1

Berlín. Marzo, 1931

La noche que Lilith nació, las ráfagas de invierno aún persistían en medio de la primavera.

Las ventanas cerradas. Las cortinas corridas. El aire enrarecido. Sobre las sábanas húmedas, Ally Keller se contraía de dolor. La comadrona se afincaba a los tobillos de Ally. Nadie daba órdenes, solo miradas, gestos.

—Ahora sí, ya viene.

Tras la contracción, la última, su vida cambiaría. “Marcus”, pensó Ally, y quiso gritar, pero no pudo.

Marcus no podía responder. Estaba lejos. Solo los unían cartas esporádicas. Ally había comenzado a olvidar su olor. Hasta su rostro se había disuelto por un segundo en la penumbra, mientras se veía en la cama como si fuera otra mujer, como si quien estaba de parto no fuera ella.

—Marcus —dijo ahora en voz alta, con el cuerpo cada vez más agitado.

Marcus se había vuelto una sombra. La niña crecería sin padre. Su padre, tal vez, nunca la había querido. Su destino estaba trazado. Quién era ella para violentarlo.

La noche que Lilith nació, Ally temió parecerse a su propia madre. No recordaba siquiera una canción de cuna, un abrazo, un beso. Su infancia había transcurrido rodeada de tutores, perfeccionando su caligrafía y su lenguaje, aprendiendo nuevas palabras y construcciones gramaticales apropiadas. Los números fueron su pesadilla, las ciencias le provocaban náuseas, la geografía la desorientaba. Solo le interesaba evadirse en historias que parecían viajes al pasado.

—Regresa a la realidad —le repetía su madre—. La vida no es una aventura de princesas y caballeros gallardos.

Su madre también la dejó ir. Había intuido cuál sería el destino de Ally y no era quién para impedirlo. Sabía que, por el camino que iba Alemania, su hija rebelde era una causa perdida. Con el tiempo, Ally pudo ver que su madre había tenido razón.

—Te estás quedando dormida —la interrumpió la comadrona jadeante, con las manos manchadas de un líquido amarillento—. Tienes que concentrarte para terminar de una vez.

En la comadrona se acumulaban las novecientas horas de entrenamiento requeridas, los más de cien partos a los que había asistido.

—Ni un solo bebé muerto, ni uno solo. Ni una mujer perdida, ni una —le había dicho cuando la contrató.

—Una de las mejores —le garantizaron en la agencia.

—Un día implantaremos una ley que obligue a que todos los bebés que nazcan en nuestro país lo hagan a través de una comadrona alemana —añadió, alzando la voz, la mujer de la agencia—. La pureza sobre la pureza.

“Tal vez debería haber buscado a una sin experiencia, a una que no supiera cómo traer un bebé al mundo”, pensó Ally.

—¡Mírame a los ojos! —le gritó la comadrona, furiosa—. Si no pones de tu parte, yo no puedo hacer bien mi trabajo. Me vas a hacer quedar mal.

Ally comenzó a temblar. La comadrona parecía tener prisa. Ally sospechó que tal vez habría otra embarazada esperándola. No podía dejar de pensar en que tenía los dedos, las manos de la mujer dentro de ella, escarbándola. Se salvaba una vida arriesgando otra.

La noche que Lilith nació, Ally intentó imaginarse junto a Marcus a orillas del río: Marcus y Ally, ocultos de la luz de la luna, haciendo planes de una vida en familia, como si se tratara de personajes lejanos. La mañana siempre los sorprendía. Desprevenidos, comenzaban a cerrar las ventanas y a correr las cortinas, en la penumbra siempre encontraban amparo.

—Deberíamos huir—, le dijo una vez a Marcus, abrazados en la cama.

Ella esperaba en silencio por su sentencia, sabía que para Marcus solo había una respuesta. Nadie podía contradecirlo.

—Si aquí las cosas no están muy buenas para nosotros, en América ni hablar —diría—. Cada día que pasa nos ven como enemigos.

Para Ally, el temor de Marcus era abstracto. Lo asociaba con fuerzas ocultas, como una ola que crecía, invisible a sus ojos, pero que un día, al parecer, los ahogaría a todos. Por eso prefería ignorar la diatriba de Marcus y sus amigos artistas; tenía esperanzas de que la tormenta se apaciguara. Marcus proyectaba trabajar en una película. Ya había participado en una como músico, y esta vez le había dicho que ella lo acompañaría a París, donde tenía la esperanza de ser elegido para otra. Pero ella salió embarazada y todo cambió.

Para ocultar la vergüenza, sus padres la habían enviado al apartamento que tenían en Mitte, en el centro de Berlín. Le dijeron que era lo último que harían por ella. De la manera que viviera era su problema, no el de ellos. En la carta que su madre le había escrito podía escuchar su voz firme, pausada, con su cadencia de Bavaria. Nunca más supo de ella.

Fue por una esquela en el periódico que se enteró de que su padre había muerto de un ataque al corazón. Ese mismo día recibió una carta sobre la pequeña herencia que le había dejado. Supuso que allá, en Múnich, hubo rezos, avemarías, ventanas cubiertas y conversaciones que terminaban en murmullos. A su madre se la imaginó envuelta en un luto que ya llevaba desde el día en que ella se había ido. Tenía la seguridad de que, cuando su madre muriera, dejaría instrucciones para que su esquela no fuese pública, así su muerte pasaría inadvertida y no le daría a su hija la oportunidad de llorarla. Las plañideras eran escogidas, de alguna manera, por los que partían. Ally no se lo merecía. La venganza de su madre sería el silencio.

Se vio sola, en el vasto apartamento de Mitte, perdida en sus pasillos, en las habitaciones llenas de sombras, pintadas de un verde nublado que le hacían sentir que el musgo y el moho las habían estado devorando por décadas. Fue en esa época que comenzaron a llegar las cartas de Marcus. “Este no es el país que quiero para mi hijo”. “No regreses a Düsseldorf, la vida aquí es cada vez más difícil”. “En América tampoco nos quieren, nadie nos quiere”. A veces, más que respuestas a las de ella, sus cartas eran arengas.

Un grito inundó la habitación y la trajo de regreso al presente. Había brotado de su pecho, de su garganta cerrada. Con los brazos contraídos, se vio desgarrada en dos. Las punzadas del vientre se extendieron a todo el cuerpo. Ally se aferró a los bordes de la cama con desesperación.

—¡Marcus! —El grito estremeció a la comadrona.

—¿Quién es Marcus? ¿El padre? Aquí no hay nadie. A ver, no te detengas, sigue, ya falta poco. Uno más y ya. ¡Puja!

Sintió rigidez y un escalofrío. Los labios temblorosos, secos. Su vientre se hizo puntiagudo y se redujo, como si el cuerpo vivo en su interior se hubiese disuelto. Había provocado una tormenta. Percibió las ráfagas y la lluvia caer. Los truenos y granizos la hincaban. Se estaba desgarrando. Su abdomen se contrajo, abrió las piernas, cada vez más pesadas y dejó salir algo, una especie de molusco. Un olor a óxido inundó la habitación viciada. El cuerpo diminuto se llevó todo el calor de su vientre. La piel vibraba.

Un largo silencio. Ally estiró las piernas y cerró los ojos. Las lágrimas se confundían con el sudor. La comadrona tomó al bebé inerte por los pies y cortó de un tirón el cordón umbilical. Lanzó con la otra mano la placenta a un cubo de agua sanguinolenta y en una esquina de la cama comenzó a limpiar al recién nacido con agua tibia.

—Es una niña. —La voz de la comadrona se multiplicó en la habitación.

“¿Dónde está el primer grito, el llanto que indica que está viva? Nació muerta”, pensó.

Su garganta seguía ardiendo; el vientre, palpitando. Dejó de sentir las piernas.

En ese instante, la bebé soltó un débil gemido, como de animal herido. Poco a poco, el sollozo se fue convirtiendo en un lamento. Finalmente, el llanto terminó en bramido. Ally no reaccionaba.

La comadrona, calmada, empezó a palpar a la bebé, orgullosa del trabajo realizado. Al ver el tono azuloso de su rostro limpio, se asustó. Le faltaba oxígeno, dedujo. Con nerviosismo, le abrió la boca y revisó las encías moradas. Sospechó que quizás tuviera una obstrucción en la garganta y con el dedo índice de su mano derecha escudriñó en la minúscula laringe de la recién nacida. Observaba a la bebé y a Ally, que continuaba con los ojos cerrados.

Con rudeza, la comadrona cubrió a la pequeña, que no cesaba de gritar, con una sábana limpia. Solo le dejó el rostro descubierto. La comadrona le apretó los labios y le pasó la recién nacida a Ally como si fuera un ente extraño.

—Es una bastarda de Renania. Has traído a una mischling al mundo. Esta niña no es alemana, es negra.

Ally se incorporó y tomó a la bebé en su regazo. Al instante, la recién nacida se calmó.

—Lilith —murmuró Ally—. Su nombre quiere decir luz.

DOS: Berlín. Marzo, 1938

2

Siete años después
Berlín. Marzo, 1938

Anochece.

—¡Lilith, corre, corre y no mires atrás! —gritó Ally, con los ojos cerrados—. ¡Sigue, no te detengas!

Las farolas destellaban hilos plateados sobre los bancos de madera y bronce del Tiergarten. Ally giró con los brazos extendidos, removiendo como un tornado las hojas secas. Por un instante había detenido el mundo, creando una nube protectora a su alrededor. Al abrir los ojos, el parque era lo que giraba; los árboles se precipitaban sobre ella y no encontraba apoyo. Iba a desvanecerse.

De noche, el Tiergarten, en el centro de Berlín, era como un laberinto.

—¿Lilith? —llamó en voz baja.

Su hija había aprendido el juego a la perfección: no podía ser vista.

Con la avenida enfrente y los árboles a su espalda, Ally suspiró. Se sentía sola fuera del haz de luz que emitía la farola, pero cuando se volteó, tenía ante sí a un grupo de jóvenes vestidos de uniforme gris. El terror regresó. Uno puede contener las lágrimas, levantar la comisura de los labios, disimular que las piernas tiemblan, que las manos sudan, pero el pavor persiste y se exterioriza hasta debilitarte. El cazador puede olfatear el miedo. Pero los jóvenes uniformados le sonrieron, levantaron el brazo derecho saludándola. Era la imagen de una alemana lozana y perfecta.

Sieg Heil!

“Si supieran”, pensó.

Tras una ráfaga, las nubes se dispersaron. Ahora, la luz de la luna caía sobre ella, sobre su cabellera rubia y su piel de porcelana. Ally brillaba. Uno de los jóvenes se volteó a contemplarla, como si fuera una aparición mágica en el Tiergarten, una valkiria camino a decidir su destino. Los jóvenes siguieron de largo. Ella permaneció sola, en la oscuridad.

—¿Mamá? —La voz de Lilith la sacó de su estupor—. ¿Lo hice bien esta vez?

Sin bajar la mirada, Ally pasó sus dedos por el cabello rizo y esponjoso de su hija, que apareció a su lado en la oscuridad. La luz solo la iluminaba a ella. Lilith era una sombra.

—Regresemos a casa.

—Pero ¿lo hice bien, mamá?

—Claro que lo hiciste bien, Lilith, como todas las noches. Cada día lo haces mejor.

En la penumbra pasaban inadvertidas. Los transeúntes las ignoraban, nadie las miraba con asombro ni tensaba los labios con repulsión, ni bajaba la mirada por compasión. Nadie lanzaba piedras o improperios, y los niños no corrían detrás de ellas, amparados en su pureza, vociferando canciones sobre la selva o los chimpancés.

De noche se sentían libres.

—De noche todos tenemos el mismo color —le susurraba Ally a su hija mientras caminaban, como si recitara uno de sus versos.

Ally siempre estaba escribiendo, no importaba dónde estuviera. No necesitaba lápiz ni papel, su mente iba más rápido que sus manos, le repetía a su hija, para quien declamaba poemas con una cadencia casi musical que hacía sentir a Lilith en éxtasis.

—¿Qué dices, mamá?

—Lo que quiero decir es que la noche nos pertenece a ti y a mí. La noche es nuestra.

A punto de comenzar la primavera, cuando Lilith cumpliría los siete años, fue que comenzaron las pesadillas que Ally prefería olvidar. “¿Qué madre sueña con la muerte de su hija?”. La única culpable era ella, se dijo, por haberla traído al mundo. Por tener que vivir en una huida sin fin.

En el edificio de apartamentos, escondido en una calle en Mitte sombría y sin salida, nunca tomaban el elevador, siempre bajaban y subían por las escaleras, en penumbras, para no tropezarse con los vecinos. Había escuchado lamentarse a los Strasser, que vivían en su mismo piso, siempre con la nostalgia de un pasado triunfal. El mismo día en que se mudó al apartamento, meses antes de que Lilith naciera, la invitaron a un café. En los salones había trofeos de viajes a países remotos, esfinges, rostros fragmentados, brazos de barro y mármol. Adoraban las ruinas. Frau Strasser vivía sofocada en una faja que la tornaba irascible y la hacía rechazar todo lo que no luciera como ella y sus magníficos retoños. Le faltaba el aire al caminar, y hasta en invierno las gotas de sudor la invadían, amenazando arruinar su maquillaje. Los Strasser tenían dos hijas, cada una más perfecta, como soles. El ideal femenino que solía promover la portada de Das Deutsche Mädel, la revista de la Liga de las niñas alemanas que todos veneraban.

Desde que Lilith nació, a Ally la evadían. Herr Strasser se había atrevido incluso a escupir a su paso un día que se cruzaron con él en la acera, frente al edificio. La bolsa de frutas de Ally cayó al suelo, las manzanas rodaron por el asfalto y se cubrieron de un polvo oscuro y húmedo.

—Esas manzanas están más limpias que tú —le dijo Herr Strasser después de lanzar el escupitajo que Ally vio caer hasta rebotar cerca de ella.

Nadie ocultaba el insulto. Ally había atravesado el portón de madera y bronce, y entrado al edificio que ya no era su refugio. Vio a sus vecinos, los Herzog, asustados, escabullirse tras el umbral del 1B. Habían sido testigos de la infamia y quizás habían sentido piedad por ella. Ellos también habían sido ultrajados, no una, sino varias veces.

Los Herzog eran dueños de un pequeño almacén de lámparas a la salida de la estación del S-Bahn, en la Hackescher Markt. Una vez, Ally había querido guarecerse de la lluvia helada en su tienda, pero no lo hizo: en las vidrieras vio dibujada una estrella de seis puntas y la palabra más ofensiva con la que uno podía ser llamado entonces, Jude. Bajó la mirada y siguió de largo, mojada, temblorosa. La última vez que se bajó del S-Bahn vio a lo lejos lo que quedaba del establecimiento. Habían destruido los cristales y arrasado con las lámparas. “Ya nadie necesita alumbrarse en Berlín”, pensó, y giró en dirección contraria. “Supongo que a partir de ahora viviremos en las tinieblas…”. Había vidrios por doquier. Era imposible no pisarlos. Su crujir la estremecía; era parte de la sinfonía de la ciudad. La indiferencia de las pisadas los iba triturando, convirtiendo en polvo, hasta hacerlos desaparecer.

Ally ya había perdido la capacidad de asombrarse; nada la ofendía. Las palabras no la amedrentaban; tampoco aquel escupitajo de Herr Strasser, que para ella era apenas un insulso gesto de agravio.

Por suerte, ese día iba sola, como casi todas las tardes. Lilith se había quedado en casa con Herr Professor, su vecino y mentor. Su nombre era Bruno Bormann, pero ambas lo llamaban Opa. Al principio, a él no le gustaba. “No soy tan viejo para que me llamen abuelito”, protestaba. Pero ahora, cada vez que el anciano entraba al apartamento anunciaba su llegada diciendo: “Opa está cansado”, “Opa tiene hambre”, “Opa necesita que le canten” o “¿No hay un beso y un abrazo para Opa?”.

—¿Sabes algo, Lilith? —le decía Herr Professor a la niña cada vez que leían juntos y ella le preguntaba sobre el destino—. Tú eres más anciana que Opa. Tú eres un alma vieja.

Los tres cenaban juntos la mayoría de las noches, a menos que Herr Professor tuviera una cita con sus antiguos colegas de la universidad en la que había enseñado literatura a más de una generación. Ya quedaban pocos. Unos habían muerto, otros huyeron a América para evitar el horror y la vergüenza de lo que sucedía en el país. Antes, Herr Professor era reverenciado. Sus citas literarias eran repetidas por jóvenes que lo seguían con devoción. Cuando fue contratado como profesor, se imaginó frente a sus pupilos, anciano y con bastón, y se prometió que daría clases hasta que se extinguiera su último suspiro. Pero los tiempos cambiaron. Comenzaron el temor y las delaciones, y ya no confiaba en los catedráticos que habían optado por quedarse ni en los nuevos alumnos. Esos jóvenes iracundos ahora tenían el poder de decidir qué se debería enseñar en la sagrada academia alemana y qué debería eliminarse para siempre del currículo. Todos los profesores, los decanos y hasta el rector de la universidad temían, tanto como a una bala extraviada, ser denunciados por un estudiante. Una mañana, al llegar a la universidad, varios estantes de la biblioteca estaban vacíos; primeras ediciones desperdigadas por el suelo, pisoteadas.

—Los libros han dejado de ser útiles en este país —le comentó a Ally—. ¿A quién le importa leer a los clásicos hoy día? ¿Hasta cuándo, mi querida Ally? Tú y yo somos sobrevivientes, pertenecemos a otra era. A la nueva generación solo le interesa escuchar discursos del Führer, los gritos del Führer.

Con sus modales delicados, una articulación perfecta y una voz que proyectaba, sin alzarla, para que fuera escuchada en cualquier rincón de la casa, Herr Professor era un maestro para Lilith. Gracias a él, la pequeña podía leer y escribir con fluidez y precisión asombrosas desde los cinco años. La niña devoraba libros que no podía entender completamente, y subrayaba palabras en las páginas de los volúmenes que tomaba, sin pedir permiso, de la vasta biblioteca del profesor.

Las puertas de entrada contiguas de los apartamentos de Ally y Herr Professor rara vez se cerraban con seguro.

—Deberíamos derrumbar la pared del pasillo que divide nuestros apartamentos. Así no tengo que salir para visitarlas —había propuesto Herr Professor una vez.

Ante esa idea, Lilith había sonreído, pensando que así tendría acceso a la biblioteca a toda hora, y no solo en las noches, que era cuando estaba autorizada a salir, con precaución, sin que los fantasmas —así llamaba a los vecinos— la hostigaran.

Ally sabía poco de Herr Professor, pero lo suficiente para considerarlo parte de su vida. Sabía que una vez “había tenido un resbalón”, es decir, se había enamorado, le había explicado él, aunque ella nunca se lo preguntó.

—Esos resbalones te destrozan el destino, pero por suerte uno no tiende a enamorarse dos veces en la vida. Con una basta —había aclarado el anciano.

Lilith estaba concentrada ahora en un tomo encuadernado en piel, escrito en una lengua indescifrable, que tenía por título Eugenics, una palabra que ella no se atrevía a pronunciar. Escudriñaba los dibujos de cuerpos humanos, enfermedades, distrofias, perfecciones e imperfecciones, hasta detenerse en el rostro magnífico de una niña.

All that glitters is not gold —le dijo el profesor.

—Opa, quiero que hoy mismo comiences a enseñarme inglés.

—Si te enseño inglés, no es para que leas ese libro, sino para que puedas entender al Gran Poeta.

A partir de esa noche, comenzaron a leer en voz alta sonetos de Shakespeare en inglés antiguo, sin preocuparse por descifrarlos.

—Para aprender un idioma, lo primero es captar su musicalidad, desenredar la lengua, que los músculos de la cara se relajen —explicaba Herr Professor—. El resto llega por su propio peso.

—Busquemos a mamá para que nos escuche.

—Debemos dejar a tu madre tranquila. Hace falta que escriba, que escriba mucho. Eso le hace bien.

—Es por mi culpa que mamá no duerme.

—No, Lilith. Es por culpa del Führer, que se cree Odín. Tú no tienes nada que ver.

—A mamá no le gusta que lo mencionemos…

Desde que se despertaba, Lilith pasaba casi todo el día con Herr Professor. Al mediodía, los tres desayunaban juntos y la niña se deleitaba con las historias que contaba él, y que iban desde las glorias de la antigua Babilonia hasta la mitología griega; las interminables disertaciones sobre los dioses y semidioses, o los templos dóricos de la Acrópolis que podían terminar, sin transiciones, en las Guerras Médicas. Herr Professor le hablaba lo mismo de Afrodita, Hefestos y Ares, y el lugar de estos en el templo de los doce dioses olímpicos, que de las batallas de nubios y asirios.

Una tarde, Herr Professor encontró a Lilith frente al espejo, a la salida del baño, el único espacio de su apartamento en el que no había libros. La niña se acercaba cada vez más al cristal, como si intentara encontrar una respuesta que la sacara de sus dudas, acariciándose el cabello y las cejas con lentitud. Cuando descubrió que Herr Professor la estaba observando, se sobresaltó.

—Mamá es tan bonita.

—Tú lo eres también.

—Pero no me parezco a ella. Yo quiero parecerme a ella.

—Tienes el mismo perfil, los mismos labios, la misma forma de los ojos.

—Pero mi piel…

—Tu piel es hermosa, mira como brilla al lado de la mía.

Ambos se colocaron frente al espejo. Lilith se soltó los rizos. Herr Profesor se retiró las canas de la frente y se pasó la mano por el vientre.

—Voy a tener que hacer algo con esta barriga, está creciendo por días. Estoy viejo, ¡pero al menos tengo todo mi pelo!

Se rieron. Para Lilith, Herr Profesor era como un gigante amable que velaba por ellas.

Los días se hacían cortos cuando Herr Professor abría la escalera de madera que conducía al armario del diminuto cuarto que daba a la cocina, se subía y, desde el último peldaño, comenzaba a bajar cajas forradas de terciopelo rojizo, donde guardaba fotografías familiares que su madre, una mujer alta y robusta, había clasificado durante sus últimos años. A Lilith le fascinaba examinar aquellas imágenes de desconocidos, de quien incluso Herr Professor había olvidado el nombre.

—Al pequeño Bruno le asustaba la oscuridad —dijo una vez apuntando a una foto de sí mismo a los dos años—. A nosotros, no. ¿Verdad, Lilith?

El bebé regordete y calvo sobre un almohadón de encajes en el centro de una fotografía ovalada hacía reír a la pequeña.

—Tenías cara de refunfuñón desde que naciste.

—Todos fuimos bebés alguna vez, y antes de morir regresamos a esa época en que dependemos de que nos lo hagan todo.

—Yo te cuidaré, Opa, no te preocupes.

Pasada la medianoche, Lilith se iba a la cama. A esa hora, Ally y Herr Professor se preparaban un té para huir del sueño. Permanecían callados; no necesitaban las palabras para comunicarse. Pasados unos minutos, Ally se recostaba en su regazo y Herr Professor le acariciaba la cabellera, que en la oscuridad se tornaba de un gris humo.

—Ya encontraremos una solución, la encontraremos —repetía—. Lilith es una niña sabia. Tenemos una niña prodigio. Es muy especial.

—Opa, estamos contra el tiempo —dijo una noche Ally con la respiración agitada—. Lilith ya tiene casi siete años.

—Confiemos en Franz. —A Herr Professor le temblaban las manos.

Franz Bouhler era un antiguo estudiante de Herr Professor. Su madre había insistido en que estudiara ciencias para que trabajara en los laboratorios de su primo Philipp, que había comenzado unas investigaciones que, según Franz, iban a transformar la manera en que verían el mundo. Pero su verdadera pasión era la literatura; escribía poesía, y se había matriculado en las clases de literatura de Herr Professor. Tras salir de la universidad, Franz siguió visitando a Herr Profesor y compartiendo sus escritos.

—Franz es un soñador —respondió Ally.

—Todos lo somos —aseguró Herr Professor—. When I waked, I cried to dream again.

Desde que Franz comenzó a visitarlos, se había convertido en el único contacto con el exterior de Ally y Herr Professor. Lilith crecía por día y se hacía notar cada vez más. Una niña mischling, una bastarda de Renania, que por ley tenía que ser esterilizada para sobrevivir en la nueva Alemania. Ambos evitaban las noticias de la radio, y en sus casas no entraban los periódicos. Cuando salían en las tardes, bajaban la mirada para evitar la avalancha de carteles triunfalistas blancos, rojos y negros que inundaban la ciudad.

Herr Professor editaba los altisonantes poemas de Franz, siempre esperanzadores, en contraste con el lirismo oscuro y pesimista de los versos de Ally. Fue el aliento fresco y juvenil de Franz, cuatro años menor que Ally, el que la impulsó a cobijarse en él. Las tardes del miércoles eran solo de ellos. Ally se sentía segura atravesando los callejones del barrio con el chico alto, de brazos vigorosos, y movimientos torpes, pero de una dulzura que le daba un aire infantil. Él, siempre de franela gris, y ella, con su gabardina de lana rusa y tonos rojos, que cambiaba de color según la luz del día.

Franz leía los poemas de Ally con devoción. Admiraba la sencillez de sus versos. Él tenía que recurrir a construcciones cada vez más complejas para llegar a una idea que terminaba pareciéndole insulsa veinticuatro horas después. Ally quería entender los textos de Franz, su retórica, y terminaba abrumada, atribuyendo la tormenta de palabras a la inocencia del chico.

Para Lilith, Franz oscilaba entre un Dios griego y un hermano mayor. Cada vez que llegaba, ella corría a sus brazos y se cobijaba en su cuello cuando él la levantaba y la sostenía en el aire.

“¿Qué me tiene para hoy mi Lucecita?”, solía decir. “A ver, hazme preguntas”.

Ambos podían pasar horas contándose cómo habían consumido el día: para ella, levantarse, lavarse la cara, tomar agua, leer con Herr Professor, acostarse y sonreír; para él, estudiar tomos enormes dedicados a las partes del cuerpo humano y escribir el poema más hermoso que un alemán hubiera jamás creado, el que un día no muy lejano ella podría leer. Para Franz, aquello era lo más cercano a un hogar. Evitaba las cenas en su casa, con su madre, una viuda que se la pasaba dándole instrucciones. Para su madre, escribir poesías era una debilidad que no lo llevaría a ninguna parte.

—Alemania no necesita más escritores —le repetía—. Alemania requiere soldados que la sirvan ciegamente.

La de Ally era la única casa que el joven visitaba en donde no había una imagen del Führer sobre la chimenea del salón principal. Y la niña percibía que su madre era feliz cuando Franz estaba con ellas. Con él no les tenían miedo a los fantasmas ni al Führer. Nadie podía hacerles daño. Franz era un ejército, una barricada.

Entonces comenzaron los preparativos para el séptimo cumpleaños de Lilith. Ese número los mantuvo en vela. No hubo más sonrisas, ni recitaron más poemas en la penumbra. Las cenas volvieron a transcurrir en silencio.

“Siete”, repetía Lilith, como si ese número se hubiese convertido en su condena.

TRES: Düsseldorf. Junio, 1929

3

Ocho años antes

Düsseldorf. Junio, 1929

—Si sigues demorándote, vamos a llegar tarde —dijo Ally, que estaba ya en la puerta, alzando la voz.

Al ver salir a Stella del cuarto de baño, soltó una carcajada.

—¿De rojo? ¿Y ese escote? ¿A dónde crees que vamos?

—A divertirnos —respondió Stella.

—De rojo solo conseguirás llamar la atención del Vampiro.

Las dos sonrieron y bajaron las escaleras con premura.

A esa hora de la noche la ciudad estaba recogida. Los días habían comenzado a alargarse, pero las lámparas de las esquinas aún estaban apagadas. Atravesaron las calles vacías, evitando los charcos de agua que habían formado las lluvias de un verano indeciso.

Cuando llegaron a la estación del U-Bahn en dirección a Altstadt, no había nadie en el andén. Daba la impresión de que la plaga que había azotado al mundo una década atrás estaba de regreso.

—Todo el mundo les presta demasiada atención a los titulares de los periódicos —dijo Ally.

—Qué miedo, ¡el vampiro de Düsseldorf nos acecha! —se burló Stella—. No creo que nosotras seamos la carnada ideal para él.

—¿Ideal? Yo creo que este vampiro que nos ha tocado no escoge a sus víctimas. La primera con la que tropiece…

—Bueno, nosotras vinimos a divertirnos.

Eran las únicas pasajeras del vagón. En una de las puertas, un aviso ofrecía recompensar la captura del vampiro: diez mil riechsmarks. Se miraron sorprendidas y permanecieron en silencio el resto del trayecto. Nunca habían sentido miedo, pero ahora sí estaban asustadas, aunque no se atrevían a reconocerlo. Llegarían a su destino en pocos minutos y estaban convencidas de que en los alrededores del Brauerei Schumacher habría una muchedumbre. Marcus y Tom las estarían esperando a unas cuadras de allí. ¿A quién se le ocurre quedarse en casa un sábado de verano por la noche? Ellas estaban decididas a no dejarse detener por ningún vampiro, real o imaginario. Además, después que el depredador, que agredía sexualmente a niñas, mujeres, ancianas y hasta a hombres en las cercanías del Rin, y luego los apuñaleaba hasta que se desangraban, había ocupado todos los titulares de los periódicos del país, los vecinos, los dueños de negocios y la policía estaban alertas. Ellas también.

La última víctima había aparecido cerca de la estación central, desnuda sobre un diván en la habitación oscura de un hotel. Había sido estrangulada, pero no había otro signo de violencia en el cuerpo ni rastros de sangre. Algunos habían dudado de que fuera obra del mismo asesino.

Desde que se habían mudado juntas de Múnich a Düsseldorf, Ally y Stella se habían prometido ser independientes. Aunque sus familias las ayudaban a cubrir sus gastos, ambas trabajaban por las tardes en una tienda por departamentos del centro, vendiendo perfumes. “Todo el mundo se oculta en los aromas”, solía decir Ally. Estaba previsto que Berlín fuese su destino final, pero decidieron quedarse por un tiempo en la ciudad a orillas del Rin por la música. Stella quería ser bailarina; Ally, escritora.

Los sábados en la mañana Ally escribía largos poemas mientras Stella dormía. Les hubiera gustado vivir más cerca del centro, en un departamento con dos recámaras, pero con el tiempo se habían ido habituando a estar juntas. Apenas llegaba del trabajo, Stella se quitaba los zapatos y las medias, y aún con el vestido oloroso a esencias se arrojaba en la cama. Podía caerse el mundo a su alrededor, solía decir Ally, que no había fuerza superior que la despertara. Al abrir los ojos, Stella revisaba los periódicos en busca de noticias sobre el vampiro, que comentaba con Ally a deshora.

Durante la semana, al mediodía, se alistaban a memorizar los ingredientes de los perfumes, que llegaban en frascos elaborados por artesanos obsesionados con la eternidad. Detrás de un mostrador que lucía más bien como el de un boticario, hablaban como expertas de anís y tés del Oriente, el cálamo, las granadas, el mirto, el ciprés y los pétalos marchitos de las rosas búlgaras. Ally jugaba con aquellas palabras y construía versos ajenos.

En la noche del sábado atravesaban la ciudad, hasta llegar al cabaret donde se encontraban con Marcus y Tom, deleitándose con ritmos que sus padres aborrecían.

—Si nuestros padres saben que estamos saliendo con dos músicos negros, nos mandan a matar —bromeaba Stella entre carcajadas.

—Marcus es alemán —aclaraba Ally.

—Y Tom es americano —continuaba Stella—. Pero los dos son negros…

Se abrían paso entre la multitud que hablaba del vampiro. Las paredes de una popular destilería estaban cubiertas con los avisos de la recompensa. “Diez mil” resonaba entre risas y diálogos, como una letanía. Todos querían cazar al vampiro y hurgaban los alrededores tratando de atisbar a un culpable. Algunas mujeres intentaban transfigurarse en carnadas. Entre dos, decían, podrían capturar al hombre más temido y buscado de Alemania.

Los diálogos se mezclaban. Todos hablaban a gritos, mientras Stella apuraba a Ally, que tropezaba con los transeúntes, entre frases que les llegaban como bofetadas.

—Debe ser un judío asqueroso. Hay que salir de los judíos.

—A mí me parece que es uno de los negros que han inundado la ciudad por culpa de los judíos.

—Por culpa más bien de los franceses. Ellos fueron los que llenaron el ejército de negros. ¿Y ahora qué son? ¡Triunfadores!

—¿Qué harías con los diez mil reichmarks? —le preguntaba una chica a su pareja.

—Nos iríamos a Berlín —contestó él.

“A Berlín”, pensó Ally. “Marcus y yo podríamos irnos a Berlín”.

Bajo la tenue luz de la puerta lateral del Schall und Rauch, en el callejón, Ally divisó a Marcus y su corazón comenzó a galopar. Él sonrió al verla y le hizo un gesto para que se apresurara. Ally se desprendió de Stella y corrió hacia él.

—Me tienes esperándote hace horas —le susurró al oído.

—Exageras —respondió ella, y lo besó.

Marcus abrió la puerta y le cedió el paso a Stella. Él se mantuvo abrazado a Ally bajo la luz de la entrada. El gesto detenido, en paz.

—Creo que debemos de entrar —dijo ella.

—Ya estás aquí. No me importa que comencemos tarde.

Se separaron un poco, contemplándose uno al otro.

—Me miras como si me fuera a evaporar.

Él sonrió y entraron tomados de las manos por el pasillo a oscuras. Al subir la escalera del escenario, sintieron el bullicio tras bastidores. El humo de los cigarrillos se mezclaba con el olor a levadura. A su paso, Ally golpeaba las pesadas cortinas, y estas despedían partículas de polvo que parecían brillar con luz propia.

La música del escenario del Schall und Rauch llegaba disonante. La voz del comediante se imponía con aullidos de protesta sobre las carcajadas del público.

—Ahora irás a calmarlos —le dijo Ally a Marcus, ya en el camerino.

La habitación era pequeña, una especie de desván con ropa acumulada e instrumentos musicales en el suelo de tabloncillo de madera lleno de ranuras. Había jarras de cerveza vacías, una botella de whiskey, vasos por doquier, torres de periódicos. Varias fotos se amontonaban en las paredes. En una de las imágenes se reconocía a Marcus con los brazos extendidos y el saxofón a sus pies. Detrás, la torre Eiffel.

Marcus tomó el saxofón, la besó y la dejó en el camerino. Ally se acercó a la foto de Marcus pegada al espejo y, cuando estaba por tomarla, Stella preguntó:

—¿Te vas a quedar aquí toda la noche, o quieres ir a escucharlos? Anda, vamos.

Al salir del camerino, se detuvieron en un lateral del escenario. Desde allí podían contemplar a los músicos y la audiencia. Aunque el sonido les llegaba distorsionado, Ally, que había descubierto el jazz con Marcus, se deleitaba con aquellas cadencias. Muy pocos prestaban atención. La música era de fondo, una especie de intermedio hasta la llegada del próximo comediante y, más tarde, las bailarinas con el torso descubierto. En el público había mujeres sentadas sobre las mesas. Un par de ellas bailaban en una esquina. Un grupo improvisaba una canción alemana sobre la excelencia, creando su propia letra. En una de las mesas centrales había tres chicos maquillados, con los labios rojo púrpura y el pelo engominado. Extrañada, Ally detuvo la vista en la mesa del fondo, donde se encontraban seis hombres vestidos de traje y corbata negra. Aún llevaban sombrero. Tenían la vista fija en el escenario y el rostro contraído.

—¿Quiénes son? —le preguntó a Stella, señalándolos con sutileza.

—¿Aquellos? —preguntó Stella, extendiendo la mano—. Unos aburridos, puedes estar segura.

Al terminar la música, los reflectores del escenario recorrieron el cabaret de los músicos al público que aplaudía. Ahora la luz caía sobre Ally. Uno de los hombres se quitó el sombrero y fijó la mirada en ella.

Con el escenario a oscuras, se escuchó una voz por los altavoces:

—Señoras y señores, ha llegado el momento que estaban esperando. Nuestro ilustre maestro de ceremonias.

Se escuchó un redoble de tambores y, tras una extensa pausa, la luz iluminó a un hombre maquillado sin pantalones, con camisa blanca desabotonada, ligueros, sostenedor y zapatos femeninos de tacón alto. Se quitó el sombrero de copa e hizo una reverencia, y al golpear de los platillos se dejó caer sobre las tablas, provocando carcajadas en el público. De las sombras salió un perro blanco, con un enorme lazo de chifón rosado, y se recostó a él, indefenso.

—¿Es que no puedes ser más discreto? —le reprochó el maestro de ceremonias al perro, y se escucharon otras risas dispersas.

La expresión del maestro de ceremonias mientras acariciaba al perro era macabra. Ambos permanecieron callados a la espera de una señal de la orquesta, de una nota discordante. Luego, el hombre se levantó con desgano, y el escenario quedó a oscuras. Entonces el reflector iluminó un pequeño punto de luz sobre el escenario que se fue abriendo al ritmo de una música estridente, hasta descubrir las nalgas desnudas del maestro de ceremonia. Se podía ver también el trasero del perro. El rugido de una trompeta provocó aplausos y chillidos.

El show continuó, pero para Ally, perdida en sus propios pensamientos, solo había silencio. Pasaron varios minutos, cuando un atronador sonido metálico la despertó y se encontró sola. Intrigada, miró alrededor del teatro preguntándose adónde se habría ido Stella. Los hombres de la última mesa también habían desaparecido. Ally corrió al camerino abriéndose paso entre las bailarinas y, al entrar, la sorprendió el silencio. Encontró a Stella desconsolada en brazos de Tom. Marcus se detuvo al verla, y luego continuó recogiendo sus instrumentos.

—Se llevaron a Lonnie a la estación de Mühlenstrasse —dijo Stella entre sollozos—. ¿Te acuerdas de los hombres que estaban detrás, los aburridos? Eran policías.

—Pero ¿por qué a Lonnie? —preguntó Ally.

Nadie respondió.

—A ver, es hora de irnos. —Marcus la tomó de la mano y salieron del teatro sin despedirse de nadie.

Caminaron cabizbajos durante un largo rato. Ally esperaba que Marcus fuera quien iniciara la conversación, pero se dio por vencida.

—¿De qué acusan a Lonnie? ¿Podrías, al menos aclararme por qué? ¿Vamos a irnos así, sin hacer nada?

—No hay nada que hacer, Ally. Ellos tienen el poder. —Marcus le imprimió a “ellos” un tono de agravio.

—No entiendo —respondió ella.

—No hay que ser culpable de nada para que te lleven a la cárcel. Lonnie es negro, eso lo hace culpable. Mañana tal vez me toque a mí. La semana que viene, a Tom.

—Por alguna razón se lo tienen que haber llevado —insistió Ally.

—No seas ingenua. Porque faltó una semana al cabaret. Por eso se lo llevaron.

—¿Y a la policía que le importa?

—Esa semana que faltó, apareció una mujer muerta al pie del río. Ya sabes, si el vampiro realmente existe, tiene que ser negro. De nosotros es de quienes primero sospechan. Nosotros somos los culpables. Nosotros somos los salvajes, los asesinos. Uno de los músicos blancos también faltó durante esos días. A ese, ni lo interrogaron.

Ally no supo qué responder y se apoyó sobre él con un gesto de consuelo. Su amigo había sido detenido. Como mismo se habían llevado a Lonnie, pudieron habérselo llevado a él. Había tenido suerte.

—Hasta que no aparezca otra mujer u otra niña muerta, no lo soltarán. Para ellos, él es culpable.

No era el primero. En los periódicos, el carnicero de su barrio había ocupado titulares hacía unos meses. Judío y carnicero era la combinación perfecta para levantar sospechas. Las caricaturas del ogro inundaron revistas y periódicos. El carnicero terminó quitándose la vida en la celda. Transformó las sábanas en una cuerda y se colgó. Fue su manera de incriminarse, dijo el juez. Las mujeres, las niñas y las ancianas podrían ya dormir tranquilas; todos podrían regresar al parque, caminar bajo la luz de la luna a orillas del Düssel. Había regresado la paz a la ciudad sumida en el terror. En un editorial, uno de los concejales de la ciudad se atrevió a afirmar que aquella era la señal necesaria para eliminar a los judíos, no solo de aquel pueblo maldito por tantos asesinatos, sino de todo el país. Había que devolverle a Alemania su grandeza. Ni un vampiro más. Entonces, el Volksstimme publicó una misiva anónima que había sido enviada a la estación de policía. El vampiro real no quería perder su protagonismo: “Hoy, poco antes de la medianoche, encontrarán a la próxima víctima”.

Esa noche, el cuerpo desnudo de una mujer apareció en una plaza. El Vampiro la había violado a orillas del Düssel. Allí fue descubierta por un borracho, que se convirtió de inmediato en sospechoso.

El verano había desatado la furia del Vampiro. A pocas horas del primer incidente, un hombre fue acuchillado mientras leía el periódico sentado en un parque, y una mujer recibió varias puñaladas en las costillas mientras paseaba a la luz del día.

Era solo de noche que Ally y Marcus se atrevían a caminar tomados de la mano, protegidos por las sombras. De día, iba uno detrás de otro, Marcus delante y Ally detrás. Sabían que, si invertían el orden, podían detenerlo a él bajo sospecha de encontrarse a la caza de una mujer indefensa. Ya estaban acostumbrados, era su manera de estar juntos. A Ally no le importaba que la vieran al lado de él bajo el sol. Se hubiera atrevido a besarlo en público, a abrazarlo si él lo hubiera permitido, pero Marcus caminaba delante de ella como si se tratara de una conspiración. Sabía que, para los demás, el negro era culpable, depredador. Ella siempre sería la víctima.

Stella, por el contrario, se citaba con Tom en la pequeña buhardilla donde él vivía, en la que dos personas eran una muchedumbre, como solía decir. No se atrevía a salir con él a la calle, y suponía que Ally se arriesgaba demasiado al dejarse ver con Marcus. Una cosa era que se divirtieran y la pasaran bien en el cabaret, y otra era enamorarse y soñar con hacer una vida juntos. Stella le repetía que nunca aceptarían una relación así en Düsseldorf. Ni en ninguna parte de Alemania.

Pero Ally, con el tiempo, le hizo entender que estaba dispuesta a crear una familia con Marcus. Si algo la cautivaba de él, era su irreverencia, su rebeldía. Con él se sentía protegida. Juntos podían enfrentarse al mundo, pensaba. Como siempre salían de noche y se encontraban en los alrededores del cabaret, sentían que el aire festivo, la música y el humo los protegían. Algunos la censuraban como una chica de vida fácil, como una vez la llamó la casera al verla salir sola de noche a pesar de las advertencias de la policía. Cuando estaba junto a él, las mujeres se asustaban e intentaban descubrir en su mirada si había sido forzada o si se hallaba junto a aquella rara especie por su propia voluntad. Los hombres la desnudaban de una ojeada, ella podía notarlo. Pero a quienes temía era a los camisas pardas. Eran esos quienes la hacían estremecerse, y cada día eran más, como si la plaga maldita hubiera regresado y contaminado de nuevo todo el país.

Al entrar en el apartamento de la Ellerstrasse, Marcus se quitó los zapatos y lanzó su chaqueta sobre el butacón cercano a la ventana. Esa vez no la colgó con cuidado, para que no se ajara, dentro del armario. Se acostó. Ally intentó acercarse y él le dio la espalda.

—¿Quieres que me vaya? —le preguntó Ally con timidez.

—Claro que no. Tenemos que dormir. Ya veremos mañana cuáles serán las noticias.

La calma la hacía sentir incómoda. Ally no hizo más preguntas. Recorrió con la vista la habitación, que cada día intentaba hacer más familiar: la opaca fotografía de los abuelos alemanes de Marcus, a quienes él nunca conoció, enmarcada en bronce; un óleo de la casa familiar, que tampoco visitó en la frontera con Alsacia; un afiche de Chocolate Kiddies, de cuando la orquesta de Sam Wooding se presentó en Berlín, y la única foto de su madre, con ojos lánguidos, en la mesita de noche a la que le faltaba una pata.

Había varios ejemplares de Der Artist amontonados en una esquina del cuarto, uno de ellos con un gran titular en letras rojas: Schesbend. También había partituras de piano de Dvořák, el programa del Admiralspalast de tres años atrás con la firma de Sam Wooding, de cuando Marcus fue a Berlín a ver a la banda americana y escuchó por primera vez la música de Duke Ellington. No había imágenes del padre. La madre de Marcus lo había conocido en Francia y había tenido a su hijo sola, en Düsseldorf, lejos de la familia. Con el bebé recién nacido, había trabajado como empleada doméstica para una familia que vio, desde muy temprana edad, el talento musical del niño. A los cuatro años, Marcus comenzó a recibir clases gratuitas de piano.

De adolescente, Marcus se fue a París, tal vez con la esperanza de encontrar al hombre que para él no era más que una sombra sin rostro: su padre. Allí terminó tocando el piano y el saxofón en cafés a los que la gente iba a conversar, no a escuchar música, y conoció a otros artistas como él. No había un instrumento que cayera en sus manos que no aprendiera a dominar. Un invierno, recibió una carta de la familia con la que había crecido y en la que había sido aceptado: su madre había muerto, víctima de la influenza que azotaba el país. Devastado, regresó a Düsseldorf con un saxofón que había heredado de un músico amigo hastiado de las malas noches, la falta de dinero y el hambre, y dio inicio a su vida nocturna como músico en la ciudad donde había nacido. En el Schall und Rauch conoció a Tom y a Lonnie, y se volvieron un trío inseparable.

Ally se sobresaltó cuando Marcus se despertó de repente, se levantó, se sentó en el borde de la cama y dijo con voz grave:

—Yo sé dónde estuvo Lonnie toda esa semana.

—Entonces podemos ir a la policía y salvarlo —respondió Ally.

Marcus negó con la cabeza. Con rostro sombrío fijó sus ojos en los de ella.

—No puedo.

—¿Por qué no? Es la única manera de ayudar a Lonnie.

Marcus la miró de nuevo.

—No hay nada que hacer —sentenció—. Si ellos supieran la verdad, eso solo empeoraría las cosas.