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Cuando quise darme cuenta, apenas me quedaba una hora para llegar a la estación de Atocha. Miraba por la ventanilla mientras el paisaje pasaba a cámara rápida. Al ritmo de las imágenes que se sucedían, escuchaba mi mejor música. Llovía, y todas las gotas que me acompañaban en el trayecto se aglutinaban en el cristal de la ventanilla del tren, dejando de manifiesto la rapidez con la que el tiempo pasaba. «Tempus fugit», decía mi padre.

Mis ojos contemplaban su surco mientras intentaba fijar la mirada en una de ellas. Era como si el agua bailara también al son de la música que sonaba en mis oídos. Cada acorde, cada nota, cada ritmo. Fue imposible seguir una sola gota. Se fusionaban.

El tren había partido de Barcelona-Sants a las seis de la mañana. Aún era de noche cuando terminé de ejecutar la decisión que ya había tomado unas semanas atrás. Llegué a la estación y me subí al tren sola. Supongo que dejar atrás la vida que me había hecho tan feliz era un trago que debía saborear conmigo misma. Porque así soy yo, de las que se toman el café solo y sin azúcar, el jamón con la grasa y las decisiones con la dualidad perfecta entre la mente y el corazón. Siempre tuve la certeza de mantener una óptima y equilibrada balanza entre ambos, pero ese equilibrio solo lo entendía yo, y así quería que siguiese siendo.

Nunca fui de llevar mucho encima. Lo justo para poder vestirme cada día y asearme. Me agradaba la simplicidad de la apariencia —no era una mujer coqueta— y que mis cosas cupiesen en la parte superior del vagón, porque era más sencillo levantarme y cogerlas que recorrer medio tren hasta el compartimento de maletas grandes. Tampoco comprendí jamás por qué muchas personas viajaban con bultos pesados. Una vez que la voz en off del tren avisó de la llegada a la estación de Atocha, cogí mi austero equipaje y me colgué sobre el hombro mi viejo maletín marrón de cuero sintético, con algún que otro raspón, que siempre me acompañaba en todos mis viajes y aventuras. Luego me quedé en la puerta, impaciente por salir. Es cierto que sabía perfectamente que tenía que esperar a que el tren se parase por completo, pero desde pequeña disfrutaba de salir la primera del vagón. No hacerlo me creaba cierta ansiedad.

Llegué a las nueve y media pasadas y la claridad del día me cegó por un momento cuando me bajé de ese coche número doce que me había acogido durante el trayecto más complicado de toda mi vida. Aquel tren se convirtió en una lanzadera hacia mi nuevo hogar.

La gente corría por el andén en busca de una mirada, de un abrazo, de una persona. Algunos llegaban tarde a sus puestos de trabajo e iban a toda prisa, otros hablaban por el móvil a un ritmo frenético y varios se colgaban sus cámaras de fotos para deleitarse con las vistas de Madrid y capturarlas en esos recuerdos que duran para siempre. Parecía una escena ralentizada.

Recibí un mensaje en el móvil: «En la puerta principal te esperará un agente de la Policía Nacional para llevarte hasta la central. Comisario principal Gutiérrez».

Apenas había puesto un pie en la capital y ya echaba de menos a mi madre, mis amigos, Barcelona…, mi vida. Sin embargo, la oportunidad que el comisario principal Gutiérrez me había dado era de esos trenes que no puedes dejar escapar, porque probablemente nunca vuelvan. Porque los trenes tienen esa cualidad, nunca vuelven de la misma manera al mismo lugar.

Gutiérrez había creado, junto con el Ministerio del Interior, una nueva unidad de intervenciones especiales. Era una prueba piloto totalmente pionera en nuestro país. Un escalón intermedio entre la Policía Nacional y la Inteligencia española. Había reunido al mejor equipo que podía tener y, por suerte, yo estaba en él. Era criminóloga y había dedicado todos mis esfuerzos a ser la mejor analista de conducta especializada. Gracias a ello nunca me había faltado trabajo. Nada más salir de la carrera tuve la oportunidad de emplearme a fondo en el análisis conductual de los reos más peligrosos de un famoso centro penitenciario de Barcelona. Estuve allí varios años hasta que cambié mi rumbo profesional a un bufete de abogados para asesorarles en materia penal, pero me aburría tanto ese trabajo que terminé por crear uno propio privado. No iba conmigo lo de quedarme donde no me sentía cómoda.

A pesar de que la criminología en este país no es una ciencia excesivamente asentada, parecía mentira el volumen de trabajo que tenía en el despacho. Por suerte, y con el tiempo, me fui creando una buena reputación. Me encargué en varios casos de narcotráfico, secuestros, delincuencia organizada…, pero fue la desaparición de una joven la que impulsó mi carrera y mi nombradía. Por eso me encontraba recorriendo el jardín tropical de Atocha en busca del coche que me llevaría a mi nuevo futuro. El esfuerzo y la dedicación no tienen límites.

Gutiérrez era de esa clase de comisarios que habían dedicado su vida al cuerpo. Soltero y sin hijos, cuando salió de la academia de policía, ejerció en Castelldefels y en el resto de Cataluña hasta que fue trasladado a la capital. Eso me dijo cuando lo conocí. Tenía un exquisito renombre por su pureza profesional y humana y, seguramente por eso, había llegado al puesto más alto de la central de Madrid.

Gutiérrez no solo era policía, también era criminólogo. Fue una de esas personas que creyeron en el potencial mental y que decidieron aumentar sus conocimientos con la única ciencia interdisciplinar que une todos los aspectos relacionados con el crimen.

El día que realicé la entrevista formal con él, en mi propio despacho de Barcelona, me contó que no comprendía por qué las instituciones y los estamentos pertinentes desechaban la idea de incluir a los criminólogos en el lugar que nos pertenecía. Mantuvo una lucha intensa hasta que consiguió que se crease esta nueva Unidad. No quería ensombrecer al CNI y la labor que tenía en España, pero sí que existiese un paso intermedio entre las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y la Inteligencia española. Lógicamente tenía los contactos necesarios para mover los hilos oportunos. Sea como fuere, logró un proyecto piloto que tendría un año de duración antes de ser oficialmente aprobado.

Fue un hecho histórico tanto para el Gobierno como para la sociedad, así que todos los medios de comunicación nacionales e internacionales se hicieron eco de la noticia. Algunos lo llamaban el FBI español y otros no mostraban ninguna confianza en la nueva Unidad. Nos convertimos en el suceso más comentado de aquel año.

El comisario hizo muchas entrevistas a decenas de criminólogos que, como yo, no habían desistido en su lucha por buscar un hueco laboral en esta sociedad. Unos ya eran policías; otros, detectives privados, y algunos trabajaban en el sector privado, como era mi caso, o habían encontrado su sitio como directores de seguridad de alguna gran empresa. Finalmente me escogió a mí. Cuando revisamos juntos mi currículo, se fijó en la formación que tenía, pero, sobre todo, en mis éxitos profesionales. Por suerte o por desgracia la formación académica no define el profesional que puedes llegar a ser.

—Señorita Paula Capdevila, está usted dentro de la Unidad de Intervenciones Especiales del Gobierno de España.

Esas fueron las palabras que me dijo por teléfono al día siguiente de la entrevista.

A medida que avanzaba por ese jardín tropical, arrastrando mi pequeña maleta, con mi maletín colgado y mis cascos puestos, deleitándome con Frédéric Chopin —el compositor preferido de mi padre—, sentía una nostalgia fuerte, un nerviosismo absoluto y una alegría desmesurada.

Tal y como me dijo el comisario principal Gutiérrez, un coche de la Policía Nacional de Madrid estaba esperándome fuera de la estación.

Un agente uniformado se bajó del vehículo y esbozó una sonrisa mientras agarraba mi maleta para introducirla en el maletero.

—Con que criminóloga, ¿eh? —me dijo mientras se sentaba otra vez frente al volante dispuesto a poner rumbo a la central.

—Así es, criminóloga —le contesté.

El silencio se instaló entre nosotros; yo no era de muchas palabras, y a juzgar por el aspecto y el lenguaje no verbal de mi compañero, por mucho que intentase ser cortés y educado, no tenía un buen día. De pronto, la radio del coche sonó muy fuerte. Apenas se podía entender qué decía la persona que lanzaba el mensaje.

—10-4 —contestó el agente de policía.

—¿Qué significa 10-4? —le pregunté con ignorancia y mi particular curiosidad por saber más.

Soltó una carcajada, no contestó a mi duda y siguió conduciendo hasta que llegamos a la central. Tenía el pelo perfectamente peinado y engominado, el uniforme impoluto y desprendía un olor bastante agradable. La mano derecha que sujetaba el volante tenía una señal más blanca que el resto del cuerpo. Por el retrovisor podía ver como de vez en cuando hacía algún gesto con la cara, digno de una conversación interior acalorada.

El lenguaje corporal es incluso más importante que el verbal. La información que nos cuenta es mucho más interesante que las palabras que una persona pueda decir. A todos nos ha pasado aquello de encontrarnos con alguien que nos hace sentir incómodos, aunque no sea antipático o desapacible, y que nos genera cierta desconfianza. Y lo mejor de todo es que no sabes explicar por qué esa persona en concreto te crea tal rechazo, pero la respuesta está en que existe una contradicción entre su comunicación y sus gestos, sus microexpresiones. Aquellas que de forma automática e involuntaria hacemos y que son imposibles de controlar; sin duda lo que más me fascina dentro de esta rama de análisis de conducta.

Paul Ekman fue el psicólogo pionero en el estudio de las emociones y la expresión facial. Explicaba cómo a través de estos gestos apenas perceptibles se podían analizar los mecanismos psicológicos y fisiológicos de los seres humanos. Y puso sobre la mesa la vinculación de las microexpresiones con las emociones básicas: la ira, el desprecio, el miedo, la alegría, la sorpresa, la tristeza y el asco.

Lo cierto es que aquel agente y su conversación interior intensa, sumados a mis pocas ganas de hablar con él y lo inevitable que me resultaba analizar sus gestos, hicieron que mis nervios se acrecentasen antes de llegar a mi nuevo destino.

Ya en la central, entramos por un garaje repleto de coches patrulla, antidisturbios y otros sin distintivos policiales. No era una imagen desconocida para mí. Había ido muchas veces a ver los de la comisaría de mi padre, ya que me entusiasmaba poder conocer cómo eran esos vehículos que pasaban a toda velocidad por la ciudad con el aviso de sus sirenas de que había ocurrido algo.

Él fue uno de los mejores inspectores de la Policía Nacional en Barcelona. Por desgracia, cuando tenía nueve años, falleció de un infarto fulminante.

Sin embargo, la sensación que sentí ante esta imagen fue muy diferente a la que tenía cuando era una niña, tal vez porque él ya no estaba para ver dónde había terminado después de todo o porque el paso del tiempo había hecho que ya pocas cosas me sorprendiesen.

Subimos en ascensor hasta la cuarta planta del edificio, donde se encontraba el despacho del comisario principal Gutiérrez. Al llegar recibí de golpe toda esa información no verbal de la que hablaba antes. Supongo que mis compañeros policías no estaban muy de acuerdo con que una civil entrase en la nueva Unidad de la comisaría como criminóloga adjunta y asesora, y más cuando ninguno de ellos, excepto uno, lograría pertenecer a ella. Es probable que muchos hubieran estado en la misma situación que yo y finalmente hubiesen tomado la determinación de unirse a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado ante la imposibilidad de desarrollar su carrera criminológica de otra manera.

Sería el tiempo el que les dijera que mi presencia allí no era más que una ayuda para todos y mi única intención desempeñar mi trabajo de la mejor manera posible. No era competencia de nadie, sino compañera de todos.

—Toc, toc. —El agente que me había recogido en Atocha y que, al parecer, era el responsable de entregarme sana y salva golpeó la puerta.

—Que pase, agente Espinosa —dijo una voz desde el interior del despacho.

Abrió la puerta, dejó la maleta dentro y me hizo un gesto con el brazo para que entrase. Cerró la puerta y se fue.

—Señorita Capdevila, un gusto volver a verla. ¿Cómo ha ido el viaje? —me preguntó mientras estrechaba mi mano con fuerza. Ese gesto me gustó, pues se notaba que era un hombre con decisión.

—Por favor, llámeme Paula, señor —le contesté mientras la decisión de mi mano igualaba a la suya—. El viaje por suerte bien, cómodo y más corto de lo que pensaba. Con ganas de estudiar bien la ciudad de Madrid y empezar en la nueva Unidad.

—Eso es fantástico, señorita Capdevila. —Me sonrió emocionado.

—Paula, por favor. —Le devolví la sonrisa.

—Por supuesto.

Se levantó y me sirvió una taza de café solo. Me pareció un detalle que se acordara de que bebía el café de esa manera, y la verdad es que, aunque me había tomado uno en la estación antes de salir hacia Madrid, me iba a venir bien.

—Bueno, Paula, esta noche la llevarán hasta su nuevo piso, que está bastante cerca de aquí. Mañana por la mañana le enseñarán más detenidamente la central. La base de la nueva Unidad será esta misma comisaría, en el ala oeste. No se preocupe porque tendrá tiempo de instalarse tranquilamente y adaptarse a esta nueva vida.

—¿Y ahora dónde vamos? —pregunté casi interrumpiéndole, pues intuía que ocurría algo.

—Es usted observadora. Su currículo no miente, está claro —dijo mientras se ponía su abrigo entallado, se anudaba la bufanda y conseguía una apariencia perfecta—. Nos vamos a la escena de un crimen —concluyó.

Salí del despacho sin olvidarme de mi viejo maletín. Le seguí por los pasillos bajo la atenta mirada de todos mis compañeros y entramos en el mismo ascensor que había cogido minutos atrás para ir al garaje por donde había entrado.

Esta vez, el coche era bastante más elegante y sin distintivos policiales aparentes.

Hubo una temprana y extraña conexión entre el comisario principal Gutiérrez y yo; creo que le provocaba ternura. Pronto tuve la sensación de que me trataba como a una hija y, de hecho, experimenté un sentimiento de tranquilidad y protección muy fuerte a su lado.

Me estuvo contando sus primeros pasos en Castelldefels, desde sus inicios hasta que llegó a Madrid. Lo cierto es que tenía una reputación que le precedía. Había sido testigo de casos de narcotráfico, terrorismo, trata de blancas, delitos de guante blanco, espionaje industrial, etcétera. Al parecer, el casarse con su trabajo le hizo ser el mejor en lo suyo, y el reconocimiento por parte de numerosas personas e instituciones no tardó en llegar. Era el clásico hombre que no quiere jubilarse porque su profesión es lo único que tiene. Su carrera había sido un constante devenir, aunque tampoco hablaba mucho sobre su trayectoria. Modesto y hermético, se sabían muchas cosas de él, pero ninguna concreta. Había ido rotando por varias ciudades hasta que finalmente se asentó en Madrid.

También me informó de quiénes serían mis compañeros dentro de la nueva Unidad de Intervenciones Especiales. Uno de ellos era el inspector Antonio Herrero, aunque todos lo conocían como Tony. Me hizo una descripción muy detallada de su personalidad, por lo que supuse que prefería advertirme antes de que me encontrase con él. Era un chico joven, más o menos de mi edad, unos treinta años. Moreno, alto, fuerte y atractivo. Hablaba de él como si fuera una persona algo prepotente y ególatra, pero a la vez me señalaba que era el mejor agente que había tenido en su equipo. Perspicaz, intuitivo y comprometido con su trabajo. También era el portavoz de la Policía Nacional en Madrid, así que estaba familiarizado con el mundo mediático, aunque debía de ser poco ortodoxo. Era bastante conocido allí.

La doctora Sandoval, médico forense y además perito en accidentología, balística, documentoscopia, papiloscopía y especialista en planimetría, era la joya de la corona de la nueva Unidad. Todo en uno, como decía Gutiérrez. Ella ya tenía sus cuarenta y todos. Divertida y seria a la vez. Había trabajado toda la vida en ello y parecía una especie de enciclopedia de la medicina legal y la criminalística.

Resultaba alentadora la buena posición en la que Gutiérrez les dejaba a ambos y, sobre todo, lo mucho que los conocía. Trabajar en equipo no era mi fuerte y temía que eso supusiera un inconveniente.

Había ido a Madrid muchas veces de pequeña con mis padres, especialmente en Navidad, pero apenas recordaba muchas de las cosas que fui viendo en el trayecto. La verdad es que volver a surcar las arterias de la ciudad me alegró bastante. Su excitada vida, sus edificios imperiales, la Cibeles, el Círculo de Bellas Artes, el edificio Metrópolis…; tenía una foto delante de ese edificio que me encantaba. Me venían a la cabeza imágenes de todo lo que estaba viendo, pero decorado con luces navideñas, como cuando iba con mis padres. Volví a sentir nostalgia y alegría a la vez.

Llegamos al lugar donde se encontraba la escena del crimen: el parque del Retiro. El comisario principal Gutiérrez bajó del coche y mientras yo me disponía a ponerme en el hombro mi maletín, la puerta se abrió de sopetón:

—Paula, ¿verdad? —me dijo un chico que encajaba con la descripción del comisario.

—Sí. Tony, ¿cierto? —le pregunté mientras bajaba.

—Vaya, veo que ya te has informado de quién soy —dijo con una sonrisa pícara.

—No, en realidad me han informado. ¿Dónde está el cuerpo? —le contesté.

Se quedó con el rostro un poco desencajado, supongo que no estaba acostumbrado a la indiferencia de una mujer, y me llevó hasta la escena del crimen donde aún se hallaba la víctima.

El comisario principal Gutiérrez nos observó a lo lejos y sin un ápice de duda me indicó que estaría en buenas manos. Se subió al coche y volvió a la central.

—Varón, de cuarenta a cincuenta años, caucásico. A juzgar por su aspecto, vive en la calle. El rigor mortis me cuenta que lleva, aproximadamente, doce horas muerto. Hoy es 12 de enero de 2008… —Todo esto se lo decía la doctora Sandoval a la grabadora que tenía encendida en la mano.

—¿Causa de la muerte? —pregunté cuando ella terminó.

—Cuando le realice la autopsia, te lo diré. —En ese momento miró hacia arriba y me vio. Estaba de cuclillas.

—Soy Paula, un placer. —Extendí mi mano, pero no obtuve respuesta.

—La criminóloga, ¿no? —preguntó mientras se levantaba y se quitaba el guante para estrecharme la mano.

—Eso es —contesté.

Mientras el equipo de la policía científica realizaba las fotografías pertinentes y recababa las pruebas que más tarde analizaría en el laboratorio, la doctora Sandoval procedía a llevarse el cuerpo para practicarle la autopsia y así poder determinar la causa de la muerte. Le pedí por favor que me dejase analizar el cadáver antes de retirarlo. Me gustaba ver las cosas con mis propios ojos.

Dejé mi maletín apoyado en un árbol y me puse los guantes para no contaminar cualquier prueba que pudiera existir. No tenía signos aparentes de toxicomanía. El pelo, enredado; la piel y la ropa, sucios. Dentro de los pantalones llevaba papel de periódico para resguardarse del frío. Tampoco había signos aparentes de violencia. Estaba debidamente documentado, lo que facilitaría el trabajo de identificación, y en el bolsillo derecho del pantalón guardaba unas galletas de perro.

A pesar de que no había signos de violencia, cuando vimos la escena, todos supimos que se trataba de un crimen. Por norma general, las personas nómadas cargan consigo todas y cada una de sus pertenencias, y en el caso de dejarlas en un lugar concreto, siempre suele ser visible para ellos. Al fin y al cabo, es lo único que tienen y rara vez se arriesgan a perderlo todo o a que se lo quiten. Pero no había ni rastro de ellas. Además, el primer agente que llegó a la escena dio aviso de que la víctima tenía varias uñas levantadas como signo de lucha. No existían indicios de violencia, pero sí había vestigios de defensa. Esperábamos encontrar ADN en las manos.

Cuando se llevaron el cadáver, Tony y yo nos quedamos en el lugar del crimen. Nos dimos una vuelta por los alrededores del parque para ver si encontrábamos sus pertenencias y confirmar si nuestra hipótesis era errónea, pero no hallamos nada similar.

Mientras paseaba por la zona, no pude evitar acercarme a una estatua que se erigía en el centro de la glorieta donde encontramos el cuerpo. Lo cierto es que la escultura me provocaba una sensación de admiración absoluta porque era impresionante, pero también un rechazo increíble. Era como si tuviera la energía necesaria para poder crear vibraciones contradictorias en mí. Se trataba de la estatua del Ángel Caído, recordaba haberla estudiado en Historia del Arte en su día. No podía dejar de observarla.

A lo lejos escuché los intensos ladridos de un perro; cada vez se aproximaban más y más al lugar donde habíamos encontrado a la víctima. Regresé a la escena del crimen, a pocos metros de la estatua, siguiendo los ladridos.

Tony ya estaba allí e intentaba calmar a un perro que no paraba de ladrarle. Me acerqué corriendo para ver qué estaba ocurriendo. Se trataba de un perro callejero. Una mezcla entre podenco y border collie. Estaba sucio y alrededor del cuello tenía una especie de collar verde hecho con una cuerda deshilachada. Tenía miedo, estaba con el rabo entre las piernas y no dejaba de ladrar. Me agaché y le acerqué la mano al hocico para que me oliese y sintiese seguridad. Me coloqué a un lado para permitir que él se acercase más a mí que yo a él. Lo conseguí calmar durante unos segundos, pero cuando uno de los agentes de la policía científica se aproximó para darnos una muestra de tejido que había encontrado en el suelo, el perro se volvió loco, comenzó a ladrar con más y más fuerza y salió despavorido.

Tony y yo nos miramos, y aunque no dijimos nada, los dos recordamos las galletas que la víctima tenía metidas en el bolsillo derecho del pantalón. Sin mediar palabra le seguimos. Nos hizo correr y correr hasta que salió del parque y nos llevó a una calle del barrio de Salamanca. No entendía muy bien la conexión entre ese barrio adinerado y el perro.

Por fin, se paró en seco, dejó de ladrar y se quedó mirando hacia la puerta metálica de un local semiabandonado en una callejuela de la zona. No tenía mal aspecto, sin embargo, en aquel recinto no había nada. Tony y yo abrimos la puerta, pero el perro ya se había colado por la apertura fina y estrecha que dejaba la entrada a medio cerrar.

Era un establecimiento vacío, sin luz y sin agua. Pequeño y frío. El perro nos llevó hasta las pertenencias de su dueño. Allí estaban las mantas con las que se tapaban, una mochila con algo de ropa sucia y comida pasada. Alguna botella de agua, otra de leche y comida de perro. No había drogas ni alcohol.

Enseguida llamamos a la científica para que viniese a la dirección en la que nos encontrábamos y siguieran tomando las pruebas necesarias para la investigación que teníamos por delante.

Es alucinante la capacidad que tienen los animales de mostrarnos lo que necesitamos ver en el momento oportuno. Pese a ser un perro callejero, estaba muy bien educado y era muy inteligente. Lo más seguro es que la víctima lo quisiese más que a muchas personas. Suele pasar. En incontables ocasiones los animales son mejores que nosotros mismos.

La doctora Sandoval llamó a Tony, se notaba que ya se conocían de antes. Ella acababa de llegar al Instituto Anatómico Forense y se disponía a comenzar la autopsia del cuerpo. Mi compañero puso el teléfono en manos libres para que escuchásemos los dos.

—Vale, chicos, me estoy vistiendo ya. Tardaré unas tres horas más o menos. Cuando termine, os llamo y venís para que os pueda dar mis primeras impresiones. El laboratorio procurará tardar lo menos posible, pero hasta mañana no tendrán los resultados —dijo.

—Gracias, Sandoval, nos cuentas cuando puedas. —Tony finalizó la llamada y se guardó el móvil.

Nos quedamos en aquel local esperando a que los de la científica llegaran. A juzgar por cómo estaba todo, la víctima debía de llevar bastante tiempo viviendo allí. Me abroché el abrigo y me subí el cuello porque hacía mucho frío. Un frío húmedo, del que se te mete hasta en los huesos gracias a las goteras e infiltraciones que había en las paredes y en el techo.

—Mira esto, Paula —me dijo Tony mientras se acercaba con una fotografía en la mano.

—Es la víctima, pero bastante menos desaliñado —concluí.

—Sale con una mujer en la foto, mandaré esto a la central para que den con ella. Parece mucho más joven aquí. —Se percató mi compañero.

—Sí. —Volví a mirar la fotografía—. Pero no tiene tanto tiempo, la calle desgasta mucho.

Escuché las sirenas de la patrulla que vino a custodiar el local y entonces me di cuenta. Me había dejado mi maletín apoyado en el árbol, en la escena del crimen. Cuando la científica entró, le dije a Tony que tenía que volver al parque y eché a correr sin mediar más palabras con él. Cuando quise darme cuenta, aquel perro me estaba siguiendo.

Hacía tanto frío que el vaho salía de mi boca como si estuviera fumando sin parar. Recorrí la misma distancia en la mitad de tiempo. Llegué y allí seguía mi maletín, apoyado en aquel árbol que lo había cuidado por mí. Suspiré y cerré los ojos aliviada.

El perro no paraba de dar vueltas alrededor de la escena del crimen, olfateando y rascando el asfalto de aquella glorieta.

—Saca a ese perro de ahí —escuché decir a Tony a mis espaldas exhausto. Había venido corriendo detrás de mí.

—¡Vamos, chico! —le pedí al perro haciéndole un gesto cómplice mientras me alejaba de la escena del crimen.

—Eh, eh, espera. ¿Qué vas a hacer con el chucho? —preguntó confuso.

—Quedármelo, está solo —le dije como si fuese lo más obvio del mundo.

—En mi coche no entra y Gutiérrez se ha vuelto a la central —dijo con cara de asco.

—Está bien, pues vamos andando —le contesté mientras me tocaba la pierna para que el perro viniese conmigo.

—Sandoval todavía no ha llamado, ¿dónde vas a ir? —me preguntó Tony recuperando el aliento.

—A por algo de comer para los dos —contesté.

—No tengo hambre ahora —me replicó.

—No me refería a ti. —Me di la vuelta y seguí andando.

Al salir, vi un Ford Mustang negro, totalmente encerado y brillante. No tuve ninguna duda de que se trataba del coche de Tony. Pasé por delante con Henry a mi lado, así es como llamé a aquel perro. Ni siquiera me paré mientras revisaba que todo estuviera en mi maletín.

—Paula, espera. Subid, venga. —Abrió el coche. Me detuve, miré a Henry y sonreí.

Nos subimos los tres. Henry iba en la parte trasera del coche, cansado y cohibido, se tumbó y no hizo ni un ruido más. A mi padre le hubiese encantado ese Mustang. Era un fanático de los automóviles, en especial de los diferentes, como el de Tony. Tenía una pequeña colección de maquetas de coches clásicos y de carreras.

Decidimos ir hasta una terraza con estufas a tomar un café y comer algo; en la mayoría de los establecimientos no se permitía la entrada con perros. Cada dos por tres miraba para ver cómo estaba Henry mientras Tony me hablaba. La verdad es que durante el trayecto apenas le escuché ni presté atención a sus diversas hipótesis respecto al cadáver; sentía como si me hablara muy bajito. Me dediqué más a observar Madrid por la ventanilla.

Aparcamos su preciado coche en un aparcamiento y llegamos hasta una plaza maravillosa. Me quedé prendada. Era bastante acogedora para estar en la capital, llena de terrazas perfectamente acondicionadas para disfrutar del aire fresco sin pasar frío. Los edificios que albergaban aquellos bares eran preciosos, cuidados, clásicos. Al sentarnos me quedé mirando fijamente la fachada de uno de ellos, con columnas de madera velando la entrada y una pared con una imagen preciosa de Madrid sobre los azulejos. Entonces, mientras echaba un vistazo a los balcones de arriba, pensé en la envidia que me daban las personas que vivían allí y podían asomarse para disfrutar de la vida en aquel lugar sin un ápice de frenetismo. La plaza de Santa Ana.

—Un cortado y un pincho de tortilla, por favor —le dijo Tony al camarero mientras yo salía de mi trance.

—Solo y con hielo, por favor. Un bocadillo de ternera y un cuenco con agua para el perro, gracias —pedí.

—Sí que tienes hambre —dijo Tony alucinado.

—Es para Henry. —Le acaricié, estaba sentado a mi lado.

—¿Se llama así? —me preguntó mientras se cruzaba de brazos.

—Ahora sí. —Sonreí.

—Bueno, ¿qué tal tu llegada? —Mi compañero hizo un intento por entablar conversación conmigo.

—Bien, ha sido llegar y besar el santo —le dije mientras retiraba mi maletín de la mesa para que el camarero pudiera dejar lo que habíamos pedido.

Vi que Tony fruncía el ceño con mi comentario.

—Entiéndeme, me refiero a que ha sido llegar a la capital y encontrarme con un caso interesante. —Empecé a darle su comida a Henry, realmente el pobre estaba hambriento.

—Bueno, para eso se ha creado esta Unidad de Intervenciones Especiales. En Madrid pasan muchas más cosas de las que la gente se imagina y últimamente homicidios está desbordado. He leído tus credenciales, tú también has visto la peor parte del ser humano. —Cogió su taza de café y dio el primer trago.

—Desgraciadamente sí. ¿Cuánto hace que trabajas con Gutiérrez? —Me apetecía seguir conversando.

—Pues desde que salí de la academia. Oposité a la escala ejecutiva de la Policía Nacional, me la saqué a la primera con buena nota y pedí como destino Madrid. Llevaré… —se quedó pensando— unos siete años ya.

—Vaya, sí que es tiempo trabajando con él. —Bebí un sorbo de mi café.

—Sí, y es todo un honor. Gutiérrez es como un padre para mí. Me ha enseñado cosas que no se aprenden en la academia y siempre ha confiado bastante en mí. —Sonó su teléfono, era Sandoval.

—Acabo de terminar, chicos, cuando queráis. —Ambos escuchamos sus palabras.

Pagamos lo que habíamos consumido y nos fuimos los tres de nuevo al coche para poner rumbo hacia el Instituto Anatómico Forense en el que trabajaba nuestra compañera. Esa era una de las condiciones que Sandoval puso para entrar en la central: seguir trabajando en su lugar de confianza. Era una mujer exigente en cuanto al trabajo.

Tardamos un poco en llegar, el tráfico en Madrid era imposible, pero tampoco me sorprendió mucho porque en Barcelona la situación era similar. Me seguían resultando curiosos los taxis blancos. Me gustaban más los de la Ciudad Condal, a mi parecer eran más elegantes.

Tony abrió un poco la ventanilla de detrás para que Henry no le dejase mal olor en el coche. Lo cierto es que olía bastante a perro, pero siendo callejero era lo más normal del mundo. Aun así tuvo el detalle de poner la calefacción sin que se lo pidiese, lo que agradecí, porque soy muy friolera —de las que se tapan con las sábanas en pleno verano— y estaba helada.

En el trayecto informamos a Gutiérrez sobre lo que habíamos visto en el local que la víctima tenía por hogar. Él organizaba los equipos de trabajo que apoyarían en la investigación a la Unidad de Intervenciones Especiales, pero sin tener más información de la estrictamente necesaria. Dos de nuestras premisas eran la discreción y la distancia con la Policía Nacional. Les necesitábamos, pero esta Unidad requería de confidencialidad.

Llegamos al Instituto Anatómico Forense y bajamos al sótano donde Sandoval tenía su sala de autopsias. Era un lugar aún más gélido que la calle, sombrío y siniestro. No había nadie allí y las luces del largo pasillo oscuro se iban encendiendo a medida que avanzábamos. Parecía sacado de una película de terror, pero era muy real.

Al entrar en la sala de autopsias, notamos un ligero hedor. Haciendo gala de mi exquisitez con los olores, arrugué la nariz y entré. En la mesa metálica estaba el cuerpo de la víctima, limpio, con el tórax y el cráneo recién cosidos. Sandoval estaba limpiando la mesa y las herramientas al ritmo de Ain’t No Mountain High Enough de Marvin Gaye cuando nos pidió que cogiéramos el informe que le habían enviado desde la central.

—Sebastián Ramírez, cuarenta y seis años. Natural de Zaragoza. Divorciado y sin hijos. Tiene antecedentes por hurtos leves y robos. Nada grave. Su historial médico determina un trastorno depresivo mayor crónico y una adicción al juego.

Por lo que habían podido averiguar de él desde la central, era un autónomo al que le habían ido bastante bien las cosas en su pequeño negocio hasta que cayó en la ludopatía. A raíz de eso, su matrimonio comenzó a debilitarse hasta que el divorcio fue inevitable. Él terminó viviendo en la calle y nunca más tuvo contacto con su mujer. Los dos eran de Zaragoza, pero se habían trasladado a Madrid para emprender juntos. Tras la ruptura, ella se volvió a su localidad natal y él se quedó en las calles de Madrid.

—La autopsia, realizada por la doctora Míriam Sandoval, revela la existencia de aire en la cavidad izquierda del corazón y en el polígono de Willis. Se ha aplicado una ligadura en las arterias carótidas internas (en la base del cráneo), en las arterias cerebelosas superiores y en la arteria basilar. Y se ha retirado el cerebro mostrando la cara basal del encéfalo. Después, se ha empleado otra ligadura en las arterias torácicas internas en el segundo espacio intercostal. Una vez hecho esto, se ha abierto el pericardio para poder discernir mediante una bolsa de agua la existencia de burbujas en la cavidad pericárdica y se ha seccionado la arteria carótida interna por encima de la ligadura previamente ejecutada, haciendo visible el aire en su interior. Se determina que la causa de la muerte ha sido una embolia gaseosa que hizo que el corazón sufriera un infarto fulminante. —La voz de Sandoval salía de la grabadora. Ella misma había dado al play mientras se quitaba la bata de trabajo.

Nada más terminar de escuchar la grabación, tuve que atar a Henry con mi cinturón, porque reconoció perfectamente a su dueño y quería saltar a toda costa encima del cuerpo. Me dio tanta pena…

—Hay una cosa que no entiendo, Sandoval. ¿Cómo es posible que se haya producido una embolia gaseosa si no existe traumatismo craneoencefálico previo? —le preguntó Tony.

—Buena pregunta. Hay muchas maneras de que se produzca una embolia gaseosa. Desde un TCE como bien has dicho hasta por problemas con el submarinismo. Pero este caso es muy particular y se demuestra que nuestras hipótesis eran ciertas. Este hombre ha sido asesinado. —Se dirigió al cuerpo sin vida de la víctima—. ¿Veis este pequeño punto? —nos preguntó señalando el cuello con una linterna.

—Sí —respondimos los dos a la vez.

—Le inyectaron aire en vena. Entre setenta y cien centímetros cúbicos.

Estuvimos barajando varias teorías en la sala de autopsias con el cuerpo presente, la información que nos habían dado y las fotografías del lugar. La de la drogadicción se descartó incluso antes de saber aquello. La víctima no tenía signos visibles de toxicomanía. No había acudido nunca a ningún hospital ni clínica, o al menos no se tenía constancia. No obstante, teníamos que esperar al análisis toxicológico y de sangre. Sus pertenencias se encontraron a un kilómetro aproximadamente del cadáver. No se habían detectado signos de violencia, tan solo de defensa. La doctora nos explicó que cuando se inyecta una gran cantidad de aire la persona tarda en fallecer entre quince y treinta segundos, por lo que el asesinato, en principio, se produjo allí mismo. No existían indicios de que el cuerpo se hubiera trasladado desde otro lugar. Pese a eso, estaban registrando y analizando todas y cada una de las cámaras de seguridad del Retiro.

Las horas pasaron tan rápido que cuando quisimos darnos cuenta eran casi las siete de la tarde y aún no habíamos comido. Nos fuimos a la central para hablar con el comisario principal Gutiérrez y cogimos unos bocadillos de camino, dos de calamares y otro de ternera para Henry. Tony era una persona demasiado inquieta como para sentarse en un bar o restaurante a comer, me había dado cuenta de ello mientras tomábamos café en la plaza de Santa Ana.

Al llegar al despacho, el comisario principal Gutiérrez me encomendó llamar a la exmujer de la víctima e informarle de lo sucedido. Al parecer, los padres de Sebastián ya habían fallecido y ella era la única persona que podía interesarse por él.

—¿Victoria Sanz? —pregunté para asegurarme.

—Sí, soy yo. ¿Quién es usted? —replicó.

—Soy Paula Capdevila, criminóloga de la Unidad de Intervenciones Especiales. Es sobre su exmarido, Sebastián Ramírez… —No me dejó acabar.

—¿Ha terminado ya en la cárcel por ludópata e hijo de puta? ¿O es que ha robado un banco para pagarse su asquerosa adicción? —Se notaba el rencor.

—Verá, señora Sanz…, se ha encontrado esta mañana el cadáver de Sebastián.

—¿Cómo? ¿Qué ha pasado? —Su voz temblaba.

—Es pronto para decirlo, señora, pero se ha abierto una línea de investigación por un posible asesinato. ¿Sabe usted si Sebastián tenía algún enemigo?

—No… —lloraba—, Sebastián siempre ha sido una persona muy cruel y tiránica con todo el mundo, era como si no tuviese ningún tipo de empatía con nadie. Sé que se quedó en la calle después de vender nuestro piso de Madrid y malgastarlo todo en las máquinas. Pero de ahí a que alguien haya podido hacer eso… Dios mío, no.

Terminé la conversación tras darle las pautas necesarias para iniciar el traslado del cuerpo y seguir con la investigación. Le expliqué que el cadáver de su exesposo debía quedarse un tiempo más en Madrid. A Sebastián solo le quedaba la señora Sanz y, pese a todo el dolor que le había producido, esta quería que tuviera un entierro digno.

Después de todos estos trámites, recogimos mi maleta en el despacho de Gutiérrez y Tony me acompañó hasta mi nuevo apartamento en el centro de Madrid. Estaba tan cansada que lo único que hice fue dar un baño a Henry, pedir algo de cena y ver un rato la televisión. Ya tendría tiempo de instalarme adecuadamente. Las cajas de la mudanza llegarían al día siguiente.

El lugar era muy bonito, pequeño, diáfano, muy luminoso y con las paredes de ladrillo visto. Todos los espacios tenían un estilo moderno.

Me quedé dormida en el sofá viendo la televisión, acurrucada con Henry. Apenas alcancé a enviarle un mensaje de texto a mi madre para que no se preocupara y supiese que estaba sana y salva en mi nuevo hogar.