El Parque de las Maravillas abrió en 1953.

¡PIÉRDETE EN LA DIVERSIÓN!, decían los carteles, y era justo eso lo que ocurría: una multitud cruzaba las puertas cada mañana, y no volvía a salir hasta que se ponía el sol y se encendían los focos de la salida para indicarles el camino hacia la libertad. No había mapas, ni guías con una flecha que indicara «Usted está aquí». Era un parque diseñado para engullir a la gente. El terreno era exuberante y los árboles imponentes. Había setos perfectamente esculpidos cubriendo todos los muros y flanqueando los caminos, lo cual le daba a todo un aire de fantasía. Montañas rusas, sillas voladoras, tiovivos, casetas, un pasaje de la risa, un túnel del terror y otro del amor... Aunque el edificio que se encuentra en el mismísimo centro siempre estaba cerrado por reformas.

El parque abría de mediados de mayo a principios de septiembre. En los primeros años había carteles que decían SOLO BLANCOS, y que, más tarde, cuando era difícil imponer oficialmente algo así, se convirtieron solo en una insinuación más que evidente. Y durante una semana cada siete años la entrada era gratuita. Las puertas se abrían de par en par y trabajadores inmigrantes que venían solo en verano y parientes lejanos de los habitantes ricos de la ciudad, que normalmente eran demasiado pobres para poder disfrutar de algo diseñado únicamente para la diversión, lo visitaban mirándolo todo con los ojos como platos. No había entradas, ni restricción de aforo, solo un parque felizmente lleno hasta los topes.

En 1974, durante la semana de entrada gratuita, un importante hombre de negocios del norte del estado decidió ir de visita. No lo habían invitado, pero estaba pensando en invertir en el parque, porque uno de los propietarios era un primo de uno de sus primos. Pero primero quería ver las atracciones en persona. Y se llevó a su mujer y a sus dos hijos, convirtiendo así su visita de negocios en unas vacaciones.

Su hija pequeña, de cinco años, desapareció para siempre.

Arrestaron a uno de los trabajadores inmigrantes por su asesinato, pero la publicidad negativa que produjo el suceso dejó una mancha indeleble que nunca pudieron borrar. Así que el Parque de las Maravillas cerró sus puertas.

Con el tiempo los rumores se acallaron. La vegetación creció. La naturaleza poco a poco colonizó los edificios, las atracciones y las montañas rusas. Lo que no se desintegró, se oxidó; lo que no se oxidó, se torció; y lo que no se torció, se hundió bajo el peso de la hiedra y el abandono.

En algún lugar, muy cerca del centro —el edificio siempre estuvo cerrado y pocos llegaban hasta allí debido a la extraña distribución del parque—, un zapato se había quedado enganchado en las ramas bajas de uno de los setos cuidadosamente podados. Completamente descuidada, la fiera verde fue creciendo y haciéndose cada vez más alta, hasta que el zapato quedó a la altura de los ojos.

Era de charol, ya cuarteado y sin brillo por efecto de la intemperie y el tiempo, y de la talla perfecta para el pie de una niña de cinco años.

«Hace falta dinero para ganar dinero». Esto era lo que solía decir su padre.

También dijo una vez: «Vamos, salid de vuestros escondites», acariciando la pared con el cuchillo, mientras la música de fondo acompañaba los agónicos estertores finales de su hermana. Aunque puede que Mack se imaginara esos estertores, quién podía saberlo.

Ella no podía, y aunque hubiera podido, no lo diría.

Tampoco lo está diciendo en ese momento, allí sentada frente a la directora. La reunión era supuestamente obligatoria, un «requisito del refugio», aunque ya lleva allí varios meses y esa es la primera reunión.

—Vamos, Mackenzie. Ayúdame a ayudarte.

La mujer lleva la sonrisa pintada hábilmente, igual que los pómulos y las cejas. Su expresión no cambia en absoluto ante el silencio de Mack. Es impresionante. ¿Ensayará a oscuras en su dormitorio para aguantar así, levantando las comisuras de los labios una y otra vez, pero pendiente de que en sus ojos no se vea nada?

La directora une ambas manos, con las uñas pintadas de rojo oscuro.

—Voy a ser sincera contigo. Las cosas van a cambiar aquí. Creo que solo vamos a poder ayudar a aquellos que estén dispuestos a ayudarse a sí mismos. Estos refugios están estancados: no hay esperanza, ni progreso. ¿Y cómo podemos vivir en una sociedad sin progreso?

Su voz suena animada, pero sus ojos siguen impertérritos y no transmiten ni los sentimientos ni la sonrisa. Inexpresivos. Como si estuvieran escondidos detrás de algo. Mack siente una extraña afinidad por esa mujer, además de un recelo instintivo. Pero no está de acuerdo con ella. El objetivo de un refugio no es el progreso. Es proporcionar amparo.

—He estado mirando tu historial. —La mujer señala una anodina carpeta marrón que hay sobre la mesa. Mack sospecha que está vacía. Espera que lo esté—. Ha sido solo mala suerte que hayas acabado aquí, lo comprendo. No tenías una red social de seguridad para apoyarte. Unos cuantos meses sin trabajo, sin pagar el alquiler, y cuesta salir del hoyo. Necesitas seguir adelante con tu vida. Contribuir a la humanidad. Lo único que te hace falta es un poco de buena suerte para empezar.

—A los puntos de donación llegan más tampones que suerte. —Mack ha hablado con una voz baja y áspera por la falta de uso.

Entonces la fachada de la mujer cae un momento y se ve algo triunfante en el fondo de sus ojos. Mack no debería haber dicho nada. La mujer le enseña un sobre.

—Pues casualmente ha llegado un poco de suerte por correo. Si es buena o no, ya dependerá de ti. Ahora mismo es una oportunidad. Y creo que tú eres la persona perfecta.

Mack nunca en su vida ha sido perfecta para nada. «Perfecta» le suena como una palabra extranjera, forzada e incómoda. Pero tal vez sea un trabajo. O un poco de dinero para poder ponerse presentable y tener una oportunidad de verdad. Siempre y cuando no quieran entrometerse en su vida. Ni mirar con demasiado detenimiento. Si no lo hacen, ella podría lograr que funcionara.

Coge la hoja que la mujer ha deslizado sobre la mesa hacia ella. El papel es grueso. Parece caro. Mack se fija de repente en sus manos: las uñas mordidas, las palmas quemadas y brillantes, las cutículas deshechas. Si deja el papel en la mesa, ¿se quedará manchado? En ese momento de su vida le cuesta sentir vergüenza por nada, pero la idea hace que se retuerza por dentro.

Le preocupa tanto dejar una huella dactilar —una que de alguna forma jugará en su contra en una imaginaria entrevista de trabajo— que necesita varios segundos para procesar lo que está leyendo.

—¿Es una broma? —pregunta en un susurro.

La sonrisa de la mujer no se altera ni un ápice.

—Sé que suena como si lo fuera. Pero te aseguro que es verdad.

—¿Quién se lo ha dicho?

Por fin las mejillas de la mujer se relajan y sus cejas se unen.

—¿A qué te refieres? ¿Quién me ha dicho qué? ¿Qué es verdad?

«Lo mío. Quién le ha dicho lo mío», piensa Mack. Pero la mujer no puede estar fingiendo esa confusión. ¿O sí? Si puede pintarse la cara entera, ¿podría pintarse las emociones también? Mack suelta la carta. No ha dejado sus huellas. Pero las palabras le han dejado borrones en la mente.

—¿Por qué me ha dado esto? —Mack sabe lo perdida y asustada que suena, pero no puede evitarlo—. ¿Por qué yo?

La mujer ríe, una sola carcajada burlona.

—Sé que parece una tontería. Una competición del escondite organizada por The Olly Oxen Free. Es un juego de niños, por todos los santos. Pero existe la posibilidad de ganar cincuenta mil dólares, Mackenzie. Podrías utilizarlos para prosperar en el mundo. Eres joven. E inteligente. No eres una ladrona, ni una adicta. No deberías estar aquí.

Nadie debería estar aquí. Pero todas están.

La mujer se inclina hacia delante para mirarla fijamente.

—Lo ha montado todo una empresa deportiva, Ox Extreme Sports. Puedo hablarles bien de ti y conseguir que te inscriban. No hay garantías de que llegues a ganar, pero... Creo que tienes una oportunidad. Se trata de resistencia más que nada. Además, me pareces una persona a la que se le da bien esconderse.

Mack aparta la silla con un chirrido que las sobresalta a las dos. Pero Mack no puede seguir en esa habitación, no puede pensar, no mientras la está mirando. No mientras alguien la ve. La mujer no conoce la historia de Mack, y aun así lo sabe, no sabe cómo, pero lo sabe.

—Puedo pensarlo —dice Mack. No es una pregunta.

—Claro. Pero dame una respuesta mañana. Si no quieres la plaza, seguro que otra la querrá. Es mucho dinero Mackenzie. ¡Por un jueguecito de nada! —La mujer vuelve a soltar una carcajada—. Me inscribiría yo, pero no puedo pasar más de veinte minutos sin tener que ir a orinar. —Espera a que Mack también se ría.

Sigue esperando mientras Mack cruza la puerta, sin hacer ni un ruido al salir.

Todo en el refugio está diseñado para recordarles que nada es suyo. No hay taquillas. Ni estantes. Ni armarios. Ni dormitorios. En esas cuatro paredes sin nada de especial, con un techo tan alto que hay un pájaro anidando en las vigas, hay catres. Cada uno tiene las mismas sábanas blancas tiesas y las mismas mantas que pican. La zona que hay debajo de los catres tiene que estar vacía siempre. Y no pueden utilizar el mismo catre más de dos noches seguidas. Cualquier cosa que no hayan recogido a las nueve de la mañana se confisca y se tira, así que ni siquiera pueden dejar sus escasas posesiones en esos catres que no son suyos.

Cuando se llenan todos los catres, es como si Mack estuviera escondida. Es pequeñita. Y callada. Pero ahora se siente como si tuviera un foco dirigido hacia ella todo el tiempo. Todo el mundo se ha ido ya para empezar el día. Algunas van al trabajo que han podido encontrar. Otras se sientan fuera, en la acera, hasta que las dejan volver a entrar a las cuatro de la tarde. El resto, quién sabe. Mack no pregunta. Tampoco dice nada. Porque ella va a un sitio del que tampoco quiere que sepa nada ninguna de las demás.

Escondida tras un muro bajo, envuelta en el olor a polvo quemado, hay una vieja caldera que borbotea y se queja. Ella tiene unas brillantes quemaduras permanentes en las manos porque trepa por la caldera, se cuela entre esta y el muro y sube a lo más alto.

Al pájaro que hay en las vigas le ha puesto Bert. Está construyendo un nido con trocitos de basura, e incluso un poco de pelo. Pero ¿para qué lo está construyendo? ¿Cómo va a encontrar una pareja y poner huevos? ¿Por qué no vivir siempre solo, seguro y protegido, en la oscuridad polvorienta de ahí arriba? Mack se pasa el día tumbada bocabajo, tres vigas por encima de Bert, pasando el rato. Paciente y vacía, como el nido. Y cuando llegan las cuatro, baja sigilosamente y se une a la multitud cansada para buscar un camastro que nunca será suyo.

Podrá pensar allí arriba, en su sitio cerca del pájaro, segura y oculta. Pero tiene hasta mañana para decidir. Tal vez no se lo piense hasta entonces.

Se detiene a punto de dar un paso.

Ninguno de los catres tiene nada. Incluido el que ella utilizó anoche. Ese en el que había dejado su mochila, porque no le permitían llevar nada a la reunión obligatoria. Por razones de «seguridad».

La mochila ha desaparecido, lo cual significa que ahora solo tiene lo que lleva encima, así que no podrá lavar su ropa sin quedarse desnuda junto al lavabo. ¿Y en qué baño público le van a dejar hacer eso? Se fijarán en ella. La verán.

Sabe bien que no servirá de nada pedirles a las mujeres que trabajan en el refugio que le devuelvan su mochila. No lo harán, y además la considerarán problemática. Su tiempo allí ha terminado. No puede perder la poca seguridad que tiene. Ha visto cómo es y lo que cuesta.

Olly oxen free. Una corrupción progresiva de la frase en inglés All ye outs come free («Salid todos, sois libres»). Pero nada es gratis, nunca.

En el despacho, la sonrisa de la mujer rubia no se ha reducido ni un milímetro, como si estuviera esperando. Como si lo supiera.

—Está bien —susurra Mack—. Lo haré. —«Vamos, salid de vuestros escondites», canturrea la voz de él en su cabeza.

No piensa salir. Va a ganar.

Al fin y al cabo, su vida no depende de ello esta vez.

Catorce concursantes. Siete días. La lista ya es definitiva. Se han hecho los preparativos para llevar los suministros al parque: comida, gasolina para el generador, mantas, catres y todo lo que van a necesitar. Las provisiones están almacenadas fuera del parque. Hay inhibidores de señal para los móviles. Películas y libros para la interminable espera. Aparatos de limpieza de alta presión para el final inevitable.

Se han distribuido la lista y las fotos. Todo el mundo tiene que memorizarlas. Pero pocos lo hacen. Los concursantes están colgados en la pared del restaurante Ray’s, todos ellos. Se supone que nadie debe apostar sobre cuál será el resultado —va totalmente en contra de las normas—, pero eso no evita que hagan rankings, predicciones y elijan un favorito. Los concursantes se pueden dividir en dos grupos.

Los aspirantes (esa es la mejor palabra para describirlos):

Una modelo de fitness en las redes sociales

Un grafitero

Una presentadora de un programa de bromas en YouTube

Un desarrollador de apps-barra-cuidador de casas

Una diseñadora de joyas-barra-paseadora de perros

Un monitor de crossfit muy entusiasta

Una actriz con varias alergias alimentarias

Y los que pueden ser descritos como estancados:

Un escritor con una grave alergia a la gente

Un chico que está perdido y fuera de lugar a partes iguales

Un empleado de lo más amable en una gasolinera de Pocatello, Idaho

Una veterana de guerra

Un vendedor de paneles solares

Una becaria eterna

Y Mack, que no es nadie, si las cosas le salen como ella quiere

Diecisiete horas en un autobús para después subir a otro, y al final a un tercero, y acabar en una minifurgoneta que por fin deja a Mack en el centro del medio de la nada. Muchas veces se pregunta qué lugar es más anónimo: una gran ciudad con demasiada gente para notar que nadie se fija en nadie, o el campo vacío, donde no vive nadie. Al bajar de la minifurgoneta entre una voluta de polvo, donde no hay nadie para recibirla, sospecha que lo primero. Ahora ve lo que parecen kilómetros en ambas direcciones de la carretera. Y eso significa que a ella también la ven.

Si no gana, ¿le darán un billete de autobús de vuelta? ¿O se quedará tirada aquí? Ni siquiera sabe dónde es «aquí», y no tiene muy claro ni en qué estado del país se encuentra. Es verde, salvaje, con árboles enormes e insectos que no dejan de zumbar. Parece llano, pero no ve más allá de la carretera o los árboles.

Se sienta a un lado de la carretera, abrazando la bolsa de deporte de Ox Extreme Sports que le han dado. En ella hay siete camisetas y cuatro pantalones. Todas las prendas son negras, de un tono como desgastado. Nuevas, pero ya desvaídas, por alguna razón. Le resultan familiares.

También hay un kit de aseo, lo que le parece un detalle muy caritativo. Además, incluía varias barritas de cereales y una botella de agua, pero todo eso desapareció en unas cuantas horas de las diecisiete que había necesitado para llegar hasta allí. Hay que matar el hambre. No tiene sentido ir estirando lo poco que tiene si se puede dar el lujo de llenarse el estómago una vez.

Tras una hora, su inquietud aumenta y la agobia aún más. Nadie ha venido. Los árboles se ciernen a su espalda. Las carreteras se pierden en el horizonte, vacías.

¿Ha empezado ya el juego? ¿Ya ha perdido?

Podría ser peor. Está a muchísimos kilómetros de lo que conoce, pero tiene ropa. Pasta de dientes, un cepillo, desodorante y un peine. Y una bolsa resistente. Técnicamente ha avanzado con respecto a donde estaba antes.

El quejido de la suspensión muy maltratada de un vehículo le llega mucho antes de que pare delante de ella otra furgoneta. Ya está resignada. O está ahí para recogerla —¡te encontramos!— o para llevarla al juego de verdad.

Del interior salen tres personas, y después continúa sin más por la carretera infinita. Dos mujeres y un hombre. Un chico, en realidad, según le parece a Mack. No puede ser mucho más joven que ella y es mucho más alto, pero hay algo —la parte más juvenil del pelo, la cara redonda, la camisa blanca de manga larga abrochada hasta arriba metida en unos pantalones chinos azul marino, baratos y poco favorecedores— que sugiere que lo ha vestido otra persona.

Una de las mujeres va arreglada con una atención al detalle propia de una artista. Lleva tanto maquillaje y productos para el pelo que no se la reconocería sin ellos, y Mack se queda deslumbrada por la perfección visual. Casi cuesta mirarla. La otra mujer lleva una camiseta de tirantes ajustada negra y pantalones anchos de estilo militar. Cojea un poco cuando sale de la carretera para acercarse a Mack.

La mujer que cojea, y que lleva la cabeza rapada, haciendo que destaquen sus grandes ojos, examina a Mack sin la más mínima vergüenza. La mujer guapa ni mira a Mack. No deja de mirar su teléfono con el ceño fruncido y lo levanta un poco más, como si así pudiera lograr cobertura. Y el chico mira a todas partes menos a las mujeres que lo acompañan. Tiene la frente cubierta por una fina capa de sudor y manchas de humedad en las axilas. Parece a punto de echar a correr.

Hay alguien ahí que está más aterrorizado que Mack. Es reconfortante.

—Joder, me voy a morir, no hay cobertura —dice por fin la mujer guapa, todavía aferrada a su teléfono, como si fuera un talismán—. De todas formas, esta luz es mala. —Mira por primera vez a Mack, que se ha alejado un poco más de la carretera y está casi al lado de los árboles—. ¿Te han dicho algo a ti?

Mack niega con la cabeza. Cuando la furgoneta la recogió en la estación de autobuses el conductor solo preguntó: «¿Oxen Free?». De hecho, le había preguntado de qué iba la cosa, pero ella le dio una respuesta entre dientes y después fingió que se había dormido.

—Ava —dice la mujer con la cabeza rapada.

—¿Qué? —contesta la mujer guapa.

—Ava.

La mujer guapa levanta ambas manos.

—¿Qué?

La mujer de la cabeza rapada enarca una ceja porque se le está agotando la paciencia.

—No hemos hablado en la furgoneta, así que me estoy presentando. Yo me llamo Ava. Y tú te llamas...

Por fin la mujer guapa se relaja y suelta una carcajada divertida.

—Dios, perdona, es que me pongo insoportable cuando tengo hambre. Yo también me llamo Ava. Por eso no entendía nada.

—Que gane la mejor Ava, Ava Dos. —La sonrisa torcida de la Ava rapada le provoca unos hoyuelos tan profundos que te podrías hundir en ellos.

—Esa es la idea. —El tono de la Ava guapa suena más juguetón que malicioso. Se retira hacia los árboles mientras se hace varios selfis. La Ava rapada se gira hacia Mack, expectante.

—Mack. —Mack le dice su nombre formando una frase completa, esperando que lo acepte tal cual.

La Ava rapada se sienta en el suelo, estira una pierna sin dificultad y se ayuda con la mano para colocar la otra.

—Encantada de conocerte, Mack. Espero ganarte. No es nada personal.

Mack no responde. Es una competición. Está claro que todos quieren ganar.

La Ava rapada señala con la cabeza al chico, que ha cruzado la carretera y está de pie al otro lado, mirando muy decidido en la dirección opuesta a donde ellas se encuentran. Tiene los hombros hundidos y su postura no transmite expectación, sino derrota. Tan pronto.

—Él es LeGrand. Lo recogieron a la vez que a mí, antes que a Ava Dos. Cuando me quité la chaqueta, giró el cuello tan bruscamente para mirar a otra parte que por un momento creí que se lo iba a romper. El pobre les tiene terror a las mujeres. Puede que eso le dé ventaja. Estará tan desesperado por evitarnos que no saldrá de su escondite nunca.

—Creo que es gay. —La Ava guapa se sienta en el suelo al lado de la Ava rapada. La Ava guapa es esbelta y huesuda. La Ava rapada es más corpulenta y parece fuerte. Mack admira y envidia el perfil de sus hombros, la constitución de su cuerpo. Su apariencia atrae de una forma diferente a la de la Ava guapa, pero las dos llaman la atención.

Mack lleva el pelo tan corto que podría ser tanto un chico como una chica. Lleva una camiseta grande y pantalones anchos y las manos hundidas en los bolsillo para proyectar los hombros hacia delante y ocultar los pechos. Ava y Ava no ocultan nada.

Mack cree que las va a ganar a las dos.

—No es gay —comenta la Ava rapada, arrancando una brizna de hierba y acercándosela a la boca. Sopla, pero no se oye nada—. Si le dan miedo las mujeres, es porque tiene interés. —Se tumba hacia atrás y mira a Mack con los ojos entornados—. ¿Cuál es tu historia? —Hay algo divertido e inquisitivo a partes iguales en la forma en que enarca una sola ceja bien definida.

Ninguna de esas personas son amigas de Mack. Nadie es amigo de ella. Y nadie lo será. Puede mostrarse amable y cruzar los dedos para que una respuesta vaga entre dientes satisfaga a Ava, pero le parece que no va a ser así. De modo que se decanta por otra táctica.

—Que te den —responde Mack.

La Ava guapa frunce el ceño, ofendida por simpatía. La mirada de la Ava rapada cambia, pero no parece amenazada o enfadada.

—Vale. —Y se pone a mirar a la carretera.

Mack se retira a la sombra, pero a pesar de su rechazo, al poco las dos Avas se van con ella. El sol es implacable y parece como si zumbara, igual que los insectos que hay por allí. Después de un par de horas, para otra furgoneta donde están ellos. La Ava guapa sale corriendo para ver si se entera de algo, pero es la misma historia. Alquilada y solo está de paso para dejar gente. A lo largo del día otras tres furgonetas aparecen hasta que al final hay catorce personas esperando. Todas parecen tener más o menos la misma edad, veintitantos, unos pocos años arriba o abajo.

Mack ya se encuentra más cómoda. Entre tantas personas —varias de las cuales, además, están desesperadas por establecer su preponderancia y hacerse notar, hablando y riendo en un tono muy alto— nadie se fija en ella. Excepto la Ava rapada, que la mira con sumo descaro y le guiña un ojo cada vez que la pilla haciéndolo.

Cuando se va la última furgoneta, todos se quedan mirando la carretera, expectantes.

Cinco horas después el ambiente ha cambiado considerablemente. Todos están sudando. No hay ningún sitio donde sentarse, aparte del suelo. Ningún teléfono funciona. Nadie tiene comida ni agua —aunque un hombre musculoso y experto aumenta la cantidad de dinero que ofrece por comida cada hora—. Una de las mujeres, una morena que parece sacada de un anuncio de dentífrico por su sonrisa tan blanca y resplandeciente, llora. Varios juran que van a dejar unas críticas malísimas de la experiencia en internet. Un par de hombres sugieren seguir la carretera hasta encontrar la ciudad más cercana, pero el miedo a perderse la competición hace que no se muevan de allí. Todo el mundo está irascible y enfadado. Excepto LeGrand, que se mantiene a distancia, con pinta de estar totalmente perdido, la Ava rapada, que se está echando una siesta utilizando los brazos como almohada, y Mack, que sabe que todavía puede pasar dos días enteros antes de tener demasiada hambre para funcionar. Una leve sonrisa amenaza con aparecer en su cara.

Puede ganar.

Cuando empieza a extenderse el tono oscuro del atardecer, llega un autobús. Les ofrecen disculpas acompañadas de botellas de agua y bocadillos. Su anfitriona, una mujer que ya ha dejado atrás la mediana edad y que lleva un traje pantalón de un color fuerte y un pelo cuya existencia desafía la gravedad, está tan auténticamente emocionada de darles la bienvenida que cuesta echarle en cara el problema del horario. Ponía p. m. cuando debía de haber puesto a. m., e-mails que no llegaron, no había cobertura; una letanía de excusas que hacen que todo se suavice, con la ayuda de la hidratación y las calorías... Aunque varias de las mujeres nunca la perdonarán por la indignidad de haber tenido que orinar en el bosque.

Todo tendrá explicación, promete la mujer. Pero tienen un viaje largo por delante, así que a ver si pueden subir al autobús rápido, rápido, rápido, porque hay muchas cosas de que hablar, muchos preparativos y una semana muy emocionante por delante para todos.

Se beben el agua a grandes tragos, devoran la comida e intercambian bromas. Aprovechan bien los baños del autobús, agradecidos. Y cuando todos se sientan ya se ve cómo están organizados. LeGrand se sienta solo. La Ava guapa ya no ve a Mack, porque está centrada en los que están más a su nivel. La Ava rapada sigue a Mack hasta la mitad del autobús y se sienta a su lado sin preguntar. Es un problema. Mack quiere ser invisible, que la subestimen, que no la vean. La competición consiste en jugar al escondite, después de todo.

Llega la noche. El autobús arranca. Catorce cabezas agotadas por el calor y rehidratadas caen casi al unísono.

No se da ninguna instrucción. Todo el mundo ya está dormido.

Mientras duermen, un tour.

Las chapas militares de la Ava rapada se le salen de la camiseta. Un juego es el suyo. El otro no. Se le cae la cabeza hasta que acaba apoyada en el hombro de Mack. La cabeza de Mack descansa sobre la suave pelusilla de la de Ava. Es el contacto humano más cercano que han tenido cualquiera de las dos desde hace años. Pero ni se enteran porque ambas están dormidas.

La Ava guapa, aspirante a modelo de Instagram, ha encontrado al guapo Jaden, aspirante a propietario de un gimnasio de crossfit. Ella no tiene marcas que la patrocinen y él no tiene gimnasio, pero los dos son encantadores con todas sus esperanzas y promesas. La Ava guapa tiene la cabeza apoyada en la ventanilla. Ronca. Le daría mucha vergüenza saber que lo ha hecho en público, pero los únicos que están despiertos para oírlo son el conductor y la anfitriona. El conductor no aparta los ojos de la carretera, que mira con agresiva determinación. Lleva el volante como si fuera un escudo. La anfitriona pasea por el pasillo, tocando la frente de cada uno con un levísimo roce de los dedos, con si estuviera dándoles una bendición.

Pero la bendición no le llega a LeGrand, acurrucado en la parte de atrás, perdido y solo aunque está rodeado de gente. Ese no es su mundo y no sabe cómo existir en él. Nada tiene sentido, nada. Él está soñando que cava en busca de verduras, con los dedos doloridos, cava cada vez más profundo para no encontrar nada, sabiendo que debería encontrarlo, que debería buscarlo, porque lo único que puede hacer es cavar en la tierra en medio de la oscuridad. No está buscando verduras. Está cavando una tumba y duele, le duele, y está aterrado porque sabe de quién es la tumba.

Ian tiene un cuaderno en el regazo. La pluma, el objeto más caro que posee, se ha caído al suelo. Y no se da cuenta hasta que ya han bajado del autobús y ya está perdida. ¿Cómo va a poder escribir sin ella? Tampoco es que haya logrado escribir nada con ella, pero está convencido de que la falta de su pluma es lo que lo está frenando. Ha ido allí en busca de inspiración. Y de dinero también. Un poco de dinero, un poco de seguridad y podrá escribir la gran novela americana.

Brandon parece amable incluso dormido. Hay algo sano y solícito en la forma en que duerme completamente erguido, como si estuviera listo para ir inmediatamente a ayudar si alguien lo necesitara. Pase lo que pase después, él ya se lo ha pasado en grande y estará contento con cualquier resultado. La verdad es que ni siquiera sabe qué haría con el dinero si ganara. Y no se puede imaginar ganando a otra persona. Le parece mezquino querer ganar, casi cruel. Porque que él gane significa que trece personas pierden. Esto es una aventura. Unas vacaciones. No se ha tomado un día libre desde que empezó a trabajar en la gasolinera a los catorce años. Pero su abuelita ya no lo está esperando. Ha estado un poco perdido desde que ella murió. Una aventura es justo lo que necesita.

El que se sienta a su lado está desplomado, con la cabeza caída durante horas. Todavía lleva pintura en las manos de cuando puso su firma en la última estación de autobuses. Está preparado para dejar huella en la competición. Espera poder crear algo que lo siga cuando vuelva al mundo. Va a ser el siguiente Banksy. No. Él va a ser el primer Atrius. (Su nombre real es Kyle, pero lo odia, y también todo lo que era y podía ser. Pero cometió el error de deletrear mal Atreus, así que, si alguien quiere buscarlo en Google, todas sus visitas se las va a llevar una compañía de seguros médicos. Un fallo a la hora de elegir marca en alguien tan decidido a existir al margen de las marcas).

Christian se ha dormido con una sonrisa en los labios, pero está secretamente desesperado. Ninguna de las personas que hay allí parece tener un buen contacto. Su idea de obtener potenciales oportunidades de trabajo de esta experiencia le parece tan poco factible como ganar una competición tan tonta. Tal vez conozca a alguien de Ox Extreme Sports. Todo el mundo necesita un buen vendedor. Si tiene que volver a llamar a las puertas y sonreír mientras ofrece paneles solares...

Sydney, la youtuber, y Logan, el desarrollador de apps, congeniaron en el bosque de la forma que a Christian le habría gustado hacerlo con alguien. Iban a crear una nueva app juntos basada en el programa de bromas en YouTube que Sydney estaba preparando. Una competición de bromas de ámbito nacional. Iba a ser algo enorme. Están exultantes incluso mientras duermen, seguros de que el futuro que imaginan será brillante. Cenas con Musk, eventos benéficos con Gates, sociedad con Frye Tecnologies y un montón de bromas terribles para llegar hasta allí.

Rebecca ha calculado exactamente cuánto le va a costar ir de A a C. Cree que C es lo bastante grande. El agente con el que se reunió le ha dicho que tiene potencial, pero que necesita estar más en el candelero para que a él le interese. No ha sido capaz de saber si quería decir interesarle profesional o sexualmente. C es la letra que la llevará a conseguir sus sueños, y cincuenta mil dólares es el número que la llevará a la letra que ella necesita. Duerme con su bolso lleno de autoinyectores de epinefrina abrazado contra su pecho, como si fuera una mantita que le diera seguridad.

Rosiee solo quiere vender una puta joya. Aunque sea solo una vez. Únicamente para demostrar que no es la fracasada que su madre siempre predijo que sería. Pero para trabajar en platería hace falta plata, y la plata vale dinero. Lleva cuatro años escondiéndose de su ex. Puede esconderse durante una semana sin problemas. Lleva la oreja tan llena de pendientes que hace ruido contra la ventanilla en la que tiene apoyada la cabeza. La mirada de la anfitriona se detiene un momento en la serpiente enroscada en la muñeca de Rosiee. Muy bonita. Tiene talento de verdad.

En la parte delantera del autobús está Isabella, la eterna becaria. Ha estado de becaria en tantos sitios que ya ni se acuerda de en cuántos. Ella también quiere conocer a los ejecutivos de Ox. Necesita un sueldo. Dios, necesita un seguro dental. Cincuenta mil dólares no cubrirían lo que debe en préstamos estudiantiles para la educación que la ha enterrado de por vida. El título universitario tan increíblemente caro que tiene todavía no le ha conseguido ni un trabajo que le produzca ingresos. Rechina los dientes mientras duerme.

El autobús avanza en medio de la oscura noche, llevando en su interior a catorce soñadores desesperados en su lucha contra el mundo.