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Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 BarcelonaPenguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright.El copyright estimula la creatividad, de ende la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento,paromueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizadde este libro y por respetar las leyes del copyright al no reproducir ni distribuir ningunaparte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autoresEdición en formato digital: abril de 2022© 2022, Laura Agustí© 2022, Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U.y permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.ISBN: 978-84-264-1113-6Compuesto por Fernando de SantiagoComposición digital: www.acatia.es
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A MartinaA Martina
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unca me han gustado las etiquetas en las personas, porque, dealgúnmodo, siento que te convierten en algo pequeñito ypareceque,deunmomento a otro, van a colocarte dentro deunodelosmuchoscajoncitos de esos armarios antiguos de la merceríaque visitaba de pequeña con mi madre y mi hermana al salir del co-legio. Botones perfectamente ordenados por forma, tamaño y material.Hilos de colores alineados y obedientes que en cuanto sacas uno, de inmediato sale el siguiente a ocupar su lugar. Aún hoy me sigue pro-vocando un placer inmenso pasar los dedos por los carretes dispuestosunosjuntoaotrosenfunciónde la gama cromática, el matiz y el tono.Pero con las personas es diferente. Cuandoalguienintuyequemegustan los animales, la pregunta recurrente es si soy «más de gatos o de perros», y yo, que ya estoy algo entrenada, suelo responder que meencantan los perros, pero que soy gatuna desde que tengo memoria. Me apasionan los gatos y sería imposible calcular cuántos he dibuja-do, fotografiado o pintado en todos estos años. Pierdo la noción del tiempo entre caricias y ronroneos. Me fascina su despreocupación hacia todo, y también la elegancia innata de sus movimientos, ese estado de alerta constante y siempre soberbio, cons-cientes de que tienen todo bajo control. Toda mi vida he tenido gatos alrededor, los llevo hasta en la piel. Cuando viajo, no pasa mucho tiempo sin que empiece a buscarlos conla mirada, como si tuviese un radar. Allí donde miro, siempre losencuentro, sentados en el alféizar de una ventana, frotándose un cos-tado contra una pared tibia de piedra, lamiéndose las patas debajode un coche o supervisando el mundo desde la cima de un tejado.Creo que ellos también me buscan, o eso quiero pensar. Las personasalasquenosgustan tanto los animales solemos ver la belleza en todosy cada uno de ellos, y nos cuesta andar por la vida sin pensar en ellos.11
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unca me han gustado las etiquetas en las personas, porque, dealgúnmodo, siento que te convierten en algo pequeñito ypareceque,deunmomento a otro, van a colocarte dentro deunodelosmuchoscajoncitos de esos armarios antiguos de la merceríaque visitaba de pequeña con mi madre y mi hermana al salir del co-legio. Botones perfectamente ordenados por forma, tamaño y material.Hilos de colores alineados y obedientes que en cuanto sacas uno, de inmediato sale el siguiente a ocupar su lugar. Aún hoy me sigue pro-vocando un placer inmenso pasar los dedos por los carretes dispuestosunosjuntoaotrosenfunciónde la gama cromática, el matiz y el tono.Pero con las personas es diferente. Cuandoalguienintuyequemegustan los animales, la pregunta recurrente es si soy «más de gatos o de perros», y yo, que ya estoy algo entrenada, suelo responder que meencantan los perros, pero que soy gatuna desde que tengo memoria. Me apasionan los gatos y sería imposible calcular cuántos he dibuja-do, fotografiado o pintado en todos estos años. Pierdo la noción del tiempo entre caricias y ronroneos. Me fascina su despreocupación hacia todo, y también la elegancia innata de sus movimientos, ese estado de alerta constante y siempre soberbio, cons-cientes de que tienen todo bajo control. Toda mi vida he tenido gatos alrededor, los llevo hasta en la piel. Cuando viajo, no pasa mucho tiempo sin que empiece a buscarlos conla mirada, como si tuviese un radar. Allí donde miro, siempre losencuentro, sentados en el alféizar de una ventana, frotándose un cos-tado contra una pared tibia de piedra, lamiéndose las patas debajode un coche o supervisando el mundo desde la cima de un tejado.Creo que ellos también me buscan, o eso quiero pensar. Las personasalasquenosgustan tanto los animales solemos ver la belleza en todosy cada uno de ellos, y nos cuesta andar por la vida sin pensar en ellos.
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13Comarca: Bajo AragónProvincia: TeruelAltitud: 510 mSuperfi cie: 46,75 km2Población: 685 habitantesDensidad: 14,56 hab./km2Ubicación:40º59’27’’N 0º02’07’’O40.990833 - 0,0351437Comarca: Bajo AragónProvincia: TeruelAltitud: 510 mSuperfi cie: 46,75 km2Población: 685 habitantesDensidad: 14,56 hab./km2Ubicación:40º59’27’’N 0º02’07’’O40.990833 - 0,0351437
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14Crecí con mi hermana Marina, dos años menor que yo, mi madre Fina y sus padres,Carmen y Mariano, en las afueras de un pue-blecito de Teruel. Vivíamos en la casa de mis abue-los,antigua, con muros de piedra gruesos y vigas de madera oscura, donde el crepitar del fuego y los crujidos de los suelosal caminar eran sonidos constantes. En realidad, eran sonidos fami-liares, porque aquella casa tenía muchas vidas y por ella pasaron también muchos animales. Una o dos veces al mes, nuestra vecina Pascuala traía conejos de su corral que de la noche a la mañana se esfumaban misteriosamente. Acababan en la cazuela una vez que mi abuelo les daba el finiquito. Nosotras tardamos años en asociar la inexplicable desaparición de nuestros compañeros de juego del día anterior con aquello que nos ponían en el plato. Crecí con mi hermana Marina, dos años menor que yo, mi madre Fina y sus padres,Carmen y Mariano, en las afueras de un pue-blecito de Teruel. Vivíamos en la casa de mis abue-los,antigua, con muros de piedra gruesos y vigas de madera oscura, donde el crepitar del fuego y los crujidos de los suelosal caminar eran sonidos constantes. En realidad, eran sonidos fami-liares, porque aquella casa tenía muchas vidas y por ella pasaron también muchos animales. Una o dos veces al mes, nuestra vecina Pascuala traía conejos de su corral que de la noche a la mañana se esfumaban misteriosamente. Acababan en la cazuela una vez que mi abuelo les daba el finiquito. Nosotras tardamos años en asociar la inexplicable desaparición de nuestros compañeros de juego del día anterior con aquello que nos ponían en el plato.
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15En una ocasión tuvimos una familia de erizos que mi abue-lo encontró en un tejado que iba a reformar y llevó a vivira nuestro corral. Otra vez, un vecino trajo una tortugaenorme que pasó el día en la bañera, rodeada de hojas de lechuga fresca, hasta que la devolvimos al pantanodel que la habían sacado. Seis periquitos pasaron porcasa, y todos fueron liberados por Marina, que no sopor-taba verlos enjaulados. Es algo que aprendió de mi madre,a quien le ocurría lo mismo con los animales en cautividady no dudaba en soltarlos, sin importar de qué especie fuesen,cada vez que alguien le regalaba alguno. Nunca hubo hámsteres en casa, a pesar de que nos gustaban, porque mi abuela tenía fobia alos roedores, pero nunca faltaron los gusanos de seda y la invariable recolecta de hojas de morera en verano para alimentarlos. A mí me daban un asco espantoso; Marina, en cambio, disfrutaba tanto de su compañía que le encantaba sacarlos a pasear por su brazo.En una ocasión tuvimos una familia de erizos que mi abue-lo encontró en un tejado que iba a reformar y llevó a vivira nuestro corral. Otra vez, un vecino trajo una tortugaenorme que pasó el día en la bañera, rodeada de hojas de lechuga fresca, hasta que la devolvimos al pantanodel que la habían sacado. Seis periquitos pasaron porcasa, y todos fueron liberados por Marina, que no sopor-taba verlos enjaulados. Es algo que aprendió de mi madre,a quien le ocurría lo mismo con los animales en cautividady no dudaba en soltarlos, sin importar de qué especie fuesen,cada vez que alguien le regalaba alguno. Nunca hubo hámsteres en casa, a pesar de que nos gustaban, porque mi abuela tenía fobia alos roedores, pero nunca faltaron los gusanos de seda y la invariable recolecta de hojas de morera en verano para alimentarlos. A mí me daban un asco espantoso; Marina, en cambio, disfrutaba tanto de su compañía que le encantaba sacarlos a pasear por su brazo.
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Cuando fuimos a vivir al pueblo, yo tenía siete años. Veníamos de un divorcio y unos años complicados, y aquella casa y mis abuelos fueronun refugio cálido y seguro frente a un mundo adulto que no lográbamosentender. Allí también estaba Lobito, un pastor de chira de pelaje largo y oscuro con toques cobrizos que había aparecido en casa de mi tía Lourdes. Como allí ya tenían una perra, se lo llevaron a mis abue-los. Lobito era compañero, protector, guardián, y nos acompañaba a la parada del autobús todas las mañanas cuando íbamos al colegio. Siempre estaba cuidándonos cuando éramos niñas.Mi abuela le cocinaba a diario un puchero al que añadía las sobras denuestra comida, y si un día le caía un guisante por error, Lobito era capaz de comer todo excepto aquella bolita verde, demostrando que tenía un paladar exquisito, pero también modales. Pasábamos las horas acariciándole el pelo. Lo peinábamos con los cepillos diminutos de nuestras muñecasy luegolecolocábamoslazos enla cola, y así, emperifollado, nos acompañaba en nuestras aventuras campestres. En casa nos dejaban tranquilas a su cargo: fue lo más pa-recido a una niñera que jamás tuvimos.18Cuando fuimos a vivir al pueblo, yo tenía siete años. Veníamos de un divorcio y unos años complicados, y aquella casa y mis abuelos fueronun refugio cálido y seguro frente a un mundo adulto que no lográbamosentender. Allí también estaba Lobito, un pastor de chira de pelaje largo y oscuro con toques cobrizos que había aparecido en casa de mi tía Lourdes. Como allí ya tenían una perra, se lo llevaron a mis abue-los. Lobito era compañero, protector, guardián, y nos acompañaba a la parada del autobús todas las mañanas cuando íbamos al colegio. Siempre estaba cuidándonos cuando éramos niñas.Mi abuela le cocinaba a diario un puchero al que añadía las sobras denuestra comida, y si un día le caía un guisante por error, Lobito era capaz de comer todo excepto aquella bolita verde, demostrando que tenía un paladar exquisito, pero también modales. Pasábamos las horas acariciándole el pelo. Lo peinábamos con los cepillos diminutos de nuestras muñecasy luegolecolocábamoslazos enla cola, y así, emperifollado, nos acompañaba en nuestras aventuras campestres. En casa nos dejaban tranquilas a su cargo: fue lo más pa-recido a una niñera que jamás tuvimos.18
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Unas navidades nos regalaron una enciclopedia de animales,yellibro nos cautivó tanto que todos losdías pasábamos horasmirando las ilustraciones, hasta sus mínimos detalles. Marina,que tiene una memoria prodigiosa, absorbía datos en los que yo muchasveces ni reparaba y luego ponía en práctica aquellos conocimientosrecién descubiertos en sus expediciones por el campo. Le en-cantaba observar todos los bichos que encontraba en el caminoy analizarlos y clasificarlos de acuerdo con lo que había apren-dido en la enciclopedia. Algunas veces yo la acompañaba, pero siempre acababa enfadándome con ella por llevarme por senderossalvajes e imposibles, y acabar con los calcetines llenos de es-pigas ylaspiernas arañadas y picadas deinsectos opulgas.Marina no podía evitar coger atajos campo a través, yaquello tenía consecuencias.20Unas navidades nos regalaron una enciclopedia de animales,yellibro nos cautivó tanto que todos losdías pasábamos horasmirando las ilustraciones, hasta sus mínimos detalles. Marina,que tiene una memoria prodigiosa, absorbía datos en los que yo muchasveces ni reparaba y luego ponía en práctica aquellos conocimientosrecién descubiertos en sus expediciones por el campo. Le en-cantaba observar todos los bichos que encontraba en el caminoy analizarlos y clasificarlos de acuerdo con lo que había apren-dido en la enciclopedia. Algunas veces yo la acompañaba, pero siempre acababa enfadándome con ella por llevarme por senderossalvajes e imposibles, y acabar con los calcetines llenos de es-pigas ylaspiernas arañadas y picadas deinsectos opulgas.Marina no podía evitar coger atajos campo a través, yaquello tenía consecuencias.20
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21A las dos nos fascinaba jugar con los bichos bola y observar cómo se contraían cuando los cogíamos, secuestrar moscas y meterlas en losbotecitos de los carretes de fotos para agitarlas y que salieran mareadas,ofastidiar a los caracoles tocándoles los ojos, aunque luego no pudié-semos ni probarlos cuando mi abuela los cocinaba con mucho hinojoytodoelamordelmundo.Ellasemolestabaporestascosas.Decíaqueeran tonterías, una reacción normal en alguien que se había criado enplena posguerra; en aquella época, los animales cumplían funcionesmás allá de que les tuvieras cariño.Pero pese a que le gustaba mucho cenar caracoles,terminaba por entender que nosotras prefiriéramosno hacerlo.A las dos nos fascinaba jugar con los bichos bola y observar cómo se contraían cuando los cogíamos, secuestrar moscas y meterlas en losbotecitos de los carretes de fotos para agitarlas y que salieran mareadas,o fastidiar a los caracoles tocándoles los ojos, aunque luego no pudié-semos ni probarlos cuando mi abuela los cocinaba con mucho hinojo ytodoelamordelmundo.Ellasemolestabaporestascosas.Decíaqueeran tonterías, una reacción normal en alguien que se había criado enplena posguerra; en aquella época, los animales cumplían funciones más allá de que les tuvieras cariño.Pero pese a que le gustaba mucho cenar caracoles,terminaba por entender que nosotras prefiriéramosno hacerlo.
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23En el Bajo Aragón, como en muchasde las regiones menos urbanas delpaís, casi todos los ha bi tantes delos pueblos tienen apo dos que provienen de historiasantiguas,reales o imaginarias,yqueenlapráctica sustituyen a los gentili-cios: los habitantes de Alcañiz son«semoletes» porque tradicionalmente era una zona donde había muchos molinos de sémola; a losde Valjunquera se les llama «cachapos», por unos co-nejos pequeñitos de monte que viven allí; a los de Fórnoles,«mussols», en alusión a la gran cantidad de búhos que han hecho de la zona su hogar.En mi pueblo solía haber tantos escarabajos que a la gente de allí, losvaldealgorfanos, se los conoce como «escarbachos». La variedad deescarabajos más común, los de color negro, vivían a sus anchas en lasbodegas de las casas. Más de un verano hubo plagas de otro tipo deescarabajos, a los que conocíamos como rinocerontes y que volabanatolondrados atraídos por la luz de las farolas. Y en los campos de olivosmerodeaba la aceitera común, mezcla de escarabajo y gusano, de rayasrojas y aspecto peligroso pero completamente inofensiva.En el Bajo Aragón, como en muchasde las regiones menos urbanas delpaís, casi todos los ha bi tantes delos pueblos tienen apo dos que provienen de historiasantiguas,reales o imaginarias,yqueenlapráctica sustituyen a los gentili-cios: los habitantes de Alcañiz son«semoletes» porque tradicionalmente era una zona donde había muchos molinos de sémola; a losde Valjunquera se les llama «cachapos», por unos co-nejos pequeñitos de monte que viven allí; a los de Fórnoles,«mussols», en alusión a la gran cantidad de búhos que han hecho de la zona su hogar.En mi pueblo solía haber tantos escarabajos que a la gente de allí, losvaldealgorfanos, se los conoce como «escarbachos». La variedad deescarabajos más común, los de color negro, vivían a sus anchas en lasbodegas de las casas. Más de un verano hubo plagas de otro tipo deescarabajos, a los que conocíamos como rinocerontes y que volabanatolondrados atraídos por la luz de las farolas. Y en los campos de olivosmerodeaba la aceitera común, mezcla de escarabajo y gusano, de rayasrojas y aspecto peligroso pero completamente inofensiva.