Cada principio es el momento ideal para cuidar atentamente que los equilibrios queden establecidos de la manera más exacta. Es algo que saben muy bien todas las hermanas Bene Gesserit. Así, para emprender el estudio sobre la vida de Muad’Dib, primero hay que situarlo exactamente en su tiempo: nacido en el 57.° año del emperador Padishah, Shaddam IV. Y, sobre todo, hay que situar a Muad’Dib en su lugar: el planeta Arrakis. No hay que dejarse engañar por el hecho de que naciese en Caladan y viviese allí los primeros quince años de su vida. Arrakis, el planeta conocido como Dune, será siempre su lugar.

De Manual de Muad’Dib,

por la princesa Irulan

La semana que precedió a la partida hacia Arrakis, cuando el frenesí de los últimos preparativos había alcanzado un nivel casi insoportable, una anciana acudió a visitar a la madre del muchacho, Paul.

La noche era agradable en Castel Caladan, y las antiguas piedras que habían sido el hogar de los Atreides durante veintiséis generaciones estaban impregnadas del húmedo frescor que presagiaba un cambio de tiempo.

La anciana entró por una puerta secreta y la condujeron a través del pasadizo abovedado hasta la habitación de Paul, donde lo observó un instante mientras yacía en su lecho.

A la débil luz de una lámpara a suspensor que flotaba cerca del suelo, Paul, medio dormido, apenas distinguió la voluminosa silueta femenina que se encontraba inmóvil en el umbral, y la de su madre, un paso más atrás. La sombra de la anciana se parecía a la de una bruja, con sus cabellos como telarañas enmarañadas alrededor de sus oscuras facciones y sus ojos brillando como piedras preciosas.

—¿No es un poco pequeño para su edad, Jessica? —preguntó la anciana. Su voz silbaba y vibraba como la de un baliset desafinado.

La madre de Paul respondió con su suave voz de contralto:

—Es bien sabido que entre los Atreides el crecimiento es algo tardío, Vuestra Reverencia.

—Eso he oído, sí. Eso he oído —siseó la anciana—. Pero ya tiene quince años.

—Sí, Vuestra Reverencia.

—Está despierto y nos está escuchando —dijo la anciana—. Astuto pillo. —Se rio—. La nobleza necesita de la astucia, y si de verdad es el Kwisatz Haderach... bien...

En las sombras de su lecho, Paul entornó los ojos hasta reducirlos a dos líneas. Los ojos de la anciana, que parecían dos óvalos brillantes como los de un pájaro, parecieron dilatarse y llamear mientras se clavaban en los suyos.

—Duerme bien, astuto pillo —murmuró la anciana—. Mañana necesitarás de todas tus facultades para afrontar mi gom jabbar.

Y desapareció, arrastrando afuera a su madre y cerrando la puerta con un ruido sordo.

Paul se quedó desvelado y se preguntó: «¿Qué será un gom jabbar?».

La anciana era lo más extraño a lo que Paul se había tenido que enfrentar entre toda la confusión de aquel período de cambio.

«Vuestra Reverencia.»

La mujer se había dirigido a su madre Jessica como a una sirvienta en lugar de como lo que era: una dama Gesserit, la concubina de un duque y la madre del heredero ducal.

«¿Es un gom jabbar algo de Arrakis que debo conocer antes de que vayamos allí?», se preguntó.

Silabeó esas extrañas palabras: «Gom jabbar... Kwisatz Haderach».

Había tenido que aprender tantas cosas. Arrakis era un lugar tan distinto a Caladan que Paul se desorientaba solo con pensar en él.

«Arrakis... Dune... el Planeta del Desierto.»

Thufir Hawat, el Maestro de Asesinos de su padre, se lo había explicado: sus mortales enemigos, los Harkonnen, residían en Arrakis desde hacía ochenta años y gobernaban el planeta en un cuasi-feudo bajo un contrato con la Compañía CHOAM para la extracción de la especia geriátrica, la melange. Ahora, los Harkonnen iban a ser reemplazados por la Casa de los Atreides en pleno-feudo... lo que daba la impresión de ser una victoria para el duque Leto. Pero Hawat había dicho que dicha fachada encerraba un peligro mortal, ya que el duque Leto era popular entre las Grandes Casas del Landsraad.

—Un hombre demasiado popular provoca los celos de los poderosos —había dicho Hawat.

«Arrakis... Dune... el Planeta del Desierto.»

Paul se durmió de nuevo y soñó con una caverna arrakena, con seres silenciosos que se erguían a su alrededor a la tenue luz de los globos. Todo era solemne, como en el interior de una catedral, y oía un débil sonido, el repiqueteo del agua. Aún en sueños, Paul sabía sin embargo que al despertar lo recordaría todo. Siempre recordaba sus sueños premonitorios.

El sueño se desvaneció.

Paul se despertó en el tibio lecho y pensó... pensó. Quizá aquel mundo de Castel Caladan, donde no tenía juegos ni compañeros de su edad, no mereciera su nostalgia ahora que se iba a marchar. El doctor Yueh, su preceptor, le había dado a entender de forma ocasional que el sistema de castas de las faufreluches no era tan rígido en Arrakis. En el planeta había gente que vivía al borde del desierto sin un caid o un bashar que la gobernase: los llamados Fremen, elusivos como el viento del desierto, que ni siquiera figuraban en los censos de los Registros Imperiales.

«Arrakis... Dune... el Planeta del Desierto.»

Paul se empezó a sentir nervioso y decidió practicar uno de los ejercicios corporales-mentales que le había enseñado su madre. Tres rápidas inspiraciones desencadenaron las respuestas: estado de percepción flotante... ajuste de su consciencia... dilatación aórtica... alejamiento de todo mecanismo no focalizado... concienciación deliberada... enriquecimiento de la sangre e irrigación de las regiones sobrecargadas... «nadie obtiene alimento-seguridad-libertad solo con el instinto...». La consciencia animal no se extiende más allá de un momento dado, como tampoco admite la posibilidad de la extinción de sus víctimas... el animal destruye y no produce... los placeres animales permanecen encerrados en el nivel de las sensaciones sin alcanzar la percepción... el ser humano necesita una escala graduada a través de la que poder ver el universo... una consciencia selectivamente centrada es lo que forma su escala... La integridad del cuerpo depende del flujo sanguíneo, sensible a las necesidades de cada una de las células... todos los seres/células/cosas son no permanentes... todo lucha para mantener el flujo de la permanencia...

La lección recorrió una y otra vez la divagante consciencia de Paul.

Cuando el alba acarició la ventana con su luz amarillenta, Paul la sintió a través de sus párpados cerrados; los abrió, oyó los ecos de la actividad del castillo y centró la vista en el dibujo del artesonado del techo.

La puerta del pasillo se abrió y apareció su madre, con sus cabellos color bronce oscuro atados con una cinta negra formando una corona, su rostro ovalado impasible y sus ojos verdes con expresión solemne.

—Estás despierto —dijo—. ¿Has dormido bien?

—Sí.

La observó de arriba abajo y notó la tensión en el movimiento de sus hombros mientras escogía su ropa de las perchas en el armario. Cualquier otro no se hubiera dado cuenta, pero él había sido educado a la Manera Bene Gesserit... conocía las complejidades de la observación. Su madre se giró y le enseñó una casaca de semiceremonia con el halcón rojo, emblema de los Atreides, bordado en el bolsillo del pecho.

—Apresúrate y vístete —dijo—. La Reverenda Madre espera.

—Una vez soñé con ella —dijo Paul—. ¿Quién es?

—Fue mi preceptora en la escuela Bene Gesserit. Hoy es la Decidora de Verdad del emperador. Y, Paul... —vaciló—. Tienes que hablarle de tus sueños.

—Lo haré. ¿Es ella la razón de que nos hayan dado Arrakis?

—No nos han dado Arrakis. —Jessica sacudió unos pantalones y los colocó junto a la casaca en el galán de noche que había al lado del lecho—. No debes hacer esperar a la Reverenda Madre.

Paul se sentó y se rodeó las rodillas con los brazos.

—¿Qué es un gom jabbar?

El adiestramiento que había recibido le hizo advertir de nuevo el imperceptible titubeo de su madre, una traición nerviosa que reconoció como miedo.

Jessica se acercó a la ventana, corrió las cortinas y contempló durante un instante el monte Syubi, que se encontraba al otro lado del río.

—Pronto sabrás lo que es el gom jabbar... Muy pronto —dijo.

Paul volvió a notar el miedo en la voz de su madre y se sintió intrigado.

Jessica habló de espaldas a él:

—La Reverenda Madre espera en mi salón matutino. Por favor, apresúrate.

La Reverenda Madre Gaius Helen Mohiam estaba sentada en una silla tapizada y contempló cómo se acercaban madre e hijo. A uno y otro lado, las ventanas se abrían sobre el meandro del río que discurría hacia el sur y las tierras de cultivo de los Atreides, pero la Reverenda Madre ignoraba el paisaje. La edad le pesaba y le lastraba los hombros esa mañana. Culpaba de ello al viaje espacial y a la relación con esa abominable Cofradía Espacial y sus oscuros designios. Pero era una misión que requería la atención personal de una Bene Gesserit con la Mirada. Y ni siquiera la propia Decidora de Verdad del emperador Padishah podía declinar tal responsabilidad cuando el deber la llamaba.

«¡Maldita Jessica! —exclamó para sí la Reverenda Madre—. ¡Si al menos hubiera engendrado una chica como se le ordenó!»

Jessica se detuvo a tres pasos de la silla y esbozó una pequeña reverencia, pellizcando apenas su falda con un ligero movimiento de la mano izquierda. Paul se dobló en una breve inclinación tal y como le había enseñado su maestro de danza, la que había que usar cuando «se dudaba acerca del rango de la otra persona».

Los matices de la actitud de Paul no pasaron inadvertidos para la Reverenda Madre.

—Es prudente, Jessica —dijo.

Jessica atenazó el hombro de Paul con la mano. El miedo latió a través de su palma por un instante, pero no tardó en recuperar el control.

—Así ha sido educado, Vuestra Reverencia.

«¿Qué es lo que teme?», se preguntó Paul.

La anciana estudió a Paul, cada detalle de él, con una sola mirada: el rostro ovalado como el de Jessica, pero con los huesos más marcados... Cabellos: muy negros como los del duque pero con la línea de la frente del abuelo materno, aquel que no puede ser nombrado, así como su nariz, fina y desdeñosa; y los ojos verdes y penetrantes del viejo duque, su abuelo paterno ya muerto.

«Aquel sí que era un hombre que apreciaba el poder de la audacia... incluso en la muerte», pensó la Reverenda Madre.

—La educación es una cosa —dijo—. Los ingredientes de base, otra. Ya veremos. —Sus viejos ojos fulminaron a Jessica con una dura mirada—. Déjanos. Te ordeno que practiques la meditación de paz.

Jessica retiró la mano del hombro de Paul.

—Vuestra Reverencia, yo...

—Jessica, sabes que hay que hacerlo.

Paul alzó sus ojos hacia su madre, perplejo.

Jessica se envaró.

—Sí... por supuesto.

Paul volvió a mirar a la Reverenda Madre.

La veneración y el sobrecogimiento que la anciana despertaba en su madre aconsejaban prudencia. Sin embargo, sintió crecer una rabiosa aprensión ante el miedo que irradiaba de ella.

—Paul... —Jessica respiró hondo—. Esta prueba a la que vas a ser sometido... es importante para mí.

—¿Prueba? —La miró.

—Recuerda que eres el hijo de un duque —dijo Jessica. Dio media vuelta y abandonó el salón a largos pasos que dejaron tras de sí el brusco rumor del roce de su vestido. La puerta se cerró con fuerza a sus espaldas.

Paul encaró a la anciana y contuvo la irritación.

—¿Desde cuándo se echa a la dama Jessica como si fuese una sirvienta?

Una sonrisa se dibujó por un instante en las comisuras de aquella boca llena de arrugas.

—La dama Jessica fue mi sirvienta durante catorce años en la escuela, muchacho. —Inclinó la cabeza—. Y una buena sirvienta, debo reconocer. ¡Ahora, acércate!

La orden le sentó como un latigazo. Paul se dio cuenta de que había obedecido incluso antes de haber pensado en ello.

«Ha usado la Voz contra mí», pensó.

Ella lo detuvo con un gesto, cerca de sus rodillas.

—¿Ves esto? —preguntó. Sacó de entre los pliegues de su ropa un cubo de metal verde que tenía unos quince centímetros de lado. Lo hizo girar, y Paul vio que una de sus caras estaba abierta, era negra y extrañamente aterradora. Ninguna luz penetraba en esa abierta oscuridad.

—Mete la mano derecha en esta caja —dijo ella.

El miedo se apoderó de Paul. Retrocedió, pero la anciana dijo:

—¿Es así como obedeces a tu madre?

Afrontó la mirada de sus brillantes ojos de pájaro.

Paul metió la mano dentro de la caja despacio y consciente del ansia ineludible que surgía de su interior. Al principio experimentó una sensación de frío a medida que la oscuridad se cerraba en torno a su mano; después, el contacto del liso metal en sus dedos y un hormigueo, como si se le durmiera la mano.

La anciana le dedicó una mirada de depredador. Apartó la mano derecha de la caja y la colocó junto a la nuca de Paul, quien vio un destello metálico y empezó a girar la cabeza.

—¡Quieto! —espetó la mujer.

«¡Ha vuelto a usar la Voz!»

Paul volvió a mirarla a la cara.

—He colocado el gom jabbar junto a tu cuello —dijo—. El gom jabbar, el peor enemigo. Es una aguja con una gota de veneno en la punta. ¡Quieto! No te muevas o el veneno te morderá.

Paul intentó tragar saliva, pero tenía la garganta seca. Era incapaz de apartar su atención de aquel viejo rostro arrugado, aquellos ojos brillantes, aquellas encías pálidas, aquellos dientes de metal plateado que brillaban a cada palabra.

—Es necesario que el hijo de un duque sepa sobre venenos —dijo—. Se podría decir que están de moda, ¿no? Musky, para envenenar la bebida. Aumas para envenenar la comida. Los venenos rápidos, los lentos y los intermedios. Este no lo conoces: el gom jabbar. Solo mata a los animales.

El orgullo dominó el miedo de Paul.

—¿Insinuáis que el hijo de un duque es un animal? —preguntó.

—Digamos que insinúo que podrías ser humano —dijo—. ¡No te muevas! Te lo advierto, no intentes apartarte. Soy vieja, pero podría clavarte esta aguja en el cuello antes de que consiguieras alejarte lo suficiente.

—¿Quién sois? —siseó Paul—. ¿Cómo habéis engañado a mi madre y conseguido que me dejara a solas con vos? ¿Os envían los Harkonnen?

—¿Los Harkonnen? ¡Cielos, no! Ahora, silencio. —Un dedo enjuto le tocó la nuca, y Paul tuvo que reprimir su involuntaria necesidad de escapar.

—Muy bien —dijo ella—. Has pasado la primera prueba. Continuemos: si retiras tu mano de la caja, morirás. Esa es la única regla. Si dejas la mano en la caja, vivirás. Si la quitas, morirás.

Paul respiró hondo para contener el estremecimiento.

—Si grito, el lugar se llenará en un momento de sirvientes que caerán sobre vos, y moriréis.

—Los sirvientes no conseguirán atravesar la puerta que está custodiando tu madre. Puedes estar seguro. Ella sobrevivió a esta prueba. Ahora ha llegado tu turno. Siéntete honrado. Es raro que sometamos a los chicos a ella.

La curiosidad redujo el miedo de Paul hasta un nivel controlable. Había detectado certeza en las palabras de la anciana, era innegable. Si su madre estaba fuera montando guardia... si realmente se trataba de una prueba... Fuera como fuese, ya no podía librarse, atrapado por esa mano que tenía cerca de la nuca: el gom jabbar. Recordó las palabras de la Letanía contra el miedo del ritual Bene Gesserit, tal como su madre se las había enseñado: «No conoceré el miedo. El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Solo estaré yo».

Sintió que recuperaba la calma y dijo:

—Terminemos ya con esto, anciana.

—¡Anciana! —gritó ella—. Sin duda tienes valor. Bien, vamos allá, señor mío. —Se inclinó hacia él y su voz se convirtió en un susurro—. Sentirás dolor en la mano que tienes dentro de la caja. ¡Dolor! Pero, si la sacas, mi gom jabbar tocará tu cuello... y la muerte será tan rápida como el hacha del verdugo. Retira la mano, y el gom jabbar te matará. ¿Has comprendido?

—¿Qué hay en la caja?

—Dolor.

Sintió aún más escozor en la mano. Apretó los labios.

«¿Cómo es posible que esto sea una prueba?», se preguntó. El escozor se convirtió en comezón.

—¿Has oído hablar de los animales que se devoran una pata para escapar de una trampa? —dijo la anciana—. Es la astucia a la que recurriría un animal. Un humano se quedaría atrapado, soportaría el dolor y fingiría estar muerto para coger por sorpresa al cazador, intentar matarlo y eliminar así un peligro para su especie.

La comezón se convirtió en un ligero ardor.

—¿Por qué me hacéis esto? —preguntó.

—Para determinar si eres humano. Ahora, silencio.

Paul cerró con fuerza la mano izquierda mientras el ardor aumentaba en la otra. Crecía lentamente: calor y más calor... y más calor. Sintió que las uñas de la mano izquierda se le clavaban en la palma. Intentó abrir los dedos de la mano que le ardía, pero no consiguió moverlos.

—Quema —susurró.

—¡Silencio!

El dolor le ascendió por el brazo. El sudor le perló la frente. Cada fibra de su cuerpo gritaba para que retirara la mano de aquel pozo ardiente... pero... el gom jabbar. Sin girar la cabeza, intentó mover los ojos para ver la terrible aguja envenenada que acechaba su cuello. Se dio cuenta de que jadeaba e intentó dominarse sin conseguirlo.

¡Dolor!

El mundo a su alrededor se vació a excepción de su mano derecha, inmersa en aquella agonía, y el rostro surcado de arrugas que lo miraba fijamente a pocos centímetros del suyo.

Tenía los labios tan secos que le costó separarlos.

«¡Quema! ¡Quema!»

Le dio la impresión de que la piel de esa mano agonizante se arrugaba y ennegrecía, se agrietaba, caía y dejaba tan solo huesos carbonizados.

¡Y luego todo cesó!

Dejó de sentir dolor, como si alguien hubiera pulsado un interruptor.

Paul sintió que le temblaba el brazo derecho y que el sudor le seguía chorreando por todo el cuerpo.

—Suficiente —murmuró la anciana—. ¡Kull wahad! Ninguna chica había aguantado tanto jamás. Debería de haber deseado tu fracaso. —Se retiró y le apartó el gom jabbar del cuello—. Joven, retira la mano de la caja y mírala.

Reprimió un estremecimiento de dolor y miró fijamente el oscuro hueco donde su mano, que parecía haber adquirido voluntad propia, se obstinaba en permanecer. El recuerdo del dolor lo inmovilizaba. La razón le susurraba que lo único que iba a sacar de esa caja era un muñón renegrido.

—¡Retírala! —restalló ella.

Sacó la mano y la miró, atónito. Ni una marca. Ningún indicio de la agonía sufrida por su carne. Alzó la mano, la giró y distendió los dedos.

—Dolor por inducción nerviosa —dijo la anciana—. No puedo ir por ahí mutilando potenciales seres humanos. De todos modos, más de uno daría su mano por conocer el secreto de esta caja. —La cogió y la deslizó entre los pliegues de su ropa.

—Pero el dolor... —dijo Paul.

—El dolor —resopló la mujer—. Un humano puede dominar cualquier nervio del cuerpo.

Paul notó que le dolía la mano izquierda, la abrió y descubrió cuatro sangrantes marcas allí donde las uñas se le habían clavado en la palma. La dejó caer por el costado y miró a la anciana.

—¿Hicisteis lo mismo a mi madre?

—¿Has tamizado arena alguna vez? —respondió ella.

La tangencial agresividad de la pregunta le hizo ponerse muy alerta.

«Tamizar arena.»

Asintió.

—Nosotras, las Bene Gesserit, tamizamos a la gente para descubrir a los humanos.

Paul levantó la mano derecha y rememoró el dolor.

—¿Y todo se basa en... el dolor?

—Te he observado en tu dolor, muchacho. El dolor no es más que la base de la prueba. Tu madre te ha enseñado la forma en que observamos. He visto en ti los indicios de dicha enseñanza. Nuestra prueba consiste en provocar una crisis y observar.

Su tono de voz reafirmaba las palabras. Paul dijo:

—Es cierto.

La anciana lo miró.

«¡Percibe la verdad! ¿Podría ser el elegido? ¿Podría ser el elegido de verdad? —Refrenó la emoción y recordó para sí—: La esperanza ofusca la observación.»

—Sabes cuándo la gente cree en lo que dice —indicó.

—Lo sé.

Los armónicos de su voz confirmaban su capacidad experimentada. Ella lo percibió y dijo:

—Quizá seas el Kwisatz Haderach. Siéntate, hermanito, aquí a mis pies.

—Prefiero estar de pie.

—En el pasado, tu madre se sentó a mis pies.

—Yo no soy mi madre.

—Nos detestas un poco, ¿eh? —Miró hacia la puerta y llamó—: ¡Jessica!

La puerta se abrió. Jessica apareció en el umbral e inspeccionó la estancia con una mirada adusta que se relajó al ver a Paul. Consiguió esbozar una ligera sonrisa.

—Jessica, ¿has dejado de odiarme alguna vez? —preguntó la anciana.

—Os quiero y os odio a la vez —dijo Jessica—. El odio... es a causa del dolor que nunca podré olvidar. El amor... es...

—No te vayas por las ramas —dijo la anciana, pero su voz era suave—. Ya puedes entrar, pero guarda silencio. Cierra la puerta y asegúrate de que nadie nos interrumpa.

Jessica entró en la estancia, cerró la puerta y apoyó la espalda en ella para obstruirla.

«Mi hijo vive —pensó—. Mi hijo vive y es... humano. Lo sabía... pero... vive. Ahora yo también puedo seguir viviendo.»

El contacto de la puerta contra su espalda era duro y real. Todos los elementos de la estancia eran muy cercanos y ejercían presión contra sus sentidos.

«Mi hijo vive.»

Paul miró a su madre.

«Ha dicho la verdad.»

Hubiera preferido irse, estar solo y reflexionar sobre lo que acababa de ocurrir, pero sabía que no podría hacerlo hasta que le diesen permiso. La anciana había adquirido una especie de poder sobre él.

«Han dicho la verdad.»

Su madre había superado esa misma prueba. La finalidad de todo aquello debía ser terrible... el dolor y el miedo habían sido terribles. Y sabía adónde conducían esas terribles finalidades, las que se persiguen a toda costa, las que traen consigo la propia urgencia de ser llevadas a cabo. Paul sentía que le había sido inoculada, pero aún no sabía cuál era exactamente.

—Algún día, muchacho —dijo la anciana—, tú también deberás esperar fuera de una puerta como esa. Se necesita mucha voluntad para hacerlo.

Paul miró la mano en la que había experimentado el dolor; luego, a la Reverenda Madre. La voz de la mujer era diferente al resto de voces que había oído hasta aquel día. Las palabras tenían un resplandor y una agudeza particular. Sintió que cualquier pregunta que hubiera hecho habría recibido una respuesta capaz de sacarlo de su mundo carnal y transportarlo a un lugar mejor.

—¿Por qué buscáis a los humanos? —preguntó.

—Para hacerlos libres.

—¿Libres?

—Hubo un tiempo en que los hombres solo prestaban atención a las máquinas, con la esperanza de que ellas les hicieran libres. Pero esto solo permitió que otros hombres con máquinas los esclavizaran.

—«No construirás una máquina a semejanza de la mente del hombre» —citó Paul.

—Eso dicen la Yihad Butleriana y la Biblia Católica Naranja —afirmó la anciana—. Pero en realidad la Biblia C. N. tendría que haber dicho: «No construirás una máquina que imite la mente humana». ¿Has estudiado al mentat a tu servicio?

—Sí, he estudiado con Thufir Hawat.

—La Gran Revolución nos ha librado de nuestras muletas —dijo la anciana—. Ha obligado a las mentes humanas a desarrollarse. Se fundaron escuelas para adiestrar los talentos humanos.

—¿Las escuelas Bene Gesserit?

La mujer asintió.

—Dos de esas antiguas escuelas han sobrevivido: la Bene Gesserit y la Cofradía Espacial. La Cofradía concentra todos sus esfuerzos en las matemáticas puras, o eso parece al menos. La Bene Gesserit desarrolla otra función.

—Política —dijo Paul.

—¡Kull wahad! —dijo la anciana. Fulminó con la mirada a Jessica.

—No le he dicho nada, Vuestra Reverencia —dijo Jessica.

La Reverenda Madre volvió a centrarse en Paul.

—Has necesitado pocos indicios para deducirlo —dijo—. Política, en efecto. La escuela Bene Gesserit original estaba dirigida por aquellos que intuyeron que se necesitaba una continuidad en las relaciones humanas. Vieron que dicha continuidad no podía existir sin separar el linaje humano del linaje animal... por razones de selección.

Las palabras de la anciana perdieron de improviso ese resplandor tan particular que Paul había encontrado en ellas. Percibió una ofensa hacia lo que su madre llamaba «instinto para la sinceridad». No era que la Reverenda Madre le mintiera. La mujer sin duda creía en lo que le estaba diciendo. Era algo más profundo, algo ligado a esa terrible finalidad.

—Pero mi madre me ha dicho que muchas Bene Gesserit de las escuelas desconocen su genealogía —dijo.

—Todas las ascendencias genéticas están en nuestros archivos —dijo ella—. Tu madre sabe que es de ascendencia Bene Gesserit, o que fue aceptada como tal.

—Entonces ¿por qué nunca ha sabido quiénes fueron sus padres?

—Algunas lo saben... muchas no. Puede que, por ejemplo, hubiésemos deseado que procreara con un consanguíneo a fin de convertir en dominante algún rasgo genético. Tenemos multitud de razones.

Paul percibió de nuevo la ofensa hacia el instinto para la sinceridad. Luego dijo:

—Tomáis muchas decisiones unilaterales.

La Reverenda Madro lo miró en silencio y pensó: «¿Es crítica lo que percibo en su voz?».

—Nuestra carga es pesada —dijo.

Paul se dio cuenta de que se había ido recuperando poco a poco de la conmoción de la prueba. Le dedicó una mirada calculadora y dijo:

—Decís que tal vez yo sea el... Kwisatz Haderach. ¿Qué es? ¿Un gom jabbar humano?

—¡Paul! —dijo Jessica—. No debes emplear ese tono con...

—Yo me encargo, Jessica —dijo la anciana—. Muchacho, ¿conoces la droga de la Decidora de Verdad?

—La tomáis para incrementar vuestra habilidad de detectar falsedades —respondió Paul—. Mi madre me lo explicó.

—¿Has visto alguna vez un trance de verdad?

Agitó la cabeza.

—No.

—La droga es peligrosa —dijo la mujer—, pero te confiere la intuición. Cuando una Decidora de Verdad adquiere el don de la droga, puede contemplar muchos lugares de su memoria... de la memoria de su cuerpo. Podemos mirar muchas sendas del pasado... pero solo las femeninas. —Su voz tuvo un asomo de tristeza—. Sin embargo, hay un lugar donde ninguna Decidora de Verdad puede mirar. Nos vemos repelidas por él y nos aterroriza. Se dice que un día vendrá un hombre que, con el don de la droga, encontrará su ojo interior. Podrá ver donde ninguna de nosotras podemos... en ambos pasados, el masculino y el femenino.

—¿Vuestro Kwisatz Haderach?

—Sí, aquel que puede estar en muchos lugares a la vez: el Kwisatz Haderach. Muchos hombres han probado la droga... muchos, pero ninguno ha tenido éxito.

—¿Todos lo han intentado y han fracasado?

—Oh, no. —Agitó la cabeza—. Lo han intentado y han muerto.

Capítulo 2

Intentar comprender a Muad’Dib sin comprender a sus mortales enemigos, los Harkonnen, es intentar ver la Verdad sin conocer la Mentira. Es intentar ver la Luz sin conocer las Tinieblas. Es imposible.

De Manual de Muad’Dib,

por la princesa Irulan

Era la esfera de un mundo, parcialmente en las sombras, que giraba bajo el impulso de una gruesa mano llena de brillantes anillos. La esfera estaba sujeta a un soporte articulado fijo a la pared de una estancia sin ventanas, cuyas otras paredes presentaban un mosaico multicolor de pergaminos, librofilms, cintas y bobinas. La luz, procedente de globos dorados suspendidos en sus campos móviles, iluminaba vagamente la estancia.

En el centro del lugar había un escritorio elipsoide revestido de madera de elacca petrificada de color rosa jade. A su alrededor se hallaban algunas sillas monoformes a suspensor. Dos estaban ocupadas. En una de ellas se sentaba un joven de cabello negro, de unos dieciséis años, de cara redonda y ojos tristes. El otro era un hombre pequeño y delgado de rostro afeminado.

Tanto el joven como el hombre contemplaban la esfera y al hombre que la hacía girar desde la penumbra.

Una risa ahogada surgió junto a ella y dejó paso a una voz grave y retumbante:

—Aquí está, Piter. El mayor cepo de toda la historia. Y el duque se apresura a colocarse de buen grado entre sus fauces. ¿No es un magnífico plan preparado por mí, el barón Vladimir Harkonnen?

—Por supuesto, barón —dijo el hombre. Su voz era de tenor, con una cualidad suave y musical.

La gruesa mano descendió hacia la esfera y detuvo su rotación. Todos los ojos de la estancia podían ahora contemplar la superficie inmóvil y ver que se trataba de una esfera hecha para los más ricos coleccionistas o los gobernadores planetarios del Imperio. Todas sus características eran propias de los artesanos imperiales. Las líneas de longitud y latitud estaban marcadas con alambres de platino finos como cabellos. Los casquetes polares eran maravillosos diamantes incrustados.

La gruesa mano se movió y recorrió los detalles de la superficie.

—Os invito a observar —retumbó la voz de bajo—. Observa bien, Piter, y tú también, Feyd-Rautha, querido: los exquisitos repliegues que hay desde los sesenta grados norte hasta los setenta grados sur. ¿No os recuerdan esos colores a un dulce caramelo? No veréis en ningún lugar el azul de los lagos, ríos o mares. Observad también esos encantadores casquetes polares... tan pequeños. ¿Puede alguien equivocarse al identificarlo? ¡Arrakis! Es un lugar único. Un escenario soberbio para una victoria singular.

Una sonrisa distendió los labios de Piter.

—Y pensar, barón, que el emperador Padishah cree haber ofrecido al duque vuestro planeta de especia. Qué enternecedor.

—Es una observación absurda —gruñó el barón—. Lo dices para confundir al joven Feyd-Rautha, pero no es necesario confundir a mi sobrino.

El joven de mirada triste se agitó en la silla y se alisó una arruga de sus medias negras. Luego se envaró al oír una discreta llamada en la puerta que se encontraba a su espalda.

Piter se levantó de improviso de la silla, se dirigió a la puerta y la abrió lo suficiente para coger el cilindro de mensajes que le tendían. Volvió a cerrarla, lo desenrolló y lo leyó. Rio en voz baja. Volvió a reír.

—¿Y bien? —preguntó el barón.

—¡El idiota ha respondido, barón!

—¿Desde cuándo un Atreides rechaza la oportunidad de actuar? —preguntó el barón—. Bien, ¿qué dice?

—Es una respuesta un tanto ordinaria, barón. Se dirige a vos como «Harkonnen»... sin el «Sire et cher Cousin», sin ningún título, sin nada.

—Es un buen nombre —gruñó el barón, y su impaciencia traicionó al tono de su voz—. ¿Y qué dice mi querido Leto?

—Dice: «Rechazo tu oferta de una reunión. He tenido que enfrentarme a tus engaños en incontables ocasiones, todo el mundo lo sabe».

—¿Y bien? —preguntó el barón.

—Continúa: «El arte del kanly tiene aún sus admiradores en el seno del Imperio». Y firma: «Duque Leto de Arrakis». —Piter se echó a reír—. ¡De Arrakis! ¡Oh, eso sí que es bueno!

—Silencio, Piter —dijo el barón, y la risa del otro se cortó como si alguien hubiera pulsado un interruptor—. ¿Kanly, dice? —preguntó—. Venganza, ¿eh? Y ha empleado ese antiguo término tan cargado de tradición para que entendiera bien lo que quería decir.

—Habéis hecho el gesto de paz —dijo Piter—. Habéis respetado las formalidades.

—Hablas demasiado para ser un mentat, Piter —dijo el barón. Y pensó: «Voy a tener que deshacerme de él tan pronto como pueda. Ya casi no tiene utilidad alguna». Miró a su mentat asesino, que se encontraba al otro lado de la habitación, y observó en él el detalle que la gente notaba en primer lugar: los ojos, dos hendiduras azules con un azul más intenso en su interior, sin la menor traza de blanco.

Una breve sonrisa cruzó el rostro de Piter, similar a la mueca de una máscara bajo aquellos ojos parecidos a dos profundos pozos.

—¡Pero, barón! Nunca una venganza ha sido más hermosa. El plan constituye la traición más exquisita: hacer que Leto cambie Caladan por Dune... sin la menor alternativa, puesto que se trata de una orden del emperador. ¡Menuda ocurrencia!

—Hablas demasiado, Piter —dijo el barón con voz fría.

—Es que soy feliz, mi barón. Mientras que a vos... a vos os corroe la envidia.

—¡Piter!

—¡Ajá, barón! ¿No es lamentable que hayáis sido incapaz de concebir por vos mismo tal exquisito plan?

—Algún día haré que te estrangulen, Piter.

—Por supuesto, barón. ¡En fin! Pero hay que agradecer las buenas acciones, ¿no?

—¿Has mascado verite o semuta, Piter?

—La verdad sin miedo sorprende al barón —dijo Piter. Su rostro se convirtió en la caricatura de una hilarante máscara—. ¡Ja, ja! Pero, barón, tened en cuenta que soy un mentat y sé el momento exacto en que me mandaréis ejecutar. Evitaréis hacerlo mientras aún pueda seros útil. Precipitaros sería un despilfarro, puesto que aún os soy muy aprovechable. Es justo lo que os ha enseñado ese adorable planeta, Dune: no despilfarrar nunca. ¿No es cierto, barón?

El barón continuó mirando a Piter.

Feyd-Rautha se estremeció en la silla.

«¡Esos locos pendencieros! —pensó—. Mi tío no puede hablarle a su mentat sin discutir. ¿Creen que los demás no tenemos otra cosa que hacer sino escuchar sus disputas?»

—Feyd —dijo el barón—. Cuando te invité, te dije que escucharas y aprendieras. ¿Estás aprendiendo?

—Sí, tío. —La voz sonaba prudente y respetuosa.

—A veces me cuestiono la actitud de Piter —dijo el barón—. Yo causo dolor a los demás por necesidad, pero él... Juraría que se congratula de ello. Yo soy capaz de sentir piedad por el pobre duque Leto. El doctor Yueh se volverá contra él muy pronto, y será el fin de todos los Atreides. Pero seguro que Leto sabrá cuál es la mano que guía a ese maleable doctor... y saberlo será algo terrible para él.

—Entonces ¿por qué no habéis ordenado al doctor que le clave un kindjal en las costillas, serena y eficientemente? —preguntó Piter—. Habláis de piedad, pero...

—El duque debe saber que soy yo quien lo ha condenado —dijo el barón—. Y servirá de ejemplo para el resto de las Grandes Casas. Las frenará un poco, así tendré algo más de maniobrabilidad. Es necesario, sin duda, pero eso no quiere decir que me guste.

—¡Maniobrabilidad! —se mofó Piter—. El emperador ya se ha fijado en vos, barón. Sois demasiado atrevido. Llegará el día en que envíe una o dos legiones de sus Sardaukar a desembarcar aquí, en Giedi Prime, y ese será el fin del barón Vladimir Harkonnen.

—Te gustaría ser testigo de ello, ¿verdad, Piter? —preguntó el barón—. Cuánto disfrutarías viendo las formaciones Sardaukar arrasando mis ciudades y saqueando este castillo. Estoy seguro de que sería todo un deleite para ti.

—¿Tenéis necesidad de preguntarlo siquiera, barón? —susurró Piter.

—Tendrías que haber sido bashar de uno de sus Cuerpos —dijo el barón—. Te interesan demasiado la sangre y el dolor. Quizá me haya precipitado demasiado al prometerte el botín de Arrakis.

Piter recorrió la estancia con pasos curiosamente cortos y se detuvo justo detrás de Feyd-Rautha. El ambiente de la habitación era tenso, y el joven alzó los ojos y frunció el ceño al sentir detrás a Piter.

—No juguéis con Piter, barón —dijo Piter—. Me prometisteis a la dama Jessica. Me la prometisteis.

—¿Para qué, Piter? —preguntó el barón—. ¿Para más dolor?

Piter lo miró y se sumió en el silencio.

Feyd-Rautha movió la silla a suspensor hacia un lado.

—Tío, ¿tengo que quedarme? Dijiste que...

—Mi querido Feyd-Rautha se impacienta —dijo el barón. Se agitó en las sombras junto a la esfera—. Paciencia, Feyd. —Luego se volvió a centrar en el mentat—. ¿Y el duquecito, querido Piter, el chico Paul?

—La trampa le traerá directamente a nuestras manos, barón —murmuró Piter.

—No he preguntado eso —dijo el barón—. Te recuerdo que predijiste que la bruja Bene Gesserit le daría una hija al duque. Te equivocaste, ¿eh, mentat?

—No suelo equivocarme a menudo, barón —dijo Piter, y por primera vez hubo miedo en su voz—. Estaréis de acuerdo en eso al menos: no me equivoco a menudo. Y vos sabéis bien que esas Bene Gesserit suelen engendrar hijas. Incluso la consorte del emperador solo ha parido hembras.

—Tío —dijo Feyd-Rautha—, dijiste que aquí habría algo importante para mí y...

—Oíd a mi sobrino —dijo el barón—. Aspira a controlar mi baronía y ni siquiera sabe controlarse a sí mismo. —Se movió tras la esfera, una sombra entre las sombras—. Bien, Feyd-Rautha Harkonnen, te he hecho venir aquí con la esperanza de poder enseñarte un poco de sabiduría. ¿Has observado a nuestro buen mentat? Tendrías que haber sacado algo en claro de nuestra conversación.

—Pero, tío...

—Este Piter es un mentat muy eficiente, ¿no crees, Feyd?

—Sí, pero...

—¡Ah! ¡Ahí está: «pero...»! Consume demasiada especia, como si fueran bombones. ¡Mira sus ojos! Se diría que acaba de llegar de una excavación arrakena. Es eficiente, ese Piter, pero también emocional y propenso a arrebatos apasionados. Eficiente, sí, pero también se equivoca.

—¿Me habéis hecho llamar para deteriorar mi eficiencia con vuestras críticas, barón? —dijo Piter con voz baja y grave.

—¿Deteriorar tu eficiencia? Me conoces bien, Piter. Solo quería que mi sobrino comprendiese las limitaciones de un mentat.

—¿Acaso estáis adiestrando ya a mi sustituto? —inquirió Piter.

—¿Reemplazarte a ti? Vamos, Piter, ¿dónde encontraría yo a otro mentat con tu astucia y tu veneno?

—En el mismo lugar donde me encontrasteis a mí, barón.

—Quizá deba hacerlo —meditó el barón—. Te he visto un poco inestable últimamente. ¡Y consumes mucha especia!

—¿Mis placeres son demasiado caros, barón? ¿Os oponéis a ello?

—Mi querido Piter, tus placeres son lo que te atan a mí. ¿Cómo podría oponerme? Solo deseaba que mi sobrino fuese testigo de ello.

—¿Así que estoy en exhibición? —dijo Piter—. ¿Tengo que bailar? ¿Debo mostrar mis variadas capacidades al eminente Feyd-Rau...?

—Eso es —dijo el barón—. Estás en exhibición. Ahora cállate. —Se volvió hacia Feyd-Rautha y se fijó en que los labios del joven, carnosos y expresivos, la marca genética de los Harkonnen, estaban curvados en una sutil mueca divertida—. Eso es un mentat, Feyd. Ha sido adiestrado y condicionado para realizar algunas tareas. Pero no debemos olvidar que se encuentra encerrado dentro de un cuerpo humano. Es un gran inconveniente. A veces pienso que los antiguos acertaron al crear esas máquinas pensantes.

—Eran juguetes comparadas conmigo —gruñó Piter—. Incluso vos, barón, podríais superar a esas máquinas.

—Quizá —dijo el barón—. Ah, bueno... —Inspiró profundamente y eructó—. Ahora, Piter, describe para mi sobrino las líneas generales de nuestra campaña contra la Casa de los Atreides. Cumple tus funciones como mentat, por favor.

—Barón, os advertí que no había que confiar a un hombre tan joven esa información. Mis observaciones sobre...

—Seré yo quien lo valore —dijo el barón—. Te he dado una orden, mentat. Cumple una de tus muchas funciones.

—De acuerdo —dijo Piter. Se envaró y reflejó una extraña actitud de dignidad... que no era más que otra máscara, aunque esta se reflejaba en todo su cuerpo—. Dentro de pocos días estándar, toda la familia del duque Leto embarcará rumbo a Arrakis en una nave de la Cofradía Espacial. La Cofradía los dejará en la ciudad de Arrakeen, y no en nuestra ciudad de Carthag. El mentat del duque, Thufir Hawat, habrá llegado a la acertada conclusión de que Arrakeen es más fácil de defender.

—Escucha con atención, Feyd —dijo el barón—. Observa los planes en los planes de los planes.

Feyd-Rautha asintió mientras pensaba: «Esto ya me gusta más. El viejo monstruo ha decidido al fin dejarme formar parte de sus secretos. Lo que quiere decir que de verdad pretende hacerme su heredero».

—Hay varias posibilidades tangenciales —dijo Piter—. He señalado que la Casa de los Atreides irá a Arrakis, pero aun así no debemos ignorar la posibilidad de que el duque haya firmado un contrato para que la Cofradía le lleve a un lugar seguro fuera del Sistema. En circunstancias similares, otros han renegado de sus Casas, cogido las atómicas y los escudos familiares y huido lejos del Imperio.

—El duque es demasiado orgulloso para hacer algo así —dijo el barón.

—Es una posibilidad —dijo Piter—. De todos modos, el resultado sería el mismo para nosotros.

—¡No, no sería el mismo! —gruñó el barón—. Quiero que desaparezcan, él y su linaje.

—Eso es lo más probable —dijo Piter—. Hay ciertas señales que indican que una Casa se dispone a renegar. No parece haber indicios de que el duque se esté preparando para ello.

—Sigue pues, Piter —suspiró el barón.

—En Arrakeen —continuó el mentat—, el duque y su familia ocuparán la Residencia, que antes fue la casa del conde y la dama Fenring.

—El Embajador de los Contrabandistas —rio el barón.

—¿Embajador de quién? —preguntó Feyd-Rautha.

—Tu tío ha hecho un chiste —explicó Piter—. Llama al conde Fenring Embajador de los Contrabandistas debido al interés que tiene el emperador por las operaciones de contrabando en Arrakis.

Feyd-Rautha dedicó a su tío una mirada perpleja.

—¿Por qué?

—No seas estúpido, Feyd —restalló el barón—. La Cofradía no está bajo el control imperial, ¿cómo iba a estarlo? ¿Cómo viajarían los espías y asesinos de no ser así?

La boca de Feyd-Rautha articuló un silencioso «vaaaya».

—Hemos dispuesto algunas distracciones en la Residencia —dijo Piter—. Habrá un atentado contra la vida del heredero de los Atreides... un atentado que quizá tenga éxito.

—¡Piter! —rugió el barón—. Me dijiste...

—Os dije que pueden producirse accidentes —dijo Piter—. Y esta tentativa de asesinato debe parecer auténtica.

—Bien, pero el chico tiene un cuerpo tan joven y tierno —dijo el barón—. Sin duda tiene visos de convertirse en alguien más peligroso que su padre, a sabiendas de que esa bruja de su madre lo ha adiestrado. ¡Maldita mujer! Bueno, continúa, Piter, por favor.

—Hawat habrá descubierto que tenemos un agente infiltrado entre ellos —dijo Piter—. El doctor Yueh es el sospechoso más obvio, y de hecho es nuestro agente. Pero Hawat lo ha investigado y descubierto que el doctor se ha graduado en la Escuela Suk con Condicionamiento Imperial, lo que proporciona una supuesta seguridad incluso aunque se trate del propio emperador. Se confía más de la cuenta en el Condicionamiento Imperial. Se da por hecho que es un condicionamiento definitivo y que no se puede eliminar sin matar al sujeto. Sin embargo, como alguien dijo hace mucho tiempo, con el punto de apoyo adecuado es posible hasta mover el mundo. Nosotros encontramos el punto de apoyo capaz de mover al doctor.

—¿Cómo? —preguntó Feyd-Rautha. Estaba fascinado.

«¡Todo el mundo sabe que es imposible eliminar el Condicionamiento Imperial!»

—En otra ocasión —dijo el barón—. Continúa, Piter.

—En lugar de Yueh —dijo Piter—, vamos a colocar a otro sospechoso más interesante ante la mirada de Hawat. La audacia de esta sospechosa será lo que más llame la atención del mentat.

—¿Una mujer? —preguntó Feyd-Rautha.

—La mismísima dama Jessica —dijo el barón.

—¿No es sublime? —preguntó Piter—. La mente de Hawat quedará tan afectada que mermarán sus funciones de mentat. Incluso podría intentar matarla. —Piter frunció el ceño—. Pero no creo que sea capaz.

—Y no deseas que lo haga, ¿eh? —preguntó el barón.

—No me distraigáis —dijo Piter—. Además de estar ocupado con la dama Jessica, distraeremos la atención de Hawat con rebeliones en algunas guarniciones y otros lugares similares. Conseguirán controlarlas. El duque tiene que creer que domina la situación. Después, cuando el momento sea propicio, enviaremos una señal a Yueh y avanzaremos con el grueso de nuestras fuerzas...

—Continúa, cuéntamelo todo —dijo el barón.

—Los atacaremos apoyados por dos legiones de Sardaukar disfrazados con ropas Harkonnen.

—¡Sardaukar! —exclamó Feyd-Rautha. Evocó las terribles tropas imperiales, los despiadados asesinos, los soldados fanáticos del emperador Padishah.

—Ahora sabes hasta qué punto confío en ti, Feyd —dijo el barón—. Nada de lo que has escuchado debe llegar a oídos del resto de las Grandes Casas, ya que de ser así el Landsraad podría unirse contra la Casa Imperial, y sería el caos.

—Esto es lo más importante —dijo Piter—: como se va a usar la Casa de los Harkonnen para realizar el trabajo sucio del emperador, nosotros conseguiremos cierta ventaja. Una peligrosa, sin duda, pero que si usamos con prudencia puede proporcionar a nuestra Casa muchas más riquezas de las que poseen el resto de las Casas Imperiales.

—Ni te imaginas la cantidad de riquezas de las que hablamos, Feyd —dijo el barón—. Ni en tus sueños más delirantes. Para empezar, conseguiremos un puesto irrevocable en la dirección de la Compañía CHOAM.

Feyd-Rautha asintió. La riqueza era lo único importante. La CHOAM era la clave para conseguirla, ya que todas las Casas nobles hundían sus manos en las arcas de la compañía todo lo que dichos puestos directivos les permitían. Esos directorios de la CHOAM constituían el verdadero poder político en el Imperio y cambiaban de acuerdo con los votos de las inestables fuerzas del Landsraad, que servían de equilibrio frente al emperador y sus partidarios.

—El duque Leto —dijo Piter— puede buscar refugio entre la nueva escoria Fremen que vive en la frontera con el desierto. O puede que intente enviar a su familia a esa imaginaria seguridad. Pero uno de los agentes de Su Majestad evitará que pueda llegar a ocurrir: el ecólogo planetario. Seguramente lo recordarás. Kynes.

—Feyd lo recuerda —aseguró el barón—. Continúa.

—No le gustan mucho los detalles, barón —dijo Piter.

—¡Te ordeno que continúes! —rugió el barón.

Piter se encogió de hombros.

—Si todo marcha según lo planeado —dijo—, la Casa de los Harkonnen tendrá un subfeudo en Arrakis dentro de un año estándar. Tu tío obtendrá la administración de ese feudo. Su agente personal dominará Arrakis.

—Más beneficios —dijo Feyd-Rautha.

—Exacto —dijo el barón. Y pensó: «Es lo justo. Fuimos nosotros los que conseguimos controlar Arrakis... a excepción de esos pocos mestizos Fremen que se esconden al borde del desierto... y de unos pocos e inofensivos contrabandistas que tienen relaciones más estrechas con el planeta que los propios trabajadores indígenas».

—Y las Grandes Casas sabrán entonces que el barón ha destruido a los Atreides —dijo Piter—. Todas lo sabrán.

—Vaya si lo sabrán —espetó el barón.

—Y lo mejor de todo —dijo Piter— es que el duque también lo sabrá. Ya lo sabe, de hecho. Ya presiente la trampa.

—Es cierto que el duque lo sabe —dijo el barón con la voz un tanto compungida—. Y no puede hacer nada... Qué triste.

El barón se alejó de la esfera de Arrakis. Cuando emergió de las sombras, su silueta adquirió otra dimensión... grande e inmensamente gruesa. Los sutiles movimientos de sus protuberancias bajo los pliegues de su oscura ropa revelaban que sus grasas estaban sostenidas en parte por suspensores portátiles anclados a sus carnes. Debía de pesar en realidad unos doscientos kilos estándar, pero sus pies tan solo sostenían cincuenta de ellos.

—Tengo hambre —gruñó el barón al tiempo que se frotaba los gruesos labios con su mano cubierta de anillos y miraba a Feyd-Rautha con unos ojos enterrados en grasa—. Pide que nos traigan comida, querido. Tomaremos algo antes de retirarnos.

Capítulo 3

Así habló Santa Alia del Cuchillo: «La Reverenda Madre debe combinar las artes de seducción de una cortesana con la intocable majestuosidad de una diosa virgen, y mantener dichos atributos en tensión tanto tiempo como subsistan las facultades de su juventud. Pues una vez se hayan ido belleza y juventud, descubrirá que el lugar intermedio ocupado antes por la tensión se ha convertido en una fuente de astucia y de recursos infinitos.

De Muad’Dib, comentarios familiares,

por la princesa Irulan

—Bueno, Jessica, ¿qué querías decirme? —preguntó la Reverenda Madre.

Había llegado a Castel Caladan el crepúsculo del día en que Paul había sufrido su prueba. Las dos mujeres estaban solas en el salón matutino de Jessica mientras Paul esperaba en la Sala de Meditación, una estancia adyacente e insonorizada.

Jessica se encontraba de pie ante las ventanas que se abrían al sur. Miró sin ver las coloreadas nubes vespertinas, más allá del prado y del río. Oyó sin escuchar la pregunta de la Reverenda Madre.

Ella también había sufrido la prueba... hacía muchos años. Una jovencita delgada de cabellos color bronce y con el cuerpo torturado por los vientos de la pubertad había entrado en el estudio de la Reverenda Madre Gaius Helen Mohiam, Censora Superior de la escuela Bene Gesserit en Wallach IX. Jessica se contempló la mano derecha, cerró los dedos y recordó el dolor, el terror, la rabia.

—Pobre Paul —susurró.

—¡Te he hecho una pregunta, Jessica! —La voz de la anciana era brusca, imperativa.

—¿Qué? Oh... —Jessica dejó a un lado el pasado y se centró en la Reverenda Madre, que estaba sentada con la espalda apoyada en la pared de piedra, entre las dos ventanas occidentales—. ¿Qué queréis que os diga?

—¿Que qué quiero que me digas? ¿Que qué quiero que me digas? —La vieja voz tenía un tono de burla cruel.

—¡Sí, he tenido un hijo! —estalló Jessica. Y sabía que la habían arrastrado a esa situación deliberadamente.

—Se te había ordenado que solo engendrases hijas para los Atreides.

—Significaba tanto para él —se justificó Jessica.

—¡Y, en tu orgullo, pensaste que podías engendrar al Kwisatz Haderach!

Jessica irguió la cabeza.

—Tuve en cuenta la posibilidad.

—Solo tuviste en cuenta el deseo de tu duque de tener un varón —espetó la anciana—. Y sus deseos no tienen nada que ver con esto. Una hija Atreides hubiera podido casarse con un heredero Harkonnen, y la brecha hubiera quedado cerrada. Lo has complicado todo sin remedio. Ahora corremos el riesgo de perder ambas líneas genéticas.

—No sois infalible —dijo Jessica. Sostuvo la mirada de aquellos ancianos ojos.

—Lo hecho hecho está —dijo al fin la anciana.

—Juré que nunca lamentaría mi decisión —dijo Jessica.

—Muy notable por tu parte —se mofó la Reverenda Madre—. Sin lamentos. Ya veremos cuando le pongan precio a tu cabeza y cuando todas las manos se alcen contra tu vida y la de tu hijo.

Jessica palideció.

—¿No hay alternativa?

—¿Alternativa? ¿Cómo puede una Bene Gesserit preguntar algo así?

—Solo quiero saber el futuro que habéis visto con vuestros poderes superiores.

—Veo en el futuro lo mismo que he visto en el pasado. Conoces bien nuestros asuntos, Jessica. La especie sabe que es mortal y teme el estancamiento de su legado. Lo llevamos en la sangre... Portamos la necesidad de mezclar las características genéticas sin una planificación. El Imperio, la Compañía CHOAM y todas las Grandes Casas no son más que pecios arrastrados por la marea.

—La CHOAM —murmuró Jessica—. Supongo que ya ha decidido cómo repartirá los despojos de Arrakis.

—¿Qué es la CHOAM sino una veleta que se mueve al soplo de nuestro tiempo? —dijo la anciana—. El emperador y sus amigos controlan actualmente un cincuenta y nueve coma sesenta y cinco por ciento de los votos del directorio de la Compañía. Se ha dado cuenta sin duda de los beneficios que hay en juego y, cuando el resto también lo haga, la potencia de sus votos se verá incrementada. La historia funciona así, muchacha.

—Justo lo que necesito ahora —dijo Jessica—. Una clase de historia.

—¡No seas sarcástica, niña! Conoces tan bien como yo los poderes que nos rodean. Nuestra civilización tiene tres vértices: la Casa Imperial enfrentada en igualdad de condiciones a las Grandes Casas Federadas del Landsraad y, entre ellas, la Cofradía y su maldito monopolio de transportes interestelares. A nivel político se forma un triángulo muy inestable, uno que ya sería malo de por sí sin añadirle las complicaciones de una cultura comercial feudal que da la espalda a la mayor parte de la ciencia.

—Pecios arrastrados por la marea... —repitió Jessica con amargura—. Y esos pecios son el duque Leto, también su hijo y también...

—Oh, cállate, muchacha. Cuando entraste en este juego sabías muy bien el avispero con el que te ibas a topar.

—Soy una Bene Gesserit —citó Jessica—. Existo tan solo para servir.

—Exacto —dijo la anciana—. Y esperemos que todo esto no provoque una conflagración general, a fin de preservar todo lo que podamos de las líneas genéticas más importantes.

Jessica cerró los ojos y sintió el escozor de las lágrimas a punto de brotar. Reprimió el temblor interno que la sacudía, también el externo, los jadeos, el batir irregular del pulso, el sudor de sus palmas. Luego dijo:

—Pagaré por mis errores.

—Y tu hijo pagará contigo.

—Lo protegeré tanto como pueda.

—¡Protegerlo! —espetó la anciana—. ¡Sabes bien que es un error! Si lo proteges demasiado, Jessica, nunca será lo suficientemente fuerte como para alcanzar ningún destino.

Jessica se giró y miró hacia las sombras cada vez más densas que se cernían al otro lado de la ventana.

—¿De verdad es tan terrible ese planeta, Arrakis?

—Lo es, pero no del todo. La Missionaria Protectiva pasó por el lugar y lo mejoró un poco. —La Reverenda Madre se puso en pie y se alisó un pliegue de su vestido—. Dile al muchacho que venga. Debo irme pronto.

—¿Debéis?

La voz de la anciana se suavizó:

—Jessica, muchacha, me gustaría estar en tu lugar y asumir tus sufrimientos. Pero cada una de nosotras debe seguir su propio camino.

—Lo sé.

—Para mí eres tan querida como cualquiera de mis otras hijas, pero no debo dejar que esto interfiera con el deber.

—Comprendo... la necesidad.

—Ambas comprendemos lo que has hecho y por qué lo has hecho, Jessica. Pero la bondad me obliga a decirte que hay pocas esperanzas de que tu hijo sea Totalmente Bene Gesserit. No albergues muchas esperanzas.

Jessica se enjugó las lágrimas que se le habían formado en los pliegues de los párpados. Era un gesto de rabia.

—Conseguís que me vuelva a sentir como una chiquilla que recita su primera lección. —Se obligó a recitar las palabras—: «Los humanos no deben someterse nunca a los animales». —La sacudió un brusco sollozo. Luego, dijo en un murmullo—: He estado tan sola.

—Forma parte de la prueba —dijo la anciana—. Los humanos están solos casi siempre. Ahora, llama al chico. Ha sido un día largo y terrible para él. Pero ha tenido suficiente tiempo para reflexionar y recordar, y debo hacerle otras preguntas acerca de sus sueños.

Jessica asintió, se dirigió hacia la puerta de la Sala de Meditación y la abrió.

—Paul, entra, por favor.

Paul obedeció con reluctante lentitud. Miró a su madre como si fuera una extraña. Sus ojos se posaron circunspectos en la Reverenda Madre, pero esta vez solo inclinó ligeramente la cabeza, como si se dirigiera a un igual. Oyó a su madre cerrar la puerta detrás de él.

—Joven —dijo la anciana—, volvamos al asunto de tus sueños.

—¿Qué queréis saber? —preguntó él.

—¿Sueñas cada noche?

—No sueños que merezcan la pena ser recordados. Los recuerdo todos, pero algunos merecen ser recordados y otros no.

—¿Cómo los distingues?

—Simplemente lo sé.

La anciana miró a Jessica y luego volvió a centrarse en Paul.

—¿Qué soñaste anoche? ¿Era de los que merece la pena?

—Sí. —Paul cerró los ojos—. Soñé con una caverna... y con agua... y había una chica... muy delgada y con grandes ojos. Eran totalmente azules, sin blanco. Le hablaba de vos, le decía que había visto a la Reverenda Madre en Caladan.

Paul abrió los ojos.

—¿Y lo que le contabas a esa extraña chica era lo que ha ocurrido hoy?

Paul reflexionó un instante y luego dijo:

—Sí. Le dije a la chica que vos habíais venido y que me habíais marcado con un sello de extrañeza.

—Un sello de extrañeza —murmuró la anciana, que volvió a mirar a Jessica para luego volver a centrarse en Paul—. Ahora, dime la verdad, Paul: ¿tienes a menudo esos sueños en los que ocurren cosas que luego se repiten en la realidad exactamente a como las has soñado?

—Sí. Y ya había soñado con esa chica antes.

—¿Oh? ¿La conoces?

—La conoceré.

—Háblame de ella.

Paul volvió a cerrar los ojos.

—Estamos en un pequeño lugar entre rocas, a cubierto. Es casi de noche, pero hace calor y veo arena en el exterior, a través de las rocas. Estamos... esperando algo... a que yo vaya a reunirme con alguien. Ella está aterrada, pero intenta ocultármelo, y yo estoy emocionado. Me dice: «Vuelve a hablarme de las aguas de tu mundo natal, Usul». —Paul abrió los ojos—. ¿No es extraño? Mi mundo natal es Caladan. Nunca he oído hablar de un planeta llamado Usul.

—¿Hay algo más en ese sueño? —interrumpió Jessica.

—Sí. He llegado a pensar que a quien llama Usul es a mí —dijo Paul—. Acaba de ocurrírseme ahora. —Volvió a cerrar los ojos—. Me pide que le hable de las aguas. Y yo tomo su mano. Le digo que le voy a recitar un poema. Y le recito el poema, pero tengo que explicarle algunas de las palabras, como playa y resaca y algas y gaviotas.

—¿Qué poema? —preguntó la Reverenda Madre.

Paul abrió los ojos.

—Uno de los poemas cantados de Gurney Halleck para momentos tristes.

Detrás de Paul, Jessica empezó a recitar:

Recuerdo el humo salado de un fuego en la playa

y las sombras bajo los pinos...

Sólidas, definidas... concretas...

Las gaviotas encaramadas en el promontorio,

blanco sobre verde...

Y el viento soplando entre los pinos

haciendo ondear las sombras;

Las gaviotas distendiendo las alas,

volando

y llenando el cielo con sus graznidos.

Y oigo el viento

soplando a lo largo de la playa,

y la resaca,

y veo cómo nuestra hoguera

ha abrasado las algas.

—Ese —dijo Paul.

La anciana miró al chico y dijo:

—Joven, como Censora de la Bene Gesserit, mi objetivo es encontrar al Kwisatz Haderach, el varón capaz de convertirse realmente en una de nosotras. Tu madre ve en ti dicha posibilidad, pero la ve con los ojos de una madre. Yo también la veo, pero no es más que eso, una posibilidad.

Guardó silencio, y Paul comprendió que la mujer esperaba su respuesta. También guardó silencio.

—Bien, será como quieras —dijo ella al cabo de un momento—. Eres intenso, lo admito.

—¿Puedo irme ya? —preguntó Paul.

—¿No deseas oír lo que puede decirte la Reverenda Madre sobre el Kwisatz Haderach? —preguntó Jessica.

—Ha dicho que todos los que lo habían intentado están muertos.

—Pero puedo compartir contigo algunas conjeturas sobre esos fracasos —dijo la Reverenda Madre.

«Ha dicho conjeturas —pensó Paul—. Es porque en realidad no sabe nada.»

Luego añadió:

—Pues contádmelas.

—Se te ve interesado. —Esbozó una sonrisa irónica, y las arrugas se le marcaron en el rostro—. Muy bien: «Lo que se somete, domina».

Se quedó atónito; ¿le estaba hablando de algo tan elemental como la tensión dentro de la intencionalidad? ¿Acaso creía que su madre no le había enseñado nada?

—¿Eso es una conjetura? —preguntó.

—No estamos aquí para retorcer las palabras o discutir sobre su significado —dijo la anciana—. El sauce se somete al viento y crece hasta que un día hay a su alrededor tantos sauces que llegan a formar una barrera contra el viento. Esa es la finalidad del sauce.

Paul la miró. La mujer había dicho «finalidad», y Paul sintió cómo la palabra le golpeaba y le volvía a infectar con esa terrible finalidad. Experimentó una súbita rabia contra ella: fatua vieja bruja con la boca llena de clichés.

—Creéis que puedo ser ese Kwisatz Haderach —dijo—. Habéis hablado de mí, pero no habéis dicho absolutamente nada sobre lo que podemos hacer para ayudar a mi padre. Os he oído hablar con mi madre. Habláis como si mi padre ya estuviera muerto. ¡Bien, pues no es así!

—Si fuera posible hacer algo por él, ya lo habríamos hecho —gruñó la anciana—. Quizá consigamos salvarte a ti. Es dudoso, pero posible. Lo de tu padre no tiene remedio. Cuando lo hayas conseguido aceptar, habrás aprendido una verdadera lección Bene Gesserit.

Paul se dio cuenta de que las palabras habían afectado a su madre. Miró irritado a la anciana. ¿Cómo podía decir esas cosas de su padre? ¿Cómo podía estar tan segura? El rencor bullía en su interior.

La Reverenda Madre miró a Jessica.

—Lo has entrenado bien a la Manera... He visto las señales. Yo hubiera hecho lo mismo en tu lugar, y al diablo con las Reglas.

Jessica asintió.

—Pero deja que te diga una cosa —dijo la anciana—. No olvides el orden regular de su adiestramiento. Su propia seguridad requiere la Voz. Ya tiene alguna idea, pero ambas sabemos que necesita mucho más... y desesperadamente. —Se acercó a Paul y lo miró con fijeza—. Adiós, joven humano. Espero que tengas éxito. Pero, ocurra lo que ocurra... Bueno, tendremos éxito.

Miró de nuevo a Jessica. Un imperceptible atisbo de comprensión se cruzó en sus miradas. Después la anciana salió de la estancia no sin antes volver a mirar atrás entre el siseo de sus ropas. La habitación y sus ocupantes habían desaparecido de sus pensamientos.

Pero Jessica había podido vislumbrar por un instante el rostro de la Reverenda Madre justo cuando se giraba. Había lágrimas en aquellas arrugadas mejillas. Lágrimas más inquietantes que cualquier otra palabra o gesto que se hubiera intercambiado entre ellos ese día.

Capítulo 4

Habéis leído que Muad’Dib no tenía compañeros de juego de su edad en Caladan. Era muy peligroso. Pero Muad’Dib tuvo maravillosos compañeros-preceptores. Por ejemplo, Gurney Halleck, el trovador-guerrero. Podréis cantar algunas de las canciones de Gurney a medida que vayáis leyendo este libro. También Thufir Hawat, el viejo mentat Maestro de Asesinos, al que temía el propio emperador Padishah. También Duncan Idaho, el Maestro de Armas de los Ginaz; el doctor Wellington Yueh, un nombre emponzoñado por la traición pero cargado de conocimiento; la dama Jessica, que guio a su hijo en la Manera Bene Gesserit, y —por supuesto— el duque Leto, cuyas cualidades como padre se pasaron por alto durante mucho tiempo.

De Historia de Muad’Dib para niños,

por la princesa Irulan

Thufir Hawat entró en la sala de ejercicios de Castel Caladan y cerró la puerta con cuidado. Permaneció inmóvil un momento; se sentía viejo, cansado y zarandeado por la tormenta. Le dolía la pierna izquierda, herida hacía tiempo al servicio del Viejo Duque.

«Tres generaciones de ellos ya», pensó.

Contempló la gran sala iluminada por la intensa luz del mediodía que penetraba a raudales a través de los tragaluces, y vio al muchacho sentado de espaldas a la puerta, concentrado sobre unos papeles y mapas esparcidos sobre una mesa en forma de L.

«¿Cuántas veces tendré que decirle que nunca debe dar la espalda a una puerta?»

Hawat carraspeó.

Paul permaneció sumergido en sus estudios.

La sombra de una nube pasó por delante de los tragaluces. Hawat carraspeó de nuevo.

Paul se enderezó y dijo, sin volverse:

—Lo sé. Estoy sentado dando la espalda a la puerta.

Hawat reprimió una sonrisa y avanzó por la estancia.

Paul alzó los ojos hacia ese hombre canoso que se había detenido en la esquina de la mesa. Los ojos de Hawat eran dos abismos vigilantes en un rostro oscuro y arrugado.

—Te he oído llegar por el pasillo —dijo Paul—. Y también abrir la puerta.

—Cualquiera podría imitar esos sonidos.

—Notaría la diferencia.

«Es capaz de ello —pensó Hawat—. Esa bruja de su madre lo ha adiestrado bien, sin duda. Me pregunto qué pensará al respecto su preciosa escuela. Quizá esa sea la razón por la que han enviado aquí a la vieja Censora... para meter en vereda a nuestra querida dama Jessica.»

Hawat colocó una silla frente a Paul y se sentó de cara a la puerta. Lo hizo intencionadamente, se reclinó y analizó la estancia. De improviso, aquel lugar tan familiar le pareció extraño, ajeno ahora que la mayor parte del equipo se había enviado a Arrakis. Solo quedaban una mesa de ejercicios, un espejo de esgrima, con sus cristales prismáticos inertes, y un muñeco de entrenamiento que tenía el aspecto de un viejo soldado de infantería lacerado y consumido por las guerras.

«Exactamente como yo», pensó Hawat.

—¿En qué piensas, Thufir? —preguntó Paul.

Hawat miró al muchacho.

—Pensaba en que muy pronto estaremos todos muy lejos de aquí, y que probablemente no volveremos nunca.

—¿Y eso te pone triste?

—¿Triste? ¡Tonterías! Dejar atrás a los amigos sí sería triste. Pero un lugar es solo un lugar. —Contempló los mapas sobre la mesa—. Y Arrakis no es más que otro lugar.

—¿Te ha enviado mi padre para evaluarme?

Hawat frunció el ceño: el muchacho sabía analizarlo con mucha perspicacia. Asintió.

—Sé que crees que hubiera sido mejor que viniera él mismo, pero ya sabes lo ocupado que está. Vendrá más tarde.

—Estaba estudiando las tormentas de Arrakis.

—Las tormentas. Ya veo.

—Parecen más bien malas.

—Una palabra muy cauta: «malas». Esas tormentas se desencadenan a lo largo de seis o siete mil kilómetros de llanuras y se alimentan de todo lo que pueda proporcionarles un mayor empuje: el efecto Coriolis, otras tormentas o cualquier cosa que tenga un ápice de energía. Pueden llegar a alcanzar los setecientos kilómetros por hora y arrastran cualquier cosa móvil que encuentren en su camino: arena, polvo, lo que sea. Arrancan la carne de tus huesos y los reducen a astillas.

—¿Por qué no hay control climático?

—Arrakis plantea unos problemas particulares, los costes son mayores y se necesitaría un mantenimiento y demás. La Cofradía exige un precio prohibitivo por un satélite de control, y la Casa de tu padre no está entre las más ricas, muchacho. Lo sabes bien.

—¿Has visto a los Fremen?

«Hoy le da vueltas a todo», pensó Hawat.

—Es posible que los haya visto —dijo—. No hay mucho que los distinga de la gente que habita los graben y las dolinas. Todos llevan esas túnicas holgadas. Y apestan como demonios en cualquier lugar cerrado. Se debe a esos trajes que llevan (los llaman «destiltrajes») y cuyo cometido es recuperar el agua de sus cuerpos.

Paul tragó saliva, consciente de pronto de la humedad en su boca al recordar un sueño en el que había estado sediento. El hecho de que aquel pueblo necesitase el agua hasta tal punto que tuviera que reciclar la humedad de su propio cuerpo lo dejó desolado.

—El agua es un bien muy preciado allí —dijo.

Hawat asintió y pensó: «Quizá haya conseguido hacerle comprender cuán hostil es ese planeta y lo importante que es para nosotros considerarlo un enemigo. Sería una locura ir allí sin tenerlo bien claro».

Paul miró los tragaluces y comprobó que había comenzado a llover. Vio las gotas estrellarse contra la gris superficie de metaglass.

—Agua —dijo.

—Aprenderás a darle la importancia que merece —dijo Hawat—. Como hijo del duque nunca te faltará, pero verás a tu alrededor las consecuencias de la sed.

Paul se humedeció los labios con la lengua y pensó en aquel día de la semana pasada que había tenido la prueba con la Reverenda Madre. Ella también le había dicho algo acerca de la privación del agua.

—Descubrirás las llanuras funerales —había dicho—, los desiertos absolutamente vacíos, las vastas extensiones donde no hay vida a excepción de la especia y los gusanos de arena. Pintarás de negro las cuencas de tus ojos para atenuar el brillo del sol. Cualquier agujero al abrigo del viento y de la vista será un refugio para ti. Cabalgarás únicamente sobre tus pies, sin tóptero ni vehículo ni montura.

Paul se había quedado más impresionado por su tono —cantarín pero titubeante— que por sus palabras.

—Cuando vivas en Arrakis —le había dicho—, khala, la tierra estará vacía. Las lunas serán tus amigas; el sol, tu enemigo.

Paul había oído a su madre acercarse a él desde la puerta donde estaba de guardia. La mujer había mirado a la Reverenda Madre y preguntado:

—¿No veis esperanza alguna, Vuestra Reverencia?

—No para el padre. —Y la anciana había hecho un gesto para hacer callar a Jessica mientras miraba a Paul—. Graba esto en tu memoria, muchacho: un mundo se sostiene por cuatro cosas. —Alzó cuatro nudosos dedos—: la erudición de los sabios, la justicia de los poderosos, las plegarias de los justos y el coraje de los valerosos. Pero eso no vale nada... —Cerró los dedos en un puño— sin un gobernante que conozca el arte de gobernar. ¡Haz de esto tu ciencia!

Había pasado una semana desde aquel día con la Reverenda Madre, pero era ahora cuando sus palabras adquirían pleno significado. En ese momento, sentado en la sala de ejercicios con Thufir Hawat, Paul experimentó la profunda mordedura del miedo. Miró al mentat, que tenía el ceño fruncido.

—¿En qué pensabas? —preguntó Hawat.

—¿Tú también viste a la Reverenda Madre?

—¿Esa bruja Decidora de Verdad del Imperio? —Hawat parpadeó varias veces con interés—. Sí, la vi.

—Ella... —Paul vaciló y descubrió que no podía hablar con Hawat de la prueba. Las inhibiciones eran demasiado profundas.

—¿Sí? ¿Qué hizo?

Paul respiró hondo dos veces.

—Dijo algo. —Cerró los ojos para evocar las palabras y, cuando habló, su voz adquirió inconscientemente algo del tono de la anciana—: «Tú, Paul Atreides, descendiente de reyes, hijo de un duque, debes aprender a gobernar. Algo que no consiguió ninguno de tus antecesores». —Paul abrió los ojos y dijo—: Me enfadé y le dije que mi padre gobierna un planeta entero. Y ella dijo: «Lo está perdiendo». Y yo respondí que le iban a dar un planeta aún más rico. Y ella dijo: «También lo perderá». Me dieron ganas de correr para advertir a mi padre, pero la anciana me dijo que ya le habían advertido. Que lo habíais hecho tú, madre y muchos más.

—Completamente cierto —murmuró Hawat.

—Entonces ¿por qué vamos a ese lugar? —preguntó Paul.

—Porque lo ha ordenado el emperador. Y porque, pese a lo que dice esa bruja espía, aún hay esperanzas. ¿Qué otra cosa esputó esa antigua fuente de sabiduría?

Paul se miró la mano derecha, que tenía cerrada en un puño bajo la mesa. Lentamente, ordenó a sus músculos que se relajaran.

«Puso alguna clase de poder en mí —pensó—. ¿Cómo?»

—Me pidió que le dijera qué significaba gobernar —siguió Paul—. Y yo dije que el mando de uno solo. Y ella dijo que tenía que volver a aprender ciertos conceptos.

«Eso es muy cierto», pensó Hawat. Asintió para invitar a Paul a continuar.

—Dijo que un gobernante debe aprender a persuadir y no a obligar. Que debe ofrecer el hogar más confortable y acogedor del mundo para atraer a los mejores hombres.

—¿Cómo crees que tu padre ha atraído a hombres como Duncan y Gurney? —preguntó Hawat.

Paul se encogió de hombros.

—Después dijo que un buen gobernante debe aprender el idioma de su mundo, que es distinto en todos. Creí que con esto quería decirme que en Arrakis no hablan galach, pero me dijo que no se refería a eso, sino al lenguaje de las rocas y de las cosas que crecen, el que uno no puede oír solo con los oídos. Yo le dije que eso era lo que el doctor Yueh llama el Misterio de la Vida.

Hawat sonrió.

—¿Y cómo se lo tomó?

—Creo que se puso furiosa. Dijo que ese misterio de la vida no es un problema que haya que resolver, sino una realidad que hay que experimentar. Entonces le cité la Primera Ley del Mentat: «Un proceso no puede ser comprendido si se detiene. La comprensión debe fluir al mismo tiempo que el proceso, debe unirse a él y caminar con él». Esto pareció dejarla satisfecha.

«Parece que se haya recobrado —pensó Hawat—, pero aquella vieja bruja lo asustó. ¿Por qué lo hizo?»

—Thufir —dijo Paul—, ¿es Arrakis tan malo como dicen?

—Nada podría ser tan malo —dijo Hawat forzando una sonrisa—. Mira los Fremen, por ejemplo, el pueblo renegado del desierto. He realizado un primer análisis y te puedo asegurar que son numerosos, mucho más de lo que cree el Imperio. En ese planeta vive gente, muchacho, un pueblo inmenso y numeroso que... —Hawat se acercó al ojo un nudoso dedo—. Que odia a los Harkonnen con una pasión desmesurada. Pero no le digas ni una palabra de esto a nadie, muchacho. Solo te lo digo a ti porque quiero ayudar a tu padre.

—Mi padre me ha hablado de Salusa Secundus —dijo Paul—. ¿No crees, Thufir, que es muy parecido a Arrakis? No tan malo quizá, pero sí muy parecido.

—No sabemos mucho del estado actual de Salusa Secundus —dijo Hawat—. Solo cómo era hace mucho tiempo, nada más. Pero en líneas generales tienes razón.

—¿Nos van a ayudar los Fremen?

—Es una posibilidad. —Hawat se levantó—. Hoy salgo para Arrakis. Mientras tanto, cuídate, aunque solo sea porque te lo pide un viejo que te quiere bien, ¿eh? Ven aquí y no te sientes ofreciendo la espalda a la puerta. No es que crea que haya ningún peligro en el castillo, es solo un hábito que me gustaría que adquirieses.

Paul se levantó y rodeó la mesa.

—¿Así que te vas hoy?

—Sí, hoy. Y tú me seguirás mañana. La próxima vez que nos veamos será en tu nuevo mundo. —Sujetó a Paul por el brazo derecho a la altura del bíceps—. Mantén libre el brazo del cuchillo, ¿eh? Y tu escudo siempre a plena carga. —Soltó el brazo, palmeó el hombro de Paul, se giró y avanzó con premura hacia la puerta.

—¡Thufir! —llamó Paul.

Hawat se volvió ante la puerta abierta.

—No des nunca la espalda a una puerta —dijo Paul.

Una amplia sonrisa afloró en el viejo rostro.

—No lo haré, muchacho, puedes estar seguro.

Y se marchó, cerrando suavemente la puerta detrás de él.

Paul se sentó donde antes había estado Hawat y se puso a ordenar los documentos.

«Solo un día más aquí —pensó. Miró la estancia a su alrededor—. Estamos a punto de irnos.»

De pronto, la idea de la partida se volvió más real que nunca. Recordó otra vez lo que le había dicho la anciana, que un mundo es la suma de muchas cosas: la gente, la tierra, las cosas que crecen, las lunas, las mareas, los soles; una suma desconocida que recibe el nombre de «naturaleza», un término vago para el que el «ahora» no significa nada. Luego se preguntó: «¿Qué es el ahora?».

La puerta frente a Paul se abrió de repente, y un hombre feo y macizo penetró en la estancia con una gran cantidad de armas en los brazos.

—Vaya, Gurney Halleck —dijo Paul—. ¿Eres el nuevo maestro de armas?

Halleck cerró la puerta de un taconazo.

—Ya sé que preferirías que viniera para jugar —dijo.

Echó una ojeada a la estancia y comprobó que los hombres de Hawat ya la habían repasado a fondo y dejado segura para el heredero del duque. Eran unas señales sutiles y codificadas que estaban por todas partes.

Paul observó cómo el hombre feo y macizo se acercaba a la mesa de adiestramiento con el cargamento de armas, y vio el baliset de nueve cuerdas que Gurney llevaba al hombro y la multipúa colocada entre las cuerdas en el diapasón cerca de la pala.

Halleck dejó caer las armas sobre la mesa de ejercicios y las alineó: los estoques, los puñales, los kindjal, los aturdidores de carga lenta, los cinturones escudo. La cicatriz de estigma que le recorría la mandíbula inferior se retorció cuando se dio la vuelta y le dedicó una sonrisa a la estancia.

—Veo que ni siquiera me das los buenos días, joven diablillo —dijo Halleck—. ¿Qué clase de dardo has clavado en el corazón del viejo Hawat? Se ha cruzado conmigo en el pasillo como si corriera al funeral de su peor enemigo.

Paul sonrió. Entre todos los hombres de su padre, Gurney era el que más le gustaba: conocía sus cambios de humor, sus debilidades, su carácter. Para él era más un amigo que una espada mercenaria.

Halleck se descolgó el baliset del hombro y empezó a afinarlo.

—No hace falta que hables si no quieres —dijo.

Paul se levantó, empezó a recorrer la estancia y lo desafió:

—Vaya, Gurney —dijo—, ¿vienes preparado para la música cuando es tiempo de combatir?

—Veo que hoy toca faltar al respeto a tus mayores, ¿eh? —dijo Halleck. Rasgueó un acorde con el instrumento y asintió.

—¿Dónde está Duncan Idaho? —preguntó Paul—. Se supone que es él quien debe enseñarme el uso de las armas.

—Duncan lidera la segunda oleada hacia Arrakis —dijo Halleck—. Lo único que os queda es el pobre Gurney, que está cansado de luchar y solo desea tocar un poco de música. —Rasgueó otro acorde, lo dejó sonar y sonrió—. Y el consejo ha decidido que, puesto que has resultado ser un combatiente tan poco capacitado, es mejor enseñarte un poco de música a fin de que no malgastes completamente tu vida.

—Cántame una canción en ese caso —dijo Paul—. Así al menos sabré cómo no se debe hacer.

—¡Ja, ja, ja! —rio Gurney.

Luego entonó Las chicas galacianas, mientras la multipúa se emborronaba entre las cuerdas:

Oh, oh, las chicas galacianas,

lo harán por las perlas,

¡y las de Arrakis por el agua!

Pero si buscas damas

que se consuman como llamas,

¡prueba una hija de Caladan!

—No está mal para alguien tan torpe con la púa —dijo Paul—. Si mi madre te oyera cantar tales obscenidades en el castillo, te cortaría las orejas para adornar las almenas.

Gurney se tiró de la oreja izquierda.

—Una decoración bien pobre a tenor de lo que han sufrido escuchando por el ojo de la cerradura las tonadillas que cierto jovencito intentaba sacar de su baliset.

—Veo que ya has olvidado lo que significa encontrarse la cama llena de arena —dijo Paul. Cogió un cinturón escudo de la mesa y se lo ajustó rápidamente a la cintura—. ¡Pues luchemos!

Los ojos de Halleck se abrieron en fingida sorpresa.

—¡Anda! ¡Así que fue tu sacrílega mano la que realizó tan execrable acción! En guardia, pues, joven maestro, en guardia. —Cogió un estoque y lo agitó—. ¡Soy un demonio infernal en busca de venganza!

Paul empuñó el otro estoque, cimbreó la hoja y se colocó en posición de aguile, con un pie delante. Puso gesto solemne, en una cómica imitación del doctor Yueh.

—Hay que ver el memo que envía mi padre para enseñarme el manejo de las armas —entonó—. El imbécil de Gurney Halleck ha olvidado incluso la primera lección con armas y escudo. —Paul activó el cinturón y sintió la comezón en su frente y espalda y el prurito causado por la acción del campo de fuerza defensivo; los sonidos exteriores menguaron ostensiblemente con el característico efecto de filtro del escudo—. Cuando uno lucha con escudo, la defensa es rápida y el ataque lento —dijo Paul—. La única finalidad del ataque es obligar al adversario a dar un paso en falso para poder pillarle desprevenido. ¡El escudo detiene los golpes rápidos, pero se deja traspasar por el lento kindjal!

Paul alzó la espada, fintó rápidamente y atacó con una lentitud calculada para atravesar las defensas automáticas del escudo.

Halleck siguió sus movimientos, se giró en el último segundo y dejó que la hoja roma le rozara el pecho.

—Una velocidad excelente —dijo—. Pero te has quedado muy expuesto para que te contraataque con una estocada rastrera.

Paul retrocedió, irritado.

—Debería azotarte el trasero por tu imprudencia —dijo Halleck. Tomó un kindjal desenvainado de encima de la mesa y lo blandió—. ¡En manos de un enemigo, esto podría haberte hecho verter toda la sangre! Eres un alumno bien dotado, pero nada más, y siempre te he avisado de que ni siquiera jugando dejes que un hombre penetre tus defensas con la muerte en la mano.

—Supongo que hoy no estoy de humor para esto —dijo Paul.

—¿Humor? —Halleck no pudo evitar sonar indignado, incluso a través del filtro del escudo—. ¿Qué tiene que ver tu humor? Uno combate cuando es necesario... ¡no cuando está de humor! El humor está bien para los borregos, para hacer el amor o para tocar el baliset. No para combatir.

—Lo siento, Gurney.

—¡No lo sientes lo suficiente!

Halleck activó el escudo y se puso en guardia con el kindjal bien aferrado en su mano izquierda y el estoque en la derecha.

—¡Te recomiendo que te defiendas muy en serio! —Hizo una finta hacia un lado, luego otra hacia delante y se abalanzó para atacar con rabia.

Paul se echó hacia detrás para bloquear los ataques. Sintió el crepitar de los campos de fuerza cuando los escudos se tocaban y se repelían, y también esa comezón eléctrica recorriendo de nuevo su piel.

«¿Qué le pasa a Gurney? —se preguntó—. ¡No está fingiendo!»

Paul movió la mano izquierda para hacer que el puñal que llevaba sujeto en la muñeca se deslizara hasta su palma.

—Necesitas una hoja más, ¿eh? —gruñó Halleck.

«¿Es una traición? —se preguntó Paul—. ¡No, Gurney no!»

Lucharon por toda la estancia, golpeando y parando, fintando y contrafintando. El aire en el interior de los escudos empezó a hacerse pesado, debido al excesivo consumo y a la lenta renovación que se realizaba a través de la barrera. El olor a ozono se hacía más intenso cada vez que se entrechocaban.

Paul continuó retrocediendo, pero empezó a dirigirse hacia la mesa de ejercicios.

«Si consigo llevarle hasta allá, le mostraré uno de mis trucos —pensó Paul—. Un paso más, Gurney.»

Halleck dio el paso.

Paul paró otro golpe bajo, se giró y vio el estoque de Halleck estrellarse contra el filo de la mesa. Fintó hacia un lado y lanzó a su vez un ataque con el estoque al mismo tiempo que levantaba el puñal hacia el cuello de Halleck. Detuvo la hoja a tres centímetros de la yugular.

—¿Era eso lo que querías? —susurró Paul.

—Mira hacia abajo, muchacho —jadeó Gurney.

Paul obedeció y vio el kindjal de Halleck bajo el borde de la mesa, apuntando justo hacia su ingle.

—Ambos hubiéramos encontrado la muerte —dijo Halleck—. Pero debo admitir que combates un poco mejor cuando estás bajo presión. Ahora sí que estás de humor. —Y le dedicó una sonrisa lobuna que le crispó la cicatriz de estigma de su mentón.

—Me has atacado de una manera que... —dijo Paul—. ¿De verdad hubieras derramado mi sangre?

Halleck apartó el kindjal y se irguió.

—Muchacho, si te hubieras batido un ápice por debajo de tus capacidades te hubiera hecho una buena herida y dejado una buena cicatriz. No quiero que mi alumno favorito sucumba ante el primer sinvergüenza Harkonnen con el que se tope.

Paul desactivó el escudo y se apoyó en la mesa para recuperar el aliento.

—Me lo merecía, Gurney, pero mi padre se hubiera puesto furioso si me hubieses herido. No quiero que te castiguen por mis errores.

—De haber ocurrido —dijo Halleck—, el error también hubiera sido mío. No te preocupes por una o dos cicatrices de entrenamiento. Eres afortunado por tener tan pocas. En cuanto a tu padre... el duque solo me castigaría si fracasara a la hora de convertirte en un combatiente de primera clase. Y hubiese sido un fracaso no explicarte el error que cometías al relacionar el humor con algo tan serio como esto.

Paul se irguió y devolvió el puñal a su funda de muñeca.

—Esto no es un juego —dijo Halleck.

Paul asintió. Se maravilló ante la insólita seriedad de Halleck, ante su firme resolución. Miró la violácea cicatriz de estigma que adornaba la mandíbula del hombre y recordó la historia que le habían contado acerca de que había sido la Bestia Rabban quien se la había causado en un pozo de esclavos de los Harkonnen en Giedi Prime. Paul sintió una repentina vergüenza por haber dudado de Halleck aunque fuera por un solo instante. En ese momento comprendió que esa cicatriz había sido sinónimo de mucho dolor para Halleck; puede que uno tan intenso como el que le había infligido a él la Reverenda Madre. Pero no tardó en rechazar la idea: helaba todo su mundo.

—Supongo que hoy tenía ganas de jugar un poco —dijo Paul—. Las cosas se han puesto muy serias a mi alrededor últimamente.

Halleck se dio la vuelta para ocultar su emoción. Algo ardía en sus ojos. Sintió dolor, una ampolla, la herida de un ayer olvidado que no había llegado a cicatrizar del todo con el Tiempo.

«Cuán pronto ha asumido este muchacho su condición de hombre —pensó Halleck—. Cuán pronto ha debido aprender esta brutal necesidad de la prudencia, este hecho que se graba en tu mente y te advierte: “Desconfía incluso de tus allegados”.»

Sin volver a darse la vuelta, dijo:

—He notado esas ganas de jugar, muchacho, y ojalá hubiera podido complacerte. Pero se acabaron los juegos. Mañana partiremos hacia Arrakis. Arrakis es real. Los Harkonnen son reales.

Paul colocó el estoque en vertical frente a él y se tocó la frente con la hoja.

Halleck se giró, vio el saludo y respondió con una inclinación de cabeza. Señaló el muñeco de ejercicios.

—Ahora entrenaremos tu rapidez. Muéstrame cómo le darías una estocada rastrera. Te vigilaré desde aquí, donde puedo seguir mejor la acción. Te advierto que hoy probaré nuevos contraataques, y es una advertencia que no te hará ninguno de tus enemigos reales.

Paul se puso de puntillas para distender los músculos. Adoptó una actitud solemne, ahora que de repente había comprendido los repentinos cambios que habían afectado a su vida. Avanzó hacia el muñeco, pulsó con la punta del estoque el interruptor que tenía en el centro del pecho y sintió de inmediato cómo el escudo que acababa de activar apartaba la hoja del arma.

—¡En guardia! —gritó Halleck, y el muñeco se lanzó al ataque.

Paul activó el escudo, paró un ataque y contraatacó.

Halleck lo vigilaba mientras manipulaba los controles. Parecía tener la mente dividida: una centrada en el entrenamiento y la otra a la deriva entre las nubes.

«Soy como un frutal bien cuidado —pensó—. Lleno de buenos sentimientos y de habilidades y de todas las cosas hermosas que crecen en mí, a la espera de que alguien pueda recolectarlas.»

Por alguna razón, recordó a su hermana menor y visualizó muy bien su rostro menudo. Estaba muerta. Había fallecido en un burdel para las tropas Harkonnen. Le gustaban los pensamientos... ¿o eran las margaritas? No conseguía recordarlo. Y le turbaba no poder hacerlo.

Paul contrarrestó un golpe lento del muñeco y lanzó un entretisser con la izquierda.

«¡Pequeño y astuto demonio! —pensó Halleck, que tuvo que concentrarse para contrarrestar los complejos movimientos de Paul—. Ha practicado y estudiado por su cuenta. Ese no es el estilo de Duncan y, sin duda, tampoco nada que yo le haya enseñado.»

Este pensamiento solo consiguió aumentar la tristeza de Halleck.

«Me ha contagiado su humor», dijo para sí. Luego empezó a reflexionar sobre Paul, se preguntó si el muchacho habría sido capaz de conciliar el sueño en el silencio de la noche.

—Si los deseos fueran peces, todos arrojaríamos nuestras redes —murmuró.

Era una frase de su madre que se repetía a sí mismo siempre que sentía las tinieblas del mañana cernirse sobre él. Después pensó en lo extraño que sería usar dicha expresión en un planeta que nunca había conocido los mares ni los peces.

Capítulo 5

YUEH (yue), Wallington (uel ing tun), Stdrd 10082-10191; doctor en medicina de la Escuela Suk (grd Stdrd 10112); md: Wanna Marcus, B. G. (Stdrd 10092-101186?); conocido principalmente por haber traicionado al duque Leto Atreides. (Cf.: Bibliografía, Apéndice VII: Condicionamiento Imperial y la Traición, El.)

Del Diccionario de Muad’Dib,

por la princesa Irulan

Paul oyó entrar al doctor Yueh en la sala con pasos deliberadamente sonoros, pero permaneció bocarriba en la mesa de ejercicios donde lo había dejado la masajista. Se sentía muy relajado después del ejercicio con Gurney Halleck.

—Se os ve cómodo —dijo Yueh con su voz tranquila y aguda.

Paul levantó la cabeza y vio la envarada figura del hombre de pie a algunos pasos de él. Con tan solo un vistazo observó sus arrugadas ropas negras, el bloque cuadrado que tenía por cabeza, con sus labios púrpura y el frondoso bigote, el tatuaje diamantino del Condicionamiento Imperial en la frente y la melena negra y larga que le caía sobre el hombro izquierdo, sujeta por el anillo de plata de la Escuela Suk.

—Os complacerá saber que hoy no tenemos tiempo para la lección —dijo Yueh—. Vuestro padre llegará en un momento.

Paul se incorporó.

—No obstante, he preparado un visor de librofilms y algunas lecciones grabadas para que podáis estudiarlas durante el viaje a Arrakis.

—Vaya.

Paul empezó a vestirse. Le emocionaba pensar que estaba a punto de ver a su padre. Habían pasado muy poco tiempo juntos desde que el emperador le había ordenado aceptar el feudo de Arrakis.

Yueh se acercó a la mesa en forma de L mientras pensaba: «Cómo ha madurado en estos últimos meses. ¡Qué desperdicio! ¡Oh, qué triste desperdicio! —Y recordó para sí—: No debo fallar. Lo que hago lo hago para asegurarme de que esas bestias Harkonnen no harán sufrir más a mi Wanna».

Paul se abotonó la chaqueta y se acercó a la mesa.

—¿Qué estudiaré durante el viaje?

—P-pues... las formas de vida terrestres presentes en Arrakis. Parece que algunas se han adaptado estupendamente al planeta. No está claro cómo. Tendré que consultar al ecólogo planetario, el doctor Kynes, y ofrecerle mi ayuda en sus investigaciones.

Yueh pensó: «¿Qué estoy diciendo? Me engaño hasta a mí mismo».

—¿Habrá algo sobre los Fremen? —preguntó Paul.

—¿Los Fremen? —Yueh tamborileó con los dedos sobre la mesa. Después se dio cuenta de que Paul había observado el nervioso gesto y retiró la mano.

—Podríais contarme algo sobre toda la población de Arrakis —dijo Paul.

—Sí, por supuesto —dijo Yueh—. Hay dos grupos principales de personas: uno de ellos son los Fremen, y el otro está compuesto por los pueblos de los graben, las dolinas y las hoyas. Según tengo entendido, algunas veces se casan entre ellos. Las mujeres de los poblados de las hoyas y las dolinas prefieren los maridos Fremen; y sus hombres prefieren esposas Fremen. Tienen un dicho: «La educación viene de la ciudad; la sabiduría, del desierto».

—¿Tenéis fotos de ellos?

—Buscaré alguna para vos. Sin duda, la característica más interesante son sus ojos: totalmente azules, sin el menor blanco en ellos.

—¿Una mutación?

—No, se debe a la saturación de melange en su sangre.

—Los Fremen tienen que ser muy valientes para vivir al borde de ese desierto.

—Es lo que dice todo el mundo —dijo Yueh—. Componen poemas a sus cuchillos. Sus mujeres son tan feroces como sus hombres. Incluso los jóvenes Fremen son violentos y peligrosos. No creo que se os permita mezclaros con ellos.

Paul miró a Yueh. Esas breves palabras acerca de los Fremen le habían llamado muchísimo la atención.

«¡Qué pueblo para tenerlo como aliado!»

—¿Y los gusanos? —preguntó Paul.

—¿Qué?

—Me gustaría estudiar mejor a los gusanos de arena.

—Sí... por supuesto. Tengo un librofilm que analiza un espécimen pequeño, de tan solo ciento diez metros de largo por veintidós de diámetro. Se encontró en el extremo norte del planeta. Testigos fiables han hablado de gusanos de más de cuatrocientos metros de longitud, y hay razones para pensar que es posible que existan incluso otros mayores.

Paul miró el mapa de proyección cónica de las regiones septentrionales de Arrakis que había extendido sobre la mesa.

—El cinturón desértico y la región polar meridional están calificadas como inhabitables. ¿Es por los gusanos?

—Y por las tormentas.

—Pero cualquier lugar puede ser convertido en habitable.

—Con el dinero suficiente —apuntilló Yueh—. Arrakis contiene muchos y costosos peligros. —Se atusó el frondoso bigote—. Vuestro padre llegará enseguida. Antes de irme, tengo un regalo para vos, algo que encontré mientras hacía las maletas. —Dejó un objeto sobre la mesa que los separaba: era negro, rectangular y más pequeño que la última falange del pulgar de Paul.

El chico lo observó. Yueh vio que el muchacho no hacía el menor gesto para tocarlo y pensó: «Es cauteloso».

—Es una antiquísima Biblia Católica Naranja para viajeros espaciales. No es un librofilm, sino que está impresa en papel finísimo. Tiene una lupa y un sistema de carga electrostática. —La cogió para mostrárselo—. Esa carga es la que la mantiene cerrada y atrae entre sí las tapas. Hay que apretar en el lomo, así... para que las páginas seleccionadas se repelan y se abra el libro.

—Es muy pequeña.

—Pero tiene mil ochocientas páginas. Hay que apretar en el lomo, así... para que la carga pase una página a medida que vais leyendo. Nunca toquéis las páginas con los dedos. La trama del papel es muy delicada. —Cerró el libro y se lo tendió a Paul—. Probadlo.

Yueh observó a Paul mientras probaba a pasar las páginas y pensó: «De este modo salvo mi conciencia. Le ofrezco la ayuda de la religión antes de traicionarlo. Así podré decirme que ha ido donde yo no puedo ir».

—Parece fabricada antes de los librofilms —dijo Paul.

—Es muy antigua, sí. Será nuestro secreto, ¿eh? Vuestros padres podrían pensar que es demasiado valiosa para un joven como vos.

Y Yueh pensó: «Seguro que su madre cuestionaría mis motivos».

—Bien... —Paul cerró el libro y lo sostuvo en la mano—. Si es tan valiosa...

—Sed indulgente con el capricho de un viejo —dijo Yueh—. Me la dieron cuando era muy joven. —Y pensó: «Debo conquistar su mente al mismo tiempo que su codicia»—. Abridla por el Kalima cuatro sesenta y siete, donde dice: «El agua es el inicio de toda vida». Hay una pequeña marca en la tapa que señala el lugar.

Paul recorrió la tapa y encontró dos marcas, una menos profunda que la otra. Oprimió la menos profunda y el libro se abrió en su palma al tiempo que la lupa se deslizaba hacia su lugar.

—Leed en voz alta —dijo Yueh.

Paul se humedeció los labios y leyó:

—«Pensad en el hecho de que el sordo no pueda oír. ¿Acaso hay alguien que pueda decir que él no está sordo? ¿Acaso no nos faltará algún sentido para ver y oír el otro mundo que nos rodea? Porque hay cosas a nuestro alrededor que no podemos...».

—¡Basta! —gritó Yueh.

Paul se quedó en silencio y lo miró.

Yueh cerró los ojos para intentar recuperar su aplomo.

«¿Qué perversidad ha hecho que el libro se abra por el pasaje favorito de Wanna?»

Abrió los ojos y vio que Paul lo miraba desconcertado.

—¿Ocurre algo? —preguntó Paul.

—Lo siento —respondió Yueh—. Era el pasaje favorito de mi... difunta esposa. No era el que quería haceros leer. Despierta en mí recuerdos... dolorosos.

—Hay dos marcas —dijo Paul.

«Claro —se dijo Yueh—. Wanna marcó ese pasaje. Los dedos de Paul son más sensibles que los míos y han encontrado la marca. Solo ha sido un accidente, nada más.»

—Quizá el libro os parezca interesante —dijo Yueh—. Hay mucha verdad histórica, y también mucha filosofía ética.

Paul miró el pequeño libro en su palma, era pequeñísimo. Sin embargo, contenía un misterio... había ocurrido algo mientras lo leía. Algo que había despertado en su mente aquella idea de una terrible finalidad.

—Vuestro padre llegará enseguida —dijo Yueh—. Guardad el libro; ya lo leeréis cuando sintáis deseos de hacerlo.

Paul tocó la tapa como le había enseñado Yueh. El libro se cerró solo. Lo deslizó en su túnica. Al oír el grito de Yueh, Paul había temido por un momento que le pidiera que se lo devolviese.

—Os doy las gracias por el presente, doctor Yueh —dijo Paul con tono formal—. Será nuestro secreto. Si hay algún regalo o favor que deseéis de mí, no dudéis en pedírmelo.

—Yo... no necesito nada —dijo Yueh.

Y pensó: «¿Por qué me torturo? A mí y a este pobre chico... aunque él no lo sepa. ¡Oh, malditas sean esas bestias Harkonnen! ¿Por qué me habrán escogido a mí para llevar a cabo su abominación?».

Capítulo 6

¿Cómo afrontar el estudio del padre de Muad’Dib? El duque Leto Atreides fue un hombre de un corazón a la vez cálido y frío. Sin embargo, algunos hechos nos ayudarán a allanar el camino hasta el duque: su absoluto amor por su dama Bene Gesserit; los sueños que tenía por su hijo; la devoción de quienes le servían. Observadlo: un hombre marcado por el Destino, una figura solitaria cuya luz fue oscurecida por la gloria de su hijo. Pero uno no puede evitar preguntarse: ¿qué es el hijo, sino la extensión del padre?

De Muad’Dib, comentarios familiares,

por la princesa Irulan

Paul observó a su padre entrar en la sala de ejercicios, y vio cómo los guardias se apostaban fuera. Uno de ellos cerró la puerta. Como siempre, Paul experimentó una sensación de presencia de su padre, una presencia total.

El duque era alto, de piel olivácea. Su rostro delgado estaba tallado en ángulos duros, suavizados tan solo por los profundos ojos grises. Llevaba un uniforme de trabajo negro, con el halcón heráldico rojo bordado en el pecho. Un cinturón escudo de plata, patinada por el uso, ceñía su delgada cintura.

—¿Trabajando duro, hijo? —preguntó el duque.

Se acercó a la mesa en L, echó una ojeada a los papeles que había en ella, después contempló toda la estancia y terminó centrándose en Paul. Se sentía cansado y hacía un duro esfuerzo por no mostrar su fatiga.

«Tendré que aprovechar todas las oportunidades para descansar durante el viaje hasta Arrakis —pensó—. Al llegar no tendré tiempo de hacerlo.»

—No mucho —respondió Paul—. Todo es tan... —Se encogió de hombros.

—Sí. Bueno, mañana nos vamos. Nos vendrá bien instalarnos en nuestro nuevo hogar y dejar atrás todo este jaleo.

Paul asintió y recordó en ese instante las palabras de la Reverenda Madre: «Lo de tu padre no tiene remedio».

—Padre —dijo Paul—, ¿crees que Arrakis será tan peligroso como dicen todos?

El duque se obligó a hacer un gesto casual, se sentó en el borde de la mesa y sonrió. Toda una serie de frases hechas se dibujaron en su mente, el tipo de frases que usaba para calmar los temores de sus hombres antes de una batalla. Pero no dejó que ninguna se formara en su boca, atribulado por un único pensamiento: «Es mi hijo».

—Será peligroso —admitió.

—Hawat me ha dicho que tenemos un plan para los Fremen —dijo Paul.

Y pensó: «¿Por qué no le cuento lo que me dijo la anciana? ¿Cómo ha conseguido ella sellar mi lengua?».

El duque sintió la desazón de su hijo.

—Como siempre —dijo—, Hawat conoce bien el panorama general, pero hay mucho más. La Combine Honnete Ober Advancer Mercantiles, la Compañía CHOAM. Al darme Arrakis, Su Majestad se ha visto obligado a concederme uno de los directorios de la CHOAM... una sutil ventaja.

—La CHOAM controla la especia —dijo Paul.

—Y la especia de Arrakis nos abrirá las puertas de la CHOAM —dijo el duque—. Hay mucho más en la CHOAM que la melange.

—¿Te ha advertido la Reverenda Madre? —preguntó Paul. Cerró los puños y sintió las palmas húmedas debido al sudor. El esfuerzo necesario para formular esa pregunta había sido terrible.

—Hawat me ha dicho que la anciana te había asustado con sus advertencias acerca de Arrakis —dijo el duque—. No dejes que los temores de esa mujer ofusquen tu mente. Ninguna quiere que sus seres queridos se vean expuestos al peligro. Tras esas advertencias se encontraba la mano de tu madre. Tómatelo como una muestra de amor.

—¿Ella sabe algo sobre los Fremen?

—Sí, y muchas cosas más.

—¿Cuáles?

El duque pensó: «La verdad podría ser peor de lo que imagina, pero todos los peligros son valiosos si uno está preparado para afrontarlos. Y si hay algo de lo que mi hijo nunca se ha mantenido alejado es de la necesidad de enfrentarse al peligro. A pesar de todo, hay que esperar aún. Es muy joven».

—Son pocos los productos que escapan al control de la CHOAM —dijo el duque—. Troncos, mulas, caballos, vacas, maderas, estiércol, escualos, pieles de ballena; lo más prosaico y lo más exótico, incluso nuestro pobre arroz pundi de Caladan. Cualquier cosa que la Cofradía pueda transportar: las obras de arte de Ecaz, las máquinas de Richesse y de Ix. Pero todo esto no es nada en comparación con la melange. Un puñado de especia basta para comprar una casa en Tupile. No se puede fabricar, tiene que extraerse en Arrakis. Es única y sus propiedades geriátricas son indiscutibles.

—¿Y ahora la controlaremos nosotros?

—Hasta cierto punto. Pero lo importante es tener en cuenta a todas las Casas que dependen de los beneficios de la CHOAM. Piensa que una enorme proporción de esos beneficios dependen de un solo producto: la especia. Imagina lo que ocurriría si algo redujera la producción.

—Aquel que hubiera almacenado melange podría dominar el mercado —dijo Paul—. Y los demás no podrían hacer nada.

El duque se permitió un momento de amarga satisfacción, miró a su hijo y pensó cuán penetrante, cuán instruida había sido aquella observación. Asintió.

—Los Harkonnen han estado almacenándola desde hace más de veinte años.

—¿Quieren que la producción de especia decrezca y que la culpa recaiga en ti?

—Desean que el nombre de los Atreides se haga impopular —dijo el duque—. Piensa en las Casas del Landsraad, que en cierto sentido me consideran su caudillo, su portavoz oficioso. Piensa en cómo reaccionarían si yo fuera responsable de una seria reducción de sus beneficios. A fin de cuentas, los beneficios son lo único que cuenta. ¡Al diablo la Gran Convención! ¡No puedes dejar que nadie te suma en la miseria! —Una dura sonrisa apareció en la boca del duque—. Todos mirarán a otra parte sin importarles lo que me hayan hecho a mí.

—¿Aunque nos atacaran con atómicas?

—No será tan flagrante. No se desafiará la Convención tan abiertamente. Pero aparte de esto, casi todo estará permitido... quizá incluso el polvo radiactivo o la contaminación del suelo.

—Entonces ¿por qué no hacemos nada?

—¡Paul! —El duque frunció el ceño—. El hecho de saber que hay una trampa es el primer paso para conseguir evitarla. Es como un combate singular, hijo, solo que a gran escala: fintas en las fintas de las fintas... maniobras que parecen no tener fin. Nuestro objetivo es burlar la intriga. Sabemos que los Harkonnen han almacenado melange, de modo que hagámonos otra pregunta: ¿quién más ha estado almacenándola? Esos serán nuestros enemigos.

—¿Quiénes?

—Algunas Casas que sabemos que son enemigas, y otras que creíamos amigas. Pero no es necesario tenerlo en cuenta por el momento, ya que también hay alguien mucho más importante: nuestro bienamado emperador Padishah.

Paul notó de repente que tenía la boca seca.

—Podrías convocar al Landsraad y exponerle...

—¿Para informar a nuestros enemigos que sabemos de quién es la mano que empuña el cuchillo? Mira, Paul... ahora sabemos que existe el cuchillo. ¿Cómo saber quién lo empuñará mañana? Si revelásemos esta información al Landsraad, lo único que conseguiríamos sería crear una enorme confusión. El emperador lo negaría todo. ¿Cómo refutarlo? Quizá ganásemos algo de tiempo, pero nos arriesgaríamos al caos. ¿Cómo saber entonces de dónde vendría el próximo ataque?

—Todas las Casas podrían ponerse a almacenar especia.

—Nuestros enemigos llevan ventaja, demasiada para alcanzarlos.

—El emperador —dijo Paul—. Eso significa los Sardaukar.

—Disfrazados con uniformes Harkonnen, sin duda —dijo el duque—. Pero igual de fanáticos pese a todo.

—¿Cómo pueden ayudarnos los Fremen contra los Sardaukar?

—¿Te ha hablado Hawat de Salusa Secundus?

—¿El planeta prisión del emperador? No.

—¿Y si fuera algo más que un planeta prisión, Paul? Hay una pregunta que nunca te has hecho con respecto al Cuerpo Imperial de los Sardaukar: ¿de dónde vienen?

—¿Del planeta prisión?

—Vienen de alguna parte.

—Pero los reclutas de apoyo que exige el emperador...

—Eso es lo que quieren hacer creer: que los Sardaukar son tan solo gentes reclutadas por el emperador y magníficamente entrenadas desde muy jóvenes. De vez en cuando se oyen algunos rumores sobre los cuadros de entrenamiento del emperador, pero el equilibrio de nuestra civilización ha permanecido siempre igual: las fuerzas militares de las Grandes Casas del Landsraad por un lado, los Sardaukar y los reclutas de apoyo por el otro. Hay que diferenciarlos, Paul. Los Sardaukar siguen siendo los Sardaukar.

—¡Pero todos los informes acerca de Salusa Secundus dicen que S. S. es un mundo infernal!

—Indudablemente. Pero, si tuvieras que crear una raza de hombres fuertes, duros y feroces, ¿qué condiciones ambientales les impondrías?

—¿Cómo es posible asegurar la lealtad de unos hombres así?

—Existen métodos infalibles: aprovecharse de lo seguros que están de su superioridad, la mística de un compromiso secreto, la camaradería de las penas sufridas en común. Puede hacerse. Ha funcionado en muchos mundos y en muchas épocas.

Paul asintió sin dejar de observar el rostro de su padre. Intuía que estaba a punto de revelarle algo.

—Mira Arrakis, por ejemplo —dijo el duque—. A excepción de las ciudades y las guarniciones, es un mundo tan terrible como Salusa Secundus.

Los ojos de Paul se desorbitaron.

—¡Los Fremen!

—Podrían convertirse en una fuerza tan importante y mortífera como los Sardaukar. Se necesitará mucha paciencia para adiestrarla en secreto y mucho dinero para equiparla eficazmente. Pero los Fremen están ahí... y también la especia, con toda la riqueza que supone. ¿Comprendes ahora por qué vamos a Arrakis aun sabiendo la trampa que representa?

—¿Acaso los Harkonnen no saben nada de los Fremen?

—Los Harkonnen desprecian a los Fremen, los cazan por deporte y nunca se han preocupado de censarlos. Conocemos bien la política de los Harkonnen con respecto a las poblaciones planetarias: mantenerlas con el mínimo coste posible.

La trama metálica que formaba el símbolo del halcón en su pecho destelló cuando el duque cambió de posición.

—¿Comprendes?

—Ya estamos negociando con los Fremen —dijo Paul.

—He enviado una delegación liderada por Duncan Idaho —dijo el duque—. Duncan es un hombre orgulloso y despiadado, pero respeta la verdad. Los Fremen le admirarán. Si tenemos suerte, nos juzgarán tomándole como modelo: Duncan el honesto.

—Duncan el honesto —dijo Paul—, y Gurney el valeroso.

—Exactamente —dijo el duque.

Y Paul pensó: «Gurney era uno de esos a los que se refería la Reverenda Madre cuando dijo que eran cuatro cosas las que sostenían a los mundos: “el coraje de los valerosos”».

—Gurney me ha dicho que hoy te has desenvuelto muy bien con las armas —dijo el duque.

—Eso no es lo que me ha dicho a mí.

El duque se echó a reír.

—Imagino que Gurney es más bien parco en sus cumplidos. De todos modos, y son sus propias palabras, me ha asegurado que distingues perfectamente la diferencia entre la punta y el filo de la hoja de una espada.

—Gurney dice que matar con la punta no requiere destreza alguna, que hay que hacerlo con el filo.

—Gurney es un romántico —gruñó el duque. Le turbaba que su hijo hablase sobre el mejor modo de matar—. Preferiría que nunca te vieras obligado a matar... pero si no te queda otra opción, mata como puedas, con el filo o con la punta. —Miró a las vidrieras del techo, sobre las que tamborileaba la lluvia.

Paul siguió la mirada de su padre y pensó en la humedad del cielo del exterior, un espectáculo que nunca iba a poder ver en Arrakis, y en el espacio que separaba ambos mundos.

—¿De verdad las naves de la Cofradía son tan grandes? —preguntó.

El duque lo miró.

—Será la primera vez que salgas del planeta —dijo—. Sí, son grandes. Y viajaremos en uno de los mayores cruceros porque es un largo viaje. Los grandes cruceros son gigantescos. Todas nuestras fragatas y transportes ocuparían apenas una de las esquinas de su bodega; no seremos más que una parte minúscula de su manifiesto de carga.

—¿Y no podremos salir de nuestras fragatas?

—Es parte del precio que tendremos que pagar por la Seguridad de la Cofradía. Puede que haya naves Harkonnen a nuestro flanco, pero no tendremos nada que temer. Los Harkonnen no se atreverán a comprometer sus privilegios de transporte.

—Vigilaré las pantallas e intentaré ver a uno de los hombres de la Cofradía.

—No lo harás. Ni siquiera sus representantes ven nunca a los hombres de la Cofradía. Es tan celosa de su anonimato como de su monopolio. Nunca hagas nada que pueda comprometer nuestros privilegios, Paul.

—¿Crees que tal vez se oculten porque han sufrido mutaciones y ya no tienen... aspecto humano?

—¿Quién sabe? —El duque se encogió de hombros—. Es un misterio que probablemente ninguno de nosotros llegue a resolver. Tenemos otros problemas más inmediatos: tú.

—¿Yo?

—Tu madre quería que fuese yo quien te lo dijera, hijo. Mira, es posible que poseas aptitudes de mentat.

Paul miró a su padre, incapaz de hablar por un momento; luego dijo:

—¿Un mentat? —dijo—. ¿Yo? Pero...

—Hawat también está de acuerdo, hijo. Es cierto.

—Pero creía que el adiestramiento de un mentat debía iniciarse en la infancia, sin que el sujeto lo supiera, porque podría inhibir las primeras... —Se quedó en silencio; su pasado se unió en una única ecuación—. Comprendo —dijo.

—Llega un día —dijo el duque— en que el posible mentat debe ser informado de lo que se le ha hecho. Ya no es posible hacérselo más. Es él mismo quien debe elegir entre continuar o abandonar el adiestramiento. Algunos pueden continuar; otros son incapaces. Solo el posible mentat puede decidir por sí mismo lo que quiere hacer.

Paul se frotó la barbilla. Todo el adiestramiento especial que le habían dado Hawat y su madre: la mnemotecnia, la concentración de la consciencia, el control muscular y la agudización de las sensibilidades, el estudio de las lenguas y las entonaciones de las palabras; ahora todo adquiría para él un nuevo significado.

—Algún día serás duque, hijo —dijo su padre—. Y un duque mentat sería algo formidable. ¿Puedes tomar una decisión ya... o necesitas algo de tiempo?

No hubo vacilación en su respuesta:

—Continuaré con el adiestramiento.

—Formidable, sin duda —murmuró el duque, y Paul vio que una sonrisa de orgullo se insinuaba en su rostro. La sonrisa impresionó a Paul: por un instante creyó ver los rasgos de una calavera en el rostro del duque. Paul cerró los ojos y volvió a sentir la impresión de la terrible finalidad.

«Quizá ser mentat sea un terrible destino», pensó.

Pero, al mismo tiempo que formulaba ese pensamiento, su nueva consciencia lo rechazó.

Capítulo 7

El sistema Bene Gesserit de implantación de leyendas a través de la Missionaria Protectiva dio sus frutos con la dama Jessica y Arrakis. Ya se había podido apreciar la sabiduría que había impulsado a diseminar por todo el universo conocido la doctrina de un tema profético destinado a proteger al personal Bene Gesserit, pero nunca se había tenido conocimiento de una combinación tan perfecta entre personas y preparativos. Las leyendas proféticas se habían desarrollado en Arrakis hasta la adopción de etiquetas (incluyendo la Reverenda Madre, canto y respondu, y la mayor parte de la panoplia propheticus Shari-a). Y hoy se admite abiertamente que las capacidades latentes de la dama Jessica fueron burdamente subestimadas.

De Análisis de la crisis arrakena,

por la princesa Irulan

(difusión privada: B. G. clasif. AR-81088587)

Alrededor de la dama Jessica, apilada en los rincones del gran salón de Arrakeen y amontonada en los espacios abiertos, se encontraba toda su vida, metida en cajas, baúles, paquetes, valijas; en su mayor parte aún por abrir. Oyó cómo los estibadores de la Cofradía acarreaban otro cargamento desde la nave hasta la entrada.

Jessica estaba de pie en el centro del salón. Se volvió despacio y recorrió con la mirada los bajorrelieves que asomaban entre las sombras, las ventanas profundamente entalladas en las gruesas paredes. El gigantesco anacronismo de la estancia le recordó al Salón de las Hermanas en su escuela Bene Gesserit. Pero en la escuela el efecto era acogedor y aquí todo era fría piedra.

Le dio la impresión de que algún arquitecto había tenido que ahondar profundamente en la historia para recrear esas bóvedas y esas oscuras tapicerías. El arco del techo culminaba dos pisos por encima de ella y contaba con unas enormes vigas transversales que, estaba segura, había sido muy caro llevar hasta Arrakis. No existía ningún planeta en el sistema que tuviera árboles capaces de proporcionar tales vigas, a menos que las vigas fueran de imitación de madera.

No lo creía.

Esa había sido la residencia del gobierno en los días del Viejo Imperio. El dinero no les importaba tanto en el pasado. Había sido antes de que los Harkonnen construyesen su nueva megalópolis de Carthag, un lugar de mal gusto y miserable a unos doscientos kilómetros al nordeste, más allá de la Tierra Accidentada. Leto había demostrado buen juicio al elegir ese lugar para la sede del gobierno. Ya su nombre, Arrakeen, sonaba bien y cargado de tradición. Y era una ciudad pequeña, más fácil de higienizar y defender.

Volvió a oír el ruido de las cajas que se descargaban a la entrada. Jessica suspiró.

El retrato del padre del duque estaba apoyado contra una caja de cartón a su izquierda. El cordón que había sujetado el embalaje colgaba a un lado como una decoración deshilachada. Jessica sostenía aún uno de los extremos con la mano izquierda. Al lado de la pintura se hallaba la cabeza de un toro negro montada sobre una placa de madera pulida. La cabeza era una isla negra en un mar de papeles arrugados. La placa estaba apoyada en el suelo, y el reluciente hocico del toro apuntaba hacia el techo como si el animal se preparara a mugir su desafío a la estancia resonante.

Jessica se preguntaba qué compulsión le había empujado a desembalar aquellos dos objetos en primer lugar: la cabeza y la pintura. Sabía que había algo simbólico en dicha acción. No se había sentido tan asustada e insegura desde el día en que los enviados del duque la habían comprado en la escuela.

La cabeza y el cuadro.

Acentuaban su confusión. Se estremeció y lanzó una mirada a las estrechas ventanas sobre su cabeza. Era primera hora de la tarde, pero en aquella latitud el cielo estaba negro y frío, mucho más oscuro que el cálido azul de Caladan. Sintió una punzada de nostalgia por su mundo perdido.

«Qué lejos está Caladan.»

—¡Hemos llegado!

Era la voz del duque Leto.

Se giró y vio cómo avanzaba a largos pasos bajo la inmensa bóveda de la entrada. Su uniforme negro de trabajo con el halcón heráldico rojo en el pecho estaba sucio y arrugado.

—Temía que te hubieses perdido en este horrible lugar —dijo.

—Es una casa fría —dijo Jessica. Contempló su elevada estatura y su piel oscura, que le recordaba el verde de los olivos bajo un sol dorado reflejado en un agua azul. El gris de sus ojos revelaba algo similar al humo de leña, pero su rostro era el de un depredador: afilado, todo ángulos y facetas.

Un miedo repentino le atenazó el pecho. El hombre se había vuelto muy salvaje y autoritario desde que había decidido obedecer la orden del emperador.

—Toda la ciudad parece fría —dijo ella.

—Es una guarnición pequeña, sucia y polvorienta —admitió él—. Pero la cambiaremos. —Miró a su alrededor—. Esta es una sala reservada para actos públicos y ceremonias de estado. Acabo de echar una ojeada a algunos de los aposentos familiares del ala sur. Son mucho más acogedores. —Se acercó a ella, le tocó el brazo y admiró su majestuosidad.

En ese momento, volvió a preguntarse quiénes habrían sido sus desconocidos progenitores. ¿Una Casa renegada, quizá? ¿Miembros de la realeza caídos en desgracia? Parecía más solemne que el mismísimo linaje del emperador.

Al ver que el duque no apartaba la vista, Jessica se giró un poco y le dio el perfil. Él observó que no había ningún detalle sobresaliente que se impusiera al conjunto de su belleza. Su rostro era ovalado bajo la cascada de sus cabellos color bronce pulido. Sus ojos, algo distantes, eran verdes y claros como el cielo matutino de Caladan. Su nariz era pequeña, su boca grande y generosa. Su figura era agraciada pero discreta: alta, delgada y de pocas pero bien formadas curvas.

Recordó que los compradores le habían comunicado que las hermanas de la escuela la llamaban escuálida. Pero era una descripción demasiado simple. Jessica había aportado al linaje de los Atreides un rasgo de regia belleza. Le hacía feliz que Paul se hubiera beneficiado de ello.

—¿Dónde está Paul? —preguntó.

—En algún lugar de la casa, tomando sus lecciones con Yueh.

—Probablemente en el ala sur —dijo él—. Creo haber oído la voz de Yueh, pero no he tenido tiempo de mirar. —Observó a Jessica y titubeó—. Solo he venido para colgar la llave de Castel Caladan en este salón.

Ella contuvo el aliento y reprimió el reflejo de acercarse a él. Colgar la llave era un acto que indicaba el carácter definitivo de la mudanza. Pero no era ni el momento ni el lugar de buscar consuelo.

—He visto nuestro estandarte sobre la casa cuando hemos llegado —dijo ella.

Él miró hacia el retrato de su padre.

—¿Dónde tienes intención de colocarlo?

—En alguna de estas paredes.

—No. —La palabra era clara y definitiva, y le dejó claro a Jessica que las artimañas no le servirían para nada. Aun así, debía intentarlo aunque solo sirviera para confirmarle que no siempre podría convencerle.

—Mi señor —dijo—, si tan solo...

—Mi respuesta sigue siendo no. Te permito muchas cosas que me suelen avergonzar, pero no esto. Justo acabo de pasar por el comedor y he observado que hay...

—¡Mi señor! Os lo ruego.

—Tengo que elegir entre tu digestión y mi dignidad ancestral, querida —dijo—. Lo colgaremos en el comedor.

Suspiró.

—Sí, mi señor.

—Podrás volver a comer como de costumbre en tus habitaciones tan pronto como sea posible. Exigiré que ocupes tu lugar en la mesa solo durante acontecimientos oficiales.

—Gracias, mi señor.

—¡Y no seas tan fría y formal conmigo! Agradéceme que nunca me haya casado contigo, querida. De no ser así, tu deber hubiera sido estar a mi lado en la mesa durante cada comida.

Jessica asintió, impasible.

—Hawat ya ha instalado tu detector de venenos en la mesa —dijo—. Pero tienes otro portátil en tu habitación.

—Habéis previsto incluso esta... discrepancia —dijo ella.

—Querida, también pienso en tu comodidad. He contratado criadas. Son lugareñas, pero Hawat las ha seleccionado. Todas son Fremen. Servirán hasta que los nuestros hayan terminado las tareas que tienen ahora.

—¿Hay alguien en este lugar que sea realmente de fiar?

—Todos los que odian a los Harkonnen. Quizá incluso quieras quedarte con el ama de llaves: la Shadout Mapes.

—¿Shadout? —preguntó Jessica—. ¿Un título Fremen?

—Me han dicho que significa «excavapozos», una palabra llena de importantes implicaciones en este lugar. Puede que no se corresponda con tu idea de la sirvienta ideal, pero Hawat habla muy bien de ella, basándose en un informe de Duncan. Ambos están convencidos de que desea servir. Servirte a ti, en concreto.

—¿A mí?

—Los Fremen han descubierto que eres Bene Gesserit. Y en Arrakis hay leyendas sobre las Bene Gesserit.

«La Missionaria Protectiva —pensó Jessica—. No se les escapa nada.»

—¿Eso significa que Duncan ha tenido éxito? —preguntó—. ¿Los Fremen serán nuestros aliados?

—Todavía no hay nada concreto —dijo el duque—. Duncan cree que antes pretenden observarnos un poco. De todos modos, han prometido no saquear los pueblos limítrofes durante la tregua. Es un logro más importante de lo que puede parecer. Hawat me ha dicho que los Fremen eran una profunda espina para los Harkonnen, aunque sus incursiones eran un secreto muy bien guardado. Al emperador no le hubiese gustado nada descubrir la ineficacia de las fuerzas militares de los Harkonnen.

—Un ama de llaves Fremen —murmuró Jessica, volviendo al tema de la Shadout Mapes—. Así que tendrá los ojos totalmente azules.

—No te dejes engañar por la apariencia de esa gente —dijo el duque—. Son muy fuertes y de una profunda vitalidad. Creo que son precisamente lo que necesitamos.

—Es una apuesta arriesgada —dijo Jessica.

—No empecemos de nuevo —dijo él.

Ella forzó una sonrisa.

—Estamos metidos hasta el cuello, sin duda. —Se concentró y realizó un rápido ejercicio para calmarse: dos inspiraciones, el pensamiento ritual, y luego dijo—: Cuando asigne las habitaciones, ¿hay alguna en especial que deseéis que os reserve para vos?

—Algún día tienes que enseñarme cómo lo haces —dijo el duque—, esa forma que tienes de borrar todas las preocupaciones de tu mente y centrarte en asuntos prácticos. Debe de ser algún truco Bene Gesserit.

—Es un truco femenino —dijo ella.

Él sonrió.

—Bien, volvamos a la asignación de habitaciones: búscame un amplio despacho cerca de mi dormitorio. Aquí va a haber mucho más papeleo que en Caladan. También una habitación para la guardia, por supuesto. Eso será suficiente. No te preocupes por la seguridad de la casa. Los hombres de Hawat la han rastreado a fondo.

—Estoy segura de que lo han hecho.

El duque miró su reloj de pulsera.

—Y comprueba que todos nuestros relojes estén sincronizados con la hora local de Arrakeen. He asignado a un técnico para que se ocupe de ello. Llegará dentro de poco. —Le apartó un mechón de cabellos que le había caído sobre la frente—. Ahora debo volver al área de desembarco. El segundo transbordador llegará de un momento a otro con las reservas de personal.

—¿No podría Hawat encargarse de ellos, mi señor? Parecéis tan cansado...

—El buen Thufir está aún más ocupado que yo. Como bien sabes, este planeta está infestado de las intrigas de los Harkonnen. Además, debo convencer a los mejores cazadores de especia para que se queden. Ya sabes que con el cambio de feudo tienen libertad para elegir, y el planetólogo que el emperador y el Landsraad han designado como Árbitro del Cambio es insobornable. Les ha dado la opción de elegir libremente. Casi ochocientos hombres expertos esperan para irse en el transbordador de la especia, y un buque de carga de la Cofradía los aguarda.

—Mi señor... —Jessica titubeó y se le quebró la voz.

—¿Sí?

«Nadie podrá impedirle que haga lo imposible por convertir este mundo en un lugar seguro para nosotros —pensó—. Y no puedo usar mis trucos con él.»

—¿A qué hora os espero para la cena? —preguntó.

«Eso no es lo que iba a decir —pensó él—. Ah, mi Jessica. Ojalá estuviésemos lejos de aquí, sin importar el lugar, pero lejos de este horrible planeta. Los dos solos y sin ninguna preocupación.»

—Comeré fuera, en la mesa de oficiales —dijo—. No me esperes hasta muy tarde. Ah... y enviaré un vehículo con escolta para Paul. Quiero que asista a nuestra conferencia estratégica.

Carraspeó como si fuera a decir algo más y luego se dio media vuelta en silencio y se marchó hacia la puerta donde Jessica oía que se descargaban más cajas. Al entrar, oyó su voz otra vez imperativa y desdeñosa, el tono con el que hablaba a los sirvientes cuando tenía prisa:

—La dama Jessica está en el vestíbulo. Reúnete con ella de inmediato.

La puerta exterior se cerró de un portazo.

Jessica se volvió y miró de frente el retrato del padre de Leto. Lo había realizado un afamado artista, Albe, cuando el Viejo Duque era de mediana edad. Lo había pintado vestido de torero, con una capa magenta colgando del brazo izquierdo. El rostro parecía joven, casi tanto como el de Leto en la actualidad, y tenía los mismos rasgos de halcón, la misma mirada gris. Apretó los puños en los costados y miró el retrato con odio.

—¡Maldito! ¡Maldito! ¡Maldito! —susurró.

—¿Cuáles son vuestras órdenes, Noble Nacida?

Era una voz de mujer, aguda y musical como una cuerda tensada.

Jessica se giró y se topó de frente con una mujer huesuda, de cabellos grises y ataviada con las informes y holgadas ropas marrones de los siervos. La mujer tenía el mismo aspecto arrugado y reseco que todos los que la habían saludado esa mañana mientras recorría el camino que separaba aquel lugar del campo de aterrizaje. A Jessica le dio la impresión de que todos los nativos del planeta tenían el mismo aspecto consumido y famélico. Sin embargo, Leto había dicho que eran fuertes y sanos. También le habían llamado la atención los ojos, esos lagos de un azul profundo y oscuro sin el menor blanco, impertérritos, misteriosos. Jessica se esforzó para no mirarla directamente.

La mujer inclinó brevemente la cabeza y dijo:

—Me llaman la Shadout Mapes, Noble Nacida. ¿Cuáles son vuestras órdenes?

—Puedes llamarme «mi dama» —dijo Jessica—. No nací noble. Soy la concubina titular del duque Leto.

La mujer volvió a realizar esa extraña inclinación de cabeza y alzó los ojos para mirar a Jessica y hacer una insidiosa pregunta:

—Entonces ¿está casado?

—No lo está ni lo ha estado nunca. Soy la única... compañera del duque, la madre de su heredero designado.

A Jessica le hizo mucha gracia el orgullo que destilaron sus palabras.

«¿Qué es lo que dijo san Agustín? —se preguntó a sí misma—. La mente gobierna al cuerpo, y este obedece. La mente se ordena a sí misma y encuentra resistencia. Sí... últimamente percibo una mayor resistencia. Me vendría bien un retiro apacible en mí misma.»

Un grito extraño sonó en el camino que había en el exterior de la casa. Se repetía:

—¡Suu-suu-Suuk! ¡Suu-suu-Suuk! —Y continuaba—: ¡Ikhuteigh! ¡Ikhut-eigh! —Y volvía de nuevo—: ¡Suu-suu-Suuk!

—¿Qué es? —preguntó Jessica—. Lo he oído varias veces por la mañana mientras recorríamos las calles.

—Es solo un vendedor de agua, mi dama. Pero no tiene interés para vos. Las cisternas de esta morada contienen cincuenta mil litros y siempre están llenas. —La mujer inclinó la cabeza y miró sus ropas—. Mi dama, ¿acaso no veis que aquí no necesito llevar puesto mi destiltraje? —Se rio—. ¡Y no he muerto!

Jessica vaciló y se le ocurrieron varias preguntas que hacerle a la mujer Fremen, como si sintiera la necesidad de que la orientara. Pero poner orden en el castillo era mucho más urgente. No obstante, le perturbaba que en aquel planeta el agua fuera un símbolo de riqueza.

—Mi esposo me ha dicho tu título, Shadout —dijo Jessica—. Conozco esa palabra. Es muy antigua.

—¿Así que conocéis las antiguas lenguas? —preguntó Mapes, que la miró con extraña intensidad.

—Las lenguas son la primera enseñanza Bene Gesserit —dijo Jessica—. Conozco el bhotani-jib y el chakobsa, todas las lenguas de los cazadores.

Mapes asintió.

—Tal como dice la leyenda.

Y Jessica se preguntó: «¿Por qué sigo representando esta farsa?».

Pero los caminos Bene Gesserit siempre eran sinuosos y compulsivos.

—Conozco las Cosas Oscuras y los caminos de la Gran Madre —dijo Jessica. En las acciones y la apariencia de Mapes distinguió señales obvias de una ligera traición—. Miseces prejia —dijo, en lengua chakobsa—. ¡Andral t’re pera! Trada cik buscakri miseces perakri...

Mapes dio un paso atrás, dispuesta a huir.

—Sé muchas cosas —dijo Jessica—. Sé que has engendrado hijos, que has perdido a seres queridos, que te has ocultado por miedo y que has cometido actos violentos y que volverás a cometerlos. Sé muchas cosas.

—No quería ofenderos, mi dama —dijo Mapes en voz muy baja.

—Hablas de la leyenda y buscas respuestas —dijo Jessica—. Guárdate de las respuestas que puedas encontrar. Sé que has venido preparada para la violencia, con un arma en tu corpiño.

—Mi dama, yo...

—Existe la remota posibilidad de que consigas derramar la sangre de mi vida —dijo Jessica—, pero si lo hicieras causarías más daño del que te puedas imaginar en tus peores pesadillas. ¿Sabes? Hay cosas más terribles que la muerte... incluso para todo un pueblo.

—¡Mi dama! —imploró Mapes. Parecía a punto de caer de rodillas—. El arma es un regalo para vos si podéis probar que sois la Elegida.

—Y el instrumento de mi muerte si no es el caso —dijo Jessica. Esperó, con esa calma aparente que hacía a las Bene Gesserit tan terribles en el combate.

«Ahora veremos hacia dónde se inclina la decisión», pensó.

Mapes metió la mano despacio por el cuello de su vestido y sacó una oscura funda. De ella emergía una negra empuñadura con marcas profundas para los dedos que hacían más segura la sujeción. Tomó la funda con una mano y la empuñadura con la otra, y extrajo una hoja de un color blanco lechoso. La blandió por encima de su cabeza, y la hoja pareció brillar con luz propia. Era de doble filo, como un kindjal, y tendría unos veinte centímetros de largo.

—¿Sabéis qué es, mi dama? —preguntó Mapes.

Jessica pensó que era inconfundible: el legendario cuchillo crys de Arrakis, la hoja que nunca había salido del planeta y que en otras partes no era más que un rumor y un misterio.

—Es un crys —dijo.

—No lo pronunciéis con ligereza —dijo Mapes—. ¿Sabéis el significado de ese nombre?

Y Jessica pensó: «Es una pregunta de doble filo. Esta es la razón por la que esta Fremen ha querido servir conmigo, solo para hacerme esta pregunta. Mi respuesta puede precipitar la violencia o... ¿qué? Exige una respuesta de mi parte: el significado de un cuchillo. La llaman la Shadout en lengua chakobsa. Cuchillo significa «hacedor de muerte» en chakobsa. Se está impacientando. Tengo que responder ya. Retrasar la respuesta es tan peligroso como dar una respuesta equivocada».

—Es un hacedor... —dijo.

—¡Aiiiieeeeeee! —gritó Mapes. Era un sonido de dolor y de júbilo. Temblaba con tanta violencia que la hoja del cuchillo emitía reflejos por toda la estancia.

Jessica esperó, inmóvil. Iba a decir que el cuchillo era un «hacedor de muerte» y a añadir la antigua palabra, pero ahora todos los sentidos la advertían gracias al entrenamiento intensivo capaz de interpretar hasta el más mínimo estremecimiento muscular.

La palabra clave era... «hacedor».

«¿Hacedor? Hacedor.»

Sin embargo, Mapes empuñaba el cuchillo como si estuviera dispuesta a usarlo.

—¿Cómo has podido pensar que, conociendo los misterios de la Gran Madre, no iba a conocer el Hacedor? —preguntó Jessica.

Mapes bajó el cuchillo.

—Mi dama, cuando uno ha vivido tanto tiempo con la profecía, el momento de la revelación es un shock.

Jessica pensó en la profecía: el Shari-a y toda la panoplia propheticus. Hacía muchos siglos se había enviado al lugar una Bene Gesserit de la Missionaria Protectiva; no cabía duda alguna de que llevaba muerta mucho tiempo, pero había cumplido sus propósitos: implantar las leyendas protectoras con firmeza en aquel pueblo para el día en que una Bene Gesserit tuviera necesidad de ellas.

Pues había llegado el momento.

Mapes guardó el cuchillo en la funda y dijo:

—Es una hoja inestable, mi dama. Llevadla siempre con vos. Si permanece más de una semana lejos de la carne, empezará a desintegrarse. Es un diente de shai-hulud y permanecerá con vos durante el resto de vuestra vida.

Jessica tendió la mano derecha y se arriesgó a decir:

—Mapes, has devuelto la hoja a la funda sin mancharla de sangre.

Con una ahogada exclamación, Mapes puso el cuchillo enfundado en la mano de Jessica, desgarró su corpiño marrón y dijo:

—¡Tomad el agua de mi vida!

Jessica extrajo la hoja de la funda. ¡Cómo relucía! La apuntó directamente hacia Mapes, y vio en sus ojos un pánico mayor que a la mismísima muerte.

«¿Tendrá la punta envenenada? —se preguntó Jessica. Alzó la hoja y trazó un sutil arañazo en el seno izquierdo de Mapes con el filo. Brotaron unas pocas gotas de sangre que se detuvieron casi de inmediato—. Coagulación ultrarrápida —pensó—. ¿Una mutación para conservar la humedad del cuerpo?»

Volvió a meter la hoja en la funda y dijo:

—Abotona tu vestido, Mapes.

Mapes obedeció, temblando. Sus ojos sin rastro de blanco miraban fijamente a Jessica.

—Sois de los nuestros —murmuró—. Vos sois la Elegida.

Se oyó de nuevo el ruido de descargar bultos en la entrada. Mapes cogió el cuchillo envainado y lo deslizó con presteza en el corpiño de Jessica.

—¡Todo aquel que vea esa hoja debe morir o ser purificado! —gruñó—. ¡Vos lo sabéis, mi dama!

«Ahora lo sé», pensó Jessica.

Los estibadores se marcharon sin pasar por la Gran Sala.

Mapes recuperó la compostura y dijo:

—Aquel que es impuro y ha visto un crys no puede abandonar vivo Arrakis. No lo olvidéis, mi dama. Os ha sido confiado un crys. —Respiró hondo—. Ahora las cosas deben seguir su curso. No se pueden apresurar los acontecimientos. —Echó un vistazo a las cajas y paquetes apilados a su alrededor—. Y aquí hay mucho trabajo para pasar el tiempo.

Jessica vaciló. «Las cosas deben seguir su curso.» Una frase típica que provenía directamente de los ensalmos de la Missionaria Protectiva. «La venida de la Reverenda Madre que os liberará.»

«Pero yo no soy una Reverenda Madre —pensó Jessica. Y luego—: ¡Gran Madre! ¡Este mundo debe de ser horrible para que hayamos tenido que implantar esto!»

—¿Qué es lo primero que deseáis que haga, mi dama? —dijo Mapes con voz tranquila.

El instinto empujó a Jessica a responder con el mismo tono casual.

—El cuadro del Viejo Duque que está allí. Hay que colgarlo en una de las paredes del comedor. Y la cabeza del toro en la pared opuesta.

Mapes se acercó a la cabeza del toro.

—Debía ser un animal enorme para tener una cabeza tan grande —dijo. Se inclinó sobre ella—. Habría que limpiarla primero, ¿no es así, mi dama?

—No.

—Pero la suciedad se ha incrustado en los cuernos.

—No es suciedad, Mapes. Es la sangre del padre de nuestro duque. Esos cuernos fueron rociados con un fijador transparente pocas horas después de que este animal matara al Viejo Duque.

Mapes se irguió.

—Suficiente —dijo.

—Solo es sangre —dijo Jessica—. Sangre muy antigua. Busca a alguien que te ayude a colgarlo todo. Esas malditas cosas son pesadas.

—¿Creéis que me impresiona un poco de sangre? —preguntó Mapes—. Vengo del desierto y he visto sangre en abundancia.

—Sí... no me cabe duda —dijo Jessica.

—Y, a veces, esa sangre era la mía —dijo Mapes—. Mucha más sangre de la que me ha producido vuestra insignificante rozadura.

—¿Hubieras preferido que te cortara más?

—¡Oh, no! El agua del cuerpo escasea y no hay necesidad de malgastarla esparciéndola por el aire. Habéis actuado correctamente.

A través de sus palabras y la manera en la que las había pronunciado, Jessica captó las profundas implicaciones de esa expresión: «el agua del cuerpo». Volvió a sentir la sensación opresiva de la importancia del agua en Arrakis.

—¿En qué pared del comedor debo colgar estos hermosos adornos, mi dama? —preguntó Mapes.

«Esta Mapes siempre tan práctica», pensó Jessica. Dijo:

—Usa tu buen criterio, Mapes. No tiene tanta importancia.

—Como deseéis, mi dama. —Mapes se inclinó y comenzó a quitar los restos de embalaje de la cabeza—. ¿Así que mató a un viejo duque, decís? —murmuró.

—¿Llamo a alguien para ayudarte? —preguntó Jessica.

—Me las arreglaré yo sola, mi dama.

«Sí, se las arreglará —pensó Jessica—. Es sin duda una de las cualidades de esa Fremen: la voluntad de acabar lo que emprende.»

Jessica sintió el contacto frío de la funda del crys en el corpiño y pensó en la larga cadena de intrigas Bene Gesserit que habían creado otro eslabón de la cadena en aquel lugar. Gracias a dicha cadena había conseguido sobrevivir a una crisis mortal. «No se pueden apresurar los acontecimientos», había dicho Mapes. Sin embargo, aquel lugar hacía gala de un ritmo apresurado que llenaba de aprensión a Jessica. Y ni siquiera todos los preparativos de la Missionaria Protectiva ni las minuciosas inspecciones realizadas por Hawat en aquel enorme montón de piedras almenadas habían conseguido disipar sus oscuros presagios.

—Cuando hayas terminado, empieza a desempaquetar los bultos —dijo Jessica—. Uno de los estibadores que está en la entrada principal tiene todas las llaves y te dirá dónde hay que meter cada cosa. Haz que te dé las llaves y la lista. Si tienes que hacerme alguna consulta, estaré en el ala sur.

—Como vos deseéis, mi dama.

Jessica se alejó, pensando: «Hawat habrá juzgado esta residencia como segura, pero hay algo amenazador en este lugar. Lo presiento».

A Jessica la invadió una apremiante necesidad de ver a su hijo. Se dirigió hacia la gran entrada abovedada que se abría al pasillo que conducía al comedor y a las estancias familiares. Empezó a caminar cada vez más deprisa hasta que terminó a la carrera.

Detrás de ella, Mapes hizo una breve pausa mientras terminaba de desembalar la cabeza del toro y miró la silueta que se alejaba.

—Es la Elegida, no hay duda —murmuró—. Pobrecilla.

Capítulo 8

«¡Yueh! ¡Yueh! ¡Yueh! —dice el refrán—. ¡Un millón de muertes no serían suficientes para Yueh!»

De Historia de Muad’Dib para niños,

por la princesa Irulan

La puerta estaba entreabierta, y Jessica la cruzó y entró en una estancia de paredes amarillas. A su izquierda había un diván bajo de piel negra y dos librerías vacías; así como una cantimplora que pendía, sin agua y con sus lados abombados llenos de polvo. A su derecha, flanqueando otra puerta, había otras dos librerías vacías, un escritorio traído de Caladan y tres sillas. Junto a la ventana que tenía frente a ella, el doctor Yueh le daba la espalda y parecía centrar su atención en el mundo exterior.

Jessica dio otro silencioso paso dentro de la habitación.

Observó que la chaqueta del doctor estaba arrugada y tenía marcas blancas a la altura del codo izquierdo, como si se hubiera apoyado contra una pizarra. Visto de espaldas, parecía un esqueleto desprovisto de carne, envuelto en ropas negras demasiado amplias, una marioneta esperando moverse a las órdenes de un marionetista invisible. Lo único que parecía tener vida en su figura era la cabeza, que giraba un poco para seguir algún movimiento del exterior. Tenía los cabellos largos del color del ébano que le caían sobre los hombros y estaban sujetos por el anillo de plata de la Escuela Suk.

Jessica volvió a echar un vistazo por la estancia y no vio rastro alguno de su hijo, pero sabía que la puerta cerrada de la derecha conducía a otro dormitorio más pequeño por el que Paul había mostrado su preferencia.

—Buenas tardes, doctor Yueh —dijo—. ¿Dónde está Paul?

El hombre inclinó la cabeza como si respondiese a alguien allá afuera y contestó con voz ausente, sin darse la vuelta:

—Vuestro hijo estaba cansado, Jessica. Lo he enviado a descansar a la estancia contigua.

Se irguió de repente y se giró. El bigote le caía sobre sus empurpurados labios.

—¡Perdonadme, mi dama! Estaba absorto... yo... no pretendía hablaros con tanta cercanía.

Ella sonrió y levantó la mano derecha. Por un instante temió que el hombre se arrodillase.

—Wellington, por favor.

—No quería usar vuestro nombre así... yo...

—Nos conocemos desde hace seis años —dijo Jessica—. Tendríamos que haber roto las formalidades hace ya mucho. Al menos en privado.

Yueh aventuró una débil sonrisa mientras pensaba: «Creo que ha dado resultado. Ahora pensará que me comporto de forma tan inusual debido a la vergüenza. No buscará razones más profundas, puesto que ya tiene la respuesta».

—Siento que me hayáis encontrado con la cabeza en las nubes —dijo—. Cuando... cuando me siento inquieto por vos, temo que pienso en vos como... bueno, como Jessica.

—¿Inquieto por mí? ¿Por qué?

Yueh se encogió de hombros. Desde hacía tiempo se había dado cuenta de que Jessica no tenía el don completo de Decidora de Verdad, como sí había tenido su Wanna. Sin embargo, le decía la verdad cada vez que le era posible. Era más seguro.

—Ya habéis visto este lugar, mi... Jessica. —Vaciló con el nombre, pero siguió rápidamente—: Es tan árido en comparación con Caladan. ¡Y la gente! Esas mujeres que no dejaban de aullar detrás de sus velos mientras veníamos a este lugar. ¡Cómo nos miraban!

Jessica cruzó los brazos contra el pecho, se abrazó y sintió el contacto del crys, la hoja que se obtenía del diente de un gusano de arena, si lo que se decía era cierto.

—Lo hacen porque les resultamos peculiares. Es un pueblo diferente con diferentes costumbres. Hasta ahora solo conocían a los Harkonnen. —Miró detrás del doctor, a través de la ventana—. ¿Qué mirabais fuera?

El hombre volvió a girarse hacia la ventana.

—A la gente.

Jessica avanzó hasta situarse a su lado, y siguió la dirección de su mirada hasta donde centraba la atención, hacia la izquierda, la parte delantera de la casa. Había una hilera de veinte palmeras, y la tierra de debajo estaba limpia y cuidada. Una barrera pantalla las separaba de la gente que pasaba por la calle envuelta en túnicas. Jessica notó en el ambiente el tenue resplandor que había entre ella y la gente, el escudo que rodeaba la casa. Empezó a analizar a la multitud sin dejar de preguntarse qué era lo que llamaba tanto la atención de Yueh.

Lo comprendió de improviso y se llevó una mano al rostro. ¡Se fijaba en la manera en la que los transeúntes miraban las palmeras! Vio en sus rostros envidia, odio... y también algo de esperanza. Cada persona que pasaba miraba los árboles con hipnótica fijeza en su expresión.

—¿Sabéis en qué piensan? —preguntó Yueh.

—¿Afirmáis que podéis leer sus pensamientos? —se sorprendió ella.

—Sus pensamientos sí —respondió él—. Miran esos árboles y piensan: «Equivalen a un centenar de nosotros». Eso es lo que piensan.

Ella lo miró, perpleja y cejijunta.

—¿Por qué?

—Son palmeras datileras —dijo el hombre—. Cada palmera datilera absorbe cuarenta litros de agua al día. Un hombre solo necesita ocho. Por lo tanto, una palmera equivale a cinco hombres. Hay veinte palmeras ahí fuera, o sea, cien hombres.

—Pero algunos miran las palmeras con esperanza.

—Esperan que caiga algún dátil, pero no es la temporada.

—Analizamos este lugar con ojos demasiado críticos —dijo ella—. Hay tanto peligro como esperanza. La especia puede hacernos ricos. Con un tesoro tan grande, podríamos transformar este mundo en lo que quisiéramos.

Luego rio para sí y pensó: «¿A quién intento engañar?».

Fue incapaz de seguir conteniendo la risa, que emergió seca, sin alegría.

—Pero uno no puede comprar la seguridad —dijo.

Yueh giró el rostro para ocultarlo de la mujer.

«¡Si al menos fuera posible odiar a esa gente en vez de amarla!»

La actitud y muchos de los ademanes de Jessica eran similares a los de su Wanna. Lo único que consiguió al pensar en ello fue reafirmar aún más su decisión. La crueldad de los Harkonnen era retorcida, pero quizá Wanna aún estuviera viva. Tenía que asegurarse.

—No os preocupéis por nosotros, Wellington —dijo Jessica—. El problema es nuestro, no vuestro.

«¡Cree que me preocupo por ella! —Parpadeó para ocultar sus lágrimas—. Y es cierto, por supuesto. Pero debo enfrentarme a ese malvado barón una vez cumplida su voluntad, y aprovechar entonces el momento oportuno para golpearle cuando esté más débil. ¡Cuando crea que se ha salido con la suya!»

Suspiró.

—¿Molestaré a Paul si voy a echarle un ojo? —preguntó Jessica.

—En absoluto. Le he dado un sedante.

—¿Soporta bien el cambio?

—Solo está un poco más cansado que de costumbre. Está emocionado, pero ¿qué muchacho de quince años no lo estaría en tales circunstancias? —Se dirigió hacia la puerta y la abrió—. Aquí está.

Jessica lo siguió y aguzó la vista en la penumbra.

Paul dormía en una estrecha cama, con un brazo metido bajo un ligero cubrecama y el otro por encima de la cabeza. La claridad que atravesaba las persianas formaba un entramado de luz y sombras en su rostro y la colcha.

Jessica miró a su hijo y vio ese rostro ovalado que tanto se parecía al suyo. Pero los cabellos eran los del duque, enmarañados y negros como el carbón. Las largas pestañas ocultaban unos ojos verde lima. Jessica sonrió y sintió que se disipaban sus temores. Empezó a descubrir poco a poco los rasgos de la ascendencia genética de su hijo: los ojos eran los suyos, y también el contorno facial, pero los aguzados rasgos del padre cada vez se hacían más evidentes en dicho rostro, como si la adolescencia empezara a dejar paso a la madurez.

Concibió los rasgos del muchacho como la refinada síntesis de un proceso fortuito, una ristra interminable de coincidencias que convergían en un único punto. Pensar en ello la hizo arder en deseos de arrodillarse junto a la cama y coger a su hijo en brazos, pero la presencia de Yueh se lo impidió. Dio un paso atrás y cerró la puerta con cuidado.

Yueh había vuelto a la ventana, incapaz de contemplar la manera en la que Jessica miraba a su hijo.

«¿Por qué Wanna no me dio hijos? —pensó para sí—. Soy doctor y sé que no había ningún impedimento físico. ¿Habría quizá algún motivo Bene Gesserit? ¿Es posible que estuviera destinada a otro fin? Pero ¿cuál? Me amaba, estoy seguro.»

Por primera vez sintió que podía llegar a formar parte de un plan mucho más vasto y complejo de lo que su mente fuera nunca capaz de concebir.

Jessica se detuvo a su lado y dijo:

—Qué delicioso abandono hay en el sueño de un niño.

—Ojalá los adultos también pudiéramos relajarnos así... —dijo el hombre mecánicamente.

—Sí.

—¿Cuándo perdimos la capacidad de hacerlo? —murmuró él.

Jessica captó algo extraño en su tono y se quedó mirándolo, pero tenía la mente centrada en Paul; pensaba en la rigurosidad del nuevo adiestramiento y en lo distinta que sería su vida ahora, muy distinta de la que habían planeado para él.

—Sin duda la hemos perdido —dijo.

Miró afuera, hacia la derecha, donde vio cómo la brisa agitaba el gris verdoso de los arbustos, las hojas polvorientas y las ramas sarmentosas en una inclinación llena de montículos. El oscuro cielo colgaba sobre el lugar como un borrón, y la lechosa luz del sol arrakeno inundaba la escena de reflejos plateados como los del crys que guardaba en su seno.

—El cielo es tan oscuro —murmuró.

—En parte se debe a la falta de humedad —dijo el hombre.

—¡Agua! —exclamó Jessica—. ¡Dondequiera que uno mire, todo está influenciado por la escasez de agua!

—Es el preciado misterio de Arrakis —dijo él.

—Pero ¿por qué hay tan poca? Aquí las rocas son volcánicas. Y podría citar otra docena de fuentes posibles. Hay hielo en los polos. Dicen que es imposible horadar en el desierto, que las tormentas y las mareas de arena destruyen los equipos antes de que terminen de instalarse, si es que antes no son devorados por los gusanos. De todos modos, nunca han encontrado agua. Pero el misterio, Wellington, el verdadero misterio, son los pozos excavados aquí en las dolinas y en las depresiones. ¿Habéis oído hablar de ellos?

—Primero se encontró un hilillo de agua, y luego nada —dijo el hombre.

—Pero ese es el misterio, Wellington. El agua estaba ahí. Primero surge, luego cesa y ya no vuelve a salir agua nunca más. Luego se realiza otra excavación en las proximidades y ocurre lo mismo: se encuentra un hilillo de agua, y luego nada. ¿Nadie se ha sentido nunca intrigado por eso?

—Sí, es curioso —dijo Yueh—. ¿Sospecháis la presencia de algo vivo? ¿No creéis que los análisis del terreno lo hubieran revelado?

—¿Qué hubieran revelado? ¿Materia extraña vegetal... o animal? ¿Cómo identificarlo? —Jessica volvió a mirar hacia afuera—. El agua se detiene. Algo la absorbe e impide que fluya. Estoy segura.

—Quizá ya se conozca la razón —dijo el hombre—. Los Harkonnen censuraron muchas fuentes de información sobre Arrakis. Quizá tenían razón para ocultar esto.

—¿Qué razón? —preguntó ella—. Por otra parte, tenemos humedad atmosférica. Es cierto que no mucha, pero existe. Es la mayor fuente de agua del lugar, gracias a las trampas de viento y a los precipitadores. ¿De dónde proviene?

—¿De los casquetes polares?

—El aire frío arrastra muy poca humedad, Wellington. Tras el velo de los Harkonnen, hay cosas que merecen investigarse a fondo, y no todas están relacionadas directamente con la especia.

—Ciertamente, estamos envueltos en el velo de los Harkonnen —dijo él—. Quizá... —Se interrumpió al notar la repentina intensidad de la mirada de Jessica—. ¿Ocurre algo?

—La manera en la que habéis pronunciado «Harkonnen» —dijo ella—. Ni siquiera la voz de mi duque está tan cargada de veneno cuando dice ese nombre tan odiado. No sabía que tuvierais razones personales para odiarlos, Wellington.

«¡Gran Madre! —pensó Yueh—. ¡He levantado sus sospechas! Ahora debo emplear todos los trucos que me enseñó mi Wanna. Es la única solución: decirle la verdad tanto como pueda.»

—¿Ignoráis que mi esposa, mi Wanna...? —dijo. Se interrumpió y sintió cómo las palabras se ahogaban en su garganta. Luego continuó—: Ella... —Pero las palabras se negaron a salir. Sintió que el pánico se había apoderado de él, cerró los ojos con fuerza y notó la agonía en su pecho y nada más hasta que una mano le tocó el brazo con suavidad.

—Perdonad —dijo Jessica—. No pretendía abrir una vieja herida.

Y pensó: «¡Esas bestias! Su esposa era una Bene Gesserit, está rodeado de signos. Es obvio que los Harkonnen la mataron. No es más que otra pobre víctima ligada a los Atreides por un odio común».

—Lo siento —dijo Yueh—. Soy incapaz de hablar del tema. —Abrió los ojos y se abandonó a las garras del sufrimiento interno. Este, al menos, era verdadero.

Jessica lo estudió: sus pómulos acusados, los reflejos oscuros en sus almendrados ojos, su cetrina piel y el frondoso bigote que le caía formando una curva a ambos lados de sus empurpurados labios y el anguloso mentón. Las arrugas de sus mejillas y su frente se debían tanto al dolor como a la edad. Sintió un profundo afecto hacia él.

—Wellington, siento que os hayamos traído a un lugar tan peligroso —dijo.

—He venido por mi propia voluntad —dijo él. Y esto también era cierto.

—Pero este planeta no es más que una inmensa trampa Harkonnen. Seguro que lo sabéis.

—Hace falta mucho más que una trampa para atrapar al duque Leto —dijo el hombre. Lo que también era cierto.

—Tal vez debiera confiar más en él —dijo Jessica—. Es un estratega brillante.

—Nos han arrancado de nuestra tierra —dijo Yueh—. Por eso nos sentimos tan incómodos.

—Y qué fácil resulta matar una planta desarraigada —dijo ella—. Especialmente cuando se replanta en suelo hostil.

—¿Seguro que estamos en suelo hostil?

—Han tenido lugar revueltas por el agua cuando se ha sabido la cantidad de gente que la llegada del duque añadiría a la población —dijo Jessica—. Y solo han cesado cuando la gente ha visto que instalábamos nuevos condensadores y trampas de viento para compensar la demanda adicional.

—En este lugar hay una cantidad limitada de agua para sustentar la vida humana —dijo él—. La gente sabe muy bien que si otros vienen a beber, el precio del agua subirá y los más pobres morirán. Pero el duque ha resuelto el problema. Las revueltas no tienen por qué significar una hostilidad permanente hacia él.

—Y hay guardias —dijo ella—. Guardias por todas partes. Y escudos. Se puede ver cómo emborronan el ambiente allá donde uno mire. En Caladan no vivíamos así.

—Dadle una oportunidad a este planeta —dijo Yueh.

Pero Jessica siguió mirando impasible a través de la ventana.

—Siento la muerte en este lugar —dijo—. Hawat ha enviado un batallón de sus agentes como vanguardia. Esos guardias de ahí afuera son sus hombres. Los estibadores también son sus hombres. Ha habido importantes e inexplicables desembolsos de dinero del tesoro últimamente. Esas sumas solo pueden significar una cosa: corrupción en las altas esferas. —Agitó la cabeza—. La muerte y la traición acompañan a Thufir Hawat dondequiera que va.

—Le calumniáis.

—¿Calumnia? Es una alabanza. En estas circunstancias, la muerte y la traición son nuestra única esperanza. Pero yo no me dejo engañar por los métodos de Thufir.

—Deberíais... buscar algo que hacer —dijo el hombre—. No darle tantas vueltas a esos morbosos...

—¡Algo que hacer! ¿Qué es lo que ocupa la mayor parte de mi tiempo, Wellington? Soy la secretaria del duque, y tengo tanto trabajo que cada día aprendo cosas nuevas a las que temer... cosas que él ni siquiera sospecha que yo sepa. —Apretó los labios y habló muy bajo—. A veces me pregunto cuánto influyó mi adiestramiento Bene Gesserit en que me eligiera.

—¿Qué queréis decir?

Se quedó impresionado por el tono cínico, por una amargura que nunca antes había vislumbrado en ella.

—Wellington, ¿nunca habéis pensado que una secretaria atada por el amor es mucho más segura? —preguntó Jessica.

—Esa forma de pensar no es digna, Jessica.

El reproche surgió de sus labios de manera espontánea. No existía la menor duda sobre los sentimientos del duque hacia su concubina. Bastaba con fijarse en cómo la miraba.

Ella suspiró.

—Tienes razón. No es digno pensar así.

Volvió a cruzar los brazos con fuerza contra su pecho, a sentir el contacto del crys y su funda contra su carne y a pensar en el asunto inconcluso que representaba.

—Muy pronto se derramará sangre —dijo—. Los Harkonnen no se detendrán hasta que sean exterminados o destruyan a mi duque. El barón no puede olvidar que Leto es sobrino de la sangre real (no importa en qué grado), mientras que los títulos de los Harkonnen solo provienen de sus intereses en la CHOAM. Pero el auténtico veneno que corrompe lo más profundo de su mente es el conocimiento de que fue un Atreides quien desterró a un Harkonnen por cobardía después de la batalla de Corrin.

—Las viejas rencillas —murmuró Yueh. Y por un instante sintió el regusto ácido del odio. Él también se había visto afectado por esas viejas rencillas, habían matado a su Wanna o, peor aún, la habían dejado a merced de las torturas de los Harkonnen hasta que su esposo hubiera cumplido su tarea. Las viejas rencillas le habían afectado a él, y toda esa gente que le rodeaba también formaba parte de aquella venenosa trampa. La ironía era que todo ese odio mortal fuera a florecer allí, en Arrakis, única fuente en todo el universo de la melange, prolongadora de vida y droga de salud.

—¿En qué pensáis? —preguntó Jessica.

—En que la especia vale actualmente seiscientos veinte mil solaris el decagramo en el mercado libre. Es una riqueza que puede comprar muchísimas cosas.

—¿Ahora sois un codicioso, Wellington?

—No es codicia.

—¿Qué, entonces?

Se encogió de hombros.

—La futilidad. —La miró—. ¿Recordáis la primera vez que probasteis la especia?

—Sabía a canela.

—No tiene dos veces el mismo sabor —dijo el hombre—. Es como la vida... se nos presenta de manera diferente cada vez que la encaramos. Algunos afirman que la especia produce una reacción con los sabores que ya conocemos. Al ver que es algo bueno, el cuerpo interpreta su sabor como agradable, y también proporciona una ligera euforia. Y, como la vida, no puede ser sintetizada.

—Creo que hubiera sido más juicioso para nosotros convertirnos en renegados, huir lo más lejos posible del Imperio —dijo Jessica.

Yueh se dio cuenta de que Jessica no le había escuchado y reflexionó sobre lo que la mujer acababa de decir: «Sí... ¿por qué no le había obligado a hacerlo? Podría haberle obligado a hacer cualquier cosa».

Habló al momento, porque no era mentira y porque era un cambio de tema:

—Jessica, ¿pensaríais que soy muy atrevido si os hiciera una pregunta personal?

Ella se apoyó en el alféizar de la ventana, presa de una inexplicable inquietud.

—Por supuesto que no. Vos sois... mi amigo.

—¿Por qué no habéis obligado al duque a casarse con vos?

La mujer se giró con brusquedad, con la cabeza alta y la mirada llameante.

—¿Obligarle a casarse conmigo? Pero...

—No debería de haber hecho esa pregunta —dijo él.

—No. —Ella se encogió de hombros—. Hay una buena razón política... Mientras mi duque permanezca soltero, algunas de las Grandes Casas pueden esperar una alianza. Y... —Suspiró—. Obligar a la gente y forzar a las personas a hacer algo es tener una actitud cínica hacia la humanidad. Es algo que envilece todo lo que toca. Si le hubiera obligado a ello... en realidad no hubiera sido una decisión suya.

—Son palabras dignas de mi Wanna —murmuró Yueh. Lo que también era verdad. Se llevó una mano a la boca y tragó saliva convulsivamente. Nunca había estado tan cerca de hablar para confesar su misión secreta.

Jessica habló e interrumpió sus divagaciones.

—Además, Wellington, el duque es en realidad dos hombres. A uno le amo muchísimo. Es encantador, ingenioso, considerado... tierno, todo lo que una mujer puede desear. Pero el otro hombre es... frío, insensible, exigente, egoísta, tan duro y cruel como el viento invernal. Ese es el hombre que fue formado por su padre. —Su rostro se contrajo—. ¡Si al menos ese anciano hubiera muerto cuando nació mi duque!

En el silencio que se hizo entre ambos se oyó el repiqueteo de la persiana debido a la brisa que emanaba de un ventilador.

Un instante después, Jessica inspiró profundamente y dijo:

—Leto tiene razón... estas habitaciones son más acogedoras que las del resto de la casa. —Se giró y recorrió la estancia con la mirada—. Si me perdonáis, Wellington, me gustaría echar otra ojeada a toda esta ala antes de asignar los aposentos.

—Por supuesto —asintió Yueh.

Y pensó: «Si al menos existiera la posibilidad de no tener que cumplir mi misión».

Jessica dejó caer los brazos, se dirigió hacia la puerta que conducía al pasillo y se detuvo un momento, vacilante, en el umbral.

«Me ha estado ocultando algo todo el tiempo que llevamos hablando —pensó—. Sin duda para no herir mis sentimientos. Es un buen hombre. —Vaciló de nuevo, debatiéndose por si darse la vuelta para confrontar a Yueh e intentar sonsacarle su secreto—. Pero podría avergonzarle, le horrorizaría saber lo sencillo que resulta descubrir sus intenciones. Debo confiar un poco más en mis amigos.»

Capítulo 9

Muchos han destacado la rapidez con que Muad’Dib aprendió las necesidades de Arrakis. Las Bene Gesserit, por supuesto, conocen los fundamentos de esta rapidez. Para los demás, diremos que Muad’Dib aprendió rápidamente porque lo primero que le enseñaron fueron los fundamentos del aprendizaje. Y la primera lección, la certeza de que podía aprender. Es perturbador descubrir que mucha gente cree que no puede aprender, y que más gente aún cree que aprender es difícil. Muad’Dib sabía que cada experiencia es una lección en sí misma.

De La humanidad de Muad’Dib,

por la princesa Irulan

Paul fingía dormir en la cama. Le había sido fácil hacer como que se tragaba el somnífero del doctor Yueh. Contuvo una risita. Hasta su madre se había creído que dormía. Él había sentido deseos de levantarse y pedirle permiso para explorar la casa, pero sabía que no se lo habría concedido. Aún había demasiados peligros. No. Así era mejor.

«Si me marcho sin pedir permiso, en realidad no habré desobedecido ninguna orden. Y no voy a salir de la casa, donde estoy seguro.»

Oyó a su madre y a Yueh hablando en la otra habitación. No entendía muy bien qué decían, algo sobre la especia... los Harkonnen. La conversación crecía y disminuía en intensidad.

Paul dirigió su atención al cabecero tallado de la cama: uno falso fijado a la pared y que ocultaba los controles de la estancia. Era un pez volador tallado en madera, con oscuras olas debajo. Paul sabía que si apretaba el único ojo visible del pez, se accionarían las lámparas a suspensor de la habitación. La ventilación se controlaba girando una de las olas. Otra regulaba la temperatura.

Paul se sentó en la cama con cuidado. La pared que quedaba a su izquierda estaba cubierta por una estantería alta. Se podía apartar a un lado para dejar al descubierto un pequeño cuarto trastero con cajones en uno de sus lados. La manija de la puerta que daba al exterior tenía la forma de la palanca de mandos de un ornitóptero.

La habitación parecía haber sido concebida para atraerle.

La habitación y aquel planeta.

Pensó en el librofilm que le había mostrado Yueh: Arrakis: la Estación Botánica Experimental del Desierto de Su Majestad Imperial. Era un viejo librofilm, anterior al descubrimiento de la especia. Un enjambre de nombres revoloteó por la mente de Paul, todos con su fotografía gracias a los impulsos mnemotécnicos del libro: «saguaro, arbusto burro, palmera datilera, verbena de arena, prímula del atardecer, cactus barril, arbusto de incienso, árbol de humo, arbusto creosota... zorro mimético, halcón del desierto, ratón canguro...».

Nombres e imágenes, nombres e imágenes surgidos del pasado terrestre de la humanidad, muchos de los cuales ya no podían encontrarse en ningún lugar del universo excepto en Arrakis.

Tantas cosas nuevas que aprender. La especia.

Y los gusanos de arena.

Una puerta se cerró en la habitación contigua. Paul oyó cómo los pasos de su madre se alejaban por el pasillo. Sabía que el doctor Yueh encontraría algo para leer y se quedaría en la estancia.

Era el momento de explorar.

Paul se deslizó fuera de la cama y se dirigió hacia la estantería que se abría al cuarto trastero. Se detuvo al oír un ruido detrás de él y se dio la vuelta. El cabecero tallado de la cama estaba caído sobre el lugar que él ocupaba en el lecho hacía unos instantes. Paul se quedó de piedra, y fue esa inmovilidad la que le salvó la vida.

Del interior del cabecero salió un pequeño cazador-buscador de no más de cinco centímetros de largo. Paul lo reconoció de inmediato: era un arma asesina que todo niño de sangre real aprendía a conocer desde su más tierna edad. Era una peligrosa y fina aguja de metal dirigida por un ojo y una mano que se hallaban en las inmediaciones. Se clavaba en la carne y luego se abría camino a lo largo del sistema nervioso hasta el órgano vital más próximo.

El buscador se alzó y empezó a recorrer la estancia de un lado a otro.

Paul empezó a pensar rápidamente en todo lo que conocía sobre las limitaciones del cazador-buscador: el débil campo de suspensión distorsionaba la visión del ojo transmisor. Solo disponía de la luz ambiental, por lo que el operador debía confiar en el movimiento. Un escudo podía ser útil para retrasar al buscador y darle tiempo para destruirlo, pero Paul había dejado el suyo en la cama. Una pistola láser podía abatirlo, pero eran armas caras y delicadas que necesitaban un mantenimiento constante, y si impactaban contra un escudo activo existía el peligro de causar una explosión pirotécnica. Los Atreides confiaban en sus escudos corporales y en su habilidad.

Paul se había quedado sumido en una inmovilidad catatónica y sabía que solo podía confiar en su habilidad para enfrentarse al peligro.

El cazador-buscador se elevó otro medio metro. No había dejado de oscilar por el entramado de luces y sombras de la ventana mientras sondeaba la estancia.

«Debo cogerlo —pensó Paul—. Pero el campo suspensor lo hará resbaladizo por la parte inferior. Debo sujetarlo con fuerza.»

El objeto volvió a descender medio metro, giró a la izquierda y dio la vuelta a la cama. Emitía un débil zumbido.

«¿Quién lo está manejando? —se preguntó Paul—. Tiene que ser alguien que está cerca. Podría gritar para llamar la atención de Yueh, pero seguro que le ataca nada más abrir la puerta.»

La puerta que estaba detrás de Paul y daba al pasillo rechinó. Se oyó una ligera llamada, y luego se abrió.

El cazador-buscador pasó rozando su cabeza y se dirigió hacia el movimiento.

La mano derecha de Paul se abalanzó al instante hacia el artilugio mortal y lo cazó. Zumbó y se retorció en su mano, pero gracias a la desesperación consiguió aferrarlo con todas sus fuerzas. Golpeó la punta del objeto contra el metal de la puerta de un violento giro. Notó cómo el ojo se rompía entre sus dedos, y el buscador quedó inerte en su mano.

Pero no dejó de sujetarlo con fuerza, para asegurarse.

Paul levantó la vista y se encontró con la mirada impávida y totalmente azul de la Shadout Mapes.

—Vuestro padre me ha enviado a buscaros —dijo la mujer—. Hay un grupo de hombres esperando en el pasillo para escoltaros.

Paul asintió, sin dejar de centrar toda su atención en aquella extraña mujer vestida con las holgadas ropas marrones de los siervos. No dejaba de mirar el objeto que él sostenía con fuerza en la mano.

—He oído hablar de esas cosas —dijo—. Me habría matado, ¿no es así?

Paul tuvo que tragar saliva antes de poder hablar.

—Yo... yo era el objetivo.

—Pero venía hacia mí.

—Porque te estabas moviendo.

Luego se preguntó: «¿Quién es esta criatura?».

—Entonces, me habéis salvado la vida —dijo ella.

—He salvado nuestras vidas.

—Hubierais podido dejar que me atacase y huir —dijo la mujer.

—¿Quién eres? —preguntó Paul.

—La Shadout Mapes, el ama de llaves.

—¿Cómo sabías dónde estaba?

—Me lo dijo vuestra madre. La encontré en las escaleras que conducen a la cámara extraña, al final del pasillo. —Señaló a su derecha—. Los hombres de vuestro padre están esperando.

«Deben de ser hombres de Hawat —pensó—. Tenemos que descubrir quién manejaba esta cosa.»

—Ve con ellos —dijo—. Infórmales de que he encontrado un cazador-buscador y que deben encontrar al que lo controlaba. Que acordonen toda la casa y los terrenos adyacentes de inmediato. Saben cómo hacerlo. Seguro que lo controlaba un desconocido.

Y se preguntó: «¿No podría ser esa criatura?».

Pero sabía que era imposible. Alguien seguía controlando al cazador-buscador cuando ella entró.

—Antes de que siga vuestras órdenes, joven señor, debo allanar el camino entre nosotros —dijo Mapes—. Habéis puesto una pesada carga de agua sobre mí, y no estoy segura de poder soportarla. Aun así, nosotros los Fremen pagamos nuestras deudas, sean blancas o negras. Sabemos que hay un traidor entre los vuestros. No sabemos quién es, pero estamos seguros de ello. Quizá haya sido su mano la que ha guiado este cortador de carne.

Paul lo asimiló en silencio: «un traidor». Antes de que pudiera hablar, la extraña mujer se había dado media vuelta para volver a dirigirse hacia la entrada.

Fue a llamarla, pero había algo en su actitud que le dio a pensar que no le gustaría. Le había dicho lo que sabía y ahora se marchaba para cumplir sus órdenes. Los hombres de Hawat empezarían a recorrer todos los rincones de la casa en un minuto.

Su mente divagó hacia otros fragmentos de la conversación: «la cámara extraña». Miró a la izquierda, en la dirección hacia la que había señalado la mujer. «Nosotros los Fremen.» Así que era Fremen. Hizo una pausa para que su visión mnemotécnica registrara los patrones de su rostro en su memoria: rasgos de tonalidad oscura, piel arrugada, ojos totalmente azules, sin blanco. Le aplicó la etiqueta: «La Shadout Mapes».

Sin soltar el buscador destruido, Paul se dio media vuelta y volvió junto a la cama, cogió su cinturón escudo con la mano izquierda, se lo ciñó y lo activó mientras empezaba a correr por el pasillo hacia la izquierda.

La mujer había dicho que su madre se encontraba allí en algún lugar después de bajar por... unas escaleras... en una «cámara extraña».

Capítulo 10

¿Qué tenía la dama Jessica para ser capaz de soportar tantas dificultades? Pensad en este proverbio Bene Gesserit y quizá lo comprendáis: «Cualquier camino que se sigue con exactitud hasta el fin, conduce con la misma exactitud a ninguna parte. Escalad la montaña solo un poco para comprobar que es una montaña. Desde la cima, no podréis ver la montaña».

De Muad’Dib, comentarios familiares,

por la princesa Irulan

Jessica descubrió una escalera metálica en espiral que terminaba en una puerta oval y se encontraba en el extremo del ala sur. Miró al pasillo que acababa de atravesar y después de nuevo hacia la puerta.

«¿Oval? —se preguntó—. Qué forma tan extraña para la puerta de una casa.»

A lo largo de la escalera en espiral había ventanas y, tras ellas, vio cómo el sol blanco de Arrakis avanzaba hacia el atardecer. Unas largas sombras se proyectaban en el pasillo. Volvió a centrarse en la escalera. La luz oblicua y penetrante alumbraba los montones de tierra seca que había entre los adornos del metal de los escalones.

Jessica puso una mano en la barandilla y empezó a subir. Estaba fría bajo su palma deslizante. Se detuvo ante la puerta y comprobó que no tenía manija, sino una leve depresión allí donde esta tendría que haber estado.

«Sin duda no se trata de una cerradura a palma —se dijo—. Una de esas debe ajustarse a la silueta de una mano determinada y a sus líneas.»

Sin embargo, parecía una cerradura a palma. Y conocía varias maneras de abrirlas, maneras que había aprendido en la escuela.

Jessica miró a sus espaldas para asegurarse de que nadie la veía, apoyó la palma en la depresión de la puerta. Una ligera presión fue suficiente para retorcer las líneas, un giro de la muñeca, otro giro y un deslizamiento serpenteante de la palma por la superficie.

Sintió un chasquido en la puerta.

En ese momento, se oyeron unos pasos apresurados que se acercaban por el pasillo que tenía detrás, giró la cabeza y vio a Mapes avanzando hacia ella al pie de la escalera.

—Hay unos hombres en el gran salón. Dicen que el duque los ha enviado para escoltar al joven amo Paul —dijo Mapes—. Llevan el sello ducal y la guardia los ha identificado.

Miró a la puerta, luego a Jessica.

«Es prudente, esta Mapes —pensó Jessica—. Es buena señal.»

—Está en la quinta estancia que hay en el pasillo contando desde aquí, el dormitorio pequeño —dijo Jessica—. Si tienes problemas para despertarlo, llama al doctor Yueh, que estará en la estancia contigua. Tal vez Paul necesite una inyección tónica.

Mapes dedicó otra mirada penetrante a la puerta oval, y Jessica detectó odio en su expresión. Antes de que Jessica pudiera preguntarle acerca de la puerta y lo que ocultaba, Mapes dio media vuelta y se alejó a toda prisa por el pasillo.

«Hawat ha inspeccionado todo el lugar —pensó Jessica—. No puede haber nada terrible ahí dentro.»

Empujó la puerta. Se abrió hacia dentro y reveló una pequeña habitación con otra puerta oval en la pared opuesta. Esa otra puerta tenía un volante por manija.

«¡Un compartimento estanco! —pensó Jessica. Bajó la vista y vio una calza caída en el suelo de la pequeña habitación. Llevaba la marca personal de Hawat—. Debía mantener la puerta abierta —pensó—. Lo más seguro es que alguien le haya dado un golpe y la haya tirado al suelo por accidente, y que la puerta exterior se haya atrancado con la cerradura a palma.»

Franqueó el umbral y entró en la pequeña habitación.

«¿Por qué había un compartimento estanco en la casa?», se preguntó. Y pensó de improviso en exóticas criaturas aisladas dentro en condiciones climatológicas especiales.

«¡Condiciones climatológicas especiales!»

Parecía lógico en Arrakis, donde incluso las plantas más secas de otros lugares debían ser regadas.

La puerta a sus espaldas empezó a cerrarse. La detuvo y la bloqueó con la calza que había dejado Hawat. Después se giró hacia la puerta interior con el volante, y fue entonces cuando vio una minúscula inscripción grabada en el metal sobre la manija. Reconoció las palabras en galach y leyó: «¡Oh, hombre! He aquí una parte esplendorosa de la Creación de Dios; mira, y aprende a amar la perfección de Tu Supremo Amigo».

Jessica empujó el volante con todo su peso. Giró a la izquierda y la puerta se abrió. Una ligera brisa le rozó la mejilla y acarició sus cabellos. Notó un cambio en el aire, un olor más intenso. Abrió la puerta del todo y vio una masa de vegetación iluminada por una luz dorada.

«¿Un sol amarillo? —se preguntó. Y luego pensó—: ¡Cristal filtrante!»

Avanzó, y la puerta se cerró a sus espaldas.

—Un invernadero —susurró.

Estaba rodeada de plantas y arbustos en macetas. Reconoció una mimosa, un membrillo en flor, un sondagi, una pleniscenta de flores aún en capullo, un akarso estriado de verde y blanco... rosas...

«¡Incluso rosas!»

Se inclinó para respirar la fragancia de una enorme flor rosada. Después se incorporó y miró a su alrededor.

Un sonido rítmico invadió sus sentidos.

Apartó una muralla de hojas y miró al centro de la habitación. Allí descubrió una fuente baja con el pilón acanalado. El ruido rítmico lo producía un hilillo de agua que se elevaba para formar un arco y luego caía tamborileando sobre el fondo metálico del pilón.

Jessica activó el estado de percepción acrecentada e inició una inspección metódica del perímetro de la habitación. Parecía tener unos diez metros cuadrados. Por encontrarse al fondo del pasillo y por algunas sutiles diferencias en su construcción, dedujo que había sido añadida a la parte superior de esa ala del edificio mucho tiempo después de la construcción original.

Se detuvo en el lado sur de la habitación, ante la gran superficie de cristal filtrante, y echó un vistazo alrededor. Cada espacio útil en la habitación estaba ocupado por plantas exóticas típicas de climas húmedos. Algo se movió en la espesura. Jessica se tensó, pero luego se relajó al ver el sencillo servok automático con una manguera y un brazo de riego. El brazo se elevó y la roció con una fina película de agua que le salpicó las mejillas. Luego se retrajo, y Jessica vio la planta que acababa de regar: un helecho arborescente.

Había agua por toda la habitación, en un planeta donde el agua era el zumo vital más preciado. Tanta agua malgastada hizo que se quedara inmovilizada, aturdida.

Miró al exterior por el filtro, al sol amarillo. Colgaba bajo en el cielo, sobre un horizonte dentado de acantilados que formaban parte de la inmensa cadena montañosa conocida como la Muralla Escudo.

«Cristal filtrante —pensó—. Transforma un sol blanco en algo más suave y familiar. ¿Quién ha podido concebir este lugar? ¿Leto? Sería digno de él sorprenderme con un regalo así, pero no le ha dado tiempo. Y tiene problemas mucho más importantes en que pensar.»

Recordó el informe que afirmaba que muchas casas de Arrakeen tenían selladas puertas y ventanas con compuertas estancas a fin de conservar y condensar la humedad interior. Leto había dicho que, como deliberada declaración de poder y riqueza, la casa ignoraba tales precauciones. Las puertas y las ventanas solo estaban selladas contra el omnipresente polvo.

Pero aquella habitación implicaba un estatus mucho más significativo que la ausencia de sellos de agua en las puertas exteriores. Calculó que la lujosa estancia usaba tanta agua como la necesaria para sustentar a mil personas en Arrakis, puede que incluso más.

Jessica avanzó a lo largo de la pared de cristal y siguió explorando el lugar. Se acercó a una superficie metálica que observó cerca de la fuente y que tenía la altura de una mesa. Sobre ella había un bloc de notas blanco y un estilete, parcialmente ocultos por una amplia hoja que colgaba encima. Se acercó a la mesa, vio las señales dejadas por Hawat y analizó el mensaje escrito en el bloc:

A LA DAMA JESSICA:

Que este lugar os dé tanto placer como me ha dado a mí.

Permitid que esta habitación os recuerde una lección que hemos aprendido de los mismos maestros: la proximidad de algo deseable hace tender a la indulgencia. Ahí acecha el peligro.

Con mis mejores deseos,

MARGOT DAMA FENRING

Jessica asintió y recordó que Leto se había referido al anterior enviado del emperador en Arrakis como el conde Fenring. Pero el mensaje merecía toda su atención, ya que las palabras habían sido elegidas de tal modo que informaran que la autora era otra Bene Gesserit. Un amargo pensamiento asoló a Jessica por un instante: «El conde se casó con su dama».

Sin dejar de pensar en ello, siguió buscando un mensaje oculto. Tenía que estar allí. La nota visible contenía una frase clave que cada Bene Gesserit, a menos que estuviera inhibida por un Interdicto de la Escuela, debía transmitir a otra Bene Gesserit cuando las condiciones lo exigieran: «Ahí acecha el peligro».

Jessica pasó las yemas de los dedos por la parte trasera del bloc y buscó perforaciones en clave. Nada. Inspeccionó el borde. Tampoco. Volvió a dejarlo donde lo había hallado y sintió apremio.

«¿Algo relacionado con el sitio donde se encontraba el bloc?», se preguntó.

Pero Hawat había inspeccionado el lugar y sin duda lo había movido. Miró la gran hoja que colgaba encima. ¡La hoja! Pasó un dedo por la parte inferior de su superficie, por el borde, por el tallo. ¡Ahí estaba! Sus dedos detectaron los sutiles puntos en clave, y leyó el mensaje a medida que los recorría: «Vuestro hijo y el duque corren un peligro inminente. Un dormitorio ha sido diseñado para atraer a vuestro hijo. Los H lo han llenado de trampas mortales que pueden ser descubiertas con facilidad, excepto una, que puede que no sea detectada».

Jessica reprimió el impulso de correr hacia donde se encontraba Paul; debía leer el mensaje hasta el final. Sus dedos volvieron a recorrer rápidamente los puntos: «No conozco la naturaleza exacta de la amenaza, pero tiene algo que ver con un lecho. La amenaza para vuestro duque es la traición de un compañero fiel o de un lugarteniente. El plan de los H prevé ofreceros como regalo a uno de sus subalternos. Hasta donde yo sé, este jardín botánico es seguro. Perdonad que no pueda deciros más. Mis fuentes son escasas, ya que mi conde no está a sueldo de los H. Apresuradamente, MF».

Jessica tiró a un lado la hoja y se giró para correr hacia Paul. La compuerta se abrió en ese mismo momento. Paul entró de un salto con algo en la mano derecha y cerró la puerta tras él de un golpe seco. Vio a su madre y se abrió camino hacia ella a través de las plantas. Echó una mirada a la fuente, alargó la mano y colocó bajo el chorro el objeto que aferraba.

—¡Paul! —Jessica lo cogió por los hombros al tiempo que le miraba la mano—. ¿Qué es?

Paul respondió con indiferencia, pero había cierto atisbo de tensión en su voz.

—Un cazador-buscador. Lo encontré en mi dormitorio y le he roto la punta, pero quería asegurarme bien. El agua debería acabar con él.

—¡Sumérgelo! —ordenó Jessica.

Paul obedeció.

—Ahora suéltalo —dijo luego—. Déjalo en el agua y retira la mano.

Paul sacó la mano, se sacudió el agua y miró el metal inerte de la fuente. Jessica arrancó una hoja y movió la aguja asesina con el tallo.

Estaba inservible.

Dejó caer la hoja en el agua y miró a Paul. Sus ojos examinaban la estancia con una intensidad que ella conocía bien: la Manera Bene Gesserit.

—Este lugar podría esconder cualquier cosa —dijo Paul.

—Tengo razones para creer que es seguro —apuntilló Jessica.

—Se supone que mi habitación también era segura. Hawat dijo que...

—Era un cazador-buscador —le recordó ella—. Había alguien controlándolo dentro de la casa. La onda de control tiene un radio de acción limitado. Es posible que lo ocultasen en el dormitorio después de la inspección de Hawat.

Pero pensó en el mensaje de la hoja: «... la traición de un compañero fiel o de un lugarteniente».

«Seguro que no era Hawat. Oh, no. No podía ser Hawat.»

—Los hombres de Hawat se han puesto a registrar toda la casa —dijo Paul—. Ese buscador estuvo a punto de matar a la anciana que acudió a despertarme.

—La Shadout Mapes —dijo Jessica, que recordó su encuentro al pie de la escalera—. Tu padre te llamaba para...

—Eso puede esperar —dijo Paul—. ¿Por qué estás convencida de que este lugar es seguro?

Jessica señaló la nota y le explicó su significado.

Paul se relajó un poco.

Pero Jessica seguía tensa. No podía dejar de pensar: «¡Un cazador-buscador! ¡Madre Misericordiosa!».

Tuvo que usar todo su adiestramiento para reprimir un temblor histérico.

—Son los Harkonnen, sin duda —dijo Paul sin emoción alguna en la voz—. Hemos de destruirlos.

Alguien llamó a la puerta. Había usado el código de los hombres de Hawat.

—Adelante —dijo Paul.

La puerta se abrió, y un hombre alto que vestía el uniforme de los Atreides con la insignia de Hawat en la gorra entró en la estancia.

—Estáis aquí, señor —dijo—. El ama de llaves nos ha dicho que os encontraríamos aquí. —Su mirada recorrió la estancia—. Hemos encontrado un túmulo en el sótano y a un hombre escondido en él. Llevaba el dispositivo de control del buscador.

—Quiero asistir a su interrogatorio —dijo Jessica.

—Lo siento, mi dama. Hemos tenido que luchar para capturarlo. Ha muerto.

—¿No hay nada que pueda identificarlo? —preguntó.

—Todavía no hemos hallado nada, mi dama.

—¿Era un nativo de Arrakis? —preguntó Paul.

Jessica asintió ante lo hábil de la pregunta.

—Tiene el aspecto de un nativo —respondió el hombre—. Lo habían metido en el túmulo hace más de un mes, según parece, a la espera de nuestra llegada. Las piedras y la argamasa a través de las que entró en el sótano estaban intactas ayer cuando inspeccionamos el lugar. Lo juro por mi reputación.

—Nadie pone en duda vuestra meticulosidad —dijo Jessica.

—Nadie salvo yo mismo, mi dama. Deberíamos haber usado sondas sónicas.

—Presumo que es lo que estáis haciendo ahora —aventuró Paul.

—Por supuesto, señor.

—Hacedle saber a mi padre que llegaremos con retraso.

—Inmediatamente, señor. —Miró a Jessica—. Las órdenes de Hawat son que, bajo tales circunstancias, el joven amo se resguarde en lugar seguro. —Sus ojos escrutaron de nuevo la estancia—. ¿Lo es este lugar?

—Tengo razones para creer que es seguro —dijo Jessica—. Tanto Hawat como yo lo hemos inspeccionado a fondo.

—Entonces montaré guardia en el exterior, mi dama, hasta que hayamos vuelto a comprobar toda la casa.

Se inclinó, tocó su gorra en un saludo a Paul, dio media vuelta y cerró la puerta tras él.

Paul rompió el repentino silencio.

—¿No sería mejor que nosotros inspeccionáramos luego la casa? Tus ojos podrían captar cosas que se les hayan escapado a los demás.

—Esta ala era el único lugar que no había examinado aún —dijo ella—. La había dejado para el final porque...

—Porque Hawat se había ocupado de ella personalmente —dijo Paul.

Jessica le dirigió una mirada rápida e inquisitiva.

—¿Acaso desconfías de Hawat? —preguntó.

—No, pero se está haciendo viejo... y está agobiado de trabajo. Deberíamos librarle de algunas de sus obligaciones.

—Eso le avergonzaría y reduciría su eficacia —dijo ella—. Cuando se entere de lo ocurrido, ni siquiera un insecto podrá insinuarse en esta ala sin que él lo sepa inmediatamente. Sentirá vergüenza de...

—Tenemos que tomar nuestras propias medidas —dijo Paul.

—Hawat ha servido a tres generaciones de Atreides con honor —dijo Jessica—. Merece todo el respeto y toda la confianza de nuestra parte... Más del que podemos dedicarle.

—Cuando a mi padre le molesta algo que has hecho —dijo Paul—, exclama «¡Bene Gesserit!» como si fuera un insulto.

—¿Y qué hago que molesta a tu padre?

—Discutir con él.

—Tú no eres tu padre, Paul.

Y Paul pensó: «La voy a dejar preocupada, pero debo contarle lo que me dijo esa tal Mapes acerca de que hay un traidor entre nosotros».

—¿Qué es lo que me estás ocultando? —preguntó Jessica—. No es propio de ti, Paul.

Él se encogió de hombros y le contó su conversación con Mapes.

Jessica pensó en el mensaje de la hoja. Tomó una decisión repentina: mostró la hoja a Paul y le tradujo el mensaje.

—Mi padre debe tener constancia de esto de inmediato —dijo el muchacho—. Voy a radiografiarlo en clave y llevárselo.

—No —dijo ella—. Espera hasta que puedas estar a solas con él. Es algo que debe saber el menor número de personas posible.

—¿Quieres decir que no debemos confiar en nadie?

—Hay otra posibilidad —dijo Jessica—. Puede que alguien haya dejado el mensaje aquí para que lo descubriéramos. Quizá la gente que lo ha enviado esté convencida de que es cierto, pero puede que su única finalidad sea la de impresionarnos.

La expresión de Paul se volvió adusta y sombría.

—Para hacer que desconfiáramos y sospecháramos de los nuestros, y así debilitarnos —dijo.

—Debes hablar a solas con tu padre y ponerle sobre aviso también de esto —dijo Jessica.

—Entendido.

La mujer se giró hacia la gran superficie de cristal filtrante y miró cómo el sol de Arrakis empezaba a ponerse por el sudoeste, una esfera dorada que se hundía entre las montañas.

Paul hizo lo propio y dijo:

—Yo tampoco creo que sea Hawat. ¿Tal vez Yueh?

—No es ni un lugarteniente ni un compañero —respondió Jessica—. Y puedo asegurarte que odia a los Harkonnen con tanta inquina como nosotros.

Paul dirigió su atención a las montañas y pensó: «Y tampoco puede ser Gurney... ni Duncan. ¿Quizá uno de los subtenientes? Imposible. Todos pertenecen a familias que nos son leales desde hace generaciones, por una buena razón».

Jessica se pasó una mano por la frente y empezó a sentirse fatigada.

«¡Hay tantos peligros en este lugar!»

Miró hacia afuera y escudriñó el paisaje, que se veía amarillo a través de los filtros. Más allá de los terrenos ducales se extendía una llanura que albergaba un depósito de mercancías rodeado por una alta barrera: hileras de silos de especia protegidos por numerosas torretas de vigilancia erguidas sobre largos sustentadores que les daban el aspecto de enormes arañas al acecho. Vio al menos veinte recintos semejantes repletos de silos que ocupaban el lugar hasta casi los límites de la Muralla Escudo, silos y silos a lo largo y ancho de la cuenca.

Poco a poco, el sol filtrado se hundió tras el horizonte. Las estrellas empezaron a brillar. Una de ellas colgaba muy baja y destacaba entre las demás, titilaba con un ritmo claro y preciso: plic, plic, plic, plic, plic, plic...

Paul se agitó a su lado, entre las sombras de la estancia.

Pero Jessica se concentró en aquella singular estrella luminosa y se dio cuenta de que estaba demasiado baja, que parecía brillar en el mismo borde de la Muralla Escudo.

«¡Alguien estaba haciendo señales!»

Intentó descifrar el mensaje, pero desconocía el código.

Se encendieron otras luces en la llanura bajo las montañas: pequeños resplandores amarillos esparcidos en la oscuridad añil. Y otra luz que estaba separada y a su izquierda se volvió más intensa y empezó a centellear y titilar muy rápido y en dirección a las montañas: ¡destello largo, parpadeo, destello!

Luego se apagó.

La falsa estrella también desapareció de inmediato.

Señales... Jessica se sintió invadida por una premonición.

«¿Por qué utilizan luces para hacer señales por la llanura? —se preguntó—. ¿Por qué no usan la red normal de comunicaciones?»

La respuesta era obvia: la comunirred podía ser interceptada por los agentes del duque Leto. Las señales luminosas significaban que esos mensajes habían sido intercambiados entre sus enemigos, entre agentes Harkonnen.

Alguien llamó a la puerta detrás de ellos, y oyeron la voz del hombre de Hawat.

—Todo despejado, señor. Mi dama. Es hora de llevar al joven amo ante su padre.

Capítulo 11

Se dice que el duque Leto se negó a ver los peligros de Arrakis y fue esa negligencia la que lo precipitó hacia el abismo. Pero ¿no sería más justo afirmar que había vivido tanto tiempo en estrecho contacto con los más graves peligros que no fue capaz de juzgar correctamente un cambio en su intensidad? ¿O que quizá se hubiera sacrificado deliberadamente a fin de asegurar a su hijo una vida mejor? Todo indica que el duque no era hombre que se dejara engañar con facilidad.

De Muad’Dib, comentarios familiares,

por la princesa Irulan

El duque Leto Atreides estaba apoyado en un parapeto de la torre de control de aterrizaje en las afueras de Arrakeen. La primera luna nocturna, una moneda achatada y plateada, colgaba alta sobre el horizonte meridional. Bajo ella, los dentados bordes de la Muralla Escudo destellaban como hielo seco entre una bruma de polvo. A su izquierda, las luces de Arrakeen resplandecían a través de esa misma bruma: amarillas... blancas... azules.

Pensó en todos los avisos con su firma que habían enviado a todos los lugares poblados del planeta: «Nuestro Sublime Emperador Padishah me ha encargado que tome posesión de este planeta y ponga fin a toda disputa».

La ceremoniosa formalidad del aviso le infundió una sensación de soledad.

«¿Quién se dejará engañar por ese pomposo legalismo? Los Fremen seguro que no. Ni las Casas Menores que controlan el comercio interior de Arrakis... y que pertenecen todas a los Harkonnen, hasta el último hombre. ¡Han intentado arrebatarle la vida a mi hijo!»

Le costaba controlar su rabia.

Distinguió las luces de un vehículo que venía de Arrakeen y se dirigía hasta donde se encontraba él. Esperó que fueran Paul y su escolta. El retraso comenzaba a inquietarle, aunque sabía que se debía a las precauciones tomadas por el lugarteniente de Hawat.

«¡Han intentado arrebatarle la vida a mi hijo!»

Agitó la cabeza para ignorar la rabia y volvió a mirar el paisaje, donde cinco de sus fragatas se erguían como monolíticos centinelas.

«Mejor un retraso prudente que...»

El lugarteniente era un hombre eficiente, se dijo a sí mismo. Digno de ser ascendido y completamente leal.

«Nuestro Sublime Emperador Padishah...»

Si la gente de aquella guarnición decadente hubiera podido llegar a leer la nota privada enviada por el emperador a su «noble duque», y las despectivas alusiones a los hombres y mujeres ataviados con velos: «... pero ¿qué otra cosa se puede esperar de unos bárbaros cuyo más anhelado deseo es vivir fuera de la ordenada seguridad de las faufreluches?».

En aquel momento, el duque sintió que su más anhelado deseo hubiese sido terminar de una vez por todas con las distinciones de clase y acabar con aquel mortal orden de cosas. Apartó la mirada del polvo, contempló las inmutables estrellas y pensó: «Caladan orbita alrededor de una de esas pequeñas lucecitas... pero nunca más volveré a ver mi hogar».

La nostalgia por Caladan le hizo sentir un dolor repentino en el pecho. Notó que no nacía de él, sino que surgía del propio Caladan. Era incapaz de hacerse a la idea de que aquel polvoriento desierto de Arrakis ahora fuese su hogar, y dudaba que lo consiguiera alguna vez.

«Debo ocultar mis sentimientos —pensó—. Por el bien del muchacho. Si alguna vez llega a tener un hogar, será este. Yo puedo considerar Arrakis como un infierno al que he llegado antes de morir, pero él debe encontrar aquí algo que le inspire. Tiene que haber algo.»

Le embargó una oleada de autocompasión que despreció y rechazó de inmediato. Y, por alguna razón, recordó dos versos de un poema de Gurney Halleck que se repetía a menudo:

Mis pulmones respiran el aire del Tiempo

que sopla entre las flotantes arenas...

El duque pensó que Gurney encontraría aquí grandes cantidades de esas flotantes arenas. Los inmensos yermos centrales que había más allá de esos acantilados helados como la luna eran tierras desiertas: páramos llenos de rocas, dunas y torbellinos de polvo, un territorio seco, salvaje e inexplorado con grupos de Fremen esparcidos por aquí y por allá, en la linde y quizá incluso en el interior. Si había alguien capaz de garantizar el futuro de la estirpe de los Atreides, esos podían ser los Fremen.

Eso si los Harkonnen no habían conseguido contagiar también a los Fremen con sus malévolos planes.

«¡Han intentado arrebatarle la vida a mi hijo!»

Un ruido de metal resonó a lo largo de la torre e hizo vibrar la estructura del parapeto. Las pantallas de protección descendieron ante él y bloquearon su visión.

«Está llegando una nave —pensó—. Es hora de descender y trabajar.»

Se giró hacia la escalera y bajó hasta la gran sala de reuniones al tiempo que intentaba recuperar la calma y componía su expresión para el inminente encuentro.

«¡Han intentado arrebatarle la vida a mi hijo!»

Los hombres ya habían empezado a entrar en esa sala de cúpula amarilla cuando él llegó. Llevaban sus sacos espaciales sobre los hombros, cuchicheaban y gritaban como estudiantes al volver de vacaciones.

—¡Eh! ¿Notáis eso bajo vuestras botas? ¡Es gravedad, tíos!

—¿Cuántas g hay aquí? Me siento muy pesado.

—Se supone que nueve décimas de g.

El fuego cruzado de palabras se extendió por toda la gran sala.

—¿Habéis echado una ojeada a este agujero mientras llegábamos? ¿Dónde está ese botín que se suponía que había por aquí?

—¡Los Harkonnen se lo deben de haber quedado todo!

—¡Me conformo con una buena ducha caliente y una cama blanda!

—¿Es que no te has enterado, imbécil? Aquí no hay duchas. ¡Hay que lavarse el culo con arena!

—¡Eh! ¡Callaos! ¡El duque!

El duque bajó el último peldaño y avanzó por la sala, que se había quedado en silencio de repente.

Gurney Halleck se colocó frente al grupo para acudir a su encuentro, con el saco al hombro y empuñando el mástil del baliset de nueve cuerdas con la otra mano. Tenía los dedos largos y pulgares gruesos, diestros para arrancar delicadas melodías del instrumento.

El duque observó a Halleck y contempló al hombre tosco y la indómita decisión que emanaba de sus ojos, que resplandecían como cristales. Era un hombre que vivía fuera de las faufreluches, pero obedecía todos sus preceptos. ¿Cómo lo había llamado Paul? «Gurney el valeroso.»

El cabello rubio y ralo de Halleck le cubría a duras penas el cuero cabelludo. Su boca ancha tenía un constante rictus de satisfacción, y la cicatriz de estigma de su mandíbula se agitaba como si tuviese vida propia. Hacía gala de un porte casual, pero en él se vislumbraba a un hombre íntegro y capaz. Se acercó al duque y se inclinó.

—Gurney —dijo Leto.

—Mi señor —señaló a los hombres que llenaban la sala con el baliset—, estos son los últimos. Personalmente, hubiera preferido llegar con las primeras tropas, pero...

—Todavía quedan algunos Harkonnen para ti —dijo el duque—. Acompáñame, Gurney, tengo algo que contarte.

—A sus órdenes, mi señor.

Se retiraron a un rincón, cerca de un dispensador de agua a monedas, mientras los hombres recorrían la gran sala de un lado a otro. Halleck dejó caer el saco en una esquina, pero no soltó el baliset.

—¿Cuántos hombres puedes proporcionarle a Hawat? —preguntó el duque.

—¿Thufir se encuentra en problemas, señor?

—Solo ha perdido dos agentes, pero los hombres que ha enviado como avanzadilla nos han proporcionado informes muy precisos sobre la organización de los Harkonnen en este planeta. Si nos movemos rápidamente, puede que consigamos más seguridad, el respiro que necesitamos. Hawat necesita de cuantos hombres puedas proporcionarle, hombres que no titubeen a la hora de usar el cuchillo si es necesario.

—Puedo proporcionarle trescientos de los mejores —dijo Halleck—. ¿Dónde debo enviárselos?

—A la puerta principal. Un agente de Hawat los espera.

—¿Debo ocuparme de ello de inmediato, señor?

—Dentro de un momento. Tenemos otro problema. El jefe de operaciones bloqueará la partida del trasbordador hasta el alba con algún pretexto. El gran crucero de la Cofradía que nos trajo hasta aquí se ha ido ya, y este transbordador tiene que entrar en contacto con un transporte que espera una carga de especia.

—¿Nuestra especia, mi señor?

—Nuestra especia. Pero la nave llevará también a algunos de los cazadores de especia del antiguo régimen. Han optado por irse tras el cambio de feudo, y el Árbitro del Cambio lo ha permitido. Son trabajadores valiosos, Gurney, cerca de ochocientos. Antes de que parta el transbordador, debes persuadir a algunos para que se alisten en nuestras filas.

—¿Cómo de persuasivos quiere que seamos, señor?

—Quiero que cooperen voluntariamente, Gurney. Esos hombres tienen la experiencia y la habilidad que necesitamos. El hecho de que quieran irse sugiere que no forman parte de las maquinaciones de los Harkonnen. Hawat cree que puede haber alguno de ellos infiltrado en el grupo, pero él ve asesinos en cada sombra.

—En el pasado, Thufir descubrió algunas sombras particularmente pobladas, mi señor.

—Y hay otras que no ha visto. Pero creo que colocar agentes encubiertos en esa multitud que se marcha es considerar que los Harkonnen son demasiado perspicaces.

—Es posible, señor. ¿Dónde están esos hombres?

—En el nivel inferior, en una sala de espera. Sugiero que bajes y toques una o dos canciones para apaciguar sus mentes, y luego ejerzas un poco de presión. Puedes ofrecer puestos de mando a los más cualificados. Ofrece un veinte por ciento más de lo que pagaban los Harkonnen.

—¿Solo eso, señor? Sé lo que pagaban los Harkonnen. Y con hombres que tienen el finiquito en los bolsillos y ganas de viajar... Pues bueno, señor, un veinte por ciento no me parece atractivo suficiente para que se queden aquí.

—Entonces ofrece lo que creas pertinente en cada caso —dijo Leto con impaciencia—. Pero recuerda que las arcas no son un pozo sin fondo. Mantente dentro de ese veinte por ciento en la medida de lo posible. Necesitamos sobre todo conductores de especia, meteorólogos, hombres de las dunas, cualquiera que tenga una probada experiencia con la arena.

—Comprendo, señor. «Acudirán a la llamada de la violencia: sus rostros se ofrecerán al viento del este y recogerán la cautividad de la arena.»

—Una cita muy emotiva —dijo el duque—. Confía el mando de tu grupo a un lugarteniente. Cuida de que todos reciban una lección sobre la disciplina del agua, y haz que los hombres pasen la noche en los barracones adjuntos al campo. El personal los instruirá. Y no olvides los efectivos para Hawat.

—Trescientos de los mejores, señor. —Volvió a coger el saco espacial—. ¿Dónde lo encontraré una vez cumplido mi trabajo?

—He mandado preparar una sala de reuniones arriba. Nos veremos allí. Quiero preparar una nueva orden de dispersión planetaria y que las escuadras blindadas salgan primero.

Halleck se detuvo con brusquedad mientras se daba la vuelta y se giró para mirar a Leto a la cara.

—¿Habéis anticipado ese tipo de dificultades, señor? Creía que se había designado un Árbitro del Cambio.

—Un combate abierto y clandestino al mismo tiempo —dijo el duque—. Se derramará mucha sangre antes de que esto acabe.

—«Y el agua que bebáis del río se convertirá en sangre sobre la tierra seca» —recitó Halleck.

—Sin demora, Gurney —suspiró el duque.

—De acuerdo, mi señor. —La violácea cicatriz se contrajo bajo su sonrisa—. «He aquí al asno salvaje del desierto que se precipita hacia su cometido.» —Se dio la vuelta, llegó al centro de la estancia a grandes zancadas, hizo una pausa para transmitir sus órdenes y luego se alejó apresuradamente entre los hombres.

Leto agitó la cabeza mientras contemplaba cómo se marchaba. Halleck era una caja de sorpresas: una mente repleta de canciones, citas y frases elocuentes... y el corazón de un asesino cuando se nombraba a los Harkonnen.

Se dirigió sin apresurarse hacia el ascensor, atravesando la sala en diagonal, mientras respondía a los saludos con un gesto casual de la mano. Reconoció a uno de los hombres del grupo de propaganda y se detuvo para comunicarle un mensaje que sabía iba a ser difundido por varios canales: los que habían traído a sus mujeres estarían ansiosos por saber que estas estaban seguras y dónde podrían encontrarlas. Para los demás, sería interesante saber que la población local al parecer contaba con más mujeres que hombres.

El duque palmeó al hombre de propaganda en el brazo, señal que indicaba que el mensaje tenía absoluta prioridad y debía ser puesto en circulación de inmediato, y continuó su camino por la sala. Respondió a los saludos de los hombres, sonrió y bromeó con un subalterno.

«Un líder siempre debe parecer confiado —pensó—. Una confianza que debes soportar y no exteriorizar jamás mientras ocupas el puesto. Es un peso sobre mis espaldas, pero debo enfrentarme al peligro sin exteriorizarlo.»

Suspiró aliviado cuando se metió en el ascensor y se sintió rodeado por las superficies gélidas e impersonales de la cabina y la puerta.

«¡Han intentado arrebatarle la vida a mi hijo!»

Capítulo 12

En la salida de la zona de aterrizaje de Arrakeen, grabada de manera brusca, como si se hubiera hecho con un instrumento rudimentario, había una inscripción que Muad’Dib se repetiría muy a menudo. La descubrió aquella noche en Arrakis, mientras se dirigía al puesto de mando ducal para asistir a la primera reunión del estado mayor. Las palabras de la inscripción eran una súplica a aquellos que abandonaban Arrakis, pero a los ojos de un muchacho que acababa de escapar de las garras de la muerte adquirían un significado mucho más tenebroso. Decía: «Oh, tú que sabes lo que sufrimos aquí, no nos olvides en tus plegarias».

De Manual de Muad’Dib,

por la princesa Irulan

—Toda la teoría del arte de la guerra se basa en el riesgo calculado —dijo el duque—, pero cuando hay que arriesgar a la propia familia, ese cálculo se ve afectado por... otras cosas.

Se daba cuenta de que no conseguía reprimir su rabia todo lo que le hubiese gustado. Se giró y empezó a caminar a largas zancadas de un lado a otro de la mesa.

El duque y Paul estaban solos en la sala de conferencias de la zona de aterrizaje. Predominaba el eco, y la única decoración era una larga mesa y varias sillas de tres patas anticuadas, un mapa cartográfico y un proyector. Paul se había sentado cerca del mapa. Le había contado a su padre lo ocurrido con el cazador-buscador, y le había informado de la presencia de un traidor entre ellos.

El duque se detuvo frente a Paul al otro lado de la mesa y la golpeó con el puño.

—¡Hawat me dijo que la casa era segura!

—Yo también me puse furioso... al principio —dijo Paul, vacilante—. Y culpé a Hawat. Pero la amenaza venía del exterior de la casa. Fue simple, hábil y directa. Y hubiera tenido éxito de no mediar el entrenamiento que me diste tú y tantos otros, entre los que incluyo a Hawat.

—¿Lo defiendes? —preguntó el duque.

—Sí.

—Se está haciendo viejo. Sí, eso es. Debería...

—Es sabio y tiene mucha experiencia —dijo Paul—. ¿Cuántos errores de Hawat eres capaz de recordar?

—Soy yo quien debería defenderlo, no tú —dijo el duque.

Paul sonrió.

Leto se sentó a la cabecera de la mesa y puso la mano sobre el hombro de su hijo.

—Has... madurado últimamente, hijo. —Alzó la mano—. Me alegra. —Respondió a la sonrisa del chico—. Hawat se castigará a sí mismo. Se enfurecerá consigo mismo mucho más de lo que nosotros dos juntos podríamos enfurecernos contra él.

Paul levantó la mirada hacia las oscuras ventanas que había detrás del mapa cartográfico y contempló la oscuridad de la noche. Fuera, las luces de la estancia se reflejaban en la balaustrada. Percibió un movimiento y reconoció la silueta de un guardia con el uniforme de los Atreides. Paul volvió a mirar la pared blanca que había detrás de su padre, luego hacia la superficie resplandeciente de la mesa y terminó mirando los puños que había cerrado con mucha fuerza.

La puerta opuesta al duque se abrió violentamente. Thufir Hawat apareció en el umbral, con un aspecto mucho más viejo y consumido que nunca. Recorrió la mesa hasta el final y se detuvo en posición de firme frente a Leto.

—Mi señor —dijo al tiempo que miraba a un punto por encima de la cabeza de Leto—, acabo de enterarme de mi fracaso. Creo necesario presentaros mi renun...

—Venga, siéntate y deja de hacer el imbécil —dijo el duque. Tendió la mano hacia la silla que Paul tenía enfrente—. Si has cometido un error, ha sido sobreestimar a los Harkonnen. Sus mentes simples han concebido una trampa simple. No habíamos previsto trampas simples. Y mi hijo ha tenido que hacerme ver que si ha salido de ella sano y salvo ha sido en gran parte gracias a tu entrenamiento. ¡Así que en eso no has fracasado! —Tamborileó en el respaldar de la silla vacía—. ¡Te he dicho que te sientes!

Hawat se hundió en el asiento.

—Pero...

—No quiero oír nada más al respecto —dijo el duque—. El incidente ya ha pasado. Tenemos cosas más importantes en que pensar. ¿Dónde están los demás?

—Les he dicho que esperaran fuera mientras yo...

—Llámalos.

Hawat miró a Leto directamente a los ojos.

—Señor, yo...

—Sé quiénes son mis verdaderos amigos, Thufir —dijo el duque—. Diles a esos hombres que entren.

Hawat tragó saliva.

—De inmediato, mi señor. —Se giró en la silla y gritó hacia la puerta abierta—: Gurney, hazlos entrar.

Halleck entró en la estancia, precediendo a los demás: los oficiales de estado mayor, que portaban una seriedad sombría, seguidos por ayudantes y especialistas más jóvenes, con aire impaciente y decidido. El ruido del correr de las sillas llenó la sala por un instante mientras los hombres ocupaban sus lugares. Un sutil y penetrante aroma de rachag se esparció a lo largo de la mesa.

—Hay café para quienes lo deseen —dijo el duque.

Paseó la mirada por sus hombres y pensó: «Forman un buen equipo. Un hombre suele disponer de peores efectivos para este tipo de guerra».

Esperó mientras preparaban el café en la estancia contigua y lo servían. Notó el cansancio en algunos de los rostros.

Entonces puso su expresión de tranquila eficacia, se levantó y golpeó la mesa con un nudillo para llamar la atención.

—Bien, señores —dijo—, nuestra civilización parece tan profundamente acostumbrada a las invasiones que no podemos obedecer una simple orden del Imperio sin que surjan de nuevo las antiguas costumbres.

Risas discretas resonaron en torno a la mesa, y Paul se dio cuenta de que su padre había dicho lo correcto y con el tono correcto para romper el hielo. Hasta el cansancio que se percibía en su voz tenía la intensidad precisa.

—En mi opinión, deberíamos empezar por escuchar a Thufir, que nos dirá si tiene algo que añadir a su informe sobre los Fremen —dijo el duque—. ¿Thufir?

Hawat alzó la mirada.

—Hay algunas cuestiones económicas que habría que examinar y anexar a mi informe general, señor, pero por ahora puedo afirmar que cada vez tengo más claro que los Fremen son los aliados que necesitamos. Aún aguardan para comprobar si pueden confiar en nosotros, pero parecen actuar honestamente. Nos han enviado un regalo: destiltrajes que han confeccionado por sí mismos, mapas de algunas zonas del desierto que circundan los puestos defensivos abandonados por los Harkonnen... —Bajó los ojos hacia la mesa—. Sus informaciones han resultado ser precisas y nos han ayudado considerablemente con el Árbitro del Cambio. También nos han enviado otros regalos complementarios: joyas para la dama Jessica, licor de especia, dulces, medicinas. Mis hombres están analizándolo todo, pero no parece que haya ninguna trampa.

—¿Te gusta esa gente, Thufir? —preguntó un hombre en el extremo de la mesa.

Hawat se volvió hacia el que le había hecho la pregunta.

—Duncan Idaho dice que merecen admiración.

Paul miró a su padre y luego a Hawat antes de aventurar una pregunta:

—¿Tenemos información actualizada sobre el número de Fremen que hay en el planeta?

Hawat miró a Paul.

—Atendiendo a los alimentos producidos y otros indicios, Idaho estima que el complejo subterráneo que visitó albergaba como mínimo a diez mil personas. El jefe le dijo que lideraba un sietch de dos mil hogares. Tenemos razones para creer que las comunidades sietch son muy numerosas. Todas parecen obedecer a alguien llamado Liet.

—Eso es nuevo —dijo Leto.

—Podría ser un error por mi parte, señor. Hay algunas pruebas que hacen suponer que ese Liet es una divinidad local.

Otro hombre que se encontraba en el extremo de la mesa carraspeó y preguntó:

—¿Es cierto que tienen tratos con los contrabandistas?

—Una caravana de contrabandistas abandonó el sietch donde se hallaba Idaho con un abundante cargamento de especia. Usaban bestias de carga y afirmaron que iban a emprender un viaje de dieciocho días.

—Parece que los contrabandistas han redoblado sus actividades durante este período de agitación —dijo el duque—. Lo que nos lleva a una reflexión. No nos conviene preocuparnos mucho por las fragatas sin licencia que trafican a lo largo del planeta, siempre lo han hecho. Pero tampoco hay que obviarlas por completo, ya que podría ser problemático.

—¿Tenéis un plan, señor? —preguntó Hawat.

El duque miró a Halleck.

—Gurney, me gustaría que liderases una delegación, una embajada si prefieres llamarla así, para contactar con esos hombres de negocios tan idealistas. Diles que ignoraré sus actividades mientras me paguen el diezmo ducal. Hawat ha calculado que los mercenarios y las maquinaciones necesarias para controlar dichas actividades les han costado hasta ahora cuatro veces el dinero que solicitamos nosotros.

—¿Y si se entera el emperador? —preguntó Halleck—. Está muy pendiente de los beneficios de la CHOAM, mi señor.

Leto sonrió.

—Depositaremos íntegramente el diezmo a nombre de Shaddam IV y lo deduciremos legalmente de la suma que nos cuestan nuestras fuerzas de apoyo. ¡A ver qué hacen los Harkonnen! Y también arruinaremos a algunos de los que se han enriquecido con el sistema Harkonnen de tributos. ¡Se acabaron las ilegalidades!

Una sonrisa retorció el rostro de Halleck.

—Un golpe bajo maravilloso, mi señor. Me gustaría ver la cara del barón cuando se entere.

El duque se volvió hacia Hawat.

—Thufir, ¿conseguiste esos libros de contabilidad que me dijiste podías comprar?

—Sí, mi señor. Los estamos examinando detalladamente, pero ya les he echado una ojeada y puedo daros una primera aproximación.

—Adelante, pues.

—Los Harkonnen obtienen un beneficio de diez mil millones de solaris cada trescientos treinta días estándar.

Se oyeron varios resoplidos quedos a lo largo de toda la mesa. Incluso los ayudantes más jóvenes, que hasta ese momento no habían podido evitar el aburrimiento, se envararon e intercambiaron estupefactas miradas.

—«Puesto que absorberán la abundancia de los mares y los tesoros escondidos en la arena» —murmuró Halleck.

—Así pues, señores —dijo Leto—, ¿hay alguno entre ustedes que sea tan ingenuo como para pensar que los Harkonnen han hecho las maletas y se han ido solo porque el emperador lo ha ordenado?

Todas las cabezas se agitaron y se elevó un murmullo general de asentimiento.

—Tendremos que hacernos con este planeta a punta de espada —dijo Leto. Se giró hacia Hawat—. Es buen momento para hablar del equipamiento. ¿De cuántos tractores de arena, recolectoras o cosechadoras de especia y equipo de apoyo disponemos?

—La totalidad, como está registrado en el inventario imperial presentado al Árbitro del Cambio, mi señor —dijo Hawat. Hizo un gesto, y uno de sus ayudantes más jóvenes le pasó una carpeta que abrió ante él sobre la mesa—. Se han olvidado de precisar que menos de la mitad de los tractores de arena están operativos, y que solo un tercio dispone de alas de acarreo para llegar hasta las arenas de especia. Todo lo que nos han dejado los Harkonnen está en pésimas condiciones y a punto de romperse. Podremos considerarnos afortunados si conseguimos que la mitad del equipo funcione, y muy afortunados si una cuarta parte de esa mitad aún funciona dentro de seis meses.

—Justo lo que esperábamos —dijo Leto—. ¿Cuál es la estimación definitiva sobre el equipamiento básico?

Hawat consultó la carpeta.

—Unas novecientas treinta cosechadoras que podrán empezar a funcionar dentro de pocos días. Unos seis mil doscientos cincuenta ornitópteros para vigilar, explorar y monitorear el clima. Alas de acarreo, un poco menos de mil.

—¿No sería más económico volver a abrir las negociaciones con la Cofradía y obtener el permiso para instalar una fragata en órbita que hiciera las veces de satélite meteorológico? —preguntó Halleck.

El duque miró a Hawat.

—Ese asunto no ha cambiado, ¿verdad, Thufir?

—Debemos buscar otras soluciones por el momento —dijo Hawat—. El agente de la Cofradía no tenía intención de negociar con nosotros. Se limitó a afirmar, de mentat a mentat, que el precio siempre estaría por encima de nuestras posibilidades, fuera cual fuese la cifra que estuviéramos dispuestos a desembolsar. Nuestro objetivo ahora es descubrir la razón antes de intentar un nuevo acercamiento.

Uno de los ayudantes de Halleck que se encontraba en el extremo de la mesa se agitó en la silla y exclamó bruscamente:

—¡Es injusto!

—¿Injusto? —El duque lo miró—. ¿Quién quiere justicia? Crearemos nuestra propia justicia. Y lo haremos aquí, en Arrakis, cueste lo que cueste. ¿Lamentáis haberos encomendado a nuestra causa, señor?

El hombre se quedó mirando al duque y dijo:

—No, señor. Es una oferta que no podíais rechazar y os debo lealtad. Perdonad mi brusquedad, pero... —Se encogió de hombros—. A veces nos sentimos un poco amargados.

—Comprendo esa amargura —dijo el duque—. Pero no nos lamentemos por la falta de justicia mientras tengamos brazos y podamos seguirlos usando. ¿Alguno más se siente amargado? Si es así, que lo diga. Es una reunión amistosa en la que cada cual puede expresar lo que piensa.

Halleck se agitó.

—Señor, creo que lo más irritante es la falta de voluntarios de las demás Grandes Casas —dijo—. Os llaman Leto el Justo y os prometen amistad eterna, pero solo porque les sale gratis hacerlo.

—Aún ignoran quién saldrá vencedor de esta disputa —dijo el duque—. La mayor parte de las Casas se han enriquecido asumiendo pocos riesgos. No podemos culparlas por ello, pero sí despreciarlas. —Miró a Hawat—. Hablábamos del equipamiento. ¿Podrás mostrarnos algunos ejemplos para familiarizar a los hombres con la maquinaria?

Hawat asintió e hizo un gesto a un ayudante que estaba al lado del proyector.

Una imagen sólida y tridimensional apareció sobre la superficie de la mesa, aproximadamente a un tercio de distancia del duque. Algunos de los hombres que estaban más alejados se levantaron para ver mejor.

Paul se inclinó hacia delante y observó la máquina con atención.

Si se atendía a la escala con respecto a las figuras humanas proyectadas junto a ella, tendría unos ciento veinte metros de largo por cuarenta de ancho. Básicamente era un cuerpo de insecto alargado que se movía por medio de varias secciones independientes de orugas.

—Es una cosechadora de especia —dijo Hawat—. Hemos elegido una bien preparada para esta proyección. Es un tipo de máquina que llegó al planeta con el primer equipo de ecólogos imperiales y que aún funciona... aunque no comprendo cómo... ni por qué.

—Si es la que llaman «Vieja María», debería de estar en un museo —dijo uno de los ayudantes—. Creo que los Harkonnen la utilizaban como castigo, una amenaza con la que amedrentar a sus trabajadores. Portaos bien u os destinaremos a la Vieja María.

Sonaron risas por toda la mesa.

Paul hizo caso omiso de la broma, tenía la atención puesta en la proyección y no dejaba de darle vueltas a varias preguntas. Señaló la imagen sobre la mesa y dijo:

—Thufir, ¿hay gusanos de arena lo suficientemente grandes como para tragarse esa cosa entera?

Se hizo un repentino silencio por toda la mesa. El duque maldijo por lo bajo y después pensó: «No, tienen que afrontar la realidad».

—En las profundidades del desierto hay gusanos que podrían tragarse de un solo bocado esa recolectora al completo —respondió Hawat—. Incluso aquí, en las inmediaciones de la Muralla Escudo, donde se extrae la mayor parte de la especia, existen gusanos que podrían destrozar esa recolectora y devorarla a su antojo.

—¿Por qué no les ponemos escudos? —preguntó Paul.

—Según el informe de Idaho —dijo Hawat—, los escudos son peligrosos en el desierto. Un simple escudo corporal bastaría para atraer a todos los gusanos que se encuentren a cientos de metros a la redonda. Parece ser que les provocan una especie de furia homicida. Es lo que afirman los Fremen, y no tenemos ninguna razón para dudar de ellos. Idaho no ha visto rastro alguno de equipamiento de escudos en el sietch.

—¿Nada de nada? —preguntó Paul.

—Sería muy complicado esconder ese tipo de material entre varios miles de personas —respondió Hawat—. Idaho tenía libre acceso a cualquier parte del sietch. No vio ningún escudo ni el menor indicio de que los usaran.

—Esto es un rompecabezas —dijo el duque.

—En cambio, los Harkonnen sin duda utilizaron una gran cantidad de escudos en el planeta —dijo Hawat—. Hay depósitos de reparaciones en todas las guarniciones, y hemos visto en su contabilidad fuertes partidas de gasto destinadas a comprar nuevos escudos y piezas de repuesto.

—¿Es posible que los Fremen tengan una manera de neutralizar los escudos? —preguntó Paul.

—Parece improbable —respondió Hawat—. En teoría es posible, desde luego. Una contracarga estática muy potente se supone que podría cortocircuitar un escudo, pero nadie ha conseguido probarlo jamás.

—Nos hubiéramos enterado de la existencia de un dispositivo así —dijo Halleck—. Los contrabandistas han estado siempre en contacto con los Fremen y hubieran comprado un artilugio así de estar disponible. Y no hubieran vacilado a la hora de traficar con él fuera del planeta.

—No me gusta que cuestiones de esta importancia queden sin respuesta —dijo Leto—. Thufir, quiero que dediques prioridad absoluta a la resolución de este problema.

—Ya estamos en ello, mi señor. —Hawat carraspeó—. Ah, Idaho dijo algo interesante: dijo que la mala disposición de los Fremen hacia los escudos quedaba muy patente, que más bien se los tomaban a risa.

El duque frunció el ceño.

—Hablábamos sobre el equipamiento para la especia —dijo.

Hawat le hizo un gesto al hombre del proyector.

La imagen sólida de la cosechadora quedó reemplazada por la proyección de un aparato alado rodeado por unas pequeñísimas siluetas humanas.

—Esto es un ala de acarreo —dijo Hawat—. Básicamente, es un gran tóptero cuya única función es transportar una cosechadora a las arenas ricas en especia y rescatarla cuando aparece un gusano de arena. Siempre aparece alguno. La recolección de la especia es un proceso que consiste en llegar y escapar del lugar con la mayor cantidad de material posible.

—Muy adecuado para la ética Harkonnen —dijo el duque.

Unas carcajadas escandalosas estallaron por toda la estancia.

Un ornitóptero sustituyó al ala de acarreo en la imagen proyectada.

—Esos tópteros son bastantes convencionales —explicó Hawat—. La mayor modificación que se les ha realizado es ampliar su radio de acción. También cuentan con blindajes especiales que permiten sellar herméticamente las partes esenciales contra la arena y el polvo. Tan solo uno de cada treinta tiene escudos, ya que lo más seguro es que se haya eliminado el peso del generador para ampliar el radio de acción.

—No me gusta que se reste importancia a los escudos —murmuró el duque. Y pensó: «¿Es este el secreto de los Harkonnen? ¿Significa quizá que ni siquiera podremos huir en nuestras fragatas equipadas con escudos si todo se vuelve contra nosotros?». Agitó la cabeza con fuerza para alejar aquellos pensamientos y añadió—: Pasemos a la estimación del rendimiento. ¿Cuánto obtendríamos de beneficios?

Hawat pasó dos páginas en su bloc de notas.

—Después de haber evaluado las reparaciones y el equipo que aún está operativo, hemos obtenido una primera estimación de los costes de explotación. Como era de esperar, hemos hecho un cálculo por encima de las posibilidades reales a fin de dejar un margen de seguridad. —Cerró los ojos en un semitrance mentat—. Con los Harkonnen en el poder, el mantenimiento y los salarios ascendían a un catorce por ciento. Podremos considerarnos afortunados si al principio conseguimos limitarlos a un treinta por ciento. Con las reinversiones y los factores de desarrollo, incluyendo el porcentaje de la CHOAM y los costes militares, nuestro margen de beneficio se reducirá a un exiguo seis o siete por ciento hasta que hayamos reemplazado todo el equipo inservible. Llegados a ese punto, deberíamos poder elevarlo hasta un doce o un quince por ciento, que es lo normal. —Abrió los ojos—. A menos que mi señor quiera adoptar los métodos de los Harkonnen.

—Nuestro objetivo es establecer una base planetaria estable y permanente —dijo el duque—. Debemos conseguir que gran parte de la población esté contenta, sobre todo los Fremen.

—Sobre todo los Fremen, sin duda —apuntilló Hawat.

—Nuestra supremacía en Caladan dependía de nuestra supremacía aérea y marítima —explicó el duque—. Aquí, debemos desarrollar algo que llamaremos supremacía «desértica». Puede llegar a incluir la aérea, aunque es probable que no sea así. Me gustaría que tuviesen en cuenta la falta de escudos de los tópteros. —Agitó la cabeza—. Los Harkonnen contaban con una rotación de personal continuada proveniente de otros planetas para algunos de sus puestos clave. Nosotros no podemos permitírnoslo. Cada nuevo grupo de recién llegados tendría su porcentaje de agitadores.

—Entonces deberemos contentarnos con menores beneficios y recolecciones más reducidas —explicó Hawat—. Nuestra producción durante las primeras dos estaciones será un tercio inferior a la de los Harkonnen.

—Tal y como habíamos previsto —dijo el duque—. Debemos ponernos manos a la obra con los Fremen. Me gustaría disponer de cinco batallones de tropas Fremen antes de la primera auditoría de la CHOAM.

—No es mucho tiempo, señor —dijo Hawat.

—Como bien sabes, no tenemos mucho más. En cuanto tengan ocasión, enviarán a los Sardaukar disfrazados de Harkonnen. ¿Cuántos crees que desembarcarán, Thufir?

—Cuatro o cinco batallones en total, señor. No serán más. El transporte de tropas de la Cofradía cuesta caro.

—Pues cinco batallones de Fremen más nuestros efectivos serán suficientes. Cuando llevemos algunos prisioneros Sardaukar ante el Consejo del Landsraad, veremos si no cambian las cosas... con o sin beneficios.

—Haremos todo lo que podamos, señor.

Paul miró a su padre. Luego hizo lo propio con Hawat y se dio cuenta de repente de la avanzada edad del mentat y del hecho de que el anciano había servido a tres generaciones de Atreides. Era un anciano. Quedaba patente en el brillo apagado de sus ojos castaños, en sus mejillas llenas de arrugas y quemadas por climas exóticos, en la redonda curva de sus hombros y en la delgada línea de los labios resecos y coloreados por el zumo de safo.

«Hay demasiadas cosas que dependen de un solo anciano», pensó Paul.

—Hemos entrado de lleno en una guerra clandestina —dijo el duque—, pero aún no ha alcanzado toda su amplitud. Thufir, ¿en qué condiciones se encuentra actualmente la amenaza Harkonnen?

—Hemos eliminado doscientos cincuenta y nueve de sus hombres clave, mi señor. Tan solo quedan tres células Harkonnen, quizá cien efectivos en total.

—Esos efectivos Harkonnen que has eliminado eran de clase alta? —preguntó el duque.

—La mayoría era gente de bien, mi señor. Empresarios.

—Quiero que falsifiques certificados de lealtad con la firma de cada uno de ellos —dijo el duque—. Envía copias al Árbitro del Cambio. Sostendremos legalmente la posición de que estos hombres permanecían aquí bajo falsa lealtad. Confiscaremos sus propiedades, se lo quitaremos todo y echaremos a sus familias. Los desvalijaremos. Asegúrate también de que la Corona recibe su diez por ciento. Todo debe ser completamente legal.

Thufir sonrió y dejó al descubierto sus dientes manchados de rojo bajo los labios color carmín.

—Una maniobra digna de un gran señor, mi duque. Me avergüenzo de no haberla pensado antes.

Halleck frunció el ceño al otro lado de la mesa y se sorprendió al ver la expresión igualmente ceñuda del rostro de Paul. El resto sonreía y asentía.

«Es un error —pensó Paul—. Lo único que conseguirá será hacer que combatan con todas sus fuerzas. Se darán cuenta de que no conseguirían nada rindiéndose.»

Conocía la actual convención del kanly, que no respetaba regla alguna, pero aquel era el tipo de actuación que podía destruirlos a pesar de salir victoriosos.

—«Yo era un extranjero en tierra extraña» —recitó Halleck.

Paul lo miró, ya que sabía que se trataba de una cita de la Biblia Católica Naranja, y se preguntó: «¿Acaso Gurney también desea poner fin a esas retorcidas intrigas?».

El duque contempló la oscuridad que se extendía al otro lado de las ventanas y luego bajó la mirada hasta Halleck.

—Gurney, ¿a cuántos de esos trabajadores de la arena has conseguido persuadir para que se queden con nosotros?

—Doscientos ochenta y seis en total, señor. Creo que debemos aceptarlos y considerarnos dichosos por ello. Pertenecen a las categorías más útiles.

—¿Tan pocos? —El duque frunció los labios—. Bien, coméntaselo a...

Se quedó en silencio al sentir un ajetreo junto a la puerta. Duncan Idaho se abrió paso entre los guardias, cruzó toda la mesa y se inclinó junto a la oreja del duque.

Leto lo apartó y dijo:

—Habla en voz alta, Duncan. Como puedes ver, se trata de una reunión estratégica del estado mayor.

Paul examinó a Idaho y notó sus movimientos felinos, la rapidez de reflejos que le convertía en un maestro de armas difícil de emular. El rostro bronceado y redondo de Idaho se giró hacia Paul en aquel momento. Sus ojos habituados a la oscuridad de las profundidades no dieron muestra de reconocerle, pero Paul vio en su cara que la serenidad se sobreponía a la emoción.

Idaho recorrió con la mirada toda la mesa y dijo:

—Hemos sorprendido a un destacamento de mercenarios Harkonnen disfrazados como Fremen. Han sido los propios Fremen quienes nos han enviado un mensajero para advertirnos del engaño. Sin embargo, en el ataque hemos descubierto que los Harkonnen habían interceptado y herido de gravedad al mensajero Fremen. Lo traíamos hacia aquí para que nuestros médicos le curasen, pero ha muerto por el camino. Cuando me he dado cuenta de lo mal que estaba me he detenido para intentar salvarle. Le he sorprendido mientras intentaba desembarazarse de algo. —Idaho miró fijamente a Leto—. Un cuchillo, mi señor, un cuchillo como nunca habéis visto otro.

—¿Un crys? —preguntó alguien.

—Sin la menor duda —dijo Idaho—. De color blanco lechoso y con un brillo propio. —Hundió la mano en su túnica y extrajo una funda de la que sobresalía una empuñadura estriada de color negro.

—¡No lo saques de la funda!

El grito procedía de la puerta abierta al fondo de la estancia, una voz vibrante y penetrante que hizo que todos levantasen la cabeza y se envararan.

Una figura alta y ataviada con una túnica se encontraba de pie en el umbral, tras las espadas cruzadas de los guardias. El hombre iba envuelto de la cabeza a los pies en una túnica marrón y ligera, a excepción de una abertura cubierta por un velo en la capucha, que dejaba al descubierto dos ojos completamente azules, sin el menor blanco en ellos.

—Dejadle entrar —murmuró Idaho.

Los guardias vacilaron, pero luego bajaron las espadas.

El hombre atravesó la estancia y se detuvo frente al duque.

—Stilgar, jefe del sietch que he visitado, líder de los que nos han advertido del engaño —dijo Idaho.

—Bienvenido, señor —dijo Leto—. ¿Por qué no deberíamos desenfundar este cuchillo?

Stilgar no había dejado de mirar a Idaho.

—Has observado entre nosotros las costumbres propias de la honestidad y la pureza —dijo—. Te permitiré ver la hoja del hombre al cual has mostrado tu amistad. —Sus ojos azules contemplaron a todos los demás que había en la habitación—. Pero a ellos no los conozco. ¿Les permitirás mancillar un arma honorable?

—Soy el duque Leto. ¿Me permitirás ver el arma?

—Os autorizo a ganaros el derecho a desenfundarla —dijo Stilgar y, al elevarse un murmullo de protestas por toda la mesa, levantó una delgada mano cruzada por venas oscuras—. Os recuerdo que esta hoja pertenecía a alguien que os había brindado su amistad.

Paul aprovechó el silencio en el que se sumió la estancia para examinar al hombre y sintió el aura de poder que irradiaba de él. Era un líder, un líder Fremen.

El hombre que estaba frente a Paul cerca del centro de la mesa murmuró:

—¿Quién es él para decirnos cuáles son los derechos que tenemos sobre Arrakis?

—Se dice que el duque Leto Atreides gobierna con el consentimiento de sus gobernados —dijo el Fremen—. Es por ello que me gustaría que conocieran nuestras costumbres: una responsabilidad muy particular recae sobre aquellos que han visto un crys. —Dedicó una mirada sombría a Idaho—. Son nuestros. No pueden abandonar Arrakis sin nuestro consentimiento.

Halleck y otros empezaron a levantarse con expresiones airadas en sus rostros. Halleck dijo:

—Es el duque Leto quien determina...

—Un momento, por favor —dijo Leto. La amabilidad de su voz detuvo a sus hombres. «La situación no debe írseme de las manos», pensó. Se giró hacia el Fremen—. Señor, honro y respeto la dignidad personal de cualquiera que respete la mía. Tengo una deuda con vos. Y siempre pago mis deudas. Si es vuestra costumbre que este cuchillo permanezca enfundado en este lugar, seré yo mismo quien lo ordene entonces. Y si hay otra manera de honrar al hombre que ha muerto por nosotros, no tenéis más que decirlo.

El Fremen miró al duque y después se apartó despacio el velo para dejar al descubierto una nariz estrecha, una boca de labios gruesos y una barba de un negro brillante. Se inclinó sobre la superficie pulida de la mesa y escupió en ella deliberadamente.

—¡Quietos! —gritó Idaho en el mismo momento en el que todos se levantaban de un salto. Se hizo un silencio muy tenso y luego dijo—: Stilgar, te agradecemos el presente que nos brindas con la humedad de tu cuerpo. Y lo aceptamos con el mismo espíritu con que ha sido ofrecido. —Luego escupió en la mesa delante del duque, lo miró y añadió—: Recordad hasta qué punto es valiosa el agua en este lugar, señor. Ha sido una muestra de respeto.

Leto se relajó en la silla y se topó con la mirada y la amarga sonrisa en el rostro de Paul. Luego empezó a sentir cómo se relajaba la tensión por toda la mesa a medida que sus hombres iban comprendiendo.

El Fremen miró a Idaho y dijo:

—Has dado la talla en mi sietch, Duncan Idaho. ¿Hay algún lazo de lealtad entre el duque y tú?

—Me pide que me ponga a su servicio, señor —dijo Idaho.

—¿Aceptaría una doble lealtad? —preguntó Leto.

—¿Deseáis que vaya con él, señor?

—Deseo que seas tú quien tome la decisión —dijo Leto, incapaz de disimular la tensión en su voz.

Idaho examinó al Fremen.

—¿Me aceptarías en estas condiciones, Stilgar? Habrá ocasiones en las que tendré que regresar para servir al duque.

—Luchas bien y has hecho todo lo que has podido por nuestro amigo —dijo Stilgar. Miró a Leto—. Que así sea: Idaho conservará el crys como símbolo de su lealtad hacia nosotros. Deberá ser purificado y habrá que realizar los rituales correspondientes, pero no habrá problema. Será Fremen y soldado de los Atreides al mismo tiempo. Tenemos precedentes: Liet sirve a dos amos.

—¿Duncan? —preguntó Leto.

—Comprendo, señor —dijo Idaho.

—Así sea, pues —dijo Leto.

—Tu agua es nuestra, Duncan Idaho —dijo Stilgar—. El cuerpo de nuestro amigo se quedará con el duque. Que su agua sea de los Atreides. Será el lazo que nos una.

Leto suspiró y luego miró a Hawat para escrutar los ojos del viejo mentat. Hawat asintió con expresión satisfecha.

—Esperaré abajo mientras Idaho se despide de sus amigos. Nuestro compañero muerto se llamaba Turok. Recordadlo cuando llegue el momento de liberar su espíritu. Sois amigos de Turok. —Se dio la vuelta para marcharse.

—¿No queréis quedaros un poco? —preguntó Leto.

El Fremen lo miró, se colocó el velo con gesto casual y luego ajustó algo bajo él. Paul entrevió algo parecido a un delgado tubo antes de que el velo le cubriese la cara.

—¿Hay alguna razón para que me quede? —preguntó el Fremen.

—Nos sentiríamos honrados —dijo el duque.

—El honor me exige estar en otro lugar en breve —respondió el Fremen. Miró de nuevo a Idaho, se giró y pasó junto a los guardias de la puerta a grandes zancadas.

—Si el resto de los Fremen son como él, haremos grandes cosas juntos —dijo el duque.

—Es un buen ejemplo de lo que son, señor —dijo Idaho con voz seca.

—¿Has comprendido lo que debes hacer, Duncan?

—Seré vuestro embajador con los Fremen, señor.

—Muchas cosas dependerán de ti, Duncan. Vamos a necesitar al menos cinco batallones de esa gente antes de la llegada de los Sardaukar.

—Tendré que trabajar duro, señor. Los Fremen son más bien independientes. —Idaho vaciló antes de seguir—: Una cosa más, señor. Uno de los mercenarios que hemos abatido intentaba arrebatarle esta hoja a nuestro amigo Fremen muerto. El mercenario dijo que los Harkonnen ofrecen un millón de solaris al primer hombre que les entregue un solo crys.

Leto levantó la barbilla, sorprendido.

—¿Por qué desearían hasta tal punto una de estas hojas?

—El cuchillo se fabrica a partir de un diente de gusano de arena. Es el emblema de los Fremen, señor. Con él, un hombre de ojos azules podría entrar en cualquier sietch. A mí me interrogarían si no fuese conocido. No tengo aspecto de Fremen. Pero...

—Piter de Vries —dijo el duque.

—Un hombre de una astucia maliciosa, mi señor —dijo Hawat.

Idaho se guardó el arma enfundada bajo la túnica.

—Guarda el cuchillo —dijo el duque.

—Comprendido, mi señor. —Palmeó el transmisor de su cinturón—. Informaré tan pronto como sea posible. Thufir tiene mi código de llamada. Usad el lenguaje de batalla. —Saludó, giró en redondo y se apresuró tras el Fremen.

Sus pasos resonaron por todo el pasillo.

Leto y Hawat intercambiaron una mirada de entendimiento. Sonrieron.

—Tenemos mucho que hacer, señor —dijo Halleck.

—Y yo os distraigo de vuestras tareas —dijo Leto.

—Tengo los informes de las bases de avanzada —dijo Hawat—. ¿Deseáis escucharlos en otro momento, señor?

—¿Llevará mucho tiempo?

—No si os hago un resumen. Entre los Fremen se dice que en Arrakis se construyeron más de doscientas de esas bases de avanzada durante el período en el que el planeta era una Estación Experimental de Botánica del Desierto. Parece que todas están abandonadas, pero hay informes de que fueron selladas antes.

—¿Hay equipo en el interior? —preguntó el duque.

—Sí, según los informes que me ha dado Duncan.

—¿Dónde están situadas? —preguntó Halleck.

—La respuesta a esa pregunta es la misma para todas ellas —dijo Hawat—. Liet es quien lo sabe.

—O sea, que solo Dios lo sabe —murmuró Leto.

—Quizá no, señor —dijo Hawat—. Habéis oído a Stilgar usar el nombre. ¿No podría tratarse de una persona real?

—Servir a dos amos —dijo Halleck—. Suena como una cita religiosa.

—Y tú deberías conocerla —dijo el duque.

Halleck sonrió.

—Ese Árbitro del Cambio, el ecólogo imperial, Kynes... ¿no tendría que saber dónde se encuentran esas bases? —preguntó Leto.

—Señor, ese tal Kynes está al servicio del emperador —advirtió Hawat.

—Y se encuentra muy lejos de él —dijo Leto—. Quiero esas bases. Podrían estar llenas de materiales que recuperar y que podríamos usar para reparar nuestro equipamiento.

—¡Señor! —dijo Hawat—. ¡Esas bases son legalmente un feudo de Su Majestad!

—El clima de este lugar es lo bastante duro como para destruir cualquier cosa —dijo el duque—. Podemos echarle la culpa al clima. Buscad a ese Kynes e intentad al menos descubrir si esas bases existen.

—Podría ser peligroso hacernos con ellas —dijo Hawat—. Duncan ha sido explícito en algo: esas bases o la idea que representan tienen un significado muy profundo para los Fremen. Podríamos ofenderlos si nos apoderamos de ellas.

Paul observó los rostros de los hombres que tenían alrededor y notó la intensidad con la que escuchaban las palabras que se pronunciaban. Parecían muy turbados por la actitud de su padre.

—Escúchale, padre —dijo Paul en voz muy baja—. Dice la verdad.

—Señor —dijo Hawat—, esas bases pueden proporcionarnos el material necesario para reparar el equipo que nos han dejado, pero tal vez estén fuera de nuestro alcance por razones estratégicas. Sería arriesgado actuar sin tener más información. Ese Kynes arbitra la autoridad del Imperio. No debemos olvidarlo. Y los Fremen le obedecen.

—Usad entonces la prudencia —dijo el duque—. Solo quiero saber si esas bases existen.

—Como deseéis, señor. —Hawat volvió a sentarse y bajó la mirada.

—Muy bien —dijo el duque—. Todos sabemos lo que nos espera: trabajo. Estamos preparados para ello y tenemos cierta experiencia al respecto. Sabemos cuáles son las recompensas, y las alternativas están suficientemente clarificadas. Cada cual tiene asignadas sus misiones. —Miró a Halleck—. Gurney, ocúpate primero de la cuestión de los contrabandistas.

—«Partiré hacia los rebeldes que ocupan las tierras áridas» —entonó Halleck.

—Algún día conseguiré que este hombre no tenga cita con la que responder y lo dejaré sin respuesta —dijo el duque.

Sonaron risas por toda la mesa, pero Paul las notó forzadas.

Su padre se giró hacia Hawat.

—Establece otro puesto de mando para las comunicaciones y las informaciones en esta planta, Thufir. Cuando esté preparado, quiero verte.

Hawat se levantó y echó un vistazo por toda la estancia como si buscara un apoyo. Después se dio la vuelta y se dirigió hacia la salida. El resto se levantó apresuradamente, arrastraron las sillas y lo siguió de manera algo desordenada.

«Todo acaba en desorden», pensó Paul mientras miraba a los últimos hombres que salían. Antes, las reuniones terminaban siempre en una atmósfera de decisión. Aquella reunión parecía haber ido diluyéndose a causa de los errores para terminar con una discusión.

Paul se permitió por primera vez pensar que el fracaso era una posibilidad, no porque las advertencias de la Reverenda Madre le diesen miedo, sino por las propias conclusiones que había sacado del encuentro.

«Mi padre está desesperado —se dijo—. Las cosas no nos van demasiado bien.»

Y Hawat. Recordó la actitud del viejo mentat durante la reunión: sutiles titubeos y muestras de inquietud.

Hawat estaba muy preocupado por algo.

—Será mejor que te quedes aquí el resto de la noche, hijo —dijo el duque—. De todos modos, falta poco para que amanezca. Avisaré a tu madre. —Se levantó despacio, rígido—. ¿Por qué no juntas algunas de las sillas y te echas a descansar un poco?

—No estoy muy cansado, señor.

—Como quieras.

El duque cruzó las manos a la espalda y empezó a pasear de un lado a otro de la mesa.

«Como un animal enjaulado», pensó Paul.

—¿Le comentarás a Hawat la posible existencia de un traidor? —preguntó Paul.

El duque se detuvo ante su hijo y respondió con el rostro vuelto hacia las oscuras ventanas.

—Es un tema del que ya hemos hablado antes.

—La anciana parecía muy segura —dijo Paul—. Y el mensaje que madre...

—Se han tomado precauciones —dijo el duque. Echó un vistazo a su alrededor, y Paul vio en su mirada el reflejo atormentado de un animal acosado—. Quédate aquí. Tengo que discutir con Thufir algunas cuestiones sobre los puestos de mando. —Se giró y salió de la estancia al tiempo que respondía con una rápida inclinación de cabeza al saludo de los guardias de la puerta.

Paul miró al lugar donde se había detenido su padre. Le daba la impresión de que el espacio estaba vacío mucho antes de que el duque abandonara la estancia. Entonces recordó la advertencia de la anciana: «Lo de tu padre no tiene remedio».

Capítulo 13

El primer día que Muad’Dib recorrió las calles de Arrakeen con su familia, algunas de las personas con las que se toparon a lo largo del camino recordaron las leyendas y las profecías y se aventuraron a gritar: «¡Mahdi!». Pero aquel grito era más una pregunta que una afirmación, ya que tenían la esperanza de que fuera aquel que les había sido anunciado como el Lisan al-Gaib, la Voz del Otro Mundo. Y su madre también les llamaba la atención, porque habían oído decir que era una Bene Gesserit y, a sus ojos, era muy similar al otro Lisan al-Gaib.

De Manual de Muad’Dib,

por la princesa Irulan

El duque encontró a Thufir solo en la habitación de la esquina a la que le había llevado un guardia. Se oía el ruido de los hombres que instalaban el equipo de comunicaciones en la estancia contigua, pero el lugar era bastante tranquilo. El duque miró alrededor mientras Hawat se levantaba de detrás de una mesa repleta de papeles. Las paredes eran de color verde, y además de la mesa el único mobiliario eran tres sillas a suspensor con la H de los Harkonnen disimulada apresuradamente con una plasta de pintura.

—Son sillas completamente seguras —dijo Hawat—. ¿Dónde está Paul, señor?

—Le he dejado en la sala de conferencias. Quiero que descanse un poco sin que nadie le moleste.

Hawat asintió, se acercó a la puerta que daba a la otra habitación y la cerró, lo que ahogó el ruido de la estática y los zumbidos electrónicos.

—Thufir —dijo Leto—, no dejo de pensar en los almacenes de especia imperiales y de los Harkonnen.

—¿Mi señor?

El duque frunció los labios.

—Los almacenes podrían destruirse. —Alzó una mano para impedir a Hawat que hablara—. No, ignora las reservas del emperador. Incluso él se alegraría en secreto si los Harkonnen se vieran en problemas. Y, ¿cómo podría protestar el barón si se destruye algo que oficialmente no puede admitir que posee?

Hawat agitó la cabeza.

—Tenemos pocos efectivos, señor.

—Usa algunos de los hombres de Idaho. Quizá algunos de los Fremen verían con agrado un viaje fuera del planeta. Una incursión a Giedi Prime, una distracción así tendría varias ventajas tácticas, Thufir.

—Como deseéis, mi señor. —Hawat se giró, y el duque notó el nerviosismo del anciano.

«Quizá sospecha que no confío en él. Debe de saber que he recibido informes privados que alertan de la presencia de traidores. Bien, será mejor calmar sus inquietudes de inmediato», pensó.

—Thufir —dijo—, como eres uno de los pocos hombres en quien puedo confiar plenamente, hay otro asunto que debemos discutir. Ambos sabemos lo atentos que tenemos que estar para impedir que los traidores se infiltren entre nuestras fuerzas... pero he recibido dos nuevos informes.

Hawat se giró y se quedó mirándolo.

Leto le repitió lo que le había contado Paul.

Pero en lugar de producir en él una intensa concentración mentat, los informes solo aumentaron la agitación de Hawat.

Leto estudió al anciano y, finalmente, dijo:

—Me has estado ocultando algo, viejo amigo. Debí sospecharlo cuando te vi tan nervioso en la reunión. ¿Qué puede ser tan grave como para no atreverte a mencionarlo delante de todos en la conferencia?

Los labios manchados de safo de Hawat se cerraron hasta formar una larga y delgada línea de la que surgían pequeñas arrugas. Mantuvieron su rigidez mientras decía:

—Mi señor, la verdad es que no sé cómo sacar el tema.

—Hemos compartido un buen número de cicatrices, Thufir —dijo el duque—. Sabes que puedes hablar conmigo de lo que sea.

Hawat siguió mirándolo en silencio y pensó: «Este es el duque que me gusta, el hombre de honor que invita a servirle con la mayor lealtad. ¿Por qué hacerle daño?».

—¿Y bien? —inquirió Leto.

Hawat se encogió de hombros.

—Es el fragmento de un mensaje. Lo conseguimos de un mensajero de los Harkonnen. Iba dirigido a un agente llamado Pardee. Tenemos buenas razones para creer que Pardee era el hombre más importante de la organización clandestina Harkonnen del lugar. El mensaje... es algo que podría tener graves consecuencias o ninguna. Se puede interpretar de varias maneras.

—¿Por qué es tan problemático el mensaje?

—Es un fragmento, mi señor. Está incompleto. Era un film minimic que tenía la habitual cápsula de destrucción. Conseguimos detener el ácido justo antes de que acabase de corroerlo y solo salvamos un fragmento. No obstante, se trata de un fragmento muy evocador.

—¿Sí?

Hawat se humedeció los labios.

—Dice: «... eto nunca sospechará, y cuando reciba el golpe de una mano tan querida, solo saber de dónde proviene bastará para destruirlo». La nota llevaba el sello personal del barón; lo he comprobado yo mismo.

—Tus sospechas son fundadas —dijo el duque con una voz que se había vuelto más fría de improviso.

—Me cortaría los brazos antes que hacerle daño —dijo Hawat—. Mi señor, y si...

—La dama Jessica —dijo Leto, y sintió cómo le consumía la rabia—. ¿No has podido sonsacarle más a ese Pardee?

—Por desgracia, Pardee ya no estaba entre los vivos cuando logramos interceptar el mensajero. Y estoy seguro de que el mensajero no sabía lo que llevaba.

—Comprendo.

Leto agitó la cabeza y pensó: «Qué maniobra tan rastrera. No puede ser cierto. Conozco a mi mujer».

—Mi señor, si...

—¡No! —espetó el duque—. Tiene que haber algún error...

—No podemos ignorarlo, mi señor.

—¡Lleva conmigo desde hace dieciséis años! Ha tenido innumerables oportunidades para... ¡Tú mismo investigaste la escuela y a ella!

—Hay cosas que pueden escapárseme —dijo Hawat con amargura.

—¡Te digo que es imposible! Los Harkonnen quieren destruir toda la estirpe de los Atreides, incluido a Paul. Ya lo han intentado una vez. ¿Cómo va una mujer a conspirar contra su propio hijo?

—Quizá no conspire contra su hijo y el atentado de ayer solo haya sido una farsa.

—No era ninguna farsa.

—Señor, se supone que ella no sabe cuál es su ascendencia, pero ¿y si lo supiese? ¿Y si se hubiese quedado huérfana, sin familia por culpa de los Atreides?

—Hubiera actuado hace ya mucho tiempo. Veneno en mi bebida, un puñal en la noche. ¿Quién hubiera tenido mejores oportunidades de acercarse a mí?

—Los Harkonnen quieren destruiros, mi señor. Sus intenciones no se limitan solo a mataros. Existe toda una gama de sutiles distinciones en el kanly. Podrían llegar a hacer de la venganza toda una obra de arte.

El duque hundió los hombros. Cerró los ojos y lució viejo y cansado.

«No puede ser —pensó—. Esa mujer me ha abierto su corazón.»

—¿Qué mejor manera de destruirme que sembrar sospechas contra la mujer que uno ama? —preguntó.

—Una interpretación que también he considerado —dijo Hawat—. Sin embargo...

El duque abrió los ojos, miró a Hawat y pensó: «Que sospeche. Ese es su trabajo, no el mío. Quizá alguien cometa una imprudencia si hago como que me lo creo todo».

—¿Qué sugieres? —susurró el duque.

—Por el momento, vigilancia constante, mi señor. No hay que perderla de vista ni un momento. Me ocuparé personalmente de que se haga con discreción. Idaho sería la persona ideal para el trabajo: quizá en una o dos semanas volvamos a tenerlo por aquí. Entre los hombres de Idaho hay un joven que hemos adiestrado y que podría ser su sustituto ideal entre los Fremen. Está muy dotado para la diplomacia.

—No podemos correr el riesgo de poner en peligro nuestra amistad con los Fremen.

—Por supuesto que no, señor.

—¿Y qué me dices de Paul?

—Quizá podríamos avisar al doctor Yueh.

El duque se dio la vuelta y le dio la espalda a Hawat.

—Lo dejo en tus manos.

—Seré discreto, mi señor.

«De eso no me cabe duda», pensó Leto.

Luego dijo:

—Voy a dar una vuelta. Si me necesitas, estaré en el interior del recinto. La guardia puede...

—Mi señor, antes de que os marchéis quisiera que leyerais un filmclip. Es un primer análisis aproximativo de la religión de los Fremen. Recordad que me pedisteis que preparara un informe sobre el tema.

El duque se quedó en silencio y luego habló sin girarse:

—¿No puede esperar?

—Por supuesto, mi señor. Pero vos me preguntasteis qué era lo que gritaban. Era «¡Mahdi!», una palabra que iba dirigida al joven amo. Cuando ellos...

—¿A Paul?

—Sí, mi señor. En este lugar tienen una leyenda, una profecía que anuncia la llegada de un líder, hijo de una Bene Gesserit, que los guiará hacia la verdadera libertad. Sigue el patrón mesiánico habitual.

—¿Y creen que Paul es ese... ese...?

—Solo tienen la esperanza de que lo sea, mi señor. —Hawat le tendió la cápsula del filmclip.

El duque la cogió y se la guardó en el bolsillo.

—Lo veré más tarde.

—Claro, mi señor.

—Por el momento, necesito tiempo para... pensar.

—Sí, mi señor.

El duque respiró hondo y salió de la estancia a grandes zancadas. Giró por el pasillo a la derecha con las manos cruzadas a la espalda y sin prestar mucha atención a sus alrededores. Recorrió pasillos, escaleras, terrazas y salas... gente que le saludaba y se echaba a un lado para dejarle pasar.

Un tiempo después, volvió a la sala de conferencias. Las luces estaban apagadas, y Paul dormía sobre la mesa cubierto con el capote de un guardia y con un saco de equipaje de almohada. El duque avanzó sin hacer ruido hacia el fondo de la sala y salió a la terraza que dominaba el campo de aterrizaje. En la esquina había un guardia que se cuadró al reconocer al duque bajo el tenue reflejo de las luces del campo.

—Descanse —murmuró el duque. Se apoyó en el frío metal de la balaustrada.

El silencio que precedía al alba reinaba sobre la desértica depresión. Alzó la mirada: sobre él, las estrellas eran como un manto de brillantes lentejuelas sobre el añil del cielo. La segunda luna nocturna colgaba baja sobre el horizonte meridional entre un halo de polvo, una luna malévola que lo miraba con luz cínica.

Mientras el duque la miraba, la luna se hundió entre los acantilados aserrados de la Muralla Escudo que cubrió de un reflejo níveo, y el hombre sintió un escalofrío en la repentina y densa oscuridad. Se estremeció.

La ira se apoderó de él.

«Los Harkonnen me han entorpecido, acosado y perseguido por última vez —pensó—. ¡No son más que un montón de estiércol con cerebro de dictador! ¡Pero conmigo se acabó! —Luego añadió, con un toque de amargura—: Debo gobernar con el ojo tanto como con las garras, igual que hace el halcón con aves más débiles.»

Su mano acarició el emblema del halcón de su túnica inconscientemente.

Por el este, la noche se topó con un halo de gris luminosidad, y luego una opalescencia anacarada ofuscó las estrellas. El horizonte al completo terminó por verse invadido por la resplandeciente luz del alba.

Era una escena tan bella que cautivó toda su atención.

«Algunas cosas mendigan nuestro amor», pensó.

Jamás hubiera imaginado que en aquel planeta existiese algo tan hermoso como ese horizonte rojo contra el reflejo ocre y púrpura de los acantilados aserrados. Al otro lado del campo de aterrizaje, donde el escaso rocío nocturno había tocado la vida de las presurosas simientes de Arrakis, vio florecer enormes manchas de flores rojas sobre las que avanzaba una trama violeta, como pasos de un invisible gigante.

—Un maravilloso amanecer, señor —dijo el guardia.

—Sí, lo es.

El duque inclinó la cabeza y pensó: «Quizá este planeta pueda crecer y desarrollarse. Tal vez pueda convertirse en un buen hogar para mi hijo».

Después vio unas figuras humanas que avanzaban por los campos de flores y los barrían con sus extraños utensilios parecidos a hoces: recolectores de rocío. El agua era tan valiosa en aquel planeta que hasta el rocío debía ser recolectado.

«Pero puede ser también un mundo abominable», pensó el duque.

Capítulo 14

Es probable que no haya un momento más terrible en nuestra vida que aquel en que uno descubre que su padre es un hombre, hecho de carne y hueso.

De Frases escogidas de Muad’Dib,

por la princesa Irulan

—Paul —dijo el duque—, estoy haciendo algo odioso pero necesario.

Se encontraba de pie junto al detector de venenos portátil que habían llevado a la sala de conferencias junto con el desayuno. Los brazos sensores del aparato pendían inertes sobre la mesa y le recordaron a Paul a las patas de un insecto extraño que hubiese muerto recientemente.

El duque tenía la mirada centrada fuera de las ventanas, en el campo de aterrizaje y el polvo que se levantaba en el cielo matutino.

Paul observaba por un visor que tenía frente a él un corto filmclip sobre las prácticas religiosas de los Fremen. El clip había sido compilado por uno de los expertos de Hawat, y Paul se sintió turbado por las referencias a sí mismo que contenía.

«¡Mahdi!»

«¡Lisan al-Gaib!»

Cerró los ojos y volvió a oír los gritos de la multitud.

«Así que es eso lo que esperan», pensó.

Luego recordó lo que había dicho la Reverenda Madre: Kwisatz Haderach. Los recuerdos despertaron de nuevo en él la sensación de una terrible finalidad y poblaron ese extraño mundo de impresiones que aún no conseguía comprender.

—Algo odioso —repitió el duque.

—¿Qué quieres decir, señor?

Leto se giró y miró a su hijo.

—Los Harkonnen piensan engañarme destruyendo mi confianza en tu madre. Ignoran que sería más fácil hacerme perder la confianza en mí mismo.

—No comprendo, señor.

Leto se volvió a girar hacia las ventanas. El blanco sol ya estaba bien alto en el cuadrante matutino. La lechosa claridad hacía resaltar un hervor de nubes polvorientas que amarilleaban sobre los profundos acantilados que cubrían y se intercalaban por toda la Muralla Escudo.

El duque explicó a Paul todo lo referente a la misteriosa nota, despacio y en voz baja para contener la ira.

—También podríamos dudar de mí por esa misma razón —dijo Paul.

—Deben creer que han tenido éxito —dijo el duque—. Es preciso que crean que soy tan imbécil como para pensar que es posible. Ha de parecer auténtico. Ni siquiera tu madre debe saber nada.

—¿Por qué, señor?

—Tu madre no debe actuar. Es capaz de las mejores acciones, vaya que sí... pero hay demasiadas cosas en juego. Debo desenmascarar al traidor. Es necesario que le convenza de que he caído de pleno en el engaño. Mejor herirla así que hacerla sufrir luego cien veces más.

—¿Por qué me lo cuentas, padre? Podría confiárselo a ella.

—No formas parte del plan de los Harkonnen —dijo el duque—. Y guardarás el secreto. Es necesario. —Se acercó a la ventana y continuó hablando sin darse la vuelta—: De este modo, si me ocurriera algo, podrías decirle la verdad, que nunca dudé de ella, ni un solo instante. Quiero que lo sepa si las cosas salen mal.

Paul sintió la muerte que se ocultaba tras las palabras de su padre y dijo al momento:

—No te ocurrirá nada, señor. El...

—Silencio, hijo.

Paul contempló la espalda de su padre y notó la fatiga en la curva de su cuello, en la línea de sus hombros y en la lentitud de sus movimientos.

—Solo estás algo cansado, padre.

—Estoy cansado, sí —admitió el duque—. Moralmente cansado. La melancólica degeneración de las Grandes Casas quizá haya terminado por alcanzarme. Y éramos tan fuertes en el pasado.

—¡Nuestra Casa no ha degenerado! —espetó Paul con rabia.

—¿Eso crees?

El duque se dio la vuelta para encarar a su hijo y le dedicó un cínico fruncimiento de labios que se abrió paso en su gesto bajo los círculos negros que le rodeaban los ojos.

—Debería de haberme casado con tu madre, convertirla en mi duquesa. Sin embargo... mi condición de soltero hace que algunas Casas aún esperen poder aliarse conmigo casándome con alguna de sus hijas. —Se encogió de hombros—. Así que yo...

—Madre me lo ha explicado.

—No hay nada que consiga tanta lealtad hacia un líder como su audacia —dijo el duque—. Por lo que siempre he cultivado esa audacia.

—Lideras bien —protestó Paul—. Gobiernas bien. Los hombres te siguen por voluntad propia y te quieren.

—Mis equipos de propaganda son de los mejores —dijo el duque. Se volvió a dar la vuelta para estudiar el paisaje de la cuenca—. Arrakis nos brinda muchas más oportunidades de las que jamás haya sospechado el Imperio. Y, pese a todo, hay veces que pienso que lo mejor hubiese sido huir y convertirnos en renegados. A veces desearía poder ocultarnos en el anonimato entre la gente, estar menos expuestos a...

—¡Padre!

—Sí, estoy cansado —dijo el duque—. ¿Sabías que ya estamos usando los residuos de la especia como materia prima para fabricar película virgen?

—¿Señor?

—La necesitamos sin duda —dijo el duque—. De otro modo, ¿cómo podríamos inundar los pueblos y las ciudades con nuestra propaganda? La gente tiene que saber lo bien que gobierno. ¿Y cómo va a enterarse si no se lo decimos?

—Deberías descansar un poco —dijo Paul.

El duque miró de nuevo a su hijo.

—Había olvidado mencionar otra gran ventaja de Arrakis. Aquí hay especia por todas partes. Uno la respira y se la come con cualquier cosa. Y he descubierto que eso confiere cierta inmunidad natural contra algunos de los venenos más comunes del Manual de Asesinos. Y la necesidad de controlar la menor gota de agua hace que haya que realizar una estrecha supervisión a toda la producción alimenticia: grasas, hidroponía, alimentos químicos, todo. No podemos eliminar a gran parte de la población valiéndonos del veneno, pero del mismo modo es imposible atacarnos con él. Arrakis nos obliga a ser morales y éticos.

Paul hizo un amago de hablar, pero el duque lo interrumpió:

—Tengo que tener a alguien a quien poder contarle todo esto, hijo. —Suspiró y volvió a mirar el árido paisaje en el que hasta las flores habían desaparecido, aplastadas por los recolectores de rocío y abrasadas por el sol—. En Caladan, gobernábamos gracias a la supremacía aérea y marítima —dijo—. Aquí, debemos conseguir la supremacía desértica. Esa es tu herencia, Paul. ¿Qué será de ti si me ocurre algo? No tendrás una Casa renegada, sino una Casa de guerrilleros, una perseguida a la que intentarán dar caza.

Paul buscó palabras para responder, pero no encontró ninguna. Jamás había visto a su padre tan abatido.

—Para conservar Arrakis —dijo el duque—, uno ha de enfrentarse a decisiones que le pueden costar el respeto por uno mismo. —Señaló al exterior, hacia el estandarte verde y negro de los Atreides que colgaba lánguido de un mástil al borde del campo de aterrizaje—. Puede que esa honorable bandera llegue a simbolizar cosas malditas algún día.

Paul tragó saliva en su garganta seca. Las palabras de su padre parecían fútiles, pero estaban cargadas de un fatalismo que hacía sentir una sensación de vacío en el pecho.

El duque sacó una tableta antifatiga de un bolsillo y la tragó sin ayuda de ningún líquido.

—La supremacía y el miedo —dijo—. Los instrumentos de gobierno. Daré órdenes de que se intensifique tu entrenamiento para la guerrilla. Ese filmclip... te llaman «Mahdi», «Lisan al-Gaib». Es algo que podrías usar como último recurso.

Paul miró a su padre con fijeza y observó que sus hombros se erguían a medida que la tableta iba haciendo efecto, pero no olvidó las palabras de duda y temor que acababa de oír.

—¿Por qué el ecólogo tarda tanto? —murmuró el duque—. Le he dicho a Thufir que quería verlo lo más pronto posible.