Abril de 2023
Prólogo
Creo que hay algo mágico en volver al sitio donde una vez fuiste feliz, a pesar de que digan que debes tratar de no hacerlo, porque si regresas te das cuenta de que ya nada es como era; supongo que se debe a los recuerdos.
Los recuerdos.
Lo que conlleva esa peligrosa palabra... Si la buscas en el diccionario, encontrarás una definición concisa relacionada con una sucesión de imágenes sobre hechos del pasado que quedan en la mente. Sin embargo, con el tiempo, he aprendido que abarca más, mucho más. Los recuerdos no solo son algo visual; son un olor, una melodía, incluso el tacto mismo puede dispararlos. Aunque no quieras, ahí están. Pero por primera vez, estos me reconfortan, me abrazan y consuelan de una forma que no podría haber imaginado. Hacía bastante que no me pasaba, y me sorprendo de que sea aquí, donde pensé que, al volver, todo se desataría de una dolorosa manera.
Continúo andando sobre la arena con los pies descalzos, que de vez en cuando se mojan por el agua del mar que llega a la orilla, arrastrando algunas pequeñas conchas consigo.
La playa está desierta, pero es normal en esta época del año. Hago una mueca que se convierte en una sonrisa.
«Aquí la vida se mide en veranos», como decía mamá, y como Grace siempre repetía cuando todavía era demasiado niña para entender a qué se refería. Un pequeño pueblo costero donde la vida se multiplica en los meses de junio, julio y agosto. Luego, todo se sume en una calma que muchas veces nos desesperaba de pequeñas, pero que luego, con la locura del verano, en cierto modo echábamos de menos.
Observo varias gaviotas revolotear sobre el mar mientras continúo avanzando por la orilla. Entonces la música llega a mis oídos y me detengo. Viene de uno de los chiringuitos, que está abierto porque, aunque todavía no sea verano, aquí, en Mojácar, los primeros turistas llegan en cuanto empieza el buen tiempo.
A pesar de la distancia, reconozco la melodía y noto una avalancha de sentimientos. «Big Girls Don’t Cry», de Frankie Valli and The Four Seasons, me transporta directamente a ese verano. Ese verano en el que éramos unas crías obsesionadas con Dirty Dancing. Ese verano que dio el pistoletazo de salida a nuestras vidas...
Pensar en todo lo que ha pasado desde entonces me da hasta vértigo. Es casi siniestro que sea justo esa canción la que suena en el preciso momento en el que yo estoy paseando por aquí.
«Ironías de la vida», diría mamá.
Pero lo que no sé cómo catalogar es la silueta que, al girarme decidida para dejar la playa, descubro observándome a pocos metros de distancia.
Cojo aire.
Los rumores eran ciertos.
Él permanece observándome desde ahí sin despegar su penetrante mirada de mí. Y es que sigue igual. De alguna manera, sigue igual. Su pelo alborotado, su piel dorada por el sol. La cicatriz de su mandíbula, sí, sigue siendo visible porque continúa afeitándose, como siempre.
Como si no hubiera pasado el tiempo, y eso... eso es mentira.
Ha pasado, y aunque no quiera admitirlo, en realidad somos dos desconocidos. Aunque él también esté apreciando las similitudes de mi aspecto en comparación a la última vez... a la última vez que nuestros caminos se cruzaron, ya no somos las mismas personas.
Tengo un nudo en la garganta, en el pecho. ¿Cómo puede alguien removerte tanto por dentro? ¿Esto es real? ¿Está sucediendo de verdad? ¿O es tan solo una ilusión que desaparecerá delante de mis narices en cuanto pestañee?
Entonces avanza. Hacia mí. Como tantas otras veces en nuestra historia. Porque tenemos una. Y no consigo borrarla, aunque tampoco sé si le he puesto el suficiente empeño.
—Hola —dice cuando me alcanza.
Su voz. Controlo las ganas de cerrar los ojos.
Es como el rasgar de las cuerdas de una guitarra. Como el primer roce de la aguja con el vinilo.
—Hola —contesto mirándole fijamente, y percibo su lenta sonrisa triste—. No sabía que habías vuelto...
—Tan solo estoy de paso.
Asiento.
—No sabía que estabas aquí —añade.
Sonrío con pesar.
—También estoy de paso —le explico brevemente, pero sé que sabe que en esa contestación informal hay mucho más. Como yo sé que lo hay en la de él.
Nadie me sabe leer tan bien como él, y viceversa.
Su mirada sigue estudiándome y noto que mi cuerpo quiere acercarse. Romper la distancia entre ambos. Parece que nos vimos ayer, pero también que han pasado miles de años.
En ese extraño silencio y cruce de miradas, decide volver a hablar.
—Siempre llenos de casualidades fugaces, ¿verdad? —pregunta.
Y me es imposible no pensar en ello, en ese verano. Ese verano en el que todo cambió.
Dicen que hay un segundo gran amor, una persona que perderás siempre. Alguien con quien naciste conectado, tan conectado que las fuerzas de la química escapan a la razón y te impedirán, siempre, alcanzar un final feliz. Hasta que cierto día dejarás de intentarlo. Te rendirás y buscarás a esa otra persona que acabarás encontrando. Pero te aseguro que no pasarás una sola noche sin necesitar otro beso suyo, o tan siquiera discutir una vez más.
PAULO COELHO, El Zahir
Ese verano, julio de 2011
Ava
Cuando llegué al punto de encuentro, no había nadie, pero eso no era ninguna novedad. Estos dos no sabían lo que era la puntualidad, así que me senté sobre el murete blanco y me puse a trastear las diferentes canciones del MP3 esperando que aparecieran.
La primera fue Miriam, llegó como un torbellino y con una gran sonrisa en el rostro, que se acentuó cuando vio el look que había escogido para esa noche.
—Veo claras referencias a Baby.[1] Me encanta —dijo, aupándose a mi lado y asintiendo como clara aceptación de mis shorts vaqueros cortos y del bañador, pero, al contrario de la protagonista de nuestra última obsesión, que lo llevaba con una cinta de color coral, el mío era negro.
Creo que me quedaba mucho mejor en contraste con mi pelo pelirrojo.
Habíamos descubierto esa película especial gracias a una de las incontables sesiones de cine de mi madre, pues una vez al mes proponía una noche de chicas en la que ella, Grace y yo veíamos una película antigua acompañadas de variada comida basura que, como bien decía mamá, era «necesaria para estar avispadas y comentar las cintas».
A mi madre le apasionaba el cine, en especial el antiguo: La gata sobre el tejado de zinc, Mogambo, Qué bello es vivir, Lo que el viento se llevó, La ventana indiscreta... y un innumerable sinfín de títulos que veíamos incluso si teníamos la sospecha de que, para algunas de ellas, todavía éramos demasiado pequeñas; pero con sus más y sus menos, a Grace y a mí nos fascinaban esas noches.
Sin embargo, de vez en cuando llegaba alguna película más reciente, como el mes anterior, que nos puso Dirty Dancing y me hizo volar la cabeza.
¡Esa apasionante historia de amor! ¡Esa química efervescente entre dos personas tan distintas! Tanto me gustó que obligué a Miriam y Caleb a verla, y con ello conseguí que mi amiga —porque a Caleb le gustó sin más— quedara igualmente cautivada por esa trama que tantas veces se ha repetido: la de «chica buena, chico malo», pero que, a pesar de ser un cliché tan manido, sigue haciendo suspirar a las masas.
—Tu look no está nada mal tampoco. ¿Y esto? —le pregunté, mientras señalaba el pañuelo que lucía ocultando parte de su larga melena negra.
Era de un tono azul con estampado de paisley. Lo llevaba como los piratas, pues hacía unas semanas habíamos visto, en una de las revistas de moda que por aquel entonces devorábamos, que iba a ser la última tendencia ese verano.
—Hay que probar cosas nuevas —me contestó, y me ofreció un paquete de chicles que yo rechacé. Le gustaban demasiado dulzones para mi gusto—. Aunque quizá debería habérmelo replanteado; no será justo que solo tú encuentres esta noche a tu propio Johnny.[2] —Jugueteó con las cejas, divertida.
—Es difícil que lo consiga, con el toque de queda. —Hice un mohín.
Miriam puso los ojos en blanco al recordarlo.
—¿Esta vez te ha dejado un poco más? —preguntó con ilusionada esperanza.
—Hasta las dos, y es todo un logro.
—Completamente, aunque tendré que hablar con tu madre seriamente —comentó Miriam, con el ceño fruncido—. No sé cómo vamos a disfrutar del verano más importante de nuestras vidas, si continúa poniéndonos trabas. Tiene que ser consciente de que será el último antes de acabar el instituto; antes de abandonar este lugar. —Hizo una pausa dramática tras sus intensas declaraciones, las cuales iba repitiendo desde las últimas semanas del curso; entonces frunció el ceño aún más—. De todos modos, ¿este chico dónde está? —Miró alrededor como si Caleb, que era el que faltaba, fuera a aparecer agazapado detrás del murete—. Encima que tenemos el tiempo limitado, él va y llega tarde.
—No me hagas hablar. —Arqueé las cejas mirándola concienzudamente.
Se le escapó una risita.
—Yo tengo excusa: un matrimonio inglés me pidió indicaciones para llegar...
—Para, para.
Ambas levantamos la mirada al descubrir a un muchacho larguirucho acercándosenos con el pelo alborotado por sus rizos castaños.
Era Caleb.
Mi mejor amigo, junto a Miriam.
—¿Cómo que «Para»? —preguntó Miriam al chico con gesto de desconcierto.
—Que esa era la excusa que iba a poner yo por llegar tarde. Si usamos los dos la misma, Ava no nos creerá.
Sí, ese era y es mi nombre, raro para alguien que vive en un pueblecito de Almería, pero ¿recordáis que mi madre era una apasionada del cine antiguo? A ver si adivináis quiénes eran sus actrices favoritas... efectivamente, Ava Gardner y Grace Kelly.
Caleb nos dedicó una de sus juguetonas sonrisas y Miriam intentó darle un puntapié, pero él lo esquivó por los pelos.
—¡Que lo mío era verdad! —se quejó Miriam cuando inevitablemente me uní a las risas de Caleb.
Él nos saludó a ambas con sonoros besos antes de que descendiéramos por la calle de la Fuente para coger el autobús que nos llevaría a la zona de la playa.
Y ahí nos encontrábamos los tres, con nuestros diecisiete años, dispuestos a comernos el mundo. Amigos desde que teníamos memoria, Caleb y Miriam fueron los primeros que me acogieron cuando mamá, Grace y yo llegamos al pueblo tras la muerte de mi padre.
Siempre recordaré las primeras miradas y cuchicheos alrededor de nuestra familia. Una mujer joven, de escasos veinticuatro años, con dos niñas pequeñas: una de seis y otra de tres. Sin marido, forastera. Esto último lo tenían claro al ver el color pelirrojo de mi pelo y del de mi hermana, y al oír nuestro apellido: Brennan.
Como estábamos en un pueblo pequeño, con el paso del tiempo, la historia se fue conociendo: mi madre era una almeriense que se enamoró perdidamente de un joven irlandés. Tanto, que no dudaron en casarse en cuanto tuvieron la mayoría de edad y vivieron en ese pintoresco país, hasta que llegó la tragedia.
Mi padre murió por un accidente laboral en su camión de transporte. Mi madre, al verse sola, volvió a su tierra, pero en vez de mudarse al lugar donde se había criado y del cual había huido, decidió instalarse en Mojácar, un pueblo en el que nunca antes había vivido pero que siempre la había cautivado.
Caleb y Miriam fueron mis primeros amigos, los primeros que se acercaron, y desde entonces fuimos inseparables.
Aquel era nuestro último verano juntos, pues tras el siguiente ya iríamos a la universidad; todos sabíamos que estudiaríamos fuera de Almería y que, por tanto, ese próximo verano lo utilizaríamos para asentarnos allá donde fueran nuestros destinos.
Pero eso ya lo pensaríamos más adelante. Ahora teníamos todo un verano por delante para disfrutar, «para hacerlo único y nuestro», como decía Caleb. «Para experimentar nuevas emociones», como añadía Miriam.
Nunca nos habríamos imaginado la de sucesos que conllevarían las decisiones que tomamos esos meses de verano.
Ava
Como os decía, estábamos convencidos de que aquel verano sería nuestro. Ese posesivo iba mucho más allá de lo que nuestras jóvenes mentes podían imaginar. Era algo que nos repetíamos sin parar, y uno es incapaz de darse cuenta del poder que pueden llegar a tener algunos convencimientos, hasta que se alcanzan. O se truncan...
Y es que, aunque entonces no lo sabíamos, estábamos a las puertas de un gran cambio. Cada uno de nosotros tenía una idea de lo que esperaba de su situación, tan distinta de la de los otros dos.
Miriam, que pertenecía a una familia numerosa, quería destacar, tener nuevas y excitantes experiencias. No deseaba continuar siendo esa chica que, siguiendo las normas, vivía sin más y llevaba «una vida anodina», como ella misma decía.
Caleb, por su lado, anhelaba llegar a ser él mismo, explorar su yo auténtico con plena libertad, sin temores, sin dudas.
Y yo... yo tan solo quería disfrutar de mis amigos y vivir de una vez una apasionante historia de amor. Una de esas que protagonizaban los personajes de las películas que mi madre nos ponía a mi hermana y a mí.
Cuando salimos del supermercado, donde nos habíamos provisto de vasos de plástico, hielos y algunas bolsas de patatas, bajamos hasta la rotonda del centro comercial, donde se leía la palabra mojácar en sinuosas letras acompañada del símbolo de un indalo, y era el lugar favorito de todos los turistas para inmortalizar su visita.
Nuestro destino era la playa. Esa noche había quedada, y yo —como se quejaba Miriam en cuantísimas ocasiones— ya me había perdido la primera fiesta del inicio de las vacaciones.
—Yo lo que quiero ver es la cara de Fran cuanto te vea —continuaba parloteando Miriam, al tiempo que jugueteaba con su melena oscura.
—No estoy tan segura... —le contesté.
Cruzamos la carretera para llegar a la playa, que ya estaba prácticamente desierta y contrastaba con los numerosos chiringuitos, a rebosar de clientes dispuestos a cenar y disfrutar de las vistas.
Una vez que alcanzamos la arena, nos descalzamos, fuimos hasta la orilla y nos encaminamos hacia nuestro destino.
—¿El qué no sabes? —preguntó Caleb, ceñudo.
—Pues bueno, eso. —Hice un gesto en el aire con la mano—. Cómo va a reaccionar.
Mis dos amigos tenían la seguridad de que Fran, mi gran amor platónico, estaba interesado en mí por primera vez en todos estos años. Y el vértigo era enorme. Vamos a ver, llevaba siglos suspirando por ese muchacho de pelo rubio y ojos color avellana. Bueno, yo y la mayoría de las chicas del pueblo. Y no era la única del grupo que había suspirado por él...
—Yo estoy con Miriam —habló Caleb mientras seguíamos avanzando sobre la oscura arena formada por pequeños guijarros—. Es un tanto curioso que preguntara por ti. Fue directo hacia nosotros y, con su penetrante voz, dijo: «Ey, ¿dónde está Ava?». —Chocó el codo contra mis costillas de manera juguetona—. Además, todos sabemos que hace dos semanas que dejó a Blanca. Es tu momento.
Golpeé a Caleb por su comentario y por su intencionada mala interpretación. Su respuesta no fue otra que reírse, y yo me uní a él inevitablemente, aunque el pensamiento de la reciente ruptura entre Fran y Blanca no dejaba de rondarme. Había sido tan precipitado que, en cierto modo, resultaba raro.
Miriam lanzó una pullita a nuestro amigo:
—Bien te burlas ahora, pero antes, anda que no suspirabas como esta que tenemos al lado.
—Uno tiene derecho a cambiar de gustos —se defendió Caleb—. Ya no encuentro atractivos ni a los guapos ni a los de este pueblo.
Miriam y yo nos miramos y pusimos los ojos en blanco. Caleb a veces era demasiado melodramático. Había decidido que en el pueblo no había nadie interesante. No obstante, sabíamos que tras esas duras declaraciones se escondía una verdad aún mayor: no estaba preparado para desvelar al mundo su homosexualidad.
Algo que por aquel entonces yo no entendía, pues ¿por qué había que hacer un anuncio de ello? Miriam y yo no habíamos tenido que anunciar nuestra heterosexualidad; sin embargo, ¿por qué Caleb debía ser empujado a ello?, ¿por qué era diferente? Ese asunto me cabreaba y exasperaba, pero pronto entendería el recelo de mi amigo, entendería su temor a abrirse al mundo, un miedo que se camuflaba tras el desinterés por los chicos del pueblo.
Con todo, ese momento todavía estaba por llegar... más pronto de lo que podríamos haber sospechado.
—¿Y Mateo estará? —pregunté yo, curiosa por el último interés amoroso de nuestra amiga, a quien se le dibujó una pícara sonrisa en sus carnosos labios.
Miriam era un bellezón, de esos que llamaban la atención de todos los guiris —y los no guiris— en cuanto llegábamos a la playa, bueno, a cualquier sitio. Era la morena por excelencia; de tez bronceada con un tono que, aunque ella lo despreciaba porque decía que no tenía el dorado de las modelos de las revistas que consumíamos, a mí me chiflaba porque destacaba aún más sus ojazos verdes, tan rasgados que parecían de gata. Eso se unía a su larga melena de un negro azabache, a la estilizada figura, y —lo más importante— a un carácter arrollador que la convertía en la chica más echada para adelante que nunca había conocido. Así que, como podréis imaginar, era una auténtica rompecorazones.
—Mateo estará —contestó ella, todavía con esa sonrisa—. Puede que esta noche sea interesante.
Finalmente, entre chismorreos, alcanzamos el punto de encuentro.
La noche ya había caído sobre nosotros y enseguida vislumbramos a varios de nuestros compañeros de instituto. Nos encontrábamos en el aparcamiento de la discoteca Mandala, en la que todavía no podíamos entrar porque éramos menores de edad. Pero ese aparcamiento era el sitio perfecto para pasar el rato bebiendo, escuchando música e integrarnos entre más gente, en especial durante los meses de verano, porque, como todo el mundo quería entrar en la mítica discoteca, a veces esta estaba tan llena que muchos se quedaban ahí fuera.
Nunca entendí cómo éramos capaces de estarnos en ese polvoriento lugar —en ocasiones, incluso noches enteras—, pues era una porción de tierra al lado de la enorme discoteca, frente a la carretera que atravesaba la zona costera del pueblo y que daba a la playa.
Comenzamos a saludar a nuestros compañeros de clase y, por supuesto, no tardé en localizarlo. Claro que no.
En uno de los grupos de enfrente, distribuido alrededor del coche de Adrián, se encontraba él, Fran, sentado en el maletero abierto. Con una copa en la mano, hablaba de forma relajada, riéndose en algún momento de la conversación que, por la distancia a la que me hallaba, no podía escuchar.
Oh, Dios. Qué guapo era. Tenía el pelo rubio corto y algo alborotado, la mandíbula afilada, la nariz ancha y unos ojos color avellana que cada vez que entraban en contacto con mi mirada se me disparaban miles de mariposas.
Mariposas. Reales y absolutas.
Disimulé pretendiendo que me reía de algo que acababa de explicar Tamara —una de nuestras amigas de clase—, al ver que Miriam y compañía lo hacían, y jugueteé con mi pelo largo de manera despreocupada, atenta por el rabillo del ojo a cualquier movimiento en ese coche.
—Siempre nos podemos acercar a saludar —me dijo Miriam discretamente mientras nuestro grupo seguía inmerso en la charla.
—No, no —contesté con urgencia—. Sería demasiado evidente.
—Creo que no hay nada malo en serlo —contestó mi amiga, disimulando una sonrisa divertida, pero yo negué de nuevo con la cabeza y el pulso disparado y, por qué no, aterrada—. Como quieras —aceptó al ver que no daría mi brazo a torcer.
Conseguí que mi corazón se tranquilizara cuando Miriam volvió a intervenir en la conversación grupal, abandonando así los planes suicidas; debía tener cuidado con los impulsos de la morena.
Sí, a menudo envidiaba su carácter atrevido e impulsivo, pero sabía que yo no era tan valiente. O eso era lo que pensaba.
Es curiosa la apreciación que tenemos de nosotros mismos, a veces tan alejada de la realidad sin ser conscientes.
—¿Y Caleb? —pregunté entonces, al tiempo que miraba alrededor entre los grupos de personas con bebidas en la mano, que charlaban animadamente mientras se entremezclaban las músicas que salían de varios maleteros.
Miriam imitó mi gesto, hasta que señaló en una dirección.
—Ahí lo tienes.
Miré donde me había indicado, y vi a mi mejor amigo hablando con algunos compañeros, pero debía de estar pendiente de nosotras, porque hizo contacto visual y nos saludó con la cabeza.
—Hola, Ava. ¿Qué tal? —Una voz masculina me sorprendió detrás de mí.
Pero no era una voz cualquiera, sino la de él.
Me giré con toda la calma del mundo, aunque por dentro sentía que el corazón se me iba a salir del pecho. Una imagen brutal, ¿verdad? Pero era lo que sentía.
Cuánto nervio y sentimiento juntos.
Nos miramos a los ojos, y mis labios se curvaron en una sonrisa en cuanto vi la suya.
—Hola, Fran. No sabía que estabas por aquí. —La mentira salió sola.
Inevitablemente, Miriam puso los ojos en blanco.
—Estaba con Adrián y estos por ahí al fondo, pero te acabo de ver y quería saludarte.
Quería saludarme.
Controlé las ganas de volver a mirar a Miriam, y profundicé mi sonrisa mientras asentía.
—¿Qué tal todo? —le pregunté, esperando no parecer demasiado ansiosa.
—Todo bien, poca novedad, ya sabes. Con ganas de vacaciones. Ya era hora de que llegaran, ¿verdad?
Fran se pasó la mano por el pelo rubio, ese que llevaba años admirando, y cuyo tono, sobre todo cuando resplandecía bajo la luz del sol, conocía a la perfección.
—¿Te irás a algún lado de vacaciones? —quise saber.
El bullicio de la multitud nos rodeaba; aun así, era como si no hubiera nada más. Estaba siendo hipermegaconsciente de que Fran me había venido a buscar entre toda esta gente. Eso tenía que significar algo.
—Me imagino que nos iremos algunas semanas con mis padres. ¿Tú? —respondió, ajeno al torbellino mental que sufría yo.
Negué con la cabeza.
—Así que todo el verano en Mojácar, ¿no? —Una sonrisa pícara recorrió su rostro, una que anunciaba que le había dado una muy buena noticia.
—Esperemos que sea un verano interesante a pesar de ello —contesté, y me encogí de hombros.
—Oh, lo será.
Enarqué una ceja ante su respuesta, algo divertida pero también conteniendo la emoción, hasta que continuó hablando y las ensoñaciones ya se desinflaron un poco.
—El verano nunca decepciona.
El verano, que no yo.
«Eres idiota, Ava», me dije.
Iba a responderle a esa gran declaración, cuando lo llamaron los chicos.
—Luego nos vemos, ¿vale? —dijo antes de alejarse para reunirse con ellos.
Asentí levemente y miré cómo se marchaba justo antes de ser testigo de que todo el grupo de chicas me observaba con sospechosas sonrisas.
—¿Fran y tú? —preguntó significativamente Claudia, otra de las compañeras de clase, mientras se sacudía la tirante coleta de pelo oscuro.
—Vaya una novedad —soltó Tamara con una sonrisa a juego con la del resto, mientras con el dedo índice se empujaba las gafas de ver por el puente de la respingona nariz, esa que ahora lucía orgullosa el piercing que se había hecho meses atrás.
Negué con la cabeza.
—No sé si habéis escuchado la conversación, pero estábamos hablando del verano. Nada más —les aclaré.
Las chicas —entre ellas, Miriam— comenzaron a reír encantadas por el sonrojo evidente que presentaban mis mejillas a pesar de la escasa luz que nos rodeaba. Lo malo de tener la piel tan blanca, os podéis imaginar, era y es que este tipo de cosas no se pueden disimular.
—Bueno, ya se sabe que Blanca y él lo dejaron hace dos semanas... —cotilleó Carolina, e hizo estallar una pompa de chicle entre sus finos labios pintados con carmín rojo.
Era la más baja del grupo y tenía unos rasgos muy infantiles, pero había descubierto que con el maquillaje podía aparentar más años.
—Lo dejó Blanca —afirmó Claudia en voz baja, como si alguien fuera a estar interesado en la conversación.
Miré a mi mejor amiga, que tenía el ceño fruncido.
—Pero ¿no cortó Fran? —preguntó Miriam, verbalizando el pensamiento que martilleaba ahora mi mente.
—No, fue ella —recalcó Claudia momentos antes de soltar la bomba—. Ya sabéis lo de Blanca con Marcos, así que me juego lo que queráis a que tiene que ver con la ruptura.
Miré de nuevo a Miriam controlando cualquier gesto de mi cara, pero sabía que ahora era ella la que estaba sin habla.
—¿Blanca está con Marcos? —pregunté entonces yo.
—No están saliendo oficialmente, pero los vieron enrollándose la semana pasada —explicó Carolina.
—Qué interesante —dijo Miriam; me miraba con una fría sonrisa que solo yo sabía interpretar.
—Y ahora parece que Fran también ha encontrado un nuevo objetivo —se rio Claudia, mirándome significativamente.
—Por favor, Claudia, parece que te refieras a Ava como si de un trozo de carne se tratara —murmuró Tamara.
—¡No era mi intención! —se defendió aquella—. Solo...
Pero Miriam no le dejó terminar la frase.
—Ava, creo que Caleb nos está llamando.
Sin esperar a que las otras chicas añadieran nada más, Miriam enlazó su brazo con el mío y me arrastró hacia el grupo en el que se encontraba nuestro amigo.
—¿Estás bien? —le pregunté en cuanto estuvimos lo suficientemente alejadas de las chicas.
—Por supuesto que sí. No era más que un simple rollo, pero a mí no me deja nadie así de mal.
He de decir que la respuesta de Miriam fue en cierto modo siniestra, como una declaración de guerra. Sin embargo, en aquel instante, yo estaba más preocupada por cómo se sentía que por lo que podían desencadenar sus sentimientos.
Alcanzamos a Caleb, que nos observó de manera inquisitiva porque sabía que pasaba algo, pero negué sutilmente con la cabeza mientras los chicos nos saludaban.
—¿Qué pasa? ¿Cómo estáis? —El primero en saludarnos fue Jorge, detrás de sus gafas y de delgada figura, pero siempre con una amplia sonrisa en el rostro.
—Muy bien, ¿vosotros? —hablé yo.
Pero Miriam intervino enseguida mirando únicamente a Caleb e ignorando a Jorge y compañía:
—Vamos a dar una vuelta, ¿te vienes?
—¿Intentaréis entrar en el Mandala? —nos preguntó Enrique, con gesto de sorpresa—. Es imposible. Piden identificación y son expertos en pillar falsificaciones.
—Gracias por el aviso, Enrique. —Miriam le dedicó una gran sonrisa falsa, y el gesto de satisfacción de Enrique mostró claramente que no la interpretó con acierto.
Yo miré a Caleb y arqueé las cejas en un aviso que nuestro amigo sí supo descifrar.
—Claro, vamos a pasear. Luego nos vemos —se despidió Caleb antes de separarse y ponerse a andar con nosotras.
—¿Quiero saber qué ha pasado? —preguntó al tiempo que nos observaba con interés.
Miriam todavía me sujetaba el brazo, y con un gesto seco de cabeza nos indicó que nos alejáramos de la zona del aparcamiento.
—Vamos a hacer la noche más emocionante —dijo Miriam sin dar más explicaciones.
Ava
El humor de Miriam seguía caldeado, así que nos alejamos de la zona del Mandala mientras nos rodeaba la noche de Mojácar.
Aunque estábamos a principios del verano, ya había numerosos turistas, algo apreciable en lo llenos que se encontraban los chiringuitos situados cerca de la costa, en la zona del paseo marítimo que ahora recorríamos.
Andábamos sin rumbo —o eso parecía—, hasta que uno de esos chiringuitos que intentaban hacer la imposible competencia al Mandala nos llamó la atención, o, más bien, la de Miriam.
Parecía nuevo, o por lo menos no me sonaban de nada esa fachada blanca y las letras en tonos morados, tampoco la iluminación del interior, atestado de gente que, situada alrededor de las mesas altas de madera y en sillas de rafia, miraba hacia el mar.
Resultaba una mezcla un tanto ecléctica entre un estilo tropical y... ¿un local underground de Londres? Sí, esa era la sensación que me daban esas luces.
Miriam hizo ademán de dirigirse a la entrada, cuando Caleb negó con la cabeza.
—Miriam, nos van a echar. Somos menores.
—No nos van a echar, hazme caso —contestó muy segura de sí misma.
Por el gesto de ambos, sabía que se avecinaba tormenta.
—Siempre podemos no consumir alcohol —añadí yo, aunque fue de esas propuestas que reconoces como nefastas en el instante en que salen de tu boca.
—Sí, claro —se quejó Miriam, poniendo los ojos en blanco—. Yo os digo que, si vamos hacia la puerta con determinación, no nos van a pedir identificación.
Caleb sonrió.
—¿De verdad que nos pondrás en esta situación por un gilipollas? —planteó nuestro amigo, con los brazos en jarras.
—No es ninguna situación por ningún gilipollas, tan solo creo que puede ser interesante hacer algo diferente en vez de estar con el mismo grupo de gente, ¿o a ti no te apetece? ¿Desde cuando eres un gallina? ¿O es que te gusta alguno de esos pardillos que hemos dejado en el aparcamiento?
—Baja la voz —le pedí yo, conocedora de que a Caleb no le gustaba que habláramos en público de ese tema.
Pero no parecía que ellos me estuvieran escuchando.
—A veces, Miriam, la gilipollas eres tú —soltó Caleb, entrecerrando los ojos.
—Venga, chicos, no discutáis —intervine nuevamente—. Vale que estaría bien hacer un plan diferente que el de quedarnos en el aparcamiento, pero tenemos que prepararlo...
En ese instante, los ojos gatunos de nuestra amiga se abrieron con sorpresa y... determinación.
—Ya está —susurró.
Caleb y yo nos volvimos para ver qué había llamado la atención de la morena.
El primero en hablar fue Caleb:
—No sé qué cojones se te ha ocurrido, pero te aseguro que, si tiene algo que ver con eso, es muy mala idea.
Ni siquiera fui capaz de verbalizar que estaba de acuerdo con él, porque Miriam contemplaba al grupo, al grupo que no había que observar.
Acababan de salir por el otro lado del chiringuito, es decir, por el de la playa; indudablemente, habían estado haciendo trapicheos. No estaba todo el grupo, aunque tampoco sabía cuántos eran en total. Sin embargo, sí sabía que era nefasta la idea de acercarnos a esos cuatro chicos que comenzaron a alejarse entre risas y comentarios que no oíamos.
Todos en el pueblo los conocíamos, eran el tipo de personas con quienes no te relacionabas a no ser que quisieras tener problemas o necesitaras algo ilegal. El grupo no era mucho más numeroso que nosotros tres; aun así, resultaban intimidantes.
En el pueblo corrían muchas historias, y algunas las habíamos presenciado, por eso sabíamos que había que evitar a esos chicos a toda costa. Eran, como decía, sinónimo de problemas. Problemas de verdad.
Desvié la mirada rápidamente, esperando que no hubieran notado que hablábamos de ellos, pero me horroricé cuando Miriam, sin dudarlo siquiera, fue directa hacia esa gente.
—¿Qué coño está haciendo esta loca? —me susurró Caleb cuando Miriam llamó a uno de ellos.
Porque sabíamos algunos de sus nombres, claro que los sabíamos. Varios habían sido compañeros de clase, incluso alguno continuaba con la vida académica, por sorprendente que fuera.
Ahí se encontraba Iván —al que Miriam estaba llamando—, deteniéndose en su marcha al oír su nombre. Había sido compañero nuestro hasta que abandonó los estudios hacía un año.
—¿Qué haces, niña? —preguntó Iván al tiempo que recorría a nuestra amiga con la mirada.
No era mucho más alto que nosotras, tenía la tez morena por la clara exposición al sol y el pelo castaño, desordenado debajo de una gorra descolorida y colocada al revés, con la visera hacia atrás. Sus brazos delgados, que todavía no habían terminado de desarrollar la musculatura, comenzaban a estar decorados con varios tatuajes a la altura del bíceps, pero lo que más destacaba era la cantidad de pulseras gordas de plata que colgaban de su huesuda muñeca y los anillos de calavera; decían que con ellos había desfigurado la cara de un turista el verano pasado en una pelea, hecho que la policía no había podido demostrar.
Al ver el modo en que, con sus oscuros ojos, escudriñaba a mi amiga, yo, que no iba a dejarla sola ante el peligro, seguí los pasos de Miriam junto a Caleb, que estaba realmente tenso.
—Quiero comprar unas identificaciones —soltó la morena, sin titubear.
—¿Qué dices que quieres? —preguntó burlonamente Iván, al tiempo que nos dedicaba una sonrisa guasona.
A pesar de estar en mitad de la calle, rodeados de posibles testigos, tuve miedo, en especial cuando vimos que alguien más se aproximaba y se unía al grupo.
Se trataba de Hugo, el cabecilla; la mayoría de las historias que iban de boca en boca eran sobre él.
Se quedó en silencio estudiando la escena, y yo me congelé, olvidándome de respirar.
—¿Me harás repetirlo? —replicó Miriam, con una muy estúpida chulería.
Eso no le gustó ni un pelo a Iván, se reflejó en la expresión de su mirada.
—¿Quién es esta niñata? —oí que preguntaba uno de los integrantes más jóvenes.
Ni siquiera conocía su nombre, pero, a pesar de ser unos cuantos años más pequeño que nosotros, sabía que era igual de peligroso.
Decidí intervenir, pues si dejaba que Miriam continuara hablando, nos buscaríamos un serio problema.
—Perdonad, está algo borracha.
Me puse delante de ella y noté que Caleb tiraba del brazo de Miriam para alejarla disimuladamente.
Sin embargo, no fue tan fácil. Miriam tenía un objetivo, y nadie la desviaría de su camino.
—Tengo dinero. —Rebuscó con urgencia en el bolso y sacó un billete de cincuenta euros.
Si algo tenía Miriam, era dinero. Su padre se dedicaba a la agricultura, bueno, él no, sino que tenía a gente contratada para trabajar en los numerosos terrenos de su familia. Y, como supondréis, el reluciente billete entre los dedos de mi amiga captó la atención de Iván y su grupo.
—Me imagino que necesitaréis tres, pero ¿para qué los queréis? Hay planes mucho más interesantes que colarse en uno de esos locales cutres.
—¿Como cuáles? —Miriam se cruzó de brazos y enarcó una ceja.
Los demás se pusieron a cuchichear; todos menos Hugo, que estudiaba la escena como en un segundo plano, completamente en silencio.
Teníamos que salir de allí ya.
—No sé yo si estás cualificada —continuó pinchando Iván.
Yo sabía lo que sucedía allí: estaba tonteando con Miriam, pero no porque ella le gustara, sino por el dinero, por ese billete que mi amiga todavía sujetaba entre los dedos.
—Lo estoy, perfectamente.
—¿Seguro, gatita? ¿No eres de las que salen corriendo asustadas?
Iván acortó las distancias con una sonrisa ladeada, y sus colegas soltaron burlas de vacile —no sé si a su amigo o a la mía—, pero Miriam no se amedrentó ni un pelo.
—¿Te parezco que soy de las que huyen? —fue la respuesta de ella, y supe que a Iván eso le había gustado.
—No te gastes esos bonitos cincuenta euros en unas identificaciones. Úsalo para algo que te hará pasar un buen rato. ¿Quieres?
—No me parece mal si tú lo haces conmigo.
No entendía nada. ¿Por qué Miriam le seguía el juego? ¿No era consciente de con quién estaba hablando?
—Por supuesto, gatita. Lo haré encantado. —Le lanzó otra sonrisa llena de promesas.
Mi cuerpo se tensó aún más. ¿Qué sucedía?
Pero mi hilo de pensamientos se cortó rápidamente.
—Iván.
Solo dijo su nombre, pero el resto del grupo dejó atrás las risas y los comentarios malsonantes, e Iván se volvió hacia Hugo, que era quien le había llamado.
Intercambiaron unas miradas y, sin decir nada, Iván asintió al tiempo que se alejaba de Miriam.
—Ya sabes dónde encontrarme, preciosa.
Sin añadir más ni girarse de nuevo, volvió con sus amigos para, finalmente, marcharse.
—¿¡Qué cojones acaba de suceder!? —quiso saber Caleb una vez estuvimos solos.
A mí también me habría gustado preguntarlo, pero estaba sin habla.
Una mirada de ojos azul cielo, fríos como el hielo, se había cruzado con la mía, dejándome congelada.
Abril de 2023
Ava
—¿Llevas muchos días aquí? —pregunto, aunque conozco la respuesta; sin embargo, prefiero llenar el silencio que nos rodea.
No es que sea incómodo, sino que resulta peligroso, porque está plagado de significados, de recuerdos que no quiero que salgan a flote.
Él asiente levemente.
—Sí. Te preguntaría lo mismo, pero me enteré cuando llegaste.
Lo miro sorprendida. El viento suave que sopla en la playa me remueve el pelo, que me salta al rostro, y tengo que sujetarlo.
—¿Sabías que estaba aquí?
Ante mi pregunta, hace una mueca que no sé interpretar muy bien, pero su respuesta me aclara cualquier duda.
—Ha sido una casualidad encontrarte por aquí paseando, no tenía pensado verte.
Y calla, y yo asiento, porque sé lo que significa. No quería verme, y no lo culpo, porque yo tampoco quería volver a verlo, pero aquí estamos. Uno frente al otro.
Entonces entiendo que tendría que irme; despedirme, alejarme y olvidar este extraño momento. Tratarlo como un pequeño paréntesis que nunca hubiera sucedido, pero durante mi silencio, él habla:
—¿Quieres tomar un café?
Con la mirada señala el chiringuito a nuestras espaldas, y antes de que pueda recapacitar sobre mis actos, asiento, porque ¿cómo puedo negarle algo?
Irónica pregunta, cuando sé que nos negué tanto.
Ese verano, julio de 2011
Ava
Algo que me fascinaba desde que tengo memoria era el agua. Me encantaba en todas sus formas. Siempre he supuesto que era por haberme criado cerca de ella. Cuando estaba preocupada por alguna cosa, me subía a la terraza de casa y me quedaba embelesada, con los pies metidos dentro de la pequeña piscina que, además, había sido una de las razones por las que mi madre había elegido esa casa hacía ya años.
Y así me encontraba en ese momento, observando el reflejo del agua sobre una de las paredes. Esas ondulaciones aleatorias que se movían reflectando la luz del sol conseguían que, en cierto modo, mi mente se despejara.
—¿Me vas a contar de una vez qué ha pasado? ¿O tendré que perseguirte?
Sobresaltada, levanté la mirada, pues no esperaba compañía, y descubrí a mi madre entrando en la terraza.
Llevaba un pareo rojo a juego con su biquini, y la oscura melena negra —que ni mi hermana ni yo habíamos heredado— suelta más allá de los hombros. Su pelo siempre tenía ligeros toques de olor a lavanda, tanto, que acabé relacionando esa fragancia con lo que consideraba mi casa, con el hogar.
Se sentó a mi lado, en el borde de nuestra diminuta piscina, e introdujo las piernas en el agua cristalina esperando que le respondiera. El contraste de su aceitunada piel contra la mía, tan blanca, me resultaba increíble.
—¿Qué pasa de qué? —repetí yo, haciendo un mohín al cual mi madre respondió con una sonrisilla.
—Ava, sé que cuando estás aquí sola es porque algo te pasa.
—No sé de qué hablas —murmuré.
La sonrisa de mi madre se amplió antes de desviar la mirada hacia el cielo.
—La última vez... —dijo mientras chapoteaba en el agua y fingía que debía hacer memoria, cuando, en realidad, sabía perfectamente lo que quería decir— fue cuando estabas preocupada porque tu hermana quería ir al circo.
Torcí el gesto de forma automática al rememorar ese peculiar momento. Sí, era uno de esos que, siempre que los recordaba, una sensación de absoluta vergüenza me recorría entera, acompañada de una imperiosa necesidad de esconderme.
—Ella quería ir para liberar los animales que había enjaulados —continuó mi madre.
—No sabía cómo hacerle ver que en ese circo no había animales, solo personas haciendo malabares. —Suspiré irremediablemente al rememorar la que montó Grace, sus numerosas pancartas, y la loca idea de que teníamos que ir con la cara pintada en símbolo de protesta.
—Sí, lo descubrió cuando fue a defender vuestros ideales —respondió mi madre sin borrar su amplia sonrisa.
Puse los ojos en blanco.
—A ti te pareció la mar de gracioso —me quejé yo.
—¿A mí? A mí me encantó que Grace fuera dispuesta a comerse el mundo. Entre tú y yo, es la más valiente de la familia.
Mi madre chocó, divertida, su hombro contra el mío huesudo.
—Era solo una cría —insistí, completamente en desacuerdo—. Tendrías que haberla detenido. A ti te habría hecho caso.
Mi madre sonrió, sus ojos azules brillaban al recordar también ese episodio de nuestras vidas.
—Mi Ava, cómo te pareces a tu padre. Siempre respetando las normas.
—No sé cómo decirte esto, mamá, pero creo que esa cualidad la deberías tener tú, que para eso eres la adulta.
Se rio encantada con mi comentario y, como vio que no me unía a sus risas, decidió actuar.
—¡Mamá! —medio grité cuando me acercó a ella.
Aunque intenté que no me atrapara, al final hizo que cayéramos y nos riéramos dentro de la piscina.
—¿Me vas a decir qué pasa? —volvió a insistir mientras flotábamos en el agua y mirábamos el cielo despejado con una paz y tranquilidad que durarían poco: hasta que llegara Grace, o hasta ese momento, en el que mi madre sacó de nuevo el tema.
Me sumergí, porque con la pregunta todo volvió a revolotear en mi mente, pero en cuanto salí a la superficie lo solté a bocajarro:
—Estoy preocupada por Caleb y Miriam.
Ahora fue mi madre la que frunció el ceño, pero no dijo nada. Solo esperó a que yo encontrara la forma de explicarle lo que pasaba.
Con mi madre no tenía secretos, se lo contaba todo, y es que ella siempre se había ocupado de establecer ese tipo de relación con nosotras. Sabía que no era lo normal, que muchas de mis amigas y amigos no tenían esa relación de amistad con su progenitora, pero Grace y yo disfrutábamos de la suerte de tener la mejor madre del mundo. Además, la corta diferencia de edad también ayudaba. Mi madre contaba, en ese verano, treinta y seis años.
—La otra noche, por un ataque de celos, Miriam se comportó un poco...
Guardé silencio, buscaba la palabra adecuada.
—¿Como una adolescente? —intentó ayudarme mientras ella flotaba aún en el agua.
Controlé un tic en el ojo provocado por esa condescendencia con la que a veces mi madre me trataba. Tampoco era tan grave respetar las normas.
—Pero como una adolescente peligrosa.
Eso la puso en alerta, pero simuló que todavía estaba relajada. La conocía demasiado bien, pero, bueno, para eso era mi madre, ¿no?
—Intentó arrimarse al grupo de los Kaura la otra noche.
Como suponía, mi madre dejó el agua para centrarse en mí.
—¿«Intentó»? ¿O lo consiguió? —tanteó.
—Creo que ha sido un intento, pero...
—Ava —me interrumpió—, ¿tengo que ir a hablar con su madre? ¿Y Caleb? ¿Qué hizo?
—Se quedó como yo, en shock, pero ahora está algo enfadado con ella por haber llamado la atención...
—Un momento, un momento —me volvió a interrumpir. Ya no había rasgos de sonrisas en su bonito rostro, tan solo una sombra de preocupación—. Cuéntamelo todo desde el principio, por favor.
—Si es que no hay mucho que contar. Parece ser que Marcos, que ya sabes que era el último ligue de Miriam, se ha liado con Blanca, la ex de Fran.
—Sí, a Fran lo conozco.
Un atisbo de sonrisa pícara asomó en sus labios, porque mi madre, aunque estuviera preocupada, siempre tenía tiempo para los chismorreos importantes, como el de mi cuelgue de años por Fran. Vamos, su cantinela de «a Ava le gusta Fran» me había acompañado dentro de las paredes de mi casa demasiadas veces. Demasiadas.
—Bueno, pues al descubrir eso, decidió que le daría un escarmiento. Creo que su idea era liarse con algún chico mayor de alguno de los chiringuitos, lo que pasa es que se cruzaron los Kaura, y, bueno... fue a pedirles una identificación falsa. La cosa no se quedó ahí. Ya conoces el carácter de Miriam. —Mi madre asintió, me observaba con gesto serio—. Y cuando uno de los chicos la empezó a amedrentar, ella no se asustó, al contrario, lo encaró. Le ofreció dinero y...
—¿Se fue con ellos? —me preguntó entonces.
Yo negué, y mi madre soltó el aire que no me había percatado de que estuviera conteniendo.
—Tuve miedo, y Caleb también.
—Normal, cielo. —Mi madre se me acercó para abrazarme—. Tendrías que haberme llamado para que fuera a recogeros.
—No tardamos en irnos una vez que Miriam pareció volver a sus cabales.
Mi madre asintió y se separó de mí.
—¿Qué piensas? Me preocupa que Caleb no perdone a Miriam. Está un poco resentido, y ya sabes lo cabezón que es. No sé, dime.
Miré a mi madre con súplica, sabiendo que me daría una perspectiva interesante con la que afrontar el problema.
Su respuesta me sorprendió.
—Pues, no sé. Estoy meditando si castigarte o no.
—¡Mamá! —me quejé sorprendida.
—¡Hija! Entiéndeme. —Me miró como si fuera de lo más lógico, cuando era completamente injusto. ¡Yo no había hecho nada malo!—. Te pongo un límite horario para que evites los problemas, y vais directos a ellos.
—¡Pero...!
No me dejó seguir, tan solo continuó hablando:
—Pero lo estoy meditando, porque sé que no fue culpa tuya. Aunque, cielo, no podéis dejar que Miriam os arrastre de ese modo, al contrario, tendríais que haberla reorientado. ¡Erais mayoría!
—Mamá, parece ahora que no conozcas a Miriam... —dejé caer al tiempo que salía de la piscina.
Mi madre me siguió.
—Fuera de bromas, Ava, a esos chicos no os los podéis tomar a la ligera. Así que, por favor...
—Lo sé, no pensamos juntarnos con ellos.
—Deberías saber qué piensa Miriam. A veces, ya sabes, es excitante la idea del chico malo —apostilló ella mientras se enroscaba la toalla al cuerpo y yo me sentaba en el suelo y extendía la mía en la sombra.
Cosas que tenía que agradecer a mis raíces irlandesas. «Evitar la exposición al sol» era mi segundo nombre.
—Miriam no es tan tonta —añadí—. Tan solo quería las identificaciones. Nada más.
Ava
El enfado entre Caleb y Miriam fue enfriándose poco a poco sin que lo hablaran directamente. Miriam simuló que nunca se había percatado del distanciamiento de nuestro amigo, y Caleb decidió no encarárselo, así que un día de julio por fin se alinearon los astros y ambos pudieron quedar por la tarde.
Salí de casa y bajé por las empinadas y estrechas calles pedregosas. Habíamos quedado en la plaza Nueva para tomar un helado y decidir qué haríamos el resto de la tarde-noche.
Me imaginaba que acabaríamos en la playa con nuestros otros amigos, pero siempre era interesante debatir qué hacer.
Bajaba por la calle Lance cuando alguien apareció a mi lado. Por supuesto, me llevé un susto de muerte.
—¡Grace! —me quejé al tiempo que detuve la marcha y miré mal a mi pecosa y alborotadora hermana pequeña, que, por descontado, se reía a costa mía.
Al estar en temporada alta, el pueblo se encontraba repleto de turistas, y más de uno nos echó una mala mirada por habernos detenido abruptamente en mitad de la calle, imposibilitando la circulación. Y no los culpaba. Las calles de Mójacar eran —y son— muy estrechas —demasiado, diría—, pero aportaban aún más encanto a ese lugar de pintorescas casas blancas y caminos serpenteantes, decorados con las alegres flores y puertas teñidas de colores chillones.
—¿Qué haces aquí? —pregunté al montón de pelo pelirrojo sin domar.
Debía tener claro que las apariencias engañan, y un evidente y demoledor ejemplo era mi hermana. Su aspecto —una perfecta simbiosis entre la sangre irlandesa de nuestro padre y la almeriense de mi madre— mostraba a una dulce chica de catorce años con una larga y alborotada melena pelirroja de fuertes rizos de un intenso anaranjado —color que ambas compartíamos—, junto a sus pecas sobre la respingona nariz y esos rasgados ojos oscuros.
Todo ello conformaba una imagen —como decía— adorable, muy, pero muy alejada de la realidad.
Entendedme, amo a mi hermana por encima de todas las cosas, pero nunca se me acusará de ocultar que su carácter tira más hacia mi madre, y, por tanto, es una revoltosa nata que no entiende la palabra «normalidad» bajo ningún concepto, aunque, como ella siempre decía, «¿qué es ser normal?».
He de confesar que, en nuestras intensas discusiones —por supuesto, siempre con el cariño propio de hermanas—, cuando soltaba aquel argumento, no podía refutar ni una mísera coma, porque, efectivamente, ¿qué es ser normal?
Con los años he llegado a la conclusión de que, si de verdad existe eso, está claramente sobrevalorado, porque nunca he conocido a nadie tan fascinante como ella. Una persona que sabe exprimir la vida, y vive cada segundo apreciando cada instante, algo que... ya me gustaría a mí.
Volviendo a esa tarde de julio, estudié recelosa a mi hermana pequeña, que seguía riéndose, encantada del susto que me había dado.
—¿Quién pensabas que era?, ¿un ladrón? Espabila, Ava, los carteristas no actúan así. Ellos quieren pasar desapercibidos.
—¿Me puedes decir cómo sabes cómo actúan? O, mejor, ¿cómo narices sabes qué es un carterista? —le recriminé yo mientras retomábamos la marcha.
Grace, obviamente, seguía mis pasos.
—¿Cómo no voy a saber qué es? Tengo catorce años, Ava, no dos.
Puse los ojos en blanco y decidí cambiar de tema, pero antes de poder intentarlo siquiera, Grace, con su agitada verborrea, se encargó de ello.
—¿Adónde vas? ¿Has quedado con Caleb y Miriam? Por cierto, me he encontrado con el señor Cortés, y me ha vuelto a preguntar por mamá.
Ambas arrugamos el gesto en clara repulsa del dueño de una de las tiendas del centro, quien estaba perdidamente enamorado de mi madre. Ese hombre, a nuestros ojos próximo a la ancianidad —el pobre, por aquel entonces, estaría cerca de los cuarenta como mucho—, pensaba que podría ganarse el amor de Lorena si se mostraba agradable con sus hijas.
Sin embargo, lo de «agradable» distaba mucho de la realidad, pues era más bien un hombre cansino, con el rostro demasiado arrugado y unos ojos pequeños que parecían estudiar cada detalle con un enfermizo y repulsivo escrutinio, por no hablar de su pelo grasiento y el estómago abultado por la vida sedentaria.
Sí, ese hombre no era un candidato para nuestra madre y, cada vez que lo veíamos, intentábamos evitarlo, pero no siempre con éxito, como me relataba Grace en aquel momento con todo lujo de detalles.
Mientras mi hermana continuaba hablando, alcanzamos la calle Aire, donde se agolpaban los turistas, pues allí se encontraban las pequeñas tiendas de souvenirs y ropa. A veces se llenaba tanto que era agobiante. De hecho, me preguntaba cómo podían discernir algún objeto que comprar; si es que no debían de ver ni lo que tenían ante sus narices. Pero entre ese gentío, lo vi.
Lo vi y mi corazón comenzó a bombear como si no hubiera un mañana. Tal debió de ser mi cara de pánico, que Grace dejó de hablar. Algo inaudito.
—¿Qué ocurre? —preguntó al tiempo que levantaba la mirada y escrutaba a los turistas, ajenos a mi posible inminente ataque al corazón.
Como buena Brennan, Grace detectó rápidamente quién era el detonante de mis tormentos o, mejor dicho, de mis anhelos.
—¡Oh! Está Fran, ¿lo has visto? —comentó la sinvergüenza, aleteando sus pestañas pelirrojas y con esa sonrisa dulce junto a un brillo delatador en los oscuros ojos que había heredado de mi padre.
—Grace, ¡ni se te ocurra! —la amenacé en un susurro histérico o, más bien, suplicante; pero de nada sirvió.
Mi hermana se escabulló de mi intento de detenerla, tal como suponía que hacían los duendecillos de las leyendas irlandesas que mi madre se había ocupado en enseñarnos.
El objetivo de mi hermana —que no parecía conocer la vergüenza o quizá se alimentaba de la mía— no era otro que acercarse a Fran, que paseaba ajeno a lo que sucedía a escasos metros de él por la transitada callejuela. Por la bolsa de comida que cargaba, seguramente regresaba de hacer algún recado; todavía no había captado con su ángulo de visión a mi hermana, que seguía acercándosele para hablar con él y provocar un encuentro entre ambos.
Yo la habría matado, pero mis hormonas adolescentes tomaron el control y, sin pensarlo mucho, me metí en una de las primeras tiendas, empujando con los nervios a una señora británica que, por mi aspecto, dedujo que era paisana y me regañó en inglés.
Ignorando sus requerimientos, me adentré aún más en la pequeña tienda repleta de vestidos veraniegos de corte hippy y vi la luz al descubrir que el establecimiento tenía otra entrada —o, lo que era más importante, otra salida— que daba a la calle paralela.
Salí sin dudar, y tras asegurarme de que no había ni rastro de Grace y Fran, bajé los peldaños del callejón en el que había desembocado, para acabar en la avenida París, una calle de un solo sentido, algo menos transitada a esas horas y con unas vistas espectaculares.
A pesar de que si quería llegar a la plaza donde había quedado con Caleb y Miriam debía tomar el sentido contrario, decidí bajar por esa calle. Pero ahí estaba yo parada, todavía recuperándome del susto de toparme con Fran sin estar mentalmente preparada para ello y encima con mi hermana al lado, cuando oí que alguien me nombraba:
—Ava, mira a quién me he encontrado.
Maldita Grace. Tenía que hablar seriamente con mi madre sobre este ahínco de mi hermana por protagonizar alguno de los culebrones que veía, pues se había convertido en una metomentodo peligrosa. Muy peligrosa.
Me hice la sorda y entré atropelladamente en la primera tienda que encontré, también de ropa pero más escondida que la primera, de hecho, se hallaba dentro de un portal.
Su escaparate estaba dispuesto en el porche del edificio; tuve mala suerte, pues al entrar, con las prisas, pisé el vuelo de una de las faldas de los maniquíes flotantes que estaban colocados y tropecé.
No caí de bruces sobre el suelo, gracias a unos brazos que me atraparon con unos reflejos admirables.
Levanté la mirada para agradecer el gesto a mi salvador, que me había impedido hacer aún más el ridículo, cuando me topé con unos ojos como el hielo.