Varsovia
17 de enero de 1945
Dos horas antes del alba, Misha se encontraba en la orilla del Vístula mirando al otro lado del río helado la ciudad de Varsovia. En la mano sostenía una fotografía de Sofía no más grande que su palma. Había recortado su silueta para que pareciera más real a lo largo de los años. Tenía dos pequeños agujeros en los hombros, por donde la había clavado encima de su cama en varios barracones de entrenamiento, como un icono para un creyente. En la penumbra, sus ojos claros lo miraban serios y temerosos. Se sabía de memoria el resto de la fotografía, su rubio cabello retirado de la cara, su hermoso rostro demasiado delgado. Habían pasado dos años desde la última vez que tuvo el tibio rostro de Sofía entre las manos y besó sus labios o inspiró el tenue aroma a almendras de su piel. Una implacable ráfaga de viento lo heló; sentía en el cuerpo el agudo dolor de su ausencia. Se subió el cuello y guardó de nuevo la fotografía en su cartera de lona, y se palmeó los brazos para recuperar la sensibilidad.
—Toma un poco de esto, Misha.
En la orilla, unos metros más allá, veía las siluetas de los guardias rusos, ataviados con gruesos abrigos de invierno, comiendo de unas latas que humeaban en el gélido aire mientras charlaban y reían ruidosamente. Uno de ellos le ofreció una botella. Misha se acercó y bebió un trago. Las armas estaban en silencio ahora, pero aún se olía el humo que sobrevolaba el río. Los rusos estaban de buen humor, relajados y bromeando sobre quién iba a bailar con la gran Irina esa noche.
Irina, una mujer de rostro ancho que llenaba el uniforme con un enorme cuerpo y un generoso busto, les brindó una sonrisa en la penumbra al tiempo que servía su guiso de judías con una cuchara.
—Ni os molestéis en preguntar —resopló apartándose la capa sobre un hombro—. Os devoraría a todos para desayunar. Pero, si alguien me lo pidiera, tal vez le dijera que sí a Misha.
Lo miró con avidez. Misha estaba acostumbrado a que las mujeres se comportaran de forma extraña en su presencia. Sus oscuros ojos ambarinos con motas verdes eran tan hermosos como los de cualquier muchacha, al menos eso era lo que Sofía le había dicho en una ocasión. Era alto y delgado, y el uniforme polaco, con sus botas y pantalones de montar, le confería un aire tradicional, casi aristocrático, pero gracias a su talante tranquilo, Misha tenía un don para trabar amistad con la mayoría de la gente. A pesar de que era polaco, y judío, para más inri, los rusos lo aceptaban como si fuera uno más.
Misha agachó la cabeza cuando Irina prorrumpió en una carcajada. Tener a Irina de novia sería peligroso. Corría el rumor de que su último amante había muerto no a causa de una bala alemana, sino de la pistola de Irina después de una pelea provocada por los celos.
—Si encontráis a alguno de los amigos de Hitler todavía por allí, dadle recuerdos de mi parte con una de estas. —Irina le dio un golpecito a su arma enfundada.
Todos ellos, los liberadores de Varsovia, le palmearon la espalda, magnánimos y efusivos.
Como miembro del grupo de reconocimiento del Primer Ejército Polaco bajo el mando ruso, Misha iba en cabeza al entrar en territorio enemigo para buscar pasos seguros para los tanques y vigilar si había alemanes rezagados. Ese día, su pequeña unidad sería la primera en entrar en Varsovia. Habían pasado tres años desde la última vez que había puesto un pie en la ciudad.
La hilera de cuatro jeeps Willy aguardaba a orillas del río cubierta de nieve. Las nubes al entreabrirse permitían atisbar retazos de negrura y un trozo de la metálica luna. Franek, el chófer de Misha y autoproclamado guía y consejero, iba al volante del primer jeep con las orejeras de su gorro de piel de oveja bajadas.
—Date prisa, hombre, o moriremos congelados —gritó—. Queremos cruzar antes de que amanezca.
La noche reinaba aún en Varsovia, pero el alba empezaba a clarear el horizonte a su espalda. Su misión era enviar un mensaje de radio acerca de la situación adelantándose a la infantería polaca, que comenzaría a cruzar a pie al despuntar el día.
Misha se montó al lado de Franek y cerró la puerta, aunque por los huecos seguía colándose el frío viento, que hacía bambolearse el jeep con cada ráfaga. Sacó la pistola de la funda. El río blanco se extendía ante ellos como una larga llanura sinuosa, mucho más deslumbrante que las nubes mullidas.
Con el aliento formando vaho ante la cara, Franek se inclinó hacia delante cuando las ruedas entraron en contacto con la superficie del río cubierta de nieve. Misha sintió que sus músculos se ponían en tensión, pero el hielo aguantó, pese a tener el grosor de mediados del invierno. Las cuatro siluetas negras comenzaron a atravesar despacio la superficie irregular, deslizándose y traqueteando, con las luces apagadas y los motores sin apenas hacer ruido. La nieve había difuminado las formas de los camiones militares incendiados y los cuerpos congelados de los caballos muertos y otros restos, proyectando sombras alargadas bajo la luz espectral. Las vigas rotas del puente de Poniatowski surgían torcidas del hielo a su derecha.
—Cuesta creerlo —dijo Misha—. Aquí estamos, los primeros en liberar Varsovia, volviendo a casa.
—¿Te refieres a liberar según los rusos? ¿A sentarse en la orilla contraria alegando que esperas suministros durante seis meses hasta que la Wehrmacht haya aplastado a la resistencia polaca? ¿A esperar a que los alemanes se hayan retirado y entonces entrar? Terreno desocupado para la ocupación rusa.
—¿Has sabido algo más de tus hermanos? —preguntó, y Franek negó con la cabeza—. Lo siento, amigo.
Franek había oído por medio de la inteligencia que uno de sus hermanos había muerto durante el levantamiento de Varsovia. Otro había fallecido en la invasión no autorizada del ejército polaco, que intentó cruzar el río y acudir en ayuda de la Varsovia asediada unas semanas después de que llegaran. Fueron derrotados con un número terrible de bajas. Había cientos de cadáveres del Primer Ejército Polaco bajo el hielo. Los rusos estaban furiosos. Despidieron a su general polaco y lo reemplazaron por otro más obediente.
El jeep cayó en un profundo surco en el hielo y Misha se agarró al salpicadero a toda velocidad con la mano libre. Las oscuras formas de detrás frenaron. Franek giró el volante, consiguió adherencia de nuevo y condujo con cuidado por la zona llena de baches. Misha miró hacia atrás. Los otros los seguían. Soltó el frío metal y se frotó las heladas mejillas. La sensación de desnudez le producía un cosquilleo en la piel mientras esperaba oír una andanada de disparos procedentes de la orilla contraria.
Ya habían atravesado más de la mitad del hielo. Durante años, Misha había cruzado el Vístula para regresar a Varsovia dando por sentada la alargada silueta de la ciudad entre el cielo y el ancho río, los elegantes campanarios y agujas de las iglesias, el gran palacio fortaleza.
Todo había desaparecido. Mientras enfocaba con sus prismáticos la orilla cada vez más cercana y la cabecera del puente a su derecha, no vio más que espacios vacíos y restos erosionados bajo la luz apagada. El humo se elevaba en el cielo nocturno. Dirigió los prismáticos hacia el extremo del puente destrozado.
—Para, Franek. Para. Ahí arriba veo un centinela.
Franek frenó de forma brusca. Misha oyó que el jeep que iba detrás se detenía con un chirrido.
Misha le pasó los prismáticos y señaló una garita roja y blanca que se veía justo en la orilla.
—Aquí no tenemos protección si dispara.
—No se mueve. Puede que no nos haya visto. —Franek abrió la ventanilla, quitó el seguro del arma, apuntó y disparó. El estruendo del disparo reverberó en la llanura helada—. ¡Mierda! He fallado.
Se apresuró a recargar esperando que el centinela devolviera el fuego. Detonó un segundo disparo con rapidez. El guardia se sacudió en medio de una rociada de materia corporal causada por el impacto directo, pero continuó apoyado con firmeza contra la garita de madera.
Misha cogió de nuevo los prismáticos.
—Tiene nieve en los hombros.
—Santo Dios, se ha congelado en su puesto.
Franek se aproximó a la orilla con cautela y se detuvo junto a la garita. El cielo empezaba a clarear y la nieve proyectaba una luz espeluznante sobre el rostro ceniciento del muerto. Una película de escarcha le cubría el casco y el abrigo de lana. Había un segundo centinela apoyado dentro de la garita, como si fuera un bolo derribado, con el rifle colgado sobre el pecho.
—Varsovia está vigilada por cadáveres —dijo Franek.
El pequeño convoy de jeeps continuó subiendo la rampa junto a los derruidos pilares del puente. Franek apagó el motor al llegar arriba.
No había palabras para describir la imagen que se desplegó ante ellos en medio de la penumbra: amplias vistas del pálido cielo, kilómetros de ruinas, escombros cubiertos de nieve y nada más. No quedaba un solo edificio intacto, las chimeneas parecían árboles quebrados. Aquí y allá sobresalían restos irregulares de paredes con huecos negros contra la luminosa nieve haciendo las veces de ventanas. Aguzaron el oído presos de la tensión a la espera del «clic» del arma de algún francotirador solitario que los observara, pero no pasó nada.
—¿Por dónde? —preguntó Franek.
Misha meneó la cabeza.
—Si seguimos adelante, esa era la avenida Jerozolimskie.
Comenzaron a avanzar despacio por una estrecha vía entre las laderas de ladrillos y pedregales, con una rueda traqueteando sobre los escombros. Las tiendas y las oficinas del distrito comercial habían desaparecido sustituidas por ruinas y avalanchas de ladrillos y polvo. La nieve acumulada había blanqueado los cascotes, los ennegrecidos pedazos de muro se alzaban cual lápidas en un cementerio invernal. No había ni un alma con vida por ninguna parte. Podrían haber pasado mil años desde que los elegantes compradores y hombres de negocios abarrotaban la avenida llena de rojos tranvías y coches relucientes.
Se detuvieron en la esquina de Jerozolimskie y contemplaron la calle principal. La avenida Marszalkowska ofrecía otra interminable vista de edificios reducidos a escombros y la mampostería que quedaba estaba negra y dañada por el fuego. Franek apagó de nuevo el motor del jeep. Misha se puso tenso, pero no hubo disparos. Ningún francotirador los esperaba. El inquietante silencio hizo que se le contrajera la piel de la espalda. Un miedo atávico impregnaba el ambiente. Algo malvado se cernía sobre la ciudad en el amanecer de esa mañana de invierno. Solo los muertos deberían merodear en el inframundo.
—Pero tiene que haber alguien aquí —dijo Misha como si lo suplicara. Las mantas y los medicamentos que habían llevado consigo en el jeep para los civiles empezaban a parecer una broma macabra.
Hubo un momento de crispación cuando el jeep no consiguió arrancar de nuevo por el frío. Franek tiró del estárter dos o tres veces y el motor emitió un chirrido quejumbroso.
—No te pases o se ahogará —repuso Misha con voz más preocupada de lo que esperaba. El motor se puso en marcha por fin y avanzaron a trompicones sobre los desechos de la avenida Marszalkowska.
Llegaron a un sector en el que habían despejado los escombros y los apartamentos no presentaban tantos daños. A lo lejos se veían edificios que estaban más o menos intactos. Oyeron el inconfundible sonido del motor de un camión que se alejaba.
—Los alemanes deben de estar utilizando los edificios de delante como cuarteles —dijo Franek.
—Parece que se están retirando. Será mejor que sigamos a pie.
Misha abrió la puerta del jeep con cuidado y se irguió en el frío haciendo una señal a Franek y a tres de los hombres de detrás para que lo siguieran. Bordearon el lateral de un bloque de apartamentos, agazapados, y atravesaron el siguiente cruce por turnos. Cuando pasó el último hombre se oyó el silbido y el chasquido de una bala, y el soldado se dobló de dolor. Cruzó cojeando y sujetándose el muslo, en el que se extendía una oscura mancha. Misha escudriñó el edificio de enfrente. Había un francotirador en el tejado. Más chasquidos cuando intercambiaron disparos y el francotirador cayó. Gritos en alemán desde la calle de enfrente, el rugido de un camión alejándose. El ruido del motor se desvaneció y de nuevo se impuso un profundo silencio.
—Lo único que les interesa es largarse —dijo Franek.
Misha llamó por radio al cuartel general mientras los hombres bebían de las cantimploras y vendaban al herido.
—La infantería cruzará el río en dos horas —comunicó Misha a sus hombres, que esperaban—. Continuaremos explorando la situación, pero no entablaremos combate a menos que sea necesario. Nos dividiremos en dos grupos.
Mientras Misha, Franek y uno de los operadores de radio se dirigían al norte, no había forma de comprobar si el ejército que se batía en retirada había sembrado de minas las calles de delante. Un amanecer rojizo se abría paso en el cielo blanco del horizonte como una herida que empapase un vendaje, mostrando con creciente claridad detalles del paisaje destrozado: un campo de cruces de madera en el interior de las ruinas de una iglesia sin techo, un somier de hierro que surgía de la nieve, un cochecito de niño volcado.
Continuaron por la calle Senatorska hacia la plaza del Teatro esperando ver algo de la Varsovia que conocían. No había nada más que escombros. El teatro de la ópera había desaparecido, el ayuntamiento de la ciudad estaba destruido. Recorrieron la calle Midowa hasta la plaza del Castillo y hasta otro lugar demolido. La columna de Segismundo estaba hecha pedazos en el suelo; el rostro del defensor de Varsovia, hundido en el barro y la nieve. La plaza del Mercado era una ruina carbonizada, los muñones de los edificios parecían lápidas bajo la luz mortecina.
Se dirigieron al oeste por la calle Dluga pasando los baldíos jardines Krasinskich. Habían talado hasta el último árbol. Misha sintió que se le aceleraba el corazón al aproximarse a la zona que habían delimitado como gueto. Los edificios dañados por las bombas terminaban de repente. El muro del gueto había desaparecido por completo, así como los miles de edificios que había dentro. Misha se quedó en silencio. Estaba frente a kilómetros de tierra vacía, un campo llano sembrado de nieve y escarcha. Se habían llevado todos los ladrillos y tablones, y habían arrasado el suelo. No quedaba nada del gueto salvo una iglesia a poco más de ochocientos metros de distancia, abandonada en un mar blanco y congelado. Hacía tres años, él y otro medio millón de judíos vivían allí, apiñados en el constante bullicio de infinidad de voces. Ahora solo se oía el ulular del viento, que soplaba sin impedimentos en aquel lugar que habían demolido y dejado limpio. Se acercó un poco. Estaba de pie en aquella plana blancura, solo, con el frío calándole las botas y los guantes. Las suyas eran las únicas huellas.
Misha regresó al jeep congelado hasta los huesos.
—¿Crees que tenemos tiempo de pasar por la calle Krochmalna? —preguntó mientras se montaba—. Si no quieres arriesgarte...
Franek asintió y el jeep emprendió la marcha por lo que había sido la calle Leszno y ahora era un camino fantasmal que atravesaba un desierto.
La calle estaba bloqueada por montones de restos de las casas. Misha se bajó del jeep y caminó por encima de los escombros hacia el lugar donde vivía y trabajaba de profesor solo tres años atrás. Por obra de algún milagro, varios edificios de la calle Krochmalna se mantenían en pie. Y ahí estaba. El orfanato todavía existía. Las ventanas de los dormitorios habían estallado, el tejado había desaparecido, la fachada estaba agujereada por la metralla, pero existía. Se le encogió el corazón en medio del silencio. No había voces de niños gritando y riendo mientras jugaban en el patio frente a la casa.
Oyó el ruido de alguien que lo seguía entre los escombros. Franek apareció a su lado alzando la vista a los restos del edificio.
—Oí el rumor de que el doctor Korczak y los niños habían escapado, de que están vivos en alguna parte del este.
—Sí —dijo Misha—. Yo también lo oí.
Levantó la mirada hacia los marcos de las ventanas vacías. Con el pecho dolorido, recordó la última vez que había visto al doctor y a los niños en el orfanato de la calle Siena, dentro de los muros del gueto. Había estado todo el día fuera del gueto con un grupo de trabajo para los alemanes, recogiendo vidrios rotos en los barracones de Praga mientras el aburrido guardia sujetaba el rifle con comodidad al tiempo que los vigilaba.
Cuando regresó al orfanato a última hora de la tarde, los niños no estaban. En las mesas había vasos de leche medio llenos, ya fríos, y pan; las sillas estaban retiradas y volcadas. Los saqueadores habían pasado por el edificio, y habían desgarrado las almohadas y derramado el contenido de los armarios donde los niños guardaban sus recuerdos, en el salón de baile del club de empresarios que durante el último año y medio había servido de dormitorio, aula y comedor para doscientos chicos.
Antes de la guerra paseaba con Sofía por Varsovia hacia la plaza Grzybowski haciéndola reír con historias sobre los niños, niños traviesos, listos y tan llenos de vida.
Las lágrimas le resbalaban por el rostro porque se los habían llevado, porque no había estado ahí para salvarlos. Se quedó soportando el frío viento que soplaba entre los ladrillos rotos de la calle Krochmalna, con el rostro veteado como un trozo de madera de deriva, inundado por el dolor.
Varsovia
Mayo de 1937
Korczak aún lloraba la pérdida de su programa radiofónico. Millones de personas en toda Polonia lo sintonizaban cada semana para escuchar su mensaje sobre la comprensión y el respeto por los niños. Ahora, en cambio, parece que un judío no puede hablar en las ondas polacas. Contrato rescindido. ¿Qué es sino polaco? Piensa y sueña en polaco, se conoce los secretos de Varsovia como la palma de la mano. Vamos, el veneno de la locura nazi se está propagando por Europa.
Al menos todavía le quedan las conferencias, la oportunidad de influir en una nueva generación de profesores que un día cuidarán de los niños de Polonia. Lleva puesto su traje de tweed, con un reloj de bolsillo en el chaleco y pajarita.
Korczak aminora la marcha para que el niño pequeño que lo acompaña pueda seguirle el paso mientras suben las escaleras. Sus pisadas y el cierre de puertas lejanas resuenan a su alrededor en las lisas superficies del hospital.
—Buenas tardes, doctor Korczak —dice una enfermera mientras pasa a toda prisa mirando al niño delgado que lleva de la mano.
Es evidente que quiere preguntar qué hace el doctor hoy aquí, años después de haber dimitido para cuidar de un abarrotado orfanato. Un padre soltero cuidando de un centenar de niños.
Korczak se arrodilla para hablar con el pequeño Szymonek frente a la puerta de radiología.
—Entraremos aquí, habrá un montón de gente, y luego te pediré que te coloques detrás de la máquina especial. ¿Estás listo?
Szymonek asiente con una expresión seria en sus grandes ojos.
—Porque ayudará a los adultos a entender a los niños.
—Eres muy valiente, mi pequeño hombrecito.
Korczak se levanta y abre la puerta. Aún está furioso y alterado porque ayer descubrió que uno de sus profesores del orfanato de la calle Krochmalna arrastró a un chico al sótano y lo dejó allí a oscuras.
—¿Qué otra cosa podía hacer, doctor? —le preguntó el profesor, tal vez esperando que se pusiera de su lado—. Jakubek no me hacía caso. Estaba tan exasperado que hasta le levanté la mano, pero él se limitó a gritar: «Si me pega, el doctor hará que lo echen». No estoy orgulloso de ello, pero me enfurecí y lo llevé a empujones al sótano. Entonces se quedó callado.
—¿Dejaste a un niño solo a oscuras? —Korczak cerró los ojos y habló casi en un susurro—. Pero ¿cómo sabes que no actuaba mal porque estaba sufriendo? Tú eres el adulto. Podías haber averiguado qué pasaba, haberle enseñado que no tiene que repartir golpes cuando está disgustado. Y no, ¿qué es lo que haces? Lo metes en el sótano a oscuras.
Korczak tuvo que alejarse a toda prisa en ese momento con las lágrimas asomando a los ojos.
Unos días después se enteraron de por qué Jakubek se había portado de un modo tan desafiante. Un sábado había ido a visitar a su querida abuela y había descubierto que había fallecido.
La habitación está llena de estudiantes que no paran de hablar. Están desconcertados. Se les ha pedido que abandonen su habitual sala de conferencias del Instituto de Pedagogía y vayan a ese laboratorio del hospital. Guardan silencio expectantes cuando entra el doctor Korczak. Nadie se duerme en las conferencias de Korczak.
Pero el doctor solo presta atención a Szymonek, al que habla en voz baja mientras lo lleva detrás de una pantalla de cristal cuadrada. Las persianas están bajadas y el delgado pecho del chico se ilumina en la penumbra. Sus ojos siguen al doctor cuando comienza la conferencia.
—Bien, han trabajado con los niños todo el día. Lo entiendo. A veces no es fácil. Algunos días están agotados. No pueden más. Tienen ganas de gritarles, tal vez sienten el impulso de levantarles la mano.
El doctor Korczak enciende la máquina fluorescente detrás del niño. Un etéreo resplandor ilumina la pantalla de cristal mostrando un retrato a lápiz de las costillas de un niño pequeño. Dentro está la sombra de un corazón que late deprisa, revoloteando como un pájaro asustado.
—Observen con atención. Así se comporta el corazón de un niño si le gritan, si le levantan la mano. Observen con atención y no lo olviden. —Korczak apaga la lámpara, cubre al niño con su chaqueta y lo coge en brazos—. Eso es todo.
Korczak se marcha con el niño y los murmullos estallan en la aturdida sala.
Un chico más alto que el resto de los presentes, con un cuerpo atlético, ligeras entradas y frente ancha, que aparenta buen juicio, se apresura a guardar sus cuadernos. Misha está pensando en que esa noche le escribirá una carta a su padre para explicarle por qué no buscará un empleo de ingeniero ahora que ha terminado la carrera. Lo que hará será empezar a estudiar magisterio en la escuela nocturna y seguir trabajando en el orfanato de Korczak como ayudante mal remunerado. Su padre se pondrá furioso. Por su propio trabajo como maestro sabe que la educación no da dinero ni hay vacantes. Culpará a Korczak de la catástrofe y no se equivocará.
A Misha se le cae un bolígrafo de la bolsa de lona mientras cruza la habitación. Se agacha para recogerlo y al levantar la vista ve a una chica que sigue sentada en una silla sumida en sus pensamientos, reflexionando sobre la charla. Ve el cabello rubio recogido, el rostro ovalado, los ojos azul claro, los labios carnosos, una blusa blanca con cuello Peter Pan. Una chica más.
Pero no puede moverse, no puede apartar la vista; en lo más recóndito de su pecho suena el inconfundible zumbido de un diapasón, la irremediable nota verdadera en torno a la cual armonizarán las demás notas. Esta chica. Arde en deseos de hablar con ella, de sentarse a su lado y cogerle la mano.
Pero ¿en qué está pensando? Pronto estará de servicio en el orfanato. Y lo cierto es que durante mucho tiempo va a ser demasiando pobre para enamorarse. Debería ser fuerte. Tiene que escribir esa carta. Se cuelga la bolsa al hombro y se marcha.
Sin embargo, la chica no lo abandona. Durante los días siguientes, Misha se sorprende rememorando ese momento, contemplando aquel rostro pálido y franco, anhelando hablar con ella.
Así que decide hacerlo en la siguiente charla. Buscará la forma de hablar con ella.
Pero una multitud de amigos la rodea. Un chico con un traje a rayas y el pelo engominado la llama: «Sofía».
Su nombre. Misha lo agarra como un tesoro.
Observa al chico con cara ilusionada y repara en que ríe con timidez por algo que ella dice. ¿Le devuelve la sonrisa porque él también le gusta? ¿Solo está siendo educada? Misha se da cuenta de que el chico le inspira una profunda antipatía.
La próxima vez. La próxima vez se acercará a hablar con ella. Sofía.
Pero la próxima vez no llega nunca. Las conferencias de Korczak se cancelan sin explicaciones, aunque todo el mundo sabe por qué. La educación de las mentes polacas solo se les puede encomendar a los verdaderos polacos.
Misha ya no tiene ningún motivo para ir a la universidad. Está estudiando magisterio en la escuela nocturna. Asistió a la conferencia del instituto porque Korczak lo invitó.
«Es lo mejor», se dice. Qué absurdo enamorarse de una desconocida. Y no, desde luego, no piensa volver al instituto a merodear en la puerta por si acaso sale ella.
Espera que el enamoramiento desaparezca igual que un rasguño en la rodilla de un niño que se curará solo a su debido tiempo. Pero ella le tiende una emboscada mientras cruza los jardines Sajones en la fría tarde. Lo sorprende cuando está junto a una ventana contemplando el patio donde uno de los chicos toca con la armónica «My Shtetl Beltz». Su rostro se le aparece como la añoranza del hogar.
De pronto abriga la esperanza de encontrarse con ella en algún lugar. Tiene la sensación de que, si algo está destinado a suceder, sucederá. Sin embargo, los meses pasan, el verano llega y termina. Un impredecible sabor a frío comienza a apreciarse en el aire.
El otoño está a punto de empezar y todavía no la ha vuelto a ver.
Varsovia
Septiembre de 1937
Sofía coge la identificación que le devuelve el secretario de admisiones de la universidad. Hay un sello rectangular impreso en tinta sobre su fotografía.
—¿Qué es esto?
El secretario se encoge de hombros.
—Si eres judío, este trimestre te sientas en los bancos asignados. Hay un aviso en el vestíbulo.
Los estudiantes se agolpan alrededor de la pizarra a leer el anuncio. Rosa está ahí, arrugando la nariz con indignación. Se vuelve hacia Sofía cuando esta llega.
—Como es natural, dirán que es para protegernos, para evitar incidentes como el de ese pobre médico al que le rajaron la cara el curso pasado.
Rosa suspira y agarra a Sofía del brazo mientras se dirigen a su conferencia.
—Ya no reconozco Polonia. Por si no fuera bastante duro conseguir una plaza aquí, ahora esto. A veces pienso que tu amigo Tosia está en lo cierto: deberíamos afiliarnos a uno de esos movimientos juveniles y prepararnos en silencio para marcharnos a Palestina.
Sofía la mira con espanto.
—¿Cómo puedes decir eso? Jamás. Somos polacas. Polonia es nuestra patria. Cuanto más difícil nos lo pongan, mayor tiene que ser nuestra determinación. Es una estupidez esta charla sobre la segregación en las conferencias. Nunca ha habido una mentalidad de gueto en Polonia y, por lo que a mí respecta, nunca la habrá.
La ira no abandona a Sofía, pero todavía siente cierta aprensión cuando entran en el auditorio. Varios de los bancos de la grada izquierda están vacíos, salvo por un trozo de papel. Las chicas se reúnen con los estudiantes que están de pie al fondo hablando en susurros con indignación.
Todo el mundo se calla cuanto entra el profesor Kotarbinski. Desciende entre las bancadas y ocupa su lugar en la cátedra. Con casi dos metros de altura y bigote militar de puntas enceradas, Kotarbinski domina la estancia mientras observa los bancos vacíos en silencio. Resuena un estallido de madera contra madera cuando agarra su silla y la aparta a un lado con firmeza.
—Renuncio a mi derecho a sentarme hasta que la universidad idee una distribución de asientos más satisfactoria.
Con un traqueteo de bancos, varios alumnos no judíos también se levantan. Sofía siente que se le forma un nudo en la garganta. No carecen de amigos.
Aún siente el calor en las mejillas cuando se encamina hasta la cátedra al término de la conferencia para darle las gracias a Kotarbinski. La situación es sencillamente embarazosa.
—Es un mal asunto, pero no debes dejar que te echen de aquí, Sofía. Prométeme que terminarás la carrera.
—Nada me lo va a impedir, señor.
Al otro lado de la puerta principal, los estudiantes con gorra blanca y cintas verdes en la solapa han hecho una pancarta. La tinta negra atraviesa el papel con un mensaje claro incluso visto desde atrás: «Expulsad a los judíos de la universidad».
Las chicas se miran la una a la otra. No tienen más remedio que pasar por debajo del insultante eslogan. Rosa se recoloca el diminuto sombrero tirolés sobre el cabello negro recién ondulado y se agarran del brazo.
—Vamos allá —dice Sofía.
—Francamente, mi padre podría comprar casi todo esto —murmura Rosa mientras pasan por debajo de la pancarta.
Sofía se siente agotada mientras esperan el tranvía. Sobre todo es por el dolor primario de que no se la aprecie, de ser la chica impopular y rechazada en clase. Es algo infantil y muy hiriente.
—Olvidemos todo esto —dice Rosa cuando suben al tranvía rojo—. Ven a mi casa esta noche, haremos una pequeña fiesta. Pondremos unos discos. Bailaremos. ¿Y qué tal una sonrisa? Cuando se es tan guapa como tú, Sofía, no hay razón para parecer triste.
El tranvía las lleva a la plaza Grzybowski, donde se dan un abrazo y se separan. Sofía ha vivido en esa zona toda su vida y recupera la calma mientras se abre paso por el bullicioso mercado del viernes. En la calle Twarda se mete en el patio de un bloque de apartamentos. Las mujeres están recogiendo la ropa de los tendederos de madera y cotilleando. Un músico callejero toca «My Shtetl Beltz» al acordeón levantando la vista a las ventanas con la esperanza de que alguien le arroje alguna moneda. Los niños juegan al tejo, como siempre han hecho, como siempre harán.
Abre la puerta de casa e inspira el reconfortante olor de los libros de su padre y de las flores de su madre en el balcón. Pero algo pasa. En la cocina, su madre ya se ha puesto el delantal y remueve una olla en el fuego. La tabla de madera, que cubre el fregadero esmaltado del rincón, está llena de platos y cuencos con verduras. Krystyna está desgranando guisantes en un colador y pone cara pícara.
—Bueno, ¿de qué se trata? ¿Qué ha pasado?
—Quiere saber qué ha pasado —dice su madre—. ¿Por qué piensas que ha pasado algo?
—Es Sabina —suelta Krystyna. Tiene catorce años y no se le da demasiado bien guardar secretos.
—¿De veras? ¿Lutek ha dicho algo?
—Es Sabina quien tiene que contárnoslo —dice su madre—. De todas formas, vendrán a cenar, así que lo sabrás muy pronto. Y fíjate qué hora es. Anochecerá antes de que nos demos cuenta. Krystyna, quiero que pongas la mesa, el mejor mantel, si no te importa. Y tú, Sofía, quiero que vayas a Judel a por una buena botella de vino y algunas cosas más. Te he hecho una lista.
Sofía coge la lista y va al mercado. Seis melocotones y un manojo de perejil. Detrás de las cestas de panecillos y los barriles de arenques hay mujeres ataviadas con falda larga y pañuelo en la cabeza. Junto a una tabla repleta de rollos de tela se sienta una joven con un elegante vestido de rayón. Sofía podría adivinar con los ojos cerrados dónde está exactamente solo por la mezcla de olor a cebolla frita y limones, a pan horneado y repollos, a tablones de pino alquitranados cociéndose al sol.
Pasa de largo a los adolescentes con abrigos cortos de gabardina y afeminados rizos en las patillas que salen de la escuela talmúdica, a la gente que sube con prisa los escalones de la iglesia con dos torres cuadradas para comulgar por la tarde. A continuación se dirige a la charcutería Sosnowicz, regentada por la madre de una amiga del colegio, donde los comensales se sientan a las mesas a comer su famosa salchicha con col. Al ver a Sofía, la señora Sosnowicz la llama para que se ponga al principio de la cola y le mete en la cesta un paquete de salchichas rojas de regalo.
—He oído que Sabina tiene buenas noticias —susurra, y vuelve con sus clientes.
En la tienda de vinos Horowicz, Judel sale a recibirla a la puerta con los brazos abiertos.
—Una boda en la familia; alabado sea aquel cuyo nombre no se puede mencionar. Y para un día especial, la gente siempre quiere algo especial a un precio especial. —Le muestra a Sofía la botella que ha elegido y coge el dinero a cambio—. Espero vivir para ver semejante dicha para mis propias hijas —añade con un suspiro.
En la panadería, Sofía compra un pan jalá, el pan trenzado dulce. Al contemplar la tienda abarrotada de gente, de mujeres con chal que llevan ollas de estofado chólent para cocinarlo en el horno del panadero durante la noche, se pregunta qué verían sus compañeros estudiantes. De niña, como se crio hablando polaco y asistió a un colegio polaco, la condición de judía siempre le pareció poco más que una singularidad familiar, como el cabello rojo o tener una tía peculiar. En cambio ahora, con tantas dificultades para encontrar empleo, con la extrema derecha ganando poder, a menudo se siente dolida y furiosa ante ciertos artículos de los periódicos o algunos comentarios espontáneos de personas a las que considera amigas. ¿De verdad piensan que casi media Varsovia debería hacer las maletas y marchase a Madagascar o a algún otro lugar? Varsovia es y siempre será su hogar.
Cuando Sofía regresa, la mesa está puesta con la mejor vajilla y cubertería, y con velas listas para la cena del sabbat. Krystyna se ha arreglado con su vestido más bonito.
—La señora Sosnowicz, de la charcutería, me ha dicho que Sabina está prometida. —Sofía coloca la fruta con esmero en una fuente—. Mamá, ¿por qué lo ha sabido ella antes que yo?
—Así que lo sabe. A la gente le gusta saber. ¿Y te ha hecho Judel un buen precio por el vino? Ah, sí. Ha encontrado algo rico para Sabina.
—No puedo creerlo. Sabina va a casarse.
—Bueno, a los veintitrés años no se es demasiado joven para pensar en comprometerse, Sofía. Ni siquiera a los veinte. —Su madre hace una pausa esperanzada.
—No, mamá, no escondo a nadie. De todas formas estoy segura de que Judel o alguien lo sabría antes que yo, pero yo no me casaré, mamá. No tengo tiempo para nada de eso.
Su madre asiente comprensiva.
La puerta se abre y entran Sabina y Lutek seguidos de su padre, que lleva su abrigo largo con cuello de astracán.
—Mira a quién me he encontrado en la calle, mamá —dice—. Me ha parecido que les vendría bien una buena comida, así que los he traído conmigo. Por casualidad, ¿no habrás preparado algo?
Ella se echa a reír señalando el aparador repleto de embutidos, lascas de bacalao y encurtidos. Sabina besa a todo el mundo; en el hombro de su traje entallado descansa una lustrosa piel de zorro. Se retira la pequeña boina que lleva sujeta con un alfiler en el cabello peinado de forma impecable.
Krystyna coge la estola de zorro y la acaricia con un suspiro.
—Sabina, qué suerte tienes de poder comprar cosas tan bonitas y rebajadas.
—Cuando trabajas de modelo para el taller de un gran modisto tiene que parecer que acabas de apearte del tren de París —dice su madre con orgullo.
Sabina es la belleza oficial de la familia, con su pálida piel de alabastro, sus enormes ojos oscuros y su sedoso pelo negro. Krystyna y Sofía son rubias, como la familia materna, y se han criado como dos fuertes cachorritos, jugueteando ruidosamente mientras Sabina las observaba con los ojos como platos, con su vestido limpio y un gran lazo en el cabello, bien colocado en su sitio.
Su madre le quita la estola a Krystyna y la guarda con cuidado en el salón.
—Te la presto algún día si quieres —dice Sabina al ver la expresión decepcionada de Krystyna.
—¿De veras? Eres un cielo. Pero ¿no es muy cara?
Sabina se encoge de hombros.
—No me importa.
—Ahora que todas mis niñas estáis aquí, podemos encender las velas —dice la madre con la voz dulce por la felicidad.
Se reúnen a su alrededor junto a la mesa mientras ella prende una cerilla y enciende con cuidado cada mecha. Mueve las manos en círculo encima de las velas, inhalando el olor de la cera y las llamas, y a continuación se tapa los ojos para rezar. Cuando aparta las manos ha llorado un poco.
—Mis hijas —dice—. Se hacen mayores.
A medida que cae la noche, en las ventanas del patio comienzan a brillar las luces para la cena del viernes. Una sucesión de canciones que vienen de fuera, una voz masculina y grave a la que se unen las voces de niños, Shalom aleijem, que la paz sea contigo. Sofía empieza a tararear y el resto de la familia, alrededor de la mesa, canta también un par de los antiguos versos.
No son una familia estrictamente religiosa, pero la cena del viernes es sagrada para la madre, que está radiante y un tanto orgullosa de tener a todas sus hijas con ella. El intenso olor de los numerosos libros que recubren la pared, y el almizcle cítrico de las flores de la madre, que entra por las ventanas del balcón, se mezclan con la levadura del jalá y el vino tinto.
«¿Te cambia que te amen tanto y amar tanto?», se pregunta Sofía. Estudia el rostro de su hermana a la luz de las velas en busca de pistas y en sus ojos encuentra tristeza. Es cierto que Sabina suele ser tímida y nerviosa, pero ocurre algo más. Cuando está a punto de arrimarse para preguntarle en voz baja a Sabina qué le pasa, Krystyna tiene una consulta urgente.
—Dime, ¿cómo será tu vestido, Sabina? Maravilloso, con madame Fournier ayudándote en el salón. ¡Imagínate!
—Oh, bueno, verás... —Sabina se calla y agacha la cabeza. El rubor se apodera de sus mejillas.
Lutek la rodea con el brazo.
—No queríamos hablar de ello hoy, pero... —dice en voz queda. Levanta sus tímidos ojos con expresión sorprendida y avergonzada—. Madame Fournier me ha despedido.
—¿Te ha despedido, Sabina? ¿Por qué iba a despedirte? Siempre te ha alabado. Su mejor modelo.
—Resulta que no tengo el aspecto adecuado para ser modelo en la Maison Française, después de todo. Decían que parecía francesa, y ahora se ve que soy demasiado judía.
—Bueno, esto es ridículo —dice la madre acalorada—. ¿De qué están hablando?
—De todas formas, Sabina iba a dejarlo pronto —aduce Lutek—. Mi padre se alegrará mucho de que pueda empezar con nosotros en la oficina de la imprenta.
Sabina le brinda una sonrisa de agradecimiento, pero en su rostro perdura una silenciosa tristeza durante el resto de la velada.
Después de la cena, mientras la familia saca las cartas y da comienzo una larga partida de báciga, Sofía se escabulle al apartamento de Rosa, al otro lado de la calle.
—Por fin estás aquí —dice Rosa rescatándola de su madre, que sale a saludar a todo el mundo en el pasillo buscando las noticias de las familias y mostrando alegremente los numerosos anillos de diamantes que nunca se quita de los dedos, ni siquiera cuando pesa los filetes en su carnicería.
—Vamos. Ha venido alguien a quien querrás conocer. Trabaja para tu conferenciante favorito, el doctor Korczak.
Sofía gruñe. Ahora que está prometida, Rosa se ha propuesto buscarle a Sofía la pareja perfecta.
—Te pido por favor que dejes de hacer esto, Rosa. Con el último chico me obligaste a hablar durante horas.
El gran salón está lleno de ornamentados muebles, al estilo de un pabellón de caza polaco, y los espacios intermedios, ocupados por amigos. Las ventanas del balcón abiertas dejan entrar el suave aire nocturno. En el gramófono suena un tango, el éxito del verano, «In a Year’s Time».
—Ahí está —dice Rosa.
Junto a la ventana, más alto que el resto de los presentes en la estancia, hay un joven con una sonrisa muy bonita. Sofía ve una cabeza acicalada como la de un gato, unos ojos con un ligero sesgo oriental. Qué alto es. «Realmente es el señor Jirafa», piensa, y sin embargo tiene la extraña sensación de que las cosas son tal y como deberían ser.
Misha está a punto de marcharse cuando ve a Rosa cruzando la habitación hacia él seguida por una chica con un vestido veraniego.
Se aparta del marco de la ventana de golpe. El cabello rubio retirado de una frente despejada, los mismos labios carnosos, la piel bronceada contrastando con el blanco del vestido. Es ella.
Y debe de preguntarse por qué sonríe como un imbécil mientras le ofrece la mano.
—Rosa me ha dicho que trabajas con Korczak —dice.
—Así es. Sí. Soy ayudante en el orfanato. Eso hago.
Lo que dice no tiene mucho sentido, pues lo distrae la impronta de una suave mano en la suya. Pero ella le clava los ojos con aire inquisitivo. Se merece una conversación sensata.
—¿Así que, tú también estás estudiando para dar clases? —pregunta para probar.
—Oh, vaya. ¿Te lo ha dicho Rosa o lo has adivinado solo con mirarme?
—No, no. Te vi una vez en una conferencia que dio Korczak en la sala de rayos X.
—¡El niño cuyo corazón se veía latir! ¿Verdad que fue increíble? Más que una conferencia fue un cambio radical de perspectiva. Pero seguro que me acordaría de ti si hubieras estado allí.
A Misha le gusta eso.
—No tienes ninguna razón para acordarte. No hablamos. Y las conferencias se cancelaron de repente.
Ella frunce el ceño.
—¿No te parece horrible? Debe de estar muy disgustado.
—Sí, pero lo que de verdad le ha deprimido es perder el hogar para niños polacos que abrió. El consejo de administración lo despidió. Ya no le permiten ver a los niños que ha cuidado durante años. La mitad de su familia.
—Eso es espantoso.
Le brillan los ojos. Apenas le llega al hombro, pero a él le parece que es su igual, llena de vitalidad, una fuerza a tener en cuenta. Sin embargo, su postura relajada, consciente de su cuerpo de un modo grácil, es la de una bailarina. Y esos ojos. ¿Tiene nombre ese tono de azul, translúcido y límpido? Le escudriñan..
—Te envidio de verdad por trabajar codo con codo con Korczak aprendiendo sus métodos con los niños de primera mano. Qué maravilla trabajar con él.
—Si te soy sincero, puede ser muy desconcertante.
—¿A qué te refieres con «desconcertante»?
—No enseña un método establecido, ya sabes. Cree que hay que conocer a cada niño de manera individual. Averiguar lo que necesitan a partir de ahí.
—Pero ¿acaso no necesitan todos los niños reglas claras? ¿Y cómo puede el profesor saber si están haciendo lo correcto? ¿Por qué sonríes?
—Me encanta lo entusiasta que eres. De veras.
Ella se molesta un poco.
—Me estabas hablando de Korczak. Así que, ¿no da instrucciones?
—Las da a su manera. Todas las tardes nos reunimos con él o con Stefa, la supervisora, y hablamos de los niños. Y una vez a la semana da una especie de charla a todos los profesores, aunque si no estás acostumbrado a él, parece que divague y haga bromas.
—¿Bromas?
—Cuando Korczak hace el tonto es cuando suele plantear sus observaciones más serias. Le gusta que pensemos. Según su filosofía, no se puede aprender nada de los niños leyendo un libro o escuchando a un profesor. Cuando se trata de cuidar a los niños, has de encontrar tu propio camino conociéndolos uno a uno. Las cosas no siempre son fáciles en el orfanato de Korczak, pero los niños de su hogar son de los más felices que conozco, incluso los casos difíciles que vienen de la calle.
—¿Así que me estás diciendo que Korczak es un escritor famoso que les dice a sus alumnos que no lean? Pero ¿qué opinas tú del nuevo libro de Piaget?
—Aún no lo he leído.
—¿Que no lo has leído? Tienes que hacerlo. ¿Y si te presto mi ejemplar? Vivo cerca. Puedo ir a buscarlo más tarde.
—Me encantaría.
La música deja de sonar en algún momento. Al levantar la vista se dan cuenta de que la habitación se ha vaciado, aunque ellos continúan muy juntos.
—¿Voy a por el libro?
Caminan en silencio a la luz de las farolas, como dos personas que han alcanzado algún tipo de entendimiento. Él aguarda en la arcada que conduce a su patio mientras ella sube corriendo las escaleras; el aire nocturno vibra en su ausencia. Atisba su vestido blanco en el oscuro hueco de la escalera y ella vuelve un poco sofocada. Le pone el libro en las manos. Es nuevo, huele a tinta. Lo agarra y lo sujeta contra su pecho. Pero no, ella tiene que cogerlo de nuevo y señalarle los pasajes que debe leer sin falta.
No parece tener prisa por marcharse. Misha mira el minúsculo sendero de pálida piel en la raya de su cabello, tan vulnerable y expuesto, y desea protegerla del aire frío, del mundo tal como es. La luz del farol le ilumina el fino vello de la mejilla. Si posara ahí los labios, ¿sería igual que la pelusilla de un melocotón, notaría la piel fría?
Ella se ofendería, desde luego, pues apenas lo conoce.
—Me preguntaba si te gustaría que nos volviéramos a ver —sugiere conteniendo la respiración.
—Me gustaría.
Misha nota que le brota una amplia sonrisa; jamás había sido tan feliz.
—¿El martes, quizá? ¿Pongamos a las nueve y media?
—Sí. El martes estoy libre. —Ella también sonríe.
Se reunirán en la plaza del Castillo, junto a la columna del rey Segismundo, el martes a las nueve y media. El lugar en el que quedan los amantes.