
—Joder, esto está petado —protestó Martín al entrar en El Ariel.
Era habitual que los fines de semana el bar estuviera a rebosar de gente. De almas con ganas de comerse el mundo que solo podían permitirse un par de copas. Hambrientos de historias de amor que caducaban al amanecer, de exaltadas declaraciones de amistad, de esa euforia que duraba un estribillo; hambrientos también de conflicto, de drama, de cualquier cosa que les hiciera sentir vivos. La música acallaba sus problemas, sus inhibiciones se ahogaban en alcohol y la oscuridad se tragaba sus complejos. Una oscuridad que muchos aprovechaban para perderse en otros labios y cometer deliciosos errores.
Las paredes tenían tantas capas de pintura que podías rascarte la espalda frotándote con las irregularidades. Estaban vestidas con carteles de los grupos de metal y rock favoritos de los dueños, entre ellos Lamb of God, The Mars Volta y Gojira. Resultaba irónico que, aunque sonaran grupos similares, los de los carteles rara vez se pincharan en El Ariel. Había pegatinas de todo tipo repartidas por las paredes, la barra y los baños. Del techo colgaba una enorme tela que rezaba: Ariel, resto de alguna campaña de publicidad del famoso detergente. En realidad, el bar se llamaba Alameda, pero todo el mundo se refería a él como El Ariel por aquel antiguo trapo. Era un tugurio donde nadie miraba al suelo por temor a lo que podían encontrar ahí abajo. Olía a aire acondicionado sucio, tabaco y sudor. Sonaba Machine Head.
—Qué va, está bien. —Iker se quitó la sudadera.
—Acabamos de entrar y ya me estoy asando —dijo Martín saludando hacia el fondo del garito.
Había tanta gente en aquel oscuro bar que, a pesar de sus pequeñas dimensiones, era muy complicado llegar al extremo del local. Allí estaban los baños, así que, si ibas por la calle con ganas de orinar, El Ariel no era la mejor opción.
—Que no, está perfecto —insistió Iker, despreocupado.
—Es todo ese pelo —Martín señaló con un gesto de la mano la fosca melena y la descuidada barba negra de Iker—, te protege de las inclemencias meteorológicas.
—Deberías probarlo, y quitarte ese peinado de jugador del Atleti.
—Se llama Pompadour y a Paula le gusta.
Iker le miró con preocupación. Le había visto quitarse los piercings, deshacerse de sus camisetas de grupos hardcore y vender su guitarra en internet, pero seguía sin acostumbrarse a verle mutar por aquella chica.
—Lo que tú digas. Vamos a por una copa. Hay que celebrar, tío. —Le dio una palmada en la espalda.
A Martín le habían tocado en un sorteo seis entradas para un concierto de Metallica en Bilbao. Estaba en paro, así que solo habría podido permitirse comprar una si hubiese dejado de comer durante medio mes. Lo sabía porque había hecho cuentas y se lo había planteado. Le gustaba comer, pero Metallica le gustaba aún más. Haber ganado ese sorteo no solo le permitiría cumplir el sueño de ver a uno de sus grupos favoritos, sino que podría llevarse a su pareja y sus amigos con él. Ese era el verdadero lujo y quería celebrarlo por todo lo alto.
Fueron a la barra donde Sami, la camarera, se afanaba en servir bebidas. Los saludó con un gesto de la cabeza. Tuvieron que esperar a que acabara de servir al resto de los clientes para que los atendiera.
—¿Qué os pongo? —les preguntó mientras llenaba de hielos tres vasos a la vez.
—Roncola —dijeron Martín e Iker a la vez.
—Un vodka con naranja, Sami —pidió una voz a sus espaldas.
—A Hugo no le sirvas —Martín señaló al chico que acababa de hablar—, que ha llegado tarde.
—No me habéis esperado, cabrones —les reprochó Hugo.
—Te hemos estado esperando quince minutos en el metro —le reprochó Iker.
—He llegado a y dieciséis y ya no estabais. —Hugo alargó la mano para coger la copa que Sami acababa de dejar en la barra para él—. Eh, Sami, ¿te has enterado de que nos vamos a ver a Metallica?
—¿No estaban agotadas las entradas? —preguntó Sami mientras les cobraba.
—Mart ha ganado un concurso en Twitter y le han dado seis —respondió Hugo.
Martín le dio un codazo disimulado.
—Enhorabuena, Mart. —Sami le guiñó un ojo—. Oye, hay que celebrar. Venga, que os invito. ¿De qué queréis el chupito?
Tras tomarse el trago, se fueron los tres a su esquina, cerca de la máquina de tabaco.
—Creo que nos ha invitado para que la invitemos a ella —murmuró Iker.
Martín se dirigió a Hugo.
—No digas cuántas entradas son, tío. Que la peña se acopla.
—¿No os molaría que se viniera Sami?
Martín e Iker se miraron. Sami era la diosa que reinaba en aquel bar. Tenía tatuajes que nacían en sus hombros, recorrían sus flacos brazos y salpicaban sus dedos; media docena de piercings en la cara que, a pesar de su número, no destacaban tanto como sus oscuros ojos, maquillados con una raya tan negra que seducían e intimidaban por igual. Decenas de rastas de color rosa caían desde su cabeza hasta su perfecto trasero, parecían señalar aquellas curvas generosas que ya de por sí destacaban en su delgado cuerpo. Además, era simpática y se manejaba bien con los clientes pesados. Rezumaba tal seguridad que no parecía diez sino cien años mayor que ellos. Estaba demasiado bien y eso los intimidaba.
—¿Estáis saliendo o qué? —Martín trató de indagar.
—¿Quienes? —preguntó Hugo.
—Sami y tú.
—¿Qué dices? —Hugo se rio—. Solo nos liamos en Halloween.
—Y en el cumpleaños de Nuria —puntualizó Iker.
—Y en el cumpleaños de Nuria —resopló Hugo, hastiado—. Pero que no os montéis pelis, yo paso de salir con nadie. Al principio muy bien, pero luego son todas unas locas. Por cierto, ¿se viene tu piba?
—Sí. —Martín respondió algo contrariado. No estaba seguro de por qué, pero eso le había ofendido.
—¿Conduce? —preguntó Hugo.
—No. ¿Por?
—Joder, pues sigo sin puntos en el carnet y paso de movidas. Además, a mi furgo siempre la paran.
La pintura desgastada, los arañazos y las abolladuras en la carrocería del vehículo llamaban a menudo la atención de la policía.
Martín e Iker se miraron preocupados. Ninguna de las personas a las que Martín había invitado al concierto podía conducir, y este se celebraba al día siguiente, así que tenían poco tiempo para encontrar a un conductor. Cualquier otro medio de transporte era demasiado caro.
—Ahora vengo. —Hugo se dirigió al fondo del bar. Allí, una chica rubia que llevaba puesto un llamativo top rojo le estaba saludando.
A diferencia de Martín, Hugo no había cambiado por una chica, lo había hecho por todas. Años atrás reemplazó las camisetas de grupos por prendas lisas lo suficientemente oscuras para no desentonar en un bar como aquel y lo suficientemente caras para ir después a una discoteca y ligarse a cualquier chica, fuesen cuales fuesen sus gustos musicales. Cambió los porros por batidos de proteínas y las partidas al Call of Duty por horas en el gimnasio. En las entrevistas de trabajo afirmaba que le gustaba cocinar y el senderismo, pero pasear por la calle buscando un cajero no es senderismo y preparar café no se considera cocinar. Se salió con la suya, era el único en su grupo de amigos con un trabajo que no estaba mal pagado, algo complicado en Madrid.
—El que pasa de pibas. —Martín hizo burla a Hugo, que ya había llegado a donde estaba la rubia.
—Oye, ¿qué vamos a hacer con lo del coche? —preguntó Iker.
—Se lo decimos al Pintxo.
El Pintxo era uno de sus pocos amigos que conducía y además podía estar interesado en ir a un concierto de Metallica. El tráfico de Madrid, la dificultad para aparcar, la comodidad del transporte público y lo caro que resultaba mantener un coche hacían que la mayoría de sus amigos aún no condujera.
—Se va con los de su grupo.
Una chica se acercó por detrás de ellos y los abrazó con todo el cuerpo, con ímpetu, colgándose de sus hombros y dejando caer su peso sobre ellos. Aunque era pequeña, Martín estuvo a punto de tirar la copa por lo repentino de aquel gesto.
—¡Hey! Me ha contado Sami que os vais a Metallica —la chica gritó entusiasmada—. Enhorabuena, Martín. Qué puta coña tenéis, qué envidia.
—Gracias, Be. —Martín la saludó dándole dos besos.
—Decidle a Lars Ulrich de mi parte que es un capullo —dijo Bea.
—Le diré que eres su mayor fan —bromeó Iker mientras se saludaban.
—Ya era hora de que te saliera bien algo. Me alegro un montón. —Bea puso la mano en el hombro de Martín y apretó.
Le dio un abrazo más breve, pero igual de cariñoso que el anterior. Esta vez él estaba sobre aviso y pudo salvar el contenido de su copa.
—Oye, me salgo a fumar que estas están fuera. —Bea señaló la salida—. Luego me contáis.
De camino a la puerta, Bea saludó a otro chico dándole una palmada en el brazo y poniéndose de puntillas para darle un par de besos amistosos. Los dos llevaban la misma camiseta con el texto No me mires las tetas y lo parecían estar comentando entre risas. Los dos tenían también pantalones ajustados, un brazo tatuado y el pelo castaño recogido en una descuidada coleta. Se diferenciaban en que Bea no llevaba barba y el chico le sacaba una cabeza.
—Be conduce —informó Martín.
—¿Estás loco? —dijo Iker—. No la líes, que ya sabes lo que pasa luego.
Había sufrido demasiadas veces los encontronazos entre Bea y Hugo. Los malos gestos, las indirectas y las discusiones. Tenían formas muy distintas de entender la vida, no se soportaban y ninguno de los dos quería disimularlo o dejarlo estar, así que convertían cualquier fiesta en una batalla campal. Hacía meses que Iker se había cansado de aguantar sus dramas.
—¿Tú no la echas de menos? Antes se venía siempre, y desde que volvió Hugo no aparece.
—Claro que la echo de menos, pero es ella la que ha dejado de venir —puntualizó Iker—. No es buena idea; si ya me pone tenso que estén los dos en un mismo local, imagina en una furgo.
—¿Qué van a hacer? ¿Matarse? Es la oportunidad perfecta para que se tranquilicen las cosas. —Ladeó la cabeza—. No van a estar de repente de acuerdo. En nada... nunca. Pero son adultos y pueden aguantarse un par de días.
—Si Hugo va, Be no viene ni de coña —dijo Iker.
—Son Metallica, tío.
—Y si va..., va a ser un infierno de viaje.
Martín siguió dándole vueltas a la idea. Por un lado, juntar a Hugo y a Bea siempre acababa en desastre. Por otro lado, a los dos les encantaba Metallica, eran dos de sus mejores amigos y a él le apetecía compartir el concierto con ambos. Además, uno tenía un vehículo y la otra podía conducirlo, todo encajaba. Solo tenía que lograr que no se quisieran matar el uno al otro.
Mientras tanto, Iker, que había dado el tema por zanjado, saludaba a un amigo del barrio. El chico le preguntó de dónde había sacado esa camiseta tan cutre. Iker le dijo que no lo recordaba, pero al mirarla se dio cuenta de que era la camiseta de un pijama. Se había confundido, había salido de fiesta con ropa de dormir y no era la primera vez que le pasaba. No le preocupó.
Bea entró de nuevo en el garito y, cuando pasó por su lado, Martín la interceptó.
—Oye, ¿te apetece venir a lo de Metallica? —le soltó de golpe.
—¿A Bilbao? —Bea estaba algo confundida.
—Sí.
—Joder. —A Bea se le iluminó la cara—. ¿Me lo dices en serio?
—Que sí.
—Pues... es mañana, ¿no?
—Sí.
—¿Y cómo vais? ¿En Alsa?
—No, está muy caro. Vamos en la furgo de Hugo.
A Bea se le ensombreció el rostro. Aquella última palabra había caído sobre ella como un jarro de agua fría. Otro plan que el dichoso Hugo le fastidiaba. Otra vez tendría que enfrentarse al dilema de alejarse de sus amigos o aguantar las estupideces de aquel machito.
—No me va a dejar subirme a su furgo. —Esbozó una sonrisa amarga—. Y a mí tampoco es que me haga especial ilusión.
—Lo sé.
—Es un gilipollas.
—Lo sé. A ver, es mi colega. Pero sé cómo es.
—No entiendo cómo le aguantáis.
—Hombre, es distinto contigo.
—Porque sois tíos.
—No es eso. —Martín suspiró—. Bueno, yo entiendo que sea incómodo para ti aguantarle.
—Ninguna tía le aguanta.
Martín vio a lo lejos como Hugo le estaba diciendo algo al oído a la chica rubia de antes. Ella se reía de forma coqueta.
—Bueno, pero tu caso es distinto.
—¿Mi caso? ¿Por qué es distinto mi caso?
—Bueno, ya sabes —dijo Martín—, porque está pillado y todo eso.
—¿Está pillado?
—Está pillado por ti.
—¿Qué? —Bea arqueó una ceja.
La música estaba tan alta que apenas se les oía. Ella estaba segura de que había escuchado mal.
—¡Que está pillado por ti! —gritó Martín.
Iker se volvió un momento para mirarlos, había palidecido de golpe.
—Estás de coña —afirmó Bea tirando de Martín hacia abajo para que se acercara.
—Sí, desde que te conoció, desde el principio —dijo él—. Pensaba que lo sabías.
—No me lo creo —sentenció Bea.
—Normal. El tío en vez de actuar como un ser humano se comportó como un capullo. Empezasteis fatal, no supo arreglarlo y no hay nada que hacer. Pero, aunque haya pasado casi un año, sigue rayado con el tema, ¿sabes?
Bea arrugó la nariz dibujando un gesto de asco.
—Él se siente fatal —añadió Martín—, no sabe cómo arreglarlo.
—Voy a por otra copa. —Bea se dio la vuelta y se dirigió a la barra, pasando con habilidad entre la gente.
En cuanto estuvieron solos, Iker agarró a Martín por el brazo y le llevó de nuevo a la máquina de tabaco.
—¿Qué haces, tío? ¿Por qué te inventas movidas?
—Para que Bea piense que no es tan gilipollas.
—Eso no funciona así. No cambias tu opinión sobre una persona solo porque le moles.
Discutieron unos minutos hasta que Hugo llegó, los agarró por los hombros y juntó su cabeza con la de ellos.
—¿Qué pasa? ¿Cuál es el secreto? —les interrogó.
—Ah, nada. —Martín disimuló encogiéndose de hombros y restándole importancia, pero por dentro se recuperaba del susto. Hugo había estado muy cerca de pillarlos y no le habría hecho gracia que hubieran mentido acerca de él. Especialmente a Bea.
—De lejos parecía que planeabais un atraco —dijo Hugo intrigado.
Martín cogió aire y se frotó la cara. Su discusión con Iker le había hecho cambiar de opinión. Era ingenuo pensar que harían las paces y era egoísta mentirles solo para poder ir al concierto. Iker tenía razón, solo había un inconveniente: ya era tarde, había mentido a Bea y no podía echarse atrás. Debía ir a por todas.
—Le he dicho a Be que se venga a Metallica.
—¡No! —protestó Hugo poniendo los ojos en blanco—. Es un coñazo de tía, no sé cómo la aguantáis, nos va a dar el viaje.
—Ella conduce...
—Claro que conduce —dijo Hugo—. Su camión de bollera.
—Pero no creo que quiera venir. —Martín levantó las cejas y apretó los labios mirando al suelo.
—Bien, que se joda. Además, una mujer no va a conducir mi furgo. —Hugo frunció el ceño—. Invita al Pintxo.
—El Pintxo va con los de su grupo —intervino Iker.
—Bueno, a quien sea, pero feminazis no, ¿eh? —les advirtió Hugo cruzándose de brazos.
—Vale. —Martín asintió y puso cara de preocupación.
Iker suspiró aliviado, Hugo se percató de aquel gesto y de inmediato sospechó que ocultaban algo más.
—¿Qué está pasando? —se giró hacia Martín y le miró con suspicacia.
—Nada, eso, que le he dicho que se venga.
—¿Qué más pasa? —insistió Hugo.
—Pues que, hablando de esto, a Be se le ha escapado... —Martín no parecía muy seguro de sus palabras. Hizo un gesto a Hugo para que se acercara más— que no viene porque estarías tú y le molas. Y no quiere líos con un tío como tú.
Martín le miró fijamente a los ojos, tratando de parecer sincero. Al pronunciar aquellas palabras se había dado cuenta de lo ridículas que sonaban, Hugo no se iba a tragar esa mentira.
A Iker le empezaron a sudar las manos y se las frotó nervioso contra los vaqueros. Palideció tanto que a punto estuvo de empezar a brillar con la luz ultravioleta del local.
—¿Que le qué? —Hugo estaba ojiplático.
—Que le molas.
—Pero si es bollera. —Hugo se cruzó de brazos.
—No, tío —Iker negó con la cabeza—, a Be le gustan los tíos.
—Ya, así que le molo. —Esbozó una sonrisa ladina y buscó a Bea por el local con la mirada de un lobo hambriento.
—No seas capullo —dijo Martín—. Es amiga, ¿vale? Y me ha dado la impresión de que le gustas de verdad. Está rayada con el tema.
—¿Rayada por qué? Soy cojonudo. —Sonrió orgulloso.
—Porque eres un machista arrogante, tu mera existencia va en contra de todo en lo que ella cree y, aun así, no deja de pensar en ti.
Hugo sonreía con descaro, no se esforzó en disimular lo bien que le hacían sentir esas palabras. Su ego chocó contra el techo del local y empezó a extenderse hacia las paredes.
—Tío, Be es buena gente —intervino Iker—, no hagas ninguna mierda.
—Pero ¿qué voy a hacer yo? —Hugo se señaló a sí mismo fingiendo estar indignado, pero sin dejar de sonreír.
—Además, ella lo que quiere es ir al Ikea, monogamia, cuenta familiar de Netflix. —Martín trató de usar todas las etiquetas que sabía que asustaban a su amigo—. Hijos, hipoteca, comida con los suegros.
—Así que se quiere hipotecar conmigo, ¿eh? —La sonrisa de Hugo se había vuelto aún más peligrosa, su mirada se perdió por el local y su voz sonó alarmantemente viciosa.
—Mira, tú no hagas nada, no le digas nada, déjala tranquila, ¿vale? —dijo Martín serio, intentando sin resultado que su amigo le prestara atención.
Hugo localizó a Bea y se quedó mirándola. Estaba apoyada en la barra, riéndose a carcajadas mientras hablaba con otra chica. Las palabras de Martín habían hecho efecto en él. Le había dejado de parecer una chica incisiva y rencorosa, ahora le resultaba alegre, interesante y quizá incluso frágil. Por eso era tan sencillo provocarla, porque en el fondo ella se sentía insegura delante de él, y su única forma de defenderse era atacarle. Cuando Bea se giró y sus miradas se cruzaron, él aguantó expectante. Ella pareció dudar, pero finalmente no le enseñó el dedo corazón como solía hacer: le devolvió una leve sonrisa de lástima. Él también le sonrió.
—Bueno, dile que se venga. —Hugo se dirigió a Martín tratando de parecer serio—. Lo estará pasando bastante mal, la pobre. Intentaré no molarle tanto.
—Se lo volveré a decir. —Martín empujó a Iker para que no se riera.
—Para que luego digáis que yo no cedo. —Hugo avanzó hacia la rubia vestida de rojo con la que hablaba antes. Se dio la vuelta para añadir señalándose y mostrando una sonrisa burlona—. Yo cedo todo el tiempo.
Iker tardó un buen rato en ser capaz de articular palabra.
—Estoy flipando, ¿de repente eres la Regenta? —balbuceó Iker.
—¿La Regenta? —dijo Martín.
—Juntando peña.
—La Celestina, quieres decir.
Lo buscaron en el móvil; Martín tenía razón, era la Celestina la famosa alcahueta que se dedicaba a juntar parejas. Aprovechó su victoria literaria para reforzar su teoría de que Hugo y Bea iban a enterrar el hacha de guerra gracias a su ingeniosa intervención. Se portarían bien el uno con el otro, serían incluso amables, porque ya no creerían que los insultos y la hostilidad se debían al desprecio, sino que la timidez y los nervios eran los culpables de sus enfrentamientos. Comprobarían que no les era tan difícil convivir, se caerían bien, se convertirían en los mejores amigos y no solo tendrían un viaje magnífico, sino que finalmente volverían a salir todos juntos. Iker no trató de rebatirle, pero no lo veía tan claro.
Estaba siendo una gran noche. Sonaban todas las canciones favoritas de Iker y Martín y no paraban de encontrarse con amigos. Buen rollo, buena música y todo el bar cantando «Huevos con aceite» a pleno pulmón.
En algún punto de la noche Bea apareció y les confirmó que iría con ellos. Al principio se mostró algo reticente, pero conforme iban comentando detalles sobre el concierto, poco a poco se fue ilusionando y sus dudas se disiparon. El entusiasmo se contagiaba de unos a otros. Se empeñó en invitarles a una copa. Decidió que tenían que brindar por el concierto y les trajo unos chupitos, y cuando se quisieron dar cuenta, Bea les estaba invitando a otra copa más.
Salieron fuera a tomar el aire y a Iker le llegó un mensaje de Valeria, la chica que le gustaba; le había escrito para decirle que ella iría también al viaje a pesar de tener cerca los exámenes. Iker sonrió al leerlo, y Martín le dio un abrazo espontáneo. No podía disimular lo feliz que estaba por poder ir al concierto y poder compartirlo con sus amigos y su chica. Todo les estaba saliendo redondo.
En la calle se encontraron al Pintxo con los de su grupo, estaban charlando y bebiendo latas de cerveza. No tardaron en empezar a contar chistes viejos, retándose para ver quién contaba el más lamentable. Cuanto menos gracioso era el chiste, más se reían. Ninguno de ellos estaba muy seguro de cómo empezó aquella tradición, pero algunos ya lo hacían antes de que tuvieran edad suficiente para comprar alcohol. Otros la aprendieron años atrás, en aquella misma calle, en una noche como esa.
Seguían en la calle cuando los interrumpió el ruido de una pareja, presa de la pasión, dejándose caer sobre el capó del coche que estaba aparcado frente a El Ariel. Cuando el portero del bar salió a llamarles la atención, vieron que la chica era la que había estado hablando con Hugo, pero el chico no era Hugo.
Iker sintió una punzada en el estómago. Hugo ya no estaba entretenido con aquella chica y no veía a Bea por ninguna parte. Después de la mentira que había plantado Martín en sus cabezas, aquello no olía nada bien. No tardó en localizar a las amigas de Bea, que estaban sentadas en un portal comiendo pipas.
—Oye, ¿habéis visto a Be? —les preguntó nervioso.
—Está dentro —contestó una de las chicas.
Dentro y sin sus amigas. Iker dio las gracias y sintió un leve mareo, el corazón se le aceleró.
—Oye, tío. —Se acercó a Martín—. ¿Has visto a Hugo?
—¿Estáis buscando a Hugo? —El portero los había oído—. Está dentro, y no os creeríais a quién le está comiendo la oreja —arqueó las cejas y sonrió—. No lo acertaríais ni en mil años.
Iker y Martín se miraron presas del pánico.
—Mierda.

Hugo quería saborear el momento, deleitarse al contemplar al enemigo derrotado. Después de tantos meses aguantando los sermones de Bea, sus desplantes y a los amigos que tenían en común defendiéndola, no podía esperar a regodearse en el «yo tenía razón». En el fondo, todo el rencor y las reivindicaciones de aquella chica tenían como objetivo llamar su atención. Sentía mariposas en el estómago con solo pensar que a la mujer que tanto le había atacado públicamente le temblaban las piernas cuando pensaba en él. Necesitaba comprobar por sí mismo el efecto que tenía sobre ella, necesitaba verlo en sus ojos, alterarla.
La rubia del top rojo con la que estaba no paraba de hablar. Hugo le sonreía y asentía con la cabeza, pero hacía rato que había perdido el hilo de lo que le estaba contando. Ella era una apuesta segura para aquella noche, estaba visiblemente interesada en no dormir sola; si la desatendía demasiado tiempo, no tardaría en aparecer otro voluntario y él se iría a casa solo. Pero no dejaba de pensar en la claudicación de Bea, y en este momento hacer que su enemiga se sonrojara se le antojaba más apetecible que un polvo, probablemente decepcionante, con aquella rubia.
Se excusó con la chica, se atusó el pelo, se metió las manos en los bolsillos e interceptó a Bea. Le dedicó un parco «hey», ladeando ligeramente la cabeza. Estaba seguro de que no necesitaba más que eso para ponerla nerviosa.
Ella se puso nerviosa, pero no por el motivo que él creía. Le miró tensa, con los ojos muy abiertos. Primero porque le había bloqueado el paso y segundo porque no esperaba tener que interactuar con él de ninguna manera hasta el día siguiente, no se había mentalizado. Además, la música estaba muy alta, había mucha gente en El Ariel y Hugo, aparte de estar demasiado cerca, era mucho más alto que ella. Se sintió atrapada. Se alegró de tener en la mano una copa llena.
—Hola, Hugo, ¿cómo estás? —dijo tratando de borrar el gesto de desprecio de sus labios con una gran sonrisa.
Él le daba muchísima grima. No terminaba de creerse lo que Martín le había contado, le resultaba chocante que Hugo pudiera sentir algo por ella. Para Bea no tenía ningún sentido, pero nunca había sido muy avispada leyendo a los hombres, así que podía ser verdad. Tenía sentimientos encontrados. Por un lado, que fuera cierto la convertía en algo así como una vengadora de su género. Hugo no respetaba a las mujeres ni en su discurso ni en sus acciones. Debía de ser duro para él que una que le había atizado con el discurso feminista le hiciera sentir algo. Bea se sentía poderosa y tentada a destruirle con el dominio que ahora tenía sobre él. De manera inconsciente separó las piernas, apoyando su peso en ambas, y levantó la barbilla. A pesar de ser más bajita, rezumaba seguridad. Pero su otra mitad le recordó que tenía que ser amable con él. Su habitual ración de insultos, desprecio y frialdad ahora le parecían excesivamente crueles. Hugo podía ser un cavernícola sin empatía, pero también era un ser humano con sentimientos. Además, si de verdad sentía algo por ella, sería especialmente vulnerable a sus palabras.
—Bien —Hugo fue a decir «porque te voy a tener cerca todo el viernes», pero tampoco quería ensañarse—, preocupado por mi furgo.
—¿Qué le pasa?
—Que mañana la vas a conducir tú y es un poco tímida con los desconocidos.
—¿Te preocupa que la conduzca una mujer? —Bea estaba empezando a dudar de las palabras de Martín.
—Me preocupa más que la conduzca un hombre sin puntos —suspiró—, pero sí, como dicen: «Mujer al volante...».
—¡Cómo no! —Bea puso los ojos en blanco.
—Si lo dice el refrán, por algo será.
—Sí, porque esa clase de dichos son el fruto de una larga tradición patriarcal...
Hugo sonrió al darse cuenta de lo fácil que le resultaba alterarla, de lo poco que le había costado que sacara a relucir su discurso. Ella no estaba segura de si él no confiaba en la capacidad de las mujeres conductoras o si lo había dicho para provocarla. Ambas posibilidades la enfurecían y por un momento pensó en mandarle a la mierda. Pero, a pesar de todo, aquella era la conversación más civilizada que habían mantenido en un año.
Hugo y Martín eran vecinos desde niños, pero fue durante la adolescencia cuando se convirtieron en grandes amigos. Martín conoció a Iker en la universidad y los tres se hicieron inseparables. A veces salían con el Pintxo, Marcos y algunos más. Los demás iban y venían, pero ellos tres siempre estuvieron juntos hasta que Hugo se fue a San Francisco a hacer un máster. Fue entonces cuando Martín conoció a Bea en un curso de inglés. La invitó a un concierto, una cosa llevó a la otra y ella acabó siendo una amiga más y llenando el vacío de Hugo. Cuando este regresó, dos años después de irse, Martín e Iker dieron por hecho que Bea y Hugo encajarían bien. Tenían gustos similares, el mismo sentido del humor, sería divertido hacer planes los cuatro. Bea y Hugo se cruzaron unos minutos en un botellón, se echaron unas risas y pareció que se entendían. Pero su siguiente encuentro, en el cumpleaños de Iker, fue un desastre.
Aquel día, hacía casi un año, Iker había invitado a sus amigos a un bar irlandés. Cuando apareció Bea, Hugo la saludó con dos besos y le dijo:
—Con lo guapa que eres ya podrías arreglarte un poco. —Sonrió—. No entiendo por qué vas tan tapada en junio.
Ella no salía de su asombro. Le interesaba mucho caer bien a los amigos de Martín e Iker y no dijo nada, pero su gesto enfadado la delató.
—No pongas esa cara —continuó Hugo—, es un piropo. Anda, sonríe, que estás en una fiesta.
—¿Alguna orden más? —gruñó ella.
—¿Cómo?
—Que si puedo hacer algo más por ti antes de volver a la cocina. —Bea no se esforzó en ocultar su indignación.
—Pero si te he dicho que eres guapa, que lo estarías aún más si te arreglaras —protestó él—. Es un piropo, ¿soy un machista por decir un piropo?
—No, eres un machista porque te crees con derecho a opinar sobre mi ropa, y sientes la necesidad de hacerlo porque no cumplo con tus falo-estándares.
Hugo se rio. Bea, molesta, ocupó el asiento más alejado de él que encontró libre y trató de distraerse charlando con otros amigos de Iker. Todo pareció zanjado hasta que alguien contó que sospechaba que una compañera de trabajo sufría malos tratos.
—No entiendo que un hombre pueda hacer algo así —dijo Hugo—, los hombres están para proteger a las mujeres. Pero, bueno, con estas cosas hay que tener cuidado porque también hay muchísimas denuncias falsas.
Bea trató de rebatirle con paciencia, argumentos, cifras y estadísticas. Hugo también hizo uso de argumentos, cifras y estadísticas, de origen un poco más dudoso, para reforzar su afirmación y porque, cuando se hablaba de violencia de género o de cualquier reivindicación feminista, se sentía atacado como hombre. La cosa se fue poniendo fea hasta que Martín dijo, medio en broma, medio en serio, que estaba prohibido sacar esa clase de temas y nadie volvió a mencionarlo. Llegaron a la fiesta más amigos de Iker, le dieron los regalos y alguien sugirió quedar otro día para jugar un partido de fútbol. Una sugerencia inocente de consecuencias desastrosas.
—Yo me apunto —dijo Hugo, y se dirigió a Bea y a Paula, la novia de Martín—. Hasta podríais jugar vosotras.
—«Hasta» —recalcó Bea, ofendida.
—Joder, tía —resopló molesto Hugo—, de verdad, que te estoy incluyendo. Te ofende cualquier chorrada.
—No es una chorrada —gruñó ella—, es un micromachismo.
—¿Sabes lo que pienso yo de los micromachismos?
Y la conversación se fue de madre. A ella se le hacía un nudo en la garganta cada vez que hablaba de ese tema con alguien que no mostraba empatía hacia las mujeres, era una lucha que vivía de forma muy personal. Él era incapaz de dar su brazo a torcer. Ninguno de los dos quiso rebajar el tono y la discusión se fue poniendo cada vez más fea. Cuando Bea logró acorralar a Hugo y pillarle en una contradicción, él optó por huir hacia delante, soltando todas las burradas que se le ocurrieron. Todo acabó con Hugo mosqueado, y cuando se levantó para salir a fumar dijo: «A ver, no te ofendas, pero eso que dices es de puta loca. No me extraña que ninguno de estos haya intentado nada contigo». Lo soltó sin contemplaciones, con la clara intención de ofenderla. A esas alturas se había ido casi todo el mundo a fumar fuera, solo quedaban Bea e Iker dentro del irlandés. Iker se pasó un tercio de su cumpleaños aguantando la pelea, otro tercio calmando a Bea y el último tercio quejándose a Martín de que le habían fastidiado el cumpleaños.
A la mañana siguiente, Hugo y Bea llamaron a Iker por separado para disculparse con él por haber convertido su cumpleaños en un campo de batalla. En las siguientes semanas se sucedieron enfrentamientos en Facebook y Twitter que empezaron con comentarios graciosos y memes y acabaron con Bea bloqueando a Hugo en sus redes sociales. Algo que él no dudó en echarle en cara la siguiente vez que se vieron.
Martín e Iker estaban en medio de aquella contienda. No querían elegir entre sus amigos, así que optaron por llamar a los dos cada vez que salían. Durante un tiempo aquello funcionó. Hugo hacía comentarios especialmente machistas cuando Bea estaba cerca y ella no le pasaba los porros cuando fumaban. Ese equilibrio no duró mucho. Se rompió en un botellón que organizaron a finales del año anterior. Estaba siendo relativamente tranquilo, hasta que salió el tema de las exparejas y las relaciones. Hugo no parecía muy interesado en el tema y le irritaba que Bea participara tanto. Estaba harto de oírla hablar, lo que más le molestaba de sus opiniones era que calaban en sus amigos; además, esa noche estaba especialmente molesto con ella porque había fastidiado sus oportunidades con una chica advirtiéndole sobre él.
—Al final se trata de encontrar a una buena persona, que te quiera y que te respete —le dijo Bea a otra chica que estaba en el botellón.
—Eso es. —Hugo intervino por primera vez—. Tú haz caso a Beatriz. —Así es como la llamaba para molestarla. Pronunciaba su nombre completo despacio, saboreando cada sílaba y alargando ligeramente la zeta—. Ella lo sabe todo sobre los hombres. Siempre elige a buenas personas que la quieren, la respetan y rulan sus fotos en bolas por todo Madrid.
Se hizo un silencio sepulcral. Todos palidecieron. Cuando Bea estaba en la universidad, un exnovio suyo compartió fotos íntimas que ella le había mandado. Las imágenes corrieron como la pólvora entre sus conocidos y llegaron incluso a estar subidas en páginas porno. Ella lo pasó muy mal. A los pocos meses de aquello, conoció a Martín e Iker, y le vino muy bien estar con gente con la que podía fingir que aquello no había pasado. Pero, como si de una maldición se tratara, las fotos acabaron llegándoles a ellos dos y al resto de su nuevo grupo de amigos. Como todos vieron lo mucho que le afectaba, respetaron que no quisiera hablar del tema y no volvieron a sacarlo nunca más.
—¿Cómo sabes lo de las fotos? —le interrogó Martín. Él no le había contado nada, Iker seguramente tampoco. Era un tema tabú.
—Alguien me las pasó el día del cumpleaños de Iker.
Bea sustituyó las repentinas ganas de llorar que sentía por rabia. Hugo estaba enfadado aquel día, lo comentó en redes sociales y alguien le envió las malditas fotos para hacerle daño a ella o para congraciarse con Hugo. Apretó los dientes. No era justo que algo tan personal, tan íntimo se hubiera convertido en una herramienta para otros; no era justo que para ellos fuera burla y morbo, y para ella días sin comer y noches sin dormir.
—Y a pesar de ser las fotos de una amiga, ¿las miraste? —ladró Bea casi escupiéndole.
—Hice algo más que mirar esas fotos. —Hugo levantó la barbilla, sonrió y se cruzó de brazos, esperando, seguro de sí mismo, la reacción airada de Bea y las risas cómplices de sus amigos.
Ella se quedó helada. Nadie rio. Cuando se atrevieron a hablar, fue para reprender duramente a Hugo, quien se limitó a decir que no se pusieran así, que «eran solo unas fotos» y que «era Bea la que tenía que haber tenido más cabeza», pero entonces todos se le echaron encima y le recriminaron sus comentarios. Al final se dio por vencido, murmuró una disculpa forzada y, minutos después, ya habían cambiado de tema de conversación.
Bea no volvió a hablar aquella noche, se fue pronto a casa. A partir de entonces dejó de acudir a los planes si Hugo estaba incluido, hacía excepciones con los cumpleaños, pero no se quedaba más de quince minutos. A pesar de llevar más de medio año sin cruzar más de dos palabras con él y de que Martín le hubiera insistido varias veces en que su amigo estaba cambiando, ella aún estaba resentida. Le había dado en una herida que aún no lograba cerrar.
En El Ariel recordó la frase de Hugo insinuando lo que había hecho con aquellas fotos suyas y trató de dar un paso atrás. No pudo alejarse más por lo lleno que estaba el bar. Se agobió.
—Está bien —Hugo alzó las manos—, retiro el refrán. Además, es una frase muy de cuñado, mi machismo es mucho más sofisticado.
Bea asintió mirando al suelo, solo quería irse de allí. Él lo notó y cambió de actitud.
—Bueno, solo quería decirte que creo que tenemos que llegar a algún tipo de tregua para este viaje. Por Mart.
—¿Por Mart...? —Bea le miró por fin—. Ah, ya. Menuda racha lleva.
—Sí —dijo Hugo torciendo la expresión—. Le vendrá bien despejarse. Salir de Madrid.
—Sí —murmuró ella.
—Pues eso. Podríamos intentar no cargarle con más movidas de las que ya tiene, si las podemos evitar.
—Ya. ¿Qué sugieres? —Bea le miraba con recelo.
—Nada, simplemente que no la liemos. —Hugo se encogió de hombros.
—¿Crees que podrás pasar sin decir estupideces de machito?
—Sí, Be —Hugo parecía cansado—, creo que podré pasar por alto cosas si tú no empiezas con el feminismo radical antihombres.
Ella le miró con los ojos entrecerrados y los brazos en jarra. Por un momento estuvo a punto de tirar la toalla, frustrada. Le parecía imposible convivir en paz con alguien como Hugo. Entonces él le pidió su opinión acerca de si sería bueno para Martín ir al concierto de Metallica, y el tono de la conversación cambió de golpe. Ambos estaban de acuerdo en que necesitaba distraerse y desconectar, aunque solo fueran un par de días, y en que le vendría bien sentirse arropado por sus amigos. Bea se sintió por fin comprendida porque, cuando hablaba del tema con Iker, él le decía que sobreprotegía a Martín. En cambio, Hugo opinaba como ella. Además, no podía evitar sonreír cuando notaba el cariño con el que hablaba de su amigo. Fue a la barra a por otra copa y al volver se cruzó con la rubia con la que Hugo había estado hablando; ahora estaba besándose con otro chico.
—Creo que tu chica te ha olvidado.
—Oh, no... —Fingió estar indignado—. Se suponía que lo nuestro era para siempre.
—¿Ah, sí? —Ella no disimuló su sarcasmo.
—Marta y yo estábamos hechos el uno para el otro. Iba a presentarle a mi madre. —Hugo aparentó estar desconsolado.
—No sabes cómo se llama, ¿verdad? —dijo Bea.
—Marta.
—Ya, bueno, a mí me llamaste Marta el día que nos conocimos.
—No, qué va —mintió Hugo.
—Y a mi amiga Eli también la llamaste Marta cuando la traje en Halloween —le recordó Bea.
—¿Eso hice?
—Espero que no lo hagas para tener posibilidades de acertar. Marta ni siquiera es el nombre más común.
—¿Y cuál es?
—Creo que Laura.
Hugo le cogió la mano, se la llevó al pecho mirando hacia donde estaba la rubia y su nuevo acompañante.
—¡Oh, Laura! Lo teníamos todo. Ese tío solo te está objetificando.
—¿Objetificando?
—Sí, hasta la garganta. —Hugo los miraba con los ojos muy abiertos—. Estoy aprendiendo los términos, ¿qué tal lo hago?
—Fatal —rio ella divertida.
—Bueno —se acercó a Bea con una media sonrisa—, tú podrías enseñarme todo lo que sabes sobre objetificar.
Ella cayó en la cuenta de que aún tenía su mano contra el pecho de Hugo, y que él aún se la sujetaba. La recuperó tratando de no ser demasiado brusca y se bebió media copa de golpe en un intento fallido de disimular que se había puesto nerviosa.
—Creo que se me ha olvidado ya cómo se objetifica. —Bea se arrepintió casi de inmediato de decirlo—. Puedo preguntarle a Laura.
—No hagas eso. Laura tiene un gusto terrible. —Señaló con la cabeza al chico que estaba con la rubia.
—Bueno, estaba muy interesada en ti hasta hace un rato.
—Lo que he dicho, un gusto terrible. Soy un garrulo machista.
—Eres todo masculinidad tóxica. —Bea le hizo una caída de ojos. Estaba claramente tonteando. Cuando fue consciente de lo que había hecho, se puso nerviosa; ese no era el tono que quería usar.
—Exacto —dijo Hugo dedicándole una sonrisa que parecía sacada de un anuncio.
Se formó un pogo en medio del bar y los empujaron un par de veces. Hugo dio la espalda al pogo para proteger a Bea. Tras el segundo empujón, ella sintió la mano de él en su cintura. Sobre el lugar exacto, ejerciendo la presión justa para lograr que a ella se le erizara la piel de la nuca. Detrás de él, la gente saltaba y se empujaba, pero él no parecía darse cuenta, solo estaba pendiente de ella, atento a lo que dijera. Estaba realmente sorprendida de la profesionalidad con la que actuaba; no supo cómo lo había logrado, pero estaban muy cerca. La rodeaba prácticamente sin tocarla, invitándola a mirarle, a acercarse aún más. Era bueno, muy bueno. Y estaba muy bueno. ¿Por qué tenía que ser tan imbécil? Se sentía hechizada. Disfrutaba de tener la atención de Hugo y entendió por primera vez su éxito con las chicas, el efecto que causaba en ellas. Las hacía sentir especiales. Bea percibía el peligro, pero estaba segura de que lo tenía todo bajo control. Si no le miraba a los ojos o a la boca, él no haría nada. Así que centró la vista en la copa vacía que tenía en la mano y aguantó así hasta que él dijo algo que no entendió porque la música estaba muy alta. Entonces levantó la cara y vio que la miraba como si pudiera atravesarla con los ojos.
—No me mires así —le rogó.
—Es que tengo un problema con tu camiseta. —Hugo señaló el texto en la prenda, que rezaba: NO ME MIRES LAS TETAS—. Creo que me quiere decir algo, pero no puedo leer lo que me quiere decir porque me lo prohíbe. Ese trozo de tela es toda una paradoja. Así que tengo que mirarte a la cara para evitar la camiseta. —Acercó aún más su rostro al de ella, intensificando su mirada—. A no ser que te la quites.
—¿Puedes dejar de fastidiarme? —protestó Bea. Movió el brazo con la intención de apartar a Hugo, pero en lugar de eso acabó poniendo la mano sobre su brazo y agarrándolo para comprobar su forma. Se le escapó una risa tonta y se sintió como una idiota. Él puso una mano cerca de la nuca de Bea y jugueteó con los pelos que se le escapaban del moño, acariciándola. Un gesto aparentemente inconsciente, que estaba muy calculado.
—Me resulta muy difícil portarme bien contigo, Beatriz. —Los ojos se le iban a los labios de Bea.
El cuerpo le pedía a gritos que le comiera la boca a ese cavernícola. Hugo la embriagaba. Por otro lado, su mente estaba decepcionada con ella por dejarse llevar, por estar disfrutando de aquello. Esa voz que le advertía que no debía caer en la tentación era cada vez más débil y una idea fue tomando forma en su cabeza y sonaba más y más convincente: ella no tenía por qué renunciar a ninguna cosa por culpa de un machista, aunque «esa cosa» fuera ese mismo machista.
—Sé bueno, anda. —Ladeó la cabeza. Había una nota de súplica en su voz. Él tenía que parar eso porque ella ya no podía.
Pero su mensaje fue entendido al revés. Entre otros motivos, porque se inclinó hacia él mientras se humedecía los labios y sus ojos la traicionaron, deleitándose en la tentadora boca de Hugo demasiado tiempo. Cuando se quiso dar cuenta, tenía los labios de él sobre la comisura de los suyos.

En la calle, Iker y Martín se miraron presas del pánico tras darse cuenta de que Hugo y Bea estaban solos en el bar, con sus cabezas confundidas por las mentiras de Martín.
—Mierda —dijeron los dos a la vez.
Se lanzaron corriendo hacia la puerta de El Ariel para evitar que sus amigos cometieran el error que desencadenaría el mayor de los desastres.
—¿Mierda? —Martín se detuvo antes de entrar—. ¿Sería malo?
—Sería terrible —dijo Iker tirando de él para que siguiera avanzando.
—Se acabarían las movidas —insistió Martín.
—Se acabarían esta noche, quizá este finde —dijo Iker deteniéndose tras cruzar la primera puerta del local—, luego todas las broncas serían peores.
—No sé, tío, creo que no tenemos que meternos. Es cosa de ellos, no es nuestra movida.
—¿Que no tenemos que meternos? —Iker estaba indignado—. Tú les has metido mierda en la cabeza y ahora «no hay que meterse». Venga, hombre. Esto puede salir o muy mal o ser una puta catástrofe, que uno de los dos se pille de verdad, el otro pase y ya puedes despedirte de Be para siempre, porque es la que se irá. La hostia va a ser de kilo.
Eso bastó para convencer a Martín. Entraron en el bar y al fondo vieron a Hugo y a Bea charlando a escasos centímetros. Aquella escena era tan marciana para ellos que tardaron en reaccionar. Era habitual ver a Hugo precisamente en aquel rincón en esa actitud con alguna chica, pero que esta vez fuera Bea era absurdo. Lo más raro de todo era verla a ella totalmente embobada, como si estuviese en la presencia del mismísimo Thor. Nunca la habían visto tontear así con nadie, jamás. Ladeaba la cabeza, sonreía con la boca entreabierta y palpaba el brazo de Hugo como si fuera su fan. Era tan impropio de Bea que les resultaba perturbador, parecía como si la hubiera poseído otra persona. Hugo no parecía alarmado con el cambio de actitud de la chica, más bien parecía divertirle.
—Mierda —dijo Martín empujando a la gente para pasar, el bar estaba tan lleno que apenas había podido avanzar un metro. Tardaría demasiado en llegar hasta donde estaban sus amigos para detenerlos. Intentó volver a la puerta, pero estaba atrapado—. ¡Iker! —gritó a su amigo, que ni había intentado meterse entre la multitud.
Iker hizo un gesto angustiado para indicar que no sabía qué hacer. Entonces tuvo una idea.
—¡Sami! —gritó abalanzándose sobre la barra—. Poned Pennywise, por favor, ¡ya!
A la chica se le escapó una carcajada al oír esas palabras mientras abría la caja registradora. Le miró riéndose y él juntó las manos en un gesto de súplica. Sami seguía confundida por la urgencia de su petición, pero se encogió de hombros y fue hacia el DJ. Segundos después empezó a sonar «Bro Hymn». Iker le lanzó besos a Sami, que seguía sin comprender por qué tenía tantas ganas de escuchar a aquel grupo. Él encontró a Martín con la mirada y este levantó el pulgar cuando empezó a sonar la canción. Iker se subió a un taburete para ver mejor. Cuando sonaba «Bro Hymn» en esa clase de bares, la gente empezaba a darse pequeños empujones y codazos al ritmo de la música, a formar un pogo que se iba acelerando, y los empujones eran más fuertes, haciendo que todo el mundo se agolpara y se formaran huecos. Huecos que Martín aprovechó para avanzar con rapidez. Pero el pogo cambió de rumbo, abalanzándose sobre él. Le pisaron, le cayó media copa encima y recibió un empujón que le mandó de nuevo hacia la puerta.
A lo lejos, el pogo había juntado aún más a Bea y a Hugo, que había aprovechado el movimiento para mejorar su posición respecto a la chica.
—Esto es imposible. —Martín llegó resoplando al lado de Iker—. ¿Y si los llamo?
—Al fondo no hay cobertura —dijo Iker, que seguía mirando hacia esa zona del garito—. Piensa algo ya, están a segundos de llegar al punto de no retorno.
Martín gruñó como si eso le ayudara a pensar mejor.
—Sami, enciende la luz —dijo entonces, abalanzándose sobre la barra, que a esa hora ya estaba bastante pegajosa.
—¿Qué? —Sami se acercó, no le oía con la música.
—Enciende la luz, por favor. —Martín le suplicaba como antes lo había hecho Iker.
—¿Has perdido algo? —le preguntó extrañada—. Falta hora y media para que cerremos, no puedo...
—Joder —dijo Iker, llevándose las manos a la cabeza. Seguía mirando por encima de la gente—. Ya es tarde.
Martín se apoyó en la barra, derrotado.
—Espera. —Iker le agarró del hombro—. No todo está perdido.
Al otro lado del bar, Hugo estaba sorprendido de lo fácil que estaba saliendo su juego con Bea. Al final iba a resultar que Martín se había quedado corto al hablar de lo que ella sentía por él; no es que le estuviera tirando fichas o que estuvieran flirteando, es que estaba pavísima. Estaba siendo más sencillo incluso que con la rubia, y eso le cebaba el ego. Para Hugo podría perder la gracia conseguir algo con tanta facilidad, podría pensar que ya había demostrado más que de sobra que ella estaba interesada. Podría haber llegado a la conclusión de que no merecía la pena seguir con aquel juego. Pero la verdad era que había dejado de pensar. Solo sentía ganas de acercarse más, de jugar hasta el final. De cerca, Bea tenía una boca de lo más apetecible, unos ojos preciosos y una piel demasiado suave. Deseaba acariciarla toda la noche.
No tenía sentido seguir alargando aquello y la besó cerca de la boca. Sintió que se perdía al rozar su piel, su corazón se aceleró y suspiró aliviado al ver que Bea no se apartaba. Antes de que pudiera darle otro beso, a ella se le escapó una pequeña risa nerviosa. Entonces trató de agarrar a Hugo y perdió el equilibrio.
Como si le acabaran de tirar un jarro de agua fría sobre la cabeza, resopló fastidiado mientras impedía que ella se cayera. Efectivamente, demasiado fácil.
—Be, ¿estás bien? —le preguntó.
—Estupendamente —dijo ella, tratando de sostenerle la mirada, y pronunciando la s como sh.
—Estupendo pedo que llevas. —Hugo la esquivó. No estaba muy seguro de si acababa de intentar besarle o darle un cabezazo.
—¿Qué dices, loco? —dijo Bea tratando de señalarle en la cabeza, pero a punto de meterle el dedo en el ojo—. Voy bien.
—Te mueves como un cervatillo recién nacido. —Examinó la copa vacía de Bea—. Whisky con Red Bull, ¿ves como no eres tan lista?
—Hugo, escúchame. —Le puso las manos sobre los hombros y le miró fijamente con expresión grave—. No pasa nada porque estés enamorado de mí. —Se notaba que se estaba esforzando para parecer seria, porque cuando terminó de pronunciar aquellas palabras, volvió a sonreír y su mirada se perdió en el infinito.
—Vaya, es un alivio saberlo —dijo él con sarcasmo. La agarró con fuerza para que no se cayera. Le pareció ver un atisbo de arcada en su rostro, así que cargó a Bea con un brazo mientras con el otro apartaba a la gente para ir hacia la entrada del bar. A esa hora era notablemente más fácil salir de El Ariel que entrar.
Al pasar por la puerta se cruzó con Martín e Iker.
—Me la llevo fuera —les dijo—. Nos vamos a pegar. ¿Verdad, Beatriz?
—Verdad —balbuceó ella.
Iker y Martín se dieron cuenta entonces del estado en el que estaba.
—Y queréis que ella conduzca, ¿eh? —les echó Hugo en cara.
El Ariel estaba en una pequeña calle del centro de Madrid que se hacía particularmente estrecha al tener coches aparcados en las dos aceras. A pocas manzanas había varios bares más, que atraían a un público muy parecido al de El Ariel, si no al mismo. En esa zona, las camisetas negras o de grupos de metal eran casi un uniforme. La mayoría eran habituales, todos se conocían al menos de vista, así que cuando pasaba alguien nuevo no faltaban las miradas, sobre todo si era una chica, ya que allí eran escasas. El buen tiempo y la prohibición de fumar en los bares hacían que la gente se quedara fuera de los locales, así que la calle estaba bastante animada para ser las dos de la mañana. Algunos charlaban formando pequeños círculos de los que salían risas y humo de tabaco, otros se sentaban en portales o en las aceras, bebiendo latas de cerveza a escondidas para que no les multaran. Los más afortunados se comían a besos en las esquinas que aún no olían a orina.
—Eh, Marta. —Hugo se dirigió al grupo de chicas que estaban sentadas en un portal frente a El Ariel. Le miraron extrañadas—. Échame una mano.
—No me llamo Marta —dijo Camino, una de las amigas de Bea, acercándose y viendo el estado en el que estaba—. ¿Qué ha pasado?
—Que lleva una mierda encima que no se aguanta. —Hugo miraba a Bea entre preocupado y divertido.
—Voy bien —dijo ella, algo recuperada. Le había sentado bien salir del local—. No hagas caso al machirulo este.
Camino hizo por agarrarla, Hugo la soltó con cuidado y Bea se tambaleó. A punto estuvo de caer al suelo, pero apareció otra chica, más grande que Camino, y la sujetó con firmeza.
—Gracias, Marta —le dijo Hugo.
—De nada, Miguel —contestó Cecilia.
—De nada, gracias. —Bea rio y se agarró a Cecilia—. Ceci, guapaaa.
—Recuérdale que esté mañana a las doce en mi casa. —Hugo se dirigió a Cecilia—. Que me desbloquee de WhatsApp y le envío la dirección.
La chica le escuchó atentamente, y aunque no le dedicó ningún gesto agresivo, él no pudo evitar sentirse intimidado.
—No puedo ir a recogerla yo, estoy sin puntos —dijo caminando hacia atrás. Se dio la vuelta y fue hacia la puerta de El Ariel, donde Martín e Iker le esperaban.
Cecilia se armó de paciencia y obligó a Bea a caminar. Paso a paso, lograron cruzar la calle.
—¡Espera, tú! —gritó Bea, soltándose de Ceci y volviendo hacia atrás tambaleándose.
Hugo se dio por aludido y fue hacia ella. Cuando se encontraron en mitad de la calzada, ella le agarró de improviso y posó sus labios sobre los de él, sin moverlos, como si se le hubiera olvidado para qué los había puesto ahí. Cerró los ojos y pareció que se había quedado dormida.

Bea se separó de un sorprendido Hugo y sonrió satisfecha, con los labios y los ojos cerrados. Él la agarró del brazo, tiró de ella con suavidad, rodeó su cintura, le sujetó la cabeza y la besó. Esta vez fue un beso de película, intenso; de hecho, le dio algo más de teatralidad inclinándose. Se esforzó en dejar huella y Bea dejó de respirar. Se escucharon un par de vítores y aplausos solitarios al lado de El Ariel. Cuando él abrió los ojos, vio que Cecilia estaba a su lado.
—¿Ya? —le dijo cruzada de brazos. Volvió a llevarse a Bea y esta vez la sujetó con más fuerza para que no se volviera a escapar. Antes de que giraran la esquina, Bea se soltó de nuevo y llamó a Hugo.
—¡Te voy a destrozar la polla! —gritó.
Ni siquiera ella misma estaba segura de si lo hizo porque el beso le supo a poco o porque se acababa de dar cuenta de que había besado en público a su enemigo jurado.
Cecilia tiró de ella.
—Eres como un hooligan cuando bebes —la riñó, impidiéndole que se detuviera—. No has cenado, ¿verdad?
—Iba a por un kebab con estas, pero Martín me dijo... —Aguantó una arcada—. La entrada de Metallica... —Esta vez la arcada fue peor, pero no abrió la boca. Respiró profundamente—. Metallica, qué guapo.
—No te lo tragues, Be. Es una cerdada.
—Yo quiero ser lesbiana —lloriqueó Bea momentos antes de agacharse detrás de un coche y regar las calles de Madrid de whisky, taurina y bilis.
Después de aquello, Cecilia la puso a caminar de nuevo. Mientras callejeaban, Bea intentó quedarse dormida apoyada en una pared, un coche, un cubo de basura y un chico despistado.
—Nos vamos a casa —dijo Cecilia tras disculparse con el chico—. No te quites otra vez la camiseta, por favor.
—Martín me necesita —protestó Bea mientras se bajaba la camiseta y fruncía el ceño.
Pero la mirada inquisitiva de su amiga zanjó el tema y se fueron a casa.
Efectivamente, apenas una hora después, Martín buscaba desesperadamente a Bea, confundido y con el corazón roto. Necesitaba a su amiga y por un momento olvidó que se había ido a casa.
—Mart. —Iker le encontró vagando sin rumbo en la calle, lo cogió del brazo y se lo llevó a un lugar apartado—. ¿Qué te pasa, tío?
—Bien, bien... —Martín agitó la cabeza como si acabara de despertar.
—¿Bien qué? —preguntó Iker.
—¿Qué ha pasado? —Hugo fue corriendo hasta donde estaban, preocupado.
Martín los miró en silencio un largo rato. Tenía la cabeza en otra parte, se sentía atrapado como si estuviera en una pesadilla. Tenía ganas de gritar y de salir corriendo, pero estaba paralizado. Finalmente logró deshacer el nudo que tenía en la garganta y hablar.
—Paula me ha dejado.
Iker y Hugo se miraron. Sabían de antemano que pasaría, pero eso no evitó que les desarmara ver a su amigo así. No supieron cómo debían reaccionar.
Martín se había marchado un rato a hablar con su novia y al regresar parecía otra persona. A pesar de verle tan mal, Iker se sintió aliviado. Llevaba meses viendo a su amigo cada vez más hecho polvo. Había entrado en una dinámica nociva y cíclica en su relación. Paula le pedía un tiempo, él la convencía de que volvieran a estar juntos, discutían, lo arreglaban, discutían aún más, Paula volvía a pedirle un tiempo... Iker no podía más con aquella situación, sobre todo porque su amigo cada vez estaba peor.
Martín había perdido su trabajo, pero actuaba como si eso no le importara. Estaba totalmente centrado en hacer que su relación con Paula funcionara. Los días buenos eran muy escasos, apenas dormía y siempre volvía a casa con dolor de cabeza después de discutir durante horas con Paula. No solo Iker estaba preocupado, el resto de sus amigos también lo estaban y lo comentaban a sus espaldas. Un par de días atrás, Iker se armó de valor, hizo caso omiso de las advertencias de Bea, y habló con Paula. Ella parecía aliviada por poder hablar del tema con un amigo de Martín. Tampoco estaba bien. Había intentado dejar a Martín, pero él siempre parecía poder solucionarlo y la convencía para intentarlo de nuevo. Semanas atrás había reunido fuerzas para dejarle por fin de forma definitiva, pero esa mañana echaron a Martín del trabajo y no fue capaz de hacerlo.
—No digo que no debas darle oportunidades —le dijo Iker—. Martín es un tío de puta madre, pero todo esto solo parece ir a peor. Lleváis meses con movidas. Tú estás muy mal, él está destrozado, no tiene sentido seguir intentándolo, ¿tú crees que tiene arreglo?
—Martín cree que... —comenzó Paula.
—No, dime qué crees tú —la interrumpió él, firme y algo incómodo. No le gustaba ponerse severo.
En ese momento ella se rompió, y no pudo evitar echarse a llorar delante de Iker. Daba igual lo que Martín creyera, ella sabía que no podían solucionarlo, y eso la destrozaba. Aunque se pasaran el día discutiendo, le tenía mucho cariño y no quería hacerle daño. Su relación no funcionaba y sentía que le había fallado, que había fracasado.
Iker esperó con paciencia a que se le pasara. Cuando Paula pudo volver a mirarle, le preguntó:
—¿Por qué no tiene arreglo?

Apoyado sobre un coche, en la calle de El Ariel, Martín apuraba el cigarro que le había dado Hugo, mientras contaba a sus amigos lo que acababa de ocurrir.
—Porque ya no me quiere, ya no siente lo mismo. Me ve como a un amigo —dijo Martín—. Bueno, es lo que dice. Parecía muy segura, pero no sé. Paula se raya mucho, ¿sabes?
—Si ya no te quiere, no hay nada que hacer —sentenció Hugo—. Pasa de ella.
Iker lo asesinó con la mirada. Martín también tenía sus ojos sobre él, pero parecía que no le veía. La calle estaba casi vacía, la mitad de la gente volvía a casa y la otra mitad trataba de encontrar hueco en algún bar que abriera hasta más tarde.
—Joder, tío. Lo siento mucho, no sé qué decir —dijo Iker—. Estamos aquí para ti, ¿vale? Es una putada, pero al menos ya lo sabes, ¿no?
—Sí —murmuró Martín—. Pero, bueno, se puede arreglar.
Iker sintió su móvil vibrar. Tenía un WhatsApp de Hugo.
02:49 Hugo: Sigue negándolo.
02:49 Iker: Dale tiempo.
02:50 Hugo: No.
—Era pronto para pedirle que nos fuéramos a vivir juntos. —Martín seguía con la mirada perdida—. La agobié, solo está confusa.
—Eso lo he oído antes —le cortó Hugo.
Martín le miraba, pero no le escuchaba. Apenas parpadeaba, tenía los hombros hundidos y los brazos le colgaban a los lados del cuerpo como si le pesaran.
—Solo necesita tiempo —murmuró. Parecía estar hablando consigo mismo.
—Esa tía es una zorra —volvió a interrumpirle Hugo, impaciente.
Iker le mandó callar con la mirada, pero Martín seguía inexpresivo.
—Paula necesita...
—Paula es una zorra. —Hugo obligó a Martín a mirarle—. No le importas, pero le venía bien estar con un calzonazos como tú. Seguro que ha encontrado a otro y ya no te necesita. Ahora estará yendo a casa de ese mierdas para comerle la polla.
A pesar de buscarlo, el puñetazo de Martín pilló a Hugo desprevenido. No le dio tiempo a recuperarse porque Martín le empujó contra la pared y le agarró del cuello de la camiseta.
—Vas a cerrar la puta boca —le escupió mientras lo sujetaba con una mano—. No tienes ni idea, ni puta idea de lo que hablas. —Hugo fue a decir algo y Martín levantó el puño de la otra mano y le amenazó—. Te voy a partir la puta cara. —Tragó con fuerza—. No tienes ni puta idea de lo que se siente al querer a alguien así. Eres un bocazas y no te aguanta nadie. Paula me ha dejado para siempre y solo piensas en soltar tus putas mierdas de amargado. Paula me ha... —Apretó la mandíbula—. Mierda.
Soltó otro puñetazo y esta vez dio a la pared. Mantuvo el puño sobre esta durante unos segundos, sin soltar a Hugo.
—Lo siento —murmuró Hugo.
No solía disculparse, y esto no era una excepción. No le estaba pidiendo perdón, lo que sentía era que su amigo lo hubiera pasado mal durante meses, que lo estuviera pasando mal ahora y saber lo mal que lo iba a pasarlo las próximas semanas. Martín apoyó unos segundos la frente sobre el hombro de Hugo. Le soltó y fue a sentarse sobre el capó de un coche, dándoles la espalda. Hugo se limpió la sangre que le salía de la nariz con el dorso de la mano. Iker y él miraron hacia donde estaba Martín, tenía la cara hundida entre las manos. Estaba llorando.