Hazel no sabía mucho de Alfie aparte de que era alto y tenía la barba rala, y de que llevaba calcetines con sandalias cuando estaba por el piso, pero, sorprendentemente, no le quedaban mal; también sabía que era profesor de escuela primaria y medio jamaicano, pero, al parecer, no comía nunca comida jamaicana y sobrevivía a base de pasta al pesto y esas ensaladas de bolsa de Sainsbury’s mezcladas con remolacha rallada. Sabía que había vivido en dos pisos de Londres antes que en ese, que le gustaban Black Mirror y Louis Theroux, que acariciaba el sueño de recorrer Europa a pie desde Suecia hasta Sicilia y que sus tres mayores temores eran el fascismo, el cambio climático y las enfermedades terminales. También sabía que tenía un cepillo de dientes eléctrico y una cafetera para una sola taza que no lavaba más que cuando iba a preparar café con ella; y sabía que se había acostado con alguien la semana anterior porque la mujer había hecho tanto ruido que había podido oír todo el proceso desde su habitación, al otro lado del pasillo. En ese momento ella misma estaba arrodillada y desnuda sobre el colchón de Alfie, con la frente apoyada en el brazo y varias partes del cuerpo apretadas contra el papel de pared con relieve. Él la embestía por detrás y le metía los dedos por delante mientras con la otra mano le agarraba el pecho. Su coordinación era virtuosa. La cama chirriaba y ella gemía igual de fuerte que la otra mujer, probablemente más, y luego más aún, hasta que los gemidos se convirtieron en sollozos de éxtasis. En la habitación de al lado, Tony estaba jugando a World of Warcraft y subía el volumen al mismo tiempo que ella, de tal manera que, para cuando Hazel se corrió, la banda sonora llegaba como un estruendo desde el otro lado de la pared.
A continuación se quedaron tumbados boca arriba mirando los remolinos que trazaba el dibujo del techo. Hazel se preguntó por lo desacertado que había sido aquello en una escala del uno al diez, donde uno sería que se enamorarían y diez significaba que se sentirían tan incómodos viviendo juntos que uno de los dos tendría que mudarse. Casi con toda seguridad estaría por encima de cinco; posiblemente un ocho, quizá aún más. Pero también había estado muy bien. El placer posterior resultaba cálido y potente. Incluso si fuera un diez, habría merecido la pena.
—¿Podemos hacer un pacto y no convertir esto en algo incómodo? —preguntó Alfie.
Lo que quería decir con eso era que la incomodidad iba a ser el resultado más probable, mucho más que el del enamoramiento, y Hazel, como sabía que iba a ser así, sintió una punzada de algo parecido a la decepción.
—Creo que es muy buena idea —contestó. Se puso de lado para mirarlo y se estrecharon las manos—. Quizá sea hora de acostarse ya —dijo después.
Alfie cogió su móvil y contestó:
—Es la una y media.
Hazel maldijo, apartó las sábanas y se incorporó.
—Puedes dormir aquí, ¿sabes? —dijo Alfie—. Es decir, si quieres.
—Me da que eso nos haría más difícil cumplir el pacto. ¿No lo volvería todo un poco... complicado?
—Ah, sí —respondió Alfie asintiendo despacio—. Puede que tengas razón. Lo que te parezca mejor.
Hazel se levantó para recoger su ropa del suelo.
—Pues buenas noches.
—¿Vas a salir ahí en pelotas?
—Creo que puedo hacer un esprint. —Sonrió y acercó la mano a la puerta, después vaciló y se giró hacia él. Estuvo tentada de agacharse para darle un beso en la mejilla, pero, al levantarse de la cama, se había adentrado en un territorio distinto y ya no parecía que volver fuese lo más apropiado—. Por cierto, gracias. Ha estado genial. Un sobresaliente alto.
—Opino igual —respondió él con una sonrisa.
Hazel abrió un poco la puerta y echó un vistazo. El pasillo estaba vacío y Tony seguía encerrado en su habitación.
—Tengo que correr —dijo, y en dos pasos estaba en su habitación con la puerta cerrada a la espalda.
Lo de Alfie había sido una mala idea, pensó por la mañana mientras se vestía para ir al trabajo. Era demasiado temprano para estar en pie un sábado, sobre todo un sábado lluvioso. Últimamente llovía todos los días. La ola de calor de julio había quedado definitivamente atrás y los parques de tierra agrietada habían pasado a estar frondosos, encharcados y vacíos. Si seguía así podría haber inundaciones. Daba una mala sensación. Una sensación preapocalíptica, una muestra mínima del clima psicótico que se les avecinaba, solo que a nadie le gustaba hablar de ello.
Pensó que lo de Alfie había sido una mala idea mientras se lavaba los dientes y parpadeaba al aplicarse el rímel. Era un golfo, seguramente sin escrúpulos. Había en él una afabilidad que había tomado por innata, pero para entonces sospechaba que podría ser calculada. No le sorprendería que adoptara todas las decisiones sobre su conducta con un objetivo sexual en mente. Resultaba evidente que era un hombre que seguía los dictados de su polla.
Como lo de Alfie había sido una mala idea, no respondió cuando él le envió un mensaje en el que decía: «Anoche lo pasé genial. Sigo pensando en ello. Bs.».
Parecía como si quisiera repetir, lo cual resultaba halagador, pero ella no pensaba dejarse arrastrar. Era demasiado peligroso. No podía mudarse a otra casa; no se lo podía permitir. El casero solo le había subido el alquiler una vez en los tres años que llevaba ahí, lo que quería decir que a esas alturas cualquier otro lugar sería más caro y, de todos modos, no tenía suficiente en la cuenta bancaria para pagar los costes de la mudanza. Si iba a tener que escucharlo volviendo locas a las mujeres cada fin de semana, lo mejor sería tratar de olvidar que en una ocasión ella misma había sido una de esas mujeres.
Para evitar la tentación de responder al mensaje, se dejó el teléfono en el bolso, colgado junto al baño del personal de la cafetería, y durante varias horas hizo el decidido esfuerzo de no pensar en él. En el descanso para comer no se acercó a él y, en su lugar, cogió una novela policiaca del estante que había junto al sofá y que la tuvo enganchada durante toda la hora. Se suponía que había que dejar un libro si cogías otro, pero, dado que no cobraba más que el sueldo mínimo, llegó a la conclusión de que un libro de segunda mano era lo menos que se merecía. Cuando lo metió en el bolso, su mano planeó por encima del móvil, pero con un colosal esfuerzo por mantener la fuerza de voluntad, se resistió y volvió a la cafetera.
No fue hasta las tres cuando se permitió levantar la prohibición. Cuando su mano se iba acercando al teléfono, sintió una oleada de emoción y alivio. Entonces vio que tenía veinticuatro mensajes de WhatsApp, cinco llamadas perdidas y dos mensajes de voz en el buzón. Todos eran de su hermana mayor, palabras como «¿Dónde estás?», «¿Nos hemos equivocado de fecha?» y «¿Estás bien?».
Y se acordó: se suponía que Emily y Daria iban de visita ese fin de semana. Lo había olvidado porque lo había escrito en un trozo de papel en lugar de en su calendario y después, cuando alguien le pidió que le cambiara el turno, había mirado el calendario y había visto que no tenía nada. Devolvió la llamada a su hermana.
—Ay, Dios mío —empezó a decir nada más contestar—. Lo siento mucho, soy una inútil, ¿habéis estado esperando bajo la lluvia? ¿Qué habéis hecho? ¿Habéis encontrado alguna cafetería o algo?
Se oían voces de fondo.
—¡No pasa nada! —contestó Emily al tiempo que se reía por algo—. Tu compañero de piso nos ha dejado entrar.
—Ah. ¿Cuál?
—Eh... —Emily hizo una pausa y después, en voz más baja, como si se hubiera apartado el teléfono de la boca, añadió—: Perdona, ¿cómo te llamabas?
—Alfie —contestó la voz de Alfie.
—¡Alfie! —exclamó Emily, de nuevo a todo volumen—. Estamos tomando una cerveza. ¿Cuándo vuelves?
Alfie había vuelto a casa esa tarde y había visto a dos mujeres en la entrada del edificio. Les sostuvo la puerta para que pasaran, dando por hecho que estaban esperando a que les abrieran por el portero automático, y ellas subieron las escaleras detrás de él hasta la segunda planta y después le siguieron por el pasillo que llevaba hasta el número doce.
—¡Ah! —había exclamado una de ellas cuando metió la llave en la puerta—. ¿Vives en este piso?
—Eh…, sí —contestó Alfie, que de repente dudó de si vivía allí o no.
—Entonces conoces a Hazel.
Alfie sintió que se ruborizaba.
—Sí, conozco a Hazel. ¿Tú eres...?
—Su hermana —contestó la mujer a la vez que le tendía la mano y él se la estrechaba—. Emily. —Tenía el pelo del mismo color rubio oscuro que Hazel, solo que llevaba la melena por encima de los hombros y con flequillo—. Esta es mi mujer, Daria —añadió.
—Encantado de conoceros —respondió él—. Yo soy Alfie. Entrad.
—¿Y sabes dónde está ella? —preguntó Emily mientras todos pasaban por la puerta.
—En el trabajo, creo. ¿Esperabais que estuviese aquí?
Emily soltó un suspiro e intercambió una mirada con Daria, que se rio.
—Ay, Dios mío —dijo.
—¡Sabía que íbamos a venir! —exclamó Emily—. ¡Lo habíamos hablado! ¡Dijo que estaba libre! Siento mucho haber aparecido así en tu puerta. Se supone que íbamos a quedarnos aquí un par de días. Ya te vale, Hazel.
—No ha dicho nada —dijo Alfie, sorprendido. Por lo general, se tenía por una persona bastante relajada, pero no le habría importado que le hubiese avisado con cierta antelación—. Imagino que se le ha olvidado.
—¿Supone algún problema? —preguntó Daria con expresión de preocupación—. Podríamos buscar un hotel o algo así.
—¡No, no! —exclamó Alfie—. No seáis tontas. —Las miró con una sonrisa de oreja a oreja, por si acaso. No estaba del todo seguro de que fuera lo más práctico, pues había abrigado la esperanza de ser el único o al menos el principal centro de atención de Hazel esa noche, pero parecían bastante simpáticas y no quería que se sintieran incómodas—. No tardará mucho en volver —dijo—. ¿Os apetece una taza de té? ¿Un café? ¿O una cerveza?
Pidieron cerveza y se sentaron a darle sorbos en la mesa de la cocina mientras él recogía todos los platos sucios y los amontonaba al lado del fregadero.
—Perdonad —murmuró inclinándose sobre ellas para limpiar las migas de la mesa mientras ellas se echaban un poco atrás para darle más espacio.
No paraban de hablar, sin inmutarse, contándole cosas de Australia, donde habían estado viviendo dos años mientras Daria hacía un posdoctorado en la Universidad de Melbourne. Habían vuelto hacía quince días. Emily le contó, orgullosa y con una mano en el hombro de su mujer, que a Daria le habían ofrecido una plaza permanente en la Universidad de East Anglia.
Daria sonrió, un poco avergonzada.
—Lo que significa que tenemos que buscar un sitio para vivir en Norwich —se apresuró a decir—. Y por eso estamos aquí. Vamos a ver algunas casas el lunes. Esto está a solo un par de paradas de Liverpool Street, así que nos ahorráis casi dos horas de viaje. —Le contaron que se quedaban en casa de los padres de Emily, en la zona rural de Kent, que no tenía transporte directo con ninguno de los sitios a los que tenían que ir, tampoco un café decente ni, desde luego, comida vegana decente.
En la primera pausa de la conversación, Alfie se excusó y fue corriendo al baño, supuestamente para usarlo pero, en realidad, para dejarlo algo presentable antes de que entrara alguna de ellas. Frunció el ceño mientras quitaba un pelo de Hazel de la ducha y los restos del afeitado de Tony del lavabo. No recordaba de quién era el turno de limpieza de esa semana pero, desde luego, no era el suyo. Cuando logró que dejara de tener tanto aspecto de antro universitario, volvió a la cocina y se abrió una cerveza. Emily y Daria iniciaron un interrogatorio, preguntándole cuánto tiempo llevaba en Londres (ocho años) y cuánto tiempo llevaba en el piso (cuatro meses). Emily le preguntó qué le había llevado a mudarse a una pocilga como esa («¡Em!», exclamó Daria), y él se preguntó si, después de todo, debería haberse molestado en limpiar el baño. Les contó que había terminado una relación hacía poco y que era solo una medida provisional.
—Vaya, tío, lo siento —dijo Daria, y él le contestó que no pasaba nada, cosa que era verdad, o casi, solo que no estaba seguro de que le creyeran.
Se quedaron callados un rato y, a continuación, Emily señaló una botella vacía de Yazoo del cubo de reciclaje.
—No cabe duda de que Hazel vive aquí.
Al mencionar a Hazel, cuya afición al batido de chocolate encontraba infantil y encantadora, las mejillas de Alfie volvieron a sonrojarse. Emily le preguntó qué tal le parecía vivir con ella y él contestó que estaba bien, muy bien, genial. Se habría detenido ahí, pero le miraban con expectación, así que dijo que no le importaría que se tomara los turnos de limpieza algo más en serio y ellas se rieron, satisfechas.
—¿Y tú también eres profesora de universidad? —le preguntó a Emily para cambiar de tema.
—Ay, Dios, no. Yo soy ingeniera informática.
Alfie dijo que le parecía guay. A él le gustaría ser más aficionado a la tecnología. Todo resultaba más fácil cuando eras un friki de la informática. Emily le preguntó a qué se dedicaba y él les dijo que era profesor de primaria y les habló del colegio en el que trabajaba.
—Tengo una amiga de la universidad que acaba de dejar la enseñanza —dijo Emily—. Pasó tres meses destrozada. Por estrés. Y luego dijo que lo mandaba a la mierda.
—No me sorprende —respondió Alfie—. Nosotros hemos tenido a uno o dos así en nuestro colegio. Yo he pensado muchas veces en dejarlo. Pero la verdad es que no creo que se me dé bien ninguna otra cosa.
A partir de ahí empezaron una conversación sobre las políticas de educación, durante la cual Alfie habló en profundidad de los exámenes de acceso a la universidad, del método fonético y de la diferencia entre escuelas y academias, y Emily y Daria lanzaron gemidos en los puntos adecuados, fruncieron el ceño y le hicieron montones de preguntas muy pertinentes que requerían respuestas extensas. Después hablaron de gobiernos, el británico, el australiano y el estadounidense, y luego sobre dónde estaban la noche en que Donald Trump salió elegido. Alfie les contó que había tenido un precioso sueño en el que ganaba Hillary, pero que se despertó a las cuatro de la madrugada con un sobresalto de terror y nervios.
Estaban con el Brexit cuando Hazel llamó a Emily. Después hablaron sobre el cambio climático y los muchos aspectos en los que estaban todos jodidos y debieron de estar así durante bastante tiempo porque, de repente, se oyó un portazo y apareció Hazel, mirándolos con cara de confusión.
—Que alegría verte por aquí —dijo Emily.
—Lo siento muchísimo —contestó Hazel a la vez que sacaba una silla.
Llevaba un piercing en la nariz y el pelo recogido en una especie de trenza elaborada. Tenía unos cuantos mechones sueltos sobre la cara. Sonreía con gesto de disculpa y se le marcaban los hoyuelos. O quizá solo fuese un hoyuelo. Alfie no se acordaba bien. Estaba sentada de lado, de modo que no le veía la otra mejilla.
—Deberías haberme enviado un mensaje ayer —continuó Hazel.
—¡No culpes a la víctima! —protestó Emily—. ¡Eres una impresentable! —Extendió las manos y apretó la cara de Hazel hasta que los labios se le levantaron y sobresalieron—. ¿Qué eres?
—Una impresentable —contestó Hazel con la boca comprimida.
Emily le soltó la cara y le revolvió el pelo hasta que quedó coronada por una maraña de nudos y electricidad. La elaborada trenza se había echado a perder.
—¡Joder! —gritó Hazel—. ¿Contenta? —Se dejó caer en la silla y empezó a deshacerse la trenza, peinándose con los dedos.
—Dale una cerveza a la pobre —dijo Daria, y Alfie obedeció.
Hazel soltó un suspiro y murmuró un agradecimiento.
—No sé a vosotros —añadió Daria—, pero a mí me está entrando hambre.
—¿Pedimos algo de comer? —propuso Alfie—. A mí me apetece una pizza guarra.
—Ah —dijo Hazel mientras se sacudía el pelo y se lo recogía en un moño desordenado—. ¿No te has enterado? Estas son veganas. —Puso los ojos en blanco.
—¡Mierda! Lo había olvidado. Lo siento mucho.
Emily y Daria le dijeron que no fuera tonto.
—No tienes que preocuparte por si nos ofendes —dijo Emily. Se giró y miró fijamente a su hermana—. Pero Hazel, sí, porque es una gilipollas.
Hazel se rio y se atragantó con la cerveza. Daria le dio palmadas en la espalda al tiempo que explicaba que en una ocasión Hazel había hecho una crítica feroz contra el veganismo en un artículo para el periódico de su universidad y que Emily jamás se lo había perdonado.
—No sabía que era vegana cuando lo escribí —protestó Hazel una vez que se hubo recuperado.
—¡Siempre dice lo mismo! —exclamó Emily—. Como si eso mejorara las cosas.
—¿Qué problema tienes con los veganos? —preguntó Alfie, como si él no tuviera tres latas de foie gras en el armario de la cocina que había traído del viaje a París que había hecho con Rachel en un último intento por salvar su relación.
—Yo no tengo ningún problema, ya —contestó Hazel. Se lanzó a contar una historia sobre una fiesta vegana a la que había asistido con una amiga que estaba iniciándose y en la que todos habían sido muy antipáticos y una mujer («una vegana de verdad, en plan supervegana, ya sabes») había criticado su ensalada de garbanzos.
—Entonces ¿escribiste el artículo para vengarte? —preguntó Alfie, pensando que era una forma creativa de responder.
—Un artículo espantoso —contestó.
—Peor que espantoso —añadió Emily—. Era un discurso de odio.
—¡Fue hace diez años! —protestó Hazel—. ¡Eran otros tiempos!
Emily se limitó a negar con la cabeza.
—¿Puedo leerlo? —preguntó Alfie.
—Por supuesto que no —respondió Hazel.
Se miraron a los ojos y él sintió que algo se le retorcía bajo la caja torácica.
En ese momento, Daria les recordó que todavía no habían decidido qué tipo de comida iban a pedir y Hazel fue a por su portátil para mirar en Deliveroo. Alfie se recostó en la silla, dio un sorbo a su cerveza y pensó: «Menuda familia».
Emily y Daria encontraron una casita en Norwich, a quince minutos del centro, con jardín trasero, elementos de época y un parque enfrente. El agente inmobiliario les entregó un formulario para que lo firmaran y les dijo que recibirían los documentos definitivos cuando los caseros dieran su aprobación. En el Marks & Spencer de la estación compraron una botella de prosecco mientras esperaban el tren.
Durante el trayecto de vuelta a Londres, hicieron una lista de todas las ventajas e inconvenientes de su nueva casa y, después, otra lista con términos ligeramente distintos. A continuación iniciaron su discusión habitual sobre el transporte que iba a usar Emily, que iba a tener un trayecto muy largo porque estaba solicitando trabajos en Cambridge, donde estaban todas las empresas tecnológicas. A ella el trayecto de dos horas en tren le parecía factible; Daria no estaba de acuerdo y había insistido en que estaba dispuesta a vivir en algún punto intermedio entre las dos ciudades.
—Solo digo que no es demasiado tarde —decía en ese momento.
Pero Emily tenía claro que Daria, una lesbiana vegana de Oriente Medio, no iba a adaptarse a la vida de una ciudad en el culo del mundo y llena de votantes a favor del Brexit.
—Tú necesitas tu ambiente, cariño —dijo—. Necesitas un ambiente musical y un ambiente gay y vegano, igual que yo.
—Es que no puedo dejar de pensar que vas a estar toda embarazada y agotada —contestó Daria, y Emily sonrió.
—Lo sé —dijo. Se acarició el vientre, que estaba plano—. Puede que tengas razón. Probemos un año, ¿vale? Después vemos cómo lo llevamos.
—Yo lo haría, ya lo sabes. Me mudaría al culo del mundo si eso te hiciera la vida más fácil.
—Sé que lo harías —respondió Emily apoyando la cabeza sobre el hombro de Daria a la vez que le agarraba la mano—. Porque eres dulce y generosa, y te quiero. —Daria la rodeó con el brazo y se quedaron así un rato. Luego dijo—: Alfie es simpático, ¿verdad?
—¡Dios mío, muy simpático! —exclamó Daria, y Emily notó la sonrisa en su voz.
—¿Podemos quedárnoslo? ¿Llevárnoslo a Norwich con nosotras?
Daria se rio.
—Creo que Hazel tendría algo que decir al respecto. ¿Crees que hay algo entre ellos?
—Ojalá —respondió Emily—. Pero yo no me haría muchas ilusiones. Hazel tiene un gusto terrible para los hombres.
Cuando dieron la noticia de la casa, Hazel soltó tal alarido que Alfie asomó la cabeza por la puerta de su habitación con curiosidad.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—¡Hemos encontrado una casa! —exclamó Emily—. ¡Ven a tomarte un prosecco!
Después de que saltara el corcho, Hazel preguntó cuánto costaba el alquiler y soltó un bufido al oír la respuesta.
—¿En serio? Son solo cien libras más de lo que pago yo por ese trastero. —Señaló hacia su habitación, que tenía espacio suficiente para una cama individual y poco más. Murmuró que Londres era una tomadura de pelo, que tendría que empezar a pensar en mudarse.
—¡No lo hagas! —gritó Emily—. ¿Dónde nos vamos a quedar cuando vengamos?
Hazel la fulminó con la mirada y abrió el frigorífico para inspeccionar su contenido. Sacó un paquete de tofu y un surtido de verduras.
—Voy a hacer un revuelto —le dijo a Alfie—. ¿Quieres?
Alfie quería, en parte porque había advertido que su zona del frigorífico estaba vacía, con excepción de un pimiento amarillo arrugado y un tarro de salsa tártara, y en parte porque el sábado por la noche había terminado disfrutando tanto de la compañía de las tres que se había olvidado por completo de que tenía una fiesta en casa de alguien.
—Bueno. Puede. No sé —contestó, porque tampoco quería molestar ni parecer demasiado ansioso—. ¿Habrá suficiente?
Hazel dijo que había mucho y Alfie vaciló hasta que ella añadió:
—Por el amor de Dios, voy a hacerte un poco de todas formas, ¿vale?
Él le dio las gracias y donó su pimiento.
Durante la cena, Emily preguntó a Hazel por el trabajo y ella arrugó la nariz. Le habían encargado algunas ilustraciones ese año y su webcómic tenía cada vez más seguidores, pero nada de eso era suficiente para que dejara de trabajar en la cafetería. Le estaba costando imaginar que algún día ocurriría. De todos modos, quizá no lo dejara aunque pudiera, dijo. Aunque se quejaba de ese trabajo, le gustaba. Estaba muy lejos de lo que era trabajar en una oficina, por lo cual estaría eternamente agradecida. Si bien era agotador, no se parecía en nada a la pesadez mental de pasarse el día mirando hojas de cálculo. Gustaba a los clientes, un sentimiento recíproco, y dos de sus compañeros eran auténticas almas gemelas. Lo único malo era lo poco que le pagaban.
—Sí, pero si eres feliz... —dijo Emily con la boca llena de revuelto.
—Sí —respondió Hazel con tono inseguro—. Soy más feliz, sin duda. ¿Y tú? ¿Tienes trabajo ya?
—No —contestó Emily—. Pero tengo las antenas puestas.
—Pues no te olvides de quitártelas antes de salir por ahí —dijo Hazel, y Daria se rio nerviosa.
Emily soltó un suspiro y miró a Alfie.
—Es tan pueril... —dijo negando con la cabeza, como si le entristeciera.
Después de cenar, Daria estiró los brazos y dijo:
—Bueno, fracasados, ¿alguno se atreve conmigo a una partida de Scrabble?
Se habían acabado el prosecco, pero quedaba cerveza en el frigorífico, así que la llevaron a la sala de estar y se sentaron en el suelo alrededor de la mesa de centro. Hazel sacó el Scrabble de un montón de trastos de la estantería y mezclaron las letras antes de repartirlas. Un silencio de concentración inundó la habitación, roto de vez en cuando por algún «oooh» o un «mierda», suspiros de satisfacción y chasquidos de lengua y, en una ocasión, por la llegada de Tony, que entró en busca de su teléfono y volvió a salir sin decir nada, dejando tras de sí un ligero aroma a poliéster sin lavar.
Durante casi toda la partida, Daria y Hazel fueron a la par, adelantándose la una a la otra en cada turno. Pero entonces Alfie puso embarazo, juntando la O de pino de Daria y una E de césped de Emily. La Z estaba sobre una doble puntuación de letra, la R sobre un triple de palabra y había usado todas las letras, lo cual le daba una bonificación de cincuenta puntos.
—Uf —dijo Daria—. Joder.
—Qué suerte, cabrón —añadió Hazel, mientras Alfie sumaba sus puntos.
—¡Ciento treinta y siete! —cacareó.
Emily no dijo nada. El corazón la aporreaba ebrio en el pecho. ¡Tenía que ser justo esa palabra! Evidentemente, ella no creía en señales del universo, pero ¿y si existían? No existían, pero ¿y si existían? Si daba rienda suelta a su imaginación, no le cabía duda de que esa era de las buenas, joder.
Hazel y Alfie no se habían quedado a solas desde que ocurriera eso, porque ella había estado trabajando todo el fin de semana y él había pasado el lunes en algún sitio que no podía ser el trabajo, porque eran las vacaciones escolares. Por tanto no habían tenido oportunidad de mencionar eso y, mucho menos, de hablar de eso o de tantear eso de alguna manera incómoda. En cierto modo, Hazel se alegraba. Pensaba que lo mejor era cortar por lo sano. No importaba el vuelco que sentía en el estómago cada vez que oía la puerta de la calle; no importaba que le ardieran las mejillas cuando él le sonreía. Ese tipo de sensaciones solían llevarla a situaciones de las que, tarde o temprano, querría librarse, y por eso mismo lo mejor era no hacer caso. Como refuerzo para seguir sin hacerles caso, concertó una cita con un chico y se aseguró de que Alfie se enterara.
Desde el principio, no salió según lo planeado. Hazel salió tarde, y después hubo retrasos en el metro, lo cual hizo que se le hiciera aún más tarde. Para cuando llegó, su cita ya llevaba dos pintas en el cuerpo.
—Perdona, ¿Brandon? —preguntó, y él levantó los ojos de su teléfono.
—¡Sí! ¡Hola, Hazel! —contestó al tiempo que se ponía de pie para darle un beso en la mejilla.
—Lo siento mucho —dijo ella con tono serio—. El puto metro.
—Dios, sí, lo sé —respondió él negando con la cabeza—. Es un infierno, y lo digo literalmente. Deja que te pida una copa. ¿Qué te apetece?
Pidió una copa de vino blanco y se sentó en la mesa mientras él iba a la barra. Tenía demasiado calor, pero se dejó la chaqueta puesta para ocultar las manchas de sudor.
Brandon volvió con su vino y una pinta más para él. El vino estaba avinagrado, y Brandon, aunque aún no estaba borracho, hablaba muy alto. Mientras le oía, Hazel pensó que había algo en él curiosamente familiar. Nada lo bastante destacado como para detectarlo por la foto de perfil, pero sí algo en la actitud y en la voz. ¿Se conocían de antes? Sabía que trabajaba de ingeniero en una promotora inmobiliaria y que le gustaban los coches, los relojes suizos y jugar al squash. No le dijo que le gustaba el fútbol, pero se delató al dirigir la mirada con cierta regularidad al partido entre el QPR y el Chelsea que había en la pantalla de televisión gigante que tenía detrás de ella. Quizá tuvieran amigos en común, pero empezaba a parecerle poco probable.
Hazel fue a por una segunda ronda mientras se preguntaba si tendrían suficiente conversación mientras las tomaban. Al final, sin saber qué preguntarle, le dijo:
—Perdona, pero tengo la sensación de que te conozco de antes.
—Ah, ¿sí?
—¿A ti no te pasa?
Él entrecerró los ojos y la miró, con la cabeza ligeramente inclinada.
—Puede que haya algo familiar en ti, ahora que lo mencionas —contestó con evidente falta de convencimiento—. ¿Estudiaste en Exeter?
—No.
—¿En King Edward?
Ella negó con la cabeza.
—¿Trabajas por aquí?
—No.
Desconcertados, cogieron sus vasos para dar un sorbo mientras pensaban. Entonces Hazel se acordó.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Tienes una hermana que se llama Hannah?
—S-sí...
—¿Hannah Fox?
—La misma. Entonces ¿la conoces?
Hazel sonrió. Siempre había sentido debilidad por Hannah Fox.
—¿Te acuerdas de Emily Phillips? —preguntó—. ¿La novia de Hannah en el University College de Londres, hace ya diez o doce años?
Él abrió los ojos de par en par.
—¿Emily Phillips? ¡Sí que la recuerdo! —Asintió con emoción, sin hacer siquiera un intento por contener su entusiasmo—. ¿De qué la conoces?
—Es mi hermana —contestó Hazel.
Brandon estuvo a punto de atragantarse con la cerveza.
—¿Tu hermana? ¿En serio?
—Sí.
—Entonces ¿nos conocemos de antes?
—¿Te acuerdas de cuando Emily y Hannah se graduaron, y Emily se puso ciega perdida y hubo que llevarla a casa?
—¡Ah, sí! ¡Dios, aquello fue una locura! Estaba fatal. Pero no recuerdo que tuviera una hermana.
Hazel suspiró en silencio.
—Pues estaba allí. De hecho, no habríais llegado a casa de no ser por mí. Convencí al taxista de que nos llevara. No quería que subiéramos. Me hizo jurarle sobre su Biblia que Emily no iba a vomitar.
Brandon se rio a carcajadas.
—¡No jodas! —dijo—. Tremendo. Sí, ahora empiezo a acordarme. Si te digo la verdad, Hazel, mis recuerdos de aquella noche están un poco borrosos. Yo también iba bastante mal. —Se rio y negó con la cabeza antes de dar otro trago a su vaso. Su risa fue desvaneciéndose poco a poco. Después levantó los ojos, sonriendo todavía.
—¿Has dicho...? Me ha parecido... ¿Has dicho novia?
—¿Qué? Ah. Sí.
—¿Tu hermana era novia de mi hermana? ¿Novia de novia?
—Eh... sí.
—¿Qué? —exclamó—. ¡Joder! ¡No! ¿Estuvieron juntas?
—Ah, vaya. Veo que te perdiste esa parte.
Brandon se había llevado la mano a la frente.
—¡Dios mío! ¡Jamás lo sospeché siquiera! Hannah aún no había salido del armario. Nunca... Yo creía... Suponía...
—No eran amigas íntimas, Brandon —le aclaró Hazel. Empezaba a sentirse muy cansada.
—¿Estás segura? —preguntó Brandon, con cara de espanto—. Sí que lo estás. ¡Joder!
—¿A qué viene tanto alboroto? ¿Creías que Emily iba detrás de ti?
Brandon se rio tan fuerte y durante tanto rato ante aquella sugerencia que Hazel supo que había acertado.
—Claro que no —contestó.
Hazel se acabó la copa y cogió el bolso para buscar su teléfono. Con discreción, escribió «SOS» en un mensaje de WhatsApp y se lo envió a su amigo Nish. Treinta segundos después, sonó el teléfono.
—Hola, cariño —dijo Nish cuando contestó—. Creo que deberías venir. Me he caído por las escaleras. Lo cierto es que quizá me haya roto el brazo, así que voy a necesitar que alguien me dé de comer mi sopa de fideos antes de que se me enfríe. Más vale que te des prisa, no me queda mucho de vida.
Tuvo que hacer un esfuerzo para no reírse. Se levantó y se apartó de la mesa, como si fuera algo grave e íntimo; después volvió con Brandon, que tenía una expresión de seria preocupación.
—Lo siento mucho, pero voy a tener que irme —dijo ella—. Un amigo acaba de recibir una noticia terrible.
Brandon levantó las cejas ligeramente.
—Gracias por una velada encantadora —añadió ella mientras se ponía el abrigo.
—Gracias a ti —contestó Brandon.
Hazel estaba segura de que se había dado cuenta, pero no se atrevía a decirlo. Se encorvó para besarle en la mejilla y, a continuación, se dirigió a la puerta.
—Eh —la voz de Brandon le llegó un segundo después, y se giró para mirarlo. Él sonrió tímidamente, como si hubiese decidido ser espontáneo y no estuviese seguro de si era una buena idea—. Esto no es muy caballeroso por mi parte —dijo—. Puede que no... es decir... Bah, qué narices. ¿Te puedo preguntar qué hace ahora tu hermana?
Hazel apretó los labios.
—Es ingeniera informática.
—Qué bueno. ¿Está...?
—Está casada.
—¿De verdad? Vale. Estupendo. Me alegro por ella. Así que no es... ya sabes.
—Está casada con una mujer.
—Ah, bueno. Fantástico. Qué bien. —Asentía sin parar—. Bueno, gracias otra vez, Hazel. Saluda a Emily de mi parte.
Hazel fue directa al piso de Bow donde vivía Nish con su otra amiga, Roisin. Los dos trabajaban con Hazel en la cafetería y, como ella, aspiraban a cosas mejores. Hazel tenía sus ilustraciones; Nish componía música con su ordenador; Roisin tenía un máster en Bellas Artes y un dormitorio lleno de malla de alambre y escayola.
Cuando llegó, se dejó caer sobre la cama de Roisin y les resumió toda la historia.
—¿Qué coño ha sido eso? —exclamó al terminar—. ¿Por qué habré tenido que coincidir con él en Tinder?
—Son los algoritmos... —la tranquilizaba Nish—. Puede que tu hermana siga teniendo a la suya de amiga en Facebook.
—¿Por eso ha sido? ¡Es escalofriante! ¡Vaya mierda!
—Mira, siempre va a ser un poco cosa del azar, Hazel. Todos hemos tenido nuestra buena ración de inútiles. No debes dejar que eso te desanime. Tienes que volver a intentarlo.
—Y siempre podrás contarlo en una viñeta —añadió Roisin desde la puerta. Desapareció y volvió cinco minutos después con tres tazas de té.
—¿Trabajas mañana? —le preguntó Nish a Hazel mientras soplaba su taza.
—Sí.
—Nosotros también. Quédate, iremos los tres juntos. Puedes dormir en mi cama.
—No quiero dormir en tu asquerosa cama —respondió Hazel.
Roisin estuvo de acuerdo en que sería tremendamente repugnante. Pero Hazel podía quedarse en el colchón hinchable. Aunque era de Roisin, no podían ponerlo en su habitación con tanta malla de alambre, así que lo metieron en el estrecho espacio del suelo de Nish. Le dieron una almohada, un saco de dormir y una camiseta vieja. Roisin le aseguró a Hazel que el saco de dormir, aunque no estaba recién lavado, lo había aireado recientemente, lo cual era más de lo que podía decirse de la cama de Nish.
A continuación dedicaron casi media hora a comentar las últimas andanzas sexuales de Nish, en su mayoría facilitadas por Grindr, y que requerían un nivel de audacia y espontaneidad que Hazel no habría sido capaz de mantener ni en sus sueños más disparatados.
—¿Y vosotras, chicas? —preguntó Nish cuando se quedó sin anécdotas—. No puedo ser el único que tiene sexo.
—Sin novedad —respondió Roisin, recostándose en el colchón inflable—. Pero estoy disfrutando de unas pajas estupendas.
Hazel no dijo nada, lo cual levantó de inmediato las sospechas de los otros dos. Dejó que se burlaran de ella durante un rato, luego dijo:
—Conocéis a Alfie, ¿verdad? —Les habló de sus conversaciones en la mesa de la cocina sobre música, documentales y webcómics. Luego estuvo la noche de la ginebra y los episodios seguidos de Black Mirror, y las posteriores especulaciones medio achispados sobre la ciberdistopía hacia la que se dirigía la humanidad. Después se habían acostado. Alfie era muy bueno en la cama. Sospechosamente bueno. Experimentado.
—Lo dices como si fuese algo malo —dijo Nish.
Hazel le habló de los gritos de placer que había oído salir de la habitación de Alfie el fin de semana anterior, pero él siguió mostrándose indiferente.
—¿Adónde quieres llegar? —preguntó él.
—Es que creo que probablemente es el tipo de tío que se acuesta con una nueva cada semana. No es que me parezca mal —se apresuró a añadir—. Pero tengo que vivir con él. Quizá no debería... implicarme.
—Es verdad —dijo Roisin—. Es la fórmula perfecta para el desastre.
—¿Le has oído de verdad teniendo sexo cada semana? —preguntó Nish.
—Bueno, hace dos semanas. Y luego una semana después, conmigo.
—¿Y desde hace cuánto está viviendo contigo?
—Pues cuatro meses, pero...
Nish la miraba con expresión de sorpresa.
—Entonces ha tenido sexo dos veces en los últimos cuatro meses.
—En nuestro piso, sí. Pero ¿quién sabe lo que ha estado haciendo cuando no está en casa?
—Hazel, te estás inventando problemas donde no los hay —dijo Nish.
Roisin le pidió ver una foto, así que Hazel abrió el Instagram de Alfie en su teléfono y se acercaron para mirar.
—Guapo —dijo Roisin.
—Cielo santo —añadió Nish—. Hazel, ¿cómo no va a gustarte este chico?
—No he dicho que no, solo que...
—Entonces ¿te gusta?
—Un poco, puede, pero...
—Y tú a él.
—Eso no lo sabes. Estuvo con otra chica hace dos semanas.
—Uf.
—Te envió un mensaje en el que decía que no dejaba de pensar en ti —insistió Roisin moviéndose al otro lado.
—En ello. En el sexo.
—Es lo mismo.
—¡No lo es!
—Hazel, hay que dar las gracias al universo cuando nos trae algo bueno —dijo Nish—. ¿Por qué quedas con gilipollas urbanitas cuando tienes eso en casa?
—¡Porque sí! Tengo que pasar página, ¿vale?
—Esto es demasiado —contestó Nish. Dejó su té, se giró hacia ella y le cogió las dos manos—. Repite conmigo: cuando llegue a casa mañana...
Hazel le miró con recelo, pero obedeció.
—«Cuando llegue a casa mañana»...
—Voy a...
—«Voy a»...
—Acostarme con él por los siglos de los siglos. Amén.
Hazel le agarró la cabeza y él soltó un aullido.
—¡Quieres verme jodida!
—¡Sí! ¡Por delante, por detrás y del revés! —exclamó Nish, haciéndose un ovillo para protegerse de la ráfaga de pequeños puñetazos.
Roisin se giró boca arriba, riéndose.
—Cuando venga aquí llorando —dijo Hazel—, porque se me ha roto el corazón y me resulte demasiado incómodo vivir en mi propia casa...
—Yo te secaré las lágrimas y echaré al cabrón de Julian para que puedas mudarte con nosotros —respondió Nish.
—Chisss —dijo Roisin—. Te va a oír.
—Te juro que lo haré —susurró Nish—. Se mete el dedo en la nariz y luego lo lanza al aire.
Hazel apretó los labios para no sonreír.
—Esto va a acaba mal —dijo—. Me voy a arrepentir de haberte hecho caso.
—¡Ya nos ocuparemos de eso cuando pase, Hazel! —gritó—. ¡Carpe diem, joder!
Alfie había pasado la noche en un intimidante bar sueco, bebiendo cerveza y comiendo pescado ahumado sobre pan negro con su amiga Clara. En teoría, Clara era su exnovia, pero esa relación apenas le había dejado huella, porque había sido fugaz e intrascendente. No recordaba cómo era desnuda y suponía que a ella le pasaba lo mismo. Aun así él le había propuesto quedar poco después de saber que Hazel iba a salir con alguien, de modo que si ella le preguntaba por sus planes le diría: «Ah, he quedado con una amiga. Mi ex, en realidad» y acompañaría esas palabras de un gesto despreocupado, cuyo verdadero significado no quedaría nada claro para ella. Sin embargo, hasta el momento, Hazel no le había preguntado nada.
Alfie y Clara se habían retrasado con su puesta al día anual, así que Clara no sospechó que hubiese un motivo oculto. Como de costumbre, ella había buscado un sitio nuevo y carísimo para verse; como de costumbre, dedicaron buena parte de la velada a quejarse del trabajo. Clara despotricó sobre su jefe, que no la valoraba, y Alfie sobre un grupo de profesoras y auxiliares de clase que le habían tratado como un paria desde que había terminado su relación con Rachel. Él y Rachel llevaban varios años trabajando juntos en el mismo colegio, pero al parecer ella había considerado insostenible la relación tras la ruptura y se había marchado al terminar el último trimestre. La creencia predominante entre sus animadoras era que ella se había sacrificado, que había dejado un trabajo que le encantaba para que pudiera restablecerse la armonía en la sala de profesores, pero lo irónico fue que cualquier falta de armonía se debía por entero a ella misma. Alfie no había hecho otra cosa que comportarse civilizadamente, se había esforzado muchísimo por contener los efectos colaterales y, sin embargo, interpretaban que él la había echado y le reprochaban no haber sido él quien se marchara. Ya puestos, iba a darles lo que querían, dijo. Empezaría a buscar en los anuncios de trabajo en septiembre. Que se fuesen a la mierda.
Lo cierto era que no había pensado en nada de esto desde el comienzo de las vacaciones y se quedó un poco perplejo ante la fuerza de su propia rabia. Clara se mostraba amablemente indignada, pero, a medida que avanzó la conversación, se fue quedando más callada, hasta que su voz sonó baja y triste.
—¿Clar? —preguntó Alfie—. ¿Qué te pasa?
—Demasiadas rupturas este año —contestó sin energía—. Lo cierto es que yo también he entrado en ese club.
—Ah. Espera ¿qué? ¿Quieres decir que...?
Contestó que sí, que estaba soltera desde hacía dos semanas y que estaba destrozada. Había roto con un hombre que se llamaba Hill (era su nombre real), al que Alfie no había conocido nunca, pero cuyo perfil de SoundCloud había escuchado con fascinación y horror, cada una de sus condenadas canciones. Le habían espantado tanto que, durante un breve momento, dudó de la viabilidad de su amistad con Clara, que consideraba que Hill era «creativo» y «no como los demás tíos (sin ánimo de ofender, Alfie)».
Clara echaba de menos a Hill, pero, por otro lado, no le echaba de menos y también estaba enfadada consigo misma por haber aguantado tanto, tratando de hacer que funcionara, cuando lo único que había hecho era perder el tiempo. Y ahí estaba, de nuevo en la casilla de salida, a punto de cumplir los treinta.
—Cumplir treinta no es para tanto —dijo Alfie, que era de la misma edad y al que no le suponía ningún problema. Todavía no había empezado a escasearle el pelo, ni siquiera un poco.
Clara alzó una ceja y le recordó con aspereza que cumplir treinta años es una cosa cuando eras hombre y otra muy diferente cuando eras una mujer, especialmente una mujer nuevamente soltera que espera tener hijos en los siguientes cinco años.
—No sabía que quisieras hijos —se disculpó él.
Ella suspiró y dijo que sí, que quería muchos hijos. Tres, por lo menos. No podía evitarlo, estaba chapada a la antigua. Volvió a suspirar, con más fuerza.
Alfie quería tranquilizarla diciéndole que todavía le quedaba mucho tiempo, que encontraría a alguien, aunque, dado su propio historial amoroso, sospechaba que podría parecer un cliché vacío.
—Creo que a mí me gustaría tener hijos —dijo en su lugar—. Es evidente que sería un padre estupendo.
Clara se rio.
—Sí, probablemente. Por suerte para ti, no tienes una fecha límite.
—No sé. Setenta es un poco viejo, creo yo.
Ella le dio un suave empujón y dijo que iba a pedir otra copa. Mientras se alejaba, Alfie estuvo pensando en lo que acababa de decir. En general, la paternidad no era algo a lo que le hubiese dado muchas vueltas, pero no bromeaba del todo con lo de que sería un padre estupendo. Se pasaba la semana laboral sufriendo las consecuencias de las decisiones que tomaban otros padres, lo cual pensaba que debía de darle alguna ventaja.
Clara volvió y dejó una pinta de cerveza rubia en la mesa delante de él.
—Bueno —dijo con voz animada—, ¿y con quién vas a tener todos esos bebés?
—Ni idea —contestó él mirándola a los ojos.
—¿Nada? ¿No estás ligando con ninguna? ¿Nadie del colegio que te haya llamado la atención? —Él la fulminó con la mirada—. Perdona. En serio, ¿nada? Me decepcionas.
—Bueno...
—¡Eso ya me gusta más!
—Sí, pero no te emociones. Es el rollo de siempre. Me he acostado con alguien. —Clara se frotó las manos, regodeándose, y Alfie sonrió un poco al recordarlo—. Fue... Bueno, estuvo genial —dijo—. Pero es mi compañera de piso.
—¡Ah! Vale. Complicado. ¿Está resultando incómodo?
—Yo no diría eso exactamente —contestó Alfie.
Le contó lo de la aparición de Emily y Daria, y el poco tiempo que habían tenido para sentirse incómodos.
—¿Crees que va a pasar algo? —preguntó Clara, y Alfie se encogió de hombros—. ¿Quieres que pase?
—No me importaría.
—Entonces ¿te gusta? —preguntó, y cuando vio que Alfie no respondía de inmediato añadió—: ¡Sí! ¡Te gusta! ¡Ay, Dios mío, Alfie! —Adoptó un tono agudo y puso acento norteamericano—. ¿Estás enamorado de ella?
—Vete a la mierda.
—Los compañeros de piso pueden formar buenas parejas, ¿sabes? ¡Oye! —Dio un golpe en la mesa con la palma de la mano—. Yo fui a una boda el mes pasado. ¿Cómo crees que se conocieron? ¡Compartían piso!
Alfie negó con la cabeza.
—No está interesada, Clara. Fue un rollo de una noche.
—Ah —contestó Clara, desinflada—. Así que te utilizó para tener sexo.
—Eso parece. En cuanto nos quedamos solos un momento, me dijo que esta semana había quedado con un tío.
—Quizá esté tratando de darte celos —sugirió Clara, esperanzada, pero Alfie hizo un gesto de negación.
—No creo que a ella le vayan ese tipo de estrategias.
—Joder. Vaya, pues menudo fastidio. Lo siento. —Clara levantó su vaso—. Por este par de fracasados —dijo con inequívoco deleite, y Alfie entrechocó su vaso con el de ella.
En el autobús de vuelta a casa, Alfie empezó a notar un tic en un ojo, algo que le ocurría, de vez en cuando, desde hacía varias semanas. Resultaba molesto y le ponía nervioso. Se había jurado que no iba a buscarlo en Google, pero de repente sintió una extraña compulsión. Sacó el teléfono y escribió «tic en el ojo». Falta de sueño, sugerían todos los artículos. O estrés, aunque esto parecía poco probable en plenas vacaciones escolares. O demasiada cafeína, pero había probado a dejar el café y no notó ninguna diferencia. Después llegó hasta el final de un artículo y leyó que, en pocos casos, el tic del ojo podía ser un síntoma de una enfermedad neurológica degenerativa.
En una especie de trance aterrador, siguió el enlace del artículo sobre esa enfermedad y leyó la lista de síntomas. Parecía presentar varios. Levantó la mano por delante de su cara y vio que le temblaba. Movió los dedos en diferentes posiciones, para tratar de dejarlos quietos, pero descubrió que era incapaz. Luego se echó el pelo hacia delante de tal modo que si miraba hacia arriba lo veía enfrente de sus ojos. Los mechones se movían y palpitaban, y se preguntó si sería un síntoma temprano de «movimiento incontrolable de la cabeza, lo cual, según sabía ahora, siempre suponía un problema grave que requería atención médica inmediata.
Entró tambaleándose y aturdido en el piso. Iba a morir, pronto y de una forma terrible. Pensó en pedir una cita con su médico de cabecera, pero sintió náuseas al imaginarse las noches sin dormir que le quedarían hasta entonces, después el pesado recorrido hasta el consultorio, luego la angustiosa espera para entrar. Y la mirada seria, si se trataba de algo grave, la voz suave, la derivación para otros análisis.
Se sentó a la mesa de la cocina, desconcertado. Podía oír el sonido de los videojuegos que salía por debajo de la puerta del dormitorio de Tony y, por un momento, pensó en llamar y preguntarle si le apetecía una cerveza. Pero esa sería una reacción extrema ante cualquier situación. Lo que de verdad quería era hablar con Hazel, no de lo que había pasado entre ellos, sino de cualquier otra cosa, como ya habían hecho en un par de ocasiones bien entrada la noche. Una taza de té con ella le distraería de la posibilidad de su inminente diagnóstico y su muerte. Podría hablarle de los síntomas y darse cuenta de que carecían por completo de importancia, una vez que lo articulara en voz alta. Podría contarle que en su familia tenían mala genética, que su madre y su abuela habían muerto de cáncer de pecho antes de tiempo, y que probablemente no debería tener hijos si al final iba a morir y a dejarlos solos. Ella se reiría de él, casi con toda seguridad, y le diría algo tranquilizador (aunque falso), como: «Literalmente eres la persona más sana que conozco» o «Yo tengo un tic en el ojo desde el año pasado». O en realidad no se reiría de él y le diría algo completamente lógico, como: «Vaya, eso es terrible, entiendo que te puedas preocupar por el cáncer, pero ¿por una enfermedad de la neurona motora? ¿En serio?». Ese era el tipo de cosas que quizá le harían sentir mejor si hubiese estado ahí para decírselas, pero, en su cabeza, no hizo más que recordarle que también tenía que preocuparse por el cáncer. Se levantó y fue a su habitación, se bajó los vaqueros y los calzoncillos y se tocó los testículos en busca de bultos. No detectaba ninguno. Ya era algo.
Se preguntó dónde estaba Hazel. Posiblemente su ausencia significaba que la cita había sido un éxito. Tal vez debería enviarle un mensaje, para ver si iba todo bien. Pero no sabía en qué punto la prudencia se convertía en entrometimiento, o si al haberse acostado con ella la semana anterior había renunciado a cualquier derecho a mostrarse preocupado, porque la preocupación podía confundirse con demasiada facilidad con los celos. Escribió un mensaje, lo corrigió para que pareciera más despreocupado y terminó borrándolo de todos modos.
Sentía como si le pasara algo en los dedos, aunque no fuese algo que pudiera describir. Cansancio, quizá. Fatiga muscular. O puede que entumecimiento. ¿Era entumecimiento? ¿Se le habían dormido los dedos? Notó cómo volvía a crecer el pánico, la claustrofobia, como si estuviese atrapado en un edificio en llamas. Buscó a su alrededor algo afilado y encontró un bolígrafo. Se apretó la punta contra los dedos al azar, dejando varios puntos negros diseminados. Podía sentir el bolígrafo, sí. Pero ¿sentía el nivel normal de presión o se le había insensibilizado el tacto? No estaba seguro.
Se recostó en las almohadas y trató de pensar con lógica, pero era demasiado consciente de sus dedos y sus manos, que notaba pesadas y húmedas, posiblemente funcionales, posiblemente no. Le invadía una especie de energía incómoda, una tensión extraña.
Su teléfono vibró y dio un salto. Era Jasmine, la mujer con la que había pasado la noche hacía semanas. Se habían conocido en el trigésimo cumpleaños de alguien y, desde entonces, se habían acostado dos veces. Era la primera persona con la que lo había hecho desde que había terminado su relación con Rachel y había sido todo muy superficial y sin complicaciones. Ella había hecho mucho ruido, lo que resultaba gratificante, pero también bochornoso. Alfie no había tenido especial deseo de hacerse notar de una forma tan estridente. Había en ella una inocencia y una ingenuidad que se contradecían con su feroz libido.
En ese momento le decía que acababa de tomar unas copas en Broadway Market y que, si quería, podía pasarse por su casa. No tenía ganas. No estaba seguro de poder hacer nada en ese estado de inquietud. Le contestó que había «salido con unos amigos», después se metió en la cama con una caja de pañuelos de papel y se masturbó sin mucho entusiasmo.