Julio César (Cayo Julio César): abogado y tribuno militar
Familia de Julio César
Aurelia: madre de Julio César
Cornelia: esposa de Julio César
Cota (Aurelio Cota): tío de Julio César por línea materna
Julia la Mayor: hermana de Julio César
Julia la Menor: hermana de Julio César
Julio César padre
Marco Antonio Gnipho: tutor de Julio César
Líderes y senadores optimates
Cicerón (Marco Tulio Cicerón): abogado y senador
Craso (Marco Licinio Craso): joven senador
Dolabela (Cneo Cornelio Dolabela): senador y gobernador
Lúculo (Lucio Licinio Lúculo): proquaestor en Oriente
Metelo (Quinto Cecilio Metelo Pío): líder de los optimates
Pompeyo (Cneo Pompeyo): juez y senador
Sila (Lucio Cornelio Sila): dictador de Roma
Termo (Minucio Termo): propretor en Lesbos
Líderes y senadores populares
Cinna (Lucio Cornelio Cinna): líder de los populares, senador y cónsul, padre de Cornelia
Fimbria (Cayo Flavio Fimbria): legatus
Flaco (Valerio Flaco): cónsul
Glaucia (Cayo Servilio Glaucia): tribuno de la plebe y pretor
Labieno (Tito Labieno): amigo personal de César, tribuno militar
Mario (Cayo Mario): líder de los populares, siete veces cónsul, tío de Julio César por línea paterna
Saturnino (Lucio Apuleyo Saturnino): tribuno de la plebe
Sertorio (Quinto Sertorio): líder de los populares, hombre de confianza de Cayo Mario
Rufo (Sulpicio Rufo): tribuno de la plebe
Ciudadanos macedonios
Aéropo: padre de Myrtale, noble
Arquelao: joven noble
Myrtale: joven noble, hija de Aéropo
Orestes: anciano noble
Pérdicas: joven noble, prometido de Myrtale
Líderes militares en la isla de Lesbos
Anaxágoras: sátrapa de Mitilene
Pítaco: segundo en el mando de Mitilene
Teófanes: líder de la aristocracia local de Mitilene
Otros personajes
Acilio Glabrión, yerno de Sila
Annia: madre de Cornelia
Cayo Volcacio Tulo: centurión
Claudio Marcelo: alto oficial romano
Cornelio Fagites: centurión romano
Emilia, hijastra de Sila
Hortensio: abogado
Marco: ingeniero romano
Metrobio: actor
Mitrídates IV: rey del Ponto, enemigo acérrimo de Roma en Oriente
Mucia: comerciante de especias y otras sustancias en Roma
Sexto: capitán de barco
Sórex: actor
Un médico griego
Valeria: esposa de Sila
Vetus: ingeniero romano
Teutobod: rey de los teutones
Y praecones, esto es, funcionarios de justicia, esclavas, esclavos, atrienses, legionarios, oficiales romanos, oficiales pónticos, ajustadores de clepsidras, ciudadanos romanos anónimos, etcétera.
La mujer hablaba a su bebé mientras lo acunaba:
—Recuerda siempre esta historia de tu origen, de tu principio, del comienzo de la gens Julia, de la familia de tu padre. Yo, tu madre, vengo de una estirpe antigua, la gens Aurelia, cuyo nombre conecta con el del sol, pero a mi sangre se une la de tu padre, que, a diferencia del dinero amasado por corruptelas y violencias de las otras familias, es la gens más noble y la más especial de toda Roma: la diosa Venus yació con el pastor Anquises y de ahí surgió Eneas. Luego, Eneas tuvo que huir de una Troya en llamas, incendiada por los griegos. Escapó de la ciudad con su padre, su esposa Creúsa y su hijo Ascanio, a quien nosotros en Roma llamamos Julo. El padre, Anquises, y la esposa de Eneas, Creúsa, fallecieron durante el largo periplo que los condujo desde la lejana Asia hasta Italia. Aquí, Julo, el hijo de Eneas, fundó Alba Longa. Años más tarde, la hermosa princesa Rea Silvia de Alba Longa, descendiente directa de Julo, sería poseída por el mismísimo dios Marte y de esa unión nacieron Rómulo y Remo. Rómulo fundó Roma y de ahí hasta ahora. Tu familia entronca directamente con Julo, de donde toma el nombre de gens Julia. En este mundo que aguarda tus primeros pasos, están los patricios, la mayoría senadores, y, de entre ellos, algunos muy ricos que han alimentado sus inmensas fortunas en los últimos años de crecimiento de Roma, y, por esa razón, se creen elegidos y especiales, como si estuvieran señalados por los dioses. Se sienten con derecho a todo y por encima de los ciudadanos, del pueblo de Roma, y también por encima de los socii, nuestros aliados en Italia. Estos senadores viles se llaman a sí mismos optimates, los mejores, pero, hijo mío, sólo tu familia desciende directamente de Julo, del hijo de Eneas, sólo tú eres sangre de la sangre de Venus y Marte. Sólo tú eres especial. Sólo tú, mi pequeño. Sólo tú. Y ruego a Venus y a Marte que te protejan y que te guíen tanto en la paz como en la guerra. Porque vas a vivir guerras, hijo mío. Ése es tu destino. Ojalá seas, entonces, tan fuerte como Marte, tan victorioso como Venus. Recuérdalo siempre, hijo mío: Roma eres tú.
Y Aurelia repitió al oído de su hijo de apenas unos meses aquella historia una y otra vez como si fuera una oración, y así, sin darse cuenta, aquellas palabras entraron en la mente del pequeño y lo acompañaron durante años. Y las palabras de Aurelia permearon en su interior y quedaron en su recuerdo, grabadas, como talladas en piedra, forjando, para siempre, el destino de Julio César.
Mediterráneo occidental
Siglos II y I a. C.
Roma crecía sin límite.
Desde la caída del Imperio cartaginés, Roma se había constituido en la potencia dominante que controlaba todo el Mediterráneo occidental. Y no sólo eso, sino que además de dirigir los destinos de Hispania, Sicilia, Cerdeña, varias regiones del norte de África y toda Italia, empezaba a mirar con ansia hacia el norte, hacia la Galia Cisalpina, por un lado, y hacia oriente, hacia Grecia y Macedonia, por otro.
Aquel gigantesco crecimiento enriquecía las arcas del Estado romano, pero el reparto de tanta opulencia y de tantas nuevas tierras no era igualitario: un pequeño grupo de familias aristocráticas, reunidas en torno al Senado, acumulaban terrenos y dinero año tras año, mientras que a la inmensa mayoría de los habitantes de Roma y a los campesinos de las poblaciones vecinas apenas se les invitaba a aquel descomunal festín de riqueza y poder: las tierras quedaban en manos de unos pocos senadores latifundistas, a la par que el oro y la plata y los esclavos terminaban también en manos de aquellas mismas familias patricias senatoriales.
Tanta desigualdad encendió el conflicto interno: la Asamblea del pueblo romano, liderada por sus máximos representantes, los tribunos de la plebe, se enfrentó contra el Senado reclamando un reparto más equitativo de poder y dinero. Aparecieron hombres audaces que exigieron justicia y redistribución de tierras. Tiberio Sempronio Graco fue uno de ellos. Hijo de Cornelia y, por tanto, nieto de Escipión el Africano, fue elegido tribuno de la plebe y promovió una ley de reparto de la tierra en el año 133 a. C., pero el Senado envió decenas de sicarios a emboscarlo en la explanada del Capitolio y fue asesinado a plena luz del día a mazazos. Su cuerpo fue arrojado al Tíber, sin recibir sepultura alguna. Su hermano, Cayo Sempronio Graco, elegido también tribuno de la plebe, volvió a intentar poner en marcha las reformas que Tiberio promoviera doce años antes. Fue en ese momento cuando el Senado promulgó por primera vez un senatus consultum ultimum, mediante el cual los senadores daban a sus dos líderes, los cónsules de Roma, autoridad para detener y ejecutar a Cayo Graco y a cualquier otro tribuno de la plebe que promoviera semejantes reformas de reparto de tierras. En el 121 a. C., rodeado por sicarios dirigidos por los cónsules y el Senado, Cayo Graco pidió a un esclavo que lo matara para no caer muerto en manos de sus enemigos.
Los partidarios de las reformas se agruparon en torno al partido de los denominados «populares», que defendían las propuestas de los malogrados Graco, mientras que los senadores más conservadores se asociaron en lo que se dio en denominar como el partido de los optimates, es decir, «los mejores», pues se consideraban superiores al resto. Roma estaba dividida, oficialmente, en dos bandos irreconciliables. A estos dos grupos se añadía un tercero en discordia, los socii: los habitantes de las ciudades aliadas de Roma en Italia, que veían cómo las decisiones que afectaban a su futuro las tomaban senadores o ciudadanos romanos sin tenerlos a ellos en cuenta. Este tercer grupo empezó a reclamar la ciudadanía romana y con ella el derecho a voto para poder así tomar parte en aquellas decisiones que tanto los afectaban.
La Asamblea de Roma terminaría eligiendo nuevos tribunos de la plebe que, una y otra vez, intentarían poner en marcha las reformas promovidas por los Gracos años atrás. Pero todos serían aniquilados por sicarios armados y a sueldo de los senadores. Roma estaba partida en tres: populares, optimates y socii. Apareció entonces un joven romano, patricio de origen, pero sensible a las reclamaciones de los populares y de los socii, que se percató de que había un cuarto grupo en liza, al que nadie prestaba atención aún: los provinciales, los habitantes de las nuevas provincias que Roma iba anexionándose desde Hispania hasta Grecia y Macedonia, desde los Alpes hasta África.
Este joven pensaba que las cosas tendrían que cambiar de una vez por todas, pero él apenas tenía veintitrés años y estaba solo. De hecho, muy pocos repararon en él hasta un juicio que tuvo lugar en el año 77 a. C., donde este hombre aceptó intervenir como fiscal acusador, pese a su juventud.
El acusado, por corruptio mientras ejercía de gobernador en la provincia de Macedonia, era el todopoderoso optimas senator Cneo Cornelio Dolabela, brazo derecho del líder supremo de los senadores optimates, Lucio Cornelio Sila.
El tribunal —compuesto por otros senadores, según las leyes de Sila que habían abolido la separación entre justicia y Senado— estaba predispuesto a exonerar a Dolabela, quien, además, había contratado a los dos mejores abogados defensores de la época: Hortensio y Aurelio Cota. Por eso nadie había aceptado ser fiscal en una causa perdida desde su inicio. Sólo un loco o un iluso podía aceptar ejercer la acusación en semejantes circunstancias.
Dolabela se echó a reír cuando por fin le dijeron quién iba a ser el acusador, y continuó celebrando fiestas y banquetes, relajado y seguro de sí mismo, a la espera de un juicio que sabía ya ganado.
El nombre del joven e inexperto fiscal era Cayo Julio César.
En la petitio, una persona libre solicita a un abogado que acepte o bien ser su defensor o bien su fiscal en una causa en Roma. En el caso de un no romano, éste debía encontrar a un ciudadano romano que aceptara ser su abogado, en particular si deseaba enjuiciar a alguien poseedor de la ciudadanía romana.
Domus
de la familia Julia, barrio de la Subura
Roma, 77 a. C.
—Todos los que lo han intentado están muertos. Caminas directo al desastre. No debes, no puedes aceptar lo que te proponen. Es suicida. —Tito Labieno hablaba con vehemencia, con la pasión del amigo que intenta persuadir a alguien de que no cometa el error más grande de su vida—. No se puede cambiar el mundo, Cayo, y este juicio va de eso precisamente. ¿He de recordarte el nombre de todos los que han muerto intentando ese cambio y enfrentándose a los senadores? Ellos siempre han mandado y van a seguir haciéndolo. No hay opción para cambiar nada. Se trata más bien de unirnos a los que mandan o alejarnos de ellos, pero nunca, ¿me oyes, Cayo?, nunca enfrentarse a los senadores optimates. Eso es la muerte. Y lo sabes.
César escuchaba atento a su amigo de infancia. Sabía que le hablaba con honestidad. Él, de momento, no decía nada.
Cornelia, la joven esposa de César, de diecinueve años, asistía a la escena en pie, en el centro del atrio de la domus. De hecho, él daba vueltas en torno a ella mientras ponderaba el consejo de Labieno y rumiaba ensimismado qué respuesta dar a los macedonios que habían venido a solicitar su ayuda.
A Labieno el silencio de César lo inquietaba. Empezaba a temer que sus palabras no bastasen para persuadirlo. Por eso, al verlo girar alrededor de Cornelia —todo un símbolo de lo central que para César era su esposa—, se aferró a ese amor que él le profesaba y que era de todos conocido, y recurrió a ella:
—Cornelia, por Hércules, tú amas a tu esposo. Dile que por ti, que por su madre, que por su familia, rechace esta locura. Dolabela es intocable. Cayo casi muere al oponerse a Sila, pero si se enfrenta de modo directo en un juicio contra su brazo derecho, tu marido es hombre muerto. ¡Por todos los dioses, dile algo!
Cornelia parpadeaba mientras escuchaba a Labieno.
En ese momento, se oyó un llanto. La pequeña Julia, hija de César y Cornelia, de apenas cinco años, apareció en el atrio seguida de cerca por una esclava.
—Lo siento, mi ama, lo siento —se disculpaba la esclava—. Es muy rápida.
—Mamá, mamá... —gritaba la niña, y se aferró a las rodillas de su madre.
La irrupción de la pequeña Julia rescató a su madre de tener que pronunciarse sobre lo que Labieno le demandaba.
—Ahora regreso —dijo Cornelia mientras cogía de la mano a su hija y se la llevaba del lugar.
César, con el semblante serio, asintió mirando a su esposa.
—Papá —dijo la niña al pasar cerca de él.
Cayo Julio César sonrió a su hija.
Cornelia tiró de ella y desapareció junto con la esclava por un extremo del atrio.
Labieno se encontró solo en su tarea de intentar persuadir a su amigo de que desistiera de aceptar aquel encargo envenenado, pero no por ello pensaba rendirse. Así que continuó hablando, pese a que los representantes de la provincia de Macedonia que querían contratar al joven Julio César como abogado seguían allí mismo. Pérdicas, Arquelao y Aéropo eran sus nombres. Éstos se sentían incómodos ante aquellas palabras de Tito Labieno, pero no se atrevían a interrumpir el debate entre dos ciudadanos romanos.
—Escúchame bien, Cayo —proseguía Labieno pese a las hostiles miradas de los macedonios—, si aceptas, te masacrarán en el juicio, primero, y luego te asesinarán en cualquier calle oscura o a plena luz del día en el foro. No sería la primera vez. Desde la muerte de tu tío Mario y la victoria absoluta de Sila, los senadores optimates cada vez actúan con más osadía. Se sienten más fuertes que nunca. Son más fuertes que nunca. Pero, escucha bien lo que te digo, incluso si ocurriera el improbable desenlace de que el tribunal fallara a tu favor, te estarías enfrentando a Cota, a tu propio tío, al hermano de tu madre, a quien Dolabela ya ha contratado como defensor. ¿Es eso lo que quieres? ¿Obligar a tu madre a que se vea forzada a decidir, a elegir entre su propio hermano o su hijo?
Ante esas palabras, Julio César alzó levemente las manos, como si rogara a su amigo que callara, bajó la mirada y se quedó observando el mosaico resquebrajado del suelo de la domus de su familia. Eran del orden patricio, pero últimamente el dinero no abundaba como debiera, no desde la caída de su otro tío, del gran Cayo Mario. Sila les había confiscado numerosos bienes a la familia Julia por haber sido seguidores y promotores de la facción popular en Roma. No tenían dinero ni para reparar aquel maldito mosaico agrietado. Pero aquello no era lo que preocupaba al joven César.
—Ésa es la clave —dijo al fin.
En ese instante reapareció Cornelia y, en silencio, con sigilo, recuperó su posición junto a su esposo en el centro del atrio. La niña ya estaba de nuevo atendida por las esclavas. Julia estaba llorosa: había estado mala, pero ya parecía ir recuperándose. Cornelia sabía que la pequeña detectaba la tensión en la casa y eso la afectaba. Dicen que los niños perciben el desastre cuando éste acecha. ¿Sería cierto? La mujer de César vio sus pensamientos interrumpidos por la voz serena y firme de su esposo.
—¿Está bien Julia?
—Está bien. No tiene ya fiebre. No te preocupes por ella —respondió Cornelia con rapidez y precisión, siempre atenta a apoyarle. No era momento de intranquilizarlo sin necesidad. Había asuntos en juego más relevantes que los berrinches de una niña.
—¿Cuál es la clave? —retomó Labieno la conversación donde se había interrumpido: había dicho tantas cosas para intentar convencer a su amigo de que no se involucrara en aquel juicio contra Dolabela, que ahora no sabía a qué podía estar refiriéndose César.
—Mi madre —contestó Julio, y pronunció su nombre en alto, despacio, como si ponderara con cada letra la gran autoridad que para él seguía teniendo su madre en sus decisiones—: Aurelia. ¿Qué es lo que ella consideraría mejor: que acepte ser el acusador en un juicio en el que mi tío Cota es abogado de la defensa y, en consecuencia, como bien dices, se genere así un enfrentamiento en la familia o, que, por el contrario, no acepte, no me inmiscuya en el asunto pese a que por dentro me hierva la sangre? Dolabela fue uno de los miserables aliados de Sila. Y si sólo la mitad de lo que cuentan es cierto —añadió señalando a los macedonios—, ha perpetrado crímenes horribles, delitos aún más execrables en un senador que debería dar ejemplo con su comportamiento; crímenes, a fin de cuentas, por los que debería pagar un alto precio. Dolabela es, en definitiva, uno de nuestros enemigos. ¿He de dejarlo escapar ahora que lo puedo someter a juicio público, después de tanto daño como nos ha hecho él apoyando y aprovechándose de las confiscaciones de bienes a las que nos sometió Sila?
—No eres lo bastante fuerte para enfrentarte a tu tío Cota y a Hortensio, que tienen mucha experiencia como abogados defensores; y a los jueces, que estarán comprados, sobornados, con toda seguridad —opuso Labieno con sentido común.
La compra de jueces era habitual en Roma cuando el acusado era un senador poderoso y rico. Y más desde que, con la reforma judicial de Sila, los tribunales que encausaban a senadores también los formaban senadores. Dolabela había sido cónsul, había sido merecedor de un triunfo por derrotar a los tracios y había amasado una gran fortuna a la sombra de las proscripciones del dictador Sila y, a lo que se veía, según decían los representantes macedonios allí presentes, había incrementado aún más su inmensa fortuna malversando fondos públicos y cobrando a los habitantes de toda aquella rica provincia romana tributos que él mismo inventaba. Y el dinero era el que ganaba siempre en los juicios en Roma. Dolabela era un senador demasiado rico como para que otros patres conscripti[1] se atrevieran a condenarlo. La magnitud de los crímenes no importaba. Que hubiera perpetrado más delitos, más allá de robar dinero, daba igual.
—Cornelia, por todos los dioses, por lo que más quieras, ayúdame a impedir que tu esposo cometa esta locura —apeló Labieno de nuevo, mirando a Cornelia.
Se hizo el silencio.
Ahora no entró ninguna niña ni hubo interrupción alguna que pudiera rescatarla de manifestarse con claridad sobre el asunto que se debatía. Labieno sabía que la opinión de Cornelia, pese a su juventud, era importante para César.
Ella bajó la mirada y se quedó observando la cicatriz del gemelo izquierdo de Labieno, una herida que lo unía a su esposo para siempre y por la que le debía lealtad infinita. A ella no le gustaba contravenir a Labieno en nada, pero el criterio de su esposo, lo que pensara César, al fin, estaba siempre por encima de cualquier otra cosa.
—Lo que decida mi esposo... —empezó—, lo que decida mi esposo será lo correcto. Y yo estaré con él. Como siempre —lo miró a los ojos—, y como él siempre ha estado conmigo.
Los dos hombres sabían que Cornelia aludía a un pasado cercano donde el amor de César por ella se puso a prueba de forma cruel e inclemente, y en donde él demostró de qué madera estaban hechas sus entrañas.
—Lo que tú decidas —repitió ella, y fijó la vista en el suelo. No pensaba intervenir más.
César agradeció que Cornelia no le pusiera las cosas más difíciles. La amaba tanto que ella podría influir en un sentido o en otro.
Su neutralidad le daba libertad de acción. Estaba claro que, después de lo pasado con Sila, ella ya no necesitaba más pruebas de amor por su parte.
Por otro lado, lo que decía su amigo tenía toda la lógica del mundo: aceptar la propuesta de los macedonios era suicida y además conducía a un enfrentamiento en el seno de la familia. Suspiró.
—Llamemos a tu madre —dijo entonces Labieno, que veía cómo, por fin, empezaba a dudar.
—¡No! —replicó César con vehemencia.
El otro se detuvo.
—Si hay algo que tengo claro, es que mi madre querría que tomara mi decisión a solas —se explicó César—. Tal y como ha sugerido Cornelia ahora mismo. Mi madre... siempre me enseñó a ser independiente, da igual cuánto la estime y cuánto valore sus consejos. Desde hace tiempo quiere que las decisiones importantes las tome solo, y así será en esta ocasión.
Labieno negó con la cabeza, aunque, en su fuero interno, buen conocedor de las costumbres y caracteres de todos los miembros de la familia de su amigo, intuía también que eso era exactamente lo que la muy respetada Aurelia habría dicho en caso de que la convocaran allí en aquel preciso instante; justo como había afirmado Cornelia: César debía decidir por sí mismo. Era como si aquella matrona hubiera querido forjar en su joven hijo un líder nato, alguien que no se detuviera ante nada y ante nadie. Y era como si la joven esposa hubiese aceptado ese rasgo como algo inherente e inseparable de la figura de su marido. Pero aquello, para Labieno, sólo podía conducir al desastre...
Julio César miró a los macedonios.
—¿Por qué yo?
Los representantes de la provincia oriental se miraron entre sí, hasta que Aéropo, el más veterano, se decidió a responder:
—Sabemos que el joven Julio César se enfrentó al terrible dictador Sila cuando muchos se sometieron a sus desmanes, y también a Dolabela, a quien acusamos de robar el dinero de nuestros compatriotas y de otros ultrajes aún más abyectos... —Aquí tuvo que tragar saliva para no entrar de nuevo en asuntos que tocaban muy de cerca a su propia hija Myrtale—. Ultrajes... que ya hemos referido. Como decía, Dolabela fue amigo del peligroso Sila. Nos han dicho que en ocasiones fue su brazo derecho, en la guerra o en la represión de sus opositores en Roma. Sólo alguien que no temió a Sila en el pasado será capaz de enfrentarse a Dolabela y su dinero, sus artimañas y su crueldad presentes. Por eso hemos venido a rogar al joven Julio César que acepte ser él, y no otro, nuestro abogado, nuestro acusador. Según las leyes de Roma, sólo un ciudadano romano puede llevar a juicio a otro ciudadano romano. Y no creo que encontremos muchos otros ciudadanos romanos que osen asumir el riesgo de encararse con alguien como el exgobernador y excónsul Cneo Cornelio Dolabela y...
En ese momento, Labieno interrumpió al emisario macedonio:
—Lo admito, Cayo, este hombre tiene razón en algunas cosas, pero en cuestiones terribles: Dolabela es, en efecto, cruel, es peligroso, tiene mucho dinero y no dudará en usarlo comprando al tribunal o pagando sicarios que acaben contigo si las cosas se ponen mal para él durante el juicio. Y sí, te enfrentaste a Sila y casi te costó la vida. La diosa Fortuna estuvo contigo entonces, aunque no creo que sea inteligente vivir de nuevo al límite y que tengas que averiguar si los dioses, una vez más, van a salvarte o a abandonarte. Sé que crees que Venus y Marte te protegen, pero, te lo ruego, no los pongas de nuevo a prueba.
Cayo Julio César inspiró hondo mientras asentía varias veces y miraba, alternativamente, a su amigo Labieno y a los enviados macedonios.
Contuvo la respiración.
Bajó la mirada.
Puso los brazos en jarras.
Asintió una vez más mirando al suelo.
Alzó los ojos y los fijó en los macedonios:
—Acepto ser vuestro abogado. Seré el fiscal en ese juicio.
Labieno negó con la cabeza.
Cornelia cerró los ojos y rogó en silencio que los dioses protegiesen de veras a su esposo.
Los macedonios se inclinaron en señal de reconocimiento, se despidieron educadamente, no sin antes depositar sobre una mesa que había en el atrio de la domus un pesado saco de monedas, como primer pago por los servicios de su fiscal, y salieron dejando atrás a los dos amigos y la joven esposa. No es que los macedonios tuvieran prisa, más bien temían que Julio César se pensara mejor lo que acababa de decir y se echara atrás. Preferían salir de allí a toda velocidad con el compromiso de aquel ciudadano de Roma de ser su acusador contra el todopoderoso Dolabela. Seguían muy persuadidos, como todos en la gran ciudad del Tíber, de que el juicio se perdería, pero al menos estaba en marcha un intento de venganza. Si no funcionaba, ya tenían otro plan pensado: Dolabela, lo tenían claro, iba a morir por todo lo que les había hecho. Lo que no sabían era a cuántos se llevaría el excónsul por delante: quizá a todos ellos, incluido el joven fiscal que había aceptado iniciar el juicio. Les daba igual. Los macedonios iban a muerte. En su ingenuidad no calibraban bien la fortaleza descomunal de su enemigo.
En el atrio de la domus de la familia Julia en el centro de la Subura, Labieno suspiraba sumido en el más absoluto desaliento.
Julio César volvía a mirar al suelo. La decisión estaba tomada, pero, aun así, no dejaba de preguntarse cómo iba a reaccionar su madre. Eso era lo único que le preocupaba en aquel instante. Pensaba en todo aquello que le relató su madre de lo que ocurrió cuando él apenas tenía unos meses. ¿Se repetiría la historia con él ahora como víctima del eterno pulso entre optimates y populares? ¿Terminaría él igual que los demás?
Sintió entonces los brazos suaves de su mujer abrazándolo por la espalda.
César cerró los ojos y se dejó abrazar.
Lo necesitaba.
Domus de la familia Julia, Roma,
99 a. C., veintidós años antes del juicio contra Dolabela
Era periodo de elecciones; era, en consecuencia, periodo de violencia.
La brutalidad, la muerte y la locura parecían campar a sus anchas cuando se acercaba el momento de reelegir a los hombres que debían ocupar los cargos más importantes de la República: cónsules, tribunos de la plebe y pretores.
Aurelia tenía en sus brazos a Cayo Julio César, su hijo de apenas unos meses. El niño había estado tranquilo toda la tarde, pero con los gritos que llegaban desde el atrio, se despertó y empezó a llorar. Aquello enfureció a Aurelia. Al pequeño le costaba dormir. Era un niño muy inquieto y la joven matrona estaba convencida de que hacían falta calma y sosiego para conciliar el sueño. Por eso, cuando conseguía dormirlo, la encolerizaba que lo despertaran a gritos. Ella sabía de las elecciones y de las tensiones políticas incontroladas en las que estaba sumida Roma, pero para Aurelia la única prioridad en aquel momento era el descanso de su joven vástago.
—Cógelo —ordenó Aurelia al tiempo que, con cuidado, entregaba el pequeño a la esclava nodriza—. Intenta tranquilizarlo mientras yo hago que esos salvajes guarden silencio o que, al menos, dejen de vociferar como locos.
Aurelia caminó decidida por los pasillos de la domus de la familia Julia, su familia ahora, desde que se desposó con Cayo Julio César padre, hacía unos años. Estaba airada y había pensado irrumpir en el atrio clamando a los dioses y encarándose con su esposo y sus amigos por gritar, cuando distinguió con nitidez la voz de su cuñado Cayo Mario.
Se detuvo un instante.
Mario había sido elegido seis veces cónsul, cinco de forma consecutiva pese a que las leyes no favorecían semejante opción, y a Aurelia le llamó la atención que, por primera vez desde que lo conocía, Mario hablara con... miedo. Para que alguien seis veces cónsul, victorioso en decenas de confrontaciones y batallas contra los bárbaros que acechaban Roma, hablara con miedo..., algo grave debía estar pasando.
Inmóvil al final del pasillo, junto a la entrada al atrio, aguzó el oído.
—Saturnino y Glaucia se han vuelto locos —decía el veterano cónsul.
Aurelia apretó los labios. Saturnino y Glaucia eran los tribunos de la plebe del momento. Asintió para sí. Tribunos fuera de control... Eso siempre terminaba en un enfrentamiento mortal con el Senado, en revueltas, disturbios y sangre por todas las calles de Roma.
Inspiró hondo y entró en el atrio.
No saludó, aunque era su deber. Fue su forma de mostrar su enfado, pero no clamó a los dioses ni elevó el tono. De hecho, la idea era que todos hablaran con voz más calmada.
—¿Por qué dices que Saturnino y Glaucia han perdido la razón? —preguntó directamente a Mario al tiempo que se ponía al lado de su esposo y lo cogía del brazo un instante a modo de saludo—. Habéis despertado al niño con vuestros gritos. Espero que sea por algo serio que se interrumpe el sueño de mi hijo y no por una más de las tantas discusiones políticas que sostenéis habitualmente.
—No es una discusión más, Aurelia —replicó él mirándola con cierto aire de desaprobación, al ver que su esposa no saludaba con el debido respeto.
—Cayo Mario sabe que aquí es siempre apreciado —dijo ella de inmediato como respuesta a la mirada de su marido—, y como buen militar que es, estoy segura de que valora que vaya al grano, ¿no es así, clarissime vir y cónsul de Roma? —apostilló con una leve sonrisa dirigida a su cuñado.
A Mario, en efecto, siempre le parecía bien evitar rodeos en la conversación. Victorioso en las guerras contra Yugurta en África y contra los cimbrios y teutones en el norte, le gustaba aquella mujer con la que se había desposado su cuñado. Aurelia era atractiva, era inteligente y estaba seguro de que podría haber sido un gran legatus de las legiones si no hubiera sido mujer.
—No hace falta que te incomodes por la forma de ser de tu esposa, Cayo. Aquí, sin duda, ya nos conocemos todos —dijo afable el cónsul, para, acto seguido, mirar fijamente a Aurelia—. Pero no, no se trata de una discusión como las otras: Saturnino y Glaucia han pagado a sicarios para que asesinen a Memio, el segundo candidato a cónsul de los optimates.
—Han usado violencia contra violencia —replicó Aurelia mientras se reclinaba en un triclinium y hacía señas a Mario y a su esposo para que la imitaran.
Tras ver que los dos hombres obedecían, miró hacia el esclavo atriense de la domus para indicarle que deseaba agasajar al invitado con comida y vino. Más allá del interés por aquella conversación, Aurelia confiaba en que recostarse, comer y beber sosegara el ánimo de los hombres y, al hablar más tranquilos, su hijo César pudiera por fin dormir.
—Violencia contra violencia, eso es cierto, pero el Senado es siempre más fuerte si se trata de violencia —se explicó Cayo Mario.
—Bueno, pues tendrán que ser Saturnino y Glaucia los que se preocupen por haber promovido el asesinato de Memio, ¿no? —dijo Aurelia antes de invitar a Mario a beber de las copas que los esclavos traían a toda prisa.
Aurelia era una domina generosa si se la atendía bien, pero podía desatar su furia en forma de latigazos que el atriense repartía con brutalidad si algún esclavo no cumplía su cometido con diligencia.
Mario bebió un largo trago de vino e inspiró profundamente, pues tenía mucho que contar y poco tiempo para hacerlo: debía tomar una decisión de vida o muerte ya mismo. Le gustaba departir con Cayo Julio César padre. Su cuñado era un hombre discreto, no ambicioso, algo poco frecuente en Roma, que escuchaba y daba consejos siempre interesantes. Y Aurelia, su esposa, también lo hacía sentir cómodo. En tiempos de traiciones políticas constantes, encontrar una casa donde poder hablar con sosiego, donde ser escuchado y sentirse apoyado, era un bálsamo que Mario apreciaba sobremanera. Dejó la copa. Vio la cara interrogante de Aurelia. Decidió resumir la situación para que ella se incorporara también a ese diálogo con pleno conocimiento de lo que estaba ocurriendo en Roma:
—A mi regreso del norte, tras derrotar a los cimbrios y teutones me encontré acorralado en el Senado. Mis victorias en el norte y mi triunfo anterior en África les han hecho temerme, y los optimates del Senado, que lo dominan, buscaban aislarme. Me alié entonces, como sabéis, con los populares Saturnino y Glaucia, también acosados por el propio Senado. En el pacto que establecimos nos ayudamos a controlar puestos claves de la República, y así Glaucia fue elegido pretor; Saturnino, tribuno de la plebe; y yo, cónsul por sexta vez. Saturnino y Glaucia me apoyaron además aprobando una ley agraria que permitía que fueran los veteranos de mis legiones en África y la guerra del norte quienes recibieran tierras de cultivo, unos al norte del Po y otros en la propia África. Eso generó resquemor en el Senado, pero también entre los socii de nuestras ciudades aliadas en Italia, pues consideraban que los terrenos al norte del Po les pertenecían en tanto que ellos los ocupaban antes de las invasiones de cimbrios y teutones. Saturnino, Glaucia y yo mismo, coordinados, conseguimos apaciguar a los itálicos concediéndoles ingresar en las nuevas colonias de Sicilia y Macedonia, pero eso, a su vez, puso muy nerviosos a los ciudadanos romanos, que percibían que entrar en esas colonias era parte del derecho de ciudadanía. Para aplacar entonces los ánimos de la plebe romana, acordamos, de nuevo los tres, Glaucia, Saturnino y yo, iniciar repartos de trigo a precio subvencionado entre toda la ciudadanía romana, algo que, como los repartos de tierras y colonias, inquieta y mucho a los senadores. Tengo a mis veteranos de guerra, que con tanto valor y esfuerzo defendieron Roma de los ataques bárbaros, premiados y satisfechos; tengo a la plebe tranquila y a los itálicos, a los socii, calmados. Hemos conseguido un complejo equilibrio donde todos salimos ganando.
—Todos menos los senadores optimates —apuntó Aurelia con buen criterio.
Mario asintió y sonrió al ver lo rápido que su cuñada podía leer la política romana.
—Todos menos los optimates, así es —confirmó el cónsul—. Los optimates sólo ven en todo esto un reparto mayor de la riqueza, sean tierras o trigo o derechos, pero como teníamos al pueblo y a los itálicos con nosotros, aún dudaban en volver a atacar como han hecho en el pasado, como cuando desde el Senado se promovieron las muertes de los Gracos, justo tras los tiempos de Escipión el Africano. Sin embargo, Saturnino y Glaucia han confundido esta contención del Senado con debilidad y ahora que tenemos las elecciones al consulado han instigado el asesinato de Memio...
—El candidato optimas —recordó Aurelia.
—El candidato optimas —asintió Cayo Mario, y retomó su relato—: Ante esta violencia, el Senado se ha decidido a actuar y no sólo veo sus bandas de sicarios tomando posiciones por toda la ciudad, sino que han emitido un senatus consultum ultimum.
Se hizo un silencio. Cayo Julio César padre permanecía muy serio, sin probar bocado. Cayo Mario, por su parte, aprovechó aquella pausa para coger un poco de queso. No estaba seguro de cuándo iba a tener tiempo para comer algo en las próximas horas y sabía, por experiencia, que era mejor entrar en combate con el hambre saciada.
—Cuando se ordenó desde el Senado la ejecución de Cayo Graco, uno de los primeros tribunos de la plebe que se les enfrentó, ¿no aprobaron los senadores también un senatus consultum ultimum? —preguntó Aurelia.
—Así es —dijo Cayo Julio César padre.
Mario seguía comiendo y César padre, que tenía aún más información que su esposa, había interpretado bien por qué lo hacía.
—Y en este caso —continuó Aurelia—, el nuevo decreto es para... ¿acabar con Glaucia y Saturnino?
—Así es —repitió César padre.
Mario comía.
—Pero cuando el Senado emite un senatus consultum ultimum suele encomendar a alguien la ejecución de lo que se ordena en ese decreto, ¿no es así? —volvió a preguntar ella.
—En efecto —confirmó su esposo.
—¿Y a quién ha señalado el Senado como ejecutor de sus instrucciones? —inquirió entonces Aurelia.
Esta vez él no respondió y se limitó a mirar a su cuñado.
Cayo Mario dejó de masticar. Engulló de golpe el queso y el pan que tenía en la boca.
—Sí, a mí, en tanto que cónsul de Roma —certificó.
—Buscan dividiros —comentó Aurelia en voz baja pero audible en un atrio ahora muy silencioso—. Ellos han sido tus aliados.
—Lo han sido —admitió Mario—, pero lo de asesinar a Memio lo han decidido sin consultarme.
—Ya —aceptó ella. Cierto era que había sido una decisión muy importante que debería haber sido consensuada entre todos—. No te consultaron la acción contra Memio porque muy probablemente tú te habrías opuesto.
—Con toda seguridad —respondió Mario—. Más allá de la cuestión moral de promover un asesinato, porque, además, es un error en este pulso brutal: Saturnino y Glaucia interpretan que el Senado está vencido, cuando yo creo que simplemente está midiendo sus tiempos, calculando cómo y cuándo contraatacar para volver a hacerse con el poder completo, situando en el tribunado de la plebe y en la pretura a hombres de su confianza que no promuevan estos repartos de tierras, riqueza o derechos y así, por fin, aislarme del todo antes de asestarme el golpe definitivo. Golpe metafórico o real. Ahora, Roma entera está tomada por los sicarios del Senado. Yo aún me puedo mover porque voy escoltado por mis veteranos de guerra y porque el Senado habrá dado instrucciones de que no me toquen a la espera de ver por qué bando me decanto: si sigo al lado de Saturnino y Glaucia y los protejo, o si me paso al bando de los optimates y doy cumplimiento al senatus consultum ultimum. Y por eso estoy aquí, porque lo que decida va a afectar a toda mi familia y vosotros, desde que me casé con Julia, sois también mi familia. Si no hago caso al Senado, sus sicarios irán a por mí y, quizá, a por mis familiares y a por mis amigos... y no tengo suficientes hombres para protegeros a todos.
Se hizo un nuevo y muy tenso silencio.
—Es Sila —Mario reinició la conversación, pero miraba al suelo, como si hablara para sí mismo—. Está maniobrando y lo hace con habilidad. No pensé que se atrevería a tanto, pero ahora lo veo claro: quiere erigirse en líder de los optimates y está haciendo mérito ante Metelo y los suyos, que siempre andan buscando nuevos senadores con suficiente energía para enfrentarse a mí.
—Pero Sila combatió contigo —interpuso Aurelia—, en África, como quaestor, creo recordar, y luego también bajo tus órdenes contra los bárbaros del norte, ¿no es así?
Mario la miró.
—Sí, cierto. Recuerdas bien. Y era buen militar y muy astuto ante los enemigos, pero luego se empeñaba en arrogarse todo el mérito. Se volvió desagradable para muchos de mis hombres de confianza y para mí mismo. Por eso le negué mi apoyo cuando quiso presentarse a pretor y, en su lugar, animé a Glaucia para que se presentara a ese cargo, mientras yo lo hacía al consulado y Saturnino se presentaba al tribunado de la plebe. Desde entonces, Sila agita cuanto puede las aguas más turbulentas del Senado contra mí. Aun así, no pensé que fuera capaz de promover un senatus consultum ultimum. Es muy calculador.
—La violencia de Saturnino y Glaucia habrá despertado su lado más brutal —comentó Aurelia—, y responde con ese decreto mortal al asesinato del optimas Memio por parte de Saturnino y Glaucia.
—Sin duda. —Mario bajó de nuevo la mirada y continuó otra vez como ensimismado—: Pero hay algo más... —Guardó un silencio que no quebraron sus anfitriones mientras él ordenaba sus ideas—. ¡Por Júpiter! —exclamó al fin el cónsul—: Es ese joven Dolabela. Ahora lo veo claro.
—¿Dolabela? —preguntaron a la vez Aurelia y su esposo. Aquel nombre les resultaba nuevo.
—Es normal que no lo conozcáis —les aclaró Mario—: Cneo Cornelio Dolabela no ha hecho nada meritorio. Su padre sí, pero él nada aún. Tiene un cursus honorum gris: no ha destacado por nada ni ocupado cargo alguno de relevancia, pero se mueve bien en el Senado y lo he visto con frecuencia sentado al lado de Sila, hablándole al oído y animándolo en sus diatribas ante la Curia. Es eso: Dolabela está alimentando el ego de Sila, empujándolo a dar el paso que no se atrevía a tomar por sí mismo y empezar su camino hacia el liderato de los optimates. Los Metelos han dominado el partido conservador los últimos años, pero están cansados y muchos los ven incapaces de enfrentarse a mí. Sila ha promovido el senatus ultimum consultum contra Saturnino y Glaucia para ponerme en la complicada tesitura en la que me encuentro. Así se venga de mí. Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarme a él, pero no pensé que fuera a suceder tan pronto.
Mario calló otra vez.
Cayo Julio César padre tampoco decía nada. No sabía bien qué aconsejar.
—Entonces... ¿has tomado tu decisión? —inquirió Aurelia, pero rápidamente se corrigió y convirtió su pregunta en una afirmación—: La has tomado, por eso estás aquí. Has venido a advertirnos.
—Así es —confirmó Mario asintiendo repetidas veces—. Voy a arrestar a Saturnino y a Glaucia: el senatus consultum ultimum y la gravedad de su crimen, el asesinato de un candidato a cónsul, no me dejan otra alternativa. Pero no los voy a ejecutar. Los arrestaré, los pondré bajo la vigilancia de mis veteranos y negociaré que se celebre un juicio. No sé aún cómo saldrá todo. Vienen tiempos tumultuosos: debéis velar por vosotros. Mientras pueda, dejaré hombres apostados en vuestra calle.
Se levantó.
—Gracias, Mario —dijo Cayo Julio César padre—. Por pensar en nosotros.
—Tened cuidado —respondió el cónsul mientras se encaminaba hacia la puerta acompañado por sus anfitriones—. Yo me enfrentaré a Sila. En parte me corresponde porque fue bajo mi mando que su popularidad se acrecentó. Me toca ahora frenar su ambición desbocada, pero ese Dolabela que lo incita, que lo anima..., es más joven, de otra generación. Me pregunto quién será el que se enfrente a él cuando ni Sila ni yo estemos ya entre los vivos.
En ese instante se oyó un llanto.
—Es tu sobrino —dijo Aurelia—, Cayo Julio César. Voy a ocuparme de él.
Mario se limitó a sonreír. En aquel momento nadie trazó ninguna conexión.
Colina Capitolina, Roma
99 a. C., esa misma noche
—¡Eres un traidor! —aulló Lucio Apuleyo Saturnino mientras lo rodeaban los veteranos de África que el cónsul había traído consigo para ejecutar el senatus consultum ultimum.
Mario podría haber recurrido a los triumviri nocturni, la policía nocturna de la ciudad, que le debían fidelidad en calidad de cónsul mientras daba cumplimiento a un decreto senatorial, pero en aquellos tiempos de lealtades cambiantes sólo confiaba en sus veteranos. Además, sus hombres eran más capaces de enfrentarse a la brutalidad de la noche romana que la milicia nocturna.
Así, los experimentados soldados de Mario, curtidos en decenas de batallas contra númidas, cimbrios, teutones y otros pueblos rudos y guerreros, doblegaron con rapidez la resistencia de los fieles a Saturnino, apostados por las calles que daban acceso al templo de Júpiter, donde se había refugiado el tribuno de la plebe. Los sicarios de Saturnino eran buenos para golpear hasta la muerte a un hombre desarmado en una calle oscura, como habían hecho con el senador Memio, pero de poco valían ante exlegionarios de combate acostumbrados a la ferocidad de la guerra.
—No soy un traidor, soy un superviviente, Lucio, eso es lo que soy y, por Cástor y Pólux, no estoy loco como tú y Glaucia —replicó Cayo Mario mientras lo cogía del brazo para conducirlo bajo arresto fuera del templo de Júpiter.
—Te ayudé a conseguir esas tierras que querías para tus veteranos, para esos mismos que te acompañan como perros de presa... ¿De este modo me lo pagas?
—Y yo os ayudé a ti y a Glaucia a ser elegidos en vuestros cargos de tribuno y de pretor, respectivamente —objetó Mario echando a andar—. Los tres nos hemos beneficiado en nuestra alianza, pero matar a un senador, candidato de los optimates al cargo de cónsul, es algo inaceptable. Una cosa es arrebatarles algunas tierras a los senadores, ampliar los derechos de los itálicos o forzar al Tesoro público a subvencionar trigo para todos los ciudadanos de Roma, pero entrar en combate mortal contra los senadores ni es inteligente ni era parte del plan.
—Eres uno más de ellos —le espetó Saturnino con desprecio.
Cayo Mario estaba acostumbrado a los insultos de unos y otros. Al moverse entre dos aguas, entre los intereses de los populares, por un lado, y de los optimates, por otro, un grupo o el contrario terminaba siempre acusándolo de ser el origen de todos los males de Roma. Él prefería un millón de veces cualquier campo de batalla, ya fuera en los desiertos de África o en los bosques del norte, a las cruentas batallas urbanas de la ciudad de Roma, contiendas brutales, de violencia ilimitada en medio de una confrontación en la que él, más soldado que político, nunca se terminaba de sentir cómodo.
Abandonaron la colina Capitolina e iniciaron el descenso hacia el foro, dejando atrás los cadáveres de los hombres del tribuno de la plebe masacrados por los veteranos de Mario. Nada más llegar al foro, ambos —Saturnino, bajo arresto, y Mario, su captor— pudieron sentir las miradas de decenas de sicarios más, pero éstos a sueldo de los senadores: asesinos que los vigilaban desde las esquinas más oscuras de una Roma nocturna, sin apenas antorchas, que se antojaba más peligrosa que el bosque germano más hostil a las legiones.
—No lo entiendes —empezó entonces Mario hablando en voz baja al tribuno, siempre sin detener la marcha—. O te arrestaba yo o habrían enviado a otro mucho menos propicio a tu causa. Conmigo tendrás un juicio justo. Sin mí, ya estarías muerto a manos de estos miserables que nos observan por todas partes.
—¿Un juicio justo? ¿En Roma? —replicó Saturnino entre cínico y perplejo.
—De acuerdo, por Hércules —aceptó Mario—. Eso no existe, pero mientras se organiza el juicio, ganamos un tiempo precioso y podremos negociar una salida.
Saturnino negó con la cabeza.
—Incluso admitiendo que quisieras ayudarme, el Senado no negocia nunca. Sólo tú, que jamás te has desenvuelto bien en política, no lo entiendes. El Senado encaja derrotas, como las que les hemos infligido con las leyes agrarias, la de las colonias para los itálicos y la del reparto de trigo subvencionado; o bien, el Senado ataca. No hay término medio. Y ahora está atacando. Yo me equivoqué al pensar que se sentían más débiles de lo que quizá son, pero, clarissime vir, los optimates del Senado no negocian ni negociarán nunca. O son aniquilados o aniquilarán a sus opositores, como llevan haciendo desde el tiempo de los Gracos. ¿Acaso te crees a salvo por cumplir el decreto de arrestarme? Acabarán primero conmigo, luego con Glaucia y, no lo dudes, al final, irán a por ti. Quieren un Senado sólo de optimates. No quieren senadores que negocien con el pueblo o con los itálicos. No quieren senadores populares en la Curia. Lo quieren todo para ellos: esclavos, tierras, poder.
La diatriba de Saturnino, más sólida de lo que Mario esperaba escuchar de alguien tan acorralado como el tribuno, lo hizo callar. Anduvieron así durante unos tensos minutos más, que a ambos se les hicieron eternos, atemorizados como estaban ante la posibilidad de cualquier emboscada antes de llegar al foro.
Mario sabía de la combatividad de sus hombres, pero también era conocedor de que los hombres contratados por los optimates eran asesinos mucho más brutales que los que había contratado Saturnino: entre los sicarios del Senado habría antiguos gladiadores y también veteranos de guerra más leales o mejor pagados por senadores como los Metelos, o quién sabe si el propio Sila, Dolabela y otros.
—¿Dónde me llevas? —preguntó Saturnino—. ¿Directamente a la roca Tarpeya? ¿O preferirás arrojarme al Tullianum para que me pudra y muera de hambre en esa miserable cárcel? ¿Soy tu nuevo Yugurta?
La alusión al rey africano derrotado por Mario, que fue arrastrado por las calles de Roma durante la celebración del triunfo y luego encerrado en la prisión junto al foro, mostraba a las claras lo poco que Saturnino se fiaba de que el cónsul intentase darle una oportunidad de sobrevivir al senatus consultum ultimum.
—Te llevo a la Curia Hostilia —respondió—, no al Tullianum.
—La casa del Senado... Muy hábil, lo acepto —admitió Saturnino al fin, con una sonrisa que dejaba entrever drama y tristeza; quizá Mario sí quisiera ayudarlo—, pero dudo que eso los detenga. Son capaces de quemar el edificio conmigo dentro si así se deshacen del tribuno de la plebe más hostil a su poder desde Cayo Graco.
—No, no creo que den permiso a sus sicarios para que incendien el edificio del Senado —objetó Mario con convencimiento—. En todo esto hay símbolos importantes para ellos. El edificio de la Curia es uno: quemar su propia sede sería un mal augurio y, a los ojos de todos, un acto demasiado desesperado que los haría parecer débiles, temerosos, dispuestos a cualquier cosa por defenderse. Creo que te quemarían en cualquier otro sitio, incluidos los templos, da igual el dios. Sólo se detendrán si te llevo al templo de Vesta o al Senado. Entrar en el templo de Vesta sería sacrilegio; por eso, la Curia Hostilia es la única opción segura para ti esta noche.
Se detuvieron frente a las recias puertas de bronce. Pese a la oscuridad nocturna, las antorchas de los veteranos del cónsul iluminaban lo suficiente como para poder ver la gran pintura que decoraba una de las paredes del Comitium frente al edificio de la Curia Hostilia. Mario la contempló unos instantes: el inmenso mural mostraba escenas de la victoria del legendario Valerio Máximo Mesala contra los cartagineses y Hierón II en Sicilia durante la primera guerra púnica. Una gigantesca muestra del poder de Roma hacia fuera, hacia otros pueblos y territorios, mientras que su interior se agrietaba; como una enorme pieza de fruta de apariencia lustrosa pero podrida por dentro.
El cónsul suspiró y negó con la cabeza.
—¡Abridlas! —ordenó Mario, y los suyos obedecieron—. ¡Quédate aquí, por Hércules! —le dijo a Saturnino al despedirse—. Mis hombres te protegerán. Conseguiré un juicio para ti y para Glaucia, e incluso que os perdonen la vida y anulen el senatus consultum ultimum.
—No hay nada con lo que negociar —opuso el tribuno de la plebe, totalmente desesperanzado—. Es luchar o morir, y si tú...
—Tenemos a Metelo —lo interrumpió Mario.
—¡Eso jamás, maldito! —gritó Saturnino con rabia, con odio—. ¡Jamás, por Júpiter!
—¡Cerrad las puertas! —aulló Mario por toda respuesta, y sus veteranos empujaron las pesadas hojas de bronce.
Aún clamando a los dioses y maldiciendo a Mario, Saturnino quedó preso en el edificio del Senado, transformada así la Curia Hostilia en una improvisada cárcel en el centro de Roma. A solas en el interior apenas iluminado por un par de antorchas que los hombres del cónsul habían encendido para no dejarlo a oscuras, al tribuno de la plebe le pareció irónico que el mismo lugar donde se había votado su pena de muerte fuese ahora el único refugio seguro para él en toda Roma.
Domus de la familia Julia, Roma
99 a. C., esa misma noche
Cayo Mario retornó con el rostro muy serio.
En el atrio de la casa lo recibieron de nuevo Julio César padre y su esposa Aurelia, así como Aurelio Cota, el hermano de Aurelia, que se les había sumado en aquella jornada de violencia donde lo mejor era que las familias estuviesen lo más unidas posible.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó César padre mientras invitaba al recién llegado a acomodarse otra vez en un triclinium.
Mario negó con la cabeza.
—No hay ya tiempo ni de copas ni de descanso; esta noche no. Sólo he venido a deciros cómo está todo y que aseguréis las puertas y ventanas. Que nadie salga esta noche. Va a correr la sangre. Intentaré que no termine todo en una matanza, pero no sé si podré conseguirlo.
—No podrás pararlo —le espetó Cota con cierto aire de superioridad, con ese tono que usan los que piensan que ya habían advertido en repetidas ocasiones sobre las perversas consecuencias de las acciones emprendidas, y que, en el momento del desastre, se recrean en ese placer humillante del «ya te lo dije».
Cayo Mario ignoró el tono con el que Cota acababa de hacer aquel comentario y a su displicencia opuso un plan de acción bien meditado.
—Tengo a Saturnino detenido en la Curia Hostilia, rodeado por mis veteranos. He dejado a Sertorio al mando, un hombre leal y valiente. A Glaucia no he logrado encontrarlo aún, pero tengo hombres buscándolo; el muy estúpido debe de creerse más seguro oculto que bajo mi custodia. Exigiré un juicio para ambos, acusados de ordenar supuestamente el asesinato de Memio. Y no sólo eso: voy a negociar hasta que les conmuten la pena de muerte por el exilio. Lo del juicio es sólo para ganar tiempo.
Aurelia vio que, una vez más, su hermano pretendía intervenir con cierto descaro, y a ella no le parecía correcto aquel tono con quien había sido seis veces cónsul, había defendido las fronteras de Roma contra Yugurta, contra cimbrios y teutones y había conseguido que se pagara a los soldados con regularidad y que se distribuyera trigo para todo el pueblo. Un hombre así merecía, por lo menos, respeto, incluso si para lograr muchas de aquellas cosas se había asociado con personajes cuestionables como Saturnino o Glaucia. Los optimates tampoco eran mucho mejores. De hecho, los senadores conservadores parecían carecer de todo escrúpulo.
Por eso se decidió Aurelia a intervenir y plantear la pregunta que seguramente iba a hacer su propio hermano; esperaba que, viniendo de ella y en un tono más modulado, no resultara ofensiva para Cayo Mario, a fin de cuentas su cuñado, que además estaba teniendo la deferencia de compartir con ellos los complejos movimientos de la política romana de aquella turbia noche.
—¿Y qué puedes ofrecerles para que se avengan a negociar? A los optimates, quiero decir —indicó con suavidad a la vez que le tendía un vaso con vino que ella misma había escanciado mientras él hablaba.
Pese a que había dicho que no había tiempo ni para bebida, Mario aceptó la copa y bebió un sorbo.
—Gracias. —Se la devolvió.
Ella dejó la copa en una bandeja sobre una mesa. Un esclavo la retiró raudo y se desvaneció entre las sombras que proyectaban las antorchas.
—Voy a ofrecerles a los optimates el regreso de su líder, Quinto Cecilio Metelo Numídico. Ahora mismo parto de aquí para parlamentar con su hijo. El retorno del exilio al que fue obligado su padre es algo que su hijo tendrá en estima.
César padre asintió. Cota no dijo nada.
Cayo Mario se despidió, dio media vuelta y al instante se alejaba por las negras calles de una Roma a punto de estallar, escoltado por un regimiento de sus veteranos de guerra.
—No conseguirá nada —sentenció Cota en el atrio de la domus.
—Es posible —aceptó su hermana—, pero agradecería que en casa de mi esposo, en una casa de la gens Julia, te muestres como lo que eres, un invitado y, en consecuencia, te abstengas de incomodar a otros invitados. Te aprecio y te quiero, hermano mío. Y sé que hablas con sabiduría muchas veces, y también que Mario, que es el mejor en el campo de batalla, puede no serlo en política, pero lo está intentando. Lo está intentando. E intentar las cosas es, en sí mismo, un mérito.
Aurelio Cota guardó primero silencio, luego miró a su cuñado.
—Espero no haberte molestado, Cayo Julio César. Como mi hermana dice, a veces puedo hablar de una forma demasiado vehemente.
—No hay nada que perdonar, pero, por Hércules, comparto con Aurelia que debemos ser atentos con Mario. Siempre se ha mostrado próximo a nosotros.
—Eso es precisamente lo que temo —apuntó entonces Cota—. Su amistad ahora puede sernos muy inconveniente. Preveo que el Senado va a recuperar todo el terreno perdido estos últimos años de dominio del propio Mario, Saturnino, Glaucia y otros populares. Los optimates más conservadores están contraatacando e irán a por todas. Llevaban tiempo esperando una excusa, y el asesinato de Memio se la ha proporcionado. Ahora no se detendrán ante nada. Ni ante nadie. Ni siquiera ante Mario; da igual cuántas veces haya sido cónsul.
Se hizo otro silencio.
Incómodo.
Tenso.
—Debería irme a mi casa —dijo al fin Cota, que no se sentía bienvenido por el hecho de decir algo tan real pero tan duro como la verdad.
—De eso nada, hermano —lo sorprendió Aurelia, rauda—. Ésta es también tu casa. Sólo te he rogado que te muestres amable con otros invitados, y aunque discrepes de Mario en casi todo, aceptarás al menos que acierta al afirmar que la ciudad es muy peligrosa esta noche.
Cota asintió.
—Entonces soy yo ahora la que te ruega que te quedes aquí hasta el alba —añadió Aurelia, y lo hizo mirando a su esposo.
Julio César padre confirmó la invitación.
—Es lo más seguro en estos momentos.
—Mandaré que nos sirvan cena y comeremos los tres juntos —dijo Aurelia—. Si hay algo que necesitamos para salir adelante, ahora que Roma se revuelve contra sí misma, es permanecer unidos. No admito enfrentamientos en el seno de la familia.
En el atrio de otra domus de la Subura, Roma
—¡Noooo, malditos, nooo!
Glaucia, pretor de Roma, aliado de Saturnino y Mario en su pugna por la redistribución de la tierra frente a los senadores optimates, aullaba mientras los sicarios pagados por el Senado lo arrastraban fuera de su casa. Se había refugiado en la domus de un amigo en cuanto le llegaron noticias de la aprobación del senatus consultum ultimum contra él y Saturnino. Su primer impulso fue intentar salir de la ciudad, pero ya había cientos de sicarios a sueldo de los optimates más conservadores —como los Metelos, el joven y temible Sila o alguno de sus advenedizos más sangrientos, como Dolabela— vigilando las calles. Para cuando se enteró de la decisión del Senado, la fuga era ya del todo imposible.
Por eso se atrincheró en casa de un amigo que pensó que no tendrían vigilado.
Se equivocaba.
Su amigo le abrió las puertas, antes de abandonar él mismo la casa con el resto de la familia. Acto seguido, lo traicionó y reveló a los sicarios que lo buscaban dónde podían encontrarlo, en un intento por alejar de sí y de los suyos la venganza de los senadores.
Un fuerte travesaño de pino trababa la puerta de gruesas hojas de madera, pero de poco sirvió ante los troncos que los sicarios del Senado usaron como arietes. La puerta crujió al esquebrajarse y cedió al empuje violento de los asesinos.
—¡Nooo, malditos...! —aullaba Glaucia mientras lo rodeaban.
Los sicarios, armados con dagas que esgrimían ante su víctima con amenazadoras puntas astifinas, miraron al que los dirigía.
Lucio Cornelio Sila entró en el atrio.
Identificó a su presa con rapidez. Los Metelos habían repartido la cacería de la noche: a él le había tocado Glaucia, el pretor; a Dolabela, Saturnino, el tribuno de la plebe.
A Sila le gustaba cumplir con presteza los encargos de los optimates. Si quería que lo respetasen cada vez más, tenía que impresionarlos con su eficacia mortal. No sólo en el campo de batalla contra los bárbaros, donde ya había dado muestras de pericia, sino también aquí, en Roma.
—Matadlo —dijo Sila en voz baja, como un susurro.
Las órdenes más mortales, pronunciadas en el más discreto de los tonos, suenan aún más letales, más implacables, como surgidas desde más allá de la rabia y el odio, como meditadas, ponderadas y sólo pendientes de ejecución.
—¡Nooo, por favor! ¡Nooo..., por todos los dioses...! —gritaba Glaucia incluso mientras lo apuñalaban una y otra vez.
Decenas de veces.
Con esmero.
Con paciencia.
Con la reiteración del asesinato bien pagado.
Domus de Metelo hijo
Quinto Cecilio Metelo hijo[3] recibió en su casa al cónsul de Roma en medio de aquella noche negra y roja.
—¿Qué d-d-deseas? ¿Por q-q-qué vienes a importunarnos, enemigo de la familia Metela? —le espetó con despecho.
No tartamudeaba por nervios, sino porque ése era un defecto de infancia que nunca había podido eliminar. Una debilidad que lo había alejado de dar discursos en público y que lo limitaba notablemente para la vida pública. Pero ser hijo de Metelo Numídico, el gran líder de los optimates, en ese momento en forzoso exilio, lo mantenía en posiciones de relevancia entre los conservadores más allá de su torpe habla.
Estaban en medio de otro atrio atestado de hombres armados: era la tónica de aquella jornada nocturna.
Cayo Mario había entrado con seis de los suyos. El hecho de que le hubieran dejado pasar con aquella pequeña escolta personal armada sólo revelaba que Metelo hijo disponía de suficientes hombres en su casa como para que media docena de veteranos de guerra le supusiera una amenaza. Lo tuvo en consideración. En cualquier caso, no había venido a luchar, sino a negociar. Una negociación imposible, según le había dicho una y otra vez Aurelio Cota. ¿Estaría en lo cierto? Iba a salir de dudas muy pronto.
—Dejemos de lado todas nuestras antiguas diferencias, Metelo.
Cayo Mario intentó echar tierra sobre la rivalidad que él mismo había sostenido con el padre de su interlocutor por el mando de la guerra de África, contienda que Mario terminó con éxito, muy a pesar de los Metelos, que se habían tomado aquella guerra como algo personal, un patrimonio intransferible de su familia. Mario no sólo consiguió el mando de las tropas romanas de África, sino que además se permitió el logro de una victoria absoluta, trayéndose al propio rey africano Yugurta y paseándolo encadenado por las calles de Roma durante su triunfo: una exhibición que a los Metelos se les atragantó para siempre. Esa victoria, ese rey encadenado, ese triunfo tenía que haber sido de Quinto Cecilio Metelo Numídico.
—Si hubiera t-t-tenido en mente nuestras disputas del p-p-pasado, cónsul, ni siquiera te habría p-p-permitido entrar a ti solo —respondió Metelo hijo con una serenidad fría, extraña, ¿calculada?
Mario miró a su alrededor. Decenas de hombres armados a la luz de las antorchas, y muchos más en las sombras, fuera de la luminosidad de las llamas titilantes.
—Sé que Saturnino y Glaucia han ido demasiado lejos, pero detengámonos antes de que toda Roma se transforme en un mar de sangre...
—A veces la sangre p-p-purifica —lo interrumpió Metelo, y añadió una frase en griego que Mario no pudo entender bien—: Ὅλως εἰ τό τῶν ἡμέτερων ἐχθρῶν αἷμα ἐστίν.[4]
Varios de los presentes, que sí hablaban griego, le rieron la gracia al dueño de la inmensa domus.
Mario estaba acostumbrado a que los Metelos hicieran escarnio de su poco conocimiento de la lengua griega. Lo consideraban un lerdo, un inculto y un torpe, aunque afortunado en el combate. El veterano cónsul sabía que sostener en público que era un militar de suerte y no de ingenio era algo absurdo: había acumulado demasiadas victorias contra los africanos, los cimbrios y los teutones como para que ni la plebe ni los propios senadores enemigos pudieran pensar, de veras, que cabía achacarlo todo al favor de la diosa Fortuna. Pero, en cualquier caso, le incomodaba que se rieran a su costa por no saber bien griego. Aquella debilidad cultural siempre le granjeó insultos y burlas de las que no sabía bien cómo zafarse. Lo suyo era ver cómo disponer las legiones en el campo de batalla. Por eso ignoró aquel comentario despectivo y fue directo al punto clave de la negociación que quería abrir con el líder actual de los optimates.
—El regreso de tu padre del exilio a cambio de un pacto que preserve la vida del tribuno Saturnino y del pretor Glaucia —propuso Mario.
Las risas terminaron.
Se hizo el silencio. Todos miraban a Metelo hijo.
Quinto Cecilio Metelo padre, conocido como Numídico, se exilió antes que votar a favor de las leyes que proponía Saturnino en el Senado. Pero el tribuno, el pretor Glaucia y otros líderes populares aprovecharon su partida para despojarle de muchas propiedades, expulsarlo formalmente del Senado y quitarle incluso la ciudadanía romana.
—La vuelta de mi p-p-padre... —repitió meditabundo Metelo hijo—. ¿Con la recuperación de p-p-propiedades, su reinstauración en la C-c-curia y la reposición de su ciudadanía con t-t-todos los d-d-derechos?
—Con todos los derechos —aceptó Mario sin dudarlo un instante.
Se hizo un nuevo silencio muy denso por lo poblado que estaba el atrio a la luz de las antorchas y entre las amplias zonas en penumbra. El silencio en un lugar desierto es pacífico, pero el silencio en medio de un nutrido grupo de hombres armados y tensos se alza espeso, inquietante, pesado.
Metelo estalló en una carcajada que cortó en seco a los pocos segundos.
—No estás en p-p-posición de negociar nada, c-c-cónsul. Hay un senatus c-c-consultum ultimum aprobado y tú te has de limitar a obedecer. Además...
Pero Metelo hijo no terminaba la frase...
—¿Además? —preguntó Mario, sorprendido del poco interés por negociar que mostraba Metelo hijo. Confiaba en que la idea de pactar un regreso de su padre, con la restauración de propiedades, derechos y ciudadanía, le interesase y, sin embargo...
—Además, llegas tarde para... t-t-todo. Glaucia y Saturnino serán ejecutados, p-p-por tu p-p-propia mano, si quieres salvar tu p-p-posición, o por la de nuestros hombres, si no. Luego tomaremos el control de Roma, nosotros, los optimates, y el Senado aprobará d-d-devolver a mi p-p-padre la ciudadanía, sus p-p-propiedades y su puesto en la Curia. No te necesito p-p-para nada. De hecho... —estiró el cuello para mirar por encima del hombro de Mario—, si no me equivoco, Glaucia ya debe de estar muerto. ¿No es así, Lucio?
Cayo Mario se giró y descubrió a un recién llegado Lucio Cornelio Sila con una túnica manchada de sangre. Sila había ayudado a Mario en su momento, en la guerra de África, para atrapar al mismísimo rey Yugurta, pero ahora su empeño estaba sólo en hacer méritos ante los Metelos en particular, y ante los optimates en general. Aquello le confirmaba que Sila se decantaba por completo —ya desde aquella noche, si no lo había hecho antes— por el bando senatorial más conservador.
—En efecto —confirmó Sila, desafiando a Mario con la mirada—. Glaucia ya es historia. —Hizo el gesto de sacudirse las manchas de sangre de su toga.
—Sabía que estarías metido en todo esto —dijo Mario con desprecio—, pero no pensé que fueras a ser ejecutor directo.
—Oh, no, por Júpiter —protestó divertido Sila—. Yo no mancho mi daga con la sangre de alguien tan rastrero como Glaucia. Pero el pretor no paraba de moverse mientras mis hombres lo apuñalaban y la sangre salpicaba en todas direcciones. Una lástima de manchas, pero el espectáculo ha merecido la pena.
Mario quiso replicar, pero Metelo volvió a intervenir:
—¿Y Saturnino? Por Hércules, ése es el p-p-peor de los dos. ¿Qué sabemos de él?
Sila se dirigió a Metelo:
—Dolabela se encarga.
Mario no conocía de Dolabela más que su ambición. No lo consideraba capaz de nada relevante ni en la guerra ni en la paz, ni para lo bueno ni para lo malo, esto es, más allá de animar a la defección de Sila de las filas del propio Mario. Por eso el veterano cónsul se permitió una pequeña burla. Lo necesitaba. Se habían mofado de él, de su poco conocimiento del griego, de su supuesta incapacidad para negociar, de no ser alguien no ya a quien admirar, sino, al menos, respetar o temer. Por eso decidió devolver la carcajada recibida con otra sonora risotada por su parte.
—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Por Júpiter Óptimo Máximo, ahora soy yo quien ríe y quien ríe a gusto! —Y se explicó, pues en la explicación estaba el divertimento—: Sí, Saturnino es el líder que buscáis, a quien queréis que ejecute, pero habrá un juicio y en ese juicio se hablará de todo: de los excesos y quizá crímenes del propio Saturnino, mas también de los excesos y crímenes del Senado. Veremos entonces qué decide el pueblo. Veremos si tenéis hombres suficientes para controlar Roma, con mis veteranos y toda la plebe en vuestra contra. A Saturnino lo tengo arrestado en el edificio de la Curia, y no seréis vosotros los que prendáis fuego a la casa del Senado. Tengo a mi mejor oficial, Sertorio, al frente de mis mejores veteranos en sus puertas. ¿Seguro que no queréis negociar?
Metelo miró a Sila. Y en la mirada había rabia. Un juicio público, por mucho que pudieran amañarlo, no les interesaba. En efecto, como anticipaba Mario, en el proceso tal vez se airearían demasiadas cuestiones sobre el Senado que podían sublevar a la plebe. La situación podía hacerse incontrolable. No, el plan era ejecutar a Glaucia y Saturnino aquella noche y que Mario tuviera que intervenir en las ejecuciones de una forma u otra. Destruida la triple alianza del tribunado de la plebe, la pretura y el consulado, descabezado el bando de los populares, no habría revueltas importantes y, poco a poco, ellos, los optimates, recuperarían el control de todo el poder. Pero con Saturnino custodiado por los hombres de Mario en el interior de un Senado blindado por sus veteranos...
Sila digirió la mirada recelosa de Metelo para, acto seguido, lentamente, volverse hacia Mario. Cayo Mario: Mario, cincuenta y ocho años, seis consulados y un triunfo; él, Sila, treinta y nueve años y sin apenas méritos reconocidos y derrotado en las últimas elecciones a pretor por la alianza de Mario con Saturnino y Glaucia, viendo cómo pasaban las estaciones y su cursus honorum seguía estancado, no, frenado por un Mario que lo detestaba. ¿Iba una vez más a salirse con la suya? Para nada. Esta vez no. El viejo cónsul estaba cometiendo una grave equivocación: infravaloraba la natural brillantez de Dolabela para el terror. Hasta la fecha sólo se había manifestado en asuntos menores, de esos que no llaman la atención de cónsules, tribunos o pretores, pero que lo informaban a uno de la auténtica naturaleza perversa de un ser. Sila sabía que se hallaba en uno de esos momentos de inflexión de la vida, donde alguien inicia su declive mientras otro inicia su ascenso: esa noche Mario era el que bajaba y él quien ascendía. Dejó de mirar a Mario y volvió a encarar los ojos de Metelo. Le habló con seguridad, sin margen para la duda:
—Dolabela resolverá lo de Saturnino. Está... —Buscó con meticulosidad el adjetivo adecuado—: Sí, Dolabela está... motivado.
Metelo captó de inmediato la sutileza de Sila: el padre de Dolabela había caído muerto hacía apenas unos meses en una reyerta nocturna contra partidarios de Saturnino. Sí, sin duda, Dolabela hijo estaría muy motivado para ejecutar al instigador del asesinato de su padre.
—Pero no q-q-quemará el edificio del Senado, ¿verdad? —inquirió Metelo.
—No —respondió Sila con aplomo—. Dolabela dará con una solución.
Cayo Mario miraba al suelo, en silencio. También acababa de caer en las recientes motivaciones personales de Dolabela. Sí, eso podía azuzar la rabia de su hijo. Tenía que retornar al foro y asistir a Sertorio en la defensa de la Curia Hostilia.
Metelo clavó la mirada en el veterano cónsul. Llegó incluso a pensar en ordenar su muerte allí mismo, en ese instante, pero los senadores no lo habían aprobado y muchos de ellos aún respetaban a Mario. Su legendaria victoria en Aquae Sextiae contra los teutones, algo que salvó a Roma de sufrir una invasión quizá tan terrible como la de Aníbal, continuaba en el recuerdo de muchos patres conscripti. Era mejor seguir las leyes y aniquilar a los enemigos uno a uno. A Mario ya le llegaría su última noche. Corroerían su prestigio día a día. Pronto. Caería del árbol de la ambición como tantos otros, como fruta madura. Glaucia ya estaba ejecutado. A Saturnino le faltaba poco, era cuestión de Dolabela. Mario... en su momento.
—Creo q-q-que es hora de que el c-c-cónsul salga de mi c-c-casa —dijo Metelo, y añadió una frase lapidaria—: Arx Tarpeia Capitolii proxima.[5]
Cayo Mario no dijo nada, pero entendió con claridad la amenaza. Sí, «la roca Tarpeya está cerca del Capitolio». La alusión a que aún estando en la cúspide del poder, representada por el templo de Júpiter en lo alto de la colina Capitolina, era posible acabar despeñado por la roca Tarpeya, que ciertamente estaba muy cerca del Capitolio y el foro y desde donde se ejecutaba a muchos criminales en Roma. El cónsul no respondió, pero tomó nota de aquella advertencia. Tampoco se despidió. Dio media vuelta y, rodeado por sus hombres, abandonó la casa del senador Metelo. En su mente, sólo pensaba en llegar cuanto antes al Senado. Seguía teniendo plena confianza en la destreza de Sertorio para custodiar a Saturnino, pero la mirada felina y rabiosa de Sila proclamando que ese miserable de Dolabela resolvería el asunto le hizo emprender el camino de regreso al foro, por segunda vez aquella noche, mientras las dudas le arañaban la frente. Tenía la sensación de que algo terrible estaba a punto de suceder.
Foro de Roma, aledaños del edificio del Senado
99 a. C., esa misma noche
Cneo Cornelio Dolabela, rodeado por más de un centenar de asesinos contratados por los optimates, caminaba decidido hacia la Curia Hostilia. Iba muy serio, muy callado, muy silencioso. Todos sus hombres lo miraban. Todos sabían que tras las puertas de bronce aguardaba Saturnino, que el Senado había ordenado su arresto y ejecución inmediata mediante un senatus consultum ultimum, y que para Dolabela aquello no era una cuestión legal, sino, además, algo personal. Y a los asesinos les gustaba la venganza.
—Mario ha agrupado a sus veteranos en la entrada —dijo uno de los sicarios mientras se distribuían frente a los hombres del cónsul, y miró de reojo a su líder, que se había detenido a pocos pasos del oficial al mando de aquella unidad militar: Sertorio.
Dolabela lo conocía. Sila le había hablado de él. Era valiente y eficaz; Cayo Mario no había dejado a cualquiera en el foro.
No dijo nada.
Por ahora.
Miraba con detenimiento todo.
La venganza no es cuestión de prisa. Es cuestión de determinación, de espera y de asestar un único y certero golpe en el momento adecuado. Ni un segundo antes, ni un segundo después.
Frente a las puertas de bronce de la Curia
Quinto Sertorio los vio llegar por decenas. Un numeroso grupo de sicarios armados por el Senado descendía como un torrente de agua por la vieja Vía Sacra hasta detenerse justo delante de la Curia Hostilia. Su líder, el joven senador Cneo Cornelio Dolabela, se acababa de detener justo frente a él.
Apenas a unos pasos.
Se acercó.
Estaba a cinco pasos, cuatro, tres, dos.
—Suficiente. —Sertorio llevó la mano derecha a la empuñadura de su gladio e hizo ademán de desenfundarlo.
Dolabela se detuvo. Sonrió.
Durante unos segundos, nadie dijo nada.
El líder de los sicarios del Senado se limitó a mantener la dura mirada de aquel veterano oficial de las legiones de Mario.
—Marchaos, tú y tus hombres —dijo al fin Dolabela—. Ahorrémonos sangre.
—Mis instrucciones son permanecer aquí hasta el regreso del cónsul Mario —replicó Sertorio—. Y yo siempre cumplo mis órdenes.
—Entiendo —dijo Dolabela tras una tensa pausa, y sonrió de nuevo antes de añadir dos palabras—: De acuerdo.
Dio media vuelta y se reintegró en las filas de sus sicarios.
Sertorio había servido en varias campañas militares bajo el mando de Cayo Mario. Las amenazas, verbalizadas o silenciosas, no lo atemorizaban. Calculó rápido: los sicarios eran unos cien hombres armados. Él tenía ahora mismo a su lado, frente a las puertas, a treinta exlegionarios bien preparados y veteranos de guerra. Suficientes para plantar cara y, en función de la pujanza de aquellos sicarios, o mejor dicho, de lo mucho o poco que se les hubiera pagado, ganar el combate.
Sacó de debajo de su uniforme su viejo silbato de campaña. Había llegado a ser tribuno militar y hasta legatus con toda una legión bajo su mando: tocaba rememorar su época de centurión. Le gustaba aquello. Le recordaba su juventud.
Se lo acercó a la boca mientras era él ahora quien se permitía una sonrisa.
Con el silbato en posición, sopló con todas sus fuerzas...
Domus de la familia Julia
—No puedo creer que realmente pienses que todo lo que intenta Cayo Mario está mal, que haber atenuado algunas de las injusticias de Roma sea un error. —Aurelia hablaba sentada, mientras acunaba a César hijo en sus brazos.
Cota suspiró.
—No, hermana, claro que no pienso eso. Pero creo que es imposible cambiar esas injusticias que mencionas. Por supuesto que pienso que deberían cambiarse leyes, distribuir más la tierra entre los ciudadanos de Roma, atender las demandas de los socii, de nuestras ciudades aliadas y tantas otras cosas... pero no es el momento. Los optimates siguen siendo fuertes, demasiado fuertes. De hecho, son... invencibles. Nadie que se les haya enfrentado ha sobrevivido nunca. Ni siquiera alguien como Mario, seis veces cónsul, podrá con ellos.
César padre, también presente en la conversación, no intervino. A su pesar, compartía la negativa visión de su cuñado con respecto a lo que estaba pasando aquella noche. Cota negó con la cabeza.
—No creo que haya nacido nadie aún que pueda, algún día, enfrentarse a todos esos senadores... y ganar.
Aurelia no respondió y se limitó a seguir acunando suavemente a César hijo.
Calles de Roma
Cayo Mario salió de la residencia de los Metelos convencido de que todo estaba mucho más complicado de lo que había imaginado. Tal y como había advertido Cota, los Metelos no se avenían ni a negociar el retorno de su viejo líder, Numídico, lo cual mostraba a todas luces que se sentían mucho más fuertes que los populares. Los optimates estaban contraatacando y lo iban a hacer hasta el final. Glaucia ya estaba muerto. Al menos tenía a Saturnino bien protegido en el edificio de la Curia, aunque una sensación de urgencia lo invadía. Había dejado a Sertorio, su mejor hombre, al mando de la defensa de la Curia Hostilia, pero podía verse superado por un número excesivo de sicarios imposible de contener.
Mario aceleró el paso.
Domus de la familia Julia
La nodriza acudió a llevarse al niño a su cuna, y los esclavos trajeron la cena. Carne guisada con esencias de oriente compradas en las tabernae del foro, quesos de cabra de diferentes maduraciones, vino en abundancia y pasas y frutos secos de postre. Una comida sabrosa y rica, pero sin lujos desmedidos, que, por otro lado, tampoco podían permitirse.
—Y si crees, hermano, que los senadores optimates son demasiado fuertes —dijo Aurelia retornando al principio de la conversación con la que se inició la cena—, ¿cuándo crees que dejarán de serlo? ¿Alguna vez?
Julio César padre sacudió la cabeza al tiempo que suspiraba. La insistencia de su esposa de hablar tanto de política lo cansaba, pero, para su sorpresa, su cuñado respondió con gravedad y auténtico interés a la pregunta planteada.
—Quizá con el paso del tiempo, en unos años. En unos años podremos hacer cambios. —Cota no sonaba rotundo, sólo esperanzado, pero aquel anuncio hizo que Julio César padre dejara de masticar y que la propia Aurelia dejase de beber.
Foro de Roma
El silbato de Sertorio aún resonaba en el foro.
A su llamada, de cada lado del edificio de la Curia emergieron veinte veteranos de guerra más que se situaron junto a los treinta de los que ya disponía Sertorio frente a las puertas del Senado. Ahora eran setenta legionarios veteranos armados y dispuestos al combate contra los cien sicarios enviados por los optimates.
Cneo Cornelio Dolabela borró de su faz la sonrisa que había exhibido apenas hacía un momento. Las cuentas ya no le salían tan claras. Sabía que los hombres de Sertorio eran soldados de las campañas de Cayo Mario contra númidas en África y teutones en el norte. Esto es, hombres curtidos en la lucha y que no se iban a arredrar ni a ceder incluso aunque consiguieran reunir más sicarios. El propio Dolabela había participado en alguna campaña militar y era un hombre rudo, pero sabía que la mayoría de los que lo seguían aquella noche eran malhechores acostumbrados a someter, asesinar y robar aprovechando la sorpresa, la superioridad de número y la oscuridad. En una lucha cuerpo a cuerpo contra veteranos, terminarían cediendo. Se retiró unos pasos.
Sertorio se sintió más seguro. Mario le había encomendado la misión de proteger la Curia aquella noche y, de ese modo, salvaguardar la vida del tribuno Saturnino mientras su superior negociaba una salida al conflicto entre el Senado y el tribunado de la plebe y evitaba así un nuevo derramamiento de sangre. Se dijo que estaba cumpliendo bien su cometido.
Por su parte, Cneo Cornelio Dolabela seguía escrutando en profundo silencio la organizada defensa de sus enemigos: el ataque frontal era una pérdida de tiempo..., ¿o no?
—¿Qué hacemos? —preguntó uno de los sicarios.
—Ha desprotegido sus flancos. —Dolabela no hablaba para nadie, sólo para sí mismo—. El oficial al mando ha concentrado todos sus hombres frente a la puerta, el único punto de acceso a la Curia Hostilia. Un edificio impenetrable y sin ventanas bajas. La luz llega al interior a través de las puertas, cuando éstas se abren de par en par, y de unas pequeñas ventanas más altas.
—Podríamos intentar entrar por esas ventanas —apuntó el sicario.
—No, no podemos —le replicó Dolabela—, porque el Senado puso gruesas rejas de hierro tras los últimos disturbios para que el edificio fuera inexpugnable.
—Podríamos incendiarlo con flechas lanzadas hacia el tejado. Las vigas son de madera —propuso otro de los asesinos de los optimates, siempre buscando alternativas al combate frontal que preferían evitar.
Dolabela inclinó la cabeza mientras valoraba la opción.
—Mejor no —comentó—. Por un lado, el edificio tiene demasiado valor simbólico y, por otro, esas vigas de madera están recubiertas de una techumbre de tejas de arcilla que protegen la Curia de la lluvia. Las flechas se apagarían sin generar grandes daños... —Y aquí se detuvo.
—Entonces, ¿qué hacemos? —insistían en preguntarle. A los sicarios, lo de vérselas cuerpo a cuerpo con los legionarios seguía sin gustarles. Querían otro plan.
—Tejas... —masculló Dolabela entre dientes.
Lo vio claro y volvió a sonreír. A continuación, hizo un gesto a varios de sus hombres de confianza y éstos se aproximaron para escuchar sus instrucciones. Dolabela habló en voz baja. En cuanto terminó de transmitir sus órdenes, sólo uno de los que se habían acercado partió de la explanada del foro y se alejó por la Vía Sacra. El resto permaneció allí y tomó posiciones al frente de los diversos grupos de sicarios encarando las tropas que el cónsul Mario había dejado custodiando la Curia Hostilia.
Sertorio tuvo claro que el enfrentamiento era inevitable. Inminente.
Se encogió de hombros.
Una batalla más o menos en su vida poco importaba.
—¡Escudos en alto, por Hércules! ¡Desenfundad gladios! —aulló el recio oficial a sus veteranos.
En cuanto los sicarios vieron cómo los legionarios maniobraban perfectamente coordinados, retrocedieron unos pasos de manera instintiva.
—¡Deteneos! —ordenó Dolabela.
Ya veía que sus hombres no estaban demasiado dispuestos a luchar contra aquellas tropas experimentadas, pero sabía que el oficial al mando no podía alejar mucho a sus hombres de la puerta del Senado, de modo que bastaba con permanecer allí, a una distancia prudencial para tener distraídos a Sertorio y sus setenta veteranos.
Interior de la Curia
Lucio Apuleyo Saturnino caminaba de un lado a otro de la sala, apenas iluminada por un par de antorchas. Las sombras alargadas y trémulas que proyectaban se arrastraban como lemures del pasado, recuerdo vivo de los condenados a muerte, tantas eran las veces que los senadores se habían reunido en ese mismo escenario para promover ejecuciones de sus opositores, de aquellos que, como él mismo, trataban de cambiar el statu quo reduciendo el poder de los patres conscripti y ampliando el del pueblo.
—Malditos... —masculló Saturnino mientras deambulaba entre las sombras.
De pronto, se oyó el silbato militar y el tumulto de voces: las del oficial que Mario había dejado defendiendo la puerta del Senado y las de los sicarios enviados para matarlo.
—No os tengo miedo —musitó en voz baja encarando las puertas de bronce.
Luego miró al suelo.
Intentaba encontrar alguna solución. Mario era un iluso: incluso si los optimates aceptaran negociar, ya nunca permitirían que él y Glaucia salieran con vida de aquel enfrentamiento. Tendría que escapar. Sí, eso era lo indicado. Si Mario conseguía al menos pactar una negociación, él debía aprovechar cualquier descuido, quizá al amanecer, cuando vinieran a por él para iniciar el juicio contra su persona, y echar a correr. Contaba con muchos partidarios en la ciudad. Quizá también acudirían al juicio. Si se montaba una algarada, sería posible escabullirse. En todo caso, tendría que intentarlo. Quedarse a ver el resultado final del juicio era de locos: la sentencia de muerte contra él y Glaucia ya estaba dictada, y aunque los optimates aceptaran un juicio público, todo sería una pantomima, como tantas otras veces.
De súbito, se oyó otro ruido. Un ruido extraño, que venía de lo alto.
Saturnino miró al techo oscuro de la Curia.
Más ruidos. Como pisadas.
Era como si anduviesen por el tejado.
Foro de Roma, frente al edificio de la Curia
Sertorio estaba relajado. Atento a los movimientos de los sicarios, pero tranquilo al saber la situación controlada. Temió que hubieran sido capaces de reunir más hombres, pero, por el momento, no había ni rastro de ellos y los que estaban ni se atrevían a acercárseles...
—¡Tribuno!
Sertorio se dio la vuelta hacia el legionario que reclamaba su atención recordándole su antiguo rango militar, y vio que tanto aquel veterano como otros miraban hacia lo alto del edificio. En medio de la noche no se podía ver bien qué pasaba allí arriba, pero como tanto los sicarios como ellos mismos habían traído antorchas y, en manos de unos y otros, quedaban repartidas por toda la explanada del foro, Sertorio al fin consiguió vislumbrar unas sombras en movimiento por el tejado de la Curia.
—¡Por Hércules! —exclamó perplejo.
En lo alto del tejado de la Curia
Dolabela tenía treinta años y le sobraban unos cuantos kilos. No era ágil, aunque había conseguido trepar a lo alto del edificio por una de las escalas que habían puesto sus hombres. Se movía con tiento por la superficie inclinada, pero quería supervisarlo todo desde arriba. No se fiaba de nadie, ni nadie más tenía su firme determinación. Para empezar, tal y como había supuesto, Sertorio, escaso de hombres, había dejado sin vigilancia el resto de los muros de la Curia para concentrar a todos sus legionarios en la puerta. Algo razonable, pero que dejaba a alguien con arrestos una oportunidad que él no estaba dispuesto a desaprovechar: ordenó a sus sicarios que trajeran mazas, escalas y sierras. Ellos lo miraron extrañados, aunque nadie discutió sus órdenes y al poco tiempo lo reunieron todo. Escalas para trepar a edificios ya llevaban, pues en las confrontaciones nocturnas en Roma eran una buena arma que convenía tener a mano, y más en noches como aquélla, en la que los altercados y enfrentamientos iban a extenderse por toda la ciudad. También llevaban mazas, que valían para todo: para derribar muros, puertas o reventar cabezas. Lo de las sierras no lo tenían pensado, pero saquearon algunas de las tabernae del foro, y alguno de aquellos comercios que vendían todo tipo de utensilios, y se hicieron con las más grandes.
Ahora, en lo alto del edificio de la Curia, Dolabela seguía impartiendo sus instrucciones.
—¡Quitad las tejas! —aulló.
Y algunos de los sicarios empezaron a arrojarlas al suelo, a las calles aledañas al edificio.
—¡No, imbéciles! —les espetó Dolabela, desairado—. ¡Quitadlas y acumuladlas en un lado! ¡Luego serrad varias vigas de la estructura de madera del tejado! ¡Necesitamos un buen agujero!
Nadie terminaba de entender bien a qué venía todo aquello, pero sabían que dentro de la Curia estaba su presa, el tribuno de la plebe, y que un agujero en el tejado los acercaba a su objetivo. Hasta ahí llegaban. Más no.
Interior de la Curia
Saturnino oyó los golpes de una maza al estrellarse contra el techo al que miraba. Algunos sicarios habían trepado por el muro y estaban reventando las tejas de la cubierta. De pronto, varios trozos de yeso y ladrillos partidos cayeron desde lo alto y se estrellaron contra el gran mosaico del centro de la Curia haciendo añicos las teselas.
Todo fue muy rápido.
Lo que empezó como una grieta en la cubierta se transformó en un amplio agujero en cuestión de segundos. Saturnino pensó que los sicarios se descolgarían en ese momento con una cuerda atada a alguno de los grandes travesaños que hacían de vigas de la estructura del tejado, pero claro, eso les impediría huir con rapidez si los legionarios abrían las puertas y entraban para asistirlo... No entendió cuál era el propósito exacto de todo aquello hasta que, inesperadamente, una teja se estrelló a sus pies. Y luego otra. Pero no le habían alcanzado.
No había lugar alguno donde ponerse a cubierto. Sólo aquel inmenso espacio de gradas vacías. Pensó en ponerse en las gradas más pegadas a la pared, pero éstas eran también las más altas y, en consecuencia, las más próximas al techo, lo que lo convertiría en un objetivo más cercano para sus enemigos.
Deambulaba por la sala sin saber qué hacer.
Más tejas se estrellaron contra el suelo, a su alrededor.
En lo alto del tejado de la Curia
—¡Por Júpiter! ¡Es difícil apuntar por entre las vigas! —gritó uno de los sicarios.
—Las sierras —dijo Dolabela sin inmutarse.
Todos entendieron y, al instante, estaban atacando dos vigas enteras.
Los sicarios eran buenos asesinos, pero no buenos operarios de la construcción, y uno de ellos cometió la estupidez de situarse en el centro de una de las vigas que estaban serrando sus compañeros mientras se esforzaba en lanzar tejas contra el tribuno de la plebe.
—¡Aaaahh! —aulló al sentir cómo la viga cedía y él se iba abajo junto con el enorme travesaño. La viga reventó el mosaico del suelo del edificio, y la sangre del sicario, muerto en el impacto, salpicó de rojo varios pasos a su alrededor.
—¡No seáis imbéciles! —repitió Dolabela a sus hombres—. ¡No os pongáis sobre las vigas que cortamos!
Se hicieron a un lado.
Al poco, un segundo travesaño se desplomaba hacia el interior de la Curia. Ahora disponían de un enorme agujero desde el que era mucho más fácil apuntar.
—Ahora —ordenó Dolabela.
Tenían muchas tejas en las manos. El bombardeo iba a reiniciarse.
Interior de la Curia
Saturnino aún no se había repuesto de su sorpresa y horror al ver cómo uno de los asesinos caía desde lo alto con una de las vigas del tejado, cuando, al poco, se desgajaba un segundo travesaño y, al instante, una teja estallaba de nuevo a sus pies.
—¡Aaaggh! —gritó al sentir cómo otra le rasgaba la piel del hombro derecho—. ¡Malditos! ¡Miserables!
Antes de que pudiera reaccionar, se vio envuelto en una lluvia de tejas que caían por todas partes. Se alejó veloz del centro de la sala, hacia las puertas de bronce, y empezó a golpearlas al tiempo que vociferaba:
—¡Abrid, abrid o estos locos me matarán aquí mismo!
Las tejas chocaban contra el mismísimo bronce de las hojas de la entrada de la Curia y reventaban en mil pedazos en medio de sonoros clangs en la inmensa sala vacía.
En lo alto del tejado de la Curia
Dolabela oyó gritar al tribuno de la plebe para que abrieran las puertas y lo sacaran de allí. Aquello ya lo tenía previsto.
—Que ataquen ahora —ordenó a uno de sus hombres, y éste, rápido, transmitió la instrucción acercándose al borde del edificio para aullarla desde lo alto a los sicarios que seguían a pie de calle.
Uno de éstos partió hacia el frontal del Senado con la orden.
Frente a las puertas de bronce de la Curia
Sertorio arrugó la frente cuando oyó los gritos de Saturnino desde el interior.
—¡Van a masacrarlo a pedradas! —exclamó uno de los legionarios—. ¡Parece que le arrojan las tejas del techo!
La orden que Sertorio había recibido del cónsul era no abrir las puertas en toda la noche, pero tenía claro que lo que Cayo Mario deseaba, por encima de cualquier otra instrucción, era salvaguardar la vida del tribuno de la plebe, de modo que si tenía que quebrantar esa orden inicial, lo haría. A punto estaba cuando oyó el grito de los sicarios que se lanzaban contra ellos:
—¡Al ataque, ahora!
Sertorio se volvió hacia la explanada. Los sicarios atacaban. El veterano oficial no tuvo tiempo de ordenar que abrieran las puertas y, aun cuando lo hubiera hecho, en aquel momento necesitaba a todos sus veteranos para repeler el ataque lanzado desde el foro y habría tenido que dar la contraorden. Sabía que era una maniobra de distracción, pero o se centraban en repeler el ataque o los suyos morirían.
Interior de la Curia
Crac.
Fue un golpe seco, sin la sonoridad de los estallidos de las tejas contra el metal de las puertas. Sin eco, sin fuerza aparente, pero certero. Justo en la cabeza.
A Saturnino se le nubló la vista. Una teja le había partido el cráneo por la nuca.
Aun así no perdió la consciencia y fue cayendo lentamente, sus manos abiertas arañando con las uñas el bronce de las puertas del Senado convertido en su prisión, en su particular roca Tarpeya, el lugar de su ejecución. Aquel mismo Senado contra el que se había rebelado, como hicieron los hermanos Graco en el pasado o tantos otros tribunos de la plebe antes que él, lo engullía ahora de manera inevitable. Saturnino, ya cadáver, era simplemente otro tribuno aniquilado por el Senado, muerto en su edificio, en su vientre de dragón eterno.
Clang, clang, clang.
Más tejas que se estrellaban a su alrededor y chocaban contra el metal.
Y, de pronto, golpes ahogados. Eran las tejas que impactaban contra su cuerpo ya tendido en el suelo: en la espalda, en la cabeza de nuevo, en los hombros, en las piernas, en las manos...
Una lluvia incesante de proyectiles mortíferos.
Una lapidación en toda regla.
Implacable.
Inclemente.
Pétrea.
En lo alto del tejado de la Curia
—Ya está —dijo uno de los sicarios—. Es suficiente. Vámonos ahora, por Júpiter. Rápido.
Dolabela lo miró con desprecio y todos permanecieron en sus posiciones. Era el senador quien mandaba, el que pagaba, el que decidía. A todos les parecía que el tribuno de la plebe estaba muerto y bien muerto, pero nadie se movió a la espera de la reacción de su líder.
—Soy yo quien dice cuándo es o no suficiente —dijo Dolabela mirando al asesino a sueldo que se había atrevido a dar la misión por cumplida.
El sicario agachó la cabeza en señal de sumisión.
—¿Qué hacemos, clarissime vir? —preguntó uno de los asesinos.
—Arrojadle el resto de tejas que hemos desgajado.
Sus hombres se apresuraron a dar cumplimiento a aquella orden.
Decenas de grandes tejas fueron lanzadas aún contra el cuerpo inerte del tribuno de la plebe, hasta que su cadáver desapareció de la vista, completamente enterrado bajo aquella masa de arcilla dura hecha añicos, en una enorme pila de tejas rotas.
—Basta —dijo Dolabela—. Ahora sí está claro nuestro mensaje a Roma.
Foro de Roma
—¡Pinchad, pinchad, pinchad! —vociferaba Sertorio una y otra vez.
Sus hombres, enardecidos por su contagiosa furia y por mor de defenderse de sus atacantes, arremetían los gladios entre los escudos con potencia bestial en busca de carne humana que destrozar.
Varios sicarios cayeron heridos, algunos muertos, por el empuje de los veteranos de guerra. A los asesinos del Senado les duró poco la garra y se replegaron con rapidez abandonando a los heridos a su suerte.
—¡Quietos! ¡Por Hércules, no os alejéis! —Sertorio seguía dando instrucciones, controlando los movimientos de los legionarios.
Sabía que el cuerpo les pedía perseguir a sus atacantes y aumentar la carnicería, pero la prioridad era vigilar el edificio de la Curia, preservar la vida de...
De golpe, se dio cuenta del tiempo pasado en aquella refriega.
—¡Rápido! ¡Abrid las puertas!
Sus hombres se replegaron junto a la entrada del edificio del Senado y una docena dejó escudos, enfundó gladios y se aprestó a abrir las puertas de bronce.
Sertorio observaba todo mudo, en tensión. Con los sicarios en retirada, el silencio había retornado al espacio central del foro. No se oían ya gritos dentro de la Curia. Eso no era bueno.
Las pesadas hojas se separaron por la fuerza de sus hombres y, al tiempo que dejaban entrever el interior de la Curia, se vislumbró un brazo ensangrentado de Lucio Apuleyo Saturnino, quien, por lo demás, estaba cubierto de una auténtica montaña de tejas hechas añicos letales. Un reguero de sangre asomaba por debajo de aquella improvisada tumba.
Justo entonces llegó Cayo Mario desde la Vía Sacra para situarse junto a Sertorio. No necesitó explicaciones, no las pidió tampoco. Era tarde para eso. El maldito Metelo tenía razón: aquella noche llegaba tarde a todo.
En ese momento, por el lateral del edificio de la Curia Hostilia, Mario distinguió la figura del senador Cneo Cornelio Dolabela, que avanzaba rodeado por sus hombres, su faz dura iluminada por la luz de las antorchas de sus sicarios.
Las miradas de Mario y Dolabela se cruzaron.
Fue como un desafío.
Sin embargo, Mario se sentía ya viejo, Dolabela le pillaba mayor. Tendría que ser otro quien se enfrentase a él. Pero ¿quién? ¿Cuándo?
Domus
de la familia Julia, Roma
99 a. C., esa misma noche
—¿Por qué estás tan seguro de que las cosas tendrán que cambiar en Roma? —inquirió Aurelia mirando fijamente a su hermano—. Esta noche Cayo Mario va a intentar negociar una fórmula para salvar al tribuno de la plebe, a Saturnino, y al pretor Glaucia, y tú le has dicho que esa negociación está condenada al fracaso. Pero, ahora, a la vez, defiendes que en unos años algo debilitará a los senadores optimates.
—Algo de fuera —precisó Cota.
—¿Qué o quiénes? —insistió Aurelia, que no se resignaba a recibir una respuesta ambigua.
—Los socii —respondió Cota, y bebió un trago antes de explayarse—: Todos, desde siempre, desde los Gracos, han intentado cambiar las cosas promoviendo una redistribución de la riqueza concentrados en el enfrentamiento entre la plebe y el Senado, pero las ciudades aliadas y su reivindicación del derecho de ciudadanía romana será lo que lo desestabilice todo, lo que puede inclinar el fiel de la balanza en el favor de unos o de otros. Si unimos el pueblo a los socii, eso puede aunar tanta fuerza que los senadores tengan que ceder. Pero ahora aún no. Hemos de esperar a que las ciudades aliadas se muevan. Hemos de esperar a una guerra. A esa guerra. Mario de algún modo lo intuye, por eso en su triple alianza con el tribuno de la plebe, la pretura y él mismo desde el consulado, incluyeron algunas cesiones a las ciudades aliadas. Pero los pactos con estas ciudades han de ir más allá. La extensión de la ciudadanía romana fuera de los muros de Roma es la clave.
Julio César padre enarcó las cejas en señal de asombro y cierta incredulidad.
Aurelia frunció el ceño mientras un esclavo le rellenaba la copa de vino.
Golpes en la puerta.
La voz de Cayo Mario, llamándolos.
Habían pasado un par de horas desde su partida.
A instancias de Julio César padre, los esclavos abrieron las puertas y el veterano cónsul entró, pero no pasó al atrio. Apenas cruzó el umbral dijo lo que tenía que decir:
—Se han reído de mí, los Metelos. Cota llevaba razón: primero han asesinado a Glaucia y luego han lapidado a Saturnino en la Curia, con las tejas del techo, y me han atacado en las calles. Sólo Sertorio, unos pocos más de mis veteranos y yo hemos sobrevivido. Los optimates van a por la venganza completa por el asesinato de su candidato a cónsul. Atrincheraos, no salgáis. Dolabela lidera la caza. ¡No salgáis! —insistió, y dicho esto dio media vuelta y retornó a la oscuridad sangrienta de las calles de una Roma asesina.
En medio de aquella locura, Aurelia no dijo nada y también se giró y se refugió en la pequeña habitación donde estaba su hijo, dejando que Cayo Julio César padre y su hermano Cota se encargaran de supervisar que los esclavos cerraran bien puertas y ventanas y que reforzaran cualquier posible acceso a la casa, para que nadie pudiera entrar en ella aquella noche.
—Dame al niño —dijo a la esclava, nada más entrar en la estancia.
La nodriza se lo entregó con cuidado a su madre y, muy prudente, se retiró con rapidez.
Aurelia se sentó en un solium con almohadones que estaba junto a la cuna del bebé y empezó a mecer a Cayo Julio César hijo, al tiempo que iniciaba un relato que ya había repetido en otras ocasiones, allí, a solas, cuando se quedaba en la única compañía de su pequeño.
—Recuerda siempre esta historia de tu origen, de tu principio, del comienzo de la gens Julia, de tu familia, la gens más noble y más especial de toda Roma: la diosa Venus yació con el pastor Anquises y de allí surgió Eneas. El hijo de Eneas se llamó Julo y de ahí desciendes tú. Eres heredero de los héroes de Troya...
En la divinatio, el tribunal decide quién de todos los acusadores que se presentan es aceptado para personarse en la causa como acusación principal, esto es, como fiscal del juicio.