cap-2

Prólogo

 

 

 

Escucho voces a lo lejos que se vuelven ecos y se disipan tan pronto intento alcanzarlas. Mis sentidos no responden y mi cuerpo adormecido no es consciente del entorno. Quiero forzar mis párpados, abrir los ojos, pero me resulta imposible. Imagino que grito y que nadie me escucha

Nadie es consciente de mi desesperación. De mi dolor.

Lo sé porque las voces continúan.

No entiendo qué está pasando, y eso me preocupa, me asusta.

Me siento como si estuviera aquí, pero al mismo tiempo como si… como si estuviera muerto en vida. Justo como me sentía aquellas veces en las que estaba luchando por ser escuchado y nadie me prestaba atención. La única diferencia es que esta vez no puedo gritar ni moverme.

¿Debería rendirme?

«No, no puedes», me respondo a mí mismo.

Mis ojos están mojados, siento que algunas lágrimas van cayendo por mi rostro. Y esto, por alguna razón, aunque suene muy tonta, me hace feliz. Por primera vez, me hace feliz sentir.

De un momento a otro hay alguien cerca de mí, y el tacto de su piel con la mía me emociona.

—Luke —dice en voz baja.

Es papá.

Quiero responder, pero no lo logro.

—No sé si me escuchas, pero no puedes irte. No… No puedo… no puedo permitirlo, Luke. —Su voz entrecortada me quiebra un poco o, tal vez, demasiado—. Te necesito aquí…, aquí conmigo. Necesito mirarte a los ojos y decirte lo mucho que lo siento y lo tan arrepentido que estoy.

Aprieta más su mano contra mí y, aunque quiero hacer lo mismo, me mantengo igual. Me quedo congelado. Sin ninguna respuesta. Como si solo estuviera obligado a escucharlo sin interrumpir.

—Sé que… es tarde —se lamenta.

Lo es.

«Pero, sea lo que sea que vaya a decir, me gustaría escucharlo. Por favor…», pienso.

Nunca pude odiarlo y, aunque a veces deseé hacerlo, simplemente no lo logré, porque una parte de mí lo sigue queriendo, lo sigue apreciando por todo lo que vivimos antes de la tormenta que padecimos, por el dolor y las lágrimas. Una parte de mí… lo ama. Y no sé si es lo correcto.

«¡Dilo!», ruego en silencio. «¡Por favor, papá!».

En demasiadas ocasiones pude odiarlo, pero nunca me atreví. Jamás pude ser directo con él.

—Nunca tuve el valor de pedirte perdón porque creí que ya no servía de nada. Solo quiero que sepas una cosa, Luke. Si me escuchas, que espero que así sea, necesito que sepas esto… —Suelta un suspiro tembloroso, largo y pausado—. No fue tu culpa. Nunca lo fue.

Muchas veces uno quiere escuchar un «estoy orgulloso de ti», pero para mí lo que él dijo fue más que eso.

Mierda…

Papá…

Papá… ¿Cómo fue que lo perdimos todo?

PRIMERA PARTE

Todos esos veranos….

No quería borrar su recuerdo. Solo terminar con ese dolor que parecía infinito.

Todas las noches me aferraba a los momentos que pasamos juntos. Cualquier cosa me recordaba a él, desde ver una película hasta observar las calles de la ciudad. Él estaba presente en todos lados.

Solía soñar con aquel día que vivimos juntos. El sueño se repetía en bucle y cada vez se sentía más vívido. El pasado se había convertido en uno de mis mejores amigos, sin darme cuenta de que eso empezaba a estancarme.

Él amaba los veranos.

Le gustaba surfear, sentir el sol en su piel, escuchar el golpe de las olas contra las rocas, hundir sus pies en la arena y el sabor a sal del mar.

Y yo detestaba todo eso.

Se había hecho una costumbre odiar todo lo que lo hacía feliz.

Pero, de pronto, esos veranos se desvanecieron y, por más calor que hiciera en la ciudad, yo no sentía nada más que frío por su ausencia.

Supongo que mi alma quedó helada.

Capítulo 1

 

 

 

Junio de 2011

 

Siempre me habían disgustado las fiestas de cumpleaños. No eran de mi agrado, pero hoy asistiría a una porque se trataba de la mía. Pensaba que eran una muy mala inversión: les das de comer a desconocidos y, aparte, festejas un año menos de vida. O al menos así lo veía yo.

—Mamá dice que bajes —me pide Pol mientras entra a mi habitación.

Pol Howland era mi hermano mayor, tenía veintiséis años. Él ya no vivía con nosotros; su trabajo lo había enviado a Brisbane, en donde conoció a Amanda, su actual novia, y con quien vivía en un apartamento de la ciudad. Mis padres apostaban que se casaría con ella. La querían y yo también. Amanda era una persona que se ganaba tu confianza fácilmente sin tener que hablarte mucho, tenía la habilidad de hacer que la gente se abriera emocionalmente con ella.

Me caía bien, de verdad.

Yo lo observé por unos segundos, así que él prosiguió:

—Mamá dice que ha preparado un buen pastel… de los que te gustan —sonrió.

—El cual muchas personas van a comer —le contesté.

—Pero es para ti.

—Y para otras diez.

—¿Puedes al menos fingir que estás feliz?

—Estoy feliz, solo que no me gusta que personas desconocidas estén aquí —le expliqué, mientras él pasaba su brazo por mis hombros en un intento por abrazarme.

Soltó una risa.

—Eres tan amargado —siseó—. Pareces un anciano en el cuerpo de un niño que está cumpliendo quince años.

—Entonces puedes hacerte una idea de lo que te prepara la vejez —ataqué, frunciendo el ceño.

Pol entrecerró los ojos por unos segundos para después soltar una risa, negando con la cabeza. Mis labios fruncidos se curvaron un poco, amenazando con querer sonreír por su gesto.

—Vamos, diviértete un rato, no todos los días eres un quinceañero, qué más quisiera yo tener tu edad y repetir este momento. —Me dio un codazo, alejándose hacia la puerta—. Los años pasan muy rápido, Luke.

—Lo sé —dije con rabia.

—Te esperamos afuera, ¿eh?

—Ya voy, ya voy —repetí.

Pol salió de nuevo y cerró la puerta. Yo me quedé durante unos segundos mirando el picaporte.

Sonreí con felicidad.

Amaba tanto la manera en la que mi familia se emocionaba por cada fiesta de cumpleaños. A pesar de que yo las odiaba, me hacía feliz verlos así. Finalmente me anudé los cordones de los zapatos y me encaminé al patio. En el camino, algunas personas me felicitaron, y yo solo asentía sin decir nada. El sol de la ciudad estaba en su punto más alto y los rayos me picaban la piel.

«Mala idea vestir de negro en un día como hoy».

Mi padre se giró para mirarme desde la parrilla, donde preparaba los cortes de carne para todos los invitados; llevaba una cerveza en mano y con la otra me hizo una seña para que me acercara.

—¿Por qué esa cara tan larga? —me preguntó, apenas estuve a su lado—. ¿No te ha gustado tu fiesta?

Pude haberle dicho que no, que me parecía ridículo todo lo que invirtieron y que las decoraciones no eran de mi agrado, pero no, no lo hice.

—Sí, me gusta —dije, mirando alrededor—. Solo que… —balbuceé, pensando en algo que pudiera agregar—. Solo que es mucho para festejar mi cumpleaños. Hubiera preferido unas pizzas y refrescos con mis amigos, ¿entiendes? ¿Jane, André…? ¿Bella? No sé. ¿Vosotros, tal vez?

Mi padre soltó una risa, negando. Percibí su aliento alcohólico.

—¡Pero si ha sido el más tranquilo que has tenido! ¡En tu décimo cumpleaños pediste una fiesta con temática de Venom! ¿Recuerdas?

Apreté mis labios, asintiendo, un poco avergonzado.

Okey. De acuerdo. Unos años atrás se había convertido en uno de mis personajes favoritos de cómic. En 2007 se estrenó esa película que me hizo explotar la cabeza. Había esperado mucho —demasiado— tiempo para que saliera. Recuerdo perfectamente que mis padres reservaron una sala del cine para que pudiera verla con ellos y mi mejor amigo. Ese día, André y yo comimos tantas golosinas y palomitas con extra de queso que nos hizo daño al estómago.

Fue un obsequio de parte de mis padres, pues ellos eran dueños de una cadena de cines en Australia que se llamaba Cine Village. Le habían puesto así porque ambos se criaron hasta cierto tiempo en un pueblo, en el cual decidieron poner su primera sala de cine cuando se enamoraron y tuvieron a Pol. Tan pronto lo pusieron, comenzaron a tener muy buen recibimiento, y eso les dio la oportunidad de ir creciendo más lejos dentro del país, llegando a convertirse en uno de los mejores cines de aquí. Así fue como nos ganamos el tan conocido apodo de los «Howland de Village», que, aunque a cierta parte de mi familia le encantaba, a otra le parecía una tortura.

—¡Estoy harta! —se quejó Jane, mi prima, acercándose a nosotros. Su cara mostraba cierta irritación y deseos de querer huir, igual que yo—. Los chicos de allá —siseó, apuntando con su dedo índice a una mesa— no dejan de decir tonterías.

Miré a mi padre y él a mí.

—¿Y de qué hablan tanto? —preguntó, riéndose.

Agarró el gancho y dio la vuelta a algunas carnes y salchichas; una llama de fuego se elevó, la cual ocasionó que nos alejáramos un poco de la parrilla.

—De cosas… hormonales.

—¿Hormonales? —Frunció el ceño—. Hormonales como…

—¡No! —dijimos en voz alta Jane y yo al mismo tiempo, interrumpiéndolo, anticipándonos a lo que diría.

Ella se giró hacia mí y soltó una carcajada. La conocía tan bien que sabía que le había hecho gracia el que los dos tuviéramos la misma reacción.

Jane era hija de la hermana de mi padre, quien falleció por cáncer de mama cuando ella tenía siete años. Fue una época triste para nuestra familia; a mi tía la habían diagnosticado tarde y, a pesar de las quimioterapias y los fármacos, no pudo lograrlo.

Para muchas personas, la muerte es un tema difícil de abordar, pero para Jane no era así. Para ella, hablar de su madre era como dar un recital bonito y nostálgico. Siempre recordaba los buenos momentos con su madre con una sonrisa.

La relación con su padre era buena: él estaba presente en la mayoría de las etapas de su vida, pero no era tan cercano a nosotros. De vez en cuando conversaba con mi padre, pero la realidad es que, tras la muerte de mi tía, se distanció mucho de la familia.

Jane era parte de nuestra familia y la queríamos. Y yo la consideraba mi hermana.

—¿No han llegado André y Bella? —preguntó mi padre.

—Dijeron que llegarían más tarde —respondí.

—Bella, Bella —canturreó Jane, mirándome con una sonrisa maliciosa—. ¿Entusiasmado?

—¿Entusiasmado? ¿Por qué? —dijo él.

—Creo que le gusta —murmuró con una sonrisa malvada.

—Que no… —La miré de mala gana.

—¿Es cierto eso, Luke?

—No, papá.

—¡Claro que sí! —interrumpió Jane, todavía burlona.

—¡Aj, basta!

—¡Luke!

—¡No! —grité irritado—. Iré con Zachary.

Mi hermano me lanzó una mirada amenazante cuando me vio acercarme a él, como si intentara tirarme dagas para que no lo hiciera, pero decidí ignorarlo. Me senté a su lado, asemejando a una estatua que no podía moverse, con los ojos perdidos en un punto fijo.

—¿Qué haces aquí? —habló entre dientes.

—Ya me cansé —respondí al tiempo que me giré para mirarlo con un gesto de suplicio.

Zach soltó una risa, negando con su cabeza.

—Es tu cumpleaños, Luuuke.

—No me gusta.

Él apretó los labios y me miró. Se puso de pie y se dirigió hacia sus amigos con una seña.

—Me perdonáis un segundo —pidió—. Tengo que hablar con el cumpleañero.

Ellos aceptaron y él se alejó, yo lo seguí. Entramos a la casa y Zach se dirigió al salón, en el que había regalos por todos lados; entonces suspiró y se giró hacia mí. En su rostro había una sonrisa ególatra, una que era muy característica de él.

—¿Qué pasa? —Elevó una ceja, cuestionándome con determinación.

Yo suspiré con cansancio.

—Es demasiado… Eso pasa —me quejé—. Sálvame, por favor, solo quiero terminar esta fiesta, ni siquiera sé qué hacen tus amigos aquí…

—Hey, cálmate —dijo entre risas.

—Esto es una tortura. Quería que fuera algo más privado… y ya te dije, Zach. Quería pizza, solo eso, no tantas personas que ni siquiera saben quién rayos cumple años.

—Primero, tranquilízate; segundo, habla lento; tercero, respira. Ahora sí, ¿qué hay de malo en esto? Están tus conocidos, tus amigos y familia.

—Pero…

—¿Acaso no lo querías?

—Vosotros lo queríais.

—Queríamos —corrigió.

—No. Buscaban un pretexto para festejar y mi cumpleaños fue la excusa perfecta.

Zach intentó ocultar una risa. Se sentó en uno de los sillones.

—Lo celebramos porque te queremos. No siempre tienes la dicha de celebrar un año más de vida con tus seres queridos, Luke.

—Ya, ya —suspiré, sentándome a su lado—, por eso mismo… ¿No crees que es mejor estar rodeado de la gente que quieres?

—A veces eres muy cursi, ¿lo sabes?

—Y tú muy estúpido, ¿lo sabes?

Él negó con gracia.

—Te volviste muy grosero.

—Y tú un idiota —respondí por impulso.

—¿Ah, sí? ¿Por qué?

—Estás coqueteando con dos chicas.

—¿Qué? ¡Claro que no!

—¡Ay, ajá! ¡Claro que sí! —insistí—. Incluso papá se dio cuenta.

Pensé que me diría algo más, pero no, su cara solo enrojeció.

—Degenerado…

Zachary era mi hermano mediano y uno de los más grandes imbéciles que conocía, pero no lo culpaba. Claro que no. Él era guapo, muy guapo, de verdad, y no lo decía porque fuese mi hermano. Alto, cabello rubio, ojos azules brillantes, esa piel bronceada que había logrado por el surf, el cuerpo de atleta que trabajó por mucho tiempo en el gym, y ese sentido del humor incorregible. Definitivamente, de los tres, él había heredado toda la belleza con la que Pol y yo no nacimos. Además tenía una forma de ser tan atractiva… Zach decía que no tenía la culpa de que muchas personas confundieran su amabilidad con ello, aunque sabíamos que eso era mentira.

A sus veinte años ya nos había presentado a seis novias oficiales y alguna que otra chica como su «amiga», que no era así, porque daba la casualidad de que ya después no la volvíamos a ver en ninguna otra reunión que hacía en casa. En pocas palabras, mi hermano era lo que llamaban «todo un donjuán».

Pol decía que algún día sentaría cabeza y llegaría la indicada, Zach solo se reía. Mi padre pensaba que, mientras estuviera libre de compromisos, él podía seguir siendo como era. Mi madre lo regañaba. Y yo prefería no opinar acerca de su vida íntima… O amorosa.

Sin embargo, como hermano tenía una luz que siempre compartía con nosotros, tanto con Pol como conmigo. Era el más alegre de los tres, aquel que siempre buscaba una razón para sonreír entre todo lo malo y trataba de quitarnos la tristeza o el enojo. Aquel que quería verte triunfar, ese que no envidiaba ni era celoso. Pero, ¡hey!, él tenía casi todo, si no es que todo.

—¿Qué tal si te prometo que para tu siguiente cumpleaños convencemos a nuestros padres para irnos de viaje? —preguntó después de un tiempo, cambiando por completo el tema anterior.

«Estás tonto si crees que me convencerás», pensé.

—Ya…

—Luke, lo digo de verdad. —Elevó su mano—. Prometo que el siguiente año nos iremos de viaje, solo tú y nuestra familia; si quieres invitar a André y Bella, por mí está bien. Incluso, podemos mencionarlo en el desayuno, yo te apoyaré.

Tonto, tonto, tonto.

—No lo sé. —Fingí pensar un poco.

—Escogerás el lugar, aunque no sea de mi agrado. Lo haremos a tu manera. Es justo. Tu cumpleaños, ¿no? —trató de convencerme.

—Y este también lo es, Zachary —le recordé y me puse de pie.

—Ay, ya sé, ya sé —dijo en un quejido—. No me hagas sentir mal.

—¿Lo hago?

—Lo haces.

—Qué bueno.

—Luke, ¿por qué eres tan cruel?

Zach fingió lamentarse por un instante y luego sonrió.

—Va, mejor esto —carraspeó, como si quisiera aclararse la garganta—. Yo, Zachary Howland Murphy, prometo apoyar tu decisión para tu siguiente cumpleaños sin importar absolutamente nada porque soy un buen hermano. Prometo dar hasta el último de mi aliento para que se cumplan tus dieciséis como solo tú quieras.

Él era tan idiota, no por la forma en la que me seguía tratando como si aún tuviera diez años, sino porque sabía la manera de convencerme.

—A veces me das asco —admití.

—Yo también me lo doy —sonrió—, pero ¿aceptas?

—No puedes echarte atrás.

—No lo haré, Pushi.

—Odio que me digas así.

—Y por eso seguiré llamándote así.

—¿Ya es un hecho?

—Es una sentencia…

—Te odio.

—Claro que no, Pushi. El siguiente año viajaremos al lugar al que quieras llevarnos. Me iré mentalizando.

—Eso espero.

Él se puso de pie y negó con su cabeza, riendo.

—Ahora vamos a disfrutar de esta fiesta que es tuya, y, para que lo hagas, recuerda que, la siguiente, quien va a sufrir seré yo.

Con mi silencio, entendió que no diría nada más. Me hizo un guiño y salió al patio para reencontrarse con sus amigos. Yo me mantuve en el mismo sitio, observando el exterior y recapitulando lo que acabábamos de hablar. Tenía la esperanza de que para mi próximo cumpleaños él no metiera la pata como otras veces.

Y es que pensaba tantas cosas sobre Zach, pero estaba seguro de una sola…

Siempre lo quise, incluso más de lo que me quise a mí mismo.

Capítulo 2

 

 

 

Junio de 2011

 

No puedo creer que se vayan a casar.

—Yo menos, cariño, pero Amanda me lo comentó ya pasada de copas —se rio—. Esperemos que pronto nos lo digan ambos, así que, de momento, tú no sabes nada.

Mi madre continuó anotando en la agenda. Por mi parte, puse la fecha en la esquina de mi libreta, pero me detuve al intentar resolver la primera ecuación de mi tarea. Volví mi mirada a ella y dejé el bolígrafo.

—¿Y qué piensas?

Ella se paró un momento.

—Pues… está bien.

—¿Segura? —insistí—. No te veo emocionada.

Le puso el tapón a la pluma y se quitó sus gafas para mirarme.

Eran pasadas las tres de la tarde. Ambos nos encontrábamos en la mesa del comedor, ella haciendo unas cuentas y yo intentando concentrarme en mi tarea. Mi padre estaba en el cine, Amanda y Pol habían ido a comprar unas cosas antes de regresar a Brisbane y Zach todavía no había llegado de la universidad. Así que estábamos los dos solos.

Me gustaba mucho pasar tiempo con ella. Era una de mis personas favoritas o, bueno, la que encabezaba aquella lista. A veces me contaba historias del pasado, esas que vivió con mis hermanos o sus padres, también su vida de adolescente y lo tan no rebelde que fue.

—Claro que estoy emocionada —dijo—. Siempre he querido ver a mi hijo mayor casarse con la persona que ama, solo me da nostalgia recordar que hace un tiempo fue mi bebé.

Ella siempre había sido así, tan mimosa con sus hijos, los «retoños» que eran el fruto de aquel amor que se tenía con mi padre.

Por eso, sé que mi madre fue quien más sufrió después de todo.

Le sonreí a medias.

—Mamá —la llamé. Su mirada no se apartó de la mía—. ¿Qué se siente al tener hijos y verlos irse de casa?

Su rostro cambió por completo, esas cejas castañas se fruncieron. Mi pregunta la había tomado desprevenida y quizá la confundió, pero tenía curiosidad de su respuesta, de hecho, mucha. Sus codos se asentaron sobre la mesa y entrelazó los dedos de sus manos. Entonces sonrió con ternura, como solía hacerlo todo el tiempo.

—¿Por qué preguntas, Luke?

—Porque no sé si es triste la respuesta.

Ella alargó un suspiro.

—No es triste. Tener hijos es una de las experiencias más bonitas que yo he vivido, pero mi respuesta es solo mía, no hablo por todos, ¿entiendes?

—Sí, lo sé, por eso quiero saber la tuya.

—¿Es para tus deberes? —dudó.

—No —admití.

Mi madre asintió y lo sopesó.

—Lo mejor que me ha pasado es criaros de la mano de vuestro padre, veros nacer, crecer, vivir y estar ahí en cada etapa de vuestras vidas. No mentiré… Me rompe un poco el corazón ver que Pol se aleja de nosotros, pero me hace feliz saber que, si un día me voy de esta vida, él estará al lado de alguien que ama.

—Entonces… ¿te duele, pero te hace feliz?

En mi mente no tenía lógica. No se podía ser feliz con base en el dolor. Para mí, eso era lo más tonto que aceptaría un ser humano.

—No, cariño —se rio.

La silla rechinó cuando se arrastró. Mi madre se puso de pie y se sentó a mi lado, sus manos cálidas y suaves tomaron las mías. El tacto de ella siempre había sido tan frágil y abrasador.

—El amor de madre es complicado de entender. No es dolor, es… nostalgia. ¿Sabes? Mi madre solía decir que nosotros, los padres, debemos ver partir a los hijos con quienes compartirán su vida; sin embargo, los hijos tienen que ver morir a sus padres.

—¿Y crees que es justo?

Pensó por unos segundos.

—No.

—¿Por qué?

—Porque me gustaría ver a mis nietos y bisnietos —dijo rápidamente—. Encontré el amor en la familia, cariño. Mis padres, mis hijos…

—Comprendo —la interrumpí—. Entonces ¿sí eres feliz?

—Claro que sí —respondió casi al instante.

—¿Segura?

—Sí, Luke —dijo entre risas—. A ver, esto es muy raro en ti, así que mejor respóndeme tú, ¿por qué andas tan preguntón?

—Es curiosidad, pensé que no te hacía feliz esa noticia, pero sé que Amanda será una buena esposa; ella quiere mucho a Pol y quizá pronto conozcas a tus nietos.

—Espero que así sea, nada me haría más feliz que eso.

Le sonreí, regresando mi mirada a la libreta.

—Yo creo que sí.

Capítulo 3

Junio de 2011

Me quedé sentado en el sillón más pequeño del salón, esperando a que Zach bajara de su habitación. Mi padre miraba las noticias mientras bebía una taza de café, y mi gesto fue de disgusto al ver cómo lo saboreaba.

Siempre odié el café. Su sabor y su olor no eran de mi agrado, no podía entender cómo a tantas personas les fascinaba, tanto que se había vuelto el compañero fiel en la mayoría de las tres comidas del día en la familia.

—¿Quieres un poco? —preguntó mi padre, señalándome la taza.

Yo fruncí la nariz, casi por instinto.

—Sabes que no me gusta.

—Lo sé —se rio—, pero no le quitas la mirada.

—Es porque se me hace extraño que sea al único de la familia que no le guste. Hasta Zach suele pedirlo cuando salimos a desayunar.

—Tal vez eres especial —dijo encogiéndose de hombros—. Ahora… ¿Van a estar mucho tiempo fuera de casa? ¿No sabes adónde irán?

Mi mente se quedó en blanco, sin saber qué responderle.

No, no sabía.

Zachary me había pedido que dijera que, supuestamente, lo acompañaría a una fiesta, pero no era así. Yo solo era ese comodín para que lo dejaran salir, aunque la realidad es que me llevaría a casa de André y así él podría disfrutar de la noche con sus amigos.

Al inicio, me pareció una terrible idea y, después, una peor.

Sin embargo, Zach me suplicó tanto que terminé aceptando.

—No recuerdo el nombre. —Fue lo primero que se me vino a la mente como una excusa—. Solo sé que es en la casa de alguien.

Mi padre no quedó satisfecho con la respuesta y me sostuvo la mirada como si quisiera recriminarme.

Yo quise arrepentirme.

—¿Es obligatorio llevar a Luke con mis amigos? —La voz de Zach sonó detrás de nosotros.

Bajaba de las escaleras mientras se intentaba acomodar el cuello de su camisa. Su cabello alborotado como siempre y ese perfume de olor intenso se percibía hasta mi sitio.

—Tú pusiste esa condición —dijo mi padre.

—Y ahora me arrepiento —se quejó.

Mi cabeza solo repetía una cosa:

«IDIOTAS».

Eso éramos.

No podía creer cuánto cinismo había en mi hermano y la manera tan enferma en la que fingía a la perfección sin mostrar rastro de culpa. Él estaba tan tranquilo y yo me quería hundir en el sillón.

—¿Tardaréis mucho? —insistió mi padre.

—No —respondió mi hermano—. Si la preocupación es que tu bebé llegue a salvo, así será.

Yo miré mal a Zach y él se rio.

—Los dos —corrigió.

—Estaremos bien.

—No vayas a beber si conduces al regresar. Puedes llamarme para que vaya a recogeros.

—Lo sééé —canturreó Zach—. Apenas vayamos a volver te avisaremos, ¿cierto, Luke?

—Sí, lo haremos —contesté.

—Está bien, cuida a tu hermano, Zach —sentenció mi padre, poniéndose de pie—. Tus amigos son un poco imprudentes… Igual que tú.

—¿Cómo puedes decir eso? —Mi hermano fingió sentirse ofendido y se tocó el pecho, con una mueca de dolor—. Soy la persona más prudente que puedes conocer, incluso, de tus tres hijos, soy el que más usa la cabeza antes de actuar.

—Como digas. —Él meneó la mano y me miró—. Me llamas al teléfono de la casa si sucede algo.

Decidí asentir con la cabeza y echarle una ojeada a Zach, que trataba de disimular su risa.

—Venga, nos vamos —dijo él.

—¿Nos despides de mamá? —me dirigí a mi padre.

—Claro, aunque no creo que despierte por ahora, debe de estar cansada porque toda la mañana estuvimos viendo lo del cine con Pol.

Me limité a asentir. Zach pasó por delante de mí, sus ojos miraron los míos con una clara advertencia que decía: «NO-DI-GAS-NA-DA».

Quise arrepentirme.

No lo hice.

Suspiré, muy hondo, para poder aguantar la mentira.

Pufff.

Todo fuera por mi hermano.

Alargué mi camino con Zach. Él fue el primero que subió al coche, papá se detuvo al pie de la entrada, mirándonos. Yo agité mi mano y él lo hizo también. Escuché de fondo a mi hermano quejarse y le mostré mi dedo corazón. Él se echó a reír.

En el camino, comenzó a hablar de cosas que yo fingí no entender para que me explicara, y de esa manera fuera él quien hablara en lugar de que yo lo hiciera.

Siempre funcionaba.

Zachary era muy parlanchín, casi imposible de callar; sin embargo, no me resultaba tan imposible escucharlo.

Después de un cuarto de hora, ya nos encontrábamos frente a la casa de André.

—Te aviso cuando venga por ti.

—De acuerdo —respondí, abriendo la puerta—. Si no contesto, llamas a André o a Bella; ellos seguro lo harán.

—Hecho.

—No bebas mucho, Zach —le supliqué.

—Hey, tranquilo —murmuró entre dientes—. No lo haré, prometo que si me siento mareado haré lo posible para ya no seguir bebiendo.

Quería creerle, pero una parte de mí no lo hacía.

Cerré la puerta sin decirle nada más y caminé hacia la entrada. Ni siquiera había llamado cuando escuché que aceleró para continuar su camino. Suspiré rendido y toqué el timbre.

Esperé a que André abriera, pero no fue él. En su lugar, Bella apareció detrás de la puerta. Al verme, una sonrisa iluminó su rostro y sus brazos se envolvieron alrededor de mí con tanta fuerza como si no nos hubiéramos visto en años.

—Luke —dijo en un suspiro.

Me congelé por un momento, aunque divisar a André detrás de ella con las cejas alzadas en modo de regaño, me impulsó a devolverle el abrazo.

—Estamos viendo películas de terror. Te ofrecería palomitas, pero quizá estés aburrido de ellas —soltó una risita.

—Descuida, aún no lo estoy.

—Pensé que no vendrías. —Él se acercó—. Luego recordé que Zachary sale siempre cuando quiere. ¿Quieres terminar de ver la película con nosotros o… hacer algo más?

—Os acompaño.

—Excelente, voy por algo de beber para ti y tal vez unas… ¿patatas fritas?

—Vale —indiqué.

Se dirigió hacia la cocina y fui detrás. Bella se tiró en el sillón, dejándonos solos.

André Evans era mi mejor amigo, lo conocí hace dos años en el campus de la secundaria cuando la pelota que había chutado chocó con mi hombro. Ese día yo quería golpearlo sin querer aceptar sus disculpas; sin embargo, hubo una chispa en su persona que me detuvo.

Él practicaba fútbol, tenía un cuerpo musculoso, el cabello negro y una piel morena. Por su porte y su forma tan expresiva de ser, lo imaginaba en una de las listas de los chicos más atractivos en su actual escuela.

Me ganaba por un año de edad, pero no en estatura: a mis quince tenía una altura que rebasaría en un tiempo a la de mis hermanos.

Había conocido a muchas personas, aunque ninguna me generaba la confianza suficiente como para crear un vínculo de amistad.

André fue la excepción.

Y, a su lado, vino Bella Adams, su mejor amiga. Castaña, ojos avellana, piel pálida que hacía resaltar las pecas de sus mejillas y nariz, un poco baja de estatura y delgada, tanto que llegaba a acomplejarse de su cuerpo.

Bella era guapa e inteligente. André decía que yo le gustaba, pero no lo creía porque siempre había sentido que me trataba como a los demás.

—¿Quieres una lata de refresco o agua mineral? —preguntó André.

—Hum, refresco.

—Puedes cogerla de la nevera.

—Gracias —le dije, abriéndola para sacar la lata.

—¿Sigue tu hermano en la ciudad?

—Sí, se va el siguiente fin de semana, solo pidió unos días de vacaciones en su trabajo. Mi madre le ha pedido que se quede un poco más, pero le resulta imposible, así que estaremos todos juntos los últimos días de esa semana.

—Puf, qué mal… —Arrugó la cara y rápidamente agregó—: ¡Quiero decir, por Pol!

Negué, riendo.

—Sé que la idea de pasar tiempo en familia no te agrada —indiqué—. No tienes que fingir conmigo.

André puso los ojos en blanco y suspiró.

No os lo toméis a mal, él amaba a sus padres; de hecho, era hijo único, pero ellos no solían convivir tanto tiempo juntos. Su padre estaba siempre viajando de un lado a otro y su madre trabajaba en el sector inmobiliario, así que la mayor parte del tiempo se encontraba fuera.

Se querían mucho los tres, aunque André se había acostumbrado tanto a estar solo que cuando estaban juntos se volvía extraño para él. Quizá era una de las razones por las que evitaba el contacto físico y las muestras de afecto.

—Pero que no me escuche Bella porque me dará una charla de por qué la familia es importante —murmuró, echando una ojeada a la puerta de la cocina.

Yo ahogué una risa.

—A veces eres injusto con ella —dije en el mismo tono.

—Injusto es que no le hagas caso.

—¡Que no le gusto! —siseé.

—Como digas…

Él pasó por mi lado y salió. Yo me quedé mirando el grifo del fregadero y sacudí mi cabeza para ir con ellos al salón.

—Por un segundo creí que veríais la película desde la cocina —se burló Bella—. ¿A qué hora vendrán a recogerte, Luke?

—Puede que a medianoche.

—¿Puede?

—Es Zachary, Bella —le recordé—. Tal vez ni se acuerde que estoy yo aquí.

Ellos rieron. Me dejé caer en el sillón en medio de los dos y abrí mi lata para sorber un poco.

—¿Crees que beberá mucho? —cuestionó André.

—Espero que no —deseé.

Y en serio quería que no bebiese tanto, porque estaba seguro de que mi padre estaría despierto hasta que llegáramos y le notaría el aliento a alcohol. Eso no solo lo metería en problemas a él, sino también a mí.

Pero Zachary siempre había sido un rebelde sin remedio.