La banda sonora de Maggie y Bryson

En el tocadiscos de Maggie:

Dream a Little Dream of Me. Ella Fitzgerald y Louis Armstrong

Heartbreak Hotel. Elvis Presley

Beyond the Sea. Bobby Darin

Brown Eyed Handsome Man. Chuck Berry

All I Have To Do is Dream. The Everly Brothers

Rock Around the Clock. Bill Haley & His Comets

I Put a Spell On You. Screamin’Jay Hawkins

Smile. Nat King Cole

Love is Strange. Mickey & Sylvia

I’ve got You Under My Skin (versión de Peggy Lee)

En el tocadiscos de Bryson:

A Kiss to Build a Dream On. Louis Armstrong

Dream Lover. Bobby Darin

Mannish Boy. Muddy Waters

Jenny, Jenny. Little Richard

Be-Bop-A-Lula. Gene Vincent & His Blue Caps

The Great Pretender. The Platters

That’s All Right. Elvis Presley

Whole Lotta Shakin’Goin’On. Jerry Lee Lewis

I Walk the Line. Johnny Cash

I’ve got You Under My Skin (versión de Frank Sinatra)

Esta es la banda sonora que acompaña a nuestros protagonistas.

Escanea el código con el móvil y escúchala tú también mientras lees su historia.

Primera parte

Primera parte

Todos somos estrellas, solo tenemos que aprender a brillar.

MARILYN MONROE

Stars shining bright above you

Night breezes seem to whisper «I love you»

Birds singing in the sycamore tree

Dream a little dream of me

Dream a Little Dream of Me

Capítulo 1

1

Beverly Hills, mayo de 1957

A Maggie McEvers no le gustaban demasiado las fiestas o, para ser más exactos, no le gustaban las fiestas como aquella, en las que se veía fagocitada por otras actrices mucho más exitosas y jóvenes, su exmarido rodeaba con el brazo a su nueva novia cuatro mesas más allá y se sentía tan ignorada que hasta le parecía que los camareros tardaban más en servirla a ella que a los otros comensales.

Ni siquiera sabía por qué había acudido. Jonah la había acabado convenciendo, claro, al insistir en que la única manera de relanzar su carrera era dejarse ver deslumbrante en todos los eventos a los que la invitaran y aprovechar para charlar, «incluso flirtear, pequeña», con cualquier gigante del espectáculo un poco achispado que se le cruzara. Maggie sabía que Jonah, su agente y su amigo, estaba cada día más preocupado por ella. Llevaba exactamente doce meses sin hacer una sola película, justo desde que se había divorciado, y no tenía pinta de que las cosas fueran a mejorar pronto, ni en el plano profesional ni en el personal. Estaba esperando los resultados de la última prueba de casting y no albergaba demasiadas esperanzas... Pero que George Cukor la hubiera invitado a una de sus famosas fiestas había insuflado una pequeña llama de optimismo en Maggie, así que, al final, se había forzado a levantarse de la cama, correr al salón de belleza y adquirir a toda prisa un vestido nuevo de Chanel. El señor Cukor la había saludado cariñosamente al entrar en su mansión, llamándola «Querida Maddie», pero no había vuelto a dirigirse a ella.

Los postres se habían servido hacía rato y, aunque la mayoría de los invitados seguían sentados en las mesas redondas cubiertas por manteles blancos y candelabros de plata, otros se habían levantado y deambulaban por el jardín iluminado con antorchas, sosteniendo las insustanciales conversaciones de siempre y bebiendo champán como si no hubiera un mañana. Uno de los primeros en abandonar la mesa había sido Bryson, por supuesto. A su exmarido siempre le había resultado difícil aguantar quieto en el mismo sitio durante más de una hora y, por otra parte, le encantaba relacionarse con todo el mundo. No podía limitarse a hablar solo con sus compañeros de mesa. Bryson se hacía amigo de los camareros, provocaba las carcajadas de individuos cuyos nombres desconocía, fumaba con los chóferes que esperaban en la fila de coches de la entrada y seducía a cualquier mujer —soltera o casada, joven o madura— con sus absurdas e interminables anécdotas. En aquel momento, el actor se encontraba de pie junto a la piscina, con un cigarro en una mano y un martini en la otra (probablemente el segundo o el tercero de la noche), inmerso en una conversación con el productor Mike Todd. Su exmarido lucía el esmoquin con la misma naturalidad que si llevara unos pantalones vaqueros y una camisa de franela y, mientras hablaba, movía un pie al ritmo de la música. Adoraba bailar y no tardaría en lanzarse en cuanto Juniper se levantara de su mesa y fuera a buscarlo. Elizabeth Taylor se acercó a ellos entonces, saludó con cordialidad a Bryson y se cogió del brazo de quien desde hacía pocos meses era su tercer esposo. Maggie envidió la capacidad de la joven actriz para integrarse en la conversación de los dos hombres aún más de lo que ya envidiaba su impactante belleza. Elizabeth parecía una diosa griega, enfundada en un vestido blanco que destacaba sus ojos color violeta y su cabello negro. Tenía solo veinticinco años y ya había rodado ese mismo número de películas. Maggie, por su parte, cumplía los treinta al día siguiente y solo había actuado en dos obras de teatro y tres películas, la última de las cuales había sido un completo fracaso. Como toda su vida, en general.

Maggie apartó la vista, suspiró y cogió su copa para beber un poco más de champán, pero vio que estaba vacía. Miró alrededor en busca de un camarero para que se la llenara, no había ninguno cerca de su mesa.

—Toma, cielo. No dependas nunca de los hombres.

Una mano enguantada en raso negro dejó sobre la mesa una botella de Moët & Chandon junto a su ración intacta de tarta helada. Sorprendida, Maggie alzó los ojos hacia la mujer que se la había dado, de pie junto a su silla. No conocía su nombre, pero aquella cara le sonaba. Muy rubia, esbelta, con rasgos aniñados... Le pareció recordarla de alguna comedia musical menor, de esas que exhiben fastuosos números de baile y excesivo despliegue de Tecnicolor, pero escaso argumento.

—Muchas gracias —respondió al fin, cogiendo la botella. Vertió el champán en su copa con tanta rapidez que la espuma se desbordó y mojó el mantel.

—No te preocupes —rio la joven rubia—, eso trae buena suerte. —Y se alejó de la mesa de Maggie contoneándose en su ajustado vestido azul. «Puede que te la traiga a ti», pensó.

Se bebió la copa despacio, mientras trataba de aparentar que no le importaba que los dos únicos comensales que quedaban aún en su mesa solo conversaran entre ellos. Echó un vistazo a su fino reloj de oro y comprobó que faltaban veinte minutos para medianoche. Jonah no había podido acudir a la cena porque tenía otro compromiso en un club de Bel Air, pero le había prometido que intentaría escaparse pronto para tomar una copa con ella. Como siempre, Jonah prometía mucho pero nunca estaba cuando más le necesitaba.

Maggie se levantó al fin, con la copa otra vez llena, y caminó sola por el jardín. Se cruzó con actores y actrices, la mayoría más exitosos que ella; con productores y directores; con compositores de bandas sonoras; con autores teatrales y aspirantes a modelos; con antiguos amantes de Cukor; con cantantes e incluso con algunos políticos. Casi todos la saludaban con un gesto de la cabeza o un amable «hola», pero ninguno se paraba a hablar con ella.

Rodeó la piscina por el lado opuesto al que se encontraba su exmarido, que aún conversaba con Mike, Elizabeth y, ahora, también Juniper. Cerca de ellos, sentados en el borde, con las perneras de los pantalones del esmoquin remangadas y los pies descalzos dentro del agua, Frank Sinatra y David Niven fumaban puros mientras Judy Garland y Katharine Hepburn se quitaban sus zapatos de tacón para poder imitarlos. Parecían estar divirtiéndose, pero desde que Bogart había muerto, ya hacía casi cuatro meses, el «Rat Pack» ya no era lo mismo. Aquella pandilla, famosa por reunir a algunos de los más alborotadores y juerguistas miembros del show business, era la más conocida y, a la vez, la más cerrada del eje Los Ángeles-Las Vegas. Ni siquiera Bryson, que no se quedaba atrás en cuanto a juergas y escándalos, había podido unirse a ellos. Maggie los miró con recelo; no le gustaba ese estilo tan libertino y hedonista, y se sentía incómoda cada vez que hablaba con alguno de ellos. Le daba siempre la impresión de que la trataban con condescendencia, como si fuera una niñita demasiado inocente para jugar a lo que ellos jugaban. A lo que se suponía que debería jugar también... Pero Maggie jamás había entendido por qué dedicarse a la actuación tenía que implicar necesariamente tales cantidades de alcohol, drogas, sexo y desenfreno.

La orquesta empezó a tocar Dream a Little Dream of Me. Cantaban a dúo una hermosa mujer de color y un hombre alto de pelo plateado y la combinación de sus voces resultaba tan maravillosa que la mayoría de las parejas empezó a bailar, incluso sobre el césped que rodeaba la piscina. Una de esas parejas eran Bryson y Juniper. Maggie se acomodó junto a una palmera, casi oculta tras sus hojas, y mientras terminaba su segunda copa de champán, estudió a Juniper de la misma forma en que un entomólogo examinaría a un insecto extraño. La novia de Bryson era indiscutiblemente guapa, con su pelo oscuro, sus rasgos sensuales y su piel perfecta y bronceada... Además, Juniper Gale era una de las actrices más populares que había en la fiesta y lo peor era que estaba acostumbrada del todo a ello: llevaba dieciséis años siendo una estrella, desde su debut en el cine a los once.

Sintiendo los primeros efectos del champán y una extraña sensación de distanciamiento, Maggie se preguntó vagamente qué se sentiría teniéndolo todo: fama, belleza, amigos, talento, dinero y, ahora, a Bryson. Apoyó la cabeza contra el tronco de la palmera; las estrellas brillaban muy arriba y la leve brisa del sur de California jugaba con los finos mechones rubios que se escapaban del recogido de Maggie. Sí, aunque ella se sintiera tan vacía, hacía una noche preciosa.

De pronto fue consciente de lo que podrían pensar los otros invitados al verla allí sola, contemplando como una estúpida cómo su exmarido bailaba con su nueva pareja, y se alejó de la piscina. Así era vivir en Hollywood, se dijo, preocuparse constantemente por lo que pudieran pensar los demás mientras te esforzabas en aparentar que nada podría importarte menos. La Tierra de los Sueños la había recibido con los brazos abiertos hacía menos de tres años... y Maggie empezaba a asumir que ya le estaba mostrando la puerta de salida.

Un rato después, Maggie atravesó las puertas de cristal que separaban la terraza del salón principal y preguntó a una criada por la ubicación del «tocador». Hacía mucho calor, tanto en el jardín como dentro de la casa, y se alegró de haber conseguido encajar la polvera, la barra de labios y un bote de laca en miniatura en su pequeño bolso. Le daba la impresión de necesitar con urgencia unos cuantos retoques.

El cuarto de baño de la planta baja estaba precedido por una zona destinada a que las señoras se arreglaran y había tantas allí dentro que Maggie dudó en la puerta. El suelo era de mosaicos negros y blancos, como un tablero de ajedrez, y las paredes estaban empapeladas con motivos de animales africanos. Había cuatro grandes espejos tras una encimera de mármol y, delante de cada uno de ellos, cuatro sillas tapizadas con un tejido de rayas blancas y negras. Todas estaban ocupadas por mujeres que se retocaban el rojo de labios o se empolvaban la nariz mientras charlaban entre ellas y, detrás, en segunda fila, otras tantas se inclinaban de pie hacia los espejos, aprovechando los huecos que dejaban las que estaban sentadas. Olía a una mezcla de perfumes diversos, laca, cosméticos y tabaco, y el volumen de las voces y de las risas le hizo pensar en una especie de gallinero de lujo. Por alguna razón, había dado por hecho que se encontraría sola, pero finalmente entró y consiguió apoderarse de un pequeño espacio frente al extremo del último espejo.

Se contempló por un instante. Tenía mejor aspecto del que había supuesto: su cabello rubio seguía en su sitio, brillante como una urna de oro; la piel estaba tan pálida como siempre, sin brillos, y solo necesitaba aplicarse un poco más de pintalabios. Sacó la barra del bolsito, la destapó y se la acercó a la boca, pero justo entonces dos mujeres se apartaron del extremo opuesto de la fila de espejos, permitiendo a Maggie ver a la joven que se sentaba en la última silla: Juniper. Maggie se quedó paralizada un segundo, pero enseguida se forzó a seguir con el pintalabios, poniendo todo su empeño en que la mano no le temblara. A la vez, continuó mirando con discreción a Juniper a través del espejo. Ella no parecía haberla visto.

No sabía qué era exactamente lo que la hacía sentir tan insegura. ¡Juniper parecía siempre tan alegre y satisfecha, transmitía siempre tanta confianza en sí misma! Nunca tenía que preocuparse de una mala crítica o de no conseguir un papel. De hecho, no tenía que hacer nada para conseguir papeles. Se la imaginaba tumbada durante todo el día en una hamaca junto a la piscina de su mansión, sin miedo a que el sol le quemara la piel tostada, tratando de elegir entre un montón de guiones y disfrutando del martini que Bryson le habría preparado. Y luego Bryson le quitaría el montón de guiones de las manos, los tiraría al suelo entre las risas de ambos, le desataría los tirantes del bañador y harían el amor dentro del agua...

Movió la cabeza, recordándose que esa última parte de sus fantasías sobre la vida de Juniper no debería importarle en absoluto, y comprobó que no se hubiera salido de los contornos de la boca con el lápiz labial. Se dispuso a marcharse, pero la voz de Juniper le llegó entonces por encima del murmullo de conversaciones femeninas:

—No debería irme muy tarde, tengo una reunión con el señor Hitchcock mañana a primera hora.

Maggie aguzó el oído. Sacó la polvera y empezó a aplicarse muy despacio los polvos que en realidad no necesitaba. Mataría a quien hiciese falta por tener la oportunidad de hablar con Hitchcock, aunque fuera cinco minutos, y quería enterarse de lo que Juniper fuese a decir sobre el director. ¿Sería posible...? ¿Sería posible que Juniper fuera a conseguir un papel en su próxima película? No parecía probable: Juniper era una actriz de comedia romántica. Y Maggie, en cambio, se había especializado en dramas, lo cual se acercaba más al registro del director británico. ¡Y además era rubia, por todos los demonios! Hitchcock adoraba a las actrices rubias.

—No creo que consigas nada, Juniper —le respondió una joven junto a ella—. He oído que Vértigo la protagonizará Vera Miles.

—Y yo he oído que hay ciertos problemas con Vera... Lo haré yo. Bryson opina que tengo muchas posibilidades.

«Bryson te diría cualquier cosa con tal de no tener que estar escuchando constantemente tus bobadas».

Juniper se ajustó el escote en forma de corazón de su vestido rosa encendido y sonrió mostrando dos filas de perfectos y blanquísimos dientes. Su amiga cambió de tema.

—¿Qué tal os va a Bryson y a ti?

—¡Oh, de maravilla! Fuimos en yate a Isla Catalina el pasado fin de semana..., ¡aunque apenas salimos del camarote! —Juniper lanzó una carcajada y su amiga la imitó.

Al otro extremo de los tocadores, Maggie cerró la polvera con un golpe seco, provocando un ruido que alertó a Juniper. Sus miradas se encontraron en el espejo. Tardó un par de segundos más de lo que hubiera sido normal, pero Juniper acabó esbozando una amable sonrisa y fue la primera en saludar:

—Hola, Maggie, ¿cómo estás?

A Maggie le pareció que todas las mujeres de aquella estancia se callaban a la vez y fijaban su atención en ellas. Sus labios recién pintados de rojo se estiraron automáticamente en una sonrisa tensa.

—Bien, gracias, Juniper —logró articular—. ¿Y tú?

—No voy mal.

Juniper se levantó de la silla, volvió a sonreír un instante, no tanto a Maggie como a las otras espectadoras de lo que podría ser la escena de una de sus películas, y salió del cuarto de baño acompañada por su amiga. Maggie salió al cabo de unos segundos, sintiendo las mejillas arder por la rabia que le daba no haber sido capaz de saludar antes. Ahora, además de ser la mujer amargada y la actriz fracasada, la gente podría añadir nuevos y horribles calificativos sobre ella: maleducada, insegura, estirada. Mala perdedora.

El reloj del pasillo marcaba las doce y seis minutos. Era oficialmente el día de su cumpleaños... y los seis primeros minutos no le habían deparado ninguna sensación agradable. De pronto decidió que no tenía la obligación de seguir en aquella fiesta: aquello era ridículo. Le daba igual que Jonah apareciera ahora o que el mismísimo George Cukor le suplicara que se quedase. Se marcharía a casa, se desmaquillaría y se quitaría aquel estúpido vestido nuevo de Chanel, se tomaría un somnífero con la ayuda de dos tragos de whisky y se metería en la cama.

Estaba a dos pasos de la puerta principal cuando Dorothy Jensen, su vecina, la interceptó:

—¡Maggie! ¿No te irás a marchar tan pronto?

Se volvió hacia ella, sujetando contra su pecho el bolso y el chal negro de gasa, como si se tratara de un escudo protector. Los Jensen vivían al otro lado de su calle y formaban un matrimonio elegante, bien avenido y extraordinariamente amable. El señor Jensen era el dueño de un emergente sello discográfico y en los últimos tiempos se había convertido en un asiduo invitado de ese tipo de eventos. Su esposa, Dorothy, era solo un par de años mayor que Maggie y compartía con ella sus problemas para sentirse cómoda en los multitudinarios actos de Hollywood. Habían ido los tres juntos, en el enorme Cadillac blanco del matrimonio, a la mansión de Cukor, pero los habían situado en mesas distintas durante la cena y apenas los había vuelto a ver en toda la fiesta.

—Sí, Dorothy, me marcho. La verdad es que estoy cansada...

Dorothy debió de ver algo en los ojos de Maggie, porque la cogió por el codo y la apartó de la entrada hasta quedar en un rincón más discreto.

—Sé que coincidir con Bryson y Juniper es duro para ti, querida, pero tienes que sobreponerte.

—No se trata de eso...

—Y además... —Dorothy consultó su reloj de brillantes, regalo del señor Jensen por su décimo aniversario de bodas, y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro al tiempo que alzaba la vista hacia Maggie—. ¡Y además ya es tu cumpleaños! —La abrazó, y Maggie se vio envuelta en una densa nube de perfume de jazmín—. ¡Felicidades, preciosa!

—Gracias. Solo tú te has acordado.

—¡Oh, vamos, apenas es medianoche y todo el mundo se está divirtiendo! No seas tan quisquillosa. Ven a tomar una copa con Jeff y conmigo. Te prometo que lo pasaremos bien.

Empezó a tirar de Maggie de nuevo hacia el interior de la casa y ella se dejó arrastrar. Quizá si cambiaba de actitud, las cosas empezarían a mejorar.

—Vaya, nos estamos perdiendo alguna clase de brindis —comentó Dorothy cuando llegaron junto a las puertas acristaladas del salón y pudieron ver y oír lo que pasaba en el jardín.

—Seguro que es por mi cumpleaños —musitó Maggie con sarcasmo.

El señor Jensen apareció entonces ante ellas y estrechó a su esposa por la cintura.

Los ojos azules del hombre brillaban de excitación.

—¡Ha muerto! ¡Acaba de decírnoslo un periodista! No sé cómo ha podido colarse un periodista entre los invitados, pero nos ha contado que la prensa ya lo sabe desde esta tarde y que saldrá mañana en todos los periódicos. Quizá en la radio ya estén...

Las dos mujeres se miraron desconcertadas.

—Un momento, cariño —le interrumpió Dorothy—, ¿quién ha muerto?

—¡McCarthy! —El señor Jensen besó a su mujer y luego se dirigió a Maggie para añadir—: Al parecer ha sido por... ya sabéis. —Fingió llevarse una botella a la boca.

—¡Vaya! —exclamó Dorothy—. Ahora sí que se montará una buena aquí.

Los tres se giraron para contemplar el jardín. Todos los invitados estaban aplaudiendo en aquel momento, algunos incluso se habían subido a las mesas para bailar y gritar consignas. Más al fondo, tres o cuatro se acababan de lanzar vestidos a la piscina. Aunque no podía distinguirlo desde allí, Maggie habría apostado algo a que uno de ellos era su exmarido. Bryson siempre había estado muy cerca de lo que se había llamado Comité de la Primera Enmienda, formado por casi quinientos profesionales del cine que se habían enfrentado a la caza de brujas del senador McCarthy y que defendían la libertad a ultranza. Joseph McCarthy había empezado su cruzada contra el comunismo a principios de la década y los excesos de su forma de actuar, inconcebibles en una democracia como la estadounidense, habían levantado ampollas entre los ciudadanos. Considerándose cabecillas de la libertad de expresión, muchos guionistas, escritores, actores y periodistas se habían declarado públicamente en contra de sus métodos, a veces sufriendo devastadoras consecuencias. No era de extrañar que los invitados de la fiesta, todos relacionados con el mundo del cine, celebraran el fallecimiento del senador como si se tratara del fin de una guerra. Al fin y al cabo, en cierto modo, lo era.

—¡Oh, Dios mío! ¡Mirad a Katherine Hepburn! —rio el señor Jensen entre dientes—. Vamos, unámonos a ellos. —Puso una mano sobre el hombro de cada una de las dos mujeres, pero Maggie se apartó.

—No, prefiero irme a casa.

—¡Pero Maggie...!

—No me importa nada de esto, Dorothy, sinceramente.

Dorothy suspiró y se quedó mirándola con lástima.

—Maggie, no te tomes a mal lo que voy a decirte, pero quizá si te empezara a importar un poco más lo que pasa en el mundo exterior, no te sentirías tan desgraciada...

Maggie le devolvió una mirada furibunda y le dio la espalda al matrimonio para atravesar de nuevo el amplio salón en dirección a la puerta principal.

En la zona delantera de la mansión esperaba una larga fila de Cadillac, Mercedes y Porsche último modelo. Algunos chóferes uniformados fumaban en un rincón bajo las palmeras mientras aguardaban a que sus jefes se cansaran de tanta diversión, sabiendo que en la mayoría de los casos ya estaría amaneciendo cuando eso ocurriera. Entonces se acordó de que había llegado en el coche de los Jensen y de que tendría que dar con otra forma de regresar a su casa.

Contempló alternativamente la puerta principal, que se mantenía abierta, y los coches de lujo dispuestos ante ella, mientras consideraba sus opciones. Podía esperar a que otro invitado decidiera marcharse y, si se trataba de alguien con quien tuviera un mínimo de confianza, pedirle el favor de que la llevara en su coche. O podía también entrar de nuevo y hacer que un criado llamara a la compañía de taxis... Esa segunda opción era algo totalmente alejado de las costumbres de las estrellas, pero ella no era ninguna estrella: Maggie estaba segura de que el taxista ni siquiera la reconocería.

Una sombra se movió detrás de Maggie, aunque fue más bien como si intuyera el movimiento, en vez de percibirlo de verdad.

—Hola, Maggie —dijo la sombra. Maggie reconoció la voz al instante y se encogió con un escalofrío a pesar del calor que hacía—. Supongo que no llevas un encendedor encima.

Cuando la figura se acercó lo suficiente a la farola de la entrada, la luz amarillenta reveló con mayor claridad las facciones angulosas de Bryson Mallory. Su exmarido tenía unos rasgos peculiares, que lo alejaban de la belleza clásica de actores como Gregory Peck o Rock Hudson, pero había sido elegido varias veces como uno de los diez hombres más atractivos del cine. Aunque quienes lo conocían sabían que era cercano y divertido, su irresistible encanto tenía mucho que ver con su aire disoluto y un poco turbio, gracias al cual había conseguido sus primeros papeles en películas policiacas. Sus ojos oscuros, de mirada algo cansada pero innegablemente seductora, su nariz rota por su pasado de boxeador, el pelo moreno que le caía sobre la frente y la sonrisa cínica habían atraído a Maggie desde que lo viera por primera vez, en la casa londinense de su tío Bobby. Ahora, dos años y medio después de su primer encuentro, ya divorciados y de pie junto a la entrada mal iluminada de la casa de Cukor, Maggie era incapaz de definir cómo se sentía en su presencia.

—Sabes perfectamente que no fumo —respondió ahorrándose el saludo.

—Nunca pierdo la esperanza de que empieces a hacerlo. No entiendo dónde he dejado mi encendedor, se me ha debido de caer en algún sitio. —Hizo un gesto a uno de los chóferes que estaban fumando, el cual se acercó de inmediato y le dio fuego.

El cigarro que pendía de los labios de Bryson se encendió y él aspiro casi con fruición, como si llevara muchas horas sin fumar en vez de lo que seguramente habían sido escasos minutos. Maggie supuso que, ahora que había conseguido lo que buscaba, Bryson volvería adentro, pero se quedó plantado frente a ella, fumando con aire despreocupado. Se fijó en que el esmoquin y el pelo estaban secos, por lo que, de haber apostado de verdad que era uno de los que se habían lanzado a la piscina, habría perdido. Era raro que se hubiera contenido. Estaban a más de un metro de distancia y, aun así, podía oler el alcohol en su aliento. Y cuando Bryson bebía, se convertía en el alma de cualquier fiesta.

—¿Qué haces aquí sola?

—Me voy a casa.

—¿Tan pronto?

—Sí. —Se acordó de Juniper en el tocador y añadió—: Tengo una reunión importante en los estudios a primera hora.

Bryson asintió con la cabeza, pero no dijo nada. ¿Sabría que era mentira? ¿Sería capaz de preguntar con quién tenía la reunión? Maggie odiaba la posibilidad de que estuviera enterado de lo mal que le iban las cosas y cambió con rapidez de tema.

—He oído que McCarthy ha fallecido. Imagino que lo estarás celebrando.

—Yo no celebro la muerte de nadie, Maggie. Sigues confundiéndome con los villanos a los que interpreto.

—Porque tú nunca haces nada por resolver la confusión —le espetó secamente, apartándose un poco más.

Bryson lanzó una carcajada y ella puso los ojos en blanco. Aquella era una de las razones por las que aquel hombre la irritaba tanto: cuando intentaba herirlo con sus comentarios irónicos, solo conseguía que se riera. Y, por el contrario, cuando trataba de explicarle sus sentimientos de forma calmada y sincera, se acababa enfadando como si le hubiese insultado. La comunicación entre ellos siempre había supuesto un desafío y por eso, si se encontraban en algún evento o en los estudios, limitaban la conversación a un breve saludo. Esta vez aquello se estaba alargando demasiado.

—Vuelvo a la fiesta —dijo él con tono ligero cuando terminó de reírse. Tiró la colilla sobre la grava y la aplastó con su reluciente zapato negro—. Espero que te vaya bien mañana.

—¿Con qué? —preguntó Maggie desconcertada.

—La reunión. Esa tan importante que has dicho que tienes.

—¡Ah, sí! Gracias. —Se llevó una mano al cabello con nerviosismo y decidió terminar de forma elegante—: Y vosotros pasadlo bien el resto de la noche. Juniper y tú, quiero decir...

Él la miró con curiosidad, como si estuviera tratando de discernir cuánta sinceridad había en ese deseo. Maggie se giró hacia la fila de coches aparcados, dando por finalizado el encuentro, pero, aunque le daba la espalda, notaba que Bryson no se movía de donde estaba. ¿Qué quería? Tras unos segundos de silencio, la voz de su exmarido sonó de nuevo, ahora parecía estar un poco más cerca:

—Por cierto, Maggie... Feliz cumpleaños.

Se volvió hacia él, sorprendida de que se hubiera acordado y dispuesta a agradecerle el detalle, pero Bryson se dirigía ya al interior de la casa.

La casa de Maggie sobresalía del resto de las de su calle porque, al igual que su propietaria, parecía rescatada de un pasado muy remoto. De estilo Tudor, evocaba las románticas casas de campo británicas y este era el principal motivo por el que Maggie había insistido tanto en comprarla. Vivir en esa casa, le había dicho a Bryson, sería como tener un poquito de Escocia en una ciudad que no podía ser más diferente a su tierra. Bryson habría preferido emprender su vida juntos en una mansión más moderna, pero en aquel momento estaba tan loco por ella que accedió sin pensarlo. Incluso permitió que le pusiera a la casa el nombre de Highland y que lo grabaran en un ornamentado letrero de hierro que clavaron a la entrada. Su aspecto pintoresco la hacía parecer una casa de cuento de hadas, no la vivienda típica de una estrella de Hollywood. La fachada era asimétrica, de ladrillo, con entramados de madera decorativa. Los techos, muy altos, contaban con frontones inclinados y los tejados estaban dispuestos a varias alturas. Las ventanas también eran altas y estrechas, agrupadas de tres en tres, y las que había junto a la puerta principal tenían vidrieras de colores. En el interior, las enormes habitaciones estaban decoradas con suelos de madera oscura, rieles de madera y estuco que cruzaban las paredes de piedra blanca y muebles de anticuario, muy caros pero de aire campestre y confortable.

Cada vez que Maggie traspasaba el umbral y cerraba la puerta, sentía haber llegado a un refugio después de haber dejado atrás algo o alguien muy molesto que la hubiese estado persiguiendo. Lo único que no le gustaba de Highland era que también había sido el hogar que compartiera con Bryson... aunque fuese durante tan poco tiempo, pero no podía hacer mucho al respecto, únicamente mudarse, lo cual, en realidad, no era algo que deseara.

El vestíbulo estaba casi a oscuras. Solo lo iluminaba la pequeña lamparita del rincón que Lucy siempre dejaba encendida cuando se retiraba a su dormitorio antes de que Maggie hubiera regresado. A su asistente y mejor amiga le gustaba levantarse casi al amanecer, también se acostaba muy pronto. Maggie agradecía no tener que hablar con ella en ese momento: le habría preguntado qué tal se lo había pasado en la fiesta y no estaba de humor para hablar del asunto.

Un repiqueteo de patitas bajando apresuradamente la escalera la hizo sonreír. Su perrita, una cavalier king Charles spaniel, había cerrado un poco en el corazón de Maggie el agujero que había abierto el divorcio y ahora no podía imaginar la vida sin ella. Se agachó para cogerla en brazos, aunque estuvo a punto de perder el equilibrio a causa de los altos tacones de sus zapatos y por todo el champán que había bebido, y hundió el rostro en el suave pelo blanco y castaño del animal.

—Hola, Skye —la saludó en voz baja para no despertar a Lucy—. Hola, pequeña mía. Me alegro de verte. —La perrita lamió la mejilla de Maggie como saludo y permitió que la llevara en sus brazos de vuelta arriba.

Ya en su dormitorio, Maggie dejó a Skye sobre la colcha de tartán de la cama y empezó a desvestirse. Aunque estaba deseando cerrar los ojos y dejarse llevar por el sueño, colgó el vestido en el vestidor, guardó los accesorios en su sitio y ordenó el tocador después de desmaquillarse y quitarse las horquillas del pelo. Una empleada acudía todas las mañanas a limpiar, pero a Maggie no le gustaba dar más trabajo del estrictamente necesario. Su madre la había enseñado desde pequeña a hacerse cargo de su propio desorden, y los años en Hollywood no habían hecho mella en esas costumbres.

Antes de levantarse del tocador, contempló un momento la vieja fotografía enmarcada en plata que tenía junto al espejo. Su abuela Elizabeth sonreía en tonos sepias desde algún momento de principios de siglo. Aunque por aquel entonces ya debía de tener más de cuarenta años, seguía siendo muy guapa y, sobre todo, parecía muy feliz. Según su tío Bobby, cuando le habían hecho aquella fotografía, acababa de descubrir que estaba inesperadamente embarazada: la madre de Maggie, Edine, nacería ocho meses después. Maggie suspiró y le pidió en silencio a su abuela que le diera un poco de la fuerza que había tenido en vida.

Por fin se metió en la cama. Skye acudió a acurrucarse en sus brazos y Maggie permaneció quieta en la oscuridad, sintiendo contra ella los latidos del pequeño corazón de la perrita y su cálida respiración. Se había dado cuenta demasiado tarde de que el frasco de somníferos que escondía en el cajón del tocador estaba ya vacío y le asustaba la certeza de lo mucho que le costaría dormir sin esa ayuda.

Hizo un doloroso repaso de la noche. No había conseguido hablar con Cukor. En cambio, había tenido que pasar por la humillación de encontrarse con Juniper. Y, por último, para rematarlo, ese encuentro con Bryson. No, no deseaba volver con él, pero le dolía que la hubiera sustituido tan pronto. Todas las palabras románticas que en su día le dijera a ella, ahora se las diría a Juniper, como si su historia de amor y su matrimonio nunca hubiesen tenido una importancia real, como si hubieran sido solo una especie de ensayo fallido. Maggie no había salido con nadie desde su separación, ni siquiera para mitigar su soledad o para evadirse de sus problemas, por más que Jonah y Lucy le habían insistido una y otra vez. «Hazlo solo por divertirte —solía decir Jonah—, un poco de coqueteo, o incluso una noche de pasión, no te comprometen a nada, y te subirá la moral». Lucy tampoco entendía sus negativas, pues, desde su punto de vista, tener una cita suponía reafirmar su belleza. Eso tampoco le valía a Maggie. Que un hombre la halagara, le dijera lo hermosa que era y tratara de seducirla no significaba absolutamente nada para ella, aparte de la molestia de tener que rechazarle justo después.

De modo que allí estaba, sola con la perrita en su enorme cama, en la madrugada de su cumpleaños (horrible por segundo año consecutivo), con sus dos únicos amigos durmiendo o divirtiéndose en algún club, mientras su familia iniciaba un nuevo día a ocho mil kilómetros de distancia, en Inverness. Durante un instante pensó en llamar por teléfono a casa de sus padres, ya llevarían un par de horas despiertos, pero su llamada los alarmaría y, además, ¿qué iba a decirles? ¿Que se sentía muy sola y deprimida? ¿Que era incapaz de hacer remontar su carrera en el cine? ¿Que algunas noches aún la atormentaba el fracaso de su matrimonio? No. Esperaría unas cuantas horas a que ellos la llamaran para felicitarla por su cumpleaños y, entonces, con tono razonablemente alegre, les aseguraría que todo estaba más o menos controlado: que había proyectos en marcha, que tenía amigos, que el bache de su divorcio formaba parte del pasado. Que era feliz. Podía representar con facilidad ese papel durante una breve conversación telefónica con sus padres; después de todo, aunque no fuera una estrella como Juniper, Maggie era actriz.

Maggie se encogió bajo la colcha a cuadros verdes y azules y contempló la oscuridad de su enorme dormitorio. La esperaba una larga noche en la que dormiría poco y pensaría mucho... Lo peor era que empezaba a sentir lástima de sí misma y aquella era la sensación más horrible del mundo. Las cosas podrían irle mal desde hacía meses, pero si ahora iniciaba una nueva etapa en la que, además, se compadecía de sí misma, terminaría tocando fondo, aquello significaría que estaba a punto de convertirse en una mujer patética. Ella no había dejado a su familia en Escocia y se había marchado a Hollywood para eso... Lo había hecho para estar con Bryson, para convertirse en estrella, para alcanzar su propósito en la vida, para que todos sus sueños se cumplieran.

Su disgusto aumentó cuando los ojos se le llenaron de lágrimas de rabia y frustración; apretó los párpados para no derramarlas y ahogó un sollozo. No quería alarmar a Skye, que ya roncaba suavemente entre sus brazos; y gracias a sus esfuerzos para no llorar, poco a poco surgió una nueva sensación de determinación: aguantaría con la cabeza bien alta hasta que el fango la cubriera por completo.

Capítulo 2

2

Pasado: Londres, diciembre de 1954

El pequeño Morris Minor verde se detuvo bruscamente frente a una casita pareada de la calle Garrick, bastante cerca de Leicester Square. Habían despejado la nieve de las aceras, pero, aun así, los dos hombres que bajaron del coche se movieron con cuidado para no resbalar mientras sacaban las maletas. El más anciano, londinense de nacimiento, estaba acostumbrado a los gélidos inviernos ingleses, pero el más joven, el famoso actor estadounidense Bryson Mallory, llevaba ya varios años celebrando las fiestas navideñas bajo el benigno clima del sur de California. A pesar de ello, a Bryson le gustaba verse de nuevo en un escenario en el que la Navidad concordaba con la idea que casi todo el mundo se hacía de ella: frío, nieve, gruesas prendas de abrigo, bebidas calientes y niños con gorros de punto y mejillas enrojecidas tirando de un trineo. Ver a Santa Claus paseando bajo las palmeras de Sunset Boulevard, con una temperatura de veintitrés grados, agitando una ridícula campanilla y abriéndose paso entre viandantes con gafas de sol y prendas de verano, siempre le había producido una sensación extraña, casi triste.

—Tengo que volver a darte las gracias por invitarme a cenar en tu casa hoy, Bobby —le dijo al hombre mayor—. Aunque no me habría importado pedir cualquier cosa al servicio de habitaciones de mi hotel...

—¿En Nochebuena? ¡Qué tontería!

Bobby cerró de golpe la puerta del coche y llevó su pesada maleta hasta la entrada de la casa sin aparente dificultad. Bryson lo siguió, admirando la fuerza y la agilidad que aún conservaba. Bobby del Piero tenía setenta y tres años, pero sus ojos verdosos reflejaban el destello alegre y la mirada de un hombre mucho más joven, y tanto su voz como sus movimientos eran animados, llenos de fuerza y vitalidad. Bryson esperaba ser así cuando alcanzase su edad, aunque teniendo en cuenta su relación con la bebida, el tabaco, el sueño y todo lo demás, podría darse por satisfecho si llegaba vivo a los cincuenta.

Bobby y Bryson se habían conocido hacía unas semanas en Los Ángeles, durante un almuerzo organizado para revisar los términos en que se estaba adaptando la novela de Bobby, Niebla en Venecia, al guion de la película que Bryson iba a protagonizar. A pesar de la diferencia de edad, los dos congeniaron tan bien durante el almuerzo que quedaron para jugar al golf a la mañana siguiente y, para cuando acabó el partido, ya eran grandes amigos. Bryson admiraba al escritor y lo veía como al padre al que apenas había conocido. Y a Bobby le divertía el sentido del humor de Bryson y disfrutaba dejándose llevar por su energía y sus ganas de vivir la vida. Después de que el director que iba a encargarse de Niebla en Venecia se apartara repentinamente del proyecto y este se cancelara, Bryson recibió la noticia de que un importante productor británico, Damien Clayton, podría estar interesado en solucionar aquella situación, así que había decidido aprovechar el regreso de Bobby a su ciudad natal para acompañar a su nuevo amigo y, de paso, concertar una reunión con el señor Clayton.

Bobby había permanecido más de un mes en Los Ángeles, la fecha de su regreso estaba marcada con tinta roja en el calendario de la cocina. Maisie-Leigh se había quedado sola en la casa durante todo ese tiempo y, aunque había estado muy ocupada con los ensayos de la obra de teatro, apenas podía esperar a que su tío regresase. La casa estaba demasiado vacía, demasiado silenciosa sin él. Maisie-Leigh se había pasado todo el día preparando la cena de Nochebuena, una cena que también sería de bienvenida, y ahora que el sol se había puesto, solo le quedaba quitarse el delantal y arreglarse un poco mientras aguardaba el sonido de las llaves en la puerta principal. Eligió su vestido favorito, uno de los que había traído consigo desde Inverness, de lana azul marino adornado con un cinturón de piel marrón que destacaba la cintura. Se soltó el pelo, repasó la forma de las ondas con las tenacillas y se dio un poco de color en los labios y en las mejillas. El espejo le confirmó que había logrado el efecto que buscaba: lo suficientemente arreglada para una ocasión tan señalada como era la cena de Nochebuena y el regreso de su tío, pero no demasiado elegante ni maquillada. Después de todo, cenarían los dos solos en aquel pequeño comedor sin pretensiones.

Por fin oyó el ruido de la puerta principal al abrirse, seguido del de las maletas y bultos que se dejaban caer sobre el suelo del vestíbulo. Salió corriendo de su dormitorio y se precipitó escaleras abajo, pero se detuvo a la mitad al descubrir que había alguien más junto a su tío.

—¡Maisie-Leigh! —exclamó Bobby al verla mientras se quitaba el abrigo, el sombrero y los guantes. Dejó las prendas sobre una silla y le abrió los brazos.

Maisie-Leigh terminó de descender la escalera y lo abrazó, sin dejar de ser consciente en ningún momento de la presencia del desconocido que esperaba junto a ellos.

—¡Bienvenido, tío Bobby! —saludó con un tono bastante más tímido del que le habría salido si hubieran estado solos—. Me alegro de que ya estés en casa.

—Y yo también, querida. ¡Los Ángeles es fabuloso, pero no hay nada como el hogar y una buena taza de té inglés! —Bobby se apartó para poder mirar a su sobrina y le pellizcó ligeramente la mejilla—. Me alegro de verdad de volver a verte, jovencita. Estás preciosa.

Maisie-Leigh sonrió y miró con cautela al otro hombre. Solo entonces Bobby reparó en que todavía no se conocían.

—Te presento a Bryson Mallory. Ha venido conmigo desde Los Ángeles y será el actor que interprete a Marco.

Ahora que el hombre también se había quitado el abrigo y el sombrero, pudo reconocerlo. Lo había visto muchas veces, en realidad, no solo en películas, sino también en revistas y —le parecía recordar— en un anuncio de cigarrillos. Bryson Mallory era toda una estrella y, aunque Maisie-Leigh sabía que durante su estancia en Hollywood su tío se relacionaría con celebridades del mundo del cine, nunca había siquiera imaginado que una de ellas aparecería en su casa, la víspera de Navidad, aún temblando por el frío y manchando de nieve y barro la vieja alfombra del vestíbulo.

—Me alegro de conocerte, Maisie-Leigh —dijo Bryson con voz profunda y una mirada chispeante en sus ojos oscuros. Le extendió la mano para que se la estrechara y luego añadió—: Tienes un nombre muy curioso.

—Es escocés —murmuró ella.

Hubiera querido que su voz sonara más firme o incluso que se le hubiera ocurrido un comentario ingenioso sobre el tema, pero le estaba costando pensar con claridad. No podía dejar de mirar al actor, tratando de comparar su imagen de las películas y las fotografías con el hombre real que tenía ante ella. Siempre había visto a Bryson Mallory como a un villano, un personaje peligroso al que la policía acababa atrapando al final de la película, alguien turbio y complicado que podía vaciar el cargador del revólver en un minuto y, al siguiente, pedir un whisky en la barra de un bar oscuro con una indiferencia fascinante. Sin embargo, el hombre que acababa de estrechar su mano tenía una expresión agradable y amistosa en su atractivo rostro, en absoluto sombrío. Aunque la voz... La voz era exactamente la misma. Le hacía pensar en vino caliente con especias, en un terciopelo muy oscuro... Bryson no era lo que se podría considerar un galán ni tenía unas facciones perfectas, pero desprendía un magnetismo una intensidad tales que una chica podía sentirse abrumada solo con que la mirase.

—Bryson tiene una habitación reservada en el Savoy. —La voz de Bobby la sacó del ensimismamiento y dirigió la mirada de nuevo hacia su tío—. Pero le he invitado a cenar esta noche con nosotros. Te parece bien, ¿verdad, querida?

Maisie-Leigh sonrió y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, que sentía arder casi tanto como sus mejillas. Hizo un esfuerzo por recomponerse, respirando como le habían enseñado en el teatro, desde el estómago.

—Claro que sí. Pondré otro plato en la mesa —respondió con un tono que le pareció mucho más controlado, pero, entonces, cometió el error de cruzar su mirada con la del actor y supo, sin ninguna duda, que había vuelto a ruborizarse.

Bryson era un gran conversador, siempre lo había sido, desde niño. Su carácter extravertido y su capacidad para mantener la conversación, fuera con quien fuese y en prácticamente cualquier ambiente, eran dos de los dones que le habían ayudado en su carrera de actor. Nunca se ponía nervioso, nunca se alteraba ni perdía su actitud relajada, casi indolente. Podía disfrutar de la extraña comida inglesa que tenía en su plato (demasiados guisantes y tajadas de carne con mucha salsa por todas partes), recordar anécdotas con Bobby de su estancia en Los Ángeles y, a la vez, fingir que no se sentía en absoluto impresionado por la chica que estaba sentada al otro lado de la mesa. Le encantaba cómo bajaba los párpados sobre sus ojos azul oscuro cuando sus miradas se cruzaban demasiado tiempo, así como que no le hubiera contado que era actriz de teatro hasta que su tío comentó que estaba preparándose para representar el papel de Ofelia en Hamlet. En Los Ángeles, las chicas que intentaban abrirse camino como actrices se lo contaban a cualquiera que quisiera escucharlas, muchas veces antes de decir su nombre, pero Maisie-Leigh prefería escuchar a hablar y, cuando lo hacía, era con comentarios ingeniosos y un sentido del humor ligeramente sarcástico, adorable. Ya se había enterado de que había dejado a sus padres y hermanos en su Inverness natal para poder dar clases de interpretación en Londres, donde vivía su tío Bobby. Llevaba viviendo en su casa casi dos años y Hamlet sería la segunda obra en la que iba a actuar.

—Estoy deseando verte como Ofelia dentro de tres días —le dijo Bobby a su sobrina mientras esta servía el postre, una especie de bizcocho oscuro, adornado con un ramito de acebo, que ella llamó «tarta de Navidad»—. ¿A qué hora dijiste que empezaba la obra?

—A las seis, pero el día del estreno siempre suele retrasarse un poco...

—¿Crees que podrías conseguir otra butaca para Bryson?

Maisie-Leigh terminó de servir la tarta, un poco desconcertada, y volvió a sentarse.

—¿Otra butaca...? —Le lanzó una mirada interrogativa a Bryson.

—Me encantaría verte actuar —se apresuró a decir él, muy consciente de que era la pura verdad—. Y lo cierto es que siempre he querido ver una obra de Shakespeare en escena... Me temo que en Los Ángeles no suele representarse mucho teatro clásico.

—Oh, pero no esperes demasiado, la compañía en la que actúo no es importante y yo solo...

Bobby la interrumpió sonriéndole afectuosamente.

—Maisie-Leigh, eres una actriz extraordinaria. Solo estás empezando, estoy seguro de que te harás famosa.

—No quiero hacerme famosa —replicó ella—. Solo quiero ser una buena actriz, saber que la abuela Elizabeth estaría orgullosa de mí... —En ese punto le tembló un poco la voz y los ojos se le llenaron de lágrimas. Bobby se inclinó un poco hacia ella por encima de la mesa y le dio unas palmaditas en el hombro.

—Vamos, vamos, no te pongas triste, querida. Ella ya está orgullosa de ti. —Luego se dirigió a Bryson para explicarle—: Mi madre murió hace un par de años. Maisie-Leigh y ella estaban muy unidas.

—Lo siento —murmuró él.

La joven se recompuso un poco y acabó de dos tragos su copa de vino. Seguía teniendo los ojos brillantes, pero ya no era debido a las lágrimas, sino al orgullo.

—Mi abuelo fue uno de los ilusionistas más importantes de su época y mi abuela trabajó a su lado como ayudante durante casi treinta años. Siempre me contaba lo maravilloso que era estar sobre un escenario y cuánto le gustaría que yo siguiera sus pasos. Por eso decidí hacerme actriz.

Bryson no supo muy bien qué responder. No quería profundizar en temas familiares ni en cuestiones demasiado íntimas, al fin y al cabo, se habían conocido solo hacía un par de horas, pero aquella no le parecía una razón demasiado buena para adentrarse en el mundo de la interpretación. Un actor debía saber en lo más profundo de su ser que había nacido para eso, que lo llevaba dentro... Al final, comentó con un tono estudiadamente frívolo:

—Ser famoso no está tan mal. Quizá deberías probarlo.

—Si tú lo dices, lo convertiré en mi única ambición en la vida.

A pesar de su contestación, Maisie-Leigh puso los ojos en blanco con cierta gracia y le dedicó una alegre sonrisa. Era evidente que el vino la relajaba y hacía que se tomara con más ligereza sus comentarios... Y, por otra parte, le teñía de un color precioso las mejillas.

Maisie-Leigh no volvió a ver a Bryson en los tres días siguientes. Lo prefería así, porque tenía que concentrarse en el estreno de la obra y estaba convencida de que le resultaría mucho más difícil con su presencia. Sin embargo, durante todo el día de Navidad se preguntó qué estaría haciendo, aunque no se atrevió a preguntárselo a su tío. Le parecía difícil de creer que alguien como Bryson Mallory pasara la Navidad solo en un hotel, tan lejos de su país y de su familia, si es que la tenía. Tampoco pudo evitar buscar todas las revistas que guardaba en la casa y repasarlas en busca de información sobre su vida privada, aunque no descubrió mucho. Había fotografías de él, claro, en los estrenos de sus películas o en fiestas, a veces acompañado de bellas actrices, pero no se daban detalles sobre sus relaciones.

El día del estreno de Hamlet pasó toda la mañana sola. Bobby había salido pronto, sin dejar ninguna nota concretando a qué hora regresaría y Maisie-Leigh se dedicó a sus ejercicios de voz y a repasar su texto. Había reservado otra butaca junto a la que ocuparía su tío, pero intentaba no pensar en que era precisamente Bryson quien iba a ocuparla ni en que tendría sus ojos puestos en ella siempre que estuviera en el escenario durante las casi tres horas que duraba la obra.

Bobby volvió a casa justo a la hora del almuerzo. Lo primero que hizo fue preguntar a Maisie-Leigh qué tal llevaba los nervios del estreno, pero se notaba que algo ocupaba su mente.

—¿Ocurre algo, tío? —le preguntó ella al tiempo que colgaba su abrigo y su sombrero en el perchero de la entrada—. Has estado fuera toda la mañana.

—Estaba con Bryson —respondió y, al oír ese nombre, Maisie-Leigh se volvió de golpe hacia él para prestarle toda su atención—. Reunidos con Damien Clayton.

—¡Ah, sí! Recuerdo que lo mencionasteis en Nochebuena. ¿Qué tal ha ido?

—No muy bien. —Bobby entró en la sala de estar y se sentó junto a la chimenea encendida—. A Clayton no le gusta el guion tal y como está ahora y tampoco cree que Bryson encaje del todo en el papel, de modo que no hemos llegado a ningún acuerdo.

—Lo siento, por los dos... ¿Qué pasará ahora con el proyecto?

—Bueno, Niebla en Venecia se paraliza por el momento, claro. Y Bryson vuelve a Estados Unidos pasado mañana.

Ella se giró hacia la chimenea y trató de colocar mejor el extremo de la guirnalda decorativa. Claro que Bryson volvía a Estados Unidos. Incluso aunque la reunión hubiera ido bien, allí estaban su casa, su trabajo y sus amigos, quizá incluso su novia. Pero no había esperado que se marchara tan rápido.

—Supongo que estará muy disgustado... —comentó, volviendo a mirar a Bobby.

—Sí, lo está. Le pregunté si le apetecía ir a comer algo, pero me aseguró que prefería encerrarse en su hotel. Sin embargo, me encargó que te dijera una cosa.

—¿A mí? ¿El qué?

—Que no faltaría a tu estreno esta noche.

A las nueve en punto del día siguiente, la camarera del Savoy que le llevaba el desayuno cada mañana a Bryson llamó inútilmente a la puerta de su habitación durante más de cinco minutos. Al final se rindió y dejó la bandeja en el suelo, a un lado de la puerta, lamentando perderse ese día la visión del actor en pijama, ya con un cigarro entre los labios y una sonrisa somnolienta.

Bryson no había podido conciliar el sueño hasta el amanecer y, aunque había oído los golpes en la puerta, se sentía demasiado aletargado como para levantarse. Permanecía tumbado boca abajo sobre las sábanas revueltas, tan incapaz de salir de la cama como de volver a dormirse. Era extraño porque, aunque estaba agotado y disgustado por el nefasto resultado de la reunión con Clayton, su mente no dejaba de girar alrededor de una sola imagen: Maisie-Leigh en el escenario la noche anterior.

Se había quedado impresionado; aquella mujer era mucho mejor actriz de lo que había supuesto. Habría que pulirla un poco, desde luego, cambiarle el absurdo nombre que le habían dado sus padres y hacer algo con ese acento terroso del norte de Escocia, pero tenía madera de estrella. Había estado dándole vueltas al asunto toda la noche y había decidido que no podía volver a Los Ángeles al día siguiente sin hacer algo al respecto. Aquella chica no podía quedarse en esa compañía teatral casi de aficionados, y dudaba que por ella misma fuera a intentar ir más allá.

Poco a poco, a medida que iba tomando forma su plan, Bryson se fue despejando. Se tomó el café que le habían dejado delante de la puerta, ya frío, y se dio una ducha rápida. Luego, rebuscó en su equipaje hasta encontrar su cámara de fotos y se aseguró de que tuviera película.

—No me gusta que me hagan fotografías —protestó débilmente Maisie-Leigh, intentando no tiritar de frío.

—Será solo un momento. Toda actriz profesional debe tener un book de fotos. Te estoy ahorrando un montón de libras.

Bryson miró a su alrededor. El pequeño jardín trasero de la casa de Bobby estaba cubierto de nieve y era difícil decidir dónde situar a Maisie-Leigh, pero sabía que aquel era el enclave perfecto. La luz y el fondo tan blanco, solo roto por el verde de los arbustos de acebo, resaltarían la belleza de la joven y no distraerían la atención de su rostro.

—¿Me quito el gorro?

—Sí. ¿Por qué no te pones allí, junto a la puerta de hierro?

Maisie-Leigh fue hasta esa zona del jardín, se quitó el gorro de punto y trató de peinarse el cabello con los dedos, pero solo consiguió alborotarlo más. Bryson sonrió satisfecho; eso era justo lo que buscaba: captar cómo su cabello rubio rojizo rozaba de forma natural las mejillas enrojecidas por el frío, pero sobre todo la ingenuidad y la frescura de su rostro y ese aire tan llano y poco sofisticado, pero tan sensual a la vez, tan... escocés. En Hollywood aullarían de entusiasmo en cuanto vieran las fotos. No podrían esperar a ponerle las garras encima.

Maisie-Leigh estaba contenta por el éxito que había tenido como Ofelia y se preparaba para la tercera noche de representación. Trataba de no pensar en Bryson, que ya estaría en el avión, camino de Nueva York, donde haría escala antes de continuar al oeste. Era absurdo pensar en él ahora que se había marchado y que probablemente no volvería a verlo si no era a través de una pantalla de cine. Además, solo había estado con él en tres ocasiones: en la cena de Nochebuena, en la celebración posterior al estreno y, por último, la víspera, cuando le había hecho las fotografías. Aquel había sido el momento más íntimo y especial de los tres, porque estaban solos y porque él se acercaba mucho y la tocaba para apartarle el cabello de los ojos o para que inclinara la cabeza de un determinado modo. Aunque le había aconsejado que no mirara a la cámara, cuando le hizo la última foto le había mirado directamente a él, casi con insolencia. Justo después, Bryson había bajado la Kodak, dejando que colgara de la cinta sobre su pecho, y sus ojos se habían encontrado ya sin obstáculos durante un larguísimo instante, pero eso era lo máximo que había ocurrido.

—¿Estás visible, querida? —oyó preguntar a Bobby al otro lado de la puerta.

—Sí, pasa.

Se quedó sentada frente al tocador, girada hacia la puerta de su dormitorio, envuelta en la bata y con un rulo a medio quitar. Bobby entró en la habitación y le tendió una nota.

—¿Qué es esto?

Su tío esbozó su sonrisa juvenil.

—Bryson me pidió antes de marcharse que te la diera.

Ella desdobló el papel con el corazón latiendo apresuradamente y la leyó:

«Te llamaré muy pronto».

Solo eso, sin apelativos cariñosos ni despedidas sugerentes... Pero, de alguna manera, en lo más profundo de su ser, Maisie-Leigh supo que esa breve nota significaba mucho más: el anuncio de que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.