Dylan

 

 

 

 

Lo que quiero decir es que el camino de la amistad nunca ha sido fácil —me dice Marcus mientras juguetea con el cinturón de seguridad.

Esta es la primera vez que me pide disculpas en serio y, por ahora, lleva seis clichés, dos referencias literarias mal citadas y cero contacto visual. Es cierto que ha pronunciado la palabra «perdón», pero precedida por «No se me da muy bien pedir», lo cual ha menoscabado un poco su sinceridad.

Cambio de marcha.

—¿No es «el camino del verdadero amor» lo que nunca ha sido fácil? De Sueño de una noche de verano, creo recordar.

Estamos al lado del Tesco que abre veinticuatro horas. Son las cuatro y media de la mañana y está oscuro como boca de lobo, pero la luz tenue y amarillenta del supermercado ilumina a las tres personas que van en el coche de delante como si las estuvieran apuntando con un foco. Vamos pegados a ellas, adaptándonos todos al ritmo lento y traqueteante del camión que va al frente.

Por una fracción de segundo veo la cara de la conductora en el espejo retrovisor. Me recuerda a Addie. Si piensas demasiado en alguien, acabas viéndolo en todas partes.

Marcus resopla.

—Te estoy hablando de mis sentimientos, Dylan. Esto es una agonía. Por favor, saca la cabeza del culo de una puta vez y préstame atención.

Sonrío.

—Vale. Soy todo oídos.

Sigo avanzando y paso por delante de la panadería. Los ojos de la conductora que va delante vuelven a iluminarse en el espejo y veo unas cejas ligeramente levantadas tras unas gafas cuadradas.

—Como iba diciendo, sé que hemos pasado por algunos baches, que no he hecho las cosas bien y que… lamento que haya sido así.

Es increíble que se meta en esos enredos lingüísticos para evitar un simple «Lo siento». Guardo silencio. Marcus tose mientras sigue jugueteando con las manos, y estoy a punto de apiadarme de él y de decirle que no pasa nada, que no tiene por qué decirlo si no está preparado, pero, mientras pasamos lentamente por delante de la casa de apuestas, un nuevo destello ilumina el coche que va delante y me olvido de Marcus. La conductora ha bajado la ventanilla, ha sacado un brazo y se ha agarrado al techo del coche. Tiene la muñeca llena de pulseras que emiten un brillo entre rojizo y plateado bajo la luz de los faros de nuestro vehículo. Ese gesto me resulta dolorosamente familiar: el brazo, delgado y pálido; su seguridad, y esas pulseras, esas cuentas redondas e infantiles amontonadas alrededor de la muñeca. Las reconocería en cualquier sitio. Mi corazón trastabilla como si me hubiera saltado un escalón, porque es ella, es Addie, y sus ojos se encuentran con los míos en el espejo retrovisor.

Entonces Marcus da un grito.

Acaba de chillar horrorizado de forma similar al pasar por delante de un anuncio de rollitos de salchicha veganos de Greggs, así que no reacciono tan rápido como probablemente lo hubiera hecho en otras circunstancias cuando el coche de delante frena de repente. No he podido pisar el freno del Mercedes de setenta mil libras del padre de Marcus y tengo el tiempo justo para lamentarlo.

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Addie

 

 

 

 

PUM.

Mi cabeza se proyecta hacia delante tan rápido que mis gafas salen despedidas por detrás de las orejas y vuelan sobre el reposacabezas. Alguien grita: «¡Ay, joder!». Me duele muchísimo el cuello y lo único que pienso es: «Madre mía, ¿qué he hecho? ¿He chocado con algo?».

—La hemos cagado —declara Deb, a mi lado—. ¿Estás bien?

Busco a tientas las gafas. Obviamente, no están donde deberían.

—¿Qué leches ha pasado? —pregunto.

Poso las manos temblorosas en el volante, luego en el freno de mano y después en el espejo retrovisor. Intento ubicarme.

Lo veo por el espejo. Un poco borroso, sin las gafas. Un poco irreal. Pero es él, sin duda. Me resulta tan familiar que, por un momento, me siento como si estuviera observando mi propio reflejo. De repente, me empieza a latir el corazón como si necesitara más espacio.

Deb está saliendo del coche. Delante de nosotros, el camión de la basura vuelve a arrancar y sus faros iluminan la cola del zorro que le ha hecho frenar. Este va paseando tranquilamente hasta la acera. Poco a poco, las piezas de lo sucedido empiezan a encajar: el camión frena por culpa del zorro, yo freno por culpa del camión, y él, que va detrás de mí, no. Conclusión: PUM.

Lo miro por el retrovisor; él sigue observándome. Es como si todo se ralentizara, enmudeciera o se difuminara, como si alguien hubiera bajado la intensidad del mundo entero.

Hace veinte meses que no veo a Dylan. Debería haber cambiado más. El resto lo ha hecho. Pero incluso desde aquí, hasta en la penumbra, reconozco perfectamente la forma de su nariz, sus pestañas largas y sus ojos verdes amarillentos, como de piel de serpiente. Sé que esos ojos estarán tan abiertos y conmocionados como cuando me dejó.

—Vaya —dice mi hermana—. Parece que el Mini se ha portado bien.

El Mini. El coche. Regreso de golpe a la realidad y me desabrocho el cinturón de seguridad. Al tercer intento. Me tiemblan las manos. Cuando vuelvo a mirar por el retrovisor, centro los ojos en el primer plano en lugar de en el fondo y veo a Rodney agazapado en el asiento de atrás con las manos sobre la cabeza y la nariz rozando las rodillas.

Mierda. Me había olvidado por completo de Rodney.

—¿Estás bien? —le pregunto.

—Addie, ¿te encuentras bien? —me pregunta al mismo tiempo Deb, que asoma la cabeza por la ventanilla y hace una mueca de dolor.

—¿A ti también te duele el cuello?

—Sí —contesto, porque en cuanto me lo pregunta me doy cuenta de que así es, y un montón.

—Caray —dice Rodney, abandonando poco a poco la posición de impacto—. ¿Qué ha pasado?

Rodney escribió ayer en el grupo de Facebook «Cherry y Krish se casan» para ver si alguien de la zona de Chichester podía llevarlo a la boda. Como nadie le contestó, Deb y yo nos apiadamos de él. Lo único que sé de Rodney es que se ha traído unos Weetabix On The Go para desayunar, que está siempre encorvado y que lleva una camiseta que dice: «No dejo de pulsar Esc, pero sigo aquí», aunque creo que ya he captado su rollo.

—Un gilipollas en un Mercedes nos ha embestido —le explica Deb mientras se levanta para volver a echar un ojo al coche de atrás.

—Deb… —digo.

—¿Sí?

—Creo que es Dylan. El del coche.

Ella arruga la nariz y se agacha para volver a mirarme.

—¿Dylan Abbot?

Yo trago saliva.

—Sí.

Me aventuro a girar la cabeza. Mi cuello se queja. Me fijo entonces en el hombre que sale del asiento del copiloto del Mercedes. Es esbelto, parece fantasmagóricamente pálido en la calle oscura y su cabello rizado refleja ligeramente la luz de los escaparates que están a sus espaldas. Se me vuelve a desbocar el corazón.

—Está con Marcus —anuncio.

—¿Con Marcus? —pregunta Deb, abriendo los ojos de par en par.

—Sí. Madre mía. —«Qué desastre. ¿Qué debería hacer ahora? ¿Todo el rollo del seguro?»—. ¿El coche está bien? —pregunto.

Salgo al mismo tiempo que Dylan se baja del Mercedes. Lleva una camiseta blanca, unos pantalones chinos cortos y unos náuticos hechos polvo en los pies. Tiene un mosquetón en la trabilla del pantalón que desaparece en el bolsillo. Eso fue idea mía, para que dejara de perder las llaves constantemente.

Se interpone en la trayectoria de los faros del Mercedes. Está tan guapo que me duele el pecho. Verlo es aún más duro de lo que me esperaba. Quiero hacer un montón de cosas a la vez: correr hacia él, huir, hacerme un ovillo, llorar… Y encima tengo la sensación absurdísima de que alguien ha metido la pata, como si algo no hubiera sido archivado como es debido en el universo, porque, sí, se suponía que iba a ver a Dylan este fin de semana por primera vez en casi dos años, pero iba a ser en la boda.

—¿Addie? —dice él.

—Dylan —logro articular.

—¿En serio un Mini acaba de cargarse el Mercedes de mi padre? —exclama Marcus.

Me paso una mano por el flequillo de forma inconsciente. No estoy maquillada, llevo puesto un peto raído y no me he echado espuma en el pelo. Me he tirado no sé cuántos putos meses planificando el modelito que iba a ponerme para volver a ver a Dylan y este, precisamente, no era. Pero él no me observa de arriba abajo, ni siquiera parece reparar en mi nuevo color de pelo. Se limita a mirarme a los ojos fijamente. Me siento como si el mundo entero acabara de dar un traspié y se hubiera quedado sin aliento.

—No me jodas —se lamenta Marcus—. ¡Un Mini! Qué humillación.

—Pero ¿tú de qué vas? —exclama Deb—. ¿Qué estabais haciendo? ¡Nos habéis embestido por detrás!

Dylan mira a su alrededor, desconcertado. Yo recupero la compostura.

—¿Alguien se ha hecho daño? —pregunto, frotándome el cuello dolorido—. ¿Rodney?

—¿Quién? —pregunta Marcus.

—¡Estoy bien! —grita Rodney, que sigue en el asiento trasero del coche.

Deb le ayuda a salir. Debería haberlo hecho yo. Tengo la mente un poco espesa.

—Mierda —dice Dylan, fijándose por fin en el parachoques destrozado del Mercedes—. Lo siento, Marcus.

—Tío, no te preocupes, en serio —lo tranquiliza él—. ¿Sabes cuántas veces he escacharrado alguno de los coches de mi padre? Ni siquiera se va a dar cuenta.

Me adelanto para comprobar el estado de la parte de atrás del maltrecho Mini de Deb. La verdad es que no tiene tan mala pinta. El golpe ha sonado tan fuerte que creía que nos habíamos cargado algo importante. Una rueda o algo así.

Antes de darme cuenta de lo que está haciendo, Deb ya está en el asiento del conductor, volviendo a encender el motor.

—¡Funciona! —exclama—. Qué cochazo. La mejor inversión de mi vida. —Avanza un poco hasta la acera y enciende las luces de emergencia.

Dylan ha vuelto a meterse en el Mercedes y está rebuscando en la guantera. Él y Marcus comentan algo sobre el servicio de asistencia en carretera; Marcus le reenvía un correo electrónico desde el móvil y entonces caigo en la cuenta… ¡Ya sé! Dylan tiene el pelo más corto. Es eso. Sé que debería estar pensando en lo del accidente, pero no paro de jugar a buscar las diferencias, de mirar a Dylan y preguntarme qué falta y qué sobra.

Él vuelve a mirarme. Yo me ruborizo. Hay algo en sus ojos que te atrapa como una telaraña. Me obligo a apartar la mirada.

—En fin… Supongo que vais de camino a la boda de Cherry, ¿no? —le pregunto a Marcus. Me tiembla la voz. No soy capaz de mirarlo. De repente doy gracias porque el parachoques trasero del Mini esté abollado; así lo examino en vez de a él.

—Bueno, íbamos —responde Marcus lentamente, contemplando el Mercedes. A lo mejor él tampoco es capaz de mirarme—. Pero ahora este chiquitín ya no va a resistir seiscientos kilómetros. Hay que llevarlo a un taller. Y vosotras deberíais hacer lo mismo.

Deb, que vuelve a estar fuera del coche, resopla con desdén mientras frota un arañazo con la manga de su sudadera vieja y raída.

—Bah, el nuestro está bien —manifiesta, probando a abrir y cerrar el maletero—. Solo tiene una abolladura.

—Marcus, el coche se está volviendo loco —exclama Dylan.

Veo los pilotos de advertencia parpadeando en la pantalla del Mercedes incluso desde aquí. Los intermitentes brillan demasiado. Giro la cara. Típico: el coche de Marcus se estropea y es Dylan quien intenta solucionarlo.

—La grúa estará aquí en treinta minutos y se lo llevará al taller —le informa Dylan.

—¿En treinta minutos? —pregunta Deb, incrédula.

—Forma parte del servicio de asistencia —dice Marcus, señalando el coche—. Es un Mercedes, cariño.

—Me llamo Deb, no «cariño». Y no es la primera vez que nos vemos.

—Ya lo sé, me acuerdo de ti —responde Marcus de inmediato. No suena muy convincente.

Siento el magnetismo de la mirada de Dylan mientras entre todos intentamos solucionar lo del seguro. Yo voy de aquí para allá con el móvil y Deb rebusca entre los papeles de la guantera, pero soy tan consciente de la presencia de Dylan como si ocupara diez veces más espacio que todos los demás.

—Y ahora ¿cómo vamos a ir a la boda? —pregunta Marcus cuando acabamos.

—Pues en transporte público —responde Dylan.

—¿En transporte público? —grita Marcus, como si le acabaran de proponer que fuera a la boda de Cherry en trineo. Parece que sigue siendo un poco idiota. Aunque eso no es ninguna sorpresa.

Rodney se aclara la garganta. Está apoyado en un lateral del Mini y tiene la mirada clavada en el móvil. Me siento mal por haberme vuelto a olvidar de él. Ahora mismo, en mi cerebro no tiene espacio.

—Si salís ahora mismo, según Google llegaréis… a las dos y media —comenta.

Marcus mira el reloj.

—Vale —dice Dylan—. Está bien.

—Del martes —añade Rodney.

—¿Qué? —preguntan a coro Dylan y Marcus.

Rodney pone cara de pena.

—Son las cuatro y media de la madrugada de un domingo, es puente y tenéis que ir desde Chichester hasta la Escocia rural.

Marcus levanta bruscamente las manos en el aire.

—Este país es un desastre.

Deb y yo nos miramos. «No, no, no, no».

—Vamos —digo, yendo hacia el Mini—. ¿Conduces tú?

—Addie… —empieza a decir Deb mientras me subo al asiento del copiloto.

—Pero ¿adónde vais? —berrea Marcus.

Yo cierro dando un portazo.

—¡Eh! —sigue gritando mientras Deb se acomoda en el asiento del conductor—. ¡Tenéis que llevarnos a la boda!

—No —le digo a Deb—. Ignóralo. ¡Rodney! ¡Sube!

Este obedece, lo cual le agradezco, sobre todo teniendo en cuenta que no conozco al pobre hombre lo suficiente como para gritarle.

—No me jodas, Addie. Venga. Si no nos lleváis, no vamos a llegar a tiempo —señala.

Ahora está al lado de mi ventanilla. Golpea el cristal con los nudillos. Yo me niego a bajarla.

—¡Venga, Addie! Joder, no me digas que no le debes un favor a Dylan.

Este le dice algo a Marcus. No logro escucharlo.

—Por favor, menudo gilipollas —dice Deb, frunciendo el ceño. Yo cierro los ojos—. ¿Crees que podrías soportarlo? —me pregunta—. ¿Que los lleváramos?

—No. No… A los dos no.

—Pues ignóralo. Nos vamos y punto.

Marcus vuelve a golpear la ventanilla. Aprieto los dientes, con el cuello aún dolorido, y mantengo la mirada al frente.

—Se suponía que iba a ser un viaje divertido —digo.

Es el primer fin de semana que Deb se separa de su bebé, Riley. Llevamos meses sin hablar de otra cosa. Ella ha planificado cada parada, cada tentempié.

—Y lo va a ser —asegura Deb.

—No tenemos sitio —argumento.

—¡Yo puedo apretujarme! —dice Rodney.

Empieza a caerme mal.

—Es un viaje larguísimo, Deb —me quejo, presionando los puños sobre los ojos—. Horas y horas metida en el mismo coche que Dylan. Llevo casi dos años andando de puntillas por Chichester para intentar no tener que compartir con ese hombre ni un segundo, imagínate ocho horas.

—Yo no estoy diciendo que los llevemos —señala Deb—. Estoy diciendo que nos vayamos.

Dylan ha cambiado el Mercedes a un lugar más seguro para esperar a la grúa. Me giro en el asiento justo cuando está volviendo a salir del coche con su casi metro ochenta de esbeltez y desaliño.

Sé en cuanto nuestras miradas vuelven a cruzarse que no voy a dejarlo ahí.

Y él también lo sabe. «Lo siento», susurra.

Si me dieran una libra por cada vez que Dylan Abbot me ha pedido perdón, sería lo suficientemente rica para comprarme ese Mercedes.

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Dylan

 

 

 

 

A veces un poema se me presenta casi entero, como si alguien lo depositara a mis pies igual que un perro jugando a traer la pelota. Mientras me subo a la parte de atrás del coche de Deb y percibo el aroma desgarradoramente familiar del perfume de Addie, dos versos y medio me vienen a la cabeza en una fracción de segundo. «Igual pero diferente, / sus ojos se clavan en los míos / y yo estoy…».

¿Estoy qué? ¿Cómo estoy? Estoy fatal. Cada vez que miro a Addie, algo brinca en mi interior como un delfín; ¿quién iba a imaginar que después de veinte meses iba a doler tanto? Pero así es, duele, y es una puta agonía de esas que te dan ganas de llorar.

—¿Quieres moverte? —me pide Marcus, empujándome contra el hombro de Rodney. Yo levanto una mano y a punto estoy de posarla en el regazo de este.

—Perdón —decimos Rodney y yo a la vez.

Tengo las palmas sudorosas; no dejo de tragar saliva, como si eso me ayudara a mantener las emociones a raya. Addie está muy distinta: tiene el pelo casi tan corto como el mío, teñido de color gris plata, y sus gafas (recuperadas milagrosamente del maletero del Mini después del accidente) son gruesas y de estilo descaradamente hípster. Posiblemente esté más guapa que nunca. Es como si tuviera delante a la gemela idéntica de Addie: parecida pero distinta. «Igual pero diferente».

Obviamente, debería decir algo, pero no se me ocurre nada. Antes se me daban bien estas cosas, cuando tenía labia. Me quedo encajado en el estrecho asiento central mientras observo cómo se llevan el coche del padre de Marcus por la calle oscura, tristemente sujeto a la parte de atrás de la grúa, y deseo recuperar parte de la arrogancia que me caracterizaba cuando conocí a Addie y no tenía ni la más remota idea de lo total y absolutamente que me cambiaría la vida.

—Por cierto, ¿cómo es que habéis salido tan pronto? —pregunta ella mientras Deb abandona el arcén—. A ti no te gusta nada conducir tan temprano.

Se está maquillando con la ayuda del espejo del parasol que hay sobre el asiento del copiloto; observo cómo mezcla la base que tiene en el dorso de la mano con el color crema de su piel.

—Estás un poco desactualizada —dice Marcus, intentando acomodarse en el asiento y dándome de paso codazos en las costillas—. Últimamente Dylan tiene unas convicciones muy firmes sobre la necesidad de que los viajes por carretera empiecen a las cuatro de la mañana.

Bajo la vista hacia las rodillas, avergonzado. Fue Addie la que me enseñó que los viajes en coche son mucho mejores si aprovechas la tranquilidad absoluta que precede al amanecer, cuando el día está aún cargado de esperanza; aunque tiene razón: cuando estábamos juntos, yo siempre me quejaba por lo temprano que quería salir cuando hacíamos viajes largos por carretera.

—¡Pues menos mal que hemos salido pronto! —gorjea Rodney, mirando el móvil con los codos tan pegados a los costados como le es posible.

Marcus no se está sacrificando tanto en favor de mi comodidad: tiene las piernas abiertas de par en par, una rodilla pegada a la mía con despreocupación y un codo casi en mi regazo. Suspiro.

—Vamos a llegar muy justos a la barbacoa familiar —sigue diciendo Rodney—. ¡Nos quedan más de ocho horas de coche y ya son las cinco y media!

—Ah, ¿tú también vienes a la barbacoa preboda? —le pregunto.

Él asiente. Mi pregunta es un intento descarado de descubrir qué pinta Rodney en todo esto, aunque espero que pase por amabilidad. Durante un instante terrible y angustioso, cuando salieron por primera vez del coche, creí que iba a la boda como acompañante de Addie. Cherry le había dicho hacía unos meses que podía llevar a quien quisiera. Pero a simple vista no parece que haya ningún tipo de relación entre ellos. Y Addie lo ignora totalmente.

De hecho, nos ignora por completo a todos. Después de esos primeros momentos de contacto visual con el corazón encogido y un nudo en la garganta, ha estado evitando deliberadamente mi mirada cada vez que he intentado captar su atención. Entretanto, Marcus golpetea de forma ruidosa e inane la ventanilla; Deb lo fulmina con la mirada mientras trata de concentrarse en incorporarse a la circunvalación de Chichester.

—¿Podemos poner un poco de música o algo? —pregunta Marcus.

Sé lo que va a sonar antes de que Addie le dé al Play; en cuanto oigo las primeras notas, tengo que disimular una sonrisa. No conozco la canción, pero la música country estadounidense es claramente inconfundible: solo hacen falta unos cuantos acordes para saber que se avecinan historias de besos en un porche de madrugada, viajes a la taberna y largos paseos en coche con chicas guapas en el asiento del copiloto. Addie y Deb adoran el country desde su adolescencia; a mí me gustaba burlarme de Addie por eso, algo especialmente hipócrita viniendo de mí, un hombre cuya lista de reproducción «larga» está integrada casi en exclusiva por las obras de Taylor Swift. Ahora no puedo oír el tañido de un banjo sin imaginarme a Addie bailando al ritmo de Florida Georgia Line con una de mis camisetas viejas; a Addie cantando «Watching You», de Rodney Atkins, con las ventanillas del coche bajadas; o a Addie desnudándose lentamente al compás de «Body Like a Back Road».

—Esta mejor no —dice Addie, con la mano suspendida sobre el móvil.

—¡A mí me gusta! Déjala —protesta Deb, subiendo el volumen.

—¿Qué coño es esto? —pregunta Marcus.

Noto que los hombros de Addie se tensan al oír su tono de voz.

—Es Ryan Griffin —responde ella—. Se… Se titula: «Woulda Left Me Too».

Hago una mueca de dolor. Marcus suelta una carcajada.

—No me digas —replica.

—Está en la lista de reproducción «Éxitos del country» —justifica Addie; un rubor rosa pálido florece en la piel de su cuello, desigual, dibujando unas manchas que parecen pétalos—. Y es lo que vamos a escuchar durante las próximas ocho horas. Así que ya puedes ir acostumbrándote.

Marcus abre la puerta del coche.

—Pero ¿qué…?

—Marcus, ¿qué coño…?

Se produce un revuelo en el asiento de atrás. Marcus me aparta a codazos. La puerta solo está abierta unos centímetros, pero el viento se cuela en el coche y Rodney se abalanza sobre mí para tratar de alcanzar la manilla y cerrarla, y entonces hay cuatro o cinco manos aferradas a la puerta, nos arañamos unos a otros, yo tengo el pelo castaño grasiento de Rodney en la cara, la pierna enredada no sé cómo con la de Marcus…

—¡Prefiero hacer autostop! —grita Marcus, y percibo la adrenalina en su voz, la emoción que siente cuando hace alguna locura—. ¡Dejadme salir! ¡No puedo soportar ocho horas con esto! ¡Apagadlo! —exclama. Pero sigue riéndose aun cuando le doy una torta tan fuerte en la mano que a mí me arde la palma.

—¡Estás loco! —dice Rodney—. ¡Vamos a cien kilómetros por hora!

El coche da un bandazo. Veo los ojos de Deb en el espejo retrovisor: los está entornando con hosca concentración mientras intenta volver a su carril. A nuestra derecha, los coches pasan a toda velocidad como una marea de faros delanteros demasiado resplandecientes, dejando en mi campo de visión manchas de color blanco amarillento.

Addie quita la canción. Marcus cierra la portezuela. Ahora que la música está apagada y que el viento no ruge a través de la puerta, se oyen todos los ruidos del coche: Rodney respirando con dificultad, Deb volviendo a relajarse en el asiento del conductor… El subidón de adrenalina de la pelea viene acompañado por un deseo irrefrenable de pegarle un puñetazo en la nariz a Marcus.

—Pero ¿tú de qué vas? —le susurro.

Noto que Addie se gira hacia mí (tal vez sorprendida), pero vuelve a centrarse en la carretera antes de que me dé tiempo a mirarla a los ojos.

Marcus traga saliva, observándome de reojo, y me doy cuenta de que ya está lamentando no haberse portado mejor, aunque estoy demasiado enfadado para reconocerlo. Al cabo de un rato, esboza una sonrisa forzada.

—¡Queremos música de viaje en coche! —exclama—. ¿No puedes poner algo de Springsteen?

Addie guarda silencio durante un rato.

—Deb —dice por fin—. Para en la próxima área de servicio, por favor.

—¿Necesitas hacer pis? —le pregunta Deb.

—No —contesta Addie—. Quiero dejar a Marcus. Para que pueda hacer autostop. Ya que es lo que quiere.

Y vuelve a poner la canción country.

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Addie

 

 

 

 

Pasan siglos sin que veamos un área de servicio. Cuando por fin llegamos a una gasolinera, necesito hacer pis de verdad. Y tomar un poco el aire. De pronto este me parece el coche más pequeño del puñetero mundo.

—¿De verdad vamos a dejar a Marcus aquí? —pregunta alguien a mi espalda, con voz preocupada.

Cruzo la explanada de la gasolinera con paso decidido en dirección al edificio. El objetivo es ser rapidísima para que Dylan no pueda interceptarme para hablar. Hasta el momento he conseguido evitar establecer contacto visual directo con él desde que nos subimos todos al Mini. Lo considero un plan viable para los próximos seiscientos kilómetros.

Rodney se mueve con mucha rapidez para ser tan desgarbado. Vuelvo la cabeza para mirarlo.

—Qué va, no —lo tranquilizo—. A Marcus le encanta montar dramas. Es mejor pararle los pies si no queremos que nos dé la paliza todo el día.

—¿De qué lo conoces?

Rodney se adelanta para abrirme la puerta cuando llegamos al edificio. Yo parpadeo. Qué torpe es. En cierto modo parece un adolescente, aunque debe de tener como mínimo treinta años.

—Dylan y yo salíamos juntos.

—Ah. Vale. ¡Caray, qué incómodo! —dice, tapándose la boca con ambas manos.

Yo me río, para mi sorpresa.

—Sí, esa es más o menos la situación.

Cojo un puñado de chocolatinas al final del pasillo. Deb y yo hemos traído suficientes tentempiés para dos, pero Dylan come como una lima. Nos vamos a quedar sin comida antes de llegar a Fareham si descubre las chucherías.

—Siento que te hayas visto metido en este lío —le digo a Rodney—. Pero puedes estar tranquilo. Dylan y yo podemos comportarnos durante unas cuantas horas, no te preocupes.

—Ah, entonces lo vuestro acabó de forma amistosa, ¿no? —me pregunta Rodney, pasándome una cesta. Meto dentro las chocolatinas, cinco paquetes de galletas y un manojo de bolsitas de golosinas.

—¿Amistosa?

La noche que Dylan me dejó, yo le grité. No en el sentido figurado de la palabra (no me refiero a que discutimos); le grité literalmente, con la boca abierta de par en par y el sonido rasgándome la garganta. Le golpeé el pecho con los puños y lloré hasta que mi cuerpo no pudo más. Luego me pasé tres días sin comer.

—Digamos que sí, más o menos.

 

 

Cuando regresamos al coche, Dylan está apoyado en uno de los laterales, con los brazos cruzados y mirando hacia el lado izquierdo. El sol está saliendo detrás de él. Parece un anuncio de una banda indie o de una colonia cara. Sigue teniendo un aspecto desaliñado y una mirada soñadora, pero ahora es más adulto: sus rasgos parecen más marcados.

Me quedo mirándolo un instante de más y él me pilla un momento antes de que yo vuelva a bajar la vista.

—Addie —dice mientras nos acercamos.

Se adelanta para ayudarme con las bolsas. Yo lo esquivo y paso por delante de él para ir hacia el maletero del coche.

—Addie, por favor —dice en voz más baja—. Deberíamos hablar. Vamos a estar encerrados en un coche juntos la mayor parte del día. ¿No quieres…? Bueno…, no sé…, ¿que sea menos raro?

Cierro el maletero de golpe. Después de meter las bolsas nuevas de tentempiés, apenas se ve nada por el cristal de atrás. Al parecer, Dylan y Marcus llevan tanto equipaje como Mariah Carey de gira y encima está toda la parafernalia de la lactancia de Deb: dos sacaleches, la bolsa nevera, varias botellas…

—Voy a dar un paseíto para estirar las piernas —comenta Rodney—. ¿Nos vemos en cinco minutos?

No debería haber dicho «Más o menos». No me habría dejado sola con Dylan si le hubiera contado que me arruinó la vida.

—Addie…, al menos podrías mirarme, ¿no?

La verdad es que no estoy segura de que pueda hacerlo. Intentar mirar a Dylan me duele. Es como si fuéramos dos imanes con la misma carga, que se repelen. En lugar de ello, miro hacia el parque, donde se encuentran varias personas paseando al perro. Hay un caniche pequeño dando vueltas en círculo y un perro salchicha con un arnés rosa ridículo. El sol está saliendo poco a poco a sus espaldas, dibujando sombras alargadas sobre la hierba. Veo a Marcus agachado, saludando a un pastor alemán. Espero que tenga malas pulgas. No es que quiera que le muerda ni nada, pero no le vendría mal que le gruñera un poco.

—¿Dónde está Deb? —pregunto.

—Tu madre la ha llamado por algo de Riley.

Me quedo mirándolo.

—¿Te ha hablado de Riley?

Su mirada es amable.

—Ahora mismo. Creía que… Creía que me contarías ese tipo de cosas, la verdad. Como que Deb ha tenido un bebé.

—Decidimos no seguir en contacto.

—Lo decidiste tú, no los dos.

Levanto las cejas.

—Perdona —dice—. Perdona.

Jugueteo con mis pulseras. Llevo las uñas recién pintadas para la boda, pero las tengo tan cortas que se ven un poco ridículas. Como manchitas rojas.

—En fin, me alegro por Deb —declara Dylan, al ver que no respondo.

—¿No estás un poco sorprendido?

Él sonríe y yo casi, hasta que me doy cuenta.

—¿No vas a preguntarme quién es el padre?

—Seguro que no le ha hecho falta ninguno —bromea Dylan—. Ya sabes, como Gea cuando dio a luz a Urano.

Mi sonrisa brota a pesar de que intento contenerla por todos los medios.

—Sabes que no —replico fríamente.

—Ya —dice él, rápidamente. Se echa el pelo hacia atrás, como si aún lo tuviera largo y le cayera sobre los ojos. Un tic antiguo—. Mitología griega…; demasiado pretencioso, una referencia de mierda; perdona. Me refería a que Deb nunca ha necesitado a ningún hombre, ¿no? No es que nadie lo necesite, pero…, buf, madre mía.

—¡Hora de seguir con el espectáculo! —dice alguien a nuestras espaldas. Marcus pasa como una exhalación y abre una puerta de atrás—. Creo que deberíais arrancar. Rodney viene a toda pastilla.

Me giro y justo aparece Deb, que se está guardando el móvil en el bolsillo de su sudadera con capucha. Se sube detrás de Marcus mientras yo voy hacia el asiento del conductor. Entro en pánico: ¿significa esto que Dylan va a sentarse delante, conmigo?

—¿Qué hace Rodney? —pregunta Deb.

Vuelvo la cabeza de nuevo hacia el parque. Rodney viene corriendo hacia nosotros agitando sus piernas y sus brazos extralargos, con el pelo volando al viento. Lo persigue el pastor alemán, que arrastra a su dueño por la correa.

—Genial —murmuro mientras me subo al coche e intento girar la llave para arrancar.

Marcus chilla con alborozo mientras Rodney se mete apresuradamente en la parte de atrás, jadeando.

—¡Lo siento! —exclama—. ¡Lo siento! ¡Lo siento!

Deb emite una suerte de resoplido ahogado.

—Cuidado con las manos, por favor —dice—. Esa ha estado a punto de aterrizar en mi chichi.

—Madre mía, lo siento muchísimo —se excusa Rodney, abochornadísimo y sin aliento.

Dylan se sube al asiento delantero e intenta volver a atraer mi mirada.

—No te preocupes —lo tranquiliza Deb—. He sacado de ahí un bebé, es muy resistente.

—Por favor —dice Rodney—. Ay, Dios, no pretendía… Lo siento muchísimo.

—Había olvidado lo bien que me caías, Deb —declara Marcus.

—¿En serio? —pregunta ella, haciéndose la interesante—. Pues tú a mí me caes fatal.

Salgo de la estación de servicio. No puedo resistirme y miro fugazmente a Dylan, que va en el asiento del copiloto.

—Solo quedan quinientos setenta y seis kilómetros —anuncia en voz muy baja, para que solo yo lo oiga.

Marcus le está explicando a Deb que «suelen malinterpretarlo» y que «se está reformando, como un libertino de una novela cutre del siglo XIX».

—Quinientos setenta y seis kilómetros —digo—. Seguro que se me pasan volando.

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Dylan

 

 

 

 

Vamos a toda velocidad por la A34. El calor ya es tan denso como la miel, viscoso y dulce. Se está gestando una espléndida mañana de verano: el cielo es de un azul lapislázuli intenso y los campos bañados por el sol brillan, amarillos, a ambos lados de la carretera. Es el típico día con sabor a hielo picado y bronceador, a fresas maduras y a la agradable euforia de un exceso de gintonics.

—A este paso, el chocolate se va a derretir —comenta Addie, subiendo el aire acondicionado al máximo.

Eso me anima.

—¿Chocolate?

—No es para ti —replica ella, sin apartar la vista de la carretera.

Vuelvo a hundirme en el asiento. Creía que habíamos avanzado un poco: hace un rato se ha girado hacia mí y me ha regalado media sonrisa, como un mordisco de algo delicioso, y casi se me sale el corazón del pecho. Una sonrisa sincera de Addie es como un premio de verdad: difícil de ganar y totalmente abrumador… cuando te toca. Por desgracia, eso no parece ser menos cierto ahora que hace dos años. Pero ha vuelto a enfriarse; hace ya treinta minutos que hemos salido del área de servicio y no se ha dirigido a mí directamente desde entonces. No tengo derecho a quejarme y no debería sentarme mal, pero es así; es un poco mezquino y quiero pensar que nosotros estamos por encima de eso.

Me revuelvo en el asiento y ella me mira antes de encender la radio. Está sonando una canción pop, algo animado y repetitivo, un término medio entre sus gustos y los de Marcus; con este volumen apenas escucho la conversación insustancial del asiento de atrás. Por lo último que he oído, Rodney le está explicando a Deb las reglas del quidditch que se juega en la vida real, con algún que otro interludio gracioso a cargo de Marcus.

—Venga —dice Addie—, di lo que tengas que decir.

—¿Tan transparente soy? —pregunto con la mayor naturalidad posible.

—Sí —contesta con franqueza—. Lo eres.

—Es que… —Trago saliva—. Sigues castigándome.

En cuanto lo digo, deseo no haberlo hecho.

—¿Que yo te estoy castigando?

El aire acondicionado es un aliento lento y cálido que se desvanece en mi cara; preferiría abrir un poco las ventanillas, pero Marcus se ha quejado de que se le estaba quedando el pelo hecho un desastre, y no tengo paciencia para volver a mantener esa conversación. Cambio de postura para que el chorro de aire tibio me dé lateralmente en la mejilla; así puedo ver a Addie conduciendo. Se le han puesto colorados los bordes de las orejas, apenas visibles entre las puntas del cabello. Ahora lleva puestas las gafas de sol y las otras gafas encima de la cabeza, apartándole el abundante flequillo de la cara. Intuyo algunas pinceladas de su antiguo color de pelo en las raíces.

—Sigues sin hablarme.

—Lo de no hablar contigo no era un castigo, Dylan. De hecho, no tenía nada que ver contigo. Necesitaba espacio.

Bajo la vista hacia las manos.

—Supongo que creía que algún día dejarías de necesitarlo.

Ella me mira; no soy capaz de ver sus ojos a través del filtro de las gafas de sol.

—¿Estabas esperando? —me pregunta.

—No… Tanto como «esperando» no, pero…

Me quedo callado y el silencio se extiende entre nosotros como un lazo demasiado largo. Me fijo en la cara de la persona que va de copiloto en un vehículo con el que nos cruzamos por la autopista: una mujer de mediana edad con gorra, que mira sorprendida nuestro coche. Me giro hacia los demás e imagino lo que habrá visto: un grupo variopinto de veinteañeros alegremente apiñados en un Mini de color rojo chillón a las siete y media de la mañana de un domingo de puente.

No tiene ni idea. Si se pudieran usar los secretos como combustible, no necesitaríamos gasolina: habría suficiente rencor en este coche para llevarnos a todos a Escocia.

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ANTES

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Addie

 

 

 

 

Miro fijamente el techo. El apartamento del guardés de la villa de Cherry se encuentra debajo de la casa. Es del mismo tamaño que la primera planta, pero subterráneo. Precioso si no te importa no tener ventanas. Claro que, si ese es el precio que hay que pagar para vivir en el sur de Francia durante todo un verano con alojamiento gratis y encima ganando unos cuantos cientos de euros al mes, la falta de ventanas es lo de menos.

Una familia ha llegado esta mañana, amigos de los padres de Cherry. Han cogido un taxi desde el aeropuerto, lo cual es una suerte, porque anoche Deb y yo nos bebimos tres botellas de vino en el balcón del dormitorio principal y observamos las estrellas hasta que el cielo empezó a aclararse. Probablemente aún sería ilegal que condujera, y eso que ya es mediodía.

Tengo clarísimo que este es el mejor verano de mi vida. Es como… si una banda sonora épica estuviera sonando de fondo, o como si alguien hubiera aumentado la saturación de color. Este verano no soy la pequeña Addie, la que siempre se queda atrás. No soy la persona de la que te olvidas cuando les estás contando a tus colegas quién estaba en el bar. No soy la chica a la que dejas plantada porque has conocido a otra mejor. Puedo ser quien quiera ser.

Este es mi verano, en resumidas cuentas. Aunque ahora mismo nadie lo diría, porque estoy demasiado resacosa como para moverme mucho.

Frunzo el ceño mirando al techo. Algo le pasa a la familia nueva. El apartamento del guardés no está insonorizado y solemos hacernos una idea bastante exacta de lo que está sucediendo arriba. Más de lo que nos gustaría, generalmente. Pero ahora apenas logro oír nada. Estoy segura de que están ahí, porque el taxi me ha despertado hace un rato, al llegar. Y hay movimiento. Solo que… es un movimiento silencioso. La cantidad de movimiento equivalente a una persona.

Un par de pies que cruzan la cocina hacia la vinoteca y vuelven. Una ducha que fluye. Una ventana que se abre y la puerta de un dormitorio cerrándose de golpe cuando el mistral se cuela a través de ella.

Despierto a Deb a las dos menos cuarto de la tarde. Entra arrastrando los pies en la cocina, con las bragas caídas y una camiseta de una banda francesa que le robó a un ligue de una noche en Aviñón, y se para a escuchar.

—¿Dónde están todos? —pregunta.

—Ni idea. Estoy convencida de que aquí solo hay un tío.

Ella bosteza y acepta la taza de café que le ofrezco.

—Hmm. Qué raro. A lo mejor ese tío se ha cargado a toda su familia durante el viaje.

Siempre sabemos si es un hombre o una mujer por sus pisadas. Los hombres hacen más ruido.

—¿Eso es lo primero que se te ocurre? —digo.

Deb se encoge de hombros y empieza a cortar el pan de ayer. Un enjambre de trocitos de corteza sale disparado como astillas en un taller de carpintería.

—¿Alguna otra idea?

—A lo mejor el resto llega más tarde —señalo—. Puede que hayan parado en Niza a ver a unos «contactos», yo qué sé.

Esta es una de esas anécdotas veraniegas que el año que viene ya no tendrá gracia, pero ahora mismo Deb y yo nos partimos de risa. Desde que llegamos aquí, hemos ido recopilando palabras que oímos a través del techo o que nos llegan desde la terraza: contactos, interiorismo, achispado, divino… Yo nunca había conocido a gente como los huéspedes de Villa Cerise, de esos que no preguntan el precio de las cosas antes de comprarlas; de los que beben champán como si nada; de los que son dueños de un montón de casas y animales y tienen una opinión sobre absolutamente todo. Casi resulta demasiado fácil parodiarlos.

—La madre de Cherry nos habría enviado un mensaje si llegaran tarde —dice Deb.

Yo pongo cara de circunstancias para darle la razón. Deb unta el pan con una capa de mantequilla tan gruesa como una loncha de queso.

—No creo que sea viejo, la verdad —comento—. Camina demasiado rápido.

Deb arquea las cejas.

—¿Será un personal?

Esa es otra palabra nueva que hemos aprendido, personal como cargo laboral.

Nuestro huésped misterioso y solitario entra en la cocina, que está justo sobre nuestra cabeza. Nos quedamos inmóviles, yo con un vaso de zumo de naranja a medio camino de la boca y Deb con un poco de mantequilla en la nariz.

La nevera del piso de arriba se abre. Se oye un tintineo. La nevera se cierra.

—Un bebedor diurno —dice Deb. Se para a pensar—. Si solo va a haber un tío en toda la semana, ¿de verdad es necesario que nos quedemos las dos aquí?

—¿Quieres volver a dejarme tirada?

Deb me mira con el ceño fruncido, intentando adivinar si de verdad me molesta. No lo tengo muy claro, a decir verdad. El plan siempre había sido aprovechar los ratos libres para explorar Francia. Sin embargo, al final Deb se ha aventurado por ahí más que yo. Y lo entiendo: ella se aburre más fácilmente. Además, a mí me encanta esta villa: su piscina infinita, los viñedos, el olor del aire a primera hora de la mañana… Deb no es tan romántica. Para ella no es más que una casa, por muy grande que sea.

A veces disfruto del espacio que me deja cuando se va. Aunque, por otro lado, no me hace ninguna gracia ser la que se queda atrás.

—Hay un tío en las afueras de Nimes que tiene una casa vacía. Es una especie de comuna —dice Deb—. Pero una comuna de las que hacen fiestas. No de las de santurrones. ¿Prefieres que me quede?

Deb nunca ha entendido lo que es tener el corazón dividido. Doy media vuelta, enfadada.

—Por supuesto que deberías ir —suelto por encima del hombro antes de observar con desinterés el contenido del frigorífico.

—Si me necesitas aquí, sabes que no me importa quedarme —asegura.

Vuelvo a mirarla. Su expresión es completamente transparente. Es imposible enfadarse con Deb. Simplemente, le gustaría estar en otro lugar y, en su mente, ¿por qué iba a afectarme eso a mí, a menos que la necesite aquí?

—No, lárgate —insisto, cerrando la nevera—. Búscate un hippy guaperas francés.

Nos quedamos calladas de nuevo. Arriba, nuestro huésped solitario ha salido de la cocina para ir a la terraza. Está hablando en voz muy baja. Apenas oigo lo que dice.

—¿Está hablando solo? —me pregunta Deb, ladeando la cabeza—. A lo mejor se nos ha colado un loco. O a lo mejor tenemos un okupa.

Me acerco a la puerta del apartamento y la entreabro. La villa está construida en una colina y nuestra puerta está escondida en el lado derecho del edificio, oculta a la vista bajo la pasarela que va de la cocina a la terraza elevada y la piscina infinita.

A través de la rendija de la puerta veo la mitad inferior del huésped pasando por delante de la barandilla que rodea la terraza. Lleva unas bermudas de color piedra y va descalzo. Una botella mediada de cerveza le golpea el muslo al caminar. Tiene las piernas ligeramente bronceadas. No tiene pinta de okupa.

—¿Qué…?

Hago callar a Deb y aguzo el oído. Está recitando algo.

—«En una gran aventura se embarcó, que la gran Gloriana le proporcionó…».

—¿Está leyendo en alto a Shakespeare o algo así? —me pregunta Deb al oído. Luego me aparta para abrir un poco más la puerta.

—Deb, cuidado —susurro.

Se supone que los guardeses no deberían espiar a los huéspedes. Este es el curro veraniego de mis sueños. De vez en cuando me asalta el miedo de que una de nosotras la cague hasta tal punto que alguien se entere y llame a los padres de Cherry.

—«Para ganarse su adoración y su gracia obtener, que de todas las cosas terrenales era lo que más anhelaba, y cada vez que él… y aunque él…». Joder. —El hombre se detiene y levanta la cerveza—. Mierda, joder, mecachis.

Es un pijo: habla como Hugh Grant. Deb se tapa la boca para sofocar la risa. El hombre se queda inmóvil. Yo inhalo bruscamente y la alejo de la entrada.

—Vamos. —La arrastro de nuevo a la sala de estar—. Mejor no cabrearlo el primer día, sea quien sea.

—Yo creo que está bueno —decide Deb, tirándose en el sofá. Como la mayor parte del mobiliario del apartamento, en su día perteneció a la vivienda principal, y fue degradado cuando a la madre de Cherry le apeteció darle a la casa un aire nuevo. Es de terciopelo fucsia y tiene una mancha enorme de vino tinto en el brazo derecho que nada tiene que ver con nosotras, afortunadamente.

—¿Lo has deducido por sus pies?

Deb asiente.

—Se pueden saber muchas cosas por los pies.

Ese es el típico comentario de Deb que he aprendido a pasar por alto, porque, como empieces a hacer preguntas, acabas metiéndote en un universo lleno de rarezas.

—Entonces, ¿te vas a quedar, ahora que has visto esos tobillos tan sensuales?

Deb reflexiona y sacude la cabeza.

—Para pijos con pantalones chinos ya tengo los de casa —declara—. Me apetece un hippy francés con el pelo largo.

—¿No te vas a aburrir nunca? —le pregunto, abrazando un cojín sobre el pecho.

—¿Aburrirme de qué?

—Pues de tener solamente rollos.

Deb estira las piernas en el sofá. Tiene el esmalte de las uñas de los pies desconchado y un moratón en ambas tibias, alargadas y marrones. Deb ha heredado el tono de piel de su padre —su abuelo por parte de padre era ghanés—, mientras que yo he heredado el blanco nuclear del mío. Me molesta que la gente diga que solo somos medio hermanas. Deb es mi hermana del alma, mi otra mitad, la única persona que me entiende. Yo soy su ancla, la persona a la que siempre vuelve. No somos medio nada.

Cuando éramos pequeñas, no soportaba que el padre de Deb viniera a visitarla. Siempre se iban por ahí los dos solos, de excursión al parque o en autobús al centro. Nuestro padre se quedaba triste y abatido, hasta que Deb volvía a casa y se ponía a construir maquetas de trenes con él. Entonces volvía a animarse. Por muy mal que suene, me alegré cuando el padre de Deb discutió con nuestra madre y, finalmente, cuando yo tenía unos ocho años, dejó de venir para siempre. Y al más puro estilo Deb, esta expulsó a su padre biológico de su vida. No es de las que dan segundas oportunidades.

—¿Por qué iba a cansarme? —me pregunta—. En la variedad está el gusto.

—Pero ¿no te apetece sentar la cabeza algún día?

—¿Sentar qué? ¿Para qué hay que sentar nada? Sé quién soy y lo que quiero. No necesito a ningún tío para sentirme realizada, o lo que sea que se supone que hacen.

—Pero ¿qué hay de tener hijos? ¿No quieres?

—No. —Deb se rasca la barriga y levanta la cabeza para mirar hacia el techo—. Eso sí lo tengo claro. Nada de bebés. Ni de coña.

 

 

Me despido de Deb con la mano mientras parte hacia Nimes en su maltrecho coche de alquiler. Solo me entero de que se va porque oigo el arranque del motor. A Deb no le gustan nada las despedidas. Odia los abrazos, por eso no le va lo de decir adiós, porque parece que todo el mundo los espera. Desde niñas, ella y yo siempre nos hemos despedido por mensaje de texto, a posteriori. La verdad es que me gusta; casi nunca nos enviamos mensajes para otras cosas, sobre todo ahora que todo el mundo usa WhatsApp, así que nuestras conversaciones son siempre una retahíla de notas bonitas.

«Adiós, te quiero, llámame si me necesitas», dice el mensaje que le he enviado.

«Igualmente, peque —dice el suyo—. Si me necesitas, aquí estoy».

Deb y yo solemos presentarnos a los huéspedes en cuanto llegan, pero esta vez decido esperar a la tarde noche, después de que ella se haya ido. No es necesario liar las cosas dando la impresión de que hay dos guardesas cuando una de ellas apenas está.

Voy hacia la entrada de servicio de la villa. Hay una escalera de caracol estrecha que va desde nuestro apartamento hasta un vestíbulo pequeño que hay justo al lado de la cocina de arriba. La puerta entre la cocina y la escalera está cerrada por nuestro lado, pero llamo con fuerza igualmente. Ya he tenido mi escarmiento: una vez, nada más entrar, pillé a un huésped escocés con barriga cervecera comiéndose unas galletas en pelotas.

—¿Hola? —grito desde el otro lado de la puerta—. ¿Señor Abbot?

No hay respuesta. Abro el pestillo y entro con cautela. Ahí no hay nadie. La cocina está hecha un desastre: restos de baguettes, botellas vacías, cortezas de queso, una barra entera de mantequilla sudando bajo el sol del atardecer… Chasqueo la lengua, pero me contengo, porque eso es exactamente lo que haría mi madre.

Mordisqueo uno de los restos de baguette mientras limpio. Sea quien sea ese tío, está acostumbrado a que alguien vaya recogiendo detrás de él. Y está borracho, a juzgar por la cantidad de botellas. Trago el resto del pan y me quedo de pie en medio de la habitación. Reina el silencio, salvo por el canto incesante de los grillos en el exterior. No estoy acostumbrada a que la casa de arriba esté tan silenciosa. A veces alguna familia sale durante el día, pero suelen volver por la noche, y, además, la mayor parte del tiempo me acompaña Deb.

Tengo un poco de miedo. Estoy a solas con un desconocido borracho en la casa. Cuento las botellas: cinco de cerveza y media de vino.

Vuelvo a mirar en la cocina una vez más, saco la cabeza para inspeccionar la terraza y luego deambulo por el grandioso vestíbulo de la villa.

—¿Hola? —digo, esa vez en voz más baja.

Aquí hace más fresco porque las enormes puertas dobles están cerradas a cal y canto para impedir que entre el calor del sol. Hay una chaqueta tirada al pie de las escaleras. La cuelgo en el pasamanos. Es de una tela vaquera suave y está forrada de borreguito: debe de venir de un lugar frío. Se asaría si se la pusiera aquí. Mientras la cuelgo, capto su aroma: a naranja, amaderado y varonil.

—¿Señor Abbot?

Recorro la sala de visitas, el comedor, el salón, la sala de estar… Están exactamente como los dejamos cuando preparamos la villa para los huéspedes nuevos. Debe de estar arriba. Nunca vamos al piso superior cuando hay gente alojada, a menos que nos pidan que desatasquemos un desagüe o algo así. Las habitaciones son su zona privada.

Me siento un tanto aliviada. Regreso a las escaleras de servicio y cierro la puerta con pestillo. El apartamento es el de siempre: acogedor, desordenado y sin luz natural. Me hundo en el sofá rosa de terciopelo y enciendo la tele. Están poniendo un drama francés en el que hablan demasiado rápido para mí, aunque en realidad solo quiero algo de ruido. Tal vez debería haberle pedido a Deb que se quedara. Odio esa sensación de pérdida que tengo cuando me quedo sola. Subo el volumen de la televisión.

Mañana volveré a intentar conocer al señor Abbot. Aunque no demasiado temprano. Tendrá que dormir la mona.

 

 

Me despierta al día siguiente golpeando las contraventanas. Al parecer, no entiende cómo se cierran. Yo resoplo, tapándome la cabeza con las sábanas. El mistral sopla con fuerza; se va a romper un cristal como siga dejando que el viento campe a sus anchas.

Está hablando solo en la cocina. Apenas entiendo lo que dice a través del techo, pero sé por la entonación de su voz que está recitando algo.

Miro el teléfono. Son las ocho de la mañana. Demasiado temprano para subir a presentarme. La extraña sensación de pérdida que me atenazaba la noche anterior ha desaparecido y disfruto de tener para mí sola la cama de matrimonio. Compartirla con Deb es un horror. Hace dos noches se puso a hablar en sueños sobre políticos conservadores.

Me quedo tumbada, oyendo a nuestro huésped solitario hacer ruido por la casa. Me pregunto qué pinta tendrá. No dispongo de muchos datos: su aspecto de cintura para abajo, básicamente, y su voz. Me lo imagino con el pelo oscuro y rizado, los ojos castaños, barba incipiente, tal vez, y la camisa abierta. Y con alguna reliquia familiar colgando de una cadena alrededor del cuello.

Canturrea unas cuantas frases de algo…, una canción pop que recuerdo a medias. Sonrío, mirando al techo. No se puede desafinar más.

Cuando me levanto de la cama son ya las nueve y media y él está en la terraza tomando un café. Escuché el zumbido de la cafetera y sus pisadas fuera, en el paseo, antes de reunir la energía necesaria para salir de debajo de las sábanas. Me pongo a darle demasiadas vueltas a mi atuendo: ¿pantalón corto, falda, vestido…? Al final, molesta conmigo misma, recojo la camiseta de tirantes y el pantalón corto de ayer del suelo, me los pongo a toda prisa y me sujeto el pelo en un moño que ato con una de mis pulseras.

Cuando llego a la terraza, el señor Abbot ha desaparecido. Tampoco hay ninguna taza de café, así que, dondequiera que haya ido, se la ha llevado con él. Echo un vistazo al césped seco y polvoriento y a los macizos de flores que hacen sudar a Victor, el jardinero, cada jueves, pero no se ve a nadie en los terrenos de la villa. ¿Habré oído mal? Voy a la cocina, soltándome de nuevo el pelo.

Hoy está más ordenado. Hay una nota:

 

Hola, guardés fantasma. Siento muchísimo el caos de anoche, se me fue un poco de las manos. He salido a explorar el terreno, pero tal vez podrías echar un vistazo a las contraventanas de mi cuarto mientras estoy fuera. No soy capaz de evitar que se cierren de golpe constantemente. El ruido me está volviendo loco.

Dylan Abbott

 

Conque el ruido lo está volviendo loco, ¿eh? Pongo los ojos en blanco y hago una bola con la nota antes de guardármela en el bolsillo trasero. Las puñeteras contraventanas no tienen ningún truco. Si las mirara durante diez segundos, descubriría dónde sujetarlas a la pared para que se queden abiertas. Igualmente, voy a su habitación a investigar. Sé en cuál está. A estas alturas se me da muy bien identificar las puertas que se abren y se cierran. El tercer y el cuarto baño tienen algo más de intríngulis y a veces confundo el octavo dormitorio con el sexto, pero el resto lo clavo.

Ha elegido la mejor habitación de la casa, la suite en cuyo balcón Deb y yo estuvimos observando las estrellas hace dos noches. Tiene una cama con dosel cubierta con unas cortinas pesadas de damasco azul y unos ventanales enormes con vistas a los viñedos. La cama está sin hacer y su ropa yace hecha un ovillo a la puerta del baño, como si se la hubiera quitado de camino a la ducha. El dormitorio huele igual que la chaqueta: a naranja, a almizcle y a hombre.

Abro una ventana. Las contraventanas están bien, obviamente, lo cual no me sorprende. Las engancho y considero escribir una respuesta a su nota, pero ¿qué voy a decirle? ¿«Fíjate en las contraventanas para saber qué hacer la próxima vez»? Me imagino redactándola y firmándola como «La guardesa fantasma», pero no. La Addie veraniega no es ningún fantasma. En lugar de ello, por capricho, exhalo sobre la ventana y escribo mi nombre en el cristal empañado: «Adeline». Sin besos ni nada.

 

 

Tarda tanto en volver que me arriesgo a darme un baño en la piscina mientras tanto; la madre de Cherry dice que podemos hacerlo si los huéspedes no están. Vuelvo al apartamento y me estoy escurriendo el pelo en el lavabo cuando llaman a la puerta.

Me miro. Uy. Solo llevo puesto un bikini mojado. Voy corriendo a la habitación y revuelvo en el armario, lo cual no tiene ningún sentido, porque toda la ropa decente está en el suelo o en la lavadora. Vuelven a llamar. Mierda. Cojo una bola arrugada de tela naranja (un vestido acampanado sin manchas obvias; me sirve) y me lo pongo mientras salgo disparada hacia la puerta.

Cuando la abro, allí está él, el hombre del piso de arriba. No es en absoluto como me lo había imaginado. Me fijo primero en sus ojos: son de un color verde pálido, casi amarillo, y soñolientos. Tiene las pestañas mucho más largas que las de la mayoría de los chicos y el pelo alborotado y castaño, con algunos reflejos dorados por el sol. Lo único con lo que he acertado ha sido con la camisa: de algodón color claro, arrugada y con demasiados botones desabrochados.

No lleva ninguna reliquia familiar colgada del cuello, pero sí un sello de oro en el dedo meñique. A su espalda puedo ver el rastro de mis pisadas húmedas, que van desde la piscina hasta la puerta del apartamento.

—Ah —exclama sorprendido mientras mueve la cabeza para echarse hacia un lado el pelo—. Qué hay.

—Hola. —Me salto el «señor Abbot» del final de la frase. Me resulta raro llamar «señor» a un tío de mi edad. El pelo húmedo me gotea por la espalda y agradezco que me esté refrescando: estoy acaloradísima. Con tantas prisas…

Él esboza lentamente una sonrisa vaga.

—Me imaginaba un viejo arrugado, guardesa fantasma.

Yo me río.

—¿Por qué lo dices?

Él se encoge de hombros. La sensación de acaloramiento no remite. Puede que sea por él, por sus ojos verdes y su camisa desabrochada.

—Porque te llamé «guardés». Suena… a vejestorio.

—Bueno, tú tampoco eres como me esperaba —reconozco, poniendo la espalda un poco más recta—. Lo de «familia Abbot» suena…, no sé, a más de una persona.

Él pone cara de circunstancias.

—Ya. Sí. Me temo que el resto se ha echado atrás, así que solo estoy yo. Gracias por arreglar las contraventanas, por cierto. Veo que eres capaz de hacer milagros.

—Solo estaban… —Me quedo callada—. De nada.

Nos miramos el uno al otro. Siento que soy muy consciente de mí misma: de cómo estoy colocando los hombros, del bikini mojado empapándome el vestido… Él me observa fijamente. Su mirada es pausada y segura, de las que te atrapan desde el otro lado de la barra mientras esperas a que te sirvan una copa. Resulta demasiado estudiada y calculada, como si la hubiera visto en otra persona pero él nunca la hubiera puesto en práctica.

—¿Puedo ayudarte en algo?

Me coloco el vestido y se me pega al bikini.

—A ver. Para empezar, he perdido la llave.

Esa mirada pausada cambia por un instante, volviéndose infantil. Mucho mejor. Es mono, con ese aire desaliñado y desvalido, como un cachorrito de Yorkshire terrier, o como un miembro de un grupo musical de chicos en Factor X antes de triunfar.

—Soy un desastre con las llaves —declara.

—Tranquilo, puedo solucionarlo.

—Gracias. Eres muy amable. Y… —Se queda callado de repente y me mira, como si no se decidiera—. Estoy buscando a alguien —dice.

—Estás… ¿Qué quieres decir?

—Estoy intentando encontrar a alguien y creo que a lo mejor tú podrías ayudarme.

Ladeo la cabeza con curiosidad. Se me acelera un poco el pulso. De hecho, puede que sea más que mono. Su mirada se posa brevemente en las zonas húmedas de mi vestido antes de regresar a mi cara. Es todo muy rápido, como si no quisiera mirar y le preocupara que me hubiera dado cuenta. Aprieto los labios para disimular una sonrisa. Me pregunto si será más resuelto cuando está sobrio o si es siempre así.

—¿Tienes coche? —me pregunta; yo asiento—. ¿Podrías llevarme a un sitio?