
Ya debería haber sabido que las hadas existen.
Cuando pesadas corrientes de elefantes pasaban bajo mi ventana, siempre había motas de luz susurrando entre la polvareda y bailoteando sobre las filas y filas de colmillos y rugosa piel. Yo me inclinaba peligrosamente sobre el alféizar con la esperanza de poder capturar uno de esos puntitos brillantes hasta que un sirviente me forzaba a entrar otra vez.
—¡Pero qué traviesa eres, Tarisai! —se quejaban mis mentores—. ¿Qué haría la Dama si te cayeras?
—Pero yo quiero ver las luces —protestaba.
—Solo son espíritus tutsus. —Una mentora me obligaba a alejarme de la ventana—. Espíritus buenos. Guían a los elefantes a los aguaderos.
—O a las manadas de leones —musitaba otro tutor—, si no se sienten tan magnánimos.
Muy pronto aprendería que la magia era caprichosa. Si miraba con suma atención la corteza hinchada del baobab que crecía en el jardín, aparecía una cara traviesa. «Kye, Kye, niña asesina», se burlaba antes de perderse otra vez en la corteza.
Tenía siete años cuando el hombre con alas de fuego color cobalto me sorprendió. Esa noche había decidido explorar Swana, el segundo reino más grande del imperio arit, en busca de mi madre. Me escabullí a hurtadillas entre doncellas y mentores que roncaban, llené un costal con mangos y escalé la pared de adobe.
La luna brillaba alta sobre la sabana cuando el alagbato, un ser feérico, se materializó ante mí. La luz centelleaba en sus ojos salpicados de motitas doradas, que se alargaban hasta las oscuras sienes. Agarrándome por la espalda, me levantó para poder verme mejor. Yo vestía una larga tela envolvente del color de las hojas del platanero con la que me había rodeado el cuerpo varias veces dejando los hombros al descubierto. El alagbato me observaba con aire de guasa mientras yo atizaba puñetazos al vacío y pataleaba en el aire.
«Estoy durmiendo en la Casa Bhekina —me dije. El corazón me latía como un puño contra la membrana de un tambor. Me mordí el carrillo para tener una prueba palpable de que estaba soñando—. Estoy envuelta en mosquiteras de gasa y los criados me abanican con palmas. Huelo el aroma del desayuno procedente de las cocinas. Gachas de maíz. Guisado de sardina matemba…».
Pero muy pronto empezó a dolerme el carrillo. No estaba en la cama. Estaba perdida en las templadas praderas de Swana y ese hombre era un ser de fuego.
—Hola, Tarisai. —Su aliento del Sáhara caldeó mis incontables trenzas rematadas con cuentas—. ¿Adónde crees que vas?
—¿Cómo sabes mi nombre? —lo desafié. ¿Acaso los alagbatos eran omniscientes, como Soy el Fabulador?
—Fui yo el que lo escogió.
Yo estaba demasiado enfadada para asimilar lo que estaba oyendo. ¿Por qué razón tenía que ser tan brillante? Incluso su pelo centelleaba, una mata luminosa en torno a una cara enjuta. Como los guardias de nuestro recinto lo vieran…
Suspiré. Apenas me había internado un kilómetro y medio en la sabana. Que humillada me sentiría si me pillaban en plena fuga tan cerca de casa. Mis tutores volverían a encerrarme; y esta vez condenarían con tablas de madera todas las ventanas de la Casa Bhekina.
—No se me puede tocar —le espeté al tiempo que arañaba al alagbato para que me soltase. Su piel era lisa y cálida al tacto, como arcilla endurecida al sol.
—¿Cómo que no se te puede tocar? Aún eres lo bastante pequeña para que te cojan en brazos. Me han dicho que los niños humanos necesitan afecto.
—Ya, pero es que yo no soy humana —repliqué en tono victorioso—, así que bájame.
—¿Quién te ha dicho eso, chiquilla?
—Nadie —reconocí tras un silencio—. Pero todos lo comentan a mis espaldas. No soy como los otros niños.
Tal vez no fuera verdad. Lo cierto era que yo nunca había visto otros niños, salvo de lejos, en las caravanas de mercaderes que pasaban por delante de la Casa Bhekina. Los saludaba desde la ventana hasta que se me entumecían los brazos, pero nunca me respondían. Las miradas de los chiquillos pasaban de largo, como si nuestro recinto —con su mansión, su huerto y tantas casas que parecía una pequeña aldea— fuera invisible desde el exterior.
—Sí —reconoció el alagbato con tristeza—. Eres distinta. ¿Te gustaría ver a tu madre, Tarisai?
Dejé de debatirme al instante y mis extremidades colgaron laxas como lianas.
—¿Sabes dónde está?
Mi madre era igual a la neblina de la mañana: estaba ahí y al momento siguiente ya no la veías; se había volatilizado entre nubes de jazmín. Mis tutores hacían reverencias supersticiosas cada vez que pasaban por delante de su imagen tallada en madera, que presidía mi sala de estudio. Se referían a ella como «la Dama». A mí me encantaba parecerme tanto a ella: los mismos pómulos altos, labios carnosos e insondables ojos negros. Su busto vigilaba a los sabios que atestaban mi sala de estudio del alba al crepúsculo.
Parloteaban en los dialectos de los doce reinos que conformaban el imperio arit. Algunos tenían rostros cálidos y oscuros, como el mío y el de la Dama. Otros eran pálidos cual leche de cabra, con ojos que parecían de agua, o rojizos con aroma a cardamomo o dorados y enmarcados por cabelleras que fluían como tinta. Los tutores me bombardeaban con acertijos, me plantaban diagramas en las manos.
«¿Será capaz de resolverlo? Prueba con otro. Tendrá que hacerlo mejor».
Yo no entendía qué estaban buscando. Solo sabía que, una vez que lo encontraran, yo volvería a ver a la Dama.
«Hoy sí —exclamaban los mentores con entusiasmo cuando yo brillaba en mis lecciones—. Qué complacida se va a sentir la Dama». Esos días los portalones de la empalizada que rodeaba la Casa Bhekina se abrían y mi madre se deslizaba al interior, distante como una estrella. Sus hombros relucían cual rescoldos de una hoguera. El vestido de batik con sus zigzagueantes motivos en tonos rojizos, dorados y negros se le adhería al cuerpo como una segunda piel. Me sostenía contra su pecho y la sensación era tan deliciosa que yo lloraba mientras ella cantaba: «Yo, mía, ella soy yo y es solo mía».
La Dama nunca hablaba mientras yo demostraba mis destrezas. En ocasiones asentía como diciendo «sí, tal vez», pero al final siempre negaba con un movimiento de la cabeza.
«No. Todavía no».
Yo recitaba poemas en ocho lenguas distintas, lanzaba dardos a minúsculas dianas, resolvía gigantescos rompecabezas en el suelo. Pero siempre era no, no, otra vez no. Luego se perdía en su neblina de perfume embriagador.
A los cinco años empecé a caminar sonámbula, recorriendo descalza las lisas salas revocadas de nuestra mansión. Me asomaba a cada una de las habitaciones, andando y llamando a mi madre en tono lloroso hasta que un sirviente me acompañaba de vuelta a la cama.
Siempre se aseguraban de no tocarme la piel.
—No sé dónde está tu madre —me dijo el alagbato la noche que traté de escapar—. Pero te puedo mostrar un recuerdo. No en mi mente. —Esquivó mis manos cuando traté de sostener su rostro entre los dedos—. Nunca guardo recuerdos en mi persona.
La Dama tenía buenas razones para prohibir que me tocaran. Yo poseía la capacidad de robar la historia de casi cualquier cosa: un peine, una lanza, una persona. Palpaba algo y sabía dónde había estado en los instantes previos. Veía a través de sus ojos, si acaso tenían ojos; suspiraba con sus pulmones; experimentaba el sufrimiento de sus corazones. Si persistía el rato suficiente, podía asomarme a los recuerdos que guardaba una persona de sucesos acaecidos meses e incluso años atrás.
Solo la Dama era inmune a mi don. Conocía todas las historias de la Casa Bhekina, excepto la suya.
—Tendrás que extraer mi recuerdo del lugar donde sucedió —dijo el alagbato mientras me depositaba con tiento en la hierba alta—. Ven. No está lejos.
Me ofreció una mano nudosa, pero titubeé.
—No te conozco —le dije.
—¿Estás segura? —me preguntó, y yo tuve la extraña sensación de estar mirándome en un espejo. Él sonrió frunciendo los labios como una suricata—. Me llamo Melu, si eso te hace sentir mejor. Y, gracias a esa mujer, no soy un alagbato. —Su sonrisa mudó en una mueca—. Ya no.
El miedo ascendió por mi vientre como humo que emana de una mina de carbón, pero enterré mis temores. «¿Quieres encontrar a la Dama o no?».
Recogí mi costal, que había perdido casi todos los mangos, y tomé la mano de Melu. Aunque me sostenía con suavidad, yo notaba la dureza de su puño en torno a mis dedos, como si sus músculos estuvieran forjados en bronce. Un brazalete tachonado de esmeraldas destelló en su antebrazo y noté un ardor en la piel cuando lo rocé sin pretenderlo.
—Cuidado —murmuró Melu.
Llegamos a un claro rodeado de acacias. Las garzas aleteaban sobre una balsa de agua amplia e inmóvil. En el aire se percibía el aroma de los lirios y las violetas, y la maleza susurraba y se agitaba al compás de una nana sin palabras.
—¿Vives aquí? —pregunté sobrecogida.
—En cierto modo —me respondió—. Fue bonito durante los primeros miles de días. Tras eso, se tornó aburrido. —Yo lo miré de hito en hito sin entender lo que me decía, pero no me dio más explicaciones. Se limitó a señalar la tierra blanda y roja—. La historia está aquí.
Pegué la oreja a la tierra con sumo tiento. Nunca había tratado de arrancar un recuerdo de un lugar más grande que mi dormitorio. Un ardor que conocía bien se extendió por mi rostro y mis manos mientras mi mente se introducía cuidadosamente en la tierra con el fin de aprehender su recuerdo más potente. El hombre alado y las bandadas de garzas desaparecieron.

El claro es ahora más joven, hay menos maleza y acacias. Es de día en este recuerdo y el agua de la balsa color ámbar resplandece transparente, vacía de peces y efímeras. Me da un vuelco el corazón: la Dama, mi Dama, se agacha en una roca a orillas del agua.
El sol transforma su reflejo en un mosaico sobre la superficie de la balsa, le distorsiona la cara y hace ondear su nube de cabello color medianoche. Viste un paño raído y sus sandalias tienen las suelas gastadas. Me pregunto preocupada: «¿De qué huías, madre?».
La Dama hunde un brazalete tachonado de esmeraldas en el agua. Le murmura algo a la joya y la besa con ternura. Las esmeraldas refulgen y se apagan. A continuación deja el brazalete en el suelo y grita:
—Melu. —Mi madre saborea la palabra con sus labios carnosos, pronuncia las sílabas como quien canta una canción—. Melu, querido. ¿No quieres salir a jugar?
Reina el silencio en el claro. La Dama ríe con carcajadas profundas, guturales.
—Los adivinos dicen que a los alagbatos les desagradan los seres humanos. Algunos dudan incluso de vuestra existencia, excelso Melu, guardián de Swana. Pero yo creo que tú me oyes. —Extrae un frasquito verde de su bolsillo y lo inclina peligrosamente hacia la balsa—. Yo creo que tú me oyes perfectamente.
Un viento cálido azota el claro. El polvo y la arcilla se arremolinan hasta dibujar la forma de un hombre alto y delgado. Sus alas son pura incandescencia azul cobalto, como un fuego joven, pero su voz es fría cual escarcha.
—Detente.
—Te diría mi nombre —prosigue la Dama—. Pero, como bien sabes, mi padre nunca me dio uno. —Se detiene, todavía sosteniendo el frasco sobre la balsa—. ¿Con qué rapidez se expande la sangre de abiku por la tierra y el agua, Melu? ¿Qué cantidad envenenaría toda vida en ochenta kilómetros a la redonda? ¿Dos gotas? ¿Tres?
—No —ordena Melu—. Espera.
La Dama señala el brazalete de esmeraldas.
Los rasgos de Melu adoptan un rictus de derrota. Impávido, recoge el brazalete y lo cierra sobre su brazo.
—Si lo he hecho bien —dice la Dama—, ya no eres el alagbato de Swana. Eres mi ehru…, mi genio.
—Tres deseos —escupe Melu—. Y estaré atado a esta pradera hasta que tus deseos se hayan hecho realidad.
—Qué cómodo. —La Dama se sienta y hunde las oscuras y musculosas piernas en el agua con aire meditabundo—. Melu, deseo una fortaleza que nadie pueda ver ni oír a menos que yo lo desee. Una casa en la que mis amigos y yo estemos a salvo. Un recinto… digno de la realeza. Es mi primera orden.
Melu parpadea.
—Ya la tienes.
—¿Dónde está?
—A un kilómetro y medio de distancia.
Melu señala algo, y los muros revocados de la Casa Bhekina, recién surgidos de la nada, titilan a lo lejos.
El semblante de la Dama se ilumina de alegría.
—Ahora —susurra nerviosa—, deseo la muerte de Olugbade…
—No se me permite —replica Melu—. La vida y la muerte escapan a mi poder. Esa vida en particular. Ni siquiera los feéricos pueden acabar con la vida de un radiante.
La Dama aprieta los labios, pero se relaja al instante.
—Me lo temía —dice—. Bien. Deseo una hija que haga, piense y sienta lo que yo le diga. Una extensión de mí misma. Una niña prodigiosa, capaz de destacar en un concurso de talentos entre muchos otros niños. Es mi segunda orden.
—No te lo puedo conceder—replica Melu de nuevo—. No puedo obligar a un ser humano a amar u odiar. No puedes ser dueña de una niña del mismo modo que eres dueña de un ehru.
—¿No? —La Dama une los dedos como si rezase, meditabunda. Una sonrisa se abre paso a sus facciones y su dentadura destella con blancura fría—. ¿Y si —cavila— mi hija fuera un ehru? ¿Y si tú me dieras una hija?
Melu se queda tan rígido como un árbol en la estación seca.
—Una unión como esa sería contra natura. Tú eres humana. No pertenecemos a la misma especie. Me estás pidiendo una abominación.
—Ah, no, Melu. —Los brillantes ojos de la Dama bailan sobre la mirada horrorizada del ehru—. Te estoy ordenando esa misma abominación.

Ejecutaron un ritual, uno que yo no entendía a los siete años. Parecía doloroso viendo el cuerpo del ehru plegarse sobre el de mi madre en la hierba. Dos especies que no estaban destinadas a unirse, tan desparejas como carne contra metal. Pero el recuerdo me contó que, nueve meses más tarde, mi llanto de recién nacida resonaba por la Casa Bhekina. Y ese tercer deseo que la Dama todavía tenía pendiente —la abominación— corría por mis venas.

—¿Lo entiendes ahora? —musitó Melu sobre mi figura somnolienta una vez que el recuerdo siguió su curso—. Hasta que no le concedas el tercer deseo, ni tú ni yo seremos libres. —Tocó mi frente con un dedo largo y fino—. Negocié con la Dama el privilegio de llamarte Tarisai. Es un nombre swano: «contempla lo que se avecina». Tu alma le pertenece de momento. Pero yo insistí en que tu nombre fuera solo tuyo.
Su voz parecía venir de lejos. Robar la historia de la Dama me había dejado sin fuerzas. Apenas si sentí cómo Melu me acunaba en sus delgados brazos y cruzaba la noche antes de depositarme otra vez junto a la empalizada de la Casa Bhekina. Me susurró:
—Llevo siete años atado a esta sabana. Espero, por mi bien, que esa mujer consiga su deseo. Pero albergo la esperanza, por el tuyo, hija mía, de que ese día nunca llegue.
En ese momento los sirvientes corrieron dando traspiés hacia los portalones. Melu ya había desaparecido.
Una decena de manos nerviosas me acostaron y voces melosas me tranquilizaron al día siguiente, cuando balbuceé incoherencias sobre lo sucedido con Melu. «Ha sido un sueño», dijeron mis tutores. Pero sus pupilas dilatadas y sus sonrisas apuradas contaban otra historia. Mi aventura había confirmado sus sospechas más siniestras.
Mi madre era el diablo, y yo, su demoniaca marioneta.

En las praderas de Swana hacía calor incluso en la estación lluviosa. Pero el aire en mi derredor siempre estaba helado. Mis cumpleaños iban quedando atrás —ocho, nueve, diez— mientras yo tiritaba en la Casa Bhekina, consentida por criados que nunca rompían la superficie de mi burbuja. En ocasiones ansiaba tanto el contacto de otro ser humano que inclinaba la mejilla directamente hacia el fuego. Sus tentáculos me abrasaban la piel, pero yo sonreía fingiendo notar los dedos de la Dama.
Al final caí accidentalmente en el hogar de la cocina. Los sirvientes me rescataron sollozando y vociferando oraciones a Soy el Fabulador. Yo temblaba de pies a cabeza y repetía con voz ronca:
—No puedo morir, no puedo morir, madre va a volver, así que no puedo morir.
Pero no me había quemado. Aunque la ropa había mudado en colgajos renegridos y humeantes, mis bucles negros ni siquiera se habían chamuscado.
Mientras las criadas me contemplaban con asombro, recordé las palabras que había pronunciado la Dama al expresar el deseo que se convertiría en la Casa Bhekina: «un lugar donde mis amigos y yo estemos a salvo».
—Ha sido madre —dije sin aliento—. Me ha protegido.
A partir de aquel día multipliqué las canas de mis sirvientes saltando muros, hundiendo la cabeza en cubos de agua y atrapando arañas venenosas a las que azuzaba para que me picasen.
—No he muerto —me reía cuando los sirvientes me reparaban los huesos rotos y me vertían infusiones de antídotos por la garganta.
—Es cierto —decía la enfermera apretando los dientes—. Pero solo porque te hemos rescatado a tiempo.
—No —insistía yo con mirada soñadora—. Ha sido porque mi madre me ama.
Mis tutores redoblaron sus esfuerzos. Cuanto antes me convirtieran en lo que la Dama deseaba, antes se librarían de mí. De modo que las lecciones proseguían y el sonsonete de las clases me acompañaba como el zumbido de un tábano. Los vapores de la tinta me irritaban la nariz por el día y el aroma del jazmín me embriagaba al llegar la noche. Pero el recuerdo de Melu había despertado un ansia en mí, un hambre que los huertos de mangos no podían saciar. Soñaba y deseaba con todas mis fuerzas conocer el mundo que se extendía al otro lado de la puerta.
En mi sala de estudio descansaba un enorme globo terráqueo sobre una peana. Continentes de bordes irregulares se curvaban en torno a un océano inmenso y azul que yo nunca había visto. El continente más grande, que incluía Swana, era un mosaico de sabanas, bosques, desiertos y tundras nevadas. Esa forma representaba a Aritsar, decían mis tutores. El inmortal imperio arit, larga vida a Kunleo.
Casi todos los pergaminos de historia que yo estudiaba estaban censurados. Mis tutores tachaban líneas y a veces páginas enteras con tinta negra, y se negaban a explicarme el motivo. Una vez me las ingenié para leer varios párrafos sosteniéndolos contra la luz antes de que un tutor me los arrebatase.
Largo tiempo atrás, decían los documentos, Aritsar no existía. En su lugar, una serie de islas independientes flotaban en un vasto mar. Los abikus, demonios del inframundo, arrasaron esos doce territorios, que eran débiles y estaban enfrentados entre sí. Y entonces un señor de la guerra llamado Enoba Kunleo el Perfecto liberó del interior de la tierra un poder que permitió unir los territorios en un enorme continente. Se autoproclamó emperador y reclutó a doce regentes para que le sirvieran como vasallos. Encabezando su recién bautizado Ejército de los Doce Reinos, luchó contra los abikus. El ejército mortal y el inmortal estaban tan igualados que la guerra de Enoba se prolongó durante décadas antes de que, finalmente, los exhaustos combatientes declararan una tregua.
Enoba fue ensalzado como salvador de Aritsar. Los regentes del continente lo aclamaron por haber traído la paz y durante siglos su linaje gobernó Aritsar desde su tierra de Oluwan, uniendo las doce culturas en una red de arte, ciencia y comercio. Cada vez que las caravanas pasaban por delante de la Casa Bhekina, oía a las familias de mercaderes cantar las glorias del imperio meciendo a sus infantes en la cadera mientras los niños mayores brincaban por la sabana:
Oluwan y Swana ofrecen su tambor; nse, nse.
Dhyrma y Nyamba procuran el arado; gpopo, gpopo.
Mewe y Sparti miran bailar al hermano mayor;
¡cuánta perfección, negro y dorado!
Quetzala afila su lanza; nse, nse.
El Valle Blessid teje su paño; gpopo, gpopo.
Nontes y Biraslov miran bailar al hermano mayor;
¡cuánta perfección, negro y dorado!
Djbanti se trenza la cabellera; nse, nse.
Moreyao ofrece su calabaza; gpopo, gpopo.
Once lunas miran bailar al hermano mayor;
¡cuánta perfección, negro y dorado!
El actual hermano mayor o emperador de Aritsar era Olugbade Kunleo: un descendiente directo de Enoba el Perfecto. A mí me gustaba tararear el patriótico himno en las huertas de mangos. Zigzagueando entre las ramas, hablaba con un emperador invisible para contarle mis ideas sobre la historia y el gobierno de Aritsar. En ocasiones lo imaginaba mirándome desde arriba igual que el sol a través de las nubes y caldeando mis hombros desnudos con su beneplácito. ¡Qué perfecto debía de ser para haber unificado tantos territorios!
Dhyrma. Nontes. Djbanti. Los nombres de los reinos arits sabían a especias al contacto con mi lengua. Notaba en los huesos el anhelo de esos parajes lejanos que mis tutores describían como colores del arcoíris: las granjas de seda de Moreyao. Los festivales nocturnos de Nyamba. Los picos nevados de Biraslov, las engañosas selvas de Quetzala. Me tumbaba de espaldas a mirar los árboles de mango e intentaba imaginar las torres de Ciudad de Oluwan, morada de nuestro emperador divino. Incluso Swana albergaba ese misterio. Yo nunca había salido de nuestras praderas, pero había oído historias de exuberantes campos de cacao y mercados donde las mujeres vendían papaya confitada que portaban en cestos sobre la cabeza.
Pero, más que las ciudades y la selva, ansiaba voces que no me llamaran «demonio».
Envidiaba a los niños que pasaban por delante de la Casa Bhekina acompañados de abuelos que los achuchaban en su regazo y de hermanos que los perseguían y los hacían rabiar. La Dama era la única persona en el mundo que tocaba mi piel por propia voluntad.
Una mañana, mientras contemplaba las caravanas desde mi sala de estudio, aprendí otra canción.
Once bailaban en torno al trono,
once lunas en todo su esplendor
brillaban gloriosas mirando al sol.
Pero se alzan traidores, caen los imperios,
y el rayo de Sol-Sol gobernará el gatuperio.
Cuando todo esté dicho-o, todo esté dicho.
Y todo esté hecho-o, hecho-o, hecho.
Me gustaba esa rima de mal agüero. La susurraba en torno a la mansión como un ensalmo hasta que una tutora me oyó. Me preguntó con voz temblorosa dónde había escuchado semejante tontería. Se lo dije… y al día siguiente habían condenado con tablas todas las ventanas de mi sala de estudio.
Intentaba asomarme entre las rendijas hasta que mis deditos acabaron desollados y sembrados de arañazos. Aquel atisbo del mundo exterior siempre había sido mi salvavidas. Mi portal a Aritsar; mi recurso para no sentirme tan sola. ¿Cómo se atrevían a borrar mis ventanas de un plumazo? ¿A eliminarlas igual que habían desaparecido la Dama y Melu y todo aquello que yo anhelaba?
Amenacé con prender fuego a la sala de estudio.
—Lo haré —les grité a los sirvientes—. ¿Por qué no? Yo no me quemaré. Pero vuestros pergaminos sí. Vosotros sí.
Mis tutores palidecieron.
—Hay cosas que sencillamente no podemos enseñarte —dijeron con aire angustiado mientras me vendaban las manos ensangrentadas—. Está prohibido.
Igual que la Dama, mis tutores tenían la costumbre de desaparecer largas temporadas. Casi siempre sucedía después de una visita de mi madre, cuando ella juzgaba mis progresos insatisfactorios. Entonces rostros nuevos y apurados remplazaban los antiguos.
El día que cumplí once años, dos de esas caras llegaron a la Casa Bhekina. Los acompañaba el único regalo de cumpleaños que yo había deseado jamás.
—¡Madre! —grité al tiempo que me abalanzaba sobre ella. La Dama vestía un paño de batik profusamente decorado que me raspó la mejilla cuando me aferré a su cuerpo. Sostuvo mi rostro con la palma de la mano y la sensación fue tan deliciosa que me estremecí.
—Hola, ser de mi ser —dijo, y me tarareó la espeluznante nana—: «Yo, mía, ella soy yo y es solo mía».
Estábamos en la gran galería de la Casa Bhekina. La luz del sol entraba a raudales por el patio la cocina, por el que correteaban las gallinas, reflejándose en el suelo de terracota e iluminando la negra nube de su cabello. Los dos desconocidos la flanqueaban, tan pegados a la Dama que me entraron celos.
—Amigos —anunció la Dama—, por favor, decidle a mi hija que sois sus nuevos y permanentes tutores.
Ella casi nunca me hablaba directamente. Cuando lo hacía, sus palabras eran parcas y dubitativas. Más tarde comprendería que tenía miedo de darme una orden sin pretenderlo; temía malgastar su tercer y más preciado deseo, el mismo que todavía latía dormido en mi interior.
La palabra «permanente» avivó mi curiosidad. Ningún sirviente se había quedado a mi lado más allá de unos meses. La desconocida de más edad, una mujer de aspecto felino que rondaría la edad de la Dama, vestía de verde de los pies a la cabeza. Su cutis de tono terroso contrastaba con unos ojos verdes e implacables. Su cabello rizado asomaba explosivo bajo la capucha de la capa, que se dejó echada a pesar del calor. Una isoken, comprendí. Los isokens eran mestizos, nacidos de padres que pertenecían a dos reinos distintos. Para acelerar la unidad del imperio la tesorería de Kunleo recompensaba a las familias por cada niño isoken que nacía en su seno.
—Soy Kathleen —me dijo la mujer con un suspiro antes de volverse hacia la Dama—. Espero que la niña no sea problemática. ¿Tiene algún nombre, además de «ser de tu ser»?
—El ehru la llama de otro modo —respondió la Dama.
Me habían enseñado a reconocer los distintos acentos. El deje de Kathleen evocaba su reino natal, Mewe: una tierra de colinas verdes y escarpadas en los confines septentrionales de Aritsar.
—Me llamo Tarisai —intervine yo, y saludé a Kathleen en mewí con la esperanza de impresionarla—. ¡Que tus hojas de otoño recuperen el verdor!
Yo no sabía lo que era el otoño y nunca había vivido en un lugar donde los árboles cambiaran de color, pero me pareció que sonaba bien.
—Por el relato de Soy, Dama —resopló la mujer isoken—. ¿Le has enseñado a la niña las doce lenguas del reino?
—No le hará ningún daño destacar en el concurso —replicó la Dama con petulancia.
—Las lenguas no forman parte de las pruebas —replicó Kathleen—. Ya no. Ahora todos los reinos hablan arit. Por algo somos un imperio.
—Solo los ciudadanos arits —intervino el segundo desconocido en tono mordaz— se enorgullecen de que sus culturas estén siendo suprimidas. ¿Por qué ser especiales, pudiendo ser todos iguales?
Parecía mucho más joven que Kathleen; de veinte años quizá, más un muchacho que un hombre. Su voz me recordó a una telaraña, suave y sutil. No fui capaz de ubicar su acento en ningún reino arit.
Me escudriñó con ojos semejantes a medias lunas a la vez que elevaba una mandíbula tostada y angulosa. Llevaba una capa azul echada sobre el brazo. Aparte de eso no vestía nada más que pantalones, y cada centímetro de su cuerpo —cara, brazos, pecho y pies— estaba surcado de lo que parecían tatuajes geométricos en tono morado. Seguramente me lo imaginé pero, durante un momento, tuve la sensación de que resplandecían.
Me dedicó una reverencia sarcástica y su pelo liso y negro cual carbón brilló sobre su hombro.
—Un placer, hija de la Dama. Me llamo Woo In. Mi tierra, gracias al Fabulador, se encuentra al margen de este imperio anormalmente unificado.
Lo miré boquiabierta.
—¡Eres de Songland!
—Lo dices como si fuera un mundo encantado. —Puso los ojos en blanco—. Pues claro que soy de Songland. ¿No ves los preciosos dibujos que cubren mi cuerpo?
Lo dijo con ironía, pero a mí sí me parecían preciosos, si bien una pizca inquietantes. Los motivos se retorcían por su cara y cuello como un enigma de lógica sin solución. Tragué saliva: Woo In era un redentor.
Songland era una nación pobre que ocupaba una península ubicada en un extremo del continente. Sus antepasados rechazaron reconocer la soberanía de Enoba y, a consecuencia de ello, el minúsculo reino había quedado excluido del pujante comercio de Aritsar. Una escarpada cordillera separaba Songland del resto del continente. El imperio los habría soslayado por completo de no ser por los redentores.
Enoba el Perfecto había pagado un precio tremendo por la paz en nuestro mundo. Cada año enviaba a trescientos niños a la brecha Oruku: la última entrada conocida al inframundo. A cambio del sacrificio, los abikus se abstenían de asolar las ciudades y aldeas humanas. Los niños, conocidos como redentores, nacían con mapas grabados en la piel, que debían guiarlos a través del inframundo y devolverlos al reino de los vivos. Muy pocos sobrevivían al viaje. En consecuencia algunas familias escondían a sus hijos redentores al nacer. Sin embargo, por cada sacrificio omitido, los abikus enviaban una horda de monstruos y plagas para que devastaran el continente.
Se suponía que el nacimiento de los redentores se producía de manera aleatoria: podían proceder de cualquier raza y clase social. Pero todos los redentores nacidos en los últimos quinientos años eran oriundos de Songland. Nadie conocía el motivo. Los arits, sumidos en sentimientos de culpa pero también aliviados de no tener que sacrificar a sus niños, habían elaborado numerosas teorías que los ayudaban a dormir por las noches. Los songlandeses habían ofendido al Fabulador, aventuraban. Los niños redentores eran el castigo por algún antiguo pecado que Songland había cometido. O quizá el Fabulador hubiera bendecido Songland y sus hijos fueran santos, escogidos para sacrificarse por un bien mayor. El bien mayor, por descontado, era Aritsar.
Observé a Woo In. A mí no me parecía demasiado santo. Pero algo especial tendría para haber sobrevivido a la brecha Oruku. En el improbable caso de que un niño redentor regresara vivo, lo hacía con cicatrices en la mente, cuando no en el cuerpo.
Les dediqué una sonrisa a los dos. Tal vez si agradaba a esos dos desconocidos —mis guardianes permanentes—, podría dejar de hablar con emperadores invisibles. Quizá tuviera amistades por primera vez en mi vida. Amigos de verdad.
«No me consideréis un demonio —les rogué mentalmente—. Consideradme una niña. Una niña normal de las caravanas, no una niña espeluznante».
—¿Tenemos que ser sus niñeros? —gimió Kathleen mirando a la Dama—. ¿No puedes contratar a una institutriz muda o sobornarla para que guarde el secreto?
—No —replicó la Dama—. Una vez que mi hija abandone la Casa Bhekina para partir a Ciudad de Oluwan, no podré controlar lo que vea y oiga. Debe estar en manos de personas que sean de mi confianza.
¿Abandonar?
¿Abandonar la Casa Bhekina?
Kathleen se cruzó de brazos.
—¿Estás segura de que esta… niña-deseo está lista?
—El tiempo se agota. Ya están eligiendo a los chiquillos. Si no nos damos prisa, no quedará sitio en el consejo del príncipe…
La Dama se interrumpió bruscamente y me lanzó una mirada nerviosa.
—No te preocupes, Dama —le dijo Kathleen con una sonrisilla irónica—. Siempre podemos hacerle un hueco.
La Dama torció el gesto.
—Confío en que no será necesario. El emperador y sus on… —Se mordió la lengua otra vez para volver la vista hacia mí—. Los… amigos del emperador son demasiado listos. La selección de mi hija debe producirse con la máxima naturalidad.
Kathleen se rio con ganas.
—¿Debemos seguir midiendo nuestras palabras? Antes o después se va a enterar.
—La ignorancia le prestará una apariencia más pura —dijo la Dama con aire sombrío—. Eso es importante para el emperador.
—Así pues, ¿vas a pedir hoy tu deseo? —preguntó Woo In. La Dama asintió y observé estupefacta cómo rodeaba la cara del joven con la mano, igual que había hecho conmigo. Él se inclinó hacia el contacto y le besó la palma. Sentí celos al instante.
La Dama dijo:
—Sé que cuidaréis de ella.
Woo escudriñó sus facciones con ansia, una polilla ante una vela.
—Creo en esta causa —declaró.
Ella le acarició el cabello.
—Y yo creo en ti.
—¿Por qué vamos a Oluwan? —quise saber—. Madre, ¿tú también vienes?
—No, ser de mi ser. —La Dama se acomodó en uno de los espaciosos bancos que había bajo las ventanas de la galería. La luz del sol contorneaba su figura como un halo—. Iré a buscarte cuando sea el momento.
Se propinó unas palmaditas en el regazo y me hizo una seña con la cabeza.
Durante el resto de mi vida iba a desear que el universo me hubiera concedido una señal en ese momento, una advertencia de lo que estaba a punto de suceder. Pero no lo hizo; el aire era cálido y sereno, y los indicadores cantaban a lo lejos cuando correteé ansiosa a los brazos de mi madre.
Ella me acarició la espalda un momento con la mirada fija en el cielo swano.
—Qué asustado debes estar —le dijo a alguien que yo no veía—. Me enjaulaste como un pájaro, pero no pudiste obligarme a cantar. —A continuación se dirigió a Kathleen—. Muéstrale el retrato.
Un marco dorado, de forma ovalada, apareció en mis manos. Un chico me devolvió la mirada. Tenía el pelo ensortijado y la sonrisa más radiante que había visto jamás. Unos ingenuos ojos marrones brillaban en su rostro oscuro de facciones anchas.
—¿Por qué está contento? —pregunté.
La Dama enarcó una ceja.
—¿No quieres saber quién es? —Me encogí de hombros, así que respondió a mi pregunta—. Está contento porque tiene todo lo que tú querrías tener. Poder. Riqueza. Patrimonio. Su padre te robó todo eso y se lo entregó a él.
—Cuidado, Dama —musitó Kathleen—. Recuerda: debe amarlo.
Una arruga de confusión afloró a mi entrecejo. No recordaba haber deseado nunca poder o riqueza. ¿Y por qué tenía que amarlo? Pero el abrazo intenso de la Dama y el aroma del jazmín me nublaron los pensamientos. Me acurruqué contra ella, sin acordarme ya del muchacho y su felicidad robada. Yo habría cambiado todas las riquezas de Aritsar por un abrazo. Por ser acariciada sin miedo. Por que nadie hablara de mí como «peligrosa».
—¿Me oyes, ser de mi ser? —susurró la Dama. Yo cerré los ojos y asentí antes de apoyarle la mejilla en el pecho. Su corazón latía raudo como el de un colibrí. Las palabras que pronunció a continuación fueron cautas, dubitativas—. Cuando conozcas al muchacho del retrato…
Algo que llevaba largo tiempo dormido despertó en mi vientre y me abrasó la piel como el grillete que apresaba el brazo de Melu. Durante un instante mis ojos destellaron igual que esmeraldas en el reflejo que me devolvía el cristal del retrato.
—Cuando lo ames con todo tu ser y él te unja con aceite bendito para hacerte suya… —La Dama tocó el rostro del niño, tapando su deslumbrante sonrisa—. Te ordeno que lo asesines.

Vomité en el cuenco que tenía entre las piernas, mareada hasta las náuseas por el traqueteo del remolque.
—Te dije que viajar mediante calamita no era buena idea —le espetó Kathleen a Woo In a la vez que vaciaba el vómito por la ventanilla—. Deberíamos haber usado camellos. La potencia de los imanes tiene efectos desagradables. Nunca antes la habían expuesto a la magia.
—La criaron en una mansión invisible —señaló Woo In en tono burlón—. No le pasará nada. Además, me parece a mí que se habría mareado en cualquier medio de transporte.
Era mi primera vez en carro tirado por mulas o en nada que tuviera ruedas. Tras salir de la Casa Bhekina, habíamos cruzado dos reinos en dos semanas. En mula, camello o barcaza, el viaje habría durado meses. Pero nos habíamos desplazado mediante calamita: una magia poderosa y peligrosa que disolvía los cuerpos y volvía a materializarlos a leguas de distancia. Los portales se desparramaban por todo Aritsar, custodiados por soldados imperiales. Cada vez que los cruzábamos, Kathleen me obligaba a esconder la cara bajo la capucha.
—Agáchate —gruñía—. Eres la viva imagen de la Dama.
Yo no entendía por qué parecerme a mi madre implicaba peligro. De hecho, con la emoción de la aventura, a menudo olvidaba por completo todo lo relacionado con el deseo de la Dama. Sus letales palabras se iban desdibujando a medida que las maravillas de mis libros y pergaminos se materializaban ante mis ojos. Ciudad. Mercado. Montaña. Lago. Bosque. En un mundo tan grande, ¿qué probabilidades había de coincidir con el chico del retrato?
Tras el cruce de la primera calamita, había vomitado el desayuno en las botas de Kathleen. Los guerreros de la Guardia Imperial nos habían desaconsejado realizar más de un viaje al mes por ese medio, pero Woo In había insistido en que efectuáramos dos cruces a la semana.
Tras el cuarto cruce, mi brazo izquierdo desapareció.
Por poco me desmayo de terror y la extremidad parpadeó unas cuantas veces antes de decidirse finalmente a regresar. Woo In se ablandó entonces y permitió que siguiéramos en un carro de mulas. Soportamos horas de viaje, incómodo y polvoriento, sin parar nada más que para dormir en posadas de adobe situadas en pequeñas aldeas. Yo devoraba enormes platos de sopa de jengibre con la esperanza de que me asentaran el estómago antes de caer desplomada en una estera de paja, demasiado agotada para soñar.
Ese día, las náuseas de la calamita habían empezado a remitir. Después de vomitar en el cuenco me encontraba mucho mejor y me asomé con curiosidad a la ventana del carro. Nuestro destino, Oluwan, era una ciudad costera, una tierra de frondosas palmeras y naranjales que disfrutaba de días largos y cálidos y de noches frescas besadas por la lluvia. El corazón me latió emocionado ante los desconocidos paisajes que desfilaban junto al camino: ásperas llanuras de color verde y oro salpicadas de lagos y palmeras. Aspiré una gran bocanada de aire matutino. Sabía a cítricos y agua salobre.
—Pequeño demonio —gruñó Kathleen cuando me vio. Intentó apartarme de la abertura agarrando mi vestido de algodón azul—. Por el amor de Soy… ¡Alguien podría verte, mocosa! Agáchate.
—No quiero —dije, jadeando de la risa cuando el viento azotó mis trenzas rematadas con cuentas—. Nunca más pienso apartarme de una ventana.
—No vivirás suficiente para ver otra más —me amenazó Kathleen, que por fin me forzó a agachar la cabeza—. No si te sigues exhibiendo por ahí. Tu existencia es un secreto, mocosa. Se supone que no existes.
Fruncí el ceño.
—¿Porque mi padre es un ehru?
—No cambiaría nada si tu padre fuera el mismo diablo —replicó Kathleen—. Para el emperador, tu madre será siempre la mayor amenaza.
Seguí preguntando, pero Kathleen no quiso soltar prenda. Enfurruñada, me aparté de ella para reunirme con Woo In en su lado del atestado asiento.
Todavía no había perdonado al redentor por besar la mano de la Dama, pero él al menos me dejaba en paz. La mitad del tiempo ni siquiera hablaba, excepto para musitar comentarios sarcásticos o soltar una maldición cuando sus tatuajes de nacimiento resplandecían.
—Esos dibujos duelen, ¿verdad? —le pregunté frunciendo el ceño—. ¿Por qué no desapareció el mapa cuando regresaste de la brecha?
Woo In entró en tensión.
—El mapa desaparecerá cuando las pesadillas lo hagan —respondió con amargura.
Yo era demasiado lista para seguir preguntando, pero la curiosidad me corroía por dentro. ¿Cuántos años tenía Woo In cuando sus padres lo entregaron a los abikus? ¿Cómo era el inframundo?
Unos días atrás, en una posada, fingía dormir mientras Woo In miraba por la ventana de la primera planta. Le temblaban los hombros y, pasado un momento, comprendí que estaba llorando. Como si huyera de monstruos que solo él podía ver, se había envuelto con su capa de seda y saltado por la ventana. Su cuerpo esbelto se recortó contra la luna mientras planeaba sobre los oscuros tejados.
—¿Todos los songlandeses pueden volar? —le pregunté, empujándole el hombro en el interior del carro.
Una arruga afloró a su entrecejo liso. Le disgustó que conociera su secreto.
—No. Es mi Gracia.
—¿Tu Gracia?
—Mi don de nacimiento. Solo los agraciados pueden servir a la Dama. Todos nosotros tenemos una Gracia.
«Todos nosotros». La frase me provocó curiosidad: ¿cuántos amigos tenía la Dama?
—¿Tú tienes una Gracia? —le pregunté a Kathleen.
Ella asintió.
—Puedo cambiar la apariencia de cualquiera. Incluida la tuya, aunque pienso que las calamitas ya te han revuelto suficiente por dentro. —Miró por la ventana frunciendo el ceño, cada vez más pensativa—. Mi don me viene bien, pues los mewíes miran a los isokens como a bichos raros. Al menos en Ciudad de Oluwan a nadie le importa si tengo rayas o manchas.
—Enséñamelo —le supliqué, y de repente tenía delante un segundo Woo In donde antes estaba Kathleen. Di un respingo al mismo tiempo que aferraba el brazo del primer Woo In, asustada. Pero él se había transformado en Kathleen.
—Saludos, hija de la Dama —me dijo el ilusorio Woo In con retintín, y se echó hacia atrás su cabello liso y negro como el carbón—. Este soy yo, tu taciturno príncipe niñero. Mira cómo me mortifico por mi trágica infancia.
La Kathleen ilusoria puso los ojos en blanco.
—Muy graciosa.
El aire tembló cuando Kathleen recuperó su apariencia y le devolvió su rostro a Woo In.
—¿Príncipe? —repetí con extrañeza. Mis mentores me habían obligado a memorizar a los miembros vivos de todas las dinastías del continente y nunca había oído hablar de un príncipe Woo In. La reina Hye Sun de Songland tenía una única heredera: la princesa Min Ja.
—Mi nombre no aparece en muchos documentos —reveló Woo In sin emoción—. Lo evitan cuando naces maldito.
Nuestro carro se acercaba a las puertas de la ciudad. Las carreteras se ensancharon y el aire vibró con el traqueteo de los cascos y las voces. Una gran avenida discurría junto al caudaloso río Olorun y las barcazas cargadas de mercancías subían y bajaban por la corriente. Los tambores y las risas resonaban mientras los hombres remaban al ritmo de sus cantos. Kathleen me obligaba a esconderme en todo momento, pero yo conseguí atisbar el horizonte y el corazón se me aceleró de puro asombro.
Cúpulas doradas y fantasmales torres blancas se recortaban contra el firmamento. La niebla envolvía las altísimas murallas y el río Olorun se curvaba en torno a la ciudad como una humeante serpiente azul. Cuando el tráfico de las carreteras se tornó excesivo para nuestro carro, lo sustituimos por una lujosa litera rematada con borlas. Yo atisbaba sin aliento a través de las cortinas de gasa mientras los porteadores nos transportaban al otro lado de la puerta y al interior de la ciudad.
Las calles y los pasadizos elevados estaban atestados de mercaderes y mulas de carga, niños traviesos y arrogantes eruditos, sacerdotes fabuladores y trenzadoras callejeras. Los buhoneros vendían de todo, desde nueces de cola hasta caftanes, duendecillos enjaulados o llorosos cachorros de hiena. Ofrendas de obsidiana a Enoba el Perfecto relucían en cada esquina.
A las familias oluwaníes más antiguas y acaudaladas, me contó Kathleen, se las conocía como sangreazules: azules porque su piel era tan negra que relucía cual cobalto. Sin embargo, a medida que el imperio arit había ido creciendo también lo hizo Ciudad de Oluwan. Por sus calles pululaban ahora todos y cada uno de los tonos de piel existentes bajo la luz del sol, cada una de las lenguas, cada especia y tejido. El curry, la lavanda y la cayena se mezclaban de un modo curioso en el ambiente. Lana de tartán procedente del norte, seda del sur y las tradicionales telas de batik de los reinos centrales se alineaban juntas en los tendederos. Músicas y dialectos cuyos orígenes distaban más de quince mil kilómetros se fundían en una algarabía ensordecedora.
—No dejes que vea el muro centinela —ordenó Kathleen cuando nos internamos más en la ciudad. Woo In la obedeció sujetándome las rebeldes extremidades y plantándome una mano sobre los ojos. A pesar de todo me las ingenié para escudriñar entre los dedos…, pero no entendí lo que vi.
Un muro de altura inmensa atravesaba la ciudad. Murales de efigies coronadas miraban al frente desde el revocado, una de los cuales reconocí: Enoba Kunleo, el apuesto héroe de nariz ancha cuyas estatuas asomaban por todo Oluwan. A su alrededor había retratos de otros hombres y mujeres ataviados con ropajes casi tan suntuosos como los del emperador. Los conté automáticamente: once.
¿Por qué ese número despertaba un eco en mi memoria? La cifra pendía sobre mi cabeza como una nube que amenazara tormenta.
Woo In no me soltó hasta que las calles se tornaron más tranquilas y las casas más elegantes. Entre el sonido de las fuentes cantarinas y los murmullos de la seda, rollizos oluwaníes sangreazules salían de las villas con andares fluidos para montar en sus literas. Advertí con curiosidad que la Casa Bhekina estaba inspirada en las mansiones oluwaníes. Paredes blancas y tejados rojos destellaban orgullosos al sol de la mañana.
—Esto es Ileyoba —murmuró Kathleen en un tono reverente y cauto a un tiempo—. El distrito del emperador y de todo aquel que se puede permitir vivir en sus inmediaciones. —En un monte verdeante, estructurado en bancales, las cúpulas de un extenso palacio se alzaban al cielo—. Y eso —dijo Kathleen— es An-Ileyoba, la morada del emperador. Tu última parada, pequeño demonio.
—¿Por qué? —pregunté, pero a esas alturas ya no esperaba respuesta. En las puertas del palacio inspeccionaron nuestra litera en busca de armas. Inmensas banderas negras se derramaban sobre los muros de adobe. El escudo imperial de Kunleo blasonaba las banderas: un rotante sol dorado rodeado por once lunas.
—¿Qué les trae a palacio?
Kathleen me señaló.
—Es una de las candidatas.
Descendimos de la litera y el guardia nos hizo pasar a una sala vasta y ruidosa. Tallas de soles amarillos decoraban los suelos de mármol y niños de todos los reinos arits atestaban la sala en diversos grados de desnudez. A algunos les frotaban la piel en tinas, donde les inspeccionaban las cabezas en busca de piojos. Otros entrenaban con lanzas de madera o recitaban poemas escritos en pergaminos o arrancaban frenéticas escalas a sus instrumentos. Algunos incluso se acicalaban en espejos de mano, sonriendo y recitando con afectación: «Es un honor conocerle, su alteza imperial». Casi todos vestían túnicas negras, prendidas a los hombros con pulidos broches en forma de sol y luna. Los sirvientes de palacio, envueltos en paños brocados, supervisaban los preparativos, y cada vez que un niño o una niña se juzgaba apto —yo ignoraba para qué— los guardias los acompañaban a una serpenteante fila que ascendía por una escalera de caracol.
—Edad —solicitó en tono monocorde un funcionario pertrechado con un libro y una pluma. Alzó la vista para mirarme desde el reclinatorio de su mesa baja.
—Once —respondió Kathleen—. La misma edad que su alteza imperial. Se llama Tarisai y procede de Swana.
El funcionario me contempló con desconfianza.
—¿Seguro? Puede que su nombre sea swano, pero ella parece oluwaní.
Kathleen me pellizcó la espalda y yo chillé y protesté. Mi acento swano convenció al funcionario. Hizo una seña a los sirvientes de palacio, que al momento me sujetaron. Yo forcejeé, decidida a no soltar la mano de Woo In, pero él me susurró:
—Ahora dependes de ti misma, hija de la Dama. No podemos quedarnos.
—¿Qué está pasando? ¿Qué me harán esas personas?
Parecía incómodo, pero me estrechó la mano con más fuerza.
—Todo irá bien —musitó—. Siempre estaremos cerca, aunque no puedas vernos. Y ya estás preparada.
—¿Preparada? ¿Para qué?
Pero los guardias ya empujaban a Kathleen y a Woo In hacia la entrada y mi último vínculo con mi hogar, con la Casa Bhekina, con todo lo que conocía… desapareció.
Cinco pares de manos me desnudaron y me frotaron la piel con jabón de ceniza de platanero. Me lavaron el pelo con agua perfumada, me pasaron el peine y me untaron la cabellera con manteca de karité hasta que cada uno de mis rizos resplandeció. Me prendieron la túnica negra a los hombros y me colgaron una banda que representaba mi reino natal. La tela era de color índigo intenso, como el cielo swano, decorada con un motivo de elefantes y garzas. Pocas horas después mis sandalias restallaban contra la piedra según ascendía por la escalera de caracol junto a los otros niños de la fila.
La curiosidad atenuó el miedo que sentía. Nunca antes había estado tan cerca de personas de mi edad. Una niña de enormes ojos castaños caminaba delante de mí. Se cubría el cabello y el cuello con un diáfano velo rojo, y un motivo de camellos decoraba su banda. Supuse que procedía del Valle Blessid: un reino desértico de pastores y artesanos nómadas. Daba vueltas al anillo que le adornaba el dedo meñique al tiempo que canturreaba con aire ausente: «Duerme, hija; hoy me dejarás. Esta noche el sueño me esquiva. Duerme y nunca olvides a tu madre…».
Su voz era la de una mujer adulta, profunda y sonora, que me envolvía como una gruesa prenda de ropa. Me relajé de inmediato y, cuando bostecé, dejó de cantar.
—Perdona —dijo, y me dedicó una sonrisa—. Mama dice que debería llevar más cuidado. Esa canción deja frita a mi hermana en menos que canta un gallo. La entono cuando estoy asustada. Cantar ayuda a mi corazón a recordar mi hogar.
—Tienes frío, ¿no? —comenté con educación, señalando su velo con un gesto de la cabeza.
Se rio con ganas.
—Es mi velo de oración. Los bléssidos somos el pueblo del Ala y todos nos cubrimos de un modo u otro. Es una muestra de devoción al Fabulador.
Mis mentores no me habían educado en ninguno de los credos arits, aunque yo sabía que había cuatro sectas religiosas.
—¿Todas las… personas del Ala pueden hacer lo que tú haces? ¿Magia con la voz?
Resopló una risa.
—No. Y no es magia. Solo recuerdo a los cuerpos lo que más necesitan; es mi Gracia.
—Un don de nacimiento —murmuré, repitiendo las palabras de Woo In.
—Eso mismo. La Gracia es un requisito obligatorio para todos los candidatos. Espero que juzguen la mía adecuada. Me pregunto… —Lanzó una mirada nerviosa a la escalera—. Me pregunto si mama tenía razón. Tal vez nunca debí dejar nuestra caravana.
Resonaron fuertes gritos y súbitamente unos guardias bajaron la escalera llevándose a rastras a un niño rubio con la piel más pálida que había visto jamás.
—¡No es justo! No es justo… ¡Suéltenme! —despotricaba él con un fuerte acento nóntico, gangoso y susurrante. A menos que hubiera viajado mediante calamita, debía de haber tardado casi un año en llegar a Oluwan. El reino de Nontes, frío y gris, estaba ubicado en los confines del imperito arit—. Ni siquiera he llegado a ver a su alteza. Mandaré llamar a mi padre. ¡Nací para esto! No es justo…
La niña bléssida disimuló una risita con la mano.
—Parece ser que alguien no ha pasado la primera prueba. Y eso solo era la entrevista. Lo más complicado viene después.
Me quedé mirando al muchacho nóntico mientras sus gritos se perdían en la distancia. Aferré mi banda color índigo. Absorbí de la tela la sensación de varios pares de manos infantiles: recuerdos recientes. A lo largo del último mes, decenas de niños swanos habían portado esa misma banda, se la habían colgado al hombro y retirado con dedos temblorosos. ¿Estaban emocionados o asustados? La tela no me lo dijo.
—¿Qué nos van a hacer?
—¿En las pruebas? Pues… —La niña bléssida agitó una mano desdeñosa—. Nada demasiado peligroso. Lo más difícil es caerles en gracia. Nunca volveremos a ver a nuestros padres. No hasta que seamos adultos.
—¿Qué? —aullé.
Varios niños se volvieron a mirarme y cuchichearon entre sí. La niña bléssida me hizo callar, abochornada.
—Pues claro que no volveremos a verlos. Los integrantes del consejo cortan los vínculos con su familia y juran lealtad exclusiva al príncipe. ¿Nadie te lo había dicho? —Al ver mi expresión aterrorizada, se enterneció—. ¿Cómo te llamas, niña de Swana? Yo soy Kirah. —Me tendió la mano y yo la miré boquiabierta. Esbozó una sonrisa pícara—. No seas tímida. Si superamos las pruebas, nos tocará pasar juntas el resto de la vida.
—Yo soy Tarisai —respondí tras un momento de confusión y deslicé mi mano a la suya. El contacto, cálido y calloso, se me antojó tan natural que no quería soltarla. Robé una parte de la historia de Kirah, solo un instante. Dos rostros adultos, sonrientes, asomaron a mi mente con sus velos de oración gastados y perfumados de canela. «Mama. Baba».
Kirah tenía padres que la querían. No estaban de acuerdo con que se marchara a palacio. Ella había escogido vivir en ese lugar extraño y caótico.
«¿Por qué?», tuve ganas de preguntar, pero ya habíamos llegado al rellano. Dos puertas profusamente talladas se erguían ante nosotras, custodiadas por guerreros a ambos lados. Había visto muy pocas puertas de madera en mi vida. En los cálidos reinos arits, las cortinillas de tela permitían la circulación del aire y, en consecuencia, eran más convenientes que la madera; a menos que uno fuera muy rico, reservado o ambas cosas. Uno de los guerreros le hizo una seña brusca a Kirah, que tragó saliva cuando la puerta se abrió hacia dentro. Antes de cruzarla, me estrechó la mano con cariño.
—No tengas miedo, Tarisai —murmuró. Sus ojos rutilaban—. Al principio tal vez sea duro, pero, si nos escogen…, imagina todo lo que podremos aprender. Tendremos acceso a todos los libros del mundo. Ningún portal de calamita estará cerrado para nosotras. Tú piénsalo: prácticamente gobernaremos el mundo.
Dicho eso, se marchó.
Podrían haber pasado horas antes de que oyera el crujido de la puerta al abrirse y aun así se me habría antojado demasiado pronto. El guardia me indicó que entrara. Como mis piernas no se movían, me empujaron al interior sin miramientos. La puerta se cerró con un golpe atronador.
Me quedé plantada en un distribuidor decorado con tapices morados. Vi un grupo de hombres y mujeres desparramados por canapés y poltronas que murmuraban entre sí en tono quedo. Idénticas tiaras de oro brillaban en sus frentes. Sus acentos eran tan distintos como sus tonos de piel, pero tuve la sensación de estar contemplando una familia o un grupo de personas unidas por lazos aún más estrechos que el parentesco.
Mucho más estrechos.
Cuando entré, todos se volvieron a mirarme con un gesto tan sincronizado que resultó inquietante. Yo me encogí contra las sombras de la entrada, pensando que se levantarían a una como un animal policéfalo. Pero solo uno se movió. Era un hombre de narinas anchas y profundas arrugas en torno a los labios que estaba sentado en el centro de la habitación, entronado en una butaca acolchada. La tela de batik característica de Oluwan, con motivos geométricos rojos, negros y dorados, envolvía su robusta figura. Una máscara descansaba sobre su pecho colgada de un cordel. Era demasiado pequeña para cubrirse la cara con ella y me pregunté su utilidad. Tallada en obsidiana negra, la máscara representaba una cabeza de león con una melena formada por doce franjas relucientes, cada una de un color.
El hombre se retrepó en la silla mientras me examinaba.
—¿Y bien? ¿A quién tenemos aquí?
Su voz de barítono había adoptado un tono alegre con el que pretendía tranquilizarme. Su corona, un disco vertical de oro macizo, le cercaba el rostro como un sol naciente. Sobre la cabeza del hombre, talladas en el respaldo de la silla, leí tres palabras: «Kunleo oba eterno».
De súbito años de lecciones inundaron mi mente. Tenía delante a Olugbade Kunleo. El Olugbade Kunleo de los tediosos meses dedicados a la genealogía. El descendiente directo de Enoba el Perfecto.
El rey de Oluwan y emperador supremo de Aritsar.
Mi lengua mudó en plomo.
—No tengas miedo, pequeña —suspiró el emperador—. Lávate las manos en el cuenco. Es la costumbre.
Había una jofaina dorada a mi lado, a la altura de mi codo, que desprendía un fuerte aroma de hierbas. Estaba decorada con un grabado de pelícanos, el avatar sagrado de Soy el Fabulador, y en lugar de ojos los pájaros exhibían zafiros. Hundí las manos en el agua. Era de color ámbar, como la balsa encantada que había en las inmediaciones de la Casa Bhekina. Noté un cosquilleo en los dedos y me los sequé en la túnica antes de hundirme de nuevo en las sombras.
—Bien —dijo Olugbade Kunleo. Sin embargo, cuando me escudriñó con atención desde el otro extremo de la sala, su semblante perdió la alegría—. Acércate a la luz, pequeña.
El timbre de su voz me resultaba familiar: un deje melodioso que me indujo a obedecer sin rechistar. Mis pies avanzaron. La luz de un ventanal sin vidriar se proyectó directamente en mi rostro… y un jadeo colectivo estalló en la sala.
—Por el relato de Soy —exclamó uno de los cortesanos—. Es su viva imagen.
Otro resopló con desdén:
—No es posible. Ni siquiera la Dama sería tan insensata como para enviarnos a su hija.
—¿Conocen a mi madre? —pregunté.
Los desconocidos dieron un respingo, como si les sorprendiese que yo fuera capaz de hablar. ¿Por qué todos me tenían tanto miedo?
—Soy Tarisai —me presenté por decir algo cuando el silencio se prolongó—. Vivo en la Casa Bhekina, que está en Swana. Les ruego me disculpen, pero… ¿qué hago aquí?
Otro silencio cargado.
—Dínoslo tú —replicó el emperador con frialdad.
—Yo no lo sé, su alteza imperial —balbuceé—. Mis tutores me han traído a Oluwan y mi madre me dijo que vendría a buscarme cuando…
El emperador Olugbade echó el cuerpo hacia delante para preguntar en un tono ominosamente quedo:
—¿Cuando… qué?
—Cuando llegue el momento —susurré—. No me dijo nada más.
Olugbade unió las manos por la yema de los dedos al tiempo que me observaba con tanta quietud que me sudaron las palmas. A continuación se rio con una especie de ladrido inesperado. Los rabillos de sus ojos se poblaron de arrugas.
—Ven aquí, Tarisai de Swana.
Yo avancé despacio hacia delante, mirando con desconfianza a los acompañantes del emperador, algunos de los cuales ya habían acercado la mano a la empuñadura de sus armas. El emperador olía a aceite de palma y naranjas. Los pliegues de su tela de batik crujieron y la máscara de obsidiana colgó en el vacío cuando se inclinó hacia mi oído.
—Te voy a decir lo que yo pienso —me dijo en un tono suave, como un padre leyendo un cuento de buenas noches—. Pienso que la Dama te ha enviado para matarme. Pero antes querrá que mates a mi hijo, el príncipe Ekundayo, heredero del trono imperial.
—¿Qué? —Lo miré horrorizada—. Su alteza imperial, yo no quiero…
—Pienso que deberías intentarlo —continuó. Extrajo una daga del interior de su túnica y me la plantó en la mano—. Venga. Intenta matarme. —Yo temblé, pero él me obligó a cerrar los dedos en torno al mango del cuchillo y se acercó la hoja al cuello—. Inténtalo —repitió con una sonrisa de las que no admiten desobediencia. Me quedé lívida. Cerrando los ojos con fuerza, apliqué presión a la hoja.
No se desplazó.
Olugbade me hizo agarrar el cuchillo con más firmeza, con todas mis fuerzas, pero este no llegó a tocar el cuello del emperador. El filo casi le rozaba la piel, pero ese minúsculo espacio formaba una barrera delgada e invisible resistente a la mayor de las fuerzas.
Olugbade rio por lo bajo y me soltó la mano. La daga repicó contra el suelo.
—¿Sabes lo que es esto, Tarisai? —me preguntó, haciendo una seña hacia el león de su pecho. Tras mi renuente ataque, una de las franjas que formaban la melena leonina había empezado a latir con luz fantasmal.
—Es una máscara —tartamudeé—. ¿A causa de ella… no he podido herirle?
—No. —Olugbade soltó una carcajada—. Esta máscara no es más que una prueba de mi derecho a gobernar Aritsar. Una muestra del poder que llevo dentro. Cada franja de la melena es una muerte que no puede acontecer. Las únicas personas de Aritsar que podrían matarme —dijo—, las únicas de todo el universo, están en esta habitación. —Hizo una seña hacia el grupo de hombres y mujeres que se apiñaba en derredor con ademán protector—. No moriré hasta que la edad arruine mi cuerpo. Ese es el poder del rayo, pequeña. Ese poder acompañó a mi padre antes que a mí y acompañará a mi hijo. Solo un miembro del consejo de los Once puede quitarle la vida a un radiante. Esa es la divina protección del cielo. Y nada lo burlará. —Forzó una sonrisa—. Ni siquiera tu inteligentísima Dama.