Prólogo. Josie

1

En la actualidad

Metí la mano en el tarro de mermelada.

—Venga, venga, venga —murmuré observando cómo una parte de la mermelada se derramaba al hundir la mano y una masa viscosa y rojiza me pringaba la piel hasta la muñeca—. No me hagas esto. Por favor. Sal. Despacito y buena letra.

—¿Yoji? —La voz del Abuelo Moe gritó desde el salón.

Me quedé paralizada y dejé de sacudir los dedos de golpe. Maldición. Si el abuelo veía qué era lo que tenía atascado en el dedo no querría escuchar lo siguiente. Aún más, si me veía usando toda la mermelada después de que le hubiese prometido emplearla en una tarta de queso al horno, me...

¿Yoji?

—¿Sí?

—Hay una muhaha en el batio.

—¿Cómo? —pregunté poniendo los ojos en blanco, aunque lo había pillado, más o menos. Normalmente entendía el idioma desdentado del Abuelo Moe.

—Que hay una muchacha en el patio —repitió, con dicción más clara, señal de que se había puesto la dentadura.

Suspiré y observé mi esfuerzo en vano por quitarme esa cosa del dedo. Debería haber cogido mantequilla. O aceite. Y necesitaba que el abuelo estuviera distraído y lejos de la cocina.

—¿Seguro que no es alguien que ha pasado por delante sin más?

—No. Está subiendo las escaleras del porche. Me da mala espina.

Mierda. ¿Venía alguien?

—¿No te dije que no fueras tan mirón? ¿Eh? —lo reprendí mientras sacaba la mano y me tiraba del dedo con la otra mano—. La gente te ve ahí vigilando como si fueras un... —hice un poco más de fuerza— un bicho raro con tirantes. —Nada, que no se movía ni un milímetro. Volví a intentarlo—. No sé si te crees el guardián del barrio o algo así, pero...

Se me resbalaron los dedos, solté las manos y le di un codazo al tarro, que se estrelló contra el suelo y creó un gran charco rojizo.

—Pero ¿qué? —dijo el Abuelo Moe—. ¿Y qué ha sido eso?

En silencio, me cagué en todo por haber puesto perdida la encimera, el suelo y también a mí misma. Manos, bata, pies..., todo estaba lleno de mermelada y esquirlas de cristal.

—Se me ha caído una cosa. Lo tengo todo controlado.

Sonó el timbre de la puerta.

«O no».

—¿Abuelo Moe?

Oí el crujido de su silla cuando se desplomó en el asiento.

—¿Abu? —grité con la voz más dulce que pude, y fui a limpiarme las manos con... ¿Dónde estaban los paños de cocina? Utilicé la bata—. ¿Serías tan amable de abrir la puerta?

—No ha venido a verme a mí —repuso—. Y no me gustan los desconocidos. Ni sus pintas. —Tras una pausa, añadió—: Y soy viejo.

—Ser viejo no vale como excusa para todo, ¿eh? —Recogí varios trozos de cristal antes de tirarlos con cuidado en el fregadero—. No la puedes usar para zamparte la última magdalena de chocolate ni para negarte a abrir la puerta.

Desde el comedor sonó una retahíla de murmullos de enfado, y seguí recogiendo esquirlas de cristal mientras aguzaba el oído en busca de alguna señal de que el abuelo se había levantado. No oí nada, así que esperé y esperé… hasta perder la paciencia.

—Abu, ¿estás...? —El timbre volvió a sonar y pegué un bote. Hice una mueca de dolor al notar una intensa punzada en el centro de la mano—. Mierda —mascullé—. Me cago en el cristal y en la...

El timbre sonó por tercera vez. Y por cuarta. Y por quinta.

Cerré los ojos y suspiré de frustración.

—¡Maurice Antonne Brown! —grité entre dientes—. Como no abras la puerta, te juro que te voy a dar un azote que te vas a acordar de mí...

—Vale, vale —gruñó. Oí el crujido de la silla y unos pasos lentos y pesados. Acto seguido, sonó la puerta y el abuelo dijo—: ¿En qué la puebo abudar?

«La madre que lo parió». A veces me entraban ganas de chillar.

—¿Cómo? —respondió una voz de mujer.

—¿En qué la puebo abudar? —repitió el Abuelo Moe como el hombre sumamente insufrible que podía llegar a ser.

A una parte de mí le costaba creer que se hubiera quitado la dentadura de nuevo, pero ¿por qué me sorprendía? El abuelo era un cascarrabias de manual y, desde que le había dado un leve ictus por el que me lo había llevado a vivir a mi casa, su irritabilidad había alcanzado cotas máximas, incluso después de haberse recuperado prácticamente por completo.

—Es que... —empezó a decir la mujer—. Estoy buscando a Josephine Moore. Juraría que vive aquí. La gente del pueblo con la que he hablado me lo ha confirmado.

—¿Y? —respondió el viejo con todo el morro.

Se hizo un breve silencio.

—Pues que yo nunca me equivoco —añadió la mujer—. Y no me gustaría perder más el tiempo, así que, si no le importa ir a buscar a la señorita Moore de mi parte, se lo agradecería. Llevo un buen rato aquí de pie viendo cómo me observa usted desde la ventana. No sé si pretendía intimidarme, pero no le ha funcionado. —Hizo otra pausa—. Me he enfrentado a cosas peores que a un anciano desdentado con tirantes.

Dejé escapar un gruñido. La última vez que alguien lo llamó «anciano», el Abuelo Moe logró que nos sacaran en la portada del periódico del condado. La fotografía en blanco y negro del abuelo pegándose con Otto Higgings por unas tijeras de podar gigantes —y yo en medio, con los brazos extendidos y cara de terror absoluto— todavía se me aparecía algunas noches en sueños. Siempre quise aparecer en la portada del periódico, pero ojalá no hubiera sido bajo el titular: «Guerra de poda en Green Oak. A la alcaldesa le cuesta mantener la paz».

Como si quisiera que le oyera, el abuelo soltó una risilla desde el recibidor. No era un sonido agradable. Era su risilla de «estoy tramando algo», y, a pesar de la mermelada y del desastre y de la bata —y sí, también llevaba una mascarilla de extracto de algas—, la risilla me puso en acción enseguida. Me restregué las manos en la bata, que ya estaba hecha un asco, y corrí hacia la puerta.

Dos pares de ojos me miraron fijamente. El abuelo empezó a formular con los labios una pregunta que no me apetecía responder, así que sonreí y, con cuidado, lo aparté a un lado. Y fue entonces cuando me di cuenta de que en la mano tenía una mancha de color rojo oscuro. Era sin duda sangre, no mermelada.

Me metí las manos en los bolsillos de la bata y me giré para mirar hacia la mujer.

—Hola —dije con una sonrisa de oreja a oreja—. Soy Josie. Josephine Moore. Esa soy yo. Le estrecharía la mano, pero en fin... Gérmenes. ¿Qué le parece si chocamos los codos? —Le acerqué el codo—. Tengo entendido que hoy en día está de moda. Entre niños y... entre jóvenes. En internet. Y en todas partes.

La mujer parpadeó, me miró varias veces de arriba abajo e hizo una extraña mueca.

—Ni hablar. No. —Su expresión se volvió consternada—. ¿Qué...? —Al parecer, buscaba la forma correcta de formular la pregunta—. ¿Por qué pareces recién salida del interior de una galleta de frambuesa?

—Ah. Es que estaba... cocinando —expliqué con una carcajada. Pero no quería reírme. Quería que esa noche terminase y comenzara un nuevo día sin tener un anillo atascado en el dedo—. Soy un desastre. Las cocineras desastre son muy comunes. Por cierto, no he oído cómo se llama. Yo me llamo Josie, pero eso ya lo sabemos las dos.

La mujer suavizó la mueca. Ligeramente.

—Me llamo Bobbi —contestó negando con la cabeza, cosa que hizo que la media melena rubia se balanceara alrededor de su cara—. Bobbi con i latina. Bobbi Shark.

Se hizo un silencio incómodo.

—Un nombre precioso —la piropeé—. ¿Le apetece pasar, Bobbi?

—Te comportas como si fuera la primera vez que oyes hablar de mí. —Enarcó una ceja—. Creía que me estabas esperando.

Menos mal que la mascarilla facial ocultaba mi ceño fruncido, porque si hubiera estado esperando a alguien con un nombre tan curioso, me habría acordado. Aunque, claro, no era la primera vez que alguien se presentaba en mi puerta a horas intempestivas para pedirme algo.

—Es lo que le digo a todo el mundo —repliqué. Me aparté y abrí un poco más la puerta con el hombro. Jamás había sonreído tantísimo—. Pase y hablaremos todo el tiempo que haga falta sobre lo que necesite. —Le lancé una mirada asesina al hombre de mi izquierda—. El Abuelo Moe se irá a la cocina para recoger el desastre que he dejado. Y luego nos preparará una taza de té a las dos. ¿Verdad, abuelo?

Lo oí gruñir entre dientes, pero por lo menos se dio media vuelta y se dirigió hacia la cocina.

Me volví a concentrar en Bobbi; no parecía tener ninguna intención de entrar.

—O, bueno, también podemos hablar en la puerta —propuse, conteniendo un suspiro—. Pero en ese caso nos olvidamos del té. No creo que el abuelo esté de humor para traérnoslo hasta aquí.

No le hizo gracia mi comentario. Creo que, por cómo arrugaba la nariz, ni siquiera lo oyó.

—No sabes quién soy —dijo—. ¿Y me invitas a tu casa?

Reflexioné antes de contestar.

—Bueno, me imagino que no es usted una vampiresa, así que...

—Pues no —me interrumpió—. Y deja ya de hablarme de usted. —Me quedé boquiabierta—. Vale. En primer lugar, a partir de ahora debes dejar inmediatamente de invitar a desconocidos a tu casa —me indicó con una sorprendente seriedad—. Y segundo —prosiguió levantando una mano para señalarme la cara y el pecho—, no sé qué pretendes con esto, pero no va a funcionar. No vas a volver a abrir la puerta de esta guisa. Ni siquiera mirarás por la ventana de esta guisa. —Resopló—. ¿Acaso no te dedicas a la política?

—Pues... —Me había dejado descolocada. No tenía ni idea de qué estaba pasando—. No me gusta considerarme política. Vale, sí, soy la alcaldesa del pueblo, pero en un sitio tan pequeño es un cargo voluntario. La mayor parte de los días no tengo que hacer nada de nada. —Y en ocasiones apagar algún que otro fuego metafórico me había quitado años de vida. Entonces se me ocurrió algo—. Un momento. ¿Esto tiene algo que ver con Carmen?

—Perdona, ¿con quién? —Bobbi arqueó una ceja.

Me quedé mirando a la mujer que estaba delante de mí, que llevaba un abrigo plateado de lana y botas de cuero que asomaban por debajo del dobladillo. Contemplé el maquillaje impoluto, el corte de pelo perfecto, su voz autoritaria.

¿Acaso los Clarkson se habían tomado tan en serio el problema de la verja que habían contratado a una superabogada de la ciudad?

—Estás perdiendo el tiempo —le aseguré—. Solo fue un incidente. Los Clarkson se están gastando un dineral en algo que podría resolverse con una conversación civilizada. No es culpa de nadie que Carmen se escapara. Las vacas no son los animales vagos que todo el mundo cree. A veces son sigilosas. Y Robbie Vasquez no tenía forma de saber lo que hacía Carmen hasta que instaló las cámaras de seguridad en el establo. No esperaba que Carmen se fugara. Y mucho menos que cruzara a la finca de al lado y retozara un poco con el ganado de los Clarkson. En mi opinión, es la llamada de la madre naturaleza.

Bobbi «con i latina» me miraba como si me hubiera brotado una segunda cabeza. O como si estuviera pensando cómo rebanármela y librarse de ella.

Por Dios, ¿iban a denunciarme? ¿Iban a denunciar a Robbie? Se me formó un nudo en el estómago.

—Por favor, no nos denuncies. Te juro que arreglaremos la verja.

—Es mi peor pesadilla —murmuró Bobbi después de cerrar los ojos.

—¿Eso es un sí o un no? Porque le prometo, señorita Shark, que no hace falta que...

—Tú —me cortó—. Esto. El ganado. Que si vacas que se llaman Carmen. Que si verjas. Que si establos. Y este... tiempo. El aire puro. El hecho de que no he visto un Starbucks desde que he salido del aeropuerto. Todo esto. —Abrí los labios, pero me detuvo con un dedo—. No tienes ni idea de lo que está pasando ni de por qué estoy aquí, y me aseguraron que te habían informado y que estabas de acuerdo con todo. Tengo una confirmación por escrito. Te puedo enseñar los correos electrónicos, juraría que te pusieron en copia en todos.

¿Los correos?

¿Qué...?

Una imagen cobró forma y se iluminó detrás de mis párpados. Un recuerdo.

—Pensaba que mi última relación había sido tóxica —continuó Bobbi—, pero los clientes son peores que un novio narcisista que cree que te está ayudándote haciéndote luz de gas. —Extrajo el móvil del bolsillo del abrigo y empezó a toquetear la pantalla—. Se va a enterar el tío este. Por su culpa hemos retrocedido un día entero o dos. Menuda pérdida de tiempo.

«Se va a enterar el tío este».

«El tío este».

Me tragué un nudo de temor. Me salió una frase que sonó más bien como un graznido:

—¿Quién eres exactamente?

El tamborileo de sus uñas se detuvo. Me lanzó una mirada de sorpresa.

—Soy experta en relaciones públicas. Y una profesional carísima. Lo sabrías si hubieras leído los correos electrónicos. —Pareció darle vueltas a algo—. Aquí tenéis internet, ¿no? A ver, sé que estamos en el culo del mundo —miró alrededor— y que esto está lleno de árboles y montañas y naturaleza y, en fin, cositas campestres y demás. Pero aquí tenéis internet. ¿Verdad?

Si me preguntaran mi opinión, ojalá no tuviéramos, sinceramente.

Así tendría una excusa que ofrecerle a la experta en relaciones públicas que solamente un hombre podría haber enviado hasta aquí. «El tío este».

Andrew Underwood.

Así al menos tendría una excusa para haber ignorado por completo los últimos intentos de Andrew de ponerse en contacto conmigo. Algo que no fuera un: «Estaba esperando a armarme de valor para leerlos algún día». O: «Lo siento, no soporto tener que entrar en otra videollamada por Zoom contigo y con tu asistente mientras él finge tomar notas porque tú y yo solo nos miramos fijamente mientras nos morimos de incomodidad». O...

—... Tu padre. —Las palabras de Bobbi me devolvieron a la conversación.

Porque me había desconectado. Y ella había seguido hablando. Seguramente del motivo por el que estaba allí y quién la había mandado y por qué. En mi mente se cruzó una posibilidad.

—Un momento. ¿Andrew está aquí?

—No. —Bobbi movió la mano con gesto desenfadado—. Está demasiado ocupado como para atender asuntos como este.

Asuntos como este.

«¿Asuntos como cuál?».

Me daba vueltas la cabeza con todas las respuestas posibles a esa pregunta y...

—Creo que no me estás escuchando de verdad, Josephine —anunció Bobbi.

No le faltaba razón.

—Bueno, pues tendré que hacerte un resumen —dijo con un suspiro—. Otra vez. —Se acarició la sien durante unos segundos—. Hay un problema. Bueno, en realidad tú eres el problema.

Sentí un escalofrío.

—Tienes un pasado muy curioso —siguió diciendo—. No te voy a culpar por todos esos compromisos, de verdad. Darían igual si no fueras la hija de Andrew. O si no hubieras aparecido en el peor momento posible.

—Me llamó él —musité—. Yo no aparecí. Si acaso...

—Adalyn no le dejó alternativa —contraatacó Bobbi. Se me cayó el alma a los pies al recordar el ultimátum que Adalyn le dio a Andrew cuando se enteró de que éramos hermanas. Nadie sabía, ni mucho menos esperaba, que la mujer a la que él había enviado a Green Oak en misión benéfica terminaría siendo mi hermana. Ni Adalyn ni obviamente yo, por feliz que estuviera de considerarla amiga mía cuando nos enteramos—. En mi opinión profesional, lo gestionó de pena. Y ahora, un año más tarde, en un intento por redimirse o lo que sea que pretenda, lo ha empeorado todo al hablar sobre ti y sobre este pueblo con los de la revista Time.

El texto se había publicado la semana anterior. Yo no sabía cómo lo había empeorado todo, pero sí que mi nombre se incluía en un artículo de cuatro páginas dedicado a la vida y a los éxitos empresariales de Andrew Underwood. Y también sabía cómo el periodista que lo había escrito se había referido a mí.

«Un traspié».

—Y como yo predije —prosiguió Bobbi—, alguien sintió la suficiente curiosidad como para indagar un poco y convertir este asunto en el culebrón que nadie necesitaba. A Andrew no le está sentando demasiado bien. Es una amenaza a su imagen, a sus negocios y a todo lo que pende de un hilo ahora que su jubilación está a la vuelta de la esquina. —Hizo una pausa—. Tú eres la amenaza, por cierto.

—¿Yo? —Sus palabras me dejaron sin aliento.

—Eres el traspié de Andrew —explicó Bobbi, repitiendo el término que había empleado el periodista.

Me quedé pálida debajo de la mascarilla de algas al oír esas palabras en voz alta.

—Te mantuvo oculta durante décadas, algo que no es tan atípico. Te sorprendería saber cuántos famosos tienen hijos escondidos por ahí. Pero él...

—Yo no soy... —Negué con la cabeza—. No soy el nada de nadie. Solo soy... soy su hija.

—Y ahora todo el mundo sabe que te abandonó, Josephine —respondió Bobbi con una seguridad que me hizo encogerme y dar un paso atrás—. A una joven encantadora de un pueblecito que perdió a su madre cuando tenía diecisiete años y se vio obligada a arreglárselas por su cuenta mientras su padre amasaba un pastón en Miami. —Volvió a levantar una mano para trazar un arco delante de mí—. Una joven encantadora de un pueblecito cuya ausencia paterna le hizo tantísimo daño que ha buscado ese amor sin descanso y en vano en otros lugares. Una joven encantadora de un pueblecito que ha seducido no a uno, ni a dos, ni a tres, sino a cuatro hombres distintos, a quienes dejó como si fueran unas tristes patatas podridas. Y el día de su boda. —Su tono adquirió cierta dureza—. Es como si fueras un personaje de novela, en serio. Me sorprende hasta qué punto un hombre tan inteligente no viera cómo esta situación iba a dañar su imagen y amenazar su legado.

«Amenazar su legado».

Me ardían las mejillas. Me ardía todo el cuerpo, y la piel bajo la bata subía de temperatura con cada segundo que pasaba.

—Ese relato no puede estar más lejos de la realidad.

—¿Ah, sí? —dijo Bobbi encogiéndose de hombros—. A lo mejor deberías escuchar un pódcast llamado Trapos Sucios. Temporada tres, episodio doce, minuto dieciocho. Analizan el asunto con gran detalle. Es sumamente esclarecedor. Y también el motivo por el que estoy aquí.

—¿Qué...? —Parpadeé. La bocanada de aire que exhalé me interrumpió—. ¿Qué pódcast?

—Uno con dos millones de oyentes semanales. Si cuentas todas las plataformas, incluidas las de vídeo. —Me quedé boquiabierta, y me lanzó una mirada que no comprendí—. ¿Te mudarías a Miami? —Me balanceé sobre los pies con un principio de desmayo—. Viendo cómo va la noche, creo que deberías. Me necesitas más de lo que me pensaba. Pero no te voy a ayudar a hacer las maletas. A no ser que así podamos coger el primer avión que nos saque de aquí. Sería durante un tiempo, y el anciano podría acompañarte, aunque yo preferiría que no. Te instalaremos en un piso precioso y asistirás a eventos sociales con Andrew. Para capear el temporal. Para mostrar un frente unido.

La voz de Bobbi se convirtió en un zumbido agudo que me taladraba los oídos. Me llevé las manos a la cabeza. A las sienes. Me di unas palmadas en las mejillas para intentar notar si me ardía la piel. Pero no noté nada. ¿Estaba ardiendo? ¿Era un delirio febril? Me sentía... abrumada. Muy... a punto de cometer una estupidez supina. Como por ejemplo quitarme la bata, gritar y echar a correr en dirección a los árboles. Lejos de esa conversación. Aunque eso significara huir en pelotas en medio de la noche. Y...

—¿Qué es eso? —Bobbi soltó un grito ahogado y dio un paso atrás—. ¿Por qué nadie me había avisado?

Parpadeé hasta que la experta en relaciones públicas recuperó la concentración y seguí su mirada hacia mis manos. Mierda.

—Es mermelada. Quizá algo de sangre de un corte, pero...

—No —resopló Bobbi—. Eso no. —Señaló el anillo de mi dedo—. Eso.

—Ah —susurré—. Es mi anillo de compromiso. No es...

—¿Por qué nadie me había dicho que te habías comprometido otra vez?

¿«Otra vez»?

—Porque...

—Espera —me interrumpió—. Calla un momento. —Cerró los ojos e hizo algo que no me esperaba. Se rio. Se descojonó. Pero no era un sonido agradable. Sonaba oxidado y un tanto... malévolo—. Eso lo cambia todo.

Estaba muy cansada. Muy agotada. Muy...

—¿El qué?

—Eso —dijo mientras me levantaba la mano—. Para tu futuro marido es una putada, pero es una noticia excelente. Para nosotros. Para ti, para mí, para Andrew, para mi trabajo. Para este follón.

Busqué mentalmente una forma de explicarle a esa mujer que no era más que un malentendido. Que el que tenía atascado en el dedo era uno de mis viejos anillos de compromiso. No uno nuevo. Que a veces hacía tonterías como volver a ponérmelos por... ¿nostalgia, soledad, estupidez? Y que cuando me estresaba se me hinchaban los dedos y los tobillos, y los anillos se me quedaban atascados por accidente. Pero estaba absolutamente sobrepasada. Ya lo estaba antes de que se presentara en mi puerta, por si la mermelada no era prueba suficiente de lo pésima que era resolviendo problemas cuando me estresaba.

Y, de repente, ¿la tía pensaba que me había comprometido? De nuevo. Por quinta vez. Y que de alguna manera eso lo cambiaba todo.

Y yo... Dios mío. Me iba a dar algo. Necesitaba pensar. Y...

Me llamó la atención algo detrás de ella.

Algo no. Alguien. Un hombre. Que estaba al final del camino de entrada.

Debimos de haber llamado su atención, porque giró la cabeza. Su pelo era un revoltijo de tonos rubios oscuros, y vi unas gafas en el puente de su nariz. Dio un paso adelante y su cara se situó debajo de la farola de la calle.

—¿Matthew? —me oí decir.

—¿Quién es? —Bobbi miró atrás—. ¿Tu prometido? Genial. De hecho, debería estar presente en la conversación. ¿Qué os parece un buen bodorrio? —prosiguió esbozando una sonrisa radiante—. Haremos un anuncio por todo lo alto. Sin reparar en gastos. Paga Andrew. Papá al rescate. No hay nada que le guste más a la gente que una boda. Un villano reformado que lleva a la novia hasta el altar para que sea feliz y coma perdices. Y chimpún, bomba de relaciones públicas desactivada. Vínculo de padre e hija reforzado. Reputaciones salvadas. Crisis de imagen evitada. Pódcast molestos silenciados. No hay que reubicar a nadie. Bobbi gana y regresa a la civilización invencible.

El tiempo pareció detenerse durante un segundo.

«Bomba de relaciones públicas desactivada. Vínculo de padre e hija reforzado. Reputaciones salvadas. Crisis de imagen evitada».

Y entonces algo me devolvió al presente.

Levanté una mano y, para la sorpresa de todos —mía, de Bobbi y, obviamente, de Matthew—, grité a pleno pulmón:

—¡Hola, cari!

Matthew echó atrás la cabeza y recé por que me siguiera la corriente. Me conocía. Sabía quién era.

—¡Amor de mi vida! —chillé más alto aún—. ¡Por fin has vuelto!

Como ya he dicho, cuando estoy estresada no se me da precisamente bien resolver problemas.

2

Matthew abrió muchísimo los ojos.

Mierda.

Y luego frunció el ceño.

Mierda doble.

«Sígueme la corriente», le dije con los labios.

Matthew, que por el pelo mojado debía de haberse visto atrapado en la tormenta que acababa de caer sobre Green Oak, miró tras de sí. Y se señaló.

«¿Yo?», leí en sus labios.

Vale, mierda.

No iba a ir como me había imaginado. Pero ¿qué esperaba? No entraba en mis planes. Matthew era el mejor amigo de mi hermana, y en algún punto del fin de semana me enteré de que iba a venir a Green Oak. Pero ni siquiera sabía qué hacía ahí, delante de mi casa. ¿Acaso había decidido pasar a saludar antes de ir al Refugio del Alce Perezoso? ¿Adalyn le había dado mi dirección? ¿Por qué llevaba una bolsa de viaje? ¿Dónde estaba su coche? Ojalá hubiera tenido toda esa información, pero a fin de cuentas era el mejor amigo de Adalyn, no mío. Matthew y yo no éramos buenos amigos, tan solo conocidos. Más o menos. Si así es como se consideran dos personas que han hablado en un chat grupal pero nunca se han visto cara a cara.

Y yo acababa de llamarlo «amor de mi vida». En alto. Muy alto.

Abrí los ojos como platos.

Acababa de llamarlo «amor de mi vida».

Tragué saliva y miré a Bobbi. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, expectantes. Me estaba juzgando. Así que no, ya no podía echarme atrás. Ni de coña. Pensaría que estoy mal de la cabeza. Pero no por las cosas de las que me había acusado. Volví a concentrarme en Matthew Flanagan, el mejor amigo de Adalyn y, desde hacía unos segundos, mi complaciente prometido. La idea me provocó un nuevo mareo, pero me las arreglaría. Él sabría que era yo, Josie. La hermana de su mejor amiga. Sabría que había pasado algo.

Matthew reaccionó. «Por fin». Levantó un pie y... dio un paso adelante. En dirección al porche.

Aliviada, solté todo el aire de los pulmones.

—Ay, cosita, cuánto te echado de menos —dije a voz en grito—. ¿Tú también me has echado de menos, cari... ñito mío?

Levantó las cejas castañas claras como si fueran dos banderas de incertidumbre.

—Bueno, no hace falta que contestes —me apresuré a añadir—. Ya sé la respuesta, es como si la tuviera tatuada en el corazón. Me has echado de menos una barbaridad, seguro. Porque nos queremos y la gente que se quiere se muere de ganas de..., en fin, de besuquearse. De morrearse. De hacer el amor con calma.

Bobbi soltó un gruñido detrás de mí.

Matthew se detuvo momentáneamente.

Me pareció lógico. Yo también estaba en shock.

Después de negar con la cabeza, bajé un par de escalones para reducir una parte de la distancia que mi improvisado prometido tanto tardaba en cruzar e ignoré cómo se me aceleraba el pulso ante aquel despropósito.

Se detuvo a los pies del porche antes de levantar la vista y miró de izquierda a derecha. Como si lo inspeccionara todo. Y lo analizara. Luego me miró a los ojos. Los suyos eran castaños, grandes, entornados detrás de las gafas, que seguían mojadas. Vi algo más en ellos también. Algo que me distrajo y no supe interpretar. Algo que me hizo pensar que todavía estaba decidiendo qué hacer. Se lo imploré en silencio. El matiz de su mirada cambió, y contuve la respiración de nuevo.

—Ese soy yo —anunció, y apoyó la bota mojada en el último escalón del porche con fuerza—. Amor mío. —Se aclaró la garganta—. Cariñito mío. Ya hablaremos luego de eso. Ahora mismo me alegro de haber vuelto... a casa por fin. Y estoy listo para que nos morreemos. —Se hizo un breve silencio. Y Matthew debió de confundir mi alivio con confusión, puesto que me lanzó una mirada y me dijo—: Ven aquí, anda, y dame un poco de amor.

Bobbi suspiró antes de soltar un quejido de horror.

Pero yo no. Como me había pedido, me puse en marcha, bajé el porche y aterricé sobre su pecho como si supiera cómo darle un poco de amor a ese hombre. Que no era el caso, pero lo rodeé con los brazos de todos modos y le puse la cabeza justo debajo de la barbilla. Estaba... empapado. La ropa de Matthew estaba calada, incluida su chaqueta de cuero, y noté cómo mi bata absorbía la humedad. Se me enfrió la piel. Noté cómo su cuerpo se tensaba y se agarrotaba junto al mío. ¿Por qué?

Alguien se aclaró la garganta.

Bobbi. Cómo no.

Me aparté del pecho de Matthew con un «gracias» murmurado que lo puso más tenso aún y me volví hacia la mujer que esperaba en mi porche.

—Perdona —dije con una sonrisa—. Me he dejado llevar por la emoción del momento. Seguimos en nuestra fase de luna de miel. ¿Verdad, cari?

Matthew guardó silencio con expresión insegura de nuevo. Por suerte, se la quitó de encima rápido.

—Sí. Claro. —Apartó la mirada y la clavó en Bobbi—. Y toda la culpa es mía. —Una rara risilla surgió de entre sus labios—. Soy Matthew. Flanagan. Y esta es mi casa. Y esta —me rodeó los hombros con un brazo— es mi mujer.

—Bobbi —dijo con una mueca, a modo de presentación—. Shark. No soy propiedad de nadie ni tengo nada, más allá de demasiadas criptomonedas por culpa de un consejo financiero cuestionable.

—Vaya —tercié en alto—. Ahora que ya nos hemos presentado, ¿qué os parece si...?

—¿Cuánto tiempo hace que estáis comprometidos? —preguntó Bobbi.

Matthew emitió un ruido extraño que tuve que tapar con una carcajada desagradable antes de contestar.

—Seis gloriosos días.

Bobbi entornó los ojos.

—Fue la proposición más romántica de la historia —añadí—. Mi preferida entre todas las demás. —Noté cómo Matthew me observaba el perfil como si me taladrara dos agujeros con la forma perfecta de dos ojos—. ¿Por qué lo preguntas?

—Es información relevante —repuso Bobbi con un encogimiento de hombros que fingía despreocupación. A mí no me engañó. Se acercó a la barandilla y se inclinó por encima de una de mis macetas—. ¿Y cómo te lo propuso, si no te importa que te lo pregunte?

—En un pícnic romántico —repliqué al instante notando cómo el brazo de Matthew se tensaba sobre mis hombros. Bobbi arqueó una ceja—. En la puesta de sol —añadí, y la forma en la que siguió mirándome provocó que salieran las siguientes palabras de mi pecho—: Fuimos en coche hasta un campo lleno de girasoles, a una hora de Green Oak. Yo llevaba un vestido de verano y él, una camisa blanca. De esas finitas que quedan tan bien. De las que se ciñen al cuerpo masculino.

—Ya sé a cuáles te refieres. —Bobbi frunció los labios.

—Estábamos bebiendo vino rosado —proseguí, imparable—. Y comiendo un queso que Matthew había cortado en lonchas muy finas, como a mí me gusta, y, antes de que me diera cuenta, hincó una rodilla delante de mí y entre los girasoles apareció un cerdito que avanzaba hacia nosotros sobre sus diminutas patas. El cerdito se detuvo a los pies de Matthew con una carta atada en el cuello con un lazo. Desplegué la nota y se me aceleró el corazón al imaginar la pregunta que me había escrito. Y luego me dijo: «¿Quieres casarte conmigo?».

Se hizo el silencio después mi elaborada anécdota de la proposición. Me notaba el corazón desbocado dentro del pecho.

—Soy un hombre muy afortunado y creativo —le oí decir a mi lado.

—Ya ves —canturreó Bobbi con la cabeza ladeada. Bajó un escalón—. Mañana lo retomaremos. No me puedo creer lo que voy a decir, pero me da la sensación de que también voy a hacer de vuestra organizadora de bodas.

—¿De nuestra qué? —dijo Matthew algo desconcertado, mientras me bajaba el brazo de los hombros.

Le lancé una mirada afilada que disimulé con una sonrisa.

—Estás cansado. Y necesitas dormir. Y tenemos que hacer el amor, ¿recuerdas? ¿Qué te parece si dejamos que Bobbi se marche, entramos, nos sentamos y hablamos? A solas.

—Es una idea estupenda, Josephine —comentó Bobbi, que ya estaba junto a nosotros—. Deberías explicárselo todo a tu prometido. Y no olvides la parte del bodorrio en el pueblecito. Paga papá sin reparar en gastos.

Las palabras acudieron a mi boca, pero la cara de Matthew me impidió pronunciarlas. Me miró de arriba abajo a toda prisa, conmocionado. Después se puso pálido.

Bajé la mirada y comprendí lo que había visto.

—No dejo de olvidarlo. Es solo mermelada —le expliqué.

Matthew, que parecía un poco más alto y corpulento ahora que estaba delante de mí, dudó. Y para mi sorpresa lo único que dijo fue:

—¿Josie?

Fruncí el ceño sin saber por qué pronunciaba así mi nombre.

—Enhorabuena, campeón. —Bobbi le dio una palmada en el hombro—. Esperemos que esta unión dure. Por lo menos lo suficiente para que yo pueda hacer mi magia y arreglar el lío. Pero ya repasaremos los detalles y lo que diremos a los medios. Mañana... Uy, ¿a lo mejor deberíamos organizar la boda en Miami? Mmm, consultadlo con la almohada. Yo también lo haré. En fin, ha sido un placer, pero adiós.

Matthew me miró, todavía con los labios blancos y expresión desolada. No sorprendido ni impactado ni enfadado siquiera. Tan solo... alicaído.

Abrí los labios, pero, antes de que pudiera hablar, extendió un brazo y me cogió de la muñeca. Me levantó la mano izquierda, con cuidado y lentitud, y me dio la vuelta a la palma. Tenía la piel húmeda y fría.

—Matthew —empecé a decir.

Pero no pude añadir nada más, porque el Abuelo Moe salió por la puerta, con las manos en sendos guantes rosas de goma y un delantal estampado con estrellitas amarillas atado a la cintura.

—¡De ninguna manera! —exclamó levantando los brazos para llamar la atención (con éxito) de todos los seres humanos y animales que se encontraban a un radio de diez metros a nuestro alrededor—. Mi Josie no se irá a Miami. Y yo tampoco. —Los ojos del abuelo se fijaron en el hombre que seguía cogido de mi mano—. Josie, ¿por qué este cebollino empapado te tiene agarrada de la mano de esa forma? Sí, tú. El que mueve los labios como si fuera una trucha nadando a contracorriente. ¡No te vas a llevar a nadie a Miami!

—Por Dios, abuelo —lo regañé mirando alrededor por si veía a Bobbi, pero se había... esfumado—. ¿No podrías...?

—A mí no me vengas con Dios —repuso aproximándose a la barandilla—. ¿Has...? —Se interrumpió y clavó la vista detrás de nosotros—. ¡Otto Higgings! —gritó—. ¡Métete en tu casa, maldita sea! Esto no es asunto tuyo, ciruelo marchito y entrometido.

Murmuré una palabrota entre dientes. No tuve que girarme para ver que mi vecino, la némesis del abuelo, estaba en el patio, metiendo las narices en nuestros asuntos. Porque estaba ahí, claro. Claro...

Algo me tiró de la mano.

Me concentré de nuevo en Matthew, que miraba hacia abajo mientras desaparecía el poco color que aún le quedaba en el rostro. Seguí la dirección de sus ojos. Continuaba aferrándome la mano, cuya palma lucía un corte. Apenas sangraba, pero una parte de mi piel estaba manchada de un rojo más oscuro que el de la mermelada del tarro.

—Josie —susurró—. Estás sangrando.

—Ah —murmuré. Aparté la mano y me limpié el corte con la manga de la bata—. No te preocupes, es solo un... —Mi voz se fue apagando—. ¿Matthew?

Tenía los ojos entornados y, antes de que yo pudiera hacer nada al respecto, se desplomó en el suelo.

3

Cuando Matthew volvió en sí, fue con un grito ahogado de sobresalto.

Le tendí una taza y me obligué a dedicarle mi sonrisa más cálida y acogedora.

Me miró desconcertado.

—Bébetelo, porfa. —Dejé de sonreír—. Enseguida vuelvo. Me cambio superrápido y mientras tanto el Abuelo Moe te echará un ojo.

No podía culpar a Matthew por estar confundido ni por ser reacio a aceptar la taza. Tampoco podía culpar al Abuelo Moe por quejarse. Pero a buen hambre no hay pan duro, así que, en cuanto el té llegó a las manos de Matthew, di media vuelta y subí las escaleras de dos en dos. Y tan pronto como cerré la puerta de mi habitación, me tumbé en el suelo.

Cerré los ojos y apoyé los hombros en la superficie de madera.

Todo el aire abandonó mis pulmones con un suspiro.

—Mierda.

No, retiré lo dicho. No era una situación de mierda. Era una situación de camión cargado de estiércol de vaca que te anula los cinco sentidos.

Porque esa noche... había sido muy fuerte. Había sketches de comedia menos disparatados que lo que habíamos vivido. El Abuelo Moe chillando como si un lobo hubiera entrado en el corral y hubiera matado a la mitad de sus gallinas tan solo había sido la guinda del pastel. Me seguía preguntando cómo había conseguido mantener la calma cuando Matthew se desplomó en el suelo. Cómo los dos —sí, pensaba incluir al viejo— habíamos conseguido que un adulto de más de metro ochenta se derrumbase. Igual que le pasaba a mi arcilla cuando no conservaba la forma. Lo tenía a mi lado, fuerte y fornido y a todas luces a salvo entre mis manos, y de golpe y porrazo estaba despatarrado en el suelo.

Pero Matthew no era de arcilla, claro. Ni un jarrón al que yo pudiera dar la forma que quisiera. Era el mejor amigo de mi hermana. Una persona con una vida, a la que había arrastrado a mi caos. No era algo que pudiese endurecer con un golpe de secador, por más que lo deseara con todas mis fuerzas. De hecho, lo retiro. No debería pensar siquiera en poner duro a Matthew ni en darle calor.

Reabrí los ojos, me levanté, erguí la espalda y me reconcentré en mi tarea. Cambiarme de ropa. No divagar. Entré en mi cuarto de baño en suite para quitarme la mascarilla de algas de la cara —y tomé nota mental para lanzar el resto del bote—. Había decidido que traía mal fario. En cuanto me la quité, me lavé las manos con jabón, me puse una tirita sobre el corte de la palma y me enfundé lo primero que encontré: leggings, una camiseta de tirantes y un jersey. Me cepillé el pelo con las manos al tiempo que bajaba las escaleras.

—¿Te gusta la infusión? —pregunté antes incluso de haber cruzado la puerta de la cocina.

El hombre sentado en mi sillón rosa guardaba silencio. Sus ojos se clavaron en los míos cuando me detuve delante de él.

—Es manzanilla —comenté para llenar el silencio—. Mi madre me la preparaba cuando me dolía la barriga o tenía un mal día. He supuesto que era una cosa o la otra, así que he pensado que te ayudaría. Y que te consolaría. A mí me deja como nueva.

Matthew pareció sopesar la respuesta antes de conformarse con un breve:

—Gracias.

No era precisamente reconfortante, pero por lo menos había recuperado el color en el rostro. Era un rostro bonito, ahora que lo miraba bajo una luz adecuada. Mandíbula cuadrada, nariz recta, labios carnosos y ojos castaños ocultos detrás de unas gafas. Yo se las había limpiado durante el par de minutos que había estado inconsciente. Se habían mojado un poco por la lluvia y era lo mínimo que podía hacer, teniendo en cuenta la situación. Me... me gustaban. Sus gafas. En las fotos no lo había visto con ellas. Y tampoco en las videollamadas de Face­Time con Adalyn que le había espiado de reojo o en las que lo había saludado.

Conseguían darle un aspecto... diferente. Más..., no sé. Supongo que tampoco era demasiado importante.

—¿Qué tal la mano? —me preguntó con voz grave y áspera.

—Bien —admití, aliviada por que me estuviera hablando. Cogí un taburete y lo planté delante de él antes de sentarme encima—. No era nada. Solo un cortecito —mentí. No había sido tan pequeño, no.

—Estabas sangrando, Josie.

—Sí, sí. Pero no hablemos de eso. Estoy bien, y no me gustaría que te diera otro... parraque.

—No pasa nada —comentó mientras se acercaba la taza a los labios—. No recuerdo la última vez que me pasó. Creo que haberme calado con la lluvia no ha ayudado, y mi cuerpo ha colapsado durante unos instantes. —Se apoyó la taza en el regazo. Me miró a la cara, luego al cuerpo, y me observó de arriba abajo con lentitud o pereza o quizá cansancio antes de clavarme la mirada—. Sí que te cambias rápido.

—Es uno de mis superpoderes —dije con una risotada. Aunque fue muy corta. No era la única que necesitaba cambiarse de ropa, y detesté el recordatorio. Eché un vistazo a los vaqueros mojados de Matthew y a su jersey, más empapado aún—. Te hemos quitado la chaqueta de cuero al meterte en casa. Has dicho algo entre dientes, supongo que era por eso. —Se instaló un nuevo e incómodo silencio entre ambos—. Hará falta una especie de milagro para que resucite. Lo siento. Si te digo la verdad, es probable que con tus botas pase lo mismo. No te las he quitado, aunque lo he pensado. Lo ideal habría sido que te lo quitara absolutamente todo, pero el Abuelo Moe no me ha dejado.

Matthew enarcó una ceja.

—Lo digo en plan médico y práctico, obviamente —me expliqué—. No en plan que quisiera desnudarte y dejarte en ropa interior.

En la comisura de los labios se formó una curva hacia arriba.

—Jamás desnudaría a un hombre inconsciente —le aseguré—. A no ser que su vida dependiera de estar desnudo, claro. Y no era el caso. Murmurabas cosas, así que estabas casi bien del todo. Y habría sido rarísimo meterte aquí dentro desnudo.

Matthew apretó los labios.

—No te preocupes. —Le dediqué una sonrisa radiante—. El abuelo y yo cargamos mucho peso todos los días. Bueno, de hecho, sobre todo yo, porque a él ya no le dejo. Aunque empiezo a pensar que las clases de pilates a las que he ido no han tonificado mis músculos tanto como me prometían. A lo mejor tendría que haberle hecho caso a mi instinto y haberle dado una oportunidad al krav maga. —Me encogí de hombros—. Uy. ¿Quieres que te cuente algo gracioso?

Me miró con expresión confundida por toda respuesta.

—El año pasado, Adalyn también se desmayó el día que llegó al pueblo —dije igualmente—. En circunstancias distintas, claro está. Aunque estoy bastante segura de que ya lo debes de saber. Pero, bueno, ¿a que es una coincidencia muy graciosa que los dos os quedarais inconscientes nada más pisar Green Oak?

Por el modo en el que Matthew me siguió mirando, no me dio la sensación de que la anécdota le pareciera graciosa. De hecho, me percaté de que llevaba un buen rato sin decir palabra, mientras que yo ya había pronunciado demasiadas.

—Tiendo a desvariar cuando me pongo nerviosa —mascullé—. Así que estaría bien que dijeras algo. Cualquier cosa, en realidad.

—No eres como me esperaba. —Se rio con suavidad. Fue una risa breve, un poco cansada, pero una risa al fin y al cabo, por lo que la acepté—. Y al mismo tiempo sí.

Me asomó una sonrisilla en los labios. Una auténtica, quizá la primera de esa noche. Aunque no tenía ni idea de a qué se refería Matthew.

—No se la merece —gruñó el Abuelo Moe, de pronto junto a nosotros. Dejó un plato en el regazo de Matthew—. No se ha ganado una sonrisa.

—Pues yo creo que después de lo de esta noche se ha ganado algo más que una sonrisa. —Puse los ojos en blanco—. Además, yo le dedico mis sonrisas a quien me apetece, abu.

El Abuelo Moe me ignoró y lo señaló con un dedo.

—Queso fundido. Come. Hace un rato parecías un puerro mustio. Algo me dice que hoy te has saltado una comida, así que a comer.

—El abuelo lo hace con toda su buena intención —le aseguré al rubio que ocupaba mi butaca preferida de toda la casa. Matthew masticó, obediente—. Y te prometo que dejará de llamarte cosas raras. No sé qué le ha dado hoy. Está especialmente cascarrabias.

—No pienso dejar de llamarle cosas —repuso el abuelo—. Y no tengo buena intención. Quiero que esté sano y fuerte por razones egoístas. Todavía no sé si me tocará darle un azote en el trasero.

Resoplé antes de girarme de nuevo hacia Matthew.

—No lo dice en serio.

—Y tanto que sí —insistió el Abuelo Moe. Le arrebató el plato en cuanto Matthew engulló el último trozo—. Qué rápido. ¿Todavía tienes hambre?

—No, señor —respondió Matthew después de tragar—. Pero gracias, señor.

Me hizo gracia tanto «señor».

—Llámalo Abuelo Moe sin más, como hace todo el mundo en el pueblo. O por lo menos Moe. No son necesarias las formalidades, te lo prometo...

—Me llamo Maurice —intervino el Abuelo Moe—. ¿Y qué te parece si sigue llamándome «señor» hasta que yo decida qué hago con él? Esta es mi casa y no lo he invitado.

Me volví hacia mi compañero de piso con tirantes.

—¿Tu casa? Tienes suerte de caerme bien, que si no te mandaba a la residencia de Fairhill de una patada en el culo, por mucho que te pusieras a lloriquear en plan «¡Es que las residencias son de viejos!». —El abuelo ahogó un grito, aunque sabía que no se lo decía en serio. No iba a librarse de mí tan fácilmente. No después del ictus, por más que se hubiera recuperado bien. Me centré de nuevo en Matthew—. Lo siento mucho, es que...

—Tiene razón —dijo. El castaño claro de sus ojos resplandeció con un consuelo que probablemente no me merecía—. Acaba de conocerme y es tu abuelo. Hoy me he saltado el almuerzo. Y, por las horas que son, también la cena. No ha sido inteligente por mi parte, y seguro que por eso me he desplomado así. Os doy las gracias por la comida y por la infusión y por haberme quitado la chaqueta empapada y haberme arrastrado hasta aquí. Y gracias por no haberme dejado en ropa interior. La verdad es que desnudo estoy muy cómodo, pero tienes razón: habría hecho que todo fuera el doble de raro.

«El doble de raro». Yo también habría usado ese mismo adjetivo, pero me molestaba que lo hubiera elegido él para describir la situación.

El Abuelo Moe masculló algo ininteligible antes de dar media vuelta y acercarse a los fogones, donde sin duda pretendía prepararle algo más de comer. Perro ladrador, poco mordedor.

—El Abuelo Moe no es mi abuelo de verdad —sentí la necesidad de precisar—. Es que... —Pensaba que era algo que Adalyn le habría contado a Matthew—. No creo que esté de más que lo aclare. El abuelo vive..., vivía en la casa de al lado. Junto a la de Otto Higgings. No sé si te acuerdas de él.

—Sí —dijo Matthew—. El ciruelo marchito y entrometido.

Asentí con una risita.

—El abuelo echaba una mano por la casa cuando era pequeño. Por lo visto, un día decidí que era «mi» Abuelo Moe, y no solo Moe, y ya no quise llamarlo de otra forma. Al final el nombre cuajó y ahora todo el pueblo de Green Oak lo llama así. —Esbocé una breve sonrisa—. Y tú también deberías. Te prometo que no le importa.

Matthew me miró durante unos cuantos segundos. Fijamente. Y luego se inclinó hacia delante y bajó la voz.

—Creo que prefiero mantenerme a salvo, a mí y a mis huevos —dijo, y a continuación me guiñó el ojo.

Me guiñó el ojo.

Sonreí con más sinceridad. Con felicidad incluso. Ese se parecía mucho más al Matthew del que había oído hablar. Al Matthew al que esperaba. Por todo lo que Adalyn me había contado sobre su mejor amigo, pero también por lo poco que había hablado con él. Hace tiempo, Adalyn nos añadió a los dos a un grupo de chat con ella y Cameron, su novio y mi amigo, y era imposible no hacerse una idea de cómo era Matthew por sus mensajes. Divertido, listo, a menudo irónico, sumamente sincero. Matthew siempre ponía un montón de burradas, y más de una vez me había partido de risa con sus mensajes.

Y eso me recordaba a la última conversación que habíamos mantenido en el chat.

—Bueno... —Se me fue apagando la voz al tiempo que me tiraba de las mangas del jersey—. ¿Qué tal el viaje?

—Largo. —Suspiró—. Tedioso. Necesario.

—A ver, que Chicago no está precisamente aquí al lado —comenté—. Ya sabía que venías, pero no que ibas a llegar esta noche.

Relajó los hombros y desplomó todo su peso sobre la silla.

—El contrato de alquiler no terminaba hasta el lunes, pero no podía dormir ni una noche más rodeado de cajas.

—Te alojarás en la cabaña, ¿verdad? —proseguí. Estaba vacía ahora que Adalyn y Cameron habían encontrado una casa más cerca de Charlotte y del equipo de fútbol infantil que habían fundado y al que dedicaban todo su tiempo—. El Refugio del Alce Perezoso es precioso. Te encantará, te lo prometo. Es una cabaña acogedora, con mucho estilo y las mejores vistas del pueblo.

Por eso a Adalyn y a Cameron les había costado el doble marcharse de Green Oak. Por eso quizá todavía no la habían alquilado. Quizá una parte de ellos no quería desprenderse del todo. O quizá pensaron que estaría bien dejarla vacía por si alguien iba de visita. O si alguien la necesitaba, como Matthew. De todas formas, ni mi hermana ni Cameron necesitaban los ingresos extras de un posible alquiler. Eran las ventajas de ser una mandona muy curranta y un jugador de fútbol profesional ya retirado.

—Eso me han dicho —comentó Matthew—. Adalyn me avisó de que me costaría la vida encontrarla, pero no esperaba que el GPS se pasara una hora recalculándome la ruta. Sigo sin entender cómo he terminado en un camino lleno de barro y delante de una cueva.

—¿Eso es lo que te ha pasado? —Arrugué el ceño con preocupación. Sabía que no tenía ningún derecho a regañarlo, sobre todo esa noche, pero...—. Deberías haberte quedado en el coche, Matthew. No hay que salir cuando hay tormenta. Y nunca vuelvas a merodear por el bosque. De hecho, la próxima vez llá... —Enmudecí. Había estado a punto de decir «llámame»—. Llama a alguien. Pide ayuda. Un remolque.

Con expresión extraña, me observó detenidamente, como si le sorprendiera mi reacción. Y acto seguido soltó una carcajada.

—Me he quedado sin batería después de tanto recalcular. Ya sé que es un tópico. Pero mi Prius no tiene cargador de USB, y supuestamente ya estaba a un kilómetro de la cabaña. No pensaba que al cabo de pocos minutos estaría empapado y perdido. Cuando me he dado cuenta de mi error, me he imaginado que la cabaña ya estaba más cerca que el coche.

Fruncí el ceño. No quería decírselo, pero...

—Es que mira que eres tío.

—Una evaluación justa —dijo entre risas—. Pero tienes razón. Ha sido una estupidez y... Llevo un día muy largo, Josie. Una semana larga, si te digo la verdad.

Me dio un vuelco el estómago. Me pregunté por qué lo había dicho, además de por su desafortunada llegada al pueblo.

—Lo siento —dije—. No me imagino lo durísimo que debe de haber sido. Adalyn me contó lo que te pasó en el trabajo. Y lo siento. No ha sido justo, seguro, y es una putada que te echaran así como así. En fin..., que lo siento.

Matthew se puso rígido con cada nueva palabra que salía entre mis labios.

—No tienes por qué sentirlo.

En realidad, sí. Porque lo habían despedido y había tenido que irse de Chicago, y se había tenido que mudar —temporalmente, según Adalyn— al Alce Perezoso… y en la primera noche va y se encuentra ese percal.

Nos quedamos así, mirándonos en un silencio que ya no era incómodo, pero tampoco cómodo del todo. Detrás de nosotros sonó el tintineo de un plato, y me pregunté si debía excusarme para ir a ayudar al abuelo, si debía seguir hablando con Matthew o si debía abordar el tema que había estado evitando.

Supongo que la mente de Matthew había tomado los mismos derroteros que la mía, porque vi que bajaba la vista hasta clavarla en mis manos, que tenía entrelazadas sobre el regazo.

—No estoy comprometida —me expliqué al fin, y le enseñé el dorso de la mano izquierda. Llevaba una tirita en el corte de la palma, pero me aseguré de tener la herida de cara. Por si acaso—. Contigo no, obviamente. Ni con nadie. Ahora no, por lo menos.

—Así que no me lo había imaginado todo, ¿no? —Se quedó pensativo—. Una parte de mí esperaba haberlo imaginado.

Eso me dolió un poco.

Pero no podía decir que no lo mereciera. Me obligué a sonreír.

—Pues no. Toda esa situación tan surrealista ha ocurrido de verdad. —Bajé la mirada y volví a apoyar las manos sobre el regazo—. La alianza es de una relación anterior y... se me ha quedado atascada. He intentado lubricarme la piel con mermelada, que no ha sido la mejor idea del mundo. Pero con el jabón no había manera, y no quería esperar a que se derritiera la mantequilla. —Negué con la cabeza—. Y la mermelada de fresa me ha parecido una opción factible y razonable.

Matthew volvió a enmudecer, tanto rato que me quedé mirándolo. No tenía ninguna expresión en la cara. Como si intentara apartar de su rostro lo que pensara de mí.

—Y me temo que Bobbi Shark también ha sido real —continué—. Es... A ver. Es la razón por la que he entrado en pánico total, o como quieras llamarlo. Trabaja... para Andrew, mi padre. Y me ha pillado por sorpresa que se presentara sin avisar. Antes de que pudiera procesar nada, me ha empezado a hablar de mí, de una crisis de imagen, de mudarme a Miami y..., de repente, me ha hablado del anillo, y tú has aparecido ahí, y quería que se largara, y la verdad es que no quería mudarme a Miami, así que... no he pensado. He reaccionado.

El silencio siguió a mi tristísimo relato de los hechos.

—Ya sé que cuesta mucho creerlo —me puse más nerviosa aún—, pero...

—No —me interrumpió—. Enseguida me ha quedado claro que Bobbi era una amenaza.

Una bocanada de aire brotó entre mis labios. Matthew me entendía. Más o menos.

—Yo no diría que fuera una amenaza —comenté con lo que esperaba que fuese una sonrisa amable. También era sincera—. Pero sí daba un poco de miedo. El suficiente para que nada más verte pensara, o esperara, que pudieras ayudarme. Soy la hermana de tu mejor amiga, así que tampoco es que se lo haya pedido a un completo desconocido...

—No lo sabía.

Fruncí el ceño.

—No lo sabía —repitió—. He intentado echarte un cable, es verdad. —Se frotó el cuello con una mano. Bajó la voz—. Pero no sabía que eras tú, Josie.

Mi sonrisa desapareció.

«No sabía que eras tú, Josie».

—No pasa nada —gruñí con un gesto de una mano. De ninguna manera podía hacerme daño su comentario. Era absurdo, y el vuelco que me dio el estómago no significaba nada—. Yo he tardado tres segundos en saber que eras tú —proseguí, y vi cómo le cambiaba la expresión—. Que no pasa nada. De verdad. Se me da muy bien reconocer las caras. Además, estaba todo lo otro... —Me señalé—. Ya me entiendes. La mascarilla de algas y la mermelada y tal. No esperaba que me reconocieras de lejos, con solo una farola encendida, y pensaras: «Anda, ahí está Josie Moore». Ni siquiera nos conocemos tanto. Quiero decir, ¿qué clase de persona hace eso?

Yo, yo hago eso.

Pero no importaba.

Matthew vaciló, como si estuviera perdido.

—Lo siento —añadió al final.

—¿Por qué? —Resoplé—. No tienes nada que sentir. —Parpadeé al ver la nueva emoción que se le había cruzado en la cara y decidí que había llegado el momento. El momento de dejar de tratar con pinzas el asunto. Cogí aire. Lo solté. Y dije—: Creoquedeberíamoshacerlo.

Matthew frunció el ceño.

—Deberíamos terminar lo que hemos empezado y fingir que eres tú —expliqué levantando una mano—. El que me ha puesto el anillo en el dedo, digo.

Matthew abrió la boca durante unos segundos.

—¿Cómo? —me soltó.

—Finjamos que estamos comprometidos —insistí con la piel hirviendo debajo del jersey—. Igual que hemos hecho en el porche. Bobbi se lo ha tragado. Pensaba que era verdad. Tanto que se ha marchado. Y esa era la intención. Ha dicho que solucionaría el problema. ¿Sabes la crisis de imagen que te comentaba? Te cuento los detalles si quieres, pero estás poniendo una cara rarísima. —No se movía. Ni un solo músculo de su cuerpo se movía—. ¿Te vas a volver a desmayar?

—No.

—Vale. Genial. —Sonreí un poco, aliviada—. Pues eso...

—No —repitió. Le tembló la nuez—. No.

—¿No? —pregunté—. Muchos noes, pero solo te he hecho una pregunta.

—No vamos a hacer nada. —Un extraño sonido salió de su garganta—. No vamos a... —Se detuvo—. No vamos a fingir que estamos comprometidos. No. —Irguió la espalda, serio de repente—. Ni de coña, corazón.

—¿Corazón? —Fruncí el ceño.

Me lanzó una mirada.

—Pero...

—No —exclamó por cuarta vez. Y suavizó la voz—. No puedo hacerlo.

—Podemos hablarlo si quieres. —Yo también me puse rígida—. Lo debatimos. Hacemos una lista de pros y contras. Lo que necesites para...

—Que no puedo —me interrumpió.

—¿No puedes o no quieres? —Bajé los hombros.

—¿Acaso importa? La cuestión es que lo que me propones es una locura. Lo de hoy ha sido una anécdota graciosa que seguro que hará que Cam y Adalyn se descojonen de la risa. Pero no vamos a... —carraspeó— jugar a estar comprometidos. Acabo de llegar.

Volví a sentir una rápida pero intensa punzada de dolor.

—Sería durante poco tiempo, seguro. Para capear el temporal. Solo ha dicho que quiere anunciarlo por todo lo alto. Podríamos escuchar su propuesta y luego lo valoramos.

Volvió a reírse, pero fue una risa oscura. Sin humor. Amarga.

—¿Te das cuenta de lo loco y lo ridículo que es lo que me estás proponiendo?

Eso sí que me dolió.

—Bueno, por todas las historias que me ha contado Adalyn sobre ti, no sería lo más loco que has hecho. Tú también eres bastante ridículo, ¿sabes?

Matthew no pareció molesto por mi acusación.

—Mira, corazón, esto no es una fiesta de instituto en la que me retas a que me dé un paseo desnudo por el campus. Es un matrimonio. Una boda. Con la alianza de otro tío en tu dedo.

Y dale con la desnudez. Y con el «corazón».

—No es un matrimonio. Es un compromiso —lo corregí—. Y es de mentira. No nos vamos a casar de verdad.

Matthew esbozó una sonrisa de... incredulidad. No era una sonrisa agradable, y me pareció que no se daba cuenta de la cara que me estaba poniendo.

—No me puedo creer que estemos manteniendo esta conversación. No... No puedo ni siquiera pensar con claridad. —Se levantó, y tuve que inclinar la cabeza para mirarlo—. Supongo que debería irme a la cabaña. Es que...

Un estruendo parecido al de un camión se adueñó de la cocina e interrumpió la respuesta de Matthew.

Los dos nos giramos y vimos al Abuelo Moe sentado a la mesa de la cocina, a unos pocos metros de nosotros. Tenía la cabeza caída hacia atrás, la boca abierta y una torre de sándwiches de queso fundido en un plato delante de él. Estaba roncando.

La verdad es que por muy gruñón que fuera, el viejo era adorable. Debía de estar agotado de tanto grito.

Me giré para observar el perfil de Matthew mientras él contemplaba al abuelo. Alargué un brazo antes de poder evitarlo. Bajó la mirada hasta posarla en mis dedos, que le rodeaban el antebrazo. Seguía con la ropa empapada.

—Quédate —le dije—. Y comes un poco más. Y te das una ducha y coges algo de ropa seca. Y luego te quedas a dormir en el sofá. Es cómodo, y es muy tarde. Me sentiría un poco mejor si durmieras aquí. Y el abuelo también.

Matthew dudó, con los ojos castaños clavados en mi mano. Me di cuenta de que era la izquierda. Probablemente estaba examinando el anillo de Ricky y pensando que era una loca y una ridícula.

—Muy bien —dijo al final.

Lo solté y me levanté. Estuve a punto de rozarle el cuello con la punta de la nariz. El calor me tiñó las mejillas al apartarme.

—Iré a buscarte unas sábanas y una toalla. Tú ve comiéndote los sándwiches si quieres.

Giré sobre los talones y decidí que lo que sentía en la tripa no era rechazo.

Matthew no podía rechazar a alguien a quien no tenía.

Era culpa. Y decepción. Y agotamiento. Matthew debía de estar en lo cierto. Me había vuelto un poco loca, y mis planes siempre eran un poco ridículos.

Y no podíamos fingir tanto.

Un compromiso no era un parche pegado a toda prisa sobre el pinchazo de un neumático. No era algo que pudiera fingirse en pro de una historia ni en pro de una relación con un padre con el que todavía no sabía ni cómo comportarme. Era una promesa. Un pacto.

Caminar hacia el altar.

Aunque en mi caso nunca había sido así.