PRÓLOGO
Antes, cuando escuchaba hablar sobre la importancia de «conocerse a uno mismo», no entendía nada. Pensaba: «Si llevas treinta años viviendo contigo, ¿se puede saber qué te queda por conocer? ¿Qué es lo que no has conocido ya? ¿De veras hay algo que te pilla de sorpresa?». En fin, que no lo entendía. No comprendía a esas personas que se iban de viaje solas para conocerse a sí mismas, «se va de viaje y punto, pero dicho así queda más bonito», pensaba yo.
Pensaba de esta forma hasta que, por cosas de la vida, empecé a notar un cambio en mí. Un cambio a la fuerza, no te vayas a pensar que me fui de viaje a Tailandia, no. Pasé por una situación muy difícil que nos llevó a mí y a mi salud mental a un límite que, hasta entonces, era desconocido para nosotras. Que ya habría estado bien que hubiese seguido siéndolo, también te lo digo, que a mí esas tonterías de «esto te ha servido para crecer como persona» me ponen muy nerviosa.
Que sí, que he aprendido, pero era más feliz sin tener ni puta idea, todo sea dicho.
En fin, a lo que iba. Que entendí lo que era conocerse cuando la vida me obligó a escucharme y a darme cuenta de que algo no iba bien (alguna que otra persona podrida por dentro también aportó su granito de arena). ¡Ah! Y la ansiedad, ella también colaboró, vamos a darle el reconocimiento que merece. He llegado a odiarla, pero ahora la quiero mucho porque (literalmente) me salvó la vida, pero eso ya da para otro libro. Que mi ansiedad fue la alarma, no el incendio, vaya.
El dolor, a veces, nos supera. Nos supera tanto que no sabemos ni por dónde cogerlo. Todo va mal, todo nos duele, todo nos sienta mal, el mundo nos parece un lugar horrible, nuestra situación, un fracaso, y lo peor: sentimos que nunca podremos salir de ahí. Es ese mismo dolor el que nos pone suave y delicadamente una venda en los ojos para que no veamos la salida. Lo hace despacio, sutilmente y con cariño para que no podamos decir que ha sido él. Para que nos culpemos a nosotros mismos, y la frustración y la culpa lo vayan alimentando poco a poco. Para que sintamos que no somos válidos, que nos ha tocado sufrir y que, en parte, nos lo merecemos. Eso es lo que hace el dolor: cegar. Hala, ya estoy llorando. Ni una página llevo escrita, verás tú cuando acabe el libro.
Lo que iba diciendo, que el dolor ciega y, por eso, como no podemos ver, hay que saber escuchar(nos). Escuchar a nuestro cuerpo.
¿Dónde duele?
¿Cuándo duele?
¿Por qué duele?
¿Desde cuándo duele?
Y mi favorita: ¿qué tendría que pasar para que dejara de doler? En ese momento, tenemos que imaginarnos diferentes escenarios, imaginarnos qué necesitamos que cambie para que nos encontremos mejor.
En este libro no voy a tratar de solucionarle la vida a nadie. Un libro puede abrirnos los ojos, enseñarnos, emocionarnos, darnos el empujoncito que necesitamos, pero no solucionarnos la vida. Ahora parece que voy a decir que «eso solo lo puedes hacer tú», pero no. Eso es mentira, es mentira porque hay circunstancias en la vida que no nos van a permitir estar bien, que nos van a hacer daño, que nos van a dejar fuera de juego.Situaciones de las que no vamos a aprender nada y nos van a dejar con mucho dolor y secuelas en las que trabajar. No todo depende de ti, por eso, no todo lo que te pasa es tu culpa ni gracias a ti.
Pero, bueno, como lo que no depende de nosotros no podemos cambiarlo, vamos a centrarnos en lo que sí está en nuestra mano.
Así que, querida..., tenemos que hablar:
Tenemos que hablar porque vivimos comiéndonos la cabeza, teniendo diálogos internos que nos perjudican y ahogándonos en ansiedad quince veces a la semana por cosas que están fuera de nuestro alcance.
Tenemos que hablar porque mucho torturarse y tener conversaciones eternas que acaban peor de lo que empezaron, pero poco comunicarse asertivamente con nuestro «yo interior».
Hay que saber hablarse por dentro para enseñarse a ser mejor para una misma y para los demás, todos salimos ganando, y eso se llama autoeducarse.
No me refiero a los típicos «quiérete», no. Me refiero a hablarse bien, con respeto y coherencia. Eso incluye admitir y echarse la bronca cuando hacemos las cosas mal para no convertirnos en la víctima de situaciones que son nuestra responsabilidad. Vivir echando balones fuera y culpando a todo el mundo menos a uno mismo no nos ayudará a crecer, al contrario. Esta última parte es fundamental para reconocer cuando sí debemos protegernos de otros, poner límites a los demás y no pedir disculpas por aquello que no nos pertenece.
Hay que ser honesto y coherente con uno mismo, para lo bueno y para lo malo.
Los discursos de «todo depende de ti» no ayudan a nadie, pero los que nos convierten en la víctima de todo tampoco.
Así que, con realismo, honestidad y respeto, allá vamos.
¡Ah, sí! Se me olvidaba: a lo largo del libro verás (leerás) que hablo (escribo) en femenino y en masculino indistintamente. Esto es porque, aunque el título esté en femenino, va dirigido, con todo mi cariño, a cualquiera.
Una vez aclarado esto, ahora sí: ¡vamos allá!
En muchas ocasiones, miramos al pasado con vergüenza por lo que fuimos. Echamos la vista atrás y pensamos que cómo pudimos hacer aquello o ser de aquella forma.
Incluso a veces podemos irnos a dormir más tarde de lo previsto recordando todas las tonterías que hemos hecho a lo largo de nuestra vida, preguntándonos si los que estuvieron presentes las recuerdan y si afectó mucho a la imagen que tienen actualmente de nosotros. Nos torturamos creyendo que somos los únicos que hemos metido la pata de tal manera y juzgamos nuestros errores todo lo que no juzgamos los errores ajenos.
Es imposible ser el bueno de todas las historias que cuentas y esto es parte de la madurez, entender que has metido la pata y que algunas veces has sido tú el que ha hecho daño. ¿Eso te hace mala persona? No. ¿Es imperdonable? Tampoco.
Todos nos sentimos culpables en silencio por cosas que hemos hecho o dicho.
Los errores que hemos cometido y no nos perdonamos nos pesan en la mochila que llevamos a cuestas cada vez que nos levantamos de la cama por las mañanas.
¿Qué hacemos con los errores que cometimos?
Pedir disculpas a quien se las debamos. Pedir disculpas a las personas que hemos herido también incluye respetar la decisión de la persona (si quiere alejarse, si quiere espacio, si las acepta…). Una vez que has pedido perdón y has aprendido del error que cometiste, suelta aquel suceso.
Las personas cometemos errores y, si quedásemos marcadas de por vida por ellos, todos seríamos malos.
Por eso llega un punto en el que tenemos que decidir que no somos así, que hemos cometido errores, pero que a día de hoy ya no nos representan y, sobre todo, que no volveremos a repetirlos porque hemos aprendido de ellos.
No tenemos que esconder que nos hemos portado mal con otros, que hemos sido los malos de la historia. No tratemos de justificar el daño que hemos hecho a los demás, seamos coherentes con nosotros mismos y demos la cara también para lo malo. «Sí, la cagué, pero me arrepentí muchísimo, pedí disculpas y me prometí no volver a hacer algo así jamás».
Sin embargo, existe otro tipo de culpa. Una culpa que no viene del daño que hemos hecho a otros, sino del que hemos permitido que nos hagan a nosotros.
Es muy frecuente que, en relaciones en las que hay maltrato, la otra persona nos manipule para hacernos responsables de su malestar y que así no la abandonemos.
Esta responsabilidad que nos hacen creer que tenemos es falsa, pero despierta en nosotros un sentimiento de pena por su situación y de culpa por haber sido nosotros los malos. Cuando esta relación acaba, la pena y la culpa persisten, pero poco a poco se van trasformando en un «¿cómo puedo haber permitido que me hiciera esto?».
Tu entorno te cuestiona, te pregunta que cómo pudiste aguantar tanto, te culpabiliza de la situación por no saber poner límites y te hace sentir débil y vulnerable. Las personas que hacen esto no han sido víctimas del maltrato psicológico, porque de haberlo sido hasta el más listo y fuerte de todos comprendería que no es cuestión de debilidad o estupidez. Todos podemos ser víctimas de maltrato, el único que tiene más papeletas para salvarse es el que ya lo ha vivido y ha aprendido a detectarlo a tiempo.
Cuando llegamos al punto en el que nos sentimos culpables por todo lo que toleramos en el pasado, el dolor es enorme. Sentimos que nos hemos traicionado a nosotros mismos permitiendo que nos machacasen de tal manera, como si también fuese nuestra culpa que en el mundo haya malas personas. Haber permitido que nos hagan daño no nos hace inferiores, no podemos pasarnos toda la vida castigándonos por lo que toleramos en su día a otra persona. Hicimos lo que pudimos con las herramientas que teníamos en ese momento. ¿Nos volvería a pasar? Probablemente no.