1

Las pesadillas de Axlin eran seis: los galopantes, las pelusas, los dedoslargos, los nudosos, los crestados y los robahuesos. Había sido así desde que tenía memoria, y por esa razón nunca se había planteado la posibilidad de que pudiera existir otro tipo de horrores más allá de la empalizada del enclave en el que vivía.

Su visión del mundo, no obstante, cambió la tarde en que conoció a Ixa y Rauxan.

Por aquel entonces, Axlin tenía ya nueve años y muchas responsabilidades en la comunidad. Cuando los centinelas anunciaron la llegada de los visitantes, sin embargo, dejó en el suelo el cesto medio lleno con las vainas de guisante que estaba recolectando y corrió hacia la puerta con los demás niños. Como de costumbre, y debido a la cojera que arrastraba, llegó la última, pero a nadie le importó.

Los adultos mantuvieron a los niños a una prudente distancia de la entrada, a pesar de que los centinelas nunca abrían el portón interior sin haber cerrado antes el exterior. Ellos aguardaron allí, obedientes y expectantes. Muy pocas veces recibían visitas; por lo general solía tratarse de buhoneros que arriesgaban sus vidas para viajar por los enclaves ofreciendo objetos, alimentos y materiales que no eran fáciles de encontrar en otros lugares. Por esa razón, todos se sorprendieron al ver entrar a una muchacha de unos doce años, seguida de un chico algo menor que ella. Los acompañaba un hombre adulto, pero los niños del enclave ya no se fijaron en él. Todos, incluida Axlin, lanzaron una exclamación de asombro y temor al ver a la chica. Nixi estalló en lágrimas.

Ella se detuvo y los contempló, desorientada.

—Se la llevarán los dedoslargos, se la llevarán los dedoslargos... —lloriqueaba Nixi; y el pequeño Pax, que no entendía qué estaba sucediendo, se echó a llorar también.

Axlin los abrazó a ambos para consolarlos, pero no podía apartar la mirada de la recién llegada. Jamás había visto una cabellera tan larga y tan rubia como la suya. Inquieta, se pasó los dedos por su propia cabeza, apenas cubierta por una corta pelusilla de color negro.

—¡Ixa! —dijo el otro chico, acercándose a la muchacha rubia—. ¿Qué pasa? ¿Por qué nos miran así estos niños pelones?

También él lucía unos desconcertantes rizos pelirrojos, y Axlin se preguntó cómo era posible que siguieran con vida todavía.

Tux se abrió paso y se plantó ante los recién llegados, con los brazos cruzados ante el pecho. Tenía casi trece años y no tardaría en abandonar la cabaña de los niños para ir a vivir con los adultos.

—No podéis llevar el pelo largo —informó con firmeza—. Si queréis pasar la noche aquí, tendréis que cortároslo como nosotros.

Ixa lanzó una exclamación, consternada, y se recogió el cabello con ambas manos, como si pretendiese protegerlo de las insidiosas intenciones de aquellos «niños pelones».

—¿Quién te crees que eres para darnos órdenes? —protestó el pelirrojo.

Tux no respondió ni movió un solo dedo.

—No nos cortamos el pelo por capricho —intervino Xeira con suavidad, sin comprender por qué tenía que explicar algo tan obvio—. Es la única forma de evitar que se nos lleven los dedoslargos. ¿O es que vosotros conocéis alguna otra?

—¿Dedoslargos? —repitieron a dúo los forasteros, desconcertados.

—Ixa, Rauxan —los llamó entonces el hombre que los acompañaba.

Había estado hablando con Vexus, el líder del enclave, mientras los niños conversaban. Axlin se fijó en que tampoco él cumplía las normas referentes al cabello. No lo llevaba demasiado largo, pero necesitaba afeitarse la barba con urgencia.

Se reunió con ellos y dirigió una mirada pesarosa a los «niños pelones».

—Tenéis que rasuraros la cabeza vosotros también —informó a los suyos—. Es una norma del enclave.

A Ixa se le llenaron los ojos de lágrimas y Rauxan puso mala cara, pero ninguno de los dos protestó. Al fin y al cabo, todo el mundo cumplía las normas de los enclaves. Eso era algo que estaba fuera de toda discusión.

Los otros niños los siguieron con curiosidad y se quedaron a observar mientras les cortaban el pelo. Cuando los bucles rubios de Ixa comenzaron a caer en cascada a su alrededor, la muchacha ya no lloraba; se mantenía en silencio, pálida y asustada.

Cenaron todos, como tenían por costumbre, antes de la puesta de sol. Mientras preparaban las mesas, Axlin regresó a donde había tenido lugar el corte de pelo para apropiarse de uno de los mechones de Ixa, que alguien había barrido y acumulado en un rincón, junto con los rizos rojizos de Rauxan y los restos de la barba del forastero adulto, que ya sabía que se llamaba Umax. No tenía muy claro por qué lo hacía. Estaba convencida de que ella jamás se dejaría crecer tanto el pelo, y tampoco lo deseaba.

Había una idea, sin embargo, que no cesaba de dar vueltas en su mente, aunque no fuera capaz de darle forma.

Aquella niña, con el cabello tan largo..., aquellas personas... seguían vivas.

Eso significaba algo, aunque Axlin no podía alcanzar a deducir de qué se trataba. Guardó el mechón rubio entre sus tesoros más preciados antes de correr, renqueante, a reunirse con los demás.

Los niños forasteros no se sentaron junto a ellos en la cena. Se mantuvieron junto a Umax, serios y en silencio, sin acabar de acostumbrarse a su nuevo aspecto.

Los niños del enclave, en cambio, no hablaban de otra cosa.

—¿Cómo es posible que llevaran el pelo tan largo? —planteó Xeira, todavía desconcertada—. ¿Quiénes son? ¿Y de dónde vienen?

—He oído que su enclave fue destruido hace unas semanas —informó Tux en voz baja, para que no lo oyeran Pax y Nixi, los más pequeños—. Solo ellos tres han sobrevivido.

Axlin y Xeira lanzaron exclamaciones de horror y conmiseración.

—¿Fueron los dedoslargos?

—No lo creo. —Tux reflexionó—. Es posible que no haya dedoslargos en el lugar de donde vienen.

—¿Existe un lugar donde no hay dedoslargos? —preguntó Axlin, fascinada; se pasó de nuevo la mano por la cabeza, preguntándose si podría dejarse crecer el pelo allí.

—No lo sé. Es posible.

—Pero, aunque no tuvieran dedoslargos —murmuró Xeira—, había otros monstruos a los que no pudieron vencer.

Los niños contemplaron de nuevo a Ixa y Rauxan. Ahora ya no se mostraban tan arrogantes, y la noticia de su tragedia los había conmovido.

—¿Pueden hacer eso los monstruos? —preguntó Axlin con timidez—. ¿Pueden destruir un enclave entero?

Los niños cruzaron miradas tensas, repletas de inquietud.

—Ha pasado algunas veces —respondió Xeira—, pero a nosotros no nos sucederá. Sabemos cómo defendernos de todos los monstruos.

No obstante, apenas un rato más tarde descubrió que aquello no era verdad.

Ixa y Rauxan fueron alojados en la cabaña de los niños. No pusieron ningún reparo, dado que su antiguo enclave se había organizado de la misma forma: la casa más segura de la aldea, la más sólida y mejor defendida, se alzaba justo en el centro, lejos de las empalizadas, y era allí donde vivían los niños menores de trece años y las madres con sus bebés. Cuando estos alcanzaban el año de edad, sin embargo, las madres regresaban a las casas de los adultos, que formaban un cinturón protector en torno a la cabaña central, y sus hijos quedaban al cuidado de los muchachos mayores. Así, los niños crecían sin saber a ciencia cierta quiénes eran sus padres, y los padres se desvinculaban enseguida de los hijos que habían engendrado. Todos eran hermanos entre ellos. Todos los adultos ejercían como padres, y todos los niños eran hijos del enclave.

En la época en que llegaron Ixa y Rauxan vivían en la cabaña cinco niños. También se alojaban con ellos Kalax y su bebé de tres meses. No eran muchos, y precisamente por eso el enclave los protegía con uñas y dientes. Era sumamente difícil sobrevivir a la infancia, llegar a la edad adulta y aportar una nueva generación a la comunidad. Se trataba de algo que los niños mayores sabían muy bien, aunque nunca hablaran de ello.

Hicieron sitio a los recién llegados y prepararon catres para ellos. Ixa examinaba la estancia con aprensión. Cuando alzó la vista al techo, lanzó una exclamación de horror.

—¡Rauxan, no podemos dormir aquí!

Su amigo siguió la dirección de su mirada y compartió su alarma. Los otros niños tardaron un poco en convencerlos de que no se marcharan, y en comprender que echaban de menos algo llamado «red contra babosos».

—¿Qué es la red contra babosos? —quiso saber Nixi.

—¿Qué son los babosos? —preguntó Axlin a su vez.

Los nuevos las contemplaron sin dar crédito a lo que oían.

—¿No sabéis lo que son los babosos?

No tuvieron ocasión de contestar, porque Kalax entró en aquel momento y los mandó a todos a la cama. Los niños obedecieron y ejecutaron los rituales de costumbre, en orden y en silencio. Hubo algunos murmullos cuando los forasteros extrajeron de sus equipajes unos calcetines gruesos y burdos que despedían un olor penetrante. Se los pusieron casi de forma automática, sin prestar atención a las miradas perplejas que cruzaron los demás.

Solo cuando juzgó que sus pies estaban convenientemente protegidos, Ixa alzó la cabeza y contempló a sus anfitriones con gesto incrédulo.

—Es por los chupones —les explicó, como si fuera obvio.

—Shu-pooo-neees —repitió Pax con su lengua de trapo.

Tux negó con la cabeza.

—No sé de qué estás hablando.

Ixa comenzaba a enfadarse.

—No te creo. He visto que esa niña cojeaba —añadió, señalando a Axlin—. Te atacaron los chupones, ¿verdad? No tienes por qué avergonzarte si te faltan algunos dedos; en nuestro enclave había supervivientes que estaban mucho peor que tú.

Sus palabras pretendían ser amables, pero Axlin reaccionó con desconfianza.

—No me falta ningún dedo, muchas gracias —replicó, retrocediendo un poco sobre su catre.

Ixa lo tomó como un desafío a sus palabras.

—No te creo —repitió—. Vamos, enséñame ese pie —demandó, y se lanzó sobre ella.

Tras un breve forcejeo, logró sacar el pie descalzo de Axlin de debajo del embozo. La niña lanzó una risita mientras Ixa lo alzaba en alto para verlo bien.

—Para, para, me haces cosquillas.

Pax rio también, encantado, creyendo que era un juego. Pero fue el único.

—¿Lo ves? —intervino Xeira, un tanto molesta—. Axlin tiene todos los dedos. Si cojea, no es por culpa de esos chupones de los que hablas.

—La atacó un nudoso cuando tenía cuatro años —explicó Tux.

Ixa soltó el pie de Axlin, avergonzada.

—Oh —dijo solamente—. Lo siento.

La forma en que lo dijo dejó patente que sí conocía a los nudosos. Tux, sin embargo, creyó conveniente completar la explicación:

—La cogió por el tobillo y tiró de ella para hundirla en el suelo. Y se la habría llevado si Vexus no lo hubiese visto a tiempo. Consiguió retenerla, pero el nudoso la había agarrado con tanta fuerza que le destrozó el tobillo. No ha vuelto a caminar bien desde entonces.

—Lo siento —repitió Ixa.

Axlin había vuelto a cubrirse con el embozo, y se encerró en un silencio ofendido. Kalax aprovechó para poner orden.

—No se habla de monstruos antes de dormir —les recordó—, y mucho menos delante de los más pequeños. Voy a apagar la luz y, cuando lo haga, quiero que todos estéis acostados y en silencio.

Los niños obedecieron. Kalax apagó la lámpara, y durante un buen rato solo se oyó el sonido de su bebé mamando con fruición. Después el pequeño eructó, lloriqueó un poco y por fin se durmió.

Axlin, en cambio, se sentía incapaz de conciliar el sueño. No podía dejar de pensar en lo que Ixa les había dicho. ¿Babosos? ¿Chupones? Nunca había oído hablar de ellos; el hecho de que existieran monstruos desconocidos, contra los que no sabía cómo defenderse, la llenaba de inquietud.

Un rato más tarde oyó la voz de Tux, que susurraba en la oscuridad:

—¿Ixa? ¿Estás dormida?

—No —respondió ella en el mismo tono.

—Yo tampoco —informó Rauxan.

—Ni yo —añadió Xeira.

—¿Y Kalax y los pequeños? —siguió indagando Tux—. ¿Se han dormido ya?

Se oyó un rumor de sábanas mientras los niños se acercaban en silencio a comprobarlo. Axlin cerró los ojos con firmeza, porque a sus nueve años no sabía si la incluirían o no en la categoría de «los pequeños». Y quería saber qué se traía Tux entre manos.

—Todos dormidos —informó Xeira en voz baja; tal como Axlin había sospechado, no contaban con ella para su pequeño conciliábulo—. ¿Por qué querías saberlo?

Tux no respondió enseguida. Axlin aguardó, intrigada, mientras fingía que dormía profundamente.

—Esos chupones de los que hablabas, Ixa... —dijo el chico al fin—, ¿cómo son?

Las otras niñas contuvieron el aliento, entre aterradas y fascinadas. Fue Rauxan, sin embargo, quien respondió en un susurro:

—Yo nunca los he visto, aunque los he sentido varias veces.

—Yo sí que vi uno, una vez —dijo Ixa—. Estaba rondando en torno a mis pies, le di una patada y salió corriendo a esconderse bajo la cama. Pero como estaba oscuro, no pude apreciarlo bien.

—¿Cómo era de grande? —quiso saber Tux.

—Como una rata, más o menos. No obstante, lo peor de los chupones no es su tamaño.

Hizo una pausa, pero nadie se atrevió a apremiarla para que continuara.

—Los chupones —prosiguió por fin— llegan por las noches, cuando todo el mundo está durmiendo. No importa cuántas trampas o barreras inventes para detenerlos, ellos siempre se las arreglan para entrar en las casas de todas formas. Se meten en tu cama y empiezan a comerte los dedos de los pies. Y tú no te enteras, porque no lo sientes. Hay algo en su saliva que calma el dolor para que no te despiertes con los mordiscos. Así se pueden pasar toda la noche, y primero se comen los dedos de tus pies, luego tus pies, después los tobillos, las pantorrillas... Algunos se despiertan a tiempo y solo pierden un par de dedos. A otros los sorprendió la mañana desangrándose en sus camas, sin piernas.

Los otros niños escuchaban, mudos de horror. Axlin se estremecía, acurrucada bajo las mantas. Dobló las rodillas, tratando de proteger sus pies de aquel enemigo desconocido.

Rauxan tomó entonces la palabra:

—La única manera de evitarlo es usar unos calcetines especiales. Los hacemos con lana de cabra y los lavamos a menudo con jugo de cebolla; por eso huelen tan raro. Pero a los chupones no les gusta. Si se meten en tu cama y llevas puestos estos calcetines, bien ajustados para que no te los puedan quitar, se limitarán a chuparte un poco los dedos de los pies a través del tejido. Y después se marcharán, porque el sabor a cebolla les da mucho asco, y el tacto de la lana les produce picores en la nariz.

Los niños se rieron bajito.

—No sabemos si es exactamente así —matizó Ixa—. Pero sí está claro que nuestros calcetines no les gustan. Todos en nuestro enclave sentimos alguna vez a los chupones lamiendo los dedos de nuestros pies y, sin embargo, la mayoría de nosotros los conservábamos, por suerte, así que los calcetines funcionan de verdad.

—Nosotros también notamos a los dedoslargos cuando vienen por la noche —dijo Tux—. Se deslizan entre las camas como sombras y te pasan las manos por la cara y por la cabeza, buscando tu pelo. Sus dedos son húmedos y fríos. Parece que te acaricien, pero es horrible sentir su tacto sobre la piel. A pesar de eso, si los notas, lo mejor es hacerte el dormido. Porque si no tienes pelo, se marcharán.

Hubo murmullos de asentimiento, mientras los niños forasteros escuchaban, sobrecogidos.

—¿Y qué pasa si encuentran un niño con el pelo largo? —se atrevió a preguntar Rauxan.

—Niño o adulto, les da igual —puntualizó Xeira—. Lo agarran por el pelo y se lo llevan a rastras hasta su madriguera para devorarlo. Si te coge el dedoslargos, no importa cuánto llores, grites o patalees, no te vas a poder soltar. Además corre tan deprisa, incluso con su presa a rastras, que nadie puede alcanzarlo para rescatarla. La gente a la que se lleva el dedoslargos no vuelve nunca más.

—Yo he oído decir —añadió Tux— que una vez una patrulla encontró la madriguera de un dedoslargos. Consiguieron matarlo y rescataron los restos de todas las personas a las que se había llevado. Contaron ciento doce cráneos entre niños y adultos.

Axlin inspiró hondo. Nunca había oído contar esa historia.

—Eso debe de ser un bulo, Tux —objetó Xeira—. No hay ningún enclave tan grande.

—No; pero, si el dedoslargos llevaba allí muchos años, tal vez siglos..., sí habría podido llevarse a toda esa gente. Sin embargo, eso no fue lo peor que encontraron en la madriguera.

—¿Ah, no?

—No. Además de los huesos de sus víctimas, el dedoslargos también guardaba sus cabelleras. El pelo de todas aquellas personas, arrancado de cuajo, atado con cuerdas y ordenado por colores, del más claro al más oscuro. Había ciento doce cráneos y ciento doce matas de pelo. El dedoslargos las había guardado todas.

Los niños guardaron silencio y contuvieron la respiración, como si pudieran oír los pasos del dedoslargos deslizándose entre las sombras de la habitación.

—Y por esa razón —concluyó Tux—, en este enclave nos cortamos el pelo de esta manera. Desde que lo hacemos, los dedoslargos no se han llevado a nadie más.

—Y aun así todavía vienen algunas noches —añadió Xeira—. Los sentimos entre nosotros, notamos sus dedos en la cara y a veces oímos su respiración muy cerca del oído. Nos acarician la cabeza e intentan cogernos del pelo, pero no pueden. Y entonces se van.

Ixa y Rauxan escuchaban con atención. Por fin, la muchacha dijo:

—Entiendo. Gracias por insistir en que nos cortásemos el pelo. En nuestro enclave, nunca habíamos oído hablar de los dedoslargos.

—Pero sí de los nudosos —se defendió Rauxan, como si se sintiera en la obligación de hacerlo—. Y vosotros no conocíais a los chupones, después de todo.

—¿Fueron esos chupones los que destruyeron vuestro enclave? —quiso saber Tux.

—¡Tux! —lo reprendió Xeira, escandalizada. Pero los forasteros no se molestaron.

—No —respondió Ixa en voz baja—, fueron los escuálidos. Aprovecharon una mañana de niebla muy densa para organizar un ataque. Encendimos las fogatas para repelerlos, como de costumbre, pero entonces se puso a llover con fuerza y las hogueras se apagaron. Mientras intentábamos encenderlas de nuevo, abrieron un hueco en la empalizada y entraron en el enclave. Eran muchos, y estaban muy hambrientos. Nosotros nos salvamos porque a mediodía salió por fin el sol, y los escuálidos corrieron a esconderse. Si la niebla hubiese tardado más en levantarse, nos habrían devorado a todos.

Nadie dijo nada. Tampoco habían oído hablar nunca de los escuálidos, pero ni Tux ni Xeira se atrevieron a preguntar. Bajo las mantas, Axlin temblaba de terror.

—Murieron diecinueve personas —siguió relatando Rauxan, con voz extrañamente desapasionada; como si, describiendo los hechos de aquella manera, el horror fuera un poco menos horrible—. Trece adultos y seis niños. Sobrevivimos nosotros tres, y otros dos adultos que se han quedado por el camino. A uno se lo llevó un piesmojados y a la otra la mataron los crestados.

La voz de Rauxan se apagó; Axlin oyó los suaves sollozos de Ixa desde el catre contiguo, y el terror que sentía se hizo más grande, amenazando con devorarla desde dentro. Tras unos instantes de silencio sobrecogido, pareció que Tux iba a añadir algo, pero entonces se oyó la voz de Kalax desde el jergón que ocupaba junto a la puerta:

—Chicos, ¿todavía no os habéis dormido? ¿Qué os pasa?

—Nada, Kalax —respondió Tux—. Es que los nuevos echan de menos su casa.

—Es natural —respondió ella en un susurro—. Tratad de dormir y manteneos en silencio, o despertaréis a los pequeños.

Nadie dijo nada más aquella noche. Los recién llegados, agotados tras tantas emociones, terminaron por dormirse. Sin embargo, Axlin fue incapaz de pegar ojo. Aquellos niños forasteros habían sembrado su mente de nuevos horrores, como si los espantos cotidianos no fueran ya suficientes. No podía dejar de mover sus pies descalzos, echando de menos las prendas de lana de cabra que ahuyentaban a los chupones, y que nunca antes había necesitado. También pensaba en aquellas nuevas criaturas que llegaban para aumentar el catálogo de sus pesadillas: los escuálidos, los babosos, los piesmojados. No sabía cómo eran aquellos seres, ni de qué nuevas y retorcidas formas exterminaban a los humanos; pero eso no los hacía menos terribles, sino al contrario.

cap-2

2

Mucha gente en el enclave dio por sentado que los tres forasteros se quedarían allí definitivamente. Los nuevos miembros eran siempre bienvenidos en la comunidad, especialmente si se trataba de adultos fuertes y sanos, como Umax, o de niños, como Rauxan; pero, sobre todo, de muchachas que serían mujeres fértiles cuando crecieran, como Ixa.

Los primeros días, de hecho, los recién llegados se integraron en el enclave y se esforzaron por aprender sus normas y sus rutinas. Los niños no volvieron a preguntar a Ixa y Rauxan sobre los monstruos que habían dejado atrás, pese a que Axlin no los había olvidado. Después de todo, cuando sobrevenía una tragedia lo más sensato era mirar hacia delante y tratar de recuperar la normalidad cuanto antes.

Por esa razón, todos se sorprendieron cuando Umax anunció que reemprenderían su camino en cuanto hubiesen recuperado las fuerzas. Los niños rodearon enseguida a Ixa y Rauxan, demandando una explicación.

—¿Por qué os vais? —preguntó Xeira angustiada—. ¡Es muy peligroso! El lugar de los niños está en los enclaves, no en los caminos.

Los demás se mostraron de acuerdo. La simple idea de atravesar las puertas de la empalizada y adentrarse de nuevo en el salvaje mundo que se extendía al otro lado les parecía poco menos que un suicidio.

—Si salís ahí fuera, se os comerán los monstruos —gimió Nixi con los ojos llenos de lágrimas.

Y entonces Ixa empezó a llorar también.

—¡Yo no quiero marcharme! —confesó afligida—. ¡Tengo mucho miedo!

Xeira la abrazó para consolarla, mientras los otros niños las contemplaban desconcertados, sin saber qué decir. Rauxan permanecía a su lado en silencio, tratando de parecer resuelto; pero le temblaba el labio inferior.

Tux resopló.

—No es justo —declaró, y se alejó de ellos a grandes zancadas.

Axlin lo llamó:

—¡Tux! ¡Tux, espera! ¿A dónde vas?

—¡A hablar con Umax!

—¡No vas a conseguir que cambie de opinión! —le advirtió Rauxan; el chico no le hizo caso.

Axlin echó a correr detrás de Tux, renqueando, pero nadie más la acompañó.

Lo encontró en casa de Oxis; allí se hallaba también Umax, que había interrumpido su conversación con el anciano para escuchar a Tux.

—... y no te puedes llevar a Ixa otra vez a los caminos —le estaba diciendo el chico con ardor—. Estará mucho más segura aquí...

—Entiendo tu preocupación, Tux —lo interrumpió Umax—, pero ningún enclave es seguro. Ni siquiera el tuyo.

Tux inspiró hondo y Axlin se apoyó en el quicio de la puerta, tratando de recuperar el aliento tras la carrera. Tardó unos instantes en asimilar lo que Umax acababa de decir. ¿Que los enclaves no eran seguros? Eso no podía ser verdad. Era lo primero que aprendían todos los niños: que en aquellos recintos protegidos por altas empalizadas estarían a salvo, más que en ningún otro lugar.

Pero, por otro lado, Umax provenía de una aldea muy similar a la suya..., una aldea que había sido asaltada y destruida por los monstruos. Era lógico, hasta cierto punto, que tuviese dudas al respecto.

Se removió con inquietud. Hasta la llegada de aquellos tres forasteros, ella no las había tenido.

—A lo mejor los enclaves no son seguros —acertó a replicar Tux por fin—, pero los caminos lo son todavía menos.

—Cierto. No obstante, los monstruos acabarán por arrasar todas las aldeas humanas, una detrás de otra. Es cuestión de tiempo. Así que lo mejor que podemos hacer es huir lejos de aquí, buscar un lugar donde las cosas sean diferentes.

—No existe tal lugar...

—Sí que existe. Lo llaman la Ciudadela. Ahora eres muy joven, pero tal vez, cuando seas un poco mayor, tú también abandones este sitio para ir en su busca.

Tux sacudió la cabeza.

—Nunca me iré de aquí —declaró—. Si tengo que morir luchando contra los monstruos, lo haré. No pienso huir como un cobarde.

Axlin inspiró hondo, pero Umax no se enfadó. Se limitó a sacudir la cabeza con una media sonrisa.

—Ya crecerás, muchacho. Todos lo hacemos, si los monstruos lo permiten.

Al no obtener del hombre la reacción que había esperado, Tux se mostró un poco desconcertado.

—Bueno —dijo al fin—, si tú quieres seguir tu viaje, me parece bien, claro. Pero ¿por qué te llevas a Ixa y a Rauxan? ¿No se pueden quedar aquí, si es lo que quieren?

Umax guardó silencio un momento antes de responder:

—Ellos son todo lo que queda de mi enclave. Están bajo mi responsabilidad y no puedo dejarlos atrás.

—¿Y hasta dónde iréis en busca de esa Ciudadela?

—Hasta que la encontremos, hasta que no podamos viajar más o hasta que los monstruos nos maten en el camino. Y ahora, Tux, si me lo permites... Oxis y yo tenemos cosas que hacer.

El muchacho resopló, molesto, y salió de la casa hecho una furia. Axlin se quedó allí, junto a la puerta, tratando de comprender todo lo que Umax había dicho.

De modo que Ixa y Rauxan se iban de verdad... y probablemente para siempre. A pesar de que solo llevaban unos días en el enclave, Axlin sabía que todos los iban a echar mucho de menos. Habían supuesto un soplo de aire fresco, una maravillosa novedad en la rutina gris de la aldea.

Contempló a Umax y Oxis, pensativa, mientras reanudaban su conversación.

Oxis era el hombre más viejo de la comunidad. Tux decía que tenía por lo menos cincuenta años, pero Axlin no creía que fuera verdad. No conocía a nadie que hubiese vivido tanto tiempo.

No obstante, Oxis no salía nunca fuera del enclave. Por lo que ella sabía, de joven había sobrevivido de milagro al ataque de la cuadrilla de robahuesos que había asesinado al resto de los miembros de su grupo durante una salida al exterior. Igual que Axlin, sufría secuelas físicas que le impedían moverse con la misma agilidad que los demás. Oxis usaba bastón y apenas podía desplazarse sin ayuda, por lo que habría sido una carga para cualquier patrulla.

Por otro lado, cada vez que pensaba en aquella historia, Axlin no podía evitar plantearse qué sentiría el anciano si por alguna circunstancia volviese a toparse con aquellos robahuesos; qué pensaría al contemplar las toscas armaduras que ellos mismos se fabricaban con los restos de sus víctimas; y si se quedaría mirando los cráneos humanos que protegían las cabezas de aquellas repugnantes criaturas, preguntándose cuáles de ellos habrían pertenecido a sus compañeros caídos. Si alguno hubiese podido ser el suyo propio, en el caso de que la suerte no le hubiese sonreído aquella tarde.

Bien mirado, era una buena cosa que no pudiese salir más a patrullar. Se le daba bastante bien cocinar, fabricar herramientas y arreglar objetos que se rompían, por lo que resultaba útil al enclave a su manera.

Umax siguió hablando sobre su viaje, aunque Oxis no parecía escucharlo. A Axlin le resultó extraño, pues siempre era un oyente atento y considerado; pero en esta ocasión se mostraba más interesado en deslizar un extraño objeto alargado sobre la superficie de algo que parecía un montón de láminas muy finas, unidas a un soporte de piel que sostenía sobre sus rodillas. Era un gesto tan insólito que Axlin preguntó de pronto, sobresaltando a los dos hombres:

—¿Qué estás haciendo, Oxis?

El anciano la miró, un tanto contrariado ante aquella nueva interrupción.

—¿Tú también, Axlin? ¿No tienes nada mejor que hacer?

—¿Qué es eso? —insistió ella—. No había visto nunca nada igual. ¿Para qué sirve?

Pero Oxis la echó de allí sin contemplaciones.

Axlin no volvió a pensar en ello, porque en aquellos momentos el destino de Ixa y Rauxan la preocupaba más que el curioso comportamiento del anciano.

Los niños no fueron los únicos que suplicaron a Umax que reconsiderase su decisión. Varios adultos del enclave, con Vexus a la cabeza, trataron de convencerlo de que permitiese a Ixa y Rauxan quedarse con ellos. Hubo una breve discusión cuando Umax insinuó que detrás de aquella petición había un interés evidente por parte del enclave para quedarse con «sus» niños. Vexus se molestó, pero otros adultos intervinieron y Umax se disculpó por lo que había dicho.

Yulixa propuso que esperaran a que llegase algún buhonero errante para unirse a él y a sus escoltas en su viaje; una idea que Umax rechazó. Y dijo algo que Axlin, que escuchaba a los adultos con atención, recordaría siempre, aunque en aquel momento no lo comprendiera del todo:

—Si nos quedamos unos días más, ya no seremos capaces de marcharnos.

Vexus suspiró y accedió por fin a que se fueran, para consternación de los niños.

—Pero os acompañaremos hasta el próximo enclave —decidió—. Si os marcháis solos, no sobreviviréis.

Umax se negó al principio porque no quería abusar de la hospitalidad de la aldea, ni tampoco cargar con la responsabilidad de las bajas que pudieran producirse. Pero Vexus insistió.

Después de aquello, ya solo quedó perfilar los detalles.

Dos días después, Umax, Ixa y Rauxan partieron por fin, a primera hora de la mañana. Los acompañaban Vexus y otros tres adultos del enclave. Los que se quedaron se despidieron de ellos con brevedad; todo lo que debían decirse ya había sido dicho la noche anterior y, aunque eran conscientes de que existía la posibilidad de que alguno de ellos no regresara, el grupo no podía entretenerse si quería alcanzar el refugio al anochecer.

Cuando la puerta de la empalizada se cerró tras ellos, Axlin se quedó mirándola, incapaz de reaccionar. Estaba acostumbrada a ver salir a los adultos cuando partían en expediciones de abastecimiento, pero nunca antes había visto a ningún niño cruzar aquellas puertas, y por eso se había quedado allí plantada, paralizada de puro terror. Era consciente de que venían de lejos y habían sobrevivido al viaje, pero eso no la tranquilizaba. En el fondo de su corazón sabía que no volvería a verlos jamás.

—Vamos, Axlin —dijo Tux, y la empujó suavemente para que se moviera.

Ella dio la espalda a la puerta y solo cuando dejó de verla se sintió un poco mejor.

La aldea quedó muy silenciosa cuando el grupo se marchó. Y las horas se le antojaron después a Axlin extrañamente largas, como si las hubiesen estirado. La cabaña de los niños parecía mucho más vacía sin Ixa y Rauxan, pese a que solo habían pasado unos días con ellos.

Los que se quedaron tuvieron que trabajar mucho más para compensar la ausencia de Vexus y los demás. Y, como si hubiesen sentido que el enclave no contaba con algunos de sus miembros más capaces, al segundo día los robahuesos trataron de echar abajo la empalizada. Los adultos lucharon contra ellos con los escasos medios de los que disponían, mientras los niños se atrincheraban en la cabaña, temblando de miedo y sollozando en silencio. Sabían perfectamente lo que debían hacer porque había sucedido en otras ocasiones; los robahuesos intentaban entrar en el enclave a menudo, y la empalizada y los centinelas estaban allí únicamente para repelerlos. Los crestados y los galopantes, en cambio, acechaban en campo abierto y nunca atacaban un enclave bien defendido. Y en cuanto a los nudosos, las pelusas y los dedoslargos..., en fin, aquellas criaturas entraban en el enclave de todas formas, y no había nada que los humanos pudiesen hacer para impedirlo, por mucho que lo intentasen.

La batalla de aquel día fue más larga e intensa de lo habitual, y por un momento los niños temieron que los robahuesos lograran superar las defensas del enclave. Por fin, Nanaxi abrió la puerta y anunció que el peligro había pasado.

—Tux, Xeira —los llamó—, necesitamos que nos ayudéis a reparar los desperfectos y curar a los heridos.

Axlin asumió que, como de costumbre, tendría que cuidar de los más pequeños. Salió de la cabaña con el bebé de Kalax en brazos y guio a Nixi y a Pax hasta el huerto, para que jugasen a la sombra de los árboles frutales y se recuperasen del susto.

Había llevado un pañal limpio para el bebé, y se puso a cambiarlo mientras Pax y Nixi se perseguían el uno al otro. Entonces Nixi se cayó al suelo y se hizo daño en la rodilla. Axlin depositó al bebé sobre la manta para ir a lavarle la herida a la niña; fue solo un momento y, cuando volvió, el bebé seguía donde lo había dejado, por lo que se relajó un instante y le hizo cosquillas en la nariz para hacerlo reír.

Pero entonces Nixi preguntó:

—¿Dónde está Pax?

Axlin se incorporó y miró a su alrededor. Vio que Pax se había alejado de ella sin que se diera cuenta, saltando y riendo como si le estuviesen contando un chiste muy divertido. Entornó los ojos, inquieta ante aquel extraño comportamiento. Detectó entonces unas pequeñas siluetas redondas y coloridas que brincaban entre sus pies.

Y el corazón se le detuvo un breve instante.

Pelusas.

—¡Pax! —gritó—. ¡Paaax!

Pero el niño no la oía. Seguía jugando con aquellas pequeñas criaturas, de pelaje suave y esponjoso y largas colas rematadas por mechones que parecían una llamarada multicolor.

A todos los niños pequeños les encantaban las pelusas. Se les subían encima, saltaban a su alrededor, les hacían cosquillas y jugaban con ellos hasta ganarse su confianza. Y entonces...

Todos aprendían muy pronto que no había que dejarse engatusar por las pelusas. Se podía confiar, por tanto, en que cualquier niño a partir de los cuatro o cinco años sería consciente del peligro y huiría de ellas en lugar de seguirlas.

Los más pequeños, sin embargo, o no lo comprendían aún o lo olvidaban con facilidad.

Axlin echó a correr, desesperada.

—¡Paaax! —gritó—. ¡Paaax! ¡Vuelve!

El niño se volvió un momento hacia ella, desconcertado. Pero las pelusas brincaron más alto y atrajeron de nuevo su atención. Entre gritos de alegría, Pax corrió tras ellas, tratando de atraparlas.

Axlin maldijo su pie torcido, su exasperante lentitud, su inevitable torpeza. Se esforzó por avanzar más rápido mientras llamaba al niño con toda la fuerza de su desesperación.

—¡Paaax! ¡Paaax!

Las pelusas lo guiaban en una dirección determinada. Pax las siguió, encantado, hasta detrás de las matas de habas. Axlin lo perdió de vista; lo llamó de nuevo, pero tropezó y cayó de bruces. Angustiada, contempló desde el suelo cómo la última pelusa abría de pronto una boca monstruosamente grande y erizada de dientes.

El horror retorció sus entrañas como una garra de hielo.

En el mismo instante en que trataba de levantarse, ignorando el dolor sordo de su pie herido, dejó de oír la risa de Pax.

Lo siguiente que oyó fueron sus gritos.

Axlin se arrastró por el suelo como pudo, tratando de llegar hasta el pequeño antes de que fuera demasiado tarde. Pero iba lenta, muy lenta...

El niño aullaba de miedo y de dolor detrás de las matas de habas. Axlin vislumbró, entre sus lágrimas de impotencia, una figura que la adelantaba, rauda y envidiablemente ágil. Reconoció a Nanaxi y se sentó en el suelo, aliviada porque por fin un adulto iba a salvar a Pax..., y entonces los alaridos del niño dejaron de escucharse súbitamente, y la exclamación de horror de Nanaxi confirmó sus peores temores.

Axlin gritó también, entre lágrimas, el nombre de Pax. Otros adultos llegaron corriendo para reunirse con Nanaxi y confirmar el fatal desenlace. La muchacha se puso en pie con torpeza y trató de seguirlos, pero Yulixa se lo impidió.

—No, Axlin, no vayas...

Ella se revolvió entre sus brazos.

—Tengo que verlo —sollozó—. Sea lo que sea, tengo que verlo, porque es culpa mía, es culpa mía...

Siguió repitiéndolo mientras se la llevaban a rastras a la cabaña de los niños y la acostaban en una cama, presa de un delirio febril. Lloró mucho el resto del día, llamó a Pax, incluso se golpeó a sí misma para castigarse por su incompetencia y su torpeza. Varios adultos entraron a cuidar de ella; no le hablaron de Pax ni le hicieron ningún reproche, sino que le dieron a beber infusiones tranquilizantes hasta que se calmó y se durmió.

Pasó un par de días en cama, recuperándose de la conmoción. A veces, en su duermevela, oía a los adultos, y también a los otros niños, susurrar a su alrededor. Oyó comentarios sobre la muerte de Pax, a quien no habían podido salvar de la brutal voracidad de las pelusas, y sobre el regreso de Vexus y los demás, que por fin estaban de vuelta en la aldea, todos vivos.

Y también sobre ella misma.

—Pobre Axlin..., no deberíamos haberla dejado sola con tres niños tan pequeños. Solo tiene nueve años.

—No tuvimos opción. Éramos muy pocos, acabábamos de sufrir un ataque...

—Si Umax y sus niños se hubiesen quedado aquí...

—Tenían derecho a marcharse si querían. Era su decisión. Pero quizá Vexus no debería haber comprometido nuestro enclave por ir a escoltarlos. Después de todo, no eran de los nuestros.

—De todas formas hay que asumir que Axlin no puede, ni podrá, hacer lo mismo que cualquier otro en el enclave.

—Eso ya lo sabíamos. Nunca saldrá a patrullar, pero...

—No solo necesitamos correr al otro lado de la empalizada, y lo sabes.

—Axlin no tiene la culpa.

—Lo sé, lo sé. Pero no puedo evitar pensar que, si hubiese sido cualquier otra niña, tal vez Pax seguiría vivo.

Axlin nunca llegó a saber quién pronunció aquellas palabras, ni si las oyó de verdad o fueron solamente la voz de su propia conciencia.

Una tarde captó una conversación que llamó su atención.

—No me parece buena idea. Ella tiene que dar hijos al enclave, como todas las mujeres fértiles.

Axlin, medio dormida aún, entreabrió los ojos y volvió la cabeza con dificultad. En la puerta de la casa, recortadas contra la luz del atardecer, reconoció las figuras de Oxis y Vexus.

—Axlin todavía no es una mujer fértil —argumentó el anciano—, y es lista: aprenderá a leer antes de que esté en condiciones de tener hijos. Después puede compatibilizar ambas tareas. Sabes que nunca saldrá de patrulla con vosotros, ni siquiera cuando deje atrás la edad de procreación. No puede correr.

—Hum —murmuró Vexus.

—Yo no voy a vivir para siempre —insistió Oxis—. ¿O preferirías que eligiese a un aprendiz completamente sano?

—Quizá no necesites un aprendiz, después de todo.

—¿Cómo dices?

—Tu oficio pertenece a otra época, Oxis. Hoy ya nadie puede comprender ese libro que guardas.

—Por eso quiero enseñar a Axlin a leerlo.

La niña, aturdida, trató de comprender de qué estaban hablando. Pero utilizaban palabras que le resultaban completamente desconocidas.

—¿Y de qué servirá si nadie más lo entiende?

—Os lo puede leer en voz alta. Lo haría, si a alguien le interesase. Yo incluso podría enseñaros a leer a todos...

—Tenemos cosas más importantes que hacer, Oxis.

—Pero el conocimiento que guarda el libro...

—El conocimiento nos lo da la experiencia.

—¡Es la experiencia de nuestros antepasados lo que plasmamos en el libro del enclave!

—Te equivocas. Nuestros antepasados enseñaron a sus hijos, y estos a los suyos, y así hasta llegar a nosotros. Y nosotros enseñamos a nuestros descendientes lo que aprendimos de nuestros padres. Por eso los niños no pueden perder el tiempo entre letras y libros; tienen que aprender cómo sobrevivir y ser útiles a la comunidad. No les servirá de nada leer si se los comen los monstruos.

Oxis parecía indignado, pero no replicó. Vexus se ablandó un poco.

—Puedes enseñar a Axlin, si quieres. Aunque no sirva para nada. Siempre que no interfiera en sus tareas, por descontado. Todos tenemos una función en la comunidad, y ella lo sabe igual que cualquiera.

Las últimas palabras de Vexus se difuminaron en la mente de Axlin, que cayó de nuevo en un profundo sueño. Cuando despertó, apenas recordaba la conversación que había escuchado. Solo sabía que Vexus y Oxis habían estado hablando acerca de su futuro, e intuía que la extraña propuesta del anciano podría tratarse de algún tipo de castigo por haber permitido que las pelusas se llevaran a Pax.

Cuando mejoró y le bajó la fiebre, ya no había adultos en torno a su cama. Pero allí estaban Tux, Xeira y Nixi, dispuestos a ofrecerle apoyo.

—¿Pax...? —fue lo único que pudo decir ella.

Los tres niños se miraron, como si hubiesen pactado previamente qué responder a eso, y Tux comentó:

—Qué bien que te hayas despertado, Axlin. Tenemos buenas noticias: Yulixa está esperando un bebé. Nacerá el próximo otoño.

Nadie volvió a mencionar a Pax. Cuando Axlin se reincorporó a la rutina de la aldea, dedujo que lo habían incinerado, llorado y despedido mientras ella se encontraba aún convaleciente. Ahora, la vida seguía. No podían permitir que el dolor los paralizase. Había que seguir luchando, día a día, para que los monstruos no los venciesen.

cap-3

3

Axlin casi había olvidado la desconcertante conversación que había escuchado entre el líder del enclave y su miembro de mayor edad cuando, días después, el propio Oxis llamó su atención una mañana, mientras tendía la ropa al sol.

—Ven conmigo —le dijo con cierta brusquedad.

—¿Cómo...?

—Vamos, sígueme.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta y echó a caminar, muy despacio, apoyándose en su bastón. Axlin dejó el cesto de la ropa en el suelo y se apresuró a ayudarlo sosteniéndolo por el otro brazo, pese a que también a ella le costaba mantener el equilibrio. Así, muy lentamente, llegaron hasta la cabaña de Oxis.

La niña lo ayudó a acomodarse sobre la silla y se dio la vuelta para marcharse, creyendo que aquello era lo único que el anciano quería de ella.

—Espera, no te vayas —dijo él—. Ven.

Axlin se acercó, intrigada. Oxis alcanzó algo que reposaba sobre una mesita, y ella comprobó con sorpresa que se trataba del mismo objeto que había despertado su interés en su última visita.

Oxis lo alzó en alto para que lo viera bien.

—Esto, jovencita —anunció con gravedad—, es un libro. El único que tenemos en el enclave, por el momento.

—Libro —repitió Axlin; aquella palabra no significaba nada para ella.

—Sirve para anotar cosas en sus páginas. Para que otros puedan leerlas más adelante.

Anotar. Páginas. Leer. Eran tantos conceptos nuevos que el rostro de Axlin se tiñó de confusión. Oxis meneó la cabeza con un suspiro y la invitó a sentarse junto a él.

Entonces le mostró el libro con detalle y le habló de la escritura, de cómo se podía plasmar información en aquel objeto mediante un código que otras personas compartían; de cómo los hechos, los pensamientos y las conversaciones podían ser descritos allí para que otros los interpretaran tiempo después.

Le mostró las páginas del volumen, ya amarillentas y llenas de letras que formaban palabras, que a su vez componían frases, que se combinaban para conservar información vital para el enclave.

—En este libro, Axlin —concluyó Oxis, pasando las páginas con cuidado—, otras personas antes que yo, generación tras generación, han registrado los acontecimientos más importantes de la aldea, desde hace más de cien años. Los nacimientos, las muertes, los ataques de los monstruos, las visitas de los buhoneros y las noticias que nos traen de otros lugares más allá de la empalizada. Aquí está todo el saber que nosotros no somos capaces de recordar; aquí lo guardamos para nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, y los hijos de los hijos de nuestros hijos; por si morimos antes de que crezcan lo suficiente como para poder escucharlo de nuestros propios labios.

Axlin contempló el libro con respeto, aunque aún le costaba imaginar cómo un objeto tan pequeño podía contener tantas cosas.

—Yo soy el guardián del libro —prosiguió Oxis—. También me llaman el escriba. Antes había uno en cada enclave, o incluso varios, pero ahora quedamos muy pocos, porque es más práctico aprender a luchar que aprender a leer. Y si yo no hubiese quedado tullido hace años, probablemente mi antecesor no habría escogido a ningún aprendiz, y su conocimiento habría muerto con él.

—Pero está en el libro —señaló Axlin, que aún trataba de entender cómo funcionaba aquella magia extraña.

—Sí, pero no sirve de nada si no lo sabes interpretar. Dime, ¿tú sabes leer?

La niña contempló los signos del libro casi hasta quedarse bizca, esperando que su contenido le fuese revelado de alguna manera; por fin sacudió la cabeza, decepcionada.

—Nadie sabe leer en este enclave —la consoló Oxis—. Nadie, salvo yo. Así que, por el momento, cuando escribo en el libro, lo hago sabiendo que solo yo lo puedo leer; y, cuando yo muera, nadie más podrá. A no ser que hagamos algo para evitarlo, naturalmente.

Se quedó mirando a Axlin con fijeza, y ella se removió, nerviosa.

—¿Qué quieres decir?

Entonces Oxis sonrió, y le formuló la pregunta que cambiaría su vida para siempre:

—¿Te gustaría aprender a leer y a escribir, Axlin, para ser la próxima escriba de la aldea?

Ella se sorprendió al principio; entonces recordó que el anciano ya había hablado de ese tema con Vexus, cuando pensaban que ella no los oía. Aun así, dado que no había vuelto a pensar en ello, no supo qué contestar.

—Yo...

—¿Te gustaría? —insistió él.

Axlin volvió a mirar el libro. Sentía curiosidad por saber qué secretos podría revelarle. Se le ocurrió una idea.

—¿En este libro se habla de las pelusas?

Oxis le dirigió una mirada penetrante, como si quisiera desentrañar la intención que se escondía tras aquella cuestión.

—Por supuesto —respondió por fin—. Por desgracia, se han llevado a muchos de nuestros niños, desde que tenemos memoria.

Axlin asintió lentamente, pensando.

—¿Y de los chupones? ¿Habla de los chupones?

En esta ocasión, fue Oxis quien se sorprendió.

—¿Los chupones?

—Son unos monstruos que había en el enclave donde vivían Ixa y Rauxan.

Él la miró pensativo.

—Es posible —reconoció—. No me sé el libro de memoria.

—Pero ¿Umax no te lo contó? ¿No te habló de los monstruos que atacaron su aldea?

—Los escuálidos, sí. Hay algo de información sobre ellos en alguna parte. —Siguió contemplando a Axlin con mayor curiosidad—. Es cierto que antes se compartía ese conocimiento; algunos escribas anotaban detalles sobre monstruos desconocidos en estas tierras, pero yo no lo suelo hacer. No vale la pena, ¿sabes? Ya tenemos bastante con nuestros propios monstruos, y quedan pocas páginas en blanco; no podemos llenarlas de cosas inútiles.

«A mí no me parecen inútiles», pensó Axlin. Desde la llegada de los forasteros, había soñado a menudo con los chupones y los escuálidos, y le angustiaba la idea de que el enclave no estuviese preparado para enfrentarse a ellos. Si ni siquiera habían encontrado aún la forma de salvar a niños como Pax de monstruos con los que llevaban siglos conviviendo, ¿cómo se defenderían de criaturas a las que no conocían?

—Yo quiero saber —dijo solamente.

Oxis sonrió de nuevo.

—No necesitas más para ser mi aprendiz. Enhorabuena, Axlin; si eres aplicada y prestas atención, algún día serás la escriba del enclave.

A pesar de que nunca antes había oído hablar de los escribas, las mejillas de la niña se arrebolaron. «Voy a ser escriba», se dijo. Y sonrió por primera vez en muchos días.

Aprender a leer no fue tan sencillo como había imaginado. Había muchas letras, muy diferentes, y solo representaban sonidos; era necesario combinarlas entre sí para que formaran palabras. Además, la caligrafía de Oxis era muy irregular, y él mismo no resultó ser un maestro particularmente paciente. Por otro lado, Axlin no disponía de mucho tiempo para sus lecciones: como los demás niños, trabajaba en el huerto, lavaba la ropa, ayudaba a cuidar a las gallinas, los cerdos y las cabras, y limpiaba la cabaña cuando le tocaba. Tenía que sacrificar, por tanto, sus escasos ratos de ocio para seguir aprendiendo; y por ello, mientras los demás aprovechaban cualquier descanso para jugar, ella corría renqueando hasta la cabaña de Oxis para continuar descifrando las palabras escritas en el único libro de la aldea.

Al principio no comprendía nada de lo que el escriba trataba de enseñarle. Los trazos, las letras y las palabras se confundían en su cabeza y se sentía incapaz de interpretarlos; Oxis se impacientaba y la reprendía con dureza, pero Axlin se limitaba a tragarse las lágrimas, apretar los dientes y esforzarse todavía más, aunque la falta de resultados era descorazonadora.

Sin embargo, seguía adelante porque, cuando estaba concentrada en su aprendizaje, los gritos de Pax dejaban de resonar en su cabeza y en su corazón.

Sus amigos, por otra parte, no comprendían lo que hacía. Al principio la observaban con perplejidad cuando desaparecía para continuar con sus lecciones en la cabaña de Oxis. Le preguntaban a menudo qué era eso de leer, y para qué servía. Y ella, que no lo tenía muy claro todavía, se aturullaba con las explicaciones y se sentía muy avergonzada ante su propia torpeza.

Con el paso de los meses, los otros niños dejaron de incluirla en sus juegos, porque daban por sentado que no tenía tiempo para esas cosas. Pero Axlin apenas se dio cuenta de ello.

Un día, con gran esfuerzo por su parte, fue capaz de descifrar una frase completa. Y se sintió tan orgullosa de su hazaña que no la olvidó jamás.

La frase decía: «Hoy comienza el primer año del ciclo de Vexus».

Entusiasmada por sus progresos, Axlin fue, poco a poco, leyendo más fragmentos del libro.

«Hoy hemos repelido otro ataque de los robahuesos. Se llevaron a Raix. Uxar resultó herido, pero se curará sin secuelas.»

«Hoy celebramos la unión de Madox y Daxia.»

«Hoy salió una patrulla al bosque para buscar madera. Los crestados mataron a Zaxin.»

«Hoy el bebé de Nanaxi cumple un año. La llamamos Nixi.»

«Hoy las pelusas se llevaron a Daxini. Había alcanzado la edad de tres años y medio.»

«Hoy nos ha visitado un buhonero. En los intercambios hemos conseguido buen cuero para hacer zapatos, un cuchillo nuevo y una olla pequeña.»

«Hoy ha nacido otro bebé sano en el enclave.»

Axlin no comprendía cómo era posible que todas aquellas cosas hubiesen sucedido «hoy». Oxis le explicó que cada entrada había sido redactada en un momento diferente y le enseñó también a interpretar la cronología que articulaba el libro. Le hizo leer entonces la fecha que encabezaba la última página escrita: «Año 4 del ciclo de Vexus», que quería decir que hacía cuatro años que Vexus era el líder del enclave. Axlin pasó las páginas hacia atrás y leyó con curiosidad: «Año 7 del ciclo de Sox», «Año 1 del ciclo de Xemalin», «Año 3 del ciclo de Yaxa». La niña no había llegado a conocer a ninguno de aquellos líderes. Si habían dejado de serlo, se debía a que los monstruos los habían matado. Ninguno de los ciclos, por otro lado, era demasiado largo.

A Axlin le habría gustado seguir leyendo, pero Oxis tenía otros planes para ella.

—Ahora tienes que aprender a escribir —le dijo.

Aquello le resultó todavía más difícil que aprender a leer. Dado que quedaban pocas páginas en blanco y también escaseaba la tinta, su maestro no le permitió utilizar el cálamo. Axlin aprendió a trazar cada letra sobre el suelo, con una ramita. Al principio, los otros niños se acercaban a observarlos con curiosidad, sin comprender lo que hacían, pero pronto perdieron el interés.

Tux fue el último en hacerlo. Un día se plantó ante Axlin, que practicaba sola escribiendo sobre la arena.

—No entiendo por qué pierdes el tiempo con eso —le soltó.

Ella alzó la cabeza para mirarlo. Tux tenía ya trece años; hacía poco que había abandonado la cabaña de los niños para instalarse con los adultos, y se pavoneaba mucho por ello.

—No pierdo el tiempo —respondió ella con paciencia—. Estoy aprendiendo a escribir.

—Pues no entiendo por qué. No sirve para nada.

Axlin repitió entonces la explicación que había oído de labios de Oxis:

—Sirve para poder transmitir mensajes en la distancia, y también en el tiempo.

Pero Tux se rio.

—Menuda tontería. Solo son garabatos en el suelo, Axlin. ¿Cómo es posible que prestes atención a los disparates de ese viejo loco?

Sus palabras tenían el matiz incisivo y venenoso de la púa de un crestado, pero Axlin no contestó. Borró con una mano su práctica de escritura, alisó la tierra y deslizó de nuevo la punta de la ramita por la superficie. Cuando terminó, había escrito: «Tux es tonto».

El chico observó las letras con indiferencia. Axlin le preguntó, incapaz de disimular una sonrisa:

—¿Sabes lo que dicen estas letras? Si supieras leer, lo entenderías.

—Las letras no dicen nada. No saben hablar. Ni muestran cosas, como los dibujos.

—Dicen: «Tux es tonto».

Él se picó.

—¡Eso es mentira! Te lo acabas de inventar.

—¡Yo no me invento nada! ¡No tengo la culpa de que tú no sepas leer!

Oxis salió de su cabaña, irritado por los gritos de los niños.

—¿Qué pasa aquí? ¿Se puede saber por qué armáis tanto alboroto?

—He escrito esto, maestro —informó Axlin muy formal.

El escriba echó un vistazo a las letras del suelo. Una sonrisa bailó en la comisura de sus labios y estalló finalmente en una carcajada.

—Sí, muy cierto —asintió—. Buena observación.

Axlin se rio también. Tux, ceñudo, los miraba a ambos sin comprender el chiste.

—¿Qué es lo que tiene tanta gracia?

—Oxis, ¿podrías leer en voz alta lo que he escrito en el suelo? —le pidió Axlin, todavía sonriendo.

—Por supuesto —respondió el anciano con total solemnidad—: «Tux es tonto».

El chico se quedó desconcertado un momento y volvió a mirarlos, incrédulo. Después estudió con atención las letras del suelo, como si pudiese leer su mensaje si se esforzaba mucho. Por fin, alzó la cabeza, profundamente molesto, les dirigió una mirada arisca y se fue sin despedirse.

Después de aquello, no volvió a importunar a Axlin; y a ella le pareció, incluso, que comenzaba a tratarla con cierto respeto.

Con el tiempo, y a medida que progresaba en sus prácticas de escritura, Oxis le permitió seguir descifrando el libro. Axlin leyó sobre muertes, nacimientos y bodas de personas a las que conocía. Algunas frases la hacían sonreír, otras la sorprendían o la entristecían. Hubo una que la hizo llorar.

«Hoy el bebé de Daxia ha cumplido un año. Lo llamamos Pax.»

Aquella noche volvió a soñar con las pelusas, con los gritos de Pax. Se despertó en medio de su pesadilla y sintió un siseo familiar en la habitación: un dedoslargos.

Aguantándose las lágrimas, Axlin cerró los ojos con fuerza y soportó los tanteos de la criatura, que acarició su cabeza en busca de una cabellera a la que aferrarse. Cuando por fin se fue, Axlin decidió que no quería sentir miedo nunca más. Por ella, por Pax, por Nixi, que sollozaba desde su jergón, y por todos los niños que crecían amenazados en los enclaves; pero también por los adultos, que se verían obligados a luchar contra los monstruos para proteger sus precarias aldeas, y que tendrían sin duda una muerte horrible y violenta, antes o después.

«Ha de haber algo en ese libro que lo explique todo. No puede ser que nadie haya descubierto nunca cómo defendernos de los monstruos.»

Al día siguiente le preguntó a Oxis si podía empezar a leer el libro desde el principio. Por lo que ella sabía, las primeras anotaciones databan de casi cien años atrás. Al hojear aquellas primeras páginas, había descubierto que el primer escriba del enclave no había sido uno, sino varios, a juzgar por las distintas caligrafías. Por aquel entonces redactaban textos más largos y daba la sensación de que no les preocupaba tanto la escasez de papel. Por lo que parecía, los buhoneros visitaban el enclave con mayor frecuencia. Quizá sus primeros habitantes contaran con poder hacerse con un nuevo libro con relativa facilidad, cuando hubiesen completado todas las páginas del que tenían.

A Axlin todo aquello le parecía sumamente interesante, pero Oxis le dijo que debía centrarse en conocer el presente y registrarlo con puntualidad, porque el pasado no iba a regresar y no tenía sentido recordarlo.

Ella no estaba de acuerdo; no obstante, era su maestro quien tomaba las decisiones, y no replicó.

Se dedicó, por tanto, a estudiar las anotaciones relativas al ciclo de Vexus, por si podía descubrir alguna información útil. Y aquel mismo día, apenas unas horas después, encontró el siguiente registro, un par de páginas atrás:

«Hoy un nudoso entró en el enclave y atacó a Axlin. Vexus y Xai la salvaron a tiempo, pero tiene el pie roto. Quizá nunca vuelva a caminar como antes.»

La niña se echó hacia atrás, respirando profundamente. Tenía vagos recuerdos de aquel día, aunque regresaba a veces en sus sueños, poblándolos de imágenes tan claras y detalladas como si las hubiese vivido la tarde anterior.

Los nudosos cavaban galerías subterráneas y entraban en el enclave a través de ellas, por debajo de la empalizada. Solían aguardar bajo tierra, a la sombra de los árboles, hasta que pasaba por allí su futura víctima. A menudo sacaban a la superficie el extremo de alguno de sus tentáculos, tan similares a raíces que nadie solía detectar su presencia hasta que era demasiado tarde.

Axlin no había sido una excepción. Lo único que recordaba era un brutal tirón, un dolor ardiente en el tobillo izquierdo y en las ingles, porque el nudoso había conseguido hundir una de sus piernas, pero la otra había quedado a ras de suelo, doblada en un ángulo recto con respecto a la primera. Aun así, el nudoso siguió tirando, y ella chilló de dolor y agonía mientras los huesos de su tobillo se astillaban y sus piernas se abrían más de lo que su cuerpo podía soportar. Gracias a ello, sin embargo, los adultos llegaron a tiempo para liberarla; si el nudoso la hubiese cogido por ambos tobillos, o si hubiese logrado, a base de tirones, introducir también la pierna derecha de Axlin en el agujero, jamás la habrían vuelto a ver.

La niña sabía que la base de la empalizada se hundía un par de metros en el suelo, precisamente para evitar que entraran los nudosos. Y lo cierto era que aquella medida detenía a la mayoría de ellos, aunque no a todos; siempre había alguno que cavaba más hondo que los demás.

Siguió leyendo el libro del enclave, cada vez más atrás en el tiempo. Hubo un día en que, al volver la página, descubrió que había llegado al final del ciclo anterior. La anotación decía:

«Hoy ha muerto Xemalin, aplastado por un galopante, durante una expedición al río. Hemos elegido a Vexus como nuevo líder del enclave.

»Hoy termina el ciclo de Xemalin. Ha durado seis años.»

Axlin se detuvo, indecisa. Oxis le había dicho muy claramente que tenía que leer lo referente al ciclo actual, sin ir más atrás. Echó un vistazo al sillón donde dormitaba el anciano y decidió que no pasaría nada si seguía investigando un poco más, siempre que él no se enterase.

Así lo hizo durante las semanas siguientes. Cuando Oxis estaba presente, Axlin releía páginas que ya se sabía de memoria, fingiendo que lo hacía por primera vez; sin embargo, cuando la dejaba a solas, pasaba las hojas hacia atrás y leía fragmentos de ciclos anteriores.

Así fueron pasando las semanas, y los meses. Una mañana, los niños se despertaron con la noticia de que Yulixa, la esposa de Vexus, había dado a luz durante la noche. Se celebró una pequeña fiesta en el enclave, porque tanto la madre como el bebé estaban bien, y Oxis le dijo a su aprendiza que sería ella la encargada de registrar el acontecimiento en el libro del enclave.

—¿Cómo? ¿Yo...? —se sorprendió Axlin.

—Sigues teniendo una caligrafía horrenda —gruñó el anciano—, pero no la mejorarás si no puedes practicarla en condiciones.

De modo que aquella tarde, temblando de emoción, la niña tomó por primera vez el cálamo, lo introdujo en el tintero y escribió, esforzándose por hacer buena letra: «Hoy ha nacido el bebé de Yulixa. Es niño y está sano».

Nadie más que Oxis estaba presente, ni siquiera Vexus ni la propia Yulixa, pese a que el escriba le había contado que en tiempos pasados el registro en el libro era un ritual al que solían asistir todos los habitantes del enclave. Ahora, sencillamente, no le interesaba a nadie.

Las letras le quedaron mejor de lo que había esperado, y las contempló con alegría y orgullo.

—No está mal —admitió Oxis.

A partir de entonces, Axlin se ocupó de anotar en el libro todos los acontecimientos reseñables, siempre bajo las directrices de Oxis. Como ya sabía leer y escribir, el anciano le dijo que no hacía falta que acudiese a su cabaña todos los días; tan solo cuando hubiese algo que registrar. Axlin, por tanto, ya no pudo seguir rastreando el pasado del enclave a través de las páginas del libro. Solo pudo contribuir a plasmar el presente en ellas para las generaciones futuras.

Así fueron pasando más días, meses, años.

«Hoy el bebé de Kalax cumple un año. Lo hemos llamado Xalu.»

«Hoy un nudoso ha matado a Baxil en el bosque.»

«Hoy ha venido un buhonero. En los intercambios hemos conseguido varios rollos de tela para hacer sábanas y ropa interior, un hacha, cuatro escudillas y un bloque de jabón.»

«Hoy se ha ido el buhonero. Anuxa, la viuda que lo acompañaba, se queda con nosotros.»

«Hoy una patrulla fue a pescar al río porque es temporada de salmones. Volvieron con pescado para todos. Fueron atacados por los crestados y Vexus resultó herido por un aguijón. Ha perdido la movilidad del brazo izquierdo, pero está vivo.»

«Hoy el bebé de Yulixa cumple un año. Lo hemos llamado Alaxin.»

«Hoy las pelusas trataron de llevarse a Xalu, pero lo impedimos a tiempo.»

«Hoy Xeira cumple trece años y deja la cabaña de los niños para ir a vivir con los adultos.»

«Hoy Vexus, Madox y Xai han matado a un dedoslargos. Han colgado su cadáver en lo alto de la empalizada para que sirva de advertencia a los demás.»

«No ha servido de nada. Los dedoslargos siguen entrando, de modo que hemos descolgado el cuerpo y lo hemos incinerado.»

«Hoy han llegado dos buhoneros. Nos han contado que el enclave de Terox ha sido destruido por los robahuesos. La aldea más cercana queda ahora a cinco días de distancia.»

«En los intercambios hemos conseguido semillas de pepino, nabo y calabaza para sembrar, dos pieles de oso para hacer mantas, tres cuchillos nuevos y un rollo de buena cuerda.»

«Hoy se marchan los buhoneros. La viuda Mirexa se va con ellos.»

«Hoy ha nacido el bebé de Daxia. Es una niña y está sana, al igual que su madre.»

«Hoy, una patrulla fue atacada por galopantes. Vexus resultó gravemente herido.»

«Vexus ha muerto. Hemos elegido a Madox como nuevo líder del enclave.

»Hoy termina el ciclo de Vexus. Ha durado casi ocho años.»

«Hoy celebramos la boda de Keixen y Xeira.»

«Hoy el bebé de Daxia ha cumplido un año. La hemos llamado Lilix.»

«Hoy hemos sufrido un nuevo ataque de los robahuesos. Hirieron a Tux, pero se recuperará. Han destrozado la puerta y tardaremos varios días en arreglarla.»

«Hoy tres crestados entraron en el enclave por la puerta que estaba rota. Hirieron a Daxia y a Oxis, el escriba. Daxia está grave. Oxis ha muerto.»

«Axlin, de trece años, es la nueva escriba del enclave.»

cap-4

4

En los años siguientes Axlin, como responsable del libro del enclave, fue la única capaz de leerlo. Cuando tuvo que abandonar la cabaña de los niños para irse a vivir con los adultos, se trasladó a la casa de Oxis, que había quedado vacía.

La aldea disponía de muchas casas vacías. Algunas de ellas lo estaban desde hacía tanto tiempo que habían quedado en ruinas. No valía la pena reconstruirlas, porque no habitaba suficiente gente en el enclave como para ocuparlas todas. De hecho, con el paso del tiempo había sucedido todo lo contrario: dado que la cantera quedaba lejos, y era muy arriesgado ir a trabajar en ella, cada vez que se necesitaban piedras en la aldea para arreglar el horno, para elevar el brocal del pozo o para reparar algún muro, se sacaban de las casas abandonadas. Axlin había leído en el libro que existía un antiguo proyecto para transformar la empalizada en un muro, pero se había descartado porque para llevarlo a cabo se habría necesitado un esfuerzo ímprobo y más piedras de las que contaban en la aldea, incluso si derruían todas las viviendas vacías. La muchacha era consciente, sin embargo, de que podría construirse un muro con un perímetro más reducido sin dejar a nadie fuera, porque la empalizada se había levantado en una época en la que la aldea estaba mucho más poblada. No obstante, ningún líder embarcaría a los suyos en una tarea tan ingente. Precisamente porque eran demasiado pocos y les llevaría demasiado tiempo.

Pero también, comprendía Axlin, porque nadie quería imaginar siquiera por un momento que el enclave no pudiese recuperar población en los años venideros. De modo que las casas vacías seguían allí; ni se reconstruían ni se derribaban, pero nadie había perdido la esperanza de que volvieran a ser ocupadas en el futuro.

Había bastantes para elegir, y algunas estaban en mejor estado que la de Oxis; aun así, Axlin prefirió la del anciano que había sido su maestro, aunque a muchos les resultó una decisión extraña.

—Pronto tendrás que elegir marido —le insinuó Tux un día.

Tenía tres años más que ella, pero no se había casado aún. Cuando eran niños, todo el mundo había dado por supuesto que Tux y Xeira serían pareja, porque tenían una edad similar. Sin embargo, al llegar a la edad adulta, Xeira había elegido a Keixen, que era un poco mayor que Tux.

Axlin captaba las indirectas, naturalmente. Había mujeres viudas en el enclave, y a veces se quedaban embarazadas, porque la comunidad no podía permitirse el lujo de esperar a que eligieran un nuevo marido. De hecho, Axlin sabía, porque lo había leído en el libro, que había habido épocas en las que algunos hombres habían tenido dos o tres esposas para asegurar la llegada de una nueva generación; en la actualidad, y como el enclave tenía cada vez menos habitantes, se prefería que las viudas mantuviesen relaciones esporádicas con hombres de fuera, como los buhoneros o los visitantes, para prevenir la endogamia en la medida de lo posible. Al fin y al cabo, los monstruos mataban más hombres que mujeres, ya que ellas permanecían seguras en los enclaves mientras gestaban, y los varones adultos y sanos no dejaban nunca de participar en patrullas y exploraciones.

En los últimos años, bajo el liderazgo de Madox, Tux había salido a menudo del enclave, mientras que Axlin, debido a su cojera, no lo había hecho jamás. El chico se había convertido en uno de los mejores hombres de la comunidad; era rápido, fuerte y valiente; ella había anotado en el libro diversas hazañas suyas, y probablemente le había dedicado más frases de las que Oxis hubiese considerado conveniente. Pero la joven siempre quería saber; y, cuando regresaban las patrullas, Tux siempre encontraba un momento para sentarse a su lado y relatarle todo lo que había sucedido.

Axlin le preguntaba sobre todo por los monstruos: cómo eran, qué hacían, cómo habían logrado escapar de ellos... o qué les había sucedido a los infortunados que no lo habían hecho.

Tux era un buen narrador, y ella era una buena oyente, por lo que pasaban muchos ratos juntos. A Axlin le habría encantado registrar en el libro todo lo que él le relataba, pero no había espacio suficiente. De modo que, tiempo atrás, había ideado un modo de anotar los datos que juzgaba interesantes y que no quería olvidar. Para no ocupar espacio en el libro, empezó a utilizar hojas de la gran morera que crecía junto al huerto. Al final del verano recolectó las más grandes, las puso a secar y después las guardó para seguir usándolas como material de escritura el resto del año. Apenas podía registrar un par de frases en cada una de ellas, pero las almacenaba todas en una caja, a la espera de poder transcribirlas en otro libro en un futuro.

«Los crestados tienen tres hileras de púas a lo largo del lomo, desde la cabeza hasta la punta de la cola. A veces las hacen ondear como olas que recorren su espalda, y eso significa que están a punto de atacar.»

«Los dedoslargos tienen ocho dedos en cada mano.»

«Los robahuesos tienen los ojos pequeños y sin párpados y la boca muy ancha, casi de oreja a oreja. La cabeza es muy pequeña, por eso pueden utilizar los cráneos humanos como cascos.»

«Los galopantes tienen dos hileras de dientes y pueden desencajar la mandíbula, de forma que son capaces de arrancarte la cabeza de un solo mordisco.»

Axlin deseaba poder conseguir un nuevo libro en blanco para transcribir en sus páginas todo lo que anotaba en las hojas de morera. Pero ninguno de los buhoneros a los que había preguntado llevaba en su carro nada semejante.

—¿Me oyes? —insistió Tux—. Ya tienes quince años. Estás en edad de casarte.

—Te he oído —respondió ella. Pero no añadió nada más.

Él inspiró hondo antes de formular la siguiente pregunta:

—Y... ¿a quién vas a elegir?

Axlin alzó la cabeza para mirarlo a los ojos, y el corazón le latió un poco más deprisa. Era agradable estar con Tux; la escuchaba con paciencia y siempre la hacía reír. Además, no cabía duda de que era guapo; era alto, ágil y fuerte, y aún no tenía demasiadas cicatrices. Y solo le llevaba tres años y medio. Era obvio que ambos tenían que ser pareja.

No había más opciones, en realidad. Axlin era consciente de que había tenido mucha suerte porque, al llegar a la edad fértil, había en el enclave un muchacho joven y soltero para ella. Otras chicas tenían que desposar a hombres mayores o, por el contrario, esperar a que alguno de los niños creciera lo bastante como para poder casarse con ellas.

—No voy a elegir —se le ocurrió de pronto.

Tux se mostró desconcertado.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que no tengo elección porque, ahora mismo, solo estás tú. Y Xalu, pero solo tiene siete años, y obviamente cuando crezca será para Nixi.

«Nixi tendría que haberse casado con Pax», se dijo de pronto. Aún la asaltaban aquel tipo de pensamientos de vez en cuando.

Tux seguía sin comprender.

—¿Qué quieres decir con eso? —repitió—. ¿Es que no te gusto?

Se acercó mucho a ella para mirarla a los ojos, y Axlin tuvo que inspirar hondo para calmarse. Claro que le gustaba. Era un chico muy atractivo, y ella no era de piedra.

Él leyó el deseo en sus ojos, sonrió y la besó. La joven respondió enseguida, con gran sorpresa por su parte. Le echó los brazos al cuello y dejó que él la estrechara contra sí y la besara de nuevo, con ardor.

A ella le gustó, pero al mismo tiempo la asustó un poco el entusiasmo de Tux.

—Espera, para un momento —lo detuvo, jadeante—. No sé si quiero casarme todavía. Estoy a gusto en mi casa, ¿sabes?

El joven se echó hacia atrás, reticente y un tanto decepcionado.

—Bueno —logró decir por fin—, no nos tenemos que casar todavía si no quieres. Pero eso no es motivo para no pasarlo bien juntos, ¿verdad? —añadió, rodeando de nuevo con sus brazos la cintura de Axlin.

Ella sonrió y respondió a sus besos. Nadie en el enclave lo vería con malos ojos, ciertamente, y mucho menos si aquellos encuentros culminaban en un embarazo.

Aquella idea, sin embargo, la congeló en brazos de Tux. Él notó su rigidez.

—¿Qué pasa? Axlin, ¿estás bien?

La muchacha lo apartó de sí con suavidad.

—Espera, que no he dicho que quiera acostarme contigo.

—¿Qué? ¿Por qué? —Tux empezaba a enfadarse—. Si no te gusto, podrías empezar por decírmelo y no seguir jugando conmigo.

—¡Claro que me gustas! —se apresuró a aclarar ella—. Es solo que... no me gustaría quedarme embarazada tan pronto.

—Axlin, tienes quince años. Es una buena edad para empezar. Si prefieres que nos casemos primero...

—Tampoco he dicho que quiera casarme contigo.

—¡Axlin! —protestó él, frustrado—. ¿Qué quieres decirme con eso? ¿Que voy a tener que esperar a Nixi? ¡Tiene doce años todavía!

Ella suspiró, consciente del dilema del joven. A pesar de que en ningún momento habían dejado de nacer niños en el enclave, los monstruos estaban ganando la partida, lenta pero inexorablemente. El número de habitantes de la aldea seguía reduciéndose generación tras generación, porque los humanos no eran capaces de sustituir a toda la gente que los monstruos mataban.

—Está Kalax —se le ocurrió insinuar—. Y Nanaxi.

Kalax se había quedado viuda tiempo atrás. Y Nanaxi no se había casado nunca, pero Axlin sabía que había dado a luz tres veces, aunque solo una de sus hijos, Nixi, seguía viva por el momento.

Tux sacudió la cabeza.

—Cualquiera de las dos podría ser mi madre —le recordó.

Axlin sabía a ciencia cierta que la madre de Tux era Yulixa, porque lo había leído en el libro del enclave, pero asintió sin discutir más. Después de todo, era muy injusto pedirle que se casara con una mujer mucho mayor que él o que esperara a que Nixi tuviese la edad apropiada, estando ella misma disponible.

Volvió a mirarlo y suspiró de nuevo.

—Déjame unos días para pensarlo, por favor. Te prometo que no tardaré en responderte.

Tux se apartó de ella, decepcionado; y el cuerpo de Axlin lo lamentó también. Se esforzó por mantener la cabeza fría. «No quiero quedarme embarazada», se repitió a sí misma. «Aún no.»

No sabía muy bien por qué. Se imaginaba yaciendo con Tux, casándose con él, y no le disgustaba la idea. Pero al mismo tiempo había algo en su interior que la rechazaba, sin que fuese capaz de explicarlo o como mínimo describirlo. Le hubiese gustado poner por escrito sus sentimientos, para tratar de aclararlos y encontrar una respuesta a sus dudas y temores, pero no quedaban suficientes páginas en el libro del enclave, y las hojas de morera eran demasiado pequeñas.

Tux respetó sus deseos y no la importunó más con aquel tema. No obstante, también dejó de ir a visitarla y la evitaba siempre que podía. Axlin se sentía culpable por hacerlo sufrir así. Sabía que tendría que darle una respuesta clara tarde o temprano, y quería estar segura de lo que debía decirle, y de los motivos que pudieran llevarla a tomar su decisión, fuera cual fuese.

—¿Qué os pasa a Tux y a ti? —le preguntó Xeira una mañana que recogían juntas los huevos en el gallinero—. ¿Os habéis peleado?

—No —respondió Axlin—. Es difícil de explicar. Es que quiere casarse ya.

Xeira se incorporó con un suspiro, llevándose las manos a la espalda. Estaba embarazada de siete meses, y el peso de su vientre empezaba a resultarle una molestia para trabajar.

—Bueno, ¿y dónde está el problema? ¿Cuánto tiempo más lo vas a hacer esperar?

Axlin no supo qué contestar. Xeira se quedó mirándola.

—¡No me digas que no te gusta! —se escandalizó—. ¡Axlin!

—¡No! —se rio ella—. Claro que me gusta. ¿Cómo no me va a gustar?

—Ah, eso pensaba. —Xeira puso los brazos en jarras, como siempre que se disponía a reñirla—. Porque no renuncié al soltero más guapo del enclave solo para que tú lo dejaras pasar.

—Oh. Es verdad, tú pudiste elegir. —Axlin miró a su amiga con curiosidad—. Sin embargo, escogiste a Keixen.

—Sí, claro, y no me arrepiento. —Xeira suspiró—. Pero te confieso que en aquel momento habría preferido a Tux.

Axlin se quedó de piedra.

—Xeira... Entonces, ¿por qué...?

—Bueno, Keixen era mayor que Tux y llevaba más tiempo esperando para casarse. No era justo y, por otro lado, si yo hubiese elegido a Tux, Keixen habría tenido que esperar dos años más, como mínimo, para casarse contigo.

Axlin nunca lo había visto de ese modo.

—Oh —dijo solamente—. Claro, es verdad.

Terminaron de recoger los huevos en silencio. Después salieron del gallinero, dejaron las cestas en la despensa y se dirigieron al corral para ordeñar las cabras. Mientras lo hacían, Axlin trató de iniciar una nueva conversación, pero Xeira no había terminado con ella.

—¿Por qué te molesta tanto no poder elegir? —quiso saber—. Es verdad que solo tienes una opción, pero no es mala.

—Sí, pero no se trata solo de eso. Es que Tux tampoco puede elegir.

—No entiendo lo que quieres decir.

—Me refiero a que no sé si le gusto siquiera. O si me pide que me case con él solamente porque no hay nadie más.

—Sigo sin entender dónde está el problema.

—Me gustaría... no sé, saber que me elige a mí porque le gusto tal como soy.

—Ay, Axlin... ¿Es por lo de tu pie?

—¡No! Bueno, tal vez... No lo sé.

Xeira había acertado solo en parte. Era cierto que Axlin se sentía diferente a los demás, y en ocasiones llegaba a pensar que no estaba a la altura de lo que se esperaba de ella. Pero no se debía solo a su pie torcido, sino, sobre todo, al hecho de ser la única en el enclave que leía y escribía. Para la mayoría de la gente, su colección de hojas de morera era una extravagancia de la que debía prescindir, y su interés por los monstruos resultaba absurdo e inadecuado, sobre todo en sus circunstancias. Axlin sabía que todas las chicas a su edad se preocupaban por buscar pareja y empezar a engendrar hijos para el enclave. Xeira, sin ir más lejos, no comprendía que Axlin se sentase con Tux a hablar de monstruos durante horas, en lugar de dedicarse a otras ocupaciones sin duda más agradables.

—Yo soy diferente —trató de explicarle a su amiga—. Soy rara, todos lo saben. Y me gustaría estar segura de que a Tux le gusto por ser como soy... y no a pesar de ser como soy.

Xeira se la quedó mirando.

—¿Por qué das tantas vueltas a las cosas? Tienes edad de casarte y hay un chico en el enclave que te gusta y que te ha pedido que te cases con él. ¿Qué importa todo lo demás?

Axlin sonrió.

—Tienes razón. Dicho así, parece muy sencillo.

Había terminado de ordeñar a la cabra, y dejó que se fuera. Antes de ir a buscar otra para reanudar el proceso, se quedó un rato mirando a los animales en el corral. Tenían cinco hembras adultas y un chivo, al que mantenían en un recinto aparte. Aquel año, las cabras habían tenido seis crías en total, dos hembras y cuatro machos. Axlin suspiró al contemplar a los cabritos, que brincaban alegremente en torno a sus madres. Las hembras crecerían para producir más leche y nuevas crías, pero la mayoría de los machos serían sacrificados para alimentar a los habitantes del enclave en cuanto engordaran un poco más.

—Somos como los monstruos —dijo de pronto—. Nos llevamos a los bebés de otras criaturas, y después los matamos y nos los comemos.

—¿Qué dices? —se asombró Xeira—. ¡No somos monstruos! Nosotros comemos animales para sobrevivir. Otros animales lo hacen también: los zorros, los lobos, las jinetas, los turones, las aves rapaces..., y no son monstruos.

—Porque no se nos comen a nosotros. Pero a lo mejor los zorros sí son monstruos para las gallinas.

Xeira sacudió la cabeza.

—Estás diciendo cosas muy raras hoy, Axlin. Hay animales que se alimentan de otros animales para sobrevivir, pero los monstruos no. ¿Has visto alguna vez a un dedoslargos robando una gallina? ¿Has visto a las pelusas brincar alrededor de los cabritos? ¿O a los nudosos agarrando las pezuñas de los cerdos? No, porque solo les interesan los humanos. Si estuviesen tan hambrientos como aparentan, se comerían cualquier cosa; pero solo nos matan a nosotros, y lo hacen por pura maldad. No llamamos monstruos a los lobos que atacan a las patrullas a veces. Se trata de animales cazadores, y en ocasiones nosotros podemos ser sus presas, porque así funciona el mundo. Pero los monstruos... son otra cosa, Axlin. No nos cazan, nos asesinan.

—No lo había pensado —admitió ella impresionada—. Entonces ¿es verdad que los monstruos solo devoran seres humanos? ¿No se alimentan de nada más?

Xeira se encogió de hombros.

—Creo que no, pero quizá Tux te lo pueda confirmar —insinuó, guiñándole un ojo.

Axlin no respondió. Siguió contemplando a los cabritos, pensativa. Su amiga la miró.

—Por eso no quieres quedarte embarazada, ¿verdad? —le preguntó con suavidad.

Axlin se volvió hacia ella con un respingo.

—¿Quién te ha dicho eso? Espera, ¿ha sido Tux? ¿Te ha pedido él que hables conmigo?

—No te enfades, Axlin. Solo intento entenderte, y creo que ya lo voy consiguiendo. —La tomó de las manos para tranquilizarla—. Temes dar a luz a un hijo y que los monstruos se lo lleven, ¿no es así?

Axlin iba a negarlo, pero se detuvo al ver que Xeira colocaba una mano sobre su propio vientre.

—Y tú, ¿no tienes miedo? —le preguntó a su vez.

—Claro que sí. Y todas las mujeres que han dado a luz antes en este enclave, y seguramente en todos los demás. ¿Cómo dormir tranquila sabiendo que puede que tu bebé nazca solo para ser devorado por un monstruo, antes o después? ¿Cómo tener valor para llevar a término un embarazo, nueve meses, un parto...? ¿Y cómo mirar a la cara a tu hijo sin saber si podrás verlo crecer?

A Axlin se le llenaron los ojos de lágrimas. Una vez más, los ecos de su memoria le devolvieron los alaridos de Pax, como olas sobre la playa.

—Yulixa me dijo que todas las madres primerizas sienten lo mismo que yo —le confió Xeira—. Y que por eso solo cuidamos de nuestros hijos durante el primer año, cuando más nos necesitan. Después nos separamos de ellos para que sean hijos de toda la aldea. Así, los niños no quedarán nunca huérfanos, porque siempre habrá alguien que cuide de ellos si sus padres naturales mueren. Y, por otro lado, si somos nosotros quienes los perdemos a ellos... —La joven se estremeció, y Axlin contuvo el aliento hasta que su amiga fue capaz de continuar—, si los perdemos, el dolor no recae sobre una sola persona; se reparte entre toda la comunidad, y así resulta más llevadero. Y es más sencillo también sobreponerse a él y tomar la decisión de seguir trayendo hijos al mundo.

Axlin no respondió. Xeira sonrió y le acarició la cabeza con cariño.

—No tengas miedo —concluyó—. Estarás bien con Tux, y daréis hijos sanos al enclave. Puede que alguno no sobreviva, pero lo importante es que nosotros, como comunidad, tenemos que seguir adelante. Cuantos más seamos, más posibilidades tendrán nuestros descendientes de subsistir una generación más.

Aunque sus palabras tenían como objetivo tranquilizarla, a Axlin se le encogió el corazón.

«Tiene que haber algo más que podamos hacer», se repitió a sí misma por enésima vez.

Pero no se le ocurría nada. Y, entretanto, tenía que reconocer que lo más útil que podía ofrecer al enclave era, precisamente, lo que el enclave esperaba de ella. Cuando se cruzaba con Tux, lo miraba de reojo, y tenía que reprimir el impulso de correr hacia él y echarse en sus brazos. Pero todavía sentía pánico ante la idea de dar a luz a un bebé. Soñaba con Pax a menudo, y una nueva pesadilla recurrente vino a turbarla por las noches: en ella, el niño a quien las pelusas se llevaban detrás de la mata de habas ya no era Pax, sino su propio hijo. Revivía su angustia e impotencia al tratar de correr a salvarlo, arrastrando tras de sí su pie contrahecho; y se despertaba con el convencimiento de que no sería capaz de cuidar y proteger a un nuevo ser. No en aquellas condiciones.

Revisaba a menudo sus notas en las hojas de morera, buscando pistas que le permitieran descubrir de qué forma podrían defenderse mejor de los ataques de los monstruos, y siempre las devolvía a su caja, lamentando no disponer de más información.

«Si no tuviese el pie torcido», pensaba a menudo, «podría salir con las patrullas y aprender por mí misma.»

Era cierto que la mayoría de los que conformaban las patrullas eran hombres, pero no todos: muchas mujeres se incorporaban de forma regular a las expediciones en cuanto dejaban atrás la edad fértil, como era el caso de Yulixa, y algunas incluso antes: Xai, por ejemplo, lo había hecho desde el principio, y era tan hábil y fuerte como cualquiera de sus compañeros. Nunca había tenido hijos ni se había casado, y Axlin suponía que era estéril.

Una tarde, Tux fue de nuevo a hablar con ella.

—Madox nos ha convocado a todos —le informó—. Mañana salimos de expedición.

—¿A dónde?

—Al bosque. A cazar, talar, pescar, recolectar frutos... Traeremos todo lo que pueda sernos de utilidad. Estaremos tres días fuera.

—¡Tres días!

Tux asintió con gravedad.

—Esperemos que el refugio siga en pie. Si no, quizá Madox decida que es demasiado arriesgado pasar la noche fuera... En ese caso, regresaríamos antes. Pero no aprovecharíamos el viaje igual.

Axlin no dijo nada.

—Es posible que alguno de nosotros no vuelva —prosiguió Tux.

Ella alzó la cabeza para mirarlo a los ojos, pero siguió sin hablar. Él la besó suavemente, y ella correspondió a su beso. «Me gustas», habría querido decirle. «Pero no quiero tener hijos. No puedo ser para ti lo que quieres que sea.»

—Te esperaré —le dijo, sin embargo.

Tux sonrió, aunque parecía un tanto decepcionado.

—Entonces volveré —le prometió.

cap-5

5

La patrulla salió al alba; Tux se despidió de Axlin con un beso que fue aplaudido por todos.

—¡Ya era hora, pipiolos! —exclamó Keixen.

Ella se ruborizó, pero no dijo nada. Cuando las puertas de la empalizada se cerraron tras Tux y los demás, una parte de su corazón se fue con ellos.

Pasaron tres días. Y la patrulla no regresó.

Al cuarto día, los niños estaban inquietos, y las mujeres retomaron sus quehaceres con la angustia devorándolas por dentro.

—Deberían haber vuelto ya —musitó Axlin mientras lavaban la ropa.

Lo dijo para sí misma, pero demasiado alto. Xeira la oyó.

—Es posible que se hayan retrasado. A veces pasa.

—Es posible, sí —añadió Kalax—. De todas formas, también hay que hacerse a la idea de que puede que no vuelvan más. Y actuar en consecuencia.

Xeira dejó escapar una exclamación horrorizada.

—¿Y qué vamos a hacer si no vuelven? ¿Cómo vamos a sobrevivir sin los hombres?

—Quedarse sin hombres no es lo peor —intervino Anuxa—. Tenemos tres niños varones que crecerán y se harán hombres, y tu futuro hijo, Xeira, puede que sea niño también. Lo peor —concluyó con un suspiro— es que ya quedamos muy pocos. Incluso aunque hubiese hombres entre nosotras, no podríamos rechazar un ataque bien coordinado de los robahuesos. Ni organizar patrullas para salir al exterior.

—¿Quieres decir que no hay vuelta atrás? —dijo Axlin—. ¿Que el enclave caerá tarde o temprano?

—No lo demos todo por perdido —insistió Xeira—. La patrulla solo lleva un día de retraso. Aún es posible que vuelvan.

—Sí —admitió Kalax—. Es posible que vuelvan.

Pero Axlin percibió la derrota en el tono de su voz.

Aquella noche apenas pudo dormir. Oyó el siseo del dedoslargos desde algún rincón del enclave y los cánticos salvajes de los robahuesos al otro lado de la empalizada. Sabía que Anuxa tenía razón: podrían rechazar un ataque, tal vez dos, pero eran demasiado pocos, y tarde o temprano los monstruos ganarían la partida.

Axlin había leído el libro del enclave de principio a fin y no había hallado descrita ninguna situación similar en la historia de la aldea. Ni siquiera la epidemia del segundo año del ciclo de Yaxa, que redujo su población a la mitad, la había dejado tan despoblada. Por primera vez se preguntó si no debería haber cedido a los requerimientos de Tux. «Quizá estaría ya embarazada...», se dijo, pero rechazó la idea enseguida. Otro bebé no cambiaría las cosas. De hecho, existía la posibilidad de que el enclave cayese antes de que llegara a nacer.

Le dio muchas vueltas al asunto, y al filo del amanecer comprendió por fin que, si se preocupaba tanto por el futuro de la comunidad, se debía a que no quería centrarse en el presente ni en la posibilidad de que la patrulla no volviese nunca más. De que Madox, Yulixa, Keixen, Xai y Tux estuviesen muertos.

Al día siguiente se acercó a Daxia, que era la líder del enclave en ausencia de Madox, y le planteó sin rodeos:

—¿Cuánto tiempo hemos de esperar hasta darlos por muertos?

Daxia se volvió hacia ella, sorprendida por su franqueza.

—¿Por qué me preguntas eso ahora?

—Porque, si no van a volver, deberíamos tomar medidas. Poner dos centinelas en la torre de la empalizada. Trasladarnos todas a la cabaña de los niños. Reforzar la puerta. Prepararnos para sobrevivir hasta que... —se detuvo un momento, indecisa—, hasta que pase algo —concluyó por fin.

Pareció que Daxia iba a replicar, pero reflexionó un momento y asintió, despacio.

—Entiendo. Parece razonable.

—¿Cuánto tiempo, pues?

—No lo sé, Axlin. Démosles dos o tres días más; no quiero darlos por perdidos aún.

«No quiero perder la esperanza», tradujo Axlin en silencio.

Sin embargo, aquella tarde, cuando ya empezaba a caer el sol y los aullidos de los robahuesos volvían a resonar desde el bosque, Kalax dio la alarma desde la torre:

—¡Deprisa, al portón! ¡Hay que abrir el portón!

Las mujeres corrieron a ayudarla. Axlin llegó la última, cuando mujeres y niños ya se arracimaban en la entrada, dispuestos a recibir a los visitantes.

—¡Tux! —llamó, abriéndose paso entre ellas, con el corazón latiéndole con fuerza.

Pero se detuvo de pronto, aterrorizada, al hallarse frente a una enorme bestia que avanzaba hacia ella, resoplando. Chilló y retrocedió, con tan mala fortuna que cayó de espaldas. Reculó como pudo mientras gritaba:

—¡Galopantes!

Pero entonces vio que la criatura tiraba de un gran carro guiado por un hombre barbudo que lucía un enorme sombrero de paja.

—¿Bexari? —pudo decir, perpleja, al reconocer al buhonero.

El hombre lanzó una carcajada.

—¡Calma, Axlin! Todo está en orden. No es un monstruo. Y nosotros tampoco.

La joven se incorporó como pudo, manteniéndose lejos del animal, que aún le parecía espantosamente grande e intimidante. Se percató con sorpresa de que el carro venía cargado de gente a la que no había visto nunca; y justo entonces una figura se abrió paso entre ellos y saltó al suelo, llamándola por su nombre. Los labios de Axlin se abrieron para responder, maravillada al reconocerlo, pero Tux la alcanzó y la estrechó en un abrazo que la dejó sin aliento.

—¡Axlin! ¡Estamos en casa!

Como si aquello fuese una señal, el resto de la patrulla se adelantó también. Algunos iban montados en el carro, otros lo seguían a pie; había varios heridos, pero todos estaban vivos, y se mostraban felices y satisfechos, a pesar del cansancio. Axlin sonrió al ver que Xeira acudía al encuentro de Keixen y ambos se fundían en un abrazo.

—Tux —susurró—. Creíamos que no volveríais. ¿Qué ha pasado?

Él se pasó una mano por la cabeza, encrespando su corto cabello, y Axlin no pudo evitar pensar, inquieta, que tenía que rapárselo con urgencia si quería seguir burlando a los dedoslargos.

—El refugio del bosque estaba medio derruido —relató el chico—, así que Madox decidió que no valía la pena arriesgarse a pasar la noche fuera. Pero al volver al camino nos encontramos con Bexari y su grupo; como de pronto éramos muchos más, decidimos regresar al refugio y reconstruirlo entre todos —sonrió ampliamente—. Hacía mucho que una expedición no nos resultaba tan provechosa. Traemos muchas provisiones, madera, caza... Y por fortuna el nuevo carro de Bexari era lo bastante grande como para cargar con todo eso, y mucho más.

Axlin miró de reojo la alta bestia que tiraba del vehículo, recordando la pequeña carretilla que empujaba el buhonero en su última visita al enclave.

—¿De veras es un animal? Se parece mucho a los galopantes.

Lo cierto era que ella no había visto nunca uno de aquellos monstruos, pero tenía muy presente la descripción que Tux le había hecho de ellos en su día.

—Es un caballo —informó Bexari desde el pescante—. Hace tiempo eran comunes por aquí; pero se usan como montura o como bestias de tiro, no para comer, así que la gente de los enclaves dejó de criarlos. Al fin y al cabo, casi nadie viaja nunca a ninguna parte.

—Los galopantes —prosiguió Tux, consciente del interés de Axlin— son más altos y fornidos que los caballos. Tienen los ojos rojos y las orejas bastante más largas y acabadas en un mechón negro. Y los dientes afilados como cuchillos, porque son carnívoros. Los caballos comen pasto.

—Ah, es bueno saberlo —dijo ella, considerablemente más aliviada.

—Además, ¿ves el pelo que tienen por el cuello?

—Se llama crin —colaboró Bexari.

—Bueno, pues los galopantes no lo tienen. Lo que tienen es una hilera de huesos puntiagudos, como pinchos. Y su cola no es peluda, sino que tiene forma de látigo acabado en punta de flecha.

—Sí, recuerdo que me lo contaste —asintió Axlin—. Lo apunté.

—Y mira sus patas: las de los galopantes son más anchas y fuertes, y sus cascos, enormes y pesados, como tres veces los de un caballo como este. Por eso, cuando te tiran al suelo, te pueden destrozar el pecho de un solo pisotón. Y después te arrancarán la cabeza de un mordisco.

—No asustes a la muchacha con esos detalles, Tux —rio Bexari—, o no dormirá esta noche.

—A ella le interesan esas cosas —se defendió él—. Que te cuente lo que le pasó la noche en que dejó una vela encendida para poder mirar a la cara al dedoslargos.

Axlin se estremeció al recordarlo. Tenía entonces once años y se había armado de valor para realizar aquella hazaña, porque quería saber qué aspecto tenían aquellas criaturas que palpaban a los niños en la oscuridad. El dedoslargos se había mostrado molesto y sorprendido, y había chillado de un modo tan escalofriante que ella todavía lo oía en sus peores pesadillas. Se había cubierto un momento el rostro con las manos —ocho dedos en cada una, la niña los había contado— y después la había mirado con aquellos ojos sin párpados, enormes e inexpresivos, justo antes de lanzar hacia delante un brazo huesudo y agarrarla por el cuello.

La muchacha aún se estremecía de terror cada vez que lo recordaba. A pesar de que aquella noche ella llevaba la cabeza perfectamente rasurada, el monstruo, sintiéndose acorralado, había decidido llevársela de todos modos. Había echado a correr arrastrándola tras de sí, a una velocidad sobrehumana, mientras ella gritaba y pataleaba con desesperación. Vexus, Madox y Xai lo habían interceptado justo antes de que trepara por la empalizada y habían logrado detenerlo y matarlo, y solo después de muerto, soltó el cuello de Axlin, que lució ocho moratones durante días.

—No quiero hablar de eso —dijo, desviando la mirada para cambiar de tema—. ¿Quiénes son estas personas que os acompañan? —preguntó entonces.

—Son los supervivientes del enclave de Duxlan —explicó Tux—. Bexari los recogió en el camino. —Hinchó el pecho con orgullo antes de añadir—: Vienen para quedarse.

—¿Qué? —Axlin lo miró, sin poder creerse lo que estaba oyendo—. ¿Todos?

A veces los buhoneros viajaban con mujeres que cambiaban de enclave, por lo general viudas que seguían en edad fértil y que estaban dispuestas a tener más hijos en otra comunidad para evitar la endogamia. Anuxa había llegado a la aldea tiempo atrás por esa razón.

Volvió a echar un vistazo al carro. La mayor parte de sus ocupantes habían bajado ya, y asistían en segundo plano a las explicaciones que Madox y Yulixa estaban ofreciendo al resto del enclave. Axlin contó a los forasteros con disimulo: siete adultos y cuatro niños. Había cuatro mujeres; una de ellas estaba embarazada, y otra era una chica de su edad.

—Qué increíble golpe de suerte —murmuró—. ¿Sabes lo que esto significa? ¡El enclave está salvado!

Tux sonreía de oreja a oreja. Axlin se volvió hacia él para decirle algo y lo sorprendió dirigiendo una mirada evaluadora a la muchacha del carro.

Y comprendió que la llegada de los forasteros implicaba también que ella ya no era la única opción para Tux. Que él ahora podía elegir.

Se quedó paralizada un breve instante, mientras el corazón le latía un poco más deprisa. Sus ojos recorrieron de nuevo los rostros de los recién llegados. Había un chico joven, y un hombre de unos veintiuno o veintidós años. Si no tenían esposa ya, cualquiera de ellos podría ser su pareja en un futuro, y eso quería decir que ella también tenía más opciones.

Incluso podría decidir no tener ninguna. Podría elegir quedarse soltera, no tener hijos, y ya no sería tan grave, porque habría en el enclave otras mujeres para Tux.

—Axlin —la llamó él—. ¿Estás bien?

Se volvió para mirarlo; de nuevo tenía su atención centrada en ella, y la muchacha comprendió que era muy posible que la eligiese a ella, a pesar de todo. Se conocían desde niños, eran buenos amigos, se gustaban... Probablemente, Axlin era para Tux la mejor opción.

«Pero hay opciones», se dijo. «Si yo fuera de verdad importante para él..., si me quisiera..., no se plantearía otra posibilidad, aunque las hubiera. Ni yo tampoco.»

—Tengo que pensar en esto —murmuró, confundida.

Se apartó de Tux y se alejó, cojeando, en busca de un sitio tranquilo para recapacitar.

Había que instalar adecuadamente a los recién llegados y organizar la cena para todos, por lo que Axlin no pudo permanecer oculta durante mucho tiempo. Aun así, se las arregló para esquivar a Tux mientras andaba de un lado para otro muy atareada. Sin embargo, a la hora de la cena, cuando todos se sentaron en torno al fuego, resultó demasiado evidente que lo evitaba. Tomó asiento junto a Bexari, el buhonero, y trató de fingir que el hecho de que Tux estuviese situado en el otro extremo había sido una mera casualidad.

Le fue más sencillo de lo que había previsto, porque Bexari se mostró encantado de verla. Se había cortado el cabello y afeitado la barba, pero su viejo sombrero de paja seguía encasquetado en lo alto de su cabeza, a pesar de que el sol apenas asomaba ya por el horizonte.

—¡Axlin! —le dijo—. Te he estado buscando. Te he traído una cosa.

—¿De verdad? —se sorprendió ella.

El buhonero abrió su zurrón y extrajo de él un grueso libro de tapas de cuero.

—Toma, para ti —anunció, alzando las cejas como si fuera a desvelarle un gran secreto.

La muchacha lanzó una exclamación de asombro y lo cogió sin poder creer lo que veía.

—¿Cómo...? ¿Esto es...? ¿Lo has encontrado?

Bexari asintió, orgulloso, mientras ella abría el volumen y lo hojeaba con cuidado y profunda emoción. Era muy similar al libro del enclave que conservaba en su casa, pero con la diferencia de que casi todas las páginas estaban en blanco. Se trataba de un cuaderno grueso de tapas cosidas con cuerda y hojas mal cortadas. Las cubiertas estaban gastadas y manoseadas, y la contraportada mostraba un reguero de pequeñas salpicaduras oscuras que podían ser gotas de sangre, pero a Axlin no le importó.

—Esto no puede ser real —murmuró, maravillada—. ¿Cómo lo has conseguido?

—Ya sabes que yo puedo conseguirlo todo, o casi todo —se pavoneó el buhonero—. Pero tengo que reconocer que me ha costado mucho encontrar un enclave donde les sobrara uno de estos, porque ya casi nadie los usa para nada. —Se encogió de hombros—. Aunque, por otro lado, precisamente por eso pude conseguir este libro para ti. En la aldea donde me lo dieron ya nadie sabía leerlo. Lo conservaban por tradición, supongo.

—Está prácticamente en blanco —observó Axlin encantada—. Mira, las primeras páginas sí están escritas, pero parecen más bien prácticas de caligrafía.

—Me contaron que el escriba murió antes de que su aprendiz estuviese preparado para sustituirlo. Por lo que parece, nadie insistió en que lo hiciera tampoco. Y eso sucedió hace un par de generaciones, así que realmente no querían el libro para nada. Te lo puedes quedar.

Axlin cerró el volumen y se volvió para mirarlo, muy seria.

—No sé qué te puedo dar a cambio...

—Ya he hablado con Madox sobre esto. Aún no hemos terminado de negociar el intercambio, pero el libro entra en el trato, sin duda.

—Bexari, yo... no sé si puedo aceptar. Sin duda hay cosas que la aldea necesita más que este libro, sobre todo ahora que somos muchos más.

—Axlin, si no te lo quedas tú, nadie más lo hará. Ya te he dicho que es algo que no interesa a mucha gente. No me pidieron gran cosa por él en su momento, y Madox sabe que solo lo quieres tú y que no es imprescindible para el enclave, así que no hay mucho margen para negociar. Si te soy sincero, te lo he traído por una simple cuestión de orgullo profesional.

La muchacha sonrió ampliamente y estrechó el libro contra su pecho.

—Muchísimas gracias, Bexari. No sabes lo que significa para mí.

—Lo sé, aunque no pueda entenderlo. Llevas años pidiendo un libro nuevo.

Axlin reiteró su agradecimiento y se excusó en cuanto pudo para correr a su casa a examinar su nuevo tesoro.

Pero Tux la interceptó justo en la puerta.

—¡Axlin! Llevo todo el día queriendo hablar contigo.

Ella lo miró con cierta expresión culpable, pero el chico sonreía. Si se había dado cuenta de que lo había estado evitando, sin duda quería creer que solo eran imaginaciones suyas.

—Hemos estado todos muy ocupados —respondió, evasiva.

—Sí, es verdad. Pero ya está todo organizado, los nuevos están instalados y podemos relajarnos un poco, si quieres —añadió, tomándola por la cintura con una amplia sonrisa.

Axlin interpuso el libro entre ambos para mantener las distancias.

—¡Mira! ¿Lo has visto? ¡Bexari por fin me ha traído un libro nuevo! Ya no tendré que seguir apuntando cosas en las hojas de morera.

Tux se esforzó por mostrarse amable.

—Vaya, me alegro mucho.

—Me muero de ganas de empezarlo —siguió diciendo ella, deprisa—. Creo que comenzaré esta misma noche.

—Me parece muy bien. Pero quizá quieras esperar un poco. Después de todo —añadió él, inclinándose para besarla—, hemos pasado varios días sin vernos.

Axlin lo apartó con suavidad, pero con firmeza.

—Tux, no.

El joven la miró sin comprender. Ella inspiró hondo y lo miró a los ojos antes de repetir:

—No.

Esta vez fue él quien respiró hondo, varias veces. Después le devolvió la mirada, tenso.

—Entiendo. Adiós, Axlin.

Dio media vuelta y se alejó en la penumbra; y ella se sintió de pronto como si la hubiesen dejado sin aire. Parpadeó para retener las lágrimas y entró en su casa por fin, estrechando el libro contra su pecho y preguntándose, angustiada, si no acababa de cometer un gran error. Se dejó caer en su jergón y lloró suavemente, en silencio.

Cuando se calmó un poco, se secó las lágrimas y se dispuso a escribir, con la esperanza de que aquella tarea la ayudase a distraerse. Tomó, pues, el viejo libro del enclave y anotó, diligente: «Hoy ha vuelto la patrulla. Todos vivos. Han venido acompañados de un buhonero y varios supervivientes de otro enclave caído, que han llegado para quedarse». A continuación incluyó una lista con los nombres de los recién llegados para registrarlos como nuevos miembros de la comunidad, y también detalló brevemente el material y las provisiones que había traído consigo la patrulla. Después dejó el libro en su sitio y cogió el nuevo volumen. Dudó un momento antes de arrancar las primeras páginas, pero por fin lo hizo; después de todo, no contenían información relevante. Si en el otro enclave no tenían interés en conservarlas, ¿por qué iba a guardarlas ella?

De modo que se encontró con un cuaderno prácticamente para estrenar, con todas sus hojas en blanco. Se quedó un buen rato contemplándolo, sin saber por dónde empezar. Años atrás le había pedido al buhonero que le consiguiese un nuevo libro para seguir ejerciendo su trabajo como escriba. Pero ahora sentía que había muchas más cosas que quería contar, más allá de los nacimientos y las muertes, de las bodas y los intercambios. Sacó las hojas de morera de la caja donde las guardaba y las examinó, indecisa. Le había dicho a Tux en un impulso que no tendría que seguir usándolas, pero lo cierto era que no las utilizaba solo por falta de espacio en el libro, sino también, y sobre todo, porque lo que escribía en ellas no era la información que se suponía que debía registrar.

«Bueno», se dijo de pronto, «¿y quién se va a enterar?»

De modo que cogió el cálamo, metió la punta en el tintero, abrió el nuevo libro por la primera página en blanco y escribió: «Los monstruos son diferentes de los animales depredadores. Los monstruos matan personas y las devoran, pero no lo hacen por necesidad, sino por pura maldad. No se alimentan de nada más, que sepamos. Y, sin embargo, ¿cómo es posible que sobrevivan cuando no consiguen atrapar a nadie? Hace ya años que los dedoslargos no secuestran a ninguno de nosotros. Pero tampoco se han comido ningún animal del enclave».

Cuando quiso darse cuenta, había llenado media página con sus consideraciones acerca de la naturaleza de los monstruos. Se preocupó un momento; después sonrió al comprobar cuántas hojas en blanco tenía por delante. Volvió a examinar sus notas, las reordenó y se dispuso a transcribirlas en papel de verdad.

Pasó toda la noche escribiendo. Gastó casi media vela, pero se dijo que podía permitírselo, pues sabía que entre los suministros que la patrulla había traído del bosque había dos panales que les proveerían de miel y cera para fabricar nuevas velas. Cuando por fin terminó, había transcrito toda la información contenida en sus hojas de morera, y se sintió feliz y orgullosa por poder conservarla de forma más duradera y ordenada. Había dedicado también una página a anotar todo lo que Tux le había contado acerca de los galopantes; pensar en él la entristeció y la hizo sentir un poco culpable.

«Mañana hablaré con él en serio», se dijo antes de apagar la vela.

cap-6

6

Sin embargo, al día siguiente fue Tux quien la evitó. Axlin lo vio después del desayuno conversando con la chica nueva, pero no dijo nada. Después de todo, no podía reprochárselo.

—¿Qué os pasa a Tux y a ti? —le preguntó Xeira mientras trabajaban en el huerto—. ¿Os habéis peleado otra vez?

—Es algo más complicado —murmuró Axlin con un bostezo—. Prefiero no hablar de ello.

—Bien —respondió su amiga, un tanto decepcionada.

Axlin detectó que se sentía algo ofendida, y trató de explicarse:

—No me disgusta Tux. Es solo que... no quiero que mi futuro tenga que pasar necesariamente por casarme y tener hijos. Me gustaría hacer cosas diferentes.

—¿Cosas diferentes? —repitió Xeira, muy perdida—. ¿A qué te refieres? No te imagino saliendo de expedición con los hombres, Axlin. Ni siquiera puedes correr.

—Ya lo sé —suspiró ella—. Y tampoco se me da muy bien enfrentarme a los monstruos, precisamente —añadió, evocando sus terroríficas experiencias con el nudoso y el dedoslargos—. Pero sí me gustaría poder salir del enclave alguna vez. Visitar otras aldeas, conocer a otras personas y hablar con ellas. Querría poder preguntarles... —Vaciló un instante antes de continuar—: Querría poder preguntarles acerca de sus monstruos.

—No se me ocurre un tema más desagradable para entablar conversación, la verdad —comentó Xeira con disgusto—. Sigo sin entender por qué te interesa tanto.

—Quiero descubrir si son diferentes de los nuestros —trató de explicarle ella—. Y si no lo son..., averiguar si ellos han encontrado alguna manera de defenderse. Y después lo escribiría todo en mi libro, para no olvidarlo, y para que otros pudiesen leerlo más adelante.

Calló de pronto, sorprendida. Nunca antes había expresado sus deseos con tanta claridad, ni siquiera ante sí misma.

—Soy la única en la aldea que lee y escribe —finalizó, casi en un susurro—. Y me gustaría poder enorgullecerme de ello, porque sé que es importante..., pero nadie más lo entiende como yo.

—Aunque te casaras y tuvieses hijos —logró decir Xeira, todavía perpleja—, podrías seguir usando ese libro tuyo. Nadie te lo va a impedir, Axlin.

—No, pero no es eso lo único que quiero. —Sacudió la cabeza—. ¿Cómo voy a aprender sobre monstruos si me quedo aquí encerrada? ¿Cómo voy a descubrir la forma más eficaz de enfrentarse a ellos? ¿Cómo...?

Se interrumpió al notar la forma en que Xeira la miraba.

—El mundo que hay al otro lado de la empalizada es horrible y violento —musitó su amiga—. Nuestros hombres salen al exterior porque no tienen más remedio. Nosotras, las mujeres, somos más afortunadas, ya que podemos permanecer a salvo en la aldea... ¿Y tú quieres salir a propósito? No te entiendo, Axlin.

Ella se detuvo un momento, con el corazón latiéndole con fuerza. Comprendió que Xeira tenía razón: si de verdad iba a escribir sobre monstruos, no le bastaría con realizar una o dos expediciones a las aldeas más cercanas. Tendría que viajar, pero probablemente no llegaría muy lejos. Los monstruos la matarían en el camino.

El estómago se le encogió de terror.

—No importa —murmuró—. Era una idea estúpida.

Tux continuaba evitándola, y Axlin empezaba a preguntarse si no habría cometido un error. Cuanto más lo pensaba, más convencida estaba de que quería seguir aprendiendo sobre los monstruos. Pero ¿cómo podría hacerlo si ni siquiera tenía la posibilidad de alejarse de la aldea? Y, si de todas formas no iba a ir a ninguna parte, ¿tenía sentido que rechazase a Tux? ¿Qué otras opciones había para ella, en realidad?

Ahora tenía un libro repleto de páginas en blanco que deseaba completar con nuevos conocimientos. Pero ¿dónde iba a encontrar la información que buscaba?

Se le ocurrió empezar preguntando a los nuevos habitantes del enclave, pero no le resultó sencillo; apenas necesitó tantearlos un poco para comprender que no deseaban hablar del hogar que habían dejado atrás y que los monstruos habían vuelto inhabitable. Por fin, uno de los niños le habló de los piesmojados, unas criaturas que habitaban en el fondo de los ríos, pozas y estanques, y que penetraban en los enclaves las noches de lluvia. Se llevaban a los durmientes para ahogarlos y devorarlos en su cubil, y las únicas señales que dejaban a su paso eran unas huellas húmedas sobre el suelo, que tardaban varios días en secarse.

—Te pueden arrastrar al fondo del río o del pozo si te acercas demasiado —añadió el niño.

—¿Y no hay ninguna manera de evitar que entren en el enclave? —quiso saber Axlin.

—No, pero si dejas encendido el fuego por la noche es menos probable que se decidan a entrar en tu casa. No les gustan los sitios cálidos y secos, prefieren los rincones húmedos y oscuros.

La muchacha le dio las gracias y corrió a su casa para anotar en su libro toda aquella información. Por el camino, sin embargo, Yulixa la detuvo para decirle que Madox, el líder de la aldea, quería hablar con ella con cierta urgencia.

Muy intrigada, Axlin fue en su busca. Lo encontró sentado junto a su cabaña, tallando piedras para fabricar puntas de flecha. Aunque en la aldea contaban con algunas lanzas con punta de metal, se trataba de un material sumamente escaso, por lo que casi siempre utilizaban armas y utensilios rematados con huesos o lascas afiladas. La muchacha se sentó a su lado y esperó en silencio a que Madox terminara la pieza que estaba fabricando.

—Me ha dicho Xeira que no quieres casarte con Tux, ni con ningún otro —dijo él un rato después.

Axlin alzó la cabeza para mirarlo. El líder del enclave parecía molesto, casi ofendido. Ella suspiró.

—Es que quiero hacer otras cosas, Madox —se justificó—. Quizá tenga hijos en un futuro, pero ahora... —Se encogió de hombros.

—También me ha dicho que quieres marcharte —prosiguió él, cada vez más desconcertado.

—Quiero aprender cosas sobre los monstruos que hay en otras aldeas —explicó Axlin—. Pero sé que es algo que está fuera de mi alcance. Después de todo, si abandonara la aldea no duraría fuera ni una sola noche, ¿verdad? —concluyó con amargura.

Madox la contempló un momento, pensativo. Después dijo:

—Puedes irte con el buhonero.

Axlin parpadeó con perplejidad.

—¿Cómo...?

—Los buhoneros viajan por las aldeas, llevan escolta y nunca se desvían de los caminos. Y Bexari en concreto tiene un carro, así que ni siquiera tendrías que caminar. Es más peligroso que quedarse en el enclave, claro, pero...

—Espera. Espera. ¿Me estás diciendo que me puedo marchar de la aldea? ¿Con Bexari?

En ningún momento se había planteado aquella posibilidad, pero tenía sentido.

Madox resopló.

—Puedes, si es lo que quieres, y él está de acuerdo. Ya no eres una niña, Axlin. No vamos a retenerte aquí en contra de tu voluntad.

Ella lo miró, incapaz de responder. Se sentía como si hubiese estado encerrada en una habitación oscura y Madox hubiese abierto una ventana de repente: cegada por el resplandor del sol, sorprendida, desorientada y sin poder reaccionar.

—Si vas a irte, sin embargo, tienes que decidirlo ya —prosiguió él—. Bexari no se quedará mucho tiempo entre nosotros, un día o dos a lo sumo.

Axlin lo consideró. Los buhoneros también corrían riesgos, pero eran viajeros experimentados. Si partía con uno de ellos, tendría alguna oportunidad de llegar a alguna parte.

Tomó aire, profundamente emocionada ante aquella perspectiva.

—Esto es...

—Piénsalo bien, Axlin. Es una decisión importante.

Ella inclinó la cabeza.

—Lo sé —murmuró.

Se sentía abrumada. Había crecido pensando que no tenía elección, que su vida ya estaba definida de antemano por las circunstancias, y ahora, de repente, descubría que tenía la posibilidad de escoger entre dos opciones.

La primera era la más segura: quedarse en la aldea, casarse con Tux, tener hijos y contribuir a la supervivencia de la comunidad.

La segunda era peligrosa e incierta: partir con el buhonero, viajar por otros enclaves, aprender cosas sobre los monstruos... y probablemente morir mucho antes, devorada por alguno de ellos.

Se estremeció.

Eran solo dos opciones, y una de ellas conllevaba un final horrible y prematuro...

Pero eran dos opciones.

Sintió vértigo. Comprendió de pronto que todo habría sido mucho más cómodo y sencillo si no tuviese que elegir. Porque, si solo existiese una posibilidad, no tendría que preocuparse por el hecho de escoger la opción equivocada.

—Yo, por mi parte, preferiría que te quedaras con nosotros —dijo entonces Madox, aclarándose la garganta—. Estarás mucho más segura detrás de una empalizada, Axlin. Cualquiera lo estaría.

La muchacha no contestó. Sabía que tenía razón.

—Además —prosiguió él—, aunque no te entusiasme la idea de ser madre, eres una mujer fértil y tendrás hijos tarde o temprano. No sé dónde estarás entonces. Quizá no hayas vuelto a la aldea todavía.

Axlin sacudió la cabeza, un poco decepcionada. Sabía que Madox la apreciaba en el fondo, y le habría perdonado aquella visión tan materialista si la hubiese valorado por lo que solo ella podía hacer: leer, escribir, registrar el conocimiento en el libro del enclave. Pero estaba claro cuál sería su función en la comunidad si se quedaba.

Y tomó una decisión. Escogió la que probablemente era la opción más difícil y peligrosa, pero... también, por alguna razón, la que más la atraía.

—Dime una cosa —murmuró entonces—. Si no hubieseis encontrado a toda esa gente en el camino... Si en el enclave siguiésemos viviendo los mismos de siempre..., ¿me dejarías marchar?

Madox fue brutalmente sincero en su respuesta:

—No. No nos lo habríamos podido permitir, Axlin.

Ella asintió. «Pueden perder una escriba, aunque no haya nadie que la sustituya. Pero no una mujer fértil, salvo que vengan otras a ocupar su lugar», comprendió.

No se lo reprochó, sin embargo. Así era la vida en el enclave.

Se le ocurrió entonces que quizá ella misma fuera parte del intercambio. A veces, las mujeres se iban con los buhoneros para establecerse en otra aldea. Pero siempre a condición de que los mismos buhoneros trajesen consigo a una mujer de esa otra aldea en su próxima visita.

Bexari les había proporcionado varias mujeres fértiles de un enclave que ya no existía. Así que, si Axlin quería marcharse, era muy libre de hacerlo. Y ni siquiera estaría obligada a instalarse en ninguna aldea en particular.

—Me iré, si Bexari está de acuerdo —declaró.

En cuanto hubo pronunciado estas palabras, sintió que se mareaba, como si se hubiese asomado de pronto a un precipicio muy profundo. El corazón le latía salvajemente en el pecho con una mezcla de terror y excitación.

Madox la miró fijamente un instante, tratando de calibrar la convicción que latía en ella.

—Es tu decisión —dijo por fin—. Pero no esperes que Tux siga aquí para ti cuando vuelvas..., si es que vuelves.

Axlin tragó saliva.

—Lo sé, y lo entiendo.

«No se lo puedo reprochar tampoco a él», pensó.

Le costó mucho decir adiós, pero no tanto por la despedida en sí como por todas las explicaciones que tuvo que dar.

Xeira no lo entendía.

—Pero ¿por qué quieres irte, Axlin, por qué? —le preguntó angustiada—. ¿Cómo puedes pensar que ahí fuera estarás más segura que aquí, o serás más feliz?

—No se trata de eso, Xeira. Soy feliz aquí, pero necesito hacer otras cosas. No es tan raro que una mujer se vaya a otro enclave, después de todo.

—Sí, cuando son viudas y ya han tenido un hijo o dos, y no todas se marchan por gusto. Lo hacen por sentido del deber, porque tenemos que mezclarnos con gente de otras aldeas si queremos sobrevivir como comunidad. Pero tú ni siquiera quieres tener hijos.

—No ahora, pero tal vez sí los tenga en el futuro. Ahora quiero ver mundo, Xeira.

Ella seguía negando con la cabeza.

—El mundo es horrible y peligroso —le recordó—. Nadie tiene ganas de verlo más de cerca, salvo tú.

—Quiero verlo para poder entenderlo, para aprender a defendernos mejor. ¿Por qué te parece tan mal?

—¿Por qué te parece a ti que puedes cambiar algo? Nunca has aprendido a luchar contra los monstruos. ¡Si ni siquiera puedes correr para escapar de ellos!

Axlin se envaró, herida.

—Puedo hacer otras cosas. Y lamento mucho que ni tú ni nadie más en esta aldea sea capaz de verlo.

Después de aquella discusión pasaron varias horas sin hablarse; pero finalmente se buscaron la una a la otra para hacer las paces y se abrazaron, con los ojos llenos de lágrimas.

—No te comprendo —confesó Xeira—, pero te deseo todo lo mejor. Y espero volver a verte algún día.

—Gracias —respondió Axlin—. Yo también lo espero.

Otras personas plantearon unas objeciones similares, aunque nadie las manifestó con tanta claridad como Xeira. Por alguna razón, cada vez que Axlin repetía sus argumentos e insistía en los motivos por los que tenía que abandonar la aldea, sus dudas se disipaban un poco más. Así, cuanto más la presionaban para que se quedase, mayor era su deseo de partir, a pesar de las amenazas que la aguardaban al otro lado de la empalizada y de todo cuanto dejaría atrás, quizá para siempre.

Los demás seguían sin entender por qué quería marcharse; no les parecía bien, pero respetarían su decisión y la echarían de menos.

Tux evitó despedirse de ella prácticamente hasta el último momento. Cuando Axlin ya había recogido todas sus cosas y se dirigía, renqueante, hacia el carro donde la esperaban Bexari y sus escoltas, él le salió al paso.

—Axlin, espera.

Ella se volvió y sonrió al verlo. Pero él estaba muy serio.

—No comprendo por qué te vas —le dijo—. Me había parecido que querías que estuviésemos juntos. Lamento haberme equivocado.

—No es por ti, Tux —trató de explicarle ella—. Es solo que...

—No sigas, ya da igual. —El chico suspiró—. Prefieres salir a los caminos y arriesgarte a ser devorada por los monstruos antes que casarte conmigo. Me ha quedado muy claro.

Axlin lo conocía lo bastante bien como para saber que estaba tratando de bromear sobre aquella cuestión; pero su sonrisa era más amarga que simpática, y ella tampoco podía negar el hecho de que había una verdad muy dolorosa detrás de aquella afirmación: en efecto, Axlin podía escoger y había elegido a los monstruos.

No había nada que pudiese replicar ante eso, de modo que se limitó a abrazarlo con fuerza.

—Te deseo todo lo mejor, Tux —murmuró—. Que los monstruos no te sorprendan en la oscuridad.

Él correspondió a su abrazo, pero se separó de ella enseguida.

—Sí, bueno. Lo mismo digo. Ya sabes que puedes volver cuando quieras. Y si te instalas en otra aldea, manda un mensaje con los buhoneros para decir que estás bien.

Axlin comprendió que él suponía que, si sobrevivía a sus primeros días en el camino, no tardaría en querer regresar a casa o quedarse a salvo en cualquier otro lugar seguro. Probablemente pensaba que aquello no era más que un capricho, y que cambiaría de opinión en cuanto viera a los monstruos de verdad. Otras personas en el enclave lo habían insinuado también, pero Axlin pensaba que Tux la conocía un poco mejor.

O quizá tan solo deseaba creer que ella estaría segura en cualquier otro sitio, aunque no fuese a pasar el resto de sus días a su lado. Tal vez prefería imaginarla tras una empalizada, y no arriesgando su vida en los caminos.

En ese caso, Axlin no iba a llevarle la contraria. Si Tux se iba a sentir mejor creyéndola a salvo en otra aldea..., que así fuera.

De modo que no discutió.

—Por supuesto —respondió con una sonrisa—. Hasta siempre, Tux.

—Hasta siempre, Axlin.

Él no la acompañó hasta el carro; pero un rato más tarde, cuando los centinelas abrieron el portón para dejarlos salir, Axlin lo vio entre la gente que se había congregado para decirle adiós.

La muchacha los contempló, sobrecogida. Se había despedido ya de todos ellos; Xeira lloraba sin disimulo, y los niños la contemplaban pálidos y horrorizados.

Axlin lo comprendía. Para ellos, al otro lado de la empalizada solo había muerte y terror. Y ella iba a abandonar la seguridad de la aldea por voluntad propia.

Entonces Nixi inspiró hondo y avanzó unos pasos.

—¡Adiós, Axlin! —exclamó, agitando la mano con fuerza—. ¡Duro con esos monstruos!

Los niños la miraron sorprendidos. Sonrieron ante su entusiasmo y corearon:

—¡Adiós! ¡Adiós, Axlin!

Los dos más pequeños, sin embargo, seguían llorando.

La joven les sonrió y se despidió de ellos desde lo alto del carro. Siguió saludándolos con la mano hasta que las puertas se cerraron de nuevo tras ella.

cap-7

7

Fue más difícil de lo que había imaginado en un principio. El camino parecía no tener fin; seguía hacia delante y se perdía en el horizonte, partiendo en dos un páramo inmenso bajo un cielo eterno.

Axlin empezó a echar de menos la sombra protectora de la empalizada desde el mismo instante en que se cerraron las puertas. Tenía la sensación de que el «exterior» era demasiado abierto para ser seguro. Luchó contra el impulso de dar media vuelta, correr de nuevo hasta la empalizada y golpear las puertas suplicando que la dejasen entrar. Se esforzó en mirar al frente, sentada muy tiesa en la parte posterior del carro; pero temblaba de terror, con el estómago encogido, y acabó por aovillarse en el fondo y cubrirse la cabeza con los brazos, como si así pudiese protegerse de los peligros que la aguardaban más adelante.

—No puedo seguir —susurró—. No puedo, no puedo. Tengo demasiado miedo.

Bexari le dirigió una mirada cargada de simpatía.

—Le pasa a todo el mundo al principio —le confió—. No te voy a decir que estarás a salvo, porque los caminos son peligrosos, pero acabarás por acostumbrarte. No estamos tan indefensos como parece.

Axlin no respondió. Permaneció un rato más así, encogida sobre sí misma, hasta que finalmente se atrevió a alzar la cabeza para mirar alrededor. A ambos lados del carro caminaban los escoltas, Penrox y Vixnan; el buhonero le había asegurado que ambos eran hábiles arqueros, aunque Penrox no tenía tanta experiencia como su compañero. La suplía, sin embargo, con una gran dosis de entusiasmo y buena voluntad. Se percató de que los ojos de la muchacha estaban fijos en él y le dedicó un guiño gracioso.

—Las praderas son bastante seguras si no te sales de los caminos —le explicó—. La hierba no es muy alta, así que podemos ver a los robahuesos y a los galopantes desde lejos, y también a los crestados, si prestamos atención...

—... que es lo que no estás haciendo tú en estos momentos —gruñó Vixnan—. Así que deja de parlotear y mantén los ojos abiertos.

Penrox pareció decepcionado, pero obedeció. Axlin aún tenía el estómago anudado por el miedo, pero las palabras del escolta habían despertado su curiosidad. No obstante, y dado que la advertencia de Vixnan parecía sensata, optó por dirigir sus preguntas a Bexari para no distraer a los dos hombres.

—Entonces —murmuró con un hilo de voz—, ¿esos son los monstruos que hay por aquí? ¿Galopantes, crestados y robahuesos?

El buhonero se colocó una mano detrás de la oreja.

—¿Cómo dices? No te entiendo bien. Soy un poco duro de oído, ¿sabes?

Axlin suspiró para sus adentros. Sabía que Bexari había captado sus palabras a la perfección. Nadie sobrevivía tanto tiempo en los caminos siendo «duro de oído». A menudo un siseo o un leve movimiento en el follaje podían suponer la diferencia entre la vida y la muerte.

Se incorporó un poco más y se arriesgó a asomar la cabeza por el costado del carro para otear el horizonte. Todo estaba tranquilo por el momento.

—Galopantes, crestados y robahuesos —repitió con mayor seguridad—. ¿Es lo que encontraremos en este tramo del camino?

—Y nudosos, sí, aunque solo en las zonas arboladas —confirmó él—. Por este lugar no hemos visto otra cosa.

Axlin ya no lo escuchaba. Porque había vuelto la mirada hacia atrás y se había percatado de lo lejos que estaban ya de la aldea y de la seguridad de la empalizada. Se le escapó una pequeña exclamación de horror y volvió a acurrucarse en el fondo del vehículo.

—No puedo hacer esto, no puedo —gimió—. Por favor, llévame de vuelta a casa.

Bexari se volvió para contemplarla con una ceja alzada mientras los escoltas se abstenían de intervenir.

—Daré media vuelta si es lo que quieres —respondió—. Todavía estamos a tiempo.

Axlin no dijo nada. Seguía temblando, tratando de hacerse más pequeña, como si así pudiese burlar a los monstruos que saliesen a su encuentro.

—A dos días de aquí, más o menos —prosiguió Bexari—, podemos empezar a sufrir ataques de escuálidos y chasqueadores. Supongo que nunca los has visto de cerca, pero es lógico que prefieras volver a la seguridad de tu enclave. —Hizo una pausa y añadió—: Además, los escuálidos son particularmente feos, incluso para tratarse de monstruos.

Axlin asomó de nuevo la cabeza por el costado del carro, con precaución.

—Me han hablado antes de los escuálidos —dijo con cierta timidez—, pero no sé mucho sobre los chasqueadores.

Se sentó de nuevo, con movimientos cautos y lentos, y alargó la mano para sacar su libro del zurrón.

—Cuéntame más, por favor —pidió finalmente.

Bexari sonrió para sí mismo y comenzó a hablar. Axlin prestó atención, tomando notas de los datos que le parecían más interesantes. Cuando quiso darse cuenta, habían dejado atrás el enclave y ni siquiera se divisaba a lo lejos la alta silueta de la empalizada.

Se centró en su libro y trató de no dejarse llevar por el pánico. Era la primera vez que abandonaba la seguridad de su hogar y, por descontado, jamás había llegado tan lejos. Por un lado, estaba aterrorizada; por otro, aquella turbadora sensación de vértigo llevaba consigo la promesa de una libertad que nunca antes había experimentado. Se sentía como un pájaro arrojándose desde lo alto del nido por primera vez sin saber si sería capaz de remontar el vuelo y elevarse hacia las alturas.

Se aferró a su libro, recordándose a sí misma por qué estaba allí, y halló algo de consuelo en la seguridad que le infundía. Había decidido que llenaría aquellas páginas en blanco de conocimientos que pudieran llegar a ser útiles a otras personas..., y eso era exactamente lo que haría.

Con el tiempo, Bexari y sus escoltas se acostumbrarían a verla escribir con entusiasmo y colaborarían en su tarea, compartiendo con ella sus experiencias. En el pasado, Axlin había preguntado a menudo a los viajeros acerca de los monstruos, pero solo ahora, en el camino, tenía tiempo de sobra por delante para escucharlos y tomar nota de lo que decían.

Con todo, nada de aquello era comparable con ver a los monstruos con sus propios ojos y a plena luz del día.

A media mañana, Vixnan les ordenó guardar silencio de pronto. Bexari detuvo el carro mientras los escoltas cargaban sus arcos y se mantenían en tensión.

—¿Qué pasa? —susurró Axlin.

El buhonero le indicó silencio. Se incorporó en el pescante y desenvainó su daga, listo para luchar si hiciera falta. Ella detectó entonces una figura lejana en el prado. Parecía un caballo especialmente corpulento, que se alzaba sobre unas poderosas patas y agitaba tras de sí una larga cola similar a un látigo. «Un galopante», comprendió, y el corazón se le disparó dentro del pecho. Vixnan comprobó la dirección del viento y se relajó solo un poco.

—No nos ha visto —susurró—, y tenemos el viento a favor. No nos oye ni nos huele desde allí, por el momento.

—Entendido —asintió Bexari.

Espoleó a su caballo, que se puso de nuevo en marcha, aparentemente sin mostrarse inquieto o asustado.

Se alejaron de allí despacio y en silencio. Solo cuando la figura del galopante desapareció tras un recodo del camino se sintieron un poco más seguros. Avanzaron más deprisa, conscientes de que si el monstruo los detectaba podría alcanzarlos con facilidad, pues aquellas criaturas corrían mucho más rápido que cualquier caballo. Por fortuna, eso no llegó a suceder.

No vieron más monstruos en todo el día, pero los escoltas no bajaron la guardia.

Llegaron al refugio poco antes del atardecer y se dispusieron a instalar el campamento.

—¿Estaremos seguros aquí dentro? —preguntó Axlin, inquieta.

Los refugios eran construcciones erigidas junto a los caminos, pensadas para los que viajaban entre enclaves y se veían obligados a pasar una o varias noches al raso. Por lo que ella sabía, los más antiguos estaban construidos con piedra y eran más sólidos; los más recientes, en cambio, eran de madera o de adobe y tenían que ser reparados cada cierto tiempo.

—Estaremos más seguros que en campo abierto —replicó Bexari.

Axlin observó cómo los escoltas entraban en el refugio. Oyó golpes, una exclamación de advertencia y un siseo desagradable.

—¿Qué pasa? —inquirió—. ¿Qué hay ahí dentro?

—Probablemente, un nudoso. Antes de instalarse en cualquier refugio, hay que despejarlo de maleza. Porque, aunque los suelos suelen estar empedrados o cubiertos con tablones para que no entren los nudosos, a veces alguno consigue asomar un tentáculo por algún hueco. ¿Me comprendes?

Ella asintió, cohibida, y frotó su pie torcido contra su tobillo derecho, deseando que lo que se ocultaba en el refugio fuese cualquier cosa menos un nudoso.

—No sé si deberíamos dormir ahí, entonces —comentó con inquietud.

—Bueno, no podemos obligarte —opinó Bexari encogiéndose de hombros—. Si prefieres pasar la noche al raso, no te lo vamos a impedir.

Vixnan salió entonces del refugio, limpiando la hoja de su machete, impregnada de una viscosidad blanquecina que Axlin identificó como sangre de nudoso.

—Pues sí, había uno —observó Bexari, casi alegremente.

El estómago de Axlin se le encogió de puro terror.

—¿Y ahora qué?

—¿Ahora? A bloquear el agujero, claro. Lo cubriremos con una piedra pesada para que no pueda volver a entrar por ahí. También taparemos todos los resquicios que puedan haberse abierto en el suelo desde la última vez que durmió alguien en este lugar.

Ella se volvió hacia su compañero, convencida de que no había oído bien.

—¿Cómo dices? —preguntó con voz aguda—. ¿Pretendes que durmamos ahí dentro? ¿Con los nudosos?

—No, no, con los nudosos, no. —Bexari se quedó mirándola, un poco perplejo—. Ya hemos espantado al que había ahí dentro, ¿no lo has oído?

—Sí, y nos aseguraremos de que no vuelva a entrar por el mismo hueco —añadió Vixnan, cruzándose de brazos.

Pero ella se aferró a la camisa de Bexari, temblando.

—Yo no puedo entrar ahí. ¿Y si regresa y me coge? ¿Y si esta vez consigue hundirme en el suelo para siempre?

—¿Esta vez? —repitió Vixnan frunciendo el ceño.

El buhonero se quedó mirando a la muchacha.

—Había olvidado que sobreviviste al ataque de un nudoso cuando eras una niña —murmuró—. Por eso cojeas, ¿verdad?

—Estarás segura en el refugio —la tranquilizó Vixnan—. Habrá alguien de guardia en todo momento. Y vamos a volver a revisar el interior para asegurarnos de que ningún nudoso vuelva a entrar ahí. ¿De acuerdo?

Axlin asintió débilmente; sabía que tenía mucho que aprender, pero también sentía que todo aquello la superaba. Esperó con paciencia a que los tres hombres terminaran de asegurar el refugio y entró tras ellos cuando se lo indicaron. Dentro había una única estancia, completamente cerrada, sin ventanas. Bexari le indicó que se instalara en el extremo más alejado de la puerta.

—Nosotros tres nos turnaremos para hacer la guardia. Toma —añadió, entregándole un puñal—, por si tienes que defenderte.

Axlin ya temblaba de miedo.

—Nadie me ha enseñado a...

—Aprenderás, no te preocupes.

Aprovecharon los últimos momentos de luz para encender una hoguera en el exterior y preparar una cena ligera. Después Bexari insistió en que volvieran al refugio.

—¿Y el caballo? —preguntó Axlin, señalando al animal, que pacía con calma no lejos del carro.

—No le pasará nada —respondió Vixnan—. Los monstruos nunca atacan a los animales. Ni tampoco destruirán el carro. Solo les interesan los humanos.

—Eso había oído. Entonces, ¿es verdad? ¿Alguna vez habéis visto a un monstruo alimentarse de algo que no sea una persona?

—Nunca —confirmó Bexari—. Y son capaces de aguantar días, meses, incluso años... sin devorar a nadie.

—Pero ¿cómo es posible? ¿Por qué no se mueren de inanición?

—No lo sé, pero no tienen hambre en realidad —gruñó Vixnan—. No matan a la gente para comer, porque no lo necesitan. La mayoría ni siquiera devoran por completo a las personas a las que atrapan. Empiezan a comérselas hasta que se les mueren, y entonces pierden el interés por ellas y abandonan sus cuerpos para que se los terminen las alimañas.

Axlin inspiró hondo, horrorizada.

—Así que en realidad —concluyó el escolta— los monstruos no comen humanos sin más: comen humanos vivos. Y no los devoran para subsistir, sino porque es una manera cruel de matarlos.

—Los escuálidos sí se comen a sus víctimas del todo —intervino Penrox—, porque en cuanto lanzan el primer mordisco son incapaces de parar. Y los robahuesos también, claro, por razones evidentes.

Axlin quiso seguir preguntando, pero caía la noche, y había que prepararse. Obedeció sin rechistar las indicaciones de sus compañeros y se recogió en su rincón, envuelta en una manta, mientras Vixnan hacía la primera guardia junto a la puerta. Pensó que sería incapaz de dormir, pero estaba tan cansada que cayó rendida en cuanto cerró los ojos.

De madrugada, la despertó un escándalo de golpes y chillidos. Se incorporó en la oscuridad y se dio cuenta de que estaba sola.

—¿Bexari? ¿Vixnan?

—Nos atacan los robahuesos —le llegó la voz del buhonero desde la puerta; la muchacha detectó entonces su figura recortada contra la penumbra procedente de fuera—. No te muevas de ahí; no dejaremos que entren.

Axlin asintió, aterrorizada, y se encogió todavía más sobre sí misma, aferrando el puñal que él le había dado.

La batalla duró casi hasta el amanecer, pero los robahuesos no entraron en el refugio. Cuando los escoltas le dijeron que podía salir, la joven obedeció, con precaución, y miró a su alrededor. Vixnan cojeaba un poco y Penrox estaba vendándose una herida en el brazo que no parecía demasiado grave, pero por lo demás parecían estar bien. Por contra, había cadáveres de monstruos por todas partes.

—Siete —informó Penrox—. Todos muertos.

—Nunca se les hace huir —afirmó Bexari, adivinando lo que iba a preguntar Axlin a continuación—. Atacan hasta que te matan o hasta que los matas tú.

—¿Por qué hacen eso? —preguntó ella, aproximándose al cuerpo más cercano, con curiosidad—. Si no luchan por hambre, ¿qué es lo que los lleva a pelear hasta la muerte?

—Son monstruos —respondió Penrox, encogiéndose de hombros.

Axlin se inclinó junto al cadáver del robahuesos. Era una criatura repulsiva, que pese a todo tenía una cierta apariencia humanoide. Iba desnudo, a excepción de la armadura que se había fabricado a partir de las costillas de sus víctimas. Como protección no era gran cosa, porque las flechas de los escoltas habían encontrado huecos entre ellas. El cráneo humano que había utilizado como casco había caído a un lado, revelando una cabeza pequeña y bulbosa, carente de cabello. Tampoco tenía nariz; sus ojos eran completamente negros, y su boca estaba llena de dientes afilados y amarillentos.

La joven se fijó también en sus poderosas patas traseras. En cierto modo, le recordaron las de un conejo, lo cual explicaba por qué eran capaces de dar aquellos saltos tan espectaculares a pesar de su reducida estatura, similar a la de un humano de seis o siete años. Se recordó a sí misma que tendría que anotarlo.

—Axlin, déjalo —dijo Bexari—. No podemos entretenernos, o no llegaremos al siguiente refugio antes del anochecer.

Se asearon como pudieron con el agua que traían, porque no podían arriesgarse a abandonar el camino para buscar un arroyo. Desayunaron rápidamente y se pusieron en marcha de nuevo.

Solo entonces la joven, acomodada ya en el carro, sacó su libro y se puso a escribir acerca de todo lo que había aprendido.

Los días siguientes fueron similares. Avanzaban por el camino y dormían en los refugios, salvo la tercera noche, que pasaron en un enclave abandonado. Los monstruos los atacaron en algunas ocasiones más, pero los escoltas lograron rechazarlos. Por fortuna, el camino continuaba atravesando unas amplias praderas que dificultaban las emboscadas.

Axlin no dejaba de ser consciente de los riesgos, pero por el momento se sentía relativamente segura: robahuesos, crestados, nudosos o incluso galopantes... eran monstruos que ya conocía; había oído historias acerca de ellos, había llegado a verlos con sus propios ojos.

El cuarto día, sin embargo, sufrieron el ataque de unas criaturas que no pudo identificar.

Primero las oyeron. Fue una especie de chasquido que sonó una vez y luego se repitió en distintos puntos de la espesura. Los escoltas cargaron sus arcos y esperaron, tensos. Bexari bajó del carro y desenvainó su machete. Axlin sacó su puñal también, aunque no sabía a qué se estaban enfrentando. Su corazón latía desenfrenado mientras miraba alrededor, aterrorizada, y algo en su interior no paraba de gritar: «¿Qué es eso? ¿Qué es eso? ¿Qué es eso?».

El sonido se hizo cada vez más reiterado. Parecía venir de todas partes, pero no era siempre igual; los chasquidos a veces sonaban más cortos, a veces más largos, más graves o más agudos. Pensó, de pronto, que parecía una especie de lenguaje, pero eso no resolvía sus dudas ni le daba ninguna pista acerca de cómo enfrentarse a aquella nueva amenaza.

Algo se movió entre las hierbas altas junto al camino, y Vixnan disparó. La flecha debió de encontrar su objetivo, porque se oyó un chillido y el resto de las criaturas repiquetearon con más intensidad.

Luego toda la hierba pareció ondular, y los chasquidos resonaron más cerca. Los escoltas dispararon nuevamente, y después otra vez, casi sin descanso. Algunos monstruos se quedaron atrás, pero el resto seguía avanzando.

Y entonces el primero de ellos saltó al camino, y Axlin lo vio por fin. Lo contempló, fascinada y horrorizada a partes iguales, porque nunca había visto nada igual. Primero pensó que se trataba de una serpiente asombrosamente grande, puesto que tenía un cuerpo alargado y sinuoso, pero luego vio que se desplazaba sobre seis cortas patas finalizadas en garras y que tenía la piel cubierta por un pelaje verdoso parecido al musgo. La criatura se alzó sobre sus patas traseras; en esa postura era casi tan alta como Penrox.

El escolta tensó el arco sin apartar la mirada de ella.

—Espera... —empezó Vixnan, pero fue demasiado tarde.

El monstruo repitió de nuevo aquel sonido, agudo y apremiante, y Penrox disparó.

La flecha lo atravesó de parte a parte. Y en aquel mismo momento, no menos de diez criaturas se lanzaron sobre ellos desde la maleza. Axlin gritó.

«Demasiado rápidos», fue lo único que pudo pensar, aterrorizada, mientras sus compañeros, cogidos por sorpresa, se enfrentaban a los monstruos. Se quedó en el carro, preguntándose frenéticamente cómo podía ayudar a aquellos hombres que peleaban por sus vidas. Las criaturas se desplazaban con movimientos tan veloces que sus cuerpos, fluidos y serpenteantes, resultaban difíciles de alcanzar.

Gritó alarmada cuando uno de los monstruos saltó al carro, inundando sus fosas nasales con un profundo olor a moho y humedad. La miró un momento con unos ojos saltones, de pupilas amarillas y verticales como las de una víbora, soltó un nuevo chasquido y se abalanzó sobre ella.

Axlin trató de quitárselo de encima, manoteando con desesperación. La cola de la criatura se le enredó en las piernas y le hizo perder el equilibrio. Blandió el puñal contra el monstruo, pero se movía demasiado deprisa. Cuando sus fauces ya se cernían sobre ella, logró agarrarlo por el cuello y apartarlo de sí.

El monstruo chasqueó otra vez, irritado, y trató de lanzarle una dentellada. Axlin empujaba con toda su energía, pero aquella cosa era más fuerte que ella. Desesperada, lo golpeó con el puñal; logró acertarle, y el monstruo aflojó un poco su presa con un chillido. La joven lo apuñaló de nuevo. Sintió su sangre, viscosa y extrañamente fría, empapándole las manos, pero eso solo le dio más fuerzas. Siguió acuchillándolo hasta que consiguió quitárselo de encima y echarlo fuera del carro. Se quedó unos segundos quieta, horrorizada y muerta de miedo, hasta que un grito la hizo reaccionar.

Se asomó fuera del carro y contempló la escena, sobrecogida.

Solo quedaban ya cuatro monstruos. Bexari estaba rematando el que Axlin había herido, y Vixnan se enfrentaba a otro un poco más lejos. Pero los dos restantes habían derribado a Penrox y empezaban a comérselo vivo mientras el joven trataba de quitárselos de encima entre alaridos.

Bexari corrió a socorrerlo y Vixnan lo siguió en cuanto se hubo deshecho de su adversario. Entre los dos mataron a los dos últimos monstruos y liberaron a Penrox, que estaba herido y aterrorizado, pero vivo. Lo subieron al carro con cuidado.

—¡Axlin! —la llamó Bexari—. ¿Estás bien? ¿Puedes ocuparte de él?

Ella temblaba de terror, pero asintió y se obligó a centrarse en su compañero herido.

El buhonero trepó al pescante y puso el carro en marcha de nuevo. Vixnan subió también, pero se mantuvo alerta, con el arco tenso, por si aparecían más criaturas.

El caballo arrancó al trote y se alejó de allí y de los cuerpos de los monstruos que quedaron esparcidos por el camino. Axlin examinó al joven escolta con manos temblorosas.

Sus compañeros lo habían socorrido con rapidez, por lo que solo tenía tres dentelladas en los brazos y una más en el pecho. Parecían superficiales, aunque una de ellas le había arrancado un buen pedazo de carne. Le lavó las heridas como pudo mientras Penrox sollozaba en silencio, todavía conmocionado.

—¿Qué eran esas cosas? —pudo preguntar ella por fin—. No las había visto nunca.

—Chasqueadores —respondió Vixnan con gravedad—. De uno en uno, no son demasiado peligrosos. Pero suelen atacar en manada, y utilizan estrategias de caza bastante complejas.

Axlin reflexionó en silencio mientras vendaba a Penrox. Había oído hablar de los chasqueadores en alguna ocasión, pero nadie se los había descrito nunca con claridad. Ahora comprendía por qué: se camuflaban asombrosamente bien entre la hierba alta y atacaban en grupos numerosos. Si alguien tenía la desgracia de verlos de cerca, desde luego era poco probable que saliera con vida para contarlo.

—Se hablan entre ellos, ¿verdad? —planteó—. O algo parecido.

—Sí, algo parecido. Entre la hierba no los vemos, solo los oímos. Si nos hubiesen sorprendido en campo abierto, y no en el camino, no habríamos sobrevivido.

Habían dejado atrás el lugar del ataque, de modo que Vixnan se relajó un poco, bajó el arco y se acercó al herido, que gemía de dolor.

—¿Se pondrá bien? —preguntó Axlin preocupada.

Vixnan dudó.

—Las mordeduras de los chasqueadores, como las de casi todos los monstruos, se infectan con facilidad. Hay que aplicarles un ungüento específico, pero no lo puedo hacer aquí.

—Estamos a día y medio de camino del enclave más cercano —dijo Bexari—. Allí lo podrán curar mejor. Si aguanta hasta entonces.

cap-8

8

Las horas siguientes se hicieron espantosamente largas. Penrox no mejoraba; al contrario, cayó en un estado de semiinconsciencia febril del que apenas salía para murmurar incoherencias o mirar a su alrededor, desorientado y aterrorizado. Axlin lo atendía lo mejor que podía; pero parecía claro que, si no llegaban al enclave a tiempo, no sobreviviría.

A pesar del estado de Penrox, Vixnan y Bexari se las arreglaron para rechazar los siguientes ataques. El último, sin embargo, estuvo a punto de acabar con todos ellos.

Sucedió mientras atravesaban un bosquecillo. El camino serpenteaba bajo las copas de los árboles, y los dos hombres se mostraban más inquietos que de costumbre. Escudriñaban entre las ramas, esperando que los monstruos cayeran sobre ellos.

El ataque, no obstante, provino de abajo.

Fue Vixnan quien lo sufrió, pues caminaba junto al carro. Un sonido entre la maleza lo distrajo, y justo en ese momento el tentáculo de un nudoso emergió de la tierra y se enrolló en torno a su pie.

Axlin chilló cuando lo vio caer al suelo. Pero el escolta reaccionó deprisa. Antes de que el nudoso lograra hundirle el pie en el hoyo, descargó su machete sobre el tentáculo y lo seccionó para liberarse. El apéndice aún se movió con desesperación, tanteando a su alrededor. No halló el pie de Vixnan, pero sí la rueda del carro. La agarró con fuerza, tiró de ella y la rompió.

El carro, vencido, se vino abajo; Axlin sujetó a Penrox para que no cayera al suelo y miró a su alrededor.

Vixnan había aferrado el tentáculo del nudoso con ambas manos y tiraba de él para sacarlo del suelo. Bexari se apresuró a ayudarlo, pero ni siquiera entre los dos lograron hacerlo salir de su agujero. Súbitamente, el nudoso se soltó de su presa y su apéndice desapareció en el interior del túnel en un abrir y cerrar de ojos.

—¡Se ha escapado! —gritó Axlin muy nerviosa.

Vixnan se limpió las manos en el pantalón con un suspiro de resignación.

—A los nudosos no hay manera de arrancarlos del suelo, salvo cuando ya están muertos. Pero si tiras de ellos se alarman lo bastante como para retirarse al fondo de su madriguera durante un buen rato.

—Pero... pero... ¿y si vuelve a asomar?

—Los nudosos excavan muy lentamente. Pueden tardar varios días en preparar otra trampa. Solo se apresuran cuando están atacando; el resto del tiempo se mueven a paso de tortuga.

Bexari, que examinaba los daños en la rueda, se mostraba profundamente preocupado. Axlin bajó del carro para reunirse con él.

—¿Puedes repararlo? —le preguntó.

—Puedo, sí. Pero no sé si lo conseguiré a tiempo. Deberíamos llegar al próximo enclave antes del anochecer, porque ya no hay más refugios en el camino.

La joven comprendió, inquieta. Si la noche los sorprendía en campo abierto, sin ningún lugar donde parapetarse, no sobrevivirían hasta el amanecer.

El buhonero trabajó incansablemente para arreglar la rueda, y Vixnan y Axlin lo ayudaron todo lo que pudieron. Cuando por fin se pusieron en marcha de nuevo, habían perdido un tiempo precioso y el carro no andaba bien todavía.

—Es un apaño —murmuró Bexari—. Podemos rodar, pero si me arriesgo a correr, la rueda se romperá otra vez.

Vixnan apretó los dientes.

—¿Llegaremos a tiempo?

—No lo sé. Pero tenemos que intentarlo.

Fue una de las tardes más largas y angustiosas de la vida de Axlin. Cuando por fin divisaron las luces del enclave, la noche ya caía sobre ellos, y unos escalofriantes alaridos se oían a lo lejos, desde la neblina.

—Escuálidos —gruñó Vixnan—. Con un poco de suerte, estarán demasiado lejos para alcanzarnos antes de que lleguemos.

Tuvieron suerte. Cuando la puerta del enclave se abrió y el carro traspasó la empalizada, Axlin se puso a llorar de puro alivio.

Apenas recordaría nada de aquella primera noche en un enclave que no era el suyo; le dieron una cena caliente y la instalaron en una casa en la que había otras dos mujeres jóvenes. Se fijó en que había una enorme hoguera encendida en medio de la plaza, y justo antes de dormir reparó en la extraña red vegetal que colgaba del techo y que era más tupida justo encima de las camas. Pero estaba tan agotada que apenas tuvo tiempo de pensar en ello antes de caer rendida.

Al día siguiente se despertó sobresaltada y le costó recordar dónde se encontraba y lo que había sucedido el día anterior. Una de sus anfitrionas la saludó con una sonrisa, y Axlin, aún aturdida, solo pudo fijarse en su espesa melena rizada y murmurar:

—Aquí no hay dedoslargos...

—No sé lo que quieres decir —replicó ella, frunciendo levemente el ceño—. Pero es hora de desayunar, y luego hay mucho trabajo que hacer.

Axlin se levantó, obediente. Sabía que incluso los forasteros tenían que colaborar con las tareas del enclave. De modo que se integró como pudo y realizó el trabajo que se le pidió sin rechistar.

Lo primero que hizo, no obstante, fue interesarse por el estado de Penrox. Le dijeron que había pasado bien la noche, que lo habían curado como mejor sabían y que esperaban que se recuperara del todo, pero no lo podían garantizar. Axlin les dio las gracias y no preguntó nada más.

A la hora de la comida entabló conversación con la chica que la había despertado por la mañana. De esta manera supo que, además de los nudosos, los chasqueadores y los piesmojados, el enclave sufría regularmente ataques de babosos y escuálidos.

—Ah, por eso encendisteis anoche esa hoguera tan grande —dijo Axlin; al ver los rescoldos de buena mañana, había comprendido que habían estado alimentándola toda la noche—, para espantar a los piesmojados.

—También es eficaz contra los escuálidos. No les gusta la luz directa.

Axlin siguió preguntando. Su anfitriona le contó que de lejos los escuálidos parecían vagamente humanos, pero eran tan delgados como esqueletos. Iban siempre desnudos y tenían la piel muy blanca porque nunca les daba el sol. También eran insaciables. Devoraban a los humanos con gran ansiedad, y seguían royendo los huesos incluso cuando ya no quedaba nada. Por mucho que comieran, sin embargo, nunca engordaban. Siempre estaban espantosamente esqueléticos.

Axlin asentía con interés. Muchas de aquellas cosas ya las sabía, debido a que Bexari le había hablado de los escuálidos con anterioridad, pero algunos detalles eran nuevos para ella. No había sacado su libro del zurrón porque no sabía si había algún escriba en aquel enclave, y no deseaba llamar la atención, pero lo anotaría todo en cuanto pudiera.

Preguntó también por los babosos. La chica le explicó que eran criaturas gelatinosas que trepaban por las paredes y se deslizaban por los techos de las habitaciones.

—Buscan rincones en sombras y esperan simplemente a que pase alguien por debajo —le contó—. Entonces se dejan caer sobre su cabeza y le cubren la cara hasta asfixiarlos mientras se los van comiendo. —Se estremeció—. Es horrible, no sé por qué quieres hablar de ello.

—¿No hay ninguna manera de evitarlo? —inquirió Axlin.

—Sí, las redes para babosos. Las hacemos con ramas de perejil seco y las colgamos del techo. Si se te cuela algún baboso en casa y la red está bien puesta, no puede caer sobre ti sin enredarse en ella. El perejil es veneno para ellos.

—Oh —murmuró Axlin, tomando nota mental de todo aquello.

La chica cambió de tema.

—¿Te vas a quedar? —preguntó entonces sin rodeos—. Alexar dice que sí, porque necesitamos mujeres nuevas en la aldea; y me interesa saberlo, porque iba a casarse conmigo, ¿sabes?

Axlin la miró, desorientada, hasta que entendió de golpe lo que quería decir. Aquella había sido una de las principales preocupaciones de las muchachas de su aldea y, por lo que parecía, en otros enclaves las cosas no eran muy diferentes.

Recordó sus propias dudas acerca de su futuro con Tux. Lo echaba mucho de menos, pero las conjeturas sobre quién se casaría con quién le resultaban ahora una trivialidad.

Y solo llevaba cinco días fuera de casa.

Comprendió entonces que no podía volver a pasar por todo aquello y respondió:

—No me quedaré. Me iré con el buhonero cuando se vaya.

Se estremeció, sin embargo, al pensar en abandonar la seguridad del enclave. Murmuró una excusa y fue corriendo a buscar a Bexari.

Lo encontró negociando con el líder de la aldea. Axlin sabía que regatearían durante uno o dos días antes de cerrar un acuerdo que satisficiera a ambas partes, pero no lo interrumpió. Cuando los dos hombres se despidieron con el compromiso de seguir hablando al día siguiente, se acercó al buhonero.

—Cuero para zapatos —murmuraba este para sí mismo—. Cuchillos. Limones. Lino. Semillas de calabaza.

La muchacha esperó pacientemente a que terminara de elaborar su lista.

—Puedo anotarlo todo si quieres —se ofreció—. Para que no se te olvide.

—Tengo buena memoria. Y no sé leer.

Axlin sonrió; entonces recordó por qué había ido a buscarlo.

—Dime una cosa, Bexari: yo no formo parte de los intercambios, ¿verdad?

El buhonero sacudió la cabeza.

—No, pero no te confíes. Cuando llegamos ayer, todo el mundo daba por hecho que habías venido para quedarte y buscar marido aquí. —La miró fijamente antes de preguntarle—. Pero no es eso lo que quieres, ¿verdad? Me dijiste que querías visitar varios enclaves. ¿Has cambiado de opinión?

—No, aunque la idea de quedarme resulta tentadora. Ha sido un viaje muy intenso.

Bexari se rio.

—¿Intenso? No has visto nada aún, Axlin. Pero como imaginaba que querrías continuar, le dije ayer al líder de la aldea que te llevo a otra parte, dos enclaves más allá. Y que el intercambio con ellos está cerrado desde hace meses.

La joven se sintió muy aliviada.

—Gracias, Bexari.

—No me las des todavía. Aún tardaremos unos días más en partir, así que estás a tiempo de pensarlo.

Axlin no tuvo problemas en integrarse en la rutina de la aldea, porque era similar a la de la suya propia. Sus anfitriones, por otro lado, asumieron con naturalidad que ella caminase más despacio y hubiese que esperarla a menudo, porque los monstruos dejaban lisiados en todos los enclaves.

Fue incapaz, sin embargo, de dejarse crecer el pelo mientras estuvo allí. Ni Bexari ni sus escoltas se molestaron en seguir rapándose la cabeza, pero ella sentía la necesidad de hacerlo cada tres días como mínimo; aunque sabía muy bien que no hacía falta, porque los dedoslargos no rondaban por aquel enclave, no se quedaba tranquila si su cabello crecía más de lo que consideraba normal.

Durante aquellos días, Penrox fue mejorando hasta recuperarse de sus heridas por completo. Axlin aprovechó también para aprender más cosas acerca de los monstruos a los que no conocía. Trataba de ser discreta cuando preguntaba al respecto, porque ya había descubierto que la mayoría de la gente encontraba desconcertante su interés. Tampoco contó que sabía leer y escribir, para no llamar la atención; aunque Bexari se lo había comunicado al líder del enclave, por si quería que Axlin descifrara su libro. Pero hacía mucho que aquella aldea no tenía escribas, y el libro del enclave había desaparecido con ellos.

Cuando el buhonero estuvo listo para ponerse en marcha de nuevo, la buscó para preguntarle en privado si deseaba acompañarlo.

—Quiero seguir adelante —le confirmó ella—, si todavía tienes en tu carro un sitio para mí.

Él le sonrió.

—¿Qué te hace pensar lo contrario?

—No nací ayer, Bexari. Sé que puedo ser una carga. Vixnan me está enseñando a manejar la daga y a disparar con el arco, pero aún tardaré bastante en poder defenderme por mí misma.

—Lo sé. Pero no eres del todo inútil, Axlin. Si estás segura de que quieres seguir adelante, tal vez puedas colaborar con el grupo de otra manera.

Ella lo miró, interrogante, mientras él hurgaba en su zurrón. Finalmente, extrajo un documento doblado muchas veces, que parecía bastante antiguo. Luego miró a su alrededor antes de tendérselo como si le confiase su secreto mejor guardado.

—¿Qué es esto? —inquirió Axlin.

—Míralo tú misma.

Ella obedeció. Desdobló el papel con cuidado y lo examinó con atención. Vio líneas y símbolos y algunas palabras dispersas por aquí y por allí, pero que no formaban un texto coherente.

—Es un mapa —le explicó Bexari—. Lo tengo desde hace mucho tiempo, pero solo lo entiendo a medias. Las líneas son los caminos; los círculos pequeños marcan los enclaves..., pero muchos de ellos no existen ya. Esto de aquí son los refugios, esto los arroyos..., las fuentes...

—Oh —murmuró Axlin impresionada.

—Nosotros estamos aquí. Este otro punto es el enclave en el que naciste. Verás que hay un tercer punto intermedio en el camino que une las dos aldeas; es el enclave abandonado donde dormimos la tercera noche del viaje. He marcado en el mapa las aldeas que sé que ya no existen, ¿ves? Pero mi ruta incluye solo esta zona de aquí. Suelo recorrer este camino, y este otro, y estos dos ramales, pero nunca voy más lejos. Y eso se debe a que no sé qué hay después. No me atrevería a aventurarme por una nueva ruta sin saber con qué me voy a encontrar.

Axlin asintió, comprendiendo. Comenzó a leer en voz alta las palabras anotadas junto a uno de los puntos que el buhonero había identificado con los enclaves:

—«Pelusas, trepadores, trescolas y piesmojados.» Es una lista de monstruos, ¿verdad?

—Es lo que suponía, pero no estaba seguro —respondió Bexari alegremente—. ¿Lo ves?, ya eres útil.

Ella siguió examinando el mapa y leyendo para sí.

—Chasqueadores, sorbesesos, caparazones. Rechinantes, sindientes, crestados y chupones. Escupidores. Espaldalgas. Velludos. Lenguaraces. Malsueños. —Sacudió la cabeza, perpleja—. Aquí hay monstruos de los que jamás había oído hablar.

—Tampoco yo —reconoció Bexari, pensativo—. El mapa es mucho más amplio, como ves. Incluye lugares que no conocemos, y de los que no sabemos nada.

—Pero está todo escrito aquí.

—Sí. Pero yo no lo sé leer.

La muchacha y el buhonero cruzaron una mirada de complicidad y sonrieron ampliamente.

—De modo que quieres que te haga de intérprete —dijo ella.

—Exacto.

—Entonces, ¿por eso me has estado ayudando? ¿Porque me necesitabas para leer el mapa?

Axlin seguía sonriendo, pero en sus palabras había un ligero tono de reproche. Bexari alzó las manos.

—Eh, no me lo tengas en cuenta. Soy un buhonero: todo lo que ofrezco siempre es a cambio de alguna otra cosa.

Antes de partir, Axlin tuvo ocasión de estudiar el mapa a fondo. Comprobó que era escrupulosamente exacto cuando enumeraba los monstruos que abundaban en torno a las dos aldeas que ya conocía, por lo que dedujo que el resto de anotaciones debían de ser correctas también. Lo consultó con Bexari, y él le confirmó que los datos registrados en el mapa coincidían con su propia experiencia. No tenían razones para pensar, por tanto, que la información sobre las zonas desconocidas pudiera ser incorrecta.

—En este mapa está escrito qué tipo de monstruos se encuentran en cada área. Si quisieras explorar nuevos caminos, ya no lo harías a ciegas.

El buhonero se la quedó mirando.

—¿Crees que merece la pena el riesgo?

Axlin asintió con energía. Señaló uno de los caminos principales, que atravesaba el mapa de oeste a este y se perdía más allá del margen.

—Mira esto. ¿Sabes a dónde conduce?

—No. ¿Cómo voy a saberlo? No tiene final en el mapa.

—Pero está indicado aquí. Dice: «A la Ciudadela». ¿Sabes lo que significa eso?

Bexari se quedó callado un largo rato, pensativo.

—He oído hablar de ese lugar, alguna vez —asintió por fin.

—Yo también. Cuentan que es una aldea donde no hay monstruos. ¿Podría ser real? —inquirió, sin poder contener su excitación.

—Podría, pero no es exactamente eso. Los monstruos están en todas partes; por muy lejos que vayas, siempre te encontrarán. Sin embargo, por lo que tengo entendido, la Ciudadela podría ser un enclave extraordinariamente grande y bien defendido. He oído que allí vive mucha gente, que todas las casas son de piedra y que no las protege una empalizada, sino una muralla tan alta y robusta que impide el paso a la mayoría de los monstruos.

Axlin trató de imaginarse algo como lo que Bexari describía, pero no fue capaz.

—Entonces, ¿existe de verdad?

—Yo no conozco a nadie que haya estado allí. No sabría decirte.

La chica continuó examinando el mapa.

—Si seguimos este camino —dijo, recorriéndolo sobre el papel con la yema del dedo—, tal vez nos crucemos con alguien que venga en sentido contrario y pueda decirnos qué es la Ciudadela, y dónde se encuentra.

—Tal vez. Pero está demasiado lejos.

—A veinticuatro enclaves de distancia —confirmó Axlin, que los había contado varias veces.

—Eran veinticuatro cuando se dibujó el mapa. Nada nos asegura que sigan todos en su sitio.

—Tienes razón. Seguramente muchos de ellos están ya abandonados.

—Y no sabemos cuáles. Sería un viaje muy peligroso, incluso contando con el mapa.

Axlin asintió, pensativa. Pero aún tenía más preguntas. Le señaló a Bexari un punto en un cruce de caminos. El símbolo que lo ilustraba, cuatro barras verticales paralelas, no aparecía en ningún otro lugar del mapa.

—Mira esto. Dice: «La Jaula». ¿Qué crees que puede ser?

El buhonero se mostró tan desconcertado como ella.

—Ni idea. Nunca lo había oído mencionar.

—¿Crees que es un lugar donde encierran a los monstruos?

—O a los delincuentes. Gente que incumple las normas de los enclaves —tradujo Bexari, al ver que Axlin no lo entendía.

Ella frunció el ceño.

—¿A qué te refieres? La gente que incumple las normas por lo general acaba devorada por los monstruos. No es necesario encerrarlos en ninguna jaula.

—Bueno, algunos se vuelven un poco locos en algunos lugares. Atacan a otras personas, como si ellas fueran el enemigo, y no los monstruos. Otros acaparan bienes, comida o suministros que son de todos. Cualquiera de esos comportamientos supone un peligro para la comunidad. Antiguamente, en algunos enclaves expulsaban a los delincuentes, pero eso equivalía a condenarlos a muerte. En otros sitios preferían encerrarlos...

—¿En jaulas?

—O en casas aisladas. Pero cada vez hay menos casos. Los delincuentes ponen en peligro los enclaves, y ya sabes lo que pasa a continuación. Las aldeas que han sobrevivido son aquellas en las que todos sus miembros colaboran por el bien de la comunidad. Sin delincuentes.

Axlin no dijo nada. Aquel misterioso lugar, la Jaula, la intrigaba tanto como la mítica Ciudadela de altas murallas. La Ciudadela no aparecía marcada en el mapa, por lo que no podía deducir gran cosa sobre ella, salvo la dirección que debía seguir para llegar hasta allí. Pero en torno a la Jaula había más anotaciones. «Galopantes, caparazones, nudosos y pellejudos», leyó.

—No le des más vueltas —dijo entonces Bexari—. Un camino se mide por sus etapas. Lo primero que hemos de hacer es llegar con vida al siguiente enclave, y después al otro, y al otro. Si logramos alcanzar el final de la ruta, entonces nos plantearemos qué hacer a continuación.

Al día siguiente, Axlin se reunió al amanecer con el buhonero y los escoltas junto a la entrada. Penrox estaba recuperado, los intercambios habían finalizado y el carro estaba cargado de nuevo. La joven había aprovechado también para ampliar sus anotaciones sobre los monstruos. Durante su estancia en la aldea había podido contemplar a un baboso enredado en la red de perejil y ayudar a cazar a un piesmojados que se había instalado en el fondo del pozo. Todos aquellos nuevos conocimientos estaban ya registrados en el libro que estaba escribiendo, y que ahora incluso ilustraba con algunos pequeños esbozos de las criaturas a las que estudiaba. Era consciente de que no se le daba muy bien dibujar; sin embargo, había descubierto que el resto de la gente, que no sabía leer, comprendía mejor lo que hacía si lo acompañaba con aquellos bosquejos.

Había encontrado diferencias entre aquel enclave y el suyo propio; pero las semejanzas eran muchas más, y por ello tenía ganas de partir a conocer nuevos lugares, a pesar de los riesgos.

Se fueron en cuanto el sol acabó de desenredar las neblinas que envolvían el valle, pues los escuálidos solo atacaban de noche o con el cielo cubierto. El portón se abrió para dejarlos salir; Bexari chasqueó la lengua y el caballo se puso en marcha, arrastrando el carro tras de sí.

cap-9

9

La siguiente aldea estaba a tres días de distancia. Por el camino sufrieron más ataques, durmieron en refugios y se cruzaron con otro buhonero con quien intercambiaron impresiones, información y objetos y materiales diversos. Llegaron a su destino, y allí acataron las normas del enclave para poder quedarse. Un par de días después, reanudaron su viaje. Y así una y otra vez.

De esta manera fueron pasando los días y las semanas. Mientras Axlin seguía recopilando información sobre los monstruos, Bexari regateaba, dejaba parte de su mercancía en los enclaves y partía con cosas nuevas. A veces se trataba de materia prima; otras, de objetos ya confeccionados en las aldeas. Siempre parecía saber qué necesitaban en cada sitio y qué podía pedir a cambio. En algunos lugares se las arreglaban razonablemente bien; en otros, la lucha contra los monstruos consumía todas las energías de sus habitantes y apenas se veían capaces de producir algún tipo de excedente. Axlin notó que Bexari no se mostraba igual de exigente en todos los intercambios; en algunos casos, de hecho, hasta le pareció que salía perdiendo. Pero no dijo nada, porque por lo general se trataba de aldeas donde la vida parecía mucho más complicada que en cualquier otra.

Cuando llegaron al final de la ruta, Axlin ya no se sentía tan indefensa como al principio. Era cierto que no podía huir de los monstruos, pero empezaba a manejar el arco y la daga con cierta soltura, y ya no se quedaba paralizada de miedo si alguno saltaba al carro para atacarla. Había aprendido que tenía más posibilidades de salir con vida si atacaba a su vez que si se quedaba quieta o trataba de escapar. Hiciera lo que hiciese, el monstruo intentaría comérsela de todas maneras, así que lo mejor era asegurarse de dar el primer golpe. Por eso tenía siempre su daga a mano y no dudaba en utilizarla si era necesario.

También había aprendido a confiar en los escoltas que los defendían de los monstruos. Por esa razón, ellos eran siempre los que más peligro corrían durante los ataques. Y así, una noche, mientras trataban de rechazar el ataque de un rechinante que se había abatido sobre el refugio en el que descansaban, sus garras alcanzaron a Penrox y le abrieron el vientre de un solo golpe. Vixnan, Axlin y Bexari acabaron con él, atravesando con lanzas, flechas y puñales la piel coriácea de la criatura, que se revolvió con un bramido y a punto estuvo de segarle a Axlin la pierna buena. Cuando por fin dejó de moverse, corrieron a atender a Penrox, pero era demasiado tarde: el joven murió allí mismo, sin que pudieran hacer nada por salvarlo.

Fue una noche triste para todos, pero especialmente para Axlin. Para su sorpresa, Vixnan y Bexari se mostraron apesadumbrados, pero no derramaron lágrimas por su compañero. Ella se indignó y les echó en cara su insensibilidad. Pero no logró que se arrepintieran de su actitud.

Enterraron a Penrox junto al camino y reanudaron la marcha al día siguiente. Axlin no dirigió la palabra a sus compañeros, y ellos no trataron de darle conversación. Solo a media mañana, cuando ya llevaban un buen rato viajando, Bexari dijo con suavidad:

—Penrox era un escolta. Sabía a lo que se exponía. Llevo muchos años en los caminos, Axlin, y he perdido a veintisiete escoltas. Los recuerdo a todos ellos. Hombres y mujeres valientes, algunos más experimentados que otros, pero todos extraordinariamente valiosos. La mejor forma de honrarlos es seguir adelante, porque no podemos permitir que los monstruos nos detengan.

—¿Realmente crees que vale la pena? —estalló ella—. ¿Veintisiete vidas perdidas solo para que en tal o cual aldea tengan... limones?

—Es mucho más que eso, Axlin. Y no estoy hablando solo de los limones, ni tampoco del resto de los alimentos, materiales o herramientas que llevamos de un sitio a otro. Los buhoneros mantenemos los caminos abiertos y los enclaves comunicados. Por eso también es importante lo que haces tú. Porque nosotros llevamos suministros a las aldeas, pero tú llevas conocimiento... para que algún día seamos capaces de derrotar a los monstruos.

Ella no supo qué responder, de modo que permaneció en silencio. No volvió a mencionar a Penrox, pero no lo olvidó tampoco.

El siguiente enclave era el último de la ruta de Bexari. Pasaría allí todo el invierno y partiría de nuevo en primavera para volver por donde había venido. Aprovecharía, además, para tantear entre la gente de la aldea en busca de un nuevo escolta. El líder del enclave propuso «intercambiar» a Axlin por uno de sus jóvenes, pero el buhonero se negó, y la negociación se atascó durante casi una semana. Por fin un hombre se presentó voluntario. Acababa de perder a su esposa tras un parto complicado, y no deseaba emparejarse de nuevo por el momento.

—Quizá me venga bien cambiar de aires —le dijo a Bexari, con la mirada baja—. Viajar un tiempo y, si sobrevivo, instalarme en otro lugar. Aquí todo me recuerda a ella.

Pese a todo, el buhonero tuvo sus dudas. Habló con él largamente antes de decidirse a aceptarlo como escolta, algo que a Axlin le resultaba incomprensible.

—Es por el ánimo —le explicó Vixnan—. No hay mucha gente que se ofrezca para ser escolta, y algunos lo hacen por las razones equivocadas. Muchos jóvenes, por ejemplo, desean visitar otros enclaves para tener relaciones con un mayor número de mujeres, y no son del todo conscientes de los riesgos que correrán durante el viaje.

Axlin asintió. Solía decirse que los buhoneros y sus escoltas tenían un hijo en cada aldea, y no por casualidad. En los enclaves no solo se luchaba contra los monstruos, sino también contra el fantasma de la endogamia, que causaba estragos en las aldeas más aisladas, donde nacían más bebés enfermos que en cualquier otro lugar. Por eso los extranjeros eran siempre bienvenidos, tanto en torno a la mesa como en los lechos de las mujeres sin pareja.

—Pero no me parece que esos sean los motivos de este hombre —dijo, sin embargo.

—No, pero puede que tenga otros peores. —Vixnan hizo una pausa, pensativo, y prosiguió—: Ya sabes que la vida en los enclaves es muy dura a veces. Y algunas personas se dejan llevar por la desesperación..., y entonces deja de importarles lo que les pase. Ya no luchan, ¿entiendes? Casi prefieren que los mate un monstruo para no tener que seguir viviendo. Y cuando sales a los caminos con esa actitud..., no solo te pones tú mismo en peligro, sino también al resto del grupo.

Axlin comprendía lo que el escolta trataba de decirle. Había visto casos así: gente afligida por la pérdida de un ser querido o que sobrevivía a un ataque, pero se veía obligada a cargar el resto de su vida con secuelas físicas y emocionales... Se hundían en la tristeza más absoluta, y a veces cometían imprudencias que les costaban la vida. En la mayoría de los casos, no obstante, lograban sobreponerse y salir adelante.

Finalmente, resultó que este era el caso del candidato. Si quería ser escolta, se debía a que deseaba reiniciar su vida, no perderla porque ya no le concediera el menor valor.

—Tienes que tomar una decisión tú también —le dijo Bexari a Axlin una vez solucionado el asunto del escolta—. Ya sabes cuáles son mis planes. ¿Qué vas a hacer tú?

Axlin reflexionó. Sí, sabía que el buhonero se quedaría en aquella aldea durante todo el invierno. De hecho, lo habían recibido con alegría y afecto porque solía pasar largas temporadas allí y todos lo consideraban ya uno de los suyos. Cuando llegase la primavera, se pondría en marcha de nuevo, pero en sentido contrario. No iría más lejos porque el enclave más cercano estaba a más de una semana de camino, y eso era una distancia demasiado grande, incluso contando con alguien que, como Axlin, podía descifrar el mapa para él.

—Tienes dos opciones —prosiguió—. Puedes volver conmigo en primavera y regresar a tu enclave... o instalarte aquí. En cualquiera de los dos sitios te acogerán con los brazos abiertos...

—... porque soy una mujer fértil. Sí, ya lo sé.

Pero lo cierto era que ninguna de las dos posibilidades la convencía del todo. No deseaba asentarse en un enclave desconocido..., pero regresar a casa implicaría volver atrás. Y allí, en aquella aldea, estaba mucho más cerca de los lugares que soñaba con explorar. Enclaves nuevos y desconocidos, monstruos de los que nadie había oído hablar. La Jaula. La Ciudadela.

—Entonces, ¿aquí se acaba el camino? —planteó—. No es eso lo que dice el mapa. ¿No hay nadie a quien pueda preguntar qué hay después?

—Hay dos buhoneros —admitió Bexari un poco a regañadientes—. Vienen a veces por el camino del este, donde están todos esos sitios que te interesan tanto. Pero no los vemos a menudo. Siguen una ruta distinta, por enclaves que yo no conozco. Están locos, ya te lo digo yo. Son caóticos y despreocupados, y si no los han matado los monstruos aún, lo harán tarde o temprano.

Hablaba con tono admonitorio, y Axlin se dio cuenta.

—¿Me estás advirtiendo contra ellos? Si ni siquiera los conozco.

—Pero quizá se pasen por aquí a lo largo del invierno. Y no me gustaría que tú... —se interrumpió, pero ella ya había captado lo que pretendía insinuar.

—¿Quieres decir que podría irme con ellos? ¿Hacia el este?

No había considerado esa opción. Había dado por supuesto que seguiría viajando siempre con Bexari y sus escoltas. Pero no se había planteado que pudiese acompañar a algún otro buhonero en una ruta que la alejase todavía más de su aldea de origen.

—Yo no he dicho eso —protestó él—. Si solo quieres saber, quizá te baste con preguntarles a ellos. Puede que así consigas la información que buscas y no necesites seguir adelante para verlo todo por ti misma.

Le contó que aquellos dos buhoneros que llegaban más lejos que nadie se llamaban Lexis y Loxan, y eran hermanos. Sus visitas generaban siempre una gran expectación, porque solían traer cosas muy difíciles de encontrar.

—Gracias a ellos conseguí mi caballo. Son los únicos buhoneros que conozco cuyo carro va tirado por caballos. Llevaban dos; cuando llegaron aquí el invierno pasado, uno de ellos cojeaba. No podían esperar a que se curara para seguir su ruta, y decidieron dejarlo aquí. Me lo dieron a cambio de todo lo que llevaba en mi carro, pero valió la pena.

Axlin escuchaba con interés. La mayoría de los buhoneros tiraban ellos mismos de sus carros, y los pocos que se lo podían permitir utilizaban un buey como bestia de tiro. Solo los enclaves más grandes criaban ganado vacuno, por lo que los bueyes tampoco eran muy abundantes. Pero ella nunca había visto caballos en ninguna parte.

—No te hagas ilusiones, Axlin. Esos dos no siguen un patrón de viaje regular. A veces aparecen y a veces no. Son de todo menos predecibles.

Aun así, las primeras semanas la joven aguardó con impaciencia la llegada de los dos hermanos. Otros buhoneros visitaron el enclave, porque era el final de la ruta para muchos, pero no eran los que ella esperaba. Y de esta manera pasó el invierno, y Axlin se adaptó a las normas del enclave que la acogía. Se acostumbró a dormir con calcetines de lana de cabra para evitar que los chupones le comieran los pies. Se habituó a mirar siempre a lo alto antes de pasar bajo los árboles, por si hubiese escupidores ocultos, y sus ojos se agudizaron para localizarlos entre el ramaje. Aprendió a distinguir en los alaridos de los escuálidos cuándo se reagrupaban para lanzar un ataque y cuándo se limitaban a gritar sin más. Y se las arregló para echar aunque fuera un solo vistazo a todos aquellos monstruos, para describirlos en su libro con detalle y esbozarlos si tenía ocasión.

No se quedó encerrada en el enclave todo el tiempo, sin embargo. Los buhoneros no solían viajar en invierno porque los días eran más cortos, y las noches, demasiado largas; pero había un enclave a dos días de camino de la aldea donde se alojaban, siguiendo una ruta secundaria que se alejaba de la carretera principal, y Bexari hizo un par de viajes entre ambos emplazamientos. Axlin lo acompañó en ambas ocasiones.

Pero no le permitieron unirse a las patrullas, aunque el buhonero y sus escoltas sí lo hicieron alguna vez. Se debía a que los grupos se desplazaban a pie y a menudo abandonaban los caminos. Y, por muy lejos que Axlin hubiese viajado, por mucho que hubiese aprendido, seguía sin poder correr deprisa.

Poco a poco, los días se fueron alargando, el tiempo se templó y las heladas remitieron. Estaba a punto de llegar la primavera, seguían sin noticias de Lexis y Loxan, y Axlin tendría que tomar una decisión.

Había dicho a todo el mundo que regresaría a su aldea con Bexari cuando este se pusiera en ruta de nuevo. Lo había hecho para que nadie intentase emparejarla antes de tiempo. En el enclave vivían varios jóvenes solteros, y ella se mantenía alejada de ellos para darles a entender que no estaba interesada en iniciar ningún tipo de relación. Porque, por otro lado, cada vez que se lo planteaba se acordaba de Tux. Y llegaba a la conclusión de que no había renunciado a él para acabar casada con el primero que se lo pidiese.

Casi al final del invierno, cuando Bexari ya contaba los días para marcharse de nuevo, llegó al enclave un extraño carro arrastrado por dos caballos que se detuvieron ante el portón.

—¡Humanos, abridnos! —vociferó el conductor—. ¡No somos monstruos!

—Bueno, solo a veces —precisó su acompañante—. Pero hoy ya hemos desayunado.

Axlin comprobó con sorpresa que a algunos de los habitantes del enclave, especialmente a los niños y a las muchachas solteras, se les iluminaba el rostro de repente.

—¡Son los buhoneros! —le explicó una chica con alegría—. ¡Lexis y Loxan!

—¿Los hermanos? —preguntó Axlin, sin terminar de creérselo—. ¿Los que vienen del este?

Pero nadie le respondió. Todos se habían arremolinado ante el portón, aguardando a que los centinelas abrieran a los recién llegados.

Axlin contuvo el aliento cuando los vio entrar. Su carro era el más raro que había visto en su vida. Estaba casi completamente cerrado, como si fuera una casa sobre cuatro ruedas, y reforzado con placas de metal que lo hacían parecer una especie de tortuga gigante. En el pescante se sentaban dos hombres peculiares. Los dos eran pelirrojos, pero uno llevaba barba y el otro no. Este último lucía, además, un parche de cuero negro que le cubría el ojo izquierdo. Axlin apreció una mancha de piel abrasada y desfigurada en aquel lado de la cara, y reconoció en ella los estragos causados por el ataque de un escupidor. Aunque a simple vista aquella parecía la cicatriz más aparatosa, lo cierto era que ambos hermanos estaban bien surtidos de ellas. Más que buhoneros, pensó Axlin, parecían escoltas, o quizá veteranos de un enclave que hubiesen participado en multitud de expediciones de abastecimiento.

El carro se detuvo en el interior del recinto, y los centinelas cerraron los portones tras él. Los hermanos bajaron del carro, y Axlin constató que no iban acompañados por nadie más.

—¿No tienen escoltas? —murmuró desconcertada. La asaltó de pronto la idea de que quizá hubiesen muerto en el trayecto, pero Bexari, que estaba a su lado, la sorprendió diciendo:

—Ellos son sus propios escoltas. No necesitan a nadie más, o eso es lo que dicen siempre.

Axlin le dirigió una mirada incrédula, pero el buhonero hablaba muy en serio.

—Tienen un buen carro —observó ella—. Parece más fácil de defender que los carros normales. Nunca he visto una cosa igual.

—Ni la verás. Nosotros podríamos tratar de construir algo así, pero solo con madera. No hay suficiente metal en todos los enclaves para hacer un carro como ese y, aunque lo hubiera, no sabríamos ni por dónde empezar.

Hacía mucho tiempo que los habitantes de los enclaves habían renunciado a seguir explotando los yacimientos de metal a causa del peligro que suponían los monstruos para cualquier actividad que se desarrollase en el exterior. Aún quedaba alguna aldea que disponía de forja y donde las artes de la herrería no se habían olvidado del todo. Pero su trabajo se limitaba a reparar objetos y a refundir aquellos que no tenían arreglo, para volver a fabricar con ellos armas sencillas y útiles de primera necesidad. Después los buhoneros los repartían por el resto de los enclaves a cambio de otros productos.

Bexari había exagerado un poco: probablemente, si fundiesen todas las ollas, sartenes, cuchillos, hachas y machetes de todas las aldeas sí conseguirían suficiente metal para construir un carro como aquel. Pero no lo lograrían con todo el metal de un solo enclave, eso seguro.

—¿De dónde habrán sacado el material para construirlo? —se preguntó Axlin en voz alta.

El buhonero se encogió de hombros.

—Vienen del este —respondió, como si eso lo explicase todo—. Creo que hay minas por allí, y que están lo bastante protegidas como para ser explotadas con ciertas garantías. De no ser por estos buhoneros, de hecho, probablemente nos habríamos quedado sin metal, y sin muchas otras cosas, hace mucho tiempo.

Axlin se quedó mirándolo sin poder creer lo que oía.

—¿Me estás diciendo que en el este las cosas son distintas? ¿Que se defienden mejor de los monstruos, que tienen materiales con los que nosotros ni siquiera podemos soñar...?

—Es posible, sí; no lo sé. Pero el hecho es que hay más de una semana de viaje. Diez días y diez noches durmiendo fuera de las empalizadas. De todos los locos que han intentado cubrir ese trayecto, ninguno ha vuelto jamás. Salvo ellos dos —concluyó, señalando a los hermanos—, y algún día dejarán de venir porque se los habrán comido los monstruos por el camino.

Axlin no dijo nada más, pero decidió que hablaría con Lexis y Loxan en cuanto pudiera.

No le resultó sencillo, porque ambos estaban muy solicitados. Todo el mundo quería hablar con ellos, hacerles preguntas o atraer su atención. Ellos respondían a aquel interés con alegría y desparpajo, aunque Axlin notó que Lexis, el de la barba, era un poco más introvertido que su hermano. Loxan, por otro lado, hacía gala de un gran encanto personal, a pesar de su rostro desfigurado, y tenía mucha facilidad de palabra.

Después de la cena, Axlin logró por fin acercarse a ellos.

—¡Hola, hola! —saludó Loxan, contemplándola con interés—. No te había visto nunca por aquí. ¿Eres nueva?

—He venido desde muy lejos con Bexari, el buhonero. Me gustaría hablar con vosotros...

—Será en otra ocasión, preciosa. Ya tenemos planes para esta noche, ¿verdad, Lexis?

Su hermano asintió con una sonrisa de disculpa. Ella se sonrojó, pero más debido a la indignación que a la timidez.

—No tengo el menor interés en pasar la noche con ninguno de vosotros —informó con frialdad—. Solamente he dicho que quiero hablar. Pero si no sois capaces de entenderlo, a lo mejor es que no sois tan listos como todo el mundo dice.

Loxan se quedó un momento sin palabras, pero Lexis estalló en carcajadas.

—Dedícale un rato, hermano —dijo—. Lo otro puede esperar.

El buhonero gruñó un poco, pero finalmente atendió la petición de Axlin. Se sentaron de nuevo junto al fuego para conversar con tranquilidad.

—Bueno, ¿qué quieres saber? —planteó Lexis—. Si se trata de los intercambios, tienes que hacer llegar tus peticiones al líder del enclave.

—No quiero cosas. Solo busco información.

Los dos hermanos cruzaron una mirada y se echaron a reír.

—¿Qué os hace tanta gracia? —preguntó ella desconcertada.

—La mercancía se ve, se pesa, se palpa y, si es necesario, se prueba y hasta se huele —explicó Loxan con cierto tono burlón—. Puedes valorarla y pedir algo a cambio. Pero la información... —hizo un gesto vago con la mano, como si quisiera atrapar el aire que respiraban— no se puede medir de la misma manera. ¿Cuánto vale? ¿Lo sabes tú, acaso?

—Puede valer mucho —intervino Lexis, enigmático— o puede no valer nada. Todo depende de lo que estés dispuesta a dar a cambio, claro está.

—Piénsalo —concluyó Loxan, guiñándole un ojo—, y mañana nos lo cuentas. Y ahora, si nos disculpas, nos están esperando... para otro tipo de intercambio.

Axlin no dijo nada. Los miró alejarse, preguntándose si estarían de broma o si de verdad tendría que regatear con ellos solo para poder plantearles algunas preguntas.

Decidió consultarlo con Bexari. Su amigo sonrió y sacudió la cabeza.

—Probablemente te estaban tomando el pelo. A ellos no les importan los intercambios en realidad. Siempre traen cosas muy valiosas en su carro y, sin embargo, a menudo las truecan por objetos bastante más corrientes. Te lo digo yo, que soy buhonero también y sé lo que cuestan las cosas. Estos dos salen perdiendo en casi todos los intercambios que hacen cuando pasan por aquí, y lo saben. Pero no parece importarles. De hecho, se pavonean como si negociasen mejor que los demás —concluyó, aunque no parecía disgustado; al contrario, seguía sonriendo.

Ella sacudió la cabeza. Los buhoneros nunca obtenían grandes ganancias ni presionaban a los líderes para conseguir mayores beneficios, porque todos sabían que muchos enclaves sobrevivían a duras penas. Pero una cosa era buscar un trato justo y otra, muy diferente, jugarse la vida en un viaje que solo les reportaba intercambios desfavorables.

—No lo entiendo. Entonces, ¿por qué vienen desde tan lejos? ¿Por qué corren el riesgo?

—Porque están locos, ya te lo dije. Llevan toda la vida en los caminos. Han llegado más lejos que nadie, y si no necesitan escoltas, no es solo debido al carro que conducen. Pero a veces tengo la sensación de que algo no va bien dentro de sus cabezas. Es como si no terminaran de creerse que siguen vivos y, por tanto, les diera igual correr riesgos. Como si no les importara la posibilidad de morir hoy, mañana o el año que viene.

Axlin no supo qué decir. Bexari sonrió.

—Hablaré con ellos de todas formas.

cap-10

10

Al día siguiente, gracias a la mediación de Bexari, Axlin pudo por fin sentarse a conversar con los buhoneros. Ellos exigieron a cambio que les mostrase el mapa y el libro que estaba escribiendo, y examinaron el plano en primer lugar. Axlin se sorprendió cuando Lexis trató de descifrar algunas de las palabras escritas en él, y lo consiguió, a duras penas:

—«Chi... llo... nes...» —leyó—. Mira, ya sabemos qué le pasó a ese engreído de Kamux. Y tú querías seguirlo por ese camino...

—Eh, hay que explorar nuevos caminos, ¿no? Si hay chillones, pues peor para ellos.

—¿Sabes leer? —interrumpió Axlin, aún perpleja.

—Un poco, sí —reconoció Lexis—. En nuestra ruta, hacia el este, hay algunos carteles en los caminos. Casi nadie les presta atención, pero es bueno saber lo que dicen.

—¿Carteles?

—Avisos escritos en tablones. CUIDADO, CRESTADOS; ESCUPIDORES. ATENTOS A LAS RAMAS; PIESMOJADOS. VIGILA EL FONDO DEL POZO ANTES DE BEBER... Cosas así.

—Por aquí también había avisos, hace mucho tiempo —dijo Loxan—, o eso nos han contado. Al principio, la gente se preocupaba de mantenerlos, al igual que hacen con los refugios y con los pozos. Pero llegó un momento en que solo los entendían los escribas, y ya casi no quedan escribas, así que... ¿a quién le importan unos carteles que nadie puede leer?

El corazón de Axlin latía con fuerza. Comprendía lo que le estaban contando con una intensidad casi dolorosa, y miró a los hermanos como si los viera por primera vez. Desde la muerte de Oxis, nadie más la había entendido cuando hablaba de lo que significaba poder descifrar un código desconocido para el resto de la gente.

—De donde vosotros venís —empezó, tratando de contener su emoción—, ¿es habitual que la gente lea? ¿Hay más escribas? ¿Y libros?

—Sí, hay más escribas. También gente que sabe leer, aunque no son muchos, y la mayoría lo hace a duras penas, como nosotros. Cuanto más avanzas por este camino, sin embargo —añadió Lexis, señalando en el mapa la ruta que tanto intrigaba a Axlin—, los enclaves son más grandes y prósperos y están mejor defendidos. Y hay más personas que leen y escriben.

—Hacia el este —murmuró ella—. Hacia la Ciudadela.

—Hacia la Ciudadela, sí.

—Entonces, ¿existe de verdad? ¿Habéis estado allí alguna vez?

—Existe de verdad, pero nunca hemos llegado tan lejos. —Loxan se encogió de hombros.

—Mira, esta es nuestra ruta —explicó Lexis—. Desde aquí hasta aquí.

—¿Llegáis hasta la Jaula?

—No, pero conocemos a gente que sí lo hace. Si nos acompañas hasta el final de la ruta, te la podemos presentar.

Axlin se quedó mirándolos. Loxan le dedicó una sonrisa torcida que iluminó su rostro desfigurado.

—Es lo que quieres, ¿no? Llegar hasta la Ciudadela. Muchos lo han intentado antes que tú.

—¿Vosotros no?

—Te lo voy a explicar una sola vez —dijo Loxan, y su mirada azul se volvió tan seria que por un momento pareció una persona completamente diferente—: nadie va de un extremo a otro del camino. Es demasiado largo, hay demasiados monstruos diferentes y no se puede estar siempre preparado para todos los imprevistos que puedan surgir. La única forma de comunicar todos los enclaves es hacerlo por partes, ¿me sigues?

Axlin negó con la cabeza.

—Los buhoneros formamos una cadena por todo el camino principal. De la Ciudadela al último enclave habitado. Del último enclave habitado a la Ciudadela. Cada buhonero es un eslabón que la mantiene unida, porque se ha especializado en una ruta y la conoce bien. Tenemos nuestros itinerarios y no los cambiamos ni los abandonamos. Porque si lo hacemos, si la cadena se rompe en algún punto, habrá aldeas que perderán la comunicación con el resto del mundo y no sobrevivirán.

»Nuestra ruta es la más larga y difícil. Hace décadas cayeron tres aldeas seguidas en esta parte del camino, y la región de donde tú vienes, Axlin, quedó aislada porque nadie quería arriesgarse a emprender un viaje tan largo. Hasta que llegamos nosotros.

La joven inspiró hondo, comprendiendo. Lexis concluyó:

—Somos los únicos que recorremos esta ruta, pero no vamos más allá, porque ya hay otros que lo hacen. Así que sí, podrías continuar viajando por el camino hacia el este, hasta la Jaula, la Ciudadela y más allá, si quisieras. Pero no con nosotros. Podrías seguir la cadena de los buhoneros, enlazando una ruta tras otra, y primero verías carteles que nadie lee, y después enclaves más grandes y mejor defendidos, y más adelante, letreros que se cuidan y se mantienen porque hay gente que entiende lo que dicen. Y encontrarías escribas en los enclaves. Y libros.

—Entonces al final del camino, hacia el este, la gente se defiende mejor de los monstruos...

—Los monstruos matan en todas partes, Axlin. Nadie está completamente a salvo, ni siquiera en la Ciudadela. Pero, cuanto más te acercas allí, más posibilidades tienes de sobrevivir. Las personas se hicieron fuertes en la Ciudadela hace cientos de años, y desde allí se expande la lucha contra los monstruos, pero todavía no ha llegado a todas partes.

—Aun así —intervino Loxan, que llevaba un rato callado—, si buscas seguridad o un futuro mejor, es allí hacia donde debes encaminarte. Si consigues sobrevivir al viaje, naturalmente.

—No es eso lo que busco —respondió Axlin—. Lo que quiero es aprender. Si en la Ciudadela plantan cara a los monstruos mejor que nosotros, quiero saber cómo lo hacen.

Les mostró entonces su libro. Los buhoneros lo examinaron con curiosidad, y la joven apreció complacida que los había impresionado.

—¿Habíais visto algo parecido en alguno de vuestros viajes? —preguntó.

—No tan completo —reconoció Lexis—. En todos los enclaves saben de monstruos, claro está, o no habrían sobrevivido. Pero saben acerca de sus monstruos, no sobre los de los demás.

—Lo sé. La mayoría de la gente no se aleja nunca de su aldea natal, así que solo necesita saber cómo defenderse de cuatro o cinco tipos de monstruos diferentes. En cambio, los buhoneros...

—... Los buhoneros sí apreciaríamos un libro como este —completó Loxan, y el ojo bueno le brilló con interés—. O al menos los que sabemos leer.

—No lo cambio —se apresuró a aclarar Axlin—. Ni por todo lo que lleváis en el carro. Me ha costado mucho redactarlo, y ni siquiera está terminado.

—Y a Loxan le costaría mucho descifrarlo —la tranquilizó Lexis—. No le hagas caso, apenas sabe juntar cuatro letras seguidas —se burló. Su hermano le sacó la lengua, como si fuese un niño pequeño, y Axlin los contempló desconcertada—. Estás haciendo un buen trabajo, chica. Ningún escriba se había tomado nunca la molestia de hacer algo así, al menos que yo sepa.

—¿Entendéis ahora por qué quiero seguir adelante? Todavía tengo mucho que aprender.

—Sí —asintió Loxan—, pero te olvidas de un pequeño detalle: si viajas más lejos, tal vez no puedas volver nunca más.

—Bueno, ya sé que el camino es peligroso, pero...

—No me has entendido. Si vienes con nosotros, puede que sobrevivas y llegues a tu destino, sea cual sea. El problema lo tendrás cuando quieras volver. Porque nadie puede garantizarte que mi hermano y yo sigamos en los caminos para entonces. Ni siquiera nosotros mismos.

—No somos estúpidos —añadió Lexis encogiéndose de hombros—. Hemos estado cerca de la muerte en demasiadas ocasiones. Cualquiera de nuestros viajes puede ser el último.

—Y eso quiere decir —prosiguió su hermano— que, si sigues adelante, cuando quieras regresar quizá no encuentres a nadie que te lleve de vuelta a casa.

Ella reflexionó. Le costaba tomarse en serio aquellas recomendaciones, por la ligereza con la que los buhoneros hablaban de la muerte que los aguardaba en los caminos.

—Piénsalo —concluyó Lexis—. Puedes volver a tu aldea con Bexari y compartir lo que has aprendido hasta ahora, o seguir adelante y asumir que puede que no regreses nunca más.

Axlin se estremeció.

—Estáis intentando asustarme para que dé media vuelta.

—En absoluto —rio Loxan—. Creemos que lo mejor para ti es acompañarnos en nuestro viaje. Es un trayecto peligroso, pero te llevará hasta enclaves mejor defendidos y abastecidos. Si te instalas en uno de ellos tendrás más posibilidades de salir adelante. Porque el día que a nosotros se nos zampen los monstruos, la región donde naciste quedará aislada. Y cuando eso pase, los enclaves empezarán a caer, uno tras otro. Puede que aguanten una o dos generaciones, pero no más. Si vas hacia la Ciudadela corres un riesgo, pero si llegas, tendrás un futuro. Si vuelves atrás, quizá sobrevivas para ver la caída de tu enclave. O quizá la vean tus hijos. Pero llegará, y la pregunta que debes hacerte es si deseas estar allí cuando eso pase... o no.

Ella no respondió.

—Piénsalo, Axlin —repitió Lexis—. En todas las rutas hay varios buhoneros viajando entre los enclaves. En la nuestra solo viajamos nosotros. Hasta ahora avanzabas sabiendo que en cualquier momento podías volver atrás. Si nos acompañas, puede que pierdas esa opción para siempre.

—Nosotros nos quedaremos tres días más, y luego nos pondremos de nuevo en marcha hacia el este —dijo Loxan—. Tienes tiempo hasta entonces para tomar una decisión.

Pero Axlin ya lo había hecho.

Cuando acudió a hablar con Bexari, su amigo sonrió antes de que comenzara a hablar.

—No hace falta que me lo digas, ya lo sé: te vas con ellos. Vixnan y yo te vamos a echar de menos, pero es lo que llevas dentro. Solo quiero estar seguro de que eres consciente de las consecuencias. Sabes que no regresarás, ¿verdad?

El corazón de Axlin se aceleró un instante.

—Lexis y Loxan ya me han dicho que ellos son los únicos que recorren el siguiente tramo del camino, y que si ellos caen, nunca...

—No se trata de eso. —Bexari suspiró—. Otras personas los han acompañado en su viaje hacia el este. Ninguna de ellas ha vuelto nunca.

—¿Quieres decir que las matan los monstruos?

—No necesariamente. Pero cuentan que la vida es diferente en otras tierras, que la gente está más organizada y se defiende mejor de los monstruos. Por eso, los que se instalan en aquellos enclaves, o en la Ciudadela, ya no quieren volver.

—Yo tengo que volver —rebatió ella—, para enseñar a mi gente todo lo que haya aprendido.

Bexari se limitó a responderle con una sonrisa cansada:

—Buena suerte entonces, Axlin. Ojalá llegues tan lejos como te propongas.

Tres días después, Axlin abandonó el enclave en el extraño carro de los hermanos. Se había despedido ya de Bexari, de Vixnan y del resto de sus conocidos, pero se volvió para contemplarlos antes de que el portón se cerrara, preguntándose si sería aquella la última vez que los vería.

En cuanto dejaron atrás el enclave, Loxan se sentó junto a ella y le dijo:

—Bien, hablemos de tus armas.

—Ya las conoces —objetó Axlin, mostrándole su daga y el arco que pendía de su hombro.

La tarde anterior, los hermanos le habían pedido que les hiciera una demostración de sus habilidades defensivas. A pesar de que se había esforzado mucho en aprender y había mejorado notablemente durante su viaje, ellos no habían quedado muy convencidos.

—No, eso no me vale; todavía eres muy lenta con el arco y muy torpe con la daga.

—Comparada con vosotros, sí —se defendió ella—, pero llevo poco tiempo practicando.

—Nuestra ruta es más peligrosa que cualquiera que hayas conocido. No llevamos escoltas...

—... Porque se nos mueren enseguida, claro está... —apuntó Lexis desde el pescante.

—... y tenemos que defendernos nosotros mismos —concluyó Loxan sin hacerle caso—. Si además tenemos que preocuparnos de protegerte a ti, acabaremos todos muertos.

Axlin se quedó mirándolo con cierta perplejidad.

—Y entonces, ¿qué sugieres? ¿Que volvamos atrás?

—Que mejoremos tu defensa. Mientras estés con nosotros practicarás a diario. Te adiestraré para que seas más fuerte, ágil y rápida. Y como eso llevará tiempo, por el momento usarás esto.

Le mostró un artefacto que Axlin no había visto nunca; parecía un arco acoplado a una especie de montura metálica.

—Esto, compañera —anunció Loxan con orgullo—, es una ballesta. No la verás por las tierras del oeste, porque es un invento que procede de la Ciudadela. Es mucho más potente que un arco convencional, puede dispararse con una sola mano y lo único que tienes que hacer es apuntar bien al objetivo y apretar el gatillo.

Se la cargó al hombro para mostrarle cómo se usaba. Axlin la observó con interés.

—Es un poco aparatosa —opinó—. ¿Dispara flechas?

Por toda respuesta, Loxan le arrojó un carcaj lleno de proyectiles. La muchacha los examinó. Eran más cortos y gruesos que las flechas que ella solía utilizar.

—Se llaman virotes. Igual que sucede con el arco, una ballesta no sirve de nada sin ellos. Así que tendrás que aprender a fabricarlos.

Axlin contempló cómo cargaba la ballesta con uno de los proyectiles. Después Loxan se asomó a la parte posterior del carro y apuntó al ramaje de los árboles que bordeaban el camino.

—Observa —murmuró, y ella se apresuró a colocarse junto a él.

Loxan se quedó quieto unos instantes, con la ballesta a punto y la mirada de su único ojo bueno clavada en el follaje. Axlin miraba también, conteniendo el aliento. Estaba a punto de decir que no veía nada amenazador entre las ramas cuando, con un chasquido repentino, la ballesta se disparó, el virote salió lanzado a gran velocidad y algo chilló desde las hojas.

Axlin dejó escapar una exclamación de sorpresa cuando una criatura del tamaño de una ardilla cayó al suelo como una piedra. El carro la dejó atrás enseguida, convulsionándose al borde del camino, pero ella ya la había identificado.

—¡Un escupidor!

—Están en todas partes —gruñó Loxan—. Habría que talar todos los árboles a la vera del camino para que no se encaramaran a ellos, pero nadie lo hará, porque por aquí solo pasamos nosotros. Pero mientras estemos bajo la cubierta del carro no nos atacarán. Solo escupen si ven cabezas humanas, lo cual también es una suerte para nuestros sufridos jamelgos.

—No lo había visto —admitió ella—. Estaba demasiado lejos.

—Ese es el problema con los escupidores; si estás lo bastante cerca como para distinguirlos a simple vista, ellos están lo bastante cerca como para escupirte ácido a la cara. Pero a veces tienen que moverse, claro; no son de piedra. Has de interpretar la pauta de movimiento de las hojas. A menudo se mueven por el viento, pero a veces hay alguna rama que no sigue el compás.

Axlin asintió. Durante su estancia en la aldea que acababan de abandonar había aprendido a observar las copas de los árboles con atención, y entendía lo que Loxan le estaba explicando.

—Con un arco como el que tienes —prosiguió él—, necesitarías entrenarte mucho más para conseguir la potencia y la velocidad de una ballesta. Hay arcos más grandes y mejores, pero son más difíciles de manejar. Vamos, prueba tú.

Le enseñó a cargar la ballesta, a sujetarla y a apuntar al objetivo. Después se situaron de nuevo en la parte posterior del carro y Axlin apuntó a las copas de los árboles, atenta al menor movimiento.

—Es difícil acertar con el carro en marcha —murmuró.

—Te atacarán a menudo con el carro en marcha. Y cuando estés quieta, los monstruos no lo estarán. Tienes que aprender a apuntar y disparar en cualquier situación.

Axlin asintió. Esperaron unos instantes más, y entonces a ella le pareció que algo se había movido entre el follaje. Apretó el gatillo.

El virote salió disparado con tanta fuerza que el arma le golpeó dolorosamente en el hombro. El proyectil se perdió entre las hojas, pero en esta ocasión no cayó ningún monstruo.

—Sí, tiene un poco de retroceso —rio Loxan mientras Axlin se frotaba la zona magullada—. Deberías protegerte ese hombro.

—¿Y ahora me lo dices? —protestó ella.

—Mejor ahora que después.

Le enseñó a recargar la ballesta metiendo el pie en el estribo para tensar la cuerda, y Axlin descubrió que el hombro no era la única parte de su cuerpo que sufriría con el uso de aquel artefacto. Tenía las yemas de los dedos encallecidas debido al uso del arco, pero por lo que parecía la ballesta requería un mayor esfuerzo.

—Se tarda mucho en cargar este trasto —objetó.

—En efecto; un arquero experimentado dispara más flechas que un ballestero en el mismo lapso de tiempo. Pero tú no eres una arquera experimentada. Aunque has adquirido cierta destreza, creo que por el momento serás más efectiva con una ballesta como esta.

Axlin acogió aquella afirmación con cierto escepticismo; sin embargo, Loxan insistió en que debía seguir practicando, y el tiempo le dio la razón. Para cuando se detuvieron a pernoctar, la muchacha ya se las arreglaba bastante bien con el mecanismo y cargaba los virotes con cierta soltura. Logró acertar a un escupidor y se sintió extrañamente poderosa. Era cierto que la ballesta resultaba más pesada que el arco y se tardaba más en cargarla; pero era mucho más fácil dispararla, y los virotes salían lanzados con más potencia y a una distancia mayor.

En el lugar donde pararon a pasar la noche había un abrevadero para los caballos y un refugio un poco más allá; pero, para sorpresa de Axlin, no se instalaron en él.

—Está demasiado abandonado —le explicó Lexis—. Nosotros somos los únicos que podríamos utilizarlo, y no pasamos por aquí tan a menudo como para que nos valga la pena repararlo.

Así, Axlin aprendió que el carro de los hermanos era al mismo tiempo su transporte y su refugio. Lo aparcaron al borde del camino y soltaron a los caballos para que pacieran y descansaran. Encendieron una hoguera y cenaron antes de que se pusiera el sol; y, cuando se hizo de noche, volvieron a subir al carro y lo cerraron prácticamente por completo con nuevas planchas de metal. Solo dejaron un resquicio para que entrara el aire: una pequeña reja en una de las puertas junto a la que Loxan se apostó para hacer la guardia.

—Hasta mañana, compañeros —dijo con una sonrisa torcida y las armas a punto—, si no es esta nuestra última noche.

Entonces sopló la vela y el carro se sumió en la oscuridad.

Axlin se acurrucó en su jergón. No le habían pedido que hiciera turnos de guardia, aunque Loxan había dicho que lo haría en cuanto aprendiese a utilizar la ballesta con mayor soltura.

Fue una noche ajetreada. De madrugada la despertaron unos gritos y bramidos, y comprobó alarmada que había algo ahí fuera que zarandeaba el carro con saña. Lexis y Loxan defendían el vehículo asomados a una abertura en el techo. Como tenían medio cuerpo fuera, Axlin no pudo ver qué armas utilizaban, pero sí los oía vociferar en la oscuridad:

—¡Venid aquí si os atrevéis, bastardos! ¡Os sacaré las tripas y me haré un cinturón con ellas!

—¡Que sean dos cinturones! ¡Y brindaremos con vuestras calaveras peladas!

—¡Uno menos! ¡Llevo cuatro!

—¡Y yo seis! ¡Te voy ganando!

Axlin buscó a tientas su ballesta, la cargó y se asomó por la ventanilla trasera. Al sentir su movimiento, Loxan echó un vistazo al interior del carro y le sonrió en la oscuridad.

—Bienvenida a la fiesta, compañera.

La muchacha trató de devolverle la sonrisa, pero estaba demasiado asustada. Llevaba varias semanas sin salir a los caminos y la forma de actuar de los hermanos le resultaba muy extraña.

Lexis y Loxan habían colgado sendas lámparas a ambos lados del carro, por lo que Axlin pudo ver por fin a las criaturas que los atacaban: seres con cuatro brazos anormalmente largos y cabezas enormes y alargadas, con dos ojos a cada lado. Pero por alguna razón lo que más inquietó a Axlin, que había contemplado toda clase de horrores, fueron los dos apéndices tubulares que asomaban entre sus dientes afilados. Se movían ante ellos como si tuviesen vida propia, y parecían armas en sí mismos: látigos cubiertos de una baba espesa y repulsiva.

Axlin nunca había visto nada igual. El terror la bloqueó, como siempre que se encontraba ante un monstruo nuevo al que no sabía cómo enfrentarse.

—¡Dales duro, Axlin! —aulló entonces Lexis desde arriba—. ¡Apunta a la cabeza y dispara!

Era la opción más obvia, naturalmente. Recordó a tiempo que tenía la ballesta cargada; la sacó por entre los barrotes de la ventanilla, apuntó y disparó.

El monstruo ya se abalanzaba sobre ella, pero el proyectil lo detuvo en seco y lo lanzó hacia atrás. Axlin contempló fascinada cómo la fuerza del disparo le abría la cabeza como si se tratase de un melón maduro.

—¡Buen tiro, Axlin! Pero ¡te gano cinco a uno!

—¡Y yo ya llevo ocho, perdedores! ¡No tenéis nada que hacer contra mí!

La muchacha todavía se sentía como si estuviese viviendo en un mundo irreal. Los monstruos seguían intentando asaltar el carro, pero daba la sensación de que para Lexis y Loxan era algo divertido. Trató de no prestarles atención y recargó la ballesta en la oscuridad. Le costó bastante tiempo porque no estaba acostumbrada a hacerlo y, cuando quiso volver a disparar, otra de las criaturas se había enganchado ya a la parte posterior del carro y trataba de alcanzarla con sus repugnantes apéndices. Ella disparó, pero el tiro fue demasiado alto y el virote se clavó en la pared. Sin tiempo para recargar la ballesta de nuevo, Axlin echó mano de la daga y atacó.

La criatura chilló cuando le cortó uno de los apéndices, del que brotó un líquido pardusco, espeso y maloliente. La joven retrocedió al fondo del carro para volver a cargar la ballesta, pero entonces el monstruo bramó de dolor y se retiró de la ventanilla.

—¡Ese me lo apunto yo! —exclamó Lexis—. ¡Seis a uno, tienes que estar más atenta!

Axlin sonrió a su pesar y decidió que, si iba a participar en la batalla, lo haría a la manera de los buhoneros. Lanzó un salvaje grito de guerra y se lanzó hacia la rejilla, dispuesta a llevarse por delante todos los monstruos que pudiera.

Tardaron más de una hora en acabar con todos ellos y ninguno de los tres sufrió daños graves. Axlin había matado a cuatro, pero estaba lejos de Lexis, con nueve abatidos, y sobre todo de Loxan, que presumió de haber ganado la competición con una docena de monstruos en su cuenta personal. Con el tiempo, Axlin llegaría a participar con entusiasmo en aquellos extravagantes desafíos, a pesar de que, como no tardaría en descubrir, Loxan vencía casi siempre. Pero había algo nuevo en aquella forma de luchar contra los monstruos, como si no fuesen presas limitándose a defenderse, sino cazadores enfrentándose a otros depredadores de igual a igual.

Aquella noche, sin embargo, una vez superada la euforia de la lucha, Axlin dejó la ballesta a un lado y se acurrucó en un rincón del carro, exhausta y asustada. Los buhoneros volvieron a entrar y cerraron la portezuela superior. Lexis encendió el candil.

—Lo has hecho muy bien... para ser tu primera noche con nosotros, claro está.

—¿Qué era eso? —pudo preguntar ella por fin.

—Sorbesesos —respondió Loxan con gravedad—. ¿Habías oído hablar de ellos?

—El mapa los menciona, pero hasta ahora no había conocido a nadie que se hubiera enfrentado a ellos. Y es raro, porque estamos solo a un día de camino del enclave más cercano.

—Nunca se acercan a los enclaves. Son bastante cobardes, ¿sabes? Tienen el cuerpo blando y se los puede abatir con facilidad, si los ves venir. Prefieren asaltar a los viajeros, y aun así lo hacen en grupo. No entiendo muy bien por qué, la verdad. Hoy eran más de veinte, y si hubiesen vencido, solo habrían conseguido tres cerebros para repartir entre todos.

—¿Cerebros?

Loxan la miró con una sonrisa siniestra.

—Los sorbesesos inmovilizan a su víctima con sus cuatro brazos. Entonces le meten esas dos cosas que tienen en la boca, una por cada oreja y... —El buhonero ilustró la explicación con un elocuente y desagradable sonido de succión—. Hasta que no dejan nada dentro de la cabeza.

Ella se estremeció de horror y repugnancia.

—Y esto es todo por hoy —concluyó Loxan alegremente—. ¡Que duermas bien! Mañana tendremos más monstruos sucios y feos que matar, ¿no es estupendo?

Axlin se quedó mirándolo, sin tener claro todavía si le hablaba en serio o le estaba tomando el pelo. Pero Lexis apagó de nuevo la luz, y ella optó por acurrucarse de nuevo en su rincón, con las armas preparadas, por si acaso.

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11

Al día siguiente los buhoneros se levantaron de un humor excelente, como si no hubiesen pasado gran parte de la noche luchando a brazo partido contra los sorbesesos. Axlin, en cambio, apenas había dormido. Aun así, accedió de buen grado cuando Loxan la invitó a acercarse a los cuerpos de los monstruos para examinarlos. Su curiosidad investigadora venció a la repugnancia y se inclinó junto a ellos para tomar notas y hacer esbozos en su libro, mientras los hermanos iban en busca de los caballos y terminaban de recogerlo todo para partir.

—Anoche estuviste bien, compañera —le dijo Loxan, una vez que reanudaron la marcha—, pero aún tienes que aprender a manejar ese trasto. Vamos a ver si podemos afinar tu puntería, y cuando te las arregles mejor, Lexis te enseñará su colección de venenos para puntas de flecha.

Y le guiñó el ojo bueno.

—¿Venenos? —repitió ella—. ¿Lo crees necesario?

—Lo bueno de la ballesta es que es un arma muy potente y no se necesita mucho entrenamiento para aprender a utilizarla. Lo malo es lo que tardas en recargarla. Por eso deberías poder cargarte a los bichos de un solo disparo. Los hay resistentes, ¿sabes? Es mejor asegurarse de que no vuelven a levantarse, porque probablemente no tendrás tiempo de disparar un segundo virote si el primero no es mortal. ¿Me sigues?

Durante los días siguientes los atacaron más monstruos. Como el trescolas que los asaltó una noche y que estuvo a punto de decapitar a Loxan con uno de sus letales apéndices antes de que lograran matarlo entre todos. O el caparazón que los aguardaba tras un recodo, bloqueando el camino, y cuya armadura natural era tan gruesa y robusta que hasta los virotes de la ballesta de Axlin rebotaban en ella. O los tres abrasadores que asaltaron el carro y cuyo aliento de fuego redujo a cenizas una de las ruedas (Axlin llegó a pensar que aquel era el final de su aventura, pero resultó que los buhoneros llevaban una rueda de repuesto en el carro). O los escupidores que los seguían acechando desde las ramas de los árboles, y que ellos intentaban abatir antes de que les arrojaran a la cara su saliva extraordinariamente corrosiva. Uno de sus esputos, no obstante, cayó sobre el pantalón de la joven y le produjo una dolorosa quemadura en el muslo que tardó varios días en curarse. Pero sanó, y ella comprendía que había sido muy afortunada, porque los escupidores apuntaban a la cara para cegar a sus presas antes de lanzarse sobre ellas para devorarlas, y los pocos que sobrevivían al asalto quedaban con el rostro horriblemente desfigurado para siempre.

A algunos de estos monstruos ya los conocía; otros, sin embargo, eran nuevos. Tuvo la oportunidad de ver con sus propios ojos a criaturas de las que, hasta aquel momento, solo había oído hablar. Al mismo tiempo aprendió de los hermanos maneras diferentes y eficaces de enfrentarse a ellos, y todo lo anotaba en su tratado con esmero y diligencia.

Y seguía entrenando. Mejoró su puntería y aprendió a utilizar la ballesta con soltura. Loxan la adiestró también en el uso de la daga e insistió en que siguiera practicando con el arco.

Por fin llegaron a la siguiente aldea. Axlin no podía creer que hubiese sobrevivido diez días seguidos en un camino en el que no se habían cruzado con ningún otro ser humano. Los buhoneros se pavoneaban como si aquello lo hiciesen todos los días. En el enclave los recibieron como a auténticos héroes, pero a la muchacha le resultó extraño estar de nuevo rodeada de gente.

La acogieron con amabilidad; sin embargo, por primera vez nadie le pidió que se quedara.

—Dan por hecho que seguirás adelante —le explicó Lexis—. Nadie se arriesga a recorrer la ruta más peligrosa para quedarse en la primera aldea, claro está. Hay otras mucho más prósperas al este.

A Axlin aquel enclave le parecía bastante agradable. Tenían sus propios monstruos, como todos, pero parecía que se las arreglaban bastante bien. Allí vivía al menos el doble de gente que en su aldea natal.

Lexis aprovechó aquellos días de descanso para mostrarle su colección de venenos. Los guardaba en una bolsa de cuero con muchos bolsillos interiores, cada uno para un frasco diferente. Le prestó unos guantes para manipularlos y le explicó cómo fabricarlos, contra qué monstruos eran eficaces y contra cuáles no servían para nada.

—Y recuerda que, si son malos para los monstruos, para ti son todavía peores. Así que úsalos con precaución.

Axlin tomó buena nota de todo aquello.

Los buhoneros revisaron el carro, realizaron sus intercambios y se prepararon de nuevo para partir. Ella había copiado el mapa de Bexari en su libro, puesto que el original se lo había devuelto a pesar de que él le habría permitido quedárselo, y sabía por tanto que la próxima aldea estaba mucho más cerca, a solo dos días de camino. Sus compañeros le habían dicho que aquel sería un trayecto menos peligroso que el que acababan de realizar, por lo que, cuando por fin se pusieron de nuevo en marcha, se sentía feliz y emocionada.

El viaje duró toda la primavera y buena parte del verano. Recorrieron diversas aldeas, todas muy similares en cuanto a su funcionamiento básico, pero con normas específicas adaptadas al tipo de criaturas contra las que se veían obligados a luchar. El mapa de Bexari seguía indicándoles con gran fidelidad qué clase de monstruos encontrarían por el camino, pero ni siquiera aquella información podía preparar a Axlin contra algunos de los horrores que los aguardaban, algunos de los cuales se grabarían a fuego en su memoria.

Era el caso de la quinta aldea que visitaron, por cuyos alrededores pululaban los lenguaraces, unas criaturas capaces de imitar a la perfección las voces humanas. Como medida de precaución, Lexis y Loxan la obligaron a taponarse los oídos con cera mucho antes de llegar allí. Los lenguaraces los llamarían desde la espesura, le advirtieron, y gritarían desgarradoramente pidiendo auxilio, como si fuesen personas atacadas por los monstruos. La mejor forma de ignorarlos era, sencillamente, no oírlos.

Los buhoneros itinerantes como ellos podían protegerse de esta manera de los lenguaraces, pero los habitantes de la aldea estaban condenados a oírlos a todas horas. Los monstruos los llamaban constantemente con las voces de sus seres queridos, tratando de engañarlos para atraerlos a un destino fatal.

De modo que estas gentes habían aprendido a vivir sin ruidos, con los oídos siempre taponados, para que los gritos de los lenguaraces no los volvieran locos de odio y de dolor. Para poder comunicarse entre ellos, habían desarrollado un lenguaje de signos que, obviamente, la mayoría de los visitantes no comprendía. Por esa razón, Axlin se sintió muy aliviada cuando dejaron atrás aquel enclave y pudo quitarse los tapones y volver a hablar y escuchar con normalidad.

—No me imagino cómo debe de ser vivir así —comentó. Calló un momento, maravillada ante el sonido de su propia voz.

—Al principio no lo hacían —explicó Lexis. Su voz sonó un poco ronca, después de varios días sin usarla—. Los lenguaraces no soportan el canto de los grillos, así que los habitantes del enclave guardaban varios en cada casa, y al menos por las noches podían quitarse los tapones y descansar.

—¿Y qué pasó?

—Que el sistema no era perfecto —respondió Loxan—. Los grillos no están cantando todo el tiempo, y de todas formas muchos preferían no oírlos a ellos tampoco.

—No lo sé —dijo Lexis pensativo—. Creo que esa gente ya no podría quitarse los tapones, aunque quisiera. Y muchos de ellos, especialmente los niños, sufren a menudo de infecciones de oído. Pero ¿qué opciones tienen?

—Deberían hacer cacerías en el bosque y acabar de una vez con esos bastardos —gruñó Loxan—. Tengo entendido que no son demasiado grandes.

—Lo hacen cada cierto tiempo, pero nunca acaban del todo con ellos. No sé de dónde salen tantos, la verdad. Crían como ratas.

—¿Crían? —preguntó de pronto Axlin con interés—. Quiero decir: ¿hay machos y hembras? ¿Habéis visto cachorros de monstruos alguna vez?

Los buhoneros cruzaron una mirada.

—En cierta ocasión me uní a una patrulla en un enclave —contó Loxan—. Atacamos una madriguera de chasqueadores y, ahora que lo dices, solo había individuos adultos. Ni crías, ni restos de huevos, ni nada remotamente parecido a un nido.

Axlin asintió, pensativa, y lo anotó en su libro.

En otra de las aldeas que visitaron, el hedor era tan insoportable que apenas fueron capaces de quedarse una sola noche. Loxan le explicó que no lo causaba el propio enclave, sino los velludos, unas enormes y apestosas criaturas asombrosamente peludas que vivían en los alrededores y que nunca se lavaban. Acampaban cerca de la aldea porque la asaltaban a menudo para tratar de comerse a sus habitantes, y estos, que luchaban contra ellos con denuedo, se habían resignado, sin embargo, a convivir con aquel espantoso olor que desprendían. De hecho, parecía que hasta se habían acostumbrado a él, aunque para los visitantes resultaba difícilmente soportable.

Otro de los enclaves había sobrevivido porque, tiempo atrás, sus habitantes habían hecho el esfuerzo de pavimentar el suelo con piedra. Así podían oír llegar a los rechinantes, unos monstruos de largas garras que producían un sonido muy característico cuando caminaban sobre suelos duros. En cambio, si se desplazaban sobre superficies blandas como la tierra o la hierba, eran tan silenciosos que no se los detectaba hasta que te saltaban encima.

Axlin anotaba todo aquello con profundo interés, preguntándose si habría alguna otra manera más práctica de combatir a todas aquellas criaturas. Comparado con el hedor que despedían los velludos o el perpetuo silencio en el que se veían obligados a vivir los humanos sitiados por lenguaraces, el hecho de tener que raparse la cabeza para evitar a los dedoslargos le parecía ahora un pequeño inconveniente. Ella ya no lo hacía, en realidad, salvo cuando llegaban a un enclave que lo incluyese entre sus normas. No obstante, se sentía incapaz de dejarse el pelo tan largo como las mujeres que vivían en otros enclaves, y seguía cortándoselo muy a menudo.

A finales de verano llegaron a su destino. Llevaban varios días de retraso porque se habían visto obligados a parar durante un par de semanas en una aldea debido a que Loxan había resultado herido durante una lucha contra un abrasador. Pero había salido adelante, y por fin estaban allí los tres, vivos, en la última escala de la ruta.

Axlin sabía que había llegado la hora de despedirse de los dos hermanos. En cuanto hubiesen descansado, darían media vuelta y volverían al oeste, y ella no pensaba acompañarlos. Había muchos lugares nuevos que deseaba conocer.

Había aprendido mucho con aquellos buhoneros: de Lexis se llevaba útiles conocimientos sobre sustancias tóxicas diversas que también afectaban a los monstruos, sobre cómo obtener y mezclar los ingredientes y emponzoñar con ellos la punta de sus proyectiles. Con Loxan se había entrenado para ser más rápida y eficaz con las armas, a pesar de su pie torcido; había seguido practicando con el arco, pero finalmente había terminado por desecharlo en favor de la ballesta, aunque era consciente de que cuando se separara de los hermanos tendría que devolvérsela.

Por esa razón se sorprendió mucho cuando Loxan se la ofreció como regalo de despedida.

—¿Para mí? Pero... debe de ser muy valiosa...

Él se encogió de hombros sin darle importancia.

—Las tengo mejores —se limitó a responder—. Úsala bien y no acribilles a personas. Solo monstruos, ¿queda claro?

Axlin sonrió y le dio un súbito abrazo. Loxan forcejeó para quitársela de encima.

—Oye, habíamos quedado en que esto era un viaje de negocios. Nada de sentimentalismos o harás que reconsidere mi decisión.

Ella le dio las gracias de corazón. Entonces Lexis carraspeó para llamar su atención, y Axlin constató con sorpresa que se mostraba un tanto tímido.

—No le reserves todos tus abrazos —dijo—. Yo también te he traído un regalo de despedida.

Se trataba de una pequeña faltriquera de cuero muy parecida a la suya propia, pero con menos bolsillos interiores. En ellos había guardado una selección de frascos.

—Los he marcado con el código que te enseñé. Algunos podrían matar a un hombre robusto con una sola gota, así que úsalos con cabeza y con precaución.

Axlin lo abrazó a él también, con los ojos llenos de lágrimas de agradecimiento.

—Pero... pero... ¿por qué? —acertó a farfullar por fin.

—Porque hemos dedicado mucho tiempo a tu formación, compañera —respondió Loxan—. Si te mataran en tu siguiente viaje por no tener armas adecuadas, se me quedaría tal cara de tonto que ni Lexis me iba a reconocer.

—Ya tienes cara de tonto y te reconozco perfectamente, hermano.

—Esa réplica no tiene ningún mérito. Te lo he puesto demasiado fácil.

—Dejadlo ya —protestó Axlin, pese a que sabía muy bien que no se estaban peleando en realidad—. Os lo agradezco mucho, pero no puedo aceptarlo. No tengo nada que daros a cambio.

—Sí lo tienes —contestó Lexis. Sus ojos se dirigieron al libro de monstruos, que sobresalía del zurrón de la muchacha.

—¿Queréis mi libro? —se alarmó ella.

—No. Queremos una copia del mapa que tú tienes, claro está. ¿Serías capaz de hacerlo?

—Sí. Puedo usar una de las hojas en blanco de mi libro. No es la primera vez que copio ese mapa y puedo hacerlo de nuevo. Pero necesitaré varios días para completarlo.

Los dos hermanos cruzaron una mirada.

—Esperaremos —dijeron entonces a la vez.

Aquella noche, sin embargo, no pudo trabajar en el encargo porque el enclave sufrió el ataque de una horda de escuálidos.

Axlin los había oído aullar la tarde anterior. Una densa niebla cubría el valle, por lo que sus habitantes sabían que los monstruos no perderían la oportunidad de atacar. Prendieron hogueras en los espacios amplios, reunieron a los niños, las embarazadas y las madres con sus bebés en la casa más protegida de la aldea y se aseguraron de que las lámparas que ardían junto a las puertas seguían bien encendidas.

La empalizada tenía tres torres de madera para los centinelas. Aunque Axlin era muy capaz de trepar por la escala si se tomaba su tiempo, no tenía tanta experiencia como los centinelas del enclave, habituados a distinguir las pálidas siluetas de los escuálidos entre la niebla. De modo que se apostó donde le dijeron, cerca de una de las hogueras principales, cargó su ballesta y aguardó.

Los escuálidos atacaron de madrugada. Por lo que Axlin supo después, eran entre veinte y treinta individuos. De lejos parecían esqueletos andantes, formas vagamente humanas que se movían entre la niebla como marionetas siniestras. Parecía que avanzaban con gran lentitud, casi a trompicones. Pero lo hacían solo para poder camuflarse mejor entre la neblina. Cuando conseguían llegar al pie del cercado, si las flechas de los centinelas no los habían abatido antes, se lanzaban hacia delante con agilidad felina, casi sobrenatural. Trepaban entonces por la empalizada, directos a lo alto de las torres, y era muy difícil hacerlos caer, incluso aunque las flechas impactaran repetidamente en sus exiguos cuerpos. Se arrojaban sobre los humanos con una voracidad insólita hasta para un monstruo, y lanzaban dentelladas tan feroces que, incluso si llegaban a apartarlos de sus víctimas, estas raras veces sobrevivían a los mordiscos.

Axlin pensaba en todo esto mientras aguardaba, inquieta, junto a la hoguera. Hacía un rato que los escuálidos habían dejado de aullar; solo se los oía cuando caían abatidos por las flechas de los centinelas. Sabía que los monstruos estaban tratando de entrar en el enclave y que no dejarían de intentarlo hasta que lo lograsen, hasta que los humanos los matasen a todos o hasta que los rayos del sol los obligasen a regresar a toda prisa a sus cubiles. Se le ocurrió de pronto que resultaba extraño que los escuálidos atacasen por la puerta principal, que estaba bien iluminada. Sabía que sus ojos, enormes y sin párpados, no soportaban la luz directa.

Llevada por un presentimiento, decidió abandonar su puesto junto a la hoguera. Alguien le llamó la atención, pero ella no lo escuchó. Como era lógico, todos montaban guardia junto al fuego, porque de esta manera podían ver mejor a los monstruos que se les acercaban.

Pero ¿qué sucedía con los rincones en sombras?

Axlin conocía el enclave lo suficiente como para saber dónde estaban situadas las torres, las lámparas y las hogueras. Había una zona que quedaba siempre en sombras porque estaba más alejada del centro y en aquellas casas ya no habitaba nadie.

Pero eso a los escuálidos no les importaba. No había luces, y ellos eran rápidos cuando se lo proponían.

Mientras avanzaba cojeando por el enclave, con una lámpara en la mano y la ballesta en la otra, Axlin fue de pronto consciente de la gran cantidad de rincones que quedaban sin iluminar. Un escuálido que lograra franquear la empalizada podría deslizarse por ellos hasta casi cualquier lugar del enclave..., incluyendo la cabaña de los niños.

Todo el mundo daba por sentado que los escuálidos no eran tan inteligentes. Tendían a atacar el lugar donde se concentraban las defensas porque allí olía a carne humana más que en ningún otro sitio. Por eso embestían de frente, al portón y a las torres. Simples y directos.

Pero Axlin, que había dedicado mucho tiempo a escuchar historias sobre todo tipo de monstruos, sospechaba que había algo más. Porque muchas veces los escuálidos lograban entrar en los enclaves de todas maneras. Porque recordaba a unos niños a los que había conocido tiempo atrás, únicos supervivientes de una aldea arrasada por los escuálidos. «Si fuesen tan predecibles», pensó, «nunca conseguirían penetrar en los enclaves.» Y, no obstante, de vez en cuando lo hacían.

Se detuvo, indecisa, al darse cuenta de que estaba sola, lejos de la hoguera principal. Se encontraba al pie de la empalizada, en el otro extremo del enclave.

Y, en efecto, aquella zona estaba casi por completo a oscuras. Le latió el corazón más deprisa, consciente de pronto del peligro. «Probablemente estoy exagerando», se dijo, tratando de calmarse. «Después de todo, aquí tienen experiencia luchando contra los escuálidos.»

De todos modos decidió que no había nada de malo en dejar una lámpara allí, solo por si acaso. La alzó para colgarla de la rama de un árbol... y entonces lo vio.

Se sorprendió de no haberlo detectado antes, de hecho, porque su piel, de un color gris pálido casi blanquecino, resaltaba poderosamente en la semioscuridad. El escuálido estaba pegado a la parte interior de la empalizada, boca abajo, como una lagartija. Una parte de la mente de Axlin decidió que tenía que anotar que seguramente sus dedos eran prensiles, como los de los trepadores. La criatura, toda piel y huesos, tenía un cráneo curiosamente alargado y unos ojos enormes que, pese a que estaban clavados en ella, parecían vacíos de expresión. Axlin alzó la ballesta muy lentamente, y el escuálido siseó y le mostró una larga lengua bífida de color azulado.

La joven apuntó, despacio, mientras se desplazaba paso a paso hasta quedarse justo bajo la luz del farol. La criatura inspiró, y sus fosas nasales se dilataron como si estuviese deleitándose con el olor de la chica, pero no se atrevió a entrar en el círculo de luz. Entonces abrió la boca, una boca babeante repleta de dientes afilados como dagas, y una bocanada de su hediondo aliento golpeó a Axlin con fuerza y le revolvió el estómago.

Disparó y el proyectil se clavó en el hombro del monstruo, que chilló de dolor. Axlin cargó un nuevo virote; mientras lo hacía, no quitaba ojo al escuálido, que hizo ademán de saltar sobre ella. Pero la luz hirió sus pupilas y lo hizo retroceder entre siseos de rabia. La chica sabía que no lograría espantarlo, que se mantendría allí, a pesar de los proyectiles, hasta que decidiera que su hambre era más poderosa que su miedo a la luz. Y entonces atacaría.

Disparó de nuevo. El escuálido saltó en el sitio y esquivó el virote, gruñendo. Axlin soltó la ballesta y sacó la daga que llevaba prendida en el cinto, previendo su siguiente movimiento. Cuando el escuálido se arrojó al fin sobre ella, lo apuñaló con todas sus fuerzas.

El filo se hundió en el cuerpo de la criatura, pero aun así esta logró tirarla al suelo. Poseía una fuerza asombrosa, a pesar de su aparente falta de musculatura, y Axlin, aterrorizada, lo atacó de nuevo, consciente de que no era lo bastante rápida.

De pronto algo silbó, y la cabeza del escuálido se desprendió de sus hombros y salió volando. La joven gritó cuando su sangre se derramó sobre ella. Entonces vio a Loxan de pie a su lado, enarbolando el machete.

Quiso reír, chillar, llorar...; todo a la vez. El buhonero la ayudó a desprenderse del cuerpo decapitado de la criatura y le tendió la mano. Axlin se puso en pie a duras penas.

—¿Te ha mordido?

—No..., creo que no —murmuró, aún conmocionada.

—Si te hubiese mordido, lo sabrías.

—Lo habría hecho si no llegas a estar aquí. ¿Cómo sabías...?

—Me dijeron que habías abandonado tu puesto y nadie sabía dónde estabas. ¿Qué hacías aquí, tan lejos de la puerta?

—Se me ocurrió..., pensé... —balbuceó ella, un poco avergonzada. Por un momento fue incapaz de recordar el impulso que la había llevado hasta allí, pero se esforzó por reordenar sus ideas y trató de explicar—: Pensé que, si los escuálidos aborrecen la luz, tenía más sentido que tratasen de entrar por el lugar más oscuro de la empalizada.

Loxan entornó los ojos.

—Atacan siempre de frente, porque acuden a donde hay más gente —le recordó.

—Este, no —replicó Axlin, señalando el cuerpo del escuálido—. Pienso que tal vez aprovechó que estábamos todos defendiendo la puerta para colarse por aquí.

—¿Tú crees que era más listo que los demás?

—O tal vez no es el único listo. Se supone que los escuálidos atacan siempre de la misma manera, pero a veces se cuelan en los enclaves sin que se sepa cómo ni por dónde. Todos dan por supuesto que han burlado a los centinelas, pero... ¿y si se limitan a entrar por otro lado?

Loxan se quedó mirándola.

—Quizá deberíamos revisar el perímetro de la empalizada, por si acaso —decidió por fin.

Recorrieron los límites de la aldea, pertrechados con un par de lámparas para ahuyentar las sombras de todos los rincones. Localizaron a otro escuálido deslizándose entre las ruinas de una casa abandonada, y acabaron con él rápidamente.

Para cuando finalizaron la ronda, el enclave había repelido por completo el ataque de los escuálidos. Dedicaron el resto de la noche a atender a los heridos, pero Loxan encontró un momento para llevarse aparte al líder de la aldea y explicarle lo que Axlin y él habían visto. Tuvo que guiarlo hasta el lugar donde habían dejado a la criatura decapitada para que se lo creyera y, cuando lo hizo, se mostró muy alarmado:

—¿De dónde ha salido este? ¿Cómo es posible que entrara por aquí, si no había nadie?

Loxan le comunicó las sospechas de Axlin acerca del comportamiento de los escuálidos. Habían acordado que hablaría él porque, al ser un viajero experimentado, probablemente lo escucharían con mayor atención. Al líder del enclave le costó admitir la posibilidad de que tuvieran razón, pero se comprometió a compartir la información con los demás.

—Tendrían que cambiar su estrategia de defensa —murmuró Axlin mientras lo veía alejarse—. Tiene sentido que todo el mundo se concentre en la puerta, por donde atacan con más insistencia, pero quizá no estaría de más colgar lámparas por todo el perímetro. Al menos así se lo pensarían dos veces antes de entrar... ¿Qué? —preguntó al percatarse de que Loxan la miraba fijamente.

—¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? —inquirió él a su vez.

—¿Poner en peligro mi vida? —bromeó ella—. No pensaba que eso llegaría a impresionarte precisamente a ti.

Él negó con la cabeza.

—Siempre dices que usas ese libro tuyo para escribir lo que la gente te cuenta sobre los monstruos. Pero también estás aportando cosas nuevas, cosas que descubres gracias a tu propia experiencia.

—¿Te refieres a la teoría del escuálido solitario? —Ella se encogió de hombros—. Es solo una idea. Ni siquiera puedo confirmar que es correcta. Y aunque lo fuera..., seguro que se le ha ocurrido a más gente en otros lugares.

—O tal vez no. Has aprendido mucho, Axlin. No tardarás en ser tú quien enseñe a otras personas a luchar contra los monstruos, y no al revés.

Ella se ruborizó, aunque no creía en realidad que aquello llegara a suceder. Sabía muchas cosas sobre los monstruos, ciertamente, pero tenía la sensación de que, por muchos datos que recopilara, la verdad se ocultaba en el fondo de un pozo mucho más profundo, y nunca llegaría a alcanzarla por sus propios medios.

No obstante, el hecho de que los buhoneros estuviesen dispuestos a intercambiar una copia de su mapa por una ballesta y un surtido de valiosos venenos la llenaba de orgullo. Significaba que su trabajo era apreciado, que merecía la pena correr riesgos, porque servía para algo y lo estaba haciendo razonablemente bien.

De modo que se esmeró mucho en la copia del mapa que le habían encargado. La suya propia era sencilla y funcional, pero la que hizo para los buhoneros la decoró con tintas de tres colores diferentes y se esforzó especialmente en que la letra fuera clara y fácil de leer.

Ellos quedaron encantados con el resultado. Sin embargo, cuando Axlin les preguntó si tenían pensado utilizar el mapa para explorar nuevas rutas, ninguno de los dos quiso responder.

Se despidieron por fin, con nuevos abrazos y buenos deseos; y así, una mañana los dos montaron en su extraño carro y se encaminaron de nuevo hacia la salvaje región del oeste, donde los muros eran empalizadas y las aldeas más grandes superaban los treinta habitantes a duras penas. Axlin los vio marchar, preguntándose si tendría ocasión algún día de acompañarlos de vuelta. Se había planteado en numerosas ocasiones qué haría si la cadena se rompía en aquel punto, si los hermanos sucumbían a los monstruos y nadie se atrevía a ocupar su lugar para mantener comunicados el este y el oeste. Pero se obligó a sí misma a centrarse en la tarea que tenía por delante: recorrer el camino hasta el final y llegar a la Ciudadela.

cap-12

12

«La Jaula es un punto de encuentro en un cruce de caminos», le había dicho Xiala. Pero no había añadido nada más, y por eso Axlin se quedó sin respiración cuando el carro dobló el recodo.

Habían pasado tres meses desde que se había despedido de Lexis y Loxan, y desde entonces había viajado por distintas aldeas, siguiendo la ruta del este, acompañando a los diferentes buhoneros que conectaban los enclaves como los eslabones de una cadena.

Xiala era su compañera de viaje actual: una mujer enérgica y poco habladora que llevaba dos escoltas y conducía un carro ligero tirado por un caballo. Hacía ya tiempo que Axlin se había acostumbrado a aquellos animales, porque en aquella parte del mundo eran bastante habituales. Allí, los caminos eran más anchos, los refugios más sólidos y los enclaves más grandes. En muchos de ellos superaban el centenar de habitantes, y como se defendían mejor de los monstruos, no morían tantos niños. Por tanto, las mujeres podían hacer muchas otras cosas además de traer al mundo a la siguiente generación. Se especializaban en diferentes oficios, participaban en expediciones y algunas incluso se hacían buhoneras, como Xiala.

A lo largo de su viaje, de refugio en refugio y de aldea en aldea, Axlin había visto tejedores, carpinteros, herreros, curtidores... Los enclaves más grandes tenían corrales en los que guardaban rebaños enteros, huertos tan grandes como su propia aldea e incluso molinos de viento que transformaban el grano en harina. Las empalizadas de madera ya no eran tales, sino muretes de piedra; los suelos estaban adoquinados para que impidieran el paso a los nudosos y alertaran de la presencia de rechinantes; las puntas de las flechas eran de metal, y todas las patrullas estaban equipadas con cuchillos, machetes e incluso dagas.

Y esto era así porque existían canteras, y también una mina de la que se extraía hierro. Todas ellas estaban protegidas por empalizadas, torres y centinelas, y había gente que vivía allí como si de un enclave se tratase. Los monstruos seguían matando, ciertamente, pero la actividad humana no se veía interrumpida por ello, porque las personas eran muchas y estaban bien organizadas. La comunicación entre aldeas ya no dependía únicamente de los buhoneros: en casi todos los enclaves disponían de un caballo o dos, y había jinetes que recorrían los caminos al galope y no tenían que pernoctar en los refugios para llegar a la población más cercana.

A Axlin todo aquello le parecía maravilloso. Había conocido ya a otros escribas y consultado sus libros. En algunos de ellos encontró datos útiles para añadir a su investigación, pero pronto se dio cuenta de que, tal como Loxan había vaticinado, en muchas ocasiones era ella quien tenía más conocimientos para compartir. En la mayoría de los sitios, sin embargo, y a pesar de que era cada vez más habitual encontrar a gente capaz de leer y entender el libro que estaba escribiendo, la escuchaban con escepticismo.

Hasta que llegó a una aldea donde las casas no tenían ventanas y las puertas se atrancaban sólidamente a la hora de dormir, por miedo a los babosos. Las habitaciones carecían de ventilación, y eran excesivamente calurosas en verano y frías en invierno, porque no se podía ni encender fuegos ni lámparas en su interior, ni mucho menos abrir chimeneas. Cuando Axlin les habló de las redes para babosos, nadie la escuchó. Estaban demasiado acostumbrados a vivir de aquella manera, porque así era como se había hecho siempre.

La joven soportó como pudo las noches en el asfixiante entorno de la casa donde la habían alojado. Mientras tanto, pidió perejil para tejer su propia red. Tuvo que trabajar muy duro en el enclave para conseguir excedentes que le permitieran incluir aquella petición en los intercambios con los buhoneros. Y cuando por fin obtuvo todo el perejil que necesitaba, fabricó su red para babosos; luego se trasladó a una de las casas más antiguas del pueblo, que estaba deshabitada porque todavía tenía ventanas, y cubrió todo el techo con la malla vegetal que había tejido. Cuando anunció que iba a dormir allí, todos creyeron que había perdido el juicio.

Pero al día siguiente, cuando la aldea despertó, Axlin seguía viva.

Y había tres babosos moribundos enganchados en la red que había tejido.

Probablemente, su visita cambiaría la vida de la aldea para siempre, pero la joven prefería no pensar en ello. Casi todos los enclaves que conocía que luchaban contra los babosos tenían su propia plantación de perejil, y en aquel en concreto tardarían un tiempo en hacer crecer la cantidad necesaria para cubrir los techos de todas las casas. Pero aquel conocimiento supondría el inicio de una pequeña revolución.

Axlin prosiguió su camino días después, pese a que le suplicaron que se quedara, recibió dos peticiones de matrimonio y alguien llegó incluso a proponerla como nueva líder del enclave.

Sin embargo, su fama, como casi todo en su vida, corrió más rápido que ella.

Desde entonces, cada vez que llegaba a un enclave, el líder y el escriba, cuando lo había, la recibían en privado para hablarle de sus monstruos y pedirle consejo al respecto. Muchas veces Axlin no podía contarles nada que ya no supieran. Pero compartía con ellos anécdotas e historias de otros lugares donde luchaban contra los mismos monstruos, y cuando les mostraba su libro, ellos reconocían que, en efecto, sabía de aquellas criaturas mucho más que todos ellos juntos.

De este modo, de enclave en enclave, las páginas del volumen se iban completando con información, datos, historias y esbozos. Y se sintió, de hecho, muy halagada la primera vez que un escriba le pidió permiso para copiar algunas páginas de su trabajo en el libro de su enclave.

—Llevamos muchas generaciones luchando contra los robahuesos en este enclave —dijo—, pero no sabemos ni la mitad de lo que has escrito tú en este libro. Sin duda, en tu aldea se las han arreglado mucho mejor.

—Este conocimiento no procede únicamente de mi aldea —replicó Axlin—, sino también de muchas otras que luchan contra los robahuesos como nosotros.

Descubrió, no obstante, que cuanto mejor defendido estaba un enclave, cuantos más recursos poseía..., menor conocimiento tenía de sus propios monstruos. Quizá porque sufrían menos ataques o porque no habían tenido la necesidad de buscar soluciones ingeniosas para sobrevivir.

Así llegó a la última ruta antes de la Jaula, y allí le presentaron a Xiala, la primera persona que conocía que había estado allí. Pero, dado que la buhonera era una mujer de pocas palabras, no fue capaz de sonsacarle demasiada información.

—¿Un punto de encuentro, dices? —insistía Axlin—. Pero ¿qué es exactamente?

—Pues eso: hay dos caminos que se cruzan, y junto al cruce está la Jaula. No hay más. Y no hagas tantas preguntas, que me das dolor de cabeza.

Así que, por fin, tras visitar los cuatro enclaves de la ruta de Xiala a lo largo de diez días de viaje, llegaron a la Jaula una tarde de mediados de verano.

Al principio, Axlin no comprendió lo que veía. Parecía una jaula, sí: un conglomerado de enormes barras de hierro que formaba una estructura similar a un recinto metálico. Le costó unos segundos darse cuenta de que estaban todavía muy lejos de allí, y eso significaba que se trataba de la jaula más grande que había visto jamás. Había supuesto que era una especie de cárcel para monstruos; por eso se sorprendió mucho cuando, al acercarse más, descubrió que lo que encerraba en su interior era un edificio de piedra.

—¿Qué... es eso? —musitó, desconcertada.

—Eso es la Jaula —le respondió uno de los escoltas, sonriendo—. No podíamos explicártelo con palabras, tenías que verlo por ti misma.

—Pero... pero... ¿qué es esa casa? ¿Por qué está encerrada entre barrotes?

—Es una posada. Algo parecido a un refugio, pero mucho más grande, y mejor organizado. Los barrotes son una protección. Ninguna muralla o empalizada podría detener a los pellejudos, y por eso levantaron esos barrotes que rodean la casa y también la protegen desde arriba.

—Dicen que antes se llamaba Posada de la Encrucijada o de Los Cuatro Caminos, o algo parecido —añadió el segundo escolta—. Ahora todo el mundo la conoce como la Jaula.

—Pero... pero... es imposible que nadie haya podido construir esto. Una jaula tan grande como para encerrar una casa entera...

—Y no es una casa cualquiera. Es una posada con dos pisos y un comedor de buen tamaño.

—No puede ser —murmuró Axlin de nuevo.

—¿Ves por qué nadie te respondía cuando preguntabas? —gruñó Xiala—. No vale la pena. Hay que verlo para creerlo, especialmente si vienes del oeste.

La muchacha estaba acostumbrada a que la gente del este reaccionara con cierta superioridad cuando ella manifestaba su sorpresa ante la prosperidad relativa que habían alcanzado, así que no se lo tuvo en cuenta. Era consciente de que muchos consideraban que los viajeros procedentes del oeste eran toscos e ignorantes, aunque a ella en particular ya no la llamaban así casi nunca.

De todas formas, sentía deseos de formular más y más preguntas. ¿Quién había forjado aquellos barrotes? ¿Cómo lo había hecho? ¿De dónde había sacado tanto metal? ¿Qué eran los pellejudos, y por qué era preciso un recinto como aquel para protegerse de ellos?

Cuando llegaron por fin a la entrada, estaba ya a punto de anochecer, y Axlin seguía sin salir de su asombro. De cerca, la Jaula era mucho más imponente. Los barrotes, gruesos como troncos de árboles, estaban lo bastante separados unos de otros como para que cualquier humano pudiese pasar entre ellos. La puerta, no obstante, era necesaria para que entrasen los carros.

La joven volvió a consultar su mapa: «Galopantes, caparazones, nudosos y pellejudos», leyó. Los galopantes solo atacaban en campo abierto, y los caparazones eran demasiado grandes como para caber entre los barrotes. El suelo estaba adoquinado, por lo que los nudosos tampoco serían capaces de penetrar en el recinto. Y si la Jaula estaba protegida también contra los pellejudos, fueran lo que fuesen...

—Se trata de un lugar completamente seguro —comprendió de pronto, maravillada.

—No existe ningún lugar completamente seguro —la corrigió Xiala—. Ni siquiera la Ciudadela.

Axlin sabía que la buhonera no había llegado tan lejos y que, por tanto, hablaba de oídas, de modo que no preguntó al respecto.

Los recibió un muchacho de unos doce o trece años. Saludó a Xiala llamándola por su nombre y la guio hasta un rincón despejado donde podía dejar el carro sin que molestara a nadie. Axlin bajó al suelo y alzó la cabeza para observar el entramado de metal que se extendía sobre ella.

—Es impresionante, ¿verdad? —le dijo el muchacho sonriendo—. Todos hacen lo mismo cuando vienen aquí por primera vez.

—¿Todos? —repitió ella—. ¿Quieres decir que no hay jaulas como esta en ningún otro lugar?

—No, que sepamos. Y se debe a que no hay pellejudos en ningún otro lugar. O tal vez sería más exacto decir —añadió tras una pausa— que donde hay pellejudos no puede haber humanos.

—¿Por qué? Todos los monstruos matan gente, y hasta ahora nos las hemos arreglado para sobrevivir. En algunas partes, de hecho, las aldeas subsisten con muy pocos recursos...

El chico negó con la cabeza.

—No es lo mismo. Si los pellejudos atacasen cualquiera de esas aldeas, créeme que las destruirían por completo en una sola noche. Incluso la Ciudadela tendría problemas para defenderse, y eso que cuentan con buenos tiradores.

—Pero ¿qué tienen los pellejudos que los haga más peligrosos que cualquier otro monstruo?

El muchacho sonrió.

—¿Aún no lo has adivinado? —preguntó, señalando de nuevo el armazón de hierro que los cubría—. Tienen alas.

El salón principal de la Jaula era un enorme comedor con varias mesas de madera en torno a las cuales se reunían diversas personas que, según le contaron a Axlin, estaban de viaje. La mayoría eran buhoneros, pero otros se desplazaban por razones diferentes. La Jaula no solo les ofrecía seguridad y una comodidad muy superior a la de cualquier refugio que pudiesen encontrar en los caminos, sino también cena, cama y desayuno a cambio de un módico precio.

Allí Axlin comprobó asombrada que muchos de los intercambios se hacían mediante unas curiosas piezas de metal con forma circular.

—Se usan en la Ciudadela —le explicó Xiala—. Antes hacíamos los intercambios de la forma tradicional, pero cada vez hay más gente que utiliza el dinero. Si me ayudas con los intercambios, te daré un poco. Así podrás pagar tu estancia aquí.

Axlin escuchaba perpleja. Llevaba mucho tiempo viajando con buhoneros y había aprendido a negociar casi tan bien como ellos. Había colaborado con Xiala en otras ocasiones, pero aquella era la primera vez que ella se ofrecía a pagarle algo diferente a comida, ropa o cualquier otro objeto básico que pudiera necesitar.

—No le veo la utilidad a esto —declaró, contemplando las monedas que Xiala le mostraba—. Si no he entendido mal, estas piezas solo sirven para algo en los intercambios. El metal con el que están hechas sí es valioso, pero no con esta forma. Se me ocurren muchas otras cosas más útiles: cacerolas, cuchillos, puntas de flecha...

Sus palabras arrancaron una carcajada entre los presentes. Axlin se ruborizó.

—Es la mentalidad de la gente del oeste —comentó alguien con desdén—. Ignorantes y pueblerinos todos ellos. Por eso viven como viven.

—No te des tanta prisa en tachar a otros de ignorantes —intervino entonces un anciano corpulento que estaba sentado junto a la chimenea—. Si los del oeste viven como viven, es porque no tienen a los Guardianes de la Ciudadela salvándoles el culo cada dos por tres. Tu enclave no duraría dos días sin ellos, y lo sabes.

—Bah...

—En mi opinión —prosiguió el anciano—, la gente del oeste merece todos nuestros respetos por haber sobrevivido prácticamente sin ayuda. Cualquiera de ellos vale más que cinco de los acomodados habitantes de la Ciudadela y de todos los enclaves que dependen de ella.

Ante el asombro de Axlin, el hombre no replicó. El anciano no le había llamado la atención hasta aquel momento, pero la joven detectó entonces que, si bien nadie lo acompañaba junto a su mesa, casi todos en la posada parecían conocerlo y le guardaban respeto.

—¿Quién es ese? —le preguntó a Xiala en un susurro.

—Se llama Godrix —respondió ella en el mismo tono—. Siempre ha vivido en la Jaula. Fue uno de sus fundadores, pero dejó la gestión de la posada en manos de sus actuales encargados a cambio de que le permitieran instalarse aquí hasta el fin de su vida.

Axlin no hizo más preguntas. Cenó junto a la buhonera y sus escoltas, pero después, cuando estos se retiraron, optó por quedarse en el salón un rato más.

—Dicen que todas las noches atacan los pellejudos —le explicó a Xiala—. Quiero estar despierta cuando lo hagan.

La mujer sacudió la cabeza.

—Como quieras, aunque no te lo recomiendo. No son agradables de ver.

Cuando se quedó sola, Axlin se acercó a la mesa de Godrix, que estaba terminando de cenar.

—Buenas noches —saludó—. ¿Puedo sentarme a tu lado para hacerte compañía?

El anciano sonrió. Lucía una corta barba gris que cubría en parte su gran papada. A Axlin todavía le sorprendía encontrar personas tan orondas en aquella parte del mundo, pero había aprendido a no hacer comentarios al respecto.

—Por supuesto. ¿Qué es lo que quieres saber?

Axlin le devolvió la sonrisa mientras tomaba asiento junto a él.

—¿Por qué das por sentado que quiero saber algo?

—Haces preguntas y lo cuestionas todo —respondió Godrix—. Mucha gente se mantiene callada ante cosas que no conoce o no comprende, para que no la tachen de ignorante. A ti no te importa lo que digan, siempre que respondan a tus preguntas. Y para eso, lo sabes bien, hay que formularlas.

La sonrisa de Axlin se ensanchó.

—Vengo del oeste, en efecto —asintió—. Puede que no sepa lo que es el dinero, pero sí conozco el valor de las cosas. Donde yo nací, el metal es escaso. No podemos permitirnos el lujo de utilizarlo para hacer monedas... o barrotes tan enormes que pueden encerrar una casa entera. —Sacudió la cabeza—. No lo puedo comprender. Si lo contase en mi aldea, nadie me creería.

—Le sucede a mucha gente. Quieres saber cómo ocurrió, ¿verdad? —Axlin asintió—. Pues has venido a preguntar a la persona adecuada. Pocos saben que esta posada es todo lo que queda de un antiguo enclave que fue destruido hace cincuenta años. Yo lo recuerdo porque estaba allí cuando sucedió. No era más que un crío, claro, así que cuando atacaron los pellejudos por primera vez me escondí con el resto de los niños en la cabaña infantil. La única de piedra, la del centro de la aldea, la que estaba mejor protegida. Aún se hace eso en las aldeas del oeste, ¿verdad?

La joven asintió de nuevo.

—¿Quieres decir que no habíais visto pellejudos antes? —planteó.

—Para cualquier enclave que sufre un ataque de pellejudos, es la primera vez, y la última. No es fácil defenderse de la muerte cuando cae sobre ti desde el cielo.

En aquel momento, un espeluznante chirrido rasgó la noche. Axlin, alarmada, dio un salto en el asiento.

—Ya están aquí —dijo Godrix.

Varios hombres cruzaron el comedor, armados con largas picas. La muchacha los miró, indecisa.

—Son los vigilantes de la Jaula —explicó el anciano—. Se sitúan todas las noches junto a las ventanas por si alguno de los monstruos consigue colarse por entre los barrotes.

Uno de los hombres se apostó junto a la ventana principal, abrió las contraventanas y situó el extremo de la pica entre dos barrotes. Axlin se acercó con timidez.

—Puedes mirar si quieres —la invitó el vigilante—, pero no te lo recomiendo si tienes intención de dormir sin pesadillas esta noche.

Ella se situó a su lado a pesar de todo y miró hacia el exterior.

Al principio no vio gran cosa en la oscuridad. Aguzó el oído y percibió más chillidos que se acercaban y un siniestro y aterrador «flap, flap, flap».

—Atenta ahora —musitó el vigilante, alzando la lanza.

Algo tapó entonces la luz de la luna y las estrellas y, justo cuando Axlin abría la boca para hablar, un cuerpo enorme se estrelló contra los barrotes exteriores de la Jaula. Y después otro, y otro. La joven retrocedió de un salto, alarmada, golpeada por un hedor nauseabundo a carne en descomposición. Uno de los monstruos chilló, y los otros corearon su grito. Forcejeaban con furia, arañando, mordiendo y golpeando los barrotes. Axlin tomó la lámpara que el vigilante había depositado en el suelo y la alzó para observar a los pellejudos en la oscuridad.

La luz iluminó ojos inyectados en sangre, pieles pálidas que parecían de papel; hocicos verrugosos erizados de colmillos que husmeaban entre los barrotes con avaricia; y unas inmensas alas membranosas que se abrían sobre la Jaula como si tratasen de cubrirla por completo.

Retrocedió, asqueada y horrorizada, y volvió a sentarse en silencio junto a Godrix.

—No lo entiendo —murmuró, pálida—. Si estas son las criaturas que atacaron este lugar cuando era un enclave como los demás..., ¿cómo es posible que sobreviviese alguien... o algo?

El anciano suspiró.

—También yo me lo pregunto a veces —reconoció—. Aún recuerdo con detalle todo lo que pasó aquella noche, y aún me maravillo de seguir con vida. ¿Los has oído llegar? «Flap, flap, flap»... El sonido de sus alas resuena desde muy lejos y nos alerta de su presencia. Siempre es así, desde aquella primera vez. Entonces no teníamos ni idea de qué eran, pero de todas formas no nos habría servido de nada saberlo. No existía defensa posible. Atacaron de noche y apenas pudimos verlos en la oscuridad, hasta que los tuvimos encima. Yo no lo vi porque estaba a salvo con el resto de los niños, pero oí los graznidos de los pellejudos, y después los gritos. Los gritos —repitió en un susurro, con un estremecimiento.

Su mirada se había perdido en algún lugar entre las llamas danzantes de la chimenea. Axlin no dijo nada. Se limitó a esperar a que continuara, mientras los chillidos de los pellejudos se oían aún desde el exterior, y aquel «flap, flap, flap» siniestro que se escuchaba cada vez que alguno de ellos alzaba el vuelo parecía extraído de lo más profundo de las pesadillas de Godrix.

—Estuvimos oyendo gritar a nuestra gente gran parte de la noche —rememoró él—. Hasta que los pellejudos los mataron a todos. Entonces pudimos escuchar los ruidos que hacían mientras se los comían. Y después trataron de entrar en la casa donde nos refugiábamos. Resistimos como pudimos. Éramos ocho niños, dos embarazadas, una madre con su bebé y un anciano sin piernas. Los monstruos lograron abrir un agujero en el tejado y uno de ellos metió la cabeza... Mira que he visto pellejudos desde entonces, pero jamás olvidaré aquel primero, aquella boca repugnante embadurnada de sangre de la gente a la que acababa de matar..., personas a las que conocíamos, a las que queríamos...

Axlin colocó una mano sobre la de Godrix, tratando de transmitirle su apoyo. No era un gesto vacío. En los últimos tiempos había conocido a algunas personas que nunca habían perdido a un ser querido a causa de los monstruos, pero en el lugar de donde ella procedía era justo al revés: no había nadie que no lo hubiese sufrido alguna vez. El miedo, el horror, la incertidumbre, el dolor, la impotencia. Sí, Axlin sabía exactamente cómo se sentía Godrix.

El anciano sacudió la cabeza y se sobrepuso.

—Nos defendimos durante toda la noche. Con lanzas, con cuchillos, a pedradas... Ellos trataban de entrar y nosotros cubríamos los huecos que abrían en el tejado. Cuando ya creíamos que terminarían por devorarnos a todos..., el cielo comenzó a clarear y los pellejudos se retiraron.

—No soportan la luz del sol —asintió Axlin—. Ya me lo habían dicho.

—Aquel primer día fue muy largo. Reconstruimos el tejado, mejoramos las defensas de la casa, aseguramos las ventanas y reunimos más armas. Y lo hicimos deprisa, porque sabíamos que regresarían por la noche. Los monstruos nunca se rinden.

»Y volvieron, y resistimos, aunque lograron llevarse a uno de los nuestros. Al amanecer volvimos a trabajar para reparar todo lo que habían destrozado. Así una y otra vez.

»Aguantamos cuatro días. Al quinto, ya solo quedábamos siete. Pero entonces llegaron para rescatarnos.

—¿Quién?

—Fue un grupo de personas de otra aldea, un par de buhoneros y uno de los Guardianes de la Ciudadela. En principio, venían a llevarnos con ellos al enclave más cercano; pero el Guardián dijo que no podíamos abandonar la casa de ninguna manera. Que, si lo hacíamos, los pellejudos irían al siguiente pueblo y lo arrasarían también.

Axlin había oído hablar de los Guardianes de la Ciudadela. Tenía entendido que eran una especie de cuerpo de guerreros de élite que se había especializado en matar monstruos. A pesar de ello, lo que Godrix le reveló a continuación la dejó impresionada.

—Así que él se quedó allí, solo. Dijo que defendería lo que quedaba del enclave con todas sus fuerzas, y todos creímos que estaba loco y que no sobreviviría la primera noche.

»Bueno, pues sobrevivió tres. Al tercer día llegaron más Guardianes para ayudarlo, y no solo continuaba vivo e indemne, sino que además había matado a cuatro pellejudos sin ayuda.

—No puede ser —soltó Axlin.

—Así es la Guardia de la Ciudadela. La patrulla se instaló en el enclave vacío para defender lo que quedaba de él. Mientras, de día, los voluntarios lo reconstruían.

—Pero ¿qué sentido tiene reconstruir un enclave vacío? —planteó Axlin—. Los supervivientes os instalasteis en otro sitio, ¿no es así?

—Estaba situado en un cruce de caminos, en una ruta esencial para el comercio y la comunicación entre el este y el oeste. Pronto supimos que desde la Ciudadela se había decidido que había que mantener allí un enclave para la seguridad de todos los viajeros, en primer lugar; pero también como contención ante los pellejudos. Porque son insaciables como todos los monstruos, y porque en cuanto destruyen una aldea, vuelan hasta la siguiente. Pero también son asombrosamente obstinados: llevan cincuenta años atacando la Jaula todas las noches, y no se irán hasta que no hayan matado a todos los humanos que habitan en ella.

—Comprendo —asintió Axlin.

Y así era. Siempre había pensado que cada enclave tenía sus monstruos, pero con el tiempo había aprendido que era más bien al revés: los monstruos tenían sus enclaves. Cada tribu, especie o manada se instalaba en los alrededores de la aldea humana que habían elegido y la atacaban durante generaciones hasta que no quedaba un solo habitante vivo. Solo entonces emigraban en busca de una nueva aldea humana, y cuando la encontraban se establecían en las inmediaciones y la atacaban hasta que lograban matarlos a todos. Aunque tardaran décadas o siglos en hacerlo.

—La Guardia defendió el enclave todas las noches —siguió contando Godrix—. Mientras tanto, en la Ciudadela se estudiaba la manera de protegerlo de forma efectiva contra una turba de monstruos voladores. No sé de quién fue la idea de encerrarlo entre barrotes, pero sí sé que antes lo intentaron con redes y no funcionó: los pellejudos las rompían todas.

»Un día empezaron a llegar por el camino enormes carros cargados de barras de hierro. En ellos viajaban también herreros y forjadores. Se instalaron en la aldea y comenzaron a trabajar. La Guardia los protegía de noche, y ellos forjaban la Jaula de día. Tardaron meses, y muchos de ellos murieron en el intento, pero por fin lograron concluir la única defensa posible contra los pellejudos.

»Después los Guardianes se fueron. La Jaula no cubría todo el enclave, sino solo el terreno alrededor de la casa que nos había servido de refugio y que habíamos ido reconstruyendo y ampliando poco a poco. Aquella noche, los pellejudos volvieron, y la patrulla ya no estaba allí para enfrentarse a ellos. Pero no hizo falta: los barrotes no los dejaron pasar.

—Entonces, ¿ningún pellejudo ha superado nunca la barrera? —quiso asegurarse Axlin.

—Sí, en alguna ocasión lo han conseguido. Por esa razón también las ventanas tienen barrotes, y apostamos vigilantes en todas ellas. Pero, en cincuenta años, las veces que se nos ha colado un pellejudo en la Jaula pueden contarse con los dedos de una mano.

—Y los vigilantes que defienden la Jaula... ¿son parte de la Guardia de la Ciudadela?

—¿Nuestros muchachos? —rio Godrix—. ¡Qué más quisieran! Alguno de ellos se presentó en los cuarteles pidiendo que lo adiestraran, pero no escogen a cualquiera.

Era ya muy tarde, por lo que Axlin dio las gracias a Godrix por su historia y se despidió de él. Le habían asignado una habitación que compartía con otras seis mujeres, entre ellas Xiala, que se había acostado hacía ya un buen rato. La joven entró en silencio, se desvistió y se echó en su jergón, pensando todavía en lo que el anciano le había relatado. Fuera se oían aún los chillidos y el «flap, flap, flap» de las alas de los pellejudos, pero las mujeres dormían profundamente, y ella terminó por relajarse también. Había aprendido a evaluar la seguridad de un refugio en función de la tranquilidad con la que dormían sus habitantes.