A todas las personas que por alguna razón han debido volar del nido en el que nacieron o crecieron.
A cada venezolano que empacó sus sueños y esperanzas en una maleta de ilusiones al tener que dejar la tierra en la que les hubiese gustado florecer, y que aún llevan el tricolor y sus estrellas en el corazón.
A toda la comunidad de habla hispana, especialmente la latina, que lleva consigo la historia y tradición cultural, que ha surgido y prosperado contra las adversidades.
A cada Mérida del mundo que teme usar su voz, que siempre tiene algo que decir: ¡ánimo, reina! Al igual que Mérida, encuentra tu fuerza, te aplaudo y te apoyo, grita fuerte lo que quieras decir, el mundo necesita y quiere escucharte.
A esos Dawson que se interesan por nuestra cultura, los sueños y esperanzas que cargamos con nosotros, que comparten sus metas, experiencias y vivencias, que te invitan y motivan a ir por más.
A cada emigrante que se ha secado las lágrimas ante cada puerta cerrada, desplante, mala experiencia, la añoranza de un hogar al que no pueden volver y los sueños que pocos entenderán.
Y a ti, que te levantas cada día esperando que sea mejor, que lloras y sonríes, que te caes y te levantas, a ti, que sueñas a puertas cerradas, que cierras los ojos e imaginas un sinfín de escenarios que espero que un día se hagan realidad.
Playlist +21
Rata de dos patas de Paquita la del Barrio
Qué vida la mía de Reik
Todo cambió de Camila
Yo te extrañaré de Tercer Cielo
En la obscuridad de Belinda
Inolvidable de Reik
La correcta de Morat y Nabález
Venezuela de Luis Silva
Bésame de Camila y Evelyn Nieto
Solo te quiero amar de Calle Ciega
La canción de J Balvin y Bad Bunny
Lover of mine de 5 Seconds of Summer
San Lucas de Kevin Kaarl
Sweater weather de The Neighborhood
Piece of you de Shawn Mendes
Aprender a quererte de Morat
I hear a symphony de Cody Fry
No se va de Morat
Cuando me acerco a ti de Danny Ocean
Somewhere only we know de Keane
Locked out of heaven de Bruno Mars
Yo dije OUFF de Omar Rudberg
Lost in the fire de Gesaffelstein y The Weeknd
Don’t blame me de Taylor Swift
God is a woman de Ariana Grande
Matilda de Harry Styles
Aún hay algo de amor de RBD
They Don’t Know About Us de One Direction
Entre tus playas quedó mi niñez,
tendida al viento y al sol,
y esa nostalgia que sube mi voz
sin querer se hizo canción.
De los montes quiero la inmensidad
y del río, la acuarela.
Y de ti, los hijos que sembrarán
nuevas estrellas.
Y si un día tengo que naufragar
y el tifón rompe mis velas,
enterrad mi cuerpo cerca del mar…
En Venezuela.
LUIS SILVA, Venezuela
Hola Dawson:
Estaba dibujando muy casualmente como cualquier día en mi doble vida, cuando ¡bam! Pensé en ti… De acuerdo, hago mucho eso últimamente, pero ¿podría alguien culparme?
La cuestión es que primero dibujé tu rostro, enfocándome en esos dos maravillosos ojos que me derriten cuando me miran ya sea con intriga, curiosidad, desesperación, diversión o incluso deseo (sí, me encanta pensar que me deseas, grrr).
Suspiré y sonreí mientras dibujaba tus cejas, tu cabello, esa nariz que nunca necesitará una rinoplastia, los dulces labios que a veces me distraen demasiado y tu cuello. Todo era tan inocente, tan dulce, tan soñador… Pero entonces sucedió. El monstruo que está en mi cabeza tomó control de mis manos.
Todo dejó de ser inocente.
Primero fueron tus hombros, luego les siguieron tus hombros desnudos, el torso firme con un leve camino de vello que iba más… más abajo y un poco más abajo. No tenías pantalón, pero descuida, te dibujé un pantaloncillo de licra negro que se ajustaba a tus muslos y entre ellos (pido perdón, fue más fuerte que yo).
No estabas desnudo, pero ¡joder! Te veías tan sexi, tan atractivo, tan tú, que casi lloro porque no era real.
¿Algún día será real? Estoy cansada, periquito, mi corazón se quiere ir contigo.
También confieso que no es mi primer dibujo, pero te prometo que no en todos te encuentras en tales circunstancias de pocas prendas de ropa. La verdad, sí me siento algo culpable, pero no hay mala intención, promesa.
¿Qué puedo decirte, Dawson? Me traes mal, de cabeza, flotando, volando, hormonada y enloqueciendo.
¿Algún día me dejarás hacerte un par de dibujos +21?
Porfis, di que sí, periquito.
MÉRIDA SOUSA, abril de 2017
Hola, Mérida, que no es como la princesa sino como un estado de Venezuela:
¿Qué carajos, Mérida?
¿Dibujarme así?
¿Seguir llamándome periquito?
¿Que tu corazón se quiere venir conmigo?
¿Que tienes más de un dibujo de mí?
Y espera, espera un momento. ¿Que te deje hacerme un par de dibujos +21?
Pero es que estás loquísima.
Y yo estoy más loco.
Abre la puerta, cielo…
DAWSON HARRIS, abril de 2017
Prólogo

Mérida
Septiembre de 2016
Miro con fijeza la pantalla de mi teléfono; tengo mis dudas, pero también me siento aventurera.
—¿Cómo funciona esto? ¿Es como Tinder? —le pregunto a mi amiga Sarah.
Su respuesta es reírse y dejar de lamer el helado obscenamente antes de deslizarse a mi lado. Siempre me pregunto cómo consigue oler tan bien, pero nunca me dice qué perfume usa.
Seis meses es el tiempo que hace que conozco a Sarah, dos del curso de inducción y cuatro del comienzo del año universitario. Es bajita, muy bajita, por debajo del metro y medio, con la piel morena bastante oscura y el cabello negro encrespado. No entiendo muy bien cómo la espalda no le duele con el peso de tanto pecho, en serio, es demasiado baja para esas tetas, pero me da tranquilidad porque me asegura que no le supone un problema de salud.
—No, este es para conocer a más personas del campus, no es sexual. —Hace una pausa—. A menos que quieras algo sexual, y ahí sí te descargamos Tinder.
—No, no, hace poco que salí de una relación.
—Mérida, eso fue hace meses.
—Pero aún hablamos.
—Porque te da pena dejar de responder a sus manipuladores mensajes.
—Francisco es complicado —digo, tirando de uno de los hilos de la abertura en la rodilla de mis tejanos—. Todavía está procesando nuestra ruptura.
Odio que la costumbre, aun meses después de haber roto, me haga salir en su defensa, sobre todo porque fue una mierda de novio hacia el final de nuestra relación o quizá también en los meses anteriores.
—Han pasado meses —me recuerda, y me encojo de hombros—. En fin, volviendo a los temas que nos importan, en esta aplicación nada debe ser sexual, está en las reglas y se entiende que no entras aquí para ello. Salvo que las dos partes estén interesadas, y entonces sí podría suceder.
Asiento. Me parece bien, no quiero recibir fotopollas. Mi único deseo es hacer amigos porque estoy cansada de acaparar a Sarah. Soy supersociable en mi mente y cuando entro en confianza, pero en grupo me cuesta relacionarme por mi timidez, a menos que haya casos excepcionales en que me sienta muy a gusto con el grupo o los temas que se discuten.
Esta aplicación para alumnos del campus es mi recurso de emergencia. ¡Quiero amigos! Así que termino de colgar una foto mía en el perfil y listo, cuenta creada.
Sarah y yo mantenemos la vista en el teléfono unos largos segundos hasta que las notificaciones comienzan a llegar.
—¡Lo sabía! Sabía que serías popular, es que mira lo bonita que eres.
—Me gusta creer que son las cualidades que describo las que me hacen interesante.
—Clarooo —dice, alargando la última vocal—. Vamos a ver quién te ha pinchado, así vamos descartando.
—Decir que me han pinchado suena tan sucio…
Todo lo que hace es reírse mientras me quita el teléfono, y vemos a los hombres y las mujeres que me han escrito para hacer amistad. Bueno, la verdad es que solo me ha pinchado una mujer, el resto son seis hombres.
—Así que yo decido si devolverle el toque para iniciar una conversación, ¿no? —confirmo—. ¿Cómo sé quién será mi próximo mejor amigo?
—Sigue a tu corazón —se burla, lo que me hace poner los ojos en blanco—. En fin, debo irme, tengo clase y ya voy con retraso.
Me despido de ella distraídamente mientras me paseo por los perfiles. Algunos suenan irreales o exagerados y otros me dan miedo, pero uno de ellos no tiene mala pinta: veinte años, estudiante de Informática en busca de hacer amigos, ya que es tímido. Hago clic en su foto y abro un poco la boca, porque es muy atractivo.
Rostro con facciones estúpidamente perfectas, un ojo color avellana y el otro de un cálido verde, labios un poco delgados y de un rosa natural envidiable, todo ello acompañado de un cabello castaño peinado de una manera despreocupada que da el aspecto de despeinado.
Una parte de mí dice que es peligroso hacerse amiga de alguien así de guapo, porque he escuchado un montón de historias sobre enamorarse de mejores amigos. ¡Virgencita! Eso sería muy desafortunado para mí.
Mi pulgar se mantiene suspendido, dudando entre aceptar o no, y luego me digo: «¿Por qué no?». Así que lo acepto y, mientras repaso los apuntes de mi próxima clase, un zumbido en el teléfono me alerta de que mi posible nuevo mejor amigo acaba de escribirme.
Es vergonzoso admitir que me emociono.
Martin002: Hey Que tal MDV
Martin002: De qué son tus siglas??
MDV: mi nombre
MDV: Ocupas el 002 porque el 001 ya estaba usado?
Luego de hacer clic en enviar me arrepiento y me pregunto si eso no ha sido demasiado agresivo, pero por fortuna responde casi de inmediato.
Martin002: me atrapaste :p
Martin002: entonces… Puedo saber tu nombre?
MDV: Que tal si lo adivinas?
—Espera. ¡Eso suena a coqueteo! No quiero coquetear —me reprendo, y escribo otro mensaje.
MDV: la verdad es que preferiría decírtelo luego
Martin002: está bien, será divertido tener a una amiga misteriosa
Sonrío y siento que podremos ser amigos, así que le respondo.
MDV: creo que esto será interesante.

Creo que tengo un amigo.
Espera, eso suena patético. La cosa es que tengo un amigo.
Martin y yo llevamos tres semanas hablando y la verdad es que me ha parecido superdivertido, un poco tonto y entrañable, pero muy agradable. Le gusta leerme y hablar de lo que estudio o de cosas al azar. En cambio, él no habla mucho de sus estudios, pero sí de su día a día y, aunque a veces me incomoda que parece condescendiente conmigo por cómo se expresa, creo que estamos entablando una amistad.
El problema es que Martin parece ser casi más tímido que yo, por lo que no sugiere hacer una videollamada o una llamada ni tampoco un encuentro, y ya comienzo a inquietarme porque me hace preguntarme si esconde algo.
Es por ello que esta noche, con Perry el Hámster sobre mi estómago y a poco para que sea la medianoche, me decanto por finalmente solucionar este problema. Soy la salvación de esta amistad.
MDV: oye, Martin
MDV: Me parece que hemos estado compartiendo muy buenas conversaciones y momentos. Me haces sentir que estamos bien con todo esto, la verdad no pensé que algo bueno saldría de esto pero me has sorprendido de buena manera
MDV: creo que en el futuro todo podría ser incluso mejor… Me preguntaba, claro, siempre que no te incomode…
MDV: si podemos vernos de una manera más cercana y real, más allá de nuestras fotos de perfiles
Los minutos pasan y me pone nerviosa que no responda. El reloj da paso a la medianoche y anuncia que octubre ya se encuentra aquí, y entonces mi teléfono emite un zumbido. De inmediato lo desbloqueo y abro la conversación.
Martin002: Mierda, nena! He esperado tanto que me dijeras eso
Esbozo una sonrisa desconcertada por el apodo y la naturaleza de su mensaje, pero entusiasmada con la perspectiva de que esté de acuerdo.
MDV: GENIALLLLL estaba tan nerviosa de pedirte esto
Martin002: solo debías decirlo bb
MDV: ¿??
Martin002: quieres que sea el primero?
Estoy a punto de responderle cuando llega una imagen y enseguida comienza a descargarse. Cuando se carga del todo, dejo caer el teléfono en la cama y casi aplasto a Perry cuando me giro gritando.
—Pero ¡¿qué mierda?!
Agarro mi almohada y veo de reojo la pantalla del teléfono, que empieza a oscurecerse.
Me acaba de enviar una foto de su pene, de su curvo, largo y delgado pene erecto.
—Ya no podemos ser amigos, Martin —digo con los ojos muy abiertos y con su miembro plasmado en mi memoria.
Y ni siquiera me gusta lo que he visto.
Un minuto de silencio por mí: Mérida del Valle Sousa, la chica que buscaba un amigo y a quien le enviaron una fotopolla que ni siquiera le gustó. Por favor, un poco de empatía y condolencias para mí y mi trágica historia sobre cómo Martin002 fue un vil mentiroso que me llevó al verdadero dueño de la foto de perfil, que sí me gustó.
Oh, Dios, él definitivamente me encantó.
Ese bastardo de Martin me llevó a quien sería mi periquito soñado: Dawson Harris.

1
Conoce a tu salvador

Mérida
Noviembre de 2016
Me duele la mano.
¡Mierda! De verdad que me duele la mano.
Dejo caer la pluma para las líneas finas mientras abro y cierro los dedos adoloridos, que me dicen: «Por favor, ya», pero sonrío porque ha valido la pena: pese a que me faltan muchos detalles para que sea cercano a la perfección, el resultado ya puede irse vislumbrando.
Ahí, en papel Bristol, me saludan dos apuestos caballeros. El primero se encuentra acostado en una cama con las manos atadas en el cabecero, los labios entreabiertos y los ojos a medio cerrar mientras ve la manera en que mi caballero número dos descansa a horcajadas sobre sus muslos, desnudo y sosteniendo ambas erecciones. ¡Alerta de romance chico con chico!
Mira, no sé por qué se me da tan bien dibujar los miembros masculinos, incluso tengo variedades. No es que haya visto demasiados en mi vida (en persona), pero te digo que es un talento. En este dibujo me he pasado y todo se ve real, porque he preferido darles visibilidad a hacerles uno de esos hongos luminosos que te insinúan que su pene está ahí, pero que no te lo muestra.
En este dibujo, mi pasivo, el chico atado al cabecero, es un poco más voluminoso en cuerpo que mi activo, que es más delgado, pero sin duda más alto. Ambos son irremediablemente atractivos y tienen cuerpos esbeltos y trabajados. Cuando haga los diálogos, planeo que el activo diga algo muy del tipo de «¿Te encanta que te toque así?», a lo que mi amigo atado a la cama respondería un «Oooh». Lo sé, no son palabras muy creativas, pero no soy buena con los diálogos.
Quiero hacer los diálogos y darles color a través de la tableta gráfica, pero un rápido vistazo al aparato me recuerda que, de hecho, debería estar haciendo mi tarea para la clase de mañana. Es solo que estaba estresada y necesitaba esto para calmarme, la libertad de dibujar algo que me divierte y que, con sinceridad, me encanta.
No siempre he sido la clase de chica que dibuja suciedades. Primero empecé con dibujos inocentes, después un poco de romance suave, luego besos con lengua, entonces el hongo luminoso por pene y finalmente evolucioné hasta llegar a esto, que no sé si se sale del +18 y se acerca más al +21. Y sí, puede que sea sucio, pero es arte, ¿de acuerdo? Les pongo mucho empeño a estos dibujos y sé que son buenos, solo que no son convencionales, pero me encanta hacerlos, y eso no significa que sea una pervertida, ¿cierto?
Y, de hecho, me gusta lo que estoy estudiando, porque se relaciona con ello: animación digital. Me encanta lo que estudio, pero a veces la carga estudiantil hace que la presión te absorba y que nada sea divertido cuando se trata de crear por deber y obligación. Aunque, bueno, sueno demasiado fatalista para alguien que apenas lleva cuatro meses de su primer año universitario en una carrera que le tomará tres años o quizá algo más.
—¡Mérida!
Me enderezo de inmediato ante el rugido de Miranda Sousa, alias mi mamá. Rápidamente tomo el dibujo, me agacho debajo de mi cama y saco la enorme caja donde se encuentran todos mis dibujos de intento de novelas gráficas de romance o eróticas sin acabar.
—Boo, ¿qué haces ahí? —pregunto a la ingrata de mi gata, que me araña la mano mientras me sisea—. Ven aquí, cosa demoniaca.
—¡Mérida!
—¡Ya voy, mami! —grito en español, porque a veces preferimos hablar en este idioma mientras estamos nosotras dos solas en lugar de hablar en inglés.
De nuevo intento agarrar a la gata ingrata y finalmente la tomo de la cola —no sé si se considera maltrato animal— y la arrastro hasta mí. Cuando la acuno contra mi pecho, engancha sus pequeñas garras y sisea como un demonio a punto de cometer un genocidio, pero necesito alejarla de mi cofre secreto porque no quiero que mamá la encuentre ahí o que lo arruine.
—Te aguantas, Boo, no seas una pesada —la regaño, intentando acariciar su pelaje gris.
La condenada es una British Shorthair preciosa, pero me odia.
—¡Mérida del Valle! —Esta vez el grito es fuerte y, ¡uy!, ¿me llama por el segundo nombre? Suficiente advertencia.
Reviso que haya guardado la evidencia incriminatoria de mi secreto, salgo de la habitación y empiezo a bajar las escaleras para encontrarme con mamá, quien tiene en una mano una taza de café y en la otra su teléfono.
Como siempre, parece que arrastro los pies, por lo que mamá no tarda en oír mis pisadas pesadas y me dedica esa mirada con la que siento que debo enderezar la espalda y mostrarme un poco mejor —no es que me lo exija, y tal vez no se da cuenta de que lo hace, pero para mí siempre ha sido así—.
Al terminar de bajar las escaleras, dejo en el suelo a Boo, que ronronea alrededor de las piernas de mamá, pero ella en este momento solo tiene los ojos puestos en mí. En mi camisa holgada, los leggins negros y los calcetines amarillos. Luego pasa a las puntas de mi cabello negro, sube a la altura de mi cuello, se detiene en el flequillo, que sujeto con un clip para que no me estorbe mientras dibujo, y finaliza en las bolsas de debajo de los ojos porque hace unas horas he estado llorando… Sin alguna razón que le parezca válida, simplemente tuve un bajón y me sentí mal conmigo misma, me sucede a veces.
Tres, dos, uno… Ahí está: suspira.
—Estaba ocupada haciendo una tarea para mi clase de mañana —digo antes de que ella pueda hablar—. ¿Te vas al trabajo?
Es una pregunta estúpida, porque ella siempre está en el trabajo. No es algo de lo que hablemos o que juzgue abiertamente. Es una estupenda neurocirujana con otras tantas especializaciones médicas que no logro memorizar y siempre está salvando vidas y tiene que estar disponible por si la necesitan. Es como vivir sola o tener a una quisquillosa compañera de piso, por esa razón no me fui a vivir a una residencia ni me preocupé demasiado por ser una universitaria viviendo con su mamá.
Es curioso cómo pueden mirarte con mala cara por vivir con tus padres cuando eres legalmente adulto, porque en países como Venezuela tener tal independencia a los dieciocho años es casi imposible. Tal vez podría hacerlo un cuatro por ciento de la gente y con ayuda de sus padres. Pero aquí, en Londres, cada vez que digo a algún compañero universitario o a alguna cita que vivo con mi madre, hacen expresiones de desconcierto o burlas que me hacen sentir incómoda.
No soy una niña de mamá, Dios sabe que veo más su foto que su persona de carne y hueso, y no veo ningún inconveniente en vivir con ella, puesto que escogí Londres como destino universitario porque mi madre fue trasladada aquí. Pasamos de tres años en Mánchester al opaco Londres, y antes de eso ella vivió en Escocia.
Somos nacidas en Venezuela, afortunadamente en una familia privilegiada que incluso en los momentos de crisis no vivió de primera mano la miseria, pero sí que la vi en las calles, en compañeros de clase o allegados. Mamá siempre fue una ambiciosa mujer superinteligente que mencionaban en los periódicos o en programas informativos de la televisión.
—¡Mérida!
La voz de mamá me saca de nuevo de mis pensamientos y una vez más me encuentro enderezando la espalda, lo que hace que me mire con desconcierto.
—Te preguntaba por qué no llevaste a Leona al veterinario.
—Ah, eso.
—Sí, eso —dice con firmeza, y yo me rasco la barbilla.
No quiero decirle que olvidé llevar a su perrita diminuta al veterinario, que es muy caro, pero no tengo ninguna excusa, y su silencio dice demasiado de lo que le parece mi descuido con Leona.
A mí solo me quiere mi hámster, pero la gata ingrata y la perra poseída me repelen.
—Programé otra cita para mañana. Por favor, no olvides cepillarle el pelo hoy, no quiero que tenga nudos.
—Sí, señora.
—¿Tienes clases hoy?
—No, los martes los tengo libres, mami —le recuerdo por centésima vez.
—¿Segura que quieres seguir estudiando eso? Siempre podemos moverte a…
—Segura —la interrumpo.
De nuevo suspira antes de darme el mínimo indicio de una sonrisa y acercarse a plantarme un beso en la mejilla. Se ve mucho más alta de lo que es con esos tacones fenomenales. Mi madre es tan bella que estoy segura de que todos sus colegas babean por ella.
¿Sabes cuando le dices a alguien que eres de Venezuela y de inmediato te dice: «El país de las misses»? Bueno, mi mamá es ese ejemplo: cabello negro largo hasta la espalda, alta, delgada pero con curvas destacables, piel trigueña, ojos color avellana y una nariz de rinoplastia perfecta. A sus cincuenta y cinco años, parece bastante más joven.
Desde que tengo uso de razón, ella ha llamado la atención, y no solo por su belleza. En Venezuela decías «la doctora Miranda Sousa» y todos asentían con veneración, pero incluso mamá puede ser tonta, y el resultado de su tontería soy yo. Tengo la certeza de que me concibieron en un congreso médico y también la teoría de que era un tipo casado y que por eso ella nunca se comunicó con él. Mis abuelos, un poco orgullosos y en realidad bastante juzgones, pusieron el grito en el cielo, pero mamá era una profesional exitosa y, cuando vieron mi dulce rostro, no se resistieron a amarme. Así que crecí en una familia privilegiada, altiva y un poco clasista con abuelos maternos y una mamá triunfadora que a veces olvidaba que yo era una niña y no una máquina de aprendizaje. Luego cumplí los nueve años y mamá se fue a Escocia por trabajo, y en una totalidad de tres años solo la vi diez veces (las conté) mientras vivía con unos abuelos que aún añoraban un país que no existía y que lo criticaban todo.
—¿Quién es mi papá? —pregunto, cuando salgo de mis pensamientos.
Soy la reina de las preguntas inesperadas y que no tienen nada que ver con la conversación. Años conviviendo a medias conmigo y ella todavía no lo aprende.
—¿De dónde sale eso?
—¿Es Charles David? —pregunto. Es el nombre de un doctor conocido y casado que encontré en internet.
—Deja de hacer eso —me dice antes de teclear algo en su teléfono y girarse—. Estaré fuera dos noches, pórtate bien y cuida a Boo y Leona, y no olvides llevarla al veterinario. Tampoco olvides la cita de hoy de Leona en el gym. Jane vendrá mañana a reincorporarse con el cuidado de la casa. Y no comas comida rápida, sé saludable y tómate tus vitaminas. No te encierres en la habitación y haz amigos… Amigos aptos.
—Amigos aptos. ¿Qué significa eso? ¿Qué eres, alguna especie de partidaria del régimen autoritario que quiere que consiga amigos arios?
—¡Mérida! —Me dedica una larga mirada antes de tomar su bolso de marca, salir y subirse a uno de los autos.
Suspiro al escuchar los ladridos desesperantes de Leona, porque, por supuesto, la pomerania de mi mamá espera a que ella se vaya para ser una perra malvada conmigo. Así que tengo que pasar mi día libre viviendo por y para Leona.

Nunca pensé que existiera tal cosa como las clases de natación para perros, pero ahí se encuentra Leona con un profesor de natación que la alienta a no tener miedo y le enseña técnicas en una piscina de tamaño olímpico. Mamá malcría a su perra y a su gata más de lo que me ha malcriado a mí.
Ir desde el centro de Londres hasta Sutton me genera fastidio, porque conlleva conducir y lidiar con el tráfico, y el clima es bastante frío. Bueno, a mí, que aún extraño mi clima tropical del Caribe, siempre me parecerá frío. Al menos estoy en uno de los municipios que se supone que son más seguros de Londres, pero me fastidia ir hasta las afueras de la ciudad.
Acuno contra mi pecho a Perry el Hámster mientras observo todo el despliegue de ridiculez que se desarrolla frente a mí en las clases para Leona. Ella ladra y ladra, pero te prometo que lo hace de manera pretenciosa, como si dijera: «¡Ja! Siempre seré costosa». Me gusta la perspectiva de adoptar y trato de no ser demasiado dura o juzgona con quien compra un animal, porque tendrá sus razones y adoctrinar u obligar a alguien no es ideal, pero mi mamá simplemente pagó demasiado por Leona. Siento que incluso le cobraron el triple de lo que una cachorra de su raza podría costar, y todos los mimos, las clases, las consultas, el spa y la ropa conllevan muchos gastos. A veces me hace calcular si llegará a la mitad de lo que cuesta mi matrícula anual en la universidad.
Vale, puede que esté celosa de la perra e incluso de la gata, pero es que ¿en serio? Lo ha llevado a otro nivel. Además, como ella casi nunca está, el cuidado recae en Jane, sus miles de entrenadores y, sobre todo, en mí, pese a que me detestan.
—Por eso te amo y tú me amas, Perry, somos humildes —digo acariciándole la parte superior de la cabeza a mi hámster.
Mamá dice que es una rata con pelos, y estoy segura de que tiene razón, pero es mi rata y es adorable, la amo. Es una cosita linda que estará conmigo siempre.
Me remuevo en el asiento esperando que falte poco para que la clase termine. Afortunadamente, parece que estoy de suerte, porque pocos minutos después el entrenador y Leona salen del agua y, para mi horror, él se acerca a mí para decirme el progreso de Leona y cómo debo masajearle las patas.
Cuando intenta entregarme a Leona, le hago saber que debo meter a Perry en su jaula de juegos para poder hacerme cargo de la perra, y Leona ladra en desacuerdo y sacude su cola. Creo que el entrenador de natación para perros me está juzgando con su mirada, pero lo ignoro mientras tomo mi teléfono, que anuncia que tengo una serie de mensajes.
Son de la aplicación del campus y, de nuevo, se trata de Martin002.
Lo he bloqueado cuatro veces y de alguna manera consigue volver a mi chat, lo que no entiendo. Siempre vuelve con unas disculpas que me intento creer y, cuando menos lo espero, obtengo alguna foto nueva de su pene que me hace bloquearlo una vez más.
Comienza a parecerme espeluznante y me pregunto seriamente si debería hablar con la policía o humillarme frente a mi mamá y confesarle que recurrí a esto para hacer amigos. Casi puedo ver su mirada de decepción. Para mi fortuna, en la aplicación sí encontré a una chica con la que conversar e incluso a otro chico. Se llaman Sophia y Marcus, y me he reunido con ellos un par de veces en las que nos hemos divertido y no ha habido silencios incómodos. No es que seamos mejores amigos, pero nos estamos conociendo.
Martin002 ayer reapareció en mi chat y está en su momento de tranquilidad, y justo ahora me pregunta qué hago mientras el entrenador desiste de mi atención, se larga y me deja sola.
Estoy debatiéndome entre no responderle e intentar bloquearlo de nuevo cuando Martin vuelve al ataque, esta vez con una foto de su mano envolviéndole el miembro erecto.
Varias cosas suceden en ese momento: maldigo frustrada, Leona ladra y se oye el ruido de un chapuzón.
De inmediato me vuelvo y veo a Leona en el agua ladrando histérica. ¡¿Dónde coño han quedado sus clases de natación?! Dejo el teléfono en la mesa y sin pensarlo me lanzo a la piscina olímpica, solo para darme cuenta demasiado tarde de que me he tirado con Perry el Hámster.
¡No! ¡Mi bebé no!
—¡Perry! —grito, sosteniéndolo alto en mi mano y rogando que no haya muerto ni por el impacto ni por tragar mucha agua.
Leona sigue ladrando histérica. Como puedo, sosteniendo a Perry en la mano en el aire y nadando hacia la perra que me desprecia, consigo auxiliarla. La astuta sabe que soy su salvación, porque se vuelve mansa en mi abrazo, pero ¡mierda! No puedo nadar así, y me da un calambre en la pierna.
Nos vamos a ahogar y me asusta que mamá vaya a llorar más a la perra que a mí o que me entierren lejos de Perry.
Lucho por mantenerme flotando pese al calambre, pero Leona debe de notar que no soy su salvación, porque de nuevo comienza a ladrar y se mueve de manera endemoniada. Vamos a morir por su culpa.
—Oh, Dios. Oh, Dios. ¡Ayuda!
Comienzo a tragar agua mientras mantengo la mano arriba y trato de sujetar con el otro brazo a Leona por encima del nivel del agua. Me estoy sacrificando por ellos.
Se oye un chapoteo en el agua, y una figura borrosa aparece frente a mí.
—¡La perra y el hámster! ¡Sálvalos! —grito, histérica.
Para mi fortuna o consternación, la persona obedece y, mientras se llevan a ambos animales, el calambre se extiende y hace que me resulte imposible nadar en esta piscina olímpica y que mi cuerpo comience a sumergirse.
Mientras el agua me entra por la nariz y mantengo los ojos abiertos presa del pánico, me hundo y no dejo de pensar en que no quiero morir ahogada ni que la última imagen en mi cabeza sea el pene de Martin. Me muevo con desesperación, aunque sé que eso solo me quitará energía, pero me aterra la idea de morir.
No quiero morirme.
Pero la salvación viene en forma borrosa de un hombre que atrapa mi cuerpo y luego nada hacia la superficie. Toso mientras me lleva al borde de la piscina y, cuando me sube al suelo, vomito agua junto con mi almuerzo.
Mojada, temblando, encorvada, tosiendo y con arcadas, así me encuentro mientras asimilo que no he estirado la pata y que estoy completamente viva.
Leona ladra de manera histérica hasta que su inútil entrenador la envuelve en una toalla y la acuna contra él mientras yo tiemblo del frío.
—¡Perry! ¿Dónde está Perry el Hámster? —digo, yo también histérica.
—Aquí, está aquí, recibiendo calor —me responde una voz masculina.
Esta persona, que, por la manera en que gotea, me parece que es quien nos ha salvado, tiene en las manos una especie de nido de toallas que le proporcionan calor a Perry, quien por suerte ha sobrevivido. Casi lloro de alivio cuando lo tomo envuelto en las toallas con manos temblorosas.
—Lo siento, Perry, perdóname. Ha sido culpa de Leona —susurro.
La persona frente a mí se pone de pie y poco después hay una toalla cubriéndome desde la espalda. Murmuro un «gracias» cuando me ayuda a levantarme preguntándome si me encuentro bien. Asiento distraída y entonces me giro para ver a mi salvador.
Por un momento me cuesta ubicarme al ver que el cabello mojado cae sobre la frente de un rostro atractivo e increíble. Una camisa blanca mojada se pega a un torso terso, firme y delgado pero en forma, y el pantalón de algodón no deja de gotear.
Es increíble de ver.
¡Y es el jodido Martin!
—Oh, Dios mío. —Doy un paso hacia atrás horrorizada—. ¡Estás persiguiéndome! Me acechas.
—¿Perdón? No sé de qué me hablas. —Se pasa una mano por el cabello húmedo para retirarlo de su frente.
—¡Aléjate de mí, maldito enfermo! Deja de acosarme y enviarme fotos de tu asquerosa polla.
—Mira, no te entiendo. ¿Te has golpeado la cabeza? —Parece genuinamente preocupado cuando intenta acercarse y yo grito.
—Sucio pervertido acosador. ¡Déjame en paz! Me estás asustando.
—¿Estás bien? —Intenta de nuevo dar dos pasos hacia mí.
Meto en la jaula a Perry, aún envuelto en las toallas y presa de la histeria y el terror porque Martin me está acechando mientras me acosa con sus fotos, alzo la mano en un puño y le golpeo en el estómago, lo que hace que el aire escape de su cuerpo.
El entrenador de perros grita mi nombre y pregunta si estoy loca, y yo recojo a Leona en mis brazos, tomo la jaula de Perry y huyo. Soy un cohete veloz inducido por el miedo y el deseo de alejarme de ese perverso ser que me ha estado hostigando con fotos no deseadas y que quién sabe cómo regresa a mi chat bloqueo tras bloqueo.

No sé muy bien cómo llego al auto, pero sí sé que golpeo un contenedor de basura, que cae al suelo —perdóname, medioambiente—, y luego salgo del lugar con la adrenalina a tope y sin creerme que acabo de estar frente a frente con Martin.
Peor aún: que casi me muero y mi salvador ha sido ese sucio e inmundo ser humano.

2
Dawson conoce al destino

Dawson
—¿Qué tal… estuvo tu día?
En la puerta de mi habitación me encuentro a Drake, mi hermano gemelo, mi otra mitad, parte de mi vida.
Somos copias exactas, al menos para cualquiera que nos dé un simple vistazo. Pocos logran diferenciarnos sin la necesidad de ver el brazo tatuado de mi hermano. Amo a mi copia mal hecha, es parte de mi todo, siempre hemos sido esos molestos gemelos inseparables y terribles que se hacían sentir, y el simple hecho de recordar que hace poco casi lo pierdo debido a una arriesgada cirugía que poco después trajo complicaciones hace que me vuelva a cagar del miedo.
Fueron los peores días de mi vida, no quiero vivir en un mundo en el que Drake no esté. Sé que él piensa que bromeo cuando digo que espero que muramos uno junto al otro al mismo tiempo, pero es un deseo real, porque me aterra despertar un día y que él no esté.
Pero me recuerdo que está vivo y que, aunque tiene dificultad con un lado de su cuerpo y con el habla, poco a poco lo está consiguiendo y logrará estar al cien por cien con su cuerpo, porque lo conozco bien y sé que para mi copia mal hecha no hay límites.
Le hago un gesto para que entre a la habitación mientras termino de secarme el cabello con la toalla. Se deja caer sobre la cama con una pelota antiestrés en la mano en la que necesita recuperar la movilidad del todo.
—Mi día fue una locura —digo, y tiro la toalla en el cesto de ropa sucia—. Comenzando porque desprecio a la clientela que acude a la clínica veterinaria, de verdad, hay demasiadas personas sin educación, y mi jefe se pone todo lameculos.
Drake ríe, y yo sonrío, me acuesto a su lado y le quito la pelota para matar mi propio estrés.
—Quiero buscar otro lugar para trabajar en cuanto me gradúe, pero necesito aguantar un año en este sitio porque se verá bien en mi currículo.
La práctica en esta clínica no fue una pesadilla tan grande; tenía sus malos momentos, pero no era nada exagerado. Ahora que gano un sueldo y tengo un pequeño espacio con unos pocos pacientes asignados bajo supervisión, no es igual de divertido.
Quiero volver a ser un niño, cancelen mi suscripción para ser adulto.
—Tiene sentido.
—Sí… —Asiento—. Pero no sé cuánto podré aguantar. Hay una señora fingiendo que su gata está enferma para intentar que acceda a follar con ella porque le gustan jóvenes como yo. Y luego está ese viejo…
—Respeto —dice, para burlarse de mí, y entorno los ojos.
—Está ese señor que me acusa de haber enfermado a su tortuga. ¡Solo porque le dije que no podía seguir dándole Doritos! Luego está el hecho de que me hacen ir a este centro de capacitación, recreación y entrenamiento de animales. No está capacitado, Drake, no cumplen con el reglamento, pero sueltan dinero y todos fingen no verlo. Hoy un perrito y un hámster casi mueren ahí… Bueno, también una persona —agrego.
—Guau…
—Sí, tuve que saltar y salvarlos. La perra estaba muy asustada y yo estaba cagado hasta la mierda porque la dueña realmente pudo ahogarse por salvarlos.
—Admirable —comenta, y asiento en acuerdo porque eso fue lo que pensé cuando me suplicó que primero salvara a sus animales.
—Pero luego se volvió loca y se puso a hablar sobre fotos de penes, acoso y acecho. Me acusó de cosas incomprensibles mientras me miraba como si yo fuese la muerte.
—Tal vez escuchó que… rompes corazones.
—Ese eres tú.
—Ese fui yo… Éramos nosotros… Ahora eres tú —dice, y se ríe de nuevo—, copia romanticona.
—Fue un día superloco y ahora solo quiero descansar. —Le devuelvo la pelota y me cubro el rostro con un brazo—. Ya no quiero ser adulto, Drake, cancelemos esta misión.
—Demasiado tarde.
—¿Qué tal tu día?
—Quiero tener sexo… con Alaska. —Esa es su brillante respuesta, y esta vez soy quien ríe.
—Paciencia.
—Odio esto.
—Lo sé, pero ya sabes que es un trabajo que, con esfuerzo, te llevará adonde estabas, y Alaska es paciente.
—No, no lo es.
—Bueno, pero va a esperarte.
—Es cierto. —Suspira—. Fue un día… aburrido.
Comprendo que para él puede ser frustrante haber pasado de ser tan activo e independiente a esto, pero solo es cuestión de tiempo, y creo que entiende lo grave que fue su situación y lo afortunado que es de estar aquí para contarlo.
Me vuelvo, paso una pierna sobre las suyas y mi brazo alrededor de su torso y él se queja, pero ese es el propósito.
—Chisss, mantente tranquilo, tu hermano quince minutos mayor que tú quiere descansar.
—¿No son diez?
Sinceramente, ya no sé cuál es el tiempo real de diferencia entre nosotros porque a mamá le encanta jugar con ello. Solo sé que fui el primero en salir a asumir el riesgo que conlleva vivir.
—¿Has… hablado con Leah?
Suspiro. Para Drake y Alaska parece demasiado difícil entender que entre nosotros las cosas no funcionaron y que prefiero no hablar de ello. No porque Leah fuese un error o alguien desagradable, es solo que me enoja e incluso me hiere pensar que no funcionó, porque me gustaba de verdad y pensé que llegaríamos a algo, pero no sucedió y ya está.
Mi silencio es toda la respuesta que Drake necesita mientras permanece inmóvil y me deja bromear sobre abrazarlo, excepto que realmente me quedo dormido de esa forma.

De nuevo la señora Hamilton se encuentra aquí con su gata que está más sana que ella misma. Le dedico una sonrisa tensa mientras le indico que entre a mi diminuto consultorio.
Verás, no soy un malagradecido, de verdad agradezco mucho la oportunidad que se me da en esta prestigiosa clínica veterinaria, que se verá muy bien en mi currículo. Fue una gran hazaña y un milagro haber conseguido hacer las prácticas aquí, pero influyó que yo fuese el mejor de mi clase y admito que el consentido del profesor. Sin embargo, desempeñé tan buen trabajo que hace dos meses, cuando mis prácticas terminaron, el supervisor me propuso este pequeño espacio, y ¿cómo iba a rechazarlo? Era comenzar a trabajar en algo que amo, ir construyendo mi hoja de vida y en un lugar que, aunque no me gusten muchas cosas, tiene nombre y poder.
Pero, por supuesto, las cosas no podían ser sencillas y felices, y mucho menos perfectas. Los dueños de gran parte de los pacientes son insoportables, otros no quieren que el nuevo y joven trabajador vea a sus bebés, y luego están las señoras o las jóvenes, como la señora Hamilton, que quieren ligar conmigo y los que me acusan de que enfermo a sus mascotas porque les encanta determinar que no hago bien mi trabajo.
No solo fui el mejor de mi clase, es que soy malditamente bueno en la práctica. Sé que soy un veterinario excepcional, amo lo que hago, amo a los animales, casi los amo más que a mis hermanos, y eso dice mucho.
No niego que los cuidados de esta clínica son buenos y los instrumentos de trabajo son bastante modernos, pero el precio, el elitismo y los gastos exorbitantes en cosas que no lo valen me hacen sentir incómodo, sin contar lo mencionado anteriormente.
Camino directo hacia la mesa camilla para evitarnos mucho protocolo con alguien que, de hecho, ya vino ayer.
—Señora Hamilton, ¿qué le sucede a Canie? —pregunto con una sonrisa.
—Oh, mi dulce pastel, recuerdas el nombre de mi bebé.
Imposible no hacerlo si viene como mínimo dos veces a la semana. La manera en que esta mujer está desperdiciando el dinero para lanzarme coqueteos es ridícula.
—Siempre recuerdo a mis pacientes.
Que son pocos, pero eso no tiene que saberlo.
—Eso es muy dulce. Casi me engañas, porque sé que puedes ser más que dulce, Dawson.
Nunca le dije que me tuteara, pero paso de ello y le indico que traiga a su gata, bastante mansa y agotada, que yace plácida sobre la camilla y ronronea cuando le rasco detrás de la oreja.
—¿A qué se debe el placer de verte tan pronto, Canie?
—Está rara —comienza la señora Hamilton.
Su argumento es que comió demasiado y que no quiso sentarse a ver su programa favorito. Es de las peores excusas que ha buscado para venir, pero me encuentro asintiendo porque se me dejó en claro que si ella quiere venir todos los días es bien recibida porque su dinero cuenta y los hace salivar.
—Qué extraño, ayer estaba bien, déjeme revisarla. Puede tomar asiento, señora Hamilton.
—Oh, te he dicho que me llames Regina, y no te preocupes, me gusta más estar aquí.
Asiento de manera distraída mientras reviso a la gata, que se encuentra más sana que nosotros dos. Me tomo el tiempo que se considera pertinente y me alejo de sus manos cariñosas que me tocan demasiado el brazo. También me distancio verbalmente de las insinuaciones sobre tomar un café o hacer algo más divertido.
—Todavía no lo entiendo, Dawson. La gente no se esperaría un veterinario tan joven y atractivo como tú, tan tentador.
No respondo y le sonrío a la gata, que con sus patas delanteras juega a intentar atrapar mis dedos. Definitivamente, está bastante sana. Cuando han transcurrido unos veinte minutos, concluyo:
—Canie se encuentra totalmente sana.
—Oh, tal vez solo tuvo un mal día.
—De igual forma, señora Hamilton, si considera que algo no va bien y quiere otra opinión, puedo conseguir que la agenden con algún otro doctor que tenga más experiencia y quizá podría notar algo que no veo.
—Oh, no, cariño, no es necesario, confío mucho en tu criterio.
Bueno, mira, una de las pocas pacientes que confían en mí quiere comerme de una manera sexual que no me interesa. ¡Qué suerte la mía!
Veo que ata con una correa a la gata, que se queja, y luego no soy lo suficientemente rápido como para apartar mi mano del roce de sus dedos.
—Déjame compensarte que te quitara tiempo.
—Oh, no se preocupe, señora Hamilton, es mi trabajo y voy bien con la hora. —Le sonrío, retirándole la mano—. La mejor manera de compensarme es que cuide de Canie.
Ella suspira de manera teatral y la acompaño a la puerta. Ignoro cómo mueve las caderas y la posición insinuante en la que se ubica en el mostrador al pagar.
—¿Por qué no le echas un polvo? —pregunta a mi lado Oliver, un pasante en el área de administración—. Culo firme muy bien operado, las tetas igual. Y mira esos labios carnosos, es una madurita deliciosa. Esas son más codiciosas en el sexo, deberías aventurarte.
—¿Qué haces aquí? —respondo, frunciéndole el ceño.
—Quería venir a ver si caías o no por tu admiradora.
—Largo. —Lo sacudo con una mano y luego veo que la sala de espera está repleta, aunque mi lista está vacía porque ninguno de ellos quiere que atienda a sus mascotas.
Quisiera dedicarles una mirada rencorosa a todos ellos, pero me limito a hacer un asentimiento cordial antes de volver a mi consultorio y dejarme caer detrás del escritorio.
Vale, tengo veinte años, dentro de unos pocos meses veintiuno. Drake y yo éramos unos desesperados competitivos que se graduaron un año antes en la escuela y luego hice la carrera universitaria en poco más de tres años. Ya completé todos los créditos y ahora espero a que programen mi graduación para tener mi título universitario en la mano. Es cierto que soy joven, básicamente recién salido de la universidad, pero soy bueno y para adquirir experiencia necesito trabajar, pero si no me dan oportunidad no habrá manera de que lo consiga.
En un día movido, suelo atender a la señora Hamilton y a dos pacientes más. A veces no sé qué hacer con mi tiempo libre; veo toda la sala de espera llena y estar aquí sin hacer nada me frustra. Así que casi siempre termino estudiando, leyendo investigaciones o nuevos artículos en internet, adquiriendo más conocimientos para cuando finalmente pueda hacer mi trabajo de forma plena.
Solo salgo de mi lectura cuando mi teléfono vibra dentro del bolsillo de mi camisa de uniforme azul quirúrgico y entonces descubro que, de hecho, tengo más que un par de mensajes. Primero abro el de Drake.
Copia mal hecha: Alaska es mala
Copia mal hecha: literal se sentó frente a mí en falda y se le vieron las bragas
Copia mal hecha: ya no aguanto esta abstinencia, me siento listo
Dawson: no estás listo, lo dijo tu médico
Dawson: aguanta, contrólate
Dawson: Alaska es mala
Copia mal hecha: Lo eeessss!!! Pero la amo
Sonrío. Por supuesto que la ama, solo hay que ver todo lo que pasaron esos dos para estar juntos. Toda una vida conociéndose, siempre esperando el momento correcto, y mira el resultado, son tan felices que hasta resulta molesto, y, aunque a veces discuten por tonterías, no dejan de estar locos el uno por el otro.
El otro mensaje es de Leah y es una foto de Australia. Sonrío a medias antes de responderle.
Dawson: me apunto para ir a Australia en cualquier momento de mi vida
Leah: te daré un tour
Dawson: eso es una buena idea???
Casi de inmediato me arrepiento del mensaje, porque no pretendo poner esa pesadez entre nosotros. Que ya está, no funcionó y la vida sigue.
No me responde y maldigo. Lo último que deseo es hacerla sentir mal o ser uno de esos tipos rencorosos, porque ese no soy yo. Soy el ex o el amigo romántico supergenial que no puedes superar porque no te hice ninguna maldita cosa que te haga estar decepcionada de mí u odiarme, a menos que, claro, llores porque tuvimos un final. Y no te hablo desde la arrogancia; lo dicen mis relaciones, ligues, encuentros y rollos que he tenido a lo largo de los años.
Por último, selecciono otro mensaje que es de Martin, un amigo de la universidad. Considero que tenemos una amistad tóxica, pero no porque yo lo quiera así.
Lo conocí en mi primer año porque compartíamos una clase. Viendo lo tímido que era, me pareció que sería genial hacerlo sentir a gusto, así que ese fue el comienzo de nuestra amistad. Pese a que salió de su caparazón, conservó algunas inseguridades y tuve que fingir una sonrisa cuando hacía bromas del tipo «Soy el cerebro y tú la cara bonita» y recordarle siempre lo valioso que me parece. Es una amistad desgastante, pero quiero al idiota y la verdad es que me apena que se reste valor y no vea su potencial, pero aun así las cosas entre nosotros no han sido iguales desde que tomó prestada mi cara.
Sí, tomó mis fotos —que Drake asegura que podrían ser las suyas, por eso de que somos gemelos— y las colgó en una aplicación de ligues con su nombre. Así fue como conocí a Leah: ella pensó que estaba hablando conmigo y me abordó en la universidad, lo que me llevó a creer que era una lunática. Finalmente comprendí que el malentendido se debía a Martin, y poco después tenía el Facebook de Leah y conversábamos por esa plataforma. Ahí es donde surgió otro problema con Martin: me hizo prometerle que no haría nada romántico con Leah y, como el amigo de oro que soy, fui un estúpido y acepté, y al hacer eso me condené.
Me costó un montón resistirme a Leah y ser leal a la promesa. Mi hermano mayor, Holden, no dejaba de repetirme que había perdido mis bolas, hasta que me cansé y no pude resistirme a la atracción que Leah y yo sentíamos. Además, ella estaba molesta con mi postura de ser solo amigos porque no sabía nada de mi promesa a Martin. Cuando finalmente me rendí a mis emociones, mi querido amigo no lo supo en un principio, pero cuando se enteró se puso un poco loco.
Jugó la carta de hacerme sentir mal y la verdad es que casi lo logra, pero yo estaba más preocupado por la reciente y preocupante salud de mi hermano y era como «Sí, sí, vete al carajo». Ese fue un bache en nuestra amistad, pero semanas después lo superó, o eso me pareció. Tengo la sensación de que fue feliz cuando Leah y yo dejamos de intentarlo.
Drake y Holden dicen que soy un tonto por seguir con esta amistad, pero es que a mí me gusta dar otras oportunidades porque me entristece pensar que las personas no pueden cambiar, y más cuando se trata de amigos.
Mar+in: heeey! Perdido. Eres demasiado bueno que ya no sales con tu amigo?
Dawson: siempre he sido demasiado bueno, querido
Mar+in: JAJAJAJA te apuntas para salir más tarde?
Dawson: sorry pero hoy tengo peli en casa con la familia. Somos así de raros y unidos
Mar+in: bueehh avísame cuando tengas tiempo para un amigo
—¡Jesús! Pero qué perra, no me harás sentir culpable —le digo a mi teléfono, pero no le respondo el mensaje.
Voy a bloquear el teléfono cuando me doy cuenta de que Alaska me ha enviado un vídeo y pongo los ojos en blanco, pero termino riendo cuando me doy cuenta de que es un vídeo de un gatito que pone unas expresiones odiosas y expresivas.
Dawson: Vete a escribir tus novelas sucias
Digamos que desde que sé que Alaska escribe novelas y que la mayoría de ellas contienen escenas +18, cada vez que puedo lo saco como comodín. Siendo sincero, estoy superorgulloso de ella. Antes se avergonzaba, pero ahora se siente más segura con ello pese a la terrible experiencia que vivió con un acosador que la descubrió en la aplicación en la que le gusta escribir.
Aska: estoy esperando a que Drake me inspire
Dawson: eres mala
Antes de que pueda responderme y condenarme a mantener una conversación, bloqueo el teléfono y vuelvo a mi lectura en la computadora. Transcurre otro rato antes de que haya un toque en mi puerta y, cuando anuncio que pueden entrar, Susana, la guapa recepcionista con la que me gusta coquetear, aparece con una sonrisa.
—Buenas noticias, doc. —Me guiña un ojo—. Los dos veterinarios estrella están colapsados y hoy tenemos demasiados pacientes. El doctor Robinson me ha enviado a preguntar si puede pasarte a dos de sus pacientes.
Trato de no sonar demasiado emocionado cuando respondo de forma afirmativa, pero ella debe de notarlo, porque se ríe y me dice lo encantador que estoy antes de alejarse y decirme que hará pasar al primero de los pacientes.
Se trata de un chihuahua escandaloso que no deja de ladrar, pero es adorable si ignoras que no se calla, y su dueño es agradable. Me encantan los dueños que son detallistas sobre los síntomas o cualquier comportamiento extraño que vean en sus mascotas y que me dejan hacer mi trabajo. Conseguimos hacerle un chequeo general, ponerle una vacuna y repasar la comida que le está dando porque está un tanto obeso; el perro, no el dueño.
Este hombre que Dios me ha enviado no me cuestiona mi trabajo. De hecho, parece sorprendido y, para cuando termino, el chihuahua se está muy manso sobre mí, y el dueño asegura que desde ahora probará a seguir tratando a su hijo perruno conmigo. Nos despedimos con un apretón de manos y, una vez que cierra la puerta detrás de él, alzo la mano en un puño en una celebración.
—Gracias, Dios mío, gracias. —Uno mis manos mirando hacia el techo y las sacudo.
Todavía estoy en ello cuando la puerta se abre. Aunque intento enderezarme con rapidez, seguro que me ha visto, y la risa a mi espalda me lo confirma.
—¡Vaya! Nunca había visto a un veterinario tan feliz, y menos después de tratar a un chihuahua que se escuchaba cómo ladraba como un loco desde fuera.
Me genera curiosidad el acento que emplea la voz femenina y, cuando me giro para hacer una presentación más profesional, me paralizo al encontrarme con la loca de ayer.
No puede ser, esto está pasando.
Alguna mierda en el destino nos está alineando o alguien alteró la línea temporal y ahora ella está aquí.
Hay reconocimiento en su mirada y luego disgusto, pero también hay un miedo que no entiendo.
—Tú… Pervertido.
—¿Qué?
—No te acerques o gritaré.
—Pero… No te entiendo.
Alzo las manos en un intento de que relaje su postura defensiva, pero no funciona. No sé de qué me habla. Ayer estaba igual de desconcertado luego de que la salvara y me diera un puñetazo que, francamente, fue impresionante.
Centro mi atención en la pomerania que sostiene y que se retuerce en sus brazos. No sé qué sucede, pero si esta chica grita o le dice a alguien más que soy un pervertido, mi carrera, que apenas ha empezado, estará muerta.
—Mira, creo que hay una confusión —intento—. No sé quién eres…
—Claro que lo sabes, soy MDV.
—¿Que eres quién? —Parpadeo con confusión.
—Sí, finge que no lo sabes cuando eres el maldito loco que se desbloquea solo y me envía fotos morbosas que no quiero ver.
—Siento que me estoy perdiendo una parte crucial de esta historia. ¿Por qué no me dejas atender a tu perra y lo conversamos?
—No pienso…
—Por favor, es importante para mí, podrían despedirme. —Odio tener que ablandarme para que tenga compasión, pero hay que tomar medidas drásticas—. Tiene que haber alguna explicación, porque para ti soy un pervertido y para mí tú eres una auténtica lunática.
—Pero ¿qué dices? La víctima soy yo.
—Déjame atender a tu pomerania y aclaremos esto.
Por favor, que esta loca diga que sí, por favor.
Permanece en silencio observándome con desconfianza. Echa un vistazo a su alrededor y, unos segundos después, veo que sus hombros se relajan un poco.
—Bien, pero si haces algo estúpido y asqueroso gritaré. Tengo muy buenas cuerdas vocales.
—Trato, pero si me das otro puñetazo te clavaré una jeringa. —Se hace un silencio ante mis palabras.
¡Mierda! Eso ha sonado horrible.
—Era un chiste —aclaro.
—Que no fue nada gracioso.
Se acerca a mí con cautela y, cuando la distancia entre nosotros no es tan grande, básicamente me arroja a la perra, como si estuviese deseosa de deshacerse de ella.
—¿A quién tenemos aquí? —pregunto, acariciando el pelaje de la perra.
¡Joder! Huele de maravilla, y su pelaje tiene que ser el más suave y esponjoso que he tocado en mi vida. La alzo frente a mí para estudiarla y agradezco haberla salvado ayer, porque es una preciosura supercuidada y muy amigable que parece estar dedicándome una sonrisa perruna.
—Siempre he sabido que es una perra traidora, pero esto ya me parece un descaro —escucho decir a la loca.
Hay un toque en la puerta y, cuando autorizo que entren, Susana aparece con el expediente de la perra, que descubro que se llama Leona. Pienso que podría darme problemas cuando la pongo sobre la camilla, pero permanece tranquila como una perra obediente.
—Buena chica, Leona.
—No es una buena chica —asegura la loca, que está a unos buenos pasos de distancia de mí— y no se pronuncia «Leona» como si fuese inglés. Es «Leona» —me corrige—, es un nombre español, no le quites su identidad.
—Me disculpo. —Me río—. Hola, «Leona».
Casi parece que la loca va a reír, pero luego frunce el ceño y se cruza de brazos en una clara postura de «Me importáis una mierda tú y el mundo».
—Aquí dice que viene por un chequeo mensual y a que… ¿le corten el pelo?
—Ajá, para eso.
—Pero esto no es una peluquería.
—Lo sé, pero el doctor Wilson siempre le cumple el capricho a mi mamá, esa perra consigue buenos tratos. Espero que seas bueno con las tijeras.
Así que esta es una de esas perras que los dueños tienen con lujos y tratamientos absurdos… Espera, tiene sentido; después de todo, ayer estaban en ese absurdo gimnasio para mascotas.
Paseo la vista de Leona a la loca. No parecen muy cercanas y, basándome en sus palabras, pertenece a su madre. Por los cuidados de esta perra y viendo lo constantes que son sus visitas, me doy cuenta rápidamente de que su mamá es clienta vip y preferencial, lo que quiere decir que si su mamá quiere que le pinte las garritas, debo hacerlo o me despedirán.
Me tocó una mimada.
Sé cortarles el pelo a los perros, y a otros animales también. Trabajé en una peluquería canina mientras estudiaba para familiarizarme y para ganar un dinero propio, y he hecho trabajo de voluntariado en muchos refugios de animales, pero no esperaba que eso fuese algo que haría en mi trabajo hoy.
—Sé cortarle el pelo —termino por decir, derrotado.
—Me alegro por ti, porque no querrías a Miranda Sousa como enemiga.
—Comencemos primero por su chequeo.
El silencio es horriblemente incómodo mientras evalúo a Leona, que es una perrita superdulce y juguetona que me tiene sonriendo.
—¿Eres domador de bestias o algo? Tal vez haces exorcismo, porque esa perra viene del infierno y contigo está muy mansa —me dice la loca.
—Los perros son muy perceptivos a lo que transmitimos. Ella sabe que no le haré daño y estoy siendo amigable.
—No le hago daño a Leona. —Frunce el ceño cuando me vuelvo para verla—. Es una falta de respeto que no confíe en mí, llevamos más de dos años y medio siendo hermanas.
Me muerdo el labio inferior para no reír de su indignación y sigo con lo mío.
—¿Cómo está el hámster?
—Perry está superbién. El pelo se le había esponjado, pero fuera de eso está muy bien. —Hace una pausa—. Eh… Gracias por salvarnos.
—No hay de qué.
De nuevo el silencio se vuelve pesado e incómodo, tanto que casi me hace sudar. Por fortuna, todo está bien con Leona y luego me encuentro ordenando todo para cortarle el pelo.
—Solo un dedo. Corta un poco más y mamá te matará.
—Entendido.
—En serio, solo es un poquito para que no le estorbe en el rostro ni se le hagan nudos.
—Vale, lo entiendo.
Parece genuinamente nerviosa de que desfigure a la perra. Suerte que tengo buen pulso y sé lo que hago, que si no sus dudas me pondrían nervioso y haría un desastre.
—¿Cómo lo haces para desbloquearte cada vez que te bloqueo? —Estoy a nada de empezar a cortar cuando oigo su pregunta.
—¿Bloquear en qué?
—Ya sabes, te bloqueo siempre que te pones pervertido. —Se mordisquea el labio inferior, de color rosa rojizo y carnoso—. Me decepcionaste.
—Pero ¿qué hice? No voy por la vida decepcionando a las personas.
—Pensé que había encontrado a un amigo y, en lugar de ello, conseguí a un pervertido que no esperó demasiado para volverse asqueroso.
La veo meterse un mechón corto de su cabello negro detrás de la oreja. Hay que admitir que la loca es muy pero muy bonita, con esos ojos gatunos marrones delineados, una nariz recta, los labios carnosos y las cejas arqueadas. Es bastante bonita, pero no me quiero fijar demasiado porque la verdad es que tengo una debilidad por las locas, mi expediente lo dice.
—Si te soy sincero, estoy muy perdido.
—¿Cómo te pierdes? Está todo clarísimo, me enviaste múltiples fotos de tu fea polla.
Me paralizo y estoy seguro de que mis ojos se abren con horror. Casi estoy esperando que todos entren en el consultorio alegando haber escuchado tal declaración y me echen a la calle.
—Negaré dos cosas de tu acusación. —Estoy ofendidísimo—. Mi polla no es nada fea, y no te envié fotos de ella. ¡Definitivamente no lo hice!
—Pues ¿cómo qué no? Si justo enviaste otra ayer.
—Mira, tengo un gemelo, pero estoy segurísimo de que él tampoco hizo tal cosa. Antes se lanzaría a un volcán que ponerle los cuernos a su novia.
—Entonces está clarísimo que has sido tú.
—Pero te estoy diciendo que no. ¿Dónde están las pruebas?
—¡Tengo pruebas!
—¡A verlas! —digo, exasperado, y Leona ladra al notar el cambio en el ambiente. Le acaricio el lomo para calmarla.
La loca teclea de manera furiosa en su teléfono supermoderno y luego casi me pone el teléfono en la cara cuando en efecto me muestra un pene… que no es mío.
—Esa cosa no es mía. —Ahora estoy más ofendido—. Cuido bien de la mía. Ese no soy yo.
—¿Cómo que no? Pero si me lo has enviado.
—Nunca en mi vida he hablado contigo.
Parpadea desconcertada y angustiada porque creo que ahora sí se plantea la posibilidad de que no le esté mintiendo.
—Pero, pero… Eres tú y… —Teclea algo en su teléfono y me lo vuelve a mostrar—. ¿Ves? Eres tú.
En efecto, ese soy yo. Es una foto de mi cumpleaños, es decir, de febrero, y estoy en el jardín de casa sonriendo mientras alzo una botella de cerveza, pese a que no me gusta del todo. Sin preguntarle, salgo de la foto y encuentro que hay dos más: una de Navidad y otra que mi hermana Hayley tomó hace tal vez un par de meses. Frunzo el ceño y voy a la información sobre mí. Definitivamente, ese no soy yo, porque nunca escribiría que soy tímido ni que busco amigos. Me desplazo hacia arriba hacia el nombre del usuario y de verdad gruño.
Ese malnacido hijo de su bella madre.
—¿Qué pasa?
—Cariño —digo con cautela, porque no quiero que se sienta mal ahora que sé qué sucede—, esas son mis fotos, que las puedes encontrar en mi Instagram, pero esa biografía no la escribí yo. Tampoco soy Martin002. Sé quién es porque es mi amigo, que me ha robado las fotos y se está haciendo pasar por mí.
La miro fijamente a los ojos con el impresionante delineado, y ella parpadea tres veces mientras sus labios se abren y el horror comienza a dibujarse en su rostro. Luego se sonroja y sacude la cabeza en negación.
Es una reacción superdramática que me hace sentir como si estuviera en una telenovela extranjera.
—Yo… Yo… Mátame, no puede ser. —La última frase la dice en español, por lo que no la entiendo—. Esto es escalofriante.
—Es muy molesto.
Porque de nuevo lo ha hecho y esta vez lo ha llevado tan lejos como para enviar fotos de su pene alegando ser yo.
—¿Por qué tienes un amigo así?
—Tenía —corrijo—, porque esto es una ruptura.
Sus manos van a su cabello corto y se muerde el labio inferior, todavía sonrojada.
—Y yo te dije todas esas cosas… Yo que no hablo en público y… Yo no soy así… Lo siento, es que… ¡Ay, Virgencita! —Deja de mirarme a los ojos para dirigir la mirada hacia mi pecho—. Lo siento… No sé qué decir, quiero irme corriendo.
Es una situación muy bochornosa. Aunque viví con Leah algo similar, no fue como esto. Maldito Martin.
—No es tu culpa. De hecho, hiciste bien en reaccionar de esa manera, pensaste que te estaba acosando sexualmente y con justa razón.
—Lo… Lo pensaba. Envía fotos todo el tiempo, incluso si lo bloqueo y… Lo siento, de verdad…
Su bravuconería ha quedado olvidada y ahora está esta persona que no me mira a los ojos y que tiene las orejas rojas de la vergüenza.
—Soy Dawson. —Extiendo la mano hacia ella.
La observa no muy segura y me saco del bolsillo el teléfono para que vea en mi cuenta de Instagram que ese es mi nombre. Luego, cuando me guardo el teléfono, me la estrecha con una mano más pequeña que la mía, pero un poco rasposa en los dedos.
—No soy Martin, soy Dawson Harris. ¿Quién eres tú?
—Soy Mérida —dice con suavidad.
—¿Como la princesa de Disney?
Alcanzo a ver que pone los ojos en blanco e incluso se molesta. Puede que sea tímida, pero está claro que se le olvida al enfadarse.
—No. Es Mérida como el estado de Venezuela.
—Oh. ¡Vaya! Respuesta inesperada.
Nos sacudimos las manos hasta que ella alza la vista para encontrarse con la mía. Ya no luce tan avergonzada, pero sin duda sigue sonrojada.
—Pues muy bien, Mérida como el estado de Venezuela, necesito un favor, y es que me ayudes a darle una lección a Martin002.
Su semblante cambia de inmediato y la verdad es que me da un poquito de miedo, porque se la ve muy malvada.
—Cuenta conmigo…, Dawson.
