Un avión
Es sólo un punto en el cielo de la mañana.
Aún no ha amanecido cuando el Bombardier Global Express 8000 inicia el descenso por el oeste, sin tener que esperar turno para recibir el vector de aproximación. El aeródromo de Los Poyatos es una pista tan privada que no tiene tráfico, con la única excepción de este aparato.
Asomada a la tercera ventana de estribor, Aura Reyes (rubia, cuarentaynoteimporta, guapa que corta la respiración) contempla la larga extensión de asfalto como si fuera un cadalso, acostado sobre el seco paisaje andaluz.
Se pregunta si es aquí donde va a morir.
Al poner un pie en tierra, de un tiro en la nuca.
O quizás por efecto de un veneno que le hayan introducido en el refrigerio —escueto, pero delicioso— que le sirvió la auxiliar, ya sobrevolando suelo español. Con sabor a última comida de un condenado.
Se había comido todo. El jabugo Estirpe Manchado, el queso Moose House, el vino AurumRed. La felicidad convertida en una acumulación de carísimas mayúsculas. Un cálculo rápido le indicó que se acababa de engullir dos mil y pico euros.
El queso de alce (cuya procedencia venía indicada en una tarjeta en papel verjurado y letras doradas), del que había oído hablar maravillas, le pareció algo insípido, pero se lo zampó con corteza y todo.
—Si estaba envenenada, lo han hecho con un gusto exquisito —le dijo a la auxiliar cuando le retiró la bandeja.
La mujer le dedicó una mirada inexpresiva y desapareció en la parte delantera del jet privado, del que Aura era la única ocupante.
—Todo muy rico, ¿eh? ¡Gracias! —le dijo a la cortina, aún bamboleante, que la mujer acababa de atravesar.
Nerviosa, tamborileó con los dedos en el maletín que llevaba sobre el regazo. Su contenido era el único escudo que protegía a Aura de una muerte más que probable a manos de sus anfitriones.
Por enésima vez resonó en sus oídos la voz de Mari Paz.
Esto es una soberana estupidez, rubia.
No le dolió mucho darle la razón a su amiga, porque esto ya lo sabía antes de embarcarse.
Se engañó a sí misma —una vez más— diciéndose que la vida la había obligado.
Con tiempo por delante hasta el aterrizaje, repasó cómo.
Un maletín muy difícil de abrir —a Sere le había costado lo suyo— y con un manuscrito dentro (un montón de hojas llenas de tachones y explosivas revelaciones sobre la historia de los Dorr, una familia con un inmenso poder) había sido el desencadenante. Cuando Aura leyó el manuscrito —recordar ahora cómo había llegado a sus manos nos llevaría demasiado tiempo—, no le resultó difícil entender por qué todo el mundo quería hacerse con él.
Un tal Mentor le ofreció a Aura hacer desaparecer todos los cargos contra ellas si le entregaba el maletín, pero después hubo una segunda llamada, esta vez desde un número desconocido.
—No lo cojas —dijo Sere. Pero últimamente Aura no ha hecho demasiado caso a los consejos de sus amigas.
Al otro lado de la línea sonó la voz de Constanz Dorr.
Un monstruo que teje sus telarañas en las sombras.
La matriarca del clan también quería el manuscrito —cómo no lo iba a querer—, así que subió la oferta.
—Dame el maletín y te diré la verdad sobre la muerte de tu marido. Tu historia a cambio de la mía, Aura.
Y por eso está Aura ahora a bordo de ese avión. Aunque antes, por supuesto, habían pasado otras muchas cosas que también explicaban cómo.
Cuando era más joven se aproximaba a los peces gordos con la esperanza de convertirse algún día en uno de ellos y disfrutar del lujo de alimentarse de los peces pequeños. O, al menos, de jamón del bueno.
El día en que descubrió que esa vana ilusión era una red tendida por los peces gordos fue cuando uno de ellos ya la había engullido.
La Antigua Aura, la que murió hace cuatro años, era una gestora de fondos de inversión. Sueldo de seis cifras, chalet unifamiliar, dos BMW, dos hijas ma-ra-vi-llo-sas (ya sabes cómo pronunciarlo).
Una noche aciaga —en mitad de unos acontecimientos que Aura aún desconoce—, un extraño entró en su casa, asesinó a su marido y apuñaló a Aura dejándola al borde de la muerte.
Si aún sigue respirando es porque alguien taponó la herida en el último momento. No recuerda gran cosa de ella. Una mujer menuda, de pelo negro color medianoche. Las enfermeras en el hospital cuentan que fue a visitarla al día siguiente, acompañada de un policía enorme, y que le hizo muchas preguntas.
De eso, Aura no recuerda nada. Estaba medicada hasta las cejas.
De las semanas posteriores, recuerda poco. El sufrimiento de la rehabilitación, quizás. La soledad y la tristeza que dejó la pérdida de su marido. El dolor de dentro, amortiguado por el dolor de fuera, amortiguado por los analgésicos.
Y, finalmente, la traición.
Seis meses después del brutal ataque que sufrió en su casa, aún no había conseguido recuperarse. Su vida consistía en comer, hacer rehabilitación para recuperar la musculatura abdominal —allí donde el asesino la había rajado— y poner buena cara para las niñas. Todas ellas acciones vacías que intentaban revertir la matemática inexorable que había despojado a la vida de significado.
Aura era un jarrón roto que intentaba recomponer sus pedazos. Su jefe, el banquero Sebastián Ponzano, la tranquilizó.
—Tómate el tiempo que necesites. Cuando regreses, te quiero a pleno rendimiento. Eres como una hija para mí.
Lo cual era un alivio, porque su padre había muerto y su madre, con demencia, apenas la reconocía.
Ella empleaba sus mañanas en acompañarla. Le leía clásicos de su infancia. Los libros con los que su madre le había contagiado a ella la pasión por la lectura. La Isla del Tesoro. El conde de Montecristo. Historias que —aún no lo sabía— ella misma acabaría protagonizando.
—Mi hija. Mi hija.
Su madre interrumpió la lectura, señalando a la imagen en el telediario.
Aura levantó la mirada, sonriente, y se encontró a sí misma devolviéndole la sonrisa desde la tele.
La foto, extraída de la web del banco, mostraba a una Aura más joven, más feliz. Llena de confianza, de seguridad en sí misma.
«… Se cree que Aura Reyes es la única responsable del escándalo del fondo de inversión Premium del Value Bank que ha estallado esta mañana. Miles de pequeños inversores podrían perder sus ahorros. Así se manifestaba el presidente del banco, Sebastián Ponzano, hace unos minutos:
—Es claramente una persona que ha traicionado nuestra confianza, actuando por su cuenta…».
Por supuesto, lo primero que hizo Aura —en un claro reflejo del siglo XXI— fue coger el móvil y llamar a Ponzano.
Daba señal.
Nadie descolgaba.
Aura Reyes lo perdió todo. Su credibilidad profesional, sus amigas, su dinero. Su casa.
Después de mudarse al diminuto piso de su madre, con sus dos hijas, y luchar por sacarlas adelante y seguir pagando las crecientes facturas de la residencia, tuvo una crisis por culpa de un bote de champú del Mercadona.
Una mala tarde la tiene cualquiera, piensa Aura.
Salvo que esta consistió en
a) arrasar una perfumería de alto standing destruyendo decenas de miles de euros en cremas,
b) lanzar una papelera a través del escaparate dejando la acera de Serrano sembrada de cristales rotos y
c) acabar en la parte de atrás de un coche patrulla, esposada a una legionaria gallega borracha, rumbo a los calabozos de Plaza Castilla.
La mala tarde se convirtió en una mala noche en la que tomó la peor decisión de su vida. Le salvó la vida a la legionaria, a la que unas salvadoreñas querían estrangular. La legionaria resultó llamarse Mari Paz Celeiro, criatura fiel como un golden retriever y cómplice en el plan maestro de Aura: robar tres millones de euros para demostrar que no era una ladrona.
Aura no se paró a reflexionar cómo sonaba eso entonces, ni cómo suena ahora.
Cuando te montas tu propio «En episodios anteriores», con música de Hans Zimmer y montaje del director, todo se vuelve epiquísimo, inevitable. Conocer a Sere Quijano, una hacker que está como un cencerro. Aliarse con unos legionarios jubilados y disfuncionales. Robar un casino ilegal regentado por un francés baboso, valga la redundancia.
Que te roben a ti los tres millones de euros.
Resultó que Ponzano, su antiguo jefe, había mandado tras sus huellas a la comisaria Romero. Andaluza, corrupta, sin sentido del humor. Ponzano quería la foto de Aura entrando en prisión en primera plana de los periódicos, y estaba dispuesto a matar para conseguirla.
O pagar para que Romero matase, que es casi lo mismo.
Ponzano quería a toda costa una fusión entre su entidad y el Banco Atlántico de Laura Trueba. Sería su canto de cisne, la culminación de la obra de su vida, conseguir lo que ni su padre ni el padre de Trueba habían logrado.
Aura lo arruinó todo en el último instante, de un modo espectacular, chapucero y milagroso al mismo tiempo.
Un clímax por el que merecería la pena pagar, si formara parte de una novela, piensa Aura.
Una fuerte sacudida y un crujido interrumpen sus pensamientos y hacen bambolear el fuselaje del avión. Aura siente un vacío en la boca del estómago y en una parte del cuerpo muy parecida a los testículos mientras el avión cae a plomo.
Una pista
—Abróchese el cinturón para el aterrizaje, por favor. Estamos experimentando fuertes turbulencias —aclara el piloto, muy oportunamente, el altavoz opacado por los crujidos del fuselaje.
Aura se pelea con la hebilla metálica, a medio camino entre la risa y el miedo. Siempre le han producido una risa nerviosa las obviedades que tienen que ver con la posibilidad de su propia muerte. Que, a juzgar por cómo se agita el aparato, no parece muy lejana ni improbable. Ni toda la madera de caoba ni toda la piel de potro del mundo camuflan el hecho de que está encerrada en un trozo de metal a ocho mil metros de altura.
Por un instante Aura cree que todo es una pantomima, parte de un juego de poder de Constanz Dorr para atemorizarla antes de aterrizar. Pero entonces, a través de los pliegues de la cortina que se ha recogido a medias por las sacudidas, ve a la auxiliar saliendo de la cabina del piloto y se le antojan dos posibilidades.
O bien la auxiliar es una actriz de Óscar.
O bien está pasando algo realmente grave.
La mujer, con el rostro demudado por el pánico, se asoma brevemente a la zona noble mientras recoge la cortina. Apenas le dedica una mirada —reglamentaria, apresurada— a Aura antes de sentarse en el asiento de seguridad. Cuyo cinturón no es una simple tira de cordura, sino un arnés completo que aparenta ser bastante más seguro.
Aura observa con envidia el arnés, y de repente su propio asiento de piel de potro ya no le resulta tan lujoso.
A través de la ventana, el ala del avión parece vibrar más de lo normal, un espectáculo que le intriga y alarma a partes iguales. Aura sabe que los aviones están diseñados para soportar mucho —viajó en más de una ocasión en el de Ponzano, un modelo más antiguo—, pero la visión del ala oscilando con tanta violencia le encoge aún más el estómago.
Las luces del techo parpadean inquietas mientras el avión se tambalea e inclina.
Aura vuelve a mirar por la ventana. El motor de estribor apenas es visible desde su posición. Los motores situados junto a la cola contribuyen a la metáfora fálica visual. Pero estirando mucho el cuello se puede atisbar el cilindro exterior.
¿Eso es humo?
Pega la frente al cristal y entrecierra los ojos tratando de discernir mejor lo que ve. Efectivamente, una fina columna de humo se desprende del motor derecho, una visión que le hiela la sangre.
—¡Oiga! ¡Eh!
Trata de llamar la atención de la auxiliar. Situada frente a ella, pero en el lado de babor. La mujer desvía un momento la atención de su propia ventana, observa a Aura señalar a través del cristal.
Y después hace el gesto más aterrador que Aura ha visto en su vida.
Sacudiendo la cabeza, levanta el dedo y señala, a su vez, a la ventana por la que estaba mirando.
Antes de ser ladrona, fugitiva y forajida, Aura Reyes se ganaba la vida haciendo ganar obscenas cantidades de dinero a su jefe. Sin ser una genio de la matemática, sabía calcular dos y dos.
O el resultado de dos motores menos dos motores.
En ese momento, un pitido insistente comienza a sonar por todo el aparato. El horizonte se ha girado en un ángulo antinatural y peligroso.
—Agárrense para el impacto —dice el piloto por los altavoces.
Aura apenas le oye —sus oídos se han taponado por el cambio de presión, el corazón le retumba en el pecho—, pero deduce enseguida el mensaje. La auxiliar de vuelo se suelta un momento el arnés del pecho, se abraza las rodillas y vuelve a colocarse el arnés, gritándole algo a su pasajera.
Aura traga saliva e imita el gesto que acaban de mostrarle. Que ha visto en un centenar de películas. Lo ha contemplado siempre desde fuera.
Caos, ruido, gente chillando o rezando. Un oso de peluche en manos de una niña, para subrayar la tragedia.
La verdad es mucho más aterradora.
Con la cabeza entre las piernas, los ojos cerrados y los brazos entrelazados, el cuerpo de Aura se convierte en una antena. Cada fibra de su ser se vuelve un angustioso emisor de información. Los dientes que le castañetean, la pleura presionando contra la cara interior de la cavidad torácica, el estómago cuyo contenido parece elevarse e intentar atravesarle la columna en dirección al techo.
A medida que el avión continúa su caída a tierra, oídos y vista ceden el espacio a sentidos que antes no importaban. Con el equilibrio perdido, el tacto, el espacio, incluso el sentido del gusto —la boca le sabe a bilis y vómito— parecen competir por su atención, intentando ayudarla a sobrevivir.
Treinta y siete segundos antes, Aura era una madre que había interpuesto su cuerpo entre sus hijas y un cuchillo de caza. Que había mandado matar para recuperar a una de ellas. Era una viuda dispuesta a todo para conocer quién asesinó a su marido.
Ahora es un animal a merced de sus instintos.
Cada uno de ellos le hace sentir la aproximación inevitable al contacto con la tierra, esa fracción de momento antes del impacto que parece durar una eternidad.
Y entonces, como si el tiempo mismo se rindiera ante la inminencia del desastre, todo se detiene. Un instante suspendido entre la promesa de la vida y la amenaza del final.
El impacto, cuando llega, es menos una explosión que un crescendo de sonidos que se agolpan en el aire. El estruendo metálico de la estructura del avión contorsionándose bajo la fuerza bruta del aterrizaje forzoso, el lamento de los neumáticos explotando bajo la presión implacable, el grito del acero contra el asfalto. Destrucción a capella, cada nota resonando con el temblor de la muerte.
Aura, con la cabeza aún entre las rodillas, siente cómo su cuerpo es zarandeado sin piedad. Los cinturones de seguridad tiran de ella, cortan a través de la ropa, imprimen su forma en la piel, recordatorios dolorosos de fragilidad. Alrededor, los últimos vestigios de la apariencia del avión se desmoronan; compartimentos abiertos vomitan sus contenidos en un desfile caótico. Restos de lo que una vez fue un refugio seguro se desperdigan en el aire.
En medio de este caos, un pensamiento sorprendentemente claro atraviesa la mente de Aura.
Sigo viva.
Este pensamiento se convierte en un mantra, una oración silenciosa que repite con cada sacudida, cada vuelco del avión, mientras éste lucha por detenerse.
Sigo viva.
El tren de aterrizaje delantero se parte en dos. El morro del Bombardier se desploma dejando una mancha negruzca tras de sí y un reguero de chispas en el aire.
Sigo viva.
Durante ochocientas milésimas de segundo, la inercia del avión amenaza con levantarlo desde atrás y hacerlo girar sobre sí mismo, lo que supondría la muerte segura para sus ocupantes. Pero el tren de aterrizaje de estribor se parte a su vez, equilibrando las fuerzas.
Sigo viva.
El avión, ahora una bestia moribunda, traza un arco y abandona la pista por la derecha.
Sigo viva.
El ala de estribor se parte.
Sus restos rasgan el suelo, arrojando terrones rojizos contra las ventanas que, milagro, resisten. Aura, aún con la cabeza entre las piernas, siente cómo su cuerpo es lanzado hacia delante con cada estremecimiento.
La desaceleración brutal hace que el tiempo se dilate. Cada segundo se siente como minutos; cada fracción de segundo, una pequeña vida llena del puro y desesperado deseo de seguir respirando. Las luces de la cabina parpadean, zumbando y chisporroteando en su agonía eléctrica antes de rendirse a la oscuridad.
El avión se detiene. El ruido desaparece dejando en su lugar un vacío que retumba en los oídos de Aura, un silencio que es bendición y presagio.
Despacio, con cuidado, levanta la cabeza permitiendo que la sangre vuelva a circular por su cuerpo dolorido.
Sigo viva.
Abre los ojos.
Se desabrocha el cinturón, su cuerpo entero temblando por la adrenalina y el shock. Al incorporarse, su equilibrio es incierto, el suelo parece moverse aún. Mira hacia la auxiliar, que tiene la cabeza desplomada sobre el pecho. Su pelo, antes rubio (pajizo, dos tonos más claro que el de Aura), está ahora casi negro, empapado de sangre que le chorrea lentamente por la frente inclinada, dibujando una pintura trágica sobre la camisa blanca de su uniforme.
El miedo da paso a la adrenalina del superviviente.
Aura se pone en pie con dificultad. El suelo forma un ángulo de treinta grados con respecto a la horizontal.
Agarrándose como puede a los asientos, alcanza a la auxiliar y, con manos temblorosas, le levanta la cabeza. Los ojos de la mujer están cerrados, y su respiración es un susurro, tan frágil como la brisa que se cuela por las rendijas del avión destrozado. Aura palpa el pulso en la garganta. Late, irregular pero persistente, una promesa de vida en el caos.
—¡Ayuda! ¡Ayuda!
No hay respuesta desde la cabina a su grito quebradizo y desesperado.
Aura le suelta a la mujer el arnés, y su cuerpo se derrumba sobre ella. La abraza justo a tiempo. Huele a cedro y sándalo, y a sangre y humo.
Arrastra suavemente el cuerpo hacia la entrada, hasta ocupar un espacio en el pasillo aún no colonizado por la destrucción. Vuelve la cabeza de la auxiliar, asegurándose de que las vías respiratorias estén despejadas, una técnica que también ha visto en las películas y que ahora aplica con torpeza.
Mirando a su alrededor, busca algo con que improvisar un vendaje. Su mirada se detiene en una manta desechada entre los asientos, probablemente caída durante la turbulencia inicial. Se mueve con rapidez para recogerla, rasgando luego trozos con sus propias manos. Con estos improvisados vendajes, aplica presión sobre las heridas más sangrantes de la cabeza de la auxiliar tratando de contener la hemorragia que mancha de rojo la moqueta.
Mientras trabaja, Aura siente la soledad del silencio que los envuelve. No hay gritos de ayuda, no hay sonido de sirenas; sólo el viento que murmura a través de las estructuras retorcidas del avión.
—Vamos a salir de esta —susurra Aura, más para sí misma que para la mujer inconsciente.
Tras asegurarse de que la auxiliar está lo más cómoda y segura posible, Aura se levanta y va a la cabina.
Está cerrada.
Nadie responde.
Confusa, regresa junto a la mujer, que se agita levemente.
Está volviendo en sí.
—La puerta —dice, entre toses.
Aura mira a través de la ventana destrozada hacia el amanecer que se cierne sobre el aeródromo de Los Poyatos. El cielo, teñido con las primeras luces del alba, ofrece un contraste surrealista al escenario de desolación.
Gira la palanca, que responde a la primera, para sorpresa de Aura. Incluso después del aterrizaje forzoso y de la soberana paliza que ha recibido, la puerta se abre con un suave zumbido.
Al final, la calidad se paga, piensa Aura.
Un coche
La puerta del Mercedes-Maybach se cierra sin apenas hacer ruido.
La calidad se paga, vuelve a pensar Aura, echando la cabeza atrás con un suspiro.
Entre cerrarse una puerta y abrirse otra había pasado media hora.
Cuando asomó por la del avión, lo hizo con extrañeza rayana en el asombro.
No había sirenas, ni policías, ni ambulancias, ni personal de servicio corriendo asustados.
Ni gritos, ni coches acelerando.
Ni música de Hans Zimmer. Ninguna de las emociones, sensaciones o sonidos que uno esperaría tras un aterrizaje forzoso.
Tan sólo una larga lámina de asfalto solitaria en un paisaje pedregoso y desértico. Trescientos metros de restregón marrón oscuro marcaban una cicatriz curva en la tierra, allá donde el aparato se había salido de la pista hasta lograr detenerse.
Aura consiguió sacar medio cuerpo por el hueco de la puerta y echó una mirada atónita.
Ay, mi madre.
El avión había dejado un reguero de trozos blancos de metal salpicados por el paisaje, como Hansel y Gretel sus miguitas de pan. Una buena parte del ala de estribor había desaparecido.
El suelo estaba a tan sólo un par de metros, nada que alguien en buena forma —y Aura lo está, vaya si lo está, como ya veremos luego— y botas de piel no pudiera salvar de un salto. Justo antes de bajarse, recordó su maletín. Volvió al interior del avión, pasó por encima de la azafata —que seguía respirando— y lo buscó entre los asientos.
En un vuelo comercial, habría sido otro cantar. En un avión privado de setenta millones de euros hay que apartar menos basura y efectos personales. Y hay menos sitios donde mirar.
El maletín había volado hacia atrás y se había quedado encajado en la siguiente fila, de las seis que había. El resto de lo que ahora era un trozo de metal arruinado se dividía en una pequeña zona de reuniones y un dormitorio al fondo
(que Aura había cotilleado convenientemente, porque una cosa es tener miedo por la propia existencia y otra muy distinta es privarse de las necesidades básicas)
además de los baños, la cocina y la cabina de los pilotos.
Todo ello inclinado en un ángulo antinatural y peligroso, que no invitaba a quedarse.
Cuando volvió a asomarse, recibió una bofetada de aire fresco, que traía consigo el olor seco y polvoriento del desierto que rodeaba el aeródromo. Se envolvió más en su gabardina. La sangre de la auxiliar había comenzado a secarse formando una capa pegajosa contra la tela.
El silencio profundo —que pesaba tanto como el estrépito del impacto aún retumbando en sus oídos— volvía todo si cabe más irreal.
Aura miró al suelo, al ala destrozada del avión, de donde justo en ese momento brotó una llama.
Pequeña, de medio metro de altura.
Nada espectacular.
Pero.
Por un momento, el pánico se apoderó de ella de nuevo, recordándole lo cerca que había estado del desastre total. El fuego parecía autocontenerse, como si el avión, ya exhausto de drama, se negara a dar más espectáculo.
Suficiente daban los motores, ennegrecidos y calcinados, de los que seguían brotando sendas columnas de humo.
Aura no sabe gran cosa de motores aeronáuticos, pero sabe que que falle uno es posible, aunque poco probable. Un error humano, un mal mantenimiento, ahorro de costes. Ninguna de las causas parecía plausible. Hasta una paloma volando a treinta mil pies de altura y metiéndose en el motor le parecía más fácil de imaginar que a Constanz Dorr escatimando en un aparato como éste.
Una superpaloma…
Improbable.
¿Que fallen dos motores al mismo tiempo?
Imposible.
No sin ayuda.
El suave ronroneo de otro motor entró en escena, como pidiendo permiso para interrumpir la aterradora conclusión a la que estaba a punto de llegar.
Aura giró su cabeza hacia la fuente del sonido y vio cómo un Mercedes-Maybach GLS 600 se acercaba lentamente. El vehículo era un contraste llamativo con el desorden del avión destrozado.
Impecable, elegante, con un brillo que reflejaba el sol naciente.
Como un anuncio.
El coche se detuvo a su altura, sin abandonar la pista.
La puerta del conductor se abrió y un hombre de aspecto serio y vestimenta formal apareció en el hueco. Exudaba un aire acre, como a loción para después del afeitado. Le abrió la puerta trasera. Sin palabras, impasible el ademán, tan sólo señalando al interior.
Aura agarró fuerte el maletín y se dejó caer sobre el suelo pedregoso.
Avanzó hacia el coche con pasos inseguros. Cada movimiento le recordaba la fragilidad de su situación.
Cuando alcanzó al hombre (ya bautizado como Don Serio), hizo un gesto en dirección al avión siniestrado.
—La auxiliar…
—Ya vienen.
—Los pilotos…
—Ya vienen.
Mientras se deslizaba en el asiento de cuero blanco la realidad de su entorno cambió abruptamente: del caos frío y metálico de un avión siniestrado al aislamiento silencioso y controlado de un vehículo de ultralujo.
Soltó una carcajada, sin poder evitarlo.
La risa que salió de su garganta iba patrocinada por Mari Paz Celeiro.
Esto es una soberana estupidez, rubia.
Te quedaste corta, Emepé.
—Voy a dejar el asiento perdido —le dice al conductor del Mercedes, cuando éste entra.
Tiene la gabardina empapada en sangre de la auxiliar, y la tapicería es de un cuero blanquísimo. Del tipo de cuero que desaconseja incluso sentarse con unos vaqueros.
Don Serio lanza una ojeada fugaz hacia Aura a través del espejo retrovisor.
—No se preocupe —responde con una voz que carece de calor—. Tengo un producto ahí atrás.
Un producto ahí atrás.
No hay amenaza ni ironía, sólo desapasionamiento profesional. Aura sospecha que no es la primera vez que tiene que limpiar manchas de esta naturaleza.
Se estremece.
Su cuerpo, aunque alejado del inminente peligro, todavía resuena con la vibración del terror recién vivido. El coche arranca con suavidad encapsulándolos en una burbuja de silencio artificial, el quedo ronroneo del motor como una promesa distante de movimiento y escape.
—¿Hay mucha distancia a la finca?
—Ocho minutos —precisa Don Serio.
Ocho minutos.
Para otras personas, ocho minutos podrían ser un periodo minúsculo.
No para Aura Reyes.
Para Aura Reyes ocho minutos son tiempo suficiente para recordar cómo fue su primera visita a Los Poyatos.
Un trayecto
Pídele a Aura Reyes que le ponga nombre al infierno, verás lo poco que tarda.
Prisión de alta seguridad de Matasnos, te diría.
Imagina la forma de la cárcel, con sus tejados permanentemente iluminados recortándose contra un cielo negro y sin estrellas. Un lugar tan cruel y aterrador que quedó clausurado hace medio siglo. Un lugar donde toda incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido tiene su habitación. Un lugar que, comparado con las cárceles modernas —humanas y democráticas—, es una cámara de los horrores. Y que sólo la estupidez de los políticos y lo abarrotado de las prisiones terminó por reabrir.
Imagina la más sádica versión del Castillo de If que puedas, y sabrás lo que sigue causando las pesadillas de Aura Reyes.
Ocho minutos tiene ella para revisar su vida y sus errores, antes de enfrentarse de nuevo a Irma Dorr.
Ocho meses pasó ella encarcelada ahí dentro.
Por un crimen que no había cometido.
Logró fugarse de la prisión en la que se hallaba recluida.
¿Cómo?
De la misma forma que había vivido la Antigua Aura. Atándose hilos a las muñecas. Convirtiéndose en una marioneta del poder.
Un hombre con acento andaluz —que dijo llamarse Mentor— quería recuperar un objeto que le habían robado. La ladrona era una antigua empleada suya. Una médico forense llamada Aguado.
Conseguir el maletín era un precio barato por su libertad.
¿El problema?
No saber dónde están sus hijas.
Cuando Aura aceptó entrar en la cárcel, dejó a sus hijas con Mari Paz Celeiro. Exlegionaria, exalcohólica. Sin techo, sin trabajo.
No era la guardiana que las niñas se merecían. Pero sí la que necesitaban.
Aura tenía muchas cosas por las que preocuparse. Pero la seguridad de sus hijas no era una de ellas. Lo último que le dijo Mari Paz antes de que Aura entrase en la cárcel:
—Mientras yo viva, rubia. Ni un pelo les tocan, ¿oíste? Ni un pelo.
El problema de hacer promesas, según descubrirían a las malas, es que hay que cumplirlas.
Sebastián Ponzano no había olvidado la que le hizo a Aura cuando ésta arruinó su proyecto de fusión con la Banca Atlántica de Laura Trueba. Y él le había hecho, a su vez, una promesa:
—Zorra de los cojones. Me las pagarás. Las tres me las pagaréis.
¿Qué ocurre cuando se oponen la voluntad de una sintecho y la del multimillonario presidente de un banco? ¿La fuerza imparable y el objeto inamovible, todo ese rollo?
Ponzano envió asesinos tras Aura y las niñas. Aura consiguió librarse de los que le habían caído en suerte. Mari Paz huyó con las pequeñas y consiguió evitar a sus propios asesinos durante días, hasta que se le acabó la suerte y terminó derrotada y rota, al fondo de un barranco.
Resultó que había más de un interés en la persecución de Alex, Cris y la legionaria. Irma Dorr quería recuperar a toda costa el manuscrito que Mentor le había exigido a Aura como precio por su libertad. Así que envió a su propio asesino, que se libró de los de Ponzano.
Un hombre llamado Bruno, el hijo de Irma Dorr (y nieto de Constanz) raptó a Cris y se la llevó a Los Poyatos, la misma finca a la que está ahora dirigiéndose. Un latifundio al norte de Andalucía, un vergel en mitad del desierto, hecho florecer a base de millones.
El precio de recuperar a su hija era lo que Aura sostenía sobre el regazo, en el elegante maletín de piel.
Aura pasa la mano por la superficie, reflexionando sobre su contenido. Una biografía no autorizada de la familia Dorr, que le había costado la vida a su autor. En esas páginas, censuradas e incompletas, salpicadas —literal— de sangre, se detallaba una historia reciente de España en extremo distinta a la que Aura creía conocer.
Contaba cómo un grupo secreto de hombres y mujeres, de enorme riqueza e influencia, gobernaban en la sombra, sin oposición ni control alguno.
El Círculo.
Un nombre aburrido, sin imaginación.
Plano. Adrede.
Nadie había oído hablar de ellos, más allá de algún cuento de viejas entre asesores borrachos y vetustos periodistas con peluquín. Susurrado, nunca dicho en voz alta. Nunca escrito.
Hasta ahora.
Los nombres que aparecían al final del manuscrito eran todos pertenecientes a la élite. Laura Trueba, Ponzano, Ramón Ortiz. Por supuesto, Irma Dorr, cuyo padre había sido el fundador de El Círculo.
Aura había tenido que luchar con uñas y dientes por recuperar ese manuscrito, para conquistar su libertad. Se lo arrebató a la doctora Aguado, junto con una fortuna en diamantes. Cuando lo tuvo por fin en su poder y se reunió de nuevo con Mari Paz, la horrible verdad se abrió camino.
Irma Dorr tenía a su hija.
En los meses que siguieron a este momento, Aura se ha preguntado si éste fue el momento definitorio de su vida. El momento en el que dijo de verdad, sintiéndolo: «Hasta aquí».
No el momento en el que la apuñalaron en su casa, ni cuando decidió tomar el camino más difícil para limpiar su nombre.
Sino el momento en el que vio a Mari Paz aguardando una respuesta.
Y ella se la dio.
El momento en el que supo que si el mismo Lucifer trazara una línea en la arena, Mari Paz estaría con ella, cualquiera que fuera el lado que Aura eligiera.
—Haré lo que me pidas —le había dicho Mari Paz—. Y se lo haré a quien sea.
Hizo una pausa.
—Pero tienes que decirlo en voz alta.
Aura tembló por dentro antes de responder, pero lo escondió bien. Deseaba egoístamente que le ahorrase el mal trago, pero comprendió que era justo que se lo pidiera.
Había dignidad en su postura. El pulso firme, la cabeza erguida, los ojos resueltos. Tanta como en su respuesta breve y escueta.
—Mátalos a todos.
Y eso hizo.
Eso hicieron.
Entraron en Los Poyatos, y rescataron a Cris.
Mari Paz dejó una pila de cadáveres a su paso.
Y sin embargo, todo podría haber resultado un absoluto fracaso de no haberse alineado una serie de circunstancias. Vidas muy distintas convergieron en la escalinata de piedra que da acceso a la mansión principal en Los Poyatos:
a) una niña que en su corta existencia había conocido el amor incondicional, pero también la muerte, la persecución y el miedo,
b) una mujer sin escrúpulos, que la sostenía como escudo mientras la apuntaba con un arma,
c) otras tres mujeres que la contemplaban atónitas y desarmadas y
d) luego estaba Bruno.
Bruno, que descubrió —demasiado tarde— que Irma Dorr le había estado mintiendo toda su vida. Y recompensó esas mentiras con una bala en la cabeza.
Y ése hubiese sido el final de la historia de Aura. Recuperando a sus hijas, con una fortuna en diamantes y la promesa de Mentor de limpiar su historial a cambio del maletín.
The End, fundido a negro. Música triunfal. Créditos.
Salvo que no.
Salvo que en este caso entró en juego algo más. Quizás su conciencia. Quizás el compromiso que había adquirido con Mentor, o su deseo de ser libre. Quizás la necesidad de no sentirse una marioneta.
Necesitaban poder comunicarse con Mentor, para limpiar el nombre de Aura (el de las tres, en realidad, ya que había unos cuantos cargos que se les habían ido acumulando). Mentor les había prometido inmunidad a cambio del maletín (del que ahora sabemos su contenido, pero entonces aún no).
Y a Aura ya la habían engañado antes. Esta vez iba a jugar según sus normas.
Lo cual generó dos problemas.
Necesitaba abrir el maletín, cuya cerradura contenía varias trampas que activarían una geolocalización (mal) o destruirían el contenido (peor).
Y necesitaba llamar a Mentor sin que éste les localizase al encender el teléfono (peor aún).
En el refugio que habían creado las cinco mujeres en una remota aldea escocesa, Sere se peleó con el maletín y su imposible cerradura. No podía usar tecnología moderna, así que tuvo a Mari Paz dando vueltas por las bibliotecas y los centros públicos, comprando a precio de saldo ordenadores viejos y cascados y haciendo felices a muchos bibliotecarios abandonados por sus alcaldes.
Resolver el acertijo del maletín le llevó seis meses.
Resolver el del teléfono, seis horas.
—Son tecnologías muy parecidas —había dicho, asombrada—. Es casi como si los hubieran fabricado las mismas personas.
—¿Espías?
—No —había respondido Sere—. Es algo distinto. Una clase de animal diferente. Algo que nunca había visto.
Aura se detiene un instante a considerar esas palabras —y su propia estupidez—. La poca importancia que les concedió en su momento, y cómo lo que podría haber sido tan sólo el fin de su historia —al menos de las partes dignas de una novela— se convirtió en una bifurcación, como la que está tomando ahora mismo el Mercedes en su aproximación a Los Poyatos.
Me volví blanda. O descuidada, piensa.
O las dos cosas.
Los ocho meses que había pasado en la cárcel le habían encallecido el alma por dentro. Pero la cabra tira al monte, y Aura tenía una tendencia al amor y al optimismo. Sus dos mayores debilidades. Los meses en Escocia habían deshecho el trabajo de la cárcel. Había sido una etapa de felicidad como no había conocido antes. Al menos desde la muerte de Jaume, y quizás desde siempre.
Había formado una nueva familia, la mejor posible.
Mari Paz.
Lo que había pasado entre ellas. Las palabras aún no dichas. Los sentimientos cruzados.
Sacude la cabeza. No puede pensar en eso ahora.
Sólo puede —y debe— pensar en cómo no prestó la suficiente atención a las palabras de Sere.
En cómo había cedido a la ilusión de control.
Se subieron a una furgoneta, se alejaron un buen puñado de kilómetros y encendieron el teléfono de Mentor.
Aura cerró el trato.
El contenido del maletín a cambio del borrado de unos cuantos historiales. El suyo y el de sus amigas. Incluyó, a última hora, a cierto grupo de legionarios descastados, con los que aún estaba en deuda.
Pensaba reparar esa deuda, con intereses.
Colgó con una sonrisa de oreja a oreja.
Justo cuando Aura se guardó el aparato en el bolsillo y abrió la puerta de la furgoneta, el teléfono sonó de nuevo. Aura, con medio cuerpo dentro y el bolsillo del abrigo zumbando, miró a Mari Paz, que le devolvió la mirada intrigada.
—No lo cojas —dijo Sere desde el asiento de atrás.
Tenía los ojos aún más saltones y asustadizos de lo habitual.
—¿Por qué?
—Porque creerás que es el tipo ese con el que acabas de hablar, y le cogerás con una frase del estilo «¿Qué se le ha olvidado?» y resultará que será alguien con quien no quieres hablar.
Aura tenía la sensación de que Sere sabía mucho más de lo que le estaba contando. Mucho, mucho más. Pero ahora no podía abordar este asunto. Porque el teléfono seguía sonando. En la pantalla ponía «Desconocido».
Cuando descolgó, escuchó una voz de mujer. Suave, como de caramelo.
—¿Sabes quién soy?
Aura lo sabía. No sabía cómo era posible —aunque a estas alturas intentaba no dejarse sorprender—, pero la voz que escuchaba era muy parecida a la de una mujer que vio morir ante sus ojos. Mayor, por supuesto. Más tenebrosa.
—Constanz Dorr —dijo Aura.
Mari Paz entrecerró los ojos, abrió y cerró los dedos. Sus manos imitaban a pájaros enjaulados. Sere agitó la cabeza en un preocupante te lo dije.
—No sé si me sorprende más que haya conseguido burlar a la muerte o que haya conseguido contactar con nosotras tan rápido —añadió.
—Querida, no hay nada que yo no pueda conseguir si me lo propongo.
—Eso me han dicho. Levantar un imperio, convertirse en… ¿cómo era? «Un monstruo que teje su telaraña en las sombras».
Constanz rio. Sonaba tersa. Poderosa y frágil al mismo tiempo.
—Ah, sí. El famoso manuscrito. Enseguida iremos a los negocios, querida. Aún estamos conociéndonos.
—No me imaginaba así su voz.
—¿Cómo entonces? ¿Como una bruja de cuento de hadas?
—No, tampoco. No lo sé. Supuse que sonaría usted… distinta.
—Tutéame, querida, por favor. ¿Quejumbrosa y cascada, como una anciana de un asilo, entonces?
—Muerta —aclaró Aura.
—Comprendo. Llevo una vida entera defraudando expectativas sobre ese asunto, querida. La verdad es que me encuentro estupendamente. Mejor que nunca, diría. Ése sería el primer motivo de mi llamada.
—¿Decirme que se encuentra bien?
—Aún seguiría atada a una cama de no ser por ti, querida. Drogada y secuestrada por mi propia hija desagradecida.
Y tu hija seguiría viva, de no ser por mí, pensó Aura. Y el maletín que sostenía en las manos estaría en las tuyas, de no ser por mí. Y sé lo de tu pequeño club secreto. Por si te faltaran motivos para encontrarnos y matarnos a las cinco.
—No te he dado las gracias —añadió Constanz.
—No tiene por qué hacerlo.
—Considera entonces esto como un regalo innecesario.
El móvil de Aura vibró dos veces. Acababa de llegar un mensaje. Se apartó el aparato de la cara y abrió la aplicación. Era un vídeo. Pinchó. Tardó muy poco en arrepentirse.
El vídeo mostraba a alguien que reconocía. Chaqueta azul marino abotonada, nudo de la corbata prieto como el puño de un avaro. Pelo blanco peinado hacia atrás, formando caracolillos en la nuca. Pelo de rico. Reconocía el escenario. El Jaguar XF del que tan orgulloso se sentía. Que presumía de conducir él mismo tan pronto como tenía ocasión. Reconocía los ojos de Ponzano, mirando a la cámara del móvil con terror puro. En la sien, la pistola era visible.
Aura no apartó la mirada cuando se produjo el disparo. Ni cuando la tapicería blanca del Jaguar cambió de color, y la sangre y los sesos del hombre que había decretado su muerte y la de sus hijas salpicaron la ventanilla del conductor.
Aura se bajó para que las niñas no vieran su reacción. Tenía el estómago encogido, de miedo y de angustia. Y había algo más. Caminó seis pasos, siete, luchando con esa sensación. Tan natural como indeseada. Las cosas naturales son repugnantes. Alivio. Se dobló sobre sí misma y lloró, durante unos segundos, para lavarse de dentro afuera. Se llevó el teléfono a la oreja e intentó hablar, pero no le salieron las palabras. Tuvo que tomarse un segundo para recomponerse. Cuando habló, la voz le salió como un espagueti seco al romperse.
—¿Por qué?
—Porque nunca me ha gustado empezar los negocios con una deuda. Mi vida por la tuya.
—¿Qué le hace pensar que vamos a hacer negocios?
—Que tienes algo que quiero.
Aura apretó los labios durante un segundo insobornable.
Eres rico sólo si el dinero que rehúsas sabe mejor que el que aceptas, le había dicho una vez su madre. Y Aura se sentía ahora mismo millonaria, de manera literal y figurada. Pero su siguiente frase no tenía que ver con el sabor, sino con el miedo. No se hacen tratos con el Demonio.
—Usted no tiene nada que quiera yo.
—En eso te equivocas, querida.
Hubo una tos, ligera y educada al otro lado de la línea. El tipo de tos que llegaba amortiguada por un pañuelo de hilo bordado con iniciales.
—Y no me gustaría que cerraras el trato con la otra parte.
—La oferta de la otra parte es recuperar mi vida y mi libertad —dijo Aura—. Y ahora, gracias a usted, ya no tendré que mirar por encima del hombro.
—Yo puedo ofrecerte lo mismo.
—A igualdad de condiciones, estoy obligada a aceptar la primera oferta, señora Dorr.
Constanz rio, con una educación exquisita.
—Permíteme entonces subir la oferta. Mi historia por la tuya.
Hizo una pausa teatral.
—Entrégame el maletín a mí, y yo te diré la verdad sobre la muerte de tu marido.
Aura se estremeció, como si algo hubiera estado a punto de aplastarla. En algún lugar, muy lejos —e insoportablemente cerca—, encajó una pieza en su sitio. La penúltima de un gigantesco dominó que comenzó a caer hace muchos años.
—Hemos llegado —la voz del conductor le arranca de su recuerdo.
Aura alza la cabeza y mira a través de la ventanilla tintada. La mansión de los Dorr se perfila varios cientos de metros más allá. El coche se ha detenido junto a un edificio bajo, con aspecto de rústico. Las paredes están blanqueadas con cal. Las puertas, verdes, de metal acanalado.
Entreabiertas.
Ella aguarda, dudando, con la mano en el tirador.
No era lo que había imaginado. Ni para lo que se había preparado.
—A la señora no le gusta esperar —le insta el conductor a través del retrovisor.
Aura suspira, y abre la puerta.
La última pieza del dominó, ahora sí, comienza a caer.
Un establo
Por encima de todo, huele a sexo y a muerte.
Ambos olores se imponen al del heno y el cuero envejecido. Al de la mierda de caballo y el metal chirriante.
Aura arruga la nariz al entrar, sólo un instante, por instinto. Después respira, con buen juicio. Cuanto antes se llene las fosas nasales, antes se acostumbrará.
El suelo del pasillo está lleno de paja.
Las caballerizas, a un lado, están casi todas vacías. Las pocas ocupadas albergan bestias que resoplan con nerviosismo, como si percibieran la tensión que flota en el aire. Sus crines brillan bajo la luz mortecina, y sus patas golpean el suelo, inquietas. Los ojos de los animales, reflejando una mezcla de temor y alerta, siguen a Aura mientras avanza.
Previniéndola.
Al fondo, a contraluz, hay un espacio abierto, del que viene una cacofonía primitiva.
Uña, piel y pulmones. Cascos, látigo y gritos.
Las sombras de figuras que se mueven frenéticamente crean un aguafuerte goyesco, delineando una escena que parece arrancada de un pasado olvidado.
Aura acorta la distancia con el espectáculo, abriéndose paso en la atmósfera casi sólida. Ahora los demás olores han desaparecido. Incluso el de la muerte.
Sólo queda el sexo, flotando en el aire, tiñéndolo de un naranja radiactivo, tóxico. Hay que apartarlo con las manos para andar, como una cortina.
Hay siete hombres al fondo.
Uno sujeta a una yegua por el bocado, intentando tranquilizarla. Los otros seis rodean a un caballo dorado, el más hermoso que Aura ha visto en su vida, que piafa y se agita, inquieto y salvaje.
Aura no les presta atención.
Sólo tiene ojos para Constanz Dorr.
Siente un estremecimiento.
Las crónicas de sociedad de su época admiraban su pelo rubio plomo y sus cejas afiladas, pero Aura aprecia sobre todo su estructura ósea. El mentón bien alineado, los pómulos angulosos, todo ello apuntando a una boca recta y ancha.
El caballo sigue agitándose, sin que los hombres parezcan ser capaces de dominarlo. Quinientos kilos de músculo y hueso se revuelven intentando liberarse. El espacio abierto en el establo, que medirá unos cuarenta metros cuadrados, parece diminuto y desprotegido ante una bestia de ese tamaño. Sus pezuñas patean, rebuscan, intentan zafarse. Aplastan el suelo a pocos centímetros del lugar junto a la pared en el que aguarda la señora de la casa.
Inmutable.
Tiene la postura de una bailarina clásica. Pantalones color crema, chaqueta verde, ajustada.
Impasible.
—Acércate, querida —la llama Constanz, a su lado. Habla como si estuviera convencida de que obtendrá todo aquello que desea.
—¿Sabe lo que ha pasado con su…? —Aura deja salir los nervios y el miedo de lo sucedido. Hace menos de una hora estaba en un avión que tenía que hacer un aterrizaje de emergencia, muy probablemente por haber sufrido un sabotaje.
Haber perdido un jet de setenta millones de euros parece un tema de conversación que introducir cuanto antes.
—Chisss —la reprende ella, contribuyendo a su creciente sensación de irrealidad—. ¿Estás aquí, no? Ya hablaremos del avión. No me prives del espectáculo.
Sonríe.
Aura siempre ha pensado en la vejez como un atacante inesperado. Un día te miras al espejo y te descubres vieja. De golpe. De forma inevitable, como el que abre la puerta de casa y se encuentra a un testigo de Jehová con el dedo pegado al timbre.
Constanz Dorr ha esquivado la mayoría de los ataques.
Es delgada y nervuda. No hay rastro de cirugía en su rostro, salvo la certeza empírica de que, a su edad, es imposible tener ese aspecto sin la ayuda de un bisturí. A Aura le recuerda a la Katharine Hepburn de En el estanque dorado.
Su piel —casi transparente— resplandece, incluso en la penumbra del establo. Las mejillas algo caídas y las venas varicosas en las manos son los únicos lugares por los que el tiempo parece hacerle justicia.
—Ochenta y cinco años, querida —dice Constanz, con su voz de caramelo tostado, sonriendo ante el evidente escrutinio de su visitante—. ¿Una taza de té?
Le indica una mesita alta y redonda, de madera lacada. Sobre ella hay un servicio de té en bandeja de plata. La tetera de porcelana humea, lista para servir.
Aura no sabe qué le asombra más. Si la precisión impecable de tener el agua a punto para cuando apareciese ella, o la incongruencia del lujoso conjunto en la esquina de un establo.
—Si yo tuviese su edad, también presumiría.
Constanz menea la cabeza, divertida, mientras prepara la infusión.
—Tonterías. Una mujer tiene que decir su edad sin miedo. Los hombres esperan que te quites años, ¿te has dado cuenta? Asumen la mentira venial como algo natural en nosotras.
Pone una bolsita en cada taza y echa un par de terrones en ambas sin preguntarle a Aura. Después vierte el agua con delicadeza, sin derramar una gota.
—Es una concesión paternalista y vulgar. Una de tantas en las que caemos con frecuencia —continúa, dejando la tetera de nuevo en la bandeja—. Como las niñas que creen que somos.
Le alarga a Aura su taza, sujetando el platillo con ambas manos.
Aura ha conocido a muchos hombres poderosos en su vida. Conoce íntimamente los juegos de poder. La infinita combinatoria de elementos en los que aquellos que desean algo de forma fehaciente se presentan a sí mismos. Perfumes carísimos, escenarios diseñados al milímetro para meterse en tus ojos y provocar ceguera.
El despliegue de Constanz hace palidecer a todos.
Ponzano le había regalado a Aura un diccionario de la RAE, con varias palabras subrayadas. Una de ellas era
Carisma: m. Especial capacidad de algunas personas para atraer o fascinar.
Al lado, en lápiz, había anotado «no se puede comprar ni fingir».
Mientras coge la taza de manos de Constanz Dorr, Aura tiene que recordarse —no sin esfuerzo— que aquella criatura bellísima con aires de estrella de cine es una asesina sin escrúpulos.
Que mandó matar a quien me enseñó lo del carisma, ya que estamos.
—Yo voy a seguir diciendo que tengo cuarenta y pocos, si no le importa.
Constanz se ríe con exquisitez indulgente.
—Ya llegarás a mi edad, querida, y lo comprenderás.
—Si usted lo dice.
—No voy a poder convencerte de que me tutees, ¿verdad?
—¿Voy a convencerla yo de que continuemos la conversación en otro sitio? —dice, señalando al maletín, que ha dejado en el suelo junto a ella.
Constanz no sigue la dirección en la que apunta Aura. Ladea un poco la cabeza y le da un sorbo diminuto a su té, y señala a su vez con la mirada.
—Nada carece de significado en esta historia, querida. Nada.
Aura se vuelve —enésimo juego de poder perdido desde que llegó— a tiempo de ver cómo los hombres cada vez tienen más problemas para sujetar al caballo. El pene del animal está completamente erecto, sus ojos bailotean, las fosas nasales parecen un ventilador.
Ha llegado el momento de analizar la escena.
A un lado del establo, la yegua.
Joven, en celo. De color negro, o de un castaño muy oscuro, Aura no sabría distinguirlo con tan poca luz. Lo que sí se ve son los genitales de la hembra, que levanta la cola y los muestra al caballo. Se abren y se cierran como una boca hambrienta.
—Se llama guiñar —dice Constanz, con suavidad—. Lo hacen cuando están a punto.
El caballo reacciona de forma casi inmediata, agitándose con mayor fiereza. Uno de los hombres cae al suelo, empujado por la grupa. Los demás tienen que pugnar para compensar su ausencia mientras se levanta.
—Ahora —ordena Constanz.
Su voz apenas se ha dejado oír en el estruendo, pero desata una oleada de actividad. Un segundo grupo de seis hombres entra en el establo por una puerta lateral. Llevan consigo un maniquí con forma de caballo, sostenido en unas ruedas metálicas, y lo interponen entre el caballo y la yegua.
—Este señuelo se llama fantasma, querida. Verás enseguida su utilidad.
Aura tiene la utilidad bastante clara, pero está demasiado fascinada como para decir nada.
Los hombres del segundo grupo se unen a los del primero para retener al caballo. Falta hacen. Los guiños de la hembra y el olor, cada vez más concentrado, han llevado al animal al paroxismo.
Uno de ellos se separa del resto y busca bajo el maniquí hasta sacar un paño, que impregna con el contenido de un frasco que lleva en el bolsillo.
—¿Para qué es eso?
—Hay que limpiar el miembro de bacterias. Podrían contaminar el semen —aclara Constanz, apurando su taza.
Aura piensa que habría que estar completamente loco para meterse entre las patas del animal, y entonces ve la cara del hombre.
Un rostro angelical. Una sonrisa capaz de engatusar a una piedra. Una piel muy clara, como si no reflejara en los espejos. Un pelo rubio ceniza, inconfundible.
Como el de su madre.
Como el de su abuela.
Bruno.
Una monta
Aura, que ya tenía el miedo en el cuerpo, se da cuenta de que el semental frenético no es el animal más peligroso de esa habitación. Ese honor le corresponde al hombre alto y musculoso que se introduce bajo el caballo como el que mira bajo el capó de un coche. La misma fría indiferencia con la que le voló la cabeza a su propia madre de un disparo.
La escenografía está completa, ahora sí.
No necesita girarse para saber que Constanz está pendiente del más mínimo detalle de su reacción.
Bruno termina de limpiar el miembro del caballo —redondeando aún más el significado de la palabra «mamporrero»—, y se retira, dejando el espacio libre para que otro hombre se aproxime con un dispositivo metálico. Pero Aura no puede apartar los ojos de Bruno, sintiendo una mezcla de ira y miedo que amenaza con paralizarla.
Ése es el monstruo que secuestró a su hija.
—Os conocéis, ¿verdad, querida? —pregunta Constanz, con un tono que no esconde su diversión.
Aura traga saliva intentando recuperar la compostura. Le da igual ir perdiendo el partido por goleada. No va a darle el gusto de derrumbarse.
—No hemos sido presentados formalmente —responde, aunque su voz traiciona una ligera vacilación—. Lo entrenó usted misma, según he leído.
—Demasiado bien, sí.
Aura no responde.
—Bruno es muy eficiente en su trabajo —continúa Constanz saboreando el evidente malestar de su visitante—. Es una lástima que no puedas apreciarlo con la misma calma que yo.
—Pude poner a prueba su eficiencia, muchas gracias.
—Tuvo un pequeño desliz permitiendo que te hicieras con los diamantes. Pero en general no suele cometer errores.
—No va a pedirme que se los devuelva, ¿verdad?
Constanz mueve la mano como para espantar una mosca.
—¿Esa fruslería? No merece la pena. He de reconocer que me molesta pagar por las cosas dos veces. Pero hay tantas variables en nuestra relación que voy a pasarlo por alto, querida.
Aura aprieta los labios, observando cómo los hombres colocan el dispositivo alrededor del miembro del caballo, conectándolo a una especie de tubo. El animal relincha y se agita, pero la presión de los trabajadores lo mantiene bajo precario control. El proceso, aunque clínico y preciso, tiene un aire de violencia que hace que el estómago de Aura se revuelva.
—Esto es parte del ciclo natural —dice Constanz—. No todo lo que parece cruel lo es realmente. Hay una razón para todo, incluso para el sufrimiento.
Aura se vuelve hacia ella, sus ojos ardiendo de preguntas sin respuesta. La serenidad inquebrantable de la anciana es desconcertante.
—¿Por qué me ha traído aquí?
—Porque necesitas entender, querida —responde Constanz, tras tomar un sorbo de su té—. Y porque necesito probarte.
Aura lanza el ataque con voz neutra, apenas un leve deje de sarcasmo al final de la frase. Consciente, como es, de que su vida está por completo en manos de la anciana. Harta del miedo que lleva sintiendo desde que se subió al Bombardier, convertido en pavor cuando estuvo a punto de estrellarse.
Y porque se ha levantado con el coño fruncido, qué se le va a hacer.
—Su hija ya se encargó de eso —escupe.
Pausa.
El efecto es casi imperceptible.
Un pequeño temblor de la mano, al mencionar a su hija.
Un ligero tintineo de porcelana, inaudible en el estruendo de gritos y resoplidos.
Un destello de rabia.
Aura siente un pequeño triunfo al ver la furia en los ojos de Constanz. Es un resquicio en la armadura, el primer gesto de humanidad en la fachada inquebrantable de la anciana. Sin embargo, la tensión en el aire se vuelve aún más palpable.
—Me recuerdas mucho a ella, ¿sabes? Hoy en día se estila tener autoestima antes de tener motivos.
—Puede matarme si quiere —dice Aura, muy seria—. Pero no me dé el coñazo, señora.
Constanz abre la boca, sólo un poco, asombrada. Luego estalla en una risa franca, que no se parece en nada al sonido exquisito de antes.
Éste es más crudo.
Como un picahielos de plata apuñalando escarcha.
—Ahora sí que me recuerdas a ella, Aura. Eres una mujer tenaz. Capaz de hacer un árbol con unos muebles. Llena de fe.
Deja la taza sobre la mesita alta. Hay un fino rastro de carmín en el borde de la porcelana.
—Pero la fe no sirve de nada si está basada en la ignorancia —añade Constanz, antes de hacerle un gesto a su nieto.
Bruno ladra órdenes precisas. La yegua en celo es conducida fuera del establo, dejando atrás al maniquí.
La puerta se cierra.
Los hombres que rodean al semental lo sueltan de golpe, y se apartan de él, aplastándose contra las paredes en busca de refugio.
El semental, liberado de repente, se revuelve con una furia incontrolable, sus músculos tensándose y ondulando bajo la piel dorada. Sus ojos, llenos de un brillo salvaje, buscan desesperadamente a la yegua que ha sido retirada, los orbes negros desbordando rabia y confusión. Siente la traición, la ausencia. Responde con una energía frenética, una tormenta en una caja.
Se pone de manos, caracolea, se encabrita.
Palabras preciosas. Si estás dentro de la caja, te lo parecen menos.
Uno de los aparceros —bajo y ancho, de mediana edad— es demasiado lento en su huida, recibe un brutal impacto en la cabeza por uno de los cascos del caballo. El sonido del cráneo fracturándose resuena en el establo, un eco macabro que se mezcla con el grito de dolor del herido, un alarido que corta el aire y hace que los demás hombres retrocedan instintivamente, sus rostros palideciendo de terror. La sangre brota de la herida y se derrama por el suelo, escurriéndose entre la paja, formando barro con las bostas y los orines.
Otro hombre, intentando esquivar al animal, es golpeado en el estómago con una fuerza que lo dobla como un folio dentro de un sobre, el aire escapándose de sus pulmones en un gemido ahogado. Cae de rodillas, las manos apretando el abdomen, el rostro contorsionado por el dolor. El establo se convierte en un escenario de caos y pánico, los hombres acorralados por la furia indomable del semental.
El caballo, atrapado en su tormento, gira sobre sí mismo, levantando nubes de polvo y paja que se arremolinan en el aire viciado del establo.
Resuella.
Resuella.
El semental, ahora sin barreras, fija su atención en el maniquí, su última conexión con el deseo insatisfecho. Con un relincho que resuena como un trueno, se lanza en dirección al reclamo, sus cascos golpeando el suelo con una fuerza que parece hacer temblar las paredes del establo. Monta al señuelo con una furia desatada, sus movimientos son salvajes, primitivos, cada embestida un estallido de energía contenida durante demasiado tiempo.
Su quijada lanza bocados al lomo del señuelo, a las crines falsas, luchando por equilibrarse.
El miembro del caballo, completamente erecto, se introduce en el dispositivo situado a la altura adecuada. Los músculos del animal se tensan en espasmos rítmicos. Sus relinchos reverberan en las paredes de madera y metal.
Aura nota cómo el suelo tiembla bajo sus pies. Siente una mezcla de náusea y fascinación, incapaz de desviar la mirada. La escena es grotesca, una parodia de la naturaleza. El caballo, dominado por su instinto, empuja con más fuerza, la grupa ondulando con cada embestida. El dispositivo metálico captura cada movimiento, cada espasmo.
El tiempo parece detenerse mientras el semental llega al clímax. Sus músculos se tensan aún más, abre mucho los ojos, y un relincho desgarrador llena el aire. El dispositivo, meticulosamente diseñado, recolecta el esperma en un tubo, mientras el animal empieza a calmarse, su energía agotada.
Aura siente un nudo en el estómago. La violencia, la eficiencia, el sacrificio de los hombres que la rodean —está segura de que el primero está muerto, o a punto de estarlo, y el otro, malherido—, todo forma una imagen cuyo significado se le escapa.
Esto es más que un acto físico. Ha visto la crueldad inherente en el control y la dominación.
El caballo se aparta del maniquí y recula hasta el centro del establo. Tras el estallido de violencia y la liberación del orgasmo, parece mudar su naturaleza, despojado de sus urgencias. Mira a su alrededor, casi como pidiendo disculpas, inclinando la cabeza y agitando la cola.
A su alrededor, los hombres comienzan a moverse. Arrastran fuera al maniquí, retiran a los heridos, liberan al caballo del dispositivo que habían acoplado a su miembro.
Todo ello sin mediar palabra.
En un par de minutos, el establo se despeja, como si la escena a la que han asistido hubiera sido sólo una pesadilla de la que acaban de despertar.
Tan sólo queda Bruno, en una esquina. Ellas en otra. Y el caballo en el centro, hocicando el suelo.
—Su nombre es Justify —explica Constanz, con voz suave—. Su línea de sangre desciende directamente de los Ajal-Teké, los caballos turcomanos.
Se adelanta hacia el animal, sin vacilar, y le indica a Aura que le siga.
Ésta lo hace, un par de pasos más atrás.
—Sus ancestros dominaron el Asia Central. Los guerreros que los montaban se consideraban imparables, como el viento en la estepa.
Constanz alza la mano, presentándosela al caballo, que inclina la cerviz ante su dueña y se deja acariciar. Su respiración va calmándose. El fuelle descontrolado se va convirtiendo en un suave compás.
—Los chinos los llamaban tianma, los caballos celestiales. Los pocos que conseguían los reservaban al emperador. Por su altiva nobleza y por su pelaje dorado.
Aura observa la tonalidad metálica que cubre al animal. Incluso en la oscuridad del establo parece captar la luz.
—Acarícialo, querida.
Aura extiende un poco la mano, la retira, temerosa, y luego la extiende de nuevo.
¿Quieres jugar? Juguemos, bruja. No voy a dejarme avasallar.
El tacto del lomo es suave y sedoso. Bajo él bulle la vida y la energía. El corazón de la bestia, aún acelerado, vibra bajo la palma de su mano.
—Lo que acabas de ver es algo único. Este ejemplar ha recibido cientos de peticiones de monta, pero no he atendido ninguna.
Hace una breve pausa.
—Y, por suerte, durante el breve tiempo en que estuve… indispuesta… mi hija tampoco cedió a la tentación.
Indispuesta.
El eufemismo del siglo.
Estar secuestrada y drogada durante tres años por su propia hija.
Indispuesta.
—¿Por qué tantas peticiones? —dice intentando cambiar de tema.
—Justify es un caballo famoso. A sus nueve años ha ganado más títulos que ningún otro caballo en la historia reciente. Nadie sabe que es mío, por supuesto. La enseña con la que compite pertenece a una empresa pantalla.
Mientras acaricia el lomo, un vago recuerdo llega a la mente de Aura desde años atrás. Una noticia en el telediario hablando de un caballo excepcional que había batido récords.
—Tiene que estar muy orgullosa.
—Lo estoy. Su raza está casi extinta. Apenas quedan ejemplares en el mundo. Todos prefieren los purasangre ingleses. Yo crie a su abuelo y a su padre. Elegí meticulosamente las hembras con las que debían aparearse, seleccionadas con cuidado para preservar la pureza y la fortaleza del Ajal-Teké.
La voz de Constanz se suaviza al hablar de la historia y linaje de Justify, como si la nobleza del animal fuera un reflejo de sus propias aspiraciones y logros.
—Este proceso ha tomado generaciones, Aura. Justify es el pináculo de ese esfuerzo, un testimonio viviente de la perseverancia y la dedicación.
Aura siente una punzada de admiración involuntaria. A pesar del horror y la violencia que acaba de presenciar, no puede negar la magnificencia del animal y la meticulosa planificación que lo ha creado. El pelaje dorado de Justify, brillante incluso en la penumbra, parece casi sobrenatural. Hay una belleza apabullante en su porte, una elegancia feroz imposible de ignorar.
—Es impresionante —admite Aura, aunque sus palabras están cargadas de una amarga ironía—. Un logro notable.
—Lo es —asiente Constanz, observando a Justify con ojos que revelan un raro destello de orgullo genuino—. Pero el verdadero logro no es sólo criar un caballo de esta calidad. Es controlarlo, dominar su espíritu indomable, y canalizar su poder hacia un propósito mayor. Eso, querida, es la verdadera maestría.
La palabra «control» reverbera en la mente de Aura, tocando un nervio sensible. Constanz no está hablando sólo del caballo; está hablando de ella, de su hija, de todos aquellos que han caído bajo su influencia. Esta percepción envuelve a Aura como una marea oscura. Constanz ve a las personas de la misma manera que ve a sus caballos: algo que debe ser moldeado, dominado y utilizado para sus propios fines.
—¿Y cuál es el propósito mayor de Justify? —pregunta Aura, incapaz de ocultar la dureza en su tono.
Constanz sonríe, un gesto que no alcanza sus ojos.
—Estaba deseando que lo preguntaras, querida.
Inclina la cabeza en dirección a Bruno, que surge desde su esquina en penumbra. Lleva algo en la mano.
Una escopeta.
Aura siente cómo el pánico se apodera de ella. El tiempo parece ralentizarse mientras observa, con horror creciente, cómo Bruno se acerca a Justify. Este, ajeno al peligro, sigue con sus ojos —ahora serenos, bondadosos— clavados en Constanz.
—¿Qué estás haciendo? —grita Aura, su voz resonando en el establo—. ¡Detente!
Pero Bruno no se detiene. Su rostro permanece impasible, su mirada fija en su objetivo. Se sitúa junto a Constanz, apartándola un poco. En un movimiento rápido y calculado, levanta la escopeta y apunta a la cabeza del animal. Aura no tiene tiempo de reaccionar, de apartarse, antes de que Bruno apriete el cañón contra la cerviz de Justify.
—No —susurra Aura.