Prólogo

Una larga conversación

 

 

Tanto el espíritu como el sentimiento se forman por las conversaciones.

BLAISE PASCAL

 

 

Me encanta conversar, imagino que como a muchos de vosotros. Sentarme con amigos a tomar un café o un vino y charlar sobre cualquier tema. Durante la carrera, en época de exámenes, había tardes y noches en las que, en lugar de estudiar, nos dedicábamos a divagar largamente sobre cualquier asunto. Viéndolo desde la distancia, a lo mejor no era lo más sensato de cara al próximo examen, pero disfruté mucho de aquellas conversaciones. También aprendí mucho, tanto por lo que te aportan los demás como por el simple esfuerzo de ordenar las ideas para exponerlas ante otra persona. Pero nunca entendí del todo bien por qué nos gustaba tanto conversar hasta que, al final de la década de los noventa, me topé con un artículo del biólogo Robin Dunbar.

En aquel artículo, Dunbar comparaba los grupos sociales de los humanos con los de los chimpancés y los gorilas, nuestros primos más cercanos junto con los bonobos. Todas estas especies formamos parte de la familia de los homínidos, y somos animales sociales que vivimos en grupos. La vida con los otros, como sabemos todos por experiencia, genera tensiones, que tienen que resolverse para que los vínculos se mantengan. Tanto los chimpancés como los gorilas forman y mantienen los vínculos entre los miembros de su grupo mediante conductas de acicalamiento y desparasitación, que habréis visto muchas veces en documentales: se pasan horas quitándose bichos y peinándose unos a otros. Sabemos que lo hacen para mantener los vínculos porque el tiempo que dedican a ello es mucho mayor del necesario si atendemos solo a cuestiones de higiene. Además, dedican tanto más tiempo a estas conductas cuanto más grandes son sus grupos. Este tipo de comportamiento no solo les sirve para estrechar lazos; también para resolver conflictos. En algunas especies, cuando hay un combate entre dos machos, el macho ganador dedica luego más tiempo a desparasitar y peinar al perdedor; es una forma de reconciliarse y restablecer la armonía en el grupo. Casi todos los primates protagonizan este tipo de conductas, salvo los bonobos, que son más listos, pues usan además el sexo para vincularse y resolver disputas, lo cual hace, de hecho, que tengan menos conflictos que otras especies de primates. Los humanos no usamos la desparasitación ni tampoco, al menos que yo ande muy despistado, el sexo para vincularnos como grupo y resolver roces. ¿Cómo hacemos entonces los humanos? ¿Cómo reducimos las tensiones y resolvemos problemas? Eso mismo fue lo que se preguntó Dunbar. Se le ocurrió una manera de averiguarlo: si estos homínidos dedican aproximadamente el 20 por ciento del tiempo que permanecen despiertos a este tipo de actividades, ¿a qué dedicamos este tiempo los seres humanos? Y Dunbar encontró la respuesta: los humanos dedicamos el 20 por ciento del tiempo que estamos despiertos a… hablar.

Llevamos mucho tiempo haciéndolo, tenemos evidencias de que formas primitivas de comunicación oral ya se daban en nuestros ancestros hace tres millones de años. Hace tiempo que sustituimos acicalar por hablar, porque si nosotros tuviésemos que vincularnos de esa forma, con los grupos tan numerosos que formamos, no nos daría literalmente tiempo a hacer nada más en todo el día. A lo mejor no estaría mal probarlo una temporada, todo el día de masajes y cosas así. O la vía de los bonobos. O ambas. Pero, mientras tanto, es fundamental que cuidemos el lenguaje que utilizamos y cómo lo utilizamos.

La cuestión es que resolvemos conflictos y establecemos vínculos hablando, mediante la charla, el cotilleo, las ideas compartidas. Y estas ideas compartidas, copiadas, son las que nos han hecho progresar como especie. No solo compartimos ideas con personas cercanas, somos capaces de compartirlas con personas muy lejanas en el espacio, y también en el tiempo. Nuestra cultura es, a fin de cuentas, compartir y transmitir conocimientos, prácticas y formas de ver el mundo, por medios no genéticos. ¿Qué es un libro sino compartir ideas con personas a las que no conoceremos personalmente, charlar con ellas? Me puedo tomar un café y escuchar lo que tienen que decirme Hannah Arendt o Julio Cortázar. Puedo estar de acuerdo o en desacuerdo con ellas; puedo incluso enfadarme con ellas. Personas como yo, con las mismas inquietudes, pero que vivieron circunstancias muy distintas a la mía. Es una suerte poder oír lo que tienen que decirnos. Como le escuché en una conferencia al político francés Bruno Le Maire, nunca se está tan cerca de los demás como cuando se lee un libro.

Me encantaría que este libro fuese algo así como una larga conversación entre tú y yo, o entre varios de nosotros, como aquellas que tenía en la universidad, o las que aún mantengo con mis amigos cercanos o los miembros de mi equipo de trabajo. Y como en toda conversación, habrá veces que estés de acuerdo conmigo y otras en las que no. Habrá capítulos o temas que no te interesen o que te resulten tediosos. Espero que, en términos generales, el libro que tienes en las manos te resulte útil, tanto en sus aciertos como en sus errores, por los que te pido disculpas de antemano. Como en cualquier conversación, a mí me ha ayudado mucho el tener que ordenar mis ideas para escribirlo. Me ha obligado a leer y a releer muchos artículos y libros, la mayoría de tipo académico y especializado. Lo que pretendo también con estas páginas es compartir muchas de estas ideas que me han fascinado, y hacerlo de una manera menos técnica y más accesible. Por esa accesibilidad, no he incluido las referencias completas, pero he mantenido, siempre que he podido, los nombres de las autoras y los autores y algún otro dato, de manera que resulten fáciles de rastrear a quien le interese hacerlo. Me encantan los libros que me descubren a nuevos autores y pretendo que este sea igual para ti.

Sobre el autor

El libro que tienes en tus manos, como no podía ser de otro modo, no es una obra mía independiente; es una obra colectiva, interdependiente. Es fruto de todas esas conversaciones con todas esas personas, expertas y no expertas, con las que he tenido la posibilidad de hablar, a las que he escuchado en conferencias o a las que he leído. Una lista de agradecimientos a estas personas sería interminable; no lo voy siquiera a intentar.

Pero, por encima de todas esas ideas que he leído o escuchado, hay otras: aquellas a las que he llegado, a lo largo de estos casi treinta años, gracias a las conversaciones con mis pacientes. Soy una persona afortunada, tengo una profesión fascinante. He tenido la ocasión de acompañar diariamente a personas que estaban pasando por situaciones problemáticas y difíciles. He presenciado cómo muchas de ellas encontraban soluciones a esas dificultades, a veces a través de las charlas que manteníamos o de los ejercicios que hacíamos. Esto ha sido un regalo para mí: ver cómo las personas son capaces —somos capaces— de resolver nuestros problemas y encontrar nuevos recursos. Ver esto me ha hecho darme cuenta de que, muchas veces, podemos influir sobre la dirección de nuestro cambio. Y que la consciencia de ese cambio, el primer pequeño paso, se nos revela con frecuencia en una conversación con otro ser humano. Como dejó escrito Pascal, «tanto el espíritu como y el sentimiento se forman por las conversaciones».

Mucho de lo que hay en este libro son aspectos que me han descubierto mis pacientes o que hemos aprendido juntos, tanto de nuestros aciertos como de nuestros errores. Especialmente todo lo que he incluido en los últimos capítulos, los más enfocados a aspectos prácticos. Les estoy muy agradecido a cada uno de ellos. He hecho un intento de sistematizar todo lo que he visto que funcionaba y que daba lugar a que las personas creciesen y sanasen, personalmente y en sus relaciones. Espero que este libro pueda contribuir algo en ese proceso de construcción y crecimiento en el que andamos todos y que no termina nunca.

Sobre el libro

Este libro va sobre las relaciones, las sanas y las patológicas. Las relaciones son fluidas; una relación, aunque dure toda una vida, de alguna forma se recrea, cambia, cada día. En ocasiones, no nos damos cuenta de ello porque las recreamos de la misma forma o de una forma muy parecida. Los mismos problemas, las mismas soluciones, los mismos resultados. Y esto genera lo contrario a la fluidez: la inercia, que dificulta el cambio en las relaciones y nos hace ensayar hoy otra vez las mismas soluciones que no dieron resultado ayer. Y de esto quiere tratar este libro también: de las inercias que se establecen en las relaciones y de cómo cambiarlas. De cómo aprender, de cómo dirigir el cambio.

Tal y como yo lo veo, este libro está dividido en tres partes. La primera de ellas abarca los capítulos 1, 2 y 3. En ella intento sentar las bases teóricas que subyacen a nuestra capacidad de relacionarnos. Empiezo defendiendo que somos ante todo una especie interdependiente, en el capítulo 1, para pasar luego en los otros dos a hablar de aspectos de nuestro cerebro que tienen que ver con esta capacidad nuestra. Estos tres capítulos —soy consciente— son los más áridos y técnicos. Algunas de las personas que leyeron el manuscrito antes de la publicación del libro me recomendaron que los eliminase y que empezase directamente en el capítulo 4. Quizá tenían razón, pero a mí me gustan mucho esos capítulos. Si eres un poco friki como yo, supongo que también te gustarán. Si no te ocurre, puedes saltártelos y volver a leerlos después si te ha gustado el resto del libro. O hazte directamente un «Rayuela» y lee en el orden que te vaya pareciendo. Total, el libro ya es tuyo, úsalo como mejor te parezca.

La segunda parte está compuesta por los capítulos que van del 4 al 6. En ellos hablamos de las relaciones, comenzando por el apego en el capítulo 4, para luego distinguir las relaciones horizontales de las verticales y ya, en el capítulo 6, entrar de lleno en los patrones y dinámicas patológicas.

Y la tercera y última parte del libro la forman los capítulos que van del 7 al 10. En ellos, seguimos con las relaciones, pero ya desde un prisma mucho más práctico, enfocándonos en lo que podemos hacer para mejorarlas, tanto con los demás como con nosotros mismos. Este no es estrictamente un libro de autoayuda, pero yo soy psicólogo clínico y terapeuta. Espero que obtengáis algunas claves que os puedan ayudar en vuestro día a día.

La mirada de este libro

Todo lo que digo en estas páginas está basado fundamentalmente en mi experiencia como psicólogo clínico, tanto mía como de los miembros del equipo con el que trabajo o los cientos de profesionales a los que he supervisado durante estos años. Mi profesión me ha obligado al estudio y a la reflexión acerca del que creo que es el tema más fascinante y complejo que hay: el comportamiento humano. Como psicólogo, practico un oficio comprometido con la ciencia, pero, a su vez, como clínico, mi profesión está regida por la práctica. Los clínicos estamos obligados a actuar aquí y ahora. No podemos esperar a que la ciencia nos dé respuestas definitivas, si es que alguna vez las da, mientras tenemos delante a personas que sufren diariamente. Por eso improvisamos mucho, para desesperación de nuestros compañeros los investigadores. Trabajamos desde la ciencia, pero también muy a menudo desde la experiencia y la intuición. Esto se va a ver reflejado también en este libro: muchas de las cosas que escribo en él están basadas en investigaciones científicas, y otras, en la experiencia y la intuición clínica, tanto la mía como la de mis compañeras y compañeros de equipo y otros colegas. Estas intuiciones clínicas, aunque sean compartidas, no tienen la solidez de la evidencia científica, por la ley de pequeños números, por el sesgo de la muestra o por la falta de control de las variables. Pero gran parte de esta información clínica puede resultar muy útil, a la espera de que pueda ser corroborada o falsada por un estudio controlado.

Como soy psicólogo, este libro se centra en los aspectos, disculpad la redundancia, psicológicos y, por tanto, individuales del comportamiento. Pero eso es solo una parte de la explicación de esos compor­tamientos. Como dice el sociólogo Edgar Morin, «el mundo es un entramado» donde todo está interconectado. Pero nosotros tenemos una capacidad de comprensión limitada. No nos queda más remedio que «parcelar» la realidad, simplificarla, para poder estudiarla. Es la razón de que tengamos tantas disciplinas, como la psicología, la psiquiatría, la neurología, la biología, la sociología o la antropología, cada una dedicada al ser humano desde su óptica. Es inevitable que las teorías a las que llegamos desde cada una de ellas sean parciales e incompletas; sean fragmentos de la que debería ser la explicación total. Aunque esta forma de proceder nos ha permitido progresar, no podemos olvidar que, como nos avisaba el ingeniero y lingüista Alfred Kor­zybski, «el mapa no es el territorio», y las fronteras que dibujamos en los mapas no se dibujan en el territorio. Las realidades complejas —y el comportamiento humano es desde luego una de ellas— no se ajustan bien a estas parcelas, a los estrechos márgenes de cada una. Se cuelan, como nos dice Morin, «entre los hiatos que separan las disciplinas».

Me encantaría deciros que este libro no cae en eso. Pero no es así: voy a dar una visión parcial, sesgada, lo asumo de antemano. Estará fundamentalmente basada en la psicología, aunque siempre que pueda utilizaré datos o teorías de algunas de esas disciplinas con las que compartimos objeto de estudio. Ya sea por «abajo», como la neurología o la biología, o por «arriba», como la antropología o la sociología. No queda más remedio que hacerlo si se pretende dar una visión lo más amplia posible del hecho humano.

Por eso, para dar cuenta de esto, tendré que recurrir a diferentes niveles explicativos. Intentaré no quedarme solo en la clásica división herencia y ambiente, aunque ya veréis que me cuesta, por nuestra forma de procesar binaria. Esta visión es tan simplista que incluso da algo de pereza. Además, hay otros niveles explicativos que vamos siendo capaces de definir, como la epigenética o el microbioma, que influyen poderosamente sobre nosotros y nuestro comportamiento. Todos estos niveles no son independientes entre sí. Os pongo como ejemplo la investigación encabezada por Amrita Vijay en 2021. Partiendo del principio de que el ejercicio mejora la salud, ella y su equipo quisieron encontrar cómo ocurría esto. En concreto, se centraron en las enfermedades inflamatorias, que mejoran con la actividad física. Hay que recordar que la inflamación está relacionada con un buen número de enfermedades, algunas bastante benignas y otras no tanto. Lo que descubrieron fue que realizar ejercicio aumentaba la producción de endocannabinoides (sustancias que nuestro cuerpo produce y cuya composición se asemeja al cannabis). Esto, a su vez, modificaba la composición de la microbiota intestinal (el conjunto de microorganismos que viven en nuestro intestino), aumentando las cepas de bacterias que estaban asociadas a la salud intestinal. Este aumento hacía que se redujesen ciertas citoquinas, unas proteínas que produce nuestro cuerpo y que se relacionan con los procesos inflamatorios. Y esto provocaba que se redujese la inflamación, lo cual mejoraba el estado de salud del paciente. Como se ve, las cosas están mucho más enredadas de lo que parecen: cambios en el estilo de vida pueden modificar sustancias endógenas que alteran nuestra microbiota intestinal, reduciendo la producción de citoquinas y mejorando todos los procesos inflamatorios. La realidad es un entramado tan complejo que a lo mejor nunca llegamos a entender del todo. Como escribió el genetista Jack Haldane en una cita memorable: «Mi propia conjetura es que el universo no solo es más extraño de lo que imaginamos, sino que es más extraño de lo que podamos llegar a imaginar».

La investigación de Amrita Vijay es, además, un muy buen ejemplo de lo que llamamos «propiedades emergentes». Una realidad o un fenómeno es emergente cuando tiene una propiedad que ninguna de sus partes tiene de forma aislada. Como decían los psicólogos de la Gestalt del siglo pasado, cuando «el todo es más que la suma de sus partes». Como cualquier buen aficionado de fútbol sabe, a veces un pequeño cambio individual supone un gran cambio grupal. Viendo hace unos días un partido de fútbol, ocurrió lo siguiente: uno de los equipos hizo una pésima primera parte, con muchos fallos, falto de profundidad, etc. En el descanso, el entrenador sustituyó a un jugador, un único jugador. Y toda la dinámica del equipo, sorprendentemente, cambió: parecía otro equipo mucho mejor que el de la primera parte. El cambio además arrastró al otro equipo y a los aficionados, modificando el comportamiento de todos. Y ¿cómo puede un elemento transformar toda la dinámica? Porque todos los elementos están interrelacionados formando un sistema. Cambiar un solo elemento del sistema hace que el equilibrio se altere, obligando a todo el sistema a reajustarse. Un solo cambio, a veces pequeño, puede provocar grandes consecuencias. Los individuos, los grupos, las parejas, funcionamos como sistemas con propiedades emergentes.

Bueno, sin más, adentrémonos en el libro. Intentaremos entender estas realidades complejas y emergentes que somos los seres humanos y las relaciones que establecemos. Espero que os sume alguna idea para incorporar a vuestro corpus teoricum personal. Ya sea porque las aporte directamente o porque lleguéis a ellas rebatiendo cualquier dato o afirmación con la que no estéis de acuerdo. Seguro que encontramos algún momento para hablarlo, después de desparasitarnos, claro.

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1

El animal relacional

 

 

Puede que estemos todos interconectados.

CHARLES DARWIN

 

 

Dependencia

Impartí mi primer curso sobre dependencia emocional hace aproximadamente veinte años. En este tiempo, me han pedido muchas veces seminarios o conferencias similares, con títulos como «Superar la dependencia emocional», «Aprende a ser independiente» o «Cómo dejar de depender de los demás». En casi todos los casos, las personas que me los pedían daban por hecho que amar y depender son cosas contrarias: o se ama o se depende. La dependencia es vista así como una patología, como una enfermedad que hay que «curar». Yo mismo, lo reconozco, enfocaba el tema al principio desde esa visión. Tardé un poco en empezar a darme cuenta de mi error.

La dependencia tiene muy mala prensa en los tiempos que corren. Vivimos en sociedades altamente competitivas e individualistas en las que, como dice el sociólogo Hartmut Rosa en su excelente libro La resonancia, «todo debe ser conocido, dominado, conquistado y aprovechado». Para ello, tenemos que ser más capaces, más fuertes, más resolutivos y… más independientes. El que no depende, es fuerte, aprovecha al máximo los recursos, domina y controla su entorno, coge sin pedir permiso. En un entorno competitivo, todo lo que suene a debilidad y vulnerabilidad es rechazado. Y la dependencia suena a ambas cosas.

Todo esto forma parte, no del todo consciente, del ideario de la mujer y el hombre contemporáneos, que sienten que están en una especie de carrera, en una especie de competición. Competimos, pero ¿contra quién? Contra el resto de las personas. Cada ser humano se convierte en un proyecto que se mide y compite con otros, como si fuésemos cebras perseguidas por un león en un documental de La 2: tengo que ser más rápido que el resto de las cebras para sobrevivir. Esto trastoca nuestra relación con los demás porque los consideramos rivales potenciales. Pero también trastoca nuestra relación con nosotros mismos, obligados a ser nuestra mejor versión, a aprovecharnos y sacarnos el máximo partido. Esta forma de relacionarnos con nosotros mismos nos hace vernos como un proyecto que se puede optimizar, un objeto que hay que mejorar: esas arrugas deben desaparecer, las abdominales se tienen que marcar, los niveles de triglicéridos han de bajar, el tamaño de los pechos (o del pene) tiene que aumentar. Y este tratarnos como un objeto, esta relación instrumental la establecemos no solo con nuestro cuerpo, sino también con nuestra mente y nuestro cerebro: tenemos que hablar más idiomas, tener más experiencias gratificantes, hacer meditación…

Esta idea de que cada cual se debe mejorar a sí mismo en el afán de superar a los demás es lo que conocemos como el «proyecto personal». Los padres y las madres andamos en esto también, buscando los mejores colegios, a ser posible bilingües, para que nuestros hijos e hijas puedan tener una ventaja competitiva en el futuro. Para la creación de su «proyecto personal», tienen que acumular capital; todos hemos de hacerlo. Y no me refiero aquí solo a capital económico; debemos tener capital personal, social e incluso, como defiende la socióloga Catherine Hakim, capital erótico. Hablar más idiomas, ir más al gimnasio, tener un mejor trabajo y también un ático, ser más feliz, tener mejor cuerpo, tener que… La lista no parece acabar nunca.

Pero no somos cebras

Hay una pequeña trampa: este ideario es mentira. Una persona puede aislarse más o menos de su entorno, pero no hacerse independiente de él. Somos absolutamente dependientes del entorno físico y social que nos rodea. No ser conscientes de esto está en la raíz de muchos de los graves problemas que padecemos, desde los problemas con nuestro planeta, al que tratamos de forma instrumental como si no dependiésemos de él, hasta los problemas con nuestras respectivas parejas. Nuestro bienestar, nuestra salud e incluso nuestra longevidad, como veremos, dependen de ello. Pero esta dependencia tiene otra consecuencia. Como nos dice Hartmut Rosa en otro de sus libros, Lo indisponible, «un mundo completamente conocido, planeado y dominado sería un mundo muerto». Exactamente lo mismo puede decirse de las relaciones íntimas.

Con respecto a que tengamos que competir entre nosotros como cebras que huyen del león, hace ya tiempo que los leones dejaron de perseguirnos, a pesar de que seamos mucho más débiles individualmente que ellos. De hecho, comparados con el resto de los depredadores, somos unos seres bastante debiluchos. No tenemos garras (en su lugar tenemos dedos finos y uñas blandas que nos permiten coger cosas con delicadeza) ni fauces (nuestros colmillos se han reducido posiblemente para disminuir la agresividad entre nosotros), y nuestros músculos no son nada comparados con los de un chimpancé o un gorila, por ejemplo. Sin embrago, ocupamos la cima de la cadena trófica, somos un superdepredador. Repartidos por el planeta Tierra somos aproximadamente ocho mil millones de seres humanos, frente a una población total de en torno a doscientos mil chimpancés o tan solo veinte mil leones, concentrados en pequeñas zonas de África y los zoológicos del mundo. Hay aproximadamente cuarenta mil humanos por cada chimpancé y cuatrocientos mil por cada león. ¿Cómo un animal débil y lento surgido en África ha conseguido en muy poco tiempo colonizar todo el planeta? Lo hemos conseguido porque, hace cientos de miles de años, aprendimos a cooperar y a ser, juntos, más fuertes. Somos más fuertes no porque seamos independientes, sino porque, fijaos qué ironía, somos seres dependientes. Nuestra fuerza nace precisamente de esa dependencia. Como dice el primatólogo Frans de Waal, «somos los últimos herederos de un larguísimo linaje de animales intensamente sociales, que dependen unos de otros, y establecen toda clase de vínculos entre sí». Estamos todos interconectados, como ya nos avisó Charles Darwin: la dependencia interpersonal es un rasgo esencial de nuestra naturaleza.

Yo, por no ir más lejos, tengo dos hijas que dependen en gran medida de mí y de su madre, y nadie, creo, diría que esta dependencia es patológica. Se podría objetar que es normal para el ser humano tener altos niveles de dependencia en la infancia, pero no en la edad adulta. Sin embargo, yo, adulto (cronológico al menos), también dependo emocionalmente de ellas, y mucho. De hecho, si viésemos a un padre o a una madre que no mostrase ningún signo de dependencia hacia sus hijos, nos alarmaríamos y nos parecería triste y seguramente peligroso. Esta dependencia mutua entre padres e hijos, si es sana, es beneficiosa y gratificante para todos los implicados. El mayor peligro para un niño es que su cuidadora o cuidador no dependan emocionalmente de él.

Pero la dependencia no está restringida a las relaciones entre adultos y niños, también es un rasgo esencial de las relaciones entre adultos. Si observamos a nuestro alrededor, vemos que las personas dependen unas de otras; hasta el punto de que, si encontrásemos a alguien absolutamente independiente, que no necesitase tener vínculos con nadie, consideraríamos a esa persona como enferma emocional y socialmente, ya fuera por los sentimientos de soledad, por la dificultad para conectar con los demás o por la falta de empatía. Esto es así porque la nuestra es una especie hipersocial. La dependencia mutua no solo no es perniciosa para nosotros, nos es beneficiosa.

Entonces, ¿la dependencia es sana?

La respuesta es que la dependencia es inevitable. Buena o mala, lo que es imposible es no depender de alguna forma. El filósofo André Com­te-Sponville escribió que «vivir es depender». Si vivir es depender, amar también lo es. Si yo amo, si yo verdaderamente amo, parte de mi felicidad está vinculada a la persona a la que amo. Lo que esa persona haga, lo que opine o lo que a esa persona le ocurra me va a afectar. Si esa persona me es absolutamente indiferente, no hay duda: no la amo. Amor y dependencia no son dos cosas contrarias.

El que la dependencia sea un rasgo esencial de nuestra naturaleza, tanto en la infancia como en la edad adulta, no significa que sea igual en un periodo que en otro. Nuestra forma de depender cambia a lo largo de nuestra vida. Uno de los primeros psicólogos que se interesó por este tema fue el canadiense William Emet Blatz, quien anticipó algunas de las ideas que formarían luego parte de la teoría del apego. Blatz planteó que, para considerar que su desarrollo es sano, el ser humano debe progresar desde una dependencia inmadura en la infancia hasta una dependencia madura en la edad adulta. A esto, depender de una forma madura, es a lo que llamamos, casi cien años después de Blatz, la dependencia sana u horizontal: la interdependencia. Para pasar de una a otra, el propio Blatz concluyó que debíamos pasar por una fase de independencia. O sea, de la dependencia inmadura infantil, pasando por la independencia, hasta llegar a la dependencia madura adulta. Actualmente, manejamos conceptos muy semejantes a estos. Decimos que pasamos de una dependencia vertical en la infancia a una horizontal en la edad adulta gracias al desarrollo de nuestra autonomía.

Por tanto, dependencia e independencia (o autonomía, como preferimos llamarla ahora) no son polos opuestos. Más bien al contrario; como veremos un poco más adelante, nuestra autonomía nace de nuestra dependencia. Ambas, autonomía y dependencia (sana), son dos caras de la misma moneda. Los adultos autónomos son precisamente los que pueden depender de forma sana de otros adultos. Quienes no han podido desarrollar esta capacidad están abocados a tener relaciones que no serán sanas. A veces serán excesivamente dependientes y otras serán excesivamente contradependientes. Pero ambas son, en términos de Blatz, formas inmaduras de dependencia. Es decir, en las expresiones no sanas de dependencia adulta perviven aspectos de la dependencia infantil que no deberían estar presentes ya en las relaciones entre adultos. Estas relaciones no sanas entre adultos no son relaciones horizontales, concepto sobre el que volveré varias veces en el libro.

La disyuntiva, por tanto, no es depender o no depender. La disyuntiva es si podemos depender o no de forma sana, si tenemos la capacidad de tener y mantener relaciones saludables con los demás y con nosotros mismos. Porque la capacidad de desarrollar esta clase de relaciones va a condicionar mi vínculo con los demás, pero también condicionará la forma en que me relaciono conmigo mismo. Además, condicionará también mi capacidad de terminar las relaciones de una forma sana. Porque la mayoría de las relaciones, ya sean de pareja o amistad, la estadística aquí no engaña, no tienen por qué durar toda la vida.

La manera en la que gestionemos nuestra dependencia, por tanto, puede ser sana o no. Y, en ambos casos, tendrá profundos efectos sobre nuestro bienestar, nuestra salud, tanto física como mental, e incluso nuestra longevidad. La bioquímica y premio Nobel de Medicina Elizabeth Blackburn relaciona la longitud de los telómeros, las estructuras que conforman los extremos de los cromosomas, con el envejecimiento celular. Sin entrar en profundidades, sus estudios indican que cuando la longitud de estos telómeros se acorta, y esto se ha observado en personas que sufren un estrés psicológico crónico, el envejecimiento celular se acelera. O sea, el estrés guarda relación con la longevidad de las células y, por tanto, con la nuestra. Como veremos a lo largo del libro, la mayoría de los estresores que afectan a los seres humanos son de naturaleza interpersonal. Dicho de otro modo, la mayor parte del estrés que sufrimos tiene que ver con la calidad de nuestras relaciones. Por eso, el mejor antídoto contra el estrés es la capacidad de desarrollar relaciones sanas, con uno mismo y con los demás.

La investigación más larga llevada a cabo sobre la salud y el bienestar hasta la fecha es el estudio de Harvard sobre Desarrollo Adulto, que se inició en 1938 y que lleva analizados los datos de unas tres mil personas. Esta investigación pretendía responder a preguntas como ¿cuáles son los factores que influyen sobre la salud y la longevidad?, ¿podemos predecir qué personas serán octogenarias activas y saludables, y quiénes no?, y, sobre todo, ¿qué hace que tengamos una vida feliz y con sentido? Cuando hacemos esta última pregunta a millennials (personas nacidas entre los años 1980 y 2000), los dos factores que suelen aparecer en primer lugar son el dinero y el éxito, muy en consonancia con el modelo competitivo que he descrito antes. Pero el estudio de Harvard no encontró precisamente eso. «El hallazgo sorprendente es que nuestras relaciones y cuán felices somos en nuestras relaciones tienen una poderosa influencia en nuestra salud», nos dice Robert Waldinger, director del estudio y profesor de Psiquiatría en la Escuela de Medicina de Harvard. «Cuidar tu cuerpo es importante, pero cuidar tus relaciones también es una forma de autocuidado. Esa, creo, es la revelación». Tras analizar los datos de los participantes, declaraba: «Cuando reunimos todo lo que sabíamos sobre ellos a los cincuenta años, no fueron sus niveles de colesterol de mediana edad los que predijeron cómo iban a envejecer. Era lo satisfechos que estaban en sus relaciones. Las personas que estaban más satisfechas en sus relaciones a los cincuenta años eran las más saludables a los ochenta años». Añadía: «La soledad mata. Es tan poderosa como fumar o el alcoholismo». Y esto no es animaros a que os pongáis a fumar o a beber alcohol, que son indiscutiblemente muy malos para la salud, pero sí a que cuidéis las relaciones. Este estudio, como uno que os comentaré en breve, el estudio ACE, supusieron un gran cambio con respecto a cómo conceptualizábamos la salud, tanto física como mental. George Vail­lant, psiquiatra que dirigió la investigación de Harvard desde 1972 hasta 2004, reconoció que inicialmente era escéptico por su formación biomédica, pero que los datos le hicieron cambiar de opinión. «Cuando comenzó el estudio, a nadie le importaba la empatía o el apego. Pero la clave para un envejecimiento saludable son las relaciones, las relaciones y las relaciones». Siendo justos, este estudio vino a confirmar algo sobre lo que otros autores, por ejemplo el psicólogo Martin Seligman, llevaban años insistiendo: las relaciones saludables son cruciales para nuestra salud y nuestro bienestar. Podéis encontrar el estudio aquí: adultdevelopmentstudy.org. También podéis ver la charla TED de Robert Walding­er en la que explica los resultados más relevantes de este estudio.

Por tanto, no estamos hablando de un tema menor. Desarrollar la capacidad de relacionarme de forma sana va a influir sobre mi bienestar, sobre mi salud e incluso sobre cuánto voy a vivir, del mismo modo que va a repercutir en el bienestar de las personas que me rodean. Por eso es importante que aprendamos a desarrollar relaciones sanas con los demás, a depender de forma sana, a interdepender. Asimismo, también es importante que aprendamos a elegir bien a las personas de las que nos rodeamos. Y aquí vuelve a desempeñar un papel nuestro nivel de dependencia y de autonomía. Porque, si tengo problemas de autonomía, será mucho más probable que elija iniciar o continuar relaciones que no van bien con tal de no estar solo.

Interdependencia

«La interdependencia debe ser tanto un ideal del ser humano como la autosuficiencia. El ser humano es un ser social». Esta frase, que es de Gandhi, creo que resume perfectamente la idea central de este capítulo: los humanos somos seres profundamente sociales. Somos seres autónomos, pero interdependientes. El rasgo distintivo de nuestra especie no es, de hecho, la independencia; es la interdependencia. Somos, ante todo, seres relacionales que nos necesitamos unos a otros para sobrevivir y para estar bien. Necesitamos cooperar, y la cooperación ha sido, desde siempre, la base de nuestra existencia. Y cuando digo desde siempre, realmente me refiero a, literalmente, desde siempre. Os voy a contar una pequeña historia.

La Tierra tiene aproximadamente 4.400 millones de años. La vida en la Tierra apareció hace unos 3.750 millones de años. Durante mucho tiempo, esa vida fue simple: los organismos unicelulares fueron los reyes del planeta. Pero, en algún lugar, hace unos dos mil millones de años, nadie sabe a ciencia cierta cómo, ocurrió una cosa fascinante: una bacteria se introdujo dentro de (o fue fagocitada por) una arquea y, en lugar de ser digerida, siguió viva dentro de ella. Las arqueas y las bacterias son dos tipos de organismos unicelulares. Ambas iniciaron entonces una relación simbiótica o de cooperación. Dos organismos hasta entonces independientes pasaron a ser, por primera vez en la historia del planeta, interdependientes. Y ocurrió lo que suele ocurrir con frecuencia con las interdependencias: a ambas, la arquea y la bacteria, les fue mejor juntas que separadas. La bacteria se vio favorecida por el entorno estable de la célula en la que se encontraba, mientras la arquea huésped se aprovechó de la energía que le procuraba la bacteria. Les fue tan bien a esta arquea y a esta bacteria que vivieron para siempre felices y comieron perdices. Juntas forman lo que conocemos como la «célula eucariota», que constituye la base de los organismos multicelulares y complejos. Nosotros estamos compuestos por células eucariotas. Las plantas y los animales, tal y como los conocemos, no existirían sin la célula eucariota; no existirían de no ser por esta primera relación de interdependencia. En todos los seres vivos complejos, incluyéndonos a los humanos, cada una de nuestras células es una descendiente de aquella primera pareja endosimbiótica. Los descendientes de esa bacteria son las estructuras que procuran energía a cada una de nuestras células: las mitocondrias. Quiero decir que en el interior de cada una de nuestras células sigue viviendo la descendiente de esa bacteria primitiva (aunque nos tranquilice más llamarla mitocondria), con su propio ADN (circular, por cierto), y sin la cual la vida compleja tal y como la conocemos resultaría imposible. En lo más profundo, en los ladrillos más básicos que forman la vida, somos seres nacidos de la interdependencia. Como escribió la bióloga Lynn Margulis, una pionera en la defensa de esta teoría, somos individuos compuestos desde el principio. La interdependencia no es la excepción, es la norma.

Pero ahí no acabó la interdependencia, más bien empezó. Desde entonces, la historia de la evolución es la historia de una dependencia cooperativa en aumento: de los organismos unicelulares a los organismos pluricelulares, de los pluricelulares a los complejos, de los individuos a los animales sociales, en grupos cada vez mayores y más sofisticados. La historia de la Vida, así, en mayúsculas, es la historia del aumento de la complejidad, de la interdependencia. No es de extrañar que los seres humanos seamos de las especies más interdependientes de la naturaleza.

El psicólogo social Stanley Milgram, influido por un trabajo previo del matemático Manfred Kochen y el politólogo Ithiel de Sola Pool, llevó a cabo, en 1967, un experimento conocido como «los seis grados de separación». Como curiosidad, los propios autores nunca utilizaron este término, sino que llamaron a la serie de investigaciones «los experimentos del mundo pequeño». Básicamente, lo que hicieron fue pedir a personas de distintas zonas de Estados Unidos que hicieran llegar un mensaje a una persona en concreto (no famosa) que vivía en Boston. Solo podían transmitir el mensaje de primera mano a personas que conociesen personalmente. La idea era medir por cuántas manos tenía que pasar el mensaje, cuál era la ruta social más corta, para llegar a su destinatario. La media estuvo entre 5,2 y 5,7 personas. Estaban todas interconectadas por menos de seis intermediarios. Casi treinta años después, Peter Dodds, al frente de un equipo de la Universidad de Columbia, replicó el estudio, esta vez con sesenta mil participantes de 166 países, que tenían que intentar conectar con dieciocho objetivos, en trece países. Los «objetivos» volvieron a ser personas no famosas, como un veterinario noruego, un policía australiano o un informático indio. Algunas cadenas no lograron completarse, pero las que se completaron lo hicieron aproximadamente en…, ¡tachán!…, seis pasos. Aunque seamos ocho mil millones de personas en el mundo, estamos todos conectados por menos de seis intermediarios, esto es, de los famosos tenemos seis grados de separación. Nuestras complejas estructuras sociales, compuestas por miles de individuos, siguen funcionando porque se basan en grupos mucho más pequeños y cercanos. Estas relaciones de mundo pequeño forman la red sobre la que se sustenta todo lo demás. Vivimos en un gran mundo, sí, pero interconectado por millones de pequeños mundos interdependientes.

Esta enorme capacidad de relacionarnos y de, en palabras del biólogo Edward Wilson, «conectar entre sí a muchos seres humanos» ha sido la clave de nuestro gran desarrollo como especie. Vale, creo que ahora ha llegado el momento de preguntarnos por el sentido de nuestra hipersociabilidad.

¿Por qué somos una especie hipersocial?

Pues se debe no a una, sino principalmente a tres razones: la reproducción sexual, nuestro largo periodo de crianza y el que seamos animales gregarios, tribales. Veamos cada una de ellas con un poco más de detalle.

 

 

La reproducción sexual

La reproducción sexual obliga a interactuar porque, para reproducirse, hacen falta al menos dos. Si fuésemos animales de reproducción asexual, si nos pudiésemos reproducir por fisión binaria, segmentación o partenogénesis, como le ocurre al diente de león, a las estrellas de mar o a algunos reptiles, no necesitaríamos relacionarnos. Yo mismo me reproduciría, dando lugar básicamente a un clon de mí mismo. Pero, como sabe cualquiera que esté buscando una pareja sexual, para tenerla hay que relacionarse, ya sea en un bar o en las redes sociales. Sabemos que las relaciones sexuales no requieren mantener vínculos a largo plazo; con contactos a corto plazo basta. Muchos animales de reproducción sexual (entre ellos el Homo Tinder), de hecho, mantienen este tipo de relaciones conocidas como «torneos sexuales», a corto plazo. Otros, sin embargo, funcionan con tácticas a largo plazo, generando parejas que, en algunas especies, pueden durar toda la vida. Pero, en este caso, la causa no es tanto la reproducción como una de sus posibles consecuencias: tener crías. Hablando de tácticas y estrategias: todo lo que tenga que ver con sexo lo tengo que repartir a lo largo del libro porque, si no, algunos os irías directamente a ese capítulo y dejaríais sin leer los demás.

 

Tenemos crías inmaduras

Esta es la segunda razón de nuestra naturaleza vinculatoria, quizá la más importante. Somos lo que se conoce como una especie altricial. Las especies altriciales son aquellas que tienen crías que, debido a su inmadurez al nacer, son incapaces de cuidarse a sí mismas. Por oposición a las especies precociales son aquellas en las que las crías nacen con una madurez que les permite valerse por sí mismas. Nuestros bebés son incapaces de autocuidarse durante un largo tiempo. En nosotros, la etapa de lactancia es más corta que la del resto de los simios antropomorfos, pero nuestros periodos de dependencia se extienden más allá, en muchos casos hasta bien pasada la adolescencia. Estamos obligados a una larga etapa de crianza/aprendizaje que asegure la supervivencia de nuestras crías en condiciones óptimas. Esto requiere la formación de vínculos entre adultos e infantes, sin la existencia de los cuales abandonaríamos a esos pequeños y maravillosos parásitos a los que llamamos hijos. Y este vínculo, a diferencia del sexual, no puede ser a corto plazo; tiene que ser a largo plazo.

El primer objetivo de este vínculo es proteger a los niños de sus propios progenitores, evitando que estos les hagan daño o los abandonen. El segundo objetivo es que los progenitores cuidemos y protejamos a esos niños de potenciales peligros externos. De hecho, como veremos más adelante, cuando se producen disrupciones en este vínculo, que conocemos como «apego», los niños tienen más probabilidades de sufrir situaciones traumáticas, tanto dentro como fuera de casa.

Nuestro largo periodo de crianza es la base de la dependencia de nuestros jóvenes hacia sus cuidadores. Pero no solo eso, sino que también es parcialmente la base de los vínculos entre adultos: el que estas crías sean tan dependientes hace que una madre y su bebé solos, sin otros adultos que los asistan, tengan muchas dificultades para sobrevivir en entornos naturales. La necesidad de generar vínculos entre adultos e infantes ha hecho que, a lo largo de la evolución, se haya ido afinando una exquisita maquinaria bioquímica que, basada en la oxitocina y la vasopresina, y seguramente otros factores que aún desconocemos, da lugar a esos vínculos maternofiliales. Esta misma maquinaria es la que posibilita las relaciones a largo plazo entre los adultos. Como el sistema de apego es tan importante en nuestra especie, le dedico un capítulo entero en el libro. Vayamos ahora a la tercera razón de nuestra sociabilidad.

Somos seres gregarios, tribales

Estamos en la cima de la cadena trófica: somos superdepredadores. Sin embargo, no tenemos una gran fuerza muscular ni garras afiladas ni colmillos sobresalientes. Somos animales con «cuerpos débiles, grandes cerebros, sentido gregario y […] grandes apetitos», como nos describe el antropólogo Scott Atran. ¿Cómo hemos logrado esta posición prominente si somos tan frágiles? Si eres débil, una gran estrategia es formar parte de un grupo que te defienda y te ayude a encontrar recursos. Así que nuestra fuerza reside en el grupo, en nuestra capacidad de cooperar. Nuestro espíritu gregario nace de nuestra indefensión. Charles Darwin, en su libro El origen del hombre, escribió que un animal que «poseyese gran tamaño, fuerza y ferocidad […] probablemente no se hubiese vuelto social», y que eso hacía que, para los humanos, los grupos a los que pertenecían fuesen tan importantes como ellos mismos. Por ello, tenemos de forma innata una necesidad y una capacidad gregarias que nos hacen formar grandes clanes. De entre todas las especies de primates, somos los que mantenemos grupos más numerosos y dependemos en mayor medida de la tribu para nuestra supervivencia. Hemos hiperdesarrollado la estrategia que ha asegurado la supervivencia a los primates durante millones de años: la sociabilidad. Nuestra acusada sociabilidad ha sido «seleccionada» por la evolución. Capacidades como la empatía o la confianza tienen un valor de supervivencia. La conocida frase del naturalista Herbert Spencer, «la supervivencia del más apto», que Darwin utilizó como explicación de la selección natural, se suele entender con frecuencia como «la supervivencia del más fuerte». Incluso hay veces que la he visto traducida así. Pero, para una especie social, el más apto es el que es capaz de confiar, generar confianza e interdepender, no necesariamente el más fuerte.

 

La especie más social sobre el planeta

Supongo que ya queda más que claro por qué he titulado a este primer capítulo «El animal relacional»: somos el animal social por excelencia, la especie más social que existe sobre el planeta. De hecho, ese fue durante algún tiempo el título del libro mientras lo escribía, aunque decidimos cambiarlo por el que finalmente quedó. Tenemos un mayor nivel de sociabilidad que ningún otro primate, que ningún otro mamífero. Y también somos más sociales que las abejas o las hormigas, los conocidos como insectos eusociales. Además, nuestra sociabilidad se distingue de la de estas especies en tres aspectos que van a tener profundas implicaciones para nosotros: establecemos vínculos con extraños genéticos, cooperamos para competir y nuestros vínculos se basan en la empatía.

Los extraños genéticos

Somos una especie que mantiene relaciones íntimas y estables en el tiempo con lo que llamamos «extraños genéticos». Esta idea se la leí por primera vez hace años al antropólogo Scott Atran, y me sigue pareciendo preciosa. Básicamente plantea que yo puedo sentir como más cercanos a mi amigo Garri, nacido en Barcelona, o a mi amigo Hans, que es alemán, que a mi primo Rajesh, que vive en la India y con el que tengo una mayor cercanía genética, pero al que (que esto quede, por favor, entre nosotros) no soporto… (Es broma; no tengo ningún primo que se llame Rajesh).

Esta capacidad de formar vínculos estrechos con personas con las que no estamos emparentados se ha documentado solo en un puñado de especies, mientras que es casi universal en la especie humana. Esto, además, no es nuevo en nuestra historia evolutiva. Según un estudio de 2011 publicado en la revista Science, tras analizar el ADN de algunos enterramientos prehistóricos, se encontró que únicamente un 40 por ciento de las personas enterradas juntas estaban unidas por lazos de sangre. O sea, ¡el 60 por ciento de las personas en el mismo enterramiento eran extraños genéticos! Esto es sumamente interesante, puesto que nuestro modo de vida como especie ha sido el de cazador-recolector durante una parte mayoritaria de nuestra historia (de hecho, un 99 por ciento de nuestra historia). Aunque no podemos generalizar, pues también tenemos evidencias de sociedades muy endogámicas, lo que es cierto es que el vínculo con los extraños genéticos y el altruismo recíproco son parte de nuestra historia desde el principio o, técnicamente, incluso antes. Sabemos que nuestra especie, el Homo sapiens, se ha mezclado con todas las especies Homo que se ha encontrado a su paso en los últimos doscientos mil años. De hecho, las personas de ascendencia euroasiática tenemos aproximadamente un 2 por ciento de nuestro código genético procedente de los neandertales, con los que podíamos tener, y tuvimos, descendencia viable. Lo siento por los puristas defensores de la raza (que, por cierto, no existe según la ciencia) o la cultura: somos una especie que ha nacido del mestizaje, del copiarnos, del mezclarnos.

Este mestizaje, esta apertura al otro, no solo cumple funciones de diversidad genética y ampliación del acervo o pool genético, sino que también cumple funciones de diversidad cultural y ampliación del patrimonio o pool cultural De hecho, somos unos grandes copiones: desde los exámenes hasta la apropiación cultural, en cuanto una idea nos resulta interesante, la hacemos nuestra. Incluso hay personas que olvidan de quién o dónde aprendieron esa idea y la presentan como propia. Si os ha pasado, sabéis lo irritante que puede resultar. Pero la clave es que nuestra mente está abierta a aprender de los demás, a copiar a los demás.

Esta capacidad de cooperar nos ha proporcionado grandes ventajas. Un solo individuo, por inteligente que hubiese sido, jamás habría llegado a crear un avión. Porque nosotros no solo cooperamos con los que están en el presente, de alguna manera cooperamos con las personas del pasado y del futuro. Gracias a eso, hemos podido progresar desde las primeras herramientas líticas hasta la construcción de aviones y naves espaciales, porque compartimos la tecnología y nos basamos en lo que han hecho o descubierto otros antes que nosotros. Creo que este es un momento ideal para volver a ver 2001: Una odisea del espacio de Kubrick. Esta interdependencia a lo largo del tiempo es básicamente lo que llamamos «cultura», según el antropólogo Dan Sperber. Desde el hacha de sílex, pasando por la agricultura o la rueda, hasta la democracia, cualquier innovación cultural o tecnológica ha sido copiada rápidamente pasando de unos grupos a otros.

Ya en tiempos históricos, nuestras sociedades se han hecho todavía más complejas y están aún menos basadas en el parentesco y la cercanía genética, razón que ha llevado a llamarlas comunidades basadas en «parientes imaginarios» o «comunidades imaginarias». Estas grandes comunidades imaginarias son la base sobre las que se han construido y se construyen las grandes civilizaciones. Parece que la religión ha sido clave también en este desarrollo. Una prueba de esto lo constituyen las ruinas encontradas hace unos años de Göbekli Tepe, un templo (se cree) erigido hace once mil años, en la actual Turquía. Su construcción debió de exigir la participación de muchas personas, en una etapa anterior, creemos, al desarrollo de las grandes civilizaciones. Es decir, hemos sido capaces de cooperar en grandes grupos desde tiempos inmemoriales.

Nuestra sociabilidad está tan poco marcada por la cercanía genética que llegamos a vincularnos afectivamente incluso con individuos de otras especies. Hay personas que sienten profundos vínculos afectivos con sus mascotas, ya sean perros, gatos, caballos, o incluso hasta con tarántulas o serpientes. De hecho, conozco a unas cuantas personas que quieren más a sus perros que a sus hermanos. No es extraño, porque seguramente algunos perros son mejores que algunos hermanos. Bromas aparte, os hablé antes de la oxitocina, la hormona responsable de que nos vinculemos con nuestros hijos y también con otros adultos. Pues bien, es también la que se produce en el cerebro de una persona que observa la cara de su mascota. O sea, lo que mi cerebro empieza a bombear cuando miro la cara de mi hija es la misma sustancia que produce el cerebro de una persona que contempla la cara de su perro. Ambos sentimos cosas muy parecidas y nos vinculamos, en el caso de la mascota, con un absoluto «extraño genético». Por cierto, el cerebro de nuestras mascotas (el de los perros, al menos) también produce oxitocina cuando las miramos a los ojos. Qué bonito es el amor correspondido, ¿verdad?

Una última prueba de nuestra altísima sociabilidad es que muchos castigos históricos han tenido que ver con privarnos de la relación con los demás: el ostracismo o el destierro son buenos ejemplos de ello. En todos los tiempos, y en las cárceles contemporáneas también, casi el peor castigo que se le podía imponer a un reo era el aislamiento. Este tipo de conductas se han encontrado en otras especies sociales, como las abejas, que lo usan para fortalecer al grupo marginando a individuos para castigarlos por sus comportamientos poco sociales. Siempre me sorprende cuando leo artículos que relacionan nuestros comportamientos con especies tan distantes. Nos cuesta hacernos a la idea de que somos simplemente un tipo más de animal.

Cooperamos para competir: la confianza y la traición

Cooperamos, pero no como las abejas o las hormigas, mucho más colectivas en su comportamiento. Nosotros no somos colectivos: podemos ser altruistas, pero también muy egoístas. ¿Por qué ocurre esto? Ya hemos visto que no tenemos rival entre el resto de los grandes depredadores. Pero, a la vez, nos hemos convertido, en palabras de Darwin, en «nuestros peores depredadores». Las mayores amenazas para nosotros, físicas o emocionales, proceden de otros seres humanos. Para poder protegernos, nos dice el geógrafo Jared Diamond, «hemos aprendido a cooperar para competir». Por tanto, formamos grupos que rivalizan entre sí. Esto nos obliga a tener dos tipos de comportamiento bastante opuestos: ser muy cooperativos con los «nuestros» a la vez que serlo muy poco, o incluso ser despiadados, con «los otros». Ser especialmente duro con los otros puede ser visto, en algunos casos, como una señal de ser un buen miembro de nuestro grupo. Lo habéis podido comprobar en el comportamiento de numerosos colectivos, desde los partidos políticos hasta los equipos de fútbol. Generalmente, el futbolista más detestado por el equipo rival es el más aclamado por la afición local. De este rasgo tan nuestro nace una forma de procesar la información clave en nuestro cerebro: dividimos el mundo de forma binaria entre dos grupos: nosotros/ellos. Poniéndome un poco técnico, al «nosotros» lo llamamos endogrupo y al «ellos» lo llamamos exogrupo. A partir de esta distinción automática de nuestro cerebro, atribuimos características más positivas a los que consideramos «nuestros» que a los que consideramos «los otros», y podemos ser muy generosos y cooperativos con los miembros de nuestro propio grupo, pero, a la vez, muy competitivos y hasta crueles y psicopáticos con el exogrupo. Por cierto, ambos tipos de comportamiento están mediados por la misma hormona, la oxitocina. Que, por cierto, cabe recordar que la oxitocina no siempre es amor; también interviene en los comportamientos egoístas o incluso agresivos.

La generosidad y el comportamiento altruista con las personas de nuestro grupo se basan en la confianza de que, llegado el momento, la otra persona también se comportará igual con nosotros. De hecho, la confianza es esencial en cualquier relación a largo plazo. Pero nunca podemos estar seguros del todo: llegado el momento, el otro puede no comportarse de una forma altruista con nosotros. Puede mirar más por sus propios intereses que los míos, puede traicionarme.

Precisamente porque somos una especie social, en la que cooperar es muy importante pero no está asegurado, la traición es tan dolorosa para nosotros. Dante lo consideró el peor de los pecados: dañar a alguien que ha depositado en nosotros su confianza. Los que cometían este pecado estaban condenados, en su Divina comedia, a la peor parte del infierno, la que estaba más cerca de Lucifer: el noveno círculo, un lago gélido (no caliente y llameante, sino frío; me parece muy interesante esto) llamado Cocito, donde penaba Judas Iscariote.

La traición es posible porque el «yo» no se diluye y desaparece en el «nosotros». Mantenemos una fuerte consciencia del yo, pero, para formar ese «nosotros», nos tenemos que entender con el otro, que también tiene una fuerte consciencia del yo. Y esto genera tensiones entre lo que es bueno para mí, como ser individual y egoísta, y lo que es bueno para nosotros, como pareja o como colectivo. Puede haber cooperación, pero también desconfianza. Lo vemos en cualquier grupo de amigos, de trabajo o político. En casi cualquier contexto, las peores disputas tienen que ver con considerar que la otra persona se ha comportado de forma egoísta, ha mirado por sus intereses y no los nuestros o, lo peor, me (o nos) ha traicionado. Así, la traición es uno de los comportamientos que más malestar genera.

Al igual que ese «yo» no desaparece en las relaciones grupales, tampoco lo hace en la pareja o en los entornos más íntimos. La infidelidad, por ejemplo, se puede explicar en parte desde esta lucha entre ambas tendencias. Casi cualquiera que haya sufrido una infidelidad, y lo sepa, lo podrá corroborar. La parte más difícil de manejar suele ser la sensación de traición.

Este también es el fenómeno que se produce en algunos divorcios en los que el otro pasa de ser parte de ese «nosotros» a ser ahora alguien a quien consideramos egoísta y que solo mira por sus propios intereses. Este cambio lo sentimos como una traición y es la causa de que, muchas veces, las rupturas saquen lo peor de cada uno.

Por último, nuestra desconfianza también tiene que ver con esto. Para nosotros es esencial que distingamos al amigo del enemigo, el que va a cooperar, llegado el momento, del que no lo hará. Igual que yo puedo actuar de forma altruista o egoísta, al otro le puede pasar lo mismo. Como veremos en los próximos capítulos, según hayan sido mis vivencias seré más o menos confiado. Y esto va a tener una profunda influencia en mi capacidad de tener relaciones íntimas. Porque cualquier relación a largo plazo es casi imposible sin confianza.

Nuestro vínculo se establece desde lo emocional

Cuando sentimos que el otro es parte de ese «nosotros», cuando sentimos que no nos la va a jugar y confiamos, se establece un vínculo emocional que nos hace sentir bien. Pero, si he confiado y siento que el otro me la ha jugado, esto generará emociones muy intensas y negativas en mí. Estas emociones condicionarán mi comportamiento: si considero que el otro ha sido egoísta (o creo que lo puede ser), lo seré yo también; si considero que me ha tratado mal, yo lo trataré así también. De modo que se establece una relación circular: nuestras emociones hacia los demás condicionan nuestras relaciones y, a la vez, las relaciones con los demás condicionan nuestras emociones. Y este círculo puede ser vicioso o virtuoso. En gran medida, eso son las dinámicas que, una vez establecidas, generan tanta inercia y son tan difíciles de romper. Cuando entramos en un ciclo de desconfianza, es muy difícil romperlo y salir de él porque cargamos toda la culpa sobre la otra persona, y no somos conscientes de cómo nosotros estamos también contribuyendo al mantenimiento de esa dinámica.

La estrecha conexión entre lo relacional y lo emocional es lo que hace, además, que nos encontremos mal cuando nos sentimos solos. Como dice la psiquiatra Stephanie Cacioppo, de la Universidad de Chicago, «nuestras estructuras sociales evolucionaron mano a mano con cambios neurales, hormonales y genéticos que sustentaban estas estructuras sociales (parejas, tribus y comunidades) que nos ayudan a sobrevivir y a reproducirnos». De esta manera, la necesidad de relacionarnos se hizo tan básica para nosotros como el hambre o la sed. Eso explica por qué en las personas que se sienten solas se generan consecuencias para su salud y su longevidad. «El hambre y la sed protegen nuestro cuerpo físico, mientras que la sensación de soledad protege nuestro cuerpo social», afirma Cacioppo. La sensación de soledad, por tanto, también activa señales de que estamos en peligro y tenemos que hacer algo para evitarlo. No es de extrañar que las áreas cerebrales que procesan el dolor físico y las que procesan el dolor socioemocional, como el generado por la soledad, el abandono o el rechazo, tengan un amplio solapamiento. Nuestro cerebro ha evolucionado para sentir ambos tipos de dolor de forma muy parecida. El área cerebral que confiere «significado» al dolor físico, la corteza cingulada anterior, es la misma que confiere significado al dolor emocional. Este solapamiento podría dar explicación, parcial al menos, a diversas enfermedades crónicas cuya fisiopatología aún no se ha llegado a dilucidar, como es el caso de la fibromialgia. Sabemos también que medicamentos que se desarrollaron para el dolor físico, por ejemplo, el paracetamol, reducen asimismo el dolor emocional. Esta hipótesis fue avanzada por Jaak Panksepp y ha sido corroborada por varios investigadores posteriores. Esto nos reafirma lo que ya hablábamos en el prólogo: la división entre lo psicológico y lo físico no corresponde a la realidad, corresponde a nuestro modo de entender la realidad. Nos vendría bien recordar que lo psicológico es fisiológico y que lo fisiológico es psicológico, aunque nuestra primitiva mente binaria, y la ciencia que ha creado, necesite verlas como dos cosas distintas.

Relaciones y salud

Si lo psicológico y lo fisiológico son dos caras de la misma moneda, es normal que las relaciones tengan una influencia profunda sobre la salud. Ya he hablado de Elizabeth Blackburn y del estudio de Harvard. Pero también sabemos que sentir soledad empeora nuestra función inmunológica y hace que sea más fácil que enfermemos. Prácticamente cualquier patología empeora cuando nos sentimos solos, desde las cardiacas hasta el cáncer, pasando por el alzhéimer. En la misma línea, hay abundante literatura científica que relaciona la soledad con la muerte prematura. Naomi Eisenberger y Steve Cole, de la Escuela de Medicina de la UCLA, han encontrado que la mortandad puede llegar a ser un 25 por ciento más alta en situaciones de soledad y aislamiento.

Relacionarnos y estar vinculados es mucho mejor para la salud que estar en soledad. Pero ¿vale cualquier tipo de relación? La respuesta es que no. Lo importante no es la cantidad de las relaciones, sino la calidad de esas relaciones. Las que solemos llamar «tóxicas», aquellas que nos generan elevados niveles de estrés, son perjudiciales para nuestra salud, dando la razón a aquello de «mejor solo que mal acompañado». Pero ¿por qué se produce esta influencia?, ¿cómo la soledad o las relaciones tóxicas afectan tanto a nuestra salud? En primer lugar, los cambios bioquímicos que se producen con el estrés afectan a todo nuestro cuerpo. Este fenómeno de la influencia de lo emocional sobre la salud es tan importante que ha acabado generando su propia área de estudio: la psiconeuroinmunología. La psiquiatra Rachel Yehuda fue una de las primeras en investigar la relación del cortisol con las enfermedades. El cortisol es una hormona cuya liberación está relacionada con el estrés. Inicialmente, el estrés provoca una elevación de sus niveles; pero, mantenido a lo largo del tiempo, suele generar el fenómeno inverso: desregula y disminuye los niveles de cortisol. Niveles desregulados de cortisol han sido encontrados en diferentes trastornos psicológicos, desde los trastornos de ansiedad hasta los del estado de ánimo, pasando por los trastornos por estrés postraumático. Los niveles bajos de cortisol, por otro lado, están relacionados con una alteración de la actividad de nuestro sistema inmunológico y de los procesos inflamatorios. La inflamación ocurre cuando células del sistema inmune, como los neutrófilos o los macrófagos, se reúnen cerca de una herida o de una infección. Esta respuesta ha sido y es esencial para nuestra supervivencia, sin ella pereceríamos. Pero si esta inflamación se produce de forma crónica, como ocurre en el estrés mantenido, se ve afectado el funcionamiento global del sistema inmune. Este mecanismo se ha relacionado con las conocidas enfermedades autoinmunes inflamatorias, que van de la tiroiditis de Hashimoto a patologías más complejas, como el lupus sistémico, y también influye, como acabamos de ver, sobre las enfermedades cardiacas y degenerativas. Y sabemos que la mayor parte del estrés es interpersonal. El psicólogo John Gottman encontró, mientras estudiaba a parejas conflictivas, que el nivel de conflictos destructivos (hablaremos de ellos en el capítulo 9) que tenían estas parejas correlacionaba con el número de enfermedades infecciosas que padecían.

Esta influencia de las relaciones estresantes es especialmente importante cuando ocurre en la infancia. Gregory Miller, de la Universidad de Colombia, ha constatado que la exposición temprana a estresores hace que se sea más propenso a sufrir algunas de estas enfermedades en la edad adulta. Es lo que se conoce como el «fenotipo protoinflamatorio». Pero el conjunto de investigaciones más importantes que tenemos sobre el estrés en la infancia se debe al trabajo liderado por los médicos Vincent Felitti y Robert Anda. Estos estudios, llamados los estudios ACE, por las siglas en inglés de Adverse Childhood Experiences, se iniciaron de forma casi accidental en 1995. Lo que estas investigaciones han encontrado es que sufrir experiencias adversas en la infancia, o sea, situaciones altamente estresantes y traumáticas, correlaciona con casi todas las patologías físicas y mentales que conocemos. Así, desde la diabetes hasta el consumo de drogas, pasando por patologías coronarias, la depresión, la ansiedad o la enfermedad renal, por poner solo algunos ejemplos, aumentan su riesgo si hemos vivido estas experiencias. Estos estudios son muy importantes porque ponen de manifiesto, como dije antes, que salud física y la salud mental no son dos cosas distintas.

Por otro lado, las investigaciones con niñas y niños adoptados de Philip Fisher, de la Universidad de Oregón, nos dicen que estas experiencias no solo tienen que ser de maltrato o abuso, lo que llamamos «trauma de acción». Él ha relacionado los niveles desregulados de cortisol de estos niños con un patrón parental de cuidado insuficiente, de negligencia, lo que llamamos «trauma de omisión». Este tipo de trauma es sumamente importante, y hablaré más de él en el capítulo del apego. Por ahora, para dejaros con una buena noticia, sabemos que muchas veces estas consecuencias son reversibles si la situación mejora. El mismo Fisher constató que, si estos niños, que habían sufrido niveles altos de estrés en sus familias de origen, eran adoptados por familias que los cuidaban y lograban regularlos, sus niveles de cortisol volvían a los patrones normales. La clave era que los padres adoptivos fuesen buenos manejando su propio estrés. Como señala Fisher, «el cerebro con frecuencia se recupera, si se le permite».

No solo el cortisol, sino muchos otros neurotransmisores —como la oxitocina, la serotonina, la dopamina o la noradrenalina— se ven afectados por los aspectos relacionales. Pero lo que hemos empezado a saber en los últimos años es que las relaciones afectan también a la estructura cerebral. Así, en función de nuestras vivencias, estructuras cerebrales como el cuerpo calloso, la amígdala, el hipocampo o las áreas de la corteza prefrontal pueden variar en tamaño o en mielinización. O sea, que nuestro cerebro realmente se modifica por la experiencia. Aunque ahora parece una verdad de Perogrullo, no lo ha sido hasta hace poco.

Pero la calidad de nuestras relaciones nos influye también a otros niveles. Un buen ejemplo es la epigenética. El término fue acuñado por Conrad Hal Waddington, y significa, literalmente, «por encima de la genética». Son el conjunto de procesos que hacen que algunos genes se expresen o se silencien, sin alterar su secuencia. O sea, que son factores que «encienden» o «apagan» genes, como nos dice la antropóloga Helen Fisher. Muchas de las diferencias que atribuimos a los genes tienen mucho más que ver con estos factores que dependen del ambiente y que se transmiten a los hijos. Pueden afectar a casi cualquier aspecto de la salud y, como ya sabemos, a la longevidad. Hay muchos estudios que muestran cómo el estrés altera la expresión genética, y nuestro entorno, las personas con las que nos relacionamos, el nivel de trauma que hayamos tenido que soportar va a influir sobre qué genes se expresan y cuáles no. Uno de ellos, publicado en Nature en 2021, nos dice, además, que haber pasado situaciones traumáticas durante la infancia nos hace más susceptibles a sentir estrés a lo largo de la vida, precisamente por modificaciones epigenéticas. O sea, nuevamente el círculo vicioso: haber vivido situaciones de estrés en la infancia me hace más susceptible de padecerlo en momentos posteriores de mi vida. Además, estos cambios epigenéticos se pueden heredar. Es decir, hablamos de la heredabilidad de los caracteres adquiridos; de algunos, al menos: Lamarck vuelve.

Y no podemos olvidar en este pequeño recuento a la microbiota. Ya sabéis, esos pequeños bichitos que viven con nosotros, que son nosotros. Como ya habréis leído, somos un ecosistema andante. Tenemos bichos por todas partes, en nuestras axilas, piel o rostro. Por ejemplo, los Demodex, pequeñas criaturas que viven en los poros de nuestra cara y que salen de noche mientras dormimos para arrastrarse por ella y comer células muertas y grasa. Bueno, mejor no pienses en eso esta noche antes de dormir. Aunque he puesto el ejemplo de los Demodex porque me hacen mucha gracia, la mayor parte de estas criaturas microscópicas viven en nuestro intestino: consisten predominantemente en varias cepas de bacterias, virus y, en menor cantidad, hongos y protozoos. El número total de estos microbios es mayor al número total de células de nuestro cuerpo. O sea, tenemos más microorganismos viviendo simbióticamente en nuestro cuerpo que células: somos más bichos que humanos; y no me digáis que no llevabais ya un tiempo sospechándolo. Según algunos estudios, solo tenemos más células que microbios justo después de defecar, porque nos desha­cemos de gran parte de los microbios del último tercio intestinal. Así que, si habéis sentido alguna vez que sois más personas después de ir al baño, probablemente tengáis razón.

A todos estos seres vivos que habitan nuestro cuerpo, bueno, realmente que forman parte del ecosistema que somos, se los conoce colectivamente como microbiota; a la suma de sus genes se le llama microbioma. Por lo que podríamos decir que tenemos tres grandes bloques de material genético: nuestro genoma nuclear, nuestro genoma mitocondrial (el de esa bacteria que os dije que seguía viviendo en cada una de nuestras células) y, ahora también, nuestro microbioma. Lo interesante para este libro es que, cuando convivimos con personas, compartimos la composición de nuestra microbiota con ellas. De hecho, podemos decir que transferimos genes horizontalmente. Quiero decir que, cuanto más tiempo pasamos con alguien, literalmente, más genes compartimos con esa persona, no de nuestro genoma, pero sí de nuestra microbioma. Genes, en cualquier caso, que influyen sobre nosotros y nuestro comportamiento. Así, la composición de la microbiota se ha relacionado con cosas tan diferentes como la propensión a la obesidad, los estados de ánimo, la ansiedad social, el nivel de miedo o el comportamiento social. Es tan importante esta influencia que hace años que venimos hablando del eje cerebrointestinal. Y, una vez más, el estrés tiene una importancia capital: el nivel de estrés empeora la microbiota intestinal, la empobrece notablemente. Una vía más de influencia de lo social sobre nosotros.

Una especie condenada a entenderse

Toda la chapa que os llevo dada hasta ahora es para convenceros de que somos unos seres interdependientes y que la calidad de nuestras relaciones determina la calidad de nuestra vida. Estamos condenados a entendernos: seguramente, los momentos más bonitos que hayáis vivido en la vida tienen que ver con relaciones con personas cercanas. Pero también, y por la misma razón, los momentos más tristes, los más dolorosos que recordáis, tienen que ver con algún aspecto de relaciones con personas: discusiones, pérdidas, fallecimientos o traiciones. En la otra cara de la moneda, cuando nos encontramos emocionalmente mal, buscamos la relación con otra persona, porque nos alivia, nos regula, nos hace sentirnos más seguros. Esa es la importancia que tiene el vínculo para nosotros. Por eso es tan importante que aprendamos a crear y a mantener relaciones sanas. De eso va a depender nuestra seguridad o desamparo, nuestra felicidad o infelicidad, nuestra salud mental y física. Del tipo de relaciones que mantengamos, del tipo de personas que elijamos para compartir nuestra vida. Lo importante no es lo que hacemos, sino con quién lo hacemos. Para ilustrar este punto, con frecuencia en mis cursos hago una pregunta a los asistentes: ¿qué preferirías, cenar en el mejor restaurante de París con una persona que detestáis o comeros un simple bocadillo en un parking cualquiera con alguien a quien queréis y con quien disfrutáis? Si no sois del pequeño porcentaje de humanos psicópatas, habréis respondido que lo segundo. De hecho, las relaciones y las personas son tan importantes para nosotros que nos conectamos con el mundo y le damos sentido, resonamos con él, a través de nuestra relación con las personas.

Antes de seguir, una serie de avisos. Puede dar la sensación, por lo que llevamos de capítulo, dada la importancia que tiene para nosotros formar vínculos, que cuantas más relaciones se tengan, mejor. Esto sería confundir nuestra necesidad de intimidad con las habilidades sociales y la extraversión. Para nada son lo mismo: hay personas muy introvertidas que mantienen relaciones de intimidad satisfactorias. Por otro lado, hay personas extravertidas, muy sociables, que realmente tienen dificultades en la intimidad, a las que muchas veces la extraversión, precisamente, protege de tener que intimar de verdad. Además, los extravertidos no siempre caen bien o generan confianza. En una serie de seis estudios, el equipo de Francis J. Flynn, de la Universidad de Stanford, encontró que los extravertidos eran considerados por las personas que interactúan con ellos como personas que «escuchaban poco» y que eran muy buenas manipulando su imagen, lo cual hacía que fuesen menos fiables. Ya sabemos que confiar es esencial para poder mantener relaciones a largo plazo. Por tanto, capacidad de intimidad y extraversión no son lo mismo. En los últimos años se han publicado numerosas investigaciones sobre lo que se ha venido a llamar la «ultraintroversión». Se trata de personas que mantienen muy pocos contactos sociales. En las últimas décadas ha aumentado el número de personas con este tipo de comportamientos, sobre todo en los países desarrollados, que no superan en todo caso el 5 por ciento de la población. Recuerdo a una paciente que tuve en consulta: me comentaba que las relaciones sociales le resultaban agotadoras y que ella prefería casi siempre estar a solas. Sin embargo, era capaz de mantener relaciones de intimidad (de pareja) razonablemente satisfactorias, aunque a sus parejas les costaba mucho entenderla. Es lo mismo que nos dice la investigación: muchas de estas personas tienen muy pocas relaciones sociales, o casi ninguna, pero sí mantienen relaciones de intimidad, aunque sean muy seleccionadas.

Tampoco hay que confundir tener la necesidad de relacionarse de una forma diferente con no necesitar tener una relación. Pienso en personas con estrategias evitativas muy marcadas (volveremos a ellas en el capítulo dedicado al apego), y también en personas con rasgos neuroatípicos. Ambas pueden parecer no tener necesidad de contacto social. Esto, nuevamente, es un error. La mayoría sí tienen necesidades de intimidad y de contacto social. Lo que ocurre es que necesitan una forma distinta de relación con las personas. Suele ocurrir que, ante la dificultad de mantener el tipo de relaciones que necesitan, deciden no tenerlas.

Otro aviso: no debemos confundir la necesidad de intimidad con la obligación de tener pareja. La intimidad se puede tener con hijos, parientes, amigos e incluso, lo hemos visto, animales. Lo que quiero decir es que la intimidad, el vincularnos con personas significativas, constituye una necesidad humana, pero no el tener pareja.

La necesidad de vinculación es una necesidad básica, sí; pero los seres humanos somos capaces de satisfacer nuestras necesidades de formas muy distintas, incluso podemos trascender cualquier necesidad bio­lógica. Por ejemplo, tenemos necesidad de comer y, además, que sea una dieta rica y variada. Sin embargo, conocemos personas veganas, personas incluso que hacen dietas más restrictivas, como algunos monjes budistas que toman prácticamente solo arroz, o algunos jainistas que comen aún menos. No tendría sentido plantear que estas personas tienen un trastorno de conducta alimentaria. Somos seres culturales, así que todo tiene que mirarse en un contexto cultural. Lo mismo podríamos decir de la necesidad de contacto social e intimidad. Es posible que haya personas que desarrollen una vida muy solitaria sin que eso suponga una patología. Ni siquiera nuestros rasgos universales son totalmente universales, siempre hay excepciones. Y las excepciones no tienen por qué ser patológicas, aunque a veces lo sean. Muchas personas renuncian a tener cierto tipo de relaciones precisamente por lo que han sufrido en ellas. Se debe, como ya hemos visto, a la enorme importancia que tienen para nosotros las relaciones sociales y la gran influencia que ejercen sobre nosotros. Y sobre nuestro cerebro.