Mis ojos recuperan la visión y de pronto soy consciente de que todos me miran. Permanezco inmóvil. Solo pienso en que este mar de oscuridad me arrastre hasta las profundidades y me saque de aquí. Quiero que dejen de señalarme, quiero hacerme invisible, quiero que alguien me abrace y me diga que todo va a estar bien, quiero volver a lo que fue, quiero comprender por qué.

Dicen que se puede pasar del éxito al fracaso y del todo a la nada con facilidad, pero nunca imaginé que fuera posible hacerlo en tan solo unos segundos.

Mis piernas se mueven temblorosas en busca de una salida. Veo las escaleras de emergencia. Subo los escalones de dos en dos, sin mirar atrás, sin pensar. Necesito aire, necesito respirar.

Salgo a la azotea. Todo está patas arriba, están de obras y parece que esta zona ya no es transitable; sin embargo, hay una especie de pasillo con tablas. Camino con cuidado y llego hasta el final. Me asomo al borde y miro al vacío. Por un momento pienso en que es la altura suficiente para poner fin a esto que siento. Me viene a la mente el recuerdo de esos sueños en los que caes al vacío y despiertas justo antes del impacto. Me pregunto cómo será no despertar, ¿dolerá?

Una pareja camina por la calle, pero no se percatan de mi presencia aquí arriba. Eso es todo lo que sucede durante unos minutos, ellos caminan y yo los observo casi sin parpadear, con el rumor de fondo del ligero tráfico nocturno.

Pienso en él y en lo que debe estar pensando de mí después de lo que acaba de pasar. Lo había visto entre el público, había venido a verme... ¿Será que en el fondo sí me quiere? Ya no lo sabré.

Hace mucho frío. Cierro los ojos. Todo lo que acontece en mi mente está envuelto por una niebla densa e irreal. Si me lanzo al vacío ahora, todo terminará. Es lo mejor. Esto no tiene solución, ya nada volverá a ser lo que fue. Todo el mundo hablará de lo que acaba de suceder, todos me señalarán a mí.

Por un momento me imagino lo impactante que será encontrarme ahí abajo con los sesos esparcidos por toda la calle y mi ropa impregnada de sangre. Siento que me va a explotar la cabeza de la presión.

Tengo miedo de abrir los ojos porque sé lo que va a pasar a continuación. He tomado una decisión, pero antes tengo derecho a contar mi historia.

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1

ADRIANA

Le di un sorbo al café y, antes de que pudiera percibir el aroma a vainilla, sonó el telefonillo. Me pregunté quién sería a estas horas de la tarde.

Dejé la taza sobre la encimera de la cocina y fui directa hacia el salón.

—¿Sí? —respondí tras descolgar el auricular.

—¿Adriana Castillo?

—Sí, soy yo.

—Una carta certificada.

—Ya le abro.

Mientras que el cartero subía hasta el cuarto piso, aproveché para ponerme los zapatos y ganar tiempo. Eran las cinco y media y tenía que estar en el cine a las seis para prepararlo todo antes de la primera sesión.

Sonó el timbre y abrí la puerta. El cartero me pidió el número del DNI y, después de firmar en un aparato electrónico, me entregó la carta. Cuando en el reverso del sobre vi el logo de la prestigiosa Escuela de Actores Carme Barrat, sentí una especie de sube y baja por el pecho. Sí, quería ser actriz, todas tenemos derecho a soñar. Por las mañanas, de lunes a jueves, iba a clases de interpretación, había hecho alguna que otra obra de teatro y un pequeño musical, pero nada serio. En la mayoría de castings te pedían tener un videobook profesional, y yo no tenía ni material ni dinero para hacerlo.

Dudé si abrir el sobre o esperar a estar preparada emocionalmente para una negativa. El reloj me dio la respuesta, faltaban apenas quince minutos para las seis. Ya iba tarde. Guardé la carta en el bolso y salí de casa a toda prisa.

Lo bueno de vivir en el centro de Madrid era que no tenía que coger el metro para casi nada. Aunque cualquiera al que le dijese que vivía al otro lado del río Manzanares, junto al Puente de la Reina Victoria, respondería que eso no era el centro, pese a estar frente al Parque del Oeste, a diez minutos del Templo de Debod y a quince del Palacio Real.

Tener un piso en propiedad en esa zona a mis veintiún años era todo un lujo. Aunque el precio que había tenido que pagar para ello había sido demasiado caro. No, no hablo de una hipoteca, sino del hecho de haber perdido a mis padres cuando apenas había alcanzado la mayoría de edad. Recibir una herencia tan joven no es ninguna suerte. Y menos cuando esta es una casa que pide a gritos una reforma, cuando te quedas con un montón de deudas y cuando pierdes a las dos únicas personas que conformaban tu familia. Bueno, estaba el abuelo Paco, que en realidad no era mi abuelo biológico, pero como si lo fuera.

Lo conocí gracias a la Fundación Grandes Amigos, una ONG en la que trabajaba como voluntaria una vez por semana haciendo compañía a personas mayores. Comencé a visitar a Paco dos años antes de que mis padres fallecieran y entablamos un vínculo que iba más allá de la amistad. La casualidad o el destino hizo que un día, mientras charlábamos, Paco reparase en que ya nos conocíamos. De pequeña, jugué con él uno de esos fines de semana en los que mis padres me llevaban a merendar junto al río Manzanares, que por aquel entonces apenas era un riachuelo que arrastraba toda la mierda de la ciudad; en él no sobrevivían ni los patos. Mi madre nunca me dejaba jugar cerca del agua, y mucho menos bañarme. Por suerte, con el paso del tiempo, Madrid se había empeñado en integrar el río en la ciudad: habían rehabilitado sus siete presas, remodelado los puentes antiguos y construido algunos nuevos, y los alrededores ya eran zonas verdes repletas de árboles por las que poder pasear.

Paco se convirtió en un apoyo fundamental para mí cuando perdí a mis padres. Él tenía un pequeño cine al que iba a visitarlo más veces de las que el voluntariado exigía. No fue nada fácil convencerle para que me dejara trabajar con él cuando la señora que se ocupaba de todo se jubiló. Él quería que yo estudiase, y lo hice, hasta terminar el bachillerato. Luego, como no tenía dinero para matricularme en ninguna escuela de cine privada, me tocó ponerme a ahorrar. El abuelo aceptó que lo ayudara en el cine mientras encontraba una sustituta para la mujer que se había jubilado, algo que nunca llegó a suceder. Mi trabajo consistía en vender las entradas, hacer palomitas, servir refrescos y recoger toda la porquería que dejaba la gente después de ver una película que se había estrenado hacía ya siglos, porque el cine, obviamente, no pagaba los estrenos.

Dejé atrás la plaza de España y caminé a toda prisa por una vetusta calle del centro. El ruido de los coches se perdió en la lejanía. Al igual que la algarabía de la ciudad. Las gotas de sudor me recorrían la espalda. A esa hora, en pleno agosto, el calor era insoportable.

Entré en el cine por la puerta trasera. Era pequeño, apenas contaba con una sala y estaba medio en ruinas. En verano se estaba a gusto, sus grandes muros protegían del calor. Sin embargo, en invierno, hacía un frío insoportable, pues la calefacción no funcionaba bien. Pese a ello, la gente seguía yendo, aunque se puede decir que eran siempre los mismos: románticos enamorados del cine y del teatro. A veces también funcionaba como teatro y se representaban algunas obras, que pese a su originalidad no conseguían entrar en otros grandes teatros de la ciudad como el Teatro Real, el Circo Price, el Lope de Vega o el María Guerrero.

Era el único cine de la época que seguía abierto, el resto habían caído en el abandono o habían sido demolidos y sustituidos por grandes edificios. Muchas constructoras se habían interesado por aquel viejo cine para convertirlo en un bloque de pisos o en un hotel, pero el abuelo siempre se negó a venderlo. Él no necesitaba el dinero y su única pasión en la vida era aquel emblemático lugar. No lo voy a negar, a mí también me encantaba; tenía su magia, conservaba la esencia de los años setenta. Su sala acogedora permitía vivir una experiencia cinematográfica inigualable. Hasta los desperfectos de la pantalla hacían que la proyección tuviese un magnetismo que nada tenía que ver con el de las películas digitalizadas de hoy en día. Su ambientación vintage era única y se alejaba bastante de las macrosalas, quizá eso era lo que lo mantenía con vida; eso y los precios, pues por menos de lo que costaba una copa en cualquier bar del centro de Madrid podías ver una película, comerte un puñado de palomitas y tomarte una cerveza.

La taquilla original permanecía cerrada, por lo que las entradas se vendían en la misma barra en la que la gente compraba también los refrescos y las palomitas. Justo allí se encontraba el abuelo cuando entré. Le di un abrazo y dejé el bolso junto a unas cajas que había detrás del mostrador.

—Ya sé lo que te voy a regalar para tu cumpleaños —me dijo mirando la correa desgastada de mi bolso.

—Aún faltan casi dos meses para mi cumpleaños. —Me reí.

—Entonces tendré que regalarte un bolso nuevo antes, ¿o es que se trata de una de esas modas de los jóvenes? Como lo de llevar calcetines largos en verano y no llevarlos en invierno.

—No es ninguna moda. Y sí, llevamos calcetines en invierno, solo que no se ven, son tobilleros.

—No entiendo esas modas tan raras.

Me encogí de hombros sin saber qué decir. En parte estaba un poco de acuerdo con el abuelo. Yo tampoco entendía esa moda: pasar calor en verano y frío en invierno. En realidad, me importaba muy poco la moda. Demasiado poco, quizá.

—No puedes ir con este bolso por la calle. —El abuelo lo cogió—. Es que, si te dan un tirón, te quedas sin él seguro.

Puse en marcha la máquina de hacer palomitas y en ese momento vi de reojo que cayó al suelo el sobre. El abuelo se agachó a cogerlo.

—¿Y esto? —Frunció el ceño.

—¿Recuerdas aquel vídeo casero que envié el mes pasado para entrar en una prestigiosa escuela de actores de Barcelona?

—Sí, he reconocido el logo, por eso te pregunto.

—Pues hoy me ha llegado esa carta.

—Pero está cerrada, ¿a qué esperas para abrirla? —El abuelo se quitó las gafas y se rascó la frente.

—A tener tiempo, hay que...

—Eso puede esperar unos minutos. ¡Ábrela! —Me entregó el sobre.

—¿Y si son malas noticias? ¿Y si me dicen que no les ha gustado mi vídeo o que no hay plazas becadas suficientes como sucedió el año pasado? No voy a soportar otro rechazo.

No estaba preparada para abrir ese sobre, el miedo me lo impedía.

—Si no la abres, nunca sabrás lo que pone. Además, si este año tampoco puede ser, pues será el siguiente, o al otro. Y, si no, ya te aceptarán en una escuela mejor.

—No hay mejor escuela que esa en España.

—Pues entonces te irás a Nueva York o a Hollywood.

—¿Cómo voy a irme a Hollywood? —Me reí.

—Antes de morirme, venderé este cine y con el dinero que me den te pagaré el viaje y los estudios.

—No digas eso ni en broma.

—¿Quieres abrir la dichosa carta de una vez?

—Está bien.

Me temblaban las manos. Tuve que luchar con todas mis fuerzas para no perder el equilibrio cuando leí el mensaje.

—¡¿Qué?! ¡¿Qué dice?! —preguntó el abuelo.

Me tapé la boca con la carta para no gritar.

—¡¡¡Me han dado una plaza becada al treinta por ciento!!! —Mi cuerpo tomó el control y comencé a saltar de alegría—. ¡¡¡Empiezo en septiembre!!!

—¿Tan pronto?

—Sí. No me lo puedo creer. —Me abalancé sobre él y nos abrazamos.

—¿Y has dicho que la escuela está... en...?

—Sí, abuelo, en Barcelona —lo interrumpí y me aparté con delicadeza. Sabía lo que me iba a decir—. No me va a pasar nada. Voy a estar bien.

—En esos sitios hay mucha rivalidad y gente con mucha maldad. Son como una manada de fieras salvajes.

—¡Qué exagerado! Hay gente mala en todas partes. No me va a pasar nada. Además, viviré en la residencia con otros estudiantes de mi edad.

Al abuelo se le humedecieron los ojos.

—Anda, no estés triste. Aún falta casi un mes para que empiece el curso.

—¿Qué voy a hacer sin ti aquí?

—Te ayudaré a encontrar a alguien antes de irme —le aseguré.

—No me refiero al cine...

—Te llamaré a diario.

El abuelo esbozó una sonrisa triste.

No voy a mentir. Me daba mucha pena distanciarme de él y tenía miedo, estaba aterrada, pero llevaba años ahorrando para poder estudiar en esa escuela. Era la oportunidad de mi vida y no la iba a dejar pasar solo por miedo.

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2

GEORGINA

Sentada en el sofá de mi casa, miraba la pantalla del móvil desesperada. Había llamado tres veces a Martí y no respondía. Mi novio y su problema con la puntualidad, ¡iba a matarlo! Más de veinte minutos de retraso. Y yo despierta desde las siete de la mañana.

Ya había subido varias historias a Instagram: una de mis nuevos zapatos colegiales Simone Rocha, otra enseñando las ondas que me había estado haciendo la tarde anterior y otra anunciando que empezaban las clases en la Escuela de Actores.

Tenía ganas de volver, en todo el verano solo había hecho un casting. Me había pasado las tardes sin hacer nada en la playa hasta que caía la noche. Me apetecía mucho volver a la ajetreada rutina: las audiciones, los escenarios, las cámaras, la escuela...

Miré el reloj: las ocho y media. Estaba aburrida de esperar. No me gustaba tener que depender de Martí para que me llevara y me trajera, pero me negaba a subirme a un taxi, y mucho más a coger el autobús o el metro, y para ir a la escuela no me quedaba más remedio que ir en coche, andando podía tardar dos horas. Vivir en el lujoso barrio de Pedralbes, ubicado en la zona alta de la ciudad, tenía sus ventajas, pero también este inconveniente. Aunque nadie que viviese aquí lo vería como tal. La mayoría de personas de este barrio nunca bajaba más allá de la Diagonal, era como si tuviesen algún tipo de alergia a mezclarse con la muchedumbre. Yo, sin embargo, hacía vida en el centro. De septiembre a junio pasaba la mayor parte del tiempo en la escuela, ubicada en el barrio gótico, y, a decir verdad, me gustaba. Aunque yo no me alojaba en la residencia, ese lugar me parecía de lo más deprimente, así que todos los días mi padre me llevaba y me recogía; y si él no podía, me enviaba un chófer privado.

—Me voy ya cariño. —Mi padre apareció en el salón vestido con un elegante traje de chaqueta negro y oliendo al perfume que solía usar los fines de semana.

Según él, tenía una reunión de trabajo a primera hora en la otra punta de la ciudad, por eso no podía llevarme a la Escuela de Actores. Algo en su actitud o en la ropa me resultó raro, como si en mi mente no encajase esa excusa de la reunión. Últimamente mi madre y él parecían hacer vidas por separado, ya casi no salían juntos para nada.

—Escríbeme cuando llegues a la escuela. —Se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla.

—¿Para qué? Estarás ocupado en la reunión. —Esta última palabra la pronuncié con cierto sarcasmo.

—Para saber que has llegado bien y quedarme tranquilo.

—No me voy a Nueva York, estoy a media hora en coche. —Puse los ojos en blanco.

—Mira, acaba de llegar Martí —dijo mi padre al abrir la puerta y ver el coche de mi novio.

—Por fin, ya era hora. —Me levanté, cogí el bolso y, antes de salir, fui a la sala de ejercicio a despedirme de mi madre.

—Adiós, mamá.

Se quitó los cascos.

—¿Ya te vas, cielo? —preguntó sin dejar de entrenar.

—Sí.

—Ten cuidado y no vayas a salir de la escuela sola, el centro es muy peligroso. Voy a llamar a Martí.

—Mamá, por favor, tengo veintidós años.

—Por eso mismo.

Me lanzó un beso y continuó con su rutina mañanera. Cerré la puerta algo furiosa. No soportaba que usara a Martí como si fuese mi guardaespaldas. Lo peor era que él, para ganarse la aprobación de mis padres, accedía a darles explicaciones sobre lo que hacíamos o dejábamos de hacer.

Martí se bajó del coche para saludarme.

—Lo siento, mi amor. Había demasiado tráfico. —Se acercó para darme un beso en los labios, pero yo le puse la mejilla.

—Siempre hay tráfico, ya lo sabes, por eso tienes que salir antes.

—No he podido salir antes, he tenido que esperar a que mi padre llegara de trabajar —refunfuñó.

Me subí a su Mercedes Clase E de color plata. Bueno, en realidad no era suyo, sino de su padre, eso explicaba el olor a tabaco impregnado en la tapicería. Martí tenía tres años más que yo y aún no podía permitirse un coche de aquel valor. Quizá nunca podría permitírselo. Algo que me había quedado bastante claro en los dos años que llevaba estudiando interpretación era que pocas personas conseguían triunfar y ganarse la vida con esta profesión. Pero yo quería ser actriz, soñaba con salir en alguna película, aparecer en revistas, ir a los estrenos de Hollywood... Y si para eso tenía que pasar por esta etapa más... humilde, pues lo haría, porque si algo tenía claro era que mi éxito sería inevitable.

Había tenido mucha suerte de que mis padres aceptaran mi decisión de no estudiar una carrera en alguna universidad de prestigio. Al ser hija única, me tenían demasiado consentida y yo me aprovechaba de ello. Martí, pese a ser hijo único, no tenía tanta suerte. A él lo obligaron a estudiar Administración y Dirección de Empresas, pero al segundo año lo dejó y se fue de casa. Se alquiló una habitación en un piso compartido del Eixample y se puso a trabajar en una cafetería. Estaba dispuesto a ahorrar lo que fuese para poder entrar en la prestigiosa Escuela de Actores Carme Barrat. Pero al poco tiempo de que se fuera de casa, su madre sufrió una embolia, y eso hizo que volvieran a ser una familia unida. Desde entonces, su padre no solo le dejaba el coche para que viniese a buscarme, sino que también le pagaba la cuota mensual de la escuela y la residencia. Además de hacer generosas donaciones.

Martí se subió al coche y, antes de poner en marcha el motor, me miró.

—Estás guapísima. —Se acercó y me dio un beso en los labios.

Llevábamos juntos menos de un año, aunque nos conocíamos desde hacía algo más. Entramos en la escuela casi al mismo tiempo, pero la chispa saltó a raíz de un rodaje que hicimos juntos. Lo bueno de la Escuela Carme Barrat era que te abría las puertas a muchos proyectos.

Martí era el tipo de chico con el que cualquier adolescente soñaría: alto, moreno, ojos verdes, fuerte y un poco arrogante a veces. Aunque yo sabía que esa actitud solo era una pose, y que, en el fondo, era menos presuntuoso de lo que pretendía aparentar. Y eso me gustaba.

Condujo en silencio por la avenida Pearson hasta llegar a Ronda de Dalt. Por la ventanilla entraba una brisa fresca que anunciaba el final del verano y el inicio de una nueva etapa. El sonido envolvente que emitían los altavoces del coche hizo que la canción que sonaba me penetrase los tímpanos. La virgen que colgaba del espejo retrovisor se balanceaba. Los padres de Martí eran muy católicos, él también, pese a que no lo parecía. Aproveché el resto del trayecto para mirar las notificaciones en mi móvil. Llegamos al centro casi sin darme cuenta. Aparcó lo más cerca posible y caminamos hasta la escuela.

Por fuera tenía su encanto, con esas paredes de piedra antigua combinada exitosamente con algunos elementos decorativos sobre los balcones. Lo antiguo y lo nuevo, una mezcla propia de la ciudad en general. Sin embargo, del interior no podía decir lo mismo.

Junto a la entrada, me encontré con la novelesca figura de «la loca de la puerta», una mujer de carne y hueso, pero que más bien parecía un fantasma. Se pasaba el día borracha y se entrometía en todo. Cuando llegué a la escuela el año anterior, me contaron que de joven fue alumna del centro, pero que un día, de pronto, perdió la capacidad para actuar y trató de encontrarla en el alcohol. Acabó viviendo en la calle, en concreto en esa.

Entré a la residencia y acompañé a Martí a su dormitorio para recoger a Liam, su compañero de habitación y mi mejor amigo, pero no estaba allí. Quizá se había ido ya a clase, aunque me extrañó que no me hubiese avisado, habíamos quedado en que pasaría por la habitación a buscarlo.

Dejé a Martí colocando sus cosas en la habitación y me dirigí al teatro para asistir al acto de presentación. Caminé por la residencia y me alegré de no tener que dormir allí. Carecía de muchas comodidades de las que yo no podía prescindir bajo ningún concepto. Por ejemplo, los alumnos compartían habitación y estas no tenían baño. Tampoco disponían de una sala de estar bien equipada, la televisión era demasiado pequeña y ni siquiera permitía conexión por bluetooth a los teléfonos. Y mejor no hablar de la decoración. El interior del edificio había sido renovado en su mayor parte hacía ya varios años, pero las aportaciones de los miembros no eran suficientes para grandes mejoras.

A veces me había quedado a dormir allí en la habitación de Martí, cuando Liam no estaba, y, sinceramente, no me veía viviendo allí por mucho que odiase tener que ir y venir todos los días.

De camino al teatro, me encontré con Víctor, el profesor de voz, y su sonrisa. El corazón me dio un vuelco al recordar el último día de clase antes de las vacaciones de verano.

—Georgina, ¡qué sorpresa encontrarla por aquí! —dijo con extremada educación. Nunca tuteaba a los alumnos.

—Espero que sea una sorpresa grata. —Sonreí pícara.

—Lo es.

—¿Qué tal ha ido el verano? —curioseé.

—No mejor que el suyo, desde luego.

—¿Por qué lo dice?

—Ya he visto que se lo ha pasado en grande todos los días en la playa del Bogatell, tomando helados en DelaCrem y de fiesta en Bling Bling.

—Vaya, cualquiera diría que me stalkea.

—Es lo que tiene tener el perfil de Instagram abierto y ser tan popular. Espero que este curso esté usted más centrada. Hay grandes proyectos a la vista.

—Ya sabe que me tomo muy en serio mis clases, sobre todo las suyas.

—Este año ya no está en clase de voz.

—Quizá asista como oyente. Creo que necesito refrescar algunos conceptos.

Sonrió, pues sabía a qué me estaba refiriendo con eso de «refrescar conceptos».

—Me alegro de verla —dijo antes de irse.

—Y yo a usted.

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3

ADRIANA

Nunca me había subido a un tren. Bueno, sí, al de la bruja que solían poner en las fiestas del barrio cuando era pequeña, pero ese no cuenta. Me pasé las dos horas y media del trayecto maravillada, tenía dos plantas y había un vagón con cafetería y todo, aunque yo no me tomé nada. Los precios no aparecían por ninguna parte y no quería arriesgarme a dejarme allí medio riñón. El tiempo se me pasó volando, ni siquiera pude terminar el libro que me había llevado para leer.

Cuando el tren se detuvo y vi que los pasajeros se levantaban y bajaban a la otra planta, pese a que por megafonía la tripulación decía que siguiésemos sentados, dudé si levantarme o seguir las indicaciones. Opté por lo primero, no sabía si el tren seguía su camino o se quedaba allí y tenía miedo de pasarme la parada.

Las puertas de la planta baja se abrieron y la gente comenzó a salir entre empujones. Nunca había visto tantas personas juntas. Me puse la chaqueta y mis gafas rosas y agarré con fuerza la bolsa de mano y la enorme maleta que llevaba. Antes de adentrarme en la estación de Barcelona Sants, volví la cabeza para mirar una última vez aquella maravilla de tren.

Todo cuanto me rodeaba era nuevo para mí. La estación parecía un centro comercial, estaba repleta de tiendas, cafeterías, restaurantes, había incluso farmacia. Miré las pantallas y busqué el acceso directo al metro. Había gente por todas partes. Llegué hasta unas máquinas expendedoras de color naranja que había junto a unos tornos y supuse que ese era el acceso al metro. De todas formas, para asegurarme, le pregunté a una señora con un chaleco reflectante y me dijo que no, que esas máquinas eran para los trenes de cercanías, que las del metro estaban al otro lado.

Me recorrí de nuevo toda la estación hasta dar con unas escaleras que bajaban al metro. No me podía creer que no hubiese escaleras mecánicas. Tenía que haberlas, o al menos un ascensor, pero no iba a ponerme a buscar, así que cogí la maleta y bajé con cuidado. No me caí rodando de milagro.

Compré un billete sencillo y entré en la línea tres. En comparación con el metro de Madrid, me sorprendió lo antiguo que era todo.

Una vez en el interior del tren, se escuchó un mensaje por megafonía: «Señores pasajeros, debido a una incidencia, los trenes no paran en Liceu». Me puse nerviosa porque esa era justo mi parada. Había mirado el trayecto a la escuela desde la salida de metro de Liceu. Miré el mapa y decidí bajarme una parada antes, en Drassanes.

Salí en plena Rambla y me encontré de frente con la estatua de Colón. Sentí esa felicidad que produce comenzar una nueva aventura. Aunque me duró más bien poco, iba tan cargada que el asa del bolso se me rompió y parte de la ropa que había guardado en él quedó esparcida en mitad de la calle como si se tratara de un tenderete ambulante. Mientras recogía a toda prisa las prendas, me imaginé una de esas escenas en las que aparecía el amor de mi vida a ayudarme, pero no, no apareció nadie. Al final, el abuelo tenía razón, había exprimido demasiado aquel bolso.

Caminé por las estrechas calles del centro, que tenían un aspecto un tanto barroco. Las fachadas de piedra, con balcones de hierro y ventanales de madera me trasladaron a otra época. No sé por qué me imaginaba calles más transitadas, pero me crucé con poca gente y la mayoría de locales estaban cerrados.

Llegué a una especie de túnel de piedra un tanto lóbrego y lo atravesé. Al otro lado, erizada entre iglesias, grandes casas y un redondeado edificio con las paredes de piedra oscurecidas como consecuencia del paso del tiempo, se encontraba la escuela. No desentonaba lo más mínimo con la estética del barrio.

El esplendor de las flores que colgaban de algunos balcones le daba a aquella calle la vida de la que carecía, pues no había ni un alma. A excepción de una señora que estaba en la puerta de la Escuela de Actores Carme Barrat y que parecía estar pidiendo. Supuse que se trataba de una indigente. Entré sin mirarla, de algún modo así evitaba despertar cualquier emoción y sentirme mala persona por no ayudarla.

Fui directa al mostrador que había en la entrada.

—Hola, soy nueva —le dije a la recepcionista—. Vengo para instalarme en la residencia.

—¿Me permites tu DNI, por favor?

—Sí.

La chica me registró en el sistema y me entregó una tarjeta identificativa, un sobre que contenía documentación diversa y las llaves de la habitación. Tras ello, me acompañó.

El pasillo era enorme, muy luminoso y estaba limpio. La decoración era sencilla, pero me parecía un lugar muy acogedor. Al entrar en la habitación, me encontré a una chica colocando su ropa en el armario. Tenía una melena rubia y lisa que le llegaba a la altura del pecho, y los ojos azules. Me analizó de arriba abajo con una expresión un tanto... desagradable.

—Esta es Cristina, tu compañera de habitación. Cristina, ella es Adriana —dijo la chica de la recepción.

—Hola. —Saludé con la mano y una sonrisa de oreja a oreja como si fuese una idiota.

Cristina se limitó a decir «hola» y siguió colocando su ropa en el armario con indiferencia.

—Estoy segura de que os llevaréis genial —dijo la recepcionista antes de irse.

—Muchas gracias por todo —dije antes de que cerrase la puerta.

Tragué saliva y busqué las palabras exactas para dirigirme a Cristina.

—Supongo que esta es mi cama.

Ella asintió.

—¿Solo hay un armario?

—Sí, y es para mí. El que estaba en tu lado se rompió y no han puesto ninguno, tendrás que hacer una reclamación.

—Bueno, tengo poca ropa, me las puedo apañar con esta cómoda de aquí.

Cristina siguió guardando la ropa sin decir nada.

—¿Es tu primer año aquí? —curioseé.

—No, el segundo.

Miré la ventana por la que entraba la última luz del día. Me asomé y vi que había un balcón enorme. Quise salir, pero antes de que pudiera hacerlo, Cristina me detuvo.

—Está prohibido salir, ¿no te has leído las normas?

—Ay, perdón... No lo sabía. ¿Dónde están las normas?

—En el sobre que te han dado y que has dejado en mi escritorio. Ahí viene el horario de las clases, del comedor, las normas de convivencia, los teléfonos de contacto en caso de emergencia...

—Lo siento, no sabía que este era tu escritorio. —Cogí el sobre y me senté en la que desde ese día sería mi cama.

La habitación tenía el suelo laminado. Se veía demasiado vacía, sin personalidad, pero yo le daría mi toque. Me acostumbraría a vivir allí. Ya me lo podía imaginar.

Los primeros días fueron demasiado complicados. Estaba muy emocionada, pero la acogida por parte del resto de estudiantes fue muy fría, supongo que porque ellos ya se conocían de años anteriores y tenían formados sus grupos. Yo era la nueva.

Cristina y yo íbamos limando nuestras diferencias y adaptándonos la una a la otra para poder convivir pacíficamente. Por ejemplo, a ella le molestaba que yo llamase al abuelo estando en la habitación, así que me iba a la sala de estar para hablar por teléfono. A mí me agobiaba la cantidad de perfume que se echaba cada mañana, así que le pedí que se perfumara en el baño, que estaba fuera de la habitación, y así lo hacía. Poco a poco, fuimos amoldándonos la una a la otra. Después de todo, nos tocaba compartir habitación durante todo un año, así que mejor llevarse bien.

Para colmo, nos habían anunciado que esa misma semana comenzaban las audiciones para la gran obra de teatro que la escuela representaba cada año. La rivalidad podía palparse en el ambiente. En ese momento recordé las palabras del abuelo, «Una manada de fieras salvajes», que describían muy bien la situación.

El día de la prueba me levanté un poco antes de lo habitual, fui a la cafetería a desayunar y, cuando vi que nadie me miraba, saqué el termo y lo rellené de café. Iba a necesitarlo ese día y tenía que evitar gastar dinero, así que aproveché que el café en el desayuno estaba incluido y era autoservicio. Cuando terminé, lo guardé con disimulo en el bolso, que por cierto había conseguido arreglar haciéndole un nudo en el asa.

Al llegar a las puertas del teatro, me encontré con que media escuela estaba allí apelotonada. Por un instante me sentí torpe, pequeña e insignificante. Los alumnos iban entrando, uno a uno, conforme les iban llamando por sus nombres. La mayoría salía con peores caras de las que entraban. Nadie hablaba con nadie. Había un silencio casi sepulcral, pero entonces una chica gritó con el rostro cubierto de lágrimas:

—¡Por favor, necesito que me dejéis repetir la prueba!

—¿Tú has visto cuánta gente hay? —le dijo un señor.

—Se lo suplico.

—Podrás intentarlo el año que viene.

—Necesito estar este año en la obra de la escuela.

—Lo siento. —El tipo le cerró la puerta del teatro en las narices.

La chica se fue de allí repartiendo empujones. Aquel suceso me puso más nerviosa aún.

Vi que la mayoría tenía un papel en las manos y que lo leían y trataban de memorizar lo que había allí escrito. Supuse que se trataba de un guion, pero nadie nos había dado el texto de la obra, o al menos a mí no.

Cristina, que estaba a unos pasos de mí, debió de percibir mi desconcierto y se acercó a mí.

—Todo va a salir bien, ya verás. Tú relájate —dijo poniéndome la mano en el hombro.

—¿Por qué todos están estudiando?

—Es el texto.

—¿Cuándo lo han dado?

—Venía en el correo.

—No, en mi correo no venía.

—Sí, en el enlace que había al final. Si pinchabas, te llevaba directamente a la página. Hay gente que se lo imprime, pero yo me lo estudio directamente desde el móvil.

—Soy un desastre —dije al tiempo que me abría paso entre la multitud para salir de allí.

—¿Dónde vas? —Cristina me agarró del brazo.

—A la habitación. No puedo hacer la prueba sin saberme el guion. No tengo ganas de hacer el ridículo.

—Por favor, Adriana, son cuatro frases. Te las estudias en media hora. Yo acabo de empezar. ¿Tú sabes lo importante que es estar en esta obra? Ten un poco más de fe en ti. Y si no pasas, pues nada, el año que viene; pero no te rindas sin haberlo intentado.

—Tienes razón, no he venido aquí para rendirme a la primera de cambio, pero es que todo esto me viene grande y con tanta gente me agobio, encima no paran de empujarme —refunfuñé algo alterada.

—Pues acostúmbrate porq...

Cristina no terminó de pronunciar la frase cuando un chico moreno de ojos azules y pelo alborotado se giró hacia mí y me dijo:

—Me encantaría darte el espacio que te mereces, pero no hay sitio. —Esbozó una sonrisa que me provocó demasiadas emociones.

Solo con aquella frase ya me había ganado.

—Soy Oliver —dijo sacándome de mi embeleso.

—Adriana. Encantada.

Hay personas que cuando aparecen en tu vida es como si hubieses conectado con ellas en otra. Eso fue justo lo que me pasó con Oliver ese día. No hablamos mucho más porque me puse como loca a estudiar el texto.

Los diálogos que debíamos decir durante la prueba venían destacados en amarillo. No supe reconocer a qué obra pertenecían, solo que eran demasiado... ¿intensos, románticos, empalagosos? ¿Cómo iba a hacerlo para no sobreactuar y decir esas frases de la forma más natural posible? El drama se me daba mejor que las comedias románticas, solo tenía que recordar el trágico suceso de mis padres para darle realismo. Las escenas románticas, tengo que confesarlo, no eran mi fuerte. Quizá porque nunca había vivido una verdadera historia de amor. Creo que era la única chica del Carme Barrat que conservaba su virginidad a los veintiún años. Y no porque fuese recatada... Bueno, quizá un poco sí, pero la verdadera razón era que no había tenido tiempo para salir y conocer gente. Hasta que me había trasladado a Barcelona, me había pasado todas las mañanas de lunes a jueves en la Escuela de Interpretación de Rosi, que estaba en el barrio de Lavapiés; los viernes por la mañana había estado trabajando como voluntaria en la Fundación Grandes Amigos; y las tardes, de lunes a domingo, había vivido metida en el cine del abuelo.

La única vez que sentí algo de verdad fue cuando besé a aquel misterioso chico que iba al cine a menudo. Al principio solo intercambiábamos algunas frases. Hasta que un día vino cuando ya la película había comenzado. Creo que lo hizo intencionadamente para que pudiéramos hablar, pues sabía que no habría nadie pidiendo palomitas ni comprando entradas.

Yo me encontraba detrás de la pequeña barra canturreando Solita, una canción de Nella que sonaba por la radio, mientras recogía las palomitas que se habían caído al suelo. Al incorporarme, me percaté de la presencia de una figura masculina parada en mitad del vestíbulo de la entrada mirándome con la sonrisa más perfecta que jamás había visto. Debí de ponerme roja.

—Así que también cantas —dijo sin dejar de sonreír.

No recuerdo qué le respondí, solo sé que continué haciendo mis cosas intentando aparentar calma y naturalidad, pero no tuve mucho éxito y, al final, se me cayó al suelo el cubo con agua que usaba para desinfectar la barra.

—¿Aún es posible comprar entradas para la sesión de las ocho? —preguntó.

Le dije que sí, pero también le avisé de que hacía diez minutos que la película había empezado. Él respondió que no le importaba, que había merecido la pena llegar tarde solo por escucharme cantar.

Me costaba reconocerlo, pero pensaba en él más de lo que habría querido, sobre todo en aquella cita que me prohibía recordar. Pero aquella historia era lo más cerca que había estado de experimentar el amor verdadero, ese que aquellas líneas del guion reflejaban.

Si algo había aprendido en la Escuela de Rosi era que un buen actor debía ser inteligente, no solo para memorizar los textos rápido, sino para saber utilizar a su favor las vivencias que pudieran enriquecer su interpretación. Vivir, observar e imitar, a eso se reducía todo. Rosi siempre decía que no se puede interpretar aquello que no se siente; tal vez por eso cuando me tocaban textos pasionales lo hacía de forma artificial y exagerada.

La historia con ese chico me hizo tanto daño que bloqueé cualquier sentimiento relacionado con el amor. Casi me dolía recordar hasta su nombre, pero había llegado el momento de liberar esas mariposas que habían estado enjauladas casi cuatro años. Insuflaría emoción a las palabras del guion reviviendo el sentimiento que experimenté cuando esa noche nos besamos por primera y última vez, trataría de no excederme con la naturalidad, pues eso supondría el fin de la actuación, pero evitaría cualquier atisbo de falsedad.

En ese momento, el señor que hacía una hora le había cerrado la puerta en las narices a aquella pobre chica que le había rogado entre lágrimas repetir la prueba salió y pronunció mi nombre.

Lo acompañé y entré por primera vez en el teatro de la escuela, ese que tantas veces había visto por internet y en el que tantas noches había soñado estar algún día. Había intentado visitarlo días antes, pero estaba cerrado, al parecer hasta que no acabaran con las audiciones no tendríamos acceso libre.

La escuela había sido en otro tiempo una antigua iglesia y habían convertido su auditorio en el teatro de la Escuela de Actores Carme Barrat. Aún conservaba el balcón original en forma de media luna y las altas vigas del techo. Era pequeño, aunque con las butacas vacías parecía más grande. Solo algunas de la primera fila estaban ocupadas por cinco personas con libretas, aunque un par de ellas también tenían ordenadores portátiles. La señora mayor del centro, con el pelo rubio, gafas y labios rojos, era la directora de la escuela: Carme.

—Adelante, Adriana —dijo sin levantar la vista de los documentos.

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4

ADRIANA

—Tu amigo está en la puerta —dice el abuelo al tiempo que entra en la barra.

—Vale, ya salgo —respondo mientras termino de barrer las palomitas que hay en el suelo.

—Deja eso, ya acabo de hacerlo yo. —El abuelo me quita la escoba—. Parece majo, no le hagas esperar.

—Sí —musito mientras cojo el bolso.

—Disfruta de la cita.

—No es una cita —me quejo.

—Bueno, pues vuestra primera quedada, ¿así es como lo llamáis ahora?

—No, además tampoco es nuestra primera quedada o sí, no lo sé.

—Ah, ¿entonces habéis quedado ya y no me lo has contado?

—Solo nos hemos visto en el cine.

—¿Os habéis besado?

—No, claro que no —grito avergonzada.

El abuelo se acerca y, con la media sonrisa aún en la boca, me da un beso en la mejilla.

—Ten cuidado. —Su voz ahora suena diferente, como más seria.

—Sí, abuelo, solo vamos a dar un paseo —digo al tiempo que salgo a la calle.

Él está de pie, apoyado en la fachada, guapísimo.

Lo había visto muchas tardes en el cine, habíamos hablado de muchas cosas, pero nunca habíamos salido solos. Digamos que todo hasta este momento habían sido encuentros casuales.

—Estás guapísima —dice al tiempo que me da dos besos.

—Gracias —musito avergonzada—. ¿Qué perfume usas?

—Hugo Boss, The Scent —dice con una sonrisa deslumbrante.

—Huele muy bien.

Caminamos por la Gran Vía hasta llegar a la plaza de España. Pasamos por una pizzería que vende porciones para llevar y, como no he comido nada y me muero de hambre, me quedo mirando por el cristal.

—¿Quieres un trozo? —pregunta él.

—¡Sí! ¡Estoy muerta de hambre!

Me pido una porción de cuatro quesos y él una de barbacoa. Insiste en pagar y no me queda más remedio que aceptar.

—Aplicar la galantería de la vieja escuela no me hace menos feminista, ¿no? —pregunta mientras seguimos caminando.

—Supongo que no. —Me llevo la pizza a la boca y le doy un bocado.

Como si lo hubiésemos planeado, llegamos hasta el Templo de Debod.

—Me encantaría comprarme un piso en esta zona —confiesa.

—Yo vivo cerca.

—Ah, ¿sí?

—Sí, al otro lado del río Manzanares.

—Un compañero del teatro también vive por ahí.

—¿Cómo va la obra que ibas a estrenar? —curioseo, pues la última vez que hablamos me contó lo ilusionado que estaba con este nuevo proyecto.

—Aún no han comenzado los ensayos, pero ayer hablé con el director y me contó que es probable que empecemos en un par de semanas.

—Entonces, ¿te quedas en Madrid?

—De momento, sí.

—Espero poder ver la obra, ya me dirás cómo se llama.

—Por supuesto, todavía no sé el nombre comercial que le van a dar.

—A mí me encantaría ser actriz.

—Vaya, eso no me lo habías contado. Si es que estamos rodeados de estrellas, tú en el cine y yo en mi casa.

No entiendo su comentario, pero tampoco le pregunto porque justo en ese momento un chico pasa por nuestro lado corriendo y me asusto.

—Vaya horas para salir a hacer deporte —comenta Álvaro.

Sonrío y continuamos caminando. Le cuento casi toda mi vida. No sé por qué, pues no soy de revelar información con tanta facilidad, ni mucho menos suelo hablar de mí con esa franqueza, pero le explico que mis padres murieron, que Paco en realidad no es mi abuelo biológico y, no sé cómo, al final terminamos hablando de Shakespeare.

—El mejor personaje de William Shakespeare fue él mismo, lástima que no quedara escrito —dice mirando hacia el Palacio Real y sus jardines envueltos por una capa de niebla.

—Total, Shakespeare no es nada sobre el papel, sus obras fueron creadas para el escenario —digo mientras contemplo la imagen que se alza ante nosotros.

—Eso es cierto.

Nos pasamos media hora o más hablando de Romeo y Julieta y de otros personajes de Shakespeare, y al final, cansada del tema, me quedo callada. ¿Es que es el único autor que ha estudiado en su vida o qué? No es que a mí no me guste Shakespeare, pero de ahí a que sea la única referencia...

Llegamos al Palacio Real y nos adentramos en el centro de la ciudad por una de las calles. Me pregunto a dónde me llevará.

—¿Dónde vamos?

—Es una sorpresa.

—No me conoces lo suficiente como para saber cómo sorprenderme.

—Bueno, hemos pasado casi veinticuatro horas juntos.

—¿Las has contado? —pregunto incrédula.

—Más o menos. He ido unas diez veces al cine este mes, me he perdido dos películas enteras para estar contigo y te he acompañado hasta el cierre el resto de los días. Igual son hasta más de veinticuatro horas.

Su comentario me roba una sonrisa y creo que me estoy sonrojando porque noto el calor en las mejillas. Nos detenemos en la puerta de un pequeño teatro y saca dos entradas del bolsillo.

—¿Así que esto es lo que tenías planeado? —digo nerviosa, pues me acabo de dar cuenta de que no tengo ningún control sobre la situación.

—Entremos —dice pasándome la mano por la cintura.

Me sorprendo al ver que el interior tiene más pinta de bar que de teatro, pues no hay escenario ni gradas. Nos acercamos a la barra y pedimos algo de beber.

—¿Qué te apetece? —pregunta con voz seductora y siento un cosquilleo al pensar en lo que de verdad me apetece.

—Una Coca-Cola.

—¿No prefieres una copa o una cerveza?

—¿Qué te vas a pedir tú?

—Un whisky.

—¿En serio? No me puedo creer que seas de esa clase de chicos.

—¿Qué clase de chicos?

—Los que se piden un whisky solo para aparentar elegancia, madurez y sabiduría.

—Estaba bromeando —dice mirándome a los ojos y con sonrisa en los labios.

—Sí, claro, ahora resulta que era una broma. —Suelto una carcajada.

—No, en serio. No soporto el whisky. Solo el olor ya me echa para atrás —dice serio.

—Entonces ¿qué vas a pedir? —pregunto en tono amigable.

—Una cerveza.

—Venga, pues que sean dos.

El camarero pone dos posavasos sobre la barra y, sobre estos, coloca los botellines.

Insisto en pagar yo en esta ocasión y él acepta. Brindamos y le doy un sorbo a mi cerveza. No puedo evitar contemplar los posavasos, en ellos está impresa la imagen del cartel de una antigua y conocida obra de teatro. Me parece de lo más original. Cogemos los botellines y bajamos por unas escaleras antiguas a una sala bastante acogedora con un pequeño escenario.

Una hora más tarde, cuando la obra termina, su mano sigue sobre la mía. Se ha pasado casi toda la obra acariciándome.

Cuando acaban los aplausos, la gente empieza a salir de la sala. Él no se atreve a cogerme de la mano mientras caminamos hacia la salida, y yo se lo agradezco; en la oscuridad del teatro era diferente.

—¿Te ha gustado? —pregunta cuando salimos a la calle.

—Mucho.

—Me alegro.

Llegamos a la boca del metro de Callao, donde supuestamente nos despediremos, pues, por lo que me ha contado, él vive al lado, en Malasaña.

—¿Qué haces? —pregunto al ver que tiene la intención de bajar conmigo.

—¿Crees que voy a dejarte volver a casa sola?

—Bueno, vuelvo sola todos los días —digo sin poder evitar dejar de sonreír como una tonta, porque en el fondo me ha gustado su comentario.

—Ya, pero hoy no estás sola.

—En serio, no hace falta que me acompañes; es absurdo que vayas y vuelvas.

—Quiero hacerlo.

—Venga, pues vamos andando, y me acompañas hasta plaza de España —sugiero y él acepta.

Llegamos al Templo de Debod y, como no podemos parar de hablar, nos sentamos sobre el muro de la parte trasera del templo, frente a la fuente. El cielo está cubierto por algunas nubes, pero pueden verse las estrellas.

Él se saca del bolsillo una bolsita y se empieza a liar un cigarro. No tardo demasiado en darme cuenta de que no se trata de un cigarro, sino de un porro. Vaya, parece que el chico perfecto no lo es tanto y se droga. Para colmo, lo hace con toda la tranquilidad del mundo, como si fuese algo normal.

—¿Te importa? —pregunta al ver que lo miro con cara de sorpresa.

Niego con la cabeza. Me llega el olor a marihuana antes incluso de que él le dé la primera calada. Estoy un poco tensa y no sé cómo reaccionar.

Trato de concentrarme en el sonido que produce el agua de la fuente al caer.

—¿Por qué lo haces? —me atrevo a preguntar al fin.

Él se encoge de hombros y no responde.

—¿Te pongo nervioso y necesitas relajarte? —bromeo.

Él se ríe.

—Por supuesto que no. ¿Quieres?

—No fumo.

—Yo tampoco fumo.

—Lo estás haciendo.

—Me refiero a que no fumo tabaco, esto es diferente y ya te he dicho que solo lo hago de vez en cuando.

Dudo. Por un momento quiero experimentar qué se siente al fumar. De pronto se me corta la respiración, porque estamos demasiado cerca y expulsa el humo sobre mis labios. Percibo una especie de soplo denso, no recuerdo haber experimentado nada similar antes.

No sé cómo ni por qué acabo aceptando probar esa mierda. Primero llega la tos, luego el calor en los pulmones y finalmente una sensación extraña que no sé describir.

—Me pregunto cómo hacían antes para comunicarse —dice de pronto sin venir a cuento.

—¿A qué te refieres?

—A que, si no me dieras tu teléfono, no tendría forma de escribirte o contactarte.

—Puedes ir a buscarme al cine o escribirme una carta —bromeo y ambos reímos.

—Pues casi que me gusta más esa idea. No creo que sea necesario estar conectados todo el día. Me gustaba más como era antes, cuando se quedaba con alguien y tenías que confiar en que esa persona se cruzara de nuevo en tu camino.

—Suena emocionante, aunque yo eso no lo he vivido. ¿Significa que debo confiar en que vendrás de nuevo a verme al cine? —digo un poco atontada a consecuencia de la marihuana.

—La confianza es algo que también se ha perdido, pero yo te doy mi palabra de que iré a verte.

—Acepto el reto.

Hablamos y reímos. La trama de la obra de teatro que hemos visto nos ha afectado, al igual que la marihuana, y decidimos darle a nuestra quedada ese halo de romanticismo propio de las películas de Meg Ryan de los años noventa.

La brisa se vuelve viento; las nubes ligeras, densas. Un trueno rompe el silencio de la noche. Caen las primeras gotas y, cuando el olor a tierra mojada lo inunda todo, nosotros comenzamos a correr. No podemos parar de reírnos a carcajadas, no queremos dejar de hacerlo. Quiero que nos riamos así por siempre. Juntos.

Empapados, nos metemos en la primera boca de metro que vemos.

Cuando llega el momento de despedirnos, se detiene frente a mí en el andén.

—¿Te he dicho que tienes unos ojos preciosos? —dice comiéndome con la mirada.

El corazón se me va a salir del pecho.

—¿Eres sensible a los halagos? —pregunta con una sonrisa dibujada en los labios.

—No, ¿por qué?

—Porque te has puesto roja.

Agacho la cabeza y lo miro de reojo. Ambos sonreímos.

—Gracias por esta noche —digo con voz temblorosa.

—¿Me darás tú número de teléfono? —pregunta sonriendo con diversión.

Alzo una ceja, pues eso supondría romper el pacto.

—Vale, mejor dejemos que sea el destino quien decida si unirnos de nuevo o no —continúa al ver la expresión en mi rostro.

—Sabes dónde encontrarme y te recuerdo que me has prometido que volverás.

—Sí, no pienso dejar de molestarte.

Se inclina hacia mí y me da la impresión de que está a punto de besarme. Dada la maravillosa velada que hemos pasado, no debería sorprenderme y, sin embargo, lo hace. Trato de mantener la calma. Me toma entre sus brazos y me pongo de puntillas para que no se tenga que agachar tanto. Cuando sus labios están a punto de rozar los míos, cierro los ojos e inhalo. Su beso tiene un perfecto equilibro entre sensualidad y dulzura. Su boca sabe muy bien. La rugosidad de sus labios me resulta de lo más excitante.

Poso las manos en su rostro y dejo que nuestras lenguas jueguen al tiempo que mi excitación aumenta.

El rugido del metro entrando en la estación hace que nuestras bocas se separen. No sé si ha pasado un instante o una eternidad. Apoya su frente en la mía y desliza las manos hacia abajo por mis brazos aún mojados. Nuestras miradas se encuentran cuando abro los ojos.

No me puedo creer que me haya convertido en una de esas chicas que pierden la cabeza por un chico en la primera cita. Sin embargo, tan pronto como las puertas del metro se cierran y abandono la estación, me siento vacía.

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5

ADRIANA

—Adriana... —me interrumpió una voz masculina que me sacó del papel.

—¿Sí? —Miré hacia la primera fila del patio de butacas.

Las dos chicas habían dejado de tomar nota en sus libretas y el chico había parado de escribir en el ordenador portátil que tenía sobre las piernas. Todos me miraban con atención.

—Es suficiente.

Sentí algo húmedo recorrerme las mejillas y entonces fui consciente de que tenía el rostro empapado en lágrimas. Me había metido tanto en el personaje que no me había dado ni cuenta de que estaba interpretando el papel con el recuerdo de aquella cita en la mente.

—¿Has estudiado en alguna escuela antes? —preguntó Carme.

—He hecho algunos cursos en Madrid —dije ambigua. No quería decirle el nombre del centro en el que había estudiado porque no creí que lo conociera y, de haberlo hecho, dudaba que eso me ayudara positivamente. La Escuela de Rosi era un viejo garaje en el barrio de Lavapiés donde hacíamos teatro algunos aficionados a la interpretación. No era un sitio serio.

—Veo que en tu trayectoria profesional solo has hecho teatro —observó la directora.

—Por ahora sí —confesé.

—¿Nada de cortos, televisión...?

—No —dije, e iba a añadir algo más en mi favor, pero no fue necesario porque...

—Pasas a la siguiente fase. Para esa prueba, elige una escena cualquiera de la obra que prefieras.

Me quedé tan sorprendida que no pude mostrar el más mínimo atisbo de felicidad. Me despedí cordialmente y salí de la sala algo conmocionada por lo que acababa de pasarme. Había conseguido meterme en el papel gracias al recuerdo de aquella noche y a todo lo que había aprendido durante los últimos años. Quizá en la Escuela de Rosi no aprendí mucho, pero fue el lugar perfecto para poner en práctica los conocimientos que iba adquiriendo por mi cuenta.

Había leído muchos libros sobre interpretación. Los de Uta Hagen y Peter Brook me habían enseñado prácticamente todo lo que sabía al respecto, y con Stanislavski había descubierto lo importantes que son la imaginación y la creatividad para actuar, sin ellas una actriz o un actor no podrían hacer su trabajo. Existían muchas técnicas, pero la de Stanislavski me gustaba especialmente, aunque nunca la había aplicado en escenas sentimentales. Para él todo era muy vivencial; su técnica se basaba en buscar en uno mismo experiencias personales que ayudaran a darle vida al personaje, a hacerte pedazos por él.

Una de las cosas en la que Stanislavski hacía hincapié en su libro La preparación del actor era que había que lograr que al espectador le pareciera verdad lo que estaba escrito en el guion, que había que transmitirle emociones y sinceridad con nuestra interpretación. Y eso era justo lo que yo acababa de hacer. Imaginarme que volvía a aquella tarde con Álvaro me había llevado a volar y darle vida a aquellas líneas que unos minutos antes me habían parecido solo palabras sobre un papel.

Tan pronto como me perdí detrás de las bambalinas, una chica se acercó a mí y me dio la enhorabuena por mi interpretación.

—Has estado genial, te felicito.

—Eh... Muchas gracias —titubeé.

—Soy Georgina, encantada. —Me dio dos besos que me pillaron por sorpresa.

—Adriana, un placer.

—Es tu primer año en la escuela, ¿verdad?

—Sí, ¿tanto se me nota? —bromeé.

—No, es solo que no te había visto antes por aquí.

—¿Tú llevas mucho tiempo estudiando aquí?

—Este es mi segundo año. ¿De dónde eres?

—De Madrid.

—¿En qué escuela has estudiado allí?

—En la de Rosi.

Georgina puso una cara extraña.

—No me suena.

—No es muy conocida —confesé—. ¿Es tu turno?

—No, ya he hecho la prueba, justo antes que tú. Ya me iba cuando he escuchado tu primera línea y no he podido evitar quedarme para verte.

—¿Y has pasado?

—Sí, me he preparado mucho para estas pruebas. El año pasado me quedé fuera, pero esta vez haré lo que sea para conseguir un papel en la obra.

—¿Por qué es tan importante salir en la obra de la escuela?

—Querida, por salir en esta obra es por lo que la gente quiere estudiar aquí.

—Ah, ¿sí? Pensé que era por la formación en general.

—¿Qué haces ahora? —preguntó.

—No tengo planes.

—Vente, he quedado con un amigo.

Salimos del teatro y nos perdimos por los pasillos de la escuela. Me presentó a su amigo Liam y me enseñó algunos rincones del edificio que yo no conocía todavía, como la terraza, donde a veces iban a beber cerveza y fumar, pese a que estaba totalmente prohibido. También pasamos junto a una puerta tapiada y oculta que había al lado de la biblioteca; al parecer daba a unos antiguos pasadizos a los que, por supuesto, también estaba prohibido acceder.

Nos sentamos en el patio, cerca de una fuente de piedra.

—Al principio todo esto te parecerá un mundo, pero ya verás como pronto te acostumbras. Lo importante es que te curres las audiciones para la obra anual de la escuela. Conseguir un papel en esa obra hará que te lluevan las ofertas —aseguró Georgina.

—¿Sí? Ojalá pase las pruebas.

—¿Tienes videobook? —preguntó Liam.

—No, por eso también quería entrar en esta escuela. Sé que por haber estudiado te llegan más ofertas de trabajo y que el centro se encarga de hacerte el videobook.

—Así es, pero no creas que es así con todos los alumnos. Esta academia te puede abrir las puertas a muchas oportunidades, pero para eso tienes que destacar —dijo Georgina al tiempo que se colocaba la larga y oscura melena detrás de los hombros.

—¿Y cómo destaco? —quise saber.

—Haciendo lo que hacemos la gente cool.

—¿Y qué hacéis?

—Para empezar, cómprate un bolso nuevo, ese ya lo has amortizado. —Liam y Georgina soltaron una risotada—. Y nada de ir con un termo a clases por las mañanas —dijo mirando el que yo acababa de sacar del bolso para beber un poco de café mientras charlábamos—. El café para llevar, o si quedas con gente, siempre de Starbucks. Si sales a tomar café sola, entonces mejor a alguna cafetería exclusiva como Caelum. Nada de Burger King o McDonald’s, piensa que desde que entras en esta escuela estás en el punto de mira. Nunca sabes quién se puede fijar en ti, y te aseguro que ver a alguien comer ese tipo de comida dice mucho de esa persona. Ah, y totalmente prohibido llevar ropa que anuncia marcas.

—¿Lo dices por esta camiseta?

—Sí, cariño. ¿En qué estabas pensando para darle publicidad gratuita a Pull & Bear? Ni que fuera Dior. Y, aunque fuera de Dior, tampoco te lo recomiendo; no eres una valla publicitaria andante.

—Nunca me había parado a pensar en eso.

—Pues a partir de ahora lo harás. Ponte guapa hasta para irte a dormir, no salgas de la habitación sin mirarte en un espejo, piensa que siempre te están observando. Nunca sabes cuándo un productor o un director va a estar paseándose por aquí y se va a fijar en ti. Ya sabes que para los papeles protagonistas no seleccionan a gente fea. Si tonteas con un chico, nunca lo hagas por WhatsApp, siempre por Instagram

—¿Por qué?

—Porque se pueden borrar los mensajes y así no quedan pruebas. Nunca se sabe quién te puede traicionar cuando la fama llame a tu puerta. Además, Instagram te avisa si hacen capturas de pantalla de las imágenes subidas de tono que envías.

—Pero yo no tengo Instagram y tampoco envío ese tipo de imágenes.

—¿Cómo que no tienes Instagram? —Liam, que hasta ese momento parecía ausente, intervino con los ojos a punto de salírsele de las órbitas.

—Es que no lo necesito para nada, no me gusta.

—Pues a partir de ahora te va a encantar, porque será tu herramienta de trabajo. Una actriz sin Instagram no es nadie —sentenció Georgina.

—No sé, a mí todo esto me parece un tanto... artificial. Pensé que ser actriz iba más de ser auténtica, de mostrar sentimientos reales y...

—Vivimos en el siglo XXI —me interrumpió Georgina—. Hoy en día tienes que ser estratégica en cómo presentas algo al mundo, pero tú tranquila, que nosotros te ayudaremos.

Georgina, la chica popular de la escuela, intentando ayudarme a mí. ¡Qué ilusa! Si en ese momento hubiese sabido todo lo que sé hoy... Con el tiempo aprendería muchas cosas de ella, como que empezó en el mundo de la interpretación bailando cuando apenas tenía doce años o que apareció en una película con tan solo dieciséis. Aprendería que para ganar en este mundo hay que dejar a un lado los sentimientos, no se puede confiar ni siquiera en tu mejor amiga. En este mundo donde todos competíamos por un mismo papel, no había amigas, pero en ese momento yo no tenía ni idea de todo eso.