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N
unca me han gustado las etiquetas en las personas, porque, dealgúnmodo, siento que te convierten en algo pequeñito ypareceque,deunmomento a otro, van a colocarte dentro deunodelosmuchoscajoncitos de esos armarios antiguos de la merceríaque visitaba de pequeña con mi madre y mi hermana al salir del co-legio. Botones perfectamente ordenados por forma, tamaño y material.Hilos de colores alineados y obedientes que en cuanto sacas uno, de inmediato sale el siguiente a ocupar su lugar. Aún hoy me sigue pro-vocando un placer inmenso pasar los dedos por los carretes dispuestosunosjuntoaotrosenfunciónde la gama cromática, el matiz y el tono.Pero con las personas es diferente. Cuandoalguienintuyequemegustan los animales, la pregunta recurrente es si soy «más de gatos o de perros», y yo, que ya estoy algo entrenada, suelo responder que meencantan los perros, pero que soy gatuna desde que tengo memoria. Me apasionan los gatos y sería imposible calcular cuántos he dibuja-do, fotografiado o pintado en todos estos años. Pierdo la noción del tiempo entre caricias y ronroneos. Me fascina su despreocupación hacia todo, y también la elegancia innata de sus movimientos, ese estado de alerta constante y siempre soberbio, cons-cientes de que tienen todo bajo control. Toda mi vida he tenido gatos alrededor, los llevo hasta en la piel. Cuando viajo, no pasa mucho tiempo sin que empiece a buscarlos conla mirada, como si tuviese un radar. Allí donde miro, siempre losencuentro, sentados en el alféizar de una ventana, frotándose un cos-tado contra una pared tibia de piedra, lamiéndose las patas debajode un coche o supervisando el mundo desde la cima de un tejado.Creo que ellos también me buscan, o eso quiero pensar. Las personasalasquenosgustan tanto los animales solemos ver la belleza en todosy cada uno de ellos, y nos cuesta andar por la vida sin pensar en ellos.11
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unca me han gustado las etiquetas en las personas, porque, dealgúnmodo, siento que te convierten en algo pequeñito ypareceque,deunmomento a otro, van a colocarte dentro deunodelosmuchoscajoncitos de esos armarios antiguos de la merceríaque visitaba de pequeña con mi madre y mi hermana al salir del co-legio. Botones perfectamente ordenados por forma, tamaño y material.Hilos de colores alineados y obedientes que en cuanto sacas uno, de inmediato sale el siguiente a ocupar su lugar. Aún hoy me sigue pro-vocando un placer inmenso pasar los dedos por los carretes dispuestosunosjuntoaotrosenfunciónde la gama cromática, el matiz y el tono.Pero con las personas es diferente. Cuandoalguienintuyequemegustan los animales, la pregunta recurrente es si soy «más de gatos o de perros», y yo, que ya estoy algo entrenada, suelo responder que meencantan los perros, pero que soy gatuna desde que tengo memoria. Me apasionan los gatos y sería imposible calcular cuántos he dibuja-do, fotografiado o pintado en todos estos años. Pierdo la noción del tiempo entre caricias y ronroneos. Me fascina su despreocupación hacia todo, y también la elegancia innata de sus movimientos, ese estado de alerta constante y siempre soberbio, cons-cientes de que tienen todo bajo control. Toda mi vida he tenido gatos alrededor, los llevo hasta en la piel. Cuando viajo, no pasa mucho tiempo sin que empiece a buscarlos conla mirada, como si tuviese un radar. Allí donde miro, siempre losencuentro, sentados en el alféizar de una ventana, frotándose un cos-tado contra una pared tibia de piedra, lamiéndose las patas debajode un coche o supervisando el mundo desde la cima de un tejado.Creo que ellos también me buscan, o eso quiero pensar. Las personasalasquenosgustan tanto los animales solemos ver la belleza en todosy cada uno de ellos, y nos cuesta andar por la vida sin pensar en ellos.