Un grupo de estudiantes saltó a la calzada delante del autobús, que al frenar de golpe levantó de sus asientos a las chicas que iban a bordo. Las cabezas de Catalina y Manuela entrechocaron al volver a caer sentadas pero no dijeron nada, se quedaron mirando por la ventanilla: una bandera roja se mecía provocadora en la fachada de la Universidad Central. A sus pies, la calle parecía un avispero desquiciado, con gente corriendo en todas direcciones, dos grupos de jóvenes enfrentados a gritos junto a la entrada y, de pronto, una racha de viento que levantó del suelo una espiral de octavillas.
Dentro del autobús se había hecho el silencio.
El conductor miró hacia atrás para decir que se volvía a la Residencia en ese mismo momento, que se agarraran, que iba a salir marcha atrás.
—Nosotras nos bajamos —dijo una de las gemelas y ambas se pusieron de pie—. No pensamos ir a la huelga.
Catalina seguía con la vista fija en la ventanilla, mirando a una chica sin sombrero que gesticulaba rodeada de otros estudiantes debajo de la bandera y, sin pensárselo, también se puso en pie.
—Yo me bajo, Manu —cogió la carpeta y se la dejó en el regazo a su compañera—, ¿me la llevas a la Residencia?
Y salió por el pasillo detrás de las gemelas, haciendo oídos sordos a las que se pusieron a gritarles que no se bajaran, que estaban locas, y de un salto se vio en la acera. Ninguna compañera había salido detrás de ella cuando el autobús encendió el motor y empezó a avanzar marcha atrás entre bocinazos.
No había dado ni un paso y ya se estaba arrepintiendo. «En qué estaría pensando, santo Dios», se dijo sin saber qué hacer en medio de ese tumulto. Lo único que tenía claro era que no quería que la confundieran con esas esquirolas que iban a entrar en clase a pesar de la huelga. Se quedó rezagada de las compañeras que caminaban decididas hacia la entrada de la universidad. Se agachó a coger del suelo la página de un periódico.
Hojas Libres.
Miró alrededor temiendo que alguien la viera con una publicación clandestina en la mano.
España ve aproximarse el momento de su liberación.
Trató de seguir leyendo, pero un chico que pasó a toda prisa le dio un golpe en el hombro. Al doblar la página vio que en el pie venían los nombres de Miguel de Unamuno y Eduardo Ortega y Gasset. Se la guardó en el bolsillo.
En ese momento oyó unos gritos que se acercaban por la calle San Bernardo. Un tropel venía corriendo y tras él se oía un estruendo de cascos de caballos contra los adoquines. Catalina saltó al otro lado de la calle y se pegó contra la pared. Enfrente de ella, el piquete de estudiantes que bloqueaba la entrada de la universidad se revolvió contra los guardias civiles que llegaron agitando porras desde sus monturas. Se le heló la espalda contra el muro de piedra, miró a los dos lados buscando refugio y se echó a correr a la derecha para tratar de alcanzar la primera bocacalle. Entonces sonó un disparo y se quedó rígida; se agachó pegada a la pared haciéndose un ovillo con la cabeza entre los brazos. Justo encima de ella oyó el relincho de un caballo, tan cerca que al levantar la vista vio el pecho del animal encabritado sobre las patas traseras. El pánico le agarrotó los músculos. El caballo hizo un gesto extraño cuando un tirón de la rienda lo obligó a girarse hacia un lado y sus cascos rebotaron a un palmo de ella. El guardia civil lo espoleó y salieron al galope calle arriba, hacia donde unos estudiantes estaban prendiendo fuego a las maderas de una barricada.
Catalina se incorporó; un hormigueo de terror hacía que le temblaran las pantorrillas mientras veía porras que cruzaban el aire sin ton ni son entre los estudiantes. Bramidos contra Primo de Rivera se alzaban sobre el tumulto.
Al otro lado de la calle, un chico levantó los brazos y dio un salto tratando de esquivar un golpe. Él también la vio en ese momento. «¡No te muevas!», quiso decirle a José, pero soltó un grito al ver que ya estaba cruzando la calle, entre relinchos y blasfemias, para llegar a su lado. Ella dio un paso al frente, estiró un brazo y casi lo había agarrado cuando una sacudida en la espalda la lanzó contra el bordillo. Sintió un destello blanco que le iluminaba la cabeza por dentro y acto seguido, el silencio.
Lo siguiente de lo que fue consciente fue de la presión que tiraba de ella por debajo de los brazos y la arrastraba mientras oía un desorden de suelas restallando a su alrededor. José la estaba exhortando para que se levantara del suelo; trató de obedecerle pero no era capaz, no le respondía el cuerpo. Un dolor de cabeza agudo como un estilete le nublaba la visión del ojo izquierdo, que apenas podía abrir, mientras intentaba fijar la vista en su amigo, que la estaba agarrando por la cintura para ayudarla a incorporarse.
Cuando consiguió ponerse de pie, el pánico le dio las fuerzas que le faltaban para echar a correr calle arriba arrastrada por José, más lejos, un poco más, hasta que el estruendo se empezó a amortiguar en la distancia, y al doblar una bocacalle se pudieron parar a coger aire, él con la mano apoyada en la pared para recobrar el resuello. A Catalina se le doblaron las piernas y se fue escurriendo con la espalda contra el muro hasta que se quedó en cuclillas; se echó la mano a la frente donde le dolía —en algún momento había perdido el sombrero— y se asustó al notar la hinchazón y el tacto pegajoso en los dedos.
—No te alarmes —José había sacado un pañuelo y se lo empezó a pasar con mucho cuidado—, la brecha está en la ceja, tranquila, no te muevas.
Ella dejó que le hiciera, intentando descifrar hasta qué punto tenía que preocuparse por la sonrisa forzada que ponía su amigo, sus pupilas dilatadas al limpiarle la sien, las manchas de sangre que iban emborronando la tela blanca. Olía a pólvora y al humo de las hogueras.
Las facciones de José empezaron a desdibujarse y sintió miedo. Miedo a perderlo todo. Había sido tan difícil hacerse un sitio en este mundo, había recorrido tanta distancia para llegar hasta aquí... Le estallaba la cabeza. El tiempo había pasado en un suspiro. Ese tiempo era una vida entera. Dejó de esforzarse en fijar la vista, cerró los ojos y apoyó la nuca contra la pared. Notaba una presión en la frente mientras su amigo le limpiaba la herida.
Se le fue la cabeza.
Se vio a sí misma un año antes en el dormitorio de su casa leyendo aquel artículo, pero a la que veía leyendo ya no era ella.
Todas las mañanas, los sonidos de la casa se repetían en el mismo orden: unas pisadas seguras que recorrían el pasillo, se paraban en el vestíbulo el tiempo justo para coger el sombrero y el gabán, y el golpe seco al cerrarse desde fuera la puerta de la calle. A continuación el taconeo nervioso subiendo la escalera del torreón y el chirrido de las patas de la butaca que su madre cambiaba de posición hasta conseguir el punto de vista que le interesara ese día: girada hacia la colegiata, enfrentada a los soportales donde estaba la farmacia o en diagonal a la calle Mayor. Después de los exasperantes crujidos se hacía un silencio que podía durar dos, tres, cuatro horas, las que pasara doña Inmaculada con un ojo puesto en el ventanal y el otro en las puntadas que hacían una filigrana en la tela ajustada al bastidor.
Así empezaban todas las mañanas, también esta de domingo en la que don Ernesto había salido a primera hora y desayunaba en la terraza del café Central mientras ojeaba el diario —como acababa de ver Catalina al pasar junto a la ventana—, y no hacía falta subir al torreón para comprobar lo que estaba haciendo su madre, porque llevaba meses afanada en bordar el ajuar para una boda que, de momento, era ella la única que anhelaba. Porque ninguno de los candidatos que le presentaba a Catalina le llegaba ni al elástico de los calcetines del hombre que ella soñaba. Básicamente, porque todos los aspirantes que pasaban por esa casa, las tardes que doña Inmaculada recibía, eran hijos de La Villa, y Catalina aspiraba a un marido que la llevara lejos de ahí, tenía que ser un hombre interesante y mundano.
Las patas de la butaca de su madre en la planta de arriba volvieron a chirriar y Catalina se encogió de hombros. Dejó de prestar atención a los sonidos de la casa y cogió la revista que le habían traído la tarde anterior. Pasó las páginas y la dejó sobre el tocador abierta por el artículo que había empezado a leer en la cama.
Marzo, 1928. Las estudiantes de la Universidad de Madrid.
Continuó leyendo donde lo había dejado:
Indudablemente, la Residencia de Señoritas no ha sido la consecuencia sino la causa de que haya tantas muchachas en la universidad.
Se entretuvo mirando las fotos de ese artículo en las que se veía a unas chicas, poco mayores que ella, que parecían ajenas a la cámara del fotógrafo que las estaba retratando, más atentas a lo que se traían entre manos. En una imagen se veía a una muchacha con una bata blanca vertiendo líquido en una probeta. En otra, una joven levantaba su raqueta mirando hacia el fondo de la pista de tenis. En la última tres chicas sentadas al aire libre estaban concentradas en sus lecturas; una de ellas llevaba un brazalete con forma de serpiente que a Catalina le pareció muy audaz. El aspecto de todas esas muchachas era normal, no se podía decir que fueran especialmente bonitas o sofisticadas. Su atractivo, pensó, residía más bien en su actitud.
Continuó leyendo.
En esta magnífica institución, la señorita De Maeztu está incubando una generación de mujeres nuevas. De mujeres fuertes, animosas, trabajadoras, valientes.
Dejó la revista abierta a un lado y cogió el cepillo para desenredarse el pelo. Lo pasó por su melena una, dos, tres veces y siguió contando; tenía que llegar hasta cien si quería tener un cabello sano y brillante. Se quedó abstraída mirando en el espejo del tocador el reflejo de su imagen moviendo el cepillo arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo. Se detuvo cuando sonaron unos golpes y la puerta de su dormitorio se abrió.
—Cata, ¿no pensabas desayunar hoy? —Demetria entró con una bandeja en las manos y cerró la puerta con un golpe de cadera—. Que ya dieron las diez. Anda, no vayas a hacer que tu madre se enfade.
—¿Qué me traes? —Catalina dio un mordisco al bizcocho de limón recién horneado—. ¡Ay, Deme, qué bueno te ha salido! —dijo y se le entornaron los ojos al sentir esa sabrosa calidez que la colmaba cuando su ama estaba cerca.
Le dio otro bocado al bizcocho y pasó una página de la revista.
—Dame el cepillo. —Demetria se había colocado detrás de ella para peinarla.
Miró su reflejo en el espejo mientras le desenredaba un nudo del pelo, el blanco almidonado de su mandil, los carrillos redondos como melocotones, el moño cada día un poco más plateado.
Demetria se inclinó para ver las fotos de la revista que estaba abierta sobre el tocador.
—No sé por qué ahora a todas las muchachas les da por cortarse el pelo —dijo señalando con el cepillo las fotografías de las alumnas de esa Residencia.
—Deme, ¿tú crees que a mí me quedaría bien el pelo a lo garçon?
—Ay, niña, tú estarías guapa aunque te pusieras un cuerno, pero sería un pecado que te cortaras esta melena tan bonita que Dios te ha dado. —Le pasó la palma suavemente por la cabeza.
Catalina le dio un sorbo al café con leche y siguió leyendo en voz alta mientras Demetria le hacía las trenzas.
Las muchachas que estudian en Madrid, pero que no son madrileñas, tienen aquí un hogar. Un hogar cómodo, confortable, con buenos sillones y buenos libros. Un hogar que es un poco como la prolongación de la universidad, donde se completa la formación intelectual de las chicas.
Catalina cogió un frasco de agua de colonia de la que hacía su padre en la farmacia y se perfumó.
Demetria empezó a canturrear mientras dejaba bien apretados los mechones para que no se le deshicieran las trenzas. Abrió el primer cajón del tocador, sacó los lazos de terciopelo verde y remató las trenzas con dos lazadas. Después se acercó a la ventana y se quedó mirando la plaza con los brazos apoyados en el alféizar. Las campanas de la colegiata empezaron a repicar y todo el dormitorio vibró con su tañido.
—Anda, espabila. —Abrió el armario y le dejó el vestido nuevo de cuadros encima de la cama—. Empieza a vestirte, no vayas a llegar tarde —le dijo mientras salía con la bandeja del desayuno.
Antes de que sonaran las campanas por segunda vez, Catalina ya estaba vestida esperando a su madre en el pasillo. Mientras se colocaba el sombrero, vio la puerta de su dormitorio entornada y se acercó a mirar lo que hacía: la vio delante del espejo colocándose el collar de perlas, su único adorno, que destacaba sobre el vestido negro largo hasta los tobillos. Un vestido que era igual a todos los que llevaba desde hacía seis años, cuando se había puesto de luto por el niño.
Desde entonces, doña Inmaculada había perdido el interés en las modas; siempre estaba muy atareada con sus labores, con la urgencia de terminar de bordar un manto para la Virgen, calcetando jerséis para los huérfanos de la inclusa, haciendo colchas de ganchillo.
Colchas como esas de lana color granate que cubrían las camas.
—Anda, ya las has estrenado, quedan preciosas —comentó Catalina señalando las camas de sus padres. Dijo eso pero en realidad las colchas no le gustaban. Eran oscuras y pesadas, como todo lo demás en esa habitación. Como todo en esa casa que parecía una prolongación de la colegiata, con los rincones atestados de imágenes barrocas de arte sacro, cortinas espesas que dejaban los cuartos en penumbra y retratos de los antepasados, muchas generaciones de retratos de la familia materna colgados en las paredes del palacete.
—Hala, vete a buscar a tu padre, que yo bajo enseguida.
«Encantada de salir de esta habitación».
Catalina bajó ligera las escaleras, salió al jardín por la puerta de atrás y se llenó los pulmones de ese cielo sin una nube. Unas voces llegaban de entre los árboles y fue en su busca recorriendo el camino que bordeaba el muro de piedra. Tomás apoyaba un codo en el mango del rastrillo mientras se fumaba un pitillo escuchando atento a su padre.
Cuando su padre ocupaba un espacio, el entorno se quedaba levemente difuminado y su presencia brillaba. En ese momento, la luz de la mañana le iluminaba la piel, pero Catalina sabía que aunque se produjera un eclipse repentino, esa presencia seguiría brillando. Don Ernesto era amable y carismático y su hija le admiraba. Hoy llevaba un traje de tres piezas color azul noche, el sombrero levemente ladeado y esas arruguitas que le salían junto a los ojos cuando estaba de buen humor.
—Hija, acércate, mira cómo están los cerezos.
La floración se había adelantado; ahí estaban de repente las copas de los árboles repletas de flores blancas. Don Ernesto cogió un haz de flores y se lo mostró a su hija:
—Mira, este racimo se llama umbela, que viene del latín, umbra, sombra, porque parece un paraguas.
—Qué flores tan lindas, ¿verdad? Con sus cinco pétalos y sus cinco sépalos.
Cualquier momento era bueno para hacerle ver a su padre lo atenta que estaba siempre a lo que él le explicaba.
Durante toda su vida, lo que más ilusión le había hecho a Catalina era que su padre le dedicara tiempo solo a ella, cosa que ocurría muy de vez en cuando. De modo que, si algún domingo por la tarde don Ernesto le proponía ir de excursión, ella corría a coger su capazo y los dos salían juntos de La Villa. Si se dirigían hacia el soto de castaños, su padre le explicaba los tipos de setas que se daban en ese suelo. Si llegaban hasta el hayedo, don Ernesto se paraba en uno de los manantiales y le contaba la historia fascinante de esas plantas de un verde intenso que tapizan las rocas y se llaman hepáticas. Cuando el paseo era largo y llegaban hasta la cima de alguna montaña, era posible que vieran una manada de rebecos, o de cabras montesas, y Catalina regresaba feliz a su casa con el capazo lleno fresas silvestres o de arándanos o con algún ejemplar de boletus.
Catalina se estiró para coger unas flores del cerezo.
—Papá, ¿se pueden usar para hacer perfumes?
—Pueden usarse, claro que sí —estaba diciendo don Ernesto cuando la voz de doña Inmaculada atravesó los árboles hasta el fondo del jardín como una lanza afilada.
—¡A misa, que no llegamos!
Todavía no habían sonado las campanas por tercera vez y solo tenían que dar la vuelta a la esquina por la plaza para llegar a la colegiata, pero a doña Inmaculada le gustaba poder tomarse su tiempo saludando a los vecinos con los que se encontraban. Y para la gente de La Villa era un honor que los señores De León, tan sencillos pese a su alcurnia, se pararan a interesarse por su salud o la de sus familiares.
Catalina sabía que a su madre le gustaba dejarse ver porque ese era su único paseo semanal del brazo de su marido. Y como don Ernesto a veces se iba de viaje, había domingos que no disfrutaba de ese paseo.
Cuando llegaron al atrio de la iglesia, vaya por Dios, los padres de Catalina se pararon con el doctor Álvarez y a ella no le quedó más remedio que saludar a Manolín. Al hablar con el muchacho no podía evitar que los ojos se le fueran a sus mejillas, tan redondas y encarnadas que parecía que siempre estaba congestionado. Pobre, si él supiera lo indignada que se sintió cuando su madre le había dicho que hacían buena pareja, que Manolo era el mejor partido que podía encontrar. Se le frunció el ceño al imaginárselo como posible marido, tan anodino, tan pesado. El chico, evidentemente ajeno a sus pensamientos, le empezó a contar los detalles de un automóvil de importación que se acababa de comprar su padre, una maravilla técnica sorprendentemente veloz, y Catalina se cubrió la cara con la mano enguantada para que nadie viera cómo se le dilataban las aletas de la nariz cuando contenía un bostezo.
Por suerte, el tercer repique de campanas los animó a todos a entrar en la colegiata. Catalina entró deprisa para mojar sus dedos en el agua bendita de la pila, no fuera a ser que Manolín se adelantara y se la ofreciera de su mano, y avanzó entre los feligreses por el pasillo central hasta la primera fila, la que siempre ocupaba su familia durante el culto.
Después de pasar una hora larga en misa, la gente de La Villa salía de la iglesia de un humor excelente y las terrazas de los cafés de la plaza se llenaban en un visto y no visto de familias endomingadas.
Pero la familia De León no se comportaba como el resto de las familias. Y no era por culpa de don Ernesto, siempre dispuesto a invitar a una ronda a los amigos, como hizo ese domingo, que se fue directo a la terraza del café Central levantando el sombrero y devolviendo saludos a cada paso. Catalina pidió para sus adentros que su madre se olvidara de ella, que la dejara quedarse a tomar el aperitivo en la plaza, pero fue soltarse del ganchete de su marido y cogerla a ella del brazo.
—Hala, hija, vámonos a casa, que se me levanta dolor de cabeza con tanto alboroto.
—¿Ni un refresco, mamá?
Catalina giró la cabeza en busca de alguna cara amiga, alguna compañera del colegio, alguien que la salvara, pero nada, su madre caminaba a paso decidido con su crepitar de tafetanes sin soltarla. Presumía de no permitirse diversiones. Las aristas de su cara lo confirmaban.
Se dejó arrastrar sin protestar porque sabía que no serviría más que para recibir el segundo sermón de la mañana.
Cómo echaba de menos a Julieta, la única amiga a la que doña Inmaculada invitaba a su casa de buena gana. Con ella los domingos sí que habían sido días de fiesta. Algunas veces, la madre de Julieta, tan moderna, las había llevado al cinematógrafo, y después ellas buscaban en las revistas a esas actrices a las que querían parecerse y las imitaban. O escuchaban una canción en el fonógrafo hasta que se la sabían de memoria y la cantaban haciendo aspavientos. Un domingo radiante como ese se habrían turnado en el columpio del manzano para tocar las ramas con la punta del zapato, aunque fueran demasiado mayores para esos juegos. Puede que en esos momentos estuvieran subiendo al torreón para fantasear sobre sus vidas de adultas, que iban a ser muy sofisticadas.
Un día, hacía seis años, sor Mercedes había llegado a clase con una niña de la mano a mitad de curso. Les dijo que su nueva compañera se llamaba Julieta y que tenían que ser todas muy amables con ella, porque acababa de llegar de Madrid con su familia y no fueran a pensar que las señoritas de La Villa no sabían comportarse. La sentaron a un pupitre junto al suyo. Cuando salieron al recreo, lo primero que le preguntó Julieta fue por quién iba de luto, y Catalina se dio cuenta de que era la primera vez que podía hablar con alguien de lo de su hermanito, porque cuando volvió al colegio después del entierro, las niñas de su clase la miraron con cara de lástima y le dijeron palabras de condolencia, pero a continuación salieron al patio y se pusieron a jugar, a correr y a chillar, como si no hubiera pasado nada. Las odió profundamente, dejó de hablar con ellas.
Y en su casa todo eran silencios.
Pero con esta niña nueva no le importó hablar. Se sacó de debajo de la blusa la cadena con el camafeo que tenía dentro un retrato del niño y se lo enseñó. Qué pena, le dijo Julieta, parecía un ángel. Ella habría dado lo que fuera porque su hermano no hubiera tenido nada que ver con los ángeles, ni con el cielo, ni con la corte celestial donde le decían que ahora estaba el niño.
—¿Cuántos años tenía?
—Seis, pero era listísimo, ya sabía leer y escribir, le enseñé yo.
—Lo siento mucho. Yo nunca he tenido hermanos.
—Yo tengo una hermana mayor, pero esa no cuenta, ya tiene novio y no me hace ni caso.
Catalina había sacado la comba que llevaba en el bolsillo del mandilón y se había puesto a saltar. Julieta se quedó mirándola, dio un paso atrás para coger impulso y saltó dentro del círculo que hacía la cuerda para saltar frente a ella, con las caras muy cerca, mirándose a los ojos, y al cabo de un buen rato sin fallar, a las dos les dio la risa.
A pesar de todo lo que había pasado, Catalina seguía siendo una buena alumna, siempre la ponían en el cuadro de honor. Aunque ella en realidad sabía que en el fondo era vaga y no tenía intención de perder mucho tiempo estudiando. Se había dado cuenta de que si estaba muy atenta cuando explicaban una lección, se le quedaba sin apenas necesidad de releerla y eso le pareció muy rentable: en clase escuchaba con atención —de paso conseguía que las monjas dijeran que era una niña calladita y muy aplicada— y al salir del colegio tenía todo el tiempo para ella.
Cuando Julieta pidió permiso a sus padres para ir a estudiar a casa de Catalina al salir de clase, les pareció una buena influencia y no le pusieron ninguna pega. De manera que todas las tardes salían juntas del colegio y abrían los libros en la mesa camilla de la habitación de Catalina. Doña Inmaculada pasaba a verlas, mandaba a una doncella que les llevara la merienda y luego oían sus pisadas subiendo al torreón. Entonces se miraban de reojo y al instante una retaba a la otra a hacer alguna de las cosas que les prohibían, que eran muchas, como salir de puntillas hasta el jardín para trepar por las ramas del ciruelo, o subir al desván para rebuscar entre los trastos hasta que encontraban algún tesoro envuelto en polvo y telarañas, o se escondían en el baúl del cuarto de los armarios cuando la doncella de la casa de Julieta venía a buscarla.
Las dos eran ágiles y flexibles y tenían la misma habilidad para hacerse las santas delante de los adultos, a los que tenían bastante engañados. Bueno, en realidad podían engañar a todos menos a Demetria. Su ama era la que les sacudía el polvo de los uniformes del colegio y les volvía a hacer las lazadas de las trenzas antes de que las vieran los padres. Delante de las visitas aparecían las dos serenas y repeinadas, y doña Inmaculada presumía de su mano firme para educar hijas sumisas, piadosas y buenas cristianas.
El día que apareció Julieta en el colegio las sentaron juntas, y así seguirían, juntas siempre, como se habían jurado meses más tarde pinchándose con un alfiler en la punta del dedo para sellar su promesa con sangre. Por aquel entonces, cómo iban ellas a ponerse a pensar que el puente que había venido a construir el padre de Julieta, ingeniero jefe de la obra, estaría acabado algún día y la familia regresaría de vuelta a su hogar en Madrid, cosa que había ocurrido las Navidades pasadas, tras vivir seis años en La Villa.
¿Qué estaría haciendo Juli ese domingo? Quién sabía, pensó Catalina soñadora, en Madrid una podía hacer toda clase de cosas.
Los golpes del llamador de la puerta se intercalaron con las campanadas del reloj de pared del saloncito decorado en color salmón. A las cinco en punto de la tarde, Catalina estaba ojeando una revista junto a la ventana y le sorprendió que su madre se levantara a recibir a las visitas, porque siempre esperaba sentada a que la doncella las condujera hasta ella, pero no le dio mucha importancia y siguió enfrascada en la sección de moda de La Esfera. El «vestido para la noche de fino encaje negro con hombreras de coral, a juego con una diadema con haces de pluma de garza» la tenía trastornada. Entrecerró los ojos para imaginarse en dónde se podría poner ella semejante conjunto, que no fuera el casino de La Villa. Ese vestido se merecía la ópera.
La voz de su madre junto a su oreja le hizo dar un respingo.
—Cata, hija, ya han llegado Lorenzo y doña Paquita, saluda.
Catalina se puso de pie y levantó la mano ante Lorenzo con gesto lánguido, con un ademán a lo Louise Brooks al que le sobraban el uniforme del colegio y la trenza anudada con un lazo. Le gustó que el joven diera un golpe de cintura acercando los labios a la mano que le tendía, esos modales la hacían sentirse una dama.
Una doncella llegó con la bandeja de la merienda y los cuatro se sentaron a la mesa, Catalina frente a Lorenzo y doña Inmaculada de cara a doña Paquita, quien empezó a hablar de su hijo como el cura que quiere convencer a sus feligreses de que pueden alcanzar el paraíso.
—Como le digo, doña Inmaculada, Lorenzo me lleva sacando toda la carrera las mejores notas. Ya no le queda nada, en junio se licencia —comentó la señora mirando con el rabillo del ojo a Catalina, que parecía más atenta a los picatostes que a la conversación de las señoras—. Aunque ahora no es momento de hablar de estudios, ¿verdad, hijo? Ahora toca prepararse para la procesión, que Lorenzo va a salir llevando el paso.
—No sabe usted lo que aprecio yo a los hombres que están unidos a la Iglesia, doña Paquita —dijo la madre de Catalina mientras miraba al chico con una sonrisa de aprobación.
Catalina también se quedó mirándolo. A Lorenzo el traje le quedaba un poco holgado, parecía que el sastre hubiera previsto que le fuera a ensanchar la espalda. Como queriendo compensar su falta de envergadura, se había dejado un bigotillo que le daba un aspecto todavía más desvalido.
—Sale con la Virgen de las Angustias —le dijo doña Paquita a su anfitriona mirándola con una sonrisa cómplice. Todo el mundo sabía que el manto que llevaba la Virgen en esa procesión era el resultado de muchos meses de trabajo de doña Inmaculada, un bordado en hilo de oro sobre terciopelo que era su mayor orgullo.
Catalina había terminado la merienda y apoyaba la cara en una mano con mirada soñadora. Su leve sonrisa debió de estimular a Lorenzo, que había roto a hablar explicando los detalles del paso que tendría el honor de cargar, un grupo escultórico de talla barroca en madera policromada. Como la mirada de Catalina seguía enfocada en él, el muchacho continuó describiendo otros pormenores de la procesión y les aclaró el lugar exacto que ocuparía, el tercero por la izquierda, porque vestido de nazareno sería difícil de reconocer. Las señoras lo escuchaban con atención saltando con la vista de él a Catalina, que seguía ensimismada con su mirada de algodón dirigida hacia el chico, ahora recostada sobre el respaldo de la silla. Estaba tratando de decantarse entre el vestido de fino encaje negro con hombreras de coral o el de tul rosa con cuerpo rebordeado de perlas, una decisión difícil de tomar, aunque no tan complicada como conseguir que su padre se lo regalara en su próximo cumpleaños.
A las seis en punto, doña Inmaculada se puso de pie y les dijo a sus invitados que tenían que disculparla porque era la hora de rezar el rosario. Doña Paquita, saltándose las normas que todas las señoras de La Villa conocían, abrazó a la anfitriona antes de despedirse, a lo que ella respondió manteniendo el cuerpo rígido como el tronco de un nogal. Lorenzo se levantó de un salto para llegar junto a Catalina antes de que se levantara para poder retirarle la silla. Ella le obsequió con otra sonrisa y los acompañó hasta la puerta, donde una doncella ya esperaba con los abrigos en la mano.
—Hasta pronto, bonita —dijo doña Paquita mientras salía.
—Hasta pronto —repitió Lorenzo.
—Hasta otro día —respondió Catalina y regresó al salón del que acababa de salir su madre. Cogió la revista que había dejado junto a la ventana y recortó una de las fotos de las páginas de moda. Se había decidido por el vestido de fino encaje negro con hombreras de coral. Estaba deseando que llegara su padre para pedirle el regalo. Dejó la foto encima del piano y se sentó a tocar la Marcha turca de Mozart.
Antes de las ocho de la tarde, Catalina se sentó en el sillón que estaba junto a la ventana y se quedó mirando hacia el otro lado de la plaza, donde estaba la farmacia. Al cabo de unos minutos salieron su padre y los dos mancebos, que se quedaron charlando en la puerta mientras uno de ellos bajaba la persiana metálica. Al instante la escalera del torreón crujió y las pisadas de doña Inmaculada se acercaron por el pasillo. «Vete a lavarte las manos para la cena», le dijo, y a Catalina se le crisparon los nervios de oír por enésima vez la misma frase, como si su madre fuera incapaz de decir algo que no fuera una obviedad por una vez en su vida.
Se fue a su habitación y cogió la jofaina para llenar el lavabo, pero se quedó mirando el agua y no se lavó las manos. Se miró en el espejo y se giró imaginándose con el vestido que había elegido. Bailó por la habitación. Después salió para ir a cenar; desde el comedor le llegaba la charla animada de sus padres. Cuando estaba a punto de entrar oyó a su madre diciendo «que sí, que la niña está muy ilusionada», y se quedó escuchando detrás de la puerta.
—Pero ¿estás segura? —oyó que decía su padre.
—Tendrías que haber visto con qué cara lo miraba.
Por un instante Catalina pensó que el vestido ya era suyo.
—Pues si le gusta ese chico, adelante —continuó su padre—. No está nada mal, un farmacéutico que con el tiempo se podrá hacer cargo de la botica.
—No podría haberse fijado en un muchacho mejor.
A Catalina se le quedó la mano rígida agarrada a la manija de la puerta. Solo reaccionó cuando oyó la campanilla que su madre utilizaba para avisar al servicio de que estaban listos para cenar y entró en el comedor.
Durante esa Semana Santa Catalina se hallaba tan abatida que fingió estar enferma. Hasta se le quitaron las ganas de comer, y muy mal se debía de sentir para tener el estómago tan cerrado que no le entraban ni las natillas de Demetria. Su madre mostró preocupación porque se estaba perdiendo las procesiones y los Santos Oficios, una pena muy grande. Doña Inmaculada en esos días florecía, era como si la Pasión de Cristo a ella la llenara de vitalidad. Pero Catalina no tenía ganas de nada. Se metió en la cama y se pasaba las horas con un nudo en el estómago, sin probar bocado, pensando cómo salir del atolladero. Por nada del mundo quería disgustar a su padre, a quien veía muy animado cuchicheando con su madre como en los viejos tiempos. Estaba muy cariñoso con ella, la visitaba en su dormitorio y le llevaba revistas para que se entretuviera. Le ponía la mano en la frente por si tenía calentura y le preparaba reconstituyentes en la botica que la obligaba a tomarse dos veces al día para que se le abriera el apetito. A ella la calentura le subía cuando se imaginaba el futuro que le esperaba si se casaba con Lorenzo o con cualquier otro al que su madre considerara un buen partido. Lo más probable era que se quedaran a vivir en ese mismo caserón, cómo se iban a buscar otra casa con la de habitaciones vacías que había en el palacete, allí podrían criar hasta una docena de niños. Se imaginaba yendo a la colegiata con su madre hasta el día del Juicio. Su sueño de llevar una vida sofisticada, de fiestas y veraneos, empezaba a alejarse como la popa de un vapor que sale del puerto.
Catalina había puesto dos almohadas y varios cojines en su cama para que los barrotes de bronce no se le clavaran en la espalda y pasaba el tiempo con el escaso entretenimiento de ojear revistas o hablar un poco con Demetria cuando subía a traerle la comida que no se comía. Llevaba tantos días en la cama, totalmente apática, que ya no sabía cómo ponerse. Las páginas de moda, la sección del cinematógrafo y los artículos sobre los suntuosos edificios de la recién inaugurada Gran Vía de Madrid, sus temas favoritos, se los sabía de memoria.
Abrió con desgana una de las revistas y se animó al reconocer el título del artículo que ya había visto hacía unos días sobre la Residencia de Señoritas. Siguió leyendo donde lo había dejado.
La Residencia de Señoritas, con amplio jardín en la calle Fortuny…
Catalina se había incorporado y leía atentamente la entrevista que le hacían a la secretaria de la Residencia, la señorita Eulalia Lapresta:
—Ya hemos anotado antes que aumenta el número de alumnas.
—Ya lo creo. El primer año teníamos en el mes de octubre veinticuatro alumnas. Aquel curso se terminó con treinta y cinco… Una observación curiosa. El primer año de funcionamiento del grupo todas las alumnas se preparaban para la escuela superior del Magisterio…
—¿Y este año?
—Para la escuela superior, dos alumnas nada más. Las restantes para carreras universitarias, y con preferencia, para Farmacia.
La mirada de Catalina se quedó rebotando en las dos últimas palabras, «para Farmacia, para Farmacia». ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Ella también podía ir a la universidad a estudiar Farmacia, ¿por qué no? Fíjate cuántas chicas de provincias lo estaban haciendo, no era ninguna locura. Con lo bien que se le daba la botánica. Si hasta había hecho un cuadro con flores que había secado entre las páginas de los libros. Las había observado, sabía perfectamente cómo funcionaban. Y la de horas que se había pasado mirando a su padre hacer fórmulas magistrales en la botica. Eso era lo suyo, estaba claro. Ella también podía ser una estudiante. Ya se veía viviendo en Madrid, en ese chalé que se veía al fondo de la fotografía en la que unas chicas jugaban al tenis.
Universitaria y sofisticada, eso es lo que quería ser.
Saltó de la cama, tiró del llamador para que vinieran a prepararle el baño y eligió su vestido más austero para bajar a cenar con sus padres.
Catalina no quería ver a su madre esa mañana para evitar que la retuviera en casa, así que se quedó escuchando detrás de la puerta de su habitación y en cuanto oyó los crujidos en la escalera que subía al torreón, se puso el sombrero y el abrigo y salió disparada. Cruzó la plaza y justo antes de entrar en la farmacia giró la cabeza un segundo para mirar el torreón. Allí estaba, en el balcón más alto de la casa con la frente pegada al cristal, doña Inmaculada controlando la vida de La Villa desde su atalaya mientras bordaba. Y Catalina presintió que ese día alguna flor diminuta esperaría sin mucha esperanza las puntadas que completaran sus pétalos de hilo dorado.
Al entrar en la farmacia, Catalina se detuvo unos segundos para saludar a los mancebos y a las clientas a las que estaban atendiendo, después cruzó el mostrador y entró en la rebotica. En ese momento su padre estaba concentrado en una báscula, mirando cómo una montañita de polvo azul en un plato y las pesas de bronce en el otro subían y bajaban hasta quedar perfectamente equilibradas. Después de introducir los polvos con una espátula en un tarro de porcelana alzó la vista hacia su hija.
—Necesito tintura de almizcle, detrás de ti, en la primera balda.
Catalina se giró hacia la pared forrada de estantes llenos de tarros y pasó la vista por las etiquetas.
—¿Vas a hacer un perfume? —preguntó mientras le acercaba el botecito de cristal.
—Agua de colonia, no doy abasto.
—Ya me gustaría saber hacerla —dijo mientras se quitaba el abrigo y ojeaba la fórmula escrita en una libreta abierta sobre la mesa—. ¿Puedo ayudarte?
—Toda ayuda es bienvenida —respondió don Ernesto acercándole a la nariz un tarro—. ¿A qué te huele?
—A alcohol y un poco a rosa.
—Exacto. Aquí hay alcohol con agua de rosas, es la base, ahora tienes que ir añadiendo todas estas esencias. —Le mostró los tarros que tenía preparados—. Coge la báscula de precisión, tienes que poner mucha atención a las medidas.
Catalina se acercó la báscula, tan delicada como una caja de música con bailarines de latón. Abrió con la punta de los dedos el cajón que ocupaba la base y miró la colección de micropesas, algunas tan diminutas como obleas de papel de fumar. Repasó la fórmula de la libreta.
—Tienes mejor aspecto, pero sigue tomándote el reconstituyente durante unos días —le dijo su padre.
—Me encuentro mucho mejor —respondió mientras intentaba conseguir la medida exacta de esencia de bergamota.
—Me alegro, pero tienes que comer más, te has quedado muy delgada.
Don Ernesto se acercó a mirar la báscula y se ajustó los anteojos de montura dorada tan fina como las patas de una araña.
—¿Por dónde vamos?
—Ahora tengo que añadir esencia de limón. —Catalina cogió con unas pinzas una pesa diminuta. Cuando los platillos de la báscula se equilibraron alzó la vista hacia su padre—. Me pasaría la vida aquí contigo.
—¡Anda, las cosas que se le ocurren a esta muchacha! —Don Ernesto respondió divertido, palpándose los bolsillos del pantalón para ver dónde había guardado la pitillera—. Ya verás cuando te cases lo poco que te acuerdas de esta rebotica.
—Para eso falta mucho tiempo, papá.
Catalina buscó entre los tarros que estaban sobre la mesa el de esencia de espliego.
—Pues en un mes cumples dieciocho, la edad a la que se casó tu hermana.
—Yo no tengo tanta prisa como mi hermana. —Catalina repasaba con el dedo las líneas de la fórmula en la libreta—. cero con seis gramos de esencia de canela —leyó en voz alta.
—¿Y qué pasa con Lorenzo?
Don Ernesto se había encendido un cigarrillo y seguía con la vista los movimientos de las manos de su hija, tan suaves como precisos.
—Con Lorenzo no pasa nada, papá, no sé de dónde sacas esas ideas.
—Pues de tu madre, ¿de dónde las voy a sacar? —Don Ernesto se levantó para coger de la estantería un bote con corteza de naranja—. Te lo dejo aquí, que también lo vas a necesitar. —Volvió a sentarse.
Catalina echó la última medida de esencia de romero y añadió el almizcle. Se quedó mirando a su padre.
—Agítalo un poco, ahora hay que dejarlo macerar.
—Yo creo que se me va a dar muy bien el trabajo en la farmacia. —Catalina añadió al preparado una corteza de naranja.
—Todo se te da bien, te pareces a mí.
Don Ernesto sonreía mientras colocaba en orden decreciente unos morteros de bronce. Su instrumental resplandecía sobre la mesa de trabajo como las valiosas alhajas que se alinean en un joyero.
—De eso te quería hablar, papá.
—A ver con qué me vienes.
—Te lo digo a ti porque a mamá no le va a gustar.
—No sé en qué estás pensando, pero si a tu madre no le va a gustar no puede ser nada bueno.
Se giró para sacudir la ceniza en un cenicero de pie alejado de la mesa. Ahora la miraba con la espalda recta, sin tocar el respaldo de la silla.
—Cuando acabe el colegio, me gustaría ir a Madrid a estudiar Farmacia.
Don Ernesto se apoyó en el respaldo para observar a su hija. Su mirada se desvió hacia el líquido ámbar y se quedó ahí flotando durante unos segundos. Después volvió a mirarla.
—¿Cómo se te ha ocurrido semejante idea?
—A mí me parece una buena idea, así en el futuro no tendrás que dejar la farmacia en manos de un extraño.
—¿Sabes que a tu madre le puede dar un colapso solo de pensarlo? —Se levantó para apagar el cigarrillo sin dejar de mirarla.
—A ella la tendremos que convencer entre los dos.
—Espera un momento, que todavía no he dicho que sí —le dijo mientras se volvía a sentar—. Tú no sabes las cosas que pueden pasar en una capital como Madrid. ¿De dónde sacas ese atrevimiento?
—Papá, solo quiero ir a la universidad. Muchas chicas estudian Farmacia, yo creo que son los mejores estudios para una mujer.
Don Ernesto cogió una pipeta que había al alcance de su mano, colocó un extremo sobre la mesa y la hizo girar entre sus dedos hasta que pareció reparar en las huellas que estaba dejando en el tubo de cristal; sacó un pañuelo del bolsillo para limpiar la pipeta y la volvió a dejar en su sitio.
—Tú no tienes ninguna necesidad de trabajar. —Alzó de nuevo la vista para mirarla—. Encuentra a un buen chico que administre tu patrimonio y dedícate a criar a tus hijos. No necesitas más.
Don Ernesto ahora tenía entre sus manos la libreta y pasaba las hojas como si en alguna de esas fórmulas estuviera la solución del problema que le estaba planteando su hija.
—Piensa en lo bien que nos iría, por favor.
Catalina sabía que si ahora su padre cambiaba de tema no había nada que hacer. Pero don Ernesto cerró la libreta y la escrutó con la mirada, como si acabara de descubrir que su hija había crecido varios centímetros sin que él se hubiera percatado.
—¿Te has parado a pensar quién podría ocuparse de ti? Mira, si tuviéramos familia en Madrid te aseguro que no me parecería una idea tan descabellada, pero comprenderás que no te vamos a dejar ir a vivir a una pensión de estudiantes. Te lo digo por experiencia, una señorita como tú no pinta nada en ese ambiente.
—Precisamente de eso te quería hablar. En Madrid hay una Residencia de Señoritas para chicas que van a la universidad. —Catalina se acercó al perchero y sacó las hojas de la revista que llevaba en el bolsillo del abrigo—. La dirige María de Maeztu, papá, en casa he visto libros de su hermano Ramiro, tú sabes bien quiénes son.
—Pues claro que sé quién es Ramiro de Maeztu, un gran hombre. No sabía que tuviera una hermana.
—Por favor, lee esto. —Catalina extendió en la mesa frente a su padre las hojas de la revista.
Don Ernesto empezó a leer mientras su hija colocaba en la estantería los tarros de las esencias, milimétricamente alineados con las etiquetas a la vista. Todas las paredes de la rebotica estaban forradas de muebles de madera, con cajones cuadrados en la parte inferior y estantes en los que descansaban en orden los albarelos de cerámica y botes de cristal. Repasó las palabras escritas en los lomos: árnica, hoja de belladona, extracto de opio, tartrato potásico, cicuta-veneno… Se dio la vuelta para mirar a su padre mientras leía, rodeado de balanzas, morteros y probetas, con una bata blanca que le sentaba tan bien como el traje inglés que llevaba debajo. Dio una vuelta por la rebotica y al pasar por detrás de su padre se paró a mirarle la coronilla, ese círculo casi perfecto sin pelo que recordaba desde que era pequeña; sintió ganas de darle un beso justo en el centro, pero siguió rodeando la mesa hasta que volvió a quedar frente a él. Se estiró las mangas de la blusa, enrolló un dedo en el hilo que sobresalía y dio un tirón para cortarlo. Después cogió una banqueta de madera y se sentó frente a su padre, con los codos sobre la mesa y el mentón apoyado en las palmas, dándose toquecitos con los dedos en las mejillas mientras esperaba. Se quedó observando las manos de su padre, el anillo con el león del escudo de la familia brillando en el anular, mientras iba pasando las hojas de la revista.
Cuando por fin terminó de leer el artículo, don Ernesto dobló las hojas y se las guardó en un bolsillo del pantalón. Se levantó y acercó la nariz al bote con agua de colonia antes de enroscarle la tapa. Catalina estaba erguida en la banqueta siguiéndolo con la mirada. Don Ernesto metió las manos en los bolsillos de la bata.
—Creo que no va a ser fácil convencer a tu madre —dijo por fin.
Cuando salió de la farmacia, Catalina alzó la vista hacia el torreón y vio que su madre seguía junto a la ventana. Se la imaginó ansiosa por conocer el motivo de su salida tan de mañana, pero en lugar de volver a casa entró en uno de los comercios de los soportales. Después cruzó la plaza hacia la colegiata y mientras sentía aquella mirada que se le clavaba en la espalda, pensaba en lo mucho que le interesaban las fórmulas magistrales y casi se había olvidado de su intención de alejarse de La Villa por el peligro de acabar con algún Lorencito elegido por su madre. A la puerta de la iglesia se detuvo un momento para darle una moneda a un mendigo. Atravesó el pórtico y se dirigió a la capilla de santa Rita. Desenvolvió el cirio que acababa de comprar en el comercio de los soportales y lo acercó a otro que ardía para encender la llama. Se arrodilló en un reclinatorio ante la imagen y empezó a rezar.
«Santa Rita, patrona de los imposibles, intercede por mí, te lo ruego. Si conseguimos convencer a mi madre, me ofrezco a ir en procesión descalza hasta la ermita. Y para que así sea, voy a rezar diez padrenuestros y diez avemarías. Amén».
Burgos, 2 de mayo de 1928
Querida hermanita: acabo de recibir una carta de mamá y estoy que no doy crédito a lo que me cuenta. ¿De verdad te quieres ir a vivir a Madrid tú sola? Ya me ha dicho que papá está de acuerdo porque dice que tienes mucha vocación y que, con el tiempo, te harás cargo de la farmacia. Perdona que te lo pregunte, pero esa vocación ¿desde cuándo la tienes? Porque yo nunca te oí hablar de nada parecido, más bien pensaba que querías encontrar al hombre adecuado cuanto antes para casarte.
No sé si te das cuenta, pero mamá lo está pasando muy mal con ese capricho tuyo de dejarla sola sin necesidad. Vigílala, porque me ha dicho que ni ganas de comer tiene con el disgusto que le has dado, que solo imaginarse que andarás todo el día entre hombres, una niña tan inocente como tú, le pone los nervios de punta, pobre, con lo delicada que ha sido siempre. ¿Tú de estas cosas te das cuenta? Porque si lo ves, no entiendo cómo puedes ser tan egoísta.
Ay, Cata, todavía eres muy joven y tienes la cabeza llena de fantasías. Los negocios son cosa de hombres, ¿qué ganas tienes de meterte en esos líos? Con lo tranquila que podrías estar, que seguro que todos los chicos de La Villa están deseando que les hagas caso y tú puedes elegir al que quieras, con lo guapa que eres. Piénsatelo. Cata, todo esto te lo tengo que decir porque mamá me ha pedido que te hable seriamente y te cuente las cosas como las veo. Y ya sabes lo que pienso, que nada puede darle más satisfacción a una mujer que criar a sus hijos. ¿Sabes que Juanín ya habla de corrido? Está que te lo comes. Y Mateo empezó a andar y se pasa el día detrás de su hermano. No pueden ser más distintos, a Mateo se le está poniendo el pelo rubio y ondulado, como el de mi suegra. Que por cierto está con nosotros desde la Pascua; que no digo que me moleste, porque los niños la adoran y es muy cariñosa con ellos, pero cuando está no salimos porque ella no es de salir, y Juan no quiere dejarla sola en casa, así que llevo dos meses sin ir a un teatro ni a ningún sitio. En fin.
Este verano, cuando vayamos, tendremos tiempo de hablar largo y tendido. Me gustaría mucho poder ir para tu cumpleaños, pero Juan no puede plantearse un viaje en esta época del año. En agosto sí que iremos, si Dios quiere.
Os echo mucho de menos.
Ya te lo he dicho, que me encantaría estar contigo el día de tu dieciocho cumpleaños, te haría un peinado bonito y me lo pasaría en grande observando cómo todos se quedan embobados viendo lo guapa que estás y lo mayor que te has hecho. Pero ya te digo que va a ser muy difícil, aunque la niñera se podría quedar perfectamente con los nenes, pero a Juan no le gusta que no la supervise, podría pasarles algo en mi ausencia y no me lo perdonaría en la vida. Por eso no puedo ir.
Abraza de mi parte a los padres y tú recibe todo el amor de tu hermana que mucho te quiere,
ISABEL
P.D.: Dile a Demetria que le di a mi cocinera su receta del asado y no le ha salido ni por asomo como a ella.
Dejó la cartera del colegio en una silla y corrió a abrir la alacena para coger chocolate antes de que apareciera Demetria por la cocina. Se metió una onza en la boca y se sentó a saborearla mirando al jardín. Se merecía ese premio —aunque luego la riñera su madre por dejar que le salieran granos— por la nota que había sacado en el examen de Ciencias. Apretó el chocolate con la lengua contra el paladar para que se fuera derritiendo. Cuando viera ese diez escrito en rojo, su madre iba a quedarse sin argumentos para mantener que la universidad no era sitio para ella, pensó Catalina, y se levantó a robar otro trocito de chocolate aprovechando que nadie andaba cerca.
Era raro que la cocina estuviera tan tranquila a esas horas. Se asomó a las escaleras esperando encontrarse a Demetria o a la doncella bajando en ese momento, pero todo seguía en silencio. Ni un bizcocho en el horno, ni el agua al fuego, ni la bandeja preparada para la merienda de su madre y las amigas. Tragó el chocolate que le quedaba en la boca, cogió la cartera de los libros y subió a ver qué pasaba. Por el pasillo no andaba nadie; asomó la cabeza al saloncito, que también estaba vacío, lo mismo que el comedor. Recorrió el pasillo hasta el fondo y vio la puerta del dormitorio de sus padres entornada.
—Mamá, ¿qué te pasa? —Catalina se acercó a la cama donde su madre yacía con los ojos cubiertos por un paño blanco.
Demetria estaba escurriendo otro en una palangana con agua y le hizo un gesto para que no hablara. Cambió el paño por el otro fresco y dijo en un susurro:
—Señora, cuando llegue Carmina de la botica le traigo el remedio, ahora descanse. —La arropó con la manta y le hizo un gesto a Catalina para que saliera de la habitación con ella.
Recorrieron el pasillo de puntillas y bajaron a la cocina.
—Hija, que tu madre se ha puesto malísima —dijo Demetria todavía en voz baja, como si a esa distancia las pudiera oír—. No sé qué ha pasado, pero en cuanto tu padre salió para la farmacia después de comer, le empezaron a dar las palpitaciones.
—Pero, Deme, ¿tú te sigues creyendo sus numeritos? Si cada día monta un drama. —Catalina se sirvió un vaso de agua y se sentó a la mesa—. ¿Qué hay de merienda?
—Ay, niña, qué poca compasión tienes por tu pobre madre. —Demetria sacó un queso de la fresquera—. Pues que sepas que me asusté tanto que tuve que mandar a buscar a tu padre, imagínate, para que viniera a verla, y lo noté muy preocupado; marchó corriendo a la botica a hacerle un remedio.
—¿Solo hay queso para merendar? —Catalina se levantó a abrir la alacena y echó una ojeada—. ¿No quedan madalenas?
La puerta que daba al jardín se abrió en ese momento y entró Carmina con un paquete que le entregó a Demetria.
—Que dice el señor que le des una píldora ahora y que le pongas una cataplasma en la frente y que se quede descansando hasta que él llegue —dijo la chica a toda prisa.
—Cata, en cuanto termines de merendar, subes a hacerle compañía a tu madre. —Demetria abrió el paquete y salió de la cocina con el bote de las píldoras en una mano y la cataplasma en la otra.
Ella se quedó sentada a la mesa comiendo tranquilamente el pan con queso mientras oía a Carmina trajinando en la despensa. «En cuanto den las seis, ya verás cómo me llama para que vaya a rezar el rosario con ella», pensó, y se quedó mirando a un pájaro que saltaba de rama en rama del manzano. «Estaba claro que después de recibir la carta de la Residencia se iba a hacer la mártir», abrió la fresquera y sacó la jarra de leche, «a ver quién se traga sus numeritos si cada día monta uno».
Estaba terminando de merendar cuando oyó unas voces graves que llegaban del vestíbulo y subió a toda prisa a ver quién era. Su padre acababa de entrar con el doctor Álvarez y los dos iban hacia el fondo del pasillo. En cuanto entraron en el dormitorio salió Demetria y cerró la puerta tras ella.
—Ay, qué malita está que habéis tenido que llamar al médico —dijo Catalina en tono guasón.
—Me dan ganas de darte un azote, niña, por tomarte todo a broma. Como le pase algo a tu madre te vas a arrepentir.
—Deme, por Dios, como si no la conocieras. Está montando un drama porque me voy a Madrid, pero sabes de sobra que no le pasa nada.
Demetria le dio la espalda y la dejó con la palabra en la boca.
Ella empezó a preocuparse.
«Ay, Dios santo, a ver si va a ser verdad que se ha puesto enferma justo ahora. ¿Le habrá dado tiempo a mi padre a escribir la carta? Como no haya salido ya, es capaz de no mandarla de momento. Y como tarde en mandarla, igual luego ya no quedan plazas en la Residencia». Una sombra le oscureció el ánimo. Se fue al saloncito y se sentó a esperar.
Pasaron varios minutos hasta que volvió a oír las voces de los dos hombres que iban hacia el vestíbulo y cuando su padre se despidió del médico, se acercó a preguntarle qué pasaba. Don Ernesto le pasó un brazo por el hombro y entraron en el salón. Había preocupación en su voz.
—Cata, a tu madre ahora no se le pueden dar disgustos.
—No le voy a dar ningún disgusto, papá.
—Es mejor que no menciones el tema de Madrid de momento.
Catalina se puso muy nerviosa.
—No se lo menciono. —Se palpó la ropa y sacó el examen de Ciencias que llevaba doblado en un bolsillo—. He sacado un diez en el examen, papá, ¿me lo firmas?
Su padre ojeó el papel y lo dejó encima de la mesita.
—A tu madre le ha dado una arritmia, Cata, no la podemos preocupar.
Ella apretaba los puños dentro de los bolsillos de la chaqueta.
—Claro, papá, la voy a cuidar mucho; ¿qué puedo hacer para que mejore?
—Quédate con ella en la habitación sin hacer ruido por si necesita algo.
Catalina se fue hacia la puerta, pero no se decidía a salir. Dio media vuelta y se sentó en el reposabrazos del sillón de su padre.
—Me preocupa una cosa.
—No te alarmes, hija, vamos a esperar a ver cómo reacciona con el tratamiento.
—No, que si le escribiste a la señorita De Maeztu confirmando que me matriculo.
Don Ernesto se levantó del asiento airado.
—Pero ¿sigues pensando en tus cosas cuando tu madre está tan enferma? —La miraba como si no la entendiera—. ¿Qué clase de hija eres?
Catalina se levantó avergonzada mirando al suelo y salió al pasillo. Notaba el calor que le subía a las mejillas y las llenaba de vergüenza. Y de rabia. Qué torpe era, lo había estropeado todo, había enfadado a su padre. Arrastró los pies por el pasillo hacia el dormitorio. «Por el amor de Dios, Catalina, sé una buena hija», se dijo, pero no podía alejar la carta de sus pensamientos. Abrió con cuidado la puerta y se sentó en un sillón junto a la cabecera de la cama. Doña Inmaculada descansaba con una cataplasma sobre la frente.
—Mamá —se acercó a ella para hablarle en un susurro—, me quedo aquí contigo por si necesitas algo.
—Cierra esa cortina, anda, que me molesta la luz —le pidió.
El reloj del saloncito dio las seis y doña Inmaculada no pidió el rosario.
—Quítame esta cataplasma, que no me hace nada.
Se la quitó, humedeció un paño en la palangana y se lo pasó por la frente.
—Tengo la boca seca.
La incorporó apoyada en un almohadón y le acercó el vaso de agua.
—Qué jaqueca, Dios mío, no hagas ruido.
Catalina se apoyó en el respaldo del sillón y cerró fuerte los ojos. Se sentía culpable por haber pensado que la enfermedad era una farsa y, sin embargo, no podía sentir lástima. Porque en su cabeza no cabía más palabra que Madrid y su madre, ahí sin moverse, le estaba ganando la batalla.
Doña Inmaculada seguía inmóvil, de vez en cuando dejaba escapar un quejido y ella se incorporaba a mirarla, pero no le decía nada.
Y así pasó Catalina lo que quedaba del día, en penumbra, calladita, pegada a la cabecera de la cama de su madre. Preocupadísima.