Renie
Vi Belle Morte por primera vez cuando la limusina llegaba a la cima de la colina por una carretera empinada. La mansión de los vampiros estaba a las afueras de la ciudad de Winchester, donde edificios históricos con entramado de madera daban paso a la verde extensión del Parque Nacional South Downs.
Una multitud de paparazis casi impedía ver el muro que rodeaba la mansión. Clamaba por ver a las criaturas que se habían convertido en las celebridades más deslumbrantes del mundo, además de a toda persona que tuviera relación con ellas. Me había convertido en una de esas personas hacía dos semanas, cuando habían aceptado mi solicitud para ser donante de sangre.
La limusina pilló un bache, y el estómago me dio un brinco. Dejé mi copa de champán. Ya estaba hecha un manojo de nervios, así que el alcohol no iba a ayudarme.
—¡Estoy impaciente! —exclamó una chica a mi izquierda—. Phillip, Gideon, Étienne... Ah, y Edmond —recitó los nombres de los vampiros de Belle Morte como si fueran viejos amigos suyos.
No era la única que los adoraba. Los vampiros eran el paradigma de la fama: inmortales guapos y misteriosos que habían salido de las sombras diez años atrás y habían demostrado que realmente existían. El mundo quería saberlo todo de ellos. Las celebridades de la lista A habían pasado a la lista C, y todas las de las listas inferiores prácticamente habían desaparecido del mapa. Los periódicos sensacionalistas, las columnas de cotilleos, las sesiones de fotos y los programas de entrevistas eran patrimonio de los vampiros.
A casi todo el mundo le gustaban.
A mí no.
—Mi favorita es Míriam —dijo el chico que estaba frente a mí—. Estoy impaciente por que me clave los colmillos.
Otro chico negó con la cabeza.
—Sí, Míriam está buena, pero si alguien tiene que morderme, quiero que sea la mismísima reina de hielo: Ysanne Moreau. —Una mirada soñadora le cruzó el rostro.
La chica que estaba a mi lado se burló.
—No puedes elegir quién te muerde.
—Ya, pero soñar es gratis.
Me hundí en el asiento negando con la cabeza para mis adentros. Belle Morte era una de las cinco casas de vampiros del Reino Unido y la República de Irlanda, y todos los que estábamos en la limusina nos dirigíamos a ella como donantes de sangre. En nuestro mundo moderno, los vampiros ya no cazaban a sus presas entre las sombras, sino que pagaban a personas como nosotros para que les permitieran beber su sangre.
Parecía un buen trato. Presentabas una solicitud para ser donante, te aceptaban, te trasladabas a una casa de vampiros, vivías rodeado de lujos durante meses, dejabas que los vampiros bebieran tu sangre y al final te marchabas con la cuenta bancaria llena. Las personas como yo, procedentes de una familia pobre y con dificultades para encontrar un trabajo fijo, necesitaban realmente ese dinero.
Pero yo no podía olvidar las historias de sangre, cadáveres, muerte y maldad que tan a menudo había visto en películas y libros antes de que los vampiros pasaran a ser héroes románticos en lugar de villanos. Tenía que haber algo de verdad en esas leyendas.
A medida que nos acercábamos a la mansión, los flashes de las cámaras enloquecieron y tuve que apretar las manos para que no me temblaran. Quizá era un error. Los donantes se quedaban en una casa hasta que los vampiros se aburrían de ellos —podían ser semanas, meses e incluso años—, así que en cuanto entrara en Belle Morte, no sabría cuándo saldría. No habría sido un problema si me hubiera metido en esto por el dinero o el glamour, como todos los que se inscribían.
Pero no era mi caso.
Mi hermana había entrado en esa casa hacía cinco meses. Nunca salió, y toda comunicación con ella se había interrumpido de repente hacía unas semanas. Yo había solicitado ser donante únicamente para descubrir por qué.
La chica que estaba a mi derecha se arregló su corte de pelo pixie.
—Tengo que estar guapa para las cámaras —me dijo al verme mirándola.
Cuando las puertas de hierro forjado que bloqueaban el camino a Belle Morte se abrieron y la limusina avanzó despacio hacia ellas, los flashes de las cámaras y los gritos eran cada vez más abrumadores. Giré la cabeza para que una cortina de pelo rojizo me cubriera la cara. A diferencia de los demás donantes, yo no tenía ningún interés en que mi foto apareciera en la portada de una revista.
Tres vampiros salieron del jardín de la mansión, flanqueados a ambos lados por guardias de seguridad humanos con uniforme negro. Los vampiros eran lo bastante fuertes como para mantener a raya a la ansiosa prensa sin ayuda, pero habían cultivado una imagen de inmortales elegantes y misteriosos. Sacarse de encima a los buitres de los medios de comunicación como si fueran juguetes baratos tendría un efecto negativo en su imagen pública, así que guardias de seguridad humanos les hacían el trabajo sucio.
La limusina se detuvo ante la entrada de la mansión y alguien abrió la puerta de la limusina para que saliéramos. Cuando me tocó a mí, me descubrí mirando a un hombre de unos cuarenta años. Una sonrisa le arrugaba la piel en las comisuras de los ojos, y la luz de la luna brillaba en la cúpula afeitada de su cabeza.
—Dexter Flynn, jefe de seguridad —me dijo ayudándome a salir del coche.
Volví a agachar la cabeza mientras la prensa se arremolinaba a mi alrededor gritando preguntas y ladrando mi nombre.
—Renie Mayfield...
—... cómo te sientes...
—... esperas conseguir...
—... vampiros...
Un vampiro se colocó a mi lado mirando a la prensa, que se acercaba demasiado.
—Tranquilos. Dadle un poco de espacio a la señorita —les advirtió.
Como todos los vampiros, era guapo. Su pelo rojo oscuro contrastaba con sus ojos azules, y cuando sonreía, lo hacía con los labios cerrados. No pude verle los colmillos.
Étienne Banville. Antes de rellenar mi solicitud de donante, había investigado todo lo que había podido para saber adónde me dirigía. Inevitablemente, había caído en el pozo sin fondo del fan art y el fanfiction, encuestas sobre vampiros y donantes favoritos, foros interminables que especulaban sobre qué vampiro se acostaba con quién. Me parecía muy ridículo, pero al menos sabía el nombre de todos.
La expresión de Étienne languideció al verme. No supe por qué.
Quería atravesar el tumulto de la prensa lo más rápido posible, sin detenerme a responder a ninguna pregunta, pero un hombre se acercó demasiado y casi me dio un golpe en la cara con el micrófono. Me tambaleé y caí encima del vampiro más guapo que había visto jamás.
Mechones de pelo negro azabache revoloteaban alrededor de su pálido rostro. Tenía los pómulos tan afilados que habrían podido cortar el cristal, y sus ojos eran oscuros y duros como el ónice. Edmond Dantès.
—Basta —dijo empujando al hombre.
Este retrocedió, pero las cámaras siguieron disparando flashes. Demasiado para mí, que no quería ser el centro de atención. Al día siguiente aparecerían fotos mías con Edmond en las portadas de todas las revistas de cotilleos y sitios web de vampiros del país, quizá incluso del mundo. La obsesión por estas criaturas no se limitaba al Reino Unido. Había casas de vampiros en todo el orbe, y los grandes fans de los vampiros, o «vladictos», como les gustaba llamarse a sí mismos, buscaban chismes desesperadamente.
Edmond le indicó a Dexter con un gesto que se acercara.
—Controla la situación. Estas personas no deberían tocar a los donantes —gruñó Edmond.
—Sí, señor —le contestó Dexter.
Edmond me miró.
—¿Estás bien? —me preguntó en tono más suave, con un ligero acento francés enroscándose en las palabras.
De repente se me cortó la respiración y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Edmond levantó una ceja.
—Estoy bien —murmuré sintiéndome idiota.
Me había burlado miles de veces de las personas que trataban a los vampiros como dioses, y la primera vez que hablaba con uno me desmoronaba. «Buen trabajo, Renie».
Edmond asintió bruscamente y se alejó. La chica que había estado a mi izquierda en la limusina me lanzó una mirada envidiosa, casi asesina, pero la del pelo corto me guiñó un ojo. Al menos ella se divertía, ponía morritos y lanzaba besos como si estuviera pavoneándose en la alfombra roja porque sabía que sus fotos aparecerían en todas partes. Los vladictos y otros fans de los vampiros siempre querían saber de nosotros, tanto de los nuevos donantes que entraban en la mansión como de los descartados, a los que habían liberado de su contrato y arrojado a su antigua vida, con la diferencia de que a partir de ese momento los llamaban para programas de entrevistas, presentaciones de libros y reality shows.
—¡Bueno, basta ya! —gritó Dexter empujando con el brazo a otro fotógrafo entusiasmado—. Llevemos dentro a los donantes.
Las puertas se cerraron detrás de nosotros. Nadie podía entrar sin el permiso de Ysanne Moreau, la señora de la casa. Así llamaban a las dirigentes de las casas de vampiros de gran parte de Europa y Norteamérica.
Observé la mansión. Estaba iluminada por enormes focos colocados en el suelo y se había diseñado para parecer antigua. Era una imponente estructura gótica de piedra gris, con ventanas saledizas apoyadas en repisas decorativas y con los cristales cubiertos desde dentro con pantallas que impedían que pasaran los rayos ultravioletas. Por encima de la puerta con tachuelas de latón, un bajorrelieve de piedra indicaba el nombre de la Casa: Belle Morte. «Bella muerta». Qué apropiado.
¿Cómo se había sentido June cuando llegó? Mi hermana era una auténtica vladicta, estaba atrapada en la obsesión por los vampiros de la última década, así que seguramente le había parecido lo mejor del mundo.
Debía de tener una razón para interrumpir todo contacto. Mi madre creía que yo exageraba y me decía que los vampiros no habían hecho daño a ningún donante y que, si hubiera pasado algo, Belle Morte no habría aceptado como donante a la hermana de June, pero yo no podía quitarme el miedo de encima. Y como a los donantes no se les permitía recibir visitas, mi única forma de entrar era hacerme donante también yo.
Mientras avanzábamos por el camino de losas de piedra hacia la enorme puerta principal, que Dexter empujó para que se abriera, sentí un nudo en el pecho.
Ya no había vuelta atrás. Estaba aquí, y nada me impediría descubrir qué le había pasado a mi hermana.
Dexter nos condujo a un gran vestíbulo con suelo de parqué y paredes revestidas de caoba, iluminado por una araña de cristal. Pedestales de mármol con cuencos llenos de flores flanqueaban la puerta, y a cada lado de las ventanas colgaban cortinas de color burdeos tan largas que formaban montículos en el suelo. Al fondo de varios recibidores arqueados se veía una gran escalera con una barandilla de hierro.
En los foros de vladictos se especulaba que en las profundidades de la mansión había pasadizos secretos, pero seguramente lo decían las mismas personas que creían que los vampiros eran ángeles o extraterrestres.
Los vampiros se reunieron en la escalera y nos miraron con atención. Edmond se colocó delante, junto a Isabeau Aguillon, una mujer alta y esbelta cuyos rizos castaños casi le llegaban a la cintura. La mujer nos observaba con la comedida calma que los vampiros parecían adoptar con tanta facilidad. No había rastro de la vampira a la que esperaba ver, la propia Ysanne. Belle Morte era su casa. Aquí todos los vampiros tenían que responder ante ella. Mientras estuviéramos aquí, básicamente le pertenecíamos.
Aparte del equipo de seguridad, no se veía personal humano, aunque era casi medianoche. Quizá se habían ido a su casa.
—En nombre de la señora de la casa, os doy formalmente la bienvenida a Belle Morte —dijo Isabeau—. Los donantes tienen permitido acceder a casi todo el primer piso, que incluye el salón de baile, el comedor, la biblioteca, el bar, las salas de alimentación, las salas de arte, la sala de música, la sala de meditación y el teatro. Los donantes no pueden acceder a las cocinas ni a las salas de suministros.
»El segundo piso consta de cuatro alas. El ala norte es donde dormimos. No se permite la entrada a ningún donante. El ala este consiste en su mayor parte en salas de suministros adicionales. Podéis ir a verlas si queréis, aunque me cuesta imaginar que os parezca divertido. El ala sur es donde duermen los donantes.
»Al ala oeste no puede acceder nadie. —La voz de Isabeau adquirió un tono de advertencia. Sin haber movido ni un solo músculo parecía... diferente. La inmovilidad antinatural de su cuerpo, la dureza serena de su rostro y la mirada insondable de sus ojos gritaban que no era humana—. En Belle Morte nos tomamos las normas muy en serio, y ninguna más que la del ala oeste. —Sus ojos se posaron en cada uno de nosotros, ardiendo como láseres—. Toda transgresión de esta norma dará lugar a la cancelación inmediata de vuestro contrato.
Puse los ojos en blanco. ¿Qué había en esa ala, una rosa roja en una cúpula de cristal?
Isabeau esperó a que todo el mundo lo encajara antes de continuar.
—Las demás normas de la casa estaban incluidas en vuestro contrato y hay copias en todos los dormitorios, pero repasaré las básicas. Se espera que los donantes se mantengan en buena forma. Se proporcionan todas las comidas, y los donantes deben comer exactamente lo que se les ofrezca. Alimentarse bien es fundamental para que la sangre sea saludable. Está terminantemente prohibido fumar y consumir drogas de cualquier tipo. Se permite beber, pero sin abusar. Se proporcionan todas las prendas de vestir, así como los cosméticos necesarios, que encontraréis en vuestras habitaciones. Si necesitáis algo más, podéis rellenar un formulario de solicitud. En Belle Morte no hay ordenadores y no se permiten teléfonos móviles ni otros métodos de acceso a internet.
Al decir las últimas palabras pareció incómoda, como si todavía le costara manejar la tecnología moderna.
—Podéis escribir a vuestros seres queridos con la frecuencia que queráis. Revisaremos todas las cartas antes de enviarlas.
El chico que estaba a mi lado pareció desconcertado, como si hubiera olvidado que existían el lápiz y el papel.
—Hasta que finalice el contrato, los donantes no pueden rechazar a ningún vampiro que quiera beber de ellos —siguió diciendo Isabeau—. Pero las relaciones sentimentales entre humanos y vampiros están terminantemente prohibidas.
Desplacé la mirada de Isabeau a Edmond, que estaba en silencio a su lado, con su pelo de color ébano y su piel clara como la luz de luna. Vale, entendía por qué todo el mundo estaba fascinado por estas hermosas criaturas, pero seguía sin confiar en ellas. ¿Qué pasaría si el mundo se aburría de ellos y nadie solicitaba ser donante? ¿Empezarían a acechar las calles y a arrastrar a presas a las sombras como los vampiros de las leyendas?
Los ojos de Isabeau se posaron un segundo en mí, y algo se deslizó por su rostro. Fue demasiado breve para identificarlo, pero me hizo sentir incómoda.
La chica de pelo corto de la limusina me tocó el hombro. Yo era de estatura media, y ella era unos centímetros más alta que yo, así que tuve que inclinar la cabeza para mirarla.
—¡Hola, compa de habitación! —me dijo.
—¿Eh?
—¿No estabas escuchando? Somos compañeras de habitación.
—Vaya. Estupendo.
La verdad era que no me importaba. Estaba allí para buscar a June, no para hacer amigos.
—Me llamo Roux. —Me tendió la mano. Tendría unos dieciocho años, como yo (al parecer, la sangre joven sabía mejor), y sus rasgos angulosos y sus piernas de un kilómetro le daban un aspecto de modelo de pasarela.
—Renie —le contesté estrechándole la mano.
Sus dedos eran largos y delgados, con las uñas muy cuidadas.
Roux sonrió y vi que el piercing que llevaba en la nariz, un pequeño rubí, brillaba como una gota de sangre. ¿Excitaría a los vampiros? Supuse que ya lo descubriría ella misma.
Los nuevos y los antiguos donantes no se reunían esa misma noche, al parecer para dar a los novatos la oportunidad de adaptarse, así que no vería a June hasta la mañana siguiente, pero mientras un vampiro rubio llamado Gideon nos llevaba a nuestras habitaciones, observé todas las puertas por las que pasábamos preguntándome cuál sería la de June.
Gideon apenas habló, pero supuse que para esas criaturas solo éramos comida. No necesitaban socializar con nosotros.
—Esperaba que pudiéramos empezar a alimentar a los vampiros esta noche —susurró el chico que estaba a nuestro lado. Tendría como máximo un par de años más que yo y el mismo aspecto de modelo que Roux, muy bien peinado, con una piel perfecta y las facciones angulosas—. Me llamo Jason, por cierto.
De repente caí en lo que había dicho: «alimentar». La palabra me recorrió el cuerpo y tuve que hacer un gran esfuerzo por reprimir el impulso de temblar. Cuando envié mi solicitud, sabía que ofrecería mis venas para que los vampiros succionaran, pero no podía imaginármelo sucediendo de verdad.
Jason miró los anchos hombros, las estrechas caderas y las largas piernas de Gideon.
—Cruzo los dedos de las manos y de los pies para que esta belleza me elija.
Gideon se detuvo de pronto. Jason estaba tan absorto admirándolo que casi chocó contra la espalda del vampiro. Por suerte, Gideon no pareció darse cuenta.
—Roux e Irene, esta es vuestra habitación —nos dijo.
Me estremecí al oír mi nombre completo. Me habían llamado Renie desde que nací, porque June, que era muy pequeña, no era capaz de decir Irene.
—Estupendo, gracias —le contestó Roux—. Hasta mañana, Jason.
Jason corrió detrás de Gideon mientras Roux abría la puerta y yo entraba detrás de ella.
—Guau —exclamó conteniendo la respiración.
Yo sentí lo mismo, aunque no dije nada.
La habitación era de dimensiones generosas, las paredes estaban empapeladas con terciopelo flocado de color dorado pálido, y la moqueta de color crema era tan gruesa que me daba la sensación de andar sobre una nube. Cortinas doradas más oscuras flanqueaban las ventanas, aunque tenían persianas que no podíamos abrir. Al menos podríamos salir de la casa durante el día.
Las dos camas estaban casi una frente a la otra, ambas con cabezales de caoba tallados y cubiertas con colchas de satén. Un enorme armario ocupaba una pared, y un amplio tocador, la otra. Junto a una cama había una figura de latón de la Venus de Milo posada en una mesilla de noche, y junto a la otra, una puerta abierta que permitía ver un cuarto de baño con azulejos de color crema. Otra araña de cristal colgaba del techo. La habitación olía ligeramente a rosas.
Estaba a años luz de la diminuta habitación que June y yo habíamos compartido toda la vida.
Roux pegó un grito y se abalanzó sobre la cama que estaba junto al cuarto de baño. Las almohadas cayeron al suelo.
—Esto es increíble.
No se lo podía discutir, pero no me gustaba. Mi familia no tenía mucho dinero, y todo este lujo era lo que había absorbido a June, porque le ofrecía un mundo brillante muy alejado del que siempre habíamos conocido.
Roux rodó en la cama, se levantó, corrió al armario, abrió las puertas dobles y rebuscó entre la ropa.
—Quien haya elegido todo esto tiene un gusto muy sexy. —Blandió delante de mi cara lo que parecía un corsé.
A los donantes no nos permitían traer nada. Teníamos que anotar nuestras medidas y nuestro número de pie en el formulario de solicitud para que pudieran proporcionarnos la ropa, pero no tenían en cuenta el estilo que preferíamos. Lo único que importaba era lo que querían los vampiros, y no les gustaba la ropa informal, lo que no tenía nada de sorprendente considerando que muchos de ellos eran de la época de los corsés y los miriñaques.
—Cuántas cosas bonitas —canturreó Roux sacando un vestido de encaje de color marfil.
La ropa nueva era un lujo que June y yo nunca habíamos podido permitirnos. Nos poníamos las prendas que amigos y vecinos ya no querían, así que, a mi pesar, sentí que el armario tiraba de mí. Toqué la manga de una chaqueta de cuero suave que seguramente valía una fortuna. Si pudiéramos llevarnos la ropa al marcharnos, sacaría más dinero vendiéndola del que ganaría cuidando niños o paseando perros.
June había venido sobre todo por los vampiros, aunque también esperaba que el dinero que consiguiera como donante la ayudara a instalarse cuando fuera a la universidad, pero yo sabía que nunca iría a la universidad. Aunque el dinero no fuera un problema, ¿qué estudiaría? Yo no soñaba como June.
Roux siguió rebuscando en el armario y después volvió a saltar sobre su cama.
—Bueno —me dijo apoyando la barbilla en las manos—, ¿tienes a alguien especial en mente para hacer los honores? —Me mostró los dientes y fingió morder.
—No.
—Quizá consigas a Edmond.
—¿Por qué lo dices?
—Corrió a salvarte de las cámaras cuando los guardias de seguridad podrían haberlo manejado.
—Étienne también ayudó.
—Cierto. —Roux rodó sobre la cama y se colocó mirando al techo—. ¿Crees que es el verdadero Edmond Dantès?
Me senté en mi cama y me resistí al impulso de pasar las manos por el suave satén y las almohadas rellenas de plumas. Era una cama, solo eso. Con un poco de suerte, ni siquiera dormiría en ella mucho tiempo. En cuanto supiera que June estaba bien, me largaría de aquí.
—¿Qué quieres decir? —le pregunté.
—Ya sabes, El conde de Montecristo. —Roux se rio de mi expresión de no saber de lo que estaba hablando—. El libro de Alexandre Dumas, el mismo que escribió Los tres mosqueteros. ¿Te suena?
—He oído hablar de los mosqueteros.
—Trata de un tipo llamado Edmond Dantès al que meten en la cárcel injustamente, escapa y planea vengarse de las personas que maquinaron para que lo encerraran. No es un nombre común, y cuando se escribió el libro había muchos vampiros, así que ¿se basó en hechos reales o Edmond se puso el nombre del personaje?
—¿Cómo sabes todo eso?
—No soy solo una cara bonita. Si te muerde, podrías preguntarle si hay alguna relación.
—Seguramente no me elegirá a mí.
Preferiría que no lo hiciera. El recuerdo de sus ojos bastaba para que los latidos de mi corazón hicieran cosas raras.
—Espero que el bellezón rubio me elija a mí. —Roux volvió a dejarse caer en la cama.
—¿Quién? ¿Gideon?
—No, el de la coleta... Ludovic. —Roux se quedó un momento en silencio y después volvió a sentarse—. ¿Crees que los mordiscos son tan placenteros como dicen?
—No lo sé. Van a clavarnos en las venas el equivalente a agujas muy grandes.
—Menos mal que no me dan miedo las agujas.
—A mí tampoco, pero me pone nerviosa pensar que alguien va a morderme y a beberse mi sangre.
Roux se quedó muy seria y me sentí un poco mal. No era culpa suya que no me gustara Belle Morte.
—La gente no seguiría inscribiéndose para ser donante si doliera —la tranquilicé.
—¿Crees que es cierto que las personas pueden volverse adictas a los mordiscos?
—Puede ser, pero seguramente solo suceda en circunstancias extremas. —Seguía intentando tranquilizarla, pero lo único que pensaba era en lo poco que la gente parecía entender que los vampiros podían ser peligrosos.
No quería olvidar lo que en realidad eran capaces de hacer.
Mientras Roux charlaba sobre cómo sería la vida aquí, me tumbé en la cama y pensé en June.
Edmond
Edmond avanzaba a grandes zancadas por el pasillo del ala norte, con Ludovic a su lado. Todos los donantes estaban ya instalados. Belle Morte estaba tranquila y en silencio.
—Algunos de los nuevos donantes eran... interesantes —dijo Ludovic—. A veces olvido que en estos tiempos es frecuente que las mujeres lleven el pelo tan corto.
—Eres demasiado anticuado, amigo mío —le contestó Edmond.
Ludovic le dirigió una mirada divertida.
—¿No descartaste hace poco la sugerencia de instalar cámaras de vigilancia porque no entiendes cómo funcionan?
—Touché.
Edmond miró las lámparas del techo. Incluso entonces, mucho después de que la electricidad se hubiera convertido en parte de la vida cotidiana, todavía le maravillaba de vez en cuando, todavía esperaba despertarse con solo una llama para alejar las sombras. Buena parte del mundo moderno lo superaba.
—La chica del pelo rojizo... es Irene Mayfield, ¿verdad? —le preguntó Ludovic.
—En su solicitud decía que prefiere que la llamen Renie.
—Pero es ella, ¿no?
Edmond asintió.
—¿Ysanne está segura de que debería haberla traído?
—Ysanne sabe lo que hace.
—¿Tú crees?
Edmond dudó. Ysanne no era solo la señora de la casa. Era su más vieja amiga. Su vínculo se había forjado a lo largo de cientos de años, y June Mayfield era un secreto que Ysanne le había confiado. A cambio, él debía confiar en ella. Pero quería a Ludovic como a un hermano y habían pasado demasiado juntos para que Edmond lo engañara.
—No estoy seguro de que ocultarle la verdad a Renie sea lo mejor que podemos hacer —admitió—, pero es lo que ha decidido Ysanne y debemos respetarlo.
Había algo en Renie que intrigaba a Edmond, y no era solo su belleza. Aunque ciertamente era guapa, con sus suaves curvas y su pelo rojizo alborotado. Quizá había sido su forma de actuar al salir de la limusina. A casi todos los donantes les encantaba posar para las cámaras y responder a preguntas, pero Renie no había hecho ninguna de las dos cosas. Sospechaba que estaba allí para descubrir la verdad, pero ¿seguro que no le importaba la fama? En ese caso, era la primera vez que conocía a un donante al que no le importara.
Ludovic se echó hacia atrás un mechón de pelo que se le había escapado de la coleta.
—¿Estás seguro de que no puedes contarme lo que está pasando? Todos sabemos que Ysanne nos oculta algo, y tiene que ver con esas chicas Mayfield.
—Sabes que no puedo decir nada.
—La verdad saldrá a la luz.
—Seguro que sí.
Ysanne le había contado a Edmond lo que pasaba porque sabía que podía confiarle su vida, pero él no había previsto lo que le pesaría ese secreto. No había previsto cómo se sentiría mintiendo a casi toda la casa, en especial a Ludovic. Siempre habían sido sinceros el uno con el otro. Y en adelante también tendría que mentirle a Renie. No debería importarle, ni siquiera la conocía, pero no podía dejar de pensar en lo vulnerable que le había parecido al verla delante de todas las cámaras.
Edmond negó con la cabeza.
No importaba lo encantadora o intrigante que fuera. Estaba allí por una razón, y cuando terminara, se marcharía de Belle Morte y nunca volvería a verla. Había pasado mucho tiempo construyendo un muro alrededor de su corazón, y nadie lo atravesaría, tampoco Renie Mayfield.
Renie
Las sábanas de satén formaban parte del glamuroso mundo de los vampiros, pero no podía dormir en ellas. Echaba de menos mi cómodo edredón y las almohadas que tenía desde niña, decoradas con flores amarillas que se habían descolorido hasta convertirse en manchas grisáceas. Mi nueva cama era demasiado grande y fría, y las sábanas eran demasiado resbaladizas. Acostada con mi pijama de seda negra, daba vueltas como una foca grasienta. Debería haber elegido uno de los camisones de encaje, pero me parecían exagerados.
A June le habrían encantado.
¿Se alegraría de verme o sentiría que estaba inmiscuyéndome en su sueño? Aunque se enfadara, se le pasaría en cuanto se diera cuenta de que no iba a quedarme y seguramente se reiría de mí por haberme preocupado tanto que dejara de escribirnos. ¿Verdad?
Mi madre decía que June estaba divirtiéndose demasiado como para ponerse en contacto con nosotras, pero yo no podía aceptarlo.
June, solo dieciocho meses mayor que yo, siempre me había tratado como a una amiga, no como a una hermana pequeña, y lo único que se había interpuesto entre nosotras había sido su obsesión por los vampiros. Había dejado de confiar en mí como antes, y cuando aceptaron su solicitud para Belle Morte, le dije que estaba cometiendo un error... Irónicamente, lo mismo que me había dicho mi madre hacía dos semanas, cuando aceptaron la mía.
Pero las cartas que había enviado June me habían dejado claro que había abandonado el rencor, y era difícil seguir enfadada con ella cuando estaba tan feliz en su mansión de vampiros favorita.
No podía aceptar que hubiera dejado de escribirnos.
¿Le había pasado algo?
¿O yo estaba paranoica?
Me senté en la cama. Roux estaba profundamente dormida, con un pie colgando por encima del borde del colchón. La moqueta casi se tragó mis pies cuando me levanté y salí a hurtadillas de la habitación.
Belle Morte estaba sumida en la oscuridad. Las sombras atenuaban los bordes de las paredes y hacían que la moqueta pareciera casi negra. Las figuras históricas de los cuadros parecían mirarme con desaprobación mientras avanzaba sigilosamente por el pasillo. ¿Alguno de los vampiros que vivían en Belle Morte había conocido a estas personas en la vida real?
Mientras me acercaba a la escalera principal, una figura oscura emergió del ala norte. Me puse tensa. Quizá los donantes no debían deambular por la mansión a estas horas.
La figura se acercó y se me cortó la respiración al reconocer el pelo negro azabache y los pómulos que cortarían el cristal.
Edmond me miró fijamente.
—¿Qué haces aquí?
—No podía dormir.
De repente me alegré mucho de haber elegido un pijama en lugar de un camisón. Ocultaba el rubor que me subía por el cuello.
En la oscuridad, Edmond parecía de otro mundo. Su rostro era una obra de arte en la que contrastaban las sombras y el marfil, y sus ojos eran duros como diamantes. No me intimidaba exactamente, pero no pude evitar sentir una punzada de incomodidad, como si estuviera frente a una pantera en la jungla, inmóvil mientras el bonito e imprevisible depredador consideraba si comerme.
La incomodidad dio paso a la indignación. Viendo vampiros en la televisión había descubierto que podían quedarse inmóviles hasta un punto imposible para los humanos, sin tics faciales ni indicios de expresión que delataran lo que tenían en mente. Edmond podría haber estado pensando en todo o en nada.
—¿No se me permite salir aquí o qué? —le pregunté—. Porque no recuerdo que nadie nos lo dijera.
La única reacción a mi tono cortante fue levantar ligeramente una ceja. Quizá cabrearlo no era inteligente, pero su forma de mirarme me ponía la piel de gallina. Los vampiros no eran humanos y no actuaban como humanos. No sabía cómo reaccionar ante ellos, y la rabia era la mejor defensa.
—La mayoría de los donantes prefieren echar un vistazo durante el día —repuso Edmond—. ¿Acaso estabas demasiado emocionada para esperar?
—Demasiado nerviosa, más bien.
—¿Por qué estás nerviosa?
Su voz suave me devolvió el rubor al cuello. Tenía un matiz casi íntimo, una cadencia ronroneante que me hizo pensar en susurros en la oscuridad, en murmullos bajo sábanas revueltas.
—Mañana veré a mi hermana y hace mucho que no la veo.
—¿Tu hermana?
—June Mayfield. Seguro que la conoces.
Pensar en él hundiendo los colmillos en la piel de mi hermana bastó para desterrar las mariposas de mi estómago.
Edmond me miró en silencio durante tanto rato que parecía que se hubiera convertido en piedra. Estaba pensando en pincharle en el ojo, solo para que reaccionara, cuando volvió a hablar.
—Vuelve a la cama, Renie.
Su acento francés hizo que mi nombre sonara dulce y exótico, como si lo hiciera rodar con la lengua. Me ardía la piel.
—No has contestado a mi pregunta —le dije.
No dijo nada y su expresión impertérrita no cambió, aunque habría jurado que sentí que el aire se movía a nuestro alrededor, como si le sorprendiera que no hubiera obedecido su orden de inmediato.
Apoyó su pálida mano en mi hombro.
—Vuelve a la cama —me repitió.
No tenía sentido emperrarme. Edmond podía levantarme del suelo con un dedo y, como donante, yo era sustituible. Cientos de ilusos matarían por ocupar mi lugar en Belle Morte.
Así que dejé que Edmond me acompañara a mi habitación. Mis pies hacían ruidos susurrantes en la moqueta, pero Edmond era tan silencioso como un fantasma. Si no hubiera sido por el peso de su mano en mi hombro, habría pensado que estaba sola. Era desconcertante saber que alguien caminaba detrás de mí y no oír su respiración.
Cuando llegamos a mi habitación, me giré hacia Edmond —no sé qué pretendía decirle—, pero ya se había marchado. La huella de su mano hormigueaba en mi piel.
Renie
Después debí de quedarme dormida. Lo siguiente que supe fue que Roux me zarandeaba para despertarme.
—Vamos, dormilona. ¿Vas a pasarte el día durmiendo? —me preguntó en tono cantarín.
Me senté frotándome los ojos. La habitación adquirió forma a mi alrededor, pero su belleza me dejó fría.
—¿Qué hora es? —murmuré.
Roux miró su nuevo reloj plateado, cortesía de Belle Morte.
—Las diez menos cuarto.
—¿En serio?
Parecían las cinco de la mañana.
Roux se encogió de hombros.
—Es el estilo Belle Morte: tarde por la noche y tarde por la mañana.
Aparte del reloj, Roux solo llevaba una mullida toalla roja a juego con las colchas.
—La ducha es increíble, pero si quieres probarla, tendrás que darte prisa o te perderás el desayuno —me dijo.
Todos los donantes comían juntos, así que no tendría que buscar a June. Estaría en la mesa del desayuno. Esto me hizo saltar de la cama.
El cuarto de baño era tan elegante como el dormitorio, con el suelo y las paredes de baldosas de color crema, una bañera de porcelana con patas al lado de una ducha lo bastante grande para dos personas y un toallero eléctrico. En la pared del fondo colgaba un espejo de cuerpo entero con bordes de plata forjada, y en la esquina opuesta había un váter y un lavabo. Como el dormitorio, el baño desprendía una ligera fragancia a rosas.
Roux tenía razón. La ducha era increíble. El chorro caliente salía con tanta fuerza que sentí como si me hicieran un masaje en todo el cuerpo, pero solo estuve lo necesario para lavarme. No estaba allí para divertirme.
Me envolví en una toalla y regresé a la habitación. Roux ya se había puesto unos vaqueros ajustados y una camiseta negra de encaje, y se había calzado unos botines que añadían ocho centímetros a su estatura. Se alzaba por encima de mí.
—Bonita elección —le comenté.
—Lo sé. —Se giró y me lanzó un beso.
Rebusqué en el armario y saqué los primeros pantalones y la primera camisa de mi talla que encontré. Los pantalones eran de suave cuero gris, y la camisa, delicada como un pañuelo de papel. Nunca había tenido nada tan bonito, y por un brevísimo instante olvidé que me lo habían proporcionado los vampiros.
Mi contrato decía que tenía que ir arreglada, así que me puse rímel y brillo de labios, me cepillé el pelo y observé mi imagen en el espejo. No estaba mal.
—¿Lista? —me preguntó Roux.
—Vamos a conocer a los demás donantes.
Bajamos la escalera hasta el primer piso y giramos a la derecha, en dirección al comedor. Más allá del vestíbulo había un salón con las esquinas suavizadas con sillas y sofás de terciopelo acolchado, y una pared ocupada por una puerta que daba a una pequeña habitación.
Roux titubeó y me detuve con ella.
En la habitación, un chico de más o menos nuestra edad estaba sentado en un sillón orejero, con la cabeza inclinada hacia un lado. A su lado se encontraba una vampira con la boca pegada a su cuello. Su largo pelo se mezclaba con el de él. El chico tenía los ojos cerrados y la boca abierta de felicidad. La vampira levantó un instante la cabeza y al mirarnos vimos que tenía los ojos rojos, como todos los vampiros cuando tenían hambre.
El calor me recorrió las mejillas. Nunca había visto a un vampiro alimentarse. Era como vislumbrar algo privado.
—No os preocupéis. Os acostumbraréis —afirmó una voz detrás de nosotras, y ambas nos dimos la vuelta. Una chica nos sonreía con complicidad—. Soy Melissa.
Sabía cómo se llamaban todos los donantes en la casa, igual que sabía cómo se llamaban todos los vampiros, pero la cara de Melissa me resultaba especialmente familiar. Dos días antes de que June dejara de escribir, Belle Morte había organizado una exposición de arte a la que asistieron todos los que vivían en la casa y un grupo selecto de invitados. En una de las fotos de esa noche aparecían June y Melissa, riéndose y posando delante de una enorme escultura de metal.
En las semanas posteriores a la posible desaparición de June, había pasado horas observando esa foto y buscando alguna pista de que algo fuera mal.
—Soy Roux y esta es Renie —le dijo Roux apartándose de la puerta para no molestar a la vampira ni al donante.
—¿Renie? —repitió Melissa con expresión titubeante.
—Así es —le contesté—. ¿Te ha hablado June de mí?
—¿June? —me preguntó Roux frunciendo el ceño.
—Mi hermana mayor. Está aquí como donante.
—Creía que no podía haber donantes de la misma familia al mismo tiempo.
No había oído hablar de esa regla, así que se me encogió el pecho, inquieta.
—Pero ¿conoces a June? —presioné al ver la expresión cuidadosamente controlada de Melissa.
Desvió la mirada.
—Deberíamos ir a desayunar.
Tenía que andarme con cuidado. Melissa sabía algo y no quería asustarla.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le pregunté.
—Casi siete meses.
Roux silbó admirada. En teoría, los donantes podían quedarse en la mansión durante años si los vampiros así lo deseaban, pero rara vez se quedaban más de unos meses. Suponía que los vampiros tenían muchos otros cuellos que probar.
No costaba entender por qué querían que Melissa se quedara. Con su pelo afro como semillas de diente de león rodeando una perfecta piel marrón oscuro, sus ojos grandes y sus largas pestañas, era una de las personas más guapas que había visto en mi vida. Se la habría podido confundir con una vampira si no parpadeara, respirara e hiciera gestos con las manos muy habituales en los humanos, pero que los vampiros habían perdido.
—¿De verdad llegas a acostumbrarte? —le planteé mirando hacia la habitación.
Melissa se encogió de hombros.
—No te queda otra. Estás aquí para alimentar a los vampiros, así que mejor que te acostumbres y que no te hagas mala sangre.
—Nunca mejor dicho —murmuró Roux.
—Amit es uno de los favoritos de Catherine —dijo Melissa.
Aunque sabía que cada vampiro tenía sus gustos, no se me había ocurrido que pudieran desarrollar vínculos con donantes concretos. Debería haberme hecho sentir mejor y recordarme que los vampiros no nos veían solo como bolsas de sangre andantes. No fue así.
Melissa bajó la voz hasta convertirla en un susurro conspirador.
—Pronto se separarán. Controlan a todos los donantes para asegurarse de que no donen demasiada sangre, y se supone que ningún vampiro debe favorecer a un donante en concreto durante mucho tiempo.
Tuve que admitir a regañadientes que los vampiros parecían asegurarse de que sus donantes estuvieran felices y saludables, pero ¿por qué Melissa había reaccionado de forma extraña al nombrar a June?
Entramos en el comedor. Era una gran sala rectangular con el mismo suelo de parqué que el vestíbulo y con las paredes cubiertas de roble pulido. Las enormes ventanas estaban selladas detrás de contraventanas de madera, talladas por todas partes con frutas y otros alimentos; la única luz procedía de un par de lámparas de hierro forjado y con pequeños globos de vidrio. Los donantes estaban sentados alrededor de una mesa de caballetes cubierta con un mantel blanco, hablando, riéndose y comiendo.
Los recorrí con la mirada. No vi ni rastro de June. Todavía había sillas vacías alrededor de la mesa. Seguramente aún no había bajado, pero los latidos de mi corazón se aceleraron.
«Tranquila».
Aparté mi miedo y me dirigí a Roux, que estaba esperándome en una mesa más pequeña repleta de comida. Había cuencos de cristal llenos de frutas del bosque relucientes junto a tarros de yogur orgánico y rejillas de porcelana con tostadas integrales. Platos de salmón adornados con frescos gajos de limón competían con un recipiente de crema de avena. Había una jarra de vidrio en cada extremo de la mesa, una llena de zumo de naranja y la otra con un batido espeso y rosado.
Me dolía el estómago. No recordaba la última vez que había comido.
Llené un tazón de avena, me serví un vaso de zumo y seguí a Roux a la mesa de caballetes. Los demás donantes se presentaban a gritos, aunque a los únicos a los que no conocía eran a los que habían llegado conmigo la noche anterior: Ranesh, Craig y Tamara, al parecer. Apenas me enteraba de nada. Conseguí sonreírle a Jason, pero las caras de todos los demás se empañaron y me incliné sobre mi desayuno con la esperanza de que nadie me hablara.
Por suerte, Roux habló por las dos sobre la lujosa habitación, la maravillosa ducha y la increíble ropa. Yo no apartaba la mirada de la entrada del comedor y buscaba entre los donantes que iban llegando el rostro de la persona a la que más quería.
Roux me dio un codazo.
—Mírale el cuello —me susurró señalando disimuladamente con la cabeza a Amit, que estaba sentado a la mesa, algo alejado de nosotras.
Lo miré. Amit estaba hablando con Tamara. Se rio, echó la cabeza hacia atrás y el cuello de su chaqueta se deslizó hacia un lado dejándole al descubierto la garganta.
Tenía marcas rojas de pinchazos y diminutas cicatrices plateadas, como si le hubieran clavado decenas de agujas. Marcas de colmillos.
Tres chicas sentadas a la mesa tenían el cuello cubierto por el pelo, y un chico llevaba un pañuelo de seda, pero no vi marcas en nadie más.
—Creía que los vampiros no dejaban marcas —musité.
Roux se tocó la garganta.
—Espero que no acabemos con esas pintas.
Por qué algunos donantes tenían marcas y otros no era un misterio que en ese momento no tenía tiempo de resolver. Roux tendría que encontrar las respuestas por sí misma.
Me llevé a la boca otra cucharada de avena, que regué con zumo de naranja frío. La comida estaba deliciosa, pero la habría disfrutado más si no hubiera sabido que todo aquello era para mejorar el sabor de nuestra sangre. Solo éramos comida preparándose para que se la tomaran. Se me quitó el hambre y dejé la cuchara en la mesa.
—¿Y quién es tu hermana? —me preguntó Roux.
Volví a recorrer la mesa con la mirada, y una fría oleada de miedo me invadió.
June no estaba.
Belle Morte nunca tenía a más de treinta donantes a la vez, suficientes para los veinte vampiros que vivían en la casa —los seis que habíamos llegado el día anterior sustituiríamos a los donantes que habían concluido su contrato—, y los treinta estábamos en la mesa. Conté y volví a contar buscando en vano los ojos risueños y el pelo de June, un tono más oscuro que el mío.
Pero no estaba.
Sentí un negro vacío extendiéndose dentro de mí. Durante semanas me había dicho a mí misma que June estaría demasiado ocupada para escribir, que sus cartas se habrían perdido en correos, que habría infringido alguna regla vampírica y por eso no la dejaban escribir a casa, y que, en cuanto llegara, vería con mis propios ojos que estaba bien.
Mis peores temores empezaban a hacerse realidad.
Una de las chicas de la mesa había sustituido a mi hermana, pero June nunca había salido de Belle Morte. ¿Qué mierda le había pasado?
Renie
Apreté el borde de la mesa hasta que me dolieron los dedos. Entrar en pánico no iba a ayudarme. Quizá la ausencia de June tenía una explicación razonable y racional. Tenía que haberla.
Una mujer entró en el comedor golpeando el suelo con sus altos tacones. Aunque no hubiera reconocido su bonito rostro glacial, el repentino silencio que invadió la sala dejó claro que era muy importante.
Diez años antes, un reportaje en directo que cubría la escena de un espantoso choque múltiple en una carretera se había visto en todo el mundo después de que una mujer apareciera tranquilamente delante de las cámaras, arrancara la puerta de uno de los coches que habían chocado y liberara a un joven padre y a su bebé, que se habían quedado atrapados. Después apartó otro coche destrozado para rescatar a una pareja mayor y ayudó a un motorista lesionado a salir de debajo de su moto levantándola por encima de su cabeza como si no pesara nada. Cuando hubo salvado a todos y por fin llegaron las ambulancias y los camiones de bomberos, la mujer se volvió hacia las cámaras y anunció que había llegado el momento de que el mundo supiera la verdad: era una vampira.
Y esa mujer estaba frente a mí.
Ysanne Moreau, la señora de Belle Morte.
Llevaba una blusa de color marfil metida en una falda de tubo beige y seguramente era de mi estatura, aunque sus tacones la hacían parecer más alta. Un colgante de diamantes anidaba en el hueco de su garganta, y su liso pelo rubio le descendía por la espalda, brillante como si se hubiera echado aceite. Nos miró como una reina que honra a los campesinos de la zona con su presencia.
—Bienvenidos a Belle Morte —dijo.
Como en Edmond e Isabeau, un sutil acento francés coloreaba su voz.
—Isabeau ya os ha informado de las reglas de mi casa y confío en que todos las entendáis. No acepto con amabilidad a los transgresores. —La sonrisa de Ysanne era fría como el invierno—. Estoy segura de que todos seréis muy felices durante vuestra estancia aquí.
Sus ojos claros nos recorrieron y se detuvieron en mí. Su rostro no revelaba nada —las miradas inexpresivas se le daban incluso mejor que a Edmond—, pero en sus ojos había una intensidad penetrante que me inmovilizó en la silla y me hizo sentir como si estuviera volviéndome del revés.
Ysanne conocía a todos los donantes que llegaban y salían por las puertas de la mansión. Si alguien sabía algo de June, tenía que ser ella.
Dijo algo sobre la suerte que habíamos tenido los nuevos donantes por haber sido admitidos en la casa de vampiros más prestigiosa y salió de la sala haciendo sonar sus tacones.
No sabía cuántos años tenía Ysanne. Algunos vampiros eran muy evasivos respecto de su edad, pero estaba segura de que ella estaba entre los vampiros más viejos del mundo. Desperdicié unos minutos preciosos pensando en cómo acercarme a ella hasta que me di cuenta de que no importaba. Mi hermana había desaparecido. Daba igual cómo llamar la atención de Ysanne. Lo único que importaba era conseguirlo.
Empujé mi silla hacia atrás y me puse de pie de un salto.
—¿Adónde vas? —me preguntó Roux.
—Tengo algo que hacer.
—¿Tú sola?
—Sí.
—Vaya. —Roux abrió los ojos con expresión dolida.
—Lo siento —murmuré.
Seguramente empezaba a pensar que ojalá le hubieran asignado otra compañera de habitación. Quizá en cuanto descubriera la verdad, podría contársela.
—Yo me quedo contigo —le dijo Jason, y el rostro de Roux se iluminó.
Salí del comedor.
Belle Morte era un edificio grande, y para llevar tacones tan altos, Ysanne se movía rápido. No tenía ni idea de adónde había ido, y después de correr de un lado a otro por pasillos que no conocía, tampoco tenía ni idea de dónde estaba.
Me detuve para intentar orientarme. El pasillo estaba empapelado en verde bosque, y la moqueta era de color gris carbón. Más cuadros se alineaban en las paredes y me aparté de sus ojos, que me miraban.
—Parece que siempre nos encontramos.
La voz de Edmond se deslizó sobre mí como la seda e hizo que se me encogiera el estómago. Me giré y lo vi detrás de mí, hermoso como un pecado. Tenía las piernas enfundadas en unos pantalones negros, y su camisa blanca, con el cuello abierto, mostraba un pálido triángulo del pecho. El pelo negro le caía sobre los hombros.
Me pasé la lengua por los labios diciéndome que la repentina sequedad de mi boca era porque estaba nerviosa por haberme perdido en una casa llena de vampiros, no por Edmond.
—Estoy buscando a Ysanne —le dije.
Arqueó una ceja.
—Mi hermana no está aquí y quiero saber por qué. ¿Qué habéis hecho con ella, vampiros?
Su cara no delataba nada. ¿Tenían que entrenarse para mantener esa inexpresividad de estatua o les salía de forma natural tras haber vivido tanto tiempo?
—¿Sabes dónde está Ysanne o no? —Su inmovilidad empezaba a irritarme.
—Me temo que está demasiado ocupada para hablar con los donantes.
—Sí, seguro que está muy ocupada posando en sesiones de fotos, pero es importante —le repliqué.
—Deberías pensar con detenimiento lo que dices. Ysanne no se toma el descaro a la ligera.
—Mira cómo tiemblo.
Edmond se acercó a mí y la chulería se me ahogó en la garganta. Un hormigueo nervioso me recorrió todo el cuerpo. Él no era humano, y aunque hacía diez años que los vampiros eran personajes públicos, ¿cuánto sabíamos realmente de ellos si solo nos mostraban lo que querían que viéramos?
No quería que Edmond supiera que me ponía nerviosa, pero no pude evitar echarme hacia atrás para alejarme de la fuerza de su presencia. Para mi sorpresa, Edmond retrocedió y el aire volvió a mis pulmones.
—Encontraré a mi hermana —le dije en voz baja—. Si ver a Ysanne es la única forma de conseguirlo, abriré todas las puertas de Belle Morte hasta que la encuentre.
Edmond me miró un buen rato con cierta curiosidad. Me sentí como un animal amaestrado que acababa de hacer algo inesperado.
—Muy bien —me dijo por fin—. Te llevaré con ella.
Edmond no dijo nada mientras me conducía al despacho de Ysanne. Aunque no parecía enfadado, yo no podía quitarme de encima la inquietud. ¿Qué había pensado cuando le grité? Era lo bastante fuerte como para romperme el cuello con una mano, y seguramente muchos vampiros habían hecho eso y cosas peores en su vida.
Mi corazoncito traidor me decía que Edmond solo utilizaba esas manos elegantes para cosas buenas, pero mi cabeza hablaba más alto, era más insistente y le decía a mi corazón que no fuera tan idiota. No conocía a Edmond ni sabía de lo que era capaz, y no debía olvidarlo, por muy bueno que estuviera.
Nos detuvimos frente a una puerta que era mitad de roble y mitad de vidrio ahumado, y Edmond llamó.
—Estoy ocupada. —La voz de Ysanne era aguda y fría, incluso a través de la puerta.
—Renie Mayfield quiere hablar contigo —anunció Edmond.
Se produjo un momento de silencio durante el cual estuve segura de que Ysanne se negaría a recibirme. Pero de repente dijo:
—Déjala entrar.
Un breve destello de sorpresa cruzó el rostro de Edmond, que de inmediato abrió la puerta y me hizo pasar. No esperaba que me siguiera, pero entró detrás de mí.
El despacho de Ysanne era más moderno de lo que pensaba, a diferencia del glamour clásico que imperaba en el resto de la mansión. La moqueta blanca contrastaba con el oscuro papel pintado. Había dos sillas cromadas de cuero frente a una mesa negra. Ysanne, al otro lado de esta, parecía más una ejecutiva de altos vuelos que una vieja dirigente vampira. Me miró como si yo fuera un insecto que se hubiera atrevido a meterse en su círculo de existencia.
—Renie ha venido a hablarte de su hermana —le comentó Edmond.
Ysanne no parpadeó. Su piel era de mármol, y sus ojos, del color de la escarcha.
—June Mayfield. Vino hace cinco meses —le dije—. Pero en noviembre dejó de escribirnos. He venido a buscarla, pero no la he visto por ningún sitio. ¿Qué ha pasado?
Ysanne miró a Edmond.
—¿Para esto me has interrumpido?
Se me pusieron los pelos de punta. Estábamos hablando de mi hermana.
—Cree que a su hermana le ha pasado algo —le explicó Edmond.
El rostro de Ysanne se suavizó un poco sin dejar de mirarlo, y me pregunté qué relación tenían. Los periódicos sensacionalistas, las revistas y los sitios de cotilleos comentaban con avidez los posibles líos entre vampiros. No sería de extrañar que Ysanne y Edmond tuvieran algún rollo.
Los dos eran tan elegantes y guapos que formarían la pareja más sexy del mundo. Pero la verdad era que no podía imaginar a ninguno de los dos soltándose lo suficiente como para arrancarle la ropa al otro y saltar al catre.
Ysanne me miró, fría e impasible como siempre.
—June Mayfield no está aquí.
—Ya me he dado cuenta. ¿Dónde está?
—La trasladamos a otra casa.
Se me empezó a acelerar el corazón.
—No lo creo. No se traslada a los donantes.
Ysanne sonrió ligeramente.
—Es un programa nuevo.
—¿Tan nuevo que nadie ha oído hablar de él? ¿Y nunca os habéis molestado en anunciarlo a nadie? Tonterías.
—Tomo nota de tus comentarios.
—Bien, entonces quiero que me trasladéis a mí también. ¿En qué casa está? —le pregunté.
—No es cosa tuya.
—Y una mierda.
La voz de Ysanne se volvió más aguda.
—No habrá más traslados.
La sangre me golpeaba en los oídos y sentía tanta presión en el pecho que me costaba respirar.
—Dime la verdad.
—Ya te la he dicho.
Me incliné hacia delante imitando la gélida mirada de un vampiro.
—Mientes.
La mirada de Ysanne dejó en ridículo la mía.
—¿Tengo que repetírtelo?
Me temblaban las manos. El miedo y la rabia me recorrían el cuerpo. ¿Cómo podía mentirme en la cara?
—Ahora puedes marcharte. —Ysanne hizo un gesto con la mano.
—No iré a ninguna parte hasta que me digas qué le ha pasado a June.
La vampira no se movió, pero de repente sentí la ira que emanaba de ella en oleadas casi tangibles que me rozaban la piel y me hacían temblar. Ysanne era vieja y poderosa, no la quería como enemiga. Pero no podía aceptar su mentira y marcharme.
—¿Tengo que pedir que te echen? —Sus palabras surgieron cubiertas de escarcha.
Edmond me tocó el hombro. Aunque unos minutos antes me había sentido incómoda en su presencia, quería apoyarme en él. Si Ysanne perdía los estribos y me atacaba, Edmond podría ser lo único que se interpusiera entre nosotras. Aunque también podría limitarse a observar cómo me arrancaba la garganta.
«No seas ridícula». Belle Morte no habría alcanzado su estatus como la casa de vampiros más famosa de Inglaterra si sus vampiros tuvieran la costumbre de matar a cualquiera que los molestara.
Pero no impedí que Edmond me dirigiera hacia la puerta. Todavía tenía la mano en mi hombro. Sentía la fuerza de sus dedos. Si apretaba, me destrozaría los huesos. No podría ayudar a June con un hombro roto. Y no podría ayudarla si hacía enfadar tanto a Ysanne como para que rescindiera mi contrato y me echara de la casa.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. La rabia era un latido que palpitaba dentro de mí, y la adrenalina se convertía en un nudo que me presionaba el pecho.
—¿Qué mierda le habéis hecho a mi hermana, cabrones con colmillos? —susurré.
La máscara impasible de Edmond se resquebrajó y vi compasión saliendo de sus ojos. En cierto modo era peor. Casi habría preferido que me mirara con la fría indiferencia de un vampiro a que mostrara un atisbo de emoción humana.
—Eres donante, Renie. Es tu papel y debes limitarte a él.
Tuve el repentino impulso de hundir dos dedos en sus estúpidos ojos compasivos. Era el problema con estos vampiros. Habían existido tanto tiempo que se habían olvidado de sentir.
—Vete a la mierda —gruñí.
Eché a andar en dirección contraria a él lo más rápido que pude, aunque sin correr, haciendo grandes esfuerzos por reprimir mis lágrimas. Pasara lo que pasase, estos monstruos no me verían llorar.