PREFACIO

Las manos de Sophie temblaron al recoger la pequeña botella verde.

Un trago marcaba la frontera entre la vida y la muerte —no solo la suya—.

La de Prentice.

La de Alden.

Su vista enfocó el líquido claro y viscoso mientras le quitaba el tapón de cristal y apretaba la boca de la botella contra sus labios. El siguiente paso era dejar caer el veneno por su garganta.

¿Sería capaz?

¿Estaría dispuesta a sacrificarlo todo para que las cosas comenzasen a ir bien?

¿Podría vivir con la culpa, si no era capaz?

La decisión estaba en sus manos esta vez.

No más notas.

No más pistas.

La habían llevado hasta aquel extremo, donde todas las expectativas se acumulaban en torno a ella.

Ya no era la marioneta del Cisne Negro.

Estaba rota.

Lo único que le quedaba era la esperanza.

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CAPÍTULO UNO

—Me parece increíble que estemos siguiendo los pasos de un yeti —musitó Sophie al contemplar la enorme huella sobre el barro. Cada dedo del pie medía lo mismo que su brazo, y la silueta formaba un charco profundo y fangoso.

Dex se echó a reír con sus dos perfectos hoyuelos esculpidos en las mejillas mientras se ponía de puntillas para examinar la marca en la corteza de un árbol cercano.

—¿En serio los humanos se creen que un gigante hombre-simio anda por ahí suelto con ganas de zampárselos?

Sophie se dio la vuelta y ocultó su rostro ruborizado detrás de su melena rubia.

—Suena a chiste, ¿verdad?

Había pasado casi un año desde el descubrimiento de su nueva realidad como elfa y su traslado a las Ciudades Perdidas, pero a veces se despistaba y hablaba como los humanos. Sabía que el abominable hombre de las nieves era una criatura verde y peluda con enormes ojos saltones y nariz en forma de pico. Había tratado con yetis en los pastos de Havenfield, la finca familiar y reserva de animales que era ahora su nuevo hogar. Pero una vida entera de costumbres humanas no se olvidaba tan fácilmente. Sobre todo si tienes la virtud de la memoria fotográfica.

Sophie pegó un salto al oír el estallido de un trueno.

—No me gusta este sitio —murmuró Dex, mientras sus ojos violetas escudriñaban la hilera de árboles y se aproximaba a Sophie. La humedad del aire aplastaba su túnica celeste contra sus bracitos delgaduchos, y sus pantalones grises estaban cubiertos de barro—. Hay que encontrar a esa criatura y salir de aquí.

Sophie asintió. La espesura del bosque se había vuelto demasiado densa y salvaje. Parecía un lugar olvidado en el tiempo.

Se oyó un crujido entre los helechos y un brazo gris y musculoso agarró a Sophie por detrás. Sus pies quedaron suspendidos en el aire y un apestoso sudor de duende salpicó su rostro. En un único movimiento, su escolta de torso desnudo había empujado a Dex detrás de él, había desenvainado su espada curva y apuntaba hacia el rubio y esbelto elfo de túnica verde oliva que se tambaleaba entre los matorrales.

—Tranquilo, Sandor —anunció Grady, separando su pecho de la punta brillante de su espada negra—. Soy yo.

—Lo siento. —La vocecilla aguda de Sandor recordaba a la de una ardilla. Bajó una ceja lentamente mientras retiraba su espada—. No he reconocido su olor.

—Eso es porque llevo veinte minutos arrastrándome por la cueva de un yeti. —Grady se olfateó la manga y empezó a toser—. Ufff. Edaline no va a estar muy contenta cuando vuelva a casa.

Dex se rio a carcajadas, pero Sophie estaba demasiado ocupada tratando de liberarse de la mano de Sandor, que agarraba con fuerza su brazo.

—¡Bájame ya! —Nada más aterrizar en el suelo, se alejó resoplando y sin dejar de mirar a Sandor mientras se frotaba el apretón del brazo.

—¿Tenemos alguna pista sobre el yeti?

—La cueva lleva un tiempo vacía. Y supongo que no habéis tenido mucha suerte con su localización, ¿verdad?

Dex señaló la marca que había observado en el árbol.

—Parece que trepó por el árbol y se agarró a las ramas para huir. No sabemos hacia dónde.

Sandor olisqueó el aire con su nariz ancha y plana.

—Debo llevar a casa a la señorita Foster. Lleva demasiado tiempo fuera.

—¡Estoy bien! Estamos en medio de un bosque y nadie más lo sabe, aparte del Consejo. No hacía falta ni que vinieses.

—Yo voy adonde usted vaya —dijo Sandor con voz firme, envainando su espada y rebuscando en los bolsillos de sus pantalones negros militares para comprobar sus otras armas—. Me tomo muy en serio mi trabajo.

—Ya lo creo —gruñó Sophie. Era consciente de que Sandor solo quería protegerla, pero odiaba tenerlo siempre encima. Era un recordatorio viviente de dos metros y pico de que los secuestradores continuaban muy cerca (por mucho que ella y Dex hubiesen conseguido escapar), esperando el momento adecuado para hacer su próximo movimiento…

Además, era humillante sufrir la persecución de un duende ultraparanoico todo el rato. Pensaba que se lo podría quitar de encima cuando comenzaran otra vez las clases. Pero quedaban menos de dos semanas de vacaciones y, entre eso y que todas las pistas que tenía el Consejo estaban en punto muerto, parecía que aquella mole medio alienígena no la iba a dejar tranquila ni en Luminiscencia.

Había intentado convencer a Alden de que el duende podía seguir sus movimientos a través del medallón de registro, con el cristal ajustado en su cuello, pero él le había recordado que los secuestradores ya se lo habían arrancado la última vez. Y, por mucho que este medallón estuviese atado a la gargantilla con cordones de lana extrafuertes —junto con otras medidas de seguridad—, el duende se había negado en rotundo a poner la vida de Sophie a merced de un objeto inanimado.

Sophie reprimió un suspiro.

—Necesitamos tener a Sophie con nosotros —le dijo Grady a Sandor mientras le daba un achuchón rápido para animarla—. ¿Has captado algo? —le preguntó a Sophie.

—Nada cerca. Pero puedo ampliar el rango. —Se alejó unos pasos y cerró los ojos, llevándose las manos a las sienes.

Sophie era la única telépata que podía seguir la trayectoria de los pensamientos y ubicarlos en su lugar exacto; la única que podía leer la mente de los animales. Si podía seguir el recorrido de los pensamientos del yeti, entonces podría llegar hasta el lugar donde se escondía. Lo único que tenía que hacer era escuchar.

Su concentración se extendió como un velo invisible cubriendo el paisaje, y los chirridos y gorjeos del bosque disminuyeron hasta convertirse en un sereno rumor mientras las voces iban entrando en su mente. Los melodiosos pensamientos de los pájaros en los árboles. Los tímidos pensamientos de los roedores entre la hierba. Más allá, en el prado, se oían las voces tranquilas de una cierva y su cervatillo. Y, aún más lejos, entre la maleza, se oían las ideas sibilinas de un enorme puma, al acecho de su presa.

Concentró su atención en las cumbres nevadas de las montañas. El trecho era más largo de lo que la mayoría de los telépatas podía abarcar, pero ella había llegado aún más lejos cuando tuvo que pedir ayuda, drogada, rogando que vinieran a rescatarla de sus captores. Le sorprendió que su cuerpo comenzase a temblar por el esfuerzo.

—Así está bien, Sophie —la reconfortó Grady, masajeándole el hombro—. Lo encontraremos de otra manera.

No.

Grady la había conducido a aquel lugar para poder realizar el rescate, a pesar de las preocupaciones de Sandor por su seguridad. Ya había intentado capturar a la bestia tres o cuatro veces antes, y siempre había regresado a casa con las manos vacías. Tenía que ayudar a Grady.

Se tiró de una pestaña medio suelta —su tic nervioso— y elevó la concentración de su mente para llegar lo más lejos posible. Destellos de luces comenzaron a desfilar por delante de su vista, y con cada destello notaba un aguijón de dolor en el pecho que la dejaba sin respiración. Captó el primer susurro de un pensamiento. El dolor había valido la pena. Una imagen borrosa de un río rodeado de rocas recubiertas de musgo y una corriente de agua espumosa. Eran más suaves que los pensamientos del yeti que había experimentado cuando practicaba en Havenfield, pero definitivamente era un pensamiento demasiado complejo para pertenecer a cualquiera de los animales normales del bosque.

—Por allí —indicó Sophie, señalando hacia el norte justo antes de abrirse paso entre los árboles. Se alegraba de llevar puestas las botas ligeras en lugar de los zapatos planos elegantes que la obligaban a vestir, incluso con su sencilla túnica color canela y sus pantalones marrones.

Dex pegó un brinco y apretó el paso para alcanzar a Sophie mientras su melena encrespada rubia rojizo se movía arriba y abajo.

—Sigo sin entender cómo puedes hacerlo.

—Porque no eres telépata. Yo tampoco entiendo cómo hacéis las cosas los tecnópatas.

—Chisss. ¡Te van a oír!

Dex le había hecho prometer que no le contaría a nadie su recién descubierto talento. Dama Alina —la directora de Luminiscencia— no le permitiría beneficiarse de la adquisición de habilidades si hubiese sabido que ya se le había manifestado, y Dex continuaba manteniendo la esperanza de activar un «mejor» talento, aunque fuese rarísimo poseer más de una habilidad.

—No digas tonterías —lo reprendió Sophie—. La tecnopatía es guay.

—Para ti es fácil decirlo. No es justo que seas telépata y dueña del dolor.

Sophie se encogió al oír aquella última palabra.

Si dependiese de ella, se habría deshecho de esa habilidad para siempre. Pero los talentos no se podían reprimir una vez manifestados. Lo tenía comprobado. Demasiadas veces.

Los músculos de sus piernas le quemaban mientras ascendía la cuesta y el aire frío se adhería a sus pulmones causándole pinchazos. Pero le sentaba bien correr. Desde el secuestro, nadie le quitaba ojo y todo el mundo intentaba salvaguardarla del peligro. En realidad, lo único que significaba todo aquello era que ella seguía estando prisionera mientras sus captores estaban libres.

La noción de aquella realidad imprimió aún más fuerza sobre sus piernas, como si al aumentar la presión sobre su propio cuerpo pudiese llegar a un lugar lejano y hacer desaparecer sus problemas por fin. O, al menos, mantenerse lo bastante lejos de Sandor…, aunque aquel duende era tremendamente ágil para su tamaño. Y no había podido deshacerse de él, por mucho que lo hubiese intentado durante las últimas semanas.

El camino se iba estrechando a medida que se internaban en las montañas y, después de unos cuantos minutos de subida, se curvó hacia el oeste, terminando en un riachuelo. Pequeñas nubes de niebla se cernían sobre las rocas, dándole al agua una apariencia fantasmagórica mientras ascendía serpenteando hasta el relieve de las cordilleras.

Sophie hizo una pausa para coger aire, y Dex dobló el torso y estiró las piernas. Grady y Sandor los alcanzaron cuando Sophie estaba recalculando la ubicación del yeti.

—No puede alejarse de mí —le advirtió Sandor.

Sophie lo ignoró y señaló hacia los picos nevados.

—Es allí.

Los pensamientos llegaban ahora más fuertes, llenando su mente de una escena dramática y real. El tacto sedoso de cada una de las hojas de los helechos era increíblemente real, y casi podía sentir la humedad fresca del aire rozando su piel y la brisa cosquilleando sus mejillas. Pero lo más extraño de todo fue la calma que envolvía su conciencia. Jamás había experimentado un pensamiento con semejante pureza; especialmente tratándose de una criatura tan lejana.

—No nos vamos a separar más —ordenó Grady mientras escalaban la montaña siguiendo el recorrido del arroyo—. No conozco esta parte del bosque.

A Sophie no le extrañaba. Había tal espesura de árboles y helechos que estaba segura de que ni un alma —humana o élfica— había puesto sus pies sobre aquellas tierras durante siglos.

El suelo cubierto de musgo verde y blando amortiguaba sus pasos, pero era también resbaladizo. A la tercera vez que Sophie resbaló, Dex la agarró del brazo y ya no la soltó. La calidez de su mano penetró a través del tejido de su camisa y sintió la necesidad de poner distancia. Pero él la mantenía sujeta para que no se cayera, lo que le permitía concentrar sus fuerzas en focalizar el contenido de los pensamientos del yeti.

Todo apuntaba a que la criatura estaba comiendo, porque un sentimiento de satisfacción se instaló en el estómago de Sophie, como si se acabase de zampar un malvabizco.

Se lanzó hacia delante —temerosa de que pudiese moverse, una vez saciado—, cuando sus pies tropezaron con una rama de follaje.

¡Craaaaaaaaaaaaac!

Se le erizaron todos los pelos del cuerpo y, por mucho que supiese que la emoción no era suya, fue incapaz de controlar la sensación de pánico. No tenía ni idea de qué significaba aquello, pero tampoco tuvo tiempo de pensarlo. Entre todas las imágenes que destelleaban en su mente, distinguió que el yeti había echado a correr.

Se separó del brazo de Dex y se precipitó hacia delante.

La bestia corría tan rápido que sus pensamientos se empezaron a emborronar. Sophie procuraba concentrarse en canalizar la energía desde el centro hacia sus piernas, pero, pese al esfuerzo extraordinario, seguía sintiendo la ventaja del yeti. Iban a perderle la pista, a no ser que encontrara una manera de correr aún más rápido.

Un empuje cerebral.

No se había emocionado cuando supo que podía desarrollar aquella rara capacidad telepática. Pero, mientras trasladaba la energía que zumbaba en el fondo de su mente hacia sus piernas y notaba que sus músculos se disparaban con un tremendo estallido de poder, se sintió de pronto agradecida con su propio cerebro, por su manera extrañísima de funcionar; aunque eso empeorara su dolor de cabeza. Sus pies apenas tocaban el suelo mientras corría a enormes zancadas por la superficie fangosa, dejando a Dex, Sandor y Grady muy por detrás.

Los pensamientos del yeti volvieron a oírse nítidos.

Volvió a notar su presencia.

Sin embargo, la energía extra no duró tanto como había previsto y, a medida que la fuerza iba abandonando su cuerpo, sus piernas se vieron incapaces de seguir adelante.

No temas, le transmitió, introduciendo desesperadamente las palabras dentro de la mente de la criatura. No voy a hacerte daño.

El yeti se paralizó.

Sus pensamientos eran un revoltijo de emociones difíciles de distinguir. Sophie aprovechó el momento de quietud para encender la última brizna de energía y se abrió paso por el estrecho espacio que le permitía el espeso follaje. Podía sentir al yeti en el otro lado del bosque.

Lo más sensato era esperar a los demás, pero ¿cómo saber si la criatura esperaría también? Sentía a la bestia en calma en aquellos momentos. Curioso.

Hizo tres respiraciones profundas que enardecieron su valentía. Y empezó a caminar con paso sigiloso a través del claro del bosque.

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CAPÍTULO DOS

El resuello de Sophie rebotó con un eco entre la comunión de árboles, seguido de un pestañeo para asegurarse de que lo que estaba viendo era real.

A escasos pasos de ella se erguía un caballo pálido y reluciente con alas desplegadas. No era un pegaso. Sabía, por los libros que había consultado en Havenfield, que los pegasos eran más pequeños y corpulentos, con motas azules y crin color azul de medianoche. El caballo tenía una melena ondulada en tono plata que se enroscaba por su cuello y ascendía hasta un cuerno, que terminaba en una espiral blanca y plateada y se proyectaba desde su frente como la de un unicornio. Pero los unicornios que había visto no tenían alas.

—¿Qué eres? —le preguntó Sophie con un susurro sin dejar de mirar dentro de sus profundos ojos marrones. Siempre había pensado que los ojos marrones eran vulgares y corrientes (sobre todo los suyos), pero aquellos tenían esquirlas doradas, y le devolvían una mirada tan penetrante que no podía apartar la vista de ellos.

El caballo bufó.

—No te preocupes. No voy a hacerte daño. —Le transmitió imágenes de ella misma cuidando animales.

El corcel estampó sus cascos y relinchó, pero se mantuvo en su sitio, mirando a Sophie con cautela.

Sophie se concentró en los pensamientos del animal, y comenzó a rebuscar entre estos para encontrar algo que le hiciese confiar en ella. La complejidad de aquella mente era fascinante. Enseguida pudo sentir rápidas observaciones y ágiles cálculos, como cuando leía la mente de un elfo. Y las emociones eran muy intensas. Ahora ya sabía cómo se sentían los émpatas, y se alegraba de no ser uno de ellos. Era complicado saber qué sentimientos eran los suyos.

—¡Te he pillado! —exclamó Dex, irrumpiendo en medio del prado. Su boca se desencajó mientras el caballo relinchaba y levantaba el vuelo.

—No pasa nada —respondió Sophie—. Él es mi amigo.

Amigo.

Nada más transmitirle la palabra, el caballo se quedó quieto y comenzó a rondar entre ellos. Docenas de imágenes atravesaban la mente de Sophie. Entonces, una emoción nueva la sobresaltó. Los ojos le quemaban y el corazón le dolía y tardó un segundo en traducir el sentimiento.

—¿Estás solo? —le susurró.

—No es un yeti —refunfuñó Dex.

—Salta a la vista —le contestó ella—. ¿Pero sabes qué es?

—Es un alicornio —musitó Grady por detrás de ella, desencadenando un nuevo estremecimiento en su cuerpo al hallarse delante de un caballo volador.

Otro amigo, le transmitió Sophie, mientras la criatura alzaba aún más el vuelo y penetraba entre las nubes.

Grady era más que un amigo. Era su padre adoptivo. Pero, por algún extraño motivo, le costaba llamarlo así —por mucho que la adopción fuese ya definitiva—.

No te preocupes, le transmitió al alicornio. No te vamos a hacer daño.

El alicornio relinchó, concentrando su mente en Sandor, y en el arma que llevaba asida en su costado.

—Sandor, lo estás asustando. Márchate ya.

Sandor no movió ni un centímetro de su cuerpo.

—Por favor —le dijo Grady—. No podemos perder a esta criatura. Sabes lo importante que es para nuestro mundo.

Sandor lanzó un suspiro y salió dando tumbos del claro del bosque, protestando por lo difícil que era hacer su trabajo.

—¿Tan importante es este caballo? —preguntó Sophie, entornando los ojos hacia el cielo.

—Desde luego que sí. —La voz de Dex era tan molesta como engreída—. Solo se ha avistado uno en todo el transcurso de la historia. El Consejo lleva siglos esperando ver otro.

—Milenios —le corrigió Grady—. Llevábamos muchísimo tiempo trabajando en nuestro planeta para descubrir sus secretos, hasta el día en que, por casualidad, apareció un alicornio delante de nuestros ojos. Fue fascinante. Nos dimos cuenta de que esta tierra aún nos tiene algunos tesoros reservados. Y desde entonces hemos deseado ver otro. No lo podemos dejar escapar. ¿Puedes decirle que baje del cielo, Sophie?

Sintió la presión de la pregunta sobre sus hombros, al tiempo que se esforzaba por intentarlo.

Tranquila, le transmitió a la aterrorizada criatura, añadiendo imágenes de ella misma protegiendo a otros animales para procurar reforzar la palabra. Entonces, envió la imagen de la alicornia tranquilamente a su lado en el claro del bosque. Baja.

Al no obtener respuesta de la alicornia, Sophie añadió una imagen de ella acariciando la crin refulgente de la bestia alada.

Una oleada de soledad la volvió a invadir; esta vez con más fuerza de lo habitual. El sentimiento doloroso de siempre. Entonces, la alicornia dio un giro y voló de regreso, aterrizando a unos cuantos pasos de ella.

—Increíble —resolló Grady.

—Buena chica —le susurró Sophie.

—¿Chica? —interrumpió Dex.

Sophie asintió, sin entender del todo por qué tenía aquella certeza. Era como si la mismísima alicornia se lo hubiese dicho.

—¡El alicornio del Santuario es macho! —exclamó Grady, arrancándola de sus cavilaciones—. ¡Este es un hallazgo pionero en la historia, Sophie!

Sophie sonrió, imaginándose la reacción del Consejero Bronte cuando se enterara de lo sucedido. Despreciaba sus orígenes humanos y su conexión con el Cisne Negro —un grupo clandestino de insurgentes que parecían estar detrás de cada misterio del pasado de Sophie— y no desaprovechaba ninguna ocasión de demostrar que ella no pertenecía a aquel mundo.

—Mmm…, no es por arruinaros la fiesta —volvió a interrumpir Dex—, pero ¿cómo vamos a acompañarla hasta casa?

La sonrisa de Grady se desvaneció.

—Es una buena pregunta. El arnés del yeti no le ajustará lo suficiente, y, por mucha prisa que me diera en ir a casa y volver, no podemos estar seguros de que la alicornia quiera quedarse aquí.

—A lo mejor ni siquiera lo necesitamos. —Sophie miró fijamente a los ojos abiertos de la alicornia y le transmitió amiga de nuevo. Entonces, le acercó la mano y dio un paso al frente.

—Cuidado —le advirtió Grady al oír el bufido de la alicornia.

—Tranquila, pequeña —susurró Sophie, sin separar su mirada de ella mientras daba otro paso al frente.

Tranquila.

Le transmitió una avalancha de imágenes de ella misma acariciando diferentes animales, intentando comunicar lo que estaba a punto de hacer.

La alicornia iba procesando cada escena, centrada en la conexión con Sophie. Lanzó un resoplido suave que Sophie interpretó como un «acércate». Contuvo la respiración y recortó el último tramo de distancia entre ellas.

Sus dedos acariciaron el suave y delicado pelo del puente del hocico de la alicornia. Resopló, pero se mantuvo quieta y sin retroceder.

—Buena chica —la reconfortó Sophie, moviendo sus dedos hacia el cuerno. Jugueteó con los flecos de su crin plateada, sorprendida por la frialdad de su tacto, gélido como hebras de escarcha.

La alicornia suspiró suavemente. Entonces se frotó contra la espalda de Sophie, que no pudo evitar una risilla al sentir el cosquilleo del hocico húmedo contra su cuello.

—Le caes bien —susurró Grady.

—¿De verdad, mi pequeña? ¿Te caigo bien?

Un escalofrío atravesó la espalda de Sophie al notar el cosquilleo de una información sobre su conciencia. Cuanto más giraba dentro de su cabeza, más nítida se veía su forma, hasta que sus trazos se articularon en forma de palabra.

Amiga.

—¿Qué pasa ahora? —quiso saber Grady cuando Sophie se alejó un paso, sacudiendo la cabeza.

—Lo siento. Es que no estoy acostumbrada a una mente tan potente como la suya. —Acarició las mejillas resplandecientes del caballo, haciendo un esfuerzo por comprender lo que acababa de pasar.

¿La alicornia había aprendido una palabra de ella? ¿Eso podía ocurrir?

—¿Crees que me dejará tocarla? —preguntó Grady, dando un paso cauteloso al frente.

La alicornia retrocedió y aleteó.

Grady se alejó varios pasos.

—Esto va a ser complicado.

Para poder hacer un salto de luz con la alicornia, era imprescindible que alguien pudiera establecer contacto físico con ella y así formar el puente de conexión.

—Yo puedo hacerla saltar —se ofreció Sophie.

—Ni se te ocurra —exclamó Grady, provocando un relincho de la alicornia que le obligó a bajar el tono para añadir en un susurro—: Es muy peligroso.

—No me pasará nada —insistió Sophie. La excitación había eliminado su dolor de cabeza y su agotamiento después del empuje cerebral.

—Mmm, ¿te acuerdas de lo que pasó la última vez? —le insinuó Dex.

Sophie lo miró sorprendida al comprobar que se estaba poniendo del lado de Grady.

—Eh, no me mires así. Estuviste a punto de desintegrarte.

Su voz se entrecortó al pronunciar la última palabra, y Sophie no pudo evitar preguntarse hasta dónde había visto Dex. Pensaba que él había permanecido inconsciente cuando dio el casi fatal salto para escapar de los secuestradores. Pero todo parecía indicar que Dex había visto la luz doblegando su cuerpo, o al menos eso era lo que le había confesado Elwin. Ni ella ni Dex habían vuelto a hablar de lo que les había pasado. Lo único que Sophie recordaba era la calidez y los colores zigzagueantes y un tirón tan fuerte e irresistible que lo habría seguido allá donde fuese… Y estuvo a punto de hacerlo.

Jamás olvidaría el esfuerzo que le costó recomponerse. Y, como consecuencia, cada vez que saltaba se mareaba. El mareo le duraba apenas unos segundos, y Elwin exploraba su estado físico cada vez que le sucedía, pero en ninguna de las revisiones había encontrado nada raro. Además, aquello había sucedido antes de que aprendiera a usar su concentración fortalecida; antes de que ni siquiera supiese que su concentración había mejorado. Sin mencionar que los secuestradores le habían arrebatado su nexo.

Palpó el brillante brazalete negro de su muñeca, deslizando el dedo sobre la resplandeciente piedra verde azulada central, a la que rodeaba una espiral de diamantes. El nexo irradiaba un campo de fuerza alrededor de ella, bloqueando todas las partículas de su cuerpo para evitar que se soltara ninguna durante el salto. Eso significaba que podía usar su concentración para proteger a la alicornia y saltar las dos a casa de forma segura.

En su cabeza, tenía todo el sentido; pero no podía evitar sentir temor ante la idea de volver a hacer un salto arriesgado.

—Es la única opción que tenemos —afirmó Sophie, para convencer a Grady y a Dex y en parte también a ella misma—. A no ser que haya algo que se me escape.

Al no haber más sugerencias, Sophie respiró profundamente e imaginó su concentración cubriendo el cuerpo resplandeciente del caballo como un precinto protector. El dolor de cabeza regresó y tuvo que canalizar los últimos coletazos de su energía central para cubrir el cuerpo de una criatura tan grande, pero reunió la fuerza suficiente para sentir un agarre firme.

Podía conseguirlo.

Antes de que pudiese cambiar de idea, posó una mano en la mejilla de la alicornia y sostuvo con la otra el medallón que colgaba de una larga cadena en su cuello. Levantó el cristal, y la luz irradió en la única cara de la piedra, refractándose hacia el suelo.

—Sophie, ten cuid… —intentó decir Grady, pero fue demasiado tarde.

Saltó dentro de la luz, dejando que la calidez recorriera su piel con el cosquilleo de un millar de plumas mientras un zumbido precedía al acelerón que arrebató los cuerpos de Sophie y la alicornia, conduciéndolas a otro lugar.

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CAPÍTULO TRES

Los frondosos pastos de Havenfield tomaron forma mientras el cuerpo de Sophie aparecía en medio del extenso camino delimitado por flores que atravesaba los jardines principales. Sus piernas aún se mantenían firmes, pero el mareo que sentía era casi insoportable y los trazos de luz del arcoíris nublaban su visión, como si viese el mundo a través de un caleidoscopio. Se tambaleó con el primer paso, deseando tener algo a lo que agarrarse, mientras la alicornia gritaba de terror y salía corriendo en dirección a la puesta de sol.

Sophie avanzó a trompicones detrás de ella, pero solo consiguió dar un par de pasos antes de que unas fuertes manos la agarraran por los hombros y la hicieran darse la vuelta.

—¿En qué estabas pensando? —Los brazos de Grady temblaban al sostenerla con fuerza, pero Sophie estaba más preocupada por el tenue manchurrón gris que asomaba detrás de él. Por encima del torbellino de colores seguía sintiendo la mirada furiosa de Sandor.

—Estoy bien, en serio —aseguró, tragando aire con la esperanza de que sus palabras fuesen ciertas.

El caballo alado relinchó y un estremecimiento de pánico la obligó a recuperar la concentración.

—Tengo que calmarla antes de que salga volando.

Grady la agarró con más fuerza, negó con la cabeza y la liberó.

—Continuaremos con esta conversación más tarde.

Sophie tenía clarísimo que lo harían, pero no disponía de tiempo de preocuparse por eso. Su mente estaba comenzando a despejarse… justo a tiempo. Verdi, su huésped tiranosaurio rex —que seguía sin acostumbrarse a la dieta vegetariana—, comenzó a gruñir, como si tuviera ganas de comerse un caballito brillante de tentempié.

La alicornia desvió la trayectoria de su carrera, apartándose del dinosaurio de plumas verde neón y se dirigió hacia la Arboleda, un vergel frondoso con troncos retorcidos. Un grupo de gnomos morenos y rechonchos salían de las puertas abovedadas talladas en los troncos y examinaban con sus enormes ojos grises a la alicornia que daba vueltas por encima de sus cabezas.

—¡Ayuda! ¡Necesito algo para atraerla! —les gritó al pasar corriendo delante de ellos, aunque algunos ya se habían precipitado hacia la hilera de silos dorados que enmarcaban los acantilados más lejanos. Los gnomos no eran sirvientes; vivían con los elfos por elección propia y eran unos maestros en el cuidado de plantas y animales. Por suerte, conocían algunas golosinas a las que ninguna alicornia podría resistirse.

—Vas a tener problemas —le advirtió Dex cuando alcanzó a Sophie—. Grady y Edaline te van a castigar hasta que cumplas los doscientos cincuenta.

—No estás ayudando, Dex.

Por favor, vuelve, le transmitió al ver que levantaba aún más el vuelo. Amiga.

—Prueba con esto —le dijo Grady, detrás de ella, mientras le tendía un manojo de tallos azulados.

Un aroma picante a canela le hizo cosquillas en la nariz al cogerlo y apuntar con él hacia el cielo.

—Baja, pequeña —le indicó, enviándole imágenes de ella misma pegándose un festín con los finos tallos—. Tengo golosinas.

La curiosidad serpenteó a través de las emociones de Sophie.

—¡Golosinas! —repitió.

La alicornia relinchó y descendió en círculos, pero no aterrizaba. Sophie continuó repitiendo su promesa de golosinas y agitándolas en el aire hasta que, después de dar tres vueltas más, la alicornia descendió lentamente, tocando el suelo con sus pezuñas resplandecientes a pocos metros de distancia.

Sophie sonrió y le ofreció los tallos.

—Aquí tienes, chica.

El caballo alado la examinó con sus enormes ojos marrones. Luego se precipitó hacia delante, y su húmedo hocico con dientes cuadrados mordisqueó la parte de arriba de las golosinas directamente de la mano de Sophie, sin que le diera tiempo a apartar sus dedos antes de que la alicornia se zampara el resto de hierba azul.

—Puaj —exclamó Dex, tapándose la nariz—. ¡Cómo le apesta el aliento al caballo luminoso!

—El aliento de Iggy es mil veces peor —le recordó Sophie. Su diablillo no levantaba ni un palmo del suelo, pero cada vez que abría la boca era como estar cerca de una montaña de huevos podridos y pañales sucios—. Creo que vamos a necesitar más de esto —añadió, cuando la áspera lengua púrpura de la alicornia empezó a lamerle la mano.

—Ya está en camino. —Señaló hacia uno de los gnomos que se acercaba a ellos dando bandazos con un ramo de tallos azules casi tan alto como él.

Los gnomos eran más parecidos a las plantas que a los animales, a juzgar por sus pieles duras y rugosas y sus dedos pulgares verde brillante. Sophie aún se sobresaltaba cuando veía a aquellas extrañas criaturas, por lo que no se sorprendió cuando la alicornia bufó y retrocedió. Pero al gnomo no le molestó lo más mínimo y desplegó una sonrisa de dientes verdes mientras esparcía un fino rastro de hierba que conducía hacia una pajarera construida para albergar a los pterodáctilos. El caballo, nervioso, inspeccionó los tallos con desconfianza, pero un minuto después bajó la cabeza y comenzó a masticar mientras avanzaba hacia el cercado. Seguía deleitándose con los últimos restos del banquete cuando Grady cerró la verja, encerrándola dentro de una cúpula de ramas entrelazadas de bambú.

El pánico se adueñó de la mente de Sophie al ver a la alicornia forcejeando para intentar batir sus alas atrapadas dentro del cercado.

—Solo serán unas horas —le explicó Grady a la criatura al notar la angustia de Sophie—. Los gnomos ya están trabajando para cercar los pastos de Cliffside.

—¿En serio? —Grady y Edaline habían dejado abandonado Cliffside poco después de la desaparición de Sophie, negándose a visitar las cuevas donde se decía que se había ahogado. Después de su rescate, hicieron construir una valla metálica de gran altura a lo largo de los bordes de los acantilados para impedir la entrada de cualquier criatura al camino que conducía a la playa situada en el extremo sur. Sophie no estaba segura de si la sofisticada jaula estaba diseñada para impedirle a ella salir o para impedir a los demás entrar, pero, en cualquier caso, no le suponía ningún inconveniente mantenerse lejos de aquellas cuevas. No quería volver a pisarlas jamás.

El prado era una extensión de montículos suaves de hierba idónea para albergar a un caballo volador; Sophie enseguida entendió por qué Grady pretendía usarlo con ese fin. Pero vallarlo del todo sería una empresa titánica. La parte buena era que los gnomos eran criaturas increíblemente trabajadoras. Absorbían la energía del sol y prácticamente no necesitaban horas de sueño, por lo que siempre buscaban maneras de estar ocupados. Si alguien podía realizar tal milagro eran ellos.

—¿Podemos al menos darle más golosinas para que no se desanime? —La alicornia miraba a Sophie con ojos tristes y llorosos.

—Los gnomos le están llevando más ahora mismo. Suerte que hoy han sembrado un montón de matojos de ramislázuli.

¿Has visto cómo te cuidamos?, la tranquilizó Sophie. Te lo prometí.

La alicornia desvió la mirada.

—Me odia.

—Te lo perdonará. —Grady le frotó el hombro, dándole el coraje para volverse y afrontarlo.

—¿Y tú, qué? —le preguntó con voz serena—. ¿Todavía me odias por saltar con ella aquí?

Grady cerró los ojos.

—Sophie, no te odiaría jamás. Hagas lo que hagas. Pero lo que has hecho ha sido peligroso. Si te hubiese pasado algo, yo n…

Sophie bajó la cabeza y clavó la mirada en sus pies.

—Lo siento. De verdad, intento ir con cuidado.

—Lo sé. Pero hay que extremar las precauciones, ¿de acuerdo?

Sophie asintió y Grady la abrazó con fuerza. Ella sintió en la túnica de Grady un tufo a yeti que la hizo toser y apartarse.

—Entonces ¿cuál es mi castigo?

—Quiero que Elwin te vea mañana por la mañana, procura estar bien.

Por desgracia, no era ninguna novedad. Su historial de visitas médicas marcaría un nuevo hito, lo cual era irónico teniendo en cuenta lo mucho que odiaba a los médicos.

—Y tienes que bañar a la ratimaña durante todo un mes —añadió Grady.

Sophie refunfuñó. Aquel gigantesco hámster mutante no hacía otra cosa que amargarle la vida desde que los había ayudado a capturarlo a su llegada a Havenfield.

—Es injusto.

—No. Es fenomenal —le corrigió Dex.

—Me alegro de que opines así —le indicó Grady a Dex—. Porque vas a ayudar a Sophie.

—¡Eh! ¡¿Qué he hecho yo?!

—No digo que hayas hecho nada. Pero ¿de verdad crees que Sophie te iba a permitir quedarte sentado mientras ella hace todo el trabajo?

Tenía razón. Sophie iba a conseguir que Dex la ayudara, y no le faltaba razón, porque Dex acudía casi diariamente a Havenfield. Eran los mejores amigos, después de todo.

Pero la manera en que Grady les sonreía hizo que Sophie se ruborizara. Dex debió darse cuenta también, porque su cara se puso roja como un tomate, mientras balbuceaba la excusa de que sus padres estarían preocupados si no volvía pronto a casa, y en un segundo escapó de ahí.

Grady cogió de la mano a Sophie. Su sonrisa se había desvanecido.

—Creo que será mejor no decirle nada a Edaline sobre tu pequeña aventura, para que mañana…

—Siento mucho haberte preocupado.

Le devolvió una sonrisa triste.

—No lo vuelvas a hacer y ya está. Y, ahora, vamos a quitarle la mugre al yeti y a contarle a Edaline lo que hemos encontrado.

El sol se estaba poniendo y los gnomos ya habían acabado las obras en los pastos cuando Sophie terminó de bañar, cambiar y darle la cena a Iggy para evitar que destrozara su habitación —los diablillos podían ser tremendos si estaban insatisfechos—. De camino al nuevo cercado, se le puso la piel de gallina y, por mucho que intentara no mirar, sus ojos se desviaban hacia los acantilados, donde la luz de la luna bañaba con destellos resplandecientes las esquinas de la verja de hierro.

Intentó mirar hacia otro lado, centrándose en las gruesas cañas de bambú púrpura que se entrelazaban formando una cúpula que cubría más de un kilómetro de terreno. Habían dispuesto las cañas de bambú como piezas de dominó que aseguraban el camino para transportar a la alicornia de un redil a otro. Pero la alicornia parecía que se hubiese esfumado.

—Está muerta de miedo —le explicó Grady cuando Sophie lo encontró en el vallado del pterodáctilo—. Los gnomos no se atreven a moverla de sitio. Podría herirse a sí misma si intenta escapar.

—No tengas miedo, bonita —le susurró Edaline mientras se acercaba a las rejas, con un matojo de ramislázuli en la mano—. Solo queremos ayudarte.

La alicornia relinchó y embistió sosteniendo el cuerpo sobre sus patas traseras.

Edaline se alejó, y se apartó la ondulada melena ámbar de la cara.

—No sé qué más hacer.

—¿Crees que la puedes calmar, Sophie? —preguntó Grady.

—Lo puedo intentar. —Avanzó un paso y la alicornia dejó de rabiar nada más verla. La luz de la luna había revestido su piel opalescente de un plata luminoso, y sus ojos oscuros brillaban como estrellas.

¿Amigas?, le transmitió Sophie.

¡Amigas!, le respondió la alicornia, bajando su hocico para que Sophie metiese la mano entre los barrotes y acariciase su quijada.

—Es fascinante. —Edaline suspiró y sonrió por primera vez en una semana. Incluso parecía desvanecerse la sombra de las ojeras bajo sus ojos turquesa—. ¿Podrías conseguir que fuera hacia su nuevo cercado?

—Lo puedo intentar. —Sophie le transmitió imágenes del cercado de Cliffside, repitiéndole «tu nueva casa». Al no funcionar, añadió una imagen de la alicornia paciendo dentro.

La alicornia procesaba la imagen y respondía enviándole una imagen suya: un cielo nocturno y estrellado con un caballo de plata resplandeciente que volaba libre.

—No creo que se quiera quedar ahí —susurró Sophie.

—Pues no tiene otra opción. La necesitamos —le recordó Grady—. Además, aquí es donde estará más protegida. Piensa en lo que podría llegar a pasar si los humanos le pusieran la mano encima.

Sintió un escalofrío al imaginar a la alicornia conectada a miles de cables, y le transmitió:

Aquí estarás segura.

Segura, repitió la alicornia, pero no parecía haber entendido la palabra. O a lo mejor ni siquiera le importaba.

Sophie probó con una técnica distinta.

Ya no estarás sola nunca más.

La alicornia procesó aquella información y, después de unos cuantos segundos, le transmitió un vacilante:

¿Amigas?

Amigas, la reconfortó Sophie, enviándole la imagen del cercado. Segura. Vamos a tu nueva casa.

Esta vez la alicornia no se resistió y Sophie asintió a Grady. Él dio la señal a los gnomos para que abrieran las verjas que dividían los pastos.

Calma, le transmitió Sophie al notar la tensión del corcel, y volvió a sentir pánico al ver cómo se abría la verja y la alicornia penetraba en el túnel a toda velocidad.

Sophie salió trotando detrás de ella, seguida de Grady y Edaline, y todos aguantaron la respiración cuando el caballo refulgente entró en los nuevos pastos y extendió las alas hasta llegar a la parte más alta de la cúpula.

—Buen trabajo, Sophie —dijo Grady, estrujando sus hombros con un abrazo—. ¿Qué sería de nosotros sin ti?

Se puso totalmente colorada.

—¿Le habéis contado a alguien que la hemos encontrado?

—He intentado hablar con Alden, pero estaba fuera de rango. Lo intentaré mañana por la mañana.

Sophie comenzó a tiritar, y no era por frío. Había pocos lugares donde un comunicador —un cuadradito plateado y pequeño que funcionaba como un videoteléfono— podía estar fuera de rango, y todos aquellos lugares eran sombríos y prohibidos. No soportaba la idea de que Alden estuviera lejos y arriesgara su vida para encontrar a sus secuestradores.

La alicornia relinchó y aterrizó, con lo que Sophie volvió al presente. Metió la mano entre los barrotes púrpuras y, un segundo después, el caballo volvió hacia ella y se dejó acariciar el lomo.

Me encantaría saber tu nombre.

Le dolía tener que llamar a una criatura tan entrañable con un nombre tan corriente como «alicornia».

¿Tienes nombre, preciosa?

No esperaba ninguna respuesta, pero un pensamiento pasó por su mente. Lo notó extrañamente cálido y suave y, al concentrarse, se agitó y giró sobre sí mismo, convirtiéndose en una palabra.

—¿Silveny? —susurró Sophie.

La alicornia resopló.

—¿Qué has dicho? —le preguntó Edaline.

Sophie sacudió la cabeza buscando una confirmación.

—Creo que se llama Silveny.

Silveny resopló otra vez.

—Un momento, ¿puedes hablarle con palabras? —le preguntó Grady.

—A veces ella repite las palabras que yo le transmito. Pero esta vez ha sido distinto. Esta vez me ha hablado en su idioma y yo lo he traducido.

Todas las miradas se clavaron en el corcel alado durante unos segundos, hasta que Grady se echó a reír.

—Tus talentos son una maravilla inagotable.

Sophie intentó sonreír, pero algo en su estómago se volvió amargo.

El secuestro había desencadenado en ella el talento de entender todos los lenguajes. Ser políglota era una tercera habilidad especial. Podría haber estado orgullosa de tener tantas habilidades, pero no podía evitar preocuparse por lo que significaran aquellos talentos. Seguía sin saber qué tenía que hacer con ellos.

Desde sus recuerdos, una voz inquietante le susurraba: Eres una marioneta para ellos.

—¿Estás bien, Sophie? —le preguntó Edaline, arrugando la frente con preocupación.

—Sí, solo un poco cansada. —A medida que las palabras salían de su boca, sentía que estas eran ciertas. Le dolía todo el cuerpo, y todavía sentía el dolor de cabeza detrás de sus ojos—. Creo que me voy a dormir.

Se dio cuenta de que Grady y Edaline no estaban convencidos, pero prefirieron no presionarla. Acarició la nariz aterciopelada de Silveny y le prometió que la visitaría a la mañana siguiente. Se dirigió hacia su habitación, que ocupaba toda la tercera planta del caserío Havenfield.

La habitación estaba a oscuras, iluminada tan solo por la luz de la luna que entraba por los ventanales. Se apoyó en el marco de la puerta, chasqueó los dedos y esperó a que las estrellas de vidrio que pendían del techo iluminaran la habitación.

Sandor había realizado la inspección nocturna del cuarto para asegurarse de que estaba libre de intrusos, pero, de todas formas, Sophie examinó cada rincón en busca de cualquier indicio que pudiese revelar la presencia de un intruso. Aparte de un zapato mordisqueado —obra de Iggy—, todo estaba en su lugar. No habían tocado ni un hilo de la alfombra.

Satisfecha, cerró la puerta, se puso el pijama y se zambulló en la enorme cama con dosel, estirando los músculos mientras se ponía cómoda. Frotó su rostro contra Ella, su inseparable elefante de peluche azul celeste, y chasqueó los dedos de nuevo, para que se apagaran las luces. Iggy ocupó su lugar en la almohada, enroscó su cuerpecillo gris en forma de bola y, en cuestión de segundos, roncaba como una motosierra. Sophie masajeó su delicado vientre, deseando dormirse lo antes posible, y dio una palmada para bajar las gruesas persianas.

Quería cerrar los ojos y soñar con caballos alados luminosos volando en un cielo azul cobalto. En lugar de eso, sintió que invadían su mente unos individuos envueltos en capas negras, que la sacaban de las sombras y la arrastraban hacia una bruma narcotizante. Sus muñecas y tobillos estaban atados a ásperas sogas y alguien le gritaba preguntas cuya respuesta desconocía. Entonces, unas manos crueles abrasaron su piel y unos susurros tenebrosos trazaron espirales en la oscuridad.

La encontrarían.

Y aquella vez no conseguiría escapar.

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CAPÍTULO CUATRO

Sophie se repitió a sí misma una y otra vez que todo había sido un sueño. Se secó el sudor frío de la frente. La piel le seguía doliendo por el doloroso recuerdo, y tenía clavado en el olfato el aroma dulce y tóxico de los sedantes que quemaban su tabique nasal. Y aquella voz…

Jamás podría olvidar aquella voz.

Temblando, se arrastró fuera de la cama, caminó de puntillas por la moqueta y apretó su oído contra la puerta de madera lisa. El martilleo de su corazón se calmó al oír la respiración serena de Sandor al otro lado. En el fondo, agradecía su protección. Ojalá algún día no tuviera que necesitarlo.

Dex no tenía escolta. Él, sencillamente, había tenido la mala suerte de estar en el lugar equivocado y en el momento equivocado, y Sophie se seguía sintiendo fatal por ello. Era ella a quien buscaban, porque querían saber hasta dónde llegaban sus habilidades.

Pero… ¿qué creían que ella podía hacer?

La pregunta le alertaba más que sus pesadillas, y caminó a tientas hacia su escritorio para recurrir a lo único capaz de calmarla.

El paquete envuelto en seda continuaba guardado en el fondo del último cajón. No desenvolvió la tela hasta que estuvo completamente cobijada bajo las mantas. La esfera plateada y fría se volvió caliente al tacto, y las palabras OJO ESPÍA resplandecieron en letras doradas, proyectando una tenue luz en la pequeña cueva de sábanas.

Sophie cerró los ojos y dejó pasar un segundo antes de pronunciar los nombres que había memorizado escrupulosamente; los nombres que el Consejo le había prohibido saber.

—Enséñame a Connor, Kate y Natalie Freeman —susurró, mirando fijamente los destellos del ojo espía, seguidos de la imagen de tres figuras que aparecieron justo en el centro de la órbita.

Su madre parecía más delgada, su hermana estaba más alta y su padre lucía unas canas que Sophie no recordaba haber visto…, pero eran ellos. Estaban sentados en la mesa de un comedor, en una parte remota del mundo, comiendo fetuccini como cualquier familia feliz. No tenían ni idea de su existencia.

Era lo que ella había querido para ellos; era lo que había suplicado. Ser completamente borrada, para que no la echaran de menos en sus nuevas vidas. Pero el olvido no era tan fácil, sobre todo porque ella sí los recordaba.

Contempló la escena hasta que sus ojos se llenaron de lágrimas. Entonces se los frotó y musitó:

—Enséñame al señor Forkle.

La esfera se volvió oscura e irradió la palabra que estaba harta de leer:

DESCONOCIDO.

Agarró con fuerza la órbita, apretándola más aún para imponer su voluntad. Sabía que aquel no era su nombre real, pero por algún motivo continuaba alimentando la esperanza de que el ojo espía dedujera su verdadera identidad. Él era su único vínculo con el Cisne Negro. Él era quien los había rescatado del cautiverio, a ella y a Dex. El único que había desencadenado sus nuevas habilidades. De hecho, se había hecho pasar por su vecino cuando ella vivía con su familia humana, y probablemente era el responsable de haber insertado tantos secretos en su mente.

Él albergaba las respuestas que Sophie necesitaba.

Pero no quería que lo encontraran.

Envolvió de nuevo la órbita en el paño de seda y la ocultó en su lugar secreto. El cajón de arriba contenía un libro grueso de color verde azulado, que sacó junto con otra envoltura de seda. Se arrodilló en el suelo, apoyada en un lado del escritorio mientras desenvolvía la botella de luz de luna. El brillo mortecino le permitía ver lo suficiente, sin que Sandor se diera cuenta de que estaba despierta.

Sus dedos recorrieron las líneas de la fisonomía del pájaro de plata grabadas en la cubierta. Una alondra de luna.

Cada vez que la veía sentía escalofríos.

Alden le había cedido su cuaderno de recuerdos como estrategia para registrar sus sueños y seguir la pista de los recuerdos que no fueran suyos. Pero, a raíz del secuestro, lo había estado usando para llevar a cabo su propia investigación sobre el Cisne Negro. Mantenía la esperanza de que hubiesen dejado huellas en sus recuerdos que la condujeran hacia su paradero.

El problema era que no tenía ni idea de cómo acceder a la información secreta que le habían insertado. Cada vez que veía «destellos», había algo que estaba a punto de activar su memoria latente —normalmente una nota u obsequio que le proporcionaba el Cisne Negro. Si no había nada que desencadenase el destello, continuaba atascada, flotando entre trece años de recuerdos— y, gracias a su memoria fotográfica, podía escoger entre una multitud de recuerdos que habían quedado grabados en su mente. Sin embargo, su cerebro se había centrado en dos incidentes que parecían ser los más reveladores.

El primero de ellos se había producido a los cinco años de edad. Se acababa de despertar en la UCI. Los médicos le estaban explicando que se había caído y golpeado la cabeza, y que su vecino había llamado a urgencias. Desde aquel momento, había empezado a leer las mentes. Ahora era consciente de que, aquel día, el señor Forkle había desencadenado sus habilidades telepáticas. Lo que no sabía era el motivo. A los cinco años, Sophie era demasiado joven para manifestar una habilidad especial y, por culpa de aquel talento, le había costado muchísimo relacionarse con humanos. ¿Por qué desencadenarlo tan joven? ¿Y por qué no recordaba nada de lo que había pasado?

El segundo incidente se había producido a los nueve años. De nuevo, había acabado en el hospital, aquella vez por una reacción alérgica grave. Los médicos humanos nunca averiguaron la causa, pero meses atrás ella se había enterado, de la peor manera, de que era letalmente alérgica al limbium, un componente especial que afectaba a determinadas áreas del cerebro. Se vio obligada, incluso, a llevar consigo un vial con el antídoto formulado por Elwin por si acaso lo consumía accidentalmente. Solo los elfos sabían fabricar limbium, y ahora sabía que había estado en contacto, sin darse cuenta, con al menos un elfo desde entonces, y los síntomas de ambas reacciones habían sido los mismos. Así que alguien debía de haberle dado limbium. Pero ¿quién? ¿Y por qué?

Dos manchas borrosas de su pasado. En ambas ocasiones, cuando los elfos habían intervenido en su vida. No podía ser coincidencia. Los secuestradores no fueron capaces de borrar sus recuerdos, pero el Cisne Negro la había fabricado, y no tuvieron inconveniente en insertar información secreta en su cerebro. Entonces ¿no podían extraer parte?

Necesitaba recuperar aquellos recuerdos. En lo más profundo de su subconsciente tenía que quedar algo, una pista que la condujera hacia los pequeños fragmentos que faltaban. Solo tenía que encontrarla.

Iggy dio un saltito hacia su pierna y se enroscó encima de su rodilla mientras Sophie abría la primera página en blanco del cuaderno de recuerdos.

Vamos, cerebro. Dame algo que me sirva esta vez.

—¿Te sigue costando dormir? —le preguntó Elwin, escudriñándola a través de sus anteojos iridiscentes mientras se sentaba de cuclillas delante de ella. Los rayos de sol penetraban a través de los ventanales del salón, donde Sophie permanecía sentada en el elegante sofá blanco.

—Esas ojeras parecen moratones.

—Tengo muchas cosas en la cabeza.

Bajó los anteojos para mirarla mejor.

—¿Algo de lo que quieras hablar?

En su mente apareció el mareo del día anterior, pero se encogió de hombros y desvió la mirada. Estaba harta de ser objeto de pruebas, análisis y comentarios. Además, si le preocupaba algo, Elwin lo sabría. Con aquellas gafas era capaz de inspeccionar hasta lo más profundo de sus células.

Elwin suspiró mientras se ponía de pie; parecía completamente fuera de lugar, ataviado con su túnica verde lima propia de un gremlin en un salón tan pulcro y elegante. En Havenfield, normalmente predominaba un desorden de libros o artilugios desparramados sin ton ni son que le daban cierta nota de color al hogar. Pero Edaline había llevado a cabo una limpieza a fondo. Necesitaba distraerse.

—Mira arriba —le indicó Elwin, volviéndose a subir las gafas.

Sophie obedeció justo en el instante en que sus ojos captaron la luz de los cristales colgantes de la lámpara de araña en el centro de la estancia. El destello de colores se filtró en su cerebro y se convirtió en un zumbido en su cabeza.

—¿Estás bien? —le preguntó Elwin, ante su mueca de dolor.

—¿Por? ¿Has detectado algo raro?

Elwin frunció el ceño y se inclinó hacia delante, entrecerrando los ojos.

—No. Todo parece normal.

Todo parecía normal.

Todo era normal.

Pero ella estaba harta de las noches en vela.

—Lo que necesitas es descansar —le dijo Elwin, haciéndose eco de sus pensamientos—. Procura tomarte un té de bayas letarguis antes de acostarte.

—No quiero sedantes.

—Solo es té…

—No quiero sedantes. —Había perdido semanas de vida en un estado de confusión por las drogas mientras permanecía secuestrada. No quería, por nada del mundo, volver a sentirse así.

Elwin se aposentó sobre el lujoso sofá.

—Bien. Dejemos de lado el tema del insomnio. Pero, si no empiezas a dormir como corresponde, tendremos que pensar en una solución. ¿Entendido?

Esperó a que ella asintiera.

—Bien. Te volveré a ver en un par de semanas. Las clases habrán empezado, así que pásate por mi consulta. Tendré tu camilla preparada.

Sophie miró fijamente el suelo. Para variar, visitaría el Centro de Primeros Auxilios durante la primera semana de clase. Sus amigos se reirían de ella todo el tiempo, sobre todo Keefe.

—Ya veo que estás encantada de volver a verme. —Elwin le guiñó un ojo mientras se levantaba y sacaba su buscador de caminos.

Sophie abrió la boca para disculparse, pero una sensación de pánico apagó su mente y silenció sus palabras.

—¿Qué te pasa?

—No… No lo sé. Creo que Silveny está en problemas. —Se levantó, perdiendo un poco el equilibrio, y salió como una flecha a través de la puerta dorada que marcaba la entrada principal de Havenfield.

Sandor se plantó delante de ella.

—Debe permanecer dentro, por lo que pudiera pasar.

Otro pinchazo de terror, frío y despiadado, penetró en su mente.

—¡Pero Silveny me necesita!

Como Sandor no se movía, Sophie salió disparada hacia la puerta trasera, sonriendo al oír el gruñido de conejito rabioso de Sandor mientras se escurría por la puerta hacia al exterior y se abría paso a través de los pastos.

Sandor salió corriendo detrás de ella, gritándole que volviera, mientras Sophie atravesaba los cercados llenos de tricerátops, mamuts lanudos y una criatura parecida a un escarabajo gigante que debía de haber llegado la noche anterior. El pánico de Silveny se incrementaba a cada paso y, cuando Sophie alcanzó a verla desde la última colina, sintió cómo su corazón caía hasta sus pies.

Una soga gruesa y negra ataba las alas brillantes del corcel, y tres figuras envueltas en capas negras permanecían dentro de la cúpula y estaban llevándose a Silveny.

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CAPÍTULO CINCO

—¡No! —gritó Sophie, mientras un fuerte temblor se extendía por todo su cuerpo. Su visión comenzó a nublarse y la penumbra invadía su mente cuando Sandor la agarró por el brazo y la cargó a sus espaldas, sacándola del aturdimiento a base de sacudidas.

—¿Quién anda ahí? —preguntó Sandor.

—Yo no respondo tus preguntas, duende —sentenció una esbelta silueta con voz seca y arrogante.

Sandor sacó de sus bolsillos unas armas con forma de estrella, parecidas a las ninja, pero con puntas más largas y filos de espiral.

—Tienen tres segundos para identificarse o me veré obligado a usarlas. Y les aseguro que mi puntería es infalible.

—¿Qué está pasando aquí? —gritó Grady mientras corría detrás de ellos. Con ademán protector, puso una mano sobre el hombro de Sophie a la vez que entornaba los ojos para examinar las siluetas—. ¿Vika? ¿Timkin? ¿Sois vosotros?

Una de las figuras se bajó la capucha y se apartó la melena castaña ondulada que le tapaba los ojos.

—¿Quién, si no?

Los últimos rastros de niebla se fueron despejando de la mente de Sophie, dejándole un poso de dolor de cabeza.

No eran ellos.

En cualquier caso, los Heks eran casi igual de peligrosos. Sophie supo quién era el tercer miembro incluso antes de que se quitara la capucha, revelando una mueca de desdén y una cortina de rizos marrones encrespados.

—Stina —dijo Sophie, arrastrando las palabras mientras miraba fijamente a la chica que se había esforzado en hacerle la vida imposible en la escuela—. ¿Qué haces tú aquí?

Stina dio un tirón al arnés con el que sujetaba a Silveny.

—Hemos venido para llevarnos a la alicornia y garantizar que tenga una buena rehabilitación.

Tranquila, le transmitió Sophie a Silveny al notar el pánico del corcel. No permitiré que te saquen de aquí.

Le desconcertaba muchísimo que Silveny les hubiese dejado acercarse tanto como para atarle las riendas. Estaba claro que tenía que enseñarle a la alicornia a reconocer la maldad.

—No me han informado de esa decisión —intervino Grady, apretando con más fuerza su hombro cuando Sophie intentó dar un paso al frente.

—Por favor, ¿en serio creías que permitirían a alguien como tú rehabilitar a la alicornia? —lo retó Timkin mientras tiraba de las riendas de Silveny hacia él—. Una criatura noble merece a un entrenador noble.

—Lo último que supe es que solo tu esposa fue elegida para la nobleza —corrigió Grady—. Y solo como regente; no como emisaria.

—Dale tiempo —masculló Timkin, tirando de las riendas tan fuerte que dañaba el cuello del temeroso caballo.

Regente, emisaria, noble. A Sophie le daba lo mismo.

—¡Le estás haciendo daño! —gritó, lanzándose hacia el cercado.

Sandor la sujetó.

—En absoluto —le contestó Vika.

—Siento su dolor —insistió Sophie.

Stina se reía a carcajadas.

—Según los datos que manejo, la empatía no es precisamente una habilidad que te hayan inculcado tus creadores.

—Según los datos que manejo yo, de momento tú no has manifestado ni una sola habilidad —soltó Sophie entre dientes—. Y no hace falta ser émpata. Puedo sentir sus emociones con mi mente.

Timkin soltó un bufido.

—Eso es imposible.

—Si viniese de otro ser, te diría que sí. —Una voz teñida de un marcado y limpio acento se hizo presente—. Pero estáis olvidando lo asombrosa que es Sophie.

Sophie pegó un bote, aliviada al contemplar a cuatro figuras que seguían resplandecientes después del salto que las hizo aparecer en medio de los pastos. Alden, alto y majestuoso con su capa azul oscuro, estaba al lado de una bellísima joven de la edad de Sophie, que lucía una larga melena oscura. Al otro lado, se erguían dos adolescentes: uno con pelo negro y ojos de un increíble verde azulado, y otro con despeinado pelo rubio y sonrisita de suficiencia.

Biana y Fitz miraban fascinados a Silveny.

Keefe le dedicó una sonrisa a Sophie.

—Sí, Foster normalmente hace cosas que nadie entiende. Ya nos tiene acostumbrados a su halo de misterio.

—Lord Alden —dijo Timkin, bajándose la capucha y sacudiéndose el pelo negro mientras hacía una elaborada reverencia—. Un honor, como siempre.

—No necesito ceremonias, Timkin. —Alden se volvió hacia Grady—. Te pido disculpas por haber llegado tarde. Me habría gustado estar aquí antes de que viniesen los Heks, pero Fitz, Keefe y Biana se empeñaron en ver a la alicornia perdida y alguien tenía que arreglarse el pelo a toda costa.

—Eh, hay que estar siempre presentable para las damiselas. —Keefe se frotaba la nuca—. ¿Verdad que sí, Foster?

Sophie lo ignoró, a pesar del rubor en sus mejillas. Se dio la vuelta hacia Alden.

—Por favor, no puedes permitir que se lleven a Silveny.

—No eres nadie para mandarle —interrumpió Stina—. Él responde ante el Consejo, y estoy segura de que el Consejo le ha dado su aprobación para que nos la llevemos.

—Ese era el plan —admitió Alden—. La familia Heks tiene una larga trayectoria en rehabilitación de unicornios con sus habilidades empáticas. De hecho, fue la abuela de Vika quien rehabilitó a la alicornia en el Santuario. Así que parece lógico pensar que ellos tendrían que preparar a Silveny.

—¡Pero ella los odia!

Silveny relinchó, mostrando su acuerdo.

—¿De verdad sientes lo que ella siente? —preguntó Alden.

—Sí. Ahora mismo está furiosa y tiene miedo y quiere que la dejen en paz.

—Se lo está inventando. —Vika arrastró a Silveny hacia ella y dejó descansar su mano sobre su lomo brillante—. Yo no siento nada de lo que ella está diciendo. Y yo sí que soy émpata.

Una imagen cruzó la mente de Sophie y una sonrisa maliciosa e inevitable se dibujó en su cara:

—Silveny quiere morderte la mano.

—¡Eso tú no lo puedes saber! —Sin embargo, Vika retiró la mano de su lomo a una velocidad demasiado veloz para ser tan incrédula.

Silveny aprovechó la distracción y tiró del arnés tan fuerte que derribó a Vika y a Timkin y los arrastró por el fango del cercado. Soltaron las riendas mientras caían, tambaleándose, y Silveny galopó hacia el otro extremo del pasto, arrastrando a Stina por el barro hasta que finalmente también se soltó.

Sophie corrió hacia los barrotes, con el tiempo justo para tantear con la mano y desatar la hebilla que ataba a Silveny al arnés antes de que la apresaran de nuevo. El caballo, agradecido, extendió las alas y voló hacia el techo de la cúpula.

Vika agarró de la muñeca a Sophie con su mano embarrada.

—¡Niñata inútil! ¡Dile que baje ahora mismo!

—¿Por qué tengo que ayudarte? ¿No eras tú la experta?

Keefe soltó una risilla.

—¡Muy buena, Foster!

—Cállate —dijo Vika entre dientes, apretando aún más fuerte su muñeca.

—Suéltala —ordenó Sandor, y Sophie escuchó un chasquido de metal, como si hubiese desenvainado la espada.

Vika lo miró fijamente durante un segundo y pegó un empujón a Sophie, que la hizo tambalearse y finalmente caer en los brazos de Fitz.

—¿Estás bien? —le preguntó este, desplegando su sonrisa cautivadora de actor de cine mientras la ayudaba a ponerse de pie.

Estaba casi segura de que se había puesto roja mientras se apartaba de él y murmuraba:

—Sí, gracias.

—¿Cómo te comunicas exactamente con la alicornia? —le preguntó Alden.

—No estoy segura. A veces son un puñado de imágenes que llegan a mi mente. Otras es como si me estuviese llenando la cabeza con sus emociones, haciendo que yo también las sienta. A veces es una palabra, pero es…

—¿Una palabra? —interrumpió Alden.

La risotada de Timkin se convirtió en un ladrido histriónico e insoportable.

—¿Y esperas que nos lo creamos?

—¿Cómo crees que he sabido que su nombre es Silveny?

Silveny relinchó.

—Pura coincidencia —argumentó Stina—. Me juego lo que quieras a que responde a cualquier nombre. Silvery. Filveny. Zilveny.

Silveny no le dedicó ni una rápida mirada.

—Silveny —susurró Timkin.

La alicornia no solo relinchó, sino que descendió en picado sobre ellos haciéndolos caer en el barro para evitar ser arrollados.

Alden sonrió.

—Creo que ha quedado claro.

Vika intentaba limpiarse el barro de la cara, pero solo conseguía esparcírselo más aún mientras sus pies resbalaban cada vez que intentaba incorporarse.

—No sé por qué le damos tanta importancia a esto. Estoy segura de que el Consejo ya ha emitido la orden de que nos la llevemos, Alden.

—¿Y Silveny no tiene voz? —espetó Sophie.

—¡Pues claro que no! —gritó Timkin—. Los animales viven donde nosotros decidimos. No tienen inteligencia.

—Creo que te he entendido mal, Timkin —añadió Alden, con voz sigilosa—. Ninguno de nosotros cometería jamás una falta de respeto hacia cualquier ser viviente. Sobre todo viniendo de alguien con aspiraciones nobles.

Los rasgos de Timkin se arrugaron con enfado, pero se limitó a decir:

—Cierto.

Alden asintió.

—Entonces, seguro que estarás de acuerdo con el hecho de que, si Silveny puede comunicarnos sus deseos, tendríamos que respetarlos. La pregunta es: ¿qué es lo que quiere ella?

—Quiere quedarse aquí —respondió Sophie.

Stina puso los ojos en blanco.

—Por favor. Se lo está inventando, para poder quedarse con la alicornia.

—Creo que las manchas de tu ropa indican claramente lo que Silveny opina sobre ti —apuntó Grady.

—Pero nosotros conseguimos rehabilitar al otro alicornio —replicó Vika.

—No fuiste exactamente tú. Y eso fue antes de que tuviésemos a Sophie —le recordó Alden—. Sus habilidades únicas demuestran que está mejor equipada.

—No lo dices en serio…

—Me temo que sí. El Consejo quiere que Silveny reciba el mejor trato y, puesto que Sophie posee una vía de comunicación con ella que trasciende vuestras capacidades, Havenfield es la opción más adecuada.

Vika entornó los ojos mientras caminaba con paso amenazante hacia Alden. Se acercó tanto como le permitían los barrotes.

—Te puedo asegurar que el Consejo se enterará de lo que ha pasado.

—Eso espero. Les haré llegar un informe completo en cuanto regrese a casa. Es una de mis tareas como emisario. Y también tomar decisiones finales en materias como esta.

—Increíble —murmuró Timkin, mientras sacaba un buscador de caminos de su capa embarrada y apuntaba la esbelta vara plateada hacia la luz solar—. Mira que confiar en esa friki. No me extrañan los rumores de que el Consejo es cada día más incompetente.

Los Heks saltaron desapareciendo de allí antes de que nadie pudiese responder.

Alden soltó un largo y tenso suspiro.

Sophie clavó su mirada en el suelo; deseaba meterse en un agujero y no salir de ahí. Pero lo que hizo fue llamar a Silveny y acariciar su crin resplandeciente.

Tranquila. Ya se han ido.

—¿Cómo van los disturbios? —le preguntó Grady a Alden.

Sophie se tiró de una pestaña mientras Alden vacilaba antes de responder. Se suponía que en el mundo élfico no existían delitos como el secuestro, al contrario de lo que pasaba en el mundo de los humanos, donde las rebeliones, los grupos clandestinos y las conspiraciones podían llegar a incendiar la Tierra. La trágica huida de Sophie y Dex había sido el brusco despertar a una realidad que nadie quería y, a medida que pasaban las semanas sin encontrar a los culpables, cada vez más habitantes cuestionaban el liderazgo de los miembros del Consejo.

—Estamos haciendo todo lo posible por controlarlos —respondió finalmente Alden—. Aunque si tuviésemos otro emisario…

—Sabes que yo no puedo.

—Ya lo sé. Y la alicornia ayudará muchísimo. Ella podría solucionarlo todo.

Silveny resopló, y Sophie no pudo evitar preguntarse por qué una criatura tan ruidosa podía llegar a ser tan importante.

—Pero tengo información para ti sobre el otro tema —añadió Alden, apartando a Grady del grupo para poder hablar en privado. No hacía falta darle muchas vueltas para saber de lo que estaban hablando. Siempre tenía que ver con ella.

—¿Estás bien? —preguntó Biana, acercándose—. Tú no eres una fri…, lo que sea que te han llamado. Lo sabes, ¿verdad?

Sophie se encogió de hombros y evitó su mirada. La habían llamado friki toda la vida. Y no le importaba absolutamente nada lo que dijera Stina. Pero, desde el secuestro, se lo llamaba más gente. Todo el mundo conocía sus habilidades extrañas —y su misteriosa conexión con el Cisne Negro— y todos parecían confusos respecto a esa información.

—Biana tiene razón —se sumó Fitz, sacándola de sus oscuros pensamientos—. No dejes que te afecte.

Todos pensamos que tienes unos talentos extraordinarios.

Sophie estuvo a punto de pegar un bote cuando la voz limpia y profunda de Fitz penetró en su cabeza, pero se sintió orgullosa de no hacerlo.

Fitz le había ayudado a recuperarse de la luz cuando se había empezado a difuminar y, desde entonces, se había convertido en el único telépata capaz de transmitirle pensamientos. Él continuaba sin oír lo que ella pensaba —se sentía eternamente agradecida por eso—, y ella podía bloquearlo si quería. Pero no era su intención.

A pesar de ello, los pensamientos de Fitz eran extraños y equívocos. Demasiado intensos y demasiado cálidos, como si un secador de pelo estuviese lanzando aire en su cabeza. Probablemente, Fitz tenía que fortalecer sus pensamientos para superar el bloqueo de Sophie, y ella podía aceptar la molestia de mantener sus conversaciones secretas.

Gracias, le transmitió como respuesta. ¿De verdad no crees que es raro que pueda hablar con Silveny?

¿Estás de broma? Ojalá me enseñases a hacerlo.

Sophie sonrió.

Puedo intentarlo.

—Eh, ¿en qué habíamos quedado sobre vuestras conversaciones telepáticas secretas? —lanzó Keefe mientras se abría paso bruscamente entre los dos—. Hablad en voz alta, a no ser que estéis hablando de mí.

Fitz se echó a reír.

—Keefe quiere intercambiar mensajes secretos contigo.

—Por favor. No necesito vuestros truquitos mentales. Puedo sentir los secretos de Foster. —Sacudió el aire con una mano—. Y ahora mismo me están llegando emociones bastante intensas.

—¡Seguramente es porque me estoy debatiendo entre estrangularte o lanzarte un zapato!

—La opción del zapato sería mejor —intervino Fitz.

Sophie sonrió.

—Sería una mala idea hacerlo delante de un miembro de la nobleza, creo.

—Qué va. Mi padre lo entendería. Estoy seguro de que sueña con hacer lo mismo.

Keefe les dedicó una sonrisita de suficiencia.

—Adelante.

—Yo de ti iría con cuidado, Keefe —le advirtió Biana—. Recuerda que Sophie es una dueña del dolor.

Biana lo dijo con una sonrisa, pero Sophie volvió a tener ganas de esconderse. Si perdía los nervios, podía llegar a hacer mucho daño a quien tuviese delante, y no tenía ni idea de cómo controlarlo. Estuvo a punto de pasarle con los Heks, cuando intentaban llevarse a Silveny. Y, sin querer, había incapacitado a Sandor la primera vez que se vieron. No podía olvidar la imagen de su cuerpo fornido estrellándose contra el suelo, doblado de dolor.

Nadie debería tener la habilidad de hacerle eso a los demás…

Una suave sensación reconfortante llenó la mente de Sophie, como si Silveny estuviese intentando consolarla. Pero un caballo no podía hacer eso, ¿o sí?

Sophie se acercó a los barrotes y acarició la nariz aterciopelada de Silveny.

Tranquila, le transmitió Silveny.

Los ojos de Sophie se abrieron como platos.

—Ah, casi se me olvida —dijo Biana, enseñando la muñeca e interrumpiendo la conexión entre Sophie y Silveny—. ¿Ves algo distinto?

—¿Te has quitado el nexo?

Biana asintió orgullosamente.

—Se cayó ayer, después de que saltara hasta casa después de hacer compras con mi madre. Cinco semanas antes que a Fitz.

—Y me lo va a recordar mientras viva.

Fitz había batido un récord cuando su nexo se le cayó a los trece años. La mayoría de los jóvenes debían esperar hasta los quince o dieciséis años para que sus niveles de concentración fuesen lo bastante potentes como para saltar en la luz por sí mismos.

—Bueno, al menos sigo siendo mejor que Keefe —dijo Fitz, sonriendo maliciosamente a su amigo—. Creo que es el único en nuestro curso que aún lo lleva.

—¡Eh! ¡Solo porque voy un año por delante! —se quejó Keefe.

—¿Seguro? ¿No cumples quince dentro de poco? —le preguntó Fitz.

Keefe puso los ojos en blanco.

—No es dentro de tan poco. Además, no podemos olvidar que Foster nos barre a todos. Sus niveles han estado en el máximo desde que le instalamos el nexo.

—Sí, pero ella no cuenta, porque Elwin se lo hace llevar de todos modos —intervino Biana—. No te ofendas —añadió, mirando a Sophie.

Sophie se encogió de hombros y observó el nivel completamente lleno en la parte inferior del nexo. Aunque le diese rabia reconocerlo, Biana tenía razón. Después de difuminarse, Elwin le había apretado el brazalete de tal modo que solo él podía desbloquearlo cuando decidiera que estaba preparada. Ni un segundo antes ni un segundo después.

Keefe le dio un codazo.

—Bueno, ¿nos vas a llevar a dar una vuelta con tu nueva mascota o qué?

—¿Crees que ella estaría de acuerdo?

La mente de Sophie se llenó con la imagen de ella misma surcando los cielos a lomos de Silveny. ¿Volar?, le transmitió, enviándole a Silveny la misma escena.

¡Volar!, respondió ella. ¡Volar! ¡Volar! ¡Volar!

—Solo hay una manera de averiguarlo —añadió Keefe.

—Ni de broma —introdujo Grady, al regresar junto con Alden al grupo—. No vamos a añadirle una caída libre al historial médico de Sophie.

Sophie los fulminó con la mirada mientras todos reían.

—Qué suerte tienes, Sophie —añadió Biana, escrutando a Silveny mientras aleteaba—. Es la cosa más hermosa que he visto en mi vida.

—¿Verdad que sí?

Keefe protestó.

—¿Qué os pasa a las chicas con los brillitos?

—Con brillo todo es mejor —le informó Biana, cruzando una mirada cómplice con Sophie.

—¿No te parece maravillosa? —le preguntó Sophie.

—Yo prefiero algo que eche fuego.

—O gases fétidos —añadió Fitz, dándole un codazo—. ¿Un gulón, quizá?

—Soy un fan absoluto de los gulones.

Las malas lenguas decían que Keefe había sido la cabeza pensante de algo denominado Incidente del Gran Gulon, pero Sophie seguía sin tener ni idea de lo que significaba aquello.

—Vale, sí, ya hablaremos de tus antecedentes penales otro día, Keefe —contratacó Alden, mientras sacaba el buscador de caminos del bolsillo de su capa—. A Sophie y a Grady les espera un día importante.

—Aaah…, ¿vais a ir a Atlantis, a la carrera de euriptéridos? He oído que a veces clavan sus uñas en el podio y… —La voz de Keefe se convirtió en un susurro al advertir la mirada amenazadora de Alden—. No. Nada.

De repente, todos parecían interesados en mirar sus pies.

Hacía exactamente dieciséis años que Grady y Edaline habían perdido a su única hija en un trágico incendio. Y, cada año, en el aniversario de su muerte, visitaban su lápida.

—Lo siento muchísimo, amigo —dijo Alden, acercándose a Grady para estrecharle el hombro.

—Yo también —añadió Fitz, con voz templada, seguido de Biana y Keefe.

Grady miró hacia el vacío y se secó las lágrimas mientras Sophie contemplaba los rostros de sus amigos, sorprendida al ver sus muestras de tristeza. La muerte era un acontecimiento tan extraño para los elfos que la mayoría de ellos ni siquiera lo llegaban a entender, o a mostrar la suficiente empatía. Estaba a punto de reflexionar sobre cómo había podido producirse aquel cambio, cuando un recuerdo borroso atravesó su mente.

Un Fitz devastado, acunando al pequeño albertosaurus que ella le había regalado durante los exámenes parciales y diciéndole que había asistido a su funeral.

Los secuestradores la habían drogado tanto que no era capaz de discernir los recuerdos reales de las alucinaciones que ella misma había fabricado en su desesperado grito de auxilio. Pero lo que sí sabía era que durante dos semanas todo el mundo pensaba que ella y Dex estaban muertos.

Era extrañísimo imaginarse a sus amigos llorando por ella.

Ocultó el siniestro pensamiento cuando Biana le preguntó:

—¿Quieres venir mañana a casa?

—Yo… no lo sé. Te digo algo, ¿vale?

Biana asintió.

Fitz se despidió con la mano, y Keefe le deseó que se divirtiera con su brillante caballo, mientras Alden apuntaba su buscador de caminos hacia la luz.

—Pensaré mucho en ti, amigo —le aseguró Alden a Grady—. Y, Sophie, hablaremos pronto.

La luz los barrió por completo antes de que ella pudiese preguntar sobre qué.

Grady permaneció en su sitio, mirando hacia la distancia, como si no supiese a dónde ir. Quizá aún no estaba preparado.

—No hace falta que vengas hoy —le dijo a Sophie, segundos después—. No es agradable…

—Lo sé. —Lo envolvió con sus brazos, deseando poder absorber toda la tristeza que habitaba en su voz—. Pero yo quiero ir.

Grady se hundió en su abrazo, y un segundo después se separó de ella, con los ojos anegados de lágrimas. Se aclaró la voz y tomó sus manos.

—Bien. Pues entonces, vamos a prepararnos.