La mujer mira por la ventana con unos prismáticos pequeños. Derecha, izquierda, derecha, izquierda… Se fija en una pareja que sale de un edificio al lado de la carnicería.
«¿Son ellos? Puede ser…».
Se los queda mirando un segundo más.
«No».
La pareja camina por la calle. Los dos sonríen, relajados. De repente se cogen de las manos, sutil y fugazmente, para segundos más tarde soltarse de nuevo. Se detienen para cruzar la carretera.
«No, seguro que no».
Salen del objetivo. Dos mujeres cruzan la calle, cada una se aferra a la bolsa de la compra que tienen colgada del brazo. Los pasos rítmicos, determinados, las dos seguras de su camino, cada una en su mundo, no intercambian ni una mirada. No paran en la carnicería. Un coche se detiene lentamente frente al local. Nadie sale del coche. No lo reconoce. Lo observa, tranquila, manteniendo su respiración regular, suave, para no mover los prismáticos.
Después de un minuto, quizá dos, alguien sale. Un hombre mayor, vestido como un funcionario. Hace juego con el automóvil, que parece ser oficial. Podría trabajar en algún ministerio, quizá sea un ingeniero o un profesor de la universidad. Es alto y lleva puesto un abrigo beis abierto con parches en los codos, bajo el que viste un traje marrón. Porta un sombrero a juego. El hombre, que está fumando, da una última calada al cigarro y tira la colilla. A continuación entra en la carnicería, sin mirar alrededor.
La mujer sabe que tiene una vista privilegiada. Encontró ese piso hacía tan solo unos meses y se sintió muy satisfecha. Está justo enfrente de la carnicería. Es perfecto. Las tiendas de alrededor están casi todas vacías, con los cierres echados y cubiertos de grafitis y pósters viejos medio arrancados. Lo normal. La zona continúa bastante transitada, una buena mezcla de tiendas y apartamentos. Pero nunca se llena, ni de gente ni de tráfico. Si se pasan dos esquinas, todo cambia. Seguramente es allí hacia donde se dirigen las dos mujeres con sus bolsas de la compra. Pero la calle es lo bastante ancha como para que los coches se puedan aparcar sin dificultad. Y este piso gris y abandonado tiene la ventaja de que es exterior y tiene ventanas en toda la manzana, tanto de frente como en los laterales. Justo se sitúa en la esquina del edificio, mirando hacia el norte. El frío es constante. Es perfecto.
Sigue la espera, no deja de observar la calle de derecha a izquierda y tomar nota de cada persona y cada coche. Pasa un autobús casi por delante de la tienda, pero no se detiene. Continúa el recorrido mientras una nube negra, espesa y grasienta sale del tubo de escape y flota en el aire hasta que poco a poco se disipa.
«Pintando la ciudad de gris», piensa, y se distrae por un momento.
La puerta de la carnicería se abre de nuevo y, en vez del hombre alto con el sombrero marrón, sale una viejita que se mueve despacio, con una pequeña bolsa en una mano. Camina lentamente hacia la derecha con pasos cortos. La otra mano sujeta la correa de un pequeño bolso de tela que le cruza el pecho.
La observa impaciente. Quiere que se vaya ya. Es la hora y no quiere obstáculos como ancianas que caminan lento y ocupan un espacio innecesario. Cuanta menos gente haya en la calle, mejor. Minimizar el número de testigos. Tal como le enseñaron. Tal como tantas veces ha repetido con sus compañeros. Exactamente como dijo cuando propuso este sitio concreto, la carnicería, y este apartamento con sus vistas perfectas.
«Allí viene. Nuestro coche».
Se dirige hacia la carnicería desde el este. Al oeste, la señora mayor se encuentra justo al borde de la acera, mirando a un lado y a otro para cruzar la calle.
La mujer en el apartamento respira profundamente para calmarse y aguanta el aliento hasta que el pequeño Skoda, viejo y beis, aparca detrás del coche del hombre que sigue dentro del establecimiento.
Ve a dos personas dentro del Skoda. Un hombre y una mujer. Escogidos y entrenados por ella. Locales. Tienen que ser ellos. Arriesgado, pero para hoy, necesario. Al apagar el motor, el hombre enciende un cigarrillo, baja la ventanilla y apoya el codo. Espera. La mujer a su lado examina el interior de su bolso como si buscara algo.
«Perfecto, todo perfecto. Ahora solo necesito que aparezcan…».
Derecha, izquierda, derecha, izquierda. Observa con detenimiento; ni una persona puede entrar o salir de su campo de visión sin que se dé cuenta.
«El hombre vestido de marrón está tardando mucho en salir de la carnicería», piensa, y en ese instante los ve.
Una pareja camina rápido por la acera, de oeste a este. Él mira varias veces hacia atrás; ella tira de la manga de su chaqueta. El hombre casi se tropieza con la viejita, que se ha parado al otro lado de la calle y busca algo en el bolso. Los dos cruzan sin detenerse y la anciana alza la mirada y dice algo que ellos ignoran. La mujer lleva una pequeña maleta en la mano y él, un bulto algo aparatoso sobre un hombro.
«Mierda. Muy grandes los bolsos. Calmaos. Con calma…».
El hombre de marrón sale de la carnicería justo cuando la pareja cruza la puerta. La mujer en el apartamento se pone de pie de un salto, no puede disimular un gruñido de angustia. La pareja que está dentro del Skoda reacciona, sale del coche y se queda parada junto al vehículo con las puertas abiertas. La mujer del Skoda alza los brazos, como si quisiera que la mujer de la maleta la abrazara. El hombre de marrón está entre las dos parejas, con los brazos extendidos, separándolos. La pareja en la calle está a unos tres pasos del Skoda. A tan solo tres pasos de poder huir para siempre.
En el apartamento, una cadena de adjetivos. La mujer patea la pared debajo de la ventana, los cristales sucios y viejos tiemblan.
Su atención vuelve de nuevo a la escena cuando oye el chirrido de los frenos. Tres coches más, dos desde el oeste y uno del este. Se detienen enfrente de la carnicería, dos bloquean la salida del Skoda. La mujer del coche se cubre la cara con las manos y la de la maleta la deja caer al suelo, se desmaya y su pareja cae a su lado, posando un brazo sobre sus hombros. El hombre de marrón los levanta por los brazos, firme, los separa y los conduce hacia uno de los coches nuevos, de donde sale un joven en vaqueros y con una chaqueta de cuero. Él coge las maletas abandonadas en la acera y bloquea a la pareja por detrás. Entre los dos los empujan hacia el coche. La pareja no se resiste.
De los otros coches salen tres personas más, dos hombres y una mujer, y se acercan a la pareja del Skoda. La mujer llora y los hombros le tiemblan; el hombre no sube la mirada y aguanta junto a la puerta abierta del coche. Los dos hombres guían a esta pareja hacia sus coches y dejan que la mujer se monte en el asiento del conductor del pequeño Skoda. Aquí tampoco hay resistencia.
Todo es cuestión de segundos, un minuto, quizá dos. Los tres coches, más el Skoda, desaparecen hacia el este sin dejar huella. El carnicero se asoma por la puerta de la tienda y mira a un lado y a otro. Sus ojos se cruzan con el hombre de marrón, y el tendero desaparece dentro del establecimiento. La viejita sigue en la acera, observando todo con la boca abierta. Cuando el hombre saca otro cigarrillo de su bolsillo y lo enciende, la anciana se da la vuelta y camina hacia el oeste lo más rápido posible.
El hombre se queda frente al coche fumando tranquilo mientras observa la calle. Derecha e izquierda; lento, disimulando. Un coche pasa, pero no se detiene. Un chaval en una bici da la vuelta a la esquina, rápido, sin bajar su ritmo.
Cuando ya casi ha terminado su cigarrillo, mira hacia el apartamento. Y se detiene en la ventana sucia, como si supiera quién está tras la cortina. Sin quitar la vista del piso, se encoge de hombros y una pequeña sonrisa cruza su cara. Sube los dos dedos con la colilla del cigarro a su mejilla y extiende las palmas de sus manos en un gesto de «qué haces» que solo ella reconoce. Tira la colilla al suelo, la aplasta con el pie, se monta de nuevo en el coche, arranca el motor y mete primera.
En el apartamento, los prismáticos se caen al suelo.