Una vez alguien me dijo que había encontrado la fórmula de la felicidad. Yo no le creí, pero me senté a escucharle. Cae la carta a mis pies y escalo los peldaños del sótano que me conducirán por fin hasta el presente. Lo hago despacio, para que esta humedad negra se me quede dentro. Este lugar contiene ya todo lo que soy pero también lo que es él. Camino dejando que la oscuridad me devore lentamente. No enciendo la luz. No me hace falta. Conozco muy bien todos los caminos.

Qué es el presente sino el pasado más un día. En las lámparas de aluminio se mecen las telarañas deshabitadas y los grandes hornos, dormidos mucho tiempo atrás, me enseñan sus terribles bocas pasmadas y frías, como si no pudieran creerse que soy yo. Que ahora ha llegado mi turno. ¿Por qué estoy aquí? Porque hasta aquí ha llegado el viaje que comencé hace ahora un año; el camino que me conduciría hasta el Ingrediente Secreto.

Esta es una historia. La historia que puedo contar ahora que entiendo que no tengo que dar mi vida por sentado, que somos lo que amamos y no lo que nos ama, que la vida hay que provocarla y, si es necesario, apartarse de los caminos de la consciencia y aceptar el diálogo forzoso del corazón con el cerebro, del juicio con el credo. Recuperar ese pulso interior que nos invita a alterar el mundo. Pasión. Sí, la pasión.

¿Una historia es como fue o como se la recuerda? El tiempo se construye a partir de combinaciones de vidas puestas a fuego lento. En un mismo crisol de años mezclar los sabores, las tinturas, la luna y el sol, los metales, las estaciones, los vivos y los muertos. El tiempo pone la mezcla a cocer y los elementos se transforman en un solo compuesto: el pasado. Por eso yo he vivido entre revolucionarios y tiranos, he alternado en las tabernas republicanas y con los nazis fugitivos, he observado a un niño aprendiendo a leer en las cicatrices de otro y a una araña trepar asustada ante la primera visión de la paz; he llorado con mi rostro derretido en la hoja de un hacha y con ese niño que aprendía a beber. He gritado junto a las turbas que se amotinaban en Oviedo y he caminado sí, he caminado sobre los escombros de una ciudad que era la mía, mientras los cerdos llamaban por su nombre a una mujer desnuda y a un comerciante se lo tragaba su propia bodega. Yo he escuchado a Madrid bramar como una bestia moribunda y un teléfono amarillo sonando con urgencia, sólo yo he escuchado la alarma de un corazón. Porque yo estaba allí, estaba allí cuando emergió un teatro de los intestinos de la ciudad y un coche que escupía rosas se esfumaba por la calle de Atocha.

He viajado en barco junto al último katsubén a Occidente y he conocido al habitante de un edificio en ruinas, a la mujer pájaro y a un hombre que se reconocía en una piedra preciosa, mientras se escuchaban los ladridos de la guerra y una pantalla se licuaba en oro y el gran dragón de papel bajaba por Ave María y un ángel morboso se deslizaba entre las mesas. Sí, yo he visto abrirse una gran grieta en la ciudad por donde se colaba el pasado. Sólo necesito introducir en mi matraz los elementos necesarios para que nazca esta historia. Algunos lo sabemos. Sabemos que el pasado vuelve en forma de presente y navegamos por los calendarios para ser testigos de la vida de los otros. Lo que algunos han querido llamar: la memoria.

No es fácil saber dónde comienza esta historia porque no se trata de una sustancia simple. Es un compuesto, una extraña aleación de dos vidas que partieron de lugares distintos pero iguales, en dos épocas muy diferentes pero idénticas: la primera quizás empezó en la Alcarria, en 1923, el día en que Fernando empujó una gran puerta de madera que se abrió con un quejarse destemplado, como si abrirse supusiera un naufragio, un roto por el que la inmensidad negra inundaría la casa, una oscuridad tan imposible que hizo al niño estremecerse cuando se le inyectó dentro de los ojos. En el umbral de aquella puerta gigante, los ocho años de Fernando esperaban inmóviles: una figura esmirriada y plomiza ante un océano de campo que se había sacudido los colores con la sola intención de aterrorizarle.

El pueblo entero dormía como un gran caldero abandonado en un fogón. La mano de su madre le extendió el ramal de la mula, sus labios le besaron la frente y entonces el niño se encontró con su mirada, rígida y dura como la de un cadáver, con dos lágrimas heladas prendidas de los ojos. Era la primera vez que la veía llorar, ni siquiera lo había hecho dos semanas atrás y eso le había aterrorizado. Los rebuznos del animal decidieron el momento de partir y se los tragó la noche de un mordisco sin más margen para la despedida. Sus pasos inexpertos empezaron a triturar la arena del camino y fijó su mirada en la mula que caminaba delante. Padre siempre tenía miedo de que les robaran. Padre siempre tenía miedo. La niebla se extendía como un lago flotante sobre los sembrados, sus formas alargadas le dieron tristeza. Cuánto echaba de menos el caminar pesado e inseguro de su padre. Lloró. De rabia y de pena. Confiaba en que al menos el animal recordara el camino hasta Sacedón.

La escarcha empezó a colársele como una gotera en los pulmones. Fatigado, por cada dos pasos daba un trastabillo. Si padre hubiera caminado a su lado le habría dado un cachete por no andar atento. Así que tiró del rabo de Matilde y con la vista cortada por el frío buscó en el cielo una estrella que estuviera a punto de apagarse y que le recordara a Lucas. Sacó la mano entumecida del bolsillo y elevándola en el aire, la soltó sobre su cabeza con tal fuerza que pudo sentir el puño de su padre despegando de su pelo. Unas gotas de agua saltaron de sus ojos junto a una sonrisa.

—Padre, perdone. Ya estoy en lo que estoy. Ya miro —y se puso en marcha otra vez, con paso decidido y mirada solemne—. ¿Ve padre? Ya nos podemos ir, y se nos va a dar bien.

La otra parte de este relato empezó no muy lejos de allí, en el año 2004, donde otra niña de veintiocho años estaba a punto de traspasar la puerta que separaba su universo romántico del mundo real. Un sol de neón emitía una luz aterradora que alumbraba cada grieta del asfalto. Eva arrastró su maleta roja por la calle Apodaca buscando un taxi, y al desearle un buen fin de semana al portero, un sudor frío le recorrió la espina dorsal como cuando se escapaba del colegio y pasaba delante del vigilante de la puerta. Sintió el impulso de darse la vuelta. Se giró para reconocer los nombres de ambos en el buzón, escritos con prisa. «¿Se va de viaje?», le escuchó decir al portero con la voz enredada en flemas. Eva respiró hondo como si fuera a bucear y cuando abrió los ojos otra vez, ya se encontraba al otro lado de la puerta.

Caminó temblorosa calle abajo, hasta que perdió de vista aquel edificio neoclásico con sus balcones de hierro habitados por viejas atónitas en camisón, gays recién casados en Holanda y perros de bolsillo que no sabían esperar a bajar a la calle. Observó a su alrededor: la ciudad parecía un compuesto echado a perder por el humo de los carbones y la luz se espolvoreaba sobre los edificios con el color del azufre. El ruido de una taladradora, una voz fuera de la tesitura media, todo cobró un nuevo cariz, extraño y agresivo. Cruzó al galope un semáforo en verde vigilando los ojos diabólicos de los coches, y cuando estuvo de nuevo en tierra firme intentó recordar el camino a casa, igual que cuando se escapaba del colegio, sin saber que esta vez le llevaría todo un año atravesar esas mismas calles. Caminó y caminó con el corazón bombeándole en la cabeza hasta que apareció delante de sus ojos un edificio blanco de seis plantas donde despuntaba tímidamente el verde de algunas hiedras. Fernando también se perdió en la noche, caminando desde ese día por todas las rutas perpendiculares que encontró, en dirección a la vida de Eva. Así comenzaron sus caminos y ahora yo soy la dueña de la fórmula. Sólo tengo que mezclarlos bien, como si vertiera ambas materias en un lingotero, cuidadosamente, para no derramar ni uno sólo de los acontecimientos esenciales. Ahora sólo tenemos que esperar mientras regimos el fuego adecuadamente y, poco a poco, veremos pasar todos los colores en su orden.

I. Paso al negro

I

PASO AL NEGRO

Si se alteran las substancias de la materia se pueden conseguir unos compuestos a partir de otros. El universo está formado de una materia única, por eso todas las cosas del mundo están trabadas entre sí —las personas, los acontecimientos, los años— y reciben virtud unas de otras, las más viles de las más nobles. Así podemos transformar el plomo en una piedra preciosa, y transformar una vida destruida en una existencia feliz.

La materia prima ya está calentándose sobre la lumbre y se prepara para alcanzar su primer color: el negro. Nigredo, un estado necesario de putrefacción. Este proceso es el que libera a la materia de su existencia bruta, árida y estéril. Es un viaje doloroso y necesario, una prueba inscrita en el orden de las cosas. Un paso necesario hacia el blanco. El elemento pierde sus cualidades metálicas, se disuelve y calcina muchas veces. Sólo así se logra la Materia Prima, que en su transformación hacia la Gran Obra, pasa por diferentes colores: el negro, el blanco, el rojo, hasta llegar al Oro, a la armonía total, al equilibrio. Así, el elemento debe sufrir sucesivas reencarnaciones y transformaciones.

22 de enero de 2004

Capítulo 1

1

Allí seguía, caminando con la vista perdida en las copas de los árboles, huyendo de nuevo. Yo era sin sospecharlo, la materia prima de esta historia. Me veo como era entonces, hace sólo un año: dejé mi maleta en el descansillo y reconocí el olor dulzón a manzanas asadas. ¿Habría vuelto a casa? ¿Era verdad? Caminé por el pasillo a tientas y abrí la puerta de mi antigua habitación: los pinceles resecos y duros se amontonaban en varios tarros que aún olían a aguarrás, dos paletas con cuatro o cinco capas de oleos y acrílicos y mis libros de arte. Sólo habían pasado dos años desde que me fui y aquel dormitorio ya era un rancio homenaje a todo lo que había abandonado.

Un innecesario impulso artístico me hizo dar la vuelta a un lienzo empaquetado. ¿Para qué? Ahora que me había adiestrado para vivir sólo una realidad, la de los gestos cotidianos, sin estridencias, con seguridad social y cenas de empresa, ahora, dentro de aquel espacio blanco se encontraba de nuevo mi vida. Un paisaje que tendría que pintar con unos colores muy distintos a los que se quedaron preparados encima de la mesa poco antes de embalar mis veintiséis años para trasladarlos a una boardilla del centro. Un par de horas atrás había cerrado mi apartamento provisionalmente. Aún no lo sabía pero no pensaba volver. Además, dentro de poco no podría pagar los gastos, además tampoco sabía aún que Oscar se había ido y esta vez era cierto. Además.

Caminé por el pasillo oscuro. En el salón dormitaba el piano de cola como un gran espejo que invertía la habitación. Contemplarlo ahora acentuaba el silencio. El retrato de mi madre colgaba al lado de la chimenea y unas rosas amarillentas se consumían a sus pies. Era pequeña y tenía una mirada cazadora, con un corazón de esos a los que nunca se les escucha un latido. Caminé como una sonámbula hasta la cocina, buscando ese nudo en mi biografía que impedía que los sueños me llegaran al cerebro. Entonces escuché la voz rejuvenecida de mi padre: «Fabián, es de mala educación leer en la mesa» y Fabio, que no le llamara Fabián, estaba harto de decirlo, y se levantó arrastrando la silla con un estruendo metálico, mientras la voz de mi padre aleteaba detrás: «¿Y cómo quieres que te llame?, ¿descarado?, ¿sinvergüenza?» Mamá puso fin a la discusión y salió de la cocina atándose aquel batín azul marino que nunca le gustó.

—Hijo, haz el favor de echar un ojo a la niña para que se tome el colacao —voceó mi madre, y sólo en ese momento me reconocí.

Allí estaba, con cinco años y los pies colgando de una silla de mimbre, el flequillo castaño casi tapándome los ojos y agarrada con las manos a una gran taza de Duralex. Fabio me cogió en brazos «¡cómo pesas ya!» susurró con tono de esfuerzo.

Salí de la cocina dejando atrás el zumbido lejano de la Cadena Ser, y para terminar tan tremendo viaje decidí sentarme en la alfombra roja y azul que abrigaba el despacho. Después de frotarme los ojos en una actitud infantil recién recuperada, encendí un cigarrillo después de olerlo mientras jugueteaba con un rayo de sol, rabioso y helado que se colaba por la ventana. Todavía no sabía por qué estaba tan enfadada con el mundo. Me pregunté por qué había dejado un hogar que ahora me parecía idílico, por qué había decidido perderme los dos últimos años de mi madre y, sobre todo, por qué había dejado a mi padre cuando más me necesitaba.

—A tu padre no va a gustarle nada —sentenció mi madre a mi espalda después de anunciarle que compartiría piso con dos amigos—, pero ya veremos cómo se lo decimos.

Sentada en el despacho y con una pequeña maleta aún reticente a entrar en el descansillo, allí estaba, recordando aquel pasado esterilizado por la nostalgia. Chupé el cigarrillo con ansia. Ahora incluso podía escuchar el papel consumiéndose y el siseo del humo trepando hacia el techo. Sí, había vuelto a casa para confirmar que no era la hija perfecta, había vuelto cuando casi no me quedaba familia con la que reencontrarme entre aquellas paredes, había vuelto buscando calor cuando también allí había llegado el invierno.

Tumbada en el suelo tiré del periódico que probablemente Fabio había dejado encima del sillón. En las primeras páginas, una colección de las promesas electorales de la jornada, uno de los candidatos garantizaba novecientas mil viviendas protegidas para jóvenes, y a su izquierda, el otro anunciaba en una columna que quería sustituir la energía nuclear «por otras más limpias y menos costosas.» Entusiasmada ante tantas buenas noticias decidí consagrarme a una de mis actividades favoritas desde la infancia: ver el mundo al revés. Tumbada boca arriba contemplé la araña de cristal que presidía ahora el suelo como una gran fuente disparando agua. Sonreí.

Unos pasos de oruga se deslizaron hasta la cocina. Tenía que saber que estaba allí, habría visto mi abrigo de cuero desplomado sobre la sillita barroca del recibidor. Dejé que mis piernas se mecieran desde el sofá hasta casi rozar el suelo como cuando vas a tocar el agua en el borde de una piscina. La luz se colaba por las persianas amarillas como todos los años, mucho antes de que llegara la primavera.

Había llegado el momento y allí estábamos, removiendo la cucharilla hundida en el café soluble, en el sentido inverso a las manillas del reloj. Cualquiera habría adivinado nuestro parentesco con sólo observar nuestras manos aunque unas hubieran escardado el campo desde los diez años y las otras se muscularan dando pinceladas a un paisaje de acuarela. Sin embargo, el tiempo había igualado sus nudillos ahuesando su aspecto y ahora volaban al hablar de la misma forma. Todavía no habíamos pronunciado una palabra, pero yo le estaba explicando que había vuelto a casa. Sus ojos sonreían en silencio, concentrados en el recorrido musical de las cucharillas. Aún no lo sabíamos, pero el tiempo no era una variable que pudiera separarnos lo más mínimo. No, no a nosotros. Siempre, en momentos diferentes de la historia, habíamos caminado uno al lado del otro.

Me levanté de un salto y apagué el horno. La cocina se vio sumergida en una niebla de harina dulce, almíbar de limón y guindas, pero olía a algo más: un olor familiar parecido al de un recién nacido que viajaba desde el pasado. Fernando no tenía olfato, lo perdió una noche de helada mientras se escondía de la muerte en un río setenta años atrás y aun así, la emanación se había filtrado por todo su cuerpo provocándole una sonrisa.

—Bueno, pues ya está. ¿Qué te parece éste? —le pregunté, mientras le enseñaba el humeante roscón de reyes en la bandeja.

Él permaneció con los ojos fijos en mi mano derecha. Entonces también me imaginé a mi madre cerrando el horno con aquella misma manopla bordada a mano. La dejé caer dentro de un cajón y le sonreí.

La muerte de mamá desbarató nuestras vidas. Entonces yo era sólo una joven que empezaba a entender a mi madre y creo que no lo conseguí del todo. Era dieciocho años más joven que mi padre y todos estábamos preparados para acompañarla en su viudedad.

Le observé paseando su cojera por la cocina acompañado de una enumeración de piropos a la masa recién cocinada, vaya gaita, estaba arrebatada y le faltaba azúcar, además se tenía que golpear con ganas, si no... que le contaran a él cómo los hacía, todo el mundo hablaba de El Horno de Fernando, y además las rodillas empezaban a fastidiarle, será la niebla, es que así no hay quien pueda. Le observé detenidamente. Seguro que le faltaba el tono protestón de su mujer exigiéndole que saliera de la cocina. Siempre los había recordado discutiendo. Ese era su lenguaje. Fabio solía bromear cuando los gritos del matrimonio superaban el volumen de la sintonía del Un, dos, tres. Según mi hermano, éramos la demostración viviente de que al menos en dos ocasiones habían sido capaces de tener intenso roce. Reí entre dientes camuflada por el gorgoreo asmático de la cafetera mientras mi padre seguía examinando el bollo con la meticulosidad de una matrona.

Fabio es dieciséis años mayor que yo, lo que me convierte en una sorpresa, aunque siempre sentí que detrás de mi padre yo ostentaba, en ancianidad y sin competencia, el segundo puesto. Mi hermano mayor, a sus cuarenta y cuatro años seguía en casa trabajando como freelance con ocupaciones de lo más variopintas: comercial de grandes firmas deportivas, relaciones públicas o monitor de esquí al llegar la temporada, así que cuando nuestro padre fue consciente de que no sería abogado ni continuaría con el negocio, no pudo más, y cerró el Horno después de una cadena de tremendas broncas y reproches, otorgándole el título de oveja negra, ex aequo.

Un golpe metálico. Fernando había tropezado y a esas alturas, parte de la harina se extendía por el suelo. Quise sostenerle pero se irguió como una cobra para después pedirme un cuchillo.

—¡Listo! —había pellizcado el dulce llevándoselo torpemente a la boca y de repente arremangó sus párpados hasta que las pupilas verdes asomaron como dos pequeñas canicas.

Con los ojos clavados en la boca de mi padre esperé su recompensa. Incluso me había hecho salir de la cocina para añadirle el último ingrediente a la masa. A mí me divertían aquellas ceremonias, además, en aquel momento podía servirme cualquier cable que me uniera a la fantasía. Por eso, mudé mi voz por otra que iba de puntillas y puse cara de intriga:

—Una vez me prometiste que me dirías cuál era ese famoso ingrediente cuando cocinara uno yo sola.

Arqueó las cejas, pero se refería a cuando cocinara uno bien, gruñó, y luego, cargando sus palabras de una extraña solemnidad añadió que aún no estaba preparada para saberlo. Yo quise seguirle el juego, era mejor que explicarle que había decidido volver a casa, así que seguí recogiendo los cacharros con una rabieta simulada y él escogió un pedazo de roscón, como a él le gustaba, del que no llevaba fruta.

Ahora sé que desde el primer instante en que me vio aquella tarde supo que era el momento de emprender nuestro viaje. Me estaba leyendo, podía sentirlo. Me observó sentado frente a su café frío mientras yo seguía recogiendo los cacharros. Quizás podía intuir que su hija ya había aprendido a andar, porque estaba sufriendo. Me observé en el reflejo de la ventana dejando que el agua templara mis manos. Tampoco había cambiado tanto. El tiempo se había limitado a estirar mi cuerpo en todas las direcciones sin variarme un solo rasgo: los vaqueros pendiendo de los huesos de mis caderas caían interminables hasta el suelo ocultando por completo unas botas camperas y puntiagudas, y una blusa amplia de colores indios se desmayaba desde mis hombros dejando al aire las clavículas. Ese era mi uniforme. Ahora era yo la que me moría por preguntarle qué pensaba al observarme de esa manera.

—Estás muy delgaducha —contestó a mi silencio.

—Tengo que irme, papá. Hoy tenemos reunión a primera hora —a lo que él respondió con un «¿vendrás esta noche?» que escuché ya desde la puerta. —Sí —confesé como un resorte—. Bueno, creo que sí.

Cerré la puerta detrás de mí. Ya está, resoplé. Al atravesar el jardín miré hacia arriba como había hecho durante tantos años, tantas veces. Allí estaba, observándome desde la ventana como cuando me iba al colegio. Atravesé la calle Orense y cacé un taxi que a punto estuvo de provocar un accidente en cadena.

—¡Tu puta madre, maricón! Hola, buenas tardes, ¿a dónde?

Y después de alguna mención más a las profesiones maternas de otros conductores, aquel coche con olor a manzana radiactiva me transportó como un nudo de electricidad por un cable, por las calles de todos los días, a la misma hora.

Capítulo 2

2

El sol se había helado. Los coches taponaban la Castellana y sentía la misma mezcla de congoja y pellizco en el estomago del primer día de colegio. Cuando entré en la oficina pasaban unos minutos de las dos y no había un alma. Entré en el departamento de producción y me pegué al radiador. Aquellas eran las primeras Navidades que no me había tocado hacer guardia en algún espectáculo. Recordaba que la primera vez que tuve que pasar el fin de año en un teatro hasta me había hecho gracia. Ya ves, aquello de parar la obra, tomarme las uvas con el público y los actores, acompañados por una retransmisión de Radio Nacional que se acoplaba constantemente. Pero el tercer año ya podía calcular de memoria el tiempo que tardaba una serpentina en precipitarse desde el segundo anfiteatro hasta el patio de butacas y acabé cantando por los pasillos del teatro Sunday, bloody Sunday para no escuchar las doce campanadas.

En ese momento escuché los tacones alarmantes de Laura y su risa evitable entrelazándose con dos o tres más graves aún. En el departamento de producción hicieron su entrada Pedro y Arantxa, cuchicheando con su complicidad insultante de siempre, Laura, con sus cuarenta-y-a-saber envainados en un traje chaqueta blanco de lana y Jorge «el carroñas», lo más parecido a un buitre leonado que hacía las veces de director de personal. Tuve la desagradable sensación de que la reunión había comenzado sin mí durante el aperitivo, sobre todo cuando Laura, al ocupar su asiento, me había apretado el brazo casi haciéndome daño, después de airear su melena gruesa cortada con escuadra y cartabón.

—Laura, no sé si es el momento de afrontar un ascenso —cuchicheé ridículamente ante las miradas que empezaban a planear como moscas veraniegas.

Eso fue todo. Todo lo que conseguí decir en la intimidad antes de que Laura exclamara abrazándome con firmeza:

—¿Os dais cuenta? Pero qué mujer tan humilde. Esto es lo que quiere nuestra empresa, una productora de raza: diplomática y razonable.

Y después de provocar una pausa de tensión antes de la noticia, prosiguió:

—Por qué esperar más. Ya podéis felicitarla. Eva sube de planta.

Mis compañeros aplaudieron con más o menos entusiasmo.

Yo, la afortunada, permanecí inmóvil con una estúpida sonrisa adornándome el rostro. ¿Cómo podía haberme hecho eso? ¡Ascenderme! Quise gritarle «por qué yo, zorra egoísta, tirana, ojalá que toda esa silicona que te han implantado caduque al mes que viene», pero agradecí su decisión con un prefabricado «gracias por tu confianza» y guiñé mis ojos con incomprensión. Laura: qué responsabilidad la suya. Tener La Verdad. Allí estaba, dando paso a otras cuestiones con sus ojos electrocutantes después de joderme la vida.

A continuación, empecé a tomar notas sobre mi cuaderno como si quisiera asesinarlo. Así que me han ascendido, era fantástico, por el mismo sueldo me olvidaría definitivamente de mí misma, pensé, justo antes de que me dieran la patada para no hacerme fija, un término que en mi generación empezaba a adquirir tintes mitológicos. Lo único bueno iba a ser comunicárselo a mi padre, sobre todo ahora que tenía que admitir que había fracasado en mi doméstica declaración de independencia.

De fondo, muy lejos, podía escuchar el ronroneo gutural de Laura, íbamos a abordar un nuevo proyecto, la producción de un clásico, 42nd Street, en colaboración con el Popcorn Theatre de Estados Unidos, y a Arantxa se le escapaba una risilla gatuna, con ese nombre podía ser de Indiana o Alaska. Laura continuó indiferente e hizo otra pausa de esas que nos aterrorizaban, y después de un ridículo tachán, tachán, nos comunicó que nos habían concedido la gerencia de un pequeño teatro romántico que se volvía a abrir después de muchos años de reformas.

—Hice un par de llamadas a unos amigos y... bueno, ya veremos qué hacemos con él, de momento lo cogemos —manifestó con tono de capricho—. ¡Algo se nos ocurrirá! Para que se lo den a otros... ¿verdad chicos?

La observé con una sonrisa despreciativa. El resto asentía conforme. Los dos técnicos me observaban con un sarcasmo que no supe si traducir en un vaya, qué calladito se tenía ésta lo del ascenso o vaya, la enferma de la jefa se cree que esto es Broadway.

La reunión se zanjó con el fofo apretón de manos que me propinó buitre leonado y, por supuesto, sin una sola mención a mi aumento de sueldo.

—Menudo marrón, ¿no tía? —fue la felicitación de Arantxa. La delicadeza nunca había sido lo suyo.

Después me puso al corriente del próximo montaje que íbamos a estrenar. Una terrible versión de Carmen interpretada por la compañía de danza de una desconocida esquina del norte de Europa. Escarbé en mi bolso buscando el tabaco. Tenía que verlas, me decía Arantxa con un tono malicioso, parecían el cuerpo de marines en lugar de un cuerpo de baile. Y yo me encendía un Marboro Light mientras llamaba al ascensor para evitar otro encuentro con Laura. Arantxa seguía despotricando, ¡en puntas debían medir dos metros cinco y cuando saltaban sobre la tarima parecían una manada de elefantes! Unos muslos... El único que estaba encantado era Pedro, claro, prosiguió cazando al vuelo el brazo de su novio. Normal, balbuceé yo apagando el cigarrillo y tragándome la risa. Laura se acercaba.

—¿Y cuándo es el ensayo general? —dije, elevando la voz.

Pedro contestó que si no se había hundido el escenario se haría al día siguiente. No lo podía decir, pero no lo podía negar. Sentía vergüenza de esos espectáculos que Laura llamaba «rentables.» ¿Y qué se esperaban?, les pregunté, ¿El Royal Ballet? ¿Sabían lo que nos había costado traer a esa compañía? Prácticamente nada. Por ese precio no conseguiríamos dos bailarines de coros y danzas de Ciudad Real. Todavía recordaba el episodio vivido con un grupo de una república balcánica el verano anterior. Habíamos tenido que atender cinco lipotimias entre el elenco a un día del estreno porque los bailarines no comían. Trataban de mandar a sus casas el dinero que les dábamos para mantenerse en Madrid. Laura nunca se enteraba de aquellos pormenores. Siempre que viera abrirse el telón desde la fila siete sin sobresaltos, le parecía que estaba todo muy bien.

Cuando me despedí de ellos llegué hasta el tercer piso y a mi nuevo despacho: un habitáculo acristalado lejos de mis compañeros de siempre, donde se pudría un ficus del anterior responsable de producción. El último becario aventajado al que durante aquellas Navidades le había cumplido el plazo antes de ser enviado al desguace.

Capítulo 3

3

Cuando regresé aquella noche a casa, encontré a mi padre dormido en su butaca con la cabeza reclinada hacia atrás y unos extractos bancarios colgando de sus dedos. Seguramente habría estado un par de horas pensando en que no le apetecía ver la televisión a menos que pusieran una del oeste, así que habría decidido revisar sus cuentas para constatar que teníamos demasiados gastos. Me acerqué a él elevando los talones. Siempre había tratado de evitarlo pero ocurrió, por primera vez me lo imaginé muerto: con sus párpados sellados y el semblante indiferente. Con la vida lejos. Estuve a punto de romper a llorar desconsolada como si de verdad lo estuviera velando pero me lancé a cogerle la mano. El calor de sus dedos hizo que aquel caudal retrocediera por mi garganta hasta el estómago. Entreabrió los ojos y fijó sus pupilas en mi rostro, sin verme, tratando de lanzar un cabo hacia la vida.

Ahora lo sé. Para despertar del todo, su mirada tuvo que viajar a la velocidad de la luz desde 1918, bordeando estepas y llanuras, subiendo las escaleras de dos en dos para encubrir a un asesino, me miró de nuevo y volvió atrás, quizás ahora besaba los cardenales de una mujer honesta... Lo siguiente sería por fin, ese mismo día, unos segundos antes de dormirse, ahogado por la usura de los bancos para reconciliarse con el presente, los veintiocho años de su hija menor bañada por la luz de una lámpara de lectura. Me saludó con un gesto cansino.

—Luego dices que te desvelas por la noche —como mi hermano, le hablaba en los últimos tiempos con un tono de enfermera insolente.

—Claro, claro... —rumió él, extraviado en la atmósfera dorada de la habitación, regresando por momentos al mundo que acababa de dejar—. He soñado tanto...

—¿Me lo quieres contar? —le pregunté súbitamente ilusionada.

Creo que fue en ese instante cuando por primera vez me invadió la urgencia de introducirme en su cabeza, pero también recuerdo haber sentido un inexplicable recelo que ya no me abandonaría en los meses siguientes. Me hizo un gesto para que le ayudara a levantarse. Cada vez le costaba más. Eso me confundía, me molestaba.

—No creo que tengas tiempo —sonrió a medias, mientras desentumecía las rodillas—. Es toda una vida —carraspeó y arqueó las cejas—. Todo cabe en un puño, hija, todo lo que has vivido, cuando eres viejo, cabe en un minuto de sueño. Pero de todas formas, imagino que si te has dejado caer por aquí no ha sido para que te cuente un cuento.

—Bueno, ya hablaremos... —se me anudó el estómago.

En ese momento se perdió en una madeja de cambios de tema, ¿y el trabajo?, ¿todavía no me hacían fija?, pues ya me contarás, yo no voy a estar aquí siempre, hija, lo mismo le digo a tu hermano, y se subió las gafas para observarme con indolencia. Yo le observé desde muy lejos. Por qué si siempre me había sentido tan terriblemente cerca de él, por qué si también yo necesitaba transmitirle lo que guardaba en mi cabeza, por qué habíamos acabado eligiendo el dialecto del reproche en lugar del idioma del cariño.

Cuando aún seguía agitando los extractos de los bancos y despotricando de espaldas, grité un me han ascendido a responsable de producción y di un expresivo portazo. Qué ironía. Antes era él quien no tenía el tiempo suficiente porque estaba toda la noche trabajando, y ahora era yo la que me pasaba la vida en el zulo de mi oficina. Era verdad, no habíamos tenido tiempo de conocernos del todo, pero por qué de repente esa extraña necesidad de contarme quién era. ¿Estaría cerca de la muerte? No, sólo se aburría. Se aburría terriblemente. Sin embargo, esa noche sus palabras parecían confesarme que teníamos una conversación pendiente. Y la tenía, desde el mismo momento en que me cogió por primera vez en sus brazos.

Una vez, durante una de esas veladas de televisión dominguera nos había dicho que cuando moría un viejo era como si ardiera una biblioteca. Ahora no recuerdo el autor de esa frase pero él lo había convertido en un lema. Lo que sí recuerdo muy bien es lo que le contesté aquella tarde: «Papá, yo no voy a permitir que arda esta biblioteca.»

—¿Lo harías? —me sostuvo la mirada cuando salí de mi encierro a la hora de la cena. Yo le devolví un gesto interrogante —. Quiero saber si escucharías mi historia —y mi gesto se transformó en afirmativo—. Pues nos tomamos un cafetito y empezamos.

Recuerdo muy bien aquel momento. Le vi desaparecer por la puerta del despacho con un paso repentinamente ligero. Nunca pensé que tuviera la necesidad de revelarme nada. Conocía los datos esenciales, pero su introversión siempre le hacía saltarse los entreactos, los detalles ocurridos entre bambalinas. Sin embargo, ahora modulaba su voz como la de un maestro que había preparado durante años una clase magistral. Mientras silbaba la cafetera, Fernando galopó a lomos del pasado y del presente a partes iguales hasta que, sentados de nuevo en el sillón acolchado color café, se instaló definitivamente en 1923 y allí permanecimos hasta que a las dos de la madrugada se abrió tímidamente la puerta de la calle. Se abrió despacio, como tantas veces. Pesaba mucho, porque era de madera maciza y no podía tener más sueño. Se abrió, y detrás de ella empezó a recortarse una figura pequeña, amarilleada por la llama de los candiles de aceite. El niño azotó a la borrica que le acompañaría en la noche más larga de su vida, con la gorra vieja de su padre calada hasta las orejas y envuelto en una manta que su madre le echaba sobre los hombros hasta que asomaba en el calendario el mes de junio. Nunca se me olvidará el brillo de sus ojos cuando comenzó a acompañarme en el que sería, a partir de ese momento, nuestro gran viaje juntos.

Capítulo 4

4

Tan solo un año antes, aquellos pequeños dedos no sabían más que amasar la harina seca y áspera. Las sombras bailaban por las paredes al mismo ritmo que los fogonazos de la lumbre. El niño sentado en el suelo y dentro de sus pupilas, su madre, retirándose las lágrimas que se le escapaban por el frío. Felisa daba de comer al fuego y vertía, poquito a poco, medio vaso de agua en el barreño de cobre. El niño siguió amasando. Qué ganas tenía de que llegara la noche. En la habitación contigua se observaban atónitos otros cinco críos de edades escalonadas, todos menores que Fernando que en ese momento tenía siete años. El bebé empezó a llorar y fue mecido con vaivenes torpes por una niña de ojillos de abuela. A Fernando le sonaban las tripas que se impacientaban esperando la fiesta de esa noche. La mujer volvió a su rutina de molinera: la semilla se transformaba en polvo y a Fernando, a los pies del monte materno, le nevaba dentro de su cuenco y sobre las manos.

—¿Dónde se habrá metido tu padre? —sus párpados cayeron a medias sobre unos ojos duros, color trigo y asestó un capón en la cabeza del niño que acababa de llevarse la gran cuchara a la boca repleta de harina cruda—. ¿Quieres irte a la cama sin cenar?

Fernando dejó la boca entreabierta observando el coloso que era su madre y escupió la masa con un puchero. Ella, suspiró cansina y se limpió las manos en el delantal, pero mira que eres cochino, hijo, y recogió del suelo la cazuela llena de gachas. Por lo menos esa tarde tendrían comida para celebrar la fiesta, pero aún faltaba la sangre del cerdo para añadir al guiso. Era una noche especial y Lucas tenía que hacerlo.

—¿Dónde se habrá metido este padre tuyo, hijo? ¿Dónde?

—¿Quiere que lo busque? —Fernando se puso en pie.

A esas horas aún se escuchaba el eco llorón de los cochinos por las calles del pueblo. Las hojas recién afiladas se deslizaban silenciosas por sus gargantas. Las mismas manos que les habían alimentado cada madrugada, las mismas que habían olido desde que eran unos lechones, celebraban esa noche su matanza. Los berridos del bebé se alzaron sobre los de los animales perforando como una gotera las paredes y los oídos de Felisa hasta que soltó el cucharón de golpe sobre el polvo amarillo y salió de la cocina arrastrando las chanclas.

—¡Por Dios Bendito!, ¿dónde?

El niño abrió la puerta y caminó por el empedrado hacia la plaza. Las calles estaban muertas, las casas escupían luz por los ventanucos, todos preparaban la gran cena. ¿Dónde? No sabía el porqué de ese miedo que le atragantaba, no tenía edad más que para la intuición. Le abrasaban las plantas de los pies de las horas de trabajo en la era. Desde mañana ya no iría al colegio, lo había dicho padre, que ya no fuera, hay que trabajar, hijo, necesito un ayudante para labrar y él era el más despierto, porque su hermano, ya sabía lo tontilán que era el pobre. La calle pareció estirarse más y más a medida que vislumbraba la plaza de España al fondo. ¿Dónde, padre? Hacía frío y se le caían los mocos, por las mañanas sí que hacía frío y Tomasillo se quedaba dormido de pie... Madre decía que era el mal del sueño porque hasta en el campo, trabajando, se daban la vuelta y ya estaba como un tronco encima de un montón de sacos. ¿Dónde? Alcanzó la plaza con el corazón galopándole garganta arriba y escuchó unas risas fugándose de la bodega. Y Tomasillo se llevaba unas palizas... casi más que él. Por eso madre prefería que no se lo llevara al campo, porque creía que se lo iba matar de un mal golpe. Fernando bajó por las escaleras chorreantes de la taberna y dio un traspié en el mundo de los adultos.

—¡Lucas! Oye, Lucas, que vienen a buscarte —luego carcajadas de hombres torpes de alcohol—. ¡Que no corras, hombre, que no es tu parienta, que es tu chico el mayor!

Olía a madera mojada de vino tinto y las paredes eran de ese mismo color de tanto contener la respiración de los caldos.

¿Dónde?, la cara de su padre asomaba asustadiza entre las tinajas. Cuando por fin vio al niño, desde la risa, rompió a llorar:

—¡Mirad a mi chico! Si es todo un hombre. ¿No lo sabíais? Ya no va a la escuela.

Se acercó para sujetar a su padre que se tambaleaba como el trigo cuando estaba alto.

—Vamos, hijo. Llévate a tu padre que está bien cocido —le dijo Benito, el tratante de ganado, y todos rieron al unísono mientras ambos luchaban por subir las escaleras.

—¡Seis talegos para mis hijos! ¡Dadles seis talegos! —berreaba Lucas riéndose con los ojos llenos de lágrimas.

—Calle padre, vamos, que hay que matar al cerdo —sólo algunas risotadas enmudecieron, otras arreciaron.

—¡Seis talegos para que pidan y no se mueran de hambre!, ¡para que tengan lo que su padre no les puede dar!

Cuando por fin llegaron hasta la calle, se giró para agarrar a su hijo por los hombros y lo zarandeó con una sonrisa histérica.

—¡Yo antes me mato, Fernando! Antes de veros pidiendo, te lo digo, os mato y luego me mato yo —le atragantaban sus propias lágrimas—. Un día de estos, hijo, me ayudas y nos matamos todos, ¿me oyes?

El niño le observó inmóvil. No era la primera vez que escuchaba a su padre decir aquello. Desde que habían empezado a perder las tierras, lo decía casi continuamente.

Nada más abrocharse la puerta de la entrada asomó la figura de Felisa, teñida de harina de almortas, con sus manos abrazadas llenas de angustia. Cuando vio a su marido respiró hondo y se le acercó con el rictus congelado. Él no pudo mirarla. A Fernando le escalofrió ese silencio: el paisaje familiar detenido, las dos cumbres heladas de sus padres a los que casi no alcanzaba a ver los ojos. Felisa cogió a su marido del brazo, no iba a gritarle, hoy no. Era un hombre bueno, nunca le había puesto una mano encima, pero la pobreza le estaba mordiendo la ilusión y la falta de ilusión bebía vino hasta hartarse. Le ayudó a subir las escaleras y pidió a Fernando que vigilara el fuego. Como otras veces, le descalzaría antes de dejarle un café de puchero en la mesilla.

Pasaron las horas y Felisa ya había matado al cerdo, la sangre había resbalado por las gachas que, una vez revueltas, habían cogido el color asalmonado que anunciaba un banquete. Después, había arrancado meticulosamente las plumas al gallo con las que sus hijos jugaban a hacerse cosquillas, y lo había echado a la cazuela. El hígado fue a parar también a las gachas, así alimentarían más. Luego cortó el pan duro y lo preparó con el caldo del gallo. La preparación de los presentes del cerdo se la había dejado a Lucas. Seguía siendo patrimonio del señor de la casa y Felisa no había querido aprender a hacerlo. Era el único feudo al que aún no había renunciado su marido.

A las nueve empezó a reconocer algunas voces en la sala. Fernando se había quedado dormido en el cuarto pegado a sus hermanos para conservar el calor. Bajó los escalones soñoliento. En la mesa estaban ya sus tíos, bebiendo y contando chistes, su padre parecía contento y se servía más vino, y las mujeres cotorreaban en la cocina lanzando miradas aviesas a sus maridos. Tres de sus primos le salieron al encuentro.

—¿Qué, Fernando? ¿Dónde estabas?

—Arriba —y salió corriendo a enseñarles la pelota que se había hecho con dos cuerdas de la ropa.

Tres horas después, toda la familia tenía los carrillos congestionados. Los primos mayores incluso habían podido tomar pan con vino y azúcar ante la mirada envidiosa de sus hermanos pequeños. Aquello era comida de pollos, le reprochó a Lucas uno de sus tíos, se les daba para ablandarles la carne, y los niños salieron de estampida, seguros de que sus mayores planeaban merendárselos cualquier día de estos. Ya había empezado la ronda de los presentes y ahora le había tocado al Pucherero, que traía dos inmensas morcillas de su matanza. Encaramado sobre la mesa empezó su número especial de todos los años mientras las mujeres le animaban con palmas.

—Señoras —hizo una vasta reverencia—, me van a perdonar la forma de mirarlas —y entonces se escucharon los chillidos nerviosos de las mujeres cuando el hombre se bajó los pantalones para enseñarles su blanco trasero.

Fernando observó a su padre reír y Lucas se encontró con los ojos de su hijo mayor. Se detuvo en ellos. No podía oírlos pero sabía que le preguntaban. Su chico ya era un hombre. Sus ojos verde oscuro le preguntaban aunque sabía la respuesta. Archivaban en su retina cada uno de aquellos instantes amables. Ya era un hombre.

Capítulo 5

5

Lo más terrible fue el olor. Nada más abrir la puerta, aquella bofetada me anunciaba a gritos que algo se pudría allí dentro. Tuve la certeza nada más introducir la llave en la cerradura cuando recordé que tres días antes había tirado de la puerta después de gritar que no me siguiera y no lo había hecho. Pero aquel olor anunciaba el desastre. Él no había vuelto a habitar aquel lugar. Lo había abandonado como yo. Qué asfixia. Llegué hasta la cocina y abrí las ventanas. La bolsa de basura seguía colgada de la puerta y dos rajas de merluza se descomponían sobre el fregadero. Allí seguían, como una velada en forma de aborto: las velas con lazos rojos y verdes, una botella de Cabernet semiabierta, un cazo frío con salsa de setas fosilizada, un recuerdo tiránico del instante en que nos hicimos daño definitivamente. Ninguno de los dos había querido regresar, seguros de que el otro habría vuelto, cogería el teléfono y pediría disculpas, pero no nos habíamos enterado en tres largos días de que nuestra relación boqueaba moribunda entre aquellas paredes. Nadie la habría echado de menos, ni siquiera sus protagonistas, hasta que el olor insoportable de la muerte hubiera alertado a los vecinos. Definitivamente, pensé, mientras dejaba el bolso encima de la cama medio deshecha, sí, nos parecíamos demasiado.

De repente me encontré navegando entre dos islas desiertas: mis dos casas. De nuevo mi maleta en el descansillo, desubicada, sin atreverse a entrar, de nuevo esa sensación absurda de funambulista. Siempre pensé que mi huída sería reversible. Esa mañana estaba preparada para decir lo siento y dejar que me abrazara y me cubriera de besos, para empapar su camisa con la mejilla apoyada en su pecho templado y fuerte y disponernos a olvidar, como lo hacíamos siempre, recogiendo juntos los adornos de Navidad o caminando abrazados hasta que limpiábamos cualquier rastro de culpa de nuestros ojos. Pero esta vez, algo me decía que no iba a tener la oportunidad.

Volví a la cocina al borde de la arcada, y mientras tiraba a la basura todos los restos del desastre, un pensamiento se me inyectó en el corazón como un veneno desconocido: nunca habíamos hablado del futuro, de formar una familia, de mirarnos a los ojos como dos ancianos. En realidad, ¿qué habíamos sido? Hurgué desesperada en la lavadora, nos habíamos dejado la ropa dentro, y ahora olía a moho, a olvido. Me aterroricé porque no supe qué era lo que estaba acabando. Qué habíamos sido, por Dios, ni siquiera estaba allí para preguntárselo, necesitaba saber qué era lo que me disponía a echar de menos. No, no estaba preparada para comprobar que podía sobrevivir sin él; aislar esa sustancia que durante dos años había formado parte indisoluble de mi materia y sentarme a esperar después de la operación, a ver qué quedaba de mí, si es que quedaba algo.

Entonces sonó el teléfono. Sonó cinco veces y se cortó. Lo miré interrogante, quise cogerlo para escuchar su voz. Oscar, estoy en casa, creo que dije en alto. Lo sé, cariño, sé que no puedes hacer más, y yo no puedo explicarte qué es lo que me falta, que no tienes la culpa de que odie mi trabajo, ni de que no me salga la salsa de setas, sé que te exijo demasiado, que no puedo controlarlo todo, pero he vuelto y lo que me importa es lo que tenemos, nosotros... dejé mi mano sobre el teléfono como si pretendiera tranquilizarlo. ¿Recuerdas? Tú lo decías siempre: juntos, juntos somos invencibles. Y a la mierda el trabajo y a la mierda las salsas francesas, si no consigo esto, hacerte feliz, hacerme feliz... No, no es justo, claro que no es justo, ya sé que lo digo ahora, y luego, luego se me olvida, pero esta vez es distinto porque ahora sí que parece que es el final. No, ahora no es igual que otras veces.

El teléfono interrumpió aquel monólogo tardío berreando de nuevo, casi con urgencia. Lo levanté, y en vez de contestar permanecí inmóvil escuchando con una atención desmedida como si por momentos me faltaran todos los demás sentidos. Las ondas empezaron a colarse en mi cerebro, comprendí cada una de las palabras que empezaron a vibrar desde aquella voz grave y tranquila que reptó hasta el auricular. Entonces mis ojos empezaron a llenarse muy poco a poco, dos bañeras inundándose por descuido.

—No, lo siento, no está. Ya no vive aquí.

Colgué el teléfono confundida, después de advertir que habían desaparecido todos sus discos de la estantería y la guitarra, que debería estar apoyada en equilibrio contra la pared en el hueco que dejaba el sillón, donde siempre le decía que no la dejara porque se iba a caer, donde siempre, aun así, la dejaba para tenerla a mano cuando le aburría la tele y rasgaba alguna melodía que en ese momento tenía en la cabeza. El primer rincón de la casa donde ya se había instalado el silencio.

Capítulo 6

6

Hay que separar lo sutil de lo pesado. La materia, como todo lo que brota de la tierra, no nace perfecta sino como una mezcla tosca y anárquica de miedos, objetos, personas y traumas que debemos aislar antes de descubrirnos y emprender nuestro verdadero camino. Y yo seguía mi rutina, inconsciente aún de cuáles eran las sustancias que me formaban y de qué elemento me haría reaccionar. Aquella noche me limité a macerarme bajo la luz de la luna que se filtraba por la ventana. Me sentía sin energía. Mi cuerpo funcionaba como una naturaleza en miniatura, con sus bosques y sus mareas, y aquella noche la marea era alta por el seísmo de palabras de mi padre, el recuerdo de Oscar, porque hacía cuatro días desde que había aparcado mi vida y porque la casa era un cofre vacío de ruidos. Mi microcosmos se agitó hasta que, desatada la tormenta, se puso a llover.

La calefacción era asfixiante. Miré la hora en el reloj del teléfono móvil y descubrí que tenía un mensaje. Era de Nacho: «Si tú quieres, cariño, mañana compartimos un cafetito y una charla. Lo necesito. Ya te contaré.» Se me cortó el llanto. Encerré entre mis párpados su cara de garbanzo, la imagen misma de la ternura. Como él solía decir, era una extraña aleación entre Paco Martínez Soria y Dostoievsky, así, Eva, ¿cómo coño voy a encontrar novia? Nacho racionalizaba todos sus fracasos y los convertía en una causa inevitable de su forma de ser. Unos años atrás, cuando comenzó sus clases en la escuela de canto inició también esa autodestrucción a la que él llamaba ejercicio de lógica y que con el tiempo estaba derivando en una depresión crónica. Esto lo había convertido en un consumidor compulsivo de terapias alternativas y libros de autoayuda: El arte de ayudarte, La utilidad de un fracasado con minúsculas, O follas o te follan, Para qué Ser si no sabes Estar, Coelho, Bucay, en fin... ahora, además, se había revelado como uno de esos solitarios navegantes que buscaba en los foros de Internet, desde su habitación con muebles de adolescente, una solución a su tristeza crónica. Seguía viviendo con su madre y había asimilado que sus estudios nunca le darían para vivir porque padecía pánico escénico. ¡No podría torturar al público obligándolo a contemplar sobre el escenario a un tío tan feo! Aquellos comentarios me escocían como un arañazo porque tras ese aparente sentido del humor con el que mi amigo se burlaba de su carilla de ratón, su físico de hombre prematuramente maduro y sus gafas de culo de vaso, se escondía un monstruoso dolor que se había criado en su corazón a base de acumular frustraciones tempranas. La más fuerte, sólo un año atrás, cuando rompió con Silvia, la única mujer con la que se había acostado rozando los treinta, su único amor, según él, aparte de Marta Sánchez o Renée Zellweger, aparte de mí, aunque siempre sospeché que sus sentimientos respondían más a una necesidad emocional de ese momento que a otra cosa.

Ahora se había obsesionado con un portal de Internet, me confesó un día, para capullos tan inteligentes como él que se buscaban a sí mismos. Le había abierto los ojos: sólo era cuestión de pasar por un proceso de conocimiento profundo de todo lo que nos rodeaba para terminar descubriéndonos a nosotros mismos. Pero eso implicaba ciertas renuncias. Así, había llegado a la conclusión de que el primer paso era dejar su casa. No podía seguir encontrándose cada noche de viernes a su madre en bata, atrincherada en su salón de muebles setenteros, lloriqueando que no le había cogido el móvil, ¿es que tenía que recordarle que tomaba pastillas? Nacho había desayunado ansiolíticos desde los quince años. Especialmente cuando dejó sus clases de canto porque empezó a sentir ese pinchazo en la garganta que le rompía la voz. Todavía no se había atrevido a ir al médico. No podían obligarle a dejar el canto ahora que había grabado dos canciones para un anuncio de lavadoras y empezaba a creérselo, me decía angustiado. Era su único pasaporte para la libertad.

Refresqué mi cara debajo del grifo. El espejo me devolvió una mirada anfibia. Bueno, ya está bien, a dormir, y me tumbé obediente después de responder al mensaje concretando la cita. Me rodeé con mis propios brazos mientras me acariciaba la espalda, como cada noche desde hacía unos días. «No te preocupes cariño, estoy aquí contigo», me susurró Óscar con mi voz. Sedada por las caricias de mi amante perdido, me di la vuelta en el colchón empapado de sudor y mis parpados se derrumbaron como el cierre de un bar cuando despunta la primera luz.

Amanecí con un peso atravesándome la espalda. Durante unos segundos permanecí inmóvil mientras mi cerebro me remitía las primeras premisas de la mañana: actualmente no tenía pareja. Por lo tanto dormía sola. La noche anterior no había bebido, ni había salido, así que, puntos suspensivos con redoble o dos puntos: no debería haber nadie más en mi cama. Di un respingo que a punto estuvo de precipitar la lámpara al suelo. Entre las sábanas, mis sábanas, un rubio atractivísimo de unos cuarenta años enfundado en unos sencillos slips de Calvin Klein exhibía, aun dormido, su cuidada y nada aparatosa musculatura, estirándose por completo y dejando caer con vaivén de hoja una de sus manos hasta casi acariciar el suelo. Era uno de los seres más bellos que había visto en mi vida. Hundí mis dedos de alfiler en sus cabellos frescos, qué dorados son, ¿pero existen estos colores? Recorrí sus cejas de colza y las delicadas líneas que los años habían empezado a dibujar alrededor de sus ojos. Repasé cada uno de sus rasgos como si lo estuviera acabando: así debió sentirse Miguel Ángel y Donatello y Leonardo y el mismo Dios si hubiera existido. Qué euforia tan ilógica me provocaban sus pestañas, todas con idéntica curvatura, míralas, no es real, y su disposición de ejército disciplinado, larguísimas, y sus párpados melocotón, cerrados sin esfuerzo con elegancia de ostra. Entonces, dejé que mi dedo índice descendiera en slalom desde sus ojos y le observé, finalmente con estupor de arqueólogo. Acto seguido le agarré con fuerza la nariz.

—¡Ay! ¡Por Dios, hija! ¿Estás tonta? —el querube despotricaba entre ahogos y sobresaltos.

—¿Qué haces aquí, Fabián? ¿No ligaste anoche?

Me lancé sobre mi hermano congestionada por la risa mientras Fabio despotricaba que me quitara de encima, ¡y que no le llamara Fabián!, joder, que no eran formas de despertar a nadie, le podía dar un no sé qué, mira que era boba, además, le debía un respeto... y yo, mil perdones, guapo, pero que también me había dado un susto de muerte. Me abrazó con fuerza, y es que me había echado tanto de menos últimamente...

—A mí también me encanta que nos encontremos otra vez en casa, aunque sea de vez en cuando —mi voz se tropezó con la nostalgia.

Se dejó caer sobre la cama en pose neoclásica y tensó los abdominales. ¿No le estaba creciendo la barriga? Sí, todo había cambiado mucho. Volvió a abrazarme, pero ven, anda, cuéntame cosas, ¿llevas aquí todo el fin de semana?, ¿y eso?, ¿cómo te va todo? Tuve un impulso de contarle que me sentía sola y desprotegida, que había roto con Oscar y que yo también me había roto, que estaba perdida.

—Pues bien, no me puedo quejar —y le pegué un pellizco en el ombligo—. Y sí, tienes un poco de barriguilla, pero qué quieres, estás en una frontera peligrosa...

Me miró con el mismo odio contenido con el que estudiaba aquella suave ondulación de carne en su torso cuidado.

—¿Entonces? ¿Todo bien? ¿De verdad? —Fabio y su mirada rastreadora.

Me recogí el pelo, ¿pues qué le iba a contar? que en el trabajo, como siempre y papá, ¿ya se había levantado papá? lo veía más o menos bien... ¿Y él? ¿Seguía rompiendo corazones o iba a sentar por fin la cabeza? Mi hermano me miró con cierto aire de sospecha. Con el tiempo era, en el terreno de las evasivas, digna hija de mi padre.

—Me ha dicho Natividad que está muy hablador, sobre todo contigo. Eso está bien —Fabio me observó con una sonrisa ácida—. Está más torpe y se aburre mucho, claro, está de un humor... A ver si tú le cuentas algo agradable.

—A lo mejor no tengo nada agradable que contar —susurré.

—¿Cómo? —él se peinaba el cabello con los dedos.

—No, que me voy. He quedado con Nacho en una hora.

Se levantó de la cama con un gesto de acróbata. Se moría de hambre, anunció, y después de sacudirse la melena como un animal que se sabe único, salió con aire triunfal del dormitorio. Yo le seguí echándole por encima mi bata que cuando se la puso, acentuó su natural aire de estrella del cine de los cuarenta.

Natividad ya estaba preparando el desayuno. Era una mujer inteligente con nariz de pájaro hablador y ojos de botón. Tenía un pecho alto y generoso, y según mi padre se reía como una abubilla. La verdad es que no habíamos llegado a investigar qué ruido emitían estos animales pero nunca nos resultó extraño que Natividad se pareciera a uno. Además de hacer el mejor ceviche de pescado del mundo era también una experta en regatear horas extra. Cuando nos vio entrar en la cocina ahogó un grito de alegría,

—¡Pero si están los dos aquí!, ¡qué alegría va a tener don Fernandito cuando los vea! —y besó efusivamente a Fabio, siempre fue su preferido. En ese momento, detrás del mostrador pude ver cómo mi padre observaba furtivamente la indumentaria excesivamente fresca y sedosa de su primogénito, y después de un agrio anda, vete a vestirte que pareces un payaso, se sentó a la mesa.

—Buenos días a ti también, papá —respondió Fabio, antes de secuestrar una tostada y desaparecer por el pasillo.

Nati introdujo en el microondas tres tazas de leche: entera con calcio para mi padre, semi-desnatada con azúcar para mí y de soja con sacarina mezclada con un poco de agua, para Fabio. A los tres se nos enfrió el desayuno.

Capítulo 7

7

Llegué a la puerta del Café Gijón asfixiada y con un ceño culpable adornándome la frente. Nacho, que me observaba correr desde lejos, miró el reloj: así nos saludábamos desde hacía unos años. Solía pasársele el enfado en aproximadamente diez minutos que coincidía con el primer sorbo de café. Ya en el bar, levantó su mirada gris desde la taza y con gesto de intriga me pidió una servilleta de papel.

—Mira —me ordenó resuelto, mientras escribía algo con su letra menuda—. Entra en esta dirección de Internet. Es un portal. Igual te llevas una sorpresa.

Yo le observé con cierta guasa y es que a mí no me convencían aquellos rollos, me parecía muy bien que hubiera encontrado una nueva filosofía de vida, pero... ¿no se estaba obsesionando? Él, entre tanto, dobló la servilleta y me la metió en el bolso. Pero qué pesado era. Según él, estaba conociendo a gente tan rematadamente interesante en aquel foro... hecho que yo traduje en un listado de nicknames que confesaban tener, como él, una insatisfacción profunda por la vida. Empecé a describir círculos de leche condensada en el café, Pero Nacho, en Internet todo el mundo miente, y abrí mucho los ojos, ¡aquello debía ser como una terapia de grupo en la red! Al menos, que no se le ocurriera quedar con ellos, sería gente algo rarita, ya me entendía, y chupeteé con ansia la cucharilla.

—Gente como yo, dirás. Ahora entiendo tus reticencias —resopló, pellizcándose el labio inferior. Traté de disculparme, ¿por qué siempre le daba la vuelta a mis palabras? Él frunció el ceño—. Sólo te proponen un camino, Eva. Y eso es lo que todo el mundo necesita cuando está perdido. Te ayudan a buscar esa pieza que le falta a tu vida, sólo eso.

Casi le sentí ilusionado aunque continuó pellizcándose el labio.

—Mira, Eva, voy a hacerte una comparación con eso que siempre dice tu padre sobre el ingrediente secreto que le falta a nuestra vida —sentí una punzada de incomodidad por no ser yo quien lo parafraseara, Nacho prosiguió—. Para mí sólo hay dos tipos de personas: los que son como yo, y no tienen ni puñetera idea de qué es lo que le falta a su fórmula, y otros como tú, que sí que lo sabes pero no quieres ir en su busca, qué le vamos a hacer —y frunció sus cejas, eran espesas y despeinadas, un par de toldos para sus ojos saltones.

—No empieces, anda... —le respondí con pereza. Pero empezó.

—¿A que no has llamado al teléfono que te di? —me recriminó, y ante mi silencio dio un puñetazo en la mesa—. ¡Lo sabía! No sé por qué tienes tanto miedo a enseñar tus trabajos. Eres muy buena, tía. Todavía me acuerdo de aquella escenografía que hiciste, ¿cómo se llamaba esa obra?

Blasted —balbuceé yo, acodada sobre la mesa—. Y eran un par de hierros de mierda.

—Eso —continuó eufórico—. ¿Ves? estoy con Oscar en que no te valoras. ¿Por qué sigues quemándote en ese campo de concentración al que llamas cariñosamente oficina y no apuestas por tu talento? Si yo fuera tú, en fin... yo me cambiaba por ti ahora mismo.

Sentí cómo mis mandíbulas se encajaban, un gesto que Nacho conocía muy bien, pero ésta vez empecé a sentir un ascenso vertiginoso de mi cólera.

—Bueno, si vas a empezar así me voy. A ver cuándo te das cuenta de que esto no es una peli, tío. ¡Que ya está! ¡Que esto es vivir! ¿Estamos? —él levantó sus ojancos plomizos. Nunca le alzaba la voz y ahora gritaba—. Hazte tú una celebridad si tanto te importa. A mi no. A mí ya sólo me hace falta saber dónde voy a dormir mañana y con quien, eso es todo lo que le pido a la vida, Nacho, pero soy realista y ni siquiera espero que esa mínima satisfacción me la deis ni Oscar, ni tú, y mucho menos un grupo de colgados virtuales que debaten chateando sobre los senderos de la felicidad mientras se la menean en casa.

Nacho hundió su mirada en el café con leche y yo deseé hundirme con él. Desde el fondo submarino de su taza gorgoreó de nuevo la voz de mi amigo:

—¿Qué te pasa, Eva?

—Me ha dejado —y me perdí en el ventanal encortinado en terciopelo sangre.

Entre los dos se hizo un silencio espeso e interminable. Había descargado gran parte de una munición destinada a otros objetivos.

—No es útil —mascullé de repente, avergonzada.

—¿Qué?

—El amor, que no es útil. Así de simple. Como el arte. Pinto compulsivamente y creo que amo igual —me froté las manos congeladas—. Que sí, no me mires así, lo digo en serio. Igual me da por zamparme una bolsa de patatas fritas que por vivir con un tío dos años. Todo es un absurdo intento de huir de la soledad.

Ambos nos quedamos atrapados en una tensión triste como dos moscas en una tela de araña. Seguimos dando pequeños sorbos a nuestros cafés, en silencio, hasta que decidimos ir al cine a la primera sesión. Preferíamos una comedia, lo teníamos muy claro.

La sala olía a aire acondicionado y Nacho empezó a enumerar todas las alergias y extrañas patologías que causaba el mal uso de aquellos cacharros asquerosos. Incluso barajó la posibilidad de ir a otro lugar con las palomitas en la mano, a lo que me negué rotundamente. Siempre hacía lo mismo y luego acabábamos por peregrinar de barra en barra buscando un bar que tuviera ventiladores de aspa. Al final, terminaba poniéndose el jersey en la cabeza porque decía tener predisposición genética a la meningitis ya que un primo la había palmado de eso mismo siendo un bebé, así que nos tomábamos una coca-cola rápidamente antes de una caminata taciturna hasta el metro. Pero esa tarde yo no estaba de humor para demasiadas extravagancias. Después de mucho discutir y de levantar a tres filas enteras de espectadores, conseguimos sentarnos. Aun así, se las arregló para cambiarse de sitio coincidiendo con el primer trailer. Que no me olvidara de que tenía siete dioptrías en cada ojo, quería ver algo, ya que por mi culpa iba a enfermar de todas formas. Le observé protegida por la oscuridad con ternura y enfado a partes iguales. A medida que pasaba el tiempo era más escrupuloso: sujetaba los pomos del lavabo con un pañuelo y limpiaba concienzudamente la boca de los botellines de cerveza. Siempre pensé que era un genio. Era imposible estar pendiente de tantos miedos sin serlo.

Música. Woody Allen apareció en la pantalla y todos, como siempre, se rieron con su fraseo indeciso y sus ojos miopes. Nacho solía decir que a él no le hacía ninguna gracia porque le recordaba demasiado a sí mismo. Dejé que mi mirada penetrara en la oscuridad. El cine olía a polvo y a goteras maquilladas. Le escuché escarbar trabajosamente en la caja de las palomitas y a la vez, me pareció intuir un rápido taca, taca, taca, taca, mientras mis ojos buscaban en la penumbra el color de las viejas cortinas y el pan de oro de los palcos. ¿Cómo sería una sesión de los años cincuenta en ese mismo cine de la Gran Vía?, y mucho antes, cómo sería el cine, y recordé de pronto la voz de mi padre la noche anterior, taca, taca, taca, taca... en ese momento pude escuchar claramente la vieja rueda de clichés, disparándolos al vacío, taca, taca, taca... conocía ese sonido muy bien, las ruedas del carro chocando contra las piedras, triturando la arena camino abajo. Corrió detrás, levantando el polvo amarillo con los pies descalzos y su padre alzó la vista con el mismo vuelo de una cigüeña vieja, mientras sujetaba la azada con su mano de callos rojos, y se secaba el sudor de la frente con la otra.

—¡Ven pá cá, Fernando, que te voy a dar una zurra! ¡Aún queda recoger todo esto!

—¡Padre, el cine, que ha llegao el cine!

El hombre se restregó los párpados para sacudirse la condensación de alcohol que ya había consumido en el desayuno y apreció un bulto ocre desdibujado por la canícula humeante. Siguió a su hijo con la mirada. A veces se le olvidaba que era sólo un chiquillo. Una vez hubo alcanzado el carro, el niño lo custodió hasta la entrada del pueblo. El hombre que lo conducía canturreaba algo parecido a una jotilla, tenía una delgadez de vela gastada y un sólo diente abandonado en la oscuridad de su boca. En la parte de atrás dormitaba la caja de imágenes, un viejo cinematógrafo de segunda mano cubierto con una lona y acolchado con tela de saco. Pero alguien más viajaba esta vez, acoplado en el espacio que dejaba el cacharro. Fernando caminó a saltos intentando ver al viajero. Era de estatura pequeña, parecía un niño pero no llegaba a reconocerlo como de su especie por los pequeños pies que asomaban debajo de la lona, más huesudos y más hechos que los suyos. Cuando el carro alcanzó la primera casa del pueblo, el tío Jolibú comenzó su propia representación:

—¡El cine, señores, ha llegao el cine... con las actrices de Jolibú, los galanes, los amoríos...! ¡Ha llegado el cine, señores, el cine de Jolibú!

El pueblo empezó a ronronear como un gato pardo y grande al que van a tirarle bofe después de muchos días de ayuno. El Tío Jolibú y su perenne sonrisa provocada por el negro universo de su boca, paró el carromato en el centro de la plaza, tiró la lata vacía de una película sobre los sacos que ocultaban a su acompañante, y el pequeño cuerpo se removió un poco dejándose resbalar hasta el suelo. Fernando no había visto un ser tan extraño en su vida: su piel era aceitunada y tenía un pelo fuerte y negro como la crin de un buen caballo. Era cierto que sus huesos eran delgados y casi del tamaño de los suyos pero lo más extraño eran sus ojos. Tenían la forma de los ojales de su chaqueta: dos ranuras ascendentes que no dejaban adivinar su color, con una ausencia total de pestañas y unas finísimas e inexplicables cejas. Debía tener mucho sueño, pensó Fernando, porque aquel chico tenía los ojos pegados. Fernando saludó al chico con los ojos de sueño y él le devolvió la mirada convirtiendo su boca en otro ojal perfecto y de mayor tamaño.

Takeshi, al que nunca nadie llamó Takeshi sino El Ojales —en gran medida por culpa de Fernando—, era un katsubén. Hasta los años treinta en Japón, ese era el nombre con el que se conocía al gremio de los contadores de historias. Taca, taca, taca, taca... Nacho me miró en la oscuridad del local con una mueca y volvió a sumergirse en la pantalla, mientras yo me quedaba prendida de los ojos de Takeshi, dos rendijas por las que empezaba a colarse una historia.