—¿Qué hay dentro? —preguntó Miles.
—Un repelente —contestó su madre.
—¿Un repelente?
—Sí, como el que usamos contra los mosquitos.
—¿Y de qué está hecho?
Sin saber muy bien qué responder, su madre bajó la mirada y observó la botella azul que sostenía en sus manos. Para ganar tiempo la volteó hasta que sus ojos se posaron en la etiqueta, pegada torpemente, cuyo enunciado rezaba en temblorosas letras infantiles: ESPRAY ANTIMONSTRUOS. Su dedo índice la recorrió como si esperara encontrar en ella alguna información útil.
—Está hecho con un ingrediente secreto —declaró finalmente.
—¿Qué ingrediente?
—Uno que ahuyenta todo tipo de monstruos —afirmó tratando de otorgar la máxima veracidad a sus palabras.
Pero Miles se quedó inmóvil, mirándola sin parpadear. No parecía nada convencido. Angela se preguntó cómo su hijo podía ser tan desconfiado con solo nueve años. Agitó la pequeña botella azul y con un gesto pulverizó el aire con ella. No salió nada de su interior. Lo intentó de nuevo. Ni siquiera escupió una simple gota.
—Está vacía —protestó Miles.
—Qué va a estar vacía... —dijo su madre.
—¿Cuándo se usó por última vez?
—No hace mucho —respondió ella, aunque no era capaz de recordar exactamente cuándo.
—Pero no fue conmigo... —dijo Miles.
—No. Fue con Jason. —De eso Angela estaba segura.
Miles soltó un bufido.
—Entonces hace siglos de eso.
Angela parpadeó.
—No exageres, solo unos pocos años —dijo, aunque sabía que cinco eran bastantes más de los que quería recordar.
—Por eso está vacía —se lamentó Miles—, porque la terminaste con él.
Antes de que Angela pudiera responder, una voz de adolescente ronca se adelantó desde el pasillo.
—Tampoco sirvió de nada —dijo—. Esa mierda de espray antimonstruos nunca funcionó conmigo.
Otra voz, igualmente masculina pero paternal, intervino con autoridad.
—Jason, no digas palabrotas —amonestó.
—Yo solo digo la verdad.
—Si no vas a ayudar, será mejor que te vayas a la cama de una vez —ordenó la voz.
Unos pasos rebeldes se arrastraron hacia la habitación de al lado y seguidamente se oyó un portazo. Al cabo de unos segundos, la puerta hasta entonces entornada del cuarto de Miles se abrió y entró un hombre bostezando.
—Déjame intentarlo a mí —dijo su padre agarrando la botella azul de las manos de Angela.
Brian la invirtió y la agitó con fuerza. Luego accionó el pulverizador varias veces hasta que, de repente, una pequeña y mágica nube se formó en el aire a contraluz. Los ojos cansados de Miles se inundaron de esperanza. Con una sonrisa de triunfo, Brian devolvió la botella a Angela y salió de la habitación.
—Muy bien —dijo ella dirigiéndose a Miles—, ¿por dónde empezamos?
Lamentando que las oraciones antes de dormir y el atrapasueños de los nativos americanos hubieran perdido eficacia, Angela se dispuso a seguir un ritual que había sido establecido años atrás cuando Jason no era más que un niño. Se acercó primero a la ventana de guillotina, desde la cual podía verse el jardín trasero y más allá el oscuro bosque. Se había quedado atascada, entreabierta. Por suerte la temperatura en junio en esa parte de Minesota era calurosa. Angela reconoció que el hecho de que en la maldita casa no hubiera aire acondicionado había aplazado la prioridad de arreglarla, pero pensó que debían solucionarlo lo más pronto posible. Empezó a rociarla con el espray antimonstruos mientras Miles, desde la cama, seguía con atención cada uno de sus movimientos.
Luego, a petición de él, Angela también roció los rincones oscuros de la habitación donde se acumulaban coches, peluches, figuras de acción y otros juguetes olvidados. El interés de Miles había cambiado de los dinosaurios y los personajes de Star Wars a Los Vengadores. Las figuras de acción del Capitán América, Spiderman, Iron Man, Thor, la Viuda Negra y otros superhéroes ocupaban una posición honorífica en el altar de Miles.
Angela no se olvidó de rociar detrás de la puerta, tratando de no mojar el póster del equipo de los Gophers. Desde hacía medio año estaba obsesionado con ellos.
—Ahora debajo de la cama —ordenó Miles supervisando el ritual.
Angela se arrodilló con un involuntario crujido de huesos y, levantando la colcha, echó un vistazo debajo de la cama, donde yacía abandonado un calcetín desparejado, el negro con rayas amarillas que había estado buscando la última semana. Estaba demasiado cansada para recogerlo, pero anotó mentalmente su localización.
—Mamá, ¿qué ocurre? —preguntó Miles desde la cama mostrando cierto desasosiego al comprobar que su madre se había quedado paralizada como si hubiera visto algo.
—Nada —respondió Angela, y roció bajo la cama.
Cuando volvió a levantarse, Miles estaba con el brazo extendido, señalando más allá de los pies de la cama.
—No te olvides del armario —suplicó.
—El armario, por supuesto —repitió Angela.
Arrastró sus pasos fatigados hasta el tétrico armario de madera rústico. Cuando terminó de pulverizar el espacio oscuro entre el armario y el recoveco de la pared, lo abrió e hizo lo mismo con su interior. Angela pensó que debería renovar el vestuario de Miles y comprarle un par de jerséis. Cerró la puerta y se acercó de nuevo a la cama, depositó la botella azul sobre la mesita de noche junto a la última adquisición de Miles, una pequeña caja que representaba un laboratorio con la figura de Bruce Banner en su interior, dispuesto a transformarse con tan solo pulsar un botón en el increíble Hulk.
—Ahora estás completamente a salvo —aseguró su madre—. Ningún monstruo va a molestar tus sueños.
Miles le sonrió.
—Gracias, mamá.
Angela le dio un beso de buenas noches y con el agotamiento apoderándose de su cuerpo, se encaminó hacia la entrada.
—Buenas noches, cariño.
Apagó la luz y cerró la puerta, sumiendo la habitación en el silencio y la oscuridad.
Ese era el momento que Miles más temía. Cuando los ruidos y las voces familiares se apagaban, cuando la luz cedía el reinado a la oscuridad, cuando el tiempo parecía detenerse, esperando a que amaneciera de nuevo. Porque el mundo desaparecía y él se quedaba solo con su imaginación.
Miles tenía una prodigiosa capacidad de fantasear que iba más lejos de la habitual en otros niños. Podía interpretar la realidad sin estar atado a la lógica, podía soñar con los ojos abiertos. Donde los demás inventaban reglas, él modificaba realidades y creaba mundos. Donde los demás solo jugaban, él vivía esas fantasías y hacía que los demás también las vivieran, aunque fuera por un momento. La realidad era un lienzo sugerente sobre el que trazar pinceladas fabulosas, lleno de posibilidades para lo extraordinario, un recipiente de lo mágico. Pero esa imaginación arrolladora, ese caudal de inventiva que desafiaba el mundo adulto, de noche podía volverse en su contra. Porque Miles podía controlar sus sueños, pero no sus pesadillas.
En la cama, cuando su cuerpo agotado por las actividades del día anhelaba el merecido descanso, la mente de Miles, sin previo aviso y aprovechando que dormía, parecía moverse de manera furtiva, en un engranaje perverso que se activaba para producir pesadillas. Dedicada sin control a escupir imágenes terroríficas, decoraba el telón de la oscuridad con retablos de horror, explorando todos los recovecos de su habitación para crear en ellos escenarios de escalofriantes relatos, dibujando instantes que permanecían dentro de Miles de manera imborrable.
Miles no podía contemplar la ventana sin que le asaltara el recuerdo de un espeluznante monstruo que había poblado varias de sus pesadillas. Ese monstruo venía del bosque y le aguardaba bajo el alféizar de la ventana. Lo llamaba «el merodeador».
No conocía su aspecto, pero en las noches más silenciosas podía oír sus pasos arrastrados y su respiración entrecortada, emitiendo una especie de silbido como si tuviera la nariz tapada. Siempre estaba al acecho, esperando a que Miles se durmiera para espiarlo. El merodeador no parecía ser lo suficientemente alto como para mirar por la ventana, pero poseía una escalofriante habilidad que Miles descubrió una noche cuando oyó bajo el alféizar un gruñido y un sonido horrible, como de hueso roto y carne desgarrada. Miles vio a la criatura levantar el brazo, con su mano sujetando por el pelo su cabeza decapitada, permitiéndole así poder asomarse a la habitación. Recordaba sus ojos furiosos, como dos alfileres inyectados en odio, escudriñando la habitación tratando de encontrarle.
Debajo de la cama las cosas no resultaban menos inquietantes.
Miles sabía que durante la noche había otra criatura que podría haber entrado en su habitación y haberse deslizado debajo de su cama a pesar de las protecciones adecuadas para que esto no ocurriera.
Aunque nunca la había visto, era parecida a un repugnante y negro insecto con nerviosas patas, ojos viscosos y aguijones venenosos. La diabólica estrategia del monstruo era permanecer con las patas adheridas a la parte inferior de la cama, tratando de localizar dónde se encontraba Miles en ella. Seguía los latidos de su corazón y, cuando hallaba la posición correcta, empezaba a escarbar con sus quelíceros desde abajo, de manera silenciosa pero continua, laboriosamente, creando un agujero a través del colchón hasta llegar a su corazón y entonces atravesarlo con uno de sus aguijones. Por eso, a veces Miles se movía constantemente en la cama. Para evitar que ese repugnante e infernal insecto consiguiera su propósito.
Tampoco podía dormir mirando el techo porque le recordaba a una de sus pesadillas recurrentes, cuando se percataba de que uno de los rincones de la habitación estaba más oscuro de lo habitual. Para su horror, pronto descubría que algo había conseguido entrar aprovechando la oscuridad y ahora estaba agazapado allí, esperando a que Miles cayera rendido de sueño. En ese momento, la sombra palpitante empezaba a deslizarse por el techo con macabro sigilo, arrastrándose por él con una habilidad sobrenatural que desafiaba la gravedad. Cuando el monstruo alcanzaba el final del techo, justo sobre la cama, la luz de la luna revelaba su aspecto diabólico y repulsivo: el de un vampiro con rostro humano.
Entonces, la criatura empezaba a reptar por la pared del cabezal de la cama, en angustioso descenso, acercándose a Miles, que permanecía ajeno al horror. Cuando estaba lo suficientemente cerca de su cuello, el vampiro abría sus fauces en silencio, mostrando unos horrendos caninos afilados, dispuesto a clavarlos en el cuello de Miles.
Sin poder soportar más la agobiante oscuridad y los horrores instalados en ella, que se perpetuaban en un inacabable juego macabro de sombras, Miles se echó la sábana por encima de la cabeza, teniendo cuidado de no despegarla de los pies de la cama. La sábana le ofrecía una sensación de protección, como si fuera una coraza o un escudo.
Dentro de su refugio, Miles cerró los ojos y pensó que ojalá pudiera también cerrar su mente con la misma facilidad. Pensó en Thor, Spiderman, el Capitán América, Iron Man, la Viuda Negra, el increíble Hulk y en todos los superhéroes que no tenían miedo de los monstruos, que se enfrentaban a ellos y los vencían. Lamentó no ser mayor para poder desafiar todos esos horrores nocturnos y maldijo a Jason por guardar un secreto y a la casa de su abuela por ser tan tétrica y alimentar su oscura imaginación. Pero, sobre todo, rogó no tener otra pesadilla y mojar de nuevo la cama.
Lo despertó el sinuoso movimiento de la cortina y el primer reflejo de la luz del día entrando por la ventana. Pero la calidez del sol y la afectuosa voz de su madre con sus «buenos días» contrastaron pronto con la fría humedad bajo las sábanas, impregnándole de una humillación con olor a amoniaco: había mojado la cama.
—Vamos, cielo, hora de levantarse —anunció su madre. Esta vez su voz áspera delataba otra noche sin descanso.
Miles, avergonzado, no se movió.
—Cinco minutos más —murmuró.
Su mente, todavía adormilada, intentó urdir un plan para evitar que su madre se diera cuenta de que había mojado la cama. Sin embargo, antes de que alguna idea surgiera en su cabeza, ella ya había levantado la sábana.
—Oh, Miles... —dejó escapar con un suspiro.
Sin abrir los ojos, Miles se encogió sobre sí mismo. Sintió las manos de su madre palpando la sábana, quizá con la esperanza de tan solo estar imaginándoselo.
—Lo siento —dijo él por lo bajo.
Aunque hubiese querido decir muchas más cosas. Hubiese querido expresar cómo de decepcionante era que a su edad fuera incapaz de controlar sus pesadillas y, cuando estas eran muy intensas, tampoco su vejiga. Que, aunque tratara de beber menos agua antes de acostarse, no podía evitar mojar la cama. Y que lamentaba disgustar a sus padres tan a menudo, sobre todo hoy que se trataba de un día importante para su madre.
Miles sintió como ella le daba un beso y le susurraba a la oreja:
—No pasa nada, cielo. —Finalmente, abrió los ojos y halló infinita comprensión en su rostro agotado—. Pero habrá que apresurarse un poco...
Miles asintió. Saltó de la cama y encaminó sus pasos al cuarto de baño mientras su madre se disponía a lidiar con las sábanas húmedas.
Había movimiento en casa, pero el cuarto de baño estaba libre. Le hubiera gustado encerrarse en él para que nadie más se enterara, pero sabía que los pestillos estaban prohibidos en toda la casa.
Se quitó el pijama, lo arrojó en un rincón del suelo y entró en la vieja bañera. Preparó el jabón y abrió el grifo. Quería ir rápido y trató de acelerar su ritmo lento. Pero como era habitual, el agua tardó en salir, y lo hizo después de unos chirridos, unos repiqueteos y un gorgoteo de las tuberías, como si trataran de aclararse la garganta. Salió primero a propulsión demasiado fría y luego de repente demasiado caliente, por lo que la alcachofa de la ducha se le resbaló de las manos.
La puerta del cuarto de baño se abrió y su padre apareció dispuesto a utilizar el lavabo. Su madre le detuvo en el umbral.
—Hoy no te afeitas —le dijo en voz baja.
Su padre entornó la puerta para seguir fuera la conversación.
—¿Lo ha vuelto a hacer? —preguntó en un susurro.
Miles podía oírlos desde la ducha mientras se enjabonaba entre las piernas a conciencia para quitarse el olor a orina. Oyó como su madre le pedía a su padre que pusiera las sábanas en la lavadora y se encargara del desayuno.
—Sí, claro. No te preocupes —respondió él cerrando al fin la puerta del baño.
El jabón se había metido en los ojos de Miles y ahora le escocían. Los cerró y trató de enjuagarse bien la cabeza mientras pensaba cuánto odiaba las prisas, aunque solo él era el culpable de haber alterado la rutina familiar aquella mañana.
Unos golpes, seguidos por la voz de su madre, sonaron en la puerta.
—Cielo, ve terminando —ordenó a través de ella.
Miles cerró el grifo y abrió los ojos, todavía enrojecidos a causa del jabón. Alargó el brazo para coger la toalla, pero su mano palpó el aire. El toallero estaba vacío. Con cuidado de no resbalar, emergió de la bañera, dejando pisadas de agua como cuando salía de la piscina. Miró a su alrededor sin encontrar ninguna.
Su madre volvió a abrir la puerta. Llevaba puesto un traje de chaqueta muy elegante.
—¿Todavía estás así?
—No encuentro la toalla —protestó Miles agobiado.
Dejando la puerta abierta, su madre se encaminó hacia uno de los armarios del pasillo para coger una.
En ese momento, Jason surgió como una sombra huraña de su habitación, vistiendo la camiseta y los tejanos gastados de siempre. Su madre se dirigió a él.
—Y tú, ¿a qué esperas? Métete en la ducha o vas a llegar tarde...
Jason no contestó. A sus doce años podía ya permitirse el lujo de ignorar a su madre.
—¿Es que ni siquiera vas a cambiarte de ropa? Jason, te estoy hablando.
Sus pasos desaparecieron por las escaleras. Su madre hizo un amago de seguirle, pero de inmediato consideró que Miles era su prioridad. Entró de nuevo en el cuarto de baño y lo secó con cuatro movimientos expertos, aunque con el ánimo ligeramente enojado.
—Te he dejado la ropa encima de la cama. Anda, corre y vístete.
Miles fue hacia su habitación envuelto con la toalla mientras su madre se encerraba en el baño con un portazo. Desde abajo le llegó el ruido de la tostadora escupiendo las rebanadas de pan y luego escuchó a su padre soltar un gruñido cuando, como siempre, las había intentado coger y se había quemado los dedos.
Miles trató de vestirse lo más rápido que pudo, concentrándose en ponerse los calzoncillos del lado correcto, los pantalones, la camisa y los calcetines. Cuando su madre se asomó de nuevo, estaba intentando atarse el zapato izquierdo con dificultad. Siempre le costaba más atarse el izquierdo que el derecho. No entendía por qué. Sin pensárselo dos veces, su madre se arrodilló ante él.
—Déjame a mí. —Y sus dedos manipularon con destreza los cordones.
A Miles le llegó el perfume de su madre, una fragancia que le recordaba al olor de algunas flores, y notó que se había peinado y maquillado. Se preguntó cómo había sido capaz de arreglarse tan deprisa. Entonces se fijó en que el pintalabios le había quedado corrido en una de las comisuras. Quiso advertirla, pero en ese momento su madre terminó de anudar su zapato con tanta fuerza que le oprimió el pie, distrayéndolo de su intención.
—Vamos, cielo. Ve abajo o no tendrás tiempo de desayunar —ordenó mientras le entregaba la mochila del colegio.
Miles no se quejó y bajó las escaleras con el pie izquierdo estrangulado por los cordones.
En la cocina su padre se encontraba delante de dos fiambreras, una de ellas con el motivo de Los Vengadores, terminando de preparar los bocadillos para el almuerzo. No había tenido tiempo de afeitarse ni peinarse, y llevaba la corbata torcida.
Jason, en la otra punta de la mesa, masticaba sin ganas unos cereales. A su lado había otro bol, esperándole.
—¿Lo de siempre? —preguntó su padre agitando el paquete de cereales al verle.
—Sí, papá —respondió Miles mientras abría la mochila del cole y echaba un vistazo en su interior para comprobar que llevaba sus libros al verle.
Detrás, su madre terminó de bajar las escaleras, recuperando el aliento. Miles sabía que esta mañana tenía una entrevista importante. Aunque no era presencial, ella había querido cuidar hasta el mínimo detalle, desde la elección del traje hasta la ubicación del portátil para controlar el fondo que captaría su cámara. También sabía que se trataba de una nueva agencia de publicidad y que buscaban una directora creativa. Después de volver a trabajar como community manager, esa parecía ser su gran oportunidad. Si lo conseguía, le permitiría ganar mucho dinero, más que su padre trabajando en las oficinas de una de las empresas químicas que habían proliferado cerca de los lagos. Con su ascenso y algo de tiempo, al fin podrían abandonar la casa de la abuela y tener la suya propia. Incluso quizá regresar a Mineápolis.
Viéndola nerviosa, su padre quiso convencerla de que ella era la candidata perfecta para el puesto, pero cuando su madre descubrió el trazo corrido de su pintalabios se puso a retocarlo delante de un espejo. Su madre era buena vendiendo cualquier cosa. Pero cuando se trataba de venderse a sí misma, era insuperable. En solo dos años había logrado recuperar su imagen de éxito. Su padre, en cambio, arrastraba todavía el estigma del fracaso.
Observando a sus padres esa mañana y quizá influenciado por la lección de Física de la semana anterior, Miles se preguntó si esa diferencia se correspondía en parte a sus distintas velocidades. Había concluido que su madre era dinámica y su padre, estático. Su madre era una mujer más de acción que de palabras, de tomar decisiones sin consultar y de buscar soluciones rápidas y efectivas. Su padre en cambio se hallaba siempre sumido en sus pensamientos, en la parálisis de sus reflexiones, en su cautela desmesurada, y por eso parecía vivir en un plano temporal demorado en el que siempre llegaba tarde.
—¿Todavía no has desayunado? —le dijo su madre a Miles.
—Voy...
Ella suspiró y miró por la ventana mientras su padre echaba un vistazo a su reloj.
—Apresuraos o vais a perder el bus —los alertó, y se inclinó sobre la mesa para coger un plátano.
En el gesto, olfateó el aire alrededor de Jason y emitió una mueca.
—¿Sabes que hueles mal? —dijo—. ¿Es que no te has duchado?
—El baño estaba ocupado —respondió Jason sin levantar la cabeza.
—Ayer no lo estaba y tampoco te duchaste.
—Últimamente, le tiene más miedo al agua que un gato —dijo su madre.
Miles se sentó delante de su bol de cereales y acercó la silla a la mesa.
—¿Cuándo fue la última vez que te duchaste? —preguntó su padre.
—No me acuerdo —replicó Jason.
Miles se sirvió un poco más de leche.
—O sea, ¿que te da igual si apestas?
Jason se encogió de hombros.
—¿Es eso lo que quieres, que la gente huya de ti? —inquirió su padre.
—¿Incluso las chicas? —añadió su madre.
Jason suspiró y cruzó una mirada desafiante con ellos.
—Me ducharé mañana, ¿vale? —Y se levantó de la mesa.
Miles sumergió la cuchara en su bol de cereales, dispuesto a tomar la primera cucharada de su desayuno, cuando su madre divisó el autobús escolar frenando al otro lado de la colina.
—Ya está aquí, chicos. Hay que irse.
Jason y Miles salieron a la carrera, subiendo la colina, justo cuando los pocos niños de la zona terminaban de entrar al autobús. Miles corría tan rápido como le permitían sus piernas y Jason se detuvo cuando advirtió que lo estaba dejando atrás.
—Vamos, corre —le gritó.
Miles se dio tanta prisa como pudo, pero el autobús escolar arrancó con un resoplido del motor y aceleró, alejándose colina abajo en cuestión de segundos. Jason miró fijamente a Miles.
—Mamá se va a cabrear de verdad —dijo muy serio, aunque el tono de su voz delataba cierta satisfacción. A Jason le divertía estresar a su madre.
Arrastrando los pies, empezó a deshacer el camino hacia casa. Miles se disponía a seguirle cuando la voz de una niña cruzó el aire, llamándolo por su nombre. Los dos se giraron descubriendo un coche detrás de ellos. Reconocieron de inmediato el Toyota del vecino. Larry los observaba detrás del volante. Su hija, Rose, de la misma edad que Miles, estaba terminando de bajar la ventanilla.
—¿Necesitáis que os llevemos? —preguntó ella sonriendo.
Miles le devolvió la sonrisa. Luego cruzó una mirada con Jason y sin más preámbulos se metieron dentro del coche ocupando los asientos traseros.
Larry era viudo. Había perdido a su esposa hacía unos años a causa de una enfermedad y vivía justo en la casa de al lado con su única hija Rose. Miles estaba fascinado con ellos porque había descubierto que eran descendientes de los chippewa. Aunque Larry llevaba una vida integrada en la comunidad y apenas hablaba la lengua de su tribu, en su tiempo libre trataba de recuperar elementos clave de su cultura ancestral. También estaba implicado en diversos eventos y organizaciones para preservar las tradiciones y había conseguido transmitirle a su hija los valores y los aspectos culturales de los nativos americanos. Rose tenía un gran respeto por la naturaleza, conocía muchas historias y leyendas y había incluso aprendido a coser y tejer vestidos tradicionales. De mayor quería ser diseñadora y soñaba con crear prendas de ropa inspiradas en ellos. En la escuela se comentaba que el padre de Rose la había llevado a una ceremonia secreta en la que le habían dado un nombre chippewa, pero Miles nunca se había atrevido a preguntárselo.
A diferencia del de sus padres, el coche de Larry siempre estaba limpio y reluciente. Por dentro olía a cuero y menta. Larry solía limpiar el coche más a menudo y a conciencia. Incluso se molestaba en quitar los asientos y pasarle el aspirador. Sus padres decían que era un conductor temerario. Larry siempre se quejaba del coche de policía que, según él, se hallaba permanentemente estacionado en la falda de la colina, junto a la carretera principal, noche y día, esperando poner multas por exceso de velocidad a los imprudentes, sobre todo si eran nativos americanos. Cuando pasaron cerca de los dos policías, Larry aminoró la velocidad y esperó a perderlos de vista en el retrovisor para acelerar de nuevo.
A Miles le caía bien porque era el padre de Rose, pero a Jason no le gustaba. Decía que Larry le ponía nervioso cuando sonreía porque tenía los dientes demasiado perfectos. A Miles eso no le parecía algo extraordinario. Sospechaba que la verdadera razón por la que Jason lo detestaba era porque Larry era dentista y él no tenía unos buenos dientes.
Miles se percató de lo mal que olía su hermano. Se preguntaba si Larry y Rose podían también detectarlo cuando ella se volvió hacia ellos.
—Suerte que hemos salido en este momento, ¿verdad?
El comentario de Rose confirmó que los habían visto perder el autobús escolar.
—Rose tiene razón —prosiguió Larry—. Pero todavía habéis tenido más suerte de que uno de mis pacientes haya resbalado esta mañana en la ducha y se haya roto los dientes, porque hoy era mi día libre —confesó observándolos a través del retrovisor mientras sonreía con una boca llena de dientes blancos perfectamente alineados.
Miles reparó en ellos y pensó que Jason tenía razón. Los dientes de Larry eran como de anuncio.
—¿Qué os ha pasado? —preguntó Rose.
—¿Cómo dices? —dijo Miles.
—¿Por qué habéis perdido el autobús?
Por un momento, Miles agachó la cabeza en silencio, esperando que su hermano contara que había mojado la cama y lo avergonzara delante de ella.
—Fue culpa mía —declaró Jason—, me quedé dormido.
Y sin darle más importancia se puso a mirar distraídamente por la ventanilla. Rose pareció quedarse satisfecha con la respuesta, sonrió de nuevo a Miles y se volvió hacia delante. Miles observó a su hermano agradecido y pensó que, al fin y al cabo, no le importaba que oliera un poco mal.
Miles no siempre había tenido pesadillas en la casa de la abuela. Pero recordaba muy bien cuándo habían empezado. Y no había sido cuando se mudaron allí pocos meses después de su muerte.
Cuando sus padres le comunicaron la decisión de pasar una temporada en ella, lo hicieron como si le dieran una buena noticia. La casa donde su padre había crecido era mucho más grande que el piso que tenían en Mineápolis, estaba situada en Ellenville cerca de Red Lake, lo cual prometía una infinidad de aventuras en plena naturaleza.
Como siempre, Jason se encargó de contarle a Miles la verdad: había descubierto que sus padres se veían forzados a abandonar el apartamento en Mineápolis hasta que pudieran rehacerse económicamente y pagar las deudas de un mal negocio de materiales sintéticos en el que su padre había invertido demasiado dinero.
Debido a su edad, Miles no tenía constancia de una casa en Ellenville ni recordaba haber estado nunca allí. Tampoco se acordaba de su abuela. Su padre no solía hablar demasiado de ella y apenas la llamaba, aunque tenía conversaciones con la cuidadora que iba a visitarla una vez a la semana para supervisar su estado de salud, la señora Treichel. Fue precisamente la señora Treichel la que encontró muerta a su abuela.
Cuando Miles preguntó a sus padres cómo había fallecido, ellos le dijeron que la abuela se había ido a dormir y ya no se había despertado, que había muerto en la cama. Pero Jason le informó de la verdad: que había tenido un ataque al corazón en el cobertizo del jardín y que la señora Treichel la había encontrado una semana más tarde.
La abuela había muerto a los ochenta y dos años. Había tenido una vida larga, al contrario que el abuelo, que falleció cuando su padre tenía apenas nueve. La mujer no se había vuelto a casar ni tampoco pretendió rehacer su vida con nadie más. Su padre, sin hermanos, vivió con ella en la casa de Ellenville hasta que después de graduarse en la secundaria sus excelentes notas le permitieron entrar en la Universidad de Minnesota Twin Cities. En ella había estudiado la carrera de Química, aunque para ello tuvo que pedir préstamos de miles de dólares que todavía, veinte años después, estaba devolviendo.
La abuela se había quedado en Ellenville envejeciendo con la casa, una de las adosadas de una antigua calle que se encontraba al final de una colina, casi a la entrada del bosque. Construida a finales del siglo XIX, con las cubiertas inclinadas, los aleros decorados y las ventanas ojivales, pertenecía al estilo llamado gótico carpintero, muy popular por aquel entonces en ciertas zonas rurales.
Desde que llegaron, la casa rechazó la expectativa de unos nuevos inquilinos. Los recibió como a intrusos sacrílegos que osaban perturbar el mausoleo de un mundo que había sido sepultado para siempre. La madera alimentando la oscuridad, los cortinajes pesados asfixiando la luz de las ventanas, los grandes muebles ocupando espacios como ominosas y torpes entidades, todo en la casa transmitía una severa presencia masculina, algo insólito teniendo en cuenta que el abuelo había muerto hacía tanto tiempo.
Algunas flores marchitas, un par de cojines delicados o alguna cerámica colorida destacaban como tentativas de la abuela de incorporar detalles femeninos a la casa, una protesta sutil y silenciosa que había fracasado, una batalla perdida contra el olvido.
Parecía que antes de morir de un ataque al corazón, la casa hubiera logrado enterrar a la abuela en vida.
Una vez instalados, Miles se dio cuenta de que la idea de trasladarse a Ellenville había sido de su madre. Su padre siempre estaba de mal humor y cuando no se quejaba, parecía que lo persiguiera una tristeza sombría y pegajosa que no se desvanecía nunca, ni siquiera en los días más soleados. Encontraba en la casa todo tipo de defectos y solo deseaba venderla y mudarse a una nueva. Su madre insistía en que todavía no era un buen momento para hacerlo, que la casa no estaba tan mal y que la situación era solo temporal. Un par de años o tres hasta que pudieran saldar las deudas, recuperarse económicamente, vender la casa y regresar a la ciudad. Su padre callaba y apretaba los dientes porque sabía que era el responsable de la situación y que no tenían alternativa. O asumían este cambio con ánimo o se hundían con la casa.
Así que aparcaron las excusas y abrieron las ventanas, quitaron el polvo, cambiaron las cortinas, volvieron a pintar las paredes, repararon los desperfectos, engrasaron las bisagras, abrillantaron la madera y arrancaron las malas hierbas. La luz inundó de nuevo el salón, el comedor y la cocina. Las molestas presencias de los muebles se atenuaron con flores, jarrones y delicados ornamentos.
Miles y Jason fueron el antídoto perfecto para combatir su atmósfera enfermiza. Gracias a ellos la casa empezó a abrirse de nuevo a la vida, a los juegos y a las risas.
Aparte del cuarto de baño, el piso superior de la casa constaba de tres habitaciones. Sus padres ocuparon la más espaciosa, que daba a la fachada de la casa y se encontraba justo al subir las escaleras. Había sido el dormitorio de la abuela.
La habitación de Miles era la que había pertenecido a su padre de niño. Era rectangular pero asimétrica. A los pies de la cama tenía un armario antiguo de madera que crujía en el silencio de la noche. Situada en la parte trasera de la casa, desde la ventana de guillotina de su habitación Miles podía ver el jardín y, más allá, el bosque.
Pero algo llamó la atención de Miles nada más poner un pie en su habitación.
La ventana estaba cubierta por una reja que había sido añadida por fuera de la casa. Era de madera pero resistente. Y todavía lucía una mano de pintura blanca que se había ido desvaneciendo con la erosión del tiempo. A través de ella, el sol proyectaba la sombra de una jaula en toda la habitación, cuyo efecto ensalzaba todavía más la ambigüedad de su propósito. No estaba claro si su función había consistido en proteger al ocupante de algo exterior o de impedir que alguien encerrado en el cuarto pudiera escapar por ella.
Miles preguntó el porqué de la reja a su padre. Él se encogió de hombros y confesó que no se acordaba, luego comentó que igual la pusieron para que él no se cayera por la ventana cuando era pequeño.
Miles decidió quitarla. No necesitaba ninguna reja en su ventana.
A Jason le dieron la habitación contigua, de tamaño mediano, que era la que su padre había utilizado de adolescente como cuarto de estudio. Sacaron las estanterías, la volvieron a pintar y la amueblaron como dormitorio.
Durante ese primer año, Miles disfrutó descubriendo un nuevo escenario de juegos. Los recovecos de la casa ofrecían escondites secretos. El silencio que imperaba en ella traía a sus oídos sonidos fascinantes como los crujidos de madera que los muebles producían cuando se desperezaban. Pero las emociones continuaban más allá de la casa, en su jardín trasero que se abría al bosque, presentándose como un territorio inhóspito y desconocido para explorar cuyas posibilidades parecían no terminar nunca.
La casa del árbol que su abuelo había construido a siete metros de altura, en el roble más alto y fuerte del jardín, de inmediato se convirtió en el sitio favorito para los juegos entre su hermano y él. Consistía en una simple construcción de madera sobre una plataforma con una entrada y una ventana a la que se accedía subiendo una escalera de cuerda. La ventana daba a la casa del vecino, y él y Jason solían espiarlo desde allí. Y observaban a Rose sin ser vistos.
Lo único que a Miles no le gustaba del jardín era el cobertizo. Una siniestra edificación abandonada y cerrada a cal y canto con altas y sucias ventanas que apenas se había vuelto a abrir desde que encontraron allí muerta a la abuela.
A veces, por curiosidad, Miles se acercaba al cobertizo y lo examinaba, con cautela, como quien rodea una enorme y feroz bestia durmiente que puede despertarse y atacar en cualquier momento. Observaba sus altas ventanas, a las que por su corta estatura no podía asomarse, y se preguntaba qué habría dentro.
En alguna ocasión se había detenido delante de la puerta y había acercado la oreja a la madera húmeda y corrompida tratando de escuchar a través de ella. Y entonces le había parecido oír un roce dentro, como de algo moviéndose, algo que también había notado la presencia de Miles al otro lado.
Después del primer año, Ellenville pronto se constató como la perfecta pequeña ciudad para que la familia se recuperase. El coste de la vida no era caro y les había permitido empezar a pagar las deudas. La comunidad había acogido a Brian como al hijo pródigo que finalmente regresa al lugar al que realmente pertenece. Había recuperado a algunos de sus antiguos amigos, que incluso le habían ayudado a conseguir un trabajo decente en uno de los laboratorios cerca de los lagos. Le hicieron sentir como en casa, aunque su padre siguió negándose a salir a cazar ciervos con ellos.
Su madre se dejó convencer para participar en actividades culturales y empezó a trabajar de nuevo para retomar su carrera en el mundo de la publicidad, que había abandonado hacía casi una década.
De alguna manera todos ellos abrazaron la simplicidad de una vida más rural, dejándose llevar por los sutiles ritmos de la naturaleza, los largos días de verano, el crudo invierno y un silencio reparador que invitaba a pensar y a la paz interior.
Por primera vez sus padres fueron motivo de envidia de los amigos que habían dejado atrás en Mineápolis, puesto que parecían haber hecho realidad la fantasía de todo urbanita: ver crecer a sus hijos en un entorno alejado de la ciudad, como en el que habían crecido ellos.
Y no era para menos.
Miles y Jason se encontraron con un mundo nuevo y desconocido hasta entonces, donde a los niños se les permitía moverse libremente por la ciudad como si esta les perteneciera, entrando y saliendo de las tiendas y teniendo conversaciones con los adultos. La pintoresca casa de la abuela al final de la colina sirvió para que Jason y él atrajeran el interés de sus compañeros de clase. Sobre todo Miles, que descubrió que algunos niños habían creído que la casa estaba deshabitada, maldita o embrujada. Miles hizo algunos amigos invitándolos a comprobarlo. La mayoría de ellos no podían ocultar cierta decepción cuando constataban la absoluta normalidad de su interior. Habían conseguido disipar su atmosfera siniestra completamente.
Pero pronto se demostró que la casa no estaba dispuesta a ser domesticada y que libraba su propia batalla por debajo, en silencio, disfrazada de prosaica cotidianidad.
Primero fueron las tuberías. Empezaron a protestar con ruidos de traqueteo, se atascaban de forma continua, causaban olores desagradables. Luego aparecieron en las paredes manchas de humedad como sombras de espectros hechos de moho. La madera se manifestó podrida en ciertas zonas de la casa. Los estantes de la cocina se desplomaron rompiendo toda la vajilla. La carcoma se apoderó de algunos muebles. Las puertas decidieron no cerrar bien. Los pomos se rompían. Las ventanas se atascaban. Incluso en el jardín parecía que las malas hierbas avanzaban destruyendo las flores que su madre se había empeñado en ver crecer.
De alguna manera, la verdadera naturaleza de la casa se reveló al cabo de un tiempo, pero eso era algo que ya podría haberse intuido desde su propia concepción arquitectónica, puesto que la casa se había construido para que luciese por fuera, pensando solo en su imponente y vanidosa fachada. Su interior, supeditado al aspecto externo, no era más que un incómodo laberinto de habitaciones y corredores.
La mala distribución de sus habitaciones contribuía a que calentar las estancias en los largos y duros inviernos fuera una tarea tan ardua como refrescarlas en los sofocantes veranos.
La casa estaba enferma desde los cimientos. Y contagiaba su infección a través de los deterioros y las averías, aumentando la tensión entre sus habitantes. Su padre, que había odiado la casa desde su llegada, se había ido deslizando paulatinamente hacia una actitud sumisa y, como si hubiera claudicado ante ella, ahora se conformaba con la situación. Su madre, en cambio, ya soñaba con abandonarla cuanto antes y había tratado por cualquier medio de deshacerse de la propiedad.
Pero la casa no podía venderse fácilmente y la deuda seguía ahí. Cada nuevo desperfecto llevaba a una nueva discusión entre sus padres. La casa los enfrentaba mientras se reía con sus chasquidos de madera.
El malestar afectó también a Miles. Los recovecos en otro tiempo tan fascinantes para él se convirtieron en espacios lúgubres y amenazantes. Los muebles, en obstáculos incómodos que atropellaban el paso. Las sombras oscurecían las estancias con más rapidez, como si anocheciera en su interior antes de lo previsto.
Jason también percibía lo mismo.
De algún modo, ambos hermanos empezaron casi a rehuir la casa, tratando de pasar el menor tiempo dentro de su atmósfera opresiva. Primero se dedicaron a jugar en el jardín. Y del jardín, pasaron al bosque. Allí disfrutaron avistando todo tipo de animales, desde ciervos y mapaches hasta pájaros carpinteros.
Con cada excursión se fueron internando más en el bosque. Hasta que un día Jason no volvió a la hora de cenar. Y se hizo de noche.
Lo estuvieron llamando, pero Jason no aparecía por ningún sitio. Su padre salió a buscarle mientras Miles se quedó en casa con su madre, hecha un manojo de nervios, mirando por la ventana y preguntándose qué le podría haber sucedido.
Al filo de la medianoche Jason finalmente apareció. Dijo que se había perdido en el bosque. Pero estaba pálido como si hubiera visto un fantasma y temblaba como si hubiera escapado de la muerte. No quiso comer nada. Se encerró en su habitación y estuvo enfermo durante tres días seguidos. Después de eso, Jason ya no fue nunca más el mismo. Se volvió huraño y retraído, parecía haberse doblado hacia dentro. Miles fue el primero en notar esos cambios porque Jason ya no quiso jugar más con él y dejó de contarle secretos. Pero había más. Tenía miedo de algo.
—¿Qué ocurrió en el bosque? —le preguntó Miles.
Jason se negó a contestarle.
—Vamos, dímelo. ¿Qué es lo que ocurrió? Cuéntamelo.
Miles continuó preguntando durante días sin parar, con insistencia.
Hasta que Jason, harto, le dijo:
—¿Quieres saberlo?, ¿quieres saberlo de verdad?
—Sí.
—Pues que vi a un monstruo. Eso es lo que pasó —le respondió.
Y Jason no volvió a decir nada más.
Esa misma noche, Miles empezó a tener pesadillas.