Escribir historias es, en esencia, jugar. Quizá el trabajo se infiltre cuando el escritor decide ponerse en serio, pero el proceso empieza casi siempre con un simple fingimiento. El principio de toda historia es un «¿Qué pasaría si…?», y luego uno se sienta al teclado para descubrir dónde lo lleva esa incógnita. Requiere un toque delicado, una mente abierta y un corazón lleno de esperanza.
Hace cuatro o cinco años —no lo recuerdo muy bien, pero debió de ser mientras aún estaba trabajando en la trilogía de Bill Hodges—, empecé a jugar con la idea de una Pandora moderna. Recordaréis que Pandora era la niñita espabilada que recibió una caja mágica y cuando su dichosa curiosidad, la maldición de la especie humana, la llevó a abrirla, salieron volando de ella todos los males del mundo. Me pregunté: ¿qué pasaría si una niña moderna recibiera una caja como esa, entregada no por Zeus sino por un misterioso desconocido?
La idea me fascinó e hizo que me sentara a escribir una historia titulada La caja de botones de Gwendy. Si me preguntáis de dónde salió el nombre de Gwendy, no podría daros más detalles que si me preguntarais cuándo escribí exactamente las veinte o treinta páginas originales. Quizá estuviera pensando en Wendy Darling, la amiga de Peter Pan, o en Gwyneth Paltrow. O puede que me viniera a la cabeza sin más, como ocurrió con el nombre de John Rainbird en Ojos de fuego. En todo caso, había visualizado una caja con botones de colores, uno por cada gran masa terrestre del planeta. Si se pulsaba cualquiera de ellos, sucedía algo terrible en el continente que le correspondía. Añadí un botón negro que lo destruiría todo y, para mantener interesada a la propietaria de la caja, unas pequeñas palancas a los lados que hacían salir de la caja unos premios adictivos.
Es posible que también tuviera en mente mi relato preferido de Fredric Brown, El arma, de 1953. En ese relato, un científico que colabora en el desarrollo de una superbomba abre la puerta de noche a un desconocido que le suplica que deje de trabajar en ella. El científico tiene un hijo del que hoy en día diríamos que padece una discapacidad psíquica. Cuando el visitante se marcha, el científico ve que su hijo está jugando con un arma de fuego cargada. La última frase del relato es: «Solo un loco daría un revólver cargado a un débil mental».
La caja de botones que tiene Gwendy es ese revólver cargado y, aunque ella dista mucho de ser débil mental, es solo una niña, por el amor de Dios. ¿Qué haría Gwendy con esa caja?, me pregunté. ¿Cuánto tardaría en volverse adicta a los premios que iba sacando de ella? ¿En qué momento cedería a la curiosidad y pulsaría algún botón para ver lo que pasaba? (Lo que pasó fue el suicidio en masa de Jonestown). ¿Sería posible que empezara a obsesionarse con el botón negro, el que lo destruye todo? ¿Podría la historia terminar con Gwendy, quizá después de un día de perros, apretando el botón y provocando el apocalipsis? ¿Tan descabellado sería ese final, en un mundo donde existe la suficiente potencia de fuego nuclear para arrasar toda la vida del planeta durante miles de años? ¿Donde, queramos reconocerlo o no, algunas personas con acceso a esas armas no están muy en sus cabales?
La historia fluía bien al principio, pero entonces empecé a perder fuelle. No suele pasarme muy a menudo, pero es cierto que ocurre de vez en cuando. Debo de tener unas dos docenas de relatos sin terminar y un mínimo de dos novelas que me dejaron en la estacada. O quizá las dejé yo a ellas. Creo que sucedió cuando Gwendy se plantea cómo evitar que sus padres encuentren la caja. Empezó a parecerme todo demasiado complicado, y lo peor fue que no sabía lo que iba a suceder a continuación. Dejé de trabajar en esa historia y me puse con otra cosa.
Pasó el tiempo, tal vez dos años, tal vez un poco más. De vez en cuando pensaba en Gwendy y en su peligrosa caja mágica, pero no se me ocurrían ideas nuevas, así que la historia permaneció en el escritorio del ordenador de mi despacho, relegada a la esquina inferior derecha de la pantalla. No borrada, pero sin duda desterrada.
Y entonces, un día recibí un correo de Rich Chizmar, creador y editor de Cemetery Dance y autor de unos excelentes relatos breves en el género del horror fantástico. Me propuso —creo que hablando por hablar, sin muchas expectativas de obtener un sí por respuesta— que escribiera algo con él a cuatro manos en algún momento, o participar en una rueda de escritura, que consiste en que un grupo de autores cree una historia conjunta trabajando en ella por turnos. La idea de la rueda de escritura no me atraía mucho, porque el resultado rara vez es interesante. En cambio, la propuesta de colaborar con él me llamó la atención. Conocía la obra de Rich y sabía lo bien que se le dan los pueblos pequeños y la vida de clase media en urbanizaciones de las afueras. Evoca sin esfuerzo las barbacoas de patio trasero, los niños en bicicleta, las visitas a la gran superficie comercial, las familias comiendo palomitas delante de la tele…, y entonces desgarra ese ambiente introduciendo un elemento sobrenatural y un punto de horror. Rich escribe historias en las que la buena vida de pronto se vuelve brutal. Se me ocurrió que, si existía alguien capaz de terminar la historia de Gwendy, ese alguien era él. Y debo reconocer que sentí curiosidad.
En pocas palabras, hizo un trabajo magnífico. Yo reescribí parte de su material, él reescribió parte del mío y al final publicamos una pequeña joya. Siempre le agradeceré que salvara a Gwendy de padecer una agonía prolongada en la esquina inferior derecha de mi pantalla de ordenador.
Cuando, más adelante, Rich me insinuó que la historia de Gwendy podría no terminar ahí, me descubrí sintiéndome interesado pero no convencido del todo. ¿De qué trataría la siguiente historia? Quería saberlo. Rich me sugirió que Gwendy, ya adulta, podría salir elegida en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, y que entonces tal vez la caja de botones reapareciera en su vida… junto con su misterioso propietario, el hombre del pequeño sombrero negro.
Cuando una historia encaja, lo sabes, y aquella idea era tan perfecta que hasta me dio envidia. Tampoco mucha, pero admito que un poco sí. El puesto de poder que ocuparía Gwendy en la maquinaria política era un estupendo reflejo de la caja de botones. Respondí a Rich que sonaba bien y que adelante con la secuela. Siendo sinceros, lo más seguro es que le hubiera dicho lo mismo si me hubiera propuesto una historia en la que Gwendy se hacía astronauta, cruzaba una fisura en el espaciotiempo y terminaba en otra galaxia, porque Gwendy pertenece a Rich tanto como a mí. Podría decirse que incluso más, porque, sin su intervención, Gwendy no existiría en absoluto.
En la historia que estáis a punto de empezar, afortunados lectores, Rich hace gala de sus formidables habilidades. Transmite a la perfección la atmósfera de Castle Rock, y las personas normales y corrientes que habitan el pueblo son como las que podrías cruzarte andando por la calle. Conocemos a esas personas, y en consecuencia nos importan. Y también nos importa Gwendy. A decir verdad, en cierto modo me enamoré de ella, y estoy entusiasmado con su regreso.
STEPHEN KING
17 de mayo de 2019

El jueves 16 de diciembre de 1999, Gwendy Peterson despierta antes del alba, se viste con varias capas de ropa para resguardarse del frío y sale a correr.
Antes cojeaba un poco por una herida en el pie derecho, pero seis meses de fisioterapia y unas suelas ortopédicas en sus deportivas New Balance favoritas resolvieron ese problemilla. Ahora corre tres o cuatro veces por semana, a ser posible al amanecer, mientras la ciudad apenas empieza a desperezarse.
Han sucedido muchísimas cosas en los quince años transcurridos desde que Gwendy se graduó en la Universidad de Brown y se mudó desde su pueblo natal de Castle Rock, Maine, pero habrá tiempo de sobra para contar esa historia. De momento, sigamos con ella mientras cruza la ciudad.
Tras estirar los músculos de las piernas apoyándolas en los peldaños de hormigón del adosado donde vive de alquiler, Gwendy baja al trote por la calle Novena, marcando un ritmo firme con los pies contra la sal de la calzada hasta llegar a la avenida Pensilvania. Da un giro cerrado a la izquierda y deja atrás el Monumento a la Armada y la Galería Nacional de Arte. Incluso en pleno invierno, los museos están bien iluminados y las vías peatonales de grava y asfalto libres de nieve gracias al dinero del contribuyente.
Gwendy aumenta un poco el ritmo al llegar a la Explanada Nacional, sintiendo los pies ligeros y la potencia de sus piernas. La coleta le asoma por debajo del gorro y roza con la espalda de la sudadera a cada pisada. Corre en paralelo al estanque reflectante del Monumento a Lincoln, añorando las familias de patos y otras aves que tienen allí su hogar en los meses cálidos del verano, en dirección a la sombra que proyecta el obelisco del Monumento a Washington. Toma el camino iluminado, traza un amplio círculo en torno a la famosa construcción y sigue en dirección este hacia el Capitolio. Los edificios del Smithsonian se alzan a ambos lados de la inmensa avenida ajardinada y recuerdan a Gwendy la primera vez que visitó Washington D. C.
Fue en verano, teniendo diez años, y Gwendy pasó tres largos y sudorosos días con sus padres explorando la ciudad de sol a sol. Por la noche caían rendidos en sus camas del hotel y pedían la cena al servicio de habitaciones, un lujo inaudito para la familia Peterson, porque estaban demasiado agotados para ducharse y salir a un restaurante. La última mañana de su estancia, el padre de Gwendy sorprendió a la familia con una gira en bicitaxi. Se apretujaron los tres en la parte trasera de la cabina, y tomaron cucuruchos de helado y rieron mientras el guía turístico los llevaba pedaleando por toda la larga franja verde del centro de la ciudad.
Ni en un millón de años habría soñado Gwendy que algún día iba a vivir y trabajar en la capital de la nación. Si alguien le hubiera preguntado si lo veía probable solo dieciocho meses antes, habría respondido con un rotundo no. Qué cosas tiene la vida, piensa mientras ataja por un sendero de grava de vuelta hacia la calle Novena. Está llena de sorpresas, y no todas agradables.
Con la Explanada Nacional a su espalda, Gwendy se llena los pulmones de aire gélido y aprieta el paso para la última etapa hacia casa. Las calles ya han cobrado vida y están rebosantes de empleados madrugadores, personas sin hogar que salen de sus cajas de cartón y el estruendo de los camiones de la basura haciendo la ronda. Gwendy atisba las luces navideñas de colores en la ventana del saliente de su edificio y acelera hasta esprintar. Su vecino de la acera de enfrente levanta una mano y la llama, pero Gwendy ni lo ve ni lo oye. Sus piernas se doblan con fluida elegancia y fuerza, pero su mente está muy lejos en esa fría mañana de diciembre.
Hasta con el pelo mojado y apenas una pizca de maquillaje en la cara, Gwendy es una preciosidad. De pie al fondo de un ascensor atestado, no deja de atraer miradas de admiración, acompañadas de unas cuantas de pura envidia. Si su vieja amiga Olive Kepnes siguiera con vida —Gwendy sigue pensando en ella casi a diario incluso después de tantos años—, le diría que está como un queso y medio. Y tendría razón.
Vestida con pantalón gris, blusa blanca de seda y zapatos de tacón bajo sin cordones, lo que su madre llamaría un calzado razonable, Gwendy aparenta diez años menos que los treinta y siete que en realidad tiene. Se enzarzaría en una acalorada discusión con cualquiera que se lo comentase, pero no lograría convencer a nadie. Es la verdad pura y dura.
Suena la campanilla del ascensor y las puertas se abren al vestíbulo de la segunda planta. Gwendy y otras dos personas salen de lado entre la multitud y se unen a un grupo de empleados que hacen cola ante un control de seguridad. Un guardia corpulento con placa y pistola se alza en el acceso escaneando tarjetas de identificación. Hay otra vigilante joven unos metros detrás de él, atenta a una pantalla de vídeo mientras los empleados pasan entre los listones de un detector de metales.
Cuando llega el turno de Gwendy, saca una insignia plastificada de su bolso de cuero estilo talega y se la entrega al guardia.
—Buenos días, congresista Peterson. ¿Le espera una mañana ajetreada?
El guardia escanea el código de barras y le devuelve la tarjeta con una sonrisa amistosa.
—Todas lo son, Harold. —Gwendy le guiña un ojo—. Ya lo sabes.
La sonrisa de Harold se ensancha y deja a la vista un par de incisivos con fundas de oro.
—Le guardo el secreto, no se preocupe.
Gwendy ríe y sigue adelante. Le llega la voz del guardia a su espalda:
—Dele recuerdos a ese marido suyo.
Ella mira hacia atrás mientras se recoloca el bolso en el hombro.
—De tu parte. Espero que vuelva antes de Navidad.
—Si Dios quiere —responde Harold, santiguándose. Luego se vuelve hacia la cola y escanea la siguiente tarjeta—. Buenos días, congresista.
El despacho de Gwendy es espacioso y parco en estorbos. Las paredes están pintadas de un amarillo suave y adornadas con un mapa del estado de Maine, un espejo con marco de plata y una medalla de la Universidad de Brown. La brillante y cálida iluminación cae sobre un escritorio de caoba en el centro de la pared opuesta a la puerta. Sobre su superficie reposan un flexo, un teléfono, una agenda, un ordenador con su teclado y varias pilas de papeles. El otro lado del despacho está ocupado por un sofá de cuero oscuro, con una mesita baja enfrente cubierta por revistas dispuestas en abanico y otra mesa con una cafetera a un lado. En la esquina del fondo hay un archivador de tres cajones y una pequeña estantería llena de ediciones en tapa dura, recuerdos diversos y marcos de fotos. En la primera de las dos fotos más grandes aparece una morena y sonriente Gwendy del brazo de un atractivo hombre con barba, en el desfile del Cuatro de Julio en Castle Rock dos años antes. La segunda es de una Gwendy mucho más joven, acompañada por sus padres en la base del Monumento a Washington.
Gwendy está sentada a su mesa, con la barbilla apoyada en las manos entrelazadas y la mirada fija en la fotografía familiar en vez de en el informe que descansa abierto delante de ella. Al cabo de un momento, suspira, cierra la carpeta y la aparta a un lado.
Una ráfaga de pulsaciones en el teclado hace que el ordenador abra su cuenta de correo electrónico. Su mirada recorre las decenas de mensajes sin leer antes de detenerse en un correo de su madre, recibido hace solo diez minutos. Gwendy hace doble clic en él y la pantalla del monitor se llena con una noticia de periódico escaneada digitalmente.
La Voz de Castle Rock
Edición del jueves, 16 de diciembre de 1999
SIGUE SIN HABER NI RASTRO DE LAS DOS CHICAS DESAPARECIDAS
A pesar de la búsqueda iniciada por todo el condado y de las docenas de llamadas de ciudadanos preocupados, no se ha producido ningún progreso en el caso de las dos chicas secuestradas en el condado de Castle.
La víctima más reciente, Carla Hoffman, de quince años, desapareció de su dormitorio en el domicilio familiar de Juniper Lane el martes 14 de diciembre. Poco después de las seis de la tarde, su hermano mayor cruzó la calle para visitar a un compañero de clase. Cuando regresó, no más de quince minutos más tarde, encontró la puerta trasera forzada y su hermana había desaparecido.
Norris Ridgewick, sheriff de Castle Rock, declaró: «Trabajamos sin descanso para encontrar a las chicas. Hemos traído a agentes de los pueblos colindantes y estamos organizando más búsquedas».
Rhonda Tomlinson, de catorce años, desapareció de camino a su casa en la cercana Bridgton la tarde del martes 7 de diciembre…
Gwendy frunce el ceño ante la pantalla del ordenador. Ya ha leído suficiente. Cierra el correo y empieza a apartar la mirada, pero titubea. Teclea para pasar a la carpeta de «mensajes guardados» y va pulsando el botón de la flecha hacia abajo del teclado para moverse entre ellos. Tras lo que parece una eternidad, se detiene en otro correo de su madre, con fecha del 19 de noviembre de 1998. El asunto es: «¡enhorabuena!».
Lo abre y hace doble clic en un enlace. En el centro del monitor se abre una ventana pequeña y oscura con las palabras «Buenos días, Boston», que dan paso a un vídeo en baja resolución. La sintonía del programa Buenos días, Boston suena atronadora en los altavoces del ordenador y Gwendy se apresura a bajar el volumen.
En pantalla aparecen Gwendy y la popular presentadora del programa matinal, Della Cavanaugh, sentadas una frente a la otra en sillas de cuero de respaldo recto. Ambas tienen las piernas cruzadas y llevan pequeños micrófonos sujetos a la solapa de la chaqueta. Por la franja superior de la pantalla circula el titular: el triunfo de una chica de la zona.
Gwendy se crispa al oír su propia voz en el vídeo, pero no lo detiene. En vez de eso, reajusta el volumen, se reclina en la silla y se ve a sí misma entrevistada, recordando lo extraño y perturbador que fue contar la historia de su vida ante miles de desconocidos.
Tras graduarse en la Universidad de Brown en la primavera de 1984, Gwendy pasa el verano trabajando a media jornada en Castle Rock antes de empezar en el Taller de Escritura de Iowa a principios de septiembre. Durante los siguientes tres meses, se centra en las clases y comienza a escribir los primeros capítulos de la que será su primera novela, un drama familiar a lo largo de varias generaciones ambientado en Bangor.
Al terminar el taller, vuelve a Castle Rock para pasar las Navidades en casa, se hace un minúsculo tatuaje de una pluma al lado de la cicatriz del pie derecho —hablaremos pronto de esa pluma— y empieza a buscar trabajo a jornada completa. Recibe varias ofertas interesantes y tarda poco en decidirse por una joven y dinámica agencia de publicidad y relaciones públicas en la cercana Portland.
A finales de enero de 1985, el señor Peterson conduce por la interestatal tras los pasos de Gwendy, tirando de un remolque U-Haul lleno de muebles de segunda mano, cajas de cartón atiborradas de ropa y más zapatos de los que debería poseer nadie, y ayuda a su hija a mudarse a un apartamento alquilado en el primer piso de un edificio del centro de la ciudad.
Gwendy empieza a trabajar la semana siguiente. Enseguida demuestra ser una publicista nata y, durante los siguientes dieciocho meses, obtiene un par de ascensos. Al año y medio de entrar en la empresa ya está viajando por toda la costa este para reunirse con clientes importantes y aparece en los membretes del papel corporativo como gestora ejecutiva de cuentas.
A pesar del frenético ritmo de trabajo, la novela sin terminar nunca se aleja de los pensamientos de Gwendy. Fantasea con ella a todas horas y procura dedicarle hasta el último resquicio de tiempo libre que puede reunir: vuelos largos, fines de semana, la esporádica nevada y alguna noche entre semana de vez en cuando, si no hay demasiado trabajo.
Durante una fiesta de empresa en diciembre de 1987, el jefe de Gwendy le presenta a un viejo amigo suyo de la universidad y, en la subsiguiente charla cordial, menciona que su empleada estrella no solo es una gestora de cuentas de primera clase, sino también una aspirante a escritora. El viejo amigo resulta estar casado con una agente literaria, así que llama a su esposa para presentarle a Gwendy. La agente, aliviada por tener a otra aficionada a los libros con quien hablar, no tarda en hacer buenas migas con ella y, al final de la velada, convence a la autora en ciernes de que le envíe las primeras cincuenta páginas de su manuscrito.
A mediados de la segunda semana de enero, una tarde Gwendy se sorprende cuando suena el teléfono y la agente literaria le pregunta por esas primeras cincuenta páginas. Gwendy le explica a la agente que creía que se las había pedido por cortesía, y que no quiere añadir otro libro imposible de publicar a su pila de manuscritos por leer. La agente le asegura a Gwendy que jamás habla por cortesía en lo relativo a su material de lectura e insiste en recibir las páginas cuanto antes. Así que ese mismo día Gwendy imprime los primeros tres capítulos de su novela, los mete en un sobre de FedEx de entrega a la mañana siguiente y los envía. Dos días después, la agente vuelve a llamarla y le pide el resto del manuscrito.
Solo hay un problema: Gwendy no ha terminado de escribir la novela.
En vez de confesárselo a la agente literaria, por primera vez en su carrera Gwendy se toma libre el día siguiente, un viernes, y dedica el fin de semana largo a beber Pepsi Light y dejarse los dedos escribiendo para completar la última media docena de capítulos. El lunes, en el descanso para comer, imprime las casi trescientas páginas restantes del libro y las envía en una caja de FedEx.
Varios días más tarde, la agente llama por teléfono y se ofrece a representar a Gwendy. Y el resto, como suele decirse, es historia.
En abril de 1990 se publica en tapa dura la primera novela de la autora de veintiocho años Gwendy Peterson, titulada El verano de la libélula, aclamada por la crítica pero con unas ventas no demasiado espectaculares. A los pocos meses, el libro gana el prestigioso premio Robert Frost, concedido cada año a «una obra escrita de mérito ejemplar» por la Sociedad Literaria de Nueva Inglaterra. El galardón sirve para vender quizá, siendo optimistas, unos centenares de ejemplares adicionales y para mencionarlo en la cubierta de la edición de bolsillo. En otras palabras, a Gwendy no le supone una gran fortuna en la cuenta bancaria.
Pero eso tarda poco en cambiar cuando el siguiente otoño se publica la segunda novela de Gwendy, un thriller ambientado en un barrio residencial titulado Vigilancia nocturna. Las reseñas entusiastas y un fuerte boca a boca entre lectores catapultan el libro durante cuatro semanas consecutivas a la lista de más vendidos del New York Times, donde se acomoda entre los superventas más recientes de Sidney Sheldon, Anne Rice y John Grisham.
En 1993 se publica la tercera y más ambiciosa novela escrita por Gwendy, Un beso en la penumbra, un grueso thriller de seiscientas páginas ambientado en un crucero. El libro proporciona a Gwendy un viaje de vuelta a las listas de ventas, durante seis semanas en esa ocasión, y poco después, justo a tiempo para la campaña navideña, se estrena en la gran pantalla la adaptación de Vigilancia nocturna, protagonizada por Nicolas Cage en el papel del marido cornudo.
Llegado ese punto en su carrera, Gwendy está en condiciones de saltar a la primera división de la industria del entretenimiento. Su agente prevé una oferta de siete cifras en la subasta de su siguiente libro, y tanto El verano de la libélula como Un beso en la penumbra están en plena preproducción como adaptaciones de importantes estudios cinematográficos. Lo único que tiene que hacer Gwendy es mantenerse firme, como le gusta decir a su padre.
Pero ella sorprende a todo el mundo cambiando de rumbo.
Un beso en la penumbra está dedicado a un hombre llamado Johnathon Riordan. Unos años antes, cuando Gwendy empezaba a trabajar en la agencia publicitaria, Johnathon se hizo cargo de ella y le enseñó el oficio. En vez de considerarla su competencia directa, sobre todo por ser solo tres años mayor que ella, Johnathon se hizo amigo de Gwendy y con el tiempo pasó a ser su mayor aliado, tanto en la oficina como fuera. Cuando Gwendy se dejó las llaves dentro del coche cerrado por segundo día consecutivo, ¿a quién pidió ayuda? A Johnathon. Cuando estaba muy necesitada de consejos sentimentales, ¿a quién recurrió? A Johnathon. Al salir del trabajo, pasaban juntos innumerables tardes cenando comida china directamente de la caja de cartón y viendo comedias románticas en el apartamento de Gwendy. Cuando Gwendy vendió su ópera prima, Johnathon fue la primera persona que lo supo, y cuando firmó libros por primera vez, él estaba el primero de la cola en la librería. Fueron haciéndose cada vez más íntimos y Johnathon se convirtió en el hermano mayor que Gwendy nunca tuvo pero siempre quiso. Entonces él enfermó. Y nueve meses más tarde, había fallecido.
Eso fue lo que provocó la sorpresa.
La muerte por SIDA de su mejor amigo inspira a Gwendy para dejar la agencia de publicidad y dedicar los siguientes ocho meses a escribir la inspiradora biografía de Johnathon, un joven gay caído en trágicas circunstancias. Al terminar, sin haberse sobrepuesto aún al pesar, se dedica en cuerpo y alma a dirigir un documental basado en la historia de Johnathon.
Su familia y sus amigos se sorprenden, pero tampoco se escandalizan. La mayoría parece justificar su reciente arrebato con la sencilla y trillada explicación de que Gwendy está haciendo de Gwendy, nada más. Su agente nunca llega a decirlo en voz alta, porque sería insensible y miserable por su parte, pero está muy decepcionada. Gwendy estaba encarada a la perfección hacia el estrellato y había dado un volantazo para afrontar un tema tan controvertido e indecoroso como la epidemia del SIDA.
Pero a ella le da igual. Alguien importante le dijo en una ocasión: «Aún te quedan muchas cosas que contarle al mundo… y el mundo escuchará». Y Gwendy Peterson cree que estaba en lo cierto.
Ojos cerrados: la historia de Johnathon sale publicado el verano de 1994. La biografía cosecha reseñas favorables en Publishers Weekly y Rolling Stone, pero las ventas no acompañan en las grandes cadenas nacionales de librerías. A finales de agosto, el libro queda relegado a la sección de ofertas en la mayoría de los establecimientos.
Al documental, basado en el libro y con un título parecido, le espera un destino muy distinto. Se estrena al poco de publicarse el libro, congrega un público numeroso en los festivales y termina ganando un Oscar a mejor documental. Casi cincuenta millones de espectadores ven a Gwendy dar su discurso de agradecimiento entre lágrimas. Gwendy dedica la mayor parte de los meses siguientes a conceder entrevistas a publicaciones de tirada nacional y aparecer en distintos programas matutinos y nocturnos. Su agente no cabe en sí de alegría. Su representada vuelve a estar en la cresta de la ola y más cotizada que nunca.
Gwendy conoce a Ryan Brown, un fotógrafo profesional procedente de Andover, Massachusetts, en el rodaje del documental Ojos cerrados. Enseguida entablan una amistad que, en un giro de los acontecimientos inesperado para ambos, se convierte en relación romántica.
Una despejada mañana de noviembre, haciendo senderismo por la orilla del río Royal cerca de Castle Rock, Ryan saca un anillo de diamantes de su mochila, hinca una rodilla y le pide matrimonio. Gwendy, con la cara surcada de lágrimas y moco, se queda tan patidifusa que no le salen las palabras. Así que Ryan, siempre tan comprensivo, cambia de rodilla y se lo pide de nuevo: «Sé lo mucho que te gustan las sorpresas, Gwennie. Venga, ¿qué me dices? ¿Quieres que pasemos el resto de nuestras vidas juntos?». En esa ocasión, Gwendy logra responder.
Se casan el año siguiente en la iglesia a la que acude la familia de Gwendy, en el centro de Castle Rock. Celebran el convite en Castle Inn y, aunque el hermano pequeño de Ryan bebe un poco de más y se fractura un tobillo en la pista de baile, la celebración es todo un éxito. Los consuegros hacen buenas migas por su admiración común hacia las novelas de vaqueros de Louis L’Amour, y las consuegras se pasan el día entero soltando risitas como si fuesen hermanas. Casi todo el mundo predice que, ahora que Gwendy está casada, sentará la cabeza y se concentrará en escribir novelas de nuevo.
Pero a Gwendy Peterson le encantan las sorpresas y todavía le queda una en la recámara.
Enfurecida y frustrada por el trato cruel y discriminatorio que siguen recibiendo muchas víctimas del SIDA, indignada sobre todo por la reciente votación del Congreso en contra de levantar el veto inmigratorio a los aquejados de VIH aunque existen más de dos millones y medio de casos confirmados en el planeta, Gwendy decide emprender una carrera política, apoyada por su marido.
Sobra decir que a su agente no le hace ninguna gracia.
Gwendy se entrega por completo a hacer campaña a la vieja usanza, de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, y sus esfuerzos tardan poco en dar fruto. Se presenta una oleada de voluntarios sin precedentes, y las primeras recaudaciones de fondos superan todas las expectativas. En palabras de un infame y mordaz comentarista político, «Peterson, con su inagotable carisma y una energía que no parece tener fin, no solo ha logrado atraer el voto joven y el indeciso, sino que también se las ha ingeniado para movilizar al sector abstencionista. Y eso, en un estado tan tradicional como Maine, podría ser muy bien la clave del éxito en las elecciones de otoño».
Resulta que el comentarista acierta de pleno. En noviembre de 1998, por un margen que no llega a los cuatro mil votos, Gwendy Peterson desaloja al republicano James Leonard de su puesto en la Cámara de Representantes por el Primer Distrito Congresual del Estado de Maine. El mes siguiente, pocos días antes de Navidad, Gwendy se muda a Washington D. C.
Y esa es la historia de cómo, transcurridos once meses y ocho días de la legislatura bienal del Congreso, encontramos a Gwendy diseminando su «ideología idealista» (como la llamó Fox News en el noticiario de anoche) entre todo aquel que quiera escucharla y soportando que se refieran a ella (con un desdén no demasiado sutil) como la Congresista Superestrella.
El intercomunicador del escritorio da un zumbido y arranca a Gwendy de su máquina del tiempo. Gwendy lleva las manos al teclado, cierra la ventana de vídeo en la pantalla del ordenador y pulsa el botón con luz intermitente del teléfono.
—¿Sí?
—Siento molestarla, pero tiene una reunión del Comité de Normas y Registros dentro de siete minutos.
—Gracias, Bea, voy enseguida.
Gwendy mira incrédula su reloj de pulsera. Madre mía, llevabas cuarenta y cinco minutos en Babia. ¿Se puede saber qué te pasa? Es una pregunta que se hace muy a menudo últimamente. Coge dos carpetas de papel manila de la parte superior de un montón y sale a toda prisa del despacho.
