Para mi tío Edu, p dejar en mis manos todo su arte.Para mis padres, p acompañarme, entenderme y luchar a mi lado.Para mi abuela, p ser la fl y la luz de mi vida.Para mi psicóloga, p su ayuda y p enseñarme a amarme.Para mis amigas y toda la gente que ha confiado en mí.
Posiblemente no me conozcas, o quizá sí. Si no es el caso, mepresento: soy Irene y estás a punto de dar un salto al vacío para aden-trarte en mi historia. No sé qué te habrá traído hasta aquí,pero estoy segura de que acabarás viendo que tene-mos más cosas en común de las que puedas pensar.Todo el mundo es responsable de su vida y la vive lo mejor quepuede. No hay una única receta para ser feliz, pero, si algo ayuda, eseducar la mirada que tenemos sobre nosotros mismos para que sealo más amable posible. Y esto es una carrera de fondo. A lo largo de las páginas de este libro verás que mis pasos no fue-ron siempre certeros, que en muchas ocasiones desfallecí y me que-dé atrás. Sin embargo, también serás testigo de la lucha y los apren-dizajes que me llevaron a pensar que quererse es lo más importante.prólogoBienvenida a tu Poción de autoam.
10He vivido mucho tiempo encerrada en una jaula de cristal donde mis opresores consiguieron que estuviera quieta, callada y reprimida. Hasta que un día perdí el miedo a que los pedacitos me hirieran e hice añicos la jaula. Desde entonces no me separo de mi libertad, me muestro siempre tal como soy y decido dónde voy.

13La vida está llena de altibajos, de incongruencias, de luces y som-bras. No siempre es fácil que te acepten tal como eres. Muchas veces tienes que luchar y creer muy fuerte en ti para poder ser tú misma y que no te ninguneen o te moldeen. No es justo, pero así es la realidad. A lo largo de mi vida me han juzgado, criticado e intentado hacer que renuncie a mis sueños. Desde que era pequeña me he sentido con una lupa encima y con un montón de etique-tas que no conseguía quitarme. Tuvo que pasar tiempo para darme cuenta de que eso nunca iba a cambiar; yo no podía cambiar a la gente, pero sí podía cambiar la manera en que me afectaban sus palabras y sus acciones. Siempre he sido el bicho raro, notaba que había algo diferente enmí que hacía que el resto no me entendiera. Era muy curiosa, hacíamuchas preguntas y me distraía con cualquier cosa que llamase miatención. Analizaba el mundo allí donde fuera, me gustaba verlo demanera distinta. El problema venía cuando lo externalizaba.Desde tercero de primaria, levantarme cada día e ir al colegio se convirtió en un acto de esfuerzo y valentía. Tenía miedo de ir a clase por la incertidumbre de lo que iba a pasar: no sabía si alguien me
14iba a hablar o me iba a dar la espalda, si se dirigirían a mí con una palabra amable o con una burla, si me harían callar o si me llamarían gorda o fea. Pasase lo que pasase, yo pedía perdón, sin comprender qué había hecho para merecer ese trato.Cuando eres pequeño le das mucha importancia a lo que la gente piensa de ti, se hace un mundo algo que más adelante consideras insignificante. No obstante, en ese momento para ti es importante y hay que respetar a tu yo de diez años, pues no será hasta más adelante, cuando lleguen problemas mayores, que aprenderás a relativizar e ignorar aquellos comentarios que vienen de personas que no aportan en tu vida. No fue un año, ni dos, ni tres… Fueron ocho años, y cada uno que pasaba iba siendo peor. Solo luchaba por quitarme esas etiquetas, buscando ser como mis compañeros querían que fuera, haciendo Simplemente no quería ser excluida ni estar sola.
15buenas acciones por ellos sin pedir nada a cambio, solo ser acepta-da. Ahora que lo pienso, tamizándolo por el filtro de los años, creo que fue la primera relación de dependencia que tuve, pues los días que me trataban bien, yo me sentía muy plena y, aun-que al día siguiente me tratasen como una mierda, me daba igual; en cuanto volvía a tener atención, yo era feliz. A veces, la presión social hace que uno mismo se llegue a cues-tionar sus principios, sus valores y su personalidad, incluso más de lo que lo hace el resto. Interiorizas la creencia de que para gustar tie-nes que amoldarte y que si no encajas es porque algo estás hacien-do mal. Y yo al final acabé creyendo que no era aceptable, que era una niña irritante, con gustos raros, nada amigable, mala y con ira. Los profesores no me escuchaban, pues también me habían ta-chado de bicho raro. Eran conscientes de todo, oían lo que me Hasta el punto de dejar de ser quien era.
16decían y veían las peleas, pero nunca movían ni un dedo. Tal y como yo lo veo, tan solo se dedicaban a hundirme más. Jamás se preocuparon por saber cómo estaba, por entender mis enfados, por indagar de dónde surgía tanto malestar. Dieron por hecho que mi comportamiento era para llamar la atención y, si te paras a pensar, tenían razón.Era tal la falta de comprensión que la orientadora le dijo a mi madre que la mejor vía para mi futuro sería el ejército, que me olvidara del arte, que yo no tenía dotes creativas.Mis padres me dieron la oportunidad de cambiarme de centro va-rias veces, pero yo me resistía a irme. Era como esa relación que no eres capaz de dejar, me aferraba a ese «más vale malo conocido que bueno por conocer», pues creía que fuera donde fuera todo el mundo me miraría con esos ojos. Si bien es cierto que Era mi manera de pedir una ayuda que nunca egó.