Playlist

Playlist

Luna - Aitana

Grave - Tate McRae

Birds of a feather - Billie Eilish

That way - Tate McRae

Stay - Gracie Abrams

Cuando hables con él - Aitana

My boy only breaks his favorite toys - Taylor Swift

Bad ones - Tate McRae

Dragón - Lola Índigo

Go away - Tate McRae

Shameless - Camila Cabello

Into you - Ariana Grande

The prophecy - Taylor Swift

Vas a quedarte - Aitana

Cardigan - Taylor Swift

All I want - Olivia Rodrigo

Scars to your beautiful - Alessia Cara

Prólogo

Juliette

«A ver, Juliette, piensa. No es tan difícil».

Las letras y los números de la pantalla se enroscan como un torbellino de colores delante de mis ojos. Trato de concentrarme para buscar mi vuelo, pero me resulta casi imposible. Mi mente no quiere colaborar. Aparto la mirada un segundo, tomo aire y lo intento de nuevo mientras esa frase sigue enredada entre mis pensamientos.

«He viajado sola un montón de veces…, ¿por qué parece que hoy es la primera vez?», pregunta una voz en mi cabeza.

Aunque creo que ella misma tiene la respuesta. El resto de los viajes que he hecho en el pasado no han sido así. Hace un par de años me escapé unos días a Mallorca a visitar a una amiga. Incluso, cuando estaba en la universidad, cogí un vuelo a lo loco y de un día para otro para ir a un concierto en Londres.

Pero esta vez todo es diferente. Muy diferente.

Para muchas personas, detenerse frente a las pantallas de información del aeropuerto puede ser un momento emocionante. Una aventura que está a punto de comenzar, un esperado reencuentro, un viaje de trabajo a una ciudad llena de rascacielos y luces de neón…

Sin embargo, para mí es todo lo contrario. La cabeza me da vueltas mientras busco una palabra de tan solo cuatro letras: Tromsø. Por lo menos, esa tarea es mucho más sencilla que la que tengo por delante el día de hoy. Todavía son las cinco de la madrugada y ya siento que necesito un descanso, solo espero que tengamos un vuelo tranquilo, sin turbulencias, y pueda recuperar algunas horas de sueño.

Suspiro y me crujo los nudillos. Aunque no es una buena idea, ahora mismo es lo único que me ayuda a relajarme. Encuentro mi número de vuelo y los mostradores de facturación a los que me tengo que dirigir. La chica que está al otro lado de la mesa tiene tantas ganas de estar ahí como yo ahora mismo. Pero, por suerte, ignora el hecho de que mi equipaje supera en medio kilogramo las cantidades máximas permitidas por la aerolínea.

«Bueno, no todo puede ser malo hoy», pienso, intentando darme falsos ánimos, porque sé que no puedo luchar contra mi cabeza cuando me he levantado a las tres de la madrugada y todavía no me he tomado ni un café.

Paso el control de seguridad como un robot. Separo mi portátil en otra bandeja, temiendo que alguien lo vaya a robar, aunque luego recuerdo que aquí cada uno va a lo suyo. Igual que yo. Trato de calmarme y observar a la gente que me rodea para distraerme hasta que me toca pasar por debajo del detector de metales. Por supuesto, pita y me toca un control aleatorio de drogas. Pasan un papelito por mis manos, lo meten en una máquina y me indican que continúe caminando de frente. Recojo mis cosas y voy directa a mi puerta de embarque para quedarme tranquila. Ya que he llegado hasta aquí, no puedo permitirme perder el avión por un simple despiste.

Por lo visto, el vuelo de hoy irá a tope. Hay un montón de personas a mi alrededor esperando a que las azafatas comiencen con el embarque. Miro a unos y otros, tratando de averiguar si vuelven de unas agradables vacaciones en Barcelona o si apenas las están empezando. A esa mujer que va sola…, ¿estará esperándola su marido en casa? ¿Esa pareja tan acaramelada estará a punto de llegar al destino de su luna de miel? A su lado, hay un chico con aspecto atormentado. ¿También estará huyendo? ¿O simplemente tiene miedo a volar y por eso mira las nubes a través de las cristaleras cada cinco minutos?

Me pregunto qué pensarán los demás de mí, si es que alguien se ha fijado en mi pelo encrespado por la humedad y en las ojeras que hacen juego con mis pantalones negros.

Sea como sea, intento crear mil historias para relajarme y pensar lo menos posible sobre el motivo por el cual estoy aquí.

No, no quiero pensar en él. No quiero darle la satisfacción de ocupar un segundo más de mis pensamientos. Sin embargo, cuando me suena el móvil, no puedo evitar pensar en las seis letras de su nombre.

Deseo con todas mis fuerzas que sea mi madre para preguntarme si he cogido la ropa térmica del último cajón de la cómoda, ese que siempre se atascaba cuando intentaba abrirlo. Pero enseguida veo el nombre de Martin en la pantalla.

Martin

Juliette, han pasado ya varios días y aún no has dado señales de vida. ¿Dónde te has metido?

Siento una opresión en el pecho que quiere salir en forma de llanto y rabia. Inhalo y exhalo varias veces. No es ni el momento ni el lugar para llorar otra vez por esta persona, y menos cuando me he prometido a mí misma dejarlo atrás con este viaje. Cuando compré un único billete de ida juré que regresaría a mi segundo hogar con una sonrisa en los labios, no con un ataque de ansiedad llamando a la puerta. Sin embargo, no puedo evitar pensar que, en lugar de viajar hacia una nueva vida, estoy huyendo de la antigua.

Al fin y al cabo, en unas horas estaré a 4.295 kilómetros de distancia de todo esto.

A 4.295 kilómetros de él.

1

Juliette

Unas semanas antes

Cuelgo el teléfono.

—Esto es una mierda —exploto, haciendo énfasis en la última palabra, aunque trato de bajar la voz para que no se me escuche por todo el pasillo.

Gemma está a mi lado mirándome con cara desconcertada, pero al ver mi expresión ya sabe lo que me han dicho por teléfono. Tampoco es nada nuevo para ella.

—¿A dónde te hacen ir ahora? —me pregunta, esperando lo peor.

—A Urgencias, tía. Esto no puede ser… Vale que llevo en este puesto de trabajo solo tres semanas, pero ¿por qué? Hay chicas que se han incorporado después que yo en otras plantas de hospitalización y siempre me tienen que cambiar de servicio.

Empecé a trabajar en la planta de hospitalización del Hospital Clínic de Barcelona hace menos de un mes. A la Juliette del pasado le habría alucinado saber que había llegado hasta aquí…, pero, a veces, las cosas no son como esperamos.

La enfermería siempre ha sido mi pasión. Desde pequeña, me dibujaba a mí misma con un uniforme de enfermera y una cruz roja, tal y como lo había visto en las películas. Cuando empecé a estudiar bachillerato, tenía claro mi objetivo, al igual que cuando me tocó escoger el orden de las carreras en las que quería entrar unas semanas antes de presentarme al examen que entonces se llamaba selectividad. Pero desde que acabé los estudios, la vida me ha demostrado que todo es muy distinto. Sigo adorando la enfermería, eso no ha cambiado, aunque en ocasiones se me hace muy cuesta arriba lo poco valorada que está la profesión. Todavía hay muchas personas que creen que las enfermeras tenemos que hacer y saber de todo. Pero ¿cómo una enfermera de quirófano de traumatología pretende aprender sobre la UCI neonatal en un solo día? Y si te negabas a esos cambios tan bruscos, ponías en riesgo tu puesto de trabajo.

En fin, así es la vida de una enfermera suplente. La mía.

Pero no todo es malo. En mi primer día en este hospital, sentí una punzada de alivio en el pecho cuando vi la cara de Gemma entre todas las nuevas personas que me presentaron. Gemma y yo nos conocimos en la universidad, nos sentamos juntas el primer día por casualidad y, desde entonces, nos volvimos inseparables. Aunque sabía que a ella la habían contratado aquí, no estaba segura de que nos fuera a tocar juntas. Por eso me fastidia tanto que, ahora que me he hecho a las costumbres y rutinas de este lugar, me cambien de planta.

Por lo menos, seguiremos estando en el mismo edificio, aunque el Hospital Clínic es gigante. En el último año, yo ya había dado más vueltas que una peonza con contratos de suplencias. Trabajé un mes en un centro de atención primaria, dos semanas cubriendo una baja en UCI de cardiología… Incluso llegué a tener un contrato de un único día en el que tuve que cubrir a una enfermera que se marchó por una emergencia familiar. Tuve que tragarme tres horas de coche para tan solo cinco horas de trabajo, ni más ni menos. Una maravilla, vamos.

Mi familia todavía no entendía por qué aceptaba estos contratos tan variados y confusos. La respuesta era fácil: porque si me negaba, me suspendían temporalmente de la bolsa de enfermería y bajaba al último puesto de la lista. Eso significaba que no me llamarían para nuevos contratos.

Por lo menos, a pesar de todo, la tengo a ella.

A ella y a Martin, claro.

—¡Ya estoy en casa! —exclamo nada más entrar por la puerta, pero nadie me responde.

Martin no viene a verme, así que supongo que estará ocupado en la cocina. Pero tiene que haberme oído llegar, eso seguro. Por lo menos, un delicioso olor a cebolla y ajo invade poco a poco la casa. Cierro los ojos unos instantes, valorando si mi migraña va a detonar o si, por el contrario, podré tener una noche tranquila. Quizá solo necesito comer algo y beber medio litro de agua. No recuerdo la última vez que he ingerido algún alimento.

Saco fuerzas de donde no las tengo, arrastro los pies hasta la cocina como si fuera un zombi. Ahí está Martin (con su pelo rubio recién cortado por los laterales en forma de degradado y la parte superior más larga para darle un toque desenfadado y moderno) con una copa de vino en la mano y una sonrisa en los labios. Sigue teniendo ese azul en los ojos que me enamoró desde el primer día y, aunque ahora está en ropa de andar por casa, no ha cambiado nada. Martin es el yerno que todas las madres querrían: estudioso y responsable, atractivo y con un carisma irresistible. Aunque a veces da la sensación de que para mi madre eso no es suficiente.

Le sonrío de vuelta y le doy un beso rápido en los labios. No quiero contagiarle mi mal humor, ya que él no tiene la culpa de todo lo que he vivido hoy en el hospital.

—Toma, cariño. —Martin me tiende la copa de vino blanco.

—Hola, eh —le saludo. No es la primera vez que entro y no me dice nada, aunque quiero creer que no me ha escuchado, por difícil que pueda parecer, ya que la puerta hace un estruendo al cerrarla.

Martin sigue a lo suyo y no capta mi indirecta. Ni siquiera me pregunta qué tal me ha ido el día. Solo sigue removiendo la comida como estaba haciendo apenas unos segundos atrás.

—¿Qué tal? —le pregunto.

—¡Muy bien! Tengo una noticia increíble que contarte. ¡Pero bebe un poco, mujer! La noticia lo merece, hazme caso.

Martin trata de llevarme la copa a los labios, pero yo la rechazo.

—No, gracias. Me duele un poco la cabeza. Es que hoy ha sido un día un poco du…

Pero Martin no me deja terminar la frase. Coloca un dedo sobre mis labios para que guarde silencio y se le ve tan feliz que decido no contarle nada sobre mi turno.

Abro los ojos, esperando a que hable. Estoy acostumbrada a los momentos de euforia de Martin y sé que es mejor dejarlo hablar sin parar. Bajo los hombros y ladeo la cabeza a la espera de que prosiga con su noticia. Lo mío puede esperar.

Martin se acerca a mí y levanta los brazos.

—¡Puede que me asciendan en el trabajo! —exclama.

Me vuelve a dar la copa de vino. Esta vez la acepto, no quiero que sienta que no estoy contenta por él.

—¡Me alegro! ¿Pero qué significa que «puede»? A ver, necesito más detalles.

Un ascenso siempre es una buena noticia y más en la empresa en la que trabaja Martin. Lleva años labrándose un futuro prometedor en un famoso bufete de abogados de Barcelona y parece que por fin ha llegado su momento. Si alguien se lo merece, desde luego que es él, y eso no tiene nada que ver con que ahí trabaje su madre. Martin ha trabajado incansablemente desde que lo conocí.

Mi mente viaja al pasado, trasladándome a aquella fiesta universitaria. Gemma se había encaprichado de Gerard, un chico al que había conocido unos días atrás. Después de varias copas y mucha tensión, ambos se fueron a bailar juntos. Gemma me dejó con Martin, el mejor amigo de Gerard, mientras ella me guiñaba el ojo en señal de disculpa. Yo le sonreí porque no tenía nada de lo que pedirme perdón. Además, Martin me había llamado la atención desde el principio. ¿Quién no se fijaría en un chico alto, guapo, rubio, con ojos azules y vestido con una camisa blanca que marcaba sus músculos?

Durante las siguientes semanas, coincidimos en el campus universitario. Me enteré de que estudiaba Derecho y que ya estaba en tercero. Gemma y Gerard no terminaron bien, así que seguimos quedando por nuestra cuenta. Lo que al principio comenzó como una broma, terminó con Martin y yo poniéndonos la etiqueta de novios seis meses más tarde.

Al terminar los estudios, Martin cursó un máster para especializarse en Derecho Penal y así fue como terminó en el bufete de su madre, ahorró para comprarse un piso y me pidió que viviéramos juntos el mismo día que le dieron las llaves. El piso es precioso, pero a veces me siento mal por vivir aquí. El salario de Martin no tiene nada que ver con el mío. Él, a sus veinticinco años, ya había ahorrado lo suficiente para pagar la entrada y cargaba con la mayoría de los gastos. Yo, mientras tanto, aporto lo que puedo. Mis contratos son muy diferentes a los suyos y mi sueldo parece una broma de mal gusto.

—¡Si gano el caso de la familia Giménez, mi madre me ascenderá al puesto de socio del área de Derecho Penal! Me lo ha dicho esta misma mañana. Resulta que Javier y yo estábamos en el punto de mira para ascender, pero él ayer cometió un error en un juicio, así que ha perdido casi todas sus oportunidades. Sé que me ha tocado un caso complejo, pero quiero darlo todo para demostrar que no estoy ahí por mi madre, sino por mis propios méritos.

—Y lo demostrarás, cariño —le aseguro—. Me alegro de que estés tan contento, ¿por eso has decidido cocinar? Espera, esto es…

—Sí, tu plato favorito, para celebrar mi próximo ascenso.

Trago saliva y fuerzo una sonrisa. En algún momento, quedó establecido que los espaguetis boloñesa eran mis preferidos, aunque nunca lo verbalicé como tal. Sin embargo, a Martin le encanta cocinarlos y me sabe mal decirle que en realidad prefiero la salsa cuatro quesos. Además, él odia cualquier tipo de lácteo, así que no quiero romperle la ilusión.

—Muchas gracias, cariño.

Mientras estamos cenando, Martin sigue parloteando sobre el caso y yo me pregunto hasta qué punto es legal que comparta conmigo tantos datos de su trabajo y sus clientes. Llega un punto en el que estoy tan cansada que mi mente desconecta y Martin me llama la atención.

—Perdona, hoy ha sido un día difícil —le digo.

Pero ni siquiera me pregunta por qué.

2

Juliette

El olor a papel nuevo y a historias sin descubrir me envuelven en un abrazo. Hay tantos libros y tantas novedades literarias que no sé cuál escoger de entre tantos. Este momento se ha convertido en un ritual para mí. Primero, doy una vuelta por toda la librería, mientras señalo mentalmente los libros que ya he leído. Después, cojo los que más me llaman la atención y, al final, me decanto por uno. Este último paso siempre es el más difícil.

Mi madre me ve con tres libros bajo el brazo, porque todavía no he podido escoger uno, y enseguida me lanza esa mirada que conozco tan bien.

—¿Más libros, Juliette?

Me hace gracia que sea ella la que me eche la bronca cuando fue mi madre la que me enseñó a amar los libros desde pequeña. Gracias a mi madre había pasado una infancia rodeada de historias maravillosas y, veinte años más tarde, aquí sigo, devorando páginas y soñando con conocer a mis personajes favoritos.

Mi padre también me regalaba libros cuando vivía en Noruega. Recuerdo que teníamos un pacto que cerramos hace años: si en la cubierta había una aurora boreal o si estaba ambientado en un país nórdico, me lo tenía que regalar. Gracias a eso, conseguí una gran colección de libros que hicieron crecer mi pasión por la lectura y la naturaleza.

Cierro los ojos y en mi mente comienzan a dibujarse una decena de auroras boreales en la oscuridad. Un escalofrío me recorre la espalda, pero no tiene nada que ver con que el aire acondicionado esté a tope en esta librería. Es mi cuerpo, recordándome que en algún punto del planeta aún existe mi lugar seguro. Mientras yo estoy aquí, en España, mi corazón sigue en Noruega.

Un golpe de culpabilidad me azota. Debería ir a verlo más a menudo, pero el trabajo y mi nueva vida con Martin no me lo permiten. He soñado mil veces con dejarlo todo y marcharme a Noruega con él, trabajar en otro sector y empezar de cero. No sería fácil, pero mucha gente lo ha hecho antes…

Mi vista sigue viajando entre las estanterías repletas de libros de diferentes tamaños, colores, lomos, portadas…, pero hay uno que hace que me pare en seco. Dejó los tres libros que llevo encima a un lado y cojo el que me ha llamado la atención. Tiene dibujada una aurora boreal en la portada. Acaricio el libro con delicadeza perdida entre mis pensamientos.

—Ay, cariño, yo también echo de menos a tu padre. Venga, coge el libro, que yo te lo regalo.

La historia de mis padres parecía sacada de un libro y les había pedido tantas veces que me la contaran que ya me la sabía de memoria.

Mi madre estudiaba Medicina y se fue a hacer la residencia a Tromsø, una ciudad portuaria al norte de Noruega. Ella siempre había querido vivir la experiencia de independizarse en un país muy diferente a España y los países nórdicos le habían llamado la atención desde pequeña.

Un sábado cualquiera, mi madre y sus compañeras de la residencia decidieron salir a tomar unas copas por la noche y allí se topó con mi padre y sus amigos. Mi padre nació y se crio en Tromsø y en aquel momento trabajaba de monitor de esquí en la estación de nieve de mis abuelos.

Con el paso del tiempo, buscaban excusas para reencontrarse hasta que se volvieron inseparables. Tuvieron una visita sorpresa, a la que llamaron Juliette, y mis primeros años de vida los pasé en Tromsø. Sin embargo, su historia de amor terminó poco después del embarazo no deseado. Aunque se separaron, siguieron cuidándome juntos, quedaron como buenos amigos y compartieron las responsabilidades de una forma ejemplar. Jamás me sentí abandonada por ninguno de los dos ni los vi discutir en mi presencia. Lo único que echaba de menos de aquella época eran los domingos en Tromsø, cuando los tres salíamos a dar una vuelta por el puerto y, después, entrábamos en el mercado para ver los enormes pescados que exponían sobre una cama de hielo.

Mi madre regresó a España poco años después de terminar la residencia y empezó a trabajar como neurocirujana en Barcelona, en el Hospital Vall d’Hebron. Desde entonces, ambos se aseguraron de que pudiera volver a Noruega por lo menos un par de veces al año. Tanto en Navidad como en verano, mi madre y yo nos montábamos en un avión para pasar una temporada en la ciudad que se había convertido en mi segunda casa.

Sin embargo, todo cambió cuando empecé la universidad y tuve que trabajar todos los veranos para ir ahorrando. Mi madre fue ascendiendo en el hospital y le tocó trabajar en fechas navideñas y así, poco a poco, dejamos de viajar.

Ahora, chateo con mi padre casi a diario y hacemos FaceTime todos los fines de semana sin falta, pero no es lo mismo. Yo lo sé y él también. Pero intentamos aparentar normalidad y congelar una sonrisa en los últimos segundos de nuestras videollamadas para que ninguno se dé cuenta de que el otro, en realidad, se siente triste por estar separados. Con el paso del tiempo, mi padre se ha convertido en un experto en ocultarlo y yo he aprendido a poner siempre buena cara para no preocuparlo de más. Cuando estás lejos, todo se magnifica, y no quiero que mi padre sepa que me he convertido en una persona bastante infeliz porque mi trabajo me está consumiendo.

Lo echo de menos a él, echo de menos ese invierno en el que pasamos meses sin ver el sol. Lo sé, mucha gente me pregunta que cómo es posible aguantar tantos meses a oscuras, pero a mí me encanta esa sensación. También echo de menos sentir el frío en cada centímetro de piel de mi cara, la nieve, los fiordos, las auroras boreales…, pero, sobre todo, la vida allí. España también tiene muchas cosas que me gustan, obviamente, pero hay algo en mi corazón que siempre me tira hacia Noruega. No es la primera vez que me he obligado a mí misma a no pensar en ello y enterrar esos pensamientos en el fondo de mi cabeza. Al fin y al cabo, aquí tengo a mi madre y a Martin.

—Venga, cariño, cógelo. Yo te lo regalo —me insiste mi madre.

3

Juliette

Por más maquillaje que lleve y aunque fuerce una sonrisa, es como si algo o alguien hubiera apagado el brillo de mis ojos.

Martin empuja la puerta para dejarme pasar al interior del restaurante. No hemos mediado palabra en el coche y agradezco que me haya dado ese espacio, porque me he quedado reflexionando sobre ese último momento frente al espejo del salón…

Nada más entrar, una mezcla de olores increíbles hace que me rujan las tripas. Menos mal que Martin no lo ha escuchado, seguro que me habría mirado como si yo tuviera la culpa. El restaurante es muy sofisticado. Se nota en la decoración oscura y las luces, que tienen un tono cálido y acogedor, como si estuviéramos en un salón íntimo. No hay muchas mesas, además, solo dos están ocupadas ahora mismo. De fondo, se escucha una melodía relajante tocada a piano y acompañada de un violín. Me cuesta unos instantes darme cuenta de que la música es en directo. Hasta los camareros van vestidos como si estuviéramos en una boda. Por un momento, me siento fuera de lugar.

Nos sentamos a la mesa junto a los compañeros de Martin, Gerard y Sonia. Él se pide una copa de vino y yo una botella de agua. No soy mucho de beber alcohol, nunca me ha gustado. Encuentro una tontería ingerir bebidas alcohólicas solo por una sensación de disfrute que dura un par de horas. He atendido tantas urgencias por borracheras tontas, accidentes de tráfico por beber, hígados destrozados, pancreatitis enólicas… que se me han quitado las ganas. Martin cree que soy una exagerada.

—¿En serio? ¡Venga, cariño, anímate! ¡Hay que brindar hoy por mi ascenso! No me seas aburrida bebiendo agua…

—No, yo tomaré agua, gracias —le digo a la camarera. Tengo que hacer un gran esfuerzo por fijar mi vista en sus ojos azules y no en Martin, porque no creo que ahora mismo pueda ocultar mi enfado.

Por suerte, Martin parece distraerse cuando Gerard le recuerda una anécdota de hace unos meses con una señora que exigía que representaran a su perro en un juicio contra el Ayuntamiento. Sonia se suma a la conversación, pero no interactúa mucho, aunque por lo menos habla más que yo. No sé qué decir cuando se ponen a contar historias de las que no he formado parte, así que me limito a sonreír, sorprenderme cuando toca y reírme cuando todos en la mesa sueltan una carcajada. No conozco el nombre de casi nadie de las personas que mencionan.

Todavía queda una silla vacía en la mesa. Estamos esperando a que llegue la última integrante de la cena, una chica que comenzó hace poco en el bufete y aún no conozco en persona. Lo único que sé de ella es lo que me ha contado Martin. Nació en Reino Unido y estudió en la Universidad de Oxford, ciudad en la que ha estado trabajando como abogada. Tiene un currículum brillante y muy buenas recomendaciones.

Doy sorbitos de agua mientras observo a la gente brindar en sus mesas y me imagino miles de historias en cada una de ellas. En todas hay un mantel de color borgoña, un centro de flores y velas que crean un espacio de intimidad a nuestro alrededor. Al fondo de la estancia se alza una cristalera imponente que separa la realidad con la vida dentro del restaurante. Veo pasar a la gente por la calle y las luces de las farolas encenderse conforme va oscureciendo. A los laterales de la cristalera caen de manera pesada y elegante unas cortinas de terciopelo morado que crean un ambiente más acogedor.

Estoy tratando de seguir la nueva anécdota de Gerard cuando alguien se acerca a la mesa. Martin se pone de pie enseguida y la saluda. Después, me la presenta.

—Juliette, ella es Sophie. La nueva compañera que te comenté.

Sophie parece una modelo recién sacada de una revista de los noventa. Es alta y muy muy guapa. Tiene el pelo largo de color negro azabache que le cae en forma de rizos bien definidos hasta el pecho y se nota que ha investigado más que yo el dress code del restaurante. Su perfume desborda feminidad y clase. Ha optado por un vestido de color rojo potente y ceñido, que le llega hasta los tobillos, y lo ha acompañado de unos tacones de aguja negros y brillantes. Me enfado conmigo misma por no haber preguntado a dónde veníamos a cenar y así vestirme acorde con el sitio. Ahora, parezco una adolescente al lado de esta diosa inglesa con mis botas Dr. Martens y una minifalda negra de cuero conjuntada con un top corto burdeos.

—Eh, hola, bienvenida. Soy Juliette, la pareja de Martin.

Me levanto para saludar a la nueva integrante y darle dos besos, pero de repente me acuerdo de que es inglesa y allí no se saludan así. Me aparto antes de llegar a ella y le tiendo la mano. Me mira con cara de curiosidad y me aprieta la mano con una sonrisa. Qué vergüenza, joder.

—Encantada de conocerte, Juliette. Soy Sophie. Perdona si mi español no es el mejor, todavía estoy acostumbrándome a usarlo en el día a día.

Si su belleza física me había asombrado, su inteligencia me deja con la boca abierta. Sophie habla un perfecto español con acento inglés que solo la hace más elegante. Le devuelvo una sonrisa mientras ella sigue saludando al resto de personas. Parece simpática y hago una nota mental para preguntarle, en algún momento de la cena, si hay algo en lo que le puedo ayudar para hacerle su mudanza más sencilla. Si lleva aquí poco tiempo, quizá quiera visitar la Sagrada Familia, la Casa Batlló o probar la típica comida española en un bar de toda la vida. Hasta es posible que Sonia, otra abogada, se apunte a nuestro plan.

Ese pensamiento me hace sentir más tranquila. Por culpa de mi trabajo, apenas puedo mantener mis amistades actuales, y me cuesta mucho hacer amigas nuevas. Pero sería genial poder conocer mejor a las compañeras de trabajo de Martin. Estoy segura de que él estaría encantado.

Sophie se sienta al otro lado de Martin. El vino parece haberlo animado, está más hablador y distendido que de costumbre. Hace mucho tiempo que no lo veo así, por ejemplo, en casa siempre está más huraño. Ahora, hasta se ofrece a ayudar a Sophie con algunos nombres de platos de la carta, ya que es la primera vez que lee algunas palabras como rodaballo o carrillera.

Después de que nos tomen la comanda, Gerard se dirige a mí:

—¿Y qué hay de ti, Juliette? ¿Sigues trabajando con Gemma?

Trago saliva y sonrío. Creo que se ha dado cuenta de que he estado un poco apartada en la cena y agradezco su gesto. Al final, somos cinco en una mesa de seis, y me ha tocado justo en el sitio donde no tengo a nadie enfrente.

Estoy a punto de contestarle cuando alguien me interrumpe y habla en mi lugar.

—Qué va… Otra vez estás sin trabajo, ¿a que sí?

Ni siquiera sé qué responder a eso. Sí, ya se me ha acabado el contrato, pero mi profesión es así. No es que esté sin trabajo porque quiera… Sin embargo, Martin sigue con su monólogo:

—Yo siempre le digo que debería buscarse un trabajo digno y no estar siguiendo órdenes de los médicos todo el rato… ¿No creéis? Al final, parece una camarera, pero en un hospital. Todo el día de un lado a otro para que te echen de tu puesto porque, al fin y al cabo, no es un trabajo para todo el mundo.

Miro a Martin con la boca abierta y de repente siento los ojos aguados. ¿Cómo ha podido decir eso de mí y de mi profesión? Y, lo peor de todo, delante de sus propios amigos, sabiendo lo mal que lo paso en estas situaciones y el esfuerzo que hago por poner buena cara y tratar de agradarles.

Estoy dando paso a la rabia antes del llanto y no quiero perder los papeles, así que decido salir de aquí.

—Si me permitís, voy al baño.

Me seco la boca con la servilleta de tela a toquecitos y me levanto haciendo más ruido del que debería, arrastrando la silla sin querer. Me dirijo con paso apresurado al baño con la poca dignidad que me queda.

Antes de entrar, me giro un momento para observar la mesa y veo cómo Gerard le dice algo con mala cara a Martin, seguramente reprochándole que su comentario sobraba. Por lo menos alguien más se da cuenta de la burrada que ha dicho. Pero, por lo que veo, a Martin no parece importarle. Le responde algo rápido y se gira hacia Sophie, a la que le susurra algo al oído y ambos se levantan.

¿A dónde irán?

Entro al baño lo más deprisa que puedo. Una vez se cierra la puerta detrás de mí y me percato de que no hay nadie aquí dentro, me permito respirar. Suelto un pesado suspiro y me apoyo con ambas manos en el borde de la porcelana de la pica.

Inspiro.

Aguanto el aire en los pulmones unos segundos.

Espiro.

Repito estos pasos varias veces y por fin entierro las ganas de llorar dentro de mí. Levanto la cabeza y mis ojos se clavan en el espejo, devolviéndome esa misma mirada vacía.

¿Por qué me siento humillada por él, que se supone que es mi pareja y me tendría que apoyar? ¿No soy suficiente para él? ¿Por qué ha tenido que soltar ese comentario delante de todos?

Esas y varias preguntas más se remueven en mi cabeza, formando un torbellino que me desequilibra y amenaza con provocarme otro ataque de ansiedad. Sin embargo, consigo vencerlo y salgo del baño con paso decidido y con la valentía suficiente como para responderle a este comentario tan insolente. Sin embargo, al llegar a nuestra mesa, Martin y Sophie todavía no han vuelto de dondequiera que estén. Gerard me informa de que ha salido a fumar un cigarro mientras esperamos el postre y me asegura que el comentario de Martin ha sido desafortunado y se lo ha hecho saber.

Me siento un poco más relajada después de los minutos que me he permitido respirar en el baño, pero sigo sintiéndome fuera de lugar, como si yo no encajara con el sitio ni con las personas que me acompañan.

Enseguida localizo a Martin y a Sophie al otro lado de la cristalera. Siento que el estómago me da un vuelco cuando se abrazan. Algo dentro de mí me está gritando que no es un simple abrazo de compañeros de trabajo, que parece otra cosa, pero lucho contra los celos. Son una nueva sensación y no me gusta sentirme así. No me representa. Nunca he desconfiado de Martin y no lo haré ahora, pero es cierto que esas miradas y sonrisas no parecen propias de quienes solo son colegas. Sophie se acerca a la oreja de Martin y le susurra una frase que le provoca una carcajada a mi novio.

No quiero ver nada más. Esto tiene que ser un mal sueño, una escena sacada de contexto. Me niego a creer que Martin devora a una mujer con los ojos como lo hacía conmigo cuando nos conocimos.

No puede ser.

Regresan a la mesa como si no hubiera pasado nada y escucho a los demás hablar de los postres. Gerard me mira y me parece atisbar una pizca de lástima en sus ojos. Sí, siente pena por mí. Decido ignorarla también y rechazo tomar un postre. Después de esto, voy a tener que hacer esfuerzos para no vomitar.

4

Juliette

Casi sin darme cuenta, llega el 15 de octubre y todavía no he encontrado trabajo desde que terminé mi último contrato en verano. Y no porque no quiera trabajar, claro. Ya me he cansado de hablar con compañeras, mirar portales de búsqueda de empleo y, sobre todo, de esperar a que se ilumine la pantalla de mi móvil con una llamada o… un correo electrónico.

Los días pasan mientras me sumo en una mezcla de incertidumbre y ansiedad. Algunos, me cuesta comer, otros, sería capaz de desayunar una docena de churros con chocolate caliente.

El móvil vuelve a sonar y por un momento pienso que es un mensaje de mi madre. Dejo la fregona apoyada en la pared blanca del salón y reviso el teléfono. Veo una notificación en noruego y el corazón me da un vuelco mientras la leo. Después, pulso en el correo electrónico y se me hacen eternos los segundos que tarda en abrirse.

De: Sykehjem_nursing@gmail.com

Para: juliette06@gmail.com

Asunto: Propuesta de trabajo

¡Hola, Juliette!

Soy Carina Viken, directora de la residencia Sykehjem Nursing en la sede de Tromsø, al norte de Noruega.

Me complace enviarte este mensaje porque he visto el currículum que enviaste y realmente me ha cautivado.

Me gusta ver que has estado trabajando en varias áreas diferentes de la enfermería desde que te graduaste y entiendo que quieres vivir la experiencia en los países nórdicos, además de que ya conoces nuestra ciudad desde pequeña.

Me gustaría conocerte un poco más y que me expliques cosas sobre ti, pero no sé si te pillo ahora mismo por Tromsø. ¿Estás viviendo aquí? ¿O sigues en España?

En el trabajo no se necesita un gran nivel de noruego de primeras, ofrecemos cursos sobre el idioma antes de acudir aquí, aunque he visto que tienes un buen dominio del idioma, así que no te resultará difícil adaptarte. Como sabes, parte de nuestro programa incluye el alojamiento los tres primeros meses y un vuelo anual de ida y vuelta a España totalmente gratuito para visitar a tu familia.

Podemos hacer la entrevista en inglés si te es más cómodo, aunque no me importaría valorar tu nivel oral de noruego.

¡Espero tu respuesta!

Atentamente,

Carina Viken

Directora de Sykehjem Nursing

¿QUÉ ACABA DE PASAR?

Tengo que leer cuatro veces el correo electrónico para conseguir retener toda la información. Me tiemblan las manos. No me esperaba esto para nada. Hace un mes, en un momento de desesperación, envié mi currículum a un hospital y una residencia de ancianos en Tromsø, pero pensé que lo descartarían sin mirarlo. De hecho, apenas he pensado en ello en las últimas semanas.

Corro hacia la mesa donde tengo mi ordenador y casi me caigo por el puñetero cable que cruza desde la mesa al enchufe. Empiezo a teclear una respuesta en noruego. Pero ¿qué respondo? ¿Acepto la oferta? ¿La rechazo con amabilidad?

Los minutos pasan mientras me voy consumiendo. Y, entonces, haciendo un esfuerzo para no cometer faltas de ortografía en noruego, respondo.

De: juliette06@gmail.com

Para: Sykehjem_nursing@gmail.com

Re: Asunto: Propuesta de trabajo

¡Buenas tardes, Carina!

¡Qué emoción recibir tu mensaje! Me encantaría tener una oportunidad para trabajar con vosotros en Sykehjem.

Claro, podemos hacer una videollamada cuando quieras. Estoy disponible mañana y pasado a cualquier hora del día.

Ya me dirás por qué plataforma te va mejor que nos veamos.

¡Gracias!

Juliette

Mientras espero su respuesta, dejo el piso impecable. Tengo tendencia a limpiar o a devorar comida basura cuando estoy nerviosa, así que opto por la primera opción y paso la fregona hasta tres veces por la cocina. Cuando termino, me dedico a sentarme junto al móvil a la espera del correo electrónico de la residencia.

Pero nada.

Mi gozo en un pozo.

Habrá visto mi respuesta y pensará que estoy desesperada y la habré asustado. Y eso que he intentado no decirle que tengo disponibilidad todos los días a cualquier hora solo para que no pensara que, efectivamente, estoy en el paro.

Seguro que es eso.

Estoy revisando el frigorífico para ver qué cenaremos hoy cuando mi móvil suena con una notificación. Mi corazón da un vuelco torpe y emocionado. Corro hacia el salón, donde he dejado tirado mi teléfono en el sofá, y me abalanzo sobre él como si no hubiera un mañana. Madre mía, esto es una locura. Una locura total y absoluta. El corazón me bombea en el pecho y me muerdo el labio cada dos por tres.

De: Sykehjem_nursing@gmail.com

Para: juliette06@gmail.com

Re: Asunto: Propuesta de trabajo

¡Me alegro mucho, Juliette!

Pues, digamos que nos corre un poco de prisa contratar a enfermeras para empezar el uno de noviembre o incluso antes, si es posible.

¿Te viene bien que hagamos una entrevista por Zoom mañana a las 10? Perdona las prisas.

Saludos.

Atentamente,

Carina Viken

Directora de Sykehjem Nursing

Vuelvo a leer el correo electrónico varias veces seguidas hasta cerciorarme de que esto es real y no estoy soñando. Doy saltitos de alegría y chillo en una frecuencia que solo los perros podrían escuchar mientras mi mente se convierte, de nuevo, en un torbellino de emociones. Esta vez, por fin son positivas.

Le dejo un mensaje a mi madre para que me llame cuando termine la cirugía.

Todavía con las mejillas doloridas de tanto sonreír, respiro hondo mientras dejo el teléfono a un lado y observo mi alrededor. Vale, tengo la entrevista mañana a primera hora. Eso me deja varias horas para prepararme, pensar en qué quiero destacar… y, sobre todo, pensar si de verdad estoy dispuesta a mudarme a Noruega. Hace unas semanas, mandé mi currículum sin pensar en las consecuencias, a lo loco, solo por probar. Y, ahora, tengo que mentalizarme de que puede que esto sea real. ¿Quiero que lo sea? ¿Sería capaz de meter mi vida en una maleta y dejarlo todo atrás?

Si la entrevista va bien y la suerte me sonríe una vez más… podría estar viviendo y trabajando en la ciudad de mi padre, el escenario de mi infancia, rodeada de auroras boreales.

Pero antes… hay alguien con quien necesito hablarlo en persona.

—Joder —mascullo dentro del ascensor subiendo a la séptima planta, donde está el despacho de Martin.

Voy tan cargada con la comida y el vino que se me ha roto el asa de la bolsa y estoy intentando que no se me derrame nada por el suelo. Suena el ding del ascensor que indica mi llegada y sus puertas metálicas se abren con suavidad. Me imagino a Martin haciendo este recorrido cada día. No es la primera vez que vengo, así que conozco el camino, aunque ahora tengo que ir al que era el antiguo despacho de su madre.

Todo esto ha sido idea de Gemma, mi compañera de trabajo. Quizá, teniendo un detalle bonito con Martin, reciba la noticia con más tranquilidad…, porque me da pánico su reacción. Ni siquiera sé muy bien lo que le voy a decir, así que decido improvisar.

Me adentro en las oficinas del Bufete Mendoza. El silencio de la planta me abruma, son las nueve de la noche y aquí no queda nadie. ¿Será Martin el único que se queda hasta tan tarde?

La oficina es amplia, con paredes blancas y con mesas de trabajo individuales separadas por paneles divisorios. Cada una de las mesas tiene una organización diferente: en algunas, hay papeles desperdigados sin ningún orden; en otras, hay más archivadores que en una biblioteca, los que indica que ahí se sienta una persona con las ideas claras y ordenadas. Si yo trabajara aquí, desde luego esa no sería la mía.

Al fondo de la sala se encuentra el despacho del director general del bufete, el nuevo despacho de Martin, separado del resto de la oficina con una pared de cristal cubierta con una persiana metálica. Veo luz en su interior y la puerta está entreabierta. Me acerco haciendo el menor ruido posible para darle una sorpresa. Seguro que estará enterrado entre papeles y le hará mucha ilusión. El vino le vendrá bien, estoy segura.

Antes de abrir la puerta, me paro en seco al otro lado de la estancia. Escucho voces en el interior, la de Martin y la de una voz femenina que me cuesta un poco identificar.

—Me vuelves loco, joder, loco… —murmura Martin.

Se me encienden todas las alarmas.

Sophie.

Sí, la chica que está dentro es Sophie, la del restaurante, la que recibió más atención por parte de mi novio que yo misma. Me acerco un poco más a la puerta y escucho ruidos como si estuvieran…

Empujo la puerta para ver lo que sucede al interior con el corazón desbocado, esperando ver una escena completamente diferente a la que ya se está dibujando en mi mente. Pero, por desgracia, no me equivoco. En el interior del despacho, Sophie está sentada encima de la mesa con las piernas abiertas y Martin se encuentra entre ellas, besándola mientras le acaricia las piernas desnudas.

Se me desgarra el alma en dos mitades. No, en mil pedazos. Y también se rompe la botella de vino, que se empieza a derramar por el suelo. Martin y Sophie se giran hacia la puerta para identificar la causa del ruido sordo que he provocado.

Martin me ve, pero ya es tarde. Muy tarde.

Tiro las bolsas al suelo y salgo corriendo. No quiero hablar, no quiero ver nada más. Solo necesito salir de aquí. Corro hacia el ascensor con el corazón en un puño y las lágrimas de rabia amenazando con quemarme las mejillas.

¿Cómo he podido ser tan estúpida?

Tan… ¿ingenua?

Pulso el botón de la planta calle y aporreo repetidamente el de cerrar las puertas. Martin llega justo a tiempo para que se le cierren en la cara.

—Juliette, ¡espera! —le escucho gritar, ya lejos de mí.

Ha llegado tarde y lo sabe.

Yo lo sé.

Me ha roto el corazón, pero por algún motivo, siento que por fin puedo respirar.