Prólogo

Hay muchas casas caras aquí, en Brecken Hill, un enclave cercano a Aylesford, en el valle del Hudson. Situado en el lado este del río Hudson, a unos ciento sesenta kilómetros al norte de la ciudad de Nueva York, es como los Hamptons, pero algo menos pretencioso. Aquí hay gente de dinero de toda la vida, y también nuevos ricos. Siguiendo por el largo camino privado que hay pasado el bosquete de abedules, ahí se encuentra: la casa Merton, en medio de su enorme extensión de césped, como si fuera un pastel en una bandeja. Se entrevé una piscina a la izquierda. Detrás hay un barranco y los árboles frondosos a ambos lados del terreno garantizan la privacidad. Es una finca de primera.

Todo está muy tranquilo y silencioso. Hay un sol pálido y las nubes se mueven con rapidez. Son las cuatro de la tarde del lunes de Pascua; en cualquier otro lugar los niños están devorando sus conejitos de chocolate y sus huevos de Pascua envueltos en papel de aluminio mientras calculan cuántos les quedan y miran los que sigue habiendo en las cestas de sus hermanos. Pero aquí no hay ningún niño. Ya han crecido y se han ido de casa. No muy lejos, eso sí. Vinieron todos ayer mismo, para la cena del domingo de Pascua.

La casa parece desierta. No hay ningún coche en el camino de entrada. Están ocultos tras las puertas del garaje de cuatro plazas. Hay un Porsche 911 descapotable; a Fred Merton le gusta conducirlo, pero solo en verano, cuando mete sus palos de golf en el maletero. Para el invierno prefiere el Lexus. Su mujer, Sheila, tiene el Mercedes blanco con su blanco interior de cuero. Le gusta ponerse uno de sus muchos pañuelos coloridos de Hermès, repasarse el pintalabios en el espejo retrovisor y salir a encontrarse con sus amigas. Ya no lo va a hacer más.

Con una casa tan grande, con este suelo de brillante y pulido mármol blanco bajo una intricada lámpara de araña de varias alturas en la entrada y flores recién cortadas sobre una consola, cualquiera pensaría que debe de haber personal encargado del mantenimiento. Pero solo hay una asistenta, Irena, que viene dos veces por semana. Trabaja muchísimo, pero lleva tanto tiempo con ellos —más de treinta años— que casi es como de la familia.

Antes de todo esto debía de tener una apariencia perfecta. Un rastro de sangre sube por las escaleras de moqueta clara. A la izquierda, en la encantadora sala de estar, hay una enorme lámpara de porcelana rota sobre la alfombra persa con la tulipa torcida. Un poco más allá, tras la mesita baja de cristal, está Sheila Merton en camisón, completamente inmóvil. Está muerta, con los ojos abiertos y marcas en el cuello. No hay sangre sobre su cuerpo, pero su olor nauseabundo se extiende por todas partes. Algo espantoso ha pasado aquí.

En la gran cocina luminosa que está en la parte de atrás de la casa, el cuerpo de Fred Merton yace despatarrado sobre el suelo en medio de un charco de sangre oscura y viscosa. Las moscas emiten su zumbido silencioso alrededor de su nariz y su boca. Ha sido apuñalado con saña muchísimas veces y tiene un corte en su carnoso cuello.

¿Quién ha podido hacer algo así?

1. Veinticuatro horas antes

1

Veinticuatro horas antes

Dan Merton mueve los hombros vestido con una chaqueta azul marino sobre una camisa de vestir azul claro con el botón del cuello sin abrochar y unos elegantes vaqueros oscuros. Se observa con atención en el espejo de cuerpo entero del dormitorio. Detrás de él, se encuentra Lisa, su mujer.

—¿Estás bien?

Él la mira con una débil sonrisa por el espejo.

—Claro. ¿Por qué no iba a estarlo?

Ella se gira. Dan sabe que la perspectiva de la cena de Pascua en casa de sus padres no le entusiasma más que a él. Se da la vuelta y la mira, su preciosa chica de ojos marrones. Llevan casados cuatro años y durante ese tiempo han pasado por dificultades. Pero ella ha permanecido a su lado y él sabe que es afortunado por tenerla. Lisa es su primera experiencia de amor incondicional. Sin contar el de los perros.

Aplaca una punzada de desasosiego. Sus problemas económicos son fuente de estrés y constante tema de conversación. Pero Lisa siempre termina convenciéndole y haciéndole creer que todo saldrá bien, al menos mientras ella esté presente. Es cuando ella no está cuando aparecen las dudas, la abrumadora ansiedad.

Lisa procede de una curtida familia de clase media, lo cual supuso para ella una desventaja desde el principio, pero a él no le importó. Los padres de Dan son unos arrogantes, pero él no, así que ella nunca albergó grandes expectativas. Cuando se conocieron, ni siquiera sabía quién era él, porque no se movían por los mismos círculos.

«Es la única que va a conseguir aguantarle», oyó que decía su hermana menor, Jenna, a Catherine, la mayor, cuando no sabían que él pudiera oírlas.

Quizá fuese verdad. Pero, al menos, su matrimonio había sido un éxito, eso tenían que admitirlo todos. Y su familia no pudo evitar tomarle cariño a Lisa a pesar de sus prejuicios.

—¿Vas a intentar hablar con tu padre? —le pregunta ahora Lisa con expresión de recelo.

Él aparta la mirada mientras cierra la puerta del armario.

—Si surge la oportunidad.

Odia tener que pedirle dinero a su padre. Pero la verdad es que no se le ocurre otra opción.

Catherine Merton, que no adoptó el apellido de su marido, desea cada año que llegue la cena de Pascua en casa de sus padres, así como todas las demás ocasiones en que se reúnen para celebrar alguna fiesta en la fastuosa casa de Brecken Hill. Su madre sacará la vajilla especial y la cubertería de plata y habrá un enorme ramo de flores recién cortadas en la solemne mesa del comedor, lo cual hará que Catherine se sienta elegante y privilegiada. Es la hija mayor y la preferida; todos lo saben. Es a la que mejor le va, la única de quien sus padres se sienten de verdad orgullosos. Es médica (dermatóloga, no cirujana cardiovascular, pero médica al fin y al cabo). Dan ha supuesto una pequeña decepción. Y Jenna... En fin, Jenna es Jenna.

Catherine se pone un pendiente de perla y se pregunta qué sorpresa les tendrá preparada Jenna para hoy. Su hermana menor vive en una pequeña casa de alquiler a las afueras de Aylesford y va a Nueva York con frecuencia para quedarse en casa de sus amigos. Su estilo de vida es algo misterioso, lo cual es fuente de muchos sufrimientos para sus padres. Dan dice que Jenna está fuera de control, pero Catherine sabe muy bien que Jenna usa su estilo de vida como forma de control. Tiene el poder de escandalizar y no le importa hacer uso de él. Desde luego, no es tan educada como Catherine. Ni respetable ni previsible. No, ella es un caso aparte. Cuando eran niños, se mostraba desafiante. Ahora, su padre siempre la está amenazando con dejarla sin asignación, pero todos saben que no lo hará, porque volvería de nuevo a casa y no serían capaces de soportarla. En la familia sospechan de drogas y promiscuidad, pero nunca preguntan porque lo cierto es que no quieren saberlo.

Catherine levanta la vista desde el asiento frente a su tocador cuando su marido, Ted, entra en el dormitorio. Ha estado bastante callado todo el día. Es su forma sutil de demostrar su descontento, aunque jamás lo admitiría. No quiere asistir a las cenas de Pascua en casa de los acaudalados padres de ella. Le fastidian las expectativas que ponen en esas cenas en cada ocasión. No le gusta la tensión que ondea bajo la superficie durante esas comidas. «Dios mío, ¿cómo puedes soportarlo?», dice siempre nada más meterse en el coche para salir de nuevo por el camino de entrada.

Ella los defiende. «No son tan malos», responde siempre en un intento por quitarle importancia mientras se alejan a toda velocidad. Ahora, ella se pone de pie, se acerca a él y le da un beso en la mejilla.

—Intenta ser positivo —le dice.

—Siempre lo hago —responde él.

«No es verdad», piensa ella a la vez que se da la vuelta.

—Joder, no tengo ningunas ganas de esto —le dice Jenna a Jake, que está sentado en el asiento del pasajero mientras ella va conduciendo en dirección a Brecken Hill. Él había llegado en tren desde Nueva York y ella le había recogido en la estación de Aylesford. Va a pasar la noche en casa de Jenna.

—Pues para el coche —contesta Jake intentando persuadirla mientras le acaricia la pierna—. Podemos esperar un poco. Fumarnos un porro. Así te relajas.

Ella le mira con una ceja levantada.

—¿Crees que necesito relajarme?

—Pareces un poco tensa.

—Vete a la mierda —responde ella con tono juguetón y una sonrisa.

Sigue conduciendo hasta que encuentra un desvío que conoce y, de repente, lo toma. El coche empieza a dar tumbos por la carretera hasta que lo detiene bajo un árbol grande.

Jake está ya encendiendo un porro y le da una fuerte calada.

—Vamos a apestar cuando lleguemos —dice ella a la vez que extiende la mano para quitárselo—. Quizá sea lo mejor.

—No sé por qué te empeñas tanto en contrariar a tus padres —responde Jake—. Te pagan las facturas.

—Se lo pueden permitir.

—Mi niña salvaje. —Jake se inclina hacia delante y la besa mientras pasa las manos por debajo de su chaqueta de cuero negro y de su camiseta para acariciarla suavemente, sintiendo ya una clara sensación de mareo—. Estoy deseando ver qué clase de gente te ha engendrado.

—Te van a entrar arcadas. Son tan santurrones que vas a esperar que aparezca un púlpito cada vez que abran la boca.

—No será para tanto.

Ella da otra fuerte calada y le pasa el porro.

—Mi madre es inofensiva, creo. Mi padre es un gilipollas. Las cosas nos irían mejor si él no estuviera.

—Los padres... te joden la vida —dice él citando mal al poeta Philip Larkin.

Hace mal la mayoría de las cosas, piensa Jenna mientras le mira entre una neblina de humo y se derrite al sentir sus dedos sobre el pezón. Pero es entretenido y no es malo en la cama y eso es suficiente por ahora. Y le gusta la pinta que tiene. Increíblemente atractivo y tosco. Está deseando presentárselo a la familia.

Capítulo 2

2

Rose Cutter ha cometido una estupidez. Y no puede dejar de pensar en lo que ha hecho y en lo que debe hacer ahora. Piensa en ello muy entrada la noche, cuando debería estar durmiendo. También en el despacho, cuando debería estar trabajando. Piensa en ello cuando está tratando de adormecerse viendo la televisión.

La perspectiva de estar sentada durante la cena de Pascua con su madre y su tía Barbara, fingiendo que todo va bien, le parece casi insoportable. Su madre va a notar que pasa algo. Se da cuenta de todo. Últimamente ha comentado varias veces que Rose parece cansada, que ha perdido peso. Rose siempre le quita importancia, trata de llevar la conversación hacia otro lado, pero cada vez le cuesta más hacerlo. Lo cierto es que ha empezado a visitar a su madre con menos frecuencia, pero no puede saltarse la cena de Pascua. Se observa en el espejo. Es verdad que los vaqueros que antes le estaban ceñidos ahora parecen quedarle grandes. Decide compensarlo poniéndose un holgado jersey rojo sobre la camisa. Con eso tendrá que bastar. Se cepilla su larga melena castaña, se aplica un poco de lápiz de labios para iluminar su pálida cara y trata de esbozar una sonrisa. Parece forzada, pero es lo más que puede hacer.

Cuando llega a casa de su madre, empiezan de inmediato la preocupación maternal, las preguntas. Pero su madre no la puede ayudar. Y no puede enterarse nunca de la verdad. Rose se ha metido en un lío ella solita. Y también tendrá que salir de él por sí misma.

Ellen Cutter echa un vistazo a Rose y niega con la cabeza.

—Mírate —dice a la vez que coge el abrigo de su hija—. Estás muy pálida. Barbara, ¿no te parece que está un poco pálida? Y si te soy sincera, Rose, te estás quedando muy delgada.

Barbara pone los ojos en blanco y, a continuación, sonríe a Rose.

—Yo creo que estás estupenda. No hagas caso a tu madre. Es doña angustias.

Rose sonríe a su tía.

—Gracias, Barbara. Yo no creo que tenga tan mal aspecto, ¿no? —Se gira para mirarse en el espejo de la entrada y se ahueca un poco el flequillo.

Ellen también sonríe pero, por dentro, está consternada. Y su hermana le lanza una rápida mirada que confirma que se ha dado cuenta de lo cambiada que está su sobrina a pesar de lo que le acaba de decir. Ellen no se está imaginando nada. Es verdad que Rose parece agotada. Últimamente ha perdido la chispa. Intenta no preocuparse, pero ¿por quién si no habría de hacerlo? Es viuda y Rose es su única hija. Barbara no tiene hijos, así que no tiene sobrinos de los que ocuparse. En realidad, Ellen está bastante sola en el mundo, salvo por estas dos y su amiga Audrey.

—Bueno, vamos a disfrutar de una cena deliciosa —anuncia Ellen—. Pasa a la cocina. Estaba a punto de regar el pavo.

—¿Qué novedades tienes? —oye Ellen que le pregunta Barbara a su sobrina mientras se dirigen a la otra habitación.

—Poca cosa —contesta Rose—. Solo trabajo.

—Eso no parece muy propio de ti —insiste Barbara—. ¿Qué haces para divertirte? ¿Te has echado algún novio últimamente?

Ellen mira con disimulo la cara de su hija mientras se ocupa del pavo. El olor de la carne asada le resulta familiar y reconfortante. Rose era antes una chica muy popular, pero ya no habla nunca de amigos ni de novios. Todo es trabajo, trabajo y trabajo.

—Ninguno ahora mismo —contesta Rose.

—Supongo que dirigir tu propio bufete debe de ser una tarea bastante exigente —reconoce Barbara con una sonrisa.

—No lo sabes bien.

—Existe una cosa que se llama conciliación de la vida personal y la laboral —interviene Ellen con cautela.

—No si eres una abogada joven —responde Rose.

Pero Ellen se pregunta si le estará pasando algo más.

Audrey Stancik ha estado fuera de juego por culpa de una desagradable gripe primaveral. No se molestó en ponerse la vacuna contra la gripe este año y ahora se arrepiente mucho. Se encuentra en su modesta casa, sentada en la cama, vestida con su pijama más cómodo y desgastado. Tiene el pelo recogido hacia atrás por una diadema elástica pero, aunque enferma, su manicura es perfecta. Recostada contra varias almohadas, tiene puesta la televisión de fondo, pero lo cierto es que no la está mirando. Hay una papelera llena de pañuelos usados junto a la cama y una caja con otros sin usar en la mesita de noche, junto a la fotografía enmarcada de su hija Holly. Su estado es deprimente; la nariz le gotea como un grifo y le duele todo el cuerpo. Se suponía que Audrey iba a celebrar la cena de Pascua en casa de su hermano Fred con la familia y este año lo esperaba con especial ilusión. Lo iba a disfrutar más de lo habitual sabiendo lo que sabe. Va a echar de menos la deliciosa comida con todas las guarniciones y su plato favorito, la tarta de limón de Irena. Es una verdadera pena; a Audrey le encanta su comida.

Pero, excepto por lo de la gripe, Audrey se siente bastante contenta últimamente. Espera recibir pronto un dinero caído del cielo. Una cantidad de dinero considerable. Qué pena que para ello tenga que morir alguien.

Va a ser rica. Ya iba siendo hora.

Capítulo 3

3

Catherine está en la puerta de la casa de sus padres con Ted a su lado, un poco temblando de nervios. Llama al timbre. Siempre es igual: con dudas sobre cómo se van a llevar entre todos, confiando en que vaya bien. Pero no va a permitir que nadie le estropee el día.

Ella y Ted tienen una bonita casa en Aylesford, pero para nada tan impresionante como esta. Tienen el tipo de casa que se pueden permitir con los ingresos de dos profesionales —una dermatóloga y un dentista—. La casa de sus padres, en la que ella y sus hermanos se han criado, es más bien una mansión. Como hija mayor, le gustaría quedarse con esta casa cuando sus padres ya no estén. Le gustaría vivir aquí, en Brecken Hill, con todas las comodidades, e invitar a sus hermanos en las celebraciones especiales, junto a sus hijos. Así es como se imagina... y en esas fantasías nunca es muy mayor. No mucho más de lo que es ahora. Desde luego, no tanto como sería si sus padres tuvieran una larga existencia y fallecieran por causas naturales. Pero para eso sirven las fantasías; por definición, nunca son realistas. Quiere la casa y todo lo que hay en ella: los platos, las antigüedades, los cuadros. Sus padres no le han prometido nunca que se quedará con ella ni han dado siquiera a entender que se la van a dejar. Pero jamás se la dejarían a Dan. De todos modos, él no la iba a querer. Y probablemente Jenna la destrozaría o, si no ella, sus amigos. Su madre jamás castigaría a sus acaudalados vecinos con Jenna y su estilo de vida, de eso está segura.

La puerta se abre y aparece su madre, dándoles la bienvenida con una sonrisa. Lleva unos pantalones negros y unos zapatos de tacón del mismo color, una blusa de seda blanca y un pañuelo de Hermès naranja y rosa alrededor del cuello. Catherine analiza brevemente la expresión de su madre, buscando alguna señal de cómo será ella cuando sea mayor. Ve sus ojos azules y acuosos, su cutis firme, el buen corte de su cabello. Su madre ha envejecido con bastante elegancia, pero el dinero siempre ayuda.

—Hola, mamá —dice a la vez que se inclina para abrazar a su madre. Es más un abrazo de cortesía que sincero.

—Hola, querida. Sois los primeros —responde su madre antes de girarse para saludar a Ted—. Pasad. Os serviré una copa.

Entra con paso rápido en el comedor que está a la derecha del vestíbulo.

—¿Qué queréis? ¿Champán?

Su madre siempre sirve champán los días de fiesta.

—Vale —contesta Catherine mientras se quita la chaqueta de entretiempo y la cuelga en el armario a la vez que su marido. Nunca se quitan los zapatos.

—¿Ted?

—Sí, muy bien —dice él con una agradable sonrisa.

Ted siempre empieza de buenas, piensa Catherine. Solo que al poco rato se va poniendo tenso.

Sheila les sirve champán, atraviesan la amplia entrada con sus burbujeantes copas hasta la sala de estar que queda al otro lado y se sientan en los aterciopelados sofás mientras los rayos de sol de la primavera entran por los grandes ventanales. La vista del jardín es preciosa, piensa Catherine cada vez que está ahí. Y han empezado a florecer los narcisos y los tulipanes del jardín. Si fuera suyo, lo tendría más arreglado.

—¿Dónde está papá? —pregunta.

—Arriba. Bajará en un momento —responde su madre. Esboza una sonrisa tensa y baja la voz al tiempo que deja la copa de champán en la mesita—. Lo cierto es que quiero hablar contigo de algo importante antes de que venga tu padre.

—Ah. —Catherine está sorprendida.

Algo atraviesa la expresión de su madre. Inquietud, quizá. Catherine no sabe bien qué es, pero se pone en guardia. Y en ese momento suena el timbre. Solo puede ser Dan, piensa. Jenna siempre llega tarde.

Como si le leyera la mente, su madre gira la cabeza hacia la puerta de la casa y dice:

—Debe de ser Dan.

Se levanta para ir a abrir mientras Catherine mira a su marido con extrañeza.

—¿De qué querrá hablarnos? —le susurra a Ted.

Él se encoge de hombros y bebe un sorbo de champán. Esperan hasta que Dan y Lisa entran en la sala de estar. Catherine y su cuñada se abrazan rápidamente mientras los dos hombres se saludan con un movimiento de cabeza. Dan y Lisa se sientan en el sofá de enfrente mientras su madre va a servirles unas copas de champán. Catherine piensa que Dan parece más tenso de lo habitual. Sabe que ha estado pasándolo mal. Se pregunta si su madre va a compartir también con ellos su secreto, cualquiera que sea. Pero cuando su madre vuelve a entrar, dirige la conversación a temas más genéricos y superficiales y Catherine le sigue la corriente.

Vuelve a sonar el timbre unos minutos después: tres toques cortos que anuncian la llegada de Jenna. Su padre aún no ha aparecido. Catherine se pregunta, preocupada, si le pasará algo.

Se quedan en la sala de estar mientras escuchan a su madre y a Jenna en la puerta.

—¿Y a quién tenemos aquí? —pregunta Sheila.

Estupendo, piensa Catherine con desagrado. Jenna ha venido con alguien. Por supuesto que sí. Casi siempre lo hace. La última vez fue una «amiga» y pasaron toda la velada preguntándose si sería una amiga sin más o quizá una amante. Costaba saberlo. Todos se habían sentido un poco incómodos mientras Jenna y su amiga se agarraban de la cintura, pero nunca llegaron a tenerlo claro. Catherine mira a Ted con una mueca y escucha.

—Jake Brenner —responde una voz de hombre con tono grave y seguro.

—Bienvenido a nuestra casa —contesta su madre, con excesiva cortesía y cierta frialdad.

En ese momento, Catherine oye el andar pesado de su padre bajando por la ornamentada escalera principal. Se pone de pie, da un largo trago a su champán y hace una señal a Ted con el mentón para que se levante. Él obedece con desgana y se pasa la copa de champán a la mano izquierda. Juntos se dirigen al vestíbulo.

Catherine va a saludar primero a su padre. Cuando él llega al último escalón, se acerca a darle un abrazo.

—Hola, papá. Feliz Pascua.

Su padre responde con un breve abrazo y, cuando ella se aparta, saluda, extiende la mano y aprieta con firmeza la de Ted. No hay calidez alguna en el gesto; es bastante formal. Dan y Lisa siguen en la sala de estar y Catherine dirige su atención a la pareja que aguarda en la puerta de la casa. Ve el llamativo delineado negro alrededor de los ojos de Jenna y las mechas púrpuras de su pelo. Aun así, sigue siendo de una belleza despampanante. Alta y esbelta con sus habituales vaqueros negros ajustados, sus botas de tacón y su chaqueta de motero de cuero negro, parece salida del agitado ambiente musical neoyorquino y Catherine siente la habitual punzada de enfado..., o quizá sean celos. Catherine jamás podría ponerse algo así. Entonces, se recuerda a sí misma que tampoco querría. Ella tiene su propio estilo, de buen gusto, clásico y caro, y le encanta. Refleja quién es.

Jenna es escultora. Y de las buenas. Pero no lo suficientemente seria como para tener éxito. Es más bien una aficionada con talento, una chica fiestera que siempre está buscando cualquier excusa para salir por Nueva York. Sabe que a sus padres les da miedo que el ambiente artístico neoyorquino la eche a perder. En la casa de sus padres no hay a la vista ninguna de las obras de Jenna; les parecen demasiado obscenas. Catherine sabe que sus padres se encuentran en una situación incómoda: quieren sentirse orgullosos del talento de su hija, quieren que le vaya bien, pero se avergüenzan de lo que sale de ese talento tan evidente.

Jake tiene el aspecto de los que le suelen gustar a Jenna. Moreno, atractivo y necesitado de un afeitado. Lleva vaqueros, camiseta y una desgastada chaqueta de cuero marrón. Catherine nota desde los pies de la escalera el olor a marihuana que desprenden los dos. Su padre los mira con frialdad.

—Hola, papá —dice Jenna con despreocupación—. Jake, este es mi padre.

Jake, colocado, se limita a saludar con un escueto movimiento de cabeza sin siquiera dar un paso adelante ni ofrecer la mano para estrechársela. Es alto y delgado, como Jenna, y se muestra demasiado relajado dada la situación, piensa Catherine. No tiene modales.

—Venid conmigo. Hay champán —ofrece Sheila entrando en el comedor.

Fred Merton mira a Catherine como diciendo: «¿Quién narices es ese y qué hace en mi casa?». A continuación, saluda a Dan y a su mujer.

Poco después, Dan está en la sala de estar, dando un sorbo a su champán y fingiendo interés por el jardín al otro lado de la ventana. Todas las mujeres están en la cocina, sirviendo la cena para llevarla a la mesa. Se les ha unido Irena, la antigua niñera y ahora mujer de la limpieza, a la que han invitado a cenar. Para que lo limpie todo después. Ted se atreve a entablar conversación con el desastrado Jake en el sofá que está enfrente de la ventana de la sala, mientras Fred, de pie junto a Dan, les escucha. Ya han sido informados de que Jake es un «artista visual serio» con varios trabajillos sin identificar que le impiden realizar su verdadero trabajo. Dan no sabe bien si habla en serio o si es un farsante, un simple aspirante. Conociendo a su hermana, bien puede tratarse del próximo Jackson Pollock o de cualquier fracasado que haya conocido la noche anterior en una fiesta y al que de forma espontánea ha invitado a cenar con su familia al día siguiente.

Dan se acerca a su padre y le dice en voz baja:

—Papá, me gustaría hablar contigo después de la cena, en tu despacho. —Mira a su padre a los ojos pero, a continuación, aparta la mirada. Su padre le intimida. Al ser el único hijo varón, siempre ha sentido la enorme presión que ha pesado sobre él. Se suponía que debía asumir el liderazgo de la familia, encargarse algún día de sus negocios. Ha hecho lo que ha podido para estar a la altura. Se ha esforzado. Pero su padre, que se hizo millonario en el sector de la robótica, ha vendido la empresa hace poco —y de forma repentina— en lugar de dejar que Dan asumiera el control. Cumplió con todo lo que le pidieron. Ocupó distintos puestos desde que estaba en el instituto con la esperanza de que algún día fuera suya. Hizo un Máster en Administración de Empresas. Se dejó la piel. Pero a su padre no le gustaba su modo de hacer las cosas y se mostró controlador y terco con él, siempre poniéndole la miel en los labios y alejándola después. La venta de Merton Robotics ha dejado hecho polvo a Dan, sin trabajo y a la deriva, y ha hecho añicos su confianza en sí mismo. Aún no sabe qué va a hacer. Ocurrió hace seis meses y, desde entonces, ha estado dando trompicones y con problemas económicos. Hasta ahora, su búsqueda de empleo ha resultado infructuosa y está empezando a desesperarse.

Jamás ha estado tan enfadado con su padre como ahora, en este mismo momento. Es por culpa de su padre que se encuentre en un estado tan lamentable y no se lo merece. Dan se pregunta incluso si su padre tenía la intención de vender el negocio desde el principio.

«Antes que nada, soy empresario —le había dicho a Dan el día que le contó la sorprendente noticia de que iba a vender Merton Robotics—. Y condenadamente bueno. Esta es una operación muy ventajosa para mí, una oferta que no puedo rechazar».

Ni siquiera había tenido en cuenta lo que eso podría suponer para su hijo.

—¿De qué quieres hablar? —le responde ahora su padre con un tono más alto del necesario.

Dan siente un rubor repentino que le va subiendo por el cuello. Se acabó la discreción. Es consciente de que la conversación entre Ted y Jake se ha interrumpido. Su padre siempre le ha humillado cada vez que ha tenido oportunidad. Por puro placer. Dan nota cómo el calor se va extendiendo por su cara.

—Da igual. —No va a hablar hoy con su padre. Ya no le apetece.

—No, no me vengas con esas —replica su padre—. No empieces algo para luego dejarlo a medias. ¿De qué querías hablar conmigo? —Cuando ve que no recibe respuesta, va directo al grano—: Deja que adivine. Necesitas dinero.

Una sensación de rabia e impotencia invade a Dan y siente deseos de dar un puñetazo a su padre en la cara. No sabe qué es lo que se lo impide, pero siempre se controla.

—Ya. Pues va a ser que no —continúa su padre con crueldad.

Justo en ese momento se oye la voz de su madre.

—La cena está servida. Venid a sentaros, por favor.

Dan deja a su padre con un gesto de desprecio y el rostro encendido y se dirige al comedor. Ha perdido el apetito.

Capítulo 4

4

Irena hace casi todo el trabajo, llevando con eficiencia y en silencio la cena al comedor —las verduras, las patatas, las guarniciones y las salsas— mientras Sheila acarrea el pavo asado en una ornamentada fuente para dejarla con cuidado junto a Fred. Irena se pregunta si alguna vez tendrá que dejar de hacerlo. Es evidente que el pavo pesa demasiado y Sheila ya no es ninguna jovencita. Teme el día en el que Sheila se tuerza un tobillo con esos tacones y termine echándose encima el pavo. Fred siempre se encarga de trincharlo. Es una tarea que se toma en serio, como hombre de la casa. Se pone de pie mientras los demás siguen sentados, esperando. Blande el cuchillo de la carne mientras cuenta alguna anécdota entre pausas para darle más emoción. No le importa que la comida se enfríe.

Fred está presidiendo la mesa, con Sheila en el lado opuesto. Catherine, Ted y Lisa están a la derecha de Fred mientras que Jenna, Jake y Dan están a su izquierda. Irena ocupa el asiento más cercano a la cocina, apretada en diagonal entre Dan y Sheila.

Según Sheila, supone demasiado trabajo extender el ala abatible de la mesa, aunque sería Irena quien lo hiciera. Si hubiese venido Audrey, la hermana de Fred, lo habrían hecho. Pero Audrey no está esta noche. Tiene gripe.

Mientras Fred trincha el pavo, Irena observa a los demás en la mesa sin que nadie se dé cuenta. Resulta bastante sencillo si eres la asistenta que ha estado con la familia desde que los niños llevaban pañales. Nadie le presta mucha atención y los conoce a todos muy bien. Sheila oculta algo. Es evidente que hay alguna cosa que le preocupa. Irena sabe lo de las nuevas pastillas para la ansiedad que hay en el botiquín del baño. Es difícil ocultarle un secreto así a la asistenta. Se pregunta por qué habrá empezado Sheila a tomarlas. Dan tiene el rostro de un color rojo oscuro, como si hubiese sufrido otra reprimenda, y es el único que no mira a Fred trinchar el pavo. Jenna ha traído otro juguete con ella —un hombre esta vez—. Y Catherine..., en fin, Catherine está deleitándose entre la porcelana, la cristalería y los destellos de la cubertería de plata. Es la única que parece disfrutar. Ted se está comportando; Irena puede notar su contención.

Siente que se le encoge el corazón al verlos a todos. Les tiene cariño a los niños y se preocupa por ellos, especialmente por Dan, aunque ya sean mayores y no vivan en la casa. Ya no la necesitan.

La cena está servida y empiezan a comer. Todos hincan el diente: carne oscura, relleno blanco y patatas gratinadas, fiambre de jamón, panecillos con mantequilla, ensaladas y salsas. Y hablan, como cualquier otra familia. Fred hace comentarios sobre el nuevo yate de un amigo. Irena se da cuenta de que está bebiendo mucho vino —el mejor chardonnay de la bodega— y con rapidez, lo cual no es nunca una buena señal.

Jenna ha terminado de cenar. Deja el cuchillo y el tenedor en diagonal sobre su plato de borde dorado y lanza una mirada alrededor de la mesa. Dan ha estado silencioso; se da cuenta de que no ha pronunciado palabra. Su mujer, Lisa, sentada frente a él, no ha dejado de mirarle con gesto de preocupación. Jenna sospecha que Dan y su padre han tenido antes una bronca: hay en el ambiente una tensión que le es familiar. Su madre parece estar parloteando más animadamente de lo habitual, un claro síntoma de que algo va mal. Nota que la mano derecha de Jake va subiendo por su muslo por debajo del mantel. Catherine parece la de siempre: una princesa, con sus perlas y su convencional y atractivo marido masticando educadamente a su lado. Su padre no ha dejado de beber vino y parece como si tuviera algo en mente. Conoce esa mirada.

Entonces, él golpetea la copa con su tenedor para llamar la atención de todos. Es su gesto habitual cuando tiene algún anuncio que hacer, y es un hombre al que le gusta hacer anuncios. Tiene un ego gigantesco. Disfruta lanzando bombas para ver la reacción que provoca en la cara de todos. Es así como, al parecer, ha dirigido su negocio y es así como ha dirigido a su familia. Ahora, todos los ojos le miran inquietos. Incluso Dan. Jenna sabe que Dan lo ha estado pasando fatal. Seguramente ya no hay nada más que pueda hacerle a Dan. Así que quizá le toque a ella. O a Catherine. Nota cómo se pone en tensión.

—Hay algo que deberíais saber —dice su padre mientras mira a cada uno alrededor de la mesa.

Jenna ve que Catherine la está mirando como si estuviese pensando lo mismo: «Te toca a ti o a mí». Su padre se toma su tiempo, desatando la inquietud de todos.

—Vuestra madre y yo hemos decidido vender la casa —añade a continuación.

Le tocó a Catherine. Jenna la mira rápidamente. Parece como si le hubiesen dado un puñetazo en el estómago sin esperárselo. Es evidente que no tenía ni idea de que esto iba a pasar y se ha quedado pasmada. Los músculos de la cara se le han destensado y en su gesto no hay expresión. Todos sabían que Catherine quería quedarse con esta casa algún día. Pues parece que no va a poder ser.

Mira a su madre al otro lado de la mesa, pero Sheila mantiene la mirada baja y evita cruzarla con la de su hija. Así que a esto se debía lo de tanto parloteo, piensa Jenna. Sabía que esto iba a pasar. Jenna siente una oleada de rabia. ¿Por qué es tan condenadamente malvado? ¿Por qué su madre se lo permite?

Catherine trata de recomponerse, pero no puede engañar a nadie.

—¿Por qué la vendéis? Yo creía que os encantaba esta casa.

—Es demasiado grande para los dos solos —responde Fred Merton—. Queremos hacer recortes, comprar algo más pequeño. Esta casa requiere demasiado mantenimiento.

—¿A qué te refieres? —pregunta Catherine elevando la voz, empezando a mostrar su rabia—. Tú ni siquiera tienes que ocuparte de ese mantenimiento. Tienes una empresa de jardinería, un servicio de retirada de la nieve, Irena se ocupa de toda la limpieza. ¿Qué mantenimiento?

Su padre la mira como si acabara de darse cuenta de su aflicción.

—¿Qué pasa? ¿Es que la querías para ti?

Jenna ve cómo un tono rosáceo se va extendiendo por la piel pálida de Catherine.

—Es solo que... nos hemos criado en esta casa —contesta—. Es la casa familiar.

—Nunca me imaginé que fueses tan sentimental, Catherine —replica su padre con tono despreocupado a la vez que vuelve a llenarse la copa de vino.

La cara de Catherine se vuelve entonces roja de rabia.

—¿Y qué pasa con Irena? —pregunta mirando a su antigua niñera que está al otro lado de la mesa y, a continuación, de nuevo a su padre.

—¿Qué pasa con ella? —Habla como si no estuviese en la mesa, como si no se encontrara en la misma habitación.

—¿Vas a dejar que se vaya sin más?

Su padre posa la copa de vino en la mesa con un golpe sordo.

—Imagino que la seguiremos manteniendo, con reducción de jornada. Pero, Catherine, ahora mismo solo está viniendo dos días a la semana. Esto no va a acabar con ella.

—¡Forma parte de la familia!

Jenna mira con disimulo a Irena. Está completamente inmóvil, sin apartar la vista de su padre, pero hay un destello en sus ojos. Catherine tiene razón, piensa Jenna. Sin duda están en deuda con ella. Prácticamente, los ha criado a todos.

—Siento que esto afecte a tus expectativas —dice su padre sin parecer lamentarlo en absoluto—. Pero la decisión ya está tomada.

—No tenía ninguna —responde Catherine con aspereza.

—Bien. Porque deja que te diga una cosa sobre las expectativas. Es mejor no tenerlas porque vas a sufrir una decepción. Igual que yo esperaba que nuestro Dan se ocupara algún día del negocio familiar, pero preferí venderlo antes de ver cómo lo llevaba a la ruina.

Lisa contiene el aliento de forma audible. Dan mira a su padre con la cara pálida y la boca apretada con gesto sombrío. Su madre niega con la cabeza, casi de forma imperceptible, como diciéndole a su marido que no vaya por ahí. Él no le hace caso, como siempre. Sheila es demasiado débil para él, siempre lo ha sido, piensa Jenna. Ha habido ocasiones en que todos la han odiado por ello. Por no salir en su defensa, por no protegerlos. Incluso ahora, es como si su madre ni siquiera estuviera presente. Él ha tomado esta decisión sin ella, aunque diga lo contrario. Jenna puede sentir a Jake a su lado, viéndolo todo abochornado. Ha apartado la mano de su pierna.

Pero su padre no ha hecho más que empezar. Feliz Pascua a todos. Esta será digna de recordar.

—Y nuestra Jenna... —dice dirigiendo su intensa mirada hacia ella.

Se pone en guardia. Jenna ya ha sido antes el objeto de su ira. No piensa encogerse delante de él. No es más que un matón. Un matón despreciable, y todos lo saben.

—Teníamos muchas esperanzas puestas en ti también —continúa Fred a la vez que se inclina hacia ella por encima de la mesa fulminándola con la mirada—. Todo ese supuesto talento. Menudo desperdicio. ¿Cuánto tiempo más esperas que te siga manteniendo?

—El arte requiere tiempo —espeta ella.

—Has sido una verdadera decepción —insiste él con tono de desprecio.

Ella finge no hacerle caso, aunque le duela oír lo que le dice.

—Como padres vuestros también teníamos expectativas. Es un arma de doble filo. Esperábamos más de nuestros hijos. Queríamos sentirnos orgullosos de vosotros.

—Deberíais estarlo —le interrumpe Catherine—. Hay montones de cosas de las que sentirse orgullosos. Solo que no las veis. Nunca las habéis visto.

—Es verdad. Estamos orgullosos de ti, Catherine —responde él con condescendencia—. Al menos, tú eres médica. Pero ¿dónde están mis nietos?

Hay un breve silencio de estupefacción.

—Esto es increíble —interviene Ted, para sorpresa de todos. Se pone de pie con brusquedad—. Nos vamos. —Agarra a Catherine del codo y ella se pone también de pie, incapaz de cruzar la mirada con nadie. Juntos, se alejan de la mesa, pasan por detrás de Fred y se dirigen a la entrada.

—Sí, salid huyendo. Cuánta madurez.

Sheila aparta su silla y corre detrás de Catherine y Ted. Los demás se quedan en la mesa, todavía pasmados.

En ese momento, Dan se levanta y, tras lanzar su servilleta como si fuese un guante, se aleja también de la mesa y Lisa se apresura detrás de él.

—Nosotros también nos vamos —dice Jenna. Se pone de pie y Jake la sigue, obediente. Todos se van a perder el postre. Desde la entrada, Jenna se gira hacia el comedor. Irena ha desaparecido por la cocina, pero su padre sigue sentado solo presidiendo la mesa, dando un fuerte trago a su vino. Siente desprecio por él.

Le da la espalda. Catherine se está poniendo el abrigo mientras su madre trata de retenerla hasta que le haya podido preparar un trozo de tarta para que se la lleve a casa.

—No, no te preocupes, mamá. No queremos tarta —dice Catherine.

—Gracias por la cena, Sheila —añade Ted. A continuación, los dos salen por la puerta con toda la rapidez de la que son capaces.

Dan da un apresurado beso a su madre en la mejilla y se va con Lisa igual de rápido. La puerta se cierra tras ellos. Entonces, Irena emerge inesperadamente al recibidor desde la cocina, se pone el abrigo y se marcha sin decir una palabra mientras Sheila la mira sorprendida y en silencio.

Y ya solo quedan ella y Jake, solos en la casa con sus padres. Jenna cambia de opinión. Se gira para mirar a su padre.

Capítulo 5

5

De algún modo Catherine consigue llegar al coche de Ted, que está en el camino de entrada, sin venirse abajo, pero nada más subir al asiento delantero y abrocharse el cinturón las lágrimas empiezan a brotar.

Ted la mira con preocupación. Se inclina hacia ella y la abraza para consolarla. Por un momento, ella aprieta la cara contra su pecho. Esa pregunta —¿dónde están mis nietos?— le ha dolido en el alma. Llevan ya casi dos años tratando de tener un bebé. Es un tema delicado. Su padre no lo sabe, pero podría habérselo imaginado. Es tan cruel, piensa, tan experto en dar donde más duele. Y la casa. Le pone furiosa que la vayan a vender. No es por el mantenimiento. La vende para que ella no pueda quedársela. Igual que vendió la empresa para que Dan no pudiera tenerla.

Se aparta de Ted para dejarle conducir. Él se abrocha el cinturón, enciende rápidamente el motor y da marcha atrás. Da la vuelta al coche y sale a toda velocidad por el camino de entrada, con el motor revolucionado. Por una vez, ella está tan deseosa de marcharse como él. Respira hondo antes de hablar.

—Tienes razón. No sé cómo lo aguanto. Aunque esto ha sido mucho peor de lo habitual.

—Tu padre es un capullo integral. Siempre lo ha sido.

—Lo sé.

—Y tu madre... Por el amor de Dios, ¿qué le pasa? ¿Es que no tiene sangre en las venas?

Los dos saben la respuesta.

—Siento lo de la casa —dice él mientras se calma y reduce la velocidad del coche—. Sé lo mucho que la querías.

Ella mira con tristeza por el parabrisas hacia la calle. No puede creer que nunca vaya a ser suya.

—¿Es eso lo que tu madre quería contarte? —le pregunta Ted.

—¿Qué?

—Nada más llegar, tu madre dijo que quería hablar contigo sobre una cosa.

—Quién sabe.

—Tu familia es una jodida telenovela. ¿Qué otra cosa podría ser? —pregunta Ted.

—A lo mejor está enferma —responde ella—. A lo mejor es por eso por lo que venden la casa.

Lisa ni siquiera se atreve a preguntar. Teme cuál puede ser la respuesta. Pero durante el trayecto a su casa encuentra el valor para hacerlo.

—¿En algún momento tuviste oportunidad de hablar con tu padre antes de...?

—No —contesta él con brusquedad. Después, la mira y suaviza el tono—: Lo intenté, pero él no quería. De haber sabido lo que iba a pasar, no me habría molestado siquiera.

Ella mira por la ventanilla mientras su marido conduce.

—Es un mierda —dice con desprecio, consciente de que su marido está pensando lo mismo.

Lo siente por Catherine. Fred ha sido muy desagradable con ella. Pero, por mucho que lo lamente, hay una parte de ella que se alegra —o quizá es que se siente aliviada— de que, por una vez, la haya tomado con alguna de sus otras dos hijas. Es reconfortante. Hace que parezca que Dan sea menos culpable de que su padre haya vendido la empresa familiar. Ella ha intentado mantener las esperanzas, pero últimamente ha resultado difícil. Viendo cómo su marido se hundía, sin trabajo, sin dirección. Ha cometido una imprudencia con sus inversiones. ¿Es Dan un buen empresario o no? La verdad es que ya no lo sabe. Pero tiene dudas.

Cuando se casaron hace cuatro años, él ocupaba un buen puesto en la empresa de Fred, con un salario generoso, bonificaciones y un futuro brillante. Nunca estuvo contento ahí. Su padre le hacía la vida imposible en el trabajo, pero creían que Fred se jubilaría algún día y Dan dirigiría la empresa. Se iban a comer el mundo. Cuando Fred la vendió hace unos meses sin contar con ellos fue como..., fue como si alguien se hubiese muerto. Y Dan aún no se ha repuesto de la pérdida. Ella se ha esforzado todo lo que ha podido por consolarle y estar a su lado, por apoyarle y ayudarle a encontrar otro camino. Pero él siempre ha sufrido depresión y, desde que la empresa se vendió, está mucho peor. Hay días en que le cuesta reconocerle.

—Lo de los nietos ha sido un golpe bajo —dice ella ahora.

—Sí.

—¿Crees que sabe que están teniendo problemas para concebir?

—Lo dudo. Ella no se lo habrá contado. Puede que se lo haya dicho a mamá, pero le habrá hecho jurar que guarde el secreto.

—Catherine me lo contó en confianza. Me comentó que no se lo iba a decir a tu madre, pero no sé si al final lo ha hecho.

Dan la mira.

—Te lo contó a ti porque eres buena. A ellos no se lo habría contado. Probablemente lo haya adivinado por casualidad.

Ella se queda en silencio un momento.

—Catherine quería la casa, ¿verdad?

Dan asiente.

—Siempre la ha querido. A mí no me importa lo que hagan. Por lo que a mí respecta, como si se derrumba en un incendio. —Su voz se vuelve más lúgubre—. No es que tenga muchos recuerdos felices en ella.

Lisa le mira con más atención.

—¿Estás bien?

Un coche viene en dirección contraria. Pasa por su lado y la carretera se vuelve a quedar vacía ante ellos.

—Estoy bien —responde Dan apretando el volante.

—Vale. —Ella le mira inquieta.

¿Qué van a hacer? Contaban con que el padre de Dan les prestaría dinero para sacarlos del apuro hasta que Dan se rehiciera. Pero eso no va a pasar.