Recuérdase una vez, en los confines del mar Mediterráneo, había una isla tan hermosa y azul que los muchos viajeros, peregrinos, cruzados y mercaderes que se enamoraban de ella deseaban o no dejarla nunca, o intentar remolcarla con sogas de cáñamo de regreso a sus propios países.
Leyendas, quizá.
Aunque las leyendas existen para contarnos lo que la historia ha olvidado.
Han pasado muchos años desde que hui de aquel lugar a bordo de un avión, dentro de una maleta hecha con suave cuero negro, para no regresar jamás. Desde entonces he adoptado otra tierra, Inglaterra, en la que he crecido y prosperado, pero no pasa un solo día en que no anhele volver. A casa. A la tierra natal.
Debe de seguir allí donde la dejé, surgiendo y hundiéndose con las olas que rompen y espuman contra sus costas escarpadas. En la encrucijada de tres continentes —Europa, África, Asia— y del Levante, aquella región vasta e impenetrable ha desaparecido por completo de los mapas actuales.
Un mapa es una representación bidimensional con signos arbitrarios y líneas grabadas que establecen quién será nuestro enemigo y quién será nuestro amigo, quién merece nuestro amor y quién merece nuestro odio y quién nuestra pura indiferencia.
«Cartografía» es otro nombre que se le da a las historias que cuentan los vencedores.
Porque historias contadas por quienes han perdido no hay ninguna.
Así es como la recuerdo: playas doradas, aguas turquesas, cielos luminosos. Todos los años, las tortugas marinas llegaban a la orilla para desovar en la arena fina. El viento de última hora de la tarde traía el aroma de la gardenia, el ciclamen, la lavanda, la madreselva. Las ramas abrazadoras de las glicinas trepaban por las paredes encaladas, aspirando a alcanzar las nubes, esperanzadas de esa manera que solo conocen los soñadores. Cuando la noche te besaba la piel, como siempre hacía, podías oler el jazmín en su aliento. La luna, allí más cerca de la tierra, colgaba brillante y delicada sobre los tejados, lanzando un resplandor vívido sobre los estrechos callejones y las calles adoquinadas. Y aun así, las sombras encontraban la forma de reptar a través de la luz. Susurros de recelo y conspiración se propagaban en la oscuridad. Porque la isla estaba desgarrada en dos partes: el norte y el sur. Un lenguaje distinto, una escritura distinta, una memoria distinta prevalecían en cada una, y cuando los isleños rezaban, rara vez lo hacían al mismo dios.
La capital estaba dividida mediante una partición que la rebanaba como un tajo en el corazón. A lo largo de la línea de demarcación —la frontera— había casas ruinosas acribilladas de orificios de bala, patios vacíos con cicatrices de los estallidos de las granadas, tiendas tapiadas convertidas en ruinas, cancelas ornamentadas colgando en ángulo de sus goznes rotos, coches de lujo de otra época herrumbrados bajo capas de polvo... Las carreteras estaban bloqueadas por rollos de alambre de espino, pilas de sacos terreros, barriles llenos de cemento, zanjas antitanques y torres de vigilancia. Las calles terminaban de manera abrupta, como pensamientos inconclusos, como sentimientos no resueltos.
Los soldados hacían guardia con ametralladoras cuando no estaban haciendo rondas; hombres jóvenes, aburridos, solitarios, de diversos rincones del mundo, que poco sabían de la isla y de su compleja historia hasta que se vieron destinados a aquel entorno desconocido. Los muros estaban cubiertos de letreros oficiales con colores llamativos y letras mayúsculas:
PROHIBIDO EL PASO
¡NO ACERCARSE, ZONA RESTRINGIDA!
NO SE PERMITE HACER FOTOGRAFÍAS NI GRABACIONES
Después, más adelante, siguiendo la barricada, un añadido ilícito que había garabateado con tiza alguien que pasaba por allí:
BIENVENIDOS A TIERRA DE NADIE
La línea que desgarraba Chipre de una punta a la otra, una zona neutral por la que patrullaban las tropas de las Naciones Unidas, medía unos ciento ochenta kilómetros de largo y tenía unos seis de ancho en algunos puntos, mientras que en otros solo unos cuantos metros. Atravesaba todo tipo de paisajes —pueblos abandonados, costas remotas, humedales, tierras en barbecho, pinares, llanuras fértiles, minas de cobre y yacimientos arqueológicos—, serpenteando a lo largo de su curso como si fuese el fantasma de algún antiguo río. Pero era allí, a través y alrededor de la capital, donde se hacía más visible, tangible y, por lo tanto, inquietante.
Nicosia, la única capital dividida del mundo.
Descrita de ese modo, sonaba casi como algo positivo; tenía algo especial, si no único, una sensación de desafiar la gravedad, como si un solo grano de arena flotase hacia el cielo en un reloj de arena recién girado. Pero en realidad Nicosia no era ninguna excepción, era un nombre más añadido a la lista de lugares segregados y de comunidades separadas, de los que ya han quedado relegados a la historia y de los que están todavía por llegar. En aquel momento, sin embargo, era una peculiaridad. La última ciudad dividida de Europa.
Mi ciudad natal.
Hay muchas cosas a las que una frontera —incluso una tan inequívoca y bien vigilada como aquella— no puede impedirles cruzar. A los vientos etesios, por ejemplo, el meltemi o meltem, de nombre suave pero fuerza sorprendente. A las mariposas, los saltamontes y lagartos. A los caracoles tampoco, por penosamente lentos que sean. En algunas ocasiones, un globo de cumpleaños se escapa de la mano de algún niño y se va sin rumbo por el cielo, se aleja hacia el otro lado, al territorio enemigo.
Luego, a los pájaros. Las garzas azules, los escribanos cabecinegros, los abejeros europeos, las lavanderas boyeras, los mosquiteros musicales, los alcaudones núbicos y mis favoritos, las oropéndolas. Desde el lejano hemisferio norte, migran sobre todo durante la noche; mientras la oscuridad se congrega en las puntas de sus alas y les graba círculos rojos alrededor de los ojos, se detienen en Chipre, a mitad de camino de su largo viaje, antes de proseguir hacia África. La isla para ellos es un lugar de descanso, una laguna en el relato, una intermediedad.
Hay una colina en Nicosia a la que pájaros de todos los plumajes van buscando alimento. Está cubierta por zarzales crecidos, ortigas punzantes y matas de brezo. En mitad de esa densa vegetación hay un viejo pozo con una polea que chirría al menor tirón y un cubo de metal atado a una cuerda raída y cubierta de algas por la falta de uso. En lo más hondo la oscuridad es siempre total y el frío helador, incluso cuando el feroz sol del mediodía cae a plomo directamente desde lo alto. El pozo es una boca hambrienta esperando su próxima comida. Se traga todos los rayos de luz, todo rastro de calor, retiene todas las motas en su alargada garganta de piedra.
Si alguna vez os encontráis por la zona y si, llevados por la curiosidad o el instinto, os inclináis sobre el borde, miráis abajo y esperáis a que se os acostumbren los ojos, quizá captéis un destello allí al fondo, como el fugaz resplandor de las escamas de un pez antes de que vuelva a desaparecer en el agua. No dejéis que eso os engañe, sin embargo. No hay peces allí abajo. No hay serpientes. No hay escorpiones. No hay arañas colgando de sedosos hilos. El destello no proviene de un ser vivo, sino de un antiguo reloj de bolsillo de oro de dieciocho quilates recubierto de madreperla, grabado con los versos de un poema:
Llegar allí es tu meta.
Pero no te des prisa en tu viaje...[1]
Y en la parte de atrás hay dos letras, o más exactamente, la misma letra escrita dos veces:
Y & Y
El pozo tiene diez metros de profundidad y un metro veinte de ancho. Está construido con sillares de piedra de suaves curvas que descienden en trayectorias horizontales e idénticas hasta el fondo, hasta las aguas calladas con olor a moho. Atrapados en el fondo hay dos hombres. Los propietarios de una famosa taberna. Ambos de complexión delgada y estatura mediana, de orejas grandes y protuberantes sobre las que ellos solían bromear. Ambos nacidos y criados en aquella isla y ambos con cuarenta y tantos años cuando fueron secuestrados, apaleados y asesinados. Fueron arrojados a aquel hueco después de haber sido encadenados primero el uno al otro, y a una lata de tres litros de aceite de oliva llena de cemento después, para asegurarse de que nunca volvieran a emerger a la superficie. El reloj de bolsillo que uno de ellos llevaba el día de su rapto se detuvo ocho minutos exactos antes de la medianoche.
El tiempo es un pájaro cantor y, como cualquier pájaro cantor, puede ser hecho cautivo. Puede mantenerse preso en una jaula y durante más tiempo incluso del que pudiera parecer posible. Pero el tiempo no puede retenerse de manera perpetua.
Ninguna cautividad es para siempre.
Algún día el agua oxidará el metal y las cadenas se romperán y el corazón inflexible del cemento se suavizará como tienden a hacer hasta los corazones más inflexibles con el paso de los años. Solo entonces los dos cadáveres, libres por fin, nadarán hacia el resquicio de cielo en lo alto, resplandecientes a la luz del sol refractada; ascenderán hacia ese azul idílico, despacio primero, deprisa y desesperados después, como pescadores de perlas boqueando, buscando el aire.
Antes o después, ese pozo viejo y ruinoso en aquella isla solitaria y hermosa en los confines del mar Mediterráneo se desplomará sobre sí mismo y su secreto saldrá a la superficie, como se ven obligados a hacer al final todos los secretos.
Cómo enterrar un árbol
Inglaterra, finales de la década de 2010
Era la última clase del trimestre en el instituto Brook Hill, en el norte del Londres. Aula de primero de bachillerato. Clase de historia. Faltaban solo quince minutos para que sonara el timbre y los alumnos se iban inquietando, ansiosos por que empezasen las vacaciones de Navidad. Todos los alumnos; es decir, todos menos una.
Ada Kazantzakis, de dieciséis años, estaba sentada con callada intensidad en su asiento habitual junto a la ventana, en la parte de atrás del aula. Llevaba el pelo, del color de la caoba pulida, recogido en una coleta baja; sus facciones delicadas se veían marcadas y tensas y sus grandes ojos castaños de corza parecían delatar la falta de sueño de la noche anterior. Ni deseaba la época festiva ni sentía ninguna emoción ante la posibilidad de que nevase. De vez en cuando lanzaba miradas furtivas fuera, aunque su expresión se mantenía casi inalterada.
Hacia el mediodía había granizado; las bolitas congeladas de color blanco lechoso habían roto en pedazos las últimas hojas de los árboles, golpeado el techo del cobertizo de las bicicletas, rebotado en el suelo con un zapateado salvaje. Ahora todo se había quedado tranquilo, pero se notaba que el tiempo había empeorado de manera contundente. Se acercaba un temporal. Aquella mañana la radio había anunciado que, al cabo de no más de cuarenta y ocho horas, Gran Bretaña se vería embestida por un vórtice polar que traería bajas temperaturas sin precedentes, lluvias glaciales y ventiscas. Se esperaba que la escasez de agua, los cortes de electricidad y los reventones de las cañerías paralizasen amplias áreas de Inglaterra y Escocia, así como zonas del norte de Europa. La gente había estado haciendo acopio de reservas —latas de pescado, habichuelas en salsa de tomate, paquetes de pasta, papel higiénico— como si estuviese preparándose para un asedio.
Durante todo el día, los alumnos habían estado hablando solo del temporal, preocupados por sus planes para las vacaciones y sus preparativos de viaje. Pero Ada no. Para ella no había a la vista ni reuniones familiares ni destinos exóticos. Su padre no pensaba ir a ninguna parte. Tenía que trabajar. Siempre tenía que trabajar. Su padre era un adicto al trabajo incurable —todos los que lo conocían lo atestiguarían—, y, desde que la madre de Ada había muerto, se había refugiado en sus investigaciones como un topo que se esconde en su madriguera buscando seguridad y calor.
En algún momento del transcurso de su joven vida, Ada había comprendido que su padre era muy distinto de los otros padres, pero seguía resultándole difícil tomarse con filosofía su obsesión por las plantas. Los padres de todos los demás trabajaban en oficinas, tiendas o en la administración pública, vestían traje, camisa blanca y lustrados zapatos negros, mientras que el de ella solía ir con un chubasquero, un par de pantalones de molesquín verde oliva o marrones, botas resistentes. En vez de maletín, tenía un morral en el que llevaba objetos diversos, como lupas, equipo de disección, prensa para plantas, brújula y cuadernos. Otros padres parloteaban sin cesar sobre negocios y planes de jubilación, pero el de ella estaba más interesado en los efectos tóxicos de los pesticidas en la germinación de las semillas o el daño ecológico provocado por las explotaciones forestales. Hablaba del impacto de la deforestación con una pasión que sus homólogos reservaban para las fluctuaciones de sus carteras personales de acciones; no solo hablaba, sino que también escribía sobre ello. Ecologista y botánico evolutivo, había publicado doce libros. Uno de ellos se titulaba El reino misterioso: cómo los hongos conformaron nuestro pasado y cambiarán nuestro futuro. Otra de sus monografías trataba sobre antoceros, briofitas y musgos. La portada mostraba un puente de piedra sobre un riachuelo burbujeando entre piedras recubiertas de un verde aterciopelado. Justo encima de aquella imagen de ensueño estaba el título con letras doradas: Guía de campo de las briofitas comunes de Europa. Debajo, su nombre impreso con letras mayúsculas: KOSTAS KAZANTZAKIS.
Ada no tenía ni idea de qué tipo de personas leería la clase de libros que escribía su padre, pero no se había atrevido a mencionárselos a nadie en su instituto. No tenía intención de dar a sus compañeros de clase otro motivo más para que llegasen a la conclusión de que ella —y su familia— eran raros.
No importaba la hora del día que fuese: su padre parecía preferir la compañía de los árboles a la compañía de los humanos. Él siempre había sido así, pero cuando la madre de Ada vivía, había sido capaz de atemperar las excentricidades de él, posiblemente porque también ella tenía sus propias peculiaridades. Desde que había muerto, Ada había tenido la sensación de que su padre se había distanciado de ella, o quizá fuese ella la que se había estado distanciando de él; era difícil decir quién evitaba a quién en una casa sumida en las miasmas del duelo. Así que se quedarían en casa, los dos, no solo el tiempo que durase el temporal, sino todas las navidades. Ada esperaba que su padre se hubiese acordado de hacer la compra.
Bajó la mirada a su cuaderno. En la página abierta, abajo, había esbozado una mariposa. Despacio, trazó las alas, tan frágiles, tan fáciles de romper.
—Oye, ¿tienes un chicle?
Despertando de su ensoñación, Ada se dio la vuelta. Le gustaba sentarse al fondo del aula, aunque eso supusiera estar emparejada con Emma-Rose, que tenía la molesta costumbre de hacerse crujir los nudillos y masticar un chicle tras otro —aunque no estaba permitido en clase—, y una tendencia a dar la lata con asuntos que no le interesaban a nadie más que a ella.
—No, lo siento. —Ada negó con la cabeza y dirigió una mirada nerviosa a la profesora.
—La historia es un tema de lo más fascinante —estaba diciendo la señora Walcott, con los zapatos bajos de cuero calado plantados con firmeza detrás del escritorio, como si necesitase una barricada tras la cual enseñar a sus alumnos, a los veintinueve—. Si no entendemos nuestro pasado, ¿cómo esperamos modelar nuestro futuro?
—Ay, no puedo soportarla —masculló Emma-Rose.
Ada no hizo ningún comentario. No estaba segura de si Emma-Rose se había referido a ella o a la profesora. Si era lo primero, no tenía nada que decir en su propia defensa. Si era lo segundo, no iba a participar en el vilipendio. Le caía bien la señora Walcott, quien, aunque bien intencionada, estaba claro que le costaba mantener la disciplina en clase. Ada había oído decir que se había quedado viuda unos años antes. No pocas veces se había imaginado cómo sería la vida cotidiana de su profesora: cómo arrastraría fuera de la cama su cuerpo redondo por las mañanas, correría a darse una ducha antes de que se acabase el agua caliente, rebuscaría en el armario un vestido apropiado no muy distinto del vestido apropiado del día anterior, improvisaría un desayuno para sus mellizos antes de dejarlos en la guardería, con la cara colorada, el tono de disculpa. También se había imaginado a su profesora tocándose por las noches, trazando círculos con la mano debajo del camisón de algodón, invitando a veces a su casa a hombres que le dejarían huellas húmedas en la alfombra y amargura en el alma.
Ada no tenía ni idea de si sus fantasías se correspondían con la realidad, pero sospechaba que sí. Era un talento suyo, quizá el único. Podía detectar las tristezas de otras personas de igual manera que un animal es capaz de oler a otro de su especie a dos kilómetros de distancia.
—Muy bien, chicos, una última nota antes de que os vayáis —dijo la señora Walcott dando una palmada—. El trimestre que viene estudiaremos la emigración y el cambio generacional. Es un proyecto bonito y divertido antes de ponernos a trabajar en serio y de que sigamos con el repaso de cara a los exámenes para el certificado de secundaria. Para ir preparándolo, quiero que durante las vacaciones entrevistéis a alguna persona anciana de vuestra familia. Lo ideal serían vuestros abuelos, pero puede ser cualquier otro miembro de la familia. Preguntadles cómo eran las cosas cuando eran jóvenes y presentadme una redacción de entre cuatro y cinco páginas.
Un coro de suspiros de infelicidad se propagó por toda la clase.
—Aseguraos de sustentar vuestra redacción con hechos históricos —dijo la señora Walcott, ignorando la reacción—. Quiero ver una investigación bien hecha, corroborada con pruebas, nada de especulaciones.
A continuación hubo más suspiros y quejidos.
—¡Ah! Y no os olvidéis de comprobar si tenéis alguna reliquia de familia por ahí: un anillo antiguo, un vestido de novia, un juego de porcelana de otra época, una colcha hecha a mano, una caja de cartas o recetas familiares, cualquier recuerdo que haya quedado como herencia.
Ada bajó la vista. Nunca había conocido a ningún miembro de su familia, de ninguna de las dos ramas. Sabía que vivían en alguna parte de Chipre, pero todo su conocimiento acababa más o menos ahí. ¿Qué clase de personas eran? ¿Cómo pasaban los días? ¿La reconocerían si se cruzasen con ella por la calle o si se encontrasen en el supermercado? La única familia cercana de la que había oído hablar era de una tía, una tal Meryem, que les mandaba alegres postales de playas soleadas y praderas de flores silvestres que contrastaban con su ausencia total en sus vidas.
Si su familia seguía siendo un misterio, Chipre era otro aún mayor. Había visto fotos en internet, pero no había viajado ni una sola vez al lugar al que debía su nombre.
En el idioma de su madre, su nombre significaba «isla». Cuando era más pequeña, había asumido que era una referencia a Gran Bretaña, la única isla que había conocido, pero más adelante se enteró de que, de hecho, era por otra isla muy lejana, y de que la llamaron así porque había sido concebida allí. Aquel descubrimiento le había dejado confusa, por no decir incómoda. Primero, porque le recordaba que sus padres habían mantenido relaciones sexuales, algo en lo que jamás quería pensar; segundo, porque la ataba, de forma inevitable, a un lugar que hasta entonces solo había existido en su imaginación. Desde entonces había añadido su propio nombre a la colección de palabras no inglesas que se guardaba para sí, palabras que, si bien curiosas y pintorescas, sentía todavía lo bastante distantes y desconocidas para que siguieran resultándole incomprensibles, como piedrecitas perfectas que se recogen en la playa y se llevan a casa, pero con las que después no se sabe qué hacer. A esas alturas, ya tenía bastantes de aquellas. También algunos modismos. Y canciones, alegres melodías. Pero eso era más o menos todo. Sus padres no le habían enseñado sus lenguas maternas, habían preferido comunicarse en casa exclusivamente en inglés. Ada no sabía hablar ni el griego de su padre ni el turco de su madre.
Mientras fue creciendo, cada vez que preguntaba por qué no habían ido todavía a Chipre a que conociera a sus familias o por qué sus familias no habían ido a Inglaterra a visitarlos, tanto su padre como su madre le habían dado un sinfín de excusas. Que no era el momento apropiado; que tenían mucho trabajo que hacer o demasiados gastos que sufragar... Poco a poco, una sospecha había arraigado en ella: quizá el matrimonio de sus padres no tenía la aprobación de sus familias. En ese caso, conjeturó, en realidad tampoco tenía ella, producto de aquel matrimonio, su aprobación. Sin embargo, hasta donde fue capaz, Ada había conservado la esperanzada creencia de que si cualquiera de los miembros de las dos familias pasaba un tiempo con sus padres y con ella, les perdonarían por lo que fuese que no les habían perdonado.
Desde que había muerto su madre, sin embargo, Ada había dejado de hacer preguntas sobre sus parientes más cercanos. Si eran de esas personas que no iban al funeral de una de las suyas, era muy improbable que sintieran ningún cariño por la hija de la fallecida, una niña a la que nunca habían visto.
—Cuando hagáis las entrevistas, no juzguéis a las generaciones de vuestros mayores —dijo la señora Walcott—. Escuchadles con atención, intentad ver las cosas a través de sus ojos. Y aseguraos de grabar toda la conversación.
Jason, que estaba sentado en la primera fila, la interrumpió.
—Así que si entrevistamos a un criminal nazi, ¿tenemos que ser amables con él?
La señora Walcott suspiró.
—Bueno, es un ejemplo un poco extremo. No, no espero que seáis amables con esa clase de personas.
Jason sonrió burlón, como si se hubiese anotado un punto.
—¡Profesora! —intervino Emma-Rose—. En casa tenemos un violín antiguo, ¿cuenta como reliquia familiar?
—Si ha pertenecido a tu familia durante generaciones, por supuesto.
—Ah, sí, lo tenemos desde hace muchísimo tiempo —dijo Emma-Rose con una sonrisa radiante—. Mi madre dice que lo hicieron en Viena en el siglo XIX. ¿O era en el XVIII? Como sea, es muy valioso, pero no lo vamos a vender.
Zafaar levantó la mano.
—Nosotros tenemos el arcón del ajuar de mi abuela. Lo trajo consigo desde el Punjab. ¿Eso sirve?
Ada sintió que el corazón le daba un vuelco, ni siquiera oyó la respuesta de la profesora ni el resto de la conversación. Todo su cuerpo se puso rígido mientras intentaba no mirar a Zafaar, por temor a que su cara revelase sus sentimientos.
El mes anterior los habían emparejado a los dos de manera inesperada para un proyecto de la clase de ciencias: montar un aparato que midiese cuántas calorías contenían distintos tipos de alimentos. Después de días de intentar coordinar una reunión y fracasar, Ada se había dado por vencida y había hecho la mayor parte de la investigación sola: había encontrado artículos, comprado el equipo, montado el calorímetro. Al final les habían puesto un sobresaliente a los dos. Zafaar le había dado las gracias con una minúscula sonrisa en la comisura de los labios, y con una incomodidad que podía deberse al cargo de conciencia, pero que también podría haber sido indiferencia. Fue la última vez que habían hablado.
Ada nunca había besado a un chico. Todas las chicas de su clase tenían algo que contar —real o imaginario— cuando se juntaban en el vestuario antes y después de la clase de educación física, pero ella no. Aquel silencio absoluto suyo no había pasado inadvertido y había dado lugar a muchas tomaduras de pelo y burlas. Una vez se encontró en su mochila una revista porno, que habían metido allí unas manos desconocidas, estaba segura de ello, para que le diese un ataque. Pasó angustiada el día entero por si algún profesor la descubría e informaba a su padre; no porque le tuviese miedo a su padre como sabía que otros alumnos se lo tenían a los suyos. No era temor lo que sentía; ni siquiera culpa, después de haber decidido quedarse con la revista. No era ese el motivo por el que no le había contado el incidente u otros incidentes. Había dejado de compartir cosas con su padre desde el momento en que intuyó, con un instinto primario, que era ella quien debía protegerlo del sufrimiento.
Si su madre estuviese viva, Ada podría haberle enseñado la revista. Podrían haberla hojeado juntas, con risitas nerviosas. Podrían haber hablado mientras sostenían entre las manos y contra el pecho tazas de chocolate caliente y aspiraban el vapor que se elevaba hasta sus caras. Su madre habría entendido los pensamientos díscolos, los pensamientos subidos de tono, la cara oculta de la luna. Una vez le había dicho, medio en broma, que era demasiado rebelde para ser buena madre y demasiado maternal para ser buena rebelde. Solo después, cuando ya se había muerto, reconoció Ada que, a pesar de todo, era buena madre... y buena rebelde. Hacía once meses y ocho días exactos de su muerte. Aquellas serían las primeras navidades que pasaría sin ella.
—¿Qué te parece, Ada? —preguntó la señora Walcott de pronto—. ¿Estás de acuerdo con eso?
Como había vuelto a su dibujo, Ada tardó un instante en levantar la vista de la mariposa y darse cuenta de que la profesora la estaba mirando. Se ruborizó hasta la raíz del pelo. La espalda se le tensó como si su cuerpo hubiese sentido un peligro que ella todavía no había comprendido. Cuando recobró la voz, le salió tan temblorosa que no estaba segura de haber hablado en realidad.
—¿Perdón?
—Te preguntaba si te parece que Jason tiene razón.
—Perdón, profesora, ¿razón con qué?
Hubo risitas reprimidas.
—Hablábamos de reliquias familiares —dijo la señora Walcott con una sonrisa cansada—. Zafaar ha mencionado el arcón del ajuar de su abuela. Entonces Jason ha dicho que por qué son siempre las mujeres las que se aferran a esos recuerdos y bagatelas del pasado. Y yo quería saber si estás de acuerdo con esa afirmación.
Ada tragó saliva. El pulso le latía en las sienes. El silencio, denso y glutinoso, fue inundando el espacio que la rodeaba. Se lo imaginaba extendiéndose como tinta oscura sobre tapetes blancos de ganchillo, como los que había encontrado en el cajón del tocador de su madre. Cortados con esmero y de manera obsesiva en trocitos pequeños, destrozados, su madre los había colocado entre capas de papel de seda, como si no pudiese ni guardarlos tal como estaban ni tuviese fuerzas para tirarlos.
—¿Alguna idea? —dijo la señora Walcott, con voz amable aunque insistente.
Despacio y sin reflexionar, Ada se levantó arrastrando la silla contra el suelo de baldosas y haciendo mucho ruido. Carraspeó, aunque no tenía ni idea de qué decir. Se le había quedado la mente en blanco. En la página abierta que tenía delante, la mariposa, asustada y desesperada por huir, salió volando, aunque sus alas, sin terminar y con los bordes imprecisos, apenas eran lo bastante fuertes.
—Yo... No creo que sean siempre las mujeres. Mi padre también lo hace.
—¿En serio? —preguntó la señora Walcott—. ¿A qué te refieres con exactitud?
En ese momento, todos sus compañeros de clase la miraban fijamente, esperando a que dijese algo que tuviese sentido. En los ojos de algunos se veía una leve lástima, en otros una cruda indiferencia, que ella prefería con mucho. Aquella expectación colectiva hizo que se sintiera a la deriva, con la presión acumulándose en los oídos como si se estuviese hundiendo en el agua.
—¿Puedes ponernos un ejemplo? —dijo la señora Walcott—. ¿Qué guarda tu padre?
—Hum..., mi padre... —dijo Ada arrastrando las palabras, y luego se interrumpió.
¿Qué les podía contar sobre él? ¿Que a veces se olvidaba de comer o incluso de hablar, que dejaba pasar días enteros sin consumir comida decente o pronunciar una frase completa, o que si pudiese es probable que se pasara el resto de su vida en el jardín de atrás o, mejor aún, en un bosque en alguna parte, con las manos enterradas, rodeado de bacterias, hongos y todas aquellas plantas creciendo y descomponiéndose por momentos? ¿Qué les podía contar de su padre que les hiciese comprender cómo era, cuando a ella misma le costaba mucho saber ya quién era?
En cambio, dijo una sola palabra.
—Plantas.
—Plantas... —repitió la señora Walcott, con una mueca de incomprensión.
—A mi padre le gustan mucho —añadió Ada con rapidez, arrepintiéndose al instante de la elección de sus palabras.
—Ay, qué mono... ¡Le gustan las flores! —comentó Jason con tono empalagoso.
La risa se extendió por la clase, ya sin restricciones. Ada se dio cuenta de que hasta su amigo Ed evitaba mirarla y fingía leer algo en su libro de texto, con los hombros caídos y la cabeza gacha. Entonces se fijó en Zafaar y se encontró con que sus brillantes ojos negros, que rara vez la miraban, ahora la estudiaban con una curiosidad rayana en la preocupación.
—Bueno, eso es muy bonito —dijo la señora Walcott—. Pero ¿se te ocurre algún objeto al que le tenga cariño? Algo que tenga un valor sentimental.
En aquel momento no había nada que Ada deseara más que encontrar las palabras apropiadas. ¿Por qué se escondían de ella? El estómago se le contrajo con una punzada de dolor, tan afilada que por unos segundos creyó que no podría respirar y aún menos hablar. Y, sin embargo, se recobró y, cuando lo hizo, se oyó decir:
—Pasa mucho tiempo con sus árboles.
La señora Walcott asintió levemente mientras se le iba borrando la sonrisa de los labios.
—Sobre todo con una higuera, creo que es su favorita.
—Muy bien, ya puedes sentarte —dijo la señora Walcott.
Pero Ada no obedeció. El dolor, que le había atravesado la caja torácica, buscaba una escapatoria. Sintió una opresión en el pecho, como si lo apretasen unas manos invisibles. Estaba desorientada y el aula se mecía levemente bajo sus pies.
—¡Dios mío, qué patética es! —susurró alguien lo bastante alto para que lo oyese.
Ada cerró los ojos con fuerza mientras sentía que el comentario le quemaba como un hierro candente en la carne. Pero nada de lo que hicieran o dijeran podía ser peor que el desprecio que sentía por sí misma en aquel momento. ¿Qué problema tenía? ¿Por qué no podía responder a una pregunta sencilla como todos los demás?
De niña le encantaba girar en círculos sobre la alfombra turca hasta marearse y caer al suelo, desde donde observaba luego el mundo dar vueltas y vueltas. Recordaba los dibujos tejidos a mano de la alfombra disolviéndose en mil chispas, los colores mezclándose unos con otros, el escarlata con el verde, el azafrán con el blanco. Pero lo que estaba experimentando en ese momento era un tipo diferente de mareo. Tenía la sensación de estar entrando en una trampa, de que una puerta se cerraba tras ella, de que un pestillo hacía clic al cerrarse. Se sentía paralizada.
Muchas veces en el pasado había sospechado que llevaba dentro una tristeza que no era del todo suya. En la clase de ciencias habían aprendido que todo el mundo heredaba un cromosoma de su madre y otro de su padre; largas cadenas de ADN con miles de genes que formaban miles de millones de neuronas y los miles de millones de conexiones entre ellas. Toda aquella información genética pasaba de padres a hijos —supervivencia, crecimiento, reproducción, el color del pelo, la forma de la nariz, si tenías pecas o estornudabas con la luz del sol—; todo estaba allí. Pero nada de aquello respondía a la única pregunta que ardía en su mente: ¿era posible también heredar algo tan intangible e inconmensurable como la tristeza?
—Puedes sentarte —repitió la señora Walcott.
Ada siguió sin moverse.
—Ada..., ¿no me has oído?
Siguió erguida mientras intentaba contener el miedo que le llenaba la garganta y le congestionaba los orificios nasales. Le recordaba al sabor del mar bajo un sol violento, abrasador. Lo tocó con la punta de la lengua. No era la salada salmuera marina después de todo, era sangre caliente. Se había estado mordiendo el interior de la mejilla.
Deslizó la mirada hacia la ventana, más allá de la cual se aproximaba el temporal. Percibió en el cielo gris pizarra, entre los bancos de nubes, una franja carmesí sangrando en el horizonte, como una vieja herida no del todo curada.
—Siéntate, por favor —oyó decir a la profesora.
Y una vez más, no obedeció.
Después, mucho después, cuando lo peor ya había pasado y estaba sola en su cama por la noche, incapaz de quedarse dormida, escuchando a su padre también insomne pasear de un lado a otro por la casa, Ada Kazantzakis repasaría aquel momento, aquella fisura en el tiempo, cuando podría haber hecho lo que le habían mandado y haber vuelto a sentarse para seguir siendo más o menos invisible para toda la clase, para pasar desapercibida, aunque también sin que la molestasen; las cosas podrían haber seguido como estaban si se hubiese impedido hacer lo que hizo a continuación.
Esta tarde, mientras las nubes de tormenta descendían sobre Londres y el mundo se ponía del color de la melancolía, Kostas Kazantzakis me ha enterrado en el jardín. Es decir, en el jardín de atrás. Por lo general, me gustaba estar aquí, entre las exuberantes camelias, las madreselvas de agradable fragancia y los hamamelis con sus flores con forma de araña, pero hoy no era un día normal. He intentado alegrarme y ver el lado bueno de las cosas, pero ha sido en vano. Estaba nerviosa, llena de aprensión. Nunca antes me habían enterrado.
Kostas había estado fuera, expuesto al frío, trabajando duro, desde primera hora de la mañana. Un leve velo de sudor se le había formado en la frente, que relucía cada vez que forzaba el filo de la pala a entrar en la tierra sólida. Tras él se extendían las sombras de los espaldares de madera que en verano se cubren de rosas trepadoras y tallos de clemátides, pero que en esa época no eran más que una barrera traslúcida que separa nuestro jardín de la terraza del vecino. Acumulándose lentamente junto a sus botas de cuero, a lo largo del trazo plateado dejado por un caracol, había una pila de tierra fría y húmeda que se desmoronaba al tocarla. El aliento se le condensaba delante de la cara, tenía los hombros tensos dentro de la parka marinera —la que se compró en una tienda de segunda mano en Portobello Road— y los nudillos rojos y en carne viva le sangraban un poco, aunque él no parecía notarlo.
Yo tenía frío y, aunque no quería admitirlo, miedo. Deseaba compartir mis preocupaciones con él. Pero incluso aunque yo hubiese podido hablar, estaba demasiado distraído para oírme, absorto en sus propios pensamientos mientras seguía cavando sin siquiera echar un vistazo hacia donde yo me encontraba. Una vez hubo terminado, dejó a un lado la pala, me miró con esos ojos color verde salvia, que yo sabía que habían visto cosas tanto placenteras como dolorosas, y me empujó dentro del hoyo.
Faltaban solo unos días para la Navidad, y por todo el barrio brillaban las lucecitas de colores y los espumillones metalizados, los Papás Noel hinchables y los renos con sonrisas de plástico. Parpadeaban las guirnaldas brillantes colgadas de las marquesinas de las tiendas y titilaban las estrellas en las ventanas de las casas, ofreciendo atisbos furtivos a las vidas de los otros, que de alguna manera siempre parecían menos complicadas, más emocionantes, más felices.
Dentro del seto empezó a cantar —notas veloces, ásperas— una curruca zarcera. Me pregunté qué hacía un sílvido norteafricano en nuestro jardín en esa época del año; por qué no se había ido en busca de lugares más cálidos con todos los demás, que deben de estar ahora de camino al sur y que, si hiciesen un leve cambio en su plan de vuelo, muy bien podrían dirigirse a Chipre y visitar mi tierra natal.
Sabía que en ocasiones las aves paseriformes se pierden. Rara vez, pero aun así ocurre. Y a veces, sin más, no pueden hacer más el viaje de cada año, el mismo pero nunca el mismo, kilómetros de vacío extendiéndose en todas direcciones, así que se quedaban, aunque eso significase el hambre y el frío y, muchas veces, la muerte.
Ya estaba siendo un largo invierno, muy distinto del clima templado del año anterior, con sus cielos nublados, sus lluvias dispersas, caminos embarrados, una cascada de tiempo plomizo y gris. Nada extraordinario para la querida y vieja Inglaterra. Pero ese año, desde principios del otoño, el tiempo había sido imprevisible. Por la noche oíamos el aullido del temporal, que nos hacía rememorar cosas indómitas e inesperadas, cosas dentro de cada uno de nosotros que todavía no estábamos preparados para afrontar, aún menos comprender. Muchas mañanas, al despertarnos, nos encontrábamos las carreteras escarchadas de hielo y briznas de hierba endurecidas como lascas de esmeralda. En Londres, miles de personas sin hogar dormían en la calle, y no había albergues suficientes ni siquiera para una cuarta parte de ellas.
Esa noche iba a ser la más fría del año hasta el momento. Ya el aire, como si estuviese compuesto por esquirlas de cristal, atravesaba todo lo que tocaba. Por eso Kostas se estaba dando prisa, empeñado en acabar su tarea antes de que la tierra se convirtiese en piedra.
«Temporal Hera»: así habían llamado al inminente ciclón. Ni George ni Olivia ni Charlie ni Matilda esta vez, sino un nombre mitológico. Decían que sería el peor en siglos, peor que la Gran Tormenta de 1703, que arrancó las tejas de los tejados, le quitó a las señoras sus corsés de barbas de ballena, a los caballeros sus pelucas empolvadas y a los mendigos los andrajos que llevaban encima; destrozó por igual las mansiones con entramado de madera y las chabolas hechas de barro; destrozó los barcos de vela como si fuesen barquitos de papel e hizo volar todas las aguas residuales que flotaban Támesis abajo hacia las riberas del río.
Cuentos, quizá, pero yo me los creía. Igual que creía en las leyendas y en el trasfondo de verdad que intentan transmitir.
Me dije que si todo salía según lo planeado, solo estaría enterrada tres meses, quizá incluso menos. Cuando los narcisos florecieran a lo largo de los senderos y los jacintos silvestres alfombrasen los bosques y toda la naturaleza estuviese animada de nuevo, sería desenterrada; erguida y despabilada. Pero, por mucho que lo intentase, no podía aferrarme a aquel ápice de esperanza mientras el invierno, feroz e implacable, parecía haber llegado para quedarse. De todas formas, nunca se me había dado bien el optimismo. Debe de estar en mi ADN. Desciendo de un largo linaje de pesimistas. Así que hice lo que suelo hacer: empecé a imaginarme todas las maneras en que podían salir mal las cosas. ¿Y si ese año no llegaba la primavera y tenía que seguir debajo de la tierra... para siempre? ¿O y si la primavera hacía su aparición por fin, pero Kostas Kazantzakis se olvidaba de desenterrarme?
Una ráfaga de viento pasó veloz, penetrando en mí como un cuchillo serrado.
Kostas debió de darse cuenta, porque dejó de cavar.
—¡Mírate! Te estás helando, pobrecita.
Se preocupaba por mí, siempre lo había hecho. En el pasado, cada vez que el tiempo se volvía glacial, tomaba precauciones para mantenerme con vida. Recuerdo una tarde helada de enero en que instaló cortavientos a mi alrededor y me envolvió con capa sobre capa de arpillera para reducir la pérdida de humedad. Otra vez me cubrió con mantillo. Colocó lámparas de infrarrojos en el jardín para proporcionarme calor a lo largo de la noche y, lo que era más crucial, antes del despuntar del alba, la hora más oscura del día y a menudo la más fría. Es cuando la mayoría de nosotros cae en un sueño del que nunca despierta: los sin techo en las calles y nosotras...
... las higueras.
Soy una Ficus carica, conocida como higuera común, aunque os aseguro que no tengo nada de común. Soy una orgullosa miembro de la gran familia de las moráceas del género Ficus del reino Plantae. Provengo de Asia Menor, se me puede encontrar a lo largo de una vasta geografía, desde California a Portugal y el Líbano, desde las costas del mar Negro a las colinas de Afganistán y los valles de la India.
Enterrar las higueras en zanjas bajo tierra durante los inviernos más duros y desenterrarlas en primavera es una curiosa tradición, si bien está muy arraigada. Los italianos instalados en las ciudades con temperaturas bajo cero de Estados Unidos y Canadá la conocen. Igual que los españoles, portugueses, malteses, griegos, libaneses, egipcios, tunecinos, marroquíes, israelíes, palestinos, iraníes, kurdos, turcos, jordanos, sirios, judíos sefardíes... y nosotros, los chipriotas.
Quizá hoy en día esta costumbre no es tan conocida para los jóvenes, pero sí lo es para los ancianos, los que emigraron primero desde los climas más templados del Mediterráneo a las ciudades borrascosas y las conurbaciones de todo Occidente. Los que, después de tantos años, siguen inventándose maneras ingeniosas de pasar de contrabando por las fronteras su queso apestoso favorito, pastrami ahumado, tripas de oveja rellenas, manti congelado, tahini casero, sirope de algarroba, karidaki glyko, sopa de estómago de vaca, salchichas de bazo, ojos de atún, criadillas de carnero..., aunque podrían, si se molestasen en buscar, encontrar algunas de esas exquisiteces en la sección «Internacional» de los supermercados de sus países de adopción. Aunque ellos asegurarían que no saben igual.
Los inmigrantes de primera generación son una especie en sí mismos. Se visten mucho de beis, gris o marrón. Colores que no destacan. Colores que susurran, que nunca gritan. Hay una tendencia a la formalidad en sus modos, un deseo de ser tratados con dignidad. Se mueven con cierto desgarbo, no muy cómodos en sus entornos. Tanto eternamente agradecidos por las oportunidades que les ha dado la vida como marcados por lo que les ha sido arrebatado, siempre fuera de lugar, separados de los demás por alguna experiencia no expresada, como supervivientes de un accidente de tráfico.
Los inmigrantes de primera generación les hablan a sus árboles todo el tiempo; es decir, cuando no hay nadie cerca. Se confían a nosotros, nos describen sus sueños y aspiraciones, también a quienes dejaron atrás, como mechones de lana que se quedan enganchados en los alambres de espino al cruzar las cercas. Pero la mayoría de las veces disfrutan de nuestra compañía sin más, nos hablan como si fuésemos sus viejos amigos a los que echaban de menos desde hace mucho tiempo. Son bondadosos y delicados con las plantas, sobre todo con aquellas que trajeron consigo desde sus perdidas tierras natales. Saben, en lo profundo de su ser, que cuando salvas a una higuera de la tormenta, lo que estás salvando es el recuerdo de alguien.
—Ada, por favor, siéntate —dijo la señora Walcott una vez más, con un tono más severo debido a la tensión.
Pero, una vez más, Ada no se movió. No era que no hubiese oído a la profesora. Entendía a la perfección lo que le estaba pidiendo y no tenía ninguna intención de desafiarla, pero en aquel momento simplemente no podía conseguir que el cuerpo obedeciese a la mente. Con el rabillo del ojo vislumbró un punto sobrevolando: la mariposa que había dibujado en su cuaderno revoloteaba por el aula. La observó con inquietud, preocupada por si alguien más la veía, aunque una parte pequeña y separada de ella sabía que no la verían.
Trazando un rumbo en zigzag, la mariposa se posó en el hombro de la profesora y se subió a uno de sus pendientes colgantes de plata, tipo chandelier. Con la misma rapidez, despegó y giró hacia Jason, reposó en sus hombros estrechos. Entonces Ada pudo visualizar los cardenales ocultos bajo la camiseta interior de Jason, la mayoría de ellos antiguos y descoloridos, aunque había uno bastante grande y reciente. De un color deslumbrante, morado crudo. Aquel chico, que estaba siempre haciendo bromas y rezumando confianza en sí mismo en el instituto, en casa recibía golpes de mano de su propio padre. Ada sofocó un grito. Dolor, había tanto dolor en todas partes y en todo el mundo... La única diferencia estaba entre los que se las arreglaban para esconderlo y los que ya no podían hacerlo.
—¿Ada? —dijo la señora Walcott más alto.
—¡A lo mejor es sorda! —bromeó uno de los alumnos.
—¡O retrasada!
—No usamos ese tipo de palabras en clase —dijo la señora Walcott, sin convencer a nadie.
Volvió a fijar la mirada en Ada, en su cara ancha se iban alternando la confusión y la preocupación.
—¿Pasa algo malo?
Petrificada, Ada no dijo ni una palabra.
—Si hay algo que quieras contarme, puedes hacerlo después de clase. ¿Por qué no hablamos más tarde?
Aun así, Ada no obedeció. Sus extremidades, actuando por voluntad propia, se negaban a reaccionar. Se acordó de que su padre le había contado que, a temperaturas extremadamente frías, algunos pájaros, como el carbonero cabecinegro, se sumían en cortos periodos de letargo a fin de conservar la energía para cuando llegasen las peores inclemencias del tiempo. Así se sentía exactamente ella en aquel momento, desmoronada en una especie de inercia preparatoria para lo que estaba por venir.
«¡Siéntate, idiota, te estás poniendo en evidencia!».
¿Fue otro alumno el que le susurró aquellas palabras o una voz maliciosa en su cabeza? Nunca lo sabría. Con la boca apretada formando una línea y la mandíbula contraída, se aferró al borde de su pupitre, desesperada por agarrarse a algo, preocupada por si al soltarse perdía el equilibrio y caía. Con cada inhalación, el pánico se revolvía y circulaba por sus pulmones, se filtraba en todos sus nervios y células y, en cuanto volvió a abrir la boca, se desparramó y salió a borbotones una corriente subterránea ansiosa por escapar de sus confines. Un sonido a la vez muy conocido y demasiado extraño para ser suyo surgió de algún lugar de su interior: alto, ronco, salvaje, inapropiado.
Gritó.
Tan imprevista y contundente y extremadamente aguda fue su voz que los demás alumnos enmudecieron. La señora Walcott se quedó quieta, con las manos apretadas contra el pecho y las arrugas de alrededor de los ojos más pronunciadas. En todos sus años de enseñanza nunca había visto nada igual.
Pasaron cuatro segundos, ocho, diez, doce... El reloj de la pared avanzaba lenta y dolorosamente. El tiempo se combó y se dobló sobre sí mismo, como vigas de madera seca, carbonizada.
Ahora la señora Walcott estaba a su lado, intentando hablarle. Ada sentía los dedos de su profesora en el brazo y sabía que la mujer estaba diciéndole algo, pero no podía distinguir las palabras mientras seguía gritando. Pasaron quince segundos. Dieciocho, veinte, veintitrés...
Su voz era como una alfombra voladora que la levantaba y se la llevaba contra su voluntad. Tenía la sensación de estar flotando, observándolo todo desde una lámpara del techo, salvo que no parecía como si estuviese en lo alto, sino más bien como si estuviese fuera, con la sensación de salir de sí misma, de no ser parte del momento presente ni de este mundo.
Se acordó de un sermón que había escuchado una vez, quizá en una iglesia, quizá en una mezquita, ya que en diferentes etapas de su infancia había visitado ambas, aunque no por mucho tiempo. «Cuando el alma abandona el cuerpo, asciende hacia el firmamento, y en su trayecto se detiene para observar yace debajo, inmutable, impasible, no afectado por el dolor». ¿Fue el obispo Vasilios quien dijo aquello o el imán Mahmud? Iconos de plata, velas de cera de abeja, cuadros con caras de santos y apóstoles, el ángel Gabriel con un ala abierta y la otra plegada, un ejemplar desgastado de la Biblia ortodoxa con las páginas muy manoseadas y el lomo fatigado... Alfombras de oración de seda, rosarios de ámbar, un libro de hadices, un volumen ajado de la Interpretación islámica de los sueños, consultado después de cada sueño y de cada pesadilla... Ambos hombres habían intentado persuadir a Ada para que eligiese su religión, para que se pusiera de su parte. A ella le parecía, cada vez más, que al final había elegido el vacío. La nada. Una cáscara ingrávida que seguía salvaguardándola en su interior, que la mantenía separada de los demás. Sin embargo, mientras siguió gritando en la última hora del último día de clase, sintió algo casi trascendental, como si no estuviese y no hubiese estado nunca confinada dentro de los límites de su cuerpo.
Pasaron treinta segundos. Una eternidad.
Se le quebró la voz, pero persistió. Había algo profundamente humillante y sin embargo igual de electrizante en oírse gritar a una misma; desprenderse, desvincularse, sin control, sin restricciones, sin saber lo lejos que la llevaría aquella fuerza indómita que le salía de dentro. Era una cosa animal. Una cosa salvaje. En aquel momento, nada suyo pertenecía a su ser anterior. Sobre todo, su voz. Aquello podría haber sido el agudo chillido de un halcón, el aullido de un lobo que inquieta el alma, el ronco gañido de un zorro rojo a medianoche. Podría haber sido cualquiera de ellos, pero no el grito de una colegiala de dieciséis años.
Los demás alumnos, con los ojos agrandados por el asombro y la incredulidad, miraban fijamente a Ada, hechizados por aquel alarde de demencia. Algunos habían ladeado la cabeza como si estuviesen intentando desentrañar cómo podía salir un alarido tan perturbador de una chica tan tímida. Ada percibía ese miedo y, por una vez, se sintió bien por no ser ella la que estaba asustada. Con el rabillo del ojo los veía a todos juntos, indistinguibles con sus caras desconcertadas y sus gestos coincidentes, una cadeneta de papel de cuerpos idénticos. No formaba parte de aquella cadeneta. No formaba parte de nada. En su perfecta soledad, estaba completa. Nunca se había sentido tan expuesta y sin embargo tan poderosa.
Pasaron cuarenta segundos.
Y Ada Kazantzakis siguió gritando, y su rabia, si es que aquello era rabia, se autopropulsaba, un combustible que se consumía a toda velocidad sin dar señales de que fuera a aplacarse. Se le había cubierto la piel de manchas de color grana, la base de la garganta le raspaba y le palpitaba de dolor, las venas del cuello le latían con la corriente sanguínea y seguía con las manos abiertas frente a ella, aunque para entonces ya no agarraban nada. Una visión de su madre le cruzó la mente justo en ese momento y, por primera vez desde su muerte, pensar en ella no hizo que se le saltaran las lágrimas.
Sonó el timbre.
Fuera del aula, se multiplicaban por los pasillos los pasos apresurados, las conversaciones animadas. Emoción. Risas. Un breve tumulto. El comienzo de las vacaciones de Navidad.
Dentro del aula, la locura de Ada era un espectáculo tan cautivador que nadie se atrevía a moverse.
Pasaron cincuenta y dos segundos —casi, pero no un minuto exacto— y su voz se agotó, dejándole la garganta seca y hueca por dentro como una caña agostada. Hundió los hombros, le temblaron las rodillas y la expresión se le empezó a alterar como si se hubiese despertado de un sueño agitado. Se quedó callada. De la misma manera repentina que había empezado, se detuvo.
—¿Qué demonios ha sido eso? —farfulló Jason en voz alta, aunque nadie le ofreció una respuesta.
Sin mirar a nadie, Ada se derrumbó sobre su silla, sin aliento y exhausta, sin energía, como una marioneta cuyos hilos se hubiesen roto sobre el escenario en mitad de una obra. Todo aquello lo describiría luego Emma-Rose exagerando los detalles, pero, por el momento, hasta Emma-Rose guardaba silencio.
—¿Estás bien? —volvió a preguntar la señora Walcott, con semblante conmocionado, y esta vez Ada la oyó.
Mientras los bancos de nubes se juntaban en el cielo distante y una sombra caía sobre los muros como las alas de un pájaro gigante en vuelo, Ada Kazantzakis cerró los ojos. Un sonido le reverberaba en la cabeza, un ritmo pesado, constante —crac, crac, crac— y lo único en lo que podía pensar en ese instante era que en algún sitio fuera del aula, muy lejos de su alcance, a alguien se le estaban rompiendo los huesos.