrollaba las pegajosas tiras blancas—. No estoy seguro de si debo forzarla a hacer más ejercicio para que sus pulmones se despejen o dejar que descanse para que combata la enfermedad desde dentro.

Acedera le rozó el lomo con el hocico.

—¿Le has preguntado a Hojarasca Acuática?

Glayo señaló con la cola las bolas de musgo manchadas de sangre y los pedacitos de hierbas que alfombraban el suelo de la guarida.

—¿Te parece que he tenido tiempo?

—Sólo preguntaba —respondió la gata con dulzura.

—Además —masculló el curandero—, Hojarasca Acuática está ocupada examinando heridas.

—Ya. —Acedera se puso en pie—. Gracias por la cataplasma, Glayo.

Arrepentido por haber sido tan brusco, el joven curandero le tocó el costado con la cola.

—¿Quieres semillas de adormidera para descansar me­jor?

—No hace falta, gracias —respondió la guerrera, saliendo ya de la guarida—. Los ronquidos de Fronde Dorado me ayudan a dormir mejor que ninguna medicina.

Glayo ya había tratado al guerrero. Había tenido que colocarle en su sitio un hombro dislocado, y lo había mandado a su lecho con estrictas instrucciones de no moverse hasta que saliera el sol. El resto del clan se había librado de sufrir heridas graves. Sólo Estrella de Fuego había requerido una atención especial. Glayo había vendado con firmeza el desgarro de su cuello con telarañas y sabía que la herida sanaría, pero también era consciente de que jamás recuperaría la vida que había escapado de su cuerpo. El joven curandero se imaginó al débil guerrero del Clan Estelar un poco menos transparente ahora, con su pelaje del color del fuego un poco más vivo contra el verdor de los terrenos de caza del Clan Estelar.

Cuando Acedera salió de la guarida cojeando, Gabarda se removió en su lecho.

—Menudo desastre —susurró con voz ronca.

—¿Cómo te encuentras?

Glayo la olfateó y se sintió aliviado al notar que la joven tenía las orejas más frías.

—Soñolienta. ¿Cómo está Estrella de Fuego? —preguntó la joven guerrera, parpadeando.

—Duerme en su guarida. Tormenta de Arena está cuidándolo. Dentro de unos días se encontrará mejor.

—Ojalá Bermeja no lo hubiera atacado. —Se había enterado de todo a través de los comentarios de los demás guerreros—. Así Estrella de Fuego no habría resultado herido y Leonado no habría matado a Bermeja.

Glayo se puso tenso.

—¡Bermeja era demasiado vieja para pelear!

Las zarzas susurraron, y el curandero detectó el familiar olor de su hermano, que entró pesadamente en la guarida.

—Debería haberme dado cuenta antes de atacarla —musitó el guerrero.

—¿Y qué otra cosa podías hacer? ¡Bermeja estaba matando a Estrella de Fuego! —Glayo se sacudió de arriba abajo y fue al encuentro de su hermano—. ¿Zarpa de Tórtola está bien?

—Sí —lo tranquilizó el guerrero—. Sigue sin querer hablar con nadie, pero está bien.

Zarpa de Tórtola había vuelto de la batalla temblando y conmocionada. Glayo le había ofrecido tomillo, pero ella lo había rechazado, asegurando que sólo necesitaba descansar. Aun así, al contrario que sus compañeros de clan, que estaban ansiosos por compartir todos y cada uno de los momentos de la batalla, la aprendiza gris había permanecido en silencio mientras el curandero la examinaba; sólo al preguntarle él mencionó que Leonado la había salvado de Canela.

Glayo sintió un nudo de preocupación en el estómago. «¿Era justo que los aprendices peleasen contra guerreros?» A veces, Zarpa de Tórtola parecía tan joven... Al menos Zarpa Espinela estaba bien; en realidad, daba la impresión de sentirse bastante satisfecha de sí misma. Y sólo tenía magullada la cola tras haberse enfrentado con los guerreros más feroces del Clan de la Sombra.

Aun así, Zarpa Espinela no había vuelto a mencionar su sueño. El que le había contado a Estrella de Fuego, en el que el Clan de la Sombra invadía el territorio del Clan del Trueno y teñía de sangre los arroyos del bosque. De hecho, cuando Glayo se coló en los pensamientos de la aprendiza atigrada, el sueño había desaparecido por completo de su mente. ¿Cómo podía haberse olvidado de una pesadilla tan vívida que incluso había llegado a desencadenar una batalla entre el Clan del Trueno y el Clan de la Sombra?

El curandero volvió su ciega mirada azul hacia Leonado.

—¿Ha valido la pena?

—¿La batalla? —El guerrero se puso tenso—. ¡Por supuesto!

—Pero ¡se han perdido dos vidas por una extensión de hierba sin ningún valor!

—Le hemos enviado al Clan de la Sombra un mensaje que jamás olvidará.

—Aun así, hemos pagado un precio demasiado alto... —masculló su hermano.

—No es momento de ablandarnos, Glayo. —Leonado bajó la voz hasta susurrar para no atraer la atención de Gabarda—. ¿Quién sabe cuándo llegará el próximo golpe?

Glayo se preocupó al oír que Gabarda empezaba a toser de nuevo.

Leonado lo empujó con el hocico hacia su paciente.

—Ahora no podemos permitirnos pasar por alto ninguna señal —dijo en un murmullo—. Venga, ve a ver a Gabarda. Ya hablaremos luego.

Cuando su hermano salió de la guarida, Glayo comenzó a masajearle el costado a Gabarda. La tos cedió, y la joven guerrera apoyó la barbilla en el borde de su lecho. Poco después, su respiración adquirió la cadencia del sueño.

—¿Está bien? —susurró Hojarasca Acuática desde la entrada de la guarida.

La gata se acercó al lecho de Gabarda.

—Le ha bajado un poco la temperatura.

Glayo oyó que Hojarasca Acuática se despegaba retazos de telaraña de las zarpas; por el olor, supo que la guerrera había estado vendando de nuevo los cortes de Nimbo Blanco.

—¿Cómo se encuentra Fronde Dorado? —le preguntó, preocupado por si al recolocarle el hombro dislocado se lo hubiera dañado más en vez de arreglárselo—. ¿Has podido echarle un vistazo?

—S-sí. —Vaciló—. ¿Tú qué opinas?

A Glayo se le hizo un nudo en el estómago. En otro momento, la pregunta de la gata habría sido una prueba, pero ahora Hojarasca Acuática sonaba como si realmente no estuviese segura. ¿Por qué mascullaba como una aprendiza nerviosa? Era como si le diese miedo meter la pata. El joven curandero aún se acordaba de los días en que solía darle órdenes sin parar en aquella misma guarida. Él le respondía malhumorado y ella le replicaba a su vez. El aire chisporroteaba y crepitaba cuando él se rebelaba contra la cautela excesiva y quisquillosa de su mentora.

El recuerdo le dolió. En aquella época, Glayo creía conocer perfectamente a Hojarasca Acuática; incluso podía predecir todas sus objeciones. Desde que descubrió que era su madre, sentía como si no la conociera en absoluto.

Decidió que lo mejor era sacársela de encima y pasar por alto su pregunta.

—¿Podrías ir a examinar a Estrella de Fuego, por favor? —maulló mientras levantaba una pata para lavársela.

Hojarasca Acuática inclinó tanto la cabeza que le rozó la zarpa con los bigotes.

—Por supuesto.

«¡Y deja de comportarte como un ratón!», pensó Glayo, indignado, mientras se sacaba una hojita de tomillo de entre las garras. Las zarzas susurraron y los pasos arrastrados de Hojarasca Acuática se alejaron por el claro.

Glayo dejó de atusarse y se quedó escuchando cómo su clan se acomodaba para pasar la noche. En la maternidad, Rosella estaba lavando a Jerbillo y Grosellita. La sonora voz de Puma llegaba cruzando el claro desde la guarida de los veteranos. Fronde Dorado estaba roncando, como había predicho Acedera. Floresta estaba arreglando su lecho en la guarida de los guerreros, bajo el haya caída; quizá estaba intentando volver a dejarlo tal como estaba antes de que el árbol cayera sobre la hondonada...

Glayo se estremeció al recordar el día en que se produjo el desastre. Después de que las intensas lluvias hicieran mella en la tierra que sujetaba sus raíces, el gigantesco árbol se había deslizado desde lo alto de la quebrada hasta desplomarse sobre el claro, aplastando la guarida de los veteranos y destrozando el enorme zarzal donde dormían los guerreros. Rabo Largo había fallecido, y Gabarda había quedado tullida: se le había roto la espina dorsal y ya no podía mover las patas traseras. Sólo el extraordinario oído de Zarpa de Tórtola había impedido que más gatos murieran o quedaran lisiados...

Durante media luna, el clan había trabajado con dureza para reconstruir su hogar, retirando todas las ramas, troncos y leños que pudieron levantar. Habían reconstruido la guarida de los veteranos entrelazando los zarcillos de la vieja madreselva alrededor de una estructura de madera astillada, y, aunque el haya seguía ocupando el campamento, su tronco era como una columna vertebral: las ramas, como una caja torácica en mitad del claro; las raíces, garras aferrándose al zarzal de la maternidad. Todas las noches se llenaban con el sonido de las hojas y las ramitas que los guerreros del Clan del Trueno arrancaban o recolocaban, mientras trabajaban en los lechos de su nueva guarida bajo la rama más fuerte del árbol caído.

A Glayo todavía le costaba desplazarse por el campamento, porque tropezaba constantemente con ramas inesperadas o montones de palitos que habían dejado a un lado y aún no habían retirado. Si hubiera estado vivo, Rabo Largo, el veterano ciego, lo habría tenido más difícil aún para acostumbrarse. En realidad, quizá era afortunado por haber podido reunirse con el Clan Estelar, más afortunado que Gabarda, en cualquier caso. Ahora la joven guerrera tenía infección de pecho porque no podía correr y cazar como sus compañeros de clan. Sólo podía ir arrastrándose hasta el claro y volver, con las patas traseras tan muertas como la carne fresca.

Glayo se sacudió aquellos pensamientos. Preocuparse no ayudaría en nada. Se lavó las zarpas en el charco, estremeciéndose al sentir el contacto con el agua helada, y luego se acercó el montón de frondas que había junto al lecho de Gabarda.

Mientras se ovillaba entre las blandas hojas de helecho y cerraba los ojos, el sueño de Zarpa Espinela se coló en sus pensamientos. ¿Por qué el Clan Estelar había puesto en marcha esa batalla? El curandero no podía quitarse de encima la insistente sospecha de que el Clan Estelar jamás compartiría sueños con una aprendiza como Zarpa Espinela. ¿Por qué elegirla a ella en vez de a uno de los Tres?

«Hablaré de todo esto con Leonado por la mañana», se dijo. Agotado hasta la punta de la cola, dejó que su mente se sumiera en el sueño.

El olor a descomposición le provocó un escalofrío. Al abrir los ojos, vio que se encontraba en el Bosque Oscuro. Las sombras lo rodeaban como pelajes negros. Miró nerviosamente por encima del hombro. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Acaso Estrella de Tigre planeaba reclutarlo también a él?

«No, Estrella de Tigre no está tan loco.»

Glayo saboreó el aire, y un olor familiar se le posó en la lengua. Con todo el cuerpo en tensión, escudriñó la penumbra.

—¡Hola! —Un maullido alegre sonó en el claro que tenía delante.

«¿Zarpa Espinela?»

Una voz ronca respondió a la aprendiza.

—Perdona si hoy te he asustado.

«¿Con quién habla?»

—No me has asustado para nada. —La joven atigrada no sonaba atemorizada ni sorprendida de hallarse en el Bosque Oscuro—. Sabía que no me harías daño. Eres uno de los compañeros de clan, ¿no?

«¿Compañeros de clan?»

Agazapándose, Glayo avanzó a través de la niebla. Zarpa Espinela se encontraba a poco más de un zorro de distancia, con las orejas plantadas y la cola bien alta. Junto a ella, el curandero reconoció a un corpulento gato atigrado marrón oscuro.

«¡Corazón de Tigre!»

El guerrero del Clan de la Sombra se inclinó más hacia la aprendiza del Clan del Trueno.

—Te vi la otra noche con Alcotán, mientras yo entrenaba con Estrella Rota. Jamás imaginé que serías una de nosotros.

«¿Una de nosotros?» Glayo se acercó un poco más.

Corazón de Tigre rodeó a Zarpa Espinela.

—Eres buena... —comentó el atigrado, y la gata hinchó el pecho, orgullosa—, pero es una lástima que nuestros clanes hayan tenido que pelear. ¿Cómo es posible que eso haya sucedido?

«¡Cuéntale tu sueño!»

Sonaron unos pasos entre las sombras, y Glayo sintió que un escalofrío le recorría la columna vertebral cuando un sonoro maullido interrumpió a los dos jóvenes gatos.

—¡Vamos, Zarpa Espinela! ¡Estás malgastando un tiempo precioso!

A Glayo se le cortó la respiración al reconocer la voz del guerrero que acababa de pronunciar esas palabras. Era Alcotán. El hijo de Estrella de Tigre, eternamente furioso por haber muerto a manos de su medio hermano, Zarzoso, cuando estaba intentando arrebatarle a Estrella de Fuego las vidas que le quedaban para dejar al Clan del Trueno sin líder y vulnerable frente a la cruel ambición de Estrella de Tigre y la suya propia.

—Hoy has peleado bien —le dijo el antiguo guerrero del Clan del Río—, pero has ejecutado mal el movimiento cuando has atacado a Carbón. ¡Nunca gires sobre las dos patas traseras cuando puedas hacerlo sobre una!

Le hizo una señal con la cola a la joven aprendiza, que lo siguió sin replicar y desapareció con él entre la densa niebla.

La voz de Alcotán, que sonó como un gruñido, aún brotó de las sombras una vez más:

—Corazón de Tigre, tú espera ahí. Enseguida llegará Estrella Rota.

Glayo estaba horrorizado, y se quedó mirando al joven guerrero con los ojos abiertos de par en par y las zarpas clavadas en la fría tierra.

Cuando la niebla lo envolvió de nuevo, comenzaron a brotar maullidos y gruñidos de la oscuridad: voces jóvenes que hacían preguntas y pedían aprobación, mientras que las de los guerreros más experimentados contestaban hurañas, instando a los gatos a continuar y presionándolos con dureza. Era el mismo sonido que uno podía oír en las sesiones de entrenamiento de cualquier clan del lago... Sólo que aquello no era el lago, sino el Lugar Sin Estrellas. Glayo vislumbró pelajes elegantes y lustrosos luchando entre las sombras, y detectó el olor del Clan del Río. Más allá de una hilera de helechos grises, figuras más ágiles se plantaban sobre las patas traseras para golpearse.

«¿También el Clan del Viento está metido en esto?»

—¡Desenvaina las garras!

—¡Pelea como un guerrero, no como un cachorro!

El olor a descomposición inundó la lengua de Glayo.

Justo en ese momento, la voz de Ventolero se elevó entre las sombras.

—¡Ojalá hubiera podido participar en la batalla de hoy! —El guerrero del Clan del Viento sonaba tenso, y su tono estaba lleno de frustración—. Habría combatido a tu lado, si hubiera tenido la oportunidad.

«¿Con quién habla?»

El curandero paladeó el aire, abriéndose paso a través de los repugnantes sabores del Bosque Oscuro, y se estremeció al reconocer el olor del Clan de la Sombra. ¡Ventolero estaba jurándole lealtad a un gato del Clan de la Sombra!

Otra figura se movió entre los árboles. Glayo distinguió el largo lomo oscuro que se movía a través de la niebla como una serpiente. En su última visita al Lugar Sin Estrellas, Fauces Amarillas le había dado nombre... Un nombre que la anciana había pronunciado como quien escupe veneno.

«Estrella Rota...»

—No te preocupes, Ventolero —gruñó el guerrero marrón oscuro—. Habrá muchas más oportunidades de entrar en combate. Destruiremos el código guerrero, y en cuanto deje de existir no habrá límites para nosotros. —Ventolero soltó un gruñido de emoción—. Sin normas timoratas que nos digan cómo actuar, podremos reconstruir los clanes y hacerlos más fuertes que nunca.

Glayo notó que el estómago se le estremecía de pavor. Estaba rodeado de gatos de clan, gatos que vivían junto al lago cuando estaban despiertos. Percibía los cálidos latidos de sus corazones, acelerados por las mentiras de los muertos. Ya no había forma de negar lo que estaba sucediendo: guerreros del Bosque Oscuro entrenaban a gatos de todos los clanes para que se alzaran contra sus propios compañeros y quebrantaran todas las leyes del código guerrero que los clanes habían salvaguardado durante tanto tiempo.