El perro lo descubrió primero. Corrió hacia la orilla y se quedó olfateando y moviendo el rabo mientras gruñía con suavidad junto al bulto negro, inmóvil entre la arena y el agua color de nácar que reflejaba la primera clari dad del día. El sol no sobrepasaba aún la sombra oscura del Peñón, proyectándola en la superficie de la bahía silenciosa y quieta como un espejo, salpicada por los barcos fondeados que apuntaban sus proas hacia el sur. El cielo era azul pálido, sin una nube, sólo marcado por la columna de humo que ascendía cerca de la embocadura del puerto; allí donde un barco, alcanzado durante la noche por un submarino o un ataque aéreo, había estado ardiendo toda la madrugada.
—¡Argos!… ¡Ven aquí, Argos!
Era un hombre. Lo comprobó mientras se acercaba, con el perro correteando ahora entre ella y el bulto inmóvil, como si la invitase gozoso a compartir el hallazgo. Un hombre vestido de caucho negro mojado y reluciente. Estaba tumbado de bruces en la orilla, el rostro y el torso en la arena y las piernas todavía en el agua, cual si se hubiera arrastrado hasta allí o lo hubiera depositado la marea. En la cintura llevaba sujeto con correas un cuchillo, en la muñeca izquierda, dos extraños y grandes relojes, y en la derecha un tercero. Las agujas de uno de ellos marcaban las 7 y 43.
Se arrodilló a su lado en la arena húmeda, y le tocó la cabeza: tenía el pelo negro y lo llevaba muy corto. Del pecho pendían una máscara de goma y un extraño aparato con dos cilindros metálicos. Sangraba por la nariz y los oídos y seguramente estaba muerto. Ella recordó las explosiones nocturnas, los focos de la defensa antiaérea que habían iluminado el cielo y el barco incendiado, y por un instante pensó que podía tratarse de un marinero. Pero en seguida comprendió que ese hombre no venía de una de las naves ancladas en la bahía, sino del mar mismo. O del cielo. Era un aviador, o un submarinista. Tal vez uno de los alemanes o italianos que atacaban Gibraltar desde hacía dos años. Y la línea de demarcación entre España y la colonia británica se hallaba a sólo tres kilómetros de allí, siguiendo la playa hacia levante.
Iba a levantarse para avisar a la Guardia Civil —había un puesto cercano tierra adentro, en la zona militar de Campamento— cuando creyó oírlo respirar. De modo que se inclinó de nuevo hacia él, acercándole dos dedos a la boca y el cuello, y entonces sintió un leve aliento y el latido muy débil del pulso en la arteria. Miró alrededor, confusa, en demanda de ayuda. La playa estaba desierta: a un lado la curva de arena que llevaba hasta la población de La Línea y la frontera, y al otro las casitas lejanas y sueltas de los pescadores de Puente Mayorga, que a esas horas faenaban en la bahía. No había nadie a la vista. El edificio más próximo era su propia casa, situada a un centenar de pasos de la orilla: una pequeña vivienda de una planta rodeada de palmeras y buganvillas.
Decidió llevar al hombre allí para socorrerlo antes de avisar a las autoridades. Y esa determinación cambió su vida.
El nombre de la librería era Olterra, y eso debía haberme puesto sobre aviso; pero en el invierno de 1981, como mucha otra gente, yo lo ignoraba todo sobre aquel misterio.
Me había detenido por casualidad ante el escaparate cuando paseaba por la calle Corfù, entre la Accademia y la Salute, porque un libro llamaba mi atención. Era La gondola, de Cargasacchi. Había dos ejemplares expuestos, uno de ellos abierto por una página con el plano detallado de esa embarcación. Siempre me interesó la arquitectura naval, así que entré en la librería, que era pequeña, confortable, calentada por una estufa de butano, con un ventanal trasero que daba a un canal de muros desconchados y portones roídos por el agua. La atendía una señora mayor de rostro agraciado y cabello blanco recogido en la nuca, que leía sentada en una silla con un elegante chal sobre los hombros. Un perro labrador dormitaba en la alfombra, a sus pies. Nos saludamos, pregunté por el libro y me trajo uno de los que estaban expuestos. Tras hojearlo un poco, lo puse aparte para llevármelo y miré otros. Había muchos de asunto náutico, así que me entretuve con ellos. Y mientras lo hacía, reparé en las fotografías de la pared.
Eran dos, en marcos acristalados. En blanco y negro. La más pequeña mostraba a una pareja de mediana edad sonriendo a la cámara mientras el hombre, maduro pero de buen aspecto, pasaba un brazo en torno a la cintura de la mujer. Tras observarla un poco advertí que esa mujer era la librera misma, diez o quince años atrás. En la otra foto, de mayor tamaño aunque peor calidad y más antigua, se veía a dos hombres: uno vestido con mono de faena y gorra de marino, y otro en pantalón corto y camiseta, posando ambos junto a una especie de torpedo situado en la cubierta de un submarino. Los dos sonreían, y el del pantalón corto aparentaba gran parecido con el hombre de la otra fotografía, aunque en ésta se lo veía mucho más joven. Pero era fácil reconocer la sonrisa atractiva, simpática, y el cabello muy corto y negro que en la segunda foto era ya encanecido y escaso.
La librera sorprendió mi observación, pues cuando volví la vista comprobé que me miraba.
—Interesante —comenté, más por cortesía que por otra cosa.
—¿Es usted español?
—Sí.
No dijo que ella también lo era, o al menos todavía no. Yo lo ignoraba, desde luego. En todo momento me pareció una completa veneciana. Hablábamos en italiano, y no cambiamos de idioma hasta algo más tarde.
—¿Por qué le parece interesante? —preguntó.
Señalé la foto de los hombres junto al torpedo.
—El maiale —dije.
Me miró con curiosidad, ligeramente sorprendida.
—¿Sabe qué es un maiale?
—Acabo de ver uno en el museo naval, junto al Arsenal.
No era sólo eso. También había leído algún libro y visto algunas fotos: Segunda Guerra Mundial, torpedos tripulados con cabezas explosivas, ataques submarinos contra Alejandría y Gibraltar. Una guerra oculta y silenciosa.
—¿Le interesa ese asunto?
—Algo.
Todavía me observó, pensativa, y luego se puso en pie para buscar en uno de los estantes. Mientras lo hacía, el perro —era una perra— se alzó sobre sus patas, me dio una vuelta alrededor y volvió a tumbarse con indiferencia en el mismo sitio que antes. Al fin la librera trajo dos volúmenes. All'ultimo quarto di luna, se titulaba uno. En el último cuarto de luna. Tampoco el otro título parecía revelador: Decima Flottiglia MAS. Las cubiertas eran más explícitas. Una mostraba a unos buceadores cortando una red submarina; otra, a dos hombres navegando medio sumergidos a bordo de uno de esos torpedos tripulados.
Los puse aparte con el libro sobre las góndolas. Seguía contemplando las fotografías de la pared.
—Un hombre apuesto —dije.
Ella no miró las fotos sino a mí, como si calculase hasta qué punto yo establecía una relación entre ellas. Después la vi mover un poco la cabeza.
—Realmente lo era —dijo en español.
Quedé asombrado por su pronunciación perfecta.
—Discúlpeme… ¿Somos compatriotas?
—Lo fuimos.
Me intrigó aquel verbo en pasado.
—¿Hace mucho que está aquí?
—Treinta y cinco años.
—Ahora lo comprendo. Parece nacida en Italia.
—Es una larga historia.
Me había vuelto a mirar las fotografías. Al hombre que le pasaba la mano por la cintura.
—¿Vive todavía?
—No.
—Lo siento.
Se quedó callada. Alzaba despacio una mano para tocarse el cabello recogido en la nuca, con un sorprendente ademán que me pareció casi de coquetería. Se había vuelto al fin hacia las fotos con una sonrisa dulce, y esa sonrisa parecía atenuar las arrugas del rostro, rejuveneciéndolo.
—Falleció hace cinco años —dijo.
Toqué con un dedo la portada de un libro y luego señalé la foto de los dos hombres y el maiale.
—¿Uno de ellos?
Apenas sonaba a pregunta, porque en realidad no lo era. Asintió la mujer.
—Lo fue.
Su tono era suave y rotundo al mismo tiempo. Y había en él algo de orgullo, advertí. Incluso desafío. Recordé entonces el nombre de la librería.
—¿Qué significa Olterra?
Sonrió de nuevo. Seguía mirando las fotografías, inmóvil. Al cabo de un momento encogió los hombros como si fuese a decir una obviedad.
—Significa hombres valientes —respondió—. En el último cuarto de luna.
Salí de allí quince minutos más tarde con los tres libros en una bolsa y caminé despacio hasta el canal de la Giudecca. Era uno de esos días invernales venecianos muy fríos y con el cielo despejado sobre la laguna, así que anduve por el muelle Zattere disfrutando del sol. Al llegar a la punta de la Aduana, que en aquella época todavía era lugar poco frecuentado por los paseantes, me senté en el suelo, la espalda apoyada en la pared, y hojeé los libros. Por entonces no era novelista, ni pretendía serlo. Sólo un periodista joven, reportero entre continuos viajes, al que le gustaban las historias del mar y los marinos. Y me hallaba de vacaciones. No sospeché que lo que entonces leía era el principio de otros muchos libros y largas conversaciones. El comienzo de una compleja indagación sobre personajes y sucesos dramáticos, la resolución de un misterio y el germen de una novela que tardaría cuarenta años en escribir.
Han pasado dos meses, pero Elena Arbués lo reconoce en el acto.
Está sentado a una mesa en la puerta del bar Europa de Algeciras, en conversación con otros dos hombres: bronceado, gafas oscuras, vueltas las mangas de la camisa blanca sobre los antebrazos, pantalón azul con cinturón de cuero y alpargatas. Parece conversar animado y sonríe mucho. Durante su breve y único encuentro anterior no llegó a verlo sonreír: un trazo blanco, simpático, que ahora ilumina el rostro moreno de corte meridional, atractivo, inequívocamente mediterráneo, que ella sabe es italiano, aunque lo mismo podría ser español, griego o turco. Una característica criatura del sur, nacida entre orillas e islas sin árboles ni agua: aceite, vino tinto, atardeceres rojizos, profundidades cálidas y dioses sabios y cansados. Mirarlo trae todo eso a su memoria. Y es, además, un hombre guapo. Más ahora que aquel día, pálido y manchado de sangre. Lleva el pelo igual de corto que la otra vez, cuando ella lo arrastró desde la orilla hasta su casa para tumbarlo en el suelo del pequeño saloncito con vistas a la bahía, todavía inconsciente, cubierto de arena, con Argos dándole lametones en las manos y el rostro arrugados, blanquecinos por una larga inmersión en el agua.
Conoce incluso su nombre, si es que era auténtico el que figuraba en la libreta de identificación que encontró en una funda de hule al cortar con unas tijeras de costura la parte superior del traje de caucho: Lombardo, Teseo. 2º Capo Regia Marina N. 355.876 . Bajo la goma vestía un ligero mono de lana azulgrís con una estrella en cada solapa y tres galones en forma de ángulo en las mangas. Marina de guerra italiana, sin duda. Venido del mar, seguramente de un submarino, para atacar los barcos anclados en el puerto de Gibraltar y en la parte norte de la bahía. Un hombre rana. Un buceador de combate.
Aquel amanecer no había sabido bien qué hacer, así que improvisó sobre la marcha. Tras despojarlo del traje de caucho y abrir el mono para comprobar que no tenía otras lesiones, friccionó el pecho y los brazos con alcohol para hacerle entrar en calor y luego limpió la sangre de los oídos y la nariz. Más que de heridas parecía proceder de un golpe en la cabeza, aunque no era visible hematoma alguno. Recordó los sonidos y el barco incendiado durante la noche y acabó concluyendo que el daño se debía a alguna clase de conmoción interna. Tal vez una onda expansiva transmitida por el mismo mar. Quizá la explosión de una de sus propias bombas.
En cualquier caso, el hombre recobró el sentido. Elena había vuelto a tapar el frasco de alcohol cuando, al girarse de nuevo, vio que había abierto los párpados y la miraba con unos ojos verdes y turbios, cuyas córneas estaban inyectadas en sangre. Cuando ella habló de ir en busca de un médico, él siguió mirándola con fijeza, cual si no comprendiera sus palabras o el sentido de éstas; y tras un largo momento movió débilmente la cabeza a uno y otro lado. Debió acercarse a sus labios para escuchar lo que dijo a continuación: unas palabras y un número pronunciados con un suspiro de leve aliento. Teléfono, por favor. Eso fue lo que dijo. Por favor. Lo hizo en español, con suave acento de su propio idioma. Teléfono, repitió, y un número, 3568. Y se desmayó otra vez.
Ahora, detenida en la esquina del callejón del Ritz con la plaza Alta, disimulada entre la mucha gente que transita por el bullicioso centro de la ciudad, ella lo observa de lejos, atenta a los nuevos detalles, recordando la caminata de quince minutos hasta el locutorio telefónico de Campamento, aún vacío de militares. La ficha reluciente en su mano, el ruido al encajarse en la ranura, la sombra de dos años de soledad y rencor, las dudas con el dedo índice a un centímetro del disco de marcar mientras, a través de la ventana, contemplaba el cartel de TODO POR LA PATRIA sobre la puerta del puesto de la Guardia Civil. Un pasado todavía fresco, doloroso, agolpado sobre el presente incierto. La decisión final: tres, cinco, seis, ocho. Una voz al otro lado, masculina, española, sin acento ninguno. Teseo Lombardo, dijo ella. Y siguió un silencio. ¿Quién habla?, preguntó la voz. Da igual quién hable, respondió. Luego dio la dirección, colgó el teléfono y regresó a la casa.
Permanece inmóvil en la esquina, sin apartar los ojos del hombre ajeno a su presencia, aparentando contemplar el escaparate de una zapatería cuyo cristal le devuelve su propio reflejo, el fondo oscuro dibujando el luminoso contraluz de la calle: el vestido ligero y veraniego ceñido al talle, las dos manos sosteniendo el bolso contra el regazo, el cabello castaño corto, a la moda, levemente ondulado. Un buen aspecto de mujer todavía joven, figura esbelta, casi delgada, tal vez demasiado alta para la media española, con su 1,76 de estatura cuando no lleva zapatos de tacón: Elena María Arbués Ortiz, veintisiete años, viuda desde hace dos. Propietaria de la librería Circe, situada en la calle Real de La Línea de la Concepción.
Los tres hombres se han levantado de la mesa y caminan entre la gente que llena la plaza, en dirección a la calle Cánovas del Castillo. Van en mangas de camisa y tienen un aspecto sano, desenvuelto, que parece unirlos en un vago aire de familia. Relajados, conversando entre ellos, se dirigen hacia el puerto. Elena está a punto de dejarlos ir y ocuparse de sus asuntos —ha venido en autobús a la ciudad para resolver unos trámites burocráticos—, pero en el último momento cede al impulso. A la curiosidad que la incita desde aquella mañana en la playa y en su casa de Puente Mayorga. Al deseo de saber más del desconocido que hace dos meses ocupó una hora y media de su vida, del que no había vuelto a tener noticias, y al que no ha podido olvidar.
Cuando regresó a la casa después de la llamada telefónica, el hombre estaba despierto, ante la mirada vigilante de Argos, tumbado cerca, que vino feliz a su en cuentro al verla aparecer. Seguía en el suelo, sobre la alfombra manchada de arena, cubierto por dos mantas y con la cabeza en el cojín que Elena había dispuesto bajo su nuca. A un lado estaban los restos del traje de caucho, y también los extraños relojes de esferas fluorescentes que ella había retirado de sus muñecas al darle las fricciones con alcohol. Pero observó que el cuchillo, que cuando salió a telefonear se hallaba aparte con los otros objetos, estaba ahora de nuevo a su lado, al alcance de su mano derecha. Bajo el mango de madera negra, la hoja desnuda relucía en la misma luz que, entrando por la ventana abierta al sur y la bahía, iluminaba el perfil del inesperado y extraño huésped.
—He avisado —dijo Elena mientras acariciaba al perro.
La mirada inquieta del yacente pareció relajarse. La observaba con fijeza, estudiándole cada expresión y ademán. Su desconfianza cedía poco a poco.
—No sé a quién —añadió ella—. Pero lo he hecho.
Asintió el hombre despacio, sin dejar de mirarla.
—Gracias —dijo al fin, ronco, débilmente todavía.
Estaba en pie frente a él, indecisa. No sabía qué más hacer. Era una situación absurda y extraña.
—Sean quienes sean —respondió—, supongo que vendrán pronto.
Lo vio asentir de nuevo y parpadear incómodo, como si contuviera un gemido. Debía de sentirse muy mal, pensó. Exhausto, dolorido y mal, pese a que era un hombre fuerte, de torso atlético. Había notado sus músculos de nadador cuando le daba las fricciones en el pecho. Seguía teniendo los ojos enrojecidos por los derrames, pero la nariz y los oídos ya no sangraban. Pensó ella otra vez en el petrolero incendiado y en lo que sabía de ondas expansivas transmitidas por el agua. Precisamente Samuel Zocas, el doctor Zocas, lo había comentado unos días atrás hablando de guerra, bombas y barcos en la tertulia del café Anglo-Hispano. Una explosión submarina, aunque fuese a cierta distancia, podía reventar por dentro a un ser humano.
—¿Ha avisado a alguien más?
El hombre —el italiano, ya sin la menor duda— hablaba un buen español, con sólo ligero acento. El tono era desconfiado, cual si el pensamiento le causara una viva inquietud. Lo tranquilizó ella con un movimiento de cabeza, cruzó los brazos y miró el cuchillo desnudo con reproche.
—Todavía no.
Remarcó el todavía y él parpadeó de nuevo, embarazado por su propia pregunta y la respuesta, antes de mirar al perro, extender torpemente una mano y acercar más el cuchillo para taparlo con las mantas como avergonzándose de que estuviera a la vista.
—Discúlpeme —murmuró.
Sonaba sincero. Ahora, pese al cuchillo oculto, parecía aún más desvalido. Señaló Elena una botella de vino de Málaga que estaba sobre la repisa de la chimenea apagada.
—Quizá le vaya bien un poco de eso.
Asintió él, y le trajo ella un vaso lleno en un tercio. Arrodillándose, lo acercó a sus labios. Bebió él tres cortos sorbos, y al tercero tosió. Elena miraba los galones en las mangas del mono militar.
— ¿Secondo capo, Regia Marina? —dijo señalando el bolsillo donde le había metido de nuevo la libreta de identificación.
— Sottufficiale .
—¿Teseo, se llama? ¿Teseo Lombardo?
Lo vio dudar un momento, sobresaltándose al escuchar su propio nombre. Al cabo pareció recordar y comprender, aliviado.
—Sí —dijo.
—¿Qué ha hecho?… ¿De dónde viene?
No respondió a eso. No apartaba los ojos de los suyos.
—¿Por qué me ayuda? —preguntó a su vez.
Encogió Elena los hombros. No era una demanda de respuesta fácil. Ni siquiera para ella misma.
—Está herido —resolvió decir—. Y lo necesita.
Seguía mirándola inquisitivo, esperando algo más. Movió ella la cabeza, se puso en pie y dejó el vaso en el aparador.
—No lo sé —confesó, aunque no fuera del todo cierto.
En ese momento, Argos levantó la cabeza para emitir un leve gruñido de alerta. Después se oyó el motor de un automóvil deteniéndose ante la casa, llamaron a la puerta y el italiano salió de sus vidas.
Eso había sido todo, sesenta y cuatro días atrás. Piensa ahora Elena en ello, recordándolo mientras, excitada por la curiosidad —su corazón late tan deprisa que a veces debe detenerse para recobrar la calma—, camina detrás de los tres hombres procurando no llamar su atención. Mantiene la distancia con suma cautela; a esa hora el centro de la ciudad hormiguea de gente y es fácil pasar inadvertida. Los ve entrar en un estanco y una farmacia, y luego en una tienda de ultramarinos de la que salen cargados con paquetes envueltos en papel de estraza. Si tienen cartillas de racionamiento, piensa, se habrán quedado sin cupones. Aunque tal vez los extranjeros no los necesiten.
Sigue tras ellos. Nada observa en su actitud de misterioso o clandestino: conversan con animación, muy relajados, y parecen de buen humor. En dos ocasiones ve Elena reír al hombre al que socorrió en Puente Mayorga. Recorren así el resto de camino hasta el puerto, donde entre los tinglados y las grúas se encuentran amarrados barcos de diferentes pabellones. Antes de llegar a la entrada se detienen en la pequeña dársena del río de la Miel y embarcan en un bote a motor mientras ella, parada en el muelle, los sigue con la vista. Desde allí observa que se dirigen al dique exterior, hacia un barco grande de casco negro y alta chimenea situada a popa, con aspecto de buque cisterna, amarrado al extremo del dique. Está lejos de las otras naves, situado aparte; y siete kilómetros más allá, en línea recta y al otro lado de la bahía, se alza la mole parda y brumosa del Peñón, un poco desdibujada en la calima bajo el sol cenital.
Desde donde se encuentra, Elena alcanza a distinguir una bandera italiana que ondea en la brisa de poniente. Conoce el nombre del barco porque lo ha visto, pintado en letras blancas cerca de la proa, al pasar junto a él en los transbordadores que van y vienen a La Línea y Gibraltar. Y antes estuvo un tiempo en la playa misma de Puente Mayorga, varado allí por sus tripulantes para evitar que fuera apresado por los británicos. Se llama Olterra .
Situado frente al Círculo Mercantil de La Línea, el café Anglo-Hispano conserva el estilo del siglo viejo: mesas de madera y mármol, espejos, mecheros de gas que nadie enciende y un cartel taurino con los nombres de Marcial Lalanda, Domingo Ortega y Morenito de Talavera. Cruje el suelo de madera y hay polvo en las cortinas, pero los ventanales dejan entrar mucha luz y muestran el animado ir y venir de la calle Real. Un par de veces por semana, Elena Arbués acude a tomar algo parecido a café, haciendo tertulia con sus amigos el doctor Zocas y Pepe Aljaraque, archivero del ayuntamiento. A veces se suma Nazaret Castejón, bibliotecaria municipal. Empezaron a reunirse allí hace un año y medio, por las mismas fechas en que Elena abrió su librería.
—No estoy de acuerdo contigo, doctor.
—Me sorprendería que lo estuvieras, estimado amigo.
Pepe Aljaraque golpea con un índice las páginas del Gibraltar Chronicle, abierto sobre la mesa, y se reclina en el respaldo de la silla. Es rubio y casi albino. El bigote caído, lánguido, acentúa su aspecto escandinavo, desmentido por el acento andaluz.
—La pena de muerte no tiene sólo un carácter punitivo, sino también ejemplar —afirma, rotundo—. Y más en los tiempos que corren. Te lo dice un patriota español que detesta a los ingleses.
—Y funcionario —ríe Samuel Zocas—. Patriota y funcionario municipal.
—Sí, bueno… Son sinónimos.
Mueve el doctor la cabeza mientras agita la cucharilla en su taza de sucedáneo de café. Acaba de llegar de la consulta particular, situada en su domicilio, que alterna tres días a la semana con servicios en el Colonial Hospital de Gibraltar.
—Demasiadas penas de esa clase se imponen en los últimos años —mira de soslayo al camarero, ocupado en sus cosas, y baja un poco la voz—. Hay otros métodos menos bárbaros.
Alza las manos Aljaraque, en ademán de impotencia.
—Ah, eso… Son tiempos brutales, como sabemos todos. Y a tales tiempos, tales métodos. El ser humano no escarmienta nunca.
El médico no parece convencido.
—Aun así, con guerra o sin ella, ejecutar a un trabajador español de los muelles, padre de familia, acusándolo de saboteador, es un exceso.
—No seré yo quien defienda a la pérfida Albión, ¿eh?… Que conste. Pero ese hombre, agente alemán, proyectaba hacer estallar una bomba en el Arsenal.
Adopta Zocas un aire dubitativo. Es menudo, calvo, miope, y la única mácula en su pulcro aspecto son dos dedos de la mano izquierda amarillos de nicotina. Siempre parece recién rasurado y huele a loción de afeitar como si acabara de salir de la barbería. Lleva lentes de acero y cierra con atrevidas pajaritas los cuellos impecables de sus camisas.
—Eso es lo que dicen —concluye, escéptico—. A saber si es cierto.
—En todo caso, se considera probado. Y ojo, no discuto el acto patriótico, que como simpatizante del Reich que soy puedo incluso aplaudir… Pero quien la hace y lo pillan la paga. Es de lo más normal. Los hijos de la pérfida Albión no se andan con bromas.
—Incluso así, intenciones no son hechos.
Se vuelve Aljaraque hacia Elena, que pasa distraída las páginas de un Blanco y Negro .
—¿Qué opinas tú?… Hoy estás muy callada.
—Os escucho —responde ella—. Pensaba en sabotajes.
—¿Y coincides en lo natural de la pena de muerte, si a uno lo pillan?
—Supongo que no es lo mismo un saboteador que un soldado.
—¿A qué te refieres?
Tarda ella en responder, pensando en el encuentro que tuvo por la mañana en Algeciras. En los tres hombres a los que siguió hasta el puerto.
—Hablo de alemanes e italianos —se decide al fin—. De enemigos de verdad para Inglaterra.
—Oh, pues claro. Eso es diferente. Son soldados que luchan por su patria en una guerra declarada. Nada hay que reprocharles.
—Pero a los espías los ahorcan, ¿no?
—Precisamente para eso sirve el uniforme —interviene Zocas, que ha sacado del bolsillo una lata de puritos Panter—. Quien lo viste es militar y queda protegido por la Convención de Ginebra. A quien no lo lleva, se esconde tras una divisa enemiga o es de otra nacionalidad no beligerante se le considera reo de soga o de piquete de fusilamiento.
—No es lo mismo servir a tu país que traicionar a la patria o actuar tras un disfraz —observa Aljaraque—. Nadie civilizado ejecuta a un prisionero de guerra.
El médico suelta una bocanada de humo mientras lo mira con cortés reproche.
—Bueno, Pepe, en España… —de nuevo observa con disimulo al camarero, que sigue ajeno a la conversación, y baja aún más la voz—. Aquí se ejecutó a unos cuantos, ¿no?… Ya me entiendes.
Apura el archivero el resto de su café y bebe un sorbo de agua.
—Las guerras civiles son otra cosa, oye. El salvajismo llevado al extremo. La ausencia de reglas.
—¿A mí me lo vas a contar, que tuve que tomar las de Villadiego?
Elena sabe que Samuel Zocas tiene motivos para decir eso. Obligado a refugiarse en Gibraltar por sus ideas liberales —perteneció a una logia masónica, se comenta, aunque nunca hablan de ello—, sólo pudo regresar sin que las nuevas autoridades lo incomodasen cuando personas influyentes, afectas al régimen, lo avalaron a uno y otro lado de la verja.
—Ya veréis como lo de ese desgraciado no es el último caso —está diciendo Aljaraque—. La comarca hierve de espías, saboteadores, agentes de unos y otros… Estamos en el ojo del huracán.
—Y nuestras autoridades hacen la vista gorda —señala tristemente Zocas.
—No siempre, cuidado. España está en la cuerda floja. Ya no es como cuando Alemania ganaba la guerra. Ahora la cosa anda indecisa; y Franco, que es un fenómeno, hace encaje de bolillos y guarda las formas. No es la primera vez que la Guardia Civil detiene a agentes nazis o fascistas y los expulsa de aquí.
—Yo tuve ocasión de ver a un buzo —dice Zocas—. Fue hace un par de meses, y lo comenté con vosotros.
—¿El del último ataque a Gibraltar?
—Ése… Estaba en el hospital cuando trajeron al cadáver.
—Italiano era, dijiste. Y luego lo publicaron los periódicos.
—Al parecer lo dejó un submarino en la bahía. Debie ron de ser más, pero sólo cogieron a uno… Hundieron aquel petrolero llamado Sligo o algo parecido. ¿Te acuerdas, Elena? Fue cerca de tu casa.
La joven, que seguía pasando páginas de la revista, se queda inmóvil.
—Cómo olvidarlo —dice, simulando naturalidad—. Todavía hay restos allí. De ese barco y de otros.
—De haberlo cogido vivo lo habrían fusilado por saboteador —comenta Aljaraque—. Los ingleses son bien crueles y cabrones.
—No creo —lo contradice Zocas—. Era un soldado, a fin de cuentas… Ellos son duros pero respetan las reglas.
El archivero, que se ha puesto serio de pronto, mira brevemente a Elena.
—Respetan las suyas, y sólo cuando les conviene —apunta, grave.
También Zocas parece caer en ello, pues dirige a la mujer una mirada repentinamente contrita, de disculpa.
—Perdóname, Elena. No pretendía…
—Claro —sonríe ella, tranquilizada por el giro de la conversación—. No te preocupes, doctor.
—Soy un torpe.
—Olvídalo, por favor.
Sigue un silencio corto e incómodo. Aljaraque mira el Gibraltar Chronicle y el doctor, aún violento, se toca el nudo de la pajarita. A Elena, como a unas cuantas esposas más, la dejaron viuda los ingleses hace algo más de dos años, durante el ataque por sorpresa en Mazalquivir a la escuadra francesa del Mediterráneo —Francia acababa de rendirse a la Alemania nazi— para impedir que cayera en manos del enemigo. Unos cañonazos equivocados y ocho marinos españoles muertos,
Por fin, como buscando despejar el momento, habla de nuevo Zocas.
—En lo de aquel italiano muerto nada puede reprocharse a los ingleses, ¿no?… Son soldados unos y otros, matan y mueren. Cada cual cumple con su deber.
—Pues yo respeto más a los del Eje —insiste Aljaraque—. Ya sabéis que soy germanófilo e italianófilo.
Le toma el pelo Zocas.
—Dicho así suena a enfermedad venérea, Pepe. Pásate un día de éstos por mi consulta.
Mira el otro de reojo a Elena, amoscado.
—Eso no tiene gracia, hombre.
Mientras aparenta prestarles atención, ella rememora su propia historia, o más bien la del esposo perdido, primer oficial a bordo del mercante español Montearagón aquel 3 de julio de 1940: un barco neutral que estaba donde no convenía estar, una disculpa diplomática británica — very and serious terrible mistake — y una indemnización para las familias, víctimas secundarias de un holocausto que pronto sería general. Ochocientas libras esterlinas que permitieron a Elena abrir la librería para ganarse la vida. Y aun así, tuvo suerte. En los últimos tiempos, los mistakes, británicos o de otros, ya no son te rribles. No se indemniza a nadie.
—Hay que tener valor, ¿verdad? —dice ella de pronto—. Meterse de noche en esas aguas y jugársela de semejante manera.
—No es ésa la fama que tienen los italianos —señala Aljaraque.
Modula Zocas un aro de humo mientras alza un dedo objetor.
—Siempre hay valientes en todas partes. Es cuestión de motivaciones.
—Pues aquel buzo que murió debía de estar motivadísimo.
—No te extrañe… Una bahía como ésta, con docenas de mercantes en la parte norte y las unidades de la Royal Navy en el puerto, es un panal de rica miel para hombres audaces.
—Bueno —señala Aljaraque—, los ingleses han extremado su vigilancia con redes antisubmarinas, patrullas navales, reflectores y cosas así… Ahora hay ataques aéreos, pero nada desde el mar.
Asiente Elena, pensativa.
—No —dice muy despacio—. Nada desde el mar.
Curro, el empleado de la librería, golpea con los nudillos el cristal de la ventana para entregar a Elena las llaves. Mira ésta el reloj y comprueba que son las siete y media. Tras despedirse de sus amigos —hoy toca pagar las consumiciones a Pepe Aljaraque—, sale a la calle. Curro es un joven linense flaco y con gafas, con estudios de bachillerato, que perdió tres dedos de una mano durante la Guerra Civil, en la batalla de Peñarroya. Tiene veintitrés años y es de toda confianza. Dos días por semana, Elena le permite irse media hora antes para que asista a la academia nocturna donde estudia inglés.
—He abierto la caja de novedades de Espasa-Calpe, doña Elena… También han llegado tres de Fernández Flórez, cinco de Stefan Zweig y el último de Las aventuras de Guillermo .
—Muy bien.
—Y he vendido La montaña mágica que nos quedaba. Habrá que reponer ejemplares.
—Claro… Me ocuparé mañana de eso.
—Acaba de venir la luz, así que he dejado el escaparate encendido.
—Yo lo apago, no te preocupes. Buenas noches.
—Buenas noches.
La librería está cerca, junto a la tienda de tejidos La Escocesa. Saluda Elena con un movimiento de cabeza a algunos transeúntes a los que conoce y a los comerciantes que ya bajan los cierres metálicos. Dos vecinas conversan con el mancebo de botica a la puerta de la farmacia, el dueño de la tienda de ultramarinos recoge el género expuesto en el exterior, hay niños que juegan en la calle y mujeres que charlan sentadas en sillas de enea, esperando a los hombres que vienen desde Gibraltar con la fiambrera vacía bajo el brazo y unas pesetas en el bolsillo. Las pocas farolas están apagadas, y tal vez no lleguen a encenderse hoy. El día languidece apacible, rutinario: el cielo se torna cárdeno sobre las terrazas de las casas y la luz crepuscular alarga y extiende las sombras.
—Buenas noches, Luis… Adiós, doña Esperanza.
—Buenas noches, Elenita, hija. Que descanses.
Antes de entrar en su tienda, contempla satisfecha el escaparate iluminado por dos bombillas de veinte vatios: modesto como el local, expone una veintena de títulos que ella selecciona cuidadosamente, combinando libros de fácil venta con otros menos solicitados, de modo que Baroja, Remarque o Vicki Baum coexistan con Homero y Montaigne. La parte superior de la vitrina está dedicada a la Colección Austral, y muestra el Don Juan de Marañón, los Comentarios de César y el Carlos de Europa de Wyndham Lewis; y abajo, muy visibles, obras policíacas y de aventuras con las llamativas cubiertas ilustradas de la Biblioteca Oro —Salgari, Zane Grey, Phillips Oppenheim, Edgar Wallace— y, en lugar destacado, el último libro de José María Pemán, El paraíso y la serpiente, y una reedición de El misterio del Tren Azul de Agatha Christie, que se está vendiendo muy bien. En el interior hay una pequeña sección de libros en inglés, frecuentada por personal británico del Peñón, militares sobre todo, en las visitas que hacen a este lado de la frontera.
Una vez dentro, Elena recoge el dinero de la caja registradora —cincuenta y siete pesetas, no ha sido un mal día— y lo guarda en el bolso. Mira alrededor para comprobar que todo está en orden, el suelo barrido, la mesa de novedades ordenada y los libros en sus estanterías, y al hacerlo su vista se detiene en la litografía colgada en la pared sobre el pequeño despacho que tiene al fondo, junto a la puerta del almacén e invisible desde la calle: un Ulises semidesnudo, náufrago que sale del mar mientras Nausícaa y sus doncellas se agitan escandalizadas. Y es bajo el influjo de esa imagen, que ve cada día en la tienda pero que por algún motivo hoy advierte con más intensidad, como la librera apaga la luz, echa el cierre, le quita la cadena a la bicicleta apoyada en la puerta —una Rudge de mujer sin barra central—, conecta la dinamo a la rueda para encender el pequeño faro y se aleja pedaleando hacia la bahía.
Para su propia sorpresa, que se concreta en una insólita desazón, Nausícaa y Ulises siguen dando vueltas en la cabeza de Elena mientras recorre los tres kilómetros que la separan de su casa. Y la cercanía del mar no atenúa el efecto: a partir del espigón de San Felipe, la carretera discurre contigua al prolongado arco de la bahía, al extremo del que se distinguen con claridad las luces lejanas de Algeciras. En contraste, al otro lado y más allá de las siluetas oscuras de los barcos fondeados con las luces apagadas, la masa negra del Peñón se destaca en la última claridad crepuscular, enorme, sombría como una roca despoblada y muerta; aunque, erizada de baterías antiaéreas, con veinte mil soldados británicos y el Arsenal y el puerto llenos de barcos de guerra, recele como cada noche una posible acción aérea enemiga. Tampoco la población de La Línea, pese a las luces despreocupadamente encendidas cuando hay corriente eléctrica, encara tranquila los anocheceres de Gibraltar: mientras los vecinos oyen el parte de Radio Nacional o la música de Radio Tánger, mantienen el oído atento al ruido de motores que pueda llegar del cielo. No sería la primera vez que las bombas italianas caen a este lado de la verja, causando muertos y heridos.
De pronto, Elena detiene la bicicleta y se queda inmóvil, apoyadas las manos en el manillar, contemplando la bahía vencida por las sombras. Sopla una brisa suave que trae olor de algas, salitre y petróleo derramado, calvario este último de los pescadores linenses. El mar está tranquilo y sólo se escucha el rumor leve del agua que lame con suavidad la arena, donde un tenue reflejo señala el contorno de la orilla. Oscuridad todavía sin luna, luces distantes en el lado de España, paz bajo un cielo ya negro donde se van afirmando despacio las estrellas.
El italiano.
Eso es realmente lo que tiene en la cabeza.
Lombardo, Teseo, recuerda; y por alguna extraña razón se estremece al hacerlo, hasta el extremo de que, sentada en el sillín de la bicicleta, aparta las manos del manillar y cruza los brazos como si de repente sintiera frío.
Lombardo, Teseo. 2º Capo Regia Marina.
Lo ha visto de nuevo esta mañana en Algeciras, cuando tan lejos lo consideraba ya de su espacio y de su vida; pero al que recuerda con intensidad es al otro. O al mismo hombre cuando parecía otro: el desconocido que hace dos meses estaba tumbado en la alfombra sucia de arena de su casa, mirándola inquieto, el cuchillo precavidamente al alcance de la mano. Al extraño Ulises salido del mar, vestido de caucho negro, sangrando por la nariz y los oídos: cuerpo duro y musculoso, pelo mojado, perfil masculino clásico, bien cortado, sobre el que encajaría con naturalidad el bronce de un antiguo yelmo griego. También recuerda los ojos verdosos e intensos que la estudiaron suspicaces y luego agradecidos, y la última mirada que le dirigió cuando dos hombres a los que ella no había visto nunca vinieron en su busca en un automóvil, ayudándolo a ponerse en pie con una manta sobre los hombros. Y mientras uno de ellos, flaco, alto, sin acento extranjero, le decía a Elena estamos en deuda con usted y confiamos en su prudencia y su silencio, con un gesto que era amable y equívoco al mismo tiempo, el hombre venido del mar la miró por última vez, muy intenso y muy fijo. Y los labios, que recobraban el color, se distendieron en una sonrisa agradecida, luminosa y blanca, de la que brotó la palabra grazie .
Es el perro el primero que intuye algo, pues alza las orejas y luego la cabeza que reposaba entre las patas, mira hacia la puerta y gruñe suavemente mientras Elena deja el libro que tiene en las manos y presta atención.
—Calla, Argos. Tranquilo… Cállate.
Nada se oye, pero el animal sigue inquieto. Se levanta ella, apaga la luz del flexo, abre la puerta y sale a la oscuridad del pequeño jardín, justo cuando un rumor lejano empieza a oírse procedente de la cercana sierra Carbonera. Un momento después, un rugir de motores a baja altura atruena la noche mientras sombras fugaces sobrevuelan la casa dirigiéndose a Gibraltar, iluminado sólo por la luna.
Otra vez, piensa ella. De nuevo están ahí, en el cielo.
Hacía diez noches que no venían.
Retrocede insegura, buscando protegerse junto al muro de la casa, con el perro, que tiembla pegado a sus piernas, mientras ve cómo las rápidas siluetas negras ganan altura sobre la bahía, al tiempo que la masa oscura de la colonia británica se enciende con una docena de finos y larguísimos haces de luz blanca, reflectores que oscilan y se entrecruzan en el cielo como en una extraña fiesta luminosa. Por un momento uno de ellos alumbra la forma negra de un avión y luego la de otro, antes de perderlos. Después, inmediatamente, rápidos resplandores empiezan a reventar salpicando el cielo: explosiones de artillería cuyo sonido seco, monótono, tarda unos segundos en oírse. Bum, bum, bum, hacen. Bum, bum, bum, bum, bum. También hay trazos blancos y azulados que ascienden despacio y se extinguen en el aire o caen reflejados en el agua, recortando en contraluz las siluetas de los barcos fondeados. Y un instante después, los fogonazos de las bombas que impactan en el Peñón destellan con resplandores naranjas y un retumbar sordo que Elena siente en los tímpanos y en el pecho.
Apenas dura un minuto. De pronto cesan las explosiones de las bombas y la artillería antiaérea, los reflectores aún oscilan unos segundos rastreando el cielo vacío y se apagan uno tras otro devolviendo la noche al relucir de las estrellas y la luna. La enorme roca torna a ser una masa oscura cuya única luz es ahora el punto rojizo, preciso y distante, de un incendio que parece arder por la zona del puerto gibraltareño. Y la calma vuelve a la bahía.
Entra Elena en la casa y oprime el interruptor del flexo para seguir leyendo, pero se ha ido la luz. A tientas, con la facilidad de la costumbre, coge una caja de fósforos, levanta el tubo de vidrio de un quinqué de petróleo, regula la ruedecilla y prende la mecha. La luz entre amarilla y naranja ilumina el saloncito, los libros en sus estantes, el aparador con loza y botellas, la mecedora, la mesa y la alfombra sobre la que Argos ha vuelto a tumbarse con indolencia. También alumbra un viejo cuadro en la pared, sobre el sofá, cuyo lienzo craquelado muestra un velero que intenta ganar el puerto entre las olas de un temporal. Y una foto en un marco, sobre la mesa de trabajo: Elena tres años más joven, del brazo de un hombre moreno y apuesto que viste uniforme de la marina mercante, gorra bajo el brazo y galones de piloto en las bocamangas.
Ya no tiene ganas de seguir leyendo.
No, desde luego, esta noche.
Así que ni siquiera lo intenta. Permanece de pie en el centro de la habitación, contemplando la fotografía. Sumida en el sabor amargo y dulce de la memoria aún reciente, todavía en carne viva. En los recuerdos y sensaciones físicas, lejanos pero no olvidados. Aunque, concluye, dos años después la soledad no es tan terrible como al principio, más vivo el dolor, llegó a esperar. O a temer. La templa el discurrir apacible de los días, el trabajo, los libros, el mar cercano, la compañía del perro, los largos paseos, los amigos situados a una distancia adecuada, la libertad de espíritu sin grandes afectos: ni siquiera, muy distante, el de su padre —una carta a veces, alguna fría llamada telefónica—, que envejece tras las zozobras de la guerra en Málaga, a casi doscientos kilómetros de allí. Hay, incluso, alivio en la ausencia de lazos próximos, de vínculos íntimos con sus perplejidades y miedos. Alivio y también fortaleza. Es poco lo que se teme cuando es poco lo que se espera, más allá de una misma. Cuando, en caso necesario, la vida cabe en una maleta con la que poder alejarse de cualquier paisaje sin necesidad de mirar atrás.
Sólo Argos, piensa. Y entonces se inclina para acariciar al perro, que al sentir su mano se vuelve patas arriba para que le rasque la tripa. Sólo él y esa figurada maleta. Un mundo neutro, cómodo, desprovisto de sorpresas y emociones. Fácil de transportar y de habitar, allí o en cualquier otro sitio.
Y sin embargo, concluye. Sin embargo.
Tras reflexionar un momento, se dirige al aparador y abre un cajón. Los tres extraños relojes que el hombre que salió del mar llevaba consigo están allí desde entonces. Ella se los retiró de las muñecas mientras lo atendía, y ni él ni quienes fueron a buscarlo pensaron en cogerlos cuando se fueron. Se llevaron el cuchillo pero olvidaron eso. Los descubrió en el suelo cuando ya se apagaba el ruido del automóvil, y estuvo un rato estudiándolos antes de guardarlos en el cajón, ocultos bajo unas servilletas y manteles doblados, a la espera de que alguien viniese y los reclamara. Pero nunca vino nadie, y ahí siguen, dos meses después.
Los saca y los contempla otra vez. Se trata de un reloj, una brújula y otro aparato cuya utilidad le resulta desconocida. Los tres son de acero, con correas de goma. La brújula consiste en media esfera de plexiglás y un cuadrante con los puntos cardinales que flota en su interior. La esfera negra del reloj muestra la inscripción Radiomir Panerai; y sus marcas, como en los otros, son fluorescentes, visibles en la oscuridad. El tercer instrumento tiene una escala de cifras que tal vez indiquen presión, o profundidad.
Se sienta con los tres instrumentos en el regazo. El hombre hallado en la orilla del mar y el que reconoció por la mañana en Algeciras se funden en su cabeza, perturbándola cual si se acercase insegura a un acantilado o un pozo que la inquietaran y atrajesen al mismo tiempo: un misterio por desvelar, el cabo suelto de un enigma. Ahí afuera hay una guerra, otra más, o tal vez siempre sea la misma; y los tres relojes que tiene en las manos, el italiano reencontrado cerca del puerto, su secreto —es indudable que lo hay, o lo sigue habiendo— forman parte de ella. Intuye que si no devuelve esos relojes al cajón y se olvida de quien los llevaba, si continúa adelante con la idea que poco a poco define sus intenciones, ella misma pasará a formar parte del oscuro entramado. De las bombas y los reflectores engañosamente lejanos que iluminaron Gibraltar hace un momento.
A fin de cuentas, decide, no soy yo quien habrá ido al encuentro. Ya vino la guerra a mí sin que yo la buscase. Hace más de dos años en Mazalquivir, hace dos meses en el amanecer de la playa, hace unas horas en Algeciras. Curiosas geometrías de la vida. Hay cosas que ocurren solas, concluye. Tal vez porque alguna regla oculta determina que deben ocurrir. Y tres veces son demasiadas para considerarse al margen.
Sonríe absorta, con cierto asombro, sin darse cuenta de esa sonrisa. Sentada en su casa a la luz del quinqué, el perro echado a sus pies y los tres relojes en el regazo, Elena Arbués acaba de decidir que la guerra que creía ajena vuelve a formar parte de su vida.
Ahora necesita saber, y piensa hacerlo.