No había sido buena idea contemplar su expresión embalsamada en el espejo bizantino que presidía la recepción del hotel Danieli. El reflejo le devolvía una imagen ajena: el rostro de un joven imberbe, pálido y demacrado, como el enfermo que aguarda rendido en el umbral de la muerte. «El enamorado, jadeante, inclinado sobre su bella, tiene el aspecto de un moribundo acariciando su tumba». Los versos de Charles Baudelaire, que le habían convertido en el mejor traductor ruso del poeta maldito, caían con un exceso de realismo sobre su rostro, cincelando una fisonomía fúnebre.
Una voz servicial interrumpió el susurro baudelaireano.
—Señor, ¿necesita ayuda con su equipaje? —preguntó el recepcionista al observar su mano temblorosa.
El huésped encerraba en el puño la llave de la habitación número 80 como si se resistiera a entregarla, porque sólo aferrándose al llavero dorado con borlas rojas podría mantenerse a salvo. Esperó unos segundos antes de insistir en su oferta:
—¿Quiere que le ayudemos con el equipaje?
—No… —respondió el joven, como si despertara de algún sueño extraño—. Yo… puede, puede que… —De nuevo, el habitual tartamudeo hilvanando sus palabras cuando la embriaguez o el éxtasis sexual le espoleaban.
—¿Se encuentra bien, caballero?
Reconoció al cliente; lo último que deseaba era otro episodio desagradable como el sucedido unas horas antes.
—Perfectamente —replicó desterrando el titubeo, como si, al abandonar su mirada la superficie del espejo, hubiese vuelto a una realidad más agradecida—. Creo que pasaré más tarde a recoger mi bolso de viaje. Debo hacer algo antes.
—Como guste. Le espera el transporte que nos ha solicitado —dijo sin perder la sonrisa, mientras señalaba el pasillo que conducía al embarcadero del estrecho canal que bañaba uno de los laterales del hotel—. Si puedo hacer algo más por usted, señor Prodorowski…
El recepcionista había pronunciado aquel nombre con una naturalidad que a él se le resistía. Por un instante, contempló con celo la escalera de mármol alfombrada en rojo que custodiaba el recibidor y llevaba a las habitaciones. Durante décadas, aquellos peldaños habían sostenido el paso de los más ilustres personajes: Charles Dickens, Rainer Maria Rilke, Marcel Proust, Honoré de Balzac, Richard Wagner, Percy B. Shelley… Un aquelarre de fantasmas tiraba de él, tentándole a recorrer los escalones para driblar así a su destino, como hicieron la novelista George Sand y el poeta Alfred de Musset cuando consumaron su amor epistolar en aquel lugar. Fue también allí donde ella terminaría enamorándose del médico Pietro Pagello, que acudió para atender a De Musset de unas fiebres tifoideas. «El amor es un crimen que no puede realizarse sin cómplice». Otra vez, Baudelaire le apremiaba.
—En realidad, hay algo que podría hacer por mí —anticipó mientras hundía la mano en el bolsillo interior izquierdo de su levita. Supo que palpaba el bolsillo incorrecto al rozar el montante laminado de liras enrolladas como un túbulo. Sus dedos buscaron la faltriquera en el lado derecho y extrajeron un sobre con un nombre y una dirección de Kiev escritos en él con una letra cuidada, perfectamente delineada—. Les agradecería que franquearan esta carta lo antes posible. Es urgente. Si pudiera salir esta misma mañana…
—Por supuesto, señor —aseguró el recepcionista—. Permítame recordarle que, si le urge mucho, el hotel dispone de un servicio telegráfico.
—Es demasiado privado para un telegrama —justificó de manera cortante, aniquilando toda réplica del conserje, que temió estar pisando arenas movedizas.
—Como desee el señor —respondió al tiempo que colocaba el sobre en la bandeja del correo urgente y esbozaba una de las características sonrisas de cartón piedra que ofrecía siempre a los clientes.
El enigmático huésped alzó la vista para contemplar el techo de cristal del atrio en mármol rosa que presidía la entrada del hotel. Qué distintos eran los palacios italianos de los rusos, pensó. Delicados frescos de temática religiosa o mitológica, coloridos y festivos, decoraban los techos de los primeros, embellecidos por los pinceles de Tintoretto o Veronese, mientras que los eslavos se mostraban oscuros y solemnes, y primaban las figuras militares, los guerreros bélicos. Sintió la mirada del conserje, que le observaba con cierta preocupación. Desde su llegada a Venecia, percibía un ejército de sombras al acecho. Era una sensación tan extraña como intimidante…
Salió por los arcos góticos bizantinos, deseoso de abandonar aquel recargado mausoleo de mármol, oro, madera, terciopelo rojo, lámparas de Murano y porcelana de Limoges que representaba el Danieli, guardián de la reminiscencia de un pasado noble en el que el dux Enrico Dandolo conquistó Constantinopla en 1204 y llenó su palazzo veneciano con innumerables obras de arte bizantinas, convirtiéndose en uno de los grandes mecenas de la ciudad adriática. Se ajustó la levita gris, que en unas horas parecía haber ensanchado dos tallas, e hizo lo propio con el sombrero Homburg de fieltro blanco que llevaba en la mano. Fue entonces cuando el número de la góndola negra se clavó en su retina: el 8.
—Diríjase al Gran Canal —ordenó al gondoliere antes de acomodarse en el interior de la embarcación.
Lo hizo con cuidado. Su estado actual, enemigo acérrimo del equilibrio, no era el más adecuado para abandonarse al balanceo de las aguas. Respiró hondo, intentando apaciguar la violencia con que la sangre golpeaba sus sienes, como si se hubiera armado con martillos de hierro.
Podría haber optado por caminar hasta su destino, el Palazzo Maurogonato —no le hubiese llevado más de diez o quince minutos—, pero las calles de Venecia no le eran tan familiares como las avenidas de Kiev, Orel o San Petersburgo, y un descuido podría ser fatal. Lo comprobó el día anterior, cuando se dirigía a consumar lo que le había llevado a la ciudad de los canales, y una confusión con los nombres del callejero le obligó a abortar su misión. Además, un paseo podría dar opción a que el sentido común, la debilidad de ánimo o un inoportuno y cobarde sentimiento de culpa conquistaran sus pensamientos. Precisaba ser impetuoso, decidido. No había recorrido casi tres mil kilómetros para dejarse arrastrar por la duda. El deber estaba por encima de todo y él se lo debía. Era un hombre de honor, y como tal tenía que actuar.
Cuando la góndola abandonó el estrecho canal y se adentró en la amplia laguna, su espíritu se serenó. Quizá era cierto que aquellas aguas de Venecia tenían cualidades medicinales y curativas, al igual que su niebla, a la que se le concedió una propiedad terapéutica «penetrante», según rezaba la publicidad de las aguas termales de los hoteles del Lido. Agradeció que la góndola no tuviera felze, no sólo porque el servicio en una embarcación con cabina cubierta resultaba más caro, sino porque su cuerpo febril celebraba así la hermandad entre la humedad del canal y el relente del alba. La noche anterior había bebido demasiado, como de costumbre; sólo así podría encarar lo que estaba a punto de suceder. «¡Es hora de embriagarse! Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo, embriagaos; ¡embriagaos sin cesar! De vino, de poesía o de virtud, como os plazca». Baudelaire le recitaba su «Enivrez-vous» al oído y él se sintió afortunado de vivir en 1907; en 1348, la prohibición de la venta de vino en las inmediaciones del hotel Danieli —por entonces una zona peligrosa donde a diario se cometían asesinatos— le habría forzado a buscar el valor en otro sitio.
El sonido de las paladas del remero en el agua le acompañó mientras avanzaban por la Riva degli Schiavoni. Los primeros rayos del amanecer teñían de un argento luminoso las aguas de la laguna y contempló arrobado aquel mar de plata. Atrapó la cadena de oro que llevaba al cuello, aferró con fuerza la cruz que colgaba de ella y la besó como si la vida le fuera en ello. Necesitaba fuerzas, y aquel amuleto nació para infundírselas. «Dios te salve y te proteja», le había dicho.
Faltaban pocos minutos para las ocho de la mañana. Cerró los ojos. Ese número le hostigaba. La habitación 80, la góndola 8, las 8 de la mañana. El filósofo griego Pitágoras creía que los números tenían una esencia espiritual y, aunque él era hombre de letras, no pensaba rebatir a un erudito. Sólo esperaba que la sabiduría griega le insuflara valor.
La góndola seguía abriéndose camino por el Gran Canal. Había dejado a su derecha el Ponte della Paglia y, tras él, creyó escuchar los suspiros de los condenados que eran trasladados a prisión pasando por un puente que el tiempo bautizó como Ponte dei Sospiri. Prefirió no cruzar la mirada con los fantasmas, la reservó para el Palazzo Ducale. Un escalofrío estremeció su cuerpo. Aunque sabía que nacía de su destemple interno, dirigió la vista a las aguas, buscando alguna explicación en ellas. En el mes de enero de ese mismo año, una entrada de aire siberiano había congelado en parte la laguna, aunque el hielo no llegó a los tres metros de espesor registrados en 1694. Se pasó la mano por el rostro en un intento de borrar la pátina de sudor que lo barnizaba. Echó en falta el bigote que obedientemente se rasuró en la habitación del hotel, dejando su rostro tan desnudo y falto de identidad como habían quedado la levita gris, los pantalones y el sombrero después de arrancarles las etiquetas. Aun cuando sabía que no debía hacerlo, se palpó el bolsillo del pantalón donde llevaba el revólver; hubiese deseado no hallarlo. Lo imaginó olvidado en un cajón de la cómoda de la habitación del hotel, hundiéndose en las aguas del canal o en la mano de algún ladrón inesperado. Pero la realidad no respondió a la fábrica de ensoñaciones: el revólver seguía en el mismo lugar donde él lo había colocado, aguardando su turno.
Apenas había cambiado de postura desde que subió a la góndola y la espalda empezó a resentirse. Al girarse mínimamente hacia la izquierda, en busca de un mejor acomodo, encontró un ejemplar doblado de la Gazzetta di Venezia que habría dejado allí un cliente anterior o quizá perteneciera al gondoliere, que aprovecharía los tiempos de espera entre servicios para afanarse en su lectura. El inicio del siglo XX había traído consigo una mayor alfabetización de la sociedad, y eso convirtió al ciudadano de a pie en un voraz lector de periódicos. Su conocimiento del italiano era lo bastante fluido para entender el titular sobre la convocatoria de unas nuevas elecciones parlamentarias en Rusia en el mes de octubre —las segundas de ese año; las primeras se celebraron en enero— para elegir la Tercera Duma, después de que el zar Nicolás II disolviera la Segunda Duma hacía menos de tres meses, en junio de 1907, en mitad de un clima de gran agitación social alentado, en parte, por la indecorosa derrota rusa en la guerra contra Japón. Recordó su breve adhesión a la Guardia Imperial; demasiado fervor bélico para alguien que sólo aspiraba a escribir versos sobre el alma rusa y a emular a los literatos bohemios entregados a los excesos del mal y a la decadencia que luego reflejaban en sus obras mientras la censura las condenaba por su inmoralidad. Ojalá Paul Verlaine le hubiese incluido en la categoría de poetas malditos.
El graznido de las gaviotas pareció advertirle. Levantó la vista y contempló la basílica de Santa Maria della Salute a su izquierda. Se aproximaba a su destino. Si hubiese podido, él también habría graznado; al fin y al cabo, se disponía a defender lo que era suyo, a proteger su territorio.
—Me apearé ahí, frente a la basílica, en Santa Maria del Giglio —comunicó al gondoliere, con quien no había cruzado una palabra durante el trayecto.
El ruido en su cabeza era demasiado estridente, no dejaba espacio a nada más. Ni siquiera escuchó cuántas liras le pedía por el servicio: introdujo la mano en el bolsillo, llenó el puño y le entregó varias monedas de plata de dos liras desde donde la imagen de Víctor Manuel III parecía observarle. La mirada de un hombre casado con una eslava advirtiendo a otro hombre eslavo. Quizá era un aviso, pero él sólo pudo fijarse en el relieve plateado del bigote del rey de Italia en las monedas. Le envidió. «La vida es un hospital donde cada enfermo está poseído por el deseo de cambiar de cama», insistía Baudelaire.
Le costó unos segundos deshacerse del vahído que lega el vaivén del mar en el cuerpo cuando éste regresa a tierra firme. Las piernas parecían tan ebrias como la mente. Quiso encender un cigarrillo para apuntalar el equilibrio y la serenidad que anhelaba, pero no encontró nada en los bolsillos, excepto el arma: un revólver Nagant envuelto en un pañuelo gris. Como un autómata, siguió el camino que anduvo el día previo, recorriendo las calles que desembocaban en la plaza donde se levantaba el Palazzo Maurogonato: Ponte Duodo, Campiello de la Feltrina y Campiello Santa Maria Zobenigo. Menos de dos minutos andando. Sólo cien metros le separaban del portón que cambiaría su vida.
Iba buscando presencias invisibles en los soportales, en las ventanas, en las esquinas de los edificios, detrás de las columnas… En un par de ocasiones volvió la vista atrás para asegurarse de que no le seguían. En su camino se cruzó con un hombre que portaba a la espalda un cesto repleto de barras de pan alargadas que desprendían el olor de la masa de levadura horneada; sus sentidos parecían despiertos. Los dos hombres se miraron como si hubieran retrocedido a 1727, cuando el contrabando de pan obligó al gobierno de la Serenísima República de Venecia a tallar en piedra la ordenanza para su venta, la stele del pan: un monolito callejero que informaba de la multa de veinticinco ducados y pena de prisión por hornear y vender pan fuera de las tiendas de los pastiori, así como transportarlo clandestinamente —al gondoliere se le quemaría la embarcación y se le retiraría la licencia—, y animaba a la ciudadanía a la denuncia anónima. Apartó la mirada al instante. Seguía sin desprenderse de la sensación de que una hueste de sombras le hostigaba.
Las palpitaciones y su respiración agitada habían enmudecido la vida en derredor. La visión de un perro con un collar marrón atado a una correa le aceleró el pulso. Su mente se convirtió en un caleidoscopio en el que bailaban imágenes de cuerdas de bramante circundando sus muñecas, traíllas y carlancas alrededor de su cuello, sogas atadas a un trineo, palos en la boca, ramas de abedul sobre su piel, látigos, su cuerpo desnudo gateando por el suelo… Como pudo, gestionó las pulsaciones sabiendo que no era el miedo lo que las disparaba. El ambiente de tensión se solidificó en su cerebro engrasando el mecanismo de fatalidad. Sentía la camisa empapada en un sudor ardiente que bajaba por su espalda como la lava de un volcán, el pecho encendido con brasas y el cuello frígido como el hielo de Siberia. Le quedaban menos de diez metros por recorrer.
Un puesto de flores coloridas, donde prevalecían las rosas rojas, cauterizó la catarsis desatada en sus entrañas. Inspiró. El olor familiar de los recuerdos. Las flores del mal. «Los sortilegios del horror sólo embriagan a los fuertes. El abismo de tus ojos, pleno de horribles pensamientos, exhala el vértigo». Baudelaire insistía.
Por fin llegó a su destino. Lo hizo por uno de los laterales que daban al Palazzo Maurogonato. Esquivó así la imponente fachada fúnebre de la iglesia de Santa Maria del Giglio, impetuosamente blanca con sus relieves en mármol, exponente del barroco veneciano, tan majestuosa como irreverente. Ya tuvo de sobra con lo vivido el día anterior. Sólo añoró contemplar al Ángel de la Fama, con las alas desplegadas y la trompeta, símbolo del camino que se había de recorrer para alcanzar la gloria. Simpatizaba con él: no cantaba a la gloria religiosa, sino a la gloria de una familia particular, la de Antonio Barbaro, que, en 1678, legó treinta mil ducados para restaurar la fachada, como su particular billete a la posteridad. Comulgó con su manera de conseguir el paraíso: a veces no importan los medios si el fin es mayor.
Ascendió muy despacio por los escalones del pequeño puente situado sobre el estrecho canal que bañaba uno de los laterales del palacio. El final de la pasarela coincidía con la esquina del edificio, que constaba de tres plantas con otras tantas hileras de ventanas salpicando la fachada. Algunas aberturas estaban tan cerca del suelo que se podría acceder por ellas desde el exterior.
El tedioso sonido de la fricción de las góndolas, amarradas entre sí con cuerdas y cubiertas parcialmente con unos trapos azules y verdes, era lo único que se escuchaba. Pero el silencio se apagó como el fuego bajo el agua. El tañido de las campanas de la iglesia que custodiaba el palacio le hizo aferrarse a la balaustrada del puente. Por unos instantes, creyó que el Ángel de la Fama había tomado forma de ángel caído, desterrado del cielo y condenado a vivir en la tierra. Sin embargo, el repique sólo anunciaba las ocho de la mañana, y él era el emisario enviado para rebelarse contra el poder de su protector, del hombre al que consideraba como un padre, y eso, lejos de expulsarle del paraíso, le devolvería a él eternamente.
Cruzado el puente, le bastaron unos pasos para situarse frente al portón. Celebró que ninguna de las persianas de madera que cubrían las ventanas estuviera abierta y que nadie observara desde ellas, tampoco su principal inquilino.
Le sorprendió que su mano no temblara como de costumbre al coger la aldaba metálica para golpear la puerta. Tres golpes secos y enérgicos. Mientras esperaba a que alguien acudiera a la llamada, miró a ambos lados de la calle sin poder zafarse de la incómoda sensación de que un vigía le acompañaba desde que llegó a la ciudad. Pero no vio a nadie; los fantasmas son habilidosos y se mueven bien en la oscuridad, como los cobardes.
Escuchó unos pasos aproximándose detrás del portón.
Carraspeó ligeramente, como si necesitara poner en alerta sus cuerdas vocales.
Una de las hojas de la puerta se abrió y apareció una mujer de mediana edad, pequeña de estatura, entrada en carnes y con un gesto amable que enmarcaba en dos mofletes gruesos y sonrojados que se elevaban al sonreír, aunque presidía su gesto una mezcla de incredulidad y curiosidad por saber quién osaba presentarse en una casa de bien a esas horas. Demasiado pronto para visitas; sólo podía tratarse de una urgencia o una confusión. Amalia era el ama de llaves del nuevo inquilino del palacio.
—Buenos días —saludó él con la misma seguridad y la elocuencia empleada por el recepcionista del hotel Danieli. Todo vestigio de ansiedad, sudor o temblor que minutos antes le amenazaba había desaparecido—. Vengo a ver al conde Pavel Kamarowski.
—El señor aún descansa en sus aposentos. Ni siquiera ha llamado para el desayuno —explicó Amalia intentando deshacerse de la visita intempestiva, por mucha cara de niño piadoso que mostrase.
—El señor conde me está esperando. Soy un buen amigo suyo que viene desde Rusia. Él sabe quién soy. Le agradecería que le comunicara mi presencia. —Su peculiar italiano compartía el mismo acento eslavo de la colonia rusa asentada en Venecia desde hacía unos años, lo que confería legitimidad a su aparición, y hablaba con tal convicción que la mujer abrió por completo la puerta y permitió al desconocido franquear la entrada.
—¿Y a quién he de anunciar?
—Al amigo ruso de Charles Baudelaire. Él sabe quién soy. Dígale que acabo de llegar de Orel y que deseo verle.
Sonrió satisfecho al ver que había salvado el primer obstáculo. A punto había estado de darle su verdadero nombre, Nikolái Naumov, pero supo reaccionar a tiempo.
—Aguarde aquí. —Señaló un elegante sillón de piel marrón ubicado en uno de los rincones de la estancia que se abría a la derecha—. Voy a ver si el conde puede recibirle en este momento. Con permiso.
Mientras Amalia ascendía con andar pausado la gran escalinata de madera noble que recorría las tres plantas del palacio, sin que su mano rozara la lustrosa balaustrada, Nikolái recorrió la estancia presidida por una elegante chimenea de mármol blanco, una nutrida biblioteca que haría las delicias de todo amante de las letras y un cuadro adquirido en la Exposición Internacional de Arte de Venecia celebrada ese mismo año, con la inauguración del primer pabellón nacional de la Bienal, perteneciente a Bélgica y ubicado en los Giardini di Castello. Todo indicaba que su amigo Kamarowski planeaba instalarse definitivamente allí cuando, en unos días, contrajera matrimonio con su bella prometida, poniendo fin a un breve periodo de viudedad.
Declinó sentarse en el mullido sillón de lectura que le había señalado el ama de llaves, donde imaginó al conde disfrutando de su vasta colección de libros, entre ellos, el que permanecía expuesto y protegido en una vitrina de cristal. El ejemplar se exhibía abierto, y Nikolái se aproximó a contemplar las letras góticas características del medievo. Observó el texto conformado por cuarenta y ocho líneas escritas a dos columnas y las numerosas anotaciones manuscritas en rojo. Estaba casi seguro de que se trataba de uno de los nueve incunables que existían en Venecia del Quadragesimale, escrito por el franciscano Johannes Gritsch en 1440; una notoria colección de sermones de Cuaresma impresa en Venecia por Lazzaro de' Soardi en 1495: 284 páginas sin foliar y encuadernado en pergamino.
Se apartó violentamente de la vitrina, como si el diablo tirase de él. Se avergonzó de sí mismo. En otras circunstancias, podría haber estado horas observando aquella joya, pero comprendió lo inadecuada que era su actitud para sus planes.
Sobrevoló la biblioteca con la mirada y se detuvo al encontrar un ejemplar que le resultó familiar: su traducción al ruso de Las flores del mal de Charles Baudelaire. Su memoria rescató la tarde en la que entregó el libro al conde Kamarowski en el despacho del gobernador de Orel y sus fraternales palabras. «Me siento orgulloso, como sin duda lo estará tu padre, mi querido Nikolái. Estás destinado a hacer grandes cosas en la vida. Sólo espero estar ahí para verlas». Expulsó el recuerdo, tan inoportuno como su visita, y siguió admirando la estancia: las estilográficas sobre el escritorio, el barroco tintero de plata, el tapiz que adornaba una de las paredes… Fue otro objeto situado sobre la repisa de la chimenea el que captó su atención y se acercó para examinarlo mejor. Era una fotografía enmarcada de la prometida del conde. La observó unos segundos, antes de reparar en los hierros que colgaban de una triada del hogar: el atizador, la tenaza y la pala. Le atrajo su robustez, pero no los necesitaba. Alzó la vista y encontró su imagen reflejada en un peculiar espejo cornucopia ubicado sobre la chimenea, de marco tallado en pan de oro con motivos de volutas y rocallas de estilo rococó, y el cristal decorado al ácido con la figura de la prometida enmarcada en una orla de flores. De nuevo, ese extraño joven, pálido, sudoroso e imberbe, que ya le había importunado en la recepción del hotel Danieli, y que ahora le devolvía la mirada atrapado en la filigrana. «¡Es el Diablo quien empuña los hilos que nos mueven! A los objetos repugnantes les encontramos atractivos». Como llevado por el ángel caído que presintió durante el tañido de campanas, abandonó la estancia y avanzó presto por las escaleras, siguiendo las voces que venían del piso superior. Su cerebro no cesaba de exaltar a Baudelaire. «Cada día hacia el Infierno descendemos un paso. Sin horror, a través de las tinieblas que hieden».
Al llegar al primer piso, le vio. Su protector, Pavel Kamarowski, el hombre que le aconsejaba, le guiaba y le animaba a seguir probando suerte con sus versos, el mismo que le consiguió trabajos y contactos, y le invitaba a acompañarlo en sus viajes para aclarar sus ideas y relacionarse con el mundo, permanecía de pie, en su dormitorio, todavía en pijama y con una bata de terciopelo de color verde oscuro anudada a la cintura con un cordón ocre. Departía con Amalia cuando advirtió la presencia del joven, y al instante una enorme sonrisa se dibujó en su rostro, extendiendo su señorial bigote hasta alzar los extremos, que aún no lucían puntiagudos porque nadie los había aseado.
—Mi querido amigo. ¡Pero qué sorpresa tan agradable! —exclamó el conde abriendo los brazos en señal de bienvenida mientras Amalia hacía mutis luciendo sus florecientes rosáceas y cerraba la puerta del dormitorio al salir.
La mujer escuchó girar la llave en la cerradura desde el interior. Le extrañó, ya que el señor no solía hacerlo. No pudo ver que fue la mano del invitado la encargada de retirar el llavín de la bocallave con tapa para después introducírselo en el bolsillo del pantalón. Y todo, sin dejar de observar a Kamarowski con rostro impasible, en contraste con el gesto feliz de su anfitrión.
—Desconocía que estuvieras en Venecia. Pero ya sabes que siempre eres bienvenido.
Sin mediar palabra, Nikolái sacó el revólver del bolsillo del pantalón, apuntó a su amigo y empezó a disparar mientras caminaba hacia él. La expresión atónita del conde evidenció su desconcierto al escuchar el primer disparo; quizá fue el estupor lo que le impidió sentir dolor al recibir el impacto. Fue en la segunda y tercera detonación cuando notó una especie de estrangulamiento en el abdomen y una punzada de fuego en el brazo, a la altura del hombro, que le hicieron retroceder unos metros, buscando refugio en la cámara contigua donde apenas unos minutos antes había abandonado la cama envuelta en un amasijo de sábanas. La punción ardiente en el estómago le hizo desviar la mirada de la mano ensangrentada, que en un acto reflejo taponaba la herida, a Naumov. Aún mantenía el equilibrio cuando escuchó un cuarto disparo y al elevar la vista vio a su atacante con el brazo extendido y el rictus impávido, como esculpido en mármol veteado, pero su cuerpo no acusó un nuevo impacto: o bien la adrenalina actuaba como inhibidor del dolor o bien la puntería del tirador renqueaba. Todavía elucubraba sobre el destino de la cuarta bala cuando sonó un quinto disparo que, esta vez sí, le atravesó el muslo y le hizo caer al suelo, donde quedó sentado y con la espalda apoyada en uno de los laterales de la cama.
Todo había sido muy rápido, como suele llegar la muerte inesperada.
Sólo la respiración jadeante del conde rompía el silencio en el que se había quedado la habitación. Kamarowski percibió los pasos de Nikolái Naumov acercándose a él.
—Pero ¿por qué me has hecho esto? —preguntó, sin que el dolor, que ya empezaba a extenderse por todo el cuerpo, diluyese el desconcierto que la situación le provocaba—. ¿Qué mal he podido hacerte? ¿Cómo he podido faltarte?
—¡No puedes casarte con ella! —gritó su verdugo, como lo hubiera hecho un niño al que arrebatan un juguete. La furia le llevó a levantar de nuevo el revólver y apuntar al conde; todavía quedaba una bala y ambos lo sabían—. ¡No puedes desposarte con Maria Tarnowska! Yo la amo. ¡La amo! ¡Y ella me ama a mí!
—Por Dios, Nikolái… ¡Eres como un hijo para mí! —balbuceó el conde con la voz cada vez más entrecortada y la visión empañada por una incandescente neblina.
En realidad, no le extrañaba la confesión de su amigo. Había visto muchas veces cómo la miraba y, como hombre versado en mil batallas, y no sólo en el campo bélico, conocía la naturaleza del destello que nace en una mirada masculina cuando observa a una mujer como objeto de deseo.
—¿Acaso no has pensado en qué situación quedaría Grania si yo muero? Acaba de perder a su madre y quieres que pierda también a su padre… ¡Huérfano a los once años! ¿Es eso lo que quieres para él?
Aquellas palabras obraron el milagro. Ahora la respiración agitada era la de Nikolái Naumov. Como si venciera el resorte que le mantenía en guardia, bajó el brazo y se dejó caer al suelo, de rodillas, frente al herido. El mármol de su rostro se fundió como una vela que se derrite ante la irreversible condena del tiempo. Empezó a balbucear algo incomprensible, ahogado en lamentos y sollozos. Las lágrimas se deslizaban por su rostro céreo dibujando un surco cristalino mientras contemplaba el reguero de sangre que escapaba entre los dedos del conde, que seguía sujetándose la herida del estómago.
—Pero… ¿qué he hecho? —Miró a Kamarowski, que estaba a punto de atravesar el umbral de la inconsciencia, aunque luchaba por evitarlo—. Perdóname, amigo. Por favor, perdóname. No sé… No puedo…
Al no obtener respuesta, Naumov se introdujo en la boca el arma que no había abandonado su mano, asegurándose de que el cañón estuviera en la posición correcta, contra el velo del paladar, como le habían sugerido. Allí mismo acabaría todo, como había prometido si el plan no salía como esperaba. Cerró los ojos, dispuesto a apretar el gatillo sin dudas, sin dilaciones, sin temblores. Por fin diría adiós a su tartamudeo, a sus inseguridades, a sus miedos. Un simple gesto y todo terminaría. Con el dedo índice presionó el disparador. Aún le dio tiempo de escuchar el grito.
—¡No! —exclamó Kamarowski con las pocas fuerzas que le quedaban—. ¡No lo hagas!
Ambos oyeron el chasquido metálico, breve y limpio. No era el estallido abrupto que esperaba Nikolái Naumov. Abrió los ojos para comprobar que seguía allí, con vida. La mirada atónita del conde custodiaba con horror el intento fallido. Los volvió a cerrar y probó de nuevo. El chirrido atorado insistía en regatear al destino. La bala seguía en la recámara y no alojada en su cerebro después de atravesar su paladar, como pretendía. No entendía nada. Miró el revólver como si aquel pedazo de hierro le hubiera traicionado. Le habían asegurado que el Nagant era fiable. ¿Por qué no eligió el Russian de Smith & Wesson? ¿Por qué renegar de lo acreditado durante sus años en la Guardia Imperial? Giró el tambor para amartillar el arma y efectuar un nuevo disparo. Le temblaba la mano como no había hecho antes.
Unas voces procedentes de la escalera llegaron hasta ellos. Cada vez se sentían más cerca. Por encima de todas, se distinguía palmariamente la de Amalia llamando a gritos al señor. Naumov pensó que seguramente ahora subiría los peldaños asiéndose de la balaustrada, sin importarle que sus huellas deslucieran el brillo de la madera que ella misma habría pulido. De inmediato, unos golpes secos contra la puerta. Alguien desde fuera intentaba abrirla girando el picaporte de un lado a otro, sin éxito. Nikolái Naumov recordó que la llave estaba en uno de los bolsillos de su pantalón; si querían acceder a la estancia, los que se hallaban al otro lado de la puerta tendrían que echarla abajo.
—Huye. No cometas más locuras. —La propuesta del conde Kamarowski tomó forma de orden, como una de las muchas que dio durante la guerra ruso-japonesa y que le valieron varios reconocimientos al valor—. Sal por esa ventana, no hay mucha altura, no te pasará nada. Sólo te pido que, de alguna manera, me envíes socorro médico.
—Pavel, perdóname. Si no lo haces, no me iré de aquí.
—¡Vete ya!
—¡Di que me perdonas! ¡He perdido la razón! Yo no quería…
—¡Te perdono, pero vete ya, o pronto entrarán, te apresarán y no podrás escapar!
Naumov se incorporó de un salto y miró la puerta, cuyo marco comenzaba a ceder a causa de los golpes, cada vez más fuertes. Sin duda, el ama de llaves había pedido ayuda, porque ella no podía tener tanta fuerza. El joven se arrodilló y puso una de sus manos sobre las del herido, teñidas de rojo. Un gran charco oscuro se había formado alrededor de su cuerpo. No recordaba haber visto tanta sangre en su vida. Las heridas en el estómago solían ser escandalosas y casi siempre fatales. Apoyó la frente contra la de su amigo, que permanecía consciente a pesar de la hemorragia; entendió que la sangre le seguía llegando al cerebro y quiso pensar que era buena señal. Quizá sólo le había herido, y con suerte, ninguna de las heridas revestiría la suficiente gravedad para provocarle la muerte. Ni siquiera se extrañó por lo pueril de su pensamiento.
Saltó por la ventana que le había señalado el conde en el preciso instante en que se vencía la puerta y cuatro personas entraban en la estancia: Amalia, otros dos miembros del servicio —una camarera y un encargado de cocina— y un deshollinador que aquella mañana había acudido a hacer un trabajo de limpieza en la chimenea, ante la inminente llegada del otoño. Mientras ellos corrían a auxiliar al herido, Nikolái Naumov huía a toda prisa. Se cruzó con algunos vecinos que habían escuchado los disparos y acudían al lugar para saber qué pasaba. Percibió la desconfianza en el rostro de alguno de ellos e improvisó sin esperar a ser preguntado. Un error de novato, como entendería más tarde: dar explicaciones sin que nadie se las exigiera.
—El conde ha intentado suicidarse. O quizá haya sido un accidente mientras limpiaba una de sus armas. Me mandan a por ayuda médica.
La mentira resultó creíble, quizá porque un asesino no luciría un rostro tan desencajado como el de aquel joven, tallado por la pavura y la hinchazón de ojos. Apretó el paso. Sólo miró atrás una vez, para asegurarse de que nadie le seguía. Fue entonces cuando observó al Ángel de la Fama sobre el margen izquierdo de la fachada barroca de la iglesia de Santa Maria del Giglio, soberbia e imperial mole de piedra blanca, con sus alas verduscas desplegadas y su trompeta en ristre. Desde su perspectiva terrenal, contempló un cielo azul intenso abriéndose detrás del arcángel, salpicado por unas nubes blancas a las que el viento apremiaba a desplazarse, una urgencia que él compartía. Dejó de caminar y empezó a correr. Fruto de esa premura y aturdido aún por lo que acababa de suceder, se dio cuenta de que se había perdido. Aquellas calles no se parecían a las que había recorrido la tarde anterior. Todo se había precipitado. Nada había salido como esperaba. Las piernas se le llenaron de calambres, y los pulmones, de fuego. Cuando la respiración no le dio alternativa, se detuvo para recuperar el aliento y orientarse. Estaba en un laberinto de travesías y plazas en la ciudad de los canales, que, como en un juego macabro, parecían haberse esfumado del mapa. Siguió caminando sin rumbo. En algún momento tendría que encontrar un embarcadero donde subirse a una góndola. La Reina del Adriático se erigía sobre un archipiélago de 118 islas comunicadas entre sí por más de 450 puentes; no podían haber desaparecido todas.
Se cruzó con algunas personas, pero renunció a pedir ayuda para que no se fijaran en él; ya había llamado bastante la atención. Era difícil no hacerlo: un joven alterado, sudoroso, jadeando en plena calle… Se miró las manos y vio que tenía restos de sangre. Las hundió en los bolsillos del pantalón, donde encontró el pañuelo gris con el que había envuelto el revólver y lo utilizó para limpiarse los dedos. Cuando devolvió el pañuelo al bolsillo, descubrió algo más: la llave de la habitación del conde Kamarowski, la que había hecho girar en la cerradura tras acceder a la estancia. La observó como si fuera un fantasma del pasado que regresa para cobrarse un castigo. Tenía que deshacerse de ella. Ese pensamiento le llevó a preguntarse qué había pasado con el revólver. No era capaz de recordar qué había hecho con él. La cabeza le daba vueltas. La adrenalina le empujaba a huir, pero le nublaba el juicio. Sólo recordaba con claridad lo que le habían aconsejado: debía arrojar el arma a cualquier canal, donde era poco probable que la encontraran, y, si lo hacían, el agua habría eliminado la mayoría de los rastros útiles, borrando cualquier vestigio de huella en su superficie. Pero no tenía el revólver; sólo la llave.
El graznido de las gaviotas anunciaba el agua y llegó a sus oídos como un canto de sirenas. No era marinero, así que no debía temer las artes de seducción fatales que suponía escuchar aquella letanía melancólica. Sólo quería huir lo más lejos posible. Tuvo la sensación de adentrarse en el poema épico de la Odisea y reencarnarse en Ulises, que, siguiendo las indicaciones de la bruja Circe, ordenó a sus marineros que se taparan con cera los oídos y le ataran al mástil de su barco para poder deleitarse con aquellos cantos tentadores que buscaban su perdición. La visión de la laguna actuó como bálsamo en su atormentada cabeza. «¡Hombre libre, siempre adorarás el mar! El mar es tu espejo; contemplas tu alma en el desarrollo infinito de su oleaje, y tu espíritu no es un abismo menos amargo». Baudelaire nunca le fallaba. Todo parecía volver a su lugar. Estaba más cerca de casa.
—Lléveme al hotel Danieli —solicitó a un gondoliere, que esperó a que su cliente se sentara para introducir el remo en el agua y adentrarse en la laguna.
Naumov trataba de encajar las imágenes que se apilaban en su cabeza de manera inconexa, sin orden ni concierto. Quizá todo había sido un mal sueño del que pronto despertaría. Llegó incluso a dudar de que la sangre de sus manos fuera real. Sabía mejor que nadie que cuando aparece la incertidumbre hay que despejarla por muy violento que resulte. Se acercó los dedos a la boca y los lamió. Ahí estaba ese sabor metálico, pese a habérselos limpiado con el pañuelo. Metió las manos en la laguna. Necesitaba desprenderse de ese sabor y el agua lo limpia todo. En ese momento se acordó de la llave que aún llevaba en el bolsillo. Vigilando que el remero no se percatara, la dejó caer al mar y respiró aliviado al ver cómo el metal brillante desaparecía entre las aguas, seguramente arrastrado por el dios Neptuno y su corte de sirenas, ninfas y nereidas. Su alma se aligeró como si se hubiera desprendido del peso de la culpa. Una prueba menos. Se pasó las manos mojadas por el pelo. Agradeció el frescor del agua en sus cabellos y sintió que se despejaba. Pensó que podía relajarse, algo que siempre supone un gran error.
Respiró hondo, cerró los ojos y se dejó mecer por el vaivén del agua. Un casi imperceptible tañido de campana amenazó con arrastrarle fuera de aquel momentáneo oasis de paz, pero era tan suave y parecía tan lejano que fracasó en su intento. Por un instante logró serenarse, hasta que algo le inquietó. Abrió los ojos y buscó la torre de la plaza de San Marcos. Nikolái contempló la enorme y brillante esfera azul del reloj donde aparecían los doce signos del zodiaco tallados en dorado, con un anillo exterior que recogía las veinticuatro horas grabadas en números romanos y una representación de las fases lunares que advertían de las mareas a los navegantes. Entornó los ojos para observar con más nitidez la manecilla, embellecida en su extremo con una representación del sol, que señalaba la hora. Lo que vio le alertó. No podía ser verdad.
—Disculpe, la campana… ¿qué hora anunciaba?
—Las nueve, señor.
—Pero eso no es posible. Debe tratarse de un error. Ese reloj no puede estar bien.
—Los mori nunca se equivocan —contestó sonriente el gondoliere refiriéndose a las dos estatuas de bronce que, armadas con un mazo, marcaban las horas golpeando una gran campana en la torre dell’Orologio—. Llevan sin fallar desde finales del siglo XV. Cuando el arquitecto Mauro Codussi construyó la torre, sabía lo que hacía. Por eso diseñó dos moros, que en realidad son dos pastores, il vecchio, con barba, que toca la campana dos minutos antes de que sea la hora, e il giovane, sin barba, que lo hace a la hora exacta —explicó, familiarizado con la costumbre de relatar la historia de cada rincón de la ciudad a los turistas—. Gracias al vecchio Oliodoro y al giovane Migliabecco, en Venecia no hay excusa para llegar tarde.
A Nikolái Naumov el tal Codussi le pareció un imbécil. ¿Por qué no había incorporado más campanas a la torre para que sonaran con fuerza y no una sola, casi muda? ¿El reloj más importante de la ciudad y resultaba casi inaudible?
—Dígame la hora exacta, por favor —preguntó con el temor de quien despierta de una pesadilla y se da cuenta de que la realidad provoca más zozobra que el sueño.
—Las nueve y cuarto —dijo el gondoliere echando mano de su reloj de bolsillo—. La misma que dan los Mori. Ya se lo dije…
Faltaban treinta y cinco minutos para que el tren con destino a Verona efectuase su salida de la estación de Santa Lucia. Él tenía que ir en ese tren y todavía estaba en el Gran Canal. Ni siquiera había comprado el billete.
—Lléveme a la estación —urgió al remero en un tono rudo.
—¿Ya no quiere ir al hotel Danieli?
—¡No! A la estación le digo. ¡Rápido! No puedo perder el tren.
—¿A qué hora sale? —preguntó el gondoliere mientras realizaba la maniobra para virar, ya que la estación estaba en la dirección contraria al hotel.
—A las 9.50.
—No sé si le va a dar tiempo. Ese trayecto suele llevarme unos cuarenta minutos, con suerte media hora, pero los imprevistos…
—¡Le daré cuatrocientas liras si lo consigue!
El gondoliere le miró para cerciorarse de que su cliente no estaba ebrio. Desde que subió a la góndola se comportaba de manera extraña, y, aunque la discreción del remero le había hecho guardar silencio, no había bajado la guardia. Cuatrocientas liras era una cantidad muy elevada para una propina. Pensó que bromeaba, pero la expresión de su cara le hizo ver que hablaba en serio. Quizá demasiado.
—Pero, señor, vamos por el agua…
—Por cuatrocientas liras debería volar.
El joven no llevaba mucho tiempo en el oficio, pero si algo le había enseñado su padre es que al cliente siempre le asiste la razón, aunque la lógica lo rebata. Y en aquella ocasión, con semejante oferta, ostentaba la verdad suprema. Aquél podía ser su día de suerte, y sólo pasaban quince minutos de las nueve de la mañana.
—Cuatrocientas liras, amigo. —Naumov había sacado los billetes del bolsillo interior de su levita y los cimbreaba como si fueran las varillas de un abanico—. ¿Cree que podrá hacerlo?
—Por esa cantidad, soy capaz hasta de matar —bromeó el gondoliere, que no volvió a abrir la boca en todo el trayecto para concentrarse en cada remada.
La generosa oferta obró el milagro. Nikolái llegó a Santa Lucia con tiempo suficiente para comprar el billete del tren que le llevaría en aproximadamente dos horas a Verona. Durante el trayecto, adquiriría un boleto para Milán, desde donde iniciaría un periplo por Roma, Florencia y Nápoles. Todavía le quedó un par de minutos para acudir a los aseos de la estación y recomponer su aspecto. Le hubiese gustado regresar al Danieli para recoger sus cosas y cambiarse de ropa, tal y como había planeado, pero se vio obligado a improvisar. Mientras caminaba por el vestíbulo, intentó hacer memoria de los objetos abandonados en el hotel, por si alguno de ellos podría delatarle, pero su ofuscación mental era tan grande que desistió. De todas formas, ya no había remedio; mejor focalizar sus esfuerzos en el presente.
Santa Lucia siempre le había resultado una estación con encanto, aunque sólo fuera por su privilegiado emplazamiento a escasos metros del mar, pero aquella vez la estimó providencial, casi divina; quizá se debiera esa sensación a que el arquitecto Giovanni Battista Meduna decidió demoler la iglesia de Santa Lucia para comenzar a edificar la estación en 1860. Mientras se encaminaba hacia el andén, vislumbró un sombrero de color marrón sobre un banco del vestíbulo. A esa hora de la mañana, la estación ya bullía en un ir y venir de viajeros, la temporada turística estaba dando sus últimos coletazos, pero aún eran muchos los que se sentían atraídos por la Bienal y los estrenos operísticos programados en La Fenice. Pensó que nadie se daría cuenta si lo cogía, ni siquiera el propietario. Después de haber disparado contra un hombre esa mañana, el robo no le parecía un delito tan grave. Mientras se deshacía de su sombrero Homburg de fieltro blanco arrojándolo a una papelera, se preguntó por la suerte que habría corrido el conde Kamarowski, si la ayuda médica habría llegado a tiempo, si las heridas habrían sido mortales, si la policía ya habría llegado al Palazzo Maurogonato, si alguien le habría acusado, si le estarían buscando… A pesar de sus muchas preguntas sin respuesta, no sentía miedo. El nerviosismo que le había acompañado en los primeros momentos del día había desaparecido por completo, como si todo hubiera sucedido en otra vida, como si lo estuviera observando desde fuera, como si no fuese él quien hubiese disparado, salido huyendo por una ventana, sentido el sabor metálico de la sangre del conde en los labios y entregado cuatrocientas liras a un gondoliere para que le llevara a tiempo a la estación.
Cuando deslizó la puerta corredera del departamento de primera clase que indicaba su billete, encontró dentro a una joven pareja. Ella era una mujer hermosa, risueña y elegantemente envuelta en un vestido rojo, que no separaba su mano enguantada de la del hombre que la acompañaba mientras con la otra sostenía un libro con una cuidada encuadernación de piel. Naumov acertó a ver con claridad las letras doradas que conformaban el título: El matrimonio del cielo y el infierno, de William Blake. Sonrió a la pareja como si fuera un actor de cine frente a la cámara. Celebró realizar el viaje en compañía. La soledad hace tomar decisiones equivocadas en circunstancias abyectas.
—Bonjour —saludó cortés—. Soy Édouard Durand y será un placer compartir con ustedes este viaje.
Apenas unas horas transcurridas de aquel 4 de septiembre de 1907 y ya iba por la segunda identidad falsa del día. El tiempo le estaba cundiendo, y parecía disfrutar con ello.
—Encantado, monsieur Durand —recogió el saludo el caballero—. Yo soy Paolo y ella es mi prometida… quiero decir, mi esposa Emma —rectificó con una sonrisa traviesa—. Discúlpeme, es todo tan reciente que todavía no me acostumbro.
—Acabamos de casarnos. De hecho, ésta es la primera parada de nuestra luna de miel —confesó la joven alisándose el vestido rojo, que en Venecia era el color de las novias.
Se la notaba tan orgullosa de su nuevo estado civil como de la alianza dorada que lucía en el dedo anular de la mano izquierda, a juzgar por cómo se retiró el guante para mostrársela al recién llegado. En la derecha, sobre el guante, centelleaba un llamativo anillo de oro y diamantes, que Nikolái adivinó de compromiso. Le pareció que se hallaba ante la personificación del retrato nupcial de Micer Marsilio Cassotti y su mujer Faustina, el cuadro del artista italiano Lorenzo Lotto. Entonces, él sería el Cupido del óleo, que unía a la pareja con un yugo simbólico, y con hojas de laurel verde trenzando sus rizos, en señal de la eternidad que los mantendría unidos más allá de la tumba. Se preguntó si las locuras que se hacen en nombre de la pasión no serían culpa de los artistas y su artificiosa idealización del amor.
—En ese caso, no nos queda más remedio que celebrarlo. Si me permiten, pediré una botella del mejor champán para brindar por la feliz pareja: por una larga y triunfante vida en común.
Cuando la locomotora inició la marcha, Nikolái Naumov sintió que también lo hacía su nueva vida. Subirse a ese tren significaba dejar el pasado atrás y mirar hacia el futuro, aceptando las reglas del endiablado juego del tiempo, que huye insolente y sin remordimiento como un forajido. Tuvo un recuerdo para los Mori de la torre del reloj, Oliodoro y Migliabecco. Tenían razón. Les debía una disculpa por haber dudado de ellos. Al levantar la copa de champán en el vagón restaurante, brindó silenciosamente a la salud de los guardianes del tiempo, algo que sus compañeros de viaje, la reencarnación de Marsilio Cassotti y esposa, desconocían.
Quizá por eso sonreían, porque eran jóvenes y todo estaba por llegar, también el tiempo. No eran conscientes de que el tiempo, como bien presagiaba il vecchio Oliodoro, siempre está a punto de marcharse.
El intenso sabor del café espresso bañando su paladar le ayudó a digerir el ardor de estómago que auguraba el aviso recibido a primera hora de la mañana. En un primer momento, la comunicación informaba de un posible suicidio, pero, en sus más de veinte años de carrera, el subcomisario Fanelli no había encontrado un solo suicida que hubiese necesitado cinco disparos para conseguir su objetivo.
Los periódicos todavía no habían recogido la noticia que prometía convertirse en el principal tema de conversación en la ciudad durante los próximos días, puede que meses. La clientela del establecimiento se les había adelantado y entretejía las primeras consumiciones de la jornada con una madeja de rumores y chismes, la mayoría sin fundamento, que siempre eran los más entretenidos: «Dicen que es un príncipe ruso», «Es un capitán del Ejército Imperial que participó en la guerra ruso-japonesa», «Han sido los revolucionarios que, como no pueden matar al zar, han ido a por su primo», «He oído que puede haber sido su amante, un hombre más joven que él; la colonia rusa es muy propensa al escándalo. ¿No has visto lo que sucede en Taormina con la libertad sexual, o acaso piensas que la visita a la Gruta Azul de Capri es meramente turística?»… Escudriñando el derroche fantasioso de la ciudadanía, al subcomisario no le costaba trabajo imaginar los titulares de prensa: «Misterioso asesinato en Venecia». Nada más lucrativo para los periódicos que un crimen en la ciudad.
Su olfato le decía que iba a ser un día largo, como la espera. Miró su reloj: o la pequeña maquinaria de ingeniería alojada en el bolsillo de su chaleco se adelantaba o ese maldito muchacho llegaba tarde, una vez más. El subcomisario había citado allí a su nuevo ayudante, sobrino del delegado policial, que en los primeros días había mostrado más ganas que destreza. Mientras aguardaba a que el joven atravesara la plaza de San Marcos y se adentrara por los soportales de Procuradurías para acceder al Caffè Florian, tamborileó con impaciencia y cierta armonía sobre la mesa de mármol. Estaba en silencio. Se sabía vigilado, aunque le gustaba experimentar lo que él solía hacer con los sospechosos: observarlos con sigilo, escrutando cada gesto, mirada, movimiento o sonido que saliera de su boca. Diez pares de ojos le custodiaban desde las paredes de la estrecha Sala de los Hombres Ilustres —no en vano, el café se diseñó a modo de pasaje entre el pórtico y el patio de las Procuratie Nuove—, diez insignes venecianos con expresión dogmática captada por el pincel de Giulio Carlini: Tiziano, Marco Polo, Francesco Morosini, Carlo Goldoni, Paolo Sarpi, Enrico Dandolo… Todos ellos resistían el paso del tiempo, impertérritos, pese al indeseable barniz grisáceo legado por el humo de las lámparas de gas y más tarde de los cigarros, a lo largo de los años. ¡Qué no habrían contemplado aquellos hombres! ¡Y cuánto los habrían hecho esperar hasta poder verlo! Cuando el subcomisario Fanelli empezó en el Arma dei Carabinieri, jamás se le hubiera ocurrido hacer esperar a un superior. Los tiempos habían cambiado, aunque él no lo había hecho tanto y tampoco aquel templo de la ciudad donde paraba a diario a tomarse el segundo o tercer café de la mañana. La fuerza de la costumbre, que también vivió aquel establecimiento cuando, a pesar de haber abierto sus puertas en 1720 como Alla Venezia Trionfante, vio mudar su nombre a Caffè Florian por imposición popular, ya que los venecianos se referían a él aludiendo al nombre de su propietario, Floriano Francesconi. Y cuando el pueblo habla, la historia escucha. «Aunque no siempre», pensó al ver llegar a su joven pupilo.
—Buenos días, señor. ¿Hay novedades? —preguntó Lucca, antes de pedir un ristretto.
—Absolutamente ninguna —respondió el subcomisario—. Sigue usted llegando tarde y haciendo esperar a su superior. Ustedes los jóvenes siempre pensando que el tiempo les pertenece, el suyo y el de los demás.
—Disculpe, comisario.
—Subcomisario. Apréndase eso, al menos, demonios.
—Para mí es como si ya lo fuera. Sólo le falta un gran caso para lograr el ascenso, y puede que estemos ante él. ¿Ha podido hablar con la víctima?
Fanelli le miró escéptico, con la expresión de una madre que escucha a su hijo adolescente instruirla sobre la dureza de la vida. No sólo llegaba tarde, también hacía las preguntas. La insolencia de la juventud.
—Lo hice nada más recibir el aviso. Al saber que el conde Kamarowski seguía con vida, me acerqué al hospital para ver si podía facilitarnos algún dato sobre lo sucedido. Acababan de operarle, una intervención complicada. Estaba muy débil, y no es de extrañar teniendo en cuenta que pidió a los cirujanos que lo mantuvieran despierto durante la cirugía y utilizaran el cloroformo justo. Apenas podía hablar, aunque lo suficiente para darnos el nombre de quien intentó asesinarle. —Abrió su pequeña libreta, en la que había caligrafiado un nombre y un apellido—: Nikolái Naumov. También ciudadano ruso. Hasta donde pudo contarme, es hijo de un buen amigo suyo, antiguo gobernador de Perm. He pedido más información sobre él a nuestros colegas, aunque ya conocemos la diligencia que se gastan los compatriotas del zar Nicolás II…
—Entonces, ya está todo resuelto.
—¿Usted cree? —inquirió sin disimular la ironía que Lucca se afanaba en afilarle continuamente—. Lástima no habérselo comunicado al delegado Orsini, que llegó al Santi Giovanni e Paolo acompañado del cónsul ruso y del juez instructor del caso. A los tres les hubiese encantado ser partícipes de su optimismo indocto.
—¿Ha visto a mi padre en el hospital? —preguntó el joven gratamente sorprendido, refiriéndose al delegado policial.
—Así es. Créame, le tengo muy presente, aunque no le vea —contestó con la duda de que su interlocutor captara el sarcasmo mientras dejaba sobre la mesa varias monedas para pagar las dos consumiciones—. Verá, conocemos el nombre del atacante, pero no sabemos dónde está. Y eso es tanto como no tener nada. No hay crimen sin historia, sin una lógica que lo explique. —No sabía si le agradaba la manera en que el joven abría los ojos mientras le escuchaba y, mucho menos, cuando se lanzaba a escribir en su libreta de pastas negras cualquier frase llamativa de su mentor, como se disponía a hacer en ese instante—. No haga eso, no hace falta que escriba nada. Parece gacetillero más que policía y, sinceramente, no sé qué me disgusta más. Y ahora, si tiene a bien apurar su ristretto, podremos acercarnos a examinar el lugar de los hechos.
Guardó la libreta en su chaqueta para apaciguar el ánimo del subcomisario y cogió la taza, pero el café estaba demasiado caliente, así que sopló para enfriarlo mientras miraba en derredor, con expresión atónita.
—¿Por qué le gusta tanto este establecimiento? —preguntó con insolencia infantil, desprovista de toda mala intención. Era un experto en verbalizar ideas sin pasarlas antes por el filtro de su cerebro—. ¿No es un poco viejo?
—Si con «viejo» quiere decir antiguo, sí; no se le escapa una —puntualizó mordazmente Fanelli—. Me gusta venir aquí porque desde sus vidrieras el Florian ha visto desmoronarse la Serenísima República de Venecia, alzarse la revolución de 1848 que nos independizó de Austria y desplomarse el Campanile hace cinco años. Y espere a ver las caídas que le quedan por presenciar, lo mismo hasta la monarquía se viene abajo. Y eso, querido amigo, me recuerda que en cualquier momento hasta las torres más altas y poderosas pueden caer… Confío en que controle las metáforas mejor que la puntualidad, joven.
—No crea. Pero el café está exquisito —admitió apurando su ristretto, todavía humeante, que le abrasó la lengua—. «Agua negra hirviente», así lo describió el dux Francesco Morosini —exclamó mientras señalaba el retrato del ilustre veneciano que colgaba de una de las paredes—. Yo también sé algo de historia, comisario.
Su respuesta obligó a Fanelli a cerrar los ojos mientras negaba incrédulo con la cabeza. Su teoría sobre cómo el café define a las personas era cierta: Lucca prefería el ristretto porque necesitaba menos tiempo de extracción y se hacía con la mitad de agua, a diferencia del espresso del subcomisario, cuya crema era más densa. Fanelli prefirió pensar en el ascenso que dependía del delegado de la policía. Eso le mantendría sereno mientras caminaban hacia Santa Maria del Giglio.
Rezó por que Lucca se limitara a guardar silencio y no le tomara por un confesor durante los cinco minutos de trayecto, pero nadie escucha las plegarias de un ateo.
Al llegar al Palazzo Maurogonato, las inmediaciones ya se habían convertido en un imán de fisgones. Una nube de curiosos, entre vecinos y ciudadanos, se arremolinaban a la entrada y entre ellos se intercambiaban la información que, en realidad, ninguno tenía y que los reporteros recolectaban como ambrosía. Si había algo que odiaba el subcomisario eran las lámparas de magnesio de las cámaras de los fotógrafos disparando sus fogonazos; siempre lo cegaban. Y si había algo más que detestaba era a los periodistas.
—Mírelos, huelen la sangre. Haga el favor de cerrar la boca, joven. Y no sonría como un colegial. Aquí no hay nada gracioso.
Bajo una lluvia de preguntas y un manto de resplandores, Fanelli y Lucca se unieron a otros carabinieri en el interior del palacio. Fanelli había enviado a varios de sus hombres a inspeccionar el lugar mientras él interrogaba a la víctima en el hospital. Amalia estaba sentada en el mismo sofá de lectura que le había mostrado a Nikolái Naumov cuando le permitió entrar aquella misma mañana. La mujer tenía dos pañuelos, uno en cada mano, y ninguno daba abasto para secar sus lágrimas. Lloraba como una plañidera, se persignaba mientras pronunciaba sonoros ripios lamentando la suerte del conde y besaba una pequeña cruz de plata que llevaba colgada al cuello. El subcomisario miró al policía que intentaba serenarla más que custodiarla y, por su expresión, comprendió que el ama de llaves ya había declarado todo lo que sabía y podía obviar tomarle declaración de nuevo. Mientras se encaminaba al primer piso para inspeccionar la escena del crimen, otro carabiniere improvisaba para él una recreación de los hechos.
—Según la señora Amalia, el hombre llamó a la puerta hacia las ocho de la mañana, lo recuerda porque acababan de sonar las campanas, y dijo que el conde le estaba esperando. Ella le invitó a aguardar en la biblioteca mientras avisaba al señor Kamarowski, pero, pasados unos minutos, no ha sabido concretar cuántos, el sospechoso subió la escalera y apareció justo aquí —indicó el policía traspasando el umbral de la puerta del dormitorio principal junto con Fanelli, que se detuvo un instante a examinar el marco reventado y parcialmente astillado—. La mujer, al ver que el conde le recibía con los brazos abiertos, se retiró. Luego escuchó unos disparos, fue a pedir ayuda para intentar abrir la puerta…
—¿Por qué no podía abrirse? —preguntó el subcomisario mientras observaba la recámara del conde y el lugar del ataque.
—La puerta estaba cerrada con llave, por dentro, algo que el conde no acostumbraba hacer según el ama de llaves. Por eso fue a buscar ayuda.
—Y cuando la abrieron…
—… encontraron al conde Kamarowski tirado en el suelo, sobre un charco de sangre y diciendo incoherencias, cosas sin sentido.
—¿Y no vieron a nadie más?
—Sólo al conde. Según la declaración de la mujer, su prioridad era atender al herido. Cuando quisieron asomarse a la ventana, sólo vieron a varias personas acercándose a la casa, alertadas por los disparos. Tengo a algunos de los muchachos hablando con vecinos, comerciantes y posibles testigos oculares por si vieron algo que pueda servirnos.
—¿Y qué hay del resto de los testigos de la casa? ¿Son coincidentes sus testimonios?
—Todos testigos ciegos. No vieron nada excepto al conde y el gran charco de sangre que rodeaba su cuerpo. Los hemos mantenido separados para no contaminar sus declaraciones y alejados de la prensa para evitar que las desvirtúen engrandeciéndolas con detalles, ya sabe…
Fanelli se aproximó a la ventana por la que había saltado Nikolái Naumov y se asomó a ella para tener una visión más clara. Observó la plaza abierta que desembocaba en numerosas callejuelas a modo de terminaciones nerviosas, la parte trasera y uno de los laterales de la iglesia Santa Maria del Giglio y, a su izquierda, el pequeño puente sobre el estrecho canal que bañaba una de las paredes del Palazzo Maurogonato. El lugar era como un queso de Gruyère con salida al mar; el sospechoso podía haber escapado por cualquier rincón y en cualquier dirección. Era una maldita ratonera inversa: el ratón escapaba, la policía se estancaba.
—Encontramos el revólver debajo de la cómoda. —El carabiniere le mostró el arma que había mantenido envuelta en un trapo y que sostenía en el aire asiéndola por el gatillo con la ayuda de un lapicero para evitar contaminar las posibles huellas—. Queda una bala sin explotar. Parece que intentó dispararla, pero se le debió de encasquillar.
—Supongo que a estas alturas ya la habrán tocado todos… —apreció Fanelli, molesto todavía por los errores en la manipulación de pruebas durante el último caso que investigó. No se inmutó al escuchar a su colega decirle que él mismo se había encargado de su custodia desde el momento en que el revólver fue confiscado—. ¿Nada más? ¿Ningún objeto olvidado o perdido? ¿Algo que nos ayude?
—Nada, por ahora.
—Y dice usted, joven, que el caso está resuelto… —dejó caer sarcásticamente sin que, en esta ocasión, Lucca abriera la boca—. Volvamos a comisaría. Quizá tengamos suerte y el tal Naumov se haya entregado.
Mientras el subcomisario terminaba de revisar sus notas, se aseguraba de que la orden de detención contra el sospechoso había llegado a toda la policía de la ciudad y llamaba al hospital para conocer cualquier novedad en el estado de salud del herido, a la espera de seguir tomándole declaración, Lucca leía atentamente los primeros datos de la información enviada por la policía rusa: Nikolái Naumov, nacido en Moscú el 1 de septiembre de 1884, veintitrés años recién cumplidos, licenciado en Derecho, perteneciente a una familia noble del siglo XIV, miembro de la Guardia Imperial durante un breve espacio de tiempo, traductor ruso de Charles Baudelaire y François Coppée, actual secretario de prensa del gobernador de Orel… Sólo era un esbozo, pero, como solía decir Fanelli, los pequeños detalles dan más información que un mal testigo. Llevado por esta premisa, abrió la puerta del despacho del subcomisario.
—¿Sabe que nuestro sospechoso es bisnieto del escritor Iván Turguénev? —comentó con un exceso de júbilo, como si acabara de colocar la última pieza de un complicado puzle.
—¿Y usted sabe que hay que llamar a la puerta y esperar a que le den permiso para entrar?
—¿No me diga que no sabe quién es? El autor ruso que mejor ha reflejado los amores desgraciados, el que protagonizó uno de los triángulos amorosos más célebres de la historia al enamorarse locamente de la española Paulina García Sitjes, una aclamada cantante de ópera a la que conoció interpretando El barbero de Sevilla en el teatro Bolshói Kámmeny de San Petersburgo… La siguió por todo el mundo sin importarle que ella estuviera casada con Louis Viardot, de quien la dama tomó el apellido, un gran hispanista, amante de las letras españolas y espléndido traductor de Don Quijote de la Mancha —apuntó Lucca sin apenas respirar para no dar opción a que Fanelli le interrumpiera—. Un ménage à trois aceptado y consentido como sólo saben hacerlo los franceses y los rusos.
—¿Y eso debería ayudarnos en nuestra investigación?
—Ya lo creo. Y más si le digo que Turguénev fue el creador del término «nihilismo». Fue el primero en utilizarlo en su libro Padres e hijos, dibujando el perfil del nuevo hombre ruso, progresista y europeísta, tanto que el estamento zarista le acusó de apoyar una corriente reformista; la censura le asfixió hasta tal punto que tuvo que abandonar Rusia e instalarse en Francia.
—La verdad es que no sé qué hace usted postulándose a policía. Y si le soy sincero, tampoco quiero saberlo.
—Lo tomaré como un halago.
—No debería.
—¿Puedo serle sincero?
—Ardo en deseos… —ironizó Fanelli—. Aunque, se lo ruego, no se disperse como acostumbra.
—Es el alma rusa, subcomisario. Estas cosas pasan de generación en generación. El propio Turguénev lo escribió: «Uno de los principios más básicos de la vida es el enlace entre los tiempos, la transmisión patrimonial de valores. Un mundo sin tradición crea huérfanos». Usted mismo lo dice: los crímenes se cometen sobre todo por amor o por venganza —leyó directamente de su libreta—. Puede que Nikolái Naumov forme parte de un triángulo amoroso o quizá pertenezca a un grupo nihilista que planeara matar a la víctima. ¿No me comentó que el conde Kamarowski le dijo algo sobre que un grupo nihilista lo había amenazado de muerte?
Fanelli se quedó pensativo durante unos segundos, rebuscando en su cabeza la breve declaración del conde en el hospital. Miró en sus notas. Encontró la anotación, pero aparecía dentro de un círculo, lo que en su peculiar código significaba que no era un dato fiable, ya que el herido se hallaba aún bajo los efectos del cloroformo. En ese momento, el oficial que ocupaba el mostrador de la estafeta policial se asomó a la puerta del despacho.
—Señor, tiene una visita.
El subcomisario se le quedó mirando, esperando que le proporcionara más información que, sin embargo, no llegó. Estaba teniendo un día complicado y no parecía que hubiera nadie dispuesto a facilitarle su faena.
—¿Una visita? ¿Acaso soy una señora de la alta sociedad que recibe visitas en su palacio con un vestido de plumas, organiza bailes y toma el té con sus amigas? ¡No ve que estoy ocupado!
—Es un carabiniere de la estación de Santa Lucia. Viene con un testigo. Tiene información que puede interesarle sobre el intento de asesinato de esta mañana…
Sin necesidad de un espejo, Fanelli pudo notar que sus facciones se relajaban. Cuando los dos hombres anunciados accedieron a su despacho, presintió que aquello podía ser importante. Era el gondoliere al que Nikolái Naumov había premiado con cuatrocientas liras por llevarle a la estación de tren.
—Verá usted, no es una cantidad que los clientes suelan darnos todos los días, ni siquiera los rusos que se hospedan en el Lido —explicó mientras colocaba cuidadosamente el dinero sobre la mesa del subcomisario. Hablaba de manera tranquila, no se le veía inquieto por estar en una comisaría—. Había algo raro en aquel hombre, algo que no terminaba de convencerme, no sabría explicarle. Así que, después de dejarle en la estación, le pedí a un compañero que se hiciera cargo de mi góndola, aun a costa de perder algún trayecto…
—Eso le honra como ciudadano. Continúe… —solicitó Fanelli, que temía que el testigo se perdiera en detalles inútiles y consideraciones personales.
—Seguí al caballero al entrar en la estación. Le vi comprar un billete. Luego entró en los aseos. Ahí ya no le seguí; preferí no entrar porque me habría reconocido y uno nunca sabe lo que puede pasar. Después, cuando caminaba hacia el andén, vi cómo robaba un sombrero y tiraba el suyo a una papelera.
En ese momento, el carabiniere de Santa Lucia que acompañaba al testigo puso sobre la mesa el sombrero Homburg de fieltro blanco, haciendo que todas las miradas se posaran sobre el complemento. El gondoliere siguió con su narración.
—Y la verdad, me extrañó. ¡Quién roba un sombrero teniendo cientos de liras en el bolsillo! Le seguí hasta el andén y comprobé que no me había mentido: se subió al tren de las 9.50, a un vagón de primera clase.
—¿Hacia dónde se dirigía ese tren? —preguntó el subcomisario mientras echaba una ojeada al reloj que presidía una de las paredes de su despacho: hacía cincuenta minutos que había salido de la estación.
—A Verona.
Al escuchar la ciudad de destino, Fanelli saltó de su silla, se asomó a la puerta y llamó a uno de sus hombres.
—Mande inmediatamente un telegrama al comisario de la estación de Verona. Que proceda a la detención de un ciudadano ruso de nombre Nikolái Naumov que va en ese tren. Viaja en primera clase, pero que registren todo el convoy. Quién sabe dónde puede estar. Facilítele toda la información sobre el sujeto, en especial, su atuendo.
Cuando terminó de dar las indicaciones a su hombre, volvió a la mesa, donde el gondoliere no dejaba de mirar las cuatrocientas liras extendidas como un abanico sobre la tabla de madera.
—Cuénteme, ¿le dijo algo más, le habló de alguien en especial? Cualquier cosa que recuerde, por pequeña que sea, puede sernos de ayuda…
—No. Sólo me preguntó la hora. ¡Espere! —exclamó el testigo dando un respingo en la silla—. Sí, hay algo más… Se me olvidaba. Primero me pidió que le llevara al hotel Danieli, pero, cuando vio la hora en la torre dell’Orologio, se puso muy nervioso y me dijo que ya no quería ir al hotel, que le llevara a la estación de Santa Lucia. Fue entonces cuando me prometió que me daría cuatrocientas liras si llegaba a tiempo de coger el tren. Y eso es todo. Al escuchar lo que había pasado en el Palazzo Maurogonato, y como le había recogido en un embarcadero próximo, fui atando cabos y pensé que podría tratarse del mismo hombre. Desde luego, era ruso, ese acento lo conozco. Disculpe, ¿puedo llevarme el dinero?
—Entenderá usted que debemos quedarnos con él… Es una prueba.
—Si he de serle sincero, no lo entiendo. Es una propina que me he ganado. No la robé.
—Nadie piensa que no se la merezca ni mucho menos que la sustrajera. Pero, por el momento, debe quedarse en depósito. En cuanto podamos se lo devolveremos. Uno de mis hombres le dará un resguardo.
—Está bien —dijo sin mucho convencimiento, pero resignado—. Y dígame, ¿es el mismo hombre que mató al príncipe ruso?
—No hay ningún príncipe ruso. Y, por ahora, nadie ha matado a nadie. Pero permítame decirle que apreciamos mucho su colaboración —le aseguró Fanelli mientras le tendía la mano en señal de agradecimiento y, en parte también, para no tener que contestar a más preguntas del testigo.
El semblante del subcomisario había mudado sutilmente. Estaba en ese punto en el que las piezas parecían dispuestas a encajar, como atraídas por un imán invisible. Se acarició la perilla que ya nacía con vetas encanecidas. Ese gesto inconsciente siempre le ayudaba a pensar y a decidir el próximo paso. Cogió su sombrero borsalino del perchero, se lo ajustó en la cabeza y dirigió una mirada a Lucca.
—Si ha terminado usted con el curso iniciado de literatura rusa y con la sección de cotilleos, quizá quiera acompañarme al Danieli. Si Nikolái Naumov salió de Venecia con tanta prisa, tal vez dejara abandonado su equipaje en el hotel y, con un poco de suerte y mano izquierda, podamos encontrar algo.
—¡El Danieli! Qué hotel tan encantador. Allí George Sand conoció al médico que se convirtió en su amante. Sand, que en realidad se llamaba Aurore Dupin, era amiga íntima de Paulina Viardot, la amante del bisabuelo de Nikolái Naumov, en la que se inspiró para el personaje de su novela Consuelo, ambientada en Venecia…
—Una palabra más y se queda escribiendo informes de quejas vecinales.
Ya estaban abandonando la comisaría cuando un policía gritó el nombre del subcomisario.
—Señor, ha llegado esto para usted —dijo mientras extendía la mano para entregarle un sobre.
El tren procedente de Venecia hizo su entrada en la estación de Verona a las 11.45. Llegaba en hora, pero la impaciencia del comisario Ernesto Carusi hacía pensar que llevaba tres días esperando su llegada. Desde que observó la densa nube de humo rucio de la locomotora manchando el horizonte, su cuerpo estaba en tensión. Alrededor de las once de la mañana había recibido un telegrama urgente de la comisaría de Venecia ordenando el arresto inmediato de uno de los viajeros, acusado de intentar asesinar a un ciudadano ruso. La autoridad competente en el tren recibió por telégrafo la orden de la policía veneciana de no permitir que ningún pasajero se apeara del convoy, y así se lo hizo saber a los dos revisores.
Acompañado de dos oficiales, el comisario Carusi subió al tren; otros dos policías quedaron en el andén. Quiso empezar el registro por los vagones de primera clase. Si la providencia estaba ese día de su parte, el sospechoso sería inexperto y no se habría movido de su berlina. Llevaba consigo la descripción física del sujeto detallada en un papel que miraba de vez en cuando para no olvidarse de ningún detalle: joven, de piel blanca, cabello rubio, sin barba ni bigote, de estatura media, no más de metro setenta de altura, vestido con levita gris, pantalón del mismo color, sombrero marrón… Lamentó no disponer de una fotografía, eso habría facilitado bastante las cosas. Durante unos minutos, recorrió el tren sin encontrar a nadie que respondiera a la descripción facilitada. Después de una segunda ronda con idéntico resultado, el comisario buscó a los interventores.
—¿Ha bajado alguien del tren?
—No, señor. Pero no hemos revisado los excusados. Algunos viajeros se refugian en ellos si no tienen billete.
Cuando se disponían a hacerlo, Carusi vio en el estrecho pasillo del tren a un hombre que portaba erguido un ramo de flores. Caminaba calmado, ninguna señal de apremio en sus pasos, como si sus pisadas se hundieran confortables en la mullida alfombra que cubría el suelo. Se detuvo ante uno de los vagones de primera clase, deslizó la puerta corredera y accedió al interior. O era inocente, o se trataba del criminal más tranquilo de la historia y por sus venas sólo corría sangre fría. Carusi apuró el paso hasta alcanzarle, como si él fuera el perseguido.
El compartimento todavía estaba abierto cuando el comisario llegó a su altura. Sus tres ocupantes se quedaron mirándole, sin que su inesperada presencia borrase la sonrisa de ninguno de ellos, que parecía petrificada en sus rostros. Dos de ellos parecían pareja, por la intimidad que mostraban sus gestos, y el tercer hombre, al que el comisario había visto caminar por el pasillo, acababa de entregarle el ramo de flores a la dama. Carusi saludó educadamente a los tres mientras observaba el esplendoroso buqué de pequeños capullos de rosas rojas salpicado con orquídeas blancas. Su mirada atravesó el cristal de la ventanilla y distinguió el puesto de flores ubicado en el andén: alguien se había despistado en el cumplimiento de las órdenes y desatendido la vigilancia. Prefirió no pensar en cuántas personas más se habrían apeado del tren ante la ineptitud del revisor de turno y se concentró en buscar un sombrero marrón en los estantes superiores situados a ambos lados, sobre los asientos tapizados de terciopelo amarillo. No encontró ninguno. La dama vestía de rojo; el caballero sentado a su lado, de un blanco casi impoluto; y el tercer ocupante estaba en mangas de camisa, con un chaleco por encima. Ni levita gris ni sombrero marrón. Quizá no era el hombre que buscaban.
—Disculpen las molestias. Estamos procediendo a una comprobación rutinaria. ¿Podrían facilitarme sus documentos?
—Por supuesto —dijo el hombre sentado junto a la dama, incorporándose para alcanzar un maletín de piel situado en el estante del equipaje—. ¿Dónde los pusiste, Emma, querida?
—En el bolsillo exterior de mi bolso, Paolo, el de tela. Está justo ahí, detrás de tu maleta —dijo ella, sin soltar en ningún momento las flores.
Al retirar el hombre el bulto para coger el mencionado bolso, el comisario divisó desde su posición un sombrero marrón. Sin hacer ninguna alusión al respecto, comprobó la documentación de la pareja mientras observaba que el otro hombre permanecía inmóvil.
—¿Me permite el suyo?
—Me temo que eso no será posible. Me robaron la maleta en Venecia y llevaba mi pasaporte en ella. Como ve, viajo sin equipaje. Soy ciudadano belga.
—Vous n’êtes pas russe? —preguntó el comisario Carusi, después de unos instantes en silencio, mirando fijamente al viajero sin equipaje.
—Non, je suis belge. Je m’appelle Édouard Durand.
Los dos hombres se mantuvieron la mirada durante unos segundos. El comisario le obsequió con una sonrisa mientras asentía con la cabeza.
—Yo creo que es usted ruso, no belga.
—Se equivoca —terció Paolo con la aquiescencia de su esposa, cuya sonrisa iba desdibujándose en el rostro conforme avanzaba la conversación—. El caballero es belga. Llevamos viajando con él desde Venecia. Un joven muy amable y encantador. Disculpe, pero ¿qué es lo que sucede?
—Va a tener que acompañarnos, monsieur Durand. No tema, sólo nos llevará unos minutos.
—¿Acompañarle? ¿A dónde? He de seguir viaje. No puedo retrasarme.
—Créame, no lo hará. Si hace el favor… —solicitó el comisario indicándole con la mano la salida del departamento.
Carusi hizo un gesto disuasivo a uno de los guardias. Prefería que no le esposaran dentro del tren; no quería causar ningún alboroto o que cundiera el pánico, ni entre el pasaje ni en el sospechoso, aunque no pudo evitar la proliferación de miradas curiosas de los viajeros y del resto de los presentes en la estación. Ya en el andén, el comisario cogió del brazo al supuesto ciudadano belga y las miradas inquisitivas se repitieron. Con paso firme, le condujo a la estafeta policial de la estación donde le invitó a sentarse en la silla situada en uno de los extremos de la mesa. Estudió al joven. No parecía nervioso, tan sólo contrariado. Antes de ocupar la silla en el otro extremo, cogió una jarra de agua y llenó dos vasos. El sospechoso observó la escena y tuvo la impresión de que le estaban esperando.
—¿Estoy detenido? —preguntó, entre indignado y sorprendido.
—En absoluto. Es usted un viajero sin pasaporte. Y eso es irregular.
—¿Es ilegal desplazarse por Italia sin pasaporte?
—No, a menos que sea usted extranjero, como es su caso. De Bélgica, ¿verdad?
—Así es. Pero eso ya se lo he dicho. Me llamo Édouard Durand.
—Cierto, también lo ha dicho. ¿Qué edad tiene usted?
—Veintitrés años.
El comisario iba escribiendo en un cuaderno cada respuesta del hombre, que iba impacientándose por segundos, cuanto más tranquilo veía al policía.
—¿Qué le trae por Italia, señor Durand?
—Estoy de vacaciones. Simplemente, viajo por placer. Tengo dinero y aspiro a gastármelo. Nada más.
—Entiendo. Y dígame, ¿qué hacía en Venecia?
—Viajar, ya se lo he dicho. Comer pasta, visitar museos, darme un baño en el Adriático, acudir a la ópera… Y mi intención es seguir viaje hacia Roma, Milán, Florencia…
—¿Ha ido usted a La Fenice? ¿Qué ópera fue a ver?
—No me acuerdo. Fueron varias. No soy bueno con los nombres. Oiga, esto no tiene ningún sentido…
El cuello de la camisa empezaba a molestarle. Lo notó casi al mismo tiempo que la boca se le secaba. Sentía la lengua pegajosa; la saliva, espesa y viscosa. Nikolái Naumov cogió el vaso de agua que había sobre la mesa y bebió procurando que la mano no le temblara. Se intentó convencer de que tampoco pasaría nada si así fuera: todo el mundo muestra cierto nerviosismo cuando está ante un policía. Carusi le observaba: en realidad, no tenía nada más que un sombrero marrón. Ni siquiera estaba seguro de que fuera ruso; su francés era perfecto, fluido y exquisito, y el italiano que hablaba se hacía entender. Sólo podía confiar en que su lenguaje corporal le delatase.
—¿Tiene usted amigos en Venecia?
—No, señor, ninguno. Discúlpeme, pero necesito volver al tren. Ya se lo he dicho, tengo billetes para otros destinos y no me gustaría perderlos. No entiendo lo que está pasando. Yo no he hecho nada.
—Nadie ha dicho que lo haya hecho —respondió el comisario, sintiendo una pequeña contracción en la comisura de su boca que controló para que no mudara en sonrisa. Acababa de escuchar la frase más pronunciada por los culpables: «Yo no he hecho nada». Pero no podía precipitarse. Sólo los mediocres levantan los brazos en señal de victoria antes de cruzar la meta—. ¿Compró esos billetes de los que me habla dentro del tren, durante el trayecto?
—En efecto.
—¿Con qué dinero lo hizo, si le habían robado el equipaje con la documentación?
—El dinero lo llevo en la levita. Imagino que como todo el mundo.
—Ya veo. Muy bien. Ya casi hemos terminado —dijo el comisario mientras colocaba una bandeja de madera sobre la mesa—. Sólo una cosa más. ¿Le importaría vaciarse los bolsillos? O, si lo prefiere, yo mismo puedo registrarle.
La petición descolocó al sospechoso. Intentó recordar si llevaba algo que pudiera comprometerlo. Su mente comenzó a sobreponer imágenes a una velocidad vertiginosa, como un tren que descarrila. Conocía esos síntomas. No tardaría mucho en empezar a transpirar y pronto aparecerían los temblores. Si no era capaz de controlar esas señales, una tartamudez nerviosa ataría las palabras a su lengua, como si fuera una camisa de fuerza. Se obligó a mantener la calma. No podía haber nada en sus bolsillos. Se había deshecho de la llave en las aguas del Gran Canal y tampoco portaba el revólver Nagant. No había nada que pudiera comprometerle, excepto el nerviosismo.
Poco a poco fue extrayendo los objetos que guardaba en los bolsillos del abrigo y del pantalón, depositándolos sobre la bandeja. Cinco mil liras en billetes de diferente valor, el boleto de tren con destino a Verona y otros complementarios a Nápoles, Florencia y Roma, el resguardo de un buqué de rosas y orquídeas, el de la botella de champán consumida en el vagón restaurante… Todo iba bien. Pronto estaría fuera de aquella oficina, se subiría de nuevo al tren y continuaría su viaje, relatando a la joven pareja de recién casados el malentendido vivido con la policía de Verona. Hasta que su mano tocó algo en uno de los bolsillos del pantalón, un trozo de tela que le costó reconocer. Cuando sus dedos lo apresaron para colocarlo sobre la mesa, sus ojos se abrieron desorbitados, estremecidos ante la visión. Era el pañuelo gris salpicado de manchas oscuras que había utilizado para limpiarse los restos de sangre, el mismo en el que había envuelto el revólver. La expresión del comisario Carusi también cambió. Ahora sí había traspasado la meta y podía alzar los brazos.
—Desde este momento, queda usted detenido. Levántese y ponga las manos sobre la mesa. —Las palabras salían de la boca de Carusi como si estuviera recitando una jaculatoria, de manera mecánica y monótona—. Estos policías van a proceder a esposarle. Será mejor que no se resista.
—¿De qué se me acusa?
—Del intento de asesinato del conde Pavel Kamarowski esta misma mañana en su residencia de Venecia.
—¡Eso es mentira! Yo no he matado a nadie. Está usted cometiendo un terrible error.
—Tengo una orden de detención contra usted emitida por la policía de Venecia —le explicó Carusi mientras un policía le colocaba los grilletes, con las manos por delante del cuerpo—. Señor Naumov, a partir de este instante está usted bajo la custodia del Arma dei Carabinieri. Será retenido en una sala de esta comisaría hasta su traslado a prisión o su inminente envío a Venecia para posteriormente pasar a disposición judicial.
—¡Les digo que se equivocan! Ése no es mi nombre. No soy el hombre que buscan. Tengo derecho a defenderme. Conozco bien la ley.
—Entonces sabrá que lo que le sucede es completamente legal. Cuando quiera usted declarar, sólo tiene que comunicármelo. No me moveré de aquí. Pero permítame un consejo, y créame que sé de lo que hablo… —La voz del comisario tomó un giro fraternal más que autoritario. Sabía que esa impostada afección en el tono solía derribar muros inmunes a los mazos de acero—: Ponga en orden su cabeza antes de hablar. Los deslices verbales que se cometen bajo una situación de extrema presión sentencian a muchas personas, incluso a las que se consideran inocentes. Las mentiras siempre condenan; la verdad exonera, aun siendo culpable. Recapacite, joven. Piense bien en qué situación se encuentra; va a tener tiempo de hacerlo.
Cuando la puerta del habitáculo se cerró tras de sí, Nikolái Naumov se sintió enterrado vivo. No gestionaba bien los lugares clausurados y sombríos. Desde la infancia, había tenido miedo a la oscuridad. De niño sufría terrores nocturnos que su autoritaria madre pretendía curar a base de encierros continuados en sótanos e incluso en el interior de armarios o baúles mientras ella le contaba historias de terror, fábulas con hadas malignas y monstruos espeluznantes, y cuentos versados sobre fantasmas procedentes de las sombras. Ahí empezaron las convulsiones incontrolables que azoraban su cuerpo y que nunca le abandonarían.
Nikolái cayó de rodillas al suelo, exactamente cómo lo hizo ante un herido conde Kamarowski. Comenzaba a faltarle el aire. Las palpitaciones se multiplicaban en su pecho amenazando con reventarlo, la sudoración desbordaba cada poro de su piel, convertida en una lámina de acero que se iba fundiendo poco a poco, como si se regocijara en la tortura infligida. Era el preludio para la llegada del temible aunque familiar monstruo que lo zarandearía hasta apoderarse de él, envolviéndolo en una sucesión de incontrolables convulsiones, una batahola a la que acudirían prestos los peores demonios. Aquel habitáculo, lejos de ser una sala como la había descrito el comisario Carusi, era un calabozo sin luz ni ventanas, sin nada que indicara que la vida dispondría de una oportunidad allí dentro. Un pandemónium al que no sobreviviría.
No habían pasado ni veinte minutos cuando el detenido empezó a golpear la puerta con los puños, gritando y pidiendo que lo sacaran de allí. Estaba dispuesto a hablar. Carusi apenas había tenido tiempo de enviar por telégrafo el reporte de la detención del sospechoso a Venecia cuando, de nuevo, se sentaba frente a él.
Los policías trasladaron al detenido a la sala de interrogatorios. Nikolái Naumov se dejó caer en la silla y tuvo que hacer un esfuerzo para no abandonar su cuerpo desmayado sobre la mesa. Mostraba un aspecto lamentable y jadeaba como si acabara de correr un maratón perseguido por el diablo. Sin haber logrado recomponerse del todo, un hilo de voz salió de su boca, afónico y débil, como si hubiera atravesado una senda infernal hasta llegar hasta allí.
—Hablaré. Pero quiero hacerlo en mi idioma. No quiero cometer ningún error ni que se produzcan malas interpretaciones. Necesito un traductor. Llamen al consulado ruso. Ellos mandarán uno.
Carusi miró al detenido. En cuestión de minutos, el adonis belga se había convertido en un andrajo humano, sin que ninguno de sus hombres le hubiera tocado un pelo. Intentó tranquilizarle, admitiendo todas las peticiones del arrestado, todas amparadas por la ley.
—Ya hemos avisado al consulado —le informó mientras le acercaba un vaso de agua, que dejó sobre la mesa—. Pero tardarán un tiempo en llegar. Y no creo que quiera prolongar mucho más esta situación. La verdad, no tiene buen aspecto. —Era la primera vez que Carusi decía algo cierto que fuera precedido por la muletilla «la verdad»—. Si quiere esperar, podemos ofrecerle el servicio de un intérprete, el señor Masprone, que suele trabajar con el consulado y colabora con nosotros asiduamente.
—Me parece bien —admitió mientras sus ojos se clavaban en el vaso como si representara una amenaza—. ¿No tiene algo más fuerte? —preguntó al fin, intentando controlar los temblores que aún sacudían su cuerpo.
No era habitual ofrecer alcohol a los detenidos, pero, viendo el estado en el que se encontraba el hombre, el comisario creyó que, lejos de afectarle negativamente, le ayudaría a serenarse y a desenredar su lengua. Sacó del armario una botella de grappa que guardaba para las guardias difíciles. La simple visión del aguardiente de orujo cristalino cayendo limpiamente al interior del vaso devolvió la claridad a la mente del detenido, que empezó a hablar sin que mediara ninguna pregunta previa.
—Me llamo Nikolái Naumov. Tengo veintitrés años. Nací en Moscú, en el seno de una familia aristocrática. Actualmente trabajo con el gobernador de Orel como agregado cultural y responsable de prensa.
Su tono era neutro, pausado. Hablaba a un volumen normal sin poner ningún énfasis en ninguna de sus palabras, huyendo de cualquier vestigio de emoción. Estaba diciendo la verdad. «Por algo se empieza», pensó el comisario.
—Hace unos días me trasladé de Orel a Moscú para visitar a mi familia. Hacía mucho que no veía a mi padre… Es un gran hombre, ¿sabe? Se ganó el respeto de todos cuando fue gobernador de Perm. —Como si un cortocircuito eléctrico se hubiera producido en su cabeza, dejó escapar un gemido y se echó sobre la mesa. El recuerdo paterno invocó una bacanal de sollozos y lamentos que la grappa difícilmente apaciguaba—. ¡Dios mío, mi padre! ¡Qué va a pensar cuando se entere de lo que he hecho! ¡No podrá soportarlo!
—Vamos, vamos… —comentó el comisario, instándole a recomponerse. Si se desmoronaba antes de empezar la declaración, el interrogatorio podría ser eterno. Conocía la facilidad con la que podía complicarse el testimonio de un detenido y no estaba dispuesto a alargar aquella situación durante días—. No piense en eso. Los padres siempre están al lado de sus hijos, sobre todo si tienen el valor de reconocer sus errores.
Nikolái se secó las lágrimas con las manos, que continuaban esposadas. Hasta ese momento, ni siquiera se había dado cuenta de la presencia de aquellos grilletes de acero y tampoco le molestaba esa atadura de las muñecas. No eran las primeras ligaduras en sus articulaciones, aunque aquellas otras solían ser de cáñamo. Ese intempestivo recuerdo hizo que se le secara la boca. Fue a beber un sorbo de licor, pero encontró el vaso vacío y, al tratar de tragar saliva para humedecer la garganta, sintió que era cemento lo que almacenaba su boca.
—Durante mi estancia en Moscú, donde estudié Derecho, me reencontré con antiguos amigos de la facultad. Fueron ellos los que me dijeron que el conde Kamarowski había hecho unas declaraciones arremetiendo contra mi persona. Eso me enfureció. Mucho. Así no actúan los caballeros. Si uno tiene un problema con alguien, lo resuelve cara a cara, batiéndose en duelo, no lanzando chismes a la espalda como si fuera una reunión de señoras…
Miró al comisario, pero de inmediato desvió la mirada, como si aquel contacto visual le quemara la retina. Estaba hablando demasiado. No debía opinar. Demasiadas palabras. Tenía que ser más explícito si quería controlar lo que decía y no dar a su interlocutor la opción de conocerle más de lo necesario. Aprovechando que Carusi había rellenado de nuevo el cubilete, volvió a beber, como si necesitara insuflarse de cierto valor para continuar. El temblor de su mano hizo que parte del líquido se le saliera por la comisura de los labios, y utilizó los dedos para limpiarse. Empezaba a sentir frío.
—Supe que el conde estaba en Venecia y decidí presentarme allí. Quería aclarar las cosas. Cuando llegué, me hospedé en el hotel Danieli. —En ese punto calló. Tenía que guardar silencio. Necesitaba ordenar sus recuerdos, archivarlos en categorías distintas y elegir cuáles podían ser verbalizados. Había cosas que no quería contar, que no podía contar.
—¿Recuerda en qué habitación se alojó?
—¿Perdone? —interpeló confuso.
—La habitación. ¿Recuerda el número de su habitación? —insistió Carusi.
El comisario leyó en el semblante del arrestado que la pregunta le había sorprendido. Le estaba haciendo pensar en detalles que le distrajeran del relato que seguramente había elaborado para evitar entrar en terrenos pantanosos y poco propicios. El detenido hablaba con frases cortas, utilizando pocas palabras, eligiéndolas con cuidado para evitar caer en contradicciones o revelar algún detalle que le condenara. Era como si Naumov caminara sobre una superficie de hielo, temiéndose que en cualquier momento se quebrara y le hiciera caer en las aguas heladas. Y Carusi tenía el picahielos que podía abrir esa grieta.
—Sí, lo recuerdo. La habitación número 80 —contestó, como si hubiera superado algún tipo de prueba.
—¿Quién le dijo dónde vivía el conde en Venecia?
—No lo recuerdo. Creo que me lo dijeron mis compañeros de estudios. O quizá lo hiciera mi padre cuando le visité días antes; ambos mantienen una amistad desde hace muchos años. No lo sé, todo está muy confuso en mi cabeza… —se le quebraba la voz.
Quizá no tenía que haber dicho que su padre y el conde eran amigos. Eso podría dar a entender que había una rivalidad entre las familias. Aunque, pensándolo bien, aquello podría ser mejor que la verdad. Bebió de un trago el vaso de grappa. Ni siquiera pareció hacerle efecto. Estaba acostumbrado a bocanadas ardientes mucho más fuertes. Ahora empezaba la parte comprometida. Carusi se percató de ello y no quiso que un vaso vacío dinamitara una confesión que se prometía sincera y jugosa.
—Volvamos a lo que ha sucedido esta mañana —sugirió el comisario mirando el telegrama que había llegado desde Venecia con las nuevas informaciones sobre el caso, entre ellas, la declaración del gondoliere y del ama de llaves ante la policía—. ¿A qué hora llegó a la casa del conde Kamarowski?
—No lo recuerdo. Ya se lo he dicho, no logro aclarar mis ideas —reconoció sosteniéndose la cabeza con ambas manos, apretándola con fuerza, como si temiera que le fuera a explotar. La tiritona que convulsionaba su cuerpo no le ayudaba a serenarse y le dificultaba concentrarse—. ¿No hace mucho frío aquí? ¿Podrían darme una manta, algo con lo que abrigarme?
—¿No prefiere beber algo caliente? —propuso Carusi pensando que un café o un té podría hacerle entrar en calor y que dejara de temblar—. Quizá eso le templaría más el cuerpo. Un buen té con jengibre reconforta y despeja la mente.
—Un poco más de eso me sentará mejor —aseguró el detenido señalando la botella que el comisario había dejado sobre la mesa.
—Estábamos en la casa del conde Kamarowski. Usted llegó a las ocho de la mañana al Palazzo Maurogonato, llamó a la puerta y le dijo al ama de llaves que quería ver al conde. ¿Sucedió así?
—No recuerdo a qué hora llegué.
—¿Y qué es lo que recuerda? —preguntó Carusi, que empezaba a temerse una confesión esquiva, superficial e incoherente. Dudó que la grappa estuviera ayudando tanto como pensó en un primer instante—. Tiene que hacer un esfuerzo, señor Naumov, o esto no funcionará.
—Recuerdo que subí la escalera. —Nikolái adelantó su relato para pasar por alto algunos momentos vividos en la biblioteca y así obviar el detalle de la fotografía enmarcada. No fue lo único que aceleró, también lo hizo su habla, y aumentó el volumen de su declaración—. No conocía la casa del conde, pero me dejé guiar por las voces que venían de arriba. Y entonces le vi. Corrí hacia él. Cuando los dos nos quedamos a solas, saqué el revólver y le disparé. Perdí la cabeza. Me había insultado y dilapidé la razón. No soy capaz de recordar cuántas veces disparé. Sólo lo vi ahí, tirado en el suelo. Sangraba mucho. No sabía lo que había hecho. Me arrepentí en el acto.
El detenido empezaba a mostrarse más nervioso, no hallaba acomodo en la silla. Alargó el brazo para asir nuevamente el vaso, pero lo encontró vacío y el comisario no parecía dispuesto a llenárselo de nuevo. Comenzó a frotarse las manos, como si pretendiera arrancarse la piel. Observó cómo las venas se alzaban robustas bajo su dermis, aumentando de tamaño, volviéndose más oscuras, adquiriendo un tono violáceo, retorciéndose, como si tuvieran vida propia. Temió que explotaran y que la sangre salpicara la estancia, muebles y paredes incluidos, derramándose sobre el suelo como había sucedido en la habitación del Palazzo Maurogonato. Miró espantado sus manos manchadas de rojo… Una nueva pregunta del comisario le arrastró de vuelta a la realidad.
—¿Le dijo usted algo antes de disparar?
—No lo sé —murmuró, como si le costara abandonar por completo el mundo de las extrañas imágenes—. No recuerdo que habláramos… Dudo que lo hiciéramos.
—¿Qué hizo después? ¿Cómo salió de la casa?
—Creo que bajé las escaleras y salí por la puerta. Sí, creo que eso fue lo que hice…
El comisario repartía su mirada entre el detenido y la carpeta que tenía ante sí con algunas de las informaciones facilitadas por los testigos, entre ellos Amalia, que apenas coincidía con la confesión del acusado, salvo en algunos detalles.
—¿Por la puerta? ¿No salió por la ventana?
—¿Cómo iba a salir por la ventana? Me hubiera matado.
Quizá fue la última palabra lo que le hizo reaccionar e interesarse por algo en lo que ni siquiera había reparado desde su detención. Abrió los ojos y cogió las manos del comisario.
—Pavel… ¿está muerto? Dígamelo, por favor. ¿El conde Kamarowski ha muerto? ¿Lo he matado? —preguntó confuso, como si hasta entonces no hubiera sido consciente de lo que había hecho.
Ni siquiera se percató de que se había referido a la víctima por su nombre de pila, eliminando la distancia mental que había construido entre ellos a modo de barrera de seguridad. Como poseído por alguna fuerza extraña, agarró la cruz que llevaba al cuello, la besó y se puso a rezar por la salvación del conde, una plegaria ahogada en sollozos, lamentos y gemidos.
El comisario miró a los carabinieri que custodiaban al detenido, que tampoco daban crédito a lo que estaban presenciando. Estaban acostumbrados a rateros, borrachos, mujeres víctimas de un robo, maridos violentos, niños perdidos… Pero aquel hombre era difícil de encasillar: por momentos parecía perturbado, ido, medio loco, y, al instante, hablaba con tranquilidad, como si la lógica rigiera su discurso. También existía la opción de que fuera un gran actor que estuviera jugando con ellos. Otro policía entró en la estancia portando una manta grisácea para el detenido y se la puso por encima. Lloraba como un niño, o como un loco. De no estar en una sala de interrogatorios, el policía le habría dado un abrazo para intentar serenarlo.
—Haga el favor de calmarse. El conde no ha muerto. Ha sido operado de sus heridas y ahora sólo cabe esperar.
—¿De verdad? —exclamó con emoción, como si le hubieran entregado la carta de libertad—. ¿No me miente, comisario? ¿El conde está vivo?
—No acostumbro a mentir. Y aspiro a que usted tenga la misma deferencia hacia mi persona. Trate de concentrarse. Con un poco de suerte, el conde vivirá y usted sólo será acusado de intento de homicidio. Incluso puede que tengan la oportunidad de arreglar sus diferencias.
La información pareció calmarle. Cesaron los lloros, los lamentos e incluso los temblores. Su cabeza empezó a funcionar como cuando estaba lúcido. Si el conde no había muerto, eso lo cambiaba todo. Había esperanza. Tenía futuro. Podría salir de allí. Incluso él mismo podría ayudarle a aclarar el asunto. El comisario tenía razón, seguro que le ayudaría a arreglar las cosas. La voz de Carusi interrumpió sus elucubraciones.
—¿Qué hizo después de abandonar la casa?
—¿Cómo?
—Después de disparar al conde, ¿qué hizo? ¿Dónde fue?
—Me fui al hotel a recoger mis cosas —declaró, como si la pregunta del comisario acabara de arruinarle la efímera lucidez que celebraba segundos antes—. Supongo que me cambiaría de ropa y me desharía de papeles que ayudaran a mi identificación y de todo aquello que estuviera en mi equipaje que pudiera relacionarme con los hechos.
—¿Está usted seguro de eso? ¿Pudo hablar con algún empleado del hotel? ¿Le ayudaron con el equipaje, le facilitaron el transporte, le entregaron la factura para que la abonara, le dieron las gracias por haber escogido su establecimiento durante su estancia en Venecia? ¿Coincidió con algún otro cliente en el vestíbulo, en el pasillo…?
Naumov miró fijamente al comisario para después perder la mirada en un punto indefinido de la sala. Buscaba las respuestas a las preguntas que acababa de hacerle Carusi, pero no daba con ellas. En realidad ¿regresó al hotel o era lo que tenía registrado en su memoria sobre lo que debería haber hecho? ¿Por qué no podía recordarlo? Volvió a fijar los ojos en el comisario. Parecía buscar algo en sus pupilas, alguna reacción, algún gesto, algo que le ayudara a acabar con aquella pesadilla. El comisario sabía que mentía. Lo que declaraba el detenido tampoco coincidía con lo manifestado por el gondoliere que le llevó a la estación de tren. Observándole, no podía estar seguro de si mentía a sabiendas o si en su cabeza lo recordaba de esa manera. Por un momento, las elucubraciones de ambos hombres comulgaron en un mismo pensamiento.
En un intento de desencallar el interrogatorio y salir de aquel bucle temporal, Carusi intentó conducir las preguntas en otra dirección.
—¿Actuó usted solo o lo ayudó alguien?
—¿Me está preguntando si tuve cómplices? —inquirió, serio, evidenciando que la duda le molestaba y casi le ofendía—. ¡Por supuesto que no! Es un asunto que únicamente nos atañe al conde Kamarowski y a mí. Ya se lo he dicho, es un asunto privado.
—Esas personas con las que se reunió en Moscú, sus amigos de la universidad, ¿pertenecían a algún partido político? ¿Tienen relación con los círculos revolucionarios? ¿Quizá algún comité nihilista?
—No, en absoluto. Son simples amigos, gente de bien. Tienen sus ideas políticas como las tenemos todos.
—¿Usted también?
—Por supuesto. Pero ¿qué tiene que ver mi ideología con todo esto? —preguntó confuso.
Al escuchar en su voz el término «ideología», Nikolái se visualizó en su casa de Orel leyendo Éléments D’Idéologie, del marqués de Tracy, el primero en utilizarlo en 1798, en plena Revolución francesa, refiriéndose a él como la ciencia de las ideas, entendiendo las ideas como resultado de una serie de impresiones sensoriales y convirtiendo «pensar» en sinónimo de «sentir sensaciones». Siempre le sobrecogió su enfrentamiento con Napoleón, que le calificó peyorativamente como «ideólogo», y acabó preso en la Bastilla. ¿Acabaría él igual que Antoine Destutt de Tracy, encerrado por la mala interpretación de una idea, por un juicio erróneo, por una opinión equivocada, sólo porque alguien no sabía entender su procedencia y lo que le había llevado a actuar y pensar de esa manera?
No entendía por qué su mente se dispersaba tanto y parecía quedarse colgada en recuerdos, en pensamientos que se empeñaban en sacarle de aquella realidad de la que deseaba huir.
—Señor Naumov, esas creencias políticas ¿le llevaron a participar en las revueltas que se produjeron en su país hace dos años, en 1905?
—No vaya por ahí, comisario. Sé a dónde quiere llegar y yerra el tiro —dijo sin pensar en el doble sentido de su afirmación y lo poco oportuna que resultaba en sus labios—. Mis diferencias con el conde Kamarowski no eran por discrepancias políticas. Nada más lejos de la realidad.
—¿Y qué realidad es ésa? ¿Cuáles son las motivaciones que le llevaron a disparar contra el conde?
—Prefiero no hablar de eso. Ya le he dicho que me ofendió, que faltó a mi honor de una manera vil.
—Debió de ser algo muy grave para dispararle cinco veces.
—¿Cinco? —interpeló como si fuera la primera noticia que tuviera al respecto.
—¿No lo recuerda? ¿Tampoco se acuerda de que utilizó un revólver Nagant?
El rostro del detenido volvió a ensombrecerse. Su memoria, ahora sí, rescató la imagen del arma bajo la cómoda, el pañuelo gris manchado de sangre, el sabor metálico de sus dedos antes de sumergirlos en las aguas del Gran Canal, el brillo de la llave hundiéndose en las oscuras profundidades de la laguna…
—No recuerdo cuántas veces le disparé. Ni qué hora era cuando llegué a su casa ni si nos dijimos algo ni cómo llegué a la estación de tren… No logro recordarlo. ¡Por mucho que me pregunte, no consigo acordarme! —pronunció la última frase elevando el tono de voz mientras sus manos volvían a perderse entre sus cabellos, alborotando sus mechones.
Se avecinaba otra de sus crisis nerviosas, empapada en lágrimas, gimoteos y palabras indescifrables. El comisario miró el reloj. Habían transcurrido casi tres horas desde su detención.
—Terminemos con esto, señor Naumov. Dígame por qué intentó matar al conde Kamarowski y nos podremos ir todos.
—Ya se lo he dicho. Fue una cuestión de honor. Profirió comentarios poco nobles sobre mi persona, me faltó al respeto, me insultó. Prefiero no entrar en más explicaciones. Son asuntos demasiado íntimos. No insista, se lo ruego. No desvelaré la naturaleza de esa intimidad.
—Esto no parará hasta que confiese por qué disparó contra el conde. Si no me lo dice a mí, tendrá que decírselo al juez. Terminará confesándolo o, algo peor, alguien lo hará en su lugar, y eso, créame, no le beneficiará.
—Nunca se lo contaré a nadie. Jamás saldrá nada de mi boca —declaró mientras se retorcía las manos una vez más. Estaba cansado, aunque no lo admitiera; gritaban los gestos lo que la boca callaba.
Carusi pareció darse por vencido. Le había contestado de la misma manera todas las veces que le había preguntado al respecto de los motivos del crimen. Contestaciones idénticas, sin aportar detalles nuevos. No mentía, pero tampoco decía toda la verdad y eso le hacía parecer culpable.
—Está bien. —El comisario se incorporó, dando por concluido el interrogatorio y cerrando la carpeta que contenía las notas y la información sobre el caso—. No creo que saquemos nada más de aquí. Ha confesado ser el autor de los disparos y ha reconocido que tenía un motivo para hacerlo, aunque se resista a detallarlo.
Naumov escuchó en silencio sin mantener el contacto visual. Pocas veces lo había sostenido durante el interrogatorio, siempre había huido de él, como los animales del fuego.
—Ha hecho usted lo correcto —le reveló Carusi—. La verdad siempre libera.
—No creo que libere, al menos no tanto como me gustaría —masculló con voz agotada. Había estado hablando durante horas y, a esas alturas, no tenía claro lo que había dicho. Necesitaba descansar, dormir, salir de aquel lugar, cerrar los ojos—. ¿Qué va a pasar ahora conmigo?
—Será trasladado en un vehículo a la prisión Scalzi, aquí en Verona. Allí permanecerá hasta su traslado a Venecia para ser puesto a disposición judicial. Serán sólo unas horas o quizá unos días.
Al escuchar la palabra «prisión», Naumov se estremeció como si recibiera un latigazo. Aunque era una sensación familiar, no lograba acostumbrase a esas sacudidas eléctricas, como si un rayo lo atravesara. No podría resistir la estancia en una celda. Por mucho que insistiera el comisario, la verdad no libera de la realidad, y él ya comenzaba a sentirse preso de ella. En realidad, llevaba tiempo siendo presa de su albedrío.
—Le he oído mencionar a Dios y supongo que en una situación así no se suele pronunciar su nombre en vano. También veo cómo se aferra a esa cruz que lleva colgada del cuello, por lo que deduzco que es usted un hombre de fe —advirtió Carusi—. La prisión a la que va era un antiguo convento de las carmelitas descalzas. Recuerde eso cuando entre en ella. Puede que lo reconforte.
—No intenté matar al conde Kamarowski por motivos políticos —dijo mientras se dejaba conducir mansamente por dos policías que lo sujetaban de los brazos, uno a cada lado—. Mi rencor hacia él no proviene de algo tan banal. Se lo prometo.
—Eso ya me lo ha dicho muchas veces.
La última frase le pareció infantil. ¿Qué criminal promete no haber cometido un delito? En todo caso, lo jura, y, casi siempre, en hebreo. Había algo en él que desconcertaba al comisario. Le costaba creer que aquel hombre débil y entregado al llanto como una plañidera hubiese reunido la sangre fría para intentar matar a alguien, que además era amigo de la familia. Pero las personas siempre esconden dentro de sí una parte que no quieren mostrar, un rincón maldito al que no quieren que nadie acceda, y, cuando en un descuido queda al descubierto, todas las máscaras se desploman con la furia de un ángel caído.
A punto de abandonar la estafeta policial en la que había permanecido desde su detención, cerca del mediodía, Nikolái Naumov se detuvo. Tenía algo más que decirle al comisario. Ladeó la cabeza y captó su mirada.
—Y tampoco terciaron rivalidades amorosas —añadió desde el umbral de la puerta.
La última frase dejó a Carusi en silencio, pensativo. El cariz inocente de ese último comentario actuó a modo de haz de luz en su mente para abrirle los ojos y permitirle ver con claridad. Ese resplandor excitó su retina, grabando algo sobre ella: Excusatio non petita, accusatio manifesta. Era una de las reglas de oro de todo interrogatorio policial. Y hacía mucho que no escuchaba una tan evidente.
Observó en silencio al detenido mientras le conducían al vehículo que le trasladaría a prisión. Durante unos segundos, se quedó absorto en sus elucubraciones. Seguía sin encontrar la pieza que faltaba en el puzle, pero estaba más cerca.
—Envíe un telegrama a la policía de Venecia —ordenó a uno de sus hombres; le dictó su contenido—: «El detenido Nikolái Naumov ha confesado ser el autor del crimen contra el conde Kamarowski. Ha sido enviado a la prisión Scalzi hasta su traslado a Venecia».
Carusi se dirigió a su despacho y cerró la puerta tras de sí. Se sentó en su butaca y abrió uno de los cajones que siempre mantenía cerrados con llave. De allí extrajo una botella de vidrio lacado y se sirvió un vaso de whisky, el «agua de vida», como rezaba su etiqueta. Era uno de los mejores destilados de Escocia, que había adquirido durante el viaje que realizó junto con su mujer con motivo de sus bodas de plata. Ese licor ambarino, además de aliviar los síntomas de su incipiente artritis reumatoide, era el premio después de un día complicado. Lo saboreó como se paladea la exquisitez, sutilmente, valiéndose del olfato para su evaluación, identificando lo elemental, percibiendo lo que no se ve a simple vista, dejándolo reposar, pero sin perder detalle de la evidencia, sólo así se conseguía un destilado más sabroso. La técnica de la cata apenas se diferenciaba de la de un interrogatorio. Carusi se encontraba en plena longitud de boca, analizando las sensaciones que habían quedado en ella para poder definir la clase y la calidad de lo analizado. Y lo mágico llegaba cuando las primeras impresiones no se correspondían necesariamente con las sensaciones finales. El eco de las últimas palabras de Nikolái Naumov persistía en sus oídos como el buen whisky añejado en barricas de roble.
Aquella sensación merecía algo más que un whisky escocés y un escueto telegrama. Dirigió la mirada al teléfono, en la pared. Ese invento del diablo estaba para las grandes ocasiones, y ésta era una de ellas. Se incorporó, no sin antes vaciar el contenido del vaso de un trago. Se aproximó al aparato y observó la pequeña placa de hierro atornillada en el relieve decorativo de la parte alta de la caja de madera, la cathedral top, que acreditaba el modelo 101 de Stromberg Carlson. Le habían prometido un teléfono candelabro que situaría en su escritorio y le permitiría caminar por el despacho mientras hablaba. Levantó el auricular procurando que el cable que lo unía a la caja no se le enredara en la muñeca, dio varias vueltas a la manivela situada en el lateral derecho y se acercó a la boquilla transmisora que contenía el micrófono para indicarle el número a la operadora. Apoyó un codo sobre el marco diseñado en relieve que sobresalía de la parte frontal.
Las cosas importantes merecen ser contadas de viva voz.
Hacía siete meses que el subcomisario Fanelli no pisaba el hotel Danieli. La última vez fue la mañana del pasado 6 de febrero. La ciudad estaba inmersa en el espíritu del carnaval cuando recibió el aviso del suicidio de una aristócrata rusa de veintiún años, Sofia Kailenskaya, a quien habían encontrado muerta en una de las habitaciones. Se había quitado la vida ingiriendo el contenido de dos pequeñas botellas de láudano, llevada por un desengaño amoroso. Un turbio asunto relacionado con una pareja de compatriotas rusos sucedido en París y que terminó de la peor manera posible. Un joven cubano, una traición amorosa, una mentira despiadada y un corazón roto, ése había sido el devenir de los últimos días de Sofia, a la que la ciudad de Venecia apodó Sonia, la bella durmiente. A Fanelli aún se le encogía el estómago al recordar la imagen de la muchacha en camisón, tendida sobre la cama, con la cabeza ligeramente ladeada sobre la almohada, mirando hacia la puerta de entrada como si esperase su llegada, con los brazos extendidos y pegados al cuerpo. Se había colocado una rosa roja a la altura del corazón, en un macabro guiño a la deslealtad de su amado. Su expresión era serena, parecía dormida, abandonada a un sueño plácido, si no fuera por la lividez de su rostro y la frialdad de su cuerpo. Estaba tan hermosa que su madre encargó un monumento funerario en el cementerio de la isla de San Michele para inmortalizar a Sofía tal y como la habían hallado en la habitación: tumbada en la cama, con un camisón blanco bajo el que se adivinaban sus formas angelicales y una rosa apoyada en el pecho. Cada vez que recordaba el funeral de la joven Sofia, celebrado en la iglesia del Santo Apóstol, Fanelli sentía un escalofrío gélido, como el manto de nieve que cubrió la ciudad el día del sepelio. Fue allí donde conoció al cónsul ruso, De Soundy —con quien había coincidido esa misma mañana en el hospital, cuando acudió para hablar con el conde Kamarowski—, que no se separaba de la madre de la fallecida. Si el subcomisario no hubiese perdido a una hija de la misma edad que Sofia, quizá no le habría impactado tanto. Desde entonces, no había tenido fuerzas para volver al hotel Danieli. Pero ese día, empujado por el testimonio del gondoliere, la necesidad le echó un pulso que, de entrada, Fanelli parecía tener perdido. Los recuerdos siempre juegan con ventaja porque no tienen nada que perder.
Al atravesar el vestíbulo, sintió cómo se le erizaba la piel, así como el remolino de pelo que le nacía a la altura de la nuca. Por suerte para él, el rígido cuello que su mujer le ajustaba cada mañana sobre la camisa, cerrándolo delicadamente con un botón dorado en la parte frontal, ocultaba su reacción al resto; si se descubriera que el subcomisario tenía sentimientos, se vendría abajo la imagen de hombre frío y distante que se empeñaba en cultivar.
Desde que había dejado de fumar, solía masticar una raíz de regaliz; aquel sabor dulce y a la vez fuerte le despejaba y le ayudaba a lidiar con su úlcera de estómago. Con un paloduz entre los dientes y seguido por su inseparable Lucca, se encaminó hacia la recepción, intentando que su mirada no se deslizara por la escalinata que se alzaba tras el mostrador, cuyos escalones subió de dos en dos aquella lejana mañana del 6 de febrero. El sonido de sus pisadas sobre las baldosas de mármol le ayudó a vaciar de fantasmas la cabeza, algo complicado en aquel lugar. Mientras atravesaban el lobby, se centró en la imagen real que contenía el sobre que le había entregado uno de sus hombres antes de abandonar la comisaría. La fotografía de Nikolái Naumov, enviada desde Orel gracias a la colaboración del cónsul De Soundy, había llegado a tiempo para llevársela al hotel, lo que facilitaría a los posibles testigos la identificación del sospechoso.
—Buenos días —saludó cortésmente al empleado que se afanaba en sonreír a todo el que entraba por la puerta del establecimiento.
Al enseñar la identificación policial, el gesto del recepcionista se congeló, aunque no se le desdibujó la mueca. Fanelli sabía qué impresión provocaba aquella cédula en algunas personas, así que intentaba mostrarla con rapidez y una expresión seria pero no severa.
—Necesito información sobre uno de sus huéspedes. Creemos que abandonó el hotel esta misma mañana, pero estamos seguros de que dejó su equipaje en la habitación. ¿Podríamos hablar con algún responsable?
—Puedo llamar al director, si lo desea —respondió el joven uniformado intentando mantener una apariencia profesional.
—Lo deseo, ardientemente —respondió. Sabía que el adverbio no era el más adecuado, pero aún menos lo era el verbo que había usado el recepcionista: los clientes son los que desean, los policías exigen—. Y, mientras tanto, si es tan amable, ¿le importaría buscar el nombre de Nikolái Naumov en el registro de huéspedes?
Después de apretar una disimulada manija situada bajo el mostrador que comunicaba directamente con el despacho del director, el empleado atendió diligente la petición del policía. Recorrió con el índice las hojas con las anotaciones de los datos de los clientes. Lo hizo dos veces, y ambas con idéntico resultado.
—Ese nombre no nos figura en el registro.
—¿Me permite? —preguntó Fanelli refiriéndose al libro. Era una pregunta retórica, de esas que no requieren respuesta y que no todos entienden a la primera.
—Me temo que eso no es posible, señor —replicó el joven, con una expresión infantil en la cara.
—Y yo me temo que usted no ha visto mi identificación. No soy señor, soy subcomisario, y le digo que me deje ver el libro del registro o le cierro el hotel, no sin antes llenárselo de policías y de periodistas.
—¿Puedo ayudarlos, caballeros? —Un hombre elegante y vestido con un impecable traje de tres piezas acababa de salir del despacho de dirección, alertado por la llamada.
—Eso espero. Somos policías. —Fanelli volvió a enseñar su identificación, sin entender por qué había incluido a Lucca en las presentaciones. Quizá necesitaba dar una imagen de autoridad e intimidación, y, para eso, cuanta más presencia policial, mejor—. Buscamos a uno de sus huéspedes, ha intentado matar a un hombre esta misma mañana. Por eso necesitamos ver el registro —elevó el tono de voz para apremiar al gerente.
—Por supuesto. Está a su disposición. —Con gesto cordial, el director colocó el libro sobre el mostrador para acercárselo al subcomisario, desplazando al recepcionista de su puesto.
—Muy amable —dijo sin mirarle mientras revisaba uno a uno los nombres inscritos en el registro. La raíz de regaliz actuaba de puntero recorriendo de arriba abajo las hojas. El empleado tenía razón: ni rastro de Nikolái Naumov en el listado.
—Quizá esté registrado con otro nombre… —advirtió el director. Su propuesta hizo que el subcomisario le atravesara con la mirada por encima de los cristales de sus gafas—. Algunas veces sucede, no es lo deseable, pero… Ya sabe, estamos en la ciudad del amor.
—Creí que ésa era París —apuntó Lucca.
—Pues no, caballero. Es Venecia. Al menos para nosotros. —El director hablaba a trompicones, como los telegramas que recibía para sus clientes a través del telégrafo.
—Dígame, ¿lleva usted aquí toda la mañana? —preguntó Fanelli al recepcionista mientras extraía una fotografía del sobre de color sepia.
—Mi turno comienza a las siete, comisario.
—Entonces usted me sirve —replicó el subcomisario sin entender por qué la gente se empeñaba en ascenderle de rango. Colocó la fotografía de Nikolái Naumov sobre el mostrador, delante del empleado—. ¿Ha visto a este hombre? Fíjese bien. ¿Lo reconoce como uno de sus clientes?
El recepcionista escudriñó la imagen durante unos segundos con el ceño fruncido, como si en vez de un retrato estuviera contemplando los mosaicos del atrio de la basílica de San Marcos, reconstruidos por Veronese, Tiziano y Tintoretto. Fanelli los observaba a él, al director, a Lucca y nuevamente al recepcionista. El hecho de que no hubiese respondido al instante significaba que al menos había algo en la fotografía que le resultaba familiar. Sólo por eso, el subcomisario se armó de paciencia.
—Sin prisa. Tómese su tiempo… —le instó, sin molestarse en confirmar que había captado su ironía.
—Hay algo distinto en él, pero yo creo que puede ser… —comentó el recepcionista mientras colocaba un dedo sobre el labio superior del hombre de la fotografía—. Tenía el pelo distinto, peinado hacia atrás, pero no tenía bigote. Aparte de ese detalle, yo diría que es él. Sí, sin duda. Es él.
—¿Y tiene nombre ese señor sin bigote?
—Ya lo creo. Uno inolvidable: es el señor Prodorowski —afirmó el empleado.
Fanelli vio cómo el director torcía el gesto.
—¿Algún problema con él?
—Uno. ¡Y gordo! —exclamó el recepcionista olvidando que estaba en presencia de la policía y ganándose la mirada desaprobatoria de su jefe, que no tardó en ofrecer una explicación.
—Tuvimos un problema con el señor Prodorowski el mismo día de su llegada —explicó con una voz demasiado redicha, incluso pedante, retomando así el mando del relato—. Para ser exactos, lo tuvo él con otros dos huéspedes, también rusos. Un desagradable incidente que el hotel solventó de inmediato.
El director del hotel dejó de hablar, como si diera por sentado que su explicación había sido lo bastante convincente y que los dos policías se marcharían. Lejos de hacerlo, los dos hombres, que a diferencia del resto no se habían quitado el sombrero al acceder al hotel, ni siquiera cuando se cruzaron con una dama, permanecían impertérritos, acuciándolo con la mirada.
—¿Y me lo va a contar o tengo que llevarle a comisaría? —preguntó el subcomisario. No era un hombre impaciente, pero aquel lugar ejercía sobre él una sensación de impotencia y desamparo que no le resultaba sencillo gestionar.
—Por supuesto, nosotros sólo queremos ayudar. ¿No quieren pasar a mi despacho para estar más cómodos? —propuso el director temiendo que la presencia de los dos policías perturbara a los clientes, que ya habían dejado caer alguna ojeada inquieta sobre la recepción.
—Aquí estamos bien, pero si usted lo prefiere… —Fanelli prácticamente había triturado la raíz de regaliz que solía durarle todo el día. Necesitaba controlarse y también comportarse. La próxima petición sería registrar la habitación del huésped Nikolái Naumov. Mejor mostrarse condescendiente.
El despacho del director seguía la línea de todo el hotel: señorial, bizantino, con mobiliario brillante y recargado. Sólo unos lirios azules en un jarrón de cristal de Murano daban un toque de frescor a la estancia. Después de ofrecerles asiento, el hombre continuó hablando:
—A las pocas horas de inscribirse el señor Prodorowski, hubo un incidente en su habitación. Aprovechando su ausencia, dos hombres que también se alojaban en el hotel habían entrado en su habitación y la habían revuelto, buscando algo entre sus pertenencias. Pero el señor Prodorowski regresó de improviso; creo recordar que comentó que había olvidado algo. Cuando subió, encontró la puerta de su estancia abierta y sorprendió a los intrusos dentro. Por supuesto, presentó una queja en el hotel y fuimos nosotros quienes decidimos expulsar a esos huéspedes por su actitud inaceptable.
—¿Dos hombres, ha dicho?
—Eso es. Dos hombres, siempre se les veía juntos. En realidad, tres, aunque no nos consta que el tercero entrase en la habitación. Todos de nacionalidad rusa.
—¿Tiene el registro de esos individuos? ¿Recuerda sus nombres?
—Por supuesto —respondió servilmente antes de salir del despacho para traer él mismo el libro de registro. Cuando regresó, lo hizo acompañado de otro empleado—. Aquí tienen. Él es Fabrizzio. Fue él quien recibió la denuncia del señor Prodorowski. Quizá pueda decirles algo que les sirva para su investigación.
Tanto el recién llegado como los policías asintieron a modo de saludo, y Fanelli volvió a centrarse en las anotaciones del registro, esta vez, en las que marcaba el director del hotel. Leyó los nombres en voz alta mientras Lucca los trascribía en su libreta:
—Señor Jean Roussie, señor Pierre Declaire y señor De Bouchy. Los nombres no parecen muy rusos.
—Soy bueno con los acentos —se explicó el director—. La colonia rusa asentada en la ciudad es cada vez mayor y el rusoparlante tiene un deje muy característico cuando habla italiano.
—Su acento los delataba —coincidió Fabrizzio antes de añadir—: Uno de ellos, el señor Declaire, me preguntó antes de registrarse si se alojaba en el hotel el señor Prodorowski, le respondí que sí y entonces se inscribió. Y también lo hizo su compañero, el señor Jean Roussie, y después el señor De Bouchy.
—¿Quiere decir que conocían el nombre de Prodorowski? ¿No preguntaron por el señor Naumov?
—Preguntaron directamente por el señor Prodorowski —respondió Fabrizzio.
Fanelli guardó silencio unos segundos mientras se acariciaba la perilla en un gesto inconsciente. El hecho de que los tres extranjeros conocieran el nombre falso con el que Naumov se había registrado introducía nuevas variables en una ecuación que en un principio parecía sencilla.
—¿Y qué hay del tercer hombre? De Bouchy… ¿Habló con él?
—Yo no. Ése era mucho más reservado. Actuaba como si fuera el jefe de todos ellos. Siempre se mantenía a distancia, hablaba poco, llevaba un sombrero que rara vez se quitaba y no se relacionaba con muchas personas; al contrario, parecía que huía de ellas, como si no quisiera ser visto o se escondiera de alguien. Por supuesto, es una impresión, en ningún momento es un juicio de valor —dijo Fabrizzio, fiel a la discreción que se presupone a los trabajadores de un hotel—. Muchos de nuestros clientes actúan así, vienen aquí para descansar, desconectar y estar tranquilos. Pero ese hombre parecía estar esperando algo.
—Cuando invitamos a los tres caballeros a abandonar el hotel —apuntó el director—, el señor De Bouchy fue el único que aceptó nuestra propuesta de traslado a otro alojamiento: el hotel Grand Canal Monaco. Los otros dos simplemente se marcharon y ni siquiera se molestaron en justificar lo que habían hecho.
Desde hacía unos segundos, los policías apuntaban en sus libretas cada nuevo detalle que salía de la boca de los empleados del hotel. Las miradas de Fanelli y Lucca se buscaron en silencio. El caso parecía estar adquiriendo un matiz muy diferente al que tenía cuando accedieron al hotel Danieli.
—Todos entraron en el día de ayer, 3 de septiembre —pensó en voz alta el subcomisario mientras sus ojos regresaban a las hojas del libro de huéspedes.
El primero en registrarse había sido el señor Prodorowski, alias de Nikolái Naumov, seguido de los otros tres extranjeros que, teniendo en cuenta las circunstancias, también parecían usar nombres falsos.
—¿Por qué no denunciaron el incidente en comisaría? —interpeló Lucca, cuya aportación pareció tener el visto bueno de su superior.
—Se lo propusimos al señor Prodorowski. De hecho, insistimos reiteradamente en ello. Pero rehusó hacerlo, asegurando que no quería tener más problemas. Dijo que estaba de vacaciones y que no quería perder el tiempo con la policía. Eso dijo, textualmente. Se le notaba nervioso, pero era algo comprensible después de un episodio semejante.
—¿Podemos ver su habitación?
—Por supuesto. Yo mismo los acompaño —se ofreció diligente el director.
Los cuatro hombres salieron del despacho para dirigirse al mostrador, donde el gerente solicitó al recepcionista que le entregara el llavero dorado con borlas rojas de la habitación número 80. Cuando el joven fue a alargar la mano hasta el casillero de madera situado a su espalda, su gestó se congeló. Había recordado algo.
—Quizá sea un detalle sin importancia…
—Ningún detalle carece de importancia en una investigación. Cuénteme —dijo Fanelli observándole con interés.
—Cuando el señor Prodorowski abandonó el hotel esta mañana, recuerdo haberle preguntado si podíamos ayudarle con el equipaje. Se lo planteé hasta en dos ocasiones porque parecía abstraído mirándose en el espejo. —Señaló la luna de estilo bizantino con un recargado marco dorado que presidía la recepción. El empleado hablaba despacio, como recreando lo que había sucedido hacía unas horas en aquel mismo mostrador, como si no quisiera olvidarse de nada—. Me contestó que no, que pasaría más tarde a recogerlo porque antes tenía que hacer algo importante. Volví a insistir si podía hacer algo más por él y me dijo que sí. Me entregó una carta para que la enviara. Insistió en que debía salir esta mañana con carácter de urgencia. Y así lo hice. Yo iba a depositarla en el compartimento de su habitación, como solemos hacer siempre con la correspondencia de los huéspedes, pero, al decirme que le corría prisa, la dejé en la bandeja de correo urgente. Luego envié a uno de los mozos a la oficina postal para franquear la carta sin esperar a mediodía, que es cuando solemos hacer el reparto y el envío; me he acordado ahora al ir a coger la llave del casillero.
—¿Y sabe usted a quién iba dirigida la carta? —preguntó el subcomisario como si presintiera que el sol podría estar abriéndose camino entre las nubes por encima de la cabeza, y esta vez no sería el reflejo etéreo de la luz atravesando las vidrieras azulencas y ocres del atrio—. ¿Se fijó en la dirección? ¿Pudo ver a qué ciudad o país iba dirigida? ¿Recuerda algo en la caligrafía o en el sobre que le llamara la atención? Cualquier cosa: una mancha, un dibujo, un símbolo, una letra, una esquina doblada, un color, un olor…
La cascada de preguntas hizo que el recepcionista se atorara; estaba convencido de que había hecho una descripción tan detallada que la policía no podría más que felicitarle y no esperaba un interrogatorio a modo de ametralladora.
—Lo siento, no recuerdo que viera nada especial. La verdad, tampoco me fijé. —No mentía. Desde el primer día, al personal de los hoteles se les instruye para mostrarse discretos, mirar hacia otro lado e impedir hacer o decir cualquier cosa que pueda incomodar al cliente—. Tan sólo cogí la carta, la deposité en la bandeja de correo urgente y toqué el timbre para llamar a un mozo que llevara el sobre a la oficina postal.
—¿Qué mozo? —preguntó Fanelli, que empezaba a percibir la sonrisa maliciosa del atrio, evidenciando que las señales de la providencia no están hechas para un ateo—. ¿Sigue aquí? ¿Le pueden llamar? Me gustaría hablar con él.
—Es el nuevo botones. El pequeño Gino, el sobrino de la gobernanta —detalló el recepcionista volviéndose hacia el director, como si le debiera más explicaciones a él que a la policía—. Ha salido a hacer un recado para un huésped, pero no tardará en regresar. De hecho, ya debería estar aquí. —Miró el reloj de péndulo ubicado estratégicamente en un rincón del vestíbulo.
—En cuanto regrese le haré llamar —anunció el director—. Seguramente para cuando hayan terminado de inspeccionar la habitación número 80, nuestro bellboy ya estará de vuelta.
Ascender nuevamente por la escalinata marmórea alfombrada en rojo abocó a Fanelli a un perverso déjà vu. Sintió cómo empezaba a sangrar la úlcera de su estómago que, en los últimos años, se había convertido en un eficaz mecanismo de alerta. Intentó ocultarlo, sobre todo al pasar por delante de la habitación donde descubrieron a la joven Sofia Kailenskaya. Su mirada se ancoraba en el horizonte, la peor perspectiva para un investigador, pero a veces había que obviar alguna dársena para evitar que el navío zozobrara. Mientras seguía los pasos del director por el pasillo de las habitaciones, se preguntó por qué su trabajo se había convertido en una suerte de convención rusa; casi todos miembros de la aristocracia, personas bien posicionadas, con dinero y con un relativo poder, todos empeñados en abandonar la Rusia imperial, donde el absolutismo por la gracia de Dios ostentado por los zares estaba siendo amenazado, y dispuestos a revolucionar Venecia como si fueran las minas del Donetsk, la imprenta Sytin de Moscú o la fábrica industrial Putílov de San Petersburgo, con el mismísimo sacerdote Gueorgui Gapón guiando a los huelguistas hacia el Palacio de Invierno, camino del Domingo Sangriento que encendería la llama de la Revolución rusa de 1905. Cuando su imaginación comenzaba a vislumbrar barricadas sobre el Gran Canal, el subcomisario se vio ante la puerta de la habitación número 80.
El director introdujo la llave en la cerradura y franqueó el paso a los policías, optando por esperar fuera, después de recordarles que estaba a su disposición. Los dos contemplaron la habitación, cada uno encargándose de registros diferentes, sin necesidad de que mediara indicación alguna. El subcomisario se centró en inspeccionar el escritorio, la cama y las dos mesillas que la flanqueaban mientras Lucca hacía lo propio con el armario y el cuarto de baño. En este último sólo encontró restos de productos de aseo y una considerable cantidad de pelos en el lavabo. «Se afeitó el bigote antes de ir a atentar contra Kamarowski», pensó. Observó que no había usado las toallas, excepto la del lavatorio. «No quiso que una ducha le despejara, quería estar algo ebrio», supuso Lucca. Al entrar había visto una botella de vodka, aparte de la botella de vino dulce Justino Henriques que había retirado Fanelli del escritorio. Estaba familiarizado con esa marca porque era una de las favoritas de los ciudadanos rusos y solían obsequiarla a amigos y conocidos. En el armario descubrió un bolso de viaje en cuyo interior había una camisa blanca, un pantalón negro, un sombrero marrón oscuro y una chaqueta azulada que envolvía una muda interior limpia, además de un pequeño frasco de cristal, sin etiqueta alguna que identificara su contenido. Lo abrió cuidadosamente y se lo acercó a la nariz. No percibió ningún olor. A punto estaba de llevárselo a la boca para probarlo con la lengua cuando la voz del subcomisario le detuvo.
—No es que me importe, pero yo no lo haría. —Lo dijo sin inmutarse, como si en verdad no le concerniera, pero sin poder disimular un tenue tono paternal—. Si algo he aprendido de los rusos es su manifiesta tendencia a embotellar venenos. Un ligero olor a almendras amargas, cianuro. Un etéreo hedor a zanahoria, cicuta. Un fuerte tufo a opio, láudano. —«Láudano»; esa palabra siempre le devolvía la imagen yacente de Sofia Kailenskaya muerta sobre la cama. Siguió hablando para no dar opción a su cabeza de recrear aquel escenario, tan lejano en el tiempo como perenne en su recuerdo—. Si no ha detectado olor alguno, seguramente será arsénico, pero yo no lo comprobaría.
—«El opio agranda lo que no tiene límites, alarga lo ilimitado, hace más profundo el momento, aumenta el deleite, y de placeres negros y lúgubres colma el alma más allá de su capacidad. Todo esto no vale el veneno que emana de tus ojos, de tus ojos verdes, lagos donde mi alma se estremece y se ve al revés… Mis sueños vienen en tropel para saciar su sed en esos abismos amargos». —Las palabras salieron dictadas de la boca de Lucca y le valieron la mirada recriminatoria de su superior, lo que obligó al joven a apresurar una justificación—. No lo digo yo, lo pone aquí. —Levantaba un libro que había encontrado en el bolso de viaje, escondido entre la ropa.
Era un ejemplar de Las flores del mal de Charles Baudelaire, encuadernado en piel y con las letras del título impresas en un color dorado que el tiempo y el uso habían derivado hacia un tono amarillento más acorde con el carácter cetrino de su contenido. Lucca lo tenía abierto por el poema «Veneno». Sonrió al recordar el informe enviado desde Orel sobre Nikolái Naumov, donde se reseñaba su condición de traductor.
—Nuestro hombre no descansa del trabajo ni cuando viaja. Imagino que cuando uno traduce a un poeta maldito, seguramente intenta emularle en otros muchos aspectos, sobre todo si aspira a convertirse en uno. Lo que le comentaba en comisaría: la herencia que pasa de generación en generación. Baudelaire consumía láudano, opio, hachís. Acudía al hotel Pimodan, en el IV Distrito de París, para participar en las reuniones del Club des Hachischins. Experimentaban con todo, desde hachís por vía oral hasta el consumo de una especie de mermelada, dawamesk, elaborada con pistachos, canela, azúcar y, por supuesto, hachís. Ya sé que no le interesa en absoluto mi pasión por los libros, pero debería saber que Thomas de Quincey empezó a consumir opio para aliviar los dolores de estómago. Por si quiere tomar nota, ya sabe, por su úlcera… —insinuó buscando la complicidad de su superior.
No la obtuvo porque Fanelli estaba demasiado ocupado en otro tipo de lectura.
—Si quiere leer algo realmente interesante, acérquese y mire esto.
El subcomisario sostenía tres hojas con varias tiras de papel pegadas en cada una de ellas. Las había encontrado en un cajón del escritorio. Eran tres telegramas que el huésped de la habitación 80 había recibido a través del telégrafo del tren durante su viaje desde Orel hasta Venecia. Había recibido los tres en sendas paradas: Varsovia, Viena y Verona.
En ese preciso instante, el tañido de las campanas de una iglesia próxima se coló en la habitación a través de la ventana. Fanelli ignoraba si procedía de la basílica de San Marcos o de la iglesia de San Zacarías, pero tampoco le importó. «Las señales que vienen de Dios se escuchan, sin preguntar de dónde proceden», solía decirle su mujer. Desde la muerte de su hija, ella había afianzado su devoción cristiana, mientras que la de él prácticamente había desaparecido.
—«Dios te bendiga y te proteja» —leyó el primer telegrama en voz alta, casi deletreando, y lo arrojó sobre la mesa, como si estuviera en una partida de naipes. Repitió el ademán con los dos siguientes—: «Te amo sólo a ti». «Mi corazón está contigo».
Los tres quedaron alineados en el tablero, como un flop sobre el tapete verde: las tres cartas que quedan a la vista en la partida de póquer. Fanelli había sido jugador, prácticamente un tahúr, lo que a punto estuvo de arruinar su vida. Sabía lo que significa esa fase del juego, ese instante en el que aparece ante el jugador una información crucial para la partida, aunque no la definitiva, tan sólo un preludio de lo que está por venir. Si estuviera sentado ante el crupier, además de romper la promesa que le hizo a su esposa, su mente ya estaría dando vuelta a las miles de posibilidades que encerraba la baraja. Sólo esperaba que su investigación criminal no abarcara tantas. Lo único seguro era que con esas tres cartas en forma de cablegramas comenzaba el juego.
—Ninguno de los telegramas está firmado. —Fue Lucca quien tomó la palabra. Pensó que sería mejor una obviedad de colegial que prolongar los largos silencios a los que el subcomisario era aficionado—. Y ninguno va dirigido a Nikolái Naumov o a su alter ego, el señor Prodorowski, sino a un tal Édouard Durand.
—O los tres son la misma persona, o son tres personas distintas en un ser único, y estamos ante un nuevo misterio de la Santísima Trinidad —apuntó el subcomisario. Si su mujer le hubiera escuchado semejante blasfemia, habría tenido problemas. Agradeció que la devoción de su ayudante se centrara en los poetas malditos y no hubiera peligro de excomunión—. Esto empieza a llenarse de gente.
Fanelli masticaba con rabia las hebras de la raíz de regaliz, tanto para aliviar la acidez de estómago como para calmar la efervescencia nerviosa que destilaba su úlcera cada vez que empezaba a proyectarse algo de luz sobre el caso. Se arrepintió de no haber pelado mejor el palo; estaba a punto de tragarse la masa pastosa en la que se había convertido, aunque sabía que no podía hacerlo. Y no era por educación, sino por pura superstición: con aquella raíz en la boca tenía la impresión de pensar e inspeccionar mejor, como si fuera un talismán o incluso una de esas varas de zahorí en forma de Y con la que los niños jugaban en la playa a encontrar monedas o algún tesoro escondido. A juzgar por lo que atisbó en el fondo de un cesto cuadrangular a modo de papelera, la leyenda del regaliz era cierta.
Alargó la mano para alcanzar el canasto y lo vació sobre el escritorio, donde permanecían los tres telegramas. Una pequeña montaña de trozos de papel, rotos en varios pedacitos, se formó ante sus ojos y, ayudado del lápiz con el que minutos atrás había rellenado las hojas de su libreta, comenzó a escarbar el montículo bajo la atenta mirada de Lucca. Cada pedazo de papel contenía algún trazo de letra, nunca una palabra completa, o garabatos lineales y ganchudos, como si imitaran una firma o un dibujo que, aun reuniendo todos los pedazos en el orden primario, carecían de sentido.
—Parece que alguien se entretuvo haciendo pruebas de escritura, no sabemos si en el afán de embellecer su caligrafía o de disfrazarla.
—Quizá sea el borrador de la carta que Nikolái Naumov dejó en recepción para enviarla con franqueo urgente.
Lucca recogió los trozos de papel para introducirlos en un sobre, tal y como le ordenó su superior.
A punto estuvo el subcomisario de pedirle otro sobre a su ayudante para deshacerse de la masilla de regaliz que empezaba a empastar su saliva, pero lo descartó; conocía las leyes de la naturaleza y, al igual que ella, la intuición seguía siendo sabia: pensaba mejor con la raíz en la boca. Se sentó sobre la cama mientras intentaba poner en orden la carraca de pensamientos que matraqueaba en su cabeza, todos inconexos, atravesados con dobles vertientes, enredados en trampas, entreverados con mentiras y apariencias, como en un maldito baile de máscaras. A Fanelli no le gustaban los carnavales: demasiados velos ocultando identidades. Si la finalidad de un encuentro festivo era pasárselo bien junto con otras personas, conocidas o no, sin subterfugios ni dobleces, ¿quién necesitaba acudir disfrazado? ¿Qué clase de diversión requiere una identidad distinta a la propia bajo la que esconderse para conseguir su objetivo?
Dirigió la vista al revoltijo de sábanas formado sobre la cama y al momento se arrepintió de haber tomado asiento allí. La imagen del cuerpo sin vida de Sofia Kailenskaya surgió nítida ante sus ojos, obligándole a levantarse como si estuviera sentado sobre la boca ardiente de un Etna en erupción. El brusco ademán hizo que Lucca se volviera hacia él. Se disponía a preguntarle si todo iba bien cuando vio la expresión del subcomisario, con la mirada fija entre las sábanas, como si estuviera viendo a un fantasma. Todos en la comisaría sabían el gran impacto que el caso de la joven aristócrata rusa había supuesto para él, aumentado por un desgraciado paralelismo con su vida personal, aunque procuraban no hablar del tema. Los policías suelen hablar de muertos ajenos, nunca de los propios. Cada uno tenía sus lémures, sobre todo después de veinte años en los Carabinieri. Sin embargo, Lucca no acertaba en sus suposiciones, o no del todo. Fanelli removió las sábanas hasta dar con lo que había atisbado con el rabillo del ojo. Era un papel arrugado en una bola. La carta de suicidio de Sofia, aparecida sobre la cama de la joven, se superponía sobre aquella otra que contemplaba en esos instantes. Como si despertara de un episodio catatónico, el subcomisario cogió la bola de papel y la deshizo.
Era un telegrama enviado desde Kiev.
No tengo intención de aceptar su descabellada propuesta. No sé qué ha podido llevarle a albergar en su cabeza semejante insensatez. Espero que el tiempo le ayude a aclarar sus ideas. Le deseo lo mejor, pero será lejos de mí.
No había apostilla amorosa ni beso ni abrazo ni un recurrente adiós o un dramático hasta siempre. Nada. A modo de firma, dos sílabas lánguidas: Mura.
—Se nos acumulan los nombres y nos escasean las personas. Esta ecuación no cuadra —manifestó el subcomisario, entregando el telegrama a su ayudante para que lo leyera y siguiera el mismo destino que el resto de los hallazgos: los tres telegramas encontrados en el cajón del escritorio, los trozos de papel rotos de la papelera y ahora un cuarto telegrama abandonado entre las sábanas.
Tras un último vistazo a la habitación, se unieron al director, que permanecía esperando en el pasillo.
—Supongo que las camareras ya habrán limpiado las habitaciones de los tres huéspedes expulsados y no quedará nada en ellas.
—Me temo que así es —reconoció el gerente—. Ya han sido asignadas a otros clientes.
«¿Por qué los empleados de hotel siempre temen las cosas, en vez de reconocerlas abiertamente?», se preguntó Fanelli para sus adentros.
—Si me permiten preguntarlo, ¿todo esto guarda alguna relación con el incidente de esta mañana en el Palazzo Maurogonato?
—Alguna no: toda. Su huésped intentó asesinar a un conde disparándole cinco veces.
El subcomisario no estaba siendo indiscreto. Sabía que esa información saldría en los periódicos de la tarde. Era cuestión de minutos que el director, la clientela y toda la ciudad de Venecia leyeran los detalles del crimen, aunque la mayoría fuera un compendio de rumores, exageraciones, suposiciones y literatura barata que algunos periodistas denominaban crónica de sucesos.
—¡Dios mío! Qué espantosa publicidad para el hotel. Espero que no trascienda este detalle y que traten el asunto con discreción.
—La policía siempre es discreta —replicó Lucca.
—Otra cosa es lo que haga la prensa —apostilló Fanelli, intentando esconder la sonrisa que evidenciaba lo rápido que iba a transcribirse en los periódicos cada detalle. Incluso cabía esperar una fotografía del interior de la habitación 80 para ilustrar un reportaje. Sabía por experiencia que, una vez metidos en la vorágine de la opinión pública y publicada, cualquier publicidad resultaba buena, incluso la mala y, sobre todas ellas, la peor—. ¿Sabemos algo del mozo que llevó la carta a la oficina postal? ¿Cómo se llamaba? ¿Gino? —preguntó sin necesidad de buscar el nombre en las anotaciones de su agenda; el subcomisario tenía fama de no olvidar un detalle. La negativa del gerente dibujó una mueca de contrariedad en su rostro—. Cuando aparezca, intenten que haga memoria y, si lo consigue, que nos lo comunique. Quizá tengamos que volver a hacerles una visita. Han sido ustedes muy colaborativos. Si en cualquier momento encuentran o recuerdan algo relacionado con estos cuatro huéspedes, aunque les parezca un detalle sin importancia, hágannoslo saber, por favor, podría ser útil para la investigación.
Los dos policías se disponían a cruzar el vestíbulo, bajo la atenta mirada del espectacular atrio y observados por las inmensas vidrieras ojivales que escoltaban el interior, cuando una voz les hizo detenerse y volver sobre sus pasos.
—Disculpen, señores.
Era Fabrizzio. A Fanelli le dio la impresión de que parecía un joven resolutivo y eficaz, y pensó que un día le vería ocupando el despacho de gerente. Lo que tenía que decirle no hizo más que confirmar sus sospechas.
—Al hablar de los extranjeros a los que invitamos a abandonar el hotel, he recordado algo. Pocas horas después de marcharse el señor De Bouchy, llegó un telegrama para él. Nuestra intención era enviárselo esa misma mañana al Grand Canal Monaco. Y lo hicimos. Pero, para nuestra sorpresa, no había nadie registrado con ese nombre, aunque nos constaba que se hospedaba allí.
—¿Aún tiene el telegrama en su poder? —El subcomisario sentía que era su día de suerte, pero no como cuando echaba un órdago, sino como la verdadera providencia, la imprevisible, la que aparece cuando nadie la espera.
—Por supuesto, señor. En este hotel no perdemos nada —respondió Fabrizzio mientras extendía el brazo con el pequeño trozo de papel doblado que todavía nadie había abierto—. Si me disculpa… —pronunció la consabida coletilla antes de regresar a su puesto.
Fanelli miró el telegrama como si tuviera ante sí el Santo Grial. Rasgó los pliegues del sello y leyó en silencio. Sus labios no pronunciaron una sola palabra. El único movimiento era el de sus pupilas, recorriendo el papel de izquierda a derecha, una, dos y hasta tres veces. Invirtió más tiempo del que parecía necesario dada la extensión del telegrama y finalmente arqueó las cejas, como si lo encontrado no fuera lo que esperaba.
Sin decir nada, se lo pasó a su ayudante. El joven, siempre más expresivo, lo miró frunciendo el ceño. No entendía nada.
—Viene desde Kiev. Y lo firma la señora Boucheron.
—Es lo único que se comprende de todo lo que dice.
Lucca volvió a leer el telegrama, esta vez en voz alta por si eso ayudaba a su comprensión.
No entiendo qué pregunta quieres que responda. Berta prefiere un plato frío. Haz lo que quieras. He hecho todo lo que pediste. Ayer por la tarde telegrafié a Verona. Sólo te amo a ti. Ternura infinita.
Ambos lo releyeron varias veces. La expresión en sus rostros no dejaba lugar a dudas: si el texto estuviera escrito en egipcio demótico, no habrían entendido menos.
—Es el segundo telegrama procedente de Kiev con el que nos topamos. Puede que los envíe la misma persona amparándose en dos nombres distintos: Mura y señora Boucheron. Y eso querría decir que conoce tanto a Nikolái Naumov como al hombre que lo vigilaba, De Bouchy —aventuró Lucca—. Quienquiera que sea el remitente, conocería tanto al gato como al ratón.
—O el mundo es muy pequeño, o Rusia se expande por Venecia a más velocidad que los bolcheviques por las fábricas rusas.