El repiqueteo de las teclas de la Remington le daba la vida. Más bien, se la devolvía, como un proyector cinematográfico revela las imágenes de una película sobre la pantalla límpida. Las notas de la Appassionata de Beethoven, que invadían cada rincón del apartamento de dos dormitorios ubicado en el corazón de Moscú, no actuaban de metrónomo de aquel tecleo inquebrantable, seguro y uniforme; lo hacían los latidos de su corazón, los mismos que marcaron el ritmo del juramento que la convirtió en radiotelegrafista del entonces llamado NKVD: «Con cada latido de mi corazón, juro servir al Partido, a la patria y al pueblo soviético». No imaginó en aquel verano de 1942, cuando prometió no entregarse viva al enemigo, que comenzaba a gestarse la leyenda de la mejor «violinista» de la Unión Soviética. Así llamaban los servicios secretos soviéticos a las operarias de radio: violinistas. Y África de las Heras había sido un Stradivarius, una pieza única de colección, por su sutil forma de actuar, por la suavidad de sus sombras, por su espectacular color ébano, por su belleza puesta al servicio de las trampas de miel, por la capacidad de eclipsar a cualquier otro competidor, por su sonido dulce y aterciopelado, por su enigmático barniz, por el fuego helado que emanaba de su madera, pulida a conciencia para reducir las astillas. La mejor violinista de la URSS, que ni siquiera había nacido allí, consiguió que durante cincuenta años el mundo danzara al ritmo de su arrebato apasionado.
El tecleo de la Remington se aliaba con el torrente de semicorcheas de la Appassionata. Sabía que Beethoven había bebido de La tempestad de William Shakespeare para componerla, y que lo hizo en un momento anárquico, cuando la coronación como emperador de Napoleón sacudió sus ideas revolucionarias. África podía notar el dramatismo inoculado en cada tempo. En el último movimiento lograba escuchar el abismo, la nitidez con la que el mundo estallaba en un renacer continuo, preguntándose por la razón de su existencia. Podía ser la melodía de su vida: en tiempos de tempestad, aferrarse siempre a los pilares sólidos de la embarcación en la que se viaja, para evitar zozobrar y, solo entonces, encomendarse al destino. La música enaltecía sus recuerdos e intensificaba sus emociones. Quizá algún día llegaría a la misma conclusión a la que llegó Lenin después de escuchar la composición de Beethoven durante un concierto: «No debo escuchar música clásica con demasiada frecuencia. Me hace querer decir cosas amables y estúpidas, y allana las cabezas de las personas». También ella, como el líder bolchevique, se sentía orgullosa de que alguien pudiera crear «algo tan hermoso viviendo en este sucio infierno». Aunque, siguiendo su propia partitura, más bien debería escuchar la Quinta sinfonía, la misma que utilizaba la BBC en sus emisiones en el extranjero durante la Segunda Guerra Mundial, ya que, transportados al código morse, sus compases representaban la V de Victoria: tres sonidos cortos y uno largo.
Era tarde para evitar los sentimentalismos. Cada golpe de tecla dibujaba las pisadas que había dejado impresas en la arena de los caminos recorridos. Debía terminar la nota autobiográfica que sus superiores del KGB le habían pedido para incluir en su expediente y que le estaba llevando demasiado tiempo y contención de memoria.
Durante muchos años me costó entender que mi sueño se hubiera hecho realidad: estaba en la patria de la Revolución de Octubre. Al principio, no podía creer que yo, procedente de un país capitalista e inmerso en un régimen dictatorial, estuviera admirando con mis propios ojos la plaza Roja, que pudiera pasear por sus frecuentadas calles o que me detuviera a contemplar el río Moskova...
Algo la obligó a detenerse. Los martillos de las teclas se atascaron, arremolinándose todos a una en un mismo punto del papel, como el espíritu guerrillero desplegado en la retaguardia nazi al grito de «¡Hurra!» en los bosques de Ucrania. Cerró los ojos y tomó una profunda bocanada de aire, como tantas veces había hecho durante su vida. Cuando los abrió, se topó con las dos palabras escondidas bajo el embrollo de martillos que había interrumpido el incesante traqueteo: río Moskova. África era de las pocas personas que utilizaban todos los dedos al escribir a máquina; lo hacía gracias al método de Elizabeth Longley, fundadora del Instituto de Taquigrafía y Mecanografía de Cincinnati, que en 1882 desarrolló el tecleo a ocho dedos con máquinas QWERTY. Eso imprimía más velocidad a su trabajo, ya que le permitía ir leyendo lo escrito en el papel sin necesidad de desviar los ojos al entramado de teclas. «Nuestra eficaz señora Longley», la había denominado Frida Kahlo en la Casa Azul de Coyoacán ante la mirada añil de Trotski.
Después de deshacer la maraña de teclas, barrió suavemente la superficie del teclado con las yemas de los dedos. En el fondo, era una romántica, o quizá una fetichista, aunque siempre se definió como una idealista política que, a su entender, era lo único sensato que se podía ser. A falta de recuerdos materiales que atesorar, se construyó unos propios en los que proyectó su memoria. Había comprado esa máquina de escribir porque le recordaba a su conversación con George Orwell en el hotel Continental en la Barcelona de 1937. Desechó hacer patria recordando a Tolstói y su inseparable Underwood —con la que escribió «No me puedo callar», un manifiesto contra la pena capital zarista—, y optó por una Remington Home Portable n.º 2, como la que empleaba Agatha Christie, mucho más ligera y pequeña, más apropiada con su modus operandi al servicio del KGB. El pasado seguía modelando su presente como si fuera arcilla. El primer modelo de las Remington and Sons se había montado el 1 de mayo de 1872 sobre una máquina de coser: un primero de mayo, una máquina Enigma oculta bajo el cajón de una máquina de coser Singer... Demasiados mensajes hermanados como para obviarlos.
Enderezó la espalda, algo arqueada por el peso de sus setenta y cuatro años. Se levantó apoyando las manos sobre la mesa para enfatizar el impulso y ayudar a enderezar sus músculos. Le hubiese venido bien la alfombra hecha con la piel de un kudú sobre la que escribía Ernest Hemingway —descalzo y de pie ante su Royal Quiet Deluxe dispuesta en lo alto de una estantería—, al que estrechó la mano y junto al que brindó con vino francés cuando el máximo responsable de las operaciones del NKVD en España, Aleksandr Orlov, y su mano derecha, Leonid Eitingon, se lo presentaron en el centro de entrenamiento de Benimámet, en Valencia.
Encauzó los pasos hacia una de las ventanas del salón de su apartamento situado en el Anillo de los Jardines, una zona residencial en el núcleo de la capital moscovita, habitual domicilio de altos cargos del Gobierno soviético y sede de instalaciones oficiales. Desde allí admiró el río Moskova, que acababa de poner negro sobre blanco en su nota autobiográfica. No parecía el mismo que contempló en el verano de 1941, cuando pisó por primera vez la capital de la Unión Soviética. Tampoco las cúpulas brillantes del Kremlin se parecían a aquellas que se enfundaron en octubre de ese mismo año, para que su centelleo no alertara a los aviones alemanes durante la defensa de la plaza Roja por parte del centenar de españoles que integraban la Cuarta Compañía al mando del capitán Pelegrín Pérez Galarza.
No, nada era lo mismo. Todo había cambiado. Se preguntó si sería ella la que habría caído en la trampa de las permutas. Sonrió y se llevó la uña del dedo índice entre los incisivos, en un gesto que la acompañaba desde que era una niña en su Ceuta natal. Su madre, doña Virtudes, intentaba quitarle esa manía que «afea la imagen de una señorita», pero a su padre, el escribiente militar Zoilo de las Heras, nunca pareció molestarle, a juzgar por el guiño cómplice que dirigía a la niña de sus ojos. Al menos en ese nimio detalle, África no había cambiado. Entonces, siendo la hija de una familia burguesa y militar, desconocía que los pequeños detalles pueden salvar o matar a un espía.
Sus recuerdos entraron en un bucle sonoro que los impidió avanzar. La aguja del tocadiscos había patinado en el surco del disco, confiscando la Sonata para piano n.º 23 en fa menor y enganchándose tras el moto perpetuo, justo en la reexposición del tercer movimiento, con claras reminiscencias de la danza rusa. El salto de la aguja había aniquilado los dos rotundos acordes finales de la coda del allegro ma non troppo. Solía ocurrir y sabía cómo remediarlo. África colocó pacientemente una moneda sobre el cabezal del brazo de la tornamesa. Le asaltó el recuerdo de un joven y presumido Ramón Mercader, apoyado en la barra del bar Joaquín Costa de la calle Guifré de Barcelona. «Puedo doblar una moneda de cobre con estos tres dedos, ¿quieres verlo?». Claro que podía. Y por supuesto que quería. Percibió el esbozo de una sonrisa tonta y nostálgica en su rostro.
Fijó los ojos en el teléfono que descansaba junto al tocadiscos, situado sobre el aparador. Permanecía en silencio desde el día anterior. Ninguna noticia. Ni rastro de los tres timbrazos de rigor más los dos de confirmación. Pensó que tan solo existe algo más desquiciante que un teléfono mudo: un mensaje que se resiste a ser descifrado. Sin Beethoven, la casa se había quedado en silencio y eso le desagradaba. Como le confió un día el agente soviético Kim Philby, con su aspecto de eterno graduado de Cambridge: «En nuestro mundo es mejor un rumor que un silencio». Tenía que hacerlo: descolgó el auricular y se lo puso en la oreja para comprobar que había línea, aunque sabía que ese ademán delataría por su impaciencia a cualquier agente novato. Escuchó el tono y devolvió la mancuerna a su sitio mientras el reloj de la pared le confirmaba lo que ya sabía: se retrasaba. Fiódor siempre era puntual, sobre todo cuando se trataba de visitar a su instructora. Seguro que había optado por el trolebús azul y blanco que recorría parte del anillo que circundaba el centro urbano, en vez de por el metro. La parada de Smolenskaya le dejaba muy cerca del apartamento; se lo había dicho mil veces, pero los jóvenes prefieren descubrir las cosas por sí mismos.
Recuperó la sinfonía de Beethoven, el claqueteo metálico de la Remington, y retomó su escrito.
Mi sorpresa llegó cuando recibí la llamada del NKVD, posterior KGB: me querían en el frente; combatiría por el país que representaba un modelo para todos los pueblos. Cuando accedí al edificio, me condujeron hasta el despacho del camarada coronel Dmitri Medvédev. Me preguntó: «¿Sabes disparar?»...
El timbre de la puerta aplazó su respuesta al comandante soviético. Sonó hasta enmudecer la Appassionata; primero un timbrazo y luego otro, el segundo, antes de llegar el tercero, que Fiódor siempre dilataba unos instantes porque sabía que su maestra sonreiría al otro lado de la puerta, maldiciendo su demora. En ese breve intervalo, África buscó su imagen en el espejo de la pared. El pelo blanco monopolizaba su retrato. Acudió fugazmente a su memoria una Caridad Mercader que cuidaba su espesa cabellera nívea con un producto azulado para evitar que amarilleara por el humo de las tres cajetillas de tabaco que fumaba cada día. Se contempló durante unos segundos: su piel no era tan olivácea como cuando le valió el apelativo de la Serrana o la Morena en los bosques ucranianos de Vinnytsia. Si no llevara prendida de su pecho tanta chatarra —como Roquelia, la mujer de Ramón Mercader, denominaba a las condecoraciones otorgadas por el Partido a los héroes de la patria—, cualquiera pensaría que era una dulce abuela a punto de abrazar a su nieto, y no una anciana de la vieja guardia soviética partidaria de la Guerra Fría.
El tercer timbrazo llegó con la intemperancia de todo lo que se hace esperar.
—María Pávlovna —dijo el joven antes de franquear la puerta. Sabía que debía esperar el permiso para hacerlo.
A África le agradaba que su discípulo pronunciara en voz alta aquel nombre, como si tuviera que convencerse de su identidad... Demasiadas sombras en su pasado.
—Se puso nombre de gran duquesa zarista —dijo Fiódor provocador.
Se refería a la prima carnal del último zar Nicolás II, creadora de la casa de bordados Kitmir, que solo trabajaba para Coco Chanel. La diseñadora francesa fue amante de su hermano, Dmitri Pávlovich, exiliado en París después de participar en el asesinato de Rasputín en Moscú. A la hora de elegir nombres, la coronel De las Heras siempre había sido única.
—Creí que ya no venías, camarada Fiódor.
Le gustaba aquel joven agente de sonrisa amplia y seductora, con porte de galán de cine. Le recordaba al Alain Delon que dio vida a Ramón Mercader en la película El asesinato de Trotski, dirigida por Joseph Losey en 1972, aunque África prefirió esperar unos años para verla y, por supuesto, lo hizo fuera de la Unión Soviética. No aguantó hasta los créditos; había historias y finales que ya conocía y, a veces, la ficción se alejaba demasiado de la realidad.
Desde que Fiódor accedió por primera vez a las instalaciones de la escuela de Malájovka, donde se impartían las clases de formación para los nuevos agentes del KGB, África vio en aquel muchacho ese algo especial que señalaba a los elegidos por la inteligencia soviética, aunque se esforzó en disimularlo. «Tiene usted nombre y aspecto de escritor. Y yo necesito actores, no bohemios juntaletras», le espetó nada más verle. «Eso no será un problema. Hay ascensoristas de la Lubianka que llegaron a oficiales de la inteligencia soviética», dijo el joven, clavando la mirada verdosa en su instructora. Aquella mención velada a Aleksandr Korotkov —el agente secreto que en 1938 participó en París en el asesinato y descuartizamiento del alemán Rudolf Klement, secretario de la Cuarta Internacional y amigo de Trotski, y que tres años después informó antes que nadie desde Berlín de una posible invasión alemana de la URSS— le hizo ganar al joven muchas posiciones en el cuadro de honor de la coronel. Sus méritos continuaron en la academia estatal soviética, cercana al metro de Belorusskaya, y en las clases que África impartía en su propia casa a los candidatos que consideraba mejores.
No era fácil superar el severo cribado de la instructora. Fiódor la había visto coger el teléfono de su piso para llamar al Centro y decir que no volvieran a enviar a su domicilio a determinada persona a quien no consideraba apta para el servicio, y colgar el auricular acto seguido sin esperar respuesta. Él había terminado su formación con la mejor nota. Con la aquiescencia de la coronel, frecuentaba el apartamento del Anillo de los Jardines para seguir compartiendo enseñanzas, experiencias y un grado de amistad que África no quiso tener con casi nadie desde su regreso definitivo a la Unión Soviética. Allí estaba en ese momento, a pocas horas de emprender el viaje que lo llevaría a realizar su primera misión importante en el extranjero.
—¿Me va a dejar pasar o necesito un visado especial? —preguntó el joven, aún apoyado en el quicio de la puerta.
—Me lo estoy pensando.
—Sé que me estaba esperando, no puede negarlo —comentó irónico, al ver las medallas prendidas en la chaqueta de lana azul que vestía la coronel.
No estaban todas las que le habían otorgado, pero sí algunas: la Orden de Lenin —la más alta condecoración soviética—, la Medalla de Valentía, la Medalla de Guerrillero de la Guerra Patria de primer grado, la Orden de la Bandera Roja...
—Esa es mi favorita. —Fiódor señaló la Estrella Roja.
—Esperemos que hagas méritos suficientes para conseguirla. Y que el día que te la impongan, llegues puntual.
—No ha sido culpa mía —se excusó, mostrando en la mano derecha un hermoso ramo de flores que había mantenido escondido a su espalda—. A los floristas de Moscú no les gustan las amapolas, qué vamos a hacerle.
—¿Por qué me traes amapolas? Son delicadas, no duran nada y tienen una muerte temprana, como los jóvenes espías insolentes.
—Porque no había girasoles, que sé que le gustan más. Alguien ha arramblado con ellos. No he encontrado ni uno solo en todo Moscú, así que tuve que improvisar. Las amapolas me recuerdan a usted: resisten a los herbicidas, lo aguantan todo y son tremendamente llamativas.
—Las amapolas rojas florecieron en el barro de Flandes, sobre los muertos. Crecen en tierra de nadie, por eso aparecían en las trincheras —apostilló la coronel mientras se dirigía a la cocina a por un jarrón para ponerlas en agua—. Desde un punto de vista botánico, son mala hierba, por muy bonitas que sean. Los agricultores las odian.
—Pues les montamos una colectivización forzosa, aunque sea viernes y estemos en 1983. La Unión Soviética siempre está preparada, en especial cuatro días después de celebrar el 66.º aniversario de la Revolución.
—Por decir desfachateces menores, hubo quien acabó en los sótanos de la Lubianka.
—¡Vamos! Son poppies —dijo refiriéndose a las amapolas—. Y hoy es el Poppy Day.
—¿Ahora somos ingleses en el Día del Recuerdo, celebrando el final de la Primera Guerra Mundial y recordando el sacrificio de los británicos?
—Menos mal que el caviar no admite discusión —rio el joven agente, al tiempo que mostraba la pequeña lata ovalada de caviar rojo, el favorito de la coronel del KGB.
África observó la caja metálica y el recuerdo de León Trotski apareció para intentar arruinarle el momento: era el mismo caviar que el líder bolchevique consumió el día que Ramón Mercader atentó mortalmente contra su vida. Se zafó del recuerdo, en parte gracias a la verborrea de Fiódor:
—Con esto firmamos el armisticio. Sé que lo prefiere a una caja de bombones. Uno nunca sabe qué hay dentro de unos sabrosos chocolates encerrados en una preciosa caja de madera; a ver si va a resultar que las enseñanzas del camarada Sudoplátov no han servido de nada...
África le miró orgullosa. Solo una vez había contado a su delfín cómo el responsable de Operaciones Especiales del NKVD Pavel Sudoplátov, jefe del servicio de contraespionaje del ejército soviético, había eliminado al líder de los nacionalistas ucranianos, Yevhen Konovalets —partidario de la invasión nazi de Ucrania y en contra del dominio soviético—, con una bomba magnética dentro de una caja de bombones, después de encontrarse en una cafetería de Róterdam el 23 de mayo de 1938. Tener buena memoria y priorizar los detalles siempre es un buen escudo para un espía. Quizá no era tan mala idea celebrar el Día del Recuerdo, a pesar de las amapolas.
—Iba a preparar café. A no ser que prefieras té.
—Por mí no se moleste, vodka está bien.
—¿A las once de la mañana?
—¡Por qué esperar! —exclamó Fiódor.
Se mostraba exultante, descaradamente encantador, incluso más de lo normal. Estaba a punto de realizar su primera salida al exterior y, si las sospechas del Centro eran ciertas, se avecinaba un periodo de mucha actividad, el paraíso soñado para cualquier agente. Era consciente de que debía controlar sus emociones porque, como la familia, solían ser un lastre en su profesión.
—¿Cree que podemos dar un respiro a Beethoven? Me pasa lo mismo que a los nazis con Wagner: cuando le escucho, me dan ganas de iniciar una guerra.
La música cesó y él notó el alivio; ya estaba lo suficientemente exaltado como para necesitar que algo le acuciara más. Echó un vistazo a su alrededor. No podía decir que era deformación profesional, porque aún no había llegado a ese punto de experiencia al que deseaba llegar cuanto antes. Era curiosidad, hambre de saber o una manera de calmar la sed de noticias que esperaban desde hacía horas, si no días. Comprobó que los cuadros que colgaban de las paredes del apartamento seguían huérfanos de fotografías. Solo había dos marcos: el del espejo y el de aquel certificado con fecha de 4 de abril de 1944, expedido por las Unidades Especiales del Ejército Rojo que, aunque sabía de memoria, siempre releía:
Este documento certifica que África de las Heras formó parte de una unidad especial guerrillera desde junio de 1942, mostrando siempre su condición de valiente soldado y eficaz radista. Por su brillante labor, la camarada De las Heras fue laureada con la Orden de la Estrella Roja y la Medalla de Guerrillera de primer grado, y se la propuso para la condecoración de la Gran Guerra Patria.
Paseó por la habitación esperando a que África regresara de la cocina, de donde saldría con el café recién hecho. Cuando volvió, le sorprendió asomado a su Remington.
—Por fin va a escribir sus memorias. Yo puedo ayudarla. Sé muchas cosas de usted.
—Tú no sabes nada, camarada, excepto lo que yo he querido contarte. Además, yo no tengo memoria. Mis recuerdos son propiedad del Estado —dijo mientras depositaba la bandeja con una cafetera y dos tazas. Ni rastro de azúcar.
—¿Y mi vodka? —protestó irónicamente Fiódor.
—También es propiedad del Estado.
—Como las fotos en sus paredes... Deberíamos hacernos una de los dos, para que pueda enmarcarla como un trofeo.
—Ya tengo uno. Guardo la última lámina de tiro que disparé —dijo África con orgullo, recordando que su puntería y su precisión seguían intactas, casi como el primer día: dos impactos en el centro de la cabeza y tres balas en el corazón, arremolinadas todas, como los martillos de las letras de la Remington minutos antes—. Me hubiese gustado guardar la primera diana que hice con el camarada Stejov en la unidad del coronel Dmitri Medvédev, pero me temo que para eso ya es un poco tarde.
Fiódor sacó un paquete en tonos azules y blanco de cigarrillos Kazbek, con el jinete a lomos de su caballo, el monte Kazbek al fondo y sus montañas nevadas. Antes de encender el suyo, le ofreció a la coronel, que no pudo evitar una burlona carcajada.
—Esos son los cigarrillos que fumaban los artistas —dijo—. Aunque para ser justos, he de decir que el propio Stalin aprobó el diseño del paquete. Él fumaba los Herzegovina Flor; al principio, los fabricaban casi exclusivamente para él: rompía el tubo de cartón del cigarrillo, desmenuzaba el tabaco y lo metía en su pipa. Quien tuviera uno de esos cigarrillos era porque Stalin se lo había entregado; eso sí que era un trofeo. Luego, cualquiera pudo tener esa caja negra con adornos en verde. El diseño era bonito, aunque a mí nunca me convencieron.
—Lo siento. Quizá prefiera los Belomor, eran más de los agentes del NKVD. Aunque no me la imagino fumando un cigarrillo tan fuerte, con un tabaco tan puro y sin aroma: 35 miligramos de resina y 1,8 de nicotina.
—Eran tan malos que empezaron a llamarlos «muerte del fascista» —recordó África—. Muchos los fumaban solo para adular al gran líder, porque este tabaco barato debía su nombre al canal Belomoro Baltiski, el canal del mar Blanco construido por cien mil presos a mayor gloria de Stalin.
A su lado, Fiódor había encendido el cigarro. Aspiró una calada y cambió la inflexión de la voz:
—El humo de la patria, que es dulce y agradable. ¿No es eso lo que decían de los Belomor?
—También decían que los 7,63 milímetros de diámetro del cigarrillo se calcularon por si, llegado el caso, se veían obligados a producir cartuchos en las máquinas de la fábrica de tabaco de Uritski, en Leningrado. Eran los mejores para esconder mensajes, siempre que tuvieras la paciencia necesaria para escribirlos y enrollarlos minuciosamente con el fin de que encajaran sin problema.
Ambos quedaron en silencio. Sin Beethoven, sin la Remington y sin el timbre del teléfono, que persistía en su afonía, la habitación permaneció enmudecida, con los rostros de África y Fiódor velados por el humo. Hubo un tiempo —en el París de las conferencias en el Pen Club y la Sorbona, o en la cálida Montevideo de las tertulias en el Sorocabana, después de comer un asado de carne y beber un medio y medio junto a su marido el escritor Felisberto Hernández— en que aquella niebla ahumada de los cigarrillos envolviendo los rostros le resultaba bohemia. Pero eso era entonces. En el Moscú de 1983, ya no lo era.
—¿Ha leído el telegrama? —preguntó Fiódor, más serio. Se refería al despacho secreto en el que se pedía ayuda ante un inminente ataque nuclear contra la URSS por parte de Estados Unidos y los aliados de la OTAN.
La suya era una visita de cortesía, pero estaba a punto de enfrentarse a su primera misión como agente de la inteligencia soviética en el extranjero y la amenaza de una más que posible Tercera Guerra Mundial comprometería sus planes. Qué menos que procurar conseguir algo de información y qué mejor fuente que su instructora, una leyenda en el KGB. Pero, precisamente por eso, sabía que no se lo pondría fácil.
—¿Ahora actúas como los abogados, haciendo preguntas de las que ya conoces las respuestas? —replicó África, consciente de que su alumno favorito, el que estaba llamado a ser el próximo Mercader del KGB, sabía que ella estaba al tanto. De lo contrario, no le habría instruido bien.
—Nuestros agentes en el extranjero han rastreado las señales en busca de pruebas de un posible ataque nuclear. Y las han encontrado. Estados Unidos se está preparando para un ataque a la URSS. Hace unos días comenzaron las maniobras de «Able Archer 83», y nuestros servicios de inteligencia piensan que son algo más que unos simples simulacros. Si no reaccionamos a tiempo, la Unión Soviética quedará desarmada en menos de una semana —enunció Fiódor de manera telegráfica, aunque sabía que la mujer que lo observaba impávida como una esfinge egipcia conocía más que él sobre la mencionada operación Arquero Capaz, «Able Archer 83».
Días atrás habían detectado movimiento militar por parte de las tropas aliadas de la OTAN. La inteligencia soviética, que llevaba meses en alerta, debía analizar si eran meras maniobras militares o un ataque nuclear en toda regla. Algunos veían los movimientos demasiado realistas para tratarse de una simulación. La Unión Soviética, con Yuri Andrópov al mando como secretario general del Comité Central de Partido, ordenó que se equipasen con armas nucleares los aviones situados en los hangares de Alemania Oriental y Polonia, al tiempo que movilizó varios submarinos con misiles balísticos nucleares al Ártico y decretó poner setenta misiles SS-2 en estado de alarma. Cualquiera que lo analizase desde fuera, supondría que los soviéticos no tenían previsto realizar ejercicios de simulación en plena festividad por el aniversario de la Revolución rusa. El ambiente se calentaba por minutos. La sombra de un nuevo conflicto armado a nivel mundial se extendía como una mancha de tinta. Pero África no iba a compartir ninguno de esos detalles con su discípulo. Como le había dicho un soldado ruso en Madrid, durante la guerra civil española, por la boca muere el pez y por los detalles, el agente secreto.
—¿Has venido a verme en busca de información o para calmar el volcán de nervios que tienes en el pecho y que eres incapaz de contener? En circunstancias adversas, esa falta de control podría suponer tu muerte. —Por primera vez, el gesto amable de África terció en el rictus severo de la coronel De las Heras—. Te lo he dicho mil veces: para mantenerse con vida en este trabajo, uno siempre debe esconder lo que siente, lo que piensa, lo que quiere y a quién ama.
—He venido a verla porque mañana me voy de Moscú a una misión que me impedirá visitarla durante unos cuantos años —justificó Fiódor, que seguía sin lograr una respuesta de su coronel, a la que aún mantenía la mirada como el primer día en Malájovka—. Así que, dígame, ¿sucederá? ¿Habrá una guerra nuclear?
—Los jóvenes siempre tan impacientes. Menos mal que el pasado 26 de septiembre, el oficial de guardia en el búnker Serpukhov-15 era el camarada teniente coronel Stanislav Petrov. A los cuarenta y cuatro años, la templanza es otra. Incluso cuando un ordenador te indica que Estados Unidos acaba de lanzar un misil contra tu país. —África buscó la complicidad de su protegido, que sabía perfectamente lo que había sucedido mes y medio antes, y cuán cerca habían estado de una guerra nuclear—. Se quedó sentado mientras la sirena le perforaba las sienes, viendo cómo en la pantalla roja de los ordenadores parpadeaba la palabra LANZAMIENTO, incitándole a hacer algo porque habían lanzado un misil balístico intercontinental LGM-30 Minuteman desde la base de Malmstrom, en Montana, hacia la Unión Soviética, y llegaría en veinte minutos. Un misil acercándose a la URSS a veinticuatro mil kilómetros por hora. Petrov pidió confirmarlo antes de dar la voz de alarma, pero los satélites de observación no detectaban nada. A los pocos minutos, un segundo misil, un tercero y un cuarto. Hasta un quinto apareció en las pantallas del ordenador. Pero el radar seguía sin verlos.
—El camarada Petrov se saltó las normas al no llamar a sus superiores. Obvió el protocolo.
—Supo esperar. Seguramente estaba muerto de miedo, pero controló la tensión. Analizó la información, los datos, las circunstancias y los márgenes de error de los aparatos que tenía ante sí en aquel búnker. Hizo caso a su intuición y a su preparación antes que a la tecnología. Era una falsa alarma. Nadie, y menos los Estados Unidos del presidente Reagan, podía empezar una guerra nuclear lanzando cinco misiles. Por si fuera poco, el sistema de detección de lanzamiento de misiles era nuevo; ya sabes que los satélites OKO son un sistema de defensa temprana antimisiles que apenas se ha probado. Además, el radar de tierra seguía sin confirmar lanzamiento alguno. Petrov supo que no debía hacer nada; cualquiera menos paciente y con menos sangre fría habría pensado que le tocaba hacer algo. Veinte minutos que salvaron a la humanidad de una guerra nuclear. —África le miró como ella solía mirar: sabiendo lo que pasaba por la mente de quien tenía delante—. Ese día pudo acabar el mundo, Fiódor. Y ahí fuera, ni siquiera lo saben. Cabeza fría y pulso firme. Es la única manera de tomar la decisión correcta. Ese es el verdadero ADN de un espía.
—Petrov está siendo investigado, acusado de desacato. Lo degradarán y lo destinarán a un puesto inferior, eso si no lo expulsan del ejército.
—Lo importante no es el individuo. La colectividad es lo primordial. Por algo el «percance» es material clasificado.
—¿Y si el camarada Petrov se hubiera equivocado?
—Yo tengo una pregunta mejor: ¿y si en vez de llamar a los mandos inferiores para informar de un fallo en el sistema de seguridad, en cuyas bases no habían recogido ninguna alarma ni señal de misil, hubiese llamado a los mandos superiores y la URSS hubiese iniciado una guerra nuclear por una falsa alarma? —La coronel De las Heras no apartaba su férrea mirada de la de su discípulo—. Un misil de esas características tiene el doble de poder explosivo que todas las bombas de la Segunda Guerra Mundial. Uno solo. En una hora, millones de muertos. Dime, camarada: sabiendo que, en ese caso, el contraataque soviético hubiera sido inmediato, al albur de la doctrina de la destrucción mutua asegurada, ¿dónde estaríamos ahora tú y yo?
—Creí que se nos instruía para recibir y cumplir órdenes... —ironizó Fiódor.
—Todo depende de la perspectiva y de las circunstancias. Si veinticinco días antes, el 1 de septiembre, dos cazas soviéticos no hubiesen derribado con misiles el vuelo comercial 007 de Korean Air Lines en el mar de Japón, por haber entrado sin permiso en espacio aéreo restringido mientras sobrevolaba la isla Moneron, quizá la historia se habría escrito de otro modo y Petrov habría reaccionado de otra forma. Pero esa es la diferencia entre los soldados y las máquinas: los soldados piensan, analizan, intuyen; las máquinas, no —sentenció la coronel, que había vivido con preocupación el derribo del KAL 007—. Fueron 269 muertos, todo el pasaje. De nada sirvió que la Unión Soviética dijera que había sido un error, que no sabíamos que era un vuelo civil, que pensábamos que era una provocación más de la inteligencia estadounidense dejando volar sus aviones militares. La Guerra Fría no admite disculpas. Ese día el mundo se hizo más anticomunista y Estados Unidos sacó y sigue sacando buen rédito de ello. Por eso Petrov hizo bien. Nadie en su sano juicio habría echado más leña a esa hoguera en la que querían hacernos arder los enemigos de nuestra patria.
—Me habla de algo que sucedió hace mes y medio. Pero ¿y ahora? La amenaza de guerra es real. Able Archer 83 es real, Arquero Capaz no es un simulacro. La OTAN se está movilizando: las comunicaciones entre Reagan y Thatcher son constantes, Helmut Kohl se ha unido a ellos y está esperando con los brazos abiertos la llegada de veintiún mil soldados estadounidenses... Están utilizando un sistema de comunicación nuevo, codificado; envían señales sin descifrar y usan otra frecuencia y otra criptografía. ¿Por qué iban a hacerlo si no fuera real? El mundo está plagado de armas nucleares de mediano alcance, ahí fuera hay misiles de crucero dispuestos a arrasar con todo —exclamó el joven agente, sin poder controlar su excitación.
Se levantó y se aproximó a la ventana. Era un hombre calmado, pero la desinformación no era algo que un agente soviético supiese gestionar con frialdad, a no ser que la fabricara él y entonces se convirtiera en la mejor arma de la inteligencia rusa. África conocía por propia experiencia el éxito de la dezinformatsiya soviética; el joven espía ya tendría tiempo de descubrirlo. Le dejó espacio y no dijo nada. También ella había conocido la zozobra que lega en un espíritu bisoño la impaciencia por pasar a la acción.
—Ni siquiera Reagan está tan loco como para acercarse con una cerilla a un bidón de gasolina, si no es con la intención de hacerlo estallar —dijo Fiódor mientras se encendía un nuevo cigarrillo y volvía a la mesa—. Desde que llegó al poder en enero de 1981, no ha parado de atacar a la URSS. En marzo de este año, en un discurso ante la Asociación Nacional Evangelista en Florida, calificó a la Unión Soviética de «imperio del mal», y un par de semanas más tarde anunció la Iniciativa de Defensa Estratégica, su famosa Guerra de las Galaxias, un sistema de defensa contra misiles balísticos, da igual que sean intercontinentales o lanzados desde un submarino, porque parte de ese escudo es espacial. Están por tierra, mar y aire. Los nuevos misiles balísticos de medio alcance Pershing II están llegando a las bases europeas. Estados Unidos piensa desplegarlos por Alemania, y usted sabe lo que eso supone: los Pershing II pueden dispararse desde camiones que no pararán de moverse de un lugar a otro y así será imposible detectarlos. Si eso ocurre, estamos vendidos: si no podemos localizarlos, no tendremos capacidad de respuesta. Nuestra operación Ryan lleva activa dos años, recopilando información, vigilando objetivos e identificando riesgos potenciales; desde el mes de mayo está informando de movimientos extraños y no creo que se equivoque como el sistema de seguridad del búnker de Petrov. Occidente va a lanzar un ataque nuclear. Si no reaccionamos, nos dejarán indefensos en menos de una semana.
—Tan peligroso es no detectar una información del enemigo como descifrar los códigos de un mensaje de manera incorrecta. ¿Sabes lo que un error de cálculo puede provocar?
—Lo sabe todo el mundo. En 1941 Hitler atacó por sorpresa la Unión Soviética, y creo que usted estaba allí. Alguien advirtió a Stalin, que prefirió obviar el peligro y casi nos destruyen. ¿Vamos a cometer el mismo error?
—Estamos listos para actuar —replicó ella—. La URSS siempre está preparada. ¿Lo estás tú o estás demasiado asustado?
África conocía ese fantasma. Había estado a punto de encararlo en más de una ocasión, como en marzo de 1946, cuando Winston Churchill habló en su discurso en el Westminster College en Fulton, Misuri, acerca del telón de acero que estaba a punto de caer sobre el mundo, situándolo al borde de una hipotética Tercera Guerra Mundial. Aquello marcó el inicio de la Guerra Fría, al menos para la opinión pública. El espectro de una tercera contienda que amenazara el equilibrio mundial e hiciera las delicias de los servicios secretos de las principales potencias le era familiar. En abril de 1961 volvió a visitarla, cuando ella misma informó al Centro de la invasión de bahía de Cochinos. A veces pensaba que los espías vivían mejor en tiempo de guerra que en los anodinos y embusteros periodos de paz. Necesitaban esa adrenalina para seguir vivos. África podía ver esa hambre insaciable en Fiódor, el hambre de guerra y de sus juegos.
El sonido del teléfono rasgó el aire como si un misil hubiese atravesado el salón del apartamento. Sonó tres veces y enmudeció, para regresar con dos nuevos timbrazos. Solo entonces África se levantó y fue hacia el aparato. Cuando volvió a sonar, lo descolgó sin mostrar el menor nerviosismo. Fiódor la observó: parecía una estatua de acero. Ni siquiera cuando descolgó el auricular pronunció una palabra, y tampoco cuando terminó la comunicación. Hasta que regresó a la silla no dijo nada.
—Hay que esperar —se limitó a anunciar antes de acercarse la taza de café a la boca y dejar en ella la marca roja de sus labios, que durante años se convirtió en su código particular.
—Vaya otoño... Demasiado caliente para mi gusto. Mi abuela tiene razón: dice que Moscú ya no es tan frío como lo era antes.
—Tu abuela murió el 5 de marzo de 1953, el mismo día que Stalin.
—Pero tenía una gran intuición, habría sido una buena espía... —Fiódor sonrió: era imposible sorprender a su maestra—. Supongo que no me va a decir... —Desistió antes de terminar la frase. Sabía que sería inútil. La coronel De las Heras era un sarcófago cerrado; pocas personas como ella sabían cómo guardar un secreto y, aún más, una información—. Le he traído el periódico, por si quería leerlo. Así no tiene que bajar a la calle.
—Siempre lo leo. Aunque sepa lo que va a decir y aunque, como dijo Nikita Jrushchov, hayamos estado viviendo bajo la ilusión mantenida por Pravda —ironizó la coronel: una alusión a las memorias del que fuera sucesor de Stalin, en referencia a la colectivización del campo en Ucrania—. ¿Sabes que fue con un periódico como empezó todo?
África sonrió al recordar la carta que la hija de Tolstói, Aleksandra, publicó el 12 de febrero de 1933 en el diario La Renaissance de París, bajo el epígrafe «No puedo callarme». Nunca olvidó el titular de aquel texto que apareció publicado en la prensa española el 26 de abril de ese mismo año.
León Tolstói también tenía una Remington, enviada por la compañía a finales del siglo XIX, en un intento de desterrar su antigua Underwood.
De una manera u otra, podría decirse que con Tolstói empezó la historia de África de las Heras.
—Quizá ahora sí nos venga bien ese vodka.
Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero nada teníamos; íbamos directamente al cielo y nos extraviábamos en el camino opuesto.
CHARLES DICKENS, Historia de dos ciudades
Apoyada en el mostrador de madera de la pensión de Madrid en la que vivía desde que llegó procedente de su Ceuta natal, África esperaba que la dueña regresara al vestíbulo y le entregara la llave de su habitación. Estaba cansada. Había sido un día ajetreado en la fábrica textil donde trabajaba y tenía ganas de tumbarse un rato en la cama, antes de que su madre, doña Virtudes, como la llamaban los demás huéspedes, volviera de hacer unas compras. Sabía que llegaría con algo rico de comer, amén de algún regalo para celebrar el natalicio de su segunda hija. Aquel 26 de abril de 1933, África cumplía veinticuatro años. No sería su aniversario más feliz. Hacía unos meses que había fallecido su padre, Zoilo de las Heras; su única hermana, Virtudes, se había trasladado a vivir a Tánger tras casarse con un agente de aduanas; y su madre viuda seguía sin asumir su nueva condición social y económica, tras una vida cómoda y moderadamente adinerada en Ceuta. África también venía con equipaje: un matrimonio roto con Francisco Javier Arbat Gil, capitán de Infantería del tercio de la Legión, y un hijo muerto, el pequeño Julián. Demasiado para alguien tan joven, incluso con un espíritu rebelde como el suyo, acostumbrada a despertar las habladurías escandalizadas de sus vecinos ceutíes, que no entendían el exceso de libertad de una muchacha a la que veían practicar deporte, fumar y beber en la calle, aprender a nadar como un hombre, conducir el coche de su padre o de su tío y salir por las noches sin que ninguna presencia masculina con autoridad familiar le coartara la diversión.
Su vida estaba cambiando a pasos agigantados, al igual que el país, inmerso en una metamorfosis política y social que por ahora satisfacía a pocos. A unos, los simpatizantes de esa monarquía de Alfonso XIII que despidieron en abril de 1931, por demasiado agitada y temperamental; a otros, aun abrazando la Segunda República, porque ese proyecto político se les quedaba demasiado corto y alejado de la sociedad de izquierdas con la que soñaban.
Por ese motivo su madre se había empeñado en hacer algo especial por su cumpleaños. La invitaría a comer en algún lugar bonito; sabía que le había pedido a la dueña de la pensión que le recomendara alguno; llevaban poco en la metrópoli y los tiempos en los que «Afriquita» estudiaba en el Sagrado Corazón de Jesús de Madrid —hacía más de una década— quedaban demasiado lejos y huérfanos de recuerdos. Seguramente le compraría una tarta o, conociéndola bien, se decidiría por una cajita de «bombones y caramelos finos», como anunciaba el grabado de la fachada de la confitería La Duquesita en la calle Fernando VI, por los que sentía auténtica devoción. «Hace meses que la familia Santamaría se quedó con el negocio y no hay dulces artesanos mejores en todo Madrid», le había confiado la dueña de la pensión, a la que, con una teatralizada delicadeza, doña Virtudes dejó con la palabra en la boca cuando comenzó a hablarle a su vez de la intrahistoria de la confitería El Riojano: «Tienen los mejores pestiños, tocinos de cielo, merengues, bartolillos, las mejores rosquillas tontas y listas, las gargantillas de San Blas, los panecillos de San Andrés, las torrijas, el membrillo y, en esta época del año, los buñuelos y los huesos de santo. Dicen que su fundador, el pastelero del Palacio Real, era amante de la reina María Cristina, la madre del rey Alfonso XIII, y que fue ella la que lo ayudó a montar el negocio, que digo yo que por algo iba a desayunar allí todos los días... El mostrador de caoba de la confitería viene de palacio». Su madre también compraría un paquete de buen café, aunque destinara a él unas pesetas extras de su ajustado presupuesto. El de la pensión no era bueno, demasiado aguachirle, «agua de fregar», en palabras veladas de algunos huéspedes, y si algo bueno tenía Madrid era el agua y la posibilidad de encontrar el mejor café del mundo, según le confió su tío Julián.
El recuerdo de su tío paterno siempre le dibujaba una sonrisa en la boca. Desde que falleció su padre, Zoilo de las Heras, era su tío Julián —el mayor de los hermanos y el único que quedaba con vida desde que el mediano, Manuel, falleciera hacía tres años cerca de Jaca, mientras intentaban reprimir la sublevación republicana de los oficiales Fermín Galán y García Hernández— quien se encargaba de enviarles dinero a Madrid. Era su forma de cuidar de ellas; en realidad, la única que tenía, para desgracia de África. Siempre había admirado a su tío Julián, podría decirse que lo veneraba.
La dueña de la pensión seguía sin aparecer. Temió que la señá Pérez —así la llamaba un viajante de Sevilla que solía alojarse en la pensión y, al ser del agrado de la aludida, pronto lo adoptaron otros clientes— estuviera contándole a un nuevo huésped la historia de algún establecimiento madrileño. De ser así, le aguardaba una espera de horas. Miró en el cajetín donde descansaban las llaves, pero la suya no estaba allí. Quizá doña Virtudes se la había llevado consigo. Aunque los huéspedes tenían prohibido hacerlo, por su seguridad y porque perderla conllevaba un gasto complementario que la señá Pérez no estaba dispuesta a asumir, su madre era muy despistada. África apoyó el cuerpo sobre la repisa para asomarse al pasillo y ver si la mujer aparecía con su llave. Nada.
Cuando recuperó la vertical, reparó en un voluminoso ejemplar de ABC que descansaba sobre el mostrador. Una gran foto de la Asamblea Naranjera en Madrid, celebrada en el teatro María Guerrero, monopolizaba la portada del periódico. Comenzó a leerlo para entretener la espera. No era algo que hiciese habitualmente. En la casa familiar, situada en el número 83 de la calle Soberanía Nacional de Ceuta, siempre había escuchado que en la prensa aparecía lo que algunos querían que apareciese. En el repertorio de su tío Julián triunfaba la anécdota que Valle-Inclán escribió en su obra Luces de bohemia, en boca de su alter ego Max Estrella: «Van a matarme... ¿Qué dirá mañana esa prensa canalla?», pregunta el preso; «Lo que le manden», responde Max. Su tío sabía de lo que hablaba. Aunque licenciado en Derecho, y antes de ser juez y alcalde de Ceuta, él mismo había fundado varios periódicos; que África recordara, El Español, El Derecho y, ya en Ceuta, La Linterna y El Eco de Ceuta. Incluso cuando era todavía muy pequeña para entender el significado de la respuesta de Max, la niña reía al escucharla por la forma teatrera, casi cómica, que su tío Julián tenía de narrarla.
Sus dedos acariciaban las hojas del periódico, las deslizaban una tras otra sin apenas detenerse a leer nada, excepto algún anuncio de caramelos pectorales Cenarro para la tos, de productos de tocador La Toja, de agua de colonia Jazmines Negros o de lanas escocesas, flamisol, riboul d’ingue, crespones y gasas estampadas de Sederías de Lyon. Las páginas de información cinematográfica tampoco traían gran cosa: una foto de Dorothy Hyson que «a pesar de su juventud desempeña un papel principal en El vampiro, película que, con Boris Karloff como protagonista, se rueda en Londres», un fotograma de Camisa negra, historia cinematográfica del fascismo italiano, y «la bella actriz alemana Dorothea Wieck, que ha sido contratada por una firma norteamericana para interpretar al lado de Charles Laughton el primer papel femenino de una cinta hablada en inglés». Siguió con la lectura desinteresada. Ni siquiera se molestó en retirar el ejemplar de la edición de Sevilla que alguien —seguramente el viajante amigo de la señá Pérez— había introducido en el periódico: por eso le pareció tan grueso el diario. Continuó pasando las hojas hasta que se topó con un titular en la página 3, que no había visto en la edición de Madrid, y que llamó su atención: «Para los amigos de la Unión Soviética», firmado por el escritor Álvaro Alcalá Galiano y Osma. Pero lo que realmente le hizo inclinarse sobre el periódico fueron tres palabras del texto: «No puedo callarme». Era el epígrafe de una carta escrita por Aleksandra Tolstói, la hija del escritor ruso:
Cuando en 1908 el Gobierno zarista condenó a muerte a algunos revolucionarios, un grito salió de la boca de mi padre: «¡No puedo callarme!». Y el pueblo ruso, unánime, se unió al grito de protesta contra aquel asesinato. Ahora, cuando millares de seres humanos en el norte del Cáucaso son fusilados o desterrados, y que mi padre ya no vive, siento la imperiosa necesidad de elevar mi débil voz contra las ferocidades bolchevistas...
La impaciencia la llevaba a saltarse algunas líneas si más abajo atisbaba alguna palabra que le interesaba:
Desde hace quince años el pueblo ruso padece esclavitud, hambre y frío. El Gobierno bolchevique sigue oprimiéndole y le arrebata su trigo y otros productos, que envía al extranjero porque necesita dinero no solo para comprar maquinarias, sino para hacer la propaganda comunista en el mundo entero. Y si los campesinos protestan y ocultan su trigo para sus familias hambrientas... se les fusila.
Sus ojos se deslizaban veloces por el texto, que parecía tener vida propia. Las palabras encerraban un grito que traspasaba lo impreso. «Desde Iván el Terrible, Rusia no ha contemplado mayores atrocidades», seguía diciendo. Y luego: «¿Es posible que todavía haya quien crea que la sangrienta dictadura de unos cuantos hombres destructores de la cultura, la religión y la moral pueda llamarse socialismo?».
Apenas le había dado tiempo a leer la última frase, cuando alguien le cerró bruscamente el periódico. Al levantar la cabeza, le vio.
—Si de verdad quieres saber lo que pasa en el mundo, no leas la prensa. Al menos esta —dijo el hombre, mientras apartaba el periódico con un gesto que pretendía ser divertido.
—¿Cómo dice? —preguntó África, todavía un poco sorprendida.
Le conocía. Era el hermano de la dueña de la pensión, la misma que seguía sin aparecer con su llave. Le había visto alguna vez por los pasillos y en las escaleras del hostal, siempre con prisas aunque lleno de vitalidad, y acompañado de otro amigo al que llamaba Amaro. Se quedó con ese nombre porque nunca antes lo había oído.
—Digo que no permitas que te lo cuenten otros. Es mejor que lo veas por ti misma.
El silencio de África, que aún dudaba si recriminarle de palabra su actitud o propinarle un bofetón por el gesto grosero de arrebatarle la lectura, obligó al joven a presentarse.
—Me llamo Luis. Me hospedo aquí. Si quieres leer algo que valga la pena, puedo dejarte algún libro —dijo mientras le devolvía el periódico y echaba a andar hacia la puerta de la pensión. Ya desde la calle, se volvió hacia ella—. Si te gusta el cine, algún día podemos ir juntos. Hay una película muy interesante que seguro no habrás visto y...
—No necesito a nadie para ir al cine. Tengo dos piernas que me llevan donde quiero y un jornal con el que pagarme la entrada yo solita.
—Mejor. Así podrás invitarme. Me gustan las mujeres independientes.
Luis Pérez García-Lago no era un hombre físicamente atractivo. Pese a que solo era tres o cuatro años mayor que África, las entradas en su cabello ya apuntaban hacia una retirada temprana, pero su personalidad arrasaba con todo. Era un empleado de banca, dirigente de la UGT y miembro de las Juventudes Socialistas. Sus ideas, de un marcado compromiso social, y su vehemente manera de expresarlas eran armas suficientes para llamar la atención de cualquiera. La misma tarde de su tosco encuentro, al regresar junto a doña Virtudes de su comida de aniversario, la cumpleañera encontró apoyado sobre la puerta de su habitación un pequeño paquete envuelto en papel de estraza y atado con una cuerda. Era un libro: El cemento, de Fiódor Gladkov. Luis había incluido una nota escrita a mano: «Para una Mujer Nueva». Esa misma noche, África se perdió entre las páginas de la que, para muchos, era la primera novela soviética de la clase trabajadora. Empezó a familiarizarse con la lucha de Gleb Chumálov y su mujer Dasha, esa Mujer Nueva que, después de sufrir los horrores de la guerra, no admitía el yugo masculino, que luchaba por sus derechos, por la igualdad y por la libertad, también en el sexo, como muestra de la nueva moral bolchevique; esa mujer que rechazaba ser «simplemente un ama de casa y una esposa». Ambos personajes comienzan a cimentar una nueva vida y una nueva ética reconstruyendo una vieja fábrica destruida, al igual que la moral de sus obreros. Le gustó Dasha. De Gleb subrayó una frase en el libro: «Confiamos en la sangre y nuestra sangre hizo arder todo el mundo; ahora, templados por el fuego, confiamos en el trabajo». En su cabeza, aplaudió el discurso como si fuera una más de los cientos de obreros que aparecían en la novela. La victoria del esfuerzo, de la confianza, la fe en la esperanza... eran conceptos de un nuevo lenguaje que África quería aprender.
A ese libro le siguieron muchos más, como Moscú tiene un plan o Las ciudades y los años. Los encuentros con Luis se multiplicaron y, finalmente, decidió ir al cine con él, pero no para ver Un marido infiel en el cinema Argüelles o De bote en bote, de Laurel y Hardy, proyectada en el cine Latina, como hacía la mayoría, sino para ver La línea general, de Serguéi Eisenstein, que en los carteles españoles aparecía con el título Lo viejo y lo nuevo. Allí volvió a sentir la fuerza en la mirada de su protagonista, Marfa Lapkina, dando vida a la heroína que representaba el futuro y el progreso gracias a una cooperativa de campesinos y a la llegada de tractores. A África le impresionó la película, no sabía si porque la cinta era muda, cuando el sonido era ya una realidad en las salas de cine, o por la escena de la batidora mecánica con claras connotaciones eróticas que tardaría un tiempo en olvidar. Le agradaban esas veladas con Luis y le gustó aún más cuando él también accedió a acompañarla al cine Progreso para ver Gran Hotel, aunque solo fuera para admirar a Greta Garbo y a Joan Crawford.
Cada vez era más habitual verlos juntos, acompañados de su amigo Amaro del Rosal, también sindicalista de banca y miembro de las Juventudes Socialistas. Ante la creciente preocupación de doña Virtudes —nada partidaria de las continuas salidas y de las compañías que frecuentaba su hija—, África empezó a acudir a sus reuniones, celebradas tanto en el interior de las habitaciones de la pensión como fuera de ella. Aquel fue solo el comienzo de una transformación ideológica, social y personal que la separó de su vida anterior y de su familia.
«Madre, debes irte. No quiero ahogarme en la habitación de una pensión contigo. Ve con mi hermana a Tánger, o vuelve a Ceuta, o regresa a Segovia. Eres libre, ve donde prefieras. Yo no puedo ocuparme de ti, y tampoco quiero. Mi lugar está en otro lado y no es contigo». La África fría y calculadora que tantas veces observaría Luis con el correr de los años había aparecido para devorar a «Afriquita», como la llamaba cariñosamente su padre. Poco quedaba de la niña que se escondía entre las hojas del enorme armario de su madre, en la casa familiar de Ceuta, para disfrazarse con sus vestidos, sus joyas, sus sombreros, su maquillaje —esa barra de labios de color rojo que difícilmente sobrevivía en el tocador de su progenitora— y subirse a sus zapatos de tacón con los que caminaba hacia el patio de la vivienda, donde simulaba ser mayor y tomar el té con las amigas, conocer a un apuesto militar héroe de guerra y cuidar a los hijos que a buen seguro tendrían. Con los años, algunos de esos inocentes juegos infantiles se habían hecho realidad —como su matrimonio con el apuesto capitán de Infantería del tercio de la Legión, Francisco Javier Arbat, y el nacimiento de su pequeño Julián—, pero luego habían dado paso a actividades más peligrosas y reales en las que África se sentía una Mujer Nueva, y el disfraz le quedaba como un guante.
El país estaba en constante ebullición y la confrontación política entre las formaciones de izquierdas y de derechas; ambas ideologías, cada vez más radicalizadas, amenazaban con quebrar la República. Las elecciones del 19 de noviembre de 1933 habían dejado una izquierda debilitada, mientras las fuerzas de la derecha, con la CEDA de José María Gil Robles como partido más votado, castigaban al PSOE con la mitad de sus diputados en el Congreso. Nadie se fiaba de nadie. El grado de desconfianza hacia el contrario llevó al presidente de la República, Alcalá Zamora, a optar por una solución intermedia, designando como presidente del Gobierno al líder del Partido Radical, Alejandro Lerroux —el segundo partido más votado—, para excluir del juego político a la CEDA. El arreglo apenas sobrevivió unos meses, tras los cuales volvió a instaurarse la inseguridad, los conatos de violencia, la sublevación callejera, las huelgas, las insurrecciones, los paros y las acusaciones de «fascismo» desde un lado y de «tiranía roja» desde el otro. La izquierda temía que el fascismo se implantara en España a través de las urnas, como había sucedido en Alemania con Hitler en 1933; en Italia, con la llegada al poder de Benito Mussolini como presidente del Consejo de Ministros después de ordenar la marcha fascista de los camisas negras sobre Roma, en octubre de 1922; y en Austria, en 1934. Toda esa efervescencia social y política la estaba viviendo África desde las trincheras, y no dudó en salir a las calles a gritar «¡Antes Viena que Berlín!»: frente a la pasividad mostrada por los alemanes que permitió a Hitler acceder al poder, ellos plantarían cara y se alzarían en armas como los obreros austriacos si era necesario.
—Largo Caballero es demasiado blando y eso derretirá al PSOE. Además, no le gustan los republicanos —analizaba Luis con la aquiescencia de sus compañeros—. Ni siquiera cree que un fascismo real amenace España. Piensa que la CEDA es un niño de teta comparado con el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán de Hitler o con el Partido Nacional Fascista del Duce. Ve baberos donde otros vemos camisas pardas y camisas negras.
—Hay que ser más radicales —le respaldaba África—. Y si no lo son en los despachos o en el Congreso, lo seremos nosotros en las calles.
No era el primer contacto que tenía con la política, con la lucha obrera, con los anuncios de huelga y los discursos enfervorizados de la izquierda. Antes de contraer matrimonio con el capitán Arbat, el 9 de agosto de 1928 en la iglesia del Sagrario de Ceuta, experimentó algún indicio de lo que su gran amiga Isabel Mesa —que años más tarde, en la clandestinidad, utilizaría el nombre de Carmen Delgado— llamaba «conciencia social». Había sido testigo de cómo Isabel se había ganado a sus compañeras costureras de la fábrica donde trabajaba, hablándoles de cultura, de libros, de teatro, de activismo, de libertad y de un concepto que empezaba a generar algunas dudas entre ellas: el feminismo. «El gremio de la aguja da para mucho», bromeaba la joven nacida en Ronda pero criada en Ceuta, después de conseguir el carnet número 1 del gremio de la CNT con tan solo quince años. La primera vez que África escuchó hablar de anarquismo fue por boca de Isabel: «El anarquismo es una senda maravillosa, pero muy escabrosa. Sin embargo, hay que seguirla. Y una vez estás en ella no la puedes soltar, te envuelve, te embriaga».
Ella también quería caminar por esa senda, sin importarle los peligros que acecharan. Necesitaba volver a sentirse viva después de un periodo en el que la muerte y la pérdida habían sido su única constante. Quería olvidar su pasado, quemarlo si era preciso, y ni siquiera requería sus cenizas para construir sobre ellas su presente. Y ahí estaba Luis, dispuesto a embriagarla y no solo en el terreno político. Desde su primer encuentro, había algo en aquella muchacha ceutí a lo que él no podía resistirse aunque quisiera, y ella lo sabía. La joven era consciente de que su belleza exótica provocaba miradas de admiración en los hombres y también un gesto similar, más de envidia que de embeleso, en algunas mujeres. Sus enormes ojos negros, vivos y expresivos, sobresalían en un perfil de marcadas facciones, tímidamente tintado en ébano, junto a unos labios demasiado voluptuosos para los cánones de belleza de la época y un nutrido pelo rizado de color negro azabache, que terminaban por delinear su imagen sensual. Pero Luis no se sentía atraído solo por su indiscutible belleza. Su inteligencia, su valentía y sus ganas de comerse el mundo le habían cautivado. Podía pasar de una actitud infantil a la más calculadora; de hacer el amor de la manera más tierna a la más salvaje; de jugar con los niños que veía en los parques a empuñar un arma. Y él sabía que llegada la hora no dudaría en utilizarla. Había mil mujeres en el cuerpo de la ceutí, y eso le desconcertaba y le atraía por igual. De la mano de Luis, África estaba descubriendo un mundo en el que se sentía renacer y deseaba continuar en él del mismo modo, sin necesidad de hacer más planes que los que la vida le brindaba, con la plena conciencia de sentirse libre, sin ataduras formales que la condicionaran. Quizá había tomado con excesiva literalidad las palabras de su amiga Isabel Mesa, cuando decía que «la mujer y el hombre tienen que ir caminando juntos, buscando la libertad, codo con codo o cogidos de la mano».
Se acordó de ella cuando, para celebrar que la Agrupación Socialista de Madrid contaba con una nueva afiliada —con número de carnet 4350 y de nombre África de las Heras—, Amaro del Rosal invitó a sus dos buenos amigos a una fabada asturiana en un local cercano a la pensión, «aunque la mejor se haga en mi ciudad, en Avilés, en esa tierra curtida de cuencas mineras a las que un día tendré el placer de llevaros para brindar con unos culines de sidra». Un vaso de vino tinto sirvió para realizar el brindis, al que se unió una amiga de Luis y de Amaro. África la reconoció al instante. La había visto en la prensa en su condición de diputada de las Cortes Generales, de escritora y de crítica de arte. En algunos diarios se habían referido a ella como «la conocida propagandista socialista». Era Margarita Nelken e irrumpió en la comida como si viniera de competir en una carrera de obstáculos que, en definitiva, era lo que venía haciendo toda su vida. Vestía un traje negro, excepto por el amplio cuello blanco que rompía la negrura e iluminaba su rostro, y un fino pañuelo anudado a la altura del pecho, del que colgaban unas gafas de lectura.
—¿Llego a tiempo para unirme a la celebración? —preguntó Nelken—. Quería conocer a la mujer de la que algunos no dejan de hablarme. —Guiñó un ojo a África, antes de vaciar el vaso de vino que Luis acababa de servirle—. Ten cuidado con estos dos. Yo a tu edad me sentaba junto a Ramón y Cajal y a Pérez Galdós.
—Margarita, si empezamos con las comparaciones... —terció Amaro, con la guasa que le caracterizaba.
—Fácil me lo pones: si empezamos con las comparaciones, terminamos teniendo hijos fuera del matrimonio, viviendo con un hombre casado, defendiendo el divorcio, ganando el mismo salario que vosotros, optando a las mismas oportunidades que los hombres y gozando de la misma libertad sexual sin que nos llamen rameras... Ahí terminaremos si empezamos con las comparaciones, querido Amaro. ¡Ya lo creo que hay que comparar! Por cierto, te he traído algo —dijo cambiando el tono y dirigiéndose a África, mientras metía la mano en el bolso y extraía un libro con las tapas color vainilla. En la portada se podía leer La condición social de la mujer en España—. Lo publiqué en 1919, pero es como si lo hubiera escrito hoy mismo. Te gustará. Este sí me dejaron firmarlo, no como la traducción de La metamorfosis de Kafka en la Revista de Occidente.
—Anónima, decían —recordó Luis—. Era 1925. Algo hemos avanzado.
—¡Vaya! Muchas gracias. No sé qué decir... —respondió África, tratando de ser educada y de disimular la admiración que sentía por aquella mujer.
—Mal empezamos. Eso nunca. Siempre hay que saber qué decir. Sin miedo. Y a quien le moleste, que se vaya al Lyceum Club. ¿Sabéis que esas arpías que se denominan feministas no quieren que forme parte de él? ¡Me han vetado! —Estalló en una carcajada que compartieron todos los comensales—. Pobres, qué sabrán ellas... Lo que les cuentan sus maridos en casa y los curas en la iglesia. Y luego cacarean algunos que por qué Victoria Kent se opuso al voto femenino en las elecciones. ¡Y yo porque no pude! No llegué a la votación del 1 de octubre de 1931 en la que se aprobó el sufragio femenino. Recogí mi acta de diputada más tarde.
—Te escuché el otro día en el Congreso hablando de los obreros, del hambre y de la Guardia Civil —comentó África, que sí tenía algo que decir sobre su intervención del 25 de enero de ese año—. Me conmovió lo que dijiste de que, solo en Badajoz, hay cuarenta y cinco mil obreros parados, y que el hambre se enseñorea entre los hijos de los trabajadores.
—Superó aquello que le espetaste a Gil Robles sobre que los propietarios están acostumbrados a que la vida de un hombre valga menos que un puñado de bellotas.
Nelken agradeció el último cumplido de Amaro con un ligero movimiento de cabeza, mientras terminaba de tragar el trozo de pan que masticaba.
—Me alegro de que lo escucharas, África. El campo va a estallar. Y con él, los campesinos. Braman por una revolución agraria, y la van a tener. No tardará mucho. Cuantos más seamos en la lucha, mejor. Será algo grande, algo nuestro. Ni siquiera la Revolución rusa nos vale.
—Brindo por eso —propuso Luis.
—¡Salud, compañeros! —Margarita Nelken levantó su vaso.
—¡Salud! —respondieron todos al brindis.
Como cada vez que se hacía uno de esos brindis tan apasionados, después todos quedaron en silencio, alguno con gesto serio, puede que preocupado, asimilando las posibles consecuencias de su augurio. Romper el mutismo de ese momento no siempre resultaba fácil.
—Me he apuntado a clases de dibujo en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando —anunció una emocionada África. Llevaba tiempo con ganas de hacerlo. Le gustaba el arte, en especial la pintura. Tenía buena mano con el dibujo, era de lo poco que conseguía relajarla de tantas tensiones, debates y reuniones. Y, además, la institución estaba cerca de la pensión.
—Eso ha sido muy inteligente. Hay que conocer tan bien los museos como los campos —le aconsejó Nelken—. Unos beben de los otros, son como dos amantes que se buscan y se desean porque no pueden vivir el uno sin el otro, aunque estén separados.
—Cualquier consejo que puedas darme será bien recibido.
—Haré más que eso, querida: te enseñaré algunas técnicas. Me encantará ver lo que haces. Me consta que tienes talento y mucha sensibilidad artística.
—Las mujeres debemos ayudarnos, eso hará que nadie nos detenga —asintió África, sirviendo un nuevo vaso de vino.
—Escúchame bien lo que voy a decirte: el día en que se consiga que las modistas tengan una jornada que no sobrepase las ocho o nueve horas y que una maestra de taller no pueda despedir a una oficiala por mero capricho, el feminismo español habrá progresado más que con todos los escritos y todas las proclamas juntas. Y espero que ese día tú, África de las Heras, y miles como tú, estéis al frente de esa revolución. Esa es la mujer nueva que gobernará el mundo: feminista y obrera.
—Tengo que estar allí. Quiero ver cómo es una revolución, vivirla desde dentro. Quizá sea lo más cerca que jamás esté de una.
La propuesta de África de trasladarse a Asturias, concretamente a Oviedo, tuvo una buena acogida entre la mayoría de los compañeros que, a esas horas de la noche de principios de octubre de 1934, aún permanecían reunidos en la vivienda de la calle León de Madrid. El piso pertenecía a unos trabajadores de banca, miembros del sindicato UGT, y funcionaba como academia de contabilidad; un lugar perfecto para realizar encuentros clandestinos donde se tomaban las decisiones sobre la actuación en la huelga general en Madrid. A Amaro del Rosal le pareció una buena idea.
—No sé si es necesario que vayas allí —replicó Luis, más preocupado de gestionar los conatos de insurrecciones que seguían produciéndose en las calles de la capital, a pesar de la acción represiva del Gobierno. La noticia de la muerte de un compañero y de un guardia en el barrio de Prosperidad aún le rondaba la cabeza cuando escuchó la propuesta de África—. En Madrid haces falta.
—También la puedo hacer allí. Además, soy de buen comer y tengo hambre. Ya sabes lo que dicen; en la España actual se sirven tres platos: las gallinejas a la madrileña, la lengua a la catalana y los huevos a la asturiana. Dime si me equivoco, Amaro.
—No lo haces. —El sindicalista asturiano le dedicó un gesto de aprobación.
Conocía el particular análisis gastronómico de la evolución de las huelgas generales en España: en Madrid, la acción obrera no estaba respondiendo a lo esperado; en Cataluña, el presidente Companys declaró el Estat Català y se puso del lado de los huelguistas, aunque fuera de palabra; y en Asturias, veinte mil mineros abrazaban la revolución con armas en las manos.
—Quizá no sea mala idea, Luis. Las huelgas en Madrid y Barcelona están perdidas, para qué vamos a engañarnos. Cualquier otro compañero puede hacer aquí lo que hace África —dijo Amaro, observando el gesto dubitativo de García-Lago, que seguía en silencio—. ¡Vamos, hombre! Ella es mejor que cualquiera de nosotros: más valiente, resolutiva e inteligente. Lo hará bien. Y, además, está limpia. Siempre ha trabajado en la clandestinidad. No hay ni rastro de ella en ningún registro policial.
—No estoy seguro.
—Míralo de esta forma: si el Gobierno envía sus tropas de África a detener la insurrección de los mineros, nosotros mandamos a nuestra África a Asturias para detenerlos a ellos. —Amaro recurrió a la broma para convencer a su amigo, aunque de momento erraba en su propósito; aun así no dejó de intentarlo—: Ya puestos, hagamos nuestra propia revolución frente a los regulares y a la Legión. El presidente Lerroux y el ministro de Guerra, Diego Hidalgo, están encantados con la propuesta de los generales Franco y Goded de enviar las tropas desde Marruecos. Si no han llegado ya a Asturias, están a punto de hacerlo.
—Deja de comportarte como un padre. —La voz de África, firme y segura, acabó con la indecisión de su jefe y compañero sentimental—. Mi padre está muerto y a mi madre la eché de mi lado. No son buenos precedentes si te empeñas en mantener una actitud paternalista.
La mirada de la joven era demasiada afilada e impactante para sostenerla durante mucho tiempo sin decir nada. Luis la había contemplado más que ningún otro y sabía lo que provocaba. Cualquiera que la tuviera delante no calificaría de surrealista la escena de la cuchilla seccionando el ojo de una mujer en la película Un perro andaluz. Todavía recordaba el desconcierto que sintió el día que ambos fueron al cine para ver una reposición del cortometraje de dieciséis minutos, salido de la imaginación de Luis Buñuel y Salvador Dalí. Ella ni siquiera retiró la mirada de la pantalla, como hizo la mayoría de los que ocupaban la platea del cine, especialmente las mujeres. El filo de esa navaja era la mirada de África. Era absurdo oponerse, y mucho menos intentar detenerla. Solo cabía desviar la mirada de ella u observarla hasta el final.
De camino a la estación de tren, contempló con cierta rabia la aparente calma que gobernaba las calles, con la gente apostada a la entrada del teatro, saliendo de las tabernas o degustando una leche merengada espolvoreada con un velo de canela en alguna de sus terrazas. África pasó por delante del cine Madrid y se quedó mirando el cartel de la película que proyectaban: Tempestad al amanecer. Le pareció premonitorio. Desconocía qué clase de aventuras correría la protagonista, Kay Francis, en aquella producción estadounidense, pero era consciente del papel que le tocaba interpretar a ella. Fue la primera vez que se sintió actriz, una de esas mujeres que tanto escandalizaban a doña Virtudes cuando sus amigas, al ver a «Afriquita» jugando a los disfraces, le auguraban un futuro de artista. «Calla, por Dios», se ofendía su madre, mientras se abanicaba con fuerza después de una merienda en el patio de su casa de Ceuta. «Qué deshonra para la familia».
La actriz en ciernes se había aprendido muy bien el papel. Era el mismo que llevaba oculto en el dobladillo de su vestido, más otro idéntico cosido en el interior del forro de su sombrero, por si en algún momento perdía o le interceptaban uno de los dos. En ese documento se detallaban las directrices para la insurrección minera en Asturias, más una serie de consignas políticas y las claves que utilizarían en sus comunicaciones telegráficas para confirmar cada etapa del levantamiento. En el compartimento del tren que la llevó desde Madrid hasta Oviedo, no pudo dejar de pensar lo que pasaría si fuera descubierta en una de las visitas que los guardias realizaban al vagón. Repasaba una y otra vez las instrucciones de Luis y Amaro, advirtiéndole que debía comportarse con normalidad, de manera amable, limitarse a sonreír en caso de que le fuese solicitada la documentación y evitar, en todo momento, tocar el sitio donde escondía el papel; era un gesto de nerviosismo que podría salirle caro.
La marcha de la huelga en Asturias estaba siendo desigual en los lugares donde se producían las sublevaciones: Mieres, Langreo, Grado, Laviana, Aller, Gijón, Campomanes, San Martín del Rey Aurelio, Oviedo, Pola de Lena... No todos los mineros tenían acceso al mismo material armamentístico y eso condicionaba la marcha y el éxito de la insurrección. Algunos podían empuñar armas cortas, pistolas, carabinas, algún fusil arrebatado de los brazos del enemigo que había caído herido o muerto en los enfrentamientos, o bien recurrían a la dinamita con la que habían elaborado bombas y explosivos caseros para defenderse del fuego que escupían las ametralladoras del ejército de la República. La capacidad resolutiva de África como enlace y su responsabilidad en el transporte de armas, unidas a su temeridad y a un valor armado de una ceguera absoluta ante el peligro, se puso a disposición de las milicias obreras, concentradas en atacar los puestos claves en ayuntamientos, cuarteles de la Guardia Civil e iglesias, y en el saqueo de las fábricas de armas de Trubia y La Vega. De camino a la plaza del Ayuntamiento, con los obreros que pensaban tomar la sede del consistorio, sentía que una fuerza interior la arrastraba en esa marabunta humana, al son de las consignas que salían de la garganta de las cuencas mineras: «¡Uníos, Hermanos Proletarios!». Escuchó complaciente los cambios que los mineros habían hecho en la letra del himno asturiano «Asturias, patria querida» y que, en aquel octubre de 1934, parecían cantar con más ganas, sin necesitar el abrigo de las gaitas:
Asturias, tierra bravía,
Asturias de luchadores,
no hay otra como mi Asturias
para las revoluciones.
Tengo que bajar a Oviedo empuñando mi fusil
y morirme disparando contra la Guardia Civil.
Contra la Guardia Civil y los cobardes de Asalto,
tengo que bajar a Oviedo y morirme disparando...
En Oviedo se había proclamado la República Socialista Asturiana. África contempló cómo los edificios de la universidad, el de la Audiencia de Oviedo, el teatro Campoamor o la cámara santa de la catedral eran pasto de las llamas y, esta última, de la ferocidad de la dinamita, pero prefirió mirar hacia los balcones de muchos consistorios de los que ya colgaban las banderas rojas y hacia barrios como La Felguera o el Llano de Gijón, donde se empezó a socializar la riqueza, creando comités de abastos. A veces convenía dejarse llevar y mirar en dirección al viento, haciendo oídos sordos al ruido del fuego, en especial si era fuego amigo.
En una de las calles más céntricas de la ciudad, se cruzó con una nutrida manifestación que en sus consignas prometía asaltar los cielos. Se quedó observando hasta que alguien llamó su atención. «¿Me ayudas?», le preguntó una joven con la sonrisa más generosa que había visto nunca. Le habría parecido una niña si no fuera por el fuego encendido en su mirada, que la dotaba de una madurez sobrevenida. Llevaba colgada al hombro una cartera llena de rollos de papel, que casi ocupaba más que su cuerpo menudo, envuelto en un llamativo vestido de flores. «Estamos colgando carteles para animar a la gente a que se una a nuestra lucha, a que salga a la calle y grite, cante, baile o haga lo que quiera», le explicó, mientras le mostraba uno de los carteles. «¿Qué dices? ¿Te animas?». África aceptó con agrado. Aquella muchacha irradiaba una desbordante energía y resultaba difícil no contagiarse de ella. «Me llamo Aida. Y no te preocupes, que no te haré trabajar mucho. Aquí donde me ves, soy una gran pegacarteles. Me viene de familia: mi padre es el encargado de pintar los carteles y los decorados del Campoamor. ¿No has estado nunca? Pues tienes que ir. No se puede estar en Oviedo y no pisar el Campoamor. Es como no llorar escuchando las gaitas, o no escanciar sidra cuando estás en Asturias», le dijo mientras empapelaban entre las dos la fachada de un edificio.
No era el único legado familiar de la muchacha. Su padre, Gustavo de la Fuente, además de artista había fundado junto a otros compañeros el Partido Comunista de Oviedo, en cuyas Juventudes militaban tanto Aida como sus hermanos, algo mayores que ella. Por su físico, a África le pareció que no tendría más de quince o dieciséis años. «Esto es algo demasiado grande como para no sumarse, ¿no crees? Nos necesitan a todos. Cada mañana, antes de acudir al hospital donde ayudo a las enfermeras, me paso por las cocinas que hemos montado en algunos barrios de las afueras de la ciudad y allí preparo café y comida para nuestros mineros. ¡Y no sabes lo que lo agradecen! Tanto como nosotros su lucha. Y por la tarde, a pegar carteles. Ya nos veremos, que ahora me esperan unos compañeros para repartir octavillas. Ya no sé dónde meter tanto papel», rio con la espontaneidad de una niña, al ver que en su cartera apenas había espacio, lo que casi provocó que se le cayeran todas las cuartillas al suelo. «Toma, por si te interesa», dijo entregándole uno de los rutinarios pasquines en los que se animaba a la población a unirse a las fuerzas revolucionarias. África quiso regalarle el bolso que llevaba en bandolera desde que había llegado de Madrid días atrás; le vendría bien para guardar las octavillas sin tener que juntarlas con los carteles. Aida se lo agradeció como si le hubiera entregado un cargamento de fusiles, y no quiso irse sin darle algo más que un abrazo a cambio. «Toma, te regalo mi gorra, para que te acuerdes de mí, por si no volvemos a vernos. No, así no... —le indicó la joven, sin dejar de lucir su sonrisa luminosa—. Te la tienes que poner como si fueras francesa, como una boina, ya sabes, un poco ladeada, aunque esta es mucho más bonita que la de los gabachos, porque es revolucionaria, ¿ves? —Señaló con un dedo las iniciales U. H. P. bordadas en blanco en la parte frontal: Uníos, Hermanos Proletarios—. Te queda perfecta». La vio alejarse con paso firme y resuelto; más que caminar, bailaba, como si se supiera en una fiesta en la que, como hubiera dicho doña Virtudes, tuviera completo el carnet de baile. Motivos de celebración parecía tener la joven, aunque tampoco escuchara las gaitas más que en su cabeza.
Todo iba muy rápido, quizá demasiado. Los comités revolucionarios formados en gran parte del territorio asturiano habían abolido la moneda y la propiedad privada, decretaron el cierre de determinados negocios como los colmados y las tabernas, que tomaron bajo su control para primar la fabricación de pan y el reparto de harina sobre el alcohol, el tabaco e incluso la carne, considerada un lujo por algunos, imponiendo un sistema de vales para los más desfavorecidos. No tardaron en crear la denominada guardia roja, que estaba a cargo de los prisioneros pertenecientes a la Guardia de Asalto y demás fuerzas militares de la República, y de refrenar los brotes descontrolados que empezaban a producirse, dejando una retahíla de robos, pillajes, violaciones y acciones violentas de las que los comités revolucionarios querían desligarse, asegurando que pasarían por las armas a quienes sorprendieran realizando actos de sabotaje. Las organizaciones obreras no estaban dispuestas a que esos sucesos que consideraban marginales detuvieran su revolución, y mostraban una pertinaz sordera ante los ecos de ejecuciones, asesinatos y torturas, excepto cuando las víctimas caían de su lado. «¡No más palabras! —gritaban—. ¡Hay que pasar a la acción! ¡Viva la revolución socialista! ¡Viva la dictadura del proletariado!».
Una noche de mediados de octubre, África puso rumbo a la estación de ferrocarril junto a un grupo de revolucionarios y una remesa de armas para un destacamento de mineros que resistía en su interior. Todo parecía controlado y en orden. Entregarían las armas y volverían rápido a la ciudad. La moral estaba alta y las fuerzas no decaían en ningún instante, pese a las noticias que llegaban de Madrid y de Barcelona, donde el Gobierno había logrado controlar las sublevaciones. Habían decidido apagar la radio; las emisoras emitían desde esas dos grandes ciudades y solo daban noticias favorables al Gobierno de la República y al fracaso de la huelga general en sus territorios. Pero los obreros asturianos resistirían por todos y se harían fuertes para seguir avanzando incluso hasta Madrid, como auguraban enfervorizados muchos mineros. Apenas quedaba un par de kilómetros para llegar a la estación, cuando el conductor del camión que transportaba las armas apagó las luces. Avanzó unos metros y aparcó el vehículo en una arboleda cercana. Los hombres que acompañaban a África empezaron a coger las cajas y los macutos con las armas mientras ella esperaba paciente y atenta a que terminaran de descargarlo todo, agradeciendo al cielo la aparición de nubes que velaran la incipiente luna llena. Cuando estaba revisando que no quedara nada en el interior del camión, oyó algo en el exterior. Miró en la cabina para comprobar si el conductor seguía en su puesto o había bajado a ayudar a sus compañeros a llevar las armas a los mineros parapetados en la estación. No había nadie; quizá estaba estirando las piernas, fumando un cigarro antes de que sus camaradas regresaran. Pensó en llamarle, pero ni siquiera conocía su nombre, como ellos tampoco el de ella. Sabían lo que tenían que saber: una compañera que había venido desde Madrid para actuar de enlace y gestionar el transporte de armas. De nuevo sonó algo, un chasquido; esta vez sí, lo escuchó nítidamente. Se bajó del camión para echar un vistazo. La voz a su espalda sonó como un disparo en mitad de la noche.
—¡África!
Ni siquiera dudó. Y no porque nadie allí conociera su identidad, sino porque distinguió de inmediato aquella voz. El tono de su marido y padre de su hijo era complicado de olvidar. Se dio la vuelta despacio para poder verle. Como si se hubieran aliado con el enemigo, las nubes desaparecieron de la retaguardia de la luna, lo que aumentó la visibilidad. Allí estaba el capitán de la Legión Francisco Javier Arbat Gil, observándola entre el escepticismo y la desconfianza. Pudo notar cómo la inspeccionaba, como si no pudiera creer que aquella mujer vestida con pantalón, botas militares y una pelliza amplia anudada con un cinturón de piel marrón a la altura de la cadera fuera la misma mujer de la que se enamoró en Ceuta, con la que contrajo matrimonio y con la que tuvo un hijo. La última vez que la vio llevaba un vestido largo de gasa y seda, en un color verde chartreuse que realzaba el brillo de su piel morena; fue en la boda de un amigo común a la que ya acudieron por separado.
—Francisco Javier —pronunció su nombre completo, como había hecho siempre, como si no hubieran pasado más de dos años desde la ruptura matrimonial. Ni siquiera estaba segura del tiempo transcurrido. Sucedió en otra vida, demasiado remota y ajena para encerrarla en un calendario.
—Pero ¿qué coño haces aquí? —preguntó él, que seguía sin poder reaccionar, aunque tuvo la precaución de mirar a su alrededor para comprobar que ninguno de sus hombres, con los que se disponía a realizar el ataque a la estación, estuviera cerca y pudiera verlos.
—Supongo que lo mismo que tú, pero en el lado correcto —respondió África en el mismo tono descarado que tantas veces había sacado de quicio a su exmarido.
—¿Estás loca? He estado a punto de matarte.
—No sería la primera vez —dijo, recordando los malos momentos de aquel matrimonio en el que nunca tuvo que haberse embarcado—. Quizá esta te salga mejor.
—Debería hacerlo, antes de que lo hagan otros. —El capitán le dirigió una de sus miradas inquisidoras—. La verdad es que no me extraña. Tu madre me dijo que andabas en malas compañías.
—Siempre he tenido ese problema —contestó, mientras pensaba en cómo salir de allí con vida y alertar a sus compañeros.
Por un segundo, consideró la idea de salir corriendo. Quería creer que el hombre que un día prometió amarla toda la vida no le dispararía por la espalda. Pero conocía su sentido del honor y del deber hacia la Legión, lo antepondría a todo. Tampoco permitiría que corriera a avisar a los mineros en la estación de ferrocarril, que era exactamente lo que pensaba hacer, aunque fuera a gritos. Caviló deprisa. Se decidió por la primera opción. Pudo incluso sentir la tensión en sus piernas preparadas para la huida. Algo se lo impidió.
Una nueva voz, esta vez a la espalda del capitán, entró en escena, lo que provocó que Arbat levantara el fusil que había bajado después de que África se diera la vuelta. De nuevo la apuntó. «Estamos como al principio», pensó ella mientras desistía de su plan inicial de escape. Ahora era imposible salir corriendo. Uno de los dos dispararía.
—Capitán... —El recién llegado se acercó fusil en mano—. ¿Todo en orden?
—Vigile a esta mujer. Está detenida.
África le miró. Le había subestimado. Seguía siendo el mismo hombre del que se separó por unas diferencias irreconciliables que hacían imposible la convivencia, según la versión comunicada a sus familiares y amigos. Era una manera sutil de disfrazar la verdad en las familias de bien, especialmente si entre sus integrantes había algún miembro del Ejército.
—Vendrá con nosotros. Yo mismo me encargaré luego de ella, ¿lo ha entendido, soldado?
—¿Es uno de ellos?
—¿No me ha oído? —preguntó el capitán Arbat, esta vez con más autoridad—. ¿El resto de los hombres siguen en sus puestos? —Ante la confirmación del soldado, se volvió hacia África para informarla—: Luego me ocuparé de ti.
Sentada en el interior de la caja del camión, ante la atenta mirada del legionario, que no dejó de apuntarla con el fusil en ningún momento, escuchó cómo los hombres del capitán Arbat reprimían a los mineros que se habían hecho fuertes en la estación. A sus oídos llegó el afilado silbido de las balas, el ruido de los fusiles al disparar, el estruendo de las granadas y las bombas de mano, el estrépito de los cartuchos de dinamita al explosionar, los gritos de guerra de unos y de otros y, finalmente, el silencio, tan solo roto por alguna orden de los vencedores a los vencidos. Pasaron horas hasta que volvió a ver al capitán. Fue después de observar la columna de obreros, ahora prisioneros y muchos de ellos heridos, escoltada por varios oficiales. No vio a ninguno de los hombres con los que había viajado en el camión; esperaba que hubiesen podido escapar y que sus cuerpos no alfombraran el campo de batalla en el que se había convertido la estación de ferrocarril. La voz del capitán Arbat volvió al imperativo, que era donde se sentía más cómodo.
—En marcha. Tú te vienes conmigo. —La cogió del brazo, abortando todo intento de oposición.
África comprendió que no era el momento de ponerse brava. Todavía no sabía qué suerte iba a correr. A juzgar por el semblante de los mineros, no presagió nada bueno y creyó firmemente que su destino sería parejo al de ellos. El capitán ordenó a sus hombres que llevaran a los prisioneros a los cuarteles de la Guardia de Asalto, donde les dirían qué hacer con ellos. Acto seguido la obligó a subir a uno de los vehículos y la sentó a su lado. No se dirigió a ella en todo el trayecto. Ni una mirada de odio ni una palabra de reproche, amenaza o insulto; ni siquiera el bofetón que estaba esperando desde que le escuchó pronunciar su nombre. Conocía sus silencios y eran más peligrosos que la ristra de improperios que podían salir de su boca cuando el capitán estaba inspirado. En su cabeza empezó a reproducirse una ringlera de imágenes que un día formaron parte de la rutina del matrimonio: cumpleaños arruinados por sus continuas peleas, gritos que salían de la alcoba conyugal, portazos, golpes en las paredes, cristales rotos, todo como antesala de ese silencio oscuro que permanecía durante días. África no tenía miedo, pero sí un reconcomio de rabia que apenas podía dominar y que había creado un volcán en su pecho que le dificultaba la respiración, aunque hacía esfuerzos ímprobos para transformarlo en una calculada frialdad. Pensó en Luis y en lo mucho que elogiaba la sangre fría que mostraba su compañera en determinados momentos. Su recuerdo la apaciguó. Ni siquiera sabía si iban solos en el vehículo, ya que no tuvo oportunidad de mirar hacia atrás. Cuando llegaron a su destino, el capitán se apeó y caminó unos metros hasta encontrarse con uno de sus oficiales, a quien le dio una serie de instrucciones que el hombre recibió con un asentimiento. Tan solo una vez dirigió la mirada hacia ella, y aquel gesto no la tranquilizó. Luego vio cómo Arbat se alejaba y entraba en el edificio.
La noche era cerrada, confirmando la victoria de las nubes sobre la luna como la de los militares sobre los mineros. Ni siquiera sabía dónde estaba, si era un cuartel, un centro de detención improvisado o alguna instalación militar o gubernamental. Distinguió carros de asalto y camiones de la Guardia Civil que había visto recorrer las calles de la ciudad y hacer lo mismo en algunos pueblos. No reconocía el lugar. Se giró para mirar en la parte trasera del vehículo y comprobó que no habían estado solos en ningún instante. Un oficial la observaba con el mismo mutismo que envolvió el trayecto. Arbat no era tan estúpido como para dejarla sola. Conocía a la que había sido su mujer; no habría sido la primera vez que salía corriendo.
A los pocos minutos, el capitán abandonó el edificio. Le vio dirigirse de nuevo a su encuentro. Después de doblar unos papeles e introducirlos en uno de los bolsillos internos de la chaqueta, se pasó las manos por la cabeza, como si necesitara poner en orden su cabellera tras haber hecho lo propio con los mineros.
—Le esperan dentro. Vaya —le dijo al oficial que había estado guardándoles las espaldas y que obedeció al instante—. De ella me ocupo yo.
Volvió a poner en marcha el motor y se perdieron rápidamente en la oscuridad de la noche. África se quedó mirando a través de la ventanilla la riada de obreros, mineros que llegaban de la estación como salieron: vencidos y escoltados.
—Deberías ir con ellos, ya que te gusta tanto la revolución. Pero tú siempre te salvas. No dejas de ser una niña malcriada jugando a la rebelión armada.
—¿Vas a matarme? —preguntó ella sin mostrar temor alguno, al ver que la carretera por la que iban estaba vacía y oscura. Tan solo despuntaban en el horizonte unos incandescentes haces de luces, que seguramente corresponderían a diversos focos de insurrección.
—Debería hacerlo. Si alguien o yo mismo te hubiera enseñado a comportarte, ahora no estaríamos aquí.
—¿Qué vas a hacer conmigo? ¿Por qué no me has entregado con ellos?
—¿Entregarte? ¿Sabes a qué te enfrentarías? Déjame ver: un delito de rebelión militar sería una condena de veinte años... —calculó el capitán en voz alta—. No creo que costase mucho obtener una orden judicial de detención.
No hubo más respuestas. El capitán Arbat siguió conduciendo sin decir nada hasta que llegó a una bifurcación que parecía conocer de antes y se internó en el bosque por una especie de camino que llevaba a una zona algo más frondosa y recóndita. Recorridos unos metros, detuvo el vehículo y se bajó sin apagar el motor y dejando las luces encendidas. Abrió la puerta del copiloto e hizo bajar a África. Hacía frío y la sensación de humedad se alojó rápidamente en sus huesos. El aliento de Arbat dejaba nubecillas de vapor en el aire; le confirmó que la temperatura era baja, más allá del escalofrío que le recorrió el cuerpo. Se situaron delante de los faros del vehículo, lo que permitió al capitán tener una mejor visión.
—Mírate, te has convertido en una fiera, en un animal. Eres uno más de esos chacales repugnantes a los que me tengo que enfrentar a diario. Ni siquiera sabes por qué luchas.
—Al menos sé junto a quién lo hago. —En cuanto pronunció la frase, supo que había cometido un error que podría ser fatal. Lo vio en el rostro de Arbat.
—¿De verdad? —preguntó el capitán, a quien parecía divertirle la escena. Sacó un cigarrillo del paquete arrugado que guardaba en el bolsillo del pantalón y lo encendió—. Y dime, ya que los conoces tan bien, ¿quiénes son?
—No son nadie y son todos. Los tuyos no van a poder frenarnos. La revolución está en las calles, estamos construyendo una nueva sociedad y no vais a...
El bofetón que le propinó el capitán no le permitió terminar la frase.
—Deja de tomarme por estúpido o te llevo ahora mismo al cuartel, donde los que te interrogarán no tendrán tantos miramientos como yo. Es mejor que me lo digas a mí. Habla: quién te ha mandado aquí, con quién has venido y qué demonios haces con esa gente.
—Te digo que no los conozco. Te lo juro. Ni siquiera sé cómo se llaman.
—Los de Madrid. Quiénes son.
—Si has hablado con mi madre, ya te habrá dicho quiénes son. Son solo trabajadores con conciencia social...
—¡Joder, ya empezamos con las consignas y las palabritas! —gritó el capitán, que comenzaba a desesperarse—. Mira, África, no estás fichada; ni tu nombre ni tu foto aparecen en ningún archivo policial. Lo comprobé en cuanto tu madre me contó en qué compañías andabas. Pero no me creo que hayas venido sola. Me cuesta creer que sea solo una más de tus locuras. Ni siquiera tú eres tan estúpida.
—Solo quería estar aquí porque es aquí donde hay que estar ahora. No sé qué más quieres que te diga. Precisamente tú deberías saber cómo soy.
El capitán Arbat lo sabía. Había vivido y sufrido su rebeldía, su independencia, sus entradas y salidas de tono, esa necesidad insaciable de sentirse un espíritu libre, incluso estando casada, que había terminado con su matrimonio y con el proyecto de familia que se habían comprometido a crear. Siempre la había culpado a ella del fracaso conyugal, al igual que lo hacía su familia y los mentideros de la ciudad. «Átala en corto, Francisco Javier. Amarra bien a esa potrilla, que si le das cuerda, se te va de la mano y luego no hay quien la controle», le habían aconsejado mil veces. No pudo hacerlo. Tampoco podía extrañarle que siguiera igual, por más que hubiera pasado el tiempo. La contempló en silencio: seguía siendo la mujer hermosa y vital de la que se enamoró, aunque su manera de vestir, su peinado y su olor se empeñaran en difuminarla. Su voz seguía siendo la misma, al igual que su tono insolente y provocador que tanto le sacaba de quicio. Y, una vez más, volvió a escucharla.
—No puedo decirte algo que no sé.
—¡Tú qué vas a saber! Ni siquiera supiste ser esposa, ni mucho menos madre.
El capitán sabía dónde golpear para hacer daño, aunque el dolor también se lo infligiera a sí mismo: el nacimiento del pequeño Julián había sido una de las pocas épocas felices del matrimonio, pero esa felicidad murió junto con su hijo. África conocía muy bien las tácticas de provocación y humillación de Arbat. Las había sufrido durante demasiado tiempo, aunque su madre siempre le decía que todo era culpa de su rebeldía y de un exceso de libertad que su padre no supo detener ni su tío Julián aplacar. Doña Virtudes confiaba en que lo hiciera su marido, pero tampoco pudo, supo o quiso.
—Se trata de eso, ¿verdad? —preguntó África, intentando llevar por otro rumbo aquel interrogatorio disfrazado de conversación en mitad de un bosque. No podía caer en la provocación. No era la primera vez que él intentaba emplear la muerte de su hijo para desarmarla y desposeerla de la seguridad que mostraba.
—Nunca se ha tratado de otra cosa.
Arbat se acercó a ella y la proximidad le permitió a África percibir el extraño olor, mezcla de pólvora, sudor y sangre, que desprendía su uniforme. Pero aquella cercanía laceraba su espíritu por otro motivo: podía ver los ojos del pequeño Julián en los del padre; eran los mismos: grandes, almendrados, intensos... Una trampa del destino que siempre jugaba en su contra.
—Estás loca. Lo tenías todo y lo tiraste por la borda. Estáis todos locos —exclamó separándose violentamente de ella después de unos segundos—. ¿Es que no lo veis? La aviación está bombardeando algunas zonas, y no con panfletos que llamen a la rendición de los rebeldes, como hace unos días sobre Mieres. Ahora es fuego real. Esto no es ninguna broma. Jugáis a ser bolcheviques montando una revolución que ni siquiera entendéis. Tú y tus amigos estáis organizando una guerra. Aquí muere gente. Ayer mismo, en la iglesia de San Pedro de los Arcos, a menos de quinientos metros de la estación donde tú estabas entregando armas a tus amigos revolucionarios, mataron a una niña que servía de enlace entre los sublevados. ¡Una niña! Y no estaba jugando a la comba. Uno de los míos la encontró atrincherada allí junto a un grupo de obreros. Iba con un vestido rojo, una metralleta en la mano y una pistola escondida en el pecho. Ella sola mató a dos hombres, sargentos ambos. Y habría matado al teniente Ivanov si él no le hubiera disparado antes. —Los ojos del capitán, inyectados en rabia, seguían fijos en África, que le escuchaba sin apartar la mirada de él, como tantas veces había sucedido en un pasado que había dejado de ser remoto—. Aunque la caterva roja ya ha empezado a decir que la fusilaron en el paredón del cementerio, que encontraron trece agujeros de bala en su cuerpo, que los legionarios la desnudaron y la violaron... En fin, ya sabemos cómo funciona la propaganda de los rojos. Tenía edad de estar en el colegio, no pegando tiros. Su padre, que pinta carteles para el teatro Campoamor, ha ido a buscar su cuerpo a la fosa de la iglesia de San Pedro de los Arcos... ¿Es así como quieres acabar? ¿Muerta en una fosa, como esa niña? Hasta recuerdo su nombre: Aida. No es fácil matar a niños. Tampoco olvidarlos.
Al escucharlo, el rostro de África se contrajo, pero reprimió la emoción para evitar que un repentino llanto la delatara. El capitán Arbat lo interpretó como una muestra de debilidad, de que por fin entraba en razón. Las historias de niños siempre emocionan a los adultos, quizá porque los retrotraen a su propia infancia y les recuerdan que una vez fueron inocentes. No podía imaginar que la emoción de la mujer respondía a aquel encuentro fugaz que tuvo con la adolescente revolucionaria.
—Siempre me has obligado a hacer cosas que no quiero hacer —susurró Arbat, mientras terminaba de dar la última calada a su cigarrillo.
Permanecieron en silencio unos segundos. Hasta que el capitán, como de costumbre, tomó la iniciativa.
—Vamos —ordenó. De nuevo la cogió del brazo y la introdujo en el vehículo—. Toma, ponte esto y quítate ese absurdo disfraz que llevas.
Le entregó una bolsa de tela en cuyo interior había un vestido y un abrigo, ambos de color oscuro. También encontró unos zapatos negros con hebilla y tacón bajo, y un pañuelo para cubrirse el pelo en lugar de la boina negra que le había regalado Aida con las iniciales U. H. P. África no quiso saber de dónde había salido aquella ropa. Solo le dolió desprenderse del regalo de la muchacha y, quizá por eso, rehusó anudarse el pañuelo en la cabeza. Obedeció y permaneció en silencio.
Unos minutos más tarde se detenían frente a la estación adonde había llegado días antes. Sin soltarle el brazo ni un momento, Arbat se acercó a la taquilla para comprar un billete del tren con dirección a Madrid que estaba a punto de salir. Recorrió con ella el andén, mirando a su alrededor y sin perder de vista la retaguardia, hasta llegar al vagón asignado.
—Vas a subirte a ese tren. Y espero que pienses en lo que has hecho y en lo que me has obligado a hacer a mí —le dijo el capitán, que se entretuvo en mirarla unos instantes—. Siempre has sido una buena actriz. Así que actúa como tal.
La besó en los labios, representando la misma despedida que otras parejas protagonizaban a su alrededor, sin que ella hiciera nada para evitarlo. Cuando se separaron, África se dio cuenta de que no había sentido nada, ni siquiera odio ni aversión. Nada. La expresión de Arbat no reflejaba esa indiferencia: era difícil desprenderse de un sentimiento como el que él seguía albergando por aquella mujer, aunque eso le obligara a saltarse las órdenes para ponerla a salvo.
—Intenta no volver a perderte.
—Intentaré no volver. No puedo prometer más.
Desde su asiento junto a la ventanilla, miró por última vez al capitán Arbat, que no se movía del andén ni pensaba hacerlo hasta que el tren se perdiera en el horizonte; no se fiaba de ella. Sentada en dirección contraria a la marcha, su mirada se cruzó con la de él durante más tiempo del deseado a través del cristal de la ventana. Cuando el convoy comenzó a andar, el corazón de África le siguió, aunque a un ritmo más acelerado que el traqueteo del tren. Siguió observando al capitán hasta que la distancia lo convirtió en un punto minúsculo. Solo entonces escondió el rostro entre las manos y rompió a llorar. Por Aida, por sus compañeros, por la muerte de la revolución en Asturias... y también por ella, que había sido salvada por su enemigo.
Conforme abandonaba la ciudad, contempló la ristra de camiones en los que trasladaban a los obreros detenidos en los disturbios. Todos con las caras tintadas de negro, unos rostros delineados por el cansancio, la extenuación, algún rastro de sangre y el desánimo de haber fracasado, aunque con el orgullo de haberlo intentado. Qué distinto aquel retablo del que vio en la cartelera del cine Madrid, durante su salida de la capital. La «tempestad al amanecer» no había sido lo devastadora que ella imaginaba. La embargó una gran sensación de tristeza, acorde con las nubes grisáceas que cubrían el cielo cinéreo asturiano. Más que nunca, había justificación para ese color plomizo. Se sentía impotente; en cierta manera la enervaba no hallarse entre los detenidos. Pensaba que había fallado y en parte culpaba a su exmarido. Maldijo al destino por aquel fatídico encuentro que había abortado sus planes de revolución, como maldijo el día de finales de 1927 en que los presentaron, después de que él recibiera la medalla militar de Marruecos y el ascenso de teniente a capitán. Le abrumó pensar que aquel hecho le había salvado la vida, porque eso le hacía sentirse más cobarde de lo que ya se consideraba.
En Madrid, el estado de guerra había dejado las calles vacías y en silencio, muy distintas a como las había visto días atrás, mientras en su cabeza todavía resonaba con fuerza la última consigna escuchada en boca de los mineros asturianos, ahogada en sus gargantas por la represión militar: «¡Como en Rusia! ¡Hay que hacer como en Rusia!». Llegaba con ganas de desahogarse con sus compañeros, de reconocer los errores cometidos, pero también de continuar con la acción, con la lucha armada, hasta el final. Durante unos días, había sido testigo de que la revolución era posible. Tan solo había que organizarse bien y abastecerse mejor.
La precipitada salida de Oviedo le había impedido llamar a Madrid para informar de su inminente regreso. Nada más llegar echó a andar hacia la casa que compartía con Luis desde hacía unos meses —tenía ganas de quitarse esa ropa extraña que le había dado el capitán Arbat—, pero a medio camino cambió de idea. Prefirió centrarse en lo importante: informar y ver a sus camaradas lo antes posible. Se dirigió a la calle León, donde supuso que los encontraría.
Apenas le quedaban unas calles para llegar a la vivienda, cuando tuvo la impresión de que alguien la seguía. Apretó el paso, pero podía intuir una sombra cerniéndose sobre ella. Por un instante, pensó que el capitán se la había jugado y que, después de subirla al tren, había informado a sus mandos para que la policía estuviera esperándola en la estación de Atocha. Las palabras de Arbat volvieron para oprimirle el pecho y golpearle las sienes. «No creo que costase mucho obtener una orden judicial de detención». Quizá la sombra que sentía era el fantasma de los veinte años de cárcel por un delito de rebelión militar. Tampoco podía extrañarle, ella habría hecho lo mismo. De hecho, ella le hubiese matado en aquel camino del bosque donde el capitán intentó sacarle algo de información. Seguro que la seguían desde que salió de la estación. No podía poner en riesgo a sus compañeros, así que varió el rumbo alejándose de la calle León. Fue entonces cuando alguien salió de la oscuridad para cortarle el paso y, durante un instante, la respiración.
—¿Se puede saber qué demonios haces? —preguntó la sombra.
En un primer momento, no reconoció a Amaro, que había aparecido ante ella como un puzle mal formado. Estaba nervioso, sudoroso y hablaba como si se hubiera tragado la voz.
—Has cambiado tres veces de dirección desde que saliste de Atocha. Vas haciendo círculos sin que nadie te siga.
—Ha pasado algo —le anunció África, deseando ponerle al día de lo que había sucedido en Asturias y del encuentro inoportuno que podría complicarles la vida.
—Ya lo creo que ha pasado algo.
El gesto de preocupación de Amaro trasladó la sublevación minera a un segundo plano y volvió a encerrar el corazón de África en un puño de hierro que amenazaba con hacerlo estallar. Ahora sí, su rostro se llenó de oscuras sombras, tintándose de la negrura de los mineros asturianos.
—¿Es Luis? ¿Qué le ha pasado? —Se temió lo peor—. ¿Lo han matado?
—Le han detenido. Nos estaban esperando cuando acudíamos a una reunión. Yo conseguí escapar porque llegué tarde y vi lo que se estaba formado en la calle, pero él cayó.
—Pero ¿dónde está? —preguntó desesperada, como si aquella noticia aniquilara la esperanza con la que contaba para recuperar el aliento—. ¿Está bien?
—No se sabe nada de él, aunque las noticias no son buenas. —Amaro negó con la cabeza—. Están deteniendo a todo el mundo y nadie sabe nada. Solo que están en los calabozos y que no tardarán en trasladarlos a la Modelo. La represión está siendo brutal. No se paran ante nada ni ante nadie. Estamos todos en peligro —relató mirándola fijamente. Sabía que podía hablarle sin subterfugios—. Tengo que abandonar Madrid, por eso estaba en Atocha cuando te he visto y he salido detrás de ti. He supuesto que te acercarías a vuestra casa o a la calle León, y estoy seguro de que las tienen vigiladas. Ahora ya lo sabes. Busca un sitio donde quedarte. Tú puedes hacerlo, no saben quién eres.
—Te equivocas, sí lo saben. O al menos, hay una posibilidad de que lo sepan —anunció precipitadamente—. He vuelto de Asturias porque alguien me ha reconocido, y no estoy segura de que a estas alturas la policía no tenga ya mi nombre y mi fotografía.
—¿Quién? —Amaro seguía sin entender nada—. ¿Quién ha podido reconocerte en Oviedo?
—El hombre con quien estuve casada: Francisco Javier Arbat Gil, capitán de Infantería del tercio de la Legión.
—¿Estuviste casada con un legionario? —La incredulidad de Amaro moldeó de nuevo sus facciones—. ¿Y no se te ocurrió comentarlo en algún momento? ¿Lo sabe Luis? —preguntó antes de que otra cuestión más apremiante lo asaltara—: Y tu marido ¿sabe quiénes somos nosotros?
—Mi exmarido —puntualizó África—. Y no, no sabe nada. No he dicho nada. Me obligó a meterme en un tren de vuelta a Madrid. Creo que piensa que es una de mis locuras y nada más, pero no podemos estar seguros.
—En ese caso, no te puedes quedar aquí. Es peligroso. —Amaro ya estaba cambiando los planes en su cabeza—. Vendrás con nosotros. Esta misma noche salimos para Orense.
—¿Salimos? ¿Quién más va?
—La mujer de un compañero de sindicato y su hijo. Victoriano, le has visto alguna vez en las reuniones...
África sabía de quién hablaba. Era un militante de la organización clandestina en Madrid, también empleado de banca.
—Es él quien me ha dejado su documentación —siguió Amaro—, y si me acompaña su familia, todo será más creíble. Tú también tendrás que viajar con documentación falsa, no podemos arriesgarnos después de lo que ha pasado en Asturias.
—¿Y qué hacemos con Luis? No puedo dejarle aquí.
—Puedes y debes. Él mismo te lo diría si pudiera, y lo sabes muy bien. Ahora son otros los que tendrán que ayudarlo, pero no podemos hacernos muchas ilusiones.
El mundo de África se derrumbaba. Había pasado del éxito de la revolución al infierno del fracaso, exactamente igual que la sublevación en Asturias y las huelgas generales iniciadas el 5 de octubre de 1934.
Sentada en el vagón del tren que los llevaría a Orense, observó la documentación que le había entregado Amaro junto a su billete.
—¿Ahora somos cuñados? —comentó en voz baja, al ver la identidad elegida para la ocasión.
—Siempre te he considerado familia. Luis es como un hermano para mí —bromeó él, intentando relajar el nerviosismo de la mayoría de los presentes en el compartimento—. No te quejarás de cómo te trato: vagón de primera clase.
No viajaban solos. Enfrente de ella, un hombre leía El Heraldo de Madrid. Lo mantenía abierto, como un libro. Entonces la vio. La fotografía aparecía en la portada. La misma sonrisa luminosa, el mismo vestido de flores y el bolso bandolera que ella le había regalado; debieron de hacérsela el mismo día en que la conoció. Bajo la imagen, dos palabras entrecomilladas: «La Libertaria». Así la llamaban. El titular principal iba escrito en letras mayúsculas: UNA MONSTRUOSA INJUSTICIA. Debajo, otro que flanqueaba la fotografía de Aida: «Dos de las tres muchachas que fueron ultrajadas y asesinadas en la aldea de San Claudio (Oviedo) están con vida». Rápidamente, su mirada descendió por la portada: «La hija del pintor La Fuente (la Libertaria) no murió a manos de los revolucionarios, sino todo lo contrario...». Le dio tiempo a leer el comienzo del artículo, antes de que el hombre del periódico lo doblara y le impidiera seguir descifrando la noticia. De buena gana se lo habría arrebatado como había hecho Luis con ella, aquella lejana mañana del 26 de abril de hacía un año, cuando leía el ABC en el mostrador de la pensión.
—¿Estás bien? —le preguntó Amaro, que había advertido cómo se le descomponía el gesto.
—Un poco mareada, nada más —dijo, intentando no preocupar a su compañero de viaje.
—Pues parece que hayas visto un fantasma.
—Algo así.
No pudo quitarse de la cabeza la imagen de Aida en todo el trayecto. En su recuerdo, la joven siempre aparecería sonriendo y no muerta, acribillada a tiros. La memoria, como el relato interesado, tiende a quedarse con la mejor versión. Así ocurrió con la denominada «Rosa roja de Asturias»: el tiempo y el ardor guerrillero de sus camaradas mudaron no solo su nombre —reconvirtiendo a Aida de la Fuente en Aida Lafuente— sino también la fecha de su nacimiento, de 1915 a 1918; el mito simbólico de una niña asesinada por el enemigo a los dieciséis años se imponía sobre el de una mujer de diecinueve.
Cuando llegaron a Orense, Amaro cruzó a Portugal. África tuvo claro cuál era su lugar en el mundo en aquel momento, y no estaba en Galicia. La fotografía de Aida y el recuerdo de las palabras que escuchó gritar a los mineros que marchaban detenidos por mandos del ejército —«Al proletariado se le puede derrotar, pero jamás vencer»— la persuadieron de que debía regresar a Madrid y luchar desde allí. Y no solo por Luis. A veces, escapar de todo no es la solución. Ese era el sentido de la lucha. Nadie se involucra hasta la muerte en una guerra que sabe ganada.
Debía estar donde fuera necesaria. Hacía mucho tiempo que se había convencido de que ese axioma dibujaría el mapa de su existencia: ella siempre estaría donde debía estar.
En tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario.
GEORGE ORWELL, 1984
—¿Habéis oído lo de Marruecos? El Ejército se ha sublevado.
África miró a Luis, que acababa de echar dos terrones de azúcar al café solo, negro como el carbón, recién servido en un vaso color ámbar de Duralex. La cucharilla detuvo su movimiento circular, como lo hizo el corazón de los presentes. Otra vez esas tres palabras juntas: ejército, sublevación, Marruecos. Después de casi dos años, volvían a hermanarse en una frase. Esa terna maldita heló el caluroso ambiente que se respiraba en la primera quincena de julio de 1936 en Barcelona y, en general, en toda España.
Luis recogió la mirada de su compañera y la rebotó hacia su amigo Antonio López Raimundo, en cuya casa de la Ciudad Condal la pareja estaba pasando unos días. Los tres se habían hecho muy amigos desde que el madrileño salió de prisión y conoció a Antonio, un maño afincado en Barcelona, miembro del Sindicato de Banca y Bolsa de UGT y afiliado a la Federación Catalana del PSOE. Luis había estado en la Modelo de Madrid desde octubre de 1934 hasta la amnistía que declaró el Frente Popular de Manuel Azaña para más de treinta mil presos políticos, tras ganar las elecciones del 16 de febrero de 1936, donde la izquierda venció en las urnas por un estrecho margen de diferencia sobre la derecha. África fue a visitarle a la cárcel todos los días, no solo para infundirle ánimos y, de paso, despertar la envidia de los compañeros de prisión por la belleza de la mujer de Luis —así la consideraban todos, entre ellos un joven Santiago Carrillo y el propio Amaro que, repatriado desde Portugal, fue juzgado y condenado a veinte años de prisión y que también ingresó en la Modelo—, sino para llevarle los periódicos, algo de comida y, sobre todo, actuar de enlace con el exterior para mantenerle al corriente de lo que pasaba en la calle y continuar con la lucha obrera. Entre los tres había surgido una amistad sincera, más allá de la política.
Antonio llegó con la radio en la mano y la colocó sobre la mesa, entre los platos y vasos. Entró en la cocina a medio afeitar, con una camiseta blanca de tirantes y la toalla al hombro; la noticia le había sorprendido aseándose en el cuarto de baño después de la siesta preceptiva tras la comida del sábado. No conseguía sintonizar la emisora para obtener un sonido limpio y libre de estática, no sabía si por los nervios o porque sus manos, en las que quedaban restos de jabón, no eran diestras con los aparatos. Fue África la encargada de hacerlo. Como siempre decía Luis, «sus dedos logran la magia». Así supieron que el día anterior, viernes 17 de julio, se produjo una sublevación de los militares en el Protectorado español de Marruecos. Se había declarado el estado de guerra, ocupado los edificios oficiales, procedido a la detención de algunos líderes republicados, representantes del Frente Popular e incluso civiles que habían mostrado su ideología de izquierda. Ceuta y Tetuán también habían caído en manos de los militares rebeldes. Esa tarde del 18 julio, el general Queipo de Llano hizo lo propio en Sevilla, y posteriormente Cádiz, Córdoba, Granada y otras ciudades españolas irían cayendo como fichas de dominó. Todo bajo las órdenes del general Francisco Franco.
Cuando Luis escuchó ese nombre en la voz del locutor, descargó un puñetazo sobre la mesa de la cocina.
—¡Joder! El puto Franco otra vez —gritó sin poder contener el exabrupto. No era habitual oírlos de su boca, pero ese déjà vu no le gustaba nada—. Solo nos falta que aparezca el general Goded con toda la tropa como hicieron en el 34, y mañana mismo tenemos a los regulares y a la Legión en las calles. —Miró a África y los dos pensaron en la misma persona: el capitán Arbat.
—Quizá no vaya a mayores y sea una machada más de los de siempre, un toque de atención —comentó sin convicción, sin ni siquiera creérselo ella.
—Claro, eso dijeron el PSOE y Largo Caballero después del fracaso de la revolución de octubre: que ellos solo habían animado a hacer una huelga pacífica y que algunos se desataron, ¿cómo fue lo que dijeron?... ¡Ah, sí! Una «reacción espontánea de los obreros» ante el miedo al fascismo que representaba la CEDA —tiró Luis de ironía. Había pasado el tiempo suficiente en prisión para analizar todo lo que había sucedido en octubre de 1934 y reconocer los fantasmas del pasado proyectados sobre el presente.
—Pero ¿contra quién se levantan? ¿Contra los suyos? —preguntó África.
—Contra el Gobierno de la Segunda República y el Frente Popular. Esos no son los suyos, aunque ahora trabajen bajo sus órdenes —respondió Luis.
—Creía que la defensa del Estado era lo suyo —intervino Antonio.
—Yo también creía en la revolución del 34, y mira. Mucho me temo que de aquellos lodos...
—Esto de Marruecos y los militares huele más a un intento de golpe de Estado —le rebatió su amigo, mientras terminaba de quitarse el jabón de la cara con la ayuda de la toalla que traía colgada al hombro y se servía un café—. Hasta donde yo recuerdo, en Asturias no querían apoderarse del Estado, sino derrocarlo.
—Eso se lo dices a Companys, a ver qué quería hacer él cuando declaró la independencia en el 34, porque a mí no me suena a querer derrocar nada, más bien a apropiárselo.
—Salgamos a la calle. Estas cosas se viven mejor pisando el asfalto —propuso África. Empezaba a cargarle tanto debate basado en informaciones aún confusas.
Los tres salieron de casa. Los tres iban armados. Se convencieron de que era una medida de precaución después de lo que habían vivido y de lo escuchado en la radio. África ocultaba en su cintura una «sindicalista», como llamaban a la pistola Star fabricada por el ejército francés y que era fácil de conseguir en el mercado negro, al menos si se tenía contactos, y tanto ella como sus amigos los tenían. La idea era tomarle el pulso a la ciudad antes de dirigirse a la sede de la UGT para encontrarse con los compañeros y conocer cuál era la situación real y las directrices de actuación.
El viento cálido de aquella tarde de sábado en la Ciudad Condal acarició la piel de África al entrar en las Ramblas. Respiró una bocanada de aire que percibió cargado. De nuevo, esa sensación de que algo estaba a punto de estallar aunque, de momento, la ebullición se mantenía a fuego lento, o quizá no tanto. Al pasar por la plaza del Comercio ya habían observado las primeras barricadas, que se iban multiplicando a cada paso que daban. En las calles se podían ver los carteles publicitarios que anunciaban la Olimpiada Popular, la Semana Popular de Deportes y de Folklore que se había organizado en Barcelona del 19 al 26 de julio, para mostrar su repulsa a los Juegos Olímpicos de Berlín que se celebrarían en agosto en la Alemania nazi de Hitler, con un sesgo fascista y claramente racista; las leyes de Núremberg impedían la participación de los judíos y no ponían las cosas fáciles a los deportistas negros ni tampoco a las mujeres. Una excepción fue el caso de la esgrimista alemana Helene Mayer, de origen semita y asentada en Estados Unidos; su apariencia aria y su condición de medio judía fue la coartada perfecta para que Hitler cediera ante el COI y permitiese su presencia, con la condición de que realizara el saludo nazi en el podio en caso de ganar algún metal, como sucedió cuando Mayer obtuvo la medalla de plata.
En aquellos carteles dominaban los colores rojo, amarillo y azul, y unas figuras animadas que representaban la diversidad racial y de sexo sostenían una gran bandera blanca en la que podía leerse OLIMPIADA POPULAR. Querían reivindicar el espíritu deportivo de las olimpiadas, ahondando en el mensaje de paz y solidaridad entre las naciones participantes. La gente en la calle se refería a ella como la Olimpiada Roja, y se habían impreso sellos, postales e incluso chapas representativas que muchos llevaban prendidas en las chaquetas. El día anterior, África había visto una avioneta sobrevolar el cielo barcelonés con las palabras «Olimpiada Popular» escritas en la parte inferior de las alas. La Generalitat, con su presidente Lluís Companys a la cabeza, se involucró en el proyecto y tanto el Gobierno español como el francés financiaron parte de los eventos. Desde hacía horas, cerca de seis mil deportistas de veintitrés delegaciones distintas habían llegado a la ciudad para participar; solo Francia envió a más de mil quinientos atletas. Prometían una Olimpiada Popular abierta al mundo, sin restricciones por razones de nacionalidad —incluso llegaron deportistas de países aún no reconocidos como Palestina o Argelia—, raza, religión o sexo, donde a las competiciones de atletismo, ajedrez, ping-pong, fútbol o pelota vasca se les sumaban espectáculos folclóricos de baile escocés, canto tirolés o teatro suizo.
Al pasar ante el Palau de la Música, vieron salir de su interior a un grupo cargado con instrumentos musicales: eran los miembros de la Orquesta Pau Casals, que habían estado ensayando la Novena sinfonía de Beethoven con la que pensaban inaugurar la Olimpiada Popular en el teatro Grec en tan solo unas horas. Las noticias sobre el levantamiento militar les habían arruinado la interpretación de la «Oda a la alegría», convirtiéndola, más que nunca, en el último movimiento. Cerca de ellos, África distinguió a un joven que formaba parte del Comité Organizador de la Olimpiada, un muchacho simpático, guapo y deportista, de nombre Ramón Mercader, al que había conocido hacía unos días cuando los presentó una compañera de partido, mientras tomaban un vermut en un bar de la calle Guifré. Ya entonces le llamó la atención su personalidad arrolladora, su verborrea incontrolada, su intención de agradar y su físico atlético encerrado en su más de metro ochenta de estatura. Cuando el joven abandonó el lugar, su acompañante le dijo que era el hijo de Caridad Mercader, una conocida militante comunista, combativa y muy bien relacionada, que pertenecía a una importante familia de la burguesía catalana a la que había dado la espalda por el movimiento revolucionario. A Ramón le habían detenido en junio de 1935 en el mismo bar donde se hallaban, el Joaquín Costa, cuando estaba reunido con otros miembros de las Juventudes Comunistas de Barcelona bajo la tapadera de ser una asociación cultural: la Peña Artística y Recreativa Miguel de Cervantes. Lo enviaron a la prisión valenciana de San Miguel de los Reyes, de donde había salido hacía cinco meses, como casi todos los presos políticos, gracias a la amnistía decretada por el Gobierno. «Y se lo rifan todas las mujeres de Barcelona —añadió la acompañante como parte del perfil biográfico—. Pero supongo que eso a ti no te importa. Tú tienes a Luis», añadió con cierta sorna.
Aquella tarde de sábado, África notó a Ramón algo excitado y contrariado al mismo tiempo.
—Acaban de suspender la inauguración oficial de la Olimpiada Popular. Esta mañana hemos hecho alguna prueba, pero Pau Casals acaba de interrumpir el ensayo del concierto programado para mañana. Lo han aplazado todo al martes, pero no sé si en cuatro días... Todo este trabajo, para nada. Tengo a los deportistas nacionales e internacionales que no saben qué hacer, si salir del país o quedarse; de hecho, muchos no han podido entrar en Barcelona, unos por miedo, otros por precaución y muchos porque no los han dejado. Algunos se preguntan si esto habrá sido cosa de los fascistas, que no quieren que celebremos esta olimpiada. Esta noche algunos nos quedaremos en el Estadio Olímpico por si podemos ayudar en algo. No sé qué va a pasar, lo que sí sé es que algo gordo va a suceder —le explicó mientras se detenía un poco más en la belleza de sus facciones, algo que había intentado evitar el día que los presentaron—. ¿Y tú? ¿Te quedas o te vas?
—Yo siempre estoy donde tengo que estar —aseguró África, que había comenzado a contagiarse de la excitación callejera.
No esquivó aquella mirada inquisidora de Ramón, incluso le divirtió su abierto descaro. En ese momento, y sin encontrarle una clara explicación, deseó que la orquesta siguiera tocando la Novena sinfonía en el Palau y que Ramón la hubiera invitado a los ensayos.
—Entonces, supongo que nos veremos por aquí —apostilló el joven Mercader a modo de despedida, quizá un poco apresurada al ver cómo se acercaban Luis y Antonio. Los saludó y les estrechó la mano antes de alejarse de ellos.
África le siguió con la mirada hasta que desapareció entre el gentío. Se preguntó dónde iría, ya que las calles laterales estaban casi todas bloqueadas y cortadas.
—Es buen chaval, aunque su madre le tiene un poco perdido. A él y a todos sus hijos, a los cinco —reveló Antonio, que consideró que se había quedado corto e intentó remediarlo—: En realidad, a toda la familia. La Mercader es mucha Mercader; quizá demasiado.
El recuerdo de las notas de la Novena sinfonía en re menor acompañó a África en su caminar por Barcelona, musicalizando cada visión, cada rostro, cada palabra, cada gesto. El carácter revolucionario de sus cuatro movimientos —por primera vez en una sinfonía el compositor introdujo la percusión y la voz humana en forma de coro y cuatro solistas, en el emocionante momento de la «Oda a la alegría»— comulgaba con el espíritu rebelde y convulso que invadía cada rincón de la ciudad. Los contrastes, el dramatismo, la violencia y el carácter liberador y explosivo parecían traspasar la partitura y asentarse en las calles, entrando en cada edificio y barnizando cada adoquín. Su sordera no le impidió a Beethoven escuchar el bramido revolucionario que impregnaba los tiempos en que la compuso: principios del XIX. Él mismo dirigió el estreno de su Novena sinfonía cuando ya estaba sordo, por lo que no pudo oír los aplausos del público al terminar el cuarto movimiento; sus músicos tuvieron que advertirle de que se girara en su púlpito de director de orquesta y recibiera las loas. El hombre que había iniciado y escrito la revolución musical no pudo escucharla, pero permitió a otros sentirla. Ahí nació su leyenda. África de las Heras no quería que le sucediera lo mismo. Quería ser parte de aquella revolución social y vivirla con los cinco sentidos.
Al día siguiente, la radio volvía a colocar la realidad en la calle. África no había pasado buena noche. Estaba inquieta. Apenas había podido dormir. No gozaba del sueño profundo y reparador de Luis, que quizá se había acostumbrado a los ruidos ambientales durante su estancia en prisión. Por un instante, agradeció que sus ronquidos sofocaran otros sonidos de la noche, cargada de notas bélicas. Cuando el reloj marcaba algo más de las cinco de la madrugada, le pareció escuchar el eco de unos disparos lejanos y algunas explosiones. Elucubró si serían en el Estadio Olímpico de Montjuïc. Pensó en Ramón Mercader. En su cabeza, Beethoven ya no sonaba.
El locutor de Radio Barcelona empleaba un tono épico, quizá innato o quién sabe si llevado por los acontecimientos o por alguna consigna dada antes de situarse ante el micrófono: «Barceloneses, el momento tan temido ha llegado. El Ejército, traicionando su palabra y su honor, se ha levantado contra la República. Para los ciudadanos de Barcelona ha llegado la hora de las grandes decisiones y los grandes sacrificios: destruir este Ejército faccioso. Que cada ciudadano cumpla su deber».
África entró en la habitación que compartía con Luis, y vio que continuaba durmiendo. Pensó en despertarlos, a él y a Antonio, y contarles lo que estaba diciendo la radio. Ambos habían estado la noche anterior reunidos junto a otros compañeros de la UGT, sentando las líneas de actuación en el probable caso de que el golpe militar se hiciera fuerte en Barcelona, mientras otros del sindicato preparaban bombas caseras con la dinamita conseguida en el puerto. Finalmente, decidió dejarles dormir. Se convenció de que no tenía tiempo que perder. Una revolución la esperaba en el exterior. Ya se unirían ellos más tarde.
Las calles de Barcelona aparecieron cosidas con barricadas, algunas zurcidas de manera irregular, siguiendo patrones artesanales. Los vecinos habían utilizado para levantarlas todo tipo de objetos, no solo los habituales sacos de arena, sino muebles, maletas, libros, tablones de madera, tiendas de campaña, puertas de casa, mostradores de tiendas, armarios enteros, piedras y hasta tablas de planchar, y muchos habían empezado a arrancar los adoquines de las calles, dejando grandes calvas en el pavimento. En su caminar, se cruzó con grupos de personas organizadas en milicias civiles, la mayoría hombres, algunos con fusiles al hombro que, junto a las fuerzas leales a la República, se desplazaban de un lado a otro de la ciudad, según las indicaciones que iban recibiendo; muchos de ellos, guiándose por el ruido de alguna explosión, de los disparos de fusil o incluso de algún cañonazo. Ataviada con un vestido blanco sin mangas y unas alpargatas planas, África avanzaba sorteando motos, coches particulares —sobre cuyas carrocerías oscuras habían dibujado con pintura blanca las siglas FAI o CNT—, camiones, autobuses —que iban llenos, incluso en la baca superior, que lucía repleta de paquetes, maletas y otros trastos—, bicicletas... Subía y bajaba de las aceras esquivando a la gente y los continuos cortes de calle realizados a golpe de barricada que iban saliéndole al paso. Le dio la impresión de estar inmersa en el decorado de una película, donde entraban y salían personas, casas, vehículos, edificios... Todo filmado con un falso travelling y sin director aparente. No supo en qué momento las calles se llenaron. Le sorprendió que hubiera tantas personas, hasta niños a los que sus madres acababan de comprar un helado y que observaban la escena, al igual que ella, como si fuera la pista central de un circo. No dejaba de mirar en todas las direcciones, no porque tuviera miedo a lo que pudiera encontrar, sino porque no quería perderse nada. Los ríos de gente seguían aumentando su cauce; se iban haciendo más bravos y caudalosos por minutos. Vio a varios deportistas que estaban en la ciudad para las Olimpiadas. Algunos de ellos caminaban con la espalda pegada a las fachadas de los edificios. No se fiaban de los silbidos de los disparos que cruzaban como fantasmas la ciudad y que los habían despertado a primera hora de la mañana, cuando muchos aún dormían en el Estadio Olímpico.
No supo cuánto había caminado. El sol llevaba tiempo calentando, hacía calor y el cielo comenzaba a llenarse de columnas de humo grisáceas, todavía lejanas, pero que no costaba ver prendidas en el horizonte de un cielo azul bebé. Qué distinto del cielo gris plomo de Asturias, pensó. Se pasó la palma de la mano por la frente, deslizándola rápidamente por el rostro hasta llegar al cuello: el recuerdo de la revolución de 1934 le había arrancado un sudor frío que resbalaba por su nuca. Dobló una esquina, abandonando la avenida principal por la que transitaba, y entró en una calle más pequeña, mucho menos concurrida y en sombra gracias a los árboles que la resguardaban.
—Así que es verdad. Aquí estás.
Cuando se giró para descubrir al propietario de aquella voz, se encontró con Ramón Mercader. No le sorprendió verle allí, aunque sí lo hizo su atuendo, muy distinto al que vestía la tarde anterior. Parecía haber trabajado su imagen de miliciano pero, incluso con ese atavío, no perdía su elegancia natural. Le llamó la atención especialmente la camisa abierta hasta la mitad del pecho, metida con fórceps en el interior de su pantalón de campaña, amarrado con una pretina que marcaba su cintura. Se sabía atractivo con su físico de deportista, lo que facilitaba que se sintiera cómodo en su papel de seductor. En realidad, tenía planta de militar, algo en lo que el joven soñó convertirse durante mucho tiempo, pero cuando solicitó el ingreso en el Ejército lo rechazaron por su afiliación comunista, motivo por el que había entrado en prisión. Había hecho el servicio militar como cabo de gastadores, según contaban, en el regimiento de infantería de Jaén. Para él, la autoridad y el mando eran algo innato, pero aquella detención del 12 de junio de 1935 y aquella ficha policial en la que quedaron registradas sus huellas dactilares, sus datos personales y sus fotografías no lo ayudaron a conseguir su sueño. Los que le conocían sabían que era inteligente, culto, que hablaba a la perfección varios idiomas —francés e inglés como si fueran su propia lengua—, gracias a la formación burguesa de su familia y también al tiempo que pasó en Francia junto a su madre, cuando ella se separó de su padre y huyó a las localidades de Dax y Toulouse con sus hijos. Allí Ramón trabajó como maître de restaurante, lo que a su regreso a Barcelona le vino bien para trabajar como ayudante de cocina.
Pero aquella era otra historia que tardaría en conocer. De momento, sus vidas se cruzaban en aquella pequeña travesía, escoltada por la sombra de los árboles.
—Claro que estoy aquí —respondió África a su insinuación—. Yo no miento.
—Mejor. Aunque para aprender a mentir, como para amar, siempre hay tiempo —le dijo el joven con una sonrisa encantadora que ni siquiera tuvo que ensayar—. El día va a ser largo. Vamos a tomarnos un café. Sé dónde lo ponen con una rodaja de limón y mucho hielo. Eso te quita la sed para todo el día.
—¿Ahora? ¿Con la que se está organizando?
—Las revoluciones hay que hacerlas bien alimentados y armados; de lo contrario, no salen bien. ¿No te darán miedo unas cuantas balas?
—¿Miedo? Si tú supieras qué he hecho yo con el miedo...
—Estoy deseando saberlo.
Se tomaron ese café con hielo y limón en el Joaquín Costa. El propietario conocía a Ramón y les permitió entrar al local mientras sus camareros cubrían los ventanales con cartones y papel de periódico.
—¿Dónde has dejado a tus amigos? —preguntó el joven Mercader, antes de llevarse el vaso a la boca, como si con ese gesto tapara el rastro de curiosidad en sus labios.
—Y tú, ¿dónde has dejado a tus deportistas? Porque me temo que no hay Olimpiada Popular.
—Aquí nos gusta llamarla Espartaquiada. Ya sabes, por Espartaco, el hombre que lideró la rebelión de los esclavos que se alzaron contra la República de Roma —añadió ante el gesto de asombro de África—. Aunque, en realidad, y no quiero mentirte en nuestro primer encuentro importante, es una idea soviética. Los rusos lo hicieron antes. No querían participar en los Juegos Olímpicos que organizaba el Comité Olímpico Internacional, donde siempre los miraban con desconfianza por ser comunistas, o directamente los boicoteaban. Así que en 1921 decidieron crear la Internacional del Deporte Rojo, el Sportintern, por spartak en ruso, ya sabes... —le reveló a su compañera, que parecía estar disfrutando con la disquisición histórica—. La primera Espartaquiada la celebraron en Moscú y la hicieron coincidir con los Juegos Olímpicos, que se celebraban en Ámsterdam. Tenían la imagen que querían: proletarios contra burgueses. Fue todo un éxito. Y así, hasta nuestros días. Por eso nos apropiamos del nombre: Espartaquiada. Para ser honesto, debo decir que los soviéticos se lo copiaron a los alemanes, que también organizaban olimpiadas obreras. Pero ¡qué más da! Las buenas ideas son internacionales y no somos partidarios de la propiedad privada, ¿no es así?... La colectivización y toda esta historia. Siempre está bien que haya alguien que te guíe cuando entras en terrenos que desconoces, ¿no te parece?
—Yo es que de romanos... —contestó, evitando entrar en su provocación, antes de dar un nuevo sorbo a su café con hielo.
—Hablaba de los soviéticos.
—Eso ya me agrada más. Y dime, ¿tú no participas en la Espartaquiada? Pareces en forma. Y por lo que veo, te gusta mostrarlo.
—Estás ante el capitán del equipo de equitación. Y también hago anillas y barras, no se me da mal. Pero ¿sabes en lo que soy realmente bueno? —preguntó, mientras metía la mano en uno de los bolsillos delanteros del pantalón, del que extrajo una moneda. Se la enseñó, sujetándola entre el pulgar y el índice—. Puedo doblar una moneda de cobre con estos tres dedos. ¿Quieres verlo?
La moneda se dobló, tal y como había dicho Ramón.
—¿También bailas sardanas? —preguntó irónica África, que recordaba haber visto anunciadas exhibiciones de distintas regiones dentro de la Olimpiada Popular.
—Eso es un baile burgués. Me parece tan despreciable como el cabaret.
—Pues a ver cómo se lo explicas a los del canto tirolés...
Mientras Ramón ayudaba al dueño del bar a colocar una especie de cinta adhesiva en forma de cruz sobre las ventanas —para reforzar los cristales del local en previsión de que los acontecimientos se radicalizaran—, África apuraba su café, servido en vaso alto, como a ella le gustaba. Lo agradeció, porque había salido de casa en ayunas, y de eso hacía ya unas horas.
—No tengas prisa, que el día va a ser largo —le aconsejó por segunda vez Ramón.
Sabía que la ciudad era un hervidero. Él estaba en el Estadio de Montjuïc cuando se produjeron los primeros disparos y las explosiones que África había escuchado desde casa. Había sido testigo de los primeros conatos de enfrentamiento en la plaza Universidad, que tuvieron su réplica en varias calles. Pese a la oposición de la Guardia de Asalto, de la Guardia Civil, de los militares que se mantenían fieles al Gobierno de la República y de las cada vez más numerosas unidades milicianas obreras, los militares rebeldes fueron tomando posiciones estratégicas como el Círculo del Ejército y la Armada, el hotel Colón y el edificio Telefónica. Sin embargo, la respuesta a esa sublevación militar estaba a punto de llegar y esa era la que les interesaba a ellos.
—Sí que la tengo. He quedado con tu madre: no quiero llegar tarde.
—¿Conoces a mi madre?
—¿Quién no conoce a la Mercader?
—En realidad, no la conoce nadie —tiró él de ironía, pero evitando entrar en detalle. Las cuestiones personales, incluyendo los trapos sucios de una familia, debían quedar en el interior del hogar. Lo malo, pensó, es que esa rama de los Mercader no tenía un hogar propiamente dicho—. Me alegro de que ya conozcas a la familia. Si quieres nos acercamos juntos, sé dónde están.
Ese plural incluía a las tres mujeres con las que era habitual ver a su madre, Caridad Mercader. Una era Fanny Schoonheyt, una joven holandesa nacida en Róterdam a la que rápidamente apodaron la Reina de la Metralleta por su buena puntería; había llegado en 1934 a Barcelona, donde llamó la atención no solo por su físico —era una mujer guapa, alta, rubia y con los ojos muy claros, de un color indefinido entre azul y verde—, sino porque llegó fumando en un tiempo en el que muy pocas se atrevían a encender un cigarrillo en público. Otra era Lena Imbert, una joven menuda, de no más de metro cincuenta de estatura, morena, con enormes ojos negros, con buena oratoria y muy temperamental, con la que Ramón Mercader mantenía una discreta relación que rebasaba el límite de la mera amistad, aunque siempre supeditada a los intereses del Partido; era maestra, hija de una familia de trabajadores inmigrantes, se sabía de memoria la historia de la Revolución rusa y, quizá por eso, no pasaba una en su ideario revolucionario. La tercera mujer era Lina Odena, otra joven comunista que ya había mostrado su valor y su coraje en los sucesos de 1934 y que solía acompañar a Dolores Ibárruri; la rebelión militar la había sorprendido en Almería, por lo que África no podría verla ese día.
Les costó más de lo previsto llegar al punto de encuentro, debido a los numerosos enfrentamientos entre las milicias obreras y los rebeldes militares que fueron hallando en el camino y a los que no dudaron en unirse en muchas ocasiones. La ciudad se había convertido en un campo de batalla. Los combates se encarnizaban en Universidad, plaza de Cataluña, Paralelo, Capitanía, Ensanche... Aunque veían a muchas personas correr encorvadas de un lado a otro para refugiarse en los portales de la lluvia de disparos que caía sobre sus cabezas, África y Ramón no esquivaron las pugnas callejeras. Escucharon con nitidez la orden, dada en un perfecto castellano, que salía de una de las barricadas ante un edificio ocupado por los militares sublevados: «Compañeros, atención: al primero que se le vea asomar por la ventana, abrimos fuego sobre él». Muchas de las calles, las más cercanas al lugar donde se producían los enfrentamientos más virulentos, estaban sembradas de cadáveres y de heridos, tanto de un bando como de otro. A África le impresionó la cantidad de caballos y de mulos muertos sobre el asfalto, caídos por el fuego armado. En cada rincón hallaba una imagen que la sorprendía. Sobre la cabina de una camioneta, vio a un hombre armar una ametralladora, protegiéndola con colchones.
Un poco antes de la hora en la que debería haber comenzado la Olimpiada Popular, las fuerzas de seguridad que participaban en la represión de la sublevación militar y los milicianos —después de armarse pese a la negativa de la Generalitat de Companys de ofrecerles armas, obligándolos a conseguirlas en armerías y arsenales particulares, o incautando el armamento perdido por los rebeldes militares—, empezaron a recuperar la ciudad: el castillo de Montjuïc, la plaza de España, el hotel Ritz, el edificio Telefónica, con los milicianos de la CNT de Buenaventura Durruti al frente... De vez en cuando, los propios milicianos iban informando de la situación: «La Guardia de Asalto les ha cortado el paso en Correos, en el paseo de Gracia, el palacio del Palau, en la comisaría de vía Laietana...»; «Ha caído un regimiento de caballería en la Diagonal»; «Guardias de asalto y sindicalistas han reprimido a un regimiento de artillería en la avenida Icària con barricadas hechas de bobinas de papel de prensa»; «Han parado un regimiento de artillería en Diputación y otro de infantería en la calle Wellington»; «La Guardia de Asalto les ha impedido entrar en Ciutat Vella»; «Los de la CNT se han hecho fuertes en la Rambla, Sants y Paralelo»; «Doscientos guardias de asalto han salido de las bocas del metro en plaza Cataluña y se han hecho con ella»; «Ochocientos guardias civiles han bajado por vía Laietana y se han puesto a las órdenes de Companys. Están yendo hacia la plaza Cataluña y Universidad»...
El humo dificultaba la visión en algunas calles. Desde hacía horas, África sujetaba su Star como si fuera una prolongación de su brazo. En una de las calles se toparon con varios milicianos que habían logrado hacerse con un puñado de armas y las estaban cargando en un camión. Ramón reconoció a un compañero de partido que había ingresado en el Ejército y que sabía lo que tenía entre las manos, al contrario que muchos de los milicianos que lo acompañaban. Le mostró orgulloso el interior del vehículo: varias carabinas tigre, fusiles de caza y Winchester, pistolas Mauser, bombas de mano, una ametralladora Hotchkiss de 7 milímetros modelo 1914 de fabricación nacional, «originalmente era de 8 milímetros, como las francesas, pero aquí la recalibramos para poder utilizar los cartuchos del Mauser de 1983 —le explicó—. Y mira lo que tengo aquí: una St. Étienne, una mejora de la ametralladora francesa Puteaux, complicada de manejar, y este fusil ametrallador Chauchat, que no sé de dónde lo habrán sacado, pero aquí ninguno sabe usarlo. Esta puede que sí: una Colt modelo 1914/15; esta ha venido de la guerra de África, seguro». Ramón logró hacerse con un fusil y varias armas que, después de realizar algunos disparos, entregó a los milicianos que seguían desarmados. Uno de ellos, prácticamente a gritos y con los ojos llorosos a causa del humo, fue quien le informó de la noticia que llevaban horas esperando:
—El general Goded acaba de arribar a Barcelona y se ha ido directo a Capitanía General. Lo han visto los compañeros que están en el paseo Colón. Ha llegado al puerto en un hidroavión desde Mallorca.
Al escuchar ese nombre, África se acordó de Luis y de su reacción del día anterior cuando escuchó en la radio la noticia del levantamiento militar en Melilla: «¡Joder! El puto Franco otra vez. Solo nos falta que aparezca el general Goded con toda la tropa como hicieron en el 34, y mañana mismo tenemos a los regulares y a la Legión en las calles». No había fallado en sus previsiones. Goded ya estaba allí. Se preguntó dónde estaría Luis. Llevaba todo el día con Ramón y no tenía noticias de él ni de Antonio. La voz chillona del informante la arrancó de sus cábalas:
—Al parecer, ha llamado al general Aranguren para que la Guardia Civil se una al golpe, y él le ha mandado a esparragar. Goded no lo ve nada claro. Es ahora o nunca, Ramón. O actuamos ahora o nos comen. Tu madre ya ha ido hacia allí con un grupo de hombres.
Ramón miró a África. Había cambio de planes.
—Si todavía quieres encontrarte con la Mercader, ya sabemos dónde hay que ir —dijo con una sonrisa.
Llegaron justo en el momento en el que un tremendo fogonazo se produjo en la plaza. Alguien gritó que un obús acababa de explotar en la puerta principal del edificio de Capitanía y que había muchos muertos en la calle. En realidad, fue el cañón que unos milicianos habían llevado para franquear la puerta. Ramón y África intentaron entrar en el edificio, pero se lo impidieron. «Tu madre está dentro», le informaron unos desconocidos, que parecían saber quién era. La tensión era máxima y la confusión todavía más. Se seguían escuchando explosiones y disparos. Nadie sabía qué estaba sucediendo dentro del inmueble. No podían imaginar que en ese instante un grupo de obreros y guardias de asalto accedía al despacho que Goded ocupaba desde hacía unas horas y sorprendía al general mientras este estudiaba las tácticas de combate inclinado sobre un plano de la ciudad de Barcelona. Unos minutos después, en el exterior del edificio alguien gritó algo señalando hacia uno de los balcones de la fachada principal. Acababan de colocar una bandera blanca. Fue la señal para que algunos intentaran acceder al inmueble mientras otros permanecían fuera, pidiendo a gritos la muerte de Goded. Ramón y África estaban entre los primeros, pero al llegar a la puerta, desistieron de hacerlo.
Una mujer de espesa cabellera blanca, vestida con un mono azul de miliciano, fusil al hombro y pistola en la mano, apareció liderando a un grupo de milicianos que sacaba a Goded del edificio. Era Caridad Mercader. Con un cigarrillo entre los labios, sin necesidad de utilizar los dedos para sujetarlo, reclamó calma a los presentes, que pedían a gritos la ejecución del general, y dio la orden de introducirlo en un coche. Se disponía a entrar en el vehículo cuando los vio.
—¡Casi os lo perdéis! —Les guiñó un ojo—. Nos lo llevamos ante Companys. Que nadie diga que somos unos salvajes. Nos vemos allí —gritó refiriéndose al palacio de la Generalitat como su destino inmediato.
Acto seguido, se sentó en el asiento del copiloto, se puso el fusil entre las rodillas, bajó el cristal de la ventanilla para poder sacar el brazo y alzó el puño, soliviantando a los presentes, que no tardaron en responder con una asonada de gritos y de vivas a la República.
—Ahí la tienes. —Ramón levantó el mentón al paso del vehículo en el que viajaba su madre con el general Goded, al que se le veía cabizbajo y completamente lívido—. La Mercader. Conociéndola como la conozco, dirá que ella sola reprimió la revuelta militar.
—De momento, si no llega a ser por ella, al general le matan aquí mismo.
—Si lo hubieran matado, mi madre no podría aparecer en los periódicos de mañana contando que evitó la ejecución del militar al mando de la sublevación en Barcelona. Y eso sí sería una torpeza. Si no vendes bien una victoria, es como si hubieras perdido la batalla.
Ramón estaba en lo cierto. Conocía bien a su madre y también cómo funcionaban los periódicos y los aparatos de propaganda. La imagen de Caridad Mercader apareció en varias fotografías publicadas en la revista francesa L’Illustration, en su número de agosto, con el titular «Caridad Mercader conduce a sus milicianos hacia el edificio de Correos», un texto en el que se narraba la épica de aquella mujer que había liderado a los revolucionarios en su asalto al edificio de Correos, más tarde a la Capitanía General y, un día después, al cuartel de las Atarazanas.
—¿Vamos? —preguntó África.
—¿Adónde? Allí ya no hacemos nada. —Ramón parecía tener planes distintos, que no estaban en dirección al palacio de la Generalitat—. ¿No eras tú la que decía que siempre estás donde debes estar? —preguntó con sorna—. Todavía quedan tres focos que apagar: hay una columna de caballería escondida en el convento de los Carmelitas Descalzos, en la Diagonal. Y otros dos en el cuartel de las Atarazanas, en el puerto, y el de San Andrés. Y este último es importante, no porque esté el 7.º Regimiento ligero de Artillería, sino porque hay armas que nos pueden venir muy bien.
África le miró. No se le notaba cansado después de horas pateando la ciudad, esquivando balas y cadáveres, disparando parapetado tras una barricada o desde la esquina de una calle. Ni siquiera su vestimenta, con algún rastro de suciedad pero no hecha jirones como el mono azul de Caridad, había perdido la compostura que provee la elegancia innata. Ella tampoco sentía el cansancio, aunque su vestido blanco estaba sombreado de manchas grises. De hecho, todavía le quedaban fuerzas para enfrentarse a lo que proponía el joven Mercader. Se disponía a hacerlo cuando la voz de una mujer los obligó a girarse.
—¡Ramón! —gritaba una joven que intentaba llamar su atención, mientras saludaba agitando de lado a lado una gorra de color verde—. ¡África! ¡Aquí! —Era Lena Imbert, sonriente, excitada y rebelde.
Ramón miró a África, y ella le regaló una sonrisa que enseguida tornó en un amago de carcajada.
—¿También conoces a Lena? —quiso saber él.
—¿A tu novia? Por supuesto. Por eso sé tantas cosas de ti.
—Bueno, «novia» es una palabra demasiado... burguesa.
Lena los alcanzó y lo primero que hizo fue darle un beso en la boca a Ramón, para lo que tuvo que ponerse de puntillas, debido a la pronunciada diferencia de estatura entre ambos. Estaba feliz, pletórica.
—¡Vaya día! Esto se lo contaremos a nuestros hijos. ¿Habéis visto a Fanny? La divisé encaminándose al puerto. Yo voy para allá. ¿Dónde habéis estado vosotros?
—Pregunta más bien dónde no hemos estado —dijo África y la abrazó.
De camino al cuartel de las Atarazanas, escucharon a Goded, a quien el presidente Companys había convencido para grabar un mensaje que se emitió en todas las radios del país. La voz del general sonaba quebrada, a pesar de que intentaba mantener la dignidad: «La suerte me ha sido adversa y he caído prisionero. Si queréis evitar que continúe el derramamiento de sangre, quedáis desligados del compromiso que teníais conmigo».
—¿Ves como no nos perdemos nada? —le dijo Ramón a África—. Las cosas importantes siempre se escuchan por la radio, algo que no parecían saber los militares rebeldes que se fueron muy rápido a Correos y a Telefónica y, sin embargo, se olvidaron de Radio Barcelona y Radio Associació. El pueblo escucha la radio, da lo mismo en qué país del mundo estés. No lo olvides nunca. Si quieres que se sepa algo, si quieres organizar algo realmente grande, usa una radio.
África no imaginó entonces el alcance profético de aquellas palabras.