NOTA DEL AUTOR
¿Qué es la felicidad? ¿Se puede ser completamente feliz? ¿Qué nos hace infelices? ¿Qué te hace infeliz? ¿Cualquier persona puede ser más feliz? ¿Qué puedo hacer para ser más feliz? ¿Por qué hay personas que lo tienen todo y no son felices? ¿Y por qué otras son felices con menos? ¿Es la felicidad lo mismo que la alegría? Entonces ¿la infelicidad es lo mismo que la tristeza? ¿El dinero da la felicidad? ¿Esta se encuentra en la ausencia de problemas? ¿Puedo ser siempre feliz?
Supongo que te has planteado al menos un par de estas preguntas a lo largo de la vida. Algunos otros, estas y muchas más. Y desde hace milenios.
En mi caso me las planteo desde que tengo uso de razón. De niño no soportaba ver llorar o sufrir a la gente. Me dolía cuando mi madre estaba preocupada o mi padre lo pasaba mal si el trabajo escaseaba. Me preguntaba si eran felices.
En el fondo no tenía muy claro qué significaba «ser feliz», pero imaginaba que estaría relacionado con la alegría, el amor, la bondad y con tener un corazón bien grande.
Un día empecé a preguntar a los adultos si eran felices. La mayoría no me contestaba o me decía «A veces sí y a veces no». Yo volvía a la carga con un infantil pero incómodo «¿Por qué a veces y sí y a veces no?», y ahí solía terminarse la conversación.
Quería saber y, como nadie me respondía, decidí observar y reflexionar.
Mis únicas fuentes de conocimiento durante la infancia fueron las películas, las series, los documentales, las canciones y las conversaciones que podía ver y escuchar.
Con los años, mi confusión fue aumentando. Tenía más información, pero muy desordenada. Empezaba a identificar contradicciones. Había conocido a personas muy contentas y alegres (casi exultantes) en ciertos contextos, pero muy desgraciadas en otros. Yo mismo vivía momentos dulces mezclados con otros absolutamente melancólicos.
Antes de que yo naciese, mis padres compraron una enciclopedia de varios tomos, y busqué ahí qué es la felicidad y cómo puede alcanzarse. Pero nada.
«¿Por qué, si es tan importante, cuesta tanto encontrar información sobre este tema?», me decía.
Cuando alguna persona en apariencia feliz se cruzaba en mi vida, intentaba estudiarla bien. Aprender de ella. No fueron muchas, la verdad. Y, cuando aparecían, pronto detectaba algo que me hacía dudar de dicha felicidad.
Quería dejar de pensar en ello, pero no podía. Seguía sin respuestas. Detestaba que fuese así porque, de alguna forma, quería obtenerlas para ayudar a la gente que me rodeaba a ser más feliz.
Entonces aparecieron las preguntas clave: «Si yo no soy feliz, ¿cómo podré ayudar a alguien a serlo?». Y la obvia: «¿Cómo sabré si soy feliz?».
Con el tiempo fui encontrando algunas pocas respuestas, pero también muchas más preguntas. Y cada vez más complicadas.
Quién me habría dicho que, con los años, y a través de la vida y la sabiduría contenida en cientos y cientos de libros (y en otros lugares y personas), acabaría conociendo la respuesta a todas aquellas cuestiones. O mejor dicho: acabaría elaborando mis propias respuestas gracias a la filosofía y la espiritualidad.
Y eso es lo que ofrezco en este libro: mi filosofía de vida. Las respuestas que he obtenido a las preguntas que en algún momento he podido plantearme sobre la vida y, en especial, sobre la felicidad.
En la actualidad, y desde hace bastantes años, tengo una definición de felicidad que ha resistido el paso del tiempo.
También siguen vigentes mis estrategias para combatir la infelicidad, en concreto en seis campos o apartados de la vida especialmente problemáticos que suelen impedirnos alcanzar la ansiada felicidad.
Los llamo «los 6 obstáculos hacia la felicidad» y consisten en la relación que tienes contigo mismo, la pareja, la relación con los demás, el trabajo, el dinero y el miedo.
Los conozco bien porque yo mismo caí varias veces en dichos obstáculos. En alguna época, incluso en todos al mismo tiempo.
Llevo más de una década escribiendo y hablando sobre ellos en blogs, redes sociales, pódcast, entrevistas y charlas.
Y por supuesto, son los temas que ocupan las sesiones con todo aquel que recurre a mí como mentor buscando respuestas, soluciones y guía. Nunca he tenido un solo cliente que me necesitase y no se encontrara en alguno de los 6 obstáculos.
¿Qué encontrarás aquí?
Todo lo que sé.
Todo lo que he aprendido.
Todo lo que me ha funcionado a mí y a mis clientes para salir de la infelicidad y vivir una vida plena. Más feliz. Con más paz interior.
Y tengo muchísimo que contarte. Me resulta emocionante tener la posibilidad de acercar al máximo número posible de personas aquello que desde hace tantos años ayuda a muchos de mis clientes. Todo lo que ofrezco al mundo a través de mis proyectos (como el pódcast El diario de Joan Gallardo, mi canal de YouTube o mi perfil de Instagram) quiero y espero que se multiplique por diez con este libro. Te prometo que he dado lo mejor de mí. He vaciado en él, con ilusión y esperanza, todo mi conocimiento para que cumpla su cometido y mi misión personal: ayudar a quien lo necesite. A quien me necesite.
Pero el proceso no solo consistirá en leer. Tendrás que trabajar. Porque, en la vida, la teoría es imprescindible... pero no suficiente. Este libro se te presenta como un camino con un itinerario concreto plagado de preguntas que deberás responder y de ejercicios que tendrás que realizar. Tómatelo como un curso, si quieres. Cómprate un bonito cuaderno para escribir las respuestas, las reflexiones y los pensamientos que te surjan. Subraya lo que consideres importante. Escribe en el libro, si lo necesitas. Deseo, no, mejor, TE PIDO que hagas algo con este libro. Cuanto más interactúes con él, mayor será su impacto en ti y en tu vida. No busques atajos, no los hay. Sigue la ruta que te marco y confía en mí, al menos mientras estemos juntos. Me he propuesto no fallarte, querido lector. Esta es mi promesa y pienso cumplirla, querida lectora.
En mi labor como mentor, siempre pido a mis clientes que trabajen en ellos mismos como nunca antes. Que hagan cosas nuevas para que otras diferentes y mejores puedan suceder. Los ejercicios presentes en esta obra te ayudarán a conseguirlo y te cargarán de autoconfianza, autoestima, independencia, fortaleza, coherencia, libertad, responsabilidad, paz interior y, por supuesto, felicidad.
Cuando termines tu trabajo con este libro, quiero todo eso para ti pero, en especial, deseo que seas más fuerte. Porque solo si eres fuerte tendrás la oportunidad de que la vida te vaya mejor.
Seguro que con tu compromiso y predisposición podrás lograr grandes cosas mediante la lectura de esta obra y, por supuesto, poniéndola en práctica. Estoy convencido. Espero que tú también.
Te llevaré de la mano a través de los 6 obstáculos hacia la felicidad. Comprenderás por qué se cae en ellos, cómo salir y qué hacer para no volver a tropezar. Te mostraré cómo se construye una mejor relación con uno mismo y lo importante que es para relacionarte de una forma más sana con los demás, cómo solventar el gran asunto del trabajo y el dinero y, finalmente, en qué consiste el miedo y cómo puedes desarrollar tu vida con valentía y fortaleza.
Antes de empezar, permíteme que en la introducción haga una defensa de la felicidad. Si quieres llegar a ser feliz, antes deberás creer en la felicidad. Defenderla. Defenderla incluso cuando parezca que te da la espalda. Porque nunca sabes si la felicidad te está dando la espalda o si eres tú el que se la da a ella. De un tiempo a esta parte veo a demasiadas personas en esta última opción y posición.
¿Alguien que odie el concepto del dinero puede llegar a ser rico?
¿Alguien que odie el deporte puede llegar a ponerse en forma de una manera duradera?
¿Alguien que odie a los niños puede llegar a ser un buen padre o una buena madre?
¿Alguien que odie la felicidad puede llegar a ser feliz?
Ahora lo entiendes.
Espero lo mejor de ti, amigo o amiga.
Espera tú también lo mejor de mí.
Es lo justo.
Gracias por elegir este libro, estoy seguro de que no ha sido una casualidad.
¿Vamos? Adelante.


Me llamo Joan Gallardo, quizá ya me conoces de antes, quizá no. Lo primero que quiero decirte es: soy un tipo feliz, aunque no siempre lo he sido.
Aprendí a serlo hace una década. En un mal momento personal. Exacto, has leído bien: en un mal momento personal.
¿Y cómo lo hice?
Lo decidí. Un día decidí que iba a ser feliz. Más bien debería decir que un día decidí que aprendería a serlo.
En aquella época era infeliz. Muy desgraciado, y los días pasaban duros y lentos. Sentía que me había configurado la vida fatal. Que me lo había montado de pena. Que todo iba mal. Estaba triste, desesperanzado y amargado, pero a la vez también furioso y rabioso. Mis días se alternaban entre culpar a la vida por todo o culparme a mí.
Pero la verdad es que mi vida era lo que era porque me lo había ganado a pulso. Ni mala suerte ni leches.
El mérito de todo aquello era solo mío.
Tal vez por eso, en un momento de inspiración y claridad, pensé: «Lo he roto yo, pero también puedo hacerlo al revés. Puedo arreglar esto. Quizá no de inmediato, pero puedo arreglar mi vida poco a poco».
Aquel día mi vida comenzó a cambiar. Empecé a encontrarme mejor. Fuerte. Lleno de esperanza y energía. Era consciente del caos que me rodeaba, pero me sentía capaz de poner orden en él. De arreglar ese desastre.
Hace unos años escuché una entrevista al pensador Naval Ravikant, uno de los mejores que he descubierto en los últimos tiempos, y, en ella, dijo algo que definía a la perfección aquel primer paso hacia la felicidad: «La felicidad primero es una decisión que tomas, y segundo, una habilidad que desarrollas».
Era justo lo que sentí. Que no era feliz, pero que podía aprender a serlo. No es que estuviese seguro de conseguirlo, no es eso, es que tuve la certeza de que iba a invertir mi vida en ello si era necesario. Porque en mi cabeza empezaba a formarse un nuevo pensamiento: «Una vida infeliz es un maldito desperdicio».
Mi enfoque sobre la vida cambió. Comencé a creer con todo mi corazón que lo primero, que lo más importante, era ser feliz. Intuía que no sería fácil, pero no me importaba. Como mínimo, iba a intentarlo.
«Cuando muera, bajaré los brazos. Mientras viva, no».
Prefería pasarme la vida intentando ser feliz, y no lograrlo, que resignarme a ser infeliz. No me daba la gana vivir así. Fin.
Por aquel entonces escuchaba mucho a los Queens of the Stone Age. En una de sus canciones decían: «Quiero algo bueno por lo que morir, para que sea bonito vivir».
Vivir para tener una vida feliz vale la pena. Lo consigas o no.
Es mucho mejor que rendirse a la infelicidad.
Creo que, en el fondo, mi truco fue decidir no perder la esperanza.
Pensar que algún día podría ser completamente feliz.
A partir de ahí me movía por la vida de otra forma. Pensaba y decidía bajo otros términos. Estaba centrado y determinado. «¿Esto me va a hacer más feliz?» o «¿Esto tiene que ver con mi felicidad?». Estas eran las preguntas que me planteaba todo el tiempo.
Nada ni nadie me iba a detener.
Pronto identifiqué todo aquello que me hacía infeliz. También busqué respuestas e información valiosa sobre los tiempos en que fui feliz, si es que lo había sido en algún momento de mi vida.
Pero para encontrar esas respuestas, antes necesitaba resolver la gran pregunta: ¿qué es la felicidad?
Mi mejor definición por aquel entonces era «La felicidad es la ausencia de problemas». Sin embargo, esa no podía ser la definición. Iba en contra de lo que había aprendido. Veamos: si la ausencia de problemas es igual a felicidad, eso significa que siempre que tengas un problema perderás la felicidad, y que cuando no lo tengas serás feliz... solo hasta que aparezcan otros problemas.
Menudo trato. No podía ser eso.
Yo quería una vida que discurriese por sus cauces normales, con días buenos y otros menos buenos, con sus problemas lógicos y dificultades, y con sus etapas más tranquilas y fáciles.
Y ser feliz siempre, claro.
Empezaba a completar el cuadro.
Mi intuición me decía que todo aquello tenía que ver con la tranquilidad, la paz, la libertad y la fortaleza.
No creía que tuviese que ver con la tristeza, la alegría y otros estados de ánimo. Buscaba algo que estuviese por encima de todas esas cosas. No quería sentirme feliz o estar feliz. ¡Maldita sea, quería SER FELIZ! Todo el tiempo. Y también estar triste o melancólico algún día sin que eso supusiese dejar de serlo. O enfadarme sin tener que pensar: «Esto me hace infeliz». No podía ser que la felicidad fuese tan frágil.
Porque cuando era infeliz también tenía días alegres donde reía y me divertía, pero eso no me convertía en una persona feliz.
Tampoco quería creer que, para ser feliz, tuviese que ser rico o famoso, o ambas cosas. Había leído las suficientes biografías en mi vida como para saber que muchos ricos y famosos también eran infelices.
Por último, quería que todo aquello fuese «enseñable». Que llegado el momento, pudiera explicarlo a mis hijos y seres queridos.
Que fuese fácil de explicar. Que cualquier persona pudiese sacar algo positivo y bonito de ello. Que no fuese solo algo para personas ricas, famosas o de éxito.
No podía creerme que la felicidad fuese tan difícil de conseguir. Además, había leído sobre personas felices con vidas humildes y anónimas. Tenía que haber algo, un hilo conductor. Algo que sirviese, ya fueses rico o pobre. Famoso o anónimo. Talentoso o torpe. Muy inteligente o con un cociente medio.
Si iba a entregarme a esa aventura y a ese descubrimiento, tenía que ser bajo estas premisas. Mi camino hacia la felicidad había comenzado.
Tras mucho tiempo observando, estudiando a todo tipo de pensadores que hablaban y escribían sobre el tema, meditando, reflexionando y filosofando, lo vi claro. Por fin tenía una definición convincente de la felicidad. Un punto de partida.
Intenté con todas mis fuerzas refutar aquella definición. Me busqué las cosquillas con auténtica mala leche. «No tengo que autoconvencerme de que esto es así, debo averiguar si tiene fallos», me dije. Pero no lo conseguí.
Tantísimos años después sigo leyendo y estudiando sobre la felicidad y no he encontrado nada mejor. Nada tan fácil de explicar ni tan sencillo de aplicar. También he tenido el privilegio de trabajar con cientos de personas que me han servido para reafirmar mi idea. Mi definición.
Aquí va: para mí, la felicidad es igual a paz interior.
Ser feliz es tener paz en el interior y aprender a no perderla a pesar de los problemas y las dificultades que la vida nos presenta.
No es estar todo el día dando palmas y partiéndose de risa. Tampoco es ser un optimista-ingenuo-fan del «¡Todo va a ir bien!» y del «¿Estás triste? ¡No lo estés y ya está! ¿Quieres ser feliz? ¡Deséalo y ya está!». Ojalá fuese así de sencillo, de verdad que sí, nada me gustaría más. Pero la realidad es que hay un camino previo que debe andarse.
El Dalai Lama dice: «La felicidad depende de la paz interior, la cual depende de la bondad [...] que se consigue cultivando el altruismo, el amor y la compasión, y eliminando la ira, el egocentrismo y la vanidad». Ahí está.
Ahora lo explicaré con detalle, pero antes piensa un momento en esto: ¿cómo sería una sociedad en la que todo el mundo sintiese paz interior? Medítalo un rato antes de continuar.
En los peores momentos de mi vida siempre me veía clamando por lo mismo: «Un poco de paz, por favor..., solo pido eso».
La paz.
¿Cómo sería una sociedad en paz? ¿Un mundo en paz?
Sin duda, sería un lugar mucho más feliz.
Nadie haría daño a nadie. Todos nos ayudaríamos. No daríamos por saco al prójimo. No habría odio. Ni rencor ni envidias. Nos alegraríamos de los éxitos ajenos y viviríamos un nuevo amanecer.
Por desgracia quizá solo sea una fantasía. Una utopía.
Porque para conseguir algo así, cada persona del planeta tendría que resolver su conflicto interior. Uno a uno.
Krishnamurti, uno de los mejores autores espirituales que hayan existido, decía que el problema del mundo es el problema del individuo, y que cuando cada individuo haya solucionado su problema, su conflicto, el mundo verá solucionado el suyo.
Casi nada. Si él no lo consiguió, yo mucho menos. Lo sé.
Pero seguro que se puede hacer algo. Me niego a quedarme de brazos cruzados.
No he podido cambiar el mundo, pero sí pude cambiar el mío.
No puedo cambiar el mundo, pero llevo bastante tiempo ayudando a que muchas personas cambien el suyo.
Ahora te digo lo que el satírico y polémico dibujante y escritor Scott Adams les dijo a sus lectores en una de sus obras: «Mi objetivo no es tener razón al cien por cien. Te expongo algunas nuevas formas de pensar en el proceso para alcanzar la felicidad y el éxito. Compáralas con lo que ya sabes, lo que haces y lo que sugieren otros».
Si has conseguido ser feliz de forma auténtica y duradera por otras vías, también me alegraré muchísimo por ti. Ojalá cada vez salgan más formas de ser completamente feliz. Ojalá se me ocurra otra aún más efectiva. Seguiré estudiando y reflexionando sobre ello hasta que mi vida llegue a su fin.
Ahora, la siguiente pregunta es: «¿Cómo consigo esa paz interior?».
Aunque la mejor es: «¿Qué tengo que hacer para conseguir esa paz interior?». Porque esto va de hacer. Pero también de deshacer, de modo que hay una segunda pregunta que deberás plantearte: «¿Qué tengo que hacer para no perder esa paz interior?».
A lo largo del libro verás que se trata más de lo que no debes hacer para no perder tu paz interior que de otra cosa. Pero si ya has caído en eso y no alcanzas la paz interior, tendrás que hacer algo para recuperarla. Por ejemplo: la mejor forma de perder peso es no tener ningún peso que perder, pero si ya estás con veinte kilos de sobrepeso, deberás hacer algo para ponerle remedio. ¿Me sigues?
La mejor noticia es que cuando empiezas a recuperar tu paz interior, aunque sea un poco, todo mejora mucho. No hay que llegar a una meta para empezar a ser feliz. Este es un camino del que se recogen frutos desde el primer paso que das. Es maravilloso.
Por desgracia, muchos siguen creyendo en otras vías, otros caminos. Caminos que llevan fallando a la gente una y otra vez.
Por ejemplo, muchos pasan media vida intentando ganar más dinero, pensando que ahí está la respuesta. Yo también lo creía. Pero no. Puedes ser un desgraciado con un millón de euros en el banco o una persona feliz con cinco mil. Quizá no con una deuda de diez mil, pero ya llegaremos ahí en el capítulo sobre el dinero.
Puede que también creas que la felicidad está en conseguir un trabajo concreto, ser famoso, casarte con la persona que siempre has deseado o vivir en una casa de trescientos metros cuadrados. Hay miles de personas que tienen esas cosas, y no todas son felices. Y millones que no las tienen, y lo son.
¿Crees que vivir en una casa un 20 por ciento más grande hará tu vida un 20 por ciento mejor? ¿O que ser un 20 por ciento más rico hará tu vida un 20 por ciento mejor? ¿O que ser un 20 por ciento más guapo o delgado hará tu vida un 20 por ciento mejor? Lo dudo.
Pero ser un 20 por ciento más feliz (si se puede medir así, me refiero a un poco más feliz, no del todo siquiera) no hará tu vida un 20 por ciento mejor. No, hará que tu vida sea muchísimo mejor.
Mira, no sé si todo el mundo puede ser completamente feliz. Pero creo que todos pueden serlo un poco más. ¿Quién no querría ser un poco más feliz? ¿Tú lo quieres? Nadie diría que no.
En resumen, todo esto trata de que tomes las riendas y des comienzo a una nueva vida.
Una nueva vida donde te harás fuerte haciendo lo que tienes que hacer, te guste o no, te apetezca o no.
Donde intentarás enderezar aquello que está torcido.
Donde empezarás de cero las veces que haga falta.
Donde harás de la felicidad tu prioridad.
Donde serás humilde, pero también osado.
Donde aprenderás a confiar en ti porque no dejarás de demostrártelo.
Donde harás el bien a los demás y nunca darás por saco.
Donde actuarás con la misma libertad que ofrecerás a los demás.
Donde desarrollarás un carácter robusto a través de los problemas, gracias a ellos... y sin perder tu paz interior.
Donde verás la vida con esperanza. Con positividad, pero sin dejar de ser realista.
Donde tus valores y principios guiarán siempre tus acciones.
Donde serás, por ejemplo, buen hijo, buen hermano, buena amiga, buena pareja, buen padre, buena madre, buena tía o buen abuelo para los tuyos.
Donde no juzgarás.
Donde perdonarás.
Donde amarás y te dejarás amar.
Donde respetarás a todo el mundo.
Donde sumarás y no restarás.
Donde serás agradecido con lo que tienes.
Donde no serás codicioso, vanidoso o envidioso.
Donde rechazarás el consumismo como forma de vida para sentirte mejor.
Donde, uno a uno, irás viviendo y dominando tus miedos.
Donde no harás daño a nadie.
Donde tratarás bien a los demás.
Donde te tratarás bien.
Donde te querrás.
Donde amarás la vida con todo tu corazón.
Donde obrarás, como decía el gran filósofo Kant, «como si cada uno de tus actos se convirtiese en una ley universal».
Aquí empieza tu viaje a través de los 6 mayores obstáculos que me he encontrado en la vida en el camino hacia la felicidad. Te explicaré cómo logré superarlos y cómo ayudo a mis clientes a hacer lo mismo. Mi esperanza es que tú también lo logres.
A cambio de tu tiempo y la adquisición de este libro, te entrego lo mejor de mí. Valoro y respeto tu esfuerzo, tu dinero y la confianza que has depositado en mi persona. Te prometo que no hay una sola página de relleno. Tampoco he hablado de nada que no conozca bien. Mi honestidad está contigo, puedes empezar tranquilo.
Espero que saques algo de utilidad para tu vida.
Ten fe y esperanza. La felicidad siempre merece un esfuerzo más.
Adelante.


Este viaje, este camino, esta aventura, empieza por donde debe: por uno mismo. Todos los capítulos del libro son importantes, pero sin este los demás no valen nada. ¿Nunca te has preguntado por qué tanta gente rica es infeliz? ¿Por qué tantas personas que han obtenido fama y éxito no alcanzan la felicidad? ¿Por qué tanta gente con una buena pareja es infeliz? ¿Por qué tantas personas con trabajos espectaculares no se sienten felices? ¿Por qué tanta gente con buenos amigos es infeliz?
La respuesta es esta: porque algo falla en su interior.
Comencemos.
Tu relación con el mundo y con los demás refleja la que mantienes contigo mismo. Si no es buena, te costará desarrollarte en la vida.
En tu interior pueden darse estados brutalmente adversos: vanidad, egocentrismo, autoestima y autoconfianza bajas, inseguridad, culpabilidad, remordimiento, juicios internos, miedos, complejos, sentimiento de inferioridad, comparaciones y falta de autoperdón. Cualquiera de ellos puede limitar tu capacidad para ser feliz y tener paz interior.
¿Te sientes identificado con alguno? Piénsalo un momento...
Sin excepción, todos mis clientes sufren alguno de estos estados cuando contactan conmigo. Siempre me cuentan un problema externo que encierra, a veces de forma oculta, uno interno.
Encontrar lo que no va bien dentro de la persona es el primer paso para solucionar lo que no funciona fuera de ella. Si intentamos resolverlo al revés, nunca sale del todo bien.
Hay quienes se dedican a intentar arreglar los problemas y otros se concentran en reordenar su vida para que las dificultades no aparezcan con tanta frecuencia. Esta es la diferencia entre ponerse una tirita cuando nos cortamos con un cuchillo y aprender de una vez por todas a manejarlo como es debido.
Algunas personas son auténticas máquinas de crear problemas. Luego se quejan de su mala suerte. Miran con aversión el mundo que les ha tocado vivir, pero no se paran a pensar cuánto tienen que ver ellos en que ese mundo sea así.
Esta falta de humildad es la primera barrera que tienes que derribar.
Siempre debes admitir tu parte de culpa. Tu responsabilidad. Quizá al principio no te parezca evidente, puede que necesites pensarlo durante un tiempo, pero haz el esfuerzo. Cualquier responsabilidad que no asumas acabará repercutiendo negativamente en tu nivel de paz interior. Te considerarás una víctima de tu propia existencia y de la de los demás, a los que llamarás «verdugos».
Es raro que alguien sea plenamente inocente de todo lo que no funciona en su vida. En mis peores momentos siempre he tenido una parte de responsabilidad. A veces, a niveles criminales. En otras ocasiones, cuando creía ser inocente al cien por cien, me ponía a pensar y escarbar hasta que un día lo veía claro y me decía algo del tipo «Si lo hubiese querido ver, esta mierda se habría evitado».
Así que déjame que te pregunte: ¿qué parte de culpa tienes en aquello que no funciona de tu vida? ¿Seguro?
Si crees que no tienes nada que ver con las cosas malas que te suceden y asumes el papel de víctima, te quedarás sin capacidad de acción, y esperarás que sean los «verdugos» los que cambien. ¿Para qué vas a cambiar, si no es culpa tuya? «¡Que cambien los demás, demonios!». Parece lógico. Pero no. No funciona así.
Sin embargo, si identificas tu parte de culpa cuando la vida no te va todo lo bien que quieres, podrás actuar. Tendrás margen de maniobra y, por lo tanto, de mejora.
Si creo que la vida es injusta, no tengo motivo para cambiar. No es culpa mía, sino de la vida. Del cruel destino. Del Karma. De Dios.
Pero si no cambio, mi vida tampoco lo hará. Punto.
No estoy diciendo que tengas TODA la culpa de TODO lo malo que te sucede, pero seguro que, en mayor o menor medida, tienes algo que ver. Además, no creo que hayas comprado este libro con la intención de no cambiar absolutamente nada de ti. ¿No?
En su momento repasé los peores episodios de mi vida. Los más injustos. Al profundizar en ellos, descubrí que en casi todos yo había tenido mucho que ver. De forma directa o indirecta. En el mejor de los casos, puedo decir que mi ceguera voluntaria fue determinante para que todo se fuese poco a poco al carajo.
Y haberme dado cuenta de eso es bueno porque me permite tomar las riendas de mi vida al saber que si cambio mis acciones, podré cambiar mi realidad. Y eso me da independencia y un nuevo poder.
Sin embargo, ese pensamiento conlleva aceptar otro muy doloroso: que, en realidad, no somos nunca del todo inocentes en cuanto a lo que está mal en nuestra vida y que... de una forma u otra, lo sabemos.
Quédate con esto: todos conocemos, a un nivel u otro, nuestros errores. Pero decidimos ignorarlos porque duele menos que aceptarlos y verse obligado a cambiar.
La mayoría de las personas creen que no están a tiempo de arreglar sus equivocaciones. Que el caos es demasiado grande. Que eso de la felicidad ya no les llegará nunca. Que su saldo se ha terminado.
Asumen su papel y van contra el mundo. Y, de paso, señalan a los que tienen y disfrutan de lo que ellas no han podido o sabido conseguir.
Pese a todo esto, debo decirte que yo sí creo que todo el mundo tiene, al menos, una oportunidad real de enderezar su vida. Y el primer paso es, sí o sí, aceptar y reconocer los errores cometidos para no volver a cometerlos en el futuro.
Merece la pena esforzarse por encontrar tu nivel de responsabilidad cuando las cosas no van bien. Ahí está tu margen. Ahí está el poder. Tu poder.
Desde ahí puedes crecer más que desde ningún otro lugar.
Pero para emprender este viaje necesitarás humildad, madurez y soportar una buena dosis de dolor y culpabilidad.
Rollo May, psicoterapeuta, pensador y autor de obras magistrales como Amor y voluntad, decía que uno no despierta del todo sin sentir algún tipo de dolor. Y tenía toda la razón.
—¿Qué parte de culpa crees que tienes en esto? —le pregunté a María, una clienta que tuve hace un par de años en mis mentorías.
—¿Culpa yo? ¡Ninguna! —contestó.
Su pareja la había abandonado. Según ella, de un día para otro. No le cogía el teléfono y la tenía bloqueada en WhatsApp.
—Esto será muy difícil, María... —le dije.
Le pedí que me contara su relación desde el principio. Te lo puedes imaginar: ella lo había hecho todo bien y él todo mal.
He trabajado en demasiados casos de este tipo como para aceptar por las buenas que una ruptura es solo por culpa de uno de los miembros de la pareja.
—¿Y él qué quería, María? —le pregunté.
—Yo qué sé. Nunca estaba dispuesto a hablar.
—¿Es fácil conversar contigo, María?
—Ay, no sé...
—¿Seguro?
Cogí mi teléfono, pedí el número a María y llamé a su ex. Me contó que estaba muy abrumado, agobiado de tanto reproche y discusión, y triste porque nadie se preocupaba por lo que él sentía. Al colgar, vi a María agachar la cabeza. Admitió que quizá tampoco había estado a la altura. Su papel, en un momento, cambió.
Pasó de ser la mujer a la que habían dejado a ser alguien con parte de culpa en su ruptura. Ya no era más una víctima sino una colaboradora necesaria.
Ahora sí podía pensar en cambiar cosas de ella misma. ¿Ves la diferencia?
No volvieron a estar juntos. Pero ella asumió sus errores y, con el tiempo, trabajó en ellos y los solucionó. Ahora vive una relación feliz con otro hombre con quien se comunica de una forma ejemplar.
De no haber admitido su parte de culpa y el dolor que conlleva, seguiría en su posición de víctima.
Como ves, el primer paso para limpiar y mejorar la relación que mantienes contigo es que quieras ver lo que está mal dentro de ti.
Haz autocrítica, pero sin dejarte llevar por la severidad.
Tampoco caigas en la tibieza.
Tira a dar. Búscate las cosquillas.
Recuerdo un episodio de Los Simpson en el que toda la familia va en el coche. De repente se enciende un testigo que indica «revisar motor». En rojo, con un sonido de alarma. Lisa avisa a Homer de lo que está pasando y él coge una tira de cinta adhesiva y tapa el testigo. Finalmente dice: «Listo, problema solucionado».
A los tres segundos el coche empieza a echar humo. Suelta un petardazo y se para en seco.
Que no quieras ver los problemas no significa que no existan. Es más, si los ignoras, se volverán gigantescos. Cuando ya no soportes más sus efectos y quieras reaccionar, todo será mucho más difícil.
¿Estás dando la espalda a algún problema en tu vida? Piénsalo un momento.
Tienes que limpiar todas tus partes malas, aquello de lo que no estás orgulloso.
Pregúntate qué no te gusta de ti. Sométete a autoescrutinio de forma frecuente.
Es un trabajo para toda una vida. Pero te hará mejor cada vez. Y mejorará todo lo que te rodea.
No hace tantos años me sentía orgulloso de odiar a algunas personas. Me daba la sensación de que así hacía justicia. De que de esa forma les hacía pagar sus ofensas hacia mí.
Un día estaba con mi hijo mayor cuando este apenas tenía dos años. Delante de él, tuve una fuerte discusión por teléfono con una persona. Me puse hecho una furia. Mi niño no entendía lo que decía, pero de alguna forma notaba lo que estaba pasando. Se le tensó el rostro y su ánimo decayó al instante.
Cuando terminé la conversación, lo miré. Y me miré a mí mismo desde sus ojos. Me avergoncé terriblemente. Me sentí muy mal. Muy culpable.
Podría haber culpado a la persona que estaba al otro lado del teléfono, claro. Pero no. Esa vez no.
Abracé a mi hijo y me prometí que guardaría todo el espacio posible de mi corazón para amar. Solo para cosas bonitas. Que nunca más mantendría en él odio ni rencor.
Esto es lo que digo a mis clientes: «Empezarás a cambiar en cuanto desees, necesites y al fin decidas con todas tus fuerzas que quieres hacerlo».
¿Estás en ese punto? ¿Lo has decidido con todo tu corazón? Espero y deseo que sí. Porque podemos conseguirlo. Seguro.
Mi vida cambió cuando decidí mejorar la relación conmigo mismo. Sentía que todo sería mejor si podía contar conmigo. Que temería menos y viviría más. Y así fue.
Lo mismo sucede desde hace años con las personas que han venido a pedirme ayuda. En cuanto empiezan a mirarse y a trabajarse por dentro, sus vidas mejoran.
Es así siempre. Sí, siempre.
Y no digo que sea fácil. Porque duele, pero vale la pena.
A partir de ahora veremos uno a uno los errores y obstáculos más comunes en la relación con uno mismo.
Nuestra primera parada será uno de los favoritos del ser humano: la vanidad. Una cualidad incompatible con la felicidad. Así que... vamos, a por ella.