Introducción

Todos creemos saber de qué hablamos cuando nos referimos a «brujas» o a «caza de brujas». Pero pocos sabrían ubicar temporal y geográficamente este hecho histórico que, en contra de la creencia popular, no tuvo lugar en la Edad Media. Y no, no fue en España donde más víctimas se cobró; de hecho, el número de víctimas en nuestro país fue irrisorio comparado con el de los países centroeuropeos. Tampoco anda acertado el saber popular a la hora de apuntar a la Inquisición como principal ejecutora de esta locura; no solo no fue así, sino que en muchos casos esta institución puso freno a los desmanes de jueces laicos y tribunales populares. Respecto a la magnitud de esta barbarie tampoco hay consenso, pero, aunque se llegó a elevar la cifra de víctimas a millones, una cantidad más cercana a la realidad estaría en torno a sesenta mil víctimas mortales, la mayoría de ellas mujeres; en esto sí acierta el saber popular, aunque el número de condenados varones no fue despreciable. En cualquier caso, aunque el total de víctimas no llegara a las cien mil a lo largo de tres siglos, su efecto debió de ser aterrador, muchísimo mayor que el de los más sangrientos ataques terroristas de nuestra época.

Aunque la caza de brujas alcanzó su punto álgido al comienzo de la Edad Moderna, había empezado a prepararse muchos siglos antes, a lo largo de los cuales se fue asociando a las mujeres con los demonios, judíos y herejes. Al mismo tiempo se fue cociendo a fuego lento una misoginia que enraizó en lo más profundo de la sociedad y convirtió a las mujeres en las enemigas, en la boca del infierno, la hermosa podredumbre.

Y, cuando terminó la Edad Media, también llamada Edad Oscura, llegaron los tiempos terribles para las mujeres anunciados por El martillo de las brujas, que convirtió la religión del dios del amor en la del dios del terror. Las mentes calenturientas y obsesas de los jueces hicieron de los aquelarres conventículos donde se celebraban orgías sexuales y banquetes caníbales, a la vez que se rendía pleitesía al Diablo con el ósculo infame. Mientras tanto, nacía y crecía en España la Inquisición. Ese monstruo, que corrompió el país con la cultura de la delación, fue el único capaz de detener la locura de la caza de brujas que arrasó Europa de Sicilia a Finlandia y de Rusia a Escocia, dejando a España como una isla que salió casi indemne. Alemania fue el epicentro del terremoto; las zonas montañosas como los Pirineos y los Alpes, sus principales réplicas. La locura entró en los conventos y endemonió a las monjas, llegó a las cortes y trató de envenenar a los reyes, atravesó el océano y eclosionó en la bahía de Massachusetts. Pero la fama de la Inquisición española como principal responsable de la quema de brujas siguió en pie, inasequible a la verdad.

Hoy la verdad sobre las brujas del siglo XX permanece oculta porque nadie quiere enfrentarse a ella, a pesar de que en la segunda mitad del siglo pasado murieron más brujas solo en Tanzania que en toda Europa en la Edad Moderna. La justicia popular que linchó a la tía Casca en un pueblo de Aragón a mediados del siglo XIX sigue cobrándose la vida de mujeres africanas y asiáticas. Nadie oyó las voces de las brujas europeas de la Edad Moderna pidiendo auxilio y nadie registró sus historias. En memoria de todas ellas, no dejemos que la locura siga asesinando mujeres en África, Latinoamérica y el Sudeste Asiático.

Preparando el camino

PREPARANDO EL CAMINO

1. Diosas de la noche y hechiceras

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Diosas de la noche y hechiceras

En los antiguos pueblos indoeuropeos el sol era el principio de la vida, y la luna presidía la noche y amparaba a los muertos. Durante el día fluía la vida, y durante la noche esta se paralizaba y reinaba la muerte. El sol y el día se asociaron al bien y se relacionaron con lo masculino, mientras que la luna se convirtió en sinónimo de la noche, el mal, la menstruación y las mujeres. De esta forma, a lo largo de milenios fueron sentándose las bases para que en las civilizaciones posteriores los espíritus maléficos tuvieran un gran componente femenino. Estas asociaciones fueron recogidas de manera exhaustiva por el historiador alemán Johann Jakob Bachofen a mediados de siglo XIX en su obra El matriarcado.

Cuando las civilizaciones se fueron haciendo más complejas y se desarrollaron sistemas de creencias en seres superiores cada vez más elaborados, surgieron las religiones, en las que los dioses eran la imagen del bien, mientras que otros seres, como diablos o demonios, personificaban el mal. En las religiones politeístas como la sumeria o grecolatina, los dioses también estaban sujetos al poder del mal. De hecho, todos estaban sometidos en su mayoría a las leyes que regían el mundo físico y moral de los seres humanos, y en la parte oscura de las panoplias de dioses solía haber una mayor presencia de lo femenino.

SELENE, HÉCATE Y DIANA

Tal es el caso de las deidades de la mitología griega Selene, diosa de la luna, y Hécate, la soberana de las almas de los muertos. Estas diosas, que habitaban las tumbas y durante las noches claras surgían en las encrucijadas junto con un cortejo de perros que aullaban pavorosamente, son las que aparecen en los Idilios del poeta griego Teócrito (310-circa 260 a.C.). En casos de locura se pedía auxilio a Hécate porque se pensaba que esta enfermedad era causada por las almas de los muertos. La relación de las diosas con la luna y la locura dio lugar al término «lunático». En la mitología romana esta figura la encarna Diana, diosa que, según algunos historiadores, continuó siendo adorada por las brujas más de un milenio después de la desaparición del Imperio romano, como su maestra y guía.

Hécate, Selene y Diana no son las únicas diosas de la muerte; las encontramos prácticamente en todas las mitologías. La diosa sumeria Ereshkigal posee poderes similares a los de Hécate, lo que no es de extrañar dado que esta está inspirada en ella. Freyja, o Vanadis, de la mitología nórdica, es la diosa del amor, la belleza y la fertilidad, pero también de la guerra, la muerte y la magia. Kali, la esposa de Shiva, es la diosa de la oscuridad en la mitología hindú (inspiradora de la famosa imagen de Mick Jagger, de los Rolling Stones, sacando la lengua), Itzpapálotl es la diosa madre de la guerra, de los sacrificios humanos, patrona de la muerte, bruja y maga en la cultura chichimeca del centro de México, e Izanami no mikoto es la diosa de la creación y de la muerte en la mitología japonesa y en el sintoísmo.

En la literatura griega las diosas Selene y Hécate son invocadas por las hechiceras Medea y Circe, las cuales no se limitan a rendirles culto, sino que realizan actos de magia para alcanzar sus fines. De manera similar, la diosa romana de la noche, Diana, es invocada por la hechicera Canidia en la obra del poeta Horacio (65-8 a.C.):

¡Oh confidente de mis actos, noche y Diana, tú que reinas sobre el silencio, cuando se realizan los ritos secretos, ahora, ahora mismo vuelca sobre las casas enemigas vuestra ira y vuestra divina voluntad![1]

Para el escritor romano Ovidio (43 a.C.-17 d.C.) el mal tenía como escenario la noche, como hace decir a Medea en su Metamorfosis:

¡Oh Noche, fiel confidente de los más profundos secretos! ¡Astros y Luna que con vuestra luz suplís la luz del día! ¡Y vos, oh triple Hécate, a quien yo confío todos mis proyectos y de quien siempre he recibido protección! ¡Encantos, artes mágicas, hierbas y plantas cuya virtud es tan poderosa; aire, vientos, montañas, ríos, lagos, dioses de los prados, dioses de la noche, acudid todos en mi ayuda![2]

Quizá la más terrorífica invocación a la reina de la noche, que según el antropólogo español Julio Caro Baroja iba dirigida a Hécate, es la que recoge el escritor Hipólito en su Philosophumena, obra atribuida durante siglos al patriarca Orígenes:

Ven infernal terrestre y celeste (triforme) Bombo, diosa de los trivios, guiadora de la luz, reina de la noche, enemiga del sol, amiga y compañera de las tinieblas, tú que te alegras con el ladrido de los perros y con la sangre derramada y andas errante en la oscuridad cerca de los sepulcros, sedienta de sangre, terror de los mortales, Gorgo, Mormo, luna de mil formas ampara mi sacrificio.[3]

Según Menéndez Pelayo, esta invocación fue la inspiración de las brujas españolas del siglo XV,[4] pero no parece probable que las comadres de Celestina fueran tan leídas.

¿Hay diferencias sustanciales entre estas diosas de la noche y las hechiceras que las invocan? Más aún, ¿en qué se diferencian religión y magia? Aunque los límites entre ambas resultan a veces difusos, según Caro Baroja, en las religiones se adoraba a los dioses, mientras que las magias tenían un carácter más utilitario: magia era la respuesta del ser humano a una serie de aspiraciones o necesidades. Según este autor, el acatamiento y la sumisión entraban de lleno en los sentimientos religiosos, a diferencia del pensamiento mágico, que operaba en el campo del deseo y de la voluntad. Por ello, los sacerdotes oraban y hacían sacrificios, al tiempo que las magas conjuraban. No obstante, magia y religión han estado indisolublemente unidas, por lo que a veces los sacerdotes recurrían a prácticas mágicas y las magas oraban a los dioses.

En sociedades tan racionales como la griega y la romana se emplearon asiduamente procedimientos mágicos a fin de obtener beneficios, como provocar la lluvia, parar el granizo, calmar los vientos, tener buenas cosechas, hacer crecer los animales o curar las enfermedades. Pero también se usaba la magia con fines torcidos, como estropear cosechas o matar a los animales del odiado vecino, por lo que no es de extrañar que la muerte se creyera producida por hechizos. No obstante, había una distinción clara entre la magia con fines benéficos y la que se hacía con fines maléficos. La primera se consideraba lícita y necesaria; en Roma la practicaban sacerdotes y médicos, y las fórmulas mágicas para obtener beneficios se encontraban en libros escritos por los mejores autores. En contraste, tanto en Roma como en Grecia, la magia con intención dañina fue siempre considerada ilegítima hasta el punto de que Platón decía que los profesionales que pretendían hacer el mal con ella debían ser condenados a muerte. Casi resulta superfluo recordar que mientras que la magia «buena» era realizada por varones respetados, la magia «mala», o maleficia, era cosa de mujeres.

MEDEA, CIRCE Y CANIDIA

Así, por ejemplo, en Tesalia, región en la costa oriental de Grecia donde más floreció el culto a Hécate, las hechiceras eran maestras en arrancar la luna de la bóveda celeste, posiblemente debido a su conocimiento astronómico, que, procedente de Mesopotamia, había llegado a Tesalia antes que al resto de la península griega. Este conocimiento les permitía saber con antelación cuándo se producirían eclipses lunares, por lo que realizaban sus conjuros cuando había uno, lo que luego les permitía afirmar que ellas habían arrancado la luna de la bóveda celeste. En este caso, como en muchos otros, la magia estaba relacionada con el conocimiento científico. En Roma, Horacio narra las actividades de las hechiceras en el Épodo XVII, una parodia burlesca donde de nuevo recuerda su capacidad de producir eclipses lunares, además de mover figuras de cera, resucitar a los muertos y fabricar filtros de amor; artes hechiceras, todas ellas, que aparecen repetidamente a lo largo de numerosos textos posteriores.

Medea, uno de los personajes más fascinantes de la literatura griega, aparece en la Teogonía de Hesíodo (750-650 a.C.), en las Argonáuticas de Apolonio de Rodas (295-215 a.C.) y en la Metamorfosis de Ovidio en los primeros años de nuestra era. No obstante, Medea es conocida sobre todo por la obra homónima del dramaturgo griego Eurípides (480-406 a.C.), que la describe como maestra en todas las artes mágicas ya descritas y adoradora de Hécate. Su drama comienza cuando es víctima del hechizo amoroso de Afrodita.

En la obra de Eurípides, esta hija de Eetes, rey de Colchis en el mar Negro, se enamora de Jasón, que ha acudido a su reino como jefe de los Argonautas en busca del vellocino de oro. Medea y Jasón se prometen amor eterno ante Hécate, y ella decide traicionar a su padre para ayudar a su amado a obtener el vellocino con sus artes mágicas. Tras ello, tienen que huir y parten hacia Grecia, pero, al ser perseguidos por el hermano de Medea, esta se ve obligada a matarlo. Con su magia, ayuda a Jasón y a los Argonautas a salir con vida de Creta y finalmente se establecen en Corinto, donde viven muchos años y tienen dos hijos. Pero, cuando Jasón pretende dejarla para casarse con Glauca, la hija de Creonte, rey de Corinto, Medea se enfurece hasta el punto de que es desterrada del reino. Finge aceptar la condena, pero pide quedarse un día más para preparar su marcha y ofrece a la novia una túnica en señal de reconciliación. Cuando la novia se la pone, la túnica arde, matándola a ella y a su padre, que intenta socorrerla. Como supremo acto de venganza, Medea asesina a los hijos que había tenido con Jasón, tras lo cual huye a Atenas.

Medea es una metáfora sobre el amor, el honor y el respeto, que al ser traicionados desatan las fuerzas del averno; ejecuta una venganza salvaje contra el hombre que le había jurado amor eterno, por quien había traicionado a su familia y dejado su tierra, a pesar de lo cual él la abandona. A través de ella, Eurípides da voz a las mujeres que se rebelan frente al hecho de que su destino esté atado al de un hombre y son condenadas a vivir en reclusión e inactividad. De forma revolucionaria, se solidariza con ellas en pasajes como el siguiente:

Dicen que vivimos en la casa una vida exenta de peligros, mientras ellos luchan con la lanza. Necios. Preferiría estar a pie firme con el escudo en la batalla tres veces antes que enfrentarme al parto una sola vez.[5]

Medea es uno de los personajes femeninos con más fuerza de la literatura universal, pese a que Eurípides le hace decir:

La naturaleza nos ha hecho a las mujeres completamente incapaces de practicar el bien y las más hábiles urdidoras del mal.[6]

Amada por unos y temida por otros, es respetada por todos porque sus actos, incluso los más crueles, responden a unas leyes morales de orden superior.

Sin embargo, ¿es creíble un personaje femenino como la Medea de Eurípides, en una sociedad como la ateniense, en la que las mujeres no solo no tenían poder de decisión sobre su vida y sus actos, sino que ni siquiera podían actuar o asistir al teatro en el que se representó esta obra? Por lo que sabemos de la vida de las mujeres en la Atenas de Eurípides, una mujer que gobernara su propia vida y fuese capaz de cambiar el curso de la historia con su magia era completamente inverosímil. No obstante, lo que resulta más difícil de asimilar en un personaje femenino es que arrebatara la vida a sus hijos. Ese supremo acto de venganza sobre seres de su propia sangre es algo que la historia ha demostrado que es un comportamiento esencialmente masculino.

Mientras que Medea comete todo tipo de tropelías y emplea sus conocimientos de hechicería debido al amor absoluto y delirante que siente por Jasón, otras hechiceras actúan movidas por diferentes impulsos. Por ejemplo, Circe, que representa la seducción, es la mujer que maneja a los hombres a su antojo no solo por su atractivo, sino también por sus encantamientos. Una interpretación realista de los poderes de Circe y de las hechiceras como ella es que surgen de la necesidad que tienen los hombres, sus creadores, de justificar que podían ser «conquistados» por mujeres débiles; tenían que existir unos «encantamientos» a los que ellos no podían resistirse.

Circe es la hija de Helios, dios del sol, y de la ninfa Persea, que, al ser rechazada por su familia y condenada a vivir entre mortales, aprende las artes de la hechicería prohibidas a los dioses, adquiriendo un vasto conocimiento de encantamientos, pociones y hierbas. Es desterrada a la isla de Eea por Zeus tras haber realizado un conjuro para conseguir el favor de su amado. Allí, recibe la visita de los que recalan en la remota isla y se venga de sus amores no correspondidos, convirtiéndolos en bestias salvajes con ayuda de encantamientos y pociones. Tal es el caso de los marineros de Ulises, que son transformados en cerdos cuando atracan en la isla en su viaje de vuelta a Ítaca tras la guerra de Troya. Ayudado por el dios Hermes, Ulises consigue escapar indemne del conjuro de Circe y libera a sus marineros, pero se queda un año viviendo con la hechicera, que se ha enamorado de él y ha conseguido que el héroe le entregue su amor sin ayuda de artes ocultas.

Como en el caso de Circe, una gran parte de los trabajos de las hechiceras estaban dedicados a la magia erótica, que tenía por fin directo o indirecto conseguir el favor del amado. Las armas más empleadas eran los filtros de amor, y entre estos los más eficientes eran aquellos que utilizaban entrañas de cadáveres. A quienes las rechazaban los convertían en ranas, castores o carneros durante periodos más o menos largos. Un ejemplo es la hechicera Canidia, que aparece en la obra del poeta Horacio, una mujer de avanzada edad y ardiente de lujuria, pero carente ya de encantos naturales, que necesita emplear los conjuros más potentes. Por ello, secuestra a un niño, al que deja morir de hambre, tras lo cual emplea sus vísceras como ingrediente principal de un elixir de amor con el que espera conquistar el corazón de su amado. Al no conseguirlo, lo maldice a él y a sus futuras amantes.

No son solo viejas lujuriosas quienes demandan filtros de amor; también las jóvenes agraciadas y recatadas recurren a conjuros y encantamientos cuando su amante las olvida después de que ellas hayan sucumbido a Eros. Es el caso de la joven Simeta, que aparece en el Idilio 2 de Teócrito, cuya vida cambia tras conocer al bello Delfis y ser dominada por una sexualidad ardiente que la hace caer en la desesperación cuando él la abandona. Después de esperarlo en vano durante doce días, invoca a Selene y a Hécate y lo amenaza con embrujarlo.[7]

PANDORA Y LILIT. STRIGAS Y LAMIAS

En la Teogonía de Hesíodo también nos encontramos con Pandora, mujer de belleza perturbadora, que esparce los males por el mundo al abrir la caja que los contenía. Esta fue un regalo envenenado que Zeus hizo a Epimeteo, mortal al cual Prometeo había dado el fuego de los dioses, que había recibido de Zeus y debía preservar lejos del alcance de los hombres, lo que causa la ira del jefe del Olimpo.

Además de las hechiceras y de las diosas de la noche, otros seres mitológicos que se asociaron con las brujas y les dieron nombre son las strigas. En la Antigüedad clásica eran unos espíritus nocturnos temidos por su afición a chupar sangre humana.

El gramático Verrio Flaco, contemporáneo del emperador romano Augusto, las definía como mujeres maléficas y aladas, lo que es reflejado por Ovidio en su obra Fastos:

Hay unos pájaros voraces [...]. Tienen una cabeza grande, ojos fijos, picos aptos para la rapiña, las plumas blancas y anzuelos por uñas. Vuelan de noche y atacan a los niños desamparados de nodriza y maltratan sus cuerpos, que desgarran en la cuna. Dicen que desgarran con el pico las vísceras de quien todavía es lactante y tienen las fauces llenas de la sangre que beben. Su nombre es striges, y la razón de este nombre es que acostumbran a graznar [stridere] de noche de forma escalofriante. [8]

Tras la caída del Imperio romano, el vocablo strigas pasó a convertirse en sinónimo de bruja, y, de hecho, es así como siguen llamándose en Italia. Durante el Siglo de Oro las strigas se asociaron con las lechuzas, animales que simbolizaban la noche y el mal, compañeros inseparables de las brujas. También eran los animales símbolo de la metamorfosis, dado que entonces se pensaba que las brujas podían adquirir su forma y convertirse en aves de presa, lo que les permitía atacar a la gente o huir por los aires cuando eran perseguidas.

Seres mitológicos de características parecidas son las lamias, vocablo que en algunas lenguas se emplea como sinónimo de bruja. Según una leyenda de la Grecia clásica, Lamia fue una reina de Libia cuya belleza conquistó a Zeus y con la que tuvo varios hijos. Cuando Hera, la esposa de este, se enteró de esta infidelidad, transformó la belleza de Lamia en fealdad, mató a sus hijos y la condenó a que no pudiera cerrar los ojos para tener siempre presente la imagen de sus hijos muertos. Zeus se apiadó de ella y le concedió la posibilidad de quitarse los ojos para que pudiera descansar de esa visón. Pero Lamia, desesperada, se dedicó a matar a los hijos de otras personas y a seducir a los hombres para chuparles la sangre.

Las culturas occidentales no son las únicas que han denostado a las mujeres, en las Leyes de Manu, texto sagrado de la cultura hindú, no hablan precisamente bien de ellas:

La mujer, por su naturaleza, está siempre intentando seducir al hombre. [...] La causa de la deshonra es la mujer, la causa de la enemistad es la mujer, la causa de la asistencia mundana es la mujer, en consecuencia la mujer debe ser evitada. [...] No importa cuán malvado, degenerado o carente de cualquier virtud sea un hombre; una buena esposa debe reverenciarlo como si fuera un dios.[9]

Fue Lilit, sin embargo, personaje de la mitología hebrea procedente de Mesopotamia, la primera mujer, la más rebelde, la que tuvo la osadía de desobedecer las órdenes directas de Dios, su creador. Si a Eva se la acusó de haber traído la muerte y el pecado al mundo, Lilit ya era demoniaca desde que fue creada.

De origen sumerio, era la resplandeciente reina del cielo cuyo nombre procedía del vocablo lil, que significa «viento» o «espíritu», y estaba relacionada con Inanna, diosa sumeria del amor y de la muerte, y con Ereshkigal, la diosa sumeria del inframundo a la que aludíamos anteriormente. Aparece mencionada por primera vez al comienzo de la epopeya de Gilgamesh en un poema sobre Inanna. Lil también describía la tormenta de polvo, y era el término aplicado a los fantasmas, pero pronto se confundió con la palabra layil, que significa «noche» y que se usó para designar a un demonio nocturno.

Solo hay una referencia a Lilit en el Antiguo Testamento, en una profecía de Isaías, donde se emplea como sinónimo de lamia, aunque su personalidad es mucho más rica que la de esta reina de Libia. Según el mito hebreo, Yahvé la creó del barro para que fuera la primera esposa de Adán, pero ella lo abandonó porque se consideraba su igual y no aceptaba órdenes suyas. Yahvé le mandó volver y, ante su negativa, la maldijo y la condenó a ver morir a sus hijos cada día. El gran pecado de Lilit fue no aceptar un papel subordinado respecto a Adán: se negó a yacer debajo de él, el lugar que en teoría era el apropiado para ella durante la relación sexual. Lilit se configuró como el mito sexual perverso, al ser independiente de los deseos del hombre. Fue el primer paso de la demonización de la sexualidad, que terminaría con el nacimiento del mesías de una virgen. La naturaleza había tardado millones de años en desarrollar un método de reproducción eficaz para los organismos complejos diseñando seres sexuados que se complementaban; los hombres en un par de miles de años renegaron de él. En teoría, por supuesto, no en la práctica.

Viendo Yahvé que no podía doblegar a Lilit, creó una sustituta, Eva, a partir de una costilla de Adán. Vana precaución: Eva sería, tiempo más tarde, la responsable de traer el pecado al mundo. Tras huir del paraíso terrenal, Lilit se unió a las fuerzas de Satán. La demoniaca Lilit llega hasta nuestros días como un ser mitológico, símbolo de lo perverso y lo rebelde frente a Adán y al mismo Dios. En el mito hebraico es un ser nocturno, lascivo y devorador de niños, enloquecido por la maldición divina. Tiene el poder de atravesar cualquier tipo de barreras que se encuentre en su camino y materializarse al otro lado para darse un festín de sangre o para seducir a los hombres que duermen, agotándolos sexualmente hasta que estos despiertan tan exhaustos como si los hubiera desangrado un vampiro. También acostumbra a acechar de forma invisible a las parejas que hacen el amor de noche con el fin de robar algo de semen con el que engendrar nuevos demonios. Odia a los niños porque los suyos fueron repulsivos y a menudo trata de pervertir su carácter, incluso de matarlos. Las arpías, strigas y vampiros, que representan gran parte de la demonología de la Edad Media, tienen su origen en Lilit, una mujer de belleza siniestra y atemporal. Y las brujas heredan todos sus rasgos: copulan con el demonio, raptan y devoran a los niños, se transforman en aves de presa que pueden volar y atravesar las paredes.

El escritor italiano Primo Levi recoge la interpretación de este mito erótico y demoniaco, que no aparece en la Biblia, sino en el Midrash, los comentarios judíos al Antiguo Testamento, en su obra Lilít y otros relatos:[10]

La historia de Eva está escrita y la sabe todo el mundo, mientras que la de Lilít solo se cuenta oralmente, y por eso la sabe poca gente [...] El Señor no solo los hizo iguales (a Adán y Lilít), sino que con la arcilla hizo además una forma única; mejor dicho, un Golem, una forma sin forma. Era una figura con dos espaldas; es decir, el hombre y la mujer ya juntos. Luego los separó de un tajo. [...] Adán quiso que Lilít se acostase en el suelo para yacer sobre ella, pero Lilít no estaba de acuerdo. [...]

Lilít vive precisamente en el mar Rojo, pero todas las noches levanta el vuelo, se da una vuelta por el mundo, rompe los cristales de las casas en las que hay niños e intenta sofocarlos. [...] Luego está la historia del semen. A ella le gusta mucho el semen del hombre, y anda siempre al acecho a ver dónde ha podido caer. Todo el semen que no acaba en el único lugar consentido, es decir, dentro de la matriz de la esposa, es suyo. [...] Por eso no hace más que parir.

Los personajes de estos seres transgresores e indómitos han fascinado a los hombres de todos los tiempos, que los crearon para conjurar sus miedos en las mujeres. Sin embargo, el mito de Lilit seduce hoy sobre todo a las mujeres, que encuentran en ella una fuente de inspiración para sacudirse el yugo de los amores románticos que las encadenan a los hombres.

Ahí radica también la fascinación que las brujas, mujeres que en teoría no se atuvieron a las normas, ejercen en las mujeres del siglo XXI. Pero ¿pudieron realmente permitirse las de épocas pasadas el lujo de vivir al margen de las normas? ¿Pudieron existir en algún lugar, en alguna época anterior al siglo XXI, brujas herederas del espíritu de Lilit?

2. De los Daemon al ángel caído

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De los Daemon al ángel caído

Para que las acciones de las brujas pudieran considerarse herejías, se requería una entidad maligna superior a la que ellas adoraran en lugar de a Dios. Ese ser que encarnaba el mal, el diablo, Satanás, también conocido como Lucifer, dio a las actividades de las brujas categoría de herejía. Se originó y moldeó a lo largo de milenios en los textos sagrados del judaísmo, islam y otras religiones, y terminó de fraguarse en los concilios y textos de los padres de la Iglesia durante los primeros siglos del cristianismo.

DAIMON, LUCIFER Y SHAITAN

El vocablo «diablo» deriva del griego diabolos, que significa «adversario» y es utilizado como sinónimo del sustantivo «satán», que los judíos usaban para referirse al jefe de los demonios, espíritus malignos que colaboraban con el agente del mal. Sin embargo, los daimon griegos eran seres impalpables que habitaban un lugar situado entre la morada de los dioses y la de los hombres, encargados de vigilar que se cumpliesen en la tierra los designios de Zeus. Encontramos referencias a los daimon en los escritos de Homero, Platón y Sócrates. Para este último, los demonios eran hijos bastardos de los dioses y podían tener influencia positiva o negativa en los humanos, pero carecían del carácter maligno que se les atribuiría siglos más tarde en el cristianismo. Estos seres no son exclusivos de la mitología griega, existen también en el budismo, en el zoroastrismo (antigua religión persa)[11] y en el islam.

El aspecto del Maligno podía variar bastante dependiendo de a quien quisiera tentar o seducir, pero usualmente aparecía representado como un macho cabrío, con barba de chivo, pezuñas partidas, grandes ojos negros, a veces llameantes, manos corvas, como las garras de las aves de rapiña, larga cola y voz ronca. Tenía la piel negra y arrugada; y una corona de pequeños cuernos, o bien un par de ellos más grandes o uno en el centro de la frente que emitía luz (algo así como los frontales de luz LED que se usan en las acampadas). A veces tenía unas alas negras, símbolo del ángel caído, y llevaba un tridente. En las enciclopedias de brujería explican incluso que era feo, a pesar de lo cual era arrogante y, teniendo en cuenta todas las brujas con las que copuló, debía de ser increíblemente seductor.[12]

Esta apariencia recuerda mucho la de los sátiros y faunos de la Antigüedad clásica, especialmente la del dios griego Pan, mitad hombre, mitad macho cabrío, caracterizado por un voraz apetito sexual y la capacidad de inspirar un miedo irracional, llamado «pánico» en su honor. Según la mitología griega, el dios Pan ayudó a los atenienses a ganar la batalla de Maratón provocando un ataque de pánico a los soldados del ejército persa, por lo que le dedicaron varios santuarios. No obstante, a pesar de las semejanzas en el aspecto, el dios Pan no llevaba a las personas por la senda del mal para causar la condena de su alma, que era la ocupación principal del diablo. Él tenía otras ocupaciones bien distintas: aparte de sembrar el pánico tras enfurecerse al ser despertado de la siesta, solía dedicarse a perseguir ninfas al borde de ríos y lagos. En ese sentido, sí tenía cierta relación con el diablo, porque este hizo de los pecados de la carne uno de los principales cebos para llevar a los hombres por el camino de la perdición.

En relación con el diablo, para los primeros judíos, Dios era el único creador y, por tanto, encarnaba el bien y el mal, como afirma el profeta Isaías:

Yo soy el Señor y no hay otro, el que forma la luz y crea las tinieblas.[13]

Isaías, 45: 7

Sin embargo, durante el exilio de los judíos en Babilonia, por influencia del dualismo persa, es decir, de la existencia separada del bien y del mal, se instauró un principio del mal encarnado en el diablo; de este modo el príncipe de las tinieblas personificó el lado oscuro de las antiguas divinidades de las religiones politeístas, ausente entonces en las religiones monoteístas. El mundo superior apareció dividido en dos grandes territorios: el reino de Dios y el reino de Satanás.

En una primera etapa, el origen de la existencia del mal se justificó con la historia del ángel caído desde la más elevada jerarquía entre los ángeles, tras ser expulsado del cielo por rebelarse contra Dios. Aunque no tiene el mismo significado que «diablo», lo representaba por su condición de «ser caído». También se asocia con el pecado original y aparece personificado en la serpiente que engaña al mundo, llamado por primera vez «diablo» en el Apocalipsis:

Y fue precipitado el gran dragón, la serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el que engaña al mundo entero; fue precipitado a la tierra y sus ángeles fueron precipitados con él.[14]

Apocalipsis, 12: 9

Se hace referencia hasta una veintena de veces al Maligno en otros libros del Antiguo Testamento como los de Job, Isaías, Crónicas o Zacarías. En todos ellos, Satán es el «acusador», el «oponente», pero todavía no tiene la relevancia que alcanzaría en la era cristiana: su poder emana de Dios. En el Libro de Job, Dios le pregunta a Satán su opinión sobre un hombre llamado Job, a quien considera perfecto en su lealtad. Satán le responde que este es leal porque ha recibido la gracia de múltiples dones y le pide permiso para ponerlo a prueba. Esta historia muestra que Satán no es capaz de generar el mal, sino solo de permitir que aflore desde el fondo del corazón del hombre, y no puede hacerlo sin antes obtener el permiso de Dios.

La segunda etapa del desarrollo del concepto del diablo tuvo lugar durante los primeros siglos del cristianismo. Ya en vida de Jesucristo, el diablo ascendió de categoría y llegó incluso a tentar al mismo Cristo con la seducción del placer y del poder cuando se hallaba sufriendo las privaciones y el ayuno durante su estancia en el desierto. Posteriormente, ante las persecuciones de los cristianos en el Imperio romano durante los primeros siglos de nuestra era, estos asociaron el diablo con los dioses y ritos paganos de sus perseguidores. La presencia del Maligno ocupó entonces mayor espacio y adoptó unos roles más amplios que los de mero «acusador» u «oponente».

En esa época se le otorga un nuevo nombre, Lucifer, palabra de etimología latina que significa «portador de luz» y hace referencia a su condición de ángel caído, líder de la rebelión que produjo la caída de los ángeles. Este nombre se asocia con el planeta Venus, el tercer astro del firmamento más brillante tras el Sol y la Luna, conocido como «estrella de la mañana» por ser el cuerpo celeste que más brilla antes de la salida del sol. Esta nueva denominación del diablo no aparece en los textos sagrados hasta el siglo V, en la traducción latina de la Biblia que hizo san Jerónimo, conocida como la Vulgata, en un pasaje del libro del profeta Isaías:

¡Cómo has caído del cielo, astro matutino, hijo de la aurora! ¡Has sido derribado por tierra, opresor de naciones! Tú decías en tu corazón: «Escalaré los cielos; elevaré mi trono por encima de las estrellas de Dios; me sentaré en el monte de la divina asamblea, en el confín del septentrión escalaré las cimas de las nubes, semejante al Altísimo». ¡En cambio, has sido arrojado al abismo, a las profundidades de la fosa![15]

Isaías, 14:12-15

En el islam, donde el equivalente árabe del término de origen hebrero «satán» es el vocablo Shaitan, hay toda una panoplia de seres demoniacos casi tan rica como en el cristianismo. Por un lado están los Jinn, a los que el Corán dedica varias suras,[16] por otro, Iblis, como se conoce al ángel cuya caída se explica por su negación a reverenciar la creación de Dios, Adán. Tras la caída, Iblis se declaró enemigo de la humanidad y se dedicó a arrastrar a los hombres a los abismos, comenzando por Adán y Eva en el Jardín del Edén, donde los engañó para que comieran el fruto prohibido.[17]

En algunos textos sagrados, demonios de especial importancia adoptan otras denominaciones como Belcebú, Leviatán, Asmodeo o Belial. Por otra parte, los dominicos Kramer y Sprenger, autores de El martillo de las brujas, obra a la que nos referiremos extensamente más adelante, dan sus propias interpretaciones de los nombres que recibe el diablo o Satán, al margen de las etimologías griegas o hebreas de ambos vocablos, y a menudo se refieren a él sencillamente como el Maligno.

PADRES DE LA IGLESIA

Durante esta segunda etapa del desarrollo del concepto del diablo, surgió la literatura patrística, en la cual se abordó la cuestión desde nuevas perspectivas. Los padres apostólicos conservaron la representación del mal en la figura de la serpiente y, al ser Eva su intermediaria, unieron a las mujeres con el pecado. Es, sin embargo, la literatura de los padres alejandrinos la que sirvió de fundamento a la demonología cristiana.

Estos sentaron las bases de la asociación de las mujeres con el pecado, la magia y el diablo, y así dieron a la práctica de la magia carácter herético.

En la obra de Orígenes hay una presentación bien organizada del mundo demoniaco que incluye las nociones de los exorcismos para librar a las personas de las posesiones, así como un ataque a la práctica de las supersticiones y la idolatría. Por su parte, Clemente de Alejandría desarrolló la identificación de los demonios con los dioses paganos, las herejías y la magia.[18]

En el tercer periodo del desarrollo del concepto del diablo, ya durante la Edad Media, la Iglesia configuró las formas de vida en el plano espiritual y en el material para que se adaptaran a la ley de Dios, para lo cual hizo consideraciones sobre el mundo, el cielo, el infierno y el hombre. Durante este periodo, la figura del diablo se hizo omnipresente, al ser constantemente citada por los teólogos de la época, como los santos Agustín, Gregorio Magno, Isidoro de Sevilla o Tomás de Aquino.

Pero su difusión a nivel popular se basó en la construcción de su poderosa imagen expuesta anteriormente: un ser grande y negro que despide un olor sulfuroso, con cuernos y garras, orejas de asno, ojos centelleantes, dientes rechinantes y dotado de un gran falo. También se le atribuyó la forma de un león rugiente, un duende, una gárgola, una serpiente o un dragón, estas dos últimas las más usuales atribuciones. Estas asociaciones provenían en su mayoría del Génesis. Simultáneamente se fue asociando al diablo con los judíos, al relacionarlo con elementos característicos como su barba, el hedor corporal que se les atribuía y sus leyes, que prohibían el consumo de carne de cerdo por considerarla impura.

Los poderes del diablo cambiaron a lo largo de la historia, así como su aspecto, origen y personalidad. No obstante, desde el inicio fue capaz de provocar ilusiones y hacer que las personas a las que tentaba creyeran verdadero lo que solo tenía lugar en su mente. Además, según escribieron Kramer y Sprenger en su obra El martillo de las brujas:

Conoce los pensamientos de nuestros corazones; en forma esencial y desastrosa puede metamorfosear los cuerpos con la ayuda de un agente; puede trasladar los cuerpos de un lugar a otro y alterar los sentimientos exteriores e internos de cualquier manera concebible; y le es posible modificar el intelecto y la voluntad del hombre por indirectamente que lo hiciere.[19]

PIERRE DE LANCRE

El juez francés Pierre de Lancre incluyó en su tratado de demonología publicado en el siglo XVI un discurso dedicado a describir las tareas y categorías de los demonios:[20]

El primer objetivo y el propósito principal de los malos demonios es la desesperación del hombre, su derrumbe, su completa ruina y su condena; no buscan más que nuestra caída, tan solo gozan con nuestros tropiezos, únicamente se estremecen para estremecernos y parece que aderezan y condimentan sus tormentos nada más que para atormentarnos.

De Lancre hace una curiosa clasificación de los demonios en nueve jerarquías, que incluye algunas de las ideas que aparecen en los textos sagrados descritas más arriba y aportaciones propias:

La primera jerarquía de los ángeles perversos es la de los falsos dioses que se han colocado en este primer rango porque desde siempre han tratado de ser honrados como dioses, con sacrificios y adoración, hasta el punto de querérselas exigir al propio Dios, como Satanás se esforzó por tentar a Jesucristo [...] el jefe príncipe de todos ellos es Belcebú.

La segunda está compuesta por los espíritus de la mentira, pues son impostores, falsos y mentirosos, que siempre dicen una cosa por otra, como hizo aquel en las personas de los profetas de Acab. Se entrometen en los oráculos y engañan a los hombres con las predicciones de los profetas pitios [...] siendo su jefe Pitón.

A los de la tercera [jerarquía] los denomina vasos de ira y de furia, vasos de iniquidad, inventores de todos los males y de todas las malas artes, como ese demonio Thot escrito por Platón [...] Su jefe es Belial, que significa desobediente.

La cuarta es la de los que llaman y dicen ser vengadores de maldades, crímenes y fechorías, siendo su jefe Asmodeo.

La quinta es la de quienes se tienen a sí mismos por embusteros calumniadores y fascinadores, que sirven particularmente a los hechiceros nigromantes y brujos, que fingen milagros y seducen al pueblo, y tienen como jefe a Satanás.

La sexta jerarquía es la de unos demonios que se hacen llamar potencias aéreas, porque entremezclan nubes, tormentas, rayos y relámpagos, corrompen el aire y, al convertirlo en contagioso, traen la peste y otros males. Su jefe se llama Meresin.

La séptima es la de unos demonios, los furias, que siembran los males, discordias, rapiñas e incendios, guerras, ruinas y saqueos. Su jefe es Abadón, que significa exterminador.

La octava es la de los que se consideran espías y falsos acusadores, demonios que siempre están al acecho, siendo su príncipe Astarot.

Y la novena es la de quienes se tienen a sí mismos como tentadores o insidiosos, por lo que son diestros en preparar trampas y acechanzas y se cree que rondan alrededor de cada persona para contrarrestar al Buen Ángel, razón por la que se les denomina genios perversos: su jefe es Maimón.

El juez que escribía tales descripciones tuvo potestad para juzgar a personas y se enorgullecía de haber enviado a la hoguera a más de seiscientas brujas en un solo proceso. Resulta difícil imaginar qué maldades les restaban por hacer a las brujas, habiendo tantos y tan especializados demonios, sobre todo los de la quinta y sexta jerarquía.

Un factor crucial para dar fuerza a la representación demoniaca fue el desarrollo del imaginario sobre el infierno con la difusión de imágenes aterradoras que alimentaron el carácter sobrenatural de este lugar. Una de las que se mostraron con frecuencia fue una cabeza de dragón con una enorme boca abierta que contenía las almas de los pecadores. Como dice Carla Jiménez en su tesis dedicada al estudio del diablo:

El infierno nació en los monasterios cuando sus imágenes fueron incorporadas en los textos elaborados por los monjes. Posteriormente estas imágenes se trasladaron a murales o esculturas religiosas ubicadas en iglesias y claustras, desde las cuales llegaron al resto de la población, en su mayoría analfabeta.[21]

De esta forma, la idea del infierno, lugar donde las almas de los pecadores sufrirían tormentos indecibles a lo largo de toda la eternidad, fue un mecanismo muy eficaz para advertir a los feligreses de las consecuencias de una vida pecaminosa.

PACTO CON EL DIABLO

Teniendo en cuenta las descripciones y poderes del diablo, así como su infinita capacidad de hacer el mal, no es de extrañar que uno de los peores pecados fuera renegar de Dios y rendir culto a este ser perverso, cuyo único objetivo era hacer que los hombres perdieran su alma, para lo cual no dudaba en extender sobre la Tierra todo tipo de desgracias. Dada su importancia, este culto se formalizaba en el pacto con el diablo, elemento esencial de la brujería, considerado herejía por la Universidad de París a partir de 1398, lo que la sometía a la jurisdicción de la Inquisición.[22]

Como en el resto de los factores que determinaron el proceso de la caza de brujas, el concepto del «pacto» se desarrolló a lo largo de los siglos. Ya habían hablado de él los padres de la Iglesia san Agustín y Orígenes, tras lo cual se integró en el derecho canónico. También santo Tomás se refirió a él en su Summa Theologiae, específicamente cuando trata la adivinación:

Todas las adivinaciones y mediciones semimágicas se consideran supersticiones, pues son fruto de las actividades de los demonios y, por consiguiente, se encuentran bajo un pacto firmado con ellos.[23]

Tanto para católicos como para protestantes la esencia del delito era renegar de Dios para servir al diablo, por lo que la opinión más extendida entre los protestantes ingleses fue la expresada por el pastor puritano George Gifford en el siglo XVI:

Según la palabra de Dios, una bruja debe morir no porque asesine a los hombres —pues esto no lo puede hacer a menos que utilice veneno que le da el demonio o que este le enseña a preparar—, sino porque tiene tratos con demonios.[24]

Según esta opinión, el delito radicaba en el pacto, no en los actos malvados, por lo que las llamadas «brujas blancas», que practicaban magia no maléfica, eran igualmente condenables. En contrapartida, si no había pacto, desaparecía la brujería herética.

La primera descripción amplia del mismo aparece en una de las primeras obras sobre demonología, Formicarius, publicada por Johannes Nider en 1438:

Primero, un domingo antes de bendecir el agua, el futuro discípulo debe ir con sus maestros a la iglesia, donde reniega de Cristo y su fe, del bautismo y la Iglesia Católica. A continuación, debe rendir homenaje al magisterulus, es decir, al «pequeño maestro» [así llama al demonio]. Después, bebe de una botella que contiene un líquido extraído de niños asesinados, una vez hecho lo cual se dispone a concebir y guardar en su interior una imagen de nuestras artes y las normas fundamentales de esta secta.[25]

Vuelven a aparecer los niños asesinados, que ya eran víctimas de las lamias y de Lilit, y que serán parte esencial del ritual tanto del aquelarre como de los cocimientos de brujas.

No obstante, la idea de vender el alma al diablo para conseguir algo inalcanzable por otros medios es mucho más antigua que este documento. Llegó a Europa occidental en el siglo IX procedente de Bizancio y las cruzadas contribuyeron a su difusión. El teólogo Hincmaro, arzobispo de Reims, muerto en el año 882, fue el primero que recogió esta leyenda en su Vida de san Basilio, padre de la Iglesia griega que vivió en el siglo I V. La biografía narra la historia del criado de un senador que se enamoró de la hija de este y la obtuvo tras vender su alma al diablo. Se salvó de la condena eterna gracias a la intercesión de san Basilio. La leyenda, antecesora del mito de Fausto, se hizo muy popular en los siglos posteriores, y en el siglo XIII reapareció como el pacto de Teófilo de Adana con el diablo, sellado en un documento firmado con sangre humana.

La relación entre el pacto con sangre y las brujas acabó incorporándose a los tratados de demonología de los siglos XVI y XVII. Aparece en la obra Compendium Maleficarum, publicada en 1608 por el fraile católico italiano Francesco Maria Guazzo corregida y aumentada. Rossell Hope Robbins resume en once pasos la nueva y barroca versión del pacto descrito por este en su Enciclopedia de la brujería y demonología:

1. Se renegaba de la fe cristiana: «Reniego del creador del cielo y la tierra; reniego del bautismo; reniego de la adoración que antes rendía a Dios. Me adhiero al Diablo y solo en él creo». Tras lo cual el renegado pisoteaba la cruz.

2. El Diablo volvía a bautizarlos imponiéndoles otro nombre.

3. Se eliminaba el crisma bautismal de manera simbólica.

4. Se renegaba de los padrinos de bautismo y se asignaban otros.

5. Se entregaba una prenda de vestir al Diablo en señal de sometimiento.

6. Se hacía un juramento de lealtad al Diablo en el interior del círculo mágico trazado en el suelo.

7. Se pedía al Diablo que escribiera el nombre del neófito en el Libro de la Muerte.

8. Este prometía sacrificar niños al Diablo. (Este punto dio lugar a la leyenda de que las brujas asesinaban niños menores de tres años.)

9. El neófito prometía pagar un tributo anual al Demonio que se le asignaba de antemano. Solo servían objetos de color negro.

10. La persona recién ingresada en la nueva secta recibía la marca del Diablo en varias partes del cuerpo. (Usualmente el ano en los hombres, el pecho y los genitales en las mujeres, de manera que esas zonas quedaban insensibles. Las marcas tenían forma variable, de pata de conejo, de sapo o de araña. Según Guazzo, el Diablo solo imponía esta marca a quienes consideraba poco fiables; sin embargo, otros demonólogos aseguraban que todos los miembros de la secta tenían la marca.)

11. Se hacían votos de servicio al Diablo, lo que implicaba no adorar jamás el sacramento, destrozar reliquias sagradas, no utilizar jamás agua o cirios benditos y mantener en secreto su relación con Satanás.[26]

La obra de Guazzo, inspirada en las del juez francés Nicolas Rémy y la del jesuita hispano-holandés Martín del Río, fue de las más usadas en la caza de brujas en los siglos posteriores a su publicación, entre otras razones, por ser la primera que cuenta con una gran colección de láminas que contienen las imágenes que han pasado al inconsciente colectivo en relación con las brujas.

Una de las cosas más llamativas de este decálogo es que pone de manifiesto que el ritual de la secta diabólica es, en cierto modo, una versión antitética del ritual de la Iglesia. Veremos que en el caso del aquelarre pasa algo parecido, y, de hecho, fray Martín de Castañega, autor de un tratado de demonología, habla de la existencia de «exsacramentos» en la secta diabólica en oposición a los sacramentos.[27]

En todos los tratados de demonología publicados en los casi doscientos años transcurridos entre los escritos de Nider y de Guazzo se encuentran descripciones parecidas de la formalización de la relación con el diablo, que son más o menos prolijas según el gusto de la época y del autor. Y cien años después, a finales del siglo XVII, una persona tan relevante como el pastor puritano Increase Mather, que fue durante muchos años rector del College de Harvard, antecesor de la universidad homónima, creía firmemente en la existencia de dichos pactos, como puso de manifiesto en uno de sus escritos.[28]

A pesar de la credulidad de Increase Mather y de su hijo, Cotton Mather, cronista del proceso de las brujas de Salem, y a pesar de la relevancia de este acto y del supuesto elevado número de pactos suscritos con el diablo a lo largo de la Edad Moderna, solo se han conservado dos documentos de este tipo, ambos muy prolijos. Fueron empleados en dos tribunales de Francia en el siglo XVII como pruebas de cargo a partir de las cuales se condenó a muerte a los dos acusados, que supuestamente los habían firmado. Uno de ellos se atribuyó a un noble de Pignerole y el otro, al padre Urbain Grandier, capellán del convento de ursulinas de la ciudad de Loudun, al que nos referiremos más adelante.

Puede que no se encontraran documentos de este tipo firmados por brujas porque en esa época la gran mayoría de las mujeres no sabían leer, y mucho menos escribir. A pesar de esto muchas de ellas fueron acusadas del pecado supremo de haber hecho un pacto con el demonio.

Aun así, siempre hubo opiniones discordantes sobre el diablo, como la del historiador español del siglo XIX Marcelino Menéndez Pelayo, quien, en sus Heterodoxos españoles, se ocupó de muchos de los personajes que visitarán estas páginas:

Pero sería necio y pueril suponer en el príncipe del infierno una obligación de satisfacer a las vanas preguntas de cualquier iluso u ocioso a quien se le antoje llamarle con palabras de conjuro o ridículos procedimientos de médiums y encantadores. El demonio nunca ha tenido fama de mentecato. Hartos medios posee, y de funesto resultado, para extraviar la flaqueza humana sin que le sea necesario valerse de todo ese aparato de comedia fantástica.[29]

Fuera o no un mentecato, el demonio tuvo un papel protagonista en la persecución de las brujas, porque su relación con él elevó las prácticas hechiceriles, más o menos toleradas durante la Edad Media, a la categoría de herejía, crímenes de lesa majestad punibles de la forma más cruel. Por su alianza con el demonio, las brujas adquirieron la categoría de enemigas públicas, unos personajes muy peligrosos que había que perseguir con todos los medios disponibles.

3. Herejías y cruzadas

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Herejías y cruzadas

En el año 1095, en el Concilio de Clermont, el papa Urbano II hizo un llamamiento a los cristianos para expulsar al infiel de los Santos Lugares en Jerusalén y el mundo se puso en marcha hacia el este en la Primera Cruzada.

Esta llamada tuvo lugar después del movimiento de regeneración en el seno de la Iglesia que se inició en los monasterios y dio lugar a la reforma de Cluny y del Cister y culminó con la del papa Gregorio VII, conocida como reforma gregoriana, de la cual uno de sus más brillantes productos es la música del mismo nombre. En esa época surgieron en el seno de la Iglesia numerosas iniciativas orientadas a su regeneración y el regreso a la pureza de los orígenes, pero no todas tuvieron el visto bueno de las autoridades eclesiásticas. Esas iniciativas heterodoxas se denominaron «herejías» y fueron perseguidas con más saña aún que los infieles.

CÁTAROS O ALBIGENSES

Uno de los primeros movimientos de regeneración fue el liderado por Pedro Valdus a partir de 1170, cuyos seguidores eran llamados «valdenses» en honor a su líder. No obstante, la que tuvo más repercusión y adeptos fue la herejía de los cátaros, palabra derivada del vocablo griego kàtharos que significa «puros». Como muchos seguidores de esta doctrina se concentraron en la ciudad de Albi, también se les llamó albigenses. El ardor en la defensa de su credo y la imposibilidad de erradicar esta desviación por las buenas hizo que el papa llamara a los nobles de la región a una «cruzada» para su persecución hasta su total erradicación. Según escribió el papa Inocencio III:

Poned todo vuestro empeño en destruir la herejía por todos los medios que Dios os inspirará. Con más firmeza todavía que a los sarracenos [musulmanes], puesto que son más peligrosos.[30]

Simon de Montfort, que había sido uno de los caballeros que capitanearon la Cuarta Cruzada para liberar los Santos Lugares del dominio de los infieles, lideró la cruzada contra los albigenses y en ella mostró su lado más sanguinario, cuando ordenó mutilar a miles de inocentes hasta matarlos. En la ciudad de Béziers mandó ejecutar a más de ocho mil personas, un número muy elevado si se tiene en cuenta la exigua población de la época (un cuarto o un quinto de la actual) y un hecho sin precedentes entre cristianos. Aunque se dijo que animó a sus huestes a arrasar la ciudad al grito de:

¡Matadlos a todos [herejes o no herejes], Dios reconocerá a los suyos![31]

estudios posteriores atribuyen esta frase a Arnaud Amalric, abad de Poblet. El último episodio sangriento de esta cruzada tuvo lugar en 1244 con la quema de los últimos doscientos cátaros en la ciudad de Montsegur.

La historiadora italoamericana Silvia Federici habla del carácter de revuelta social de estas herejías, que ella describe como una especie de teología de la liberación del proletariado medieval.[32] La herejía cátara, como la de los pobres de Lyon o los valdenses, denunciaba la jerarquía social, la propiedad privada y la acumulación de riqueza por parte del clero y de la nobleza y planteaba una concepción nueva de la sociedad, por lo que representaba un peligro para la Iglesia y para las autoridades seculares, que la atacaron de forma conjunta hasta su erradicación.

STEDINGER Y TEMPLARIOS

Mientras que la herejía cátara se extendía por el sur de Francia, surgió en Alemania otra rebelión que dio lugar a una cruzada, pese a que no se inició por una desviación del dogma, sino por la negativa de los campesinos de la región de Stedinger, en el noreste de Alemania, a pagar el impuesto del diezmo al obispo de Bremen.

Todo comenzó cuando, en 1197, los habitantes de Stedinger echaron a los recaudadores del obispo, lo que hizo que este los declarara herejes y los excomulgara. Esta excomunión no tuvo consecuencias, probablemente debido a que excomulgador y excomulgados llegaron a algún acuerdo económico provisional. Sin embargo, la raíz del problema no se solucionó y treinta años más tarde los campesinos de la zona volvieron a rebelarse. En esa ocasión el obispo no se limitó a excomulgarlos, sino que pidió al papa Gregorio IX que proclamara una cruzada para acabar con ellos.

El papa contestó con una bula dirigida a los obispos de las cercanas ciudades de Lübeck, Minden y Ratzeburg, en la que acusaba a los de Stedinger de despreciar los sacramentos, perseguir a los religiosos, tener tratos con el demonio, hacer imágenes de cera y consultar las hechiceras. Los campesinos de Stedinger aguantaron un primer ataque de las fuerzas armadas de los prelados, lo que llevó a que Gregorio IX promulgase en 1233 la bula Vox in Rama, enviada a los obispos de las ciudades vecinas de Paderborn, Hildesheim, Verden, Osnabrück y Münster.[33]

Lo más destacable de esta bula es que en ella se acusaba a los campesinos rebeldes de participar en reuniones paganas de adoración al diablo, en las que apareció por primera vez la parafernalia que posteriormente caracterizaría a los aquelarres: ranas y sapos, el ósculo infame en el ano del gran cabrón, banquetes, gatos negros, oscuridad, lujuria, promiscuidad. Dada su relevancia, se incluye la versión que ofrece de ella Julio Caro Baroja en su obra Las brujas y su mundo:

Cuando se recibe a un novicio y se le introduce por vez primera en la asamblea de los réprobos, se le aparece una especie de rana; otros dicen que un sapo. Danle algunos un innoble beso en el trasero, otros en la boca chupando con la suya la lengua y babas del animal. Unas veces ese sapo aparece con su tamaño natural, otras del tamaño de un ganso o de un pato. Corrientemente es del tamaño de la boca de un horno. Avanzando el novicio llega hasta un hombre de prodigiosa palidez, de ojos negros, con el cuerpo tan delgado y extenuado que parece que las carnes todas le faltan y que no tiene más que la piel y los huesos. Bésale el novicio y nota que está frío como hielo. Luego de que le ha besado, todo recuerdo de la fe católica desaparece de su corazón.

A continuación, se sientan todos para hacer banquete y cuando se levantan después de concluido sale de una especie de estatua que se alza de ordinario en el lugar de estas reuniones, un gato negro del tamaño de un perro mediano de proporciones que hace su entrada andando hacia atrás y con la cola en alto. El novicio, siempre en primer lugar, le besa en el trasero, después el director y después los demás, cada uno en su turno, pero solo aquellos que lo han merecido. En cuanto a los otros, es decir, los que no han sido considerados dignos de este favor, les da paz el director mismo. Cuando vuelven a su sitio quedan en silencio durante unos instantes con la cabeza vuelta hacia el gato.

Luego el director dice: «Perdónanos».

Después repite lo mismo el que está tras él y el que queda en tercer lugar añade: «Lo sabemos, señor».

A lo que un cuarto pone término diciendo: «Hemos de obedecer».

Terminada semejante ceremonia, apagan las luces y se abandonan a la lubricidad más abominable, sin consideración al parentesco. Si hay más hombres que mujeres, los hombres satisfacen entre ellos su depravado apetito. Las mujeres entre sí hacen lo mismo. Verificados estos horrores, se encienden de nuevo las candelas y todo el mundo se encuentra en su sitio. Después, de un rincón oscuro, sale un hombre cuyo cuerpo por la parte superior, desde las caderas, es brillante y resplandeciente como el sol pero que por la inferior es áspero y peludo como el de un gato.

Todos los años en Pascua, cuando reciben el cuerpo del señor de manos del sacerdote, lo retienen en sus bocas para arrojarlo entre las inmundicias, en un ultraje del Salvador. Además, estos hombres, los más miserables entre los miserables, blasfeman contra el Soberano del Cielo y, en su locura, dicen que el señor de los cielos ha obrado como malvado precipitando a Lucifer en el abismo. Los desgraciados creen en este último y afirman que él es creador de los cuerpos celestes y que más adelante, después de la caída del Señor, volverá a su gloria. Por él y con él, no antes, esperan llegar a la felicidad eterna. Confiesan que no hay que hacer lo que a Dios le place, sino lo que le es desagradable.[34]

Los principales hechos del aquelarre no fueron, pues, un invento de los demonios ni de las brujas. Este guion, que apareció por primera vez en una bula papal, se repetirá en los siglos siguientes con ligeras variantes en la mayoría de los procesos de brujería. En él se describe una especie de culto invertido y distorsionado con respecto al realizado en la Iglesia. A pesar de haberlo leído infinidad de veces en distintos contextos, todavía resulta sorprendente que muchas personas creyeran que este relato podía corresponder a hechos reales.

Los campesinos de Stedinger lograron repeler varios ataques, a pesar de enfrentarse a un formidable ejército, que contaba, a su vez, con el apoyo de las tropas del emperador, de manera que la relación entre atacantes y atacados llegó a ser de diez a uno. Fueron finalmente masacrados por las fuerzas de la Iglesia en 1234, lo que causó gran indignación entre los nobles alemanes, que se comprometieron a no permitir que volviera a haber persecuciones religiosas en sus tierras. Aun así, en el siglo XVI se desataron luchas fratricidas a causa de la Reforma protestante y en el XVII se desencadenó la locura de la caza de brujas, que en conjunto arrebataron la vida de casi un tercio de los habitantes de las tierras germánicas.

Aunque la Iglesia había dado muestras de su beligerancia a la hora de perseguir a los enemigos del reino de Dios con las cruzadas contra el infiel o con la persecución de los judíos, a los que ordenó identificarse mediante un distintivo amarillo en el Concilio de Letrán de 1215, la represión de la herejía cátara fue la que dejó una impronta más indeleble. Para luchar contra ella, el papa nombró a unos «inquisidores» para que realizaran investigaciones en torno a la veracidad de las denuncias, lo que en su momento fue un gran avance en cuanto a racionalidad y humanidad en el tratamiento de los acusados.

Hasta entonces, las acusaciones de herejía se resolvían con métodos como las ordalías o los juicios de Dios, que no eran más crueles que los empleados por los jueces laicos. Las primeras consistían en someter a los acusados a pruebas como arrojarlos al agua con el pulgar de la mano derecha atado al dedo gordo del pie izquierdo, impidiéndoles la movilidad. Si flotaban eran siervos del diablo y si se hundían, siervos de Dios; en cualquier caso, acababan muriendo. Otra de las ordalías consistía en obligar a caminar a los acusados sobre brasas encendidas o a coger hierros al rojo vivo. Si las quemaduras sanaban al poco tiempo, significaba que los reos eran siervos de Dios; si se gangrenaban, eran siervos del diablo. No obstante, los criterios podían variar a conveniencia: a veces la curación era indicio de la protección del diablo. En contraste con estos métodos, que no aportaban evidencias racionales, los inquisidores investigaban de una manera mucho más racional, tratando de dilucidar la veracidad de los indicios de adoración al Maligno.

El trabajo de los inquisidores se mostró tan eficiente que en 1231 se los integró en una institución de nueva creación, la Inquisición, con el objetivo de perseguir otras desviaciones del dogma.

El siguiente grupo acusado de herejía fue el de los caballeros Templarios. La orden militar del Temple había sido creada en 1118 para proteger el Santo Sepulcro en Jerusalén. Durante su existencia no tuvieron problemas de dogma ni de recaudación de impuestos; su principal crimen fue su vasta riqueza y su enorme poder. Fueron aniquilados en 1307, tras ser formalmente acusados de herejía y de adoración al demonio Baphomet.

Las disensiones en el seno de la Iglesia también surgieron de forma virulenta al otro lado del canal de la Mancha en 1380. Su líder, el sacerdote John Wycliffe, al que muchos consideran precursor del anglicanismo, cuestionó el pago de impuestos a Roma y abogó por una vuelta a los orígenes ascéticos de la Iglesia cristiana. Aunque fue acusado de hereje, lo salvó su proximidad al rey Ricardo Corazón de León, de quien había sido preceptor. Cuando, años después de su muerte, se reavivó la lucha contra la herejía, fue desenterrado, juzgado y excomulgado. Uno de sus seguidores en Bohemia, Jan Hus, defendió sus ideas en el Concilio de Constanza, tras lo cual fue condenado a muerte y quemado en la hoguera en 1415. Sus adeptos fueron perseguidos y aniquilados en 1437.

Como se describirá en detalle en el capítulo 6, a lo largo de los últimos siglos de la Edad Media, la Iglesia endureció su posición en la persecución de la herejía. Inicialmente las penas impuestas fueron eclesiásticas, incluían ayunos, oraciones y peregrinaciones, después se generalizaron penas de prisión y la muy lucrativa expropiación y, finalmente, se impusieron castigos físicos y penas de muerte. Este endurecimiento fue paralelo a un cambio radical de posición respecto a la consideración de los actos de brujería, que durante muchos siglos habían sido vistos como fruto de una imaginación calenturienta, por lo que no habían merecido más que una reprimenda y penas leves.

Los mecanismos de control, persecución y castigo empleados por las autoridades eclesiásticas contra las comunidades declaradas heterodoxas, como herejes y judíos, se fueron perfeccionando en los últimos siglos de la Edad Media. A comienzos de la Edad Moderna estaban listos para ser aplicados a la persecución de las brujas.