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Cuando una puerta se cierra, se abre una ventana. Típico refrán que hemos escuchado mil veces, pero que si lo analizamos realmente no tiene mucho sentido. ¿De qué me sirve la ventana abierta si la puerta está cerrada? En nuestra cabeza resuena siempre con tono de taza de Mr. Wonderful, pero el sentido literal sería algo más parecido a «Si has perdido esa oportunidad, ahí tienes la ventana». En fin, la frase es una mierda, pero el fondo es la clave. Es una forma de obligarse a buscar otra salida. Todo pasa y todo llega, o por lo menos de eso intento convencerme desde que acepté este curro. No parece que vaya a ser el más trepidante de mi vida, pero tengo que parar de quejarme.

Los que no paran son los mensajes y las llamadas de los curiosos y la prensa. No me los quito de encima. He tenido que desaparecer de todas las redes sociales; ya llevo casi una semana sin ellas. Empezaba a obsesionarme leyéndolo todo, y lo de los mensajes directos ya se había convertido en un puto circo. Había algunos incluso pidiéndome una cuenta en OnlyFans.

Así que si la reunión de hoy no acaba bien, ya tengo plan B..., porque mi cuenta está tiritando. Eso sí, voy a tener que mirarme un arito de esos de luz para que mi contenido +18 esté bien iluminado. ¿Acabaré enseñando cómo me masturbo debajo de la ducha? Sería para escribir un libro: el guardaespaldas que, por seguir sus principios, se convirtió en una estrella del porno. La verdad, antes me pego un tiro.

Si pudiera, me quedaría toda la mañana dándole vueltas al coco y lamentándome de lo de puta madre que está mi suerte, pero nada como un perro hiperactivo —que, cuando detecta el mínimo atisbo de que su amo se ha despertado, brinca a la cama para darle los buenos días y, de paso, pedir el desayuno— para hacerte espabilar.

—¡Neo! ¡Bájate! Que me lo llenas todo de pelos, tío.

Hoy desayuno y paseo exprés, compañero. Tengo que estar a las nueve en la editorial. La peor hora para ser puntual un lunes en Madrid. Así que después de mis obligaciones de amo, duchita rápida y a la calle. Por suerte, puedo ir esquivando los coches, porque el atasco es monumental en todas partes. Nunca entenderé por qué la hora de entrada del 90 por ciento de los colegios coincide con la del mismo porcentaje de oficinas de la ciudad.

A pesar de que voy bien de tiempo me divierto acelerando entre los coches completamente parados en la Castellana. Un trayecto mañanero en moto es mejor que cualquier café. Te obliga a concentrarte al máximo, tienes que estar preparado para reaccionar en el menor tiempo posible y encima te va dando el aire en la cara. Me encantan estas mañanas de septiembre en las que ya empieza a hacer fresco pero que cuando te pones al sol te calientas al instante. Alguna vez hasta te da un escalofrío por el cambio de temperatura. Es mi clima favorito, ni frío ni calor, temperatura californiana. Siempre he soñado con viajar allí.

Mi madre dice que en España no hacen falta guardaespaldas, que la gente es muy buena. Buena es ella, que sigue manteniendo una inocencia envidiable, que piensa siempre lo mejor de los demás. Y en parte tiene razón, aquí nos lo tomamos todo con más calma. Pero qué le voy a hacer si me encanta este curro desde que era un chaval. De pequeño me gustaba ver a esos escoltas trajeados que protegían a grandes presidentes o a estrellas del cine y de la música. Armas de matar que podrían acabar con un ejército de operaciones especiales sin perder su elegancia. La vida real no es eso, o no suele serlo. He trabajado con gente de todo tipo, desde políticos hasta artistas de fama internacional, y puedo confirmar que el glamour de esta profesión se queda en las pelis.

Cuando me quiero dar cuenta, ya he llegado. No he tardado nada, diez minutos de paseo y ya estoy aquí, en pleno centro. Estos sí que saben. Es un edificio bastante tocho, blanco, con grandes cristaleras que pobrecillo el que se tenga que colgar a limpiarlas. En la puerta hay un par de tíos de seguridad bastante repeinados.

—Hola, cariño, ¿adónde vas? —me dice la señora de recepción del edificio cuando entro y me pide la documentación. Qué gusto da la gente buena y educada.

—A la editorial, he quedado con...

—Pasa, cielo, planta ocho, por los ascensores de la derecha.

—¡Gracias!

Subo bastante apretado, se nota la hora punta. Miro el reloj y son menos cinco. Perfecto, ni muy pronto ni muy justo. Llegamos a la planta ocho y soy el único en bajar. No sé por qué me hace gracia mirar atrás y ver a todos los que continúan el viaje con sus maletines y cafés para llevar, rectos y en completo silencio. Solo hablan para saludar a quien entra y para despedirse del que sale, como si fueran un coro.

Me recibe un chico con gafas que está sentado en una gran mesa vinilada con el logo de la editorial.

—Buenos días. —Por su tono no parece que estuviera esperando a nadie.

—Hola, vengo a una reunión.

—Perfecto, ¿con quién?

—Con Carlos Pérez.

Esa es toda la información que me ha dado Tommy. La verdad es que me ha hecho un favorazo, pero podría haberse enrollado un poco y haberme explicado de qué iba la cosa. «Hay que cubrir a una chavalita joven, escritora. Por lo visto lo ha petado que flipas en internet. Vas, te reúnes con los de la editorial y que te la presenten. No me la líes, ¿vale?».

El chico parece buscar en el ordenador, y cuando veo que su cara es de extrañeza y que tarda, le echo una mano:

—Me llamo Kobo, soy escolta, vengo de parte de Tomás Álvarez.

—Mmm... ¿escolta de?

—No sé, de una escritora.

—Tenemos unas cuantas —se ríe.

—No sé, es que se supone que es ahora cuando me iban a informar.

—Dame un segundo, voy a llamar a Carlos.

Me alejo un poco intentando darle privacidad y echo un ojo a mi alrededor. Detrás de la recepción veo a algunas personas acomodándose en sus puestos de trabajo, hablando con sus compañeros o mirando el móvil. También hay algunos libros expuestos alrededor. Varios me suenan. Todo tiene unos tonos bastante neutros, entre los que irrumpe una horrible moqueta de color azul oscuro. ¿Quién usa todavía moqueta? Qué asco.

El chico, a quien no he caído en preguntarle el nombre, sigue esperando a que le cojan el teléfono cuando aparece una señora. Va cargada con una torre de papeles que deja en la mesa con un suspiro. Me mira por encima de unas gafas de pasta rojas, hace un análisis exhaustivo, de arriba abajo y vuelta, y me dice:

—Tú eres el chico de Eva.

No soy el chico de nadie, pero por lo menos ella sí que parece saber quién soy. Vamos avanzando.

—¿Mun? —le pregunta el otro con cara de sorpresa.

—¿Quién va a ser, si no? —le contesta condescendiente mientras deja caer en su pecho las gafas sujetas por un cordel. Siempre he odiado los sujetagafas esos, son de persona rancia.

—Buenos días, Carlos, ha llegado... —El chico tapa el micrófono del teléfono y me pide que le recuerde mi nombre con la mirada.

—Kobo.

—Kobo, el escolta de Eva Mun. Perfecto. Ahora mismo. Gracias. —Cuelga—. No han llegado todavía, pero acompáñame y les esperas dentro, si quieres.

Sonrío a la mujer, que vuelve a escrutarme con la mirada y sigo al chaval por la oficina. Va pasando con soltura entre los puestos de trabajo a la vez que dedica gestos de complicidad y da los buenos días a sus compañeros. Algunos están ya más despiertos que otros, pero todos parecen tener buen rollo.

Llegamos a una sala con una mesa grande en el centro, sillas de cuero y un ventanal desde el que puedo ver mi moto. También hay un expositor de libros que ocupa toda la pared del fondo, algunas plantas, una máquina de café y un proyector. Una de las paredes es una cristalera que da al pasillo de la editorial y que han tenido a bien resguardar con una especie de estor para dar sensación de intimidad. Está claro que es una sala de reuniones importante, pero ni con esas se ha librado de la moqueta.

—Ponte cómodo por aquí, Kobo. Carlos está a punto de llegar y Eva imagino que también.

—Perfecto, gracias...

—Roberto, bueno, Rober.

—Gracias, Rober.

—¿Te guardo el casco? —me pregunta amablemente.

—No hace falta, gracias.

—¿Quieres algo? Un vaso de agua o algo así.

—Estoy bien.

—Muy bien, cualquier cosa, ya sabes dónde encontrarme.

Rober se va con el aire nervioso que lo acompaña desde que han mencionado a la autora. Bueno, ya sé dos cosas nuevas: la chica se llama Eva Mun y no es demasiado puntual.

Ha pasado un rato y aquí no aparece nadie. Empezamos bien. No estoy nervioso, pero soy un tío impaciente por naturaleza. Siempre he llevado mal lo de estar sentado, así que me levanto y me pongo a deambular por la sala. Echo un vistazo por la ventana y veo a la gente entrando y saliendo del edificio. Me siento un tiburón de Wall Street observando a los currantes desde su despacho.

«Tendría que haberle pedido un café a Rober para bebérmelo a sorbitos mientras pienso en mi próximo golpe». Sonrío y me digo que soy idiota.

Me acerco a los libros. A algunos autores los conozco y admiro, seguramente habrán estado en esta misma sala cerrando sus contratos. Otros muchos ni me suenan. Ojeo varios y de repente ahí está, Eva Mun, Lo difícil de olvidar. El título me suena, quizá lo he visto en algún sitio, pero desde luego estoy de acuerdo en que olvidar no siempre es fácil. La portada muestra la ilustración de una pareja a punto de besarse, y han añadido una frase que reza: «La historia que ha emocionado a más de un millón de lectores».

Joder, eso es mucha peña. Tiene pinta de ser la típica historia de amor que hemos visto ya ochenta veces. Chica se enamora de chico que parece que nunca será capaz de comprometerse hasta que ella le cambia por completo, son felices y comen perdices. Aun así, como soy incapaz de tener un libro en la mano y no ojearlo, lo abro por una página cualquiera.

... llevaba horas sin pensar en todo eso que hacía mucho que me impedía disfrutar, y el simple hecho de darme cuenta me hizo sonreír. Él sonrió también. En una tarde había conseguido mucho más que con meses de terapia. Por fin podía ser yo misma, sin pasado. Solo importaba ese preciso instante. Me hizo sentir libre, y quería exprimir esa sensación al máximo.

Hacía horas que dábamos vueltas por la isla; entre la humedad y el sudor, estábamos empapados. En otra ocasión habría estado preocupada por cómo tenía el pelo o el maquillaje, pero en ese momento me daba igual. Quería gritar de alegría, salir corriendo, saltar, bailar, desnudarme, hacer el amor, todo. El cielo, de color rosa, se reflejaba en la espuma de las olas que rompían unos metros más adelante. Sin pensarlo ni un segundo, me apoyé en su muslo y le di un beso. No se lo esperaba. Nos miramos fijamente. Sentí vértigo. Era como si acabara de saltar de un avión a cinco mil metros de altura.

Sus ojos, verdes como las aguas que bañaban la playa en la que estábamos, se achinaron. Sonrió de una forma diferente a todas las anteriores y me besó. Lo hizo muy despacio, sus labios acariciaban los míos y se dejaban empapar por nuestra saliva. Colocó la mano en mi nuca y me apretó delicadamente hacia él. Un escalofrío hizo que me retorciera, y la corta distancia que había entre nosotros disminuyó aún más.

Notaba la humedad de nuestros cuerpos, que cada vez estaban más calientes. Me sobraba la ropa, pero no podía separarme de su boca. Le acaricié el pecho mientras me colocaba entre sus piernas abiertas, que me invitaban a apretarme contra él. Justo en el momento en que la noté, soltó una respiración más fuerte que las anteriores, me agarró la pierna con fuerza y me miró azorado. Yo no entendía por qué había parado cuando lo único que quería era que me hiciera el amor.

Empecé a desnudarme mirándole a los ojos y su cara se transformó otra vez. Me dedicó una de esas sonrisas sexis a las que me estaba volviendo adicta y también empezó a desvestirse. Hace solo unos meses me resultaba imposible hacerlo con mi novio de tres años en una habitación que no estuviera completamente a oscuras, y ahora me estaba desnudando delante de un tío que había conocido hacía menos de un día y con el que no compartía ni el idioma. Me miraba con deseo mientras se liberaba de su ropa con rapidez. Estaba ansioso por hacerme suya, y eso me ponía aún más.

Salí corriendo hacia el agua y me zambullí de golpe, dejando escapar un grito extasiado ante el contraste del agua fresca con mi piel caliente. Al segundo, él gritó también y se acercó a mí.

Cuando me di la vuelta con la intención de mojarle, no pude más que contemplar el espectáculo que tenía frente a mí: estaba en una de las playas más bonitas del mundo, bajo el atardecer más espectacular que había visto jamás y con él... Las gotas de agua resbalaban por su piel morena a la vez que brillaban iluminando cada uno de sus músculos.

El rumor de las olas quedaba acallado por el ruido de mis latidos, que mantenían un ritmo frenético. No pude evitar morderme el labio, escondiendo una sonrisa, mientras él acortaba la distancia que nos separaba para tomarme entre sus brazos.

El tiempo hacía rato que se había detenido, pero en ese momento desapareció. Me dejé envolver por su cuerpo, agarrada a su torso, mientras una ola nos cubría por completo. Fue un segundo debajo del agua en el que me sentí más presente en la tierra de lo que había estado jamás.

Salimos a la superficie. Los besos, antes lentos y húmedos, ahora eran desesperados y jadeantes como nunca los había sentido. Quería devorarle, lo necesitaba. Mis pezones se erizaron y le siguió toda mi piel. Cada vez que notaba su lengua en contacto con la mía, solo pensaba en sentirla una vez más. Nunca me había sentido así.

Le arañé la espalda y él me agarró el culo tan fuerte que se me escapó un gemido. Le rodeé con las piernas y me apretó contra él, haciendo que mis pechos acariciaran el suyo. Con las respiraciones cada vez más agitadas, nos dejamos acunar por la danza de las olas y emprendimos la nuestra propia. Cada roce, cada jadeo, nos acercaba un poco más al paraíso. Cuando ya nada fue suficiente, empecé a acariciarle. Estaba dura, y yo solo la quería dentro. Sus dedos acariciaban el interior de mis piernas poco a poco. Me encantaba el contraste entre la fuerza de sus manos y la delicadeza de sus caricias. Iba y venía, no llegaba a tocarme y eso hacía que cada vez lo necesitara más. Me di cuenta de que ya estaba cerca, y ni siquiera habíamos empezado. No podía más. La cog...

—Espero una buena crítica.

Me sobresalto, intentando ubicar la voz que me ha sacado de esa playa. Siento como si me acabara de despertar de un sueño de golpe.

¿Cuánto llevo leyendo?

Carraspeo, hago lo posible por disimular que me había quedado completamente empanado. «Empanado y empalmado», pienso.

La chica que me ha interrumpido me quita el libro de las manos con agilidad y me dedica una sonrisa.

—¿Por dónde vas? Vaya, ya veo por qué estabas tan concentrado. Un poco de sexo en la playa siempre está bien, ¿no?

—No es lo más cómodo —contesto cortado.

Me fijo en ella. Es morena, bajita, con la piel tostada por el sol y una sonrisa brillante adornada por unos labios gruesos. Tiene la cara más bien redonda y una nariz diminuta sembrada de pequeñas pecas. Es de esa clase de chicas que tienen una belleza natural diferente, que te dejan pensando en el color de sus ojos o en el tono de su pelo mucho después de que se hayan ido.

«Mierda, Kobo. Céntrate, macho».

Ella me sigue mirando con una sonrisa ladeada, quizá pensando que soy imbécil, cuando entran en la sala una chica muy elegante, que parece recién salida de un episodio de las Kardashian, y un señor de mediana edad con cara de ser Carlos Pérez.

—Ah, estás aquí, pensábamos que seguías en el baño.

—Perdón, es que le he visto ojeando el libro y no me he podido resistir.

Los recién llegados se acercan a mí y me estrechan la mano.

—Carlos.

—Rebeca, agente de Eva.

—Y yo soy la famosa Eva. Encantada de conocerte —sonríe esta.

Tanto la escritora como su agente son bastante jóvenes. Cuando Tommy me dijo en qué consistiría el trabajo, ya me dejó entrever que iba a ser joven, pero lo último que pensé fue que tuviera mi edad, incluso menos. Rebeca parece un poco mayor, pero no demasiado.

—Eres Jacobo, ¿verdad?

En ese momento veo que Eva me mira y hace una mueca entre vacilona y cómplice. Sí, soy Jacobo, pero nadie me llama así. Era el nombre de mi abuelo y, aunque no le conocí, a mi madre le hacía ilusión ponérmelo. Como si al compartirlo con él se me fuese a pegar algo bueno. La realidad es que lo único que me trajo fueron cachondeos cuando era crío, aunque ahora me da bastante igual.

—Kobo, por favor.

—Claro. Sentaos donde queráis, poneos cómodos —dice Carlos a la vez que se coloca presidiendo la mesa.

Las chicas se sientan juntas y yo enfrente, dejando la chupa y el casco a mi lado.

—¿Queréis tomar algo?

—Ay, pues... ¿Kombucha tienes? O si no, una agüita con gas —responde Eva.

Empezamos bien. Kombucha dice, como si estuviéramos en Malasaña.

—Yo nada, gracias.

—Yo un agua, porfa. Gracias, Carlos —pide la agente.

El hombre va a buscar las bebidas, seguramente arrepintiéndose de haber preguntado, aunque por suerte Rebeca es más fácil.

Los tres nos quedamos solos. Me miran. Nos miramos. La representante rompe el hielo.

—¿Qué tal, Kobo?

Es de esas personas que tienen una presencia fuerte. Desde su forma de vestir hasta la manera en que se sienta hacen que te fijes en ella. Lleva el pelo largo recogido en una coleta alta, de las que dejan claro desde el principio que no se anda con chiquitas. Está buena, no nos vamos a engañar.

—Muy bien —carraspeo—. ¿Vosotras?

Cuando me va a contestar, Eva, que lleva un rato mirando el móvil, interrumpe como si no se hubiera dado cuenta de que estábamos hablando.

—Mira, tía. Algo así, ¿sabes? Este me gusta.

Rebeca me dedica una sonrisa cómplice y mira lo que le enseña Eva. En ese momento entra Carlos por la puerta con unas botellas de agua.

—Solo había agua normal, lo siento chicas. Toma, Kobo, te he traído una por si acaso.

Rebeca y yo se lo agradecemos, y Eva le sonríe amable, pero deja la botella al lado, sin tocarla. En dos movimientos ya veo un poco de qué pie cojea.

—Más o menos ya sabéis quién es quién, pero por si alguien está despistado: Eva es una de nuestras mejores escritoras, con una proyección espectacular. Rebeca, su agente, un hueso duro de roer —dice Carlos sonriendo, dejando caer el halago. Este tipo es perro viejo—, y Kobo, que por lo que tengo entendido es uno de los mejores escoltas del país.

Ninguno nos lanzamos a decir nada en relación con los piropos.

—Bueno, y un servidor, editor de Eva.

—El mejor —añade Rebeca con una sonrisa de oreja a oreja que provoca que Carlos se sonroje. Es lista.

—Me hubiera gustado que también viniese nuestro jefe de comunicación, pero está de viaje. El caso es que nos hemos encontrado con algunas situaciones que no son nada cómodas para Eva. Como sabrás, es una persona muy conocida, tiene muchos seguidores, y algunos están cruzando una línea un tanto preocupante.

—Situaciones que dan bastante mal rollo —aporta Rebeca.

—Efectivamente. A veces el exceso de amor, o el amor mal entendido, es casi peor que el odio.

—Deduzco entonces que es sobre todo un problema de acoso —intervengo.

—Más o menos...

—A ver, tampoco es para tanto. Por dos raros que han venido a mi casa no me voy a morir. —Eva, que hasta el momento se ha mantenido con la vista clavada en el móvil, adopta una actitud despreocupada, como si la cosa no fuera con ella.

—Eva, no han sido «dos raros», que yo estoy todo el día contigo y he visto cosas que telita —la reprende su agente.

—Sí, pero de ahí a ponerme un guardaespaldas... Creo que nos estamos pasando.

—Para nosotros lo primero es tu seguridad —dice Carlos.

—Claro, porque no sois vosotros los que tendréis que ir con niñera todo el día.

¿Niñera? Tócate los huevos.

—Eva... —Rebeca la mira como si ya hubieran tenido esta conversación.

—¿Qué?

—¿Nos disculpáis un segundo, chicos? —La agente se levanta y Eva la sigue con gesto abatido.

¿Qué clase de circo es este? Salen de la sala y se ponen a hablar en la puerta. Aunque están fuera, las veo perfectamente. El estor ese no tapa una mierda.

Carlos está tenso. Me doy cuenta de que empieza a sudar bajo la camisa blanca con raya diplomática y se recoloca un par de veces el reloj en la muñeca izquierda.

—Disculpa, Kobo, problemas del directo. —Típica frase de padre.

—No pasa nada.

—Al final, para alguien tan joven, todo esto... Se hace cuesta arriba.

La oficina está en silencio y ellas muy cerca de la puerta, así que, conforme la conversación se vuelve tensa y alzan la voz, las escuchamos con total claridad.

—Que no, tía...

—El chaval no tiene la culpa.

—Si no he dicho nada... Que me da igual, Rebeca...

—¿Y por qué me dijiste que sí?

—Te dije que ya veríamos... Todo el día con un pavo pegado...

Miran a través del cristal, se dan cuenta de que estamos siendo testigos de todo, como si estuviesen con nosotros, se callan y entran.

—Disculpadnos, teníamos que aclarar un par de cosas para no marearos mucho. —Rebeca se ríe para intentar suavizar un poco el ambiente.

—Si estás preocupada por perder tu privacidad, me encargaré de que no sea así. Entiendo que puedas pensar que voy a estar pegado a ti todo el día —ya le gustaría—, pero no tengo por qué.

—Te lo agradezco, pero de verdad que no creo que esto sea necesario. Además, no ayuda nada a mi imagen. En cuanto la peña me vea con un tío de seguridad, me va a poner fina.

—Eva, la gente tiene que entender que eres un personaje público y que eso conlleva unos riesgos —intenta convencer de nuevo a su representada.

—Que me da igual, que no quiero un guardaespaldas. No lo necesito. Lo siento mucho, Kobo. Me has caído bien, pero es que no lo necesito. Perdona por hacerte perder el tiempo.

—Eva, en serio... —Carlos intenta mediar, pero sin ninguna fuerza.

—Que no, que sé cómo van estas cosas. Ahora me vendéis que no va a cambiar mi vida y que voy a seguir con la misma libertad, pero luego...

—¿Prefieres que cualquier día te peguen un susto?

—Qué exagerada eres, Rebeca, hija, de verdad... Me estoy agobiando. Muchas gracias, Carlos, te escribo pronto. Y Kobo, encantada, en serio.

Según dice eso, se levanta y abandona la sala de reuniones. No sé si reírme aquí o esperar a llegar a la calle.

Rebeca está muy avergonzada. No sabe dónde meterse. Es evidente que su relación va más allá del ámbito profesional, pero no deja de ser curiosa la actitud que ha adoptado. Si habla así a su agente... ¿cómo nos tratará al resto?

—Carlos, perdóname. Entrará en razón, pero ya sabes cómo es. Se quiere hacer siempre la fuerte, y no se puede.

—Nada, tranquila. Lo siento más por Kobo, que le hemos hecho venir hasta aquí.

—Por mí no os preocupéis. Todos podemos tener un mal día —digo intentando quitar hierro al asunto.

—No está pasando por un buen momento, se le han juntado muchas cosas y bueno...

Esta no sabe lo que es no pasar por un buen momento. Lo que tiene son ganas de show.

—No pasa nada.

—Voy a hablar con ella y os digo algo, porque el tema es preocupante, aunque no lo admita. Además del acoso de los fans y prensa normales por su posición, ha empezado a recibir llamadas extrañas, regalos y flores en su casa —dice y coge el bolso—. Nos vemos pronto.

Me quedo solo con Carlos, al que le ha salido hasta un sarpullido de los nervios. Quizá para él sea de lo más tenso que ha vivido en sus casi cincuenta años. Va a necesitar por lo menos una semana de baja.

—Carlos, un placer —me despido—. Muchas gracias por contar conmigo.

—Nada, Kobo, una faena, mil disculpas por esta situación tan desagradable.

—En peores plazas hemos toreado.

Cualquiera pensaría que me voy decepcionado o jodido por lo que acaba de pasar, pero no. Está claro que hubiese preferido salir de aquí con curro y sabiendo que mi nueva clienta es cojonuda, pero ha sido tan surrealista que una parte de mí está ansiosa por contarle a Tommy y a los otros lo que ha pasado. Vaya película se ha montado la escritora.

Estoy saliendo del edificio cuando me suena el teléfono. La película de hoy no deja de mejorar.

Hermanitooooo

Como estás, que no se nada de ti?

Me tienes abandonado

Te renta tomar algo mañana?

Te echo de menos

Se me escapa un suspiro. Chris. Rezo porque, por una vez en la vida, no sea otra de sus mierdas. Rezo porque en esta ocasión no tenga que sacarle del pozo.

Quedo con los chicos en el barrio, en el bar de José Luis, donde siempre. Las sillas de ese sitio podrían escribir la biografía de cada uno de nosotros el día que muramos. Íbamos en pañales cuando lo pisamos por primera vez, y nos hemos criado entre las mesas de este local. José Luis es la persona que más collejas nos ha dado en nuestra vida, y todas merecidas. Le queremos mucho, pero es verdad que durante años fue el foco de nuestras travesuras. La misión era robarle los bollos que tenía en el expositor todas las tardes al salir de clase, antes de ir al parque. Con los años me enteré de que luego mi madre pasaba todos los días a pagárselos. Nos sabían mejor al pensar que nuestra familia no se había tenido que gastar el dinero en aquella deliciosa palmera de chocolate que engullíamos en segundos para que nos diera tiempo a jugar al fútbol antes de irnos a casa.

Tommy y Mou ya están allí sentados cuando aparco la moto. Mike estará con su nuevo amor, porque mi colega es un clásico y siempre le pasa lo mismo: entra en la fase «cueva», cuando lo único que tienes en la cabeza es a esa persona y solo quieres encerrarte con ella a hacerle el amor durante todo el día, comer y dormir largas siestas abrazaditos. La cosa es que compartimos piso, y la mitad de las veces me toca ser testigo... Y sí, nos reímos de él y le picamos porque nos deja tirados, pero en el fondo todos queremos vivir algo así. Sentir el amor como él, al límite. Un amor de esos que paran el tiempo, de esos que hacen que todo lo demás desaparezca.

Me acerco a la mesa de siempre, casco en mano. La de siempre para los de siempre. Mou no es del barrio de toda la vida, pero cuando llegó lo adoptamos como uno más en el grupo. Tommy me mira sonriente mientras da un trago a su tercio, pero sé que está analizando cada uno de mis gestos para saber qué tal me ha ido. La realidad supera cualquier ficción que se esté montando en la cabeza.

—¡Vamos, guaperaaaaaas! —grita Mou mientras se levanta para aplastarme entre sus brazos—. Te he echado de menos, chiquitín.

Claro, a su lado cualquiera es chiquitín. El tío pasa de los dos metros y tiene la complexión de un armario empotrado.

—¿Qué tal, bro? ¿Cómo ha ido?

—Pues me han echado —me río.

Tommy se queda blanco y parece que se va a caer para atrás del susto.

—¿Cómo? Pero, cabrón, ¿qué has hecho? ¡Si solo tenías que ir a que te explicaran el curro!

Mou desvía la mirada para aguantarse la risa. Le miro y se esconde porque sabe que en cualquier momento va a estallar.

—Mamones, no os riais, que es mi empresa. A ver ahora qué me dicen. Joder, que tengo que pagar mil cosas. Te voy a matar, Kobo, tronco.

—Que yo no he hecho nada, ha sido la piba esa, que estaba loquísima —aclaro mientras le hago un gesto a José Luis para que me ponga una cerveza.

—¿Qué piba?

—Eva, la escritora.

—¿Qué ha hecho?

—Nada, que dice que no necesita un guardaespaldas y ya está.

—Joder, pues yo necesito que lo necesite —suspira mi colega.

Tommy decidió abrir su propia empresa después de trabajar varios años para otros. Es muy bueno en lo suyo, el cerebro le va a mil por hora y siempre encuentra la solución perfecta antes que nadie. Justo por eso es un trabajador horrible. Siempre acaba llegando a una conclusión mejor que sus jefes, y ser más listo que tus superiores —y que ellos lo sepan— no suele ser buena idea. Desde entonces va siempre agobiado por que la empresa crezca, por ir consiguiendo curros cada vez más especializados y por hacerse un nombre. ¿Qué le voy a decir, si lo entiendo? Para él todo esto es una movida. Pero lo bueno es que, igual que cuando boxea, no tira nunca la toalla. Tiene claro su objetivo y va a por él. Por eso sé que conseguirá todo lo que se proponga, aunque a veces la cosa pinte chunga.

—A ver, la agente, que parecía más normal, me ha dicho que intentaría que entrara en razón, pero vaya papelón.

—¿Y tú que has hecho?

—Nada, observar y alucinar.

—¿Está buena? —interviene el grandullón.

—Mou, troco, que estamos con una cosa importante —le espeta Tommy.

—Es muy mona, la verdad, pero también un poco niñata.

Al final, según pasan los años, tengo cada vez más claro que lo de que el físico es lo de menos es una puta realidad. Es obvio que es lo que te llama de primeras, pero al final, por muy buena que estés, si eres imbécil no apetece tocarte ni con un palo. Eva es una chica mona, no es modelo, pero tiene cosas que la hacen atractiva. La cosa es que esos pequeños detalles han perdido la batalla contra sus tonterías. Y de un momento a otro pasas de la atracción al rechazo, y ya no hay vuelta atrás.

—Joder, qué marrón. Pues a ver si nos llaman, tío, que contaba con esa pasta.

Después de eso se relaja, se echa para atrás en la silla y se mesa una vez más esa perilla de dos o tres días que se ha empeñado en dejarse últimamente. Podría salir en un vídeo de Bad Bunny, el cabrón.

Quitando el temita de la autora rebelde, lo estamos pasando bien. Reunirse con los colegas a tomar unas birras es la mejor de las terapias. No paramos de reírnos hablando de las noticias de actualidad, como el nuevo ligue de Mike. Las tías se creen que los chicos no cotilleamos de esas cosas, pero se equivocan, lo hacemos igual que ellas. Me preguntan todos los detalles porque vivo con él y saben que soy el que más información tiene. Les cuento que aún no la conozco, pero que el otro día estaba saliendo de la ducha en pelotas cuando los oí en la puerta.

Tuve que correr para que no me pillaran y casi me abro la puta cabeza al resbalar por el parquet. Por suerte, pude cerrar la puerta antes. La putada fue que empezaron a montárselo como conejos en el salón y me había dejado el móvil en el baño.

—¿Y no viste si estaba buena?

—¡Eso solo te pasa a ti! Lo peor es que si te hubiesen pillado seguro que habrías salido bien parado —se ríe Tommy.

—Hombre, ten claro que la piba se habría puesto a desayunar con este cabrón. A desayunar «sanjaKobo».

Los chistes de Mou son una basura, pero siempre nos acaban provocando una carcajada. Probablemente porque se parte él solo.

Le mojo con las últimas gotas que quedan en mi botellín y me levanto a por otra ronda.

Me río mucho con estos cabrones, son mi sitio seguro, mi familia, pero esta vez no consigo despejar la cabeza del todo. El trabajo, lo de mi hermano... No estoy tranquilo cuando sé que tengo cosas que solucionar. Además, es raro, porque no me veo con fuerzas para hablarlo con ellos. Con el tema de Chris me pasa algo extraño: me duele escuchar de la boca de otros lo mismo que pienso yo. Es como que me siento el único ser humano con potestad para pensar y hablar mal de él.

No dejo de darle vueltas. ¿En qué estará ahora metido? Espero que no sea grave, porque no creo que mi madre pueda soportarlo otra vez...

Suspiro e intento dejar de lado el bucle en el que he entrado hasta que le vea mañana. No está siendo una buena temporada, la verdad, pero dicen que, cuando tocas fondo, solo puedes ir hacia arriba.