Querido lector:
Gracias por elegir esta novela de Lucinda Riley. Soy su hijo, Harry Whittaker. Si conoces mi nombre, será sin duda por Atlas. La historia de Pa Salt, la conclusión de la saga de Las Siete Hermanas de mi madre, la cual se convirtió en mi responsabilidad después de su fallecimiento en 2021.
Quería explicar cómo ha llegado a publicarse en 2025 La última canción de amor. Para ello debo ofrecer una historia resumida de su obra, por lo que apelo a tu paciencia.
Desde 1993 hasta 2000, mi madre escribió ocho novelas bajo el nombre de Lucinda Edmonds. Su carrera se vio súbitamente interrumpida por un libro titulado Seeing Double. La trama sugería que existía un miembro ilegítimo en la familia real británica. La muerte reciente de la princesa Diana y el consiguiente revuelo monárquico llevaron a las librerías a considerar demasiado arriesgado el proyecto. Como consecuencia de ello, se cancelaron los pedidos de la novela de Lucinda Edmonds y su editorial le rescindió el contrato.
Entre 2000 y 2008 mi madre escribió tres novelas, ninguna de las cuales vio la luz. Luego, en el año 2010, se produjo el gran salto en su carrera. Su primera novela como Lucinda Riley, El secreto de la orquídea, llegó a las estanterías. Bajo su nuevo nombre pasó a convertirse en una de las escritoras de ficción femenina de mayor éxito del mundo, con setenta millones de ejemplares vendidos hasta el momento. Junto con sus novelas más recientes, mi madre reescribió tres libros de su etapa como Edmonds: Aria (que se convirtió en The Italian Girl, en castellano La chica italiana), Not Quite an Angel (que se convirtió en The Angel Tree, en castellano Las raíces del ángel) y el arriba mencionado Seeing Double (que se convirtió en The Love Letter, en castellano La carta olvidada). En cuanto a las tres novelas inéditas, todas han sido publicadas ya con gran éxito.
No hay duda de que Lucinda ha sido una de las mejores narradoras del mundo, pero, naturalmente, su voz como autora maduró a lo largo de sus treinta años de profesión. En las tres novelas que reescribió en los años noventa llevó a cabo un extenso trabajo, cambiando tramas, añadiendo personajes y corrigiendo el estilo. Por consiguiente, yo he asumido aquí la función de revisar y actualizar el texto y ayudar a convertir el Edmonds en un Riley. Realicé la misma labor con La chica oculta en 2024.
La última canción de amor se publicó originalmente en 1997 con el título Losing You. Para mí, este libro es sin duda especial debido al lugar donde está ambientado. Muchos lectores sabrán que, aunque nació en Lisburn (Irlanda del Norte), mi madre siempre consideró la West Cork del sur de Irlanda como su hogar espiritual. Poco después de que yo naciera a principios de los noventa, nos trasladamos desde Inglaterra a Clonakilty. Mis recuerdos favoritos de la infancia están arraigados en el impresionante paisaje costero de la región, de forma especial en las calas escondidas de la playa de Inchydoney, donde mi madre me contaba historias de los duendecillos traviesos que vivían en su interior. Después íbamos a calentarnos a algún pub acogedor de Clon, donde esperábamos ilusionados la actuación de algún violinista o flautista. Aquella singular combinación de música y mitología espoleaba mi imaginación, y no es de extrañar que Irlanda cuente con algunas de las mejores mentes literarias.
La última canción de amor es, en muchos sentidos, un tributo a West Cork. No revelaré demasiado de la trama, pero está claro que las brillantes luces de la Carnaby Street londinense palidecen en comparación con la naturaleza salvaje de la Ruta Costera del Atlántico y el pueblo (ficticio) de Ballymore.
En el texto se reconoce al instante el característico estilo literario de Lucinda. En estas páginas descubrirás amores apasionados, pérdidas trágicas y, por supuesto, un devastador secreto del pasado que amenaza con destruir el futuro. En mi prefacio de 2024 a La chica oculta escribí que «el proceso [editorial] ha sido un reto», debido a los difíciles temas que abordaba el libro. Aquí no he tenido que afrontar tales desafíos. Trabajar en La última canción de amor ha sido una auténtica delicia. Aunque debo admitir que, como padre reciente de dos preciosas gemelas, ¡cumplir con los plazos de entrega ha resultado mucho más arduo!
A los lectores habituales de Lucinda: mi madre os espera como a un viejo amigo, lista para hacer que os zambulláis en el pasado. En cuanto a los nuevos: ¡bienvenidos! Estoy muy contento de que hayáis elegido pasar un tiempo con Lucinda Riley.
HaRRY WHITTAKER, 2025
Londres, junio de 1986
Siempre había periódicos del día anterior esparcidos por la sala de la televisión, pero ella nunca se molestaba en leer las noticias. A veces cogía algunos para hacer los crucigramas. Eso la ayudaba a mitigar el aburrimiento. Se metió bajo el brazo los ejemplares con manchas de té de The Sun y The Mirror, y se dirigió de vuelta a su celda. Por suerte, no había nadie. Muriel estaba en las duchas.
Se acomodó en su litera y cogió el primer periódico de la pila. Mientras buscaba la página de los pasatiempos, se encontró con un rostro familiar que la miraba desde el papel. Se armó de valor para ignorarlo y pasó la hoja.
El hombre seguía siendo una gran estrella. Su estatus había alcanzado la categoría de mito después de su desaparición hacía ya muchos años. Y, de vez en cuando, resultaba inevitable encontrarse con su foto en los periódicos.
Trató de relegar el pasado a la parte más recóndita de su cerebro. Encontró el crucigrama y sacó un bolígrafo del bolsillo de su chándal. Mientras lo mordisqueaba, se puso a rellenar muy despacio las casillas. Sin embargo, no conseguía concentrarse.
Al final desistió, pasó las páginas hacia atrás y empezó a leer.
¡VUELVE A CASA, CON!
Hoy se ha anunciado que la gran sensación musical de los sesenta, los Fishermen, volverán a reunirse para actuar en el concierto Music For Life que se celebrará próximamente, con todas las entradas vendidas, en el estadio de Wembley de Londres. Estrellas del pasado y del presente unirán sus voces solidarias para cantar por África, pero la pregunta que está en boca de todos es: ¿asistirá también Con Daly? El famosísimo cantante de los Fishermen no ha sido visto en público desde hace más de una década.
Se recostó en la litera, con el periódico todavía abierto en su regazo. Había aprendido a anestesiar sus sentimientos. Era la única manera de sobrevivir en aquel lugar. Mientras permanecía allí tumbada, mirando la grieta del techo que había visto crecer desde apenas unos centímetros hasta casi un palmo de largo, una pequeña sonrisa se dibujó en su cara.
¿Era placer lo que sentía?
No, la verdad es que no.
Hacía mucho tiempo que había dejado de creer en el destino. Aun así, no dejaba de ser una feliz coincidencia el hecho de que, si todo iba bien ante la junta de la condicional dentro de dos semanas, podría salir de prisión justo antes de que los Fishermen se reunieran para su histórica actuación en Wembley.
Esa noche, cuando la bombilla de la celda parpadeó tres veces indicando que quedaban unos minutos para apagar las luces, se acercó al lavamanos para cepillarse los dientes. Entonces se sacó del bolsillo del traje de reclusa las cuatro pastillas que el guardia acababa de darle. Las arrojó al agua que caía del grifo y observó cómo giraban en el remolino antes de desaparecer por el desagüe.
Cuando se dio la vuelta, Muriel la estaba mirando con expresión horrorizada.
—Santo Dios, cielo, ¿por qué diablos has hecho eso? Ahora no te darán más. Ya sabes cómo es esta gente.
Ella trepó en silencio hasta su litera.
—No pasa nada, Muriel. Ya no las necesito. Buenas noches.
Unos minutos más tarde, apagaron las luces.
En vez de caer enseguida en el habitual sueño intranquilo inducido por las drogas, permaneció totalmente despierta.
Llevaría un tiempo limpiar su organismo de los fármacos consumidos durante todos aquellos años y poder mantener despejada la mente, pero podría conseguirlo. Debía conseguirlo.
Eso le permitiría sumergirse en sus recuerdos, hacer que toda la rabia contenida aflorara de nuevo a la superficie. El dolor le daría fuerza y alimentaría su sed de venganza.
PREPARACIÓN
West Cork, Irlanda, abril de 1964
El pueblo de Ballymore se asentaba pulcramente sobre la agreste costa de West Cork. Sus casas pintadas en brillantes colores rosas, amarillos y azules constituían una alegre estampa en los grises y sombríos días invernales, cuando las tormentas procedentes del Atlántico azotaban sin piedad el lugar. Sus mil quinientos habitantes estaban acostumbrados a la lluvia, que podía caer de forma pertinaz durante tres meses seguidos sin dar apenas tregua. La gente soportaba aquellos prolongados inviernos porque sabía que, después, llegaría un glorioso verano. El cielo adquiriría un azul intenso, y tanto niños como adultos pasarían los largos días en las playas de arenas doradas por las que era famosa la región. Y también sabían que, durante esas pocas y cortas semanas, no había un lugar mejor sobre la tierra en el que estar.
Siguiendo al resto de los feligreses, Sorcha O’Donovan salió de la oscuridad de la iglesia al radiante aire de abril.
—¡Qué mañana tan magnífica! —exclamó sonriendo Mary O’Donovan—. Parece que la primavera ha llegado por fin.
—Sí, mamá, hace un día estupendo —asintió Sorcha, ansiosa por marcharse—. Mamá, ¿puedo ir un rato a casa de Maureen antes de comer? Le prometí que la ayudaría con las matemáticas.
Mary había visto a una amiga y la estaba saludando con la mano.
—Sí, pero asegúrate de estar de vuelta para la una. Ya sabes lo especial que es tu padre para eso.
—Sí, mamá.
Sorcha observó cómo su madre daba media vuelta y se abría paso entre la multitud para ir junto a su amiga. Entonces fue a buscar su bicicleta aparcada en un lateral del templo y salió por las verjas en dirección a la casa de Maureen. En cuanto estuvo fuera de la vista del gentío congregado a las puertas de la iglesia, dobló una esquina y pedaleó a toda velocidad por la carretera que llevaba desde el pueblo hasta el mar.
Quince minutos más tarde, tras haber recorrido los cuatro kilómetros que había hasta la playa, escondió la bicicleta en una pequeña hondonada y subió a una duna para recuperar el aliento y atusarse el cabello revuelto por el viento. No habían pasado más que unos segundos cuando oyó el sonido de la guitarra de Con y el suave tono de su voz acercándose a ella. Sorcha se puso en pie como un resorte y miró a su alrededor.
—¡Con, Con, soy yo! —gritó, compitiendo con el ruido de las olas mientras corría alegre entre las dunas, salpicando de arena su vestido de domingo—. ¡Con! ¿Dónde estás? —En su voz empezaba a asomar un deje de desconcierto—. ¿Con? Yo…
De pronto oyó un simpático rugido a su espalda. Ni siquiera tuvo tiempo de darse la vuelta cuando él se abalanzó sobre ella. La pareja cayó blandamente sobre la arena, girando entrelazados por la playa hasta detenerse en una hondonada.
Sorcha alzó la vista hacia Con, tumbado encima de ella. Los enormes ojos azules del chico la miraban desde debajo de unas gruesas cejas oscuras, enmarcados por unas pestañas tan largas y rizadas que resultaban casi femeninas. Su piel seguía bronceada por el aire marino aun después del largo invierno, y el espeso cabello negro le caía ondulado sobre los hombros. Sorcha sabía que lo amaría durante el resto de su vida, pasara lo que pasara.
—Hola, Sorcha-porcha. ¿Me has echado de menos? —le preguntó él sonriendo y guiñándole el ojo de aquella forma tan suya—. Porque yo a ti sí.
Ella notó un nudo en la garganta. Asintió y, con un dedo, le acarició la fresca mejilla.
—Oh, sí, Con. Mucho.
Sus labios se posaron sobre los de ella, y Sorcha notó cómo la mano de él subía poco a poco por su muslo. Disfrutó de la sensación durante unos segundos antes de que se impusiera la cordura.
—¡Con, me lo prometiste!
Retorció el cuerpo para salir de debajo de él y se quedó tumbada de costado.
—Es que estoy loco por ti, Sorcha-porcha. Te juro que no puedo pensar en nada más. Anoche hasta te escribí una canción. —Con le acarició suavemente el pelo—. Voy a buscar mi guitarra para cantártela. —Se levantó de un salto y subió corriendo una duna.
Sorcha se tendió boca arriba y cerró los ojos para grabar en su mente todos los momentos que compartían juntos. Así podría recordarlos por la noche cuando estuviera en la cama sin él.
Con volvió.
—La he llamado «Mi único y verdadero amor».
Ella se giró para contemplarlo embelesada mientras él cantaba.
—¡Oh, Con, es una canción preciosa! ¿De verdad la has escrito para mí? —le preguntó cuando acabó.
—Sí. Y cada una de las palabras me ha salido del corazón. —Se inclinó sobre ella y posó otro beso en sus labios—. ¿Tienes que irte ya?
Sorcha se estaba sacudiendo la arena del vestido y arreglándose el pelo.
—Sabes que sí. Papá se pone hecho una furia si llego tarde a comer.
Él la rodeó entre sus brazos.
—Ay, Sorcha. Ven a vivir conmigo y sé mi amada —recitó. Luego le alzó la cara para que lo mirara a los ojos—. Sabes que no podemos seguir así. Dentro de unos meses cumplirás diecisiete años. Entonces nadie podrá detenernos.
—Pueden hacerlo. Sabes que pueden —dijo ella, acurrucándose contra su pecho.
—No podrían si nos vamos muy lejos. No puedo quedarme aquí mucho más tiempo. Tú eres lo único que me impide marcharme inmediatamente.
—Por favor, Con, no digas eso.
—Lo siento, pero es la verdad. Vas a tener que tomar una decisión, Sorcha-porcha.
—Sí, sí, lo sé. Vendré el miércoles, después de la escuela.
—Estaré en mi cabaña, esperándote. —La besó una vez más—. Adiós, amor mío.
—Adiós.
A regañadientes, Sorcha se soltó de su abrazo y empezó a alejarse entre las dunas. Se estremeció cuando el viento azotó sus piernas desnudas. El tiempo estaba cambiando de forma repentina y drástica, como solía ocurrir en West Cork. Se giró y vio a Con contemplando la tormenta que empezaba a formarse sobre el mar. Todavía quedarían unos diez minutos antes de que el cielo comenzara a descargar, y por tanto tendría serios problemas para explicar a sus padres por qué tenía la ropa mojada. Condujo su bicicleta hasta la carretera, se montó y empezó a pedalear muy deprisa hacia casa.
La figura que los había estado vigilando a escondidas durante los últimos cuarenta minutos se escabulló sin ser vista.
—¡Santa María, madre de Dios! ¡Pero si estás empapada, chiquilla! ¿Cómo te has puesto así si solo hay dos minutos en bici desde casa de Maureen? Sube y cámbiate. La comida estará en la mesa en tres minutos.
—Sí, mamá.
Sorcha subió corriendo las escaleras. Se dirigió al cuarto de baño y cerró la puerta tras ella. Luego se metió en la bañera y empezó a desvestirse, sacudiendo cada prenda a conciencia. Cuando estuvo desnuda, salió de la bañera y abrió los grifos. La delatora arena dorada desapareció girando en un remolino por el desagüe.
Cuando Sorcha volvió abajo, su padre ya estaba en el comedor, sentado a la mesa de caoba pulida y abrillantada. Allí dentro siempre hacía frío e incluso había cierto olor a humedad, ya que solo se utilizaba una vez a la semana.
—Siéntate, Sorcha —dijo su padre.
Ella obedeció, al tiempo que su madre traía a la mesa el asado que llevaba preparando desde las siete de la mañana. Mary colocó la bandeja delante de su marido.
—Espero que la carne esté tierna, Seamus —dijo algo nerviosa.
Él cogió el cuchillo de trinchar y empezó a afilarlo contra el tenedor grande. Las dos mujeres permanecieron en silencio mientras Seamus, con gesto ampuloso, cortaba tres pedazos perfectos. Solo cuando hubo trinchado las tres porciones, pudo servir Mary la guarnición de verduras en los platos.
«Mamá se esfuerza tanto… —pensó Sorcha, levantando su tenedor—. Y para cuando empezamos a comer, la carne ya está casi fría».
Almorzaron en completo silencio. Seamus no aprobaba que se hablara en la mesa durante las comidas. Cuando hubieron acabado, Sorcha retiró los platos y Mary trajo de la cocina una tarta de manzana de aspecto delicioso.
Sorcha observó a su padre mientras se comía un trozo. Se preguntó si ya habría nacido con ese ceño, o si es que fruncía el entrecejo tan a menudo que se le había quedado congelado en la frente. En cualquiera de los dos casos, siempre daba la impresión de estar enfadado. Por desgracia, todo el mundo decía que Sorcha se parecía mucho a él. Desde luego, tenía sus ojos verdes y su cabello de color rojo cobrizo, espeso y ondulado. Ella también era muy alta, como él. Y todas sus amigas de la escuela le decían lo apuesto que era y lo afortunada que debía sentirse de tener un padre de aspecto tan distinguido. Sin embargo, ella rezaba a menudo por las noches, pidiendo no haber heredado su carácter. De pequeña, Sorcha había tenido miedo de su padre y de su presteza para soltar bofetones, pero ahora… solo sentía desprecio por él.
—¿Podemos poner la radio, mamá?
—Ya sabes que a tu padre no le gusta que lo molesten después de comer.
—¿Y si la ponemos bajito?
Su madre negó con la cabeza, como ella sabía que haría.
—Quizá más tarde.
Sorcha empezó a secar los platos.
—Mamá, ¿puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Quieres a papá?
—¡Sorcha! —Mary se santiguó—. ¡Pero qué pregunta es esa! Sabes muy bien que sí.
—Ya. Es que…, bueno, he estado leyendo un libro para la clase de lengua. Se titula Cumbres borrascosas, y trata sobre el amor… y la pasión.
—Ah, ya veo —dijo Mary, y siguió fregando los platos.
—¿Estabas perdidamente enamorada de papá? Quiero decir, ¿tan enamorada que no podías dormir por las noches, que te sentías de maravilla solo con estar cerca de él, que cuando te besaba creías que ibas a estallar de felicidad?
Mary dejó de fregar y se quedó mirando a su hija. A Sorcha le brillaban los ojos y tenía el rostro encendido.
—Yo…, sí. —Asintió con la cabeza—. Estuve locamente enamorada de alguien… O sea, de tu padre, y sentí todo eso que acabas de describir. Pero, Sorcha, ese tipo de sentimiento no dura. Tal vez unos meses, en casos muy contados un par de años. Pero entonces la vida se impone, la vida real. —Mary contempló cómo las gotas de lluvia caían con fuerza contra el cristal de la ventana—. Sinceramente, es muy raro casarte con el hombre al que amas de verdad.
—Pero tú lo hiciste.
Mary miró a su hija y esbozó una débil sonrisa.
—Claro que sí. Bueno, ¿no tienes que acabar los deberes?
—Sí.
—Entonces sube a tu habitación. Ya acabo yo esto.
Sorcha besó la suave mejilla de su madre.
—Gracias, mamá.
Una vez en su espaciosa y confortable habitación, Sorcha cogió su mochila del colegio, extrajo los libros de texto, papel y material de escritura, y lo dejó todo sobre la mesa. Tras aposentarse cómodamente, sus dedos buscaron el sobre guardado al fondo del estuche. Lo sacó. Estaba muy arrugado, y la pequeña foto que había dentro aún más. La colocó ante ella y recorrió el contorno de su cara, como había hecho cientos de veces. Sorcha podía ver las huellas de sus dedos sobre el papel.
—Con…, Con… —musitó mientras contemplaba a su amado.
La foto era muy mala, estaba desenfocada e incluso le faltaba la oreja izquierda por la manera en que había sido recortada del cartel que anunciaba el último concierto de su banda. Pero eso apenas importaba.
Sorcha cerró los ojos y su mente retrocedió a aquella primera noche de hace ya tres meses, la noche en que lo besó por primera vez…
Enero de 1964, tres meses antes
—Este sábado toca una banda en el GAA —informó Mairead a las chicas al salir al pasillo después de las oraciones matinales.
Sus tres amigas enarcaron las cejas mientras avanzaban por el corredor en dirección al aula.
—He oído que son buenísimos —continuó Mairead—. Han colgado carteles por todo el pueblo. Ya los veréis después de clase.
—¿Qué tipo de grupo es? —preguntó Katherine O’Mahoney cuando entraban en el aula—. ¿Y quiénes lo forman?
—Es un grupo de verdad, con guitarras y batería. El cantante es Con Daly.
Las cuatro muchachas se sentaron en sus pupitres y abrieron las mochilas.
—Menuda pieza —comentó Maureen McNamara muy seria.
—Teniendo un padre que era un borracho tarado y una madre que murió cuando él era pequeño, ¿cómo quieres que haya salido? —preguntó Katherine—. Viviendo solo y dejado de la mano de Dios en esa cabaña en la playa… A mí me da un poco de lástima.
—Tú siempre has sido una blandita, Katherine O’Mahoney —repuso Mairead—. Pero mi hermano dice que Con tiene muy buena voz. Lo escuchó cantar hace un tiempo en un bar de Clonakilty.
Las fuertes pisadas de la hermana Benedict resonaron acercándose por el pasillo.
—Bueno, yo pienso ir —susurró Mairead—. ¿Quién se apunta?
Pero todas callaron cuando la monja entró en el aula.
Las cuatro amigas volvieron a juntarse después de clase. Mientras bajaban la colina hacia el pueblo de Ballymore, retomaron el tema.
—Todos los chicos del St. Joseph estarán allí. Mi hermano Johnny también —dijo Mairead, señalando con la cabeza a Katherine, que se ruborizó—. Y Tommy Dalton —añadió mirando a Maureen, que bajó la vista a sus pies—. Y para ti, Sorcha, cualquier chico que te guste.
—¿Y cómo se supone que vamos a salir de casa un sábado por la noche para ir a ver a un grupo? —preguntó Sorcha.
—No os preocupéis por eso. Lo tengo todo planeado —respondió Mairead en tono confiado.
—Pues venga, cuenta —la desafió Katherine.
Mairead adoptó un aire de suficiencia.
—Muy bien. Mis padres se van el sábado por la mañana a Milltown para visitar a mi tía, y no volverán hasta el domingo a la hora de comer. Se supone que Johnny cuidará de mí. Así que solo tenéis que decirles a vuestros padres que pasaréis la noche en mi casa. No tienen por qué saber que mis padres no estarán. Mientras lleguemos a tiempo para la misa del domingo, no sospecharán nada. —Sus ojos brillaron con orgullo—. Y bien, ¿qué os parece?
Las tres chicas se miraron unas a otras.
—¿Y si se enteran de dónde hemos estado? —objetó Maureen—. ¡Por todos los santos, me crucificarían!
—Pero es que no lo descubrirán. ¡Nunca se imaginarán que sus dulces niñitas puedan pasarse la noche bailando con chicos! —soltó Mairead con una risilla.
Sorcha meneó la cabeza, muy insegura, cuando llegaban a su desvío en el camino.
—Yo no lo tengo tan claro, Mairead.
—Bueno, piénsalo bien, Sorcha O’Donovan. Tenemos casi diecisiete años. Ya no somos unas crías. Si se enteran, ¿qué? ¿Nos encerrarán en los calabozos de Cork y tirarán la llave? ¡Lo dudo mucho!
Sorcha enrojeció.
—Tienes razón, Mairead. Me lo pensaré. Hasta mañana.
Se despidió agitando la mano y giró hacia la estrecha y serpenteante calle que llevaba a la amplia plaza georgiana de McCurtain. En el centro, rodeado por unas barandillas de hierro, había un jardín de diseño formal con una pequeña fuente que borboteaba mansamente. En esta parte vivía la gente profesional del pueblo, en casas adosadas de cuatro plantas que eran la envidia de muchos. Sorcha cruzó la plaza hasta la puerta principal de su casa. A la izquierda de la entrada había una brillante placa de latón en la que se leía: SEAMUS O’DONOVAN, ABOGADO. Su padre utilizaba las tres grandes estancias de abajo como bufete. La familia vivía en las tres plantas superiores. Sorcha abrió con la llave y subió las escaleras.
—¡Mamá, ya estoy en casa! —gritó mientras se desprendía del sombrero, la chaqueta, los guantes y la bufanda.
Recorrió el pasillo hasta la puerta de la cocina. Un delicioso olor a beicon inundó su nariz al acercarse a la rayada mesa de roble y besar a su madre embadurnada de harina.
—Hola, cariño. ¿Has tenido un buen día? La tetera está preparada.
—Sí, gracias, el día me ha ido bien. ¿Tú quieres un té?
—No, gracias. Tengo que acabar el pastel de carne. Helen viene a cenar.
A Sorcha se le erizó el vello.
—Oh, mamá, ¿de verdad tiene que venir?
—Sí, ya sabes que sí. La pobre no tiene padres y está falta de cariño. Es lo menos que podemos hacer. Y no olvides que es una prima lejana de tu padre, Sorcha.
Helen McCarthy iba a la clase de Sorcha en la escuela del convento, aunque tenía casi dieciocho años. Sus padres habían muerto en un accidente de coche cuando ella tenía solo cinco años, dejando a la pequeña su enorme mansión y su fortuna. Era hija única, y desde que se quedó huérfana había estado al cuidado de una anciana tía.
Sorcha nunca les hablaba a sus compañeras de clase de las visitas mensuales de Helen. Su madre había sido inglesa y protestante, y por tanto no se involucró en la comunidad eclesiástica del pueblo. La familia siempre se mostró muy reservada; de pequeña, Helen había ido a una escuela primaria privada de Bandon, y no fue al colegio del convento hasta los doce años. Dado que era más corpulenta que el resto de sus compañeras, llevaba gafas y era de aprendizaje lento, resultaba una presa fácil para las abusonas.
Una vez al mes, Helen iba a cenar a casa de los O’Donovan. Seamus se había ganado la confianza de la joven, y su bufete se encargaba de los asuntos relacionados con la mansión de diez habitaciones y con las ochenta hectáreas de terreno que heredaría al cumplir los dieciocho años, tal como estipulaba el testamento de sus padres.
Cuando se confesaba con el padre Moynihan, Sorcha le explicaba a menudo que se había mostrado cruel e insensible con Helen, y aseguraba que en el futuro se esforzaría por hablar con ella y acompañarla para comer en el refectorio cuando se sentaba sola en un rincón todos los días. Pero luego nunca lo hacía.
—Intenta mostrarte agradable con Helen, Sorcha —le suplicaba su madre—. Son solo unas horas, una vez al mes. Además, también va a tu clase.
—Te prometo que haré cuanto pueda, mamá.
—Como la buena chica que eres. Y ahora sube a acabar tus deberes antes de que llegue Helen.
La cena resultó tan tensa e incómoda como de costumbre. Helen permanecía allí sentada, concentrada en su comida y poco más.
—Bueno, Helen, ¿ya has pensado lo que harás cuando acabes la escuela? —preguntó Seamus con su voz más amable.
—No estoy segura —repuso Helen, que por un momento pareció algo perdida antes de devolver la atención a su plato.
—Bueno, espero tener una charla contigo muy pronto. Faltan solo unos pocos meses para que la finca de Lissnegooha pase por fin a tus manos.
—Sí —dijo Helen, partiendo con gesto abstraído un trozo de pan.
El pudin se hizo interminable. Cuando Mary se levantó para retirar los platos, Sorcha hizo ademán de seguirla.
—Te ayudo.
—No, ya me las arreglo bien sola. Ve un rato con Helen a tu habitación.
Sorcha le lanzó a su madre una de sus típicas miraditas, antes de apretar los dientes y decir:
—Vamos, Helen. Subamos a mi cuarto.
Helen la siguió escaleras arriba y se sentó en el borde de la cama, mientras que Sorcha apartaba la silla de su escritorio y tomaba asiento.
No se le ocurría nada que decir.
Helen empezó a tamborilear nerviosamente con los dedos sobre su pierna. Al final se armó de valor y habló.
—¿Vas a ir el sábado por la noche a escuchar a ese grupo en el GAA? —se aventuró a decir.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—He visto los carteles por el pueblo y os he oído hablar esta mañana en clase.
Sorcha negó con la cabeza con aire culpable.
—No, claro que no voy a ir.
—Oh —dijo Helen. Bajó la vista a sus manos y empezó a hacer girar los pulgares. Sorcha se fijó en que se mordía las uñas—. Ese tal Con Daly está en el grupo. —Se echó mano al bolsillo, sacó un cartel arrugado y lo desplegó con sumo cuidado—. Es…, bueno, es muy guapo, ¿no crees? —Helen se ruborizó hasta las raíces de su cabello sin cepillar.
—Sí, supongo. —Sorcha no había pensado en ello.
—A veces he hablado con él, cuando salgo a montar en caballo por la playa. Desde la ventana de mi dormitorio puedo ver su cabaña. ¿No sería genial ser como él, Sorcha? Vivir solo, sin nadie que te diga lo que hacer…
Sorcha se la quedó mirando con gesto asombrado. Aquello era más de lo que la había oído hablar nunca.
—Creo que en esa cabaña estará muy solo y hará mucho frío. Ni siquiera tiene lavabo.
—La gente como Con y como yo, bueno, estamos acostumbrados a nuestra propia compañía. Y eso es porque somos diferentes de los demás. Probablemente seamos iguales en muchos aspectos.
—Solo que tú vas a ser muy rica y vives en una gran mansión, mientras que Con Daly solo tiene esa cabaña en la que vive de prestado, porque cuando su padre murió le quitaron la casa para pagar las deudas.
Helen pareció consternada.
—Sí, supongo que tienes razón.
Dobló el cartel muy despacio y volvió a guardárselo en el bolsillo. Sorcha observó cómo se metía de nuevo en su caparazón. Permanecieron en silencio hasta que cinco minutos más tarde Mary llamó a la puerta para decir que Seamus ya estaba listo para llevar a Helen a su casa.
—Adiós, Sorcha.
—Adiós, Helen.
Esta asintió con la cabeza y salió de la habitación. Al cabo de un rato, Sorcha fue al cuarto de baño a hacer sus abluciones nocturnas. Luego se metió en la cama, se tapó con las mantas y pensó en el concierto del sábado por la noche. Si al final iba, sería la primera vez que les mentiría a sus padres. Además, ¿qué se pondría? ¿Su vestido para ir a misa de los domingos? Sorcha soltó unas risitas solo de pensarlo, después se dio la vuelta en la cama y cerró los ojos. Lo consultaría con la almohada y ya vería cómo se sentía al respecto por la mañana.
—Mamá, Mairead nos ha invitado a Katherine, a Maureen y a mí a quedarnos en su casa el sábado por la noche. ¿Te parece bien que vaya? —preguntó con los dedos cruzados a la espalda.
Mary estaba muy atareada, fregando de rodillas el suelo de la cocina.
—No veo por qué no, siempre que hayas acabado los deberes antes de marcharte.
—Te prometo que los habré acabado.
—Entonces puedes decirle a Mairead que irás.
—Genial. —Sorcha se quedó allí plantada, perpleja por lo fácil que había sido.
Mary levantó la vista hacia ella.
—¿Quieres algo más, Sorcha? ¿O es que tienes ganas de ayudarme a restregar el suelo?
—Eh…, no, mamá.
Y se escabulló antes de que su actitud la delatara.
—Entra, antes de que alguien te vea —susurró Mairead al abrirle la puerta de la cocina.
—Pero se supone que tienen que vernos, ¿recuerdas? —replicó Sorcha con una risita.
—Ay, sí, pues claro —dijo Mairead riendo—. He tenido que pagarle a mi hermano Johnny para que no diga nada. Va a venir al concierto con algunos de sus amigos.
—¿Y estás segura de que no dirá nada?
—Sí, porque va detrás de Katherine, así que mantendrá la boca cerrada —dijo Mairead con una gran sonrisa—. ¿Has traído algo para ponerte?
—Sí —respondió Sorcha mientras seguía a su amiga por las escaleras para ir a su pequeño dormitorio—. Mi vestido de misa.
—¡No! No puedes llevar eso.
—Estoy de broma. Ahora te lo enseño.
Katherine ya estaba allí, sentada en el suelo en ropa interior entre montones de prendas.
—¡Es horrible! ¡Toda esta ropa me sienta fatal! Voy a quedarme toda la noche en la cama.
—¡No seas tonta! —la regañó Mairead—. Los pantalones de montar con un jersey negro te quedarán genial. Ese modelo te resaltará la figura.
—¡Pero no puedo llevar eso al concierto! —gimoteó Katherine.
—Pues claro que sí. Los pantalones de montar son lo que se lleva ahora. Ya lo viste en esa revista de moda que la tía de Maureen le envió desde Londres.
Sorcha dejó su bolsa en el suelo.
—No sé de qué te preocupas —le dijo a Katherine—. Todos los chicos se quedan embobados al verte pasar. Ni siquiera tienes que esforzarte, con esa preciosa melena rubia y esos ojazos azules.
—Mira quién fue a hablar —repuso Katherine—. Eres la envidia de todas las chicas de la clase, con esos rizos pelirrojos y esas piernas tan largas. Eres tan guapa como esas modelos que salen en la revista de Maureen.
—Cuando hayáis acabado de decirle a la otra que debería presentarse a un concurso de belleza, más vale que nos pongamos en marcha. —Mairead alzó una ceja—. Maureen llega tarde. Dijo que estaría aquí a las cuatro y media y ya son más de las cinco.
—Vendrá —dijo Sorcha, asintiendo con la cabeza—. La he visto antes en el pueblo.
—Vale. Bien. —Maureen cogió un cepillo y un peine y los blandió ante sus amigas—. ¿Quién es la primera en pasar por mi salón?
Al cabo de una hora y media, la transformación había finalizado. Sorcha contempló su reflejo en el espejo sin salir de su asombro.
—No puedo creer que sea yo.
Formó con la boca una enorme «O», enmarcada por sus labios pintados de escarlata. Sus párpados caían pesadamente por las pestañas postizas que le había pegado su amiga. Se tocó el pelo, que Mairead había enrollado pulcramente y luego había recogido en lo alto de la cabeza con horquillas. La vieja falda que Sorcha había encontrado languideciendo en el fondo de su armario había quedado muy bien tras haberla acortado casi un palmo. Además, había retocado el dobladillo para que se ciñera a los muslos y resaltara sus largas y esbeltas piernas.
Katherine también se estaba admirando en el espejo.
—Mairead, de verdad que tendrías que abrir tu propio salón de belleza. Eres una estilista de primera —añadió sonriendo.
Mairead se encogió de hombros con modestia, doblando la foto de la modelo de revista a la que había estado copiando.
—No es para tanto. Y ahora me toca a mí. ¿Podéis llamar a Maureen mientras estoy en el baño?
Sorcha apenas podía apartar los ojos del espejo.
—Si no está aquí dentro de diez minutos, la llamo.
—Genial. Y ordenad esto un poco, ¿de acuerdo?
—Lo intentaremos —dijo Katherine con un suspiro, sentándose con cuidado en la cama para no estropear su ondulada cabellera dorada, que Mairead había cepillado hasta hacerla resplandecer—. ¿Sabes?, no creo que nuestras madres nos reconocieran ni aunque se enteraran de dónde vamos a ir esta noche.
—Pues no. Y tampoco puedo ni imaginarme lo que diría mi padre si me viera con la cara pintada y la falda tan corta.
—¿Crees que esta noche nos pasará a alguna de nosotras?
—¿A qué te refieres? —preguntó Sorcha.
—A que un chico nos bese —dijo Katherine.
—Quién sabe.
Entonces oyeron llamar a la puerta de abajo. Katherine saltó de la cama.
—Debe de ser Maureen. Voy a abrirle.
Al cabo de dos minutos, estaba de vuelta en el dormitorio con una acalorada Maureen.
—¡Por todos los santos! Creía que nunca iba a poder escaparme. Shane está enfermo y mamá me ha pedido que lo cuidara mientras ella estaba fuera. ¿Cuánto tiempo me queda para arreglarme?
—De sobra, si te ayudamos entre todas —la tranquilizó Katherine.
Media hora más tarde, las cuatro estaban sentadas en la cama, reflexionando nerviosamente sobre el engaño que habían urdido.
Maureen, que se veía de lo más incómoda con un vestido verde esmeralda que había robado del armario de su madre, meneó la cabeza.
—No sé si deberíamos olvidarnos de esto, preparar unos sándwiches y ponernos el pijama.
—Que no cunda el pánico —dijo Mairead—. Mirad. —Y sacó una botella pequeña de whisky de debajo de la cama—. Todas necesitamos un empujoncito para darnos valor.
Desenroscó el tapón, se llevó la botella a los labios, echó la cabeza hacia atrás y dio un trago.
Las otras observaron cómo los ojos de Mairead se humedecían.
—Toma, o se te correrá el rímel —dijo Sorcha ofreciéndole un pañuelo.
—¿Quién es la siguiente? —Mairead tendió la botella mientras se daba unos toquecitos bajo los ojos.
Las tres chicas se miraron con aire indeciso.
—Madre mía, vaya unas aventureras que estáis hechas —espetó Mairead, meneando la cabeza y poniendo los ojos en blanco.
—Trae aquí. —Sorcha agarró la botella y dio un sorbo—. Te toca, Katherine.
Esta cerró los ojos y pegó un generoso trago. Los ojos le brillaron al pasarle la botella a Maureen.
—Está rico.
—Ah, ¿sí? —dijo Maureen riendo, y luego tomó un trago. Las demás tuvieron que darle fuertes palmadas en la espalda cuando empezó a toser y escupir sin control.
—Muy bien, ¿estamos listas? —preguntó Mairead.
Las otras tres asintieron solemnemente.
—Entonces poneos los abrigos, cogemos las bicis y nos vamos.
—¿Y si nos ve alguien que nos conoce? —preguntó Katherine.
—Le saludamos con la mano y sonreímos. Tan solo estamos disfrutando de un agradable paseo nocturno en bici —dijo Mairead encogiéndose de hombros.
—Ya… ¿A oscuras? —soltó Sorcha con una risita.
—Bueno, venga. Vámonos.
Y las cuatro salieron de la habitación.
Tardaron quince minutos en llegar pedaleando al local de la GAA, la asociación cultural y deportiva. Las cuatro habían soltado un suspiro de alivio al comprobar que casi toda la gente del pueblo estaba acurrucada junto al fuego en aquella fría noche de enero. Escondieron sus bicicletas en la parte de atrás del edificio y se unieron a la pequeña cola que se había formado en la entrada.
—Dadme el dinero y yo pagaré por todas —dijo Mairead.
Sorcha se giró y vio a un grupito de chicos que las examinaban con gesto apreciativo. Le dio un codazo a Katherine y le guiñó el ojo. Mairead pagó las entradas y las cuatro se dirigieron rápidamente a los servicios para arreglarse un poco.
Mientras Sorcha se retocaba con cuidado el pintalabios, oyó cómo la banda calentaba en la sala contigua. Un escalofrío de emoción le recorrió el cuerpo.
—Por fin te estás haciendo mayor —le susurró a su reflejo.
A las nueve, la sala estaba llena a reventar.
—¿Veis?, ha venido gente de todos los pueblos de alrededor. Está tan abarrotado que nadie nos verá aquí dentro —las tranquilizó Mairead mientras las cuatro se abrían paso hasta la barra—. Bueno, ¿qué pedimos?
—Limonada.
—¿Que sean cuatro?
Las otras asintieron.
Una voz amplificada resonó entre la multitud.
—¡Y ahora, damas y caballeros, demos un caluroso recibimiento a Con Daly y su banda!
El presentador salió del escenario. Las chicas se pusieron de puntillas para ver cómo los cinco miembros del grupo ocupaban sus puestos. Con Daly caminó hasta el micrófono con paso despreocupado.
—Buenas noches a todos, mis chicos y yo os damos la bienvenida. Espero que disfrutéis del concierto. ¡Que empiece la marcha!
Con se dio la vuelta hacia el grupo, marcó la cuenta de inicio y, de pronto, la sala se vio inundada por el sonido de una profunda y matizada voz, con el fondo de un lánguido ritmo de guitarra.
Las chicas se quedaron contemplándolo.
—¿Sabéis qué? Apenas lo reconozco —susurró Mairead—. Está hasta guapo así tan limpito y arreglado, ¿no creéis?
—Pero mirad qué planta, se le ve tan atractivo… —dijo Katherine—. Con ese pelo negro y esos grandes ojos azules me recuerda a Elvis. ¿No te parece, Sorcha?
Esta no respondió. Estaba mirando extasiada a Con Daly.
—¡Y menuda voz tiene! —añadió Maureen—. Es tan buena como las que se oyen en la radio.
—Sorcha, coge tu limonada. ¡Sorcha! —dijo Mairead dándole un pequeño codazo.
—Sí, perdón. —Agarró la botella, se metió la pajita en la boca y sorbió sin apartar los ojos del escenario.
—Esto, eh… ¿Quieres bailar, Katherine O’Mahoney?
Un chico alto y terriblemente flaco, con la cara llena de acné, estaba plantado detrás de Katherine. Todas lo conocían. Estaba en el mismo curso que Johnny, el hermano de Mairead.
—Bueno, sí que me gustaría bailar —asintió Katherine dándose la vuelta—, pero no contigo, Ryan O’Sullivan.
Las chicas soltaron unas risitas mientras Ryan se escabullía con la cabeza gacha, avergonzado.
—No deberías haber sido tan cruel —le reprochó Maureen.
—Bueno, tal vez es porque estoy esperando que Johnny venga a pedírmelo —repuso Katherine sonriendo.
Encontraron una mesa vacía en un lateral de la sala y se sentaron. Se dedicaron a observar a la banda y a los que se habían puesto a bailar. Sorcha apenas podía apartar los ojos de Con Daly.
El grupo acabó de tocar un tema muy animado que cosechó grandes aplausos, y entonces Con habló suavemente al micrófono.
—Gracias, sois un público genial. Y ahora vamos a bajar un poco el ritmo. Chicas, chicos, coged a vuestras parejas. Esta es una balada que escribí mientras contemplaba la hermosa bahía de Ballymore.
Johnny se acercó a la mesa de las chicas.
—¿Te apetece bailar, Katherine? —preguntó en tono confiado.
Katherine se ruborizó y asintió. Se levantó y tomó la mano que Johnny le tendía.
—¿Y tú, Sorcha, quieres bailar conmigo?
Era Angus Harley, un joven al que conocía desde pequeña. Sus padres eran los propietarios de la fábrica de algodón que había a las afueras del pueblo.
Sorcha asintió y Angus la condujo a la pista de baile. Él le puso las manos lánguidamente en torno a la cintura y ella le rodeó el cuello con los brazos. Se movieron con torpeza al son de la música.
—Me sorprende que tus padres os hayan dejado venir aquí esta noche —dijo él.
—No saben nada. Y si te vas de la lengua, Angus Harley, ninguna de nosotras volverá a hablarte en la vida.
—No diré nada, Sorcha, sabes que no lo haré.
Ella miró por encima del hombro de él y observó a Con Daly. Mientras lo contemplaba, los ojos del cantante parecieron fijarse en ella. Durante unos buenos diez segundos, los dos se sostuvieron la mirada hasta que, de mala gana, Sorcha apartó la vista.
—Perdona, Angus. Tenía la cabeza muy lejos de aquí. ¿Qué me estabas diciendo?
—Esto, yo… Bueno, te estaba preguntando si… —Angus se puso muy rojo—. He pensado que quizá podríamos ir a Bandon al cine la próxima semana. Eh…, estás muy guapa esta noche, Sorcha. Y siempre me has gustado, seguro que lo sabes.
—Es todo un detalle que me lo pidas. ¿Puedo pensármelo y te digo algo?
—Vale —asintió Angus.
Cuando acabó la balada, Sorcha volvió a la mesa. Maureen estaba sentada sola, con aspecto abatido.
—¿Dónde está, Mairead?
—Ah, ha venido un chico muy guapo y se ha ido con él. Y Katherine sigue bailando.
Sorcha paseó la mirada por la pista y, al ver los brazos de su amiga rodeando firmemente el cuello de Johnny, sonrió.
—Es estupendo ver a esos dos por fin juntos después de tanto tiempo. Se gustan desde hace meses.
—¿Y qué hay de ti y del guapo Angus?
—Ah, me ha pedido ir al cine la semana que viene y le he dicho que me lo pensaría.
—¿Que has hecho qué? Sorcha, sabes muy bien que Angus es el chico más codiciado del pueblo. Algún día heredará la fábrica y esa gran mansión en la colina. Además, parece una estrella de cine.
—Bueno, eso será para tu gusto, Maureen. Personalmente, a mí me parece más guapo Con Daly.
—¡Pero qué dices! —saltó Maureen—. Si seguro que no se baña desde hace meses.
—Eres de lo que no hay —le dijo Sorcha, poniendo los ojos en blanco.
—Bueno, yo lo que digo es que deberías dar gracias por tener un chico al que le gustas. Ni siquiera sé por qué me he molestado en venir. ¿Quién querría bailar conmigo, con lo gorda y fea que soy?
Sorcha miró la cara en forma de corazón de su mejor amiga, la nariz salpicada de pecas y los pequeños rizos pelirrojos que se habían escapado del moño que Mairead le había recogido con esmero en la nuca.
—Eres preciosa, Maureen, de verdad que sí —repuso Sorcha, sincera.
—Entonces ¿por qué estoy aquí sentada mientras todos los demás están bailando?
—Pronto te sacarán, ya lo verás. Y ahora, si me perdonas, tengo que ir al lavabo. Vuelvo enseguida.
Sorcha se levantó al tiempo que el grupo anunciaba que iba a hacer un descanso de diez minutos. Entonces fue a buscar a Angus, que estaba apoyado en la barra al fondo de la sala.
—Angus, iré al cine contigo la semana que viene.
—¿De verdad? —En su rostro se dibujó una sonrisa de alivio—. ¡Eso es fantástico, Sorcha!
—Con una condición.
Angus alzó las palmas hacia arriba.
—Lo que sea.
—Que invites a mi amiga Maureen a una limonada, que hables un rato con ella y, cuando el grupo empiece a tocar de nuevo, la saques a bailar.
Angus se encogió de hombros.
—De acuerdo. Te recogeré en tu casa a las siete el próximo viernes. Podemos ir en el coche nuevo que me van a regalar para mi dieciocho cumpleaños.
—Genial. Nos vemos entonces, siempre que cumplas tu palabra.
—Voy ahora mismo a pedir la limonada.
Sorcha sonrió y luego se dirigió al lavabo de las chicas, que estaba cerca del vestíbulo. Plantada ante el espejo levemente resquebrajado, se arregló el pelo y se retocó el pintalabios. Estaba saliendo por la puerta cuando, de pronto, una mano la agarró del brazo y tiró de ella hacia fuera, haciendo que soltara un pequeño grito.
—Tranquila, te prometo que no voy a hacerte daño.
Ella reconoció la voz y aspiró el agradable y varonil aroma a aftershave. Un electrizante hormigueo la recorrió de arriba abajo cuando notó que, detrás de ella, el cuerpo de Con Daly estaba muy cerca del suyo.
—Sorcha O’Donovan… Desde mi cabaña os he visto a ti y a tus amigas por la playa y siempre he pensado que eres muy bonita. Pero esta noche eres la chica más hermosa que he visto en mi vida. Francamente, quiero casarme contigo aquí y ahora… —Él le dio media vuelta para mirarla a la cara. Aunque estaba oscuro, ella podía ver su gran sonrisa—. O si no, me conformaré con que la próxima semana vengas a mi casa a tomar un té.
Sorcha alzó la vista hacia sus ojos, pero no le salían las palabras.
—¿Lo harás?
—¿Hacer…, hacer qué?
—¿Vendrás a mi cabaña la semana que viene?
—Yo…
—Claro que vendrás. ¿Sabes dónde vivo? —Ella asintió—. Entonces te espero. Y ahora ven aquí y dame un beso.
La atrajo suavemente hacia él y depositó un leve beso en sus labios. Luego la tomó con delicadeza por los hombros y la miró a los ojos.
—Sorcha-porcha… —Le guiñó un ojo—. Te estaré esperando.
Sorcha observó cómo Con volvía a entrar a la sala. Se apoyó en la pared con la respiración agitada. La cabeza le daba vueltas y notaba las piernas como algodón de azúcar.
Con Daly no era más que un pobre diablo que vivía en su cabaña en la playa. Antes de esa noche, sin duda se habría cambiado de acera solo para evitarlo, y ni en sueños habría aceptado ninguna muestra de afecto por su parte…
Sorcha se santiguó y le pidió a Dios que la perdonara: no solo por el beso, sino por haber disfrutado de cada momento de él.
¿Iría a verlo la semana que viene?
Se apartó de la pared cuando el grupo empezó a tocar de nuevo.
Al entrar en la sala, vio que Angus estaba bailando con Maureen, Katherine besuqueándose con Johnny y Mairead fuertemente enlazada entre los brazos de un chico al que nunca había visto.
Entonces miró hacia el escenario.
Él le sonrió.
Sorcha sabía que esa noche había empezado algo que le cambiaría la vida por completo.
Helen McCarthy ensilló a Davy, su caballo. Comprobó que la cincha estaba bien sujeta y se subió a lomos del animal. Lo condujo fuera de la cuadra, trotando por el sinuoso camino hasta cruzar la verja, y luego lo hizo girar en dirección a la playa.
Cuando iba a pie, Helen era muy desgarbada. Pero desde la distancia, asentada cómodamente en su alto semental, instalada con firmeza en su silla de montar, muchacha y caballo ofrecían una estampa de lo más elegante.
Era la única ocasión en que Helen sentía que tenía el control.
Tres minutos más tarde llegaron a la larga franja de arena blanca.
—¡Arre! —Helen espoleó a su montura, y el caballo empezó a avanzar a medio galope. El viento azotaba su cara y el estruendo de las olas la ensordecía. Como solía ocurrir a menudo, Helen empezó a llorar desconsoladamente, sus fuertes sollozos competían con los chillidos de las gaviotas allá en lo alto.
Cabalgó hasta alcanzar el extremo más alejado de la playa. Hizo que Davy aminorara su marcha al trote y, con mucho cuidado, se abrieron paso entre los afloramientos rocosos hasta llegar a la cueva de suelo arenoso que Helen había llegado a considerar su refugio privado. Solía ir allí cuando las cosas iban mal. Y, por tanto, era donde pasaba la mayor parte de su tiempo.
Desmontó y amarró a Davy a una roca que asomaba de la arena. Luego caminó muy despacio hacia las olas.
Durante unos momentos, y no por primera vez, Helen contempló la posibilidad de seguir avanzando hasta que las aguas del océano acariciaran sus muslos, su vientre, su cuello, y finalmente se cerraran sobre su cabeza, llenándolo todo de paz y silencio.
Las lágrimas volvieron a derramarse de sus ojos y notó el escozor en sus mejillas saladas. Entonces sacudió la cabeza. Le tenía demasiado miedo al agua para pensar en ahogarse.
Helen dio media vuelta y caminó hasta encaramarse a la roca desde la que se disfrutaba de las mejores vistas de la costa. Se sentó. Mientras contemplaba el panorama, sus ojos se fijaron en la luz parpadeante del faro de Galleyhead, envuelto en un manto de niebla.
El día en la escuela había sido más desdichado de lo habitual. Había oído a Sorcha y sus amigas hablando entre risitas de lo bien que se lo habían pasado en el concierto del sábado por la noche. A Helen le había dolido mucho la manera en que se callaron de golpe cuando se dieron cuenta de que ella estaba detrás.
Lo que más le dolió fue el rechazo de Sorcha O’Donovan. La chica era muy guapa, inteligente y popular, y tenía unos padres que la querían. En definitiva, poseía todo lo que Helen ansiaba.
Alzó la vista al cielo. Dentro de unos cuarenta minutos, el día llegaría a su fin y reinaría la oscuridad. Y, tras una noche de tregua, el sol volvería a salir y Helen tendría que soportar una vez más la humillación del rechazo.
—¡Ay, mamá…! ¿Por qué papá y tú me abandonasteis? —gimió la muchacha.
¿Cuántos otros niños del pueblo no tenían un brazo confortador que los consolara cuando tropezaban y caían? ¿A cuántos les había faltado el cuento para dormir y el beso de una mejilla áspera y varonil que hablaba en silencio de amor y seguridad mientras apagaba la luz del dormitorio?
—¡Yo no tengo nada! ¡Nada!
Helen era consciente de que esa última declaración era melodramática y muy alejada de la verdad. Había algo que iba a tener muy pronto, y en abundancia.
Se enjugó los ojos con un pañuelo no muy limpio y trató de aclararse la mente.
—¿Es que voy a pasarme toda la vida llorando?
—Podría ser.
Helen se sobresaltó y, al darse media vuelta, vio acercarse la apuesta figura de Con Daly, quien se plantó en la roca alzándose cuan alto era sobre ella. Helen no pudo evitar ruborizarse de inmediato.
—¿No son unas vistas maravillosas?
Ella se sorbió la nariz y se la limpió con el dorso de la manga.
—Sí.
—Puede que sea mi lugar favorito.
—El mío también.
—Lo sé. —Se acercó un poco más y se acuclilló sobre la roca junto a ella—. El lugar perfecto para que unos marginados como tú y yo puedan venir para estar solos.
Helen soltó una risotada.
—Tú no eres un marginado. Todas las chicas de la clase alucinaron contigo y con tu banda.
—¿De veras? —Con alzó una ceja—. ¿Alguna chica en particular?
—¿Debería haber alguna?
Con adoptó un gesto indiferente.
—Quizá.
—Oh. —Los hombros de Helen se hundieron levemente.
—No te vi allí —dijo él.
—No. No quise ir sola.
Con exhaló hondo.
—Ay, Helen, es terrible vivir en los márgenes de la sociedad como nosotros. Tolerados, pero nunca aceptados. Estoy deseando marcharme de aquí en cuanto pueda.
—Qué suerte la tuya. —Helen hundió el talón de su bota de montar en la arena.
—No tienes nada que te ate aquí.
—Es el miedo lo que me ata, Con.
—Ya, el miedo es algo muy poderoso. Pero nunca olvides que la soledad te da fuerza. Puedes pasarte la vida observando a los demás desde fuera. De ese modo, acabas aprendiendo mucho sobre la naturaleza humana.
—Lo que he aprendido es que apesta —repuso ella con amargura.
—Venga ya, la vida no está tan mal. Dispones de esa enorme mansión y todos esos terrenos. Y una gran cantidad de dinero para poder cumplir tus sueños. Tienes el mundo a tus pies.
—Cambiaría todo eso por ser popular. Y por ser tan guapa como Sorcha O’Donovan.
—Creo que a todas las chicas les gustaría ser tan guapas como ella —dijo Con sonriendo—. Pero tú podrías comprarte un nuevo estilista y todo un grupo de amigos.
—Supongo —suspiró Helen.
Con se levantó.
—Y ahora he de irme. Tengo una cita en mi palacio —dijo, señalando hacia su cabaña.
—¿En serio?
—Sí. —Se llevó un dedo a los labios—. Pero es un secreto. Adiós, Helen. —Con puso una tranquilizadora mano sobre el hombro de Helen, que notó que el corazón se le aceleraba y una indescriptible calidez inundaba su cuerpo—. Si quieres charlar, ya sabes dónde estoy.
—Gracias, Con —dijo ella con voz ahogada.
Helen lo observó alejarse con paso tranquilo entre las rocas y desaparecer.
Pensó en lo que Con había dicho. A pesar de su reputación y de su pinta algo desharrapada, era un chico muy inteligente. No habían tenido muchas conversaciones a lo largo de los años, pero siempre habían sido charlas memorables. Era la única persona que no la trataba como si fuera una descerebrada.
Además, cada vez que lo veía lo encontraba más guapo.
A falta de otro joven en el que pensar, Helen siempre pensaba en Con. Suponía que estaba un poco enamorada de él, pero era consciente de que sus sentimientos nunca serían correspondidos.
¿Qué hombre podría amarla a ella?
Se subió la bufanda hasta taparse las orejas, ya que el viento empezaba a ser gélido. Con acababa de dar voz a una idea que, en los últimos meses, llevaba dando vueltas en la cabeza de Helen de forma cada vez más insistente. Seamus O’Donovan le había asegurado que dentro de poco sería una joven muy adinerada. Helen no tenía muy claro a cuánto ascendería su fortuna, pero solo era cuestión de preguntar. Sabía que su abogado pensaba de ella que era una chica con pocas luces, que nunca sería capaz de gestionar su situación financiera ni afrontar las responsabilidades de manejar una finca tan extensa. Y tal vez tuviera razón. Era cierto que no le iba muy bien en la escuela, incapaz por alguna razón de encontrar sentido a las palabras escritas en la página, aunque sí entendía el significado en su mente. En cambio, no tenía ningún problema con los números. Siempre se le habían dado muy bien las matemáticas.
Muy pronto poseería una inmensa cantidad de dinero… y, como Con había dicho, podría comprar la forma de escapar de allí. Podría ir a donde quisiera, a algún lugar en el que poder empezar de nuevo. Pero ¿adónde? Apenas había salido de Ballymore. ¿Tendría el valor de dejar atrás una vida que tal vez fuera complicada, pero que al menos le resultaba segura y conocida?
Helen miró al horizonte. Empezaba a oscurecer. No le quedaba mucho tiempo para seguir reflexionando. Tenía que volver a casa antes de que cayera la noche.
Montó a Davy. Mientras cabalgaba por la playa, vio un resplandor emanando de la cabaña de Con.
Conforme se acercaba, Helen oyó sonido de risas procedente del interior. Detuvo al caballo y se quedó observando un momento. La silueta de Con apareció enmarcada en la pequeña y sucia ventana. Se le unió una segunda figura. Sus bocas se juntaron en un beso.
Helen se ruborizó intensamente. Se recriminaba por el hecho de estar espiando, pero era incapaz de apartar la mirada. Al final se abrió la puerta de la cabaña y emergió una esbelta figura, que no perdió tiempo en escabullirse entre las dunas antes de que Helen tuviera ocasión de poder ver quién era.
Continuó observando mientras Con salía al umbral de la puerta. Vio el resplandor titilante de una cerilla y luego el fulgor anaranjado de un cigarrillo. Ya casi había oscurecido por completo. Davy resopló, impaciente.
Helen lo espoleó y salieron al galope por la playa.
Mayo de 1964
—Entonces ¿vendrás conmigo, Sorcha?
Ella miró a Con, tumbado cuan largo era sobre el maltrecho sofá en el que comía y dormía. Se estremeció y se acercó al pequeño fuego que ardía en la estufa. Aunque estaban a principios de mayo, las noches aún podían ser muy frías.
—Con Daly… ¿Y dónde iríamos? ¿Dónde viviríamos? Yo no tengo dinero, y tú tampoco.
—Tengo mi guitarra, Sorcha. No pasaremos hambre, aunque tenga que cantar en las esquinas y poner un sombrero en la acera pidiendo monedas. Y sé que no pasará mucho tiempo antes de que consiga algunas actuaciones y, después, un contrato discográfico. —Con señaló más allá del océano—. En Londres es donde se mueve todo a nivel musical. Y allí es donde tengo que estar. —Se echó mano al bolsillo y sacó un cigarrillo algo torcido. Luego se acercó a la estufa y lo encendió en las brasas. Dio una calada—. ¿Quieres?
Sorcha negó con la cabeza.
Con le echó el brazo por los hombros y la atrajo hacia él. La besó, y sus labios tenían el sabor del alquitrán que acababa de inhalar. Luego le acarició el cabello cariñosamente.
—Ay, Sorcha-porcha… Soy un hombre enardecido por la pasión. No me dejas que te haga el amor, no me dices si vendrás conmigo a Londres… Empiezo a preguntarme si de verdad me amas.
Los ojos de Sorcha se llenaron de lágrimas.
—Con, sabes que te amo con toda mi alma. No puedo pensar en nada más. Hasta la hermana Benedict me ha preguntado si tengo problemas en casa porque mis notas han empezado a bajar. Es solo que… yo… tengo miedo, Con.
—¿De qué, Sorcha? ¿De mi amor? ¿De mí?
Le levantó la cara para que lo mirara a los ojos, llenos de calidez.
—No. Es que…, bueno, yo siempre había pensado que, al acabar el colegio, estudiaría en una escuela de secretariado y entraría a trabajar en el bufete de mi padre. Y luego…
—Esperarías a que apareciera el hombre adecuado para casarte con él. ¿No sabes que ahí fuera hay todo un mundo aguardando a ser explorado? Este diminuto rincón del planeta permanecerá igual durante los próximos cincuenta años. Pensaba que tú también buscabas emoción, Sorcha. ¿Es que no quieres llevar una vida intensa? ¿Es que no me amas?
—Yo… —Sorcha lo miró con gesto impotente.
—¡Aaagh! —Con tiró el cigarrillo a la estufa y cerró la portezuela con fuerza. Luego se pasó una mano por el cabello—. Sorcha, ya llevamos tres meses juntos. Soy consciente de que eres muy joven y de que estás muy protegida por tus padres. Pero quiero que vengas conmigo y formes parte de mi futuro. Ya te he prometido que cuidaré de ti y que nos casaremos si así lo deseas, pero no puedo seguir perdiendo el tiempo intentando convencerte. Dentro de un mes me voy a marchar a Londres, contigo o sin ti. Tengo dinero suficiente para tu pasaje, si te decides a venir. Pues eso, así están las cosas —concluyó con un pequeño bufido—. Y ahora será mejor que te marches, antes de que tus padres llamen a los guardias y me acusen de haberte raptado.
Con se dirigió hacia la puerta y la abrió.
Luchando contra las lágrimas, Sorcha miró alrededor buscando su chaqueta.
—Detrás de ti. —Con señaló el brazo del sofá.
Sorcha la cogió y se encaminó en silencio hacia la puerta abierta.
—Adiós, Con. ¿Cuándo volveré a verte?
Él se encogió de hombros.
Sorcha salió al vigorizante aire nocturno. La puerta se cerró con fuerza tras ella.
Avanzó con paso tortuoso por el sendero entre las dunas, los ojos cegados por las lágrimas y sus sollozos resonando en el entorno. Desearía poder ir a la iglesia y pedir Su consejo, pero sabía que abandonar a su familia y escaparse con un hombre para disfrutar de lo que no tardarían en ser los placeres de la carne no se ajustaba a la clase de actos que Él aprobaría.
—¡Ayyy! —Sorcha tropezó y cayó sobre la arena. Mientras esperaba a que remitiera el dolor en su tobillo, se dio media vuelta y alzó la vista al cielo. Hacía una noche hermosa y despejada, y contempló las estrellas titilando intensamente en sus constelaciones.
Si dejaba que se marchara sin ella, ¿no se arrepentiría durante el resto de su vida? Y si se fuera con él, ¿qué es lo que dejaría atrás? Ya no era ninguna niña. Y pensar en un futuro sin Con le resultaba insoportable.
Esa noche, Sorcha tomó asiento a la mesa de la familia O’Donovan mientras su madre servía en los platos varias cucharadas de un cremoso puré de patatas con col. Una vez que Seamus hubo dado su larguísima bendición a la mesa, la cena se desarrolló en el tenso ambiente habitual. Y cuando su madre acabó de retirar la loza, Sorcha se armó de valor para entablar conversación con su padre.
—¿Papá?
—¿Sí, Sorcha?
—Siempre le estás preguntando a Helen McCarthy cuáles son sus planes para el futuro.
Él la miró sin pestañear.
—¿Intentas formular una pregunta o solo hacer una afirmación?
Sorcha enrojeció.
—Perdona. Solo había pensado que, como estoy a punto de cumplir diecisiete años, podríamos hablar sobre mi futuro.
Seamus suavizó un poco el tono.
—Sí. Me parece una conversación sensata. —Se cruzó de brazos—. Bueno, por mucho que te quiera como hija, exigiré que la calidad de tu trabajo sea de primera.
Sorcha sabía muy bien hacia dónde se dirigía la conversación.
—Por lo tanto, antes de contratarte como mecanógrafa en el bufete, tendrás que obtener la más alta cualificación de secretariado. En Cork hay varios centros en los que podrías conseguirlo, pero yo te recomiendo que…
—¿Papá? —se atrevió Sorcha a interrumpirlo. Seamus enarcó una ceja curiosa—. Sé que quieres que trabaje en tus oficinas, y eso sería algo genial, pero…
La madre volvió a la mesa trayendo consigo un pudin de pan humeante.
—Por favor, acaba la frase.
Sorcha habló muy nerviosa.
—He oído que en Londres hay muchas oportunidades.
—¿En Londres? —inquirió Seamus—. ¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza?
—Nadie, solo que…
El padre se enderezó en su asiento.
—Ninguna hija mía se va a ir a pendonear a Londres.
—Te entiendo, papá, pero creo que en Londres podría hacer algo con mi vida. Aquí no hay muchas oportunidades.
La mirada de Sorcha se cruzó con la de su madre, que, visiblemente nerviosa y muy rígida, estaba sirviendo el pudin de color marrón claro en tres cuencos.
—¿Que no hay muchas oportunidades aquí? —Seamus se inclinó sobre la mesa hacia su hija—. ¿Y cuáles, si se puede saber, crees que son esas oportunidades que ofrece Londres?
Sorcha bajó la mirada con aire perdido.
—Bueno…
—Exacto. No tienes respuesta. Sea cual sea la tonta amiguita que te ha hablado de eso está claro que no tiene ni idea de lo que es la vida real. Irías allí sin nada. ¿Y cómo te costearías el alojamiento?
—Yo…
—¿Las facturas? ¿La comida?
—No sé.
—Porque no vas a recibir ninguna ayuda de mí. Ni la más mínima.
—No esperaba ninguna.
—Ah, ¿no? Pues parece que esa es la única conclusión lógica a la que vas a llegar esta noche. Porque si te crees que vas a llegar allí y te vas a casar con un distinguido millonario, estás pero que muy equivocada. Hay muchas más mujeres en Inglaterra donde escoger, y todas vienen de mejor linaje que tú.
Sorcha se fijó en cómo su madre, sin ser vista por él, lanzaba a su marido una mirada asesina.
—Tendrás mejores posibilidades aquí, con un pretendiente al que consideremos conveniente.
Sorcha sintió cómo la rabia hervía en su interior, y corría el riesgo de acabar explotando.
—¿Y si no quiero casarme? ¿Y si quiero tener una carrera profesional?
Su padre soltó una risotada.
—¿Es eso lo que quieres, una carrera? ¿Has oído eso, Mary? ¡Nuestra hija quiere tener una carrera profesional! —Su carcajada fue como una ola de vergüenza abatiéndose sobre Sorcha—. Serás una excelente mecanógrafa y una aún mejor esposa y madre. Ningún hombre querrá que su mujer trabaje en el hogar conyugal.
—Papá, por favor, escucha…
—¡Ya basta! —Seamus estampó el puño sobre la mesa—. Tu madre y yo te hemos criado para que representes a la familia O’Donovan. No pienso consentir que una hija mía se marche así sin más a Inglaterra, solo para volver arrastrándose y esperando que yo le solucione la vida. No vas a avergonzar a esta familia, Sorcha. Y no hay más que hablar.
Comieron el pudin en completo silencio.
Esa noche, Sorcha lloró en silencio en la cama. Su padre la había dejado hundida. Tanto si le gustaba como si no, marcharse a Londres con su amado era imposible. Cruzar el mar de Irlanda significaría cortar los lazos con toda su familia, y tampoco importaba cómo la hubiera hecho sentir su padre: no estaba segura de poder tomar una decisión tan trascendental a una edad tan joven.
Si Con la amaba de verdad, seguro que una vida juntos en Ballymore sería suficiente para él.
Una vez aclarado esto, su siguiente tarea sería convencer a su padre de que Con era mucho más que el marginado del pueblo. Tal vez si pudiera apreciar su talento, entendería que Con podría ganarse la vida muy bien.
Con su gran destreza musical, ¿cómo iba a fracasar?
Evidentemente, anunciar mañana en el desayuno que estaban saliendo juntos no sería un movimiento muy inteligente. A su padre podría darle un ataque al corazón. No, eso tendría que esperar a más adelante.
Sorcha se secó las lágrimas en la funda de la almohada y pensó en cómo le brillaban los ojos a Con.
Con estaba rasgueando la guitarra con aire taciturno cuando oyó que llamaban a la puerta. Antes de alcanzar el pomo, esta se abrió.
Sorcha estaba allí, temblando de frío y emoción.
—Te amo, Con. No quiero estar nunca sin ti.
—Entonces ¿vendrás conmigo a Londres?
Ella se armó de valor para decir:
—No, Con. No puedo dejarlo todo atrás sin más. Aquí es donde está mi vida.
Él meneó la cabeza y bajó la vista al suelo.
—¡Oh, Dios, Sorcha! ¿Cómo podré vivir sin ti?
Ella le tomó las manos.
—No tienes por qué hacerlo, Con Daly. Quédate aquí, conmigo.
—Sabes que eso no puede ser. Tu padre nunca nos dejaría estar juntos.
—Ese es un problema que yo me encargaré de resolver… con el tiempo.
Él se soltó las manos y se frotó los ojos.
—No puedo renunciar a mi música. Sabes que no puedo.
—Lo sé. Pero he pensado que tal vez podrías ir a Dublín e intentar contactar con alguien del mundillo musical para darte a conocer.
Con pareció indeciso.
—En Dublín quieren cantantes de folk. Yo soy un rockero.
—Ya, pero lo único que necesitas es una oportunidad. Después podrás hacer lo que quieras a nivel musical, Con. Cuando tengas éxito, con una fortuna de miles de libras y tres mansiones, mi padre comprenderá que eres el hombre perfecto para mí. —Sorcha le dirigió una sonrisa tranquilizadora—. Y más adelante, ¿quién sabe? Tal vez podamos acabar los dos juntos en Londres, tal como deseas.
Con sintió como si lo desgarraran por dentro.
—Dios… Yo te amo, Sorcha-porcha. Solo que…
Ella le tomó la cabeza entre las manos y lo besó suavemente, después con más pasión. Pronto se vieron arrebatados por el deseo. Él la tumbó sobre el sofá y sus manos empezaron a recorrer su cuerpo. Esperaba que Sorcha se las apartara al llegar a los pechos, pero ella no opuso resistencia. Luego, cuando los dedos de él subieron por sus piernas y acariciaron la suave piel del interior de sus muslos, también esperó que lo rechazara. Pero Sorcha tenía los ojos cerrados y sus labios dibujaron una tenue sonrisa.
Dejó escapar leves suspiros de placer.
—Sorcha…, ¿esto es que…? ¿Podemos…?
Ella abrió los ojos y le sonrió.
—Sí. Solo prométeme que un día nos casaremos. Así podré pensar que lo que vamos a hacer no es pecado mortal.
—Ahora estamos casados en nuestro corazón. El amor no es pecado a ojos de Dios, Sorcha.
—No. Entonces ámame, Con.
Dos horas más tarde, Sorcha estaba de vuelta en casa, dándose un baño de jabonosa agua caliente. Se sentía un poco dolorida, pero era un dolor agradable, porque procedía del punto en que sus dos cuerpos se habían unido. Había pedaleado como una posesa para regresar cuanto antes, aterrada por que su madre pudiera llamar a casa de Maureen para averiguar por qué se retrasaba tanto, solo para descubrir que no había estado allí. Pero cuando llegó a casa, su madre estaba acostada con migraña y su padre aún no había regresado de una reunión en el ayuntamiento.
Se puso el camisón por encima de la cabeza y se metió en la cama. Miró el osito casi despeluchado que solía hacerle compañía por las noches. Lo agarró y lo tiró al suelo.
Los peluches eran para las niñas.
Y ella ahora era una mujer.
Después de esa noche, Sorcha sabía que Con y ella estarían unidos por siempre. Y que todo iría bien.
Sorcha se encargaría de ello.