INTRODUCCIÓN

 

 

 

 

Todo el mundo conoce la historia de Oskar Schindler, que salvó a un millar de judíos librándolos del exterminio nazi durante la Segunda Guerra Mundial. En realidad, Felix Kersten logró una proeza mayor que la de Oskar Schindler. La presente obra habría podido titularse Las listas de Kersten, ya que sus listas fueron más de cien, ¡y eso sin tener en cuenta que la inmensa mayoría de hombres y mujeres que se salvaron gracias a él ni siquiera figuraban en ellas! En 1947, un memorando del Congreso Judío Mundial establecía que Felix Kersten había salvado en Alemania a «cien mil personas de distintas nacionalidades, de las que unas sesenta mil eran judías, […] poniendo en riesgo su propia vida». De hecho, al acabar el relato que presentamos veremos que esas cifras se quedan cortas.

Uno de los libros menos conocidos y más conmovedores del escritor francés Joseph Kessel lleva por título Manos milagrosas. Esta novela reconstruía ya la proeza del masajista de Himmler, que hacía que le pagasen con la liberación de judíos y miembros de la Resistencia, sin que el lector pueda distinguir del todo qué parte pertenece a la imaginación de Kessel y cuál al testimonio de Kersten. Es cierto que este último fue acogido por los historiadores occidentales con la misma incredulidad condescendiente con que se recibieron en su tiempo Otto Strasser, Hermann Rauschning y Hans-Jürgen Köhler, otros refugiados políticos que describieron con total conocimiento de causa el régimen de Hitler desde finales de los años treinta.(1) Pero en el caso de Kersten podemos destacar, además, una cierta contradicción en el hecho de que la mayoría de los historiadores que no reconocen su valor como actor o testigo, sí lo citan constantemente en sus obras. A esto hay que añadir que su escepticismo choca con numerosos hechos incontestables: la agenda y la correspondencia de Himmler demuestran que recibió más de doscientas veces los tratamientos de Felix Kersten entre marzo de 1939 y abril de 1945, en sesiones de una hora. Además, las observaciones anotadas al finalizar estas sesiones y reproducidas en las memorias del terapeuta desde 1947 se corresponden fielmente con lo que revelarán las transcripciones de las reuniones de la cúpula de la jerarquía nazi, publicadas entre cinco y treinta y tres años más tarde. Por otra parte, muchos documentos originales firmados por el propio Himmler o por su secretario particular Rudolf Brandt dan sobrada fe de las acciones de Kersten en favor de las víctimas del régimen. Ocurre lo mismo con las declaraciones públicas y las memorias personales de sus aliados y de sus adversarios. Por otra parte, la correspondencia diplomática estadounidense, británica, holandesa y sueca durante los dos últimos años de la guerra indica claramente que, desde los embajadores hasta los ministros de Asuntos Exteriores, pasando por Franklin Roosevelt y Winston Churchill, todos estaban al corriente de las operaciones de Felix Kersten. Por último, la mayoría de sus afirmaciones se pueden verificar y, cuando parecen ser inexactas o exageradas, casi siempre es posible descubrir las razones de ello.

No resulta fácil reconstruir la vida de Felix Kersten. Nació en el seno de una familia alemana que vivía en una provincia estonia del Imperio ruso, se convirtió en finlandés sin dejar realmente de ser alemán, y los años treinta hicieron de él un holandés de corazón, antes de que el final de la guerra lo indujera a optar por la nacionalidad sueca. Sus memorias están repartidas en cuatro volúmenes escritos en distintas lenguas a lo largo de diez años. Sus diarios, que se buscaron durante setenta y cinco años, en realidad nunca existieron como tales. Las cartas, pruebas, testimonios, declaraciones e investigaciones que los componen están escritos en alemán, inglés, sueco, danés, noruego, finlandés y holandés. El anonimato necesario para que sus acciones llegaran a buen puerto durante la guerra persistió en la inmediata posguerra y, con algunas raras excepciones, los cientos de miles de personas que salvó nunca supieron a quién debían su salvación. Por último, debido a la extrema confusión de los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, es prácticamente imposible evaluar con precisión el número exacto de estos supervivientes.

Ha supuesto un verdadero desafío impedir que todas esas dificultades se reflejaran en el relato que presentamos. Por ejemplo, incluir los testimonios traducidos, explicar en qué consisten las distintas instituciones, exponer las consecuencias, detallar las localizaciones y hacer referencia constantemente a las peripecias de la guerra que se estaba desarrollando. Omitir todo esto haría incomprensible la narración, pero incluirlo la haría ilegible. De modo que hemos optado por poner notas a pie de página, que el lector podrá consultar si lo desea. Por otra parte, en este relato se incluyen muchos diálogos reproducidos por Kersten, por el general Schellenberg, por el conde Bernadotte, por el astrólogo de Himmler, por el ministro sueco de Asuntos Exteriores y por las diversas comisiones parlamentarias de investigación de la posguerra. ¿Cómo saber si esos diálogos son auténticos, con absoluta precisión? Las comisiones de investigación contaban con estenógrafos, pero nadie en aquella época disponía de magnetófonos portátiles, ni siquiera los espías. De modo que hemos tenido que conceder un mínimo de confianza a los actores y a los testigos, tras haber contrastado los archivos, los testimonios, el contexto, la verosimilitud de cada caso y el sentido común.

Sin duda, esta asombrosa incursión en los oscuros laberintos del Reich milenario abrirá nuevas perspectivas a los historiadores y servirá para recordar que en la cúpula de ese régimen tan malvado como efímero dominaban tres pasiones: el odio sordo y mortal que se profesaban entre ellos Himmler, Ribbentrop, Goebbels, Bormann, Göring, Hess y Rosenberg, con el que Felix Kersten jugó constantemente para asegurar el éxito de sus empresas; el fanatismo ciego y despersonalizador que animaba a todos ellos, bajo la influencia demoniaca del Führer que hacía decir al mariscal Göring: «Yo no tengo conciencia, mi conciencia se llama Adolf Hitler»; y, por último, el miedo, un miedo abyecto que los dominaba en todo momento y que se manifestaba sin rodeos en estas palabras del propio Hermann Göring: «Cuando entro en el despacho de Hitler, invariablemente me tiemblan las piernas».

En definitiva, a lo largo de este viaje agitado y terriblemente peligroso en compañía del masajista Felix Kersten, el lector podrá comprobar que el humor surge a veces en medio de las situaciones más trágicas. Algunos se sentirán ofendidos, dado que actualmente existen profesionales de la indignación, pero todos los demás harán caso omiso,(2) y más bien se alegrarán de haber conocido a uno de esos personajes excepcionales que nos reconcilian con el género humano.

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DRAMATIS PERSONAE

 

 

 

 

Berger, Gottlob, general, jefe de las SS-Hauptamt (Oficina principal) y de la oficina de reclutamiento de las SS

Bernadotte, conde Folke, sobrino del rey de Suecia Gustavo V y vicepresidente de la Cruz Roja sueca

Bormann, Martin, secretario de Hitler y jefe de la cancillería del partido nacionalsocialista

Brandt, Rudolf, secretario personal de Heinrich Himmler

Ciano, Galeazzo, ministro de Asuntos Exteriores de Italia y yerno de Mussolini

Dönitz, Karl, gran almirante y jefe de la Kriegsmarine desde 1943; sucesor designado de Hitler en abril de 1945

Goebbels, Joseph, ministro de Propaganda del Reich

Göring, Hermann, mariscal del Reich y comandante en jefe de la Luftwaffe

Günther, Christian, ministro de Asuntos Exteriores de Suecia

Hess, Rudolf, representante del Führer en el partido nacionalsocialista

Hewitt, Abraham, enviado del presidente Roosevelt y agente de la OSS en Estocolmo

Heydrich, Reinhard, adjunto de Himmler y jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA)

Himmler, Heinrich, Reichsführer-SS

Kaltenbrunner, Ernst, sucesor de Reinhard Heydrich a la cabeza de la RSHA

Kersten, Arno, segundo hijo de Felix Kersten

Kersten, Felix, médico de terapia manual

Kersten, Irmgard, esposa de Felix Kersten

Kivimäki, Toivo, embajador de Finlandia en Berlín

Lüben, Elisabeth, «hermana adoptiva» de Felix Kersten

Masur, Norbert, adjunto de Hillel Storch como representante del Congreso Judío Mundial en Estocolmo

Müller, Heinrich, jefe de la sección IV (Gestapo) de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA)

Mussert, Anton, jefe del movimiento nacionalsocialista holandés (NSB)

Nagell, baron Justinus van, antiguo embajador de los Países Bajos en Estocolmo

Posthumus, Nicolaas, profesor de Economía y fundador del Instituto Neerlandés de Documentación sobre la Guerra (NIOD)

Quisling, Vidkun, jefe del Nasjonal Samling, partido colaboracionista noruego

Rangell, Johan, primer ministro de Finlandia, 1941-1943

Ribbentrop, Joachim von, ministro de Asuntos Exteriores del Reich

Richert, Arvid, embajador de Suecia en Berlín

Ryti, Risto, presidente de Finlandia, 1940-1944

Schellenberg, Walter, jefe de la sección VI (inteligencia exterior) de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA)

Seyss-Inquart, Arthur, comisario del Reich durante la ocupación de los Países Bajos

Storch, Hillel, representante del Congreso Judío Mundial en Estocolmo

Terboven, Josef, comisario del Reich en la Noruega ocupada

Witting, Rolf, ministro de Asuntos Exteriores de Finlandia, 1940-1943

Wulff, Wilhelm, astrólogo famoso, convertido en «consultor» del Reichsführer Himmler

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ENTRADA EN ESCENA

 

 

 

 

Nuestra historia comienza a finales del siglo XIX cerca de Yourieff, en Livonia, una de las tres provincias bálticas del Imperio ruso. Allí nace en septiembre de 1898 Felix Alexandre Edouard Kersten. El recién nacido tiene tres padrinos, personajes importantes y grandes amigos de su padre, de quienes recibe sus tres nombres: Edouard de Livron, ministro del zar; Alexandre Westberg, médico personal de la zarina y embajador de Francia en San Petersburgo, y Gustave Lannes, marqués de Montebello,(3) aunque este último, en vez de darle su nombre, elige el de Felix, en honor del entonces presidente francés Felix Faure.

Se trata de un elemento más en el cosmopolitismo que marcará desde su más tierna edad al joven Felix Kersten. Pues en esta Livonia tan imperfectamente rusificada, el pueblo llano es estonio, los funcionarios son rusos y los comerciantes judíos,(4) pero los terratenientes siguen siendo mayoritariamente alemanes, como la madre del pequeño Felix, nacida Stubing, y su padre, Friedrich Kersten, procedente de una antigua estirpe de agricultores brandemburgueses que se remonta al siglo XVI. De modo que su hijo, desde que empieza a ir a la escuela, ha oído hablar el alemán, pero también el ruso, el estonio, el finlandés, el yiddish y hasta el ingrio.(5) Como dirá muchos años después: «Aprendimos muy pronto a ver en esas gentes de orígenes, lenguas y condiciones distintas tan solo su valor como seres humanos».[1]

¿Qué más aprendió aparte de esto? Pues bien, parece que no mucho, como él mismo reconocerá: «Distaba mucho de ser un alumno ejemplar».[2] De hecho, lo que sus maestros destacan de él es su glotonería, su negligencia y su indolencia, cosa que preocupa mucho a sus padres, que en 1907 lo envían al internado del instituto de habla alemana de Birkenruh, cerca de Wenden, y después a Riga, donde terminará su etapa escolar sin ninguna distinción especial, y sin haber hecho el bachillerato. Sin embargo, Felix Kersten ha heredado de su padre la pasión por la agricultura, y en mayo de 1914 entra en la escuela de agronomía de Jenfeld, en el Holstein alemán. Parece que esta vez sí ha encontrado su camino: tras haberse diplomado dos años más tarde, realiza unas prácticas como administrador de fincas en Giersleben, en Anhalt. «Me gustó muchísimo —dirá—, ya que me encanta la vida en el campo».[3]

Queda dicho. Pero estamos ya en 1917, hace tres años que la Primera Guerra Mundial causa estragos y los Kersten, independientemente de su lugar de nacimiento o de residencia, son considerados ciudadanos alemanes. Por esta razón las autoridades rusas exilian en 1914 tanto a Friedrich como a Olga Kersten a Kazajistán, mientras que el ejército alemán llama a filas a su hijo en otoño de 1917. No sabemos cómo evitó Felix Kersten que lo enviaran a las trincheras de Francia; sin duda, el tiempo de formación y los distintos servicios de guardia en el norte de Alemania se prolongaron hasta el armisticio, puesto que fue desmovilizado en diciembre de 1918 sin haber entrado en combate.

Sin embargo, esto es solo un aplazamiento, ya que seis meses después de la revolución bolchevique Finlandia ha logrado la independencia expulsando al Ejército Rojo de su territorio y, a comienzos de 1919, envía dos regimientos de voluntarios al sur para participar en la liberación de los países bálticos: el primer grupo libre finlandés y el regimiento Pohjanpojad(6) del teniente coronel Kalm. Felix Kersten decide unirse a esta última formación. Tiene veinte años, es un tipo fuerte, muy alto, algo entrado en carnes y formado ya en el uso de las armas por los alemanes. Lo nombran sargento, y el 31 de enero participa en Paju en el primer gran enfrentamiento contra un batallón de tiradores letones del Ejército Rojo. También está presente en la liberación de su ciudad natal, Yourieff, que acaba de recuperar su antiguo nombre, Dorpat. Los finlandeses y sus aliados estonios compensan su inferioridad numérica con una gran movilidad y, como las operaciones se desarrollan a menudo a caballo, el sargento Kersten inventa un sistema que permite montar ametralladoras ligeras sobre los caballos.[4]

 

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Pero Kersten no verá el final de la campaña de liberación estonia, ya que, durante un combate, se ve obligado a permanecer un día y una noche enteros tumbado en un pantano y contrae un reumatismo articular agudo que le impide usar las piernas. Lo que ocurre a continuación lo explicará él mismo:

 

Me llevaron a un hospital militar de Helsinki. Como había prestado mis servicios al ejército finlandés, había obtenido la nacionalidad finlandesa,(7) de modo que conseguí mi nueva patria sobre muletas. Permanecí varios meses en el hospital y me aburrí como solo un enfermo puede aburrirse. […] Cuando recuperé las fuerzas, empecé a ayudar de vez en cuando al doctor Ekman, director médico del hospital, en sus sesiones de masaje. En Finlandia, la terapia a base de masaje era muy apreciada, y en los casos más difíciles solía intervenir el doctor Ekman personalmente. Cuando hice mi primer intento, el doctor me observó atentamente, y todavía hoy puedo oír sus palabras: «Tiene usted un auténtico tesoro en las manos». […] De modo que me propuso formarme en la terapia de masaje.[5]

 

¿Qué quiso decir con «un tesoro en las manos»? Lo que el ojo experto del doctor Ekman detectó en Kersten fueron unas manos fuertes, unas puntas de los dedos extremadamente sensibles, y unas dotes evidentes para utilizar estas cualidades. En cualquier caso, se abrieron nuevas perspectivas ante este joven que no sabía muy bien qué hacer con su vida: no se planteaba seguir en el ejército, el Gobierno estonio había nacionalizado las tierras familiares a raíz de la independencia, y no quería trabajar como empleado en las tierras de otros. Además, como le explica al doctor Ekman, cuando era niño, había visto a su madre masajear y curar a campesinos que acudían a solicitar su ayuda, y esta incluso le había confesado que su madre hacía lo mismo. «Como ve, le responde el médico, ¡es algo que viene de familia! Coja las muletas y sígame a la policlínica; recibirá la primera clase en presencia de los pacientes».[6]

A partir de entonces, Kersten comienza la instrucción, ayudando a los médicos militares que emplean el masaje finlandés para tratar a los soldados heridos en la guerra. Realmente tiene talento para esta práctica, ya que apenas un mes después, los soldados piden que sea él quien les atienda y no los terapeutas profesionales. Luego, el doctor Ekman le presenta a su colega Colander, una autoridad en la materia, y este queda tan impresionado que acepta a Kersten como alumno, y además de modo gratuito… Pero, mientras tanto, el joven ha sido desmovilizado por el ejército finlandés y, aunque ahora tiene más tiempo para dedicarse a los estudios de Medicina, también necesita asegurar su subsistencia; así que, a partir de entonces, trabajará de estibador, camarero, lavaplatos y limpiador. «Por la noche, en mi pequeña habitación, pasaba las veladas estudiando, sobre todo anatomía. Durante dos años, me esforcé por adquirir el máximo de conocimientos, mientras seguía con las prácticas con el doctor Colander».[7] El esfuerzo merece la pena, y en 1921 obtiene el diploma oficial de «masaje científico». Al año siguiente, su profesor le aconseja que vaya a perfeccionar sus conocimientos a Berlín, donde la especialidad está más desarrollada.

No es fácil llegar sin ningún amparo al Berlín de 1922, que apenas se está recuperando de los cuatro años que ha durado la Primera Guerra Mundial, de los dos años posteriores a los disturbios revolucionarios y de la inflación galopante que sigue causando estragos. De nuevo, nuestro joven estudiante deberá ejercer los oficios más diversos: camarero, figurante en el cine y hasta intérprete para hombres de negocios finlandeses que están de paso en Berlín. Por suerte, no tiene problema de alojamiento, ya que en Berlín reside una vieja amiga de sus padres, la viuda del profesor Lüben, que vive sola con su hija Elisabeth. Esta última, doce años mayor que Felix Kersten, es una mujer extremadamente fiel, y entre ellos surgirá una amistad que jamás se romperá; Kersten la describirá a menudo como una hermana o una madre, añadiendo que no podría haber hecho nada sin ella.

Por aquel entonces, Kersten se dedica a completar su formación: asiste a las clases de la facultad de Medicina, a la vez que sigue las enseñanzas prácticas de algunas celebridades que le habían recomendado en Helsinki: el profesor Binswanger, de Leipzig; el doctor Cornelius, especialista en masaje de los puntos neurálgicos, y el profesor Bier, famoso cirujano vascular. Es precisamente en casa de este último donde se producirá un encuentro que será decisivo en su vida; el profesor le presenta a un tal doctor Kô, un asiático bajito de edad avanzada y con un pasado notable: nacido en China, se educó desde los siete años en un monasterio tibetano, lugar en el que fue sucesivamente novicio, monje y después lama, y se había iniciado durante catorce años en las ciencias médicas chinas y tibetanas. A los veintiuno lo enviaron a Gran Bretaña para descubrir la medicina occidental, se matriculó en la facultad de Medicina de Londres, donde obtuvo el título y abrió una consulta. Pero su reputación se extendió rápidamente más allá de las fronteras y, después de la guerra, fue invitado a ejercer su profesión en Berlín.

Felix Kersten, algo intimidado, le explica su experiencia mucho más limitada en el ámbito médico, pero el doctor Kô muestra un claro interés en su caso y lo invita a su modesto apartamento de la Ansbacherstrasse. Allí se desnuda y le pide que le muestre lo que le han enseñado sus maestros finlandeses. Kersten se supera a sí mismo, luego el doctor se viste de nuevo en silencio, prepara el té y finalmente le dice sonriendo:

 

Mi joven amigo, no sabe usted todavía nada, nada de nada. Pero hace treinta años que le espero. […] Según el horóscopo elaborado cuando no era más que un novicio en el Tíbet, había de conocer este año a un joven que no sabría nada y al que debería enseñarle todo. Le propongo que sea mi discípulo.(8)[8]

 

De este modo, Felix Kersten se convierte en el discípulo del doctor Kô, a la vez que sigue las clases de la facultad de Medicina y trabaja en los distintos oficios que le permiten asegurar su subsistencia. Durante tres años, entre 1922 y 1925, observará la técnica del maestro, se convertirá en su ayudante, será testigo de curaciones aparentemente milagrosas y se iniciará en una ciencia que supera con creces el simple masaje. Mucho más tarde, Kersten explicará los principios fundamentales de esta práctica, a la que denomina «terapia manual» o «terapia fisioneural»:

 

Consiste en el tratamiento y el mantenimiento de los tejidos nerviosos mediante presiones manuales adaptadas. […] Se puede hablar casi de una terapia de los nervios que se ejerce en profundidad, en la medida en que la piel, los tejidos subcutáneos y los tejidos musculares, con sus vasos y sus nervios, se agarran y se estiran. […] La terapia fisioneural está especialmente indicada para la mayoría de las dolencias provocadas por una circulación sanguínea lenta, que provoca congestiones y una alimentación insuficiente de los nervios y otros tejidos. […] Desde un punto de vista biológico, existe una relación estrecha entre la circulación sanguínea y el sistema nervioso. Determinados trastornos circulatorios pueden provocar dolores de cabeza, migrañas o dolores periféricos: neuralgia, neuritis, etc., así como trastornos nerviosos en las funciones de los órganos internos, como las enfermedades cardiovasculares, los problemas digestivos, etc., y también trastornos psíquicos que pueden desembocar en una neurosis severa. Y a la inversa, manifestaciones psíquicas como el nerviosismo, el miedo, las preocupaciones, el agotamiento y la depresión tienen un efecto constante y a menudo nocivo sobre las funciones vasomotrices de los vasos, y por consiguiente sobre la circulación sanguínea, sobre el metabolismo, sobre la digestión y, por último, sobre la secreción interna.[9]

 

En otras palabras, para conseguir un alivio en los principales órganos —corazón, hígado, estómago, pulmones, riñones y hasta el cerebro— hay que drenar, mediante presiones, masajes, estiramientos y deslizamiento de la palma y de los dedos, los depósitos y las congestiones del sistema circulatorio que impiden la llegada de sangre fresca y, por tanto, de oxígeno a los tejidos nerviosos y subcutáneos. Kersten no cree en absoluto que esa terapia pueda curarlo todo; al contrario, observa que está formalmente contraindicada en caso de inflamaciones importantes, de formaciones tumorales, de insuficiencia cardiaca o de aterosclerosis avanzada.[10] Pero claramente el campo de las dolencias provocadas por trastornos nerviosos y circulatorios es suficientemente amplio para que sean muchos los pacientes que consigan con su tratamiento un alivio casi milagroso. Sobre todo, porque en este caso el ayudante del doctor Kô tiene un toque muy seguro, que le permite localizar en las profundidades del abdomen las densificaciones, congestiones, nudosidades y adherencias, que son a la vez sus puntos de referencia y sus objetivos esenciales. Y además con el tiempo progresará aún más, hasta el punto de poder decir que solo con sus dedos, y con los ojos cerrados, «ve» todas las vías neurales del paciente.[11]

Para ello hace falta un grado de concentración absolutamente excepcional, que sin duda ha adquirido bajo la dirección del doctor Kô. Kersten hablará de una «concentración tan extraordinaria que casi podría compararse con el estado de trance alcanzado por los yoguis indios». Sobre esta concentración se centró, en efecto, la enseñanza de su viejo maestro, en el marco de una iniciación a todos los aspectos de la medicina tibetana, india y china, a partir de los meridianos, de los doce pulsos y de los setecientos sesenta y un (principales) puntos de acupuntura. La enseñanza incluye asimismo ejercicios respiratorios, una formación sobre la meditación y una ascesis casi total, sin los que no podría alcanzarse el altísimo nivel de concentración necesario: prohibido el tabaco, el alcohol y las sustancias excitantes, y observancia muy estricta de los horarios de reposo para conservar la energía.(9) Por último, existe todo el elemento iniciático, el más difícil de comprender para un occidental: el vínculo del cuerpo y el espíritu con el cosmos, el sistema nervioso invisible, la doctrina de los Tres Principios y sus consecuencias terapéuticas, elementos que a Kersten le parecieron «infinitamente problemáticos», aunque añade que le abrieron «la vía de la verdad».[12]

Felix Kersten habría vivido aún durante mucho tiempo esta vida ajetreada, repartida entre el proceso iniciático, el trabajo terapéutico, la asistencia a las clases de la facultad de Medicina, los modestos trabajos de subsistencia y las aventuras amorosas, si una buena mañana de otoño del año 1925 el doctor Kô no le hubiera anunciado su marcha. Según revela Kersten a Joseph Kessel, lo habría hecho con estas palabras: «Mañana me voy a mi monasterio. He de empezar a prepararme para la muerte. Solo me quedan ocho años de vida. […] La fecha está escrita en mi horóscopo desde hace mucho tiempo». Ante la incredulidad de Kersten, el viejo maestro añade: «Mi misión está cumplida. Le he enseñado lo que me estaba permitido enseñar. Está usted preparado para continuar mi trabajo aquí. Se ocupará de mis enfermos».[13]

A una mente occidental esto puede parecerle extraño, pero hay que recordar que la astrología tal como se concibe en el Tíbet, Nepal o Bután es una ciencia igual que la astronomía, y apenas guarda una débil relación con la astrología comercial que se practica en Occidente. Lo cierto es que este hecho cambiará la vida de Kersten de un día para otro: «Cuando en 1925 el doctor Kô regresó a China,(10) yo heredé una parte de sus pacientes. A partir de entonces, se solucionaron provisionalmente mis problemas financieros. Muchos de mis nuevos pacientes eran de clase acomodada y muy pronto llegaron nuevos pacientes, que pertenecían a las clases dirigentes de la industria».[14]

A los veintisiete años y por primera vez en su vida, Felix Kersten tiene unos ingresos dignos; más que dignos incluso, ya que le permiten alquilar un amplio apartamento en la esquina de la Rüdesheimer Platz, en el elegante barrio berlinés de Wilmersdorf, donde instala también su consulta, todo ello gestionado por su hermana adoptiva Elisabeth Lüben. También se compra un buen coche y contrata un chófer. Es el desquite de cinco años de pobreza, y también la ocasión de descubrir una problemática médica que le era poco familiar:

 

Aprendí a conocer a un nuevo tipo de hombres, que padecían diversos males causados por excesivos esfuerzos físicos y mentales. Podríamos llamarlas enfermedades profesionales, ocasionadas por una vida de estrés. […] Esos hombres no tenían más objetivo en la vida que el éxito económico. Por otra parte, su motivación no era solamente ganar dinero, sino más bien crear grandes empresas, los Konzerns, que les permitieran mantener y reforzar su poder económico. […] En ellos, la humanidad estaba reprimida por un complejo de poder. Cuando acudían a mí, no lo hacían buscando ayuda o alivio, lo único que querían era recuperar la fuerza física para poder seguir ejerciendo más poder.[15]

 

En estos casos, esas «enfermedades profesionales» se manifiestan en migrañas crónicas, dolores abdominales o torácicos, neuralgias, trastornos circulatorios, reumatismos, ciáticas, taquicardias, insomnios severos, impotencia, vértigos y un agotamiento general. Como todos estos síntomas entran en el ámbito de la competencia de Felix Kersten, empieza a tratar a pacientes que están en la cima del poder, pero devorados por la ambición, aplastados por las responsabilidades, agotados por el estrés… y abandonados por los médicos. Entre estos pacientes se encuentran Carl Bosch, el gran director de la empresa I. G. Farben; August Rostberg, director general del Wintershall Konzern;(11) August Diehn, todopoderoso director del Kalisyndikat —el cártel de la potasa—, y Friedrich Flick, jefe del mayor conglomerado del carbón y acero alemán.

Allí donde los mejores médicos habían fracasado, el masajista finlandés y discípulo del doctor Kô logra brillantes triunfos. En unas pocas semanas, unos meses a lo sumo, todos estos hombres se ven libres de sus dolencias, si bien solo por un tiempo indeterminado, ya que a menudo reinciden en los errores que habían provocado su estrés inicial. Y esto es precisamente lo que hace que sea tan valioso su terapeuta, al que siempre pueden acudir para que les cure de nuevo. El boca oreja hará el resto: estos hombres influyentes hablan en sus círculos de la recuperación de su salud y dan la dirección de la consulta de la Rüdesheimer Platz, a donde acuden nuevos pacientes ricos.

De hecho, la fama de Felix Kersten cruzará rápidamente las fronteras. El gran duque Adolf Friedrich von Mecklenburg-Schwerin, que había sido tratado por Kersten, se lo recomienda a su hermano, el príncipe Hendrick, que es también el marido de la reina Guillermina de los Países Bajos; padece una insuficiencia cardiaca congestiva, sus médicos le han dado seis meses de vida en el mejor de los casos y, desde entonces, vive postrado en su palacio, destrozado por los dolores. En la primavera de 1928, Kersten acude a La Haya para auscultarlo y, aunque constata la gravedad de su estado, lo acepta como paciente. La carta que el príncipe enviará a su benefactor el 27 de octubre da una idea de los resultados obtenidos: «Quiero darle las gracias por el resultado milagroso de su arte de terapia manual. […] Han desaparecido todos los dolores nerviosos que me atormentaban».[16] El príncipe vivirá así seis largos años, pese a un aumento vertiginoso de peso y a un estilo de vida claramente disoluto, lo que efectivamente constituye un milagro. A raíz de esto, la agradecida corte real invita a Kersten a instalarse en los Países Bajos.

A finales de 1928, su traslado es un hecho: nuestro hombre se instala en Scheveningen, el barrio rico de La Haya, y la dirección de Badhuisweg número 18(12) pronto será conocida en todos los círculos neerlandeses(13) de las altas finanzas, la industria, la política, la diplomacia y la aristocracia. Igual que en Alemania, la mayoría de los pacientes presenta los característicos síntomas de agotamiento: demasiadas responsabilidades, demasiadas reuniones, demasiado tabaco, demasiado alcohol, demasiados eventos sociales por la tarde, muy poco descanso por la noche, etcétera. Desde 1925, Kersten se ha convertido prácticamente en un especialista en estas dolencias, y obtiene resultados sorprendentes: «Curar sus males, dirá, me hacía feliz».[17] Puesto que una «cura» dura entre dos y tres meses, solo acepta ocho pacientes a la vez, aproximadamente unos cuarenta al año. Sus tarifas son muy elevadas para la gente pudiente, pero a los pobres que acuden a él los cura gratis. Uno de sus pacientes más ricos, el director de la compañía de hormigón holandés J. L. Doedes, se acordará de que «Kersten no aceptaba tratar a pacientes que no podía curar, aunque con ellos hubiera ganado mucho dinero. En cierta ocasión, pasó varios domingos tratando a un amigo mío que no tenía dinero».[18]

Sin embargo, Kersten no se olvida de los pacientes alemanes, ya que conserva su consulta de la Rüdesheimer Platz, y vuelve a Alemania todos los años, de enero a abril. Luego pasa seis meses en La Haya y el resto del tiempo en Suiza, en Austria o en la Riviera, sin olvidarse nunca de volver a Estonia para visitar a sus padres. Por supuesto, la fiel Elisabeth Lüben es la que sigue encargándose de los apartamentos y de las consultas. A La Haya acuden pacientes procedentes de las Indias holandesas, Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña; y Kersten, que es recibido en el palacio real, cena en las mesas más variadas y no deja indiferentes(14) a las damas, son años de felicidad pura: «Establecí un vínculo muy fuerte con el pueblo neerlandés, aprendí su lengua y pronto me sentí como en casa. […] Holanda fue para mí una revelación. El paisaje me atraía, el círculo de mis pacientes se ensanchaba, y ya no tenía problemas económicos».[19]

Pero en Alemania el ambiente adquiere tintes cada vez más sombríos: el 30 de enero de 1933, tras cuatro años de agitación política, el viejo presidente Hindenburg acepta recurrir a Adolf Hitler y, a partir de ese momento, el nuevo canciller apartará a todos sus adversarios políticos, recortará las libertades, anulará la oposición, asfixiará los Länder, eliminará los sindicatos, meterá en cintura a las iglesias, amordazará el Reichstag e instaurará un feroz estado policial. En el verano de 1934, la muerte del presidente Hindenburg y la eliminación de los principales dirigentes de la SA(15) convierten finalmente a Hitler en el dueño incontestable de Alemania.

Felix Kersten, ciudadano finlandés y residente neerlandés, apenas se ve afectado por estos cambios políticos, pero sí por sus consecuencias económicas: los Reichsmarks que le pagan sus pacientes desde hace nueve años ya no son convertibles, solo se pueden utilizar en Alemania. Kersten decide, por tanto, invertirlos en la compra de una propiedad a setenta y seis kilómetros al norte de Berlín, la finca de Hartzwalde.

 

Así fue como se cumplió un deseo largamente acariciado de tener un pedazo de tierra propia donde pasar el tiempo libre lejos de los hombres y de su alboroto. Además, fue la ocasión de retomar mi formación inicial en el oficio de mi padre. La casa estaba un poco deteriorada, la hice reconstruir enteramente, e instalé electricidad, agua corriente y teléfono. […] Y si cuando estaba en Berlín siempre anhelaba volver a Holanda, cuando estaba en Holanda esperaba con impaciencia el tiempo de las vacaciones en Hartzwalde.[20]

 

Muy pronto ya no volverá allí él solo, ya que, para completar su felicidad, en febrero de 1937 conoce en casa de unos amigos a una joven llamada Irmgard Neuschäffer, hija del jefe de la guardia forestal del gran ducado de Hesse, de modo que será en Darmstadt donde se celebrará la boda cuatro meses más tarde. A partir de entonces, la nueva señora Kersten acompañará a su esposo en sus constantes viajes entre Berlín, Hartzwalde y La Haya, y le dará un hijo al año siguiente.

Tanto en Berlín como en La Haya, el éxito de los tratamientos de Kersten es innegable: es fácil encontrar médicos que ofrezcan sus cuidados, pero los que curan de verdad van muy buscados. Además, muchas veces grandes profesores de medicina envían a ese simple diplomado en masaje finlandés a pacientes a los que se ven incapaces de ayudar; y cuando estos se sienten aliviados o se curan gracias a las terapias de Felix Kersten, lo comentan con las personas de su entorno. Así es como uno de sus pacientes alemanes, el conde Wilhelm von Hochberg, se lo presenta a la esposa del embajador de Italia en Berlín, Élisabeth Cerruti, que padece una isquemia miocárdica. Tras un largo tratamiento, Cerruti queda fuera de peligro y se apresura a recomendar a Kersten a un noble compatriota, el duque de Spoleto, príncipe de Saboya-Aosta y primo del rey de Italia Víctor Manuel III. El caso del duque es más que delicado: a consecuencia de un accidente con un fueraborda, tiene una fractura cuádruple de la pierna derecha, complicada con una trombosis venosa profunda, de modo que los mejores médicos de París coinciden en prescribir la amputación. Por recomendación de Élisabeth Cerruti, el duque va a Berlín para consultar a Felix Kersten que, tras haberle auscultado, afirma poder evitarle la amputación;(16) de hecho, el duque podrá andar con la ayuda de un bastón tres meses más tarde y ¡al cabo de seis meses estará curado! Como consecuencia de este hecho, Kersten gozará también de una gran reputación entre la alta sociedad italiana.[21]

 

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Aunque este mago del masaje profundo muestra muy poco interés por la política, no puede dejar de constatar que a partir de 1937 las nubes de guerra se acumulan peligrosamente sobre Europa: Alemania se rearma a marchas forzadas, la presión sobre Austria y Checoslovaquia es cada vez mayor, su acercamiento a Italia y su intervención en la guerra civil española permiten augurar grandes conflagraciones futuras, y los acólitos de Hitler —Goebbels, Göring, Ribbentrop, Hess, Rosenberg y Himmler— rivalizan en sus discursos bélicos. En la primavera de ese año, el general Wilhelm Roëll, comandante en jefe del ejército neerlandés —a cuyo hijo, desahuciado por los médicos, Kersten había salvado— acude a la consulta del número 18 de Badhuisweg y va directamente al grano:

 

Escuche, Kersten, usted tiene conexiones de alto nivel en Alemania. Intente relacionarse con los más altos dignatarios nazis. Necesitamos saber qué pretenden hacer. Un día nos atacarán. Apenas sabemos nada, pues ninguno de nuestros hombres consigue acercarse a ellos.[22]

 

En realidad, el general Roëll creía que Kersten trataba en Berlín a dignatarios del régimen, cosa que su interlocutor se apresura a negar: sus pacientes alemanes son casi todos importantes hombres de negocios, magnates de las finanzas, del sector químico, de la siderurgia, de la explotación minera, de la construcción automovilística y aeronáutica; todos estos personajes han de disimular cuidadosamente en público sus sentimientos, pero en el secreto de la consulta de la Rüdesheimer Platz, ante un oído atento, no ocultan en absoluto su aversión a los aspectos criminales y corruptos del régimen hitleriano.(17) Por eso, aunque Felix Kersten le promete al general Roëll que hará lo que pueda,[23] no se imagina que algún día podrá satisfacer su petición. Pero en la historia, como en la vida, lo más inesperado es siempre lo más seguro…

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2

EL ENGRANAJE

 

 

 

 

A principios de 1939, la situación internacional se ha degradado considerablemente debido a los últimos movimientos de la Alemania nacionalsocialista: Austria y los Sudetes acaban de ser incorporados al Reich, y en todas las cancillerías se da por hecho que la invasión del resto de Checoslovaquia es solo cuestión de meses, o incluso de semanas. Para preparar sus futuras conquistas, Hitler ha lanzado un gigantesco programa de rearme que afecta a todos los sectores de la economía, mientras que al conjunto de la sociedad alemana se le imponen sacrificios onerosos: los gauleiters, gobernadores del Reich en los Länder, actúan ya como sátrapas locales que ejercen un poder arbitrario sobre sus administrados. Nace una Policía secreta de Estado centralizada, bajo el mando de un «Reichsführer-SS y jefe de la Policía alemana». Las persecuciones contra los judíos siguen incrementándose y alcanzan su punto álgido en la Noche de los Cristales Rotos, el 9 de noviembre de 1938. También sufren campañas de acoso y encarcelamiento los socialistas, los comunistas, las órdenes católicas, los gitanos, los homosexuales, los masones, los intelectuales, los discapacitados y los «asociales», y a la vez se abren cada mes nuevos campos de internamiento: Sachsenhausen, Buchenwald, Flossenbürg, Neuengamme, Ravensbrück, Mauthausen, ocupados por casi veinte mil prisioneros a finales de 1938.

Todo esto lo sabe ya Felix Kersten, que sigue alternando su trabajo en las consultas de La Haya y Berlín. En la capital alemana, sus pacientes, convertidos en su mayoría en fieles amigos, le explican todo lo que se murmura en el mundo de los negocios berlinés: Joachim von Ribbentrop, el nuevo ministro de Asuntos Exteriores, cuya petulancia es solo igualada por su incompetencia, pretende arrastrar al Führer a una guerra contra Inglaterra; el mariscal Göring, morfinómano barrigudo y comisario del Plan Cuatrienal, quiere monopolizar el conjunto de la industria alemana al servicio de un rearme desmesurado; Joseph Goebbels, enano venenoso, orador fanático y primer sátiro del Reich, es el organizador de los peores desmanes del régimen, desde el incendio del Reichstag hasta la Noche de los Cristales Rotos; el Reichsleiter Robert Ley, jefe intensamente alcoholizado del Arbeitsfront,(18) ha convertido la corrupción en una industria de alto rendimiento. Sin embargo, el antiguo ingeniero agrónomo y criador de pollos Heinrich Himmler, Reichsführer y jefe de la Policía alemana, continúa siendo el hombre más temido de Alemania, y con razón: los doscientos ochenta miembros de sus SS constituyeron la primera guardia personal del Führer; su Leibstandarte SS,(19) veinte veces más numerosa, dirigió la sangrienta masacre de la Noche de los Cuchillos Largos de 1934; su Sicherheitsdienst,(20) bajo el mando del implacable Reinhard Heydrich, descubre a todos los enemigos potenciales del régimen; su Gestapo los detiene y los tortura; los destacamentos de su Sicherheitspolizei(21) acaban de llevar a cabo la ocupación de Austria y de los Sudetes; sus Totenkopfverbände —unidades de la calavera— vigilan y maltratan a los internos en los campos de concentración.

Cabe imaginar, por tanto, la sorpresa y el temor de Felix Kersten cuando a principios de 1939 el director del cártel de la potasa August Diehn, uno de sus más antiguos pacientes y amigos, le pide que examine a Heinrich Himmler y, si es posible, ¡que lo cure! Por supuesto, al viejo industrial le importa muy poco la salud del Reichsführer, pero confía en que un hombre que le alivie de sus males pueda persuadirle de que renuncie al proyecto que trama, junto con Ley y Göring, de nacionalizar la industria pesada alemana. Kersten exclama: «¡Si me dejo arrastrar hasta allí, ya no podré salir!».[24] Pero August Diehn es persuasivo, es un amigo muy apreciado, y nuestro masajista prodigio acaba dejándose convencer para que acepte una «invitación».

De modo que la mañana del 10 de marzo de 1939, Felix Kersten penetra en un lugar al que ningún ciudadano corriente acudiría voluntariamente: el Prinz-Albrecht-Palais, residencia del jefe de las SS.(22) Es fácil imaginar cuál era su estado de ánimo en el momento en que accede a ese antro, pero él mismo se limitará a decir: «Yo era de lo más escéptico cuando entré por primera vez en la residencia de ese hombre temido y odiado, de cuyas sangrientas fechorías había oído hablar con espanto».[25] Una vez superados los centinelas vestidos con uniformes negros, el hombre de figura maciza y mirada pacífica es conducido al último piso, hasta la antecámara del despacho de Himmler:

 

En la habitación donde esperaba a que me hicieran pasar, eché un vistazo a las estanterías repletas de libros. Además del omnipresente Mein Kampf y de los habituales libritos de propaganda nazi, había muchos libros de historia, […] que trataban sobre todo de la historia de Alemania y de la Edad Media. […] Junto a estos, muchos libros sobre el islam, biografías de Mahoma, etc.[26]

 

Ya dentro del despacho, a Kersten le aguarda una nueva sorpresa:

 

Me encontré frente a un hombre cuya apariencia no se correspondía en absoluto con la imagen que generalmente uno se formaba de un Reichsführer y jefe de la Policía secreta. Era un hombre bajito,(23) que me miraba fijamente por debajo de sus quevedos; casi podría decirse que había algo oriental en sus pómulos salientes y su cara redonda; no tenía nada de atleta. […] Mi primera impresión: no era nadie. […] Cuando le miraba, me parecía ver a un maestro de escuela, un maestro pedante al que se le debía escapar la mano con facilidad.(24) En cambio, no quedaba en él rastro alguno del agricultor que en otro tiempo había sido. Nada permitía adivinar el más mínimo contacto con la naturaleza. Obviamente, era un pedante y un místico que leía mucho; un hombre extraño, y un hombre enfermo.[27]

 

Himmler empieza enumerándole sus muchas dolencias: un paratifus cuando era niño, dos ataques de disentería bacteriana seguidos de ictericia y una reciente intoxicación por culpa de un pescado en mal estado, de la que no se ha curado del todo. Pero lo esencial son los calambres abdominales que le causan dolor desde el final de la Primera Guerra Mundial, que lo agotan y le infunden un miedo terrible al cáncer, del que murió su padre. Lo tratan con inyecciones y narcóticos, que ya no le hacen ningún efecto.[28]

Y Himmler añade:

—He oído hablar de sus milagrosas curaciones. ¿Cree usted que puede curarme de esos dolores abdominales periódicos, que constituyen un verdadero martirio? Herr Professor, ¡ayúdeme!

—Nada de profesor —responde Kersten—. No lo soy.

—Pero es usted un gran médico. He oído hablar de su talento. ¿Qué puede hacer por mí?

—Hay que ver.[29]

Kersten le pide que se quite la camisa y se tienda sobre el amplio diván situado frente a su escritorio, luego se sienta junto a ese cuerpo pálido, de hombros caídos, débil musculatura y naciente barriga. Sus dedos cortos y anchos, extremadamente sensibles, rozan la piel fláccida, siguen los trayectos nerviosos hacia el corazón, el hígado, los riñones y el estómago, y se detienen en algunas densificaciones, arrancando cada vez en el paciente gruñidos y gemidos. Identifica el problema casi de inmediato: «Se trataba de un desajuste del sistema simpático: enseguida vi que el problema entraba en el ámbito de mi competencia, y que nadie más podía ayudarle».[30]

A esto le sigue un cuarto de hora de tratamiento, durante el que los dedos y la palma de Kersten se hunden en el vientre del paciente, agarrando y amasando los haces de nervios a través de la piel, los tejidos subcutáneos y los músculos profundos. El paciente emite jadeos y algunos gritos, pero cuando finalmente las manos del terapeuta se apartan, Himmler constata con incredulidad que los calambres han desaparecido. A falta sin duda de una expresión mejor, balbucea: «Sus manos han actuado como un bálsamo». E inmediatamente añade: «Usted puede y debe ayudarme». A lo que Kersten responde: «Lo intentaré».[31] Pero más tarde anotará: «No le prometí un tratamiento milagroso; en su caso no creía poder obtener una auténtica curación.(25) Creía que podía aliviar sus dolores periódicamente, pero poco más podía hacer. No obstante, consideré que sería insensato negarle mis cuidados».[32] Insensato y, sobre todo, muy peligroso…

De hecho, Himmler le propuso que se ocupara de él en exclusiva y hasta le ofreció nombrarlo inmediatamente coronel de las SS, cosa que Kersten declinó educadamente, alegando que debía atender a numerosos pacientes en Berlín, y a otros muchos más en La Haya, donde tenía su residencia principal.[33] Pero como todavía debía permanecer quince días en Berlín, aceptó acudir diariamente para aliviar su dolor.

En este caso, el tratamiento solo será puntual, ya que el 15 de marzo de 1939 Himmler viaja a Praga acompañando al Führer, que celebra en el castillo de Hradčany su triunfo sin combate sobre el resto de Checoslovaquia; por supuesto, no es más que una ceremonia: Himmler ha viajado a Checoslovaquia sobre todo para supervisar la acción de la Sicherheitspolizei (Sipo), encargada de la detención masiva de comunistas, judíos y emigrados alemanes. Mientras tanto, en Berlín, Kersten se dirige a la embajada de Finlandia para informar a sus compatriotas de los compromisos que acaba de asumir, esperando sin duda que lo reclamaran desde Finlandia. Pero para su sorpresa, el consejero de la embajada Edvin Lundström lo anima encarecidamente a continuar con sus actividades en Berlín: Finlandia, amenazada por la Unión Soviética, necesita a toda costa contar con personas bien introducidas —o sea, agentes de influencia— entre los altos dirigentes alemanes.[34]

El 25 de marzo nuestro agente-terapeuta finlandés regresa a La Haya unos días, y se alegra de reunirse con sus amigos neerlandeses, uno de los cuales, P. J. Schijf, explicará mucho más tarde: «Kersten me dijo que había aceptado a Himmler como paciente, y después añadió: “Los nazis no pueden ser considerados personas normales”».[35] En cualquier caso, Felix Kersten puede anunciar al general Wilhelm Roëll que ha mantenido su promesa de 1937:[36] ha conseguido «acercarse a un alto dignatario nazi», aunque muy a su pesar…

El 5 de abril de 1939, Kersten vuelve a tratar al Reichsführer. Esta vez en su villa de Gmund, a orillas del Tegernsee, al sur de Múnich. Los logros obtenidos el mes anterior habían resultado ser efímeros, Himmler había vuelto a tener dolores, y su bienhechor se pone de nuevo manos a la obra. Tras dos días de tratamiento, consigue aliviar los calambres intestinales, hasta lograr su desaparición casi total. Es entonces cuando Himmler plantea la cuestión delicada de la remuneración: ¿cuáles son los honorarios de Kersten? La respuesta del interesado parece brotar de manera espontánea: «Sí, sí, hablaremos de esto en otra ocasión».[37] En realidad, está decidido a trabajar gratis: «No era rico; con unos ingresos de veinticuatro mil marcos al año, vivía muy modestamente».[38] Así es. Curiosamente, Himmler es uno de los pocos dignatarios del Tercer Reich que no es corrupto, y sus ingresos son ridículos comparados con los de Ribbentrop, Goebbels o Göring.(26) Por otra parte, Kersten puede permitirse ser generoso, ya que sus pacientes alemanes suelen pagarle veinticinco mil marcos por un tratamiento de ocho a diez semanas —lo que el Reichsführer apenas gana en un año— y trata al menos a cuarenta pacientes al año. Pero naturalmente tiene otras razones: si no cobra, mantiene cierta independencia respecto a Himmler, en cambio, en un país donde reina la arbitrariedad, la benevolencia del Reichsführer-SS y jefe de la Policía vale más que todas las remuneraciones, sobre todo cuando hay que proteger a una familia y a una familia política.

A finales de abril de 1939, Kersten regresa a La Haya. Si el tratamiento que ha aplicado a Himmler parece tener una eficacia limitada es tal vez debido al especial modo de vida de este gran depredador, a la vez verdugo, cortesano, burócrata, intrigante y estajanovista. El Reichsführer trabaja dieciséis horas al día, no hace ejercicio, y nunca se acuesta antes de las dos de la mañana. En este aspecto, las cosas no harán más que empeorar, ya que a partir de mayo Himmler prepara febrilmente la gran ofensiva contra Polonia, en la que sus SS desempeñarán desde el principio un papel clave simulando un ataque polaco contra la estación radiofónica alemana de Gliwice, cosa que servirá de pretexto para el inicio de las hostilidades.(27) A continuación, los Einsatzgruppen, grupos de intervención de la policía política militarizada, además de tres regimientos de las Totenkopfverbände —las unidades de la calavera—, tendrán que acorralar detrás de la línea del frente a los «elementos hostiles», un concepto muy amplio que incluye a comunistas, masones, judíos, discapacitados, clero, intelectuales y aristocracia. Si a eso añadimos que Hitler ya ha sondeado a Himmler para organizar la futura operación de «creación de nuevos asentamientos alemanes mediante desplazamientos de población», y que el jefe de las SS choca casi constantemente con Goebbels, Göring, Rosenberg, Bormann, Ley, Darré y Ribbentrop —y además con un miedo constante de disgustar a su Führer— se entiende que sus trastornos nerviosos tengan pocas probabilidades de mejorar de forma duradera.

De hecho, el 26 de agosto, mientras Kersten regresa a Berlín de un viaje a Estonia con su familia, recibe una llamada urgente de Himmler, que se queja de nuevo de calambres. Kersten no consigue aliviar sus dolores hasta la segunda sesión y, durante una pausa, menciona el pacto germano-soviético del 23 de agosto, así como las grandes concentraciones de soldados que ha podido ver al pasar por Königsberg y Stettin. ¿Significa esto que va a estallar la guerra? Tras ciertas vacilaciones, Himmler le responde:

—Es cierto. Vamos a conquistar Polonia para hacer entrar en razón a los judíos ingleses. Se han vinculado a este país. Han garantizado su integridad.

—Así que —exclama Kersten— ¡es la guerra total!

Himmler estalla en una risa convulsiva:

—Habla usted como un hombre que no entiende nada de nada. Inglaterra y Francia son tan débiles y tan cobardes que nos dejarán actuar sin intervenir. Quédese tranquilamente en La Haya. En diez días todo habrá terminado.[39]

El 1 de septiembre Hitler comienza la invasión de Polonia. La operación se había preparado minuciosamente, pero surge un imprevisto, y no es menor: el 3 de septiembre, los dirigentes franceses y británicos, presionados por sus Parlamentos y la opinión pública, le declaran la guerra. El Führer se lleva una sorpresa desagradable,(28) pero lo disimula cuidadosamente; y cuando Felix Kersten vuelve a tratar a Himmler el 11 de septiembre, este no parece en absoluto preocupado, y sigue siendo la voz de su amo:

 

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Salvoconducto entregado a Felix Kersten el 25 de agosto de 1939 por el Reichsführer-SS y jefe de la Policía alemana.

 

El masajista-terapeuta y agricultor Herr Felix Kersten, nacido el 30-9-1898 en Dorpat, alemán de origen y actualmente ciudadano finlandés es conocido personal mío. Ruego a las autoridades que le presten ayuda y que se dirijan a mí en caso de duda.

HEINRICH HIMMLER

 

—No es la Inglaterra decente la que nos ha declarado la guerra, es la de los judíos ingleses. Esto tranquiliza al Führer. No obstante, Inglaterra sufrirá esta guerra. El Führer está firmemente decidido a permitir que la Luftwaffe destruya ciudad tras ciudad, hasta que los buenos ciudadanos de Inglaterra comprendan a dónde han llevado los judíos a su país. Y cuando pidan el cese de las hostilidades, conseguirán una paz generosa a cambio de la entrega de todos los judíos a Alemania. Una vez hecho esto, Alemania pondrá a Inglaterra en el lugar que le corresponde en el mundo. Como los ingleses son germanos, el Führer los tratará como hermanos.

Kersten expresa algunas dudas al respecto. Podría ser que el Führer subestimara la posibilidad y la voluntad de los ingleses de defender a su país:

—Inglaterra jamás ha perdido una guerra, y dispone de todas las materias primas necesarias.

Himmler estalla en carcajadas.

—No le servirá de nada durante esta guerra, ya que los submarinos alemanes acabarán con todos sus aprovisionamientos. No llegará nada a Inglaterra, ni un ratón; del resto se encargará la Luftwaffe…

Kersten insiste calmadamente en que siempre es más fácil empezar una guerra que terminarla, pero Himmler continúa con su monólogo.

—Primero acabaremos con el enemigo exterior, después nos ocuparemos de los enemigos internos…

—¿Y quiénes son los enemigos internos? —pregunta Kersten.

—Esos grandes industriales, los oficiales superiores, los grandes terratenientes, los altos funcionarios y los intelectuales del mundo académico. De estos nos ocuparemos después de la guerra. La industria pesada será nacionalizada, al igual que todas las grandes propiedades agrícolas y, después de esto, en Alemania se vivirá muy bien.

Cuando Kersten observa que esto se parece muchísimo al comunismo, Himmler exclama:

—¡No, no, en absoluto! Alemania nunca será comunista. El Führer está en contra del comunismo. Pero introduciremos algunos aspectos del comunismo que nos parecen buenos. Seguiremos siendo nacionalsocialistas, con algunos elementos del capitalismo, cosa que los rusos no tienen.[40]

A mediados de septiembre de 1939, cuando Kersten ha regresado ya a los Países Bajos, Himmler y su servil adjunto Heydrich siguen a una distancia segura a la Wehrmacht, que aplasta sistemáticamente las concentraciones militares enemigas, cerca Varsovia y llega al río Bug, donde la intervención de la URSS a partir del 17 de septiembre decidirá el destino del ejército polaco. Detrás del frente, los tres regimientos SS-Totenkopf, los siete Einsatzgruppen de la Sipo-SD y la Leibstandarte debidamente militarizada siembran el terror entre la población, incendian las sinagogas, asesinan a decenas de miles de judíos, aristócratas, oficiales e intelectuales polacos. El almirante Canaris, jefe de la Abwehr, protesta enérgicamente ante su superior el general Keitel, pero es inútil: son órdenes del Führer, y Himmler es el ejecutor tanto de sus grandes obras como de las más miserables.(29)

¿Está Felix Kersten al corriente de todo esto cuando el 6 de noviembre visita de nuevo en Berlín a un Reichsführer agotado y derrotado por los espasmos abdominales? No se sabe, pero es poco probable: los asesinatos sobre el terreno se efectúan en el más absoluto secreto, y en el entorno de Himmler la consigna de silencio es sumamente estricta. En cambio, ese día Himmler le confía que el 8 de noviembre Hitler irá a Múnich para la conmemoración anual del golpe de Estado fallido de 1923, y pronunciará un gran discurso en la Bürgerbräukeller, lugar privilegiado de sus éxitos de entonces. Himmler le propone a Kersten que lo acompañe a Múnich y se compromete a reservarle un asiento en las primeras filas, para que pueda apreciar bien la extraordinaria elocuencia del Führer. Kersten acepta, pero en la sesión de tratamiento del día siguiente, Himmler se echa atrás: «Usted es extranjero y no es miembro del partido. Es mejor que no me acompañe mañana».[41] ¿Acaso Himmler se ha enterado de algo mientras tanto? El hecho es que, a la una de la mañana del 9 de noviembre, cuando Kersten regresa al hotel Vier Jahreszeiten de Múnich, se entera de la noticia: en la Bürgerbräukeller ha explotado una bomba muy cerca del atril donde se hallaba Hitler, que se había marchado trece minutos antes con todo su séquito, tras haber acortado su discurso. No obstante, ha habido siete muertos entre los miembros del partido que ocupaban los asientos de las primeras filas. En aquel momento, Kersten no sabrá nada más, y no lo comprenderá hasta cinco años más tarde.(30)[42]

En todo caso, Felix Kersten tuvo muchas ocasiones de escuchar y observar a su extraño paciente durante este tiempo, y sacó algunas conclusiones: Himmler en el fondo es un hombre débil que hace un esfuerzo por parecer fuerte, un burócrata que sueña con ser soldado, un hombre enclenque que aspira a lograr proezas físicas, un bávaro moreno de ojos negros que solo admira a los rubios de ojos azules, un veleidoso que quiere actuar constantemente, un reitre con mentalidad de historiador aficionado, un anticlerical fascinado por las religiones, y ante todo un hombre totalmente sometido a una fuerte influencia:

 

Cuando Hitler llamaba por teléfono, anotará Kersten, Himmler empezaba a balbucear, de repente se convertía en un hombre completamente diferente: «Ja... ja... ja... Jawohl, mein Führer, ganz meine Ansicht».(31) Necesitaba al menos media hora para reponerse del hecho de que el Führer, el cerebro más importante del mundo, le hubiera llamado a él, Heinrich Himmler.[43]

 

No es más que otra contradicción: Himmler nunca hace lo que querría hacer, sino lo que cree que el Führer querría que hiciese. De ahí esa primera conclusión de nuestro terapeuta:

 

Sus severas convulsiones abdominales no se debían, como él suponía, a una constitución frágil o a un exceso de trabajo, sino que eran más bien la manifestación de toda una vida de contradicciones y de tensiones psíquicas. Por eso enseguida me di cuenta de que, si bien podía aliviarle momentáneamente, y hasta ayudarle durante largos periodos, nunca podría curarle del todo.[44]

 

Para cientos de miles de personas, eso será una absoluta bendición, pero Kersten todavía no puede saberlo. A principios de diciembre de 1939, regresa a La Haya, donde reina una atmósfera de inquietud perfectamente comprensible, porque tras la invasión y la ocupación de Polonia, Holanda y Bélgica, están claramente en el punto de mira. A finales del mes de octubre, el comandante Sas, agregado militar de los Países Bajos en Berlín, tuvo conocimiento a través de su contacto en el seno de la Abwehr, el coronel Oster,(32) de la «Instrucción n.º 6 para la dirección de la guerra», dictada por el Führer el 9 de octubre, con este pasaje significativo: «En el sector norte del frente occidental, preparar una operación ofensiva a través del territorio belga-luxemburgués y Holanda. Este ataque ha de iniciarse tan rápida y repentinamente como sea posible».[45] De modo que en el Estado Mayor neerlandés están perfectamente enterados de las intenciones alemanas, y cuando Kersten se reencuentra en La Haya con su viejo amigo el general Roëll, este le declara sin ambages: «Es posible que los alemanes nos ocupen, pero Inglaterra y Francia acabarán liberándonos. Mientras tanto, deberá intentar a través de Himmler ayudar a Holanda en la medida de lo posible».[46]

Kersten se lo promete, sin saber realmente en ese momento qué podía hacer para ayudar a Holanda. Por otra parte, en ese mes de diciembre de 1939, esta cuestión no es relevante: debido al mal tiempo, a las limitaciones técnicas y a la reticencia de los generales (y del mariscal Göring), Hitler ha tenido que posponer hasta la primavera sus proyectos de ofensiva hacia el Oeste. Además, tiene otras preocupaciones. En el flanco norte, ha estallado la guerra entre Finlandia y la URSS, y a la vez algunas fuentes informan de la amenaza inminente de un desembarco británico en Noruega.[47] Por último, no ha digerido del todo su conquista de Polonia: las primeras medidas de expulsión y de repoblación entre el Warthegau y el Gobierno general(33) se solapan, se contradicen y llegan a anularse. Las disputas sobre la competencia entre Himmler —nombrado el 7 de octubre «Comisario del Reich para el Reforzamiento de la Raza Alemana»—, el ministro de Agricultura Walther Darré y el jefe del Plan Cuatrienal Hermann Göring no hacen más que complicar las cosas. Además, los continuos atropellos y ejecuciones arbitrarias por parte de los Einsatzgruppen SS contra los judíos y los polacos en las regiones ocupadas provocan choques con la Wehrmacht y suscitan repetidas protestas de los responsables militares, sobre todo de los generales Von Bock, Petzel, Ulex y Blaskowitz.

Finlandia, que frena al Ejército Rojo a duras penas pero con éxito, cuenta con la ayuda de Kersten, que moviliza sus relaciones en Alemania, Holanda, Francia e Italia para conseguir dinero, ropa, medicamentos y material, en cantidades tan importantes que su patria de adopción le otorgará poco después el título de Medizinälrat.(34) El 21 de diciembre de 1939, se va a pasar las Navidades a su finca de Hartzwalde, donde ya viven de forma permanente su padre de ochenta y ocho años(35) y su esposa Irmgard. Como Felix, ambos sienten pasión por la agricultura y la ganadería. Si bien los campos no son muy grandes, la zona de bosque es inmensa y la familia la recorre a menudo a caballo o en calesa. Sin duda, le resulta muy agradable vivir en esta finca tan aislada de los problemas del mundo.

Pero en Berlín, donde el ambiente se ha ido cargando más desde el comienzo de la guerra, los pacientes de Kersten siguen siendo muy numerosos, y el más impaciente de todos es Heinrich Himmler, periódicamente abatido por los dolores abdominales. Por supuesto, los calambres del Reichsführer constituyen prácticamente un secreto de Estado, de manera que incluso sus subordinados inmediatos ignoran qué hace en el cuartel general de las SS ese curioso civil, de aspecto bonachón, entrado en carnes y con acento del Báltico. El misterio suscita desconfianza y la desconfianza suscita odio, sobre todo por parte del temible jefe de la RSHA,(36) Reinhard Heydrich, y del responsable de su sección IV, el siniestro «Gestapo Müller». Pero, por suerte para Felix Kersten, su actitud servil ante el Reichsführer solo es comparable a la que muestra el Reichsführer ante el Führer.

En cualquier caso, esas sesiones de masaje terapéutico siguen siendo para Kersten ocasiones únicas para la formación política y la observación psicológica, mientras que para Himmler son un auténtico desahogo: el hijo del profesor Gebhard Himmler tiene auténtica necesidad de pontificar, está encantado de tener un interlocutor ajeno a su círculo habitual donde imperan la desconfianza, la competencia y la delación, y, como ocurre a menudo en las relaciones entre terapeuta y paciente, el alivio que le proporcionan los cuidados de su bienhechor le incita a las confidencias. La sesión del 6 de febrero de 1940 es un ejemplo de ello; en ella, Himmler habla una vez más de Inglaterra, un tema de preocupación recurrente en Alemania en medio de esta «extraña guerra» que parece eternizarse:

 

Hoy —anota Kersten— Himmler estaba de muy buen humor. Me ha dicho que el Führer había recibido muy buenas noticias sobre las disposiciones del pueblo inglés. Ese pueblo no quería la guerra, y todo indicaba que Inglaterra presentaría muy pronto una propuesta de paz, que no sería rechazada, sino aceptada por nosotros como una expresión de solidaridad de gran germanismo. «El Führer será magnánimo en su trato con Inglaterra. Alemania no tiene ninguna intención de debilitar la posición de Inglaterra como gran potencia. Al contrario, Inglaterra ha de ser uno de los ejes de la nueva Europa germánica. […] Un conflicto entre ambos pueblos no puede justificarse desde el punto de vista del gran germanismo. El mundo es suficientemente grande para que ambos pueblos puedan vivir juntos en paz. Las ventajas de la cooperación son evidentes: Alemania puede proteger a Inglaterra con sus fuerzas de tierra y salvaguardar sus posesiones coloniales, mientras que Inglaterra puede aportar a Alemania la protección de su poderosa flota. Juntas, forman un bloque capaz de resistir todos los ataques y de extenderse hasta el corazón de Europa».(37)

 

Y Kersten añade: «Me hubiera gustado socavar un poco esta frágil construcción ideológica, pero Himmler apenas disponía de tiempo, y fue interrumpido varias veces durante la sesión».[48]

Por lo demás, es probable que ningún argumento hubiera podido hacer tambalear las convicciones de este paciente fanático y burócrata tan influenciado, ya que en la siguiente sesión, dos días más tarde, manifestó: «Mein lieber Herr Kersten, ya verá cómo Adolf Hitler, Führer de la mayor potencia terrestre germánica, será recibido en Londres, en visita oficial, por el rey de Inglaterra, Führer de la mayor potencia marítima germánica; y, como socios igualitarios, pactarán una paz justa para proteger la raza germánica en todo el mundo».[49]

Los ingleses, al parecer poco sensibles a la llamada de la raza germánica, libran por mar una batalla sin cuartel contra los submarinos y los buques de guerra de la Kriegsmarine, a la vez que refuerzan su cuerpo expedicionario en el norte de Francia. A partir de abril de 1940 tiene lugar en Noruega el primer enfrentamiento por tierra, mar y aire entre las fuerzas franco-británicas y la Wehrmacht. Precisamente ese mes, tras haber casi acabado su ciclo de tratamientos en Alemania,(38) Felix Kersten se dispone a regresar a Holanda, y el 28 de abril presenta como siempre su solicitud de visado de salida en la oficina de Himmler. «Bien —le dice este último—, váyase a Hartzwalde y podrá marcharse el 1 de mayo». Kersten cuenta lo que sucedió a continuación en los siguientes términos:

 

Aquella misma noche, Himmler me llamó por teléfono y me dijo: «Por razones técnicas, no puedo darle ese visado». Naturalmente, le pregunté cuáles eran esas razones técnicas, pero se limitó a responder que no quería que abandonara Hartzwalde los próximos días. Yo alegué que me esperaban en Holanda, pero me respondió: «No, no hay nada que hacer». Le dije: «¿Qué quiere decir que no hay nada que hacer? Tengo nacionalidad finlandesa, no puede retenerme». A lo que replicó: «¡Puede estar seguro de que Finlandia no nos declarará la guerra por su culpa!», y colgó.[50]

 

Kersten no sale de su asombro.

 

De modo que no debía abandonar mi casa, ni tampoco podía dirigirme a la embajada de Finlandia para pedir ayuda, puesto que después de esta conversación con Himmler mi línea telefónica estuvo cortada durante doce días. Finalmente, el 10 de mayo mi teléfono volvió a sonar: Himmler me invitaba a Berlín, y allí fui con sentimientos encontrados. Himmler me recibió con gran amabilidad, se excusó educadamente por las molestias que me había ocasionado y me explicó que, desgraciadamente, no había tenido otra opción: «Porque —continuó— las tropas alemanas entraron aquella noche en Holanda para salvarla de los capitalistas judíos». Yo no debía regresar a Holanda, sino quedarme en Alemania. Solo me pedía que siguiera tratándolo; incluso estaba dispuesto a admitirme en las SS, donde podía comenzar con el grado de Standartenführer.(39) Le respondí que como ciudadano finlandés no tenía ninguna intención de ponerme al servicio de Alemania; añadí que consideraba Holanda como mi segunda patria, y que estaba profundamente indignado por lo que había ocurrido. «Lo mejor, afirmé, es que me vaya a Finlandia con mi familia». A lo que Himmler respondió muy enojado: «Muy pronto Finlandia formará parte del Gran Reich germánico. Para nosotros solo hay dos clases de hombres, los alemanes […] y los traidores. Los ingleses y los holandeses están incluidos ahora entre los traidores».[51]

 

Pero Himmler se guarda otro as en la manga.

 

Me aseguró que no quería presionarme, pero que tenía informaciones sobre mis suegros que podían ser peligrosas para ellos,(40) y que nadie podía protegerlos mejor que yo, si seguía atendiéndolo. De este modo podía asegurarme de que no les pasaría nada. Entendí lo que quería decir con esto.[52]

 

Realmente es fácil de entender: ¡se trata de un chantaje descarado! A Kersten no le queda más remedio que ceder: «Vi claramente que me tenía en sus manos. Las circunstancias de la guerra me habían atado a un hombre que, después de Hitler, pasaba por ser el más poderoso, y también el más peligroso».[53] Nada más cierto.