
Cuando el padre de Campbell murió, le dejó en herencia 1.262,56 dólares, todo lo que había sido capaz de ahorrar durante sus veinte años como bailarín de fuego en el espectáculo «El espíritu de Aloha» del Hotel Polynesian de Disney. Y, casualmente, esa fue la cantidad exacta que el gordo de su tío Gus pedía por su Volkswagen Escarabajo de 1998 de color azul vapor, el único color que merece la pena si quieres un Escarabajo. Cam lo tenía entre ceja y ceja desde los seis años y había pagado de muy buena gana hasta el último centavo. El coche se mezclaba entre la neblina como si fuera incorpóreo y cuando lo conducía se sentía invisible, invencible y sola.
Tenía la esperanza de sentirse igual en el cielo.
Aunque no es que creyera en el cielo, ni en ningún dios (sobre todo, no en uno que fuese hombre), ni en Adán y Eva, como la mitad de los idiotas que vivían en Florida. Ella creía en la evolución: a los peces les habían salido patas; a las ranas, pulmones; a los lagartos, pelo; y los monos habían tenido que aprender a caminar con dos patas para cruzar la sabana. Fin de la historia.
Tampoco creía en la Inmaculada Concepción, pero si le decías a alguien que pensabas que lo más probable era que a la Virgen María le hubieran hecho un bombo, como al veinte por ciento de las adolescentes de Florida, te podías meter en un buen lío. Era algo que tenías que guardarte para ti.
Porque los demás necesitaban sus milagros. Los demás creían en la magia. Sin embargo, la magia era para la gente que se podía permitir el pase semanal para todos los parques de Disneyland o dormir ocho noches en el Grand Floridian. La magia, y eso era algo que Cam sabía muy bien después de haber pasado toda una vida trabajando para el ratón más famoso del mundo, era un privilegio y no un derecho.
Inhaló el ambientador de aceite de plumaria. Era un poderoso afrodisíaco hawaiano, pero como nadie iba con ella en el coche, solo le había servido para enamorarse todavía más de su automóvil. Que era macho. Se llamaba Cúmulo.
En ese momento, Cúmulo estaba en la zona cebra del aparcamiento del Hospital Infantil. Normalmente, Cam aparcaba en la zona koala: prefería el mural con el árbol de eucalipto y los tonos grises suaves y sobrios a las austeras rayas blancas y negras de la zona cebra. Pero cuando había llegado, hacía dos horas, no había sitio.
Si hubiera sido un poco más intuitiva, se lo habría tomado como una señal. La visita no iría bien. Las cosas llegarían a un punto en el que serían también blancas o negras. Los tiempos grises, los buenos, habían quedado atrás.
Una familia de cuatro salió del ascensor del aparcamiento. La madre intentaba darle la mano a un niño sano de cuatro años que daba saltitos torpes y descontrolados con unas zapatillas de Spider-Man que tenían luces rojas parpadeantes en un lado. Y una niña calva y enferma de dos años con un vestido rosa dormía en el hombro de su padre, que se dirigía con una expresión aturdida a un monovolumen, probablemente preguntándose cómo era posible que su vida se hubiera convertido en eso.
Cam conocía bien esa sensación. Necesitaba hacer algo, cualquier cosa —darse un atracón y vomitar, emborracharse, fumarse un cigarrillo, lo que fuera— para librarse de ella. Abrió la guantera con manos temblorosas y rebuscó para ver si su madre había escondido allí algún paquete de tabaco. Sus dedos dieron contra una esquina dura.
«¿Qué tenemos aquí?», se preguntó mientras sacaba una hoja doblada en un cuadradito. El papel crujió mientras lo desdoblaba. Al principio, la letra no le pareció suya. Había apretado el lápiz con mucha fuerza contra el papel. Las oes eran redondas y grandes y las consonantes se erguían rectas y orgullosas, como si la escritora supiera que tenía todo el tiempo el mundo. Durante los últimos meses, la letra de Cam se había convertido en los garabatos débiles y decadentes de una anciana.
LISTA DEL FLAMENCO
• Perder la virginidad en una fiesta rollo botellón, con barril de cerveza y todo.
• Que un gilipollas me rompa el corazón.
• Regodearme en la tristeza, lloriquear, patalear y dormir un sábado entero.
• Vivir un momento incómodo con el novio de mi mejor amiga.
• Que me despidan de un trabajo de verano.
• Ir a derribar vacas dormidas, el legendario pasatiempo de la América rural.
• Destrozar los sueños de mi hermana pequeña.
• Acosar a alguien, aunque de forma discreta e inocente.
• Beber cerveza.
• Salir una noche entera.
• Cometer robos de poca monta.
Cam se quedó mirando la hoja de papel. Hacía casi un año que no veía esa lista, desde que la había escrito en la litera superior del bungaló número 12 del Campamento para Adolescentes Empoderadas de Shady Hill, situado en las profundidades de los bosques del oeste de Carolina del Norte. El folleto prometía «ayudar a las chicas a acceder a su fuerza interior y a que las más tímidas florezcan y se conviertan en el alma de la fiesta», lo que al principio le había puesto los pelos de punta. Pero quería pasar tiempo con su mejor amiga, Lily, fuera de un hospital, y esa opción era mejor que ser monitoras en un «campamento de enfermos», donde el océano de cabezas calvas, los carritos de medicinas que hacían la ronda, repletos de botes de pastillas, y la ocasional visita compasiva de un famoso eran recordatorios constantes y deprimentes de su condición. En Shady Hill solo eran chicas normales en un campamento: el grupo de los flamencos. Cada bungaló tenía que elegir un pájaro y ellas habían decidido escoger el que era menos probable encontrarse en aquel bosque, uno que no se confundiera con sus alrededores. Un flamenco.
Cam cerró los ojos y se apoyó en el reposacabezas de Cúmulo. Casi podía oír la voz de Lily: «Y luego guardas la lista y dejas de pensar en ella y poco a poco… Al final, el simple hecho de anotar las cosas hará que sucedan».
A lo largo del verano, Lily se había obsesionado con burlarse de los libros de autoayuda que encontraba en la sección de autoestima de la «biblioteca» del campamento. Mientras las otras chicas se sumergían en las páginas de Enredos después de clase y Graduarse en pasión, que la prima de alguien había escondido debajo de uno de los tablones del suelo de la biblioteca, Lily leía sobre «afirmaciones positivas». Se habían pasado una tarde entera delante del espejo viejo y agrietado del baño informando jocosamente a sus reflejos de que eran hermosas, poderosas y merecedoras de grandes cosas. Lily leía sobre «visualizaciones» y se reían mientras cerraban los ojos e imaginaban que un arcoíris de luz purificaba sus órganos enfermos. Y luego hicieron esa lista.
—Lil —había empezado a decir Cam, pero ella seguía a lo suyo, resumiendo en voz alta mientras se enrollaba en el dedo un mechón de la parte verde de su melena.
—No puedes escribirla en ordenador ni en el móvil. Tiene que estar escrita a mano, como de la vieja escuela. Y no se la puedes enseñar a nadie o no se hará realidad.
—Venga ya, Lily…, no creerás eso de verdad, ¿no? ¿Que si lo escribo se hará realidad?
—Pues claro que no. Pero deberíamos hacerlo, solo por las risas. Toma —le había dicho, y le había lanzado un lápiz gigante de color naranja que había comprado en la tienda de recuerdos de las Cavernas Davis en la última excursión del campamento—. Ponte a escribir una lista de todo lo que quieres hacer antes de morirte.
Cam había garabateado en el margen superior de la libreta.
—¿Y cómo la llamamos? —le había preguntado a Lily, que ya estaba escribiendo con furia—. «Lista de cosas que hacer antes de morir» es un aburrimiento.
—¿Qué otras expresiones tenemos para morir? ¿Estirar la pata? Podemos llamarla «La lista de cosas que hacer antes de estirar la pata» —había contestado Lily sin levantar la vista.
—Ni hablar —se había negado Cam.
—Pues no sé, Campbell. Llámala la «Lista del Flamenco» y ya está.
—¿No te parece eso un poco irrelev…?
—¡Ponte a escribir de una vez!
Cam había suspirado, había escrito «La lista del flamenco» en letras mayúsculas y luego había pensado qué incluir. Había decidido ser realista, ya que lo que de verdad echaba de menos desde que había enfermado era la normalidad. Por eso había ido a Shady Hill en lugar de al campamento del cáncer, aunque los bungalós olieran a moho. Quizá incluso había ido precisamente porque olían a moho. Cam quería una vida que estuviera llena de moho, metafóricamente hablando, claro, así que había decidido hacer una lista de las cosas normales que tal vez se perdiera si no conseguía pasar de la adolescencia. Como «Perder la virginidad en una fiesta rollo botellón, con barril de cerveza y todo» o «Regodearme en la tristeza, lloriquear, patalear y dormir un sábado entero».
—¿Cómo crees que será? —la había interrumpido Lily, que había terminado su lista y estaba sentada con aire dubitativo en su litera, mordiendo la punta del bolígrafo.
—¿Cómo será el qué, Lily? —A veces, Lily saltaba hasta la mitad de una conversación, olvidando que Cam no habitaba en el interior de su cerebro y no había experimentado el principio de la misma—. ¿El último año de instituto? ¿Las Olimpiadas de Invierno? ¿El baile de fin de curso? ¿El sexo? ¿La cena de hoy?
—La muerte.
—La muerte. —Cam había hecho una pausa—. Bueno, pues supongo que habrá un túnel y una luz blanca y lo de mirar hacia abajo y ver tu propio cuerpo y…
—Pensaba que no creías en la vida después de la muerte.
—Y no creo. Lo que se conoce como «experiencia cercana a la muerte» es un evento neurológico. Un gran sueño desencadenado por unas cantidades ingentes de hormonas liberadas por la glándula pituitaria. Lo que la causa es la dimetiltriptamina, no Dios.
—Ah —había contestado Lily, decepcionada, mirando por la ventana.
—Bueno, ¿y tú cómo crees que será?
—Creo que al principio estará oscuro. Tiene que haber oscuridad cuando tu cuerpo se apaga. Luego, un arcoíris luminoso atravesará la oscuridad, trazando un puente. Estará rodeado de estrellas resplandecientes que iluminarán tu camino hacia el mundo de los espíritus.
Cam esbozó una sonrisa irónica.
—¿El mundo de los espíritus? Un momento, deja que lo consulte con mi atrapasueños…
—El cielo —dijo Lily—. Yo creo que el cielo existe.

Cam abrió los ojos y se quedó mirando el lúgubre aparcamiento subterráneo. «Quizá sea hora de empezar a tachar algunos de estos puntos», pensó mientras leía de nuevo la lista. Como el último punto parecía ser el único que estaba al alcance de su mano en ese momento, decidió empezar por ahí.
Llamó a Lily.
—¿Qué robo, Quimiosabia?
—¿Qué? —La voz de Lily sonaba ronca y pastosa, como si se acabase de despertar.
—Está en la lista.
—¿Qué lista? —Cam oyó el ruido de las sábanas y los crujidos de la cama mientras su amiga se incorporaba.
—¿Te acuerdas de la lista que hicimos en el campamento de verano?
—¿Por qué incluiste robar en tu lista del flamenco? —preguntó Lily exasperada—. De todos modos, se supone que no tienes que forzarlo, Campbell. Tienes que dejar que las cosas sucedan sin más.
—Me parece que necesito acelerar un poco el tema —respondió Cam. Dejó caer la cabeza sobre el volante y giró el cuello, restregando la cara sobre la parte superior.
—Pues roba un bálsamo de labios. Se me acaba de terminar —cedió Lily. Cam casi podía verla mirándose los labios secos en el espejo con los ojos entornados.
—¿Y qué más?
—Un flamenco de plástico de la tienda de todo a un dólar —sugirió Lily—. De esos que la gente pone para adornar el patio.
—Eso no va a ser fácil.
Cam levantó la lista del volante y dio unos golpecitos cariñosos al coche.
—A Whole Foods, Cúmulo —dijo, y arrancó.

A Cam le encantaba cómo olían los supermercados de la cadena Whole Foods: una mezcla de sándalo, pachuli, lavanda, barro, ajo y olor corporal. Whole Foods era uno de los pocos sitios de Florida en los que Cam no parecía sospechosa, con su sudadera negra y ajustada con capucha y los vaqueros pitillo gastados y rotos que podía ponerse solo porque su buena amiga C había reducido su cuerpo medio samoano hasta una talla 32.
En Whole Foods, las personas como ella, es decir, los bichos raros con un toque nativo, eran bienvenidas. Ese era el lugar donde la gente intentaba conectar con lo nativo, con lo auténtico, y donde fingían ser más tolerantes. Cam olisqueó un desodorante sin aluminio mientras se metía un bálsamo de labios en su mochila de lona verde, que estaba recubierta de todo un collage de parches. En el de arriba de todo se leía «IMAGINE…» y los demás tenían eslóganes como «TÍBET LIBRE», «MATRIMONIO PARA TODOS», «NINGÚN SER HUMANO ES ILEGAL», «PAZ EN ORIENTE MEDIO», «LA REGLA DE ORO», «LA SALUD PÚBLICA ES UN DERECHO HUMANO» y «¿DÓNDE ESTÁ MI VOTO?», este último en solidaridad con el pueblo iraní, al que un malvado dictador le había robado las elecciones.
Ella era la única persona en todo el condado de Osceola, Florida, que se preocupaba por cuestiones como elecciones robadas, la libertad o los derechos humanos. Los demás estaban demasiado ocupados procreando, algo con lo que allí se empezaba bastante temprano. En el baile de fin de curso del último año de instituto se habían comprometido tres parejas.
Cam no había ido al baile porque probablemente hubiera alguna regla que impedía llevar a tu coche como acompañante, pero si hubiera estado presente habría deseado pomaika’i a cada una de las felices parejas, «buena suerte» en hawaiano. La iban a necesitar. Más que suerte, un milagro. Sin un milagro, cada una de esas parejas terminaría divorciada, intentando criar a tres hijos con un sueldo de doce dólares la hora e incrementando el número de diabéticos por consumo de alimentos ultraprocesados que vive en parques de caravanas, conduce coches destartalados y compra en tiendas de todo a un dólar que puebla el dichoso estado del sol.
Pero tal vez a ellos les iría bien. Así lo esperaba Cam. Tal vez ellos fueran diferentes.
Se metió un poco de raíz de caléndula en el bolsillo de la sudadera. Ni siquiera sabía qué era, pero le encantaba cómo sonaba: «ca-lén-du-la». Pensaba comer un poco de camino a la salida.
—Disculpa —dijo una voz cantarina tras ella.
Dio un brinco. ¿Ya la habían pillado?
Se dio la vuelta y se encontró con la típica compradora de Whole Foods: unos cincuenta años, pelo gris atado en un moño mal hecho, ojos azules, cara lavada, pantalones anchos y una bolsa de la compra de algodón orgánico. Cada vez más exprofesores de universidad y trabajadores sociales acababan comprando en esos lares porque era lo único que podían permitirse después de la jubilación.
—¿Sí? —preguntó Cam mientras manoseaba el bote de raíz de caléndula que tenía en el bolsillo.
—¿Dónde te cortas el pelo?
—Eh…, ¿el pelo?
—Sí, es un corte muy bonito.
Cam llevaba su grueso pelo negro muy corto. Se lo rapaba ella misma al dos con la vieja máquina de su padre.
—Me lo corto yo misma —dijo.
—Ah, pues te queda muy bien. Tienes una cara muy bonita —la alabó la típica compradora de Whole Foods mientras metía unas cápsulas de fibra en el carrito.
—Gracias —respondió Cam, y esperó a que la mujer doblara la esquina antes de meterse una cajita de tampones orgánicos sin cloro en la cintura de los pantalones.
No era la primera vez que lo oía. «Una cara muy bonita». Dios, cómo odiaba esa frase. Antes del cáncer, era un eufemismo para: «Es una pena, qué gorda está». Y ahora lo era para: «Qué desperdicio, qué lesbiana más guapa».
A la madre de Cam la martirizaba que no hubiera querido dejarse crecer el pelo después de la quimioterapia. Pensaba que el pelo largo era poderoso. Además, sin pelo largo, Cam no podría bailar nunca en «Aloha». Sin pelo largo, había quedado relegada a la cocina del fondo del hotel, donde pasaba horas trabajando como pinche, tallando piñas en forma de barco para el arroz polinesio.
—Siempre te quedará Perry —le solía decir Cam—. Igual algún día puede bailar contigo.
—¡Arg! —exclamaba exasperada su madre, echando las manos al cielo. Como buena bailarina de hula (aunque en realidad era una mujer italoamericana de Nueva Jersey), era muy expresiva con las manos. Alicia había conocido al padre de Cam en Nueva York cuando los dos tenían poco más de veinte años y bailaban en clubs y, ocasionalmente, en el coro de algún espectáculo de Broadway. Se había apuntado a clases de danza polinesia solo para pasar más tiempo con él y, al final, había acabado adoptándola como modo de vida.
Perry, la hermanastra de once años de Cam, jamás podría bailar en «Aloha». Era el resultado de un rollo de una noche posdivorcio que su madre había tenido con un miembro del elenco de «Noruega» en Epcot. Perry tenía una larga melena rubia casi blanca y se movía con la falta de garbo de un vikingo.
—Perry es muchas cosas —solía responder su madre—, pero no una bailarina.
Si la madre de Cam quería que esta bailara, no era tanto por tener un legado, sino porque la danza tenía poderes curativos, al menos para el espíritu. Y Cam sí bailaba —lo llevaba en la sangre—, pero sola, en casa, delante de su espejo Spikork de Ikea.
«TYLER, MIEMBRO DEL EQUIPO DE WHOLE FOODS», escaneó el código de barras de las pastillas mentoladas que había decidido pagar.
—Eres cajero —masculló Cam, mirando la chapa verde con el nombre y las toscas letras blancas.
—¿Qué?
—No te tragas esa basura, ¿verdad? No eres un miembro del equipo. No les importas como persona.
—Vale. Lo que tú digas.
—En Disney fueron los primeros en usar ese truco. Llaman a sus empleados «miembros del elenco» para que el pobre tipo que hace animales con globos se piense que es una estrella de Disney. —«TYLER» se limitó a gruñir—. Si tienes que llevar una chapa con tu nombre, eres un empleado —continuó.
—Sé que has robado un bálsamo de labios —le dijo mientras le tendía las pastillas. Tenía los dedos gruesos y con los nudillos muy marcados, el pelo negro despeinado y los ojos marrones, con una manchita dorada adorable en el izquierdo.
—Pero no sabes lo de la raíz de caléndula, ni lo de los tampones —contestó ella. Y tampoco sabía que llevaba una esponja natural escondida en el sujetador—. Que tengas un buen día.
Y entonces se dirigió a la puerta poco a poco, imaginándose una escena de Sonrisas y lágrimas, esa en la que Rolf se encuentra a la familia entera detrás de la lápida en la abadía y duda, intentando decidir si ama o no a Liesl, antes de soplar en ese silbato nazi de pacotilla. ¿La amaría «TYLER, MIEMBRO DEL EQUIPO DE WHOLE FOODS», o soplaría el silbato?
La amaba.
Seguía siendo libre, y caminaba por los Alpes del aparcamiento hacia la neutral y amable Suiza de su coche. Suspiró y, por un segundo, deseó estar en los Alpes de verdad. Vivir en Florida era como vivir en el sol. Podía incluso ver el calor gaseoso que se elevaba desde el asfalto.
Cam colocó el botín de Whole Foods en el salpicadero y le envió una foto a Lily. Tachó «Cometer robos de poca monta» de la lista del flamenco y la volvió a meter en la guantera. Entonces, en el teléfono empezó a sonar el tono de llamada de Lily, «I Believe in Miracles» de los Ramones. Lo había elegido porque pensaba que tal vez Lily creyera en los milagros. De forma sarcástica.
—Buen trabajo, Bola de Billar. No te creía capaz —dijo cuando Cam cogió la llamada.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada. Ya sabes cómo eres.
—¿Cómo soy? —preguntó Cam mientras abría el tarrito de bálsamo y se lo extendía por los labios.
—Ya sabes, eres brutalmente honesta y sincera y tienes siempre la razón, incluso cuando estás harta de tener siempre la razón, porque sabes que hace que resultes muy desagradable. Pensaba que ser así te pondría lo de robar un poco más difícil.
—Hoy me han dado una mala noticia, Lil.
—No será la primera vez que nos dan malas noticias.
Cam se quedó en silencio. Quitó la muñeca bailarina de hula que tenía pegada en el salpicadero con una ventosa y la movió adelante y atrás para que se le abrieran y se le cerraran los ojos.
—No importa —continuó Lily. Hizo una pausa en la que ninguna de las dos dijo nada—. Lo único que importa es que te hagas con ese flamenco.
—Vale —contestó Cam, y colgó.
Respiró hondo y, por un instante, sintió que flotaba. Pero cuando exhaló notó que todo lo que tenía dentro —el estómago, el plexo solar, la garganta— era exprimido por un par de puños imaginarios, crueles y decididos a estrangularla.

Cam pasó junto a las plazas comerciales llenas de toldos rosas y aguamarina hasta que encontró el bazar Family Dollar. Nadie que fuera vestido de negro compraba en Family Dollar. Era casi una regla. No se confundiría entre la multitud.
Se encasquetó el viejo sombrero de paja decorado con una cinta amarilla de su abuela para darse un poco de color y se puso sus enormes gafas de sol rojas. Y, por suerte, mientras cruzaba el aparcamiento, consiguió atrapar una bolsa de plástico de Family Dollar que intentaba escapar, envuelta en un tornado en miniatura.
Se puso a mirar los saldos que había expuestos en la acera y fingió observar detenidamente los cachivaches de plástico de colores fabricados en china. Los flamencos estaban en una gran caja de cartón fuera de la tienda, apretujados los unos contra los otros, mirando con sus ojos pintados de negro las antorchas hawaianas, las piscinas para niños, los manguitos y las copas de plástico para margaritas que estaban a mitad de precio porque era verano.
Cam examinó uno con atención, como si una necesitara inspeccionar la calidad de un flamenco de plástico. Luego lo metió de cabeza en la bolsa de plástico de Family Dollar, asfixiándolo, y volvió al coche. Mientras buscaba la llave, alguien le dio unos golpecitos en el hombro.
—¿Piensas pagar ese flamenco?
«Maldita sea», pensó Cam, pero antes de que pudiera contestar: «¿Qué flamenco?», notó que iba a pasar. Era como el miedo, solo que más fuerte. Sintió una brisa fría y el brazo izquierdo le empezó a temblar. La cabeza pareció ocupársela entera un globo lleno de aire, una descarga eléctrica le recorrió la espina dorsal y luego se mareó y perdió el equilibrio. Era como si le hubiera caído un rayo.
Y entonces todo se volvió negro.

Cuando volvió en sí, estaba bañada en sudor y tenía un dolor de cabeza terrible y palpitante. Le costó recordar dónde estaba y quién narices era ese hombre bigotudo que la miraba a través de unas gruesas gafas. En la chapa con su nombre se leía: «HOLA, ME LLAMO DARREN».
—Hola, me llamo Cam —dijo ella—. ¿Dónde estoy?
—En el aparcamiento de la tienda de todo a un dólar. Has robado un flamenco.
—No creo que eso haya sido formalmente demostrado —contestó tumbada en el asfalto. Hacía tanto calor que sentía que el suelo debajo de ella se estaba empezando a derretir. Tocó una bolita de alquitrán con los dedos y la atravesó con la uña.
—Bueno, está en la bolsa y no tienes el recibo.
—¿Has llamado a una ambulancia?
—Sí, está de camino.
—Muy bien, hombretón. Entonces me largo de aquí.
La sirena ya se oía en la distancia, así que se levantó poco a poco del suelo con una mueca de dolor. Sería el servicio médico de la ciudad, y no el de Disney, del que se podía librar en un abrir y cerrar de ojos con una nota del médico porque era un servicio médico de pacotilla.
—Espera —dijo el encargado de Family Dollar—. No te puedes ir así. No estás en condiciones de conducir. Hace un momento, estabas retorciéndote como un pez fuera del agua y echando espuma por la boca.
—Sí, eso pasa. La próxima vez que veas algo así, coge un depresor lingual para que el afectado no se trague la lengua. ¿Te importa si me llevo el flamenco?
—Son dos con ochenta y nueve.
—Madre mía, Darren, sí que regateas duro. ¿Qué tal si me lo llevo y punto?
Cam cogió el flamenco y lo tiró en el asiento trasero, arrancó el Escarabajo y salió del aparcamiento. Poco a poco, iba recuperando el control de los brazos y las piernas, pero le pesaban. Darren tenía razón: seguramente, no estaba en condiciones de conducir.
Miró por el retrovisor. El hombre seguía en estado de shock, así que no pudo hacer mucho por impedir su huida. Con un poco de suerte, no habría apuntado su matrícula.
Antes de volver a casa, decidió cuál sería el hogar perfecto para el flamenco, al que había llamado Darren. Le sacaría una fotografía delante de Celebration, la ciudad diseñada por Disney. Casi todos los principales ejecutivos de Disney vivían en esa comunidad, donde tenían normas sobre qué ropa ponerse, qué coche conducir, cuántos hijos tener (tres) y si se les permitía tener mascota o no.
Los «artistas» como Cam y los flamencos rosas como Darren no eran parte del plan. Cam sacó una foto de Darren delante de las puertas de Celebration y luego entró con Cúmulo en la comunidad, donde todo tenía un aspecto tan telegénico como espeluznante. Era como vivir en el set de una comedia familiar. Encontró la casa de Alexa Stanton en la sección federalista del pueblo, donde cada casa estaba diseñada para parecerse a la vivienda de un padre fundador, con su pintura amarilla, sus contraventanas negras y sus señoriales columnas blancas.
Alexa era la líder de las animadoras y odiaba a Cam porque era lista y podía hablar de política con el cerebrito de su novio. Antes, solía meterse con ella por su peso.
Lanzó el flamenco al césped perfectamente recortado de Alexa solo para que cuando lo viera se preguntara qué hacía ahí. Un flamenco de plástico. ¿Sería una señal, como la cabeza de caballo de El padrino? ¿Iba alguien a por ella? Sin embargo, en el fondo, Cam sabía que Alexa jamás pensaría de ese modo. Se limitaría a ignorar a Darren y a dejar que el jardinero se encargara de él. Jamás se le ocurriría la referencia a El padrino. No todo el mundo era cinéfilo, como Cam. Era una consecuencia de pasarse horas sentada mientras el platino caía gota a gota a través del catéter que llevaba en el pecho. Durante las sesiones de quimioterapia no había nada más que hacer que ver películas.
Darren odiaba ese jardín, era evidente. Parecía asustado y solo, tirado de lado en ese cuadrado verde y perfecto. Su ojo negro pareció abrirse más y suplicar: «¡No me dejes aquí!».
«Hace bien en estar asustado», pensó Cam. Su instinto no se equivocaba. Aquel pueblo de fantasía no quería tener nada que ver con él ni con lo que representaba: latas de cervezas, dientes deformados, inmigrantes, salario mínimo, gente sin seguro médico, sangre, sudor y lágrimas, rock duro, el mundo real, la muerte.
Al final todo se reducía a eso, ¿no? La gente tenía miedo a morir…, así que vivían en Celebration.
Cam decidió que, pensándolo bien, prefería quedarse con Darren.

Cam vivía lejos de Celebration, en Ronald Reagan Drive, en un rancho que se caía a trozos con tres habitaciones y una moqueta peluda beige de los setenta, el techo lleno de masilla y unas paredes tan finas que tenía que dormir con los auriculares puestos para no oír los sonidos que profería su madre haciendo el amor.
Era consciente de que en el universo de la mayoría de la gente las palabras «madre» y «haciendo el amor» nunca aparecían juntas en una misma frase, pero, por desgracia, a ella no le quedaba otro remedio que vivir en la realidad, con una madre de verdad que traía a casa hombres de verdad de países de mentira como Epcot. Su conquista actual, que ya duraba un año, era Izanagi, un chef de un asador «japonés».
Izanagi era la última persona a la que tenía ganas de ver cuando entrara por la puerta, exhausta después de la visita con el médico y de convulsionar en el aparcamiento de la tienda de todo a un dólar. Vestido con un kimono rosa, estaba cortando verduras para hacer una tortilla y haciendo malabarismos a la vez. Le lanzó un trozo de pimiento rojo a Perry en la boca y ella aplaudió como una foca amaestrada.
Cam intentó escabullirse a su habitación para echarse una siesta, lo que debería haber sido fácil en aquella cueva a la que llamaban casa. Las estalactitas de masilla y las estalagmitas de pelo de alfombra deberían haber amortiguado el ruido que hizo al entrar, pero una de las peculiaridades de su madre era que tenía un oído supersónico de murciélago, algo muy apropiado para su vida en las cavernas. La gente se adapta. Selección natural. Darwin. La evolución.
—¡Campbell! —gritó su madre desde la habitación—. ¡Come algo! ¡Izanagi está haciendo una tortilla!
—¿De verdad? No me había dado cuenta. Es muy discreto.
—¿Qué?
—Nada. No tengo hambre.
—Cam, por favor.
Se estaba convirtiendo en una canceréxica. A una pequeña parte de ella le gustaba poder llevar ropa ajustada y le daba un poco de miedo comer. Otra parte de ella no se podía creer que las chicas sanas eligieran pasar hambre para parecerse a ella, una persona con talla de niña, una enferma, la nada. Al menos, su viejo y carnoso yo habría vivido hasta cumplir los dieciocho.
Cam oyó chop y entonces usó sus reflejos de malabarista de fuego para atrapar la gamba que volaba hacia su cara.
—Necesitas proteínas —dijo Izanagi.
—Domo arigato.
Mordió un pedacito de gamba y se sorprendió de que no le dieran arcadas. Igual si cubría la tortilla entera con kétchup se la podría comer.
—Me comeré la mía al lado de la piscina —dijo, y no era broma. Tenían piscina, era cierto. Era la única razón por la que su madre seguía viviendo en aquella casa y la única cosa que parecía capaz de mantener. El resto de la casa se caía a pedazos y estaba llena de moho, pero la piscina con forma de riñón estaba resplandeciente. Cuando la madre de Cam tenía veinticinco años, había prometido no vivir jamás en una casa sin piscina, así que el padre de Cam le había comprado esa.
Él también la había disfrutado. Invitaba a todo el elenco de «Aloha» para celebrar fiestas cada vez que la temperatura bajaba de diez grados, la única época en la que Disney cancelaba el espectáculo al aire libre.
Eso era algo que Cam echaba de menos de su padre, además de otras muchas cosas.
—Hola, cariño —la saludó su madre cuando salió al patio a darle la tortilla. La melena ondulada, que le llegaba por la cintura, resplandecía bajo el sol. Alicia dormía boca abajo, lo que dice mucho de una persona. Solo el siete por ciento de la gente que vive en el planeta duerme boca abajo, y son personas vanidosas, gregarias y demasiado sensibles. También son personas con los pechos pequeños, aparentemente, porque esa postura no puede ser cómoda si tienes las tetas grandes.
Cuando estaba embarazada de Cam, tenía problemas para dormir de lado, así que su padre la llevó hasta Clearwater, donde cavó un agujero en la arena para la barriga. Alicia se tumbó como una ballena varada y por fin pudo echarse una siesta. Cam empezó su vida como una tortuga bebé, enterrada en la arena. A veces, su padre la llamaba Tortuga, pero el mote nunca tuvo mucho éxito.
Su padre era muy considerado, y a pesar de todo aquello —llevarla a la playa, cavar el agujero, comprar la piscina, hacer de padre— su madre ni siquiera había llorado en su funeral. Era la última prueba que Cam necesitaba, si es que le hacía falta alguna, de que el verdadero amor no existía. Las conexiones entre la gente eran temporales. Egoístas, oportunistas, diseñadas para perpetuar la especie. El «amor» —o al menos el amor romántico— era una fantasía que la gente se permitía porque si no la vida era insoportablemente aburrida.
—Me pregunto si llorarás en mi entierro —comentó Cam mientras cortaba la tortilla con el canto del tenedor. El esponjoso cojín de huevo soltó sus jugos y estos se mezclaron con el kétchup, creando un charco acuoso en el plato. Adiós a su apetito.
—¿Qué? Campbell, el día de tu entierro estaré muerta. Esto no te va a matar, ¿me oyes? Por encima de mi cadáver. Ya te lo dije. Y por eso necesito que mandes las solicitudes a la universidad. Te hace falta un plan para septiembre. —Alicia llevaba meses recolectando folletos para universidades estatales llenos de coloridas fotos de grupos multiculturales de alumnos felices. Los panfletos se habían ido amontonando y cogiendo polvo en la encimera de la cocina. La gente que duerme boca abajo también es dada a tácticas pasivo-agresivas, como acaparar folletos de universidades y encontrar formas de irse por las ramas cuando en realidad lo único que quiere es preguntarle a su hija cómo ha ido en el médico.
—No iré a ninguna de esas universidades, mamá.
—Sí que irás. Y si no te hubieras gastado ese dinero en el coche, habrías tenido más para comprar libros. Me voy a cargar al tal Gus por haberlo aceptado. Lo juro por Dios.
—¿Por qué no se lo encargas a alguien de Jersey?
—Pues podría, ¿sabes? —Su madre dio un sorbo de café con un brillo nostálgico y travieso en los ojos. «La gente mayor siempre exagera los peligros y las rebeldías de su juventud —pensó Cam— porque sus vidas adultas son un aburrimiento».
—En realidad no conoces a nadie de la mafia, ¿verdad?
—Un amigo del primo de un amigo.
Su madre glorificaba a menudo sus orígenes. La gente de New Jersey era dura, pero guay; en Jersey se encontraban los mejores bagels y la mejor pizza y el mejor maíz y los mejores tomates, y así todo el rato. Cam creía que tendrían que abrir una sección en Disney llamada Jerseyland para todos los románticos enamorados sin remedio de Nueva Jersey que buscaran una versión simplificada de sí mismos. Porque eso es lo que hacía Disney: te proporcionaba un simulacro de tu vida que tenía mejor pinta que la real, que era mucho más turbia, y te convencía de que vivir no estaba tan mal. Baudrillard había descrito este concepto y Cam había escrito sobre ello en el ensayo que tenía que incluir en la solicitud para Harvard. Y la habían aceptado, algo que no pensaba contarle nunca a nadie. Era su triunfo final y secreto; no era tan estúpida como para esperanzarse.
Además, solo la habían aceptado debido a su extraordinaria historia. Estar casi muerta la hacía especial, como los atletas olímpicos, las estrellas de cine, los emprendedores de dieciocho años, los autores publicados y los niños que se habían criado en un barco de vela que conformaban el resto de la lista de aceptados.
—Bueno —dijo al fin su madre.
—Bueno, ¿qué?
—El PET, Cam. ¿Qué te han dicho del PET?
—Se supone que tienes que llamarles. A mí no deberían decirme nada, soy menor. —Eso era cierto, pero Cam ya no permitía que su madre la acompañase al Hospital Infantil. Ya era bastante tortura sentarse en una sala de espera llena de niños de tres años calvos y enfermos; no iba a hacerlo, además, con su madre.
—Pero sé que se lo habrás sacado.
—Sí —admitió Cam.
—¿Y bien?
—De perdidos, al río. —Esa frase siempre la hacía reír. Su abuela era la única que seguía usándola, porque probablemente fuera la única persona que conocía que seguía usando refranes.
—Campbell…
Cam empujó un trozo de tortilla por el kétchup de su plato y luego lo tapó entero con la servilleta.
—El cáncer está por todas partes. Ese sería el resumen. No ha cambiado nada. Mentira, ha crecido un poco alrededor de los riñones.
La tomografía había mostrado el esqueleto de Cam tan resplandeciente como un árbol de Navidad, lleno de nódulos brillantes de cáncer alrededor del centro, como una guirnalda de luces. Las imágenes del pecho parecían de otro mundo, como si fueran imágenes del telescopio Hubble o de algún lugar acuoso y turbio de las profundidades del océano, excepto, una vez más, por las ascuas resplandecientes de cáncer, que al doctor Handsome no le había gustado nada ver.
El doctor Handsome —sí, ese era su verdadero nombre, «guapo», lo que provocaba interminables chistes sobre si era un médico de verdad o solo interpretaba a uno en la televisión— había colocado su bolígrafo plateado por encima de la pantalla y lo había utilizado para trazar un círculo imaginario que unía los puntos naranjas y resplandecientes que le rodeaban los riñones. Utilizaba el mismo bolígrafo en todas las visitas. «Lo que dice mucho de él», pensaba Cam. Debía de ser un regalo, lo que significaba que contaba con gente que lo quería y que estaba orgullosa de su doctorez. Y él era un sentimental si le importaba tanto como para no perderlo. O eso o era un poco obsesivo. Una persona que prestaba atención a los detalles. «Una buena característica para un médico», pensaba Cam. Era mejor que no metieran la pata. Lo máximo que le había durado a ella un bolígrafo eran unos cinco días. El doctor Handsome y ella eran muy distintos.
—Esto no es lo que queríamos ver —había dicho mientras daba vueltas al boli, para luego dejarlo colgando, sujeto con el índice y el pulgar. Se había llevado la mano que tenía libre a la cabeza, se había peinado el pelo negro con los dedos y había suspirado.
Era la primera vez que Cam lo veía mostrar negatividad. Siempre había sido muy positivo, pero ese día parecía derrotado.
—Quizá eso de ahí —Cam le había cogido el bolígrafo y había vuelto a señalar la parte naranja— sea mi segundo chacra. Creo que está por ahí. El segundo chacra es el naranja, el que alberga el poder y el cambio. ¿Con esa máquina se ven los chacras, las auras y esas cosas?
El doctor Handsome había intentado hablar, pero parecía tener un nudo en la garganta. «¿Va a llorar?», se había preguntado Cam. Y sí, así era.
—Cam… —Había recuperado la compostura—. Lo siento. Es que estoy muy muy cansado… Cam, no hay nada que podamos hacer.
Cam llevaba cinco años yendo a su consulta y pensaba que ya lo había visto de todos los ánimos posibles. A veces, cuando estaba cansado, se mostraba alegre y juguetón. Se le daban muy bien los niños pequeños. Tenía un payaso de goma para desahogarse en su consulta, así que los niños podían darle puñetazos y relajarse antes de las visitas. Cam le había dado un golpecito y el payaso se había balanceado hacia delante y hacia atrás.
—Pero eres el doctor Handsome —dijo. Sabía que cuando daba lo mejor de sí era cuando se centraba en la medicina—. Deja esas emociones a un lado y sácate un discurso de esos de médicos. Háblame de forma científica, con dureza y frialdad. Di «malignidad» o «subcutáneo» o algo así. Te hará sentir mejor.
—En esta ocasión, la ciencia no basta, sopa Campbell. Lo que necesitas es un milagro.

La madre de Cam estaba sentada en su tumbona preferida, hojeando un número de la revista InStyle. Dejó la taza de café sobre la mesita de cristal y, sin levantar la vista, preguntó:
—¿Y hay algún ensayo clínico nuevo en el que podamos entrar? —Estaba fingiendo no estar preocupada, pero Cam reparó en la arruga delatora que tenía entre las cejas, que había pasado de ser una delgada línea a una profunda grieta.
—No queda nada.
—Siempre queda algo —repuso ella mientras giraba otra página de la revista. Era un artículo que te enseñaba cómo llevar la última tendencia (encaje negro) a los veinte (medias), a los treinta (vestido negro) y a los cuarenta y más allá (¡nunca!).
—Se les han acabado los ensayos, mamá. Cualquier otra cosa que prueben me matará antes que el cáncer. Los niveles del recuento sanguíneo no estaban bien.
—Luego los llamaré y haré que te metan en algo. Al menos te pueden dar un poco más de cisplatina —dijo, mirándola por fin a los ojos.
—Mamá, no me estás escuchando. No queda nada más.
—Iremos al St Jude’s, o al Hopkins, o algo.
—Ya hemos ido, mamá. Al St Jude’s, dos veces. Han hecho todo lo posible. —Cam estaba cansada. No quería seguir pensando en eso. Solo quería irse a dormir y olvidarse del asunto por unas horas. Echó la cabeza hacia atrás y los nuevos cojines del patio, hechos a medida con una tela parecida a la goma de color verde periquito, sisearon un poco bajo su peso. El sol de Florida le daba en la cara y le resultó agradable durante un par de segundos, pero pronto empezó a parecerse más a la radiación que al calor.
—El doctor Handsome dice que necesito un milagro.
—Muy bien, Cam —dijo su madre, suspiró y cogió un chicle de nicotina—. Pues buscaremos un condenado milagro.
—Esa no es la mejor forma de empezar. —Cam abrió los ojos y contempló el cielo azul sin nubes—. Si buscas un milagro, es mejor que no lo adjetives con «condena…»
—No me pienso rendir, Campbell. Jamás me rendiré. —Las últimas tres palabras fueron in crescendo, y luego dio un golpe con las palmas de las manos en la mesa de cristal.
—En las orejas no tengo cáncer —murmuró Cam—. Todavía.
—¡Maldita sea! —gritó Alicia, y lanzó la taza de café contra el suelo de cemento que rodeaba la piscina. Se rompió con un golpe sordo.
—Te vas a arrepentir de eso. Era la taza de Papá Noel —dijo Cam, impertérrita. La taza preferida de su madre tenía una foto descolorida, apenas perceptible, de Cam y Perry hacía diez años, sentadas en el regazo de Papá Noel.
Cam estaba acostumbrada a los arrebatos de su madre. Hacía años que convivía con ellos. A Alicia le había pasado algo hacia la mitad de su vida y casi todas sus emociones —tristeza, miedo, alegría, confusión, indefensión— encontraban una única forma de canalizarse: la ira. Era especialmente notoria por la mañana, después de la primera taza de café. Su madre decía que era hormonal, pero Cam pensaba que, simplemente, era Alicial.
—Tienes que creerme, Campbell —dijo Alicia, recuperando la compostura—. No pienso dejarte morir.
—Me tranquiliza mucho, de verdad. Te creo. Ahora necesito una siesta.
Mientras Cam abrazaba a su madre y se iba a su habitación, se dio cuenta de que se pasaría el resto de su corta vida haciendo que los demás se sintieran mejor ante la perspectiva de perderla.