Londres
BUSCANDO MI FLAMENCO
—¿En serio quieres enviarme a una isla remota para que me case conmigo misma? —pregunto mientras noto el cálido rubor que sube por mi cuello.
Estoy sentada frente a la mesa de Ali, mi aterradoramente enigmática jefa de Women Today. A lo largo de los años me ha pedido que haga cosas bastante raras, pero esta sin duda es la más extravagante de todas.
—No estás legalmente obligada —dice, como si eso pudiera tranquilizarme.
—Oye, Ali. —Me pellizco el caballete de la nariz mientras elijo cuidadosamente mis palabras—. Una cosa es que una celebridad declare en una entrevista para Vogue que se ha «autoemparejado» y otra muy diferente que lo haga una columnista de citas a punto de cumplir los treinta.
Tartamudeo al pronunciar mi edad; la cifra se me enreda en la lengua. Para mí los treinta eran simplemente un año más hasta que cumplí los veintinueve y fueron pasando los meses. Ahora que faltan pocas semanas para mi cumpleaños, he empezado a experimentar toda clase de agobios inesperados y molestos. Estaba —estoy— decidida a no hacer de ello un drama, pero cada día que pasa siento como si alguien añadiera otra pesa a mis hombros, de esas pequeñitas de hierro que llevaban las básculas de cocina antiguas. Estoy desapareciendo bajo diminutas pesas de cocina invisibles, y mi jefa se ha dado cuenta. Porque Ali se da cuenta de todo. No llegó a directora de una de las revistas de moda online líderes del Reino Unido durmiéndose en los laureles; su meteórico ascenso aparece ampliamente documentado en el sector con envidia y enorme respeto. Me siento afortunada de trabajar para ella; incluso me atrevería a considerarla una amiga. Ali es una bola de energía de mirada láser que me aterroriza y me reta a hacer cosas que no quiero hacer. Como largarme a una isla remota de Irlanda de la que nunca he oído hablar para casarme conmigo misma.
—Si te digo la verdad, Clee, el fin de semana pasado me topé de nuevo con esa vieja entrevista de Emma Watson y no podía dejar de pensar en ti. —Demasiado emocionada con su idea para permanecer sentada, se levanta de la silla y empieza a pasearse de un lado a otro—. Una larga lista de citas desastrosas, a punto de cumplir los treinta, tratando de definir su lugar en el mundo como mujer soltera, presionada por los medios y por las expectativas de los demás… —enumera con los dedos mientras habla.
—Me da mucha pena Emma, en serio —digo—. Debe de ser traumático tener que morrearte con R-Patz para ganarte la vida.
R-Patz y su imponente físico dejaron una profunda huella en mí de adolescente. ¿Es de extrañar que me esté costando tanto encontrar el amor después de crearme expectativas tan poco realistas? He ahí tema para toda una columna.
—Nunca tuvo que morrearse con R-Patz. No minimices la contribución de Emma para hacerte sentir mejor, sabes que no voy desencaminada.
Tiro de un hilo suelto en el brazo de la silla.
—No es del todo justo decir que he tenido una larga lista de citas desastrosas. Eso forma parte de mi trabajo.
—Lo sé, lo sé. Te pagamos para deslizar a la derecha y abrir tu enorme y bello corazón. Te queremos por tu optimismo y tu fe en que encontrarás tu flamenco.
«Buscando mi flamenco» es el nombre de mi columna online, así llamada porque los flamencos se emparejan para toda la vida. Estuvimos barajando otros animales que también pasan toda su vida con una única pareja, pero «Buscando mi gibón» sugería traseros rojos y hurgamiento de orejas y «Buscando mi castor» no sonaba nada elegante. «Buscando mi flamenco» parecía adecuado, aunque con el paso del tiempo ha ido perdiendo gracia, en buena parte porque me han regalado tantas chuminadas relacionadas con los flamencos que podría abrir una tienda de chuminadas flamenquiles.
—Oye, Clee, tienes que hacer algo especial para celebrar tu entrada en la treintena. Cumplir treinta años es un momento trascendental en la vida de una mujer. —Ali interrumpe su discurso de esa manera que indica que se avecina algo malo—. Es eso o el tatuaje.
Suspiro; tendría que habérmelo esperado. El tatuaje se ha convertido en motivo de broma en las reuniones del equipo. Cada vez que me cuesta encontrar contenido para mi columna, alguien me mira de reojo y propone que me tatúe de forma permanente un flamenco en la piel, preferiblemente en un lugar difícil de esconder.
—Vale. Oye, siempre me ha gustado lo que Emma declaró sobre el autoemparejamiento —digo con cautela—. Lo entiendo. Estaba diciendo que se basta consigo misma, que está sola pero no desolada.
Ali asiente. No me interrumpe, sé que espera que yo acabe convenciéndome a mí misma. Se le da muy bien emplear los silencios para conseguir lo que quiere.
—Es una mujer independiente y dinámica que entiende que existe más de una manera de alcanzar una vida plena —continúo—. No es una fracasada porque no tenga pareja ni esté rodeada de un montón de niños, y el hecho de que sus dos hermanas y su hermano estén casados y con prole no le genera presión ni le hace sentirse obligada a defender su soltería en cada reunión familiar, aunque no deje de recibir invitaciones a bodas y bautizos. En serio, me alegro mucho por todos ellos, pero ¿realmente tienen que restregármelo por la cara, por el amor de Dios?
Freno en seco al percatarme de que he elevado la voz y que en algún momento he pasado de hablar de Emma Watson a hablar de mí. Además es injusto que incluya a mi hermano Tom en mi lista de agravios; es el único miembro de mi familia que nunca menciona mi menguante provisión de óvulos o el hecho de que no tenga pareja. Me separan más años de él que de mis otros hermanos, siete para ser exactos, pero es el más cercano en todo lo demás. Sería fácil asignarle el papel de figura paterna en mi vida, dado que yo era un bebé cuando murió nuestro padre, pero Tom era el que, en mi adolescencia, me pasaba los cigarrillos por debajo de la mesa y me cubría cuando llegaba tarde a casa por la noche. Según mi madre, los dos hemos salido a mi padre: pelo moreno y mirada traviesa.
Ali regresa a su silla, impasible ante mi discurso, y junta las yemas de los dedos como si estuviera pensando o rezando.
—A eso me refería exactamente —dice al fin—. Esta es una gran oportunidad para librarte de la presión de la gran fiesta sorpresa que tu familia está preparando para tu cumpleaños, una razón válida para escaquearte de forma educada de las bodas y bautizos inminentes y una oportunidad para tomarte un respiro por primera vez en tres años.
—¿Mi familia me está preparando una fiesta sorpresa?
Ali asiente.
—Tu madre me envió un correo la semana pasada para preguntarme si podrías tomarte un par de días y para pedirme una lista de todos tus «amigos de Londres» —dice haciendo el gesto del signo ortográfico con los dedos de ambas manos—. Utilizo comillas gestuales porque ella utilizó comillas literales. También mencionó que quería localizar a tus amigos del colegio a través de Facebook y a tus exnovios. Tu funeral en vida, básicamente.
Mis dedos tiemblan de ganas de escribir a Tom para pedirle que me lo cuente todo. Quiero a mi familia con locura, pero seguro que me conocen lo suficiente para saber que tener a los fantasmas del pasado abalanzándose sobre mí en una sala oscura sería una pesadilla. Prefiero hacerme el tatuaje del flamenco. En la cara.
—O sea que, básicamente, tengo que decidir entre una gran fiesta de cumpleaños o aceptar tu propuesta de autoemparejarme conmigo misma en una isla frente a la costa irlandesa de la que nadie ha oído hablar —digo, sintetizando la reunión.
—Isla Salvación —puntualiza Ali.
Su cara de satisfacción expresa lo encantada que está con el acertado nombre de la isla. Probablemente lo cambió ella acudiendo en persona al registro, o lo que sea que has de hacer para cambiar el nombre de una isla. Es la clase de artimaña que Ali utilizaría si creyera que le serviría para incrementar el número de lectores.
—Todos los gastos pagados —añade, como si fuera el argumento decisivo.
—¿No puedo autoemparejarme en mi piso?
—No.
—¿En las Maldivas?
—En ese caso no tendrías todos los gastos pagados.
—¿Hará frío?
Ali retuerce el rostro en su esfuerzo por transformar una mueca en una sonrisa.
—Vamos a ver, ¿quién ha escrito su mejor obra bajo una sombrilla de playa? Piensa en chimeneas inspiradoras y tazas humeando ambición.
—Esa frase se la has robado a Dolly Parton —refunfuño, nada contenta con la situación.
A Ali le brilla la mirada.
—Nada de nine to five, como dice la canción de Dolly, en Isla Salvación —dice recogiendo lentamente el sedal.
Sopeso mis opciones. El hecho de pensar que voy a cumplir treinta años dispara de nuevo mis niveles de ansiedad. Añade a eso una fiesta descomunal rodeada de gente que ya no conozco y que, sin duda, lucirá sus alianzas de boda como si fueran medallas, y mi corazón es el primero en agarrar su maleta.
—Irlanda me gusta —susurro mientras siento cómo la telaraña de Ali se cierra en torno a mí. Como siempre he sabido que ocurriría.
Asiente.
—La cabaña es preciosa, desconectada de todo. —Hace una pausa—. El sueño de todo escritor.
Está empleando palabras que sabe que hablarán directamente a mi corazón. Puede que en estos momentos sea una columnista de citas, pero gracias a confesiones avivadas por el vino, Ali sabe de la novelista que llevo dentro, de mis frágiles sueños de adolescente enterrados bajo la vida londinense. Aunque a regañadientes, admiro su manera de decir lo justo para despertar en mí un destello de esperanza.
—¿Cómo has descubierto este lugar? —balbuceo.
Ali suspira.
—Carole me envió la información. Uno de sus amigos hippies lo utilizó para un retiro de reiki, o para recanalizar la energía negativa, no me acuerdo. Ya la conoces, siempre creyendo que estoy al borde de una crisis nerviosa. —La cuñada de Ali, Carole, expresa su preocupación a través de regalos de cumpleaños y Navidad: vales para terapias con ventosas, manuales para ordenar tu vida, un gong tibetano que Ali aporrea de vez en cuando para captar nuestra atención—. Tómatelo como una luna de miel —dice retomando el tema—. O una… unimiel. —No se molesta en ocultar lo orgullosa que está de su ocurrencia.
—¿Hay wifi? —pregunto agarrándome a un clavo ardiendo. No puedo ir si no dispongo de medios para subir mi columna.
—Técnicamente no, pero ¿iba a enviarte yo a un lugar sin wifi? —Se estremece—. Tienen wifi en el pueblo, que está a unos diez minutos a pie.
Genial. Frío, humedad y nada de mirar Insta cuando estoy en el retrete.
—Ya la has reservado, ¿verdad? —digo con resignación.
Tarareando la marcha nupcial, introduce la mano en un cajón y desliza por la mesa un gorro rojo de lana con pompón.
—Vuelas el viernes.
En algún lugar del Atlántico
PRONÓSTICO: MUCHAS PROBABILIDADES DE UN CONSEJO GRATUITO
Estoy a punto de morir y la culpa la tiene Emma Watson.
Si hubiera cobertura, llamaría a Ali y maldeciría como un marinero, lo cual resultaría de lo más apropiado, pues me hallo a bordo de un remolcador hecho polvo en medio del despiadado océano Atlántico. Es como estar en el barco pirata de un parque de atracciones, pero sin la sensación de seguridad o la diversión.
Isla Salvación, o por lo menos esa es la traducción del inglés. En realidad se llama Slánú, pero Ali me contó que casi todo el mundo la llama Salvación, seguramente porque así pueden sacar más partido a los paños de cocina y demás baratijas para turistas con la frase «Bienvenido a Salvación». Si tuviera fuerzas, le vería la ironía al nombre. En lugar de eso, me aferro a la barandilla resbaladiza que hay junto a mi banco y farfullo oraciones improvisadas para llegar a puerto sana y salva. Tirito dentro de mi inadecuado abrigo mientras el mar helado salpica y me abofetea la cara, deseando tener una capucha en lugar del empapado gorro rojo de lana que me regaló Ali.
—Fija la mirada en el horizonte, eso te aliviará el mareo.
Miro de reojo al otro pasajero del barco, molesta por su consejo gratuito. No logro comprender por qué estoy siendo zarandeada como una muñeca de trapo mientras él permanece pegado al banco de enfrente como si estuviera atado a él. Puede que lo esté. Tiene pinta de no salir nunca de casa sin un par de mosquetones en el bolsillo. Seguro que para divertirse se va de vacaciones con los GEO.
—¡Estoy bien, gracias! —grito para hacerme oír.
—¡Vale, lo decía porque estás un poco… pálida! —grita a su vez. No acabo de reconocer el acento. ¿Americano, quizá?
Creo que ha emitido un juicio precipitado sobre mí; me considera una persona débil y no apta para navegar en alta mar. Quizá sea ambas cosas, pero estoy hasta las narices de que la gente haga suposiciones sobre mí.
—Solo intentaba ayudar. —Se encoge de hombros al ver que no contesto—. Si vas a devolver, apunta hacia ese lado. Eso es todo.
Ya estamos. Jane declina la invitación de Tarzán de subirse a su liana y Tarzán se pica.
—¡Lo intentaré! —chillo por encima del estruendo del motor—. Disculpas de antemano si apunto mal y vomito encima de tu cara.
¡Madre mía! Hasta a mí me ha sonado un poco asqueroso lo que acabo de decir; me ha salido esa mala leche que solo aparece cuando temes por tu vida. Y porque lleva una parka que parece que haya necesitado un millón de gansos para rellenarla, y la capucha es más grande que la tienda que Rubes y yo nos llevamos a Glastonbury hace un par de veranos. Los ojos me pican por la sal del mar y apenas puedo ver nada. Por lo menos tengo los pies secos, que es más de lo que puedo decir del resto de mi persona. Me echo a temblar cada vez que nos elevamos sobre la cresta de una ola. Yo no he pagado para morir ahogada con el Hombre de Malvavisco en medio del Atlántico.
No caigo de rodillas y beso la arena cuando bajo del barco y planto los pies en Isla Salvación, pero por dentro siento que debería hacerlo.
—¿Sabe adónde se dirige? —El capitán me mira a través de una larga maraña de pelo gris—. Lo digo porque he de volver al continente antes de que oscurezca.
Obviamente, no tengo la menor idea de adónde me dirijo, pero de igual manera que no le dices a tu peluquero que detestas el flequillo que acaba de machetearte, asiento y respondo afirmativamente. Se me queda mirando.
—De todos modos, solo puede ir en una dirección.
Señala con el mentón a la derecha, hacia un cielo cada vez más plomizo. Apenas se adivina la silueta del otro pasajero del barco adentrándose ya en la neblina con su inmensa parka roja. No es de los que pierde el tiempo, probablemente sea un lugareño que conoce la isla como la palma de su mano.
—Siga recto e irá a parar a la tienda de Brianne.
Dicho eso, el capitán da media vuelta y, alzando la mano en un gesto de despedida, se encamina de nuevo a su barco por la playa pedregosa.
Y ahora aquí estoy, sola en lo que parece el fin del mundo. Cuanto alcanzo a ver es una playa desierta frente a mí y, a mi espalda, campos empantanados que suben y se pierden en la niebla. No estoy tan asustada como debería, quizá porque hace solo diez minutos mi vida estaba en peligro de verdad. Inspiro una bocanada de aire irlandés, frío y gris, y me descubro ilusionada.
Los últimos meses he tenido la sensación de que había llegado el momento de algo nuevo. Tenía veintiséis años cuando me lancé a compartir la búsqueda de mi flamenco con la nación, y en aquel entonces era una manera estupenda y divertida de ganar dinero. Había llegado a Londres un par de años atrás, con gustos de rica y bolsillos de pobre, recién apeada del tren procedente de los suburbios del norte, y por lo que fuera, conseguí hundir mis garras lo suficiente para no comprar un billete de vuelta. Me abalancé sobre todas las oportunidades disponibles y metí el pie en todas las puertas, alentada por mi juventud y la firme certeza de que estaba lanzándome en la dirección correcta. Y poco a poco, de sofá a cuarto de alquiler, de trabajo cutre a trabajo algo menos cutre, al final me coloqué en el campo de visión de Alison Stone. Una mujer que clavó en mí su mirada láser y vio ambición y agallas donde otros, mi familia inclusive, veían ingenuidad y temeridad. Para ser sincera, probablemente Ali necesitaba una columnista de citas y yo aterricé en su despacho en el momento oportuno, pero daba igual porque había encontrado un nido y me aseguré de emplumarlo bien para que ninguna urraca que pasara por allí pudiera arrebatármelo. Durante los años que siguieron, Cleo Wilder se convirtió en una mujer en busca de su flamenco, y he vivido momentos realmente fantásticos; he conocido personas con las que he entablado una gran amistad, he estado en sitios que de otro modo no habría conocido y me he reído hasta que se me han saltado las lágrimas. También he llorado, por supuesto, porque en más de una ocasión ha aparecido alguien con pinta de flamenco que, con el tiempo, ha resultado ser un palomo pasajero. Pero si tuviera que describir con una palabra cómo me siento en este momento, diría «exhausta». Hasta mis órganos están cansados, y en algún lugar de esta isla hay una cama con mi nombre.
Mi máxima prioridad ahora mismo es encontrar la tienda de Brianne —la cual, según me informa con precisión el impreso de Ali, está tierra adentro—, recoger las llaves y dirigirme a mi nuevo hogar temporal. Otter Lodge, la cabaña de las nutrias. Suena a la clase de lugar que podría tener almohadas agradables, así que coloco un pie decidido delante del otro y parto en busca de la civilización.
La civilización resulta estar cerrada. El letrero de la puerta de la pequeña tienda de tablillas blancas me informa de que abre dos horas al día. Afortunadamente, también hay un sobre clavado con una chincheta en la puerta con las palabras «Llaves de Otter» escritas con rotulador azul. ¡Genial! Si hiciera eso en Londres, otra persona se mudaría allí y montaría una plantación de marihuana en menos de una hora. Agarro el sobre, lo giro y veo que alguien ha escrito un mensaje en el envés.
¡Hola! Siento que no hayamos coincidido. Aquí está la llave de la puerta principal de Otter Lodge; la llave de la puerta de atrás está debajo del caracol. Hay que seguir la carretera hasta que termine y subir la colina, que hace un poquito de cuesta. Desde la cima se puede ver el tejado abajo, delante de la playa. He dejado algunas cosas en la nevera. Seguro que nos vemos muy pronto. Un beso,
Brianne
Vuelco el contenido del sobre en la palma de mi mano: una llave plateada en un llavero con un sol de plástico. A eso le llamo yo ser optimista. Según lo que he leído en la guía, el sol es caro de ver en estos lares, pero cuando luce, esta y las islas vecinas se transforman en gemas azules y verdes esparcidas por el océano como las cuentas de un collar roto. Aunque por el momento no se espera que vaya a salir el sol; la previsión del tiempo anuncia nubes, viento y frío en los próximos días. No importa. No he venido a Salvación a ponerme morena.
Brianne olvidó mencionar que era una carretera larga, muy larga. O quizá no lo fuera tanto, pero arrastrar una maleta incómoda con los vaqueros empapados y el fuerte viento hacía que lo pareciera, y cuanto menos diga de mi ascenso por la colina (alias montaña), mejor. Y se quedó muy corta cuando afirmó que «hace un poquito de cuesta». Pero nada de eso importa ahora porque me encuentro en la cima, mirando hacia abajo, y el paisaje incluso en esta tarde gris es absolutamente mágico. En una dirección, verdes y ondulantes laderas, salpicadas de rocas, se extienden hacia el horizonte entrecruzadas por muros de piedra bajos e irregulares, con algún que otro refugio abandonado en faldas distantes; en la otra dirección, el terreno desciende hacia una cala festoneada de arena. Y ahí está, Otter Lodge, una pequeña construcción con la cubierta de tejas enclavada entre las rocas y rodeada de un ancho porche de madera, de esos que se ven en las películas americanas. Si no tiene sillas ahí fuera, pienso sacar una.
A lo largo de los años he descrito muchas cosas como imponentes, pero este lugar de verdad corta la respiración. Deposito mi trasero en una roca convenientemente colocada en la cima, e intento recuperar el aliento y absorberlo todo. Es espectacular. Mis ojos tienen delante una belleza majestuosa y solitaria. Me siento abrumada, como si acabara de entrar en los brazos abiertos de Isla Salvación. Escucho el sonido áspero de mi respiración entrecortada mientras el viento me envuelve con fuerza y entonces ocurre algo extraño, inesperado. Empiezo a llorar.
Isla Salvación
¿CREES QUE SOY TU BOTONES?
La llave no está. Tres vuelos, dos barcos y casi cinco mil kilómetros, y a punto de alcanzar la meta me encuentro a cuatro patas sobre la tierra buscando la maldita llave. Estoy seguro de que Barney dijo que estaba aquí. «Debajo de una piedra al lado de la puerta», fueron sus palabras exactas. Me incorporo y subo los gastados escalones de madera hasta el ancho porche que rodea la casa. Cuando llego a la puerta muevo el pomo y compruebo que está cerrada con llave. Exactamente tal y como estaba cuando probé hace dos minutos. Suspiro y me acodo en la barandilla del porche contemplando la bahía mientras sopeso mis opciones. Podría forzar la entrada. Tengo derecho a estar aquí, y reemplazar una de las hojas de vidrio de la puerta no sería muy caro. Pero sería más que nada un incordio porque en Isla Salvación apenas son cien habitantes y dudo mucho que haya un cristalero entre ellos. Descarto la idea y opto por rodear el edificio. Puede que haya una ventana abierta. En caso contrario, en fin, quizá sea demasiado tarde para ir en busca de la civilización, no tengo garantías de que pueda regresar aquí antes de que anochezca.
No es la primera vez hoy que me alegro de que el dependiente me convenciera de que me comprara esta estúpida parka; si no me queda más remedio, puedo pasar la noche en el porche. He dormido en sitios peores; hace unos años, mientras realizaba un proyecto sobre los sintecho en las calles de Nueva York, fui terriblemente consciente del lujo que representa tener una vivienda. Realicé uno de mis mejores trabajos durante aquellas noches gélidas, pero el estómago se me encoge cada vez que miro las imágenes de esos rostros demacrados y famélicos. Aprendí lo delgada que puede ser la línea entre el éxito y el fracaso, cómo por unos pocos giros erróneos de la rueda de la fortuna puedes acabar en un colchón en el portal de una tienda con todas tus pertenencias en una sola bolsa de plástico. He oído que dos de las personas que conocí han pasado a mejor vida desde entonces, y no me cabe duda de que hasta la última de ellas se cambiaría por mí ahora mismo, con o sin llaves. La rueda de la fortuna ha girado y me ha dejado en el porche de Otter Lodge, y necesito poner al mal tiempo buena cara.
Rodeo la cabaña por un costado, y me detengo un instante a admirar el coraje de quienquiera que decidió construir este pequeño fortín en medio de la nada. El edificio está hecho de austera piedra gris, seguramente obtenida de los aledaños, nada que ver con la cabaña de madera que alquilamos en el lago Michigan hace un par de años. Me vienen al pensamiento los chicos: las piernas flacuchas de Nate dentro de sus descoloridas bermudas rojas, Leo una cabeza más alto que su hermano y mucho más callado. Bajando felices del coche y saliendo disparados hacia el lago con los rayos del sol iluminando sus rubias cabezas. Pedaleando con ellos por sombreados bosques mientras Susie nos pedía a gritos que fuéramos más despacio. Y aquí estoy ahora, solo y cerrando la puerta a esos recuerdos.
«Concéntrate en el aquí y ahora». Busco la manera de entrar.
Las pesadas nubes acaban de reventar sus costuras, el viento convierte la lluvia en cuchillas. Corro de ventana en ventana pero están cerradas a cal y canto, indiferentes a mis sacudidas. Doy un suspiro mientras un plan comienza a forjarse ya en mi cabeza. La mochila de almohada, la esquina frontal del porche es la que está mejor protegida de los elementos. La puerta de atrás también está cerrada con llave. «Un momento, hay una puerta de atrás». Y ahí está, el destello plateado bajo un caracol de piedra a la izquierda. Lo aparto y casi se me escapa una carcajada de alivio. Estaba buscando en la puerta equivocada, nada más. Todos los pensamientos acerca de mi supervivencia resbalan de mis hombros cuando introduzco la llave en la cerradura y noto un gratificante chasquido al girarla. Estoy dentro.
No sé qué esperar; no he mirado ninguna foto en internet y Barney no me envió los detalles. Para mí, Otter Lodge es un lugar para comer, dormir y trabajar. Un lugar donde ordenar mis ideas. No obstante, cuando abro la puerta y entro, me llevo una agradable sorpresa. Es uno de esos sitios abiertos, la cocina en un recodo y un sofá ancho delante de una chimenea de pizarra que se come casi todo el espacio. Al fondo una cama antigua de bronce con colchas de pelo y mantas escocesas que le dan un toque acogedor.
Me quito la parka mojada y, agachando la cabeza, cruzo la única puerta interior para descubrir un cuarto de baño pequeño pero aceptable, sin ducha pero con una honda bañera de cobre que lleva mi nombre. Primero, sin embargo, necesito comer algo. A Susie siempre le gustaba decir que soy un hombre que necesita un plan para funcionar. Su burlona evaluación de mi personalidad puede que contenga algo de verdad y mi plan ahora mismo es comer, bañarme y acostarme temprano. «Puede que una cerveza en algún momento», pienso estirando mis doloridos hombros cuando salgo del cuarto de baño. La puerta de atrás gira sobre sus bisagras y eso me recuerda que debo recoger mis cosas del porche y cerrar la escotilla para la tempestuosa noche que se avecina.
Oigo un chillido y me quedo inmóvil, convertido temporalmente en un idiota por el sobresalto. Hay una mujer en mi cabaña.
—Perdona, me has asustado —dice la mujer con la mano sobre el corazón. Luego, como no consigo articular palabra—: Eh… hola.
—¿De dónde sales? —Porque he visto antes a esta mujer.
Se quita su empapado gorro rojo y se me queda mirando.
—De Londres.
—No, me refería a…
—Un momento —me interrumpe entornando los párpados—. ¿Tú no estabas en el barco? ¿«Si vas a devolver, apunta hacia ese lado»?
Pasa de su acento original a uno americano espantosamente forzado.
—Ah, y tú eres la chica encantadora que se ofreció a vomitarme en la cara. —Finjo una sonrisa.
Suspira.
—No estoy de humor para soportar los comentarios irónicos de… —agita la mano hacia mi linterna frontal, levantando una corriente de aire en el proceso— un cíclope.
Y yo no estoy de humor para tener compañía, pienso mientras me arranco la banda elástica del cráneo. Además, ¿qué hace aquí? ¿Se ha perdido?
Me mira unos instantes y se baja la cremallera de su abrigo absurdamente fino.
—Oye, te agradezco que hayas venido para ver cómo estoy, pero no necesito nada. He arrastrado mi maleta por la montaña, soy capaz de encender un fuego y puedo aclararme con los interruptores. No necesito una visita de bienvenida.
—¿Crees que soy tu botones?
Sonríe con determinación, visiblemente atascada entre intentar ser educada y querer enviarme a la mierda.
—¿El casero, entonces? ¿Un amigo de Brianne?
—Señorita, iba en el mismo barco que usted. Pregúntame de dónde vengo.
—No necesito saberlo.
Por Dios, ¡qué obtusa!
—De Boston.
—No te lo he preguntado.
—Bueno, ahora ya lo sabes, lo que quiere decir que los dos sabemos que he viajado muchísimos más kilómetros que tú para estar aquí, y te alegrará oír que yo tampoco necesito una visita de bienvenida. —Observo cómo la luz comienza a colarse por las aristas de su exasperación.
Nos quedamos mirándonos, el silencio roto únicamente por la lluvia que golpea la ventana, y por fin su actitud se suaviza.
—Esto es Otter Lodge.
Asiento.
—Lo sé.
—Y lo he alquilado a partir de hoy.
—Yo también —digo.
Se frota la frente con el pulpejo de la mano, fuerte y rápido, como si masajeara mis palabras para convertirlas en algo que le suene mejor.
—Es imposible.
—Te doy mi palabra.
Se inclina, abre el bolso y hurga hasta sacar un fajo de papeles perfectamente doblados.
—Mira, aquí lo dice bien claro. —Despliega las hojas sobre la encimera de madera de la cocina y desliza el dedo por el papel seleccionando los detalles relevantes—. Otter Lodge, reservado a partir del 2 de octubre. Pagado. De Brianne, la administradora de la finca. Y, además, tengo la llave.
Con un destello triunfal en la mirada, agita una llave entre los dedos.
—Yo no necesito un trozo de papel —digo—. Esta cabaña es mía. Y aquí está mi llave. —Agito la mía.
—Tu cabaña —declara sin inmutarse. Es evidente que no me cree.
Trago saliva.
—De mi primo, para ser exactos.
También en eso exagero un poco; en realidad Barney es mi primo segundo. Nunca nos hemos visto en persona. La cabaña era de su tía, la prima de mi madre, y ahora pertenece conjuntamente a Barney y a su hermana, que vive en Canadá. Sí me mencionó que la alquilaba a veces, pero no tengo ni idea de quién es Brianne.
—Tengo correos que lo confirman, pero mi móvil se ha quedado sin batería.
—Qué oportuno.
No sé muy bien cómo lidiar con esto. Son las cinco de la tarde pasadas, ya ha oscurecido y está claro que ninguno de los dos conoce la geografía de Isla Salvación. Es peligroso marcharse ahora, más aún con este tiempo. La tienda es el edificio más cercano, sin duda cerrado desde hace ya un buen rato, y aparte de eso, el único asentamiento en la isla se encuentra en el norte. Otter Lodge está lejos, en el extremo sur de Salvación.
—Puede —digo—. Pero es verdad.
Se hace un silencio tenso. Mi plan de cerveza, baño y cama empieza a desintegrarse ante mis ojos, y eso no me gusta nada. Se saca el móvil del bolsillo y lo aporrea unos segundos antes de alzar la vista al techo. Diría que está contando en silencio, como hace uno cuando no quiere explotar.
—No pienso volver a subir esa montaña hoy —declara enderezando los hombros.
—Te entiendo —digo—. Yo tampoco. Aunque, técnicamente, es una colina.
Aprieta los labios de su amplia boca, igual que hace Nate cuando las cosas no salen como él quiere.
—Los dos no podemos tener razón —dice—. Y yo sé que la tengo.
¡Por Dios!, es exasperante. Sigue enfrascada en su rabieta mientras yo busco una manera de solucionar esto.
—Los dos tendremos que pasar la noche aquí.
Suelta un gruñido muy poco elegante.
—Ah, no, ni pensarlo.
—Muy bien. —Cruzo los brazos—. Ya sabes dónde está la puerta.
Que conste que no espero que se vaya con este tiempo, solo necesito que entienda que tampoco es una opción para mí.
Lanza una mirada a la puerta.
—Y echaré la llave en cuanto te marches.
Aguardo un par de segundos.
—No voy a marcharme.
—Pero… ¡tienes que hacerlo! —estalla como una niña.
Suspiro y me frotó los ojos. Sé que esto debe de ser más duro para ella que para mí. No soy tan burro como para no ver que cualquier mujer recelaría de pasar la noche con un tipo del que no tiene ninguna razón para fiarse.
—Estoy casado, si eso te tranquiliza. —Me saco la cartera del bolsillo de atrás y le muestro la foto de Susie con los niños—. Mi mujer y mis hijos.
—¿Por qué iba a tranquilizarme eso? —espeta.
—¿Porque alguien me considera un hombre lo bastante decente para casarse conmigo?
Pasea deliberadamente la mirada por la cabaña.
—¿Tú la ves por aquí para que pueda confirmarlo? Si es que existe.
—Existe —farfullo, cabreado. Existe…, solo que está a cinco mil kilómetros de aquí con mis hijos.
—No puedo hacerlo —dice—. Eres un desconocido y un hombre y… —Agita el brazo—. Y eres grande.
Me encojo de hombros. Poco puedo hacer a ese respecto.
Se presiona la frente con los dedos.
—Para que lo sepas —dice—, practico el krav magá.
Evito una sonrisita, pero dudo mucho que esté diciendo la verdad y practique el sistema de defensa personal que utiliza el ejército israelí.
—Vale.
—Podría bajarte los humos si fuera necesario.
—No te hará falta, en serio —digo. Pienso en Susie y en cómo querría que alguien actuara con ella si se encontrara en esta situación—. Oye, esta noche dormiré en el porche. No estoy diciendo que tengas razón ni que vaya a irme, solo que entiendo que fuera está oscuro y no nos conocemos. Podemos arreglar esto a la luz del día.
Me mira con una expresión de indecisión dibujada en su rostro.
—Necesito pensar —murmura abriendo la puerta para salir. Se oye el rumor de un trueno a lo lejos al tiempo que el viento intenta arrancarle la puerta de las manos. Vuelve a cerrarla. El tiempo está empeorando por momentos. Apoya la espalda en la puerta y traga saliva—. ¿Dónde está el cuarto de baño?
Me hago a un lado para dejarla pasar y suelto un suspiro de alivio cuando desaparece de mi vista. ¡Dios, me muero por una cerveza!
Isla Salvación
ATRAPADA EN EL CULO DEL MUNDO CON HAN SOLO
No sé qué hacer. Bueno, sí lo sé. Sé que no me queda otra que compartir Otter Lodge con un americano al que no conozco. Con el espantoso tiempo que hace, si dejo que duerma en el porche, como se ha ofrecido a hacer, puede que la palme. Y aquí estoy ahora, escondiéndome en el cuarto de baño, sentada en el retrete con mis horribles vaqueros chorreando y apiñados alrededor de mis tobillos enrojecidos, deseando con todas mis fuerzas estar en mi piso de Londres. Al cuerno con la naturaleza virgen.
Enfurecida, me quito las botas y los vaqueros y los lanzo contra la pared. «¡Dios mío, qué buena pinta tiene esa bañera!». La cabaña estará en medio de la nada, pero alguien con un don para el diseño interior ha hecho maravillas aquí. No pude echar un vistazo como es debido al salón por culpa del americano de más de metro ochenta que estaba plantado en medio, pero ahora, sentada aquí, reparo en los relajantes colores neutros, en la bañera de cobre de cantos curvos, en los exquisitos productos de baño, en la vela gruesa y el frasco de cerillas largas. El suelo de pizarra, bendito él, está caliente bajo mis pies, y una pila de toallas blancas descansa sobre un estante de madera irregular que parece que haya sido arrastrado por el mar. Si quisiera buscar algo así en Pinterest, pondría «lujo rústico». Estoy impaciente por disfrutar de la cabaña sin un extraño en mi campo de visión.
—¿Te importaría acercarme la maleta? —le grito, confiando en que no intente ganarse más puntos negándose a hacerlo.
—Junto a la puerta.
Abro lo justo para asegurarme de que no está merodeando, meto la maleta en el baño y la abro en el suelo.
«Estoy casado, si eso te tranquiliza». Pongo los ojos en blanco al recordar sus palabras. ¿En qué creía él que estaba pensando yo para decir eso? ¿Acaso los asesinos son todos solteros? Lo dudo mucho. Ya puestos, ¿cómo sabe él que no le asesinaré yo? Compruebo tres veces que he cerrado la puerta con llave y echo un chorrito del lujoso aceite de baño mientras dejo correr el agua. El aroma a spa exclusivo y a vastas playas soleadas calma mis alterados nervios.
—Voy a darme un baño —grito mientras me quito el jersey.
Con cada prenda que me quito siento que un peso abandona mi cuerpo. No me gusta el invierno; no entiendo a las personas que dicen que prefieren la nieve a la canícula del verano. Yo estoy hecha para las chanclas y los lugares donde nunca necesitas suéter. Lo opuesto a esto, básicamente. Cuando enciendo la vela y me sumerjo en el calor penetrante del agua, me siento tan revitalizada que me entran ganas de llorar. Pero no voy a llorar; ya he tenido mi dosis de lágrimas del día. Dios, eso sí que fue raro. No me hizo llorar el ascenso asesino de la montaña. En realidad estaba exultante por haber alcanzado la cima y, de repente, sin venir a cuento, me veo arrastrada por ese poderoso subidón de emoción.
Cojo aire y sumerjo la cabeza en el agua. Este lugar me ha dejado agotada. Ha sido un día larguísimo, con una travesía llena de peligros y mi sueño de estar sola hecho trizas por una intrusión indeseada. Por lo general, procuro ser una persona flexible, alguien que pone al mal tiempo buena cara, pero no puedo quitarme la sensación de que no he conseguido pasar de la primera ronda.
—Hay café en el fogón.
Asiento, incapaz de arrancar palabras de agradecimiento de mis labios, a pesar de que me siento más persona ahora que estoy embutida en mi pijama, con el pelo recogido en una toalla.
—Y pan para hacer tostadas. Yo ya he comido, tú deberías hacer lo mismo.
—No necesito que me recuerden que he de comer.
—Como quieras —farfulla, dirigiéndose al cuarto de baño—. Voy a darme un baño.
¿Soy mala persona por desear que no quede suficiente agua caliente en el depósito para darse un agradable chapuzón?
Contemplo la lluvia que azota las ventanas y suspiro porque ha llegado el momento de que me comporte como una adulta.
—Puedes dormir dentro.
—Gracias. —Se vuelve hacia mí desde la puerta del baño—. Tú también.
—¿Siempre eres tan irritante?
—Eso parece —responde tras una pausa. Me mira y por un momento me recuerda a alguien, pero no sé a quién—. Quédate la cama, yo dormiré en el sofá.
Una vez que se ha ido, me sirvo café y me siento a la mesa de la cocina, pequeña y cuadrada, y envuelvo la taza con las manos para calentarlas. Tengo la impresión de estar atrapada en la primera escena de una película antigua plagada de clichés: él, un joven Robert Redford; yo, la ingenua Jane Fonda a la espera de enamorarme perdidamente de ese desconocido después de nuestro gracioso encuentro. Salvo que no me enamoro. Puede que me gane la vida escribiendo acerca del amor, pero no soy una romántica novata y este encuentro no tiene nada de gracioso. El americano es brusco y desagradable. Con una barba de tres días. Y ahora caigo en la cuenta de a quién me recuerda, así que cierro los ojos y suspiro. Mi hermano es un fanático de La guerra de las galaxias, veía esas películas una y otra vez cuando era adolescente. No puedo decir que compartiera su entusiasmo, pero no hay duda de que el joven Harrison Ford parecía que desayunara carisma puro y pudiera salvar el mundo antes de la comida. Estoy atrapada en el culo del mundo con Han Solo. Únicamente me queda confiar en que Darth Vader baje por esa montaña colina y le rebane la cabeza con un sable de luz.
No me acostaba a las siete de la tarde desde que tengo edad para decidir la hora de irme a la cama. Siempre he sido más noctámbula que madrugadora, y han sido muchas las noches locas de sábado con Rubes que he empalmado o me he despertado en lugares donde no recordaba haberme quedado dormida. Pero después del día que he tenido, los ojos se me cierran solos.
Acabo de servirme una segunda taza de café para tratar de mantenerme despierta y estoy sentada en el borde de la cama. El americano sigue en el cuarto de baño; he oído correr el agua alguna que otra vez, por lo que sé que no se ha dormido y ahogado.
Dios mío, la cama es divina. Pieles forradas de ante y pesadas mantas de lana crean un ambiente de lo más agradable. Me recuesto en las almohadas a la suave luz de la lámpara y cierro los ojos, y es sin duda el mejor momento del día. Pero, por desgracia, no voy a dormir aquí. Me quedaré con el sofá, muchas gracias, y con la superioridad moral que lo acompaña. Reclamaré la cama mañana, en cuanto el americano se haya largado.
La superioridad moral no me impide hurtar un par de almohadas y una manta gruesa para hacerme un nidito en el sofá. Me ha quedado muy acogedor. Me instalo, me termino el café tranquilamente y disfruto del calor del fuego que él ha debido de encender cuando me estaba bañando. El cansancio se apodera de mí mientras dejo la taza en la mesita y cierro los ojos. Pero me incorporo de golpe cuando la puerta del cuarto de baño se abre y ya no estoy sola.
—Dormiré yo en el sofá —anuncio remilgadamente, subiéndome la manta hasta la barbilla.
El americano mira el sofá, luego la cama, y por un momento parece que va a negarse en redondo, pero en lugar de eso se encoge de hombros.
—Como quieras.
Cual niños atrapados en una competición de «estoy menos rabioso que tú», yo también encojo los hombros mientras él rebusca en su gigantesca bolsa.
—Voy a tomarme una cerveza.
—Haz lo que quieras.
—Para eso estoy aquí.
—¿Perdona?
Saca cuatro latas de Budweiser y abre una antes de guardar el resto en la nevera.
—Que para eso he venido aquí, para hacer lo que quiera.
Casi me intereso, pero respiro hondo. No necesito saber.
—Puedes quedarte esta noche, pero mañana tendrás que buscarte otro sitio.
Mira por la ventana oscura de la cocina y bebe un largo trago antes de resoplar para sí.
—He tenido un día infernal.
No me gusta que haya cambiado de tema, pero estoy demasiado cansada para librar esta batalla ahora. Esperaré a mañana. Apago la lámpara y la cabaña se sume en una oscuridad total, y no sé si eso me convierte en una persona horrible, pero se me escapa una sonrisita cuando oigo que tropieza con la mesa al cruzar el desconocido espacio hasta la cama. Aguardo mientras maldice y trajina; sonidos de quitarse la ropa, tirar de las mantas y golpear almohadas.
—¿Quieres que encienda la luz un momento? —pregunto cuando ya ha acabado. No se digna responder.
Isla Salvación
TENGO QUE ECHAR AL ALIENÍGENA
¿Sabes esas mañanas que te despiertas despacio, como si estuvieras atravesando capas de niebla hacia la superficie, con fragmentos de tus sueños que flotan a tu alrededor tratando de tentarte para que te sumerjas de nuevo en ellos? Esta no es una de esas mañanas. Me despierto y me incorporo de un salto porque huele a quemado.
—Estás despierta.
Todo regresa a su lugar mientras mi corazón recupera poco a poco su ritmo normal. El olor a quemado se debe únicamente a los leños nuevos que arden en la chimenea.
—Y tú sigues aquí. —Me hundo otra vez en las almohadas, poco descansada y de nuevo contrariada. Este sofá resulta aceptable, como mucho, para echar la siesta.
—¿Pensabas que había sido una pesadilla?
Su tono es demasiado cantarín, como si la situación fuera ligeramente divertida en lugar de condenadamente irritante. Ya está vestido y listo para empezar el día, seguro que solo para sacarme ventaja.
—Si te apetece, hay beicon en la nevera —añade—. Y champán, curiosamente. Beicon, leche y champán.
Clavo la mirada en el techo. En realidad, ahora que lo dice, me apetece mucho el beicon. Sopeso mis opciones; son las ocho menos cuarto de la mañana, afuera apenas hay luz. Mi plan, dada la situación, es que deberíamos dirigirnos a la tienda en cuanto abra y buscar a alguien que conozca la isla. Tiene que haber otras opciones de alojamiento para el americano. De paso compraré provisiones y luego volveré aquí y reclamaré como es debido el espacio. Saltaré sobre la cama como si fuera la heroína de una road movie, borraré de mi fichero mental el día de ayer y empezaré de cero. Entretanto, para qué estar de malas.
—¿Sabes? Creo que voy a freír beicon —digo, levantándome y agradeciendo mi sencillo pijama negro—. ¿Quieres?
Se vuelve hacia mí como si la pregunta llevara trampa.
—Vale.
—Por lo menos parece que el tiempo se ha calmado —comento para darle conversación mientras miro por la ventana de la cocina y pongo agua a hervir.
¡Madre mía, qué vistas! La ventana da a la pequeña bahía. La cabaña se encuentra lo bastante alejada de la orilla para resultar segura, pero lo bastante cerca para disfrutar del paisaje que la playa húmeda y dorada te ofrece. Es la clase de lugar donde podría alojarse un artista en horas bajas para reconectar con su creatividad.
—El paisaje estaba increíble esta mañana —dice—. He salido a ver el amanecer desde la playa.
¡Cómo no!
Mi piso de Londres ni siquiera tiene jardín; la diferencia entre uno y otro lugar es la diferencia entre Júpiter y Marte. Tal vez debería ver las cosas así, como si yo fuera una alienígena en visita de reconocimiento para evaluar si este nuevo planeta es mejor que el mío. Hasta el momento no lo es, pero todavía he de darle una oportunidad. Tengo que echar al otro alienígena que aterrizó antes aquí porque no tiene pinta de que Darth Vader vaya a aparecer y rebanarle la cabeza. Suspiro para mí por la estúpida analogía —mi cerebro de escritora se pasa el día haciendo esas cosas— en tanto que busco en los armarios una sartén y platos y vasos para poder desayunar. Aquí los armarios no están abarrotados, tan solo contienen cosas sencillas y útiles. Mi colección de tazas, formada en su mayoría por las que me han regalado a lo largo de los años, podría describirse, siendo generosa, como «ecléctica». «Mejor tía» de uno de los hijos de mi hermana. Una «PugHugMug» del amigo invisible de la oficina pese a no ser especialmente fan de esa raza de perros. Un juego de plato y taza con una ardilla del National Trust, regalo de mi madre, y una jarra con mi mano marcada que hice hace unos veranos con los hijos de mi hermano en uno de esos cafés con manualidades.
—Estaba pensando que esta mañana deberíamos ir a la tienda para aclarar este lío —digo minutos después, sentada a la mesa de la cocina frente al americano. Me estoy esforzando por mostrarme educada.
—Me parece bien —acepta alzando su sándwich de beicon—. Gracias, está muy bueno.
—No, gracias a ti por no montar un escándalo por tener que irte —digo al tiempo que lo miro por encima de mi taza, evaluando cuán difícil piensa ponérmelo.
Se termina el sándwich y alcanza su taza.
—Sí, en cuanto a eso…
Pruebo el truco de Ali de utilizar el silencio para conseguir que el otro haga lo que tú quieres que haga.
—Sé que esto no es lo que quieres oír, pero no me voy a ninguna parte. —Saca el móvil del bolsillo y lo vuelve hacia mí—. Mis correos.
No cojo el teléfono, pero vislumbro fechas y encabezados recientes del tipo «Quédate el tiempo que quieras» y «Salvación te va a encantar» y «Saluda a Raff de mi parte».
Trago saliva.
—No es lo mismo que una reserva, ¿no te parece? Yo he pagado dinero para estar aquí.
—Barney, el dueño, mi primo, me lo ofreció personalmente.
—¿O sea el mismo dueño que ha aceptado mi dinero?
—A través de esa tal Brianne, quien está claro que cometió un error. Me aseguraré de que te devuelva hasta el último centavo.
—Penique —le corrijo—. No quiero que me devuelva el dinero. Ahora estoy aquí y quiero quedarme. Para eso he pagado.
Nos miramos de hito en hito.
—¿Qué tal si llamas a ese tal Barney y vemos qué tiene que decir él? —le suelto.
—No hay cobertura. —Es el primer tono de genuina angustia que oigo en su voz.
—Ayer mi teléfono consiguió un poco en lo alto de la colina —digo. Lo sé porque cuando estaba llorando en la roca como un bebé, recibí un mensaje de Ruby que decía «llámame pronto y cuéntamelo todo», un empujoncito cósmico para que me tranquilizara.
Abre mucho los ojos y veo que tiene un iris de cada color, uno castaño claro y el otro verde translúcido. Ese detalle me pilla desprevenida, y se da cuenta de que estoy mirándolos.
—Heterocromía —dice, sin duda acostumbrado a que la gente le pregunte.
—Solo lo he visto una vez, en un perro —digo sin pensar mientras recojo mi cama improvisada—. Cuando era niña, mi vecino tenía un husky con los ojos muy raros, uno azul y el otro marrón. Y era muy agresivo, le arrancó un trozo de espinilla a mi hermano un verano cuando se coló en nuestro jardín. Cuando tuvo edad suficiente, mi hermano se hizo un tatuaje para tapar la cicatriz, un husky aullando. Le hacía gracia la ironía. A mi madre casi le da algo.
El americano me mira con esos ojos extraños y luego medio ríe, incrédulo.
—De acuerdo, probaré en lo alto de la colina dentro de un rato. —Contempla el sofá—. ¿Te importa que me siente en tu cama?
—Toda tuya —digo antes de levantarme para coger el abrigo—. Salgo a echar un vistazo.
Meto los pies en unas botas de agua a rayas amarillas y blancas que hay junto a la puerta. También hay sombreros, bufandas y paraguas en una cesta. Me encasqueto un gorro azul hasta las orejas y lo dejo solo.
Londres tiene un olor particular. A gases diésel expulsados por camiones de la basura y por autobuses nocturnos, a camisas de oficinistas empapadas de sudor, a expectación, pavor y ambición. Se extiende el calor del metro bajo los pies, la sinfonía de las sirenas, la sensación de seguridad y amenaza, un pulso, un ajetreo, un tambor palpitando.
Isla Salvación no se parece en nada a Londres. Engullendo grandes bocanadas de aire tan limpio como un vaso de agua fría de manantial, camino por la orilla irregular y escucho el océano lamer los guijarros. Ayer la arena semejaba una masa sólida y gris, pero ahora, conforme se va secando, la luz de la mañana la desvela plateada y suelta. Un ave marina gris con un gorro de plumas negras surca el cielo y aterriza en una roca cercana para observarme. Su reluciente pico naranja apunta hacia mí, una invitada en su sala de estar.
—Buenos días —le saludo sintiéndome un poco idiota.
No sé si estoy hecha para pasar el invierno aquí, pálida y frágil como soy. «Escuálida», dijo una de mis hermanas en una ocasión; «como una heroína de Brontë», respondió la otra. Ambas mayores que yo y con un cabello rubio que contrasta con mi pelo de color azabache, siempre me han visto como su muñeca, como alguien a quien mimar y consentir. No obstante, acabé sintiéndome asfixiada con mi condición de la pequeña de la familia. No me gustaría que se me malinterpretara, era de lo más agradable; me sentía querida y mimada. Yo quería a mis hermanas en igual medida, pero todavía recuerdo la sensación de su manto protector apretando en exceso mis alas adolescentes contra mis costados, la presión creciendo dentro de mí para que me soltaran. Le devuelvo la mirada al pájaro y le pido respetuosamente que se reserve su opinión; todavía no me conoce.
Me he pasado la vida siendo subestimada y he aprendido en gran medida a ignorarlo o a utilizarlo en mi provecho. Una de las muchas razones por las que me gusta trabajar con Ali es que ni una sola vez ha hecho suposiciones sobre mí por el hecho de que me gusten los vestidos románticos o por el placer que me da una sombra de ojos bien aplicada. No me encuentra escuálida ni me imagina vagando por los páramos en busca de mi Heathcliff particular. Para Ali yo era una página en blanco en la que ha dejado que sea yo quien me escriba.
Vale, reconozco que no estoy en las Maldivas, pero este lugar posee su propia belleza sobrecogedora. Debe de ser espectacular en un día soleado. Puede que hasta disfrute tanto de mi tiempo aquí que regrese en verano para verlo bañado por el sol. Pero lo primero es lo primero. Necesito asegurar mi estancia en Otter Lodge.